05/2/19

Diario de China

DIARIO DE CHINA

 

Mercedes Rosúa

 

 

DIARIO DE CHINA

 

 

Mercedes Rosúa

 

 

 

PRÓLOGO (Y EPÍLOGO)

 

Sentada frente a mí, la persona que escribió el Diario de China. Libro I: Sian y el Diario de China. Libro II: Los náufragos de la utopía (1979) me observa con mirada severa. Nada podré cambiar en su texto, ninguna rectificación será admisible en un tejido que se hunde e impregna en su época, que forma cuerpo con el paisaje, con la piel y con la mano que lo creó. Sus páginas se abren a un lugar que ya no me pertenece y en el que incluso la entrada furtiva se efectúa con el rubor de las situaciones embarazosas. No me asisten derechos sobre esa persona y su obra, no más que sobre la de alguien completamente ajeno. La máxima licencia consistirá en los acicalamientos leves de quien quita una mota de polvo, sopla una pelusa, repara un error evidente de los que salpimientan ediciones baratas. La autora tuvo su vida, puso palabras; cada trazo le pertenece.

Me aproximo hoy a estos escritos, de los que algunos vieron la luz de la impresión y otros no, con la cautela del recorrido por territorio extraño cuya integridad defiende el perfil joven y lejano de lo que yo misma en otro tiempo fui.

 

 

 

Madrid, 2003

Introducción

 

Hay ocasiones en las que, por un giro de los acontecimientos, lo que era pasado próximo se convierte bruscamente en Historia. En la China en la que me tocó vivir durante el curso 1973-74, no sólo se gestaba, sino que ya estaba en marcha el sorprendente cambio pro-norteamérica y pro-occidente actual. La trama se iba, empero, anudando en las profundidades de la superestructura. Los habitantes, nacionales y foráneos, del país, navegábamos todavía por un universo de cromos y hagiografía marxo-maoísta que aún no se había considerado oportuno renovar. Esta obra se sitúa en la conjunción del canto del cisne del maoísmo y del tremendo giro, arropado de motivantes nacionalistas, hacia la China de los IBM. Encuadrando uno y otro movimientos, permanece una similar estructura de control que, por su poder y su eficacia, carece de parangón histórico.

China Popular dejó en el expectante, ávido espectador que yo era     una huella, un molde que ha impreso carácter. De los abundantes escritos correspondientes a mi estancia, primero en el interior –prácticamente virgen de extranjeros en la época-, y luego en Pekín, resultó el “Diario de China”, del que “Sian” es probablemente la parte más emocional y menos sociopolítica, mientras que “Pekín” ahonda en la entraña del sistema y su funcionamiento, en los desplazamientos por el país –Kueilín, Kwanchow, Cantón, Tientsin, Shanghai-, y en ese fenómeno clerical y patológico de los maoístas occidentales, que, como toda iglesia, pasan de la estulticia folklórica pasiva a la opresión activa y morbosa en cuanto se les da la más mínima parcela de control, de poder.

Como en el “Diario de Pekín” se narra, buena parte de mis anotaciones personales me fueron sustraídas; ello explica las imprecisiones en datos y fechas.

No es ni más ni menos que las impresiones de un ser humano concreto en unas circunstancias, un lugar y una época. Conviene que el lector se atenga a los pros y contras que esto supone.

De forma inconsciente entonces, consciente ahora, y real siempre, estas páginas van hacia el común de las gentes de China, los que han pedido, aspirado a gozar de modestos y palpables derechos humanos. Estas páginas son también un recuerdo del penoso desencanto de los jóvenes que vivieron la Revolución Cultural, en 1966-67, esos ex-guardias rojos y esos intelectuales reeducados que fueron mis alumnos y mis colegas, de los que hablé en mi anterior librito “La generación del Gran Recuerdo”.

Y son una larga mirada absorta sobre el mundo, materializado, que George Orwell nos anticipó en su “1984”.

 

 

CAPÍTULO I

 

SALA DE ESPERA

 

Bruselas, 22 de agosto, 1973

 

A las 7 de la tarde cojo el avión para París, y allí, mañana a las 17 horas, el de China; el viernes estaré en Pekín y a primeros de septiembre enseñaré en el interior, en Sian. Es increíble, una rara suerte que me envidian algunos preguntándose por qué oscuras influencias políticas pude conseguirlo. Del “Si no es indiscreción, ¿cómo…?” hasta bruscos “¡Pues si que debes de ser alguien importante en el Partido Comunista para que te hayan mandado!”. Y repito: “Estaba en Bélgica. Trabajé y estudié tres años y medio en Bruselas. Frecuentaba, sin ser miembro, el centro de Amistades Belgo-Chinas, cuando podía ayudar pasando cosas a máquina, traduciendo, etc., lo hacía. Ellos me ayudaron también en una mala racha pagándome por aquellos trabajitos. Me interesaba ir A China. En un viaje a Pekín que hizo el secretario de la Asociación, llevó mi currículum de profesora. Tras nueve meses de silencio total, el parto: llamada de la embajada de China en Bruselas”.

Ningún bienaventurado pisó los Campos Elíseos en mayor éxtasis que yo a la salida de la embajada, andando, flotando césped arriba del boulevard que lleva a la Universidad. La entrevista revistió las características que he podido advertir luego en otras embajadas chinas, en Grecia, en Madrid… Cigarrillos, una bebida, las mínimas precisiones sobre mi asunto personal, y una larguísima serie de preguntas sobre el ambiente, la vida del país y de la ciudad en la cual nos encontrábamos, como si aquellos diplomáticos vivieran en una redoma o acabaran de aterrizar, cuando llevaban más de un año en Bélgica.

– Usted quiere ir a China como profesora… Bien. Nos comunican de Pekín que la esperan en el Instituto de Lenguas de Sian.

– ¿Cuándo?

– Lo antes posible. Necesitamos su pasaporte para hacerle el visado, y sacar el billete de avión.

Me quedé sin aliento.

– Necesito al menos un mes para arreglar las cosas, despedirme de mi familia… (irse a China es lo más parecido a morirse, al menos en los preparativos) y, ¿cómo será mi trabajo?

– Usted es profesora, ¿verdad? ¿Fue a la Universidad? Aquí pone que estudió en Madrid y en París.

Miraba mi currículum vitae sin prestarle gran atención.

– Nosotros no podemos darle precisiones; en Pekín le explicarán todo y fijarán su sueldo. Nosotros nos encargamos solamente de facilitarle el viaje. Pero, por lo que sabemos del sueldo de los expertos extranjeros, cobrará usted tanto como el Presidente Mao.

Era concluyente. De todas formas hubiera ido igual sin cobrar ni cinco. No dejaba sin embargo de ser curiosa la manera de contratar sin contrato, salario fijo, deberes ni derechos. Claro, que yo arrastraba los prejuicios de un sistema en el cual, por valer bien poco la palabra dada, había que asegurar siempre por escrito.

– No voy a China por dinero. Me interesa muchísimo. Voy para aprender, es muy necesario que lo que allá ocurre sea útil a otros pueblos como el mío.

– Sabemos que los expertos extranjeros van a nuestro país para construir el socialismo.

– ¿Cómo es el lugar en el que voy a trabajar, Sian?

– Sian es una ciudad muy antigua, fue capital de varias dinastías. Se ha desarrollado mucho después de la Liberación. Usted estará allí con los demás expertos extranjeros. La verdad es que nosotros no conocemos mucho sobre Sian.

(Tras oír hablar de Sian por primera vez, me había precipitado sobre la geografía de bolsillo: Sian: antiguamente llamada Chang An, en el fértil valle del río Wei, afluente del Huang Ho. Grande, dos millones de habitantes, al interior de China central. Industrializada: textil y otras fábricas. Universidad. Trigo, mijo, algodón, maíz. Un lugar con posibilidades. Aquello prometía).

– ¿Hay vacaciones? Me gustaría conocer algunas ciudades…

– Claro. Los profesores tienen vacaciones y podrá usted viajar. Ya le explicarán allí. ¿Cuándo quiere irse pues?

– Creo que lo mejor para mí es la semana del 20 al 27. ¿Qué les parece?

– Bien. Sacaremos pues su billete de avión, por Air France, desde París. Conviene que esté aquí una semana antes para que hagamos el visado.

– Y ¿es seguro? Quiero decir, ¿no habrá cambios?

– Seguro. Le daremos su pasaje a la vuelta de España.

Pero yo no conseguía tenerlas todas conmigo. Puse conferencias durante mis vacaciones para saber si todo iba bien, y, ya en Bruselas de nuevo, sólo cuando se me dio el billete de Air France azul zafiro, comenzó a calarme la realidad de mi viaje.

Salvo algunas frases sobre el exceso de peso (la embajada me pagó 10 kg. a más de los 20 permitidos por pasajero) y la salud y posición de mis padres, todo el resto de la mañana se les pasó preguntándome sobre la vida en Bélgica, ¿cómo vivían los estudiantes?, ¿dónde?, ¿qué costaban los alquileres?, ¿y los tranvías?. La embajada se encontraba situada por tanto en las inmediaciones de la Universidad Libre de Bruselas. Se les hubiera creído a 10.000 km. Ni alusión a mis ideas políticas. Mis “lo que ocurre en China es interesantísimo para todos, camaradas”, “Lo que me importa es serles útil y aprender, camaradas”, “etc, camaradas”; dichas con fresco entusiasmo, eran escuchadas discretamente por los camaradas, que, a continuación me preguntaban la edad de mi padre y su estado de salud.

Aquel año terminaba yo en la Universidad Libre de Bruselas mi Licenciatura en Ciencias del Trabajo. Tuve que precipitar la presentación de la Memoria, que defendí ante un benévolo tribunal de profesores reunidos a toda prisa. Luego llegaron las últimas voluntades con reparto de bienes excepto un puñado que mandé a casa de mis padres. La noticia de mi viaje no les traumatizó excesivamente. Hacía ya tiempo, desde que estudiaba en la universidad de Madrid, que me fui a París en auto-stop. Tras dos inviernos en París y acabar simultáneamente la licenciatura de letras en Madrid, estuve año y medio en Túnez, tres y medio en Bruselas. China sería mi quinto país.

Los comentarios fueron para todos los gustos, desde los rosa subido de Amistades Belgo-Chinas “Sian es la ciudad más hermosa de China” (que resultó ser  entera y perfectamente falso), “Sólo debes tener confianza en los camaradas. Será maravilloso, ya verás”; hasta “¿Crees que te dejarán salir?”, “¡Cómo! ¿Sin billete de vuelta, sin contrato…? ¡Qué locura! ¡Y sola!”, “¿No tiene usted miedo de que la tomen como rehén?” (éste último un profesor de universidad). Se sucedieron así bautizos y extremaunciones, sin producirme más mella unos que otros. Quería ir a China Popular. Era una gran suerte poderlo hacer. Tenía confianza, ganas de ayudar, una inmensa curiosidad, tanta como admiración hacia los esfuerzos de aquel pueblo pobre, digno, tenaz; y necesitaba sobre todo saber, ver y saber, lo más posible, del fenómeno humano sin precedentes que allí tenía lugar. Ver, anotar, intentar comprender, intentar transmitir, con todas mis limitaciones, escribir como siempre había escrito, pero esta vez con mayor razón.

Me ayudaba la falta de intereses personales, y no por especial generosidad mía sino porque mi viaje a China había surgido en un momento crítico. Si las circunstancias hubieran sido otras también habría ido, pero ese año 1973 mi lastre era mínimo y máximas mis posibilidades de concentrarme en lo que me interesaba.

Terrible año, seguramente el peor, aquel 1972-73. El verano, recorriendo Yugoslavia e Italia, me había echado un poco de arena soleada a los ojos, pero en septiembre entré en mi apartamento, tan vacío tras el fin de matrimonio la primavera anterior. Estuve mucho tiempo sin trabajo. Sólo ya muy avanzado el curso conseguí un puesto de profesora de español en Tournai, a 86 km. De Bruselas. El Servicio Social Universitario me ayudó a pagar la matrícula, en la Bolsa de Trabajo me dieron alguna cosa eventual. En fin, que todo se juntó ese año y por nada del mundo pensaba quedarme de manera vitalicia en Bélgica –siniestra y anodina fábrica de patatas fritas jalonada de tiestos con horribles sansevierias puntiagudas-. Así transcurrió un mes, y otro. Despertador a las cinco y media, primer tranvía, tren que partía como un rompehielos en la noche congelada, vuelta, universidad, a veces clases de español vespertinas hasta las nueve, tranvías tardos, la soledad planeando como un buitre, y la lluvia que caía sobre el jardín interior al que daba mi casa, sobre su césped verde vivo de cementerio, cansancio, las últimas convulsiones de mi matrimonio –él venía a veces-, la agonía suya, que era terrible presenciar, la agonía mía. El destino, para variar, no hizo mal las cosas: cuando me estaba dedicando a preparar mi marcha a América Latina llegó la noticia de Pekín.

 

 

“A las siete cojo el avión. Se dirían extrañados los conocidos por mi tranquilidad. ¿Cómo no tenerla después de este año, de este terrible año, de aquella hambre insaciada? El peso de mi ser sin peso, que un día creyó haber encontrado otro, me es vano. Y así miro, como un preso recién liberado, y así espero con mi equipaje listo frente a la puerta abierta de mi prisión belga, con sus largas calles grises como corredores de administración, enfiladas por tranvías jadeantes. Hay sin embargo en este país una pequeña belleza, una angosta y melancólica dulzura –como sus viejas ciudades flamencas- que quise gozar. La espera con toda la carne tensa… Al lado de ese dolor ¿cómo no tener tranquilidad? Sin sexo, sin consistencia, vagué entre seres de otra dimensión, casi atravesándolos, medio invisible, sin casillero en su ajedrez. En China tal vez podré tener la dimensión de mi utilidad, tener una forma, un volumen, y no volver la cabeza jamás, jamás para no ver a aquellos desamparados en un recodo del camino”.

Es lástima que buena parte de mis notas del otoño del 73 desaparecieran, y no precisamente de muerte natural. Hoy las páginas de entonces alternan con recuerdos que, aunque grabados hasta el hueso y perfectamente vivos, han sufrido sin embargo el inevitable proceso de selección. El 22 de agosto por la tarde me despidieron en el aeropuerto de Bruselas el secretario de Amistades Belgo-Chinas y su mujer (“No te preocupes. Todo será maravilloso. Sólo tienes que tener confianza en los camaradas”), el secretario de la embajada de China Popular en Bélgica y su esposa (“Está todo preparado? ¿Lleva usted el pasaporte?”), una pareja amiga (“A conquistar China. Suerte”). Llevaba ya en el cuerpo una noche de despedida bien regada de tinto, al alba de la cual, el español que me despedía no estaba seguro de quién de los dos se marchaba. En París empalmo con la noche de los adioses ofrecida por Monique, que me lleva al mejor restaurante francés que he pisado jamás, junto a Notre Dame, y descorcha luego, en su apartamento, una botella de champán. El París de las últimas compras matinales se reviste de una dulzura desacostumbrada.

Orly. Decía un francés que el momento más hermoso del amor es cuando se va subiendo la escalera. Aquel despegue tensó al máximo las cuerdas. Algo completamente nuevo comenzaba, el aparato me iba arrancando de la viscosidad del pasado y de sus nieblas, me llevaba hacia lo que, por virgen, encerraba todas las posibilidades. Pasó la capa de nubes. Llegó a los diez mil metros. El fuselaje enrojecía con el sol de la tarde. Pese a mis muchos viajes, he guardado cada vez la ilusión enervante que me producen, un romanticismo infantil del que no me avergüenzo, amor por los aviones, por sus subidas y descensos, por el hueco de los baches de aire, curiosidad hacia mis vecinos, exploración de todas las posibilidades de la carlinga, de la colonia de los lavabos a los impresos con la ruta de vuelo. Esa misma excitación me impedía normalmente dormir. Los adioses me habían ya almacenado su buena dosis de insomnio y convenía llegar en forma. Monique me había provisto de somníferos. Termina la película e ingiero uno dispuesta a dormir. Anocheció hace poco. El sueño va llegando, llegando… pero clarea ¡ya! Volamos hacia el este; los ojos, que no se habían cerrado del todo, se abren con un parpadeo desorientado. Sí, realmente amanece, y descendemos sobre Pakistán para la primera escala: Karachi. El avión toma tierra en una llanura desolada y cubierta de nubes. Todavía hace gris. Hombres muy delgados, con ojos enormes, serios, se afanan en torno al avión mientras pasamos a las salas del aeropuerto. Hay un vaho caliente agotador en la atmósfera, pero sobre todo lo más chocante es el olor que golpea nada más abrirse la portezuela, un olor dulzón, agrio, tenue pero insistente, perfectamente desconocido, que me revuelve. Va amaneciendo y es peor: nos cocemos lentamente en una cacerola bien tapada por las nubes; entonces se pone a llover y la lluvia está caliente y se evapora al llegar al suelo. La escala se prolonga durante horas. Increíble alivio el de elevarse de nuevo. La escala siguiente es Rangún. Sobrevolamos largo tiempo el apretado bosque birmano, la selva de Indochina.

El aparato de Air France  entra en la República Popular China.

 

 

CAPÍTULO II

 

 

¡BIENVENIDA, BIENVENIDA!

¡CALUROSA BIENVENIDA!

 

 

25 de agosto

 

China se aproximaba dando bandazos en la oscuridad. El día 25, en plena noche, se posa el avión en Shanghai. Pocas luces. No se distingue la masa encristalada de un Orly. Sólo un edificio mediano en cuya fachada relucen caracteres de neón rojo: citas de Mao, Marx, Engels. Banderas rojas. Bajamos. En el aeropuerto, conmovedora y amiga, suena la Internacional. A través de la neblina de dos noches sin sueño pasamos por la aduana. Registro minucioso e implacable, larga verificación de documentos. Un inglés, a mi lado, paga las tasas de su botella de whisky. La atmósfera es caliente pero menos pesada que en Pakistán y Birmania. Se ven estrellas. En el interior del aeropuerto hay un enorme retrato de Mao y paneles faraónicos con sus citas. Pocos objetos en venta, escasos viajeros. Empleados y empleadas visten blusas y pantalones holgados, antiestéticos, y ellas van con la carita lavada y trenzas.

Un chino extremadamente delgado me aborda en español. Ha venido a buscarme, enviado para facilitar mi escala en Shanghai. Él se encarga de los trámites para mi gran alivio y me acompaña en la cena del aeropuerto con cuyo menú inauguro la que será ininterrumpida serie de tés sin azúcar y sopas hervidas a los postres. Pongo en hora local mi reloj, desconcertado por tantos cambios de horario. Mientras aguardo el avión de Pekín, charlo con mi acompañante. Es intérprete. Me pregunta qué se dice de China en el extranjero. Me cuenta su vida antes de la Liberación. No aparenta más de treintaitantos.

– Pero usted era por entonces muy pequeño.

– Tengo cuarenta y cinco años y tres hijos.

Es el tipo de sorpresa que me voy a llevar regularmente.

De nuevo en avión, uno de las líneas chinas. Carlinga escueta, sin refinamientos, con aire antiguo. La holgada blusa blanca, a lo hospital, el pantalón, y las trencitas cortas y rígidas no se puede decir que aumenten los encantos de las azafatas.

– No gastan mucho en arreglarse- Comenta, sardónico, mi compañero de asiento, un francés.

Una voz da instrucciones: Se prohíbe sacar fotos. Se reparten nuevos formularios para rellenar, té y cigarrillos. Charlamos y fumamos, pero de repente caigo en una poza de cansancio. El francés me retira el cigarrillo encendido de entre los dedos; he sentido confusamente el gesto con esa sensibilidad que desarrolla la soledad física. Abro los ojos a los pocos minutos. Las azafatas reparten caramelos y fruta. Hace algo de frío. Pekín.

Un grupo de colegialas con faldas hasta media pantorrilla y arcos y flores de papel cantan “¡Bienvenida, bienvenida! ¡Calurosa bienvenida!”, a los equipos de tenis de mesa de Senegal y Argelia, que se esfuerzan por pasar gallardamente revista pese a lo avanzado de la hora. Es madrugada. Nada más alcanzar la terraza, tres personas me abordan. Una mujer me explica que han venido a esperarme. Son el responsable de la Oficina de Extranjeros de Sian, un profesor de inglés del instituto donde voy a enseñar, y una intérprete del hotel en el que me alojaré en Pekín. Impecablemente, me encuentro deslizada en el engranaje. Mis maletas –la divina maleta celeste comprada para este viaje, y la verde trotamundos heredada de mi abuela-, se reúnen conmigo.

Entramos en un coche de lujo anacrónico, los cristales con cortinillas. Va a empezar a amanecer. Llego con cinco horas de retraso. Despertamos al chófer. Le ofrezco un cigarrillo, que se pone en la oreja para después –está prohibido fumar conduciendo-. La primera impresión física, siempre a través de un sueño cada minuto más total, es la de estos rostros, sus rasgos desacostumbrados. Uno es alto, regular, hermoso. El responsable de Sian tiene una simpática malicia. Ante la mujer, que es la primera que vi al llegar, mi reacción fue de sorpresa por la fealdad de la carita menuda y fino bigote. Posteriormente he visto con frecuencia a esta mujer, Sui, y he encontrado irrazonada aquella primera impresión de fealdad. También debió entrarme entonces en pleno por los ojos sin sueño, dilatados por la vela y la expectación, la lividez, el pelo sin gracia, y la chaqueta gris. Pasamos a la garita y el soldado del control y entramos en el recinto del hotel.

El Hotel de la Amistad (Yui Pin Wan) es el lugar donde vivían todos (con rarísimas excepciones) los cooperantes extranjeros en Pekín.

Se encuentra muy lejos de la ciudad, a sus buenos 10 km. del centro, y consiste en un conjunto de grandes edificios cúbicos de estilo ruso, en piedra gris, alegrados por una orla superior y un sombrero chino de tejas verdes. Adolece del gigantismo agudo propio de la arquitectura china moderna: Escalinatas columnas, frontones… y un muy hermoso jardín.

Sueño con dormir, pero, a mi gran asombro, me llevan al desierto comedor, encienden las luces, despiertan al camarero. En el programa estaba previsto ofrecerme un banquete de bienvenida (los chinos llaman banquete a cualquier comida oficial, único festejo posible a falta de reuniones, fiestas o baile), y, aunque sean las cinco de la madrugada y mi avión llevara un enorme retraso, si la cena está en el programa, pues se cena. Me enfrento, palillos en mano con extraños manjares que engullo sin discusión por el aquél de la amistad de los pueblos, y brindo. Ahora represento al “pueblo español”. Así, con la bravura reconocida de mis compatriotas, trago muy a duras penas uno de los más apreciados platos: los “huevos de mil años”, huevos negros, con la clara verde, conservados en cal. Una sopa con cierta planta marina que sabe a gafas me tortura a continuación. Pero lo demás está bueno aunque apenas puedo darme cuenta de nada. Me tiende el responsable un fajo de billetes como anticipo. Acostumbrada a desembarcar con cuatro cuartos en la dura Europa, a buscar trabajo y pasarlas negras, de entrada es un cambio notable. Pido café al final.

Diciéndome que aún estaré tres días en Pekín, me llevan a mi habitación y se despiden, no sin haberme preguntado:

– Mañana por la mañana, ¿visitamos el Palacio de Verano?

– No, no. Quisiera dormir, camaradas. Ya lo visitaremos por la tarde.

Me quedo sola. Es un apartamento grande, con dos habitaciones, cocina, cuarto de baño y pasillo. Saco lo indispensable de las maletas y me ducho. Amanece. Las ventanas, cubiertas con tela metálica, no revelan sino un muro y un edificio similar al mío por un lado, una verja y una entrada guardada por una garita con un soldado por el otro. Cierro puertas y visillos y, con el placer sibarita de dos noches de sueño atrasado, me introduzco desnuda entre las sábanas, limpias con una delicia extrema. Son las seis del 25 de agosto de 1973, primer día en la República Popular China.

La habitación del hotel –como el coche, como el aeropuerto- lleva veinte años atrás; pesados sofás y sillones con tapetitos de ganchillo, cómodas de madera achocolatada… y el cuarto de baño sobre todo, con su bañera y sus grifos como los de casa de mi abuela. El débil voltaje de las bombillas contribuye a crear el efecto. Y sin embargo este cuarto de baño y estos radiadores de calefacción tan poco aerodinámicos son lujo extraordinario en el país. Encima del mantelito de plástico floreado, un altar doméstico que no falta en rincón alguno de la vasta China: la bandeja con tazas y el termo lleno de agua caliente. El agua no sólo se toma siempre hervida, sino humeante. Cuando digo que en occidente la tomamos fría se extrañan de que no enfermemos.

Los ojos libres de sueño y llenos de curiosidad, observo por la ventana el trasiego de ciclistas y el centinela. Los que me recibieron en el aeropuerto vienen a buscarme. En un coche (los coches son siempre del Estado, excepto algunos pertenecientes a diplomáticos extranjeros) que toca el claxon sin parar me conducen a visitar la Ciudad Prohibida, el Palacio Imperial. Pekín es una ciudad tan extendida como mantequilla en una buena lonja de pan. Casas de uno o dos pisos, cuatro en las afueras. No cabe duda de que no hay problemas de especulación del suelo. Pekín a primera vista más parece una serie de pueblos que una capital, con sus patios, su aspecto rural. Escasos coches y muchas bicicletas, triciclos camiones. Gigantismo. Inmensa plaza de Tien An-men, inmensas columnas del Museo de Historia y las de la Asamblea Nacional. En el centro de la plaza, el monumento a los héroes del pueblo (un obelisco con frases de Mao Tse-Tung y una base cuadrangular con frisos) escapa algo a las desmesuradas dimensiones y los relieves tienen expresión. Enfrente, la muralla roja de la antigua ciudad imperial: la Ciudad Prohibida, hoy parte de ella abierta, con sus pabellones y tesoros, al continuo público, parte afectada como residencia a los miembros del Gobierno, bien aislada. Tomando como fondo estos monumentos nacionales, la gente hace cola para fotografiarse en posición de firmes.

 

 

26 de agosto

 

Apenas recuerdo nada de aquellas visitas. Posteriormente, sola y tranquila, he disfrutado de las grullas metálicas y de los exquisitos puentes de mármol labrado. Por entonces se cumplía la formalidad de mi visita. Tao, el responsable de la Oficina de Extranjeros de Sian, evidentemente miembro del Partido, corría y fumaba como una locomotora y no llevaba tras él sin aliento. Era un hombre de cuarenta y tantos, no hablaba lenguas extranjeras –lástima-, cara campesina cruzada por maliciosas arrugas, más salado que las pesetas. El profesor de inglés venido con él tenía una tersa e inocente expresión. En cuanto a la intérprete del hotel, Sui, pese a ser menuda y aparentar mucho menos de sus cuarenta y siete años, el bigote fosco infundía respeto y el pelo cortado a lo tazón y apuntalado con horquillas no arreglaba las cosas. Me enteré con asombro de que tenía una hija.

Por la noche, siempre con mi escolta, presencié la apertura del Torneo del Tercer Mundo de tenis de mesa. Allí una voz truena, en castellano, en mi dirección, varias gradas más abajo:

– ¡Así que hay una española y nadie me dice nada! ¡Ven acá!

Voy, y conozco a Ruiz. Ruiz tiene sesenta años, una humanidad adiposa y robusta, es gallego y tan español como sólo saben serlo los españoles exiliados. Me cuenta, a abrumadores borbotones, su historia. Este es su décimo año en China. Le falla el corazón. Enseña español. Con voz retumbante, cargada de saliva, me da la bienvenida en compatriota.

– ¡Este cabrón sabía que estabas aquí y no me ha dicho nada!

Se refiere a Ho, intérprete de español del Hotel de la Amistad que le acompaña. Ho es muy delgado, jesuítico, con calvicie precoz, cosa rara en los chinos, que suelen tener espesas cabelleras que sólo encanecen a edades muy avanzadas.

Ruiz anida, como todos, en el Hotel, pero su gruta es más personal. Cocina y come en su casa. Se ha ganado un apodo de alacrán del que se siente feliz y se pavonea de su fama de hombre solitario, sometido a crisis de melancolía, ternura, ostracismo y cólera. Ha reñido con todo el mundo excepto con un pequeño número variable de extranjeros que le permiten gozar de auditorio para criticar al resto.

– ¡Hola, maricón de playa!- grita en dirección a Alberto.

– ¡Hola, hombre! ¿Ya encontraste a la españolita?

Alberto es un centroamericano que me abordó ayer en el club. El club es una especie de casino semidesértico, con dos mesas de ping-pong, sillones, mesitas, alguien sorbe su cerveza, dos juegan a las cartas. He aterrizado en un sofá, sola y sin escolta. Entonces se acercó Alberto. No ha tardado en exponer su triste situación, separado de su adorada esposa y tres hijos (lo que no le impide capitalizar cuanta mujer se presenta a tiro); tiene ojos aterciopelados y bigote chorreando miel. Llora acompañándose de una guitarra. Será mi compañero asiduo durante esos días en Pekín y me telefoneará a todas horas. Alberto es uno de esos pocos que Ruiz recibe. Ellos dos me abruman de recomendaciones, protección, consejos.

De todas maneras, hay pocos extranjeros en Yui Pin Wan. Durante la Revolución Cultural (los chinos dicen siempre “la Gran Revolución Cultural Proletaria”) la atmósfera se les puso a los occidentales lo bastante insoportable como para que tuvieran que irse la mayoría. Algunos, que habían tenido relación con grupos más tarde calificados de ultraizquierdistas, estuvieron presos durante años. Se prohibió luego a los extranjeros que participaran en la política y se cortó la entrada de especialistas. De todas formas los centros de enseñanza estaban paralizados; o se discutía o los profesores estaban reeducándose en el campo o en las fábricas. La mayor parte de los cooperantes llegaron hace cosa de diez meses. Las inmensas instalaciones del Hotel de la Amistad, su gran comedor, son desproporcionadas para el puñado de personas que las habita. El bar en la terraza –metros cuadrados de sillas y mesas vacías sólo accesibles por la noche a fin de que no se pueda ver nada desde arriba- es simplemente fantasmal. El club –en el que apenas se vende otra cosa que naranjada y cerveza y donde la Revolución Cultural anatematizó el baile- es un velatorio. En la inmensa sala de proyección una docena de personas mira un documental deportivo.

Voy trabando conversación con un matrimonio francés, unos peruanos…

– ¿Dónde trabajas?

– Me marcho a Sian.

– ¡A Sian! ¿Qué has hecho para que te manden allí?

– Paul, ¿sabes de alguien que enseñe en Sian?

– No hay ni un extranjero. Luc se fue cuando la Revolución Cultural. Desde entonces no ha ido nadie.

– Pero hay otros que van contigo; mira, los que están en aquella mesa del fondo. Vienen de Sri-Lanka.

Miro. La intérprete me habló de ellos. Son ya mayores, entre cincuenta y cinco y sesenta y tantos. Él tiene un aspecto patriarcal y fatigado a causa del asma, es corpulento, pelo blanco, piel oscura. Ella, una inglesa, fue ciertamente muy bella; el pelo casi blanco en moño tirante despeja un perfil aquilino perfecto y los ojos, vivos y duros.

– ¡Oh, no la asustéis! En Sian habrá seguramente mejor atmósfera que en este hotel, y, además, podrás aprender chino, cosa que no hemos conseguido ninguno de nosotros.

– Quiero vivir con los chinos.

Hay intercambio de miradas y sobreentendidos.

– Vivirás, como aquí, en el hotel en que te pongan.

Ruiz rezonga mientras saca vasos y el licor de las ocasiones. Sentados en la alfombra, Alberto y yo le escuchamos.

– ¿Cómo se les ocurre mandarte ahí? ¿Quién te dijo que Sian estaba bien?

– El secretario de Amistades Belgo-Chinas.

– Pues es un hijo de puta. ¡Qué barbaridad! Mandarte sola a aquel desierto…

– Pero es una ciudad grande. Tendré amigos chinos…

– ¡Amigos chinos…! Te voy a explicar el plan. Conozco Sian y el instituto al que vas a ir. Estarás en un apartamento del hotel, que es inmenso y prácticamente para ti sola. Te llevarán y te traerán al instituto en coche, y de paseítos  nada. Los extranjeros son rarísimos en Sian y siempre en vehículo. Todo alrededor es terreno militar, vas andando por una calle y te dicen que no puedes pasar. Luego intentas otro hasta que te dicen lo mismo. De todas maneras la ciudad es horrible y todas las calles se parecen.

– ¡Con razón te tenían los chinos en Pekín tan copada y apartadita, para que no hablaras con nadie! –tercia Alberto.

– Aquello podría convenir a un matrimonio dispuesto a ahorrar o a alguien mayor, ¡pero una persona joven! Es la neurosis segura, enterrada en vida.

– Pero no puedo decirle que no.

– Tú haz lo que quieras. No dirás que no te aviso. Yo he cumplido con una compatriota. Si tienes vocación de Santa Teresa o de anacoreta, vete. ¡Si me conoceré yo esto llevando aquí diez años!

– Pero ¿qué hago?

– Ponte enferma. Pide ir al hospital. A nada tienen más miedo que a que le ocurra algo a un extranjero.

– Que te busquen un puesto en Pekín. Seguro que hay institutos en los que les hace falta gente. Además yo estoy pidiendo irme con mi familia hace meses y no quiero que me lo alarguen más de Navidad. Podrías enseñar en mi escuela- propone Alberto.

– Ruiz, ¿conocías tú a un francés  que enseñó en Sian hace unos años?- le preguntó.

– ¿A Luc? Claro que le conocía. En cada vacación que podía se venía a Pekín y se echaba en la alfombra, ahí donde tú estás. Contaba cómo era aquello. Me pedía que le pusiera música, lloraba…

– Y ¿por fin se fue?

– Por supuesto. Se volvió loco.

Interesante panorama.

Tengo pues que plantear el problema mañana temprano. Si no lo hago ahora, una vez que me encuentre en el avión no habrá nada que hacer.

Y yo, que aún veo humear mis naves tras de mí, que he cerrado la puerta del apartamento al salir –donde va a entrar el que fue mi marido- dejando hasta el último cuchillo en el cajón de los cubiertos, las sábanas en el armario, las agujas en el alfiletero, mi ropa repartida, mi trabajo cancelado; ahora, dentro de ocho espesas horas, voy a enfrentarme con toda esa organización. Me zumba el cerebro entre tanto dato desconocido, tanta situación inesperada.

Son las dos de la mañana y acabo de acostarme. Por la ventana veo la garita del soldado que guarda nuestras valiosas vidas por el aquél de la lucha de clases. Es otoño. Vivo las horas tan intensamente que me parece mentira el poco tiempo transcurrido desde que entré en China.

Me llaga, como humedad, el clima del Hotel. Gente obligada a convivir, murmuraciones, rencorcillos, y el problema sexual aunque la gran mayoría sean matrimonios con críos. Las relaciones con chinos o chinas están excluidas y entre ellos mismos hay un puritanismo de “magna cum laude”. De los extranjeros, hay maoístas teológicos, escépticos y vividores.

Los chinos son extremadamente correctos y la medida de su comprensión voy a tenerla claramente cuando les vea afrontar mi problema. Ni el contacto ni la vida aquí serán fáciles, pero es necesario e indispensable intentar ahondar.

Estas páginas me sirven para llenar los minutos, hinchados de angustia, de esta noche de insomnio. Es sencillamente asombroso por mi parte escribir algo parecido a las cuarenta y ocho horas de llegar, cuando nada más cierto que, al bajar del avión, me hubiera encaminado alegremente, no ya a Sian, sino al último rincón de Manchuria o de Singkiang, y eso agradeciendo mi suerte. China no es un paréntesis turístico, una “aventura”, una “experiencia” tras la cual me reintegraré a mi lugar y mi mundo. Ni el tal lugar ni el tal mundo existen. Hubiera quemado mis naves bien quemadas y me hubiese marchado entera y toda hacia delante, y, ¿heme quejándome porque en Sian no hay extranjeros?

Tras la primera entrevista, se me pidió, dejando en suspenso el problema, que tomara unos días de descanso y reflexión en Pekín. Mi negativa a marchar a Sian, en un país en el que cada individuo pertenece estrechamente a su unidad de trabajo y es imposible cambiar de lugar motu proprio, resultaba inimaginable. En días sucesivos recibí la visita de importantes responsables del Buró de Extranjeros de Hotel. De nuevo las innumerables tazas de agua caliente,, los visitantes sentados en semicírculo preguntándome afablemente por mi salud y por mis impresiones de las bellezas de Pekín para, sólo al final, abordar el problema.

Llegamos a un acuerdo. Yo iría a Sian, pero únicamente hasta enero, fecha en la cual Alberto dejaría disponible su plaza en un instituto de Pekín.

 

 

– Has hecho bien, no tenías otra salida- me asegura Ruiz- Si te han dado su palabra, la cumplirán. Les has desconcertado. Es la primera vez que alguien rehúsa ir a su punto de destino. Para su burocracia es una papeleta. Llévate esta radio. Es un modelo de 1945 pero funciona. Podrás captar emisoras extranjeras. Te será de gran ayuda. ¡Qué meteduras de pata tienen a veces estos chinos! Claro, yo lo que tenía que hacer es callarme y no meterme en camisa de once varas; si te mandan a Sian como si no. Pero, digan lo que digan del viejo Ruiz, echo una mano, y más a una compatriota. Te mandaré boletines de noticias y te tendré al tanto de cómo van las cosas.

– Gracias.

– ¡Qué gracias ni qué cojones! Como repitas eso sales a patadas.. Yo soy así, para que luego vaya murmurando de mí esta gentuza del Hotel…

– Conmigo te has portado muy bien. No se me olvidará.

Ruiz se pone incandescente de satisfacción.

– ¡Ánimo, españolita! Te escribiremos- dice Alberto, con el bigote rezumando miel- ¡Tan linda y tan solita…! Si yo no hubiese tenido mi familia…

Cuánta dulzura y que curiosa se reveló con el tiempo la fermentación de esta azúcar.

 

 

 

28 de agosto

 

Ha lloviznado. Hace casi fresco cuando entro en mi habitación después de cenar. El sueño llega pronto en Pekín, excepto cuando las veladas en casa de Ruiz se prolongan hasta más de la una.

Ruido, ruido insólito de zambombazos, de motores. Telefoneo a Alberto.

– ¿Oyes?

– Se siente uno como en su país, con los golpecitos de estado.

– Aquí lo dudo.

Por el callejón veo pasar camiones en hilera sobre los cuales grupos tocan tambores y platillos.

Se trata de la celebración de la clausura del X Congreso Nacional del Partido Comunista Chino. En la plaza Tien An-men se irán reuniendo grupos enviados en representación de todas las entidades, que aclamarán, al son de gongs, címbalos, platillos, tambores, la feliz conclusión de los trabajos de los delegados, ante edificios enguirlandados de bombillas. Ambiente pues de kermess política, de jubileo, tras el secreto y cerrado congreso, que no ha durado sino del 24 al 28 de agosto.

 

CAPÍTULO III

 

 

SIAN

 

 

30 de agosto

 

 

Hacía buena mañana cuando despegamos en un aparato de servicio interior pequeño. En la carlinga, bastante escueta, se tenía frío y silbaban los oídos. Nos dieron frutas, té y caramelos. Tras Pekín, una gran mancha gris, volamos sobre kilómetros de llanura. Luego crestas de montañas bajas, y, a continuación, una definitiva meseta de arcilla ocre horadada, como un cuchillo caliente sobre mantequilla, por sus ríos, lamida por las lenguas gigantes de un rebaño que partió hace millares de años. Es una extensión de barro cocido al sol y al viento, ondulado, resquebrajado en bloques y hondonadas.

Llegamos a Sian una hermosa mañanita de otoño diríase madrileño (de los tiempos en que Madrid existía), antes de transformarse en estercolero de humos). Ya se me había indicado que el clima de Sian tiene fama de ser el mejor de China. Sin duda es de los mejores, y recordaba al alto y seco de Castilla, con la pureza impecable del cielo azul, sin las tormentas de viento y polvo que azotan regularmente Pekín.

Al descender, esperaban los dirigentes del instituto. Me presentaron a diversos responsables. “Responsable” o cuadro, es el elemento imprescindible de frases, relaciones, presentaciones, etc, y había grandes cantidades, un responsable para cada cosa y ninguna sin su responsable. Por coincidencias de la vida, los responsables resultaban ser siempre luego miembros del Partido. Frecuentemente no me era fácil saber el cargo que ocupaba una persona pero, a poco que se observara, era evidente que la que tenía poder de aprobación y decisión era miembro del Partido.

El paisaje de Sian, con sus espesas filas de álamos tan verdes contra el cielo, alegraba la llegada. Se me introdujo en la sala de espera para que descansara. A cada momento, tras la más pequeña actividad, el ritual para extranjeros dispone un “siu si” (descanso) en la sala de visitas preparada al efecto, salas idénticas que en invierno son auténticas neveras. La disposición de todas ellas era exactamente la misma, en Pekín y en Shanghai, en Cantón y en Sian: tresillo cubierto con fundas de tela para preservarlo, sillas, mesa rectangular, ceniceros, cigarrillos, cerillas y tazas para el té. A veces mantelitos de ganchillo. Y en las paredes, inevitable, la “Penteidad”: Marx, Engels, Lenin, Stalin, alineados frente al retrato de Mao.

Entre los responsables, hay una mujer ya mayor, afable, de salud delicada. Preocupada por mis piernas desnudas (llevo un vestido de verano) me toca las rodillas y no consigo convencerla de que no tengo frío. Pese al cálido otoño, los chinos llevan ya todos sus dos pantalones –interior y exterior- si no tres. El chino protege y conserva celosamente su calor corporal. Durante buena parte del año se viste con innumerables prendas, unas sobre otras: camiseta, camisa, tres, cuatro y hasta cinco jerseys, un pantalón interior de algodón espeso, otro de lana y otro exterior de tela. Cuando empieza el frío a todo esto se añade una chaqueta enguatada protegida por otra de tela oscura, en colores sufridos –añil, gris- que les da ese aspecto monótono de ir en guardapolvos nacional. Además de la funcionalidad, hay ciertamente la presión de la moda del perfecto proletario que hará vestirse a un oficinista como un torero. La calefacción es tardía, rara e insuficiente, lo que explica el perenne enguatamiento. Añádase el factor de la economía en las compras y el racionamiento de telas.

No era cuestión de escandalizar con mis faldas, que, sin ser mini, allí lo eran. Pensaba encargarme rápidamente un traje tan chino como el que más. Entretanto consulté con mi intérprete, que me aseguró vivamente que debía vestirme como mejor me pareciera, y, dado el desconocimiento de los extranjeros y la sorpresa que inevitablemente producíamos, yo estaba segura de que podía salir con una piel de tigre sin mayor efecto que el de costumbre. Continué con vestidos hasta mi primer pantalón chino y la primera lluvia de Sian.

 

 

 

Septiembre

 

 

Voy conociendo a las autoridades del instituto. El subdirector, Shi, es un septuagenario que va y viene en bicicleta a la escuela. Pequeño, cráneo delicado, amplia frente, ojos vivos, todo denuncia al erudito. El director es ahora otro, algo más joven y al que se ve raramente por la escuela. El señor Shi era director antes de la Revolución Cultural –se me explica- pero fue criticado durante ésta. Hoy el camarada Chang, del comité revolucionario del instituto, ocupa el puesto de director.

– Y ¿cómo es que el camarada Shi continua de todas formas en la dirección si ha sido criticado?- pregunto.

Todos ríen. El interesado responde, afable y jovial:

– Hice mi autocrítica y fui reintegrado.

 

 

– Ahora usted descansará unos días- me dicen.

– Pero si no estoy cansada en absoluto.

– Y visitará algunos lugares. Los dirigentes del comité revolucionario de la ciudad y los del instituto le ofrecerán hoy un banquete. (La palabra “banquete” ha dejado ya de sugerirme boato y candelabros. He asimilado que es toda invitación oficial a una comida).

La persona que me ha sido asignada como intérprete, acompañante y amiga oficial es Mei, una mujer de cuarenta años, bastante atractiva y que representa menos, aunque, mirándola muy de cerca, le recubre la cara una red de arrugas finísimas, como hilos de seda. Mei dirige, junto con un hombre llamado Hao, la sección de español del instituto. Ella y él son miembros del Partido. Mei y un auxiliar de Tao me acompañan al que será mi alojamiento en Sian.

El coche –siempre con cortinillas que aparto febrilmente- atraviesa la ciudad con gran aparato de claxon, tuerce, bordea un muro, frena ante la verja, pasa frente a la garita de los soldados centinelas, se detiene ante un edificio cuya inmensidad me es difícil abarcar de una ojeada. Es el “Renmin Ta Sha” (Gran Hotel del Pueblo), un monolito de cemento gris tras el cual hay otro edificio más o menos gemelo, formando ambos, junto con algunos árboles, parterres, fuentes, consignas y su buen muro todo alrededor, el hotel. Asimismo existe anexa una pequeña tienda y una oficina de correos. El monolito es un rectángulo de 45 ventanas de largo, 6 pisos de altura, el centro, más elevado, está cubierto por una bóveda, y a ambos lados se continúa con dos cubos de cuatro pisos. Una estrella roja es la guinda que remata este pastel soviético. Entre la entrada, con su escalinata y columnas, y la verja negra y amarilla sólo falta el puente levadizo. Todo a lo largo de la terraza se lee en grandes caracteres rojos: “¡Firme apoyo a la lucha revolucionaria de todos los pueblos del mundo!”, “¡Manteniendo en alto la gran bandera roja del pensamiento maotsetung marchamos adelante valientemente!”. Citas de Mao flanquean la puerta y las fuentes.

Un enjambre de encantadoras camareras y Mei me muestran el que será mi hogar, en el primer piso. El verde oscuro de las paredes come bastante luz. Como en Pekín, muebles y bañera me transportan al pasado. Hay un salón y un gran dormitorio con camas dobles, de las que me ofrecen, si me molesta, quitar una. Apunto que me gustaría que otra profesora, si le viene bien, durmiera en ella. Mei me mira como si le estuviera tomando el pelo.

– Naturalmente  nadie más va a dormir aquí- dice.

(No, y en cuanto a Romeos, me está pareciendo que…)

– Haced como queráis con la otra cama. Mucho me temo que, en efecto, no se va a usar.

Como en los cuentos, camareros y camareras muy jóvenes y muy desocupados se interesan por mis menores deseos. Froto la lámpara y varios genios se me aparecen con bebidas, pasteles, ropa limpia. El apartamento frente por frente con el mío es el reservado al personal de la Oficina para Extranjeros. Cuatro puertas más allá se encuentra el matrimonio ceilanés. Los pasillos alfombrados se prolongan en tubos sombríos, puertas cerradas, habitaciones sin sonido.

– Mei, no voy a quedarme en un hotel en permanencia. He venido a china para vivir con los chinos y como los chinos.

– Los amigos extranjeros siempre viven en hoteles. Nuestras casas no tienen comodidades.

– ¿No habría manera de conseguir un pequeño apartamento, alquilar…?

– Las casas son propiedad del Estado. Nuestro país es diferente; todo está ordenado.

Miro el salón, el dormitorio, los antiguos muebles castaño, los altos techos, las paredes oliva.

– Quizá a alguna profesora que tenga familia fuera le interesaría vivir también aquí conmigo. Es muy grande.

– No creo que nadie quiera venir. Voy a acompañarla al comedor y me marcho. Descanse luego. Vendremos a buscarla para el banquete esta tarde.

El comedor está en el entresuelo. El techo, en artesonado pintado de negro con dibujos, se come parte de la luz, débil de por sí. Mesas vacías, sillas vacías, biombos prestos para ser desplegados, camareros expectantes, con las manos vacías, un cubierto dispuesto.

– Es su mesa.

Molecular, ínfima, tomo posesión de este universo deshabitado. Al fondo, una parte de la sala está dividida por una separación de madera y tras ella se adivina gente que come.

– Son chinos. Este es el comedor de extranjeros. Bueno, me voy para allá.

Digo a Mei que me acompañe, que yo pago la diferencia o pedimos el menú de al lado. Ella duda, pero se queda. El camarero es un muchachito muy vivo, que estudia inglés en sus ratos libres y los practica con los clientes. El ambiente me impide apreciar los ricos y abundantes platos. El cocinero se acerca para ver si me gustó y pedirme que solicite cada día los platos que prefiera.

– Es raro que no haya nadie.

– Vienen turistas extranjeros a Sian, pero se alojan en el otro edificio y comen en el restaurante del tercer piso. Este es para los expertos extranjeros.

Ya. En este hotel semidesértico, cuyos ocupantes cabrían en un puñado de habitaciones, se ha colocado a los cooperantes –tres- en uno de los edificios (por él también pasan de cuando en cuando, proa a alguna de las múltiples reuniones, autoridades autóctonas y chinos de ultramar de gira) y a los turistas en el otro, y a este fin se mantienen ambas construcciones en uso (calefacción, servicio, limpieza, etc). Separación, compartimentación. Separación, compartimentación. Que su mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, para lo cual ponemos un biombo entre las dos. Una vasta red de esclusas que desembocan en recuadros determinados, a su vez incomunicados con los demás recuadros, que se abren en momentos determinados llevando consignas determinadas a personas determinadas; el panel ante las puertas impidiendo la visión directa del interior, antes para desorientar a los malos espíritus, que se desplazan en línea recta; hoy velando el patio y las habitaciones de la casa al transeúnte. “¿Quiénes son esas personas?” –pregunto-. “No sé, no son de nuestro grupo”. –“¿Qué pasa allá?”- “Lo ignoro. Vamos. La esperan en el hotel”- Orden. Orden. Todas las entidades están rodeadas de un muro. Las casas típicas de Pekín son también un muro rectangular de ladrillo gris dentro del cual transcurre la vida, en habitaciones que se abren al patio interior. “Por aquí. Por allá no; por allá van los otros”. No mezclarse. Unir lo preparado a ser unido, a ser comunicado. “¡Si no, sería el desorden!”. El Desorden es el Mal. Una fina red de entidades, unidas, con sus canales y sus apartados, esto en vista horizontal desde arriba. Pero si colocamos el sistema en vertical, es idéntico el panorama: células pero no en contacto directo, sino comunicadas por ciertos canales por los que fluye de arriba abajo el líquido predigerido. Panal inmenso con sus esclusas abriéndose y cerrándose en orden. Comité, comités, Comité Central. Biombos, ropa superpuesta, botones, candados. –“¿Esa habitación…?”- -“No. Es por aquí la ruta de visita”-. Cortinillas. Salas reservadas en los restaurantes. Carretera y campo cuadriculados. Y alguna que otra inmensidad oficial en vertical o en horizontal –plaza, avenida, monumento- bordeada por la fina red de cuadrículas.

 

Con la extranjera que soy se ejerce una tolerancia total respecto a mis costumbres y, si algo llega a chocar, se disimula perfectamente. En realidad, el que una mujer joven como yo fumara, bebiera, etc, era un detalle ínfimo que se perdía en el escándalo radical de mi persona como tal, por el físico, por los gestos, por el caminar, por la voz, por la presencia. Extranjera fui en Francia, en Bélgica, en Túnez, en Italia y Yugoslavia, en Gracia, Holanda, Argelia, pero nada es comparable a la extranjereidad en China, no ser ni hombre ni mujer, ni joven ni vieja, sino un ser exterior, un ser de otro planeta. Desgraciadamente, tras la capa física (apariencia, gestos, expresiones) que en todo país es posible con coraje y paciencia atravesar, se encuentra en China la firme voluntad aislacionista del sistema de relegar al extranjero a su reserva, de impedir contactos individuales, espontáneos. Esa extranjereidad es algo creado, mantenido, favorecido por el poder de forma perfectamente consciente.

Se me lleva a hacer algunas visitas durante los días de agasajos preliminares, antes de mi estrada en funciones. En coche –milagrosamente no precedido de motoristas- me conduce mi escolta a visitar la Torre de la Campana, en el centro geométrico de la Sian moderna. Este campanario fue centro de la ciudad imperial en tiempos de los Tang (618-907 d. de Cristo). En su base cuadrada se abres cuatro grandes puertas y en el primero de los tres pisos hay una hermosa campana de hierro del siglo XV. Como de costumbre, la joven guía explica la historia del monumento, la preocupación del gobierno por su restauración, mientras se bebe el té ritual. Desde las ventanas miro hacia abajo y trago saliva: una multitud espesa se ha congregado en torno al coche y a la torre, observan las ventanas a su vez. La escolta me abre paso hasta la portezuela. Cuando entro los rostros se aplastan contra los cristales de las ventanillas. De ninguna manera debo perder la paciencia. Sonrisa y sangre fría; esto es al principio. Los espectáculos escasean, no van a perderse uno gratuito. Para más anonimato, el coche toca continuamente el claxon.

– Mei, quiero hacerme un traje chino.

– Pero usted puede vestirse como quiera.

– Quiero un traje chino, lo más chino posible. Y el pelo… al fin y al cabo soy morena.

– ¡Morena! No; es rubia.

– ¿Rubia yo? Tengo algunos reflejos rojizos; se me aclara con el sol. Pero rubia, no.

– Me pondré una gorra.

¿Y la cara? Una bufanda. El gran problema es la nariz. A los niños se les escapa de cuando en cuando un “ta pidza” (nariz grande) cuando pasa un extranjero. El caballete nasal de los chinos es bajo y achatado. Esa nariz delatora… Subirme la bufanda… En cuanto a los ojos, demasiado grandes, ya pensaré. El intérprete de Pekín me aseguró que en Sian, si me vestía con pantalones, no me mirarían mucho.

Las visitas de rigor continúan –claxon, multitud, explicaciones, té, multitud, claxon, claxon, claxon…

– Vamos a pie; está muy cerca. Vamos a pie; está muy cerca. Vamos a pie.

– Los amigos extranjeros van en coche.

– Me gusta andar, y en coche llamamos más la atención.

– Saldremos otro día a dar un paseo por el parque. Lo organizaremos para el domingo.

Tao y los demás hacían evidentemente todo lo posible para agasajarme, y con la mejor voluntad. Paciencia, un poco más aún de honores ministeriales, cumplir el expediente, y luego vivir realmente con los chinos, vivir en China.

“Esto sólo va a ser el principio… Desde luego el instituto está muy lejos para ir andando pero me compraré una bicicleta, una de ocasión. Aprenderé en el patio de deportes, a la hora de la siesta, que no hay nadie… Los trajes chinos, tengo que ir a comprar la tela y llevarla al sastre. Mei dice que el domingo vamos, pero eso de estropearle a ella el día, en vez de estar con su familia. Pobre mujer. Qué lata le ha caído conmigo, y lo peor es cuando me contesta que acompañarme es parte de su trabajo; entonces si que me parte por la mitad. Amigos por fuerza. Penoso. ¡Qué no daría yo porque viniera alguien conmigo porque sí, porque le gusta estar conmigo, porque le agrado como personal. Pero con el traje chino, en bicicleta, voy a pasear sola, ir a restaurantes, y, según vaya aprendiendo a hablar, charlaré con la gente. Siempre me llevo mejor con la gente rasa que con los cuadros, ¿por qué no con esta? Ya tengo mi horario de clase hecho, me enseñarán Pei jua (la lengua de la capital) Chung y Fan, que parece ser tienen el acento modelo, el de Pekín. Hablar con ellos, con la gente del pueblo, aprender… Seguramente, tanto como se recalca el internacionalismo, les gustará que les hable de otros países, me preguntarán; también me contarán cosas. Sin embargo es raro que hasta ahora nadie me pregunte nada en realidad sobre Occidente. Me pidieron que les de una conferencia semanal sobre España y América Latina. La graban, la escuchan luego para ejercitarse en la lengua, pero ¿dónde está la curiosidad real por otras gentes, por otros lugares, el interés por otros sistemas? Y no se puede decir que callan porque ya saben. En conocimientos del exterior están a un nivel bajísimo: masas haciendo la revolución repartidas por lotes y continentes, minorías explotadoras, las guerras mundiales y algunas otras, como la civil española… y eso sin elementos concretos, a base de juicios ya dados por sus monitores.

Miran , y, en cuanto me paro, aprietan alrededor. Mirar a mi vez a los ojos es un buen método para abrirme paso, no tienen costumbre.

Los niños son preciosos. Siempre me gustaron los críos sin pasión; ni más ni menos que los adultos, pero hay que reconocer que estos niños chinos son de escaparate de juguetes, las cabezas redonditas, apenas nariz. Me aplauden. Me muero de ganas de tocarlos, pero cuando me acerco se les va el aplauso y la sonrisa y echan pie atrás. Debo parecerles muy diferente, claro que muchos de ellos es posible que no hayan encontrado jamás extranjero alguno, puesto que los últimos se marcharon durante la Revolución Cultural, en el 67, y han pasado 5 años.

Se acostumbrarán a verme. No importa, Mei, no importa; no te preocupes, no les digas nada. Me han visto hoy unos cincuenta. Ya son cincuenta menos, que no se asombrarán mañana. Tengo que salir… Tengo que salir”.

– He oído que quiere usted salir sola.

Wei, el ayudante de Tao, se hace traducir por Mei, en mi despacho, la misión oficial para la que se le ha enviado.

– Naturalmente que pienso salir sola. ¿Qué hay de especial en ello?

– Es que, como sabe, tenemos la responsabilidad de los amigos extranjeros, una gran responsabilidad. Les preparamos visitas y espectáculos y siempre se les acompaña.

– Pero, camarada, yo no soy una turista de paso. Vivo y trabajo aquí. Debo hacer una vida normal para integrarme pronto; eso es vital para mi trabajo, para ustedes y para mí, de modo que yo aprenda lo más posible y además me sienta a gusto.

– Claro, usted puede pasear, pero con alguno de nosotros. Tenemos la responsabilidad de facilitar su estancia.

– A veces iré con alguien, pero a veces iré normalmente, sola, como en cualquier lugar.

– Eso no es posible. Es peligroso.

– Vamos…

– Sí, hay hombres malos.

(¡Dios aprieta pero no ahoga!, pienso con goce diabólico)

– No creo que haya más ni más malos que en cualquier país de los que he habitado, al contrario; menos aquí. Todo el mundo sabe que en China hay muy poca criminalidad.

Wei mueve la cabeza con disgusto y luego, como quien transmite un secreto.

– En nuestro país aún hay lucha de clases, ladrones, etc, la atacarían quizá para dejar mal a nuestro gobierno.

– ¡Qué no es para tanto! En todos…

– Sí, sí- interviene Mei directamente con calor –Hay hombres malos, malísimos.

– Ya, y entonces tengo siempre que ir con una escolta. Pues no. Para condiciones tan especiales hay que avisar antes. Describes China como si estuviera en guerra y estado de excepción –para extranjeros-. Y, como aun y cuando haya lucha de clases –como en todos los sitios- no hay guerra, yo no voy a vivir sin ninguna libertad. Lo siento, pero necesito indispensablemente pasear sola y tranquila.

Gran consternación.

– Por supuesto, usted tiene libertad de ir donde quiera, pero debemos velar por su seguridad.

– Mis compañeros de Pekín van solos por todos sitios y no voy a ser menos.

– En Pekín los servicios de seguridad están organizados mucho mejor que en Sian.

– También hay, como en todas las capitales, más proporción de criminales. No puedo vivir sin libertad alguna de movimientos. Comprendo que queráis correr los mínimos riesgos pero no podéis tenerme como un pájaro en la jaula para estar más tranquilos.

Siguiendo la lógica de su razonamiento debería ir al Instituto en tanque y moverme con dos soldados ametralladora en mano, a cada lado.

– Ya hablaremos.

Wei se levanta, aliviado de concluir este tipo de entrevistas que son muy poco de su gusto. “Yo he cumplido. Ahora que el jefe se arregle con ella” se lee en su semblante.

En efecto, la vez siguiente es Tao, el eterno fumador, quien toma en mano el asunto. Tras los preliminares acostumbrados interesándose por mi salud y la marcha de mi trabajo, vuelve a la carga como si jamás se le hubiera expuesto el caso, y de nuevo repito yo con fatiga los mismos argumentos. Saldré como salen los de Pekín.

– Pero de noche no debe ir por callejones ni sitios solitarios.

– Tendré cuidado, claro. No quiero buscaros problemas.

