2021: Los Dioses Malos. La Gran Nieve. El mar, Bach y los Reyes Magos. El otro cementerio. Panorama en altura de la Estación de Atocha desde la altura (In memoriam del 11 M)

 

El Mar, Bach y los Reyes Magos

Madrid, 6 de enero de 2021

 

De repente toda la belleza del mundo se levanta como una ola. Ha quedado atrás la costa oceánica, el tiempo, el espacio, la circunstancia. Y sin embargo  la ilusión, las más pura del año,  la expectativa de algo maravilloso traído por unos reyes de oriente, el empeño compartido de quienes se despojan de la capa de briznas de parda realidad, del polvo y las esquirlas de afanes y luchas mascados por relojes de afiladas agujas para transformarse en hacedores de magia, esa ola no desaparece. Se agranda, toma por base la del océano, la de Bach, el brillo de los ojos que aún desconocen la red de las arrugas, la transformación, que vibra en el aire y augura, tras la nieve, primaveras, el rescate, por un día y una noche, de la generosidad y la alegría gratuita de observar la alegría en otro, la certidumbre de que en el fondo del oscuro mar de lo que serán juventud, madurez, vejez, inexistencia se ha depositado la piedra blanca de un brillante recuerdo, de un perdurable reflejo de absoluta felicidad.

El mar, su simple existencia, su recuerdo. inundan en este día de los Reyes Magos la ciudad mesetaria, cubre y se alía con su cielo del azul más puro, intercambia tonos y ribetes de vapor y espuma. Mientras, del suelo en el que innumerables aprendices y becarios de los Reyes Magos ensayan sus encantamientos, se eleva una niebla benigna, inusitada, de inocencia completa y perecedera, de olvido del mar y de generosidad gratuita. El sol, largo y oblicuo, ha levantado las sábanas al comenzar, con la impaciencia del descubrimiento y el regalo, el día, y ahora deja al ponerse un fino embozo de sorpresas y paz.. El mar, siempre cercano, la ciudad, las estepas y montañas acunan con el viento las mareas, de agua, de aire cristalino, de frío, de hojas con escarcha y pensamientos. El océano, abajo, continúa otorgando su alimento, moviéndose con Bach y con cuanto se piensa y se percibe. Formando incluso el significado de cuanto y cuantos lo contemplan.

Sal, dispersión, ácidos, inacabable descenso donde la luz jamás llega. Todo está está en ti en el seno de la ola que seguirá a la cresta de este día en que el borde de la tregua y la ilusión tocan el cielo. Mientras, se intenta sujetar el caballo desbocado de Neptuno, las riendas de un Poseidón que no conoce quietud alguna, ni siquiera en la aparente firmeza de la meseta, de las montañas que tienen sus puertos, de las paredes con ventanas que ofrecen refugios y se abrieron de par en par a la magia, transformadas durante unas horas en el acceso regio a la esperanza, adornadas de dulces y sonrisas, del más bendito insomnio, de un sueño que escapaba en burbujas donde todo podía reflejarse.

30 del XII de 2020. Teguise. Llovió por la noche, como predije ayer por el movimiento de las ramas de los árboles.

Y resulta que es 30, y mañana 31, el último de este año nefasto.

Pero me han alimentado, cada día, la fuerza y belleza del mar, su fidelidad por estar simpl3emente ahí y dejar que lo contemple. En toda su grandeza, con el lenguaje de matices de azul con los que me habla cada día su superficie. El mar, que es la libertad misma, pertenece, sin embargo, a cada individuo que lo mira, entabla con él una relación personal, se absorben. Todo el mar cabe en cada humano que lo experimenta, contempla, toca, deja entrar y circular por su cuerpo el aire y las sales que él envía. El mar todo cabe en unos ojos, en las manos que lo tocan y lo saborean llevándolo a los labios, en su ritmo de cuna y de latido. El ancho pecho del océano moldea por un instante el del que lo mira, se adhiere a su piel, lava sus pensamientos oscuros con la blancura de su espuma. El mar es el gran camino donde la gravedad y las pesadas ataduras de la tierra no existen y todo es llanura accesible para viajeros y mercancías. El mar es muerte y peligro pero al tiempo enseña cómo se hacen, disueltos en su sustancia, los elementos que formarán nuevas vidas. El mar es el gran amigo, hosco, respetado, distante pero dispuesto para incontables abrazos, para dejar en los labios la presión y pasión de su sal.

Sólo él es capaz de ofrecer el círculo perfecto del horizonte, la curva planetaria de la Tierra; sólo él concede la completa ausencia de fronteras, la promesa de nuevos litorales, la audaz inocencia de quien pretende descubrirlo todo. Sólo él acepta sin reservas a cuantos lo penetran. Él, el arisco, encrespado en su orgullo sin arados ni rebaños, es sin embargo repartido entre millones y guarda al tiempo siempre una virginidad intacta, un amanecer tras otro distintos siempre, con trajes nupciales bordados de rosa por el amanecer y la espuma. Y guarda, él guarda en su fondo, un desconocido planeta inverso, abrigado por el fango abisal donde empezó todo y donde, en días sin luz ni amaneceres, la tierra exhalaba calor, lava, humaredas, y acoge animales y plantas, que ocupan las raíces de los que, en la superficie, brotaron de su árbol genealógico.

Ahí estás, mar, tu pecho ancho, resonante, respirando, chocando sin descanso y sin fatiga, danzando con la luna en las mareas, dejando alfombras vivas de hierbas y animales a tu paso.

Y te poseo.

Rosúa

La Gran Nieve

Madrid, 8-9 de enero de 2021

Las flores quieren vivir, como nosotros.

Una montaña de nieve se desplomó desde el cielo.-A la mordaza de la mascarilla de la pandemia se superpuso una nueva, blanca, espesa, extensísima, nunca vista en el medio siglo, que iluminó la noche con un aura espectral y con la amenaza -recordando siempre el alto precio de la belleza- de las prontas cadenas de hielo, con la prisión añadida a la del temor a la enfermedad. Sumó barrotes transparentes, gélidos a los que ya encarcelaban a los ciudadanos para los que la libertad era un lejano recuerdo, a los que, aprovechando todas las oportunidades y su propio temor, se había ido confinando en reductos cada vez más estrechos que la nieve venía a sellar.

El mundo se había hecho minúsculo, los itinerarios precisos, las paredes múltiples, las distancias inalcanzables. Venía la nieve, que escondía, como todo ser dotado de extrema fascinación, un fondo inseguro, quebradizo, con la forma de una prisión magnífica para cuantos por falta de equilibrio, asidero o fuerza no podían pisar en ella. Las rutas, las aceras, las vías urbanas se volvieron ríos intraspasables, espacios imposibles, se alzaron, cubiertas por placas cristalinas y sonrisas traidoras de estrellas geométricas, como inexpugnables almenas, fosos sin puente levadizo alguno, páginas de algún cuento que siempre alberga una bruja, la vieja bruja que, al desfavorecido por el paso inseguro, le asirá por los talones cuando intente pasar de una acera a otra, le negará la entrada al más necesario y cotidiano paraíso, lo empujará y derrumbará sobre una pila de ese hielo sucio que es la vejez de los hermosos copos de nieve.

Madrid, quedó cubierto, cubiertas sus carreteras, accesos, casas, fuentes, vías urbanas. Cubiertas ramas y techumbres, que se derrumbaron con el peso, cubierto el congelado río, pespunteado el paisaje por un súbito álbum de fotos del polo norte, de esquiadores, patinadores, de trineos incluso con perros, de alegres invitados al festival de la nevada insólita, a la aventura de la pendiente y el muñeco, a las fotos innumerables del yo y el histórico acontecimiento, a la celebración de una visión única de pura nitidez y resplandor, de perfecto grabado y rostro terso en la perfección de su traje nupcial.

La gran nieve, implacable, fría, silenciosa, mantenía mientras aherrojados durante horas y días a humanos en sus vehículos, en desangeladas salas de espera, en paralizados estaciones y aeropuertos, en túneles subterráneos, en espera de calor y movimiento. Ciudadanos que cada vez lo eran menos, que habían adquirido, como el pájaro, como el animal doméstico, la costumbre del bozal y de la cárcel, de retiro, mientras éste durara, al cubil seguro, el hábito del silencio afelpado y de la resignación ante un orden de cosas en el que ya se confundían las catástrofes naturales, la pandemia y las disposiciones del Gobierno. La capa blanca, que se iba levantando en el límite mismo de los  hogares, como un muro más, como una nueva limitación y frontera a la ya menguada, racionada y mínima libertad individual, extendía su insignia como una bandera de obediencia, servidumbre y silencio, una afirmación y pasaporte indiscutibles para un mundo donde sólo a los dueños del blanco rebaño les estaba  permitido lucir corbata roja y pasearse, inalterables, junto a la general parálisis, el eco cada vez más apagado de las voces, el recuerdo de la libertad que un día hubo y que en el tiempo de cárceles perfectas ocultaban las nubes en un horizonte casi boreal.

