05/5/18

POR TIERRAS DE SORIA

Por tierras de Soria

Abril de 2018. Un viaje altomedieval: Tierras de conquista en la raya del Duero

Mercedes ROSÚA

Atrio porticado. Románico soriano.

 

Pureza de la entrada

Soria es un clamor bajo una espesa capa de silencio. Porque el ruido va hacia el interior, dentro de sí. Y hacia atrás en el tiempo. No es recuerdo, retiro y museo sino inmersión en un larguísimo presente, el de la hoja que mira la base de su árbol y halla medios para distribuir la nueva savia. El clamor se levanta como un mar desde el oleaje de alcores, cimas lejanas, cercanos cerros testigos, se eleva de las olas de verdes, amarillos y pardos cortadas a veces -muy pocas veces- por la proa y el pecio de una aldea varada en el muelle de asentamientos desaparecidos. La quietud engaña al observador en un principio, aunque algo en él percibe rumores, velados por el movimiento escaso y por el distanciamiento de cuanto constituye la existencia cotidiana del siglo XXI. Es, sin embargo, un resonar intenso de afanes, obras, utensilios de labranza, de juramentos de fidelidad y gritos de auxilio, de armas, de crepitar de hogueras con las que durante las razias los invasores arrasaban en los pueblos lo que había quedado tras alimentar a sus ejércitos.

El buitre y su entorno

Fortaleza de Gormaz

Y es la lengua castellana que iba puliéndose, afianzándose, echando raíces que ya nunca retrocederían, que cambiaban de forma y de sustento sin perder por ello la insistencia propia de las piedras y la variable apariencia con la que sobreviven las duras plantas. Llegan a la colina, si se escucha, el relato y fragor de territorios ganados palmo a palmo, siembra a siembra, pared a pared. Y luego el rumor de lo que germina, del sosiego del paso del agua y el sabio vasallaje de los árboles a un viento que carece de adversarios y es rey.

Es el lugar en que, sin saberlo las gentes allende Pirineos, se decidió, junto con el de Hispania, su destino, el vivir o no vivir como hoy se vive en el norte de África, en el convulso Oriente Medio, en la reclusión portátil de mantos, máscaras y velos. Alrededor de San Esteban de Gormaz se extiende una almendra de tierras llanas y fértiles, cruzadas por el tesoro de los ríos y tapizadas de cereales y frutos. Las codiciadas vegas son abrigadas por el estuche de caliza de los acantilados, de sus alturas vigiladas por las almenas naturales de plataformas de roca pálida, y se corona de un rosario de fortificaciones: torres, murallas, castillos, atalayas con las que pretendieron sujetarlas para siempre a su dominio los árabes y que los cristianos tomaron hincando sus espadas definitivamente en el Duero y definiendo en el siglo X la Historia, no ya sólo de España, sino también de una Europa que no tomó parte en aquellas luchas y trabajos.

Pudo escribirse aquí el Poema de Mío Çid

Estas tierras de Soria han sido, son, como una gran llave que reposa horizontal junto al río y en su momento abrió puertas y horizontes a la coalición formada por Ramiro II de León, Fernán González, García Sánchez de Pamplona y tropas gallegas y asturianas, frente al grande y variado ejército de Abderrahmán III. El califa se había propuesto la definitiva aniquilación del reino leonés y cuanto representaba, estaba y se sentía en la cima de su esplendor y daba por ganada la yihad, la guerra santa que en aquella ocasión llamó “Campaña del Supremo Poder”. Subió hacia el norte. Arrasó a su paso. La victoria fue sin embargo de los cristianos, tras días de lucha y eclipse de sol que, según cronistas, sembró el terror en ambos bandos. La batalla de Simancas, decisiva pero mucho menos conocida que la de las Navas de Tolosa, afianza la frontera. El califa se ve obligado a huir, pero parte de su ejército acaba acorralado y despeñado en la batalla de Alhandega, la del Barranco en árabe. El fragor de gritos, enseñas y metales se esconde hoy bajo el blando sudario de grava, sedimentos, hierba y hojas que le han dado los siglos. Mientras las iglesias románicas, pequeñas, numerosas, discretas hasta mimetizarse con el entorno, salpican los campos y aparecen, de forma inesperada, en toda su maltratada hermosura, junto al pueblo o en un recodo del camino y fragmentos de sus frescos recuerdan sones de plegarias y cantos.