Como al final de las conversaciones sobre mi viaje a Sian en Pekín, quedo exprimida. El tipo de discusión chino es terriblemente agotador; desde varios ángulos los interlocutores van limando por la base la determinación de la persona a la que exponen algo o quieren convencer, hasta que ésta ve caer su decisión, minada suavemente. Siempre transcurre todo según el mismo ritual: Puntualidad, cortesía, té, fórmulas ajenas al asunto, salud, trabajo; luego el “Hemos oído que…” y planteamiento del problema como si fuera enteramente nuevo.

Temía, temo, a estos tipos de discusión chinos con la presentación de intercambio de opiniones, etc. No son diálogos en realidad; su estructura psicológica es la de monólogos diversos, vectores apuntando todos en la misma dirección con el fin preciso de acomodar la voluntad contraria a lo decidido por anticipado. Por mucho que la persona que se opone hable, discurra, exponga, muestre, al atento y cortés auditorio, se encuentra con que éste al volver a tomar la palabra lo hace con los mismos términos y, sobre todo, por el mismo cauce lógico primeramente trenzado. Había algo descorazonador y terriblemente fatigoso en estas conversaciones “oficiales”. Su sola espera, sus preámbulos, sus conocidas pausas, el orden presentido e inexorable de las respuestas, tenían un efecto cierto sobre la tensión nerviosa del oponente.

– He oído que quiere usted ir en bicicleta al instituto.

– Pues sí. Aprenderé. Como los otros profesores.

– Usted tiene el coche del instituto a su disposición. Es muy peligroso ir en bicicleta. Aquí no es como en Pekín; la circulación  no está bien regulada.

Empecé el  aprendizaje en la bicicleta de Mei, que era de mujer, sin barra. Nunca tuve equilibrio ni agilidad y era necesario apuntalarme sobre la marcha. Yo sudaba, pero los tres profesores que sostenían y empujaban sudaban mucho más. Vinieron alumnos en su ayuda. No, entrenarse no era fácil, con los discretos vistazos de los alumnos en el horizonte. Nunca el campo de deportes estaba lo bastante solitario y, o la bicicleta o los profesores no estaban disponibles. Es necesario comprarme una de ocasión, pero las de mujer y pequeñas escaseaban.

Los chinos son expertos y desesperantes ciclistas. Hacen todo tipo de filigranas sobre sus dos ruedas, bajan y suben en marcha, ingrávidos, no utilizan para detenerse los frenos sino el pie. Zigzaguean, se entrecruzan, procedentes de un sendero lateral atraviesan fulgurantes la carretera, sin mirar a derecha ni izquierda. Los conductores de coche frenan a un centímetro de estos ciclistas, que les dirigen un vistazo de indiferencia y continúan, sin reglas de circulación, sin prudencia, y, por la noche, sin faros.

Nunca mis compañeros encontraban momento para acompañarme a comprar una bicicleta de ocasión, nunca sabían de alguna sin barra en venta. Y así, con tantos clavos pequeños pero bien puestos, mi esperanza ciclista se fue desinflando como un neumático.

No pedaleé pero cogí el autobús. Inmediatamente el profesor que me acompañaba y el revisor me pusieron en un asiento desocupado al efecto.

– Que no. Que se siente la persona que estaba ahí.

Pero nadie se sienta, todos miran, y no me queda más remedio que ocuparlo.

En los transportes públicos hay que dejar asiento libre al extranjero. En Pekín es regla bien conocida que el revisor se encarga de señalar un espontáneo para el acto de cortesía si nadie se levanta. Por muy cortés y delicada que fuera esta práctica, para el extranjero representaba una barrera y una distancia más. Para los chinos marcaba una posición de privilegio del extranjero. Un uso pues tan deferente como nocivo. Era penoso para cualquiera ver a una mujer mayor, a un hombre de edad, a un chino normal, ser alzados de su asiento para que el extranjero lo ocupara (a esto la lógica china hubiera respondido con seguridad: “Claro, si el extranjero fuese en coche como debe no habría problema”). Recuerdo con placer un hombre que, al indicarle el revisor que cediera su asiento, respondió que no le daba la gana y siguió bien sentado y denostando unos minutos. Fue un caso único.

En Sian ocurría que ningún extranjero había montado seguramente en autobús desde tiempo inmemorial. La gente no estaba preparada para tal eventualidad y ni se les ocurría dejarme el asiento. Miraban de reojo con asombro, hasta que mi acompañante secundado por el cobrador desalojaba a alguno. Enérgicas protestas mías. Al final opté por quedarme siempre de pie, estuviera el asiento vacío todo el viaje o no.

En Sian, como en Pekín, se practica el deporte nacional de la toma del autobús. No hay colas. El vehículo llega – antiguo, falto de algunos cristales, veterano de mil batallas -, ¡al asalto! ¡Todos a una! Pisoteo general, embotellamiento febril en la puerta, los de atrás empujan con las manos con toda su alma la masa delantera, las avanzadillas cubren a la carrera las primeras posiciones de asientos. Decía un latinoamericano que esos empujones y demás oprobios en su país hubieran costado muertes. Allí no había riñas. Que el autobús viniera lleno o vacío, que esperasen tres o treinta personas, nada influía en el ataque, en el rugby de los transportes.

 

 

“Se acostumbrarán a verme”. No, no podían acostumbrarse. Eran dos millones, otros muchos de paso como evidenciaban los numerosos hoteles pequeños, gente venida para sus asuntos a la capital de distrito. ¿Cuánto tiempo hubiera sido matemáticamente necesario para que dos millones me vieran? Me forzaba a salir, me forzaba a creer que yo me acostumbraba, que no me importaban las miradas, los gestos, pero éstos se me agarraban a la nuca, la curiosidad corría tras mis pies, mis pies que andaban deprisa, sin poder detenerse un segundo so pena de ser alcanzados por la ola. Ninguna tela se interponía bastante entre mí y esa extrañeza que era más que extrañeza: observación zoológica, molesta. Mi lugar estaba en el hotel como el del avestruz en el zoológico.

Quedaba una posibilidad: la sombra. Desde la ventana del «Renmin Tasha» miraba caer la tarde, medía el espesor del añil y, cuando lo juzgaba suficientemente oscuro, salía, enfundada en la chaqueta gris. Había que cruzar primero el inmenso patio cimentado, pasar bajo el foco cegador de la garita de los guardias. Bordeaba la verja por fuera y andaba. El otoño era cálido y la gente comía y vivía por la noche en la acera, junto a su casa, cenaban sentados en los minúsculos taburetes, en una mano el tazón, en otra los palillos. La entrada de las casitas daba directamente a la calle y sólo estaba cubierta por una cortina que la luz débil de una bombilla en el interior hacía transparente, así podía yo ver, como un diablo Cojuelo, retazos de sus viviendas y de sus vidas cotidianas. Eran habitacioncitas muy pequeñas en las que parecían transcurrir todas las actividades: se veía vajilla, camas (es decir, al estilo chino: una plancha con una estera o colcha encima) con sus mantas de algodón enguatado dobladas en un rincón, de forma que servían de asientos, los braseros de carbón para guisar, que muchos sacaban al exterior, todo ordenado en aquel pobre espacio, entristecido por el gris de las paredes, animado por la vida familiar, las cenas, los niños. Un intérprete del hotel me había dicho que esas casas eran las más pobres de la ciudad, antiguas viviendas de inmigrantes procedentes de otras provincias. Afortunadamente el alumbrado eléctrico nocturno estaba muy restringido. Andaba pues adaptándome a las zonas de oscuridad, por la avenida ancha, separándome de tiendas y portales con demasiados kilovatios, evitando los fatales charcos de luz de los largos faroles. La gente distraída por las compras de última hora y la vuelta a casa, sólo me advertía cuando estaba muy cerca, algún chiquillo me seguía discretamente. Había lugares en que pasaba casi ignorada entre la multitud de peatones. En una de estas ocasiones un chico que venía en dirección contraria me vio la cara justo al llegar frente a frente. Dio un respingo de asombro y una exclamación. En otras los muchachos que paseaban en grupitos me miraban y hacían comentarios burlones.

Como en todos los lugares donde hay separación sexual acentuada de las chicas caminaban juntas, cogidas de la mano, del brazo o por los hombros, y los chicos iban por su parte también apoyándose afectuosamente uno en otro. Puede que  los europeos les choque ese tipo de amorosos gestos entre amigos. He vivido en países árabes y me he familiarizado con esta compensación afectiva típica de las sociedades en las que reina una estricta separación sexual, y en China, si el plano de la productividad y la educación son mixtos, en costumbre y moral en absoluto.

Recorrí así noche tras noche las dos avenidas que se cruzan en la Torre de la Campana. Entraba también en los grandes Almacenes, husmeaba en cada mostrador unos segundos, lo justo para cambiar de lugar antes de que el público se amontonara. Al verme, las dependientas abandonaban de inmediato al cliente de turno para venir hacia mí todas sonrisas. Compraba de vez en cuando pasteles redondos de harina blanca con un carácter chino en azúcar roja, o frutas, que solían ser peras. Las manzanas eran caras. Se iban terminando las últimas sandías de la estación. Las tiendas bullían siempre de clientes, de la mano de cada uno colgaba una bolsita de red con verduras y algunas frutas (la fruta se toma en China como golosina, no como postre, y es relativamente cara). Sian era a no dudar la capital de una región próspera.

Por la calle el cincuenta por ciento de los transeúntes chupaba polos, compré uno, color chocolate, que resultó ser de soja. Había en una tienda polos de leche, caros y ricos. Para pagar mis menudas compras abría el billetero, la vendedora se servía y me daba escrupulosamente la vuelta.

Los restaurantes cerraban temprano. Había muchos, del figón al superior, tan frecuentados como las tiendas. Los parroquianos pagaban primero los platos escogidos y daban los cupones de racionamiento de cereales, se sentaban, entregaban el vale a la camarera, esperaban y comían, regando el contenido del tazón con salsa de soja y vinagre. Aun en los buenos establecimientos faltaba la intimidad y el agrado de la decoración y el ambiente, que me han atraído hacia los restaurantes chinos en Europa tanto como su comida; eran salas enormes sin apenas más, quizá algún cuadro. Para los extranjeros y los ilustres había reservado especiales, muy reservados, a los que se me llevaba en volandas. Los genios de la lámpara me servían solícitos, depositaban fuentes y servilletas calientes húmedas sobre la mesa redonda, siempre enorme para mí y el intérprete de turno. El «Restaurante Occidental» justificaba su nombre con un curioso menú cuya entrada consistía en pilas de pan de molde, mantequilla y mermelada, sopa a los postres, café ruso y muy azucarado, cubiertos en vez de palillos. Los restaurantes eran evidentemente el único lugar posible al que ir y a ellos iba con frecuencia acompañada por Mei, Chung, Jui. Por fuerza para ninguno de ellos era plato de gusto ser el centro de la atención. Los modestos figones me gustaban más que nada y tenían, precisamente por su pobreza, la virtud de carecer de salas de invitados extranjeros, pero a mis compañeros no les agradaba ni la escasa limpieza, la comida de ellos, ni la gente o su curiosidad hacia mí. Tampoco era cuestión de hacer sufrir a los bolsillos tales gastos ni ponerles en el compromiso de aceptar que yo pagara el total.

Pero había que ver lo que significaba, terminadas las clases, recluirse en el inmenso y kafkiano Renmin Ta Sha, sus pasillos sin más ser vivo que algún camarero soñoliento, por los que se paseaban sin duda a medianoche los fantasmas de los expertos rusos. En los años cincuenta aquella polvorienta concha de cemento había estado rellena de tovarichs; yo la recorría hoy como un caracol minúsculo perdido en las espirales.

– Subiré a la terraza, al sol y al aire. Con un buen cielo ancho encima  todo se soporta.

Llamadas al intérprete del hotel, repito varias veces la petición.

– Las camareras dicen que la terraza está cerrada – me traduce.

– Pero pueden abrir.

Nuevas y largas traducciones.

– No, no se sabe quien tiene la llave.

Ya me voy acostumbrando a las transparentes mentiras. Aparte de tomar al extranjero por débil mental, las mentiras, como otros giros, reemplazan a las prohibiciones y negativas claramente expresadas. Cada vez que pregunto en lo sucesivo por la llave nadie parece comprender de qué se trata. No subiré a la terraza ni correré el riesgo de ver, a demasiados kilómetros de distancia, las zonas prohibidas.

– No voy a comer en el restaurante del hotel sino en la cantina del Instituto, como todos los profesores.

– Es que todo está preparado para que ustedes coman en el hotel.

– A los que les guste me parece muy bien. Yo vine aquí para estar con los chinos, no para vivir como un turista de lujo.

– Nuestra cantina no reúne condiciones para ustedes los extranjeros, y la comida es distinta.

– He comido en todos los países y todo me gusta, me acostumbro sin dificultad. Podéis tener por seguro que mis últimos problemas en China serán el clima y el estómago.

– Los extranjeros…

– ¡Por favor, no metas más a todos los extranjeros en el mismo saco! ¿Qué tengo yo de más común en género de vida con un alemán que con un chino?

– Sí; ustedes son distintos.

– Puede que haya diferencias más o menos grandes, pero depende de los casos individuales, no es razón para someter a cualquier extranjero por el hecho de serlo a un género de vida que no desea, sin ocuparse de su opinión.

– Nosotros debemos facilitar su vida…

– Pues lo mejor para eso es preguntarnos, explicar, consultar entre todos. Análisis concreto de situaciones concretas, que dijo Lenin.

He repetido infinitas veces lo de «análisis concreto…» sin que Lenin tuviera más éxito que yo.

Esperando encontrar un poco de compañía entre los turistas de paso, voy al otro edificio, subo al comedor, me siento, pido un té. Me dicen algo que no comprendo. Llega al intérprete.

– Aquí no pueden servirla. Está reservado a los turistas. Usted tiene precios especiales en el otro restaurante.

– Pagaré el precio normal; sólo quiero estar un poco con gente, no hay nadie en el otro comedor.

Nuevas y largas discusiones. Al fin me traen un té que bebo sin encontrarle sabor, estoy incómoda, me acabo yendo.

El coche me deposita en el hotel a las cinco de la tarde y nos lleva por la mañana a las 8 al Instituto. Se supone pues que he de estar 14 horas encerrada diariamente. Mis salidas nocturnas, azuzada por la imposibilidad de pararme y la tensión que representa cada movimiento, no duran más de una hora como máximo.

Escribo febrilmente, recuerdo con nostalgia la hospitalidad humana, inmediata, simple, de los paisajes árabes, de mi propio país. Si me quedo en China, ¿viviré hasta edad lo bastante avanzada como para que me inviten a ir a sus casas? Sueño despierta, sueño infinitamente caminando por el jardín, voy sonámbula de manos y de simples gestos, del tibio calor de cuerpos próximos, del olor de una casa.

A cada lado del pórtico de entrada, junto a los paneles de citas de Mao, había sendas fuentes en loto de piedra y estanque circular rodeado por un borde ancho plano. Sobre él me tendía en la oscuridad. Las hojas descendían elegantemente desde el grupo de álamos cercano, con ondas parecidas a las de los peces rojos y negros del estanque, tan encerrados como yo. Oír el surtidor. Pensar.

¿Tan mezquina vas a ser de anteponer circunstancias materiales a la oportunidad de estar en este país, de observar el más impresionante fenómeno psicológico que has imaginado jamás? ¿Tan alicorto es tu interés intelectual? Aguanta. Es el principio.

Entonces daba la hora de encender los reflectores que iluminaban las citas de Mao y a mí de rechazo. Con automatismo de vampiro bien acostumbrado huía pues e la luz, naufragaba, por el tapiz granate del pasillo, en mi habitación verde oscuro. Organizaba banquetes nocturnos de leche en polvo o vino dulce, hurgaba las ondas con la histórica radio de Ruiz, cuyo transformador se estropeaba constantemente, pescando en el río revuelto de parásitos palabras de la BBC, Australia, las emisiones rusas en lenguas extranjeras. Me entretenía oyendo el ruso por la belleza del idioma y su similitud tonal con el español. Radio Pekín transmitía dos o tres veces el día creo en español, como en otras lenguas, pero su monotonía absoluta y ditirámbica sólo era superada por radio Corea del Norte en francés.

Habían pasado ya más de 8 años desde que dejé mi casa y me puse a hacer auto-stop de Madrid a París. Habité tres países. Pero jamás sentí de manera tan aguda, tan elemental, tan física, la falta de familia, amigos, casa, lugares conocidos. Al dormirme tenía sueños en los que me encontraba en tal sitio, con tales personas, sueños de fuerza y realidad insólitas, despertares bruscos, transida por la impresión de una amputación psicológica brutal. Oía entonces ruido en el jardín, a altas horas de la noche; iba hasta la ventana: El ojo amarillo del reflector de la entrada, estrellas, y una fila de soldados, los del hotel, en la ronda nocturna, en fila india y silenciosos zapatos acolchados, con la luna aceitando, blanca, sus bayonetas.

 

 

La dama inglesa, con estampa de galgo seleccionado, suplía en locuacidad a su silencioso marido ceilanés.

– ¡Estoy segura de que será usted muy feliz aquí!

Me había dicho con radiante sonrisa y tono sin réplica cuando llegué.

– Tenemos en Sri Lanka una casa muy hermosa y muchos animales, tres perros, gatos, caballos… Me encantan.

– Y ¿quién los cuida ahora?

– Los criados. También hay un jardín alrededor que…

Si a alguien podían convenir las condiciones de vida de Sian era a ellos: Iban del coche al hotel o al instituto, degustaban las exquisitas comidas y no salían jamás sino, aureolados de sus cabellos blancos y su estatuto honorable, a algunas visitas organizadas. Era un tibio retiro bien pagado. Al día siguiente de una e aquellas visitas, durante la cena, la dama me dijo:

– Rosúa, ayer iba usted vestida de manera inadecuada.

– ¿…?

– Esto es una provincia. Debe usted darse cuenta de que ellos no han visto jamás nada así.

– Siempre pregunto a Mei, mi intérprete, y ella insiste en que debo ponerme lo que tengo costumbre, que para ellos es normal en los extranjeros. Mi vestido, al fin y al cabo, no es mini.

– ¡Es cortísimo! Cuando nos sentamos en el salón para tomar el té el pobre Wei no sabía a donde mirar.

Haciendo memoria, no recordaba la turbación de Wei. Las miradas más insistentes hacia mis piernas eran las de la dama inglesa.

– … yo estaba avergonzada; estamos en provincias, usted comprende. Debe usted vestirse de otra forma.

Y, los duros ojos clavados en mis rodillas, parecía a punto de lanzarse a olfatear con la nariz aquilina entre mis muslos.

Durante las sesiones de traducción de documentos, llamadas de participación política de los extranjeros en China, el matrimonio oía, callaba, asentía, elogiaba. Yo tomaba notas, preguntaba, pedía aclaraciones. Los chinos respondían, si no de forma convincente, sí con perfecta cortesía.

– Ayer dijo usted, Rosúa, una frase totalmente inconveniente sobre mentalidad de esclavos -observó la dama.

– Me temo que el intérprete de inglés les tradujo mal. Hablé con el camarada Tao sobre la necesidad de crítica; lo contrario es de mentalidades serviles. Él mismo acordó en ello.

– Hay que tener prudencia en las reuniones, sus preguntas pueden ser impropias. Me parece mejor advertirla, ¿no crees, querido?

El marido asentía, como siempre.

– Si son impropias, los chinos me lo dirán. Hasta ahora son ellos los que insisten en que pregunte cuanto quiera. Hagan pues ustedes lo que les parezca mejor y dejen que los camaradas chinos me digan a mí directamente lo que no les guste.

– Nosotros se lo decimos por su bien, naturalmente.

Pocos días después, terminada la cena, la dama:

– Tengo la impresión de que escribe usted bastante en las visitas y en las reuniones.

– Sí, como la mayoría de los extranjeros. Estar aquí es importante y hay que aprovecharlo.

– Por supuesto pero… tenga cuidado. Los chinos pueden parecer muy blandos, dóciles, pero son implacables.

– No he hecho nada ilegal. Me atengo a las reglas…

– A los chinos no les gusta la gente que toma apuntes y pregunta demasiado. Querido, ¿recuerdas lo que le pasó a Mary?

Él asiente con solemnidad.

– Mary era una profesora inglesa joven que trabajaba con nosotros, en Kwanchow. Se le indicó que no debía de hacer fotografías en unas visitas, pero ella las hizo. Durante meses nadie le habló de ello pero cuando quiso marcharse, en la frontera, la detuvieron y estuvo tres meses arrestada en lugar ignorado por todos, también por su familia, escribiendo su autocrítica.

– ¿Ni su familia ni nadie sabía de ella?

– Se lo advierto; parecen suaves pero son implacables.

Salí del comedor sumida en mil pensamientos. ¿Era posible que Mei, Tao, Hao, cordiales y solícitos, pudieran transformarse de la noche a la mañana en seres inflexibles, reemplazar las sonrisas por colmillos? Una mutación parecida tenía algo de terrorífico. En el enfrentamiento con los cuerpos represivos, con las «fuerzas del orden», en un estado capitalista burgués hay una distinción clara de campos, de leyes, entre los miembros del servicio y el individuo medio. Pero reglamentos sin reglamento, que se pueden abrir como una zanja al paso, vigilancia sin vigilantes, reclusiones sin cárcel, eso es infinitamente peor. No fuera que por simple corrección, estaba decidida a respetar los reglamentos del país, jamás fotografiaba o tomaba notas si se me indicaba lo contrario, implacables…

– Mei, ¿tú eres un poco amiga mía?

– Claro, somos amigas.

– Yo… yo no conozco bien las costumbres, los reglamentos. Si hay algo que no debo hacer me avisarás, ¿verdad? Fotos, cosas por el estilo…

– Nosotros debemos advertirla, naturalmente. No se preocupe.

En el instituto, aprovecho unos minutos a solas con Chung, que viene con frecuencia a plantearme dudas.

– Oye, si alguien dice algo que resulta que no gusta a las autoridades, ¿le pueden encerrar sin que nadie se entere?

– No comprendo.

– Pues sí. Verás, me contaron el caso de un extranjero…

– Oh, no. A un extranjero no creo.

(Caramba, ¿y a los naturales si?)

– ¿Por qué pregunta esto? ¿Quién se lo contó?

– No importa, pero estaba preocupada. Tengo la malacostumbre de decir siempre lo que pienso. Nada, que me veo en las minas de sal.

– ¿Qué? ¿Las minas? Eso es para los contrarrevolucionarios; y menos todavía con extranjeros. ¡Qué cosas dices!

Respiro hondo. Chung me mira con ese ardor que, con la inteligencia y una especie de romanticismo ingenuo, le es propio. En otro país casi hubiera pensado en una atracción sentimental, pero, por supuesto, en China está descartado este plano. Las relaciones sexuales con extranjeros no existen, están borradas del mapa. Los escasos matrimonios mixtos que viven en Pekín son productos de épocas remotas. Tras las infinitas trincheras profilácticas trazadas por el sistema entre chinos y occidentales, un contacto tan íntimo como el hombre-mujer es impensable. Se narraba en el Hotel de la Amistad la hazaña mítica de un argelino que había seducido a una intérprete china antes de la Revolución Cultural. Las occidentales, no fuera más que por curiosidad y desafío, hubieran puesto su mejor voluntad en la obtención de estas relaciones sin encontrar más que gélida indiferencia.

Y, como al tiempo, hay esa cordialidad a veces en los gestos, para la occidental es posible despistarse y tomarlo por atenciones sentimentales. No. Las miradas ardientes de Chung, sus visitas a mi despacho, e incluso la proximidad con que se sentaba, eran gestos sin más carga sexual que los de un gato hacia una gallina. Ya el experimentado Ruiz me había advertido:

– Como no manden allí a otro extranjero, estás condenada a castidad.

– Ya será menos. Al fin y al cabo son hombres como todos.

– No, ese es tu error, amiguita, no son hombre como todos. Esto es otro planeta, date cuenta, es distinto, lo más distinto que existe en el globo. Yo, en diez años que llevo aquí, con chinas nada.

– ¡Deja, viejo!- terciaba Alberto – Sienten como las demás, pero si se les escapa un gesto, las hacen mierda los otros camaradas.

Quedaba el discutible consuelo de que la repulsión a los extranjeros no era sino uno de los aspectos  de la represión sexual china.

– Pues sí. Verás, me  contaron el caso de un extranjero…

– Oh, no. A un extranjero no creo,.

(Caramba, ¿y a los naturales sí?)

– ¿Por qué pregunta esto?. ¿Quién se lo contó?

– No importa, pero estaba preocupada. Tengo la mala costumbre de decir siempre lo que pienso. Nada, que me veo en las minas de sal.

-¿Qué? ¿Las minas? Eso es para los contrarrevolucionarios; y menos todavía con extranjeros. ¡Qué cosas dices!.

Respiro hondo. Chung me mira con ese ardor que, con la inteligencia y una especie de romanticismo ingenuo, le es propio. En otro país casi hubiera pensado en una atracción sentimental, pero, por supuesto, en China está descartado este plano. Las relaciones sexuales con extranjeros no existen, están borradas del mapa. Los escasos matrimonios mixtos que viven en Pekín son productos de épocas remotas. Tras las infinitas trincheras profilácticas trazadas por el sistema entre chinos y occidentales, un contacto tan íntimo como el hombre-mujer es impensable. Se narraba en el Hotel de la Amistad la hazaña mítica de un argelino que había seducido a una intérprete china antes de la Revolución Cultural. Las occidentales, no fuera más que por curiosidad y desafío, hubieran puesto su mejor voluntad en la obtención de estas relaciones sin encontrar más que gélida indiferencia.

Y, como al tiempo, hay esa cordialidad a veces en los gestos, para la occidental es posible despistarse y tomarlo por atenciones sentimentales. No, las miradas ardientes de Chung, sus visitas a mi despacho, e incluso la proximidad con que se sentaba, eran gestos sin más carga sexual que los de un gato hacia una gallina. Ya el experimentado Ruiz me había advertido:

– Como me manden allí a otro extranjero, estás condenada a la castidad.

– Ya será, menos. Al fin y al cabo son hombres como todos.

– No ese es tu error, amiguita, no son hombres como todos. Esto es otro planeta, data cuenta, es distinto, lo más distinto que existe en el globo. Yo, en diez años que llevo aquí, con chinas nada.

– ¡Deja, viejo! -terciaba Alberto- Sienten como las demás, pero si se les escapa un gesto, las hacen mierda los otros camaradas.

Quedaba el discutible consuelo de que la repulsión a los extranjeros no era sino uno de los aspectos de la represión sexual china, la más generalizada y conseguida que he visto, insuperable y quizá ni siquiera superada por el cristianismo. En las ciudades y entre los estudiantes, siguiendo al Partido, matrimonio las mujeres a partir de los 25, los hombres a los 28. No más de dos hijos. Castas relaciones prematrimoniales de 6,8años, que me recordaban a os interminables noviazgos españoles.

– Una vez, hace años, en el instituto, se sorprendió a un chico y a una chica haciendo cosas muy malas, -Me dice, con voz grave y secreta, de catástrofe, Hao.

– ¡Qué malas!. Buenísimas.

Hao mueve la cabeza.

– Malas, malas.

– ¿Qué pasó con ellos?.

– Se les mandó a cada uno a un lugar. No sé después.

–  Y, ¿no ha habido más casos? ¿entre tantos jóvenes?.

– No, claro que no. Son estudiantes. Su principal preocupación debe ser los estudios.

Mei corrobora. Aunque en el instituto haya parejas, no salen juntos, ni se casarán hasta terminar los estudios, según directivas del Partido.

-¿Y si simplemente salen juntos porque les gusta, pero no para casarse?.

– Eso no está bien. Hay que llevar una vida ordenada.

-¿Y la libertad de gustarse, de relacionarse a su manera?.

– Hay toda la libertad, puesto que las parejas se forman libremente y no por los padres.

– Pero en la vida se cambia. Pueden quererse y dejarse de querer.

– Si se han aceptado libremente y conociéndose, no hay razón para que esto ocurra.

– ¿no hay divorcios?.

– Es posible pero hay muy pocos. Está mal visto. Se evita.

– Entonces al fin y al cabo son libres de casarse a los 25 años ellas, 28 ellos, y tener hijos y es todo.

¿Para qué más?.

– Para ello, para cada uno, no sé.

– En los países occidentales mujeres y hombres pueden vivir juntos sin casarse. Aquí no está permitido. Además, es preciso un control de la natalidad. Si se casan jóvenes, tendrán más hijos.

– Precisamente el control de la natalidad hace hoy posible tener hijos cuando se quiere, con y sin casarse.

– Aquí no hay hijos sin casarse.

– ¿Nunca?.

– Yo no conozco ningún caso.

Mis alumnos son encantadores. Voy consiguiendo que no se levanten cuando entro. Si lo hacen, vuelvo a salir y repito la entrada hasta que se quedan sentados. Es difícil vencer su timidez, la van sin embargo perdiendo. Vienen de la provincia de Hopei.

– ¿Conocéis Pekín?.

– Estuvimos durante la Gran Revolución Cultural Proletaria. ¡Hemos sido todos Guardias Rojos!-

– ¡Y vimos al Presidente Mao! ¡Nos emocionamos tanto…!-

– ¡Todos llorábamos!.

– ¿Llorabais?. Pero bueno ¿cómo es eso?-

Con las gafas húmedas de emoción, vibrante de recuerdo hasta la punta de las trenzas, Lo me asegura:

– ¡Es que queremos mucho al Presidente Mao!-

– Sí – secunda un muchacho- Gracias a él podemos estudiar y llevar una vida feliz.

– ¿También los chicos llorabais?-

– Algunos…

– ¿Y después de aquello?-

Después hicimos, a pie, el camino hasta Yenán, como en la Larga Marcha.

– Y más tarde estuvimos en el campo.

Suena el timbre. Minutos después juegan al tenis, al ping-pong, el balón volea, al baloncesto.

-¡Venga jugar con nosotros!.

– Gracias. Lo hago demasiado mal.

Prefiero caminar por la parte trasera del instituto. Aún hay flores. Junto a bandeas de papel con las citas de Mao: «Cavar profundos túneles, hacer reservas de cereales y nunca pretender la hegemonía». «Preparar al pueblo contra la guerra y las calamidades naturales», continúan los obras del túnel al Instituto. El edificio en mejor estado es el de oficinas y biblioteca, en cuyo interior paredes y puertas han sido repintadas. Camino entre las hileras de casas de una planta, para personal. Las mujeres guisan sobre sus hornillos de carbón sacados al exterior. Sobre esteras de paja seca el grano. Ristras de guindillas decoran una ventana pintada de azul celeste. Sillitas y taburetes minúsculos, ce casa de muñecas. Frente al comedor, sobre la pileta de cemento, los tazones de metal esmaltado esperan, al sol, la hora del almuerzo. Una camada de cerdos negros retoza junto a la puerta o rebuscan en la tina para desperdicios. Al final, un huerto de frutales, el muro del instituto, una cabaña para aperos frente a cuya entrada se yergue una espléndida mata de margaritas moradas.

Las habitaciones del personal son escuetamente limpias y tristes. El carbón utilizado como combustible ha dejado en los pasillos una generosa capa negra sobrepuesta al gris desconchado de paredes y escalera. En el suelo se forman pequeños charcos con el goteo de los termos que los inquilinos van y vienen a llenar de agua caliente. Ni hay baños – excepto las duchas públicas una vez por semana- ni calefacción sino braseros de carbón. Hace mucho frío. Mei alegra su cuarto con limpieza escrupulosa, flores de plástico, tapetitos, un retrato de Lu Sin y un rostro de Mao bordado a punto de cruz por una sobrina. Los servicios del instituto están realmente inmundos. Son, como todos, de tipo turco, con una papelera y papeles manchados de excrementos y sangre dentro y fuera de ella. Durante las reglas las mujeres usan papel grueso, en raros casos algodón. Las puertas de los servicios, además de manchadas, no cierran y me contorsiono malamente para mantenerme en cuclillas y sujetar la puerta, siempre con la espada de Damocles de una terrible pérdida de equilibrio hacia la negra sima. No hay «graffiti»; por supuesto tampoco frívolos espejos. Cada vez que entro, mis alumnas, que hacen sus menesteres con la puerta abierta, me saludan alegremente, como

si estuvieran bordando. Si el erotismo se aceptara en China como la escatología, mejor irían las cosas. Defecar u orinar son actividades corporales sin secreto para personas del mismo sexo, actos que producen, en este país de agricultores, una materia preciosa: el abono orgánico. Como decía un argentino. «La bolsa baja, muchachos. ¡Comprad mierda, eso es un valor estable!».

– ¿Qué tal es la comida del hotel? – me pregunta Hao.

– Muy buena.

– ¿Qué comió ayer?-

– Fruta, y un café, en mi habitación-

– ¿Solamente?. Pero eso no puede ser. Debe alimentarse. ¿Por qué no toma otra cosa?.

Ya sabéis que no pienso comer en el restaurante del hotel. O como con mis camaradas chinos en la cantina o no como-

Sobre las once y media Mei viene  a preguntarme:

– ¿Quieres volver en el coche con los profesores de inglés al hotel o va a comer aquí?.

– Como aquí.

(¡Al fin!).

Un cuarto de hora más tarde llaman a la puerta de mi despacho. Aparecen Mei y … el camarero, Chi, con una bandeja.

– Las autoridades del instituto quieren preparar la cantina antes de que tú vayas.

– No hay nada que preparar. Quiero comer como todo el mundo-.

– Escucha. Comerás en la cantina próximamente. Come hoy aquí-.

– Sólo hoy.

Chi deposita sonriente la bandeja – loza fina, platos selectos- en mi mesa y echa agua en la palangana. Chi es el camarero personal que se me ha asignado en el instituto, un muchacho espigado, siempre sonriente y en las nubes. Afortunadamente Dios no le ha llamado por el camino de trabajo y nadie parece forzarle a convertirse en un trabajador infatigable, así que me siento servida lo menos posible.

Esa misma tarde compro dos tazones, palillos y una cuchara de latón.

– ¿Quieres hoy comer en la cantina?- me preguntan, como si jamás lo hubiera planteado.

– Por supuesto-

– Bien. Vamos. Primero te acompañaré a comprar tickets-.

La comida se compone de pan o arroz como base indispensable y un acompañamiento de verduras o queso de soja en salsa. Alguno días se encuentran pedacitos de tocino o  chuleta picada desorientados entre el repollo. Una vez a la semana hay pescado. El huevo, hace, como la carne, tímidas apariciones. Ni se toma postre ni se bebe con la comida. Entramos en la estación de los boniatos; se venden asados enteros y  se comen al final, como la fruta. El postre real es lo que los chinos llaman «sopa», una económica receta que consiste en, una vez vaciado el tazón, echar agua caliente en él, revolverla y bebérselo, con lo que se aprovechan los restos y se limpia el tazón. En el noroeste de China el alimento por excelencia no es el arroz, sino el trigo o el mijo, y el maíz. En el instituto se consumen grandes cantidades de «maanto» (panecillos blancos cocidos al vapor), tortas de trigo, mijo, spaghettis con una salsa espesa y oscura.

Las mesas y bancos de madera son insuficientes. Muchos comen pues de pie, otros salen fuera y vacían rápidamente su tazón sentados en cuclillas. Los alumnos no tienen asientos en absoluto. Terminada la comida, cada cual sale al exterior, a la pileta de agua fría; si queda algo en el tazón, lo echa primero en la tina de los puercos y después lo enjuaga frotándolo con la mano. He visto las cocinas, de carbón, enormes cazuelas de hierro de fondo oval, el arroz y los panes recién cocidos, rezumando vapor, sobre las telas de saco, los cocineros sonrientes en cuclillas, picando menudo absolutamente todo con sus pesadas hachuelas. La comida del instituto es regular, ni escasa ni buena; precisamente los profesores y los alumnos han protestado por la falta de calidad de los menús.

Me presento pues en la cantina de profesores, con mis tazones. La lucha ha sido larga, pero he aplicado las tácticas de la guerra prolongada, de Mao. Empiezo a vivir con la gente normal; al fin ruido de voces, al fin una entre otros, al fin.

– Allí.

Mei me señala en el rincón de la izquierda una mesa retirado, con cristal y un mantel verde y … separada del resto de la sala por un biombo.

Tuve una premonición: Vi con toda claridad un biombo derribado de una patada y luego un ataque de nervios. No sé cuál fue mi expresión pero Mei (ya nos íbamos conociendo) se apresuró a decir:

– Vamos a quitarlo, vamos a quitarlo, ya verás.

– Mei, no supondrá nadie que voy a comer en este plan.

– Es para que no te moleste la gente, hay mucha…

– Mei…

El biombo desapareció. Con el tiempo también el mantel, y fui acercando a empujones la mesa a las demás.

Me dirigí a la cola, pero ya Chi, surgido de la cocina, me traía la bandeja fatídica con los platos preparados especialmente para mí: huevos, carne. Un lujo.

El cocinero se acerca, ansioso por comprobar si el menú de la profesora extranjera había tenido éxito.

– Exquisito, pero no preparen nunca más comida especial ni bandejas. Tengo mis tazones y adoro la comida china normal.

La guerra de los platos especiales fue dificultosa. La bandeja desapareció de la circulación, también las finas lozas. Pero nada me libraba de los huevos, las albóndigas (excelentes por cierto), etc. Como se repartía todo luengo en mi mesa en paz y gloria, yo no sufría demasiado. Mi comida era muy bien acogida por los profesores de mi sección y la sufrida Mei, mi compañía oficial. Acabé comiendo como todos, con algún plato extra de cuando en cuando alegremente repartido. Mis compañeros por su parte me separaban ciertos bocados, ponían en mi tazón grandes pedazos de pan de maíz, me abrumaban con patatas dulces. Para no obligarles a hablar español, callaba durante las comidas. A petición de Mei, unas veces era Chou, otras Fan, otras Jen, o Chung, quienes se sentaban a mi mesa. Era penoso y triste saber que la mayor parte de las veces si venían era por indicación expresa de Mei. En cuanto los demás, dejando aparte las sonrisas de cortesía, no parecía haber la más mínima posibilidad de acercamiento. La separación entre los grupos, según las secciones, era grande. Nada tenían que hacer conmigo los de otros departamentos lingüísticos.

Era sin embargo ya algo importante estar entre personas. Desde luego, para mis colegas europeos aquel comedor de profesores hubiera sido difícilmente aceptable. Todo el mundo comía a dos carrillos y hablaba con la boca llena, se escupía a profusión, cada cual depositaba sobre la mesa, en montoncitos, los huesos, las espinas, mondaduras de patata, tronchos de verdura. Sonreía imaginando a mis buenos profesores belgas limpiando al agua fría y con los dedos sus cubiertos en la pileta mientras el vecino se gargarizaba violentamente y escupía con furia en el fondo y los cerdos negros iban y venían de su tina maloliente de desperdicios ala puerta del comedor.

La siesta era sagrada y les llenaba de alarma el que yo no lo hiciera y la pasase tomando un té con azúcar en mi despacho mientras escribía o preparaba algo.

 

– Lenin dice que para trabajar bien hay que descansar bien. No descansas lo suficiente.

– Nunca me gustó dormir de día. Estoy acostumbrada a este ritmo. No preocupados.

Mei me invitaba entonces a ir a su habitación a tomar té.

– Yo tampoco duermo después de comer. Hago punto.

Mei tiene lindos chalecos verde menta, blusas con flores, jerseys a rayas, se está haciendo unos resplandecientes pantalones de lana roja, pero todo queda oculto por la ropa exterior gris.

– ¿Por qué no te lo pones por fuera?.

– Soy muy vieja para llevar colores. ¡Cuarenta años y un hijo de quince!.

– ¡Qué tontería!. Mira mi madre con su vestido de flores sin mangas. Pues tiene cincuenta años – le enseño la foto-.

– No. Aquí no se hace.

– ¿Entonces yo tengo que ponerme de oscuro?.

– No, tú eres joven, y bonita.

– ¡Qué va!. Tengo treinta años. Y de bonita nada.

– Eres joven. Pareces menos. Hay también chinas que a tu edad aún no están casadas. Una profesora de inglés del instituto.

– ¿Todo el mundo se casa?.

– Todos. Se busca pareja por medio de amigos, o los responsables de la entidad donde trabaja -aquí, la dirección del instituto-, buscan para ella. Les presentan. Ellos salen, van al restaurante. Si se gustan, se casan. ¿En Europa los amigos no buscan?.

– No. No tienen esos detalles. ¿Nadie se queda soltero en China entonces?.

– Es rarísimo. Prácticamente todo el mundo se casa cuando llega la edad.

– ¿Están casados los profesores de nuestra sección?.

– Hao el único. Los otros tienen novia todos. La de Chou vive en Sian. Se van a casar pronto, en la Fiesta de Primavera próxima.

– Pues Chou es el más joven; tiene 25 años. ¿Y los otros?.

– Sus novios están fuera. La de Jen en Hopei, la de Chung en Pekín.

– ¿Y cuándo se ven?.

– En las vacaciones anuales; pero se escriben. Las profesoras están casadas todas. El marido de Wu está en Pekín destinado. Ella tiene aquí los niños, con su madre anciana. Fan se casó hace tres meses; cuando nos enteramos le hicimos un regalo. Es muy vergonzosa y no quería decirlo.

– ¿Y su marido?.

– Viven en Pekín.

– ¿Y Hui, la pequeñita que está enferma del corazón?.

– Dio a luz su segundo hijo, una niña, hace dos meses. La dejó, con el otro niño, con su madre y su marido, en Sanghai.

– Pero estar así, separados, es una situación terrible.

– El trabajo es importante. De todas formas el Partido hace lo posible por ir solucionando esto. Por ejemplo, puede que Hui se vaya pronto con su familia.

– ¿Cuánto tiempo hace que está separada de ellos?.

– Ocho años.

– Nosotros siempre pensamos que el marido y la mujer deben estar juntos.

– Es mejor, claro, pero las necesidades del trabajo son más importantes-

– Eso también es importante.

– Para los extranjeros sí. Nosotros estamos acostumbrados- (Este «para los extranjeros sí», «ya sabemos que para ustedes esto es imprescindible», etc., voy a oírlo en numerosas ocasiones en labios de los chinos que, obviamente, lo apoyaban en una base mental del tipo: «Claro, las gentes del exterior están más sometidas, como las especies animales, al sexo y al instinto. Es natural en estas razas bruscas, ruidosas, descorteses, que no se recatan de mostrar sus deseos, su cuerpo sudoroso y velludo, sus ropas de colorines. Nosotros, los chinos, no somos esclavos de los instintos»). En fin, ni más ni menos que, de nuevo, la negación de la existencia de lo que «no debe de ser», y en realidad, como en todo puritanismo, una tristísima denigración de la muy humana y muy admirable relación que entre dos seres produce el sexo, el sentimiento y el placer dado y recibido, para reducirlo al simple impulso ocasional del bruto.

Recuerdo la conversación recogida por Edgar Snow, periodista americano gran amigo y gran conocedor de China, en su libro «El otro lado del río». Snow visitó, en 1960, entre otros lugares, una comuna popular. «Sierra Amarilla», cerca de Pekín. Paseando entre los nuevos hogares de ladrillo, cuyos ocupantes se encontraban en su mayoría en el campo, vio a una señora de unos 65 años que trabajaba en su jardincito y le invitó a tomar té. La conversación (Snow hablaba chino y además le acompañaba el intérprete) versó sobre la vida cotidiana con ella, su hijo, nuera y nietos. Snow preguntó:

-«¿Se hizo alguna vez un intento aquí de que su hijo y su nuera vivieran separados, en barracas distintas, algún intento de separar a hombres y mujeres?»-

«Tuvimos que repetirle mi pregunta y el intérprete hubo de explicársela. La anciana me miró sorprendida. Por supuesto que no. ¿Sería esto «humano»?. Quería saber si eso se practicaba en mi país. (1)

 

 

 

25 de septiembre

 

Recuerdo ahora el pasado con esa extraordinaria nitidez con que se rememora la felicidad perdida, aquella corta felicidad sin pretensiones a la que yo me esforzaba por dar una raíz. Ahora la lluvia martillea sobre el loess amarillo y pastoso, el fértil barro de China central. Los ruidos y los olores de mi instituto de Bachillerato se han transplantado a China pero sobre mi carnet de profesora hay esta vez: edad 30 años.

Bendigo al frío y a la lluvia que impedirá a la gente apresurada pararse a verme y me permitirá cubrir está insólita cabeza mía- pelo castaño que el sol aclara con reflejos rubios y rojizos, gran nariz occidental, grandes ojos rectos, tez clara- con una bufanda piadosa. De todas formas, aun cubierta de pies a cabeza, mi paso y mi aire me delatarán, pero es consolador el gris de la lluvia.

Mucho había huido de escribir sobre mí misma. Heme aquí haciéndolo; es más fuerte, siempre fue más fuerte que yo.

Respirando la lluvia contemplo fotografías: Es Rida, es París, Rida, que ha envejecido tanto en tan pocos años; es el Sena. Hoy es la lluvia, son kilómetros, es una alianza en una cajita de plata que rueda en el fondo de mi bolsillo. Hoy es inapelable pasado.

 

 

Septiembre

 

 

Hay frente al hotel una fuente redonda, en cuyo centro impone respeto un loto pétreo de triple corola. Los picos de las hojas dobladas gotean sobre el agua verde espeso. Calma. El sol reflejado, transparente como una luna a través de las nubes, no se mueve apenas. Los peces rojos y pardos, sacados de su siesta por las bolas de pan que les voy echando, las hacen rodar por el agua a hocicadas ansiosas. Parejas de libélulas se ayuntan largamente en el aire y vuelan sobre e agua, engarzados los dos cuerpos, con un frenético batir de alas. A veces rompen la superficie con la punta afilada del cuerpo naranja. Las larvas practican el esquí acuático a toda velocidad sobre sus largas patas. Los insectos giran con el encono de finales de otoño.

Hasta los peces y las libélulas, desde que estoy acodada en el borde, se han ido reuniendo frente a mí, hasta los grandes responsables han emergido del fondo y tratan en vano de poner orden. Hay ahora peces rojos, jaspeados de rojo y blanco, negros, amarillos, otros con alguna mancha roja y el resto sin color, pura transparencia de carne e intestinos.

China es el único país que conozco hasta ahora en donde el primer choque que siente intensamente el extranjero es el de la ideología. En otros lugares se resbala primero largamente por capas de exotismo y folklores, por sabores, sonidos, formas. Aquí son los comportamientos, las maneras de comunicación y de expresión las que llaman la atención: Militarismo, uniformidad, desidia o fealdad manifiesta en la estética cotidiana, gigantismo, repetición de los mass media, todo esto acude irremisiblemente a labios del viajero (junto con otros puntos positivos), pero, como viene, vuelve a tragárselo porque el que  decide ir a China Popular no es el turista en busca de playas doradas sin más, sino el sociólogo, si no socialista o comunista, que busca la realización de una sociedad más justa, en avanzada hacia un mundo nuevo. Por ello el shock inicial le plantea un conflicto extremadamente agudo, que no puede resolver con los juicios  y análisis acostumbrados, desconfía de las apariencias, desconfía del significado y de las tintas del vocabulario que trae consigo en su equipaje formativo: «militarismo», «estética», ¿tiene derecho a usar esas palabras occidentales?. ¿Y el riesgo de evocar con ellas realidades erróneas en un auditorio burgués?. Además, el visitante sabe que la China es vieja, grande y complicada, que ha dado soluciones extremas a problemas extremos. Y así entonces se produce en su interior el proceso inevitable de rechazo y culpabilización, se niega a  haber percibido cosas fuertemente negativas, es inaceptable, y por lo tanto no es. Pero de hecho el choque ha tenido lugar, de ahí el sentimiento de culpabilidad, de ser traidor a sus ideales, infiel a sus convicciones. Varios factores concurren en su estado de ánimo: el principal él es el sentimiento de que todo lo negativo que se diga sobre China es dar parto al sistema capitalista para combatir el socialismo: «El que no está con vosotros, contra vosotros está».

Hay luego el dilema personal del viajero decidido a admirar encarnizadamente cuanto sus ojos vean, y también una serie de intereses creados: su venida no ha sido cosa fácil y se debe a la mediación de amistades. A partir de su llegada se encuentra rodeado de atenciones minuciosas, comodidades, las deferencias respetuosas debidas al «especialista extranjero». Sus sentimientos de desagrado, sus juicios de madurez política y conciencia socialista, sino también de ingratitud. Cristaliza pues todo ello en un sentimiento de culpabilidad (la culpa, no encontrando salida hacia el objeto exterior que la motiva, se vuelve contra el sujeto) y en su sistema de defensa-adaptación que consiste en aprobación general, salvo pequeñas críticas de detalle justo para aprobar aún más el conjunto.

El deseo y la necesidad de creer, de asentir, es tal que todo es explicado o como bueno, o como lo mejor dadas las circunstancias, o como lo que aún es perfecto pero va necesariamente a serlo; nunca algo es juzgado netamente de nocivo o erróneo.

No es posible dejarme en el hotel todos los días doce horas, ni aparcarme en mi habitación el sábado a mediodía para recogerme el domingo si hay visita. Me agarro como a un clavo ardiendo a toda oportunidad de contacto, pero no ignoro que Mei distribuye la labor de acompañarme, de la que la dirección del instituto es responsable, entre mis colegas. Voy con el que le corresponde al restaurante o de paseo, procuro olvidar el carácter de obligación y juego a que es una salida normal entre amigos, pero, pese a la cordialidad que se va tejiendo entre nosotros, siempre su trato respecto a mí estará empalado vivo por las reglas, Recuerdo una horrenda tarde dominical en la que le cupo a Chou, el joven silencioso y hosco, arrastrarme. Me esperaba junto al coche con una pequeña sonrisa tirante.

– Voy a dar un paseo por la vieja muralla, Chou. Ya dije muchas veces que no me gusta ir en choche por la ciudad, no hace falta. Quiero andar.

– Yo creo que sí hace falta. El coche es mejor para usted. Me parece que sé lo que es mejor para mí, en realidad, ¿para quién es mejor, para mí o para ti?.

– Para los dos.

Dejé el choche al llegar a la muralla. Chou se niega a decirme por dónde se sube, aunque estoy segura de haber visto gente paseando por ella. Rígido, silencioso, marcha a mi lado cumpliendo su penoso deber. Vamos por la calle que desemboca en la estación. Los grupos sentados en cuclillas para hacer tiempo hasta la salida de sus trenes, vuelven la cabeza para mirarme con asombro. Chou traga saliva y se apresura a grandes zancadas. Yo me agarro, me agarro a cuanto puedo antes de verme encerrada de nuevo en el hotel, me agarro a los escaparates, hago un movimiento hacia una callecita pequeña más tranquila pero Chou rehúsa que vayamos por ella.

– Me gustaría tomar un té- pido.

– No se vende té. Sólo hay restaurantes. En el hotel lo tomará.

Marcho con toda la humillación de esta compañía forzada. Es la mitad luminosa de la tarde de otoño, como una naranja desgajada en dos, cuando Chou me deja en la puerta del hotel.

– ¿Quiere que la acompañe hasta dentro?.

– No, no, no. Gracias. Adiós.

El cielo azul brilla, impecable, sobre una ciudad repleta de seres humanos que pasean, reman en los parques, se visitan y meriendan en las casas. Nadie me ha dicho, nadie me dirá jamás «Ahora que estamos de pasada por este barrio, ven conmigo a casa de estos primos, y, cuando anochezca, podemos salir a comprar unos bollos y fruta y comerlos paseando por las afueras». Parada en la puerta del hotel, frente a la verja, siento ya pesarme en la nuca las miradas convergentes de los ocupantes de la garita de guardia.

El sol oblicuo barre la avenida, blanquea el gigantesco patio de acceso al hotel por el que acabo al fin entrando, como el animal que empieza a someterse a la doma. Espejismos de olores, a frito, a colada, a casa, a una casa, entrar ahora en una casa, con gente viva y normal dentro, con objetos sin preparativos, ay, husmearía creo hasta las sábanas, la verdura que sobró del mediodía, los lápices de los niños, los tazones húmedos, la carbonera; me arrimaría a ellos, iría recogiendo el calor dejado por sus sombras en las paredes. El hotel crece mientras tanto, sus columnas no tienen fin y el conjunto presenta la fealdad sobrecogedora de una cara muerta gigante, con su diadema, su epitafio de caracteres, y la oquedad verde y marrón de los apartamentos.

 

 

 

La ciudad de Sian, repetitiva y extensa, da la impresión de ser muy reducida, quizá porque, como la misma Pekín y tantas otras no corresponde a lo que nosotros llamamos «una ciudad», a calles y avenidas salpicadas de comercios, oficinas, espectáculos… . Los centros de población chinos se reagrupan, cuadrangulamente, en bloques de habitación y unidades de trabajo, cada uno de ellos con su restaurante, y su cooperativa, su sastre y su barbero, en locales idénticos a los de la unidad siguiente. Y en el centro, en el que se cruzan las dos o cuatro grandes rutas, los Grandes almacenes de tres o cuatro pisos, algunos restaurantes y tiendas, y se acabó el centro. Mis paseos eran forzosamente limitadísimos, mi presencia allende las grandes arterias hubiera cuadruplicado la curiosidad. Nunca había echado más de menos la capa que vuelve invisible. A falta de ella, me encargué dos trajes chinos, pana negra, dril azul oscuro, blusas de algodón blanca y gris.

– ¿Por qué en colores oscuros?. Tú eres joven, puedes llevar colores claros, o dibujos – me había regañado Mei.

– Nada, nada; el uniforme, y lo más uniforme posible. ¿Sabes que en las cárceles de occidente llevan uno así?.

– ¿Cómo en la cárcel?. Bueno, ya te voy conociendo, siempre estás de broma. Con otra tela estarás más bonita.

En la sastrería nos dan té y muestran figurines. Así pues, tras la aparente monotonía, hay moda, detalles case imperceptibles de bolsillos, corte de la chaqueta, forma del cuello. Las blusas femeninas llevan en el cosido de la manga al puño un menudísimo fruncido. Consignas y educación han impuesto un uniforme proletario -que también justifican el frío de interiores mal acondicionados, el racionamiento de la tela de algodón y la economía- pero bajo la similitud se manifiestan, como en todos sitios, preocupaciones de estética, lo mismo que en mi colegio inventábamos cada alumna mil y una formas de personalizar nuestro uniforme. En China las elegancias, llevadas con el máximo disimulo, van a residir en la calidad de un tejido, en la finura del acabado; la coquetería se desahoga en los detalles: calcetines femeninos finísimos, en nylon a punto de media, con bordados, los pañuelos de bolsillo, los pañuelos de cabeza en roja y turquesa vivos, la blusa invisible bajo los estratos de ropa.

– Es la moda cebolla -les digo-, a capas.

Y en las mujeres, al final, camiseta de manga larga y debajo un terrible sostén de castidad, grande y aplastado. Coquetería y erotismo se centran en esa zona neurálgica que son el escote y los senos; de ahí los altos cuellos a los que sólo en la canícula se desabrocha el primer botón, los cuellecitos camiseros que asoman siempre modosamente sobre los suéteres. La estética, como la sexualidad, se ignoran al parecer de cintura para abajo. Los anchos pantalones estrechados a partir de la rodilla sentaban realmente tan al que hasta a las occidentales prochinas más incondicionales les faltó valor para usarlos.

Nada tan confortable como la seda, la maravillosa seda china, ligera, cálida en invierno, insensible en verano. En el fondo de las tiendas, colgadas de las paredes, relucían las chaquetas de seda enguatada en el esplendor de su rosa salmón, verde brillante, melocotón.

Terminadas las prendas, fui guardando, entre grandes cantidades de naftalina, las faldas, a las que había sacado todos los bajos. Mi equipaje, reducido y seleccionado, era, aún así, inútil. Aparecí desde entonces con el uniforme pero nunca tuve valor para apresarme el pelo en dos coletitas. Iba con el traje chino, pero me miraban de todas formas:

– ¿Y si me vendo la nariz, como las mujeres antes los pies?.

Seguramente ni así.

Cuando llego a mi sección, de estreno, hay comentarios:

– Pues no parece muy uniforme -dice Chou.

– Le está muy bien -Hao.

– Ese tipo de chaqueta es de hombre, las mujeres nunca lo llevan con cuatro bolsillo -Fan.

– Me gustaría hacerme una chaqueta clásica, abrochada a un lado -digo.

– ¿Cómo las viejas?. ¿Una extranjera?. ¡Qué ridículo! -Chou siempre con ese tacto…

– ¿Por qué ha escogido colores tan oscuros? -me pregunta disgustado Chung.

– Para que se  me vea lo menos posible.

– Usted es una mujer joven, ¿por qué no se pone telas de flores?.

– Tú  sabes que aquí no soy una mujer. Soy un animalito extraño. Estoy quitando público al oso panda del zoológico. No soy una persona realmente.

– No diga eso; no es verdad. Es una mujer, y muy bonita.

– ¡Bonita!. Debo parecerles monstruosa, con mi nariz enorme, mi pelo, mi forma de cara. Para vosotros somos horribles los extranjeros.

– No. Sabemos distinguir.

 

 

 

 

 

En otra ocasión Mei me condujo al cine, lo mismo que en el teatro, una multitud se agolpaba a las puertas.

– Siempre es difícil conseguir entradas -me dijo- La sala es grande, pero hay tanta gente…

Hace años, en uno de los tímidos intentos de introducir cine de humor, se filmó una película sobre las vicisitudes de unos hinchas para hacerse con entradas de fútbol; la película y su género fueron excomulgados y fulminados por las altas iras, y, con ella, todo intento de llevar a las pantallas o escenarios personajes medios, es decir, no heroicos. Para cualquier espectáculo, en Sian como en Pekín, hay siempre grandes cantidades de aspirantes a espectador, generalmente son las unidades de trabajo las que gestionan la obtención de localidades. El espectáculo es enormemente repetitivo y estereotipado, pero, por ausencia de competencia y abundancia de público, encuentra buena acogida.

En la pantalla, orlada de citas, se proyecta una película muy antigua en blanco y negro, sobre la guerra antijaponesa. Lo mejor era la esperpéntica caracterización de los invasores, monstruosos, jorobados, pequeños, encogidos, miopes, violentos, estúpidos. El pequeño héroe guerrillero los burla o resiste impávido sus golpes brutales. Mei llora a torrentes, los temas sentimentales se le suben tan rápido a la cabeza como el alcohol.

Algunos occidentales se asombrarían ante la facilidad con que los chinos, reputados de impasibles, lloran. Lo he visto con harta frecuencia, cuando la radio, la imagen o el discurso reproduce, como es de uso, las tristezas de alguien bajo la antigua sociedad, la invasión japonesa, los traidores del Kuomingtang, entonces la reacción sentimental no se hace espera y en menos que se cuenta ya se tiene a las tres cuartas partes del público femenino bañado en llanto. Pero, como la sonrisa, las lágrimas parecen también corresponder a otros estímulos y a otra finalidad que en Occidente, noto que aparecen y desaparecen con rapidez y unanimidad, como cierta convención social o un reflejo ante estímulos muy generalizados y muy fijos.

Otra tarde, después de la siesta sagrada, algunos de mi sección me acompañan a dar un paseo en el camino de vuelta a la ciudad. No muy lejos del instituto se encuentra, desviándose a la izquierda de la carretera por un sendero de arena, un pequeño parque. Fue un templo, encierra pabellones de una planta, césped, setos, flores, dos torrecitas, animales de piedra caídos de sus pedestales, columpios y juegos para niños. Los edificios conservan la gracia de líneas de sus aleros curvados y celosías de madera. En este jardín pequeño, sin lago para remar que atraiga gente, es posible hallar una casi apacible soledad. Algunos pabellones están siendo reparados, se repintan de nuevo las paredes de rojo, se coloca en pie, sobre el caparazón de una tortuga, una estela que yacía por tierra, y, en cada muro lateral de ladrillo, hay aplicado un gran panel con citas de Mao. Los tejados debieron ser en tiempos deslumbrantes, cubiertos de tejas turquesa; hoy sólo algunas rosas azules esmaltadas relucen en las cornisas. Son los rubios días de otoño. En un puesto junto a la carretera, se liquidan las últimas sandías, tan abundantes y exquisitas en la región.

 

Volvemos hacia la parada del autobús. Pegada a un poste hay una hoja grande con caracteres.