La nieve, insólita en su abundancia, descendía, se apoderaba de lo cotidiano y sus perfiles, tomaba coches, villas y espacios aéreos, imponía vestidos y comportamientos, hacía realidad el sueño oficial de la sumisión múltiple, del rostro helado y cubierto que no musitará una protesta, de las aspiraciones, en vez de a libertad, al calor de la manta y de la sopa. Sin discordancias, humildemente agradecidos a los señores de la indiferencia.

Rosúa

 

Breve Crónica de la Gran Nieve

Madrid, 8 de enero de 2021

La otra acera se ha vuelto inalcanzable. Alguien se está empolvando furiosamente en las alturas. Una diosa particularmente mala sacude su vestido de lunares y éstos caen, incesantes, sobre losas y bordillos no acostumbrados a ello.

Impera, en segundo plano, tras la aparente inocencia de la ausencia de colores, la negra perspectiva de la condena a prisión por plazo indefinido.

Un señor con su perro, pequeño y muy bien abrigado, me ofrece su ayuda para atravesar la carretera tan carente de apoyo como un brazo del ancho mar. Acepto de inmediato.

El puerto del portal abre sus puertas.

Comienza la clausura forzosa.

Madrid, 9 de enero de 2021.

No amanece. Todavía no amanece. En cuanto baje el embozo el enemigo se me echará encima. La cama cálida es casa, iglesia, cueva, brazos amantes, hoguera ancestral con danza de chicos de la tribu.

Ofrecen seguridad y refugio Humphrey, mi edredón, y la espesa y protectora colcha-buti que me permite dormir cada día con el príncipe gracias a su bordado de mago, dragón, castillo, tras cuyos muros se encuentra, al fin, el príncipe, y yo misma al otro lado de la espesa colcha y toda la nómina, sin madrastra mala ni importunos enanitos. No dejaré entrar en la imponente torre del homenaje a las hadas del bautizo, que en mi caso fueron todas perversas, y me alegrará, por fastidiar a la gentuza del castillo negro mayormente, que los alegres colores de la bandera roja y gualda animen la almohada.

Aparto el embozo y me enfrento a mi destino, del que hui, para refugiarme en el castillo de algodón, cuando la incesante nevada del viernes ocho auguraba el páramo indefinido cubierto por la sábana del diluvio de copos. El destino, irónico, espera como un gran animal gris entre los conductos de los fríos radiadores que la extrema mezquindad de los dirigentes de la Comunidad ni con la Gran Nieve permiten encender ni a mínimos durante las doce horas de las más largas y gélidas noches. Adiós ahorros, que se deslizan, pendiente abajo, hacia la factura de la luz que ya engorda el indispensable radiador eléctrico.

Empiezan, muy pronto porque amanece muy tarde, las alucinaciones árticas. No amanece, tal vez no lo haga, quizás el adorado, beatificado y simpático planeta se ha cansado de someterse a equinoccios y solsticios. Nunca Mais. La terraza ofrece, en vez de tiestos, arbustos, regaderas, mampara, barandillas y losas, una barrera aparentemente dulce que se rompe los dientes contra las puertas, las clausura y exhibe carteles de prohibido el paso.

Hermosura, no me engañas. No me engañas, guapa de cara. Aunque salgas primero a escena maquillada como una artista de kabuki y ofrezcas, a cada golpe de gong, trineos con o sin perros, muñecos king size, raquetas, fotos para la posteridad (“Aquí yo y el yeti”), equipos completos de esquí urbano. Sé que has arrojado al estanque antes de se hiele las llaves de mis pasos inseguros. Porque no podré dar ninguno sobre un pavimento que resbala.

Hay una duna, de medio metro, en mi terraza y el ginko biloba, que crie desde su infancia hace menos de dos años y ahora tiene dos metros, alza apenas tronco y ramas desnudas. Sólo puedo asegurarle, a distancia, mi solidaridad.

El enemigo espera, hasta que la ducha disuelva su manto de colmillos fríos.

Y no poder cruzar a comprar el periódico.

Madrid, 29 de enero de 2021

O tal vez no es ningún día. Porque el cielo se ha encerrado en la cápsula algodonosa de un tejido indefinido, sucio, que, como el tiempo estancado en algún recodo de lo que se suponía historia, ha robado a los desconcertados habitantes del bajo suelo el horizonte, la sucesión de los meses, la fatal pero consoladora certidumbre de los calendarios, con su promesa de estaciones cambiantes, de males que nunca duraban cien años.

Hay bandadas de pájaros grandes desconcertados, que no forman las uves migratorias sino que se entrelazan y evolucionan en círculos, buscando los hitos de su habitual camino, la orientación y los destinos y ritmos familiares. Aletean a media altura, ni de larga distancia ni de aves en su trasiego cotidiano, con indecisión semejante a la de los seres de abajo. Por las ventanas hay caras que los observan, a ellos y a la calle, hombres, mujeres, y no salen, porque la calle ha cesado de tener sentido, se ha convertido en corredores extraños que no desembocan en parte alguna, en los que simplemente se ponen uno tras el otro los pies, para volver sobre los mismos pasos en la geometría desconcertante de la líquida niebla.

Sólo las plantas han sacudido de sus hombros la nieve, roto, sorbido el hielo. Sólo ellas, las pegadas a la tierra, compadecen a los jóvenes árboles que se creían inmortales con la fuerza de la adolescencia y yacen en el suelo. Y ellas enarbolan provocadoras flores rojas, azules, blancas, brotes apresurados que sortean ramas ennegrecidas y que trepan por los tallos muertos. Mientras, los humanos temen, consumen en el pálido miedo las horas de relojes sin esfera, encogido el pequeño corazón por si ese día pudiera ser el último.

La niebla desafía a la burla y ficción del calendario. Los números cambiaron, no la niebla. Tras la ventana, dos rostros, hombre y mujer, miran y dudan sobre pisar en el terreno incógnito, en la hostil y extraña superficie que fue su reino y donde bares y cafés, antes refugio, risas y otras caras, les parecen ahora fauces de un lobo microscópico con dientes impregnados de veneno.

La planta, una planta, ha desplegado, sabia y feliz de su minuto, una hoja verde con forma de sonrisa.

Rosúa

Los dioses malos

En Madrid, febrero 2021.

Dios Murciélago-Mesoamérica.

Sorprendente sorpresa la manifestada en medios de comunicación (prácticamente todos), comentaristas, analistas y

Hombre-Reptil-Mesoamérica

público ante el curioso grado de violencia, polarización, agresiones y ataques de todo tipo a la estructura y símbolos mismos de los países que se consideraban cuna y referencia del Estado de Derecho, la libertad y la prosperidad. La ebullición de una materia desconocida parece haber hecho saltar la tapadera en lo que se solía llamar Occidente: Europa y Estados Unidos. Simplemente afloran de forma simultánea, en diversos grados, la parroquia y cosecha de los dioses malos, que han venido predicando, en el silencio cómplice y medroso general, la destrucción del individuo, la de la justicia igual para todos y la eliminación de raíz de la creencia en el valor de cada ser humano. El individuo ya no es sujeto ni centro de política, filosofía, jurisdicción, pensamiento, y, por lo tanto, tampoco es responsable de sus actos, irreemplazable, libre ni único. Lo sustituyen conceptos ajenos a su valor personal y a sus obras. A este giro copernicano de la percepción, e imposición, social sirven, con ejemplar sumisión, las empresas mayoristas de distribución de tópicos. A ello se suman, sea países que se suponían en la órbita del cambio y que, sin embargo, parecen entregados a una violenta regresión, sea otros en el muy mal llamado mundo árabe, que hicieron un conato de huida hacia la modernidad y no se reponen de la caída tras el frustrado salto. Oriente entre tanto observa. Algunos conscientes del mejor vivir que les ha procurado la adopción de sistemas y principios que vinieron del oeste pero que tienen categoría universal. Otros enquistados en la gigantesca réplica del tradicional y déspota señor feudal, aquél que rebosa de mercancías y bienes, pretende modernidad pero que en el fondo no ignora que impera sobre vasallos, no sobre ciudadanos. La extrapolación, imposición y blindaje supremacista del poder informático han venido, además, a resultar herramienta de valor inapreciable para la implantación, acelerada en su curso, de la sociedad sin individuos, extraída de éstos la médula de su valor puesto que carentes de responsabilidad personal. La voluntaria ceguera occidental respecto a los derechos humanos, que se evita cuidadosamente mencionar mientras se aplaude la previsible renuncia a su defensa y el afable acomodo con la República (todas las dictaduras afirman serlo) Popular (título, junto con  Democrática, igualmente reivindicado por todo totalitarismo que se precie) China, es buena muestra de ello.

