03/14/20

DIARIO DE LA PANDEMIA-MADRID, 13-Marzo de 2020

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http://www.elrincondecasandra.es/articulos-espana-politica-transicion/Madrid, 13 de marzo de 2020.

Todo el poder a las ratas

La realidad, la de una ciudad entera que había sido despojada de su alegría y de su vida, yacía como un cadáver del que se prefiere ignorar la existencia, cubierta por una capa de incredulidad y temor, del miedo que no acierta a decir su nombre y que está ya tan hecho a la disciplina de la autocensura que impide hasta la rebeldía y la protesta, hasta la denuncia de los autores del crimen y del despojo. La ciudad yacía indefensa y triste, reclamando con ojos mudos que la defendieran cuantos habitualmente la disfrutaban, los que bailaban noche y día por calles siempre concurridas y junto a ventanas luminosas. Pero todos llevaban al cuello la argolla de la resignación a la enfermedad, al mal que los acechaba, al estallido de peste al que el peor gobierno de su historia los había entregado dejando a las nuevas ratas microscópicas puerta franca.

Estaban tan acostumbrados a dividir el mundo en dos bandos y a pertenecer, sin mérito alguno, gran parte de ellos a la mayoría de los buenos que ahora no podían echarse atrás, debían apoyar, aunque fuera tácitamente, a aquél y a aquéllos que habían votado, aunque las diminutas ratas llevaran ya tiempo royendo países vecinos y la gigantesca y ruinosa corte del Presidente electo se alzara sobre inmensas, ruidosas y multitudinarias pilas de basura cubiertas de enormes pancartas que se resumían en el profundo odio al país en el que habitaban y a cuantos y cuanto era superior, excelente, hermoso, valioso por sí mismo.

Se imponían el silencio y la resignación, como si las diminutas ratas de la nueva peste, la ciudad mancillada y estrangulada, los millones de ciudadanos en arresto domiciliario, la vertiginosa cosecha de nuevos pobres, de hospitales desbordados, de enfermos y de muertos no fueran sino obra de la fatalidad, de un fenómeno ajeno al hombre, oscura venganza quizás de la Naturaleza que exigía lógicos sacrificios de los humanos de mayor edad. Los habitantes de la ciudad convertida, con una rapidez fulgurante, en centro de la epidemia, preferían enjugar las lágrimas compungidas del Jefe del Partido que, con su prolífico batallón de heraldos, había incansablemente demostrado su estúpida arrogancia, su codicia, su peligrosa ambición y su manejo incansable, como mascarón de proa, de la ficción ya longeva de representante del Bien, del polo luminoso de una ficción dual, de los combatientes incansables contra un diabólico dictador que no habían conocido y del que sorbían la esencia de su justificación de ser y de acaparar, aupados sobre montañas de entusiastas víctimas creadas y alimentadas al efecto.

Llevaban los habitantes de Villa tanto tiempo en la cárcel verbal Buenos y Malos, Socialistas y Fascistas, Izquierdas/Derechas, Progresistas y Reaccionarios que podían transitar sin mayor problema sobre el cuerpo de la ciudad herida y sobre sus propias dignidad y libertad, sobre la evidencia del comportamiento canalla de sus gobernantes y sobre la envidiosa y codiciosa estulticia de los que, con cómoda y rentable ceguera voluntaria, los sostenían. Estaban acostumbrados. En aquellas mismas fechas de marzo, hacía algunos lustros, habían digerido grandes dosis de propaganda proporcionada por el partido del Bien y, dejando atrás un terrible atentado terrorista nunca esclarecido, habían culpado, no a los asesinos, sino al partido que por entonces estaba en el Gobierno y a quien convenía desalojar. Y a partir de aquella comunión con la vileza asumida, estuvo permitido todo, y todo el silencio.

Por eso las ratas de la pandemia han tenido puerta franca, y gozan de la comprensiva impunidad anónima de las emergencias sexuales, históricas, científicas y climáticas. Corretean entre una multitud mansa, viva metáfora, con sus mascarillas, del país sin país, nombre, lengua, símbolos ni dignidad. El país que no tiene ciudadanos; tan sólo habitantes que no merecieron la hermosa ciudad que yace amordazada, indefensa y roída por la ya larga peste.

Rosúa 

El subtítulo adecuado de mi libro «Diario de a bordo» sería «De cuando dieron todo el poder a las ratas».

Las ratas siempre han sido el símbolo de la peste. En las circunstancias adecuadas de cobardía generalizada, reparto gratuito de placebos y elogio de la basura se les dan todas las facilidades.

Observo que, una vez más (no en vano mi web es el rincón de Casandra), sin yo advertirlo cuando lo escribía pero con una vaga conciencia de ello, el libro ha sido premonitorio.

 Sí, es cierto -como observa alguno de mis lectores- que ha sido premonitorio pero con una salvedad: Estas ratas de aquí también están expuestas al virus. Tiene razón,  lo están, pero nuestras ratas son menos listas y más fanáticas que las de “Diario de a bordo”. De hecho, llevan a sus bebés a manifestaciones que hierven de contagio, acuden a consejos de ministros sin mascarilla y con la infección a cuestas, se pelean, entre tos y tos, por arrancar algún trozo de nombramiento. Las ratas de “Diario de a bordo” los mirarían con desdén y les dirían que aún hay clases.

Madrid, 15 de marzo de 2020.

Una tarde con sabor a milenario.

La tarde es tan tétrica como los temores de un creyente del fatal milenario. Ha descendido de un extraño cielo de nubes que cruzaban o se agolpaban a gran velocidad mientras que otras reposaban su vientre gris en un horizonte antes engarzado en azul. Escriben probablemente algo, cada una, en su lejano lenguaje. Un caudal de luz con frialdad de oro se ha derramado luego, súbitamente, para que durante unos momentos la humanidad pequeña mida las dimensiones de su repentina soledad. Y la tarde se ha cerrado, en oscuridad definitiva, con el broche de un sol enorme, agresivo como una boca ávida que espera el momento de engullir su pitanza.

La calle de la cuarentena por la pandemia es un embudo desértico, con una sola figura esquiva a contraluz en el fondo, y las ramas desesperadas de un árbol color de plomo.

Tormenta dentro y fuera de la gente. Algunos sacan lo peor que llevan en ese interior herrumbroso, amargo por la vieja lluvia de la frustración y de la envidia. Ven su oportunidad de convertirse en comisarios, celadores, denunciantes. Podrán ladrar a víctimas fáciles a las que acusan sin motivo de transgredir el orden y a las que amenazan con multas y denuncias.

Han sonado aplausos ayer 14  en la calle, patios y balcones, para homenajear a los sanitarios agotados y expuestos, con escasos recursos, al contagio del mal. Se había convocado a ello por los teléfonos móviles, y había que hacerlo a las diez de la noche. Justo poco antes había finalizado la entrevista del Presidente, de forma que su exposición banal, tardía, vaga se ha visto aupada a un pódium de aplauso popular y gritos y canciones de confianza en la nación. El discurso debería haberse producido muchas horas antes. Casualmente coincide con la exaltación popular de las 22 horas. Es inevitable imaginar a un celoso asesor de imagen calculando la coincidencia de manera que el muy deteriorado perfil del personaje, su desastrosa gestión de la situación crítica y la peligrosa amalgama de su Gobierno queden difuminados mientras pasa al primer plano el acongojado jefe político que se presenta, surfeando en el sentimiento de desamparo, y se yergue, Presidente al fin, como el líder de una nación de la que él y sus socios reniegan.

Rosúa

Madrid, 16 de marzo de 2020

El tributo de Darwin

Y escampó. Sin que por ello remitiese la pandemia, que estaba dispuesta a alcanzar su pico de enfermos y de muertos en aquella semana y las que vinieren. Las nubes torvas de la tarde anterior, orladas de un resplandor lívido, regresaron con un concierto de atabales en dos tiempos de granizo sonoro, empujándose  unas a otras en el cielo por demostrar su poder, por convencer al fin a los humanos, tras largo tiempo de mansedumbre, de que ellos, muñecos frágiles de carne y día a día ansioso, no eran nadie en comparación de cuanto podía sobrevenirles desde los cielos de lo imprevisto, Las nubes desde arriba, se sabían fuertes y cambiantes, capaces de toda adaptación y transformación, ahora aire, ahora agua, vestidas de calor, vestidas de frío, mucho más altas que todos los males que pudieran acaecer y cebarse en los seres de abajo.

Las plantas no se habían atrevido a echar flores y la colonia de palomas que habitaba desde hacía décadas en la copa del cedro abandonaron, todas a una, misteriosamente, hacia unas semanas su residencia habitual. Alguna volvía de cuando en cuando, se posaba en la última rama donde solía calentarse cada mañana con el sol del amanecer, pero volvía a emprender rápidamente el vuelo. Y las nubes corrían, no por su sendero habitual oeste-este, sino de norte a sur, arrastrando de las montañas un horizonte incierto gris oscuro.

A las 8 de la noche la gente aislada en sus domicilios por aquella nueva forma de la peste, salía, empero, a los balcones, encendía luces, batía palmas, daba gritos, ponía canciones, vitoreaba al país y a la forma de vida a la que no querían renunciar, por muchos picos de la pandemia que hubiera. La enfermedad vírica se había definido como el tributo de las cien doncellas traducido en cien mil ancianos, una proclama darwinista de selección de las especies que se ofrecía en realidad como justo tributo a la Ley del Más Fuerte, a la debida reducción de poblaciones ad maiorem gloriam del dios Planeta, adorado por multitud de jóvenes adeptos. La pandemia era una grande y mortal metáfora de la redistribución equitativa y lógica del aire, los recursos y el espacio entre los que, por su juventud, tenían más probabilidades de disfrutar de ellos

Pero los habitantes de buena parte de Europa, también los de España, querían ser humanos. En la memoria colectiva estaba incrustado desde el siglo XX el precio de la eliminación de los viejos, los minusválidos, los débiles, los pertenecientes a grupos genéticamente inferiores, a capas de población molestas. El instinto animal llamaba a la permisividad y a la indiferencia, si no colaboración activa, con cualquiera o cualquier evento que podara elementos inútiles y caducos para repartir entre los nuevos brotes la sangre nueva. Sin embargo existía, por debajo del instinto animal, como en las capas sucesivas del cerebro y al otro extremo del reptiliano, otro instinto que impedía disponer de la vida de nadie, fuera cual fuese su edad, origen y condiciones, que pedía conservarlo, salvarlo porque en cada individuo existía un valor, un rasgo misterioso e irrepetible. Había un empeño por ser humano, por continuar siéndolo. Y no dejar abandonado a nadie. Porque de hacerlo, fueran cuales fuesen los aparentes beneficios inmediatos en prosperidad económica y reparto de recursos, entonces sí que la pandemia habría ganado.

Rosúa

 

Madrid, 17 de marzo de 2020

Diálogos con Escoby

La escoba se había quedado en pie, sin apoyo alguno, en el centro de la habitación, en respuesta a un mensaje por las redes sociales que incitaba a la experiencia, y no por agentes esotéricos, sino por un cambio en la inclinación del eje terrestre. Evidentemente la paternidad del envío, que se presentaba como nada menos que de la NASA, no favorecía su credibilidad. Por muy mal que esté de presupuesto la agencia espacial es dudoso que los recortes hayan llegado al punto de tener que promocionarse con escobas.

Como la experiencia era un respiro de la tensión y la claustrofobia y además nuestro Planeta tiene la costumbre de cambiar su eje, lo que produce cambios climáticos, puse manos a la obra. Y resultó: Escoba erguida y exenta.