Una de moros y cristianos

Sol y nubes en el cielo de un azul del más puro tono que irradia luz de tal intensidad que su reverbero casi hiere, por la nitidez metálica con la que se incrustan en el aire los perfiles de las cosas. Todo es en estos lugares definido, verdadero, serio, alegre en las fiestas, de fiar, reservado, laborioso y amigo del silencio, pero también de la peña de amigos, del tambor y la dulzaina, de la charla en la solana y de la hospitalidad y el saludo al viajero. Castilla se empina entre las montañas del Sistema Central y la Cordillera Ibérica, barrida y limpia por el viento que se arremolina en las ruinas de la orgullosa fortaleza califal. Se alza ésta como un faro frente a Gormaz y domina por completo el entorno como el centro de un círculo inmenso de horizontes en el que pastan las sombras de las nubes. Bajo el tierno verde color abril de los sembrados, la claridad de las aguas de los ríos y el saludo cordial de ramas finas de la arboleda junto a los márgenes hay sin duda capas de armaduras y yelmos, de puñales, flechas, alfanjes, sables y escarcelas, e incluso se dice que en la retirada tras la batalla de Simancas y la catástrofe de Alhandega, perdió el califa omeya su maravilloso Corán y su malla, ornados de oro y piedras preciosas que quizás guardan su brillo, amortajados por hojas, menudas flores y por las raíces silenciosas de sabinas, álamos, encinas, fresnos. La tradición o la leyenda quieren que posteriormente Almanzor, el caudillo que había llegado hasta Santiago de Compostela, pasase por estas tierras malherido. A él le cupo una pérdida más modesta, el mítico tambor que sin duda no fue tal sino exigencias juglarescas de la rima con Calatañazor y su nombre. Murió en Medinaceli, agravado su mal por las noticias de una derrota.

Resistencia al tiempo

Calatañazor es ciertamente digno de todas las leyendas por el ambiente y el contraste, como si prehistoria e historia se hubieran escalonado desde las ruinas del castillo hasta el fondo del río Milanos y el cercano bosque de venerables, extrañas y durísimas sabinas. Los siglos se ascienden y descienden aquí a grandes pasos: Necrópolis de la Edad de Bronce en Tiermes, yacimiento celtíbero, ritos ancestrales como el Paso del Fuego, en San Pedro Manrique, tumbas antropomorfas, restos de calzada romana, antiguas cocinas y hornos, románico y asomo de gótico, alegrías de hoy y de siempre de tapas, vinos y mesones mientras un terrible nombre, el Valle de la Sangre, recuerda lo próximas que estuvieron la vida de la muerte en las épocas de lucha por la tierra. Más allá, en la Alta Edad Media, era como si el mar se extendiese, el páramo de la desierta y peligrosa meseta hacia el sur, el escalón siguiente que bajar, desde lo que fue frontera del Duero.