Olvidados y aplastados. China. Tien An Men 1989

Parroquia, diezmos y primicias.

Es hora, sin mayores subterfugios, de que la parroquia de clientelas del victimismo subvencionado, de la utopía a cargo del presupuesto reparta entre los que no lo merecen el botín de lo que nunca sus miembros se ganaron, y para ello necesitan destruir definitivamente al individuo, anularlo, aplastarlo, enmudecerlo, hacerlo desaparecer en fin como finalidad y referencia de lo que es genuinamente democrático, enterrarlo bajo un entramado de cubículos gregarios cuya existencia se justifica y prioriza, en un razonamiento que es pura animalidad. El sujeto pasa a ser un puñado de la masa anónima que se moldea a voluntad y se elige, según convenga, por rasgos colectivos, físicos, étnicos, biológicos, geográficos, ajenos a la personalidad, voluntad,, hechos, méritos y obras de cada persona en sí. La democracia  parlamentaria, que ni fue ni quería ser un dios pero sí es la mejor defensa contra las tiranías, el mejor espacio para los ciudadanos, ha sido sido sustituida por su remedo, una ficción chillona, inquisidora, totalitaria y amenazadora que es exactamente su polo opuesto y la más completa y blindada garantía de servidumbre. La lluvia de incongruencias y despropósitos es tal que no halla respuesta ni apenas se percibe. Pero no se trata simplemente de estupidez, error o incompetencia. Siempre hay beneficiarios activos y pasivos. Se nombra, alaba, concede el premio Nobel, condena o juzga en función del color de la epidermis, de la tribu urbana o provinciana de origen, de si se es transexual, homosexual, mujer o miembro de la secta que más votos prometa. El nombre y apellidos, la singladura vital, la identidad real no son sino aditamentos al icono ofrecido a las cámaras y cuyos atributos responden a los de una sociedad anónima.

La revolución de nómina. Aspirantes a clientela.
Madrid, 2011

 

El evangelio de los dioses malos

Naturalmente el alma misma que, con todas sus desviaciones y retrocesos, animaba a los sistemas occidentales, los Derechos Humanos, las ideas de superior categoría de la verdad, la libertad, la justicia y el respeto debido a las personas por ser tales, sin distinción positiva o negativa en función de rasgo alguno, no tienen cabida en el evangelio de los Dioses Malos, en el culto a la fragmentación, a la diferencia y a la confrontación, indispensable ésta para justificar el asalto al inmenso botín que representa el Estado en sí. Se trata de un evangelio antagónico a los valores gracias a los cuales se han construido con esfuerzo civilización, progreso y un bienestar superior al nunca logrado antes. El antagonismo revierte en el culto al mínimo común denominador en todos los sentidos presentado como igualdad, en la instalación ubicua de tipos de censura patentes, oficializados o, apenas, encubiertos, potenciados con una rapidez inesperada por la pandemia de 2020-2021, que ha ofrecido a grupos de poder y propaganda (valga la redundancia) y a aspirantes a tiranías sinobananeras la posibilidad de capitalizar el miedo, silencio, aislamiento y parálisis institucional y política en los que se encuentra sumida la población. Para que la ola parásita pudiera pisar en tan poco tiempo tan a fondo el acelerador de la instalación de una parodia siniestra de la democracia, para anular ciudadanía y Parlamento en renovadas e indefinidas horas  veinticuatro hacía falta una catástrofe súbita.

Exterior inquietante

El evangelio de los Dioses Malos es, lógicamente, futurista y totalitario, pero desdichadamente con un reino muy de este mundo. Su maqueta del preceptivo paraíso terrestre es un híbrido de comuna hindú vegana, animalista y beatífica regida, eso sí, por la casta de los nuevos gurús que, en la trastienda, se apoyan en dictaduras, ejércitos, policías, armamento y empresas tan concretos como los de los dos grandes países con vocación de imperio actuales: China y Rusia. Los coros y danzas de la felicidad continua exhiben la maqueta de su paraíso, inatacable porque se sitúa en épocas como mínimo a una o varias décadas vista, en el cual, con la propiedad privada, han desaparecido la libertad, autonomía y criterios individuales para dejar paso la más estúpida de las servidumbres. El gran lujo de los grandes ricos es precisamente ése: La exhibición de austeridad, la revelación mesiánica de la simplicidad suma y la comunión universal con vegetales, animales y con cuanto conglomerado de átomos se presente. Acompañadas de un desprecio olímpico por los bienes cotidianos de este mundo, desde el cafelito mañanero hasta el coche utilitario pasando por el sofá y salón propios y por esos objetos retrógrados llamados Parlamentos, periódicos, individuos que se desahogan insultando al Gobierno y que son felices, de vez en cuando, con unas cañas con los amigos o con un traje nuevo.

Los placeres prohibidos

 

 

 

 

 

 

Concentración de ascetas. La India.

El Satán tradicional era un pobre diablo en comparación con el apóstol resplandeciente que, junto con el resto de su club, descubre al ensimismado auditorio que pobreza es riqueza, unidad variedad, hambre salud, fatiga alegría, aburrimiento éxtasis, enfermedad experiencia, propiedad engaño, cuerpo banco de órganos.

El lujo del gran rico, ahíto de vulgares placeres terrenales y que revisa, con hastío, la extensión universal de sus empresas, es la gastada túnica versión chándal y el bosque, el ashram hindú, que no en vano aparece en el país de más férrea división en castas. Son bienvenidos el budismo new age y las imitaciones de cueva tibetana, pero guardándose muy bien de entrar en detalles, como que China invadió y ocupa el Tíbet, asesinó, encarceló, destrozó los templos y obligó a huir al Dalai Lama y a miles de personas.

El Dalai Lama durante su visita a España.

El Padrino oriental es tranquilo, afable y comprensivo, ofrece grandes ventajas a los que transiten por la Nueva Ruta de la Seda, pero cuando de dominio real se trata tiene bien aprendido el código siciliano y no admite que parroquia y clero cuestionen ni un milímetro su dominio estratégico e ideológico. El Padrino oriental, siguiendo la tradición, no se prodiga, es discreto y, como en el teatro de sombras, la ópera local y el kabuki, simplemente esboza, alude, señala una realidad que, ésa sí, es única, muy precisa, no contempla alternativas y deja claro que no existen salvación, episodios, argumento ni personajes otros que los marcados. Se trata de una planificación de gran envergadura que toma como escenario espacio-temporal los cinco continentes, a través de las vías estratégicas y comerciales en proyecto o en uso, y comprende este siglo y los venideros, fiel al mañana cantarín del comunismo clásico.

Asambles reciente del Gobierno y Partido Comunista Chino. (El Parlamento más zarrapastroso es prefererible. Esta foto fue tomada de una de las proyecciones en pantalla mostradas durante la conferencia sobre la Nueva Ruta de la Seda, en el American International Institute de Madrid, centro cultural estadounidense. En un ambiente de cordial visión y entendimiento  del Gobiernmo Chino.)

