ESCALADORES DE LA HISTORIA

ESCALADORES DE LA HISTORIA 

De M. Rosúa, para Raúl, Pablo, Carlos y cuantos me acompañaron en el viaje de Amigos del Arte Altomedieval el 23 y 24 de agosto de 2014. Con mi agradecimiento por su saber y muy grata compañía.

Santiago de Peñalba, nitidez de luz y sombra.

¿Se puede ir a un lugar más necesario que el Valle del Silencio? La ascensión comienza desde la hondonada tórrida de la gran ciudad en el punto de encuentro de las dos Castillas, requemada por la tenacidad del sol y el calor apelmazado en el hormigón de calles y estructuras. Los ruidos, en brote, en germen, en amenaza, ya vuelven por sus fueros a donde solían con el final de las vacaciones de agosto, y el horizonte es de meses agobiados por tareas imperiosas y coyunturales que muerden una y otra vez los talones, encerrado cada uno en el pequeño círculo de la diminuta existencia personal, la docena de metros cuadrados y la docena de personas que constituyen el habitual entorno.

Pero hay una salida hacia el norte, un rescate fugaz en la salvadora camioneta blanca. Edificios, grandes superficies comerciales, colonias de adosados, ofertas publicitarias, siglo XX, siglo XXI, todo va quedando atrás y pronto lo cubre la distancia, las extensiones de una naturaleza adormecida por la canícula, vestida de rastrojos, alfombras pajizas, marrón de sembrado, retazos de verde, en la que todo jadea y contiene el aliento en expectativa de la primera lluvia otoñal. Ahora en los pueblos se distingue el perfil de épocas anteriores, la almendra del castillo, la casa consistorial, la iglesia y las casas arracimadas junto a sus muros. Del siglo XVII, del XVI, del XV, del XIV han quedado anclados a colinas y cerros, como restos de navíos en su travesía de la meseta, fortalezas, espadañas, torres, ruinas, palacios. Marcas de la lucha por la tierra y abrigo de hombres libres que eran a la vez defensores y repobladores, aquéllos que empujaron de nuevo hasta el Mediterráneo y el Atlántico una frontera sur de Europa que parecía fatalmente reducida a limitarse al borde cantábrico.

En movimiento inverso, pero animados por el fondo cristiano hispanorromano, por los recuerdos de la cultura visigoda y por el arte oriental de la España andaluza, subieron los mozárabes por extensiones que eran páramos deshabitados, coronaron los escalones de las cuencas de los ríos y en los primeros siglos de la durísima Alta Edad Media buscaron la protección de los pequeños reinos del norte y dejaron, como gemas, las escasas iglesias conservadas y un patrimonio invisible porque fundido con la lengua castellana primera, impregnado en usos y poblaciones del sur califal, con resonancias y olores de aljamiado, dulcería, aliños y jarchas, cubierto luego por los estilos románico, gótico, barroco, neoclásico.

Y por fin El Bierzo, al que es como si por el sur le separara un mar, el de las llanuras rubias de Tierra de Campos, limitado por León y Galicia sin ser ninguno de ellos aunque con algo de ellos todos, alzado hacia un cielo raso y azul, dueño de un aire transparente y un agua múltiple y clara, rico en vergeles, bosques y huertas, caritativo en el clima de sus oasis misteriosos que frenan los vientos y las nieblas y dan alas a la fertilidad de la tierra color sangre y a los terrones oscuros que se transforman, amén de en hortalizas, en sorprendentes jardines cargados de rosas. El aire seco eleva al respirarlo y produce, como una bendición, los embutidos insuperables de ese animal bienaventurado que es el cerdo. Aquí, comprensiblemente, se quedaron grupos mozárabes, y algunos miraron más alto que los alimentos del cuerpo y se centraron en una ambición espiritual.

Como un puente entre los escalones de los siglos, se alza el castillo de Ponferrada, con unas ruinas templarias que hablan de las Cruzadas, del muy especial sino y del terrible final de los caballeros de la Orden del Temple, que inspiran con su simple mención, desde la Edad Media hasta el día de hoy, estudios eruditos y evocación de misterios celosamente guardados. El castillo se hinca sobre un precipicio con el río al pie y comprende un recinto amurallado mucho mayor que el original, vivo de actividades culturales y sede de una colección de facsímiles de códices, incunables y obras impresas posteriores que es un canto al amor y la importancia de los libros: el Templum Libri.