– Es el pregón sobre la condena de varios criminales, enemigos de clase -me explican, contestando a mi pregunta.

– ¿Ponen sus nombres?.

– Naturalmente; para que todo el mundo se entere de lo que han hecho y del castigo a sus delitos.

– Pobre gente…

– ¿Cómo pobre gente?. De ninguna manera hay que compadecer a los enemigos de clase.

(«enemigos de clase» son  del ratero vulgar al criminal político, y aun este criminal político, teniendo en cuenta la situación, dudo mucho que pase de criminal político platónico).

– Es que no me gusta eso de publicarlo; no creo en el efecto de esas ejemplaridades, y, sin embargo, destruyen toda posibilidad  de recuperación.

– No. Con los enemigos hay que ser inflexible. Tú eres una humanista. Vivimos en continua lucha de clases, sin cuartel.

– Pseh, lo seré, qué se le va a hacer.

Fáciles, abundantes lágrimas por un lado, y por otro estricta sequedad y sana cólera revolucionaria. Voy entreviendo algo como un acondicionamiento en blanco y negro, una polarización de reflejos y actitudes sorprendente; y eficaz. Pero sin duda yo soy una mezquina humanista, no puedo encauzar cuanto veo en el solo plano de la eficacia inmediata, con todas sus raíces, sus razones, su planificación futura; gestos y hechos son ahora, en personas y momentos determinados, y es ahora que modifican sus vidas limitadas. Ayudar sí, cuanto pueda; esforzarme por comprender por supuesto; pero no abdicar de la observación de la meditación sobre gestos, comportamientos, actos. No puedo arrendar estos «ahora», estos yos vivos, por el Ayer y el Mañana, por las grandes mayúsculas de los grandes Destinos, de las grandes Premisas y Paraísos, que deberán ser nutridos para el futuro con siglos y multitudes. Observo, observo.

También aprendo lentamente la paciencia de clausura, la autodisciplina que debe llenar mis horas, y escribo.

– Al lado vuestro, debo de parecer muy violenta, muy mal educada; perdonad -les digo-. Además, en mi país somos más impulsivos  que los europeos del norte.

En su ambiente comedido, respetuoso, ¡qué brusquedad no deben tener mis reacciones, mis patinazos. Es, en el plano del carácter, como si me paseara ante ellos desnuda, chocantemente desnuda. Esa libertad es el único privilegio que me otorga mi condición de animal extraordinario.

– No debe enjuiciar precipitadamente, sin esperar, ver, tener paciencia -me reprende con delicadeza Chung-. La gente dirá que no vale la pena mostrarle algo, que no espera.

– Tienes razón, pero, de todas formas, soy un elemento tan extraño… ¡A quién le importa lo que digan de alguien como yo…! -digo.

– Me importa a mí -responde él con calor.

 

 

Chung y Fan son mis profesores de chino, se alternan cuatro días por semana, habiendo obtenido para ello previamente la autorización de Mei. Chung es un profesor excelente y un erudito en el que se reconoce rápidamente al licenciado de la universidad de Pekín. Viene de una familia de profesores. Tras la Revolución Cultural trabajó tres años en el campo, luego se le destinó a Sian,. Aunque «está contento con Sian porque trabaja para el socialismo chino», sueña con Pekín, al que vuelve una vez al año en vacaciones. Sufre violentos dolores de estómago y fuma incesantemente. Tiene una maravillosa caligrafía. La primera vez que me escribió unas frases en el cuaderno no pude menos de exclamar, pese a mi total ignorancia:

– ¡Qué bien escribes!. ¡Es precioso!.

– ¡Oh no!. No digas eso. -se excusa, enrojeciendo de placer.

Ataco el chino puramente conversacional, que transcribo fonéticamente. Lo más urgente es hablar y entender. Luego, mucho más tarde, vendrán los caracteres. Chung y Fan pronuncian con lentitud, repiten, a veces grabo las lecciones, Me gusta la lengua. Las camareras del hotel se divierten con mis balbuceos y también me enseñan.

A la hora de la siesta me quedo en mi despacho. Sobre el sofá han dejado una manta y un almohadón que no uso. Leo, escribo. Paso a máquina. Todos duermen, siguiendo a Lenin. En esto se abre la puerta y entran cinco niñas de once a seis años. Vienen, en expedición furtiva, a explorar el despacho de la profesora extranjera. Entran al principio con timidez, que se les pasa pronto, miran los muebles, la máquina de escribir, prueban el sofá  y los sillones, me muestran las labores de ganchillo que están haciendo; intento usar mis cuatro frases de chino y ellas se convierten rápidamente en profesoras, repiten los nombres de los colores, señalando a su ropa, los escriben en la pizarra, las imito, me corrigen. Las muchachitas se convierten visitantes asiduas, suben de puntillas hasta el segundo piso, se deslizan hasta mi puerta, entran con grandes sonrisas. Trazan caracteres en la pizarra, pronuncian, repito; y, cuando lo hago bien, una de ellas se mete la mano en el bolsillo y me da un caramelo.

El buen ambiente y la extraordinaria valía de Chung como profesor llevaban mi chino sobre ruedas.

– ¡Nunca he visto a un extranjero aprender tan rápido! -exclamaba Chung. Había sin duda dado clase a muy pocos extranjeros, pero la verdad es que iba asimilando y comprendiendo a ojos vistas, era la puerta esencial para no quedar reducida para siempre al círculo de los intérpretes y profesores de español, la puerta hacia la gente llana; eso pensaba yo al menos.

Domingo. Nada en el programa oficial de visitas. Mei y Chung han venido a buscarme para dar un paseo matinal. La gente se apiña en las tiendas, que están todas abiertas. En muy buena lógica, en China se piensa que es necesario que los trabajadores encuentren los comercios disponibles en su día libre, máxime en un país en el que no existen más vacaciones que media docena de fiestas repartidas en el año y en el que la semana laboral es de seis días.

Unos pasos delante de mí, una anciana se bambolea sobre los muñones de los pies, dos pezuñas enfundadas en terciopelo negro. Si en el resto del mundo la mujer ha sido (y es aún en gran parte) el proletariado del hombre, en la China antigua ni siquiera debió de ser el animal doméstico.

– Mei, y si no hubiera habido la Revolución, seguirían hoy así… Es horrible -digo.

Mei no soporta mi mirada, de extranjera horrorizada, fija en esos pies. Responde con viveza y, por vez primera, sin atribuir exclusivamente al Partido todo progreso:

– No. De todas formas, no seguirían así. Ya cuando yo era niña las cosas habían cambiado. En el campo se hacía esto pero no en las ciudades, entre la gente con algo de educación.

La práctica de atrofiar los pies es de por sí elocuente sobre la situación tradicional de la mujer china y se pasa de comentarios, tanto más si se considera que no ha sido moda de un año, sino costumbre adoptada desde el siglo VIII d.C. hasta 1911, y practicada, no sólo por la aristocracia refinada, sino por todas las clases sociales, incluidas los campesinos pobres, especialmente en el norte.

 

Al parecer la idea se debe al preciosista emperador Nan T’ang. Puesto que tanto se alababa el pie menudo en la mujer, ¿por qué no reducirlo artificialmente?. Y no faltaron desde entonces hombres poetas para alabar esos muñones, hombres doctos para escribir tratados sobre la forma de vendar los pies, hombres de gusto depurado y exigente para enumerar las cualidades de la perfecta pezuña carnosa. Los cuerpos femeninos desnudos y lisos de los grabados eróticos antiguos se terminan en dos botines redondeados de terciopelo. En el juego del amor este calzado rojo, negro, debía -como las botas en Occidente- añadir un excitante mórbido. El pie era vendado fuertemente de niña, de forma que el empeine se curvara, y causaba la operación grandes dolores durante meses.

La costumbre fue prohibida en 1911 por la República, pero continuó practicándose hasta mucho más tarde. Tanto en Pekín como en otras partes se halla gran número de ancianas con los pies vendados.

Los chinos hoy reaccionan con extrema sensibilidad ante lo que aún testimonia en vivo de esa costumbre atroz. Está prohibido en el teatro que aparezcan mujeres con pies vendados, las fotografías que de ellas puedan hacer extranjeros les es a los chinos particularmente irritante. Otros caracteres de la China tradicional pueden borrarse, apartarse, velarse. Dentro de diez, veinte, treinta años, también éste reposará en la discreta penumbra de los libros de Historia; pero hoy por hoy no se pueden cortar las extremidades como la coleta. Hay razones para creer que para los chinos el espectáculo de los pies atrofiados es particularmente punzante.

Los niños que veo pasar son realmente deliciosos, y los chinos los visten con todos los colores, brillos, adornos, de que ellos se abstienen, los transforman en pelotitas enguatadas rojas, les ponen gorros fantásticos, de conejo, de búho; al menor soplo de viento les envuelven en nylon , como a un confite en celofán. Estos niños de peluche corren con las manos pringosas de caramelo o polo, en medio de su trote me distinguen, y se quedan parados, el dulce a medio camino de la boca, los ojos absortos. Todos y todas se llaman «Siao tal», «Siao cual» («siao» es pequeño en chino). Muchos van rapados a la manera campesina, con una tonsura que sólo deja un poquito de pelo oscuro en círculo o hacia la frente. Luego se recobran de la sorpresa que les ha producido y se apresuran a tirar de la manga a papá o a la abuela, contarles lo que han visto, señalarlo.

En los Grandes almacenes las escaleras están llenas de los que suben y bajan, en los descansillos se sientan mujeres con sus bultos y sus críos alrededor. Hay varios pisos y se vende de todo, desde pastelería y medicinas tradicionales en el entresuelo hasta instrumentos musicales en el último. El ritmo de compras confirma la impresión de prosperidad de la región y de la villa. En tarros grandes de cristal y en botes pequeños de lata, se venden, en la sección de perfumería, cremas de belleza de apetitosos colores: amarillo yema, fresa, menta, nata. Inesperada frivolidad.

– Son para que no se seque la piel en invierno, con el viento y el frío. -aclara Mei.

El almacén de impresión sobre todo de abundancia, más que de variedad, en el sentido de que hay bastantes artículos pero dentro de cada artículo muy pocos modelos y variaciones. El departamento de telas es deslumbrante, en especial en sus sedas y rasos. Los sintéticos se venden  bien, máxime no estando, como el algodón, racionados. ¿Dónde van a parar estos colores, estos dibujos?.

– Es para los niños -me dice Mei-. También nos gusta poner tonos vivos y estampados en las cortinas, las colchas.

– ¿Y para blusas, para faldas?.

– ¿No tienes faldas tú?.

– ¡Yo ya soy vieja!. Eso es para las muchachas en verano.

El modelo de falda, que he llegado aún a tiempo de ver en Pekín, a veces era estampada, pero casi siempre era el ejemplo más conseguido del uniforme de colegio de monjas hace veinte años: una campana negra de grandes pliegues irregulares cuyo borde casi se encontraba con el calcetín, que no deja de usarse en verano, mientras que ni la media ni el vestido existen, como tampoco los tacones. El calzado de cuero es caro y escasea, se ve normalmente en las mujeres zapatos planos de pana negra con una hebilla, y, en verano, sandalias de plástico.

Voy de mueble en mueble, deteniéndome lo justo para que no de tiempo a rodearme. Admiro una vez más ese tipo de sostenes cuasi ortopédicos y las dimensiones inauditas de las bragas. Busco loza tradicional pero sólo encuentro más o menos fina, de fábrica, y pirámides de termos decorados con rosas y osos pandas.

Al descender la escalera más de uno se chafa contra el que va en sentido contrario por irme mirando. Yo en cambio estoy ocupadísima en el difícil deporte de no pisar lo innumerables escupitajos. Había leído que en China se había acabado con la costumbre de escupir; tal vez vuelve a estar de moda estos años. Lo cierto es que en Pekín se escupía por la calle y se hace con un acompañamiento sonoro de estero por demás llamativo; el que avisa no es traidor y en Sian se escupe por todas partes, incluido en clase, en el instituto.

– Es muy sucio -me dice Mei, pulcramente indignada-. En Pekín no pasa.

Desde luego siempre sorprende que el interlocutor carraspee de improviso ferozmente y expulse un sonoro gargajo. ¿Por qué este afán de eliminación de saliva superflua?. ¿Quizá por la climatología, con frecuencia ventosa y polvorienta?.

– Esta tarde podemos ir al parque- me dice Mei.

– Mei, esta tarde tú te vas con tu marido y tu hijo. Ya está bien de estropearte domingos.

Mei defiende lo de no es molestia, etc., con poco vigor, y cede. Iré con Chung.

Los días continúan siendo hermosos. Aún no me había hecho mis trajes chinos, y, cuando Chung viene, estoy preparada para salir con falda. El insinúa:

– Tal vez sería mejor que se pusiera un pantalón, La gente en el parque tiene poca costumbre…

Me cambio y salimos.

– Hay un lago muy grande y barcas.

– Entonces remaremos, ¿verdad?.

– Sí, ¿por qué no?.

– Pero como todo el mundo, Chung, sin atenciones oficiales.

A la entrada justo nos recibe la encargada del parque, que me va dando una charla sobre el jardín, su historia, plantas, utilidad y conservación. Luego viene el té.

– ¿Vamos a remar?. Si no, no tendremos tiempo.

En el embarcadero la gentil guía nos indica una gran barcaza techada, historiada y pintada, lista para las visitas honorables.

– Pero yo quería remar, Chung.

Mi tímido acompañante sonríe, impotente. Se nos mete en la barcaza, que su conductor hace avanzar clavando una pica en el fondo, y damos una vuelta por el lago entre la expectación general de los ocupantes de las barquitas.

De vuelta a la ciudad vamos a cenar. Los restaurantes cierran muy temprano en Sian.

– Tomemos un autobús.

Pero es la hora punta y en las batallas campales por entrar por la portezuela nadie para mientes en mí, para gran desesperación de Chung, que musita:

– Hay un amigo extranjero, un amigo extranjero.

Dejamos pasar dos autobús; como se entra y sale por todas las puertas a la vez  hay una lucha simultánea entre los que bregan por descender y los que trepan. Un hombre se encuentra al fin en la acera, sudoroso; desde la puerta del autobús que acaba de abandonar una de las pasajeras grita:

– ¡Tonshe (camarada), eh tonshe!.

Y le tiende su cartera, que había dejado caer en las apreturas.

Vamos pues andando y Chung me introduce, ¡oh desesperación!, en la sala especial de un restaurante especial, uno de esos reservados frígidos y clásicos. El restaurante está en lo que debió de ser una casa elegante, con graciosos patios interiores decorados con plantas, a los que se abren pabelloncitos de celosías de madera. En la pared del reservado hay una magnífica reproducción caligráfica. T’ang, esos antiguos caracteres chinos aún jeroglíficos, figurativos. Es un placer para Chung explicar y para mí oír las transformaciones del esquema del pez al signo que hoy le representa.

– Me gustaría tener uno de estos dibujos caligráficos.

– Cuando vayas a Pekín los encontrarás fácilmente, y más variedad.

– Es cierto que iré a Pekín, lo advertí desde antes de venir.

– Par ti es mejor, pero lo lamentaremos.

– ¿Y crees que yo no?. Me gusta mucho el instituto, vosotros, mi trabajo; pero ya ves, me es imposible moverme una sola vez normalmente, todo en mí llama la atención -me llevo maquinalmente la mano a la cabeza, comparo el cabello recio y cetrino de Chung con el mío ligero, cobrizo bajo la lámpara.

– Mei me ha hablado de un producto para teñir de negro el cabello, tengo ganas de hacerlo, créeme, para no parecerles tan horrible.

– No -responde Chung, mirando el cuenco que tiene delante-. A mí me gusta su pelo rojo.

Hay un silencio. Despacio observo y considero esa delicadeza de las cosas que se disponen frente a mí, los tazones semitransparentes, los platitos y las cucharas de porcelana diminutamente decorados, los palillos de calidad superior, de ahí los ojos van a la ventana, a sus cortinas de hilo bordado, a sus celosías de madera, luego paso a los respaldos de los sillones, miro de nuevo las caligrafías. En todo el mismo motivo, una curva trenzada sobre sí misma, los meandros de un milenario río, una línea sinuosa, génitrix, preciosista, vuelta hacia sí y otra vez hacia sí, su espiral quebrada en la madera de las celosías, recortada en los caracteres T’ang, serpenteante en los muebles.

Cuando llega la nota empieza la fatigosa lucha de costumbre: por mi eterno estatuto de huésped honorable se me introduce cada vez en caros reservados y se me dan caros menús, pese a todas mis protestas de igualdad. De ello resulta la incómoda situación con la persona que me acompaña, que, yo bien lo sé, no puede permitirse, sin descabalar su presupuesto mensual, tales excesos. Insisto en pagar.

– Déjame. Es normal, cobro mucho más.

– Si te gusta, paga lo tuyo, pero no todo.

Mi sueldo, flaco al cambio europeo, es enorme si se compara con el de un chino. Los profesores del instituto cobran entre cincuenta y sesenta yuanes al mes, según la antigüedad. A mí se me ha asignado como salario definitivo 460 yuanes mensuales (1 yuan = 30 pts), de los que puedo mandar o reservar el 50% en divisas, y se me ha dado una cantidad equivalente en concepto de gastos de instalación. Normalmente el sueldo se fija a los dos meses de trabajo, en Sian me han asignado bastante pronto una suma que me parece elevada y a la cual no presto gran atención; realmente en China mi última preocupación es el dinero y además estos yuanes, contando con alojamiento gratuito y en esas condiciones de vida, suponen una situación de rey Midas. Nunca el dinero me fue más inútil, más ficticio, podía acumular sedas hasta el techo de mi habitación, ¿y qué más?, ¿botellas de vino rojo dulce?. Se hacía lo que se podía sin llegar al delirium tremens. A primeros volvía de clase con el bolso lleno de inútiles billetes y los remordimientos de comparar mis ingresos con los de los camaradas. ¿Hasta qué punto eran ellos realmente indiferentes a esa disparidad, ellos, tan sensibilizados por la propaganda contra las desigualdades, la vida burguesa de lo intelectuales, las pretendidas superioridades de los y lo occidental?. Y sin embargo, mientras el aislamiento y status social del cooperante fuera tal, sin remisión, lógicos, y en realidad, bajos en términos de cambio, eran sus sueldos, aunque resultaran principescos a ojos chinos.

 

 

 

 

 

Las gentiles camareras me introdujeron en la habitación uno de los tiestos de crisantemos que adornaban la entrada del hotel; les dí las gracias aunque el efecto se me hacía funerario. Por entonces recibí una compañía inesperada. El domingo por la mañana, al abrir los ojos, oí un ruido de papeles en el mueble colocado junto a la pared opuesta; allí había dejado algunos bollos secos de harina y aceite. Sin moverme, volví la cabeza, y vi un ratón pequeño,  gris claro, hurgando en el paquete, luego desapareció a toda velocidad.

– ¡Un ratón!. ¡Hay un ratón en mi cuarto!- me apresuré a anunciar la buena nueva a Hao y a los demás. Por la tarde dos camareros conducidos por Mei aparecieron con un siniestro aparato inquisitorial, una ratonera de hierro.

– ¡Ratonera! ¡pobrecito!. No, Mei, estoy contentísima de que haya al fin alguien. De ratonera nada.

– Humanista animalista -me acusó Chung.

Pero yo cuidaba mi ratón, este intrépido ratón chino venido a visitarme espontáneamente, como los presos cuentan que amaestran los suyos; le dejaba diariamente trozos de bollo cada vez más en el centro de la habitación, más cerca del mueble donde yo escribía. El animal corría ante mis ojos sin reparo. Cuando, por la noche, yo trabajaba a la a luz de la lámpara le veía por el rabillo del ojo ganar la zona iluminada en la que había colocado el trozo de bollo, husmearlo y llevárselo hacia un rincón.

– Iré y mataré ese ratón, Rosúa -me decía siempre Hao con tono amenazador.

– Te guardarás muy bien.

Una noche que Hao estaba en mi habitación el ratón atravesó como un rayo.

– ¿Qué es eso? -saltó Hao -Lo voy a matar- y se puso a buscar bajo el tresillo.

El ratón y yo continuamos en una simbiosis apacible. Posteriormente me mudaron de apartamento y me pregunto qué fue de él.

Mi «animalismo» resulta tanto más chocante cuanto que en China los animales sólo son apreciados estrictamente en función de su utilidad económica o estética. En las casas se encuentran con frecuencia, en pequeños acuarios, peces rojos, pero jamás perros ni gatos (excepto en el campo). El reducido espacio de las viviendas y lo mal que sería visto desperdiciar comida en alimentarlos excluye a los animales domésticos. Las bestias de carga, que abundan ya que hay muy poca motorización, tienen aire apaleado y huesudo. La «operación antigorrión», acusados estos volátiles de comer demasiado grano, los exterminó por millares hace años. Hoy reanudan sus revoloteos sin que se les preste atención. El movimiento antimosca, por el contrario, sigue en vigor. En 1952 se lanzó, en el marco de la salud pública, el movimiento de las «cinco exterminaciones»: moscas, mosquitos, pulgas, piojos y ratas. En 1959 fueron muertos un millón de gorriones, millón y medio de ratones, cien mil toneladas de moscas y once mil de mosquitos (1). Ahora hay pocas moscas y mosquitos, pero, naturalmente, existen. No comprendo como muchos autores dicen no haber visto un mosquito en todo su viaje por China. El odio a la mosca es bastante para que, por importante y oficial que sea una discusión, si aparece una, los responsables chinos palmeen el aire con energía, den manotazos, acudan al matamoscas, hasta eliminarla completa y cabalmente. Recuerdo haber visto en un manual de español hecho por profesores chinos una frase como ejemplo de uso del sustantivo «emulación»: «…cazaron moscas con emulación socialista. Hubo quien mató dos mil moscas diarias. Al cabo de cierto tiempo empezaron a escasear las moscas».

Todos hemos estudiado que en Asia Central se encuentran grandes mesetas cubiertas de un limo fértil llamado loes. Es la región de Sian, es, entre otras, la provincia de Chensí. Este barrillo fecundo fue también mortífero; sus aluviones rellenaban la cuenca del río Amarillo y provocaban los fatales desbordamientos. La región muestra hoy un riquísimo paisaje verde, cultivado en terrazas hasta el último ápice. Lomas y terrazas abundan más según se aproxima la montuosa Yenán, que, como capital de los soviets chinos, sede del Ejército Rojo durante la larga guerra, final de la Gran Marcha, cuartel de Mao y los suyos, es hoy Tierra Santa de China Popular y centro de peregrinaciones.

Cuando estudié en mi instituto madrileño la fertilidad del loes de Asia Central no imaginaba que lo iba a conocer a conciencia. Uno de mis primeros domingos en Sian me habían proyectado una visita a la tumba de la princesa Yung Tae, de los T’ang, muerta a los 17 años y sepultada junto a su esposo. Era sobrina de la legendaria, y perfectamente histórica, emperatriz Wu Tsu-Tien. Recluida Wu Tsu-tien en un monasterio budista tras haber sido concubina del emperador fallecido, el hijo sucesor, Chen Kao-tsung, la hizo traer a la corte de nuevo para compartir su lecho. Años más tarde, desde el 660, aquello mujer bella, muy inteligente, terrible, había eliminado a todos sus posibles competidores, era dueña del poder, y así reinó hasta el 705 como emperatriz de China, manteniendo con mano férrea la unidad del país, desembarazándose prestamente de quien no le convenía, y ordenando construir impresionantes conjuntos de estatuas búdicas.

Tsu-tien era budista ferviente, y su amante un joven monje al que hizo después abad. Ella subvencionó el conjunto escultórico de fama mundial: los gigantescos Budas de Loyang, esculpidos en los riscos y grutas de Lung-men.

La zona que se me llevaba a visitar era el «Valle de los Reyes» de los T’ang. La tumba de Yung Tae parecía ser la única abierta al público, pero más allá se alzaban majestuosos las, más que falsas colinas, falsas montañas que albergaban los sepulcros imperiales. El sendero hasta el montículo estaba todo él guardado por dos filas de estatuas impresionantes: guerreros y notables cuyas manos descansaban en el pomo de la espada, que sostenían vertical, hincada entre los pies, larguísimas mangas flotantes, peinado recogido en moño alto, caballos alados y caballos terrestres y ensillados con el caballero a su lado, una pareja de los feroces y familiares leones, todo fauces, bucles y garras; en filas ordenadas, un grupo de reyes bajo vasallaje T’ang se cogían las manos sin espada en el interior de las mangas. A todos ello -como a los caballeros desmontados de más abajo- les faltaban las cabezas y sus filas decapitadas tenían algo de Santa Compaña gallega. Una estela enorme y otras más pequeñas, todas de época, estaban cubiertas de inscripciones, a las que se añadían en otras placas las modernas sobre el lugar.

La visita comenzó por la tumba de la princesa, una obrita maestra. Se descendía por una rampa subterránea hasta donde se hallaba  la pesada sepultura, en piedra negra cubierta de grabados que reproducían la vivienda y la vida cotidiana. Todo a lo largo el pasillo estaba decorado con frescos, algunos restaurados, en otros era posible ver los originales y, en vitrinas incrustadas en el muro e iluminadas, se exhibían los objetos del ajuar funerario, estatuillas de unos 20 ó 30 centímetros, de expresionismo admirable y reproduciendo todo un mundo: guerreros, caballos, sirvientes, doncellas, damas de la corte, dromedarios, bufones, etc. Las losas de las puertas -losas enmarcadas, al parecer, antes de la violación de la tumba, en madera y oro-, relataban en sus caracteres sobre el mármol negro la vida y posesiones de Yung Tae y de su esposo.

En la cámara funeraria llamaba la atención al entrar una pintura mural de varias mujeres en procesión. Eran figuras que recordaban a la Venus de Botticelli, tan exquisitamente femenina ésta en su desnudez como aquéllas en los pliegues de un ropaje que dejaba ampliamente al descubierto el escote. La sonrisa de una de ellas, iluminada por la vela que llevaba en la mano, se me ha quedado grabada como una de las obras de arte en la que se ha plasmado más profundamente el encanto femenino. La desaparición de mis notas de la época ha revuelto en una corriente vaga, ora subterránea, ora a flor de memoria, mis recuerdos, llevándose los datos, las medidas, la disposición exacta, la leyenda de las inscripciones, el emplazamiento seguro de los objetos y las pinturas; pero esa mujer persiste diáfana, iluminada por su vela.

El nublado de cuando entramos en la timba de Yung Tae se ha convertido en lluvia abundante a la salida. Almorzamos las comidas preparadas en el hotel en cajas de cartón: sandwichs y huevos duros. El coche espera para conducirnos, según el plan previsto, a las tumbas de los emperadores T’ang. Pero la desviación de la ruta principal que allá conduce es una carretera de tierra que, si bien normalmente permite circulación rodada, hoy se ha vuelto, con la lluvia continua, intransitable para coches. La elección se presenta pues entre andar varios kilómetros por el barro o renunciar a la visita, al sendero real con sus estatuas guardianas y estelas bajo las que reposa Wu-Tsu-tien. No es mi intención arrastrar por el fango a Hao, Mei y Jen, los acompañantes de hoy a más del guía responsable de la zona artística, pero, tras los quince mil km. Recorridos para llegar a China, no voy a detenerme por algunos más en mal estado para ver las colinas de los emperadores. No confío en absoluto -y la experiencia me dará la razón en China como en otros lugares- en el «será en otra ocasión». Allá vamos pues. El guía es un hombre más bien joven, simpático. Nos presta un paraguas. El va sólidamente pertrechado con impermeable y botas de hule y un ancho sombrero chino, excelente para la lluvia como para el sol.

El coche nos deja en la bifurcación y emprendemos la marcha. Son realmente varios kilómetros y no deja un instante de llover, atravesamos una aldea. Enfilamos finalmente el camino real. El guía, bien protegido, nos muestra estatuas y estelas. Chapoteo tras él y Hao tras de mí, empeñado en cubrirme con el paraguas, que rechazo, y que el viento además vuelve inútil.

– El guía dice que no ha visto nunca a un extranjero venir así, a pie.

– Dile que los españoles… -aprovecho la ocasión para clavar mi pica en Flandes.

La bajada es inenarrable. El barro de Chensí, el célebre loes, no se parece a ningún otro. Bajo la lluvia todo se licúa como un paisaje de chocolate puesto al sol, es bregar en una tina de alfarero; la pasta amarillenta atrapa los pies, ni el menor apoyo duro para las pisadas, hay que caminar de vuelta por una cuesta pronunciada varios kilómetros sobre un tobogán de limo movediza. Es materialmente imposible no caer. Mei, Hao y Jen se cogen los tres protegiéndose con el paraguas -que insisto en que no quiero, realmente detesto los paraguas y estoy ya tan empapada como es posible estarlo- y comienzan el descenso; Hao lanza imprecaciones a los cielos en su español barroco, Jen va tanteando, completamente ciego por la lluvia que cubre sus gruesas gafas, todo dientes y un cepillo de pelo negro cuajado de gotitas.

El guía me presta firmemente su brazo, al que me cojo con desesperación, y su sombrero. Allá vamos. Jovial, encantado de su papel protector de extranjera desvalida, me lleva casi en volandas agarrándome firme. Es un hombre alto y sólido, en pocas zancadas adelanta al lamentable trío de mis colegas, que caen una y otra vez. Sonríe con humor.

-«¡Esos intelectuales…!» -debe de pensar- «¡qué razón tiene el Presidente Mao!».

En la aldea la gente se ha retirado a sus casas, desde las que contempla el aguacero. Los niños juegan en el umbral. Ese día yo llevaba todavía una falda y una gabardina ligera, medias y mocasines. Piernas al aire, chorreante, dos bolas de barro en los pies y rematado el todo por un sombrero chino, tengo razones para pensar que fui, en esa pequeña aldea china por la que los extranjeros solían cruzar en coche, el espectáculo más curioso desde hacía largos años. Mi aparición, del bracete del guía, que era sin duda bien conocido por los vecinos, suscitó una explosión de risa incontrolable en los niños, tan bien educaditos y acostumbrados a aplaudir a los honorables huéspedes, explosión comprensible ante la ridiculez de la visión. (Luego me tradujeron algunos de los comentarios).

Una anciana preguntó, sardónica, al guía: -¿Vas de boda?.

El respondía a unos, saludaba a otros, y así atravesamos el pueblo. Desde luego, de no ser por él, me hubiese caído infinitas veces. De cuando en cuando aflojaba un poco la marcha para desclavarme literalmente los pies del barro. Sonrientes y orgullosos de la distancia ganada a los demás tomamos la recta final y desembocamos en la carretera, donde el chofer nos fue proporcionando instrumentos para eliminar la costra de barro antes de entrar en el coche. De vuelta al edificio de la recepción, dos muchachitas nos condujeron a Mei y a mí a la vivienda del guía para lavarnos y cambiarnos, trajeron agua caliente y toallas y me prestaron ropa seca. Era la primera vez que estaba en una auténtica vivienda- la habitación de Mei en el instituto sólo daba la impresión de alojamiento temporal y adocenado. Aquello era una casa, un cuarto amplio, pocos y sencillos muebles, esteras, fotos como de costumbre entre la tabla y el cristal, y en el fondo el k’ang (lugar sobreelevado, de ladrillo, en el que se enciende fuego por dentro. Sirve de cama por la noche y de día de sitio de descanso) con la colcha enguatada que reemplaza  a nuestros juegos de cama, plegada a los pies. La luz difusa de la tarde y la débil de la lámpara añadían intimidad. Volví al salón flotando en los pantalones. Tomamos té caliente, se charló. La accidentada excursión había establecido entre el guía y yo una complicidad divertida que saltaba sobre la ignorancia del idioma. Cada cual hacía sus comentarios y, buena señal, se olvidaban de mí, que cruzaba de vez en cuando con el guía miradas de sorna; como si la lluvia hubiera disuelto el acartonado barniz oficial. En las raras ocasiones en que esto ocurre es posible distinguir la bondad cordial y sencilla, la débil dosis de agresividad (tan alta por el contrario en los occidentales) que quizá ha permitido el abuso milenario, despiadado, del que han sido víctimas. Tras los terribles leones de metal, los golpes y gestos mortíferos, espantables, de los luchadores de box chino, las actitudes de inflexible dureza, los adjetivos altisonantes, el estruendo ensordecedor de gongs y tambores, tras los invencibles Juan Sin Miedo del teatro, los puños alzados como mazas, los ojos coléricos en los carteles, tras ello hay una masa sufrida, ni extraordinaria ni guerrera, pacífica y afanosa, inclinada sin duda en ocasiones a los estallidos imprevisibles del reprimido, del tímido, del sojuzgado durante siglos y durante siglos aplastado por las minorías que entre ellos supieron criar colmillos, pero con muy poca violencia fundamental que, entremezclada a la debilidad física de las hambres, explica en parte una historia tan larga de esclavitud. Es esta bondad simple y este esfuerzo lo que, cuando llega a se percibido por el occidental, produce en él una estima honda.

No había despejado cuando otro día me llevaron a ver Lin-tung. Es un lugar ya escogido desde antiguo por los emperadores como sitio de recreo, con fuentes termales y un bien dibujado paisaje verde. Dos personas muy distintas habían dado fama a Lin-tung: Yang Kuei-fei y Chiang Kai-shek. Cuentan que el emperador T’ang Hsüang Tsung había hecho construir allá un delicioso retiro para él y su hermosa concubina, Yang Kuei-fei. Absorto en sus placeres, descuidó totalmente los asuntos de estado y perdió el trono y la vida. El lugar ha sido revalorizado por una historia más moderna y más en el estilo revolucionario que el decadente relato de la bella cortesana. Aquí fue hecho prisionero en 1936 Chiang Kai-shek por su propio comandante Chang Hsueh-liang. El guía se complace pintando al asustado Chiang con un ridículo caricatural que recuerda a los «malos cobardes» del teatro. En el punto donde el generalísimo fue apresado se ha erigido uno de los monumentos propios de los lugares sagrados revolucionarios: un templete neoclásico perfectamente horrendo, con su frontón, sus columnas y la inscripción.

El exjardín de Yang Kuei-fei es un parque que reproduce el prototipo que hemos visto en Europa en grabados: canales, puentes, pabellones, torrecillas, plantas. Hay una serie de instalaciones de baños públicos y deseo probar esta agua termal. Entro con Mei, que no se baña pero me ofrece su compañía. Sí, que venga, que me vea desnuda y compruebe que este cuerpo de extranjera es como el de cualquier otra mujer. Pasamos a una de las cabinas -no especial para extranjeros por esta vez– Es un lugar muy bien acondicionado: entrada con mesilla, percha, toallas, jabón, sandalias de goma y cómoda hamaca de bambú para reposar tras el baño. Se pasa de ahí a la otra habitación en la que, a nivel del suelo, está la piscina de baldosín blanco. Al quitar el gran tapón, el agua caliente fluye a borbotones. Me baño largo rato, casi nadando en el agua humeante y deliciosa. La bebo; según Mei, es buena para el hígado y las enfermedades de la piel. No hay acumulación de vapor por la altura de los techos y el tragaluz arriba, en la entrada.

Disfruto doblemente de la piscina por el baño en sí porque, en la escasez de posibilidades, es a l fin y al cabo una distracción Mei viene a enjabonarme la espalda. Comentamos que las europeas tienen más pilosidad corporal que las chinas. Los hombres desde luego está claro que no son de pelo en pecho. Las mujeres tienen una piel lampiña y lisa que encantaba a algunos extranjeros, mientras que a otros, como a Alberto , les daba grima.

Salgo del agua, En pie en el umbral entre los dos cuartos Mei me ayuda a secarme. En esto alzo la vista y veo la cabeza rapada de un muchacho de unos diez o doce años asomada al tragaluz, El crío desaparece tan rápido como parte de mi exclamación. Cuando Mei mira no hay sino el eco de los pasos.

– ¿Qué es? -pregunta.

– No. Nada. Me pareció ver a alguien.

¿Para qué apurarla?

Al día siguiente, lunes, comento con Chung, a propósito de si soy o no animalito curioso en este país, el suceso:

– ¿Lo sabe Mei? -pregunta Chung con acento tormentoso.

– No, hombre. ¿para qué?.No tiene importancia. Un crío…

– Está mal -insiste, con el enfado que yo no tengo.

 

 

 

El Primero de Octubre es la fiesta nacional y se suelen dar tres días de vacaciones. Expresé deseos de ir a pasarlos a Pekín. El subdirector, Tao y Mei me comunicaron que «el instituto deseaba que pasara las fiestas en Sian. Había festejos especiales para los expertos extranjeros». «Deseaba» había que traducirlo en buen romance como que no se me permitía viajar. Decididamente de poco me servían los fajos de yuanes. Les dí la razón en este caso porque me pareció discordante insistir en irme. La víspera el instituto ofreció a sus profesores extranjeros un  «banquete», es decir, una comida a mediodía en la cantina acondicionada al efecto, con dos mesas: en una los profesores de Sri Lanka, sus intérpretes y algunos dirigentes del instituto y de la célula del Partido; en la otra también responsables, mi interprete y yo. Hao estaba confuso cuando le dijeron que me acompañara; su vieja chaqueta tenía un desgarrón en la espalda, pero el subdirector le aseguró que no tenía importancia. Hao siempre daba la impresión de haberse vestido apresuradamente con ropas dejadas por otro; sus chaquetas y pantalones eran los más usados de la sección, con bolsas en codos y rodillas. Siempre se le veía afanoso y afligido por su poco dominio del español.

– Sin ti, estamos perdidos- me decía con frecuencia-. Nuestro nivel es muy bajo, sobre todo el mío.

Y su tono compungido, la expresión contrita de sus grandes manos y cabeza, despertaban la hilaridad de todos.

– Trabaja como un buey -me decían los demás-. Es el que más voluntad tiene.

Y como un buey se le veía rumiar páginas, sentado en su habitación del instituto donde permanecía durante la semana, para ir a su hogar -tenía mujer, maestra de escuela, y dos hijos pequeños- los sábados.

Hao tenía un físico extraño para un chino; quizá sus antepasados venían de alguna minoría nacional de la frontera norte.

– Los alumnos dicen que parece un europeo -me aseguraron.

No era tampoco esto sin embargo. Ciertamente su nariz, más grande, y el pelo, en mechones finos, contribuían a darle aspecto occidental, pero se trataba más que nada de rasgos originales, acusados y como a medio tallar en madera. El estaba firmemente convencido de su fealdad.

– Tu niño debe de ser muy lindo -le había dicho yo una vez.

– No; es feo como su padre.

– No le haga caso -terció Fan, que era buena amiga suya-; es un niño muy bonito.

– ¿Cómo es tu mujer? -le pregunté en otra ocasión.

Hao gesticulaba de forma especial, con muy serias expresiones que, sin embargo, eran para todos infinitamente cómicas; alzaba manos y ojos al cielo ante su propia limitación lingüística, permanecía apartado, compraba el almuerzo en la cantina y lo comía en su habitación. Leía, leía, machacaba, pasaba por los libros como quien ara tierra dura. Y era el único que parecía milagrosamente libre de formalismo y disimulo, que respondía a todas mis preguntas sin clichés, sin citas de Mao. A él llegaba yo con mis choques, con mis incomprensiones, con mi oculto temor:

– Hao, el texto de Chile que había abreviado de una revista española no puedo usarlo en la clase de profesores. Mei dice que no está permitido tratar de ese tema porque China tiene relaciones con la Junta. ¿Cómo es posible que ni siquiera podáis discutir, informaros, dar opiniones?.

– Pero sí. ¿Le dijo Mei que no podíamos discutir?. Eso no es cierto. Yo soy comunista, sin embargo muchas veces no comprendo, no estoy de acuerdo, pregunta hasta que entiendo.

– Hao, francamente esas obras de teatro no me parecen nada bonitas.

– Muchas no lo son, pero en esto sucede como en un matrimonio de terratenientes que tienen una hija bonita y otro de campesinos que tienen una hija fea. Para los campesinos, su hija es más bonita porque es suya.

 

 

 

En el instituto, con las lluvias empezó a hacer frío en el interior. La calefacción no se daba hasta noviembre o diciembre (imperdonable en un país con tales reservas de carbón). Los colegas se espantaban de verme con un solo suéter y sin pantalón interior, y aguardaban mi derrumbamiento de una momento a otro en una ataque de tos. Hao aparecía con una chaqueta suya de lana gris que me hacía poner manu militari. Mei me tejió unos calcetines de lana roja. Los de Sri Lanka tiritaban como una pareja de aves tropicales transplantadas. Chung, flaco y delicado, se enfundó desde los primero fríos en el abrigo enguatado. Wu se ausentaba con violentas jaquecas, el joven Chou padecía del estómago, Hui jadeaba con su insuficiencia cardiaca. Mei y yo éramos los más resistentes de la sección de español. Los catarros me descubrieron que no usaban pañuelos para sonarse sino papeles o la simple ley de gravedad, precedida de musicales carraspeos.

 

 

 

 

La víspera del Primero e Octubre hacía gris pero no frío; me puse mi traje típico, es decir, suéter y falda, que allí era tan típico como un vestido de gitana con lunares y volantes. Cada brindis -por la amistad de los pueblos, por el trabajo conjunto, por el socialismo, por la salud, por el amor (añadía yo), por la familia mía, etc.- se acompaña de un «¡Kampei!», que quiere decir «hasta el fondo», brindaba el secretario, el subsecretario, el responsable de tal, el de cual, y yo tenía que brindar por todo y con todos; por no quedar mal, obedecía al «¡Kampei!». Recuerdo hasta siete brindis, los siguientes son confusos. Hao estaba sentado a mi lado. Le expliqué alegremente en voz baja:

– Hao, hasta la puerta no llego de ninguna de las maneras.

– ¿No?.

– Qué va. Hao, cuando nos levantemos, ¿qué hago?.

– Después de comer descansarás en tu despacho, en el sofá.

– ¿Y para llegar a la puerta?, Hao ¿qué hago para llegar a la puerta? -repetía yo con insistencia etílica.

– No te preocupes, yo te llevaré. Estamos en la misma línea, ya sabes.

Por aquella fórmula «estamos en la misma línea» Hao me había expresado ya en algunas ocasiones su forma de colocarme al otro lado de su barrera personal. Siempre estuvimos ya «en la misma línea» y la frase encerraba un significado más profundo de lo que yo creí.

Finalizada la buena comida, intercambiamos los saludos de rigor. Descubrí que el subsecretario de la célula del Partido estaba mucho pero que yo; durante sus buenos cinco minutos me estrechó la mano una y otra vez repitiendo «¡Muchas gracias, muchas gracias!» (¿de qué?), y yo «De nada, de nada», y él «¡Muchas gracias, muchas gracias!». Acerté a salir con más fortuna y prestancia de lo que esperaba. Mientras íbamos hacia el edificio Hao comentaba:

– ¿Viste la que llevaba el subsecretario?.

En mi despacho me alargué en el sofá y me echó una manta. Yo estaba alegre y dicharachera, preguntando cantidad de cosas; entonces Hao, que me observaba en silencio, preguntó:

– Dime, Rosúa, la camarada Mei  ¿se porta bien contigo?. ¿Se ocupa de ti?.

Hao tenía en ese momento una expresión que no he olvidado nunca, nueva, suspicaz. Su mirada y su tono habían cambiado. ¿Se estaban acumulando cargos para preparar una sesión de crítica y autocrítica a la camarada Mei?. Un camarada del Partido investigaba sobre la otra camarada del Partido de mi sección. Hao había confiado demasiado en mi embriaguez, en mis movimientos inseguros y alegres frases deshilvanadas: lo cierto es que el alcohol puede atacarme al equilibrio, a la coordinación de movimientos, me baja también la censura, pero siempre hay una parte de mí que resta perfectamente lúcida y así la expresión de Hao y la frase que la acompañó encendieron rápidamente la luz roja de precaución, y respondí muy convencida:

– Sí, claro, Mei se porta muy bien conmigo; la pobre siempre  la tengo ocupada y siento que esto le quite tiempo de estar con su marido y su hijo. Se ocupa mucho de mí.

Lo cual, a decir verdad, no era cierto. Mis relaciones con  Mei eran buenas pero ella se mantenía en los límites de las obligaciones que se le habían encomendado y era bien parca en gestos gratuitos, más humanos. Durante bastantes días se quedó a dormir en la habitación de responsables de extranjeros, la de enfrente de la mía. Al preguntarle la razón y suplicar que no lo hiciera por acompañarme, me dijo que su marido había sido enviado un mes en misión fuera y que estar allí, en el hotel, le venía bien para estudiar. Estaba claro que no era cierto -lo de su marido sí-, que se le había dicho de dormir allí exclusivamente para acompañarme, pero en realidad no me acompañaba más de si estuviese en el instituto. Hacía punto en su cuarto sin jamás entrar al mío. No deseaba imponerle mi presencia, pero a veces iba por el calor de una charlita y con la excusa de una pregunta, sin que Mei me diera pie para quedarme.

Por mucha intimidad que me pareciese tener con alguien, por cordiales que fuesen mis relaciones con los colegas, al fin y al cabo me encontraba inevitablemente con mi yo de marioneta en medio de una representación cuyo argumento y actos ignoraba. Se me manejaba con un cuidado paternal, se me hacía creer que yo también era una actor más de la representación, pero en una de las vueltas me encontraba inevitablemente frente al espejo en el que se reflejaban los hilos, y, tras de ellos, los bastidores.

 

 

 

1 de octubre

 

El Primero de Octubre el astro del día siguió sin dignarse a aparecer, lo que era imperdonable en un país que practicaba en gran escala el mayor culto solar de memoria de planeta -culto a un sol rojo, levante, revolucionario y maostsetunizado-. El efecto espectacular de las celebraciones -flores de papel, colegialas ataviadas en vivos colores, globos- perdía no poco en la atmósfera gris.

El hotel y los grandes edificios fueron iluminados por la noche bordeándose los aleros y los contornos de hileras de bombillas amarillas, rojas. Con su gran estrella roja, brillante, recordaba el conjunto a una Navidad marxista. Por la mañana vinieron a buscarnos temprano los responsables y partimos en los coches. Para las fiestas se organizan en los parque, a los que la entrada es limitada, representaciones diversas de teatro, danza, etc. Hay barracas de feria, multitud de barquitas engalanadas sobre el lago, puestos de comidas y bebidas. A los extranjeros nos estaba reservado, claro está, un día de festejos con itinerario estrictamente previsto. Cuando bajamos de los coches para entrar en el parque descubrí con sorpresa que de otros vehículos descendían bastantes extranjeros, y no turistas de paso. Mei me dijo que se trataba de personas que trabajaban en la región. Eran unos quince africanos en aprendizaje en una fábrica, una docena de rumanos asesores de empleo de maquinaria, una matrimonio joven de habla francesa. Imagino que todos ellos deseaban, como yo, que charlásemos un poco y recibían con agradecida sorpresa aquella oportunidad de contacto tras nuestra aislada vida, y no dudé de que los chicos habrían previsto un cóctel en el que también nosotros «cambiaríamos impresiones» (puesto que los chinos alaban sin cesar el «intercambio de experiencias»). Nos dirigimos miradas y sonrisas, pero sin tiempo de más porque ya los responsables e intérpretes  que nos acompañaban a cada uno nos conducían a la entrada. Desde entonces caminamos a buen paso, siempre guiados, por senderos bordeados de escolares en perfecta formación que efectuaban danzas gimnásticas con flores y arcos de papel, cantando en nuestro honor:

– ¡Bienvenida, bienvenida; calurosa bienvenida a los amigos extranjeros!.

Ellos y los visitantes chinos aplaudían;  nosotros también. Tras un paseo por el lago, se nos llevó a visitar los puestos de feria. A todo esto, los africanos me echaban largas y hambrientas miradas, los rumanos sonreían y hacían gestos, pero el ritmo del festejo imposibilitaba una conversación. La apoteósica bienvenida tenía algo de San Fermín de expertos extranjeros. Los rumanos estaban en la misma barca que yo y uno de ellos, pelo gris y atuendo cuidado, consiguió hablar un poco conmigo en malísimo francés, entremezclando algún «jolie femme». Al desembarcar me hizo saber que estaban en una fábrica de montaje de aparatos y que se los llevaban otra vez al día siguiente por la mañana. En el puesto de tiro al blanco me dio su nombre y le dije el mío y mi trabajo.  En el curso de una representación al aire libre de canto e instrumentos apuntó el número de mi habitación y prometió venir a verme. Esto sobre la marcha, y deshaciéndonos por un instante del encuadramiento oficial. Tras unos minutos en un espectáculo, levantarnos a indicación de nuestro guías para pasar al siguiente, ver y cambiar de nuevo, comimos y brindamos en la terraza -en mesas separadas todos- y fuimos conducidos de nuevo al hotel. Vinieron a buscarnos luego para la cena, y el «cóctel de fraternidad», por supuesto pensé.

La cena fue exquisita. Ocupaba la mesa contigua un grupo de norcoreanos. Yo les había visto entrar y salir del hotel, donde residían, en un microbús, jugar al tenis en el patio y comprar en el mostrador objetos típicos. Desde el primer momento me llamaron la atención por u uniformidad absoluta, al lado de la cual la indumentaria china es variada como los peces en el mar. Del corte de pelo a los cordones de los zapatos, pasando por la corbata y la insignia de Kim Il Sung, todo es idéntico, y la expresión hierática y los gestos militares no mejoran en conjunto.

Durante el banquete, el que debe ser jefe del grupo de norcoreanos se levanta, como es costumbre, para brindar por las victorias de China, por la excelente situación interior y exterior, y lo hace con tan tétrica seriedad que es difícil imaginar el rostro que reserva para el entierro de sus seres queridos.

Tras la cena, se nos llevó al ¿cóctel?. No, a la sala de espectáculos en el hotel mismo; se proyectaron documentales sobre el aumento de la producción. Y terminaron los festejos del Día Nacional.

De vuelta a mi habitación, pregunto:

– Mei, ¿Cómo es que no ha previsto ninguna reunioncita de los extranjeros que trabajamos en la región para que nos conociéramos, para que charlásemos?.

Me miró con extrañeza.

– Pero ustedes trabajan en entidades diferentes, sin intereses de trabajo comunes; ¿para qué van a hablar?.

Tardo unos instantes en recuperarme y responder:

– Es natural. Se conoce gente, se hacen amigos, se discute… Como en todas partes.

– Nosotros frecuentamos la gente con la que trabajamos en nuestra entidad y amigos que ya tenemos por trabajo o por nuestra familia. ¿Qué finalidad tiene hablar con otra gente?.

– La… Ninguna, ninguna…

Reflexiono, sentada en el sofá, en el cuarto más verde y más oscuro que nunca. Ya he notado que la «repartición por parcelas» humana y el hermetismo de éstas, pese a lo de intercambiar experiencias, es notable; y dentro de una misma entidad de trabajo. Mis colegas de español parecen desconocer todo y todos los de la sección de francés, dos puertas más allá; y si bien se mira, aun en un medio tan igualitario, con su cantina común y habitaciones contiguas, hay una fortísima tendencia al aislacionismo en pequeños núcleos, lo mismo que no se disuelve una cucharada de granos de trigo revueltos en un vaso de agua.

 

Me meto en la bañera. Los extranjeros en China, por la ley de las compensaciones, buscamos en el contacto prolongado con el agua caliente; en las visitas al peluquero y al barbero, en los pasteles y en las sopas, las voluptuosidades asequibles. Recuerdo a un colombiano que conocí en la piscina del Hotel de la Amistad que me decía «Yo me paso la vida en el peluquero dándome masajes en el cuero cabelludo. Es la única sensación que se puede encontrar».

Seguramente la duración de los baños y la temperatura del agua está en estrecha relación con la frialdad humana de la vida. También recuerdo a un francés que, buscando sensaciones fuertes, se metió en el agua casi hirviendo y pagó el capricho con congestión y vómitos. Por otra parte, todos los solitarios conocen el papel agrandado de las sensaciones epidérmicas.

 

Pienso. Ya pasó el Primero de Octubre, y con él una semana más, un mes en el que todo se ha ido marcando como en cera caliente y me abruma con su presión interior, recuerdos tan exactos, tan filmados a su propio ritmo. No se debe recordar así, es demasiado recordar, hay límites, hay normas para el recuerdo, que corra por su cauce pero sin que el caudal sobrepase la medida, porque, de lo contrario, es la inundación sobre los márgenes de lo consciente, sobre el presente todo. Quisiera ir perdiendo lastre de estos recuerdos, dejar hundirse al menos algunos rasgos de aquellas caras, algunos objetos, palabras. El lunes les decía a los profesores:

– Si vais a mi país desde luego no iréis al hotel, iréis a mi casa.

– ¿Y la molestia?.

– ¡Qué molestia!. Tengo costumbre; después de haber viajado tanto he estado albergada por gente que apenas me conocía o que sólo conocía a conocidos míos. Y también me ha pasado que llame a la puerta gene que no conocía de nada, y allá duerman.

– ¿Cómo es posible?. ¿Y si es un espía la persona?.

– Bueno, es una posibilidad pequeña y no vale la pena rehusar a todo el mundo la hospitalidad por si hay uno que es un espía.

– No. Aquí no hacemos así, ir a casa de cualquiera desconocido. Vamos a un hotel.

– También allá, pero no siempre. En África del Norte son todavía más hospitalarios, máxime en el campo.

Una tarde, en la habitación de Hao, Fan me muestra la antigua inclinación de las mujeres chinas, con las manos cogidas y apretadas sobre la cadera izquierda, como en un súbito dolor de costado, flexionando al mismo tiempo las rodillas. Con el sombrero chino de Hao imito a mi vez las grandes reverencias estilo caballeresco siglo XVIII; y nos reímos hasta las lágrimas.

Golpean la puerta. Salgo del agua y de mis rememoraciones. Me pongo un albornoz, abro, y encuentro al rumano con su traje impecable rodeado por Mei y media docena de camareras.

– Estuvo preguntando por un profesora española. Los camareros no le entendían y me llamaron a mí, que duermo en la habitación de al lado -explica Mei.

El rumano se disculpa, abrumado por el poco discreto acompañamiento. Nos explicamos ambos ante los sonrientes camareros, tarea doblemente difícil por conocer él sólo unas palabras de francés.

– Lo siento, ahora no puedo. Ya ve, mi intérprete está enfrente. Y todos éstos -digo.

– ¿Cuándo?.

– No sé.

Ante la confusión del encuentro, el rumano se despide cortésmente y se va. Lo cierto es que no he sabido qué hacer con este hombre porque lo único que cabía que hiciéramos es el amor y así, antes nada, la cama, después nada. Creo que no puedo y me ha cogido demasiado de improvisto. Lo siento por su decepción;  debe de haber visto el cielo abierto tras meses de abstinencia.

Es sencillamente odiosa la atmósfera de separación sexual, sentimental, en la que se nos hace vivir, como si estos cuerpos, sangre, que tenemos no existieran sino para algo, para objetivos; como si sólo «sirvieran», no «fueran». Y ver encima santificar la represión sexual descarada como «honesto orden» en nombre del socialismo y de Marx, que son jalones en la lucha por la liberación del hombre como ser completo. Tengo rabia por esas fases intercambiadas a salto de mata durante la mañana, por tantos brindes calurosos, por tantas cordiales bienvenidas, por tanto calor abstracto y tanta sangre de pez, por los africanos de miradas ávidas y por el cortejo del rumano reducido por las circunstancias a un celo apresurado, rabia y tristeza por esa obligada rapidez animal, y también por Fan, separada de su marido a los dos meses de casarse y  que no le verá sino en las vacaciones de verano, como Hui, que lleva ocho años en esa situación y que se vino de las últimas vacaciones dejando a su madre y a su esposo, junto con el niño mayor, un bebé de un mes, y por los muchos otros, y por mí. Por las noches y los cuerpos perdidos de forma irreparable, por el goce que no está en las estadísticas y cuya única razón de ser es el goce mismo; rabia sobre todo por la hipocresía que habla en nombre del control de la natalidad cuando bien sabe los muchos medios de controlarla, la hipocresía tras cuyos razonamientos clarea el Culto al Orden, y sorber hasta el tuétano del Poder.

 

 

 

 

 

 

8 de octubre

 

 

No se les ha escapado la fecha de mi cumpleaños; 30, cifra simbólica, estratégica, fatídica, que ya figuraba en mi carnet de miembro del Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian, pues los chinos no se contentan con preguntar a las primeras de cambio: «¿Cuántos años tiene?», sino que los cuentan añadiendo el año en curso. Este domingo por la tarde vienen a la habitación del hotel, a celebrarlo. He comprado dulces y vino. Desde mi ventana les veo esperarse unos a otros y luego atravesar juntos, pequeña procesión con el paquete redondo de una tarta, el patio del hotel: Mei, Chung, Hao, Chou, Wu… Les miro, ahora que aún no me ven con un agradecimiento conmovido que ellos no imaginan y con un remordimiento de no haber quizás estado a la altura de lo que necesitaban y esperaban de mí, por no poder vivir dos años en esta amable libertad condicionada, en la jaula dorada para extranjeros, por no querer aceptar ni la normalidad ni el fundamento de esta situación. Avanzan en el decorado inmenso y formalista para un acto cortés y deferente, pero yo les conozco y me conocen , ahora lo voy sabiendo, ni ellos son tan modestos elementos como creen ni yo soy ni muchos menos un importante especialista (como les he repetido mi valor reside ni más ni menos que en el hecho de mi rareza aquí, en este momento, y lo que ha costado traerme, por lo que conviene que me aprovechen al máximo, no es valor intrínseco sino contingente)  pero sus personas y mi persona, al otro lado del formalismo y los tópicos, se van tocando como las raíces en la oscuridad común de la tierra, de la tierra de todos nosotros.

Los presentes caros son desusados en China; los regalitos, menudos entre amigos; así de recibo un pañuelo con flores de cerezo de Chung, una agenda, dulces… La tarta es grande, de bizcocho, con un paisaje florido de azúcar coloreada rematado por una gran rosa. Se ponen cómodos, miran mi colección de fotos los que aún no has han visto. Las fotos les encantan, y las mías son en color, mientras que en China no se venden carretes sino en blanco y negro. Las fotos en color chinas son en realidad la mayor parte pintadas, de ahí su impresión escénica. Una mamá extranjera contaba en Pekín que, habiendo llevado a su niñito, moreno de pelo y ojos, a fotografiarse, al ir a recoger las fotos se encontró con que tenía su niño los ojos azules, que era, según idea del fotógrafo, el color tipo de unos ojos de extranjero.

Unas copitas ablandaron no poco el ambiente, máxime con su falta de costumbre de tomar alcohol, que dosificaban con gran cuidado y en el que ellas a duras penas mojaban los labios. En cuanto al baile de parejas, había sido colocado fuera de la ley durante la Revolución Cultural. Antes de 1966 sin embargo los chinos practicaban y gustaban no poco de los bailes occidentales -fox, twist, slow, etc.-, escuelas y universidades celebraban su baile semanal, y los bailes de salón eran enseñados en la Escuela de Danza, junto con el ballet clásico.

A partir de 1966, la Revolución  Cultural atacó, entre otras cosas, la abominable corrupción burguesa del baile de parejas, su execrable origen extranjero y lógica inmoralidad. Y desapareció como si jamás hubiera existido.

Mis compañeros me piden que les baile yo algo típico. Me niego mientras no hagan lo mismo. No se animan; sólo Chung, confortado por el vino dulce, se lanza a unos pasos de danza rusa.

– Ahora el café.

Les sirvo. Los chinos, o no lo toman, o lo han probado alguna vez al estilo ruso, con mucha leche y azúcar.

– ¡Esto es muy malo! – Hao se ha tomado sin esperar a más un sorbo puro y gime dolorosamente-. ¡Es muy amargo!.

Los otros ríen y, convenientemente mezclado y endulzado, lo sorben con más curiosidad y cortesía que fruición.

El pequeño reproductor de casetes Phillis me está prestando servicios inestimables. Les pongo música. No es fácil encontrar piezas que les agraden. No puedo fiarme de mi propio gusto. ¿Los clásicos?; lejanos. ¿Los Beatles, los Pink Floyds?; seguramente cacofónicos. ¿Flamenco?; estruendoso. ¿Las canciones de amor?; incomprensibles, Y todo anatema, por supuesto.

– Por favor, ponnos otra vez esta canción.