Las sabinas

Éstos son los caminos de Mío Cid, y mucho después de Isabel la Católica, que paró una y otra vez en las villas de Soria. La población ha ido coagulándose en algunas y dejado otras semidesiertas, aunque se advierte una recuperación, búsqueda de alternativas, desarrollo reciente en periferias industriales, afluencia de vacaciones y fines de semana. El cuidado es extremo. Pueblo y campos están tan limpios que parece se podría comer en cualquiera de sus suelos. Hay celo y empeño en la recuperación y cuidado de puertas, escudos, plazas medievales. Es asombrosa la densidad de monumentos, románicos que han resistido el paso de un milenio o que se han integrado luego en catedrales platerescas que resultan modernas en comparación con la antigüedad milenaria de sus predecesoras. En la iglesia de Santa María de la Asunción, del hoy ignorado pueblito de Fresno de Caracena, podría, según algún estudioso, haber escrito Per Abbat en el siglo XIII, cuando era allí párroco, la copia conservada del Cantar de Mío Cid.

El prerrománico y románico producen cierta embriaguez, la del sabor de lo sustancial. A su lado todo lo posterior parece superfluo e incluso la magnífica Silos un exceso. Las pequeñas iglesias sorianas tienen un encanto inigualable. La luz dibuja geometría en el suelo de sus pórticos y sube por las columnas, a veces trenzadas, y los arcos, se detiene en los capiteles que, grabados con auténtico mimo, cuentan historias de caballeros, clérigos, campesinos y juglares situados con cuidadosa simetría, con sus caballos, aves y animales fantásticos. No faltan el sentido del humor y los pecados y pecadillos mezclados a la vida de todos los días. Tras esta concesión a lo cotidiano, al abrigo del pórtico está la entrada a la iglesia, los arcos de medio punto adornados de humilde pero cuidada geometría. Dentro, una mínima parte de frescos supervivientes y un espacio apenas iluminado por las pupilas de pocas y estrechas ventanas.

El oso de Berlanga

Berlanga, que tuvo como primer alcalde cristiano nada menos que al Cid Campeador, fue tomada, perdida, recuperada, prosperó y se adornó con colegiata y

La palmera añorada.

palacio renacentista a los que mira desde arriba su castillo con ojo crítico de antepasado. Pero la joya del lugar, y del prerrománico, es la discreta ermita de San Baudelio, templo en verdad extraño, con frescos mozárabes (en buena parte en Nueva York y en El Prado) y estructura de santuario musulmán conmemorativo[1] e iglesia cristiana primitiva. No mezquita porque carece de alminar. Es, desde el exterior, un simple cubo, pero tapizado en su interior de frescos, con arcos de herradura y, como rasgo diferencial, una gran columna central, solitaria, policromada, en forma de palmera. La acompañan pinturas de un dromedario, bueyes, un oso, perros de caza, de forma que el conjunto sintetiza tanto los sueños de hombres del sur como los de los del norte, sin que falte la imaginería cristiana. Las figuras son tan sencillas como expresivas, con un deje oriental, adaptadas a la superficie y forma del lugar donde están trazadas, simples en tonos y perfiles, atentas al movimiento de los animales y a los gestos e los humanos. San Baudelio describe, de manera elocuente, el sentir, más allá de los ejércitos, de gentes de diverso origen más mezcladas de lo que sus generales quisieran, huidas, refugiadas, asentadas en territorios precarios, en edificios de adobe con mucho de campamento y abrigo de fortuna, necesitadas de pintar su mundo estable al menos en las paredes del modestísimo recinto.

Un dromedario hispano

Burgo de Osma y Almazán son, proporcionalmente, grandes urbes si se las compara con las aldeas apenas pobladas que salpican la inmensidad solitaria de los campos, las superficies de cereal. Sin embargo pueblos diminutos albergan, o son albergados por, iglesias románicas de pórticos exquisitos, puertas y capiteles primorosamente esculpidos, interiores con restos de policromado. La iglesia de San Pedro, o la de Santa María, en Caracena, están ahí, sobre un puñadito de casas, el puente y las ruinas del castillo. Muy distinta es la envergadura de la iglesia de San Miguel, con su muy elaborada cúpula, en pleno centro de la próspera Almazán, vecina de edificios señoriales y de retablos que se atribuyen a Hans Memling y con aires de urbe que fue regia.

La cúpula de San Miguel. Almazán.