Escalamos de nuevo tiempo e historia, y, con gran modestia, entre los edificios de una colina cercana, está Santo Tomás de las Ollas. Tiene las dimensiones de un adosado sin pretensiones y nada delata desde el exterior la maravilla que encierra. Porque hace más de mil años allí decidieron levantar un ábside mozárabe que es único y deja, por comparación con cuanto ha visto y espera, al visitante perplejo. Al fondo de la nave rectangular simple se abre una diadema de nueve arcos de herradura desplegados contra el muro, asentados en ocho pilares de granito que descansan sobre el zócalo de piedra y la planta elíptica. El conjunto se eleva manteniendo la curva y se prolonga en la cúpula, de manera que todo está diseñado para que la materia, contemplada desde el marco de entrada del arco de herradura medial, produzca un sentimiento de elevación y misterio, el que buscan hoy los iconostasios de la iglesia ortodoxa y era componente sin duda del rito mozárabe pero con un ánimo en este último de mayor apertura y unión con los fieles. Los viajeros han llegado pues a una plataforma en la escalada, al preludio del Bierzo de los eremitas, de la pequeña Tebaida donde se refugiaron, estudiaron y construyeron santos de nombres remotos o casi desconocidos: Genadio, Fructuoso, Valerio, Fortis.

En Molinaseca, que desmiente absolutamente su nombre por la presencia múltiple del agua, paran, descansan, se refrescan e incluso nadan en el remanso hábilmente acondicionado del río peregrinos del Camino de Santiago. El puente es perfecto en su sencillez romana, las calles y casas típicas de la zona, acogedoras, muy cuidadas, acompañadas de jardines y arboleda y escrupulosamente limpias. Podría haberse transpuesto allí, sobre el césped, cerca del rumor de la corriente, el caminante de Berceo, que, sin advertir el paso el tiempo, escuchó durante trescientos años el trino de un pájaro.

Desde allí se busca la cinta estrecha y vertiginosa que baja hasta el Valle del Silencio, en cuyo fondo espera la recompensa del descenso: el pueblo de Peñalba de Santiago. Desde luego los viajeros apenas producen ruido, ocupados como están en encomendarse cada uno al santo de su devoción y medir las distancias entre las rocas de la ladera o del paso entre las casas de algún pueblo viva imagen de la estrechez del camino de los Cielos. Curiosamente el angosto valle nada tiene de tétrico. Está alfombrado de arboleda y de vegetación espesa, el horizonte son montañas de dos mil metros, pero se diría que el conjunto recoge como un cuenco la luz y la refleja en la gran cantidad de regatos y piedras pulidas por las láminas de agua. Hasta aquí llegó San Genadio en el siglo IX buscando la soledad, aquí se establecieron comunidades de monjes y hasta aquí llegaron legos, pueblo llano y nobles, atraídos por su fama de santidad y sabiduría.

Los tejados color alondra están posados al final del camino alrededor de una iglesia mozárabe que perteneció probablemente al conjunto monacal más amplio del que quedan en los alrededores algunas ruinas. Ante el templo se produce un más profundo silencio. La intuición, sin mayores conocimientos, indica al viajero que está ante los comienzos mismos de algo originario y germinal pero al tiempo no primitivo sino completo en sí mismo, un logro cuya plenitud se alimenta de la savia de los comienzos evangélicos, fresca y con el sabor de las antiguas Religiones del Libro, de elementos judaicos y andalusíes, de formas más amigas de la vegetación y la geometría que de la profusión de iconos aunque, por otra parte, empapada de sentimiento genuinamente cristiano y sin rehuir la figuración. Hay además trazos, elementos de acarreo que, como las piedras de la fábrica, pertenecen a épocas anteriores, quizás a poblaciones celtas, a pueblos prehistóricos que adoraban a los elementos naturales y utilizaban signos indescifrables.