¿Cómo?. ¿He acertado por casualidad?. Precisamente había puesto una casette grabada para mí por Ruiz en la que, entre flamenco y saetas, que me gustan, hay también tonadas de Conchita Piquer, de Lecuona y del Trío de los Panchos, que no me llaman gran cosa la atención.

– ¿Cuál decís?.

– La última.

Y es «Siboney, yo te quiero, yo me muero por tu amor».

– Es muy bonita. Otra vez -y habla el joven hosco, Chou.

Sorpresa. Oyen con atento deleite este ritmo melodioso, lento, sensual, suave; lo oyen dos, cuatro, seis, más veces seguidas. Están enamorados de «Siboney», no lo hubiera supuesto. Lo pongo y lo escuchan sin cansancio, su romántica queja de amor, cadenciosa.

 

 

 

Octubre

 

– El responsable Tao va a venir al hotel a hacerte una visita hoy, por la tarde -me anuncian.

Tao viene de misión oficial, es evidente. La conversación comienza con los largos preámbulos acostumbrados, té, saco el trozo de tarta de cumpleaños que aún resta. Sobre un mueble hay fotos. Tao mira una mía de verano, y comenta preocupado:

– Estabas con mucho mejor aspecto… Debo hacerte una crítica. Trabajas mucho, estás haciendo gran labor para el instituto, pero no sabes descansar. Lenin dijo que el que no descansa bien no trabaja bien. Debes cuidarte; y nosotros tenemos que hacer todo lo posible para mejorar tu vida diaria . Dinos lo que necesitas.

Me agarro al tren en marcha:

– Pues necesito salir, andar. Quisiera pasear por el campo, hacer largas excursiones, No simplemente ir a visitar un sitio, llegar, entrar, verlo y meterme de nuevo en el coche. En Europa tenía costumbre de andar mucho por el campo, A veces dormíamos allá, hacíamos una hoguera…

Mei me saca de mis sueños bucólicos:

– Pero hay peligros, hay lobos, hay enemigos de clase.

– Ya serán menos lobos. Lo importante es andar, ir sin que me escolten.

Consternación suya, consternación mía. Impotencia mutua. Por que nunca se sienten más desconcertados que cuando se les presentan las cosas desde un ángulo distinto al que se les ha mostrado de costumbre, nunca están más perdidos que cuando se introducen elementos, planteamientos, situaciones que no están comprendidos en su temario oficial. Porque han adquirido la, si no saludable, sí explicable costumbre de actuar psíquicamente como si lo no iluminado por su preceptiva y sus finalidades sencillamente no existiera. He aquí que una persona extranjera, y por serlo, reglamentada, encuadrada y limitada en todos y cada uno de sus pasos, pide sencillamente caminar y los modestos goces de la existencia corriente.

Me pesa el problema de mi persona respecto a ellos, pero es absolutamente necesario que alguien se lo plantee, no ya por mí, sino por los demás extranjeros que irán viniendo, por las futuras y necesaria s convivencias, por desescayolarles el ángulo del pensamiento.

Cierto que la salud de los extranjeros, de la que son responsables, no facilita las cosas. La mía ha encajado como ha podido un choque psico-social, un desarraigo, serios. Esta máquina de carne y huesos responde bien, como probó en otros climas y en condiciones sociales tan diferentes como duras. Lo mismo que en el norte de África, en el de Europa o en España, mi estómago es una mansa e inestimable herramienta omnívora, me adapto al clima sin un mal catarro. Pero tengo dolores de cabeza y nuca, vértigo y escalofríos que son malos de ocultar en el instituto si estoy dando clase, y que me contraataco con tazas de té caliente azucarado o endulzado en m i habitación con miel. Cuando llegué a Pekín, nada más empezar la menstruación se me cortó coincidiendo con las discusiones sobre Sian. Desde entonces no he vuelto a tener sino pequeñas hemorragias, repentinas e irregulares que se cortan al comenzar:; consumo cantidades industriales de aspirinas del dispensario del instituto. En mi laboriosidad y energía en el trabajo, que tanto alaban, hay motivaciones menos desinteresadas de lo que parece. Me zambullo en mi despacho y en mis tareas y estoy en el instituto de las ocho de la mañana a la s seis de la tarde, impulsada no sólo por la bella conciencia socialista, sino por egoísta horror a meterme en el hotel. Cierto que el horario de clases y consultas que se me marcó al principio pasó rápidamente a tener un valor simbólico, pero el instituto era mi ración exclusiva de relaciones humanas.

A la vuelta quedaba la espera de cartas, cartas escasas y tardas, alarmadas porque las mías también se retrasaban, cartas revestidas por la distancia de poder y eco, capaces de levantar en segundos una tempestad interna, de golpear secamente la garganta. El secretario de Amistades Belgo-Chinos me envió una que se dirigía en realidad clarísimamente a los chinos de la censura. Ruiz me mandaba los folletos de noticias de agencias de prensa extranjera en Pekín, y cuando me escribía lo hacía, también con vistas al público, empleando un argot castizosarcástico a prueba de chinos compaginado con doctas descripciones y sabios consejos perfectamente ortodoxos. Por supuesto algunos conocidos, al saber que me encontraba en China Popular, se sintieron abrasados de súbito y amistoso amor y me pidieron descripciones del país y de mi vida. Alberto, perezoso, espolvoreaba de azúcar de cuando en cuando mi correo en su letra redondilla. Las primeras cartas llegaban, naturalmente, primero al Hotel de Pekín, y luego eran desviadas a Sian. En general, no tenía correo. En la habitación, la música que me había alimentado ya pacientemente durante el invierno belga.

 

 

 

– Chung, ¿podrías darme clases esta sábado o te molesta?.

– Por mi gusto me pasaría todo el día contigo, pero es Mei quien dispone en la sección. Pregúntale tú a ella.

¿Fórmulas de cortesía oriental?. Chung me habla con una expresión y un tono serio y veraz, siempre con esa llama en los ojos, muy bellos y raros en china, grandes y oscuros. Las frases con significado personal que de él recuerdo son pocas, pero pronto, muy pronto noté algo extraño, su forma de acercarse a mí, de buscar un roce momentáneo.

Durante la siesta, como de costumbre, no duermo. Leo en mi despacho. Hace calor y sol. He encontrado un libro de arte antiguo chino. Acomodada sobre el sofá, los pies desnudos, miro lentamente los objetos.

– ¿Con permiso?.

Chung entra. Se aproxima y mira por encima de mi hombro.

– Siempre leyendo -dice.

– Mira -le voy mostrando.

Mientras hablamos, inclinado él sobre el brazo del sofá y sobre mí, me llega perfectamente a través de la blusa el calor de su brazo, y su pelo se mezcla con el mío, su serio, recio pelo negro con mi ligero, escandaloso pelo con reflejos rojizos.

Sus movimientos buscaban cada vez la tangente en la que me encontrarían, me rozarían, la posición que permitiría un furtivo contacto. Lo buscaba con extrema timidez, como algo autónomo, separado de sí, y lo buscaba incluso cuando les daba clase a todos los profesores juntos: sentada en el sofá, él a un lado, Mei al otro, sentí su pierna pegándose a mi muslo, se apretaba hacia mí, yo me corría disimuladamente, pálida de miedo ajeno, del que tenía de que los demás lo descubriesen y le diseccionaran de críticas, autocríticas y atentado a la moral con agravante extremo de extranjereidad. Estaba espantada por él y algo enfadada por ese tipo de contacto que no podía sino recordarme a los mediocres abusos anónimos del metro o en cine, aunque en Chung eran indudablemente roces ocasionales, indistintos, tan ávidos como breves. Decidí mantenerme en esta do de virtud ofendida, es decir, evitarle y mostrarle, si estábamos a solas, que las occidentales también teníamos nuestra susceptibilidad,  atajando las observaciones que sus compañeros fatalmente acabarían por hacer.

Y por tanto, Chung, era una actitud estúpida la mía, la sombra de enfado por la que intenté serte seria. Luego comprendí. Expresabas algo inexistente, porque en esa sociedad lo que «no debe ser» no existe. ¿Cómo lo hubieras formulado con palabras?., ¿cómo hubieses seguido el ritual ni de occidente, ni de oriente, ni de parte alguna?. Aquello no sólo no existía, sino que no existiría, carecía de objetivo en el futuro, carecía de futuro que es doblemente no existir, que es la nada social, y, por tanto, simplemente la nada total en tu sistema. Obedecías pues al método que parece regir entre vosotros la vida interna: ortodoxia social en tus parcas palabras y en tus actividades, y paralelamente, en una oscuridad en la que la falta de nombre y concisión evitaban la condena, sentimiento y sexo «inexistentes» germinaban, vivían. Chung, era patético tu lenguaje obligado de gestos, ese desdoblamiento necesario y tácito ante una realidad socialmente, oficialmente, inadmisible. Tu yo expreso actuaba y hablaba por un lado, y tus gestos, tus pobres gestos ciegos a los que yo pedía, en mi ignorancia, el ritual acostumbrado, proyectaban tu persona honda y tu deseo con el atrevimiento de la inocencia.

En cierta ocasión, examinábamos las diapositivas disponibles, con el fin de redactar frases apropiadas para su uso en audiovisual; te acompañé a buscar los proyectores, y, en el rincón de los mapas, sobre un aparato prehistórico, cubierto de polvo, cogiste mi mano al tiempo que el instrumento. Tampoco supe qué hacer y creo -ya ves, no te acomplejes por timidez- que enrojecí y bajé los ojos.

También yo entré pues obligatoriamente, sin palabras, en el sistema, ¿cómo si no?. He temido por ti desde entonces. Pero entré con rabia y rebeldía contra lo que nos sometía a aquel mudo diálogo en la nada. Yo no volvería al cabo de unos meses a Pekín. Tú te casarías, como todos, al cabo de unos años con la novia con la que te escribías; pero sobre todo yo era una extranjera, un ser de otro mundo de flexibles fronteras.

– ¡Tú eres una libertad pura!, pero nosotros no podemos ser así -habías exclamado, dolido ante mis críticas generales.

Al menos, si sufriste y arriesgaste, no te cupieron, como a mí, los remordimientos, Porque yo sabía que jugaba a ganar, que me había presentado con los tristes ases de mi exotismo, mi pelo libre y suelto y mis ojos atrevidos, con el perfume de la distancia, de los libros, de los viajes, en un universo femenino de apretadas trenzas y apretadas posibilidades. Cuando, explicando da los alumnos el significado de la palabra «firma» en español, tracé la mí en el encerado, tú, que presenciabas con frecuencia mis clases, exclamaste en voz baja y rendida.

– ¡Es como fuego!.

Te recordaba al carácter chino que lo representa. Tu acento de aquella ocasión se unió a la angustia que ya gravitaba sobre mí.

Y no por ello me alejé; hubiera sido pedir imposibles. Desde entonces esperé tu mano, que fue viniendo en cada ocasión más segura, más familiar, más abierta, y entre cuyos dedos, bien cerrados sobre la mía, quedaba la angustia. Si nos hubiera sido dado hablar, te hubiera dicho que, en las condiciones sociales en que yo vivía y teniendo en cuenta las mías propias, hambrienta de afecto, ¿qué mano no hubiese cogido?. Pero también es cierto que tus ojos, tus propios ojos llenos de tu delicado e inteligente espíritu, eran, Chung, irremplazables.

 

 

 

 

 

En China, como en occidente, los fines de semana atraen irremisiblemente a la lluvia, que nos acompaña cuando vamos un domingo a visitar el templo de la Enseñanza Floreciente, a 40 km. de Sian.

El santuario budista se halla en una altura, rodeado de su muro. El sacerdote nos recibe a la entrada y nos conduce a la sala en la que nos hará la presentación. El conjunto es extremadamente bello: Jardín y grandes árboles ennoblecidos por el otoño, pabellones de regulares dimensiones tocados de tejados curvos rematados por campanillas, puertas semicirculares que dan acceso al segundo jardín en el que se alza una torrecita de cinco pisos y deliciosas proporciones.

El sacerdote es un hombre robusto, macizo, alto, mirada y sonrisa tranquilas y perspicaces. Debe de aparentar mucha menos edad de la que realmente cuenta. Tiene el cráneo rapado y la piel dorada y va confortablemente enguatado en chaqueta y pantalones negros.

En esta visita me aventaja la impecable traducción de Chung:

– «El templo de la Enseñanza Resplandeciente, o Floreciente, (Zing Tiao-tse) se fundó el siglo XII d.C. para enterrar los restos de Hsuang Tsang, una de las personalidades religiosas más significativas de toda la historia china. Hsuang Tsang era originario de Loyang. Se hizo monje en el año 612 d.C. Viendo las erratas de las biblias budistas, se propuso obtener una biblia perfecta y para ello se puso en marcha  hacia la India en el 629, con lo que también aportó a este país la cultura china. Su viaje duró diecisiete años y recorrió más de 50.000 km. Viajó durante quince años por la India y se hizo famoso allí por su renovación del budismo, del que dio clases a los hindúes. Volvió a Sian llevando 659 biblias budistas. Al principio se instaló para traducirlas en un templo al oeste de Sian; luego en la torre de la Gran Oca, y después en Fu-Sien. Durante 19 años tradujo en 19 tomos de biblias budistas incluyendo más de tres mil trescientos capítulos y diez mil millones de caracteres. Escribió también un libro, «Sobre el centro de Asia y la dinastía T’ang», de historia y geografía. Murió en el 669.

Primeramente fue enterrado en un parque. Después el emperador T’ang Kao Sung, marido de la célebre Wu Tzu-tien, lo hizo trasladar a este lugar, mandó construir un templo y le dio el nombre de «Enseñanza Resplandeciente».

Voy viendo en la sala un retrato, dos citas y un poema de Mao. Entre las dos citas de Mao, en caracteres rojos, se encuentran los paneles con citas del monje en caracteres verdes; es l teoría fundamental del budismo.

La explicación concluye con las maldades cometidas por el Kuomintang en el templo, las bondades del gobierno actual:

– «… actualmente hay tres monjes. Cultivan su trozo de tierra y obtienen nueces, manzanas y cereales, de forma que pueden vender parte de su cosecha. Algunas veces van a la ciudad. Por la mañana recitan las biblias budistas, no comen carne, huevos ni pescado; pueden fumar, siguiendo la regla, son célibes. Los fieles que aún acuden son ancianos».

El monje ha hecho su presentación habitual lentamente, con cierta expresión de calma y tristeza. Su nombre budista es «Luz Permanente. Pido a Chung que le traduzca que, aunque ignorante al respecto, he leído sin embargo los libros búdicos, pues me intereso por la historia de las religiones, y le ruego que hablemos sobre la doctrina de Buda. Los ojos del monje se iluminan y parece feliz de explicar. El ayudante de Tao, que, por ciento se está aburriendo soberanamente con la explicación, añade que la doctrina búdica es, en realidad, una forma de materialismo: el marxista transforma el mundo objetivo; el budista a sí mismo. Mientras, nos traen té caliente y arrojan, con el garbo acostumbrado, el frío de las tazas al suelo.

El monje, con un sonrisa condescendiente, continúa su exposición: Lo esencial es llegar al estado «Fa», de armonía de la naturaleza por medio de la aplicación del conjunto de la leyes budistas. Los grados de perfección son: Buda (los más conscientes); Pusha (los que tienen un grado de conciencia por debajo de Buda); Faashi (los maestros budistas, estudiantes de budismo, etc.).

Subimos al piso de los documentos. Hay una copia de la biblia budista que se imprimió en tiempo de los Song: Se precisaron 138 años para imprimirla. Se divide en 49 partes, 1532 capítulos y 6222 párrafos. Existe otra biblia budista de tamaño reducido, de origen japonés. El templo cuenta con una estatua birmana de Buda en jade blanco. El monje señala que muchas de las biblias fueron impresas en Japón, país en el que se introdujo el budismo durante la dinastía china T’ang. Un pedestal formado de mil budas sostiene un Buda solemne de bronce de la época Ming. El pabellón en el que se encuentra la sala de celebración del culto y la habitación del monje es una estancia agradable, cálida, casera, con su altar, sus estatuas, una de ellas relacionada con las palabras de Buda sobre la existencia de otro buda en occidente, muy lejos, a diez millones de millones de mundos. De las dos estatuas de Buda de la sala, una tiene en el pecho un grabado consistente en dos cortos trazos verticales y dos horizontales, encerrados en un cuadrado. La otra estatua tiene ya claramente la svástica, de la que la primera es una versión quizá más esquemática. El significado de la svástica se me explica como emparentado al carácter chino «wansui» (larga vida). La svástica aparece en el buda cuando éste ha llevado a cabo diez mil contribuciones meritorias («larga vida» se expresa en chino literalmente por «vivir diez mil años»).

Hay otra estatua de Buda, doméstica y chiquita, en pie, de la dinastía Ming, a la que se ofrecen agua, manzanas, perfumes, incienso. Cuadros y estatuillas representan diversos momentos de la vida búdica y de las etapas de iluminación, así como a los dieciocho alumnos y las citas del Maestro.

Reparo en un sombrero con una pequeña pagoda, así como en tambores y campanas de procesión. También la capillita contiene jarrones y representaciones de Kwan Yin, divinidad bondadosa, a veces con figura de mujer, a veces de hombre.

El cuarto del monje es cómodo y espacioso, paredes limpias y buena luz que entra por la ventana del fondo. En la pared hay grabados anatómicos, los puntos y meridianos acupunturales. El monje es médico tradicional y goza, al parecer, de gran reputación, en la comarca. En estanterías se alinean, ordenados y limpios, vasijas y objetos de cristal de diferentes formas, agujas, frascos con plantas y cortezas. Sobre un mueble, una fantástica pagoda de plata, al lado una rama de coral blanco. Tanto la sala de cultos como la vivienda del monje, me producen una agradable impresión de personalización. No son los interiores de costumbre, ni el aséptico y repetitivo decorado que ya comienza a superponerse en mi retina a fuerza de similitud. Ahora se trata de algo diferente, de espacios, colores y cosas que modelan la peculiaridad de una vida, de una persona; quizá incluso mi impresión de confort superior sea falsa o al menos exagerada y todo lo que hay de realmente especial se reduzca al tibio toque de lo personal. También en esa esfera cobriza de la cabeza del monje, tersa y coloreada la piel, brillantes los ojos, llenas las mejillas, encuentro una expresión distinta, una sonrisa leve y permanente sin rastro de mueca.

A continuación nos conduce a la pagoda de cinco pisos que, franqueada por otras dos pequeñas, guarda los restos de Hsuang Tsang. La pagoda tiene mil trescientos años. El suelo está cubierto de caracteres y hay una losa con el retrato de Hsuang Tsang llevando los rollos búdicos a la espalda.

Tras la comida, en plena charla de sobremesa, el ayudante de Tao se nos queda dormido. Me escurro entonces discretamente, voy al jardín, doy la vuelta al pabellón. Por la parte de atrás hay tierra sembrada, manzanos y nogales, un repecho terroso al fondo y una cueva tapada con tablas, habitaciones traseras que parecen ser ocupadas por los otros monjes y que, a juzgar  por lo que me dejan ver las puertas abiertas, son estrechas, oscuras y muy por debajo de la del monje presentador. Me introduzco en la pagado funeraria, recorro con el tacto los hermosos caracteres grabados en la losa. Salgo. Me siento en el reborde de piedra. Tanto la mampostería del interior de los edificios como los árboles están llenos de pájaros y hay un trasiego continuo de los aleros a las ramas, de las ramas a los aleros, un sobresalto de batir de plumas sobre nuestras cabezas. Los pinos mantienen su verde, impasible como la sonrisa del monje; los demás árboles amarillean, se descarnan y guardan algunas hojas del rojo más vivo. Es una paz sin sabor a muerte ni apenas a olvido. Aquí viven los monjes, los campesinos pasan a veces, las habitaciones tienen un olor tibio a incienso y a existencia, una acumulación doméstica de objetos que calienta, tras la desnudez de las salas de recepción, y una fina capa de vida. En el retrato de Mao se diría encarnar el último buda, terrestre, con sonrisa menos beatífica y más satisfecha, ojos muy vivos, después del viaje a Nirvanas marxistas; ni las citas ni su poema desentonan con las tablas búdicas.

Chung se acerca:

– ¡Rosuita!. Te he estado llamando, ¿dónde estabas?.

¡Rosuita!. Este hombre… Emplea unas expresiones tiernas y unos diminutivos que emparentan directamente con los tapetitos y los calendarios de rosas. El otro día Mei recibió una carta de su marido que le trajo alguien mientras estábamos comiendo en la cantina. «Dulce carta» me comentó Chung. Hace uso de una especie de lirismo romántico, adaptado al español, que debe de parecerle lo más apropiado. Mientras que los demás no se den cuenta, vamos bien.

– ¿Quieres subir a la colina? -me propone.

– Claro.

La cuesta embarrada es ocasión ideal para cogernos. El paisaje de Chensí es peculiar: Una llanura absolutamente plana se extiende ahora, cuadriculada de cultivos, y, bruscamente, cerrando el horizonte todo a lo largo, una aurora boreal de picos, la sierra de Chung Nang, con crestas agudas y elevadas, como si acabase ce crear. Entre la sierra y el montículo del templo, un gran milagro, no búdico precisamente: el cultivo minucioso, sin un palmo de tierra desperdiciado, el milagro del agua que sube hoy hasta donde nos encontramos, lugar en otro tiempo seco, por un sistema de depósitos terminado el año pasado.

Chung habla con un campesino que estaba por uno de los sembrados y me va traduciendo, oye y me dice con verdadero entusiasmo – ¡Escucha lo que cuenta!. Aunque el depósito se comenzó a construir en 1958, los comuneros no pudieron finalizarlo, por problemas, hasta 1972. Cuando el agua corriente llegó, los ancianos subieron al montículo apoyados en sus nietos para contemplar el milagro y los ciegos descendieron y hundieron sus manos en el canal.

Las pequeñas mentiras que esmaltan nuestro cuidado entorno de extranjeros son difíciles de soportar. Por ejemplo, los profesores que aseguran, mientras se dedican a un repentina y frenética limpieza general, que la única razón de este vigoroso trotado es la necesidad de higiene, mientras que todo el instituto sabe que vienen mañana unos equipos alemanes de televisión para filmar una escuela de china. Sian y su entorno, el instituto, pertenecen a una de esas áreas modelo fotografiables y enseñables, ¿qué habrá más allá?.

Esta visita de los alemanes se nos ha ocultado a los expertos extranjeros. La escuela en pleno, del decano al último alumno, rascan paredes y limpian cristales. Es una situación particularmente penosa como extranjera la bolsa de aislamiento que, se ha juzgado, no nos concierne, y, como asunto interior, se queda en familia. En la corriente de afán y comentarios, el papel marginal, ni siquiera de espectador, no es en absoluto envidiable. Una bolsa de aislamiento así, llevada al último extremo, debieron de encontrarse los extranjeros durante la Revolución Cultural. Difícilmente se haría nadie cargo, desde fuera, de la amargura y la lucha interna, con escapadas de cólera externa, del internacionalista que vino alegremente dispuesto a ayudar, igual entre iguales, antes estas exclusivas diferencias, ante lo que para él son faltas de delicadeza. La llegada del equipo alemán de TV es también un acontecimiento para nosotros, los extranjeros en el aislamiento que vivimos, acontecimiento en el que somos ignorados y del que se nos mantiene en la ignorancia.

Una tarde, al llegar al instituto a las dos, me anunciaron -como de costumbre, cinco minutos antes- que mi clase se suspendía porque profesores y alumnos debían escuchar en el patio una alocución del director dirigida a todo el personal. Ya se estaban colocando los altavoces.

– Bien. Vamos allá entonces. Por favor, que venga un intérprete.

– Es  sobre asuntos internos del instituto. No para ustedes.

– ¿Cómo?. ¿Es que yo trabajo fuera?. ¿No formo parte también del personal?.

– Lo sentimos.

Protesté. Pedí que se planteara a los dirigentes. Vino el subdecano:

– Esta reunión es únicamente para alumnos y profesores chinos. Nosotros respetamos su opinión. Usted debe respetar la nuestra. Inapelable. Salí de mi oficina, bajé las escaleras del edificio, que se había vaciado. Los vi a todos, con sus sillas, agrupados frente al altavoz. Me alejé con mi halo de elemento aparte, deambulé por el jardín, me senté en la tapia del huerto, fumando, lejos, sin saber dónde meterme, tragando el humo y el ostracismo, echando miradas penosas al grupo de árboles tras el cual se oía el altavoz.

Había rumores de que el director daría instrucciones sobre la forma de tratar a los extranjeros, ¿a cuáles sino a nosotros que éramos los únicos?. Los señores de Sri Lanka no habían ido aquella tarde, se habían ahorrado pues hacerme compañía sobre la tapia. ¿Qué podía ser?. Palabras ininteligibles, que trataban quizá de cosas importantes e incluso de mí misma, resonaban en el jardín, apagadas y avivadas por los caprichos del viento.

Duró más de dos horas.

Aquella noche Hao debía venir a seguir explicándome documentos sobre la Revolución Educacional. Afortunadamente. El gran Hao, el Hao salvador de tantas angustias mías, con sus explicaciones directas y su naturalidad.

– Hao -ataco nada más entrar- ¿qué dijo el subdirector hoy?.

(¿Llegará su amistad a descubrirme el alto secreto?).

Hao se rasca la cabeza.

– ¿El subdirector?.

– Sí, sí. Todos estabais reunidos.

– Ah, ya, vienen unos del la TV alemana a filmar el instituto. El subdirector habló de los cerdos.

– ¿Qué?.

– Sí, que no los dejen correr por todos sitios, como ahora. Hacen mal efecto. La pocilga no está tampoco bien, colocada junto al comedor. ¿Qué más?. Pues las gallinas. Hay que tener cuidado con las gallinas. El reglamento prohíbe tenerlas en las casas, pero la gente las cría y picotean aquí y allá… ¿Qué pasa?. ¿De qué te ríes así?.

– Los cerdos, las gallinas… cuando pienso… Buenísimo… Perdona, continúa, y ¿qué más?.

– Hay que hacer limpieza general.

(Falta hacía. Las paredes están negras de mugre. El suelo tapizado de saliva, agua, cáscaras y papeles. Los muebles maltratados y polvorientos. Los servicios cubiertos de pringue. Las tuberías con escapes, de forma que ponerse en cuclillas a la turca en el excusado es someterme durante el tiempo de la operación al suplicio de la gota de agua que cae del techo periódicamente. El color achocolatado o amarillo rancio de puertas y ventanas, el gris de barandillas y suelos, no contribuye precisamente a mejorar el aspecto tapando la suciedad con luminosos colores).

He aquí el importante secreto, el transcendental contenido de la alocución del subdirector; prueba fehaciente del perfeccionismo chino y de los malentendidos que pueden crear las reservas a partir de hechos anodinos. Así se escribe la Historia. ¿Cuándo se darán cuenta estos chinos al fin de la importancia de la forma en que los demás perciben las cosas?. ¿Cuándo emergerán de la necesidad enfermiza de ofrecer fachadas impecables?.

Viendo a todos limpiar como un solo hombre, imagino que las vísperas de mis visitas a fábricas, etc., han sido precedidas de una frenética actividad similar.

 

 

 

27 de octubre

 

Creo que podré reconocer en el futuro el barro de Chensí entre mil barros distintos; me cubrió hasta los tobillos en la memorable visita a la colina de los Emperadores, chapoteé en él de nuevo siguiendo las huellas de Chiang Kai-shek, en Lingtong. Hoy lo he visto transformarse en ladrillos y tejas, he metido la mano en la tina de alfarero; tiene una suavidad de porcelana, creo poder reconocer entre todos su dejo de frescura y su tostado amarillento del sol envejecido.

Porque la comuna de Li-chuan, en Chensí, fabrica, como es costumbre, sus propios ladrillos y en ella voy a pasar, de visita, el fin de semana. Afortunadamente está lejos, lo que es razón para que durmamos allí. Me acompañan Hao y Fan. Hao ha traído con él a su niño de cinco años.

Atravesamos este campo todo modelado en tierra pastosa, compacta, con ríos que se hunden en ella hondamente. Vemos muros horadados de cuevas para vivienda y depósito, lomas y una cresta montañosa de perfil áspero al fondo. Atravesamos pueblos, paredes gruesas de tierra apelmazada con paja, techumbre de tejas anaranjadas. Los cerdos negros deambulan sin reparos. Hormigueo de gente, animales y bicicletas, -las cuales se me van incorporando ya al paisaje y fauna como animalitos metálicos-. Hay un tráfico intenso de camiones y carros cargados de algodón que pasan sobre granos extendidos en esteras y puestos a secar en la carretera.

La erosión y el trabajo han modelado en la dócil pasta de la región diversos pisos, niveles, vericuetos, cauces, paredones. Verdea el trigo de invierno. En las paredes, consignas y banderas rojas sobre los montones de buenas cosechas. Pululan los falsos montículos de las tumbas T’ang, tan artificialmente cónicos que sorprende el que no se haya podido todavía encontrar la entrada de algunos de ellos, después de tantos siglos de presencia flagrante. Al llegar, el ceremonial de costumbre. Es indudablemente una de las comunas modelo, que recibe extranjeros. A la puerta los responsables. Sala con la Penteidad. Té con profusión de agua caliente. Felpa recubriendo los sillones y un plástico floreado en la mesa. Las paredes de tierra han sido cubiertas de papel. En el dormitorio de huéspedes, que da a esta sala, alegran la vista el aparador y el perchero, pintados de naranja. Un mosquitero blanco forma un dosel regio sobre la cama, la dura cama china de madera, con una sutil colchoneta. El frío gélido, pese al tiempo despejado, se mete hasta los huesos. Se pasa a exponerme la historia de la brigada:

«El nombre de nuestra brigada es «Llamas de guerra». Antes de 1949 había aquí tres aldeas muy pobres… Las canciones populares describían la miseria y los sufrimientos. De cierto lugar del distrito se decía que en él «las aguas del río lloraban» porque los campesinos pobres apenas podían subsistir… Ahora vivimos bien… y se canta «las aguas del río cantan y hay montañas de algodón y cereales». Esto se debe al Partido Comunista y al Presidente Mao».

Por último hacen constar que apoyan a la Revolución mundial. Generalmente, tras las presentaciones, queda muy poco espacio para preguntas. El colofón «si tienen proposiciones o críticas…» se reduce, en este caso como en los demás, a un tópico cortés y obligado.

Se ha puesto entretanto el sol. Hora de cenar. Todos en torno a la mesa redonda disfrutan hasta la médula de la ocasión. Por mi parte encuentro que la comida es la más rica que he tomado desde que estoy en China: platos de legumbres y carne guisados con productos frescos de la comuna, panecillos humeantes. Sabroso y sin sofisticaciones.

Después de la cena salimos a pasear con linternas. Las estrellas sorprenden por su fijeza y tamaño. Sin titilar, impertérritas, se incrustan, gruesas como puños, en la noche. En el campo, continúa el trabajo. La gente limpia las panochas amontonadas a la luz de los focos mientras que el altavoz transmite himnos. En la puerta de una casa se perfilan dos figuras que me dan la bienvenida aplaudiendo: la mujer y la madre del secretario de la comuna. Es, desde luego, un visita prevista en el programa, pero de todos modos es una agradable visita. La casa es ordenada, limpia y modesta, de tierra y ladrillo. Tapetes, fotografías, edredones. La esposa del secretario trae té. Y permanece aparte, silenciosa y tímida. En la madre se advierte la costumbre de las relaciones públicas. Es una mujer de sesenta y tantos extremadamente menuda, con finos huesos de pájaro, piel satinada. El pelo blanco, recogido en la nuca, enmarca un cráneo de delicada estructura, una pequeña y linda cara triangular de pómulos rosados, frente amplia peinada de arrugas. Va confortablemente embutida en su brillante chaqueta enguatada de raso negro, abotonada a la antigua, pantalones negros recogidos con bandas en los tobillos, y dos piececitos que caben  en mi mano.

Su historia, que Fan me traduce con dificultades debidas al dialecto, es un «relato de amarguras»: la pobreza de la vida pasada, bajo el antiguo régimen, y la felicidad debida al Partido Comunista. Ella y su hijo son «héroes del trabajo», y fueron recibidos en una ocasión por el Presidente Mao.

La anciana nos despide entre sonrisas y, como es uso, rogándonos que volvamos.

El cuarto de los huéspedes tiene dos camas, una con su regio mosquitero a un lado, y la otra, en el extremo opuesto, separada por el largo de la habitación.

Fan se ocupa concienzudamente de mí, vierte agua caliente en la jofaina, coloca el edredón. Charlamos:

– ¿Echa mucho de menos a su familia? -me pregunta.

– No, no mucho. Estoy acostumbrada. ¿Y tú?. ¿Echas mucho de menos a tu marido?.

– No, no le echo de menos.

– Te casaste hace poco, creo.

– Sí, en julio. ¿En Europa se casan pronto?.

– Depende. Muchas veces viven juntos sin casarse.

Fan pone un gesto huraño.

– Está mal. No se debe obrar así, de una manera desordenada.

– Depende de lo que llames orden… ¿Qué es eso?.

Escuchamos. Un ruido sordo se alza y se apaga regularmente.

– ¡Es Hao que está roncando!.

– Duerme con su hijo en la habitación de al otro lado del muro.

(Desde entonces la frase «El camarada Hao ronca mucho» quedó incorporada, en chino, a mi vocabulario, y se la decía de cuando en cuando, a lo que Hao respondía: «¡Mentira!»).

Pese a mis protestas, Fan se ocupa de mí como una niñera, y, al descubrir que la puerta del cuarto no encaja para cerrar con llave, parece preocupadísima, da mil vueltas:

– No importa. ¿Quién quieres que entre?. Deja -le digo.

Pero ella acaba por asegurar la puerta con un mueble. Después se quita algunas de las capas de ropa y se acuesta con el pantalón interior más interior y la camiseta de manga larga. Yo me desnudo enérgica y rápidamente y me amortajo como mejor puedo en la colcha enguatada que sustituye a manta y sábanas.

Hao continúa roncando sonoramente.

 

 

 

 

 

 

El desayuno sigue la excelente línea de la cena: sopa, fideos, huevos, buñuelos y el «café con leche» matinal chino: caldo de soja caliente azucarado, que no me entusiasma. Después salimos a visitar la comuna, que está situada entre el río y una pared de tierra, como los Nacimientos. La claridad impecable del día dibuja con todo detalle las colinas cortadas a tajos. La cosecha de maíz fue abundante y las mazorcas, blancas y amarilla, han sido arracimadas para secarlas. Los niños, a la salida de la escuela, se encargan de recoger como gorriones los granos caídos. La comuna es totalmente modelo en riqueza y pulcritud; las porquerizas que se muestran están mucho más limpias que los excusados del instituto y en los corrales se pueden comer sopas. Hago una foto deliciosa del niño de Hao observando de cerca, agachado, una camada de seis cerditos negros. Pasamos por el manzanar y por las cuadras. Llegamos al lugar en que se fabrican los ladrillos. Una máquina rudimentaria fabricada por ellos mismos prensa, cuadricula y taja el barro.

El guía dice «Antes de la Liberación, las aguas del río atacaban a la gente. Hoy es la gente quien ataca al río». En efecto, la comuna está situada al pie de un acantilado en el que acaba bruscamente la meseta y frente al río; se halla en realidad sobre el cauce antiguo, seco hoy, y con diques de cantos que muerden franjas del ancho lecho pedregoso, van robando terreno a la corriente. En esa tierra han plantado múltiples árboles. Estos, aún frágiles, se estremecen invadidos por nubes de gorriones que apenas nos huyen y que evidentemente se han recuperado del genocidio de 1956. Visitamos la policlínica -muy simple-, la escuela primaria. Nos cruzamos con alumnos de mi instituto que han venido a la comuna para dedicarse durante un mes al trabajo manual: las chicas recogen algodón, los chicos acarrean piedras.

Doy una vuelta por las casas. Son más lindas y tienen más carácter que las de la ciudad; también las encuentro más espaciosas, más cómodas. Hay entradas antiguas en perfecto estado, con su tejadillo, sus caracteres decorativos, la hermosa puerta de madera claveteada, la gente se muestra más afable y discreta que en la ciudad. Visitamos una casa campesina de más de cien años. Entre objetos y aperos de otra época, el «Manifiesto del Partido Comunista», y un retrato de Mao. Las cortinas y la colcha son género tejido a mano. El dueño de la casa es un hombre alto y sólido. Su mujer, que tiene un hermoso rostro arrebolado por el calor del fogón, amasa y corta la pasta para los raviolis y me hace probar el relleno de carne con verdura y guindilla. La abuela atiza el fuego con panochas y nos acompaña, tambaleándose sonriente sobre sus pies atrofiados. De la maleta donde se guardan celosamente sacan dos manzanas que nos ofrecen, la fruta en otro tiempo rara y reservada para los mandarines. Al fondo del desván, en un rincón, junto a las ruecas, el ataúd de la abuela -que tiene 78 años pero excelente salud- ya  preparado, en buena madera negra y dura, con un espesor de siete centímetros. Parece enorme para esta anciana; se creería que, más que yacer, va a habitar en su interior.

La cresta del acantilado es tentador. Lucho todo el día con mi escolta para que se me permita pasear tranquilamente con una sola persona, y, por la tarde, consigo arrancar una hora. Hao y su hijito me acompañan. Pasamos ante una especie de cuevas que fueron hornos de alfarería.

– Quiero subir hasta arriba, Hao.

– Está muy empinado; vas a caerte.

– Qué va.

No son sino unos metros. Empiezo a trepar. Hao duda, y luego me sigue, pero el niño rompe a llorar al ver alejarse a su padre.

– ¡Quédate con él!. Puedo subir sola.

Pero Hao permanece indeciso. El niño llora con desconsuelo. Doy marcha atrás y nos sentamos los tres en unos terrones.

Miro abajo. Estoy en China pues. Siento físicamente la redondez, limitación, comunicación del mundo. Más allá está el Pacífico y al otro lado nuevos acantilados, nuevas llanuras, las Américas a las que llegaron hace treinta y cinco mil años los asiáticos por el estrecho de Bering. China, el «Reino del Centro», no está en el centro. Está en un punto del círculo. Ellos no lo saben pero se acercan vertiginosamente a otros mundos, a otros países que también navegarán, en la corriente rápida de nuestra era, hacia ellos. Ellos no saben que su mundo es también mío.

– ¿En qué piensas? -Hao me ha estado mirando, y, porque respiro hondo, cree que algo anda mal.

– No pienso. Oigo. Veo. El mundo es muy pequeño.

– Hay más. Puedes decirme. Tú eres mi amigo y yo te he abierto mi corazón.

Y luego añade, como ya me aconsejó en otras ocasiones:

– Tienes que fundar una familia.

– Por favor, ¡no me lo digas más veces!; ya lo sé.

– Pues no lo diré más. Pero hay que tener algo en la vida.

Exploto.

– Y ¿crees que es fácil?. Ah, bueno, aquí, para vosotros, por supuesto que es fácil la vida, la tenéis preparada de antemano. Os casáis a la edad que dice el Gobierno, tenéis el número de hijos que el Gobierno dispone y no os divorciáis porque el Gobierno lo desaconseja. Sobre ruedas, vamos. Además, tú tienes todo lo que yo no tengo: familia, hijos, casa, etc. Yo tengo sólo lo puesto, pero ¿estás seguro de que eres más feliz que yo? -me vuelvo y le miro de frente-, Dime, Hao, ¿eres feliz?.

Tarda en responder, y al fin:

– No me está permitido contestarte a eso.

Mientras apuro estos últimos minutos de soledad y horizonte pienso, como quien examina de cerca el entramado de una tela, en la especial relación sentimental que se ha tejido entre mí y algunas de estas personas. Hao me ha ido desnudando su vida, me ha abierto su intimidad, que por tanto sé cerrada normalmente con todos sus compañeros. ¿Por qué?. ¿De la forma en la que se habla sin esfuerzo de asuntos personales con el desconocido compañero de viaje en el tren precisamente por ser un elemento extranjero al entorno?. Hay, con frecuencia, un delicado equívoco en las reacciones, en las palabras, en los gestos; en ellos son de interés, de protección, de afecto. En distintas latitudes tendrían otra connotación sentimental. A veces no sé qué pensar; pero como obras son amores, no pienso en nada. Según un principio bien materialista, juzgo a las personas, no por lo que dicen y piensan de ellos mismos, sino por lo que efectivamente hacen.

 

 

 

 

Fue en aquellas veladas para explicarme documentos de la Revolución Educativa, veladas que se prolongaban hasta las doce y más de la noche, cuando, sentado ante tu taza de té, empezaste a hablarme de ti mismo. Hao. Dejabas sobre las rodillas tu cartear usada, sin abrirla hasta mucho después, y era insensiblemente el documento de tu vida el que desgranabas, lentamente, como un monólogo interior que yo recogía sin apenas comentarios. Se diría que todo en ti había esperado encontrar este oyente y en mí ese interlocutor. La luz indirecta de la lamparita, del sofá, la habitación sin un ruido, yo misma sentada escuchando, tenía algo de gabinete de psiquiatra. En el momento mismo no advertí, no valoré quizá como debía el fenómeno de esa confianza. El que fuera recíproca me parecía razón suficiente, y, sin embargo, no lo era, no en tu mundo, no en la sociedad china, en su extrema reserva. Primero ya me habías aconsejado, tras mucho coloquio y excusas por el atrevimiento, que fundara una familia, y luego hablaste de la tuya y de tu trabajo…

– Trabajo. Eso es mi vida. No hay más.

– Pero ¿tu mujer?.

– Me casé muy joven, a los 21 años. Tengo 36. En ese sentido, ha sido un fracaso… Sabes que voy a mi casa los fines de semana solamente, y aunque no fuera así sería igual. No, con las mujeres, en ese sentido…

– Los niños…

– Sí, dos niños, ¿qué importa?.

– Hao, muchos matrimonios trabajan en ciudades diferentes. Además, en China no se casan hasta muy tarde. Para tener relaciones normales hombres y mujeres, ¿cómo lo hacen?.

– A veces van de noche, como los ladrones, igual que los ladrones. Algunos hacen eso; pero el peso de la opinión, de la vigilancia pública, es terrible, terrible.

– ¿Y la intimidad?.

– No hay; créeme, es terrible la presión social. Las paredes escuchan, ven.

– ¿Y tú? ¿y la felicidad?.

– Yo soy un comunista; me esfuerzo por lograr un nivel marxista más alto; también tú debes hacerlo. Trabajo como un buey, todos lo saben, todos lo ven. No hablo con nadie aparte de cosas corrientes, un poco con la camarada Fan. Sin mi trabajo no soy nada, mi vida no tiene sentido. ¿Te canso hablando de esto?.

– No. Aprendo. Y siento no haberte conocido antes.

– Nunca he dicho a nadie lo que estoy diciéndote a ti.

– Y, ¿por qué lo haces?. Soy extranjera, me conoces poco.

– Eres mi amigo, mi único amigo. Es posible que tú no sigas el mismo camino, que no seas comunista, pero en lo profundo estamos de acuerdo. Nunca te olvidaré.

– Harás mal. Tienes esa impresión porque soy la primera extranjera que has tratado despacio. No valgo más que otro; es la ocasión lo que me da valor, no yo misma.

– Tienes un corazón bueno, creo que llegarás a ser comunista.

No puedo evitar una tristeza cortante en la respuesta:

– Dudo que llegue sencillamente a ser algo.

– Fundarás una familia…

– ¡Basta de esto!. Ya te darás cuenta de que el sitio no es el más indicado.

– Sabemos que un día volverás a Pekín.

– ¿Lo saben todos?.

Todos lo saben.

– Y ¿qué dicen?.

– Que es mejor para ti; pero te necesitamos, y te echaremos de menos.

Y el documento se enmohecía dentro de la cartera. A veces sacabas, junto con él, un panecillo con salsa picante dentro, un trozo de torta de maíz o un boniato asado, que me dabas o compartíamos. O me preguntabas sin el más mínimo ceremonial cuando llegabas:

– ¿No tienes por ahí algo de comer?. Tengo hambre.

– Si quieres café… -te ofrecía malévolamente.

– ¡Nunca!. ¡Qué amargo!. Vamos a tomar té.

Solía yo sentarme siempre en la alfombra, como tengo por costumbre. Tú te reías y cuando te pregunté por qué enrojeciste con expresión pícara:

– No me atrevo a decírtelo, Rosúa.

– Venga ya, dí.

– En la antigua sociedad las mujeres se ponían así, en el suelo, cuando estaban con sus maridos.

– Pero sin alfombra, supongo. ¡Qué tiempos! ¿eh?.

También habíamos quedado, contigo como con los otros, que si alguien se encontraba escaso de fondos para acabar el mes, yo, por ganar mucho más, era la persona más adecuada para un préstamo. No te hizo falta pero estaba muy al corriente de tus apurillos y ese mes llegué en segundo lugar porque ya Fan te había prestado unos yuanes.

– Su mujer también trabaja, no se preocupe -me había dicho Fan, hablando de estas cosas (era la que se resistía más tenazmente a tutearme) -y, si hace falta a veces, yo lo presto, pues soy sola.

En largas veladas de soledad he paladeado lentamente el recuerdo de un panecillo al vapor, frío y húmedo, envuelto en papel de periódico, relleno de una pasta picante color chocolate.

Comencé a participar en el trabajo manual del instituto. Esa semana consistió en hacer túneles. Para formar el armazón de los arcos del cemento se recuperaban alambres gruesos usados y torcidos, que había que poner derechos a martillazos. Sentada con mis alumnos y con Chung golpeaba, poniendo en ello la mejor voluntad y mucha torpeza. Tarareo una canción española.

– ¿Qué significa «amor»? -pregunta una alumna, que martillea sentada cerca de mí.

Chung traduce al chino y veo a la muchacha enrojecer y bajar la vista como si se tratara de una palabra obscena. Cuando tropiezo con un nudo en el metal, Chung me lo coge, lo alisa él y me lo da de nuevo.

 

 

 

 

 

 

4 de noviembre

 

No deja de ser paradójico que las más angustiosas impresiones de mi llegada a China vengan de los otros cooperantes extranjeros; la dogmática velocidad de sus anatemas, el espíritu de clan y de frustración reprimida, me admiraron, me dejaron estupefacta. Pero las advertencias que siguieron era ponerme en la antesala de «la terreur» tipo staliniano, nunca más fehaciente que en las recomendaciones del matrimonio de Sri Lanka: «Cuidado con los chinos; parecen suaves pero son implacables».

¿Por qué decidí apoyarme en los chinos, de todo mi peso y tanto como pudiera?. No he dejado las preguntas pudrírseme en la boca, ni las reflexiones en el cerebro. Me entregué febrilmente al trabajo, pero también exigí febrilmente respuestas, informaciones, apoyo. A veces lo tuve, a veces se me dio largas, a veces se me negó. El fantasma del miedo a expresar cualquier cosa en desacuerdo con la versión oficial enmudecía en los chinos lenguas y plumas. Pero había corrección, y el principal privilegio de los responsables medios del Partido parecía ser trabajar y romperse la cabeza más que los otros. Les dije todo, les pregunté todo, gruñí y protesté sin dejar de trabajar, haciendo alegremente cuanto no era «aconsejable» hacer según los extranjeros decían.

Han pasado dos meses desde que llegué a Sian. Hace uno que mandé una carta al Buró de Expertos de Pekín haciéndoles partícipes de mis problemas, impresiones , y planteándoles también algunas consideraciones sobre la enseñanza del español en provincias. Un responsable viene de la capital a ver a los otros y a mí, acompañada por la intérprete del Hotel de la Amistad. Exhaustiva y larguísima entrevista. Está preocupada por mi estado de salud. -Ruiz ha debido pintarlo con las más negras tintas-. Me coge la mano y me dice: -Yo no creo que vaya usted a volverse loca; no tiene aspecto.

En corto espacio de tiempo tienen lugar tres conversaciones, la última de dos horas y media, al ritmo pesado y lento que la necesidad de intérprete y la disimilitud de puntos de referencia imponen. ¡Ah, la desesperación de estas discusiones en las que los intérpretes pueden traducir las palabras pero no las ideas que representan; esas palabras que quieren ser objetivas encarnan percepciones y realidades tan distintas en ellos y en mí, que el desánimo, la tensión de una situación nueva en la que no sé bien donde poner los pies, me clavan en el sillón, como oyente pasivo, preguntándome la nota que va a corresponderme al final del examen. Y sin embargo esta mujer, entrada en años, con mala salud, gruesa, fatigada, modesta, tiene hacia mí una actitud sensiblemente distinta que la que observé en la entrevista de Pekín. Es afectuosa, algo maternal, seriamente preocupada por mi situación en esta ciudad de provincias. Teniéndome cogida la mano, me da toda clase de seguridades sobre mi traslado a Pekín en enero, me garantiza la ayuda que precise. Así me entero de que los del instituto han dado inmejorables informes sobre mi trabajo y que el Instituto nº 2 de Pekín está ahora dispuesto a aceptarme para ocupar la vacante que dejará Alberto, de que el director y los responsables del instituto de Sian han pedido ellos mismos que se me envía a Pekín, juzgando que, joven y sola, no debo quedarme. Sin embargo sé que hago falta.

– ¿Podrá resistir hasta enero?.

– Debo quedarme hasta enero. Mis profesores me necesitan, y es necesario dejar todo bien.

Tras dos meses, hay en Sian los frutos humanos que van germinando. Hao me cuenta cosas de su infancia, de su juventud, de sus primeros amores, que no había dicho a nadie. Me he sorprendido encontrando en el ser tímido y reservado que es Fan un afecto que no podía sospechar. Chou y Jen se detienen ahora más que antes a explicarme cosas. Mei  me ha tejido, maravillosos, únicos, calcetines de lana rojo vivo. En cuanto a Chung, creo que sé y que él sabe. Como tengo pocas dotes de mujer fatal, estoy completamente perpleja frente a esta inexperiencia, vergüenza y represión china. Ante este San Antonio personifico la libertad sexual, el no va más. Mi mano, que dejo tranquilamente entre las suyas, ¿qué sensación le produce?. Lo último que pensé que me tocaría ser es una Mesalina, y, según la ley de la relatividad, aquí lo soy. Al menos esto me habrá mostrado que otro mito, el de la frialdad  absoluta de los chinos, es falso.

También me he incorporado cada vez más a su vida. Como exactamente lo que ellos, participo en el trabajo manual y en la limpieza semanal del instituto. Y están los alumnos, el muy importante lugar que ocupan, con su frescura joven, mucho menos domesticados que los mayores, el verlos disfrutar en mis clases, comprender, soltarse a hablar, es una satisfacción inapreciable.

– ¿Seguro que podrá resistir sin enfermar? -La responsable venida de la capital me coge la mano.

Asiento enérgicamente. Desde luego Ruiz y su intérprete, al llegar a Pekín, han debido pintar el más lamentable retrato de mi situación.

– Pida cualquier cosa que la haga sentirse mejor.

Sin perder un minuto, remacho antes de que se enfríe el hierro sobre mi necesidad de largos paseos, kilométricos paseos, acompañada por una sola persona y no por cinco responsables.

La siniestra descripción que Ruiz ha debido ofrecer de mi estado se une a una caricatura de las que suelo hacer que ha visto la funcionaria en mi habitación -digiero mal que haya entrado tranquilamente en mi cuarto y mirado mis cosas en mi ausencia. Se trataba de un dibujo en el cual salgo de una jaulita, comienzo a ser seguida por dos, cinco, diez chinos, y termino entrando apresuradamente en otra jaula, dejando el cortejo en la puerta.

– He oído que se considera como en una prisión. En su cuarto tiene un dibujo. Las condiciones de alojamiento de los chinos son aún malas. Ustedes las necesitan mejores…

(Recuerdo, en efecto, las glaciales habitaciones de los profesores del instituto, los interiores que fisgoneo al pasar por la calle: Espacios reducidos, hornillos de carbón, agua de la fuente. Pero hay casas mucho mejores también. Con voluntad real hubieran podido alojarme con gente).

-… Aquí, en China, nadie podría alquilarle a usted una casa privada porque no hay viviendas en propiedad; cada entidad, cada organismo de barrio, se ocupa del alojamiento de sus miembros; hay por otra parte un problema de escasez de viviendas.

Su máxima preocupación son mis quejas sobre la falta de libertad, que para ella equivalen a decir que en China ésta no existe, que a mí se me trata sin confianza como a un enemigo.

– También oí decir que se queja usted de que la acompañen siempre. Debe comprender que no es por falta de confianza, sino para protegerla. Usted es además joven, y muy bonita.

Agradezco lo de bonita en lo que vale, pero hay ciertamente un buen trecho entre la benévola forma en la que los chinos me ven y mi atractivo real. Por lo visto, así como americanas y nórdicas les parecen horrendas, las menuditas y morenas tenemos aceptación, con nuestras narices «altas» y ojos grandes.

-… su seguridad es extremadamente importante para nosotros. ¿Cómo puede hablar de cárcel?. La cárcel es un instrumento de opresión para los enemigos. Usted es un amigo y todo se hace por su seguridad y comodidad. La cárcel tiene rejas, ¿hay aquí rejas?.

No, aparte de las verjas, la garita y, sobre todo, mi inmensa limitación de movimientos. Quisiera explicar que la cárcel no es un lugar; es un estado, es la vigilancia continua, el movimiento encarrilado. Imposible, son incapaces de ver algo en otra óptica que la de su estructura recibida, singularmente rígida y absoluta. ¿Cómo explicar la diferencia esencial entre sus buenos deseos y la manera en la que los extranjeros como yo percibimos y sentimos la realidad china?. ¿Cómo explicarle que, aun creyendo en su buena fe, comprendiendo sus argumentos, ni éstos me satisfacen ni son los únicos, y que no por ello me siento menos presa?. Es el problema de mostrarles el transvase de las condiciones objetivas a la percepción subjetiva.

Abordamos la participación en la vida social. Semanalmente, según las directivas del Primer Ministro Chou En-lai del 8 de marzo de 1973, hay un estudio político también para los extranjeros, en el que se nos dan a conocer comunicados y documentos del Comité Central. Los documentos se escuchan, se puede tomar notas, pero no poseerlos, copiarlos ni grabarlos, igual que los chinos.

Estas sesiones de política son de un aburrimiento y de una frialdad notables. Las traducciones múltiples, a los otros extranjeros y a mí, el sello de verdad lista para consumo, no incita precisamente a la discusión, aunque se nos anima a ello. Mucho mejor sería el discutir de temas de actualidad con los compañeros, pero éstos esquivan como la peste las conversaciones políticas, fuera de aquellos puntos en los que China, por boca de sus dirigentes, ha fijado su posición. El mecanismo preventivo es el siguiente: «Si yo doy opiniones a un extranjero, tal vez éstas no sean buenos análisis con perspectiva marxista de lucha de clases. Entonces mis opiniones erróneas pueden aparecer como representativas de China en el exterior».

China no deja salir de sus lindes sino productos filtrados, depurados, aprobados, y, por tanto, correctos. Los profesores del instituto se niegan a que me quede con sus redacciones -en las que hablan de su período de trabajo manual en el campo- por miedo de que yo las envíe al extranjero apareciendo así de su puño y letra ideas no oficiales. China tiene un santo terror a la escritura, a la prueba escrita. Se les adoctrina en la idea de que, fuera de sus fronteras, los numerosos enemigos esperan babeando la más mínima ocasión para atacarles.

Por otra parte, esta forma de explicarme su política les permite dar salida indirectamente a informaciones que no interesa anunciar de manera oficial.

Deseo de veras estar aquí hasta enero, exprimirme de cuanto sé como un limón, hacer el máximo. Temo a esta energía que me sale a borbotones. Todo se multiplica en    torno mío; ideo, redacto, compongo, fabrico, exploro, escribo, resumo, dibujo. Temo haber caído como un trozo de carne picante en el estómago de un monje vegetariano. Tengo miedo de que el efecto de los lazos personales que estoy creando sea catastrófico. Nunca  debí dejar a mi persona desbordar de esta manera. Mis compañeros chinos son gentes pacíficas y juiciosas, sencillas. Yo he revuelto el agua en torno mío. No puedo controlar esta energía, les asombra que no me canse. Ideas y observaciones nacen y se desprenden, como continuas hojas. Aprendo y retengo el idioma a toda velocidad. Temo caer en el personalismo. Es mi trabajo lo que debe valer, no mi persona. ¿Me he presentado abusivamente como una pobrecita abandonada y aislada, despertando así sentimientos protectores de todos los calibres?. No lo sé. Es posible. Para conseguir que se me considerara como a un ser humano, yo estaba dispuesta a cualquier cosa, a hacer todas las presiones imaginables.

Me voy en enero, y no quiero que el hueco que dejo sea un molde de mi persona individual irremplazable, no; debe de ser algo que el siguiente va a ocupar. Aunque por mi parte siento que el molde que están ellos dejando en mí nunca será ocupado.

 

 

Noviembre

 

Las camareras trajeron el mes pasado a mi habitación tiestos de crisantemos, que daban un coqueto toque mortuorio al apartamento. Al mes y medio de llegar, nos mudaron al edificio de atrás del Hotel. Al parecer iban a hacerse reparaciones en el otro. El cambio fue ventajoso en todos los sentidos; al menos veía de paso a los pocos turistas. Mi nueva habitación era mucho más agradable, con una pieza grande y alargada, que una cortina dividía en el centro separando dormitorio y salón. La cortina se recogía en dos en un efecto de lo más regio y el verde oliva de las paredes había sido sustituido por un crema claro.

– Unos minutos, y me voy enseguida.

Chung entra conmigo, de vuelta de una visita. Se acerca mientras ordeno unos papeles sobre la mesa.

– ¿Qué es este libro? -pregunta. Y lo  coge; pero también me coge a mí.

– Voy a hacer té -digo.

– Me marcho en seguida-

Pero se sienta en el sofá, hojeando el libro, con sus ademanes habituales ceremoniosos, comedidos.

Cae la tarde. Me siento también, tras dejar las tazas sobre la mesa. Me pongo los cálidos calcetines de lana roja que me ha hecho Mei. Chung se inclina, me acaricia el pie. Coge de nuevo el libro. Luego me echa el brazo por la espalda. Apoyada en el pecho, con la cabeza en el hueco del hombro, recorro con los dedos abiertos de mi mano, entre los innumerables suéters, este tórax en el que se marcan los huesos, y el estómago con frecuencia enfermo.

– ¡Qué delgado estás!.

Chung me pasa despacio la mano por la cabeza y la nuca, roza con la boca el nacimiento del pelo, la sien.

Pienso en lo que me dijo el otro día:

-«Nunca he hecho esto antes; tampoco he besado una nuca a una muchacha.

– «Pero tienes una. Os escribís».

– «Es cierto; mi amiga, una muchacha de mi familia. ¿Es que tú querrías ser mi amiga?».

Y recuerdo su mirada dolida e intensa. Un carácter romántico que está viviendo una historia extraña e imposible.

La tarde se desliza por su pendiente, el fin del día es irremediable, como el fin de nosotros, que ni siquiera habremos existido, que ni siquiera existimos en le museo de arquetipos por el que deambulamos diariamente. Y como yo no debo existir así, con toda mi piel y mis ojos, entonces te vi desdoblarte, Chung; como un abanico tu persona se desplegó en gestos y palabras, en miradas y en acciones, en formalismos y deseos. Una parte de tu yo iba hacia los moldes, pero, tirando, despegándose de la voluntad consciente, un mundo se movía inquieto en ti, se alargaba, en miradas, en movimientos, como tallos de plantas hacia la luz.

No se oye un ruido. Tras los cristales de la ventana los árboles se desnudan resignadamente. La sombra sube, como una nata cenicienta, al techo, alto, muy alto, de la habitación.

– Chung, ¡es todo tan grande, tan grande para mí…!. ¡Me siento tan perdida…!.

Confieso bajo, abrumada por la congoja de cuanto me rodea.

Me aprietas más la mano. Tienes la vista fija en ti, con una tristeza fría, segura, que no conozco.

– Sí, es cierto. Es muy grande para ti.

Entonces te vuelves y me miras, sin sombra de timidez ni duda; con una igualdad total de ser a ser que nace del conocimiento que ambos tenemos, que ambos hemos percibido, de lo irremediable. Y es como si esa tristeza tan lúcida, tan clara, formase un puente de una pieza entre los dos. Y, también por primera vez, hay un gesto de protección en tu forma de cogerme.

Enciendes un cigarrillo. Echo las cortinas.