La piedad sencilla

Bajo el suelo de Soria las corrientes han moldeado caminos subterráneos que recorren a veces muy especializados submarinistas y que tienen dimensiones y ramificaciones aún no exploradas. En superficie, la laguna de La Fuentona se conforma con reflejar las sabinas y dar sustento a un arroyo. Al norte el río Ucero ha hecho su labor en los farallones de caliza y ha tallado el Cañón del Río Lobos, con el misterio de su ermita templaría de San Bartolomé hundida en una profunda cicatriz de la roja tierra, vecina de la Cueva Grande que parece abrigarla en el óvalo de la entrada y cubierta desde las alturas por las alas de los buitres. Las amplias y soleadas llanuras contrastan con pinares espesos y zonas sombrías, aisladas, en las que, a la vera de Castillejo, pudo tener lugar la afrenta a las hijas del Cid en el Robledo de Corpes, lo que, junto con las muchas cuevas, los ríos subterráneos y las leyendas de templarios, encantamientos y brujas, otorga a Soria la dimensión irreal de la magia y el mito.

Lo esencial

Sur, centro y norte de la provincia todo es pulcro y puro, lavado de la sangre antigua y de las miasmas de la más baja lucha política que se arremansan hoy en las urbes del lejano centro y de las pretenciosas costas. Quizás, en parte, por eso se va a Soria, buscando su contraste con lo que se deja, y tal vez por ello se percibe allí, poco a poco, el ruido de oleaje que se eleva y penetra hacia el propio interior. Es el eco de la libertad y del riesgo, de cierta nobleza que tenía precios a los que la blandura actual de la rendición preventiva y la sumisión por parcelas ha desacostumbrado al visitante, ecos de voces de quienes no querían ni presumían de ser víctimas de nadie. Soria es el país del individuo, donde aún se encuentran los dos grandes lujos de nuestro tiempo: el espacio y el silencio, la gema del silencio machacada por cuantos creen tener el derecho de ensuciar el aire con sus ruidos e imponer la banalidad y el estrépito.

Horizonte

Los individuos perduran, de uno a otro. Éste no es lugar de vacío, soledad y muertos. Hay adaptaciones, cambios, propuestas, técnicas que se revitalizan y extienden a casas de otro continente igualmente construidas de barro y paja, niños que vienen a descubrir de dónde procede lo que comen y lo que los viste, buenas carreteras,

La devoción más dulce

maquinaria, exportación de productos deliciosos y frescos, desde la carne hasta la rara y recatada trufa. Existe una nueva trashumancia, la de los muchos que ya han adoptado el desplazarse cada día a las villas donde se concentran puestos de trabajo y desarrollo y regresar luego a casa. El grande, inmenso horizonte aguza la querencia del hogar al que volver. A la alegría del lechazo, el calor y el vino. Como también en el románico -está grabado en piedra- se gozaba y se reía.

M. Rosúa

 

[1] Hay en el mundo musulmán pequeños edificios de este tipo llamados “marabú” por metonimia del apelativo de hombre santo cuyos restos allí se veneran y pueden ser centro de peregrinación.

02/1/18

ISRAEL 2018-SIN MURO

Rabino dubitativo-Cuadro de Chagall

ISRAEL. SIN MURO

 2017-18

 

