El vértigo de la Hemeroteca.

¿Es posible haber escrito ya a los veinte años

Morir…¿Cómo se muere?

Aún no lo he aprendido

y tengo que saberlo.

El tiempo se hace largo…

¡Sería tan amargo

morir como he vivido!

Morir parece fácil.

Morir supieron tantos…

Las muertes ejemplares

de mártires y santos….

La vida no hace pausa.

No son éstas ya horas

de encontrar una causa.

Lo que sí deseara

es no causar congojas, 

irme como se van

en otoño las hojas,

sin llanto ni lamento,

llevadas silenciosas por el viento.

Al menos  cuando vaya

iré como yo quiera,

como van los valientes

y los desesperados,

con los puños cerrados,

con un jirón de orgullo entre los dientes.

El barco gira, más de cincuenta años después, en el torbellino de las singladuras, y la hemeroteca revisitada muestra -y produce con ello un estremecimiento- que el apodo elegido de Casandra para el lanzamiento a las ondas de las botellas con mensajes fue prácticamente en cada página fiel a la muy posterior realidad.

Probablemente es más fácil escapar a uno de los agujeros negros incrustados entre los astros  que al propio, a la disposición con la que se nace y en torno a la cual giran, y en ella son  atrapados y se hunden, sucesos, seres e intentos entre los que se bracea para mantenerse a flote en el tejido de la vida.

Los personales agujeros negros….La fina red sin llanuras, ondulada, pulida, de paredes tan inasibles como un espejo, estanques llenos de inacabable vacío que se abren a la completa disolución, que tienen la avidez silenciosa de metales que en otro tiempo absorbieron un calor desaparecido.

Portulanos, singladuras, siempre hoy: Nunca más puerto que la brevedad de los círculos.

Y sin embargo, en ese descenso y ese vértigo sobradamente conocido, previsto, la frente alta, donde ya ni la frente existe excepto por la dignidad que la sostiene.