– Deberías fumar menos.

Doy vueltas a tus dedos, tostados de nicotina.

– Bien. Me voy. Hasta mañana.

Abres la puerta, y sales como quien toma un barco.

 

 

 

Esta tarde, en el comedor del hotel, al que excepcionalmente fui a cenar, conocí a un matrimonio de Boston, de visita en Sian. Estaban a ojos vistas afectados por la impresión que causa este hotel solitario. Me anegaron con su compasión al decirles que yo trabajaba en Sian. Por la falta ya de costumbre, me parecían dos figurines: corbata, chaqueta, pañuelo de bolsillo. La  esposa, más discreta, con pantalones y amplio abrigo granate. La elección de platos representaba evidentemente para ellos un asunto capital en l que los errores podían ser fatales. Hice de intérprete con la camarera. Veía con pena, sobre su mesa, los panecillos al vapor despreciados. Traen un postre, pasteles chinos. El muerde y lo deja.

– No son tan malos -le aseguro.

– ¿Se atreve usted a probarlos?.

Le cojo el suyo de la mano y me lo tomo, diciéndoles con mi más severa expresión moralizadora:

– En China no se tira nada. Está mal visto.

Se miran y miran los pasteles con aire de echárselos al bolsillo.

Me interrogan sobre la alimentación en el instituto. Los imagino recogiendo, en el desangelado comedor, los tazones de arroz y de verduras con fideos de mijo.

– ¿Trabajan también en fábricas?.

– No. Hay trabajo manual pero no ése. Ahora hacemos túneles.

– What?.

– Sí, claro. Profesores y alumnos hacemos túneles. Los hay por todas partes.

– ¡Increíble!.

Dos meses que estoy en China y veo a esta pareja lejos, lejos. Estudian el menú, estudian sus zapatos y sus corbatas; el atento estudio burgués de sí mismo.

El mundo del instituto, la dura vida de los chinos, sus chaquetas remendadas, sus casas de cemento gris y ladrillo, sin calefacción, los tazones colocados sobre la pileta, restregados sin jabón al agua fría tras arrojar las sobras en la cuba maloliente para los cerdos. Hao, Tao, Mei, los camaradas, afanosos, ocupados siempre con las mil responsabilidades y trabajos que los otros dejaban resbalar hacia ellos.

 

 

12 de noviembre

 

– El subdirector quiere hablarle -me comunica Mei cuando llego el lunes.

Entran él y los demás responsables, Tao. Mei traduce.

– Tengo una buena noticia que darle. Se ha recibido una llamada telefónica de Pekín. La llaman. Se la espera lo antes posible.

Siempre el mismo método para anunciar algo: por sorpresa, sin reflexión, sin preparación, sin posibilidad de elección ni de discusión.

Aturdida, respondo rápidamente:

– No, no quiero irme, no puedo irme hasta enero. Debo terminar bien mi trabajo.

– Pero la esperan de inmediato. No podemos retenerla.

– Yo expliqué claramente a la responsable que vino a verme que podía, debía y quería quedarme en Sian hasta enero.

– Si Pekín dice que vaya, nuestro instituto tiene la responsabilidad de enviarla. En cualquier lugar de China será útil al socialismo.

– Tengo planes de trabajo comenzados. No voy a hacer como los expertos rusos, cuando se marcharon dejando todo a medias en 1961.

Tao sonríe:

– Es diferente. Usted va a continuar trabajando para nuestro país. Ellos nos abandonaron.

– Estoy segura de que también sintieron marcharse así y lo hicieron porque debían cumplir órdenes.

– Es verdad -asiente Tao- Yo les acompañé al tren. Lamentaban lo que estaba ocurriendo, sus mujeres lloraban. «Siempre seremos amigos» decían.

– Por favor, pongan una conferencia y expliquen…

Interviene el subdirector, con su fina sonrisa gentil, envuelto el cráneo en una bufanda gris:

– En Pekín tiene prisa por que trabaje usted allí; la necesitan. Han telefoneado tres veces del domingo a hoy. Todos debemos amoldarnos al centralismo democrático, obedecer al organismo superior.

– ¿Para cuándo tomo los pasajes de avión? –pregunta Tao.

Entonces, no hay nada que hacer. Si insisto, puede que les tachen de negligencia.

– Para lo más tarde posible. ¿Dentro de quince días… (Tao, sombrío, niega). Diez…?. Bueno, no menos de una semana. La necesito para dejar en orden lo mínimo.

A regañadientes, Tao acaba aceptando. Volaré el domingo próximo.

¿Por qué se me reclama en Pekín con tanta urgencia?. ¿Qué trabajo esencial me espera?. Compruebo una vez más con amargura el absoluto divorcio entre las frases y la realidad. Las tan alabadas discusión, crítica, análisis, decisiones tomadas en común, democracia, opinión de las amplias masas, etc, etc, son puras caricaturas formales de los métodos de acción y decisión. La persona es un peón vaciado de sustancia propia, dispuesto en todo momento a ser relleno por las directivas, sin ligazones humanas auténticas, sin responsabilidad, enfrentado por sorpresa con la media luna de responsables que le comunican, sonrientes, cambios esenciales, disposiciones, órdenes tan aparentemente suaves como, en realidad, sin la menor posibilidad de réplica. He entrado en el despacho siendo aún profesora de español en el instituto, creyéndome integrada en un medio humano al que pensaba conocer y al que me unían lazos, y ahora veo claramente que, en realidad, ya no formo parte, que la disposición de Pekín pasa sobre mí como una goma de borrar. No estoy en realidad ya para ellos.

– Como esta semana estará muy ocupada haciendo sus preparativos, no es necesario que trabaje en el instituto –dice el subdirector.

– Es precisamente cuando tengo más trabajo. Por favor, Mei, quédate y vamos a hacer un horario especial.

Todos salen y me dedico febrilmente a comprimir en seis días lo esencial: los textos, correcciones, preparaciones de clases.

– Mei, ¿qué te parece el que me vaya de esta forma?.

– Te necesitan seguramente más.

– Pero ¿vosotros?.

– Nosotros sentimos mucho que te vayas.

Por su parte los alumnos, al enterarse, tampoco hacen más comentario que:

– Seguramente en Pekín será usted muy útil.

Y los profesores por el estilo. Me cruzo con Chung:

– ¿Sabes?.

– Sí. Siento dolor, pero estarás mejor en Pekín. Si tengo ocasión, puesto que mi familia vive allí, iré en las vacaciones a visitarte.

Todos evitan hablar de esto. Por mi parte, el trabajo y la excitación me absorben. Comunico la noticia a Ruiz por teléfono; también a Alberto. Voy a pasear kilómetros, horas, sin que me siga una multitud. Voy a hablar con gente de diversos tipos, voy a andar de nuevo… Me parece mentira.

 

 

Noviembre

 

En esos días, me moví en un fuego cruzado de invitaciones a comidas de despedida. El instituto una, otra el delegado provincial, otra los profesores de mi sección, y, cuando el carnet gastronómico estuvo completo, Hao puso el grito en el cielo:

– ¡Tienes que venir a cenar a mi casa!.

Llegué pues, con mis pasteles, el vino y juguetes para los dos niños. Una vez más se me hizo entrar con los honores aparatosos de coche y claxon. La mujer de Hao, sonriente y dulce, me acogió en la puerta de un apartamento de una habitación, otra pequeña que servía de despensa y fregadero, aseos y hornillo para guisar en el pasillo. Allí vivía la familia, de cuatro personas. Todo había sido acondicionado para mi visita, los pañitos lavados y planchados, frotado lo frotable, dispuesta la mesa con una linda vajilla.

Hao tenía la virtud, inestimable en un país de comportamiento estereotipado como es China, de derramar naturalidad. La comida fue transcurriendo alegremente. Me pude levantar a recoger los platos, traer y llevar cosas a la cocina, y, como descubriera una mosca en mi tazón de sopa, cambié tranquilamente el contenido que, en otro tipo de banquete, hubiera seguido tomando. Dentro de lo que cabe, una velada familiar. Sobre la cómoda, había una espléndida foto de Hao, al lado de un viejo león de piedra, los brazos cruzados, el pelo revuelto, con un expresión brava de campesino rebelde, bien plantado en la tierra.

Los palillos con los que comemos me gustan, negros con el borde rojo.

– Son muy bonitos, Hao.

– Son vulgares y corrientes, baratos.

– Por eso me gustan, mucho.

– Toma pues –me pone dos pares en la mano.

– Son demasiados. ¿Cuatro para mi sola?.

Hao dice mirándome con intención:

– Espero que pronto usarás los dos pares de palillos.

 

 

 

 

El delegado provincial, que nunca había visto hasta entonces, eligió un saloncito reservado junto al restaurante del Hotel para darme el banquete. Me encontré creo por primera vez con el cuadro de élite: un hombre de mediana edad, ligeramente grueso, cuidado, impecable en su chaqueta y pantalones gris claro perfectamente cortados, que discutía, muy sonriente y dueño de sí, de gastronomía, usos de la región y mundanidades, escogía elegantemente bocados en los platos, y se dirigía a mí con galante cosmopolitismo. Mis compañeros, incluso Tao que hasta entonces había representado ante mis ojos el non plus ultra de la autoridad, se oscurecían a su lado. Yo también.

Entre preparaciones y banquetes, se llevaba a cabo un juego de escondite entre mis colegas y yo para comprarnos regalos de despedida. Aparte de juguetes para los que tenían niños, opté por comprar a los adultos cosas que, sin ser de lujo, normalmente no pudieran adquirir, de las que se vendían en la tienda del hotel reservada a turistas. Calcetines para todos, extra, finos, bordados. Cuando los repartí, en buena responsable, Mei marcó la reglamentaria nota moralista:

– Estos calcetines deben recordarnos que tenemos que seguir el camino correcto, como tú nos mostraste.

Nada más lejos de mi intención que mostrar caminos correctos; desde los tiernos tiempos del Bachillerato ya había copiado en mi cuaderno el machadiano «Se hace camino al andar».

 

 

 

 

– ¿Y mis encuestas? –pregunto.

– Para nosotros, los profesores, es fácil. Iremos uno cada tarde. Las de los alumnos, dame los cuestionarios y te los mandaremos rellenadas a Pekín.

(«¡Mandarme algo escrito…!. Pura fórmula consoladora», me dije, sin la menor esperanza por recibirlas).

Los cuatro profesores elegidos para la encuesta eran naturalmente aquellos con los que tenía más confianza y que me habían asegurado que no les molestaba responderme: Fan, Mei, Hao y Chung. Vendrían después de la cena uno en cada una de las cuatro últimas noches que me quedaban. Era la postrera ocasión de estar a solas con Chung, al que apenas había visto desde que se anunció mi marcha. Pregunté por él, y me respondieron que estaba bastante enfermo con su estómago. El jueves debía de haber venido al hotel, pero no pudo. El viernes entró en mi despacho a la hora de la siesta, las mejillas más hundidas que nunca, fumando sin parar. Se diría que, si se le hubiera despojado de todas las chaquetas y jerseys que llevaba, bajo la última prenda no habría absolutamente nada.

– Quería apuntar refranes españoles –me dijo sentándose en el sillón con su bloc de notas en la mano.

– ¿Cómo te encuentras?.

– Algo mejor. Siento no haber podido ir ayer. También me duele mucho la cabeza.

– Hoy vendrá Hao para la encuesta. Mañana por la tarde hay una pequeña reunión de todos en mi cuarto. ¿Podrás quedarte después?.

– Si Mei está de acuerdo, haré lo posible.

Yo quería convencerme de que él había tenido conmigo una distracción inesperada y exótica, como los españoles con las veraneantes nórdicas, pero me sentía ante él como ante un jarrón roto, no por culpabilidad mía, sino con el sentimiento de algo fatal, una fatalidad fabricada por los hombres, un jarrón hecho trizas por el sistema sistemáticamente. El comentario de Ruiz cuando yo le había expuesto mis dudas sobre la frialdad china («Oye, se arriman como españoles») había sido:

– !¡Muy bien!. Así te divertirás un poco».

Sí, pero yo no las tenía todas conmigo de que Chung no se divirtiera en el futuro, si alguien advertía su debilidad individualista burguesa, en una granja de reeducación plantando coles bucólicamente unos años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO IV

 

 

LAS ENCUESTAS

 

 

 

 

 

 

Fan

 

Con todos, pero especialmente con Fan he querido estar segura de que responde de buen grado el cuestionario: Su carácter tímido y silencioso es bien conocido. Mei me contaba que ellos, al enterarse indirectamente –porque Fan no lo dijo- de que se había casado, le ofrecieron un regalito felicitándola y que Fan no sabía dónde esconderse de puro avergonzada. Parece muy jovencita, con su aire de adolescente en crisis de introversión, los ojos bajos, los labios gordezuelos y tercamente apretados de niño, la nariz como un islote minúsculo en el rostro plano y ancho. Al encargarse, junto don Chung, de darme clase de chino, se avergonzaba de su acento agudo y nasal.

Lenta pero seguramente, la vi abrirse como una planta de sombra. «Que no nos olvide en Pekín. Allí encontrará gente interesante, pero no olvide que aquí deja unos modestos amigos». Su timidez se transformaba a veces, cuando le tocaba acompañarme en maternalismo concienzudo, comentábamos muchas cosas juntas y entonces se reía con frecuencia, con una risa clara y espontánea.

– Mire:

Me tiende una fotografía de su marido, un muchacho delgado, todo sonrisa y gafas.

– Nos conocimos en la granja del Ejército Popular de Liberación donde trabajé dos años, a partir de la Gran Revolución cultural  Proletaria.

– ¿Te gustaba?.

– Mucho. Más que la vida en el Instituto.

– ¿No prefieres enseñar?.

– Creo que cualquier cosa que haga me es igual.

Fan, respondiendo a mi petición de que hicieran redacciones sobre sus vidas, compuso una larga e interesante sobre su experiencia durante la Revolución Cultural. Le dije mi opinión, que este tipo de testimonios serían muy apreciados en Europa. Ellos sabían que yo no enviaría una línea sin su consentimiento. Fan, al poco de entregarse su redacción, me pidió con muestras de inquietud que se la devolviese, lo cual hice al momento. Unos días después vino a hablarme:

– Oí que usted comentó que le pedíamos que nos devolviera las redacciones por falta de confianza, por creer que las mandaría a Occidente sin decírnoslo.

– Sí. Es cierto.

– No quiero que piense que hay desconfianza. Aquí la tiene.

Fan me alarga su redacción, y sólo añade:

– Si la manda al extranjero, que no sea con mi nombre.

– Te lo prometo.

Esta noche, cómodamente instaladas las dos, entre sorbo y sorbo de té, voy apuntando las respuestas en mi largo cuestionario:

– ¿Cuántos hijos te gustaría tener?.

– Ninguno.

Cogida por sorpresa, tacho el dos que, por inercia, estaba ya poniendo.

– ¿Ninguno?.

– Ninguno. No quiero tener niños.

¿Cómo imaginas tu futuro?.

– Como ahora.

Fan ha ido respondiendo breve pero tranquila y naturalmente a mis preguntas. Se ha quitado la chaqueta gruesa por el calor de la habitación. Lleva una blusa de algodón a cuadros blancos y negros.

– Es bonita –comento.

– Es tela tejida a mano, de cuando estaba en la granja. Me la dio una campesina de Jopei.

Para ella, como para otros jóvenes, tuvo que ser forzosamente una aventura gloriosa y maravillosa los desplazamientos, la efervescencia, Mao en Tien An-men, la gran peregrinación hasta Yenán a través de los campos, la granja fundada sobre las hierbas salvajes en la que conoció a su marido. Muchachos y muchachas  entusiasmados vivieron su experiencia, tanto más excitante y única cuanto que hasta entonces se habían movido siempre en el normal universo chino, estrictamente compartimentado, sin posibilidades de viajes ni de desplazamientos, escolarizados y planificados a través de los cías y los años.

No es extraño que a Fan le deje indiferente hoy el futuro, el lugar de trabajo, que vea como una plana repetición del presente el porvenir. Ha vivido, continúa su ensueño propio, su excitación interior, duerme bajo la palanca que se trajo como recuerdo de sus trabajos campesinos, bajo la sombra de los árboles que plantaron en la granja. Sus afectos, o bien cristalizaron en torno a las consignas, o bien, innombrados, inexpresables, sin lugar ni forma en el mundo de frases e ideas que le da su sociedad, bullen en el fondo.

En el almacén de Sian había comprado yo en cierta ocasión un vaso para contener una sola flor, sin más adorno que una rama de bambú negra dibujada sobre la loza blanca. Uno de esos objetos que, en su simplicidad, son el reverso de los churriguerescos jarrones y leones historiados con permanente afro. Mei me dijo que a Fan le había gustado pero que se agotaron en el almacén. Le dí pues el mío para que ocupase un lugar en su sencillo mundo, en sus silencios vespertinos en los que ella se fabrica quizá con recuerdos y calma su miel.

 

 

Hao

 

La encuesta no fue con Hao sino una más de aquellas conversaciones que se prolongaban con frecuencia hasta más de las doce de la noche. Como ciertamente hasta el último pinche debía estar al tanto de su presencia, ¿qué conjeturas podía hacer el puritanismo chino sobre aquellas largas e íntimas veladas?. Puesto que a él no parecía preocuparle, a mí me tenía sin cuidado. Al fin y al cabo Hao conocía el terreno y era además miembro del Partido. Sólo en cierta ocasión, muy tarde, se detuvo en medio de su narración. Comentamos lo avanzado de la hora, pregunté si dirían algo los camareros. Únicamente pareció dubitativo unos instantes. Luego se encogió de hombros:

– Ah, sí. Los camareros… No creo, y, además, ¿quién se atrevería?.

Y continuamos esas conversaciones que eran más bien monólogos, en los que yo escuchaba, sentada encima del sofá o de la alfombra, sirviendo de cuando en cuanto té y galletas, con mi bloc y lápiz a mano.

Hao no decía consignas ni clichés. Tampoco me hacía preguntas ni se interesaba por mi vida más allá de un recalcitrante empeño en que encontrara un compañero. Todo su deseo era dar salida a la suya, mejor dicho, a una parte de la suya ignorada, retenida, mantenida en la sobra. Hablaba con lentitud y parsimonia, hablaba como si estuviera solo, dirigiéndose –ironías del destino- a la cama de enfrente, regiamente enmarcada por las cortinas. De cuando en cuando me echaba un vistazo, como si no estuviera seguro de mi presencia, y continuaba. La situación, que no había, no ya provocado, sino ni siquiera especialmente incitado, era el ideal de un psicólogo. Pienso que Hao encontraba en mí al oyente casi al estado puro, ajeno a su sistema y por tanto inocuo, desprovisto de la Gran Muralla de prejuicios que corre por el interior de los chinos, que ni le juzgaba ni le criticaría jamás, el oyente de quien no podía esperar una denuncia. Y lo que fluía, fluía incontenible de él, era la historia de una gran frustración sexual, la sal decantada de la insatisfacción física, afectiva, vital.

– ¿Por qué escribes? –me preguntó distraídamente una vez, pasando la mirada de la cortina a mi cuaderno.

– Porque me interesa mucho todo lo que estás diciendo.

Hizo un gesto de indiferencia y continuó hablando de los suyo. No ignoraba  que yo llevaría mis notas a Europa, pero Europa era otro mundo. En ese momento Hao tenía junto a él alguien que le escuchaba con aprecio personal y con inmensa atención. Nada hubiera podido cegar de nuevo la corriente de sus confidencias:

-…Guerreé más de dos años en Sinkiang. En 1952 el norte estaba infectado de bandas de malhechores apoyadas por Chiang Kai-shek y los antiguos señores de la guerra. Durante años, a caballo, combatí con los bandidos. Había un grupo peligroso con un cabecilla musulmán, llamado Uzmán, que engañaba a las gentes.

Al principio yo era demasiado joven para todo, no sabía disparar. Tras las batallas, nos sentábamos a comer sandías. Atravesábamos territorios salvajes. En cierta ocasión vimos a un oso. Uno de nosotros cometió la imprudencia de disparar y herirlo. El oso herido es un animal peligrosísimo. Comenzó a perseguir a toda velocidad al que había disparado, que le esquivaba tras los árboles, hasta que los demás pudimos acabar con el animal. Otra vez, al acercarme a un río para beber, y pisar las hierbas altas de las márgenes, se me subió una serpiente por las botas.

En Yenán, cuando era aprendiz de soldado, conocí a una muchacha… –y el rostro de Hao se aclara con una sonrisa entre pícara y confusa, de orgullo adolescente-… Soy feo, pero a ella le gustaba. Me invitó varias veces a comer a su casa. Sus padres eran campesinos y comenzaron a tratarme como alguien que entraría en la familia.

– ¿Y a ti?. ¿Te gustaba la chica?.

-… A mí… Mi capitán se dio cuenta, me riñó, me dijo que yo era muy joven y que la vida y los desplazamientos del ejército no permitían ese tipo de cosas. Tenía quince o dieciséis años por entonces. Al poco tiempo mi unidad se puso en marcha. Ella me escribió algunas veces, el capitán se enfadó, dijo que las circunstancias no permitían andarse con esos problemas, que nada de cartas. No supe más de ella.

Pausa. Una larga chupada al cigarrillo.

– ¿Sabes, Rosúa?. Aunque han pasado tantos años siempre la recuerdo. Hoy estará casada, con hijos, será diferente de la muchacha que conocí, pero  es la misma para mí.

– ¿No conociste otras luego?.

– Llevaba una vida dura y solitaria con mis compañeros, era tímido con las gentes. Estuve en Sinkiang largo tiempo, entre la nacionalidad Khasak, aprendí la lengua. Entre los Khasak las relaciones de hombres y mujeres son muy simples: Traban conocimientos ellos mismos, sin terceros; y sin fiestas, intervención de la familia ni ceremonia alguna se van juntos, una pareja. Viven así seis meses o un año. Si la muchacha no queda embarazada, él la deja y los demás hombres no quieren luego de ella. Si en la casa hay un huésped, los padres permiten a su hija que duerma con él.

En 1954 yo formaba parte de un grupo de unos trece soldados y era también jefe de reformas agrarias en este destacamento. La mayoría de los compañeros eran de Sinkiang, cuatro de ellos Khasak. Llegamos un día a una aldea Khasak en la que vivían más de treinta familias. Son pueblos pastores, que viven en tiendas. En la aldea había cuadros femeninos, uno de los cuales era una muchacha de menos de veinte años que acudió a darme la bienvenida. Nuestros hombres fueron repartidos entre las casas. La muchacha me llevó a la des sus padres, y allá fui, con mi caballo y mi pistola. Era una tienda muy pequeña, dormían en ella ocho personas. Acostados, todos nos tocábamos los pies. La cena fue solamente un té con leche. Tenía hambre y pedí pan, pero no había. A las doce de la noche se tomaba allí una cena que consistía en carde de oveja, muy caliente por cierto, que cada cual cogía con la mano. La muchacha preparó carne para mí. Me dormí fatigado. Al acostarse, los padres indicaron a la muchacha: «Ve a acostarte con él». Yo rehusé y la chica se acostó cerca. Cuando estaba dormido, una de las hermanas vino junto a mí, me cogió la mano. Yo tenía mi pistola conmigo, le dije que se fuera y a los padres que no me molestaran. Ellos respondieron que era la costumbre. Insistí en que no. Al día siguiente me fui a una casa en la que no había chicas.

– ¡Pero Hao, por Dios…!.

El bolígrafo ya se me cayó de la mano al llegar a lo de la pistola. Miré hacia mi cama, al fondo. Ahora do debía de estar armado. Sin tiempo para recuperarme, Hao enhebraba con la experiencia siguiente. Tomé el bolígrafo:

– En 1955 trabajé en la capital de Sinkiang, en Urumchi. Anteriormente estaba en Altai.  El otoño era frío. Para hacer el viaje de Altai a Urumchi, a través del desierto del Gobi, no hay carretera ni otro transporte que el caballo. El responsable de mi división me presentó a una muchacha shanghailesa, bastante bonita, que también debía hacer el largo viaje hasta Urumchi, y me pidió que fuéramos  juntos. Aunque no me gustaba la idea, hube de aceptar. El primer día apenas hablamos. Mi caballo iba a una buena distancia del suyo. Luego descansamos, comimos, acampamos en un lugar en que había yerba, atamos los caballos, y dormimos, sin conversar. Al día siguiente ya charlamos un poco. Ella ejercía la medicina y casualmente había sido amiga de una amigo mío. Dormimos de nuevos. Separados. Al tercer día encontramos algunos musulmanes. Yo sabía algo de su lengua y ellos creyeron que no era han (chinos, por antonomasia, etnia mayoritaria) y que la chica era mi mujer. Nos invitaron a pasar la noche en su aldea, nos dieron una habitación con una cama, pero yo expliqué al musulmán que dormiría aparte, en el patio. La muchacha pareció incomodada.

De esta ciudad a Urumchi había una semana de camión. Cada noche los viajeros debían dormir al raso. Ella se acostaba en el camión. Yo debajo. Cuando por fin llegamos a Urumchi, muertos de cansancio, era dificilísimo encontrar un hotel. Nos separamos para buscar. Cuando nos encontramos de nuevo, ella había reservado en una fonda. Era una habitación con una cama para los dos y no había forma de encontrar otra cosa, así que me acosté, también ella, que se venía hacia mí; pero me volví del otro lado y me dormí.

– ¡Imperdonable!. Haz el favor de explicarme. Esto pasa de la raya –recojo de nuevo el bolígrafo.

– Es que yo era muy joven entonces, tenía miedo –se excusa, con expresión compungida.

– En fin, en fin… Continuemos. Dime, ¿qué hiciste luego?.

– Fui secretario de una entidad. Me casé muy joven, a los 21 años.

Pese a la rapidez y precocidad, el tono que emplea Hao cada vez que se refiere a su matrimonio y a su esposa no incitan en absoluto a pensar en el flechazo. Es un tono neutro, completamente distinto del que usa en la descripción de sus otras sentimentales y virginales aventuras. Cuando se adentra por el insípido terreno conyugal su voz y su gesto se vuelven planos y descoloridos. Vuelvo a la encuesta:

– ¿Cuánto ahorras al mes?.

– Nada. Tengo deudas.

Desde luego no es el tipo de respuesta que figura en los clichés oficiales. Nunca le agradeceré bastante haberme hablado sin tópicos ni citas, ofrecerme el don insólito de conversaciones sencillas con problemas normales. Ahora se le ha vuelto a iluminar el rostro. ¿Aventura sentimental?.

– Antes de casarme también hubo una muchacha que se interesó por mí. Trabó conversación conmigo cuando salíamos del cine. Me dio una cita para pasear con ella. Quería que saliésemos más, que la besara, ¡pero era muy fea!.

Por los vericuetos, atajos, acampadas, que imponía este tipo de diálogo, hemos llegado finalmente a la pregunta final de mi cuestionario. A Hao, clarísimamente acomplejado en otros aspectos, se le diría en el de las relaciones con los extranjeros, posibles denuncias y criticas, etc., libre de temor, como si hubiera conquistado para siempre la libertad respecto al sistema en sus años de cabalgar por el inmenso Sinkiang. Bien es cierto sin embargo que, como él mismo me decía, «la presión social es terrible. La sociedad vigila continuamente. Las pareces tienen oídos. Algunos intentan hacer cosas no permitidas, pero por la noche, en la obscuridad, yendo como ladrones».

Es posible que su hoja de servicios le haya valido una cierta impunidad, que su deseo de abrirse haya sido más fuerte que todo lo demás. Lo cierto es que en este país, el más acomplejado e introvertido del mundo seguramente –al menos el más sin discusión, y con varias cabezas de ventaja, de cuantos conozco- Hao posee algo que es extremadamente raro: autonomía, autonomía interna.

Pongo en orden mis papeles pidiendo de paso algunas precisiones. El no se siente en absoluto cobaya, lo que calma mi inquietud. Es espinoso ver a un amigo tomar nota de nuestras confidencias.

– Normalmente no voy a Pekín. Mi familia está aquí. Los viajes por cuenta propia son demasiado caros, pero si voy, iré desde luego a verte.

– Eso espero. Yo os escribiré , a todos juntos y por separado. Temo que sean leídas por otros mis cartas.

– No tengas cuidado. Las cartas que me escribas sólo las leeré yo.

– ¿Necesitas dinero?. Por lo visto tienes deudas ahora y a mí ya sabes que me pagan demasiado.

– Gracias, pero no hace falta;  si no, te lo diría. La camarada Fan me presta, ella esta sola. En realidad, no debería faltarme. Mi mujer también trabaja, me administro mal.

Un poco de ceniza del cigarrillo cae en sus usados pantalones de paño azul marino.

– Nunca te olvidaré. Has sido mi único amigo –dice.

– Espero que Pekín os mandará pronto otro profesor de español.

– Nunca te olvidaré. Tu pusiste un poema en tu despacho.

(Se trata de un poema de Celaya que fijé en la pared:

No estoy solo, no estoy

en lo que sólo soy.

***

Modestamente

yo le doy fuego

a su cigarro

y a un dios interno.

¡Somos amigos!.

                   ***

 

         – Yo –continúa- comprendo lo que quieres decir con «Yo le doy fuego a su cigarro».

Es posible que lo comprenda en su genuino sentimiento de solidaridad humana; pero creo no equivocarme al pensar que Hao le daba una connotación íntimamente relacionada como mi propia situación de frustración afectiva y sexual.

Chupando entre las yemas de los dedos sus colilla, repite:

– Nunca te olvidaré.

La habitación tiene ya la frialdad recogida de las altas horas de la noche. Hao alarga los minutos. Los muebles se revisten con la funda transparente de la partida. El polvo comienza a depositarse en los pliegues de la colcha.

Hao sale de la habitación.

 

 

 

 

 

Los días, las horas, en carrera hacia el domingo, iban tomando velocidad. El sábado, para mi despedida del instituto y la comida de la dirección, decidí ponerme falda, medias y los zapatos de las ocasiones, brindándoles así, por una vez y hasta Dios sabe cuándo, el espectáculo de unas piernas femeninas.

Mis zapatos causaron efecto inesperado. Eran de piel rojo amapola. Eran absolutamente insólitos, mucho más que cualquier prenda de vestir. Eran zapatos encantados que enredaban tras de sí miradas soñadoras y sorprendidas, comentarios arrobados. ¡Unos zapatos rojos!.

– ¡Qué bonitos!.

– ¡Parece una novia! Se extasió Hao.

Tras la comida, aliñada de brindis, a todas las cosas, habíamos quedado en reunirnos en mi apartamento. Tomamos dulces. Repartí regalos. El ambiente era caldeado y alegre. Se fueron quitando las chaquetas y quedándose en jersey y blusa. Entonces comenzaron a llegar los chicos, Chung, Jen, Chou, y ellas echaron mano de nuevo, ruborizadas, a sus chaquetas, sobre todo Fan. Fue una agradable velada. Se bebió todo, se comió todo. Se escuchó de nuevo «Siboney». Intercambiamos regalos. Hao no había podido venir. Mei me había regalado una muñequita cuya cara de caucho, con mejillas rosadas y grandes ojos negros, era una obra de arte de finura. Yo le dí mi abanico, que había traído desde  España.

 

 

Chung

        

         Cuando sale el último invitado, Chung se arrellana en el sofá.

– Siento no haber podido venir el otro día para la encuesta. Me encontraba bastante mal –se disculpa- ¿Te enfadaste?.

Por supuesto que no. ¿Cómo te encuentras ahora?.

– Algo mejor; aún me duele.

Acabarás por tener que operarte como decías.

– Sí, es posible. Varios médicos me pusieron tratamientos para el estómago, pero no cura.

– No quisiera fatigarte demasiado con la encuesta.

– No es molestia. Puedo. Nos pararemos de cuando en cuando.

Desaparezco en el cuarto de baño para quitarme las galas de recibir y reemplazarlas por los pantalones añil, el suéter de algodón azul y manga larga, las sandalias de goma y los calcetines rojos de Mei.

– ¿No tienes frío?. –pregunta Chung.

– ¿Con la calefacción?. Tú si deberías quitarte por lo menos la chaqueta enguatada. Vas a enfriarte al salir.

Lo hace, pero a los cinco minutos vuelve a abrigarse en ella con una sonrisa de excusa.

Muy científica, me instalo con mis cuartillas ante una mesa despejada de los dulces de la fiesta.

– ¿edad?.

– Veintinueve años.

– Apartado A: familia e infancia:

– Mis padres son ambos profesores en Pekín. Somos siete hermanos.

– ¿Cuáles han sido tus contactos con extranjeros?.

– Con mis profesores de español. Son amigos, trabajan con entusiasmo. Su sexualidad es diferente de la nuestra.

Le miro.

– ¿Es realmente muy diferente, Chung?.

– Ellos siempre necesitan estar juntos, el marido y la mujer. Los jóvenes tienen relaciones sin casarse. Hay botas por la calle.

– Botas no, Chung, putas. ¿En China no hacen nada antes de casarse?.

– Nunca a la luz, como los extranjeros. A veces, pero a oscuras a escondidas. Sé como es en Europa. He leído libros. Recuerdo también una foto de París en la que una pareja se besaba en pleno día, sentada en el mismo banco que un anciano. Me pareció terrible. En otra ocasión acompañé a la esposa de mi profesor argentino a ver a su marido al hospital y se besaron delante de mí. Me chocó mucho.

– Pero es algo bonito. Nada tan triste como un país sin parejas.

– Las costumbres son distintas. Allá pueden acostarse cada día con alguien diferente.

– Hombre, no es eso. Se trata de que el sistema social no coacciona la relación íntima de dos personas libres que no dañan a nadie con ello. Cuando el amor viene es , como en todas partes, un apego mutuo que excluye irse cada día con otra persona, es compartir los días, algo que se hace con las manos…

– Sí, ¡Con las manos!.

La expresión ávida de Chung no deja dudas  respecto a lo que ha interpretado como quehacer manual y da al traste con mi despegue lírico.

Ahora como anteriormente –y, por cierto, desde muy pronto- ningún terreno interesa más a Chung en sus conversaciones conmigo que el de la fruta prohibida. En su insistencia y curiosidad, que en principio me parecían morbosas, me molestaban y me hacían responder en ocasiones con aspereza, advertí rápidamente la cristalización de una represión fabulosa, y, nada dispuesta a dar por bueno en China por ser China el aparato opresivo sexual y vital que me inspiraba el más cordial desprecio en España como en cualquier punto del planeta, respondía cada vez a sus preguntas en tono claro y normal, intentando presentar de forma simple las cuestiones sexuales. Más valía pasar a sus ojos por una Mesalina que frarisear descaradamente según el viento que soplaba  en el país.

En una pausa, mientras Chung fumaba, me puse a doblar ropa y meterla en la maleta. El se acercó, me acarició la cabeza.

– ¿Qué es? –preguntó señalando la túnica pakistaní que yo tenía en ese momento en la mano, de gasa turquesa bordada en blanco.

– Una blusa para el verano.

– Pero… ¡es muy transparente!.

– Ya –me encojo de hombros.

– Claro. No tiene importancia –añade Chung. Y luego, la mano en mi nuca, me dice algo sorprendente.

– Tú eres pura.

Es quizás la última frase que esperaba oír, en un ambiente en el que encarno necesariamente el libertinaje, de este hombre que jamás besó mujer.

Nos sentamos. Releo mis cuartillas. El añade:

– Sí, los occidentales son muy distintos, espontáneos, expresan lo que sienten. Los chinos son reservados, nunca actúan de esa manera.

– Per tú no eres así conmigo, como dices que son los chinos.

– Las cosas se han presentado así entre nosotros.

Observa sombrío el humo de sus cigarrillo. Me muerdo los labios y pregunto:

– ¿Continuamos?. ¿Qué te llama más la atención en los extranjeros?.

– Tienen mayor vigor y salud física. Encuentro que gozan de mucha más energía que nosotros. También tienen mayor curiosidad por saber cosas, entusiasmo por conocer China, y nos apoyan moralmente.

He oído con frecuencia y tono de rendida admiración frases del tipo «¡Qué energía tienes!. ¡No te cansas!. Los extranjeros tienen muy buena salud», y me pregunto si, tras la introversión, la apatía, el encasillamiento, la continencia, la avaricia de gestos y de comunicación de los chinos, no hay –además de todo tipo de razones sociales- una gran carencia de energía vital, física y material, emparentada con la alimentación. No deja de ser sintomático el que los pueblos consumidores de carne, huevos, pescado en grandes cantidades, muestren un grado de actividad mayor, un superplus de energía que se proyecta hacia el exterior en todo tipo de formas, desde la curiosidad descubridora y los viajes hasta la violencia y la guerra.

– ¿Estás cansado?.

Sirvo agua caliente, que nunca falta en los panzudos termos.

– Ya queda poco; lo de la Revolución Cultural –explico en la pausa.

Durante toda la semana última he sentido su voluntad de alejamiento, que me parece tan lógica como prudente. Yo no tengo sentido en el sistema, ni la más mínima proyección en el futuro, no seré, no soy siquiera, yo me voy, yo no he estado.

Chung, sentados juntos, deja apoyar su cabeza en mi hombro. Durante varios minutos ni hablamos ni nos movemos. El mantiene la mejilla contra mi garganta, yo le acaricio el pelo, duro y grueso, negro brillante.

– El tiempo ha pasado rápido.

– Sí.

– Volverás un día a tu país y olvidarás esto.

– Me temo que no. Nunca olvido nada.

Silencio. Siempre la habitación que se agranda, su cama irónica y monumental, las sombras que huyen hacia el techo, y la ciudad alrededor, como un lago sombrío, con sus trenes y sus aviones que toman viajeros provistos de visados.

– Vendré a Sian en cuanto tenga unos días de vacaciones.

Como los demás a los que he comunicado mi intención, Chung no parece creer en la posibilidad de ese desplazamiento. Cierto que en China no se viaja a donde y cuando se quiere,  sino donde y cuando se permite.

– En vacaciones voy a Pekín, puesto que mi familia está allá. Iré a verte si puedo.

– ¿Por qué no podrías?.

– Veremos –responde evasivo.

Y juega distraídamente con mis dedos, me roza la sien  con los labios, y contiúa refugiado en la curva de mi cuello, en un gesto de abandono femenino.

Volvemos a los minutos que pasan. Con la mano libre busco mis papeles. El enciende un cigarrillo.

– Ahora la Revolución Cultural… –Estoy cansas. Busco la postura más cómoda para terminar mi encuesta, me coloco de diferentes formas sobre el sofá, repitiendo mientras –La Revolución cultural…- y encuentro la posición ideal apoyando la cabeza sobre las piernas de Chung y los pies en el brazo del sofá.

– ¿Qué haces?. Ponte bien, mujer –me dice al fin Chung, que me mira hacer.

– Estoy  perfectamente –aseguro desde mi horizontal, blandiendo cuartillas y bolígrafo –Ale, la Revolución Cultural…

– La Revolución Cultural… Mujer… –Chung estalla en una carcajada, penetrado finalmente por la comicidad   de la situación. Y, como yo sigo tranquilamente instalada, en su inexperiencia decide imitarme por simetría, y se echa a su vez sobre mí apoyándome la cabeza y la mano en los senos. Me incorporo.

– Perdona –se excusa.

– No hay de qué. Vamos con la Revolución Cultural.

En esto alguien golpea la puerta y aparece la visita, inesperada y ciclónica, de Hao, que también duerme en el hotel porque me acompañará mañana al aeropuerto.

– Hola. No pude venir a la fiesta esta tarde. Tengo hambre. ¿Tienes por ahí algo de comer?-.

– Pues… voy a mirar –digo, algo aturdida por esta rápida irrupción. Pero no quedan sino algunos caramelos.

– Tal vez podemos preguntar a las camareras de guardia si queda comida por ahí –propongo.

Hao toma un sorbo de té y se va.

– Mañana no estoy entre los que te acompañarán al aeropuerto-.

– Mejor será que nos despidamos ahora, Chung, aquí-.

Nos miramos, las manos en los hombros, en el centro de esta larga noche.

– Te escribiré- aseguro.

– Será mejor que escribas a todos juntos-. Hay una amargura convencida en el consejo.

– ¿No es conveniente que escriba cartas personales?. Aparte escribiré colectivas-.

– Puedes hacer lo que quieras, pero me parece mejor que dirijas tus cartas a todos los profesores-.

Las maletas abiertas. Las cajas de cartón que me ha proporcionado el hotel. La marcha.

– Cuídate el estómago. Dime cómo sigue. ¿Me escribirás tú? –pregunto.

– Siempre que pueda-.

Estamos de pie ambos, entre el equipaje a medio cerrar, ya perdiendo el equilibrio sobre esa pendiente de direcciones contrarias. Le abrazo. Nos miramos. Veo sus ojos enormes, mundos oscuros y tristes. Me coge la cabeza entre las manos y, lentamente, como un rito, me besa en la frente:

– Adiós-.

 

 

 

 

        

CAPÍTULO V

 

EL REGRESO

 

 

 

19 de noviembre de 1973

 

Por la mañana acomodamos los últimos regales que me traen Tao y los demás: Un cenicero esférico rojo y un pote y vaso azul pavo real de la fábrica de esmaltados. Recibo de los profesores un panda de fieltro, esa rara especie de oso que habita en los bosques chinos y cuyos ejemplares suele ofrecer el gobierno como presente oficial. Con sus gafas de pelo negro, sus ojos melancólicos, el panda es sin lugar a dudas el payaso de los animales.

En el aeropuerto, a la hora de las despedidas, abrazo a todo el mundo con gran rubor de Mei. Eso no se hace con los hombres en China. Pero yo soy extranjera, no importa. Hao, espantado, intenta huir pero no se libra. Mei y Wei me acompañan a Pekín hasta dejarme en buenas manos. No consigo comprender la urgencia por lo que se me ordena regresar, ni cuáles van a ser mis actividades. Estoy redactando mi informe sobre los problemas y posibilidades, según la experiencia de Sian, del aprendizaje de lenguas modernas en provincias. He leído el borrador al director del instituto la víspera de mi partida. Antes de oírlo el anciano me dijo que no era necesario que les informara yo a ellos de lo que pensaba relatar a los responsables de Pekín, sin embargo me interesaba en extremo hacerlo, no hubiera sido más que por mera consideración, en especial en aquel ambiente, tan tristemente acostumbrado a los ocultamientos.

En su bolso de viaje Mei lleva manuales de textos y ejercicios, que debo corregir y enviar desde Pekín.

Y el avión despegó, mientras que el pequeño grupo que me recibiera en septiembre bajo un soleado cielo madrileño, me despedía, arrebujado en la ropa invernal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIARIO DE CHINA II

 

 

 

 

LOS NAÚFRAGOS DE LA UTOPÍA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El presente libro corresponde a la segunda fase de mi estancia en China Popular. La primera transcurrió en la ciudad de Sian, a mil kilómetros al interior, en la provincia de Chensí, cerca de Yenán. Trabajé en el Instituto de Lenguas Extranjeras durante dos meses y medio, hasta que llegó sin previo aviso la orden para que volviese a Pekín, a mediados de noviembre. La estancia en Sian-ciudad de dos millones de habitantes en la que no había más cooperantes extranjeros que un matrimonio de Sri Lanka, profesores de inglés, de edad avanzada y yo-fue densa en sensaciones y de una riqueza de relaciones humanas que jamás hubiera sido posible en Pekín.

A mi llegada a la capital, a finales de agosto de 1973, se me permitió visitarla durante unos días antes de partir rumbo a Sian. Más impresión que la de las rápidas visitas guiadas, me quedó, de aquel paso, de la del enrarecido ambiente del Hotel de la Amistad, situado en las afueras, en el cual se hacía habitar a todos los cooperantes extranjeros.

Cuando llegó la orden de que dejase Sian, mi intérprete y bien conocida colega de la sección de español del instituto, Mei, y el representante de la célula del Partido me escoltaron en el viaje a Pekín y permanecieron conmigo unos días.

En la capital volví a encontrar a Ruiz, el viejo español que llevaba en China diez años, a Alberto, un salvadoreño que debía regresar en Navidad a su patria, mujer e hijos; encontré a los intérpretes del Hotel que ya conocía: Ho y Sui, y volví sobre todo a hallar el extraño acuario humano del Hotel de la Amistad.

Caminé por esa China del sur que se entreabría apenas a ojos extranjeros tras la Revolución Cultural; anduve por la bajamar de la furia ideológica, entre sus desamparados náufragos.

Absolutamente todo lo que contienen estas páginas es cierto y corresponde a una vivencia real. Por otra parte se ha tenido buen cuidado de no omitir nada cuya falta falseara esta realidad, excepción hecha de fallos memorísticos, del cambio de nombre de las personas y del inevitable filtro de la subjetividad, que se ha hecho, empero, cuanto ha sido posible para controlar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pekín

 

A la llegada atardecía sobre Pekín, hacía frío. Tras cumplir las formalidades de policía rápidamente-ellos se encargaban de todo; conducida de sillón en sillón, les miraba llenar los diversos impresos que cualquier desplazamiento exige en China: permiso, visado, control-, quedamos plantados en la escalinata del aeropuerto cuidado y desierto, rodeados los tres por un horizonte sin casas.

Un coche llega, se detiene.

-¡Perdonen el retraso! Hubo un error…¿Hay más equipaje?

Es Sui, la intérprete del hotel, con su movilidad de insecto. Enfilamos la larga carretera en la que es tan raro cruzarse con otro coche. El Hotel de la Amistad. Atravieso el patio, llamo a la puerta de Ruiz. Abrazo a él y a Alberto, que me esperan.

-¿Cómo me llamaron tan pronto? ¿Me necesitan con urgencia? ¿Qué…

-Tranquila y bébete ese coñac, que sólo lo saco en ocasiones.

Ruiz reluce, barnizado de paternalismo y satisfacción de actor en escena.

-Por aquí se ha hecho lo que se ha podido por ti, ¿qué te piensas?. En los diez años que llevo, nunca les vi actuar con en tu caso, cambiar de sitio de trabajo a un cooperante. Claro, que la conspiración de Catilina no se ha llevado mal tampoco…

Ruiz sirve coñac, propone un café, irradia falsa modestia.

-Pero yo no quería venirme hasta enero. Tenía trabajo, les hacía falta. Le dije a la responsable que vino a verme…

-¿Aún pones peros? ¿No te digo que con nadie han hecho lo que contigo? Nos hemos escuernado para traerte.

-Pensé que te marchabas antes de lo previsto, Alberto-le pregunto.

-Por mí, mañana me iba, vieja. Estoy ya que no aguanto, pero estos chinos cabrones no hay manera de que me digan las cosas claras y fijar una fecha. Y bien que les he dicho que de primeros de enero no pasa que me dé el bote, pero son resbaladizos de lo más.

-Por lo que me dijo la del Buró de Expertos que fue a verme a Sian, en tu escuela están de acuerdo en cogerme.

-Cómo no. Ya les he hablado un montón de veces de la profesora española. Los muchachos son simpatiquísimos, con la guitarra los tengo embobados. ¡Cante, profesor, cante! que me piden siempre. Para la fiesta del Primero de Octubre canté y toqué unas canciones que había compuesto yo mismo, sobre Pekín, Mao y el marxismo.

(Prometedor)

-Ya me las cantarás.

De regreso hacia mi apartamento, Alberto:

-Escucha, españolita, con el viejo Ruiz prudencia. Está más entusiasmado contigo que con nadie que yo haya visto, pero en cuanto le cambie la dirección del viento empezará a despotricar. A mí ya me ha insultado a gritos, pero sé torearle. No conviene ponerse a malas con el viejo, es mal enemigo, tiene una lengua de lo peor. Ha puesto a parir a todo el hotel y luego dice que todos le dejan solo. Al principio estaba que se comía a besos al matrimonio joven peruano: eran los más inteligentes, los más politizados, lo único bueno. De la noche a la mañana se revolvió y no pierde ocasión de escupirles encima.

La patrulla de soldados del hotel pasó, un rectángulo silencioso de botas enguatadas, capotes, mirada de azogue sin expresión.

-Cuando llegué yo aquí, el grupo de latinoamericanos me hizo una fiesta de bienvenida, de todos era amigo. ¡Buenas faenas que me han hecho luego los hijos de puta! Además me vine acá dispuesto a vivir como los chinos, me hice un traje azul a su estilo; en el armario está. Ahora me pongo mi suéter rojo. Que miren. Soy salvadoreño, bien me he dado cuenta, de mi país soy y allá quiero estar. No veo el momento de darme el bote.

-¿Cuánto tiempo levas en China?

-Ocho meses. Primero creí que iba realmente a hacer algo útil. Yo era un pequeño líder en mi país, en un partido progresista; era muy popular entre los estudiantes. Entonces salió lo de China y los del Partido me mandaron en secreto, la correspondencia la desvío como si estuviera en París. Nunca había yo salido de mi país antes. Imagina que llego acá con todos los buenos deseos. Me di luego cuenta de cómo era esto, empecé a no salir y a tomar, que algunas mañanas no podía ir a dar clase de puro borracho y para el estómago me va fatal. Me acordaba de mis tres chiquillos y mi mujer. Y este frío de la gran puta. Yéndome en enero, me escaparé de lo peor. El día que yo llegue a mi país, vieja, ése va a ser el más feliz de mi vida. Los del Partido me decían que me quedara, y los chinos que podía traer a mi familia; pero yo me voy. Allá soy un pequeño líder, aunque me esté mal decirlo. Aquí esta pandilla de desgraciados sudamericanos todo es reírse de que mi país es pequeño, de que no tenemos peso ni cultura, y hacerse que ellos saben más o son más políticos. Yo en mi país me entiendo, vieja, aunque no me haya leído a Marx. Yo eso me meteré a leerlo con tiempo cuando esté en la cárcel. Lo que sí te digo es que en mi país, por muy subdesarrollados que estemos, del comunismo como aquí no querrían ni en sueños ni aun el más muerto de hambre. Que no; esto para los chinos está bien, pero en nuestros países ni por pienso, y mira que tenemos miseria, pero nadie aguantaría que le mandaran y le controlasen como aquí les controlan, ni el más pobre. En cada sitio lo suyo.

Hace frío, ni rastro de humedad. La tierra está dura, apelmazada. Muy pocos balcones con luz.

-Sube.

El apartamento de Alberto es mejor que el mío. Refleja desgana. Algunos objetos adocenados. Fotos de sus chicos, de su mujer. La guitarra siempre a mano, como un perro fiel y melancólico. Apenas libros.

-Voy a pedir mudarme cuando te marches.

-Sí. En verano está lindo. Ahora ya dormirías mejor, con un salvadoreño cariñoso.

-Pero, hombre, que ya te expliqué que de esto conmigo nada. Reserva para Milena y los niños. ¿Tuviste carta?.

Pasando sin dificultad del papel de galán gomoso al de padre y marido satisfecho, me saca cartas, que lee en voz alta. Lo mejor de él es esa forma de proclamar a todo el que quiera escucharle su amor por Milena, y, simultáneamente, cortejar a toda fémina. Sus escaramuzas conmigo son sin embargo benignas y tomadas con buen humor por ambas partes.

-No, españolita, no me olvido de lo que me dijiste, una mala experiencia. No voy a hacerte mal, pero besarte, eso sí, antes de que me vaya. No vas a decirme que no te gustaría…

Los ojos semientornados y lánguida sonrisa ecuatorial, Alberto se acerca, hacia al pared, porque cambio de posición.

-Si no hubiera tenido yo mi familia, hubiéramos hecho una buena pareja en Pekín tú y yo. Te aseguro que es buena compañía este negro.

Con la seguridad más envidiable del mundo en su físico, Alberto no duda un instante de que sólo sus lazos matrimoniales me han impedido amarle con pasión y que únicamente un choque sentimental muy poderoso pudo insensibilizarme a sus delicias. Recuerdo, viéndole moverse en círculos perezosos, ligeramente espolvoreados de azúcar, la redondilla coqueta de sus cartas, las a, o, grandes, engarzadas a lo orfebre con otras letras. Mucha página para tan pocos trazos.

-Pero lo pasamos bien así y todo; nos reímos, españolita, que estoy harto de oír a los franceses y me hace gracia ese acento que tienes.

Eso es verdad. Me sabe a gloria, tras estos meses, recibir y enviar de nuevo mi lengua, con todos sus recursos y su humor que no admite sagrados. Con Ruiz sólo es posible el monólogo. Hallo en esa configuración paralela del mundo que la lengua nos ofrece a Alberto y a mí, en su ironía permanente, un alivio inmenso. Nos paseamos por esa plataforma común de frases y evocaciones cuyo camino ya desde la primera palabra los dos sabemos. Todo se perderá, menos el humor.

 

 

Por los muy trillados senderos del hotel, Ruiz deambula, abultado de telas y grasa, en la primera oscuridad de la noche; respondiendo con gruñidos a los saludos; me adoctrina y divaga.

-¡Ah, si tu hubieses visto lo que era esto antes de la Revolución Cultural…! Había más de dos mil cooperantes. ¡Cómo las armábamos!

-¿Teníais más contacto con los chinos?

-¡Quiá! Los chinos iban como siempre, a lo suyo, y lo demás les importa tres carajos. Nosotros los españoles sabemos lo que es Internacionalismo y nunca lo hemos publicado, porque lo vivimos. Los chinos siempre con su único ejemplo en la boca: Norman Bethune, el médico canadiense comunista que murió atendiendo al Ejército Rojo. Nosotros hemos tenido en España, en las Brigadas, miles de Norman Bethune.

El patio al que dan las fachadas de las viviendas de cooperantes es rectangular. Una bombilla alumbra el número de cada portal, correlativos excepto el trece, que no existe. Hay bicicletas apoyadas en las paredes y paseos estrechos encuadrados por setos.

-Ahora esto está muerto. Antes…Podías escribir las Mil y Una Noches Rojas de Yui Pin-wan (Hotel de la Amistad).

-Ya; de escriba, sentada a tus pies: Los muros de esta residencia de extranjeros vieron días de gloria, y aún hoy resuenan ecos olvidados.

-Una vez, sin saber cómo ni por qué, me desperté yo en cueros debajo de la cama de un amigo-que estaba, por cierto, encima ocupado en lo suyo-con una botella vacía a cada lado. Ese tío, Mariñas, era un caso. De vuelta a su país, resulta que lo encarcelan por mezclarse en un proyecto de atentado político; lo malo es que era un golpe de derechas. Él explicó luego que creía que era de izquierdas. Una desorientación…Sus amigos la atribuyen a que en una ocasión, aunque es alérgico a los antibióticos, le inyectaron una dosis de penicilina para corregir una  hinchazón que tenía en las partes genitales. Por aquella ventana salió despedida una lámpara que le arrojó Mariñas a un chino que había subido porque estaban discutiendo allá tres a gritos. El chino se agachó. Menos mal. Los ingleses, los fríos, los flemáticos, organizaban las mejores orgías colectivas. Por cierto, había una inglesa terrible, con bigote nazi, que salía a cazarme por las bravas. Le tenía pavor. Yo hace años no estaba de tan mal ver. Ya tuve mi apaño con una mejicana, Cynthia. Has visto las fotos en casa. Me tenía loco esa mujer. La cosa iba en serio, hicimos planes. Luego lo de mis papeles no se arregló, el pasaporte. Me quedé en tierra. Ahora ¿a dónde voy a ir a mi edad?

Algunos faroles del jardín se apagan.

-Y con esto del corazón, el día menos pensado…

 

19-Noviembre-1973

 

Nunca hubiera sospechado que mi fama creciera tanto en mi ausencia. Asombro, pupilas silenciosas, preguntas.

-¿Tú eres la chica de Sian?

Y me miran, expectantes, con un prurito de decepción.

-Me llamo Lisa, ¿no me recuerdas?. Te vi en el hospital; hice un gesto pero no me saludaste. La orgullosa española pensé yo. Es una broma. Imagino que habrás ido al hospital para irte reponiendo.

-Estoy bien. La visita médica de rutina.

-Pero en Sian amenazaste con suicidarte.

-Colgarte de un árbol

-Tirarte al estanque del hotel.

-No tenía fondo. ¿Quién ha dicho eso de mí?

-Pero ¿no tuviste un ataque de nervios y les tiraste encima un biombo?

-Hiciste una huelga de hambre.

-Iban a internarte en un hospital psiquiátrico.

-¿Quién ha dicho…?

-Estábamos ya planeando acciones de solidaridad.

-Lo del internamiento psiquiátrico tenía unos ecos rusos nada tranquilizadores.

-Ruiz dijo que…

De manera que, a base de algún que otro comentario mío en las cartas a Alberto y Ruiz y de pura imaginación, se había amasado una preciosa historia de prisión, suicidio, locura. Y ahora ni mi aspecto físico ni mis reflejos mentales están a la altura de mi largo calvario sianés. Cuestión de declarar a los cuatro vientos que no, que no estoy enferma; que la gente con la que trabajaba en Sian era excelente, que pensaba venirme en enero, no antes, porque me necesitaban. No dejó de ser apasionante sin embargo irme enterando de mi propia historia en Sian según la versión que circulaba por el hotel. Así supe que yo me había paseado en minifalda por la ciudad, ocasionando graves traumas, que me di a la bebida en mi cuarto. ¿Hasta qué punto los rumores alarmaron a los chinos mismos? Si yo no hubiese tenido ningún contacto en Pekín, no con Ruiz ni con Alberto, ¿se me hubiera hecho el mismo caso? ¿Me hubiese podrido allá?

Lo del hospital psiquiátrico, toquemos madera de todas formas, porque este lugar se presta singularmente. Insisto en que venir a China con conciencia política que no sea la maoísta siseñor es nefasto. La esquizofrenia nos abre los brazos cada día.

Conversación con Ho, el intérprete de español del hotel. Ho es delgado y frío, se está quedando calvo a base de traducir en su habitacioncita oscura de la puerta número cuatro. Es difícil creer que no se ha educado en los jesuitas. En el quicio de su ventana hay una espesa telaraña a cuya autora se guarda de matar porque se come a los mosquitos. Ho vive en perfecta simbiosis con la araña. Cuando le explico que me gustaría ir de vacaciones por el sur individualmente, me responde con presteza que, una vez obtenido el permiso de mi centro de trabajo, iré por un circuito marcado cuando y con quien se me permita, porque China es un país socialista y todo está planificado. A mi petición de coger un profesor particular para aprender seriamente chino sin depender esporádicamente de la buena voluntad de los colegas del instituto, Ho contesta:

-Aquí no están permitidos los profesores particulares. Cada cual tiene su sueldo.

-Pero tal vez yo encuentre por mi cuenta una persona que me quiera enseñar, entre la gente que vaya conociendo.

-¿Cómo por su cuenta? Eso no sucederá. Aquí no es como en otros países, que se conoce gente por la calle. Nosotros tenemos ya nuestros amigos, colegas, familiares. ¿Para qué finalidad, con qué provecho, estableceríamos contactos con un desconocido? No tiene sentido. Eso, en China, no se hace.

(frío glacial)

-Pero se puede conocer a alguien por simpatía, por curiosidad, porque sí.

-Aquí no; no se entablan relaciones con nadie sin conocer su actitud política, sus antecedentes.

-Yo, por ejemplo, le ayudé a usted el otro día con una traducción, porque quise.

-Porque me conoce.

-¡No! Igual ayudaría a alguien por la calle.

-Nosotros no hacemos eso.

-No diga “nosotros”. Hable por usted. Hay más gente en China, y cada cual tiene su cabeza, puede pensar de otra manera.

-Digo “nosotros” porque somos la mayoría.

Sí, son muchos. Son nada menos que el peso muerto de la reacción, los encuadernados en chovinismo y forma. ¿Tiene Ho una comisión por descorazonar extranjeros de buena voluntad?.

Me voy a andar por las tiendas. Compro un suéter de lana como remedio para la depresión.

 

 

 

Rose…Su rostro estrecho, de ojos enfebrecidos. Su conversación inconexa, atropellada, interrumpida por recomendaciones a sus dos hijas pequeñas.

-No me deja vivir con sus celos. Antes estaba bien con ella, pero ahora no sé cómo quitármela de encima-dice Alberto.

-¿No le explicas que conmigo no hay razón, que somos muy buenos compañeros?

-Ella lo sabe, que no me acuesto contigo, pero aun así. Se tiene por mi mujer de Pekín. Al principio, me costó unos días convencerla para que se acostara conmigo, ¡pero cuando empezó…! Yo no sé qué paraísos le he hecho descubrir. A todas horas quiere, en la siesta, con las hijas al lado, y a mí es que me cansa. Yo estoy acostumbrado al amor de mi mujer, discreto.

