11/23/19

DIARIO DE A BORDO

DIARIO DE A BORDO

 

LIBROS

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DIARIO DE A BORDO

 

Mercedes Rosúa

 

 

 

ÍNDICE

 

1-Con el diario en las manos.

 

2-El discurso del siglo XXI.

 

3-Consignas para un motín.

 

4-El salón de los ritos excitantes.

 

5-Oda rátida al episodio del buque correo.

 

6-La entrega de llaves.

 

7-El reparto del cofre.

 

8-El enviado de Piratas Irredentos.

 

9-Reparto de cargos.

 

10-Los Mercenarios Light.

 

11-Noticias internacionales.

 

12-La rampa viscosa.

 

13-Rueda de prensa.

 

14-Diktátor.

 

15-Gal

 

16-El Galeón de los Ritos Oscuros.

 

17-El cofre sin tesoro.

 

18-Camino de la Cala de los Malditos.

 

19-La Gabarra de los Lisiados.

 

20-Asamblea en la Sala Místico-Planetaria.

 

21-El dúo de la solución final.

 

22-La cruzada sexual.

 

23-Y en superficie…

 

24-La flota imperial.

 

25-El Congreso.

 

26-Himno del PIL

 

27-Confidencias.

 

28-Cónclave.

 

29-Las armas del Imperio.

 

30-Offing agente secreto.

 

31-El Hallazgo.

 

32-Traición y rapto.

 

33-Dulcita y el Imperio de la Felicidad.

 

34-Reparto de papeles.

 

35-Tercer grado.

 

36-El Foso de las Medusas Venenosas.

 

37-Duelos en Diktátor.

 

38-Hazañas Bélicas.

 

39-Asuntos de familia.

 

40-Santabárbara bendita.

 

41-De entre los muertos.

 

42-Lepóridos versus Mustélidos.

 

43-De Profundis

 

44-El final del imperio.

 

45-Testigos peligrosos.

 

46-Agitprop.

 

47-Desconcierto.

 

48- ¡Exclusiva! ¡Exclusiva!

 

49-El arma infantil.

 

50-Currículum.

 

51-La bandera engañosa.

 

52-Cuerpo a cuerpo-

 

53-Siempre nos quedará Diktátor.

 

54-Descubrimiento de la altura.

 

55- ¡Largad lastre! ¡Royendo amarras!

 

56-El mar era una fiesta.

 

57-El Club de la Eterna Venganza.

 

58-Gente’s News.

 

59-Migración

 

60-El Atolón de la Perfecta Igualdad.

 

61- Faros.

 

62-Los náufragos felices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIARIO DE A BORDO

 

 

1

Con el diario en las manos

 

Queridas ratas:

Estáis saltando del barco. Hasta ahí todo es normal. La diferencia es que en el barco que, al fin, se hunde la tripulación estaba compuesta exclusivamente por ratas. Y, por muy náufragos que seáis, no puedo compadecerme de ninguna de vosotras.

Pero sí escribir vuestra historia.

 

Hay multitud de galeotes todavía remando en la flota que habéis, si no aprovisionado, sí dirigido mientras roíais hasta la sombra del tocino y el último grano de las bodegas bien provistas cuando os hicisteis con el mando.

En este mar no existen fronteras, ni recuerdos, ni calendarios. Los galeotes acaban amando sus cadenas porque son lo único firme que recuerdan, y les habéis repetido tantas veces los nombres y la orientación que, sin esa referencia, babor, estribor, a mi izquierda, a mi derecha, se sentirían terriblemente perdidos. Por eso alzan a veces la vista sin detenerse en formas intermedias: el cuenco mermado y escaso, el remo cansino y el cómitre sentado sobre un queso enorme. Miran directamente el Mito Negro que ondea en lo alto, el mito inverso, como el cliché de una fotografía, tejido exactamente con lo opuesto al valor, el tesón, la originalidad, el humor, la inteligencia, la libertad, el genio, la belleza. La tripulación de la nave capitana, ésa que ahora se disputa los mejores puestos en el barco de emergencia, eligió cuidadosamente su símbolo, que campea en lo alto del mástil y es una versión rencorosa de las filas de estrellas utilizadas al otro lado del océano. Optó por un estampado de múltiples cabecitas rátidas sin mancha de león alguno.

Comprendo, ratas, cuán duro ha debido resultaros coexistir con quienes os superaban (o a poco que hicieran podían superaros) por estudios, trabajo, esfuerzo, dotes, honradez, mérito. Era esencial que los galeotes no mirasen hacia arriba, que amasen el grillete porque los colocaba a todos en los mismos bancos y les prometía un mundo tan plano como la cubierta. Para vosotras, que ahora sois un festón negro pespunteando cada superficie, bote salvavidas, camarote, soga, jarcia, claraboya, y que cubrís incluso el casco en vuestro afán de huida del naufragio, la total igualdad era una cuestión de supervivencia, porque ¿cómo si no hubierais logrado destacar de alguna forma, tomar el mando, someter a la antigua población cuando eran todavía ciudadanos de un país?

Quiero cantar para la posteridad el relato de vuestras tácticas, porque tal vez pronto no quede, de lo que creíais dominio indefinido, más que los huecos dejados por la voracidad de vuestros incisivos en cuanto era susceptible de roerse. Utilizasteis, de segunda mano o de nuevo cuño, la creación de múltiples clientelas, la dispersión de vileza asumida, la potenciación del viejo recurso a la ceguera voluntaria, la sacralización de la cobardía, la promesa de quesos inagotables y del imperio de sectas cortadas a la medida de vuestro tamaño, alimentadas por quienes no tendrían más horizonte que la superficie que les mostrabais, ni otros recuerdos que los difundidos, con leves variantes, por los diversos altavoces.

De Euralia habéis seleccionado, en su apéndice oeste, el No País, la pieza más fácil para vuestra cacería, ese último animal lacerado por mordeduras aún recientes que los chacales escogen como presa. Ninguna se ajustaba mejor al Mito Negro del que ibais a presentaros como los salvadores. Los materiales de una conciencia histórica renqueante, amedrentada, confusa estaban ahí; sólo faltaba ensamblarlos, imponerlos como patrón continuo y podar enormes trozos de memoria. Vuestra talla, la envergadura de vuestros bigotes, crecían según seccionabais del pasado, del presente, de las aspiraciones y vivencias de los habitantes cuanto era grande. Sin anclas ya en sitio alguno, fraccionada la superficie del país en apriscos y cada uno de sus hatos de ganado convencido de su condición de víctima y anhelante del pienso, sólo quedaba zarpar para hacerse con el barco. Fue sencillo separar del continente la península, desligarla de la estrechez de la cadena montañosa como quien se suelta un cinturón. Y disfrutar, sin más contactos ni referencias que los que juzgabais oportunos, en exclusiva del botín.

Ratas, sois numerosas, peligrosas, intercambiables, miméticas con el gris de una mediocridad interminable que solíais disfrazar de afán igualitario y devoción por los humildes. No soportáis a otras especies, que existan animales de dos patas, que difieran sus goces y sus hábitos, que gusten a veces de la soledad, que prefieran la altura al agujero y que rechacen, con la porción de tocino, la alegría complacida del cerdo. Os habéis, sin embargo, apoderado del timón, la bodega y la santabárbara, y habéis hecho la ley durante una muy larga travesía hasta que llegó la hora de saltar. Pero yo tengo vuestro diario de a bordo.

 

 

2

El discurso del siglo XXI

 

El barco cabeceaba suavemente y el Alto Mando Rátida había escogido aquella ocasión de mar estable y apenas brisa para convocar asamblea informativa en el salón principal. En el público hervía la expectación. No se esperaban novedades pero había, desde hacía tiempo, una clara tensión en el ambiente, rumores, vagas alusiones a correos del extranjero e incluso, lo que era más preocupante, los galeotes descuidaban sus obligaciones, aunque desde luego eran inmediatamente llamados al orden, sancionados o hechos desaparecer rumbo a naves de castigo o lugares de no retorno en la temida Costa de las Brumas.

El tema base a exponer, según costaba en la convocatoria, para información y sin derecho a preguntas dada la amplitud de los asuntos a tratar, consistía en una recapitulación general del presente, de los proyectos futuros y de un pasado que no era conocido suficientemente bien por la población y al cual debían, sin embargo, su bonanza actual.

Hubo cerrada salva de aplausos a la aparición de los dirigentes, que no solían prodigar su presencia conjunta. Ahí estaba, en el centro, Rata Primera, que respondía asimismo a los títulos de Igualísima y Rata Máxima entre otros. A su lado, pero sin rozarla y a un nivel levemente inferior, Rata Segunda, conocida como Eminencia Gris, y alrededor lo más granado de la Junta, Rata Ecónoma, Rata Parda, Rata Mayor, Rata Pedagoga y algunas más que no se presentaban habitualmente en público.

Rata Máxima, que resplandecía de una blancura escogida para la ocasión, tras agradecer los aplausos y dar, con un gesto, por iniciado el acto, dejó graciosamente la exposición a Rata Segunda:

“Compañeras, nunca se nos ofrecerá mejor oportunidad en terreno más propicio. Y, lo mejor, estamos en el siglo XXI, y cuanto creíamos obsoleto revive con nuevos bríos gracias al aliado informático. Vivan la comunicación infinita, la omnisciencia a pie de tecla y la ubicuidad sin esfuerzo. Nada de reflexión, búsqueda y contraste. Los galeotes ignorarán todo y creerán saberlo todo desde la infancia. Su aprendizaje consistirá, de la guardería a las aulas universitarias, en fragmentos dispersos suministrados de forma aleatoria, escogidos según el sistema del mínimo común denominador preceptivo y las prioridades coyunturales de nuestra tropa. En vez del Yo sé que no sé nada, estarán convencidos del Ningún saber vale más que otro. Compañeras, creced y multiplicaos. El campo es nuestro hasta extremos que nunca hubiéramos soñado. Arriba la democracia instantánea y mudable.”

“La era, si manejamos adecuadamente los rasgos que la caracterizan al nivel ras de tierra que nos corresponde, en el cual es imprescindible mantener al público que nos sigue, nos es propicia. Porque, gracias a la telemática, nunca la dependencia de la gente en su vida diaria respecto a algo que no puede controlar había sido tan absoluta. Jamás la sensación de omnipotencia había estado tan íntimamente asociada a la completa indefensión ante una pantalla muda, un bloqueo, la interrupción de un suministro.”

“Acostumbrados al mecanismo sin esfuerzo de la nueva magia, a la devoción por el ruido, a la multitudinaria, instantánea compañía que depende tan sólo de la presión de su dedo, ya aspiran casi más a ser sometidos que nosotras a su conquista.”

“Nuestro reino será asambleario o no será, y ruidoso, vistoso, abrumador, festivo, indiscutible. Olvidad los caminos hacia la dictadura igualitaria que soñaron, llevados por el ideal de mejorar nuestra condición, respetables abuelas. Se abren ante nosotras atajos gloriosos. Dictaduras ecológica, informática e indigenista même combat. Tribus unidas nunca serán saciadas ni vencidas.”

“Y ahora, os ruego que, además de los nuevos mapas y organigramas de las sectas y la recopilación de indispensables jaculatorias, admiréis esta galería de retratos:”

“He aquí los Viejos de la Montaña, indispensables para nuestra tarea (lamentablemente no hemos podido localizar Viejas de igual altura). No sé si recordáis a inspirados profetas de dunas, grutas y caseríos, a abades y prelados de masías y monasterios imbuidos de las esencias del terruño, al noble anciano que asesora hoy con su indignada visión anticapitalista y su pureza ecoloplanetaria a la generosa juventud. Ocupan un merecido lugar en la serie de mascarones de proa. Porque, por detrás, su cuerpo no puede estar formado sino por millones de los nuestros.”

“Ni por un instante olvidéis el código, las respuestas y consignas que, al ser idénticas por diferente que sea la situación de cada una de vosotras, constituyen nuestra fuerza. Nadie, y antes que nadie los galeotes, debe ni por un solo instante pensar que el universo se divide en más de las dos partes desde tiempo inmemorial establecidas: babor y estribor, ni podrá caber la menor duda de que los justos líderes están situados, y los conducen, hacia la parte buena.”

“Resumamos, compañeras, resumamos: Nosotras comeremos, comeremos gratis, comeremos todo. Dispondremos como nuestro de cuanto produzca el país, dejando a sus habitantes lo calculado para su reproducción y mantenimiento. Debéis recordar, siempre, con las jaculatorias adecuadas, el Mal con el que vosotras solas os habríais enfrentado, al Viejo Dictador erigido en icono negativo imprescindible, al Enemigo, el que es desigual, activo, brillante, laborioso, del que nosotras defendemos a la masa, prometedoramente informe, de los ciudadanos.”

“Ratas asistentes y ratas del orbe, tened presente en todo momento que ninguna debe sobresalir, distinguirse, haberse ganado el pan y el mérito con su esfuerzo. Y, para que no quepa discrepancia, vuestros chillidos ocuparán las ondas, la repetición rítmica de los términos loables o reprobables llenará el espacio. Debéis chillar sin reposo, sin descanso de un día ni una hora, porque ahí está la clave de nuestro éxito, manutención, proliferación y gloria”.

“Rechazaremos y perseguiremos cuanto nos sobrepasa: arte, catedrales, museos, buenos cuadros, grandes obras literarias, belleza de un rostro, escritura límpida, pensamientos altos, reflexiones profundas, seres excepcionales. Y, a ser posible, lo haremos cada hora y cada día, en cada fotograma y cada columna de prensa, en cada escaño de los órganos de Gobierno y cada sillón de magistrados y jueces.”

“Veo llegar el día, compañeras,….:”

(En este punto, el rostro de Rata Primera, la más igual de las iguales, se iluminó desde el hocico a las orejas, al tiempo que el orador, Rata Segunda, se erguía en postura bípeda y brillaban, mientras entrechocaba mandíbulas y dientes, sus ojuelos ávidos. El auditorio, al unísono, lanzó el hurra de un chillido coral.)

“…veo llegar el día en el que nada ni nadie sobrepasará nuestra altura, degustará manjares distintos de las ralladuras de queso, percibirá algo fuera del alcance de nuestros bigotes. Las vestiduras y colores serán eliminados de los gustos, y se impondrá entre cuantos habitantes posee esta tierra el gris de nuestra especie. Veo…Pero quizás el entusiasmo ante el futuro radiante, ya alcanzado en numerosos aspectos desde que ganamos la batalla del Atentado Oportuno, me ha llevado a extenderme en demasía. Dejo la palabra a nuestro máximo representante electo.”

Y, saludada por una ovación atronadora, Rata Primera, la Más Igual de los Iguales, se dirigió, con su modestia acostumbrada, a la asamblea resumiendo, en breves palabras, lo ya expuesto, garantizando el bienestar y prosperidad crecientes, la globalización de su victoria y su propia fidelidad inquebrantable a servirlas a ellas y a la causa.

Igualísima no gustaba de prodigarse. Además, cuantas más declaraciones más posibles contradicciones posteriores, fácilmente justificadas pero molestas. Lo importante era mantener, y exhibir, los atributos del cargo y reforzar los lazos de fidelidad y dependencia. Así pues el final de su breve intervención de clausura fue una grande y afable sonrisa mirando a las asistentes a los ojos de manera que el mensaje se sintiera como personal.

Aunque no se había previsto coloquio alguno y la guardia ya se ocupaba de canalizar al público hacia las salidas, una joven rata de las de las últimas filas que anhelaba explicar al líder su plan trabajosamente elaborado para reforzar el control sobre los galeotes logró llegar hasta Rata Máxima, le tendió los esquemas y balbuceó emocionada minuciosas explicaciones. El documento mereció una breve ojeada de Igualísima, que lo pasó a una asistente; luego posó su pata unos instantes en el hombro de la autora y le dijo:

– Excelente. Estamos en contacto.

La joven de la audaz iniciativa palideció visiblemente y su hocico rezumó esa viscosidad que en su especie equivale a las lágrimas. Había oído la frase fatal, Estamos en contacto, la que indefectiblemente, pronunciada por alguien de importancia, equivalía a no volveremos a hablarnos nunca más. Como así fue.

Y la Junta Suprema salió de la sala.

 

 

 

3

Consignas para un motín

 

En las bodegas de bajeles secundarios, donde unos galeotes se hacinaban y sorbían las raciones de rancho y otros simplemente vegetaban y se distraían con videojuegos de experiencias virtuales, había empezado a circular un peligroso documento en cuyo encabezamiento se leía: Consignas para un motín.

El contenido era tan insólito y violento que al principio los lectores palidecieron y experimentaron el vertiginoso terror a lo desconocido. Pero luego pudo en ellos la pequeña llama, no totalmente extinta, de la curiosidad; y continuaron leyendo.

“1-Rechazar, por la fuerza si es preciso, el uso de los términos babor, estribor excepto en el caso de situación física en el buque. Desconfiar de cualquiera que los emplee.

“2-Rechazar a cualquiera que se valga, como medida de valor, de una categoría, ajena a las propias de rasgos individuales”.

“3-Desconfiar de inmediato, y negar subvención y privilegio alguno, a quien se integre explícitamente en el rango de víctima genérica o histórica.”

“4-Negar los agravios ancestrales. Desposeer, acto seguido, de bienes y prebendas a cuantos se valen de ello como medio de vida.”

“5-Renunciar a los planteamientos duales buenos, malos, y marcar como objeto de escarnio a cuantos los usen  para ejercer el parasitismo en todas sus formas.”

“6-Acosar, con mofa, befa y denuncia pública, al que medra a costa de dictadores muertos, batallas en las que nunca participó y riesgos que no corrió jamás.”

“7-Establecer salidas regulares de pateras dirección única norte-sur, en las que serán condenados a embarcarse cuantos obtienen beneficios pecuniarios y sociales de la loa de los usos del Oriente Feliz. El pasaje incluirá un bono para la escolarización obligatoria de las hijas de los viajeros en los países de destino. Durante el trayecto, se rifarán puestos de trabajo doméstico en la Casa Real Saudí.”

“8-Cualquiera que se dirija a los galeotes con las expresiones galeotes y galeotas, estudios transversales sobre la Mar Oceana, ideólogos de la pedagogía marítima, oprimidos vitalicios, veteranos eternamente retribuidos o salvadores de la gente será inmediatamente encadenado al banco de remo penoso.

“9-Quien, tras revisión pormenorizada de sus calificaciones, trabajo y obras, no haya vivido sino de las apariencias será condenado a fregar la cubierta, zurcir el velamen y pulir los mástiles.”

“10-Cualquiera que se haya aprovechado del atentado del Buque Correo para lograr poder, dinero y puestos será pasado inmediatamente por la quilla.”

 

Los galeotes descifraban con dificultad el escrito. Todos habían superado con éxito los cursos de formación inversa destinados a mantenerlos en una incultura, no ya absoluta, sino retrospectiva en cuanto al punto cero, caracterizada por la extrema simplicidad y los contados personajes y sucesos que debían colocarse a babor o a estribor.

De hecho, en el silencio de la navegación nocturna, llegaban hasta las naves de la flota situadas más lejos los sonidos del barco-escuela y del bajel universitario. En uno y otro los alevines de galeotes repetían sus lecciones, que consistían sustancialmente en tres premisas:

“Yo soy un amante de la paz.”

“Salvemos el planeta.”

“Viva, mejor que ninguno, mi pueblo.”

Resonaban alegremente las fichas de trabajos manuales con las que, según sus colores rojos o azules, se reproducían perfiles, no exactamente de países pasados o actuales ni de accidentes geográficos, sino de la adecuada clasificación sociopolítica del orbe. En la universidad se elaboraban cuadros mayores que incluían el futuro glorioso de la igualdad completa.

Con mal disimulado orgullo, los diseñadores pedagógicos contemplaban el progreso del alumnado. Las preguntas no eran respondidas erróneamente jamás desde que se inventó la réplica uniforme:

“- ¿Cuántos continentes tiene el mundo?”

“-Babor bueno. Estribor malo.”

“- ¿Qué son los estados de la materia?”

“-Babor bueno. Estribor malo.”

“- ¿Cuándo empieza la Historia?”

“-Babor bueno. Estribor malo.”

La sensación de seguridad y contento se mantenía, entre el alumnado, de curso en curso, sin que la empañaran las cuestiones matemáticas:

“- ¿Cuántas son dos y dos?”

“-Lo que babor diga.”

Existían todavía, empero, algunas preguntas más complejas que requerían respuestas elaboradas:

“- ¿Si de veinte empresarios se eliminan diez cuántos quedan?”

“-Demasiados.”

Las Consignas para un motín eran leídas a los más jóvenes por aquéllos que habían superado la edad de alfabetización. Ésta fue, en su momento, objeto de largas discusiones porque, por muy tarde que se empezara el aprendizaje de lectura y escritura, siempre había quienes superaban rápidamente a los otros y pasaban, sin permiso, de la cartilla a los libros contraviniendo el deseable ideal de total igualdad. Primero se establecieron los cinco, luego los siete, a continuación los diez y los quince años como edad para aprender a leer. Los más avanzados pedagogos incluso propugnaban lo que se llamó analfabetismo de consenso como medida idónea, idea revolucionaria y del babor más puro

Ahora corrían malos tiempos, escaseaba la pólvora para cañones y salvas. Las ratas aseguraban que no había crisis alguna, pero se habían sustituido los fuegos artificiales por bengalas y los faroles de proa por velas de cumpleaños que, según premisa de la campaña económico-saludable, para menor contaminación de la brisa y mayor aprovechamiento, había que encender sólo las noches sin luna. Ese año no habría, quizás, los acostumbrados festejos y celebraciones. Al menos era el rumor que se había extendido desde que alguien preguntó tímidamente a los jefes de la nave capitana dónde estaban las reservas. Las ratas al mando respondieron drásticamente, mientras iban cargando de provisiones sus botes salvavidas, que no había el menor problema y la situación estaba controlada y era la prevista.

 

 

4

El salón de los ritos excitantes

 

En la Alegre Galera de la Revolución Gratuita (que, en su momento, debería extenderse al orbe y resplandecer desde el empobrecido extremo de Euralia hasta, como mínimo, las lunas de Júpiter) reinaba el jolgorio. Alguna rata había reparado en que estaban chapoteando en el agua, pero eso añadía lustre a su pelaje. Rata Primera, la Igualísima entre los representantes de todas las ratas del país, animaba, si no con su presencia física –porque estaba ocupada en la supervisión de la puesta a punto de su yate de emergencia-, sí con la multiplicación de su imagen, el evento. La sonrisa inalterable y el gesto siempre pacificador de sus manos brillaban en paredes, solapas, bitácoras, astrolabios y brújula, que señalaba permanentemente a babor. Su vate preferido había tomado la guitarra. Agrupados por sectores según las diversas pancartas, los asistentes se balanceaban al ritmo de las estrofas equitativamente alusivas: Vivimos como ricos sin palas y sin picos. La Enseñanza al hoyo y a repartirse el bollo.  Los antis a la lucha. Todo para la hucha. El diploma está mal; peor el capital. Abajo oposiciones, vivan las subvenciones. Los yates ocupados; todos gastos pagados. Es eso, es eso, birlarles todo el queso.

A altas horas de la noche, cuando la cuajada embriagadora había producido su efecto, era tiempo de descender hasta el salón de la bodega destinado a los excitantes ritos de los Heroicos Luchadores Contra Estribor. Todas se disputaban el hueco para morder representaciones del Mal Antiguo, del Dios de la Desigualdad, horrendo hasta en el nombre. Todas brincaban y danzaban, al ritmo de la guitarra del vate, orinaban y azotaban con sus colas a las momias de los seres altos y distintos. Luego, en el salón contiguo, las esperaba siempre el gratuito y abundante refrigerio compuesto de sabrosas pilas de papeles. Diplomas, títulos y certificados ya inservibles desde que el reparto automático produjo la deseada igualdad absoluta. Algunas recordaban la primera etapa, anterior a la abolición de los saberes. Fue hermoso anular lo que antes se entendía por educación especializada en temas, edades de los alumnos, asignaturas, categorías profesionales; fue bello perseguir, fragmentar, eliminar a los más calificados; para, acto seguido, simplemente repartir las horas de clase diaria entre los fieles, que llenarían espacios y cobrarían haciendo cualquier cosa con alumnos de cualquier nivel. Mientras, los más calificados del profesorado antiguo eran destinados a la limpieza de retretes.

La siguiente etapa produjo la espléndida cosecha de papeles para todos de tal forma multiplicada que, actualmente, los comensales de la bodega elegían antes de roer, con prurito gastronómico, los pliegos más apetecibles:

-Yo devoro la Física.

– ¿Y eso qué es?

-Algo que impusieron los Antiguos a la clase entera antes de que nuestro Comité Igualitario lo sustituyera por cinco horas en Peluquería, dos en prácticas de Gastronomía Local, tres en Reciclaje de Libros de Literatura y Ciencias en Pro del Bosque Amazónico y diez en diversos refuerzos, permanentes.

-Sé que fue una gran victoria de la que, aunque muchos lo ignoren, proviene nuestro acceso y toma del poder- dijo una rata culta que había ya despachado media tesis doctoral de Filosofía.

-Nunca se agradecerá bastante al Comité su labor, indispensable para invadir los territorios de la antigualla llamada Educación, sustituirla por el A. A., el Adoctrinamiento Adecuado, expulsar o degradar a sus docentes y colocar a los que nada o menos sabían. ¡Ah, el gulag, las purgas de intelectuales! No podíamos llegar físicamente a ello, no disponíamos de medios para la eliminación y el confinamiento. Pero lo hicimos mejor.

– ¿Mejor todavía? – La representante del Gremio Ni Un Día Sin Consigna se atragantó con las migajas de la Antología de Lengua, tosió y luego juzgó de buen tono eructar para dejar patente su inquebrantable igualitarismo social.

-. Mucho mejor. Simplemente nadie podía reaccionar en contra; bueno, hubo individuos aislados, a los que fue fácil injuriar, sobornar o condenar al ostracismo.

– ¡Recuerdo! ¡Recuerdo! –la rata de la tesis filosófica volvió a atragantarse, pero era el momento de citar el papel del Movimiento de Todos a mi Altura, sección del Gremio al que pertenecía. – ¿Para qué estudiar si puedes aprobar?, El puesto será tuyo y el cátedra al trullo., Primaria Universal. Saber más está mal. Éste es el paraíso, sin trabajar y fijo. Con la tribu y con el clan pan y vino que nos dan. No a la discriminación: todos pasta y botellón.

Alguien del fondo, que se aburría por lo conocido de las consignas y estaba ahíto de su legajo, gritó:

¡Compañeras, recordemos el ideal que nos une: ¡Rátidas unidas nunca serán vencidas!

Y el conjunto lo repitió tres veces con entusiasmo.

-Nada tendríamos sin la sagaz estrategia planteada y llevada a cabo con éxito hace décadas. Muchas de vosotras no lo recordáis, pero había ratas flacas. -terció una rata oronda que se deleitaba con las ilustraciones de la reproducción de un códice miniado. –Aunque debo reconocer que en realidad fue mucho más sencillo de lo que esperábamos. No teníamos enemigo. Bastó con hacer a la mayoría, a diversos niveles, mercenarios, y con asustarlos con la continua amenaza de encasillar al que disintiera con Eres de Estribor. Dominamos los cables, ya sabéis que, desde tiempo secular, roerlos es lo nuestro. Simplemente aprendimos a mordisquearlos hasta ciertos límites, de forma que la gran mayoría de la comunicación pública, y, en apariencia, privada pasase por nuestros hocicos.

-A veces hubo que dar un empujoncito. –quien había intervenido, dejando de lado el fajo de hemeroteca, pertenecía a las muy discretas pero siempre presentes Fuerzas de Choque, y tenía una cola singularmente larga y afilada que utilizaba en artes marciales. –Como el Gran Salto Adelante. Ya sabéis, la casual y oportuna explosión, y hundimiento, del Buque Correo.

Hubo un coro de risas sofocadas y chillidos de puro gozo en el que se mezclaban apostillas diversas:

-Sí, sí. El que se atribuyó a un ataque terrorista de Piratas Irredentos. Los que están ahora colocados en la red de Autonomías Sublimes y celebran regularmente concursos de levantamiento de sacas de billetes, explosiones controladas y Juntas Gastronómicas a las que, como miembros de la sección “Amigos del Caviar Beluga”, nos hemos unido en algunas ocasiones.

-El episodio lo sabemos pero, ¡es tan bonito! ¡Cuéntanoslo otra vez! ¡Cuéntanos la peli! -parte de los presentes se había vuelto hacia un ejemplar menudo, de pulidas uñas, especializado en la dieta de grabaciones de filmografía.

Y, reforzando la petición, entonaron juguetonas:

– ¡Euros mil en el cofre del Muerto! ¡Ha, ha, ha, la botella de ron!

-Acompáñame, Rata Cantora.

La interpelada sacó su instrumento y comenzó a pulsar delicadamente las cuerdas, ora con el rabo ora con la fina garra. El barco se balanceaba y el subir y bajar del mar aumentaba el efecto del ritmo de los párrafos y creaba un ambiente hipnótico en cuya penumbra tomaba cuerpo visible el relato.

 

 

 

 

5

Oda rátida al episodio del Buque Correo

 

Reinó el silencio en la sala, anexa a la de juntas, donde se desarrollaba el acto informativo. En la oscuridad, las superficies parecían tapizadas por la afelpada cubierta de ratas y salpicadas por el brillo de centenares de ojos. Toda la atención se concentraba en las imágenes, el recitado y las explicaciones añadidas por las responsables de revivir la memoria histórica. Los grandes episodios que marcaron su ascenso al poder tomaron cuerpo ante el auditorio.

Las más jóvenes seguían, fascinadas, la proyección, levemente brumosa, del episodio de la explosión del buque correo, acompañado por los versos y la música de fondo.

 

Había una vez un tesoro

de más quilates que el oro,

un botín de mucho peso.

¡Era un país como un queso!

 

La incertidumbre reinaba entonces en el reino de las ratas. Antes habían vivido, se habían reproducido durante largos años en el país de la seguridad y la abundancia, eran las reinas destronadas de reinos que habían inventado, y, por ello, había que mantenerlas, rendirles pleitesía y cantar con regularidad, sus alabanzas. Los súbditos trabajaban, se sometían en silencio, dejaban entre sus patas regularmente ricas porciones de quesitos y palidecían cada vez que eran amenazados con la invasión de Estribor. Pero la inseguridad y la gula se apoderaron, con justo motivo, del corazón de los roedores. A sus hocicos llegaba el olor al cambio de los tiempos, el final del periodo dorado durante el que su superioridad, la del Babor Salvador, no era por nadie discutida. Algunos súbditos se habían habituado a alzar la cabeza y descubrían que había múltiples direcciones, y no sólo dos, en la amplia superficie del mar, comprobaban que incluso se podía mirar arriba y abajo. Musitaban que tal vez el relato de las dos fuerzas primordiales de Estribor Oscuro y Babor Benéfico no era sino un mito. Y entonces ¿por qué servirles a ellas queso, proporcionarles confortables cubiles, instalarlas de por vida en despachos, distribuirles diplomas, pasear a sus representantes por los actos públicos, premiar sus obras?

A la inquietud se sumaba la glotonería. El Pobre No País ya no era pobre, su cofre se había ido llenando y rebosaba de los más apetecibles bienes: nombramientos, sueldos, promociones, dietas, homenajes, palmarés, divisas de todos los colores, doradas tarjetas de crédito, premios cinematográficos, ediciones en papel satinado, estrados, micrófonos, cámaras, coros exclusivamente dedicados a repetir sus palabras y denigrar a sus tímidos adversarios. El todo envuelto en un aroma a tocino sin tasa que afilaba los ansiosos hocicos. El inimaginable peligro había llegado; la masa anónima, medrosa, desconcertada, podía optar porque se mantuvieran al mando los que habían llenado el cofre y que refutaban el derecho de las ratas al eterno y gratuito queso.

En ese momento crucial la unidad las salvó. ¡Ah la vieja consigna, la máxima que no había que olvidar jamás!: ¡Rátidas unidas nunca serán vencidas!

 

Vino la oportunidad

en víspera de elecciones.

Por todos los galeones

se difundió la consigna

porque así el pueblo se indigna

contra el monstruo de Estribor:

¡Muertos a más y mejor!

 

El ya lejano episodio del Buque Correo revivía en la pantalla brumosa de la evocación. Avanzaba el bajel un día cualquiera, con el viento a favor de las primicias primaverales, confiado en la rutina de su derrotero, animados sus ocupantes por el desayuno reciente y por el afán laborioso de mejorar, mediante el trabajo, su suerte y, quizás, vencer a las ratas en las que, de forma todavía confusa, comenzaba a percibirse, más que a un salvador, a una carga y a un enemigo.

En los periódicos del día, preparados para su reparto en la bodega, se leían las noticias habituales sobre ataques de Piratas Irredentos al grito de ¡Terror is beautiful! ¡Que los unos maten a los otros! Entre los Piratas Irredentos había un grupo de especial peligrosidad porque servía al Dios del Aburrimiento Sumo y, por lo tanto, precisaba compensarlo con mortíferos brotes de excitación. La aleatoriedad de sus ataques los hacía particularmente útiles para las ratas, ya que todo podía achacárseles. Los piratas extendían a sus refugios y puertos francos la estricta disciplina que reinaba en sus bajeles, en los cuales estaban abolidos canciones e instrumentos musicales, ropajes y adornos vistosos, danzas y juegos de azar y, por supuesto, lecturas otras que las de sus peculiares ordenanzas y salmodias. En las islas consideradas su hogar y en aquéllas en las que atracaban y se reponían las mujeres eran sustituidas, a todos los efectos, por mamíferos hembra que caminaban, con ronzal y correa, rienda o cadena, detrás de sus dueños. Para la reproducción se las reemplazaba temporalmente por hembras humanas sin que la diferencia se advirtiera, dado que iban convenientemente cubiertas por espesas túnicas de pelo de cabra. Los ritos, abundantes, regulares y de estricto cumplimiento, encauzaban su energía y su fervor. Debían mostrar su entrega a la Divinidad tirándose al suelo y dando tres vueltas sobre él diez veces al día y cinco en el transcurso de la noche, al tiempo que gritaban con toda la fuerza de sus pulmones ¡Sí, sí, Él está aquí! Sólo durante los periodos de abordaje, asalto, exterminio y reparto estaban exentos de tales obligaciones, y esto influía positivamente en su eficacia.

-Y entonces se presentó la oportunidad de hacernos con el cofre- La rata del Taller de Historia cuidaba los tiempos, dejó crecer la expectativa del auditorio, dio unos pasos atrás:

 

-Había habido varias acciones de los Adoradores del Dios del Aburrimiento Sumo, con el resultado de una gran sensación de inseguridad y numerosas víctimas en las poblaciones de los Desiguales, los humanos, que nos despreciaban y pretendían, ¡imaginad!, que estudiáramos, trabajáramos y que nos comiésemos solamente el queso ganado por nosotras mismas. Tras la última, espectacular e imprevista en la que, por cierto, disfrutamos viendo reducirse altas torres a unas cenizas y escombros entre las que nos encontrábamos en nuestro ambiente, los Desiguales decidieron unirse en una gran coalición para presentar batalla a Piratas Irredentos. ¿Qué mejores oportunidad y lugar para tomar el poder que la provocación a los santos guerreros?

– ¿Por qué no en Camemberia, el vecino? Los quesos son mejores. – preguntó alguien del público.

-Porque no hubiera resultado. Tened en cuenta que en el pobre No País hay numerosos adoradores pasivos de la igualación, cuanto más baja mejor porque así menos sujetos sufren viendo que otros los sobrepasan. En cualquiera de los demás sitios los ataques tenían el efecto de unir a la gente con los que los representaban. Sólo en el No País, cuyas tramas habíamos roído sin obstáculos, se nos presentaban grandes posibilidades de éxito. Y lo tuvimos.

En el brumoso plasma de la bodega se materializó el Buque Correo que avanzaba tranquilo con su carga mañanera sobre las ondas hasta que un inesperado despliegue de truenos, llamas, humo, vidrios, metal y cuerpos proyectados atrajo la atención de la flota, de la población entera y de los siete mares.

De inmediato las ratas se hicieron con una situación para la que se habían preparado desde hacía meses, entrenadas en la canalización del miedo, la indignación y la sumisión. Sólo podía haber para la opinión pública un culpable, el habitual de los diversos atentados anteriores. Pero el auténtico, y cercano, responsable no sería el brutal, incontrolable e inasible jefe de Piratas Irredentos sino el Gobierno del No País, que había provocado la ira de los Adoradores del Dios del Aburrimiento Sumo.

-Y esto a tres días de la ceremonia de Entrega de las Llaves del Cofre. – apostilló la Rata del Taller de Historia.

– ¡Qué cálculo! ¡Qué precisión! -llovieron los comentarios admirativos.

La oradora prosiguió:

que nos fueron entregadas por decisión popular.

 

El barco hundimos después

con extrema rapidez.

Por pruebas no comprobables

quedan nombrados culpables

unos piratas de Fez.

 

A los tres días está

la hazaña finalizada.

La masa aclama a Babor,

por temor y con fervor,

se expulsa al vil Estribor

y aquí no ha pasado nada.

 

Los restos del Buque Correo descienden lentamente bajo las aguas. Pero el pecio no se ha destruido de forma tan completa como se quisiera. Quedan grandes fragmentos que flotan al albur de las olas. Distraídos los galeotes por urgentes menesteres, nadie repara en las curiosas maniobras de la armada de barquichuelas y roedores; especialmente porque desde largos meses atrás ya se estaba produciendo un ajetreo febril, una continua reiteración de alarmas sobre el peligro de excitar la furia de Piratas Irredentos con la belicosa alianza contra sus Acciones de Igualación. Por ello pocos se extrañan cuando, apenas apagado el fragor de las explosiones, las calles se llenan de gritos, reproches e improperios no dirigidos contra los autores del hundimiento del buque y de la muerte del pasaje, sino contra los dirigentes del No País que gestionan, según las leyes en vigor, y creen poder seguir gestionando, el contenido del cofre.

La noche misma del trágico evento la superficie se llena de diminutos puntos luminosos en los que nadie de los grandes barcos repara. Son los ojillos de escuadrones de ratas que navegan entre los pecios y los golpean y lastran para que se hundan. De cuando en cuando examinan alguno con más detenimiento a la luz de un farol medio cubierto.

-Esto podría ser un resto de la dinamita.

– ¡Húndelo, húndelo bien! ¡Ponlo en un saco con piedras!

El mar parecía casi fosforescente a causa de la abundancia y rápidos movimientos de las ratas, porque en la espesa oscuridad sólo se distinguían ojos y dientes. Habían llegado refuerzos con órdenes drásticas y precisas, y golpeaban con las palas de los remos, no ya los trozos de madera y enseres, sino también a los malheridos náufragos que aún se aferraban a ellos.

– ¡A la cabeza! ¡En los nudillos! ¡Que no quede ni uno!

Y el cuerpo baja desmadejado, y con cara de asombro, rodeado de cartas procedentes de las destripadas sacas de correo.

En el fondo del océano reposan los restos del barco. Poco antes de rayar el día el escuadrón de ratas artificiosas despliega con sumo cuidado banderas de Piratas Irredentos y las coloca sobre algunas tablas de forma que puedan ser halladas a las pocas horas con toda facilidad.

 

 

 

6

La entrega de llaves

 

Sólo faltaban tres días hasta la Ceremonia de Entrega de Llaves. No se desperdició ninguno. Crecía como la espuma el clamor popular para que entregaran a las ratas el cofre. Los todavía sus depositarios legales eran cubiertos de inmundicias cada que vez que osaban salir al exterior.

 

-El cofre nos lo abrirá

-hoy el pueblo soberano

-para que metamos mano,

-y nada les quedará

-al cabo de algunos años

-sino las deudas y engaños,

-miseria y precariedad.

-Porque nuevos amos somos

-de la nueva situación

-y no habrá sublevación

que tengamos ni temamos

-ni queja, juicio o rencor.

-Todo les va a dar igual

-pues los salvamos del mal

-de la perversa Estribor.

 

Tras la ceremonia de la entrega de llaves, que los representantes del amedrentado pueblo presentaron de rodillas para estar a la altura de las ratas, y antes incluso de introducir éstas en la cerradura, Rata Máxima anunció cuáles serían las líneas maestras de su gobierno:

El cofre les había sido entregado por voluntad popular. Su queso nunca ya sería incierto, ni se les exigiría contrapartida alguna por los excelentes cubiles, la dieta refinada de tocino de bellota y los honores garantizados para ellas y su prole.

Las ratas sabían que su largo esfuerzo había sido recompensado. Habían ganado.

 

-Ganamos. Y, presurosos,

-por la labor de las ratas

-apaciguando piratas,

-los ciudadanos dichosos

-mucho nos felicitaron.

-Las llaves nos entregaron

-con el cofre y la despensa

-por el miedo del que piensa

– “Hay que estar bien avenido

-con los grandes criminales”.

-En la gesta me recreo.

-Que figure en los anales.

-Es de lo más divertido

-el éxito que ha tenido

-el naufragio del Correo.

 

 

 

 

7

El reparto del cofre

 

 

– ¿A cuántas botellas de ron tocamos?

– ¿Nos garantizan el derecho al ron vitalicio?

– ¡Todo el garrafón para el pueblo!

– ¡Quesitos para todas!

– ¡Todo el poder a las ratas!

 

En la espaciosa sala, donde reinaba la euforia, cada grupo pedía y aclamaba. Recibían con aplausos los objetos que, como botón de muestra, el Comité de Administración y Reparto les mostraba. Era una parte ínfima del tesoro que contenía el cofre porque aquella gran caja que parecía inagotable tenía la peculiaridad de reproducirse y mantenerse mientras fuese nutrida por el fluido laboral de los individuos ajenos al pueblo de las ratas. La caja maravillosa fabricaba por sí misma papel moneda, nóminas, rentas vitalicias, gratificaciones, contratos, dones, premios, asignaciones, dietas, mercedes. De común acuerdo la asamblea convino, a efectos contables, en denominar al variado conjunto del que esperaban vivir lujosamente numerosos años El Botimagno, y, con un comprensible prurito de orgullo, se propusieron exhibirlo ante los homólogos del mundo entero. Porque ¿qué asalto de buque correo, qué joyas de la corona, qué desfalco, rescate de hijo de millonario, partida de cocaína, comisiones astronómicas, rentas de mal obtenido capital, fructuoso tráfico de armas podía compararse a la posesión sine die de cuanto contenía y podría en el futuro ofrecer un país de talla media?

De hecho, como la memoria de las ratas es corta, se veían a sí mismas como las únicas propietarias, pasadas, presentes y futuras, del Cofre Nacional. Sus pequeñas patas delanteras se hundían en él sin alcanzar ni por asomo el fondo, sus hocicos lo olfateaban en todas direcciones y, corriendo por su superficie, creían hallarse ante un paisaje que ellas habitaban en exclusiva. Imaginaban la envidia de Piratas Irredentos porque ningún botín de los ataques de aquellos sanguinarios bucaneros podía ni lejanamente compararse con el suyo. ¡Todo un país, allí, a su disposición, con lo acumulado por el malvado Estribor y por los que pronto serían galeotes o, como mucho, mercenarios de categorías diversas!

-Ha llegado la hora de las recompensas. Cuantas estáis aquí presentes habéis participado, en grados diversos, en el suceso que nos ha llevado al poder. Procedamos, con orden, al reparto actual de nuestros territorios. Es indispensable verificar, compañeras, que se reúnen las dotes necesarias, que se posee el adecuado programa político y la recta visión social. Ocupad vuestros asientos y mostrad los tocados propios de cada sector- dijo la coordinadora de la mesa.

Siguiendo las directivas de Igualísima para evitar el peligro de que alguien se erigiera en jefe, la asamblea, obediente y ansiosa de recibir su parte del botín, se distribuyó en sectores claramente distinguibles por los gorros que lucían. Los había rojos, picudos y con forma de hucha. Eran las Insaciables del Rincón Este, parientes de las norteñas Servidoras de Aitor, que se tocaban con un adoquín negro en cuyo centro llevaban clavado el escudo nobiliario: la manzana de Adán, que reivindicaban como robada de su huerto, y el hacha de sílex, con la que acostumbraban sacrificar a sus víctimas y sembrar el terror entre los ex-ciudadanos del No País. Su presencia solía inspirar una mezcla de temor, por su presteza en morder a las ratas poco colaboradoras, y avidez gástrica dadas sus dotes culinarias en la preparación del tocino poco hecho y con rico tufillo sanguinolento. El sector Afectados por Discriminaciones se veía obligado, dado su gran número, a enviar representantes de las tres ramas, Ancestrales, del Sistema y Diversas, y se subdividía en delegaciones que mostraban visiblemente los símbolos de sus quejas estampados en tocados con la forma de una gran lágrima. La Cofradía de Danzas, Pelis y Coros insistía en su papel crucial en la preparación de un ambiente favorable al odio hacia los anteriores administradores del Cofre, y agitaba sus vistosos sombreros, triplemente reversibles, que producían un zumbido musical mezcla de La Cósmica Laboral, Verde que te quiero verde y de la conocida tonadilla ¡Viva mi dueño!

– ¡Orden! ¡Igualdad! ¡Orden! –se pedía desde el estrado. Pero la euforia era excesiva y la contención difícil. Hubo de recurrirse a la intervención inesperada de Igualísima, que se lanzó en un vuelo rasante sobre el público, planeó limpiamente con la membrana lechosa que unía al cuerpo sus extremidades y volvió a posarse para recibir con humildad la atronadora ovación. (Hay que decir que en el Diario de a bordo el nombre de Igualísima es el único en escribirse con floreadas letras de oro).

-Compañeras, todas servís para hacer lo que yo hago. Soy cada una de vosotras. -proclamó desde el estrado. Sus ojos, más límpidos que los del resto, brillaban empañados por la más ejemplar modestia. Abrió los brazos. En uno de ellos se posó un loro convenientemente teñido de blanco paloma al que sólo se le permitía repetir ¡Paz, paz, paz infinita!

– ¡Paz! –dijeron al unísono Igualísima y sus adláteres.

El grito fue coreado por la asamblea con un corolario:

– ¡Paz, paz, paz…y la botella de ron!

Igualísima acarició el albo plumaje del loro, que miraba, inquieto, los ramitos de olivo con los que habían decorado su percha. Rata Segunda se inclinó, esquivando al ave, para susurrar en la oreja de su compañera entre risitas contenidas:

-Habrá que ocuparse de los galeotes.

– ¿Para qué? Todavía están desfilando con carteles de ¡Rendición sin discriminación! Se los ve encantado de habernos entregado las llaves. Los organizaremos como previsto. –Y, dirigiéndose a la sala, – ¡Tomemos, troceemos y disfrutemos!

– ¡He aquí los principios de base! -Rata Máxima, por otro título la Víctima entre las Víctimas, se preparó para anunciar el programa en vigor a partir de aquella jornada histórica, pero antes precisaba asegurarse, con un somero examen, de que los asistentes dominaban los conocimientos y aptitudes imprescindibles. El método, rápido y debidamente colectivo, consistía en ir exhibiendo ante la audiencia palabras que expresaban conceptos-clave para el buen funcionamiento del que esperaban su largo reino. La reacción de cada rata del público debía expresarse de forma inmediata y perfectamente audible, y todo miembro de la vasta asamblea tenía la obligación de escuchar además lo que respondían sus compañeras de alrededor, y, en caso de discordancia, denunciarla al punto.

El test oral fue tan vertiginoso como satisfactoria la catarata de respuestas:

– ¿Héroes?

– ¡Jamás!

– ¿Grandes?

– ¡Nunca!

– ¿Mediocres?

– ¡Viva!

– ¿Individuos?

– ¡Colectivo!

– ¿Belleza o asco?

– ¡Asco, asco, asco por igual!

– ¿Monumentos?

– ¡Alcantarillas!

– ¿Cultura?

– ¡No, nunca, ninguna!

– ¿Habéis estudiado?

– ¡Nooo!

– ¿Tenéis alguna un diploma?

– ¡Nooo! –Pero hubo una incidencia. Al fondo se levantaron chillidos acusadores – ¡Ésta, ésta se calla! ¡Tiene uno!

La mesa rectora se dirigió con severidad a la interpelada, que intentaba en vano ocultarse en un hueco. – ¿Es cierto?

-Yo, yo…Residí en la fiambrera de un galeote en el tiempo de los estudios primarios. Daba paseos por el aula. Me aficioné al sabor de la tiza…Hace muchos años de aquello, ya no recuerdo nada. Soy igual a las compañeras.

-Te cortarás a ras los bigotes y con ellos barrerás la sala. –sentenciaron en la mesa.

Se reanudó la prueba:

– ¿Nación?

Se produjo un revuelo indignado porque, no contentos con pronunciar aquellas palabras, Rata Máxima y Rata Segunda habían exhibido el nombre propio, e incluso la bandera, que habían caracterizado en tiempos al No País en el que se hallaban.

– ¡Nación fuera! ¡País fuera! ¡Sólo tribus! ¡Nuestras tribus!, ¡Clan! ¡Nuestro clan! ¡Hato! ¡Hatajo!

Satisfechas por la reacción, las dirigentes arrojaron al público, desde el estrado, la bandera única e ignominiosa que hasta la entrega del cofre había simbolizado al No País. Abajo todas las ratas se precipitaron sobre ella, comenzaron a roer la tela ávidamente, y ésta pronto quedó reducida a hilachas desperdigadas. En su lugar se había desplegado sobre el escenario la enseña multicolor, rematada con una cenefa de rosa-tocino y estampada de cabecitas rátidas.

Continuaron:

– ¿Trabajo?

– ¡Jamás!

– ¿Lucha?

– ¡En ningún caso! -El auditorio recitó sabiamente la consigna: – Rendición, mano tendida, cola bajada, tocino a discreción y soborno.

– ¿Justicia, crímenes, robos?

– ¡Amor y paz para todos!

Hubo aquí un silencio. La asamblea hizo corro en torno a cinco asistentes. La acusación contra ellas brotó de varios puntos y su tono agudo llegó hasta la mesa:

– ¡Son las que no gritan amor y paz con la fuerza debida!

– ¡Sabotean la asamblea!

– ¡Ya lo han hecho otras veces!

Desde el estrado, Igualísima clavó en las culpables la tranquila dulzura de sus ojos verdes. Sonrió. Alzó las garras suaves para imponer silencio y dijo:

-No deberían tener la oportunidad de hacerlo otra vez.

-Ya habéis oído. Proceded-ordenó Rata Segunda sin sonrisa alguna. Por el contrario, se habían erizado sus bigotes y enseñaba los colmillos.

Las cinco acusadas intentaron rectificar, pero era demasiado tarde. Las rodeaban, estrechándose hacia ellas, filas concéntricas que repetían ¡Paz! ¡Amor! frotándose las uñas. Dada su avidez y gran número, formaron pronto una pila cambiante en la que sólo resaltaban, según el movimiento de los individuos, la blancura de los colmillos y los jirones de carne con sangre a que habían quedado prestamente reducidas las condenadas. ¡Paz! ¡Amor! también surgía del montón entre chillidos de competencia y gruñidos satisfechos.

– ¡Brigada de limpieza! –ordenó el comité auxiliar.

De inmediato se dispersó la masa ejecutora y el escuadrón gris oscuro encargado normalmente de tales menesteres lamió el pavimento hasta eliminar pelos, piltrafas y manchas.

Prosiguió la sesión.

– ¿Quiénes son nuestros enemigos?

– ¡Aquéllos a los que no ganamos, a los que no robamos, con los que no nos colocamos!

La unanimidad era ejemplar.

– ¿Qué contestaréis a cualquier pregunta?

– ¡Viva babor! ¡Sólo babor! ¡Somos babor!

 

 

 

 

8

El enviado de Piratas Irredentos

 

-Alguien quiere hablar contigo, bueno, con un representante ejecutivo de la asamblea –musitó a su compañero una de las ratas de la mesa, la cual preguntó en el mismo tono apenas audible:

– ¿Son…ellos? Sabíamos que vendrían a por su parte.

-Es una muy pequeña parte. Realmente sólo han servido…digamos que para un derecho de uso.

-Pero no quieren quedarse fuera. Y algo se les debe. Aunque sea para que no se inmiscuyan.

En otra habitación esperaba el enviado de Piratas Irredentos, y, mientras lo hacía, observaba con curiosidad las fotos y relatos de la explosión y hundimiento del Buque Correo.

Las ratas dialogantes entraron con grandes sonrisas y estrecharon efusivamente su mano al tiempo que aparentaban sorpresa:

– ¡Vosotros aquí! Os creíamos preparando alguna explosión en la plaza de San Pedro.

-Pues lleváis usando nuestra franquicia bastante tiempo. Lo de la bandera fue descarado.

-Elemental estrategia que en nada os perjudica y no hace sino aumentar vuestro prestigio y el terror que inspiráis.

-Aunque esperamos que ninguno de los galeotes os ha visto entrar.

-No. Estaban muy ocupados pidiendo amor y paz. No hablaremos con nadie del tema. Nos contentaremos con nuestra parte.

-Al fin y al cabo, todos nos enfrentamos al malvado Estribor, ¿no es cierto? -afirmó la rata más locuaz.

El enviado de Piratas Irredentos recibió su porción del botín, la guardó en la bolsa de la que se había provisto y, con cierta ironía, dijo antes de salir:

-Afuera tenéis una larga fila de colaboradores esperando.

Y así era. Tan abundantes como los granos de trigo desperdigados al romperse un saco.

Eran los subgrupos de toda clase y especie que habían visto su oportunidad, desde hacía ya tiempo, en la serie de maniobras que culminaron en la explosión del Buque Correo, los focos de sublevaciones que ardieron acto seguido como la yesca y la entrega forzada de las llaves del Cofre. Esperaban gozosos su recompensa, como activos o pasivos colaboradores, los clanes y tribus criados o engordados a efectos de cobro. También las más variopintas asociaciones: Analfabetos Vocacionales, Analfabetos Funcionales, Mujeres Desdeñadas, Hombres Fofos, Bizcos Discriminados (con un gran cartel ¡Bizco is beautiful ¡), Bajitos Segregados (con pancarta ¡Espejos de los lavabos a nuestra altura ya!), Adoradores del Planeta, Feos Irremediables, Orgullosos de la Ignorancia, Prehistoria Ya, Por el Derecho a Roncar, Nadie Sin Doctorado, La Guerra Me Aterra.

 

 

 

9

Reparto de cargos

 

Afortunadamente lo mejor del cofre no era tanto las riquezas que encerraba sino las que generaría, en años venideros, continuamente. Hasta tocar un fondo que a las alegres ratas les parecía tan inalcanzable como el silencioso pecio del Buque Correo, que reposaba, junto con los restos y los testigos lastrados por piedras, en el fondo del mar.

En el salón de actos se continuaba con los puntos previstos:

– ¡Reparto de Ministerios!

– ¿Por qué deberíamos continuar con el sistema antiguo y caduco, que insulta a la igualdad y reproduce el sistema de los galeotes? A este paso volverán a tener un País en vez de El No País que hemos logrado con esfuerzo, tirando y royendo por todas sus junturas. -se objetó.

-Compañeras, compañeras, el mañana es nuestro, y también el presente desde hoy, pero no debemos olvidar que nos hallamos en una fase de transición. Es importante que mantengamos a los galeotes en los estrictos límites que requiere el establecimiento del paraíso de nuestras congéneres. Por ello habrá Ministerios, y la entrada en ellos se llevará a cabo bajo severas normas.

-Comenzaré por lo esencial

– ¿Economía?

-No. Ministerio de Educación: Vosotros, los de la Comisión por la Enseñanza Simple y vosotros, los de la Unión de Simple Enseñanza, organizaréis, dispondréis, amenazaréis, colocaréis y expulsaréis. ¿Quiénes forman el grueso de vuestros simpatizantes?

-Los maestros de A A. de Adoctrinamiento Adecuado.

-Se les otorgarán de inmediato diplomas de profesor, doctor, catedrático.

– ¿Y los que antes tenían diplomas y enseñaban a jóvenes y adolescentes?

-Pasarán a las clases de básica mínima, los catedráticos cuidarán la higiene de las letrinas y los doctores enseñarán manicura y vigilarán los pasillos.

– ¿Y El programa de estudios? Es difícil mantener siempre al alumnado en la etapa infantil.

– ¡Aunque lo conseguiremos! –se alzó una voz entusiasta al fondo entre el público.

-Por lo pronto, de las seis horas diarias, se dedicarán cuatro a lo propio de nuestros seguidores de primaria: generalidades, manualidades, sumas simples, alfabetización somera, talleres de cultivo en latas, de fabricación de cestos, peluquería….

– ¿Y las otras dos horas?

-Tras los segmentos de ocio, habrá No Historia y No Geografía. Se votará democráticamente si la Tierra es o no plana, cuántos son los continentes, quién gira alrededor de quién entre los planetas, la conveniencia de contar sólo hasta donde alcancen los dedos, la existencia de esos extraños personajes –César, Cristo, Platón, Colón, Miguel Ángel- cuyos nombres olvidarán en breve y que serán declarados ficticios.

– ¡Maravilloso!

– ¡Genial!

-Nuestros seguidores y simpatizantes nos otorgarán, y os otorgarán, su incondicional apoyo.

El orador se inclinó. Una de sus compañeras de estrado tomó la palabra para resaltar el mérito de la planificación y del planificador.

-Quiero haceros notar, aunque ya lo sabéis sin duda, que los programas de todos nuestros Ministerios responden al giro revolucionario: Sus premisas se resumen en ofrecer los puestos a los nuestros. El contenido es un punto meramente secundario. ¿Que el gremio de Cortadores de Setos apoya a nuestros ayudantes, síndicos y uniones? Entonces de las seis horas de clase dos irán a teoría y práctica del seto recortado y a nociones de pedagogía sobre el seto y sus afines respectivamente, y ahí se colocarán los que nos votan. ¿Qué los Maestros de Nivel Mínimo nos secundan? Los alumnos tendrán por decreto nivel mínimo hasta los veinte años y los puestos de enseñanza serán para nuestra gente.

-Es forzoso que también hablemos de la Universidad.

– ¡Fuera, fuera! Doctorado para todas y se acabó.

-Estamos en ello. Algunas de nuestras compañeras, aquí presentes vienen de la antigua zona universitaria, en la cual habitan. Es ya difícil distinguirla porque la cubre un grueso estrato de cascos de botellas, panfletos, latas, plásticos, bocatas semiconsumidos y demás detritus. La Ley del Botellón Obligatorio y Gratuito, en la que tanto hemos insistido, ha dado sus frutos.

– ¿Y Cultura? ¿Y Propaganda?

-Magníficas fuentes de empleo. En esta fase precisamos de Ministerios innumerables: de Reflexión Igualitaria, de Vigilancia Doméstica, de Fraternidad Cósmica, de Climatología Universal, de Nueva Historia, de Nueva Geografía. Sin olvidar las Direcciones Generales de Eventos Diversos: la de leyes de acuerdos dialogados, que permitirá la satisfacción y paz más completas, y la de Indiferenciación Absoluta, que consagre lo que entre nosotras es una realidad: la igualdad física.

Las ratas se vanagloriaban de la inexistencia entre ellas de signos excesivamente aparentes que atentaran contra la homogeneidad sexual. Eran ratas, exclusivamente ratas, de la primera a la última, sin asomo, por lo tanto, de discriminación alguna.

-Y más, compañeras. Tenemos puestos para todas. Ministerios de la Alegría y de Distracciones y Ocio. Aquí tratamos un punto esencial. Las masas, como la mayonesa, se cortan si no se agitan, de forma superficial, continuamente. Nos hallamos, además, ante una mesa de infinitos manjares ofrecida a los nuestros y a sus instintivas habilidades. El dinero correrá, para estos fines, sin control. Concursos, visitas intempestivas a los lugares más inesperados como el antiguo salón del trono, los lavabos del Congreso, circuitos de madrugada y a tientas por las grandes bibliotecas –mientras éstas aún existan -, carreras en patinete por las salas, que serán kilométricas, de los museos de arte moderno, escalada nocturna de esculturas y fachadas de centros públicos, submarinismo en fuentes, carreras urbanas, a pie y en bicicleta, arrollando a cuantos se opongan a tan sano impulso, Noche del Decibelio Sin Medida, Noche de Loquillas al Poder, Noche del Tanga Obligatorio, Concurso de Basuras, Conciertos de Toses, Día del Gorrón Exigente, Maratones Sin Fronteras (cualquier día, a cualquier hora, con participantes de uno a unos miles, los corredores tendrán preferencia a cualquier otra actividad civil, excepto las de Bicicletas Sin Descanso).

Hubo risitas porque muchos recordaban el chistoso evento de la señora que había osado intentar atravesar una calle y a la que le habían pasado por encima los ciclistas de la última carrera urbana, decretada ésta por una dirigente de la capital siempre ansiosa de atraerse la simpatía de las ratas.

-Je, je. Se lo mereció. ¿Pues no dijo que prefería los coches?

-Y también, justo antes de que la arrollaran, que estaba harta de que no hubiera autobuses y se paralizara por fuerza el tráfico.

-Lo mejor fue aquel padre que iba con sus hijos, en pequeñas bicicletas, y sujetó el manillar de la de su niña para que no se cayera al tropezar con el cuerpo y pasara por encima sin impresionarse.

-He ahí alguien que sabe educar en la vida sana.

-Antes de cruzar la señora había gritado, a los de televisión, que se empeñaban en entrevistar a la gente para que expresara su satisfacción por el Enésimo Día Peatonal, que en la ciudad no aguantaban a ese alcalde que los freía a impuestos.

-Lo del alcalde por supuesto lo borraron en las noticias. Y subrayaron la fanática incomprensión, propia de Estribor, del solaz y sano esparcimiento de las masas. Y su típica hostilidad hacia el planeta verde.

El alcalde citado gozaba de grandes simpatías entre las ratas. No en vano les había construido, en mármol, una red subterránea de autopistas enlazando las rutas del alcantarillado.

-Estuvo bien, pero aún quedó más lucido el Día del Orgullo Calvo.

La Mesa llamó al orden:

-Venga, venga. A lo que estamos. Ministerio de Política Exterior….

-Eh, eh. Que hay que tratar primero lo más importante. –terció la Rata Adjunta de Proyección de las Administraciones Territoriales. –Aquí tengo –y desplegó listas de nombres para cuya confección había utilizado numerosos rollos de papel higiénico. –a los que tenemos que colocar. Por lo tanto, al efecto, hará falta el número de embajadas, consulados, secretarías, direcciones generales, representaciones y cargos que garantice un puesto muy bien remunerado para cada una de las ratas que aquí cito, las cuales llevarán su correspondiente corte auxiliar y serán tratadas con rango principesco: Equipos Gubernoautónomos de Tufillos del Rey, de Barrilete Alto, de Barrilete Bajo, de Pancetoak, de Panceta y Peseta, de Salazones Divinas, de Mordisquillos, de…

-Basta, basta. Lo pasarás por Registro. Continuamos. Como os decía, compañeras, Ministerio de Política Exterior, con especial atención a la Subdirección de Imagen en el Extranjero y a la de Concordia Universal. Como sabéis, la tarea está casi hecha. Es lo que hemos venido promoviendo, con notable éxito, desde hace no pocos años, aunque de forma irregular según las circunstancias. No siempre hemos tenido acceso a una parte substancial del Cofre.

-Pero siempre hemos dominado el chantaje y las técnicas para paralizar de miedo a Estribor. –reivindicó con legítimo orgullo una de las presentes.

-Cierto. Repasemos el programa. Toda inversión es poca para mantener en el exterior la imagen que nos interesa. Somos para los extranjeros la reserva de lo que les parece, a conveniente distancia, ideal y divino, pero que de manera alguna querrían tener en sus casas donde, desde luego, no vivirían, aunque aquí se pasen estupendas vacaciones. En el No País reina la libertad múltiple de las más variadas y coloridas tribus, luchan, matan y vencen valerosos guerrilleros montaraces, enfrentados al antiguo rey perverso y a sus sucesores. Aquí reparte flores, leche y sonrisas el nominal Ejército, no hay delincuente reprobable ni ley que no se adapte a sujetos y conveniencias, es inminente el advenimiento de la socialización ideal, de la comunidad perfecta y de la abolición de competencia, laboriosidad y esfuerzo. Los peligrosos y temibles Piratas Irredentos nos miran con benevolencia. Los violentos y brutales asesinos pactan con nosotros indefinidas treguas a cambio de honores, dietas y lujosas pensiones vitalicias. ¿Quién no canta, allende fronteras, nuestras alabanzas?

-Nuestro dinero nos cuesta. Es decir, el de los galeotes. –refunfuñó la Rata Ecónoma.

-Pero está muy bien empleado. Repartimos ejemplares innumerables, en varias lenguas, de “Aquí sol, tribus felices y jauja social”, hacemos llegar el periódico oficioso El No País Avanzado hasta el último quiosco de la aldea más lejana de Europa, lo reciben, de forma gratuita, todas las embajadas, miles de organismos. Invitamos a observadores y agasajamos a periodistas, paseándolos por los lugares oportunos y haciéndoles valorar nuestra continua y difícil lucha contra la malvada Estribor, que no ceja en su empeño por resucitar edades pasadas y dictadores y prácticas despóticos. Competimos, lamentablemente sin ganar, en festivales donde cantantes, actores y cineastas glosan y alaban nuestra gesta secular contra el Eterno Enemigo.

Por otra parte, la Subdirección de Cordialidad Universal no puede sino ser alabada por la población, ya que le garantiza, sin el menor gasto –sobornos aparte- y esfuerzo, la existencia más despreocupada. Los ciudadanos del No País gozan por doquier de cierta benevolencia y, aunque no se les respeta e incluso son objeto de extrañeza y risa por su afán de denigrar lo propio, sí son tolerados como nosotras, a quienes ya se parecen en extremo. A ambos se nos mira como a aquéllos que, por su insignificancia y medrosidad, no constituyen adversario ni competencia alguna y carecen de talla, valor, obras que tener en cuenta y capacidad de respuesta cuando se les aparta o se les pisa.

Se escucharon algunas protestas:

– ¿Pisarnos? De eso nada.

-Pisarlos a ellos quise decir. Nosotras no nos dejamos

Pese a la extensión del discurso, el auditorio escuchaba embebido. Tal vez ellas no hubieran crecido un ápice, ni fueran a hacerlo, pero los antiguos propietarios del Cofre menguaban a ojos vistas y estaban a su merced.

 

 

 

 

10

Los Mercenarios Light

 

– ¡Hemos encontrado un infiltrado! Estaba aquí, en uno de los barriles del ron de la Victoria, el que distribuimos tras el hundimiento del Buque Correo.

Hubo enorme revuelo entre las ratas.

¡Ah!, ¡Ah!, ¡Ah! ¿Qué es? ¿Quién es?

Se encontraron, desconcertadas, conque no era fácil saberlo. Por supuesto un galeote, pero con tantos rasgos semejantes a los de ellas mismas que parecía un gran peluche de rata. Era gris y suave, los ojos brillantes y casi sin pestañeo, los dedos encorvados y finos y sienes y orejas cubiertas de una fina cabellera que se prolongaba en el belfo. Advirtieron que no iba solo; un murmullo bajo los toneles de cecina del fondo delató a lo que parecía su guardia, seres semejantes a él, pero toscos y de tamaño intermedio. Llevaban pegatinas que los relacionaban con tribus urbanas que habían sido extraordinariamente activas en los meses que precedieron y en los días siguientes a la explosión del barco correo. Estaban Alienados en lucha, Kasas y koches okupados, Profesores al paredón, Mandar, cobrar y beber y una delegación de Amantes del Planeta, sector delta del Ebro y selvas amazónicas. Se mantenían silenciosos y acurrucados, simple telón de fondo de de su líder, que se adelantó unos pasos, identificándose como Rata Aspirante.

Éste se dirigió directamente a la Mesa con sorprendente familiaridad:

-Vengo para ahorraros trabajo. –dijo.

– ¿Por qué aquí y hoy? Hasta ahora nos hemos entendido con discreción. ¿Qué propones que necesite público? -inquirió Rata Segunda.

-Habéis elaborado un plan de transición sabio y extenso; incluso habláis de Ministerios, programas y política. Lo que habéis dicho se resume, sin embargo, en premisas muy simples que hace tiempo gozan de nuestra aprobación: Cuanto se disponga tendrá como fin primero colocar a vuestra gente para que roa a placer sin aportar sino sus uñas y colmillos. Nosotros os imitaremos y recibiremos lo que nos proporcionéis por nuestra fidelidad y servicios. Lo que acostumbraba a denominarse ideas, teorías, proyectos, propuestas, normas, leyes, no es sino el decorado de la premisa anterior y servirá exclusivamente a ese fin.

-O sea, que vosotros os encargaréis de las tareas de mantenimiento, repetición, distribución, aislamiento o eliminación de galeotes molestos…

-Naturalmente. Tal y como llevamos haciéndolo desde mucho antes de…preparar el ambiente para la entrega de las llaves del Cofre.

– ¿Sois suficientes?

-Nos crecemos gracias a vuestra generosidad. Con la inestimable ayuda de estos compañeros Síndicos de los Gremios A y B, que me han acompañado para tener el honor de saludaros. Y también contamos con el apoyo de las amplias masas de base, los ML.

Procedentes del grupo agazapado en el fondo, avanzaron dos colegas de Rata Aspirante que se distinguían por llevar sendas gorritas idénticas en colores y forma, pero con la visera en un caso a cuadros y en el otro a rayas. Los asistentes recordaron que ya habían reparado en ellos. Resultaban algo molestos por su costumbre de tocar el silbato cada pocos minutos y ejercer estiramientos de brazos. Los dos dijeron a coro:

-Dispuestos estamos a coger lo que pactamos: El barril de tocino, las galletas y el vino.

Y, a un gesto de Rata Segunda, cargaron con las vituallas y se encaminaron, sin dar la espalda, hacia la puerta con grandes reverencias.

– ¿Quiénes son los ML? –preguntó una rata del público.

-Los Mercenarios Light. –le respondió otra dos filas más atrás.

Rata Tercera, especialista en tareas de contabilidad y aprovisionamientos, aclaró:

-Las recompensas, primas y sueldos de mantenimiento pueden ser de varios tipos. Por ejemplo, los síndicos y capataces, como los que habéis visto, obtienen beneficios directos a cambio de elegir a nuestros representantes, asentir a nuestras propuestas y llevar a cabo nuestras iniciativas. Son los Mercenarios, e indispensables hoy por hoy. Sin embargo nuestro imperio reposa sobre un pedestal sólido y extenso constituido por los muchos que, sin obtener un pago, se consideran pertenecientes, y por ello mejores, a la Tribu Babor, la nuestra, que, con mensajes cotidianos incontables, es la Buena y Perfecta en oposición a la Estribor Malvada. Los Mercenarios Light desconocen su categoría, se conforman con los títulos de Amigo de los Igualísimos o piden puestecillos de poca monta, migajas, retazos; incluso algún que otro gesto de condescendiente familiaridad les basta.

-Salen baratos. ¿Nunca exigen?

-No, porque han participado en nuestras empresas, se han embarcado en nuestros buques y ayudado ellos mismos a mantener a los demás en las calas inferiores.

– ¿Siempre podremos utilizarlos?

La mayoría se rascó la tripa, que es la forma que tienen las ratas de encogerse de hombros. Las preguntas sobre el futuro a largo plazo no tenían sentido cuando se nadaba en la victoria y la abundancia.

Rata Tercera echó una mirada a sus libros de cuentas y otra al Cofre.

-Qué importa. Es nuestro imperio, el reparto inagotable, las abundantes migajas. Ellos están encantados, se miran en nuestro espejo con envidia, evitan pensar en el Buque Correo, temen siquiera mencionar el tema. Simplemente ruegan en sus plegarias que nada excite de nuevo la ira de Piratas Irredentos. Aunque no hay prueba alguna de que ellos planearan la explosión.

– ¿Y la bandera?

– ¿La que apareció flotando entre los restos, mucho después? –Hubo un guiño de entendimiento entre orador y sala. Simultáneamente los focos se centraron en el goloso contenido del Cofre, en el variado amasijo de cuanto contenía y podía ofrecer el No País. Montañeses Sangrientos, especie de ratas de las alcantarillas más al norte que solían reclamar, y obtener, los mejores bocados de las víctimas, soltaron la carcajada. Y, sin decir palabra, los miembros de la Mesa comenzaron a aplaudir al auditorio, el auditorio a ellos, y todos durante largo rato se dieron una prolongada ovación al éxito del plan y a sí mismos.

– ¡La rueda de prensa, la rueda de prensa! –recordó Rata Parda, encargada de Comunicación-Propaganda. –La prensa extranjera ya ha amarrado sus botes a nuestro costado y espera en la cubierta de recepciones. –Se inclinó con deferencia. –Por favor, Rata Máxima….:

Igualísimo, con los mesurados gestos que lo caracterizaban pero revelando cierto nerviosismo en la voz, ordenó sobre los hombros los pliegues de su membrana planeadora, se atusó bigote y cejas con la lengua y ordenó:

-Vamos.

 

 

 

11

Noticias internacionales

 

Aunque en apariencia descuidadas e incluso caóticas, las ratas tenían un plan preciso. El Alto Mando daba gran importancia a la imagen en el extranjero, así que el trato a la prensa había sido estudiado con detalle y programado en etapas en las que el grado de seducción iría de menor a mayor: Información escueta primero, en un decorado sobrio, con aparición, sin prodigarse, de los líderes y quizás irreprimible éxtasis de Rata Primera. Refrigerio inicial sin escatimar la bebida. Distribución de documento. A continuación segunda, e inesperada, fase.

Los representantes de Albinia News y Le Monde c’est moi, en primera fila, aparentaban, como sus colegas, no sentirse sorprendidos por el aspecto, zoomorfo, pequeño y gris de sus interlocutores. Eran, a fin de cuentas, reporteros duchos en el oficio y que tenían a gala mostrar su soltura en el contacto con diversas civilizaciones y en su carencia de prejuicio alguno sobre rasgos físicos diferenciales. A todos les resultaba simpático el No País precisamente por serlo, por el trato sencillo y campechano con los múltiples contactos deseosos de abrumarles con información e invitaciones a espectáculos, viajes, copas y cenas. Les encantaba no verse obligados a investigar sobre la explosión y rápido hundimiento, con cientos de víctimas, del Buque Correo y por haber recibido con tal presteza, y prácticamente en correos sucesivos, la instantánea seguridad de que los autores de la carnicería eran, una vez más, Piratas Irredentos en una de sus muchas ramas de acción rápida e imprevisible. Con los cadáveres aún flotando dulcemente camino de la gabarra-morgue y los restos del buque desaparecidos, hasta el último clavo, en el fondo, pasaban, en la misma página del bloc de notas, del tema del naufragio al veloz cambio de Gobierno tras la inesperada entrega de llaves del Cofre.

-Observo, tras el cambio de poderes, la impecable limpieza de las calles. –apuntó el periodista alemán.

-Si. –abundó otro colega- Llegaron unas fotos de vías públicas ocupadas por una multitud que tiraba barro y excrementos a los anteriores guardianes de las llaves del Cofre. Las paredes estaban cubiertas de improperios, y también de excusas y súplicas de clemencia a los piratas.

-Infundios. –se apresuró a puntualizar Rata Parda. –Simples infundios de los enemigos de la igualdad, que envidian nuestro sistema y abrumadora victoria.

– ¿Cuánto tiempo os haréis cargo del Cofre?

Rata Máxima se colocó en primer plano con esa discreción que le permitía emerger con el más apacible de los gestos entre los suyos. Y respondió:

-Cuanto tiempo sea necesario para garantizar las completas paz, igualdad y felicidad en el conjunto de la flota.

Pausa. Su actitud se hizo más íntima, su voz baja y dulce. Anunció:

-Les comunicaré una primicia.

Mantuvo durante unos instantes la expectativa. Sus acompañantes se frotaron las garras y emitieron chillidos de reprimido gozo y excitación.

-Ya hemos emprendido negociaciones con Piratas Irredentos. Sus actitudes violentas, nacidas de la injusticia social y la secular opresión, pasarán a la historia. ¡Diálogo! ¡Fraternidad! ¡Paz infinita!

– ¡Diálogo! ¡Fraternidad! ¡Paz infinita! –repitió al completo el grupo dirigente. La frase, según las consignas emitidas, fue coreada de barco en barco. La prensa, impresionada por el eco y el griterío, la apuntó y subrayó en sus cuadernos de notas. Poco más tarde aparecería en los diarios de sus países, un recuadro en páginas interiores porque el origen no merecería más ni despertaba otra curiosidad que la de lo anecdótico, ligeramente aureolado de exotismo por la distancia y el atraso. No dejaba de resultar llamativa la regresión del No País, que, por perder, había perdido hasta nombre, fronteras, insignias y territorio.

– ¿Cómo ven ustedes el futuro? ¿Cuáles son sus planes, una vez asentados en el poder? –preguntó el enviado de Babuinolandia.

Rata Segunda comenzó a recitar la larga lista de propósitos bien aprendidos, pero se produjo una interrupción. Igualísima había entrado en trance. Sus claros ojos giraban en las órbitas color de rosa, hasta que se detuvieron clavados en un punto del horizonte. Temblorosa, babeante el lustroso belfo y tersa la piel del tono del pulido metal, clamó ante el auditorio:

– ¡He tenido un sueño! La noche pasada tuve un sueño que responde a todas sus preguntas. Soñé que cuanto gobernamos, y gobernaremos, era un pan, una hogaza enorme llena de rica miga blanca. Su superficie, cuadriculada, dura, la mantenía aislada de los deseos de las masas; una red de represión, órdenes y reglamentos convertían en coraza su dorada superficie. Hasta que llegamos nosotras, todas mis compañeras, a las que represento, de las que soy, no ya sólo parte, sino porción intercambiable con cada una de ellas. Entonces, mientras los galeotes cantaban nuestras alabanzas, empujamos, deslizamos la hogaza hasta un charco igualmente enorme. Y esperamos sentadas en la orilla. El agua, turbia y profunda, iba convirtiendo en blanda sustancia la dorada corteza. Esperamos, y… ¡Oh! ¡Qué momento! ¡Inmensas cantidades de miga! ¡El más equitativo reparto! Nada dejamos. –Igualísima brincaba por el escenario, subía y bajaba, llevada por la euforia, por mesas, sillas y cortinas. Repetía

– ¡He tenido un sueño! ¡Gris, gris; gris todo el pan, que ya no es pan, que es migas, infinitas migas! ¡Gris, gris! El pan desaparece, lo hacemos desaparecer. ¡Migas iguales, migas idénticas, grisáceas, húmedas, a nuestra medida! ¡Tuve un sueño! ¡Tuve un sueño!

– ¿Será el suyo un gobierno tripartito? –preguntó la enviada de Cosmopueblo News– Se lo digo porque hemos visto al venir, al pairo a pocas millas de aquí, una galera de Piratas Irredentos y uno de los pesqueros de la temible facción Montaraces Boinapétrea.

– ¿Ah? ¡Oh! –La pregunta intempestiva pareció desconcertar a Igualísima, sacarla bruscamente del éxtasis aéreo, hasta tal punto que se soltó de la cortina, descendió arañando el tejido sin conseguir aferrarse y aterrizó por fortuna en los brazos extendidos de Rata Tercera y Rada Segunda. Inmediatamente éstas la colocaron en un segundo plano y anularon posteriores intervenciones, mientras ambas afirmaban a coro.

-Nada tienen que ver esas naves en nuestras decisiones y proyectos. Ni hay ni ha habido ni habrá acuerdos con sus capitanías. Sin duda esperan el mejor momento para rendirse. Sabemos de fuentes solventes que si no lo han hecho antes ha sido por retrasos en la entrega del pedido de banderas blancas.

-Vimos… -la voz de la periodista fue ahogada por la entrada, en aquel preciso momento, de numerosos portadores de botellas, copas y bandejas de riquísimos canapés. El evento había sido sincronizado con los acordes, a todo volumen, del Himno. Y así se dieron por acabadas las preguntas. Simultáneamente se distribuyó a cada uno de los asistentes el opúsculo Mi Singladura, En él se exponía el ambicioso ideario que diseñaría, desde ese mismo instante, el mundo futuro. Algunos, mientras daban cuenta del refrigerio, se pusieron a hojearlo. Era breve y comenzaba con un Mi miniado, metáfora del sujeto colectivo, que ocupaba todo el ancho y alto de la página. En la mayúscula trepaban, jugueteaban y se mordían ratas en todas las posiciones, para girar luego en una esfera terrestre que era el punto de la i. Acto seguido se exponía, con un sencillo gráfico, la parte medular de la teoría. A=Pasado. B=Futuro. A=Era injusta. B=Paraíso Nova Rata. La zona intermedia entre B y A no podía, pues, sino consistir en el diseño, imposición y utilización de la Nova Memoria, de seres injustamente tratados y despojados, mientras que, cara al futuro, no cabía sino la eliminación, física u operativa, de los maléficos seres antiguos, los cuales, sea dejarían paso, sea serían transformados en Seres Novos propios del Paraíso reciente. En un arranque irreprimible de inspiración y entusiasmo, se habían dedicado algunos párrafos a explayarse sobre la teoría de la Rata Primigenia, modelo de la especie, subyugada y mantenida en servidumbre, desprecio y sombra por cuantos poderosos en el mundo han sido y rescatada, al fin, por sus congéneres.

La rueda de prensa se había enmarcado en un ambiente austero y con poca luz. Los dirigentes parecían haberse esfumado, como si el acto hubiese terminado bruscamente. Sin embargo lo mejor estaba por llegar.

 

 

 

12

La rampa viscosa

 

Y vino la sorpresa. Grande, fastuosa, inesperada por el conjunto de la prensa (excepto por el grupo comunicativo oficioso El No País Avanzado), por algunas de las ratas y por la totalidad –ratas peluche exceptuados- de los galeotes. Vigías y altavoces habían anunciado de barco a barco la inminencia de la buena nueva, dispuesto la presencia en proa de la orquestina, que ya ensayaba sus violines, solicitado que las embarcaciones se situaran en círculos concéntricos en torno a la nave capitana.

La prensa extranjera se dedicaba ya con fruición a los exquisitos canapés y bebidas que habían sido prestamente dispuestos para el evento. El tiempo ayudaba porque la superficie del mar era una balsa de aceite, tal y como si los implicados en el evento hubieran sabido con notable anticipación el parte meteorológico. Los periodistas locales explicaban a sus compañeros foráneos la naturaleza y calidad de los manjares y la graduación y añada de los espirituosos, de forma que en el lapso previo al evento ya reinaba un clima de cálida y difusa euforia.

Las ratas presentaban un aspecto espléndido. No habían crecido, pero sí dominaban la forma de trepar y mantenerse unas sobre otras, de manera que la altura les permitía vestir diversos uniformes, pisar fuerte con las botas que anteriormente hubieran roído y agitar sombreros de ceremonia que se balanceaban sobre las enhiestas orejas.

Sincronizadamente, sonaron las sirenas.

Las naves hicieron pasillo. Surgida de las brumas de la media tarde, avanzaba una galera de un blanco impoluto, empavesada de pequeñas, múltiples banderas en las que doradas ratas rampantes sonreían en un fondo azul marino.

El mascarón de proa era un ave de brillo metálico y gran tamaño, híbrida de paloma y mítico grifo, que cobijaba bajo sus alas a sendas ratas, se posaba en un grupo de sonrientes galeotes y sostenía en el enorme pico junto con una rama de olivo la parte central de la amplia banderola desplegada de proa a popa con el lema PAZ ETERNA. Éste se repetía en banderines de todos los tamaños acompañado de un pie, artísticamente trazado y coloreado en los siete tonos del arco iris, en el que se leía RENDICIÓN IS BEAUTIFUL.

El albo navío se situó, todas sus velas desplegadas, en el centro del círculo. Sonó la música suavísima de los violines, y entonces surgió una plancha que conectó su cabina de mando con la de la nave capitana.

-Acompañadme. –dijo Rata Máxima. Y compañeras y periodistas la siguieron por la empinada rampa, que estaba cubierta de una substancia resbaladiza y viscosa porque el barco había atravesado un banco de calamares.

 

 

 

13

Rueda de prensa

 

-Apreciamos profundamente vuestro esfuerzo e interés por informar a la opinión internacional y os rogamos aceptéis esta modesta prueba de nuestra gratitud, destinada a contribuir a los gastos del desplazamiento.

La rata-chambelán, seguida de miembros del cuerpo diplomático provistos de cestas y bandejas, había recibido con estas cordiales palabras a los representantes de la prensa y ahora hacía llover sobre ellos y llenaba sus manos de vales diversos: Hotel Dos mil y dos noches, fin de semana en Isla Mulatas Divinas, citas de trabajo con barra libre en El Rey de los Cócteles, boletos para una rifa del puesto, excelentemente remunerado, de consejero…

Desde el techo, se desplegó súbitamente una enorme pieza de tela.

– ¡Ooohhh! – exclamó sorprendido el auditorio.

-Permitidnos, antes de que comience el espectáculo, presentaros la que será nuestra enseña nacional- anunciaron a coro las ratas dirigentes- ¡Igualdad es diversidad!

La bandera, que cubría todo el ancho y alto de la estancia, reunía los motivos que, en pequeño formato, adornaban la galera. Consistía en filas de diminutas cabezas de rata cada una con un tocado diferente. Había conos rojos con forma de hucha, rectángulos con aspecto y color de adoquín, turbantes sembrados de hortalizas, gatos disecados a los que atravesaba con su lanza un rátida victorioso, manos de fieltro en posición de aplauso, enormes claveles en la oreja, pañuelos empapados de lágrimas que goteaban sobre el portador gracias a un ingenioso dispositivo…Quedaba en la bandera un espacio libre en el que el globo terrestre, sub specie de caja de quesitos, aparecía rodeado de roedores que unían sus colas y alzaban brazos y hocicos.

La enseña se plegó para que comenzara el espectáculo.

El cantor Pasta Supina afinaba su arpa. El comité central de las Rátidas, conscientes de su valía, le habían preparado un sitial, modesto porque se trataba de un vate que tenía a gala ser popular en extremo, pero imponente en el decorado de su rampa de acceso, que simbolizaba el colectivo esfuerzo y universal valía de su nación. No se habían regateado mármoles, chapados de oro, cristales de roca y alfombra oriental.

Vestía el vate con cuidada sencillez: Chaqueta de seda salvaje imitación pana, camiseta firmada por pintor célebre y bordada a mano con el rostro de un líder selvático muerto por una alta causa, pantalón negro con cinturón de calaveras de brillantes marca Chic Paris, alpargatas de diseño florentino y, al alcance de la mano, sin darle mayor importancia, el Stradivarius que había requisado Rata Ecónoma de los antaño fondos artísticos nacionales. En el gozo del reparto, se había propuesto utilizar para añadido de los bigotes las cuerdas, pero finalmente se pospuso la moción en espera de medidas de tipo más general.

El vate templó instrumento y atacó, sin más preámbulos la Oda Rátida, que efectuaba, según se explicó, tendido en el suelo para ponerse a la altura de los más modestos entre las masas y acercar su voz a los desfavorecidos. Porque el acto era el anuncio al resto del planeta del vigor, proyectos y radiante futuro del Nuevo Sistema.

Hubo un problema: su voz, pese a los amplificadores y debido en gran parte a ellos, consistía mayormente en los agudos chillidos propios del idioma de la especie, y resultaba difícilmente audible, penosa e indescifrable para el auditorio extranjero. Sin embargo éstos siguieron, acompañaron y despidieron al vate con aplausos. El desconcierto inicial desapareció en cuanto algunos manifestaron en frases que cundieron por la sala:

– ¡Distinto!, ¡Rompedor!, ¡Nuevo!

– ¡Es una cultura diferente!

– ¡Pasó el arpegio! ¡Viva el chillido!

– ¡Recibimos las primicias!

– ¿Por qué no aplaudes? ¡Nunca más la marginación cultural!

-Vate, tú eres el instrumento.

Y en verdad lo era, porque tañía las cuerdas con la punta de la cola y lograba efectos de percusión mordiendo rítmicamente el estrado.

Contribuyó a la euforia la generosa distribución de viandas y caldos de añada y la promesa de cruceros gratuitos y dádivas sin cuento. Los periodistas sintieron una cálida ola de simpatía por las Ratas. Quien recordaba el hámster que había alegrado su niñez, quien los cuentos sobre ratones sabios, quien la militancia en grupos para la defensa del derecho al voto de los animales, sector mamíferos, quien los pliegos de firmas para habilitación del centro urbano para solípedos. Lo cierto es que, según la noche y el festejo avanzaban, el Sistema Nuevo gozaba de más partidarios dispuestos a defender, de vuelta a sus países, la noble causa de masas oprimidas diminutas que al fin estaban logrando el ideal antiguo de la perfecta igualdad. Todos los periodistas, agradecidos por las invitaciones prometidas, recordaban pasadas luchas juveniles de ellos y de sus lectores, desteñidas luego por el tiempo y por el ingrato y crudo principio de realidad. Por ello ahora se proyectaban en el mundo gris y anónimo de las ratas múltiples utopías, envidias, rencores e ideales que ya no eran decepciones, errores, callados fracasos, sino valientes iniciativas de futuro. Tanto más gratas cuanto, finalmente, más ajenas en distancia, circunstancia y raza, y, por ello, perfectas para la ovación y el sueño.

El volumen creciente del sonido, y de la graduación de las bebidas, no había permitido percibir con detalle la proyección que se desplegaba en el escenario. Las ratas exhibían el cortometraje de su proyecto, mezclado con paisajes planetarios, del sistema solar y luego del planeta azul al que había que salvar a toda costa de los desmanes cometidos por la civilización humana. Se precisaba la vuelta a lo diminuto, el troceado de los siempre agresivos países, asociaciones y naciones, para llegar a los millones de comunidades, cada una en su agujero, nutridas por el generoso botín procedente de la organización y el trabajo de seres humanos, diferenciados, agresivos, exigentes y defensores de formas incompatibles con la homogeneidad perfecta. ¡Había tanto para repartir!

En la pantalla, ahora en forma de película de dibujos mezclada con paisajes del planeta azul, las ratas desplegaban, con el título El Queso Global, las etapas de su proyecto. Comenzarían royendo en el norte la cadena montañosa fronteriza. Separado el No País del Continente de las Abominaciones Individuales, aquél bogaría entre galeras, juntándose, por natural afinidad, con las secciones del Feliz Sur Tribal. Al tiempo, y desde diversos ángulos, se derramaba desde paredes y techo un espectáculo de luz y sonido. La luz no cubría todo el espectro del arco iris.

-Se diría que faltan…-insinuó Rata Cuarta en la mesa directiva.

– ¿Cómo que falta? Nuestra Líder, junto con sus asesores y secretarias, le dio su visto bueno. Perfecto para un plan perfecto que ilumina la senda de la felicidad universal.

-Ya, ya los distingo, los siete. Al principio el amarillo y el violeta me parecieron….

Rata Cuarta se deshizo en excusas, mientras la mesa de la directiva se dirigía al entregado público:

– ¿Acaso no los veis?

– ¡Los vemos, vemos los siete! ¡Oh el brillante dorado y el tierno malva! – afirmaron los invitados apuntando a los inexistentes colores que las ratas, a causa de su peculiar órgano de visión, no habían logrado proyectar.

El detalle se hundió en el olvido, excepto para Rata Cuarta, que recibió bajo la mesa un aviso de cita para remar en la galera XXVI desde el amanecer del día siguiente.

La rata de relaciones públicas consultó sus notas y tuvo la impresión de que había olvidado un punto que solía figurar en las reuniones con los medios:

– ¿Hay alguna pregunta?

Se trataba de una interrogación retórica, sin embargo, un enviado abstemio y comedido dijo, después de comprobar lo que figuraba en su cuaderno:

– ¿No fue cerca de estas aguas donde se hundió el Buque Correo?

-Una gran catástrofe. Un atentado.

-Muchos muertos.

Añadieron algunas voces.

– ¿Correo? ¿Buque? – La portavoz de la Junta Rátida, y luego la Junta en pleno, no supieron durante unos instantes disimular su desconcierto. – ¿Atentado? ¿Atentado?

-Lo publicó toda la prensa. Por muy poco tiempo. Curioso. No se habló más. Está clasificado en la t, terrorismo. Nos distribuyeron la ficha. Zanjado. ¿No fue poco antes de las elecciones? – Voces diversas se alzaron en la sala.

Las ratas se recuperaron con prontitud, fueron respondiendo:

-Ah, el terrible atentado.

-Pasó hace mucho tiempo.

-Nadie se acuerda.

-Fue una plaga mundial.

-Como la peste.

– ¿Y los culpables? – se interesó Jean-Claude, columnista de Le peuple c’est moi.

-Piratas Irredentos, por supuesto. – le respondieron al unísono –Un abominable acto terrorista.

-Pero nunca se encontraron a los planificadores, ni se analizaron pruebas- insistió Jean-Claude.

-Los culpables, en realidad, fueron….¡los culpables del hambre, los culpables de la opresión de tribus indefensas, de jeques abocados a la más negra desesperación, de clanes benéficos frustrados en sus legítimas aspiraciones, los eternos enemigos de la desigualdad que combatimos y que erradicaremos en el próximo y radiante futuro!-Las ratas de las fuerzas especiales de momentos críticos habían tomado oportunamente la iniciativa y acompañadas por los acordes del vate Pasta Supina, habían ofrecido al auditorio una explicación apasionada que selló el tema. Además, prácticamente ninguno de los extranjeros recordaba sino muy vagamente el suceso, del que la publicidad había sido mínima una vez zanjado oficialmente por el nuevo gobierno rátida, con el que la mayoría consideraban conveniente congraciarse.

– ¡Que siga la fiesta! -pidió la mayoría.

Una catarata de luces y de lo que parecían serpentinas y confeti descendió del techo. Se trataba de largos cheques al portador y de brillantes y valiosas monedas doradas y diminutas. El cantor repitió estrofas escogidas de sus anteriores actuaciones y derrochó energía y cabriolas en el escenario. Se proyectó un vuelo tridimensional de palomas provistas de ramos de olivo y una música dulcísima acompañó a la invocación, a los presentes, para que se cogieran de las manos y rodearan un mechero gigante en cuya llama aparecía y desaparecía un globo del mundo verde y sonriente y diversas constelaciones del zodiaco rátida.

Llevado por la necesidad de expresar su gratitud hacia los espléndidos anfitriones y su simpatía por el vasto programa desplegado, cada cual comenzó a reclamar la presencia del autor del espectáculo y la de Rata Primerísima, que se mantenía en la sombra. La presentadora dio unos brincos hasta el borde del escenario y resumió:

-Éste es el futuro: Bondad, Comunidades, Tradición, Esencias, Iguales, Idénticos, Felices, Paz, Paz, Mucha Paz, Paz Infinita.

– ¡Viva, viva, hijo de Siva! – gritó un periodista indostánico, y, como iba achispado, tarareó el himno de su grupo Pro Culturas Ancestrales:

Las viudas se queman alegremente

con vítores y aplausos de la gente.

A la pira con empeño

porque tradición es

que abolió el malvado inglés.

Del fondo de la sala, un reportero de “Enfriemos el norte antes de que sea demasiado tarde” expresó también sus sentimientos:

-Las ciudades y los coches

asco profundo me dan.

Me vuelvo al vikingo clan.

– ¡Small is beautiful! – Apuntó, para no ser menos, el enviado del “Saxon News”.

 

 

 

14

Diktátor

 

Grandes eran el gozo, la euforia, los aplausos y el buen ambiente a cuya muelle sensación parecía contribuir el suave balanceo del barco. Por ello ninguno de los asistentes se esperaba el brusco, pero bien planeado cambio. En cuestión de segundos se extinguieron alegres colores, cantos, conversaciones, porque una espesa sombra que parecía casi sólida y rezumaba del techo y paredes laterales de la parte delantera de la enorme sala descendía, se agazapaba y se diría dispuesta a avanzar hacia el auditorio.

– ¡Diktátor! ¡Diktátor! – clamó el agudo timbre de algunas ratas.

Y hubo desconcierto, que rayó en el pánico.

-¡Dictator! ¡The King of Estribor! ¡The Evil, the Evil!

-¡The Mother of all Evil!

De un extremo a otro de la sala se elevaba un clamor que parecía querer oponerse a la negra, inesperada presencia del Mal.

-No puede ser. Diktátor murió hace muchos años. -aventuró un periodista.

-En efecto. El terrorífico, pavoroso, letal tirano pertenece al pasado. Pero nosotras somos las únicas que se interponen entre el hoy feliz y su resurrección-

La respuesta venía de lo que en ese momento iluminaban los focos. Las ratas habían formado, las unas sobre las otras, una barrera de pelo gris y ojos brillantes que, con un sabio efecto visual, se levantaba entre la negra sombra del ancestral enemigo y el intimidado público. La ola negra se plegó, se redujo a ojos vistas y acabó siendo triunfalmente pisoteada por la Junta Rátida Directiva.

– ¡Pero a partir de ahora somos fuertes! ¡El Bien cuenta con vuestra ayuda! – dijo Rata Segunda desde el ápice de la pirámide de relucientes cuerpos y hocicos sonrientes color de rosa. Igualísima, con su acostumbrada modestia, había quedado en un segundo plano. Rata Segunda extendió los brazos hacia los representantes de la prensa

¡Venceremos al Mal como lo hicieron vuestros padres, vigilaremos sus brotes negros, denunciaremos y denunciaréis las múltiples manifestaciones de Estribor!

Sin solución de continuidad, cambió el escenario. Lo ocupaban ahora las Ratas del Conjunto, que danzaban alegremente y hacían llover sobre los asistentes paquetes-regalo, sobres-sorpresa y condecoraciones a título prematuro. Los periodistas comentaban en grupos excitados, halagados, optimistas y febriles hazañas bélicas de ellos y de sus antepasados en las fuerzas contra Estribor, acosos gloriosos a parlamentarios estribonitas, apoyos incondicionales al lejano líder oriental Kim El Radiante, que desde hacía ya tres generaciones estaba empeñado en la noble causa de la Igualdad Suma, sin reparar en medios ni en que la población hubiera mermado más de un cincuenta por ciento. Kim El Radiante, ¡ay!, estaba lejos, pero el No País ofrecía, ya durante su Guerra Civil y ahora con el advenimiento Rátida, la oportunidad de excitantes batallas lidiadas, a conveniente distancia, en tierra ajena. Y gratis total.

– ¿Quién es Diktátor? – preguntó tímidamente Offing, un periodista de Albinia joven, flaco y rubio.

Su compañero, entrado ampliamente en la madurez, inclinó la cabeza, guardó grabadora y notas y se acomodó en el asiento del fondo donde, en la penumbra y separados de los numerosos corrillos, tenía lugar la charla.

-Diktátor….Claro, ellos lo dan por sabido, pero no es cierto. Es verdad que basta con citarlo para sembrar el pánico. Algunos de nuestros abuelos lucharon en la cruenta guerra civil que hubo en estas latitudes.

– ¿Te refieres a la epopeya de Babor contra Estribor?

-A uno de sus capítulos, porque como sabes, Offing, se trata de una batalla ancestral, el Mal y el Bien, aunque en estos tiempos revueltos ya las cosas se confundan y no haya dos frentes con la claridad de antaño.

-Creía que eran ya una especie de sagas del pasado, relatos que cambian. Fíjate, en mis islas antes los vikingos eran piratas que mataban, robaban y quemaban. Ahora son fundadores de nuevos reinos, audaces pobladores de lejanas tierras.

-La historia ha sido distinta en estos mares. Aquí venció la Maldad, Estribor, en la batalla. Y su jefe, Diktátor, reinó como líder supremo durante décadas.

– ¡Y su pueblo huyó, se rebeló en masa, mendigó el pan y la sal de los que se apropiaban los servidores del tirano! Los caminos estaban sembrados sin duda, en las fiestas conmemorativas, de ajusticiados de Babor. ¡Debo escribir algo sobre esto! – Offing se estaba entusiasmando ante la crónica retrospectiva de los terribles sucesos, más trágicos por lo repetidos durante años innumerables y, sin embargo, extrañamente sepultados por el polvo del olvido.

-Tranquilo- le dijo su compañero, que se llamaba Metáforos y procedía de un pueblo costero del sur. -No fue así…exactamente. Al menos eso creo. No, los habitantes no huyeron en tropel, ni se batieron, tras la victoria de las huestes de Estribor, hasta la última gota de su sangre.

-Sin duda les separaba de la libertad el alto muro construido por el terrible régimen, vigilado por mastines rabiosos y armas automáticas.

-Pues no, Offing. No hubo, no ahí, muro. Salían, entraban y salían. Ya sabes que la gente olvida, se acomoda. Los padres de un colega mío estuvieron en el No País antes de serlo, de vacaciones. No les iba tan mal.

-Pero acabaron asesinando al tirano horrendo.

-Efectivamente murió.

– ¡Ah! ¡Lo sabía! Justicia, merecida justicia.

-Diktátor murió de vejez. -apuntó Metáforos, más apesadumbrado por la decepción de su compañero que por el final de la historia.

-Estribor fue aplastado por Babor sin duda.

-Los últimos años han sido confusos. El No País aún no lo era, cada vez se distinguía menos de los demás países. Y con Babor y Estribor pasaba lo mismo. Hasta que Igualísima y los suyos comenzaron a imponerse y a establecer la cadena de Monumentos Defensivos….

– ¿Contra quién? – Offing seguía el relato con dificultad.

-Contra Diktátor, sus manifestaciones, sus encarnaciones. Todo Estribor, cada fragmento de Estribor es, puede ser él.

Offing consultó sus notas. Propuso lleno de entusiasmo:

– ¡Investiguemos! La oportunidad es excelente, primera invitación oficial del alto mando rátida. Buena parte de la flotilla está desplegada alrededor. No hemos visto ni a uno solo de los galeotes. A mí no me convence…

-Baja la voz- Metáforos miró a su alrededor con inquietud. Su joven compañero estaba menos afectado que el resto por el generoso servicio de espirituosos, la larga e intensa jornada y el viaje previo. Offing había heredado de sus antepasados vikingos la resistencia al alcohol. Vibraba de curiosidad y energía.

-Subamos a cubierta- propuso Metáforos.

 

 

 

15

Gal

 

Su idea era continuar la conversación en un ambiente más discreto. Nadie vigilaba las escaleras porque los encargados de hacerlo yacían embriagados por el generoso reparto de esencia de tocino rancio de la cosecha del siglo pasado.

-La cecina ciega mis ojos….- tarareaba uno de ellos. Otro, que en tiempos había trabajado de enlace en el sindicato Galeotes Sin Fronteras, repetía con insistencia etílica fragmentos de una de las canciones de Pasta Supina: -Me pagan por eso….Me pagan por eso….-

Afuera reinaba el silencio. Demasiado silencio. Se acodaron en la borda.

Una sombra recorría el barco, un susurro metálico rozó la escalerilla, una mano introdujo un papel arrugado en el bloc de notas de Offing, que sobresalía del bolsillo de su chaqueta.

Metáforos había oído algo y se volvió hacia cubierta. La sombra se escabulló rápidamente, pero no lo bastante como para que ambos no distinguieran a alguien de pequeña talla que desaparecía por una escotilla.

-Parece un niño. Pero la población del anterior sistema no está en este barco-comentó a Offing.

Los dos periodistas olfatearon oportunidad, misterio y noticia. Sabían que las ratas eran pueblo celoso de sus asuntos internos, que no comunicaban sino lo acordado y anunciado con pompa y preparaciones, pero aquella noche la tripulación de la lujosa galera de recepciones y grandes eventos se había entregado a la confianza y la ebriedad, al reposo que sucede a conquista, puesto que consideraban afianzado su régimen y abierto el camino al mundial reconocimiento y a los grandes proyectos de expansión. Paralelamente, Juventudes Rátidas y Rátidas Primera Regional disfrutaban mascando diminutos trozos de la bandera, en tiempos anteriores a la gesta del Hundimiento del Buque Correo, del No País, la cual se habían divertido desgarrando y apostando a ver quién lograba separar el trozo más pequeño.

Ambos periodistas dudaron.

-Vamos.

Y descendieron ambos por la escotilla.

Todo estaba húmedo, ligeramente viscoso y sombrío. Oyeron cerrarse puertas excepto una mal encajada. En el interior no había sino oscuridad y moho, un espacio pequeño con viejas cuerdas y algunos barriles. Repentinamente de un tablón desprendido muy cercano, surgió un brazo que atenazó el de Offing. Era un galeote, un tipo grande, ciertamente no el que habían entrevisto arriba. Sus ojos brillaban en la oscuridad. El encuentro fue tan breve que apenas intercambiaron algunas palabras. Dijo:

– ¿La habéis visto? A la sirena, ¿verdad?

– ¿Sirena? Había alguien pequeño….

-Es ella, la que huye, aparece y desaparece. Sabemos que va de barco en barco. Es de los nuestros. La persiguen. Se escapó un día y se escapa siempre.

Alguien que parecía también surgido de la pared apoyó familiarmente la mano en el hombro de Metáforos. Entonces pudieron verlos: Dos tipos con el cabello largo y costroso de sal, de hombros anchos que les hacían parecer más altos de lo que eran.

– ¿Qué queréis? ¿Quiénes sois?

-Huidos. Prófugos. Proscritos. Éste es, era, el Remo número 32, nombre actual Orky, y yo el Remo número 24, Kraky.

-Es que hemos elegido, llamarnos como grandes animales asesinos, Kraken y Orca; pero sin exagerar. -puntualizó Orky-, nombres que den un poco de miedo.

– ¡Prófugos! ¿De un sistema donde reinan la felicidad y, sobre todo, la igualdad, según nos dijeron? ¿Verdad, Offing? -Metáforos se volvió hacia su compañero, quien, tras la sorpresa inicial, había sacado su bloc de notas y comenzaba a escribir.

-Bueno…-respondió éste- Lo de la felicidad y la igualdad absolutas….En el País de la Reina Eterna somos muy pragmáticos, algo desconfiados, no lo tenemos claro. Había que investigar. Es una prioridad asegurar el comercio marítimo.

-Ni la medusa más tonta se lo hubiera creído-Había no poca ironía en la voz de Kraky.

-Sin embargo era mucho peor, muchísimo peor, en la época de Diktátor.

-La era de la Dictadura Horrenda.

Los dos periodistas habían hablado casi a coro porque hasta en los más elementales libros de historia existían un antes y un después que explicaban, antes, ahora y para siempre, cuanto ocurrió, ocurría o podría ocurrir en el No País y la flota rátida. Hemerotecas, diarios, textos escolares, medios sonoros y publicaciones diversas se nutrían del regular flujo informativo que llegaba desde la flota. Hasta la Reina Eterna del país de Offing, entre sorbo y sorbo de licor de la juventud imperecedera mezclado con su té, lo leía en el boletín por las tardes.

-Sois felices-insistió Metáforos-; y es hermoso saber que hay un lugar así y que os apoyamos, y navegamos por vuestros cálidos mares disfrutando del mejor marisco. ¡Es bello que haya paraísos!

-Siempre y cuando estén a cierta distancia….-Offing era un tipo reticente. – ¿Y la sirena?

-Ella…Nosotros os enseñaremos muchas cosas. Si os atrevéis. -dijo el ex Remo número 24-Hablad. Escribid. Podéis hacerlo. ¡Cuidado!

Las ratas de guardia chillaban arriba; se habían despejado lo suficiente como dar un breve paseo de reconocimiento. De un tirón brusco hacia dentro, los dos visitantes se encontraron en un pasillo estrecho mientras el tablón se ajustaba al resto ocultando la entrada. El hombre – ¿era un galeote? Y si no lo era, ¿quién? – corría delante. Iban dejando atrás pasillos laterales y huecos que al principio intentaron contar para luego volver sobre sus pasos, pero desecharon la tarea por imposible.

-Bajad. -les dijo.

Eran escalones, no las escalerillas habituales. Algo se cerró sobre sus cabezas. Hubo un chapoteo. Gentes que no distinguían trajeron una luz. Había agua en el charco de la esquina, y sentada en su orilla se encontraba una figura menuda, vestida de gris excepto la parte inferior del cuerpo, de un verde brillante y embutida en algo tubular.

– ¡La sirena!

-O tritón.

– ¡Qué reportaje!

Metáforos se acercó y se presentó educadamente. Su familiaridad con los mitos grecolatinos le permitía considerar con notable amplitud de criterio la existencia de seres especiales, mixtos y diversos.

-Corresponsal del Odiseo Incansable y del semanal Club Pericles.

– ¿Del Viejo Continente? ¿Del mundo externo? -la voz era femenina y no tenía nada de infantil. Se expresaba con tono cristalino y un leve burbujeo de fondo.

Offing alargó a su vez la mano en saludo:

-Escribo para el News from the Continent y para la gaceta de la Reina Eterna. La Reina de mi país lo es; eso da mucha estabilidad a las instituciones.

-Soy Gal, y era galeote antes.

La mano que estrechó no estaba fría ni resbaladiza.

– ¿Era galeota?

Gal azotó la superficie del charco con la extremidad verde y pareció encolerizada. Subió el tono:

– ¡Qué galeota ni qué nada! ¿También os ha aquejado en vuestro lejano país la peste de la vocal final que usaron las ratas como consigna? ¿los ballenos y las ballenas, los delfines y las delfinas? Mi nombre era Galerna, en vez de ser galeota, pero escogí Gal.

Offing observó que nada tenía de niña. Se sentó cerca, bloc en mano.

Comenzó una larga y un tanto frenética conversación. Gal quería explicarles todo, enseñarles todo, y el tiempo apremiaba.

– ¿Conocéis la cámara acorazada de los almacenes de memoria?, ¿la gabarra de los lisiados?, la santabárbara para dinamitar embalses y carreteras de la época de Diktátor?, ¿la central M.O.P.I., Ministerio de Obras Públicas Inútiles?, ¿las salas ocultas donde está la máquina de fabricar tribus?, ¿los planos para hacer todos los ríos circulares, con su virrey en el medio? ¿Y la reproductora gigante de agravios ancestrales? Mira el mapa que te di de cuanto transporta la flota.

Offing sacó el papel arrugado de su cuaderno. Era mucho más minucioso y cuidadoso en su dibujo de lo que en principio hubiera podido creer. Él y su compañero anotaban febrilmente. Gal usaba un vocabulario amplio, de inusitada riqueza. Parecía que no iba a terminar la enumeración nunca.

En el fervor de la conversación, Gal echó la cabeza hacia atrás y la capucha gris se deslizó sobre sus hombros. Su cabeza estaba muy cerca de la de Offing y él vio que los ojos parecían contener los reflejos cambiantes del agua, y que su pelo era de tres colores diferentes y ondeaba en una corta melena de bucles amplios que recordaban a la rizada superficie del mar.

A él se le cayó el bloc de notas, y Gal observó mientras se inclinaba para recogerlo que aquel extranjero tenía cráneo y barbilla cubiertos de fino cabello rubio, sin pizca de salitre, que la piel parecía de gran suavidad y que sin embargo sus manos y brazos daban sensación de valor e incluso de atrevimiento. Algo que no comprendía la impulsó a coger, al tiempo que Offing, el cuaderno y rozar sus dedos. El rostro de él cambió, sorprendentemente, de color como ocurre con las medusas cuando pasan del azulado al rosáceo. Las cejas también eran rubias, los ojos oscuros del tono de la madera de navío, y estables como ésta.

¿Eres….eres realmente una sirena?

– ¿Ya te dijeron que soy la sirena fantasma?

-Las sirenas matan, embrujan y matan-terció Metáforos, y añadió en un susurro:

– ¿Y si es una espía de los antiguos partidarios de Diktátor? Se cuenta que existen. Terribles, temibles, estriboritas extremos.

No hubo tiempo para respuestas. Se encontraron rodeados por el sonido de artilugios de dos ruedas que golpeaban pasillos y escaleras en su avance

– ¡Persecución, persecución! No saben dónde estamos pero sospechan, y las Ratas han enviado a las fuerzas de búsqueda de disidentes en varios destacamentos.

– ¡Qué ruido infernal! -Offing se tapó los oídos.

-Es una de sus armas. Son los Rataciclos.

Entonces se sumergieron en el charco, bucearon brevemente y emergieron en recónditas dependencias. Allí, mientras algunos exgaleotes discutían el plan de fuga, otros les explicaron en qué consistían las Fuerzas Represivas Rátidas. Cuando introdujeron el rataciclo aseguraron que era para mejorar la salud física y mental de las tripulaciones. Pronto se reveló su siniestra función, su agresividad arrolladora. Ninguna cabina, pasillo, cubierta, estaba libre a hora alguna de su ataque. En cualquier instante un rataciclo conducido con febril y prepotente pedaleo por vigorosas ratas aferradas con dientes y rabo al manillar podía arrollar al humano, machacar al menos rápido y más débil, privarle de transporte y comida, someterlo a tratos degradantes y a insultos por oponerse a la salud y al progreso, hacer pasar sobre él a toda la manada triunfal que le escupiría además desde la altura de las dos ruedas. Su llegada era anunciada por la bocina de timbre desgarrador, la parálisis general del público y el altavoz que denunciaba los vergonzosos medios de transporte, de cuatro ruedas, del tiempo pasado, devoradores de la energía de la bondadosa Madre Naturaleza. Cualquier galeote debía, cuando se aproximaban, detenerse y permanecer, sonriente, en posición de saludo. A continuación, solía llegar el carromato de retirada de víctimas: lisiados, ancianos, torpes peatones, gentes variadas de mediana edad todavía reticentes ante las bondades del nuevo y sano régimen. Los cuerpos desaparecían rumbo a un trillado del que no se solía volver.

La tropa entonó el largo himno del Destacamento Rataciclo. Los ecos de sus voces agudas multiplicados por el eco de los pasillos y por el estruendo de su paso producían pavor.

 

No hay nada igual

al pedal, al pedal.

Arrollemos con desdén.

Al peatón que le den,

que le den su merecido

y que sea escarnecido.

Cuatro ruedas es senil,

enemigo, torpe y vil.

Nuestra es la superficie.

Combatamos la molicie.

Las especies inferiores

tiemblan ante los señores

del manillar poderoso.

El pedaleo, ¡qué hermoso!

¡Rataciclos sin fronteras

ocupando las aceras!

Elimínese el transporte.

Todo el mundo a hacer deporte.

Desde la proa a la quilla

impere la zapatilla.

Sométete o te reciclo.

¡Viva, viva el Rataciclo!

 

– ¡Qué memoria tienen! -se dijo Metáforos recordando a los aedos de antaño. Pero, al aguzar el oído, se dio cuenta de que había solistas y coro, de forma que los fragmentos del himno se repartían al cantar y finalizaban todos luego, a modo de estribillo, con la alabanza al pedal, la amenaza de reciclaje y los vivas al Rataciclo.

-Hay que salir de aquí. Las ratas tienen olfato. – ¡Rápido!

Kraky había cogido del brazo a Metáforos mientras Gal hacía lo propio con su compañero. Era tiempo, porque el estruendo se aproximaba. Los agentes se detenían de cuando en cuando y golpeaban las paredes para verificar posibles escondites.

Comenzó entonces una carrera desaforada que desde cubierta los dos periodistas nunca hubieran creído posible. Las bodegas parecían abrigar incontables espacios comunicantes. Offing advirtió que los dedos de Gal se clavaban en la palma de su mano y que las uñas tenían un tono azulado. Ella se desplazaba como deslizándose por todas las superficies. No sabía si la joven, suponiendo que lo fuese, le inspiraba atracción o repulsión.

– ¿Eres una sirena? -acertó a preguntar de nuevo sin detenerse en la huida.

-No. -respondió en un tono bastante seco.

Ahora estaban en una especie de almacén de géneros apilados en montones grises cubiertos de lonas. Sin que mediaran explicaciones, a toda velocidad, los galeotes disidentes se enfundaron prendas que llamaron “de camuflaje”. El cuerpo de Gal ya no se prolongaba en el tubo verde brillante sino en anchos pantalones de algas.

-Las ratas tienen buen oído y buen olfato, pero no tan buena vista-explicaron.

-No eres una sirena…-Offing sentía una mezcla de alivio y de decepción.

Por primera vez Gal esbozó algo que se parecía a una sonrisa:

-Pero estuve a punto de serlo-respondió-. Cuando tenemos alguna enfermedad en las piernas nos reciclan para adaptarnos exclusivamente al remo y utilizarnos de la cintura para arriba. La etapa siguiente es la escotilla de desechos, la Cueva del Lastre o la Cala de los Malditos para los que se fugan y consiguen llegar a ella. Ahí estuve yo.

– ¿Qué nos ponemos nosotros? -preguntó Metáforos.

-Nada. Os enseñaremos el camino de vuelta. La patrulla va en dirección contraria. Es importante que lleguéis a aquí- Gal señaló un punto en el arrugado pero legible mapa de la flota.

-Asegurémonos de que todos han pasado.

Miraron por una rendija. Había aún ratas rezagadas, que cruzaban tarareando el himno y agitando la banderita diminuta, con dos largas orejas enlazadas, que distinguía a la policía. Llevaban camisetas con la imagen de una sonriente y paternal Rata Primera y una Rata Segunda que lucía la banda del Pedal de Oro Honorífico. Pasó el último, que compensaba su escasa velocidad cantando el himno con pasión.

– ¡Ahora! -dijeron a los periodistas.

– ¿Cuándo nos veremos? -preguntaron ellos.

-Pronto. ¡Seguid a Orky antes de que vuelvan!

Nueva zambullida. Emergieron en estancias oscuras que no tenían apenas tiempo de mirar. Pasillos iluminados por un leve resplandor. Offing observó que la huella de las uñas azules de Gal había quedado marcada en la palma de su mano. Orky iba muy deprisa y les señalaba huecos y pasadizos con un ademán.

De repente su guía desapareció, los ruidos cesaron, palparon una escalerilla próxima.

Metáforos y Offing se encontraron con sorpresa de nuevo en la cubierta de la galera, con un cielo encapotado bajo el que se adivinaban los bultos de la numerosa flota. De uno de ellos, apenas perceptible, se filtraba por las claraboyas una curiosa luz azul.

La observaron con fijeza, apoyados en la borda. Y, al bajar la vista, vieron la chalupa amarrada al costado. Miraron el arrugado mapa cuya tinta, calamar de primera calidad, no parecía haber sufrido por el contacto con el agua.

El mar era una balsa de aceite.

– ¿Y si…? – Offing comenzó a buscar una escala de cuerda.

-Nos cogerán. Nos quitarán el permiso. Nos…tal vez nos morderán. – Metáforos negaba con el antiguo gesto de su pueblo de origen, hincando la barbilla en el pecho, pero al tiempo sus gestos lo traicionaban y, acostumbrado al medio marinero, encontró pronto la escala.

Bajaron.

 

 

 

16

El Galeón de los Ritos Oscuros

 

La galera, que parecía próxima, estaba lejos y la navegación se les hizo larga. Procuraban hundir los remos sin hacer el menor ruido. De todas formas el griterío e iluminación de la nave de las grandes recepciones ahogaba cualquier otra señal cercana.

-Hemos bajado, sin pensar, por el lado de estribor -susurró Metáforos temeroso- ¡El lado del Mal!