Vuelta a Israel tras más de dos décadas. No deja de ser una trágica ironía que hoy por hoy el único movimiento y partido político con importante peso en su Gobierno que presenta los rasgos del alemán de los años cuarenta sea el judío ortodoxo. Véase: Superioridad de raza elegida, por Dios en este caso, lo que lógicamente significa que las otras no lo fueron, fundamentalismo que toma como base premisas religiosas para justificar actuaciones y leyes, y componente de herencia biológica o, a veces, admisión cuidadosa de conversos. En cualquier otro caso la comunidad internacional se le hubiera echado encima. No en del judío ortodoxo, que ha ganado grandes cotas de poder en Israel desde hace pocas décadas y se extiende y afirma sin posibilidad de crítica externa alguna por la inmensa losa de mala conciencia mundial del Holocausto. Los ideólogos nazis estarían felices si pudiesen observarlo. Es poco probable que en las altas esferas alemanas se creyera realmente que iban a exterminar a todos los judíos y a su descendencia, pero hoy, no satisfechos con el exterminio de seis millones de personas, disfrutarían inmensamente con la contemplación del Mal simétrico, aunque sea en un formato mínimo y sin genocidios, reproducido en el mismísimo corazón del enemigo. Con el apoyo de la América del Orden Nuevo, el blanco piadoso y bíblico y toda crítica silenciada o tibia por el chantaje de los horrores del Tercer Reich, el temor al terrorismo y conflictos de Oriente Medio y por la sensación de que Israel, cualesquiera que sus iniciativas y formas de actuar sean, es una cuña defensiva de la civilización y de Europa. Su muro (ésta es época de poner puertas al campo) se extiende en longitud y en altura en la psicología popular mucho más que sus dimensiones reales, es percibido por Occidente como un dique de contención de fuerzas ingobernables, criminales y violentas, el único freno ante una masa homogénea que no lo es. No hay tal homogeneidad ni un bloque árabe. A la irracionalidad islámica corresponde en los sectores ortodoxos de Israel otra irracionalidad fría y desdeñosa, como no podía ser menos en un credo milenarista, ajustado al esquema e interpretación de textos sagrados y a las supuestas palabras de antiguos patriarcas, basado en la práctica de infinitos preceptos, ritos y prohibiciones alimenticias que hacen imposible cualquier asimilación, mezcla y vida social común.

La carga mística

En el judaísmo ortodoxo todo parece encaminado al aislamiento profiláctico de los gentiles y a perpetuar el estado de víctima. Su monumento es un resto de panel de muro, las ruinas del Templo de Salomón están en el subsuelo, en alguna parte, y conviene que allí permanezcan, y que el Templo -que según las maquetas mostradas no era sino un ara de sacrificios amurallada y sin mayor mérito arquitectónico-no se reconstruya. El contraste con la hermosura de la Cúpula dorada de la gran mezquita sobre su base de mosaicos azules y con las muchas iglesias cristianas, menos bellas pero históricamente entrañables y cuajadas de tesoros, es flagrante, y probablemente voluntario. Hace falta un Muro, una Ausencia, para lamentarse, siempre, del paraíso perdido, y no cesar el llanto jamás. Porque la añoranza separa y es exclusiva, no comparte futuro. Las excavaciones de la Casa, o casas, de David, los palacios de Herodes, las profundas cisternas que abastecían de agua, son colinas enteras, piedra sobre piedra, megalíticas, notable ingeniería sin belleza excepto en retazos romanos, pero con clara voluntad de implantación y de poder en lugares que debieron de ser ásperamente disputados con los que allí, en esas zonas de acuíferos, estaban asentados.

Muro de las Lamentaciones

Es inimaginable un país que pretenda definirse por una recopilación de escritos religiosos de hace siglos o miles de años, aunque el libro haya resultado ser un best seller. La irracionalidad no por tratarse de la Biblia es menor cuando se  pretende fundamentar en ella leyes, normas, usos, transporte, servicios, la estructura misma del Estado y la delimitación del país y se atribuye, mutatis mutandis, la escritura de propiedad a la voluntad de un dios todopoderoso. No otra es la lógica de guerreros iluminados que reclaman Andalucía para el Islam o la de la Gran Alemania de los miles de años.