Alberto va hacia el balcón.

-Igual está esperándome en el jardín, espiando. Me da hasta miedo. ¿Cómo me despego a esta mujer?

-Dile que se acerca la hora de marcharte y que es mejor irte separando; que una mujer como ella marca una vida, que la sientes superior en muchas cosas y, para preservar tu familia, debes facilitar la separación. Salva su amor propio. Es lo esencial.

-Suena bien eso que dices. Voy a probar mañana.

 

 

-¿Qué tal fue? ¿Le dijiste?

-Pareció convencida. Oye, sube y te toco unas canciones antes de cenar, mientras hacemos tiempo para que se vacíe el comedor de esos latinoamericanos de mierda que no aguanto.

Alberto tañe:

…campesina en bicicleta

cantabas entre arrozales

un himno internacional…

…todos te llaman Pekiiinnn

 

Otra:

…el marxismo-leninismo

pensamiento maotsetuuung

 

-Estas dos las compuse yo mismo y las canté en el teatro del hotel para lo del Primero de Octubre. Los chinos me aplaudieron a rabiar, les encantaron.

-Lo creo. ¿Bajamos a cenar?

Alberto deja la guitarra, apaga la luz y me arrincona contra la pared.

-Sin unos besos, no me voy. Vas a decirme que no te daría gusto este negro.

-Suelta.

El forcejeo es afelpado, largo y violento. Le empujo con la cabeza y los nudillos. En la oscuridad, es dientes brillantes, rodillas, muslos, manos. Una finta por debajo del brazo, y me encuentro en el pasillo. Enciendo la luz.

-¡Te he dicho que no hagas esto! ¡Si no quiero, es que no quiero!

Él me observa, roja y desmechada, con una sonrisa aprobadora.

-Prefiero así a las mujeres, bravas. Tienen más gusto que cuando se vienen a las manos rápido como lo de esta Rose.

En el comedor, de sobremesa, con Jorge e Inés:

-Eran una gente estupenda los de Sian. Teníamos mucha amistad.

Jorge, maoísta oficial, se transfigura en una sonrisa evangélica:

-¡Es que estos chinos son tan buenos…! ¡Llegan hasta la ternura!-dice.

-Ah, Jorge. Quería justamente hablar contigo. Buenas noches a todos. Podríamos hacer unas reuniones de discusión sobre el artículo sobre el revisionismo del Diario del Pueblo de ayer. Los camaradas chinos de mi sección lo están estudiando…

Rose ha llegado, se ha sentado a la mesa, interrumpido la conversación. Con animación artificial, enhebra frases crispadas. Jorge entiende con dificultad el francés y la sigue con educado fastidio. Alberto hunde la barbilla en el pecho, musita sombrío:

-Esta mujer se está poniendo en ridículo.

Rose se agarra a la mesa con las uñas. No se oye sino su voz aguda. Al fin dice:

-Tengo que acostar a mis hijas. Alberto, ¿vienes, si haces el favor? Quería que hablásemos un momento.

Alberto se levanta iracundo.

-Con permiso.

 

 

-Rose no soporta que salgamos. No entiende. Contigo hablo mi lengua, lo pasamos bien, bromeamos, nos reímos. Yo, con ella, me aburro, no hablo francés, todo es cama. Es lástima que se haya puesto así. Antes fue muy buena; cuando estuve enfermo me cuidó, se preocupó. Hoy quería que fuéramos no sé adónde.

El comedor está ya casi desierto. Alberto continúa sus confidencias-tripita triste, ojos y bigote caídos-. Empiezo a pensar en otras cosas mientras habla.

Rose entra. Le habla a bocajarro:

-¡Te esperé! Habíamos quedado en bajar a Pekín, al restaurante del Pato Laqueado.

-No tengo ganas. Estoy cansado, y el estómago me da molestias.

-Naturalmente eres libre. Lo que me molesta es que seas tan informal, tan desconsiderado.

-¡Si es que no me dejas! ¡Me espías y me jodes la vida! Al fin y al cabo soy dueño de ir a donde quiera, ¡no?

-Al menos podrías comportarte conmigo con la mínima corrección…

-No paras de hacer escenas y ponerte en evidencia, y estoy harto-se levanta y me dice-Hale, vámonos a dar una vuelta.

Miro la cara de Rose, crispada de humillación, los pómulos ardiendo, la piel tirante, ya tajada por arrugas, el pelo áspero, castaño mate, atado en la nuca. Un rostro desolado. Me quedo sentada. Alberto apremia:

-Venga, vamos.

-No. Ahora no. Yo no voy. Al fin y al cabo, si quedaste con ella…

-¡Yo que voy a quedar! Anda.

-No. Yo no me marcho, ahora no. Ve tú.

-¡Gracias, gracias por apoyarme!-exclama Rose cuando nos quedamos solas. Habla rápido, entrecortado. Con Alberto, como ni ella sabe español ni él apenas francés, repite, mima, braceas. Conmigo no hay problema lingüístico y es una catarata de palabras:

-Naturalmente, lo mío con él es algo provisional. Ambos tenemos familia, obligaciones. Es un acuerdo sexual sin más, dado por las condiciones de vida en Pekín. Lo de los celos es ridículo, infantil. Claro, él ve quizás las cosas como en su país. Simplemente ocurre que, entre dos personas mentalmente maduras…

Y Rose intelectualiza afanosamente, incluso politiza, su relación con gran dignidad.

 

 

Al día siguiente, cuando me dispongo a salir, suena el teléfono:

-Soy Rose. Es que no he podido ir a trabajar. No me encuentro bien, no…

Sollozos.

-Ahora mismo voy.

Y Rose llora en mis brazos, toda nervios, porque él se ha portado de una manera indigna, nunca lo hubiera creído, tanto como insistió para conquistarla, semanas y semanas…

-A mí me dijo que fue cosa de días.

-Fue un mes, y está bien claro. Yo tenía que empezar a tomar mis píldoras. Decía a mis  hijas Quiero a tu madre. Mira, mira sus cartas del viaje que hizo a Shanghai. ¿Se pueden pedir más pruebas? Mira, lee, Mi amor…Tu dulce recuerdo…Te ama…

Son cartas de una cuartilla, a base de los más comunes lugares comunes y expresiones manidas; el deber de un escolar. A ojos vistas Alberto cumplía el expediente.

-Rose, escucha. De todas maneras no debes sufrir porque esté conmigo. Vamos en plan camaradas, no conozco gente aquí. Y aunque, supongamos, Alberto quisiera tener relaciones sexuales conmigo, yo te aseguro que no quiero acostarme con él. Tengo mis problemas, mis recuerdos.

-Estuviste casada, me dijo Alberto.

-Sí, y me divorcié. Hace poco. Entonces ya comprendes…

Y Pekín, hotel, Rose, se destiñen y desmigajan alrededor mío; y resta lo único presente: El pasado. Un rostro, otro, el anhelo, la pena. Algo queda roto en el interior, pero se vive.

-No olvidaré cómo me apoyaste frente a él-dice Rose.

Hubiera sido realmente glorioso irme a pasear con Alberto, que, tras haberla usado, ahora que se  ponía molesta la dejaba allí y se marchaba con la española.

-¿Cuántos años tienes?-me pregunta Rose.

-Treinta.

El fogonazo de alegría que se le enciende en los ojos es salvaje. ¡No soy tan joven pues! ¡Sólo me lleva dos!

-Alberto es el primer hombre con el que he tenido relaciones desde que me casé, aparte de mi marido. ¿Sabes que ha llegado a comentar a Jorge que soy insaciable en la cama? Pienso en las cosas que Alberto me ha dicho, sus mentiras…pero ¡es tan guapo!-termina, arrobada.

 

 

El irresistible me comunica que ha llegado a un statu quo con ella: se conformará con su marcha, pero siempre y cuando sigan haciendo el amor. La calma es breve. Una noche, cuando nos disponemos a atravesar el patio para ir a cenar, una bicicleta surgida a toda velocidad de los setos gira ante nosotros. Rose baja en marcha. La bicicleta se tuerce, poco le falta para caer.

-¡Alberto, esto es ya abusar! ¡Estás todo el tiempo con ella!

-Pero, mujer, casi te caes. ¿Qué maneras son éstas de venir?-apunta Alberto, cansino.

-¡Habíamos hecho un pacto! Lo mínimo que se te pide…

-¿No te das cuenta de que no sabes lo que haces?

-¡Di, di ahora que está ella delante! ¿No soy yo tu mujer de Pekín?

-Escucha, tengo hambre y me voy a cenar. Cálmate, te va a dar algo. Yo no soy, al fin y al cabo, tan esencial.

¡Oh, no te preocupes! ¡Tengo muchas cosas importantes en mi vida! ¿No te dijo él que soy su mujer de Pekín?

También cansina, le propongo:

-Rose, déjale. No vale la pena. Seguramente te quiso, pero ahora cambió. Déjale.

-¿Te dijo eso él?

-Mujer, me dijo que estaba harto de que le persiguieras.

¿Oyes, oyes lo que dice? ¿No contestas nada?

-Estoy harto, sí, y ahora tengo hambre. Rosúa, vámonos, van a cerrar.

Rose increpa con los ojos llenos de lágrimas:

-¡Te importa más tu estómago que tus relaciones humanas!

Pero él ya se larga a buen paso. Rose llora:

-¡Es un débil! ¡Miente!

-¡Ven de una vez, joder, que me hielo!-me grita Alberto.

Dudo. ¿Cómo la dejo así, en plena crisis?

-Rose, no vale la pena que me guardes rencor a mí, no vale la pena.

-Pues sí. Te guardo rencor. Él es débil. Tú hubieras debido negarte a salir con él cuando te lo pedía.

-No; él es libre, y responsable supongo. Lo pasamos bien, tenemos amistad. Te dije que no nos acostamos.

-Eso ya lo sé. Él no quiere acostarse contigo. El amor marcha muy bien entre nosotros…Tú le has arrastrado.

-¡Vienes o no!-grita él desde la entrada.

-Ya ves que no le arrastro yo-le señalo a Alberto.

-Te tengo rencor, y no te conviene lo que has hecho, porque él se va pero tú te quedas en el hotel.

Llego donde Alberto se frota las manos desesperadamente:

-Me va a tocar pagar la cuenta a mí cuando tú te vayas. Me va a hacer la vida imposible si puede, al menos entre los de su grupo.

-¡Bah! No es mala. Está loca de celos porque ve que me gustas; además tú eres más bonita que ella.

-Qué sería si hiciéramos el amor.

-Eso no lo cree porque dice que tú no puedes, no eres normal.

¡Encantadora etiqueta de impotencia femenina!

Otra faceta más de aquel ambiente de fraternidad internacional fueron las contradicciones entre Alberto y el grupo latinoamericano, que, en las semanas que precedieron a su marcha, llegaron a ser antagónicas. Él:

-¡Dicen que es chico, se ríen de mi país y eso no lo soporto! Tanto orgullo en tratar a uno. Ese Octavio será muy inteligente y muy escritor, pero que se cuide, no te digo más.¿Y sabes el motivo? Están celosos de mí porque sus mujeres me miran bien.

Ellos:

-Es un caso de boludez grave. Y nos quiere culear nuestras mujeres, mientras que no para, el muy huevón, de aburrirnos hablando de lo blanca que es la suya. ¿Le oísteis vos, Octavio, el recital que dio con la guitarra para el Primero de Octubre?

-Yo, para los espectáculos organizados por los chinos confieso que me falta valor; la primera ópera revolucionaria me bastó. Es duro, muchachos, es duro. ¿Cómo fue lo de Alberto?

-Lindo, inenarrable. Aquel día no se había medicado con la boludina intramuscular. …El marxismo-leniniiismo, pensamiento maotsetuuung. Ovaciones, por supuesto, de las amplias masas. Estuve al borde del orgasmo jocoso.

Días después de la tormentosa escena con Rose, el teléfono sonó a altas horas de la noche. La voz de un Alberto extraño se apresuró a decirme, nada más descolgar:

-Oye,  que a quien quiero es a Rose, ¿sabes?

-Muy bien, muchacho. La tienes al lado, ¿verdad?

-Por supuesto.

-¿Va armada?

-Imagina.

-Hale, a ser felices.

Al día siguiente Alberto:

-Vino a mi cuarto. Se empeñó en que te dijera eso por teléfono delante de ella.

-¿No estabas deseando que te dejara en paz?

-Sí, pero…bueno, así el tiempo que esté aquí puedo acostarme con alguien; contigo ya veo que no me acuesto al fin y al cabo. A ella la tengo siempre dispuesta, y en Pekín es tan difícil la cosa…

En pro del sexo nuestro de cada día, las salidas y la camaradería se fueron espaciando. Los chinos  hicieron presión sobre Alberto para que se quedara un año más.

-Quieren que me quede como sea. Me tienen en mucho. Una vez….No sé si decírtelo…Hace cosa de un mes, vinieron a verme a mi habitación los del Buró y Ho. Tras mucho rodeo me dicen que tienen cantidad de problemas con los extranjeros del hotel, que tal vez yo querría tenerlos al tanto de lo que los extranjeros hacen, dicen…Camaradas, eso que ustedes me proponen no me parece muy correcto, espiar a los compañeros. Y ellos: No, por favor, camarada, de ninguna manera piense eso. Al contrario, sería para facilitarnos nuestra labor de ayudarlos y comprenderlos mejor.

-De chivato, vamos.

-Los chinos me tienen mucha confianza, ya ves. Porque no quise.

Tal vez cierto, tal vez no. Alberto fantasea como respira y adora valorarse. Eso lo han visto muy bien los chinos. Si realmente le han propuesto espiar a los demás extranjeros, han escogido al tipo: popular, cantor, manejable siempre y cuando se tire con destreza del cordel de la vanidad y de la afectividad, siempre y cuando se explote con inteligencia el caudal de rencores sordos acumulados por Alberto contra los demás latinoamericanos-grupo punzante y sardónico, que se niega a jugar el juego del maoísmo teológico y que no trabajan las alabanzas a las obras de arte socialista, grupo con el nivel crítico, formado, político, del que Alberto carece-.

 

 

25-Noviembre-1973

 

Hoy compré unos calzoncillos largos violeta (los chinos aseguran que, sin ellos, mis días en el invierno de Pekín están contados) y ni las estrellas se precipitaron ni se resquebrajaron los retratos de Mao. Esto marca sin duda un paso decisivo en mi etapa de adaptación. Por la mañana recibí la visita de los del Buró de Extranjeros acompañados de Mei. Tras señalarme la excepción que se había hecho conmigo, trasladándome de lugar de trabajo, y oír mis disculpas por los fantásticos bulos que circulaban sobre mi estado en el hotel y mis alabanzas de los compañeros de Sian, se me dijo que, provisionalmente, enseñaría en el Instituto de Lenguas de Pekín y, en enero, ocuparía la vacante dejada por Alberto.

Otra vez estoy en esta habitación del hotel, vecina de la primera que tuve al llegar, entre el muro lateral y la parte de atrás del comedor, bastante privada de luz. El mundo occidental crece con rapidez de champiñones en torno mío. China se aleja. La tela metálica de la ventana agrisa el cielo. Más allá, muros de ladrillo pardo; alrededor una pared, un enrejado, garitas de soldados, distancias, tantas cosas para protegernos de los enemigos de clase, para guardarnos, que nos confinan y nos aíslan.

 

28-Noviembre-1979

 

Es penoso no ser bastante comunista roja y calificada para los marxistas teológicos y los siseñoristas incondicionales del hotel, ni bastante elegante intelectual para los intelectuales de izquierdas, ni suficientemente despegada y fría para los despectivos totales, ni bastante feminista para las feministas. Aquí no se puede salir al portal sin un –ista que ponerse. Atrapo rapapolvos homéricos de Ruiz, que cristaliza en mi silenciosa y tenaz persona sus rencores de español exiliado, su fobia antijuventud, su contradicción entre los flagrantes errores y oportunismos de los chinos y la necesidad de justificar él mismo el otoño de su vida, valorándoles a ellos. Entre los bastidores y sobre la escena de su habitación, Ruiz declama, ante público tan reducido, pasea cetro y corona de marxista máximus, sentimental, zorruno, bíblico, trágico y bufón.

Los intelectuales, por su parte, heridos en lo más vivo de su libertad individual por las limitaciones y reservas impuestas por el sistema chino, se alejan con la tristeza ofendida de sus simpatías comunistófilas, se encrespan y se agotan. En otros es un individualismo sin más problemáticas, gente salida de buenas familias y que, en general, no pasaron necesidades ni comieron poco o mal ni aguantaron la presión diaria de las fábricas ruidosas, con sus olores a ácido, su vapor, el calor, el frío.

La inglesa a cuya habitación subí con Alberto ayer comenzó a hablar rápidamente de que el peruano sale con la japonesa, y ¿con quién va el palestino? ¿Se acuesta la alemana con el holandés? ¿Es simpático ese negro recién llegado?

-¡Oh!, anoche me telefonearon de nuevo sin decir el nombre; es cosa seguro de uno de esos árabes que me horrorizan, por eso pregunto antes de abrir la puerta. Me parece que van a llegar más extranjeros.

-Pues alguno habrá disponible y aceptable, mujer-le digo.

-Oh, eso no me importa.

Sin embargo no habla de otra cosa. ¿Para qué negar lo que es el problema común de los extranjeros solos en China? Por lo que veo, la liberación femenina inglesa no es mucho más gloriosa que la española.

La habitación de Sheila está decorada con gusto, a la manera estudiante que también fue la mía hace años: retratos de cabezas interesantes de asiáticos y árabes (la cabeza, el gesto, se retrata, se enmarca, pero los cuerpos fatigados, sucios, tienen menos aceptación), dibujos y telas pintadas sujetas a cartón de color, un gorro de niño chino, una cesta de paja. ¡Es tan bello el arte popular! Conciliadora, la invito a acompañarme una noche al restaurante de enfrente del hotel, el de la cooperativa de barrio en donde ceno. Gesto de repugnancia:

-Oh, no. No aguanto esos sitios, esa suciedad. ¡Qué valor tienes de ir!

-No necesito valor. Me gusta.

La cesta en la pared, el gorro de niño, las telas azules estilo campesino, la divina facultad de descremar el mundo. Bajo nosotros, bajo los pantalones tweed de buen gusto, bajo la alfombra y las butacas, me parece sentir moverse una masa informe y sudorosa de la que van brotando objetos, loza y metal, comida y ropa, radiador, agua caliente, paredes. Cooperantes extranjeros, los unos distinguidos de por sí, los otros a la fuerza por las directivas oficiales del gobierno chino, ¿qué comprensión se puede esperar de ellos? La visión y la angustia se amplificar; ahora son barcos, tuberías, trenes que llevan materias a la vieja Europa, a la rapaz América, son aviones que portan y, de vuelta, aportan tropas, armas, y la delicadeza, el asco.

Alberto me alcanza en el portal.

-¿Qué tienes? ¿Estás llorando?

Estúpido todo, las caricias y los consuelos fraternales; esta rabia, esta angustia.

-No es por mí, te lo juro. Es que…¡Con todo lo que hay alrededor y sólo se les ocurre ver quién se acuesta con quién, y asquearse de lo chino corriente! ¿Para qué vinieron? Trabajé en Europa del norte, les conozco, ¿sabes?. ¿Dices que a la inglesa le gustas? Negros, latinoamericanos, árabes, sois un buen plato exótico.

No sé. Recuerdo cuando trabajé en París, en Bélgica, aquella brusca iniciación a la lucha social. Tengo miedo de esta clase de gente, de la rapacidad que planificaron sabiamente.

Por otra parte, en el vasto mundo más allá del hotel tampoco hay de qué regocijarse. La posición de China no es en este momento de ovación y vuelta al ruedo; las relaciones con la Junta chilena van bordadas, mientras sigue allí la caza al demócrata; el coqueteo con Estados Unidos, del que se lamentaba amargamente Sihanuk[1], es flagrante. Para cualquier persona honesta y con un mínimo de internacionalismo la situación es grave. Por ejemplo, para los profesores de español como yo, ¿con qué sangre se puede enseñar castellano cuando se piensa que tal vez estamos formando intérpretes y traductores para engrasar los diálogos con la Junta de Pinochet? ¿Cómo escuchar los encendidos Trabajamos por el socialismo, por la liberación de la Humanidad, por la revolución mundial de los jóvenes de veinte años, de quince años, de los niños, de la gente del pueblo, y al tiempo saber las matanzas de Chile, los estudiantes iraníes fusilados en la frontera misma por llevar libros marxistas en las maletas, mientras a la hermana del Shah se la pasea en volandas por Pekín; saber el abrazo con Sudán después de la San Bartolomé comunista?

 

 

Hace un viento y un frío endemoniados en la Gran Muralla. La serpiente empedrada sigue todas las ondulaciones de las colinas. Caminar por sus cuestas resbaladizas es un deporte. Esta excursión es la única de más de veinte kilómetros que pueden hacer los extranjeros sin solicitar visado. El segmento de la muralla habilitado para visitas ha sido reparado cuidadosamente y no falta un ladrillo en ninguna de las almenas entre cuya doble cresta se alarga el pasillo, interrumpido a trechos por las garitas de vigilancia. A ambos lados del sector reparado, hermosa e impresionante en su soledad y su ruina, la Gran Muralla serpentea hasta el infinito. No es casualidad que el monumento nacional, simbólico, de este país más cerrado que ninguno sea una muralla, que hace realidad el viejo refrán imposible de “poner puertas al campo”.

El campo en torno, los celajes del sol y el relieve manso, carcomido, de la tierra, son de una gran belleza, pero se excluyen las paradas en ruta, también para los chinos. La fina cuadrícula no perdona: cada uno en su sitio.

La Gran Muralla hormiguea siempre de visitantes nacionales, en el buen tiempo es un pasillo de metro a las horas punta. Hoy, un ventoso aunque soleado día de noviembre, los turistas son relativamente pocos; los cuerpos, rollizos de guateado, trepan, descienden prudentemente pegados al muro. Hay caídas, no faltan almas buenas que me dan el brazo en los ángulos suicidas. Un grupo de soldados también de excursión: una sucesión de enormes abrigos caqui con cuello de piel sobre el que sonríe un rostro lampiño y juvenil tocado por su gorra y su estrella roja. Se fotografían unos a otros con fruición, los chinos adoran hacerlo, con monumento al fondo, sobre animales de piedra y bronce, en digna pose.

De ahí salimos hacia las tumbas Ming. El monumento-uno de los mausoleos-que se visita me parece tan feo, pesado y pomposo como el arte chino en general a partir del siglo XV, pero el jardín, con su fuente, posee aún el encanto otoñal; las hojas, que caen a ráfagas, son del rojo ocre del muro de la tumba, y las volutas de mármol espumean en las escalerillas. La avenida que conduce al emplazamiento de las tumbas tiene un aire circense dado por los animales de piedra que la bordean: elefantes, dromedarios, caballos, estatuas guardianas con bigotes y expresión terrible, cejas fruncidas, ojos desorbitados, acorazados como un armadillo, de rodillas, apretando con la mano izquierda el pomo de la espada.

 

 

Mei ha comido en mi apartamento y, viéndome comprar y preparar las legumbres, frotar en el lavadero, observa:

-Vives sencillamente.

-Ya, con gran sencillez, en un hotel con camareros que hacen la limpieza.

-En Pekín los extranjeros viven de esa forma, pero tienes costumbres sencillas.

-¡Ay, Mei, qué lástima que en Sian la ciudad fuera así! No me gusta nada este ambiente, es artificial y malsano, todo el mundo habla mal de todo el mundo.

-Tienes amigos. Tienes a Ruiz.

-Sí, se portó muy bien conmigo, pero tiene un carácter especial, es viejo, cuando grita sólo se oye a sí mismo, y nadie le cuadra.

Cogemos nuestros tazones. Mei pregunta al ver el mío:

-¿Por qué compraste eso? No es bonito, está mal hecho. No es de fábrica.

Miro mi tazón con amor. Es del tipo barato y vulgar que usan los campesinos de Sian, blanco opaco con unos trazos añil que figuran groseramente una flor, y también azul en el borde. El interior tiene un círculo terroso, donde reposó para secar. Es irregular, sólido. En torno a su base la superficie es granulosa de goterones secos. Lo compré en una tiendecita de Sian. Un día que vino a verme Tao, Mei, que hacía de intérprete, dijo mirando el cuenco:

-Es feo.

Y, como yo lo defendiera, Tao terció:

-Es útil; en los finos de fábrica cuando se pone dentro sopa caliente y uno lo coge se quema. Mira en éste.

Le echa agua hirviendo del termo. Lo tomo entre las manos, y solamente un calor tibio se filtra por la masa de tierra cocida.

-Aquí tendrás amigos extranjeros-me dice Mei.

-Ninguno como vosotros.

-Sí, nos llevábamos bien; es lástima.

-Pero llevo días y días en Pekín, sin hacer nada. ¿Para qué tanta urgencia? Podía haber estado trabajando en nuestro instituto.

-Los dirigentes se preocupan mucho de tu salud.

-Estaba bien. Vosotros lo sabéis. Podía esperar perfectamente a enero. Ruiz ha alarmado a todo el mundo.

-Sí, nosotros los profesores pensábamos que podías quedarte.

Hastiada, repugnada del hotel, he escrito a los de Sian, a Hao, a Fan, a los alumnos, a los que también envío mis sellos de Europa. He escrito a Chung, para que me avise si va a venir realmente en las vacaciones de Primavera, que me diga la fecha para que yo esté en Pekín. Ninguno me ha respondido, todavía es pronto. Ellos y su recuerdo me son indispensables, son mi reserva moral, mi prueba de que, pese al decir y a la experiencia de los extranjeros que viven en Pekín, los chinos no son extraplanetarios y que los lazos individuales, humanos, son posibles. Ellos no saben cuánto les debo, lo que representan para mí, transplantada a esta reserva de occidentales, a este pudridero teatral vigilado y acordonado por los camaradas burócratas, estos decorados de internacionalismo proletario entre los que cada cual adora sus propias alucinaciones, sus Ideas Puras Socialistas. Me doy de manos a boca entre las bambalinas con Jorge-el librito rojo abierto prendido metafóricamente a la montura de las gafas-,entrecano: ¡Me iré a hacer la revolución a mi país! Ahora la hago aquí; con Quico: Los chinos chinos son. En cada país lo suyo. Dentro de seis meses acaba mi contrato. El viaje de vuelta lo aprovecharemos despacio mi mujer y yo para conocer Europa. Lo de China ha sido interesante, y tienen restaurantes macanudos en Pekín. Claro, lo que se ha podido ir ahorrando en divisas no es gran cosa, pero con algo nos encontraremos. Yo cumplo mi trabajo, corrijo mis pruebas en las oficinas de la radio, y allá los chinos con sus cosas. Y Sahid, Benamar, Akuba, Maali….todo un mundillo de tercermundistas que, con la alegría primigenia del que aún no mordió la manzana de las preocupaciones políticas, llegaron y se mantienen en un sano estado de ignorancia crasa, les importan un bledo las instructivas visitas socialistas a fábricas y comunas, y no digamos las reuniones de participación política (léase traducción de documentos del Partido). Disfrutan en Pekín de un lujo paradisiaco y de un sueldo muy honorable comparado con sus medios de vida en su tierra nativa, continúan trabajando a ritmo ecuatorial, porque a China le interesan ciertamente, más que su labor como correctores del diccionario swahili o profesores de árabe, las estrechas relaciones que su presencia encarna entre la República Popular y los países africanos. Ellos se organizan, comen en el comedor del hotel todos los hombres en una gran mesa el menú especial que indican al cocinero, mientras sus mujeres lo hacen en casa con los niños; se reúnen en las embajadas, hacen cenas, bailan, se aburren soberanamente en las excursiones y los espectáculos organizados por el hotel (los demás también, pero lo disimulan), se emborrachan a veces (pocas, muchos son mahometanos practicantes), galopan tras las escasas hembras no chinas, y, en general, hacen vida en núcleos cerrados. El gran comedor del Hotel de la Amistad es ya una lección de sociología. Los canadienses por un lado, los ingleses por otro junto con los dos o tres americanos, separados, impermeables. El matrimonio afghano y sus hijos siempre solos, lo mismo que los japoneses. Los alemanes tienen a veces lentos intentos de aproximación hacia los franceses. Los galos son más permeables y numerosos, la ultragauche divine. Los latinoamericanos están gravemente divididos por rencillas personales y herejías ideológicas, los grupúsculos se forman y subdividen como amebas. Un matrimonio anciano chino-francesa se sientan, imagino que desde tiempo inmemorial, junto a la ventana, ella gruesa y rubia, él menudo y con gafas. Niños en diversas etapas de crecimiento corretean (porque la atenta y gratuita asistencia médica, las baratas ayas chinas que proporciona el Buró y el aburrimiento hacen de Pekín el lugar ideal para multiplicarse). En medio de la sala, nigerianos, sirios, árabes, un palestino, un mozambiqueño, pakistaníes, etc, forman un islote de vitalidad y compadrazgo ruidoso.

Fabulosa contradicción entre las imperativas exhortaciones del maoísmo a unirse con las amplias masas, vivir modestamente, hacer trabajo físico, etc y el acuario preparado para los cooperantes extranjeros venidos a China para construir el socialismo (así sale él): blancos manteles y camareros, tiendas especiales, peluqueros especiales, coches especiales, lujosos saloncitos reservados en los restaurantes, etc. Cuanto se reprochaba a los revisionistas soviéticos, los expertos rusos que trabajaron en China antes de la ruptura de 1960.

No me hacía ninguna ilusión ya sobre mi rojez, pero estaba segura de odiar aquella especie de reserva sioux cinco estrellas, y cierta de que lo mejor, lo más significativo de aquel país, se hallaba al otro lado de los burócratas y de los dogmas. En el autobús, en los restaurantes corrientes de los barrios, hallaba una gente cuyo general buen aspecto físico-ni hambriento ni enfermo-, la maravilla de sus niños enguatados, regorditos, las sonrisas a veces-ésas sí, ésas de veras-revertían en  mí en una especie de gozo y curiosidad, de afinidad también. Estaba entre otro pueblo como el mío, como el de tascas y restaurantes baratos españoles. Conozco, conozco la llaneza de esas sonrisas, y el ademán de la gente que trabaja. Había logros en China, había un sistema socialista con sus fallos y sus hallazgos, y yo tenía ganas de saber, de aprender.

Por eso me arropaba en ellos y en el recuerdo, cálido y entrañable, de los de Sian. Picoteaba-siempre la única extranjera del local-de un restaurante a otro: piso de cemento encharcado de baldeo, mesas y bancos de madera maltratada, grifo para coger el agua caliente, cajas con palillos, cupones de racionamiento para cereales, En la cocina china lo sui generis no es tanto el tipo de alimentos sino la forma de su preparación, todo troceado, sofrito, salteado, con una salsa aglutinante de vinagre, soja, azúcar, especias. Porciones muy pequeñas de carne y pescado, verduras, huevos revueltos acompañados por cantidades tan ingentes como sea posible de pastas y arroz al vapor. Si el arroz y la harina faltan, boniatos al horno, maíz. En Sian, el plato popular era una sopa de carne de oveja con pan desmigado.

Nuestros platos fuertes occidentales son el polo opuesto: todo junto hirviendo largo tiempo en buena cantidad de líquido. Un chino al que describía el cocido observó: Eso es como se hace en China en el campo para los perros.

Las exquisiteces de la comida china tienen para mí su origen en el hambre y la necesidad de economizar, esto es inequívoco en una cocina donde se desmenuza absolutamente todo, del rabo al morrillo, que desconoce las grandes porciones individuales, las pechugas, los filetes, los asados, la tierna pareja de huevos fritos. Se come a briznas, a granos. Una cocina que llama sopa tanto a la suavísima de aleta de tiburón como al agua caliente con la que se enjuagan los restos del yantar en el tazón. Precisamente la exquisitez y sofisticación de sus platos es el resultado de haber tenido que comer absolutamente todo lo que podía llevarse a la boca, del alga y del hongo de árbol a la serpiente y el can. Los caprichos de los mandarines, la costumbre, el refinamiento y las salsas han hecho el resto.

La cocina china es deliciosa, pero, para el occidental, acaba resultando empachante y monótona; se añora el filete austero y vitaminoso, el huevo frito virgen, no troceado, la honesta patata, la ensalada fresca. Y eso sin hablar de cuanto las vacas tienen la generosidad de proporcionarnos, los quesos, la mantequilla, la leche, el yogurt, productos todos que dan, al parecer, a los occidentales ese característico olor vacuno que hiere el olfato de los chinos, mientras que ellos, siempre discretos, no huelen a nada, neutros como una taza de té.

 

 

-¿Se fueron ya sus compañeros de Sian?-me pregunta Ho, el intérprete gélido, el cultivador de arañas.

-Todavía no; les falta poco. Lo sentiré; nos llevábamos tan bien…Lástima que me llamaran con tanta urgencia de Pekín.

-¿De Pekín? Fueron los del Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian los que solicitaron su traslado.

-No…Los de Sian me dijeron que se me llamaba de Pekín.

-A solicitud suya. Esto es lo que yo he oído.

Ho sonríe discretamente, con la íntima satisfacción que siempre le proporciona decepcionarnos. En este país en el que el rumor y la falta de tomas de responsabilidad es norma, el he oído es sinónimo de es.

Voy a ver a Mei.

-Mei, me han dicho que fueron los del instituto los que pidieron mi marcha.

Mei parpadea impasible y sonríe como de costumbre.

-Mei ¿es verdad?

-Ya sabes que nuestros dirigentes se preocupan mucho por tu salud. Ruiz habló con ellos antes de irse, dijo que estabas enferma.

-Pero sois vosotros, los profesores, y mis alumnos, los que conocíais bien, los que sabíais que yo podía quedarme hasta enero.

-Ya te he dicho una vez que nosotros opinábamos que debías quedarte.

-¿El director, el viejo Shi, y Tao pidieron a Pekín que me fuera? ¿Fueron ellos?

Pero el rostro de Mei está cerrado por la sonrisa como por una aldaba. No sabré más, nunca sabré más. El máximo serán esas frases Nos llevábamos bien, es lástima que te vayas, Nosotros pensábamos que debías quedarte, retazos de sinceridad escapados entre fórmulas.

¡Qué ridículo he hecho, tan crédula, tan convencida de que ellos también estaban sorprendidos y disgustados por la brusca llamada de Pekín. El director: Debemos cumplir lo que desde la capital se nos indica, Tao: Somos responsables de que parta usted lo antes posible puesto que la llaman con urgencia y sus razones tendrán. ¡Con qué finura pueden mentir, es un arte más! Y la famosa democracia y consulta a las masas, ¡qué timo!. Mis alumnos, ésos no tenían ni idea del asunto y les llovió del cielo mi marcha, sin embargo no eran niños, yo y mis enseñanzas eran también asunto de interés para ellos y estábamos un buen puñado de horas por semana juntos. Ni ellos ni los profesores. Decidieron los dirigentes, los de arriba. Y a mí me han traído y llevado como a vaca con su aro. Las conversaciones con la responsable que vino, para nada. Sian no escapa a la regla; un poco menos de rigidez, un poco más de simpatía, pero el sistema al fin, con su manipulación incondicional.

Y una mañana Mei y Wei tomaron el avión hacia Sian, y no los vi; al parecer se fueron temprano. Mis cartas a Chung, a Hao, parecían haberse hundido blandamente en la nada. Los días avanzaban adentrándose en el invierno, cada uno más frío que el anterior, pero todos exactamente iguales, bajo un cielo cristalino, sobre una tierra que se cuarteaba, lívida de sed.

 

 

 

 

 

El Instituto de Lenguas

 

Como mi paso por este instituto será fugaz, la recepción se reduce al mínimo. La sala es tan similar a otras salas, los personajes a otros personajes, las palabras a otras palabras, que empiezo a sentir que es cada vez lo mismo y los mismos, que hay cinco, seis, dieciséis ocasiones, lugares, visitas y discursos posibles, que pasan ante mí y vuelven luego a pasar, en un universo no lineal sino cíclico. El director-mejor dicho, los directores, puesto que, como en Sian, el de antes de la Revolución Cultural es supervisado por un cuadro del Partido-, los responsables variados y el intérprete hacen la presentación. Estudian en el centro alumnos de edad avanzada, que requieren lenguas extranjeras por sus destinos y cargos. También se encarga de los estudiantes occidentales que han venido a aprender chino. Se me recomienda que no haga comentarios con éstos últimos sobre las actividades políticas, ya que algunos vienen de países amigos de China, pero otros no. Ignoramos qué clase de individuos son.

El centro se halla en las afueras, al noroeste. Toda la zona parece de reciente construcción. El edificio que se alza carretera por medio de él sería su réplica gemela si no fuese porque en su patio campea una de esas enormes estatuas de Mao, el Presidente cara al viento que hace ondear sus vestiduras de un blanco resplandeciente, en plena transfiguración. Son estatuas que pulularon durante y tras la Revolución Cultural; luego han sido retiradas en silencio dejando el campo a los millones de óleos pastel de Mao y a sus citas, bordadas, pintadas, grabadas, cosidas, rotuladas, dibujadas, recortadas. El instituto adolece del gigantismo endémico habitual; vastos espacios, salas vacías. La poca población estudiantil actual, a la que casi igualan en número los profesores, rellena   apenas una ínfima parte. El utilitarismo no corre parejas con el confort. La calefacción funciona desigual y débilmente; en muchos locales y pasillos el frío es glacial. La suciedad de los excusados, los lavabos atrancados y los cestos de papel higiénico manchado de sangre-en China para la menstruación se usa papel y raramente algodón-contrasta con el blanco reciente de las paredes.

Como es necesario ofrecer lo mejor de lo mejor a los estudiantes extranjeros, darles una buena impresión, sus alojamientos, pese a la simplicidad, son limpios, encalados y agradables. Este buen efecto se ve aumentado porque los estudiantes mismos han puesto en sus cuatro paredes la pizca de gusto personal que les está vedada a los chinos. La diferencia es clara entre los dos restaurantes del instituto: la cantina de profesores chinos es un vasto cobertizo más oscuro que el de Sian porque la luz que penetra por las no muy amplias ni numerosas ventanas laterales no abarca la anchura de la estancia y los haces de sol naufragan en el suelo gris pizarra. Grifo de agua caliente, pileta para enjuagar, sufridas mesas de madera, muy pocos bancos y taburetes, de forma que la mayoría come de pie, lo que no facilita las charlas de sobremesa. Hay pilas de bolas de carbón arrimadas a las paredes, y tadzupaos (carteles murales) sobre la campaña Pi-Lin, Pi-Kon (crítica a Lin Piao y a Confucio) pegados a la entrada y suspendidos de cordeles en el interior como ropa puesta a secar. Al menos ponen un detalle variopinto en el ambiente, y, si no en el contenido, en el color sí varían. Las comidas son rápidas. La gente vacía aprisa sus tazones y se va a dormir la siesta. Entonces deambulo por los alrededores. Grandes espacios. Obras comenzadas, seguramente túneles antiaéreos, puesto que bajo las ventanas de mi despacho veo aros de cemento para bóvedas apilados en el suelo. Árboles, pero no césped.

Converso con los estudiantes extranjeros, en el cuarto de uno de ellos, sobre sus relaciones con los estudiantes chinos.

-Ellos son muchos menos que nosotros en número; entonces se agrupan entre sí, sobre todo las muchachas porque son muy pocas.

-¿Os han invitado alguna vez a salir juntos con ellos un domingo por Pekín a pasear?-pregunto.

-No. Fuera del instituto no. Los días de fiesta la mayoría se queda en la escuela, dicen que Pekín está demasiado lejos y que tienen que estudiar. Sólo los pocos que tienen familia en la ciudad se van.

-Se retraen bastante de todas formas. Siempre les hemos invitado cuando hemos hecho una fiesta y jamás aceptaron; claro, que les está prohibido bailar.

-Son simpáticos sin embargo. Algunos se pasan muchísimo tiempo en nuestro cuarto, charlando.

-Sí, pero me da la impresión de que lo que les interesa es practicar el francés. Lucien comentaba el otro día que emplean, cuando conversan con nosotros, las frases y el vocabulario de la lección del día.

-Lo que a ellos no les cabe en la cabeza es que hagamos nuestras fiestas, nos reunamos, salgamos, nos divirtamos, y que sin embargo estudiemos y preparemos bien la materia.

El grupo más numeroso es el de franceses. Hay latinoamericanos, pero no españoles. Como, salvo excepciones, el importe de sus becas no les deja, descontada la alimentación, un gran margen, se han forrado para el invierno, no de sedas ni pieles, sino de los chaquetones corrientes de algodón enguatado azul añil, pesados pero eficaces; se tocan cómicamente con los gorros de largas orejeras, que van horizontales al viento mientras pedalean en sus bicicletas compradas de ocasión. El edificio que se les ha destinado como cantina es un cinco tenedores: amplias ventanas, luz, claridad, tonos pastel, limpieza, mesas con manteles de plástico, sillas, menús muy, muy por encima en calidad, presentación y calorías de los que se sirven a los chinos.

No todos los profesores de español son tan jóvenes e inexpertos como me dijo el director. El jefe del grupo, Wu, frisa los cuarenta y tantos, es un respetable padre de familia, habla, sonríe y gesticula algo precipitadamente con un deje cómico.

-Estuve unos años en La Habana-me cuenta-Los cubanos son muy simpáticos. También desorganizados. Se desperdiciaba mucho arroz.

-¿Vivíais con familias? ¿Salíais con ellos?

-Vivíamos juntos el grupo de estudiantes chinos. Nos hacíamos la comida.

Wu es locuaz y se adentra por las buenas y, al parecer, complacido, en una conversación de faldas.

-¿Sabes? Las cubanas son muy calientes como se dice en español. Ellas querían irse con los chinos, nos hacían proposiciones.

-¿Y vosotros?

-Ah, nosotros no; no tenemos esa costumbre. Todos nos hemos reunido de nuevo con nuestras mujeres o nos hemos casado al volver a China, pero-le brillan alegremente las gafas y los ojitos minúsculos-las cubanas son muy calientes.

-Dominas bastante bien el español-observo.

-Hablar es lo más difícil, pero leo mucho. Ahora estoy con una novela cubana, Las Insaciables; leo mucho en español, sí, porque como en chino no hay nada que leer…-me dice con la mayor naturalidad.

El profesor Lao Tsu es un hombre mayor, de exquisita cortesía. Generalmente no se le oye. Lee y escribe en su mesa del fondo. Cuando le pregunto algo, deja las gafas sobre las cuartillas, sonríe agradablemente y explica con lentitud. Cuenta que en su juventud vivió en Tailandia con sus padres. Luego entró en China, estudió ruso, se le mandó tres años al campo tras la Revolución Cultural, y después fue destinado al instituto. Tsu se expresa siempre en un tono menor, sonrisa joven, inteligencia reposada. Él y Wu pertenecen a una generación de profesores de ruso que tuvieron que formarse en un segundo idioma al romperse el idilio con la URSS. Observo en ellos con frecuencia una ductilidad, una viveza y riqueza de fondo intelectual que contrastan con los profesores más jóvenes.

La joven Li goza de grandes consideraciones por ser mujer de soldado. Por ejemplo, el instituto envía regalos de Año Nuevo a su esposo aunque él no trabaje en el instituto. Está encinta de ocho meses, cosa que las diversas chaquetas llegan casi a hacer pasar desapercibida. Li tiene un enorme rostro prácticamente sin nariz, casi cóncavo de puro plano. Se desplaza con la lentitud de su estado y apenas habla.

-¿Qué tal te encuentras? ¿Cuándo das a luz?

-En enero.

-Tu marido vendrá para entonces.

-No, él está lejos. Viene mi madre.

En general, los jóvenes profesores son bastante grises. Sólo los veo apasionados y dinámicos durante los partidos de ping-pong.

Mis alumnos no son ya unos adolescentes. Los hay pasados los cincuenta. La media frisa los treinta y cinco. Sentada al fondo, tras pedir permiso para ello, observo el ritmo de las clases de los profesores chinos. Perfecto ambiente escolar de primaria decimonónica. Repeticiones, gramática y conjugación a coro. Machacona insistencia en los errores. Faltan gestos, dibujos. Los ejemplos son artificiales. Se expresan con acertijos gramaticales. Muchas consignas, infinitas consignas. Tópicos. Crítica y autocríticas lingüísticas. Atmósfera fría, tímida, escolar. Política, moralismo, ceremonia. No hablan jamás de sus futuros destinos.

La tarde de los miércoles se dedica al trabajo manual. Voy, y relleno con los demás una zanja a paletadas. También los alumnos cavan por el otro lado. La intención es sana y buena, el ejercicio útil. Lo que tiene algo de ridículo es el énfasis entusiástico en los poderes medicinales, político-morales, casi mágicos, de este trabajo manual. Hay un regusto de teatro que me hace sonreír ante esta afanosa voluntad de catarsis periódica. Bueno es hacer en lo posible como los colegas, aunque, visto el ambiente y las condiciones generales, empieza a parecer un poco simiesco y un algo irónico. Es dudoso que, pese a la limpieza matutina del mobiliario y a las zanjas de los miércoles, un buen día me derribe de la bicicleta una luz cegadora y oiga la voz de Mao, Lenin, Stalin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto es pura impaciencia porque los chinos le van alargando, inexplicablemente, la fecha de su partida.

-Si no fuera por mi familia, tal vez hubiera aguantado. Y aun así…no sé. Ha habido cosas…Lo de las ejecuciones me impresionó. Un día anunciaron, como tantas otras veces, que se suspendían en el instituto las clases esa tarde por actividad política. Tenía unas cosas que hacer; estuve charlando con alumnos y me fui con ellos a la actividad política, me senté en un banco. Todo estaba abarrotado. En esto, aparecen unos guardas con una furgoneta y sacan a cinco tipos encadenados, los suben a empellones al escenario, anuncian los delitos de cada uno de ellos. Entonces, de donde estábamos, se levantaban líderes que decían consignas, y todos los muchachos las gritaban agitando los puños hacia los condenados, a los que no escatimaron empujones. Me daba no sé qué ver a los muchachos, a una, poseídos de la misma violencia. Te aseguro que dan miedo esas expresiones. No me atreví a moverme.

-¿Y las ejecuciones?

-Tuvieron lugar en un sitio público, por fusilamiento.

-¿También fuiste?

-No, ni dijeron nada a los extranjeros, pero uno de mis alumnos al que pregunté por qué no vinieron a clase el día anterior me dijo que había asistido a las ejecuciones de unos criminales. Yo pienso mucho en mis hijos. Les imagino viendo esas cosas y gritando y agitando los puños, con esa cólera, hacia los tipos. Realmente lo pasé mal.

-También has aprovechado ocasiones con los viajes.

-¡Calla! ¡Menudo recuerdo tengo de mi viaje a Yenán con Tomasa y el gran maoísta de su marido, Venancio. Miraba yo aquellas gentes que llegaban en grupos, con banderas e insignias, y recorrían en peregrinación cada uno de los lugares sagrados donde Mao puso el pie, y, mira, me llenaba de una tristeza…Me recordaba aquella romería a las procesiones de mi tierra, con las vírgenes y los santos, y me decía “Al fin y al cabo dirán que esto es marxismo y materialismo”. ¡Qué cosas! Lo mismo cuando visitamos el pueblo natal de Mao, Shaoshan. Allí hubieras visto a Venancio que sacó sus cuartillas y empezó a componer una poesía al Presidente Mao diciendo que por aquellas habitaciones habían pasado sus piececitos de niño, que en aquella mesa se había sentado a comer el futuro gran hombre, el predestinado, y…

-¡Hola, Ruiz! ¿Dónde vas?

-¿Dónde voy? ¡Qué estupidez! ¡Como si aquí se pudiese ir a alguna parte! Se te ve poco últimamente.

Ruiz, que ha cruzado refunfuñando y sin saludarnos apenas, me mira, torvo. Como predijera Alberto, su apego se ha vuelto inquina. Dice que ahora que no le necesito le he dejado de lado. Lo cierto es que le visito pero no paso, como al principio, las tardes muertas en su habitación. Nos invita sin embargo a tomar café, y aprovecha para supurar contra el micromundo que le rodea:

-¡Todos esos extranjeros del hotel no buscan sino denigrar a los chinos, al socialismo! ¡Esa panda de muertos de hambre que viven en China como jamás lo hubieran soñado en sus países! ¡Desagradecidos! Tres veces he estado yo al borde de la muerte y los chinos me salvaron, ¡y aun esos cerdos se atreven a criticarlos!

-Pero Ruiz, tampoco hay que echarles rosas por donde pasan a los chinos. Tienen sus equivocaciones, como cualquiera. En el asunto de Chile…

Mal me ha. Ruiz me mira de través y halla el agarradero ideal para una explosión de cólera.

-¡A mí me vas a hablar de Chile! ¡Yo era amigo personal de Salvador Allende, yo!-se golpea el pecho con las manos-Y lo triste es que la Junta de Chile tenía razón.

-La…

Alberto me aprieta el brazo para que me calle. De todas formas, Ruiz me impediría meter baza. Él continúa con tono de secreto, inclinándose hacia nosotros.

-¿Sabéis, sabéis que el gobierno Allende tenía ya concedidas bases a Rusia en Chile, eh?.

Nos mira muy de cerca, regándonos de saliva, con una sonrisa que quiere ser maquiavélica y sólo refleja una especie de desaforado gozo pueril.

-Los chinos siempre saben lo que se hacen-Ruiz levanta el dedo, serio y sentencioso, tras su gran revelación.

Cuando salimos al exterior, tras la visita a los túneles construidos durante la guerra con Japón, a cincuenta km de Pekín, el sol, muy bajo, aplasta y alarga las sombras. Las formularias preguntas a los responsables en la sala de té no me interesan. Deseo violentamente dar un paseo, un corto paseíto a pie, por la aldea de Chiao Chuan-ju, bella, viva a la hora del crepúsculo. Una docena de metros más allá de la zona oficial en la que nos hallamos, la gente vuelve hacia sus casas, charla, deambula. Hay humo, animales, altos álamos que inclinan graciosamente sus copas y curvan su talle delgado. Hay un parpadeo de luz en las ventanas y en los hornillos recién sacados ante las puertas.

-No, no es posible. No le está permitido-se me responde.

-No iría muy lejos; justo una vuelta por las cercanías.

-La excursión es a los túneles de la guerra antijaponesa. Lo demás no es zona de visita. Entre a la sala.

-No. No tengo ganas. Si no puedo pasear, me quedaré mirando al menos, desde aquí, la gente de China, que para eso vine de Europa.

Desconcierto.

-Entre. Hace frío.

-No tengo frío. Me quedo aquí.

Y me quedo, los codos apoyados en el muro, con una rebeldía pueril que me es, sin embargo, necesaria. De cuando en cuando repito mi negativa a los que salen de la sala para invitarme a entrar. He llegado a un estado en el que ya no puedo soportar jugar el juego, compartir el escenario, recitar mi papel. No es grave. Siempre habrá mil que lo harán gustosos y a los que estoy rindiendo el apreciable servicio de ofrecer un ejemplo negativo del mal cooperante sin conciencia socialista, muestra de individualismo caprichoso y desconsiderado. Estoy harta de teatro, de socialismo en lata, de cotos para expertos y safaris programados. Estoy ahíta de perfección, virtud y tópicos. Me siento satánica y perversa. Un rito, una frase hecha, un cliché más y…no sé. ¿Remordimientos por lo preocupados que estarán los camaradas chinos responsables de si cojo frío? Pues no, no tengo remordimiento alguno y espero que estén incomodísimos, a ver si un buen día, a fuerza de sentirse incómodos, se plantean milagrosamente por sí mismos la posibilidad de que tal vez su forma de tratar a los extranjeros es en realidad una obra refinada de egoísmo chovinista y xenófobo y de voluntad reaccionaria de aislarnos, de que ni un átomo escape por un segundo a su control todopoderoso. Hombre, con lo que he detestado siempre los viajes programados por agencia…

Desde luego me estoy quedando helada. Ánimo. Anochece. La gente no me ve y yo les miro, al contraluz de sus casas, y olfateo el humo de las cenas.

Los expertos salen de la sala. Tras contar el rebaño, los responsables del Buró dan la señal de partir. Kilómetros de carretera ancha y lisa. El hotel.

 

 

Carta de Túnez. No era nueva la historia de mi proceso de divorcio, pero aquella escritura, reconocible entre todas, no la veía hacía meses, hacía diez mil kilómetros. Aquel hilo de tinta iba enmarañado a un rostro, a la expresión de unos ojos, al olor de un abrigo, al terrible, terrible destrozo de las sonrisas sin esperanza. He punzado esos ojos, la mansedumbre ilimitada de su cariño.

Este papel viene a dispersar hacia otras dimensiones mi presente hecho de voluntad; en la copa del árbol una hoja que no acaba de caer. Y toda mi voluntad por tierra.

Se deshace este cuerpo que fue de sol y de blancura, de sangre violeta a fuerza de atardeceres, que llevó rosas en el vientre, que fue la hermosura y recibió la hermosura. Queda un cuerpo atrozmente viejo, para siempre viejo, que marchará en los meses a cuidadosos pasos cortos, que verá soles pequeños matasellados en pequeños días. Este cuerpo que fue luna, que fue toda la vida, que fue eterno, marcha ahora rápido hacia su final. ¿Por qué lloras? Todo aquello está muerto, sí, Rosúa. Todo aquello está muerto, pero también tú estás muerta.

La carta yace como un cadáver sobre la mesa. He asesinado. Cualquiera que sea el momento en el que le sobrevenga a él la muerte, o a mí, nos encontrará ya con otra muerte anterior.

Hay caracteres que no admiten la diplomacia sensata de la vida, hay caracteres que no pueden recurrir al compromiso, que no admiten el olvido.

Me he levantado con mi carta en la mano, el papel que absorbe rápidamente el entorno y deja, irrefutable, la evidencia de que no hay sino el amor que sea; de que no existe cosa real sino su bloque soleado, del cual tengo conciencia justo el tiempo preciso para que, cuando desaparece un segundo después, manotee en la nada.

 

 

24-Diciembre-1973

 

El otoño de Pekín merece su fama; es largo, rubio, en pendiente casi insensible hacia el invierno. Son días anchos, como plazoletas soleadas. De un cielo homogéneamente azul desciende una campana intemporal de atmósfera luminosa. Sin humedad, sin nubes, todavía sin viento, el invierno sin embargo llega. Cada amanecer añade unos milímetros a la capa de hielo que pronto hará de los estanques pistas de patinaje.

Por ello nos encontramos con la Navidad a la vuelta de la esquina, Navidad colonial, puesto que, naturalmente, en China no se celebra aunque nos den medio día de vacaciones a los extranjeros. Muy discreta debió de ser esta Navidad ya que no la recuerdo. Tardío, maltratado, desparramadas las peladillas, me llegó un paquete de mi familia. Quizás fue por entonces que se me movió en el fondo una banal, sentimental afinidad con el grupo social al que los chinos me recordaban tan encarnizadamente mi pertenencia, con Occidente, un turbio rescoldo de luces, el vulgar sabor de cosas vulgares.

Las cartas no menudeaban. Nada todavía de Sian. ¿A qué esperaba Chung para avisarme si iba a venir? ¿Tan omnipotente era la censura?

 

 

31-Diciembre-1973

 

Las verdaderas, tradicionales fiestas anuales de China, son la Fiesta de Primavera, el Año Nuevo del calendario lunar. Se celebra también el Año Nuevo del calendario occidental, por el que el país se rige oficialmente. El Gobierno ha ofrecido pues hoy una cena a los expertos extranjeros en el Palacio del Pueblo. Menú refinado, bocados exquisitos, cantidades pequeñas. Un miembro del Comité Central pasa saludando y brindando. El banquete va precedido de un discurso. La sala es enorme, encerada y pulida, alumbrada por filas de arañas. Mañana es día de agasajo: visita al Parque de Verano, especialmente engalanado.

A las nueve ya estamos todos de vuelta. Subo a mi apartamento. Me concedo el grado doctoral de soledades. Los franceses por un lado, los otros por otro, cada uno por el suyo, han organizado su fiestecilla sin que te hayan invitado, Cenicienta indeseable. Conclusión evidente: no he conseguido ser aceptada por grupo alguno. Corolario: algo o mucho hay pues en mí de particularmente desagradable. Ahora comprendo mejor por qué los griegos temían más que a la pena de muerte a la de ostracismo, y por qué para los chinos es tan fuerte el temor a la repulsa social.

No soy suficientemente marxista-leninista para los ML oficiales, ni he llegado a la perfección y generalidad del sarcasmo de otros, tampoco formo parte de ese tejido envidiable de células familiares-matrimonio, más tierno niño-que me rodean, ni mi nacionalidad-única española exceptuando a Ruiz-me permite formar grupo como los anglosajones o los galos entre ellos.

Se oyen ruidos por el hotel, pasos en el jardín. Me he sentido muchas veces sola. Nunca quizás hasta el punto de esta noche del 31. Planes de trabajo futuro, excursiones, descubrimientos, todo se esfuma ante la incapacidad de calor humano.

Finalmente he ido a parar a casa de Quico y su mujer, con Octavio y la suya, y los cinco hemos escuchado en una atmósfera apagada de pestíferos malditos el jaleo de las fiestas vecinas, a las que ninguno de nosotros había sido invitado. Mala, malísima leche. Humor negro. Expertos en su tinta. Lentas rondas.

Cada cual se va para su apartamento. En el portal Octavio vomita brusca, secamente, palabras como insectos que emprenden vuelo rápido. La cabeza grande, hermosa, ósea, de Octavio encajonada entre las solapas subidas del abrigo gris y la bombilla pobre del rellano. Le ha cogido la nausea y habla, habla:

-No adoramos los mismos dioses, eso es todo. No adoramos los mismos dioses que ellos. La gente ésta necesita creer que están jugando un gran papel en la revolución mundial al trabajar en China y tienen sus intocables, sus divinidades. No ignoran que, para ser consecuentes consigo mismos, deberían volver a sus países, pero les es preciso autojustificarse. La gente como nosotros, que dice lo que piensa y se espanta realmente, o se asquea, o no está de acuerdo, ésos no son puros.

Ana, su mujer, ha bajado la escalera. De pie, escucha silenciosa, menuda figura de muchacho, ojos oscuros interrogantes en un rostro triangular de cerámica inca.

Octavio se inclina al hablar:

-El internacionalismo, los partidos marxista-leninistas, China los sacrifica cotidianamente al antisovietismo primordial. No les culpo, porque cuando no queda otro remedio se pone el culo y ellos no pueden hacer otra cosa. El enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética es inevitable y Rusia atacará antes de que el potencial bélico chino se desarrolle demasiado. Varios estudios llevados en profundidad por los expertos americanos coinciden en señalar 1975 como una fecha en la cual China habrá alcanzado un potencial de armamento peligroso. Estoy convencido de que la URSS atacará antes. Los chinos necesitan ganar tiempo, y lo hacen.

-Octavio, la niña…-recuerda Ana.

-Yo también me marcho. Buenas noches.

Suben la escalera. Atravieso el jardín. Las estrellas no titilan, los árboles no se mueven. Desde que llegué, sólo he oído hablar de Octavio como intelectual burgués, amargado y anárquico. El tipo que he tenido delante de mí esta noche era alguien que decía la verdad y creo que es la primera vez que veo esa expresión de verdad en alguien desde que estoy en China, la expresión, el tono, la mirada de alguien que tiene problemas, se interroga, se angustia, busca comprender. Hasta ahora sólo he visto brillar en los demás un optimismo pétreo, que me hacía estremecer sin saber por qué. Sólo he observado en ellos una aparente confianza teologal en las posiciones chinas en todo, una distorsión inimaginable entre la crudeza chocante de los hechos y la necesidad de aprobar a toda costa. Mi sorpresa había sido enorme ante los maoístas teológicos, aumentó ante la lluvia de autos de fe y ataques que acogía mis más ínfimas y bienintencionadas críticas. Por una vez alguien no ha representado un papel. Mañana Octavio se reincorporará a su piel de ironía inteligente sin pasiones. Hoy le desnudó la soledad, las rondas de alcohol silencioso.