Alzaron los remos. El regreso, a plena luz según se acercaran, de los focos multicolores de la fiesta, era arriesgado. Convenía esperar a que, como los guardianes, se durmieran casi todos. No podían permanecer, estúpidamente, al pairo mientras la noticia, el posible reportaje, se escondía en alguno de aquellos bultos negros que se balanceaban en la zona prohibida. Más tarde subirían, sin riesgos, por la borda reglamentaria. Continuaron. Sólo cuando estaban ya muy cerca de la luz espectral, tenue, un tanto metálica se dieron cuenta de algo que les erizó el cabello. No estaban solos. Su bote no era el único, pero sí el menor. Flotando tranquilamente había otros, al parecer vacíos, como si hubieran depositado y esperaran de nuevo a sus pasajeros.

Llegaron a la nave, se deslizaron a su alrededor y miraron por las claraboyas. De las inferiores venía la luz, que parecía proceder de multitud de pequeños objetos. Éstos se desplazaban a veces.

Offing estaba fascinado por el silencio misterioso y el riesgo, pero Metáforos tomó la iniciativa:

-Subamos.

Era grande el silencio, nadie en cubierta. Lo opuesto del jolgorio en la galera de recepciones. Ni siquiera vigilantes, y escasa la iluminación de los faroles en proa, popa y el mástil principal. Como si existiera la completa seguridad de que nadie podía querer ir allí. Los dos humanos se movieron por la cubierta, a distintos niveles, de un compartimento a otro. No era un barco usual hecho para que lo habitaran tripulaciones. De cuando en cuando encontraban un dibujo, signos extraños, indicaciones en las que se repetía una garra gris con una uña larga que apuntaba hacia el esquema de un pedestal y una especie de medalla de oro. Los siguieron. Pronto les llegó otro indicio: el olor a humo, un humo especial, cargado del fuerte olor de la grasa de las ofrendas. Habían oído hablar de nuevos ritos imitados de los antiguos usos por los rátidas. Entonces supieron que la nave era, toda ella, un templo.

No se sabía que hubiese religiones en la nación rátida. Más aún: sus dirigentes abominaban de aquellas creencias opresoras a las que antes se entregaban los humanos. Rata Máxima concentraba, en toda su pureza, los ideales, era la Víctima entre las víctimas, la Igualísima entre los iguales, la Etérea Defensora de la Paz Planetaria, la Humildísima Servidora de los Sufrientes. Llegados a estado tan benéfico, no podía haber otros dioses. Y, sobre todo, ella, junto con Rata Primera, Rata Segunda, Rata Ecónoma, Rata Mayor, Ratas Insaciables de la Montaña Este, Ratas Purasangre de la Montaña Norte y Rata Parda de Propaganda Multicultural, habían luchado y vencido a Diktátor, el abominable tirano muerto hacía décadas pero en el que se encarnó todo el Mal, la esencia estriborita. Los galeotes, el antiguo No-País, Euralia y el mundo entero habían así contraído una deuda impagable con la nación Rátida y nadie se atrevía a discutir detalles.

La pasada experiencia les había servido para manejarse en el interior de aquellos curiosos laberintos flotantes. Guiados por el olor y por un lejano murmullo mezcla de siseos y chillidos, despacio y con gran prudencia, sin seguir las indicaciones de manera directa, ascendieron por una escalerilla, luego se arrastraron por rampas tras las que se abrían en la pared respiraderos en forma de claraboyas, pequeños, en círculos de cinco en cinco., todo a lo largo en una vasta extensión. Miraron, y les recorrió un escalofrío.

Abajo, como un estanque lodoso, se situaban ondulantes filas de ratas en una formación sin gran orden, rota por movimientos, gestos, palmas una contra otra de las patas. Parecían excitadas, atentas y felices. A su felicidad contribuían la embriaguez del humo espeso, las bandejas de vituallas –con quesos mucho más variados que los del festejo a la prensa y además exóticos embutidos foráneos- y los cuencos de líquidos que lamían chupándose luego los bigotes.

-Son pocas-susurró a su compañero Metáforos.

-Con demasiados dientes. No creo que nos acogieran con entusiasmo. -respondió él.

Bajaron por otra rampa para, sin perder perspectiva, verlas más de cerca. Entonces advirtieron que no eran ratas ordinarias sino de especial categoría, con insignias de diversos cargos y títulos, colgados del cuello, de delegadas de los departamentos de información, educación, difusión y elaboración histórica. Repentinamente se hizo un silencio expectante, las filas se apretaron dejando paso a los dirigentes que saludaban y enseñaban a manera de sonrisa la blancura de sus colmillos. Eran las Ratas Máximas, los conocidos líderes de la Nación Rátida. Se situaron, en un pequeño grupo, en cabeza, al pie de algo que parecía un gran monumento cubierto por gruesas telas. Brillaron lámparas que sustituían a los pequeños faroles de luz azul. Se cerraron herméticamente, con un largo rechinar, todas las entradas.

– ¿Tendremos, hacia atrás, salida, Offing?

-No vamos a irnos ahora.

– ¿Tú no tienes miedo?

-Miedo no. Estoy aterrado, Metáforos. Pero me quedo. Además, luego podremos guiarnos con el mapa.

-Calla. Empiezan.

Escucharon. Y se dieron cuenta con sorpresa de que les favorecía el escaso nivel de ruido y la sonoridad de la sala que, con su forma oval, parecía recoger, devolver las voces, de manera que, aunque se hablaba en tono menor, como quien no desea ser oído en el exterior y además mantiene una actitud reverencial, podían seguir el discurso. Comenzaron a fotografiar y tomar notas febrilmente.

-Compañeras, escogidas compañeras del Ministerio de la Devoción Secreta, nos hemos reunido, como acostumbramos en fechas importantes, para rendir el merecido tributo de agradecimiento y homenaje al ser sin el cual nunca gozaríamos del poder del que disfrutamos.

Los líderes rátidas hablaban de pie frente al auditorio, sin pódium pero cuidando muy mucho el presentarse a la misma altura, por lo que calzaban suelas de distinto grosor en pro de la imagen igualitaria. A su espalda la superficie velada se iluminaba lentamente y las gruesas telas comenzaban a ondular.

-Compañeras, entonemos nuestra acción de gracias:

Sin abandonar el medido tono de voz, el breve himno se elevó acompañado por la vibración de algunos instrumentos, que eran en realidad el fino rabo de las encargadas de la música de cámara:

 

Luz de nuestra especie, ser providencial

que siempre nos haces Buenos frente al Mal,

gracias a tu guerra, gracias a tu historia,

estamos y estaremos en la gloria.

Como una sola rata tus pies beso.

A ti debemos voz, poder y queso.

 

Y comenzó una danza lenta. Los reunidos avanzaban y retrocedían, tras lamer el pavimento sobre el que reposaba el borde del enorme telón. Pronto el suelo adquirió un húmedo brillo.

-Permitamos que también los representantes de las antiguas, desiguales y atrasadas naciones se aproximen para presentar sus respetos. -dijo la rata que parecía hacer las veces de maestra de ceremonias.

Desde el fondo, con paso tímido, comenzaron a aproximarse algunos galeotes, muy distintos de los pocos que los dos periodistas habían tenido ocasión de ver. Ni su cabello tenía costras de sal ni su ropa estaba descuidada. Vestían austeras pero limpias túnicas grises con un pequeño remo amarillo cosido a la manga. Llegados al frente, entonaron:

 

¡Todo el amor a Babor!

¡Odiemos siempre a Estribor!

 

– ¿A quién te recuerda el de la izquierda, en la segunda fila?

Metáforos reflexionó. En principio a nadie, pero luego dijo:

-A Orky, se parece a Orky, pero más joven.

Offing le pasó una nota escrita en el reverso de la hoja del mapa que le había dado Gal en la que se leía “Cuidado con las juventudes de galeotes aspirantes a rátidas. Son los más peligrosos”.

Eran, desde luego, los más ardientes porque aquél y otro joven galeote habían avanzado unos pasos y, en un breve discurso lleno de emoción y cortado por los sollozos, agradecían a las ratas dirigentes la confianza que les habían demostrado al permitirles compartir el gran secreto y participar en la periódica acción de gracias. Renegaban de sus turbios orígenes desiguales, de su retrógrada e insolidaria especie, y recordaban, una vez más, que a las legiones salvadoras de la nación rátida y a sus líderes, democráticamente elegidos entre aclamaciones tras el episodio del criminal hundimiento del Buque Correo y el acoso a los instigadores de la catástrofe, debían y deberían todos un futuro luminoso y una próspera e igualitaria existencia.

-No entiendo. ¿Qué es lo que agradecen? -Offing estaba desconcertado. Aunque las noticias eran a veces confusas, se sabía que el gobierno rátida había sido mayoritariamente elegido y que a ello había contribuido no poco su persecución implacable de los causantes del episodio del Buque Correo y su inmaculada defensa del Bien, de los principios baboritas, frente al estriborismo, desde hacía ya más de medio siglo representado por el fenecido pero siempre temido y abominable símbolo del Mal Sumo.

Sus preguntas se transformaron en un interrogante aún mayor porque en el escenario, despejado para la ocasión, comenzaba la parte principal del evento. Los galeotes colaboradores, sin cesar de mostrar con gestos su agradecimiento y emoción, se habían retirado a una esquina y estaban de rodillas, los líderes imponían respetuoso silencio al auditorio y varias ratas se habían lanzado sobre el telón y lo empujaban hacia abajo con los dientes. Se abrió la tela, y una figura enorme, de rasgos humanoides pero mezclados con incisivos y garras de tipo claramente depredador y provista de símbolos de mando con aire militar fue apareciendo despacio entre los pliegues.

– ¡De esto nos salvasteis! ¡De esto! -sollozaron los galeotes colaboradores, mientras del auditorio rátida se elevaba, como una oración, un solo nombre:

– ¡Diktátor!, ¡Diktátor!, ¡Diktátor!

 

 

 

17

El cofre sin tesoro

 

¿Diktátor?…Imposible. Era imposible, absurdo, increíble e impensable. Diktátor era el gran enemigo desaparecido hacía décadas, pero al que las crónicas citaban como ejemplo de todos los males, concentrado de tiranías, símbolo de una época que no se citaba siquiera en los libros de Historia y se sustituía por negros iconos de la perversidad. No había, o no se conocían testigos, de tan nefasto pasado. Sin embargo sirvió para que se alzara como salvadora la nación rátida frente los tímidos y humanos, luego galeotes, a los que bastaba con amenazar con el tratamiento de simpatizantes retrospectivos de Diktátor (¡diktatofista!, ¡retrofista! silbaban las ratas) para que entraran en un estado de pánico, parálisis social y disposición para la servidumbre.

– ¡No puede ser! -exclamaron a la vez, por lo bajo pero horrorizados, los dos periodistas.

Y se asomaron aún más sin advertir que la hoja del mapa, que estaba colocada bajo el cuaderno de notas, se deslizaba hacia fuera. Había en el piso alto cierta corriente de aire marino. Antes de que pudieran impedirlo, vieron como el papel descendía planeando lentamente sobre el auditorio rátida. Una rata levantó la vista, advirtió a una segunda, siguieron la trayectoria, vieron desde donde parecía haber caído. Se levantó un clamor:

– ¡Espías entre nosotras!

– ¡Corramos! -dijeron los periodistas.

Pero la madera era ruidosa y ahora carecían del mapa que les señalizaba el camino de regreso. Huyeron en una dirección, luego en otra. El estruendo se oía cada vez más cerca. Entonces vieron el cofre, en una esquina donde había viejas velas de chalupas. Era enorme, sorprendentemente alto y ancho, y en un escrito apenas legible clavado en la parte de atrás se leía “Pagos hundimiento Buque Correo” y debajo, en letra más pequeña, “Propinas a Piratas Irredentos”. Se cerraba con una llave imponente y herrumbrosa, parecía una antigua caja fuerte que podría haber contenido en sus buenos tiempos el tesoro de varios piratas. Estaba vacío, la llave giraba pero la madera de abajo se desmenuzaba carcomida y su fondo había sido roído y parcialmente devorado por las antepasadas, hambrientas, repudiadas y oprimidas, de la nación rátida.

-Tengo una idea. No nos buscarán en un cofre cerrado por fuera.

Metáforos era hombre de recursos. Se aseguraron de dar varias vueltas a la llave, se introdujeron en el arcón poniéndolo de lado y cuidándose de colocar alrededor telas viejas en las que también ellos se envolvieron, lo pusieron de nuevo de pie y contuvieron la respiración.

Las ratas llegaron, algunas de ellas. Husmearon en todos los sentidos, pero la humedad, el moho y la herrumbre de viejos objetos de metal cubrían otros olores. La reunión había sido secreta, y por ello no estaban presentes en la nave de los ritos oscuros más que pequeños y escogidos cuerpos de guardia. No se oía el estruendo de los rataciclos ni de los escuadrones entrenados en la persecución, por el olor, de posibles disidentes, en cuya detección y caza se habían especializado. La eficacia rátida en la creación de tales cuerpos policiales había traspasado las fronteras. Se trataba de los temibles Hermafroditas Radicales, de los Ecologistas Implacables y, los peores, de los miembros del Corpus Nígrum, que se hacían llamar a sí mismos asesores pedagógicos y sometían a sus prisioneros a audiciones innumerables de los principios igualitarios y de los discursos de Rata Máxima.

Los dos hombres contenían la respiración. Las oyeron alejarse, pero no se atrevieron a dejar su escondite. Cuando, tímidamente, comenzaban a levantar el cofre escucharon pasos diferentes. Por las voces supieron que esta vez se trataba de los galeotes colaboradores. Uno de ellos, precisamente el de las Juventudes Aspirantes a Rátida que tenía manifiesto parecido con Orky, se quedó rezagado. Estaba de espaldas. Había sacado de entre sus ropas algo comestible, escamoteado del festín previo al acto ritual, y aprovechaba para hacerlo desaparecer, en solitario, a grandes bocados.

-Necesitamos un guía-se dijeron los periodistas.

Y, a la desesperada, con una madera aguzada y clavos de los que habían hecho armas provisionales, se lanzaron sobre él, le taparon la boca y le aseguraron que si hacía el menor ruido era galeote muerto.

– ¡Vas a guiarnos hasta la borda menos vigilada!

Él negó con la cabeza y susurró:

– ¡Me enviarán a la Cala de los Malditos! O, peor, a la gruta de las medusas venenosas.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó Metáforos.

-Remosumiso 14.

– ¡Tu nombre verdadero, el anterior!

-Óskar, Óskar Brey.

-Pues nosotros te enviaremos más cerca, al baúl de los cangrejos hambrientos.

Offing hizo a su compañero un signo de absoluta ignorancia y desconcierto. No existía tal cosa, y además él era, o había sido hasta hacia pocos minutos, un pacifista militante. Metáforos le hizo señas tranquilizadoras imitando a los inexistentes cangrejos con la mano y haciéndole ver que procedían de su imaginación. Luego, en tono de amenaza terrible, apremió, señalando un rincón sombrío:

– ¡Decídete!

-Os guiaré.

Lo maniataron con jirones de la vieja lona.

Óskar se había teñido parte del pelo en gris plomo y se dejaba crecer las uñas. Hacía cuanto podía para asemejarse a las ratas, pero desde luego no lo conseguía. Tenía los ojos de un azul cándido y cierta impresión de inseguridad y alerta que en nada concordaba con quien está del lado de los vencedores.

– ¿Así que eres el hermano de Orky y estás sirviendo en la policía rátida? -En la voz de Metáforos no había un ápice de complacencia y una de sus manos jugueteaba con un palo del montón de desechos.

-Yo…no tenía opción. Me aseguraron que mi hermano formaba parte del peligroso comando terrorista, afín a Piratas Irredentos, que hundió el Buque Correo. Eso justificó que, respaldadas por nuestro juramento de fidelidad, las ratas se llevasen las Llaves de Mando y todo el tesoro.

-Por lo pronto sácanos de aquí. Ya hablaremos.

Pero no era tan fácil. Una vahada de olor entre rancio y corrompido les anunció un nuevo peligro. Además de a los Rataciclos, el enemigo recurría al armamento químico y había enviado en su busca, como les explicó Óskar, al comando de los Naturalistas Fétidos.

Los tres se introdujeron en una celdilla abandonada, se cubrieron de restos de bacalao para anular su propio olor y Offing, que tomaba febrilmente notas, inquirió:

– ¿Quiénes son los Naturalistas Fétidos?

-Galeotes de la rama Adaptados y Adoptados como ratas honorarias. Jamás usan desodorante, persiguen a cuantos no llevan la vida natural, aquéllos que no procuran asimilarse a las nobles bestias que antes de la aparición, artificial y depredadora, del poder homínido, señoreaban la Tierra.

– ¡Ah! -respondieron los dos periodistas a coro.

El hedor se aproximaba.

– ¡Huyamos! Hay que descolgarse-Óskar parecía aterrorizado-El castigo de un traidor es terrible. ¡Por esta claraboya!

El agua espejeaba tranquila, el barco apenas se mecía y era fácil avanzar por el reborde que sobresalía en el casco. Todo transcurrió muy deprisa; huyeron en un bote tras cortar las amarras de los demás para dificultar la persecución. A tiempo, porque se movían faroles y escuchaban chillidos y voces que delataban la composición mixta, humano-rátida, de los perseguidores. Les llegó un fuerte olor a pachulí que los extranjeros creyeron técnica de camuflaje de Naturalistas Fétidos.

Pero no lo eran.

-Se trata de Hermafroditas Radicales -Óskar había palidecido y parecía aún más aterrado que ante la proximidad del comando anterior. Sin embargo, como si el miedo tuviese sobre él un efecto propulsor, el muchacho se había revelado un guía estimable. Continuó en voz baja y temblorosa:

-Están movilizando a sus mejores efectivos. No quieren que estas noticias transciendan hasta la opinión planetaria. Su plan, que presentarán como benéfico e ilustrado, es geoglobal.

– ¿Quiénes son Hermafroditas Radicales? ¿Ratas? ¿Galeotes?

-Galeotes adoptados, fuerzas de choque, encargados de la acción directa vía rápida para el Paraíso Igualitario. Si nos apresan se asegurarán de que nuestros….atributos sexuales -la palidez de Óskar se tiñó levemente con un rubor de doncella -tienen estrictamente la misma dimensión -Imitó con los dedos el movimiento de unas tijeras.

Los fugitivos maniobraron con desesperación, pero ésta no bastaba para otorgarles la habilidad náutica de la que carecían.

-Yo pensaba que los de Megas Musakia eran un pueblo de marineros-dijo Offing sardónico.

– ¡Y a mí me suena lo de “¡Rule, Britannia! Britannia rule the waves!”. Además, no todos somos Ulises-respondió Metáforos.

La noche era tan oscura que sólo distinguieron al enemigo cuando una garra gris se clavó en la borda.

 

 

 

18

Camino de la Cala de los Malditos

 

Estaban perdidos. En efecto, las ratas habían planeado la operación de forma silenciosa para que no llegara el escándalo hasta los demás corresponsales extranjeros, los cuales, por cierto, dormían apaciblemente con el pesado sueño producido por las bebidas espirituosas, los abundantes canapés y la deliciosa perspectiva de viajes a paradisíacos parques temáticos de Paz, Bondad y Amor gracias a los cheques-regalo distribuidos.

Los tres, incluso Óskar, decidieron vender cara su vida, y su integridad física. La primera rata cayó al agua con un chillido, la garra atravesada por el bolígrafo de Offing. Un Hermafrodita Radical lanzó un quejido lastimero cuando Metáforos le golpeó con el remo. El medroso Óskar parecía estar sacando fuerzas de flaqueza y, sea insultaba hábilmente en su peculiar jerga de la policía acción violenta a los adoptados, sea les hacía confundirle en la oscuridad con uno de los suyos.

Pero estaban perdidos. Una mezcla tibia de pachulí, sudor y piel de rata los cubrió.

Entonces se produjo el abordaje salvador. Algo estaba haciendo volcar los botes de la flotilla rátida desde el agua. En ella se movían formas amigas y humanas, espaldas poderosas empujaban las quillas y hacían zozobrar las embarcaciones.

Las ratas no eran diestras en la natación. Estaban acostumbradas a la escasa profundidad de las alcantarillas, a la seguridad del grupo y a la variedad de residuos flotantes que les servían de apoyo y, en tiempos pasados, de alimento. Por su parte los galeotes adoptados que formaban los cuerpos especiales no habían recibido el entrenamiento conveniente porque buena parte de sus horas de formación se había dedicado al aprendizaje de consignas, a sesiones de corrección genérica y a identificación de individualidades adversas.

Offing, que se debatía con el valor de las causas perdidas, notó disminuir la presión enemiga, como si el aire marino soplara de nuevo entre su cuerpo y el tejido de pieles y sonidos. Ellos retrocedían, Orky y Metáforos le devolvieron, sudorosos, el gesto de alivio. Miró al agua.

Y allí vio, como si la encontrara por vez primera, el cuerpo de Gal marcado por las prendas mojadas que la cubrían, su rostro que flotaba con el cabello esparcido. Ella también lo vio, y sonrió. En aquel mismo instante, como un silencio instantáneo en el tumulto, el periodista de Albinia supo que había encontrado su propio continente.

Con el que tomó contacto de forma brusca porque la perentoria orden ¡Saltad todos ya! y el empujón habían sido casi simultáneos y, aunque sabía nadar, se encontró con el brazo firme de ella que lo sujetaba impulsándolo lejos, hacia donde los cubrían la acogedora oscuridad y la bruma. A su lado vio a Metáforos y a Óskar, que no parecían necesitar ayuda alguna.

– ¿Qué hacéis? ¿Por qué hemos dejado los botes? A los rátidas les será más fácil encontrarnos, pescarnos…-preguntó.

-No. Tranquilo. Ya vienen en nuestra ayuda. -reconoció la voz de uno de los galeotes prófugos que había encontrado anteriormente.

– ¿Ayuda? Ellas tienen barcos, tienen lanchas, faroles. Irán rápido.

-También nosotros. -le respondieron.

En efecto. De la nada, como si hubiera surgido del fondo, aunque en realidad había bogado silenciosamente, apareció una extensa mancha negra sobre la que se movían figuras humanas que les hacían señas y les tiraban escalas de cuerda.

La consigna era no delatar su ruta con sonido alguno ni moverse por cubierta hasta que llegaran a su destino final, al refugio. Los extranjeros, acostumbrados a suelos inmóviles, debían permanecer tumbados y aferrados a las tablas mientras aumentaba la velocidad y en el mar, antes tranquilo, se levantaban rizos de espuma.

Metáforos, incapaz en ninguna circunstancia de total silencio, intercambiaba gestos y monosílabos con los exgaleotes más próximos. Así supieron que se encontraban en la Gabarra de los Lisiados, camino de La Cala de los Malditos.

 

 

 

19

La Gabarra de los Lisiados

 

-Tranquilos. Somos, aquí donde nos veis, los desechados por los Rátidas de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

– ¿Quiénes? -Metáforos estaba desconcertado y empezaba a creer que cuanto les ocurría era fruto de su imaginación, un delirio provocado por el stress, la fatiga acumulada y las resacas del cóctel de bienvenida. Su interlocutor era un galeote sorprendentemente frágil, delgado, con pelo largo recogido en dos trenzas, ojuelos vivos y cierto aire que hubiera podido llamarse intelectual.

-Me llamo Segis.

Y le tendió la mano izquierda, que él y Offing estrecharon, advirtiendo entonces que la derecha tenía los dedos atrofiados.

-Su nombre me suena- dijo el periodista albinio, aficionado a historias y libros antiguos. Su país se caracterizaba por tener los mayores mercadillos de segunda mano del planeta y él rebuscaba en las pilas de publicaciones.

-Primero fui Segis, de Segismundo; y oficialmente Remo 72. Lo escogí por incordiar. Las referencias tradicionales o se desconocen o molestan. Nada odia más la Nación Rátida que el que alguien sepa más que otro. Firmo las comunicaciones de resistencia galeote con él. Pero ahora no es momento de más explicaciones. Esperad a que nos hayamos alejado suficientemente.

La gabarra era grande, mucho más de lo esperado, y extraordinariamente rápida. Aunque no había luna se movía como si patinara sobre el agua y conociera con exactitud su camino, guiada al parecer en parte por el sonido lejano de invisibles arrecifes. Algo la impulsaba, no sólo el remo. Había mucha gente en cubierta, y otros en una especie de cabina central. Acostumbrada ya la vista a la oscuridad, los rescatados distinguieron a personas de ambos sexos y advirtieron que muchos tenían deficiencias físicas: A aquél le faltaba un pie sustituido por una prótesis mezcla de aleta y rueda, otro se desplazaba con torpeza, varios tenían vendas o se cubrían ojo, nariz u orejas con parches.

Entonces Offing reparó en que Gal, ocupada en explicar algo a un pequeño grupo, no manejaba con soltura sus extremidades inferiores.

-Sirena al fin-se dijo, a sabiendas de que nunca lo había sido. Es más, no sintió disminuir por ello el atractivo extraño que hacia ella había experimentado desde que la vio en el agua, y que ahora lo llevaba a buscar su rostro, que encontraba con frecuencia vuelto hacia él. Gal, como a ráfagas, lo repelía, le inspiraba cierto temor. “Seguro que sabe a anguila” se dijo. Aunque su brazo era cálido cuando le ayudó a subir a la Gabarra de los Lisiados.

– ¿Los Lisiados? -preguntaba muy bajito a Óskar Metáforos.

-Sí -respondió-Ya los ves. Las ratas van desechando material cuando encuentran que no les conviene y les sale gravoso. Lo hacen con extrema discreción, como si nos enviaran a centros de reposo, pero lo sabemos. Hay una trampilla y allá van, después de que una amable acogida y explicación pedagógica sobre las ventajas de la adaptación y el diálogo en el Taller de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Sin embargo los prófugos se las arreglaron para….

-Eso se les explicará cuando hayamos llegado. No ahora. -Segis cortó la conversación.

Se aproximaba el ruido de arrecifes, formas que los extranjeros apenas alcanzaban a distinguir. Pronto se encontraron en lo que parecía ser un laberinto de pasadizos y cuevas. La gabarra ancló en una pequeña cala y desde allí caminaron hasta el fondo, siguieron corredores de roca, comenzaron a oír voces, avistar a lo lejos una luz. Y finalmente se encontraron en un espacio amplio, bien acondicionado, al que parecían tener acceso, como si de un vasto salón de entrada se tratara, numerosas viviendas.

Se rompió el silencio. A los recién llegados y a los que ya se encontraban en la sala se fueron uniendo personajes diversos, que resultaban tanto más llamativos cuanto que nada tenían que ver con la uniformidad gris de las ratas. A los periodistas les llamó particularmente la atención un alegre grupo con gorras de colores, barbas y camisetas negras en las que la calavera y dos tibias había sido tachada y a su lado se leía ¡De muerte nada! ¡Vivan los P.I.L.!

– ¿Quiénes son éstos? ¿Quiénes son todos? ¿Dónde estamos? ¿Qué…

Gal se acercó, con aquella sonrisa que Offing veía por vez primera. Le puso la mano en el hombro y él observó que no olía a anguila. Explicó:

-Estáis a salvo. Mañana se os explicará todo. Ahora tenéis que dormir. Os encontráis en La Cala de los Malditos.

Y durmieron, el pesado sueño del cansancio y tensión acumulados, del que no los despertó la juerga que se había organizado en el salón.

 

 

 

19

La Gabarra de los Lisiados

 

-Tranquilos. Somos, aquí donde nos veis, los desechados por los Rátidas de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

– ¿Quiénes? -Metáforos estaba desconcertado y empezaba a creer que cuanto les ocurría era fruto de su imaginación, un delirio provocado por el stress, la fatiga acumulada y las resacas del cóctel de bienvenida. Su interlocutor era un galeote sorprendentemente frágil, delgado, con pelo largo recogido en dos trenzas, ojuelos vivos y cierto aire que hubiera podido llamarse intelectual.

-Me llamo Segis.

Y le tendió la mano izquierda, que él y Offing estrecharon, advirtiendo entonces que la derecha tenía los dedos atrofiados.

-Su nombre me suena- dijo el periodista albinio, aficionado a historias y libros antiguos. Su país se caracterizaba por tener los mayores mercadillos de segunda mano del planeta y él rebuscaba en las pilas de publicaciones.

-Primero fui Segis, de Segismundo; y oficialmente Remo 72. Lo escogí por incordiar. Las referencias tradicionales o se desconocen o molestan. Nada odia más la Nación Rátida que el que alguien sepa más que otro. Firmo las comunicaciones de resistencia galeote con él. Pero ahora no es momento de más explicaciones. Esperad a que nos hayamos alejado suficientemente.

La gabarra era grande, mucho más de lo esperado, y extraordinariamente rápida. Aunque no había luna se movía como si patinara sobre el agua y conociera con exactitud su camino, guiada al parecer en parte por el sonido lejano de invisibles arrecifes. Algo la impulsaba, no sólo el remo. Había mucha gente en cubierta, y otros en una especie de cabina central. Acostumbrada ya la vista a la oscuridad, los rescatados distinguieron a personas de ambos sexos y advirtieron que muchos tenían deficiencias físicas: A aquél le faltaba un pie sustituido por una prótesis mezcla de aleta y rueda, otro se desplazaba con torpeza, varios tenían vendas o se cubrían ojo, nariz u orejas con parches.

Entonces Offing reparó en que Gal, ocupada en explicar algo a un pequeño grupo, no manejaba con soltura sus extremidades inferiores.

-Sirena al fin-se dijo, a sabiendas de que nunca lo había sido. Es más, no sintió disminuir por ello el atractivo extraño que hacia ella había experimentado desde que la vio en el agua, y que ahora lo llevaba a buscar su rostro, que encontraba con frecuencia vuelto hacia él. Gal, como a ráfagas, lo repelía, le inspiraba cierto temor. “Seguro que sabe a anguila” se dijo. Aunque su brazo era cálido cuando le ayudó a subir a la Gabarra de los Lisiados.

– ¿Los Lisiados? -preguntaba muy bajito a Óskar Metáforos.

-Sí -respondió-Ya los ves. Las ratas van desechando material cuando encuentran que no les conviene y les sale gravoso. Lo hacen con extrema discreción, como si nos enviaran a centros de reposo, pero lo sabemos. Hay una trampilla y allá van, después de que una amable acogida y explicación pedagógica sobre las ventajas de la adaptación y el diálogo en el Taller de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Sin embargo los prófugos se las arreglaron para….

-Eso se les explicará cuando hayamos llegado. No ahora. -Segis cortó la conversación.

Se aproximaba el ruido de arrecifes, formas que los extranjeros apenas alcanzaban a distinguir. Pronto se encontraron en lo que parecía ser un laberinto de pasadizos y cuevas. La gabarra ancló en una pequeña cala y desde allí caminaron hasta el fondo, siguieron corredores de roca, comenzaron a oír voces, avistar a lo lejos una luz. Y finalmente se encontraron en un espacio amplio, bien acondicionado, al que parecían tener acceso, como si de un vasto salón de entrada se tratara, numerosas viviendas.

Se rompió el silencio. A los recién llegados y a los que ya se encontraban en la sala se fueron uniendo personajes diversos, que resultaban tanto más llamativos cuanto que nada tenían que ver con la uniformidad gris de las ratas. A los periodistas les llamó particularmente la atención un alegre grupo con gorras de colores, barbas y camisetas negras en las que la calavera y dos tibias había sido tachada y a su lado se leía ¡De muerte nada! ¡Vivan los P.I.L.!

– ¿Quiénes son éstos? ¿Quiénes son todos? ¿Dónde estamos? ¿Qué…

Gal se acercó, con aquella sonrisa que Offing veía por vez primera. Le puso la mano en el hombro y él observó que no olía a anguila. Explicó:

-Estáis a salvo. Mañana se os explicará todo. Ahora tenéis que dormir. Os encontráis en La Cala de los Malditos.

Y durmieron, el pesado sueño del cansancio y tensión acumulados, del que no los despertó la juerga que se había organizado en el salón.

 

 

 

20

Asamblea en la Sala Místico-Planetaria

 

Entre las ratas reinaba gran inquietud. Habían aparentado indiferencia para mantener ante propios y foráneos la imagen de tranquilo dominio y felicidad generalizada que pretendían transmitir al exterior, pero, tras la fallida expedición naval sin los prisioneros que esperaban, eran de suma urgencia medidas excepcionales. Precisaban de una estrategia que blindara sus planes y su poder y garantizara la desaparición de molestos testigos. Habían olfateado por vez primera la amplitud de los grupos de resistencia, la posibilidad de que la mención de Diktátor y de la culpabilidad del anterior gobierno en la matanza del episodio del Buque Correo estuvieran perdiendo su eficacia en otorgarles el control del No-País. Tal vez su número y su gloriosa oferta de completa igualdad no bastasen. Necesitaban consejo.

Se habían reunido, en el Galeón de los Ritos Oscuros, en la estancia a la que sólo se tenía acceso por pasos hábilmente roídos, vecinos al altar de Diktátor, pero disimulados por el fleco dorado del sagrado paño, y estaban el colectivo dirigente en pleno y lo más escogido de la tropa. Animaban la austeridad monacal del recinto algunos carteles de campañas pasadas: Termiteros Sin dinero. Rátidas au visage humain. Cómitres for ever. ¡Larga vida a los ecologistas implacables! La planète c’est nous. Apoyemos a la Policía Pedagógica. La propiedad de conocimientos es un robo. La memoria es un crimen. ¡Cubiles con despensa ya! El regimiento de los Mustélidos, siempre fieles mientras los alimentaran con los manjares que su dieta carnívora pedía, montaba vigilancia en previsión del avistamiento de enemigos externos y reforzaban su celo por si fuera preciso eliminar a algún elemento indeseable de los rátidas.

Los Mustélidos eran un regimiento particularmente feroz. Consideraban que habían sido ancestralmente agraviados por la raza de mamíferos primates homo que, en el musteliceno, habían ocupado sus territorios y les habían arrebatado el puesto egregio que por sus méritos les correspondía. Vivían, pues, en un perpetuo estado de agravio nacional y amargura por sus fueros prehistóricos perdidos y el teórico dominio que hubiera debido corresponderles en el Continente. Compartían los ideales de desguace, desmigajamiento y reparto de las ratas, y degustaban, no sólo con buen apetito sino con fruición gastronómica, los trozos de galeotes no aprovechables que les proporcionaban sus jefes. Eran muy apreciados como mercenarios por las Insaciables del Rincón Este y por las Ratas Purasangre de la Montaña Norte, que hallaban deliciosas las generosas raciones llamadas de compensación del agravio que el Comité Central Rátida les asignaba.

El Comité se sentía, pues, seguro y estaba preparado para recurrir a la más alta instancia. La sala no era muy grande, bastaba para albergar a los escogidos frente a los cuales, en la oscuridad, había un cubo de notables proporciones en el cual, mecido por el líquido que contenía, se iba perfilando un ser que no era rátida, que no parecía de este mundo.

Sólo en las grandes ocasiones, en las especiales emergencias, se recurría al Gran Calamar Inteligente. Las ratas no lo eran, pero sí listas y avispadas en la imitación y el aprendizaje. En especial Rata Segunda, la eminencia gris plomo, y Rata Parda, encargada de la propaganda multicultural. Sabían que los galeotes estuvieron convencidos, durante décadas, de que la especie humana era un deleznable subproducto evolutivo, vergüenza de las otras formas de vida que poblaban el universo. Muchos de los ahora galeotes practicaron la adoración platónica de reptiles, infusorios gigantes y amasijos variados de células caracterizados todos por venir del espacio exterior y poseer un grado de sabiduría, progreso y bondad cósmica de calidad óptima en comparación con el bestial atraso, abominables tendencias y civilización nefasta de los humanos. Nada más natural, así pues, que la sumisión a los consejos del Gran Calamar Inteligente, ser de origen incierto, probablemente extraterrestre, pero que en cualquier caso había aprendido a superar los dos años de esperanza de vida propios de los habitantes de su especie en los mares conocidos y que, por lo tanto, poseía el más refinado lenguaje tentacular y una exquisita capacidad de discernimiento.

– ¡Ilumínanos! ¡Aclara nuestras mentes! ¡Guía nuestros pasos, oh criatura de superioridad infinita! -Rogó Rata Segunda.

– ¡Que la sibila traduzca sus mensajes! -Añadió Rata Parda.

Y la sibila se mostró a ellas.

– ¡Gorgony! ¡Gor-go-ny!. ¡Gor-go-ny! -Corearon todas.

El alboroto cesó súbitamente y fue sustituido por un siseo mitad admirativo mitad temeroso. Porque la figura que había aparecido y se deslizaba alrededor del cubo parecía rodeada de un halo fosforescente, un resplandor variable que correspondía con sus destellos a los de la criatura que se adivinaba al otro lado de la pared transparente y en aquel lenguaje sin sonido se comunicaba con ella.

Gorgony se movía con oscilaciones que despertaban en el auditorio un placer visiblemente sensual que se mezclaba con el miedo. Tenía una figura indeterminada, difícil de adivinar en la penumbra, con los rasgos flexibles de una grande y esbelta rata y al tiempo las extremidades y el rostro de una galeote hembra lampiña. La cubría un tejido de color semejante al del líquido del cubo, surcado por los reflejos que a veces se concentraban en el terrible brillo de los ojos.

– ¡Háblanos! -suplicó Rata Primera, consciente de su obligación como Líder. A su súplica se unió Rata Segunda y tras ella la totalidad del cuerpo de miembros políticos dirigentes.

La figura dio una vuelta completa. Hubo un silencio expectante, un intercambio de reflejos que sólo podía interpretarse como transmisión a la sibila del Gran Calamar Inteligente. Y Gorgony habló:

 

La tinta y el desconcierto

son armas de la victoria.

Quien las use con acierto

logrará fortuna y gloria.

 

El Secretariado Rátida tomaba notas afanosamente. Todos callaron en espera de explicaciones:

 

Dice el sabio Calamar,

Dios del espacio estelar,

que el humano miserable

es especie indeseable.

Borrad pues del Universo

un animal tan perverso.

La igualdad es imposible

con esa bestia terrible.

Salvemos pues al planeta

de la destrucción completa.

Fuera manos. Sólo patas.

¡Todo el poder a las ratas!

 

Hubo vítores entusiastas. Luego humildemente se rogó a la sibila que obtuviese del Gran Calamar Inteligente algunas puntualizaciones para llevar a cabo la tarea. Verdad era que la Nación Rátida había hasta entonces obrado tímidamente, por etapas, se sentía insegura. Ahora comprendía que había llegado el momento de pasar a la gran etapa final: Un mundo sin humanos de gran igualdad rátida.

– ¡Oh, Gorgony!, ¿cómo haremos? Debemos evitar ser atacados por el resto de países a la vez. Hasta ahora hemos llevado una sagaz política de propaganda basada en el culto a la Igualdad Suprema, la Alianza de Paz y Amor baborita, el Respeto Multiforme y la victoriosa lucha ancestral contra el horrible Diktátor.

La respuesta se materializó en una nube de tinta expulsada por el Gran Calamar. Estaba claro: Había que repetir cuantas veces fuera necesario acciones de choque diversas, algunas de gran calado, como el Hundimiento del Buque Correo, otras menores pero reiterativas, continuas y numerosas.

– ¡Mojad uñas y rabo en la tinta! ¡Comenzad a propagar directivas! ¡Afirmad incansables vuestro eterno papel de luchadoras contra todo diktátor pasado, presente y futuro! Ése es el mensaje. -Gorgony se erguía ahora categórica, cercana, símbolo de los suyos. La miraron con adoración.

– ¿Qué es la tinta? ¿Para qué sirve? -preguntó una voz indecisa.

Se oyó una risa mezclada con burbujas y gorgoteo. Y la voz de la sibila, con un tono más alto, festivo y diferente:

-La tinta os muestra las mil formas de enturbiar la visión del enemigo, de dividir hasta el infinito su fuerza como en gotas un tintero. La tinta son los mensajes contrarios, incesantes, halagadores, que enviaréis al resto del planeta, tan abundantes que ya no habrá transparencia en el agua. Habéis utilizado, aprovechado sabiamente a los adversarios, os habéis apropiado de su queso. Llegó el momento de confundirlos y enfrentarlos primero y exterminarlos después. ¡Al trabajo!

Comenzaba el tiempo de las deliberaciones y de las estrategias. El cubo y su ocupante se fueron hundiendo hacia atrás en la oscuridad, pero las ratas habían comprendido. La tinta les mostraba el camino. Sonó una música casi festiva a la que eran muy aficionadas las ratas, que, relajada la tensión y gozosas ante la perspectiva, habían pasado a actuar con febril energía. Se abrió la puerta, pasado el tiempo del alto secreto, a numerosos miembros del grupo que habían permanecido en el exterior, se movieron muebles hasta formar corros que dialogaban y trazaban esquemas con el rabo y uñas mojados en tinta. Rata Primera, Igualísima, se mantenía en un silencio satisfecho, fiel a au papel de líder ideológico que encarnaba la suprema bondad del Reino Futuro cuyo advenimiento era inminente. Las directivas más importantes del plan corrían a cargo de Rata Segunda y su cuerpo escogido de Baboritas Sumas. El resumen de cada directiva y su esquema de puesta en práctica se pasaba acto seguido a los diversos responsables de aplicaciones prácticas, que a su vez los resumían y distribuían a la tropa.

-Atención, compañeras-dijo Rata Segunda, y fue atentamente escuchada. Nadie dudaba de su autoridad, por supuesto inferior en rango a la alta categoría ideológica de Primera, pero en la práctica era el hocico visible y la garra palpable de la Nación Rátida. Tenía todas las cualidades: rápida, astuta, eficaz y también implacable cuando apuntaba la menor disidencia. La aplaudieron antes de que comenzara a hablar. Con la modestia que acostumbraba, ella aceptó las inquebrantables muestras de adhesión que siempre precedían y seguían a sus propuestas, y las enunció lentamente para que nadie alegara ignorancia. Los detalles eran esenciales:

-Los galeotes nunca se habrán sentido más mimados-Rata Segunda sonreía con todos los dientes al resumir los puntos esenciales del plan, acogido con chillidos de satisfacción.

-Ofreceremos dones y beneficios distintos y especiales, mejores en cada caso que los de las demás, a cada galera de la flota. A la tripulación de cada una le diremos que su superioridad respecto al resto obedece, sin mayores merecimientos, a su ubicación marítima según latitud y longitud y al origen, que se ha investigado, de sus tatarabuelos, grandes remeros (hubiera o no litoral, río o puerto) dotados, como ellos, por herencia, de un material sanguíneo de especial densidad y capaces de silbar en una docena de tonos.

-Cuidaremos, mucho más de lo que hasta ahora lo hemos hecho, de las relaciones extranjeras. El equipo de propaganda se está ya empleando a fondo y sigue un régimen energético de hígado de bacalao en vez del tocino habitual. Ofreceremos fructuosos intercambios comerciales y apertura de mercados marinos y nuestra buena voluntad se manifestará en el reparto, junto con la nuestra propia, de banderas de diversos tamaños y diseños que correspondan a cuantos grupos potenciales o imaginarios podamos crear o localizar. Esta maniobra será paralela a un reparto similar a los galeotes.

Hubo un murmullo de desconcierto, e incluso asomos de crítica:

– ¿Su propia bandera? Nos llevó tiempo buscar y desmenuzar la que tenían, difundir la inexistencia del No-País. ¿Y vamos a apoyar, además, las del exterior, dificultando nuestro posterior avance?

-No entendéis-aclaró Rata Segunda, condescendiente -Es el paso, la “tinta” de nuestra posterior etapa. Imaginada en qué van a emplear su energía, qué va a ocupar la mayor parte de sus conversaciones, de su tiempo. En realidad, ellos no han asimilado el ideal de la igualdad completa, suspiran por que su remo sea mejor que el del vecino, o que al menos la cadena del vecino brille menos que la suya. De nada sirve con ellos la tinta de los halagos si no se acompaña de reparaciones inacabables unidas a la afirmación de que cuando a uno lo supera otro individuo de su especie sólo es siempre por manifiesta injusticia.

– ¿Y los países extranjeros? El mundo es grande, nuestro dominio aún reducido.

La Rata del Ministerio de Superficies Exteriores intervino:

-No estamos solas, compañeras. El hecho de que seamos poco visibles esconde nuestro poder, basado en el número, la oportunidad y la prudencia. Hemos establecido fructuosos contactos con los gobiernos rátidas en la sombra, quienes, desde las alcantarillas más lejanas, nos aseguran su apoyo y adhesión a nuestra causa. Por lo pronto, como prueba de fidelidad, han comenzado a erosionar las zonas estrechas que separan algunas naciones (las anchas ya se andará) siguiendo nuestra táctica, en realización muy avanzada, de roer montes con el noble fin de dejar el No-País definitivamente aislado, no ya de Camemberia, sino de Euralia. Pronto nuestra flota bogará alrededor de lo que fue la tierra firme origen de las tripulaciones que ahora nos sirven y para la que tenemos, cuando flote a gran distancia y esté convenientemente remojada y apta para el troceo, grandes proyectos de uso para la producción de queso y otras delicias, porque nuestra gastronomía omnívora ha variado y mejorado notablemente. Tarea por supuesto a cargo de la mano de obra que seleccionemos al efecto.

Rata Primera intervino, brevemente:

-Soy, como sabéis, no sólo la que veis aquí sino la concentración misma del pueblo rátida. La única voluntad es la vuestra, y no la de delegación ni institución alguna. Por ello, y como prueba del ideal de igualdad y unanimidad baborita que nos caracteriza, votad a cola alzada, las que estén a favor de cuanto se ha propuesto.

Como un único cuerpo gris erizado de apéndices, se alzó la unánime y afirmativa respuesta. Igualísima agradeció la confianza y el Secretariado pareció tomar nota.

Continuaron durante algún tiempo y, una vez el trabajo distribuido y las siguientes citas fijadas, se disolvió la asamblea en un ambiente casi de euforia. Lo acompañó la alegre música a cuyos sones se abandonó el recinto. A las ratas les gustaban especialmente los solos de flauta. Tras una cortés reverencia dirigida a la mesa de notables y, con inclinación más profunda, al oscuro fondo tras el que habían desaparecido Calamar Gigante Inteligente y su sibila, salieron siguiendo el sonido que se desplazaba hacia el pasillo contiguo y luego continuaron, tras él, por los restantes pasadizos.

El grupo dirigente se aseguró de que sus miembros eran los únicos que quedaban en el salón y que se había cerrado por dentro el acceso. Entonces entró por el agujero de ventilación situado al fondo el jefe de los Mustélidos.

-Hay un trabajo urgente por terminar. -le dijo la Secretaria.

-Nosotros no fallamos, tenéis pruebas-aseguró el vigoroso carnívoro.

-Para eso os pagamos, espléndidamente por cierto. Os lleváis los mejores bocados. Estás engordando.

Mustélido One no se dignó responder, pero se relamió los bigotes.

-Los dos periodistas deben desaparecer; sin rastros. Ni un pelo ni una uña. Y queremos a la chica viva; ella nos llevará a los otros. -continuó la Secretaria, y procedió a concretar estrategia, datos y recompensa.

Con la agilidad y discreción que le eran propias, el mustélido deslizó por la abertura su flexible cuerpo.

– ¿Podemos confiar en él? -preguntó Rata Tercera.

-Podemos, porque podemos pagarle. Con nadie hubieran engordado tanto.

– ¿No hubiera sido mejor recurrir a Piratas Irredentos? Al menos, que sean culpables oficiales caso de problemas. Como en lo de la explosión del Buque Correo, cuando….

– ¡Calla! Ese episodio ni lo nombres. Olvidado, enterrado, cubierto para siempre por el agua. Atente a la versión oficial. Malvados terroristas.

-Providenciales diría yo. Los galeotes, y su queso, se echaron en nuestros brazos.

-Piratas Irredentos pueden valer como mano de obra asociada, en trabajos concretos, pero son simples sin estabilidad alguna. Excepto los PIL, los Piratas Irredentos Libres, la rama disidente, y peligrosa.

-Muchos Irredentos están incorporándose a los PIF, Piratas Irredentos Fundamentalistas. Con ellos, para exterminaciones urgentes, se puede contar.

-Por lo pronto, nos atendremos a los Mustélidos, y ya veremos si el asunto se complica.

El mar, hasta entonces tranquilo, respondió a la suave brisa meciendo la embarcación. Los dirigentes rátidas agotaron algunas botellas de bebidas espirituosas acompañadas de tocino de la mejor calidad y se entregaron al plácido sueño de un merecido descanso.

 

 

 

 

21

El dúo de la solución final

 

Pero Rata Segunda no descansaba. Esperaba en un discreto reservado amueblado con comodidad, al estilo de las antiguas viviendas del No-País, que ella conocía bien porque su trabajo como Censora Principal le daba acceso a documentos prohibidos por afines al Estriborismo y propios de la época nefanda de Diktátor. El mobiliario de épocas periclitadas, infame muestra, como cuadros, libros y vestidos, de la destrucción del Sagrado Planeta y sus vastas selvas, había ido alimentando hornos de cocinas y salas de máquinas.

Rata Segunda tenía una cita. Pasado el tiempo prudencial para asegurarse de que sus compañeras estaban en un profundo sueño, la que esperaba apareció sin hacer el menor ruido, con su acostumbrada eficacia y puntualidad en los encuentros, imprescindibles para el intercambio de información. Esta vez eran más importantes que nunca. De esa noche tenía que surgir un minucioso plan respecto al que la matanza del Buque Coreo no dejaba de ser una ínfima, aunque excelente, muestra y entrenamiento para la gestión de acciones futuras.

Gorgony parecía otra sin serlo. Era un ser flexible, fosforescente, dúctil y verdoso que se cubría con manto y capucha, de forma que era difícil clasificarla según la lista de entes rátidas puros, colaboradores, adaptados, mimetizados o provenientes, quizás, de una rama especial evolucionada en tiempos remotos a partir de los calamares inteligentes –siempre infinitamente más inteligentes que cualquier humano- venidos del espacio exterior. Gorgony se echó hacia atrás la capucha y dejó deslizarse la capa, que se diría ondeaba por sí misma. La Adjunta a Igualísima, pues tal era el rango del interlocutor, observó sus ojos chispeantes, la pequeña cabeza siempre alerta y las dos figurillas de rata, forjadas en eléctrum, que adornaban ambos hombros y cuyos rabos se prolongaban hacia arriba, en una fina cadena, enlazando con los colgantes del mismo brillante material que adornaban sus orejas con ratas diminutas. Ella sacó una mano en cuyos delgados apéndices no se advertía el comienzo y final de las uñas, aunque terminaban en una punta aguda, y acarició levemente de arriba abajo, empezando por las orejas, a Rata Segunda, que se dejaba hacer llevado por su poder de seducción.

-Debemos establecer prioridades, trazar cuidadosamente nuestros planes, asegurar nuestras fuerzas-mientras hablaba, jugaba con los pendientes de Gorgony y con el eslabón dorado que los unía a la ratita de su hombro.

-Habéis subestimado al enemigo- aseguró ella.

-Tal vez, pero no parecían ya representar peligro alguno. La población estaba tan contenta de que la salváramos de los que habían hecho explotar el Buque Correo, los galeotes tan satisfechos de que garantizáramos su seguridad y su igualdad…Incluso se ofrecen con entusiasmo para participar en la demolición de las ciudades, calles, carreteras, centros urbanos, casas de mayor altura que los habitáculos preceptivos, de los muchos restos que, desgraciadamente, aún persisten y se llamaban anteriormente Educación y Cultura.

Gorgony la animó:

-Los Elegidos siempre van a contracorriente. Y los demás acaban siguiendo, y eliminando a los odiosos, los individuos, los que no comprenden el gran futuro selvático que a la Tierra aguarda, cubierto, como por un manto de pelo, y quizás plumas, -hay que ser amplios de criterio- por animalidades tan sanas como la nuestra.

Los finos dientes de Gorgony y los incisivos de Rata Segunda entrechocaron, se alejaron y volvieron a encontrarse, varias veces, en un itinerario que consistía en recorrer con sus puntas afiladas los recovecos y superficies de una y otra.

No por ello descuidaban su tarea, cuyos planes iban trazando en diversas superficies.

Con pausas. Y caricias.

 

 

 

22

La Cruzada Sexual

 

El pueblo rátida era de una sexualidad difusa, separada de su frecuente y prolífica reproducción, centrada aquélla en olores, sabores, sonidos rítmicos y tacto. Para la especie antiguamente en el Gobierno admitían el coito como fuente, controlada, de nueva mano de obra y, sabedoras del poder que los atractivos pasionales podían ejercer, habían hallado la fórmula para erosionar, como quien roe un muro hasta hacerlo caer, la peligrosa dimensión de individualidad que las diferencias de sexo y consiguientes derivados podía favorecer en los galeotes, creando incluso zonas impermeables a la igualdad que escaparían a su control. Previsores, los departamentos rátidas de Orden y Propaganda, asistidos por los HLCE (Heroicos Luchadores Contra Estribor) habían puesto en marcha la Cruzada Sexual: Bajo el lema sexo obligatorio igual para todos (y todas/es), estaban logrando, con sesiones incansables de adoctrinamiento masivo, crear en los galeotes epidemias de frigidez cuya gravedad y extensión aumentaban en proporción al hastío, aburrimiento y rechazo fruto de la Cruzada. Las lecciones sexopedagógicas eran abundantes, largas y por supuesto obligatorias. El control de actividades sexuales igualitariamente polimorfas semanal y preceptivo, de manera que si no se demostraba haber fichado sucesivamente en prácticas homo, hetero, bi, pluri, animal, vegetal y solitarias, con el atrezzo correspondiente en cada caso, no se obtenían bonos de comida ni descansos laborales. Aunque no pocos galeotes se disfrazaban de travestis falsos para aparentar que habían cumplido las cuotas, las protestas en general eran menores y centradas en enfermedades imaginarias. Cualquier excusa que permitiese escapar a las implacables normas enumeradas en los manuales de sexualidad sanamente pluridisciplinar era bienvenida. Se recordaban con melancolía vocablos como erotismo, pasión, deseo, amor y se acariciaban con fruición las imágenes de algunos calendarios clandestinos que se pasaban de mano en mano y respondían a los títulos El camionero feliz o Bomberos de Madrid.

Las lecciones de aprendizaje y práctica genital comenzaban en la más temprana infancia y ocupaban lo que otrora se llamó estudios de asignaturas de base, con la diferencia de que, si en la Oscura e Insolidaria Época Prerrátida no había que repetir curso cuando se suspendían Matemáticas, Literatura o Lengua, en la actualidad era imprescindible aprobar Orgullo Hermafrodita, Promiscuidad Igualitaria: Teoría y Práctica o Kamasutra aplicado a Fauna y Flora para obtener el pase.  El destacamento de Genitopedagogos defendía con singular fiereza sus territorios laborales, en continua expansión hemanada con SS (Sanidad Suma) y PC (Pureza Ciclista). Los galeotes, tanto machos como hembras, consideraban Promiscuidad Igualitaria la materia más dura porque el criterio era que la pareja poseyera las menores cotas de atractivo posibles.

Con Gorgony y Rata Segunda no era el caso. Las punzadas de uñas y dientecillos se traducían en delicioso cosquilleo que alimentaba en ambos la materialización de su plan y nada era tiempo ni energía perdidos. Anotaban en sus cuadernos, pegaban en las paredes consignas inspiradoras, volvían al sofá aún más excitados ante la perspectiva de la Solución Final y del paisaje, ya trazado en esquemas, de un mundo de alcantarillas, confortables cubiles calentados por la putrefacción y piscinas de aguas estancadas con deliciosos residuos flotantes. Arriba, una vez ultimado el trabajo roedor, habría sólo espacios troceados fácilmente controlables, patrullados por rataciclos que se deslizarían por la red de carriles que cubrirían por completo los territorios donde otrora se alzaron edificios, carreteras, vehículos y viandantes y los individuos, carentes de conciencia igualitaria, habían circulado según su libre albedrío. Los Agentes Rataciclo, que estaban adquiriendo por momentos nuevas cotas de poder, tendrían ante sí una gran misión: Señalar a los elementos prescindibles que no colaborasen con entusiasmo en el Proyecto Planetario Rátida, en espera de su definitiva eliminación.

 

 

 

23

Y en superficie….

 

Offing se había despertado con la presencia de Gal, pero sin oír su voz. Ella estaba de pie, junto a la entrada, con una timidez que no le era propia y que cambió en gestos decididos cuando él abrió los ojos.

-Pensé que estarías despierto.

-No. Sí. Gracias.

Y ella se aproximaba, tras dejar algo sobre la repisa.

-Tendrás hambre.

-Sí.

Pasado el tiempo, bastante tiempo, cada uno intentó recordar con detalle cómo transcurrió aquel primer encuentro real, sin urgencias ni compañía.

Gal no era una sirena, de ninguna de las maneras, se había dicho Offing. Descubrió una piel pálida y brillante bajo la tela que llevaba, tersa, sí, pero sin asomo de escamas.

Ésos eran los hombres exteriores, pensó ella de Offing, muy distintos unos de otros por cierto, bastaba con ver a Metáforos, que aún dormía bajo los efectos de las bebidas de la noche anterior. La falsa sirena y miembro del RG (Resistencia Galeote) y del comando GP (Galeotes Prófugos) le tendió ropa seca.

-No hay sal, es estupendo-observó Offing al cogerla y dar las gracias- ¿Cómo os arregláis para el agua dulce?

-Tenemos toda la que queremos. Hay, cerca, la desembocadura de un río. Además disponemos de almacenes con lo que hemos ido consiguiendo. También nos gusta vestirnos, ¿sabes?

Y, mucho después, recordaron que, cuando se rozaron, algo como el paso de una anguila chispeó entre uno y otra.

Por un hueco se filtraba luz, y al periodista de Albinia le pareció sorprendente porque se creía en el fondo de cavernas, en el subsuelo. Puso la mano en la hendidura, por donde llegaba aire y el rumor del mar.

– ¿No estábamos escondidos en el fondo?

-Es un laberinto de acantilados que hemos acondicionado un poco. Te enseñaré cuando comas y te vistas.

Le llevó de la mano, y la electricidad seguía ahí. – “¿Y si es de otra especie?”-pensaron ambos. Desde los tiempos de la Gran Confusión y ruptura de las comunicaciones existía una extensa ignorancia de la situación y características de otros países. Las ratas habían roído, astutamente, cables y conductores de forma selectiva, procurando siempre que la responsabilidad recayera sobre Piratas Irredentos o fenómenos atmosféricos. Caminaron por pasillos unos amplios, otros estrechos con entradas cuya altura le obligaba a él a agacharse. Y al salir de uno de ellos la luz le deslumbró.

Sólo entonces advirtió el mucho tiempo que llevaba, junto con Metáforos y los otros, en la penumbra, parcial o casi completa, en espacios cerrados, bajo cielos cubiertos y sobre aguas oscuras como la tinta. Ella, entregada a su existencia vertiginosa habitual, cambiando con frecuencia de lugar y reuniéndose en rincones secretos, también pareció darse cuenta del final de la noche, del despliegue de los lentos colores del día sobre las olas, en la altura y hasta en los recovecos de los arrecifes. Nunca se había sentido así. Avanzaron descalzos hacia la orilla.

Like as the waves make towards the pebbled shore,

So do our minutes hasten to their end;[1]

Offing parecía dirigir sus extrañas palabras al mar. Gal le miró desconcertada.

– ¿Qué dices? ¿Qué es?

-Algo antiguo, sobre las olas y las piedras.

Dieron unos pasos. La temperatura del agua era gélida.

– ¡Qué mar tan frío! -dijo Offing-Ven. Mejor nos sentamos.

La llevó hasta una roca y al bajar la vista observó que no era tan acuática como esperaba: tenía los pies enrojecidos y, además, sobre los cantos y algas no caminaba tan segura como de una luchadora clandestina él hubiera esperado. Le calentó los pies frotándolos entre sus manos. A ella la fascinaba el pelo de Offing, ahora inclinado. Parecía suave plumón de un tono amarillo rojizo peinado ahora por la brisa y las gotas de espuma. No resistió la tentación de tocarlo.

No resistieron ninguna tentación.

 

Había pasado un tiempo indefinido durante el que les parecía que hubiese enmudecido hasta el mar. Entonces les sacudió un espectáculo de gestos y gritos. Corriendo por la playa se aproximaba Metáforos, que hacía honor a su nombre saltando con agilidad envidiable sobre rocas y piedras. No le seguía el enemigo, sino gente que estaba en la cueva durante la fiesta de la noche anterior. Offing se levantó sacudiéndose restos de algas y acogió a su compañero jadeante, que respondió a las preguntas antes de que se las plantearan:

– ¡Están impacientes por poner en práctica la atención a las diversidades! Tenían cursos obligatorios, les habían hecho practicar con especies de flora y fauna de varios tipos, edad y condición, incluida una tal Medusa Bondadosa Venenosa que, al parecer, es de lo más temible. Fue uno de los motivos de su desesperada huida. Ahora parece que nuestra llegada les ha abierto nuevas perspectivas. Yo, anoche….bebimos bastante. ¡Qué bodegas hay en los naufragios!. Por lo visto dije, expliqué, ofrecí cosas…Y hoy no estoy por la labor.

Los prófugos de diversos sexos habían ido llegando. No parecían agresivos, simplemente desconcertados y víctimas, como Metáforos, de la resaca. Offing les propuso a todos ellos una refrescante y breve inmersión en las gélidas olas, tras la que era precisa una gran reunión. Se había sabido que las ratas estaban planeando su ataque final, la completa toma de poder en nombre de la armonía ecoplanetaria. Acudían representantes y miembros de a pie del PIL, la facción de Piratas Irredentos que se habían proclamado Libres, los cuales, abandonando su imprecisa posición de vago anarquismo, deseaban explicar lo que los llevaba a escindirse de sus antiguos compañeros y sus propuestas ante la inminencia del peligro.

-Son de fiar-susurró Gal al oído de Offing- Saben que si no actúan acabarán en la Galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

– ¿De qué?

-Enseguida vamos-dijo Gal a los otros. Y a él-Ahora te explico.

Le llevó hasta una zona, al pie de las rocas, donde había unos metros de arena lisa, y se puso a dibujar con un tallo de alga seca, marcando con piedras las naves de una flota. El periodista observó que tenía buen conocimiento de cartografía marítima, maquetas de barcos, distancias y estrategia. Se explicó que tuviera un puesto directivo en la resistencia galeote.

 

 

 

24

La flota imperial

 

Hasta entonces los periodistas, y en general los países de los que procedían, habían mirado con curiosidad no exenta de simpatía los sucesos ocurridos en el que, desde hacía unas décadas, se hacía llamar PNP (Pobre No País). Al parecer allí estaban más cerca que nadie de lograr lo que, tras las últimas lluvias de mensajes, se había convertido en meta ideal: El diálogo constante, la igualdad completa y la fusión entre especies en una gran alianza de paz, colaboración y amor. Precisamente Euralia bullía en controversias sobre los medios más rápidos para lograr un sistema de felicidad gratuita, instantánea y duradera. Desde Albinia a Bosquimania pasando por Litoralia y Camemberia las manifestaciones sobrepasaban las horas del reloj y los días del calendario, de forma que en los lugares de población más numerosa habían debido habilitarse carriles viarios de doble dirección al efecto. A tal efervescencia no le faltaban contestatarios, aunque se trataba de minorías miradas con recelo por los defensores del supremo y nuevo bien para cuyo advenimiento era forzoso pagar grandes peajes. Offing y Metáforos no habían viajado juntos casualmente al acto de presentación internacional del Imperio Rátida. Ambos se conocían, aunque a distancia, por artículos de disidencia y manifiestos de rebeldía ciudadana. Offing se había negado a incorporar a su ajuar la alarma detectora de la soledad, que comunicaba de inmediato a la Central de Auxilios Psicosociales si alguien se encontraba desconectado de los habituales medios comunicativos y sin presencia muy cercana de seres de la misma especie. Pese a haber manifestado en numerosas ocasiones su negativa, no se sentía ya cómodo en lo que sabía que era un predelito; de ahí su torpeza y desconcierto en las primeras horas con Gal.

A Metáforos poco le había faltado para acabar en una prisión tradicional (los modestos medios de su país, Megas Musakia, no habían todavía permitido reemplazar los tradicionales centros penitenciarios por los modernos Recintos de Esparcimiento y Libertad Relativa Dosificada). Se había negado, con contumacia y reincidencia, a firmar el manifiesto de amor eterno a todos y todas, sin distinción, y había llegado en su osadía a suprimir de sus artículos las imprescindibles distinciones de género y la oda final a la diversidad benéfica, lo cual constituía delito de leso odio.

Ahora descubría, mientras las ágiles manos de Gal manejaban piedras y marcaban distancias sobre la húmeda arena de la playa, que la nación rátida sabía perfectamente qué hacer y a dónde ir, y que su plan, bien trazado, era incompatible con el gran bien general basado en el amoroso coloquio, consigna clave diariamente repetida en Euralia.

– ¿Y esto? – señaló dos cantos oscuros, grandes y de igual tamaño, que ella había rodeado de una cohorte de piedras más pequeñas, de tamaños diversos, dispuestas en formación.

-Son el Buque Nodriza y los Almacenes de Memoria.

Aparecían, ambas naves, unidas por largos filamentos de algas.

-Se comunican continuamente y trabajan en conjunto-continuó Gal.

– ¿Los conoces?

-Los Almacenes no. Están perfectamente vigilados. Lo dirige el mejor cuerpo de asesores rátidas y al frente está Heston, temible, poderoso.

– ¿Una rata tremenda, supongo?

-No. Un exgaleote que también preside el directorio colaborador.

-Pero sí has estado en el Buque Nodriza.

-Cuando era pequeña. Tuvimos allí tratamientos intensivos. Y los más viejos nos contaron sus salidas pedagógicas. Fundamentalmente había que ignorar y despreciar, en vistas a su aniquilación, lo que llaman Queso Rancio, Venenosa Cultura Opresora, y para ello había que demostrar indiferencia y repulsión a la vista de edificios y objetos, algunos grandes, con torres, que llaman palacios, castillos, templos, catedrales. Otros de menor tamaño, inútiles, frágiles, absurdos. Todos molestos estorbos que impiden la expansión de la Naturaleza.

– ¿Y lo creías?

-Repitieron siempre esto, y la relación de grandes héroes del pasado.

-Que eran…

-Hace tiempo, no recuerdo bien. Algunos se llamaban Atila, Nerón, Hitler, Stalin, Lenin, Chacal, Drácula, Ben o Bin algo. Yo ya no creo nada de eso, me escapé muy pronto.

– ¿Cómo?

-A mí me salvó que me despreciaran, por problemas físicos. Las ratas me marcaron para pasar a la Gabarra de los Lisiados y acabar en la Galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Lo supe enseguida, hice contactos, conseguimos otra embarcación, ya lo has visto. Llegamos a los arrecifes.

Apartada del diseño general de la flota, y con trozos de roca negra, Gal había esbozado el plano del lado oscuro de la Nación Rátida, las naves que separaban, trataban y hacían desaparecer a los galeotes peligrosos o inservibles. Entre ellas también se encontraba el Galeón de Castigo, al que servía de enlace con el resto la flotilla Lamentábilis.

– ¿Por qué La-men-ta-bi-lis? -Offing terminó de deletrear el nombre escrito en la arena.

Gal sonreía raramente, pero esta vez una chispa de burla brilló en sus ojos.

-Oh, las ratas no son siempre buenas en cuestión de cálculo. Primero quisieron algo pomposo, muy grande, con mascarón de proa de Gran Rata rampante y Sémper Víctor en letras doradas en el costado, según unos planos que habían encontrado. Demasiado tarde comprobaron que, en el Régimen Anterior, ese barco se había hundido nada más botarlo. Estaban sin embargo empeñadas en que la idea, de Rata Máxima asesorada por el Líder Cósmico, era excelente. Entraba agua por todas partes y la tripulación debía turnarse para achicarla. Salvaron justo algunos trozos del pecio, que sirvieron para construir la pequeña flotilla Lamentábilis.

A lo lejos, en una de las calas, resonó un ruido extraño, respondido por otros sólo en parte semejantes. Gal se sumó al concierto escogiendo y soplando con rapidez en tres caracolas.

-Nos llaman-dijo-A todos. Es la reunión para decidir la estrategia de ataque.

Sin embargo ninguno de los dos tenía grandes deseos de volver. Les parecía llevar muy poco tiempo solos. Solucionada la duda sobre las escamas, el periodista de Albinia se preguntaba si habría en alguna parcela insuficientemente explorada del cuerpo de ella algo peculiar.

-Antes de ir quiero enseñarte algo. Me lo hice yo. Las cosas del mar tienen varios usos.

Gal le llevó hasta una oquedad de la entrada, levantó una piedra, apartó la arena y allí, protegido su tesoro por dos grandes valvas, estaban sus joyas, un collar de diminutos caracoles del azul pálido al violeta oscuro en el que se intercalaba el nácar de las conchas y del que pendía un trozo de vidrio común. Se lo puso.

-Así empezaron los palacios, templos y catedrales que te dijeron que había que eliminar porque estorbaban. Tampoco esto es Naturaleza. -dijo Offing.

Les sobrevino un tiempo sin tiempo, del que les sacó el sobresalto de una voz muy cercana:

-Vaya, haciendo planos y discutiendo estrategias…-Segis había hablado prácticamente a su lado, tras aproximarse sin hacer el menor ruido.

Le saludaron. Él observaba el dibujo en la arena y la disposición de las piedras. En su tono y en su mirada había suspicacia. El extranjero podía ser un espía, un vendido a la nación rátida que estaba sonsacando información a Gal.

Sin embargo la breve charla que siguió a su llegada, los antecedentes de la fuga y la disposición de ambos periodistas a arriesgarse por la liberación galeote y la derrota rátida acabaron convenciéndole. Segis daba gran importancia a la información sobre su causa a la opinión pública mundial. Había llegado el momento de presentar batalla, en todos los frentes.

-Vamos. La reunión es la más importante que hemos tenido.

Y dejaron a sus espaldas el bronco ruido del mar.

 

 

 

25

El Congreso

 

Metáforos observaba con interés la gran variedad de caracolas y sus diferentes sonidos y formas de emplearlas. Unas, grandes y de color violeta, se utilizaban para reclamar la atención de los presentes, otras, estriadas de rosa y gris, anunciaban la llegada de nuevos asistentes, y las de tono más agudo, pequeñas y rojizas, se distribuían para pedir la palabra. El ambiente era formal, sobre todo en comparación con el de la noche anterior, pero ruidoso. En mesas laterales se habían dispuesto cuencos y vasijas con bebidas, entre las que no faltaban botellas de origen y añada diversos. Más allá, separados puesto que se destinaban a la pausa y el final, los que se adivinaban como alimentos aunque estaban cubiertos de un tejido.

Metáforos hablaba animadamente con Kraky y Orky, que ya le parecían viejos conocidos dado el aceleradísimo transcurso del tiempo.

– ¿Y tu hermano, Óskar, el que antes estuvo en la policía rátida y ahora parece que se ha reconvertido? -preguntó a Orky, antes remo 32.

-La verdad es que no lo sé. Creo que vendrá. Le necesitamos y lo sabe. Los conoce desde dentro.

-Seguro que llega a la pausa alimenticia. A eso no falta nadie. -aseguró Kraky- Los mariscadores llevan haciendo un muy buen trabajo con los pecios, sin contar con el mercado negro pirata y las incursiones en la Galera de los Manjares Prohibidos.

– ¿Los manjares prohibidos?

-Lo mejorcito, claro, y las ratas lo saben.

Segis, que recorría los grupos dando y recibiendo información y tomaba notas cuidadosamente, terció para ofrecer un análisis político del tema.

-El baborismo siempre ha dado gran importancia al control cotidiano, los detalles de la vida de todos los días que pueden parecer triviales pero ocupan la mayor parte del tiempo y de la atención. Insistieron en la saludable costumbre de roer, mucho más solidaria que morder grandes bocados, que ellas sí dan cuando se reúnen en sus banquetes a puerta cerrada.

– ¿Qué tiene eso que ver con la Galera de los Manjares?

-La consigna de mantener el cuerpo libre de materias pesadas e impuras, y por lo tanto rentable, consumible y aprovechable, se repite sin cesar desde la infancia. Hay desfiles, conferencias y loas a la vida sana, y ceremonias de abominación de antiguos productos en los que se basaba buena parte de la dieta del Pobre No País. La consigna final era delatar a los degenerados que sueñan con pan francés, carne, vino, café, copa y cigarrillo, en vez de con las hamburguesas de lentejas, el zumo de algas y el pan negro elaborado con la madre de todas las masas. -Mira -Segis sacó de la gran bolsa que llevaba hojas con unas imágenes de tiempos pasados -Algunos de los nuestros lograron infiltrarse y nos informaron sobre las comidas y bebidas que estuvieron al uso y con las que se nutrían las gentes y disfrutaban, y se reunían al hacerlo.

Melancolía y saliva se unieron en un mismo sabor en la boca de Metáforos.

-Y ésta es la lista de alimentos de vida longeva y sana -continuó Segis-, que las ratas, por cierto, comen cada vez menos porque, una vez terminada la publicidad y el discurso, se retiran a sus reductos aprovisionados con cuanto les place. Hay ahí alguien que os lo explicará mejor. ¡Eh, Pesofijo, acércate, por favor!

Y aclaró a su auditorio:

-Pesofijo era hasta hace poco Remo 45. Se fugó justo cuando su óptimo estado corporal le había colocado entre los primeros del siguiente lote de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

Pesofijo se aproximó. Metáforos, que gozaba del instinto de asociaciones poéticas, pensó que tenía aspecto de alga triste. Era un joven filiforme, que se desplazaba incluso a cortas distancias dando saltitos y manteniendo una especie de lenta carrera. Explicó con un hilo de voz que se había alimentado, bajo la estrecha vigilancia de las ratas para las que realizaba tareas administrativas y contables y que practicaban con él al cien por cien sus consignas, con materias vegetales de origen diverso, algunas huevas de erizo en días señalados y raspaduras de queso, regado todo ello con agua reciclada o desalinizada. Nada más escaparse y llegar al refugio de los galeotes prófugos se había ofrecido como voluntario para acciones suicidas, que le aseguraron allí no existían, porque le obsesionaba el panorama de longevidad que, según las ratas, le garantizaba su dieta. Veía con dificultad y tropezaba con frecuencia porque los preceptos de la existencia natural prohibían aditamentos artificiales como lentes o dientes postizos. Le había correspondido atender a la organización de grandes recepciones rátidas con visitas de otros buques de importancia y observó que ellas llevaban una vida en extremo malsana, sin privarse de transporte, chapuzones en agua dulce tibia y alimentos cuyo color, origen y textura nada tenían que ver con sus pastosas raciones cotidianas. No veía, por tan repetida transgresión de los sagrados principios de la vida saludable, a las ratas morir en breve, y, agotada su paciencia, decidió utilizar para la fuga el contenedor de basuras.

Ahora a Pesofijo, en su categoría de último de los fugados, se le escuchaba con atención, alguien le había acercado una bebida, espirituosa, le explicaron, por su alto valor moral, y algunas de las vituallas reservadas para mucho más tarde, que él mascaba con la lentitud de la pérdida del hábito. Sin embargo aquellas atenciones parecieron cambiarle a ojos vistas, como si el vino comenzara a fluir por su sangre pálida y fría y el rosa fuera subiendo hasta las pupilas vítreas con transparencia de pescado. Por fin contaba su historia y descubría que tenía una, y que incluso podía prolongarse por algún tiempo y cambiar de forma imprevisible pero influida por su participación en las actividades que se avecinaban.

-Me siento otro-dijo. Y lo era.

La asamblea tenía poco de la seriedad que se esperaba de ocasión semejante. Al menos eso pensó Offing, acostumbrado por su trabajo a frecuentar las células sociopolíticas de amplio pero siempre extremo espectro, caracterizadas por la dureza diamantina de sus tomas de posición, la división dual implacable entre ellos y el Enemigo y el ritual de excomuniones y purgas periódicas. Los concienciados militantes albinianos de Cambio Radical, Antisistema Sistemático, Rebelión con Subvención y la más de moda Desarrollo Físico y Belleza Igualitarios hubieran mirado con desdén el ambiente de la gran sala-cueva, en el que reinaba cierta sana acracia.

Segis quería imponer el orden y le dijo, con tono de disculpa, al pasar:

-Espero que no tendrás una mala imagen de nuestra causa. Desde luego esto no pasa en las asambleas rátidas. Aquí al fin la gente es gente, y se relaja.

-Tranquilo. Lo entiendo. Y lo entenderé mejor si me pasas una cerveza. ¡Benditos naufragios!.

Estaba encantado de su inesperado papel de reportero de guerra. Su especialidad periodística le había llevado a que se le asignara cubrir el reportaje sobre el Caso Rátida. Se dudaba aún sobre cómo denominar la última revolución, y las ratas mismas, temerosas de atraer hostilidad inicial, preferían Nación Rátida a Imperio e insistían en que la palabra rátida misma sólo era el común denominador de individuos solidariamente hermanados en sus ideales.

De repente un silencio expectante y tenso se hizo en la amplia cueva que servía de sala. Había corrido anteriormente el rumor, pero muchos aún optaron por no creerlo: Iba a llegar una delegación, prófuga a su vez pero de la terrible y temible organización central de Piratas Irredentos. Increíble, sobre todo desde que se habían convertido en aliados fácticos de las ratas y además sembraban con sus ataques suicidas, bajo la dirección y el credo de líderes iluminados, el terror en los mares.

Y sin embargo allí estaban, entrando por la puerta y saludando con cierta cordialidad. Hubo en los asistentes una ola de retroceso instintivo. Eran cuatro, con el atuendo que les era propio pero cuidado para la ocasión. Se colocaron en lugar alto y visible para tomar la palabra y, antes de que hablasen, para sorpresa de la concurrencia, Segis y otros les estrecharon la mano y luego explicaron:

-No hay de qué temer; al contrario. Vienen para que seamos más fuertes. Su combate ahora se asemeja al nuestro. Son el P.I.L., Piratas Irredentos Libres, y rechazan al P.I.F., Piratas Irredentos Fundamentalistas. Van a explicároslo.

Entonces tres de los piratas sacaron sus instrumentos, acordeón, armónica y guitarra mientras que el cuarto, que se había mantenido en segundo plano, en la sombra, se colocó al frente y un murmullo mezcla de miedo y desconcierto recorrió la sala. Era el temible Muerte Súbita, conocido por su pericia en el manejo de las armas y su elegancia en el vestir. Aquel día había elegido del cofre la camisa de rayas azules y rojas hecha a la medida por un sastre chino, pantalones con estampado de pata de palo, sombrero negro de ala ancha con falsos agujeros de bala estéticamente repartidos y pañuelo de encaje con sus iniciales primorosamente bordadas por una condesa del Caribe. Calzaba zapatos gris plomo con hebilla de oro macizo. Comenzó la presentación:

-Nos alegra estar con vosotros, galeotes prófugos, exiliados del No-País, observadores extranjeros. Es tiempo de grandes cambios, para todos. También queremos vencer al imperio rátida y tenemos planes importantes para emprender, en todos los sentidos de la palabra, otros derroteros. Pero antes de entrar en detalles de estrategia mis compañeros van a ofreceros, con música, un resumen de nuestros planteamientos.

El trío avanzó, afinó instrumentos y anunció

-Himno del P.I.L.

Y comenzó la actuación. Cada estrofa la interpretaba uno de ellos como solista y los tres cantaban a coro el estribillo.

 

 

 

26

Himno del PIL

 

Somos valientes piratas.

No servimos a las ratas

ni nos va la calavera

que figura en la bandera.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Nos ha impuesto su conquista

la ley fundamentalista:

austeridad sin placeres,

vino, música o mujeres.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Basta de sexualidad

en la negra oscuridad

y evitar derroche vil

de la energía viril.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Estoy hasta la bandera

de la leche de palmera.

Aburre hasta a las ovejas

la salida sin parejas.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

Es norma dura y amarga

ir limpiando con la barba

las tablas de la cubierta.

Tal uso nos desconcierta.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

La plaga de santidad

gusta una barbaridad

al pirata millonario

harto de caviar diario

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Nos dicen que las sirenas

nos esperan por docenas

si nos tiramos de un salto

del precipicio más alto.

Es un plan agotador.

Mejor playa con amor.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Un día con emoción

descubrimos el jamón

pero nos dijo el gurú

que no estaba en el menú.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

El paraíso y la muerte

no son nuestro plato fuerte.

Mucho mejor que estar muerto

una novia en cada puerto.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Ni salvador ni opresión.

Triunfará la rebelión.

A la insoportable horda

tiraremos por la borda.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Nos gusta el mar y la tierra.

Hartos estamos de guerra.

Sobre el barco que transita

que salte y se estrelle Rita.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

La libertad por delante,

ya no hay rata que me espante

ni galeote traidor

de babor o de estribor.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Aquí estamos, compañeros,

los hermanos marineros

unidos a vuestra lucha,

que la recompensa es mucha.

¡Viva la temeridad!

¡Goce, risa y libertad!

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Y la sala se deshizo en aplausos.

 

 

 

27

Confidencias

Alguien levantó la mano:

– ¿No erais vosotros los que habíais cometido el atentado contra el Buque Correo?

El ambiente cambió de forma radical, como el paso de una corriente de agua cálida a otra fría.

Una voz había planteado la incómoda pregunta, y ésta parecía flotar sobre las cabezas sin materializarse en palabras. El reflejo adquirido era integrado, profundo y simple. Sin mirarse, la mayor parte de los asistentes supieron que temían la aparición de la Policía del Silencio. Cada vez que se había aludido, tras la catástrofe, el suceso del BC (siempre reducido a siglas y alusiones y raramente al siniestro y víctimas reales) simplemente había sido borrado de expresión ni difusión alguna. Las Ratas del Silencio, un destacamento suave y afelpado, del mismo gris que el entorno, aparecían, como surgidas de la nada, e iban borrando, absorbiendo y eliminando cualquier alusión a las explosiones y hundimiento. No había violencia explícita, sino en algunos casos en los que arrastraban a elementos ruidosos o tenaces fuera de la sala. Bastaba con su eficaz labor de borrado de alusiones, difusión, conversaciones incluso que enmudecían cuando las agentes clavaban en alguno su mirada gélida.

Esperaron verlas aparecer incluso allí, en la seguridad relativa de la Cueva de los Prófugos, y los exgaleotes se miraron luego con desconfianza porque les parecía que hasta las ratas podían adoptar la apariencia de uno de ellos.

Y finalmente a la primera pregunta siguieron otras:

-Hubo cientos de víctimas. De mi familia entre ellos.

-Y un amigo.

-Fue horrible. Se hundió entre explosiones.

-Nadie pudo salvarse.

-No quedaron testigos.

-Ni pruebas. Se hundió todo.

-El Destacamento de Seguridad, que llevaban eficaces funcionarios rátidas, nos aseguró que no pudo recuperarse ni un solo bote salvavidas.

Algunos que hasta entonces habían permanecido callados decidieron intervenir:

-Nos dijeron que era culpa del Gobierno, que os había irritado sin motivo, una lógica y legítima represalia.

-Aseguraron que nunca hubiese ocurrido de estar Babor al mando.

-Que los baboritas nos salvarían y habría siempre paz y amor por doquier.

-Y entonces la población, irritada. atemorizada, y confusa, les dio las llaves del Cofre del Tesoro y del poder y gobierno.

-Nos acordamos, sí, nos acordamos.

Segis miró con inquietud, de soslayo, a Muerte Súbita, pero ni él ni sus compañeros parecían incómodos por la situación. Por el contrario, simplemente levantaron la mano para solicitar silencio, Muerte Súbita se quitó el sombrero y, a guisa de respuesta, interpretaron con sus instrumentos una breve y triste melodía terminada por largos y profundos acordes. Luego dijeron:

-Os vamos a explicar lo que ocurrió, o al menos lo que de ello sabemos, en aquella funesta ocasión. Preguntad cuanto queráis. Nosotros nada tuvimos que ver con aquel suceso, pero ignoramos si una facción pirata lo aprovechó para cobrar como mercenarios. Supimos que el mando rátida nos presentaba como culpables para difundir el terror porque somos imprevisibles. El P.I.F. pensó que nos beneficiaba, pero se mantuvo distante del asunto. Ya entonces el P.I.L. manifestó su disconformidad. No era nuestro estilo, teníamos proyectos de vivir de otra manera, cada vez lo pasábamos peor. La Dirección Irredenta impuso el juramento público varias veces al día todos reunidos en cubierta y siempre con la cabeza cubierta por el gorro negro con borlas de calaveras. Luego nos os obligó a hacer prácticas de fidelidad kamikaze tirándonos de una tabla cada vez más alta en bajíos de escasa profundidad.

– ¿Y no os rebelabais? -preguntó el público.

-Las rebeliones, parece que no, pero llevan su tiempo. Y el tiempo llegó cuando el Comité de Pureza Extrema pasó a la etapa de completo dominio y exterminio.

-Ah, la de los vuelos divinos-recordó alguien.

-En efecto. Para acabar con barcos y tripulantes enemigos, que lo eran todos menos nosotros, los piratas agraciados con la posibilidad de muerte heroica debían tirarse desde los acantilados cuando las naves pasaban por debajo, de manera que, si calculaban correctamente, perforaran la cubierta e incluso el casco y eliminaran a cuantos navegantes fuese posible por el impacto de su cuerpo transformado en proyectil.

-Brillante idea-dijo uno.

-Economiza pólvora-añadió otro.

– ¿Y a cambio?

-Nos matábamos. Y entonces íbamos al paraíso verde marino donde nos esperaban, a cada uno, ochenta y dos sirenas purísimas pero libidinosas.

El auditorio, desconcertado, apuntó:

-Pues no valía mucho la pena.

-Vaya plan.

-Y eso para los elegidos.

-Imagínate el infierno entonces.

-Vamos a lo esencial: Si vosotros no fuisteis responsables de lo del Buque Correo, ¿quién lo fue?.

-Se ignora- Muerte Súbita se cubrió de nuevo la cabeza. Los tres guardaron sus instrumentos y Segis dijo:

-Visto. Cambiemos de tema. Ahora lo que importa es la elaboración del plan.

Comenzó una actividad febril. El gran golpe debía ser definitivo, radical y simultáneo. La fuerza de las ratas estaba en su número, en su reproducción vertiginosa y en la sagaz política de difusión y división que llevaban a cabo entre propios y extraños, de manera que nadie estaba seguro de la fidelidad de nadie y, por sectores compartimentados, agrupaciones, destacamentos de apoyo y galeras, se repartían, simultáneamente pero guardando formas de información confidencial y privilegiada, incentivos de participación en cofres del tesoro, promesas de perfecta igualdad y mascarones de proa personalizados.

Hacía falta unir a los galeotes, estar seguros de su apoyo. Y esto no era nada fácil. Por lo pronto las Chicas de la Técnica, que había sido galeotes en salas de máquinas y compartimentos de calderas, estaban calculando efectivos de flotación suplementaria que serían liberados en el momento preciso. Y la Sección de Comunicaciones se enfrentaba a la tarea, esencial, de obtener respuestas fiables de los galeotes, sin olvidar los llamados mutantes, que en realidad no eran sino aspirantes, por semejanza y asimilación, a unirse a la nación rátida. A ellos había pertenecido el hermano de Orky, Óskar, al que se buscó para que los orientara sobre la organización policial interna.

-No lo encuentro-dijo Orky.

-Ni yo. Y eso que durmió conmigo-añadió Glamy, la joven que la noche anterior había compartido hasta altas horas copas y canciones con él.

– ¿Cuándo se separó de ti?

-Al despertarnos con la llamada comentó que todavía tenía mucho sueño, sólo habíamos dormido dos horas. Dijo que iba a bañarse en un rincón tranquilo para ver si así se despejaba, que desayunara yo sin él.

-Probablemente está aún durmiendo la borrachera en alguna playa.

La noche anterior Glamy y los demás habían formado parte del más ruidoso y alegre grupo, al que se había unido con entusiasmo la delegación de Piratas Irredentos Libres al grito de ¡Queremos vino y mujeres! ¡Comida, comida y música! Hubo brotes de encendidas protestas por algunas feministas, pero se disolvieron pronto en el jolgorio general y los piratas hallaron incluso una acogida particularmente cálida. Algunos contaron historias que conmovieron y asombraron a su auditorio. Los exgaleotes estaban sorprendidos de que aquellos tipos, que bogaban por los siete mares gozando de la libertad que ellos no habían tenido, tuviesen tristes experiencias de opresión.

– ¿Cómo pudo ocurrir?

Pero ellos se mostraron reacios a dar pormenores hasta que a la mañana siguiente explicara a la asamblea los principios básicos P I L. su delegado, y los demás prefirieron no ahondar en la herida. Sólo finalmente, y al calor de numerosas copas, con voz aguardentosa uno de ellos se puso a rememorar, como quien murmura a sí mismo, algún episodio de su triste pasado:

-Pasó varios días en el extremo del palo mayor….Lo oíamos hablar muy fuerte…Al cielo…Alzaba la mano para tocarlo… ¿Días? Sí, no sé cuántos….¿Comida?…Tal vez se llevó comida y agua….Cuando bajó no tenía mal aspecto pero entonces ya era Iluminado Magnífico, así había que llamarle…Tenía su grupo…Se propagó cuanto decía.

-También daban bastante miedo sus guardias…los controladores de la pureza y la fidelidad, el Clero Tinta Negra, apodados Los Chipirones.

Desde la silla vecina, echado completamente borracho sobre la mesa, otro de los piratas quiso intervenir en un brote de apasionada insistencia.

-Sí, los Chipirones…Los llamábamos así por las túnicas y las capuchas grandes….Me dieron un palo, aquí, aquí.

Señaló la zona afectada y luego volvió a dormirse sin conseguir alcanzar la botella más próxima.

El primer pirata continuó su relato:

-La gente estaba muy aburrida con la calma chicha…Comíamos poco…de mujeres nada…Mucho sol…muchas visiones…Ya no seríamos piratas vulgares…Todos creerían en nosotros, o trabajarían para nosotros, o los aplastaríamos nosotros…Las sirenas….las ochenta y dos sirenas…No queríamos tantas sirenas….¡No, no, no!

Se echó a llorar con lágrimas etílicas, pero los demás lo consolaron.

-Tranquilo, compañero. Nada de eso va a ocurrir.

La voz pausada y llena de autoridad pareció ejercer un efecto de instantáneo apaciguamiento en la sala. Muerte Súbita no había hablado apenas anteriormente y ahora mostraba un aspecto y atuendo particularmente impecables por contraste con el de los demás. El representante de los PIL se dirigía al auditorio desde una mesa de poca altura en un lateral, pero todas las miradas se volvieron hacia él. Que no estaba solo. Lo. acompañaba una figura que, sin esperar presentaciones, avanzó unos pasos y se despojó de sombrero y capa. Hizo una reverencia:

-Os presento a Pirata Prófuga-dijo él.

-Me llamo Angelina-añadió ella- ¡Se acabaron las no-mujeres! ¡No más banderas ambulantes!

– ¡Bien dicho! – animó desde debajo de la mesa donde yacía el borracho, que se despertaba de cuando en cuando para lanzar consignas de apoyo:

– ¡Programa, programa, programa! ¡Vino, jamón, mujeres simpáticas y guitarras para todos! – y volvió a sumirse en profundo sueño.

El auditorio no entendía, comenzó a comprender cuando entre los asistentes otros piratas se despojaron igualmente de sombreros y mantos color arena y de los parches que en vez de un ojo les tapaban la boca y se declararon también prófugas.

-Los de Fundamentalistas Puros decidieron hace tiempo que era muy práctico utilizar a las hembras como banderas, de forma que los extraños a la causa pudieran a simple vista, todos los días, a cualquier hora y en cualquier ocasión, en mar y en tierra, comprobar la fuerza y existencia de los de Iluminado Máximo. -aclaró Muerte Súbita.

– ¡Estabais también en los barcos! -dijeron algunos piratas asombrados.

-Y en todas partes, En mar y en tierra. -afirmó Angelina- Hemos sido la propaganda más eficaz para infundir miedo porque no hay bandera tan numerosa. Nuestra ausencia o nuestra presencia como un bulto extraño, una sombra, era el mejor signo de poder del tronco originario PIF. Hubo variantes, pero sin que pudiese faltar jamás la estrella parda cosida a la ropa desde la infancia.

– ¿Nadie de los extranjeros lo descubrió?

-Estaba descubierto desde siempre, era tan evidente como la luz del día, pero había mucho miedo y las quintas columnas de atemorizados, muy numerosas, defendían la estética del bozal, el respeto a los usos tradicionales y la comodidad del manto arenoso, según aquello de reivindicar las raíces étnicas que obligaron a los habitantes de las dunas, según el mito de la Opresión Ancestral, a echarse al mar.-explicó la oradora prófuga.

– ¡Programa, rebelión, programa! -gritó el borracho antes de dormirse de nuevo.

– ¡Ahora se acabó la bandera gratuita! Vamos a ir a por ellos. -Y Angelina selló su discurso con un apasionado beso que desveló a la concurrencia su relación con Muerte Súbita.

Hubo ovación, aplauso general y no pocas imitaciones.

 

 

 

28

Cónclave

 

Las fuerzas rátidas no estaban ociosas y celebraban también en esos momentos una reunión general en la que se proponían sopesar alianzas y calibrar fuerzas. Los aliados y asimilados, entre los que se encontraban los jefes de Mustélidos y de Mercenarios Light, esperaban órdenes. Los Galeotes Colaboradores, se sorprendieron al encontrar una faceta nueva en alguien muy conocido entre los dirigentes rátidas. Para la ocasión todos ellos lucían sus condecoraciones, y Rata Máxima, que se sentaba modestamente a la misma altura y junto a Rata Segunda como si gozase de similar categoría, llevaba el pecho cubierto de ellas. En su fuero interno, echaba de menos la que se prendería en el futuro, tras la victoria indiscutible: Un barco cargado de sobres que desaparecía entre las olas. Rata Igualísima, antes Rata Tonta, había sido seleccionada en principio como miembro dirigente por su escasez de luces entre una camada de crías particularmente torpes y afanosas. Instalada y alimentada durante largo tiempo en cubículo aparte, Rata Tonta fue presentada en sociedad en el momento oportuno. Había sido declarada imagen ideal, creía con firmeza poseer las dotes y estar predestinada a cumplir los fines para los que se la había investido. Era gris perla, a veces marfileña según las circunstancias, angelical, inocente, rebosante de fe en el paraíso de paz universal y tribus armónicas al que había sido llamada a llevar a los suyos. Jamás podría ser enemigo; atraería, como el canto de los ruiseñores y las placas solares, la simpatía general. El tono de su pelaje fue aclarándose hasta el blanco más cándido. Primero fue para el público Rata Etérea. Luego se prefirió el título, más comprometido con los cambios sociales que se avecinaban, de Igualísima. Mi corazón es un copo de nieve sin más ley que la del agua pura. Mi mente es un estanque donde reposan las aves peregrinas. Mi aliento es aire que se une al del eterno sufridor de la injusticia anunció en la primera proclama. Y todos aplaudieron su programa de gobierno.

Ahora buscaban en ella esa sublime comprensión, superior, global, de los sucesos. Rata Segunda era hábil, expeditiva, ordenada, inapelable una vez daba directivas y marcaba pautas y estrategia. Pero la voz de Igualísima transcendía al ruido y la atropellada sucesión de los acontecimientos, les protegía como las nubes porque nada importaban los actos concretos, las realidades ni las bajas si se observaban desde su altura, como simples y pasajeras espumas del oleaje que en nada serían capaces de cambiar la masa del poder rátida y la convicción de su victoria en todos los frentes.

-Somos las gotas del mar, somos la clase innumerable semejante a las algas, somos lo que siempre flota, como las hojas, como los fragmentos de madera, como….

Rata Segunda consideró oportuno dar paso a las preguntas y cortar la enumeración de símiles en la que se había embarcado en pleno éxtasis Rata Primera, con las acolchadas patas delanteras cruzadas sobre el pecho y las garras hundidas en su largo y claro pelaje.

-Decid, decid, compañeras.

– ¿Hay realmente peligro? Los galeotes están controlados, están incluso convencidos de que la igualdad que les ofrecemos merece cualquier precio; y, sobre todo, están divididos.

La Rata Portavoz del Secretariado expresaba las dudas de gran parte de las reunidas. Estaban sorprendidas por la brusquedad de formas de la convocatoria, por la repentina alarma ante un peligro que les parecía imaginario, por el colofón abrupto de la agradable embriaguez de la reciente fiesta. Acababan de recibir pruebas de la inminencia de su reconocimiento como nación por parte de la comunidad mundial. Y he aquí que, en lugar de las luminarias del festejo, se encendían las luces rojas de emergencia.

-Lo hay. Y debemos prevenirlo. Pero somos muchas más que el lamentable, desunido, desigual elemento humano.

Rata Segunda se expresaba con voz tranquila. Se expuso el plan, que no debía reflejarse en documento alguno y que sólo se comunicaría a los aliados de manera fragmentaria. Los puntos de base de la autocrítica eran corregir los errores cometidos en la cadena Escuela-Propaganda-Selección-Aprovechamiento de Recursos Humanos. La etapa final, altamente ecológica, ergonómica, económica y nutritiva, no se había llevado a cabo con discreción, rapidez y eficacia suficientes. Muchos eran los prófugos, elementos indeseables, caducos, defectuosos, de escasa o nula rentabilidad previsible, dados a actividades de placer personal, lúdicas, que incluían aspirar el humo de hierbas, ingerir manjares del Antiguo Régimen y recordar viejas libertades.

-No puede haber tantos prófugos. Los aprovechamos. -protestó Rata Ecónoma.

-Vaya si los aprovechamos-afirmó al fondo alguna, mientras se relamía el hocico.

-Por lo pronto, respecto a estos elementos peligrosos…-la estratega bajó la voz para comentarles la lista de nombres y el plan.

La sesión fue muy larga. Y sólo cuando tripulaciones, tareas, armamento y tácticas sucesivas se definieron el cónclave rátida decidió pasar a la etapa de comunicación y coordinación con sus aliados.

-Que entren.

La delegación de Piratas Irredentos apareció con su nuevo jefe a la cabeza, Muertesana, estaba exultante. Había logrado su sueño, desbancar al odioso y popular Muerte Súbita, hacerse con la confianza de Iluminado Magnífico y servir de enlace al temible Clero Tinta Negra. Ahora llevaba la calavera honorífica cosida al jubón de terciopelo y rodeada, bordado en oro, del lema “Sólo quedarán los nuestros”, al que se había añadido apresuradamente en punto de cruz “Y los hermanos rátidas, claro”.

-Mi barco, el más veloz y silencioso, está a vuestra disposición. -dijo.

– ¿Cuánto? -preguntó Rata Ecónoma.

-Oh, menos de lo acostumbrado. Luchamos contra el mismo enemigo, somos hermanos…o casi.

Desde el fondo, avanzó un grupo recién llegado que quería hacerse oír. Algunas ratas los miraron perplejas y pidieron explicaciones con la mirada al Secretariado.

-Tranquilas. Aunque no parezcan de los nuestros trabajarán para nosotros-se les dijo.

Eran un vistoso y curioso conjunto, amalgama más bien de grupos diversos, con una miríada de tocados, banderines y pancartas entre las cuales una mucho más grande parecía ser el lema común, lo que no impedía que disputaran entre sí sobre el lugar que en las filas les correspondía. Ésta rezaba “¡Contra el centralismo invasor!” y más abajo en caracteres pequeños “Apoyemos la diversidad rátida. Même combat”.

Se trataba de las nanotribus de galeotes colaboradores, y comenzaron a ofrecer sus servicios y fidelidades de una forma algo atropellada.

– ¿Deseáis algo a cambio o es pura generosidad y convencimiento? -preguntó, con cierto deje irónico, la Rata Escribiente.

En lugar de contestar directamente, algunos que vestían tocados diversos se adelantaron y, tras anunciar

-Primero cumplamos nuestros ritos.

se pusieron a efectuar una especie de danzas, diferentes según origen. Unos daban en solitario grandes saltos, amagaban golpearse con largos bastones y amenazaban al aire, al techo y a los asistentes dando patadas al vacío. Otros, a cierta distancia y tomados de la mano, se hacían continuas reverencias, escenificaban, desplazándose circularmente de rodillas, la adoración del suelo indígena y besaban, por último, el centro, que llamaban ónfalos euralio.

El secretariado rátida los observaba con estupor. Cuando acabaron, los dirigentes de las nanotribus avanzaron y dijeron:

-Comprendemos, y compartimos, la opresión del imperialismo centrista humano que vosotras habéis sufrido. Nos embarga la satisfacción ante la perspectiva de la lucha contra el enemigo común.

Rata Máxima, hasta entonces silenciosa, pidió:

-Que se adelanten las principales víctimas.

Estalló un tumulto considerable porque los colaboradores de las nanotribus se atropellaban unos a otros. En su fuero interno Rata Máxima sintió que su superioridad sobre los galeotes estaba plenamente justificada.

Entre los miembros de aquel grupo algunos habían hallado la compensación a su escasa estatura y dominaban la técnica de construir pirámides humanas. Lo hicieron con rapidez y, desde esa altura, imponiéndose al resto, anunciaron:

-Nuestros precios son modestos y, como siempre, negociables. Seremos vuestros intermediarios en la adquisición de los mejores quesos. Por una módica tarifa.

– ¿Cómo os llamáis? -preguntó Rata Escribiente.

-Nuestro lugar se llama Butifalia. También se nos conoce como Los Insaciables del Rincón Este.

Manejando diestramente el hacha de deforestación que solían utilizar como navaja multiusos y dando de nuevo grandes y desconcertantes saltos, intervino otro jefe nanotribal:

-Despreciamos las mezquinas recompensas. Aceptaremos simplemente la cesión eterna de colinas, mares y ríos ancestrales que desde los albores de la creación nos corresponden. Con sus minas, pepitas auríferas y manzanos descendientes de la fruta bíblica cuyo árbol, naturalmente, se encontraba en uno de nuestros valles. Guardado por la famosa serpiente cuya progenie no ha cesado de multiplicarse en nuestras idílicas tierras. Somos los BIPS.

– ¿Quiénes?

-Los Brincadores Incesantes Pura Sangre-aclaró el representante de la nanotribu de la Montaña Norte.

Rata Ecónoma, que apuntaba costes, interrogó respetuosamente, pero con inquietud, a los directivos:

– ¿Hacen falta realmente? Son muchos gastos. Puede que baste con prevenir sin más. Quizás si tienen miedo…Un buen susto….Los galeotes nos verían de nuevo como a sus salvadores, rechazarían a sus jefes, delatarían a los prófugos. Algo como lo del Buque Correo….

Las orejas y bigotes de Rata Máxima se habían tensado y sus dulces ojos verdes estaban inyectados en sangre. Cortó la palabra a Rata Ecónoma:

-No hay que citar jamás aquel desgraciado incidente, el lamentable acto terrorista, de origen desconocido y obra de elementos incontrolables, Piratas Irredentos y asociados…Nosotras trajimos la paz.

-Ah, no. Mi jefatura no admite mezclas con aquel asunto-protestó Muertesana.

-Pues en su momento os vino muy bien la atribución. Poder, gloria y recompensas. ¿Quién no os teme? ¿Olvidas la rendición preventiva, el derecho de peaje secreto que el Gobierno os acordó en todos los estrechos de los siete mares? -se le respondió.

-Atendamos al presente.

Gorgony, hasta entonces silenciosa y alerta, y Rata Segunda casi hablaron a coro y desplegaron los planos que asignaban a cada uno su tarea. La estrategia era tan minuciosa que todos quedaron impresionados. No se limitaba a un enfrentamiento. La dirección rátida aprovechaba la ocasión para eliminar toda disidencia, extenderse por el mundo y aumentar su fuerza y su prestigio de forma que en breve serían imperio dominante.

 

 

 

 

29

Las armas del Imperio

 

La relación del armamento dejó a los congregados estupefactos. Ni las ratas ni sus aliados habían pensado seriamente que pudieran ser algún día tan poderosas. Las nanotribus decidieron tomar notas y añadir sus símbolos a la previsible y victoriosa insignia imperial. La exaltación llegó al máximo cuando Rata Segunda anunció:

-Además del nuevo armamento, de reciente diseño, hace tiempo que hemos establecido secretas y poderosas alianzas. Kimyrata III del Norte nos apoya con entusiasmo. En su reducto del Lejano Oriente han hecho grandes progresos en unidad homogénea perfecta. Su doctrina se encierra en los quinientos mil volúmenes de sus obras ideológicas que, recubiertas de resistente metal, son disparadas con regularidad hacia otras naciones. En cuanto a las armas, hemos recurrido a las biológicas.

Varias ayudantes procedieron a repartir copias del nuevo diseño armamentístico. En unos modelos se mostraban, bajo el nombre de “Rata peluche”, amorosos muñecos ratoniles con mochilitas cargadas de peste bubónica. En otros figuraba una simple bola de pequeño tamaño envuelta en brillante y atractivo papel rojo.

-Es un bombón-dijo alguien, y lo olfateó-Huele a chocolate.

Gorgony sonrió y lo puso en la palma de su mano.

-Está todavía en etapa experimental, pero casi listo. Lo debemos a la inspiración de Gran Calamar Inteligente. Los fabricaremos por millares. Contienen huevas de la especie más letal de calamar feroz, una raza extrasolar con un gran futuro en nuestra galaxia

Llovieron los elogios.

-Tiene todo el aspecto de un bombón de licor con cereza.

-Está muy conseguido.

– ¿Y si nos muerde?

Gorgony los tranquilizó:

-Éste es sólo un prototipo inofensivo.

Eran armas sofisticadas que entretuvieron largo rato a la concurrencia. Hasta que aparecieron, transportados por varios porteadores, gruesos fajos de papel que recordaban a las antiguas ediciones diarias de prensa.

– ¡Mirad! No nos hemos dedicado exclusivamente a la logística ocasional ni hemos esperado a que el peligro y la inminencia de la batalla llamase a nuestras puertas. Llevamos más tiempo del que creéis preparando el terreno. ¡Miedo! ¡Temor! ¡Amenaza! ¡Salvación! -proclamó la Directiva en pleno con legítimo orgullo por su trabajo.

La sala había quedado cubierta de hojas de todos los tamaños. No correspondían a los habituales carteles, folletos y avisos que se distribuían en abundancia, por diversos medios y con regularidad entre los galeotes, y en los que solía leerse, con diversas variantes.

 

Diktátor puede volver

si no hay ratas al poder.

 

Estribor es el horror.

¡Vivan la paz y el amor!

 

Estriborita es lo mismo

que el crimen del elitismo.

 

Sólo hay un gran criminal:

El sistema desigual.

 

Tened siempre en la memoria

los agravios de la Historia.

 

Las ratas nos han salvado

de aquel Gobierno malvado.

 

Las encargadas de transmisión cultural e histórica explicaron:

-Hemos variado nuestras técnicas al ritmo de los tiempos. El lenguaje puede ser un instrumento útil, previa reducción y elaboración, pero no deja de ser un estorbo. Impera la….¡imagen!

-Efectivamente-añadió una de sus compañeras- Querámoslo o no, la época de la tiranía de Diktátor, su figura y existencia mismas, el episodio del Buque Correo, el pánico y ola de movilizaciones públicas de entonces se van desdibujando en la memoria colectiva. No sabemos por cuánto tiempo los galeotes responderán aún a las palabras clave, las consignas de rechazo, los conjuros contra el Mal, los resortes de incondicional adhesión. No tienen suficiente miedo. Les han llegado noticias de otras referencias.

-No tienen suficiente miedo localizado, pero tienen muchos más miedos de menor tamaño- terció Rata Segunda-, cosas que pueden perder, que no saben bien cómo nombrar, confusión respecto a los enemigos, desorientación temporal…No hicimos suficientemente bien nuestro trabajo pedagógico.

– ¡Textos, textos! Farragoso, aburrido. Aunque hayamos eliminado ya buena parte del vocabulario del antiguo sistema- la encargada de transmisión cultural defendió con entusiasmo su obra. – ¡Época de claridad, sin medias tintas! ¿No hemos adaptado la labor física y ecológica, de gran valor formativo, de los galeotes y al tiempo la mecanización de nuestros barcos? ¡Imágenes, sólo imágenes! Mirad.

Y señaló lo que el auditorio tenía entre sus manos. Efectivamente, de forma instantánea se percibían en las ilustraciones mensajes de sentido inequívoco, la figura amenazadora y voraz de Diktátor alzándose sobre un paisaje de ciudades en ruinas, ciudadanos esqueléticos y familias crucificadas, con un primer plano en vivos colores de ratas y galeotes salvadores que se preparaban para hacerle frente, islas paradisiacas hacia las que bogaban engalanadas carabelas, piratas irredentos que se hundían en las olas gracias a la oportuna intervención de los cómitres de Mercenarios Light, países, penínsulas y gigantescos cuerpos y rostros compuestos, si se miraban con cierta atención, por miles de puntos que eran sonrientes cabezas de rata cubiertas a veces por tocados diversos como gorras, boinas chatas, boinas puntiagudas, boinas enormes, boinas con extremo de arco iris, boinas peludas, boinas negras y rojas reversibles, sombreros de copa plegables en versión boina. Incluso había, además de material en papel, grandes colchas y tapices en tejido que reproducía los mismos motivos, de manera que los fieles se sintieran arropados por los millares que compartían sus sentimientos.

-Tenemos, además, otra arma. Pero para utilizarla hará falta un golpe de mano. -dijo Gorgony.

Hubo expectación. Rata Máxima dijo:

-El salto al reconocimiento internacional nos es ahora imprescindible, y para ello, como con el manejo de la imagen, debemos filtrar las noticias, tanto la información de consumo externo como la proyectada hacia el exterior. Nada debe transcender hasta la victoria. Sabemos que hay elementos foráneos incontrolados. Pero también sabemos cómo hacerles entrar en razón; y que transmitan lo que nos conviene. Gorgony se encarga del asunto.

Le dio a ella la palabra. Gorgony rezumaba seducción, y nadie era ajeno a ello. Menos que nadie Rata Segunda y no pocos del comité directivo. Contribuía a esto su naturaleza ambigua, las mutaciones lábiles de su aspecto, el brillo cambiante de su piel, la fijeza de sus ojos, la vida propia que parecía tener su cabellera y la agilidad de las manos, a veces en un reposo cálido sobre el brazo o el hombro de algún asistente, otras dispuestas a saltar como si tomara impulso con sus largas uñas.

Gorgony les descubrió que el enemigo disponía de más información de la que pensaban.

-…Una mujer…una galeote prófuga. Capaz de trazar los planos esenciales de nuestra flota. Podía parecer inofensiva, pero la hemos subestimado, como a otros. Casi estaba entre los desechos, debería haber sido eliminada, aprovechada en Recursos Humanos en el momento adecuado. Pero no se hizo, huyó, con los conocimientos que poseía. Nuestro espía nos informa de que está confabulándose con los elementos foráneos.

La inquietud recorrió, como una ola, la gran sala.

Con un ademán casi maternal, los directivos y Gorgony apaciguaron sus temores.

-Tranquilos. Sabemos perfectamente cómo hacer.

 

 

 

30

Offing agente secreto.

 

En la playa reinaba la calma del final del atardecer. Offing caminaba solo camino de la pequeña cala, algo alejada, que ya conocía y que podía resultar desapercibida entre dos entrantes de rocas. Junto a la pared casi vertical de uno de los extremos se había hundido el lecho marino y el agua era honda y formaba una corriente que, tras chocar con las elevaciones laterales, refluía de nuevo hacia el mar y se adentraba en él en un rápido río visible por la inclinación de las algas.

Offing conocía ahora, instruido por algunos piratas y galeotes, por Metáforos y por sus propias dotes como nativo de un país de larga tradición naval y hombre acostumbrado a largos viajes, las corrientes de la zona. Le interesaba una en concreto, la del Golfillo, que sabía llegaba, en aquella época del año, a las costas de Albinia. Había preferido no compartir su idea con nadie para no despertar las burlas de sus compañeros ni mezclar a Gal en algo que, inexplicablemente, le unía, por su misma carencia de seguridad ni lógica, a ella. Cuando no estaban juntos la veía en todas partes, era consciente de que Gal observaba las olas, el cielo, el perfil oscuro de las rocas y la aparición de la luna al tiempo que él, lo mismo que él, en algún momento, y le parecía tocarla en cada superficie por donde pasaba la mano. Nunca le había ocurrido nada semejante. Naturalmente había estado con chicas, e incluso practicado, como buen inglés, vicios inocuos de categoría menor, como hacerles vestirse de colegialas con uniformes escolares comprados en M&Smith, pero aquello era tan distinto…

Su plan privado de transmisión de mensajes era su reducto de meditación, soledad y de aquella nueva libertad que consistía en estar libre de sentirse apegado a alguien y de dedicarse a tareas sin probable futuro ni fundamento.

Aunque, ¿quién sabía? Aquello podía funcionar. La comunicación con Albinia, con las naciones exteriores, era difícil, podía ser interceptada, la corriente de Golfillo era rápida, segura y discurría lejos del territorio rátida. En la Cala de los Malditos se apilaban innumerables botellas rescatadas de bodegas de naufragios y repescadas, y consumidas por los prófugos. Offing introdujo sus mensajes explicando la situación, fecha, latitud y longitud y finalizando con un toque de alarma y de premura ante el peligro que representaba en realidad la dulce, pacífica e igualitaria nación rátida. Añadía peticiones de auxilio y su identificación como periodista. Una vez bien sellada la botella la confiaba a la rápida corriente, una tras otra, con mensajes semejantes. Alguna hallaría su destinatario.

A la vuelta, ya en la oscuridad, corrió hacia él una figura que reconoció desde lejos por la forma de andar y porque, en un intento de coquetería, Gal se había puesto últimamente un chal, encontrado en el almacén de restos de naufragios, de fino encaje que ondeaba al viento.

– ¿Dónde estabas? Éstos son momentos importantes. Hay mucho que decidir. Se está planeando la primera ofensiva, algo rápido que les prive de un elemento esencial.

Offing la besó primero y luego le pidió que continuara con sus explicaciones. Había reunión general. Se elegiría a los miembros del comando y la forma de ataque. El resultado dependía de la coordinación y de la rapidez. Además Muerte Súbita y Angelina les habían anunciado que pensaban darles una sorpresa, una prueba contra las ratas con la que no contaba nadie.

Se apresuraron, entraron en la sala y avanzaron, no sin trabajo porque la masa era casi compacta, hasta colocarse al lado de Metáforos. Reinaba un atento fervor que contrastaba con la anterior frivolidad del ambiente festivo. Habían llegado noticias precisas, con documentación incluida, sobre la galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Desde hacía largo tiempo se comentaba la insistencia rátida, aliada con un Gobierno humano temeroso y oportunista, en imponer absolutamente a todos la obtención de un cuerpo ejemplar e impecablemente sano, avezado en la continua marcha a pie, a ser posible con alguna carga como bolsas, maletas y artilugios rodantes. Se impusieron además el consumo de algas, los productos superbióticos de huertos urbanos y la ingestión del rocío de prados municipales. Las leyes de protección y recuperación del agro y de abominación de los agresivos transportes introducidos desde el siglo XIX habían ido produciendo ya la silenciosa fosilización de algunas ciudades, por cuyos espacios sin transporte deambulaban escasos y fatigados viandantes que se refugiaban en los portales cuando anunciaban su paso los escuadrones rataciclo. El plan rátida, discreto, insistente y de largo alcance, daba sus frutos; Civilización, libertad y autonomía individual se iban desvaneciendo con la lenta muerte de las ciudades. El programa de regreso al neolítico y culto a la Madre Naturaleza hizo su efecto: Empezaron a desaparecer gente de edad, disidentes y en general cualquiera que no deseara, quisiera o pudiera desplazarse a pie por el desierto pavimentado en el que se convertían las otrora animadas vías, cines, bares, restaurantes y comercios. Los humanos deportivos, prepotentes y mimados por donaciones y propaganda, desfilaban con frecuencia en maratones cotidianos que privaban del poco espacio aún disponible al ciudadano habitual.

-No entendemos. ¿Las ratas pudieron hacer esto solas, someter a todo el mundo a condiciones cada vez peores? ¿Sin protestas? -preguntaron varios.

-Protestas hubo, pero pocas, tímidas, silenciosas, rápidamente acalladas por un diluvio de improperios como ¡Estriboritas!, ¡Diktatoristas!, ¡Enemigos de las ballenas!, ¡Corruptores del éter! –se les respondió.

-Además las ratas no estaban solas. -Segis había tomado a su cargo la exposición pormenorizada- Durante largo tiempo el camino fue allanado por sus colaboradores humanos con cuartel general en la Dirección Urbana de la capital del No-País. Había allí un grupo singularmente eficaz identificado por completo, incluso físicamente en su líder femenina, con los principios de Rata Máxima. Esperaban llegar a altos y confortables destinos una vez conseguidos el igualitarismo total y la completa destrucción de cuanto antes hubiese destacado. Tras su victoria por aclamación popular después del episodio del Buque Correo, las ratas dieron el siguiente paso, justificado con las consignas de regreso completo al estado primigenio. Su teoría era que la sociedad no podía permitirse el desperdicio de elementos aprovechables y que el cuerpo era un cultivo como cualquier otro que debía contemplarse en función de su beneficio social. Por lo tanto el lema “cadáveres impecables” se impuso, así como el escarnio, la persecución y la denuncia de cuantos se resistieran al ideal del sano primate neolítico, de vida breve pero adecuada a su utilidad para el planeta Tierra y a cuyas virtudes de respeto al medio sólo faltaba el dominio de la bicicleta.

Lo que eran rumores, y se había tachado de propaganda antirrátida, se veía ahora confirmado por datos y testimonios sobre el significado final de “Aprovechamiento” y el destino que esperaba a los habitantes del mundo. Los concurrentes supieron, sin embargo, dominar su indignación para, como se impuso en consigna, transformar aquella energía en estrategia que devolviese a ciudades y ciudadanos la vida que se les robaba.

No convenía perder tiempo en denuestos, demostraciones de horror, gritos y llantos. Se procedió a distribuir en grupos de acción a los asistentes. Iba a atacarse en primer lugar a los puntos donde las ratas menos lo esperaban, al Galeón de los Almacenes de Memoria, al Buque-Escuela, para poner a los niños a salvo en lugar seguro, y al Galeón de Castigo y su conexión con Aprovechamiento de Recursos Humanos. Era importante, antes de destruirlos, obtener material que sirviera como prueba contra los opresores, que se habían mostrado siempre sumamente hábiles en proyección de imagen y propaganda.

-Será difícil atraer a nuestra causa a la mayoría. Muchos creen que pueden obtener beneficios, pese a todo, de la situación simplemente dejando ocupar a las ratas amplios territorios y sirviéndoles gratuito y abundante queso. -opinaron varios con aire mortecino.

Los asistentes se dividieron. La exaltación indignada y la euforia habían dado paso, como las crestas de una ola, al agua baja que arrastraba el oscuro lodo del fondo.

-La seguridad no es la que era-dijo Segis, y Gal, Offing y Metáforos asintieron, pero sin dejarse llevar y convencidos de que sería fugaz el pesimismo.

– ¿Qué dice el PIL? ¿Dónde están los representantes de Piratas Irredentos Libres? – la pregunta recorrió la sala.

Y encontró respuesta en la entrada, por donde avanzaban Muerte Súbita y Angelina, diciendo:

-Estoy aquí. Y os traemos algo.

 

 

 

31

El Hallazgo

 

Cumpliendo lo prometido, el jefe pirata disidente se dirigía hacia el centro de la asamblea llevando en la mano un objeto cuidadosamente envuelto.