Demografía del Olimpo

En la cima de este Olimpo los Dioses Malos y su alto clero podrían encontrarse, sin saberlo, con otro colegio apostólico entregado como ellos a la suprema embriaguez: La de la Nada tras tener y haber tenido todo. Se trata del perfecto terrorista islámico. Ben Laden había poseído y gozado de cuanto puede ofrecer la vida a un príncipe árabe. Llegó entonces al punto en el que el lujo extremo es la voluntaria carencia, pero no en un solitario retiro, sino como activa doctrina que reciban y acaten los fieles. Descubrió el placer inigualable del abandono de las pasiones terrenales a cambio de una pasión mayor. Él, también, tenía una divinidad de referencia, no terrenal como los Doses Malos pero sí cómodamente abstracta, indiscutible, lejana: La anulación de lo existente, de las sucias sociedades de pensantes y variados individuos. La pureza letal es indispensable para el evangelio militante de la renuncia, el vacío y la nada, únicos que permiten, tras la gran limpieza de cuanto complace los sentidos y el intelecto, el establecimiento del mundo ideal según las naturales leyes, que comienzan por la radical selección física y mental de los seres humanos. Los Dioses Malos se sorprenderían de hallar en la colina de sus bienaventuranzas el rostro beatífico, la sonrisa  del líder que ya ha degustado la embriaguez de la soledad de altura, de élite perfecta, del desprecio a la turbia corriente de la vida.

A los Dioses Malos de Occidente los anima parecida soberbia, la de la humildad extrema, la del Sumo Sacerdote que renuncia a la cruz de oro y vestimenta que llevaron sus predecesores  no por sí mismos sino por razón del cargo, y que exhibe la cruz de plata y las zapatillas de fieltro proclamándose el más modesto de los modestos, digno de la simpatía fraternal de los que han alcanzado la cima del desdén por su propia riqueza y desprecian comodidad, apariencia y esos objetos propios del anhelo de los pobres. El Sumo Sacerdote predica la carencia de bienes de este mundo, en franco contraste con las genuinas caridad y humanidad cristianas de un dios que comía cordero y pan, bebía vino y animaba a ocuparse de los enfermos e inválidos. El público ideal de los Dioses Malos es otro, una Humanidad ya pasada por el filtro selectivo de la nada tierna Madre Naturaleza, seres jóvenes, vigorosos, resistentes, voluntariosos en el seguimiento de consignas, más dados al empleo de la energía en el deporte que en el cerebro, con buena imagen y sonrisa propia de la felicidad permanente. El Hombre Nuevo en fin, no tocado por alusión alguna a la enfermedad, la decadencia, la tristeza, la muerte Tampoco por los surcos de la reflexión ni por el peso de la memoria. Elástico, fresco y desdeñoso de la buena comida popular y del agua caliente pero admirador de todos los signos de jerarquía y dominio en los que el austero apóstol se complace. Réplica en fin del líder incombustible, a imagen y semejanza, en menor formato, de los nuevos dioses.

Paraíso VIP

Topografía del Olimpo

Finalmente es un evangelio que carece de originalidad pero no de muy material e inquietante estructura. De hecho, nunca, gracias al uso pervertido y monstruoso de la telemática, su poder había sido tanto. El reino que se pretende implantar en este mundo y cuyas consignas se escuchan en millones de canales y mensajes no es otro que el viejo comunismo remozado, el afán totalitario, el manual de fabricar en serie el Hombre Nuevo y ponerlo a disposición de los mandarines. El neocomunismo actual, todo sonrisas y verdor, tiene como música de fondo los aplausos del partido único Chino y las más toscas pero muy convincentes amenazas de las mafias rusas, de Moscú y de los controladores del paso de materias primas. Corresponde al temible empeño de destruir desde el interior, por franquicias interpuestas,  países e individuos libres, arrebatarles cuanto poseen y la idea misma de trabajar por ello, empujarlos a un redil donde disfruten, y agradezcan, la igualdad del pienso. Ahí reside la felicidad de los auténticos ricos: sobrevolar la grey, soldar sumisión y devoción en el vapor que a ellos les sirve de perfume, escuchar por doquier dos y dos son cinco, cosechar abrazos y sonrisas. Y gozar luego con su corte, una vez  revisados en múltiples pantallas los informes, de los bienes y placeres debidos a los líderes.

De la Comuna Celeste al Cielo.

Sin embargo la fractura entre los núcleos que imponen, sin asomo de consulta democrática, cambios radicales en el tipo vida y la indignación e inquietud que sienten aquéllos forzados a someterse a decisiones ajenas que repugnan al sentido común y a la profunda y legítima aspiración a la propia autonomía y al bienestar cotidiano, la negativa a sacrificarse en nombre de dioses en los que no creen, la oscura conciencia de opresión y fraude han alcanzado dimensiones y presiones propias de placas tectónicas. Y el magma no encuentra puntos de salida porque se les ha arrebatado la dignidad y la palabra, precisamente arrojándoles simulacros de comunicación infinita y de quimérico y perdurable reparto de beneficios que recibirán por la pantalla sin moverse del asiento o reclamarán en monólogos interminables con grabaciones telefónicas mientras en las calles se hacinan parados que podrían y querrían ofrecer mucho mejores y desde luego preferibles servicios directos físicos.

Ni moderno ni online

Los apóstoles online

Desde América hasta los confines de la desgajada y desgarrada Unión Europea, el hervor y explosiones consecuencia de la presión llevan gestándose mucho más de los diez años que suelen atribuírseles, aunque hayan saltado al primer plano recientemente y adquirido un pico de notoriedad con las últimas elecciones presidenciales norteamericanas y la permisiva y teatral, atrezzo lumpen incluido, toma del Capitolio. Es la perfecta ilustración, en trazos muy gruesos, de lo que se presenta como masa compuesta de los despreciables, zafios, atrasados, impresentables y malos, a los que no puede menos de personificar alguien como el Presidente saliente, que reunía esas cualidades y no dudaba en exhibirlas.

Las élites miméticas de la norteamericana, la beautiful people de Europa y aledaños, no han dudado, con conmovedora homogeneidad, en analizar y comentar cuanto sucedía recurriendo al instrumento del que llevan sirviéndose varias décadas y que han incrustado en la cultura, los mensajes y la conciencia popular. Se trata del chantaje dual, tan fácil como falso, servido por la reciente plantilla de dioses y evangelios, provistos de tópicos bienaventurados, de un bien remunerado sacerdocio y de una red de inquisiciones. Se han secuestrado lenguaje, medios de comunicación y a la expresión y gestación mismas del pensamiento en una especie de implante cerebral de autocensura mediante el cual grandes contingentes de población creen que se hallan en un mundo en el que prácticamente la especie humana se divide, y ha dividido desde la aurora de los tiempos, en Buenos/Malos,  Éstos deben identificarse -y ay del que automáticamente no lo haga- por una parte, en los primeros con el marchamo de izquierdas, progresistas, socialistas, comunistas, antifascistas, trabajadores,, feministas de género, inclusivos. centristas .dialogantes. En los segundos, abominables sin paliativos, las etiquetas fatales son  derechas, liberales, fascistas, capitalistas, burgueses, nazis, conservadores, propietarios, emprendedores, reaccionarios, machistas, extremistas, crispadores, racistas. En el caso de España, vergonzante donde los haya, en la que la visión política ciudadana se ha revelado incapaz de ir más allá de la comunidad de vecinos mal avenidos, es preceptivo añadir como Buenos nacionalidades, multicultural, identitario,  ancestral antifranquista (Nota Bene: post mortem), foral, diferencial. Los Malos gozan además en este caso de epítetos constantes: facha, centralista, franquista, nacional.

Las Tablets de la Ley

Los nuevos dioses se sitúan, en un espacio lo suficientemente alto, difuso e incontrolable como para servir a las proclamas de cualesquiera líder y élite que, en su nombre, culpabilice e imponga diezmos y vasallaje a la grey a la que él graciosamente favorece y salva. La franquicia oficial del mesías invoca a sus pares celestes. El Dios Planeta, el Dios Futuro, el Dios Clima, el Dios Energía Bondadosa, el Dios Medioambiente, el Dios Género y el Dios Victimas y Víctimos son perfectos para el perfecto totalitarismo anónimo. La utilización mercenaria del nuevo Olimpo, del socorrido santoral a siglos vista, ejerce exactamente el efecto contrario al que se proclama, impide medidas y estudios razonables, ceñidos a situaciones, lugares y seres concretos. No habrá dictador que no se deshaga en alabanzas a la nueva red de Burós Políticos Verdes, Dialogantes, Progresistas, Ambientalistas, Ecológicos, Inclusivos, Policéntricos y Multiculturales. Se trata, además, de dioses que resultan extremadamente adaptables en mantenimiento y sacrificios y que, como Futuro, el más cómodo de los dioses por cuanto inexistente, están exentos de críticas so condena de herejía.

Bueno y Malísimo (y feo).