Ahora bien, el portero, avezado en barrer todos los días, aseguró que él las dejaba en posición de saludo con frecuencia. A mí nunca me había ocurrido pero debo reconocer que tampoco puse en ello especial empeño y que mi trato con las escobas fue siempre rápido y utilitario

Sin embargo, tras haber tenido a Escoby -le había dado un nombre- largo tiempo de pie en el centro del salón, asombrada al ver que funcionaba el experimento, eché luego de menos su presencia. La escoba de guardia era una compañía en el desierto pandémico de vida social. Tenía planes para ella, su posición era la de mayordomo doméstico, erguido en la entrada e indiferente a la ley de la gravedad. Si echara a andar…Tarareé “El aprendiz de brujo”. Escoby me hubiera sido muy útil para ayudarme en la limpieza la casa. No pasó a la acción.

Influida por las palabras del descreído portero, puse de nuevo a Escoby apoyado detrás de la puerta. Le debía unas risas. Nuestra relación había sido prometedora, pero breve. Y me quedé definitivamente sola.

No había hígados de oca que consultar y que hubieran, antes de la plaga, predicho la desgracia. Todo quedaba en el terreno de la pura imaginación y el deseo de sumar a las propias percepciones y sentimientos algún signo desolado de la Naturaleza, un gramo de compasión, de preaviso, de solidaridad de los altos cielos con los humanos que llevaban tantos años mirándolos con insistencia. Pero no lo hubo. Únicamente las sin duda simples casualidades: Numerosas migraciones de pájaros, a destiempo y a tiempo, repetidas, volando alto para recorrer largas distancias con su quilla de alas y aleteo y siempre, detrás, algunos rezagados que se habían levantado más tarde o descuidado su régimen y ganado sobrepeso. Luego estaba el extraño abandono de las palomas de su árbol habitual, un cedro regio, venerable, que señoreaba a cuantos crecían en el jardín de las monjas y sin duda en los vecinos parques. Las plantas domésticas, por su parte, se hicieron cargo de la situación, de la imposibilidad de renovarlas (porque erróneamente no se hallaban en los artículos de primera necesidad que se podía salir a adquirir). La pandemia era, también, un encarcelamiento sin flores, y, advertidas de la emergencia, las que se hallaban desde el principio de la alarma en dos floreros comenzaron a hacer titánicos esfuerzos por resistir hasta donde sus tallos aguantaran. Nunca quien las cuidaba y cambiaba religiosamente cada día el agua las había visto durar tanto, el rostro amarillo de la gerbera sonreía en el salón a sabiendas de que para quien la miraba podría ser su última sonrisa. Las clavellinas apretujadas junto a la ventana iban languideciendo, pero lo hacían discreta, heroicamente, pasando el testigo a la vecina de forma que persistiera vivo un retén, hasta la última de ellas.

Pronto no quedaría ni una flor en la casa. Sólo el recuerdo de su fidelidad, de su valiente y solidaria lucha, de su compañía.

Rosúa

 

Madrid, 19 de marzo de 2020.

El divorcio que viene.

Además de la huida de los pájaros, el año bisiesto, el eclipse de luna y la lluvia de estrellas, que tal vez se solidarizan o, de lo contrario,, para completar el cuadro, intentan caer sobre nuestras cabezas, en el horizonte se perfila, según el virus se bata en retirada, una nueva catástrofe: La ola de divorcios, de rupturas más o menos desgarradoras, de huidas con lo puesto del domicilio familiar cantando aleluyas, de hijos galopando hacia la India con los ahorros de sus padres. En fin, un desafío al amor eterno, quizás por justicia poética ante el hartazgo y hastío de los cantos a la sexualidad amorosa sea con otros sexos, el propio, o con cabritillas y coliflores.

Encerrados entre cuatro, o más paredes, la familia, grupo, pareja o colegas del alma tal vez descubran innumerables tesoros de afecto, pero es también probable que comiencen la cuenta atrás que conduce al punto crítico. Con “el otro” pasa igual que con lo de encontrarse a sí mismo: Más vale que no.

Pero, antes del divorcio postvirus, mejor plantearse si, encerrados como en la obra de Sartre, en ese infierno que son los demás, se está seguro de que, en condiciones semejantes de larga y obligada convivencia, no ocurriría exactamente igual con cualquiera, príncipe azul incluido.

Rosúa

Madrid, 20 de marzo de 2020

El aspirante a Jinete del Apocalipsis

El aspirante a jinete del Apocalipsis se aseguró de la situación respecto a sus posibles competidores. Y de la de su propia cabalgadura, Contradicciones, a la que las generosas raciones de sobrepienso le habrían de todas formas impedido ganar carrera alguna. El nuevo jinete no se hacía ilusiones respecto a los méritos de su caballo ni en cuanto a su apostura personal. Sabía que el inagotable rencor que le habitaba y constituía la esencia de su ser había ascendido ya hasta empapar la piel de su rostro, torcer su belfo, conformar su boca y anegar sus ojos, de manera que lo que en otro tiempo se traducía en fuerza había traspasado las líneas de la repulsión sin alcanzar al menos cierta grandeza en el odio. Pero él no aspiraba a victorias en ninguna competición sino a asentarse, inamovible, en su alto pedestal, rodeado, a niveles muy inferiores, por su fiel escudería y animado por Marikely, a quien había otorgado el título de Cantinera Mayor del Reino y prometido que cabalgaría detrás de él en una yegua. El aspirante a jinete apocalíptico siempre había sentido una irresistible pasión por aquellas estatuas ecuestres de las plazas, él arriba, perdurable, cabello al viento, como la cola de su corcel. Y estaba muy cerca, sin moverse, de su meta. Porque los rudos participantes en la competición le habían dado hecho el acceso al podio del cual nadie le descabalgaría jamás. Ante su corcel se extendían el terreno baldío y los pedregosos senderos por los que pronto se aproximaría a él una población mendicante, hambrienta, pobre y asustada, para pedirle la pitanza.

El Jinete de la Guerra había entretenido convenientemente a sus posibles antagonistas enfrentándose entre sí, el del Hambre había aguzado en ellos las armas poderosas de la envidia y la codicia ante la posibilidad de futuras carencias, el de la Peste había sembrado entre la población el desconcierto al enfrentarse a fuerzas desconocidas y el de la Muerte la sumisión ante cualquiera que les ofreciese chivos expiatorios en los que volcar su miedo y su miseria. De todos aquellos que allanaban el camino al aspirante a Jinete 5, al que éste estaba más agradecido por sus inconscientes servicios era a un palafrenero tan pálido y discreto que montaba un rocín escuálido con grandes alforjas repletas de cobardía que iba esparciendo a manos llenas. Gracias a sus servicios las gentes del país eran diestras en aceptar y callar siempre y cuando se les incluyera en la clasificación adecuada, dentro de la inventada dualidad Buenos/Malos que los heraldos habían logrado imponer.

. El aspirante a cabalgar el poder completo se había hecho así con la mejor baza: La de la vileza asumida. Todos sus inminentes súbditos llamarían sin esfuerzo, como ya gran parte de ellos había hecho, a la mentira flagrante verdad, a la feroz acumulación de la riqueza del reino y su reparto en inútiles y fieles cortes medidas sociales y necesarias, a la destrucción de instituciones, cargos, leyes, y de cuanto y cuantos representaban al país justicia igualitaria de urgencia, a la fealdad belleza suma, a la codicia y el robo equidad de clase, a la ignorancia perspectiva popular.

Desde su cabalgadura Apocalipsis 5 pasó revista imaginaria a los que en próximos mañanas iban a ser sus súbditos. Ninguno podría oponérsele porque, incluso aunque derrotaran a sus colegas Apocalipsis 1, 2, 3 y 4, aunque superaran las luchas internas, la Guerra al nuevo enemigo microscópico, el hálito del Hambre reflejado en inquietantes carencias, la Muerte desbordando en los hospitales y combatida por agotados sanitarios, aunque vencieran a todo eso la victoria habría sido siempre sobre enemigos externos, sin relación con los ciudadanos mismos, en su interior no se habrían rendido, no habrían pactado. Con él, el Jinete 5, sí, y a él habrían entregado, desde que aceptaron la primera mentira y la primera vileza, las llaves del poder.

Rosúa

 

Madrid, 21 de marzo de 2020.

Solidaridad de las plantas

Han pasado las fechas de razonable y habitual duración de la gerbera. Sólo su sonrisa, su gran sonrisa amarilla, rompía el panorama de cielo gris donde pasta un rebaño casi estático de lomos algodonosos. Sólo ella lucía como un ancla en el espacio silencioso de la casa, movía el aire con sus pétalos, desafiaba con el tallo a la fuerza de la gravedad y a la llamada de la tierra.

Quien la ha cuidado, como de costumbre, cada día sabe que no puede esperar imposibles, que no iba a pasar del día de mañana. Ya en su centro se había formado un círculo negro y algunas hojas de debajo de la corola habían comenzado a despegarse y fruncirse por los bordes. Es el final. La flor sabe que nunca ha sido tan necesaria, que las plantas verdes y frescas se han vuelto tan inalcanzables como si crecieran en la luna. La gerbera vale hoy mucho más que todas las caras y perfumadas rosas. Al cambiarle el agua la que sería lógicamente la última vez, se le ha dicho, junto con palabras de agradecimiento por su larga resistencia, que tiene forzosamente un final, como tal vez la ciudad, como los días idénticos de un impredecible calendario en el que se han borrado los números en las cuadrículas, como el de las manos que la nutren y apenas se atreven a rozarla para no desafiar a su tenacidad solidaria. La flor ha llegado a su fin.

Y sim embargo algo extraño ha ocurrido, debería haber muerto, haber vencido la cabeza, esparcido sus hojas. No sólo no lo ha hecho, sino que de su centro, como si hubiese recorrido el tiempo a la inversa, ha desaparecido el grueso punto negro que ya comía su corazón. Semejante a las primeras hojas de la parra trepadora, que han brotado exactamente con el inicio de la primavera y desafían con su verde infantil y brillante al cielo gris, la gerbera amarilla regala unas horas, un día, un tiempo inesperado más de simetría perfecta, de imitación de un sol que no se pone. Es de la cepa de Lázaro, que tal vez resucitó porque, en épocas de angustia y de total incertidumbre, alguien necesitaba ansiosamente que prolongara su vida.

Rosúa

La gerbera solidaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Madrid, 23 de marzo de 2020

El último viejo.

El joven soñó. Estaba libre, libre al fin de la presión del medio social, de aquellos sectores retrógrados que, pese a las directivas de selección programada y a las explicaciones sobre la oportunidad de la medida, se resistían a generalizar la norma. En el reino libre al que se abrían sus párpados cerrados podía aspirar a lo que quisiera. Soñó que despertaba y veía ya realizados sus sueños. La calle era hermosa, recorrida por cuerpos sanos y fuertes coronados por rostros lisos, ojos vivaces y sonrientes y cabello espeso peinado o rapado de diferentes maneras. Correteaban niños sacados de paseo por simpáticas parejas. Todos vestían con ropas de buena calidad agujereadas o desgarradas según la moda y se oían, en los variados tipos de reproductores, canciones clásicas, es decir, de hacía dos o tres años, y la catarata de las nuevas, sin que arruinase la espontaneidad de la innovación cotidiana la intrusión de obras polvorientas, melódicas, sinfónicas, antes incrustadas en la memoria popular como hitos obligatorios. A veces se difundían por el canal oportuno breves relatos, fulgurantes, emotivos, nunca constreñidos por comparaciones farragosas con un tenebroso pasado de estanterías repletas de polvorientas páginas.

De vez en cuando el Consejo Rector del país hacía referencia a lo que, según los días fueran pares o impares, se ofrecía como Relato Histórico y Antiguos Enemigos del Bienestar General, porque, dada la edad media de la población y la  escasez de elementos vivos que sobrepasaran la mediana edad, desde que se llevó a cabo seriamente la selección programada la memoria se había ido difuminando junto con los ancianos de cincuenta o más años y los libros, de manera que se había simplificado extraordinariamente el gobierno de las multitudes y los líderes no temían caer en ninguna contradicción ni desmentido y reinaban felizmente sobre multitudes carentes de recuerdos. Cuanto dijeran del pasado o del presente siempre sería cierto y todas sus disposiciones, que incluían la prolongación de sus poderes máximos, estarían justificadas por los grandes peligros y crisis de los que en su momento ellos habrían salvado a la población.