-Os prometí un arma. No lo es exactamente, pero puede ser mucho más eficaz que los cañones.

Cundió la expectación. Las filas se apretaron alrededor de Muerte Súbita. Angelina intervino:

-El uso del arma requiere una explicación. En sí os parecerá poca cosa, pero fue mucho lo que comenzó con ella, marcó la época del gran cambio, la entrega de las llaves del Cofre a la nación rátida y la sumisión del No-País. Mirad:

Desplegó un antiguo mapa en el cual estaban marcadas las aguas territoriales y los litorales del anterior régimen.

– ¿Recordáis dónde se hundió, bueno, hundieron con aquella explosión asesina el Buque Correo?

-Aproximadamente ahí- señalaron varios.

-Nunca se hallaron los restos, ni hubo expediciones investigadoras, ¿verdad? – continuó Muerte Súbita.

-No. Se aceptó enseguida la denuncia popular contra el Gobierno de entonces, apoyada ésta por las ratas, que prometieron seguridad y condena de los culpables. Lástima que los pocos detenidos murieran tan rápidamente. – Los de más edad llevaban el peso del relato mientras que los jóvenes escuchaban con curiosidad una historia que les era o desconocida o dada por zanjada y caduca.

-Pues bien, nosotros hemos encontrado esto.

Desenvolvió el paquete y hubo un rumor de decepción. Sobre la mesa no había sino un trozo de madera viejo, astillado y ennegrecido, con algunos signos.

– ¡No es un arma! -exclamaron.

-Pero sí una prueba. Se trata de un trozo del Buque Correo. Examinadlo.

Se lo fueron pasando. Efectivamente, en él, visible, aunque cubierto de una capa ennegrecida, se distinguía el logotipo característico. Y la marca de algo que no eran dedos humanos, sino uñas de roedores.

-Bien. Y ¿qué hacemos con eso? Las marcas nada prueban, en los barcos siempre ha habido ratas. Sabemos que hubo una explosión y es normal que esté ennegrecido. -dijo un escéptico al que se sumaron numerosas voces críticas.

Angelina señaló un punto en el mapa:

-Lo encontramos aquí. Conocemos las profundidades, mareas y corrientes. Hemos estudiado el asunto. Son fuertes y cambian según la época del año. Creemos que ahora se puede encontrar, y examinar, gran parte del pecio. ¿No tiene eso importancia?

La tenía. Todos asintieron en ello. Porque significaba rescatar de la espesa capa de agua y olvido un decisivo evento que había marcado el devenir, no ya sólo del No-País, sino también de los limítrofes y cambiado radicalmente el reparto de poderes. Había, además, no poca curiosidad precisamente porque aquel episodio trágico parecía no haber existido según los relatos oficiales rátidas y su simple mención resultaba llamativa, inquietante y provocadora.

El pecio, según lo que Muerte Súbita denominó Plan Arquímedes, aparecería dónde conviniese y cuándo llegara el momento, para observación general y confirmación de datos que, por entonces, se mantenían en secreto. El reflote requeriría un trabajo de ingeniería minucioso, el conocimiento de los fondos marinos y sobre todo preparación estratégica y el esfuerzo de todos, prófugos y no prófugos, piratas libres y extranjeros unidos a la causa.

-Aquí está el gran problema -explicó Segis- Los galeotes se encuentran muy divididos en grupos de signo contrario. Unos se arriesgarían a cualquier cosa, para otros lo más conveniente es el diálogo, la colaboración y el reparto con las ratas. Muchos se han acostumbrado a la seguridad de la galera, la memoria prefabricada y las directivas del cómitre y prácticamente han olvidado el No-País. Cada cual, además, no responde de sí mismo sino que delega su responsabilidad en algún jefe y colectivo.

-Nos queda la llamada individual-dijeron Kraky, Orky y Metáforos.

El abucheo fue general. ¿Una gran campaña sin coordinación, estrategia, mandos ni planes de batalla? ¿Sirviendo en bandeja al enemigo las formas y fechas de ataque puesto que habría con toda seguridad filtraciones, traidores y desertores? Se había propuesto el caos, el absurdo, no ya la derrota anticipada sino la aniquilación de la resistencia prófuga.

– ¡Estáis borrachos! – gritaron.

No lo estaban. Había que ofrecer a los galeotes algo tan nuevo, especial y excitante como la libertad personal, la posibilidad de un acto, un mismo acto, en un momento preciso, sin el apoyo previo de explicaciones y consignas, sin normas marcadas por el jefe del grupo ni la seguridad de la participación del resto de sus compañeros. Cada galeote recibiría secretamente, bien enumeradas y especificadas respecto a lugar y tiempo, las acciones que debería llevar a cabo, y la explicación de la importancia de guardar silencio hasta la hora precisa y, llegada ésta, actuar sin vacilación fuera o no seguido por otros. Pesofijo y algunos compañeros se habían ofrecido para deslizarse en las naves y hacer llegar a las manos de cada uno el mensaje crucial. Actuarían pronto, en tres etapas. Harían falta fuerza y destreza, conocimiento del interior de la flota, de la zona marítima en la que debía producirse la exhibición de la prueba final contra la nación rátida y, finalmente, rapidez para exterminar a las ratas y salvar las vidas de los galeotes. La apuesta era arriesgada, pero factible.

El plan, los sucesivos planes, se discutieron en voz baja en el centro de la sala, donde se habían desplegado mapas y se dibujaba la disposición interior de las principales galeras así como el litoral y el lecho marino. Fueron horas de trabajo febril, pero el entusiasmo por la empresa iba ganando a los asistentes. Apenas se interrumpían para comer y beber y sólo advirtieron la llegada de la noche por la necesidad de alumbrarse.

El margen de incertidumbre se volvió uno de los incentivos, la reacción de los galeotes no prófugos ante esta inesperada, e inusitada, opción de libertad, llena de soledad y riesgo, presentaba para los resistentes un particular atractivo. Sin confesárselo abiertamente, no confiaban en sus compañeros de las galeras, sentían profunda reticencia a asociarse con ellos en una lucha en la que, de vencer, tal vez se hicieran con los mejores frutos e incluso buscaran pactos con elementos asimilados a las ratas. Obligarlos a saltar en solitario, a renunciar a las concesiones y temores de su vida pasada permitiría a los prófugos confiar en ellos, compartir aquello que, si triunfaban, esperaban obtener, recuperar, reconstruir y disfrutar de cuanto se les había arrebatado hasta el punto del olvido.

-No va a ser fácil. – Pesofijo era de tendencia más bien pesimista por aquello del optimista bien informado. Sin embargo tanto él como los compañeros reunidos a su alrededor y que compartían pasado y fines semejantes estaban dispuestos a ir hasta el final.

-Pero ¿podréis hacerlo? – le preguntaron- ¿Llegará la consigna, y las instrucciones, a cada galeote?

-La tendrán en la mano en el momento oportuno. Y cada cual deberá decidir; por su cuenta.

Intervino Gal, que, buena conocedora de cartografía y del organigrama y estructura interna de la flota rátida, se aseguró de que no habría en el comando ni errores ni pérdidas de tiempo.

-Tened bien presentes las tres etapas: Cambio en la dirección y agrupación. Acción desde diversos puntos desde el mar y difusión de la evidencia. Sabotaje y abandono.

Todos asintieron, excepto el borracho habitual, que pidió varias veces que le fuera repetido el plan.

Entonces llegó la excelente noticia del éxito en el ataque a los Almacenes de Memoria y el Buque-Escuela. El alborozo fue general.

Lo hubiera sido menos de haber sabido que las fuerzas aliadas pro rátidas eran más numerosas de lo que pensaban y que, además, precisamente entonces iba a llevarse a cabo, con éxito, un golpe de mano del enemigo.

 

 

 

32

Traición y rapto.

 

Tras las tensión y concentración vividas, prófugos, PIL y extranjeros, integrados ya éstos últimos perfectamente al grupo y su lucha, decidieron que había que celebrar su primer éxito. Se distribuyeron vituallas y bebidas y alguien sacó su guitarra e improvisó coplillas sobre las sesiones rátidas de adoctrinamiento para llevar una existencia ecovirtuosa y dejar un cadáver impecable.

Van mis coplas en honor

del cerdo benefactor

y canto con sentimiento

a esa fuente de sustento.

de la Humanidad sostén.

Y a las ratas que les den.

 

Siempre de ti me acuerdo

bendito cerdo.

 

Nos tenían sometidos,

sin los manjares prohibidos

y con sus sanos consejos

nos volvíamos conejos.

Ni huertecillos ni nada.

Algas a la mar salada.

 

Si te muerdo resucito,

cerdo bendito.

 

Y me privan tus andares

por los prados y encinares

mientras mascas las bellotas.

Por eso, con estas notas

de mi guitarra proclamo

que te estimo, alabo y amo.

Y a las ratas huerto urbano.

 

¡Qué lamentable!

¡Qué lamentable

que la vida de rata

no es tolerable!

¡Qué triste es eso!

¡Qué triste es eso

el que las ratas quieran

darnos con queso!

 

Un compañero le cogió la guitarra y, tras inclinarse ante la concurrencia, entonó, con mucho sentimiento:

 

Sincero,

te digo que soy sincero.

Las chuletas de cordero

también las quiero,

las quiero.

Que yo no rechazo nada

de tierra o de mar salada.

 

El cantor acabó su improvisación con grandes aplausos. Offing estaba entusiasmo y achispado por la tercera ronda procedente de las bodegas de un carguero portugués. Se inclinó para besar a Gal y compartir con ella su alborozo. Y no la encontró.

– ¿Dónde está Gal?

Ni Metáforos ni los otros la habían visto hacía rato. Pasado cierto tiempo comenzaron a inquietarse, a preguntar y a mirar en las estancias interiores. Ella no estaba pero sí todas sus pertenencias.

Algo desconocido y angustioso se había instalado en el pecho de Offing y la opresión crecía a cada minuto. Entonces Orky recordó un detalle que le había parecido sin importancia:

-Óskar, mi hermano, le dijo que quería enseñarle algo curioso que había depositado el mar en la playa.

– ¿De noche? – La oscuridad ya era total y no había luna. – ¿Sólo se lo dijo a ella?

-No parecía importante. Simplemente salir un momento.

– ¿Dónde está él?

Le buscaron en vano en la sala y luego salieron al exterior, Offing el primero, y la llamaron.

Las voces se perdían en el ruido bronco del mar, que estaba agitado, con viento que soplaba hacia tierra y formaba pálidas líneas de espuma sobre la negrura de su superficie. Trajeron faroles. En el interior, cerca del acantilado, había huellas, aún frescas, no tocadas por la marea, los pies pequeños de Gal, que produjeron en Offing una dolorosa punzada de ternura, y los de Óskar probablemente. Se alejaban bastante de la entrada de la cueva. En un recodo encontraron el chal de Gal y prendido en él un mensaje:

Se dirigía al periodista de Albinia, pero también al resto, y se trataba de un rapto y de un chantaje.

Comprendieron que Gal había sido secuestrada gracias a la complicidad de Óskar, que no era un ex policía rátida arrepentido sino que había optado por continuar colaborando activamente con las ratas, hacerse espía y agente doble y vender a sus compañeros.

– ¿Tú también, hermano mío? – Exclamó Orky desolado. Había habido otros, pero aquel era el caso más inesperado, grave y que le era cruelmente cercano. El traidor había escondido una lancha, llevado hasta ella a Gal con engaños y, una vez en alta mar, se la había entregado a ratas venidas al encuentro antes de que ella, en la oscuridad, hubiera podido apercibirse de la trampa.

En el mensaje se explicaba claramente la situación: La prisionera moriría en la fosa de las medusas venenosas, tras ser sometida a interrogatorio, si no se paralizaban de inmediato los planes de los disidentes y se entregaban sus jefes y los extranjeros, que debían comprometerse a llevar a sus países y defender ante la opinión mundial la bondad universal del proyecto rátida.

El comité de emergencia sabía que las ratas no querían arriesgarse a un ataque en tierra, en terreno desconocido, y que, por lo tanto, era altamente improbable una invasión de La Cala de los Malditos. Tampoco contaban con las informaciones de Óskar porque el agente llevaba muy poco tiempo allí y carecía de conocimientos sobre los refugios. Instalaron sin embargo numerosos puestos de vigilancia. No iban a ceder al chantaje, continuarían con el plan, pero con mayor rapidez y en secreto. Mientras, un comando se lanzaría al rescate de Gal, para el que, sin esperar más, ya se estaba preparando Offing y hubo que convencerle para que aguardase a que se trazara la estrategia y se repartieran las tareas.

Incapaz de contenerse y llevado por una premura angustiosa, Offing se fue a la orilla y, adentrándose unos pasos en el agua, golpeó con los puños la superficie, con la furia inútil con la que un rey de la antigüedad lejana había azotado el mar, que obraba contra sus deseos.

Millas más allá, mientras Gal forcejeaba en el fondo de la lancha que la conducía a su fatal destino, en un mar color de tinta la galera capitana rátida acogía a una visita singular.

 

 

 

33

Dulcita y el Imperio de la Felicidad

 

La fatiga estaba produciendo sus efectos en Rata Primera, y Rata Segunda conocía bien que a las grandes euforias, sucedía el sueño. Igualísima solía caer en una agradable somnolencia al final de cada ambicioso discurso. En esa ocasión, y dirigiéndose al escogido Comité Directivo, la gran Líder les había reiterado sus planes universales. Las presentes circunstancias, el enemigo potencial al que apenas consideraba digno de atención y que sería sometido con mayor facilidad aún que en el pasado, eran detalles deleznables.

-No debemos reducir nuestro horizonte a las conquistas inmediatas. La igualdad, la verdadera, la única igualdad, la igualdad rátida se impondrá en toda la superficie del planeta, de éste y de aquéllos que se conquisten. Tengo un maravilloso sueño. Nuestro ideal, en parte realizado, se halla tan sólo en sus comienzos. Hay que ser audaces, compañeras. Algunas de las nuestras parecen temer, dudar de nuestro destino.

Los miembros del Comité Directivo se habían mirado con cierta inquietud. Las divergencias de opinión no siempre eran bien aceptadas por Igualísima y algunas desapariciones daban fe de ello. Corrían, en el mayor secreto, relatos sobre ratas de alto rango a las que se había invitado a un paseo por la borda para discutir estrategias y que parecían haberse evaporado sin dejar más rastro que el ruido apagado de un breve chapoteo.

Habían convencido a Rata Máxima para que se tomara un merecido descanso y se prepara así para las duras pruebas que las esperaban y la Líder dormía apaciblemente, mecida por las olas y por la certidumbre de su victoria, no ya sobre unos rebeldes de poca monta, sino en todo el orbe.

Ahora las que estaban más cerca de ella entre los miembros del Secretariado podían hablar. Rata Segunda y Rata Parda sabían que el hermoso ideal del universo rátida, de la Nación Igualitaria, que englobaría a los receptivos países actuales era indiscutible en la teoría pero que en la práctica había que proponerse metas más asequibles y cercanas. Actualmente no tenían posibilidad de extenderse y fundar rápidamente su imperio por doquier luchando solas. Su porvenir, por lo pronto, estaba en ocupar zonas de dominio de extensión razonable y compartir el planeta con no-rátidas de semejantes visión y ambición. Había para todos. Las diferencias entre los grupos con los que habían tomado contacto eran salvables y la alianza provechosa. Esa misma noche esperaban mucho de una inminente visita. Que les fue anunciada por los guardias.

Dulcita entró en la sala. Era humana. De pequeña le pusieron Dulce María del Escapulario, trauma que luchó por superar toda su vida, así que se llamaba Dulcita, aunque también era conocida como Rata Gorda por el curioso efecto circular que producía: Llenaba la estancia, se movía ondeando los ropajes que la cubrían, en los que se alternaban dibujos infantiles y el blanco y el negro. Siempre lucía algunas florecitas en el pelo y un broche con un iceberg en vías de desaparición roído por el cambio climático.

La acompañaba un reducido séquito, en el que llevaba la voz cantante su joven y probable sucesora, Kimy, a la que unas apodaron Ratafina y otras Pijirrata. Ambas se complementaban notablemente. Dulcita se expresaba con aparente moderación y consideración hacia sus adversarios y solía interrumpir su discurso con llamadas a la paz, la fraternidad y el amor que desconcertaban a sus oyentes. Entonces Kimy tomaba la palabra y, en un tono cantarín en el que se transparentaba su conmiseración por la ignorancia del oponente, cubría de improperios y denuncias a cuantos no pertenecían a su movimiento de la Felicidad y la Bondad Completas.

-Al fin hemos llegado. No ha sido un viaje fácil, pero el afecto, el entendimiento, el gran ideal que nos une acorta las distancias. -Dulcita se había lanzado efusivamente a abrazar a las dirigentes rátidas, que, no acostumbradas a tales demostraciones físicas de afecto, imitaban torpemente sus gestos.

Kimy se mantuvo más distante y se limitó a estrecharles las patas, eso sí, con gran energía, y a dirigirles un breve saludo durante el que, por unos instantes, se detuvo desconcertada. Dudaba respecto al tratamiento a emplear. Acostumbrada, con una férrea disciplina, a decir todos los nombres y adjetivos -tenía un ambicioso plan lingüístico para modificar asimismo adverbios y verbos- por partida doble haciéndolos terminar en -a y en -o, en la presente circunstancia advertía la dificultad de hacerlo con la palabra rata. Tal vez el muy apreciadas y apreciados ratas hembras y ratas macho no fuese del agrado de sus interlocutores e incluso la acusaran de innecesaria discriminación de género, desigualdad ya superada en la nación rátida. Se limitó a un ¿Qué tal? y a una sonrisa.

Dulcita, expansiva y segura de sí, se lanzó enseguida al punto principal: La configuración futura del mundo, o buena parte de él, tras su alianza.

El reparto se basaría en las zonas de ocupación y/o decisiva influencia.

– ¿Igualísima descansa? -se interesó por la salud de la Líder- Oh, sí, que esté en la mejor forma posible. Su presencia y la fuerza de sus ideales son y serán nuestras mejores armas. Vosotras, queridas compañeras, ofrecéis la igualdad suma. Bien, bien. Pero mi partido, mi numeroso grupo, tiene como primer y principal punto la Felicidad Completa, noche y día, para todos y cada uno de los seres. Y la programamos con todo rigor.

– ¿Qué acciones habéis desarrollado últimamente? – Rata Tercera apuntaba con aplicación.

-Nuestro mayor éxito ha sido la fundación, extensión e implantación urbi et orbi del Club de Víctimas, en muchos aspectos autónomo de nuestro partido. Trabajamos de manera incansable para crear, avivar y promover la conciencia del ancestral, radical y ubicuo agravio. Nos llueven los militantes, sin oposición alguna por parte de los sistemas establecidos porque ¿quién se atrevería a declararse contrario a la bondad de nuestro propósito, a la popularidad de nuestras reivindicaciones, a la lluvia de resarcimientos en prestigio, titulaciones, cargos, al reparto a los agraviados de oro y bienes?

– ¿Cómo haréis para entregar tantos dones a las masas que se vayan sumando? Porque, si hemos comprendido bien, la balanza entre víctimas y los que las resarcen con pagos se irá desequilibrando. -Rata Ecónoma solía ser lógica y precisa.

Kimy Ratafina intervino oportunamente porque Dulcita parecía proclive a dudas y vaguedades y estaba murmurando algo sobre el amor planetario.

-Trabajamos para el FUTURO -subrayó la palabra para que se entendiera que era con mayúsculas, como la escribían en sus documentos- El futuro es nuestro, lo será rápidamente. Las masas no pueden verlo, todavía están formadas por componentes individuales, carecen de la luz de Rata Máxima, de la Igualdad Suma. Por eso nuestra alianza será magnífica. Ya vais conociendo algunos de nuestros logros.

-Sabemos, por crónicas que nos envían nuestras compañeras de las alcantarillas, que donde mandáis van desapareciendo las ciudades, la red viaria, los medios de comunicación, y que están en marcha grandes proyectos de recuperar la jungla primitiva donde hoy se alzan lamentables centros comerciales y lugares de vicio individual malsano.

Kimy sonrió con modestia y dio un paso atrás señalando a su compañera.

-Gracias a ella -dijo

– ¿Y lo del reparto de queso y demás bienes? -insistió Rata Ecónoma.

Dulcita se había recuperado de la confusión beatífica en la que a veces se sumía y respondió con firmeza, echando de vez en cuando un vistazo al discurso que había traído escrito y que pensaba repartir, finalizado el encuentro.

-Llegados a esa etapa del futuro, que nos pertenece, haremos cuentas precisas. Los hábitos habrán cambiado gracias a la completa supervisión de los hábitos cotidianos y a la fragmentación y control de los núcleos de las diversas poblaciones que, además, se vigilarán y denunciarán unas a otras a la menor sospecha de ataque a la completa igualdad de civilizaciones y culturas, lo que probablemente reducirá su número, minimizará sus demandas y hará desaparecer reclamaciones y protestas. Ya hemos convencido a buena parte de la población indostánica para que recuperen prácticas desterradas por presiones foráneas, como la quema de las viudas en la pira de sus maridos, y prosperan gracias a nuestro apoyo mediático las alegres lapidaciones de los viernes en Oriente Medio. Nuestra ambición va más allá, porque el vasto pasado nos ofrece inagotables reservas de víctimas, populares usos aborígenes erradicados por fuerzas opresoras, artísticas infibulaciones africanas. Por ejemplo, defendemos el sano canibalismo; también en los actuales descendientes de la nación fenicia el sacro rito del sacrificio de los recién nacidos primogénitos. O no primogénitos; hay que tener criterios amplios. El futuro…

Asustadas por su elocuencia, las ratas la interrumpieron para recordarle que más tarde continuarían la apasionante relación pero que, por lo pronto, debían regresar a sus tareas de planteamiento estratégico.

-Vuestra lucha es la nuestra -dijeron a coro Kimy y Dulcita- Permitid que os entreguemos el presente de amor y buena voluntad que os hemos traído

Depositaron en la mesa una bandeja y Kimy explicó a las ratas, golosas pero suspicaces:

-Es una escogida muestra de las Magdalenas de la Felicidad, obra de las propias manos de nuestra Líder, la gran Bienhechora.

Dulcita recibió los plácemes con modestia y añadió:

-Esperamos que os complazcan. En el luminoso e inminente porvenir que nos aguarda se fabricarán por millones y serán ingeridas cada mañana, sin falta, por cada ciudadano. Nuestros planes incluyen, en atención a nuestras fieles aliadas, variantes con queso.

La Directiva rátida se puso en pie, para asegurarse de que las visitantes habían comprendido que era el momento de la despedida y para corresponder al presente, y dijeron:

-Continuaremos esta conversación en momentos de mayor disponibilidad. Rogamos a la Líder que acepte el nombramiento de Rata de Honor.

Visiblemente conmovida, Dulcita se inclinó y agradeció la deferencia. Además Rata Segunda, atenta a los detalles y a las posibles sucesoras, no quiso dejar partir a Kimy sin algún presente significativo y puso en sus blancas y finas manos una historiada y bella caja de cerillas en la que se leía Incendiemos el pasado abominable y el presente detestable.

-El futuro es para los jóvenes- le dijo.

La joven promesa del Imperio de la Felicidad aceptó el regalo con manifestó placer y cierta sorpresa de que las ratas hubieran leído sus pensamientos.

Entraron algunos guardias:

-La embarcación de regreso está lista.

Y, tras efusivos adioses, las representantes del nuevo orden sano y dichoso, según rezaba su programa sociopolítico, salieron.

Las ratas intercambiaron algunos comentarios:

-Por ahora, nos convienen como aliados.

-Pero ¡qué poca precisión! – Ecónoma revisó sus notas- No habrá población suficiente para abonar tantas indemnizaciones y para mantener, gratuitamente y con privilegios, a las innumerables víctimas.

-Creo que llevan algún tipo de pequeñas gafas. -añadió otra. – No ven a nadie concreto, ni el presente. Sólo eso que llaman “Futuro” con mayúsculas. Es curioso.

-Nosotras a lo nuestro, compañeras.

-No son de fiar.

Y, por si acaso, tiraron las Magdalenas de la Felicidad por la borda.

 

 

 

34

Reparto de papeles

 

Pesofijo y los suyos se deslizaban por todos los entresijos de los buques, que conocían muy bien. Trabajaban día y noche. En principio el plan había sido aprovechar las sombras, pero el tiempo apremiaba y la zona donde debía librarse el combate y sacar a la luz el arma estratégica estaba aún lejos.

Desde el palo de mesana a las bodegas, por cada uno de los pasadizos a los que daban acceso tablas marcadas y hasta en las bocas de los mascarones de proa se habían trazado simples mensajes, indicaciones elementales que proporcionarían escasa información a las ratas si eran descubiertos. Lo esencial era que en el momento acordado cada galeote estrechara en su mano la nota que le indicaba, de forma individual, su oportunidad de opción y de acción, en tiempo y lugares muy precisos. Nada les respaldaba, no existían interpretaciones previas ni el abrigo de los líderes. Sólo una apuesta y el riesgo.

Reinaba una atmósfera de tensión y pocas palabras. El premio, vago e improbable, era solamente una libertad desacostumbrada e incierta en la que cada cual se hallaría de repente librado a sí mismo, a lo que valiera y obtuviera. Claro, habría que encargarse de los más débiles e indefensos, de aquéllos que habían ido siendo borrados poco a poco de la visión pública por las ratas de forma que no se dispensaran en ellos recursos y que no se plantearan interrogantes molestos. A los galeotes no les gustaban las ratas, pero se habían acostumbrado a ellas y a su propia situación, por la seguridad que éstas proporcionaban y porque la falta de competencia y de oportunidades de distinguirse, avanzar y cambiar había prácticamente erradicado entre ellos el sentimiento de la envidia. Sin que, por ello, no existiesen pequeños privilegios, expectativas y dones ocasionales que las ratas, que manejaban con no poca astucia esos resortes, destinaban a grupos escogidos. A mayor escala, la directiva rátida apoyaba y promocionaba el trato específico a cada galera, de forma que los galeotes se sintieran a la vez superiores y agraviados por los de los demás buques, en especial por los más cercanos y de mayor tamaño, y se había llegado a simultanear las consignas de perfecta igualdad con alabanzas y distinciones diversas que incluían la posibilidad de banderas propias y de mascarones, de pequeño tamaño y situados en la popa, adornados con retratos de imaginarios antepasados heroicos.

Estaban además los galeotes ayunos de referencias. En su mayor parte ni sabían ni recordaban más pasado que el que se les había explicado en el Barco-Escuela y suministrado desde los Almacenes de Memoria. Y éste era un pasado confortable que les prometía continua asistencia presente y futura, puesto que habían sido salvados en su momento, y tras un salvaje ataque al Buque Correo, del lamentable, nefasto, traidor, falaz y codicioso grupo que los gobernaba y que se componía en realidad de discípulos y descendientes del abominable Diktátor, en el que se concentraron todos los males y cuya sola mención, si no iba acompañada de rituales de odio y rechazo, implicaba la condena inmediata.

Las naves bogaban en la oscuridad pobladas de susurros, preguntas que no requerían respuesta, manos que apretaban y luego releían la particular tarea a cada uno encomendada. Nadie se explicaba que fuera personal e intransferible, pero se guardaba el secreto no tanto por obediencia como por curiosidad y por cierto temor a que sus vecinos recibieran, si cumplían adecuadamente, premios que a quien no lo hiciese le estarían negados.

Esa noche, que había sido elegida por la falta de luna y favorecida por la ligera niebla, los barcos cambiaron de rumbo, tras un habilidoso manejo de los planos e instrumentos de orientación. Las tripulaciones empezaron a encontrar en las aguas a las que se aproximaban algo familiar, incluso los más jóvenes habían oído relatos. Se situaron formando un amplio círculo. Jugaban con las directivas mismas de las ratas, que por su parte, habían escogido esa formación estratégica para la previsible batalla, dejando tres pasillos para facilitar el cambio de movimientos.

Las ratas, por su parte, estaban absortas en el plan que iba a representarles un gran ahorro de energía. Incluso con esfuerzo, no podían tomar demasiado en serio a los prófugos ni a sus colegas galeotes. Los habían visto, en su época de ciudadanos, rendirse apresurada y anticipadamente con tal de que se les garantizara salvación de atentados masivos, abominación colectiva de la era de Diktátor y paz tan completa como la quietud en aquel momento de las aguas del océano. Rata Máxima había insistido en el derroche de fuerzas que significaba presentar batalla ellas mismas a aquellos fugados, que eran en buena parte fruto de la miseria física y la confusión intelectual. En eso el resto del grupo directivo estuvo de acuerdo porque ninguna experimentaba el menor deseo de capitanear abordajes, aceptar el almirantazgo o ver peligrar sus reservas de queso. Así pues se había decidido recurrir a los Mercenarios Light, a los Mustélidos y a los PIF, la facción de Piratas Irredentos Fundamentalistas, útiles por su desprecio a la vida, muy comprensible teniendo en cuenta la que llevaban pero incómodos por lo impredecibles.

El principal ataque debía llevarse a cabo desde dentro, privando a los Prófugos de jefes, documentación y estrategas y debilitando la voluntad de los más notorios, entre los que se encontraban unos personajes en apariencia débiles e inocuos pero que representaban el peligroso enlace con el exterior y el riesgo de cambiar la opinión, hasta entonces muy favorable, que se tenía internacionalmente de la nación rátida.

-Ya tenemos aquí al arma de la que habíamos hablado. Y se ha transmitido el mensaje del precio del rescate. – Gorgony era extraordinariamente persuasiva y además, pensó Rata Segunda, en ese momento estaba arrebatadora, con su fino vestido talar que parecía prometer en cada curva un placer y pedir un roce.

– ¿Y cuándo llegue el rescate? -le preguntaron.

Gorgony los miró con cierta conmiseración por su inocencia y sonrió mostrando los agudos colmillos que llevaba, por solidaridad, al estilo de las ratas.

-Lo del rescate es pura fórmula. Nos quedaremos con los planos, documentos y con cuanto hemos solicitado, que no es poco, y además, por supuesto, con los emisarios y con aquéllos que pedimos como rehenes. Ninguno volverá.

-Bien, pero ¿nos bastará para anular el movimiento, para vencer completa y duraderamente?

-Por supuesto. Al enemigo le pierde la importancia que da a los individuos. Carece de los firmes principios encarnados por Igualísima.

– ¿Nos bastará con la información que nos traigan?

-Claro que no. Pero sí con la que nos proporcionará la prisionera.

 

 

 

35

Tercer grado

 

La travesía, maniatada y tendida en el fondo de la lancha, no había sido cómoda. Un preludio de lo que la esperaba, y Gal lo tomó como tal, controló su tensión y se fijó, más que en su propio cuerpo, en las circunstancias y personajes, tanto conocidos e incluso inmediatos como en aquéllos a los que previsiblemente iba a enfrentarse. Estaba avezada en la supervivencia pero aquella vez no se trataba sólo de la suya sino de la del conjunto de los prófugos y, más allá, de la de las previsibles víctimas de la expansión rátida.

Sumida en la oscuridad y en el ruido del motor, procuró reflexionar sobre el horizonte más allá del suyo: La expansión rátida, su toma de poder, no era una cuestión local ni banal, como se la había querido representar en un principio. Ni siquiera su peligro principal era el físico ni las bajas, las víctimas tradicionales en los golpes de Estado y las guerras. Muchos desaparecerían pero a los más los necesitaban como rebaño. El programa de Igualísima era claro, y en él no había lugar para la gente como ella excepto como sirvientes, productores y colaboradores silenciosos. Y, finalmente, como materia reciclada en Aprovechamiento de Recursos Humanos. En el proyecto, de aparente homogeneidad y al tiempo necesariamente fragmentado en infinitos mosaicos de intereses, ningún espacio habría para individuos y libertades, para cuanto era mejor y sobresalía. Y Gal quería ser libre, pero no sola.

La sal le había resecado los labios. Se pasó la lengua por ellos y aún tenía el sabor de los de Offing.

Llegados al barco, los que la llevaban la levantaron, la alzaron a cubierta y la arrastraron entre dos hasta la bien guardada sala de reuniones. Mentalmente Gal repasó sus conocimientos de los planos y de la flota. Como medida estratégica, no existía una sola nave capitana, aunque muchas se disputaban el título, sobre todo en actos oficiales y comunicaciones cara al público. La peculiaridad de aquella armada singular residía sobre todo en la disposición secreta de sus fondos, por debajo de la línea de flotación y diseñados con un sofisticado y minucioso cálculo de equilibrio. Un mundo submarino duplicaba el volumen del barco, se extendía en un laberinto de niveles de vías de comunicación vigiladas.

Le habían vendado los ojos, y se sintió descender llevada prácticamente en volandas por sus raptoras. El olor a aire salado del mar se transformó en vaho de humedad, viejo salitre, aceites, sebo, hierbas, humo, agua dulce mezclada con otras materias y, finalmente, nada apenas excepto la impresión de ausencia de corriente en un espacio cerrado. Cuando le quitaron la venda ante sí vio a Gorgony, y las ratas del gran consejo detrás de ella.

-Ya hemos enviado las condiciones para liberarte, con entrega de relación detallada de planos, listas y cuanta información habéis sustraído, además de otros datos que precisamos y de presentación aquí de informadores extranjeros que actúan como espías subversivos. – le dijeron de entrada. No parecían querer andarse con preámbulos.

-Ahora nos contarás cuanto sabes y responderás a lo que te preguntemos-añadió una asistente mientras Rata Ecónoma y sus adjuntas se disponían a tomar notas cuidadosas.

Terciaron, casi a coro, Rata Máxima y Rata Segunda:

-Es de gran importancia que la facción que nos es fiel y afín de Piratas Irredentos proporcione un documento, que se hará público, sobre el gran peligro que planea sobre nuestra sociedad, humanos incluidos, si, como en el pasado, ocurren mortíferos atentados, de los cuales sólo nosotras hemos demostrado que podemos protegerla.

Gal habló, escuetamente, por primera vez:

-Nada que decir.

-Oh, ya lo creo que lo harás. Podemos ser muy persuasivas. – Gorgony dedicó a la prisionera una extraña y gran sonrisa que le llegaba casi hasta los adornos de ratas doradas que llevaba en los hombros.

A Gal le era imposible calcular el tiempo. Estaba en una de las partes más profundas del barco, atada a la silla de interrogatorios. Se mantenía tenaz en su silencio. Entonces comenzó la tortura. Y fue lingüística.

El equipo de tratamiento de reos pertinaces estaba orgulloso de su especialidad: La tortura acústica. Habían estudiado sus efectos psicosomáticos, experimentado su eficacia con cobayas y con galeotes destinados a Aprovechamiento de Recursos Humanos y habían defendido ante quienes hubiesen preferido métodos más tradicionales la limpieza de aquel tratamiento, su bajo coste y su aplicación fácilmente dosificable que, llegados al tercer grado, llevaba al reo al desenlace fatal.[2]

Primero los altavoces transmitieron agudos chillidos pertenecientes al código comunicativo de las ratas pero extremadamente incompatibles con el oído humano. La prisionera resistió. A continuación invadió la sombría estancia un lied teutón en versión japonesa adaptada. Se repitió varias veces y fue duro incluso para la brigada rátida, pero no dio el fruto esperado por los verdugos. Finalmente, tras consultar con la mirada a Gorgony y la dirección, se decidió recurrir al tercer grado. Se aseguraron primero de la solidez de las ligaduras que ataban a Gal al asiento y de que sus propias orejas estaban bien protegidas y pusieron en marcha el reproductor. Consciente de lo que la esperaba, Gal respiró profundamente y se propuso afrontar con valor su destino.

El tercer grado acústico era una tortura extraordinaria prevista para casos especiales. Se basaba en la reiterada audición de discursos, diálogos y poemas en la lengua butifalana, desde diversos ángulos y con variaciones en el volumen. El butifalano se hallaba en cabeza del ranking de las lenguas más feas del universo conocido y se consideraba el medio comunicativo más cacofónico de los utilizados por especies desarrolladas Por ello sólo lo empleaban, allende las fronteras del territorio originario castigado por el destino con tales fonemas, aquéllos sobre los que se ejercían presiones, terribles amenazas o a los que se ofrecía a cambio grandes sumas de dinero. Incluso sus hablantes nativos se sometían, en cuanto se lo permitían sus medios, a tratamientos de estética lingüística, disimulaban su terrible acento y renegaban de su utilización. El respaldo financiero y maniobras diversas habían, sin embargo, logrado en foros internacionales que el butifalano fuese declarado “Lingua Pulchérrima” como título oficial y “Lengua Bellísima” como epíteto constante, de forma que nadie la citara sin añadirlo y sin exaltar su singular hermosura, y de manera que cualquier alusión se acompañara de loas y ditirambos directamente proporcionales a su extraordinaria e incuestionable fealdad real.

Su comité de promoción lingüística, generosísimamente retribuido, había incluso creado un panegírico que debía repetirse, puesto en boca de los mejores tenores, en actos oficiales. Éste, llamado “Oda a la Lengua Butifalana”, era:

 

¡Butifalana, la más hermosa!

Dice la plebe que es horrorosa

pero nosotros por cada hablante

pagamos oro rico y sonante.

 

Butifalana, lengua genial,

de nuestro pueblo marca ancestral.

Butifalano el acento es

del Dios que hablaba con Moisés.

 

Butifalana, la señorial,

tan armoniosa, tan musical,

plena de ritmo, plena de gracia,

propia de gente de aristocracia.

 

Si la plebe, en su bajeza,

no admite nuestra belleza

nos deben pagar la estética

por la nobleza genética.

 

Los políticos nefastos

subvencionan nuestros gastos.

La propaganda al final

nos sale gratis total.

 

Sea o no agradable el son,

el doblón es el doblón

y los doblones ajenos

suenan el doble de buenos.

 

Butifalana tenía un curioso origen onomástico. Butifalia era un epónimo. Se contaba desde antiguo que venía del nombre de una doncella llamada Butifalina, tan poco agraciada como ricos e influyentes eran sus padres. En aquellos tiempos lejanos era uso proveer a las hijas casaderas de dote en vistas al mercado matrimonial. La tarea con ella no fue fácil. Incluso los jóvenes más acuciados por sus deudas, su ambición o sus padres la rechazaban. En Butifalina eran directamente proporcionales las joyas y riquezas con las que sus progenitores la cubrían a la extraordinaria fealdad de la hija y lo desagradable de su trato, que sólo sus padres, por el lógico amor, eran incapaces de percibir. Es más, éstos se empeñaban en repetir a cuantos les escucharan las alabanzas a su retoño y, por ende, a ellos mismos y a su estirpe, cuyos orígenes hacían remontar al Arca de Noé. Incluso se hizo nacer por entonces el romántico mito de que la musicalidad de su idioma procedía del trino de los ruiseñores del Jardín del Edén. Así pues quedó Butifalina como el prototipo de la imposibilidad de velar con dinero la desagradable evidencia, y el nombre pasó, del grupo y el lugar, a calificar a la región y a su lengua en sí.

Fieles sin embargo a la tenaz ceguera que a sus antepasados había caracterizado, los butifalanos continuaron en el empeño de reivindicar el epíteto bellísima en menciones sociales y oficiales, lo impusieron sin reparar en métodos ni gastos, que cargaban hábilmente a cuentas ajenas, y contrataron y distribuyeron a agentes que, en días, horas, latitudes y países distintos, dijeran en voz alta ante testigos alguna frase en butifalano para así reivindicar la extensión mundial de su lengua. Aquélla que estaba siendo muy útil como instrumento para los torturadores de Gal.

-Y ahora estos versos-el verdugo pulsó el botón con una sonrisa perversa.

Una lluvia insufrible de sonidos velares y palatales se derramó desde los altavoces. La galeote de la resistencia se retorció mordiéndose los labios hasta sangrar. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente. Pero no pidió piedad.

– ¡Continuad! Pasad al fragmento de teatro clásico adaptado y con acompañamiento instrumental. – y dirigiéndose a la prisionera- Aún puedes salvarte. Los documentos que debes firmar están preparados, y en cuanto tengamos lo que pedimos serás libre.

Ella negó con la cabeza, sin fuerzas para expresarse de otro modo. Un gemido sofocado fue su única respuesta ante la terrible tortura.

-Pasemos pues al tercer grado- ordenó la rata dirigente.

La ópera en butifalano sobre las bellezas de la región llenó las ondas con una cacofonía de nasales difícilmente soportable incluso para las ratas provistas de acolchadas orejeras. Gal perdió el conocimiento.

El grupo rátida comenzaba a dar signos de fatiga.

-No conseguiremos nada con ella.

-Pasemos a la solución final. Reanimadla.

 

 

 

36

El Foso de las Medusas Venenosas

 

Las dos galeras se habían situado juntas, unidas por pasarelas. Eran el corazón secreto de la flota rátida y la Directiva opinaba que era bueno animar a la tropa con cierto ritual y, de paso, hacer ver a los galeotes la suerte que esperaba a los tibios y desertores. El Galeón de los Ritos Oscuros cabeceaba junto a la Galera Místico-Planetaria.

-La escenografía nunca viene mal. – afirmó Rata Máxima.

De nada servía acabar rápidamente con la prisionera. Había que rentabilizar su muerte, y el inútil tiempo de tortura en ella empleado. El departamento científico de la nación rátida estaba experimentando con poderosas armas biológicas, que el océano les suplía en abundancia, y, aunque no habían llegado todavía al concentrado letal, disponían de los sucesivos estanques experimentales que actuaban como filtro selectivo. Con manipulaciones diversas de numerosos tipos de medusas, en especial de las australes, habían logrado concentraciones importantes de ponzoña, no ya instantánea, sino capaz de causar plagas, alterar conductas, inducir al suicidio y a la aplicación de la eutanasia para todos los públicos, inspirar deseos irresistibles de correr en todos los maratones y eliminar de los sujetos el deseo de libertad individual.

El mar, antes en calma, había comenzado a agitarse en rizos de superficie ligeros pero que, al chocar con el casco de los buques, producían ruidos diversos. Que no permitieron a las ratas percibir los que produjeron las lanchas de prófugos. En principio Offing había decidido partir solo, Metáforos se le unió casi a la fuerza, cuando ya estaba en el agua, y le convenció de que el rescate de Gal era de enorme importancia, no ya por ella misma, sino también porque de la información que poseía podía depender el desenlace de la guerra. Por ello otros los siguieron, aunque a distancia por la ventaja que les llevaban.

– ¡No llegaremos a tiempo! -decía Offing.

-Sí- aseguró Metáforos- Tranquilo. No la van a eliminar rápidamente, no les interesa en absoluto.

De haber visto lo que ocurría en el Galeón de los Ritos Oscuros se hubieran sentido más inquietos. Se había organizado una ceremonia de terror en la que la directiva rátida mostraba a los jefes de grupo de los galeotes a una Gal amordazada, a la que se presentaba como una perversa estriborita que, junto con otros prófugos peligrosos, pretendía continuar la dinastía de Diktátor y sojuzgar, con su insufrible dictadura, a los humanos como ya había hecho en tiempos pasados el tirano infame en el que todos los males se resumían.

– ¡Os estamos salvando de nuevo! Como ya hicimos tras el episodio del Buque Correo. – gritaba Rata Segunda- ¿O preferís esto?

Y, con un gesto teatral, descubrió la imagen de Diktátor. Hubo un retroceso espantado en el público. Realmente pocos sabían algo concreto de la época del Mal Terrible y de su encarnación y representante, pero la fabricación del relato histórico y la labor pedagógica de los Almacenes de Memoria habían hecho su efecto y las ratas aparecían como benévolas garantes de la seguridad en el tibio reducto de las bodegas donde podía contarse con la pitanza diaria.

Rata Segunda aprovechó la ola de temor fácil de transformar en indignación y venganza:

– ¿Qué merece? – preguntó señalando a la prisionera.

– ¡La muerte!, ¡La muerte!

-Hay otros como ella, que quisieran resucitar al…Innombrable- señaló la estatua que se erguía su espalda. – ¿Estaréis dispuestos a luchar contra los traidores, agresores, apoyados por oscuras potencias del exterior?

Se situó junto a Máxima y los demás. Convenía dar una imagen de unidad. Esperaban una sonora y múltiple adhesión, pero ésta no fue ni tan intensa ni tan unánime como habían previsto. Las ratas, desde luego, apoyaron a la Directiva con fervor, pero los galeotes, agrupados en los extremos, no parecían demasiado entusiastas e incluso se observaban en algunos sectores sospechosos silencios. En el colmo del atrevimiento, se oyeron algunas voces, cuyos autores no pudieron ser identificados:

– ¡Que hable la prisionera!

-Todavía puedes salvarte- susurró a Gal Gorgony en el oído. Se había aproximado estrechamente a ella y enroscado en sus largos dedos puntiagudos el pelo de las sienes de la prófuga jugueteando con él. Gal se apartó los centímetros que la presión de los guardias que la sujetaban le permitían. Gorgony le inspiraba mucho más temor que las ratas, de ella emanaba un olor y una sensación extraños, un mensaje implícito, dirigido a la cautiva, de proximidad particularmente peligrosa, una avidez fría.

Gorgony, a su vez, también pareció percibir el rechazo con ira. Dijo en voz alta:

– ¡Confiesa! Y si no, mira lo que te espera.

Suavemente una parte del suelo, en la zona frontal, se había ido deslizando, entre los pies de la imagen de Diktátor. Revelaba un reducto largo, de aguas oscuras, en las que se adivinaban diversas formas, vivas y flotantes.

Todos conocían que se trataba del Foso de las Medusas Venenosas y que no sólo era la muerte sino la peor de las muertes. Se extendía, por un complicado sistema de esclusas, a gran profundidad y extensión, con diversos compartimentos que recordaban a una gran cueva submarina, iluminados por las descargas fosforescentes de las formas gelatinosas que lo habitaban. En la superficie, entre burbujas que venían del fondo, a veces sobrenadaba un tentáculo erizado de púas y ventosas, un pico ganchudo semejante al de las aves, una corola hambrienta compuesta por varios círculos de filamentos que se agitaban sin cesar pidiendo presa.

Pero Gorgony no los temía, incluso parecía hallarse en su medio cuando se inclinó sobre el borde y acarició, con la misma mano con la que había jugueteado con los rizos de la prisionera, la superficie globular translúcida de una gran medusa, de un verde ácido estriado de líneas irregulares que cambiaban sus tonos del fucsia al carmesí.

El silencio en la sala era total. Gal había palidecido e instintivamente sus pies se negaban a avanzar. Los guardias la empujaron.

-Es tu última oportunidad. Háblales, que lo transmitan a los otros galeotes.

Rata Máxima decidió poner también algo de su parte y hacer pesar su prestigio, que siempre la mantenía, por razones de estrategia, distante. Colocó en el centro del improvisado escenario su cuerpo que en esos momentos irradiaba blancura y dio a su voz los tonos de excelsa bondad:

– ¿Qué no haríamos por vuestro bien, por la felicísima sociedad y maravilloso futuro que os ofrecemos? Incluso nos resignamos a acudir a estos métodos para evitar sabotajes y males futuros. Sabemos, incluso mejor que vosotros todos, puesto que ratas y humanos compartimos el mismo ideal, vuestra aspiración suprema, y nuestro enemigo común, que es la desigualdad abominable. El paraíso está próximo, pero no sin lucha. ¡Seréis todos igualísimos, como yo! Nos envidia el resto del orbe, donde la injusticia en sus enormes variantes hace estragos. ¿Existe acaso superioridad alguna, en bienes, en prestigio, en forma de existencia, que no se deba al robo? ¡A la lucha, compañeras! Y compañeros. Sed igualísimas, como yo.

-Y tú, agente miserable de los comunes enemigos, confiesa- Una rata de cierta jerarquía en el Secretariado, deseosa de hacer méritos y convencida de la oportunidad del momento, arrancó la mordaza del rostro de Gal. No esperaba la rapidez con la que la exgaleote se lanzó sobre Gorgony, la mordió y sin soltar la presa de los dientes dio con ella en el suelo, muy cerca del borde del foso.

Todo sucedió entonces de forma vertiginosa, una serie de acontecimientos inesperados y prácticamente simultáneos que distrajeron la atención de los guardias, que no sabían dónde acudir. Por una parte de las filas del fondo, entre los galeotes, surgió una voz:

– ¡No queremos ser iguales!,

Y a ella siguieron otras. Rata Segunda advirtió la urgencia de su intervención. Por carismática que pudiera resultar Líder Suprema, en aquel preciso momento lo que hacía falta eran las dotes de ideólogo y de propagandista de la Jefe, que ella era, del Secretariado. Desplazó del primer plano, con una brusquedad disimulada pero perceptible, a Rata Máxima, y planteó a la audiencia:

– ¿No queréis ser todas, y todos, víctimas y, por lo tanto, vivir perpetuamente de manera gratuita, mimadas y nutridas por las compensaciones que estarán obligados a otorgaros los ancestrales culpables?

Del inquieto grupo de los galeotes surgieron esta vez más voces:

– ¡No! ¡No queremos ser víctimas!

Casi al tiempo, como si se tratara de actos coordinados aunque era puro azar, se abrió con un gran golpe de viga a modo de ariete la gran puerta y aparecieron Offing y Metáforos. No solos. Enseguida los tripulantes de otras embarcaciones, que habían logrado darles alcance, irrumpieron por los respiraderos comunicados por túneles con la cubierta. Se generalizaron la lucha y el desorden, para gran desesperación de Offing que no alcanzaba a ver lo que sucedía en el suelo, al otro lado de la sala.

Mientras, del exterior, en esos instantes particularmente oscuros que marcan el final de la noche, llegaban ruidos extraños.

 

 

 

37

Duelos en Diktátor

 

Offing avanzaba braceando en una maraña de ratas. Había logrado distinguir a Gal y gritó su nombre. Ella lo vio y respondió pero en aquel momento luchaba por su vida. Las iras del comandante de los guardias se habían dirigido hacia la rata que había quitado a Gal la mordaza y no se molestó en maniatarla como ordenado. Los usos rátidas eran expeditivos y la culpable fue precipitada, de un violento empujón, en las turbias aguas del foso. Sus habitantes se dedicaron a aquella presa pronto cubierta por las medusas venenosas, lo que hizo que Gorgony reparara en la proximidad de Offing y se zafase de Gal. Tenía un nuevo enemigo, que le resultaba más apetecible. En lugar de ataques convencionales se lanzó sobre él con una terrible sonrisa, se pegó literalmente al cuerpo del periodista y buscó su boca con el afán de una inteligente jalea verdosa al tiempo que lo mantenía abrazado con sus largas extremidades y puntiagudos dedos.

Desde el rincón donde se había retirado la Junta Directiva, Rata Segunda observaba la escena con evidentes muestras de desagrado. El pálido rostro de Gal había enrojecido de ira y, armada del primer objeto que encontró a mano, avanzó hacia el lugar donde se desarrollaba aquella mezcla de agresión e intento de seducción. Pero, ante ella, otros contendientes y Metáforos se alzaban ahora en una confusa marea de enfrentamientos y de ratas. Además estaba claro que éstas habían recibido órdenes secretas de proteger a los miembros principales de la Directiva y un cuerpo selecto formaba, con la técnica del muro dental, una barrera, unas sobre otras, entre la batalla que se había desencadenado y la parte frontal de la sala por la que estaba claro que habían huido los dirigentes. Offing liberó su cara del terrible abrazo y gritó:

– ¡Gal! ¡Cuidado, Gal!

– ¡Estúpido! – le espetó Gorgony. – Yo valgo mucho más que ese ejemplar vulgar de tu especie. Soy lo que te conviene, la adaptación, el nuevo régimen. Tengo amigos, soy el futuro. -Con sus largos, fuertes y flexibles brazos empujó los hombros de Offing para que tuviera suficiente distancia como para contemplar su rostro, terso y brillante como una pieza de jade- ¿Vas a compararme con…eso, con ese espécimen defectuoso humano? -Proyectó en dirección a Gal un filamento de espesa saliva- -Es casi vieja, será vieja. ¿Has visto mi tersura? Cambié de piel hace dos semanas. Lo haré tantas veces como me parezca necesario.

Durante unos instantes Offing se sintió apresado por su fuerza, por la sensación múltiple de contacto que era como un lenguaje expresado a través de la piel verdosa, en algunas zonas nacarada. La sumisión fue sólo momentánea. Aprovechando la distancia gritó a Metáforos que ayudara a Gal, que no la dejara acercarse, y empujó a su contrincante diciéndole:

– ¿Ella será vieja? ¡Y yo también!

Habían caído ambos al suelo. Él se revolvió, empujó el largo brazo hacia los pies de Diktátor. Un fino tentáculo surgió entonces, emergido del Foso de las Medusas Venenosas, y se acopló, como si pertenecieran a la misma especie, a la mano de Gorgony, hincó en ella sus ventosas y avanzó hacia el hombro, atrayéndola hacia sí. Parecía una delgada extremidad pero era duro como el acero. Gorgony raspó las tablas con la otra mano, los pies y los dientes, hubo de abandonar a su presa humana, pero no por ello venció a la fuerza abisal que la atraía. Finalmente las aguas se abrieron ante ella. La rata anterior no había sido presa suficiente.

Otros tentáculos avanzaban por las tablas del pavimento con la esperanza de conseguir mayor botín. Pero Metáforos y Gal habían llegado hasta Offing, que yacía aturdido víctima de la sutil pócima que transmitía, con sabia dosificación, Gorgony por la piel. Él hubiese podido rodar, en uno de los vaivenes del barco, hasta el foso. Le arrastraron hacia una zona segura. Uno de los galeotes activó el mecanismo que lo cerraba.

– ¿Y la Junta Directiva? ¿Dónde está el Gobierno Rátida? – La pregunta se multiplicó sin encontrar respuesta. Todos se habían esfumado, jefes y súbditas.

Recordaron entonces las tablas que, a modo de pasadizo sobre las olas, unían el Galeón de los Ritos Oscuros con la Galera Místico-Planetaria. Y advirtieron que, independientemente del balanceo del barco, el suelo se iba inclinando cada vez más. Las ratas consideraron necesario, antes de huir, hacer desaparecer la enorme imagen de Diktátor. Ésta se iba hundiendo por su propio peso desnivelando el armazón entero.

Salieron a cubierta. A la primera luz incierta del comienzo del amanecer pudieron observar un espectáculo de amplitud inesperada: En primer plano, en la proa de la Galera vecina, dos ágiles figuras luchaban a muerte. Eran Muertesana y Muerte Súbita. En el mar, a gran velocidad, la lancha del Gobierno rátida se dirigía hacia el lugar donde su flota había decidido reunir fuerzas. Dispersos pero claramente indecisos flotaban botes de formas y tamaños diversos, los que habían sido sustraídos a las grandes naves por los galeotes según la consigna por cada uno recibida. Ellos no entendían el plan ni cuál iba a ser su función pero el rechazo al proyecto rátida que se les presentaba y la llamada al riesgo y a la intervención individual habían tenido inesperado éxito. Finalmente, en el horizonte, cada vez más clara según la salida del sol se aproximaba, podía distinguirse la línea de numerosas naves que no pertenecían a la flota rátida.

Catalejo en mano, uno de los galeotes con aspiraciones a desertor barrió el campo de observación. No había que dejarse engañar por la huida de los principales miembros del Gobierno Rátida. Tenían una estrategia. Y aliados.

 

 

 

38

Hazañas Bélicas

 

 

Las naves rátidas se habían situado, según lo previsto, formando un círculo perfecto que no era, como pretendían hacer creer a sus contrincantes, sólo defensivo. Debía, por el contrario, ser el centro de la trampa que encerraría en espacios concéntricos al enemigo. De manera inesperada éste se vería atacado por una ofensiva de otras fuerzas que, desde puntos lejanos y de forma imprevista, por varios ángulos, irían aproximándose, rompiendo formaciones y destruyendo las desordenadas flotillas de los Galeotes Libres. El beneficio obtenido con la victoria era, por demás, a largo plazo porque permitiría consagrar durante siglos el Orden Rátida, ya que ese enfrentamiento actuaría como filtro y purga de disidencias, fidelidades y aliados y como referencia histórica para destruir de raíz futuras oposiciones. Ésa era la razón por la que la Directiva no había puesto inicialmente gran empeño en perseguir y aniquilar a resistentes y prófugos. Tras la victoria, quedaría claro para los galeotes supervivientes y para la opinión internacional que las ratas garantizaban la seguridad y la permanencia, y para humanos, tanto súbditos como foráneos, que no existía en realidad apreciable diferencia entre las ratas y aquéllos como se habría mostrado por la sumisión y colaboración galeote y la intensiva asimilación, gracias a generosas prebendas, de los aliados.

En el centro de operaciones de la Galera Capitana se brindaba pues por el triunfo que se creía seguro, aunque algunos de los miembros del comité operativo mostraban reticencias ante un excesivo optimismo. Se había perdido demasiado, en su opinión, en la etapa inicial. Se hundía la nave que albergó a Diktátor y que había servido, durante largos años, de punto de reunión, comunión y éxtasis cuando mostraban, en el mayor secreto respecto al grueso de la población y los habitantes del antiguo No-País, su rendido agradecimiento al símbolo del Mal, al dictador terrible cuya invocación les había permitido afianzarse eternamente como antítesis, abanderados del Bien y salvadores. Ahora la inmensa estatua de Diktátor, liberada por el movimiento de las aguas de los ganchos que la mantenían erguida y adosada al muro, se mecía en la superficie y desaparecía muy lentamente, hasta que sólo una mano y el mentón afloraron entre la espuma.

Rata Máxima y Rata Segunda opinaban, por el contrario, que el gran icono podía ser sacrificado, si lo exigían las circunstancias, e incluso que albergarse continuamente bajo la evocación de Diktátor, aunque fuese como salvadoras de él, restaba brillo a sus propios méritos y grandeza. El referente maléfico había sido extremadamente útil para mantener la intimidación continua cara al público y cortar de raíz el menor asomo de contestación del Gobierno Rátida, primero en la sombra gracias al dominio de la propaganda y luego en el poder tras el episodio del Buque Correo.

Los antiguos galeotes habían atravesado las pasarelas y tomado la Galera Místico-Planetaria. Para su sorpresa, la hallaron prácticamente desierta. La creían el corazón del enemigo, la sede de sus reuniones secretas, de la consulta a la fuente de consejos y augurios. Y ahora resultaba ser una cáscara vacía. Descendieron a la parte más profunda, echaron abajo la gran puerta, y allí sus miradas se encontraron con los ojos del Gran Calamar Inteligente, el cual, falto de la intérprete de sus mensajes que había sido Gorgony, se mostraba singularmente lacónico y flotaba como a desgana en su espacio vítreo.

– ¡Que hable! ¡Que haga algo! ¡Que se atreva!

El ser no reaccionaba. Hubo un asomo de eyección de tinta que se resolvió en una leve sombra pronto diluida en la sustancia verdosa. Observado más de cerca y con mayor atención, no era en realidad tan grande como hubieran supuesto. Lo parecía desde fuera por el grosor abombado del panel transparente y por el líquido que lo rodeaba. Los asaltantes tenían prisa. Alguien le tiró un taburete, otro una silla, y pronto cuantos objetos había en la sala volaron hacia la pared de cristal que se agrietaba con rapidez.

– ¡Cuidado! – gritó alguien

Se apresuraron a retirarse a zonas más alejadas y más altas. Pronto los galeotes se encontraron chapoteando en la mezcla de agua, algas y gelatina en la que se había disuelto, sin lucha alguna, el Gran Calamar. Toda una decepción respecto a la batalla homérica, el enfrentamiento con el misterio y el furioso ataque que muchos esperaban.

Unos golpes en cubierta les hicieron volver a la realidad. Los jefes de Piratas Irredentos Libres y Piratas Irredentos Fundamentalistas se enfrentaban.

– ¡Dejadnos! – La voz de mando de Muerte Súbita no admitía dudas ni discusiones. -Coged los dos botes laterales y uníos a los demás. La gran batalla ha comenzado. Os necesitan.

-No debemos intervenir. Haremos lo que dice. ¡Suerte, amigo! – Los prófugos asintieron. No había tiempo que perder. Ya era casi de día y la luz de un cielo despejado bañaba el horizonte y un mar en el que se dibujaban con nitidez las fuerzas en presencia, que se movían según tomaban posiciones y en muchos casos no parecían tener clara la estrategia a seguir. Su número era variable porque, mientras se hacía más compacto el núcleo rátida del centro, nuevas naves de fidelidades imprecisas se incorporaban a los círculos externos y a la difusa línea del horizonte.

En la galera ahora abandonada cuyo mascarón de proa representaba el rostro de un ser indefinible compuesto de ratas innumerables los dos adversarios continuaban su lucha.

Muertesana siempre había soñado con acabar con su rival. Detestaba su popularidad con las tripulaciones, su desenvoltura en tierra, sus formas de organizar fiestas y elegir aquellos atuendos vistosos de una desenfada elegancia. Odiaba sus bromas, que le rieran los chistes y no le regatearan ninguna parte en las recompensas. Y que tuviese manifiestos deseos de sobrevivir y de vivir lo mejor posible. No era un tipo de fiar, nunca sería incondicional de la muerte y la calavera. Incluso no le perdonaba que se arriesgase en el salvamento de otros sin darle mayor importancia ni reivindicar fines transcendentes, que tuviera proyectos de navegar por mares ignotos y recorrer lejanos países. Sobre todo no le perdonaba los favores que Muerte Súbita le había hecho a él, y que los hiciese sin invocar juramento ni principio alguno.

Muerte Súbita nunca había tomado al Iluminado en serio. Tampoco a sus huestes. Hasta que los chipirones, el Clero Tinta Negra, había comenzado la represión de toda disidencia y la eliminación espectacular, por los más crueles procedimientos, de los que no compartían el credo de Iluminado Máximo. Muerte Súbita y sus compañeros tenían la certeza de que podían pasárselo razonablemente bien en esta vida perecedera y habían ya imaginado deseables futuros, cambios de actividad que no precisaban de eliminación ni masiva ni individual alguna. Y justamente por ello subestimaron la fuerza de sus adversarios. Los Piratas Irredentos Libres descubrieron demasiado tarde que había una embriaguez más poderosa que la del vino, más atractiva que los cantos, las tabernas de puertos y las partidas de cartas. Uniformados de negro, provistos de brillantes alfanjes y tocados con una banda en la que se leía “Orgullosos de ser un PIF” y un pectoral con el juramento de fidelidad a Iluminado Magnífico, sus antiguos compañeros les mostraron con la afilada punta de su acero el cielo, los placeres innumerables que a los Fundamentalistas, y sólo a ellos, estaban reservados, y el suelo, es decir, el barro o la espuma inmundos en los que desaparecerían cuantos no jurasen fidelidad a la empresa.

Los PIL leyeron en los ojos de los que habían sido sus compañeros un desprecio insólito y jamás visto hacia el resto de la tropa, un brillo de posesión exclusiva y extremo orgullo que nunca observaron en mirada alguna, ni en mar ni en tierra. Muerte Súbita comprendió quizás el primero que a aquéllos se les había ofrecido un tesoro nuevo de atracción irresistible: La superioridad absoluta, la certidumbre completa de haber sido transmutados en émulos de los Grandes Jefes de antaño, en escogidos por el poder supremo que residía en lo alto, mucho más allá que el palo mayor. Era el mejor botín.

 

 

 

39

Asuntos de familia

 

Se desafiaban pero a un lento ritmo. Muerte Súbita no ardía precisamente en deseos de matar a su rival. No veía atractivos en mostrar su conocida pericia con un segundón frenético y claramente poseído por un odio que él no acababa de explicarse. Prefería interrogarle, saciar su propia curiosidad, obligarle a desnudar un pasado que ambos conocían.

-Y a todo esto, ¿qué tal le va a tu papá con el uranio? – le dijo desde el balcón al que se había encaramado.

–¡Deja en paz a mi padre! Mi familia ¿qué importa? – Muertesana calculaba cómo subir y herirle por sorpresa.

-Aunque sólo sea por el número importa mucho. Me ganas veinte a cinco en hermanos con diferencia. Las hembras ni las cuento.

– ¡No ofendas a mi honor citando a las mujeres! ¡Lucha!

Muerte Súbita cambió de lugar y prosiguió:

-La verdad es que contigo no me apetece. Si te empeñas…

– ¡Muerte! ¡Muerte al renegado! ¡Todos moriréis, todos!

-Qué va. Viviremos lo mejor posible. Aunque no tanto como vivías tú, y los tuyos. Espero que no ha bajado la cotización de los elementos raros y metales preciosos.

– ¡Calla! El Iluminado me escogió; nada tengo que ver con aquello. Los PIL sois basura, perros ignorantes de la extrema pureza y los ideales que nosotros, escogidos desde lo alto por El Más Alto, impondremos en el mundo entero. Tú ni siquiera podrás refugiarte entre los siervos. Eres un impuro, te has exhibido con una hembra..

-Angelina. Se llama Angelina- le interrumpió su rival.

-…una hembra, a tu lado, a tu altura, junto a ti, como tú. ¡Una hembra!

-Angelina- insistió el otro con voz paciente, sin dejar de cambiar de posición.

A Muertesana la alusión a su pasado le había golpeado en la zona débil que siempre creyó bien protegida. Su padre disponía de las enormes riquezas que le proporcionaban las Dunas de Uranio, y reinaba, en convivencia y connivencia con sus pares de la Península del Subsuelo Feliz, antiguamente llamada La Madre de la Sed, sobre una tribu extensa unida por lazos consanguíneos y monetarios. Muertesana, que anteriormente se llamó Buitre Reticente, había recibido educación esmerada en grandes ciudades de occidente y gozado de placeres innumerables en casa de su padre y fuera de ella, Perfumes, sabores y jóvenes habían pasado por su piel, y por su lecho. Los territorios intelectuales no le atrajeron en especial, con la excepción de relatos mitológicos, con pretensiones de historia auténtica, que los señores de las Dunas de Uranio, Wolframio, Platino y Rodio habían ordenado componer y difundir y que demostraban el origen divino-estelar de los fundadores de las tribus. Buitre Reticente, que había cambiado su nombre por Azor Espléndido, deseaba acción. La halló en los barcos de Piratas Irredentos, la compaginó con las generosas subvenciones que, en forma de bolsitas de diamantes, le hacía llegar su familia, y continuó disfrutando, en todos los puertos, de exquisitos placeres. Pero llegó un momento en el que se sintió estragado por aquellos goces. Entonces halló uno virgen para sus sentidos, el placer hasta entonces ignorado de la extrema verdad, de la gran pureza. Iluminado Máximo se lo ofrecía, y fue el supremo deleite, el gran lujo del ascetismo y la austeridad.

No lograba sin embargo incluir a Muerte Súbita en el desprecio y repugnancia que le inspiraban el resto de los seres, tan sólo dignos de la servidumbre o la muerte. De jóvenes se habían conocido, cuando ninguno eran piratas. Su trato había estado limitado por la enorme diferencia de rango socioeconómico, ya que éste procedía de una familia de trabajadores emigrados de los muchos que trabajaban para los Reyes de las Dunas, había conseguido apoyo financiero de una organización internacional y gracias a ello estudiado en una ciudad del norte de Euralia. Se vieron en fiestas, a las chicas les gustaba aquel muchacho que contaba chistes y cocinaba platos exóticos. Muertesana por su parte tenía a su disposición las mujeres más atractivas y mejor cotizadas, a las que disfrutaba teniendo encerradas y cubiertas para poseerlas como quien coge y descorcha de su bodega botellas de gran añada. Pero el placer empezó a resultarle cansino y cuando coincidía con su rival le indignaba lo mucho que él parecía divertirse y adaptarse a la concurrencia. Perdieron el contacto que, de todas formas, nunca había sido seguido ni profundo. Se extrañaron el uno y el otro de encontrarse ambos en la flota de Piratas Irredentos. Y allí, con horizontes limitados por la borda y los compañeros, Muertesana sintió desperezarse y alcanzar grandes dimensiones en él toda la animadversión que en múltiples ocasiones había acumulado contra Muerte Súbita. No sabía cómo encauzar su pasión, hasta que el Iluminado lo elevó sobre Muerte Súbita y el resto, escogiéndolo para difundir e imponer su mensaje y eliminar a los incrédulos, y mostrándole al fin la sencillez excelsa en la que se aunaban la sumisión y modestia más completas con la certidumbre de la total superioridad propia.

– ¡Fenece pues, traidor a tus orígenes, imitador de nuestros enemigos, lector de estúpidas páginas irreverentes! – Muertesana había llegado a la altura de las botas de su contrincante y tiró de improviso para hacerle caer y tenerlo a la merced de sus armas.

Muerte Súbita sin embargo se rehízo, la daga dirigida a su pecho se clavó inútilmente en la madera y en cambio cayeron sobre el atacante un rollo de cuerdas y un bote de brea. Tras lanzarlos, Muerte Súbita, en lugar de rematar a su oponente, subió por la escala y observó el panorama.

No pocos buques de Piratas Irredentos flotaban a media distancia, pero era imposible saber la facción a la que pertenecían, Libres o Fundamentalistas. Algunos habían sin duda divisado lo que ocurría en su galera y pusieron proa hacia ella, para rescatar a su jefe, se dijo Muerte Súbita. ¿O quizás no? Una nave se interpuso en su camino. Otras fueron llegando y se enfrentaron entre sí. Del interior de las que estaban situadas más cerca comenzaron a surgir extrañas formas cubiertas de una especie de sarga marrón y provistas de las más variadas armas, que correspondían al botín apresado por los piratas en convoyes militares y almacenado en grutas que sólo unos pocos conocían bien. Angelina y él entre ellos.

– ¡Ríndete! Acabemos de una vez para todas- conminó Muerte Súbita.

– ¿Rendirme? Vas a morir, con cuantos suban a este barco a apoyarte. – Muertesana parecía disfrutar extraordinariamente con una visión del inmediato futuro. – La santabárbara estallará según lo previsto.

– ¡También morirán muchos de los tuyos!

-Eso carece de la menor importancia y es un bien. Como nos explicó el Iluminado, nuestra eterna dicha se multiplicará por el número de enemigos al que hayamos dado muerte. Sus cadáveres son los escalones por los que ascenderemos al paraíso.

 

 

 

40

Santabárbara bendita

 

Muertesana había llegado a la proa, se mantenía erguido sobre el mascarón y había comenzado una especie de rezo en un lenguaje incomprensible que había impuesto Iluminado asegurando que era el primigenio de la tribu elegida, hablado desde los tiempos de la piedra tallada.

Los piratas de ambos bandos escalaban ya el casco y luchaban en cubierta. Algunos, pocos, se habían ceñido el tocado del martirio, una banda adornada con una ancha greca de tibias enlazadas y la leyenda “El futuro es nuestro”. No ignoraban sin duda el proyecto de voladura de la santabárbara, que les había sido presentado como excepcional ocasión de alcanzar, sin retrasos ni impedimentos, el delicioso jardín celeste que les esperaba.

La primera intención de Muerte Súbita fue abandonar el duelo y bajar al depósito de explosivos, pero se encontró la entrada sólidamente cerrada e infranqueable, no ya con las puertas, semejantes a una caja fuerte, sino también con cadenas y tablones clavados dispuestos al efecto. Él conocía la estructura de aquel tipo de barco. No había otros accesos, excepto una claraboya a media altura que no permitía el paso de un hombre.

– ¡Vas a morir, tú, que te lo pasas tan bien en esta vida! – gritó el jefe de los PIF.

Muertesana reía en un extraño tono de histeria que tal vez era resultado de su intento de convencerse de la belleza del sacrificio mezclado con la dicha real, avasalladora que experimentaba al ver condenado a su enemigo, y esa dicha era mucho más fuerte que la consideración de su propio final. No veía, como se suele decir, toda su vida pasada concentrada en los instantes del final definitivo; veía la de su adversario, de cuanto éste había disfrutado mientras él era incapaz de hacerlo, y sentía en su interior la alegría brutal de que ni Muerte Súbita ni otros tendrían la agradable existencia a la que aspiraban. Eso le producía la euforia de haber alcanzado una meta. Era la igualdad al fin y al cabo.

Pero ninguno de ambos iba a morir en la explosión porque no contaban con el imprevisible factor Pesofijo. El comando, dirigido por el prófugo tan hábil como flaco e insignificante y que conocía a la perfección cada resquicio de la flota, también estaba al corriente del proyecto de voladura. Eran pocos pero ágiles, se habían situado a la altura de la claraboya de la santabárbara y por ella deslizó Pesofijo su dúctil y filiforme persona. Y abortó la explosión.

Hubo una pausa expectante en cubierta. Nada ocurría. A ella siguió el desconcierto, mayormente de los aspirantes al fastuoso y sonoro atajo al martirio. Mientras tanto la batalla no se estaba resolviendo con la rapidez y los resultados que esperaban. Las ratas mantenían su formación circular defensiva y se protegían con alineaciones de flotas paralelas de propios y de aliados, situado todo ello a una distancia considerable que dejaba a la facción pirata pro rátida entregada a su suerte. Los rebeldes lo habían advertido y concentraban sus esfuerzos en desembarazarse de ellos antes de presentar batalla a la galera capitana y los suyos.

El comando Angelina, por su parte, estaba llevando a cabo desde un ángulo de la retaguardia enemiga dos operaciones de desactivación de los atacantes aliados, tanto PIF como galeotes conversos y grupúsculos oportunistas de diverso origen atraídos por las perspectivas de posible botín y posteriores acuerdos comerciales con las ratas. En rápidos acercamientos, las angelinas catapultaban sobre el adversario cantidades ingentes de los sacos de color terroso con los que anteriormente se habían visto obligadas a vestirse muchas de ellas. Dirigidos éstos con extrema puntería, pronto los individuos de las tripulaciones se vieron envueltos en la cárcel ambulante de las prendas y al tiempo percibieron el olor a humo porque les habían prendido fuego a la nave, de forma que hubieron, además, que cubrirse con las telas para defenderse de las llamas al tiempo que intentaban, con agua y con ellas, apagarlas. La tarea se reveló como imposible por los numerosos incendios que continuamente surgían y la lluvia ardiente que no les daba tregua.

La segunda arma del comando Angelina se sumó al desconcierto e impidió que se transmitieran y coordinaran órdenes: Otra de sus ágiles y maniobreras naves avanzaba transmitiendo música a tal volumen que se imponía a los gritos y al fragor de las olas. Llevaba pequeñas y alegres banderas en todas las cuales se leía “¡Venid!, ¡Rendíos!”. Habían habilitado en cubierta puestos de comidas apetitosas de las que, por estrategia antirrátida, se había excluido el queso. De la proa surgía un olor irresistible a bocadillos de jamón cortado a cuchillo y a asado de cordero. Y no eran los únicos atractivos del bajel, porque en su bien aprovechado interior se hallaban apetecibles libros de lectura que prometían grato descanso y reflexión al guerrero. La batería de armas psicosomáticas se completaba con una lluvia de panfletos en los que se leía:

 

Sabemos que es admirable

la vida en el Más Allá

y que la del Más Acá

es mísera y deleznable.

 

Sin embargo defendemos

como el pájaro cantor

lo que en la de Acá tenemos,

que tal vez no es lo mejor.

 

Somos modestos testigos

de paraísos modestos

y, solos o con amigos,

nos conformamos con éstos.

 

De nuestra dicha y dolor

poco sabe un Ser Supremo

pues siempre fue lo mejor

enemigo de lo bueno.

 

Entonces comenzó la desbandada. Los PIF se habían escindido entre los puros y fieles y los francamente desertores de la gran causa que se reconocían por la consigna “No te fíes del Sublime”. Los primeros, refugiados en las partes más altas de la nave, invocaron una de las promesas de Iluminado Máximo, según se citaba en un viejo libro y garantizaba el Iluminador indiscutible: Rezaba la antigua historia que ante ellos se abrirían las aguas del mar. Por lo tanto los irredentos fundamentalistas y ocasionales aliados rátidas, tras lanzar todos el mismo grito de fidelidad a Iluminado, saltaron.

– ¡Que se abran las aguas! – gritó Muertesana antes de tirarse, y los demás lo imitaron. Pero, pese a lo que decía el viejo libro, las aguas del mar no se abrieron al llegar ellos, ni se les ofreció al fondo el ancho camino por el que llegar a pie enjuto hasta la costa más próxima. Todavía francamente sorprendidos, chocaron con las frías olas y bracearon desesperadamente porque los sacos marrones empapados les impedían nadar y acababan hundiéndoles entre sus pliegues.

Olvidado de la satisfacción de la matanza general, mientras luchaba por mantenerse en la superficie Muertesana se dijo que no había que fiarse de los viejos libros por muy sagrados que fueran. Recordó que el que les servía de referencia también había fallado en la recomendación, como prueba de fidelidad, del sacrificio de los primogénitos, que no debía consumarse cuando el patriarca estuviera a punto de hacerlo porque un poder superior detendría su mano. Algunas familias se habían visto diezmadas de sus hijos sin que fuerza alguna les impidiera hundir el cuchillo en la víctima. Claro que, como luego se les explicó a manera de magro consuelo, era importante conservar las tradiciones ancestrales y los rasgos culturales autóctonos, sobre todo cuando se integraban en usos tan sacralizados por su antigüedad como los sacrificios humanos, que cohesionaban a la tribu y marcaban respecto al exterior su hecho diferencial.

La inicial victoria no era, sin embargo, significativa. Por razón de número, el resultado de la contienda estaba inclinándose en favor de las ratas.

 

 

 

41

De entre los muertos

 

-Es cuestión de horas. Vamos a estrangularlos. – Rata Segunda irradiaba satisfacción como quien tiene el triunfo en sus manos. Habían divisado a lo lejos la catástrofe de la piratería cómplice, pero gran parte de los galeotes, según la información que les transmitían sus agentes infiltrados (nada más fácil que infiltrarse para las ratas), no juzgaban posible imponerse a las fuerzas rátidas y a sus aliados que ya cubrían con su línea de naves parte del horizonte.

-Me preocupan los tránsfugas, los posibles prófugos. ¿Y si aquéllos a los que actualmente gobernamos se unen a la rebelión? – terció Rata Parda.

-No contamos con su apoyo explícito pero tampoco se atreverán a declararse en lucha abierta contra nosotras. – aseguró tranquilizadora Rata Segunda.

-Sin embargo…-Igualísima movía con energía el rabo, mostrando su desasosiego. Era una conducta inquietante por lo inusual en ella. Ya no resplandecía de blancura como cuando apelaba al amor y la paz. Ahora su hocico, orejas y la punta de sus garras habían tomado un color rojizo y eso preocupaba a la Junta Directiva porque únicamente solía ocurrir cuando se presagiaban radicales purgas en el Gobierno. De forma discreta y hábil, Rata Máxima acostumbraba a señalar con la punta de su cola a los condenados por delitos de opinión, ineficacia o lealtad insuficiente, y lo hacía con tal habilidad que a veces en nada cambiaban su expresión ni su tono. La guardia interpretaba a la perfección la sutileza de sus movimientos, detenía a la rata designada y la hacía desaparecer como si nunca hubiese existido. Ahora Rata Máxima mostraba una peligrosa inseguridad respecto al resultado del enfrentamiento, que contrastaba con el triunfalismo de sus compañeras. El gris del hocico de Rata Segunda se acentuó como solía ocurrir cuando olfateaba el peligro. Hubo un silencio. Que rompió una aparición inesperada.

Gorgony se había unido a ellos. Con la silenciosa agilidad que la caracterizaba. Su húmeda piel relucía más que nunca, cubierta por una fina capa de gelatina, y sus ojos de grandes pupilas dominaban el panorama como alguien conocedor de las profundidades abisales.

-No estoy muerta, en absoluto. – aseguró con ironía.

Rata Segunda y las demás la saludaron con admiración.

-Sabíamos que te escaparías, pero no que podrías llegar tan pronto.

– ¿Por qué no? Para mí el Foso de las Medusas Venenosas es sólo un atajo, una manera de desconcertar más tarde al enemigo.

-Ahora lo principal es consolidar la sumisión de la masa galeote- le dijeron.

-Ningún problema-respondió ella- Los hemos educado bien y se difundió de manera intensiva, en previsión de lo que está ocurriendo, la certidumbre de que sois sus salvadoras, las que han mantenido la seguridad y el orden después de la matanza del Buque Correo, y también las que les garantizan la suprema igualdad y la imposibilidad del regreso de otro Diktátor.

-Vamos a los números. – Rata Tercera desplegó sobre la mesa las cifras y cálculos de fuerzas en presencia.

Ganaban ciertamente, y al alborozo que tal evidencia les produjo se unieron las buenas nuevas que les hacían llegar los espías. En el horizonte, lentos en su avance pero seguros, se perfilaban los barcos de los mercenarios (Igualísima prefería el título de aliados). No quedaba sino aplastar, en la batalla final, a los rebeldes entre el grueso de la flota rátida, que se mantendría sólidamente anclada en el punto escogido, y la armada de los aliados.

Rata Segunda había logrado deslizarse junto a Gorgony y aspiraba el tacto viscoso y el olor sutil de su piel. Su admiración por ella crecía por instantes. La sentía como igual en ambición y estrategia. Tenía con ella sueños de futuro. Rata Máxima no viviría siempre, incluso era posible que feneciera o desapareciese en el fragor y desconcierto de la lucha, y entonces….Ambos inaugurarían el glorioso comienzo de una nueva especie, ornada de los mejores atributos rátidas mezclados y mejorados con las excepcionales dotes de Gorgony y su conocimiento y dominio de especies que hasta entonces se habían mantenido en la oscuridad. Ella, que parecía leer su pensamiento, le dedicó una leve sonrisa mostrando la blancura de sus caninos.

Ahora la discusión se centraba sólo en dos opciones, que llevaban igualmente al triunfo con mayor o menor brevedad: Dejar de lado la estrategia pasiva y atacar, sin más dilación, a las fuerzas rebeldes o esperar a que el cepo marino estuviera bien apretado de manera que nadie escapase.

-Hay una sola forma, sin dilaciones-aseguraba Gorgony, siempre expeditiva- Eliminarlos, eliminarlos a todos excepto a los que nos sean necesarios para manejar nuestros barcos, trabajar y llevar a cabo el gran proyecto del Mañana Mundial. Navegaremos…

Se iba exaltando según avanzaba en su discurso y hasta Rata Máxima había enmudecido de admiración.

-…por su sangre, vieja sangre de tiempos pasados, hasta llegar a las aguas límpidas del Mar Nuevo, de la Nueva Era.

Rata Segunda y parte de los directivos eran de su opinión, pero nunca la hubieran expresado con tal rudeza. Tenían a gala su propio manejo de la astucia política, que les sería indispensable en la conquista de las naciones todavía ajenas, excepto por el sector Alcantarillas Unidas, a su influencia. Por lo pronto la gran alianza de Rátidas Sin Fronteras era débil, una simple pero segura promesa del glorioso porvenir. En la clandestinidad habían ya conseguido numerosos logros en su especialidad de acciones nocturnas. En su haber se apuntaba el derrumbe de no pocos monumentos roídos, estatuas desfiguradas, cuadros de valor incalculable reducidos a jirones, códices e incunables irreconocibles por el orín y las dentelladas. Sin embargo los servicios de Inteligencia Rátida eran de la opinión de que convenía dosificar la alarma y miedo sociales producidos entre los que, más tarde o más temprano, serían sus enemigos y en la actualidad se limitaban a intentar comprender y explicar a la opinión pública de sus países la situación e incluso a defender la inocencia rátida, como fruto de su natural instinto y de las persecuciones humanas que habían sufrido.

– ¡El porvenir es nuestro! – declaró Igualísima, algo incómoda por el protagonismo de Gorgony y la exposición de posturas radicales cuya presentación pública reservaba, llegado el momento, para sí.

Y brindaron.

 

 

 

42

Lepóridos versus Mustélidos

 

Entonces, cuando no se planteaba como tema táctico sino la rapidez y forma de obtener la ineludible victoria, hubo un cambio en el ambiente. Comenzaron a aparecer espías llegados de diversos puntos, todos con el mismo mensaje: En muchos barcos habían desaparecido los botes salvavidas, y también buena parte de la tripulación. No faltaban, sin embargo, la división y el desconcierto entre los galeotes. Como el Gobierno rátida había previsto, muchos de ellos veían aún en las ratas los dirigentes que aparecieron como salvadores del País (ahora No-País) tras el desastre del Buque Correo y eran capaces de proporcionar igualdad, paz y orden, y se mantenían en una tensa espera de acontecimientos sin pasar francamente a la oposición. Las naves bogaban o se detenían sin aparente lógica ni estrategia, que reflejaba los cambios sucesivos en la corriente de opinión imperante. Los partidarios de la igualdad a toda costa y de la promoción segura de los grupos fieles y diestros en el recitado de la consigna coral eran los más reticentes a cambio alguno, puesto que implicaba riesgo y muy probable pérdida del rancho suplementario que recibían sin otro esfuerzo que proclamar su pertenencia platónica al sector agraviado durante la era Prerrátida.

Algunos incluso no aspiraban a beneficio alguno. Se les hacía simplemente insoportable la idea de que la rebelión implicara reconocer en otro galeote algún tipo de superioridad.

De forma casi simultánea, se observaban a lo lejos movimientos irregulares de la flota aliada. Pronto les llegaron noticias de que los mercenarios Mustélidos estaban inquietos respecto a la recompensa que se les había prometido y además temían que los Lepóridos, que no profesaban la menor simpatía ni aspiraban a asomo de alianza con la nación rátida, los atacaran por la retaguardia a la primera oportunidad. Los Mustélidos tenían a su favor los agresivos hábitos carnívoros que los hacían muy apreciados como sicarios. Martas, hurones y comadrejas poseían una rapidez, agilidad y ferocidad inigualables. Los Lepóridos parecían despreciables rivales a su lado, pero eran capaces de desconcertar como nadie al enemigo, abrumarlo con su número, con sus carreras imprevistas y la variedad de sus refugios y artimañas. Además, los movía un afán superior a la recompensa ofrecida a sus mercenarios por las ratas: Ellos luchaban por su supervivencia, que con los humanos podía compaginarse, aunque con pérdidas frecuentes de individuos, pero bajo un gobierno rátida uniforme sabían que serían ofrecidos como sabroso botín a la voracidad de los Mustélidos. Había, pues, tensión y disensión entre los aliados de las ratas y sectores que anteriormente se habían mantenido al margen del conflicto pero que en ese momento crucial tomaban conciencia de lo que estaba en juego y luchaban por su futuro.

– ¿A qué venís aquí? Vosotros no sois sino la vulgar y baja clase, la plebe que subsiste de las hierbas de los campos, incapaces de hazaña alguna, cobardes natos, tan numerosos como despreciables y promiscuos. – gritaban los Mustélidos desde cubierta a los Lepóridos.

Pero éstos no se amilanaban. Habían vivido largo tiempo acomplejados por las pretensiones de superioridad racial mustélida, por las continuas alusiones de éstos últimos a su pertenencia al pueblo elegido, a la aristocracia carnívora, y, lejos de amilanarse, respondieron por altavoces de cubierta a cubierta:

-Gritad, gritad. Nunca supisteis hacer otra cosa sino dar miedo, exigir sumisión y dejar rastros de cadáveres a vuestro paso. Incluso establecisteis un impuesto de superioridad histórico-étnica según el cual debíamos suministraros gazapos, hierbas medicinales y ensaladas. Con los humanos, aunque a veces nos consuman, tenemos muchas oportunidades. Hemos incluso prosperado. Vosotros, aristocracia carnívora, seréis finalmente exterminados en el mundo dominado por las ratas.

Los mustélidos hervían de indignación. Firmemente convencidos de la excelencia innata de los suyos, de los inmemoriales derechos y lógicos privilegios de la aristocracia a la que pertenecían, la osadía de gente de categoría tan vil como los Lepóridos les parecía difícil de ser tomada siquiera en consideración. Simplemente no podían creer que aquella plebe de llanura, monte bajo, sembrados y agujeros pusiera en tela de juicio su natural y especial status.

Y sin embargo lo hacían. Los Lepóridos habían situado sus naves cerrando el paso a las de los Mustélidos y a una distancia que permitía el abordaje.

– ¡No se atreverán! – dijeron. ¿Cómo podían soñar siquiera unas tímidas criaturas, hechas para doblegarse ante ellos, ofrecerles cuanto pidiesen y mantenerse a distancia sin rozarles siquiera, erguirse de igual a igual en su camino? Unos pocos muertos y unas dentelladas serían más que suficientes para ponerlos en fuga.

Ágiles e imprevisibles, los Lepóridos habían ya entablado algunos cuerpo a cuerpo bastante peculiares puesto que consistían en saltos, carreras y regates que agotaban al enemigo. La nave capitana mustélida desplegaba la enseña de su árbol sacrosanto de cuyas ramas caían nueces de oro y filetes. Los lepóridas, decididos a no ser menos, hicieron ondear la suya, repleta de zanahorias en compacta formación. Se generalizó el desconcierto hasta el punto de que no pocos mustélidos prefirieron dar prioridad al vertiginoso desarrollo del nuevo conflicto en detrimento del compromiso que su tropa había acordado con el Gobierno rátida.

– ¡Alto! – ordenó el jefe mustélido- Es absurdo que gastemos neciamente nuestra energía, que debemos reservar para la subsistencia diaria. Esto vale para nosotros y vosotros. Parlamentemos. – Y señaló una zona despejada en la lancha auxiliar.

-Parlamentemos pues- El jefe lepórido ordenó el cese de las hostilidades y se colocó a su lado. Llevaba el mustélido bien cepillado el brillante pelaje, los caninos especialmente largos y en el agudo hocico, artísticamente colocado, el huesecillo de una de sus presas. Su homólogo resultaba más discreto pero se mantenía digno y firme. Había sido elegido por sus pares, según es costumbre, por la longitud de sus orejas y la blancura impoluta de su pecho.

Casi con cordialidad, el mustélido le dio una palmadita en el lomo mientras con aire entendido le anunciaba;

-No habéis reparado en un importantísimo detalle. Ha llegado el momento de que se os otorguen las inmensas compensaciones que, como víctimas, os corresponden. Tras la victoria en esta batalla, los humanos deberán saldar con vosotros, entre otras muchas especies, su ancestral deuda histórica.

– ¿Víctimas? ¿Deuda? – El lepórido no acababa de comprender.

-Sí, claro. Gran parte de los lugares que ellos ahora ocupan serán vuestros cuando se produzca el nuevo, justo, gran reparto. Han sido siglos, milenios de dominio.

-Pero nosotros no queremos…-

La falta de sana indignación, toma de conciencia y ardor guerrero exasperaba al líder mustélido.

– ¿Cómo que no? ¡Es el gran cambio! ¡El futuro, el mundo serán nuestros!  ¡Reivindiquemos la superioridad mustélida!…Y también la lepórida, claro. -se apresuró a añadir, aunque pensó “pero bastante menos”.

El jefe Lepórido se acomodó sobre un banco y sugirió a su compañero que hiciese lo propio y que se calmase. Comenzó a mesarse lentamente las orejas, que era en su raza signo de reflexión y sabiduría, y planteó con sosiego su punto de vista:

-Los Lepóridos somos razonables, Los míos ni han hecho ni pueden ni quieren hacer lo que los humanos. No tenemos intención, ni fuerza, ni ganas de dar la vuelta al mundo, escribir miles de volúmenes, elevar altos edificios. Se está tan ricamente en nuestros cálidos agujeros.

-Cuando os sintáis liberados de la secular opresión querréis hacer eso y mucho más. Se os conocerá de uno a otro polo, resonará por doquier vuestra lengua, ingresaréis en la gran Asociación de Víctimas, que os aguarda y acoge.…-insistió el mustélido.

El lepórido movió resueltamente en signo de negación las orejas y el hocico y se mantuvo en su posición.

-Lo siento; te equivocas. El plan ni es lo nuestro ni nos gusta. Un simple ejemplo: Por mucha promoción y zanahorias que le echemos, nuestro lenguaje de chillidos nunca resultará atractivo para los habitantes del globo terráqueo. Además, imagina: ¿Has intentado correr con dos patas? ¡Qué noticia para nuestros perseguidores!

E, incomprensiblemente para los mustélidos, los Lepóridos rechazaron integrarse en la ventajosa y prometedora Asociación de Oprimidos Incontables.

La antes nítida línea de apoyo mercenario se había fragmentado. El grueso de las fuerzas dispuestas a aplastar a los rebeldes continuaba, sin embargo, siendo superior. El sol avanzaba hacia su cénit e incluso la atmósfera pareció espesarse y el viento detenerse en expectativa de la resolución de la gran batalla. En cualquier momento uno de los adversarios, probablemente el rátida, se abalanzaría sobre el otro. Algo iba a ocurrir.

Y algo ocurrió, pero no lo esperado.

 

 

 

 

43

De Profundis

 

En el amplio espacio que separaba a ambas flotas comenzaron a aparecer pequeñas embarcaciones que parecían coordinadas en extrañas maniobras. En efecto, las guiaba una consigna, un mensaje multiplicado y enviado a cada galeote. Era el arriesgado plan de Muerte Súbita, de Offing, Metáforos, Gal y unos cuantos rebeldes, que se basaba en impulsar acciones y decisiones tomadas individualmente pero destinadas, si había éxito, a llevarse a cabo al tiempo y con un único fin. Se trata del arma secreta a la que en principio había aludido el antiguo jefe pirata, inspirado por el pecio que hallara y por su conocimiento de los fondos y corrientes marinos.

El lugar al que se había atraído a los barcos rátidas era el indicado, la hora, la marea y el día los marcados como idóneos por la profundidad relativamente escasa de las aguas, las maniobras previas habían sido difíciles pero no imposibles para gentes acostumbradas a la destreza en lanzar el ancla y a la inmersión.

Los botes se habían desplegado bogando en abanico. Cada uno tiraba de una gruesa cuerda y eran sorprendentemente numerosos. La movilización era un éxito inesperado incluso para los autores del proyecto, que observaban la escena desde la nave prófuga donde se habían reunido los humanos tras abordar y hundir, entre otros, el Galeón de los Ritos oscuros y la Galera Místico-Planetaria.

– ¡Tu plan ha funcionado! Nunca lo hubiese creído- Metáforos palmeó efusivamente la espalda de Muerte Súbita.

-Todavía no- respondió éste, y, tras mirar a lo alto y observar el horizonte y la vertical del sol, que se hallaba en el centro, dio la señal- ¡Los altavoces! ¡El aviso!

Y resonó por doquier, el mensaje que llegó a oídos de los indecisos galeotes de toda la flota rátida:

– ¡Ar-quí-me-des! ¡Ar- quí-me-des! ¡Ar-quí-me-des!

Muerte Súbita proclamaba a los cuatro vientos el nombre del arriesgado plan que sin embargo parecía materializarse, tomar forma. A su voz se unieron otras que añadían:

– ¡De éstos habéis tenido miedo! ¡A éstos servíais!

– ¡Mirad, mirad quiénes os han gobernado y gracias a qué! ¡Mirad a quiénes disteis el poder!

En el preciso instante cenital la coordinada tracción de los botes, cuya velocidad había disminuido por la resistencia de lo que aún se escondía bajo las aguas, comenzó a dar visible fruto. Algo, grande, oscuro, se movía, ascendía con lentitud. Era una extraña pesca, con cientos de pescadores que recordaban más bien a lanchas balleneras en el empeño de izar hasta la superficie al animal herido que se había refugiado en el fondo.

Eso pensaron las ratas, y la Junta Directiva comentó:

-Una maniobra de distracción.

-No, simplemente huyen y arrastran sus pertenencias o intentan conseguir alimento para su travesía.

Rata Segunda estaba inquieta. De todas, era quien tenía mejor memoria y estudiaba, a escondidas para no ser tachada de intelectual repulsiva y reo del pecado de desigualdad si se producía una inesperada purga. Rata Máxima era celosa, admitía colaboradores necesarios pero que se guardaran muy bien de hacerle sombra. Rata Segunda leía las crónicas, los diarios de a bordo, incluso antiguos libros de historia, y conocía bien el período anterior a la toma, almacenamiento y reforma de los Almacenes de Memoria. Dominaba las técnicas de selección, tratamiento y utilización del discurso, y de algo todavía más importante: Del silencio, oportunamente mantenido, difundido, impuesto. Pensaba que esto podía ser de gran importancia para hacerse, un día, con el poder, que sabía aún mejor que el queso. El dominio del relato, el hábil manejo de especiales y afortunadas circunstancias había servido a los rátidas para obtener el Gobierno del ahora No-País gracias al apoyo popular y había relegado a los galeotes a la sumisión bajo promesa de paz, seguridad y protección eternas. Rata Segunda se estaba apercibiendo de que el lugar en el que se encontraban no le era del todo desconocido. En la fiebre y preparación de la estrategia bélica y la inminencia de la lucha, encerradas en la sala de reuniones, habían descuidado la vigilancia de la ruta en la monótona superficie del mar, puesto que las apremiaban problemas inmediatos y no les urgía dirigirse a sitio alguno antes de acabar con el conato de rebelión. La flota había seguido, sin que ellas lo advirtieran, cierto rumbo hacia un lugar siniestramente familiar. No podían identificarlo claramente. Con el paso de los años habían cambiado los fondos, los bajíos, en aquella latitud de fuertes corrientes estacionales y frecuentes movimientos sísmicos. Existía una zona de arrecifes cercana que se elevaba sorprendentemente lejos de la costa y luego una fosa, honda, sí. Pero el mar era movible, caprichoso.

-Huyen. Seguro que huyen. Nuestra superioridad es evidente. -Igualísima sonrió satisfecha de sí misma. Las demás aplaudieron a la Líder.

-No los necesitamos. La mayoría de los galeotes son gente temerosa y nos obedecen. ¿Quién les daría más paz? Además en su huida se encontrarán con nuestros mercenarios mustélidos, que tendrán así alimento fresco y nosotras nos ahorraremos pagarles con el producto de la Galera de Recursos Humanos. – añadió Rata Ecónoma, con asentimiento general.

En la nave prófuga, a la que se había unido la ligera goleta de Angelina, se seguía la múltiple maniobra con la máxima expectación. Gal había hecho nuevos cálculos, Muerte Súbita revisado sus mapas de navegación. Pesofijo parecía haber cambiado incluso de peso y de talla sin que ello fuera cierto. Simplemente sentía ahora un aprecio por su labor y una seguridad en sí mismo que le hacían crecerse y ofrecer a los demás valiosas observaciones y tranquilo ánimo. Offing y Metáforos planeaban ya, con optimismo, las siguientes etapas y Angelina aleccionaba a los desertores en las tareas de su nueva vida. Heston ordenaba el material obtenido en los Almacenes de Memoria e insultaba profusamente a todo el linaje rátida y a sus colaboradores a cada uno de los innumerables casos de falseamiento de la realidad que descubría. Segis estaba tenso y pálido, consideraba su deber la asesoría cultural de la sociedad futura y vivía ya su responsabilidad en la gestión del cambio, las controversias y las tensiones.

Gal hizo saber el resultado de sus cálculos:

-En este punto- dijo. Y todos callaron y miraron hacia el mar.

Los botes de recientes desertores, que habían seguido la consigna personal recibida -y asumido el gran riesgo que conllevaba, puesto que cada uno ignoraba los apoyos con los que contaría- se habían multiplicado, pero aún eran más numerosos los galeotes que permanecían en sus puestos en los barcos del bando rátida y observaban, indecisos, el devenir de la situación. Había inquietud en el grupo de Gal, pero Muerte Súbita mostraba una contagiosa y grande satisfacción y musitó, acodado en la borda:

-Lo han intentado. Sin recompensa, sin certidumbre. Las ratas jamás lo hubieran hecho. Por eso ganaremos.

Gal asintió:

-Ellas nunca hacen algo que no sea en beneficio propio seguro. Su divisa es lo mío, los míos, solamente, ahora, pronto.

Segis observó, dubitativo:

-Así no se ganan batallas. Quizás alguna vez.

Metáforos parecía tranquilo. Sentado en un rollo de cuerdas, citó algunas frases en griego en las que se distinguió la palabra “Eleuzería” [3]y luego señaló a los antes galeotes que ahora bogaban muy lentamente y añadió:

-Ésos ya han ganado algo.

– ¿Un tesoro? – apuntó alguien.

-No exactamente. Según como se mire.

Offing miraba fijamente la forma que ya se adivinaba bajo la superficie del mar. Era periodista, consultaba hemerotecas, había trabajado en efemérides de sucesos misteriosos, turbios y sangrientos. Tenía además la formación clásica propia de Albinia.

De profundis. -dijo.

Las cuerdas de las que tiraban los botes y que, como en un inmenso abanico, convergían en aquel punto del océano, estaban haciendo aflorar un objeto en principio irreconocible, una especie de islote de limo, moluscos y algas en el que el oleaje estaba eliminando una parte de la capa que lo cubría hasta descubrir lo que fue una gran nave, ahora reducida a pecio en el que se observaban los enormes boquetes y efectos de una violenta explosión. El casco se mantenía y vaciaba de agua por el efecto de la tensión múltiple de las cuerdas, que impedían que se hundiese de nuevo. Inmediatamente, según el punto marcado en las instrucciones y los cálculos previos, los galeotes prófugos se dividieron entre los encargados de sostener la nave a flote y los que se dirigieron hacia ella y comenzaron a limpiarla someramente para que fuese reconocible. Hubo un momentáneo silencio. El bando rátida parecía desconcertado por la situación. Los rebeldes intuían, sin saber todavía muy bien lo que esperaban. Los prófugos estaban ahora unos raspando las zonas que correspondían al nombre del barco, otros se afanaban en llenar unas cajas con materiales que iban encontrando en bodega, sentina y cubierta.

El silencio se rompió con un atronador anuncio dirigido especialmente a los atónitos galeotes que permanecían en la flota rátida:

– ¡Mirad! ¡Recordad! ¡Es el Buque Correo! De su explosión, de la matanza de humanos, se culpó entonces al antiguo Gobierno del que era País. Así consiguieron las ratas que se les entregara la llave del Cofre. Tuvieron todo, tesoro, gobierno y queso.

En el flanco del buque se leían en efecto el nombre que lo identificaba y las marcas de su función postal.

El episodio, que las ratas habían procurado activamente borrar de la memoria colectiva, afloraba, lo mismo que el pecio, a la conciencia de los galeotes y a la de sus simpatizantes, como una boya que se hubiese mantenido en el oscuro fondo y que, soltada de repente, resaltase con singular brillo en el gris del olvido inducido.

– ¡Tenemos pruebas de que se provocó la explosión! Nunca se estudiaron los restos, las ratas los lastraron y hundieron apresuradamente, sabotearon, utilizaron la matanza, el temor, el desconcierto. – desde diversos puntos los altavoces rebeldes transmitían el desarrollo de los acontecimientos.

Las ratas se decidieron a intervenir y gritaron igualmente:

– ¡Eso no prueba nada en contra nuestra! Nos dieron, nos disteis, el Gobierno por propia voluntad, nos entregaron gustosos las llaves del cofre. Ofrecimos inocencia, paz, amor universal incluso. Los culpables del atentando del Buque Correo fueron grupos violentos incontrolables que desaparecieron luego. Parte, según informe policial, fueron engullidos por las dunas en Caucasia, parte pertenecían a Piratas Irredentos…

– ¡No es cierto! -Muerte Súbita respondía desde la proa- No debéis creerlas. Utilizaron el nombre, la franquicia de los PI, y los sobornaron, compraron su silencio. El atentado ni siquiera fue obra de los Fundamentalistas. Ellos nunca hubieran tenido interés por permanecer en el anonimato, hubiesen explotado la hazaña. Se alimentan del miedo y la propaganda; consiguen bastante oro por otros medios.

– ¿Queríais pruebas? ¡Mirad, mirad! -Los que se ocupaban de explorar el pecio abrieron de forma que todos lo viesen las muchas cajas llenas ahora de un material oscuro que cubría numerosas zonas del buque.

Estaban llenas de pelos de rata.

Recovecos, camarotes, pasillos, cabina de mando y todo espacio resguardado contenía rastros abundantes, que habían permanecido amalgamados entre los sacos de correo, la brea y los aceites y combustibles. La intervención rátida podía seguirse como en un libro en el que la tinta invisible se hace evidente con el tratamiento adecuado.

Y en un diario de a bordo encerrado en varias envolturas impermeables de hule era posible leer, aunque con dificultad y de manera fragmentaria, líneas apresuradas sobre la inesperada, nocturna y repentina invasión rátida, cómo se había encerrado a tripulación y pasajeros, provocado la explosión, esparcido falsas pistas y preparado el buque para que después de ésta sus restos fueran irrecuperables.

Un gran clamor comenzó a surgir desde las naves de la flota rátida. Entre los galeotes corría como la pólvora la indignación, el deseo de respuestas, la presión desatada de antiguas y silenciadas preguntas, el rechazo de la consigna Paz con la que se había mantenido paralizada una parte de sí mismos. Miraban hacia arriba, a los lejos, como si por primera vez lo hicieran, calculaban el paso del tiempo, los hechos transcurridos. Sentían una gran ansia de porvenir y paralela curiosidad respecto a nuevos descubrimientos y a la forma que podrían tomar sus propias vidas. Añoraban la tierra, recordaban o imaginaban paisajes. No era la seguridad pero sí se parecía a la felicidad.

Que tendrían que ganarse. Y podría no ser duradera.

 

 

 

44

El final del imperio

 

Las ratas cambiaron de táctica y pasaron al ataque, por todos los puntos, con un frenesí y dispersión de los que sus antagonistas no las creían capaces. Ellas, tan coordinadas y gregarias, tan compactas y similares en sus movimientos, ahora reaccionaban con una ferocidad y violencia que hacían difícil predecir sus zonas de combate y estrategia, si es que la había.

Y es que entre la nación rátida se había extendido la consigna que era a la vez grito de alarma y urgencia de combate:

– ¡Que nos quedamos sin queso!

Avanzaban compitiendo en su número con la espuma de las olas a las que, en un curioso efecto, parecían cubrir, vistas desde la distancia, con una capa gris que desconcertaba a los bajeles dispuestos a hacerles frente. Y era así porque habían ocurrido súbitamente dos fenómenos. Por una parte los galeotes reticentes a la rebelión estaban desertando en masa. La visión del pecio del Buque Correo y la evidencia de quiénes eran los verdaderos culpables de aquella gran matanza, de la ola de pánico subsiguiente y de cómo las ratas habían logrado, excitando la indignación popular, las llaves del Cofre y del Gobierno había corrido como la pólvora. Las tripulaciones huían por todas partes, en los botes de salvamento, en embarcaciones improvisadas.

– ¡A por ellas! ¡Tomad los puentes de mando si podéis y si no venid hacia nosotros! Os recogeremos.

Desde los buques de los rebeldes se los exhortaba a grandes voces, se tiraban cuerdas, flotadores y escalas. La batalla se había concentrado en un pequeño espacio que hervía de contendientes.

Por su parte las ratas, poseídas por un ansia febril de supervivencia y poco amigas de las profundidades marinas, estaban royendo sus propias naves y habilitando como lanchas cualquier conjunto de tablas. El pecio del Buque Correo, que se balanceaba sombrío, parecía ejercer sobre ellas una acción repelente, como si un pasado culpable que muchas de ellas desconocían, pero tenían noticia de que había existido, se hubiera encendido y las bañara de una insoportable luz. La cadena de mando parecía rota, las estrategias olvidadas y, en su febril actividad, se atacaban entre sí por la pura necesidad de hundir en algo vivo sus colmillos.

 

 

 

45

Testigos peligrosos

 

Podían ganar, todavía podían ganar. La Resistencia Galeote evolucionaba sin orden, se entretenían recogiendo compañeros, botando chalupas. El Secretariado Rátida, que se había retirado discretamente a una zona algo apartada del campo de batalla, se dedicó firmemente a la tarea de levantar la moral a Rata Máxima. Era cierto que los mercenarios mustélidos no parecían decididos a cumplir sus compromisos. Pero también lo era que, si los expertos sicarios advertían que finalmente podían conseguir una recompensa sustanciosa, pasarían al ataque. Por otra parte, no todos los galeotes se habían unido a la rebelión. Las ratas sabían de buena tinta que muchos de ellos temían perder la seguridad garantizada y la existencia previsible de habían llevado. Acostumbrados como estaban a la homogeneidad rátida, un panorama humano impredecible, de elecciones, incertidumbres, leyes y exigencias, les producía profunda angustia.

-No estábamos tan mal…A saber con éstos…A saber luego…-se decían.

Los de Resistencia Galeote, por su parte, tampoco se habían dejado llevar por la embriaguez de una rápida victoria, lograda en buena parte gracias al efecto del descubrimiento de los que habían, junto con sus aliados, ideado, solos o en compañía de otros, y manejado el hundimiento del Buque Correo. Ya les habían llegado noticias sobre la actitud indecisa de no pocos, y la incredulidad, la tibieza e incluso la indiferencia se extendían como manchas de tinta. En realidad, el colectivo sojuzgado por las ratas se negaba a creer que los de su misma especie hubieran podido aceptar, sumisos, el cambio de Gobierno y el repudio del anterior sin mayores trámites ni interrogantes. Era imposible que humanos como ellos se hubieran sometido con tal facilidad, que, pasada la efervescencia, el pánico y el dolor por las víctimas, se hubiese impuesto el silencio y aceptado como incuestionable el nuevo poder. El hundimiento del Buque Correo era un viejo mito, historia de un pasado remoto, incómodo y turbulento que debía permanecer, como lo había estado hasta entonces el pecio, en las profundidades del olvido. Aceptar, de nuevo, su existencia era aceptar también la de escombros depositados en el interior de cuantos se habían acomodado desde entonces al imperio rátida. En el centro de operaciones de la Resistencia se sabía que hasta que el último galeón enemigo y sus tripulantes fueran derrotados, hasta que las ratas carecieran de alimento gratuito alguno, no habría seguridad ni podría comenzar la reconstrucción y resurgir de los que fueron sus países y sus vidas.

-Creíamos que con el reflote del Buque Correo y el descubrimiento de la conjura rátida la batalla estaría resuelta…-Por primera vez la voz de Muerte Súbita tenía una inflexión de descorazonamiento y tristeza. Había trabajado mucho, y con ilusión, en la operación, que creía definitiva una vez se proclamara a ojos vistas la evidencia.

Entonces llegó la noticia: Se acercaba naves que no pertenecían a ninguno de los grupos en presencia o asociados a los contendientes. Offing fue el primero en recibir comunicación, enviada por un colega de su oficio, de que las embarcaciones procedían de diversos, más que países, puertos, de litorales situados a veces muy lejos, otras desde Euralia.

-Mira-

Offing tendió a Gal un objeto de vidrio. Estaba trabajado primorosamente. Su forma recordaba a la de una botella pero su interior estaba lleno de estructuras transparentes y la abertura superior era doble con acabados distintos en cada una de las partes.

– ¿Y esto? – ella lo examinaba cuidadosamente.

-Con esto he recibido noticias de Albinia, y de otras partes. Ellos tienen lo que llamamos detectores de botellas con mensaje. Y mandé muchas.

A él le conmovió ver su cabeza, con el pelo de extraños colores, inclinada sobre el objeto, atenta a sus explicaciones. Y al final añadió rozándole con los labios los bucles cuyo sabor empezaba a serle familiar:

-Cuando todo termine y tengamos nuestra casa lo guardaremos como recuerdo.

Gal reflexionó unos segundos, y dijo:

-Nuestra casa…Nosotros….Sí.

La mención a “casa” en otra parte, fuera del imperio rátida, fuera de aquella situación, de la cubierta movible del barco y de la superficie del mar suspendió durante unos instantes la atención de los que allí trataban graves asuntos estratégicos. Había una chispa de alarma en los ojos de Muerte Súbita, en los de Segis, e incluso en los de Angelina, mezclada con un punto de complacencia y temor al mismo tiempo. Habría que enfrentarse, en algún momento, a un enemigo sin espadas ni cañones, sin los colmillos ni la sinuosa perversidad adornada de bondades y lluvia de dones gratuitos, de las ratas: Esperaba el imprevisible futuro, con otras trampas, engaños y adversarios, y, sobre todo, simplemente con la inercia de la sucesión de los días.

-Pues tampoco vamos a tener miedo a eso. -exclamó Angelina, poniendo voz a la interrogante que había flotado unos segundos en el ambiente. Y muchos, Muerte Súbita entre ellos, respiraron aliviados porque ella les ofrecía la certidumbre de otras victorias en personales y solitarios enfrentamientos.

-La casa en una ría que conozco, con fácil salida al mar y buenas comunicaciones. – apuntó Muerte Súbita.

Los más jóvenes se agitaron en un conato de rebeldía. Llovieron reproches de Orky, Kraky y Pesofijo, a los que pronto se unió, reflexivo y serio como siempre, Segis:

– ¿Será posible que os pongáis a hablar ahora de menudencias personales?

– ¡Estamos en guerra, luchando! ¡Pueden matarnos y vencernos!

-Por otro orden. Tendrán que vencernos primero. -puntualizó Segis.

-Sólo falta que discutáis sobre dónde poner la botella, si en el dormitorio o en el salón- terció Metáforos.

– ¡Llegan, llegan! – El vigía irrumpió en la habitación- Son embarcaciones de muchos lugares, extranjeros.

– ¿Están aquí?

Comenzaron a llover noticias. No, no estaban allí. Ni era una flota organizada en escuadrones militares y provista de armas. Se habían quedado al pairo a escasa distancia, la suficiente para hacer llegar sus mensajes y calibrar la situación. ¿Qué querían exactamente los contendientes, quiénes eran, cuáles eran sus intenciones respecto a la política exterior? Hasta entonces las noticias sobre la situación del No-País, su evolución a partir del atentado del Buque Correo, los planes de sus dirigentes actuales, no estaban claros. Y el Imperio Rátida estaba rodeado de misterio por la dificultad de las comunicaciones y las confusas visiones que daban de él tanto las asociaciones mundiales de Alcantarillas Unidas como los escasos prófugos.

Empezaron a llegar peticiones sobre el tema a ambos contendientes. Por todas las vías de comunicación posibles, altavoces incluidos.

El Gobierno Rátida sabía la importancia de la imagen exterior perfectamente. Y vio su oportunidad.

 

 

 

46

Agitprop

 

El mar estaba tranquilo, demasiado tranquilo, como si también él esperase algo. Y, en efecto, ese algo ocurrió.

Era el momento de seguir los consejos de los asesores, de Rata Segunda, Rata Parda (experta en comunicación y difusión multiespecies), del Corpus Nígrum de Ratas Pedagogas, que ya estaban preparando, además, su arma especial definitiva, e incluso del cantautor Pasta Supina. Se dejaban de lado, por el momento, las cuestiones puramente militares. El aire se llenó de los sones de una desconcertante fanfarria. Los extranjeros se miraron asombrados. Todavía mediaba entre ellos y las embarcaciones rátidas una distancia que no les permitía distinguir en detalle los acontecimientos, pero sí las voces ininteligibles y las grandes maniobras. En esa etapa el Gobierno Rátida se dirigía principalmente a los suyos y a los galeotes indecisos. Importaba levantar la moral. No ignoraba que desde lejos serían percibidos por los foráneos como una amable especie dedicada a pacíficas demostraciones sin más finalidad que afirmar su identidad cultural.

– ¿Qué hacen? ¿Se rinden? ¿Han dejado de luchar? – se preguntaban los jefes de Resistencia Galeote?

– No. Cuidado. No os confiéis. Son listas. Saben el poder de la imagen exterior. Si atacamos ahora aparecerán como inocentes víctimas. -advirtió Offing.

No podían sino esperar.

– ¡Que nuestro himno resuene por doquier! – Las consignas de los dirigentes rátidas para enardecer a sus huestes se difundieron con rapidez. Los grupos grises evolucionaban siguiendo el ritmo que marcaba Pasta Supina. El himno se interpretaba al son de flautín acompañado de danzas en corro con movimientos repetitivos que, de haberse prolongado y ser menor el volumen del acompañamiento, hubieran inspirado un agradable sopor. Éste se evitaba con los pequeños saltos coordinados y la emisión de notas más agudas, que impedían que se perdiera el ímpetu bélico sin por ello dejar de marcar la diferencia, como deseaban sus creadores, entre las que se querían elegantes evoluciones de la danza rátida y los torpes y sucios bailes de los humanos, contaminados por roces, improvisaciones y alusiones sexuales.

El himno rátida resonó de proa a popa:

 

“Royendo.

Me paso el día royendo

con apetito tremendo.

Nada es demasiado duro.

Nuestro triunfo es seguro.

La comida los humanos

nos la darán con sus manos.

El futuro es estupendo,

sin trabajar y royendo.”

 

 

Los observadores tomaban nota, comentaban y transmitían. Habían esperado encontrarse con un sangriento enfrentamiento, con humanos esclavizados, heridos y muertos, y lo que veían y oían era la vistosa demostración folklórica de una nación emergente.

Sin pérdida de tiempo, el Gobierno rátida pasó a la segunda etapa del plan: Una nave pequeña, adornada con todos los símbolos de la Paz, el Amor y el Diálogo Fraternal, se separó del centro de operaciones y comenzó a acercarse a la flotilla variopinta de embarcaciones visitantes. En ella iban emisarios, ayudantes y, al fondo, nada menos que Rata Mayor.

– ¡Uníos a nuestra alegre naumaquia! ¡Escuchad nuestra oferta para la paz mundial! ¡Os han engañado con falsas informaciones provenientes de los partidarios de la violencia, la desigualdad, la crispación y la intolerancia!

Los portavoces de las ratas exponían animadamente su discurso a los pasajeros, ya muy próximos, de las embarcaciones visitantes. Éstos escuchaban con atención y los representantes de la prensa y los diversos medios se disputaban la oportunidad de entrevistarlos. Algunos fueron invitados a bajar a la pequeña nave y hacerlo.

El Secretariado Superior Rátida había provisto a sus enviados de un convincente discurso:

-Habéis sido manipulados por los enemigos habituales, los perversos Estriboritas, los herederos de Diktátor, del cual nosotras liberamos a un país.

-Aquello pasó hace tiempo. ¿Cuál es vuestro proyecto ahora? – preguntó el entrevistador.

-Nosotras somos el futuro, somos ya el esplendoroso presente. En nuestras naves reina la igualdad más absoluta, la seguridad y armonía completas.

-Se dice que hay humanos que trabajan gratis para vosotras, que domináis el No-País y dirigís desde la galera capitana a grupos extensos. Ha habido, incluso, relatos de disidentes…

Entre las entrevistadas hubo risas que indicaban hasta qué punto tales infundios eran indignos de consideración alguna, y la portavoz respondió:

-Ya habéis tenido ocasión de observar el alborozo con el que recibimos vuestra llegada, el buen ambiente que reina y, por otra parte, la envidia de los enemigos extranjeros que pretenden, no ya acabar con nuestro proyecto, sino también con nuestra especie.

Y, con repentina seriedad, Rata Mayor, delegada de Rata Máxima, se alzó en la proa, tomó la palabra y preguntó al representante de la prensa extranjera:

– ¿Os dais cuenta de que os encontráis ante un caso de posible genocidio?

Los entrevistadores tomaban afanosamente notas. Rata Mayor prosiguió:

-Si se produce un exterminio de las ratas se romperá el equilibro ecológico mundial.

Hubo in instante de silencio bajo el efecto de la impresión. Luego otro corresponsal apuntó con cierta timidez:

-Se ha hablado de que simplemente los humanos querían seguir organizándose y viviendo solos. Ahora habéis establecido la Nación Rátida, poco conocida en los detalles pero al parecer ya con fuertes lazos comerciales a través de la red subterránea…

–Lazos de los cuales ignoráis el alcance- le interrumpió otra de las representantes del Secretariado instruida por Rata Ecónoma. -El Ratéxit, si se nos obligara a desplazarnos a remotos confines, podría tener consecuencias imprevisibles en el sistema mundial-.

