EL MAR

El Mar

Conversación del mar y las nubes.

 

El mar se mide por la soledad de un velero de pequeño tamaño que, precisamente por ello, se adapta, como una brizna de paja movida por el viento, a la respiración caprichosa de las olas. El que en él navega puede vivir, y de hecho vive, como el ritmo del pecho de un hombre, que sale agitado y rápido de algún puerto, continúa tranquilo, jadeante, pausado o inquieto durante el espacio que el tiempo le ha asignado, y se detiene y hunde blanda, repentinamente, en la profundidad de una nada en todo semejante al silencio abisal del océano.

Sólo en el mar se experimenta de forma tan completa la redondez de la Tierra, sin a la vista ser humano alguno. Él proporciona el vértigo y la embriaguez de la libertad, unidos a la conciencia del aislamiento. de la indefensión, la pequeñez y la certidumbre de que la existencia es en él una gota de la masa mudable, el aire en la burbuja de la espuma, una forma ocasional no más permanente que la cambiante, cada segundo, de las nubes con las que el mar mantiene relación estrecha. Ambos se reflejan y se miran, mar y cielo, compañeros de largas aventuras que se miden por eones y por los cambios de los continentes.

El individuo está ahí, entre dos olas, como en el hueco de una mano, afanoso del aire y de la vela, izando en ella su libertad, y oscuramente sabe, como los griegos en antiguos mitos, que alguien le está mirando, entre esos rizos que en la superficie, y arriba en el ocaso, recuerdan a los bucles de las caracolas. Alguien siempre mira. Por eso, desde el velero solitario, el individuo apenas perceptible iza su libertad y alza la frente, por encima del miedo y la certidumbre de hallarse siempre rodeado de fuerzas superiores, juguete de la Física o los dioses, zarandeado por la tempestad del tiempo que gana siempre la partida, para el cual no hay puerto seguro.

Sin embargo cada bocanada de aire salobre, de sol humedecido y viento favorable son puertos en sí, de día y de noche, con el balanceo del sueño bajo las estrellas y el sabor del agua y de la comida en cubierta. Los que eran antes simples compañeros de viaje, obligados a compartir el reducido espacio, la vecindad de la litera, las raciones del yantar diario, se transforman en posibles descubrimientos, en territorios que guardan sueños y recuerdos, durante conversaciones en las que la oscuridad apenas permite verse el rostro. En el velero, un habitáculo fortuito sin puertas de salida, se costean experiencias personales ajenas, mapas internos tan desconocidos e inalcanzables como otros planetas. Porque cada vida es la ruta de un náufrago.

Nadie alrededor, en parte alguna. La población del mundo se reduce a eso, al recuerdo y al proyecto, a papeles, pantallas y brújula.

Surge de la soledad una extraña conciencia de inmensa compañía, Todo ahora es un barco, una quilla, una navegación enorme con toda la Humanidad a cuestas, una nave de continentes y de océanos esforzada en su periplo igualmente solitario por los vastos mares siderales, con tripulantes que alzan ansiosamente manos y velas en un ansia absurda, diminuta y grandiosa de vivir, y de vivir con  riesgos, de ensanchar cuanto conocen, de alcanzar ese momento irrepetible en el cual, por instinto, se sabe que se ha rozado, brevísimamente, algo verdadero, afín a esa belleza que está vetado contemplar, una profundidad aún mayor que la que oculta el azul líquido y denso al que la claridad no llega nunca.

Y eligen un camino, van a un puerto, se detienen en ruta, paladean, con el color del agua y de la luz del sol que la atraviesa, la plenitud del instante.

M. Rosúa