El arma del  dualismo preceptivo es un instrumento de chantaje, continuo, social, cultural y, sobre todo, económico, puesto que significa llanamente la promoción e implantación de capas de parásitos exclusivos dueños y administradores de plataformas y sumisas audiencias, de las que extraen beneficios a escala de los Estados, lo cual rinde mucho más que corrupción alguna, gracias a la intimidación que su monopolio oficial supone y a la consiguiente extorsión ejercida contra los que sí producen, crean, valen. En suma, una sustitución del mundo real por el irreal de explotación a distancia. Un márketing de proporciones tan colosales se consigue con un dominio de los medios de comunicación abrumador, gracias a la feliz confluencia de la ola de clientelas parásitas de utopías subvencionadas (fenómeno históricamente nuevo) y el imperialismo informático. No se trata, ni mucho menos, de un simple fenómeno pasajero de manipulación semántica y demagogia. Su dimensión  se está revelando día a día, por la implosión de estructuras básicas de los países, por la inclusión en el índice de ideas prohibidas de los valores universales, por el abandono de la defensa y mención de éstos cara al exterior y por una regresión obvia y acelerada, ante la que las víctimas y afectados por la plaga parásita permanecen mudos, acobardados y desarmados a causa de la presión ambiente, de la necesidad de aceptación laboral y social, de la convicción de impotencia y por el franco temor, que se palpa incluso en las más informales conversaciones, de verse incluido en el bloque de los Malos, reaccionaros, fachas, derechistas y de ser objeto de rechazo, agresiones u ostracismo. En este sentido, se está viviendo la época de menor falta de libertad, literalmente, y mayor atentado contra la vida privada que se recuerda. Todo un logro.

Al desgajarlos de su contexto histórico para construir el mito dual, términos de muy real peligrosidad, como nazi, genocidio, totalitarismo se han banalizado y por lo tanto, al no existir delitos per se y responsables, criminales y crímenes, se ha abierto una tierra de nadie ética en la que puede acampar cualquiera y hacer y afirmar lo que le plazca mientras se cobije bajo una bandera y goce de audiencia suficiente. Hacia ese descampado se precipita un muy especial lumpen que se ve excluido y despreciado por la nueva e inalcanzable élite y que carece de formas de expresarlo, tanto más cuanto que el placebo del diluvio de mensajes es inversamente proporcional a la reflexión, el conocimiento y la significancia. El interesado mito dual ha producido también efectos nefastos en el polo demonizado de los Malos. Las víctimas de la nueva inquisición están lógicamente a la defensiva, no ven sino ataques en cualquier alabanza del sector público y se enquistan con frecuencia, sin análisis objetivo ni racionalidad algunos, en puntos ideológicos abstractos, pasionales y ajenos a la complejidad de las situaciones individuales reales y al valor de la solidaridad

 La plaga dual es pandémica, ha anegado múltiples países, pero ninguno es un ejemplo tan claro como España, porque en ella se ha llegado al evidente extremo de país fallido, lamentable zurcido de piezas y remiendos que prohíbe el uso de su propia lengua, se reparte entre clanes, abomina de su historia y es la única entre las que deberían ser sus pares que ya no merece el nombre de nación. Su caso ilustrará probablemente capítulos de estudios sociológicos por su especial explotación del mito dual a fuerza de recrear el fantasma de una pasada guerra civil de forma que sirva de perpetuo instrumento para mantener a la población bajo chantaje y monopolizar, con intención de eternidad, poder, control y economía .por parte de la clase parásita. Figurará en los manuales como ejemplo del paso de país a anécdota.

Revolucionarios esperando su momento. Madrid 2011

 

El Antiguo Testamento

La extrapolación de vocablos que sólo son válidos referidos a épocas y situaciones concretas y únicamente pueden ser utilizados en estudios históricos y sociológicos no es, finalmente, sino una de las facetas de un fenómeno de mucha mayor envergadura que puede, y está de hecho logrando, sumir en la indefensión a millones de personas. El obligatorio dualismo tiene una semilla, de considerable tamaño por sus efectos aunque relativamente reciente, que se ha utilizado para explicar nada menos que la totalidad de la Historia desde que el homínido bajó del árbol. El dogma de la Lucha de Clases, que trata con apariencia científica y definitiva cualquier faceta humana, reduce en realidad a los sujetos a rebaño, a categoría animal cuyos miembros nacen, viven, se reproducen y mueren definidos por una especie de genética semejante en cada uno a la de los demás de su grupo, homogéneo éste en comportamientos y rasgos con variaciones puramente zoológicas. Establece un dios colectivo e inmutable llamado Trabajadores que ignora la evidencia y el presente y sacrifica vidas y haciendas al Dios Futuro. Desgajado de circunstancias concretas, de análisis, el dogma es simplemente falso, y su énfasis en su igualitarismo enfermizo delata de por sí la pobreza del razonamiento, su agresividad en la imposición da idea de la carencia de base real. Se trata de una construcción en la que desaparece el individuo como sujeto, y con él  cuanto lo protegía, las leyes iguales para todos, la  pluralidad de las formas de expresión, la búsqueda independiente por parte de cada cual de la existencia que considere más dichosa.

Los viajes perdidos

Su mutación actual, del siglo XX al XXI, consiste en dominar órganos de propaganda, alimentar continuamente variables de rencor victimista, disponer de vastísimas clientelas dependientes en lo material, cultural y laboral de satrapías anónimas que les reparten lo que ellos ni se merecen ni se han ganado por sí mismos y reservar para la nueva e inalcanzable élite lo mejor de lo anteriormente producido. Poco importan los cuerpos, en este contexto. Es mucho más útil el dominio, desde el interior, de los comportamientos dirigidos por la diaria ración de consignas disfrazadas de ideario preceptivo que tiene un mandamiento cardinal: No percibir la realidad, los actos concretos realizados por personas concretas, es decir, lograr la desaparición de la responsabilidad individual, la desaparición del planeta auténtico, que es el cotidiano, y su sustitución por construcciones virtuales, eternas y universales. Éstas son al mismo tiempo transitorias, puesto que cada una reemplaza impunemente a la anterior sin posibilidad de réplica ni aun de recuerdo, porque  memoria y conocimiento han quedado abolidos y su frágil, limitado y manipulado espacio es el de una pantalla cambiante que carece de reservas propias gracias a la destrucción de los fundamentos del saber por obra de Reformas Educativas diseñadas para ello, y que no por azar son acérrimas enemigas de Humanidades, Historia, Estudios Clásicos, Arte y de cualquier acto y persona que muestren grandeza o que hayan sido guiados por caridad, desprendimiento, heroísmo, honradez y excelencia.

El saber sí ocupa lugar

El limitado espacio de la percepción y la memoria es ajeno a la omnipotencia cognitiva que parece ofrecer la lluvia de comunicación. Lo que está ocupado por Me Too, por normas sobre el color rosa,  por la felicidad sin propiedad y el eterno San Valentín prometidos por China y la vasta mafia oficial rusa no deja oportunidad ni lugar para hablar de los millones de muertos,  de sus campos de concentración y de sus presos. Ni tampoco hay sitio para la mayor discriminación que ha existido y existe: La de las mujeres en el Islam, véase la teocracia iraní.

La máscara de hierro islámica

 

 

 

El ser humano aquí y ahora, irreemplazable, de vida corta y derecho durante ella a buscar su propio camino, es objeto del mayo desprecio e impune agresión por  parte de los nuevos dioses. Su mayor enemigo es la mesnada de Hombres Nuevos diseñados por los subalternos del olimpo, de cerebros y rostros lisos y sonrientes y mirada fija en el futuro luminoso mientras ignoran y pisotean a los hombres reales.