Sus compañeras añadieron en tono más afable:

-Llevad nuestro mensaje de amor, paz y convivencia. Ofrecemos al mundo una experiencia nueva, un nuevo futuro de coordinada armonía en el que, como dice uno de vuestros libros, reposará tranquilo el león junto al cordero.

Las demás miraron a la autora de esas palabras, admiradas por su erudición, aunque no acababan de comprender la inapetencia del león.

La representante de Rata Máxima cerró la entrevista con el mensaje final:

-Somos el mañana luminoso y os traemos, al fin, la oportunidad de vivir los grandes ideales, la igualdad perfecta. Id y llevad la buena nueva.

 

 

 

47

Desconcierto

 

La buena nueva no era en absoluto desconocida en el extranjero. Había sido difundida en los diversos continentes por numerosos grupos de apoyo rátida e incluso era objeto de debates, estudios y tesis doctorales en algunos medios universitarios, aunque todavía no gozaba de perspectivas de éxito ni de adhesión popular. Era, sin embargo, tópico de moda en círculos selectos y los intelectuales no se atrevían a rebatirlo por temor a ser tachados de incapaces de adaptarse a épocas de cambio y aceptación de hechos diferenciales.

El discurso de Rata Mayor dio pie a una discusión entre los corresponsales:

-Efectivamente, se trata de un experimento social apasionante.

-Los argumentos son irrebatibles.

-A mí no me gustan ellas.

– ¿Acaso no tienen derecho a la diferencia?

– ¿De qué viven?

– En mi ciudad se está organizando un Día del Orgullo por cada una de las especies perseguidas.

– Y ¿cómo se las arreglan? Porque la lista es larga.

– Por orden alfabético. Vamos por la B desde hace un año.

– Algo hicimos también en Nevonia. De hecho, en la capital se ha creado un ministerio que está en ello, pero es muy complicado el trema burocrático.

– Sobre todo porque sus representantes exigen que se les reconozca y recompense por el agravio histórico y las indemnizaciones sumarían una barbaridad.

– Y, además, pero esto no aparece en las noticias por disposiciones del Departamento de Sana Autocensura, sus afiliados y seguidores han agujereado canalizaciones y hecho desaparecer el sistema eléctrico.

-Es el Gran Proyecto de la Peatonalización Universal y de las Microunidades Habitables, donde estarán los humanos de las reservas, sin libertad individual de desplazamiento excepto el regulado por normativa rátida.

El reportero de Albinia Oceánica, que había guardado hasta entonces silencio y parecía sumido en honda preocupación, intervino: Todos lo escucharon atentamente. Nadie ignoraba que su país poseía gran avance tecnológico y esto concernía también a los temas que se discutían.

– Respecto a las reivindicaciones multiespecies, como sabéis hace tiempo que se están recreando en laboratorio las extinguidas. Una labor exhaustiva y de muy largo alcance temporal teniendo en cuenta las desapariciones masivas proto y prehistóricas. En Albinia Oceánica, aunque el tema no se hace público, es notorio que ya hay zonas pobladas por grandes lagartos carnívoros, hasta ahora acotadas pero con un saldo de víctimas humanas considerable. El control de rapaces aéreas de hace millones de años recuperadas recientemente es mucho más difícil. Por no hablar del proyecto Noé Plus, los megainsectos y la siembra marina de las medusas espinoletales que llenaban los mares en épocas pretéritas.

Hizo una pausa y miró gravemente a su auditorio.

– No puede prosperar. Es absurdo- dijo un nativo de Euralia al que impulsaban simplemente la curiosidad y el asombro por lo que acababa de oír. No pertenecía a medio de difusión alguno ni sus ocupaciones le permitían dedicar mucho tiempo a la lluvia de noticias diaria.

– Es así-afirmó el oceánico-, se considera de mal tono criticarlo e incluso hablar de ello. Si te ponen en la lista de intolerantes y enemigos de la pluralidad y el diálogo no encuentras trabajo en ninguna parte.

Y, como una respuesta por extraña transmisión de lo que allí se trataba, algo más lejos, en la nave rátida se desplegó una gran pancarta:

Lo pequeño es lo grande.

En las embarcaciones visitantes reinaba gran confusión. Habían llegado a salvar a los buenos de una película y lo que se les proyectaba era una historia completamente distinta. Los representantes de los medios estaban impacientes por enviar artículos y dar a los reportajes un claro sentido que, por una parte, se atuviera a la verdad según relatos que consideraban fidedignos, evidencias observables y deducciones lógicas. Al tiempo, empero, temían perder audiencia, las críticas de jefes y colegas y las reacciones y presiones de la confusa maraña de tribus urbanas que había proliferado al abrigo de cuantos las regaban con fondos públicos y cosechaban sus votos.

– ¡Con nosotras la igualdad de género está asegurada! ¿Acaso podéis distinguirnos? se leía en otra enorme pancarta de la nave rátida más cercana.

– ¡Ah, no! ¡Eso no! – el apasionado grito de protesta surgió de un hombre que hasta entonces se había mantenido silencioso y con gesto de temor y ahora parecía haber entrado en un rapto de agitación frenética. Vestía con un traje barato que le quedaba grande como si hubiera pertenecido a otra persona y con zapatos de punteras gastadas que destacaban respecto a las elegantes zapatillas deportivas de sus colegas, pero llevaba una muy cuidada barba de tono castaño rojizo.

– ¿Qué le pasa al Exiliado? – Por ese apodo se le conocía.

Intentaron calmarlo.

– Tranquilo, hombre. Es simple propaganda.

Pero él se debatía frenético:

– ¡No me quitaré la barba! ¡No me quitarán la barba!

– ¿Quién es? -preguntaron algunos de la resistencia galeote.

– Huyó del Pequeño Ducado de Mariburgo, en Centro Euralia. Allí se ha establecido la sede de experimentos-probeta, dirigidos por el Comité de Felices Sociedades y vigilados por las células callejeras de Mariposinas y Mariposones, y se ha llevado al límite la Ordenanza de Igualdad de Género. Por ejemplo, está prohibida la abominable discriminación que impide a las mujeres dejarse barba. Ningún hombre puede tenerla excepto en reuniones privadas en las que los melancólicos se colocan unas postizas.

El Exiliado, con el apoyo de algunos de los presentes, se iba recuperando del ataque de pánico que el vocablo género le había suscitado.

Los navegantes, llegados por iniciativa propia incluso en embarcaciones de fortuna con la idea de salvar a humanos en peligro y participar en una batalla histórica, discutían con no menor ardor pero con menos argumentos ideológicos. No les gustaban las ratas, ni pertenecer o aliarse con su imperio, y, aunque las condiciones de trabajo de los galeotes fueran todas iguales, no les parecía una situación envidiable ni estupenda. Muchos recordaban el pasado del entonces No-País, el súbito cambio de Gobierno tras el hundimiento del Buque Correo y la ola de manifestaciones, no contra los asesinos sino contra el gobierno legal de entonces, propiciada por comandos rátidas. Tampoco veían claras las recurrentes alusiones a la maldad del antiguo tirano, Diktátor, cuyo peligro de resurrección continuaba siendo utilizado por el Secretariado Rátida como argumento de máximo peso para justificar su propio poder. Los voluntarios, enardecidos por la travesía, el aire del mar y la decisión de enfrentamiento, no se ponían, sin embargo, de acuerdo para emprender ninguna acción.

Había otros oyentes muy interesados por las conversaciones, pero ignorados a causa de su tamaño. El resultado de la contienda y del imperio rátida les concernía. Eran pequeñas especies afiliadas al sindicato Quejosos´s Power, en el que se encontraban Termiteros Sin Dinero y Polillas Unidas. Estaba previsto que, tras la victoria total rátida, se ocuparían del troceo, en menudas porciones, del territorio, previa garantía de obtener reductos autónomos, que serían surtidos, mensual y gratuitamente, de signos identitarios por la plana mayor Rátida. Polillas y Termitas siempre habían soñado con tener, respectivamente, su propio guardarropa y muebles. Habían asistido a algunas asambleas del Gobierno e Igualísima les garantizó que uno de los puntales de su programa político consistía en la multiplicación de microtribus subvencionadas. A partir de entonces Termitas y Polillas hicieron suyo con orgullo el lema Small is beautiful, que también campeaba en la galera.

La confusión era considerable.

– ¿Atacan o no? ¿Habéis venido a ayudar o a discutir? -preguntaron los rebeldes por altavoces a los recién llegados.

Las ratas, dispuestas a no perder audiencia, respondieron subiendo el tono de su música y enviando a los visitantes un mensaje:

– Además de nuestro idílico programa de validez mundial, vamos a ofreceros, como distracción, relajamiento y prueba del ambiente que aquí reina, unas canciones folklóricas.

Los corros que habían continuado sus monótonas danzas pasito a pasito cogidos por las patas anteriores se tocaron con las vistosas gorras del tocado regional y entonaron suaves cantos con el más dulce de los tonos. Nada comprendían los oyentes de su lenguaje y los chillidos sofocados les parecían molestos, pero escuchaban educadamente puesto que se trataba de una manifestación cultural étnica.

De haber comprendido el significado su obligado interés se hubiera transformado en inquietud. Porque la letra de aquellas canciones traducida venía a decir:

 

Cuellos cortemos,

gaznates rebañemos.

Los humanos insolentes

serán comida o sirvientes.

 

Somos, fuimos y seremos

señoras de cuanto vemos,

aristócratas de sangre,

colmillo, garra y pelambre.

Nuestra raza es superior.

¡Muerte para el opresor!

 

Y muchos reporteros, para no ser acusados de falta de sensibilidad hacia lo distinto, alababan la que creían llamada a la convivencia y el peculiar valor lírico que sin duda encerraban aquellos cantos.

 

 

 

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¡Exclusiva!, ¡Exclusiva!

 

– ¡Contraataque, contraataque!

El grito surgió de los galeotes rebeldes, de Kraky, Orky, Pesofijo, Gal y cuantos les seguían, y sacudió como una ola de fondo a los insurrectos. No soportaban la inacción, que se dejara el campo libre a la campaña manipuladora de las ratas. Les indignaba que los visitantes las escucharan con tal atención y que incluso pareciesen tomarse en serio sus argumentos e ignoraran el peligro que tanto los humanos invadidos como los que aún no lo habían sido corrían.

El grupo dirigente de los rebeldes sintió la sacudida. Se habían dejado llevar por cierto estupor. Ignoraban la implantación externa de la propaganda rátida, la pericia de sus enemigas para cambiar de apariencia y aprovechar las flaquezas y desconciertos del adversario, al que pretendían nada menos que transformar en aliado unido al proyecto mundial rátida.

Gal los miraba con indignación e incluso sacudió a Offing por los hombros.

– ¿Luchamos o no? ¿Vais a dejar que sigan?

– Por supuesto que no. – Muerte Súbita preparó todas sus armas y revisó las de sus compañeros.

Offing consultó su detector de botellas con mensaje.

– ¡La segunda remesa ha llegado a destinatarios! De poco va a valerles la propaganda. ¿Dónde está Metáforos? Lo necesitamos.

Metáforos, en ese momento crucial, no aparecía. Hubo rumores de falta de valor, que Offing intentó desmentir. Entonces apareció y relató su odisea: Venía de una batalla, peculiar pero tan agotadora como los enfrentamientos bélicos. Ocurría que, desde la fiesta en la Cala de los Malditos, las exgaleotes habían demostrado harto interés por aquel varón mediterráneo que irrumpía en su cerrado y repetitivo ambiente. Sus contactos con el otro sexo habían sido grises y monótonos, condicionados luego por exigencias de la clandestinidad, la disciplina y la militancia. Metáforos produjo, sin proponérselo, un gran efecto y despertó múltiples expectativas, sobre todo en las que no se habían ya emparejado con piratas irredentos libres. La batalla enardeció el ambiente y corrió como la pólvora la consigna de que, por si se moría en combate, se aprovechara el tiempo que restaba. Metáforos se había visto asediado en una incursión a la bodega, donde los sacos ofrecían muelle comodidad afín a la del lecho.

– Pero ¿qué pasa? – había preguntado él, sorprendido por su repentina capacidad de despertar pasiones.

– Es que…-le respondió una de las exgaleotes- en el sistema rátida hubimos de seguir los cursos de teoría y práctica de la sexología, sin discriminación de número, especie ni género y con severos exámenes y regulares ejercicios prácticos. Y era tan aburrido como la dieta programada y el cuarto de hora de devoción al líder o la revisión cotidiana, para denuncia pública, de las actitudes de sexismo diferencial.

– Tú eras diferente- añadió otra- Nos mirabas, nos decías cosas…

– A mí me recogió algo que se me había caído al suelo…-apuntó una tercera, arrobada por el recuerdo.

Y otra consiguió un aparte y le susurró:

-Me sacaste a bailar. Tomamos aquel vino de Chipre que encontraste en la bodega. Y me dijiste…- Solina, que tenía largos cabellos rizados y un perfil que recordaba a las ánforas de los museos, en la patria de origen de Metáforos, recordaba mejor que él, todos los detalles.

Ellas siempre recuerdan- se dijo él

Sobrepasado por el número y las expectativas, Metáforos se decantó por una retirada honrosa asegurando que había oído toque de arrebato. Se presentó pues ante sus compañeros sudoroso pero aliviado por el éxito de la fuga.

Mientras, sucedía otra escena, con muy distintos actores, en un cubículo que se encontraba cerca de la sentina pero sobreelevado y próximo a la proa, en la galera de mando. Rata Segunda había recibido un mensaje que mantenía en el mayor secreto. Cubrió su ausencia explicando que precisaba examinar cálculos estratégicos que, en su momento, había hecho en previsión de emergencias como aquella. Sólo ella conocía la existencia de un sistema de túneles y compuertas que, desde allí, daba paso al exterior. En el cubículo la esperaba Gorgony, precedida por su olor agudo y extraño pero difícilmente resistible, al menos para Rata Segunda, brillante la piel, cubierta la cabeza por ondas espumosas de un vago tono rosado, las agudas y finas uñas que parecían una prolongación de los dedos teñidas del mismo color.

-Cambias continuamente. – dijo la Eminencia Gris rátida.

Gorgony se aproximó para que comprobará al tacto su nuevo aspecto, y respondió:

– Naturalmente. Tengo variados orígenes. Soy capaz de adaptarme mucho, como tú. Y ahí está nuestra fuerza.

– Podremos hacer grandes cosas juntos.

-Igualdad y felicidad bajo nuestro mando. Dirigiremos tú y yo, ratita mía. Imagina, cuanto tienen los humanos a nuestra disposición, más lo que ya tenemos. La razón es indiscutible: Somos la nueva era, la modernidad, el futuro. Y si algunos de tus congéneres no progresan adecuadamente en esta mutación revolucionaria….

–  Tal vez esta batalla sirva para hacer una limpia de elementos inútiles – Rata Segunda sabía que eso era lo que Gorgony estaba pensando.

– Por supuesto.

Niveles más arriba, el alto mando, que no echaba de menos a Gorgony porque ésta acostumbraba a aparecer y desaparecer con la sutileza de un anfibio, esperaba a Rata Segunda y discutía.

La calma del mar comenzaba a parecer excesiva, y era un reflejo de la superficie rasa, pero de un uniforme tono gris, de los cielos.

A poca distancia más allá los antiguos galeotes y sus amigos y aliados hacían lo propio. Aunque fatigados doblemente, porque ya habían luchado y dado la victoria por segura, los resistentes al Imperio Rátida se aprestaron al nuevo enfrentamiento, que se presentaba como mucho más complicado que el primero pues debían cuidar de dos frentes: El de sus enemigos directos y el de la opinión mundial.

La atención de todos se desvió repentinamente hacia el rincón donde Offing había establecido un precario centro de comunicaciones. En secreto, para no alimentar falsas expectativas, el albinio procuraba por diversos medios mantener contacto con sus colegas. Así supo interpretar la repentina lluvia de mensajes que con el título de ¡Exclusiva! ¡Exclusiva! estaban siendo enviados por diversos medios, y con la colaboración de los navegantes, por doquier. Offing, Metáforos y simpatizantes habían logrado que se difundiera en varios idiomas el descubrimiento de la trama del hundimiento del Buque Correo. El silencio que rodeaba desde años al hecho misterioso y a sus consecuencias se había roto como un cristal. Y, pese a que algunos entrevistadores quisieron preguntar a las ratas, éstas se encerraron en completo mutismo y todo lo más alegaron que era asunto viejo y zanjado que sólo interesaba remover a los aprovechadores de los escándalos y a los amigos de la crispación y el estriborismo belicista.

Lo cierto es que el ambiente había cambiado, en detrimento de la imagen rátida idílica. A ello se unieron otros sucesos: También se hicieron públicas las declaraciones de un grupo de corresponsales extranjeros, ahora liberados, que habían sido secuestrados por un comando del PIL (Piratas Irredentos Libres) liderado por Angelina para que visitaran la Cala de los Malditos y la Gabarra de los Lisiados, hicieran entrevistas y dieran testimonio. Lo que describían estaba siendo escuchado con avidez. La oferta rátida de paz mundial era ya acogida con tibieza, levantaba desconfianza y ésta se tornó en franca hostilidad cuando se produjeron las filtraciones sobre su plan global de apoderarse de todo el queso, de vacas y ovejas de cuyo cuidado y ordeñe se encargarían, bajo su dirección, trabajadores terrestres homólogos de la marina galeote. Ello según esquema táctico de troceado sistemático, una vez finalizado el del No-País, de Euralia, de las Oceanias y, tras tomarse un reposo, del resto del Globo, según informaran las delegadas y servicios de inteligencia rátida de la situación en zonas insumisas y hostiles al Gran Proyecto de Felicidad Planetaria.

 

 

 

 

49

El arma infantil

 

– ¿De qué armamento disponemos todavía?

La preocupación había cambiado el color de las ratas de la Junta Directiva. La luminosa blancura de Igualísima estaba tomando rápidamente una tonalidad verdosa con zonas fosforescentes en hocico, orejas, garras y rabo. En Rata Segunda el verde se concentraba en caninos, cabeza y cuello, mientras que en el resto de las del Secretariado el gris se oscurecía por momentos y se alternaba con franjas del rojo oscuro de la sangre coagulada.

-Tenemos el arma de difusión pedagógica, la conmovedora legión infantil. Dejad un amplio espacio libre frente a la flotilla de visitantes, advertid por los altavoces que se pongan en primera fila y estén atentos corresponsales y representantes del mundo exterior.

– ¿Quieres decir cuantos no son de los nuestros? – preguntó con cierta timidez una rata auxiliar.

– ¡Quiero decir lo obvio! – respondió con evidente enfado Rata Parda, que velaba por la propaganda y la propiedad lingüística. – Por supuesto se trata de todos aquéllos que aún viven en regiones del Globo sumidas en las sombras de la Era Pre-Revolucionaria.

En su remodelación de la Historia, el Alto Mando Rátida denominaba así a cuantos territorios y humanos no estaban bajo su poder.

-Organizadlo, dad órdenes y todos a sus puestos.

Funcionó el factor sorpresa. Se esperaban ataques, pactos, treguas, sobornos, provocaciones, engaños, la aparición de aliados inesperados en el horizonte, la retirada en masa del enemigo, el impacto de una andanada letal, pero no aquello.

Mansa, dulcemente, del corazón del Alto Mando Rátida se había desgajado una embarcación de extraños color y estructura. Parecía una gabarra de mercancías y la superficie del mar, sin una ola, favorecía su avance. Era blanca, con franjas en suaves tonos pastel, a modo de mascarón de proa lucía un busto ratonil gigantesco con un remedo de sonrisa y su nombre en una especie de collar, Miky Raty. La acompañaba una música tenue más propia de la relajación que de la contienda. Y sus ocupantes no eran ratas, sino niños.

Los exgaleotes no ignoraban que las ratas iban apropiándose, para su formación decían, de un número indeterminado de crías humanas, pero muchos desconocían el proceso educativo. Estaban apiñados en la cubierta, pero manteniendo una correcta formación, y al frente de cada uno de los destacamentos se situaban sus cuidadores y maestros, que tampoco eran ratas pero que sí pertenecían a Colaboradores y Asimilados Pedagógicos, sumaban fuerzas, cuando era preciso, con los Mercenarios Light y, en tanto que servicios de inteligencia, echaban una mano a Mustélidos y a Piratas Fundamentalistas.

– ¿Por qué queréis destruir nuestro hogar, nuestra maravillosa nación, que es, con mucho, superior al No-País, a Euralia y a los corruptos dictadores? – gritaban niños y maestros entre sollozos.

– Somos felices, somos pacíficos, somos la prueba del bienestar que procura el Imperio Rátida.

– Estamos aprendiendo su lengua, rica en sonidos armoniosos.

– Dominamos la geografía de las redes de alcantarillas mundiales,

– Nos han salvado de Diktátor y de sus semejantes.

– Vivimos con la libertad de alabar al Líder Máximo.

– A Igualísimo. Y a todos los dirigentes.

– Seremos semejantes a ellas. Tan iguales como ellas.

– Iguales en género, número y caso.

El tutor jefe se adelantó unos pasos y, con voz clara y potente, proclamó:

– Antes de que planteéis las preguntas básicas os responderé: Los que veis aquí, porque estaban impacientes por venir a saludaros y desmentir las falsedades que se difunden sobre el Gobierno Rátida, viven en cómodos y espaciosos alojamientos, practican deportes y juegos en sus segmentos de ocio, gozan de continua formación gracias a los desvelos del Secretariado Pedagógico y no han sido vistos anteriormente, a petición propia, para que el retrógrado ambiente de los que los procrearon no turbe la visión perfecta que tienen de su futuro.

Pasado el primer momento de sorpresa, entre los corresponsables bullía el deseo de hacer preguntas, y ya la distancia lo permitía. Éstas comenzaron a llover:

– ¿Cuántos sois?

– ¿Estáis contentos?

– ¿Dónde pasáis las vacaciones?

– ¿Tenéis familia?

– ¿Estudiáis en un colegio?

– ¿Cuál es vuestro nivel, con qué diplomas?

– ¿Os gustan más el queso, los chuches o la sopa?

– ¿Quién os examina?

– ¿Quién descubrió América?

– ¿Son dos y dos cuatro?

– ¿Son iguales los niños y las niñas?

 

Y de cada formación se destacaba alguno, al que acompañaba, para ayudarle en caso necesario, uno de los tutores, que lucía el pin king size de los Asesores Rátidas Pedagógicos. A las respuestas acompañaba un coro que, en la parte de atrás, se esforzaba por entonar dulces melodías.

El personaje infantil, en pie junto a la proa, era la viva imagen de la inocencia, y ponía en la articulación de las respuestas claro empeño, pero resultaba apenas comprensible:

– ¿Qué dices, niño, o niña? No entendemos todas tus palabras. Ni es fácil distinguiros por vestimenta y apariencia.

Hubo un movimiento de indignación en los entrevistados:

– ¡Niño! ¡Niña! ¿Todavía utilizáis ese lenguaje estriborita? Grande es vuestro atraso, negro vuestro futuro. ¡Miraos en el espejo de la igualdad rátida, como desde la cuna hemos aprendido!

Los tutores los animaban a repetir las consignas pro integración del género en el epiceno y se afanaban en escoger a los que se expresaban de la forma más comprensible, pero ni así lograban claridad en las respuestas. Sin embargo los niños habían sido cuidadosamente seleccionados. Eran los supervivientes de las numerosas trillas mediante las cuales la Policía Pedagógica habían ido eliminando a las crías non gratas de la especie humana para reservar a los que ya daban señales esperanzadoras de asimilación completa o de franca mutación. Los desechados se destinaban a bajos menesteres o a un final inconfesable. En los almacenes de futura mano de obra se apiñaban aquéllos a los que se había sorprendido con preferencias, en juguetes y colores, feminoides o viriloides, los que no habían olvidado con la suficiente rapidez los relatos de sus padres, aquéllos que, ya crecidos y durante las prácticas de la brigada rataciclo, se negaban a atropellar a los galeotes que no se apartaban respetuosamente a su paso, los que desentonaban en el recitado de consignas y en la escenificación de los grandes hitos históricos que habían llevado al poder a las ratas, como el Hundimiento del Buque Correo. De hecho, la gesta de la Toma del Cofre de todo el Queso Gubernamental había desplazado hacía tiempo, por su categoría en la Revolución Rátida, a rancias evocaciones como la primera vuelta al mundo, la aparición de personajes filosóficos y religiosos o el descubrimiento de la energía eléctrica.

Los corresponsables y visitantes no comprendían sino algunas palabras de los ocupantes de la embarcación infantil, y ello con gran dificultad. El tutor dijo:

– Estos niños, magníficos ejemplos de nuestros logros presentes y futuros, son educados, naturalmente, en el noble lenguaje rátida, con inevitables recursos al humano pero en la clara conciencia de cuál va a ser, por señorío, calidad y milenario abolengo, el idioma mundial. Por lo pronto aún mezclan, y no alcanzan nuestra pericia en silbidos, guturales, nasales y chillidos, pero un dominio exclusivo, generalizado y completo es sólo cuestión de tiempo, puesto que su futro va en ello, y no hay otra opción.

Se adelantó otro que podía ser niña, pero cuyo sexo se ocultaba cuidadosamente con una distribución minuciosa y equitativa de lazos rosas y azul celeste sobre fondo amarillo neutro, y transmitió a su auditorio.

– Decid en vuestros lugares de origen, oh visitantes, que somos felices, estamos sanos, tenemos amor y prometemos repartirlo.

– ¿Sois todos iguales?

– Queremos ser igualísimos, como nuestros mayores al mando de la flota. Pero, naturalmente, también tenemos diferentes tipos de igualdad, y las ratas, que son las únicas que deciden en qué debemos ser iguales, nos premian según los méritos, – e inesperadamente, concluyó con un – ¡Viva 1º B! proclamado con un volumen y pasión que sobresaltó a los que le escuchaban. Gritos similares se alzaron entre sus compañeros:

– ¡Viva 2º A!

– ¡Viva Primaria!

– ¡Viva 3º H!

Habían surgido voces desde todos los grupos, cada cual alabando aquél al que pertenecía. Inspiradas por la organización tribal de algunas tribus oceánicas, las ratas procuraban favorecer, con la ayuda de colaboradores de Butifalia y de BIPS (Brincadores Incesantes Pura Sangre de la Montaña Norte), la aparición y desarrollo de clanes convencidos de su congénita superioridad sobre los galeotes, y les distribuían recompensas en forma de raciones extra de alimentos, chuches, vistosas gorras y mullidos lechos. Sabían que era la mejor forma de lograr fidelidades mediante el convencimiento de méritos ancestrales nunca antes reconocidos.

 

 

 

50

Currículum

 

Un profesor que se encontraba entre los visitantes se empeñaba en plantear cuestiones sobre temas de cultura general, temarios, asignaturas, conocimientos, diplomas. Alguien que parecía un niño mayor se adelantó:

– No entendemos tus preguntas, quizás porque eres viejo y hablas del pasado. Somos, como se nos ha dicho, de una tierra, o mar, superior llamado Porvenir, y si hablas, cuando dices eso de “Historia”, de Eras Primigenias, éstas comenzaron con las ratas, que estaban primero hace millones de años y que, naturalmente, como algunas especies subyugadas con las que nos aliaremos, tienen prioridad respecto a los humanos, tardíos, nocivos y voraces ocupantes del planeta, sólo aceptables como elemento servil o tras intensivo reciclaje.

Aquí terció diplomáticamente uno de los tutores, Había que evitar las ofensas directas, todavía.

– Por supuesto, esta inocente criatura interpreta a su manera las primeras lecciones de Protohistoria. Los humanos serán en el Porvenir, ya lo son, nuestros aliados y amigos. Él se refería a un bello poema mítico que comienza con En un principio fue la rata.  Simple metáfora destinada a paliar agravios originados en la noche de los tiempos.

En la cubierta ocupada por la directiva de exgaleotes y compañía, reinaba el estupor, excepto en el caso de algunos prófugos como Óskar, Kraky, Pesofijo y Gal, que se esforzaban por explicar la situación al resto.

– ¿Sabíais que había niños y que eran como éstos? – les preguntaron.

– Sabíamos que las ratas daban gran importancia a lo que llamaban La Siembra, la formación intensiva en la Galera Pedagógica. Algunos hemos pasado por ella, y conseguimos huir o despistar o nos asignaron, como alumnos poco satisfactorios, tareas de mantenimiento y servicio.

– O creyeron habernos eliminado por inútiles, malsanos y desechables. – terció Gal. -A los seleccionados se les sitúa en el nivel superior. Naturalmente no hay conocimientos culturales propiamente dichos, sino eliminación de cuanto concierne a épocas anteriores al Gobierno Rátida. La cultura es a contrario, por sucesiva eliminación de referencias, datos, recuerdos, preferencias personales. Las diferencias entre uno y otro y la jerarquía de los grupos entre sí únicamente son las definidas como tales por disposición rátida y comportan grandes ventajas, pues el resto debe privarse de parte de sus raciones para dárselas. No existen diplomas, exámenes ni pruebas, pero sí continuos controles del nivel de fidelidad, del de miedo al advenimiento de un nuevo Diktátor y de la capacidad de reiteración de consignas.

Como sí, desde la nave del Arma Infantil los hubieran escuchado, llegó hasta ellos la vocecilla aguda de una niña que, apoyada en una de las orejas de Miky Raty, respondía a las preguntas que se empeñaba en enviar el tenaz profesor desde la borda de una nave visitante. Trataba del temario de sucesos que sustituía, al parecer, en la formación de aquellos niños a la antiguamente llamada historia y que en la formación rátida se definía según el Proyecto Porvenir.

– ¡Porvenir, Porvenir! Nuestro proyecto. – corearon sus compañeros.

Porvenir era la versión infantil y pedagógica del Proyecto Neolítico Mejorado en el que las ratas trabajaban desde hacía largo tiempo, mucho antes de su toma de poder y con el apoyo de simpatizantes, fascinados por lo que sería el nuevo Edén en la maltratada Tierra. Su plan cara al público, revestido por sabia propaganda, había hallado amplio eco en numerosos grupos de colaboradores convencidos de que buena parte de la especie humana seguía conductas equivocadas e insostenibles y debía, por lo tanto, someterse al Código de la Vida Sana y el regreso al Neolítico. La difusión de estas ideas favorecía a las ratas doblemente: Creaba un blindaje de sumisión ante cualquier crítica dada la nobleza multiespecie de su propuesta y proporcionaba cobertura al lado oscuro del gran ideal. Era agente en extremo eficaz de su proyecto de eliminar a buena parte de la indeseable raza de los humanos.

– No entiendo- protestó Offing, en cuyo país el tema de la salvación planetaria gozaba de gran predicamento y él mismo la había defendido con ardor en numerosas ocasiones. – ¿Qué mejor que salvar a los árboles, el cielo límpido, los pajaritos y que tengamos cuerpos saludables?

Sin decir palabra, Pesofijo le pasó un manual que había sustraído de los documentos secretos de la Galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Era una relación rápida y expeditiva de las diversas técnicas, publicidad y ordenanzas para la progresiva eliminación de población indeseable. En cuanto al resto, necesario a efectos de sustento rátida, bastaría con el control, difuso e incesante, producido por la interiorización del miedo a situarse fuera de las normas y por la introducción de éstas en todos los aspectos de la vida cotidiana. En tal ambiente la selección a la inversa produciría seres cada vez peor dotados y más dependientes e indefensos bajo la corteza, en los supervivientes a la selección, de la necesidad imperiosa de adecuada apariencia física.

– Por eso, entre otras razones, me hice pirata. – dijo uno de los PIL. – El plan de sana vida asquerosa, ir a pie a todos sitios hasta caer agotados y luego recitar los Ecomandamientos, la muerte inducida, durmiendo a los desechables, las ordenanzas sobre cómo caminar por las calles, la obligación del footing, se quisiera o no, cargados a veces con  grandes pesos, la reclusión de conocidos que en tiempos usaban vehículos con ruedas y ahora sólo podían esperar la Furgoneta de Recogida de No Colaboradores con la Causa, las proclamas contra el uso de materiales sintéticos, vinos, licores, ricas comidas marcadas en el Índice de Reprobables…

Segis terció, para resumir:

– La presión de la propaganda respecto a cuanto no entraba en el marco del Ideal Neolítico Remozado se estaba volviendo, no ya insufrible, sino muy peligrosa. Los humanos disminuían visiblemente y los restantes, faltos de motivación, libertad individual, placer y proteínas, no sabían ni podían reaccionar.

Otro exgaleote mostró su mano, que era casi un muñón con sólo tres dedos:

– Esto me ocurrió en el curso obligatorio de recuperación de las destrezas y habilidades en la fabricación de utensilios de piedra tallada. No pasé al grado de pulimentada.

– ¿Qué ganaba el Gobierno Rátida con ello? – preguntó Metáforos perplejo.

Una de las Chicas de la Técnica, las exgaleotes que, por su trabajo en mantenimiento, habían tenido acceso a documentos reservados, les tendió un puñado de folios que procedían del Diario de A Bordo[4]

Eran un esbozo, trazado apresuradamente y con vistas a alguna reunión del Alto Mando, sobre la existencia paradisiaca fruto de las medidas tomadas y el sistema proyectado y ya en avanzado curso.

Estaba incompleto. Era parte sin duda de un discurso dirigido a los inmediatos colegas. Comenzó a leer la primera hoja:

-…no hay mayor gozo, no hay felicidad comparable, queridas compañeras, a la de disfrutar de aquellos placeres que están negados a la mayoría, en los que ellos no pueden ni pensar porque han aprendido, han repetido y oído tantas veces que son malos que ya no se plantean preguntas al respecto. Nos rascaremos la barriga, nos untaremos el hocico con licor y tocino, cómodamente tendidas en nuestra mansión residencial. Charlaremos animadamente en nuestro coto campestre sobre nuestras bondadosas intenciones y sabremos que los humanos están dando vueltas y sudando en incontables maratones y carreras, que las antiguas vías y vehículos que les daban acceso a todo se cubren de malas hierbas y de óxido, que se ha vuelto a la limpia energía del músculo y la ocasional fogata. Disfrutaremos sin medida en bellos paisajes que a ellos les estarán vedados por imposibilidad de llegar a ellos y moverse a su capricho como antaño. En nuestros hermosos y ociosos atardeceres recibiremos a nuestros colaboradores humanos del Comité de Salvación del Planeta, que, acompañados por los Pequeños Guardias Carmináceos, nos relatarán, con grandes sonrisas, la demolición de monumentos testigos de épocas históricas todas funestas, puesto que todavía no gobernábamos, agradecerán nuestras mercedes, alabarán la amorosa dedicación de su líder Dulcita, a la que hemos otorgado el título de Rata de Honor. Los veremos emprender el regreso a pie, cargados, exhaustos, chupando una galleta sin azúcar, mantequilla ni gluten, brindaremos con esas botellas que cogimos de bodegas que ya no existen. Y mientras se alejan los oiremos cantar nuestras alabanzas y……

– ¡No sigas!

– ¡Guárdalo para publicarlo en su momento!

– ¡A por ellas ya!

Los niños de la Gabarra Infantil cantaban más fuerte que eran felices y que lo serían todavía más.

La inocencia infantil no parecía estar ejerciendo en el público visitante el efecto positivo esperado por los estrategas rátidas. Flotaba cierta incómoda perplejidad en el ambiente y el cansancio de la ya larga jornada cuyo final se alargaba de forma indefinida.

Entonces ocurrieron varios sucesos casi simultáneos: La Gabarra Infantil había recibido órdenes de retirarse y, cuando comenzaba a hacerlo, uno de los niños saltó tomando impulso desde el hocico de Miky Raty. Nadaba vigorosamente y los que tripulaban la nave, ocupados en la maniobra de puesta en marcha para el regreso, no habían reparado en un principio en lo ocurrido, lo que permitió al joven desertor ganar tiempo y distancia. Algunos visitantes reaccionaron para ir a su encuentro y sacarlo del agua. Hubo un confuso vocerío mezcla de cólera y estupor en la zona rátida, pero lo ahogó la ovación espontánea de los humanos al pequeño héroe. Llovieron las preguntas, que todos se disputaban en hacerle, pero el niño se negó a responder absolutamente a nada, con tal firmeza que optaron por bañarlo en agua dulce, proporcionarle ropa seca y dejarlo descansar.

Sólo contestó a una pregunta:

– ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Dos Mil.

Y ahí quedó todo, sin aclaración alguna. A todos les extrañó la tirantez y seriedad de su rostro, que expresaba franca determinación y cansancio. Incluso se llegó a hablar de que fuese un espía, aunque la idea fue desechada por su edad.

Alguien citó rumores de raptos de niños por las ratas, inspirados en las prácticas de Kimyrata III del Norte, su aliado asiático.

– ¿De dónde procedes? ¿Has nacido en el barco?

Imposible obtener respuesta.

Sin embargo la cara del niño se iluminó con una gran sonrisa cuando le dieron un bocadillo de jamón y una reluciente espada de juguete.

Dos Mil estaba llamado en el futuro a llevar a cabo hazañas que nadie hubiera podido sospechar.

 

 

 

51

La bandera engañosa.

 

– ¡Izad, izad la bandera del Orgullo Rátida con todos los banderines blancos símbolos de paz y amor!

El Alto Comité Para Emergencias habló como una sola rata porque la ocasión lo requería. Todos sus informadores, que habían llegado mojados, asustados y jadeantes tras introducirse en las naves contrarias, coincidían en el cambio de opinión de los extranjeros. No creían las proclamas de la flota opuesta, daban crédito a las informaciones llegadas por diversos medios y todas coincidentes en la estrategia final de Igualísimo y los suyos, se habían difundido las entrevistas y declaraciones de los corresponsales que visitaron la Cala de los Malditos y la Gabarra de los Lisiados y que entrevistaron a los prófugos. Y no querían, por muy igual que éste fuese, vivir en un sistema mundial rátida y contemplar los fragmentos de lo que fueron sus países bogando a la deriva en archipiélagos visitados periódicamente por los recolectores rátidas de bienes, alimentos y mano de obra.

La fuga de Dos Mil había colmado el vaso y convencido a los más tibios,

– ¿De qué nos sirve la maniobra que proponéis? – preguntaron los círculos asesores del alto comité rátida- Ya hemos empleado estrategias parecidas sin éxito?

-Pero ahora tenemos que salvarnos, huir y organizarnos. Lo que se les anuncia es que cesan las hostilidades, nos aproximamos para parlamentar y acordar, no ya la tregua, sino la paz total tras el diálogo. Y después… ¡Sacad la bandera blanca gigante!

Desde las naves opuestas se observó la maniobra. Los visitantes le dieron crédito.

– Hay que dejarlas aproximarse. ¿Cómo negarnos al intercambio de opiniones?

– ¡El diálogo es sagrado!

– ¡Es el signo de los tiempos!

– ¿Qué dirían si no las generaciones e historiadores venideros?

Y los más filosóficos añadieron:

– A fin de cuentas, ellas defienden una diferenciación vital, unos derechos de ocupación y usufructo anteriores quizás a los primates. Los antropólogos no se ponen de acuerdo pero…

– ¡Nuestra lucha debe ser planetaria! -en la conversación irrumpió de forma vehemente un joven investigador que procedía de la Universidad Costa Oeste, en Dolaria. -Defendemos la existencia, en todas sus formas, la primigenia multiplicidad terrestre, la sabiduría infalible de la Naturaleza. En su momento, podréis leer mi memoria final de carrera.

– ¿Cuál es el tema? -inquirieron los que le escuchaban.

– Mi tesis, como reza en el título, es sobre el Derecho a la Vida de las Huevas de Pescado. Son incontables los genocidios que se producen, cada día, en el Planeta.

Mientras se discutía, exgaleotes y aliados, con pocas dudas sobre las intenciones del enemigo, cerraron su formación.

La principal galera rátida, con una bandera blanca tan grande que actuaba como vela de empuje supletorio, se aproximaba con rapidez y ya se distinguían claramente los gritos coreados en la cubierta:

– ¡Di-á-lo-go! ¡Di-á-lo-go! ¡Di-á-lo-go!

Y se podían leer algunos de los carteles desplegados: – Entendimiento fraternal. Alianza de Especies.

La confusión se extendía en el bando opuesto. Se añadía a esto el gris homogéneo que parecía haber ascendido desde el quieto mar para juntarse con el semejante del opresivo cielo y fundirse con el del pelaje de las ratas, que se cuidaban, de no mostrar al gritar el blanco de sus colmillos.

– ¡Manteneos a distancia! – gritaron los exgaleotes. – Os oímos perfectamente desde ahí.

Pero la galera adversaria que iba en cabeza aceleró su curso, proclamando al mismo tiempo posibilidades de acuerdo, tregua, quizás rendición. Ayudada por el gran lienzo blanco que habían enarbolado, ganó velocidad, llegó a unos metros, y no embistió a la primera nave de la flota opuesta gracias a una hábil maniobra de los Piratas Libres de su tripulación, más hábiles que los rebeldes con los que se habían aliado y nada dispuestos a someterse a nuevas dictaduras.

Sin factor sorpresa, destrucción inicial ni rápida eliminación de importantes adversarios y toma de algunos rehenes, las ratas perdieron confianza en su plan. Dieron órdenes a parte de sus huestes de lanzarse al abordaje aprovechando la proximidad, calcularon un pasillo de huida y Rata Segunda se aseguró de que, como estaba previsto, una vez su galera hubiera pasado, se lanzase la última arma psicológica.

 

 

 

52

Cuerpo a cuerpo.

 

El gran problema rátida fue la confusión. Mientras hubo la seguridad del reparto de inagotables existencias de queso y de gratificantes reuniones nocturnas en las que, al calor del número y de la homogeneidad de las consignas, se les aseguraba su superioridad, preeminencia e ineluctable victoria sobre sus desunidos, volubles y reticentes enemigos no les fue difícil imponerse. Eran, colectivamente, siempre, las heroínas de todas las historias, reconocidas incluso como supervivientes valerosas por sus adversarios mismos. Ahora las desconcertaban las variadas reacciones de sus contendientes, la forma en que se ayudaban entre ellos, la visible tibieza o franca hostilidad de los que creían sus aliados.

Llevadas por un reflejo irresistible, todas se fueron agrupando en un puñado de galeras. La consigna era de ninguna forma abandonar el barco, pero no especificaba a cuál se refería, así que, en vez de un cuerpo a cuerpo con el enemigo humano, éste se producía entre ellas.

Segis demostraba una sorprendente agilidad física que, más que en la fuerza, radicaba en la pasión. Quería encontrar a toda costa a la Jefatura Rátida y, desdeñando otro tipo de enfrentamientos, se lanzó a interrogar y a rebuscar escalerillas abajo. Agotadas por el peso del botín, halló a Rata Ecónoma, a la Secretaria principal, a varios miembros de la guardia y a no pocos rataciclos que habían desmontado sus vehículos para utilizar los manillares como alfanjes.

– ¡A ti quería encontrarte! – El brillo de sus ojos, la agudeza puntiaguda de sus uñas y la forma que tenía de escalar plataformas en cubierta pisando sobre sus compañeras delataban a Rata Segunda. La persecución no fue muy larga. Segis la acorraló pese a la agilidad con la que Eminencia Gris manejaba el rabo y aprovechaba la menor ocasión para tirarle dentelladas. Ya en el mar, y en una mullida balsa importada en secreto de una famosa empresa de Teutonia, Gorgony esperó durante cierto tiempo al que había sido su compañero en las tareas de espionaje y gobierno, pero luego, segura de sus facultades de adaptación a todos los medios, acuático y terrestre, lo abandonó.

Las informaciones de Rata Segunda sobre luchas marinas no procedían de estudios, de los que en general sus congéneres carecían, sino de imágenes. Y recordaba que los enfrentamientos ascendían siempre hasta acabar en la punta del palo mayor. Ahí ella tenía ventaja por la provisión de genes del equilibrio propia de su especie. Su adversario era, en comparación, físicamente torpe, raza al fin inferior la de los humanos. Se sorprendió al observar que Segis no seguía el guión esperado sino que la empujaba con toda clase de fintas hacia abajo, a zonas desde donde emanaba un delicioso olor a queso.

Hacia abajo, hacia abajo. Al fin y al cabo ¿por qué ir hacia arriba? Cuando más abajo más iguales, esa era una de las premisas básicas del código rátida, y en ella convergían, en su sabiduría profunda, estrategias, normas, imposiciones y explicaciones. Ahí, abajo, estaban, además del perfume irresistible del queso y de los cofres llenos y pesados, alcantarillas y agujeros, seguros refugios sombríos donde en nada se distinguían unas de otras y tampoco entre sí los humanos. Escalón a escalón, cubierta a cubierta, Segis la llevó hacia la entrada que daba acceso a la parte inferior del buque. La oscuridad amiga y el agua encharcada daban confianza a Rata Segunda. Su adversario mordería la derrota en aquel medio que él odiaba porque los humanos tenían una viciosa querencia por ir hacia arriba y por la luz.

En el tercer nivel comenzó a sentirse menos segura. Estaba sola, alejada de sus iguales de las cuales le llegaba el ruido apagado, chillidos, arañazos y carreras sobre la madera de la cubierta. La nave se estaba escorando hacia la izquierda, y no por los movimientos del mar sino porque había llegado, pensaban que del Alto Mando, la consigna del Partido Incondicional Baborita, al que todas pertenecían, y por lo tanto debían situarse a babor. La masa gris y compacta formaba un tapiz vivo en la cubierta desnivelada y, en ondas sucesivas, comenzaba a caer al agua, no sin antes aferrarse con las pequeñas y agudas garras a la borda.

Rata Segunda intuyó la catástrofe y decidió pactar:

-Puedo proponerte un trato- dijo a Segis- Nada se nos resistirá con una adecuada alianza. Nuestros argumentos son irrebatibles, hace tiempo que los repiten en no pocos reinos de tu especie.

Decía todo mientras se escurría hábilmente entre los muchos materiales amontonados. Segis no respondía y se afanaba en darle caza intentando cerrarle el paso hacia posibles salidas y evitar, al mismo tiempo, sus mortales dentelladas.

Llegaron finalmente a una bodega que Segis, pese a lo que creía su oponente, sí conocía bien. Se apilaban allí cantidades ingentes de objetos que procedían de los Almacenes de Memoria y se destinaban a la gran fogata depuradora que el Gobierno Rátida tenía proyectada cuando, marcando definitivamente el Año Cero de su reino, celebrasen la Fiesta de la Verdad Histórica Definitiva.

Las enormes pilas de libros, ilustraciones, maquetas, figuras y fotografías exhalaban un olor mohoso similar al del queso.

Rata Segunda se apoyó firmemente en la pila de rimeros que se elevaba hasta el techo para así atacar con mayor impulso. Ignoraba que los libros, además de ser comestibles y combustibles, podían tener un gran peso. Y se desmoronaron sobre ella. Al mismo tiempo que la mano de su enemigo.

Cuando finalmente éste le asestó el golpe final, las últimas palabras de Rata Segunda a Segis fueron:

– Hubiéramos podido hacer juntos grandes cosas.

 

 

 

53

Siempre nos quedará Diktátor

 

– ¡Soltad la última arma! ¡Todavía podemos atemorizarlos! Nunca nos ha fallado.

Rata Máxima y su grupo de fieles escogidos habían visto que, sorprendentemente, no iban a vencer como pensaban por la simple superioridad del número. El abordaje se decantaba por los rebeldes, la homogeneidad y fidelidad rátidas resultaban ser menos eficaces y fiables que el ardor y variaciones tácticas de los exgaleotes y afines, los aliados se replanteaban las alianzas, el horizonte se había ido pespunteando con embarcaciones de todo tipo, tripulaciones de humanos que procedían, más que de países, de puertos, y desde luego no eran amistosas ni partidarias de los ideales de Igualísima. Las llamadas a oponerse a los malvados estriboritas no hacían el efecto esperado. Las ratas, sobre todo las del departamento de Propaganda, aún estaban convencidas de que bastaba con recordar que el Mal era, desde la más remota antigüedad, Estribor, Diktátor y sus descendientes para que, con fidelidad automática y en cualquier lugar del Globo, se atacase a los acusados de pertenecer al grupo infame. Reinaba el desconcierto porque al variado frente de sus enemigos no parecía preocuparle en absoluto la calificación Mal/Bien que ellas le ofrecían y, por supuesto, tampoco reconocía los méritos de la Nación Rátida, sus logros igualitarios y glorioso futuro de defensa planetaria de las especies y usos tradicionales.

– ¡Retrocederán! ¡Se convencerán! – afirmaron las más fieles.

– Tendrán miedo, como siempre- aseguró la líder de Propaganda.

El pelaje de Rata Máxima había pasado de la blancura etérea a un color rojizo que se acentuaba en hocico y patas y la hacía más similar a sus compañeras del grupo supremo, ahora apiñadas a su alrededor y que iban mostrando las mismas características. Así era en Rata Secretaria, Rata Ecónoma, Rata Pedagoga, las líderes del Comando Rataciclo, las de la Guardia de Seguridad Personal, la Portavoz y la Escribiente, pero no en la Directora de los Servicios de Propaganda e Inteligencia, que siempre se había caracterizado por ser mimética y había adquirido el tono pardo de las paredes y muebles de la estancia.

Curiosamente, no parecía echarse demasiado de menos a Eminencia Gris, Rata Segunda. Incluso en algunos sectores se advertía cierto alivio y, en los de alto rango, disimulada alegría por la desaparición de un elemento peligroso y por el previsible ascenso en el escalafón.

– ¡Botadlo ya! -la orden de Máxima se subrayó golpeando repetidamente la mesa con el rabo. El contraste era grande respecto a sus anteriores apariciones públicas, etérea y cándida representante de ideales de afable dulzura. Ahora, con los cambios de tono y ademanes, resultaba casi indistinguible de Rata Mayor en sus momentos de mayor vehemencia, cuando se presentaba como humilde delegada de ciudadanos y ciudadanas del mundo dispuesta a imponer la felicidad a cualquier precio.

Primero se aseguraron de atraer la atención con una fanfarria, y lo consiguieron. La batalla pareció congelarse y, como en un tapiz bélico, se fijaron con nitidez las naves semihundidas, las vencidas, las que se habían dado a la fuga y las victoriosas. Los chicos de la prensa aprovechaban para tomar notas y hacer esbozos que luego les servirían para desarrollar la noticia. Algo hacía presagiar el momento final, e incluso el mar y el cielo tenían un uniforme color grisáceo, de tormenta que no acaba de arrancar y calma engañosa.

La nave donde se refugiaba el Alto Mando hizo maniobra y, flotando sobre la superficie tranquila, apareció con lentitud una enorme imagen del temido rostro del Mal, el muy antiguo pero persistente en la memoria Diktátor. Las ratas siempre se habían vanagloriado de defender de sus posibles partidarios al No País y a cualquiera amenazado por los insidiosos Estriboritas.

No era la estatua gigantesca del Galeón de los Ritos oscuros, sino un simple simulacro en materias blandas que, además, con el vaivén y la proximidad de casco y aparejos, resultó de poca resistencia.

La imagen de Diktátor no cumplió las expectativas. No se produjo un movimiento de temor ante el terrible pasado, la tiranía mítica que, sabiamente utilizada, había permitido a las ratas hacerse con el cofre y el poder. No se despertó en indecisos, rebeldes y simpatizantes una ola de agradecimiento a los salvadores rátidas que eran el Bien enfrentado a la negrura de cuanto a Diktátor y su resurrección se refiriera. No dieron media vuelta las naves recién llegadas ni se rindieron arrepentidos los galeotes, ni huyeron, para engrosar las filas del sucesor de Iluminado Magnífico los piratas irredentos libres. Simplemente, al tiempo que la faz de Diktátor se deshacía lentamente en el agua por fatiga de materiales y apresuramiento en la botadura, los adversarios observaron con curiosidad el hecho, hicieron comentarios jocosos de la progresiva disolución de una imagen que poco o nada les decía y decidieron, luego, reanudar la lucha.

– ¡No todo está perdido! ¡No todo está perdido! – exclamó la representante de las Ratas de la Guardia, que normalmente, al haber una por cada galeote, constituían una tropa numerosa pero que ahora habían quedado reducidas a un escaso grupo y luchaban por la propia supervivencia del Cuerpo al menos tanto como por la defensa del Alto Mando. – ¡Mirad! Todavía hay quienes no se han unido a la sublevación.

Señaló un punto a media distancia y, en efecto, allí flotaban en clara expectativa algunas naves con galeotes en cubierta.

– ¡Tenemos los repuestos! ¡Saquemos los repuestos!

– ¡Difundamos, además, los horribles crímenes de los antiguos dirigentes del No País, que nunca deben ser olvidados! ¡Sus atentados a la salud del bosque cuando talaron árboles para una fogata festiva, su sabotaje del primer proyecto de generalización ciclista y erradicación de las cuatro ruedas! ¡Su corrupción cuando aceptaron regalos navideños!

Las miradas se centraron acusadoras en Rata Parda, Jefe del Departamento de Comunicación y Propaganda, que no se había ocupado con la debida diligencia de la difusión de imagen cara al exterior.

Rata Parda se defendió, con el aplomo que la caracterizaba. No pocos la temían especialmente cuando, con expresión tranquila y casi afable, reprochaba a alguien su postura, fruto del error y de la falta de diálogo y comprensión de las benéficas directivas de los responsables. En esos casos no era raro que el acusado de tendencias estriboritas apareciera flotando con la barriga hinchada en la sentina de desechos.

– La propaganda directa no es necesaria. -dijo- Ellos nos la hacen. No son pocos los que nos apoyan entre los humanos, defendiendo nuestras premisas, exponiendo, con ardientes discursos, la conveniencia de demoler castillos y catedrales, obras de arte, monumentos y cuanto les diferencia de nosotras y del igualitarismo total. ¿Para qué esforzarnos?

Y añadió en voz más baja:

– Y recordad que no nos conviene. Todos los informes de nuestras filiales y franquicias coinciden en que, actualmente, nuestros simpatizantes no rátidas reciben generosas aportaciones oficiales, que nutren luego nuestros fondos de actuación, difusión y sustento.

No hubo, pues, objeciones ni tenían tiempo de hacerlas Era tarde para reparar el fallo. Se tomaría nota para el futuro. No había un momento que perder para pasar al plan B tras la desaparición en las aguas de la impresionante y cuidadosamente elaborada imagen de abominable Diktátor.

– ¡Botad los repuestos! Su número y tamaño recordarán a quienes nos observan que todos y cada uno de nuestros adversarios puede llevar en su interior el germen del estriborismo. Sólo nosotras garantizamos la vigilancia diaria de la perfecta igualdad y la ratidad sostenible. – ¡Botadlos ya!

Por las escotillas previstas al efecto comenzaron a brotar, uno tras otro, decenas de pequeños diktátor hinchables, que se balanceaban suavemente y hubieran podido confundirse con inofensivos patitos flotadores de no ser por la expresión de codicia y maldad que se había querido, bastante torpemente, imprimir en ellos dotándolos de colmillos sangrientos que mordían cuerpos humanos desventurados mientras simulacros de oro y  joyas rebosaban de la bolsa que les colgaba del cuello.

Lejos de cundir entre los adversarios el arrepentimiento y el pánico, comenzó a propagarse entre ellos una especie de ataque de hilaridad general que se manifestaba de diversas formas: Los piratas irredentos libres avanzaron a toda velocidad interpretando, con los instrumentos musicales de que disponían, y a los que eran bastante aficionados, canciones tradicionales con letras nada halagadoras alusivas a la época rátida, a su gobierno y hechos. Los rebeldes comenzaron una competición de tiro al blanco con premios y aplausos para quienes acertaban en los diktátor flotantes, que se iban hundiendo según el aire silbaba al escaparse de su interior. Los ocupantes de las naves llegadas de puertos lejanos se esforzaban en conseguir, para llevárselos como recuerdo, uno de ellos. El ambiente se volvió casi festivo, y eso, junto con el cambio de tiempo, fue para la Nación Rátida fatal.

 

 

 

54

Descubrimiento de la altura.

 

El cielo, hasta entonces tan gris y plano como el agua, según avanzaba el atardecer estaba cambiando. Se habían acumulado nubes que parecían amontonarse unas sobre otras. El mar no se encrespaba con altas olas pero tampoco era ya la extraña balsa que, como si también esperase el final de la batalla, parecía mantenerse a la expectativa. Las ratas supervivientes, abandonada toda esperanza de triunfo inmediato, se aprestaron a la huida sin mayores dilaciones. Las ratas nunca miraban a la altura.

Pero los galeotes entonces sí. Largo tiempo sometidos a los espacios limitados, los ocios dirigidos y las tareas impuestas, observaron, con una atención nueva, el horizonte, que se había llenado de resplandores. De la masa nubosa surgían relámpagos y truenos y, éstos, mezclados con las luces del ocaso, hacían que se desplegase un inmenso abanico de tonos y sonidos. El mar había adquirido un color violeta veteado de espuma. El viento, sin ser huracanado, llevaba un sabor nuevo mezclado con la sal.

Los rebeldes y los aún indecisos miraban hacia lo alto como quien descubre islas con el alimento necesario. La extraña tempestad fue breve. No por ello apartaron la vista porque a continuación empezó a aparecer otro espectáculo: La amplitud del cielo nocturno, que observaban como si nunca lo hubiesen visto o lo descubrieran tras un largo sueño en una habitación sin ventanas.

Los visitantes que habían llegado en sus propias embarcaciones no comprendían cuanto estaba sucediendo a los antiguos galeotes pero se sentían conmovidos por el ambiente de intensa admiración. Los corresponsales aventuraban hipótesis: La nación rátida había acostumbrado de tal manera y durante tanto tiempo a su propia dimensión a los que sometía que de repente la mezcla de cambio, distinta época y percepción de la deslumbrante amplitud había producido una especie de extraña borrachera. Las ratas huían, confundidas con las primeras sombras, pero habían dejado de importar, pertenecían al pasado, a un episodio mezquino, superado, y eran las que siempre habían sido, sin mayores dimensión ni mérito.

– ¡Mira, Offing, mira! – Gal le obligó a apartar la vista del cuaderno de notas y, el brazo por los hombros, le hizo inclinarse sobre la borda.

El periodista de Albinia venía de aguas frías, de costas de luz boreal durante los escasos meses de verano y de luego largos inviernos. Metáforos se había apartado unos metros para dejar sola a la pareja. La oscuridad se había hecho profunda tras la deslumbrante exhibición de descargas eléctricas de nube a nube que no se había resuelto, como cabía esperar, en una gran tempestad. Los barcos eran zarandeados por un viento que, sin llegar a ser huracán, separarlos y obligarlos a hacer maniobras, postergaba el cambio de rumbo y los mantenía en una pausa de movimientos circulares. Era el momento, para cada cual y cada barco, de replantear y definirse, vibraba en el ambiente la excitación de los comienzos y de los descubrimientos.

Para los recién llegados, el enfrentamiento contra los rátidas, la visión real de su existencia y de su organización, finalidades y significado también cambiaba sustancialmente sus personales derroteros. Lo que antes eran utópicos y lejanos relatos sobre comunidades distintas que aspiraban a ideales de felicidad global y se escuchaban con curiosidad y cierta simpatía de buen tono tenían, desde entonces, efectos y rostros. Al tiempo que la sensación de estar envueltos por la altura y la profundidad, añoraron y apreciaron lo que les era caro en la vida de cada día de sus países de origen, y la carencia de límites que los rodeaba añadió fuerza al deseo de defender su libertad de enemigos concretos.

Offing observó lo que Gal señalaba. El agua se había llenado de puntos fosforescentes y relucía, sobre todo a cada roce con las proas y cascos, formaba aureolas en torno a los botes más pequeños, se cortaba en estelas y surtidores de luz cuando se agitaba. Era todo un espectáculo marino de fuegos artificiales. Gal y él se apretaron, estrechamente, el uno contra el otro. Parecían, y se sentían, uno solo.

– No sé si me gustará una casa que no se mueva- dijo Gal.

– Bueno…Hay caravanas estupendas- propuso Offing, que le había descrito anteriormente las bellezas de los adosados en poblaciones costeras.

– Se puede probar- admitió ella, dubitativa.

 

 

 

55

¡Largad lastre! ¡Royendo amarras!

 

Los galeones rátidas se habían hundido uno a uno, el primero el del queso por su peso. El cofre del tesoro, como se había previsto en el Plan B, los dirigentes se lo llevaban en la nave especial de emergencia. Ya no había botes salvavidas. En cualquier caso la tropa obedecía la consigna de no abandonar jamás el barco, con la oscura esperanza de que siempre quedaría algo que trocear y roer. Sus adversarios, ya victoriosos, no se atrevían a abordar las naves completamente cubiertas en todas sus superficies, tejidos, metales y sogas por la espesa capa de ratas grises y peludas, que ondulaba y se devoraba en la lucha por superponerse, llevadas algunas incluso por la aspiración a constituirse en élite.

La consigna en las altas esferas gubernamentales era aligerar, largar lastre y roer amarras para alejarse a la mayor velocidad posible. Los supervivientes de los cuerpos policiales rátidas se dedicaban, sin mayores miramientos, a lanzar por la borda a sus congéneres, cuyos cuerpos hinchados flotaban y formaban bancos que entorpecían el avance.

– ¡Acercad la nave de emergencia! –

La plana mayor rátida, seguida por defensores escogidos, había conseguido distanciarse y esperaba en la oscuridad sobre una gabarra construida al efecto y pintada de negro, de manera que no se distinguiese. Llegó la embarcación salvadora. Era el yate personal del Gobierno, denominado Yate del Pueblo, pequeño pero confortable, veloz y dotado de excelente maquinaria e instalaciones. Normalmente permanecía camuflado aunque Máxima era de la opinión de que en absoluto existía contradicción alguna entre la lujosa nave y los ideales de igualdad rátida porque precisamente eran necesarios algunos faros de excelencia, gestionados por el alto Comisariado, para mostrar a congéneres y simpatizantes los placeres de que gozarían todos y cada uno de ellos en el mañana prometido. En virtud de ese razonamiento los afines a la Líder disfrutaban de camarotes tipo suite y cubiles de diseño.

El Yate del Pueblo tenía una capacidad muy limitada. Aunque se había alejado bastante del centro de operaciones, había aún ratas náufragas que se esforzaban por trepar y eran rechazadas sin miramientos por el comando de la guardia especial. Rata Primera no pudo resistirse, pese a la premura de la maniobra, a decir unas palabras que la Secretaria y el Cantor Pasta Supina fijarían para la posteridad:

– Esto no es un adiós, compañeras. El estriborismo ha recibido un golpe mortal, un terrible desgaste. Sois, son vuestras descendientes y colegas, la avanzadilla de la Felicidad Suprema. Vuestros cuerpos abonan y fertilizan el edén ya próximo de alcantarillas artesanales, urbes sin ruedas que nos amenacen, alimentos que se nos proporcionarán gratuitamente a diario, con una variedad y abundancia nunca soñadas; tanto más sabrosos cuanto que procederán de la perquisición implacable de los bienes de sus perversos dueños actuales. Hundíos gozosas, queridas compañeras. El Gobierno envidia vuestro glorioso final y no se suma a él por responsabilidad de su cargo.

Las ratas, que chapoteaban e iban descendiendo a las profundidades marinas, no podían apreciar debidamente el discurso, pero ese detalle carecía de importancia mientras se cuidaran de inmortalizarlo las encargadas de ello.

El Yate del Pueblo se alejó a toda máquina.

 

 

 

56

El mar era una fiesta.

 

En el mar reinaba un gozoso desconcierto, como si cada ola hubiera decidido tomar distinta dirección, lo cual hubiera ocasionado insólitos problemas y navegación imposible.

Pero sólo era una apariencia. Se estaba levantando un viento favorable y para tomar decisiones y zarpar se esperaba al amanecer. Simplemente había un intenso trasiego de barco a barco, se hablaba a voces, había música, intercambio de mapas y portulanos y bailes regados por diversos caldos aportados por los propietarios de embarcaciones visitantes.

En la celebración y degustación tomaban parte importante los prófugos de Piratas Irredentos que habían sufrido largo tiempo el vigilante yugo de los fundamentalistas. Hartos del largo tiempo en el que el esparcimiento consistía en mascar espesos bolos de una desagradable droga amasada con mejillones y ciertas algas, de escuchar las alabanzas a Iluminadísimo y de recitar los pareados de cuyo aprendizaje memorístico dependía su ascenso en el escalafón, sorbían con deleite el extracto de viñas acompañado de bocadillos que preparaba el destacamento gastronómico de Angelina.

Todo hervía de proyectos, propuestas, relatos, invitaciones.

– Igual me compro una casa en el pueblo que tú dices. ¿Es verdad que está lejos de la costa y hay cerca unos picos muy altos? Porque ya está bien de trabajar en cubierta. El mar no quiero ni verlo.

– Ciudad grande, grande, grande. Así la quiero Como la que me describieron los antiguos de mi barco. Imagina…Te paseas por donde te place, haces lo que se te antoja y no te conoce nadie

– ¿Le parece que podré trabajar en su periódico, Metáforos? Tengo dos reportajes pensados, sobre las redes secretas de desviación de fondos estatales para alimentar franquicias rátidas.

Metáforos consideró la propuesta del joven reportero de Nevonia.

– También yo he barajado la idea, e incluso antes de venir estuve recopilando filtraciones de confidentes. La financiación indirecta rátida es un tema apasionante.

– ¿Entonces un trabajo conjunto?

Metáforos jugueteó con una jarra vacía y observó mirando su fondo:

– Me han dicho que en Nevonia la cerveza es excelente.

– ¡Oh, sí! Tenemos una receta de nuestros antepasados, los grandes navegantes del norte. Por cierto, he traído algo. Un instante.

El joven regresó cargado con una caja.

– Embarqué algunas botellas conmigo. En previsión de que la travesía fuera larga.

El vacío y triste interior de la jarra rebosó en breve de líquido dorado y espuma.

Tras el brindis, el periodista de Nevonia propuso:

– Su experiencia sería valorada como corresponde. En el acuerdo de nuestro trabajo conjunto se incluiría un compromiso de suministro gratuito de este producto típico de mi país.

Metáforos se limpió la espuma y asintió con la sobriedad que le caracterizaba:

– Su proyecto me parece digno de consideración.

En popa, donde la luz era más tenue, había un animado coloquio, en voz baja entre uno de los visitantes y una pirata prófuga. Procuraban no atraer la atención porque ella se había despojado de cuanta ropa llevaba encima como si le resultara insufrible el peso de la tela y no llevaba sino dos piezas someras.

– ¿No tienes frío, prenda?  -preguntó él haciendo ademán de cubrirla con su chaqueta.

– No hace frío. Algo de brisa.

Y agradeció la oferta sonriente. A continuación se soltó el broche que le sujetaba el cabello y movió la cabeza a un lado y otro para recibir, con placer evidente, el soplo del viento.

Él temió que continuara desvistiéndose y se arrancara, que es lo que parecía hacer más que despojarse normalmente de una prenda, lo poco que todavía llevaba encima. Procuró distraerla de lo que parecían tristes meditaciones.

– ¿Es verdad que os hacían llevar siempre un manto color arena con una estrella parda? ¿Y en la cabeza agujeros para los ojos?

La pirata prófuga asintió y abrió de par en par los brazos para recibir brisa y salpicaduras de espuma. Luego se volvió hacia él, recompensó su solicitud con un rápido abrazo y le tranquilizó.

– No te preocupes que no continúo. Incluso voy a vestirme un poco. Tú no sabes lo que es no sentir nunca en la piel el aire y el sol. Pero nos vengamos, vaya si nos vengamos de los PIF. Muchos están en el fondo, envueltos en el sudario que nosotras llevábamos.

Para espantar los malos recuerdos del pasado él le hizo observar la estela de chispas que dejaba en el mar tropical la quilla del barco y le explicó que eran como diminutas gaviotas acuáticas provistas de su propia luz que subían de noche hasta la superficie.

– Ponte cómoda en este rincón que hay lonas. Voy a traer algo de bebida para que nos la tomemos los dos.

Un pequeño bote desvencijado, fuera del área del farol que cabeceaba, les ofrecía cobijo, e incluso, al estar volcado y por la rotura astillada de su casco, una visión del cielo estrellado que cuadraba bien con las circunstancias.

– Nena, si te quieres quitar el resto, por mí no te preocupes.

No eran los únicos que buscaban rincones discretos. Numerosos galeotes incorporados hacía poco a la armada rebelde descubrían, con parejas recientes, posibilidades insospechadas y llenas de dulce sabor. El sexo, reglamentado y objeto de pedagogía e igualitarismo bajo el gobierno rátida, había arrasado en ellos con el erotismo y los incentivos más elementales, amén de extirpar a golpe de consigna toda actitud sentimental y romántica y producirles, cuando no rechazo, un aburrimiento feroz. Ahora descubrían que, como el sabio dicho francés reza, el mejor momento del amor es cuando se sube la escalera.

Otros estaban, y se sentían, extrañamente solos entre el jolgorio. Acodado en la borda, Segis adivinaba, más que observaba, el horizonte. Orky y Kraky se le acercaron. Pese a ser hombres de acción avezados en peligros y duras empresas, percibían en el antiguo Remo 72, su jefe de la Resistencia, la tristeza que, como la bajamar, sigue a la exaltación de la victoria. Segis compartía, por supuesto, el gozo generalizado ante la derrota del enemigo, pero, precisamente por su liderazgo y tenacidad en el largo combate, por su conciencia del peligro que representaba el Gobierno Rátida, vivía momentos de especial vacío y soledad.

– No las hemos perseguido. -dijo.

– Han quedado muy pocas. La gente está cansada, el mar oscuro. La mayoría no sabrían orientarse. -le respondieron.

Hubo una pausa. Luego Segis sonrió. La sensación de alivio animó a sus compañeros.

– El plato frío de la venganza ha sido reemplazado por un buffet libre.

Orky y Kraky asintieron. Y apostillaron:

-Así es. Vamos abajo a tomar algo.

Y dejaron la cubierta.

 

 

 

57

El Club de la Eterna Venganza.

 

Según descendían, Segis y sus compañeros, se encontraron con un espectáculo insólito. De sala en sala y de cubierta a cubierta desfilaba un grupo pequeño pero cuyo número parecía abrumador por lo ruidoso, recitando consignas, coreando una especie de sutras, exhibiendo pancartas y arengando al parecer a los presentes, que lo observaban creyendo que se trataba de un conjunto musical por el acompañamiento de instrumentos que algunos tañían. De cuando en cuando se detenían, anunciaban ¡Hemos decidido abandonar la clandestinidad! y repartían panfletos. Los tres se detuvieron a escuchar el discurso y Segis se sintió rápidamente atraído por la palabra venganza, a la que él mismo acababa de aludir y que, en varios idiomas, parecía figurar como reivindicación de base.

– ¿Quiénes sois?

Encantados de la atención que despertaban en el trío de rebeldes victoriosos, los manifestantes no deseaban escatimar explicaciones, pero tampoco querían restarse a sí mismos importancia ofreciendo información individual y desordenada.

– Y tú ¿quién eres? -espetaron a Segis, a quien suponían el líder.

– Somos miembros de la resistencia que ha derrotado a las ratas, y él es uno de los mejores. -respondieron los otros dos.

– Pues no creáis que con la excusa de esta batalla y lo de la lamentable deriva autoritaria rátida en el marco de un Estado ya antes, y siempre, opresor vais a derrotarnos a nosotros, a hacernos desaparecer, a eliminar nuestra imparable lucha por la igualdad, contra el sistema abominable y sus víctimas.

– ¡La lucha continúa! ¡La lucha continúa! ¡La lucha continúa!

El grupo, que se había formado en una fila compacta detrás de su portavoz, repitió con buen ritmo la consigna. Ante el gesto perplejo de su reducido auditorio, el portavoz fue sustituido por una portavoz, que se apresuró a anunciar:

– Practicamos la igualdad completa de género. Yo os responderé ahora.

Segis, siempre observador, advirtió que el orden en la fila no era casual. La portavoz leyó su mirada y aclaró:

– Nuestros compañeros forman, según el orden establecido por nuestros principios básicos, de cuatro en cuatro: Género femenino, masculino, neutro y no sabe-no contesta.

– Pero ¿quiénes sois? -insistió Orky.

– Nuestra plataforma es inmensamente plural; sin embargo nos cobijamos bajo un fin común: Somos el Club de la Eterna Venganza.

– ¡Hasta el final sin final! ¡Lucha eterna contra el mal! -recitó el coro.

Segis y sus compañeros empezaron a comprender que estaban ante una especie de delegación de los Antiforever, que se alzaban en diversos países contra cualquier institución, credo o ley establecidos, incluida la Ley de la Gravedad. Les alarmaba ahora verse eclipsados ante la opinión pública por la difusión de la realidad del Estado Rátida, la rebelión, el enfrentamiento y la victoria. Los intelectuales de nómina del movimiento temían que sus consignas perdieran lustre por la evidente semejanza de éstas con las normas aplicadas por el Gobierno opresor, derrotado y en fuga. Así pues habían enviado un destacamento de difusión, propaganda y contraataque a la nave donde el mando exgaleote y los suyos celebraban la recobrada libertad.

Se sentían, sin embargo, en desventaja, anegados por la euforia del momento y el clima reinante donde cada cual parecía festejar a su manera y hacer proyectos sin coordinación superior alguna. Opinaron que más les valía no enfrascarse en discusiones con los tres rebeldes y que lo mejor era remitirles al estudio de una de sus obras de cabecera.

– ¿Qué es el Club de la Eterna Venganza? -insistió Segis.

Uno que, al parecer, lideraba una facción del grupo les interrumpió:

– Podemos tener mejor auditorio en otra sala.

– -Vamos entonces. -la portavoz y otro miembro del Club responsable de los movimientos del conjunto, aprobaron el desplazamiento y llamaron a alguien:

-Tú, Luis Fernando, que eres del BUM, quédate a explicarles quiénes somos y el ideario y labor de nuestra plataforma.

Luis Fernando era joven, ilusionado e inspirado. De él rebosaban, como de una fuente, de forma casi visible, junto con un caudal de consignas, la generosidad y necesidad de dedicarse a una gran causa. Rápidamente extrajo documentos de una mochila que había dejado apoyada en la pared y se quedó mientras los demás salían agitando banderolas y carteles.

– Podéis llamarme L F – dijo.

Se aclaró la voz, enronquecida por los recitados de consignas anteriores, y prosiguió:

– Yo pertenezco al BUM. Estamos integrados con muchos otros en el Club porque nos unen los mismos ideales y perseguimos idéntico fin.

– ¿Qué es el BUM?

– Es BUM, con B. Bíctimas Unidas Mundial. La B fue exigencia del sector de Víctimas de la Ortografía, de los reprimidos, excluidos y represaliados por ignorar la corrección ortográfica. Defendemos a las víctimas, a todas las víctimas, siempre

– ¿Cuáles? ¿De qué? ¿Dónde?

L F se había lanzado a su discurso como quien se zambulle con la idea de hacer varios largos, y ahora, sin dejar espacio para preguntas o interrupciones, describía el amplio, ilimitado, perdurable campo de actuación de su grupo. Era tan vasto que Segis optó por ir resumiendo, para mejor comprensión de sus compañeros, menos eruditos que él. La Plataforma Mundial de Víctimas o V/BUM se integraba, naturalmente, en el Club de la Eterna Venganza, que había optado por la frívola denominación de Club precisamente para despistar a sus enemigos, que eran los no militantes. Se inspiraron en un principio en ciertos sectores religiosos, en algunos gurús y, muy especialmente a causa de sus operaciones de acción directa y su negativa radical a cualquier compromiso, en Piratas Irredentos Fundamentalistas, pero rechazaban cualquier credo, profeta o divinidad. De hecho, Iluminado Magnífico y el Clero Tinta Negra habían declarado en diversas ocasiones su afinidad con Eterna Venganza, cuyas premisas cuadraban a la perfección con su propia lucha sin límites contra los infieles. La venganza infinita, acompañada del rencor inextinguible y la deuda milenaria, era la clave ideológica, puesto que se vivía, se había vivido y se viviría en un mundo dividido en Víctimas y Culpables, lo que justificaba la continúa lucha, la marginalidad y hostilidad indispensables y cualquier tipo de acciones.  El joven movimiento aún carecía de héroes de prestigio. Sus comandos rayacoches, rompelunas y arrancarretrovisores no gozaban de popularidad y la masa ignorante no comprendía la nobleza de su ideal antisistema.

 

 

 

 

58

Gente’s News

 

L F extrajo de su mochila el periódico “Gente’s News”, algunos manuales y el libro de cabecera del movimiento, en el que se incluía la lista de ilustres eternos vengadores, entre los que figuraban, además de Iluminado, innumerables jefes de comunidades, selváticas, rurales, lingüísticas, dialectales y vecinales. En volumen aparte se inscribían los que aspiraban a ser resarcidos por la discriminación de la que habían sido objeto durante siglos, y milenios, a causa de su talla, peso, volumen, color, forma de la nariz, tono de la voz, desdén o incapacidad para el estudio, escaso atractivo sexual, cortedad intelectual, desagradable apariencia, inutilidad profesional notoria…La lista se quería exhaustiva y hubieron de rogar a L F que no continuara.

El miembro del BUM, que disfrutaba con la lectura, se mostró algo decepcionado pero pareció comprender:

– Son varios volúmenes. Quedaremos con más tiempo. Tenemos todavía problemas de organización.

Se ruborizó modestamente:

-La verdad es que no esperábamos tener tanto éxito. Acuden aspirantes de todas partes.  Sorprendentemente, partidos políticos bien establecidos en el corazón mismo del sistema también se interesan por nosotros. Se ha corrido la voz de que podemos obtener, mientras se materializa la eterna venganza, sustanciosas compensaciones de los Gobiernos.

Como si quisiera corroborar sus palabras, se había ido formando junto a ellos un auditorio creciente de curiosos, del que comenzaron a destacarse algunos que les planteaban preguntas directas y estaban seguros de identificarse con los requisitos del victimario oficial:

Un joven ya poco joven, pero vestido de veinteañero, proclamaba el agravio del que era objeto:

– ¡Me exigen que apruebe alguna asignatura! ¡Que pague matrículas! ¡Que trabaje incluso! No me dan el alojamiento, ni la comida, ni siquiera lo necesario para mis salidas nocturnas. ¡Y sólo llevo quince años en la universidad, en la que desempeño un inestimable trabajo de líder de las Fuerzas de Choque de Repetidores y asesor de Innovación y Crítica Pedagógicas!

– ¡Soy víctima de discriminación residencial! -dijo otro- Nuestro líder nos ha enseñado el camino y se ha sacrificado él mismo mostrándonos, con su ejemplo, la vivienda que debía habérsenos proporcionado. ¡Mirad! Hele aquí ¡Cómo disimula su sufrimiento! Se palpa su angustia por estar separado del pueblo.

Y mostraba una foto de prensa con el líder de Igualdad Residencial, que posaba, con gesto de resignación, teniendo como fondo el jardín, garaje, piscina y la entrada al primero de los edificios de su finca, que incluía una modesta cabaña, en materiales nobles, propia para la meditación sobre altos ideales y la felicidad del pueblo.

– Compañero, estamos en la misma barricada. -le aseguró otra de las presentes- Esos verdugos rechazan mi derecho a instalarme, cuanto tiempo juzgue conveniente, en el piso en el que me he introducido en ausencia del propietario, con el aplauso de mis homólogos. E incluso se niegan a reconocer la labor cultural gratuita que ofrezco celebrando sesiones poéticas. ¡Qué saben esos míseros ahorradores, deudores de hipotecas, adoradores vulgares de la propiedad individual, de la belleza de la lírica!

– ¡Igualdad estética y sexual! Eso es lo que reclamo. Nadie parece advertir la belleza de mi alma, el atractivo de mis ocultas cualidades. – exigía otro de fealdad a la que no acompañaban gracia, frescura, proporción ni encanto alguno.

Banderas, de diversos colores, al viento, dos pequeños grupos avanzaron impetuosos y se situaron en primera fila. Eran, según declararon, víctimas históricas, agraviadas entre sí por ser sus pueblos vecinos y conjuntamente por el opresor Estado del país del que provenían:

– Nosotros somos lugareños, con entidad diferencial ilustre, de Conejillas del Duque, descendientes del famoso noble Lanzaflorida.

– Y nosotros somos de Conejillos, a quienes el Duque otorgó incontables fueros.

– Y a nosotros más.

– Claro. ¿Por qué creéis que Conejillas se llama así?

La hostilidad crecía entre ambos por momentos.

– Los fueros de Conejillos eran por los chavales de nuestro pueblo, que el Duque mandaba allí a estudiar y criarse.

El auditorio evitó que llegasen a las manos.

L F parecía sobrepasado por las circunstancias y repetía, procurando que el tono de su voz se impusiera a la barahúnda:

– Tenemos lista de espera, tranquilizaos. Apuntaré vuestros nombres y los propondré en la primera reunión de nuestro Comité.

Los tres exgaleotes decidieron optar por la retirada, pero antes Segis, siempre cauteloso, planteó al miembro del BUM un tema que le inquietaba:

– Gracias por la información. Una pregunta: ¿Tenéis relación con el Gobierno Rátida?

– No. Las víctimas de diferentes especies formarían un colectivo demasiado numeroso. Hoy por hoy nos sobrepasa nuestra actividad actual, las desigualdades genéricas, los agravios históricos, las ofensas lingüísticas, las venganzas que nos esperan….. -suspiró profundamente- No sé si viviré para ver los primeros frutos.

– ¿Y quién pagará, eternamente, con la venganza, las indemnizaciones? -planteó un curioso.

– Oh, el enfrentamiento es inacabable, como repiten nuestros líderes. -L F pareció un poco desconcertado tanto por la inmensidad del espacio temporal vengativo como por la del número de sujetos. Buceó en el material de su mochila y sacó un folleto. -Aquí se expone clara y brevemente. -Leyó: –Desde los albores hasta el fin de los tiempos la dinámica humana es la lucha de ofensores y agraviados. – Levantó la vista. -Es incontestable, de una sencillez deslumbradora.

– Tendrá que haber quiénes vayan pagando tantos agravios. ¿Y si no quieren? -insistió el curioso.

L F buscó en el folleto otra página y leyó de nuevo: –Reinará nuestro decálogo / tras el fraternal diálogo. / Para media humanidad / amor y fraternidad. / Para la media restante / venganza ejemplarizante.

– Pues va a resolverse el problema de aumento demográfico. El planeta está salvado. -dijo con tono irónico el curioso impertinente.

L F decidió no leer nada más. Por sus ojos pareció cruzar una sombra de duda, aunque no perdió la bondadosa sonrisa de quien ha visto la luz y va a llevar a ella al auditorio. Claro que los métodos y etapas no estaban tan definidos como debieran… Incluso quizás habría que discutirlos con mayor profundidad. Sin que eso representase, por supuesto, poner en tela de juicio los altos ideales. Se inclinó para colocar en el fondo de su mochila, cubrirlo y ocultarlo a la vista desde el exterior un folleto sobre material de acción directa y violencia vengadora legítima.

Los tres de la resistencia se alejaron, la preocupación en el semblante.

– Parece que no nos va a durar mucho el descanso cuando estemos en tierra.

– ¿Y si acaban aliándose con las rátidas?

– O ellas los engañan. Son hábiles para eso.

El jolgorio en el ambiente despejó sus pensamientos como el aire había ahuyentado las nubes en el cielo plomizo. Ahora en cubierta se bailaba y cantaba bajo las estrellas.

– Olvídalo, Segis. Vamos a tomar algo.

 

 

 

 

59

Migración

 

El plan B, que sólo conocía el alto mando rátida, incluía un mapa minucioso de rutas marinas y zonas de interés. Las suaves patas de Rata Mayor, que siempre había aspirado al liderazgo, recorrían, con las garras recogidas como siempre era aconsejable cuando no se precisaban, las líneas de la derrota. No era un camino fácil, pero sí practicable para una flota reducida, y ese factor siempre se había tenido en cuenta al pergeñar el proyecto. Las numerosísimas bajas se contabilizaban a beneficio de inventario, previsibles, inevitables y elogiadas en la posteridad por su sacrificio y lucha heroicos. Todas serían en la victoria futura homenajeadas en un monumento con el lema Las ratas nunca abandonan el barco.

– Aquí -Rata Máxima señaló un punto- nos atrincheraremos, ocultaremos, repondremos y organizaremos de nuevo nuestro Comité. Cuando seamos fuertes….

– ¿Encerrarnos? ¿Reducirnos a una zona tan limitada? ¿Dar por hecho a la opinión nuestro fracaso? Ésa no puede, no debe ser en absoluto nuestra estrategia. Al contrario, es lo que nos ha perdido, el punto débil de nuestra temporal pérdida del poder. Y ahora se convertirá en nuestra plataforma para el futuro.

Las demás, en primer lugar Rata Máxima, cuyas garras habían empezado a raspar la mesa y el blanco hocico a teñirse de rojo, quedaron sorprendidas y faltas de discurso.  Igualísima se dio cuenta de que se esperaba más la continuación del proyecto de Rata Mayor que las objeciones que ella pudiera poner o el ejercicio de su autoridad. Lo cierto era que el mando había comenzado a oscilar, a diluirse y distribuirse de forma distinta, aunque por lo pronto la urgencia de alejarse del escenario de la batalla y la posibilidad de que les persiguiese el enemigo reducían los enfrentamientos al terreno verbal.

– ¿Qué propones? -preguntaron varias a Rata Mayor.

– Propongo el contraataque por medio de la difusión de contactos, alianzas. Es hora de planes comunes del más amplio espectro, de propaganda y coordinación planetarias. El R.I.P., la Rátida Internacional Pluralista, a la que pertenezco, la A.R.M., Alianza Rátida Mundial, la A.U., Alcantarillas Unidas. El R.S.I., Rátidas Sin Fronteras, y, en fin, todos los movimientos dispersos pero guiados por el ideal común deben trabajar estrechamente unidos. ¡Viva la Internacional Mundial Pluralista!

No hubo una acogida entusiasta, pero tampoco rechazo, por prudencia. Estaba claro que Rata Mayor gozaba de apoyos, especialmente entre el sector de guardia y policial, que habían salvado sus vidas en pequeñas pero resistentes lanchas previstas al efecto y que eran fieles a su Jefa inmediata.

– Hasta la victoria, ¿o no’ -Rata Mayor dirigió una fría mirada a su auditorio, como si examinara su fidelidad uno a uno. Alguien en el comando policial aplaudió, los demás siguieron su ejemplo, y finalmente el Alto Mando en pleno, Igualísima incluida, se adhirió a la propuesta.

Rata Mayor tenía ya cierta edad, que le había valido para ir asegurándose apoyos y para dar una imagen de sabias experiencia y comprensión.

-Por lo pronto, naveguemos. – dijeron varias de las presentes.

La atención era precisa porque el éxito de la huida y llegada a destino radicaba en sortear extensas e irregulares zonas de corales. Precisamente por ello se habían escogido aquellas aguas, que la navegación normal evitaba y figuraban en los mapas bajo vagos apelativos como “Territorio de Delfines” (lo cual no era cierto), “Caladeros de Medusas” (cierto en parte) o “Laberinto Coralino” (que sí correspondía a la realidad).

El Yate del Pueblo, donde iba el Alto Mando, se mantenía en retaguardia de la reducida flotilla hasta ver por dónde pasaban los de primera línea. Un pequeño y maltratado buque se destacó en la empresa. Lo dirigía una rata entusiasta y completamente devota de la causa, que había escogido como nombre de guerra Medialuna Esplendorosa, inspirada por la forma y color del astro nocturno, que recordaba a una magnífica porción de queso. Medialuna vio en aquella ocasión llegada su hora de gloria, al tiempo que de destacarse en la profesión pública de fe en la Líder. Junto con el Cantor Pasta Supina había compuesto un himno, inspirado en el que se entonaba en el reino democrático de Kimyrata III del Norte, su aliado asiático.

– ¡Yo os guío! -anunció desde lo más alto de la proa- La sabiduría del Alto Mando, la fuerza que nos proporcionan sus ideas, el porvenir luminoso que se nos ofrece en el horizonte no pueden fallarnos. ¡Seguridad, seguridad en nuestro avance!

Medialuna rebosaba entusiasmo pero carecía de conocimientos náuticos. El bajel se dirigió a toda velocidad hacia lo que sin duda era ancho paso entre los corales. Estaba lejos de serlo. La proa chocó con tal violencia contra la afilada y larga prominencia rocosa, apenas cubierta por el agua, que se elevó varios metros, dejó al descubierto buena parte de la quilla desfondada y la nave se rajó casi por entero por la mitad a lo largo. Todavía con una expresión de incredulidad y asombro en el semblante, Medialuna se encontró en las olas que, al chocar contra la negra pared erizada de aristas y sin lugar al que asirse, la empujaban a una muerte segura. Las peticiones de auxilio fueron desoídas por la nave capitana, que anotaba sabiamente las zonas que era necesario evitar, aunque también se tuvo en cuenta una propuesta de añadir a Medialuna Esplendorosa y sus compañeras al monumento a las rátidas heroicas fenecidas en acto de servicio. Incluso, aunque no se hizo maniobra de salvar a ninguna, el alto mando ordenó, una vez superada la zona peligrosa, que se guardase un minuto de silencio.

En el horizonte, por fin, apareció el anillo de espuma que marcaba la meta de su viaje, el refugio salvador.

Por un pasillo marino de profundidad segura y ancho suficiente, las ratas entraron en lo que iba a ser su reino provisional, hasta que los planes de expansión hallasen momento favorable. El atolón emergía formando un círculo casi perfecto que dejaba en su centro un espacio vasto en el cual las rocas emergían al albur de las mareas. La cinta arenosa no carecía de alguna vegetación, de palmeras, pequeña fauna y nidos de pájaros, todo lo cual iba siendo anotado por Rata Ecónoma como fuente de suministros. La cosecha de mariscos, huevas y peces muertos no era tampoco despreciable.

– Haz un mapa de las zonas según la cantidad de alimentos. -ordenó Rata Máxima.

– En ello estamos. -dijeron Rata Mayor y los suyos.

Por encima de la mesa donde se trazaba el primer esbozo del nuevo reino ambos grupos se miraron.

 

 

 

 

60

El Atolón de la Perfecta Igualdad.

 

Desde el racimo de rocas que se elevaba, casi con exactitud geométrica, en el centro del vasto círculo de aguas tranquilas, Rata Máxima se preparó a pronunciar su discurso. Era también una proclama fundacional destinada a subrayar, por una parte, las características que hacían del lugar una especie de maqueta de lo que en el futuro sería el Imperio Rátida. Por otra parte, era importante asentar su propio prestigio y papel como líder, la encarnación del destino, del Igualismo que debía presidir, en el fondo y en la forma, en la manifestación física y en los principios, proyectos, obras y actos.

No disponía del tiempo que hubiera deseado porque la marea, insensible al sublime valor de las ideas y tenaz en su horario, cubría con regularidad el improvisado atril. Sus asesores habían contado con ello y ajustado los temas a exponer.

– ¡Observad -dijo en voz muy alta porque el lejano estruendo del arrecife protector obligaba a alzar el tono y a gesticular más de lo que debiera- la magnífica sede que hemos encontrado y que se conocerá durante los siglos, y milenios, venideros, como Atolón de la Perfecta Igualdad! ¿Qué mejor que el círculo, su orla fértil circundante, el podio que la naturaleza nos ofrece como apropiado punto divulgador de las comunes directivas enunciadas por el presente Gobierno, cuya función es simplemente representaros, resumir vuestras aspiraciones, conduciros al máximo bienestar?

Las ratas se habían distribuido, según indicaciones previas, por las playas y costas circundantes y escuchaban con atención, aunque con cierta fatiga a causa de lo accidentado del viaje y la pasada derrota.

– ¡Nuestra existencia será en todo igualitaria, como el círculo en el que residimos, semejante a la redondez solar y lunar que los astros muestran!

Rata Mayor, ataviada para la ocasión con un curioso tocado de algas oscuras, había intervenido de forma inesperada. El Alto Mando que apoyaba a Máxima la miró con recelo pero nadie se atrevió a interrumpirla porque la imagen inicial de unidad era imprescindible. Además Rata Mayor, con experiencia en gestión municipal del queso, se había creado una sólida trama de fidelidades cuya lealtad afianzaba con actividades periódicas lúdico-musicales de alabanza a la paz, la bondad y la reconquista de los sanos usos rurales.

– ¿Cómo repartiremos la parte emergida del atolón? Porque, aunque sea circular, no hay por todos sitios las mismas cosas. –La voz de alguien del público llegó, inoportuna, amplificada por su altavoz fabricado con una hoja de palmera.

– Con equidad e igualdad ejemplares. -se apresuró a afirmar Máxima.

– Sí, pero ¿cómo.

El público era insistente.

Rata Mayor decidió cambiar de tema:

– ¿Os he hablado de mi proyecto de huertos marinos y de la abundancia que nos depararán?

Llevada por la inspiración, se lanzó a exponer con detalle el rosario de nutritivos paraísos que aumentarían, todavía más si cabe, la prometida felicidad.

– ¡Tenemos poco tiempo! ¡Tenemos poco tiempo! -exclamaron varias asesoras.

Rata Máxima y sus partidarias se esforzaban en interrumpir el que se prometía largo discurso, porque, tras la descripción de los huertos marinos, la en tiempos encargada de asuntos de municipalidad e intendencia se había descubierto una vocación de bondadoso, pero indiscutible, líder y era tan difícil quitarle la palabra como arrebatar a sus fieles las raciones suplementarias de trozos de queso.

Hubo, en un toma y daca por situarse en el centro del podio, conatos de enfrentamiento, que la población rátida observaba a distancia sin intervenir, más atentas a las divisiones que habían visto trazadas en la arena según las cuales los segmentos de tierra firme del círculo eran geométricamente distribuidos.

Pero los recursos no eran los mismos.

La Guardia se encargó de calmar el amago de tumulto fruto del inicial desconcierto.

-Oíd el comunicado: Todo se repartirá equitablemente en breves fechas.

– ¿Cuáles? ¿Por qué calendario nos guiaremos? Aquí el tiempo parece que no cambia.

Así era. Se encontraban en una latitud sin estaciones ni puntos de referencia. Pero el Alto Mando había contado con esa ventaja:

– Comenzamos una nueva era, la del Birratismo. En este podio fundador se alternarán dos grandes líderes en las que se funden y confunden las aspiraciones de todas vosotras, como los pólipos edifican bajo vuestros ojos los fondos del mar. No hay igualdad mayor que aquélla con la que nosotras os representaremos.

La maniobra era en verdad inteligente. Rata Mayor y Rata Máxima se sonrieron y enlazaron sus colas entre los aplausos de la concurrencia.

El calendario de la Nueva Era se regiría, como no podía ser menos, por el ritmo de las mareas, que marcarían la alternancia en el uso del improvisado atril. El paso de los días, agrupados luego en unidades temporales oportunas, se adaptaría a las necesidades y dictámenes acordados por el Consejo Temporal Rector, libre al fin de la influencia de los viejos esquemas, nomenclatura y mitos de especies inferiores y de los estriboritas abominables.

Había que celebrarlo. Y para ello hubo un festival de cocos, cangrejos, fauna menuda, raíces y frutas variadas. El manjar más exquisito, los huevos de pájaros, cumplía reservarlo para aquéllos que encarnaban el bienestar, proyectos y esperanzas de la nueva nación.

 

Pasaron los días, semejantes en la ausencia y presencia del sol pero diferentes en la de la luna.

La igualdad geométrica no funcionaba como se hubiera esperado, al menos no en experiencia de las que habitaban los segmentos más inhóspitos del atolón. En espera de los prometidos huertos marinos, las cuotas de población rátida asignadas en algunos lugares no se sentían satisfechas con el escueto menú de cangrejos y algas, y eso que periódicamente algunas supervivientes del Corpus Nígrum, de Ratas Pedagogas, las aleccionaban sobre las ventajas de los nutritivos alimentos econaturales los beneficios que a sus cuerpos proporcionaba el saludable ejercicio de correr tras los cangrejos isleños, singularmente rápidos, y sumergirse en las aguas, que, exceptuando las de las alcantarillas, nunca habían sido medio que ellas prefirieran.

Los grupos de otros segmentos igualitarios se lamentaban igualmente por la ausencia de cocos, frutos, pájaros o tubérculos en su parcela. No era tampoco igual el acceso a pozas. El agua de lluvia se hallaba a muy diferente profundidad según las zonas y requería hozar bajo el fuerte sol, empapar esponjas o llenar cáscaras y llevar parte al Gobierno.

Empezaron las escaramuzas, entre marea y marea.

Las líderes respetaban la alternancia en el podio y sus calendarios. La recogida y entrega de huevos les llegaba con regularidad, habían descubierto nidos accesibles con los que podían darse un festín de polluelos y planeaban, mediante balsas de juncos que llegaban arrastradas por las corrientes, el camino que las conduciría hasta la dorada meta final: La expansión del imperio, truncada momentáneamente por adversas circunstancias pero nunca olvidada.

– Parece que no les ilusionan nuestras propuestas. No comprendo. Viven en el medio originario, primitivo, de cuyas bondades tanto les hemos hablado….

Igualísima reflexionaba en voz alta. La falta de respuestas de su rival, Rata Mayor, le agradaba. Fue Rata Parda, en tiempos responsable de Comunicación y Propaganda, la que apuntó una de las probables causas de la crisis:

– No quieren la vida natural. Han sido corrompidas por los humanos. Les gustan las preparaciones con tocino, las dulces bebidas, los veloces artilugios que las llevaban sin esfuerzo, las orgías con agua fermentada de coco, los…

– ¡Calla! -Las demás le impusieron silencio. Y miraron con melancolía el esquema perfectamente igualitario que estaba desplegado ante ellas. Con algunas manchas de huevo.

 

Habían pasado muchas mareas. Las ratas, agrupadas en tribus de autonomía variable según recursos y agravios, se desplazaban, enfrentaban, atacaban y aliaban sin prestar mayor atención a las divisiones geométricas primeras. La Guardia seguía garantizando el suministro de huevos y sus propios suministros, pero ni Rata parda ni miembro alguno del Alto Mando ni del Secretariado se molestaban ya en propagar consignas ni hacer largos discursos; se habían hecho refugios de difícil acceso en la zona de pollos y nidos. Como limados por las mareas, los recuerdos del anterior Gobierno Rátida, de su imponente flota, victoria y derrota se difuminaban en sus mentes, más atentas ahora al día a día. Con la disminución de los recursos y la obligación de buscarse duramente el sustento sus fuerzas menguaron, en primer lugar en los segmentos de tierra firme menos favorecidos, y enseguida en la población entera, disminuida y enfrentada.

 

 

 

61

Faros

 

Estamos cerca de las costas. -dijo Glamy, que todavía conservaba en la mirada un resto de melancolía cuando emergía el recuerdo del traidor Óskar.

– Vida nueva, chico nuevo. -procuró animarla Orky, ex remo número 32. También él tenía pésimos recuerdos de su hermano. En una visita que le había hecho cuando ya estaba preso en la bodega, Óskar le había confiado sus esperanzas de convertirse, en el primer país conflictivo en el que desembarcasen, en agente doble.

– ¿Qué planes tienes? -preguntó a la chica más que nada para sacarla de sus meditaciones.

– Creo que me gustaría estudiar algo, y trabajar al tiempo, en un acuario. Tengo experiencia.

De proa a popa, en todas las naves surgían las mismas conversaciones, cada cual engañaba su inquietud oyendo la del otro.

Algunos tenían pocas dudas sobre el inmediato futuro siempre y cuando éste se viviera juntos. Offing y Gal no se separaban, como si todavía temiesen a fantasmas rátidas que escalasen hasta la borda y les mostraran sus ojos amarillos. Era un temor absurdo, como se decían, pero no más que la experiencia que acababan de pasar y no mucho menos increíble que situaciones que el periodista de Albinia recordaba en su tierra natal.

-Vamos hacia una caja de sorpresas. -le dijo ella. Y añadió después con una sonrisa. – ¡Estupendo!

Angelina y Muerte Súbita discutían por una cuestión de onomástica:

– No te puedes llamar así. Tienes que elegir otro nombre antes de que lleguemos. -insistía la ex pirata prófuga.

-No querrás que me llame Manolo Bueno, o Angel Smith. Nadie se lo creería. -protestaba él, reticente.

– Si no cambias, no entrarás en ninguna parte. Y yo tampoco.

– Angelina, sin ti no entro en ningún sitio. Pero ¿por qué no puedo decir que tengo un nombre indio, de las tribus de Dolaria? ¿Algo como Bisonte Soñador o Coyote Famélico?

– Te dejarían entrar, pero se reirían de ti toda la vida. Y de tus hijos

– ¿Nuestros hijos…? No me digas que…

– Claro que sí.

Muerte Súbita se dirigió a la bodega en busca de una botella para celebrarlo.

Pesofijo, ex remo 45, no tenía problemas de esa clase. Su apariencia física había mejorado notablemente, ya no hubiera podido deslizarse por todas las claraboyas. Charlaba alegremente con las chicas de reparaciones, que ahora estaban dispuestas a hacer valer sus conocimientos de maquinaria y mantenimiento. En los barcos visitantes les habían asegurado que no tendrían el menor problema en encontrar trabajo en especialidades como las suyas y Pesofijo participaba de su optimismo y de la seguridad que sus conocimientos técnicos le garantizaban. Se complacía, tumbado en cubierta, en ensoñaciones de erotismo gastroerótico que consistían en imaginar cenas y comidas abundantes y elaboradas, variadísimas, con platos servidos ordenadamente con entrada, primero, segundo y postre, que se irían depositando en un mantel de auténtico tejido, mientras el agua, cerveza o vino hallaban acomodo en copas y vasos transparentes. Veía la cantidad exacta de café mezclado luego con leche, y la temperatura ideal de ésta, calentada de forma que el café no se enfriara, y jugueteaba con la forma y textura del pan, tierno y blanco, y el toque final de un dedo de licor rosa o ambarino.

Las prófugas del PIF, de los Piratas Irredentos Fundamentalistas, tenían planes para ofrecer espectáculos a clubes nocturnos, en los que podía resultar irresistible una combinación de desfile cubiertas con sacos terreros tachonados de estrellas pardas y una exhibición muy lenta y progresiva de sus encantos combinada con movimientos de la tarima sobre la que danzarían a imitación del oleaje. Era una de sus numerosas ideas conjuntas. Los proyectos diurnos se esbozaban según la imaginación y querencia individuales. Ya tenían ofertas de conferencias, cursillos y redacción de libros. Incluso les iban llegando mensajes con preguntas y sugerencias procedentes de las naves que acompañaban a las suyas desde la gran batalla o que se iban uniendo a la improvisada flota. Muchas de las notas les producían risa e indignación:

¿Optaron libremente por no mostrar su cuerpo ni su rostro?

¿Consideran las normas del fundamentalismo discutibles en su trato a las mujeres?

¿Desean que les preparemos sacos que las cubran por completo cuando lleguen a puerto?

¿Pasearán solas por las calles o deberán ir precedidas de hombres que caminen, sin mirarlas, varios pasos por delante?

¿Exige su cultura que no les rocemos la mano ni las miremos?

¿Deberá pagar la ablación de clítoris la seguridad social?

Se reían, se indignaban, y a continuación aprovechaban los rayos de sol para tomarlo con la menor ropa posible sobre cubierta.

Metáforos estaba ocupado con la estrategia de lo que llamaba “el largo camino a casa”. No era fácil esquivar a las curiosas y ansiosas exgaleotes que emergían, como de una prisión, de la sexualidad compulsiva e inspecciones de igualdad de genérica que el departamento rátida de formación y propaganda había impuesto como método más seguro de eliminar, en breve plazo, cualquier asomo de atractivo en las relaciones entre los sexos. Una flor, una cita de algún poema, leves caricias que dejaban a la imaginación ancho espacio desencadenaban huracanes pasionales, vibraciones eróticas hasta entonces desconocidas. Metáforos había considerado que las rendiciones deben ser lo más tempranas posible y que la victoria se hallaba en otra parte. Por ello había llegado a un pacto secreto con una de las lanchas visitantes y, tras relatar a Offing sus planes y planear un futuro encuentro tras el que ambos publicarían la primicia exclusiva del relato de los hechos, se preparaba para alcanzar, protegido por la oscuridad, la pronto cercana costa.

A media mañana se encontraron en cubierta de la nave principal los responsables de la ruta a seguir. Segis observó los mapas que se desplegaban sobre la mesa. Todavía los puertos de destino no estaban claros. Se les había asegurado que eran esperados con impaciencia e incluso alborozo en los países de tierra firme y que su lucha era agradecida y sería recompensada, pero a esas muestras de afecto había sucedido el silencio. Otearon el horizonte. Buena parte de las naves visitantes, tras dar por concluida la batalla y despedirse con efusión, habían desaparecido. El espacio marino parecía singularmente vacío, circular e inabarcable, como si de repente el globo terráqueo no fuera más que agua en la que bogara, solos, sin dirección ni referencia, un puñado de barcos. El sol había desaparecido detrás de bandas de bruma, ni cielo ni tierra ofrecían puntos que destacaran, y todos sintieron que tampoco ellos estaban seguros de ser bien acogidos ni de dónde dirigirse. A esa hora y con la atmósfera turbia, ni siquiera las sombras marcaban líneas que les orientaran.

– Estamos cerca. ¡Adelante!

– Llegaremos a cualquier costa.

– Nos esperan, seguro. En muchos sitios.

– Y puede haber ratas. Nosotros sabemos cómo hacerles frente.

– Ayer hizo muy buen día.

– La visibilidad mejora.

Surgían por doquier exclamaciones de ánimo y expectativa, que no todos coreaban pero sí esperaban. La ilusión simplemente había pasado de la hoguera a las brasas, que se convertirían fácilmente de nuevo en llamas.

– ¡Mirad! ¡Alguien se acerca!

El mensajero, en su pequeña pero rápida y maniobrera embarcación, acostó, subió a bordo por la escala y tendió sobre la mesa nuevos mapas. Era un portulano diferente a los en uso, un mapa de faros, con indicaciones minuciosas. A los faros ya existentes se habían añadido otros de nuevo diseño, que podían utilizarse para diversos fines e incluso alquilarse o adquirirse en propiedad. En numerosos lugares se esperaba a los navegantes, habría transportes y, si alguno deseaba reflexionar sobre su lugar definitivo de estancia, aquellas torres erguidas sobre el mar pero con pasos hacia tierra habían sido habilitadas para larga estancia, durante la cual se recibirían a cuantos enviados, conocidos y visitantes se considerase oportuno.

Los faros marcaban su presencia en horario diurno, con proyecciones de luces de colores vivos y avisos sonoros.

Ya no estaban solos en la vasta superficie sobre la que se habían sentido como una brizna que flota en el hueco entre dos olas.

Algunos de los piratas irredentos libres vieron en la oferta su ocasión. Habían discutido largamente sobre proyectos viables y rentables cuando llegaran a tierra.

– ¡El comercio! Haremos una red de comercio. Tenemos experiencia, conocemos rutas y mercados, sabemos de mercancías. Intercambiaremos. Es lo nuestro. Hoy en alta mar, mañana en los mercados de Albinia, Megas Musakia, Dolaria incluso. ¡Es lo nuestro!

Parecían ilusionados y aliviados. La incertidumbre de su adaptación a vidas sedentarias les había perseguido, como una oscura angustia, desde el mismo momento de la victoria. Ahora respiraban como si ya estuvieran en lo alto de un cómodo faro que, al tiempo, era una puerta en dos direcciones: al mundo de las calles, las casas y las superficies que no se movían y al amplio espacio exterior.

Los piratas amigos del comercio estaban felices. No eran los únicos. Gal y Offing consideraban también el alquiler ocasional de aquel primer hogar perfectamente compatible con sus posteriores planes. Harían falta, además, vigías que atendieran de cuando en cuando a una improbable y peligrosa aparición, no ya de supervivientes de los rátidas porque sabían sus escasas posibilidades de reorganizarse, sino de mercenarios, rátidas light como se denominaba a los galeotes colaboradores, mustélidos o terroristas del PIF, los piratas irredentos fundamentalistas, aunque el número de éstos últimos afortunadamente se había visto muy mermado, amén de por la derrota, por la práctica adictiva del suicidio. Prácticamente todos los que aplaudieron la idea de los faros se mostraron dispuestos a dedicar una parte de su tiempo a la vigilancia.

Descendía el atardecer, y la superficie, antes igual en todas direcciones, deshabitada y sin más trazo que la línea del horizonte, comenzaba a tomar forma, como si en ella se dibujara un mapa inexplorado. No lo era; simplemente los acontecimientos habían enturbiado el recuerdo de perfiles sobradamente conocidos y, en el caso de los antiguos galeotes, las ratas se habían esforzado tanto en borrar la evidencia, en aparentar que ellas estaban creando un mundo completamente nuevo y que cualquier referencia que contradijera tal idea era reprobable y objeto de persecución y denuncia, que ahora era y sería difícil reconocer lo que vieran sus ojos. Los catalejos iban pasando de mano en mano. Para los exgaleotes jóvenes, sin más formación que la doctrina rátida del Corpus Nígrum Pedagógico, era increíble y casi traumático cuanto divisaban. No podían existir casas, ríos montes, calles, diferencias, humanos que deambulaban libremente en variadas direcciones llevados algunos en cómodos vehículos de cuatro ruedas. No se atrevían a nombrarlos. Todavía les quedaba un reflejo de miedo a la denuncia, un enfado nacido del desconcierto, una forma de mirar por encima del hombro para ver si alguna Rata de Cloaca del Escuadrón de Policía Política Municipal para la Protección Ideológica de la Juventud estaba espiando sus reacciones. Luego, con el ardor propio de su edad, pasaban de la hostilidad a la curiosidad y el entusiasmo e imaginaban espectáculos y música.

Un mapa de haces de luz de distintos colores se hizo más visible según caían las primeras sombras. Los antiguos faros y los nuevos, cuidadosamente situados éstos últimos para reforzar la función de seguridad marinera al tiempo que orientaban, formaban un brillante archipiélago, una especie de cordillera de distintas alturas provista de claras indicaciones de las rutas a seguir. Al fondo desfilaban ante la vista acantilados, playas y puertos en los que había gente y bullicio.

Los navegantes sintieron que, por el momento, habían llegado a casa.

 

 

 

62

Los náufragos felices

 

Metáforos disfrutaba al tiempo de la incertidumbre y de la soledad. Sólo si tenía las dos a un tiempo, como quien sostiene el tiro de una pareja de caballos, podía sentirse capaz de continuar su viaje, de hacer nuevos planes y de ir sopesando posibilidades como quien abre frutos cuyo contenido desconoce.

– El mar está estupendo hoy. -dijo animadamente a sí mismo

Y era cierto. A esas horas centrales del día cuanto divisaba, la calma superficie y la altura rozada por una brisa ligera y pequeñas nubes sin asomos tormentosos,  era como una página en blanco en la que trazar, durante el lapso que se había fijado antes de reencontrarse con Offing, el mapa  personal que proyectaba, el significado de su propio recorrido, la opción por vagos e inciertos apeaderos que ni siquiera eran diques o puertos, el avistamiento de regiones que no recorrería jamás, la elección cuidadosa de otras en las que su parada sería fugaz, justo renovar provisiones porque era hombre práctico.

Entonó una alegre canción de despedida de las chicas que pedían atención, dulzura y cariño, silbó aires populares de su país e incluso tarareó el himno de su equipo favorito mientras izaba una pequeña bandera de Megas Musakia. Cuando se disponía a hacerlo, no puedo evitar el reflejo de mirar con temor, por encima del hombro, por si alguien lo observaba. La soledad y la imposibilidad de testigos no podían ser más completas en la vacía inmensidad del océano. Sin embargo Metáforos venía de un medio del que, con aparente total libertad, habían ido desapareciendo numerosas libertades, como un territorio en cuyo suelo crecieran y se multiplicaran las minas de forma que cada mañana había que mirar con mayor cuidado dónde se ponía el pie y las zonas transitables se volvían más escasas. Si sus colegas, que pertenecían, en número apreciable, al Sindicato Contra Símbolos Nacionales y a la Cofradía Todos Sin Patria, le hubiesen visto, su clasificación en el nivel de mínimo coeficiente intelectual estaba asegurada y las ceremonias de denigración pública, el ostracismo social y rechazo laboral garantizados. El barco siempre tenía la ventaja de que se podía izar algo que no fuese la enseña de alguna tribu pagada para serlo, la de algún tribuno de la plebe que prometía doctorados para todos o los colores genéricos de exhibición obligatoria en las fachadas de edificios oficiales.

La embarcación respondía perfectamente, la corriente lo impulsaba según sus cálculos, el subir y bajar de la proa parecía adecuarse a los ritmos de un verso clásico. Entre sus provisiones reposaba una de las obras milenarias, y aún de cabecera, no ya de su tierra natal sino de Euralia y de ese mundo que ahora le parecía a la vez de dimensión menor y más ancho.

– Es curioso -se dijo de nuevo- Tan grande y sin embargo…

Recordó un objeto que requería especial cuidado. En el habitáculo, diminuto pero bien protegido, que hacía las veces de bodega reposaba el envoltorio protegido por capas de tela encerada y de hule y sujeto con cuerdas a una estantería.

– Qué poca cosa pareces. Pero si las ratas te hubiesen cogido….-le dijo, continuando con sus monólogos que lo eran parcialmente. Cada objeto evocaba la forma de seres asociados a él. No se sentía solo.

Por ello al oír que alguien daba voces se creyó víctima de una alucinación aunque el sol calentaba muy moderadamente y no le faltaban alimentos ni agua.

– ¡Eh!, ¡Para, para! ¡Estoy aquí! ¡Déjame subir!

La alucinación repitió sus gritos, incluso, con desigual acierto, en diversos idiomas, de forma que Metáforos se aseguró de que no lo era y oteó desde la borda. Al principio no lo creía. Un náufrago, éste no como él bien provisto, feliz y voluntario. El visitante se hallaba en una embarcación mucho más pequeña que la suya y, a primera vista, sin apenas medios de subsistencia y desplazamiento. Lanzó la escala, no sin advertirle que amarrase primero su bote a la popa. No tenía la menor intención de llevar al huésped más allá del primer punto donde pudiera desembarcarlo.

Era un muchacho bastante joven al que la fatiga y la indignación impedían hacer un discurso coherente.

– Tengo la impresión de haberte visto en otra parte, en nuestro barco quizás. -observó Metáforos mientras el recién rescatado se reponía. Hizo memoria. -Claro. Tú formabas parte de un grupo visitante, de unos que llevaban pancartas y daban discursos. ¿Cómo te llamas?

– Luis Fernando, conocido como L F. En efecto, yo estaba allí, en vuestro barco principal.

– Y el grupo que iba repartiendo propaganda se llamaba algo como la Eterna Venganza, las Víctimas Unidas.

– Yo soy, bueno, fui hasta hace poco del BUM, Víctimas Unidas Mundial, con B por solidaridad con las víctimas de la ortografía. ¡Y me han echado, me han echado por disentir democráticamente!

– ¿Al mar? ¿Te echaron al mar?

– No exactamente. Es largo de explicar. -Luis Fernando miró a Metáforos como dudando de su capacidad de comprensión. -Desconozco tu formación política.

– Tal vez lo entienda, no te preocupes. Explícame qué ocurrió.

– La organización se basaba en ideas excelentes, trabajábamos por las víctimas presentes, pasadas, futuras. El campo de acción era inmenso.

– Imagino que os lloverían los afiliados.

– Teníamos un gran porvenir. Di toda mi energía a la causa. Cuando me pasaron un resumen de la teoría del líder se hizo en mí la luz. ¡Las dos fuerzas, opresores y oprimidos, verdugos y víctimas, buenos y malos! Evidente. Consideré al ideólogo como mi padre espiritual.

Pausa. L F continuó en un tono abatido:

– Por eso me ves en esta situación.

– La caída ha sido proporcional a la altura. -dijo Metáforos. Y luego, conciliador:

– Bueno, chico, no te lo tomes así. Se aprende a base de decepciones. Pero eso no explica que estuvieras perdido en el mar.

– Ocurrió cuando el crecimiento del grupo empezó a no aumentar como lo esperado. En las zonas más prósperas cundió la indiferencia hacia nuestras promesas y nuestra lucha. No llovían las solicitudes del carnet de víctimas y nos veíamos abocados a crear tribus rurales y urbanas y asegurar a sus miembros, con la concesión del status victimario, grandes privilegios. La adhesión, sin embargo, seguía menguando. Después de lo de tu barco tuvimos una gran reunión con el líder en su finca de Igualdad Residencial, donde sólo viven él, su familia y los íntimos en chalets adyacentes. Se nos ordenó pasar a la acción. Yo no estuve de acuerdo.

– ¿En qué? ¿Para qué acción? ¿Cómo?

Luis Fernando se había detenido y ahora la indignación febril había dado paso a una especie de rubor. La descripción le había hecho enfrentarse con su propia inocencia. Le costaba seguir, balbuceaba, buscaba las palabras.

Metáforos se dio cuenta de que, desde el día que acababa de relatarle, L F había intentado, sin éxito, construirse un relato en el que su lucha y su energía invertidas en una causa tuvieran noble significado. Hasta advertir que no era así, que la realidad se oponía frontalmente al cristalino edificio de sus creencias. Tendió a su inesperado huésped un vaso del vino que nunca faltaba en sus provisiones y se movió por cubierta mientras él bebía para facilitarle que se recuperara.

– Te cuento. -dijo al fin Luis Fernando. -Había que pasar a la acción, la acción violenta, crear víctimas, vigilar, reprimir, dar miedo a los tibios, denunciar colaboradores. Me designaron para un grupo de choque. Víctimas, víctimas, víctimas, cuantas más mejor, agresiones impunes, miedo, injusticias. Su furor y su rencor eran nuestro combustible sin los cuales nos paralizábamos. ¡La causa pedía un salto hacia delante! ¡Al menos la mitad de la población, mejor dos tercios, debían ser verdugos!

Se había exaltado de nuevo, quizás por efecto del vino. Metáforos no llenó de nuevo su vaso porque quería la sobria relación de las circunstancias. Le dio agua y él continuó con menos bríos pero sí con un tono de tristeza e incluso sentido del humor en el que ya apuntaba cierta madurez:

– Yo no quería perjudicar a nadie, ni que me llevaran con las brigadas de choque, exaltación de la ira popular y propaganda. Quería justicia, estar mejor, que la gente estuviese mejor, estupideces, ya sabes.

– De estupideces nada. -rebatió Metáforos- Continúa. ¿Qué pasó entre la finca y el bote?

– Te cuento. Pero, hablando de justicia, lléname otra vez el vaso de vino.

Dio un trago y continuó:

– Dije democráticamente lo que me parecía aquello y que yo me retiraba. Me insistieron en que los apoyara al menos, dada mi reciente experiencia, en una acción de propaganda marinera. En realidad querían detectar a prófugos de los movimientos contra la civilización y por la imposición subvencionada de la vida tribal. Muchos, que en principio se declararon luchadores étnicos dispuestos a instalarse en comunidades selváticas, habían desertado al descubrir que como dentista sólo podían recurrir al brujo local. Asentí a este último servicio de apoyo a los antiguos compañeros, y….