Lo que más le gustaba al joven era la abundancia. Desaparecida la masa de población envejecida que, como un vampiro, sorbía y acumulaba bajo su `piel arrugada y senil los recursos, medicinas, alimentos y excelentes puestos de trabajo, se respiraba el aire puro de quien llega a la cima de una montaña que emerge sobre la cargada atmósfera de ciudades hundidas bajo el peso de su propia ruina. Soñó que, reconfortado por la carrera que había emprendido sin que se interpusieran a su a su gimnástico y veloz paso peatones torpes, se dirigía al edificio acristalado donde prestaba sus servicios en las salas de selección cronológica. Había que estar muy al tanto porque aún había pendiente una larga tarea de trillado y los sujetos que iban pasando no siempre ofrecían la colaboración debida y, ora falsificaban sus documentos de identidad, ora se maquillaban, teñían y vestían para aparentar edad inferior a la fijada como máxima permitida. Tiempo de gran prosperidad para los cirujanos plásticos, de cuyas intervenciones había gran demanda y ofertas tentadoras en el mercado telemático. Rejuvenecer en apariencia no era fácil ni barato. Sin embargo garantizaba, si se tenía la suerte de pasar por una revisión de edad superficial y apresurada, un plus de esperanza vital.

Pero había un problema: Los buenos cirujanos, dentistas, ingenieros, arquitectos, comenzaban a tener sus años, lo más fresco y nuevo ofrecía hermosas flores pero no siempre nutritivos frutos, y el joven lo descubrió al despertase, cuando, por un inoportuno pinchazo en el molar izquierdo, hubo de introducirse en el reino de la fealdad. Con la dirección que un colega le había proporcionado bien guardada en el bolsillo de su chándal, cubrió con trote elástico la distancia hasta unos edificios alejados, entró, subió ágilmente las escaleras despreciando, por supuesto, el ascensor y a los que lo utilizaban, llamó a la puerta, explicó su caso. Sabía que, en la planificación de la trilla cronológica de la población, se habían dejado, provisionalmente, islotes de permisividad, por razones de emergencia práctica. Le pareció bien. Ya iba siendo hora de que el aún considerable sector parásito al que la población activa se había visto condenada a mantener hiciera algo útil.

Le sorprendió que le recibiese primero alguien de edad todavía admisible, quizás no había cumplido los cuarenta. Luego entró el médico dentista y entonces supo que el ayudante lo era para aprender y practicar. El joven paciente dominó la ligera repugnancia que le producía ver tan de cerca el rostro envejecido, sin embargo, a los pocos minutos de trato y explicaciones, mientras hacía efecto la anestesia y se enjuagaba, observó que había desaparecido su rechazo y que en realidad ya no veía al dentista como perteneciente a un grupo cronológico sino sólo al individuo que le trataba y con el que al final acabó manteniendo una animada conversación. Surgieron temas en parte conocidos pero muy distintos en otros casos de cuanto constituían sus recuerdos y su experiencia propia. La parecía adentrarse en un planeta simétrico pero complementario del suyo. Hablaron también de regiones, de barrios en los que ocurrieron sucesos de los que él tenía ecos vagos. Y nombraron a gente que había pasado la línea de la selección programadas y desaparecido, pero no en las clínicas dispuestas al efecto sino socialmente, huida trasladada sin atenerse a consejos oficiales y trámites, a lugares alejados de sus domicilios, a veces conservada por quienes, en su entorno, se negaban a que se dispusiera de ellos. El joven había respondido siempre a los que estudiaban los casos que se trataba simplemente de un fenómeno conservador, de cierta avaricia que llevaba a retener a los ancianos como quien mantiene en su casa un mueble o un jarrón antiguos. Él mismo, que había vivido con un grupo de escolares y luego adolescentes, era ajeno a aquellos apegos a las ramas caducas de necesaria poda para el árbol, pero podía comprenderlo. Sin embargo durante esa charla, que se prolongó más de lo previsto porque ningún otro paciente esperaba, se sintió en un plano de igualdad, con el médico viejo y con el otro.

Mientras esperaba que le escribieran unas recetas, observó, entre revistas de fotos de puro entretenimiento, unos folletos. Ya era raro encontrar comunicaciones impresas, aunque seguían existiendo. Cogió uno: La apuesta de la especie, rezaba el título.

-Llévatelo- le dijo el ayudante, que salía porque había terminado su jornada.

Caminaron juntos. Se sentaron en un banco y el aprendiz de dentista le comentó el contenido.

Ya en su habitación, con una excitante sensación de clandestinidad, el joven fue leyendo:

En la evolución se va seleccionando a los más fuertes. Pero la especie humana es peculiar. Ha apostado por el cerebro, por la memoria, por el individuo, por los afectos, la inventiva, los cambios. Y empezó pronto, cuando en las cuevas alimentaron a los que ya no cazaban, pero sabían los sitios de caza y agua, cuando contaron los de más edad a los otros largos cuentos.

Siguió leyendo, pero se durmió enseguida. Ya el molar no le molestaba, pero tenía que volver a la consulta.

Tuvo otro sueño: Caminaba por la ciudad poblada exclusivamente por rostros juveniles. Al anochecer, en un parque que tenía una extensa zona de rocas artificiales vio, en la imitación de cueva, una ligera luz. Se acercó. Y allí, en en fondo, había un hombre mayor que calentaba algo en la brasa. Aquel hombre le miró y le pidió inmediatamente:

-Calla. No me delates.

– ¿Quién es usted? –

-Soy el último viejo. –

El joven se despertó. Y esta vez no había sido un sueño. Fue una pesadilla.

 

Madrid, 27 de marzo de 2020

 El virus oportuno y la otra China.

Hay un peligro menos aparente pero mucho más dañino y duradero que el virus actual: La regresión de las naciones libres a una red acobardada que pagará tributo al régimen chino de la forma que éste, embriagado de nacionalismo satisfecho y de poderío imperial sobre el Pacífico y Oriente, lo disponga. Por supuesto apoyándose en el racismo diferencial de nuevo cuño para el que siempre encontrarán, como ya encuentran, un público entusiasta entre los señores del comercio (que han reemplazado a los de la guerra), los benjamines ideológicos y los entusiastas adeptos de las rendiciones preventivas.

La pandemia va a colocar a cada cual en el lugar que realmente merece. Esta situación extrema, sobre todo por su incertidumbre, encierra la oportunidad, para Europa, para los países que viven en sistemas democráticos parlamentarios -antítesis de los populismos- y sobre todo para las personas que creen en la libertad, derechos y dignidad de los individuos de cambiar el rumbo, de detener su deriva cuesta abajo hacia el parque temático y la colonia de consumidores sumisos y de renunciar, y denunciar, a las clientelas de la utopía subvencionada.  Es un espléndido momento, que los muertos están pagando, para tomar conciencia del precio de cuanto se daba por garantizado y gratuito

Es tiempo de recordar a la otra China y lo que se debe a cuantos allí aspiran a aquello que un Occidente lánguido no ha sabido defender mientras se refugia en el hecho consumado y la inutilidad de enfrentamiento alguno con un régimen cuyas dimensiones y fuerza parece ser que invalidan toda percepción objetiva y todo análisis. Y sin embargo ese análisis y ese rechazo ético, político e incluso práctico nunca han sido tan urgentes como en la actualidad, cuando la situación de Europa y países afines plantea el mejor escenario posible para el claro proyecto del núcleo directivo chino actual.

Bajo esa  capa silenciadora de hormigón de país gigantesco, del número de millones de habitantes, del Partido y del Ejército monolíticos e implacables (como lo fue, e igual y puntualmente eficaz, el nazismo) y bajo la máquina distribuidora de mercancías por nuevas redes ferroviarias, hay quienes casi todo el mundo ignora, lo que a casi nadie interesa: Otra China, la de personas que también quieren, y han querido (y han arriesgado mucho y todo  por ello), un sistema político representativo y una seguridad basada en el Derecho y en las leyes.

Quien ha probado el sabor de la libertad sabe que no hay fruta comparable. Y ese sabor no está al alcance de una de las dos Chinas, la que no se ve, la que apenas aflora a las páginas de los periódicos y a las pantallas en Occidente, aquélla que no se conforma con la posibilidad de ser rica y quiere ser más humana y más libre. Hace ahora casi treinta y un años la plaza central de Pekín, Tien An Men, se llenó de, jóvenes, primero de estudiantes, luego gente de todo tipo. No iban armados, cantaban, recitaban poemas, leían, escribían, enviaban a los dirigentes peticiones, manifiestos. Eran de tal y de tan generosa ingenuidad, de tan conmovedora entrega de sí mismos, que construyeron una Estatua de la Libertad de cartón, y ésas fueron sus armas.

Poco antes, en el Buró Político, se habían enfrentado los partidarios de la modernización no sólo económica, con su líder Deng Xiaoping a la cabeza, y los dispuestos a no perder un ápice de poder.

El 6 de junio de 1989 entraron los tanques y el ejército por orden de los jerarcas del Partido Comunista Chino, reunidos en la vecina Ciudad Prohibida. Y la plaza se llenó de sangre, a la que siguió una larga represión.

Había ganado, dentro del Partido  (PCCh) la facción de la que es hoy cabeza visible Xi Jinping, Presidente, desde 2013, vitalicio y absoluto como rostro visible, y si falta hiciere intercambiable, de sus clones, resuelto, como sus afines siempre lo han estado, a considerar a los muertos de Tien An Men y anteriormente a los millones de víctimas de sucesivas campañas (nunca históricamente esas cifras les han importado gran cosa) como letra pequeña del inventario y a condenarlos a la segunda muerte que es el olvido.

La apariencia monolítica del Partido es engañosa. No por ello menos terrorífica. La fotografía del último congreso del PCCh muestra exactamente el amo colectivo, lejano pero amo, que nunca hay que tener. En formato panorámico es la misma imagen, si acaso la sonrisa china un centímetro más pequeña, que la del reino al otro lado del paralelo 38. Y da auténtico miedo: Prietas las filas de dirigentes con las mismas expresión, postura y prácticamente vestimenta, en una gran sala desangelada, desplegados en tamaño descomunal la hoz, el martillo, la bandera como telón de fondo. Hasta el rojo, empleado por doquier, parece frío en este contexto. Mírese con atención y, antes de salir dando aullidos, reflexiónese sobre si se querría ser dirigido por este Hermano Mayor de Corea del Norte. Examine cada cual, antes de dejar de ser un individuo, si va a seguir consintiendo que le impongan una serie de Ministerios inútiles con nombres ridículos cortados a la medida de gente sin más currículum que su rencor y falta de escrúpulos. Recuérdese de paso lo que durante largo tiempo se tenía olvidado: Que la libertad y los derechos no son gratuitos y que todo tiene un precio.

La memoria histórica de Occidente es cómoda y corta. Probablemente sorprende que en el Partido Comunista Chino, y no sólo entre los heroicos y anónimos disidentes, hay y haya habido partidarios de una democratización gradual, de reformas que separaran el Partido del Estado y pusieran los cimientos del de Derecho. Esto se anegó en muy joven sangre en Tien An Men pero ciertamente no ha desaparecido porque, por mucho que crezcan la fuerza bruta, el control y el tesoro, la libertad es un bien tal que su ausencia nada lo compensa, ni siquiera los millones de habitantes y el volumen de mercancías. A día de hoy los estudiantes chinos, cuando ven manifestaciones en otros países contra la política gubernamental, confiesan cándidamente que si lo hicieran ellos en el suyo los matarían. Por mucho que el régimen se empeñe en recubrirse de una capa de peculiaridad sínica, de nacionalismo revenido según el cual Partido es sinónimo de China eterna, orgullosamente milenaria, refinada, líder y dueña de su reino de Oriente contrapuesto al que antaño acaudilló Estados Unidos, esto no basta para extinguir la esencial y común humanidad de los ahora súbditos, que no ciudadanos, ni puede erradicarse la aspiración a la libertad. Por abrumadores que sean sus riquezas y logros, el régimen de Xi Jinping es consciente de su carencia, de la brecha enorme que le separa de los que deberían ser sus pares, e incluso oculta en el fondo de su espíritu el complejo de inferioridad respecto a los sistemas realmente modernos y democráticos, aquéllos con separación de poderes y con garantías civiles.