 

 

Cuando Lan, la profesora de mi instituto cuya neta hermosura no consiguen sofocar el grueso abrigo masculino y lacio pelo, me comunica que, con motivo de las fiestas, iré a comer a su casa los raviolis de Año Nuevo, que prepararemos con nuestras propias manos en familia, se me cae el alma a los pies. Hace pocos meses imagino que hubiera saltado de gozo. Ahora nada me resulta más angustioso que las “actividades sociales” previstas al milímetro. Cortesía pide que cada experto reciba por Año Nuevo una “espontánea” invitación familiar. Por supuesto no me queda sino ir y representar ambas como mejor podamos nuestros respectivos papeles, el sketch de amigo extranjero recibido por una familia china para que participe en la fiesta en una atmósfera de alegre confraternidad internacionalista. Ellos, Lan y los suyos, no sienten quizás de forma tan punzante como yo porque viven el condicionamiento ya como una segunda naturaleza, sin embargo me es insoportable la duplicidad contradictoria continua y continuamente omitida, ignorada. Nadie chino puede venir a visitarnos sin un pase especial, nadie puede recibirnos en su casa sin habérsele concedido previamente el permiso oportuno por los cuadros de su entidad de trabajo, esto siempre que se trate de colegas, porque está perfectamente descartado el que se hagan amistades fuera del centro de trabajo y que éstas inviten a su hogar. Nadie puede trabar conversación con un extranjero espontáneamente sin ser interrogado acto seguido y acusado de connivencia.

Las casas para profesores, muy cerca del instituto, son similares a las de los compañeros de Sian. Pese a la juventud de estos bloques, parecen opacos y usados, limpios pero grises. Hay dos habitaciones que se reparten el matrimonio, la suegra y los dos niños. Me recibe una anciana increíblemente diminuta y frágil, sonriente y de manos temblorosas. Se desplaza a pasitos sobre sus pies reducidos, trae la masa para los raviolis, el relleno de verduras y carne. Prestamente separa un pellizco de masa, lo hace una bola, la extiende en tortita, pica relleno con los palillos, lo coloca en el centro y lo cierra como una empanadilla asegurando el borde con dos pliegues. Lan y ella me incitan a imitarlas. Luego me muestran la casa. Señala el lecho en el que se sienta la anciana para hacer los raviolis, dice:

-Aquí duermen la abuela y mi marido.

-¿Tu marido duerme con su madre? ¿Y tú?

-Yo duermo en la habitación de al lado, con los niños. Como la abuela es vieja, tiene frío por la noche y por eso duerme con su hijo.

Voy aprendiendo a no preguntar, que todo se aprende. ¿No habría otros medios de calentar a la abuela? ¡Ay, el hermoso rostro de Lan, su sonrisa blanca y fatigada, la boca ancha y joven, su gentileza de Hanchow!

La escena de la preparación de raviolis en familia con mis propias manos es corta. Lan me deja sentada con caramelos y té al alcance de la mano y se mete en la cocina. Llegan los niños del colegio y también su marido. Comemos.

En el salón de actos, los alumnos chinos presentan números de canto, baile, tocan instrumentos. Los temas son exclusivamente el amor al presidente Mao, al Partido y sus justas directivas, y la alabanza al progreso económico nacional. Los alumnos extranjeros, que constituyen de por sí sin duda un espectáculo apasionante con sus ojos claros, cabellos en corolas rizadas o en largas melenas rubias y pelirrojas, interpretan canciones folklóricas, la Internacional, el himno nacional chino, una canción al presidente Mao.

 

 

Una mañana que tengo dos horas libres Wu me conduce al laboratorio para que grabe textos. Mientras que, sentada en la sala de grabación, espero ante el micrófono, Wu manipula en la cinta buscando el lugar adecuado para comenzar. Hay otras grabaciones ya, hechas sin duda por profesores de paso. Oigo en este momento una, es la voz de Tomasa, que pronuncia lentamente:

El sol se levanta en el horizonte.

El presidente Mao es el sol rojo que se levanta en nuestros corazones.

Nuestro país es un gran país.

Nuestro Partido es un gran partido.

Nuestro pueblo es un gran pueblo.

Nuestro ejército es un gran ejército.

Golpeo en el cristal que separa la cámara de grabación de mi mesa.

-Wu, lo que yo tengo que grabar espero que no será como lo que has pasado, porque no lo grabo. Es culto a la personalidad, es favorecer el chovinismo.

Wu hace un gesto displicente y responde:

-No, esto no vale. Es material viejo, de cuando la influencia de Lin Piao.

Respiro.

 

 

Se acercaba la Fiesta de Primavera, el Año Nuevo chino, en enero. Vacaciones pues. Había recibido de Sian una página de Hao amable y general, con la felicitación de Año Nuevo, y ni una palabra sobre Chung y su visita a Pekín. No podía escribirle, ni telefonearle. Todo tenía oídos, todo estaba sujeto a críticas, las cosas más simples eran en aquel medio impensables. Poco a poco me iba metiendo en la piel de los chinos, ya sabía yo también, sin preguntas ni negativas, los muy estrechos límites de mis movimientos y mis acciones. Ni siquiera intenté ir a Sian de vacaciones, como les había dicho. Sabía sin palabras que el Buró de Expertos no hubiera autorizado mi visita.

Por entonces seguía de holandés errante, anclada con frecuencia en el círculo de los franceses. Alberto había partido sin despedirse, los latinoamericanos formaban círculos inexpugnables almenados de matrimonios con bebé, inteligencia sarcástica amarga y exclusivista o maoísmo cerril. Ruiz había comenzado fatalmente conmigo el proceso de desguace que seguía a sus grandes apasionamientos. Yo quería a toda costa conservar su amistad, su compañía; recordaba su apoyo. Le dejaba gritar, pretendía amansarle llevándole fruta, compartiendo con él un  paquete que me envió mi familia por Navidad. Todo inútil. Ruiz continuó cocinando a solas su nuevo plato de rencores, me hizo el blanco de su acidez y de su impotencia, de su fracaso y de su limitación, de su agresividad y de sus gritos, con la misma desequilibrada vehemencia con la que me adoptara al llegar a Pekín. Ni frutas ni silencios sirvieron para conjurar el final: Una tarde, no acababa yo de entrar en su casa, que ya Ruiz clamaba, despotricaba, salpicaba de saliva, y completaba su solitaria apoteosis ante lo que yo no había despegado los labios con un:

-¡Vete, y no vuelvas más!-bíblico, vociferante.

No volví. Desde entonces Ruiz adoptó expresiones feroces y despectivas cuando nos cruzábamos fuera y no contestó a mi saludo. Se apresuró a servirme en porciones durante las veladas de despellejamiento que celebraba en su casa, sin las que no podía vivir y para las que siempre encontraba gustoso auditorio entre los aburridos cooperantes. Para ello me cubrió, como era de uso en el Hotel de la Amistad, de etiquetas políticas a cual más folklórica. Ruiz tuvo que haber disfrutado muchísimo durante la Gran Revolución Cultural Proletaria. ¡Ah, aquellos autos de fe, aquellas denigraciones públicas, aquel hurgar en la intimidad de cada cual a la caza de sus actitudes y de sus palabras burguesas, reaccionarias, aquella delación floreciente, el néctar de las humillaciones, la embriaguez y superioridad de los cruzados maoístas a la caza del infiel, los paseos de los acusados con gorro de cartón puntiagudo, los escupitinajos! ¡Ah, el deleite de denigrar y acusar, que hace olvidar la propia miseria humana, la limitación, la carencia de albedrío, de espacio, de sexo! ¡Ah, qué tiempos, Ruiz, qué tiempos! Los demás extranjeros se marcharon, pero tú ¿cómo te los hubieses perdido? Ahora rememoras y te entrenas como puedes, y esperas, anunciando con voz tonante a todo el que quiere escucharte, que aquello, la purga de la Revolución Cultural, no fue nada comparado con lo que está al caer. Y esperas, como otros, este único espectáculo que hace vibrar y cuya entrada, en términos de consciencia, de lucidez, es gratuita.

 

 

-Para los franceses, la política es un deporte intelectual-había dicho Octavio.

Lo era; y helos aquí, viviendo con deportiva intelectualidad su estancia en China Popular.

-Me cansan-decía el viejo François de sus compatriotas-Rehacen el mundo todas las noches.

François no era solamente francés; era El Francés por excelencia, inconfundible, inimaginable sin una botella de tinto, un trozo de camembert y una cita de Clemenceau. Llegado a la edad del retiro y descubriendo que se aburría en París, había venido por segunda vez a Pekín, en donde ya trabajó antes de la Revolución Cultural, a ver si descubría al fin el misterio de la China. Las hadas le habían dotado de un ingenio y humor que hallaba siempre la frase justa en el momento indicado. Jamás perdía la calma, y contemplaba el mundo en torno suyo con la expresión socarrona del que ya las ha visto todas. Sus golpes de ingenio, que brotaban con frecuencia de una erudición muy por encima de la media, su eterno buen humor y su mirada comprensiva de hombre anciano le atraían la simpatía común. François se mantenía por encima de los sainetes diarios del hotel y gozaba incluso del respeto de Ruiz.

Trabajaba con él, en la corrección de despachos de la agencia china de noticias, Sinjua, Arthur, el joven francés lindo, sartriano, inestable, incomprendido. Con-y quizás por-su exhibicionismo de nervioso efebo, me inspiraba más repulsión que otra cosa. Arthur transpiraba el hermafrodita de Alain Delon y Juliette Greco. Sus conflictos existenciales le dispensaban de la educación elemental y la crudeza grosera era una faceta más de su exhibicionismo. Se hacía consolar y reprender sus excesos por Rose, cuyo amor propio de mujer insegura halagaba afirmando en público que ella n o se quería acostar con él. Rose, en una edad y una situación en que la mujer precisa pruebas de que se la desea, enrojecía de placer. Arthur frecuentaba también una virgen japonesa de veintidós abriles, Sako, de padres japoneses establecidos en China, había pasado en ella toda su vida y estaba terminando sus estudios de ginecología. Se vestía sin embargo a la occidental, con pantalones y suéteres ceñidos a su cuerpo de Tanagra, pequeño y gracioso.

Arthur practicaba, es probable que por pura pose, amagos de homosexualidad. Su apartamento estaba encima del mío, así que a veces recibía a las tantas de la noche la visita inesperada de un Arthur con ojos enrojecidos por el alcohol.

-Tengo hambre. Dame algo., ¿qué tienes? ¿Por qué cerraste tu puerta? Yo nunca cierro la mía. Saca de beber. No, no es hora de dormir. No vas a decirme que no te gusto. ¿Soy guapo o no? Tú no eres tan bonita que digamos. No vas a decirme que no te gustaría acostarte conmigo. Ven, ven, dame un beso, uummm. Bueno, bueno, peor para ti.

Y alcanzaba, tambaleándose, la puerta. De día, en el comedor, solía, en el mejor de los casos, ignorarme, o dedicarme el desprecio propio de un francés culto e inteligente hacia una tercermundista-España formaba parta del mundo sudeño inferior-silenciosa y torpe.

-El silencio es tu mejor virtud-me soltaba-Diré más, tú única virtud.

-Arthur, al fin y al cabo tienes que tener en cuenta que soy una subdesarrollada-le expliqué con la mayor seriedad en su habitación mientras intercambiábamos unas casetes-, vengo de un país subdesarrollado, no tengo las mismas dotes intelectuales que vosotros, que tú, que sabes tanto…

Y Arthur respondía, sin asomo de sentido del humor, con aire magnánimo y modesto:

-Bueno, bueno…España ya no está tan atrasada.

-No digas, no digas. Vuestro nivel intelectual es tan superior…Soy consciente de mis limitaciones. Los del tercer mundo no damos más de sí.

-España se está desarrollando-me anima Arthur, mientras se quita la camisa, aprovechando, como de costumbre, la menor ocasión para lucir su torso desnudo.

Ni sus insinuaciones nocturnas ni su torso me inspiraban. Arthur había siempre usado con Alberto un trato despectivo. Segura estoy sin embargo de que, en el terreno erótico, Alberto le hubiera desbancado totalmente, puestos al tajo.

 

 

El viaje de las vacaciones de primavera se fue definiendo, a cuatro. Iríamos Charles, Joseph y Lucie y yo. Charles era un hombre parco en expresión y en gestos. Había llegado a vivir la ocasión china dejando bien amarrados sus asuntos en Francia, en la que también dejaba hijito-aunque no mujer-. Educador y psicólogo en centros para niños difíciles, Charles vino con grandes proyectos de test y especializados cuestionarios para futuras visitas a hospitales psiquiátricos, visitas que continuaban sin tener lugar. Era hombre grande y lento, claro de piel, ojos y cabellos, bien equipado de calma bajo una epidermis psíquica espesa.

Joseph, típico temperamento sanguíneo, habla, se exalta. Su mujer, Lucie, es hermosa y dulce y se calla. Ambos son conmovedoramente jóvenes y frescos como panecillos recién sacados del horno de Amistados Franco-Chinas, en cuya asociación trabajaba él.

-No hay que desaprovechar una sola ocasión de hacer excursiones, muchachos. Hemos explicado a los camaradas que necesitamos el visado cuanto antes para viajar y conocer el socialismo y el pueblo chino-me decía Joseph, eufórico.

La euforia dio paso a la perplejidad, luego a la indignación, porque los camaradas retrasaban la cuestión del visado con las evasivas más peregrinas.

-Es que estamos rodeados de burócratas, de adversarios de la línea del Partido y del presidente Mao-justificaba Joseph, y se embarcaba en una explicación de la lucha de líneas, avanzando por el terreno, memorizado en Amistades Franco-Chinas, de fechas, discursos, obras completas, congresos y perversos reaccionarios empeñados en cegar con sus sucias manos el manantial cristalino de la siempre justa línea del presidente Mao.

Cuando el visado llegó, in extremis, con supresión del programa de viaje de varias ciudades que habíamos señalado, Joseph guardó silencio.

 

 

 

 

 

 

VIAJE AL SUR

Una bajada de dos mil kilómetros.

 

12-Enero-1974

 

Hemos salido al fin de la estación como el que por primera vez viaja en tren. No ha sido fácil conseguir que se nos permita ir en litera, y no en coche-cama o en avión, como es norma para los extranjeros. Hasta el último minuto se nos ha toreado a cámara lenta. Finalmente acceden graciosamente a que tomemos el tren internacional que va de Moscú a Hanoi, pasando por Pekín y Kweilín.

Joseph, que sobrepasa en afición a la fotografía a un autocar de japoneses, filma, ajusta velocidades, limpia filtros, se relame con el teleobjetivo que le han prestado. Ningún intérprete de nuestras entidades nos acompaña a Dios gracias, pero con toda seguridad las señales de humo han comenzado a funcionar desde que entramos en el vagón.

La llanura, sobre la que no llueve durante todo el invierno, está perfectamente seca. La hierba, fina y quebradiza, es pura paja. Casas, tierra, tejados, son gris cemento. Sin el aglutinante de la humedad, el polvo planea sobre Pekín. Hay miles de arbustos plantados los últimos años, troncos delgados, ramas sin podar, y haces dispuestos en filas, todo destinado a detener el viento y sujetar la capa de tierra cultivable.

La llanura de la provincia de Jopei es árida y produce una terrible impresión de dureza y sequedad. Su uniformidad refleja la del cielo, polvoriento y sin una nube. La tenacidad ha cuadriculado, arado, sembrado, minuciosa y totalmente. Se construye con ladrillo rojo y gris. Los postes eléctricos cortan el horizonte inacabable. Se cuenta con sus propias fuerzas, la materia prima de la construcción viene del suelo mismo, el transporte se hace a tracción animal o humana.

Los muchachos patinan en estanques y canalillos. Quizás el trabajo de infraestructura  ocupa a los agricultores durante esta época invernal. La carretera que corre paralela al tren es tan impecable como desprovista de otra circulación rodada que no sea carros y bicicletas, algún camión. Estamos fuera del área  permitida a los extranjeros, los veinte kilómetros. En las estaciones, enormes citas de Mao. El tren va despacio. Puesto que llega hasta Hanoi, lleva muchos pasajeros vietnamitas, que, contrariamente a los chinos, se muestran abiertos, simpáticos, deseosos de comunicación, se meten en nuestro compartimento a charlar y nos cuentan de su país y de ellos mismos. Los chinos, caso de que conversen, siguen el método de hacer preguntas, pero jamás hablan de sí. Acostumbrada a los chinos del norte, los vietnamitas me parecen doblemente menudos, de frágil esqueleto, conversación coloreada y viva.

El paisaje se repite. Las agrupaciones de casas, bien cerradas en su muro rectangular. Sobre los tejados cóncavos, de alero alzado, resbala la última luz del día.

 

 

13-Enero-1974

 

La mañana es completamente blanca. Primero escarcha, luego nieve, más tarde la ventisca que arrecia en un cielo de lino. Hankow, a más de mil kilómetros de Pekín. Hankow es una de las tres ciudades, con Wuchang y Honyang, que forman el conjunto industrial de Wuhan. La primera novedad es la humedad insólita; la segunda las montañas en el horizonte, del que nos separan campos minúsculamente parcelados. Atravesamos el famoso puente sobre el río Yang-Tsé, de mil seiscientos metros de longitud por ochenta de anchura, y llegamos a Honyang. La diferencia entre una ciudad y otra es grande: la primera ofrece-más todavía bajo la nieve-parches de miseria antigua, techumbres y muros zurcidos de paja y madera vieja. La ciudad nueva son casas de ladrillos y tejas, avenidas y calles pavimentadas, chimeneas, depósitos, embarcaderos, y, sobre el Yang-Tsé-vasto; más que río, procesión de lagos-barcazas.

El tren se aleja de este rosario urbano anfibio hacia un paisaje más agreste. Las montañas cubiertas de nieve esponjosa, con sus pinos y sus abetos, y las casas de alero ancho y recto se diferencian poco de un panorama invernal europeo.

Entramos en la provincia de Hunán. La nieve se cambia por lluvia. La tierra, amasada en mil formas y parcelas, espejeada por innumerables arrozales y acequias, es de un rojo y amarillo rabiosos en los que verdean las cosechas de invierno. La irrigación y cultivo son excelentes; las casas, las mejores que hemos visto hasta la fecha por su solidez, amplitud y buen estado, se alzan aisladas o en grupos de dos o tres. Hemos atravesado Shaoshan, la región de las rebeliones campesinas y de la insurrección Taiping. Pisamos además el otro polo, junto con Yenán, de veneración nacional y peregrinaciones. En 1893 la esposa del campesino acomodado Mao Jen-sheng daba a luz en Shaoshan, pueblo del distrito de Hsiang T’ang, en la provincia de Hunán, al primero de sus hijos, Mao Tsé-Tung. Vemos desde el tren, en lo alto de la ciudad, el Museo de la Revolución Campesina, con dos retratos gigantescos, uno a cada extremo, de Mao y Sun Yat-Sen.

La tierra es ahora violeta, hay palmeras y, bajo la lluvia fina, los campesinos van con menudos pasos apresurados llevando sus balancines cargados de verduras sobre los hombros.

 

 

14-Enero-1974

 

Escribo penosamente a causa de que los edredones-cuantos he podido acumular-y la bata que me he enrollado al cuello y hombros me entorpecen los movimientos. Estamos, al parecer, al borde del trópico, con lluvia fría y humedad a la que el sempiterno cielo raso de Pekín nos había desacostumbrado. En Kweilín, a mil seiscientos kilómetros de la capital, el paisaje es totalmente diferente y entra en el cuadro que suele imaginarse de Asia: palmeras, balancines, bambúes, juncos. Tras la parda monotonía de Pekín, la retina se despereza ante los brillantes paraguas de papel encerado en rojo cereza, naranja, azul, amarillo yema.

La gente, de cuerpo menudo, gracioso y estrecho, con rostros unos triangulares de pómulos salientes, redondos otros y amablemente regordetes, recuerdan mucho más a los vietnamitas que a los macizos y cuadrados hanes (etnia mayoritaria) del norte. Tampoco hay aquí la uniformidad masiva de Pekín (que es como un inmenso almacén con muy pocos patrones que todos siguen). Las muchachas de Kweilín llevan, a más de las trencitas o el pelo corto reglamentarios, largas melenas sueltas sobre los hombros, y no faltan prendas de colores en la vestimenta. Esta diversidad puede también achacarse quizá a que hay en esta provincia diez minorías nacionales.

Observo una diferenciación socioeconómica que no me deja de extrañar, entre los bien vestidos y otros con aspecto campesino, casi harapiento.

La ciudad de Kweilín es única por su paisaje. La erosión en este terreno cárstico ha producido montañas increíbles entre las que fluye el verde río Li. Como flanes de arena en los que se divirtió la prole de un gigante, las montañas de Kweilín surgen, aisladas unas de otras, conos, jorobas cubiertas de musgo, colinas fantásticas con fantásticos nombres: el Morro de las Siete Estrellas, el Monte de Brocados Plegados, el Monte de la Dama del Oleaje, el Pico de la Altivez Solitaria, el Monte de la Media Luna, el Monte de Trompa de Elefante…y en su interior, la cueva de la Flauta de Caña, la caverna del Dragón Escondido.

Kweilín respira lo que siempre debe de haber sido, un centro de solaz y reposo y un pueblo agrícola, lugar por el que se han deslizado veintitrés siglos de miradas admirativas. Al otro lado de la antigua puerta se extiende un lago, seguramente artificial o muy arreglado, con su islita central, sus pabellones, festoneado por una soberbia urbanización con avenidas impecables de laureles y leoncillos de piedra. ¿Qué uso se da hoy a estas villas de placer? Todas parecen bien cuidadas, a diferencia de otros sitios en los que, si bien el Gobierno conserva un manojo de monumentos importantes, borra miles de pequeñas bellezas.

Las casas nuevas, en una de las riberas del Li, tienen tres y cuatro pisos y son más agradables a la vista que las de Pekín, con sus amplias ventanas y paredes crema, verde, azul, blanco. En la otra ribera todavía se hallan los antiguos barrios miserables, barracas de madera sosteniéndose unas a otras, muros, tejados remendados con estera. Un chino acompañante insiste en que fotografiemos los barrios de ambos lados del río; el viejo está destinado a desaparecer dentro de diez años para ser sustituido por los buenos edificios nuevos, como los de la otra ribera, rodeados de árboles.

Al pie del puente unos grupos cavan, banderas rojas desplegadas y altavoces transmitiendo canciones. Están ensanchando el paso. Reparo en que los grandes paneles con citas y retratos de Mao no se ven en el exterior; sí que hay la efigie del Presidente dentro de las casas.

Las verduras-repollo, col, puerro, zanahoria, apio-son mucho más lozanas y limpias que en Pekín. No se ven bestias de carga o tiro y apenas vehículos motorizados. Arrastrando pesados carros, llevando en equilibrio sobre los hombros, suspendidos a una vara, cubos de agua, de granos, de verduras, hombres y mujeres son la fuerza motriz esencial.

La artesanía abunda. Pequeñas tiendecitas se abren a la calle como un zoco. Se repara, fabrica, vende loza, cestería, zapatos, carros. El bambú y el junco son la materia prima.

Corremos, lo primero, al Almacén Central para proveernos de botas de goma. Luego compramos estos excelentes paraguas que son los grandes sombreros de palma, sólidamente trenzados, la copa bulbosa terminada en punta. Son sombreros enormes, que necesitan una cierta habilidad de maniobra, pero nos protegen de la lluvia. Ni siquiera con este aspecto la gente nos acosa como en el norte, ni presentan tampoco la esquivez arisca o la burla maliciosa de los pekineses. Hay miradas sin que se agrupen, hay sonrisas, se nos dirige la palabra, el ambiente es distendido y amable. Mientras que en Pekín los restaurantes cierran a las siete, aquí lo hacen a las ocho y media y la ciudad vive su noche en el efecto fantasmagórico de las luces y las sombras reflejadas en el pavimento mojado y en el lago.

 

 

No precisamente en nuestro honor, pero casi a nuestro paso, la ciudad de Kweilín se abre de nuevo a los extranjeros tras haber estado, al parecer, cerrada a ellos desde la Revolución Cultural. No ha perdido su carácter de ciudad turística acostumbrada a visitantes. En el tren teníamos-cómo no-al encargado del vagón de ángel guardián que hasta descendía con Joseph al andén los pocos de parada en estaciones intermedias. Al llegar a Kweilín nos recibe un muchacho muy joven que habla con gran dificultad el español. Él y un delegado que conoce el inglés nos tomarán bajo sus alas. El intérprete es encantador; tímido, cordial, ansioso de ayudarnos, contrito por la limitación de sus conocimientos lingüísticos.

Llegados al hotel por la carretera que bordea el gran estanque, intentamos conseguir la tarifa de trabajadores extranjeros en China, porque nuestros sueldos no dan para los precios ordinarios. Cogemos dos habitaciones con dos camas. El problema es que sólo los hoteles de lujo admiten extranjeros, y sus precios son astronómicos para los cuatrocientos cincuenta yuanes mensuales nuestros, de los que la mayoría reservamos el cincuenta por ciento canjeable en moneda extranjera para enviarla a nuestros países o disponer a la marcha de divisas. En el hotel de Kweilín no había muchos visitantes; un grupo de turistas chinos de ultramar. El edificio es moderno, con jardín y vistas sobre el lago y las increíbles montañas. La cocina es exquisita y hay, ¡oh maravilla!, café.

¿Será esto el monzón de invierno? La temperatura corresponde a un otoño de los Países Bajos en el que tiritamos con nuestras ropas ligeras y zapatos de tela de peregrinos hacia el sur. El hotel es el de planta más moderna que hemos visto hasta ahora, pero, una vez más, como ocurre en mi instituto, la calefacción no funciona. Ciertamente en China los derechistas y enemigos de clase se ceban en el sabotaje de radiadores. Tampoco agua caliente. Perdida la costumbre de la humedad, ésta nos penetra hasta los tuétanos, martilleada por una lluvia constante. Sin calefacción en sitio alguno, erramos del comedor a la ciudad, de la ciudad a la visita de turno, y de allí a nuestros cuartos, en perfecto estado de congelación. El trópico…¿?.

Llaman a la puerta, tan ligeramente que apenas se oye. Abro y me encuentro con el gentil intérprete de español.

-Profesora, usted puede dormir si gusta en una de las habitaciones de enfrente. Están libres.

-No importa, gracias. Estoy bien así.

-Puede, puede-insiste, con una sonrisa trabajosa.

-No hay por qué molestarse; estoy bien aquí. Muchas gracias. Buenas noches.

Tras una excursión relámpago y puramente simbólica al cuarto de baño, escribo limitando al mínimo-ojos, dedos-el contacto con el exterior, hundida en un disfraz de lobo malo en casa de la abuela, con la bata de franela enrollada en la cabeza. Mañana tal vez escampe.

 

 

15-Enero-1974

 

Sólo a fuerza de capitalizar edredones y tras unas copas de coñac conseguí a ratos entrar en calor en la cama. Hablando de camas, el intérprete me dijo esta mañana con mil sonrojos que en adelante el precio no sería para nosotros por habitación, sino por persona, y que yo podía, y sería aconsejable, tomar un cuarto independiente pagando el mismo precio que ahora a medias con Charles. Es indudable que mi noche pasada en la misma habitación que el francés-noche extremadamente frígida en todos los sentidos-les ha animado a ofrecerme una reducción de tarifas para salvaguardar mi honor y la moral.

Como tiritamos furiosamente, nos han prestado sendos abrigos del Ejército, enguatados, aislantes y enormes, que nos han transformado en algo como oficiales rusos tocados de grandes sombreros chinos y botas de goma. El día estará dedicado a excursión por los alrededores. El intérprete me lee las explicaciones que ha redactado y me ruega le corrija sus faltas en español.

-Hace ya tiempo que estudié. Luego estuve en el campo, y ahora aquí, en Kweilín, no tengo casi nunca oportunidad de practicar. ¡Siento tanto no traducir mejor!

Está tan preocupado y tan contrito que hay que repetirle que no lo hace mal, que comprendo perfectamente, que le enviaré, si lo desea, material de estudio y ejercicios cuando vuelva a Pekín.

La excursión se lleva a cabo junto con los turistas chinos de ultramar. Como la lluvia no ceja, todo es salir, correr hasta una roca caprichosa, volver al vehículo. Hui, el intérprete, nos traduce un poema sobre Kweilín grabado en la piedra, que reza aproximadamente: Si no existieran este río, estos árboles y estas montañas, el paisaje de Kweilín no existiría. (lo cual es indiscutible), y un canto Su río es como un cinturón de gasa turquesa. Sus montañas como agujas de esmeralda.

-Siempre se ha dicho de Kwelín-dice Hui-que su paisaje es el más bello del mundo.

El circuito prevé un paseo en barca por el río Li. El trayecto se ve acortado por lo visto a causa del poco caudal de la corriente en esta época. Subimos a una de las barcazas, que es la casa flotante de la familia que la tripula. De una caña, penden manojos de verduras y de pescado puestos a secar. En la parte central, cubierta, están plegadas las mantas y las esteras para dormir. Son pobres la gente y los objetos, y lo parecen más aún con el gris de la llovizna. Lucie me señala con disimulo un rapaz con los pies descalzos hundidos en el lodo frío. Los otros turistas intentan fotografiarle, pero el chiquillo corre a esconderse. Hay ya una diferencia considerable entre estas personas y los prósperos habitantes de Pekín. El hecho de estar en China nos retiene, creo, más de una vez de calificar lo que quizá en otros países juzgaríamos miseria. Estas personas absorben seguramente el mínimo vital pero son muy pobres.

Efectivamente, hay poco fondo. La anchura del río es tersa y pulida, encerada, apenas una ligera ondulación. Nos cruzamos con balsas mínimas, compuestas tan sólo de cuatro largos bambúes atados con cuerdas. En pie sobre este trapecio acuático de no más de medio metro de ancho, el pasajero da impulso con una pértiga que apoya en el fondo. Ante él., un haz de puerros, una cesta cuyo contenido protege un sombrero echado por encima.

El paisaje vale el viaje a China en otro día, de sol. Bruma en las cimas; es un paisaje femenino: el verde tierno, la mansedumbre del río. La superficie azogada del agua duplica con exactitud los esquifes, las montañas. Nuestra embarcación emprende el camino de vuelta. No hay fondo para remar. El padre, un hombre pequeño y desecado como un campesino andaluz, la madre, con los cabellos recogidos en un gorro de lana marrón, y un hijo de unos doce años emprenden la labor de remontar la barcaza a pulso, haciéndola avanzar metro a metro empujando con largos palos en el fondo y en la ribera. El barquero se lanza cada vez con todo su peso, inclinado en horizontal, hundido el palo entre el hombro y la axila.

-¡Es un trabajo horrible! ¿Por qué no bajamos todos y vamos por la orilla? ¿Por qué no bajamos?

Joseph, excitado, intenta hacerse comprender. Charles le desanima:

-Deja. No te escucharían. Siempre lo hacen así.

-¿Por qué no ayudamos a los camaradas? ¿No hay más pértigas?

Sus buenas intenciones se agitan en el vacío. Sin mirar, en absoluto silencio, sin un gesto, la familia continúa su dura tarea. Los otros turistas chinos parlotean. Uno de ellos, vestido con un confortable traje de cheviot, sin dejar de la mano la filmadora, dice gozoso:

-¡Estamos haciendo la Gran Marcha!

Joseph le dirige una mirada feroz.

De vuelta, paramos unos minutos en una aldea. Hay, al menos ese día, mercado libre, en el que los campesinos venden sus productos sobrantes de lo debido al Gobierno. Es quizá la única muestra que queda todavía en China de negocio privado, pero el Estado fija de todas formas precios límite. Estamos infinitamente lejos de Pekín: mujeres con pendientes dorados y rasgados párpados, hombres de tez cobriza, muestran, sobre esteras, fruta, verdura, huevos, aves de corral, especias, plantas medicinales, peces, trozos de carne que gotea sangre.

Los turistas corren desalados a la búsqueda de la compra de su vida. Joseph y Charles fotografían a contrarreloj. Como casi siempre, yo miro, escucho, me deslizo, huelo las hierbas y las especias, respondo a una mirada con otra mirada, empalmo con un gesto; y lo poseo todo, absolutamente todo.

 

 

Por la tarde, solos nosotros cuatro con Hui, visitamos la cueva de la Flauta de Caña, cuyo nombre se debe a que alrededor de la entrada crece un tipo de caña con el que, según historias del lugar, es posible hacer flautas de sonido claro y bello. Hui nos informa de que existen en Kweilín numerosas grutas de este tipo, formadas por disolución de rocas cálcicas por corrientes subterráneas; traduce las explicaciones de la guía, una muchacha que nos precede con su linterna. A la entrada nos llama la atención la forma de la superficie del techo, muy alto, en ondas picudas como un mar invertido y una extraña forma fusiforme de varios metros de largo pegada a él, semejante a un enorme fósil de pez.

En el interior, el haz de la linterna va cayendo sobre estalactitas y estalagmitas que, como en todas las cuervas del mundo, han sido bautizadas con nombres de personas, animales y escenas de leyendas. La gruta es amplia e interesantes pero ha sido iluminada con mal gusto pueril, rojos y verdes que corresponden a la definición de nuestra guía gran palacio natural de corales y esmeraldas. Particularmente infantiles son las explicaciones complementarias. Al final nos espera un inefable pavo real de piedra en cuya cola desplegada se han entremezclado bombillas de todos los colores y que, según se nos dice, acaba de abrir su abanico por el placer que le causa vernos y para desearnos calurosa bienvenida.

 

 

16-Enero-1974

 

-¡Este tiempo…! Ustedes tienen frío, no pueden ver las cosas bien. ¡Cuánto lo siento!

-Qué se le va a hacer, hombre; no te pongas así, que tampoco es culpa tuya.

Prodigamos consuelos a Hui, afligido, inconsolable, por la fatalidad de la lluvia, que ha acortado nuestra estancia. Partimos hoy noche y queremos invitar a toda costa al intérprete a comer con nosotros en el restaurante popular del centro de la ciudad con el que ya hemos trabado amistad ayer. Hui enrojece, agradece, esquiva.

-No debo…Me gustaría, son ustedes muy amables; no debo…

-Nada, nada. Te esperamos en la puerta.

-Lo…..lo siento. Tengo una reunión.

-Pues lo sentimos, pero te esperamos y no nos moveremos hasta que vengas a comer con nosotros.

-Tengo que pedir permiso…

-Esperamos.

Hui vuelve, todo alegre.

-Ya, ya está.

Vamos los cinco. Charles y Joseph están encantados. Durante su paseo han entrado en tallercitos, charlado con los obreros tanto como lo permitían los conocimientos de chino de Joseph y las diferencias del dialecto. Nadie les ha cerrado el paso y los trabajadores se han mostrado espontáneos, naturales y simpáticos. Joseph reverdece:

-¡Eso son camaradas, y no los burócratas carcas de Pekín! Vuelvo a recuperar mi confianza en China, muchachos.

Y la comida transcurre en la buena atmósfera y mejor cocina de esos restaurantes populares que muchos occidentales suelen mirar con aprensión, confundiendo la costumbre de ir depositando espinas, huesos, cáscaras en una esquina de la mesa, y los charcos en el suelo a causa de las idas y venidas al depósito de agua caliente, con suciedad real.

-Yo no tengo costumbre de beber, ¿sabe?-confiesa Hui con su cuenco de cerveza en la mano. Se está poniendo rojo en efecto y, tras los difíciles preliminares de su salida, lo pasa bien. En la euforia general, me dice que va a casarse si es posible aprovechando la Fiesta de Primavera.

-¡Chicos, se va a casar!-traduzco.

-¡Ah, eso se celebra! ¿Quién es ella?

-Trabaja en una fábrica.

-¡A su salud! ¡Por ellos!

-A mí-Hui continúa ahora con las confidencias-me gusta mucho la música. Hace años se hacían bailes…

-Y, ¿sabes bailar?

-Sí sé-dice, orgulloso-; el fox, el vals. Antes me gustaba mucho bailar.

-Si te gustaba antes, te seguirá gustando ahora.

-No, porque desde la Revolución Cultural se prohibió.

¡Angelical asimilación de poder a gustar!

 

 

El responsable de la recepción de extranjeros de Kweilín, serio y grave estos dos días, se ha abierto en sonrisas ante nuestra partida, en el andén. El muchachito se disculpa una vez más por sus limitados conocimientos y por la lluvia. Le prometo enviarle material de español. No osamos desearle de nuevo felicidad en su boda delante del severo responsable, de miedo que nuestros buenos deseos culminen en un retraso de algunos años en su matrimonio, mientras escarda en una comuna lejana y medita sobre las confianzas intempestivas y frívolas a extranjeros. El tren arranca y el responsable sonríe radiante según nos alejamos y agita la mano. Hemos conseguido coger tercera clase, pero se nos instala en un vagón de asientos bien mullidos, impecable, confortable, en el que se nos ofrecen las tradicionales tazas de agua caliente. Hemos logrado sin embargo descender un escalón del Olimpo para occidentales e irnos acercando unos centímetros a las amplias masas. Compartimos el vagón con los turistas chinos de ultramar. Hay gran cantidad de asientos vacíos. En los vagones de tercera-que nos corresponderían lógicamente-se apiña una multitud de autóctonos. La gente toma al asalto el tren en las paradas, es una versión aumentada del rugby de la subida a los autobuses, todo vale, se aúpan por las ventanillas, con balancines y sacos; no hay maletas. En nuestro compartimento, el filtro oficial antichinos funciona eficazmente.

-¡Hay sitio de sobra! ¡Que vengan al menos las mujeres con críos, los ancianos! Van como sardinas. ¿Qué pensará el pueblo de estos privilegios?

Nuestras muestras de descontento se pierden en el vacío y en la curiosidad indiferente y cortés de los chinos de ultramar. Joseph se disloca las cuerdas vocales explicando en chino a un vigilante:

-¡El presidente Mao dice, camarada, que hay que servir al pueblo! ¡Ser-vir-al-pue-blo!

El camarada no se inmuta. Seguramente ha comprendido a Joseph, pero sabe con certidumbre que un extranjero no es capaz de penetrar en las entrañas del centralismo democrático. La forma suprema y acabada de servir al pueblo, señor del país, es acatar con estricta disciplina y corazón alegre las directivas de la vanguardia consciente, del dueño del país por procuración: el Partido Comunista.

Éstas son fechas de grandes desplazamientos para pasar en familia la fiesta principal del año. Muchos aprovechan para contraer matrimonio, pues en China no hay mes de vacaciones. El Estado, sin embargo, preocupado por el bienestar de las amplias masas, concede a los chicos y chicas solteros separados de sus padres y a los esposos que trabajan en lugares distantes quince días anuales para reunirse, y para que los matrimonios que no sobrepasaron el tope de hijos procreen a toda prisa.

La gente que nos ve a través del cristal de las portezuelas, apiñada-y el viaje hasta Jong Yang es toda la noche-, de pie, que mira los mullidos asientos vacíos de nuestro compartimento, no pueden criar sino buenas reservas de mala sangre con las que regar en el momento apropiado la xenofobia, elemento por cierto altamente útil en el manejo de los pueblos y que, bien administrado, puede sustituir con ventaja al fútbol y a las revistas del corazón. Los sentimientos deben de ser particularmente entrañables respecto a los grupos de chinos de ultramar, físicamente iguales, los primos ricos, con sus cámaras, sus gafas polarizadas, con su misma lengua y su estatuto de visitante occidental.

Los revisores ponen verde a un osado que entra en nuestros dominios y le envían al archicompleto. Mientras tanto el altavoz aconseja practicar la buena consigna socialista de ayudarse mutualmente y cederse el asiento.

 

 

17-enero-1974

 

El tren llega a Jong Yang a las cuatro de la tarde. Hemos salido el día anterior a las diez de la noche de Kweilín. Dieciocho horas de viaje, trescientos sesenta y dos kilómetros y cuarenta y cuatro paradas, una cada ocho kilómetros. Seis horas de retraso. En la portezuela misma nos recoge el responsable de la Oficina de Extranjeros y un médico, que es la única persona del lugar que sabe francés.

Jong Yang es una ciudad cerrada a los extranjeros; no se puede visitar. El responsable accede a darnos una rapidísima vuelta en un microbús e incluso andamos unos metros por la calle principal y entramos en dos almacenes. La multitud, desacostumbrada, como en Sian, a ver diablos extranjeros, nos sigue, se agrupa silenciosa y espesa en torno nuestro, trota algunos metros por delante de nosotros para detenerse luego y vernos pasar a su sabor. La ciudad, cuya industrialización y pavimentación datan, al parecer, de 1957, es gris y triste, aunque hay animación en los comercios a causa de la proximidad de las fiestas. Como en Sian, se escupe en cualquier parte, y el suelo, es, al decir de los franceses, una sopa de ostras. La gente está decentemente vestida y nutrida, peor que en Pekín, con excepciones. Nuestras miradas sorprendidas chocan con un hombre joven de pie, observándonos pasar, negro el rostro de tizne, los brazos-desnudos con este frío-cruzados sobre una chaqueta en harapos.

-Es un loco-responden los guías a nuestra interrogación muda.

El responsable, todo sonrisas, nos hace entrar en una habitación de este lugar helado y solo, en la que nos apiñamos, desamparados en la atmósfera glacial, alrededor de un brasero de barro en el que chispea, como en la mesa camilla de mi infancia, el carbón vegetal. Se nos niega cortésmente el permiso para ir a cenar a un restaurante exterior:

-La comida de la calle no es buena. Aquí tomarán alimentos convenientes.

Bajamos pues a la más gélida sala imaginable, en la que se hielan en sus fuentes algunos platos no mejores que los de cualquier restaurante. Los despachamos y corremos atropelladamente escaleras arriba a sentarnos junto al brasero y a arrebañar el coñac que queda.

El responsable y el doctor que actúa como intérprete han subido para hacernos la presentación de la ciudad. Joseph se interesa por el sistema penal, y por la pena de muerte. Yo pregunto:

-En caso de pena de muerte, ¿son públicas las ejecuciones, ante la gente?

-Sí.

Y añade:

-Hay una reunión en la que se dice el crimen cometido, y después se fusila públicamente al criminal. No se utiliza la tortura para hacer confesar a los reos.

Ellos salen y nosotros cotejamos nuestras notas. Releyendo, advierto una vez más la distorsión semántica radical, la diferencia esencial de significado en los términos que ellos y nosotros empleamos, disimilitud que falsea ya las respuestas desde el mismo momento en que son formuladas las preguntas. Las palabras presentan fachadas impecables pero sólo existen en nuestra óptica. Tras ellas, hay una realidad muy distinta. Aquí no hay ley, ni un código civil, penal, fijos. Tal vez los  hubo en los primeros años de la República, y tal vez aún los haya en el sentido de que no vale la pena abolirlos, lo mismo que existen nominalmente dos o tres partidos políticos sin más calidad de tales que una asociación de amigos de los castillos, y es como si no los hubiera. En China, el sistema penal nos es presentado con los atractivos de la sencillez, la desburocratización y la benignidad. Temo no poder creer realmente en estas virtudes. La justicia burguesa no es neutra, pero es fija, y permite un juego plural con la defensa y la acusación. Esos mamotretos de ius con sus múltiples divisiones, apartados, cláusulas, son complicados, pero son un avance inmenso respecto a los códigos orales, imprecisos, basados en la costumbre, en la religión, en la moral, Y no porque pierdan, como es deseable, su carácter burgués dejarán de ser prolijos, porque el hombre y sus situaciones son múltiples y los métodos democráticos son siempre lentos y complicados: sólo la arbitrariedad, el recurso a la metafísica o el totalitarismo pueden, en este campo, ufanarse de expeditivos, raudos y concisos.

Las masas acusan, las masas denuncian, las masas juzgan. Tan bellamente falso. Las masas son, en China, igual los dos mil obreros de una fábrica que las cinco personas de un pequeño taller. Entre las masas, en las células, secciones, brigadas, son los miembros del Partido los que esparcen las consignas, las siembran, abonan, esperan, recogen la cosecha de adhesiones y zanjan soberanamente. Todo lo que no permite expresamente está prohibido. Todo lo que no promociona está mal visto. Esto significa llanamente una dependencia extrema del individuo en todo momento de la opinión, un esfuerzo exhaustivo por corresponder al patrón, al modelo. Y significa una gran impotencia frente a acusaciones y denuncias. Los abogados fueron suprimidos, considerados como superfluos en un país que ha llegado al estadio de perfección de la dictadura del proletariado. No creo en las bellezas de los amigables juicios entre camaradas. El sistema conlleva por necesidad la arbitrariedad difusa, los gozos de la delación y la suspicacia, y entroniza firmemente algo tan peligroso como el delito de intención. Mantiene el cuerpo social en un estado psíquico de autocensura que es el más fino grado de la represión. Como justificación ideológica, no se recurre a factores racionales sino metafísicos, a la mitificación de la Clase Obrera, de su sabiduría e infalibilidad, y a su vicario, el Partido Único, depositario de esa infalibilidad, concentrada en última instancia en el Presidente: un tipo de estructura eminentemente religiosa.

En este terreno, los extranjeros vamos por cierto bien servidos en China-aunque quizá no mucho peor que los nacionales-con la ausencia de estatuto de derechos y deberes en lugar del reglamento de deberes y graciosas concesiones existente. La mitificación-bien manejada-del juicio infalible de las masas deja, en la práctica, a merced del primer histérico deseoso de apuntarse una buena nota de celo vigilante y ofrece campo franco a los grises y múltiples pretorianos del régimen: la policía política.

Sí, es grande la fragilidad de las palabras sin contexto. Por ejemplo, las declaraciones de estos responsables de Jong Yang que afirman la escasez de delincuentes y de enfermos mentales no mienten, pero no expresan la verdad y practican probablemente el deporte refinado de la retención mental. Las cosas en China pasan en gran parte a nivel de barrio, grupo de trabajo, tanto la denuncia y crítica de un delito como, en familia, el cuidado del enfermo mental. Es lógico pues que, oficialmente, haya un número bajísimo de delincuentes y alienados.

 

 

A la hora de partir, sorpresa, sorpresa: se nos presenta una cuenta astronómica por el minúsculo desplazamiento en microbús-que nosotros no pedimos-y por la habitación en la que sólo hemos estado unas horas. Mala leche, timo, pero inútil discutir por inocente-el médico, que parece respetable-interpuesto.

Naturalmente hemos dicho al responsable que viajamos en segunda o tercera clase en los trenes. Hemos acallado sus manidos argumentos con la experiencia pasada y se ha plegado a la evidencia. Ello no le impide, para coronar nuestro paso por Jong Yang, intentar una última faena. Llega un tren, se detiene, y entonces nos dice que sólo hay primeras según el jefe del vehículo.

-¡Corran! ¡Suban! Para pocos minutos.

-¿Sólo primeras? ¡Qué lástima! Pues nos quedaremos en Jong Yang hasta que pase un tren con más plazas libres.

Y permanecemos en el andén con nuestros bultos.

-No pueden quedarse en Jong Yang.

-No podemos viajar en primera.

El responsable descubre brusca y casualmente que hay plazas en segunda. Subimos embriagados por la victoria. Ahora sí vamos entre chinos, maravilla, en compartimentos de seis literas, abierto, sin puerta de pasillo. Todo está limpio y confortable. Las literas constan de colchoneta, sábana, manta y cojín. La mayoría de los viajeros son soldados de permiso. No faltan, por supuesto, dos guardias que se ocupan de nosotros, amén de la solicitud especial de las muchachitas encargadas del vagón. Nos tendemos en las colchonetas. Los otros viajeros nos miran a hurtadillas y nos ignoran. Vista en perspectiva desde un extremo la fila de literas, los pies de Charles, que sobrepasa a la suya con su gran estatura, forman un brusco paréntesis de nylon azul.

 

 

18-Enero-1974

 

El altavoz prodiga, a las cinco y media de la mañana, marchas militares, consignas, citas, violín chino y melodías folklóricas, las mismas todas las mañanas en todos los trenes, pero en primera apenas sí se oían.

-¡Mierda! ¡Mierda!-insiste Joseph, con la cabeza bajo el almohadón.

No le veo yo porvenir a este muchacho en Amistades Franco-Chinas cuando vuelva a París.

La estación de Kwanchow (Cantón) ya habla de la metrópoli: Un abanico de vías, trenes de lujo con destino a Hong Kong.

A la salida, panorama de gran ciudad, la plaza de la estación con sus parterres, el cielo nublado pero sin lluvia, el aire fresco y cargado de humedad.

El intérprete nos deposita en un hotel de primera estilo felices treinta: cortinajes, laqueados, columnas, arañas. Conseguimos que se nos aplique la tarifa reducida de trabajadores en China tras larga discusión previa. Tomamos dos habitaciones dobles sin que se manifiesten los escrúpulos de Kweilín. No falta confort, al contrario, pero la atmósfera es solemne, plúmbea y cara. Los camareros nos sirven en servicio de plata un mal café y unas buenas tortitas en un comedor ceremonioso.

Kwanchow es la típica ciudad del sur por sus casas con terrazas y fachadas acristaladas, sus umbrías aceras porticadas, apertura al exterior que es el opuesto de los eternos muros grises de Pekín. Las callejuelas están empavesadas de ropa puesta a secar en palos. Kwanchow es el puerto, en la desembocadura del río Perla, con sus muelles, sus puentes metálicos rematados por grandes caracteres blancos y rojos de consignas, sus juncos, barcazas, lanchas, surcando el agua a motor y a remo.

Kwanchow es la cosmopolita, la vecina de Hong Kong. Los chinos del enclave británico venidos a pasar la Fiesta de Primavera con sus parientes del otro lado, los extranjeros en viaje de negocios llegados para asistir a la Feria de Cantón, nos parecen tanto más llamativos cuanto desacostumbrados.

Kwanchow, para quien ha estado en Pekín, es otra China. Estamos a dos mil kilómetros del centro burocrático y político, de la sede del Partido, de la capital del seco norte azotado por los vientos de Mongolia. El delta del Perla es uno de los puntos más poblados del mundo desde hace milenios; también es el lugar de partida de la emigración china a ultramar y el de llegada y asentamiento europeo. Los occidentales popularizaron como nombre de la ciudad el de Cantón, que es en realidad el de la provincia entera.

Kwanchow es la ciudad tropical en fin por su vegetación. Los árboles son espléndidos y de las ramas cuelgan flores naranja, amaranto; hay parterres de peonías, dalias, rosas, ¡en enero!. Profusión de palmeras.

Del otro lado del río, en esta bifurcación del delta, el latido sordo de los motores y el choque del agua plomiza, compacta de suciedad. Durante un segundo podría ser los Países Bajos. Una barcaza con bandera china atraviesa y destruye este paisaje del Escalda. La luz difusa y perlada cae sobre los juncos y sobre los hombres que, de pie, hunden y levantan los largos remos. Alguna que otra barca de vela rectangular y cobriza.

Y por último hay el olor, el mismo olor de Túnez, a humedad, cocina, flores y cloacas.

 

 

El idioma es pobre cuando se buscan palabras para definir al intérprete que nos corresponde en esta ocasión. Quisiera morir con la sonrisa en los labios y para ello creo que bastará el que, mientras me debato en las angustias de la agonía, alguien me susurre Acuérdate de Dadá. Dejando de lado la limitación y oxidación de su francés, sus gestos desarticulados, de un prusianismo Mao, no eran sino el aderezo de una actividad mental inefable. Cuando fabricaron a Dadá algo quedó mal conectado en su programación. Sus expresiones pertenecían por derecho propio al surrealismo, y por ello, necesariamente, le bautizamos con ese nombre.

Nuestro intérprete es originario de la provincia de Junán. Lleva dos años en Kwanchow. No lo conoce.

-¿No pasea usted por la ciudad?

-No.

-¿Los domingos?

-Los domingos siempre me quedo en casa. Señores, la Oficina de Extranjeros ha confeccionado un programa de visitas para ustedes.

-Tenemos ya apuntados algunos lugares que nos interesan-dice Charles.

-¿Ah, sí?. Bien; denme los nombres y, teniendo en cuenta que son ustedes amigos amigables que trabajan en China, se hará lo posible. Porque con los turistas corrientes no se sigue igual comportamiento que con los amigos amigables.

 

 

El primer día visitamos la Mezquita de Cantón. El hotel se halla en las afueras, vamos con Dadá hasta el monumento en autobús; nuestro intérprete tiene la virtud de no empeñarse en que tomemos un coche. Vista desde lejos, la torre de la mezquita es extraordinaria: un alto cilindro sin huecos, con otro cilindro menor arriba al que el remate bulboso da aire fálico. La torre recuerda de inmediato a un faro, sin ningún parecido con los minaretes.

Tomamos asiento en el salón, un salón, por primera vez, personalizado y bello, acogedor. Un anciano de aspecto digno comienza a dar explicaciones que Dadá traduce con altibajos. Según la leyenda, la mezquita fue edificada por el cuñado de Mahoma-cuyo mausoleo está en el Jardín de las Orquídeas-el año 626 d.C. (la fecha me parece insólita por lo temprana). El 700 había muchos árabes en Kwanchow, sobre todo mercaderes. Vivían éstos alrededor de la mezquita, situada por entonces en la ribera del río, que hoy ha cambiado de lecho. Aquí se detenían los barcos, y la mezquita era el faro. Hoy el régimen mantiene el edificio pero prohíbe la enseñanza de la religión y el Corán. En cuanto al culto, no hay oficiantes. Algunos ancianos acuden todavía a orar aunque no se llama a la plegaria desde el minarete. Los miembros de la Asociación Musulmana de la Mezquita alquilan cien apartamentos, con lo cual se paga el mantenimiento del templo.

En China existen diez minorías musulmanas, que totalizan diez millones de personas, es decir, un tercio del conjunto de las minorías nacionales. En Cantón es la minoría Huei, en Sinkiang los uigures. También hay musulmanes en la región autónoma de Nishia.

Subimos al minarete, desde el que se divisa un amplio panorama. Nos muestra luego la sala de plegarias. Buena ocasión para saber si la mezquita está viva aún. Hago ademán distraídamente de echar a andar por la sala.

-Por favor, sin zapatos-me dice rápidamente el anciano.

Funciona.

Los coranes y libros de plegarias que examino están vocalizados, para facilitar supongo la lectura. Normalmente, en árabe, sólo se escriben las consonantes. El repintado ha hecho desaparecer las inscripciones de las paredes. No faltan en el techado las tres bolas del Islam y el color sagrado: las tejas verdes. También las vidrieras son rojas y esmeralda. El interior es una mezcla curiosa de árabe y chino con infinitamente más del último, pero del arte musulmán, de las mezquitas que conozco, ha guardado ésta lo más precioso: el aire recoleto, la calma y la frescura, la ligereza y la sencillez acogedora de los interiores, descargados de barroquerías chinas. Cal y escritura, las letras árabes, con sus altos y curvos cuellos de cisne.

Mucho se nos ha hablado de la tolerancia china en lo que respecta a las religiones. Al final de nuestra visita, se nos trae un libro para que firmemos una líneas. Hay en él autógrafos, dedicatorias e incluso fotos de ilustres turistas. Sonrío al tropezar con la letra de Ruiz. Tras los franceses, cuando me llega el turno, escribo Espero que algún día la tolerancia será algo tan natural que no habrá por qué hablar de ella.

Dadá, al traducirlo al chino al pie por encargo del anciano musulmán, me dice, entre grandes risas:

-¡Es muy profundo lo que ha puesto usted aquí!

-Hombre…

Dadá ha tenido, durante la traducción, golpes inefables. Ha traducido sistemáticamente mezquita por iglesia, hemos tenido que salirle al paso continuamente porque, sin la menor idea de religión alguna, echaba mano a elementos dispersos de todas para traducir. En ocasiones consideraba pertinente marcar su posición personal, se paraba y decía con gozosa risa:

-Son costumbres de viejos. Cosas de la antigua sociedad. Los jóvenes, yo, no hacemos nada de esto.

Explicación superflua.

La tolerante China Popular…Depende. No se ha puesto a católicos, budistas, musulmanes, el cuchillo en la garganta para que abjuren o mueran, pero se les mantiene como a un hombre al que se le deja con vida habiéndole cortado las manos y la lengua. Todo está dispuesto para que la religión muera con sus últimos fieles hoy ancianos. Respecto a los católicos, el sacerdote puede oficiar la misa, pero debe leer antes un texto de Mao Tse-tung, la confesión, por su carácter íntimo no controlable, está prohibida. Las religiones son arrasadas de hecho, a cámara lenta, y con una eficacia muy superior a una persecución brutal. Cierto que los niños pueden ser instruidos religiosamente por sus familias, pero, dado el gran control a todos los niveles, la fuerza formidable de la presión social y escolar, mal veo el porvenir de un, pese a todo, heroico religioso practicante. En religión, como en partidos políticos, Mao es amante celoso que no tolera rivales.

A la salida, nos sumergimos en las calles, en su multitud cobriza. Muchachas con chaquetas turquesa y una mecha de cabello recogida sobre la coronilla por una hebra rosa. Se come, lava, discute, cose, trabaja, en la acera, y no es extraño si se echa un vistazo a la oscuridad, al aspecto angosto y mínimo de las habitaciones. Pensamos en el hotel, sus muebles recargados de curvas en pesada madera oscura, los cuadros minuciosos hechos con plumas o pétalos, los biombos, los brocados, toda esa profusión de dorado, amarillo, verde, flores, mariposas, pájaros, frutas, y, al otro extremo, cemento gris, sombra, monotonía sin la menor concesión a la estética.

Recuerdo aquel pueblo de Túnez, sin embargo explotado y miserable, que había hallado empero la llave de la belleza en las formas sencillas, en los colores, en el violeta, naranja, turquesa, añil, en la sencillez de una estera, una mesita redonda, una orza de barro y un arbusto de jazmín, en sus paredes encaladas y en sus pobres y limpios interiores.

Creo que nunca podremos realmente hacernos cargo de cuál ha sido el estado antiguo de miseria en Asia, miseria sórdida y hacinada, que les hizo acostumbrarse a comer cuanto se ha incorporado luego al refinamiento: mono, serpiente, gato, rata. Hoy vemos una mayoría de gente con apariencia saludable, una minoría excesivamente delgada y mal vestida, y varios francamente harapientos. Las enfermedades de los ojos no son raras. El aire es polvoriento, suelo y paredes sucios (¿o es la vieja costra gris?), el cerdo cortado en tiras cuelga en salazones junto con la ropa puesta a secar. En enero ya hay en Kwanchow algunos mosquitos y moscas. El trabajo de desinfección y desinsectación que se lleva haciendo en las riberas del Perla es sin duda extraordinario. El problema del número y de la miseria es todavía un largo camino de empellones y tenacidad.

 

La cocina de Kwanchow tiene fama de ser la mejor del país, sin embargo tenemos serias dificultades para nutrirnos. Entramos al azar en un restaurante, subimos al primer piso. Es un lugar encantador, con mucho de casa de té, muebles de bambú. El cocinero nos propone un menú de cinco platos especialidad de la casa. Decimos que muy bien. Nos traen el primero: setas en salsa. Muy bueno. El segundo: champiñones fritos. Bien. El tercero: setas mezcladas con verduras. El cuarto: brotes de setas. El quinto: sopa de setas. Inútil decir cuál es la especialidad exclusiva de la casa. Llega la cuenta. Altísima.

En el hotel hemos decidido comer de vez en cuando, y hemos solicitado para ello la tarifa experto, de manera que, a cambio de la reducción, no podemos pedir menú, sino aceptar el que nos sirven o pagar los muy elevados precios de un plato a la carta.

La gente es mucho más expansiva, risueña, que en Pekín. En el autobús, al volver por la tarde al hotel, trabamos conversación con tres muchachos, estudiantes de electricidad en un colegio no lejos de nuestro albergue. En el chino penoso de Joseph y en el casi inexistente nuestro, vamos conversando. Como ya están de vacaciones por las fiestas, les proponemos salir juntos mañana a pasear por la ciudad y aceptan. Les acompañamos hasta su escuela.

Establecer contacto directo con un chino es algo tan insólito en China Popular como que en Europa el empleado de una ventanilla te invite a pasar a tomar café en su oficina, así que no damos crédito a nuestros oídos. Se ilumina el horizonte con todos los tonos de la esperanza. Joseph florece:

-¡Esto levanta la moral! Si ya os decía que eran los burócratas de Pekín. Aquí los camaradas son distintos. Mañana, a las nueve, salimos con ellos, charlamos…

-Si no hay contraorden…-insinúo.