– Te encontraste un buen día flotando en el bote donde te habían depositado sumido en pesado sueño. -concluyó Metáforos. – ¡Pues sí que eras inocente!

– Y que lo digas- -L F hizo un gesto con la mano y luego añadió, ya en tono de burla y sin acritud:

– Imagina que incluso me fui de la finca de la Igualdad Residencial sin cenar. ¡Y la comida era un catering de primera!

Con el transcurso de los días la obligada convivencia no dio origen, como hubiera sido de esperar, a continuos enfrentamientos y malhumor, sino a cierto intercambio de historias, como si se hubiera producido un trasvase recíproco de los años de uno hacia el otro. Quien quería aislamiento y soledad se bajaba un rato al bote amarrado a la popa. O, si el tiempo era tranquilo, se zambullía en el silencio y soledad garantizados por la profundidad del azul.

– Lástima que hay que respirar. -decían luego al emerger.

L F se sumía a veces en un volumen grueso, de apretada tipografía, que era de los pocos objetos que había llevado consigo y salvado en el fondo de su mochila. Se trataba de un libro que se había vuelto icono de culto entre círculos intelectuales de archivanguardia y gozaba de un respeto reverencial, quintaesencia de la rebelión continua y de la deleznable falsedad de todas las instituciones y pretensiones de excelencia. Su autor, un alemán, lo había titulado Desprecio del aprecio. Consistía en un recorrido por los clásicos de las artes, letras y pensamiento subrayando las obvias deficiencias y el abismo entre los excelsos ideales y aspiraciones y el mediocre resultado, aplaudido por la mayoría pero siempre a un nivel lejos de la perfección. Ilustres personajes antiguos y modernos contribuían a la estúpida embriaguez de la torpe y explotada masa, que así consumía ficciones de acercamiento a las grandes verdades y se dejaba pastorear hasta el redil. Con ejemplar modestia, el autor reconocía la bajeza acomodaticia de su propia condición, pero él y su compañero de diálogo poseían el don de la conciencia de su mísero estado y mantenían, bajo la apariencia de una confortable vida burguesa, la noble chispa de la rebelión, la aniquilación, el odio y la hoguera.

Naturalmente la obra rechazaba, en su forma, los manidos usos del vulgo escritor y obedecía al desafío tipográfico: De la primera a la última página las líneas formaban el bloque compacto de un ejército, sin concesión a puntos y aparte y menos aún a capítulos ni índices. Nadie de mediana categoría se hubiera atrevido a criticar aquel tótum de libre fluir reflexivo y narrativo, desde su misma forma desafío social. El bloque compacto reflejaba la meditación de seres de categoría tan excepcional que habían alcanzado pleno conocimiento de su propia naturaleza humana basurienta y de la falacia de filosofía, literatura y arte. Por ello, el escenario de Desprecio del aprecio solía situarse en el palco donde el narrador se reunía con el pensador profundo para escuchar ambos incansablemente la misma pieza musical que hacían tocar para ellos dos buena parte de los días del año. Allí pasaban, en los entreactos, revista a los clásicos antiguos y modernos y enumeraban con conmiseración las atractivas mentiras que impedían a la humanidad el salto hacia cambios radicales. Cambiaban a veces el objeto de su meditación tumbándose varias horas al día en el centro del salón de un palacete cuyos techos eran obra de un famoso pintor veneciano.

L F se entregaba apasionado a lo que él llamaba manual de deconstrucción y subrayaba con deleite los nombres conocidos y comúnmente venerados que iban apareciendo. En su interior, experimentaba las delicias de la iconoclastia, de sus pedestales caían a pedradas los clásicos, los nombres ilustres que ya no lo eran tanto.  El autor de la obra había sido premiado, mimado por la crítica, temido por sus escasos detractores y venerado por un público reducido pero exquisito y dispuesto, mentalmente, a la revolución mundial.

Metáforos había hojeado el libro de culto en algunas ocasiones y se guardó de confesar a L F, para no desmerecer ante él, que le fue imposible ingerir más de algunas páginas. Sintió cierto complejo, pero su autoestima mejoró al observar que el joven hacía esfuerzos por volver sobre lo supuestamente leído, como si de una tela de Penélope el libro se tratara, y que daba claras señales de invencible aburrimiento. Hasta que un día, mientras el periodista se afanaba en ordenar unos aparejos de pesca, Luis Fernando fue hasta el otro extremo de la embarcación con el gesto tenso de las grandes y solitarias decisiones. Su compañero fingió no verlo pero lo miró por encima del hombro. El frustrado fan del escritor alemán de élite se dio impulso con el brazo y tiró el libro al mar. El denso volumen no flotó unos instantes sino que, desafiando a las leyes de la física, se hundió rápidamente.

Metáforos no hizo comentario alguno.

El mar a veces estaba concurrido, con naves de paso con las que hacían intercambios y con la proximidad de litorales y de islas. Al aproximarse a una de ellas con intención de atracar para aprovisionarse una lancha rápida vino a su encuentro y, tras detenerse a su altura, dos personajes vestidos más como funcionarios que como agentes de la marina, tras asegurarse de cuántos eran y consultar sus cuadernos de notas, les anunciaron:

– Sois dos. Según las disposiciones de nuestra nación, sólo podéis poner pie y desplazaros según la cuadrícula distributiva que os entregaremos, que es y debe ser obedecida por todo el país: La suprema ley acordada en el Gran Consejo Democrático.

– ¿Qué ley?

– La S S S, Salvemos el Sistema Solar. Leed:

Les tendieron un extenso folleto, en varias lenguas, titulado Programa para la defensa del equilibrio gravitatorio de los cuerpos celestes de nuestro sistema, sin discriminación de los planetas enanos.

Gestos de incomprensión de los recién llegados. Los funcionarios ampliaron explicaciones:

-Nuestro Gobierno aspira a situarse en la vanguardia de la vanguardia de la preocupación ambiental. La población humana, numerosa en exceso, se ha asentado caprichosamente en las tierras emergidas y se mueve y desplaza de manera incontrolada. La Tierra gira en torno al Sol en una órbita determinada ciertamente por su volumen y peso, y éste último es irregular y caprichoso según la cantidad de habitantes, lo que sin lugar a dudas exige un control estricto del número de seres humanos en cada zona so pena de cambios orbitales. Por ello el movimiento Salvemos el Sistema Solar ha dictado leyes para equilibrar la distribución, de manera que el Globo recorra su órbita adecuadamente. Hay estricta asignación de destino y control. Individuos y colectivos reciben las directivas sobre sus asentamientos, que son temporales y siempre decididos por el Consejo según el inapelable criterio del bienestar planetario extenso, que, en un futuro prometedor, abarcará la galaxia que nos acoge.

– Bueno; por lo pronto atracamos de forma provisional, estamos unos días y reparamos fuerzas y provisiones. -respondió Metáforos. -No seremos una molestia.

– Nos tememos que no habéis comprendido. -respondió uno de los funcionarios mientras el otro sacaba un artilugio de una bolsa y lo depositaba en el suelo. -Por favor, subid, con espacios de cinco minutos, uno tras otro.

El otro se disponía a anotar.

– ¿Qué es?

– Una báscula.

La operación no parecía peligrosa e incluso sí cómica. Los dos burócratas anotaron los respectivos pesos, consultaron notas y dijeron:

– Vuestra entrada y estancia en el país es imposible si no aceptáis previamente el traslado, al que se procedería en cuanto tomaseis tierra, a los puntos de equilibrio que os serán asignados. Debo advertiros además que no podréis estar juntos, las normas de distribución de pesos y volúmenes no lo permiten.

Los dos navegantes comenzaron a temer que eran objetos de una alucinación y habían sido afectados por el sol. Tocaron la báscula, que parecía sólida.

L F tiró de la manga a Metáforos y le susurró:

– Vámonos, vámonos lo antes posible. Conozco esto. Luego te explico.

Metáforos rechazó la cuadrícula, el impreso para rellenar que ya le tendían y el grueso folleto de Salvemos el Sistema Solar y explicó que, según nuevos cálculos, preferían continuar su navegación. Los dos funcionarios tacharon unas casillas en los formularios que llevaban, se despidieron y se alejaron.

Ya en alta mar, Luis Fernando le aclaró:

– En mi grupo político tuvimos que expulsar a los que ahora, al parecer, se han establecido aquí. Propugnaban el mayor control conocido sobre la vida diaria, el más minucioso. Y sin discusión ni recurso posibles, porque en cualquier momento pueden condenar a cualquiera por atentado al bienestar planetario. En mi movimiento no queríamos tantas víctimas. Algunos de los nuestros, los más radicales, los siguieron, pero regresaron con graves trastornos psíquicos y están siendo tratados de delirio persecutorio. Nada puede ser tan inapelable como el Planeta, el Sistema, el Futuro. Es muchísimo peor que las otras dictaduras. Es como esos dioses de la mitología de tu país. Contra ellos no había nada que decir. Pero yo….

Se detuvo dubitativo.

– …Yo no me conformo. Quiero algo distinto. ¡Yo quiero justicia!

L F miraba sucesivamente el horizonte y cada centímetro del mapa como buscando una respuesta.

Metáforos había visto muchos puertos y no pocas leyes. Se limitó a apostillar:

– Espero que cuando vuelva a mi ciudad, en Megas Musakia, no me la encuentre medio vacía y con la gente del barrio trasladada al extremo austral. La prefiero como estaba. Qué se va a hacer si la trayectoria del Globo se desequilibra un poco. Lo que siento es que no hemos comprado reservas de vino, pero aún tenemos.

Entre puerto y puerto, había no poco en que ocuparse. Se tomaban notas, se hacían observaciones, se atendía al estado impecable de la embarcación y a los silencios personales, que eran como diarios y mapas de ruta escritos hacia dentro.

Y eran la libertad.

La oscuridad de las noches, cuando apenas si se distinguían los rostros, era propicia para las confidencias. En una de ellas Metáforos dijo:

– Voy a enseñarte algo.

– ¿Es valioso? – y L F se apresuró a añadir: — No creas que me importa un tesoro. Lo que quiero ahora es saber, saber muchas cosas.

– Valioso no creo. Es interesante. Ahí está lo que ocurrió mucho antes de que llegarais a aquel barco después de la batalla.

Bajaron a la bodega y Metáforos enfocó el pequeño haz de luz hacia el bulto protegido por envolturas impermeables.

– ¿Qué es? -preguntó Luis Fernando.

– Es el diario de a bordo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOMENCLATURA

 

 

—BABOR: Bien por antonomasia. Para los rátidas baborita es sinónimo de bueno.

—ESTRIBOR: Mal por antonomasia. Para los rátidas estriborita es sinónimo de malo.

 

RATAS:

—RATA PRIMERA, MÁXIMA, IGUALÍSIMA.

—RATA SEGUNDA: Eminencia Gris.

—RATA TERCERA: Ecónoma. Contabilidad, aprovisionamientos.

—RATA SECRETARIA.

—RATA PARDA: Propaganda, comunicación.

—RATA MAYOR: Asuntos municipales y administrativos. Delegada, a veces representante de Rata Máxima.

—RATAS DE LA GUARDIA: Una por galeote.

—COMANDO RATACICLO.

—CANTORA PASTA SUPINA.

—RATA PEDAGOGA: Directora del CORPUS NÍGRUM, formado por ratas pedagogas.

—MEDIALUNA ESPLENDOROSA. Seguidora incondicional y entusiasta.

—RATAS ARMA BIOLÓGICA: Apariencia dulce, peluche y mochilitas con peste bubónica.

—RATA PORTAVOZ DEL SECRETARIADO.

—RATA ESCRIBIENTE.

—RATAS DE CLOACA: Policía política.

—RATAS DEL SILENCIO.

—POLICÍA DEL SILENCIO.

 

 

RÁTIDAS: REFERENCIAS, ASIMILADOS, ALIADOS Y/O ASPIRANTES A RÁTIDAS.

 

—DIKTÁTOR: Referencia temible continua. Antiguo dictador. Encarnación del Mal.

—GRAN CALAMAR INTELIGENTE: Espacial, líder cósmico. Juramento sagrado: ¡Por el Gran Calamar!

—GORGONY: Sexy, sibila, ser ambiguo.

—MEDUSA BONDADOSA VENENOSA: Especie temible usada para torturar galeotes.

—DULCITA: Antes Dulce María del Escapulario. Nombrada Rata de Honor. Humana pero muy asimilada. Directora del Imperio de la Felicidad.

—KIMY: También denominada Ratafina y Pijirrata. Ayudante y joven sucesora de Dulcita. Humana pero colaboradora.

—KIM EL RADIANTE: Líder oriental, también llamado KIMYRATA III DEL NORTE.

—ASPIRANTES A RATAS.

 

COLECTIVOS RÁTIDAS Y COLABORADORES.

—A. U: ALCANTARILLAS UNIDAS.

—RSI: RÁTIDAS SIN FRONTERAS

—ARM: ALIANZA RÁTIDA MUNDIAL.

—ML: MERCENARIOS LIGHT: Galeotes colaboradores ya muy asimilados, Mustélidos y PIF (Piratas Irredentos Fundamentalistas).

—MUSTÉLIDOS: Sicarios. Comadrejas, marta, hurón. Mercenarias, carnívoras.

—HLCE; HEROICOS LUCHADORES CONTRA ESTRIBOR. Partido de Ratas y Colaboradores.

—RIP: RÁTIDA INTERNACIONAL PLURALISTA.

—ARM: ALIANZA RÁTIDA MUNDIAL.

—TERMITEROS SIN DINERO.

—POLILLAS UNIDAS.

—PEQUEÑOS GUARDIAS CARMINÁCEOS.

 

 

PIRATAS

—PI:  PIRATAS IRREDENTOS. Se dividen en:

  1. PIF: PIRATAS IRREDENTOS FUNDAMENTALISTAS.
  2. PIL: PIRATAS IRREDENTOS LIBRES.

—ILUMINADO MAGNÍFICO: Jefe y líder político-religioso de los PIF.

—DIOS DEL ABURRIMIENTO SUMO: Adorado por los piratas irredentos fundamentalistas.

—CLERO TINTA NEGRA; Familiarmente llamado Del Chipirón. Temibles, policías religiosos del pirata Iluminado Magnífico.

—MUERTESANA: Antes llamado primero Buitre Reticente, luego Azor Espléndido. Caudillo de Iluminado y de los piratas PIF. Colaborador de las ratas. Hijo de papá rico de Dunas de Uranio. Antagonista de Muerte Súbita, al que envidia. Sueña con el paraíso VIP.

—MUERTE SÚBITA: Jefe PIL. Se une a la rebelión galeote. Pareja de Angelina, pirata prófuga.

—ANGELINA: Pirata prófuga unida a los PIL. Pareja de Muerte Súbita.

 

 

GALEOTES, ALIADOS, AFINES E INDEPENDIENTES.

—GALEOTES.

—RESISTENCIA GALEOTE: Prófugos, rebeldes.

—KRAKY: Antes Remo N.º 24

—ORKY: Antes Remo N.º 32

—ÓSKAR: Hermano de Orky. Antes Remosumiso N.º 14. Colaborador con las ratas, policía, prófugo y luego traidor.

—OFFING: Periodista de Albinia.

—METÁFOROS: Periodista de Megas Musakia.

—GAL (GALERNA): Antes galeote. Resistente. Pareja de Offing.

—ANGELINA: Ex pirata, prófuga. Pareja de Muerte Súbita.

—MUERTE SÚBITA: Jefe PIL (Piratas Irredentos Libres).

—PESOFIJO: Antes Remo N.º 45.

—GLAMY: Chica de Óskar.

—SEGIS: Antes Remo N.º 72. Intelectual.

—CHICAS DE LA TÉCNICA: Antes galeotes en la sala de máquinas.

—HESTON: Antiguo encargado de los Almacenes de Memoria.

—LEPÓRIDOS.

—EXTRANJEROS DIVERSOS, NAVEGANTES, PERIODISTAS.

—L F. LUIS FERNANDO: Joven idealista antes miembro del BUM (Víctimas Unidas Mundial, B en vez de V por solidaridad con Víctimas de la Ortografía).

—EL EXILIADO: Huido de la opresión de género del Ducado de Mariburgo.

 

 

PAÍSES

—EURALIA: También llamado Continente de las Abominaciones Individuales.

—PNP: Pobre No País.

—ALBINIA.

—CAMEMBERIA.

—MEGAS MUSAKIA.

—NEVONIA.

—DUCADO DE MARIBURGO.

—OCEANIAS.

—ALBINIA OCEÁNICA.

—DOLARIA.

—TEUTONIA.

—DUNAS DE URANIO: Reino de Oriente Medio.

 

 

TOPÓNIMOS, HABITANTES Y LENGUAS.

—BUTIFALIA: Insaciables del Rincón Este.

—BUTIFALANA: Lengua hablada en Butifalia.

—BIPS: BRINCADORES INCESANTES PURASANGRE, también llamados Purasangre de la Montaña Norte y Montaraces Boinapétrea.

—PENÍNSULA DEL SUBSUELO FELIZ: Antes llamada Madre de la Sed.

—CUEVA DEL LASTRE.

—CALA DE LOS MALDITOS.

—ATOLÓN DE LA PERFECTA IGUALDAD.

—COSTA DE LAS BRUMAS.

—CUEVA DE LOS PRÓFUGOS.

—CONEJILLAS DEL DUQUE: Pueblo vasallo del Duque Lanzaflorida.

—CONEJILLOS DEL DUQUE: Pueblo vasallo del Duque Lanzaflorida.

 

 

COLECTIVOS

—BABORITAS: Los buenos por definición, utilizados como referencia del Bien por los Rátidas.

—ESTRIBORITAS: Los malos por definición, utilizados como referencia del Mal por los rátidas.

—BUM: VÍCTIMAS UNIDAS MUNDIAL. V cambiada en B por solidaridad con Bíctimas de la Ortografía.

—CLUB DE LA ETERNA VENGANZA.

—CLUB DE VÍCTIMAS.

—LOS ANTIFOREVER.

—IGUALDAD RESIDENCIAL.

—SSS: SALVEMOS EL SISTEMA SOLAR.

—HERMAFRODITAS RADICALES.

—ECOLOGISTAS IMPLACABLES.

—NATURALISTAS FÉTIDOS.

—ASOCIACIÓN DE OPRIMIDOS INCONTABLES.

—QUEJOSOS’ POWER.

 

 

NAVES

—GALEÓN DE LOS RITOS OSCUROS

—GALERA MÍSTICO-PLANETARIA.

—GALERA DE APROVECHAMIENTO DE RECURSOS HUMANOS.

—GALEÓN DE CASTIGO.

—ALMACENES DE MEMORIA.

—BUQUE CORREO.

—YATE DEL PUEBLO.

—ALEGRE GALERA DE LA RERVOLUCIÓN GRATUITA.

—GABARRA INJFANTIL MIKY RATY.

—FLOTILLA LAMENTÁBILIS

—BUQUE-ESCUELA.

—-GABARRA DE LOS LISIADOS.

—VARIADA FLOTA EXTRANJERA.

—EMBARCACIÓN DE LOS NÁUFRAGOS FELICES.

 

[1] William Shakespeare. Soneto LX Como las olas se dirigen hacia la pedregosa orilla,

así también nuestros minutos van apresurados hacia su final.

 

[2] Rendido homenaje de la autora a Douglas Adams, autor de “Guía del Autoestopista Galáctico”.

[3] Eleuzería: palabra griega que significa libertad.

[4] Se refiere al Diario de A Bordo, origen de este libro.

05/2/19

Nombres Árabes

NOMBRES ÁRABES

 

Mercedes Rosúa

 

 

 

NOMBRES ÁRABES

 

 

Mercedes Rosúa Delgado

 

 

Permite (¿hay alguien ahí a quien invocar?) que vuelva al pasado tiempo, que gane con tu ayuda todas mis batallas, que rescate a los muertos y les dé tibia, piadosa sepultura. Deja que, con tu auxilio y con tu mano, pase, por fin, las puertas, respire altura sobre las murallas, vea a la vez las pavesas y sus fuegos; haz que termine unas palabras que quedaron cortadas, que destilan, todavía, gota a gota, el líquido suave del insomnio. Necesito tu luz y tu regazo, tu mirada, tu fuerza y tus pasiones, los sabores de juventud e ira, el dorso de un caballo brillante de esperanza. Necesito horizonte, largos días, noches de sueños hondos y el futuro que nunca tuve, que ya se desvanece hasta en la idea. Vuelve. Camina adoptando la forma engañosa que llamamos memoria, ondulando en tu ser los muchos seres que el tiempo frunce y aprieta en su costura. Contigo, a quien ofrezco cuanto escribo, es posible el regreso y la conquista.

Porque tienes mi rostro y eres lo que fui, o creí ser, y por eso eres lo único a que puedo cantar.

 

 

Más fuerte que el odio: monólogo infantil sobre un mito.

 

El jinete cabalga por el desierto con la muchacha entre sus brazos. Es el final feliz de un tenso idilio que ha comenzado y florecido bajo el signo del odio y la venganza. Pero la larga serie de aventuras, el juego de la atracción inconfesada y la amenaza brutal cara al público, a los compañeros del aduar, a la misma joven raptada que le mira con terror, mantiene su orgullo y se halla a su merced, van a resolverse en una dulzura proporcional a la angustia y al tiempo de enfrentamiento transcurrido, en un éxtasis que compensa, con su promesa de felicidad infinita, todos los sinsabores. Los de ellos y los de los oyentes, que sintonizan cada tarde la emisora y siguen con religioso fervor y labores de aguja o punto cada movimiento y palabra de los protagonistas.

Cabalgan por las cortinas de la habitación, por las paredes y el techo en los que se reproduce la sesión diurna de las sombras del mundo inverso de la calle filtradas por la abertura de los batientes, los árboles, avenida, juegos y gruesas manchas que son vehículos. Por la noche, cuando el telón haya descendido y la luz eléctrica no proyecte en el dormitorio imagen alguna del mundo exterior, entonces vendrá quizás la madre de R. se tenderá a su lado y le contará películas que ha visto en el cine de sesión continua. Ella también, que es tan joven, habrá recibido de la pantalla, sazonada de patatas fritas, ozonopino y bombón helado, el regalo de las sensaciones, el don de una historia. Su madre y la chacha Vicky oyen, junto a ella, el serial de media tarde. Los hay de cierto realismo social, donde una muchacha pobre, bella y virtuosa y un señorito rico, redimido de su frivolidad por el amor que mueve los planetas, se acaban instalando en un arrabal junto al cielo en el que reciben, como prueba del agradecimiento de sus nuevos y humildes convecinos, la construcción en el hogar de un aseo para uso exclusivo de los recién casados. Los hay de espías, de padres sacrificados y de hijos traidores que se arrepienten. Entre unos y otros, esa misma radio anuncia, con tono y palabras semejantes, la muerte del Jefe de Rusia, llamado Stalin, digno sucesor de aquel Iván el Terrible que había mandado sacar los ojos a su propio hijo.

Pero R. prefiere sobre todos Más fuerte que el odio, porque el jinete lleva más lejos y mueve en las entrañas fibras situadas a profundidad misteriosa, zonas cuyo esbozo y madurez intuye en el precoz desarrollo del espíritu y el tardío del cuerpo al que la condena la inmovilidad del lecho. Esa chica que imagina rubia, de ojos azules y cándidos cegados por la arena del desierto, es firmemente sujetada por los fuertes brazos del joven, de perfil implacable y ojos como dagas, que la estrecha contra su túnica polvorienta en la exhalación de la huida. La acción transcurre probablemente en una Argelia de luchas y rencores en la que un jeque se venga del padre francés, militar, raptando a la hija y haciendo planear, tarde tras tarde, la posibilidad de devolverla muerta.

Las letras, mientras, esperan. Los cuentos reposan sobre la colcha y son consumidos luego con avidez, con más avidez que objeto alguno, con el deleite de las historias que prometen las tapas y la desazón de que fatalmente se acaben, una vez comenzados, porque en toda primera página hay la certeza de una página final.

  1. ha deletreado, de la mano de su madre, los letreros (S-E-P-U, C-I-N-E) a los tres años. Luego vino la Noche del Terror, del dolor y el médico, tras la que se cerró, con un olor a yeso fresco renovado cada tres meses, la puerta de fuera. Y quedaron el techo, las sábanas, los libros y la radio, un territorio desigual de avances varados en la inmovilidad aparente, un tiempo medido por sensaciones, escasas referencias al espacio externo, construcciones infinitas de éste y de un futuro en el que la limitación precaria de su físico, la condición femenina de su sexo, marcaban con la claridad del cartabón y la regla la crueldad inapelable de la ley.

En los cuentos hay también velos orientales, siempre transparentes, sobre rostros de gran belleza y complicadas joyas, mujeres dotadas de un embrujo sólo posible por la insinuación y la lejanía. Y sarracenos temibles entre cuya grey torva destaca aún más la arrogante apostura de un príncipe. Frente a los personajes de historias más próximas, aquéllos tienen el embrujo insuperable de un distanciamiento imposible y mayor. De las dunas se elevaban palacios de una fragilidad solamente superada por su esplendor. En las viviendas, tras la corteza rugosa de ventanas estrechas y altos muros, se desplegaban alfombras, reposaban pebeteros, faroles tallados enviaban la geometría de su cristal. Donde aquí había grises allí había colores, donde aquí casas allí espacio, donde pan y guisos allí esencias.

De alguna parte, en algún momento, R. recibió la visita sorprendente de metáforas insólitas, un aluvión de rosas y valles de carne, de colinas de perfume, de pájaros esquivos y temblorosos bajo los dedos de un minucioso cazador. Mil y Una Noches. Ya sólo el título. Sherezade, la inteligente y valerosa Sherezade, que cada amanecer esquivaba la muerte, que, pese a sus dones, debía, al final comprar su vida exhibiendo los hijos habidos con el sultán. Pero las páginas no se elevaban sólo con el humo de la lámpara maravillosa y las olas de Simbad el Marino; también eran mecidas por la respiración de los amantes y las descripciones de cuerpos semejantes a la fruta y a los dibujos de un tapiz.

Había, pues, territorios sin más limitación que la ley brutal de la cimitarra. Sorteada ésta, esquivado el guardián y la amenaza, nada impedía el disfrute de lo que se hallaba tras el velo. Bajo la cúpula, en la cripta de la montaña, defendidos por los celos de un genio o la fiereza de un gigantesco negro guardián, podían hallarse la gentil princesa o el divino adolescente de quince años. Poco importaba el sexo a su visitante; contaban únicamente, como en los frutos, la sazón, la belleza y la tersura.

El último capítulo del serial ha llegado a un consenso. Por fin le ha dicho que la ama. Está rota la vasija de la venganza. También ella ha rendido orgullo y diferencias a la pasión que mezcla al viento los mechones claros y los cetrinos de ambos cabellos. La conduce a la tienda familiar donde se celebrarán los ritos de la boda. Pero antes, comprensivo, el jeque le asegura que pasarán por la ermita de un misionero cristiano para que bendiga a la manera de la novia su unión. Luego cabalgarán hacia el paraíso, el reino escondido que les espera en un oasis que es el jardín de Alá.

 

 

 

Introducción

 

“Más fuerte que el odio”: monólogo infantil sobre un mito.

 

Jazmín: Túnez

 

Túnez, 1966

 

Diáspora: París 1968-69

 

De oasis y de islas: Túnez 1969-70

 

Argelia: la nada y el cuchillo.

 

Segunda diáspora: Bélgica 1970-73

 

Epílogo: Diez años después.

 

Libia-Túnez 2008

 

 

 

II

 

Más allá del Mar Caspio

 

La S de Samarcanda

 

Llegada: Tashkent

 

Khorezm

 

¡Ashgabad, Ashgabad!

 

El grado cero del homo sapiens

 

El camino de Bujara

 

Siempre Babel

 

El camino al este

 

Fronteras

 

 

 

III

 

Oriana: la voz y los silencios

 

Oficio de necrólogos

 

Crónica de una guerra perdida

 

La cara oculta de la media luna

 

La vita è bella

 

La España de Oriana Fallaci

 

 

 

Los nombres sin nombre: La invasión de los ultracuerpos

 

Libia y más allá. El hombre que quiso ser Mao.

 

 

 

V

 

Homenaje a Sherezade, la Indestructible.

 

JAZMÍN: TÚNEZ

 

Bajo la mirada de una mujer sentada en su azotea, de un hombre cuyo perfil enmarca la ventana, de un grupo que descansa en esteras y hace confundir el horizonte con el humo de la pipa, revolotean palomas en el violeta más absoluto. También tiene el cielo bandas de diversos azules, que se reflejan, con el malva, en lagos poblados de flamencos. Una mano roza con las yemas de los dedos finos la jaula donde bebe un pájaro. Es fruto del trabajo de un orfebre que ha hecho famosas estas viviendas de las aves; los alambres tejen filigranas, se esmaltan en celeste y blanco, se curvan con la forma de las ventanas andaluzas. Hay interiores, telas, mujeres que engalanan a una muchacha, pintan sus manos, mezclan adornos con su cabello. Las figuras flotan en neblinas grises, rojizas o doradas, reposan sobre baldosas frescas y brillantes, caminan en un paisaje plano al que los ojos de almendra, el terso rostro, el cuerpo esbelto parecen indiferentes. El atardecer se deshace en rosas. En la lejanía, domina la ciudad el perfil de una montaña con dos senos. El mar limita un paisaje de tejados, huertos, cúpulas, acantilados o playas. Es recurrente el vendedor de jazmín, que pasa con su cesta, sus ramilletes y sus guirnaldas y lleva babuchas, camisa clara y una chaquetilla con fino bordado. El pintor local ha reproducido la exquisita dulzura de todos los sentidos y del instante en cuadros, cuyos motivos se ven luego multiplicados en lienzo, papel, cartulina y pañuelos de seda.

  1. anda por esos cuadros en los que la ha sumergido la beca universitaria de un mes para estudiar árabe. Tiene poco más de veinte años. Sidi Bou Said, La Marsa, Cartago: la bahía de Túnez los despliega en el breve recorrido de un tren diminuto, tonos pastel, geometrías con la insuperable sencillez de las conchas. Ni el robo de la maleta de uno de sus compañeros en el barco ni el cotidiano en la comida que se les sirve y les deja en estado famélico permanente consiguen empañar su admiración. El grupo de cuatro españoles sale con dos muchachos tunecinos a los que han conocido, a poco de llegar, en la residencia de estudiantes, frecuentan la casa de la familia y, de la capital al extremo de la costa, recorren lugares que parecen surgidos para ser perfectos, para que en ellos se arremanse la simplicidad del sabor del té con piñones, del café denso sazonado de azahar, la frescura de las esteras, la masa crujiente de buñuelos de verdura y huevo, el aroma, la forma, la blancura estrellada del jazmín, omnipresente, anudado a la muñeca, prendido en el pelo, llevado en la oreja por un hombre de apariencia brutal que lo aspira de cuando en cuando con delicadeza de doncella, la leche con frutas, las puertas y ventanas azules y las paredes siempre encaladas, el atardecer, el atardecer.

Piensa, y escribe, que la idea que los extranjeros tenían de Tunicia al arribar al puerto era completamente falsa: África, árabes, camellos, desierto, hombres muy morenos, mujeres de rostro tapado, harenes, mercados llenos de color, ladrones y suciedad, calles estrechas, calor. No, Túnez no era así. La pequeña república frente a las costas de Italia era distinta e infinitamente más refinada y cosmopolita que cualquiera de sus vecinas, por ejemplo Argelia. Había que tener presente su historia, sus civilizaciones, más antiguas que las de la vieja Península Ibérica, su situación estratégica de tierra de paso y nudo de comunicaciones. El clima era mediterráneo, las regiones cercanas a la costa en todo parecidas a Andalucía y Levante, el interior recordaba a Castilla. En cuanto a la gente, explicaba en sus cartas, no desentonarían en una España acostumbrada a las mezclas: rubios, morenos, castaños, y un color de piel, bien cetrino, como nuestros compatriotas del sur, bien tan claro como los norteños. El velo blanco cubría a las mujeres apenas la barbilla y la boca, que se destapaban cuando querían, podían votar, estaba abolida la poligamia y la ley les otorgaba una igualdad de derechos todavía lejos de ser llevada en todos los lugares a la práctica, pero real. Se trataba de un país como otro, moderno, limpio, con capital moderna, espléndidos paisajes y playas, con un futuro. El clima, suavizado por el mar, no resultaba sofocante. Había aldeas miserables con casas de tierra y ricas villas pesqueras. Las personas eran, por una parte, similares a las de cualquier lugar, por otra podían manifestar inexplicables, paradójicas reacciones en las que afloraba la veta sentimental, imaginativa, filosófica, burlona y hospitalaria. Sí; ella sentía en Túnez algo especial, justamente por la mezcla de imprevisible y conocido, y también un deje evangélico, quizás por la semejanza con los cromos de Historia Sagrada, con las figuras del Belén, unido a la inocencia de los que se apresuran para entrar en la nueva era.

Porque, al mismo tiempo, era el Tercer Mundo, con experimentos socialistas y reciente descolonización; estaba, como Celtiberia, en el umbral del cambio, apostaba por el turismo, poseía rasgos de Mallorca salvaje, lavaba de un extremo a otro las casas y las pintaba de azul y blanco como quien ofrece un vaso de agua. Los visitantes echaban de menos la sensación de África, los monos, lianas, tormentas tropicales y mosquiteros de tul. Luego iban cayendo en la cuenta de la inmensidad del continente en el que se hallaban y la menudez de aquel pico septentrional, entre Libia y Argelia, muy cerca de Sicilia. Con cierta melancolía, imaginaban el paisaje, al cabo de pocos años, cubierto de hoteles, kioskos de salchichas con mostaza y night clubs. Les habían dicho que la socialización era una fuente de prosperidad y lo creían. R. había anotado en Hergla que, asomado a la playa, todo el pueblo se enriquecía uniformemente con el sistema moderno de cooperativas, que sustituían al monopolio y al capitalismo. Los franceses se habían ido abandonando industrias y latifundios. El esplendor sería evidente cuando, en breve, el turismo aportara las divisas necesarias para levantar industria y agricultura. Por lo pronto la enseñanza era gratuita, y fuerte la impresión de que el país iba hacia adelante.

La hospitalidad los abrumó pero se adaptaron a ella con la facilidad de quien a su manera la practica. Hubo desde el comienzo un ingrediente especial, sólo cumplidamente expresado mucho después, en el tiempo de la ruptura consumada y de las cartas. El muchacho tunecino, que se había acercado con un amigo a charlar con los estudiantes extranjeros, descubrió la belleza misma en el rostro de la que estaba sentada en el exterior, mirando el cielo, tuvo esa percepción fugaz del esplendor que a veces se encuentra y nadie-excepto el interesado-advierte. Y se embarcó, desde ese momento, antes de cumplir los veinte años, en un amor que quemaría todas las hojas de su juventud.

Es el hijo mayor de una familia de doce hermanos. Conduce a los cuatro españoles a su casa, de la que serán visitantes habituales. La villa está en el barrio alto. De camino, se apresura a explicar que sus padres, que vivían en una pequeña aldea de las islas Kerkennah, se casaron por amor, cosa insólita y extraordinaria hacía veinte años. A ella, como de costumbre, la destinaba su padre a un primo, pero en casa de alguien conoció a su marido de hoy, se enamoraron, el padre de él estaba navegando en el extranjero, la familia de ella no permitía de ningún modo aquel matrimonio. Entonces se fugaron-ella dieciséis, él diecisiete-, se fueron a la policía y oficializaron  una unión que hubo que aceptar, aunque ello no impidió que la chica pasara años duros, puesto que tuvo que vivir en casa de él y adaptarse a la aspereza de una suegra acostumbrada al solitario matriarcado de las mujeres de los marinos. El abuelo contaría a R. más tarde sus recuerdos, a la vuelta del barco, de aquella muchachita, su nuera, intimidada y temerosa, que habían llevado a su presencia y no osaba pronunciar palabra ni levantar los ojos del suelo. Él quería haber enviado a su hijo a completar estudios al extranjero, pero éste rehusó y, pese a las dificultades que, en la época colonial, se presentaban para un tunecino, consiguió entrar en una empresa francesa y pasar de guardián a empleado. Pudo traer a su ya numerosa familia y comprar a un empresario judío aquel chalet. La pareja es aún hermosa, también sus hijos, y es patente que los dos se quieren. Él es un tipo con buen aspecto, sentido del humor y gusto por la vida. Ella es aún hermosa de cara y joven, madre de doce hijos, su piel tiene la blancura de la leche. El físico difiere, dentro del clan, de forma notable: Los dos hijos mayores tienen la típica frente y entradas del lanoso pelo bereber y la piel atezada de forma discreta, las hijas, en diversos grados, la palidez de su madre, también algunos de los muchachos, de cabello y ojos castaño claro. Los rasgos son en general finos, así como la nariz y los labios, y la talla mediana. La pareja de románticos orígenes y vida dura hasta que se abrieron  paso en la ciudad ha dicho a sus hijos, también a las muchachas, que podrán casarse con quien quieran. La mayor, Fayrús, es una joven belleza, elegante en la dulzura y en el porte y al parecer dispuesta a buscarse profesionalmente un futuro. La siguiente, Bashida, carece del esplendor de su hermana, es tímida, amable y lucha con los complejos y el acné de la adolescencia. El benjamín es un niño de tres años cuyo rostro hubiera envidiado el más angelical de los querubines de Murillo. Todos-excepto la madre, que carece de estudios pero no de una gran viveza natural-hablan fluidamente francés. Ni ellos ni el entorno y los vecinos dan la menor impresión exótica ni irremediablemente ajena; hay mucho de la tribu mediterránea común apenas distanciada por detalles de decoración o forma. Los cuatro españoles creen sumarse a la docena de vástagos, les invitan a comer, a reposar, a quedarse, si quieren, a dormir. La hospitalidad es palabra tan confortable como una mesa bien asentada o un sillón mullido. El proverbial está usted en su casa se utiliza de forma literal, ellos ponen al alcance de los huéspedes cuanto éstos desean, les muestran las habitaciones, sonríen y hacen su vida normal.

Son las seis y media de la tarde y el grupo toma café en la terraza de la villa familiar, sentados sobre pieles de cordero. Un transistor ofrece melodías árabes. Se beben la infusión hecha a la manera turca, taza por taza, dos cucharadas de azúcar, una de polvo y gotas de azahar. Muy lentamente, a pequeños sorbos, se mezcla el líquido pastoso con algunas volutas de humo, aplastándolo con la lengua contra el paladar. El tiempo es algo flexible, inmedible e inmedido, los árabes viven sumergidos en él como en el aire, sin hacer caso de su presencia. La tarde cae sobre el jardín fresco y lleno de flores que rodea la casa, todos están callados, masticando ese café espeso, y surgen de la radio las variadas series de sonidos jota y de lamentos. Hay rondas de perfume de limón, pasando el frasco de mano en mano. Dentro, tres niños morenos, medio desnudos, juegan en la cama a ras del suelo, entre las sábanas blancas. Al son de la radio, y con una percusión improvisada, las dos hijas se levantan, ciñen un chal a las caderas y bailan con los brazos extendidos, los pies desnudos, ágiles, y el cuerpo que gira en un lento remolino sobre su centro, al ritmo de las ráfagas de brisa, del humo. Su danza posee el mayor erotismo que existe: la mezcla de inalcanzable soledad en la que se mueve la muchacha, de sensualidad y esplendor codiciable del cuerpo y de inocencia.

Este hogar resulta, sin embargo, a los visitantes mucho más familiar que exótico en ritmo de vida, muebles, loza, cuarto de baño, ropa,. Apenas referencias religiosas excepto un pequeño tapiz con paisaje de la Meca. Los jóvenes subrayan su laicidad, aunque afirman que sus padres sí rezan. Se trata de una clase media con apuros de fin de mes, hijos-chicos y chicas-estudiando y un perfecto desenfado de expresión cuando hablan de gobierno y líderes. El padre muestra la libertad de criterio de una generación con referencias distintas y del individuo que se ha hecho despegando su vida del clan; cuenta anécdotas, se ríe de los tópicos al uso, define el socialismo como miseria para todos y no tiene el menor empacho en opinar que Túnez funcionaba mejor con los franceses. R. piensa que ese país y esa gente tienen futuro, que siguen un impulso de modernización tan natural como el que ha arrinconado en otros lugares la tabla de lavar, el carro de bueyes y los trajes típicos. El hijo mayor, Rida, pone especial empeño en distanciarse, y distanciar a sus huéspedes, de los moros que tal vez esperaban encontrar. Es, en cualquier caso, evidente en él y en su medio un afán de progreso que mira sin disimulo hacia el vecino occidental y no parece sentirse acomplejado por rechazo colonial alguno. Optan simplemente por la independencia personal, el horizonte de posibilidades abierto y por la calidad de vida. El amigo de Rida es rubio, de ojos claros, callado y tranquilo. En su grupo se habla de viajes, universidades, estancias en París. Rida mismo debería haber partido ese verano con unos amigos a España y Francia, pero el proyecto se vio truncado por problemas en la obtención del pasaporte (por el que sin duda no pagó en cantidad satisfactoria el soborno oficializado que aceita toda la Administración). Rara es la familia que no tiene parientes trabajando o estudiando en Europa, de la que los separa un trozo de mar.

También se pertenece al mar desde antes. Es un país de puertos, de radas fenicias y horizonte de galeras y veleros. El abuelo paterno, un personaje, pese a la ancianidad, aún impresionante, con sus ojos azules casi ciegos, fue marinero largos años, regresaba fugazmente a las islas y volvía a partir. Es hombre dado a los largos silencios, sentado con su bastón al sol, las pupilas nubosas perdidas en la sal y la marejada.

 

 

 

Son las nueve de la noche, y mientras pasean por el centro de la capital con sus dos amigos tunecinos, se cruzan con un coche que va tocando la bocina sin interrupción. Un accidente. piensan los españoles. No. Son los novios. Se han sustituido el lazo blanco, las flores, por el claxon. Otros vehículos van detrás. Todos son invitados a la fiesta. El día de su boda es quizás el único de gloria para las mujeres musulmanas. Ese día no sólo la desposada sino todas las presentes reinan. Ellas ocupan el salón en el que se celebra el festejo y los hombres son desplazados al patio desde donde verán como puedan el espectáculo. El novio mismo se separa para estar con sus amigos. También los chicos españoles deben quedarse a la entrada. Las dos extranjeras son cordialmente acogidas y se sientan. La novia ha sido colocada como un jarrón en una especie de trono del que no podrá moverse desde las diez de la noche hasta las dos de la madrugada. A los lados, en sillones más bajos, las damas, la hermana del novio y la de la novia. Cala en R. una percepción repentina del concepto del amor y la belleza árabe, su sensualidad y sexualidad, tan fuertes y picantes como sus guisos. En la boda todo es claro y se exacerba. Según entran, las mujeres se van quitando sus velos blancos y los doblan. Sorprende ver lo que bajo prendas tan púdicas esconden. Acostumbran a mostrar y enorgullecerse de dos partes de su cuerpo: la comprendida entre la cintura y el arranque del seno y el escote; así los vestidos típicos de gala son de dos piezas, un corpiño y una falda hasta los pies, entre las dos a veces un tul transparente. Como la mayoría engordan con la edad por la cocina pródiga en aceite y la vida sedentaria (es una boda de gente acomodada), la carne, sin la sujeción de la tela, forma un cinturón ancho que sobresale. Los escotes son enormes, ovalados. Los senos se aprietan en ellos como dos palomas juntas. Sienten orgullo con razón, porque, aunque muy abundante, tienen un pecho bonito. La visitante comprende el ideal de belleza que representan; hace falta ver primero una tierra seca, un cielo desértico, la adoración por el agua, la piel requemada por el sol en los campesinos, la vida difícil que anteriormente hubo de ser mucho peor. Hay el deseo de niños, de sucesión, la abundancia de flores con corolas aterciopeladas, abiertas, grandes como platos de postre y el gineceo de largos y pegajosos carpelos prominentes, tendidos al aire que huele a jazmín, a fritos, a hierba, que siempre huele a algo. Por esas gargantas pasa el picante sin hacer mella, sobre esos cuerpos confluyen las incitaciones más claras. Recuerdo de Las Mil y Una Noches, metáforas, para una occidental insólitas, de los rincones femeninos más íntimos, leídas con una mezcla de vergüenza, turbación y placer estético. Y sin embargo no es pornográfico; probablemente sus autores se hubiesen escandalizado ante muchos frutos de la novelística occidental. Es hermoso. Posee una sensibilidad oriental difícilmente comprensible por lo explícita, exenta del menor romanticismo y quizás sólo explicable por su urgencia epidérmica y expeditiva. Donde otro escritor se para o se ensucia, esta fina pluma penetra.

La extranjera piensa asimismo en el clima, las casas blanqueadas, los pulcros patios encerrados tras paredes mugrientas, y luego ve a las mujeres con sus trajes de fiesta y comprende, las ve con su carne abundante, suave, hasta el extremo femenina, las caras pintadas como un cuadro, los cabellos brillantes negros o teñidos con espléndidos reflejos rojos de la henna, las mejillas coloreadas, algunas-muy pocas porque se trata de una familia acomodada y moderna-con tatuajes azules en pequeños dibujos simétricos en nariz, mejillas, barbilla y frente; otros más grandes cubren brazos y piernas. Las invitadas todas se han teñido de granate con alheña las plantas de los pies, las uñas, dejando una media luna, y las palmas de las manos. También utilizan, alternándolo, el negro. La planta de henna crece en el jardín de cada casa. Reducida a un polvo verde y mezclada con agua, colorea el cabello y la piel y deja un olor inconfundible, ácido y fresco. También puede obtenerse, de una piedra incompatible con la alheña, tinte color ala de cuervo, y de otras lajas pardas llamadas tefal champú. Para la fiesta las mujeres han puesto especial cuidado en maquillarse los ojos, que generalmente merecen su fama y resaltan grandes, profundos, engarzados en el negro espeso de las pestañas; son elocuentes, llenos de ardor, líquidos y brillantes como tazas de café. Los de las invitadas chispean, ríen. Los de la novia tienen una fijeza inmensa, mezcla de solemnidad y miedo, dos animales veloces e impasibles.

Son, en conjunto y en su mayoría, muy guapas de cara las tunecinas, pero escasamente de cuerpo; tras el matrimonio no es raro que engorden hasta alcanzar, en algunos casos, proporciones monstruosas. Aun antes de casarse sus caderas resultan excesivamente anchas para el gusto europeo y se prolongan en piernas cortas y gruesas. Hay en la sala bastantes muchachas esbeltas aunque ampulosas, con su escote que muestra los senos ya plenos y prietos el uno contra el otro. Esta mujer ideal árabe, blanca, suave, inmensamente femenina, prometedora como una planta llena de semillas, parece la antítesis del tipo en boga en Europa, la chica delgada, casi viril, estilo muchacho de diecisiete años, de caderas angostas, huesos prominentes y pecho casi plano. Se añora el justo medio entre la  hembra grasienta y floja y la androide dura y seca como una vara. La sala de festejos es una gran bandeja de mujeres, dulces, hechas para multiplicarse, como los moldes de una pastelería.

Este es un pueblo colorista e intenso en todo. Las extranjeras no se cansan de mirar los atuendos. Hay el mayor cóctel imaginable: raídos jerseys y faldas de todos los días, pelos tiesos que llevan siglos sin ver un peluquero, atuendos de un mal gusto que conmueve, mezclas horripilantes de suéter y traje de noche, de blusa y vestido. La gran mayoría lleva telas magníficas, suntuosas, tejidos gruesos bordados en dorado y plata, en realce, rojos, blancos, negros, verdes. Son los adamasquinados; se abren como una flor en el escote y bajan en forma acampanada formando pliegues metálicos. Para coronarlo, el pelo bien dispuesto, el delicioso e inevitable jazmín en collares, en el cabello. Llevan muchas joyas, oro y piedras. Desprecian la plata. Precisamente frente a R. hay una mujer como una montaña de oro, enormemente gruesa, de las mangas de su traje bordado en el resplandeciente metal salen los brazos inmensos, blandos, fofa la carne. Luce un muestrario de pulseras y anillos de oro y brillantes, cuello y orejas metalizados a tono. El pelo está teñido de rubio y los labios pintados en un rojo chillón. Parece recién salida del cuerno de la abundancia.

¿Y la novia?. Han pasado horas y mientras las invitadas ríen, charlan, aplauden a los músicos, comen dulces, ella permanece impasible allá en su pedestal, sin volver la cabeza para ver el espectáculo. Tan sólo se abanica lentamente. Una de sus acompañantes sube de vez en cuando para secarle las lágrimas con la punta de un pañuelo si llora. Nada más. Hasta las dos de la madrugada estará ahí esperando el momento de su vida. El novio la mirará desde fuera, mientras cambia impresiones en el patio con sus amigos. Es una llamada al coito imperiosa  y profunda, que zarandea a la observadora por su ferocidad, por su adoración ciega y total a la llave de la vida. Hasta el más mínimo detalle ha sido preparado para exacerbar el deseo de la unión. Ambos, el novio, más bien pequeño, delgado, con un estrecho bigote, que va de grupo en grupo de amigos, y la novia son un símbolo. Es la generación bien a las claras. Ella en su trono, tras el que se ha puesto una especie de retablo del gusto más horrible que pueda imaginarse, con la luna navegando lánguidamente entre nubes azules y un primer plano espeluznante de rosas, margaritas, claveles, gladiolos, flores de grandes corolas amarillas, rojas, blancas, entre hojas verde menta, luchando por quitarse el sitio en franca rivalidad los colores de una con los de la otra. Delante ella, alumbrada por las bombillas colgadas a ambos lados, como para una fotografía muy larga, ella, de formas marcadas, ojos negros de cristal asustado, boca apretada. Aparece adornada con lujo, extendida la amplia falda del traje al estilo europeo. Blanca, quieta y circular como un gran óvulo que espera ser fecundado. Alguien sube a arreglar los pliegues de su velo, otra mujer seca una gota de sudor en las sienes. Debe estar perfecta, completamente dispuesta y tentadora para el gran momento de injertar una nueva rama en el árbol. Y el novio, pequeño, nervioso, deslizándose de corrillo en corrillo, la mira de cuando en cuando, allí preparada, quieta y aún intacta, adornada y deseable como una tarta recién salida de manos del pastelero.

Para completar el ambiente, además de los invitados, están los músicos y las atracciones; los movimientos de las danzarinas, los gestos de las cantantes, sus chistes, sus insinuaciones sin pudor. Todo es incitar al novio, todo alabar a la novia, con una sexualidad franca, entre risas, aplausos, vasos de café y dulces. Al entrar en la sala se viene encima una catarata de sonidos. El grito ululante con el que comienza la fiesta, de lejano parecido a un canto tirolés; se produce parte con la glotis, parte haciendo vibrar la lengua. La música árabe, la auténtica, tiene la calidad del verdadero flamenco y un ritmo mayor. Nada que ver con la serie monótona de quejidos de radio Marruecos. En los cafés de la playa, también al aire libre o en locales de espectáculos, hay a veces sesiones de maluf, clásico, bello, monótono, de cierta tristeza propia del cante jondo, con las ondulaciones de las rejas de Córdoba y Sevilla. Porque en Túnez hay un barrio de andaluces, de moriscos expulsados que llegaron con la añoranza española, amigos de lacerías, rosas de metal y alegres fachadas que se abren sobre arcos de herradura en las umbrías calles de la zona antigua. Para la sala de bodas se precisa otro ritmo. Tras el grito inicial, la orquesta comienza briosamente a cantar y tocar instrumentos. El público les acompaña con palmas. Golpean la darbuca, un tambor pequeño de gran sonoridad, pulsan las cuerdas del laúd, chico y redondo, especie de guitarra jovencita. Aparece en el escenario una muchacha, exactamente como aquellas bailarinas orientales que soñaban los niños europeos, alta, esbelta, delgada. Un dos piezas cubierto de lentejuelas deja ver casi todo el cuerpo tostado, dúctil. Tras la piel morena tersa se puede seguir el juego de los huesos. El pelo, brillante y negrísimo, está recogido en un rodete sobre la cabeza del que desciende en cola de caballo hasta más abajo de la cintura. Esto permite examinar bien el rostro, afilado, pronunciados pómulos, bellos ojos negros y boca y nariz finas, cejas altas y arqueadas; distribuidas entre la madeja del moño flores blancas de jazmín, pulseras en brazos y tobillos. Ella baila largo rato al ritmo de la darbuca y el laúd, en tiempos acompasado o vertiginoso. Es la bailarina de los cuentos. Ondula los brazos desde los hombros hasta la punta de los largos dedos. Pero sobre todo el movimiento se localiza en el arco que rodea las caderas, rítmico, rapidísimo, imposible de imitar: la danza del vientre. Es un placer ver a esta hermosa, delgada criatura, seguir el compás con cada músculo, tirar de cada nervio, ver la vibración infatigable de sus caderas y el pelo negro flotando a cada vuelta del baile.

 

Hay otras clases de bodas, les explican sus amigos tunecinos; pero se apresuran a indicar que usos como la costumbre del pañuelo, en extinción, son propios de aldeas apartadas. Donde no hay coches se pasea a la novia por todo el pueblo subida en un camello, dentro de una pequeña y basculante tienda instalada a lomos del animal. En el cortejo van los invitados y cada uno lleva en las manos uno de los regalos que forman el ajuar, éste una manta, aquél toallas, el otro-previsor-una cuna de madera. La charanga marcha tocando entre los invitados. La novia, tras su incómodo paseo, baja del palanquín, pálida por el mareo y la emoción. En algunos lugares su papel no es el estático de la boda que han visto, sino que ella ha de mezclarse, charlar y reír con sus invitados. Ahí entra, en ciertos lugares, el rito primitivo del pañuelo. La cosa reproductora y placentera que es la muchacha debe ser entregada por los suyos en perfectas condiciones. Así pues el día de la boda las dos familias se reúnen, los novios entran en la alcoba nupcial, las mujeres han preparado el lecho y bajo la colcha, sobre la sábana, hay un lienzo blanco. Pasado el tiempo necesario, la madre del novio entra en el cuarto, sale y muestra a todos los reunidos en la puerta el pañuelo que debe estar manchado con la sangre prueba de la virginidad de la desposada. No es difícil imaginar la escena de tías, nueras, cuñadas, abuelas, estirando el cuello como si olfatearan, examinando el testimonio rojo, en el lienzo que alza la suegra, de que la muchacha ha sido entregada intacta. Si no es así, si las manchas no aparecen, entonces los parientes del marido reclaman (los novios, allá dentro, no cuentan). Puede ir a más, se empieza por protestar, se pasa a los insultos, salen a relucir los cuchillos y con frecuencia se acaba en una guerra entre ambos clanes.

Pensando en este rito, en su significado, en la muchacha, difícilmente se puede encontrar un caso más perfecto de menosprecio a la dignidad de la persona. Al grupo de españoles no les resulta la costumbre insólita; han oído que la practican algunas tribus de África y también ciertos gitanos.

Quizás, además de por imperativo de los sentimientos, por afán de distanciarse de lo que siente como barbarie y mostrar a sus huéspedes el rechazo que de tales usos le separa, Rida-y sus hermanas-delimita a confines que le son ajenos la sumisión de las mujeres. Él pasea con la extranjera y, en la soledad de la medianoche, la conduce por donde hay más luz, le evita situaciones equívocas, la lleva como un copo de nieve en la palma de la mano. Y ella absorbe la devoción y la ternura que se extienden sobre crueldades de su adolescencia, ve en él caminos comunes, zonas compartidas; pero también ve territorios de pensamiento que sólo a ella pertenecen y que, distintos a la interior geografía del muchacho, rechazan la primacía continua de las pasiones, la promoción de éstas y el instinto a los puestos de mando de su vida. Ella le corresponde, pero posee la tranquila certidumbre de su libertad.

 

 

 

Delenda est Karthago! ¡Cartago debe ser destruida¡ reclamaba Catón. Y le hicieron caso, tan bien que en las ciudades arrasadas sembraron sal. Roma, con su eficacia de siempre, remató al reino derrotado y agonizante, incapaz ya para siempre de volver a enfrentarse a los habitantes del Lacio. Catón debió de quedar satisfecho: sólo restan de la primitiva civilización cartaginesa algunos sepulcros púnicos y el santuario de Baal Hammon y Tanit, en la playa de Salambó.

Pero a cambio Roma, desde los tiempos de Augusto, se dedicó a hacer turismo en una Cartago a la que probablemente los patricios encontraban tan hermosa como en la actualidad., de forma que Tunicia se ha llamado, y con razón, museo al aire libre. Sus destructores, al ser destruidos a su vez, la dejaron sembrada de foros, teatros, quintas, templos. Ahí están, en la playa de Cartago-Aníbal, las termas de Antonino, separadas del agua por una estrecha franja de arena. A la salida del baño es posible tenderse en la base de una columna, sobre la piedra tersa y caliente. Sometido a la brisa del mar, a la lima tenaz de las arenas que levanta el aire, resta de los monumentos el esqueleto desmoronado, como si alguien se hubiera divertido empujando con el dedo cada bloque. Sin embargo los huesos, la anatomía romana, continúan siendo bellos, como los de una mujer hermosa y fuerte. Los capiteles apoyan en la tierra su encaje corintio de hojas de acanto, los fustes han rodado hasta encontrar un muro carcomido que los detuviese. Ellos hablan de lo que fue el cuerpo hace dos mil años, cuando aún no corría la sangre verde del musgo por las resquebrajaduras. Quedan supervivientes, esbeltos testigos, como las cuatro columnas y el frontón de Dugga. Sobre la sal, una siembra.

En el Museo del Bardo saludó a los visitantes la mejor colección de mosaicos romanos del mundo. Desde un ángulo les observaban los ojos melancólicos del poeta de Mantua, y reconocieron conmovidos al Virgilio y las musas de todos sus libros de arte. El recinto era inmenso: escenas de caza, mar, mitológicas, en crema, ocre, rojo, negro. Rodeaba la sala un corro de estatuas que luego montaban guardia en los rincones, se disponían en filas por los pasillos. Ahí estaba el retrato por excelencia, emperadores y sabios con sus rictus, sus calvas y sus bocios. También máscaras, documentos, estelas, lápidas, tapices, instrumentos musicales; y las hechiceras joyas femeninas, la magia de las piedras preciosas, del metal trabajado y noble. El edificio, una villa a las afueras, albergó en tiempos una colección distinta, fue residencia de los sultanes hafsidas y de los beys muraditas y husseinitas. Sus dependencias fueron el harem.

Tras el Museo de El Bardo, recorren su vía lacrimarum, un camino regado de lágrimas, frías y con sabor a té inglesas, pesadas lágrimas alemanas, cuidadas lágrimas francesas, vehementes lágrimas españolas. Es el camino retorcido y múltiple que atraviesa los zocos, en la kashba. Ningún círculo de Dante puede compararse en intensidad de tormentos a esta peregrinación de turistas arruinadas, estudiantes que ya no se permiten el lujo de tomar el autobús y miran con nostalgia los helados, por la ruta a través de las mil cuevas de Alí Babá (con sus ladrones). Ni siquiera cabe el consuelo de precios exorbitantes porque la vida en Túnez es barata y lo que el zoco ofrece en Europa costaría el triple. O no se hallaría en sitio alguno, como esos trajes de ceremonia, falda larga y corpiño bordados con dorado y plata, ropas y telas que iluminan las tiendas y harían resplandecer a la mujer más insignificante. Hay también vestidos más sencillos, femeninos y sueltos, tan deseables como los de gala, velos blancos, antes de hilo, entonces la mayoría de nylon, camisas beduinas, de tela fuerte, cuello subido, pecho cubierto de apliques de colores naif, chales cruzados por cuatro hebras de plata, con flecos blancos hechos para acariciar unos hombros desnudos cuando, a la puesta del sol, la temperatura desciende bruscamente y se echa encima la humedad del mar. La plata es tan abundante que las mujeres del país la desprecian y no la usan apenas; sus joyas son de oro. Los escaparates de las viejas tiendas son un imán irresistible: pulseras, brazaletes, ajorcas, broches, en plata oscura y pesada o en plata blanca tallada tan fina como encaje, anillos con una frase, la mano de Fátima, dijes y fíbulas beduinos, aros macizos para muñecas y tobillos. Los chicos, que aguardan desesperados al otro lado del cristal, entran a sacar a sus compañeras de las joyerías y las arrastran gimiendo en tétrica procesión por las calles estrechas cuajadas de cosas maravillosas.

Souvenirs, souvenirs….Zapatillas de piel de camello, alfarería, juegos de café y té en metal tallado (el perfumador largo, de cuello esbelto, para el azahar, el pocillo con mango para preparar taza por taza el café turco), platos grabados, bolsos; tiendas que sus brocados iluminan por sí solos.

 

 

 

¡De qué manera rebosa vida Túnez a las diez de la mañana!. Desde su cuarto ve R. la corteza apretada de cúpulas-suaves, blancas como senos de mujeres-y techos enjalbegados; armazones y polleras de hierro rodeando edificios en construcción. En primer plano Bab el Khadra, la Puerta Verde, , aunque reconstruida, oriental y antigua en todos sus ladrillos, entrada que fue a la ciudad. Hay un adorno geométrico y la piedra acaba dentada en almenas. Es asimétrica, a su lado se alza una sencilla y elegante torre semejante a las de las mezquitas. Torre y puerta, algo femenino en una y algo masculino en la otra, ambas unidas e independientes, la horizontal abierta al mundo y la vertical que, desligada como una plataforma de la oración y la vigilia, se eleva solitaria hacia el cielo. Luz blanca oprimida sobre la corteza de techos, cielo limpio, casas blancas, blancas, blancas, ventanas azules. Salpicados en el conjunto, los rectángulos rojos de las banderas, pues son días de fiesta nacional. Muchos de los estudiantes extranjeros quisieran quedarse porque, aun con su cara inevitable de defectos y miseria, es un país magnífico. El contacto con Francia lo ha europeizado lo suficiente para que no les resulte demasiado extraño, por otra parte conserva su encanto oriental. Nunca han visto gente tan hospitalaria como ésa; a los españoles les tienen simpatía, cuando revelan su nacionalidad en las tiendas, en los cafés, la gente se abre en sonrisas. Han oído que vivieron entre árabes mucho tiempo, que son una mezcla de éstos y de romanos y judíos, que la teoría de la superioridad y pureza de las razas les suena a idioma desconocido. Después, cuando empiezan a hablar, salen a flote cada dos por tres palabras comunes, idénticas o que apenas cambian una letra: jazmín, caldero, azafrán, seguro, adelfa, aceite.

Curiosamente, la reacción de la gente común y la de algunos sectores es, respecto a los becarios españoles, muy diversa. El director y algunos profesores del Instituto Bourguiba no disimulan su antipatía, menudean las trabas burocráticas y, además, en contraste con la generosidad espontánea, cuanto implica subvención oficial, como comida y transporte, es de una gran mezquindad. Anglosajones y franceses gozan de mayor consideración.

Los zocos parecen una copia de la España medieval de los gremios: La calle de los zapateros, la de los joyeros, la del cuero, la calle de los sastres. Series de pequeñas tiendas semejantes a habitaciones a las que se hubiera arrancado el tabique exterior, con hombres que cosen a máquina, cortan, miden. Van en camiseta y zaragüelles y charlan a la puerta mientras trabajan. Los visitantes no encuentran en el mercado la suciedad que esperaban sino vías perfectamente limpias, locales frescos oliendo a especias y a sombra, de losas recién fregadas y estantes con tarros de cristal, conservas, salazones, pimientos rojos y verdes, platos con salsas de la infinita variedad de picantes con que los indígenas se cauterizan la garganta. Sin embargo el panorama cambia en el zoco de los carniceros, por el que conviene pasar con la mayor rapidez. Tal vez las manos que espantan las moscas estén escrupulosamente limpias, es probable que la res haya sido sacrificada esa misma mañana, pero el olor de la carne y del pescado se mezclan y se condensan en la estrechez y la oscuridad. Un carnicero duerme tumbado todo a lo largo del mostrador. Otro mueve rítmicamente, sin gran convicción, la escobilla destinada a ahuyentar los insectos.

Un arco devuelve a los visitantes a la luz en la encrucijada de dos calles por las que corre encauzado el sol. Una lleva, entre comercios de cacharros y cafés sin mujeres, únicamente hombres que juegan a las cartas, hasta la mezquita de la Aceituna. Allí R. se sentará al pie de una columna hasta que viene el guardián a decirle que no puede quedarse así, pensando. La misión de un turista es pasearse y ver, no meditar. A la puerta recogerán sus zapatos. No se admite la entrada con las piernas desnudas, por lo que algunos caballeros han debido ponerse como una minifalda el pañuelo de sus esposas en torno a los muslos. Avanzan por el patio a pasos de geisha conteniendo, ellos y sus mujeres, la risa con la mano en la boca. En la puerta el vigilante de la moralidad los observa sonriendo irónicamente. Alguien protesta porque cree que R. ha encendido el cigarrillo cuando todavía estaba dentro del recinto. No es verdad.

Dejando el zoco atrás, se llega a una plaza arenosa, especie de Rastro más miserable y menos pintoresco que el madrileño, una fila de tenderetes sobre el suelo polvoriento. Los visitantes se acercan a oír a un charlatán; es un hombre de mediana edad que explica algo, con voz sonora y acompasada, por medio de láminas puestas a sus pies. Son historias del Corán, es un predicador. Hay otro corrillo seis pasos más allá en el que alguien habla: muy cerca del defensor de la fe otro orador se ríe de él, rebate sus argumentos, y es más fogoso, más activo que el creyente este ardiente predicador del ateísmo.

 

 

Beber rosas….Había el jazmín, el espeso café turco, los vasos helados de limonada pura en la que se mojaban trozos de bollo, té con piñones o menta mientras se fumaba la chibcha de un braserillo que pasaba por el grupo de parroquianos. Pariente quizás lejanísima del opio o la marihuana, producía una especie de borrachera tranquila y suave, un relajamiento general. A la viajera le gustaban los platos de la gastronomía diaria, el primero el general, el de resistencia, la gran fuente de sémola de trigo duro, con sus hortalizas bien dispuestas-rojas, verdes, anaranjadas, contra el blanco del cus-cus-, que la madre de familia repartía como golosinas, la poca carne, el tomate omnipresente, los pimientos cargados de fuego, el brik nutritivo y asequible, repleto de huevo y verdura. Tuvo también ocasión de odiar al villano culinario, al ser oscuro que, en marcadas ocasiones, impregnaba la casa con el aura revulsiva de su olor: la melujía, una hierba macerada y cocida durante horas en agua y aceite, reducida a un puré de negrura viscosa y sabor tan repugnante que toda la cortesía del mundo no impidió a los invitados europeos escupirla.

Un día les ofrecieron rosas. Se trataba de una bebida fresca, transparente, carmesí, hecha con las flores estrujadas cuyo aceite oloroso se mezclaba con azúcar y agua.

Los visitantes observan y absorben con la completa permeabilidad del papel poroso, pero también con la premura de hallar moldes semejantes en el abanico de experiencias que ya poseen. El bilingüismo parece general, como la atracción y la diferencia respecto a Francia. Es alentador ver andar a las mujeres, aparentemente libres, de un lado a otro, solas o acompañadas de una camada de niños morenos que apenas se llevan el tiempo justo entre sí. Van ellas envueltas de la cabeza hasta media pierna en un velo blanco, se tapan una pequeña parte del rostro, boca y barbilla, sujetándoselo con la mano o con los dientes. Debajo se visten a la europea. No se maquillan excepto el contorno de ojos, magníficos, con el negro polvo de khol; las solteras jamás usan lápiz de labios. La vieja ola se cubre además toda la cara con un tul negro, más fino en la parte de arriba para permitir la visión, compacto y espeso de la nariz a la garganta, que produce, enmarcado por el blanco, un horrendo aspecto fantasmal. La ola novísima ha dejado los velos en casa, las muchachas taconean y lucen sus vestidos de amplio escote. Al parecer en los últimos diez años se ha producido en los países árabes el extraordinario acontecimiento de que las mujeres puedan salir a la calle y hablar con los hombres, pero la relativa libertad no significa ni mucho menos que su situación sea ideal; todavía a algunas las casan como antaño. Hasta hacía no mucho tiempo la norma era, a partir de la pubertad, a los doce años, apartarlas del exterior y confinarlas en la casa. Alguien oía hablar de la muchacha, y de su dote, iba a ver al padre y venía a decirle: “Sé que tienes una hija que me conviene. ¿Cuánto quieres por ella?. Me comprometo a mantenerla y darte nietos.”. Si al padre le parecía bien, comenzaban a discutirse los detalles específicos, las cualidades de la mercancía, los brazaletes de oro, los de plata, los pendientes, las piezas de tela. Completado el balance del ajuar, se dispone la ceremonia. Ella puede tener trece o catorce años y, preparada únicamente para ese fin, con la facilidad nacida del hábito cree amar a ese hombre que es el primero y único que va a tratar de cerca durante su vida. Antiguamente no conocían al marido hasta el día de su boda, años más tarde se permitió que se vieran a veces en casa de sus futuros suegros, en los años sesenta hay parejas de novios por las calles. Sin embargo las hembras siguen estando en Túnez bien sujetas y, aunque su cuerpo se desarrolle con gran rapidez, todavía habrá muchísimas niñas que parirán otros niños. El Presidente Bourguiba, además de la poligamia, abolió los divorcios pedidos sin causa justificada (aunque él rompió la norma) y se exige el mutuo acuerdo, la mujer tunecina tiene igualdad de derechos ante la ley, puede votar, seguir unos estudios.

Los viajeros desean intensamente comprender. Charlan con jóvenes preocupados por el aggiornamento religioso. Hay un nuevo islam por lo visto. Alá es Dios. No hay más Dios que Alá y Mahoma es su Profeta. El credo básico es esencialmente de fe. Paralelo al esfuerzo de la Iglesia Católica por ponerse al día para no perecer parece el del islamismo, y por el mismo motivo, con la diferencia de que en el catolicismo son los padres de la Iglesia los que se reúnen para dictaminar los dogmas necesarios para la salvación, mientras que entre los mahometanos son los eruditos, los sabios que han meditado largo tiempo sobre el Corán y los tiempos modernos, los encargados de renovar su religión de acuerdo con la época. El grupo de españoles acostumbrado a la imagen que en la infancia les pintaran de crueles partidarios de guerras santas, fanáticos, retrógrados y exterminadores, se sorprende cuando el joven intelectual musulmán con el que conversan largo rato les presenta la versión fresca, flexible y renovada de su credo religioso. Hay cinco puntos: Decir con fe “Yo creo en Dios y en Mahoma su Profeta” es el primero y fundamental, con el que, por sí solo, es posible salvarse pero pasando por el Purgatorio. Se debe orar cinco veces al día, cumplir el ayuno del Ramadán, que consiste en no comer ni beber durante ese mes de la salida a la puesta del sol, hacer, si es posible, una vez en la vida el viaje a la Meca, y dar, si se puede, el diez por ciento de las ganancias anuales. El creyente que pecó, robó, mintió, podrá, tras una purificación, ir al Paraíso; si descuidó las plegarias y el ayuno, también purgará sus faltas, pero la fe siempre salva. El infierno sería mucho más angosto que el cristiano, a la Gehenna irán sólo los ateos y los adoradores de ídolos; ni cristianos, ni judíos ni pecador alguno merece una eternidad de sufrimiento. En esto-dice el joven-aventajamos al catolicismo. E incluso así, a muchos sabios se les hace cuesta arriba creer en una interminable pena para el hombre al que una serie de razones ha llevado a no creer en Dios. De hecho, la mayoría desechan la expresión “eternidad” del castigo lo mismo que se rechazaría la de rencor de Dios. Muchos de ellos se ven asaltados, en este proceso, por problemas morales y grandes dudas. Su interlocutor les cuenta que uno de sus profesores, hablando del Infierno eterno para los ateos, les aseguraba: Si Marx no entra en el cielo, tampoco querré entrar yo.

 

En el mundo árabe se estaría operando una revolución por ponerse al día y adaptarse a las exigencias del momento. En Túnez el Presidente había comenzado a compaginar el cumplimiento de los ritos con las necesidades el país, pese a la oposición de sus fanáticos vecinos Argelia y Egipto. La precaria economía tunecina no podía permitirse una paralización del país durante el Ramadán, ni los gastos extraordinarios derivados de éste. La voluntad primera de Dios es que el país y sus habitantes tengan lo necesario, por lo que había que modificar el cumplimiento del periodo de ayuno. Otro ejemplo es la Fiesta del Cordero, basada en una tradición, el sacrificio de Isaac, bien conocida por musulmanes, cristianos y judíos, puesto que los libros sagrados del Pentateuco son los mismos. Hacia marzo, cada familia compra, sacrifica y come un animal, con cuya sangre se pinta la puerta. Los visitantes se imaginan la escena, el líquido rojo corriendo por las calles mal empedradas, y esperan que la versión tunecina tenga un aire más civilizado.

Siempre en aras de la adaptación a los nuevos tiempos y a las necesidades prioritarias del desarrollo, les explican que el gasto nacional no soporta semejantes dispendios por muy tradicionales que sean. Por las mismas razones se procura controlar severamente la salida de divisas. En la peregrinación a la Meca se invierte una séptima parte del capital total anual del país, cuyo presupuesto no da para tales lujos; hay en el interior pueblos miserables, una agricultura entera por desarrollar, y por encima de todo se precisa industria, puesto que su carestía les obliga a importar a altos precios hasta los artículos más nimios manufacturados. De ahí la abismal diferencia entre la relativa baratura de alimentación y alojamiento y el elevado coste de los demás bienes de consumo. Esto lleva al imperativo de ahorro e inversiones al que hay que adaptar tradiciones y ritos.

El panorama que describe el representante de la nueva ola islámica parece en extremo razonable, aunque el enfoque, por su misma naturaleza, dedica poco o ningún espacio al Estado laico, la trama plural de partidos y la activa igualdad de la mujer. Su tolerancia es la del que considera cuanto escapa a su esquema mal menor, quizás soslayable o eliminable en el futuro. La Guerra Santa, dice, no es tal: Según el Corán, Dios ordenó a Mahoma que convenciera por todos los medios a los descreídos de que su religión era la verdadera, pero esto no iba contra cristianos ni judíos, puesto que ambos aceptaban, con variantes, el Antiguo Testamento. No podía atacarse a los que creían en Cristo, el Jesús que para los musulmanes es uno de los profetas mayores, el cual, como Moisés y Noé, preparó la venida de Mahoma. Admiten que Cristo nació de una virgen, pero no que resucitara, sino que Dios le arrebató, antes de morir, poniendo a otro en su lugar. En el Corán se dice que los musulmanes no deben atacar los primeros, aunque luego prometa una y mil veces el Paraíso a los muertos en la lucha. La guerra santa iba dirigida contra los politeístas y los adoradores de estatuas y piedras, lo que explica la repugnancia ante la imaginería católica.

Naturalmente la sola frase Cristo, Hijo de Dios, la idea de una familia divina que rompa la unidad indivisible, alta, admirable e imposible de representar que es el Dios en el que todos los adjetivos se ennoblecen (El Grande, El Bueno, El Misericordioso, El Sabio), la simple alusión a una Trinidad les repugna. Su desprecio, soberano, hacia las imágenes cristianas no puede ser mayor. Huyendo precisamente de la representación de lo irrepresentable (al ser Dios espíritu, ¿no es mentira y sacrilegio darle una forma caprichosa?), se han volcado en la geometría, en las estilizadas letras árabes, quizás la más bella escritura que la Historia ha conocido, las estrellas, los círculos, las líneas quebradas, la poesía lírica exacta y bien medida que es un trozo de pared labrada, el encaje matemático que encierra el espacio, siempre lo más lejos posible de las formas vivas.

Este nuevo islamismo de los años sesenta sólo es, visiblemente, una parte del tejido social del adolescente-por la edad media de su población tanto o más que por la fecha de plena autonomía-país. Rida, que ha estudiado en un liceo francés, y sus amigos no parecen dedicar atención a los problemas religiosos y su comportamiento es de clara voluntad laica. En política, las opiniones son diversas y en el ambiente no reina el temor a la expresión censurada. A la pregunta ¿qué hicieron los franceses? responden que construyeron casas, industrias, iglesias y escuelas, en gran parte para su propio uso. Sí, había becas, pero éstas, como los puestos en la Administración, eran de muy difícil acceso para los tunecinos durante la época colonial. Luego vino la guerra, con mártires de la independencia (muestran a los visitantes los nombres de algunas calles, como Habib Thameur, que recuerdan a asesinados por su militancia). Pero el trabajo esencial se hizo en Francia misma, por abogados tunecinos. Es el caso del Presidente, al que consideran necesario como político. Se trata además de un héroe de guerra y un hombre inteligente. Hay algo en él que ha desagradado al pueblo: su divorcio, tras veinte años de matrimonio, de su mujer francesa, que había combatido con él por la independencia, para casarse con su esposa actual. Muchos no se lo han perdonado. La primera vive sola y el hijo que dio a Burguiba es primer ministro. El pueblo no ama a la segunda familia del Presidente.

En los retratos oficiales se advierte que la actual esposa es aproximadamente de la misma edad que la repudiada, lo que para los jóvenes becarios hace pensar más en intereses que en una pasión irresistible. El rostro presidencial campea en comercios, cafés, tiendas de comestibles, escaparates de tejidos. No hay local que deje de contener un retrato o más de ese hombre de innegable personalidad, ojos claros, pelo blanco, la sonrisa deslumbradora de los jefes de Estado. También hay otro tipo de fotografía, de pie, envarado, con una mano en la mesa de despacho, cargado de bandas y medallas, serio y un poco verdoso. Luego otra sonriendo, sentado en su coche durante una fiesta, con un gran ramillete especial de jazmín en la mano, junto a su esposa en fotografías de matrimonio, y por último su rostro en el cuerpo de un dibujo con traje de minero, mecánico o campesino.

Tras el ser real, el héroe, el pacifista declarado, el estratega inteligente y el político  popular existe una numerosa camarilla que sostiene y promociona al icono y a su culto, el de la personalidad. Él se deja llevar en un empachoso torbellino de retratos, sonrisas, bustos, estatuas, topónimos. Hay un ritmo paralelo común a los países orientales en esta forma de totalitarismo en política y en religión. En ambos terrenos Túnez es una moderada excepción sin embargo, un Estado árabe cuyo Jefe no se confiesa musulmán. Con todo, el día de su cumpleaños, en agosto, es más festivo que el aniversario de la República. Hay recepción en Monastir y los periodistas fotografían la cuna del Primer Hombre de Túnez. El país, aunque con una historia que no tiene que envidiar en antigüedad y abundancia a la de los europeos, como políticamente autónomo es aún muy joven. El Presidente, cuyos familiares ocupan todos los puestos en el Gobierno, es reelegible, ha de someterse a las votaciones, pero no existe un verdadero partido de la oposición. El Primer Ministro, un hombre muy culto, es el único en oponerse a veces a su padre. Cuando éste desaparezca se cree que su línea política continuará con pocas variaciones. El nepotismo parece una variedad casi endémica de los que poseen el poder.

No se respira, sin embargo, un ambiente de opresión, temores y silencios. Se adivina cierta pretensión de absolutismo ilustrado, de paternalismo provisional. El Presidente lo mismo trata una cuestión de fronteras, salarios o cooperativas que lanza un discurso contra las minifaldas y la tendencia de la flor y nata de la sociedad tunecina a imitar, corregida y aumentada, la moda de París; o exhorta a los hombres a casarse, sobre todo si han cumplido ya los treinta años, con muchachas del país, dado el crecido número de solteras, o considera que debe intervenir en un problema de divorcio que ha alcanzado transcendencia pública. Su trabajo diplomático fue excelente y refleja al jurista. Burguiba demostró una prudencia maestra en el mantenimiento de relaciones plenamente amistosas con Francia, virtud, junto con el pacifismo, indispensable en un país pequeño rodeado de vecinos ambiciosos-Argelia, Libia, Egipto-. Se halla enemistado con el jefe del Gobierno egipcio respecto a la cuestión palestina y mantiene una posición en contra del reconocimiento de Israel, pero es difícil imaginarlo comprometiéndose en acciones militares; resulta más probable que intente marcar distancias respecto a esa Madre obligatoria, la Umma, la comunidad musulmana, que la geografía le ha impuesto. Habib Burguiba ha tenido la personalidad y los méritos que se necesitaban, aunque por un tiempo forzosamente limitado.

 

Parece ser que éste es el país árabe que mejores relaciones mantiene con los judíos. En la calle principal, la Avenida de París, ahora de la Libertad, los visitantes han visto multitud de comercios hebreos, muchas carnicerías con los signos de casher y una de las mejores sinagogas, grande, blanca, con la estrella de David y los duros caracteres esculpidos. Entran un día a los oficios. Es amplia, maciza, en un pequeño cuarto al fondo, a la izquierda, tras una cortina cuelgan de las paredes pesadas lámparas portátiles de plata, candelabros y lápidas pequeñas recuerdan a los miembros de la comunidad fallecidos. En una mesa están los libros. Durante el oficio todos repiten y cantan los versículos señalados, leen, acompañando y respondiendo al oficiante, y efectúan los movimientos rituales. Los hombres deben llevar cubierta la coronilla con un gorro redondo minúsculo. Al final llega el momento solemne en que se abren las puertas del Sancta Sanctorum y ocurre algo que parece a los extranjeros extraordinariamente curioso: se subasta entre los asistentes el honor de pasear el Arca sobre sus hombros. Antes les habían contado anécdotas sobre la avaricia hebrea y se dicen ¡Judíos tenían que ser!, pero después recuerdan que en algunos pueblos de España se puja por el privilegio de sacar en andas a la Virgen.

Mientras se consuma la parte más solemne del culto, las mujeres comienzan a gritar todas a una, un sonido agudo y vibrante. A la salida se pasa la mano por la estrella de David grabada en el muro, junto a la puerta. Los jóvenes tienen la misma impaciencia por verse fuera y empezar a hablar, la gente el mismo aburrimiento, que en los oficios religiosos (sermón, misa, oración) de todas las partes del mundo.

 

 

 

La gran mezquita de Kairuán estaba llena de pájaros, de golondrinas. Andando sobre las alfombras de enea era fácil darse cuenta de cómo se puede vivir horas y años sentado entre esas columnas, sumergido en el mundo sin tiempo de los árabes. Sobre el mihrab restaurado está el nuevo. Hay un rincón separado por tabiques de madera donde hacía sus plegarias, aislado, el califa asesino. Existían dos columnas con un estrecho espacio entre ellas; quien pasara por allí se decía que iba al Paraíso. Se ordenó tapiarlo tras el último percance ocurrido a una voluminosa turista que casi logró el feliz tránsito dejándose la piel.

Es la mezquita más antigua, con olor a polvo, a caballos y a conquista, anterior a la invasión de España, vieja como el pueblo de Kairuán, restaurada más tarde, vuelta modernamente a restaurar. Entre los capiteles corintios y romanos pasan volando los pájaros a ras del techo. Las esterillas refrescan las plantas de los pies descalzos. Estar una hora, una tarde, sentado al pie de una de las columnas de la Gran Mezquita, a oscuras, en la corriente de aire, oyendo de vez en cuando piar sobre las cabezas, mientras fuera el patio se abrasa al sol…Rezar si se quiere al dios de todos, o pensar en lo que se ama, o recordar, o permitirse el lujo de no pensar en nada. Tal vez ahí sea posible. A la entrada hay una tinaja de barro con agua y un cuenco para sacar y beberla.

Están limpiando las losas en el mausoleo a un compañero del Profeta; empujadas por las mangueras, llegan hasta los pies olas bajas llenas de polvo. No se permite a los extranjeros ni siquiera pisar las esterillas puestas ante la puerta de la habitación del santuario. Se ven a distancia los dibujos, tapices, inscripciones, y en el centro el catafalco con una tela bordada en plata como el manto de una Virgen española. En un rincón, un viejo hermoso, delgado, con la cabeza envuelta en un turbante blanco, musita sin cesar y sorbe agua de un cacharro.

 

El anfiteatro del Djem, desde la distancia, clavado frente a la mezquita lejana en un desafío de kilómetros, centra los caminos de la desierta llanura. Monumento civil, mausoleo a la voluntad y a las artes de ingeniería romanas. Hay algo en él que marca con su cuño a la extranjera que lo divisa porque remueve una certidumbre de pertenencia ahogada por la embriaguez de descubrimiento y aromas, porque algo se identifica en ella con ese orgullo que no recurre a dios alguno. Es Europa y es Roma, es solidez y lógica. Las incursiones místicas de R. son extremadamente breves y están, incluso ellas, marcadas por la exploración y regidas por la evidencia. La Gran Mezquita en medio del desierto era un baluarte al exclusivismo de una fe. El anfiteatro es murallas abiertas a la tierra de los hombres, un edificio elevado para hacer más placentera la existencia de todos los días.

 

En Hergla, junto al mar, se fabrican alfombras de esparto fresco, cuyo perfume se suma, en el aire, al de la limonada, el café y el jazmín. Mientras al otro lado de una tapia se sucede la uniforme eternidad del mar, ante a los viajeros se extienden centenares de esteras redondas como bollos o tortitas, con su agujero en el centro. Los largos tallos se mojan para darles flexibilidad, después se tejen. El esparto verde se seca al sol y sobre el suelo del patio se va poniendo amarillo. El recibimiento-los estudiantes van en una excursión en grupo-es en extremo cordial. Se les explica por el responsable el funcionamiento de la cooperativa, el reparto de gastos, tareas y beneficios, el encargado les enseña la fábrica, un señor de grave bigote negro teje y le regala, una pequeña alfombrilla, el dueño del café les explica el secreto de la exquisita infusión que les ofrece y les muestra el diploma que honra su establecimiento.

El grupo de becarios remonta la costa. El sol arranca chispas al verde de los árboles y al de las olas vecinas. La zona parece extraordinariamente feraz, un suelo lleno de sembrados separados por vallas de chumberas. Acantilados, agua más transparente que el aire, apenas azul, en la que se puede contar, desde la carretera, el ir y venir de los peces. Cap Bon posee los atributos del paraíso. En un recodo, una pequeña floración de cúpulas blancas: Korbus. Kelibia: arena finísima, rocas y el mar más translúcido que pueda imaginarse. Nabeul: rico en alfarería; y la hermosa Hammamet.

El camino hacia las ruinas de Utica es una Castilla, kilómetros de llanuras y lomas que anulan el tiempo y el espacio y sobrecogen con sus planos lisos, inacabables. Trozos de sembrado que, por el contrario, dejan sabor de ternura porque recuerdan al hombre, limitados, trabajados, ubicados en ese infinito horizontal y amarillo. Ruinas romanas y tumbas en Utica. Espléndidos restos de mosaicos con dibujos perfectos en gamas de gris oscuro, blanco, amarillo, rosa. Se están destruyendo por momentos sin ninguna protección, las teselas pisadas se van arrancando una a una. El pueblo, al lado, es miserable. Casas de barro como hornos con la puerta y una abertura para la ventilación. En los alrededores encuentran salpicados grupos de jaimas y rebaños de ovejas. Los visitantes no han caído bien. El perro blanquecino, con cara de resentido social, les ladra. Una gallina loca pretende atacarles. Un español intenta fotografiar a una beduina que viene por el camino. Ella se agacha y coge una piedra; el gesto es suficientemente expresivo, está en su derecho, no son animales de zoo. La vida es dura; aquí no hay sitio para pétalos de flores, sonrisas y gestos hospitalarios, no han lugar los regalos de bienvenida, como en la cooperativa de Hergla; se han agostado, con el viento reseco y la fatiga, dulzuras y suavidades. Parece, incluso, imposible que lleguen, hasta estos pueblos del interior, atardeceres violeta, amaneceres rosa. Cuanto ocurre arriba sólo podría ser reflejo inmisericorde de la piedra rocosa o desmenuzada a la que abajo se aferran los que malviven.

Un fallo en el socialismo de Burguiba, comentan los becarios según se van alejando, y, callados, piensan en su confortable residencia de la capital, en que les llevan de excursión a playas idílicas y ricos pueblos de pescadores, y se preguntan si las aldeas como aquélla estarían aún peor con los franceses.

Bizerta les resulta algo insípida. Preguntan por el cementerio inglés de la II Guerra Mundial; se encuentra demasiado lejos. Visitan el viejo puerto y matan el tiempo viendo en el jardín de la playa a un corro de niños que, dirigidos por otro muchacho mayor, cantan, o pasean en fila, de dos en dos, cogidos de la mano.

Las mujeres de Bizerta son un macabro espectáculo. La costumbre ha sido salvaje y las ha cubierto totalmente. Llevan echado sobre la cabeza, tapando toda la cara hasta el cuello, un pañuelo de gasa negro. Las más atrevidas se hacen dos agujeros para los ojos y las recatadas otean a través del velo. Sobre ese trapo extienden, como las demás, el tradicional manto blanco. Son fantasmas, sus rostros velados tienen algo espeluznante, recuerdan a las historias de leprosos, esas pobres caras escondidas tras el sudario.

 

La Marsa de la muerte.

Desde la playa, a la vuelta, antes de ponerse el sol, aún con el pelo húmedo y los músculos cansados de nadar, el amigo tunecino de R. la lleva un momento al pequeño cementerio de La Marsa, sobre un promontorio.

No está más lejos de las olas que un bañista rezagado. Han dejado atrás el gozo del mar para ir a ese recinto silencioso. Y ella, que jamás ha entrado de grado en los cementerios de su patria, se encuentra bien en éste. Aquéllos la amedrentaban con sus ángeles de piedra, alas abiertas, manos juntas. Los mausoleos, las construcciones grandes y pesadas que se alzan varios metros sobre el suelo, los orantes, la llenaban de tristeza y miedo. Ése es un lugar agradable, lo define una frase que su amigo y ella han repetido a partir de entonces: Una sola piedra y un poco de agua para los pájaros. Cruzan entre tumbas sencillas, una lápida, lo más dos con los datos del difunto, algunas talladas en un bello trabajo geométrico. No hay flores; se marchitan y su perfume se acaba; pero queda una última forma de hospitalidad más allá de la muerte para unos seres humildes: En muchas de las tumbas hay un hueco destinado a contener algo de agua para los pájaros. Nada más. La tapia levanta poco del suelo y en la otra parte delimita el cementerio un terraplén bajo el cual se abre la costa y llegan los gritos de los bañistas. Toda una eternidad descansando cara al mar, bañado por el sol, una simple piedra, nada más. Ella quisiera morir en ese lugar. Es cierto que, a fin de cuentas, bajo la delgada capa de tierra cubierta de musgo están, como en los cementerios cristianos, la fealdad y el horror de la muerte, la carne descompuesta, los huesos gelatinosos, pero aquí no es tan horrible, el disfraz es más sencillo y el amargo camino de vuelta al polvo puede recorrerse con más tranquilidad.

A los lados hay árboles, uno de ellos cubre a medias una losa y las flores amarillas caen lentamente sobre las letras grabadas.

Entran en el patio de la vivienda de los guardianes del cementerio porque tienen sed. Es un matrimonio de ochenta y tantos años. La vieja se moviliza trabajosamente hacia un cántaro, tiene el cuerpo torcido como un árbol y camina agarrándose a las tumbas, ya muy cerca de ellas. Dice palabras en árabe. No se queja. Cuenta algo sobre tres enterramientos: Un accidente. Les muestra el cántaro y una vasija redonda de las tan usadas en el país. Nada da tal sensación de limpieza como un recipiente de barro conteniendo agua fresca. La saca y se la da. Al coger el cacharro los jóvenes ven que ha caído en él una flor de jazmín que flota boca abajo sobre la superficie como una estrella abierta, los cinco pétalos blancos extendidos. Ella bebe primero. Su amigo árabe después. El jazmín se balancea cerca de sus ojos en el líquido perfectamente claro.

El matrimonio los despide sentados en los escalones de la puerta, delgados, renegridos, enormemente viejos. El sol, que aún no se ha acercado a la línea del horizonte, brilla con toda su fuerza planeando sobre el cementerio de La Marsa.

 

La Marsa de la vida.

El país celebra el aniversario de la República. Por la noche se encienden hileras de bombillas con los colores nacionales: rojo y blanco. El famoso café de Saf-Saf está completamente lleno. Es un vasto recinto, una casa entera con su patio, espejos en los rincones donde las parroquianas se miran al pasar, el suelo mojado y un camello en el centro. La gente, aquí y en otras latitudes, en el fondo es siempre igual, y más los domingos: Los padres de familia cazan mesas, las mujeres se sientan y dejan caer el velo sobre los hombros, los camareros piden paso con bandejas llenas de refrescos, café y té con piñones; los vendedores de jazmín sortean las mesas cargados de collares y paquetes formados por hojas grandes mojadas y cerradas por una aguja de junco que contienen los ramilletes de las flores. Todos hablan, y fuerte. Los niños se suben al respaldo de las sillas y andan a gatas debajo de las mesas. Los padres cruzan las piernas desnudas, con la yuba, la chilaba de tela fina blanca, recogida sobre las rodillas, y beben despacio quitándose de vez en cuando el jazmín de la oreja para olerlo. Las parejas de novios son también similares a las de cualquier lugar. Al guirigay festivo se une la noria, que chirría al girar. En torno a ella saca agua un camello, la gran mascota del Saf-Saf. Los días de diario el animal tiene color normal, especie de naranja polvoriento, pero el camello de los domingos es blanco; cabe que sea el de siempre bien lavado, aunque los visitantes no lo creen: se le ve más fino, más esbelto, aristocrático y orgulloso de su blancura. Con las orejeras  puestas, da vueltas imperturbable. Cuando acaba de pasar se acerca uno a la noria y bebe el agua que continuamente va sacando, luego esquiva al camello y vuelve. En espera de un espectáculo en la plaza mayor que finalmente no llega, los visitantes y sus amigos comen cascrut, el bocadillo de tomate, pescado, zanahoria, pepinillo, salsa, los inevitables pimientos y el picante fatal. Los puestos de cassecroûtes (escrito en francés) se alinean en la acera.

Antes de ir a La Marsa el pequeño grupo hispano-tunecino ha estado en Sidi Bou Said, cuyo café es el preferido de su corazón. El paisaje es inmejorable, el más famoso de las cercanías de la capital. Las calles del pueblo son muy empinadas y todas las viviendas están pintadas de blanco y azul. Según se sube hay tiendas de recuerdos, puestos de fritura y pequeñas boutiques con fantasías orientales y europeas. La población es snob por excelencia: adolescentes de ambos sexos vestidos con todos los colores y formas de la extravagancia, residentes exquisitos, veraneantes que, desde la pina cuesta de las calles, parecen mirar al resto con desdén. Aunque dan al lugar cierto colorido también dejan en los observadores un sabor artificial, de cosa desligada de la vida y estéril. Sin embargo la atmósfera del Café Moro, donde van siempre, es invariablemente grata y ellos paladean cada detalle junto con la infusión hecha en una cocina de ladrillos. El interior es agradable y fresco, como si se estuviera en la panza de una tinaja. Hay paredes encaladas que la sombra hace grises, ventanas enrejadas y a través de ellas, abajo, se ve la multitud que alfombra la escalinata, arriba el cielo teñido en el rosa de los atardeceres inolvidables de Túnez, con una luna pálida y redonda, al fondo el mar, la línea del horizonte que comienza a perder nitidez, palmeras, pinos, olivos, acantilados de tierra roja típicos de esa zona.

En el Café Moro la gente se sienta sobre plataformas cubiertas con esteras de paja. Antes de subir se quitan los zapatos y luego todo es tenderse en una indolencia perfecta, acercar de vez en cuando la taza a los labios, hablar bajo con el vecino, guardar silencio. Para beber agua se va hasta un cántaro con una espita. Es buena y fría. Hay jaulas con canarios suspendidas sobre sus cabezas. Hasta aquí no entran los vendedores de jazmín.

La vuelta de Sidi Bou Said a La Marsa, ya de noche, la han hecho a pie. Túnez es pequeño y sus poblaciones, sobre todo en las cercanías de la capital, siguiendo la línea de la costa, se tocan unas a otras. Solamente hay dos kilómetros cuesta abajo, con una temperatura ideal, aire suave, fresco sin llegar a frío. Pocas cosas tan inolvidables como aquel camino. La cinta negra de la carretera, el cielo mediterráneo pleno de estrellas. Andaban por una pasarela sobre el infinito. Las cosas cercanas en esa oscuridad apenas eran; a los lados, filas lejanas de luces y el mar amplio abrazándolo, un mar que no era real, mucho menos real que el cielo, un trozo de Caos olvidado desde antes de hacerse el mundo, la línea del horizonte alzándose muy alta a la derecha de los caminantes, una porción de eternidad. El cielo estrellado existía, el camino más o menos existía bajo sus pies, los árboles eran recuerdos de algo conocido; pero esa cosa gris que llenaba hasta la mitad el panorama era extraña, inmensa y sin forma.

Allá abajo, al final de la cuesta, apareció La Marsa con su puerto, iluminado y en fiestas, en difícil equilibrio sobre la masa de sombra, metida a pico en el mar.

Acaba la cuesta, hay chalets, comienza el pueblo, la gente grita; se desemboca en la plaza mayor, frente al Café de Saf-Saf.

Para la posteridad, a su regreso a la residencia R. glosa la paella que otra española y ella han ofrecido a la familia tunecina con la que han hecho amistad. Es la primera que han cocinado en su vida y se ha elaborado en condiciones extrañas. La primera parte se hizo por simple y milagrosa intuición. Solucionado el transcendental problema del refrito, distribuida la sal y el colorante, llegó el momento cumbre de echar a puñados el arroz sobre el caldo que hervía en una fuente de metal fregada con tierra y colocada en el patio sobre una hoguera improvisada con piedras y leña. ¡Oh, milagro, sabía bien!.

Las rodeaba la familia-doce hijos-, niños innumerables, abuelos, vecinos, jardinero y simpatizantes. Vestidas con largas ropas que les habían dejado para no mancharse, daban vueltas como sacerdotisas en torno al fuego sagrado distribuyendo cazos de agua, pescado, guisantes, atún de lata. El arroz se doraba como un sueco en la playa, el humo hacía llorar a catadores y oficiantes. La toma de Constantinopla, el desembarco de Normandía, el descubrimiento de América no podían compararse con aquella gesta: la paella primeriza, para veintidós personas, cocinada en el suelo del patio y en una bandeja. Allí estaba, en su punto, un trozo de España sobre el suelo tunecino, una excepción en su geografía, efímera pero bella, el arroz, antes blanco y anémico, había tomado color gracias al empleo de todo el azafrán de la casa, los guisantes formaban un filtiré verde, las rajas de pescado sonreían entremedias. Si hubiesen encontrado los ingredientes restantes, ¿qué maravilla no hubiera resultado?.

Se limpiaron las lágrimas, el tizne y el delantal y llevaron su obra a la mesa. Esperaron a que la probaran como una madre al primer hijo. Había salido bien, imposible saber cómo pero había salido bien. Los comensales repitieron. El corazón de las becarias se llenó de gozo al verles meter la cuchara en la paella. Era tan decorativa sobre la mesa como un ramo de flores. Esperaban, después de que el padre se sirvió el segundo plato, una petición de mano en regla del tipo ¿Quieres hacerme paella toda la vida?, romántico y oriental.

 

 

Ma’ Salama. Adiós.

La despedida fue como el jazmín, que, marchito, tiene un olor triste. Última peregrinación por las playas, los escalones de Sidi Bou Said, el Café Moro, las luces que comenzaban a encenderse y colgaban, en la distancia, como perlas. Una franja de ocaso rojo bordeaba las montañas, al frente se extendía el campo, a izquierda y derecha de la ruta el añil del mar, el cielo en dos colores, casas blancas teñidas sus paredes de lila y gris, cada cual con su luz azulada titilando, un primer plano de árboles y chumberas verde espeso. No, no podía ser; era demasiado aquel regalo de despedida, era casi belleza pura.

Después estuvieron largo tiempo mirando transparentarse cada vez más estrellas, en una playa salvaje, rocosa y magnífica. Alguien paseó desde la cima del acantilado una linterna sobre las seis figuras inmóviles tendidas, no como el curioso esperaba una sobre otra, sino una junto a otra, en la arena; luego se fue. Siguieron cara al cielo, oyendo, y como viendo al oírlo, el mar. A continuación La Marsa, siempre alegre, con su Café de Saf-Saf, ese día cerrado porque había sesión de maluf. Las cosas tenían el sabor de las últimas cosas. Y ellos se despedían pidiendo volver.

 

 

Diásporas

 

Primera diáspora

 

París, 1968-69

La sangre ha goteado durante la noche, traspasado el colchón y formado un charco bajo la cama. Hace tanto frío en París que la nariz le sangra, un mal crónico al que nutren la ropa inadecuada y la falta de dinero para comprarse unas botas. R. siempre duerme boca abajo, en la cama de muelles metálicos instalada en casa de la mujer que le alquila ese espacio del salón. Es la periferia de la Ciudad de la Luz, construcciones antiguas, pequeñas, obreras, con letrina en el exterior y algunas huerto, enlazadas con el corazón espléndido, clásico, de grandes edificios y avenidas impecables, por el metro de Mairie des Lilas.

Rida está al otro lado de varias estaciones, en la habitación donde se apiñan cinco tunecinos. Ellos dos viven su primer año en tierras extranjeras, en la Meca de la emigración para ambos.

  1. se levanta para limpiar el desastre, en lo posible; atraviesa tiritando el patio que lleva hasta el excusado exterior, vuelve, coge agua, enjuga el charco viscoso que se ha desprendido gota a gota de sus fosas nasales, frota el colchón como mejor puede. Por la mañana la casera, que trabaja en limpieza de un hospital, la mirará incrédula cuando le explique el origen de la hemorragia, y R. ve atravesar su frente como un conejo la sospecha de que ha sido un aborto. Hay que tener cuidado con los chicos, dice.

El primer día después de su llegada, tras el viaje Madrid-París en auto-stop con una amiga a escondidas de los padres, para no inquietarlos, y la instalación como au pair en el hogar de una familia cuya sordidez iguala al intenso catolicismo que dicen profesar, R. sube las escaleras del metro de Opéra. Arriba, enmarcado por el espléndido edificio, sus estatuas y sus cúpulas, está Rida, con ojos llenos de amor y un abrigo gris que ha conseguido en una institución de caridad llamada Los Amigos del Hombre. Se abrazan y caminan por una ciudad cuyos refugios son el café caliente, sus fiestas un cuscus en el restaurante de Bebert, su sueño una cena con velas.

El mundo del subsuelo, en el que transcurre parte de los días, no corresponde a la altivez de los edificios, al trazado amplio de las avenidas y el encuentro solemne de las calles en plazas a veces rematadas por un monumento, un arco, una fuente. Bajo la línea de la superficie se extienden vagones y túneles en los que es frecuente ver ratas que pasean con tranquilidad de inquilino; mientras, los paneles publicitarios ofrecen variedades de queso y de toda clase de productos siempre recubiertos de un brillo de golosina, en manos de gentes de ojos voraces. Hay en cada parada y en cada salida a los andenes parejas que se besan y se separan, como dejan a sus novias los marineros para partir hacia distantes puertos. El espejo inverso de la ciudad subterránea es sombrío, usado y gris, se estira como un cuerpo con todos los atributos de la vejez, sus miembros acaban en lejanas estaciones que conviene evitar a últimas horas de la noche. Pero teniendo su cierre muy en cuenta, porque más allá del final del servicio la ciudad es otra, inalcanzable, surcada sólo por caros vehículos y blindada  por la inmensidad y el frío.

Españoles y árabes confluyen, sin mezclarse, en la madre de todas las luces, en el nombre que para unos y para otros es sinónimo de puerta y de futuro. Los tunecinos han incorporado Parisi a sus canciones populares, y en baladas entre irónicas y nostálgicas narran su búsqueda en pos de la fortuna, de los ahorros que les permitirán comprar esposa y casa, del coche abarrotado de mercancías con el que se presentarán en el pueblo de origen. Los españoles ponen negocios, prosperan, adquieren restaurantes, talleres, apartamentos, mantienen durante años su fuerte acento y su francés escaso prendido sobre un español escaso igualmente en lectura y dominio lingüístico. Rida y R. bogan en una corriente marginal que no es la de los grandes ríos de unos y de otros ni sobrevuela la atractiva capa donde se cuece diariamente la cultura. Hace falta dinero para la bohemia, y los franceses son muy amigos del internacionalismo y los representantes de rincones exóticos, pero separan netamente la retórica y la bolsa. Para R., que avanza en el conocimiento de la vida no por premisas preelaboradas sino por experiencia directa y en quien de manera natural se fusionan las ideas y los actos, resulta fascinante esa dualidad tan conseguida, según la cual existe un yo ataviado con la audacia elegante del revolucionario pensamiento el cual se pliega cuidadosamente y guarda en el armario, para vestir luego, en el cálido cuarto de estar, el pijama rayado de la más estricta adhesión a la propiedad privada. La lancha en la que ellos dos bogan es solitaria, ni grupo ni partido ni obediencias ni sindicatos; tampoco religiones, que ninguno  posee, ni otra meta que los estudios, un incierto futuro y cambios, vagos horizontes por venir en los que un seísmo alzará de las profundidades a toda la gente del metro y les proporcionará raciones tan justas como generosas de felicidad, comida, sol. R. prepara los exámenes finales de su licenciatura, huye de la piadosa familia y su vivienda lúgubre en cuanto encuentra un trabajo en la enseñanza, completa su pitanza con el trabajo por horas en un taller de velas en el que el patrón manosea el trasero de la más complaciente de las empleadas. Los colorantes se respiran, depositan en la garganta y tiñen durante el resto del día su pañuelo. La parafina pasa con gran rapidez del calor incandescente a la solidez opaca y el jefe no ahorra insultos a la torpeza de la española, torpeza que multiplica el desconocimiento del idioma. El francés primerizo de R. ha experimentado un curioso retroceso, se ha enquistado en un balbuceo defensivo, una cápsula hostil al país en el que se mueve. Tal vez también ella, dentro de unos años, señale con el dedo los productos del mercado y malpronuncie sus nombres, como ve que siguen haciendo españoles residentes desde antiguo.

La bolsa de trabajo universitaria le proporciona también algún que otro baby sitter que la situará bruscamente, como si hubiera subido por una pared vertical hasta cimas normalmente inalcanzables, en lugares suaves, perfectos, fríos, despectivos, en los que oye mencionar como Ces bêtes-là a los vecinos extranjeros del inmueble, gente de escasa limpieza que atrae parásitos. Piensa que esas bestias podrían ser Rida y ella. Tras algunas indicaciones sobre el piso, que a R. le parece enorme y, sobre todo, extraordinariamente ajeno, ellos se marchan, la pareja bien vestida, rubia ella, alta, con su marido y el amigo que luego llevará en el coche a la canguro a su domicilio, que ya es una buhardilla de Invalides. Una vez sola en la elegante vivienda, R. se encuentra con un bebé diminuto al que ignora cómo preparar el biberón (lo hace siguiendo instrucciones de alguien por teléfono) y respecto al que no experimenta ternura alguna, al que mira con la extraña frialdad, la distancia egocéntrica que sólo se halla a veces en los adolescentes.

  1. es vagamente inhumana, está tan absorbida por la búsqueda y defensa de su libertad, del saber y de su propio espacio y tan empeñada en la supervivencia que apenas distingue, y menos aún comparte, los afanes, penas y placeres que, sin mayores razones, amueblan el común de la existencia. Vive esa pureza que bordea la quemadura como un ácido, que no paga sino consigo misma el precio de las certidumbres y a la que resulta simplemente inconcebible el juego de las componendas.

La convivencia, en escasos metros cuadrados, con cuatro compatriotas ha disminuido un tanto el optimismo esencial de Rida, su certidumbre de que posee tantos amigos con los que puede contar como pelos en la cabeza. El número se ha ido, vagamente, reduciendo. El horizonte, indeciso, se limita a ganar de qué vivir de forma inmediata y a la constatación de que su novia, pese al desconocimiento inicial de la lengua, se va desenvolviendo, echa a andar desde otro punto de partida. Rida deambula de continuo, y en creciente progresión, entre la imagen de sí que ofrece al exterior, a R. y a sí mismo y la inexistencia de esfuerzos, proyectos y estudios reales. Entre él y sus cuatro compañeros de paredes y de lecho hay una notable diferencia de formación, de dominio del francés-que él redacta con  maestría literaria-y de finura en el manejo de ideas que, sin embargo, se funden en la irrealidad del ensueño, la sencillez primigenia del supuesto rincón idílico, la felicidad debida y secuestrada por la vaga estirpe de los ricos. El todo bañado por la llama del grande y primer amor.

Los compañeros de piso son algo mayores que él. Farid es alto, rubio, con ojos azules, fornido, de gran éxito con las mujeres. Según Rida relata, suele contar minuciosamente a los cuitados oyentes sus hazañas y técnicas sexuales. Es, además, un muchacho de cierta seriedad y empaque, lo que no es el caso de los otros, como uno menudo y moreno al que apodan el Chino, que presume de novia francesa de larga melena negra y, cuando la presenta, resulta ser a ojos vistas  una prostituta de baja categoría. Los problemas de Mashid resultan menos románticos: se trata de un tipo enorme y rudo que se ha visto obligado a acudir al médico por congestión de sus órganos genitales dado que, ni por situación ni por dinero, encuentra mujer para desahogo. Muy diferente de sus compañeros de cuarto, Khalid es fino de cuerpo y de mente, lo cual facilita las cosas cuando los cinco se tienden a dormir en el suelo exactamente como las sardinas en su lata. Khalid aspira a un brillante futuro en Túnez, semejante quizás a la carrera del abogado y luego Presidente Habib Burguiba. Por lo pronto se lanza cada día a la tarea equilibrista de saltar de los medios de audiencia y de posible influencia a la penuria más total.

A veces se presentan lejanos parientes a los que hay que atender pese a todo. De España a R. no le llega nada ni nadie excepto las cartas. La partida hacia Francia ha sido por decisión propia, por el deseo y la necesidad de otro aire, en el extranjero más cercano (aunque ella hubiera querido Londres, que se sitúa en un especial recoveco de sus querencias; pero es París, ha sucedido, entre la decisión y el acto, el verano con beca en Túnez, y luego la reunión con Rida, que a su vez buscaba salir. R. ni siquiera imagina que su familia, con dos empleos el padre y bien limitados recursos, debería enviarle nada, y les describe con alegre e impreciso optimismo su situación. Desde que enfiló la carretera, larga y lluviosa, que llevaría a una amiga y a ella hasta la capital de Francia, da por lógico y supuesto que nadie debe pagar por sus decisiones. Ellas dos llegaron en auto stop para más economía, habían planeado su primer contacto con tierras extranjeras por la vía, que parecía única, del servicio doméstico. La amiga se volvió a los dos meses. Llegó Rida, con una maleta vacía porque buena parte de su contenido era los libros utilizados en el Liceo Francés de Túnez, a los que atribuía, en el nuevo medio, propiedades inexistentes y que tiró a la cuneta. Se ha inscrito a algo por correspondencia, pero no estudia. Ella prepara las asignaturas de quinto de carrera, a cuyos exámenes se presentará en su facultad de Madrid, en mayo. Para ambos todo es horizonte, indefinido, lejano; nada existe entre ese territorio del presente arduo, ajeno y de paso y el país del futuro para el cual, por ahora, no tienen más bagaje que la libertad.

El calor, precioso, del café en las pequeñas tazas lo sustituyen a veces, pocas, por un té en los salones de la Gran Mezquita, donde reina la calma y las luces son tibias. El extremo opuesto se sitúa en las orlas de Montmartre, en su rosario de figones baratos con comida rápida semejante a la de Túnez. No frecuentan sin embargo círculo alguno. La distinta formación y carácter de Rida, y de ella, los colocan-a ambos y al parecer también a más tunecinos que conoce-en una zona que ciertamente no es la de los taciturnos, vagamente hostiles, grupos masculinos de los cafés del barrio árabe. Los rehúyen, pese al cuscús barato y al estrépito de una música que contrasta con la aspereza del ambiente. Es la sequedad de las zonas sin mujeres y del hambre, de ellas y de una soltura en el disfrute de la vida que parece en esos hombres maniatada en su origen mismo.

Pero todo aquello es externo y lejano, sin relación alguna con lo único que cuenta: ellos dos, y algunos otros muy concretos, con nombres y apellidos, de nacionalidad y origen indiferentes, sin prejuicios y ataduras, dispuestos a dar al porvenir con cada gesto y cada palabra el trazado vigoroso de las ciudades nuevas.

-Ah, ¿él es árabe?

-Los árabes siempre dicen que…

-Cuidado. Ese chico árabe con el que está me parece hipócrita; no me gusta en absoluto. Se lo digo porque está usted aquí sola, sin familia.

-Los árabes…

Lo dicen otros de ellos, y ellos de ellos mismos. Siempre produce a R. el efecto de una de esas, abundantes, cárceles verbales en las que se intenta aprisionar a los jóvenes cuerpos de su generación. En su caso son dos seres solitarios que buscan, en algún lugar más allá del oscuro presente, envolverse en el brillo de un ideal que va adquiriendo la vaga forma de dirigentes de rebeliones, de sistemas implantados en lejanos países y del efímero y cercano calor de grupo que proporcionan compañeros de apariencia solidaria que se cruzan en su ruta.

Pero ni Rida ni ella rozan siquiera proyectos de violencia, batallas ni muerte; ni añoran, encuentran o escuchan a líderes o repiten o creen consignas. Quizás uno de los pocos puntos comunes a ambos sea la ausencia del mecanismo y la necesidad de Iglesia, la carencia de ritos y de fe.

Los árabes…

El apelativo en realidad es un fantasma. Sobre los dulces ojos y la frente con arrugas muy precoces de Rida crece el pelo en el típico triángulo y entradas en las sienes de los bereberes. El tejado de su casa cubría desde los ojos azules del abuelo y los bucles rubios del benjamín a la piel de leche de la madre, el oscuro y lanoso cabello de algunos de los hijos y el perfil brutal, cutis atezado y ancha osamenta de esos primos de La Marsa que se presentaban en la casa de Túnez de cuando en cuando con el aire de quien dispone por fuero del aduar y de la superioridad sobre el gineceo. Esos árabes, sumergidos en un nombre y una escritura y distribuidos en las tierras al norte del Mediterráneo, no son tales, como no lo son tampoco sus vecinos, ni sus lejanos homónimos de África y Asia. De no ser por la lengua que hablan, veteada con frecuencia de vocablos del francés, y por referencias a la familia, las calles y los guisos, el grupo de conocidos de Rida podría perfectamente pasar por español, o de otros lugares de Europa. Quizás reivindican, con el gentilicio falso de una península que en tiempos los sometiera, la aspiración a situarse en la antigua aristocracia de los jefes y guerreros y no hallan, fuera de la apariencia y el asidero del pasado, lugar del que reclamarse.

Han venido sin sus chicas. Todos los que ve han venido sin sus chicas. Ellas, alguna tunecina que va encontrando, estudian, trabajan en empleos ocasionales, como la fábrica de velas, y rehúyen las confidencias. Ninguno muestra el menor empeño en marcar fronteras, relatar orígenes. Da la impresión de que si un día se levantaran hablando otra lengua, cualquier lengua, y desprovistos del vago sentido de pertenencia irremediable a la marca del Islam sentirían un gran alivio y se zambullirían sin mayores trabas en las aguas del ancho mundo.

Los franceses sí les recuerdan a veces que él, ella con él, son “otra cosa”.

-¿Les hará falta a los señores una cama?-dice, mientras pasa sin necesidad el trapo por la mesa el camarero.

-No, gracias. Así vale-responde Rida.

La pregunta, y la mirada, son hostiles y sin proporción con la circunstancia, porque sobre ese asiento del café la pareja se ha limitado a enlazarse y a demostraciones de cariño ciertamente autorizadas para todos los públicos. Hay un brillo raro en los ojos del camarero, una acidez que no llega a ser odio, sino solamente reflejo de lejanos odios, o tal vez de cierta atávica repugnancia a la mezcla. Y se tropieza con la sorpresa, el nada fingido candor de Rida y de ella, que no poseen ni muestran otra cosa que el cariño y guardan aún una distancia despectiva respecto al generalizado, vulgarizado y vagamente preceptivo juego carnal.

-¡Ésos andan por las nubes!-los policías se ríen porque, abrazados estrechamente mientras andan, Rida y ella han perdido el equilibrio, han intentado vanamente sujetar el uno al otro, y han caído finalmente, anudaos y cuan largos son, ambos al suelo.

Se abrazan en el frío como náufragos, se abrazan siempre excepto en el temporal alejamiento de las riñas, y luego vuelven a abrazarse. Entonces el fin de semana recomienza. Una noche llueve sobre Porte des Lilas, una lluvia malva que arrastra sin limpiarla la grisura de las casas obreras, del monoprix donde las vendedoras son bruscas, de las hojas de pequeños huertos sin flor alguna. Rida la ha acompañado, la hora, siempre fatal, del último metro se aproxima y ella no se aviene a dejarlo porque esa noche a él no le han dado llave, ignora cuándo volverán sus compañeros y tal vez duerma al raso. Decide volver con él, en ese último metro, a la habitación lejana en la que finalmente acaba pasando la noche con los cinco, sin quitarse siquiera la gabardina, tendida entre Rida y la pared.

Luego un conocido español al que mantiene una mujer mayor les proporciona la dirección, preciosa, de una buhardilla disponible. Ella la alquila y allí se alojan ambos. Ya R. ha plantado los trabajos de limpieza en casa de una piadosa familia católica cuyos hijos le dejaban para hacer hasta sus propias camas y tiene un sueldo, de auxiliar de latín y griego en el colegio español. Los estudios de Rida se sitúan siempre en el territorio vago de la utopía, le toman y le despiden de algún trabajo en el que no muestra asiduidad, recibe cartas en las que le aseguran en su lugar de origen préstamos y apoyos importantes. Tras la mudanza, no han vuelto a ver a los compañeros de la habitación antigua, que no disimulaban su hostilidad hacia el compatriota que sienten ajeno y hacia su chica, despegada y sin la menor intención de agradarles.

Llaman por la mañana temprano a la puerta de la habitación-porque a ella se reduce su alojamiento, con lavabo y hornillo en una esquina y letrina en el exterior-y R. oye a Rida excusarse, no sólo por no haber acudido a donde trabaja, sino por tener él la llave y haber dejado a los demás en la calle. Habla de enfermedad. R. se refugia bajo las sábanas huyendo de una intensa impresión de vergüenza ajena. Ahí sus países difieren, los invisibles, los que cuentan, ciertas fronteras de palabra dada y coherencia en los actos, de importancia de compromisos. Desde la oscuridad que le procuran las ropas de la cama ve por los ojos del hombre que está en el exterior y ha tenido que desplazarse en búsqueda del volátil contratado, observa con él el interior angosto sin más claridad que la que se filtra por las junturas de la ventana. Por esa ventana, que da al patio y está rodeada de los andamios de reparación de la fachada, entrarán una mañana en su ausencia los obreros y les robarán la escasa cantidad de dinero que tenían en el armario.