A enorme o mínimo formato, los mecanismos de afirmación son universales. No hay dictadura que, como China, no se llame a sí misma república popular. Por otra parte, cuando se toca la tecla del nacionalismo diferencial, ya lo haga un país gigantesco o una región pequeña, salta invariablemente el comprensible y soterrado sentimiento de inferioridad y el ansia de hacerse valer por méritos que no se poseen compensados con la exhibición del nuevo rico y la alusión a fundamentos ancestrales. Siempre acompañan a esto generosas dosis de victimismo histórico y social, que es producto de venta inmediata asegurada y funciona a base de colectivos y genéricos (sexo, etnia, localismo), con manifiesta alergia a individuos y actos concretos. Todo dictador y demagogo ofrecerá al auditorio lo que ni le pertenece ni se merece, pero hace falta tener la grandeza de un Churchill para prometer sangre, sudor y lágrimas.

El Presidente de China y el núcleo que representa se han embarcado, como era de esperar, en la antítesis Nosotros/Ellos. El dictador o aspirante a tal categoría se priva habitualmente por las dualidades: Izquierdas=Buenos/Derechas=Malos, Orientales/Occidentales, Fascistas/Progresistas, Chinos/Otros (y nadie busca el reconocimiento diferencial para tener menos sino para hacerse con privilegios). Bajo su aparente mesura y homogeneidad, el gobierno chino ha caído en la hibris, por recurrir al término griego, en la desmesura. Se ha embarcado en un ritmo acelerado de dominio cubriendo en pocos años de vías férreas millares de kilómetros, inundando los Estados de Derecho con sus mercancías a bajo coste, creando una profunda dependencia, y marcando nuevos territorios, terrestres y marítimos, como suyos. La pandemia de 2020 es, para China, la ocasión perfecta para imponerse durablemente en una Europa y países libres débiles, atemorizados y empobrecidos, de los que España es, por cierto, a causa de su posición geográfica, cabeza de puente a donde llega, a una población al sur de Madrid, un río de contenedores cuyas mercancías se distribuyen por doquier. España es, además de puerta de entrada comercial, eslabón particularmente frágil por su indigencia vergonzante en lo que concierne a su personalidad nacional y sus símbolos y por coincidir la pandemia con el peor Gobierno de su historia, un charco de pretensiones tribales, estupidez propagandística y pretensiones de dominio por parte de la clase parásita que lleva décadas chupando de la ubre del revival de la Guerra Civil. La cadena de debilidades se extiende a la Unión Europea, en la que el oportuno virus está siendo la prueba del algodón de la insolidaridad y la bajeza de miras, con espectacular olvido de lo que las naciones del norte deben a quienes ellos dañaron y a quienes les ayudaron tras la Segunda Guerra Mundial. China tendría pues entrada franca en un terreno desarbolado, mayormente porque sus ciudadanos habrán decidido que no merecen serlo ni son capaces de defender los valores que les han hecho vivir un tipo de vida que es con mucho la más libre y mejor. Para que el alfombrado a la neodictadura por control remoto sea completo, no hay día en que no se denigre a los burócratas, confundiendo la parte por el todo y la grandeza de la Unión Europea en sí con el chivo expiatorio al alcance de la mano. Como si una sociedad moderna pudiera funcionar sin burócratas, por puro y vociferante asambleísmo.

Valga como botón de muestra el mensaje enviado a los móviles de clientes y conocidos por parte de un miembro de la comunidad china residente en Madrid que ejerce la medicina alternativa desde hace lustros. Pertenece a un templo budista y, entre sutra y sutra, se ha hecho vehículo difusor de un texto, escrito en chino y en español defectuoso, llegado a todas luces del Partido Comunista Chino y destinado a difundir, en España, propaganda, con la misma fidelidad mecánica y tono impersonal que las sutras budistas enviadas periódicamente. El mensaje niega que el virus venga de China, pasa a pedir responsabilidades a los culpables de las víctimas del sida, afirma que en España el virus vino de Italia, que no tiene nacionalidad y es enemigo de la humanidad, que China ha luchado con él más de dos meses, tomado medidas y sido un ejemplo de ello, mientras que España ha permitido concentraciones y nada ha hecho. Lo llamativo en este mensaje, que indica que entidades como templos y particulares chinos reciben desde Pekín consignas oficiales para su difusión, no es tanto su contenido, en varios puntos veraz y en otros simple recitado de propaganda, sino la reproducción automática, con patético desinterés por el receptor concreto, personas españolas con las que el residente chino tenía cierta amistad, pero con las que desde que empezó la pandemia no se había comunicado ni se había interesado, en momento alguno por su estado de salud. Por supuesto no la totalidad, pero sí el chino medio residente en el extranjero suele obedecer a un patrón: Puede enriquecerse, trabajará con sus pares, con laboriosidad ejemplar, nunca se le verá mendigando o vendiendo kleenex en un semáforo, no aprenderá apenas la lengua ni se interesará por las manifestaciones culturales de Occidente, en sus comercios no habrá retratos del Presidente de su país, reproducirá cuanta bandera sea vendible, verá películas chinas mientras despacha. Y difundirá, llegado el caso, lo que desde Pekín se le envíe, marcado por un nacionalismo incondicional. Es llamativa en las comunicaciones del Gobierno chino la completa ausencia de reconocimiento de responsabilidad o, al menos, de incontestables datos, como los mercados de animales vivos al aire libre en pleno centro de las ciudades, la aparición anteriormente de otros virus, la peculiar inclusión de murciélagos en su dieta. Es, sin embargo, cierto que sus fuentes oficiales se ven apoyadas por el notable volumen de estupidez y autocensura occidental, que llega a tachar una constatación geográfica como que el virus viene de China de “expresión racista”

La exangüe Europa post virus representa la oportunidad para que el actual régimen chino se afiance como gran potencia que reinará, sin exhibicionismos, sobre vasallos consumidores y mayoristas, el todo finalmente dirigido, según conveniencia y rentabilidad, por fríos tiranos adversos a la dignidad, la libertad y los derechos humanos. La ocasión de oro del neototalitarismo tiene aliados en la red comunicativa dedicada a la labor de zapa de la Comunidad Europea, en los fervientes apoyos al tribalismo y a la retirada autárquica de Estados Unidos, en el auge de partidos enemigos de las democracias liberales que han crecido casualmente en los últimos tiempos como la espuma. Nada mejor que una catástrofe para instalar dictaduras, previa prolongación oficial u oficiosa del Estado de Alarma. España, en tal contexto, no es solamente puerta de entrada masiva de mercancía china llegada en el ferrocarril construido en efecto y que recorre desde su origen hasta Madrid quince mil kilómetros. Es el vulnerable y blando vientre del continente europeo y el rellano norte de África. Eso suponiendo que sea vientre de algo, porque en las democracias, como entre  los individuos suele ocurrir que se tiene lo que se merece y, vistos los hechos y salvo prueba de lo contrario, sus ciudadanos vienen prefiriendo no serlo y vivir, avergonzados de ello pero aprovechándose de cuanto pueden, en un país que sería el único de Europa que no existe.

Y sin embargo no hay nada tan poderoso como una idea. Que puede retoñar si los que hasta ahora la han disfrutado pasivamente se aprestan a su defensa: Se trata de las ideas que hicieron de Europa sociedades libres y son patrimonio común de la humanidad. China y la mejor parte de sus dirigentes ni apoyaron ni apoyarían la masacre de Tien An Men. Algunos de ellos tenían hijos, nietos y parientes entre los estudiantes masacrados en 1989, y tienen memoria. Líderes hubo que se pasearon pidiendo entre lágrimas a los jóvenes que se dispersaran para evitar lo que iba a venir. En el corazón mismo del PCCh hay quienes son, y eran, enemigos de la condena a perpetuidad de su país a la servidumbre bajo mandarines servidos por el Ejército y la electrónica. Esa otra China ciertamente existe, y la avidez misma de poder indiscutible del Presidente actual, la apariencia monolítica de férreas fidelidades, la carrera vertiginosa hacia el completo dominio, oculto o manifiesto, delatan zonas grises, grietas en la capa de cemento por las que hay personas que esperan escapar de esa foto oficial que, más que del último Congreso del PCCh, parece propia del Museo de Cera.

 

Pekín. Tien An Men 1989

A esos muchachos y muchachas de Tien An Men, a estos luchadores silenciosos y anónimos que llevan décadas aflorando, denunciando y muriendo se les deben los monumentos que un día deberán alzarse también en ciudades de Occidente, porque esa China sí es la de todos. Y no merece que se la venda para garantizarse el todo a cien.

Rosúa

 

 

 

 

Rosúa

01/6/20

TRISTEZA. ESPAÑA 2020

http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/Panorama de España 2020.

31-XII-2019

TRISTEZA

Tristeza.

Sin límites, tristeza.

Sin excusa.

La del que pisa el cadáver hecho trozos

del que creyó país al que regresa.

Tristeza de vergüenza viscosa y de sonrojo

que cubren los recuerdos de la infancia,

las calles y los nombres de los pueblos

que tuvieron nobleza y un sentido,

que no fueron de nada ni de nadie,

que tuvieron grandeza sin rencores

y se quisieron por igual de todos.

Manjar de ratas hoy, de subasteros,

de feriantes de feria de desechos,

elogio de avidez y alcantarillas

de los repartidores de carroña.

Donde había montañas sumideros.

Donde Historia censura. Donde Arte

zafiedad obligatoria.

Dónde está, qué habéis hecho,

Qué fue de mi país, hoy desguazado.

Quién robó mi regreso, mi esperanza

y ha teñido el lugar de mis recuerdos

con el color viscoso de la envidia,

con la codicia torpe y sin valía.

Nunca debí volver. No merecía

mi país ser país, ni ciudadanos

los que viven en él.

Son y serán criados

de los países que merecen serlo.

Hicieron su bandera

del pálido terror a la grandeza,

del miserable afán del pedigüeño

que se esfuerza en lamer a los tahúres

por si le arrojan gratis de sus sobras

con dedos largos, fríos, enjoyados

con anillos tramposos de la timba.

Nunca debí volver. No había suelo

donde poner el pie, sólo migajas

y un horizonte hecho de repartos

a ras de conveniencia,

sin futuro, sin leyes, sin Historia.

Mapa para roer el pan ajeno

y no ver más altura que el hocico.

Tristeza del país que no fue nunca.

Capital de la envidia y de no serlo.

Mercedes ROSÚA

04/16/19

INCENDIO DE NOTRE DAME

Notre Dame 15 de abril de 2019

INCENDIO DE NOTRE DAME

15-IV-2019

 

Se iba clavando

lentamente,

en el corazón,

despacio,

flecha de destrucción y de tristeza.

La perdíamos, Notre Dame,

la perdíamos,

y éramos nosotros,

de nosotros.

Puntal de los mejores sentimientos.

Un refugio de siempre, para todos,

donde todos entraban,

un siglo y otro siglo,

pobres, ricos,

creyentes, no creyentes.

La belleza fluía sobre todos

desde el cielo color de los vitrales.

Se nos clavó por siempre

tan adentro,

el esbelto camino hacia la altura,

la fina enredadera de la Historia.

El vértigo del fuego despreciaba

el agua de las lágrimas

y dejaba tras sí una cosecha

de brasas y pavesas incrustadas

en el latir más hondo, más profundo.

Al tiempo, al mismo tiempo que caía,

la impotencia y la pena desbordaban

su curso hasta los dedos,

ya impacientes

por alzarla, salvarla, resurgirla;

prueba de persistencia, de triunfo

sobre la finitud, el mal, la muerte,

transformadas en manos las pavesas

y en voluntad y amor

ceniza y humo.