Naturalmente, en tan idílico panorama a la memoria y la evidencia las sustituye el relato, una construcción momentánea de los hechos presentes y pasados sobre la cual es fácil colocar al dios Futuro, y cambiar su apariencia según conveniencia del momento, de forma semejante a cómo se cambian los canales en pantalla. El evangelio relato pasa a ocupar el espacio de cuanto era conocimiento, análisis, historia; en él Europa desaparece y se amputan sin rebozo desde la cátedra y el discurso sus raíces, muy presentes y profundas, del Derecho Romano, la cultura clásica grecolatina, el cristianismo. Libertad, individuo y Derechos Humanos desaparecen por el sumidero junto con la necesidad de correr riesgos por ellos y defenderlos. Tal defensa no tiene sentido en un espacio que ya no se considera heredero de nada, de nadie ni de civilización alguna puesto que se ha reducido a un flotante y variable archipiélago de entidades diversas prestas a acomodarse a cualquier vencedor medianamente seguro de sí. El empeño de unión  europea, los ideales del siglo XX,  son presentados como vías muertas ocupadas por burocracias distantes y enfrentamientos patentes o larvados, mientras el decepcionado vulgo, ya maduro para la sumisión por el antiamericanismo que lleva escuchando desde hace décadas aunque los gastos de su libertad, defensa y buen vivir hayan corrido a cargo de Estados Unidos, está presto a rendir vasallaje al decidido y abrumador poder del totalitarismo de los nuevos amos. El relato occidental sólo admite pequeñas europas incapaces de sentimiento común, pasión ni nervio alguno

La limitación de espacio no atañe ni mucho menos tan sólo al cerebral y psicológico. Tiene otra faceta de paralela envergadura: La material, la económica, la distribución de un muy definido presupuesto, de medios y partidas que se miden en números y que si no van a un sector van a otro, sumas que las parroquias de los dioses malos se disputan con uñas y dientes, con tanto mayor ferocidad bajo la fina capa de angelismo cuanto que los beneficiarios son conversos cuyo exclusivo mérito es el control de la comunicación, la propaganda y la repetición de consignas de amor, paz y felicidad planetarias, multiculturales, verdes y eternas.

Ambos espacios, el cognitivo y el material y económico, están ligados como nunca en siglos pasados había ocurrido, porque se ha impuesto, técnica y puñado de monopolios comunicativos mediante, a una cantidad abrumadora de habitantes del planeta una realidad virtual, un deber ser venido de las alturas y predicado desde Sinaíes inalcanzables por Moiseses de sociedades anónimas. La relación entre las sucesivas cruzadas y la evidencia observable es nula, el uso espurio de la informática obvio, la ciencia está secuestrada mientras los fondos van a subvencionar cruzados y comisarios de las sectas. La élite del bien remunerado evangelio está lejos de ser el jardín temático de millonarios aburridos que juegan a la manipulación utópica. Es el envés indispensable de formas de explotación y dominio muy de este lugar y tiempos y de un plan sin libertad alguna para los siglos venideros.

De sacrificios, timos y callejeros del Paraíso

Los dioses tienen, generalmente, en las mitologías su contrapartida femenina. Futuro no puede ser menos y a su palio acompaña estrechamente Modernidad, en cuyo nombre dictadores y franquicias pueden imponer cualquier cosa, planear en un espacio etéreo ajeno a la menor crítica y cambiar, Tablets de la Ley en mano, sin asomo de consulta democrática, la vida cotidiana de millones de seres. Para mayor poder, riqueza y gloria del nuevo Olimpo, cuyo clero se caracteriza por un tipo de estupidez original, nueva y telemática mezcla de suficiencia, desprecio por el vulgo, ambición y prepotencia que ocupan en ellos el espacio de la memoria, la experiencia y la inteligencia. Naturalmente, por beatífica y desligada de los bienes de este bajo mundo y de sus torpes habitantes que la nueva religión pueda parecer, los dioses malos amén de obediencia y diezmos, necesitan sacrificios, humanos incluso, porque el miedo es, por mucho que se lo vista de austeridad de diseño, garantía de sumisión. Conviene incrustar, tatuar bien en las conciencias que sus pequeñas vidas son deleznables y prescindibles al lado de la salvación del planeta y de la de cuantos animales y plantas lo han habitado. En países donde hasta el más diminuto caniche debe tener sus vacunas y garantías de vigilancia conviene soltar osos y lobos, nada vegetarianos, y considerar sus posibles y presumibles víctimas homo sapiens caídas en pro de una causa mayor. Convencida la sociedad, por medio de los arcángeles del dios correspondiente, de que buena parte de ella sobra, el humano intruso debe manifestar su alegría por contribuir, con sus proteínas, a la reproducción de cualquier ser que no lo sea. Cuando no pueda arriesgarse a andar por el campo sin exponerse a la garra del oso, felizmente desaparecido hace siglos de la montaña hispana, cuando sienta, antes de que le degüelle, el hálito del lobo, cansado del cordero del menú, a su espalda, siempre podrá consolarse, antes de morir, con la esperanza, gracias a la genética, de la próxima recuperación de los voraces reptiles gigantes del Jurásico.

El evangelio de los dioses malos promete un paraíso terrenal de parques temáticos de minorías agraviadas sustentadas, sin mayor mérito que su identificación gregaria, por sectores acotados al efecto y sometidos por la policía del clero del nuevo culto a las víctimas diferenciales. Con la ayuda inestimable e indispensable de la dictadura paralela online, que, en vez de integrar naturalmente en límites prácticos de utilidad general las nuevas tecnologías, se esfuerza en crear una red de absoluto control y dependencia en un grado jamás conocido y que, lejos de procurar progreso y bienestar, está eliminando hasta la más mínima posibilidad de expresión democrática, autonomía, intimidad y defensa de derechos. La desaparición del individuo y la ocupación de su espacio significan la erradicación de relaciones físicas, comunicación directa,  privacidad y autonomía, y la sustitución de muy queridos usos cotidianos  por la esclavitud entre cuatro paredes y una pantalla, mientras las élites gozan de los placeres de la vida real. Nada más grato que este panorama para el dictador y su corte, que sacarán ritualmente en procesión a los dioses malos con Futuro a la cabeza, ante cualquier asomo de protesta y reinarán sobre el rebaño ideal segregado por el Estado de Excepción, tan prolongado como sea posible, que pronto se confundirá con los usos habituales.

 

El rescate

En cualquier lugar……

Y sin embargo sobrevive

La persecución del individuo ha sufrido y sufre un ataque de inusitada, pero organizada, violencia en todos los frentes. Y es inseparable de la destrucción del fundamento mismo de cuanto ha hecho mejor, universalmente adoptada, libre, próspera y grata una forma de vivir, pensar y organizar sociedades. Hay una mezcla de depredación impune, codicia, envidia, rencor social y odio sembrada en ingentes cantidades, una degeneración, que sería caricatural si no fuera por lo letal de sus efectos, del término democracia, que no en vano emplean indefectiblemente todas las dictaduras. El sistema del que ha desaparecido el individuo en sí como centro ha sido tomado por elementos ajenos a la libertad y valores de la persona, véase etnia, lugar geográfico, sexo, color de la piel, ritos tribales, usos comunitarios religiosos, historias míticas. Exactamente lo contrario al progreso y la civilización, que han sido claramente, y con no poco esfuerzo y retrocesos, una lucha por la independencia de las cadenas externas, predeterminadas por factores ajenos a la libre voluntad, una toma de conciencia del valor de esfuerzo, trabajo y méritos propios sin los cuales no hay solidaridad ni bienestar algunos, un ascenso hacia una humanidad que sin el ejercicio del libre albedrío ya no lo es.

Alguien avanza.

Precisamente por eso, y porque el revulsivo de la pandemia ha venido a poner en evidencia en toda su crudeza la fragilidad de lo que se daba por adquirido y perdurable, es buen momento para aprovechar la oportunidad del rescate, de la forma mejor de vivir que se quiere destruir y reemplazar, de la idea del individuo con todo lo que conlleva, de las bases fundacionales de Europa que fueron y son capaces de universalizarse por la común aceptación y comprobación de su excelencia. Es tiempo de rescate en la reflexión sobre China, que no es una masa amorfa de millones de autómatas ni un alien de monstruoso tamaño y lejanía, sino seres con capacidad de diferencia, disidencia, voluntad y cambio. Tiempo de rescate y denuncia de la falsificación de la historia y del antiamericanismo de salón, de la delegación de la autonomía personal y de la conciencia de su precio. También rescate de la indispensable revolución técnica, de la tecnología adaptada, y no a la inversa, a la necesidad y deseos reales de la gente concreta. Con clara percepción de que se puede morir de seguridad y no de amor, vivir miserablemente bajo la aparente comodidad instantánea de nuevas dictaduras, perder cuanto por simple instinto se sabe que es mejor y estimable.

La confrontación con la desgracia, el desconcierto, la indefensión inicial ante la pandemia han desnudado el hermoso cuerpo de lo que por civilización se entiende, lo han hecho, por ello más vulnerable pero también más propicio a recuperación y diagnóstico, más accesible al aprecio por la conciencia de que puede perderse y de que es forzoso luchar por él. Sin temor a los falsos dioses, Rescatando así cada uno lo mejor de sí mismo.