De la explanada de Invalides, barrida por el viento glacial, a los edificios señoriales, de los ordenados jardines hasta las vastas cúpulas de la rîve droite, nada obtiene eco en el interior de esa cápsula de la subsistencia a la que ahora R. y Rida pertenecen y en la que flotan como hierbas desprovistas de raíces. París despliega su geometría y sus luces, las lejanas, inmensas avenidas, la almendra perfecta de la isla de San Luis y la sucesión de balcones jamás abiertos, siempre sin flores y coronados por sombreros de pizarra negra de notario. Es belleza, pero discurre en un mundo paralelo; quizás se deposita en R. blandamente y un día formará, sin saberlo, parte de su sustancia. Y anudará los cabos de formas y recuerdos con otros antiguos códigos, historias, referencias, signos compartidos con París desde la infancia misma.

Al otro lado del puente de Alma van, cuando pueden permitírselo, para ofrecerse el lujo del petit-crème en un café que se abre a la rotonda. Sobre sus cabezas, una reproducción de los Impresionistas muestra la tristeza, el frío agudo de una estación de tren en la que el farol, colgado en el frente de la máquina como una gran cereza, perfora apenas la neblina de vapor y humo. Pequeños, desdibujados y flotantes, los pocos ocupantes del andén se aproximan a una locomotora y vagones de metal negro, mojado y brillante. El paisaje alrededor se desvanece, el tren avanza, en los ojos de quienes lo miran, con el solo  impulso de su luz roja e intensa.

Y vuelta luego al espacio exterior, a su majestad y distancias siderales entre acera y acera, fachadas y cúpula, al trazado rectilíneo de calles que son cauce del viento, pasarelas desguarnecidas entre las salidas del suburbano y las habitaciones de servicio reconvertidas en habitáculos de alquiler. Porte des Lilas, al otro extremo del continente urbano, ya se sitúa muy lejos en el recuerdo porque las pocas semanas transcurridas desde la mudanza a la buhardilla están tan henchidas de apretadas sensaciones, de imperativos y esperanzas, que no dejan divisar más tiempo que el inmediato.

-¿Les hará falta a los señores una cama?-la mirada del camarero había estado cargada de desprecio y bronca hacia la pareja de europea y pied noir. Y sin embargo ni él ni el francés del restaurante universitario que, para divertir a sus compañeros, espeta a la española despistada: ¿Con quién se acuesta usted esta noche?, ni los españoles del café, que rezuman agresividad y predican que copular es como beberse un vaso de agua (¿Marx dixit?) ni la propietaria de la buhardilla, que viene a recordar a la pareja que el alquiler era para una persona, saben que, a contracorriente de todo y quizás en parte por ello, R. y Rida viven un amor del más puro estilo caballeresco, aún en la etapa de intensidad romántica, asociado al respeto, diluido en ternura, exigente en su delicadeza y en su espera, desconfiado, distante y desdeñoso del sexo exhibicionista y obligatorio que parece a su alrededor impuesto por unas convenciones que chocan curiosamente con la libertad.

Rida y ella navegan, en el pequeño barco de dos cuerpos muy juntos, por entre tenderos que estafan a las muchachas recién llegadas pidiéndoles, cuando no hay nadie más en la tienda, por cada huevo un franco, costean comedores universitarios en los que acceder a la carne casi cruda y a la pasta de harina de pescado exige esquivar el control de sus dudosas tarjetas de estudiante, escuchan en silencio las arengas, en voz muy alta, de los españoles, que comentan el presente y el futuro políticos y no toleran la menor disidencia ni siquiera en forma de tímidas observaciones de detalle, o se unen brevemente a algún grupo de conocidos de Rida y sorben un té. Se habla de enemigos y de agravios. Leen libros que hablan de víctimas, como ellos.

La libertad…Sentada a veces frente al único petit crème de la tarde, al otro lado de la mesa del café de Mabillon que sirve de centro de tertulia a media docena de españoles, R. no alcanza a sentirse reprimida, ni oprimida, ni víctima, ni con Franco ni sin él, puesto que ha hecho lo que ha querido, ha tomado sus decisiones, estudiado, viajado con su pasaporte, leído y escrito, siempre, desde siempre. Tampoco se siente pobre, porque trabaja y dio por sentado, ni siquiera supuso, que le debían algo gratuito, que alguien hubiera de pagar su vida. De hecho, ha transformado desde muy pronto la frase de un líder de que la revolución era la electricidad más los soviets en otra máxima, para ella incuestionable: que la libertad consiste, antes y muy por encima del sexo, en pagarse una misma el gas, alquiler y electricidad, y a esa consigna se atienen su ley y sus profetas. Pero advierte que en realidad aquello la sitúa en un territorio nada afín al de las mujeres que conoce, a las amigas, a las compañeras de universidad. Siente, pero de una forma vaga, que alguien está vendiendo algo imposible, parcelas de libertad sin precios, refugios y dádivas de engañosa baratura que les serían debidos simplemente por el azar de pertenecer a categorías que no han sido elegidas ni obtenidas por mérito individual, carnets de huida de un país con dictadura, de mujer, de asalariada precaria. Rida tampoco se une a los que le ofrecen salvación y quizás modesto paraíso por ser norteafricano, moreno e inmigrante. Está absorto en su idilio, la crudeza de la vida cotidiana y el recuerdo del único aceptable paraíso que ha conocido: la casa adquirida con gran trabajo por su padre.

Primavera. R. ha vuelto a Madrid para examinarse y terminar así la carrera. Por la televisión y por cartas muy largas, escasas y tardías, porque a veces Rida no tiene para sellos, ella sigue las luchas de mayo del 68, en las que él le dice que participa visitando heridos en los hospitales. El enemigo es difuso, como el amigo, que debería ser esos parisinos altivos, sapientes y muy bien alimentados que siguen resultándoles irremediablemente ajenos. La clase política francesa les inspira profunda indiferencia.

De nuevo se reúnen en Túnez.

 

De oasis y de islas

Túnez, 1969-70

 

Trepan lentamente por una duna para sorprender en la playa, al otro lado, a los pájaros que esperan que el sol entibie el aire. La luz es de un dorado  intenso, la soledad casi completa y el mundo de total inocencia. Ellos, los amigos (un belga, una francesa) más allá; compacto y observador pero distante, el clan. Detrás de cada loma, pasada cada curva de la carretera, puede comenzar todo, descubrirse el comienzo de un futuro que les acoge a bordo y lanza amarras, en el que ofrecerán cuanto tienen y hallarán la felicidad a cambio.

Desde Túnez los dos han bajado por la costa. El paisaje es de frutales y casas de labor. En el estilo propio de los que ajustan la acción a las ideas, que ni siquiera imaginan que deberían ser mantenidos por nada ni por nadie y que habitan aún el simple territorio de los actos, la pareja ha iniciado en auto-stop su viaje de bodas. La madre de Rida preguntó si debía instalar un trono para la novia, pero no habrá nada de tal, ni invitados ni festejo. Sólo la alcaldía, los testigos, el café a la salida y el descanso en el apartamento vecino al de los padres. Las leyes españolas, que no admiten el divorcio, son rechazadas de plano por R., que encuentra mucho más civilizadas las tunecinas, en las que nadie osa obligar a uniones para la eternidad. La Embajada de España, para cuyo centro cultural ella trabaja, a la que se ha comunicado el matrimonio de uno de sus ciudadanos, ejerce sólo, al principio, una discreta presión que no pone en peligro su empleo, y esto pese a que R. declara francamente su rechazo moral del tipo de matrimonio que ofrece su país. La burocracia queda atrás cuando descienden hacia Sfax. No hay-nunca habrá-ni hostilidad ni excesiva extrañeza en los familiares y amigos de Rida en cuyas casas se van alojando. La conciencia de la libertad que implica el origen de la extranjera parece tan clara en ellos como en su portadora misma, y permanecerá durante todo el periodo de su estancia, en claro contraste con la sumisión y dependencia que se espera de las esposas autóctonas. Incluso hay un sentimiento de promoción social respecto a los que se casan con francesas. La familia de Rida, afín en la sencilla aceptación y en la buena voluntad a la de R., ofrecerán invariablemente afecto y recurrirán a ella como a un referente fiable. El matrimonio se disolverá por motivos que nada tenían que ver con el prototipo de intolerancia y violencia que parecía, desde Europa, inevitable en semejantes uniones una vez afloraban los usos del país. Los territorios intelectuales no eran los mismos, ni un horizonte que en ella los sentimientos no podían colmar.

La han prevenido de que es un pariente muy tradicional el que habita en la casa de los naranjales, lo que se traduce en guardar distancias respecto a su marido. El hombre es, en efecto, adusto; la conversación se mantiene entre él y Rida. Tiene una hija que escucha, sentada, en silencio. Parece aislada, con su juventud, en medio de los campos, pero al parecer es bien conocido que está ahí por los dispuestos a pedir su mano. Tanto en el caso de esta muchacha como en el de la pariente de Sfax, el marido de R. hace alusión a esbozos de juegos sexuales durante las vacaciones, de niño. Porque en un ambiente tan segregado respecto a los sexos mucho ocurre en el interior del extenso clan, en imitaciones del gallo y la gallina, en los variados escarceos que costean y picotean los muy físicos bordes del tabú.

El viaje en auto-stop nupcial continúa. Los recoge un latifundista naranjero que les explica los extensos límites de su propiedad y recibe con una sonrisa irónica y manifiesta falta de inquietud la pregunta de la extranjera sobre si no teme que socialice sus campos el sistema de cooperativas.

La que fue compañera de juegos sexuales, en cuya casa se alojan en Sfax, es una matrona de gran circunferencia, extensa prole y la tez y trenza hermosas que sobrenadan, como el extremo del mástil, los embates crecientes de la vida dura. La ciudad es un puerto con recuerdos de esponjas y presente de aceite pesado, tráfico y barcos. En uno toman pasaje para la tierra natal de la familia de Rida, las olvidadas y extrañas islas Kerkennah. De allí salió el abuelo de ojos azul celeste para dar, como marinero, la vuelta al mundo. Allí quedó la abuela, una pelirroja de blanca tez. Casas de adobe y techos de palma, agua, sol y viento. Todo está limpio y sigue un ritmo pretérito, de cielo y de cosechas. Los alojan con lo mejor que tienen. El trato es una mezcla de familiaridad consanguínea y distancia. A veces pasan por la habitación grandes insectos y R. se acurruca en la plataforma, al fondo del cuarto y junto al muro, sobre la que han colocado la cama. Le han ofrecido trozos de cordero adobado conservados en aceite en un jarro, también cus-cus de centeno con pulpo, y la ebriedad ligera del vino de palma.

Las islas Kerkennah no se encuentran en ningún itinerario excepto en el de los relatos de familia y en las investigaciones de un fraile erudito de las que los investigados se sienten orgullosos, porque los sitúa en un lugar especial y un origen distinto al común de la población del país. La vida es levemente matriarcal, la de los lugares de donde los hombres emigran para buscar trabajo y ellas dirigen un mundo con aspiraciones a reino pero que en realidad no pasa de las cercas del recinto doméstico. Las mujeres de Kerkennah se visten, jóvenes y viejas, a lo beduino. Los hombres son muy distintos, atezados, vestidos a medias a la europea, con aire de estar de paso, vivir en grupo y acudir a actos y celebraciones que requieren su presencia. Son corteses con la extranjera., aunque en las matronas aflora a veces disimulada, burlona hostilidad, y afirman frente a ella sus superiores dotes en el cuidado del ajuar y de la casa. Sonidos e imágenes llegan hasta R., la atraviesan como ocurre con la mirada cristalina de la infancia, son recibidos con una curiosidad sin recovecos, penetran en su integridad y, como las piedras del fondo del agua transparente de las playas, permanecen, suscitan certidumbres de sumisión, deseos de cambio, pero no se enturbian con renuncias temerosas a la percepción y a la razón. Nada exige creer. El futuro puede ser cualquiera. El presente cabe en una maleta y un cuaderno, en las líneas azules de escritura difícilmente legible que forman desde los comienzos la única constante real que enhebra, desde la época más temprana, la existencia de R.

Hay ritos y magias para evitar a un recién casado el mal de ojo de sus enemigos; los amigos del novio montan guardia mientras él orina, porque, si alguien clavase en el sitio donde lo ha hecho un clavo, durante la noche de bodas le sería imposible la erección. La mañana ha tenido otro signo, de música, tambores, de una casada de ojos vivos y sonrisa alegre que responde con gracia al estribillo de los cantores.

Una mujer de muy buena planta, miembro del clan, destaca por los rasgos y el porte. Está casada con un sordomudo que derrocha expresiones guturales y gestos. Les cuentan la historia de la pareja: Llegada a la-muy temprana-edad del matrimonio, ella se vio en la obligación de declarar a sus pretendientes que no era virgen. Quedó el recurso del sordomudo y una deficiencia natural valió otra imperdonable. Se casaron, procrearon y todos sus hijos hablan. El clan observa, sin comentarios, deambular a R. en sus ligeras prendas de verano que son para ellos ropa interior. Es, en principio, la mujer de uno de los suyos, pero está claro que no le pertenece. Entre las aldeas y la costa se extienden playas solitarias, abundantes en aves marinas e interrumpidas tan sólo por la cúpula encalada de un marabú, un santuario que les sirve a veces de refugio en sus excursiones aunque, por la abundancia de escorpiones, prefieren dormir sobre la limpia superficie del techo que circunda la bóveda.

El santón reposa rodeado de una devoción relativa: no hay en la aldea llamadas ruidosas a la oración, ni posternaciones visibles. El mínimo mausoleo es a la vez albergue y centro ocasional de romería. Todo transcurre en un tono menor y tiene el especial deje del aislamiento isleño, grupos de emigrados sobre los que, al parecer, se han hecho estudios etnológicos. No hay idílico reducto, ni olvido del tiempo. Simplemente éste lame, con sus preocupaciones, transcurso y objetos, las orlas, penetra en ciertos cambios, en algunos individuos que un día cogen con el petate el barco, que van y vienen a visitar familiares en las ciudades cercanas. De puertas adentro el mundo es otro, como lo es la costa tunecina respecto al interior y el país entero respecto a África. El panorama que abarca la vista resulta, en Kerkennah, grato, alegrado por la vestimenta de las mujeres, que consiste en paños de colores vivos (con niños agarrados a sus bordes), grandes dijes, ajorcas, tocados de monedas y cabellos fulgurantes de henna a la luz del sol. No se velan el rostro. A veces intercambian, con risas, observaciones sobre la escueta indumentaria de la extranjera cuyas intenciones están tan lejos del escándalo como del disfraz de nativa. Ella sabe que no hay paraísos, que, como las cabezas de los pájaros, las pequeñas comunidades pierden, vistas muy de cerca, la dulzura inofensiva y la gracia para volverse ferocidad, agresión e instinto.

En las amplias playas dejadas a la soledad y al viento R. apenas percibe la naturaleza. Porque hay una edad en la que la presión expectante de la vida impide el paso del mundo exterior.

 

 

La médico francesa que ha venido a atender a una de las mujeres de la casa se muestra extrañada al ver en la vivienda a una mujer joven, sin hijos, embarazo ni la menor intención de procrear. Luego advierte que ésta no es del país, ese país blanco y azul que se está, sutilmente, quedando pequeño, cubriéndose su superficie de fisuras como la red de finísimas grietas que se observa en una porcelana. Ha habido tragedia en el vecindario, sorprendieron con su primo a la hermana pequeña del chalet colindante, y estar a solas es en sí seguro pecado. Golpes, gritos, histeria.

-¡La pobre pequeña….! Iba su padre, con un palo….

Fayrús narra la historia con la suavidad que la caracteriza y los hermosos ojos velados de compasión. Ella, la hermana mayor, la segunda en edad después de Rida, no tiene que temer. Es difícil imaginar iras semejantes en su padre porque Basid es un hombre tranquilo, irónico y familiar, dotado de sólido realismo y satisfecho de esa pensión de la compañía de petróleos francesa para la que ha trabajado en Túnez buena parte de su vida y con la que llegan, mal que bien, casi a fin de mes. A las alusiones, en periódicos o radio, a las supuestas socializaciones del Destour, el partido en el Gobierno, y a las noticias del exterior responde con un encogimiento de  hombros:

-Socialismo: miseria para todos.

O critica sin ningún empacho, y aún menos prurito nacionalista, la eficacia oficial:

-No saben trabajar. Estábamos mejor con los franceses.

Y cuenta a la extranjera, con quien le gusta mantener largas charlas, su historia de emigración y asentamiento en la capital, los años mozos, el amigo parisino, André, que le narraba sus escarceos con una judía:

-Anselme me decía Menos entrarle, he hecho de todo con ella, Basid, ¡de todo!. Nos lo pasábamos bien. Salíamos. Detrás de unas cajas, en el garaje de la empresa, escondíamos las botellas.

Pone cara de pícaro, la expresión risueña de quien ha disfrutado en la vida.

-Luego compré la casa; es la que está en mejor sitio. Me lo aconsejó el vendedor, un judío. Nos conocíamos bastante, le decía cuando regateábamos ¡Condenado judío! y él contestaba ¡Sucio árabe!.

Guiña los pequeños ojos azules y se le forman hoyuelos alrededor de la boca golosa, y arrugas poco profundas en el arranque de un cabello ensortijado y gris.

Basid parece bastante feliz, rodeado de una prole en general guapa como sus padres.

Mientras charlan Mafida, la madre, se sienta, escucha, no entiende pero se está esforzando tanto en aprender francés para hablar con la extranjera que hace cada día visibles progresos. Las piernas pesadas y el cuerpo grueso no bastan para esconder aún cierta juventud que aflora hasta su piel blanca como la leche, a sus ojos amables y muy oscuros y a la viveza de  pies y manos hechos al continuo afán de las cosas de la casa. A veces cuenta (con una hija al lado que hace de traductora, aunque cada vez son menos las lagunas y R. la comprende) que los tiempos antiguos fueron ásperos, que el afable Basid era duro, como Rida (y esto produce sorpresa en su nueva hija política) y que habrá que aguantar esas durezas propias de los hombres (sabe que R. no lo hará). Se remonta a su primera juventud, a las islas Kerkennah, y explica que la que ahora es una menuda abuelita, la madre de Basid, que pasa temporadas en la casa, fue en tiempos una terrible suegra que ejercía todo su poder sobre la tímida muchacha que había osado escaparse con su hijo haciendo así imposible el matrimonio concertado. El abuelo Aziz cuenta también alguna vez (él es de muy pocas palabras) su presentación de la nuera cuando volvió, tras uno de sus viajes, a la isla, cómo llevaron hasta él a una casi niña que no osaba levantar los ojos del suelo.

Vienen y van huéspedes ocasionales, granos de racimos familiares dispersos por la geografía alargada y costera. Un día se ha presentado, desde la playa de La Marsa, un primo grande, anguloso y pasablemente estólido, junto con su madre, a pedir la mano de Fayrús sin el menor éxito. El rechazo será compensado por el galán, en una discusión posterior, dándole una bofetada a su prima.

Ella, que aspira a un empleo público y que domina, como todos menos la madre, perfectamente la lengua francesa, enumera sus pretendientes, como el riquísimo que unos tíos le tenían apalabrado en Marruecos donde residen. Los mismos que se presentaron de visita con la aparatosa exhibición de joyas y ropas y un niño que, con su ceremonioso traje de monito de feria, hace todavía resaltar más el encanto de Zahir, el benjamín de tres años, medio desnudo, risueño y con la belleza de un querubín caído descuidadamente de algún fresco barroco.

Fayrús es alta, de cuello y talle finos, ancha de caderas, breve de muñecas y tobillos, largo pelo oscuro, ojos y cejas bien delineados, sonrisa de dulzura proverbial y óvalo de cara perfecto. Ninguna de las amigas o parientes la iguala. Tiene proyectos de carrera, de entrar en una empresa. Posee la calma de quien se ve apoyado por su entorno y por su imagen, y expresa a R. confidencias sin angustia, historias de vecindario, en el tono sin premura de quien tiene ante sí las posibilidades intactas que ofrece la adolescencia.

Todas ellas, las hermanas de Rida y las jóvenes y menos jóvenes de los alrededores, viven con un pie en lo que querría ser la vida de París y el otro en la gloria del día de su boda, han estudiado, quieren trabajar o ya trabajan, marcan distancias respecto a tradiciones que muy poco parecen concernirlas, su aspecto y atuendo no difieren de los de sus coetáneos europeos. Ellos y ellas muestran a la extranjera, a los demás y a sí mismos una imagen desligada de las viejas ataduras de sus mayores la cual, en su modernidad y perfección, se halla en equilibrio precario con los condicionamientos de su entorno y difiere, a veces profundamente, de formas de comportamiento ancladas en una irracionalidad que la extranjera oscuramente percibe y teme. El empeño en ofrecer la mejor imagen de sí mismo se salda en ellos con gastos desmesurados, ofrecimientos engañosos y una gran servidumbre respecto a la opinión del medio circundante.

Flus, flus, flus Dinero, dinero, dinero en el habla local. Se repite la palabra continuamente, más que por avaricia por imprevisión, por su valor de conjuro, por el hábito del día a día y la incertidumbre, por el ambiente en el que todo se espera de relaciones y arreglos mucho más que de sí mismo y tras el que subyace cierta mullida confianza, para el bien y para el mal, en la inevitabilidad de las cosas y en el blando tejido de la red del clan.

Safir Ali viste como en su despacho del banco, respira cargo de importancia, es un hombre elegante, de cabello gris impecable y ojos tranquilos de intenso azul. Le ha correspondido, tras acuerdo familiar, desvelar a la extranjera lo que Rida no se atreve a confesarle:

-Me piden que le comunique que él no le dijo la verdad cuando aseguró que a la vuelta disponía de mil dinares.

-¿Mintió?

Safir Ali, portavoz responsable y pausado, asiente.

Rida, que se vanagloriaba de tener amigos infinitos y de poder contar con substanciosas cantidades de dinero en préstamo, se halla, a la hora de la verdad, en la mayor indigencia respecto a sus planes de boda. Poco ésta a R. le importa, pero sí el engaño. En el zoco compra ella misma a un platero su alianza, busca trabajo en el Centro Cultural de la Embajada, de nadie pretende recibir seguridades.

Alguien, Said, ha comentado, viendo la exasperación de ella ante la inutilidad perezosa de la burocracia local No aguantará aquí. R. no lo sabe. Tal vez lo que para otros basta para ella no baste.

-¿Los llevo en mi coche?-el funcionario de la embajada de España, normalmente seco y severo, se ha ablandado ante la visión, en el aeropuerto, de la joven pareja que se abraza. Declinan el ofrecimiento porque los conducirá hasta la capital Said, el amigo de la familia, que tiene negocios en París y hermanas en Argelia; el que duda de que la estancia de R. en el país se prolongue.

En la ciudad, las calles son un damero de aire tórrido y aire fresco, según se pasa frente a los portales o se camina a lo largo de los muros que irradian calor. El azul se ha ido coagulando en el cielo duro y lejano, el blanco adquiere la calidad pétrea de los tonos puros. R. no pertenece a la colonia extranjera, ni a la tunecina, ni al hombre para el que se compró ella misma el anillo, ni a nadie. Observa.

Días de playa con Fayrús, la hermana mayor. Ha salido de casa, no ya sin velo-ninguna de las muchachas del entorno lo usa-, sino con un vestido de muselina que vela apenas el círculo de los pezones. La madre se lo hace notar, a ella y a la cuñada extranjera, que se ve obligada a actuar a la vez como referente del mundo de las libertades y acompañante utilitaria y se siente desconcertada por el juego continuo de los que la rodean, que saltan de la apariencia ideal y moderna a comportamientos en perfecta contradicción con la personalidad que pretenden asumir. Fayrús se baña en compañía de su amigo palestino. La dulzura de su sonrisa inalterable y la seguridad de su propia belleza sobrenadan las olas y las manos, ávidas pero temerosas, del tipo alto y muy velludo. Cuando sale del agua hace a R. confidencias:

-Papá no quiere ni verlo. Dice que mejor incluso un francés que un palestino.

Los palestinos  no gozan de grandes simpatías. Han llegado, se han instalado en Túnez con su status flotante de exiliados sostenidos por las palmas, generosas pero reticentes, de la comunidad árabe, nutridos por la lejana y poderosa corriente de los inagotables fondos internacionales, protegidos por tratados políticos y acuerdos. Son ricos marineros que bogan por las arenas de Oriente Medio y, con su buen vivir, parecen muy lejos de los lejanos habitantes de los campos de refugiados. La desconfianza de Basid es reflejo de la de sus convecinos.

  1. los mira retozar en las olas y, en su papel de carabina, se inquieta, pero muy moderadamente. Porque a Fayrús la protege el sello, que, como en un vino, marca en la botella la virginidad del receptáculo. Ella juguetea con esa marca de garantía como con una vasija que el general código impide a los demás romperla.

-¿Y si yo no fuera virgen?-pregunta coqueta al robusto palestino, que roza con el brazo velludo el arco de sus caderas y la grupa ya bien marcada.

Más adelante le cuenta los toqueteos, de los que ella huye. de éste y del otro, a veces de respetables padres de familia amigos de los suyos.. Y el supuesto horizonte profesional no se aclara en el  horizonte.

Respecto a R., la percepción es otra, netamente, es distinta, como se es esquimal o asiático, como se habla una lengua u otra, independientemente de su estado civil. Y, cuando se comenta algún suceso, le dicen:

-Ya sabemos que es usted libre.

Lo que automáticamente la coloca en posición avanzada y solitaria, contra un friso, en segundo plano, compuesto por todas las demás.

El amor, el joven amor, henchido de ternura y suavidades, ocupa una zona, pero nunca será todo su mundo. Su cuidado por evitar el embarazo, cuya simple posibilidad oscila como una gran argolla de metal una vez forjado indestructible, es extremo. La gran mesa del comedor familiar es una balsa donde se boga en generaciones sucesivas hacia la indefinida reproducción de los miembros, en la seguridad cálida de las fuentes de comida, pasta de sémola, salsa, algún trocito de carne, verduras, y la entera superficie, con mantel y vajilla, se inclina hacia el mismo punto, sin moverse jamás del puerto de las paredes de la casa.

El “No se quedará” que dictaminó Said en el aeropuerto se percibe todavía con su alargado eco. Said es el amigo rico, y con coche, de la familia. Les lleva a algunas excursiones. En una de ellas, frente a la entrada de las ruinas romanas, algo golpea el capot. Descienden. Un gran pájaro de intenso azul agoniza en la carretera. R. lo coge y en ese preciso momento la vida del animal se le escapa entre los dedos, perceptible, como una brisa. Siente quedarse inanimado el bulto de pluma, reducido a algo que parece, de repente, mucho más pequeño y opaco. Continúan.

Rida detesta la crueldad y le gustan los animales. Ha heredado la bondad familiar que es un rasgo en ellos como el olor peculiar de su cocina y la benignidad de su trato. Su reverso es el espíritu acomodaticio, la sumisión a las apariencias y a la imposición de los fuertes. Un día Rida se presenta en el apartamento, el que ha alquilado con R. a pocos metros de la casa de los padres, con un gato pequeño al que un coche ha dejado paralítico de las patas traseras y al que se divertían martirizando unos chiquillos. El gato tiene con ellos una vida breve pero mimada. La fatalidad que habría permitido las torturas al gato protege la impunidad de la que gozan plagas e insectos. Desoyendo las advertencias sobre su presencia inevitable, R. entabla una lucha sin cuartel contra ellos, demuestra que son erradicables y de puertas adentro de su hogar los elimina. Con la misma confianza en el poder de los actos y de la evidencia, plantea a la Embajada española su negativa a someterse a leyes matrimoniales, como la española, que no aceptan el divorcio. Nunca tendrá problemas en su trabajo respecto a esto por parte de la representación de la España aún franquista; se ha licenciado ya, tiene muy buen expediente, francés fluido, nociones de árabe, algunos escritos. R. continuará prestando sus servicios de clases y conferencias, se le reprochará, eso sí, su visión crítica del status de la mujer española vertida en charlas públicas, y guardará toda su vida un excelente recuerdo del erudito, bondadoso y paternal embajador que fue Alfonso de la Serna. En la primera entrevista él mira con piedad a esta chica sola y tan joven que se ha embarcado en establecerse en un país extranjero, y no puede reprimirse en aconsejarle que se ponga un calzado de vestir en importantes entrevistas. Por primera vez advierte R. la incongruencia, sobre las alfombras de la Embajada, de sus sandalias con flores azules de plástico. Padre de familia numerosa, el señor de la Serna ofrece a la nueva empleada del Centro Cultural, siempre que la ocasión se presta, una actitud atenta y protectora y la promesa de apoyar sus iniciativas de estudios del país. Pero R. no es una erudita. Sólo escribe, siempre escribe.

Mientras, Rida asegura que va a terminar sus estudios, interrumpidos en el Liceo Francés, preparar el examen de educación a distancia, obtener el buen empleo que le ofrecerá sin duda un amigo de la familia ventajosamente instalado en el Destour, el partido por antonomasia. R. navega difícilmente por este diario edificio de apariencias, de fabulaciones, de bienintencionadas historias que esmaltan una realidad que ella preferiría palpar en toda su crudeza. Imposible. No hay aristas, no hay perfiles, calendarios, cifras ni sucesos. Existe un blando espacio modelable en el que, con sonrisas sin exigencias, es relativamente fácil encontrar un hueco.

Túnez, el país, es un festón de ciudades costeras, de poblaciones de ojos azules y de otras de tez y ojos endrinos, un lugar que se agarra por el este a un mar de cercanía a Italia, de prosperidad y comercio, y que por el oeste se diluye en aduares, aldeas, tribus nómadas, impronta romana de urbes y de carreteras y recuerdos de la influencia turca y la administración francesa. Hay un sentimiento de retazos, de algo construido como los abundantes, y hermosos, restos de mosaicos, y de una población instruida que puja por dejar a su espalda el África del medievo y tira como puede hacia delante, ajena, aunque lo disimule, a la violencia tribal de sus forzosos vecinos en los que la riqueza de recursos no corre pareja con el desarrollo. Hay algo conmovedor en el Presidente que, como el líder de Turquía, establece por decreto el progreso, calca sin rebozo constituciones como la suiza o francesa, elimina la poligamia, se sitúa con los suyos, sin mirar atrás, en el siglo XX. Le observan con desdén los jeques del petróleo y los emires, comendadores y representantes de los creyentes.

Sin lugar a dudas, el país va hacia adelante, todo va a hacia delante, y ni pasa por la cabeza de R. la posibilidad de un retroceso, o de un asalto de ese mundo cerrado en sus conchas de arena o rocas, celoso de oasis y naranjales, con grandes llanuras al sur y en el norte altas, boscosas montañas.

De ellas llegó Masira. R. la encontró instalada desde hacía ya un año en la villa familiar. Se la trajeron como criadita y procede de una de esas aldeas lejanas y pobres donde se puede morir de frío. Masira tiene ojos verde claro y casi siempre una sonrisa, se afana en la casa, frota las piernas cansadas de la señora, tiende la ropa. Ha tenido suerte porque nadie la maltrata y su situación es muy semejante a la de los hijos. Tiene buen aspecto físico y gesto apacible. Durante el rito patriarcal del reparto de la comida, en la que reina la gran fuente de cuscús junto a la que reposan las verduras-pimientos, calabaza, patatas, nabos-como joyas, se distribuyen equitativas porciones con una sabia selección de hasta el más pequeño trozo a cargo de la matrona.

Masira viene algunos días a hacer en el apartamento del hijo mayor trabajos de asistenta, y R., reacia a verse servida, no sabe cómo compensarlo y le paga más de la cuenta, de forma que hay quejas amargas entre el resto de elementos femeninos de la casa sobre lo dispuestas que estarían a realizar esas tareas por tal precio. Cuando está en casa de la extranjera, Masira tiene terror a que contenga bebidas alcohólicas el vaso que le ofrecen y precisa de mil seguridades y exámenes. La suya parece también, sin embargo, una religión no menos laxa que la del resto. Ni a ella ni a los demás los ve R. tirarse al suelo para oraciones. Los jóvenes profesan una irreligiosidad absoluta, y Rida se ha apresurado, en sus visitas a España, a aficionarse al jamón, que siempre considerará desde entonces un gran descubrimiento. R. expone, sin que sea rebatida, su teoría de que una oportuna lluvia aérea de lonchas de ibérico en los territorios árabes más puritanos produciría benéficos efectos. Siguen siendo, él y ella, Adán y Eva que avanzan por desconocidos territorios, que ponen nombre a los animales y moldean a la semejanza de sus ideales el horizonte y los objetos.

  1. ya se licenció y trabaja, lee, escribe, escribe. Rida encontró un empleo. El examen de estudios medios, el acceso a la universidad que se suponían sus proyectos se difuminan en ese vago castillo de imágenes cortadas a la medida del interlocutor pero nunca sustentadas por el enfrentamiento con la realidad. Entre ambos discurre una corriente que no se llena con dos cuerpos jóvenes, un espacio más allá hacia el que R. dirige la vista y que Rida considera con reluctancia, aunque, como sus amigos, no desdeña la peregrinación a París. Un día, ante las preguntas de ella, él termina por reconocer que no se ha presentado, ni piensa estudiar para presentarse, al examen, y muestra con desdén el programa y los temas.

-¡Qué me importa a mí la geografía de Canadá!

A ella sí le importaba.

Finalmente, no serían hábitos, amor, razas, lenguas, pasión o ambiciones lo fundamental en el transcurso de los acontecimientos. Sería la importancia del simple conocimiento de cosas, como la geografía de Canadá, de sus montes y sus ríos, independientemente de que nunca se llegaran a ver, de que para nada sirviesen concretamente a su persona. Eso sería lo importante.

Todavía se tienden en las hamacas del café al aire libre, y sorben té con piñones mientras sube, desde el regazo hasta el rostro, el perfume del jazmín, y los pasteles chorrean miel o concentran en su masa el sabor del centeno y de los dátiles. Ellos dos se quieren físicamente con torpeza porque detrás del uno y de la otra hay un pasado de temprano rechazo, de esos recuerdos que generan desencanto precoz, sentimiento de diferencia y puesta en guardia. Ella ha guardado de la adolescencia dura una fiereza montaraz, un puñado de orgullo reservado como capital único, una rebelión que surge tanto de su permanente certidumbre de libertad personal como del inconformismo contra la sexualidad preceptiva de moda en la época y el no menos preceptivo planto por una opresión que R. no ha sentido jamás. Él recuerda la visita al barrio de los burdeles, acompañando a un primo mayor, los piropos de las mujeres al muchachito que Rida era, que se alejó y esperó en la calle, el relato del primo de aquella vagina que parecía no tener fondo y en la que su pene se perdía.

  1. ha advertido, con el consiguiente desconcierto, que en ese mundo árabe en el que vive la moral sexual simplemente no existe. Existen la propiedad, el placer y los trucos. Existe un uso patrimonial y ginecológico del cuerpo, una familiaridad completa con su topografía y funciones, un código de empleo y de oportunidades. La moral, que en R. es interna y condiciona al resto, en ellos no implica compromiso individual, sentimiento, virtud ni pecado. Se trata de una normativa social, externa, comunitaria, visible, sin más impedimentos que el derecho de uso, la fuerza, la higiene o el rango. Los ojos de Fayrús no pierden un átomo de inocencia cuando narra, minuciosa, las formas placenteras de sortear la pérdida de la virginidad. Su tranquilidad es la misma si al atardecer, en el campo, cuando pasean con dos amigos de la edad de Rida, se acuclilla sin siquiera alejarse y orina al lado del grupo de muchachos. Por su parte la madre, Mafida, dibuja con el dedo sobre el mantel de hule de la gran mesa un esbozo del sexo femenino y de las mejores maneras de penetrarlo, esto a media mañana y ante Rida, a quien las explicaciones en árabe se dirigen, y ante la asombrada R., quien al principio creyó que palabras y gestos versaban-en realidad así era-sobre cómo tomar una dirección. En otra ocasión la bondadosa señora insiste a R. en que coma picante porque luego con Rida se pasa bien. Mafida cuenta también a su nuera las proposiciones de adulterio que ha rechazado, de algún que otro visitante de la casa que le ofrecía recuperar así su juventud. Observa la coquetería temprana de su segunda hija, Bashida, que no tiene aspiraciones de carrera y acude a un taller de costura. Tiene cierto parecido a la abuela paterna, pelo rojizo, el cutis ingrato de las adolescentes y una expresión entre humilde y soñadora.

No. La moral interiorizada no existe. Sólo la apariencia, los compromisos, y una especie de corriente cálida (como la mesa de las comidas, como la hospitalidad asegurada y la suavidad de agraciadas facciones, colores, olores) en la que todos flotan. En la que flota un país que apenas parece serlo, que, mirado de cerca, es un recuerdo sólidamente marcado, incrustado bajo el polvo de siglos, de vías, villas y anfiteatros; es también una somnolienta provincia turca, un zaguán de tribus nómadas ancladas en aguadas y en oasis, de otras afincadas en tierras de labor, y es sobre todo un puerto y gentes que van, vienen y ligan su futuro al de la Europa meridional. Sobre la joven Tunicia bulle una nación invisible de emigraciones y regresos, de maletas, barcos, dinero, compras de un lado a otro del estrecho mar. Los tunecinos han adquirido el hábito de considerar en buena parte propia la lejana urbe del norte, el París del que proceden gran parte de los ahorros, al que se peregrina, se insulta, se admira, donde se estudia, se discute y se añora.

 

Argelia: la nada y el cuchillo

 El coche de Said enfila la carretera hacia el oeste. Es grande y repleto de adultos, más dos niños. Nada hay en las orillas de esta vía solitaria, sólo los puntos de descanso para repostar hombres y máquinas. Van hacia Argelia. Al norte se adivina la bronca superficie del mar. La aduana escudriña con minuciosidad bultos y juguetes. La mujer de Said, y madre de los niños, tiene grandes ojos oscuros y dolientes, el rostro alargado, como los brazos y los dedos, y es una sirena varada a la que hay que sacar, meter en el coche, llevar al servicio. Está paralítica de cintura para abajo.

-Un accidente en Francia-cuenta a R. Rida.-Conducía Said; había bebido.

La mujer apenas habla, nunca se queja, y su marido le dedica una atención muy escasa.

Es invierno, y sin embargo en las horas centrales del día el sol desciende sin tropiezo alguno de humedad desde el cielo seco, e impone a los viajeros una ley sin respiro.

La fonda del camino está sucia, como lo están en cualquier sitio del Magreb todos los lugares públicos excepto los hoteles de categoría y las mezquitas. En su empeño por aplicar al análisis de las circunstancias los contados utensilios de que dispone, R. ha dicho a una cooperante alemana a quien conoce y que despotricaba de la repulsiva mugre de los lavabos de Túnez que la falta de conciencia del bien público era sin duda debida al colonialismo.

-¡Qué colonialismo! Es que no limpian.

Ha respondido Greta, que es mujer trabajadora, de firmes principios socio-religiosos y nada sospechosa de tendencia neocolonial.

  1. quedó perpleja.

Ahora ya no culpa al pasado histórico de las chinches que trepan por las paredes del dormitorio, ni de la indigencia que impide desinfectar convenientemente. Culpa al mesonero, calvo y taciturno, que pasea su camisa cubierta de manchas de grasa y su mano tendida para que le paguen prontamente.

Pasan alguna ciudad grande y sin belleza alguna. Sin embargo hay más coches, mejores casas que en Túnez. Se palpa, en la desolada sequedad del territorio, la existencia de riqueza, petróleo, gas; surgen chimeneas e instalaciones industriales. Quedan atrás, muy atrás, pese a la poca distancia recorrida, los modestos atractivos del país vecino que tanto espera del turismo, del mar y de Europa, la suavidad de su vida y de la forma de sus huertos y sus costas, el aroma de plantas que perfuman el te, las comidas y la piel. Argelia, enorme, tallada ayer con la escuadra y el cartabón que marcan las fronteras de tantos países de África, carece de la delgada fragilidad de Tunicia, es una mano callosa cuyos dedos se hunden en el Mediterráneo, que se prolonga al sur en tierras de nadie que lo fueron hace diez mil años de tribus que pintaron las paredes de sus grutas y cazaron en verdes praderas jirafas, hipopótamos y ciervos.

Pero la dura franja que ahora el grupo atraviesa no tiene nada que se preste a los apasionados amores que inspira el desierto; es una costra africana ayer pirata y en la actualidad paso indispensable de energía. Mucho más al sur, la cuña arbitraria del trazado del territorio lame la orla de un mundo distinto, los preludios de ríos y de selvas, el tradicional coto de caza de marfil y de hombres negros que ha dejado, milenios antes de que el primer barco negrero europeo zarpara de Senegal, todo oriente tachonado de esclavos traficados por los árabes.

Las mujeres de la familia argelina se ocupan de bañar y acomodar a la inválida.

-Vamos a organizar llevarla en coche para que vea….-sugiere R., en respuesta a una insinuación de la paralítica.

-Su marido no quiere-le responden. En todas las circunstancias, lo que con ella se hace se supedita explícitamente a la autoridad y deseos de él.

El clan es numeroso y próspero; en general la gente del barrio parece rica y retirada en sus grandes villas. Se va a todo en coche. En él los conduce Said, a R., a Rida y a un familiar, para aprovisionarse de cervezas. Esto se lleva a cabo en la trastienda del comercio, con un ocultamiento formal que es la norma. El alcohol se compra a escondidas y se consume en grandes cantidades, con una hipocresía integrada en el ritmo cotidiano y que casa perfectamente con la inexistencia de moral individual interna en lo sexual que ya R. había constatado. La extranjera no goza aquí de especial benevolencia alguna, eso se percibe. La familia cumple con las reglas de la invitación y la acogida, pero sin un adarme de cordialidad. Por lo demás, no hay turistas, ni movimiento callejero de paseantes, cafés, música y tiendas. Las mujeres son raras en la calle y los hombres se unen en grupos de jóvenes o van rápidos y hoscos a sus asuntos.

-Es un país socialista.

Le ha dicho Rida. Y añade:

-Los argelinos son muy duros.

El régimen político, lejos de dejar a la pareja indiferente, es para ambos un motivo esencial de curiosidad e interés. Porque el socialismo, que no existe en Túnez (aunque hable de él el partido del Destour en el Gobierno) ni en España ni en Francia, en Argelia es joven y real, como el país, y ello significa nada menos que el ensayo de un mundo nuevo en el que injusticias y pobreza pasarían a formar parte de los escombros de la Historia.

Sin embargo el paseo solos por las calles, la observación cotidiana, no les dejan satisfechos. Hay tensión, comportamientos esquivos, y, pese a la prosperidad, diferencias profundas entre los islotes urbanos, los viandantes, los clanes.

Buscan un transporte que les lleve a la casa, porque han dejado sitio en el coche de Said a las botellas para lanzarse al descubrimiento personal de la ciudad. Anochece; en la parada del autobús a la que se aproximan se halla una mujer sola, sin el menor aspecto particularmente provocativo, y alrededor de ella se está formando una noria de vehículos que pasan, la observan, acortan distancias. No se detienen ni descienden ni parecen hacer comentarios; simplemente otean la pieza, quien procura conservar cierta impasibilidad. Se palpan la agresividad y la avidez en el aire. Esto tiene muy poco de la idea que se hacían Rida y R. de la merecida liberación, tras su lucha durante de guerra de independencia, de la mujer argelina, y no cuadra nada con la película de Pontecorvo.[1]

Por eso al día siguiente, con el método directo que a su forma de descubrimiento del mundo caracteriza, la joven pareja se va a un organismo oficial en el que se ocupan de cultura y sociedad, buscan a alguien a quien plantear sus preguntas y, tras vagas respuestas sobre ausencia de responsables, son introducidos al fin en un despacho.

Sale una señora rubia, bien arreglada, sonriente, que procura ser amable y que da muestras de evidente desconcierto cuando se encuentra en la tesitura de explicar a estas personas extranjeras, que no representan sino a sí mismas, el socialismo argelino. Ha emprendido la tarea sin embargo con una buena voluntad y ánimo evidentes. Pero sus frases quedan cortadas por una explicación más radical, que resume con inigualable eficacia páginas sobre el tema y que responde a las preguntas: En ese momento entra en la habitación un hombre alto y adusto, evidentemente su superior, y el miedo que se refleja en los ojos de la señora y se derrama por sus balbuceos y su expresión es tan intenso, genuino y clasificable como para quedar grabado en aquello que una vez percibido no se olvida. Es el miedo al comisario, y está lejos, extraña e infinitamente lejos, de esa libertad que para R. al menos tendría que ir aparejada al socialismo. La mujer rubia se excusa ante el hombre alto como puede, se retira, sin darle la espalda, hacia la puerta, él zanja con unas frases muy de manual el tema, en cuyos apartados figura la independencia femenina, y los dos investigadores bisoños abandonan el edificio.

A la vuelta, R. se encuentra embarcada en un inesperado conflicto médico. El padre de familia le trae, para que lo atienda, a un niño con la zona del pene ensangrentada y cubierta de café molido, que le han echado para contener la hemorragia. Ha sido, por lo visto, un accidente de bicicleta. A la extranjera, por el simple hecho de serlo, se le suponen especiales capacidades. Desconcertada y asustada por si es grave y se lo ha seccionado, ella procura retirar el emplasto, ve, en efecto, una profunda herida, se pregunta si hay infección, pide el botiquín, descubre que, en esta casa de gente rica con varios niños, no hay un termómetro, faltan previsión y eficacia elementales, y es curioso como ese rasgo se repite por encima del dinero, la posición social e incluso de los caracteres individuales. Finalmente le aclaran que al niño le habían hecho hacía poco la circuncisión y que, con la caída de la bici, la herida se le ha abierto.

-Quiero irme a Túnez. Tengo cosas que hacer de mi trabajo. No es un problema; volveré perfectamente sola.

La decisión de R. despierta una marea de hostilidad. Para ellos significa obligar a los demás, que quieren alargar la estancia, a que regresen.

-¡Quiere usted impedirnos estar con nuestra familia!-se indigna a coro el elemento femenino. Y les resulta imposible admitir que ella pueda desplazarse a Túnez por su cuenta.

La atmósfera, que nunca fue agradable, adquiere ese tinte claustrofóbico que a R. ya empieza a serle familiar. Una y otra vez su condición la sitúa entre paredes y puertas que la mantienen en su perímetro, que delimitan zonas cerradas y dejan siempre para otros y fuera de su alcance el espacio externo, el cielo , la luz.

La calle no es un lugar grato. Por primera vez, intensamente, R. toma conciencia de algo que en Túnez se difuminaba de una manera turbia, no gozaba ni mucho menos de tan omnipotente presencia: La masa de agresividad, de sordas brutalidad y frustración que, mezclada con vagos rencores y codicia, late en el aire, que rodea como el agua en una pecera a los viandantes y se deposita en cada recoveco de las calles, de los mortecinos jardines, de restaurantes y cafés y de las contadas salas de espectáculo. Y siente que sus fuentes, más allá de eventos históricos y de culpables que admiten descripciones y nombres, están en hábitos de vida, en la separación minuciosa, implícita aunque a veces se disimule, de los sexos. Hay algo como baba oscura que rezuma de los lugares de reunión, de los corrillos e incluso de la apariencia apacible, pero excluyente, de las mezquitas.

Ahora resulta que el sistema político de Túnez, de evidente capitalismo real, comercio afanoso y amiguismo descarado, que se apoya en los grandes de Norteamérica y de Europa y aspira, en su rincón sin guerras ni petróleo, a que le dejen prosperar, es, evidentemente, más vivible que el seco entramado de la gran vecina socialista con su partido único y ese dogma marxista confuso, pero perceptible en el comportamiento, desmigajado entre una población que ejercita de maravilla el arte del disimulo y la desconfianza. Quizás finalmente no sean tan buenos los reinos preceptivos de los ideales. O quizás éstos simplemente vistan realidades e intereses en los que no figuran el placer de la vida y de su libertad. R. comienza a ver bajo una luz mucho más benévola la corrupción y la ineficaz burocracia del país de Rida, sus chismorreos y escándalos cotidianos, el ejercicio habitual de la chapuza y el chalaneo. Todo ello forma parte de un tejido multicolor salpicado de manchas, zurcidos, añadidos y parches, recompuesto cada día y fruto de la improvisación y del empeño en extraer de este mundo sabrosas porciones. El Presidente de ojos claros se quería un Ataturk, miraba hacia el horizonte de la constitución francesa e impuso unas leyes de corte europeo que, por ejemplo, en clara excepción con las naciones árabes de su entorno, prohibían la poligamia. Burguiba envejece rodeado de las intrigas de su corte, pero tiene una cara, y una historia trufada de conflictos familiares, no inspira terror ni es un peligro. En cambio hay temor contenido en Argelia, un rostro anónimo inapelable que podría ser cualquiera, vestido de uniforme y provisto de secretos pactos con el lejano asesor de la URSS. En Túnez se escuchan protestas callejeras, chistes contra el gobierno y no pocas críticas aderezadas de fatalismo y ligereza. En Argelia podría haber muertos, gente que desaparece de un día para otro y que ya no puede decir nada.

Durante su estancia, apenas hacen excursiones lejos de la casa ni ven monumento alguno.

 

Los conocidos tienen fiesta. Se trata de una circuncisión. Están todos invitados, en una gran casa donde los hombres se agrupan en algunas de las estancias mientras las mujeres ocupan otras. R. sale de cuando en cuando para verse, en la tierra de nadie del pasillo, con Rida. Vuelve al salón. Han ido pasando el tiempo, las bandejas de dulces, los refrescos, los saludos, las confidencias. Se ha espesado el ambiente. Comienza un canto, una música, repetitiva, de percusión. Y ellas empiezan a bailar. No es una danza alegre. Cantan, tocan palmas en salmodia. Muchas visten una especie de camisones de gala y llevan la cabeza descubierta. Tintinean las joyas con sus  movimientos. No hay lugar para R. en este coro. Mezclarse está descartado. El movimiento ni es espontáneo ni individual ni divertido. Es serio, hay en él algo que recuerda a la tensión percibida en la calle, algo de la burbuja que se hincha y finalmente estalla, de la presión que busca su salida. La canción nada tiene de sentimental. Parecen versículos. Podría ser un himno o un conjuro. Se va formando un corro, continúa el batir de palmas, sube el tono. Comienzan a llevar el ritmo con movimientos a uno y otro lado de brazos y cabeza. Finalmente una de las mujeres, con túnica clara, se distingue por la brusquedad de sus movimientos. Gira y gira en el centro. Las demás se han detenido, simplemente corean y la observan. Ella no canta, echa adelante y atrás la cabeza y roza con su largo pelo el suelo, se retuercen sus miembros, se la diría devorada por un estado animal o la locura, babea, el cuello parece que va a tronchársele, pone los ojos en blanco. Transcurridos algunos minutos, las matronas intervienen, intentan sujetarla, se resiste. Una de ellas hace por frotarle las sienes con colonia, y entonces la poseída le arrebata la botella de agua de olor, se pone el gollete en la boca y da un largo trago. Por la garganta de R. se desliza una infinita, duradera repugnancia hacia esa apoteosis, hacia el proceso que la acompaña, las miradas turbias que juegan a la locura y a la bestia. En el pasillo no hay nadie, y al otro lado de la casa los hombres consumen, mortecinos, té y refrescos en un aire denso del humo de los cigarrillos.

De vuelta hacia Túnez, van quedando atrás las ciudades, ocres, anónimas, los hombres de ojos duros y la aspereza del cambio del frío al calor. En la frontera, los argelinos los han tratado con ese velado desdén de los militares hacia los civiles y quizás con el que les inspiran sus vecinos de poca monta. Continúan. Súbitamente, en el raso horizonte de la carretera se configura un muro que avanza lentamente y se vuelve por arriba un techo opaco y gris: La tormenta, la tormenta del desierto, con avanzadilla de ráfagas, pequeños remolinos en danza semejante a la mujer de la fiesta. Urge protegerse, buscar refugio. El coche se detiene y todos se apiñan bajo las mantas. Los niños están silenciosos como animalitos prudentes. No es una tempestad grande, se fragmenta pronto en bandas claras y oscuras, en lluvia de polvo entre la que, al clarear, descubren a otros viajeros como ellos. Finalmente todos continúan viaje.

 

-Sabía que no te quedarías en ese mundo blanco y azul.

Le había dicho a R. la amiga francesa conocida desde hacía años.

Efectivamente, la marea que siempre acaba su movimiento en las costas de Europa les lleva ahora, a ella y a Rida, hacia las tierras frías en los grandes barcos de emigrantes donde se cargan fardos y cajones, y el baúl de latón verde donde se encierra el ajuar de la casa y las cortinas envuelven objetos de loza y manteles de rafia que en algunos casos durarán más que los proyectos de sus dueños. El último recuerdo no es el jazmín, ácido y marchito, de las últimas veladas sino la pasarela por la que un cargador gigantesco arrastra, con una banda en la frente y tensos los músculos del enorme cuello, el cofre verde de sus pertenencias. Van a estudiar y a trabajar en Francia, en Bélgica, no saben bien qué, no saben cómo, En el barco que, por el movido mar de invierno, los lleva a Marsella.

 

Segunda diáspora

 Bélgica, 1970-1973

 Sylvie instala el día de mercado por la mañana, en la plaza central del barrio español de Bruselas, el tenderete contra la guerra de Vietnam. Es rubia, grande y expansiva. La acompañan su hija-réplica adolescente de la madre, profusa en carne rosa y con largo cabello-, amigos y perros. Rida y R., que buscan trabajo y alojamiento mejor que la primera habitación mugrienta en la que han recalado, se mueven por la zona, charlan con ella, son invitados a visitarla en su chalet grande y desordenado donde las sábanas se apilan en el suelo y la comida perece en la nevera.

Sylvie tiene una intensa actividad política y vive de los dividendos de fondos bancarios y de la renta de sus apartamentos. Pronto muestra un gran interés por Rida, que representa, como otros jóvenes de similar procedencia, el Tercer Mundo. Su amiga Francine está especialmente implicada en la causa palestina y mantiene una tormentosa relación (que incluye alguna bofetada de él que ella intenta explicar con una racionalización minuciosa sobre el desahogo de la opresión secular) con un muchacho de ese origen.

La pareja continúa siendo ajena a las políticas locales. Tampoco ingresan en partidos o grupos de credo preciso, aunque la marginalidad de su vida precaria actúa como un filtro que les trilla de manera que, como tantos otros, se precipiten hacia el fondo y formen capas errantes, carentes de color y de belleza, que aspiran a la lejana superficie de otra existencia. Bélgica no tiene glamour pero es barata; la han elegido por las posibilidades de estudio, comida y alquileres. Bruselas se compone de bloques modernos de funcionarios, que le dan la general apariencia de un gran ministerio, y de tristes casas de gente pobre orladas o veteadas por chalets. No hay paseo que desemboque en la elegancia de un París, el bullicio de Londres. El día apresurado transcurre por empedrados irregulares bajo un chato cielo que ni se observa. No existen a sus ojos museos, espectáculos ni arte, no especialmente para Rida, para quien cuanto no es recuerdo, placer o provecho es indiferencia. Para ella sí, pero en ocasiones que forman un paréntesis, una exploración y un reencuentro y que sacian, sin advertirlo, el hambre de antiguas referencias.

Bruselas tiene un corazón de humo, mezclado el de la fábrica de chocolate con el de los trenes y las chimeneas de carbón. Al principio su geografía es la de las letrinas del bar que Rida limpia para que ambos subsistan. Con el primer sueldo sustancioso de R., una larga traducción, salen del agujero y se instalan en un lugar decente: cama plegable, bañera, aseo. Para hallarlo han batido la ciudad con la ayuda de Kosty y Bernard. Ella proviene de un país del Este, tiene dos hijos crecidos y un bebé de su segundo matrimonio, con Bernard; es dura, enjuta, de pelo rubio y corto, marcados pómulos y marcadas ideas que asoman, angulosas, en cada uno de sus actos y en el tono cortante de las palabras. Bernard es joven, tiene ojos dulces y barba de color de miel. Son del Socorro Rojo, adoptan a estos representantes del tercer mundo y las clases oprimidas que son Rida y R. y pintan, denunciando su racismo, letreros rojos en las fachadas de los que no alquilan sus pisos a la pareja extranjera de tez morena y acento del sur. Los cuatro se hacen amigos. Bernard y Kosty llevan minuciosamente sus ideales a la práctica, acogen a una familia árabe de cinco personas en la que el padre es un delincuente estafador que se apresura a abusar de su hospitalidad; abominan del capitalismo, la técnica, deshumanización y grandes empresas, creen, con convicción angélica, que se volverá a arar la tierra con yuntas. Un día desaparecen de Bruselas, quizás para fundar, como pensaban, una comunidad de cría de cabras en un lugar montañoso y lejano.

Les han ayudado. Pero son un hilo en el vasto mapa de la ciudad que recorren, la que se compone de largas venas de estrechas calles, flanqueadas de bares mortecinos, tenduchas y burdeles, por las que fluye sangre urbana y grisácea hasta la Gâre du Midi, a donde R. durante una larga etapa acude para coger casi de madrugada el tren que, tras más de una hora de recorrido, la lleva al trabajo, la estación en cuya puerta un tipo alto, sin razón aparente, quizás porque le estorbaba el paso, la ha zarandeado cogiéndola por las solapas de su abrigo de pañol azul marino; y el agresor se va, sin que ninguno de los que observan mueva un dedo para defenderla pese a que ella les insulta mientras busca por el suelo los botones que han saltado. Bruselas es, como mucho, el museo de pintura donde reina el escalofrío surrealista de Magritte, la llama de una vela en la mesa del restaurante italiano y el sabor perenne de las fresas de bosque en la cena del cumpleaños de Bernard en un restaurante de la hermosa Gran Plaza. El aire, el horizonte y el futuro se hallan en las aulas de la Universidad a la que R. acude. Él no estudia, pero ¿acaso no es la cultura un simple azar-se dicen-, sin más valor que el lugar en el que fortuitamente les ha correspondido nacer ni otro mérito que la coyuntura?

Rida y R. precisan de un salto sobre cuanto conocen, sin detenerse en etapas cansinas trilladas por otros. Desdeñan el orden hasta entonces conocido. Además, sólo la renuncia a las raíces y a la apreciación de los valores establecidos puede proporcionarles la sensación, ficticia, de igualdad cultural, sólo la idea de nuevo territorio y separación de lo antiguo, venal y caduco puede alimentar su estima, ofrecerles un puente sobre las diferencias de formación, afición y expectativas que ya perforan con sus aristas la capa tibia del amor. La adscripción a la vaga entidad “Tercer Mundo” proporciona a Rida una patria de adopción y casi un título honorífico, aunque en verdad no siente por el club de los parias de la Tierra gran entusiasmo, y más bien se atiene, en el fondo, a la irónica opinión de su padre sobre el socialismo como miseria para todos. La pareja conoce, incluso alberga cuando ella encuentra un empleo y alquilan apartamento, a impacientes partidarios de la modernización, sin corrupciones, del Magreb, y también a españoles aspirantes a guerrillero urbano. Frecuentan gente del Partido Comunista Español cuyos mítines recuerdan terriblemente a R. a la devoción incondicional de las parroquias. En ellos, con sorprendente ausencia de críticas, el líder propugna la alianza con los diversos sectores que se oponen a Franco y, tras valerse de ellos, hacerse con el poder. Dos de los miembros del partido advierten lealmente a R., a la que saben no militante, de que la policía franquista ficha a los que van al centro Federico García Lorca.

Por su parte los tunecinos conocidos de Rida se han emparejado con muchachas belgas que apoyan con fervor cuanto ellos dicen. Se trata de chicos jóvenes que no añaden a sus declaraciones marxistas sentimiento nacional o religioso alguno y que muestran, incluso a los ojos-siempre crédulos hasta que se demuestra lo contrario-de R., una conmovedora adhesión incondicional a los dogmas del socialismo. Sueñan con un paraíso previo a la acumulación de bienes, y hablan de la prehistoria como de un pacífico escenario compuesto de tribus idílicas en las que no existían lo tuyo ni lo mío, y donde la propiedad privada no había aún inoculado a los hombres su veneno. Creen como artículos de fe las frases de manuales de Marx y Lenin y rechazan la menor objeción al respecto. Otros, como Fuad, viven de forma independiente, estudian, trabajan y se esfuerzan por acabar sus carreras. A veces, cuando Fuad viene a su apartamento, mientras toman té, unas cervezas o café preparado a la manera árabe al que se añaden unas gotas de agua de azahar y la música, con toda la sensualidad de Um Kalthoum, asciende en lentos giros en el aire, entonces R. pone algo a freír en la cocina, y el visitante lanza una exclamación de gozo:

-¡Es como en Túnez!

Cuando el aceite de oliva se une a los demás perfumes y se diluye en la calma de la tarde.

Rida ha ido sustituyendo el grande y lejano regazo de origen, cuajado de amigos, conocidos y de una familia cuyos flecos parecen interminables, por una pequeña red de compañeros de precaria fortuna, defensores de otro orden social, situados frente a la Europa ajena, los grandes y cerrados edificios. Y así, de denuncia de Vietnam a opresiones-¿por qué no?-ancestrales, ellos dos frecuentan, sin figurar en sus nóminas, a gente de Amistades Belgo-Chinas, compran hermosos carteles con campesinos felices y con una cara, tocada de gorra, formada por los puntos rojos de centenares de chinos minúsculos y que es la del Presidente Mao, también impresa en una colcha que  no adquieren, aunque poco se faltó para que cobijase los sueños de la pareja.

Pero ni por un instante el proletariado, que se encarna en los inmigrantes españoles del barrio y, escalones más abajo, por norteafricanos, adquiere para R. la menor aura de nobleza, rango o atractivo. El origen modesto, la familia sometida a las carencias de la pequeña clase media con grandes apuros de fin de mes, la han vacunado tempranamente contra la mística obrera que halla en los libros o que observaba en sus compañeros de universidad. Ni ella ni Rida ven la menor virtud en la pobreza o el trabajo manual; ambas cosas pertenecen a aquello de lo que hay que salir, de lo que se huye y, como de un hoyo, se va uno alejando con tesón, trabajo, estudios. R. vive donde los inmigrantes españoles, habla con unos y con otros, acude a casa de la mujer del panadero, y la oye asumir y expresar con toda naturalidad el mediocre mundo de las trampas y la dependencia femenina, el relato de cómo se quedó embarazada para incitarle al matrimonio y cómo el futuro marido esperó a ver si el hijo nacía vivo o muerto antes de casarse. Su mundo parece a R. tan lejano como el de cualquier grupo indígena de las tierras al otro lado del Mediterráneo. En dos ocasiones va con Rida y sus amigos a una sesión de cine árabe, y el regusto es similar: Primero se trata de una película egipcia esmaltada de canciones, almíbar, sumisión completa de la dama al galán (que le propina un correctivo entre el alborozo de la sala) y lágrimas sin cuento. En la otra sesión cambia el registro: se trata de cortometrajes de jóvenes artistas tunecinos y el plato fuerte consiste en una interminable escena en la que una muchacha rubia gesticula, incita y se ríe del compañero magrebí. La moraleja, le dicen, consiste en escenificar los complejos del exiliado en Europa. R. encuentra que la obra los justifica.

Sin embargo la pareja continúa sintiéndose al margen de unos y de otros, aunque por razones distintas. Su panorama es un paisaje que se desdobla de manera acelerada en dos horizontes diferentes, pero cuando R. está sola en casa hunde a veces la cara en el abrigo gris de Rida, el que le regalaron los Amigos del Hombre y cuelga del perchero, lo abraza y aspira su olor.

Han trabado amistad con Kosty y Bernard, pero a veces a R. le resulta un tanto trabajoso evitar el papel de sometida mujer del sur en el que Kosty la enmarca, o seguir sus bromas sobre el sexo y el placer que, a falta de cosa mejor, proporciona un támpax.

-Tú eres muy dulce; demasiado dulce-le asegura.

Y R., que sabe que la dulzura no está, ciertamente, entre sus virtudes, recibe con desconcierto éstas y otras denuncias de la imagen que Kosty superpone a la suya propia. La ruptura de su matrimonio con el chico árabe parece en la determinada polaca una idea de indiscutible y benéfica claridad. El ansia de salvar y mostrarse solidaria ha prendido en Kosty, en la cerilla de su cuerpo menudo y duro rostro. Es difícil defenderse de ser salvado. Ocurre que R. no se siente víctima; hace, ve, comprueba, lucha.

Sylvie se muestra solícita con Rida, pero hostil respecto a R., cuyos amigos, gustos y formación cultural son tachados de “burgueses”. La señora belga tiene un joven compañero de manifestaciones y de lecho, un italiano al que exige amor, fidelidad y compañía, en nombre de la nueva sociedad antiimperialista sin prejuicios y la hermandad ideológica. Paolino intenta huir y suele ser atrapado, desarmado de argumentos y envuelto, una vez en el nido, en minuciosos análisis sociopolíticos que convierten en traición burguesa su rechazo de Sylvie, de la que le separan veinte años y quince kilos. En la vasta casa de ella hay largas comidas y cenas (que R. rehúye) entre perros y nevera de contenido desperdiciado y caótico. Una noche, de vuelta al apartamento, Rida le confiesa:

-Sylvie había bebido, empezó a acariciarme. Le dije que se fuese a la cama y salí.

Busca celos en los ojos de R., pero no ve sino indiferencia y la leve repugnancia que Sylvie le inspira. R. sabe que Rida gusta a las mujeres, y él le dice, para su sorpresa tras una adolescencia ingrata y absorta en búsquedas, que ella también a los hombres. Nada importa. El sentido de la libertad es tal en R. que siente los celos como absurdos, impensables el disimulo, las componendas, los tapujos, las trampas. No. Su mundo es simple: Los actos no engañan, los intereses delatan, la realidad es, fatalmente, cristalina. Nadie tiene a nadie si el otro no quiere. La libertad es darse a sí mismo de comer. Nada más lejos de ella que engañar. no por moral ni por la firma en un papel al que no otorga sobre su persona el menor poder. La fidelidad le es tan natural como la adecuación entre lo que hace y lo que comprueba como cierto y acepta como justo. La relación durará el tiempo que medie hasta el descubrimiento de la finitud, del juego de los compromisos por el que R. experimenta profundo rechazo. El mismo que la llevará finalmente, saltando sobre credos, organizaciones y espacios conocidos, a volar hacia el más lejano y enorme experimento político del mundo.

 

Epílogo

 Túnez, diez años después

 Nunca debería volverse. Pero siempre, de una u otra forma, se vuelve.

Durante una década larga R. ha recibido muy cariñosas cartas de la familia de Rida según las cuales ella continúa siendo su hija y ocupa el lugar de antaño en sus afectos. La hermana mayor se complace en hacer un retrato del segundo matrimonio muy subido en color sentimental y con escenografía semejante a la de los folletines árabes: La nueva mujer viviría consumida por los celos de la antigua y no es apreciada por el clan marital. Fayrús incluso visita unos días a R. en Madrid, de paso para ver a sus hermanos que trabajan en los alrededores de París. En Navidades, llegan puntualmente desde Túnez las felicitaciones correspondientes.

Desde la separación, en 1973, en la que él se mostró como la viva imagen del dolor, y la posterior e inesperada marcha de ella a la República Popular China, Rida habitó algunos meses en el apartamento de Bruselas, donde, excepto un puñado de efectos personales, ella le había dejado cuanto poseían. Luego falsificó la firma de R. y sacó de su cuenta la pequeña cantidad de ahorro personal que ésta depositara. Él querría creer en otro hombre y en el engaño, pero sabía que R. se quedaba sola y que, antes de ser reclamada para un trabajo en Xian, sin perspectiva de otro amor, apoyo ni compañía, R. había roto con él por la recién adquirida certidumbre de la mutabilidad de las pasiones y la necesidad de búsqueda. Porque en nada cree sino en lo que ella misma comprueba; no hay barcos sin pagar pasaje, y todos son exclusivamente de ida.

Aquel verano del 73 Rida volvió a Túnez, y dio por terminada la expedición europea. Hubo algunas cartas de quejas por la ruptura y el abandono del que se consideraba objeto. A los escasos meses R. supo que se había casado con una amiga de Fayrús, quien fue describiendo a R., en largo y sentido correo, la situación. Esa vez sí se efectuó el matrimonio según las reglas tradicionales: joyas de oro y regalos entregados a la novia, muebles, gran fiesta y rápido embarazo. Amigos y familia no han escatimado préstamos, endeudamientos y esfuerzos. Ella no trabaja, la pareja se asienta satisfactoriamente en su vida matrimonial dentro de unos cánones que incluyen celos de la primera mujer extranjera, promesas, escenas y alguna que otra bofetada del marido. Todo bien, todo en orden.

Y, como le han insistido tanto en su fidelidad y afecto, un buen día, durante su mes de vacaciones, R. se presenta en Túnez, invitada a la casa de Fayrús.

La desbandada familiar es fulminante. Los padres de Rida, la hermana segunda, Bashida, aparecen en saludo vertiginoso porque deben hacer todos viajes urgentes que les retendrán fuera de la capital. Basid y Mafida se han convertido, tras su peregrinación a La Meca, en blancos fantasmas cuyas ropas anuncian el estado de santidad, el título de hadj que les otorga la peregrinación. No por ello, con gran sentido práctico, deja Mafida-cuyo pelo antes descubierto estará ya tapado siempre-de criticar el gran negocio del lugar sagrado y el abusivo precio de las botellas de agua que les vendían en Arabia Saudita. La visita es breve y sirve al matrimonio para excusar su ausencia en los días venideros a causa de  un viaje inaplazable.

Fayrús cumple sus deberes de anfitriona con escaso apoyo de su marido. Única representante del otrora numeroso clan, que parece haberse esfumado en migración súbita, acompaña a la antigua cuñada y le comenta sin rebozo, tal y como ha venido haciendo en sus cartas y durante la estancia en Madrid, sus intimidades de pareja.

-Era tiempo de casarme. Mis hermanos ya me llamaban solterona.

-¿Y tus estudios? ¿Y los proyectos de trabajo que tenías?

-¡Todos los jefes, todos los amigos de mi padre querían tirárseme! ¡Todos procuraban meterme mano! ¡Hasta en el salón de nuestra casa!

-Y a Latif, ¿dónde lo conociste?

-En la biblioteca. Él estudiaba inglés. Siempre estaba detrás de mí, insistía, insistía; quería que nos casáramos. Y me casé.

No es el príncipe azul; ni los ricos que se disputaban su mano. Tampoco el arrebato pasional. Latif estuvo en el momento y lugar oportunos. En la fotografía de boda que enviara por correo y que R. observa ahora ampliada sobre el mueble del comedor, Fayrús reina, con brillante collar y belleza tranquila tocada por el pelo peinado en dos bandas y teñido del rojo profundo de la henna. Surge, como de un pedestal, del escote de un vestido con muchos vuelos, color marfil. Él, a su lado, es un muchacho delgado, de corbata granate grande que baila un poco en el cuello de la camisa, y de rasgos huidizos e inseguros, poco agraciado, que dirige al fotógrafo una mirada esquiva. Como fondo, un ramo enorme, enhiesto, en forma de concha, en el que predominan el rojo y rosa sangrientos junto con algunos gladiolos blancos.

Latif no se molesta en fingir respecto a la visitante un calor de bienvenida que está muy lejos de sentir, y le da la mano con reticencia.

-¿Te va bien con él?

Con la cándida y perfecta inmoralidad que ya llamara en tiempos pasados la atención de R., Fayrús responde:

-Oh, es débil, ¿sabes? Hacer el amor le cansa enseguida, al pobre. Él ya se imagina que tengo relaciones con otros, cuando, en mi trabajo, nos mandan fuera en misión. Los funcionarios tenemos muchos desplazamientos. Me pregunta qué tal me lo he pasado.

-¿Y te lo pasas bien con ellos?

-Sí.

-¿De quién es la niña?

-La niña es suya. Cuando me quedé embarazada, por casualidad, de otro, insistí para que el médico me hiciera abortar; le dije que no podíamos permitirnos tener al bebé.

Es aquella muy material, muy externa normativa de una moral árabe que sólo se ocupa de la posesión y la apariencia, en la que no existen conciencia ni responsabilidad individuales. Fayrús se expresa en el tono más normal del mundo. La hija que tienen es cuidada con minuciosidad por Latif, que procura no sacarla a plena luz bien vestida por temor al mal de ojo, en el que, como en maldiciones y conjuros, cree de una forma curiosamente revuelta, sin mezclarse, a las apariencias de modernidad.

El embarazo ha cambiado el cuerpo de Fayrús de una forma extraña, ha dilatado monstruosa y definitivamente su vientre, dado al cuerpo forma de gran odre del que emergen aún la belleza de su cara y la finura de cuello, brazos y piernas.

Latif habla con admirativo respeto de los Hermanos Musulmanes, los seguidores de la nueva ola islámica.

-Son gente muy seria.-repite como gran argumento.

Nunca cita las propuestas concretas en las que reside la seriedad de su programa político.

Es hombre sin sentido del humor y escasa veta festiva, proclive a las supersticiones. Adopta como indiscutible toda crítica occidental, especialmente antinorteamericana, que circule por los mentideros.

-Hay un túnel desde el palacio del Presidente a la Embajada de Estados Unidos. Por ahí va a recibir órdenes.

No vale argumentarle lo innecesario de la forma de contacto.

Túnez ha cambiado: el turismo es a ojos vistas la gran fuente de ingresos, pero la población femenina se ha cubierto en buen parte con velos, incluso las muchachas. Fayrús no lo lleva.

Su hermana Bashida se ha casado muy joven con un taxista. La familia de éste insistió en la ceremonia tradicional de exhibición de la sábana con manchas de sangre como prueba de la virginidad de la desposada.

Un buen día se presentan de improviso, en casa de Fayrús, Rida y su mujer. Ella dice a R.

-Me han comentado que usted opina que esto parece una mala película egipcia.

Hay té en la casa de Latif, y luego en la de Rida, incluso jazmín; intercambio de preguntas sobre amigos comunes, conocidos, trabajo. Él está algo más grueso. Su mujer, que lleva algunas joyas de oro, se esponja cuando R. asegura que, con el salario de su trabajo de profesora, le llega sólo para vivir sin lujos, y pasa a tratar a la ex esposa con afable condescendencia.

En una bandeja, traen vasos y licoreras. Toman whisky y cerveza sentados en la veranda.

-¿Qué tal la situación en Túnez?-pregunta R.

Rida se encoge de hombros. Resume:

-Los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

La pareja tiene dos niños. Viven muy cerca de la casa de los suegros, en un adosado del que le enseñan algunas habitaciones antes de que la breve, y única, velada con ellos termine.

Acaba el mes de vacaciones. Latif sonríe como nunca lo ha hecho cuando amanece el día de la partida de la extranjera. Ésta, consciente de lo superfluo de su presencia, ha comprendido ahora que, en realidad, ha sido utilizada durante estos años por la familia de Rida para, indirectamente, hacer objeto a la actual esposa de oscuras animosidades, como elemento de un juego de rencillas familiares que ella ignora. Confrontados con su presencia física, se han visto obligados a abandonar el mito, útil mientras distante, a enterrar el folletín egipcio y a mostrar fidelidad al clan local, a la familia de Rida próxima y real.

La tradicional hospitalidad árabe brilla por su ausencia el día del regreso. Nadie acompaña a R. al aeropuerto. El taxista intentará  hasta el último momento timarla. Por la ventanilla del avión que despega ve el lago salobre, las dos cimas gemelas del Bukornine y la ciudad, que crece como una persona.

 

Libia-Túnez 2008

Como las tapas de un libro, bajo el avión se cierra un panorama nocturno de electricidad dispersa a excepción de un fragmento de vena, un coágulo urbano, un puerto. Es  la Jamahiriya Libia, el Estado de las Masas, revolucionario, socialista e islámico. En cambio se despliega al poco el manto de luces de la modesta Túnez, constitucional, laica y abierta, deseosa a trancas y barrancas, de leyes y de guardar distancias respecto a imanes y jeques iluminados, conservadora de su herencia bilingüe francesa, amiga de la dulzura de vivir y del otro lado del Mediterráneo. Ahí está, diminuta y sin petróleo, pero prueba viviente de que, pese al racismo tradicionalista que impera en las progresías europeas, los árabes no están en su totalidad fatal y genéticamente abocados a la servidumbre, la plegaria, la consigna, el oscurantismo y el atraso.

A la mañana siguiente, en las horas que preceden al vuelo de enlace, es tiempo de caminar por la página blanca de la ciudad afanada y presurosa, llena de edificios diversos y de viandantes, pasablemente reparadas sus calles y sus casas. Y a R. se le alegra el corazón ante la inmensa diferencia entre el país que ve y el que acaba de dejar, porque es patente que Túnez, carente de recursos naturales, tiene el mejor combustible: un sistema moderno, que se quiere occidental y civil, junto al que resalta de manera llamativa el agresivo autismo de las proclamas antiimperialistas y el Libro Verde de su vecina Libia. Nada reemplaza al contacto, por breve que éste sea, con la piel de l realidad, el olor, los sonidos, las formas de un lugar preciso, su blanda dulzura y blandas y fragmentadas corrupción y benevolencia. Uno tras otro, se suceden los cafés, restaurantes, tiendas y chiringuitos diversos, los altos edificios nuevos y las casas cuyas fachadas pagan tributo a la estética del blanco y las ventanas azules. Y hay mujeres, mujeres, de todo tipo y atuendo, sin velo alguno, el pelo al aire, que se cruzan con otras con pañuelo que tal vez-aquí sí-han elegido-o no-llevarlo. Libia y los tristes fardos negros de su población femenina, las inmensas fotografías del Líder, las casas sin belleza y los espacios desolados cubiertos de bolsas de plástico parecen inmensamente lejanos. Los tunecinos atienden a sus múltiples asuntos, compran en Monoprix, se toman los buñuelos y el bocadillo tradicionales. Frente a un edificio oficial grupos de hombres protestan por problemas laborales. No se advierte ni omnipresencia ni celo en la policía. La gente se mueve sin agobios pero con rapidez y da muestras de una energía desconocida en las calles de las somnolientas poblaciones líbicas.

Ha habido de nuevo un cambio. Pese al cáncer fundamentalista, a la ola de integrismo que se extendió hacía años como una sombra, pese a la regresión que rezuma de Irán y de Arabia Saudita, Túnez va para arriba, y su economía parece un hervidero de iniciativas, obras, reparaciones, inmuebles vetustos pero acogedores, tráfico desordenado pero con semáforos a los que se otorga cierto margen de respeto, aceptable limpieza viaria, variedad social, mientras sobre las aguas salobres del lago en otros tiempos fétido se perfilan las cumbres gemelas del Bukornine, y pasa el tren, con nuevos vagones, que recorre la línea de la costa por La Goulette, Salambó, Carthage, Sidi Bou Said, La Marsa.

En el mapa, Tunicia parece tener la conmovedora levedad de una hoja, entre las dos enormes pinzas de desierto de Libia y de Argelia. Podría haber sido aplastada en cualquier momento por sus hoscos, beligerantes vecinos, dotados de todas las armas del nuevo rico y ansiosos de mostrar su desafío del imperialismo, su odio a Occidente y al progreso, su deseo de erigirse, como pretendió con insistencia Kadafi, en gran jefe del África musulmana unificada. Y probablemente Túnez hubiera podido ser laminada por estos dos grandes dedos de no haber contado con el apoyo y respaldo de Europa y sobre todo del muy odiado amigo de América. Ahí está. No se preocupa. Va para arriba.

El tercer reencuentro ha sido fortuito, una pincelada breve, pero satisfactoria; el Túnez de unas horas, encajonado por el azar entre la visita al desierto, con diadema grecorromana, de Kadafi, el Hombre Que Quiso Ser Mao, y el vuelo hacia Madrid.. El fundamentalismo, esa pendiente inclinada hacia el más sombrío medioevo, que también amenazó a Túnez, ha remitido, no canta victoria. Pasó, como también las desdichas de la vida pasan, como las nubes de la mañana de viento, claros y lluvia. El ayer ha sido llevado como se llevan las cosas sin raíces, absorbido por la rapidez de una corriente que apenas permite hoy su recuerdo.

 

 

II

MÁS ALLÁ DEL MAR CASPIO

 

La S de Samarcanda

Deslizarse por un nombre, por las curvas vertiginosas de su inicial hasta la a del asombro de los grandes arcos ojivales que surgen entre las arenas del olvido y se hunden en un horizonte de suaves montículos, prolongarse en el eco sonoro que se pierde en una inmensidad a la que son artificiales las fronteras, cerrar el espejismo de las evocaciones. El anhelado Oriente: Samarcanda. Que es sólo quizás un sueño, un conjuro, como tantos, contra la irremisible mediocridad a la que se ajusta como norma la generalidad de la vida.

El viajero defiende su sueño desde que llega, desde mucho antes de situarse ante el cuadrilátero del Registán majestuoso, bañado de azul, cubierto por la dura y seca bóveda celeste de estas latitudes salpicada, en la noche, de las grandes estrellas que un rey astrónomo intentó reproducir en los mosaicos. El viajero sabe, porque ha visto antiguas fotografías, que la restauración cuidadosa de arquitectos soviéticos del siglo XX ha dado nueva vida a una belleza que se diría inmemorial pero que hace unas décadas yacía en buena parte despedazada por las agresiones de los hombres y las del tiempo y de los terremotos. Lo sabe, pero no quiere saberlo porque desea vivir el hechizo e incluso lamer hasta el último reflejo dorado del espectáculo de luz y sonido que recorre fachadas y minaretes. Quien aquí llega se aferra a su sueño, pero luego-y ya antes, y después, y al mismo tiempo, siempre agazapado en el rincón final de la conciencia-emerge el deseo de saber, y el de expresar sin censuras; una tarea que ha vuelto imposible la presión del código del Buen Observador Occidental. Sobre él gravitan milibares de pluralidad étnica bienpensante, toneladas de relativismo preceptivo que filtran desde el origen su pensamiento y lo conducen, sin romperlo ni mancharlo, por el parque temático oriental, árabe, polinesio, africano. En el viaje se invierte dinero, es el fructífero negocio del que viven agencias que irían a la bancarrota si desaparecieran las narices perforadas, los platos soperos incrustados en los labios, los densos velos femeninos, las tareas agrícolas realizadas con herramientas prehistóricas. Los labios ungidos de filtro solar están sellados a la sumisión despótica al poder y a la fuerza que resultaría indignante en sus más mínimas manifestaciones en el país desarrollado de origen, pero es fascinante en este circuito por recovecos medievales del tiempo no hollados por el Derecho de Roma, la caridad cristiana hacia el semejante, el impulso liberador de la Razón, bajo los cuales desean vivir, también aquí, en estas latitudes  muchas más personas de las que se cree.

Los mapas revelan fronteras recientes trazadas a escuadra y cartabón, en Asia Central como en África, en mapas diseñados durante el final de las colonizaciones, líneas sin conflictos fronterizos porque atravesaban la indiferente extensión de los desiertos o chocaban con los acantilados del Tien Shan, las Montañas del Cielo que forman al este la gran muralla natural de China, con el macizo de Pamir y con el Kopet Dag, que marca la frontera iraní, con las secas y minerales elevaciones del Indu Kush, que separan por el sur estas tierras de Afganistán, tan duras e inhóspitas que no parece en la distancia que pudieran producir otra cosa que cuevas rellenas de fanáticos. Del norte, de las montañas del Altai, desbordaron, precipitadas desde las mesetas de Mongolia, oleadas de jinetes ansiosos de botín y dominio. Los grandes cuencos de arena de los desiertos de Karakum y Kyzylkum ven rota su estéril geografía por la floración de oasis y ríos de variables curso y existencia; discurren lentamente el Amu Darya y el Syr Darya, se deseca el Mar de Aral, nutren lagos las rigurosas alturas del este, de manera que éstos son países de archipiélago, vergeles jugosos, floraciones aferradas al comercio y al agua en un mar de arena, veranos tórridos y pasos impracticables por la altura y la nieve. Así se anudó la Ruta de la Seda, que ha acunado en su nombre los largos sueños del sedentario y mecido imágenes de lentitud, brocados, peligro y fantasía. El hilo se cortó, se fue hundiendo en las dunas sin desaparecer nunca del todo, revelador, en su actividad de zocos e intercambios, del incansable poder del espíritu emprendedor, de la fuerza de la iniciativa personal y del comercio que se manifiesta hasta en las más adversas circunstancias para desesperación de puritanos y controladores. El cambio del mundo, con el Renacimiento, las rutas americanas, la definitiva conciencia de la redondez, y accesibilidad del planeta y el fermento de Prometeo en los espíritus, dejó sumidos en su inacabable y alta edad media a sultanes de oasis y gabelas, a khanes que cimentaron hasta el siglo XIX su riqueza en centros de venta de esclavos, a corredores de mercancías y a villas de tratantes prósperos. Los edificios de poblaciones que con frecuencia fueron arrasadas hasta los cimientos por el conquistador de turno, las viejas civilizaciones anteriores al siglo VIII que borró, con sus obras de arte y bibliotecas, la expansión del Islam, resucitan, en una escogida minoría, sólo con los trabajos arqueológicos del siglo XX y a veces en el conmovido relato de algún viajero que describe la majestad de las ruinas melancólicas, de una orgullosa frente de adobe que desafía a sus enterradores y sobrenada la llanura.

Los khanatos siempre fueron, a través de los siglos, reinos mudables, que pasaban de una mano a otra al ritmo de la invasión y el poder de un ejército que, cuando se saciaba de botín y de sangre, podía tener jefes que se asentaban, afirmaban, construían y cobraban tributos. Su movimiento encrespado de superficie esconde el inmovilismo de desarrollo cívico, hasta que también ahí llegó, en el siglo XIX, la gran expansión mundial consecuencia de la Revolución Técnica. Es buen lugar para el estudio de espejismos. Aquí aprende, quien no tuviera ya adquirido tal convencimiento, que moral y justicia, compasión y bien no son sino ficciones con las que el ser humano pretende dar sentido al mundo, consuelos frente a la arbitrariedad atroz del breve e impredecible curso de la existencia. Sobre estos oasis agrícolas, emporios de agua y de mercaderes, han caído, como la langosta, gentes repletas de proteínas y músculo, bandadas de jinetes expertos en la velocidad, el arco, el terror y los caballos. Con un credo tan simple como el de su emperador, que afirmaba que no hay placer como habitar los palacios del enemigo, acostarse con sus mujeres y montar sus caballos. Se han elaborado, posteriormente, explicaciones para la justificación de voraces clientelas que, en realidad, no son (desde el poder por derecho divino a la lucha de clases) sino alambicadas formas de legitimar la apropiación de lo ajeno. Gengis era directo. El primer gran khan de los mongoles, experto en alianzas y repartos, registró la patente de una metodología guerrera perdurable y eficaz: Utilizó sistemática, sabia y profusamente el terror erigiéndose así en adalid de una táctica llamada a un porvenir glorioso. Las poblaciones pasadas a cuchillo, la destrucción hasta los cimientos de ciudades producían (no siempre) un beneficioso efecto de rendición preventiva y desmoralización segura en una Eurasia sobre la que se extendió imparable la crecida de la que sería más tarde, con Batu Khan, la Horda de Oro. No faltó el terrorismo psicológico: Desde el mimbar de la gran mezquita de Bujara, mientras los caballos pateaban libros sagrados y los soldados degollaban, violaban y saqueaban, Gengis se autoproclamó Castigo de Dios, enviado divino para que la comunidad (de sumisión, como su nombre, “islámica”, reza,) pagara por sus pecados. Desde luego tales destrucciones son perfectamente coherentes con la palabra Paz, la paz de la claudicación ante el terror llamada en el siglo XXI a gozar de grandes éxitos, porque, en efecto, tanto las tácticas pedagógicas de Gengis Khan como más tarde las torres y murallas de cráneos de Timur (el Tamerlán o“Timur Lang”,el Cojo, de la embajada, en 1404, del enviado de Enrique III de Castilla, Ruy González de Clavijo) y su forma de amenizar las fiestas con ahorcamientos a los postres fueron determinantes para la extensión del pacifismo entre los súbditos. El Emperador cuyas campañas costaron la muerte a más de un millón de seres humanos murió, anciano, respetado y temido por sus pares, en la cama. Se habla de la “Pax Mongólica” y hoy, en esas naciones tan recientemente inventadas por Stalin, lo adoptan como símbolo patrio y le erigen estatuas. Los núcleos más civilizados de Asia Central quedaron, tras la bajamar de la caballería mongola, al margen, durante seis siglos, hasta el forzoso contacto con Rusia, de la evolución de la historia.

A la pura fuerza y avidez de los jinetes de la estepa, que anteriormente fueron hunos y descendieron con Atila en el siglo V hasta las puertas de la misma Roma, al vigor de los Turcos Azules, llegados quizás de la lejana Siberia y aliados de los Sasánidas, no los vencieron las oraciones ni el convencimiento, sino la técnica, el desarrollo y las armas de fuego, que acabaron en la Edad Moderna con el predominio que ejercían sobre agricultores y civilizaciones urbanas el caballo, el arco y la resistencia física. Ya antes, el impulso de la expansión ilimitada, los atractivos de la vida sedentaria, el imperativo de servirse de la cultura conquistada y la disgregación feudal rompieron, revolvieron, cambiaron lo que fueron reinos con ambición de continentes. Quedaron los Mogol (mongoles) que desde Babur ocuparían hasta el siglo XIX el trono de Delhi, la dinastía Yuan. fundada por un nieto de Gengis, en China, la cada vez más importante Rusia, el antiguo imperio de los persas, y, en el vasto centro de Asia, una constelación de tribus y sultanes enfrentados y unidos por el hilo discontinuo de caravanas y de guerras, encarcelados por la lejanía del mar, el conservadurismo feroz de las sociedades pequeñas y la extensión mineral y hostil de inacabables planicies, mezclados por las grandes deportaciones dispuestas por el Padrecito soviético durante la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una navegación por secos portulanos. Gobi, Takla Makán, Muyunkum, Karakum; las ciudades son excepciones en la vastedad de tales desiertos. Hoy el viajero busca barcos varados en la arena, el cono emergido de civilizaciones muy antiguas, sepultadas por la invasión posterior y lentamente roídas por el viento. Como ellas, ya en el siglo XX, los tiempos modernos impulsan inesperada, bruscamente, espolones urbanos, zonas de desarrollo brotadas con la rapidez de las plantas en el desierto tras la lluvia, vanguardias de una sincera voluntad de progreso o simples conjuntos monumentales consagrados a la vanidad de un sátrapa.

 

La llegada-Tashkent

En el centro de Tashkent, aquejado del gigantismo urbano y la oficialidad intocable propios de la era soviética y de la generalidad del comunismo, la viajera observa un hotel reflejo del de sus recuerdos, con la misma enorme araña de cristal, las mismas superficies brillantes y sillones oscuros, el pavimento kilométrico y pulido, los ascensores de vieja película, la cafetería inhóspita de puro inmaculada, los pasillos y tiendas silentes, el todo punteado por algunos empleados, algún huésped, escalinatas, oficina de cambio que rechaza los billetes de dólar con la más mínima mancha o roce. Es un túnel vertical del tiempo, podría ser la China de los Hoteles de la Amistad de treinta, cuarenta, de más años atrás. Fuera están los grandes espacios supuestamente populares y ciertamente tan controlados como lo han sido, invariablemente, todas las “repúblicas democráticas”. Son paisajes que, quizás sólo para quien conoce a sus homólogos desde antiguo pero ciertamente no para la inmensa tribu de la ceguera bienpensante, destilan cierta angustia mezcla de agorafobia, totalitarismo evidente y nepotismo de partido único plasmado en la arquitectura, y tras cuyo clasicismo yace la incógnita de este próximo y conflictivo Oriente del gas y del petróleo, del control de los oleoductos y de las fronteras próximas con Irán y Afganistán bajo la impredecible, atenta mirada de los colosos de Rusia y de China (quizás también de la India). Con sano juicio, los uzbecos quieren volverse hacia Occidente, aunque los corteje el fundamentalismo millonario de Arabia Saudita o Teherán, que envían fondos para alimentar islamismo y viveros terroristas, y la Rusia del reconvertido KGB, y, cuantas más noticias tienen del mundo que los rodea, más quieren ser libres de la forma que a otros ven serlo.

Por lo pronto, lo que se presenta como la capital de Uzbekistán es una inmensa, deslavazada, plana ciudad, nueva tras el terremoto de 7,6 escala Ritcher, de 1966. Sin, a diferencia de China, bicicletas, ni mucho más de otros vehículos. En cada una de las estaciones del metro, diseñadas en el espíritu soviético de “palacios del pueblo” aunque concebidas al principio como refugios nucleares, la viajera espera hallar una momia-Lenin, Stalin-que estaría perfectamente acompañada por las columnas, lámparas, bronces, mármoles, todos ellos solemnes y aquejados de cierta semipenumbra.

El túnel del tiempo ha abierto de par en par sus puertas a la llegada al aeropuerto internacional. El alba tiene el gris turbio de un mal café con leche. Funcionarios, garitas, impresos, ventanillas, todo conserva el perezoso aspecto de la burocracia socialista, la indiferente lentitud de las policías acostumbradas a la arbitrariedad y al soborno, la confusa ineficacia y el desdén por lo extranjero y por el ciudadano llano propios del país con un pie en el subdesarrollo. Las ansiosas expectativas de los nuevos descubridores de Asia Central se estrellan contra tres horas de espera, inútiles trámites, aglomeraciones caóticas, escasas ventanillas, pagos y gestiones que acabarán, a precios harto elevados, por cubrir de papeles y sellos una parte sustancial de sus pasaportes. El euro nuevo rico, poderoso y altivo es implacablemente desdeñado en pro del dólar, rey indiscutible siempre y cuando los billetes se atengan a la estética del papel impecable y la hornada reciente. Toda una metáfora de lo que vale en geopolítica una Europa que cree poder refugiarse en la sola barricada del dinero. El entusiasmo del descubrimiento de lejanas culturas con el que palpitan los solicitantes de visados no decae pero se entibia. Y sin embargo esas culturas comienzan exactamente aquí, y no en el gorro de piel, los minaretes y la yurta, empiezan en estos ordenadores vetustos, incongruentes dado el marco que los rodea, y en los rostros de los policías-una gama del chino al turco, del eslavo al semita-que da fe por sí sola del baile de mezclas raciales.

Tashkent es un rápido desfile de núcleo monumental y restos de ciudad vieja. En el mercado vecino, con mujeres de dientes de oro y aire años cincuenta, hay puestos de mercancías sin interés en buena parte de origen chino, vasos de licor de cerezas y grandes hogazas del extraordinario pan local, redondas, rubias y fragantes, rematadas por un borde estriado que encierra en el centro decoraciones de hojas y de flores. Se apilan en cerrada formación hasta la altura de la cabeza de las vendedoras, que se dejan enfocar pese a las reticencias de compatriotas malhumorados que intentan poner la mano ante la cámara. Sobre una tienda de ultramarinos se ha colocado, a modo de dintel, una composición fotográfica que actúa como publicidad: ocupan el primer plano dos niñas tocadas con el ceñido velo blanco de las peregrinas y situadas sobre el fondo luminoso de La Meca. Una de ella sostiene el Corán, la otra une en oración las manos abiertas, ambas elevan devotamente los ojos al cielo y a las dos reconforta la botella de coca-cola vecina integrada al sacro paisaje. La clientela femenina que sale, entra y deambula por los puestos no lleva con frecuencia la cabeza cubierta, luce blusas de manga corta y distintos escotes. Los rostros reproducen multiplicada la mezcolanza racial del aeropuerto, y la juventud, la sensación indefinible de los países que empiezan, la misma que, sin agradar estéticamente, conmueve en la pretensión de memoriales y parques, en el desafortunado y plateado ave fénix y el empeño en dorados, escalinatas y plazas que siempre parecen querer emular a las superficies parameras de Tien An-Men y de la Plaza Roja. En Tashkent se ha ido acampando, repoblando, haciendo resurgir tras un terremoto de destrucción completa, y es invivible sin un medio de transporte, sin el caballo mecánico (la bicicleta es despreciada, sorprendentemente, en esta llanura aún más propicia que la de Pekín, que en otros tiempos rebosó de ellas) que enfile hacia el inacabable horizonte.

 

Khorezm

El velo del cansancio, tras el largo vuelo y la noche insomne, conserva aún su trama cuando se toma otro avión para, desde Urgench, llegar por tierra a Khiva; con alrededores donde el calor de agosto alcanza las más altas cotas, con cifras que parecen simplemente engañosas por lo inusitadas (cincuenta, o más, grados). El sol es un enemigo, al que nada oculta, que está siempre ahí, que, hasta el último minuto, ya muy bajo en el horizonte, no se resigna a morir sin víctimas, las busca y las aplasta mientras ellas resguardan la humedad de sus cuerpos en los raros lugares con sombra. Mojarse la cabeza, mojarse una y otra vez la cabeza, cubrirse, bendecir el paraguas-sombrilla regalo de los mejores amigos, interrogarse sobre la tenacidad de la vida, las guerras del agua, la estrategia de los ríos desviados, como el Amu Darya, el lento desmenuzarse y volver a sus orígenes de las paredes amasadas con la tierra.

Es la región de Khorezm, y con ella la viajera comienza a deshojar al revés grandes bloques de calendario, a descender esos escalones de la historia que no conducen a grandes tesoros sino simplemente a algo más valioso, al silencioso archivo del tiempo (¿para cuándo el monumento al arqueólogo anónimo?) que ha sido penosamente recuperado ladrillo a ladrillo y teja a teja bajo la indiferente bóveda de un cielo que jamás protege. El Islam va siendo fenómeno reciente, arrasador, deslumbrante porque es lo que queda. Debajo, hacia atrás, privadas del color y en parte de la forma, están las huellas de ciudades-reinas, de afanosos acueductos, de los que en persa se llamaban karawan saray y pasaron como caravanserail, caravanserrallos o caravasares a Occidente, donde intercambiaron productos y reposaron mercaderes de la Ruta de la Seda. De la seda y de tantas cosas representadas por palabras-amuleto (marfil, perfumes, especias, vino, cristal, gemas, porcelana, papel, té, laca, hierbas, jade, plumas, angora, oro) que sirven de trampolín y de envoltorio al material infatigable de los sueños. Desde Xian, en el corazón de China, hasta las primeras playas europeas se recorrió la Ruta durante mil años, se olvidó y se recobra hoy para uso y disfrute de los buscadores del choque estético y de la bondad ancestral de la hospitalidad nómada.

Pero antes de la era del ladrillo cocido y las tejas coloreadas y mucho antes de las bóvedas como pozos de un verde profundo en medio de la sequedad, hubo esos milenios de indoeuropeos y semitas, de tribus arias cuyos sucesores hablan hoy el tadzhik y el persa, de satrapías aqueménidas y vasallos mal avenidos; el único escenario a la medida de un Alejandro Magno cuya idea política era, pese a la noche de embriaguez, destrucción y asesinato de su amigo Cleito en Samarcanda, la antítesis de la barbarie predadora de las grandes hordas y el mero despotismo de los khanatos. Quedan, apenas, ahora los qalat, villas fortificadas, paneles de murallas y de torres elevados en colinas y a veces decorados con esculturas y frescos que sólo el azar, en algunos fragmentos, ha salvado del concienzudo empeño iconoclasta.

También se viaja por viajeros. Ellos no son, contra lo que creen y para lo que han pagado, un movible puesto de observación que se desplaza al ritmo de la degustación y de la cámara. Pertenecen a corrientes, obedecen a códigos y afinidades tribales que harán de ellos una sorprendente orquesta coral y que impulsarán a sus miembros a proyectar tensiones y fatigas en el ocasional hereje. Los  asentimientos a barbaridades objetivas, la ruptura de las caras rutinas de la existencia cotidiana cristalizarán en la violencia y el ataque (más o menos satinado de manierismo de salón) contra el occidental disidente que no ha hecho juramento de loa incondicional y eufemismo de buen tono. El Turismo de las Culturas, inconscientes sus miembros de la propia homogeneidad cuando de repetir las premisas que salpican medios de comunicación y discurso en boga se trata, es la élite dentro del business de la inversión viajera rentable. Tanto que, a su lado, el infeliz estivalero, el denigrado turista de autocar y grupo numeroso e incluso el pretencioso protestador profesional para el que todas las estrellas de los hoteles son pocas resultan de conmovedora inocencia en su modesto afán de vacaciones en tierra extraña, en su irreprimido deseo de jolgorio y sus cándidas exclamaciones de extrañeza, admiración, repugnancia y fraternidad dicharachera. Porque sobre ese turismo calificado con el mayor desdén como de masas, y que tanto ha hecho por el desarrollo, enriquecimiento y liberalización de las costumbres en numerosos países, sobre esa horda de gordos y de flacos, de gentes con frecuencia de más que mediana edad y sin el menor prurito atlético, vestidas de dominguero serrano, planea el escogido clan del viajero nuevo, un opus dei sin dei alguno, misioneros del pluralismo bienpensante y la alianza de civilizaciones, reconocibles por la perfecta obediencia a un decálogo que también se refleja, como en diversos espejos, en las páginas culturales de guías de viaje por otra parte bien documentadas, en los trabajos televisivos y periodísticos y en el tenor de los comentarios. El lema podría quizás resumirse en la consigna de no intervención, ni siquiera intelectual, ante los fenómenos (en el sentido etimológico del término) de un mundo captable a través del exclusivo ángulo del relativismo. De no haber abolido los ingleses en la India el sati o inmolación de las viudas en la pira de sus maridos, el grupo angélico-ecológico observaría el rito parpadeando levemente (a causa del humo) y defendería en la sobremesa el sagrado derecho de los pueblos a la defensa de sus tradiciones y el método dialogante y educativo como única vía, la cual hubiese permitido a las viudas torrefactarse durante unos cuantos siglos o milenios más.

Las páginas introductorias del eficaz volumen anglosajón que se ha convertido en biblia de descubridores del ancho mundo permiten abrir boca en la visión, consideración y adecuado disfrute de la universal red de parques temáticos amenazados por la globalización. Son guías redactadas por vigorosos y con frecuencia jóvenes viajeros para los que la sebosa presencia y torpes observaciones y ademanes del visitante medio son un triste lunar en la salvaje belleza del paisaje y el atractivo primigenio de los ancestrales ritos de la tribu. El redactor (como el político y el periodista) protege además, con el puritano ardor propio de las actuales derivas criptorreligiosas, las simpatías que le permitirán viajes futuros. El principio del Bien invariablemente reside en una entidad abstracta e intemporal llamada “pueblo”, normalmente dotada de un sentido de la hospitalidad extraordinario, y amenazada sucesivamente en su esencia y su pureza por potencias foráneas que carecen de escala de valores, de moral y de principio alguno y que son entre sí equiparables por su codicia y bajeza. El fundamentalismo islámico, lejos de ser real fuente de terror, se describe como simple y útil espantajo que justifica injerencias y presiones. Textualmente se lee, en Lonely Planet, que a los aliados occidentales se debe el descenso, en las repúblicas centroasiáticas, de la presión internacional para mejorar el nivel democrático y de derechos humanos, lo que viene a exculpar a los usos medievales autóctonos, a los islámicos y a los actos de los indígenas. El viajero anglosajón se aplica, con el celo del converso, a remachar los tópicos contra el colonialismo, imperialismo, y, por supuesto, España, si se trata de América Latina, y, en el resto, de Gran Bretaña y Estados Unidos. En el tiempo, se comulga con la imagen del Pueblo Autóctono invariablemente agredido por conquistadores moralmente en todo semejantes y, de ser occidentales, abominables. Así, mientras Tamerlán y Gengis se limitaban a arrollar y reinar, que era lo suyo, al griego Alejandro Magno no le guiaba sino el haber tomado, repentinamente, gusto a invadir y (pese a Aristóteles y a los científicos de los que se rodeó en el camino a la India) carecía de idea alguna, era un generalísimo (sic) megalómano que, de no ser por el rechazo de sus compañeros, se hubiera transformado en déspota oriental. La abismal diferencia ética entre la actitud, y el número de víctimas, del griego y las de los mongoles o los khanes turcos es detalle insignificante para el comentarista europeo o norteamericano, sumiso a la servidumbre de la corrección política y al mito. Por lo demás, la guía es libro práctico y rentable, se rige por el razonable sentido común que asegura la inutilidad de alterar tal ecosistema y permite el máximo aprovechamiento del entorno con el mínimo riesgo de interferencias molestas, todo al sano ritmo del trekking, las melodías folklóricas y la meditación sufí. Estamos a años luz del viajero comprometido de los sesenta y setenta, de la indignación genuina e ingenua, del ansia torpe por ver mejoras y contribuir a ellas, del deseo de comunicación y de acción tan erróneo con frecuencia como generoso y franco, de cierta conciencia profunda, y no impostada, de la universalidad y del progreso humano. Es ahora época de deambular según las reglas marcadas por la ciencia-ficción a los viajeros del tiempo: bajo prohibición de cambiar un pasado que hoy se muestra por parcelas en todas sus eras de forma simultánea con un mero desplazamiento espacial. Porque, sin necesidad de H. G. Wells, las rutas del aire permiten el paseo por la Edad Media, el fin de semana en el Romanticismo y las excursiones por la Prehistoria.

La viajera adopta el discreto perfil ausente de quien sabe habrá de hacerse perdonar su diferencia y será, temprano o tarde, blanco de esas vagas agresividades segregadas durante la forzada cohabitación de los desplazamientos, jirones de reproche que buscan, como nubes de polvo, posarse sobre el ser distinto, independiente, solitario y obviamente experimentado en el recorrido de mundos y de lenguas. Las mujeres son particularmente feroces en el ataque contra alguien que se mantiene en igualdad de intereses y nivel intelectual con los hombres, que posee, por mucho que guarde silencio, una experiencia que escapa por completo a sus vidas, que pone con breve e insoportable contundencia en tela de juicio la modosa discreción de las observaciones, la erradicación minuciosa y sonriente de los juicios de valor, el acolchado reducto que les recubre durante su desplazamiento pluricultural. Las cónyuges ejercen a fondo como tales, en un lote que incluye la orgullosa e incondicional defensa de las afirmaciones de sus hombres y la agresiva desconfianza ancestral respecto a la hembra sola que osa refutarlos, discute en su propio terreno y que además, ¡oh infamia!, habla idiomas más y mejor que ellos, se entiende con indígenas y guías y no muestra el menor interés por las conversaciones sobre los impuestos hispánicos y su repercusión en la economía catalana, por el folklore local y por las compras. La viajera busca refugio, como siempre, en el alivio del cielo y la distancia, en las dimensiones del mundo, que instantáneamente minimizan la bulla febril de los humanos. Bajo el avión, el oasis despliega cuadrículas e hileras de arbustos que tienen el verde tierno de la seda.

Khiva. Las murallas son en rampa, macizas, con pocos huecos y durante siglos está claro que limitaron prácticamente con la nada, que cercaron inusitados y jugosos racimos de vida y que las hogueras en la cima de los minaretes guiaron en su recorrido nocturno a las caravanas que capeaban el océano mineral. El ocaso delinea con tinta de sombra el dentado de sus almenas, los puestos de defensa y vigilancia que marcan simetría y vuelven más rojizo su material. Hay en la sencillez de los espesos muros cierto alivio respecto a la profusión de decorados, la masa de azulejos, conos, cenefas, ojivas que se aprieta en el recinto de la ciudad antigua. Cubiertas a placer de dibujos, las torres cónicas compiten en altura, en bandas de repetidos turquesa, añil, blanco, celeste, verde, y contrastan con paramentos horizontales y fachadas hendidas por arcos de puntas ambiciosas. Hubo los yacimientos de cobalto, la resistencia del ladrillo, la arquitectura de Persia, de Grecia y de Bizancio, pero sobre todo hubo el genio de la creación del conjunto, de la síntesis de geometría, azul, verticalidad y amplios planos sobre un fondo. Todo es religioso, y lo que no, como los zaquizamíes de los comerciantes, resulta simple apéndice de templos y madrasas, adherencias de la gran escuela central. Es una fábrica de fe erizada de chimeneas que exhalan dogmas y llamadas a la oración por las elevaciones tubulares revestidas de azulejos, un bello conjunto que fue centro teológico del Asia Central. Y sin embargo las madrasas no siempre se dedicaron a Dios solo; junto a ellas pensó en el siglo IX los logaritmos y el álgebra Al Khorezmi, afirmó en el XI Al Biruni que la Tierra giraba en torno al Sol, escribió su coetáneo Ibn Sina, el Avicena de los cristianos, el más famoso canon de medicina de la Edad Media además de interpretar a Aristóteles y buscar la curación del alma. Compartían época con Firdusi, el gran poeta épico persa, que compone el “Shah Nama”, el Libro de los Reyes de lo que entonces era el extenso imperio iraní con el que sin duda sueñan los líderes de la actual teocracia, y con Omar Khayam, que cantó en el “Rubaiyat” el gozo de vivir y las delicias del vino y hubiera sido ciertamente carne de condena de los ayatollahs. La estatua melancólica del matemático medita ante una de las puertas y se inclina sobre dos niños bien vivos que comen fruta y se orinan en el lateral. Las hermosas figuras de bronce remiten a otro tiempo, se elevan solitarias sobre un mar de mil años de, no ya estancamiento, sino retroceso a la moral, hecha Estado, de feroces representantes del dios único en la tierra. Son huellas de un amanecer fallido, que se redujo a juegos de corte y a floraciones, como la andaluza, al socaire de la lejanía y del contacto europeo. Bajo las estatuas de estos hombres reflexivos se extiende el mar de sumisiones que comienzan por el comportamiento visible y ritual de los individuos y el control minucioso de la vida privada. Pero aquí los afables dioses de viajeros y comercio hablan de otras cosas, de una era de intercambio y tolerancia, de curiosidad y trueque de ideas y de objetos. Aunque sólo queden incógnitas de futuro y monumentos, como Khiva, cuya preservación se debe a la laboriosa reconstrucción soviética, que ha dado nuevo esplendor a este rompecabezas de rombos y triángulos. Se siente ante él el inevitable impacto admirativo del volumen y la línea, pero la viajera desconfía del dios geométrico, de su pureza a la que asquea la evocación de la figura humana, y se refugia en las escasas curvas y diminutas flores que escapan, en su modestia, a la prohibición artística de representar seres vivos.

El éxtasis es sencillo: Basta con situarse frente a una de estas superficies azules, estilizadas, infinitas en la prolijidad de su laberinto, para sentirse ante alguna de las entradas al paraíso, hundirse en el fondo refrescante de la pura belleza, olvidar el ardor y el barro que quedan atrás y entrar por el mihrab seductor que, bajo las sencillas invocaciones, baña en seguridad, frescura y sombra, acaricia los ojos resecos, asegura el acceso al edén. Un café cercano, un atrio recoleto, con varias columnas adelgazadas en su base y reposando, de puntillas, sobre un pie blanco labrado con svásticas, un apacible zócalo propio para sentarse palpando la suavidad de los chales que recuerdan en su trama a la de los azulejos, ofrecen edenes más cercanos, desgranan la rutina tranquila de la vida simple y despiertan la inevitable querencia de un retiro hecho de placeres inmediatos y sumisión, gozoso como un pájaro en la amplitud de su jaula de estilizados pilares que imitan los troncos de palmeras y las columnas multicolores. Y próxima, abierta a todos los azules, la puerta del Jardín.

Pero la viajera sabe que es otro espejismo, aquél, tan grato, que identificaría Bondad y Belleza. “Estoy en la tierra de la inocente, pero ilimitada, crueldad, entre los sufíes y la decisión del poder que sólo se justifica por sí mismo, entre la mística etérea y los ojos arrancados, sin término medio, sin apelación a la justicia de los hombres, sin recurso a la bondad mezclada de indignación y organizada en rebelión más tarde. Estoy en territorios donde no sólo se arrasaron edificios y quemaron libros sino que se extirpó de raíz derecho civil, ética, individualismo, filosofía.” Lo supo con Tamerlán y Gengis. Lo había comprobado mucho antes pero de forma ocasional, limitada. Aquí, en esta zona del mundo y de la historia, se encuentra, tras el mundo azul y la armonía, las sabias disposiciones y el refinamiento de los que encargaron y los que dispusieron edificios y azulejos, con una crueldad persistente, secular, erigida en norma y mandamiento, como aquellos reinos diabólicos dignos de las ficciones de Borges y las de Lovecraft, que se hubieran creado y gestionaran, con una eficacia notable en el discurrir de la vida cotidiana, bajo la égida de un ser maligno. En esta isla con su acantilado de murallas, erizada de faros en medio del pedregoso oleaje del más tórrido de los desiertos, el Karakum, se vivió hasta ayer, hasta el siglo XX, del mercado de esclavos, y en ella imperaron khanes e imanes del fanatismo más sombrío y el despotismo más atroz. Hay, respecto a otros lugares, una llamativa diferencia de duración, extensión y grado. Esa diferencia (tan cara al partidario de unificar cronológica y espacialmente las manifestaciones del mal y por lo tanto no condenar ni combatir ninguna excepto las occidentales) lo es todo. Inquisiciones, degollinas, arbitrariedad, sometimiento, sadismo no son excepciones ni fenómenos propios de ciertas épocas sino que conforman la materia fundamental y permanente del edificio. Vlad Tepes el Empalador, vulgo Drácula, y Elizabeth Bathory se difuminarían, en estas latitudes, en el anonimato reiterativo de la secular rutina. Los hermosos minaretes que marcan hoy un espacio aséptico de puro nítido y monumental se emplearon para lanzar gente al vacío. Los pilares del gobierno consistían en la tortura y las ejecuciones sumarias. Las mujeres que habían osado hablar con un hombre que no era su marido eran enterradas hasta el torso y aplastadas a golpes. Las crónicas ofrecen ejemplos edificantes, como el del khan que, para castigar a los que incumplían su prohibición del alcohol y el tabaco, hacia rajar la boca hasta las orejas, obteniendo una permanente sonrisa que podría atraer hoy quizás el interés metodológico de algunos de nuestros gobernantes europeos, incansables en la beatitud garantizada, el estiramiento labial y la imposición de la vida saludable. El gran visir Islom Huja, que intentó introducir escuelas, teléfonos y luz eléctrica, es una patética excepción y, naturalmente, fue asesinado por el khan y el clero, que se oponían ferozmente a cambio alguno y que, de vivir un siglo más tarde, hubieran contado con el apoyo de amplios sectores europeos deseosos de denunciar el imperialismo cultural y las abominaciones del colonialismo. Aquí relata el viajero húngaro Vambéry cómo, en 1863, el verdugo iba sacando los ojos a ocho ancianos y limpiando cada vez el cuchillo en sus barbas, y el capitán Muraviev, enviado para intentar liberar a los esclavos rusos, narra cómo el empalamiento era para el khan la forma de matar preferida, de manera que se disfrutara de las largas agonías de los condenados, que podían durar vivos, ensartados en el palo, más de cuarenta y ocho horas. Al tiempo, se elevaban hermosos edificios cubiertos de tejas resplandecientes y de alabanzas a la misericordia de Alá y de su regia sombra, el khan, en la tierra. Desde hace siglos, con sólo excepciones que confirman la regla, no ha habido sociedad civil, ha ido en progresiva disminución su tejido en las zonas del Islam, nada existe entre las surahs que cubren los muros y el despotismo de los comendadores de los creyentes, la plaza pública no tiene cabida en tales urbanismos, no hay espacio sino para el dédalo de callejas y el palacio, la mezquita y el zoco.

Es el horror de Conrad, pero tan estético…Tan blindado por el temor de un Occidente que se anticipa al chantaje del miedo y esconde, deforma, calla la historia y ofrece continuos tributos de autoflagelación y sometimiento. Nadie habla en Europa sino de Dakar, del tráfico de negros obra del hombre blanco. Nada se cuenta de que Khiva era el mayor mercado de esclavos de Asia Central, que en eso, más que en el frágil y vaporoso material de la seda, estuvo fundada su riqueza, y que defendió el negocio, con ropajes de independencia, por todos los medios de la traición y de la fuerza. En ella se apiñaban para su venta millares de persas, rusos, kurdos, africanos, mongoles, caucásicos. Si por la opinión actual europea fuera, quizá todavía estarían ahí, el uso en vigor, para disfrute de cámaras y botín visual de regreso a esos países civilizados donde se ha borrado de los libros de historia y de los textos escolares la magnitud de tal comercio

Un turista español de un pequeño grupo al que, irremisiblemente, la sucesión de sellos en el pasaporte no logra hacer cosmopolita colecciona países. Lleva ya ciento setenta y dos, y los recorre con la metódica pericia del que domina el modo de empleo y ha paseado por todos ellos el impecable atuendo del discreto explorador y las maneras ecuménicas de quien precisa reunir, en la misma mesa, al grupo durante comidas de aire bondadosamente evangélico. La media docena comulga en la eucaristía de la nueva secta viajera de la aceptación impasible de los usos y los ritos, en la sacralización del apelativo costumbre que veta al observador (so pena de racismo, centralismo, imperialismo y otras excomuniones) el libre ejercicio del criterio individual, el uso de la expresión espontánea, el empleo de la percepción directa, su derecho al ejercicio del raciocinio y a la precisión de los vocablos, la afirmación de juicios de valor, el simple recurso, sin censuras, a la constatación objetiva y a la inteligencia. El vademécum del viajero profesional, del usuario del desplazamiento rentable, halla en la bondad indiferenciada de todas las costumbres, en la tibieza de buen tono y el programado y selectivo entusiasmo una fuente segura de satisfacciones que rentabilizan su desplazamiento, aseguran ricas cosechas visuales y se coronan con gastronomía, sedas, orfebrería y alfombras. Es habitual que tan exquisito respeto étnico alterne con la crítica acerba del aspecto físico de los ejemplares de la estirpe europea (obesidad, vestimenta, vejez, torpeza, glotonería) y la reiteración de la perversidad, fuente de todos los males, de los usos occidentales y, por encima de todo, de la del imperialismo norteamericano. La secta es feroz con los que empañan la tersa superficie de la preceptiva alabanza, con los disidentes foramontanos y hechos a las largas rutas, aquéllos que ven opresión, sordidez, violencia o atraso en el envés del colorido tapiz. Entonces el nuevo clero laico organiza sesiones de crítica, destila desaprobación litúrgica, e incluso, en sus miembros de fenotipo energúmeno-violento y adicto al terrorismo verbal, recurre a los mantras de imperialista, reaccionario, fascista y nazi. La viajera está familiarizada con el cliché, cuya fotocopia, en colores más apagados, ha encontrado incluso en la Antártida, donde la majestad del paisaje no impidieron a un sujeto del clan cubrirla de paralelos improperios (falangista, franquista) por haber rechazado su afirmación, expresada sin venir a cuento y en alta voz ante los témpanos, de que era sabido que José María Aznar había intentado en marzo del 2004 dar un golpe de estado. Hay en esta difusa-y rentable-tribu una necesidad de fichaje que lleva indefectiblemente, y por extemporáneo que resulte, a funcionar por mecanismos de repetición automática.