M. Rosúa

 

09/29/18

EL MAR

El Mar

Conversación del mar y las nubes.

 

El mar se mide por la soledad de un velero de pequeño tamaño que, precisamente por ello, se adapta, como una brizna de paja movida por el viento, a la respiración caprichosa de las olas. El que en él navega puede vivir, y de hecho vive, como el ritmo del pecho de un hombre, que sale agitado y rápido de algún puerto, continúa tranquilo, jadeante, pausado o inquieto durante el espacio que el tiempo le ha asignado, y se detiene y hunde blanda, repentinamente, en la profundidad de una nada en todo semejante al silencio abisal del océano.

Sólo en el mar se experimenta de forma tan completa la redondez de la Tierra, sin a la vista ser humano alguno. Él proporciona el vértigo y la embriaguez de la libertad, unidos a la conciencia del aislamiento. de la indefensión, la pequeñez y la certidumbre de que la existencia es en él una gota de la masa mudable, el aire en la burbuja de la espuma, una forma ocasional no más permanente que la cambiante, cada segundo, de las nubes con las que el mar mantiene relación estrecha. Ambos se reflejan y se miran, mar y cielo, compañeros de largas aventuras que se miden por eones y por los cambios de los continentes.

El individuo está ahí, entre dos olas, como en el hueco de una mano, afanoso del aire y de la vela, izando en ella su libertad, y oscuramente sabe, como los griegos en antiguos mitos, que alguien le está mirando, entre esos rizos que en la superficie, y arriba en el ocaso, recuerdan a los bucles de las caracolas. Alguien siempre mira. Por eso, desde el velero solitario, el individuo apenas perceptible iza su libertad y alza la frente, por encima del miedo y la certidumbre de hallarse siempre rodeado de fuerzas superiores, juguete de la Física o los dioses, zarandeado por la tempestad del tiempo que gana siempre la partida, para el cual no hay puerto seguro.

Sin embargo cada bocanada de aire salobre, de sol humedecido y viento favorable son puertos en sí, de día y de noche, con el balanceo del sueño bajo las estrellas y el sabor del agua y de la comida en cubierta. Los que eran antes simples compañeros de viaje, obligados a compartir el reducido espacio, la vecindad de la litera, las raciones del yantar diario, se transforman en posibles descubrimientos, en territorios que guardan sueños y recuerdos, durante conversaciones en las que la oscuridad apenas permite verse el rostro. En el velero, un habitáculo fortuito sin puertas de salida, se costean experiencias personales ajenas, mapas internos tan desconocidos e inalcanzables como otros planetas. Porque cada vida es la ruta de un náufrago.

Nadie alrededor, en parte alguna. La población del mundo se reduce a eso, al recuerdo y al proyecto, a papeles, pantallas y brújula.

Surge de la soledad una extraña conciencia de inmensa compañía, Todo ahora es un barco, una quilla, una navegación enorme con toda la Humanidad a cuestas, una nave de continentes y de océanos esforzada en su periplo igualmente solitario por los vastos mares siderales, con tripulantes que alzan ansiosamente manos y velas en un ansia absurda, diminuta y grandiosa de vivir, y de vivir con  riesgos, de ensanchar cuanto conocen, de alcanzar ese momento irrepetible en el cual, por instinto, se sabe que se ha rozado, brevísimamente, algo verdadero, afín a esa belleza que está vetado contemplar, una profundidad aún mayor que la que oculta el azul líquido y denso al que la claridad no llega nunca.

Y eligen un camino, van a un puerto, se detienen en ruta, paladean, con el color del agua y de la luz del sol que la atraviesa, la plenitud del instante.

M. Rosúa

09/16/18

LA VALIENTE FLOR MARINERA

El mar nos abre los brazos

PARA FLOR, MARINERA EN EL “SOPHIA AND”

 

Hay flores valientes.

Crecen en el mar.

Saben de corrientes.

Saben cocinar.

 

Suya es la sonrisa

blanca de la vela.

En las olas guisa.

Con las olas vuela.

 

A babor como a estribor

en nuestro barco está Flor.

Perfumada de salmuera,

es una flor marinera.

 

Trae en su seno profundo

todas las frutas del mundo

y envía sus pensamientos

a la Rosa de los Vientos.

 

De Rosúa, que tuvo la suerte de navegar en el “Sophia And” del 10 al 15 de agosto de 2018.

 

09/13/18

EL MAR, EL MAR, EL MAR.

EL MAR, EL MAR, EL MAR

El hombre libre siempre amará el mar.

Y nunca le hará falta repetir consignas de

El hombre y la mujer…

porque es un ser humano,

y ser un ser humano se gana.

Se verá solo, en un pequeño velero

con una decena de personas,

cada una totalmente ajena

pero por unos breves días,

en ese inmenso espacio,

amigas.

Nada al sur, ni al este, ni al oeste.

Nada al norte, sólo líneas en algún mapa,

y la estrella silenciosa de la brújula,

su pequeña constelación que flota y late

sobre el cuadro de mandos.

Y el viento empuja a la par el alma y la vela.

El alma toda desplegada, al fin libre,

en una premonición de lo que será

la suprema libertad, la casa de las nubes y la espuma

que espera con el postigo abierto.

Ah, el velero, el horizonte, las olas,

la noche alfombrada de resplandores

en los rizos de la estela, casi atrapados con la mano,

espejo de las luces de la altura.

El añil terso, solitario, inmensamente azul

de la mañana. Donde los otros barcos, otras vidas,

casas, voces, raíces no existen.

Nunca existen. Y respiras

la libertad.

M. Rosúa

06/10/18

La marmota de 2018: El gran negocio dual.

La marmota de 2018:

El gran negocio dual.

 

 

Déjà vu. Vista ya la marmota primaveral, con variantes diversas pero siempre fieles a un esquema en el que la evidencia, precisamente por serlo, es de imposible denuncia y está blindada por una programación previa, diseñada para culpabilizar y ridiculizar al denunciante y por la aparente sorpresa ante la cadena de cambios y sucesos difundida por los medios de comunicación.

Ocurrió ya, en la semana del 11 de marzo de 2004: El sabor de preparación ambiental, el clímax sabiamente aprovechado, el resultado similar, rápido. Se repite -años después, sin aquel preludio sangriento pero sostenida por una vasta y equivalente red de intereses. Es un negocio rentable, con un reparto de puestos, dinero y fondos públicos de lo más prometedor. Al fin y al cabo es una fórmula carente del menor escrúpulo pero de éxito. Pasó, con marmotas de menor tamaño, desdentadas, en ocasiones alejadas de los focos. Ha vuelto a suceder, apretado en una semana como otrora, entre finales de mayo y comienzos de junio de 2018. Y tiene siempre el mismo común denominador: Separar sucesos concretos, hechos, riesgos asumidos, individuos, de la responsabilidad y personal valía o ignominia de sus actos. No habrá leyes comunes, la Constitución molesta. Los ciudadanos existirán en función de quiméricos colectivos creados al efecto y que funcionan como tópicos magnificados por la insistencia de los medios y sirven como chantaje ideológico de obligado asentimiento y, muy especialmente, como centros de reparto de bienes. No hay personas ni acciones, ni mérito, ni razonamiento alguno. Hay progresistas, mujeres, homosexuales, ecologistas, aborígenes, tribu antifranquista virtual extraordinariamente bien remunerada, coros de la -a y la -o, víctimas de la opresión milenaria, de dictadores exhumados y de la Historia. Hay en fin todos cuantos pretenden obtener gratis total el puesto, dinero y prestigio que nada tienen que ver con su valía, esfuerzo, titulaciones y trabajo. Blindados éstos por las propias dimensiones de la estupidez de las consignas que los protegen, entre las que brilla señera la utilización del mantra Género, como si los órganos genitales que se poseen y su uso determinaran por ley la capacidad, y por ende los privilegios, de cada persona. Se trata simplemente, una vez más, de imponer el dos y dos son cinco orwelliano, de separar la causa y el efecto, hurtando realidad, actos y costes a la percepción general, con la impunidad paralela y el enriquecimiento seguro que esto supone. Es la maquinaria del filtro a contrario, que promociona lo peor y los peores a base de imposiciones gregarias, que, de paso, diluyen y anulan la responsabilidad individual de quien tome conciencia y rehúse formar parte del clientelismo y la vileza. El que disienta será la risible excepción que confirma la regla y desaparecerá en un mar de censura y silencio. Déjà vu.

Colócanos a todos-Acampada en Madrid, 2011.

El Bloque Parásito no corresponde a partidos ni siglas, aunque encuentra su nicho ecológico con mayor comodidad y fortuna en algunos de ellos. No es homogéneo sino cárcel con posibilidades de huida porque ahí la lima en el pan es la fibra moral, la lucidez y la valentía de cada cual. Poco importan los avatares que el actual clan ganador pueda presentar a la opinión y hacer llover desde los medios. Lo hará sea con populismo puro y duro, sea con miedo a inseguridad y atentados, sea con primeras filas de cargos ocasionales sin mayor finalidad que la pose cinematográfica. Lo que definirá realmente su avidez son núcleos muy comprobables y precisos que se continuarán apoyando y nutriendo con los fondos y medios que a lo necesario y justo se niega. Prolongará, y aumentará probablemente, la impunidad en la prohibición del empleo de la lengua española en gran parte del país, la manipulación educativa, el oneroso mantenimiento de los principados nacionalistas, la invención partidista de la Historia y su utilización como fuente de promociones sociales y de espacio televisivo, la exculpación terrorista, el trato aterciopelado a delincuentes y asesinos y la fragmentación y relativización constitucional y legal según los grupos a los que convenga halagar en el momento.

Incide también en el proceso parasitario un conocido factor cíclico tan previsible como el fenómeno de El Niño o el paso de un cometa: El país se recupera económicamente tras la ruina causada por un gobierno de infausta memoria, depredador y sustentado por clientelas improductivas y, cuando mejor gestión, mayor eficacia y menor latrocinio oficializado logran un nivel apreciable en los cofres de erario público, cae sobre ellos de nuevo, con la regularidad del día 29 de los bisiestos, la ola de totalitarismo light en nombre del bien social y del reparto de lo ajeno a sí mismos y a sus clanes, siempre protegidos por el chantaje de tratar de fascistas, reaccionarios y franquistas irredentos a los acobardados disidentes.

Los grandes, y menos grandes, rumiantes presupuestarios se han asegurado de nuevo el sustento, que distribuyen sus ubres y procede del país de nombre vergonzante, España, de gentes del común que producen bienes y servicios y valen por sus propios méritos, personas y no tribus a las que una vez más se niega el país libre de ciudadanos iguales en obligaciones y derechos y a las que pretende confinar a toda costa en la falsedad dual izquierdas/derechas, trabajadores/burgueses, progresistas/reaccionarios, autonomistas/fascistas sólo válida para análisis históricos y temporales muy concretos. Es preciso, para que los beneficiarios del chantaje se mantengan, mantener esta cárcel y blindarla contra toda crítica. El bipartidismo en España, pasada la juventud de aquella Transición y Constitución henchidas de buena voluntad y altura de miras, ha venido siendo el de quienes amenazan a los demás con tratarlos de derechistas abominables y el de los que siempre han preferido someterse al chantaje, bienvivir, callar y traicionar a sus supuestos representados. La explotación del franquismo post mortem y la barricada con dinero público han constituido uno de los negocios más prósperos. Lo siguen siendo, y sólo una masa crítica de cobardía e intereses puede explicar el hecho insólito de un país en el que se prohíbe en amplias extensiones el uso de la lengua nacional, el español, en el que toda muestra de desprecio hacia historia, símbolos e instituciones comunes es financiada y aplaudida y en el que se ha impuesto un filtro a contrario de la calidad en todos los sentidos del término.