Yitzhak (Isaac) Rabin, dirigente judío secular con deseos de paz, acuerdo y dos Estados, fue asesinado oportunamente, ¡oh casualidad!, en 1995 por un fanático judío, el socorrido loco solitario. Acto seguido progresivo, rápido y violento deslizamiento hacia la derecha ultra, religiosa y asentamientos por derecho bíblico. Misticismos aparte, Jerusalén no ha sido siempre la capital ideal. Las ciudades de la costa son otra cosa, abiertas, jóvenes, plenas de energía. El genial proyecto del inteligente y asesino Herodes el Grande de crear un puerto comercial grande, cosmopolita, rico y seguro, que llevó a cabo en Cesarea, puede repetirse y de hecho ya se ha repetido en Haifa y Tel Aviv. La zona es perfecta como nudo comercial y de comunicaciones entre oriente, África y la cuenca mediterránea, como lo fue el Pasillo Sirio. En ella, mezcladas con viviendas, restos arqueológicos de todas las épocas y gentes de todo origen y condición, brotan edificios del siglo XXI. Es el mercado que puede sustituir al de las armas, la plataforma de progreso necesaria, a imitación de lo que fuera, entre Egipto, Oriente y Roma, Cesarea. En 1919, y en adelante, Ben Gurión prefería Tel Aviv porque consideraba que en Jerusalén había demasiados judíos ortodoxos y árabes, una incómoda densidad religiosa a la hora de formar un país moderno. Luego 1947, declaración de la ONU de dos estados, dos guerras, anexión del West Bank. Israel pasa a ser, de la tierra de emprendedores y trabajadores (de los cuales hubieran podido aprender muchísimo los árabes y viceversa) a un poder colonial fundamentalista, agresivo y estupenda garantía para el gran mercado de la guerra de inmensos, seguros y regulares ingresos. La situación de indefinido, centrífugo y garantizado generador de conflictos bélicos es un maná para los comerciantes de armas, que es probable que contribuyeran generosamente a campañas presidenciales estadounidenses.

El antiguo sueño de los fundadores.

Los museos de Israel tienen un muy elevado nivel, buena parte de su material procede de colecciones privadas, con importantísimos fondos arqueológicos de los que tan rica es la región. Sin embargo la calidad de piezas, información y explicaciones se ve lastrada por la inevitable deriva nacionalista oficial que obliga a remitir los hallazgos expuestos a la ancestral presencia judía, la llamada “Eretz Israel” = la Tierra de Israel, el Gran Israel, la Tierra Sagrada, la Casa de David, inmensa ella, que al parecer ocupaba, y debe ocupar en el futuro, el Pasillo Libio, Oriente Medio y lo que se tercie, desde la prehistoria, Adán o antes.

La parte judaica ortodoxa israelí que ha adquirido notable poder temporal es prisionera de su propio mito. Vive encerrada en las paredes de un libro que es su habitación del pánico, y su paraíso como inevitable contrapartida. No son los únicos que se mueven entre los rígidos muros del volumen milenario que adoran cerrados con llave por un dios único que no se distingue por su buen carácter. El patetismo de la situación se ceba, como de costumbre, en las mujeres. Islam y judaísmo coinciden -y tienen como principal asignatura pendiente, sin la que no hay mejora y progreso profundos posibles- en el encono respecto a la feminidad, la libertad y la igualdad de sexos. Esto conlleva también el temor y rechazo a la exhibición corporal, a la piel y pelo descubiertos de las hembras, fuente de excitación pecaminosa para los varones. Las judías ortodoxas, cuyo principal papel es la procreación múltiple,

Joven palestina.

deben ser voluntariamente antiestéticas y tristes en su atuendo. La cabeza, quizás afeitada para evitar la libido del pelo, se cubre con gorra, peluca o turbante. De ahí para abajo la mortecina indumentaria se compone de prendas sueltas, el todo, hasta las suelas de los zapatos, negro, violeta con algo de blanco o gris y algún otro tono preceptivamente oscuro. En comparación las árabes, que no se cubren el rostro en Israel salvo rarísimas excepciones, pueden resultar de gran elegancia, con su maquillaje cuidadoso, finos zapatos y vestimenta variada y colorida.