En este caso, el espécimen típico de matón de la secta politically correct (como diría la nunca bastante llorada, por lo necesaria e insustituible, Oriana Fallaci) forma tándem con una pareja que ríe las gracias del diario oficioso del terrorismo vasco Gara y exhibe, conjuntada en atuendo y en ideas, brillantes y llamativas prendas desde luego no pensadas para fundirse con las amplias masas, pero sí fieles al preceptivo uniforme de inconformista revolucionario y provocador. Los nativos objeto de la visita para degustación de las diferentes culturas miran de soslayo educadamente (los nativos suelen por doquier haber conservado la educación que han declarado superflua los hijos de la abundancia asistida) y sin duda se deleitan con la visión de camisetas que aspiran a semáforo y muestran a las sufridas musulmanas ombligo, pecho y hombros. Completan el disfraz la aspiración a melena leonina y el empleo vociferante de la agresión acústica, que se traduce en cubrir de insultos e improperios a la viajera, la cual ha cometido las herejías imperdonables de alabar a Winston Churchill y al papel de Estados Unidos y Gran Bretaña en la II Guerra Mundial, decir que el desarrollo de la economía española y el progreso de la clase media comenzó en los años sesenta, mencionar que el español es la tercera lengua mundial y afirmar que los sistemas comunistas han sido, por su duración y extensión, la mayor causa de ruina y muertes del siglo XX. En las veladas (de las que ella escapa apenas acabado el postre) las conversaciones giran, no en torno a la excitación de lo descubierto sino sobre la trastienda de la cocina política española, las exenciones e impuestos autonómicos, la gastronomía y el anecdotario de personajes sin lustre. De diversas formas, los comensales pertenecen a la acomodada clase del nuevo régimen, les unen la defensa a ultranza de la liturgia escénica progresista y del parasitismo social e integran en su discurso, como una segunda naturaleza, la provechosa mecánica del pensamiento inocuo.

La luz quieta, intemporal, del cielo sin la menor nube marca los blancos y azules, naranja y oro de la mezquita junto al palacio, cerca de la cárcel en la que se exhiben ingeniosas torturas, como encerrar al condenado en un saco de gatos salvajes; junto a la antigua ceca, donde se muestran billetes impresos en seda. Y, de nuevo, nada hay, hubo entre la suavidad, el brillo y el color de las materias y el amasijo de vidas polvorientas, entre las agasajadas y cubiertas de oro, las inclinadas sobre la húmeda tierra del oasis, reducidas a ritos de sumisión y buena suerte e imbuidas de la omnipotencia del dios único cuyas órdenes concisas multiplican los muros de los edificios.

La viajera quisiera pisar ese espacio civil intermedio, ahora sin duda existente, frágil, leve, irregular, pero existente, y quisiera ver a muchos andando por él.

De nuevo la ruta, y el bucle del tiempo, que cicatriza las heridas sin sanarlas proporcionando una sensación evanescente de transitoriedad de las cosas, de parpadeo entre dos inexistencias, mientras el Amu Darya busca, sin apenas ya encontrarlo, el desecado Mar de Aral, y la historia se mide en miles de años de poblaciones pasajeras, de asentamientos neolíticos y restos de fortalezas al lado de los cuales cuanto hoy vemos carece de pátina, es el capricho de recién llegados. Khorezm fue alguna vez el reino del delta, controló las aguas, hizo frente con verdor al inmediato desierto, a ese sol que persigue al viajero hasta morir bajo el horizonte, cuya ascua se quisiera apagar echándole agua con un cubo. Se habla de un pozo descubierto por uno de los hijos de Noé, de asentamientos de hace seis mil años. Y quedan, bruscamente, la frente orgullosa sobre la arena, grandes murallas y viviendas excavadas en la roca, y en ellas, a veces, como un milagro, la belleza frágil de restos de frescos y esculturas que hablan de cuanto destruyeron, no el desierto ni el tiempo, sino las invasiones y los hombres.

 

¡Ashgabad, Ashgabad!

Abrazados por el desierto, por el calor, por el olvido, han quedado al margen de las rutas y de la rudimentaria carretera los pocos edificios supervivientes de la antaño orgullosa Konye Urgench. Sólo un puñado de grandes, hermosas calaveras de mausoleos, con fachada rectangular y arco en forma de manos unidas. Sin duda, en las noches de viento, se habla de lamentos fantasmagóricos, de los miles de habitantes, masacrados por Gengis Khan en el siglo XIII, cuyos huesos ahora forman parte de montículos y dunas, de la sombra de una ciudad que, para rendirla, precisó que el caudillo mongol la inundara desviando el curso de un río. De tanto estrago sobrevive a veces, por su altura, la complicada ecuación multicolor del mosaico de una cúpula, el minarete con pretensiones de eternidad, la vieja aspiración de Babel a la torre más elevada aquí tan insistente, la superstición en forma de montículo de ladrillos contra el cual se frotan las desposadas para obtener fertilidad.

Ahora hemos retrocedido mucho más que en el anterior país, desde el que bajamos por el sur hacia tierras turcomenas. Es la China de los cincuenta, y de antes, el atraso intemporal, idéntico del uno al otro confín del planeta en los sistemas socialistas. Soldados, penuria, cortes de electricidad que sin duda dejan durante horas sin energía por igual a los ordenadores (¿los hay realmente o son carcasas) de las oficinas de emigración y a los hospitales. Ahí están todos los aditamentos: el Presidente, la consigna, la carencia más absoluta, el total desdén burocrático, las letrinas infectas, los uzbecos que hacen pequeño comercio en vituallas y aguardan sentados al sol, las mujeres con sus pañuelos, camisones y batas. Aquí están los militares prepotentes, bien trajeados y bien nutridos, la desconfianza y las prohibiciones que convierten la cámara de fotos en objeto de alto riesgo. Tres horas en la frontera de Turkmenistán. Más allá se supone que se extiende un país tipo Corea del Norte, de partido único, culto a la personalidad, y rapacidad sin límites por parte del clan del Líder, que acumula fondos en bancos europeos mientras su gente languidece en un vago y raído limbo. Más acá los turistas para quienes tales factores son simplemente fruto, no del sistema, de la herencia histórica y de sus ladrones concretos, sino del malvado capitalismo foráneo, que permite el blanqueo de fondos. De esta forma se niegan post mortem el efecto soviético y el despotismo autóctono.

La guía, joven, dulce y amable, enseña la foto de sus dos hijas, de seis y ocho años, cuenta cómo su marido la abandonó porque no le daba varones, explica sus ilusiones de salir del país para estudiar inglés, y volver, puesto que los hijos se quedarían con sus padres, los cuales siempre la apoyaron. El repudio es típicamente islámico pero la indumentaria que viste no refleja represión. Las mujeres más mayores, ambos lados de la carretera, lucen pañoletas y cierta pesadez de ropa en serie y telas espesas. Las carreteras son, serán, una red tan pobre como jalonada de vigilancia, esperas y exigencias burocráticas. Se suceden detenciones, formularios, prohibición de fotografías. Todo es estratégico excepto los monumentos históricos. Especialmente sacra e intocable es la imagen, sin embargo ubicuamente reproducida, del Líder, quien gusta de ser llamado Turkmenbashi, es decir, Líder de los Turcomenos.

En Turkmenistán se han juntado cuatro letales ingredientes: comunismo soviético, despotismo oriental, feudalismos medievales y religión islámica. Difícilmente se podría encontrar peor cóctel. La pobreza y sordidez supera incluso las expectativas, pero nada comparable al contraste entre la vaciedad del territorio circundante y el oasis artificial, resplandeciente, encastrado entre “Las Arenas Negras”, que eso significa Karakum, y las secas montañas de Kopet. La capital es de un horror que sobrepasa cuanto razonablemente se espera, porque se sitúa más allá del dictador bananero y el capricho estalinista. Es la maqueta del nuevo Berlín de Hitler, la Metrópolis de Fritz Lang, fascismo en estado puro, mármol y alicatado hasta el techo. ¡Ashgabat! Un espejismo brutal rodeado de la nada, de llanuras y montañas minerales sin rastro de verdor ni de gracia, circundada por los algodonales herencia de la planificación soviética y por rutas paupérrimas que unen poblaciones de aspecto igualmente mortecino. ¡Pero Ashgabat! Su nombre está en perfecta correspondencia con el contenido. Viene del árabe “Ciudad del amor” y, nada más saber la traducción, la viajera se pregunta de cuántas ejecuciones públicas habrá sido escenario. Pertenece sin lugar a dudas a esa topografía orwelliana marcada por el Ministerio de la Paz, el de la Belleza y la Ginebra de la Victoria. Frente al balcón del hotel gira con lentitud, en el más alto pináculo de la ciudad, una estatua de oro macizo, del Líder Máximo, de manera que siempre se sitúe de cara al sol. Corona un oasis de mármoles y jardines, de estanques, jaspes, bóvedas resplandecientes y doradas cúpulas que se elevan sobre torres, columnas, avenidas regias, fachadas monumentales, hoteles que reproducen, desdibujados por la desmesura del empeño, modelos clásicos. La capital toda es el extenso palacio del Presidente. Al fondo, el Sendero de la Salud, la escalinata tallada en los flancos de la montaña para el rito anual en el que funcionarios y ministros efectúan la larga, obligatoria y saludable marcha, de varios kilómetros, hasta la cima, donde son recibidos por el Líder, que ha sido trasladado allí en helicóptero (Las dictaduras suelen generalmente sentir gran entusiasmo por la reglamentación de la salud de sus súbditos, y esto no se detiene en la física; se complementa con el Rukhnama o Libro Del Alma, recopilación de las reflexiones de Turkmenbashi sobre historia, cultura y espiritualidad). Más allá del espejismo urbano, en todas direcciones suciedad, carencia de los servicios más elementales. El gas y el petróleo, descubiertos en los años sesenta, pagan con creces este lujo megalómano y sobra para acumular en bancos extranjeros. Hay el futuro oleoducto bajo el Mar Caspio. Las mafias rusas son cercanos y muy interesados clientes, así como Irán, pero muy poco fiables socios.

Desde su decorado irreal con menos aspecto de ciudad que de fastuoso mausoleo el clan presidencial acumula, sopesa, delira y reina sobre su abrasado reino de cinco millones de habitantes. Llegada la noche, las luces-iguales, blancas, vainilla, todas derramándose sobre superficies de perfecta blancura-ahuyentan la belleza intangible de las estrellas. No se apagan, perfilan las laderas vecinas, y sugieren una navidad extraña. La veleta de la imagen del Líder sigue dando vueltas y las figuras humanas son sólo puntos sobre una maqueta de rectángulos, cilindros, triángulos y semiesferas. La noche oculta, piadosa, los tapices, carteles, mosaicos, murales, frescos que reproducen a la familia del Presidente, a su gloriosa madre con la pesada medalla de oro (del tamaño de un plato sopero) con la imagen del Hijo colgada del pecho. No existen, en las horas nocturnas, las mujeres envueltas en trapos de pies a cabeza, que barren absurdamente los bordes de la autopista que lleva hasta el aeropuerto.

Lo que parece esta noche árbol navideño plantado en un secarral vio pasar a los medos y a los partos, a los generales de Alejandro, más a un enjambre de tribus nómadas y hambrientas de dominio que caían como la langosta sobre los cultivadores de los oasis y los sometían a leyes de esclavitud y hierro. Fueron mongoles, uzbecos, árabes, turcos. Aquí se cruzaron comerciantes y piratas del mar de tierra, floreció la trata de esclavos, y hoy existe un dictador que, ¡todavía!, es observado con irónica condescendencia por cuantos, según el credo del moderno zoroastrismo, profesan que no hay sino un principio del Mal, representado por Estados Unidos y la vaga nación de “los poderosos”, y un Bien en tiempos encarnado en el comunismo, ahora en los “Pueblos y Clases Oprimidos” y que espera a su Mahdi. Mientras, se practican la gastronomía y el turismo.

Sale el sol, al que siguen en su curso los ojos tallados en oro, como el resto, de la estatua del Turkmenbashi. Otras reproducciones de sus avatares adornan plazas y avenidas, en metal semejante y, según se desciende, en materiales semipreciosos, que se reducirán a los banales bronce, ladrillo y yeso cuando se deje la capital. Quizás la más significativa sea la que le muestra infante, también dorado, sobre un toro negro: un monumento conmemorativo de su milagrosa supervivencia, para bien de la posteridad y de sus súbditos, al terremoto de la bíblica dimensión de 9 en la escala Richter que, en 1948, sepultó a su madre y hermanos, y acabó con dos tercios de la población. Niyazov, que así se llama el modelo de tan infinitas reproducciones, vive la soledad del líder y, para la eternidad, el idilio con su madre muerta. Su esposa, rusa, reside en Israel con su hija, y el hijo en Estados Unidos, desde donde viene a veces a ver a papá. El Presidente, huérfano de padre desde niño, criado en un orfanato y en la Unión Soviética, resultó el burócrata adecuado para gestionar una de las artificiales repúblicas centroasiáticas y después uno de los no menos artificiales países a que dio lugar la desaparición de la URSS y el acceso, en 1991, a una independencia acogida con muy escaso entusiasmo.

Sí, es de nuevo China, las grandes superficies, las avenidas con tráfico escaso, coches perdidos entre los márgenes de lejanas aceras. La imitación maoísta tiene mucho de ocasional e improvisado al albur de las conveniencias. Ya no se enseña el ruso, pero éste es aún indispensable lingua franca cuyo dominio selecciona estratos de población, status y empleos. Se añade una hora de alemán a la semana, y dos de inglés. La Revolución Cultural ha sido también imitada en el pequeño formato propio de las circunstancias, a causa de la distancia sideral entre este esbozo, apenas cuajado, de país y la densidad temporal y espacial de la civilización que sirvió de gigantesca probeta a Mao. Aquí la literatura que existía ha sido prestamente destruida y han desaparecido la mayor parte de los espectáculos, puesto que cine, ballet, teatro y música se consideraban impregnados de contaminación extranjera contraria a los valores nacionales turcomanos. Las obras completas del Presidente son la lectura general, y el temario preceptivo de escuela, universidad y funcionariado. En todo caso ésta sería una China temperada por la pequeñez y las ambiciones modernistas de la maqueta, en la que se suceden palacios de funcionarios y de empresas, presididos por el Versalles fastuoso del Ministerio del Petróleo y la Energía. El lujo de Ashgabat, la acumulación de ángulos, aristas, frontones, capiteles, piedras semipreciosas importadas de Italia y pórticos inmensos tachonados de águilas no ha generado belleza. Quizás sólo los egipcios consiguieron unir la monumentalidad a la proporción y a la gracia. Estas formas inspiran temor, el de los espacios de Piranesi, propicios a aplastar a las minúsculas figuras que pasean su desazón por escalinatas sin salida. La belleza del fascismo, la del estalinismo (son la misma), es inexistente, sólo puede engañar al torpe, a aquél cuya ignorancia conformista le predispone a ser engañado, a encontrar forzosamente (para justificar el desplazamiento y la alta idea que sobre la apreciación de culturas tiene de sí mismo) hermosura en la cantidad, el precio y el peso. La fealdad de Ashgabad es de un especial orden, casi metafísica, equidistante de la opresión y del miedo. En el Museo de Historia resulta gigantesca y extrema. Columnas de granito rojo se elevan hasta vertiginosas alturas. Las palabras Paz y Neutralidad, sobre todo esta última, alcanzan su mayor grado de prostitución. La arquitectura también refleja a los actuales amigos, y mecenas, del régimen. Son, a escasos kilómetros de la capital, el fundamentalista Irán, el peor y más cercano de los socios posibles, con quien se comercia y busca apoyo, y la teocracia saudí. El museo exhibe primero grandes salas dedicadas en exclusiva al Presidente, su familia, pasado, libros, condecoraciones, medallas y votos de apoyo del noventa y nueve por ciento de la población. Luego, es posible examinar lo que el desierto ha ido dejando de sus naufragios, muestras de civilizaciones perdidas, puñados de extraños objetos, como los ritones de marfil, las vasijas en forma de cuerno usadas por los seguidores de Zoroastro, quien implantara en el siglo VII a. de C. aquella religión de justicia y de llamas, de elementos puros y divinidad inasequible. Un culto extenso y al tiempo secreto, sumergido bajo profetas e invasiones pero aún vivo en comunidades y lugares apartados.

A la viajera la fascina Zoroastro, el rostro remoto que se dibuja a la imprecisa luz del alba del pensamiento como preludio de las grandes religiones. También fueron estas tierras, desde Afganistán y desde Irán, suyas, y en un lejano lugar de Turkmenistán oriental, Gonur, un infatigable arqueólogo greco-ruso, Sarianidi, excava lo que podría ser la capital de una civilización tan antigua como grande que se distinguió como sede del zoroastrismo, y devuelve a la luz los templos y las vasijas en las que se preparaban drogas rituales. El que en persa llamaron Zaratustra atrae como los ecos de un pasado remoto y siempre turbiamente percibido, resuena con los acordes de Richard Strauss dedicados a su nombre, retiene en el Avesta, semejante a las nieblas persistentes de una montaña lejana, la fuerza neta de su credo, el poder de un Bien y un Mal en lucha constante en un universo donde, al fin, triunfará la Luz y Ahura Mazda reinará, con sus ahuras, sobre los hombres y Ahriman se hundirá, con sus espíritus perversos, los devas, en las tinieblas definitivas. Poco queda de los adoradores del fuego, de Nissa, la capital de los partos, rival en otro tiempo de los romanos y arrasada hasta los cimientos por los mongoles: Los muros reconstruidos, la planta adivinada desde una altura, y la imaginación.

Y, al lado de estas esquirlas de eternidad, el simulacro. En reñida competencia con el Sumo Hacedor, el Presidente ha elevado una mezquita gigante, que se observa a lo lejos como un gran complejo petroquímico de tubos y domos. En el camino, un donativo de Arabia Saudí, que coloca, a cambio de influencia y concesiones, sus fondos en forma de orfanatos-escuela desde los que se vierte sobre los alumnos una más que probable ración de fundamentalismo desde el minarete cercano. La mezquita desea, y logra, ser la más grande aunque con cuidado de que no alcance la altura de la dorada estatua presidencial. Está destinada a mausoleo, y en la cripta ya reposan, en sarcófagos de rica piedra tallada, los progenitores de Turkmenbashi, y le espera el que ha de albergar sus restos y proclamar su memoria.[2] Allí están sus obras literarias (lectura oficial casi única del país) y los relatos y grabados que transmitirán su gloria a las generaciones futuras. Cada metro de suelo y paredes es repasado y pulido de manera que el conjunto tenga esa inhóspita asepsia ajena a la humanidad y el tiempo.

El Museo de Tapices, que parece una universidad de alfombras mágicas, es más humano. No por la arquitectura, sino por la blanda modestia de los materiales, aunque las haya inmensas o de sedas preciosas. Su naturaleza dúctil, sin embargo, las libra de los horrores del oro y del mármol, de forma que, salvados los inevitables tejidos dedicados a reproducir rostros y efemérides de Turkmenbashi y su clan, se entra en un sabio mundo de colores e hilos que expresan las almas de artífices y poseedores y hablan el lenguaje de los nómadas, la desconocida historia de las manos que, centímetro a centímetro, daban a luz insospechados rectángulos de realidad. Como un cuadro, se podría adorar perdidamente uno de aquellos tapices, compartir con él las horas, acariciarlo y unirlo a la propia existencia de la que es reflejo, crónica y prolongación.

Los viajeros aman el desierto como se ama el mar, como se ama la muerte en su pureza, en su vacío; aman su orgullo y su peligro, la convicción de que nadie los posee porque nada ofrecen y, por lo tanto, la libertad en ellos es infinita, la soledad garantizada. Caravanas, oasis, ruinas son aditamentos externos a la esencia de tales lugares, sólo influidos por el tiempo geológico y su inconcebible lentitud. Tras el mármol de Ashgabad existe lo que constituye el noventa por ciento de Turkmenistán, la sustancia básica de éstos que no son países, que crearon ayer nombres y banderas, pero que se reducen en su historia a cabalgadas, puntos de agua, expansiones y, de repente, bajo la arena, gas y petróleo, y un torbellino de riquezas que, como los genios, les transporta a finales de un siglo XX del que quieren las delicias pero rechazan pagar el precio. Turkmenistán es medio millón de kilómetros cuadrados, un puñado de millones de habitantes y un khan empeñado en gozar de público y construirse monumentos a sí mismo.

No ha sido el único. Sólo su mezcla de estalinismo y gigantomaquia islamizada lo es. Pero él pertenece a una larga serie de dirigentes que quisieron ser Alejandro, que supieron desde muy antaño de la grandeza de su estela, y envidiaron perdidamente la gloria del héroe muerto en la plenitud del mito y de la juventud. De un siglo a otro planea el gran recuerdo. Pero sólo alcanzaban a imitar la forma, retazos de conquistas, obtención de servidumbres, edificios fastuosos mas dispersos, sin otra finalidad que cantar la gloria de su dios y de su dueño. Les faltó la sustancia, el alimento intelectual que a él había nutrido, la idea libremente compartida por los hombres que seguían al macedonio. Luego aquellos jefes fueron embarcados en el Gran Juego, el de Gran Bretaña y Rusia, que buscaban seguridad, comercio y fronteras, se dieron de bruces con el siglo XX cuando el Ejército Rojo llegó hasta lo que era el confín extremo de su avance, giraron vertiginosamente en la ruleta en la que ha transformado el petróleo a Asia Central, llamada a ser casino de un segundo Gran Juego del que es imposible evadirse. Los jefes locales no eran, nunca fueron, inocentes. Mientras pudieron, mataron e hicieron esclavos. Después adoraron la fuerza, establecieron comercio, firmaron pactos. Las poblaciones fueron desplazadas como peones y reasentadas en sitos alejados e inverosímiles, mientras cubrían los campos extensiones interminables de cultivo del algodón, que aún sitúa al país entre los primeros exportadores, y se desecaban con las sangrías los ríos y el Mar de Aral. En alguna parte del desierto, en cierto lugar llamado Darvaza, se levantan las yurtas de los nómadas, a las que ilumina por las noches el incansable cráter de fuego de los yacimientos de gas hallados por los soviéticos, una antorcha vigilante y estéril que aguarda el fin del Gran Juego, mientras en la yurta y en algún despacho de la ciudad se sueña en el cambio que transformará la zona en algo como un lugar llamado Kuwait.

La burocracia necesita justificar su existencia, establecer controles de carretera infinitos, disponer permisos, formularios y pases que transformen el territorio semivacío en una red de sellos, firmas y extorsiones legales. Tal es la naturaleza del sistema y sus semejantes. Con la opresión se convive como con las enfermedades crónicas, y no hay dictadura que no pueda ser aceptada por la blanda masa humana en la que se incrusta. Los sistemas socialistas y sus adláteres son siempre partidos deseosos de crear ministerios, monumentos y centros de estudio, a ser posible de la Neutralidad, la Paz, la Igualdad y el Entendimiento Universal. Son viveros de sociedades anónimas, de equipos que confiscan, con las muchas manos de un cuerpo sin cabeza, el fruto de las clases productoras y reparten algunos diezmos entre la clientela estéril que les conviene les sea fiel. Practican la religión de los nombres abstractos, en la que se incluye un panteón de virtudes que les permite imponer su culto y sus ritos y abrumar de prohibiciones y culpabilidades a los súbditos que no muestran el suficiente entusiasmo en practicarlas. Por paradójico que parezca, este presidente de Turkmenistán que es como una gran careta sobre el reciente invento del lugar como país no carece de homólogos en las lejanas democracias, pequeños aspirantes al pódium de la bondad evangélica y la afabilidad cósmica, presidentes ocasionales que sueñan con minorías agradecidas, redimidos criminales y apoteosis final en la que, como en los retablos religiosos, la grandeza de su alma sea reconocida por las miríadas de oprimidos que yacían, antes de su advenimiento, olvidados por la Historia. Son líderes que ciertamente envidian esos grandes edificios que producen en cadena Civismo, Gozo, Salud y Amor. Con la perspectiva que dan unos miles de kilómetros, la viajera no tiene la menor dificultad en evocar, a través de estas grandes carátulas, a la pequeña del presidente de su propio país, empeñado en establecer la Felicidad compulsiva a base de empinarse sobre la piña de tribus codiciosas que son su único sustento. Le imagina sin esfuerzo soñando con la biografía de Niyazov, al que sin duda desconoce por completo, y envidiando esa dimensión intermedia entre el Gran Oriente, Lenin y la Diosa Razón desde la que se divisan El Hombre Nuevo y la Nueva Sociedad, ambos con superficies tan blancas y lisas como la del mármol.

Desde la distancia que va poniendo el vehículo entre los mármoles y las ruinas al este, en el desierto, Ashgabat-Metrópolis pierde algo de su horror primero, aunque adquiere una crueldad multiplicada por cada seca hectárea que se cruza. Sapamurat Niyazov ofrece ahora un perfil más propicio al desdén y a la sonrisa que al espanto, su afán excita conmiseración, que no compasión, en la viajera porque, pese a la vistosidad arquitectónica de sus pretensiones, no hay en él ni una décima de la peligrosidad aguda y real de los anteriores y presentes dictadores en los que se inspira y a los que envidia. Ciertamente ha eliminado y aprisionado a sus enemigos, borrado del mapa la menor libertad, diseñado a su capricho la rica satrapía que el destino le ha otorgado por azares de la suerte, robado a los cinco millones de habitantes la prosperidad y dejado tras de sí la ruina; pero no fosas comunes, amenazas nucleares y museos de torturas. No existe común medida entre él y los millones de muertos que alfombran las carreras de Mao Tse-tung, Stalin, Hitler o los khmer rojos, su peligrosidad en nada es comparable a la de la sacra dictadura iraní, la barbarie fundamentalista o el recurso al genocidio. La megalomanía de Niyazov, con todos sus oros y sus jaspes, no pasa de la caricatura e incluso sirve para desviar la atención de monstruos más resbaladizos y miméticos; pertenece a la pretensión del nuevo rico y el exhibicionismo de la prima donna. Debió sin duda de parecerle providencial el terremoto que le dejaba solo sobre el panorama laminado de una capital donde todo estaba por rehacer. Era el ideal de Nerón y el de los profetas políticos, rencorosos de cuanto otros han construido y ansiosos de la general limpia y el comienzo a partir de la nada. Cuando llega su momento, Niyazov es inefable. Cambia los nombres de los meses: enero, para no pecar de modestia, se llamará Turkmenbashi; febrero De La Bandera; abril Ine, el de su madre; septiembre Rukhname, su libro; octubre Independencia; diciembre Neutralidad. También se bautizan los días de la semana: lunes El Principal; martes De Los Jóvenes; miércoles Favorable; jueves Bendito; viernes Anna (se conserva el antiguo); sábado De La Espiritualidad; domingo De Descanso. Su afán, muy socialista, de disponer sobre la salud y la moral de sus súbditos, situó fuera de la ley las radios de los automóviles porque, como el ballet, la música grabada y el teatro, difunde negativas influencias externas. Su revolución cultural, fiel al Mao que prohibió Mozart, extrema la profilaxis en los jóvenes, a los que no se permiten barbas ni melena y a quienes se ceba con doctrina sociopolítica en el estilo inconfundible practicado en Occidente por cualquiera, dentro de lo que le permiten sus márgenes, de los aprendices de brujo del dirigismo ciudadano. El sátrapa comulga, con sus pares en pequeño formato, en el gusto por la mezcla de soberbia y angélica humildad, jaleada por el clan de ministros en cada reunión de Gobierno. A ninguno de sus proyectos le falta el aplauso, y éstos están a la altura de las circunstancias, porque ¿qué más adecuado que construir un palacio del hielo y un gigantesco acuario en el desierto circundante? ¿Acaso no posee Turkestán las mayores reservas de gas natural del mundo y no se han pagado los emiratos del Golfo Pérsico edenes de aire acondicionado y lujo que reposan entre la esterilidad de las dunas y la salobre extensión del mar?.

Incluso los oasis parecen tristes cuando se sigue la ruta hacia el este, donde se suceden desierto y algodonales de un tono gris que cubren grandes superficies. Merv, visitada con un calor que podría rondar los cincuenta grados, evoca lo que quizás pudo haber sido esta parte de Asia. Figura entre los lugares nombrados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad pero en realidad es una vastísima extensión patrimonio del desconsuelo, un cofre de arena que guarda el trazado de ciudades completas, de casas, calles y templos reflejados en la superficie tan sólo por los farallones brutales de lo que fue palacio o fortaleza. Era Margiana cuando llegó Alejandro, y una urbe cosmopolita y vibrante en la que, bajo el poder de los persas, discutían y convivían cristianos, zoroastrianos y budistas. En la Alta Edad Media iban, venían y se detenían siempre en ella las caravanas de la Ruta de la Seda y era llamada Reina del Mundo. Todo acabó con la rapidez propia aquí de las catástrofes, en una fecha precisa, 1221, a manos de Tolui, hijo de Gengis Khan. Con eficacia sorprendente dados los métodos artesanales, el príncipe se esmeró en la matanza; a cada soldado le correspondía un cupo de varios cientos de ciudadanos que pasar a cuchillo y la empresa se realizó en dos etapas, de forma que en la segunda se fuese rematando a los supervivientes que salían de sus escondites. Los mongoles asesinaron quizás a un millón de personas; apreciable hito incluso para la Horda Dorada. Finalizada la tarea, se completó el trabajo con la destrucción sistemática de la ciudad. Ahora se levantan las ruinas de los qalat, los castillos, sobre las rojizas colinas, y los restos de una stupa marcan el punto más occidental de la expansión del budismo, que se dice incluso adoptaron los mongoles por influencia de los grandes lamas eruditos Sakya Pandhita y Pagpa, preceptores respectivamente del hijo de Gengis y de su nieto Kubilai, como si al dominio del todo faltara siempre el lujo espiritual de la renunciación y de la nada. Los muros de algunas de éstas construcciones tienen algo estremecedor, insólito e inhumano por su espesor y altura y por la forma vertical de la acumulación de materia que se diría modelada por dedos de titanes, sin que ofrezca apenas aberturas hacia el exterior. Podría ser una de las terribles ciudades de Borges, habitada por seres ajenos al común linaje de los hombres. Y son el monumento de los constructores a su propia muerte.

Esa terrible impresión de imperios rotos, de civilizaciones que, como el curso de un gran río, en cierto momento cambiaron de cauce, fluyeron en la mala dirección o se hundieron en la tierra…Ver, con los adobes, desmoronarse ante los ojos el mito del Progreso y saber que las hay en el sentido luminoso y en el oscuro, como quizás previeron los seguidores de Zoroastro, civilizaciones diabólicas que aceptaron como norma la crueldad y se embarcaron en la regresión hacia épocas de fuerza, sometimiento y miedo. Que hubo otros grupos de gentes que intentaron vidas mejores. Y que, dentro de todas ellas, como en un fractal matemático, están los individuos, ensayando caminos, opciones que conforman luego un siniestro o un avanzado sistema.

Llega un instante en el que se huye de Merv y de Gonur, de las apacibles tertulias de arqueólogos, visitantes y estudiosos, un momento en el que es preciso dar la espalda al pasado cuando éste impone su realidad y planea como una marea de sangre que la viajera distingue, en una extraña doblez del tiempo. Al otro lado, en los nuevos barrios y bajo una nomenclatura y formas que durarán tan poco como el reparto del oro de las estatuas, se quiere vivir a lo moderno. Las  fachadas de Ashgabat, inmuebles de apartamentos, están erizadas de orejas parabólicas, cada balcón exhibe la suya, en todos los pisos y alturas, en un espectáculo jamás visto en urbe alguna, con la avidez de pólipos que desde la cueva de coral-en este caso mármol-persiguen las moléculas comunicativas arrastradas por el aire. El fenómeno es casi tan llamativo como la iconografía del Presidente que también se adhiere a los paneles laterales de los edificios. Hay algo ahí fuera, con múltiples escuchas aquí dentro, tantas como súbditos del último califa de los creyentes producto de religiones laicas que son fruto de la época y alimento de su peculiar clero. La Ruta Negra, la de las oscuras venas del petróleo, no tendrá nunca el aura romántica de la Ruta de la Seda, pero es su versión actual y de ella depende el trazado de los próximos mapas. En el pedregoso mar de soledades, los oleoductos que se lanzan finalmente en el mar Caspio son puentes entre un puñado de ciudades y sus extremos engarzan pintorescas satrapías, lugares llamados, por su juventud y por el ansia deseosa de cambio que irregularmente muestran, a integrarse en el mundo moderno.

Por las pocas carreteras, circulan, como por una delicada balanza, los camiones que elegirán como destino, sea Irán, sea los países del noroeste.

 

El grado cero del homo sapiens

 

Las mujeres de los museos son tristes. Tras el cristal de las vitrinas, su tristeza va más allá de la apesadumbrada e impasible expresión habitual del rostro de los maniquíes. La viajera recuerda, no ha olvidado nunca a pesar de los años transcurridos, la aflicción-desoladora, desolada-marcada en los rostros de las grandes muñecas que servían, en el museo de una pequeña ciudad turca, para exhibir ropas regionales. Allí todavía tenían rostro. Aquí vestidos y alhajas han sido dispuestos sobre el aire o sobre un relleno invisible, porque los diversos objetos acaban recubriendo cada centímetro del ser cuya superficie se supone ejerce de soporte. Las explicaciones, breves, anecdóticas, son seguidas con tibia atención por el grupo visitante, y se pasa a la sala siguiente, que exhibe piezas atractivas, escudos, espadas y flechas. Se ha repetido-se repite siempre-el fenómeno: Hay algo espantoso, que a nadie importa, que goza de la mejor impunidad: la de lo cotidiano.

En el Museo de Historia de Mary una planta está dedicada a la antropología local. El edificio es de fealdad gigantesca y extrema, sus columnas de granito rojo se elevan hasta cimas vertiginosas y las palabras paz y neutralidad, ubicuamente repetidas, alcanzan su más alto grado de prostitución. Primero se extienden vastas salas dedicadas en exclusiva al Presidente, su familia, pasado, libros, condecoraciones, votos de apoyo del noventa y nueve por ciento de la población. Luego, cualquier espectador aún dotado de la capacidad del asombro primigenio y de la sana franqueza de la inocencia hubiera debido prorrumpir en gritos de indignación y extrañeza ante los objetos que ilustran los usos y costumbres a través de la vestidura de las mujeres, pero no hay conmoción alguna, sino la educada mirada aséptica con la que suele el gastrónomo del variado folklore mundial observar la infamia. Llegados a estas vitrinas, que llegan a su vez, en plena vigencia, al siglo XXI y exhiben, sin saberlo, el grado cero de lo que por persona se entiende, se dan explicaciones sobre vestiduras y muy pesadas y prolijas joyas que delimitan lo que, en el interior, podría adivinarse como un ser humano. Pero no hay tal, encierran la oscuridad y el vacío, reflejan la situación social de unos entes que no existen sino en función de las tareas que en cada etapa de sus vidas se les asignan, que viven privados de la luz, el aire, la visión y la comunicación con sus semejantes desde la adolescencia hasta la tumba, a los que se cubre con estos ajuares que en realidad nunca les pertenecen, sino que marcan el haber de los dueños, la cantidad de descendientes y las señas de pertenencia del que los porta, y de los que se los despoja cuando han dejado de ser útiles y productivos. Son las mujeres, y no hay en el mundo seres más despreciados, animalizados y envilecidos que las de esta vasta región que va de los territorios turcos hasta Arabia y sus aledaños. No existe, ni puede haber existido, raza de esclavos reducida a condición tan miserable como la de estos millones de hembras privadas del sol, del viento y de la voz. En el museo la ironía alcanza notables cotas cuando se explica que la pesada joyería recuerda a las piezas de la armadura y a su pasado de amazonas. Abrumadas de metales y de telas, sin poder dirigir la palabra sino a su marido ni observar el mundo extramuros excepto, en ocasiones, por la ranura que velos y redecillas dejan, su entidad es adivinada desde el exterior por el número, colores y formas de lo que en cada etapa lucen: el rojo de las jóvenes, el amarillo de la madurez fértil y, por último, la blanca túnica de la vejez, carente de adornos y sin las joyas, que ya se le han retirado para reincorporarlas al patrimonio familiar, de manera que sirvan para cubrir a la joven hembra siguiente en las ocasiones en que el prestigio del clan exige que se la exhiba con las gualdrapas de paseo.

Son simple soporte, máquina de utilidades precisas, sin la menor concesión, por breve que esta sea, al deseo, la iniciativa, la satisfacción personales. Aquí (Afganistán, Pakistán, las tribus, los emiratos) ella no existe como entidad propia. Su naturaleza, si se separa de la voluntad y el dominio de los varones y del clan en el que se halla, es el vacío, acertadamente representado dentro de las fronteras de la indumentaria que en la vitrina se muestra. La Mujer es Nadie como Ulises, pero la antítesis del Ulises dotado de la libre disponibilidad del mar y de los derroteros de su exilio. Ella es ceguera y silencio. Tanto en la representación como en el vivo tejido social se alcanza la expresión cumplida de un grado de inhumanidad sin parangón en otras latitudes, pero tácitamente aceptado en éstas por indígenas y por foráneos. Se trata de una bestialidad alhajada, de corteza de brocados, metal y joyas que nada encierra y, por ello, muestra la peor de las aberraciones: El grado cero del homo sapiens, la negación completa a una clase de personas de la condición humana, de forma permanente, secular y tan preservada de denuncias como las catástrofes naturales. Porque no hay asombro, ni rechazo, sino la simple constatación del entomólogo sobre los hábitos de las hormigas o la morfología-¿de género?-del escarabajo.

En el pequeño grupo de extranjeros que se desliza de panel en panel y sala en sala no se dan, jamás muestras, ni siquiera en la intimidad de tertulias a salvo de oídos extraños, de la reflexión o de la sana ironía que hoy parecen cielos perdidos. En cambio son intelectualmente, bienvenidas toda evocación a mundos secretos de sensualidad, insinuación erótica, dominio intramuros en el que esos seres sin rostro ni nombre serían reinas de un reino cuyos misterios apenas pueden ser supuestos por la tosquedad del occidental y son, en cualquier caso, de imposible comprensión por la lejanía de su origen y su profunda riqueza. La viajera sin embargo no cree en fronteras que impidan el vuelo del pensamiento ni admite traiciones a la escueta e insobornable desnudez de los datos y la evidencia. Pero sabe que el más leve juicio crítico despertará oleajes de animosidad en la tersa superficie bienpensante de la tranquila observación preceptiva. Sin embargo jamás renuncia al tenaz apego a la verdad de las cosas. Observa, una vez más, que el Islam ha producido la más asfixiante, humillante e impune segregación que se conoce sobre millones de seres de la especie, constata hasta el hastío que sus fronteras son, infaliblemente, las de la ignorancia y la agresión y que éstas sólo disminuyen cuando aquéllas se ven penetradas por fuerzas externas que (no fue precisamente el caso de los mongoles) implantan valores de igualdad y de progreso. Entre los que la rodean nada de esto importa ni se dice.

Es curioso, curioso simplemente. Frente a las vitrinas, y a veces frente a los seres vivos que éstas reproducen, nunca hay comentarios. Sólo una leve curiosidad zoológica, potenciada por las modas que prescriben educada aceptación de cualquier diferencia. Si se tapizara la estancia de orejas cortadas al servicio doméstico porque tal fuera el uso de la zona, o, por la misma razón, de cabezas de recién nacidos primogénitos en reivindicación de las raíces culturales fenicias, la reacción sería igualmente nula, tal vez un discreto desagrado. Coleccionistas de fronteras, impermeables e insensibles al espanto, siguen desfilando, como lo hicieran otrora por la Unión Soviética de gulags y miedo, frente a una realidad de la que se trilla estrictamente lo favorable al bagaje propio y a las exigencias de la fotografía. Con una diferencia respecto a sus predecesores: la virulencia en la defensa de una tribu, de cuyas consignas reciben la gratificante seguridad del sentimiento de pertenencia al clan, que no viene a ser actualmente en realidad sino el gran parásito generado por las sociedades desarrolladas. El pequeño grupo de españoles al que observa la viajera ofrecen un impecable espécimen de muestreo: Del franco energúmeno pura caricatura de sí mismo a los catalanes que se aseguran del máximo aprovechamiento de los hitos del programa pasando por el coro femenino de apoyo a los líderes y uso invariable de los clichés de la secta que impregna en España mayoritariamente el mundo de la comunicación, en todos ellos se da el interesante espectáculo de la muelle componenda con aberraciones, la ceguera selectiva frente a la crudeza de la realidad y, sin embargo, el uso de las tácticas de aislamiento y rechazo y el recurso al terrorismo verbal contra el elemento disidente.

Esto proporciona cierta materia de reflexión complementaria, pero la preocupación de la viajera es otra. Se sitúa en el campo que se extiende en torno a las vitrinas, desborda los museos y anega las montañas y los campos. Porque a esos invasores rusos que ocasionaron catástrofes, descoyuntaron la tradicional agricultura y desplazaron poblaciones como ovejas se debe también el hecho, insólito y sin parangón en estas latitudes, de que en las antiguas repúblicas soviéticas el índice de alfabetización alcance el noventa y siete por ciento, también en las mujeres, antes mantenidas al margen de cualquier tipo de educación. Sumado el dato a la instalación de sanidad, carreteras y códigos legales igualitarios, se llega a la vieja reflexión de que lo mejor es enemigo de lo bueno y de que, en lugares de tales y tan lamentables condiciones, el invasor puede ser preferible a la situación preexistente. La Tribu Benéfica que, a manera de Sanedrín, marca opinión, dogmas y normas para las nuevas iglesias de Occidente querría dejar al tiempo geológico la evolución de la biosfera y observar, desde sus márgenes, como quien dedica el paseo dominical al avistamiento de ciervos en el protegido bosque cercano, la curiosa reiteración de ajenos hábitos.

No transcurre todo esto en esferas de inocencia etérea y de pura especulación intelectual. Simplemente nada conviene más a quien quiere hacer negocios rápidos, disfrutar de situaciones, asegurarse contratas y evitarse problemas que alabar al sátrapa, ignorar discretamente las cotidianas y concretas tropelías y adscribirse a vagos, pero incuestionables, idearios que se aplican a lindes espacio-temporales remotas y ocultan, con grandes decorados de Paz, Solidaridad y Amor universales, la concreta realidad circundante. Es el credo y la metodología de una casta de nuevos beneficiarios de la fortuna que se apoyan por igual en los fáciles entendimientos, sobornos y negocios con dictaduras y, por otra parte, en la base de clientes que se han creado, a los que proporcionan bienes gratuitos esquilmados del trabajo de otros y de los que exigen profesión de fidelidad y apoyo al vago credo de la nueva religión laica. La República Popular China, nombre orwelliano donde los haya, es, en esto, maestra y va cubriendo afanosamente África de una red de implantaciones comerciales por completo ajena a ninguna consideración moral y tan sólo atenta a procurarse de los con frecuencia caóticos y siempre autocráticos países un suministro abundante de petróleo. África es su Oriente Medio, del que están firmemente dispuestos a bombear energía barata en una política semejante a la que durante el maoísmo se llevó a cabo con la idea de crear, contra Europa y Norteamérica, una Tricontinental. Cara al siglo XXI, el vasto clan de millonarios que constituye hoy por hoy la clase dirigente del Partido Comunista Chino dispone de ventajas imbatibles por su perfecta falta de escrúpulos y la descarnada y exclusiva consideración de sólo los propios intereses; una ventaja que se agranda por días ante la debilidad europea y su incapacidad de defender valores y de ofrecer fiabilidad a quien todavía se presta a defenderlos, que son en la práctica únicamente Gran Bretaña, Estados Unidos y, por su pasado reciente, que no todavía por sus recursos, los antiguos Países del Este.

Es perceptible que estas naciones son tan artificiales como las africanas, pero se hallan en el centro de comunicaciones de la energía. Sin la formación de gobiernos fiables, que no vasallos, en este nuevo Oriente Medio, se encontrarán Europa toda, y los habitantes mismos del lugar que tienen más aspiraciones a civilizada clase media, con una constelación de dictaduras despóticas aderezadas de verbología comunista y nacionalista, imitadoras del reino nuclear con sede en Teherán. Si el Viejo Continente no se sacude el blando sopor de la rendición indefinida, va a su pérdida, estará asediado, dependiente y esclavo de estados sin la menor idea ni intención de serlo de Derecho, sistemas feroces, ajenos al respeto a los individuos y a los tratados, al ejercicio de la razón y a las constituciones democráticas.

 

El camino de Bujara

 Levantar la vista, encontrarse en el camino, que ofrece la gran liberación del puro movimiento, y no divisar sino distancia. Ésta es la recompensa y el viático del viajero, degustar el pan de la incertidumbre con el alivio intenso de que no se le exige meta ni compañía. La ruta se dirige hacia la frontera de Uzbekistán. El territorio es semidesértico, sin cultivo aparente y de extrema pobreza, con rebaños de vacas, camellos y cabras. Se trata, sin embargo, del sudeste, donde el comercio con Irán circula. Por la nueva carretera construida al efecto pasan camiones, escasos; también hay depósitos de combustible, unos pocos complejos industriales e innumerables puestos de control. Los retratos del Líder son abundantes, como las estatuas, aunque aquí sólo con una capa de pintura mezclada con purpurina o imitación bronce.

Se entra en el desierto de Karakum, tras alejarse de la bifurcación de Mary, en la cual hay una mala carretera y otra buena, hecha con este fin hace cinco años, para uso de los trailers que van a Irán. Aparece un poblado de kazakos con rebaños y casas, no yurtas. El paso de fronteras, concretamente dejar Turkmenistán, supone horas, una decena de requerimientos de enseñar el pasaporte y largas caminatas a pleno sol, amén de una espera indefinida (es tiempo del almuerzo de los guardias) a la sombra escasa de los camiones. El lugar, frente a la verja, es de absoluta desolación e inexistencia de paredes, colinas o árboles que ofrezcan mínimo dosel a la verticalidad del mediodía. La viajera se ha decidido por el estrecho abrigo que procura la proyección de la cabina. Van sentándose a su alrededor, en cuclillas, varios chóferes. La pulcra señora suiza que en principio también se había instalado en el mismo sitio, considera la indignidad de situación y compañía y se reúne con el grupo que espera al sol. La viajera permanece, escucha, habla con los camioneros en inglés y a veces incluso chapurreo de árabe. La evidente codicia con la que mira sus piernas y su escote uno de ellos, muy flaco y kurdo, le recuerda, por una parte, que aún es una mujer, y por otra que turcos y árabes no se distinguen por la exigencia respecto a sus objetos sexuales y vierten libido incluso sobre hembras de edades provectas. Naturalmente el chófer escuálido, reducido a puro espermatozoide, le pregunta con los ojos brillantes si va sola y por su marido e hijos. Pero luego la conversación se generaliza porque, mientras que los camioneros turcos afirman la democracia del sistema de su país frente a dictaduras como Irán y otras de la zona, el kurdo considera que no hay tal en el este de Turquía en lo que a sus compatriotas respecta. A la viajera no le disgusta esta gente. Como los marineros, tienen el aire libre de las grandes travesías, ofrecen solidaridad e intercambian relatos, van con su albergue, hablan con la sinceridad del que sólo cuenta consigo mismo y se mueven, como ella, con la franca entrega de quien hace su puerto de cada parada del camino.

La prepotencia militar es proporcional a la precariedad de las instalaciones, y existe un indudable placer por parte de los señores del registro y el sello en impedir que los vehículos transporten equipajes por la ancha y calcinada franja de tierra de nadie, en la que coches particulares se entregan a un activo mercado negro de divisas. Naturalmente el celo burocrático es paralelo a la activísima corrupción y la abrumadora ineficacia. Los viajeros se encuentran confrontados, con sus bultos, a una extensión de sendero arenoso carente del menor refugio contra la furia solar. Al final está la otra frontera, hacia la que se dirige, arrastrando cuerpo y equipaje, como un camello torpe y sin grandes posibilidades al que falta incluso la solidaridad de la manada. Uzbekistán parece sorprendentemente avanzado y liberal en contraste con el Gran Hermano y la ciudad de monolitos de mármol que se deja atrás. Es un alivio no ver retratos del Presidente. Incluso es otra la expresión de las caras, y más cortas las faldas de las féminas.

Aquí, en medio de la Ruta de la Seda, sobre esta plataforma de Asia Central, se distribuían, a un lado y a otro, cristal de colores, plumas de avestruz, oro, plata, vino, fruta, especias, gasas. En el silencio podría oírse el oleaje de sonidos, la confluencia de las lenguas como grandes ríos que, desde diversos orígenes, en los Urales, en el Cáucaso, en las montañas de Altai, en las tribus semitas y en las indoeuropeas, chocan y se arremolinan en este duro corazón que, limitado por cordilleras, extiende su cuenco entre Europa y el Extremo Oriente. Se planea por lo que al comienzo del primer milenio fue un mercado enorme, movible, sinuoso, cuyos extremos se sustentaban en ciudades que en otro tiempo rebosaron bullicio y prosperidad. Merv, Samarcanda, Bujara pertenecen a ese triángulo del reposo y del trueque en circunstancias en las que el dinero no tenía sentido, y se clavan como el fiel de una balanza entre Siria y China. Pero no hubo sólo objetos. Bajo la tierra y la violencia, las ruinas son, además de piedras y de adobes, fragmentos del insólito y feraz mosaico a que dieron lugar el viaje, la curiosidad, el interés, la fe y el comercio. Chamanes y taoístas, judíos y cristianos, seguidores de Buda y de Zoroastro habitaron aquí pared con pared, leyeron y escribieron en diversas lenguas, trabajaron, cantaron, pintaron y construyeron con tonos, técnicas y formas que podían venir de los griegos, de los tibetanos y de los hindúes. Y desaparecieron con el credo de Arabia y los mongoles, dejando en los labios la sensación de que otro mundo pudo, pudo ser posible. Tras desvanecerse ellos como el agua tragada por la arena, el irredento impulso de no renunciar a paraísos quiere ver en la red actual de carreteras y conductos de petróleo un resurgir de la vía mítica, y quizás incluso algunos albergan en el más profundo reducto de sus corazones una esperanza de que la vitalidad de la población joven y el afable dios del comercio se impongan a los nuevos sátrapas y vayan diluyendo barbarie y fanatismo hasta permitir que afloren cauces y convivencias perdidos. Pero también existe en los últimos recovecos del espíritu una muy razonable desconfianza, y el temor a que la nueva Ruta se marque un día con fuego y no con seda.

Parece hoy como si ese Islam, superpuesto e impuesto sobre poblaciones en nada árabes pero llevadas por la identificación con el más fuerte, estallara por las costuras, como si turcos, eslavos y asiáticos pugnaran por vivir otras vidas. Sin saber exactamente todavía hacia dónde volver, en su búsqueda de modelos, el rostro. ¿Y si…..? ¿Si la amenaza, la virulencia del terrorismo, el estrago y la plaga de las bombas, el culto a la muerte, el chantaje a la civilización y los suicidas no fueran sino los estertores, letales, provistos de dinero y carne de cañón juvenil, de la bancarrota de la Umma, la Gran Madre Islámica, la mitología del Imperio Musulmán y del Mahdi? ¿Si todo fuera, no el comienzo, sino el fin agónico de una aristocracia árabe que, instalada en su origen por la fuerza, exhibida ante la multitud de grupos dispersos y de poblaciones asentadas como modelo y casta superior, provista de su libro sagrado y de su Meca, apuntala ferozmente sus muros contra el embate de la modernidad, la razón y las libertades?

El coro del grupo turístico entona, sin voz que desafine, el mantra de la tranquila transición que, respetuosa de los usos y costumbres autóctonos, prescribe para la población de las regiones visitadas códigos semejantes a los del avistamiento a respetuosa distancia de los patos salvajes, y ora, junto con agencias turísticas y estudiosos de la etnología, para que ningún elemento exógeno influya en la película tridimensional que transcurre ante sus ojos. Lejos de sentirse herida, la sensibilidad de la viajera sin embargo se complace con las chispas de rebelión cotidianas como en su día se regocijó de la disidencia respecto al paraíso socialista de muchos de sus forzados habitantes. Está segura de que todas las evidencias desmienten la temerosa prudencia de los que descartan rápidos cambios a mejor de estas sociedades y defienden procesos de geológica lentitud educativa. La historia reciente muestra, por el contrario, que las mutaciones se producen con rapidez o en absoluto, y que la generalización del proceso va a un ritmo vertiginoso no exento de riesgos regresivos. Ritmo que finalmente depende de la protección que el Gobierno y el Derecho ofrecen, o no, a los más indefensos ante el imperio desnudo de la agresión y de la fuerza.

E juebes, que fueron veinte días del dicho mes de noviembre, llegaron a una grand ciudat que ha nombre Bohar, la cual ciudat está en un llano, e era cercada de una cerca de tapias de tierra, e avía unas cavas muy fondas, llenas de agua; e al un cabo d’ella avía un castillo que era otrosí de tapia de tierra. E en aquella tierra no ay piedras para que puedan fazer cerca ni muro. E junto al castillo, pasava un río.…..cuyas aguas, de diversas formas, siempre diferentes y las mismas, continúan alimentando el oasis de Zeravshan donde se asienta Bujara, la Bohar rica en pan, vino y carne sobre la que cayó mucha nieve cuando el embajador ante Tamorlán de Enrique III de Castilla, Ruy González de Clavijo, pasó por ella recién comenzado el siglo XV.

Bujara. Madrasas y mezquitas, cúpulas y fachadas, todo bañado en el azul sufí. Delicadeza y, sin embargo, extrema crueldad de los khanes, reyezuelos que inventaban torturas caprichosas y almacenaban en sus palacios niños como juguetes sexuales. Es la misma incógnita de siempre: la coexistencia entre la sensibilidad estética y musical (véase los nazis alemanes degustadores de Bach y creadores de orquestas en los campos de concentración) y la inhumanidad, la primorosa barbarie de un Nerón con los ojos arrasados de lágrimas por una rima y el paladar estragado por el olor a carne quemada de la gente de Roma. Es un pasado reciente. Nadie lo diría; ni hay voz discordante que lo mencione. Ahora lo contempla un vasto club de degustadores de países y platos regionales, de rostros y de zocos en los que adquirir barato, barato, innumerables alfombras y cerámicas. Nada puede ni debe turbar su disfrute, el despliegue de manjares que el mundo les ofrece, el mosaico, cuanto más variado mejor, con el que esperan distraerse, servirse, en donde regalan caramelos a los niños y muestran su perfecta comprensión absteniéndose de observaciones negativas.

Aquí se repiten las mismas viejas escenas del mundo árabe, el hambre atrasada de los grupos de hombres cuando miran, tenga la edad que tenga, a una mujer sola, la ambivalencia del deseo de formas de vida libres y prósperas y la hostilidad contra cambios que implican una tensión, un riesgo, una soledad y una independencia que este apartheid es incapaz de asumir, la ola imparable del ansia de vivir. Los niños se suben, y posan mientras les hacen fotografías, a la estatua de Nasruddin, el chistoso sufí que aparece en cuentos innumerables. Las niñas, tocadas desde la infancia con el pañuelo contemplan en silencio el puesto de los helados. Por la noche, propios y extraños se reúnen alrededor del estanque, de sus viejas moreras centenarias y de sus jóvenes árboles verdes. Rodean el rectángulo de agua las espléndidas fachadas, siempre albergue de arcos que unen las puntas de sus dedos en la altura y a los que la curva de las cúpulas y el cuerpo cilíndrico de los minaretes ofrece su contraste y da el contrapunto de la verticalidad. En el agua se reflejan las mesas de bebidas y las luces, los dorados panes y la brevedad de los atardeceres. Otro lateral limita con las callejuelas del barrio antiguo, en las que se esconde todavía una sinagoga y se ofrecen como alojamiento turístico casas cuyos muros son una filigrana de nichos de yeso y gráciles pinturas decorativas, moradas que conservan poderosas vigas marcadas con fechas y frases, que fueron hogar de judíos emigrados hace algunos años. Son estancias hechas para y vividas por generaciones, en las que perdura un sentimiento de continuidad y linaje allende perdido para siempre. Poco, nada queda de la mítica judería, de los extraños hebreos de Bujara que no hablaban hebreo A pocos metros de este corazón de la villa la ciudad se diluye en soportales y sombras, en pasillos del vacío zoco y escalinatas que dan acceso a nuevos paisajes cúbicos y desembocan en el gigantesco alminar que parece abrirse paso, con su porte de faro, hasta las estrellas. Es el mundo de la geometría. Impera el azul del paraíso, el añil, el índigo, el celeste y el turquesa. Y todo se olvida, incluso que la restauración del casco antiguo termina donde el haz de los focos, como un vasto decorado, y que más allá hay tinieblas, estrechez, arena y callejones inciertos por los que luces de linternas pasan como un susurro. Se olvida; para tenderse en el zócalo, palpar la piedra lisa y deslizar los ojos sobre la superficie impoluta de la gran plaza, limitada tan sólo por los edificios de soberbia arquitectura y por una bóveda nocturna que reproducen, en la configuración de sus astros, los dibujos, las fachadas. La belleza triunfa, de la historia, de sus hacedores, de la muerte.

Amanece sobre un país joven y afanoso, de comerciantes que se han lanzado con entusiasmo a organizar nuevas caravanas. En la zona hay oro, y uranio, que se procesa en Rusia, y se ha emprendido desde 1995 una política de turismo y apertura que, al parecer, comienza a dar frutos: Aumento de visitantes, pasarelas de moda, judíos que partieron a Israel y ahora regresan. Hay un fluir en Uzbekistán de dirección todavía indecisa, pero que es el de la vida.

Las murallas del casco antiguo albergan una almendra de edificios conservados y renovados con una minuciosidad escrupulosa, alternancias de huecos frescos, espesos muros, verticalidad, conos, vanos y ángulos. La cárcel-museo de los horrores ilustra sobre las diferentes formas de tortura y ajusticiamiento y exhibe el agujero colmado de alimañas donde se mantuvo durante tres años a los desdichados emisarios británicos Stoddart y Conolly hasta que el capricho del emir dispuso que cavaran sus propias tumbas y fueran decapitados. En el Ark, la fortaleza, existe un pequeño museo histórico que plasma, en sus presencias y ausencias, la imagen que los dirigentes esperan ver cada vez en el espejo. El nacionalismo es siempre un amante celoso, roído por la certidumbre de lo mucho que debe a presencias foráneas y empeñado en la interminable tarea de trillar y borrar el pasado. Han desaparecido de las salas las imágenes de las mujeres que, bajo la promesa de liberación de los soviéticos, se reunieron para quemar en la plaza pública sus velos. No bastaba la consigna ni sirve la buena intención para proteger al débil del fuerte: Al día siguiente fueron degolladas por padres, hermanos y maridos. Habían contemplado, durante un fugaz instante, el mundo exterior sin el marco de la rejilla y la tela, sin la penumbra de la gasa. Tuvieron sólo un día.

La cárcel, en el interior de las murallas, se continúa en su exterior con el lugar de ejecuciones, la plaza arenosa, que es lo que su nombre, Registán, significa, donde Stoddart y Conolly fueron ajusticiados tras esperar en vano, en una mazmorra llena de insectos, que la patria,  que los había enviado los rescatara. Pero para Gran Bretaña la ofensa, sus torturas y sus vidas no entraban en la estrategia del Gran Juego. Los dejó morir, y al sátrapa impune.

De no ser por la invasión bolchevique, se extendería en los flancos de la fortaleza una sucesión de depósitos de agua malsanos que provocaban hace cien años plagas endémicas y eran en buena parte responsables de una cortísima esperanza de vida. A los rusos se debe su purificación y drenaje, así como los sistemas de sanidad, educación y comunicaciones, palabras entonces abominables todas ellas para la satrapía local.

La hermosa casa-museo de un antiguo mercader de astracán alberga una de las fotografías más tristes del mundo: Desde los grises, blancos y negros en los que se adivina una tensión congelada, observa a los visitantes un pequeño grupo familiar de la primera mitad del siglo XX. Los allegados rodean al hombre, todavía joven, que ha sido condenado a muerte y al que el implacable paternalismo de los procesos políticos ha arrancado primero una confesión, después la aceptación de la condena, y a quien luego ha otorgado graciosamente el permiso para esta foto casi póstuma. Su historia se ramifica en miles de otras semejantes, de ilusión y de derrota, del maridaje trágico de los ideales y de las inevitables manos sucias con las que se intenta cambiar la indiferente masa de la realidad. Los rostros, serios, crispados, algunos femeninos, posan junto al que va a ser ajusticiado muy en breve. Su condena no procede esta vez del sátrapa local sino del de Moscú. Khujayev fue fusilado por Stalin en una de esas purgas tan regulares como la siega del trigo. En lo que fue la hermosa casa de su padre se exhiben sus escritos, objetos personales y recuerdos. Había estudiado en la URSS, ayudó a derrocar al emir Alim Khan, un viejo déspota aferrado al inmovilismo como dogma y al tradicionalismo cerril. Alim había impulsado a sus gentes a asesinar a todos los integrantes de una delegación rusa acogida antes con engaños. Finalmente el equivalente a los Jóvenes Turcos de la zona, aliados con los bolcheviques, derrocó al emir y Khujayev fue nombrado Presidente de la joven República. Se adivina en sus ojos la sorpresa que le esperaba cuando, al contemplar su país desde el Más Allá, se encontrara a sí mismo convertido, según rezan los escritos de algunos comentaristas occidentales, en un traidor al nacionalismo, a las esencias autóctonas representadas por el Khan enemigo de modernizaciones. Khujayev habita en el limbo de los que oscilan, según el consumidor, entre el Cielo de los defensores del progreso y el Infierno de los vendepatrias, en compañía de los afrancesados que preferían la abolición de la Inquisición y las ventajas de las Luces y se tropezaron con la rapaz crueldad de los ejércitos napoleónicos y el desdén de los guerrilleros aferrados a los valores del terruño. Es el limbo de quienes ni mataron lo suficiente para obtener la gloria de Gengis ni se envolvieron en las banderas de la religión y de las tribus.

Al otro extremo del tiempo, en un lugar hundido apartado, anterior a los azulejos y colores, se alza un edificio antiguo, del color uniforme del barro y la madera, alhajado sólo por la marquetería y las líneas de estrellas que se prolongan en triángulos interminables. Rezuma, a través de las reconstrucciones, una sensación de remoto pasado, de reciente aderezo bajo el cual se hunden sucesivos vestigios remotos hasta las raíces de la tierra. La fachada es un decorado de reconstrucciones, pero luego, ahondando en sus entrañas, se hallan otros templos, irreconocibles, aplastados, destruidos, santuarios de Zoroastro y de Buda, aras donde los judíos celebraron el sábado, cegadas criptas, todo ello cubierto por un culto a Mahoma que parece ahí una devoción en extremo joven y pretenciosa, con su despliegue de tapices que contrastan con el ocre uniforme de los muros.

El guía los ha llevado a visitar la parte más lujosa del cementerio. En el panorama extendido bajo sus flancos, los minaretes compiten en altura hasta alcanzar la que dejara al mismo Gengis Khan estupefacto. Pero sus dimensiones no significan necesariamente belleza y, tras el sentimiento abrumador que la masa produce, existe cierta reacción del intelecto que rechaza asimilar forzosamente logro estético con desmesura. El repetitivo uso de estas formas cónicas no deja de evocar chimeneas erigidas para esparcir el humo de la fe, mástiles de un único mensaje caracterizado por su monotonía. El guía, que lo es bueno, introduce con ritmo y precisión cronométrica las cuñas sociopolíticas de rigor. El desarrollo, y conclusión, de su discurso, una vez comenzado, son tan previsibles como el tránsito solar y corresponden a las normas del buen repetidor de consignas: Islam bueno, nada que ver con terroristas malos. Dios único para todos. Ideario de un místico que vivió en los siglos XI y XII cuya tumba está en el cementerio que se visita esa mañana. Coexistencia. Paz. En cuanto a la mujer, dada su debilidad, la poligamia se instauró con el fin de protegerla y porque morían muchos hombres en las guerras. Progreso (sin mentar de quién se compra, a quién se vende o con quién se alía uno). La visita al cementerio, de gente acaudalada e importante, incluye unos instantes de recogimiento y oración del conductor del grupo junto a la tumba del místico tolerante. En el rostro del guía, un hombre atractivo de mediana edad, se superponen, como en la historia, la astucia, la oportunidad, la inteligencia, los conocimientos y la percepción adaptable y sucesiva de los hechos. Es un mediterráneo de estos mares, un resultado de corrientes, despejado y pulido por las olas de distinto origen y decidido a llevar  hacia delante el barco de su vida personal en el más grande que el Estado representa.

El palacio del emir Alim Khan, al que a continuación conduce a su grupo de turistas, es el perfecto contrapunto frente a ese ideal que gravita, como un modelo platónico, sobre los musulmanes ansiosos de mitología, de califato perfecto y luminoso suspendido en los siglos dorados y que algún día debería volver. El edificio, en los alrededores de Bujara, es un kitsch construido por arquitectos rusos, empastelado por artesanos locales y convertido en museo. En la presunción, entre San Petersburgo y las Mil y Una Noches, se desfoga el horror vacui, y entonces se cubren los techos de un decorado espeso, opresivo, con volutas, flores, frutos y plantas. Allí se encendió la primera luz eléctrica del país, para iluminar muros que se caen por el peso de sus adornos y a los que sólo salva la presencia, en el jardín, del respiro del estanque cercano. Gran parte del recinto consiste en la cárcel de lujo que son los harenes-se habla de cuatrocientas esposas y concubinas-y el conjunto de cámaras privadas del khan, que, aquí como en la modesta casa campesina, separan los lugares de acceso del elemento masculino de los destinados al marido.

Las mujeres…Ellas seguían a quien les daba de comer y tenía la fuerza. Según sus amos se enriquecieron guardaron mejor el rebaño femenino. Dicen que en el siglo XIV les impusieron el velo espantoso, total, que cubre de gasa negra el rostro. Y a ellas sólo les quedó la sed de oro, para ser algo, para darse a sí mismas, a sus vidas, algún sentido y exhibir la dignidad reducida al peso del metal amarillo. Las viejas no son nada, y claramente se las trata como objetos ya despreciables. La viajera ha visto en la fortaleza como una de ellas, con sus gruesas gafas y su bastón, era ignorada por sus compañeros de grupo que visitaban el Ark. Los hombres ni la miraban, las mujeres apenas. Tanteaba, por la pendiente resbaladiza sin hallar el punto más bajo del escalón por el que corría riesgo de caer. La ayudó a descender. Los visitantes españoles, también presentes, se guardaron de hacer un gesto, porque la consigna es no interferir con los usos de la población local excepto para alabar, cuando la ocasión se presenta, los de la religión del país.

Indiferentes a su propia simbología, al cuadro de interior que ofrecen, dos guardan una de las estancias de la que fuera residencia del emir. Una, mayor, está sentada en la penumbra. La otra, joven se refleja en el alto espejo de los que tanto gustaban al dueño de la casa y mira el reloj con el gesto universal de los guardianes de los museos. Su compañera no mira nada. Ambas visten holgadas batas con manga hasta el codo y llevan el pelo recogido con un pañuelo de esa forma aséptica, anudada en la nuca, que simplemente lo elimina del roce de la vista y del aire. Es una habitación de paso, libre de kitsch, llena de la luz tamizada por las cortinas amarillas que descienden hasta un alfeizar en el apoya el codo la muchacha que observa la hora. Hay dos libros, que no se leen, junto al espejo, y un paso de los minutos y los días tan perceptible como el itinerario transcurrido y por transcurrir de ambas guardianas, el estático panorama de la vieja y el de la joven en su marco de cristal, muy cerca de la ventana, del espacio externo anunciado por la luz y diluido en los altos techos. En ninguna existe romanticismo ni especial belleza. Pero las dos están reunidas en un doblez especial del tiempo.

Ajenas a las estables féminas del país, surgen a veces gitanas rubias y nómadas, esbeltas, de ojos claros, el bebé en un brazo y en el otro un sahumerio que es su forma de ofrecer, con el humo de hierbas y bendiciones, compensación a quien les da limosna. El guía pone en guardia contra sus frecuentes robos y el turista español que ejerce de representante de la Bondad, el Socialismo y el Progreso se apresura a enunciar la irremediable consigna de que, aquí él no sabe, pero en España la delincuencia de estas gentes es fruto de la tradicional opresión que han sufrido. No deja, por ello, de palparse el bolso y la cámara. La gitana tiene el hermoso rostro de las adolescentes centroeuropeas que pasean sus telas de colores, sus pañuelos y manos tendidas por las calles de Madrid. En las ciudades de Uzbekistán otras, también de cabello pajizo, mayores, con distinto hábito y el triste aspecto del último peldaño de la escala que es la mujer vieja y pobre, se deslizan ofreciendo objetos de ínfima calidad entre las mesas de los restaurantes al aire libre. Los turistas de paso las ignoran con elegancia.

El palacio se prolonga en arriates, kioskos, pabellones, vallas que no eliminan, aunque temperan, la impresión de unas manos de atauriques y dorados pastosos rodeándote la garganta. Pero fuera, en la ciudad, están la pureza de las puertas y del atardecer rápido y oscuro, de los grandes muros en los que ahora ni siquiera el desaparecido color viene a interferir, con su frescura, con su irresistible azul y su intempestiva belleza, en la ambiciosa aspiración al absoluto, en el sueño de grandeza quemado por el sol y la monotonía, propagado por el fácil cauce de la unicidad y de la sumisión absolutas; un sueño de velocidad y viento. Ayer, en la noche, minarete dirigiendo con su alta luz a distantes caravanas del extenso desierto. Muralla, castillo, puerta en su marco rectangular de azulejos. Ayer la noche en la plaza, entre la madrasa y la mezquita, abstracciones que reflejan la substancia, hace tiempo desaparecida del fugaz, mejor momento del Islam, su sueño místico de llegar en un vuelo a las estrellas, de escapar a cualquier contingencia de la semejanza y la forma y ser línea, segmento, punto, triángulo, color encerrado en un espacio de fragmentos infinitos. Ninguna civilización apostó tan fuerte por el dios de la nada, por la anulación de historia y sugerencias para fundirse, sin paliativos, con el gran ser que exige la completa aniquilación individual, el total sometimiento. Nada hay en él, es incluso antagónico, del budismo compasivo ante el dolor y las frágiles pretensiones y apariencias que jalonan el camino a la liberación. Lo que vemos son las conchas de desaparecidos habitantes, de los pocos que, más allá de la ignorancia y de la sangre, quizás soñaron sueños nobles, tuvieron amplios pensamientos, y, como Firdusi, Avicena y su epílogo Ulug Bek, fueron aplastados por la ambición de una horda que no invocaba sino al Jefe. Y que necesitaba divisar sobre la arena colores del verdor y del agua, gajos de bóvedas abiertos y ofrecidos en su dureza de inmarcesible fruta, lento llanto de mocárabes derramado sobre las miserias de este mundo.

La viajera evoca de nuevo allá, en el recinto histórico, los logros de épocas anteriores, pero no encuentra en ellos reposo, e incluso la paz que prometen y pregonan de forma tan impositiva estos edificios se le hace angustioso e inquietante objeto de desconfianza. Son las hermosas conchas de un pasado de opresión y tiranía. La belleza gráfica ha hecho olvidar que los portales decorados están orlados de consignas que imponen noche y día su mandato. El tiempo y la graciosa, esbelta caligrafía ennoblecen lo que ha sido, multiplicado por cientos de muros de cientos de madrasas, un temprano fenómeno totalitario con todos los rasgos de tal: exigencia de ritos continuos (cinco oraciones diarias), profesiones de fe, anulación del otro (la yihad, guerra santa) inexistencia de sociedad civil, de sujetos de derecho. En un grado infinitamente más abrumador y reiterativo que el que registra la Historia en parte alguna. Sólo quizás semejante a los cultos laicos de las iglesias comunistas, como lo fue en su tiempo el de Mao y ahora, fragmentado pero existente, como el de las  sectas de la Paz y el Progresismo compulsivos.

La noche cubre, engañosa como toda pureza, esta perfección de la arquitectura. Tan bellas madrasas en las que, sin embargo, no se hizo durante siglos sino copiar y glosar. Los libros que se muestran, de los siglos XIX y XX, son copias fidedignas de antiguos volúmenes, o ejemplares modernos de geometría y matemáticas. Aquí no hubo la fiebre del saber amplio, no se ven en las vitrinas ni bibliotecas traducciones de Galileo, Spinoza o Newton. Los occidentales new age miran arrobados la multiplicación artística de plegarias, escuchan con inmenso respeto los rezos funerarios. Por supuesto, cualquier rito cristiano en sus países de origen les parecería digno de escarnio. De forma tan estricta como paralela, las feministas europeas se encrespan ante cuanto no corresponde al evangelio laico, pero callan ante la forma más abyecta de la segregación femenina. Y a la vuelta a sus casas hablan de esos, tan necesarios, paraísos perdidos.

 

Siempre Babel

 E otro día, viernes, levaron a los dichos embaxadores a ver unos grandes palacios qu’el Señor mandara fazer, que dezían que avía veinte años que labraran en ellos cada día; e aún oy en día labran en ellos muchos maestros.

E estos palazios avían una entrada luenga e una portada muy alta; e luego a la entrada, en la mano derecha, estavan arcos de ladrillo, eso mesmo a la mano siniestra, cubiertos de azulejos, fechos a muchos lazos.(…) por cuanto estas armas del sol e del león que estaba metido en el sol, son del señor de Samaricante. E las qu’el Tamurbeque tiene son tres letras redondas, así como oes,, fechos d’esta guisa: oes, que quiere decir que significava que era señor de las tres partes del mundo.[3]

Y no queda en Shakhrisabz, próxima ya de Samarcanda, sino las ruinas de un edificio desmesurado que debía ser más alto que ninguno, y que se derrumbó víctima de su propio éxito. Pero sí perduran las páginas en que Clavijo, fiel en todo, a su rey don Enrique de Castilla y a las más mínimas descripciones, pinta la gloria de estancias doradas y azules, cubiertas de alisares (azulejos), de metales preciosos y piedras nobles, maravillas que le merecen la admiración, pero no la embriaguez, propia de un austero castellano. El cual no sabía que estaba construyendo, con el frágil material del papel y de su pluma, monumentos menos perecederos que los que a su alrededor observaba.

Eran los albores del siglo XV, y de esta ciudad cuya plaza presencia un desfile inacabable de recién casados que vienen a hacerse la foto procedía la estirpe de Timur, el que llegó a los pies del Cáucaso, desbordó, en la agonía, hacia la India, asoló Oriente Medio y erigió capital, alhajada como una favorita y escaparate de su fasto, a la ciudad de Samarcanda. Se vio, y pretendió imponerse, como descendiente de Gengis, pero ya Clavijo oteó en él al jefe de un pequeño clan turco al que hicieron popular y fuerte sus robos y repartos. Hoy su estatua reina en el centro de esta ciudad moderna, bien plantada por los rusos, y a sus pies se fotografían sin descanso hombres de rasgos orientales que nos recuerdan que estamos en Asia y pasamos, insensiblemente, la línea de un continente a otro. Como hay que buscarse héroes y reivindicar raíces cuando de crear la historia de un nuevo país se trata, aquí, en esta resbaladiza confluencia de tártaros, mongoles y turcos, se echa mano con fruición de lo que hay, se olvida que el pedestal de Amir Timur sobre el que la figura reposa podría más propiamente reproducir los muros de cráneos de adversarios que él gustaba de erigir, y se le proclama padre de la patria. Ruy González de Clavijo fue menos proclive al deslumbramiento y, tras describir la imponente talla y lujoso decorado de los edificios, expone el currículum de Tamerlán, quien habría roto sus primeras lanzas robando junto con sus amigos vacas, despojando mercaderes y saqueando caravanas. Del contraataque de los propietarios de un hato de carneros le vendrían la cojera y diversas heridas. La cuadrilla y la fidelidad al líder crecieron a base de botines y bien planeados repartos y la carrera de alianzas y conquistas fue luego imparable. En ella parece destacar, no sólo la violencia, sino la capacidad de Timur de configurar alianzas y asegurarse el apego de sus gentes. El retrato de nuestro embajador medieval no está lejos de versiones actuales, que pintan al Khan como un hábil tirano de tiranos que, surgido del magma de tribus turcas, logró, en un fulgurante ascenso de nueve años, adueñarse de un enorme territorio y reivindicar como suyos el imperio mongol y la genealogía de Gengis.

Y éstas, Fabio, que ves ahora…” y sirven como fondo megalítico a la figura de bronce y a  los trajes de fiesta de los cortejos nupciales que fluyen desde la alcaldía cercana no son ruinas hermosas, carecen del hálito de Abu Simbel y de Persépolis y sólo hablan del empeño de hacer un arco más alto que ninguno, tanto que, irremediablemente, se derrumbaba. Otro emir, el de Bujara, intentó por estupidez y celos completar, en el siglo XVI, la ruina. Aquí queda lo que se concibió como mausoleos de la familia de Tamerlán, criptas de mayor o menor melancolía, tumbas de su joven hijo favorito, de su preceptor espiritual, de su padre. Otras ruinas, de mucha mayor antigüedad, se extienden en el camino hacia Samarcanda. Otras probablemente reposan bajo el cauce de hoy secos ríos y en las colinas de lo que no siempre fue desierto.

 

Samarcanda

Uno viene a Samarcanda para ver un sueño. Por eso rehuye las viejas fotos de finales del XIX y principios del XX, hechas antes de la laboriosa reconstrucción de los soviéticos, en las que las edificaciones timúridas eran un maltratado cuerpo, desmochado y privado de su espléndido revestimiento, de sus azules y sus oros, de la apretada red de recuadros pintados y mocárabes que tapiza, como un cofrecillo de tesoros, los interiores. Los rusos han hecho una magnífica labor cuyo mérito (a diferencia del país, España, del que la viajera viene y en el que clanes ansiosos de botín y de legitimación exclusiva, se aplican a borrar la historia) aquí se reconoce. Hay placas dedicadas a restauradores, científicos, planificadores y arquitectos de la antigua potencia dominante de la que se aceptó la no poco forzosa independencia. Porque, mal que pese al partidario del aislamiento zoológico de los pueblos y el automatismo de las consignas anticoloniales, el monumento sería en buena parte la ruina que reflejan las fotos de época de no ser por ellos. Vacunados sin duda por pasadas dosis de discurso estalinista contra el lenguaje políticamente correcto, los uzbecos han sabido ser más sabios respecto al pasado que España. En vez de justificar su actual existencia con una cruzada contra los nombres y estatuas del régimen anterior, o contra extranjeros enviados por reyes imperialistas, les muestran su agradecimiento. Tampoco olvidan a Clavijo, que goza de una calle y de una placa junto a uno de los recintos más hermosos. El viajero queda prendado de la majestuosa disposición de la plaza del Registán, el “lugar de arena”, de sus tres edificios en los que la sencillez de arcos, cubos, domos y conos se ve contrapesada por el desbordamiento de colores marinos. Los yacimientos de cobalto han derramado añiles, porcelanas, turquesas sobre esta voluntad de paraíso en la Tierra, han bañado en los tonos del cielo y del agua las enormes cúpulas (lisas las mejores; bulbosas, pasteleras y bizantinas otras). Campean los tigres, y el rostro solar enseña del Khan, el Señor, como dice Clavijo, y las tres oes, también símbolo suyo. El espacio está enteramente cubierto con caligrafías de alisares y mosaico, inscripciones, suras, machaconas repeticiones del nombre de Dios y geometría simple que sacia en el observador la sed de sencilla ausencia de símbolos. El amarillo pone un toque floral.. El rojo está casi ausente, pero no los marrones y pardos que quizás evocan el terroso lecho de las plantas.

Es todo una cuestión de número áureo, del misterioso hallazgo de proporciones presente en los grandes y dispersos monumentos que siguen atrayendo como un imán y que recuerdan que la belleza no es tan relativa como dicen y que cierto mecanismo interior responde a su vista con una oleada de éxtasis del que los contempla. El Registán devana en la noche los Mil y Un Cuentos del relato y recibe en el día el homenaje inconfundible de silencio, el suspiro del ¡Al fin te veo! de Blasco Ibáñez en Egipto, las entrecortadas exclamaciones y el instintivo homenaje del que se detiene por saberse llegado a uno de los centros a los que peregrina y en el cual sus constructores, que quizás no aspiraron sino al cumplimiento fiel de sus tareas, obtuvieron el reflejo fugaz de la perfección.

Por dentro lujo, techos tratados con atención minuciosa, yeserías, mihrabs cuajados de oro y añil que sirve de lecho a la más bella de las caligrafías, superficies invadidas por triángulo, línea, mocárabe y estrella. Excepto en el interior de la escuela del emperador-astrónomo y matemático Ulug Bek, al que asesinaron, en una conspiración dirigida por su propio hijo, clérigos que apoyaban a los carniceros pero no a los espíritus grandes y civilizados. De Ulug  restan sus maltratados mausoleo y astrolabio; la clerigalla arrasó el observatorio y los libros de matemáticas, geometría, geografía. Él llevó al frontispicio de su gran escuela a los planetas y ofreció dentro aulas con el reposo de paredes lisas, de vigas simples de color celeste y rincones de estudio en los que un libro abierto, pluma, tinta, cojín y mesa de marquetería recuerdan los útiles de los alumnos.

Mirza Ulug Bek brilla, entre una serie de reyes que aunaron a veces al puro imperio de la crueldad y la fuerza el instinto de organización y gobierno junto con la ambición estética que les hizo erigir hermosos conjuntos monumentales y reunir grandes arquitectos. Él fue el intelectual de amplio espíritu cuya iniciativa, ahogada en sangre, señala quizás la abortada inflexión histórica hacia el mundo moderno. Fue un liberal y un científico volcado en el ejercicio de la razón, y esto era incompatible con la ignorancia, brutalidad y avaricia de imanes y caciques. Este nieto de Timur, en vez de hacer de su reinado una serie de invasiones, batallas, masacres, rapiñas y repartos de botín jalonada de hitos conmemorativos e inacabables y gigantescas inscripciones laudatorias a un Alá del que el emperador era la sombra en la tierra, minimizó las expediciones bélicas, intentó gestionar pacíficamente el gobierno, asumió los proyectos de construcción en Samarcanda, Bujara, Shahrisabz y Ghijduvan y defendió la búsqueda personal de la verdad que sólo podía alcanzarse por medio del rigor intelectual, la libertad de pensamiento y el sentido de la grandeza universal de las ciencias. Erigió madrasas, donde impartió clases él mismo, en las que se aprendía y enseñaba con notable ausencia de discriminación y censura,  reprodujo en sus mosaicos los cielos y las constelaciones; construyó en el siglo XV un complejo que le permitió obtener resultados astronómicos de gran precisión matemática, y colocó sobre una de las puertas la inscripción La aspiración al conocimiento es obligación de todo hombre y mujer musulmanes.

El matemático, geómetra, filósofo y, sobre todo, astrónomo, cuyas investigaciones y tablas tienen validez hasta el día de hoy y cuya figura se representa junto Galileo y Copérnico, resultaba insufrible para la espesa masa de partidarios del fanatismo, la codicia y la fuerza, aquéllos a los que el reino de la libertad, el pensamiento y las certidumbres científicas resulta totalmente ajeno. Su hijo Abdullatif, junto con el clero y los sectores más conservadores de la corte, urdió una conspiración contra él, aparentó dejarlo ir a peregrinar y le hizo cortar una cabeza de la que sin duda él y los suyos odiaban la inteligencia. Pocos meses más tarde Abdullatif, que gobernaba como un odioso tirano, fue asesinado de un flechazo por la espalda. Su cabeza se exhibió en una pica en la madrasa de Ulug Bek con el letrero Asesino de su padre.

El observatorio de Ulug, en Samarcanda, fue un hermoso edificio, arrasado hasta los cimientos con una saña que sólo se da en los que no soportan cuanto por su envergadura los sobrepasa. Algunas ilustraciones que quizás aúnan la fantasía a antiguos recuerdos de grabados reproducen una construcción circular multicolor, como un gigantesco caleidoscopio simétricamente alhajado de azules, rojos, blancos, amarillos, un grácil cono, pese a su solidez y diámetro, que apuntaba hacia el espacio tan caro a las tribus de cielos rasos y caldendarios lunares. El observatorio recogía la tradición astrológica de Zoroastro y de la Edad Media, pero enriquecida con estudios amplios y minuciosos sobre la evolución de los cuerpos celestes. Los publicaron en Oxford en el siglo XVII Grivs y Hide. El monarca supo reunir junto a sí a un amplio equipo de científicos e intercambiar información con gentes de lejanos países. Bajo tierra se ha preservado la fábrica original del que fuera el mayor instrumento astronómico de su tiempo: un cuadrante vertical, perfectamente orientado según el meridiano sur-norte, para observar el Sol, la Luna y demás planetas y estrellas. Ulug Bek, el científico de un Islam que pudo ser y que perdió su oportunidad de serlo, persiste hasta hoy en la memoria con el mismo brillo tranquilo de los astros que estudiaba.

Tras el rectángulo del Registán, de sus bronces que reproducen caravanas, hay cúpulas que amenazan derrumbamiento inminente, frontispicios desvaídos, un museo que en el resto precario de pinturas murales exquisitas evoca lo que fueron antiguas civilizaciones, en un tiempo asentadas en lo que es hoy masa mineral y huellas de destrucciones innumerables. Porque hay una larga historia, ya antigua cuando la Marakanda griega extasió a Alejandro y era capital del imperio de Sogdiana, el gran nudo entre la India, China y Persia, la forzada amante de turcos, árabes y mongoles, hasta ser completamente arrasada por Gengis Khan en 1220. Para resurgir luego por la simple voluntad de Timur, que la nombró capital, espejo de su gloria y centro de artes y letras. Luego, entre pillajes, olvido y terremotos, se convirtió en un triste fantasma, y fue resucitada por los rusos y la línea ferroviaria del Mar Caspio. Por entonces, antes de la forzada modernización que, con sus brutalidades y sus logros, la empujó hasta el XX, las fotografías ocres de principios de siglo revelan maltratados edificios que parecen más gigantescos a causa de la absoluta carencia a su alrededor de arquitectura civil; el armazón, sin apenas azulejos, de torres y de cúpulas se alza entre desmontes, basuras y gente medianamente desarrapada, en cuclillas a la escasa sombra de un muro semicubierto por pilas de desechos y con un panorama de chamizos y animales de carga. Muy intensivamente hubo de trabajarse entre el establecimiento de la República Socialista Soviética en 1925 y la poco deseada independencia de 1991. Ésta se apresuró a buscar raíces y héroes.

En la población de hace menos de un siglo se camina entre mausoleos, catequesis, tumbas y templos. Aquí yace Seyid Berke, quien, llegado de Arabia y jeque de la Meca, o de Medina, negoció el vakf o patente territorial de ciudades sagradas, obtuvo reconocimiento del Emperador tanto material como de guía espiritual y no fue sin duda ajeno a la inscripción que une la genealogía de aquél y de Gengis a una santa, Alankuva, que, pura y casta, concibe a su hijo de un personaje luminoso llegado de los Cielos, por lo que la casa real emparenta no menos que con Alí, el sobrino del Profeta Mahoma. La legitimidad del poder por vía de herencia física estrechamente mezclada al prestigio espiritual conforma la historia islámica de forma mucho más profunda que en los papados y monarquías cristianos, precisamente por la estructuración, en el ámbito musulmán, de la Iglesia, la cual, lejos de no existir, reina invisible y penetra todos los estamentos con un tipo de control de las formas externas que garantiza, escalonadamente y en cualquier orden, la sumisión cotidiana.

Timur, el nacido bajo la propicia constelación de dos estrellas, que eligió como capital a Samarcanda y la dotó de las galas oportunas, es aquí la estatua de un hombre de avanzada edad que observa, sentado en su trono, el éxito de su obra. La historia autóctona lo describe hoy con una visión poliédrica: Amir Timur, Tamerlán, fue para los pueblos de Asia Central un gran hombre de estado capaz de crear y sostener un imperio; para Irán, Irak, la India, Oriente Medio y las gentes del Cáucaso un conquistador despiadado que sembró su paso de cadáveres; para Europa un oportuno guerrero que, al enfrentarse a los turcos otomanos, retrasó cincuenta años la caída de Constantinopla y que, al aplastar a la Horda Dorada, alivió a Rusia y al este del Viejo Continente de la presión de mongoles y tártaros. En él se ve el pilar de un renacimiento islámico favorable a las ciencias y a las artes, que se habría prolongado hasta los Grandes Mogoles que, durante los siglos XVI y XVII, reinaron en la India, los descendientes de rey poeta Babur, de la casa de los timúridas.

Es difícil, sobrevolar con el pensamiento la fiesta de formas y vivos tonos de los monumentos para advertir que, en realidad, se trata en la mayor parte de los casos de sucesiones de tumbas, que las hermosas imágenes que campeaban hasta ayer en medio de poco menos que la nada urbana constituyen un vasto cementerio, conmemorativo, asociado al comercio y a las enseñanzas sacras. Como don Juan Tenorio, pero en dimensiones de incomparable envergadura, los vivos proveían a muertos en cuya defunción habían con frecuencia tomado activa parte con buenas sepulturas. Nada son las luchas dinásticas de familias occidentales monogámicas, incluso si se añaden al lote algunos bastardos, en comparación con la inmensa y complicada rebatiña de esposas de un solo señor, hijos, hermanos y allegados. Los hilos se mezclan en un tejido que incluye lazos de sangre, reivindicaciones genealógicas, componendas con feudos y tribus y legitimaciones espirituales. El cementerio es un calmo espacio de recreo que envidian los vivos, especialmente  si no proliferan los lugares públicos. Las inscripciones de las lápidas son a veces en persa, sus evocaciones las del jardín del Edén y las rosas del paraíso, sus máximas recuerdan que el señor siguió las enseñanzas de un santo ilustre o se entregó a la mística sufí, la cual permite una separación en suma bastante utilitaria entre las prácticas materiales de gobierno y las altas consideraciones metafísicas en las que la moral no tiene por qué implicarse en el ejercicio concreto de la ética y de la razón. Hay relatos de milagros. Kussam-ibn-Abbas, primo del Profeta y patrón de Samarcanda, hizo gala de una proeza común a las hagiografías, que es, una vez decapitado, marcharse con la cabeza bajo el brazo. Los mausoleos tienen en la necrópolis trazado urbano, hilo histórico e inscripciones que envían un mensaje a veces menos confesional que filosófico y que incluso permite una lectura ecologista, como La tierra es una carga para las personas y las personas son una carga para la tierra. Alguna, como la de Shirin Bika Aka, la hermana más joven de Sohibkiran, reproduce frases de Sócrates, reflejando así las inquietudes de una clase ilustrada. Pero en la madrasa cercana se lee la consigna de uno de los más influyentes líderes, Khodya Akhrar: Para llevar a cabo nuestra misión espiritual en el mundo es necesario utilizar la autoridad política. A esa misión no escapa recinto alguno porque en realidad todos constituyen la orla social de las mezquitas. Y los remata el cielo, o unos techos sea de mocárabes sea de madera cuidadosamente pintada cuya contemplación se suponía formativa incluso para el bebe echado en su cuna.

Uno de estos monumentos, la mezquita catedralicia de Bibi Khanum, ya era gran ruina al poco ser construida. En Bibi, la decana de sus muchas esposas, honraba el Khan la poderosa alianza con los Chagatai. La pretensión de Emir Timur, una vez más, era Babel: En la construcción confluyeron artesanos de todos los países conquistados, materiales raros y preciosos y elefantes traídos de la India. Quería el Rey la puerta más alta del mundo, mandó matar a los arquitectos porque no satisfacían sus deseos, obtuvo un edificio perecedero que tiene algo de decorado tras el cual muy poco existe y en el que la desmesura ha desterrado la belleza Y simbolizó la fe con un inmenso Corán de mármol.

Lejos del brillo de azulejos y colores, no hay sino muñones pardos, cimientos de ciudades desvanecidas. Son el austero pero sólido relato de cómo llegaron a estos valles del Amu Daria y del Syr los indoeuropeos de dos milenios antes de nuestra Era, de su afincamiento en el valle de Zerafshan, del posterior y ya sólido imperio de las tribus iraníes, de los sermones de Zoroastro y la redacción del Avesta, del Altar del Fuego trasladado a Samarcanda y las leyendas épicas del rey Afrasiab. Hace dos mil años la rica Sogdiana brillaba en la confederación de principados, comerciaba con China, imponía en la Ruta de la Seda el uso de su lengua y su alfabeto, una escritura basada en el arameo que fue adoptada luego por los uigures y utilizaron budistas, cristianos y maniqueos para traducir sus sagrados textos. Palacios y arte parecen ser anegados en el ochocientos por la conquista árabe, que redujo el zoroastrismo a una curiosa religión de iniciados y no le han desposeído por completo de esa aura de misterio que sedujo a Roma, de la reminiscencia de aquellos cultos de Mitra y de Anahita, la diosa lunar, que prometían la resurrección y dejaban a la voracidad de las aves el entierro de los muertos. La geometría reina en los fragmentos que van saliendo a la luz: svásticas, símbolos solares, astrales, mandalas, flores cuyos ocho pétalos encerrados en un círculo y un cuadrado describen la armonía universal y subrayan el empeño en fundir el pasado con el gusto de los conquistadores.

Quien, atento tan sólo a la arqueología de los ecos, cerrase los ojos podría oír aquí un tumulto de voces: eslavas de ese ruso que ha sido y aún es lingua franca, persas desgajadas en farsi, tayik y pashto; kazaj y kirghiz, venidas ambas del turco que, como los mongoles, llegó desde las montañas de Altai. Mareas y corrientes sonoras que se superponen, mezclan y dibujan el movible y más acertado mapa sin fronteras. Lenguas que cambiaban de escrituras como de dueños, en las que la palabra árabe corresponde, como en tantos otros países en los que se habla de la unidad musulmana de la Umma, a una asimilación con los que dominaban, una capa de prestigio y de fidelidad al khan, el califa, el representante visible del dios del Poder en la tierra. Los alfabetos cirílico y latino se suceden y alternan con las formas del libro inalterable de Mahoma, y la fina red de trazos encierra, bajo el ficticio pero reconfortante marco islámico, torbellinos complejos, fisuras que ya van separando placas en la superficie de esta larga edad media hilvanada por un rosario de caravanas y poblados. Hay un crujido tectónico, el de los vigorosos países con futuro, y hay, al tiempo, huidas hacia un pasado mítico bajo el liderazgo de representantes de Alá. Las grietas son imparablemente rellenadas por cemento y carreteras, por puentes, petróleo y formas de vida. Quien con atención escucha, es posible que oiga, tras el viento, el rumor de la Umma que se convierte en polvo y se deposita en montículos de arena.

En la ciudad, por entre este mundo que tiene mucho de Piranesi, con sus edificios demasiado altos, demasiado cónicos, que emborrachan con sus azules hasta esconder a una población en fotografías no tan lejanas mísera y diminuta, sale a borbotones gente del mercado, se cruzan peatones, coches, viajeros, guardias, burócratas, empleados de los más diversos oficios, animales de carga y minibuses, mercancías que se regatean y ofrecen en la larga calle del bazar. Parece que se escapan de entre la trama de un antiguo tejido, y buscan con ansia el espacio exterior en el que las dimensiones son otras y las fotografías ya no serán nunca las de un montón de turbantes y harapos con fondo de grandes, pero ruinosas, estructuras de ladrillo complementadas por las tumbas en las que yace un santo cuyo cadáver a veces, como el de Khodya-Daniyar, no cesa de crecer. En el bazar, alrededor del bazar, las mujeres en grupos vivaces, pañuelos de colores vivos y sonrisa llena de dientes de oro, abruman con sus ofrecimientos de chales que tienen la consistencia de la espuma. Hay una actividad imparable. Se diría que hoy los monumentos son algo más pequeños y las gentes más grandes, que se abren puertas sin pretensiones de vértigo ni eternidad. Y se piensa en un Renacimiento que todavía está por hacer.

 

El camino al este

Paralelos al Amu Darya, grandes gaseoductos coronados de llamas y extensiones mortecinas de monocultivo. Los complejos fabriles brotan en la nada de territorios de acampada y espacio, pero ya los cruzan carreteras y se percibe, como en las venas el pulso, un ritmo que es imparable.

El valle de Fergana tiene el significado y la forma de un corazón, resguardado por las montañas tan lejanas como inmensas que marcan al norte la frontera con China, y por el Pamir Alay en el sur. Es la palma extensa, acogedora, de una mano repleta de abundancia y tierra fértil, con millones de uzbecos agolpados en su gran extensión que fue remanso de la Ruta de la Seda y que los soviéticos, de manera mucho más prosaica, se empeñaron en cubrir exclusivamente de algodonales que ceden hoy el paso a la variedad y la industrialización, pero que aún imponen su verde triste, alegrado por frutales y viñas. El clima se ha vuelto ligeramente otoñal, un soplo de frescura, un fiel reflejo del paso del quince de agosto tras el que comienza a inclinar la frente la feroz incidencia de la luz. El sol ya no es lo que en plena canícula era. Ahora el movimiento en las calles, la música, los cláxones y las voces recuerdan a Egipto, al caótico y vitalista Cairo y al magma irresoluto y expectante del mundo árabe.

Con empeño ciertamente digno de mejor causa, los apóstoles del purismo cultural, del mimetismo y estricta obediencia a la vestimenta que marca la sumisión de la mujer, los nuevos testigos de Jehová de las guías viajeras, exquisitos en el mimo de las sensibilidades locales, han fatigado páginas con sus consejos de no “herir” a los nativos con la exhibición, por modesta que sea, de parcelas o formas del cuerpo de la visitante hembra. Además de vituallas, el rico valle de Fergana también produjo fundamentalismo, dispersado en sus grupos más radicales, por el gobierno. La “generación de la mirada” europea, tan celosa de conservar ese halo de lejanía y represiones como ansiosos estuvieron sus antepasados de favorecer cualquier cambio que implicara una liberación, lee, repite y anota. La viajera sabe que es, de todas formas, común en lugares diversos hallar, en núcleos de población florecientes pero durante largo tiempo aislados y acosados por nómadas, una peculiar y rapaz ocultación del gineceo, un capitalismo sui generis aplicado a un sexo que aquí nunca ha sido segundo sino algo mucho más abajo, situado en categorías ajenas a la normal humanidad. Como en los parques naturales, los visitantes no deben dejar sino huellas de leve impronta, e incluso éstas serán reprobables si de imprimirlas en la moral se trata.

Fergana. Ni oasis ni perfume de algo remoto. Rusia en el aspecto, con su numerosa población rubia y blanca. También morena pero, afortunadamente, sin el celo del Islam por cubrir cuerpos. Radical desmentido a las puestas en guardia de la guía (Lonely Planet) sobre el agresivo puritanismo de la zona. Hay multitud de escotes y minifaldas, y ningún exotismo en las casas de construcción reciente, enormes avenidas, tiendas y frondosos árboles. La estructura tiene mucho de las ciudades del lejano oeste, de los centros de repoblación y rápido desarrollo. La viajera no está decepcionada. Respira.

Es la llanura una vasta almendra verde, entre el Tien Shan y las montañas del macizo de Pamir, que anuncian sus crestas irregulares con alguna pincelada de nieve. Se trata de sierras que preludian los pedregosos cauces, los ríos de opacas aguas color turquesa y las peladas y minerales elevaciones del Himalaya. Los bordes de este gran óvalo se difuminan en la niebla del humo de fábricas. Laten motores y tráfico. Y no hay vuelta atrás.

En el hotel, eslavos de enorme talla se chapuzan en el agua gélida de la piscina, mientras bellísimas eslavas de largas cabelleras rubias o negras pasean su palmito adolescente y hacen difícilmente creíble su filiación genética con las grandes matronas de las que ellas, con su frágil cintura y vaqueros pitillo, se dirían crisálidas.

La viajera charla de sobremesa con media docena de españolas de vuelta de Kirguistán. Pertenecen al fenotipo jarrai-senior (camiseta con graffiti, corte de pelo paramilitar, aire montaraz); vinieron del País Vasco para hacer senderismo en las montañas, y cuentan, sin perdonar cliché de devoción indigenista, cómo se alojaron en la yurta de una viuda que, entre simpatía arrolladora y risas, les contó su matrimonio tradicional: El sistema consiste en el rapto, sin que la muchacha conozca al chico ni intervenga para nada su voluntad, o el parecer de su familia, en el proceso. Un grupo de amigos ayuda al interesado a raptar a la chica escogida; así fue con esta viuda a la salida de su trabajo en el hospital. Se apoderaron de ella once hombres, se la llevó a casa uno de ellos y a la mañana siguiente “estaban casados”. El suceso fue comunicado a la familia de ella días después. Tuvo cuatro hijos. Nunca se hubiera atrevido a decir al marido que él no le gustaba o que  hubiera preferido a otro que ya conocía. Tampoco hubiera sido aceptada por su familia de volver a casa. Las jarrai señior se desconciertan cuando la viajera dice que en español el tal uso cultural tiene un nombre muy claro: violación, precedida por ataque colectivo y secuestro. El desconcierto de estas respetuosas partidarias de los “diferentes usos culturales”, feministas en su ciudad de origen, ante la disidencia es el de quien se ve confrontado de manera inesperada con la herejía. El credo es férreo en los de su especie, un clan pro conservadurismo zoológico de las variantes de la especie humana para el que violaciones, asesinatos, dictaduras, segregación, malos tratos, pedofilia, robo pasan a ser “costumbres”, loable resistencia a la globalización nefasta y el imperialismo invasor. Y las costumbres son intocables, inopinables, merecedoras tan sólo de benevolentes sonrisas y deferente actitud. Idénticos son durante la cena la reacción y los silencios del grupo laico-eclesial al que los imperativos del desplazamiento han obligado a unirse a la viajera. Su líder, untuoso y siempre amigo del refrigerio comunitario, esquiva juicios de valor y conflictos y contabiliza como sellos países visitados. El decálogo de unos y de otras es preciso y se  resume en tres preceptos: 1-Todas las gentes se agrupan en tribus y etnias de mayor o menor carácter nacional. 2-Todo debe ser alabado. Nada se considerará explícitamente horrible, reprochable, nefasto, negativo o feo. 3-Se mostrará un gran interés por las condiciones de vida de los indígenas, sin mezcla de crítica alguna y siempre y cuando prime el grupo sobre el individuo, la tradición sobre la libre voluntad, el uso ancestral sobre la modernización, la reiteración sobre las innovaciones. Las Iglesias de este credo varían, aunque sólo en la epifanía de sus papas: Aquí y ahora, el chamán es el energúmeno especializado en el terrorismo verbal derechas/izquierdas, el chantaje inquisitorial y la fantasmada profusa. El Preste Juan procedente de Cataluña practica, por su parte, una liturgia ecuménica en las colaciones comunitarias, juntando mesas sin venir a cuento; tiene maneras de Última Cena y las observaciones comprensivas, acompañadas de eterna y vaga sonrisa, propias de la meditación en el desierto y la indulgencia respecto a las almas descarriadas. El clan al que, con leves variantes, pertenecen tiene un botín y un proyecto: El botín es un gran cofre que guarda secuestradas las palabras, de manera que paz, igualdad, condescendencia y bien no correspondan sino al servilismo de sus fines. El proyecto incluye una organizada tarea de mediocridad impositiva.

En la fábrica de seda de Fergana la viajera reencuentra exactamente la misma sensación que experimentara, hace décadas, en las visitas-todas ejemplares-a comunas, industrias y barrios de China. Y asimismo he aquí, de nuevo, a occidentales para los que, hoy como entonces, el mundo es un vasto self-service de objetos, fotografías, asombros, costumbres; un parque temático-que hay que conservar intacto cueste lo que cueste-de aquellos tiempos felices previos a la industrialización, con instalaciones arcaicas, obreras indolentes, sonrisas y opresiones tan naturales como los tintes. Hay niñas que bordan en bastidores grandes, y jóvenes y menos jóvenes en los telares. Ninguna lleva gafas. Todas exhiben su arte en un estilo idéntico al de las que incluían siempre en el circuito los líderes del Partido. Y, como otrora, en el capítulo final de paso por la tienda, los extranjeros fervientes defensores del multiculturalismo enriquecedor demuestran su fe abalanzándose sobre las estanterías. Durante una hora regatean, escogen, apilan prendas; la pareja de afiliados a la revolución de nómina envuelve sus llamativas camisetas en no menos brillantes estampados, mientras que el apóstol de la exploración sistemática y la universal benevolencia escoge, con la lentitud del experto, piezas valiosas. Igual que en la China del socialismo, la seda y el jade.

 

Fronteras

Incluso en la distancia, las montañas de Afganistán producen una inquietante impresión de hostilidad y dureza. El material que forma los acantilados entre los que se abre paso la carretera, las cimas perfiladas primero en pardo y luego en gris, exhiben la sequedad más absoluta, la completa ausencia de verdor, la certidumbre de que en sus vericuetos de desconocidos senderos, cortadas impracticables y desfiladeros ajenos al rumor del agua se esconden cuevas y guaridas que no serán descubiertas jamás y enviarán al exterior imágenes, siempre masculinas, de temibles profetas envueltos en albas vestiduras y con instrumentos de muerte en la mano.

El terreno se compone de minerales que se fraccionan con regularidad cúbica y alfombran el suelo con bloques marrones y verdosos. Sin apenas tierra, que, como el río, está allá abajo, en alguna parte. En un ensanche hay coches parados, gentes con cámaras, pero a los extranjeros no se le permite sacar fotos. El guía, que lo ha sido en Uzbekistán todo el tiempo, va perdiendo de forma acelerada sus iniciales disponibilidad y simpatía según se acerca el fin del viaje. Ha hecho sus cálculos, concentrado en los adecuados sujetos sus favores, previsto su próxima estancia en España, en la que ya ha residido como becario, y ha sido seleccionado por la pareja de representantes oficiosos de las fuerzas del Bien y del Progreso para introducirle, cuando llegue a Madrid, en los adecuados círculos. Amir, que es una joven promesa de la escuela uzbeka de turismo, habla un español excelente y muestra fervor por el libro y el personaje de Clavijo. Tiene hermanas, casadas muy jóvenes y de dudoso o nulo porvenir profesional. Él prepara el suyo, y narra sus experiencias de España con el tono entusiasta de quien ha disfrutado de la mayor libertad en usos, contactos y comidas. En el trayecto de vuelta hacia la capital y su aeropuerto, algo en él se retrae al reducto primigenio de sus expectativas y su carácter, retira la imagen cosmopolita, espera nuevas becas, se apoya en el amplio nido de los suyos, comienza a borrar las inútiles imágenes de los turistas que aún acompaña.

Ahora el viaje se acelera, como todos los viajes cuando se entra en la pendiente de su final y llega la confluencia de recuerdos, la inútil aspiración a poseer el raudo fluido de las cosas. Pero también el deseo de escapar, escapar de la inacabable S de Samarcanda.

Tashkent parece enorme, una travesía interminable de avenidas salpicadas de edificaciones bajas. Es domingo. El avión saldrá de madrugada y, hasta entonces, la exploración de las calles se impone. La viajera emprende un periplo nocturno por la barriada cercana, en la que la calma de patios y puertas se alterna con alguna que otra tienda de ultramarinos. Entra en un café-restaurante, el “Caravan”, que reproduce la exquisitez de una miniatura persa en la que no faltan estanques con pétalos de rosa, instrumentos musicales y prendas de los más ligeros de los tejidos. Sale. Los restos de la ciudad antigua y la parte monumental y administrativa están lejos, pero aquí se extienden, al otro lado de la carretera, parques, y más allá el largo canal de Ankhor. Cruza.

Y allí, de repente, el Paraíso, ese paraíso sin grandes pretensiones al que aspira. Con tantos y tan gozosos bienaventurados que hay que repartirlos en círculos diversos, lo que concuerda a la perfección con sus distintos estados y apetencias: Se suceden bajo los árboles establecimientos de recreo, carpas, terrazas y kioskos, cafés recoletos donde leer o intercambiar confidencias, restaurantes con humo de barbacoas, helados, refrescos, bocadillos, cervezas, discotecas con espectáculo y lucecitas, juegos para niños, entretenimientos para adultos. Entra en uno de estos lugares en los que está franco el paso, y se encuentra con una gran extensión de mesas y sillas, tarima y espacio central para baile. Los conjuntos musicales, tradicionales, modernos y mixtos se suceden. Los camareros se cruzan con el ir venir de gente que sale a la pista desde las mesas y vuelve a ellas para continuar su consumo de platos numerosos, ricas tapas, raciones bebidas de todas clases. No hay lujo; sí ambiente abierto y dominguero, empapado de goce de la vida y tan activo como el flujo de personas. Bailan parejas unidas, parejas separadas, grupos, niños, hombres con hombres, mujeres solas, mujeres con mujeres, jóvenes y viejos, y ellas visten con completa variedad, lucen escotes, brazos, cabezas y piernas, y se ríen bajo la música sincopada del conjunto y el parpadeo de las bombillas que refleja el líquido rubio u oscuro de las botellas.

Aquí no hay huríes a las que se descorcha interminablemente la virginidad, ni ríos de miel pringosos o ensoñaciones de leche y de camellos. Hay gente, muchísima gente, que es feliz, que disfruta, con un espacio para las apetencias de cada cual y un lugar de encuentro.

A no tanta distancia, las lejanas montañas limitan con universos terribles en los que sólo resuena cinco veces al día el griterío múltiple, ni siquiera sincronizado, de la plegaria; hay páramos sin más población visible que la masculina ni diversiones otras que afilar el rencor de frustraciones viejas. Y no hay término medio entre tales fronteras, entre uno u otro paraíso.

 

III

 

ORIANA: LA VOZ Y LOS SILENCIOS

 

Oficio de necrólogos

 Sin saberlo, Oriana escribió tras su muerte, con las líneas de temor, prevenciones y silencio de sus necrólogos,  la perfecta glosa al desafío, el valor y los valores que determinaron su vida.

Los obituarios en torno a la muerte de la periodista y escritora Oriana Fallaci, acaecida el 15 de septiembre de 2006, oscilaron entre el reconocimiento de sus méritos profesionales tiempo ha y el alivio por la definitiva mudez a que la obligó (sólo ésta hubiera podido hacerlo) una  muerte que le desearon con tanto fervor los que fueron objeto de sus denuncias, unido esto al distanciamiento estratégico, ético o estético, o el franco reproche de chicos de la prensa, políticos e intelectuales en lo que concernía a sus posiciones de los últimos años, expresadas en la trilogía La rabia y el orgullo, La fuerza de la razón y Oriana se entrevista a sí misma. El Apocalipsis. Oriana habría sido la gran reportera y referencia periodística desde los años sesenta hasta los ochenta, alcanzado la cima en la época en que los grandes de este mundo se disputaban el prestigio de ser objeto de una entrevista suya, habría intelectualmente existido hasta los años noventa y, tras la decadencia del cáncer y el silencioso retiro para el que optó por los Estados Unidos, se habría entregado en sus años postreros a la obsesión delirante y la incontinencia verbal centrada en la alerta sobre una supuesta invasión musulmana.

A ella le hubiera encantado leer los artículos sobre su persona y su obra con los que, expeditiva y cautelosamente, se la borraba de la nómina de los transmisores de opinión. Con gran rapidez, como en los entierros urgentes, aparecieron en prensa el día siguiente al óbito comentarios y necrológicas, en parte ya previstas, y desapareció a continuación su nombre con igual presteza. Formó esta floración efímera de literatura póstuma el adecuado epílogo a sus obras completas, la prueba involuntaria del cuidadoso filtro que, desde el origen mismo del discurso mediático, caracteriza a nuestra época. Tras su muerte, se apresuraron a ponerla en una hornacina porque era la mejor forma de colocarla fuera de juego y de contacto. Se imponía desglosar en dos a la difunta: cantar los elogios a la luchadora antifascista, contra las dictaduras y por la libertad, y recubrir la incomodísima última etapa de su persona con la hojarasca del reprobable exceso. Quedaba como la gran escritora italiana, la mujer valiente que indefectiblemente se situaba en el vórtice mismo de la historia, la entrevistadora tenaz e infatigable, la maestra de reporteros y modelo de periodistas. Había sido única. Y ya no sería nada, ni ella ni sus ideas, jamás. ¿Qué descalificación más fácil, qué mejor sudario de olvido que el trenzado con la pasión e invectivas de un carácter que sentía el mayor desprecio hacia el lenguaje políticamente correcto? Cumplidos los trámites de admiración hacia su figura pasada, los comentaristas no podían menos de concluirlos con la respetuosa caricatura de la mujer visceral empeñada en una cruzada contra el Islam, y no faltó el recurso benevolente a la disculpa de su enfermedad, la excusa preventiva, una vez enunciados los elogios, de la irracionalidad, irresponsabilidad y desequilibrio apasionados fruto de su edad y estado terminales. Quien más y quien menos, la generalidad de los usuarios de la onda y de la pluma ejecutaron un ballet de distanciamiento y enviaron por todos los medios posibles un mensaje: No crean que yo comparto sus ideas. Como si apartasen de sus cuellos una mano potencial que quizás pudiera un día amenazarlos con segarles la garganta.

Una simple ojeada a la prensa del día dieciséis de septiembre revelaba la homogeneidad en la estructura de los comentarios fúnebres: Editoriales y columnas de opinión se refugiaron, tras la cuota más o menos generosa de las alabanzas de rigor, en los tópicos preventivos (catastrofista, racista, víctima de su propia leyenda, excesiva, pronorteamericana). De forma harto patética, el uno le negaba la condición de intelectual dejando así la puerta abierta a la limitación emocional y el restringido crédito del simple cronista de sucesos. Otro, tras describir el precio que en extremo riesgo personal la reportera había pagado por hallarse en los campos de batalla y tras distanciarse de Vietnam y demás arriesgados escenarios porque en la época él (el redactor) tenía otro tipo de fantasías, redujo la columna vertebral de la denuncia de Oriana, el peligro en Europa por la estrategia y la amenaza islámicas, a una anécdota florentina, trató a la escritora de neocon y finalizó lamentando la  involución de la que fue gran periodista, luego sujeto de catarsis caprichosas y que había acabado degenerando en predicadora. Fiel al esquema, otro columnista que nunca corrió más riesgos que épater les bourgeois, los escarceos con las ninfas y la exigencia en televisión de que se hablara de su libro para obtener dinero con las ventas, aderezaba la obligada necrológica arrebañando un lejano recuerdo con guarnición de puta, jodido y hostia, que es el obligado peaje de la tribu de los progresistas de nómina, y, en un análisis final en el que originalidad y profundidad no se disputaban el primer puesto, denunciaba que, con la cercanía de la Casa Blanca, la gran mujer se había vuelto derechista y burguesa. Más explícita, una de las máscaras de proa del progresismo oficial, lógicamente galardonadas con el Nobel, se apresuraba a expresar su profundo desacuerdo con la concepción del mundo y las ideas de la señora Fallaci; ni qué decir tiene que no entraba en el análisis de detalle de la una ni de las otras. Algunos simplemente perdonaron a la italiana, por ser vos quien sois, la vida y cubrieron una página de periódico de reproches a sus supuestos excesos, errores e insultos. La acusaban de haber simplificado y generalizado hasta la náusea, hacer una lectura textual del Corán, ignorar las atrocidades de las Cruzadas, citar fuera de contexto, admirar a Kissinger y a Indira Ghandi y contemporizar con el Shah de Persia.

Describían sus libros como simple rosario de exabruptos contra el Islam en los que se advierte la influencia judía. Un articulista redujo sus últimas obras a una catarata de insultos contra un nosotros en el que él se veía incluido y vejado, que abarcaba izquierda, centro, derecha, Iglesia, marxistas, democristianos, socialistas, periodistas e intelectuales. Situó su retrato del personaje teniendo como fondo un auditorio norteamericano al que Oriana augura, pesimista y obsesionada por la muerte, que lo peor está todavía por venir. Y concluía el necrólogo añorando otras épocas en las que la escritora aún no había perdido la razón. Quien sólo leyera esto reconocería mal a la que, en sus libros, y hasta el último instante, proclamó su amor a la vida, la inteligencia y la lucidez y cuya biografía revelaba un conocimiento real, tan intelectual como vivo, de países, líderes, pueblos, historia, cultura y literatura, incomparablemente superior al de sus comentaristas póstumos.

Producía cierta congoja ver sumarse al tibio cortejo del descrédito a periodistas de mayor fuste que, desde el parapeto del sujeto indeterminado, afirmaban que algunos la acusaban (quizás con fundamento) de manipular…..Se decía que era incapaz de modificar ..( que).sus textos reflejaban ese dogmatismo….¿quién sabe hasta qué punto la enfermedad que padecía lo impulsó (dar bruscos bandazos)?,….cuando se convirtió en la San Jorge del integrismo occidental. Para el decálogo al uso de sus comentadores, ella nunca hubiera debido reconocer al Shah de Persia el más mínimo rasgo positivo, aunque en sus disposiciones los hubiera, ni era admisible que, por el contrario, abominara de manera absoluta de mullahs, imanes y ayatollahs iraníes y afganos, aunque se basara en la pura evidencia de sus actos. Convenía embalsamarla en los años setenta, en olor de la partisana antifascista de su primerísima juventud y de la antifranquista ferviente que olfateaba en la España de 1975 la sangre reciente de los vascos fusilados (pero no otras sangres), ponía flores en sus tumbas y no veía sino bondadosa inteligencia en el líder de Partido Comunista Español. Y anular intelectualmente los años posteriores, tarea tanto más fácil cuanto que la crudeza de su expresión y sus denuncias, la soledad insobornable de su postura, se prestaban sin esfuerzo a convertirla en caricatura, reducirla a puro fenómeno de ruido y de furia, aparatosa forma de un contenido indigno de reflexión. Quedaba bien-siempre quedará bien-integrarla en la condena indiscriminada de la crueldad de la guerra y las crisis de los movimientos contestatarios, citar sus textos de primera línea sobre los cuerpos destrozados en Vietnam y emplear mucho los términos universal, poderosos y naciones, de manera que todo se resumiese al preceptivo segundo de tristeza por la maldad de la condición humana; y después a cobrar el artículo, la conferencia o la subvención y a otra cosa.

Oriana es aprovechable para la denuncia abstracta, la triste reflexión, que a nada compromete y a nadie implica, pero se vuelve intratable e incomodísima cuando hay una guerra real, de nuevo tipo, difuminada como un cáncer en comandos y organizaciones civiles que se valen de todas las debilidades y cobardías de los estados de derecho. Entonces hay que marcar distancias y evitarla como la peste, porque el adversario está aquí y ahora, y es tan concreto que puede desde degollar al periodista hasta quitar y poner gobiernos simplemente regulando el miedo de los ciudadanos y el suministro de petróleo. El enemigo actual además puede, como lo demuestra en millones de ejemplos cada día, condicionar, facilitar o impedir la consecución de trabajos, publicación de artículos, protagonismo social, acuerdos financieros, tiradas de prensa, número de votantes y acuerdos tácitos para cargar a los contribuyentes el precio de los sobornos.

Es significativa la manera, freudianamente fatal, cómo asoma en las ilustres plumas de comentadores que sin duda se creen exentos de pecado tal el pelo de la dehesa machista. La tentación de reducir la vehemente escritora a erinia vociferante, a esa repelente antítesis de la mujer atractiva que es la intelectual desafiante, respondona, certera y entrada en años. Difícilmente se hubieran mezclado, en el obituario de un hombre, junto con el currículum profesional, apreciaciones sobre su cuota de atractivo físico. Con Oriana sin embargo el columnista se permitía el lujo del tuteo (que la señora Fallaci practicaba muy escasamente) y le dedicaba, por el simple placer de la paronomasia, unos párrafos reprochando a la difunta que se hubiese hecho de derechas y que, al conocerla, le pareciera baja, vieja y bruja. No es ni mucho menos el único que considera idóneo añadir unas gotas de desdén sexual a la descripción de un ser humano de sexo femenino y notable inteligencia; se trata casi un acto reflejo, al que no es ajeno Kissinger, quien, quizás para desfogar la irritación que al parecer le produjo la entrevista, hizo hincapié en la decepción que sintió al encontrarse con aquel patito feo en vez de con la hermosa mujer que esperaba. Hay aún mejor, excelentes ejemplos en los que a la rijosidad potenciada por los años se añade el oportunismo que se provee, como escudo protector y peaje de sus tibias críticas al activismo islámico, de ardientes alabanzas a los extraordinarios valores espirituales del Corán, fuente de paz, tolerancia y concordia. Es perfectamente imaginable el soberano desprecio con el que deben leer-si es que alguno lo hace-los fundamentalistas musulmanes de pro, que llaman al pan pan, al vino (con perdón) vino, a las mujeres seres de segunda (como en el libro sagrado se escribe) y a la yihad  yihad, estas contribuciones al tributo de las cien doncellas del asustado infiel. El fenómeno, que se empeña en reducir a una pandilla de violentos e indocumentados a los defensores del terrorismo, recuerda a los que afirmaban que los desfiles de millones de personas agitando el libro rojo y retratos gigantes de Mao no eran demostraciones de culto a la personalidad, que en el país vasco no hay sino marginales ejemplos de violencia y que donde pone guerra, pegar e infiel hay que leer exposición de diversas opiniones, reprimenda y extranjero.