Entre rejas

El polo positivo es el de quienes defienden la libertad e igualdad de los ciudadanos, la enseñanza y uso del español y el reparto equitativo de los presupuestos. No hay más dualidad que, por una parte, el magma de las clientelas y, por otra,  los individuos dotados de lucidez y de honradez que probablemente votarían al  único partido político que hoy por hoy defiende esto. Quién es el enemigo a abatir ha quedado meridianamente claro en las revueltas parlamentarias de finales del mayo-principios de junio de 2018, porque hasta lo que parecía más impredecible, mudable y confuso tenía una finalidad: Hacer imposible que en unas elecciones próximas y generales pudiese llegar al poder el partido que defendía premisas incompatibles y antitéticas del bloque parásito. Aquí sí que ha habido un manejo magistral de los tiempos, postergando la renuncia a la Presidencia del Gobierno para el momento en el que ya ésta no podía implicar oportunidad política alguna para el adversario real, al que los votantes hubieran apoyado.

Era, y es, indispensable para las tribus (de terruño, de género, de subvención, de pensión vitalicia si son reinas por un día, de puesto y sueldo permanentes tanto si están en la primera fila como en la segunda, sea cual fuere el tamaño del clan) mantener la cárcel dual y el anatema. Ocurre que les ha surgido un enemigo auténtico, dotado de un discurso y de una trayectoria joven y fresca, que defiende exactamente lo que a los dos grandes clanes tradicionales, que actúan como plataformas de distribución entre sus respectivas clientelas y las tribus más pequeñas, les resulta insufrible: La España de ciudadanos libres e iguales. Simplemente, con una claridad, precisión y racionalidad tanto más peligrosas, en su obviedad, precisamente por ser obvias. Había que unirse, todos, contra la desacostumbrada amenaza, cuyos adeptos se extendían peligrosamente entre la población.

Para ello se llevó a cabo una operación bien trazada y escalonada, de incompatibilidades aparentes, de luchas e improperios llamativos, de súbito redescubrimiento de corrupciones añejas, de escándalos calculados y sorpresas de último minuto. Urgía evitar en el país elecciones generales y garantizar, con intercambio de cromos, la estabilidad y continuación de los clanes. Nadie, de no haber existido la ficticia y mediática cárcel dual y el intensivo calentamiento previo, hubiese creído que sólo por simple azar se había fijado el foco, muy poco antes de la maniobra final, con categoría de grandes noticias en hechos acaecidos hacía lustros. Era igualmente imposible creer en la pura coincidencia de que a las tribus nacionalistas más jugosamente engordadas y vistosamente insumisas se les garantizara y blindara de manera legal nuevas prebendas, parias e impunidades justo en vísperas de que un tribunal, también casualmente, denunciara al firmante de los ya irreversibles acuerdos y millonarias donaciones. Atados y bien atados los respectivos intereses, brota de forma inesperada una moción de censura a causa de la igualmente oportuna sentencia legal sobre corrupción del partido hasta entonces en el poder. Con rapidez vertiginosa, cambia el Gobierno, se asegura con el nuevo, y con su aparente alternativa opositora, la continuidad nutricia del racimo de parásitos de diversa categoría, y se afianza, en horas veinticuatro, el blindaje y ataque contra el partido foramontano que defiende la igualdad y libertad reales, se distrae la atención con la dimisión -ya inútil respecto a un cambio real- del anterior Presidente y se posponen sine díe las elecciones generales.

Naturalmente, amén de la burda cadena de aparentes casualidades, convendrá a la estrategia el mantenimiento y exhibición ocasional de al menos dos Tarascas espantables destinadas a erosionar y captar sectores que podrían apoyar al único enemigo real del bloque parásito, el partido al que sí favorecería, al aire libre de las urnas, gran número de ciudadanos. Es imprescindible, en este sentido, rellenar con temor, rencor y victimismo el todavía útil icono Izquierda y procurar que, como en los títeres, infunda miedo, asalte las calles y mordisquee de cuando en cuando la mano oficial que lo nutre. Nada mejor para ello que, mientras cara al exterior se tranquiliza a la economía internacional, en el interior se potencien la indefensión y el atraco legal del desdichado ciudadano atrapado por el fisco, por el delincuente que reincide hasta el infinito sin mayores consecuencias, por el okupa ante el que nadie ampara al agredido, por la enseñanza mísera henchida de consignas en todos los dialectos, por una justicia inútil en la práctica para quien carece de respaldo y no puede permitirse pagar abogados por los virreyes de las diferencias, las independencias y los fueros y por los pretorianos ( y pretorianas) del orgullo de género.

En el otro extremo del espectro, es bueno para el bloque parásito una presencia política de lo que se venderá como extrema derecha, tomando como materia prima la amalgama de gente honesta que defiende causas tan nobles como la de las víctimas del terrorismo, la denuncia de estafas y cohechos y la unidad nacional, pero que puede acompañarse de brotes irracionales, de fundamentalismo clerical en el peor sentido de la palabra, de sectores que tienen una alergia irreprimible -sazonada a veces, de manera nada sorprendente, de filoislamismo- a la libertad sexual, de gentes de peligrosa incapacidad para el análisis concreto de la compleja sociedad de individuos libres cuyos intereses son incompatibles con la sumisión animal a la naturaleza. Es el caso de las banderías antiaborto, sacadas sin venir a cuento, como si de defender el aborto forzoso se tratara, de un simplismo burdo que parece temer al mundo en el que vive y se complace en despreciar lo que ignora. Los movimientos Pro Vida no se han ocupado jamás de las vidas de las mujeres sometidas a una servidumbre puramente biológica y liberadas tan sólo, no por la lírica ni la metafísica, sino por los anticonceptivos, y a las que, por lo visto, habría que obligar por fuerza, como en toda dictadura que se precie, desde el minuto cero del embarazo, a llevar a término la gestación. Para el Bloque Parásito es una bendición la Tarasca del conservadurismo a ultranza. La Clientela con pretensiones de indefinida permanencia, que es y ha sido la única realidad política vestida del chantaje Izquierda/Derecha, precisa del fanatismo integrista, de la intransigencia preconciliar que espante e inspire repulsión a cualquier liberal, laico y agnóstico. Son el Doctor Jekyll extremaderecha del Hyde extremaizquierda destructor antisistema, mafias de todo género incluidas, que amenaza, si no se le nutre con propiedad privada y puestos estatales, con devorar derechos, libertades, bienes, sociedad civil y clase media.

Pese a lo que pudieren proclamar en declaraciones tranquilizadoras, el clan del chantaje y el de los cómodamente chantajeados, asistidos de sus coros y danzas de las taifas nacionalistas, van a prolongar y manipular el espacio que media entre junio de 2018 y las elecciones generales. Cuidarán como oro en paño y nutrirán gozosos a cuantos movimientos accesorios les permitan robar fluido de voto al único partido que es su oponente y pondría en peligro el maná, que siempre paga alguien y del que gratuitamente ellos se alimentan. Cierre de filas contra el adversario, ordeñe hasta la sequía de la ubre estatal y sonrisa de modernidad fiable hacia el exterior. Hay ya ciertamente una búsqueda y/o fabricación febril de supuestos escándalos, contradicciones, corrupciones y quién sabe si montajes de mayor calado que eliminen al líder del solo partido real de la oposición, el que defiende la sociedad y el país que desea una mayoría de ciudadanos privada de voto, de palabra e incluso de salida de una cárcel dual de cuya llave tienen copias todos los parásitos: nacionalistas, nanonacionalistas, aforados medievales, antisistemas de nómina, nóminas vitalicias del sistema, tribus de género, clientelas sociales creadas al efecto y víctimas profesionales. Y esta prisión sí ha sido diseñada por sus beneficiarios como perpetua y no revisable.

Pero es una cárcel frágil. Sin el silencio respecto a los puntos esenciales que encubren progresismo, modernidad, diversidad y diálogo los barrotes se disolverían porque, como en los interrogantes sobre el 11 M y la incalificable vileza del aprovechamiento de la matanza y la manipulación electoral, basta con que un hilo moral se desprenda de la trama. El silencio, ahora como antaño, es tanto más ruidoso cuanto que se impone por presión social, política y mediática a la mayor parte de la población. La consigna es que no hay que comentar, ni mostrar extrañeza, por el extraño giro que provoca, catorce años después, en tres días el cambio de Gobierno. Apenas nadie hace el menor hincapié sobre los prolegómenos y la obvia preparación de la maniobra, la magnificación y difusión de delitos o simples faltas que datan de lustros, mientras que se omiten, siempre, los grandes, probados y continuados desfalcos y se amenaza con vídeos de ridícula envergadura como en la Edad Media con dagas.

La menor reflexión, el hilo más insignificante que salte de la trama, pueden inclinar la balanza en sentido contrario a los resultados electorales planeados según los cuales seguirían incólumes y seguras de la pitanza ambas clientelas, las mafias sociales intocables de género y número, los nacionalistas, norte y este, de las nueces y las mariscadas con sabor a bala y a muerto y los promotores de la estulticia educativa y lingüística. Si ese hilo salta -y finalmente saltará-, el único partido que defiende la igualdad y libertad de los españoles tendrá más votos que nunca.

 

Mercedes Rosúa

[1]Junio de 2018

[1] A fecha de junio del 2018, este escrito se refiere al partido de Ciudadanos.  Lo que sea en el futuro se verá por el único baremo fiable: Sus actos y los métodos a los que recurra.

 

05/5/18

POR TIERRAS DE SORIA

Por tierras de Soria

Abril de 2018. Un viaje altomedieval: Tierras de conquista en la raya del Duero

Mercedes ROSÚA

Atrio porticado. Románico soriano.

 

Pureza de la entrada

Soria es un clamor bajo una espesa capa de silencio. Porque el ruido va hacia el interior, dentro de sí. Y hacia atrás en el tiempo. No es recuerdo, retiro y museo sino inmersión en un larguísimo presente, el de la hoja que mira la base de su árbol y halla medios para distribuir la nueva savia. El clamor se levanta como un mar desde el oleaje de alcores, cimas lejanas, cercanos cerros testigos, se eleva de las olas de verdes, amarillos y pardos cortadas a veces -muy pocas veces- por la proa y el pecio de una aldea varada en el muelle de asentamientos desaparecidos. La quietud engaña al observador en un principio, aunque algo en él percibe rumores, velados por el movimiento escaso y por el distanciamiento de cuanto constituye la existencia cotidiana del siglo XXI. Es, sin embargo, un resonar intenso de afanes, obras, utensilios de labranza, de juramentos de fidelidad y gritos de auxilio, de armas, de crepitar de hogueras con las que durante las razias los invasores arrasaban en los pueblos lo que había quedado tras alimentar a sus ejércitos.

El buitre y su entorno

Fortaleza de Gormaz

Y es la lengua castellana que iba puliéndose, afianzándose, echando raíces que ya nunca retrocederían, que cambiaban de forma y de sustento sin perder por ello la insistencia propia de las piedras y la variable apariencia con la que sobreviven las duras plantas. Llegan a la colina, si se escucha, el relato y fragor de territorios ganados palmo a palmo, siembra a siembra, pared a pared. Y luego el rumor de lo que germina, del sosiego del paso del agua y el sabio vasallaje de los árboles a un viento que carece de adversarios y es rey.

Es el lugar en que, sin saberlo las gentes allende Pirineos, se decidió, junto con el de Hispania, su destino, el vivir o no vivir como hoy se vive en el norte de África, en el convulso Oriente Medio, en la reclusión portátil de mantos, máscaras y velos. Alrededor de San Esteban de Gormaz se extiende una almendra de tierras llanas y fértiles, cruzadas por el tesoro de los ríos y tapizadas de cereales y frutos. Las codiciadas vegas son abrigadas por el estuche de caliza de los acantilados, de sus alturas vigiladas por las almenas naturales de plataformas de roca pálida, y se corona de un rosario de fortificaciones: torres, murallas, castillos, atalayas con las que pretendieron sujetarlas para siempre a su dominio los árabes y que los cristianos tomaron hincando sus espadas definitivamente en el Duero y definiendo en el siglo X la Historia, no ya sólo de España, sino también de una Europa que no tomó parte en aquellas luchas y trabajos.