Naturalmente el fanatismo se ceba, además de en las mujeres, en los niños. Resulta particularmente triste ver en las familias ortodoxas judías niñas de cinco años ataviadas en negro riguroso, con gruesas medias, manga larga, cuello alto, acompañadas de los numerosos hermanitos  vestidos a su vez, permanentemente, de enterrador. Esta opresión y privación del sol y el aire tiene una finalidad muy precisa, por ello el

Joven judía

pañuelo islámico no es un detalle banal: Las mujeres sirven, para todo fundamentalista que se precie, de portaestandartes cara al público, de banderines sociales para que quien las mire sepa la filiación, sumisión y pertenencia de la familia. Su pretendida elección libre de vestimenta es nula. La violencia doméstica cierta. La libertad y el bienestar de los niños y de miles de mujeres importan muy poco a los exquisitos adalides del relativismo y  la diferencia, a los bien pagados y bien alabados por los señores del petrodólar, a los occidentales defensores a ultranza del derecho del pater familias a disponer de su prole a costa de la niña a la que se adoctrina en la discriminación desde su infancia.

Los árabes israelíes arrastran sus propias cadenas sin necesidad de que los judíos se las impongan. Todavía hoy hombres hechos y derechos, de fluido inglés y aspecto moderno, aceptan los matrimonios pactados por las familias, la ruptura de noviazgos y amores porque el padre de ella no accede a la boda y dispone, como su propiedad, de su hija. Y, por supuesto, las autoridades ignoran los crímenes “de honor” y los matrimonios infantiles. Los árabes israelíes siempre han sido, sin embargo gente avispada, emprendedora, juguete de bandas belicosas pero con un potencial superior a muchos de sus vecinos aguzado por las circunstancias  y la diáspora. Los palestinos eran, y pueden volver a ser, gente avanzada y abierta en el mundo mal llamado árabe. Otro Israel hubiese podido, podría ser posible porque es evidente, más allá de la cárcel de los mitos, el papel peculiar que puede tener esa zona de fusión (si las ortodoxias lo permiten) y de intercambio. En el caso de que, para gran desesperación de los vendedores de armamento, la población siga una corriente exactamente inversa a la de estos últimos lustros.

Al otro lado del invisible muro de la soberbia ortodoxa está la gran cantidad de israelíes que aspiran a un Estado moderno y laico y rechazan la perspectiva de un futuro de continuo enfrentamiento basado en la superioridad bélica. Los palestinos, por su parte, tampoco arden en deseos de vivir como en

Paloma de la paz navideña herida.

Arabia Saudita, Afganistán o el avispero libio. Y ninguno parece muy dispuesto a continuar, por ejemplo, la tradición genealógica con un sacrificio humano, frustrado no porque el padre de Isaac se negara a degollar al niño sino por intervención in extremis del dios de Abraham. Ni judíos ni moros ni gentiles repetirían el experimento con su primogénito. Por si el Altísimo no se presenta.

M. Rosúa

04/14/17

Madagascar, enero 2017.

Madagascar, enero 2017

Estoy sentada frente al lago que fue cráter, recuerdo de una actividad volcánica hoy desaparecida. Círculos de muchos peces. Dos pescadores.

De repente, cortando la escena, una hilera de doce patos en perfecta formación.

El agua siempre es como la eternidad.

Vuelven los que quizás son ocas. Sin abandonar su formación saltan a tierra. Se posa cerca un pájaro como un gorrión rojo. Los animales traducen cada cual con sus sonidos la puesta del sol. Da miedo moverse, como romper un cristal. Lento, azulado, gris perla, termina el día del trópico.

Incluso la muerte, que aquí está tan cerca de la vida, en estos momentos descansa.

La luna, creciente o menguante, por debajo del Ecuador es inversa.