Viva la vida. Ésta.

 

 

 

 

El arma más poderosa

Hay algo que es más poderoso que todo: Una idea, cargada de libertad, de respeto por el individuo y de amor a la vida. Es arma lenta, con pausas y retrocesos, pero su poder nada lo iguala. Es exclusiva de la especie humana, los colmillos, astas, garras y veneno del primate desnudo e indefenso. Anida quizás en un recoveco gris de su cerebro mas no es sólo cerebro. Quizás se desplaza por su médula y navega en su sangre. Corre a más velocidad que el guepardo, hiberna y se aletarga durante largos períodos. Puede hacerse invisible como el agua bajo la luz. Pero luego crece, se afirma, resplandece, y muestra esa cualidad única que es la capacidad de dar lo que no se tiene: Fuerza, esperanza, ánimo.

Ancha es Castilla.

Siempre es primero la idea, y luego se materializa en un objeto, en un plan, en actos. Inexplicables serían si no la extensión de proyectos, los descubrimientos e invenciones, los cambios de gran envergadura a  partir de pobres orígenes y aislados individuos.

Tiene su reverso, de temor, cobardía, servidumbre, que, como carroñeros al acecho, siempre esperan su oportunidad temporal. Sin embargo el arma es tan poderosa que sobrenada crisis y bajezas, prende, y ya no se extingue, erguida como una vela a imagen del hombre frente a los tanques, saboreando,  junto con el reprimido instinto de la fuga, el sabor de su propia dignidad.

Para envidia de los malos dioses.

Rosúa

 

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EL OTRO CEMENTERIO

Madrid, 20 de febrero de 2021

Algo ha ocurrido. Y que ocurra algo, que haya cambios generales, espectaculares, insólitos en un lugar tan estático como un cementerio es llamativo, extraño. El bien conocido cementerio sur, acceso por la carretera de Toledo viniendo desde Madrid, al que R. acude con regularidad, tres o cuatro veces al año, a visitar la tumba de su abuela y sus padres ofrece ese sábado de finales de febrero una imagen desconocida. No son fechas señaladas de Difuntos, días de la madre, o del padre, ni de melancólico recuerdo navideño. Es una fecha cualquiera de dos años por las cuatro esquinas tristes, de rendición física y social, de un guiso revenido de cobardía cotidiana, de retroceso, de mercenarios y cacique.

2021 Memorial Víctimas del Covid. Madrid. Cibeles

Nada de esto debería advertirse en el cementerio, el lugar que planea sobre las agitaciones de las marejadas externas, que se sitúa en el vasto territorio de la nada y la indiferencia, donde los recuerdos son, como las flores, presencias pasajeras rápidamente disueltas por las horas, los días, los años, el viento, la lluvia.

Y sin embargo ha ocurrido. Todo alrededor, en suelo, nichos, lápidas. El cementerio se ha llenado, fuera de época y en muy mayor medida que lo que nunca ha visto la visitante, de pruebas abrumadoras de un súbito aumento de población y de apresuradas ofrendas, tanto que multitud de ramos, papel para envolverlos, coronas, guirnaldas, hierbas, tallos, flores naturales y de plástico, ramas marchitas, ruedan por el suelo, yacen donde los dejaron con apresuramiento y quizás desconcierto de la notificación inesperada. El lugar es un complejo hotelero en pleno overbooking, desbordado por la ola imprevista de nuevos visitantes para larga estancia y por otros que, sin esperarlo, se han visto obligados a recorrerlo, a dejar ese ramo que lleva el viento de esquina en esquina, a buscar inútilmente agua, servicios limpios, escaleras movibles que les permita alcanzar nichos en lo alto. Fuentes y grifos están secos, las escasísimas escaleras de ruedas son viejos y pesados artilugios cuya escasez habla de la mísera consideración que hacia ésos que no votan tiene el erario público. Cubre el suelo la ola de papel, plástico y planta marchita, y nichos y lápidas ofrecen una inesperada, espectacular y decorativa floración de pétalos un tanto polvorientos, aún respetados por los vendavales, todavía no reducidos a sarmiento y pavesas.

El silencio del cementerio sur habla a grandes voces. Bajo él y hacia arriba se filtra hasta la superficie el cementerio amordazado, encarcelado, escondido bajo la máscara de cemento, no de hierro, en la celda oficial donde se espera que nadie nunca lo encuentre, que solamente se hable, ocasionalmente, de cifras, fortalezas, votos y victorias. El otro cementerio sabe de verdugos con corbata roja, de sicarios que nunca dejaron sobre sus lápidas una flor, de una masa que coreaba “el miedo es libre” y ha pulido, de nuevo, la superficie de las tumbas con su temor, su sumisión y su silencio. El otro cementerio está en pendiente. Por ella ruedan, atropellados, los marcados por la estrella amarilla de la nueva peste que, más letal que en sí la pandemia, figura en las fechas de su carnet de identidad y establece que su estancia en el mundo de los vivos ya no es rentable y dejarlos morir es lo más sabio.

El cementerio sur ya no es un lugar apacible. Es pobre, abandonado y, al tiempo, visitado en exceso, en estancias cortas de personas aún sorprendidas por una definitiva e inesperada ausencia. Repentinamente habitado por inquilinos inmóviles e indefensos que estarán diez, cien o quizás más años. Nunca, nunca, citado por los que tocaron poder y dinero empinándose sobre el borde de sus lápidas, por los que impusieron a los vivos la especial servidumbre de la certeza de su impotencia

El otro cementerio aflora, bajo el peso de los recién llegados y de la historia de oscuridad, de ocultación y criminal engaño que cada uno arrastra. Uno tras otro hablan de abandono, en cada nicho hay alguien que escupe una corbata roja. Y ya no hay el silencio, o es muy otro.

NOTA BENE:

[1] Durante la pandemia de 2020, en España, el Presidente del Gobierno, que había llegado a él por una moción de censura y no por elecciones generales e instauró un Estado de Alarma que desmovilizaba a la población, lució un día tras  otro, mientras la gente moría, corbata roja con el fin de que no se asociara su imagen a los millares de fallecidos ni a signo triste alguno. Ni él ni su Vicepresidente, el cual estaba nominalmente a cargo de asuntos sociales, visitaron las residencias de mayores, donde hubo mortandad masiva, ni los hospitales ni los cementerios. El esfuerzo oficial se centró en la propaganda mediática y en mantener, de forma indefinida, acobardados, empobrecidos y dependientes a los ciudadanos. El clan así instalado en el poder se afianzaba en él, copando todos organismos del Estado mediante apresuradas leyes de excepción y lluvia de nombramientos de clientelas, y quemaba etapas hacia un populismo totalitario presidencialista,

Rosúa

 

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Panorama en altura de la estación de Atocha.

Madrid, marzo de 2021 (in memoriam del 11 de marzo de 2004)

La noche pone una máscara de terciopelo sobre los peores desastres. Desde el último  piso del edificio frente por frente, al otro lado de la corola

Estación de Atocha. Las vías a ninguna parte.

de intercambiador, vehículos y viajeros, llegadas y salidas, el círculo es una diadema de luces, acompañada del ir y venir de faros, del parpadeo de letreros, de las diminutas figuras que se dibujan tras las cristaleras. A izquierda y derecha se adivina la penumbra, casi subterránea, de vías, salas, escaleras, aparcamientos. Más allá, hasta la última distancia, se extiende la larga y ancha alfombra del Madrid sudeste, porque el edificio se alza sobre un montículo y la visión desde allí es amplia y abarca, como desde un acantilado, la oscura superficie cuyas luces se van espaciando hasta unirse a la incierta línea del horizonte.

La Estación de Atocha nunca será la misma para quienes la conocen, y la vivieron el 11 de Marzo de 2004.

Frene a ella, como un bolardo aquejado de gigantismo, aderezado de una envoltura blanda y globulosa de un sucio blanco-gris, se alza el cilindro supuesto homenaje a las víctimas de la masacre terrorista que, con la explosión de varias bombas en los trenes, se llevó por delante por la mañana temprano las vidas de doscientas personas y tiñó, para siempre, de recuerdo, incertidumbre y oculta vergüenza el aniversario.