Pudo escribirse aquí el Poema de Mío Çid

Estas tierras de Soria han sido, son, como una gran llave que reposa horizontal junto al río y en su momento abrió puertas y horizontes a la coalición formada por Ramiro II de León, Fernán González, García Sánchez de Pamplona y tropas gallegas y asturianas, frente al grande y variado ejército de Abderrahmán III. El califa se había propuesto la definitiva aniquilación del reino leonés y cuanto representaba, estaba y se sentía en la cima de su esplendor y daba por ganada la yihad, la guerra santa que en aquella ocasión llamó “Campaña del Supremo Poder”. Subió hacia el norte. Arrasó a su paso. La victoria fue sin embargo de los cristianos, tras días de lucha y eclipse de sol que, según cronistas, sembró el terror en ambos bandos. La batalla de Simancas, decisiva pero mucho menos conocida que la de las Navas de Tolosa, afianza la frontera. El califa se ve obligado a huir, pero parte de su ejército acaba acorralado y despeñado en la batalla de Alhandega, la del Barranco en árabe. El fragor de gritos, enseñas y metales se esconde hoy bajo el blando sudario de grava, sedimentos, hierba y hojas que le han dado los siglos. Mientras las iglesias románicas, pequeñas, numerosas, discretas hasta mimetizarse con el entorno, salpican los campos y aparecen, de forma inesperada, en toda su maltratada hermosura, junto al pueblo o en un recodo del camino y fragmentos de sus frescos recuerdan sones de plegarias y cantos.

Una de moros y cristianos

Sol y nubes en el cielo de un azul del más puro tono que irradia luz de tal intensidad que su reverbero casi hiere, por la nitidez metálica con la que se incrustan en el aire los perfiles de las cosas. Todo es en estos lugares definido, verdadero, serio, alegre en las fiestas, de fiar, reservado, laborioso y amigo del silencio, pero también de la peña de amigos, del tambor y la dulzaina, de la charla en la solana y de la hospitalidad y el saludo al viajero. Castilla se empina entre las montañas del Sistema Central y la Cordillera Ibérica, barrida y limpia por el viento que se arremolina en las ruinas de la orgullosa fortaleza califal. Se alza ésta como un faro frente a Gormaz y domina por completo el entorno como el centro de un círculo inmenso de horizontes en el que pastan las sombras de las nubes. Bajo el tierno verde color abril de los sembrados, la claridad de las aguas de los ríos y el saludo cordial de ramas finas de la arboleda junto a los márgenes hay sin duda capas de armaduras y yelmos, de puñales, flechas, alfanjes, sables y escarcelas, e incluso se dice que en la retirada tras la batalla de Simancas y la catástrofe de Alhandega, perdió el califa omeya su maravilloso Corán y su malla, ornados de oro y piedras preciosas que quizás guardan su brillo, amortajados por hojas, menudas flores y por las raíces silenciosas de sabinas, álamos, encinas, fresnos. La tradición o la leyenda quieren que posteriormente Almanzor, el caudillo que había llegado hasta Santiago de Compostela, pasase por estas tierras malherido. A él le cupo una pérdida más modesta, el mítico tambor que sin duda no fue tal sino exigencias juglarescas de la rima con Calatañazor y su nombre. Murió en Medinaceli, agravado su mal por las noticias de una derrota.

Resistencia al tiempo

Calatañazor es ciertamente digno de todas las leyendas por el ambiente y el contraste, como si prehistoria e historia se hubieran escalonado desde las ruinas del castillo hasta el fondo del río Milanos y el cercano bosque de venerables, extrañas y durísimas sabinas. Los siglos se ascienden y descienden aquí a grandes pasos: Necrópolis de la Edad de Bronce en Tiermes, yacimiento celtíbero, ritos ancestrales como el Paso del Fuego, en San Pedro Manrique, tumbas antropomorfas, restos de calzada romana, antiguas cocinas y hornos, románico y asomo de gótico, alegrías de hoy y de siempre de tapas, vinos y mesones mientras un terrible nombre, el Valle de la Sangre, recuerda lo próximas que estuvieron la vida de la muerte en las épocas de lucha por la tierra. Más allá, en la Alta Edad Media, era como si el mar se extendiese, el páramo de la desierta y peligrosa meseta hacia el sur, el escalón siguiente que bajar, desde lo que fue frontera del Duero.

Las sabinas

Éstos son los caminos de Mío Cid, y mucho después de Isabel la Católica, que paró una y otra vez en las villas de Soria. La población ha ido coagulándose en algunas y dejado otras semidesiertas, aunque se advierte una recuperación, búsqueda de alternativas, desarrollo reciente en periferias industriales, afluencia de vacaciones y fines de semana. El cuidado es extremo. Pueblo y campos están tan limpios que parece se podría comer en cualquiera de sus suelos. Hay celo y empeño en la recuperación y cuidado de puertas, escudos, plazas medievales. Es asombrosa la densidad de monumentos, románicos que han resistido el paso de un milenio o que se han integrado luego en catedrales platerescas que resultan modernas en comparación con la antigüedad milenaria de sus predecesoras. En la iglesia de Santa María de la Asunción, del hoy ignorado pueblito de Fresno de Caracena, podría, según algún estudioso, haber escrito Per Abbat en el siglo XIII, cuando era allí párroco, la copia conservada del Cantar de Mío Cid.

El prerrománico y románico producen cierta embriaguez, la del sabor de lo sustancial. A su lado todo lo posterior parece superfluo e incluso la magnífica Silos un exceso. Las pequeñas iglesias sorianas tienen un encanto inigualable. La luz dibuja geometría en el suelo de sus pórticos y sube por las columnas, a veces trenzadas, y los arcos, se detiene en los capiteles que, grabados con auténtico mimo, cuentan historias de caballeros, clérigos, campesinos y juglares situados con cuidadosa simetría, con sus caballos, aves y animales fantásticos. No faltan el sentido del humor y los pecados y pecadillos mezclados a la vida de todos los días. Tras esta concesión a lo cotidiano, al abrigo del pórtico está la entrada a la iglesia, los arcos de medio punto adornados de humilde pero cuidada geometría. Dentro, una mínima parte de frescos supervivientes y un espacio apenas iluminado por las pupilas de pocas y estrechas ventanas.

El oso de Berlanga

Berlanga, que tuvo como primer alcalde cristiano nada menos que al Cid Campeador, fue tomada, perdida, recuperada, prosperó y se adornó con colegiata y

La palmera añorada.

palacio renacentista a los que mira desde arriba su castillo con ojo crítico de antepasado. Pero la joya del lugar, y del prerrománico, es la discreta ermita de San Baudelio, templo en verdad extraño, con frescos mozárabes (en buena parte en Nueva York y en El Prado) y estructura de santuario musulmán conmemorativo[1] e iglesia cristiana primitiva. No mezquita porque carece de alminar. Es, desde el exterior, un simple cubo, pero tapizado en su interior de frescos, con arcos de herradura y, como rasgo diferencial, una gran columna central, solitaria, policromada, en forma de palmera. La acompañan pinturas de un dromedario, bueyes, un oso, perros de caza, de forma que el conjunto sintetiza tanto los sueños de hombres del sur como los de los del norte, sin que falte la imaginería cristiana. Las figuras son tan sencillas como expresivas, con un deje oriental, adaptadas a la superficie y forma del lugar donde están trazadas, simples en tonos y perfiles, atentas al movimiento de los animales y a los gestos e los humanos. San Baudelio describe, de manera elocuente, el sentir, más allá de los ejércitos, de gentes de diverso origen más mezcladas de lo que sus generales quisieran, huidas, refugiadas, asentadas en territorios precarios, en edificios de adobe con mucho de campamento y abrigo de fortuna, necesitadas de pintar su mundo estable al menos en las paredes del modestísimo recinto.

Un dromedario hispano

Burgo de Osma y Almazán son, proporcionalmente, grandes urbes si se las compara con las aldeas apenas pobladas que salpican la inmensidad solitaria de los campos, las superficies de cereal. Sin embargo pueblos diminutos albergan, o son albergados por, iglesias románicas de pórticos exquisitos, puertas y capiteles primorosamente esculpidos, interiores con restos de policromado. La iglesia de San Pedro, o la de Santa María, en Caracena, están ahí, sobre un puñadito de casas, el puente y las ruinas del castillo. Muy distinta es la envergadura de la iglesia de San Miguel, con su muy elaborada cúpula, en pleno centro de la próspera Almazán, vecina de edificios señoriales y de retablos que se atribuyen a Hans Memling y con aires de urbe que fue regia.

La cúpula de San Miguel. Almazán.

La piedad sencilla

Bajo el suelo de Soria las corrientes han moldeado caminos subterráneos que recorren a veces muy especializados submarinistas y que tienen dimensiones y ramificaciones aún no exploradas. En superficie, la laguna de La Fuentona se conforma con reflejar las sabinas y dar sustento a un arroyo. Al norte el río Ucero ha hecho su labor en los farallones de caliza y ha tallado el Cañón del Río Lobos, con el misterio de su ermita templaría de San Bartolomé hundida en una profunda cicatriz de la roja tierra, vecina de la Cueva Grande que parece abrigarla en el óvalo de la entrada y cubierta desde las alturas por las alas de los buitres. Las amplias y soleadas llanuras contrastan con pinares espesos y zonas sombrías, aisladas, en las que, a la vera de Castillejo, pudo tener lugar la afrenta a las hijas del Cid en el Robledo de Corpes, lo que, junto con las muchas cuevas, los ríos subterráneos y las leyendas de templarios, encantamientos y brujas, otorga a Soria la dimensión irreal de la magia y el mito.

Lo esencial

Sur, centro y norte de la provincia todo es pulcro y puro, lavado de la sangre antigua y de las miasmas de la más baja lucha política que se arremansan hoy en las urbes del lejano centro y de las pretenciosas costas. Quizás, en parte, por eso se va a Soria, buscando su contraste con lo que se deja, y tal vez por ello se percibe allí, poco a poco, el ruido de oleaje que se eleva y penetra hacia el propio interior. Es el eco de la libertad y del riesgo, de cierta nobleza que tenía precios a los que la blandura actual de la rendición preventiva y la sumisión por parcelas ha desacostumbrado al visitante, ecos de voces de quienes no querían ni presumían de ser víctimas de nadie. Soria es el país del individuo, donde aún se encuentran los dos grandes lujos de nuestro tiempo: el espacio y el silencio, la gema del silencio machacada por cuantos creen tener el derecho de ensuciar el aire con sus ruidos e imponer la banalidad y el estrépito.

Horizonte

Los individuos perduran, de uno a otro. Éste no es lugar de vacío, soledad y muertos. Hay adaptaciones, cambios, propuestas, técnicas que se revitalizan y extienden a casas de otro continente igualmente construidas de barro y paja, niños que vienen a descubrir de dónde procede lo que comen y lo que los viste, buenas carreteras,

La devoción más dulce

maquinaria, exportación de productos deliciosos y frescos, desde la carne hasta la rara y recatada trufa. Existe una nueva trashumancia, la de los muchos que ya han adoptado el desplazarse cada día a las villas donde se concentran puestos de trabajo y desarrollo y regresar luego a casa. El grande, inmenso horizonte aguza la querencia del hogar al que volver. A la alegría del lechazo, el calor y el vino. Como también en el románico -está grabado en piedra- se gozaba y se reía.

M. Rosúa

 

[1] Hay en el mundo musulmán pequeños edificios de este tipo llamados “marabú” por metonimia del apelativo de hombre santo cuyos restos allí se veneran y pueden ser centro de peregrinación.