Todo ello está encerrado en la iglesia de Santiago de Peñalba, a la que da entrada una portada cuya sencilla perfección geométrica, la limpidez del acabado, la elegancia dejan prendidos los ojos. Son dos perfectos arcos de herradura, muy cerrados, que se apoyan sobre tres columnas esbeltas y capiteles corintios de mármol y van enmarcados en rectángulo por una moldura triple. Lo mejor de Córdoba, como una mirada de añoranza, se asoma en esta obra a la montaña del norte, y se plasma, con las manos y la sabiduría de sus constructores, en el interior del recinto, en los arcos de herradura que marcan divisiones y ventanas y en la rara peculiaridad de los dos ábsides. El recinto es de alguna forma simétrico del decorado exterior, repetido en capiteles y formas, devoto de la geometría y la matemática; la cúpula pasa con gran armonía y sin apenas transición del cuadrado al octógono, los ábsides opuestos marcan probablemente una división entre fieles y novicios, una progresión iniciática y social, y el espacio es una ecuación que evoca grandeza independiente de la medida de sus muros. La iglesia de Santiago de Peñalba entonces no se siente como primitiva sino como extremadamente antigua, heredera de conocimientos ancestrales y vivencias místicas recopilados por monjes sabios, salvados de la persecución y del olvido, estudiados en vecinos monasterios. Está, sin embargo, a la vez impregnada de la religión del tiempo nuevo, el del amor al prójimo y el dios asequible, paternal y sacrificado en cuya fe murieron los que descansan tras las losas de las tumbas. Una de ellas es el apacible espacio románico donde, en el exterior, yace San Fortis. Otra, en un latín minucioso en el que figura el nombre del orgulloso artesano, narra la vida y méritos del abad Esteban. Sobre el altar, en la cruz pintada en el muro, se enrosca una serpiente que remite quizás a aquel dios tectónico ancestral, protector y sanador que se adoró en amplias regiones de Europa.

A la geometría acompañaron signos que van aflorando por obra de la restauración, animales más o menos míticos, quimeras de león con cornamenta, pinturas murales hechas con esmero y paciente técnica, flores, estrellas y motivos vegetales de los que gustaban los cristianos cordobeses, desplegados en un tapiz rojo y azul hasta cubrir la bóveda al estilo de los mosaicos romanos y de Bizancio. En la parte baja del muro hay grabados dibujos sorprendentes, a manera de esbozos en un palimpsesto de estuco en el que se mezclan figuras humanas mitradas y talares con los rudimentos de un bestiario que recuerda a los beatos del siglo VIII. Las pocas muestras halladas del ajuar mobiliario hay que buscarlas en la arqueta de San Genadio, en la catedral de Astorga, y la Cruz de Peñalba, en el Museo de León, ambas doradas, trabajadas con sencilla elegancia y adornada la cruz por el alfa y omega y por piedras azules, verdes y violeta.

La pequeña iglesia se vuelve grande cuando se la observa desde el exterior a causa de la aspiración a la verticalidad de sus muros, el decidido impulso hacia la altura de salientes, contrafuertes y cuerpo central, de forma que la masa de piedra parece leve, destinada a encauzar plegarias, ápice de la sucesión de tejados de las viviendas que la rodean.

Y al salir, en el silencio del Valle del Silencio, se comprende todo. Porque en dimensiones gigantescas las montañas limítrofes parecen formar a su vez una catedral con la aguda pendiente de sus laderas, la corona de los picos, los ángulos agudos de los altos montes que rodean el pueblo, diminuto en su centro, sin restarle un ápice de luz ni de grandeza, como si la Peña Alba y el ábside fueran, una del otro, reflejos de sí mismos, palmas de manos de roca, arbustos que escalan, como grupos de fieles, la ladera. Y en la cima, donde la caliza aflora, blancura final.

El viajero emprende la ruta de regreso al son del río Oza que la orilla. Cualquier leyenda es allí posible, en la ermita de la Virgen del pico señero, entre los árboles espesos, caóticos y alegremente libres que se pelean por su ración de sol, en las ruinas de cenobios olvidados y en la alegría de las flores, los frutos y el valor y determinación de los habitantes de esas casitas que la altura ya minimiza.

El viajero sabe que le han regalado el don inapreciable del silencio.

 

 

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