No carece de interés observar cómo los detractores de Oriana cayeron en el mismo tono de extremismo simplista y virulencia que a ella le reprochan. Los pilares de tal discurso son tratarla de racista y exaltada, poseída por un odio patológico contra la totalidad de un colectivo que comprende cientos de millones de personas que profesan una de las religiones más extendidas en el planeta. Es alarmante que incluso publicaciones solventes, como The Economist, despacharan, ya antes de su muerte, la mención a la periodista italiana con una columna que resumía el comentario a la palabra odio y parecía mucho más dictada por la ansiedad de marcar distancias que por el análisis objetivo.

Ocurre que la escritora no dirige en ningún momento sus críticas y diatribas contra raza alguna; éstas van, indefectible y explícitamente, contra el fundamentalismo islámico, no contra los árabes, culpa a actos, realidades. actitudes y estadísticas, no a colores de piel o rasgos físicos, subraya las obvias coincidencia y connivencia entre obediencia musulmana y terrorismo, atraso y opresión. Su admiración hacia el periodista saudí Abdel Rahman al-Rashed, que publicó en su diario Asharq al-Awsat una amarga, y excepcional en el mundo árabe, autocrítica (Es un hecho que no todos los musulmanes son terroristas, pero también lo es que todos los terroristas son musulmanes…Somos una sociedad enferma), es inmensa, su compasión e indignación por las víctimas universal. En ella, acostumbrada a moverse en múltiples sociedades, viajera incansable por Oriente Medio, antigua y profunda resistente antinazi, no hay un átomo del racismo del que sin embargo sí hacen gala, consciente o inconscientemente, los que se empeñan en Europa en seguir el juego a imanes y jeques feudales e identifican musulmán y árabe. Porque, siguiendo el razonamiento de sus supuestos defensores, habría entonces que deducir que los árabes están genéticamente determinados, por una fatal disposición de su rama semítica, a ser fanáticos, reaccionarios, obtusos y maltratadores de sus hembras. Por lo que conviene utilizar su mano de obra sin inmiscuirse en los usos de su rebaño, garantizarse con adulaciones y silencio los beneficiosos contratos con los dirigentes que los pastorean y exhibir hacia el ganado, arisco pero aprovechable, el interés que se tiene por el parque temático de especies lejanas en las que, por supuesto, el concepto e imposición del respeto a los derechos humanos e individuales, a la libertad, el laicismo, la igualdad de sexos y el acatamiento a las leyes y constituciones de los países europeos están fuera de lugar.

El otro pilar en que se apoyó la descalificación global de la señora Fallaci es su precario estado físico, la edad pero sobre todo el cáncer, del que se mofaban las manifestaciones callejeras de islamistas y simpatizantes exhibiendo monigotes con su efigie y la cabeza calva por el tratamiento. Sin embargo, como la escritora afirmaba y demuestran hechos, visitantes y testigos, su cerebro funcionó hasta el final con sorprendente lucidez, atrincherado contra el que ella llamaba alien, que devoraba el resto de su cuerpo, y pagó muy cara la redacción de los últimos libros de su trilogía porque, inmersa en el sentido de urgencia y deber de escribirlos, no acudió a las revisiones médicas ni siguió los tratamientos que debía y, cuando lo hizo, le dijeron que ya era demasiado tarde para operar.

Los mensajes de condolencia, biografías, exposiciones y análisis con ocasión de la muerte de Oriana se difuminaban, respecto a la década final, en vaguedades que no entraban, sino para breves citas, perífrasis o expresiones de rechazo, en el contenido de sus tres últimos libros  y apenas tocaban los precedentes de una actitud que sin embargo podía ya rastrearse en obras anteriores. Falta por abordar la pregunta omitida y sorteada por sus cronistas. “Gran escritora, gran periodista, valiente….” Sí, pero ¿tenía razón en sus tesis? ¿Las apoyaba con hechos concretos? ¿Son éstos comprobables y convincentes? ¿O se reducen, en efecto, los escritos de la última parte de su vida a una tórrida elucubración? Algunos le conceden, como mucho, la autoría de análisis que han resultado en parte ciertos, visión premonitoria de males que ahora aquejan a Europa, pero ahí se detiene la incursión en el espinoso y temido territorio de su antiislamismo. No existen descripción pormenorizada de sus relatos, cumplida refutación de sus argumentos, invalidación de los abundantes datos, tomados directamente, sea de los escenarios reales, donde estuvo, sea de medios de difusión accesibles y comprobables, de los que ella se sirvió para ilustrar su discurso y razonar su postura.

 

Crónica de una guerra perdida

 En el prólogo de La rabia y el orgullo, dirigido al lector, Oriana explica por qué ha roto su silencio, el que se impuso, junto con el autoexilio, hacía muchos años, cuando, decepcionada de Italia y de Europa, que habían traicionado los valores que ella defendió desde su juventud, éstas se rendían, un día tras otro, blandamente, a los que soñaban con destruir su cultura. Vagó por el mundo hasta que decidió instalarse en Nueva York, al que denomina Refugium Peccatorum por habérselo ofrecido a tantos expatriados forzosos y voluntarios, desde los nacionalistas del XIX a los antifascistas del XX. El 11 de Septiembre de 2001 echa abajo todas las compuertas de ese viejo lobo desdeñoso dispuesto a morir, mientras escribe su última novela, en su cubil. Y le impone la obligación moral, el desafío, el deber cívico de recuperar la voz y hacerla pública, en hojas escritas, como en trance, una tras otra, primero para un periódico, luego en forma de libro. Aquel día caen las Torres Gemelas y queda mezclada con los cascotes la sustancia pastosa de tres mil personas desintegradas, las televisiones repiten imágenes de turbas regocijadas que celebran el atentado, y no son sólo palestinos, ni de países árabes; no faltan italianos, europeos, que se mofan del suceso y se regocijan de que la desgracia se abata sobre los norteamericanos. Éste es el revulsivo que la obliga a redactar, cuidadosamente, un largo proceso de denuncia comenzado veinte años atrás y transformado en texto torrencial pero dotado de coherencia interna, exento de la menor censura ni temor. Ella es perfectamente consciente, siempre lo ha sido, de la importancia de las palabras, de las proclamas, las declaraciones y los libros, del sometimiento al estilo, el rigor y la cadencia. Nunca se ha vendido. Ha vivido siempre de su trabajo pero muy pronto, hacia los diecinueve años, fue despedida de su primer empleo en un diario de Florencia por negarse a escribir falsedades sobre el mitin del célebre líder comunista Togliatti, aunque ni siquiera firmara el artículo. Resulta insólita, y hoy difícilmente creíble, su declaración de que nunca aceptó escribir ni una línea por dinero, lo que le impidió, por falta de recursos, acabar sus estudios de Medicina. Cincuenta años más tarde rechazará la elevada remuneración que por su artículo se le ofrece. En Nueva York, durante dos semanas de ininterrumpido parto, desdeña la enfermedad, los alimentos y el sueño y se nutre de la aguda conciencia de su deber como escritora y de la indignación que le proporciona combustible, un inmenso volumen de vergüenza ajena ante la pasividad, la tibieza, connivencia, chaqueterismo o franco placer por el atentado. Los aviones-bomba han venido a rubricar un proceso que denunció hacía largo tiempo: el progresivo desarrollo de enemigos antes nazis y luego, de forma mucho más extensa, subrepticia y peligrosa, agrupados bajo las banderas del Islam en diversas franquicias terroristas, con la ayuda eficaz de una quinta columna europea presta a todas las rendiciones y componendas.

Oriana se remite a las declaraciones del más célebre de los Padres Fundadores de la Yihad moderna, heredero de los Hermanos Musulmanes  y de Jomeini: Ben Laden proclama, sin ambigüedad alguna, que el mundo de infieles y libertades debe ser conquistado y sometido al Islam, en el proceso de una guerra de religión, la santa Yihad en la que están obligados a participar todos los musulmanes y de la que es enemigo, sin excepción, cualquiera que no acepta a Mohamed como profeta y el Corán como única fuente de fe y de forma de vida. Con igual claridad aquél afirma que la gran mayoría de los musulmanes, según muestran los sondeos, está encantada con el atentado del 11 S; la incómoda evidencia corrobora la exactitud de sus declaraciones. Por consoladora que resulte, la creencia de que el terrorismo islámico es fenómeno de minorías se derrumba ante los testimonios e imágenes de multitudes que expresan, por millones, desde Marruecos a Indonesia, el odio y deseos de agredir a Occidente, que queman sus banderas y las efigies de sus presidentes y toman como guías a iconos del tipo Ben Laden o Jomeini, por otra parte prescindibles puesto que no son sino el visible rostro de un movimiento sociorreligioso del más puro cariz integrista, ajeno a la civilización definida por democracia y progreso y anclado en un alto medievo de teocracia puritana incapaz de ceder el paso a una sociedad moderna, laica y plural, una estructura incompatible, por su propia esencia y por el aval de la experiencia histórica, con los derechos individuales propios de las sociedades desarrolladas. Analfabetismo, atraso, feudalismo y miseria coinciden geográficamente con el perímetro de las zonas islámicas y contrastan con la riqueza de sus oligarquías gobernantes. Es un especial sistema de totalitarismo que precisa de chivos expiatorios con los que compensar la frustración y la envidia del pueblo respecto al nivel de bienestar de Occidente y el lujo de sus propios gobernantes. El paso de los años ha demostrado que puede haber regresión, tras aparentes modernizaciones, y que la multinacional del terrorismo se expande sin forzosa relación con los frentes bélicos de Estados Unidos, lo que ilustra el hecho de que ninguno de los diecinueve kamikazes de Nueva York fuera afgano. Los intereses y aprovechamientos económicos de los diversos clanes no impiden que, a diferencia de épocas pasadas, el actual conflicto sea sustancialmente ideológico, carente de fronteras. Ajenas a los parámetros de las guerras convencionales, llevan décadas extendiéndose las milicias islámicas y los campos de entrenamiento de terroristas, en un mapa de operaciones cambiante y fluido para el que no existen fronteras. Se difumina voluntariamente la división combatientes/civiles, los vagos fines siempre justifican la inhibición de los espectadores y los métodos de los asesinos. La situación escapa a las acostumbradas estrategias porque el enfrentamiento no es nacional ni militar. Se trata de una guerra nueva, de tropas que aumentan con rapidez exponencial y multiplican apoyos y cabezas de puente en el territorio conquistable, una guerra de nuevo cuño, cultural y religiosa, los agentes de cuyo nazismo esta vez se sitúan tanto en las regiones de origen como, sin camisas negras, azules ni pardas, en las ciudades europeas, y hallan sin esfuerzo refugio, subvenciones y apoyo. El antiamericanismo multiuso sustituye a los fervores de la adhesión religiosa y, amasado con el buenismo y la ignorancia acomodaticia de paz y subvención, es, para mafias y autócratas herramienta inapreciable.

Es difícil negar la relación, investigada por la policía de diversos países, entre tales instituciones sociorreligiosas y las redes de Al Qaeda, sus arsenales y la formación de activistas. Sólo en Italia habrían sido epicentros del terrorismo islámico Milán, Turín, Roma, Nápoles y Bolonia y existido células en múltiples poblaciones. Sin que ni en ése ni en otros países se hablara de ello, ni de un sistema de circulación filoterrorista que discurre por establecimientos como carnicerías halal (de animales sacrificados como el uso musulmán ordena), locutorios, internet y asociaciones de apariencia inocua que sientan doctrina, vigilan conductas, forman a los jóvenes y se mueven como pez en el agua en zonas urbanas que han adquirido para los ciudadanos de origen el hosco aspecto de territorio hostil. En las grandes mezquitas como en las modestas madrasas de barrio marcan la línea ideológica y la actitud de los fieles los sermones de los imanes, en quienes reside indiferenciada la autoridad religiosa, civil, pública, privada y moral, reforzada por la que las autoridades autóctonas les otorgan gustosas para que, al uso medieval, controlen y sirvan de mediadores con sus parroquianos. Ellas se evitan molestias, el estado de derecho se debilita, se pierde la conciencia de la igualdad ciudadana ante la ley y los sectores más progresistas de la población inmigrada se ven forzosamente sumergidos en el control tribal y patriarcal que reproduce la opresión de su teocracia de origen. Tras el 11 S, resultaron singularmente llamativas las declaraciones de algunos imanes, como el de Bolonia, que culpaba de la matanza a la derecha y a Israel y aseguraba que el peligro no era Ben Laden, sino América.

Pero, más que a las armas químicas o biológicas, lo que a la periodista infunde profundo temor son olas sucesivas de integrismo puritano que lleguen a destruir irreemplazables obras de arte, esculturas, pinturas, bibliotecas y edificios que constituyen la médula y el alma de la cultura europea, de manera similar a los planes de Hitler para incendiar París o la voladura, durante la II Guerra Mundial, del Puente de la Santa Trinidad, en Florencia. El recuerdo de su ciudad natal, de catedral, iglesias y monumentos profanados y sucios por la basura y deyecciones de una larga acampada de inmigrados somalíes a la que no se atrevieron a controlar y oponerse las autoridades, el desprecio insultante de aquella turba hacia las mujeres, incluso las de su edad, y la permisividad oficial respecto a esos invasores que nada más entrar exigían derechos y atropellaban el lugar de acogida es para ella continuo acicate. Y envía una solitaria declaración de guerra a aquéllos en cuya violencia, ideario y fanatismo ve el mayor de los peligros del siglo XXI. La vida de la escritora, con la proximidad del final, forma una curva y reencuentra, bajo apariencia distinta, el fascismo nazi que desde niña, junto a sus padres, combatió. No rechaza el calificativo de sermón para su artículo porque considera su principal deber la difusión urbi et orbi de la advertencia. Y desdeña a quienes atribuyen su valentía a la proximidad de la muerte, porque su trayectoria vital prueba que en todo momento ha sido alguien capaz de pagar con grave riesgo propio el alto precio de la libertad de expresión.

El periódico donde apareció el primer artículo agotó el millón de ejemplares, y las adhesiones, fotocopias y correos electrónicos mostraron que servía de voz a innumerables personas a las que se obligaba a la mudez de la censura. Mientras, pacifistas y repentinos admiradores del mundo islámico, ex comunistas y socialistas platónicos a los que había dejado a la intemperie la caída del Muro de Berlín la declaraban hereje, ignorante y exhibicionista. Escrito en estado de extrema tensión y, tras publicar parte en la prensa, no por ello deja de reivindicar la señora Fallaci, en un libro que es a la vez recopilación, arenga y manifiesto, su celo por la forma lingüística, la propiedad, el ritmo, la eufonía y la corrección sintáctica, aunque se sitúen en aguas de fondo tan movido y convulso como la época y los hechos que relata, y pese a que los improperios atraviesen continuamente sus líneas como un fogonazo tanto exclamativo, tanto interrogativo retórico. Utiliza el estilo directo, un alter ego exigente con el cual dialoga de una forma que inconscientemente recuerda a la epopeya clásica, las invocaciones de Homero y de Virgilio a la Musa, el auditorio, los héroes y los dioses. Desde el primer título, rabia y orgullo, pone en guardia al lector sobre el contenido emocional, pero no por ello redacta un simple panfleto; hay un tono de veracidad indudable, un serio fondo de conocimientos, un raro espesor vital, los cuales a veces parecen enmascarados por la espontaneidad de su forma literaria de manera que la repulsión y la ira no excluyen razón y lucidez.

En esta época de medias tintas y tibiezas es llamativo su afán unívoco. Así, por ejemplo, cuando se asegura de que no existe riesgo de que se mezcle, en sus improperios hacia los que admiran, comprenden o se solidarizan con Ben Laden, los kamikazes y sus seguidores, ni un átomo de respeto, piedad o reserva. Pasa rápidamente revista a los supuestos mártires, a su patrón Arafat, a los homólogos japoneses, y ella, que, como en Blade Runner, cuanto más se le va la vida más la ama, siente el profundo desprecio de los que han sabido gozarla hacia estos exhibicionistas de la muerte. Las imágenes de los terroristas suicidas, con planchado y peluquero recientes, aparecen también en su novela de años antes, Insciallah (1990), que comenzaba con los centenares de muertos del atentado de las bases americana y francesa en Beirut. El 11 S las víctimas son miles, son un puré orgánico de cadáveres de los que nunca se sabrá el número. El héroe de la jornada, el jefe del comando, Mohammed Atta, especificó en su testamento En mis funerales  no quiero seres impuros. Es decir, animales y mujeres.(…)..Ni siquiera cerca de mi tumba quiero seres impuros. Sobre todo los más impuros de todos: las mujeres embarazadas. Los héroes de la periodista son otros: los pasajeros de los aviones secuestrados para convertirlos en bombas, los cientos de bomberos y los policías que murieron para intentar salvar a los atrapados.

Oriana se adentra en el análisis de la irremediable vulnerabilidad, frente a las dictaduras, de las sociedades abiertas, de la vieja alianza entre aquéllas y los grupos terroristas, de la envidia a Estados Unidos y de la naturaleza de la confianza, pluralidad y fuerza de éstos, de sus veinticuatro millones de musulmanes y de la ingenuidad norteamericana, que abre a cualquiera, como a los pilotos que se incrustaron en las Torres Gemelas, puertas y aulas y pone a su disposición la ciencia y la tecnología que les servirán para borrar los símbolos de la modernidad y de la nación. Fue el caso de Ben Laden, multimillonario en buena parte gracias a sus empresas, ¡oh ironía!, de demoliciones. Es al único al que Oriana hubiera querido entrevistar. Porque en la tranquila crueldad evangélica de su sonrisa, en la suavidad ingrávida de sus movimientos, en la fascinación de sus ojos que guardan tras la bondad el cuchillo y en el ejercicio de completa soberbia de Rey de la humildad y los marginados, ella ve el Mal, como se percibe a la entrada de Auschwitz o en la escuela de Beslan, coagulado, materializado, frío y dispuesto a llevar adelante su plan. Oriana cree conocerlo, haberlo visto en el salón de un hotel del Beirut de los años ochenta, una figura alta, de un blanco inmaculado, los ojos del rostro muy joven dotados de oscura fijeza. Ben Laden, el más dulce, a decir de su prolífico padre, de los cincuenta y cuatro hermanos, el muchacho rico que, desde las chicas rubias y las fiestas, se pasó al sumo deleite de la Gran Pureza, la austera santidad y la embriaguez del arcángel venido a más que se sueña segundo de Dios y reina en su trono de desnuda roca. Tras él, una Arabia Saudí que nutre de dinero a los terroristas y de petróleo a buena parte del planeta, aliada de Estados Unidos y al tiempo el régimen más puritano, inquisitorial y feudal, también quizás el más hipócrita, en un palmarés que resulta reñido cuando se habla de los países árabes, enquistado en la invulnerabilidad de quien a diario bombea la negra sangre que hace latir los motores de occidente. Uno de sus príncipes, Al Walid, ofreció a Nueva York, tras el desastre, un cheque de diez millones de dólares, que el alcalde Giuliani rechazo con dignidad. Era el dinero de los mismos que comparten entramado financiero con Ben Laden y que desde los ochenta alimentaron las arcas de un Arafat que se entrenaba en llevar la guerra al suelo europeo y comenzaba la gloriosa carrera de alentar a los muchachos suicidas. Ryad es también generoso con los occidentales que se convierten al islam, con la adquisición de terrenos y la construcción de madrasas y de mezquitas cuyos minaretes aspiran a mirar desdeñosamente, desde su superior altura, a las casas, iglesias y monumentos de Italia, España, Alemania, Francia.

Pero a los entusiastas valedores de la matanza de las Torres Gemelas la periodista quiere enviarles un mensaje: Han fracasado en su principal objetivo, el miedo. No sembraron en Norteamérica humillación y pánico; por el contrario, brilló un sentimiento de unidad, solidaridad, patriotismo y eficacia. Ahí se halla para Oriana la raíz misma de la libertad, en rehusar vivir atemorizado por la violencia, el chantaje, el mal aliado a la fuerza. Y, junto con el tributo de rendida admiración a tal conducta, la inevitable constatación del contraste con la debilidad europea, con su desunión y amedrentamiento que la hacen presa fácil de cualquier enemigo. Donde los ciudadanos ofrecen, en Estados Unidos, la determinación de la unidad necesaria ante los males y el general sentimiento patriótico, en Europa se observa un hervidero de tribus y de clanes atentos sólo al pastel estatal y a la exhibición del desdén de buen tono respecto a patria, cultura, civilización o bandera. La gente de la América admirada por Tocqueville, prendada de la independencia de los individuos y surgida trece años antes que la Revolución Francesa, escogida y construida por emigrantes que apostaban por el futuro y dirigida en sus comienzos por personajes, los Padres Fundadores, de excepcional categoría, alcanza una general dignidad ciudadana que está exactamente en las antípodas de la imposición del hombre-masa propia del marxismo y del populismo de los demagogos. Con la claridad de la vejez, la escritora, que siempre rechazó la nacionalidad estadounidense, abomina, en nombre del justo recuerdo y del elemental reconocimiento, de cuantos se han complacido en forjar con la sigla USA un icono en el que verter celos y envidia, donde personificar todos los males y congraciarse, denigrándolo, a dictadores y fanáticos. Oriana vuelve a ser la niña que, bajo el apodo de Emilia, ya trabajaba con su padre en la Resistencia con el movimiento “Giustizia e Libertà”, a la que él contó las torturas a las que en prisión los fascistas lo habían sometido. Ella ve con la nitidez de lo ocurrido ayer quiénes son los que la liberaron de Hitler y Mussolini, de Stalin y del pozo de la postguerra. Y además vive, con la intensidad de una cultura que permite la integración del pasado, los ideales de la Italia del Risorgimento, la generosa lucha de grandes hombres por una bandera que representaba su noble ideal y que ahora no se exhibe sino en los estadios. Y la conmueve el himno nacional, la belleza de la lengua de Alighieri, y no se avergüenza del simple amor a su patria, que le parece tan distante de la Italia mezquina, torpe, amedrentada y vulgar en la que, como el resto de Europa, su país se ha convertido. Las italias oportunistas y de visión corta se alzan como antítesis de la que ama. Nacieron durante la postguerra, las componen, por ejemplo, los ex comunistas que ya en los años cincuenta se ensañaban con sus artículos y desplegaban contra quien no fuera ellos todas las tácticas del terrorismo intelectual. Se ha pasado la vida enfrentándose a las distintas iglesias, de prosoviéticos y postsoviéticos, de pacifistas, buenistas, ecologistas, izquierdistas de diverso pelaje bien afincados en puestos públicos y siempre prestos al ritual totalitario de eliminar al discrepante bajo andanadas de ¡reaccionario!, ¡fascista!, ¡racista!.

Desde el otro lado del Atlántico, alejada de la tierra que siempre sentirá como suya durante años de decepción y de autoexilio, Oriana se sitúa en una muy especial perspectiva. Lo que para ella es evidente y posee la irreductible claridad de los hechos es objeto en Europa, cuando no de villanías del tipo “los americanos se lo tienen bien merecido”, de todo tipo de componendas, dejaciones, claudicaciones y cegueras, en una inversión perceptiva sin más lógica que la cobardía ni otro ideario que la comodidad cotidiana y la garantía del consumo a corto plazo. Los asesinos son mártires u oprimidos sedientos de comprensión, las feministas defienden el peor apartheid, el de las musulmanas, que ha conocido el planeta y llaman diferencias culturales a la opresión, humillación y régimen carcelario en que esos millones de personas viven, las autoridades pactan con dinero y privilegios la apariencia de control de los invasores, un gran caballo de Troya se instala sin el menor esfuerzo en el corazón de las ciudades del Viejo Continente, obliga a borrar o silenciar las señas de identidad de la civilización antigua e impone la propia, dotada de todas los rasgos del atraso y el sometimiento, alza con dinero de reyes lejanos sus torres, ofrece al agresor desagravios y tributos. En Europa se ignoran los vastos cementerios de soldados americanos que murieron por salvarla, los planes económicos que propiciaron su desarrollo, la potencia estadounidense que la permitió vivir a su costa en gastos de Defensa y poder así disfrutar, con lo que otros gastaban para garantizar la seguridad del mundo libre, de generosidades sociales y estados de bienestar. Desde la distancia, en el espacio y en el tiempo, desde la proximidad inmediata del Nueva York del 11 S, la periodista quiere despertar a su tierra de ese extraño letargo, del largo y lento suicidio en el que se hunde. Ninguna de las instituciones le merece crédito. Al Papa, afanoso por presentar disculpas al Islam en nombre de la Iglesia, le pregunta qué disculpas el Islam ha presentado por sus robos, masacres, violaciones y asaltos en las costas de Italia, por el activo tráfico de esclavos del que fueron pioneros y al que se aferraron hasta que se lo impidieron las potencias occidentales, bien avanzado el siglo XX, por la invasión y ocupación de territorios mucho antes de las Cruzadas. No halla más explicación, en el pueblo llano, que la miopía del miedo, el peso colosal de la autocensura que gravita sobre gentes fuertemente condicionadas por la exigencia del mínimo riesgo, incapaces de la elemental e inicial resistencia que consiste en llamar por su propio nombre al enemigo, identificar la guerra y el ataque que en este caso es la Yihad, la Guerra Santa, empeñada en sojuzgar la libertad, la cultura y el bienestar, tan trabajosamente conseguidos, de las sociedades libres, con una violencia difundida sin esfuerzo entre los muchos millones de musulmanes afincados en Europa a los que precisamente el control de los líderes religiosos, la vigilancia y manipulación de los individuos ejercidas por las comunidades inmigradas mismas, la impotencia ante agradables sistemas de vida de los que sus propios preceptos y tabúes les impiden disfrutar, les empuja al fundamentalismo, la agresión y la envidiosa hostilidad.

Como periodista, hace décadas que tiene ese discurso de los hechos, que denunció la mansedumbre occidental ante los inquisidores, la conspiración del silencio ante la connivencia con la barbarie. Ya entonces los grupos que, bajo el título de marxistas, progresistas, socialistas o simplemente izquierda pretenden monopolizar el sujeto ético, ser los Buenos de una historia dual, levantaron contra Oriana sucesivos autos de fe. Desde 1980 ella había constatado la evidencia, sin prejuicio ni consigna, y eso era simplemente imperdonable. Defendía la cultura de Occidente por su extensión, abundancia y calidad frente al puñado de nombres, objetos y edificios de una basada en la agresión, el tabú, la intolerancia. Ella fue de los únicos que se horrorizaron ante las tácticas de los talibanes, a los que armaban, como a Ben Laden, en Afganistán los Estados Unidos y apoyaban las izquierdas; los primeros por contrapesar a los soviéticos, los segundos en pro de un tercermundismo nacionalista capaz de avalar todas las aberraciones con tal de que las perpetren gente y cultura autóctonas. Oriana puso ante la conciencia occidental la práctica afgana de, mientras invocaban continuamente a Alá misericordioso, cortar los brazos y piernas de los prisioneros rusos, como ya lo habían hecho anteriormente con cristianos, judíos y británicos, con cuyas cabezas jugaban al polo en el siglo XIX  en Kabul, y asegura que, con invasión y todo, los soviéticos son preferibles a los talibanes y Europa debe estarles agradecida por defenderla. La consigna ¡Fuera los rusos de Afganistán!, repetida con entusiasmo por Osama y sus muchachos, era, mientras, coreada por las multitudes bienpensantes de la cultura occidental. Con el éxito revelado por el tiempo.

Poco tardó en recogerse la cosecha: El fortalecimiento, en su ambición, de gentes rapaces y peligrosas que, con la perfecta carencia de escrúpulos que proporcionan el fundamentalismo religioso, la frustración social, sexual y civil de su vida cotidiana y la prepotencia de los fáciles ingresos del petróleo, desarrollan estrategias de ocupación progresiva y organizan sus ataques contra enemigos tanto más despreciables cuanto más medrosos, venales y contemporizadores. En lo cual no hacen sino aspirar a la repetición in extenso de las formas de vida con las que sus líderes (excepto el puñado ilustrado que intentó imponer reformas de corte netamente occidental) llevan catorce siglos oprimiendo a su propia población, con un fenómeno añadido, el apartheid femenino, reivindicado como precepto islámico, que no tiene parangón en la historia social del planeta y al lado del cual palidece la segregación de negros o de judíos. Como periodista, la señora Fallaci se atiene a los actos, a la manifestación material y concreta de las personas, los grupos y los países. Y halla que quien ha pagado y continúa pagando la póliza de seguros y de hogar de Europa son los denigrados estadounidenses, en fondos, esfuerzo y vidas. Cuando dice que Nueva York somos nosotros, ese nosotros son los países europeos, que aún confían en la distancia y sin embargo viven en un frente en cuya negación se empeñan y donde pueden irse sustituyendo, como en un dominó, las fichas blancas de una vida próspera, libre y razonablemente feliz por las fichas negras de esas mujeres reducidas a bultos que caminan unos pasos detrás de los hombres, esos cafés de público exclusivamente masculino, esa perceptible tensión, sordidez y degradación de las sociedades reprimidas que se extiende como una mancha por sectores de las ciudades del Viejo Continente. Mientras, las nuevas inquisiciones prodigan las llamadas, cada vez más imperiosas, a la autocensura, el veto, la sumisión a las teocracias y al imperio del miedo y de la fuerza y la abominación de la civilización propia, de las bases del derecho y de los sistemas liberales. Por lo tanto la escritora italiana asume en su manifiesto el orgullo de serlo, de pertenecer a la cepa de Platón, Galileo, El Greco, Bach, Leonardo, Einstein y Newton, de los transplantes de corazón y de los viajes espaciales. Y al lado de esto rechaza colocar, en plano de equivalencia, al credo de adversarios cuyos instrumentos son el terror y la muerte y cuyo único argumento es la apelación a un libro divino.

Resalta el patético empeño de los dirigentes occidentales, presionados por sus poblaciones musulmanas (quince millones en Europa), por alabar el Corán y ver en él un catecismo de paz, fraternidad y justicia. Hace falta, realmente, para ello un complicado ejercicio de exégesis selectiva y creativa, aquél que permite leer cualquier cosa, interpretar de la manera más conveniente cualquier libro sagrado. En el caso del Corán se precisa, en verdad, mucha imaginación y otro tanto oportunismo para ignorar sus innumerables llamadas a matar infieles y machacar apóstatas, su taxativa clasificación de la mujer entre los seres naturalmente impuros y siempre inferiores al hombre. Cierto es que los alumnos del Profeta le han superado, y se han superado a sí mismos, en la práctica, única piedra de toque que define a las sociedades y a los individuos: lapidaciones de adúlteras, invalidación del testimonio legal de las hembras de no ratificarlo testigos varones, manos cortadas de ladrones o los dedos de aquéllas que se habían pintado las uñas, pena de muerte, aplicada en público, para consumidores de bebidas alcohólicas, homosexuales, heterodoxos, afianzamiento de la poligamia…La lista es amplia y mudable, porque, al no existir separación entre autoridad religiosa y sociedad civil, gravita sobre todos la situación potencial de pecado y de castigo, la vigilancia múltiple, la hipocresía preceptiva y el temor a la élite puritana que marca la norma y elige el castigo.

La entrevista de Oriana al ayatollah Jomeini, quien le explicó la prohibición de la música (excepto, quizás, himnos militares) porque proporcionaba placer, es un relato antológico, que debería, desde luego, figurar en los textos de “Educación en valores” y en la que se arriesgó a ser fusilada por intentar ponerse el chador obligatorio en una habitación donde estaba a solas con el intérprete. Para no acabar ambos ante el pelotón, se le propuso que firmara un matrimonio temporal con aquél. Menos chusco es su reportaje, en Dacca, de la ejecución pública a bayonetazos de doce jóvenes acusados de impureza, y, a patadas en el cráneo, del joven hermano de uno de ellos, que intentaba impedirlo, en un estadio a cuyo campo descendieron luego los miles de asistentes, mujeres incluidas, y pisotearon ordenadamente los cadáveres mientras gritaban Alá es grande. Es, también, no poco ilustrativa la entrevista con el presidente de Pakistán, Alí Bhutto, durante la cual él le contó cómo se le había casado a los trece años con una señora mayor, prometiendo al niño, si consumaba el matrimonio, un par de patines. Ni siquiera así lo logró, ni fue nunca capaz, con aquella infeliz señora, de llegar al coito. Se marchó a estudiar a Inglaterra, se casó por amor y, a la vuelta visitó a aquella primera y nominal esposa, que vivía en la mayor soledad y nunca podría tocar a un hombre sin ser decapitada o lapidada por adulterio. Bhutto declaró que se avergonzaba de sí mismo, de la poligamia y de su religión. No es ni mucho menos el único, en estos países, que lo hace, pero no salen en la prensa jamás. El desprecio a las hembras, la repugnancia hacia esa oscura, húmeda impureza que contamina la rectitud del hombre y a la que sin embargo hay que acercarse para la procreación y para el placer, tiene en el islam fuerza de ley. En 1973 durante un bombardeo israelí, los fedayines palestinos encerraron, en Jordania, en un depósito lleno de explosivos a Oriana mientras ellos se refugiaban riendo en un sólido búnker. Una periodista angloafgana pudo rodar, en tiempo de los talibanes, un documental sobre la ejecución de tres mujeres en la plaza central de Kabul, tres fardos tratados con desprecio por el barbudo ejecutor de turno, arrodilladas de un empujón, liquidadas sin más ceremonia con el tiro en la cabeza y retiradas luego de la escena como sangrantes bolsas de basura. Su delito podría haber sido ir a la peluquería (clandestina), descubrirse la cara, quizás reírse (también para ellas prohibido). La rabia se mezcla en Oriana con la impotencia de la razón cuando intenta conciliar estos datos con la actitud filoislámica de feministas y homosexuales en Occidente, los que la cubrieron a ella de insultos por no atenerse al discurso de moda, por reivindicar el amor heterosexual, la maternidad, la feminidad.

En sus recuerdos, no ve sólo caer cuerpos vivos; también obras de arte, irreemplazables, los magníficos budas de Bamiyán de los siglos III y IV, dinamitados por los talibanes en 2001 y que evocan por analogía el genocidio cultural cometido por una religión no por atea menos feroz ni totalitaria, el de los maoístas en el Tíbet. Y entonces acude a la memoria de la periodista la conmovedora dulzura del Dalai Lama, cuya personalidad la marcó. Un hombre con tal sentido del humor y tan poco pagado de su importancia y de su imagen que se puso una camiseta de Popeye que había comprado en un mercado indio porque pensó que a la occidental le gustaría. Contra la técnica pactista de intentar meter en el mismo saco a todas las religiones, la escritora aprecia la abismal diferencia entre el budismo y el rastro de destrucción que tras de sí, desde el siglo VIII, el islam deja. Evoca el rosario de invasiones muy anteriores a las Cruzadas, recuerda Beirut, la suiza de Oriente Medio despedazada por sirios, palestinos, sunníes y chiitas, ocupada y sojuzgada por aquéllos a los que había acogido en su seno.

En Europa llueven las rendiciones y los tributos, en forma de pasaportes, permisos, servicios gratuitos pagados por el esquilmado trabajador autóctono, subvenciones, edificios, prioridades, exenciones, dinero a gentes de países en los que no existe tolerancia alguna para religiones distintas a la musulmana, ni autorizaciones para construir iglesias, centros budistas, sinagogas ni escuelas, y sí hay, por el contrario, persecuciones, asaltos, discriminación, ataques, protección a las mafias del nuevo esclavismo y de la droga. Las mismas que dirigen hacia las riberas del Viejo Mundo a una tropa de arrogantes huéspedes que exigen con la tranquila impunidad de quien se sabe protegido por una legislación que deja inermes a los ciudadanos y les prohibe incluso defenderse. Para la señora Fallaci Italia se ha convertido en rompeolas de una invasión masiva que nada tiene que ver con la emigración hacia América del XIX y del XX y a la que no es ajena la financiación fundamentalista, el dinero saudí y la blanda molicie de europeos a los que repugna tanto el trabajo como engendrar hijos. Las hembras islámicas sirven, en este proceso, para la reproducción intensiva, encerradas en su conejera de trapos, sumisión e ignorancia. Las olas migratorias se vierten, a diferencia de la en su tiempo despoblada América, sobre el tejido, espeso en población y cultura, de una Europa milenaria y formada a la que, pese a su pasado inquisitorial, del que la periodista atea abomina, la Iglesia Católica ha sembrado de obras de arte y el Cristianismo embebido de valores que, junto con el Derecho Romano y la filosofía griega, forman una identidad cada día desangrada por quienes no la ven sino como parcela y botín.

Su Italia, la que ahora no reconoce en la sociedad amorfa, estulta y pasiva de aspirantes a la anomía cultural y los derechos sin obligación alguna, la de los universitarios y diputados que ignoran historia, gramática y ortografía, es tan semejante a España que podría reemplazarse el nombre de la una por el de la otra, herederas de las exigencias del todo gratis y ahora de la generación del 68 y amantes de vestirse de guerrillera en tiempos de democracia. Más que del enemigo invasor y del asesino terrorista, Oriana abomina de la que llama jet psedointelectual de izquierdas, una clase social de especial cuño y marchamo postmoderno que vive, de manera en buena parte parásita y muelle, a costa de imponer la doctrina del pacifismo políticamente correcto y por medio de una demagogia a la que otorga poder infinito la sociedad de la comunicación a base de negar individuo, calidad, riesgo, esfuerzo y mérito en pro de la igualdad del mediocre y la inoperancia del cobarde. Este credo de la no intervención y el universal relativismo se envuelve en la tergiversación del lenguaje. Tal cosa resulta particularmente útil a la hora de englobar en culturas distintas y civilizaciones diferentes a prácticas execrables. Buen ejemplo de ello son las discusiones bizantinas sobre ablación e infibulación (de uso generalizado en varios países musulmanes: Consiste en cortar a las niñas el clítoris y/o coserles los labios mayores para que no sientan placer sexual). Los residentes en Europa no sólo pretendían hacerlas legales, sino que pagara la mutilación de esas infelices la seguridad social. Las acusaciones de racismo integran, junto con reaccionario y derechista, la batería de chantajes verbales con los que se amordazan opinión y ciudadano medio. La palabra paz se lleva la palma en el uso populista y pervertido, que la transforma en la exigencia, sin alternativas, de incondicional asentimiento a cuanto convenga al pactista de turno y que destierra del panorama vital y cívico las percepciones mismas de libertad, dignidad y categoría de los valores. La decepción de la periodista se extiende a la Unión Europea y a la ONU, grandes esperanzas de los tiempos de su juventud cuyas estructuras han ido ocupando las termitas de una glotona burocracia, en buena parte de dictaduras del tercer mundo, que tiene como finalidad ella misma y como metodología la huida y los pactos con el invasor, mientras agita sin descanso la bandera blanca y se dispone mansamente al suicidio.

Las perífrasis, metáforas y epítetos (hijos de Alá por musulmanes, berridos por llamadas del muecín a la oración, cretinos, barbudos, cigarras, cerdos machistas con sotana y turbante a los verdugos de mujeres, etc, etc) son abundantes en los libros de la señora Fallaci y reproducen, de manera casi magnetofónica, un lenguaje coloquial que ahuyenta a cualquiera con aspiraciones diplomáticas y, sin embargo, ayuda a comprender el éxito y alcance de su discurso, los millones de ejemplares vendidos, la correspondencia y correos electrónicos. Ocurre que, en fondo y en forma, ella expresa lo que sienten y experimentan, sin poder decirlo, las personas del común, a las que se ha privado de voz y de defensa porque, si osan abrir la boca y quejarse de lo que sin empacho la periodista afirma, se encuentran tocadas con las corozas de racista y reaccionario, aisladas en un mar de fatalismo conformista, ahogadas por la dictadura de la corrección sociopolítica y el imperio de las mafias que acaparan los medios de comunicación e incluso disponen sobre la existencia o no existencia de los hechos. Se ha forzado de tal manera a la gente a negar la evidencia, a callar cuando el emperador estaba  desnudo, se les está obligando de tal forma todos los días a costear de sus ingresos y ahorros, de las estructuras fruto del trabajo de generaciones, a exigentes hornadas de parásitos y a tropas que, lejos de aportar integración, afecto y lealtad al país de acogida, se comportan como en terreno conquistado, que la denuncia de la señora Fallaci, su inconfundible aroma de veracidad y honestidad, su dicción directa, brutal, semejante a la del hombre de la calle, son un refugio y un inmenso respiro en un panorama en el que la censura tácita apenas permite alzar la voz. Por primera vez se grita que el traje del emperador no existe, que la transformación de algunos barrios en sórdidos arrabales marroquíes, de las mujeres en población marcada, de forma similar a la estrella amarilla pero mucho más incómoda, por un pañuelo hasta las cejas, de los bares y cafés en recintos de exclusiva clientela masculina, de la atmósfera distendida y libre en la tensión de zonas patrulladas por grupos con aspecto más ruidoso y desafiante que cordial e integrado, todo eso resulta inquietante y penoso y no tiene nada que ver con la sana pluralidad de gentes de origen diverso que respetan las leyes del país de acogida y se ganan honestamente la vida. El hombre de a pie, el trabajador que se ve postergado cuando precisa de servicios sociales para los que él y los suyos han cotizado toda la vida, el ciudadano que sinceramente cree en la igualdad y en los derechos que la Constitución enumera se siente vendido a un adversario inatacable, por parte de esos representantes políticos cuya casta vive lejos y a salvo de la degradación cotidiana. Le hablan de guerras; no ve sino enfrentamientos lejanos. Le aseguran paces tan simples como un apretón de manos, le tranquilizan con explicaciones del complejo mundo que remiten los conflictos a la paciencia y distribución de sonrisas y analgésicos. Pero ese hombre común sabe que no le miente el instinto, que la guerra es otra, sin ejércitos pero con sicarios, mafias y estraperlistas, y sabe que le están malbaratando, a él, a su cultura y a su tierra, y cobrando por ello. Aquéllos que agitan los ismos que permiten a su clan seguir nutriéndose de  los dividendos de la utopía.

Denunciar a todos es una guerra perdida, Razón de más, según Oriana, para presentar batalla hasta el final.

 

La cara oculta de la media luna

 La voz de la escritora es también la de voces al otro lado del último Muro, el de tejido espeso y jaculatorias que bordea los países islámicos. Desde allí le llegaron a Oriana Fallaci mensajes de personas que comprensiblemente ocultaban sus nombres, mujeres muchas de ellas, pero no todas, ni forzosamente musulmanas. Porque lo que se presenta a la opinión occidental como espacio religioso prácticamente monocolor es en realidad un magma, de oprimidos y opresores, de cristianos, budistas o judíos en franco peligro y rotunda discriminación y agnósticos, ateos y conversos condenados a muerte. Incluso en los casos de apariencia más desarrollada, como Turquía, laica en la forma pero diseñada para fundir la fidelidad al islam con la incondicional lealtad al Estado, lo que de hecho constituye, desde hace siglos y en países muy diversos, una forma de estructura totalitaria sui generis, por cuanto, al no existir Iglesia como tal, lejos de dar lugar este factor a sistemas más libres y laicos, tiene el efecto contrario: Todo es Iglesia, todos los jeques, con el imán que es su alter ego, son pontífices, comendadores de los creyentes que rigen a su grey con autoridad doble indistinta. Incluso, cuando de forma reciente se intentaron, y en algunos casos instauraron, gobiernos modernos, hubo derivas hacia la oligarquía autoritaria que reproduce en esencia y métodos la teocracia estatal, de manera muy semejante a las religiones laicas de un comunismo que goza allá de gran predicamento. La eficacia de este totalitarismo es tanta que, por ejemplo, de los millones de cristianos que residían en Turquía a principios del siglo XX no quedan sino un par de cientos de miles, iglesias, capillas y monasterios han sido profanados o convertidos en cuarteles y mezquitas, los lugares de culto están sometidos a una semiclandestinidad y los pocos fieles que restan son una precaria minoría en continua disminución. Mientras, llueven sobre las autoridades europeas civiles y religiosas las exigencias de líderes e inmigrantes musulmanes para que levanten madrasas y mezquitas.

Dedicada a los muertos del Madrid del 11 M, La fuerza de la razón despliega, con minuciosidad y lucidez, datos, argumentos y descripción de las reacciones y respuestas provocadas por su anterior libro. Mucho más que los intelectuales y personajes conocidos, que se guardan muy bien de significarse, envían su apoyo por cientos de miles (procedentes de los más variados y lejanos lugares y no pocos de países musulmanes) gentes anónimas, se crean en la red páginas como thankyouoriana, que firman sobre todo mujeres que viven en países sometidos a la Sharia, se amontonan en casa de la señora Fallaci las sacas de correspondencia, se la compara con las admoniciones de Churchill a una Gran Bretaña pasiva ante la escalada de Hitler y Mussolini. Por otra parte pacifistas, grupos de extrema izquierda y representantes islámicos coinciden en atacar a la escritora sin economizar bajezas ni medios: Amenazas de muerte, en y sin el nombre del Corán, injurias y obscenidades contra ella y contra sus parientes y amigos fallecidos, pintadas y carteles, propuestas de recluirla en un psiquiátrico para demencias seniles, burlas respecto a su enfermedad, el cáncer, acoso, pintadas, presiones para que se la rechazara y se organizase una quema de sus libros…Todo esto hecho en buena parte bajo las banderas con el arco iris, en nombre del vocablo paz, que Oriana-y no es la única-considera la palabra más violada y traicionada del mundo. Por supuesto se han presentado contra ella acusaciones de antisemitismo, racismo, etc, etc, instruido procesos y animado a los fieles creyentes, sin duda en nombre del Dios misericordioso, a acabar con su vida.

Página tras página, la escritora denuncia, con nombres, lugares y fechas, el continuo e impune quebrantamiento de la ley y el uso del fraude y el chantaje por parte de individuos que se presentan a la vez como víctimas, no de sus actos, sino de persecuciones antiislámicas, y que, por otra parte se consideran merecedores de una especial consideración que les eximiría de atenerse a las normas del país de acogida. Éste, sea Suiza, España, Italia o Francia, se inhibe e incluso se apresura a condenar a multas y penas de prisión a los que se atreven a criticar agresiones de los musulmanes. Ellos sin embargo, y cualquier occidental (de hecho, está tan de moda que es elemento indispensable de filmografía y prensa), pueden insultar hasta el aburrimiento a Papa, Cristo, Evangelio y a cualquier símbolo o personaje religioso. Excepto en el caso de Mahoma, el Corán y sus preceptos, a los que protege la más férrea censura so pena de proceso, escándalo y muerte. La generalizada rendición y abandono de valores han llegado a tales extremos que, en la ONU, los países islámicos se niegan a suscribir la Declaración Universal de Derechos Humanos y proclaman que no se atienen sino a la que han elaborado como “Declaración de los Derechos Humanos en el Islam”, en la que todo se somete a la Sharia como única fuente de legitimidad. En Gran Bretaña se funda un “Parlamento Musulmán” que prohibe a los inmigrados festejar la Navidad y les recuerda su primordial sumisión al poder religioso. Esto acompañado en Europa de seminarios, grupos de trabajo y defensores de un relativismo cultural de gran ayuda para, por ejemplo, la persistencia del esclavismo en África, y que incita a sustituir en Occidente los textos de los libros de Historia por otros acordes con un Islam mítico modelo de virtudes y a establecer una especie de comisariado en lo que viene a ser, y de ello hay ya suficientes muestras, una Revolución Cultural de nuevo cuño, un maoísmo coránico fundamentalista al que todo se permite y al que se viene facilitando el trabajo con la erradicación, como en muchos países de la UE está ocurriendo, de las referencias a valores cristianos, civilización y tradiciones. Vaciada de su sustancia desde en la expresión del pensamiento hasta en la iconografía navideña, Europa pasa a ser una ciudad tomada por el caballo de Troya al que han facilitado la entrada y con el que esperan colaborar antes, ahora y siempre las diversas mafias sociopolíticas que se aprovechan del débil flanco de los sistemas democráticos, el que permite la dictadura de minorías y, en nombre de la protección de éstas, acaba sojuzgando a la gran mayoría de los ciudadanos.

Realmente, y pese al tono apocalíptico, la invasión que denuncia Oriana, y cuyo origen ella hace retroceder al siglo VIII, no se trata de una trama ancestral, maquiavélica (en esos medios la intelectualidad no da para tanto) y urdida por un linaje de conspiradores que, en secreto contubernio, pasa las consignas de generación a generación. Aunque son ciertos los antecedentes históricos, tiene en el muy cercano siglo XX sus visibles preliminares, que la periodista tuvo ocasión de comprobar cuando, en 1966 entrevistó a Cassius Clay, boxeador convertido al islamismo con el nombre de Mohammed Ali y que figura (y no por su inteligencia) entre los iconos del movimiento “Renacimiento del Islam” y la secta de las Panteras Negras, que, desdeñosa del movimiento pacifista de Martín Luther King contra la segregación racial, defendía en Estados Unidos un rabioso racismo antiblanco y una no menos virulenta animosidad respecto a religión cristiana y civilización occidental. Con excepción de Adolfo Hitler, alabado por ellos en virtud del exterminio de los judíos. Fue una entrevista memorable, por los eructos y autoalabanzas de Cassius y porque la vida de Oriana corrió serio peligro, dada la extrema agresividad de los musulmanes negros. El ritmo de conversión al islam es, entre la población norteamericana de color, vertiginoso y su ideario, como el de otros grupos de corte fundamentalista y étnico, de un fascismo simplista sin paliativos. Empero, la atención mundial estaba por entonces centrada en Guerra Fría, Vietnam, comunismo y socialismo. El fenómeno pasó desapercibido hasta el primer atentado terrorista islámico, cuando en 1969 se secuestró e hizo explotar un avión procedente de Italia. Fue el comienzo de una estrategia caracterizada por la matanza indiscriminada de civiles y la utilización de kamikazes como bombas humanas. Pocas lecturas hoy tan apasionantes como Entrevista con la Historia, en la que, con una introducción aguda pero palpitante como un puñado fresco de entrañas, Oriana Fallaci reproduce las entrevistas, realizadas entre 1969 y 1976, a veintiséis personajes clave, como Kissinger, Golda Meir, Hussein de Jordania, Indira Gandhi, Willy Brandt, Reza Pahlevi, Soares, Cunhal, Carrillo, el arzobispo Makarios, Pietro Nenni, Nguyen Van Thieu. Con la perspectiva de los treinta años transcurridos, ahí está, la percepción del planeta de los que hacían, o pretendían hacer, su historia, y ahí se encuentran la fuerza y debilidad de cada uno de los individuos, la tensión ambiente, la lucidez de la entrevistadora y el voluntarioso engaño en el que podía caer incluso ella, llevada por su pasión de lucha en pro de un mundo mejor. En su rabia de años posteriores hay probablemente no poco enfado consigo misma, porque, como ocurrió sobradamente en su generación, una persona inteligente no se perdona haber cedido a veces a la ceguera irracional y la miopía selectiva.

En esas páginas, en las entrevistas a Yasser Arafat y a George Habash (aquel misionero laico, el caritativo pediatra cristiano ortodoxo convertido súbitamente al negro dios del terrorismo puro), recogió la declaración de intenciones de la revolución panárabe que se proponía sembrar Europa y América de cuantos Vietnam fueran precisos. Luego dio fe, con sus reportajes, en los años setenta, sobre la crisis del petróleo y las declaraciones del jeque Yamani, de la ofensiva ya perfectamente desplegada. A las democracias occidentales se les presentaban por entonces dos opciones. Una ardua: mantener sus principios y valores como premisa para quien pretendiese disfrutar de sus ventajas y establecerse en sus territorios. La otra era la pactista entre las ricas oligarquías árabes feudales y sus homólogas europeas, de cariz diverso pero unidas por la avidez del beneficio rápido, la adulación y entendimiento con teocracias y dictaduras y la indiferencia respecto a los usos y costumbres de la mano de obra barata. Se optó por la segunda opción, por el abandono de las gentes que, en países árabes y afines, pretendían vivir en sistemas modernos, progresistas y civilizados, se apoyó a la escoria del fanatismo totalitario, como los talibanes, Jomeini y la casa real saudí, y, por diversas vías, a los nuevos multimillonarios (sin trabajo ni méritos propios) del petróleo, disfrazados de musulmanes light cuando se desplazan a Occidente para pecar sin cortapisas. Se traicionó y abandonó, tanto en los países de origen como entre las comunidades inmigradas, a árabes y no árabes que aspiraban al laicismo, la libertad y la democracia, y se favoreció una regresión que ha sido evidente y en la que el velo, por ejemplo, lejos de reducirse a un detalle cultural, es la piedra de toque de la posición a favor o en contra de igualdad y el derecho ciudadano, de ahí el empeño en negar su relevancia, reducirlo a opción personal, moda o capricho, y desligar su uso del Corán. Aunque la terca realidad muestre de cuando en cuando, por miles de imágenes, lo contrario. El dinero fluía generoso desde Oriente Medio, se compraban en Europa bienes, armas, contratos de montaje de complejos nucleares, como el de Irak, franjas costeras, grandes almacenes. Cara al público se utilizó a los palestinos como una mina inagotable de justificación, victimismo y adquisición con donativos de buena conciencia, que permitiría a Arafat y los suyos figurar entre las grandes fortunas del planeta. Los años ochenta vieron, al tiempo que la continuación del terrorismo, la erección por toda Europa de grandes mezquitas y madrasas, generosamente subvencionadas, entre otros, por Arabia Saudí, los emiratos del Golfo, Libia, Kuwait, Bahrein, Oman, Turquía. Y no menos asociaciones y publicaciones, como la revista Eurabia, aparecida ya en 1975 y de la que toma Oriana el nombre para bautizar la maniobra expansiva, objeto de sus escritos y de su alarma, por la semejanza con la blanda reacción europea en los años 30 ante la subida del fascismo.

La ola de censura y manipulación es estadísticamente obvia y delata los fondos en ella invertidos para servir los intereses de las clientelas de este ideario. Basta con observar la persistente lluvia, en todos los medios comunicativos y culturales, de vituperios, imágenes negativas y caricaturas burlonas de cuanto tiene relación con el cristianismo y, por el contrario, el modoso silencio o las descaradas y sistemáticas alabanzas a historia, personajes, usos y obras del Islam. En películas de generosísimo presupuesto como El Reino de los Cielos o El caballero número XIII el gran público disfruta de las ejemplares nobleza, sabiduría y tolerancia de Saladino y demás sarracenos comparadas con la codicia, fanatismo y corrupción de los cruzados de occidente, y tiene ocasión de extasiarse ante la generosa valentía del caballero árabe, que brilla como un dechado de civismo entre la barbarie de los guerreros nórdicos. La ubicua propaganda según la cual el mundo islámico sería la flor y esencia de la cultura y todos los inventos tendrían en él su origen raya hoy en lo grotesco. Naturalmente se silencia la encarnizada persecución en el ámbito musulmán del puñado de hombres preclaros y de espíritu abierto. De cuando en cuando surge en Europa a contracorriente alguna voz de sinceridad discordante, condenada de inmediato al ostracismo. Fue el caso del parlamentario noruego Hallgrim Berg, que denunció en la Asamblea de Estrasburgo supuestos Diálogos Euroárabes que no eran sino monólogos políticos al servicio del Islam donde el pensamiento liberal y la amplitud intelectual no tenían lugar alguno. La regresión se ha multiplicado a ojos vistas en los últimos años. En Alemania, que cuenta con tres millones de turcos y donde se alzan dos mil mezquitas, se observa un abrumador aumento de mujeres cubiertas de negro, de recaudación de impuestos revolucionarios y, no por azar, de redes fundamentalistas entre las que se encuentra la de los terroristas que pusieron la bomba en el vuelo de Pan American que se desplomó sobre Lockerbie, matando 270 personas, o la escuela donde se formó el líder del 11 S Mohammed Atta. En Europa se está tolerando la poligamia de hecho mientras se denuncia, con éxito, la presencia de crucifijos incluso en propiedades privadas, se expurgan según qué libros de las librerías, se inyectan sumas millonarias en películas y documentos que, bajo la lujosa apariencia, son pura propaganda de un islam idílico y se eliminan del espacio público a las voces disidentes.

La táctica troyana, la construcción de un Estado dentro del Estado, incluye proyectos, como el italiano de erigir una completa ciudad islámica, la exigencia de dispensar a las mujeres de descubrirse el rostro, ni siquiera para documentos de identidad, la proliferación de publicaciones exaltando a los mártires, la presión para el reconocimiento de la poligamia, la separación de sexos en servicios públicos y la preeminencia de la autoridad patriarcal. Todo esto subvencionado, garantizado y blindado por los países de acogida. La estrategia consiste invariablemente en aprovecharse de la protección a minorías y creencias que ofrecen los sistemas democráticos, forzar a una falsa homologación con sectores que no presentan problema alguno, como budistas, evangélicos o judíos, e imponer la no integración, la desobediencia y desprecio a las leyes y civilización del país como un derecho. La metodología pactista viene de lejos, fue practicada en los años treinta por el fascismo en su alianza de Hitler con el Gran Mufti y los representantes de un islam siempre bien dispuesto respecto a los que veía como sus homólogos. Semejante ha sido el caso de los partidos comunistas, expertos en monopolizar la imagen del luchador contra dictaduras, y en eliminar a la competencia. De forma más burda, en Oriente los grupos musulmanes se han encargado de, primero ocupar, y de destruir luego países prósperos y avanzados, como el Líbano. Previamente, es curioso que se hable en un 99% de las veces del mapa histórico medieval como si comenzara con la agresión cristiana de las Cruzadas contra un pacífico y civilizado imperio, y se silencien los siglos previos al XI. Porque la historia del Islam lo es fundamentalmente de invasión, su credo el de un jefe cuyo reino es muy de este mundo y que predica por encima de todo la unidad en la conquista, y sus métodos, como repite el libro sagrado hasta la saciedad, la eliminación o sometimiento del adversario. Muy poco después de la muerte de Mahoma ya se habían invadido zonas entonces cristianas, como Palestina y Siria, tomada Jerusalén en el 668 y a continuación Persia, Armenia, lo que ahora es Irak, Egipto, Túnez, Argelia y Marruecos, la Península Ibérica el 711 y parte de Francia, hasta que fueron derrotados por Carlos Martel en la batalla de Poitiers. De estos territorios, sólo España lograría librarse de los invasores y no convertirse en una extensión del Magreb. Por el sur hubo un acoso continuo de las riberas mediterráneas, con rapiña, matanzas y esclavización de poblaciones. Las torres que bordean los litorales no son puntos de recepción de los afables visitantes magrebí es sino puestos de defensa y vigilancia. La Edad Media es una sucesión de ataques, masacres, destrucciones y saqueos por parte de piratas y expediciones musulmanes que sufrieron Italia entera, Suiza, Portugal, que en Oriente se extendieron hasta China y la India y hacia el sur destruyeron las prósperas comunidades cristianas de África. Desde el siglo XIV los turcos avanzaron hacia el centro de Europa hasta hacerse con la que es Estambul y fue Constantinopla, en uno de los baños de crueldad y sangre más espectaculares que la Historia registra. A ella siguió Atenas, donde se convirtieron en mezquitas todos los edificios antiguos y más tarde las autoridades turcas, al haberlo transformado en polvorín, harían saltar el Partenón. Mientras, el rey de Francia pactaba con la Sublime Puerta para embolsarse tranquilo los frutos del comercio con Oriente, España, junto con Venecia y los Estados Pontificios, fue la única que frenó en Lepanto, en 1571, el poder turco en una arriesgadísima empresa sin la cual serían otros, y ciertamente no mejores como muestra la evidencia, el mapa y la historia de Europa. La invasión-porque la expansión del islam fue todo menos dulce y pacífica-constituyó sin embargo un éxito porque comprende hoy, sin contar Extremo Oriente, desde el Atlántico a los Urales, unos cincuenta y tres millones de personas y se apoya en una práctica directamente ligada con el mantenimiento de la inferioridad femenina: La procreación intensiva, que hace del musulmán el grupo más prolífico del mundo, con una tasa de fertilidad y un aumento demográfico que podrían anegar en pocas décadas los países europeos. De hecho el discurso de numerosos líderes religiosos incluye el precepto para las mujeres, de parir al menos cinco hijos y está estrechamente ligado con la reivindicación de la poligamia y la aceptación, incompatible con las leyes europeas sobre la igualdad de sexos, del matrimonio islámico, que, en sus dos variantes, la permanente y la provisional, considera a la hembra (a la que se mantiene separada del novio durante el rito) objeto de venta, inferior, sometido y fácilmente repudiable. A la que por cierto el Corán dice explícitamente que hay que golpear si desobedece. La estrategia se completa con el plan de crear una serie de repúblicas semejantes a Irán que se extenderían de norte a sur por el centro de Asia, cortarían a placer los suministros energéticos e instaurarían un reino de la servidumbre que dejaría pálidos los planes del nazismo. Las precarias situaciones de Afganistán y de Irak no lo son por la intervención norteamericana sino por la dejadez europea, de cuya inhibición temerosa tienen clara percepción, en esos países, fundamentalistas y oligarcas, para los que la libertad y democracia significan tan poco como las vidas de sus propios ciudadanos.

Sobre España, la opinión de la periodista, avalada ésta con abundantes datos, es tan escueta como drástica: es parangón de una invasión islámica sin cortapisas, en territorio, inversiones, edificios, instituciones, permisividad y normativa. Respecto a su Presidente, se le dedica un breve y despectivo epíteto constante, el insoportable Zapatero, y se subraya su peligroso y cínico populismo.

Todo se realiza, en las sociedades europeas, bajo la supervisión del estrecho matrimonio de censura y miedo, el mismo que impide que se muestren expuestos los libros de Oriana Fallaci, el que hace que se multipliquen las amenazas contra su vida y que se asesine y coaccione a cineastas, escritores, intelectuales y políticos mientras los demás, la inmensa mayoría, callan y contemporizan. Pero también hay importantes alicientes para los que colaboren en la instalación, dentro de los estados de Derecho, de enemigos de los sistemas libres cuya voluntad de no integración figura explícitamente en su credo: Se ofrece dinero rápido y abundante enviado por los emires de los creyentes, sea en forma de petrodólares, sea canalizado y envasado en subvenciones, comisiones y gratificaciones diversas; y golosas bolsas de votantes a los partidos que defiendan el voto rápido para los inmigrados. En estos partidos y organizaciones hay quien es perfectamente consciente de la gravedad del trueque, sin embargo la prioridad de tocar poder prima sobre los escrúpulos, pero también existen no pocos que creen hacer justicia al pobre trabajador emigrado concediéndole un derecho que servirá a éste para imponer al común de los ciudadanos del país prácticas anticonstitucionales y reaccionarias, El multiculturalismo se estrenaría paralizando todo tipo de actividad laboral para tirarse durante el día cinco veces al suelo en las horas de plegaria, no acudiendo al trabajo el viernes y multiplicando los días feriados a los que habría que añadir la peregrinación a la Meca, todo ello a cargo del contribuyente de a pie. Éste último se transforma, y lo transforman, en un colaborador manso y pasablemente intimidado, flotan en su interior asesinos y amenazas, vive en el país de una ETA extensa, poco importa si tocada de capucha o de turbante. Es tiempo de pagar chantajes.

 

La vita è bella

 La lista de víctimas de los atentados terroristas islámicos es mucho más amplia que la enmarcada por el gran pórtico de las Torres Gemelas; a ella se dedica con minuciosidad Oriana en sus dos últimos volúmenes. Recorre desde la actualidad a los años ochenta y pasa por aviones, discotecas, restaurantes, mercados, calles, templos, sedes diplomáticas y escuelas infantiles. Enumera, por primera vez con nombres y apellidos, a decenas de muertos, a centenares de personas de todas las razas, edades y naciones, apenas citadas por la misma prensa que ha silenciado púdicamente sus torturas y su martirio y sí ha ejercido un racismo antiamericano oportunista al que la escritora es ajena. Ella da fe de vídeos con el degüello de secuestrados, que se venden a centenares y se contemplan con fruición en Oriente Medio, y recuerda asesinatos en plena Europa, como en Ámsterdam el del cineasta Theo van Gogh, que había denunciado la situación de las musulmanas, acosos con amenazas de muerte, como los casos de la parlamentaria holandesa de origen somalí Ayyan Hirsi Alì y de Salman Rusdhie, y a muchos niños, los de la escuela de Beslán, los palestinos adiestrados en los campos del Líbano o Jordania, los iraníes enviados por delante de las tropas de Jomeini para hacer saltar las minas. Entre el silencio atronador de los que, en los medios occidentales, prefieren mirar hacia otra parte y dedicar sus energías a la crítica a Estados Unidos. Porque el auténtico ideal de las clientelas del bienestar gratuito y los derechos sin esfuerzo es que otros sigan poniendo el dinero y las vidas.

Y sin embargo las últimas obras de Oriana son un canto a la vida, una brusca llamada a alejarse de la muerte, a despreciar la enorme capacidad de los catalizadores de odio, su mundo siniestro de opresión y represión, de calles sin mujeres, de mujeres sin rostro, de gritos sin individuos e individuos sin voz, de la infinita frustración, complejos y tedio transformados en tensión y agresividad que se palpan en aquellos ambientes. La cristiana atea, la revolucionaria impenitente que Oriana Fallaci se declara defiende, hasta el umbral de la Nada, la alegría de vivir, el placer de su cigarrillo, su música y su copa, frente a la sombría y aburrida hueste de quienes sólo hallan distracción en el regusto de poder que proporciona el ejercicio del mal. Hasta el final ella quiere a la vida, que se le escapa, por quien cada día lucha frente a un enemigo extraño, el cáncer, que avanza por su cuerpo como por una ciudad tomada pero contra el que su parte más humana, refugiada en el cerebro, resiste; un alien del que abomina, en una rebelión llena de grandeza contra el absurdo desperdicio, escrito en las leyes de la Naturaleza, que ordena el fin de toda existencia y que la vida se alimente de cadáveres.

Entonces, para que esa vida irremediablemente limitada, finita, valga la pena, hay que vivirla con el sabor de la libertad en los labios, con la incomparable plenitud del pensamiento, la belleza, el amor y la inteligencia. Jamás se somete Oriana Fallaci a la muerte. Por el contrario, su pluma se nutre de la repugnancia que sus adoradores le inspiran, de la indignación hacia cuantos se nutren de sus sobornos, de la urgencia de presentar batalla a la vasta grey que dobla la cerviz y escucha con tibieza a los fieles del negro dios de la aniquilación, la envidia y el evangelio rencoroso. Hasta el final ella recordará al hombre que amó, gustará los bienes de la tierra, verá la luminosa armonía de Florencia, las pirámides de cristal y acero, la ciencia que hará accesible el vuelo hasta las estrellas. Y habrá dejado tras de sí vida, y no muerte, independencia, bravura y un apasionado amor, que no odio, al planeta que recorrió y que tan bien supo reflejar.

 

La España de Oriana Fallaci

La cronología ha dispuesto que los últimos libros de Oriana, escritos en un especial estado de pasión, indignación, voluntad de raciocinio y grito de alarma ante el pasivo entreguismo de Europa, hayan coincidido con un periodo crítico para la historia de España, centrado en 2004 pero enmarcado en un contexto geopolítico intensamente determinado por el atentado del 11 S y desarrollado en un inacabado rosario de desastrosos epílogos.

Lo que comenzó como un largo artículo, redactado sin descanso durante quince días y alumbrado por la conmoción, vivida personalmente en Nueva York, de la matanza de septiembre, se transformó en tres libros, el segundo de los cuales se cierra con unas breves líneas de la autora: La fuerza de la razón se imprimía veinticuatro horas después de lo que la escritora define como enésimo ataque del terrorismo islámico contra Occidente, la masacre del 11 de marzo en Madrid, y a esos muertos lo dedica. Las ediciones se suceden; ella afirma haber controlado palabra por palabra la versión española (traducción, por cierto, que deja mucho que desear). En el otoño del mismo año, 2004, aparece el tercer volumen de la trilogía (la cual no es sino un continuum) titulado Oriana Fallaci se entrevista a sí misma. El Apocalipsis. La periodista hace honor a las afirmaciones de que su cerebro la mantenía viva y lúcida por encima del cáncer, impulsado por la fuerza de voluntad y el imperativo del testimonio. Morirá en septiembre de 2006.

España adquiere en sus páginas una dimensión peculiar. Le cabe el dudoso honor de situarse en cabeza de la lograda estrategia de penetración fundamentalista, en primera línea del antiamericanismo, y de haberse transformado con extraordinaria rapidez en un ejemplo de manual del populismo buenista. El capítulo segundo de La fuerza de la razón, redactado antes del once de marzo de 2004, se dedica a la demostración, por vía de los hechos, de que los países europeos son objeto de una ocupación islámica subrepticia que aspira a establecer estados dentro de los estados y se vale, para imponer sus usos por encima y contra las leyes del país de acogida, de la censura, el miedo y la presión de los sectores afines. Utiliza para ello a una población musulmana inmigrada, no sólo ajena a los conceptos de democracia y de libertad individual, sino manifiestamente opuesta a la integración en la nación donde se ha establecido y controlada, en connivencia con las autoridades locales, por imanes cuyas enseñanzas son incompatibles con la separación de poderes y las premisas básicas de un sistema moderno. Sus apoyos son múltiples, desde los medios de comunicación y los políticos que venden una mezcla de pacifismo pluricultural y bienestar gratuito a los intelectuales de nómina, con una base amplísima de beneficiarios de subvenciones, comisiones, contratas y petrodólares cuyo origen se sitúa, finalmente, en jeques, emires y dirigentes de verbo revolucionario y saneada fortuna.

Tras pasar revista a la situación en Inglaterra, Alemania, Dinamarca y Holanda, la señora Fallaci afirma que ningún caso es tan grave como el español. En la Península, visitada antes de ir a Miami por el piloto del 11 S Mohamed Atta para entrevistarse, en la cárcel de Tarragona, con un colega experto en explosivos, campan por sus respetos los terroristas mejor adiestrados del continente y han adquirido los príncipes saudíes, el riquísimo clan marroquí y los multimillonarios del Golfo multitud de inmuebles y los mejores territorios de la costa. Éstos y aquéllos financian en España la propaganda islamista, premian las conversiones y gratifican con seis mil dólares a la conversa que da a luz a un varón y con generosas recompensas a las mujeres que se avienen a cubrirse con el velo. Aquí se encuentran los que creen en el mito del paraíso perdido del reino andalusí y aquí existe un movimiento político llamado Asociación para el Regreso de Andalucía al Islam. En el histórico barrio del Albaicín se inaugura la Gran Mezquita de Granada, con un Centro Islámico anejo. El proyecto se efectuó apelando al acuerdo firmado por Felipe González en 1992 de garantizar a los musulmanes el pleno reconocimiento jurídico. Está materializado y nutrido por el flujo de millones llegado desde Libia, Malasia, Arabia Saudita, Brunei y el sultanato de Sharjah, cuyo príncipe presidió la apertura y aseguró que se sentía volver a su propia patria, a lo que los conversos españoles, por entonces dos mil solamente en Granada, respondieron que se trataba de recobrar sus raíces. La Asociación Para el Regreso de Andalucía al Islam nació en Córdoba hace más de treinta años, y sus fundadores no fueron musulmanes de origen, sino españoles que cambiaron las profecías de Marx y la religión del proletariado por los preceptos de Mahoma y la devoción al Corán. Naturalmente su iniciativa fue acogida con todo entusiasmo por la jet de Marruecos, Arabia y el Golfo. Llovieron dólares y asociados.

Los conversos acudían, no sólo de diversas provincias españolas, sino del resto de Europa, animados además por el hecho de que con la apostasía del cristianismo no arriesgaban la vida, cosa que sí hubiera ocurrido de, a la inversa, abjurar de Mahoma. No hubo reacciones oficiales ni de la Iglesia católica ni de las autoridades. Por el contrario, en 1979, en nombre del ecumenismo, el obispo de Córdoba les permitió celebrar la Fiesta del Sacrificio, durante la cual se degüellan corderos, en el interior de la catedral. Para ello fue preciso cubrir o retirar vírgenes, santos y crucifijos y limpiar luego los restos de animales sacrificados. Visto lo visto, el año siguiente el prelado optó por enviar a los nuevos y entusiastas musulmanes a celebrar el sacrificio a Sevilla (justo es recordar, como hace la escritora, que la Semana Santa sevillana no carece de parafernalia morbosa y sangrienta), pero hubo enfrentamientos. Se los transfirió, pues, a Granada, donde se instalaron, y permanecen, en el Albaicín. Allí han creado un miniestado que obedece a sus propias leyes y posee sus propios hospital, cementerio, matadero, periódico (La Hora del Islam), tiendas, mercados, oficinas, bancos, editoriales, bibliotecas y escuelas, que son madrasas dedicadas a la enseñanza del Corán; y allí han puesto en circulación su propia moneda, de oro y plata, acuñada sobre el modelo del dirham de tiempos de Boabdil. El Estado de Derecho, la Constitución y la igualdad entre todos los ciudadanos se inhiben, como ocurre, por ejemplo, también en Italia cuando los escolares musulmanes rechazan escuchar a la profesora porque es mujer y consiguen que les envíen un sustituto varón, cuando los empleados de tal credo se valen de su religión para amenazar al empresario con denuncias de racismo si les reprocha su ineficacia laboral, cuando se pretende por imposición musulmana desterrar obras de arte, canciones, iconografía, fiestas y usos tradicionales del país de acogida, y se transmiten por los medios de comunicación europeos las alabanzas de los inmigrantes al terrorismo y a los asesinatos de Ben Laden. Las autoridades españolas colaboran activamente con los que financian la construcción, no ya de oratorios, sino de enormes mezquitas, cuya altura supere, como es política usual de sus patrocinadores, a los edificios del entorno con minaretes que demuestren el dominio sobre el infiel, obras que sean los hitos del orden nuevo, de lo que llama la escritora la mayor conjura de la historia moderna, un proyecto totalitario que se eleva en Europa sobre las ruinas ideológicas de credos fracasados, el clientelismo parásito y los señuelos populistas, con la ayuda inestimable de organizaciones que van desde la Unión Europea hasta los grupos pacifistas pasando por los cristianos ecuménicos y los intelectuales ayunos de catecismo sociopolítico. No es casual que éstos últimos saltaran con tanta destreza de las alabanzas a Stalin al silencio respecto al goulag y del fervor antisistema al apoyo al discurso más reaccionario, el de las teocracias árabes, que existe hoy por hoy en el planeta.

Los borradores de Proyectos de Acuerdo que se están elaborando, con secretismo estratégico y ocultación parlamentaria, en varios países de Europa entre representantes islámicos y entidades oficiales y financieras significan el reconocimiento de un status especial para colectivos dentro del propio territorio, receptores legales de todas las ventajas pero eximidos de las obligaciones a que la generalidad de los ciudadanos se halla sujeta, en un esquema por demás muy parecido al que en economía reivindican las supuestas nacionalidades históricas y cuantos han descubierto las ventajas de adscribirse al victimismo de un grupo para el que minoría es sinónimo de trato preferencial e imposición a la mayoría. El caso musulmán, aunque utilice el argumento del respeto religioso, no tiene parangón con otras confesiones, que viven con normalidad su vida ciudadana. Su conflictividad, y la violencia que contra las estructuras de los sistemas europeos ejerce, reside en su radical incompatibilidad con libertad, democracia y derechos humanos y civiles. La confusión que se establece al unificar islam con árabes y con la totalidad de la comunidad inmigrada es una voluntaria maniobra para anular a individuos y Estado democrático y dejar a los más progresistas y laicos inermes en manos de la teocracia de origen y la red religiosa de control civil. Lejos de representar un avance en la tolerancia y el respeto a las diferencias, tales iniciativas son un apoyo directo a la opresión ejercida por el más rico, influyente, fuerte y poderoso, sea el padre el jeque, el imán el rey, el varón del clan patriarcal o el director de la escuela del barrio. Naturalmente la renuncia del Estado de Derecho a defender la igualdad de todos los ciudadanos y a proteger, por encima de raza, religión, sexo y cultura, a la persona tiene como víctimas directas a los más débiles: niños, mujeres, disidentes, represaliados, pobres ignorantes e ignorantes pobres. La segregación y subordinación femenina es tan clara en los preceptos coránicos y en la sharia que está a prueba de exégesis y maquillajes. Los consejos dados por el imán Mohamed Kamal Mustafá, de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas, sobre cómo pegar a las mujeres son de la más estricta ortodoxia y fueron justamente aprobados por el imán de Valencia, Abdul Majad Rejab. Imán M. K. Mustafá: Usar un bastón fino y ligero, útil para golpearla aunque esté lejos. Golpearla con precisión en el cuerpo, las manos, los pies. Nunca en la cara porque ahí se ven las cicatrices y los hematomas. Tener en cuenta que los golpes deben hacer sufrir no sólo física, sino también psicológicamente. Imán A. M. Rejab: El imán Mustafá es islámicamente correcto. Golpear a la mujer es un recurso. A lo que añade el imán de Barcelona, Abdelaziz Hazan: El imán Mustafá se limita a referirse a lo que está escrito en el Corán. Si no lo hiciera, sería un hereje.

Las raíces de este afianzamiento de situaciones contra derecho se hallan también en las declaraciones hechas durante la Asamblea Parlamentaria de la Unión Europea celebrada en París en mayo de 1991. El Consejo de Europa, a propuesta de la Fundación Occidental de la Cultura Islámica, en la estela del Diálogo Euroárabe de Madrid, dio a luz una serie de ponencias centradas en La contribución de la civilización islámica a la cultura europea. El resultado fue un documento final de ciento ochenta y cinco páginas en el que los diversos delegados occidentales rivalizaban en la apología de un Islam sin tacha que sería la fuente de toda virtud, sabiduría, ciencia y cultura. Raro era el invento que, de escuchar a los congresistas, carecía de precedentes en territorios musulmanes. Oriana cuenta cómo, con el ardor de una conversa, Margarita López Gómez, de la Fundación Occidental de la Cultura Islámica sita en Madrid, les atribuía la invención de los helados, del papel (que no a los chinos), el primer estudio de la circulación de la sangre y el establecimiento de ciudades de corte moderno. A lo que se añadiría el cultivo del algodón, la inspiración de las escuelas poéticas medievales del Dolce Stil Novo por el afortunado contacto de los cruzados con el culto a la dama propio de los sarracenos (¿), la Ilustración gracias a Al-Nabulusi quien, en 1730, expresaría en Damasco ideas luego enunciadas por Voltaire, y las bases de la economía moderna, dado que Adam Smith se habría inspirado en las normas expresadas por Mahoma. Tras esto, no cabe sino agradecer y esperar, con la lógica impaciencia, una segunda invasión que civilice, al fin, el Viejo Continente. Mientras tanto, los actos se clausuraron con todo tipo de exhortaciones, recomendaciones e iniciativas para crear universidades euroárabes, publicar  libros islámicos y ofrecer en prensa, radio y televisión programas relacionados con el tema. De ello es ejemplo el artículo sobre la inauguración de la mezquita de Granada, en el que la redactora entonaba una loa a la gloria andalusí, celebraba el pronto regreso a la ciudad de la voz del muecín que llamaría a la plegaria y esperaba que, con ello, se reparara en algo la ignominia cometida por Isabel de Castilla, quien en 1492 había sido la causante de dos desdichados sucesos: la expulsión de los árabes de España y el descubrimiento de América. El artículo se cerraba con el lógico lamento: Y vivimos ahora en un mundo que todavía sufre a causa del éxito de aquellas dos empresas.

La Historia concede también a España, en el tema que a Oriana Fallaci interesa, un papel muy especial a causa de la temprana invasión islámica, los siete siglos de ocupación (aunque parcial y en franco retroceso desde la baja Edad Media) y el hecho de ser el único país en haber expulsado, finalmente, a los musulmanes de su suelo. Desde luego la periodista no suscribe la teoría de la pacífica convivencia de culturas, que califica de mito colaboracionista, y remite a los lectores a las crónicas de monasterios y conventos quemados, iglesias profanadas, religiosas violadas, cristianas y hebreas raptadas para ser recluidas en harenes, crucifixiones en Córdoba, ahorcamientos en Granada y decapitaciones en Toledo, Barcelona y Zamora. La población hispanovisigótica estaba obligada a ocultar los símbolos cristianos, inclinarse al paso de los musulmanes y mostrar sumisión, y no se le exigía convertirse porque ello les hubiera eximido de pagar tributos al califa. Las invasiones procedentes del norte de África, el desembarco de ejércitos tan ávidos de botín y territorio como impregnados de fundamentalismo purista y que contaban en la Península con grupos que actuaban de quinta columna, fue una constante, como lo fue el hostigamiento de las poblaciones mediterráneas por los piratas berberiscos. En el siglo XVI los turcos, tras haberse hecho dueños en 1453 de Constantinopla con un baño de sangre, avanzaban por Centroeuropa, la ocupaban, sitiaban Viena y anunciaban claramente su propósito de englobar el Continente entero en el Gran Islam que reivindica el fundamentalismo actual y que la hubiera reducido a algo semejante a lo que son hoy los países del Magreb. En 1571 el general turco Lala Mustafá se apoderó de Chipre, hizo mutilar, y desollar en público al patricio veneciano Marcantonio Bragadino, gobernador de la isla, que intentaba negociar con él la paz, y ordenó, una vez que éste hubo muerto bajo la tortura, que le fabricasen un monigote con su piel. Mientras el rey de Francia se aliaba con la Sublime Puerta España, unida a Venecia, el Vaticano, los ducados italianos y Malta, se enfrentó en Lepanto a la flota turca y logró con esa victoria frenar el avance del imperio otomano y cambiar lo que parecía extensión imparable, que hubiese significado un mapa de Europa muy distinto del actual.

España es objeto de la atención de la señora Fallaci en otro especial momento histórico: 1975. Franco agoniza. Se perfila la transición democrática que en realidad llevaba años gestándose. En su entrevista con el Secretario General del Partido Comunista Español, y en la introducción previa, la periodista expresa, no sólo su percepción de Santiago Carrillo, sino las expectativas de una Europa que observaba el último acto de una larga y anacrónica dictadura y aguardaba expectante la reacción posterior del país. Oriana es por entonces una mujer de cuarenta y seis años, en la plena madurez de una destreza profesional a la que se unen pasión y energía. Con el instinto del periodista y la vehemencia del compromiso, refleja y concentra en su persona lo que eran sentimientos comunes de la opinión pública: la querencia de utopías y el reconocimiento de realidades insoslayables. Existe en Occidente, junto con el rechazo de las dictaduras, un grave conflicto identitario. Sectores importantes de intelectuales y de ciudadanos habían apostado, de una forma más platónica que otra cosa, primero por el comunismo revolucionario; luego, según los desastrosos efectos de éste se hacían más obvios, por un vago socialismo que sabría conciliar teorías marxistas con democracia y libertad. Oriana abomina del estalinismo y sus seguidores, ha reflejado impecablemente el fundamentalismo marxista de Alvaro Cunhal, la franca honestidad del presidente Mario Soares (quien denuncia que Cunhal y los suyos se han hecho con todos los medios de comunicación de Portugal) y las contradicciones de otros líderes; recuerda el desprecio de su padre por la castración colectiva del albedrío de los individuos que los sistemas comunistas producen. Ya entonces, 1975, advierte la trampa del chantaje dual “Derechas/Izquierdas”: Ay de no ser tenido por persona de izquierdas, o lo bastante izquierdista. Equivalía a ser calificado de reaccionario, de contrarrevolucionario, de fascista. Al que no era comunista se le llamaba fascista. Pero ella se aferra al amor a la independencia y necesita, como tantos otros de su época, saber que las esperanzas e ideales revolucionarios no han existido en vano. En Santiago Carrillo encuentra al comunista perfecto, imprescindible, el Hombre Nuevo del futuro en quien se alían inteligencia y bondad, el dirigente de un partido marxista que opta, ¡al fin!, por la tercera vía, que ha descubierto y que promete ese “socialismo en libertad” que es la piedra filosofal de los alquimistas políticos. Carrillo, que cuenta sesenta años, es un hombre delicioso, distinto de todos los demás, encantador, enemigo de la violencia, dispuesto a aceptar alianzas con todos los partidos, a someterse al veredicto de las urnas, alguien que considera desfasada la pretensión de dictadura del proletariado e injusta la invasión soviética de Checoslovaquia. Oriana muestra hacia él una admiración rendida, difícilmente observable respecto a otros sujetos de sus reportajes. Si todos los comunistas fueran como Santiago Carrillo, el mundo sería más inteligente y más feliz. No hay apenas preguntas sobre la Guerra Civil ni aparecen temas espinosos.

Entrevista con la Historia, ese volumen en el que se publican las que Oriana Fallaci realizó entre 1969 y 1975, es un libro fascinante en el que los personajes que hace tres décadas tejían, o creían tejer, la Historia juzgan el destino del planeta, el pasado, el futuro y a sí mismos. Se trata de un documento que resulta hoy inapreciable por la comparación de aquella visión del mundo con el posterior desarrollo de la realidad. La periodista ha llegado a España dispuesta a poner flores sobre las tumbas de los últimos ajusticiados por el franquismo, a denunciar los crímenes finales del dictador. Se identifica con la lucha contra la opresión que juzga ser la de ETA. Huele por todos sitios la sangre de las víctimas del régimen que se extingue y ve en Carrillo alzarse frente a ella a un hombre que había dedicado su vida a luchar por el cambio pacífico. Sobre toda la entrevista planeará el olor de la sangre de los cinco fusilados, a los que siempre se califica de criaturas por su juventud. (No se percibe el olor de ninguna otra sangre ni se cita que a éstos chicos de entre veintiuno y veintisiete años se los acusaba de tres asesinatos, asalto y atraco). Criaturas se repite cuando habla Carrillo de las generaciones sacrificadas por el General, contra cuyas infamias él ofrece una paciencia y deseo de reconciliación nacional angélicos. Su personal pasado estalinista parece al militante español de absoluta lógica teñida, incluso durante su estancia en la URSS, de ingenuidad. Nada advirtió, en sus seis meses de residencia en Moscú: yo no puedo decir que guarde un mal recuerdo de Stalin porque en aquella época no sabía que Stalin fuese Stalin. No se veía en nada (sic). Y lo explica diciendo que él nunca aprendió ruso, y además gozaba de total libertad y podía decir a los soviéticos (recuerde el lector que se está hablando del periodo de purgas, depuraciones, asesinatos y deportaciones) lo que se le antojara. Tampoco se enteró de mucho en Nueva York, donde residió otros seis meses, a causa de su desconocimiento del idioma. Una impermeabilidad al aprendizaje de lengua extranjera difícilmente creíble en alguien de veintipocos años. La entrevista se cierra con las seguridades que el líder comunista ofrece a la periodista de que, tras el asesinato de aquellas cinco criaturas, la larga noche franquista está por acabar.

Treinta años después, ni la noche ni el día son ya lo que eran. Oriana observa con desconfianza y tristeza a una España en la que la blanda rendición ante la agresividad de las nuevas invasiones, la incapacidad de defender valores e identidad propios, la cobardía oportunista y el sectarismo tribal son, como en Italia, rasgos dominantes. España forma parte del coro de la izquierda caviar especializado en himnos al pacifismo incondicional, el antiamericanismo venenoso, el filoislamismo entusiasta y el antioccidentalismo masoquista. La pronta retirada de las tropas españolas de Irak por el gobierno llegado al poder tras el atentado de Madrid del 11 de marzo le produce desprecio, y su juicio sobre el presidente José Luis Rodríguez Zapatero se resume en calificarlo de insoportable, populista cínico y pícaro deleznable que no vale un comino. Ve, sobre todo, claro peligro en la perversión del lenguaje y en la avidez con la que grupos parásitos explotan el gran negocio del victimismo e imponen la dictadura de las minorías. La repele la rentable y agresiva petulancia de homosexuales, ecologistas, antisistema y de cuantos, en nombre de “Paz”, “Pueblo” y “Naturaleza”, adoran la moda islámica y sirven a los enemigos de la libertad. Hace alusión al brindis al sol de Zapatero legalizando, sin que nadie le tratase al menos de cretino (sic), el matrimonio y la adopción para las parejas homosexuales, y utilizando, a falta de cosa mejor, el exhibicionismo de esos grupos para procurarse él notoriedad y clientelas. Esto mientras juega a desdeñar a una Norteamérica que es para Europa el único baluarte de la libertad, que envió por miles a sus soldados a defenderla en las dos Guerras Mundiales y que constituye el más claro exponente democrático y el único defensor real que a Occidente le queda. Oriana no reconoce-está bien acompañada en ese sentimiento- a su Italia en el país actual, acomodaticio y de dirigentes sin categoría. La suya es una patria valiente, digna, laica, defensora de su cultura y de sus principios, que no se deja intimidar. La escritora jamás renuncia a su ideal de revolucionaria impenitente enemiga del miedo y de la sangre, segura del poder de la inteligencia, la razón, la paciencia, la belleza, y se rebelará hasta el final contra esa Europa sin alma que se somete a los terroristas. Recuerda que los estadounidenses respondieron con bravura a la pública exhortación de Ben Laden antes de las elecciones. Él les dijo que no debían votar a Bush para así evitar otro Manhattan. Os hablo para deciros que seguir con la misma política conducirá a la repetición del incidente (sic; incidente figura en el discurso televisivo de Ben Laden) acaecido el  11 de Septiembre. Ellos, los estadounidenses, sí se negaron a practicar la rendición preventiva.

 

IV

LOS NOMBRES SIN NOMBRE: LA INVASIÓN DE LOS ULTRACUERPOS

 

Libia y más allá: El hombre que quiso ser Mao.

 Pasa una mujer. No es nadie, es un fardo al que, como mucho, se ha permitido, descubrir un ojo para que no tropiece con las piedras. Hay, en el pueblo, muchos fardos como ella. Ninguna otra existencia en este lugar se les permite. Hay cientos, miles, hay millones de fardos similares, de seres sin nombre, perros carentes de la libertad del perro, esparcidos por el mundo de la media luna, que cobija la segregación más feroz que jamás la Historia ha conocido, al lado de la cual la estrella amarilla y el blacks only son pura anécdota.

Hay (parecía difícil) otra categoría que supera la del fardo: la del robo de persona y rostro: Se trata de la de la neta desaparición de esa mitad impura de la población, el nombre de cuyo habitáculo, harem, es en su raíz sinónimo en árabe de pecado. En Ghadames y en los pueblos del desierto del sur de Libia, las paredes, de luminosidad engañosa, parecen haber absorbido limpiamente, como un filtro, la húmeda y pecaminosa excrecencia del linaje, próximo al demonio (como algunos paisanos sabiamente explican) con el que Dios, cercano al varón, ha cargado obligatoriamente a la Tierra. Han desaparecido las mujeres.

-¿? ¡!-R apenas puede pronunciar la frase (que, en su versión menos académica, equivale a están de puta pena) porque recibe una andanada de improperios procedente de uno de los miembros del grupo, empeñado éste en que nada, ni una gota de reticencia en el dulce mar de leche objeto de su cámara digital, enturbie el viaje, la vistosa pluralidad de culturas, la sacralidad de las tradiciones locales y la colaboración, pasiva, a la alianza de civilizaciones.

-¡! ¡!-Le ha respondido, con ninguna pretensión de diálogo, José Pérez .No. Ellas así están perfectamente. ¿Qué sabe R. de su vida? ¿Por qué se inmiscuye? ¿A qué viene la crítica en un país tan agradable, de beduinos hospitalarios y altivos indígenas que desafían al extranjero invasor? Entre disparo y disparo de su excelente equipo fotográfico, Pérez desgrana, con el énfasis de quien expone ideas de cosecha propia, los clichés del vademécum del multiculturalista respetuoso.

José Pérez encarna, sin saberlo, el inevitable fenotipo del terrorista verbal: Recurre siempre a las mismas técnicas de monopolio, dualidad maniquea e intimidación; alza la voz, es grosero, se hace temer por el resto, a quien no placen sobresaltos en el disfrute, enuncia las vaciedades al uso como opciones personales, está acostumbrado al brillo en corrales pequeños, consigue las mejores habitaciones, tajadas y asientos y está muy atento al aprovechamiento de su inversión en el precio del viaje.

  1. observa el curiosísimo fenómeno: Todos los viajeros, que abundan con su silencio distraído en lo que se ha escuchado, son José Pérez. Ni uno sólo expresa rechazo, asentimiento, constatación, datos. Ellas así están perfectamente. Como las etíopes, cuyas espaldas ensangrentadas por el rito de la flagelación para probar su resistencia ellos fotografiaron el año pasado, como el pastor que disfruta contemplando el solitario puerto donde sólo atracan los yates del primogénito del líder libio y forma, con la oveja, un perfecto contraluz del atardecer mediterráneo. La docena de Josés Pérez intimida. Tal homogeneidad, en tiempos y latitudes, no puede deberse sino a la estratégica maniobra de extraterrestres que se han introducido en cuerpos aparentemente humanos pero ocupados por el programado y bien digerido esquema de las mismas consignas. Tal vez la observación y aproximación precisas permitan atisbar en sus ojos la vacuidad inigualable de la ceguera selectiva, la punta de la vaina de los ultracuerpos lenta y perfectamente engullida.
  2. tiene pensada una ofensiva radical, un arma biológica relámpago que, en breve plazo, reducirá a las catacumbas fundamentalismo y aburridísimos activistas y liberará de sus cadenas a millones de mujeres y, por consiguiente, también de hombres. Se trata de lanzar, preferiblemente desde helicóptero, cientos de miles de lonchas de jamón y de chorizo. Una vez probadas, nadie podrá resistirse a sus bondades; tras comerlas, descubrirán que ninguna fuerza sobrenatural los fulmina y se despertarán de su larga opresión súbitamente convertidos al individualismo y el placer.

La ofensiva aérea deberá tener un planteamiento estratégico. Para objetivos de mayor dificultad e importancia se utilizará jamón ibérico, e incluso, en núcleos muy concretos, bellota, mientras que, para grandes extensiones de tibia y dispersa población y barrios de escasa ortodoxia, pueden emplearse, en pases alternados, la mortadela e incluso el chopped.

Pese a su diseño elaborado, la propuesta de R. para cambiar en horas veinticuatro la generalizada servidumbre por la gozosa floración de libertades no recibe una amable acogida. Por el contrario, despierta en Pérez, fiel a su fenotipo, la irritación que la ironía, si no es la propia, siempre le produce, cierto enojo afín a la denuncia herética y a la defensa cerrada de la butaca preferente.

Descarga cerrada:

-¡No te metas a arreglarles la vida!

Muelle silencio general.

Los términos se han invertido. La dinámica nada tiene del natural rechazo al cenizo, al pretencioso que se complace en protestar de comida, alojamiento y clima del país. El Club de la Adaptación y la Alabanza no tolera la observación disonante que produce una fisura en la superficie idílica, que ignora el dogma de la bondad primigenia de las civilizaciones visitadas y su derecho a la evolución según milenarios ritmos geológicos. La barbarie y su presencia cotidiana bajo múltiples rostros es de imposible, no ya denuncia, sino constatación verbal. La represión no responde a ese nombre, sino que se bautiza, en las páginas de las guías como en boca de los guiados, con una guirnalda de floridos epítetos. La ley sequísima y las reuniones men only son llamadas fiestas virtuosas a base de castidad, té y separación de sexos; se aprecia la ausencia de toda distracción que no sea echarse al suelo cinco veces al día empujado por el perentorio alarido del muecín. Al turista le complace saltar fuera del tiempo, sumergirse en un relato que, como las películas, siempre se justifica a sí mismo y produce la refrescante sensación de la inmersión fugaz en lo distinto, para así duplicar el placer confortable del regreso a autonomía, seguridad y técnica. Importa ignorar geografía, evolución, siglo XIX, siglo XX. Como en los viajes a través del tiempo, en nada hay que inmiscuirse, so pena de atropellar, con occidental soberbia, la normal evolución de esas especies tan alejadas del bípedo europeo como los reptiles amazónicos. Se impone atravesar dictaduras ecológicas, degustar la vasta red de parques temáticos que aviones, agencias y divisas ponen a disposición del occidental, seleccionar tomas y satisfacer la novedosa filatelia de visados.

La ética recibe su cuota cuando, en la sobremesa, algún viajero plantea el reparo moral que le hace excluir a Israel de sus destinos. Hay comprensivas adhesiones, se habla del genocidio, del holocausto que el gobierno judío, y Norteamérica, llevan a cabo contra los palestinos.

-Genocidio y holocausto son otra cosa. No se puede banalizar así las palabras. Es falso, y peligroso…-apunta R.

José Pérez salta como un resorte ante la observación.

-¡De ninguna manera puedes defender a esos genocidas que están arrasando hogares palestinos!

-No es genocidio, no es comparable a meter en vagones de ganado a millones de personas y gasearlos. Los datos…-

Pero no hay datos que valgan. Hamas, que lleva lustros saboteando todo acuerdo pacífico, que es el peor enemigo de los palestinos y de un sistema civil de derecho, sus milicias, cuyas armas tradicionales son la utilización de granadas humanas y de vecinos, colegios, y hogares de la zona como escudos y camuflaje, no existen, ni importa en realidad quién ha causado más muertos y es el peor enemigo real. Nada de esto se ve, ni siquiera puede ser citado, tal es la ferocidad de la censura y la extensión y profundidad del silencio que la rodea, quizás tejido con el encono de la lluvia fina, el tono único desde la mayor parte de los medios de comunicación, en la mayor parte de los mensajes, la mayor parte del tiempo. Pérez vocifera y excomulga. Sólo el pensamiento dual es permisible en un escenario futbolístico donde imperialistas norteamericanos y similares lucen eternamente la camiseta de los Malos. R. se aferra a hechos, memoria y cifras; recuerda que el fundamentalismo islámico y su logística del miedo vieron hace sólo escasas décadas su comienzo; que, tras el kamikaze, el cultivo y multiplicación y modo de empleo del terrorista suicida, ese hombre-bomba que se diría es el único aporte famoso del Islam a la Historia Contemporánea, hay mentores, organizadores, mecenas, clientelas, padres con nombres y apellidos. También recuerda que en esos mismos países árabes existió un mundo mejor que el que ahora pisan, al que aspiraron gentes con pretensiones de modernidad, personas infinitamente traicionadas por sus propios sátrapas y por los pontífices europeos del tapiz inmutable de tribus y creencias, pobres gentes que o son invisibles o ya no existen.

Nadie objeta los datos, pero tampoco interesan a nadie. Como no interesan y resbalan por las pupilas durante este viaje por Libia el bulto negro, las iglesias destruidas, los cientos de pasajeros de los aviones en los que, los años ochenta, pusieron sus bombas los agentes libios, cuando el Gran Líder hacía del desierto un campo de entrenamiento para todos los grupos terroristas (ETA le debe no poco en logística y puntería). El tiro al blanco se practicaba igualmente en la eliminación, en las calles de Europa, de los disidentes del régimen, y la guerra contra el abominable imperialismo se manifestaba en atentados en aeropuertos-Roma, Viena-o la discoteca de Berlín, donde se logró un victorioso saldo de doscientas víctimas. Hoy la casa de Gadafi, bombardeada por los Estados Unidos con un misil de tan alta precisión y exquisitos miramientos que el jefe salió sano y salvo, es, desde lejos, un monumento turístico que produce en el europeo un regustillo de satisfacción por el golpe fallido del gringo avasallador. Pero las dictaduras antioccidentales no son cómodas. Por mucho petróleo y gas que se tengan, poco valen si no se puede disfrutarlos. En 2003 el Líder anuncia que va a ser bueno, ha cometido errores, pero ya no construirá armas químicas, nucleares y biológicas. La ONU se apresura a acogerle en su seno y (cuando uno tiene tanto petróleo se le perdona mucho) las grandes compañías a proponer sus servicios, Libia ofrece a las familias de las doscientas setenta víctimas del atentado de Lockerbie compensaciones millonarias (tal vez algunas no se sientan muy felices, pese al cheque, de la impunidad del asesino múltiple) y expulsa a terroristas notorios. Las guías de viajes califican los años anteriores bajo el benévolo epígrafe de los del gobierno gamberro.

En el café, la televisión transmite interminablemente la visita a Kampala de Gadafi. Baño de multitud y dignatarios. Ahí están todos, pronunciando largos discursos, ninguno superable al del albo Comandante del Estado de las Masas. La oración los une en comunión religiosa de Alá y el Continente, las manos extendidas, las mismas manos con las que el hombre que quiso ser cabeza del África Musulmana, impulsó eficazmente el genocidio de Uganda surtiendo de armas al gobierno del caníbal Idi Amín. Es transparente su sueño de fundar un imperio ideológico, de coger la antorcha de Mao y encabezar la nueva Tricontinental de África, Oriente Medio y simpatizantes. El paralelo con Turkmenistán es obvio: Súbita fuente mineral de riqueza, escasos millones de habitantes, territorio semidesértico en el que es fácil improvisar fronteras e historia desde la grande y única urbe de la capital. La probeta es perfecta.

Él jefe libio se prodiga mucho menos, justo es decirlo, que el Gran Timonel del Imperio del Medio. Los paneles con su imagen son recurrentes y suelen medirse por metros, pero carecen de la regularidad del presidente chino. Es Líder Máximo y Mínimo, puesto que se supone que son las masas las que poseen el poder, sin el atraso de intermediarios como los partidos políticos. El icono no es por ello menos recurrente: solitario sobre un fondo de entusiastas multitudes, tocado con telas beduinas y atuendo, sea de túnica, sea militar. Gusta de levantar mucho la barbilla-quizás para estirar las arrugas que le hacen aparentar bastante más que sus sesenta y cinco años-y señalar el horizonte. A veces sonríe deslumbrante. Tiene el aspecto de alguien que lucha contra el tiempo y la necesidad de estar a la altura de su leyenda. Ésta incluye, naturalmente, la potencia sexual: Al decir de los nativos, dos esposas oficiales, innumerables accesorias y una mítica guardia pretoriana, escogida entre jóvenes negras a causa de su proverbial ardor. Estas, dudosas, vírgenes objeto de comentarios y de libros le rodean, protegen, admiran y han dado lugar a una escenografía propia de las películas de James Bond. Frenado solamente por la fuerza de Estados Unidos cuando enviaba tropas al Chad, presionaba a la pequeña Tunicia a una unión forzada y aseguraba que borraría del mapa a Israel con armas de todo tipo, artífice fronteras adentro de una década de revolución experimental en la que se abolió todo comercio privado y se sometió a la población entera a la arbitrariedad, la represión y las más angustiosas carencias, hoy sin embargo el Líder se resarce de los tiempos de aislamiento paseando, como una aparición mariana, blancura, panarabismo y jaima por los foros y capitales europeos.

Es tiempo de negocios. Satrapías del mundo, uníos. Las tribus de occidente se reparten, con tijeras pequeñas, lo que fueron ideales sin fronteras, erizados de riesgos pero con el hálito de las superiores aspiraciones. Tras las guerras y las democracias del siglo XX, lo que se lleva es un sutil asalto a los Parlamentos, que conservan su cáscara aunque hayan sido secuestrados por el trío ricos caciques regionales-mafias más o menos oficializadas-monopolios de comunicación. Todos funcionan de maravilla con la ausencia de principios universales. Es más, precisan de su abolición y su denuncia, de sustituirlos por variedades innumerables, y blindadas por el derecho a la diferencia, de comportamientos de la especie humana. Su mapa, comercial y próspero, es un mosaico de parques temáticos en el que las formas de opresión y de vileza son bienvenidas si se atienen al conservadurismo ecológico y al inmovilismo étnico de las poblaciones, todo ello bajo esas leyes de la jungla con las que se consiguen tan buenos contratos. Las satrapías del norte del Mediterráneo pueden permitirse, en el alegre bullicio de cabezas de ratón, distribuir subvenciones y sueldos, garantizar sopas bobas y moral de parecida sustancia; y difundir de cuando en cuando sobre sus poblaciones, como un gas, la inclusión en el índice de cuanto tenga un asomo de riesgo, desafío y grandeza.

  1. dice en voz alta algo, sobre otro bulto que pasa, el gesto del Líder, las calles llenas de baches y las casas sin más belleza que sus desvencijados edificios de época italiana. Hace notar la redacción de la censura, la desidia en el mantenimiento de los museos, la clamorosa ausencia de los millonarios ingresos del petróleo.

En el grupo la uniformidad en el mutismo es absoluta: No hay, por ejemplo, dos que asientan, otro que niegue, algunos que callen y uno que exprese satisfacción o disgusto.

-¿Quiénes sois?-R los mira. Tal vez fueron en algún momento habitados por seres que absorbieron su sustancia.

-¿Quiénes sois?-Nadie dice nada, nadie ve lo que ve ella, para nadie parecen existir las incómodas evidencias del mundo.

Tampoco en el Madrid nativo existen, desde hace ya cuatro años, los trenes destrozados por las bombas y su millar de muertos, ni el otro millar que permite pagar menos impuestos y vivir de forma privilegiada al feudo nacionalista vasco. El país se ha hecho a sortear el recuerdo de pilas de cadáveres, a caminar sin verlos ni reclamar a sus asesinos; se ha apuntado-y no es el único-al carpe diem más barato, menos clásico, a ir pagando sin advertirlo sobornos y coimas, sonrisas y silencios, para que los matones de la tribu no se molesten y continúe el diario acomodo.

  1. siente, una vez más, que se la ha privado de la voz, que grita inútilmente bajo el agua, que la normalidad de los rostros es engañosa.

-Sois…¿quiénes?

Sois el misterio, la perplejidad del previsible coro, el fenómeno idéntico y repetido, como la misma planta que crece en territorios infinitos. Habéis descendido como un manto sobre los viajeros de esta época y los habéis penetrado, de manera que todos y cada uno de ellos callen, asientan, acepten, apoyen, sostengan y se inhiban con la aceitada precisión de un engranaje, y miren con idénticos reprobación y disgusto al que ocasionalmente difiere e introduce un desagradable chirrido en la armonía de esferas de viaje, degustación cultural, acopio de fotos y acumulación de artesanía. Venís del gran continente de las Cegueras Voluntarias que planea, como el visitado por Gulliver, sobre nuestras cabezas; os dividisteis en batallones, sectores y escuadras y habéis tomado silenciosa posesión de mis conciudadanos. Antes, contemplasteis, revisasteis e ignorasteis, una tras otra, las feroces, divertidas y fascinantes utopías, los ismos totalitarios, tan de moda, que saciaban envidia, rencores y  sueños, e incluso permitían cobrar un sueldecito, afiliarse al club de los únicos buenos de la película y presumir el sábado noche de mano de Fátima, leones, santería, comuna rural, vistas desde todas las cimas y estancia en Cuba. Habéis conseguido marchar a pie firme sobre blandas capas de víctimas sin dedicarles una sola mirada, con el mismo gesto displicente con el que orilláis hasta el día de hoy cadáveres españoles mucho más próximos, y habéis extraído una confortable existencia de los terrenos donde aquéllos perdieron sus pequeñas, irrecuperables vidas. Votasteis y apoyasteis, en todos los casos, la inexistencia perceptiva, y preceptiva, de cuanto podía incomodaros, empañar el disfrute, sustraer unos céntimos de la inversión en la agencia, los servicios, el paquete turístico.

Los viajeros, sin embargo, no ha tanto tiempo que fueron otros, y otros los horizontes, en los que, al menos, se perfilaba una ingenua pero sincera creencia en la deseable universalidad de los derechos y la dignidad de las personas, una identificación con la libertad y la igualdad luminosas que, de un extremo a otro del planeta, subsistían, debían subsistir, manifestarse, imponerse sobre las inacabables variantes de las apariencias y los usos. Los viajeros rehusaban, reprochaban, ejercitaban ese último, y el más humano, derecho a la indignación y la denuncia y, sin saberlo, rescataban al individuo, su semejante, de la raza y la horda, de la servidumbre del clan y de la cadena de las supersticiones, las tradiciones y los ritos.

Ahora se lleva otro consumo. El mundo se aplana y convierte en la gran mesa donde los aviones permiten a cualquiera la agradable degustación geocultural, la colección de estampas, bordados y sabores que decoran vacaciones, paredes, amigos y alfombra.

-No sé quiénes sois.

 

No habría que resistirse al Edén. Las flores se disputan el terreno en la pestaña verde de Cirenaica, limitan con rocas, columnas y con la línea del mar, son amarillas y azules, pero luego se ven desplazadas por grandes cantidades de amapolas blanco y rosa pálido. Hay a veces caballos, camellos luego, con aspecto de campar por cuenta propia; también gentes amables, que ofrecen té y cuecen con brasas en la tierra tortas de pan que impregnan todo con su olor. Dejadas atrás las ciudades de la costa, el desierto pedregoso toma posesión del paisaje que atraviesa la carretera. En contraste brutal con los hermosos esqueletos grecorromanos, a veces afloran cubos ocres, sin la menor belleza, gracia ni carácter. Las aldeas parecen en un estado de semiabandono, la basura se esparce sin recato, el polvo cubre por igual objetos e individuos de paso lento, aspecto errabundo e indumentaria mixta de sayas y alguna prenda occidental. Todos son hombres. La impresión es de algo que, sin ser miseria, resulta sin embargo pobre, desangelado, mortecino. No hay casa hermosa. Las canciones son de un aburrimiento feroz y hasta el zoco de Bengasi y sus productos parecen toscos, llamativos y feos. Las joyas de oro son gruesas, aparentes y sin la menor delicadeza ni arte; igual les ocurre a vestidos, muebles y telas, que brillan con la ostentosidad del nuevo rico y ni siquiera poseen el atractivo del lujo bárbaro. Trípoli misma, excepto las contadas calles restauradas de su medina, el museo y sus alrededores y los bien definidos islotes y plataformas de dinero y modernidad recientes, es algo sucio, desordenado, dispar, una acampada de la que trabajosamente emergen restos del naufragio, pecios de civilización, burbujas inmobiliarias plantadas en un páramo sin servicios públicos. Las piedras maltratadas del arco de Adriano, en la medina de Trípoli, las columnas encastradas en esquinas y edificios, las desdibujadas figuras que aún sobrenadan las injurias del tiempo y la iconoclastia valen cada una lo que el repetitivo y polvoriento aduar todo entero. Del casco antiguo sólo se salvan, en agrado a la vista y mérito, las construcciones dejadas por británicos, italianos, franceses, aprovechando en ocasiones un palacio o una cárcel turca. Incluso la fortaleza que alberga el Museo fue castillo de los españoles y de los Caballeros de San Juan.

No habría que resistirse al Edén, sobre todo si ocupa, en calendario y presupuesto, una franja asequible y precisa antes y tras la cual se encuentra, inviolada, la tibieza del propio territorio. A fin de cuentas, la realidad, el presente y el futuro, es una población en la que predominan niños y jóvenes, para los que se ha fabricado ya una memoria de la que las alternativas se excluyen y con la que resulta adecuado, simpático y conveniente coincidir. Sobre todo cuando Lo Positivo, en todas las latitudes, es lo que se lleva. Lo demás es museo al aire libre y un velo de mármol y olvido entre el que las raíces tejen sin duda un presente prometedor.

La grieta, sin embargo, no puede evitarse. Zigzaguea por las teselas que cada día arrancan zapatos, pezuñas y cascos, se introduce en abandonadas estancias, mide ausencias. Algo mejor puede y pudo ser; no con ese mejor que es enemigo de lo bueno sino con la superior calidad que a todos beneficia. El edén se visita por itinerarios, pero, a poco que uno penetre en los laterales de la escena la puerta que se abre es otra, llegan las inscripciones borradas, las paredes desnudas, los sarcófagos repetidamente violados, los altares desaparecidos y esa pequeña nave lateral donde, en lo que fue una de las muchas iglesias bizantinas, se apilan losas, fustes y capiteles rotos.

La grieta es insidiosa, porque concierne al presente. Las formas de Piranesi entre las que pasean humanos diminutos no son sino un lenguaje que transmite lo que tuvo la oportunidad de ser y no pudo, la cultura de ciudades, libertades y belleza que se perdió en la ribera sur del Mediterráneo, la civilización molesta en la pronunciación misma de su nombre, en la evidencia de sus huesos. En el pensamiento, la grieta surge lastrada por la autocensura y la censura, se abre camino, emerge con trabajo, sigue la línea clara de la evidencia. Y sabe que, siempre, hallará en contra, extendiéndose con todo su peso, el reino de los intereses de las taifas.

Pero no habría que resistirse al Edén. Además es un Paraíso concurrido y rentable. Por él se pasean, desde la gente razonable que no ve por qué habría que escarbar buscando problemas en vez de apreciar simplemente lo que existe, hasta sociólogos y arabistas que no pueden menos de admirar en el Líder la paternidad de una nueva y orgullosa nación surgida del Corán y de la nada, pasando por una multitud sencilla y bienintencionada de amigos del Tercer Mundo (siempre y cuando ni ellos ni sus hijos tengan que vivir en las condiciones de los nativos) y de solidarios de plantilla. Las excursiones al País del Día de la Marmota, en el que tribus, etnias y patriarcas repiten incansables las tradiciones ancestrales, tanto ha desaparecidas en los pueblos de Zamora o Soria, son fuente de inversión, placer y entretenimiento, vasta cantera de posibilidades en la oferta de ocio alternativo e inocente esparcimiento pedagógico. Desde que, en un momento de lucidez genial, alguien desenmascaró el egocentrismo basado en los valores de Occidente, ha habido un inmenso suspiro de alivio en las amplias masas que se sienten liberadas de los enojosos compromiso y defensa de éstos en cualquier parte del planeta. Ya se puede aplaudir, pactar, presenciar, alabar, traficar y aprovechar sin traba alguna, con el plus añadido de la adhesión, por activa o por pasiva, a la buena causa de la tolerancia infinita.

El Museo Nacional tiene una ultima planta enteramente dedicada (excepto los pocos metros que, con generosidad sin igual, se han dejado a un auténtico luchador libio por la independencia, Omar Al Mokhtar, al que ahorcaron, cuando contaba setenta años, los italianos) al gran Líder: Fotografías, objetos de uso y de prestigio, regalos recibidos, y un entoldado de frases de su Libro Verde. Hay una curiosa mezcla de maoísmo al islámico modo, fundamentalismo musulmán con aire moderno directamente nutrido del petróleo y unas puesta en escena y estructura muy similares a las de los bajaes actuales de Turkmenistán o similares. Ya se abre boca en la planta baja con la exhibición del cochecito en el que se desplazaba Gadafi en los comienzos de su carrera, un volkswagen de los sesenta con las cuatro ruedas plantadas en la inmortalidad.

El Líder, por supuesto, no se limita a la última planta; destila doctrina desde las primeras salas a la entrada, con la “libianización” de un pasado en la que la nación actual se inventa y se sitúa en cabeza de su entorno desde el Neolítico: Los fenicios y sus inventos agrícolas pasan sin apenas dejar huella, el emperador romano Severo no es de familia púnica sino puramente libia, las distintas tribus forman un conjunto civilizador y homogéneo, el fascismo italiano entronca tranquilamente con quinientos años de fascismo turco, de manera que, desde la aurora de los tiempos hasta la fecha, lo que hay es un pueblo (singularmente paciente) siempre víctima de forzadas y opresoras circunstancias, liberado, al fin, por una iniciativa providencial. La palabra fascismo se usa aquí tan alegremente como entre los occidentales progresistas de cuota. Es (como el holocausto y el genocidio de los Josés Pérez) un amuleto que define la pertenencia al clan adecuado, un conjuro que garantiza la acogedora aquiescencia. Por supuesto en esta pura creación del pasado nacional no se mencionan fundamentales datos socioeconómicos. Por ejemplo, que, cuando llegaron las potencias europeas a África durante las guerras mundiales, los territorios árabes perdieron, a causa de la prohibición occidental, el fructífero, intensivo y secular comercio de esclavos que era uno de los pilares de su economía (desde luego, formaba parte de las tan defendidas tradición y cultura, no menos que en los fenicios el, lamentablemente, desaparecido rito típico del sacrificio de los bebés primogénitos). Tampoco se habla de las simpatías hitlerianas de líderes del Islam, que avistaron una fructífera partición del mapa totalitario sin molestas interferencias morales. Algo parecido a lo que el gobierno chino, de manera más práctica y en un mundo mucho más complejo, ofrece.

Todas las presiones ideológicas no bastan, empero, para velar la belleza del puñado de restos grecorromanos, la envergadura de su resplandor junto al cual los objetos de la era islámica no pasan de ser sino repetitivas sucesiones arquitectónicas e inacabables transcripciones del Corán. La exhibición étnica abunda en esa impresión de intemporalidad que sólo espera el Gran Proyecto (como el río artificial que sorbería todos los acuíferos) para alabar a su creador. Hay, en el piso intermedio, un ensamblaje de restos tribales empujados por las dunas, como la orla que dejan las olas, hasta las poblaciones de la costa

El histórico coche del Líder proporciona, sin embargo, otros datos y resume el mensaje: El volkswagen azul representa, como señala el catálogo del museo, el rostro final de la historia de la raza humana, en su incansable lucha para hallar la libertad y para evitar el dominio de la democracia moderna (sic).

En el camino al sur, la hermosura y grandeza del desierto se mezclan con la claustrofobia de los lugares de los que no hay escapatoria porque los rodea la nada. La carretera renueva, en horizontal, esa impresión de salas que se despliegan, de las ondas de las tribus que chocan, en un salto de cinco siglos, con el XIX, el XXI, el XX. Están los esforzados, y semiarruinados, supervivientes de establecimientos europeos, los cementerios de guerra, y luego los frutos dispersos del oro fósil que brotó del suelo en los años cincuenta: grandes hoteles, proyectos gigantescos, centros oficiales, calles modernas, viviendas de lujo. Pero son simples muestras; los dividendos de la gran y súbita riqueza brillan por su ausencia y reposan ciertamente en cajas de seguridad del odiado mundo imperialista, donde los ha depositado la familia del mismo líder que eliminó de los textos explicativos del museo y de los letreros públicos cualquier lengua que no sea la árabe.

Pero ¿dónde está el petróleo? ¿Por dónde corre el maná enmascarado tras una edad media polvorienta, espesa y propia de los almohades? El surtidor aparentemente inagotable, que comenzara a manar hace ya más de medio siglo y constituye un noventa y cinco por ciento de los ingresos nacionales, no riega con desarrollo y dinamismo las tristes y abandonadas regiones, los aduares dispersos que las carreteras atraviesan, las mujeres apenas visibles, las gentes de apariencia tan dejada y pasiva como las capas de desechos de plástico que el viento agita en una u otra dirección. Lo que se ve en el país son migajas, subsistencia, apertura desde hace poco al comercio privado y un proyecto acuático de megalomanía sospec