Fue tres días antes de las elecciones generales. Y tras el crimen múltiple ocurrió algo terrible, en Europa nunca visto: El partido que en principio no tenía posibilidades de victoria utilizó el horror, el miedo, la indignación y el desconcierto, para azuzar grandes manifestaciones, en la calle y en los medios de comunicación, culpando del atentado, no a los asesinos, no a los que habían puesto las bombas, sino al partido democráticamente elegido y en el Gobierno. Con el resultado de alzarse aquél con la victoria electoral y de, rápidamente, emprender un giro populista, fanático y ruinoso de la dirección política española.

Estación de Atocha, (Madrid). Memorial a las Víctimas del 11 M (Monumento al olvido)

Nunca se aclaró y demostró la autoría intelectual del mortal atentado terrorista de Madrid, jamás se denunciaron y juzgaron individual y claramente a todos sus autores, ni fueron escuchadas ni respondidas las escasas voces que se alzaron contra la apresurada versión oficial. Hubo después víctimas, las del obligado silencio, las de la impotencia y la amargura, los incapaces de recurrir a la ceguera voluntaria y a la oportuna desmemoria de lo que siguió al suceso, los que nunca ya olvidarían la utilización del horror, aquellos que jamás han podido ya apreciar su país como solían porque lo cubre, invisible, sorda, algodonosa, la capa del color de la vergüenza. La que no han sentido quienes, desde entonces, se lavan inútilmente las manos tras cosechar los grandes beneficios a la medida de un crimen de tales dimensiones. Ahí empezó, y es de largo alcance, la inmensa e invisible imposición de una historia ficticia en la que es forzoso enrolarse en la rentable dualidad, creada al efecto, de Buenos y Malos. La técnica ha sido desde entonces la misma, pero diluida, que la de la brutal y rápida manipulación del atentado y los centenares de muertos del 11 M.

El cilindro, en el centro de la plaza, lejos del contacto y confundido con el polvo y con la bruma, consigue ser metáfora del recuerdo inoportuno y del cuidado silencio. Blindado a comentarios, En él se desdibujan nombres, dolores, fechas insistencias en saber los culpables y las manos que tejieron con bombas el esquema y se anotaron luego dividendos. En el cilindro se hunden, y enmudecen, indignación, preguntas, omisiones, gritos, viejo dolor mal enterrado y quemaduras de vergüenza ajena.

Visión desde la altura de la Estación de Atocha. La corona no será nunca igual de luminosa.

Rosúa

 

CIVILIZACIÓN, AL FIN.

Madrid, 3 de abril de 2021, Sábado de Gloria

El lugar de la cita para recibir la primera dosis de la vacuna contra el virus se alza en un territorio de amplio horizonte que parece de reciente repoblación. La fila es muy larga, serpentea hasta perderse de vista, dibuja los bordes de un mapa de esperas, ya desde hace un año, de esa vacuna que es lo único que puede dominar la pandemia, rodea el novísimo Hospital Isabel Zendal, levantado en un tiempo récord por la Presidenta de la Comunidad de Madrid para atender a las víctimas del Covid. La organización es sin embargo, como el transporte, impecable, la corriente no se detiene, la franja de citados, centenares, miles a la larga, corresponde a personas que pasan de setenta años.

De repente existo. Yo, que se supone que no cuento para nadie según los criterios sociales establecidos y que vivo una vida solitaria en extremo, he comenzado a existir en el territorio, el país, la ciudad que habito. Y más allá de existir, de mi propia y tan limitada existencia, experimento, con fuerza que parece multiplicada por la amplitud del horizonte y por cada uno de los que esperan, un sentimiento totalmente nuevo, amplio, abierto, luminoso, grato;: El orgullo del lugar, de los seres y de la especie en los que me hallo. Estoy viviendo un momento histórico, único, jamás recordado por nadie de los presentes, nunca experimentado por todos los individuos sin excepción, mucho más que una guerra o una catástrofe económica. La pandemia, letal, indiscriminada, veloz, ha sido la señal del comienzo de una carrera  para salvar personas de la muerte. Ha producido, también, vilezas y carroñeros en su camino y dado la justa medida de los peores parásitos, pero, por encima de todo, el sentimiento que despierta esta mañana del Sábado de Gloria de 2021 es el orgullo. Orgullo de pertenencia a un vasto grupo, un remanso de la Historia en el que lo que es la auténtica civilización brilla, la que consiste en valorar cada persona y su vida, sin otro criterio. La fila está compuesta de seres físicamente limitados, enfermos, débiles. Son personas, y basta. Exactamente eso es civilización, ahí se alza el escalón enorme que separa al individuo de la servidumbre a la supervivencia de la especie, del ciego instinto que forzosamente rige el reino animal. Ahí, en cada uno de los que deben ser salvados, vacunados, con todo el esfuerzo que ello supone, está la chispa en la que, de manera confusa pero persistente, sabemos que arde lo mejor de la condición humana.

Frente al Hospital se han sembrado nuevas plantas, todavía unas hojas y un tallo. El metal claro de la cúpula parece haber posado ayer su nave extraterrestre, porque la rapidez de su instalación es asombrosa. El blanco, negro y gris de los interiores no producen frialdad sino la tranquilidad del acceso a un espacio seguro, estable, aireado, cúbico. Los brazos de la ciencia, cubiertos de batas y guantes y rematados por el punto final azul de las jeringuillas, son la meta de un largo camino, de meses de expectativa y tierra de nadie. La pandemia arrasó con los calendarios, se burló de las agendas y los relojes, hizo del tiempo y las fechas señaladas un baldío estéril donde nadie osaba plantar una esperanza. Los brotes, frente al hospital, sin embargo crecen, la fila avanza, entra en el recinto, es bien recibida y orientada. Y, finalmente, en el corazón del miedo se clava una jeringuilla azul.

Sabemos, lo enseñó y aún lo enseña, lo que hubieran hecho con los que están en este fila los regímenes totalitarios, sabemos el desprecio que hacia ellos mostraron políticos indignos y chamarileros mendigos de la imagen. No han vencido. Ahí están muchos otros, sanitarios, gestores, políticos eficaces y decentes, laboratorios que han colaborado, intercambiado, quemado las pestañas y las etapas y gente del común que sin decirlo ni escucharlo sabe que no tiene derecho a disponer de otra vida. Sabemos lo que hubiera ocurrido con los de esta fila en otro marco y circunstancias, nos lo enseñó el siglo XX, y aún brotan y brotarán adeptos a su eliminación, al afán de marcarlos, de una forma u ora, con invisibles estrellas amarillas distribuidas, probablemente, online.

Las personas de la fila sienten alivio y agradecimiento. También cansancio, resignación y premura. A veces reflexionan en voz alta sobre su suerte. No saben hasta qué punto es grande la dimensión de ésta. Por experiencia directa alguien de la fila, que esto escribe, recuerda el contraste del tratamiento y medios con el de otros lugares y países, aquél donde una rata atraviesa la sala de consulta del médico, donde la suciedad pública es norma y se defeca al raso a lo largo de las vías del tren mientras el gobierno lanza satélites, naciones ricas en mercancías y prepotencia pero donde el tratamiento para un cáncer es de pago y la vida, la muerte y la libertad  no están sujetas a las leyes, lugares donde al enfermo por la pandemia sólo se lo hospitaliza si abona cantidades de dinero fuera de su alcance.

Las personas citadas  para la vacunación, gratuita, en ese hospital de la periferia de Madrid que ha surgido en tiempo récord, como un milagro, ignoran que la isla de limpieza y eficiencia en la que se encuentran es rara y vulnerable,  reposa sobre una base detestada, erosionada por quienes sólo buscan arrancar dentelladas del  magro presupuesto del país y cavan túneles para multiplicar despachos y cargos. Se da hasta tal extremo por adquirido y perdurable el bienestar que no se advierte su fragilidad, que sus cimientos, aún firmes, reciben las oleadas de la más antigua y mezquina de las pasiones: el odio a la excelencia, que invade de tal forma a sus portadores que no deja en ellos resquicio para el siempre aprecio de los hechos, del bien, de sus semejantes. Y  transforma a los atacantes en desdichados seres insensibles a la nobleza de la auténtica solidaridad humana, de la que su furor igualitario es un triste remedo.

Pero hoy el horizonte es amplio, cada cual recibe la porción de vacuna que puede salvar su vida, es tratado con atención y con respeto. Y alguien recupera el orgullo perdido de pertenecer a su especie, de vivir en lo que sí merece el nombre de civilización.

  1. Rosúa