02/1/18

ISRAEL 2018-SIN MURO

Rabino dubitativo-Cuadro de Chagall

ISRAEL. SIN MURO

 2017-18

 

Vuelta a Israel tras más de dos décadas. No deja de ser una trágica ironía que hoy por hoy el único movimiento y partido político con importante peso en su Gobierno que presenta los rasgos del alemán de los años cuarenta sea el judío ortodoxo. Véase: Superioridad de raza elegida, por Dios en este caso, lo que lógicamente significa que las otras no lo fueron, fundamentalismo que toma como base premisas religiosas para justificar actuaciones y leyes, y componente de herencia biológica o, a veces, admisión cuidadosa de conversos. En cualquier otro caso la comunidad internacional se le hubiera echado encima. No en del judío ortodoxo, que ha ganado grandes cotas de poder en Israel desde hace pocas décadas y se extiende y afirma sin posibilidad de crítica externa alguna por la inmensa losa de mala conciencia mundial del Holocausto. Los ideólogos nazis estarían felices si pudiesen observarlo. Es poco probable que en las altas esferas alemanas se creyera realmente que iban a exterminar a todos los judíos y a su descendencia, pero hoy, no satisfechos con el exterminio de seis millones de personas, disfrutarían inmensamente con la contemplación del Mal simétrico, aunque sea en un formato mínimo y sin genocidios, reproducido en el mismísimo corazón del enemigo. Con el apoyo de la América del Orden Nuevo, el blanco piadoso y bíblico y toda crítica silenciada o tibia por el chantaje de los horrores del Tercer Reich, el temor al terrorismo y conflictos de Oriente Medio y por la sensación de que Israel, cualesquiera que sus iniciativas y formas de actuar sean, es una cuña defensiva de la civilización y de Europa. Su muro (ésta es época de poner puertas al campo) se extiende en longitud y en altura en la psicología popular mucho más que sus dimensiones reales, es percibido por Occidente como un dique de contención de fuerzas ingobernables, criminales y violentas, el único freno ante una masa homogénea que no lo es. No hay tal homogeneidad ni un bloque árabe. A la irracionalidad islámica corresponde en los sectores ortodoxos de Israel otra irracionalidad fría y desdeñosa, como no podía ser menos en un credo milenarista, ajustado al esquema e interpretación de textos sagrados y a las supuestas palabras de antiguos patriarcas, basado en la práctica de infinitos preceptos, ritos y prohibiciones alimenticias que hacen imposible cualquier asimilación, mezcla y vida social común.

La carga mística

En el judaísmo ortodoxo todo parece encaminado al aislamiento profiláctico de los gentiles y a perpetuar el estado de víctima. Su monumento es un resto de panel de muro, las ruinas del Templo de Salomón están en el subsuelo, en alguna parte, y conviene que allí permanezcan, y que el Templo -que según las maquetas mostradas no era sino un ara de sacrificios amurallada y sin mayor mérito arquitectónico-no se reconstruya. El contraste con la hermosura de la Cúpula dorada de la gran mezquita sobre su base de mosaicos azules y con las muchas iglesias cristianas, menos bellas pero históricamente entrañables y cuajadas de tesoros, es flagrante, y probablemente voluntario. Hace falta un Muro, una Ausencia, para lamentarse, siempre, del paraíso perdido, y no cesar el llanto jamás. Porque la añoranza separa y es exclusiva, no comparte futuro. Las excavaciones de la Casa, o casas, de David, los palacios de Herodes, las profundas cisternas que abastecían de agua, son colinas enteras, piedra sobre piedra, megalíticas, notable ingeniería sin belleza excepto en retazos romanos, pero con clara voluntad de implantación y de poder en lugares que debieron de ser ásperamente disputados con los que allí, en esas zonas de acuíferos, estaban asentados.

Muro de las Lamentaciones

Es inimaginable un país que pretenda definirse por una recopilación de escritos religiosos de hace siglos o miles de años, aunque el libro haya resultado ser un best seller. La irracionalidad no por tratarse de la Biblia es menor cuando se  pretende fundamentar en ella leyes, normas, usos, transporte, servicios, la estructura misma del Estado y la delimitación del país y se atribuye, mutatis mutandis, la escritura de propiedad a la voluntad de un dios todopoderoso. No otra es la lógica de guerreros iluminados que reclaman Andalucía para el Islam o la de la Gran Alemania de los miles de años.

Yitzhak (Isaac) Rabin, dirigente judío secular con deseos de paz, acuerdo y dos Estados, fue asesinado oportunamente, ¡oh casualidad!, en 1995 por un fanático judío, el socorrido loco solitario. Acto seguido progresivo, rápido y violento deslizamiento hacia la derecha ultra, religiosa y asentamientos por derecho bíblico. Misticismos aparte, Jerusalén no ha sido siempre la capital ideal. Las ciudades de la costa son otra cosa, abiertas, jóvenes, plenas de energía. El genial proyecto del inteligente y asesino Herodes el Grande de crear un puerto comercial grande, cosmopolita, rico y seguro, que llevó a cabo en Cesarea, puede repetirse y de hecho ya se ha repetido en Haifa y Tel Aviv. La zona es perfecta como nudo comercial y de comunicaciones entre oriente, África y la cuenca mediterránea, como lo fue el Pasillo Sirio. En ella, mezcladas con viviendas, restos arqueológicos de todas las épocas y gentes de todo origen y condición, brotan edificios del siglo XXI. Es el mercado que puede sustituir al de las armas, la plataforma de progreso necesaria, a imitación de lo que fuera, entre Egipto, Oriente y Roma, Cesarea. En 1919, y en adelante, Ben Gurión prefería Tel Aviv porque consideraba que en Jerusalén había demasiados judíos ortodoxos y árabes, una incómoda densidad religiosa a la hora de formar un país moderno. Luego 1947, declaración de la ONU de dos estados, dos guerras, anexión del West Bank. Israel pasa a ser, de la tierra de emprendedores y trabajadores (de los cuales hubieran podido aprender muchísimo los árabes y viceversa) a un poder colonial fundamentalista, agresivo y estupenda garantía para el gran mercado de la guerra de inmensos, seguros y regulares ingresos. La situación de indefinido, centrífugo y garantizado generador de conflictos bélicos es un maná para los comerciantes de armas, que es probable que contribuyeran generosamente a campañas presidenciales estadounidenses.

El antiguo sueño de los fundadores.

Los museos de Israel tienen un muy elevado nivel, buena parte de su material procede de colecciones privadas, con importantísimos fondos arqueológicos de los que tan rica es la región. Sin embargo la calidad de piezas, información y explicaciones se ve lastrada por la inevitable deriva nacionalista oficial que obliga a remitir los hallazgos expuestos a la ancestral presencia judía, la llamada “Eretz Israel” = la Tierra de Israel, el Gran Israel, la Tierra Sagrada, la Casa de David, inmensa ella, que al parecer ocupaba, y debe ocupar en el futuro, el Pasillo Libio, Oriente Medio y lo que se tercie, desde la prehistoria, Adán o antes.

La parte judaica ortodoxa israelí que ha adquirido notable poder temporal es prisionera de su propio mito. Vive encerrada en las paredes de un libro que es su habitación del pánico, y su paraíso como inevitable contrapartida. No son los únicos que se mueven entre los rígidos muros del volumen milenario que adoran cerrados con llave por un dios único que no se distingue por su buen carácter. El patetismo de la situación se ceba, como de costumbre, en las mujeres. Islam y judaísmo coinciden -y tienen como principal asignatura pendiente, sin la que no hay mejora y progreso profundos posibles- en el encono respecto a la feminidad, la libertad y la igualdad de sexos. Esto conlleva también el temor y rechazo a la exhibición corporal, a la piel y pelo descubiertos de las hembras, fuente de excitación pecaminosa para los varones. Las judías ortodoxas, cuyo principal papel es la procreación múltiple,

Joven palestina.

deben ser voluntariamente antiestéticas y tristes en su atuendo. La cabeza, quizás afeitada para evitar la libido del pelo, se cubre con gorra, peluca o turbante. De ahí para abajo la mortecina indumentaria se compone de prendas sueltas, el todo, hasta las suelas de los zapatos, negro, violeta con algo de blanco o gris y algún otro tono preceptivamente oscuro. En comparación las árabes, que no se cubren el rostro en Israel salvo rarísimas excepciones, pueden resultar de gran elegancia, con su maquillaje cuidadoso, finos zapatos y vestimenta variada y colorida.

Naturalmente el fanatismo se ceba, además de en las mujeres, en los niños. Resulta particularmente triste ver en las familias ortodoxas judías niñas de cinco años ataviadas en negro riguroso, con gruesas medias, manga larga, cuello alto, acompañadas de los numerosos hermanitos  vestidos a su vez, permanentemente, de enterrador. Esta opresión y privación del sol y el aire tiene una finalidad muy precisa, por ello el

Joven judía

pañuelo islámico no es un detalle banal: Las mujeres sirven, para todo fundamentalista que se precie, de portaestandartes cara al público, de banderines sociales para que quien las mire sepa la filiación, sumisión y pertenencia de la familia. Su pretendida elección libre de vestimenta es nula. La violencia doméstica cierta. La libertad y el bienestar de los niños y de miles de mujeres importan muy poco a los exquisitos adalides del relativismo y  la diferencia, a los bien pagados y bien alabados por los señores del petrodólar, a los occidentales defensores a ultranza del derecho del pater familias a disponer de su prole a costa de la niña a la que se adoctrina en la discriminación desde su infancia.

Los árabes israelíes arrastran sus propias cadenas sin necesidad de que los judíos se las impongan. Todavía hoy hombres hechos y derechos, de fluido inglés y aspecto moderno, aceptan los matrimonios pactados por las familias, la ruptura de noviazgos y amores porque el padre de ella no accede a la boda y dispone, como su propiedad, de su hija. Y, por supuesto, las autoridades ignoran los crímenes «de honor» y los matrimonios infantiles. Los árabes israelíes siempre han sido, sin embargo gente avispada, emprendedora, juguete de bandas belicosas pero con un potencial superior a muchos de sus vecinos aguzado por las circunstancias  y la diáspora. Los palestinos eran, y pueden volver a ser, gente avanzada y abierta en el mundo mal llamado árabe. Otro Israel hubiese podido, podría ser posible porque es evidente, más allá de la cárcel de los mitos, el papel peculiar que puede tener esa zona de fusión (si las ortodoxias lo permiten) y de intercambio. En el caso de que, para gran desesperación de los vendedores de armamento, la población siga una corriente exactamente inversa a la de estos últimos lustros.

Al otro lado del invisible muro de la soberbia ortodoxa está la gran cantidad de israelíes que aspiran a un Estado moderno y laico y rechazan la perspectiva de un futuro de continuo enfrentamiento basado en la superioridad bélica. Los palestinos, por su parte, tampoco arden en deseos de vivir como en

Paloma de la paz navideña herida.

Arabia Saudita, Afganistán o el avispero libio. Y ninguno parece muy dispuesto a continuar, por ejemplo, la tradición genealógica con un sacrificio humano, frustrado no porque el padre de Isaac se negara a degollar al niño sino por intervención in extremis del dios de Abraham. Ni judíos ni moros ni gentiles repetirían el experimento con su primogénito. Por si el Altísimo no se presenta.

M. Rosúa

04/14/17

Madagascar, enero 2017.

Madagascar, enero 2017

Estoy sentada frente al lago que fue cráter, recuerdo de una actividad volcánica hoy desaparecida. Círculos de muchos peces. Dos pescadores.

De repente, cortando la escena, una hilera de doce patos en perfecta formación.

El agua siempre es como la eternidad.

Vuelven los que quizás son ocas. Sin abandonar su formación saltan a tierra. Se posa cerca un pájaro como un gorrión rojo. Los animales traducen cada cual con sus sonidos la puesta del sol. Da miedo moverse, como romper un cristal. Lento, azulado, gris perla, termina el día del trópico.

Incluso la muerte, que aquí está tan cerca de la vida, en estos momentos descansa.

La luna, creciente o menguante, por debajo del Ecuador es inversa.