Una veintena de personas que hablan español cenan en dos mesas próximas a la nuestra. Son argentinos. Es el tipo de gente ante la que se le cierra a una el puño solo, millonarios que están dando la vuelta al mundo y mañana parten rumbo a Pekín. Las mujeres son, sobre todo, terroríficas: mantis religiosas empastadas de maquillaje, los ojos y la boca ferozmente pintados, joyas que penden sobre sus escotes flácidos y empolvados; hombres triponcitos, blandos, inexpresivos, con gruesos relojes de oro y mirada vacua.

-¡Oh, oh! ¿Ustedes trabajan aquí? ¡Qué apasionante! ¿Cuánto ganan? ¿Se llevan bien con los chinos? ¿Tienen independencia en su trabajo?

Joseph, que, siempre sociable, se ha unido y al que sirvo de intérprete, les dice que somos totalmente libres de enseñar lo que queramos.

-Pero no es cierto-comento con él más tarde.

-Excepto de enseñar conceptos burgueses, evidentemente.

-Estamos muy controlados, lo sabes. Quizás en tu escuela menos. Hay problemas. Algunos de nosotros los tienen, y muchos.

-No podemos decirles eso a esa gente. Entre contestarles que somos totalmente libres o que estamos oprimidos, prefiero lo primero.

-Hay términos medios. Hay la verdad.

-A esa gente no se le puede decir la verdad.

 

 

20-Enero-2003

 

Mientras Lucie y yo terminamos de desayunar, Charles y Joseph se han marchado a buscar a los muchachitos de anoche. Regresan solos.

-Dijeron que sentían no poder acompañarnos, pero que tenían trabajo.-rechina Joseph.

Hablando en romance, que los inocentes pidieron permiso a las autoridades de su escuela para venir con nosotros y éstas, cómo no, se lo prohibieron.

-Mirad quien llega-indica Charles.

Dadá, todo brazos y sonrisa equina, se acerca agitando un papel:

-Tengo su programa de visitas. Hoy iremos al Instituto del Movimiento Campesino.

-Bien, bien. ¿Qué autobús nos lleva?-Desplegamos el plano de la ciudad. Dadá, que no tiene ni idea de la ruta, nos mira, sonriente, y comenta:

-Ustedes son unos amigos extranjeros muy…muy interesantes. Van por su cuenta, no toman coches…

Se nos hace la presentación de esta escuela en la que dieron clase a los futuros cuadros revolucionarios Mao y Chu En-lai. De ahí pasamos al recinto del enorme edificio vecino, el Museo Revolucionario de la Provincia de Cantón, estilo ruso sin excesiva pesadez, encristalado, moderno. Le corona desgraciadamente una antorcha gigante de rojas llamas pétreas, de forma que las dos construcciones ofrecen un contraste brutal: en primer plano el pabellón estilo Ming, con sus tejas vidriadas y la gracia de sus aleros, detrás la antorcha macabra. Por medio de esto fuegos revolucionarios petrificados los chinos han logrado destrozar los más bellos panoramas.

-¿Qué edificio le parece más bonito?-preguntamos a nuestro intérprete.

-Éste-responde al punto Dadá señalando al moderno, sin mirar siquiera.

-Mire por lo menos. ¿No encuentra bonito el antiguo pabellón Ming?

-Es viejo-responde Dadá, muy satisfecho de sí.

La guía es una deliciosa muchachita que rezuma simpatía. Felizmente el museo no se halla cerrado, como tantos otros, a consecuencia de la Gran Revolución Cultural Proletaria. Está lleno de interés. La Rebelión de los Boxers, he aquí su bandera negra, triangular, con un emblema de tres bolas unidas por barras. Maqueta del barco en el que, en medio de un estanque en Shanghai, tuvo lugar en 1921 el primer congreso del Partido Comunista Chino. Fotografías de los fundadores, pero sólo de seis; faltan tres. Los dirigentes chinos ocupan sin duda un personal numeroso en hacer y rehacer la Historia. Los personajes importantes del Partido que, en un momento dado, han caído bajo la purga de turno, no sólo han sido borrados políticamente, sino que se ha tomado cuidadosamente la Historia desde que estas personas comenzaron a figurar en ella y se ha borrado, modificado. Mao Tse-tung ha llevado al límite unos métodos de fabricación del pasado que se diría pertenecen a la ciencia-ficción. El miembro X del Partido es un veterano glorioso, venció en tales batallas, propuso tales medidas, apoyó tales iniciativas, testimonios gráficos y escritos le muestran desde los albores de la Revolución China entre sus filas, libros y periódicos citan su nombre, reproducen su imagen, a los que visitan los lugares sagrados revolucionarios se les muestra dónde X estuvo, en torno a qué mesa habló con Mao. Llega la purga. Un mes después es el silencio total sobre X. Se diría que su nombre y su persona han sido borrados de las memorias, de las mentes, como se borra un encerado. Mientras tanto, son recortados, expurgados, tachados, reimprimidos, libros, fotos, películas. El Cuerpo de Neohistoriadores (debe de existir) entra en los museos, remonta los años y los reescribe, con ese voluntarismo y ese desprecio por los hechos objetivos y por los individuos que es una característica estremecedora de este sistema. Ya tenemos al miembro del Partido X reducido mitad a malvado nato, mitad a nada. No ganó batalla alguna. Si tuvo aciertos, fue gracias a las acertadas indicaciones de Mao, contra sus propias tendencias erróneas. X no militó. X no ha sido, y si fue algo, es nocivo y malo. Y como Mao al parecer gusta de segar periódicamente lo que crece unos centímetros en torno suyo, a los Neohistoriadores y Expurgadores, al Departamento de Remodelaje, con sus secciones Cronológica, Mental, Literaria y Gráfica, no le falta tajo jamás.

Las paredes del museo nos van ofreciendo la historia de los movimientos obreros chinos: la bandera de los huelguistas de Jong Yang, testimonios de las huelgas de Hong Kong de 1925, la más larga de las cuales duró dieciséis meses, y fotografías de sus dirigentes, en su mayoría rostros decididos, serios, jóvenes, ardientes, con mirada aguda y voluntariosa.

Otra fotografía muestra una manifestación de rusos en apoyo a los huelguistas de Hong Kong. Vemos también al jefe del Partido Comunista Alemán que recibe al representante de los sindicatos chinos para manifestarle su solidaridad con la huelga. Continuamos. Los movimientos campesinos de Cantón, en 1925. En medio de la sala, la bandera comunista de las sublevaciones campesinas, triangular, roja, con, en vez de la hoz y el martillo, un arado. Escritos de Stalin. Foto de un campesino pobre al que el terrateniente ha arrancado los ojos y cortado los dedos. En vitrina, el original del Análisis de clases de la sociedad china, de Mao Tse-tung, según el cual, en 1927 los terratenientes eran un seis por ciento de la población y poseían un cincuenta y dos por ciento de la tierra, los campesinos ricos un ocho por ciento y poseían un diecinueve por ciento de la tierra, los campesinos medios un once por ciento y poseían un trece, y los campesinos pobres un sesenta y nueve por ciento y poseían el seis por ciento.

Vemos a niños-obreros trabajando en fábricas. Grabados sobre la expedición al norte en 1927. Originales y primeras ediciones de Por qué puede existir el poder rojo en China y Una sola chispa puede incendiar toda la pradera, escritos por Mao en 1928, y la traducción en árabe y en español.

 

 

Noche. Dos mosquiteros. Un hombre y una mujer. Estoy leyendo a Edgar Snow en mi cama. El francés una novela policíaco-porno en la suya. Cada noche consume su ración de desnudos, coitos interruptus y non interruptus y orgasmos de papel. Luego apagamos la luz y hasta mañana. ¿Se le habrá ocurrido alguna vez cambiar de mosquitero al llegar a las páginas del acto sexual, a la descripción minuciosa de cómo hacía el amor la rubia espía americana con el malvado ruso? No. Este hombre justifica las palabras de Octavio: Para los franceses, la política es un deporte intelectual; y no sólo la política.

 

 

21-Enero-1974

 

Hace exactamente un año, el 21 de enero de 1973, cayó en domingo. Imagino que fue uno de aquellos duros domingos de Bruselas, en el que las calles se transformaban en grises desiertos. Hoy es China. Mañana no lo sé. El 21 de enero de 1973 estaba sola, con algunos amigos sin embargo en proximidad aunque cada uno de ellos tenía su célula familiar formada. Hoy estoy sola y a ninguna de las personas que conozco puedo llamarle amigo. A quince mil kilómetros, la vida teje de nuevo su tela, su tenaz arquitectura de la que se me excluye.

 

 

El problema alimenticio se intensifica. Es incomprensible en Kwanchow, capital de la gastronomía al decir de propios y extraños. Lo cierto es que en todos los restaurantes que exploramos pagamos caro, mucho más que en Pekín, y nos quedamos con hambre. No vemos bollería con que ir tirando, los pasteles son amazacotados. Entramos hoy a un modesto restaurante hui, musulmán, para, al menos, beber leche. Nos sirven cuatro vasos de condensada disuelta, empalagosos, que no podemos tragar. Pagamos. Joseph, que lee chino, ve en la pizarra que nos han timado cobrándonos más de la cuenta. Hace que nos devuelvan el dinero sobrante. Nos nutrimos de plátanos y helados. En el mercado hay jaulas con gallinas, pichones, patos, conejos de indias y dos monitos de ojos tristes, todos destinados a la olla. El no va más de la gastronomía cantonesa es la lucha del tigre y el dragón, plato confeccionado con gato y serpiente. También los sesos de mono, presentados de una forma bastante original: los comensales se reúnen alrededor de una mesa redonda que tiene en su centro un agujero como un cepo. Allí se encaja la cabeza del mono vivo. Se le parte el cráneo de un martillazo y se van tomando los sesos tibios con cucharilla, como un huevo pasado por agua. Éstos son platos excepcionales que, como afortunadamente no éramos  huéspedes ilustres, no probamos.

Tampoco en el restaurante del hotel hallamos consuelo. Puesto que pagamos la tarifa cooperante, tardan en servirnos horas y los menús van dedicados al honorable experto amigo de China, es decir, al pariente pobre: pellejos nadando en oscuras salsas, elementos no identificados, y siempre despiadadas fuentes de flores amarillas cocidas, primas hermanas de nuestras margaritas campestres, con gruesos tallos ácidos, en salsa. Entre uno y otro plato transcurren siglos, y hemos de contener las iras de Joseph, a punto de ebullición, mientras Charles, con una sonrisa perdida en el vacío, musita:

-Un trozo de camembert y una botella de tinto…o unos crepes a la bretona, con jamón y champiñones…

Visitamos la comuna popular de Sian Tiao, a veinte kilómetros al sur. El paisaje es de un verdor luminoso. La comuna es, desde luego, modelo, esplendorosa de vegetación tropical en el aire fresco y el sol tibio de enero. Todo está limpio. Hay edificios nuevos y la gente va vestida por encima de la media. Es vegetación apretada, de oasis, que habla de trabajo, rico suelo y abundancia de agua. Vemos piña, aceituna, plátano, frutas desconocidas, y muchos viejos frutales y bambúes gigantescos que indican que la tierra ha sido cultivada desde antiguo.

Nos sentamos a la mesa, en el hotel. En un adagio moderato, van aterrizando sobre el mantel fuentes que confirman nuestros negros presentimientos, entre ellas una pila de flores amarillas en salda.

Agotado de la dura mañana, Dadá duerme en un sillón cuando bajamos.

-Traducir no es fácil-nos explica al despertar-A veces sé las palabras pero no veo bien los significados.

Le aseguramos que comprendemos las servidumbres de la dura profesión de intérprete. Por la tarde, durante el paseo, refresca y el cielo está velado. Preguntamos a Dadá:

-¿Cuándo suele hacer mal tiempo en esta región?

-En China el tiempo siempre es excelente-nos responde sin vacilar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Visita a la comuna popular de Sian Tiao, a veinte km al sur. El paisaje es de un verdor luminoso. La comuna es, desde luego, modelo, esplendorosa de vegetación tropical en el aire fresco y el sol tibio de enero. Todo está limpio, hay edificios nuevos y la gente va vestida por encima de la media. Es vegetación apretada, de oasis, que habla de trabajo, rico suelo, y abundancia de agua. Vemos piña, aceituna, plátano, frutas desconocidas, y muchos viejos frutales y bambúes gigantescos que indican que la tierra ha sido cultivada desde antiguo.

Nos sentamos a la mesa, en el hotel. En un adagio moderato, van aterrizando sobre el mantel fuentes que confirman nuestros negros presentimientos, entre ellas una pila de flores amarillas en salsa.

Agotado de la dura mañana, Dadá duerme en un sillón cuando bajamos

-Traducir no es fácil-nos explica al despertar-A veces sé las palabras pero no veo bien los significados.

Le aseguramos que comprendemos las servidumbres de la dura profesión de intérprete. Por la tarde, durante el paseo, refresca y el cielo está velado. Preguntamos a Dadá:

-¿Cuándo suele hacer mal tiempo en esta región?

-En China el tiempo es excelente –nos reponde sin vacilar-.

 

22-enero-74

El arte chino Ming puede ser desagradable y recargado, pero su arquitectura, los detalles de techos, cornisas, dinteles, estatuas guardianas, suelen tener bastante encanto. Contra la tendencia a hacer del jardín la maqueta de un universo, con laguitos, puentes y vericuetos y el horizonte rectangular del muro, el templo taoísta de Shen Hai-lu (“Pabellón que domina el mar”) se rodea de altura y de olvido. Es una gran balconada de cinco pisos en disminución, sobre la ciudad. El entorno descuidado tiene atractivo silvestre y sus dos leones rojos, con abundantes mataduras de desconchones, son bellos. Las airosas esquinas del alero se rematan en figurillas exquisitas de peces que brincan sobre las tejas verdes.

En el jardín reposa una notable colección de estelas y los cañones alemanes utilizados en la guerra contra los imperialistas en 1867. tanto el exterior como el interior del edificio, transformado en museo de Historia, están bien cuidados, pero algunos departamentos no pueden visitarse por hallarse todavía en período de arreglos tras la Revolución Cultural. Se podría deducir, de los múltiples museos cerrados tras 1966, en los que se incluye el enorme museo doble de Historia de la Revolución e Historia Nacional en la plaza de Tien An-men, de Pekín, que la Revolución Cultural se  ensañó con éstos y que los guardias rojos no dejaron objeto artístico sano, puesto que siete años después las reparaciones continúan. Quizá la purga y remodelaje histórico de 1969 ha empalmado con la de 1971; y, como el tiempo tiene poco valor en China, incluido tanto el tiempo disponible de vida individual de los nacionales como el escaso del visitante, no se ve inconveniente mayor en dejar durante años cerrado el más hermoso parque de Pekín, Pei Hai, o las salas del Museo Nacional.

A cada piso del Shen Hai-lu saltamos unos siglos. Primero se trata de piezas prehistóricas, de alfarería, y extraordinarios recipientes de bronce. Los albores de la civilización china son de una riqueza impresionante y mal conocida en Occidente. Toda una fila de vitrinas está dedicada a las casas en miniatura que acompañaban a los muertos en su reposo. La vida cotidiana está reproducida a ella con todo su frescor en estatuillas de tierra de animales de corral, de caballos, de camellos, de servidores, de utensilios, y cada casa es distinta, es obra única.

Avanzamos en el tiempo. Loza blanca de una limpidez total, rebanadas de luna. Retazos de tela bordada. Recipientes zoomorfos, trípodes, joyas. Después ya los orondos jarrones Ming preparados para asaltar los salones burgueses del mundo entero. Por último la actualidad: reproducciones minuciosas de motivos tradicionales dedicadas a la exportación; y estatuillas y cuadros hechos con paciencia y técnica, pero unos insípidos, otros francamente horrendos, primos hermanos de la antorchas pétreas. La parte correspondiente a la Historia Moderna de Kwanchow, con material gráfico y testimonios sin duda de gran interés porque la ciudad lo tiene, no se visita. Kuemen (“Está cerrado”).

En el último piso, se nos ofrece té sentados en sillones de mimbre en la veranda, la ciudad entera a nuestros pies. A decir verdad vista desde aquí Kwanchow parece bien poco china, con su imponente estadio de fútbol, las casas de estilo moderno y las torres picudas de la antigua iglesia cristiana. Contados tejados chinos. Incluso es occidental en la contaminación espesa. Kwanchow, la ciudad fundada por cinco genios montados en cinco cabras, según la leyenda, y en el siglo III a d. C. según la Historia, la más occidentalizada y democrática desde el siglo XIX. En ella el mandarín Lin-Tse hizo destruir en 1839 un cargamento del opio con cuyo fructífero comercio se enriquecían los británicos. En 1954-55 los Tai-ping se sublevan contra los manchúes. En 1925 los obreros de Kwanchow se unen a los de Hong Kong para desencadenar la gran huelga. En 1927 Tchiang Kai-shek asesina a cinco mil obreros.

La visita nos alejó del centro antiguo, congestionado y pobre, para revelarnos barrios de factura más moderna, avenidas sombreadas por palmeras, y campos con filas de legumbres marcialmente alineadas, de calidad extraordinaria, rabiosamente verdes. Ahora es tiempo de sumergirnos hasta las orejas en la aglomeración; estamos en víspera de la Fiesta de Primavera, el Año Nuevo lunar, que es en realidad el verdadero año nuevo chino. En la calle hay una atmósfera de fiesta contagiosa, con dos notas predominantes: flores y petardos. En bicicleta, a pie, la gente va ramo en mano. Crisantemos de todos los colores, crisantemos sobre todo blancos, espléndidas dalias rojo sangre, anaranjadas, granate. Ramas de almendro con sus capullos plumosos, de ciruelo, de manzano, tan arregladas que no se sabe si son simples ramas o arbolitos enanos. Un abuelo desenreda y peina pacientemente un ciruelo en su maceta. De arbustos en miniatura penden mandarinas del tamaño de nueces.

Las tiendas están abarrotadas y hay colas kilométricas para comprar dulces y frutas. El tono que predomina es de desparpajo y alegría notables: se discute, bromea, ríe, grita. Las luchas homéricas para entrar en el autobús y tomar asiento son un deporte nacional sin sentimientos bélicos. Entre el batiburrillo y el trasiego, rara vez se producen riñas. El precio elevado del vino y de la cerveza deben de tener parte en ello. El ambiente es más, mucho más flexible que en Pekín; algunos jóvenes fuman, las parejas se cogen del brazo-sin excesos, por supuesto-.

Si se ve en China una muchacha con el pelo largo suelto, o bien acaba de lavarse la cabeza o bien estamos en el sur. Una chiquilla de quince o dieciséis años, sorprendida, fija en mi una rápida mirada y su media vuelta brusca hace ondear la melena que le cubre la espalda y los hombros. Joseph filma. Una muchachita que venía muy decidida se detienen en seco, con sus crisantemos blancos y rojos y su chaqueta rosa nueva.

Todo a lo largo, un entramado de bambú forma los puestos en los que se venden las flores y las ramas. Las mamás deambulan con su bebé a la espalda metido en un cuadrado de tela atado al pecho con cuatro cintas. Enfrente las familias se fotografían. El fondo y la postura son importantes; se hace cola para hacer tomar la foto en una roca que sobresale cerca de la orilla del lago, en una ventana abierta en el seto. Dos muchachas y un chico pasan en barca remando; les tomó dos fotos y se ríen; atraviesan bajo un puente de juguete, justo a la medida de la barca bordeada de tiestos con flores rojas y blancas (insistencia en el blanco y el rojo, como en los papeles de consignas).

Por la noche, en el parque, se va del gran teatro principal al de marionetas, de éste a la sala de proyecciones, de aquélla a la noria, poco frecuentada. Un grupo la contempla a prudente distancia y goza cuando nosotros nos montamos.

En escena, los soldados hacen números cómicos, ciertamente más digeribles que los gestos heroicos usuales. Escolares y amas de casa se pasean llevando brazalete rojo; son los que cuidan de que se respeten los adornos, las flores y al orden. Grandes faroles rojos y lucecitas de colores. Los fuegos artificiales fueron prohibidos a partir de la Revolución Cultural, juzgados demasiado onerosos. Los que pueden y quieren lanzan modestas bengalas. Los petardos ametrallan sin cesar.

La multitud nos parece increíblemente variada y alegre tras los meses en Pekín. No sólo hay mujeres con largas melenas flotantes color ala de cuervo, sino también otras con ondulado de permanente, o con el pelo recogido a la manera de Kwanchow, en una mecha lateral. Las chaquetas, abrochadas de la forma china tradicional, son de tonos vivos, estampadas de flores, los pantalones no flotan en las caderas como en la capital, y los calcetines son de un destape amarillo canario, rojo, azul eléctrico, violeta.

Empieza realmente 1974.

 

 

 

Vamos con Dadá a la estación a confirmar mi billete para Hong Kong. El visado de salida y entrada ya estaba hecho desde Pekín. Hay multitud de personas y una fila de puestos en los que compramos peritas.

-¿Sabe lo que le pasará si come muchas?-me pregunta Dadá con expresión pillina-Que tendrá… diarrea, ja, ja, sí, diarrea.

Nos miramos los cuatro. Dadá, feliz con el hallazgo, vuelve de cuando en cuando al tema:

-Diarrea ¿está bien dicho en francés?

-Perfecto.

-Ja, diarrea; ja, ja; sí, diarrea.

-Usted es de Junan; ¿le gusta vivir en Kwanchow?-le pregunta Lucía.

-Oh, sí, pero, saben ustedes, la gente del sur no es inteligente–sonrisa de conmiseración-De aquí- Dadá se golpea la frente, que da eco-Son distintos. En el norte somos otra cosa.

Terminadas las formalidades, Dadá me entrega pasaporte, visado, billete y horarios del tren. Se ha ocupado con celo y eficacia de mi visita a Hong Kong. Al salir de la estación, andamos unos metros hasta que advertimos que Dadá está perdido una vez más.

-Miradle. Ahí va–comenta, lacónico, Charles.

Dadá se lanza, agitando los brazos en todas direcciones, a preguntar furiosamente a los transeúntes. A la luz de un farol, nosotros consultamos el mapa y, una vez encontrado el número del autobús conveniente, guiamos a nuestro guía. De llegada al hotel, temerosos de la consabida fuente de flores amarillas en salsa, le explicamos nuestro problema.

-¡Estamos hartos de comer flores! ¡No hay día que no traigan una fuente cuando pedimos verdura!.

Y Dadá responde, muy seguro de sí:

-Pues yo he leído en un libro que en Francia siempre se ponen flores en la mesa.

 

 

 

24-enero-1974

En el silencioso comedor del hotel, los hombres de negocios toman ritualmente tostadas con mantequilla y huevos. Amanece nublado y fresco. Cojo el tren a las ocho y veinte para Hong Kong. El tren, con aire acondicionado, arranca entre dos parterres tupidos de dalias amarillas. A mi derecha, un hombre alto y bien vestido fuma. Una americana panorámica, dos metros de mujer llamativamente señalizado tipo Raquel Welch, llena el pasillo con sus idas y venidas y se despide de sus intérpretes chinos, que, al lado de su pelo rubio oscuro teñido platino, de las uñas de las manos pintadas de coral, las de los pies de verde, del maquillaje ladrillo y el suéter rojo, parecen minúsculos figurantes.

En la frontera, kilométricas colas de asiáticos para reunirse con los suyos con ocasión de las fiestas. Bajamos, y, tras las formalidades de rigor, montamos en el tren del sector británico, que se llena rápidamente de chinos–en el anterior tren iban en vagones separados-. Son chinos de Hong Kong: minifaldas maquillajes, tacones, joyas, imitaciones de piel. Llamativos, acicalados con exceso, el efecto, por contraste, es de una compañía de teatro. Un camarero obsequioso, a la caza de propinas, pasa ofreciendo whisky, Coca-Cola, etc, y lo sirve en vasos con cubos de hielo, refinamiento acogido con los brazos abiertos por los viajeros, para los que el cielo comienza con la llegada de los cigarrillos americanos. Los lavabos del tren están impregnados de orín y huelen terriblemente mal. A ambos lados de la vía el panorama ha cambiado: Montañas y luego chalets, edificios altos y chabolas de hoja de lata, que deben de ser una parrilla en este país caluroso. Seis gruesas tuberías aportan el agua de que carece Hong Kong. Charcos enfangados y cubiertos de una costra gris. Papeles, tablas, suciedad, algunas parcelas cultivadas, y desmontes. A veces, entre dos vertederos, se alinean tiestos de crisantemos blancos.

Hong Kong ha sido sin duda fabricado por maoístas ortodoxos puritanos; sólo así se explica una contraposición tan perfecta a la austera República Popular, de forma que el viajero, zambullido bruscamente en tan teatral concentrado de corrupción, aprecie debidamente el reino de virtud que deja tras sí.

China incluye, lógicamente, Hong Kong en el sagrado territorio nacional que un buen día será incorporado, pero se trata de afirmaciones de rutina sin gran entusiasmo. Este retal de mil treinta y dos kilómetros cuadrados, al este del río Perla, es infinitamente más útil británico. Centro de turismo y sobre todo puerto franco, es un vivero de divisas para China Popular, cuyos artículos, dedicados esencialmente a la exportación, no se encuentran en el territorio nacional pero sí en la concesión inglesa. Una tienda enorme, de cinco pisos, ofrece antigüedades e imitaciones, muebles, porcelanas, que no he visto jamás en Pekín, ni siquiera en las tiendas para extranjeros. Hong Kong recibe de China absolutamente todo lo necesario para subsistir materialmente menos el aire. Y lo paga. El capital chino es mayoritario al parecer. Hong Kong, a diferencia de Taiwan, es demasiado rentable e inocua para ser objeto de urgentes reivindicaciones.

Hong Kong se compone de la parte peninsular, Kowloon, y de la isla de Hong Kong. Tras la estación, se alinean los hoteles y un rosario de tiendas, anuncios luminosos, publicidad. Rebosa de mercancias, espectáculos, cosmopolitismo, turistas que dejan sus divisas y salen abrumados por el peso de aparatos eléctricos, cámaras, tomavistas, teleobjetivos, chinerías. Del café con leche al strip-tease, todo se ofrecen en abundancia, y a alto precio. Frente a Kowloon, en la tarde tormentosa, se alza, completamente irreal entre la bruma, un abanico de rascacielos, cubos largos, rayados, rectangulares y blancos, sólidamente pegados unos a otros.

No he conseguido que se me dé en China un céntimo de divisas en metálico; sólo un cheque canjeable en dólares Hong Kong en la Banca de China. Aterrizo, con la esperanza de que sea más barata, en una residencia del Young Women Christian Asociation. Las habitaciones son confortables. Trabo conversación con una señora mayor residente en mi planta, una dama alta, de expresión bondadosa y mística que trabaja en un organismo caritativo. El cuarto se paga por adelantado. Tengo algunos dólares sueltos que traje conmigo al venir a China. Abono una noche y bajo alegremente a cambiar mi cheque, para descubrir que estos tres días son fiesta y los bancos cierran. Angustia. Aunque está cerrado, golpeo el cristal de la puerta de las oficinas de la Bank of China. Me abren, pero, tras larguísimas explicaciones en inglés y francés, no me resuelven nada. Hago valer mi condición de experta extranjera venida a China para construir el socialismo en la agencia de viajes de China Popular, a la que me indicaron me dirigiese si tenía algún problema. Indiferencia total. ¿Será posible que en Pekín, al darme el cheque, no estuviesen al corriente de los horarios de las festividades en Hong Kong?.

Abandonada por las filiales de los camaradas, me vuelvo al capitalismo corrupto. La dama caritativa del hotel se porta de una manera excelente y maternal, me ofrece dólares si no consigue cambiar, me acompaña. Decididamente, a falta de socialismo, buenos son los cristianos. Un comerciante me da en efectivo al fin, con su buena comisión, el importe del maldito cheque. No pasaré tres días en la indigencia, podré comprar el aparato de casetes.

Paseo después de la cena, corto, porque estoy agotada por el viaje y los apuros para cambiar. En los kioskos, se amontonan las revistas sexy, las casetes que reproducen, los gemidos sexuales. En “Newsweek” un chino, que vive ahora en París, comenta su odisea en las prisiones de Mao, en el “South China Morning Post” los anuncios proponen call girls. En las fotos de los escaparates las muchachas del strip-tease despliegan sus más bien macizos encantos.

Son las nueve de la noche y mi gozo de cambiar de país se ve rápidamente enturbiado por el grupo de chinos muy jóvenes que me pesa, mide e interroga al pasar, por algún que otro chulo falto de carnada, y por el inevitable hombre maduro que no quiere pasar la noche sólo. Lamentablemente la libertad de esta zona libre se ve también reducida por el individuo mal trajeado y de ojos vivos posados en mi bolsillo que me sigue un buen rato. Las joyerías, los grandes hoteles y comercios de lujo se pagan mayores dosis de libertad que yo a base del agente de policía que monta guardia junto a la cristalera tras la cual hombres y mujeres impecables sorben consumiciones amenizadas por un pianista y un violín.

Un lisiado, un ciego, una madre con sus críos, diversos indigentes, todos chinos, ejercen su libertad de pedir limosna.

Entro de nuevo en la residencia. Cometo la grave equivocación, por costumbre adquirida en China, de no dejar propina, y el camarero no aprecia esta delicadeza. El ascensorista, medio lisiado, se me frota como mejor puede al salir de la cabina. Ya en la habitación, cumplo las instrucciones: cierro la puerta y echo la cadena de seguridad.

Se celebra ruidosamente el Año Nuevo durante tres días. Hay faroles de todos los colores. Las varillas de incienso humean a la entrada de las casas. Por el mercado, que ofrece una profusión de productos mucho más variada y cara que Pekín, pasea una procesión ruidosa, algunos tocan instrumentos, otros agitan banderolas en torno a un personaje que lleva, sacudiédola, una gran cabeza de tigre. Dentro de la cabeza policromada, por las fauces, entreveo los ojos burlones del porteador. Las muchachas se creerían maniquíes en día de asueto; sobre su lindo cutis se posa una fina y trabajada máscara de carmín, rosa, melocotón, negro, polvo plateado, sombra verde. Los chicos van impecables, con elegancia de mandarines standard aggiornados. Físicamente, hay más gente gruesa de la que  se ve en el centro de Pekín, pero la palidez ciudadana les da un aspecto menos sano. No conviene, sin embargo, respecto a Hong Kong, caer en las furibundas condenas puritanas de las que he visto hacer gala a extranjeros venidos a china Popular. Recuerdo que una francesa casada con un chino decía:

-¡Yo, a las chinas de Hong Kong es que no puedo soportarla, con ese aspecto!.

Y tantos comentarios por el estilo. Hay gente cuyo cerebro no funciona si no es a latigazos de prejuicios de valor.

Hong Kong no sólo es un corrupto puerto franco en el que un puñado de chinos sajonizados imita caricaturalmente a Occidente y no se le ocurre ni por pienso huir en masa (como sería, para ojos maoístas lo digno y patriótico) a China Popular. Hong Kong, que observo desde el pico Victoria, a quinientos once metros, tiene encanto. Por un lado, la ciudad, arqueada en cuestas y pendientes, polícroma, espinada de rascacielos. Por el otro lado, radas y playas solas, aguas claras.

Cojo el billete de vuelta en Travel China. Un joven regordete y clerical escucha impasible mis quejas indignadas por su falta de ayuda en el problema del cheque. Los camaradas, desde luego se han lucido. Tren de regreso. Según nos alejamos de la ciudad el panorama se empobrece y el suelo está más y más sucio. A los edificios de apartamentos, suceden las casitas de tejado gris y ladrillo, luego las tejas se transforman en paja, y por último pasa a ser chabolas de lata, alegradas por múltiples colores. Vuelta a cruzar el puente. De nuevo largas filas. Me hallo una vez más en estas salas de espera chinas tan perfectamente inhóspitas, grandes y glaciales, sofás y sillones disecados contra las paredes, mesas patizambas de madera oscura, los eternos sudarios crema revistiendo los tresillos, el eterno paisaje convencional pintado sobre tela y el cuadro minucioso fabricado con plumas, nácar o dientes de musaraña. Las tazas de té se alinean en fila de a dos. Suena un himno. En un rincón, los libros de Mao y revistas, en otro, un termo rosa. No cabe duda, es China, y, con todo, con la conciencia de esta monotonía, estoy contenta de estar en ella, de volver. Una muchachita despojada de toda coquetería, con el ancho pantalón de dril que recubre el interior de lana, y  las trenzas apretadas, lindo rostro travieso, me sirve un café con leche claro y dulzón. Hay otros viajeros europeos pero, como es costumbre, se sigue el sistema de esclusas y paso por sala de espera y ventanilla diferentes para las formalidades de aduana policía. En inglés, en chino, deseo sin saber por qué hacer comprender al empleado, militarmente vestido, que yo trabajo en China Popular, que no les soy ajena. Por mucho que les pese, siempre me quedará este lazo, lo que me lleva a sentir en común, a criticar y a decírselo a ellos mismos, lo que no permitirá jamás alinearme en los rangos de los amigos oficiales, de los incondicionales de sistema. No podré unirme nunca a los coros de alabanzas precisamente por lo que me liga a esta gente, por esa alegría silenciosa ante unas cosas, por esa rabia sorda y esa angustia pertinaz ante otras.

Nada más arrancar el tren, el grupo de extranjeros visitantes comienza a filmar por las ventanillas.

 

 

27-enero-1974

Los franceses se reparten como néctar y ambrosía el pedazo de queso azul que les traigo y me cuentan las últimas desdichas gastronómicas. Ayer pidieron el plato que figuraba en el menú como pato con salsa especial. Les llegó a la mesa una fuente de líquido pizarroso del que rescataron una piel, el pato había huido o provenía de un cruce con culebra.

Visitamos una fábrica textil. De vuelta, a la hora del análisis y del cotejo de notas entre los cuatro, se diría que la realidad se desgaja, mejor dicho, que no hay realidad posible, sino intención, historia, comparación, pasado, futuro, ideas…

Hoy, en esta fábrica, a cambio de cincuenta y cuatro horas semanales de presencia, los obreros reciben un salario y unas prestaciones sociales que les aseguran un mínimo vital suficiente, generoso en la cantidad del alimento, escueto y agrisado en el resto. Ellos aseguran a la empresa una dedicación sin igual. A más de no haber vacaciones anuales, sus actividades extralaborales giran en torno a la fábrica, sus horas y su persona se ven encuadradas en los grupos de estudio político, de actividades sociales, deportivas, etc. Habitan generalmente en el recinto o inmediaciones, en alojamientos muchas veces de la empresa. Sus desplazamientos más allá de este núcleo son muy limitados. El Estado les da una seguridad de empleo y vida totales, completas, redondas, en condiciones definidas, monocromas y estáticas. El Estado toma el producto de su trabajo, una fortísima plusvalía cuya regularidad y constancia no hacen peligrar los riesgos de conflictos ni reivindicaciones. Pero trabajan para ellos mismos porque ellos son el Estado, los dueños del país. Es otra dimensión de razonamiento ¡tan distinta del mundo capitalista!. Sus satisfacciones son de orden ideológico, moral, de conciencia política y social superior. ¿Privaciones?. Sí, puede que haya congelaciones de salarios, austeridad, y privación de lo que los burgueses llaman libertad. Estamos en la etapa histórica de la Dictadura del Proletariado, necesaria para llegar a una futura sociedad comunista.

Así responden Charles, Joseph, responden los responsables chinos respondo yo misma hace

bien pocos años.

Pero ahora ya no puedo responderme de la misma forma. El Gobierno actual se estableció hace

casi veinticinco años. No me sirve la continua referencia a la miseria anterior a 1949 por grande y cierta que fuera. Estas personas están viviendo sus vidas limitadas; a esas vidas concretas se les debe atención en sí. Futuros, Pasados, Grandes Mayúsculas, Patria, Entes Indiscutibles cuyo resplandor eliminó hace tiempo toda mirada serena y juzgadora. Puedo insinuarme en mi fuero muy interno, con temblor de anatema, que también en un sistema no capitalista hay explotación y que esa mítica, traída y llevada siempre a hombros, clase obrera no es dueña sino de las embriagadoras raciones periódicas de euforia, de un menú al que las grandes dosis de Nacionalismo, con su obligatorio reverso xenófobo, tapan con su fuerte sabor la monotonía de los platos. La manipulación y la alienación son recurso de todos los sistemas, pero cuando se trata de un universo estrictamente cerrado, no hay respiro ni escape posibles ni físico ni mental.

-¿Y el poder que representa una milicia popular de los obreros de la fábrica? Eso desde luego no lo tienen en Francia-observa Charles.

El poder, el Poder, el Proletariado en el Poder…Una escalada de énfasis. Esta gente, no por el hecho de que el dogma afirma que está en el poder, tiene poder alguno. Tras la revolución Cultural, desaparecieron los sindicatos, que, de todas formas, nunca fueron plataformas reivindicativas sino correas de transmisión de las directivas gubernamentales. Que las milicias continúen tirando a blancos que serán supongo maniquíes de soldados rusos. No se les ofrecerá sin duda la ocasión de combatir a un ejército capitalista que se les presente a las puertas con trompetas y atabales, pero viven diariamente en una atmósfera de combate que no corresponde a la realidad objetiva, que les halaga mostrándoles hacedores de grandes horizontes a la fabricación de los cuales no tienen acceso racional.

¿Puede pues existir una élite minoritaria que explota pero, no para convertirse en clase enriquecida? ¿Grandes acumulaciones, plusvalías, capitalizaciones no exactamente monetarias, de poder, de saber, de libertad?.

 

 

Tras meses de rogativas inútiles, va a ofrecérsele al parecer a Charles, durante nuestra visita de hoy al Hospital General de Kwanchow, anejo al Instituto de Medicina Sun Yat-sen, la ocasión de plantear cuestiones de psiquiatría. Con temblor entre esperanzado e incrédulo, Charles revisa su cuestionario, que ya tenía en la carpeta de desahucios.

Por el camino explica a Dadá, minuciosamente, pregunta por pregunta para que nuestro intérprete no tenga luego problemas de traducción. Se extiende especialmente en explicaciones sobre el complejo de castración. Tras ellas, Dadá afirma haber comprendido pero responde con convencimiento:

Ya. En China eso nunca lo cortamos.

Charles palidece y comienza de nuevo.

Llegamos en autobús y nos introducimos como los demás por el patio, entre la gente. Está pobladísimo. Nos hallamos en una sala de entrada repleta de público de la que parten pasillos y habitaciones. Por las puertas abiertas de éstas, entre el jaleo, vemos tendidos sobre camillas enfermos que parecen estar graves, a los que se administra sangre y suero. Un anciano ha sido alargado sobre un banco del hall. Por cuantos pasillos nos aventuramos, el mismo aspecto confuso y abarrotado. Hemos entrado por puerta equivocada. Alguien habla con Dadá, que avanzaba al azar ,con expresión de gran responsabilidad, por un lejano corredor.

Se nos conduce de nuevo al jardín. Bordeamos un lateral entre parterres floridos. Nos reciben al pie de una escalinata y puertas encristaladas. Se nos introduce en una sala amplia, con sillones y pantalla para proyecciones. Uno de los doctores–tres hombres y una mujer-comienza rápidamente la exposición sobre las actividades del hospital. Llega el turno luego a una película sobre el tratamiento de miembros seccionados. Este tipo de experiencias se iniciaron en 1963, la dificultad estriba en la irregularidad o regularidad de la herida y en el tiempo transcurrido desde la sección. Se han llegado a unir miembros seccionados hacía treinta y dos horas. Los estudios sobre animales, monos, probaron que era posible unir manos cortadas, situación frecuente en accidentes de trabajo. Se han tratado pues más de treinta casos de manos seccionadas, más de veinticinco casos de antebrazos. En el primer caso ha habido un setenta por ciento de éxitos, en el segundo un sesenta por ciento. Se estudia cómo resolver el caso de heridas de superficie muy amplia, hasta ahora fuera de tratamiento. Es preciso también mejorar la capacidad de movimientos de los miembros reinjertados.

En la pantalla, vemos unir una arteria. Luego un pie cortado más arriba del tobillo y recosido. Preparación para reinsertar una mano seccionad encima de la muñeca. Los médicos discuten previamente. La operada, ya restablecida, muestra su recuperación efectuando diversos movimientos. Experiencias con monos. Reinserción de dedos. Ejercicios de reeducación. El trabajador que ha sido intervenido con éxito cierra el reportaje agitando con su mano recosida el pequeño Libro Rojo.

Nos muestran luego la planta de niños. Los enfermitos crónicos disponen de una sala de estar con mesitas y de una televisión. Una nena entona en nuestro honor un canto a Mao. Charles mira, se rezaga, los niños son su especialidad, su profesión, ha creído reconocer algunos síntomas, pero el ritmo del paseo excluye altos, conversaciones.

Nos encontramos de nuevo en la sala para rituales preguntas, sugestiones y críticas. Charles ha plegado cuidadosamente su cuestionario psiquiátrico. Tampoco en esta ocasión. Paciencia.

-¿Qué vacunas son obligatorias?.

Aquí Dadá se supera a sí mismo. Durante diez minutos se lanza a traducciones fantásticas del término “vacuna”. Se lo explicamos. Joseph recurre a su chino, los doctores acaban viniendo en nuestra ayuda. El problema no es lingüístico, sino de desconocimiento por parte de Dadá del principio de la vacunación, por lo que sus traducciones dejan primero perplejos a nuestros interlocutores. Al cabo, pese a la hierática cortesía, un aire irónico comienza a flotar entre los médicos. Salvado el escollo, nos despedimos.

Nuestro viaje se acaba. Hemos permanecido en Kwanchow sin fatiga más del doble del tiempo que suelen detenerse los turistas. Último paseo al otro lado del Perla, atravesando el puente que fue escenario de una matanza de chinos durante las violentas sacudidas del yugo occidental y del autóctono. Al otro lado del puente, el exbarrio residencial europeo y americano, los hermosos edificios coloniales de dos y tres plantas rodeados de un jardín están habilitados para oficinas del Estado. Las fachadas se han agrisado roído; faltan cristales. Entre ambas filas de casas, un paseo ajardinado con árboles enormes, patriarcales, entronizados sobre madejas de raíces. Unos chiquillos huyen correteando en cuanto ven la cámara de Joseph. Una pequeñita permanece dudosa, se vuelve, camina unos pasos, gira, observa. Me acerco despacio, le hablo, le enseño mi aparato fotográfico, le hago gestos cómicos. No me atrevo a tocarla de miedo de que huya; los niños de China siempre me han parecido tan deliciosos como inalcanzables. Ella me mira, con su chaqueta de lana y su pañuelo de cuadros sobre los hombros, tirando nerviosa de la punta de una hoja de palma. Tras diez minutos largos, me recompensa con una sonrisa y se deja fotografiar, sin cesar de retorcer su hoja.

En la avenida que bordea el río, un cañón cuya inscripción reza que lo utilizaron en otro tiempo los imperialistas. Clavado al tronco de un árbol, un cartel sobre la condena de un delincuente Joseph desiste de fotografiarlo tras observar las expresiones de la gente cuando levanta la cámara. Regreso hasta la gran plaza donde desemboca un puente metálico kilométrico, que ofrece como horizonte enormes paneles con la habitual trinidad musculosa de obrero-campesino-soldado. El dédalo de callejuelas que parten de allí, los soportales, las bicicletas-taxi (tres ruedas, un asiento trasero y un pedaleador), las fachadas de tablas, estera y vidrieras melladas codeándose con edificios coloniales con escalinatas y columnas jónicas, raudales de bicicletas, barrenderas con la boca protegida por la mascarilla de algodón blanco que usa durante toda la estación fría buena parte de la población de Pekín, callecitas tristes, mucha ropa tendida, alguna puro harapo, alegres tiendas de loza con variedad de formas y dibujos.

Y por la noche, más allá del hotel, en el parque al fondo del cual espejea agua, entre árboles que cabecean bajo el peso de carnosas hojas y flores, las parejas, muy cogidas, muy juntas.

Dadá nos acompaña al tren y se inquieta hasta el último instante por nuestro confort. Buena persona; a pesar de los pesares nunca se le podrá reprochar la falta de celo.

Volvemos también en literas del vagón para chinos. Gran victoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL INSTITUTO NÚMERO 2 DE LENGUAS EXTRANJERAS

31-enero-1974

El tren nos deposita, desde el Cantón tropical del sol y la humedad, del Cantón del mercado de flores, en las esteparias salas de espera de la estación de Pekín. Nieva. El dolor del contraste nos entumece las piernas. Pekín. La policía examina nuestros pasaportes. Como nuestros permisos de viaje se han quedado en Kwanchow-Dadá dijo que, puesto que trabajábamos en la capital, no los necesitábamos-hay problemas y se nos hace esperar indefinidamente. Uno de los agentes-soldado, joven, estrella roja en el gorro- que habla español, me hace transmitir a Joseph que es él quien no está en regla.

-¿Hasta cuándo era su viaje?-pregunta.

-Hasta el 31 de enero–responde Joseph.

-¡Falso!-salta el soldado, con el gozo de haberle cogido en contradicción–Hemos telefoneado al servicio de seguridad y es hasta el treinta. ¿Por qué han querido engañarnos?

-¡Oiga, no aguanto los métodos policíacos! ¿Por qué me lo ha preguntado si lo sabían?. Hemos salido de Kwanchow el veintinueve y pasado el treinta en el viaje. ¿Cómo demonios íbamos a renovar el visado en el tren?-vocifera Joseph, congestionado, hablando atropelladamente en chino -¿Qué trato de camaradas es éste?.

-¡Usted no está en regla! ¡Cumplimos nuestra obligación!. ¡Usted está gritando!

El joven soldado se enoja y grita a su vez. Lucia permanece consternada. Charles se inhibe. Actuó de mediadora en español. Por una vez, soy yo quien conserva la calma en medio de la estupidez administrativa. Que se pidan visados y permisos para ir de una ciudad a otra ya es malo de tragar. El visado de Joseph era hasta el día treinta de enero. El tren de Kwanchow a Pekín tarda dos noches y un día. Hemos salido el veintinueve. Joseph está en supuesta infracción por siete horas, son las ocho de la mañana del treinta y uno. ¿Deberíamos haber prolongado el permiso en las literas durante nuestro tranquilo sueño?. Cuando el soldadito telefoneó al servicio de seguridad no preguntó, afortunadamente, la fecha de expiración del mío, que no era el tercero ¡sino el veintiséis, el día de mi regreso de Hong Kong!.

Rojo, con uno de sus bellos enfados juveniles, Joseph rumia en un rincón las dificultades de ser miembro de Amistades Franco-Chinas en China.

-¡Es usted la primera española verdadera que encuentro, española de España!-me dice, muy contento, el soldadito, al que se le ha calmado el enojo. Y nos enzarzamos en la más animada conversación del mundo. Le hace ilusión oír mi castellano y comparar con el de los latinoamericanos que ha encontrado hasta ahora.

Tras el uniforme kaki guateado, bajo el gorro de piel y la  estrella roja, encuentro al fin una sonrisa. Me cuenta: se ha casado en octubre, la víspera de la Fiesta Nacional, no le gusta trabajar en la policía de la estación, no tiene oportunidades de practicar el español. Insiste en que haga comprender a Joseph que ellos no pueden saber si tiene visado o no y deben cumplir con su deber de acuerdo a las reglas (“Soy un mandado”, vamos”).

-Pero, camarada, hay que guardarse de la burocracia; es un bicho muy peligroso-digo.

-¿Qué es “burocracia”?- Búsqueda en el diccionario. Sonrisa reconfortante bajo la estrella roja del gorro. Con espontaneidad rara (¿Por qué estamos hablando solos?) me dice:

-Esto pasa porque los cuadros son muchas veces, veteranos de cuando la guerra de liberación, que no tiene conocimientos sobre los extranjeros, ni trato con ellos, y frenan, mandan y ordenan a sus subordinados, más jóvenes, instruidos y abiertos de espíritu.

Es sorprendente esta crítica; y aun se muestra más franco cuando le propongo, puesto que dice que le gusta mucho la música española, venir a escucharla a mi casa con su mujer, o darme su dirección y su teléfono.

-No puedo. No creo que me permitieran mis superiores.

Todos los extranjeros sabemos que, para tener contacto con nosotros, los chinos deben pedir permiso a sus entidades de trabajo, pero nunca me lo habían dicho con la llaneza de este soldado.

Él se sabe algunas canciones y las tarareamos juntos. Nuestro sorprendente dúo cantando a coro “Adiós, pampa mía”, a unos metros de la oficina de control, en la vasta sala de espera para extranjeros es francamente irreal.

Un coche del Hotel de la Amistad viene al fin a buscarnos. Se dan las últimas explicaciones y montamos. Pese a la nevada, la sequedad del clima es tal que la nieve depositada, harinosa y leve, se evapora sin fundirse, y , bajo la capa esponjosa y volátil, la tierra queda tan seca y dura como siempre.

 

 

 

4-febrero-1974

Como estaba previsto, el Instituto de Lenguas de Pekín me traspasa al Instituto nº 2, que goza de siniestra fama. Parece ser que su dirección tuvo posiciones extremadamente reaccionarias, archiizquierdistas, muy Lin Piao, en 1967; posiciones hoy condenadas, entonces non plus ultra de la rojez. En la cuenta de mis futuros alumnos se ponía también durante la Revolución Cultural el asalto e incendio de la Embajada británica y otras muestras de que la xenofobia y demás fanatismos, sabiamente manipulados, cuajaron singularmente bien en el Instituto nº 2.

Precisamente ahora, los profesores extranjeros de mi nuevo centro de trabajo están en conflicto con la dirección. Dos de ellos, franceses, se negaron a grabar un texto por juzgarlo chovinista y del estilo devaluado del culto a la personalidad. Inmediatamente se les tachó de “enemigos de China”-acusación grave, puesto que todo el que entra aquí es por principio amigo, sea hombre de negocios o turista millonario. Las autoridades organizaron respecto a ellos todo un títere de presiones y calumnias, en el mejor estilo del sistema, sotto voce, jamás directamente. Los profesores, habiendo solicitado–sin obtenerla-una reunión para explicarse públicamente, elevaron una petición al Ministerio de Asuntos Exteriores, y antes pidieron a los colegas del Hotel que firmasen. Firmaré porque es justa, aunque el momento no puede estar escogido para mí. He aquí el texto que rehusaron grabar los profesores franceses: El sol rojo se eleva. El sol es el Presidente Mao. Es el Partido Comunista que ilumina nuestros corazones…etc. Es el mismo que oí ocasionalmente en el Instituto de Lenguas Extranjeras y que fue calificado allí como “de la época de Lin Piao. Sin valor”.

El directos de mi anterior centro aprovechó mi despedida para lanzarse durante más de una hora en un discurso en el que sentaba plaza de fiel seguidor de Mao, de la línea proletaria, de la Gran Revolución Cultural, del Partido Comunista. Yo tiritaba en el helado despacho y maldecía. Pero la perla fue el final. Tras el interminable monólogo, terminó diciendo:

-Y, tras este interesante intercambio de opiniones…-

El Instituto nº 2 es un conjunto de edificios, feos y anticuados, con gélidos pasillos y escaleras árticas. El vicedirector, Tsae, es un hombre entrado en carnes, de unos cincuenta y tantos. Él dirige los ataques contra el grupo de profesores extranjeros. Después de haberle visto, durante la cena de recepción, escupir, eructar, mascar en estéreo, hurgarse los dientes con encono y hablar despectivamente de su esposa, “vieja de pies vendados”, firmaré cuantas peticiones de comisión de encuesta se presenten.

Los observadores hablan de preludio a una nueva Revolución Cultural que sería más violenta que la pasada y ocurriría, como Mao profetizó, siete años después de la primera. La lucha de facciones es un hecho; pero no una lucha entre el principio del Bien y el de las sombras, entre Ormuz y Arihman. Es algo mucho más concreto: el poder. Para ser exactos, no se trata seguramente tampoco de los veintiocho millones de miembros del Partido, sino de las ondas que vemos en la superficie levantadas por el Comité central en las lejanas profundidades. Si realmente comienza una segunda Revolución cultural. ¿se nos expulsará a los extranjeros? En cualquier caso no quiero irme de forma alguna, pase lo que pase.

Pregunto si hay reuniones de discusión general sobre documentos. Se me responde que sí. Pregunto si es posible no estar de acuerdo con la conclusión del documento oficial. Se me responde que no. Se da el punto de partida y el de llegada-fijos-, y la discusión es sobre matices. La exégesis.

Cené en el pequeño restaurante de la cooperativa. Había poca gente. Al sentarme a la mesa, el hombre que ya estaba se trasladó a otra dejándome sola. En la mesa de enfrente se están tomando cinco platos amén de media docena de tazones de arroz. La única lujuria china lícita es la estomacal: la gula el único pecado posible.

 

 

 

7-febrero-1974

 

Se acerca el paso del cabo de los seis meses, que jalona en los extranjeros la transición de la ilusión y el entusiasmo a, sea la angustia, sea la aceptación desencantada. En todo caso, este cabo me marca el momento en el que las visitas a fábrica y escuelas, las entrevistas con cuadros, la invitación al hogar de una familia obrera comienzan a darme el principio la impresión de haber visto ya la película. Es el cabo en el que la certidumbre de conocer las respuestas mata las preguntas, en el que el rechazo va entrando en la normalidad. Los “¿Por qué no pasas por mi apartamento y charlamos?. Te invito a comer. Coged un pastel ¿Qué opinas de…?” Dirigidos a los chinos han ido cayendo a través del silencio sonriente, depositándose en el fondo de cada uno de nosotros. Una capa algodonosa de suaves negativas y asentimientos reglamentarios.

En el bloque de admiración a China, hay brechas de duda y complejos de culpabilidad por dejar a nuestra mínima persona individual enturbiar lo que concierne a millones de seres. Pero la fe se ha agrietado, y también las ingenuas esperanzas de paraíso de algunos venidos aquí a buscar la sociedad del futuro.

El cabo de los seis meses, cuando se ha constatado que la dificultad de la lengua no tiene punto de comparación con los idiomas conocidos y que, de todas formas, el medio social estanco es la más segura barrera al aprendizaje, cuando Pekín se queda chica, y al mismo tiempo inútilmente inmensa, con sus calles kilométricas, sus casas, fábricas, escuelas, rodeadas del eterno muro de dos metros cincuenta, las sucesiones de entidades semejantes a cuarteles.

Es el cabo de las limitaciones y de las ansias reprimidas de ir más allá, el del desaliento ante la vida prefabricada como un mecano, en el cuarto del hotel, entre las casetes, los pósters, consciente del ridículo de este mundillo artificial, e impotente para otro.

Y los recuerdos, que no miran distancias, montan cada día y cada noche el decorado de la vida pasada, de los seres queridos, esperados o perdidos, o se erra por la ribera del porvenir nebuloso.

 

 

10-febrero-1974

 

Sesión cinematográfica en la sala del hotel. La película, llamada “Días ardientes” (sin duda porque transcurre en unos hornos de fundición de Shanghai) es una de las cuatro que se han estrenado durante el año en la República Popular China. El joven técnico defiende su método para conseguir un tipo de acero que normalmente se importa frente al ingeniero jefe, hombre ya mayor, bien intencionado, pero cauto y falto de confianza en la creatividad de las masas. Un villano cheposo, abundantemente maquillado en verde-gris, sabotea con cascotes el primer experimento. En el momento crucial en el que el justo protagonista, joven, musculoso, mono blanco inmaculado, se ve rodeado por la incomprensión y sube a un estrado a meditar, se le aparece Mao rasgando las sombras que invadían su alma, es decir, recuerda la visita del Presidente a la fábrica. Entonces desciende, con los ojos llenos de lágrimas, resplandeciente de blancura, a dar la buena nueva al grupo, que llora a su vez y en el que el ingeniero, contrito, reconoce haberse apartado de la justa línea.

La bendita embajada de Francia nos ofrece los miércoles sesiones cinematográficas de noche.

 

 

16-febrero-1974

 

El sabor puro del principio del deshielo en el Palacio de Verano; una isla de agua verde y clara en medio del lago aún helado en su mayor parte. En la orilla, unos chiquillos apresuran la primavera descortezando láminas de hielo. De camino, he visto, en otro canal, como se cortan éstas y se transportan envueltas en esteras, para su almacenaje.

Árboles sin podar, en los que todavía no se adivinan las primeras hojas. El viento seco, azul y polvoroso sobre la tierra sin lluvia hace seis meses, a través de las losas de los patios y de los artesonados pavo real y verde de los techos, a través de las columnas rojas y de los andamios para reparaciones, a través de gentes curtidas que desfilan por las salas que son ahora museos de jade, esmaltes, oros, que se paran frente a tronos y jarrones haciendo comentarios en voz baja, que discurren por montículos artificiales y naturaleza afiligranada, engarzada por jardineros y arquitectos, y miran con cierta timidez, como si les costara creer que desaparecieron los antiguos dueños.

 

 

Las autoridades nos convocan en la Alcaldía a todos los profesores del Instituto nº 2. Se trata de la petición de encuesta que firmamos sobre el asunto de los profesores franceses. El ambiente, tenso, da una idea de lo que debe de ser una sesión de crítica y autocrítica. Ruiz, que se ha sumado, se levanta casi inmediatamente para tomar la palabra. Si él firmó la carta de petición de encuesta, fue, en mi opinión, para tener una oportunidad de actuación cara al público, y no por sentimientos de solidaridad o ética, de los que carece. Con voz y gestos tronantes, da comienzo a su show:

-¡Muchos extranjeros no tienen solidaridad…! ¡Yo estoy con los chinos en todo! ¡Siempre!…¡Estos extranjeros no han planteando el problema de forma suficientemente política porque no leen bastante las palabras de Mao! ¡A todos ésos yo les contesto así!.

Ruiz, se vuelve de espaldas en un simbólico gesto de mostrar las nalgas al público, número que tenía proyectado tiempo ha. Su intérprete traduce con sonrisas de disculpa.

Tras una serie de vaciedades burocráticas, se nos despide y conduce entre sonrisas, de nuevo a los coches.

 

19-febrero-1974

 

A los cooperantes que trabajan en las Ediciones en Lenguas extranjeras se les ha indicado que de ahora en adelante no pueden participar en las reuniones de estudio político, a causa de la delicada situación actual con la campaña de crítica a Lin Piao y a Confucio. Veremos si se extiende la medida.

Hoy la encargada de curso del instituto, Ü, me comunicó que los profesores de tercer año no podrían venir a clase porque se iban a intercambiar opiniones con sus colegas de la universidad de Pei-Ta. Puesto que el año próximo doy clase de tercer curso y lo estoy preparando éste, exclamé alegremente:

-¡Entonces voy con ellos, naturalmente! ¡Qué ocasión para intercambiar experiencias!

En el rostro amable y sonriente de Ü se marcó tirantez.

-No, tú no puedes ir.

Mi estupor sólo lo era en parte. En realidad cada vez he aprendido a esperarme más y más este tipo de respuestas. Ü añade uno de esos argumentos para débiles mentales con que los chinos suelen gratificar a los extranjeros:

-No hay sitio en el coche.

-No importa. Llamaré a un taxi del hotel que yo misma pagaré.

-Los responsables de Pei-Ta y del instituto no están prevenidos de la visita de un extranjero. Será otro día.

Hasta la fecha, no hemos preparado en mi sección jamás un trabajo en mesa redonda. Frente a mí reposan los tres tomos de ejemplos de uso de palabras tomadas por orden alfabético, cuya gramática se espera corrija. Así, mientras sus hermanastras chinas se iban al baile, Cenicienta se quedó una vez más en su rincón, limpiando frases y descortezando errores.

De improviso, parece que China, tan grande, tan decisiva, tan mundial, se me nubla, se me pliega, como un papel, como un mapa, y tras ella está mi vida, sus seres, sus actos, con esa insignificancia resistente de insectos. Los recuerdos, esas piedras insolubles que flotan en mis años. Y me envuelvo entonces en el mapa de China, en el del mundo, en las largas millas azules de las líneas marítimas, protegida de esa región a la que soy sin defensa vulnerable por una red de paralelos y meridianos; y me dejo deslumbrar por el mosaico del mapa político, cuento las fronteras, apoyo la frente en la distancia. Sin embargo un avión podría depositarme pasado mañana en Madrid. ¡Oh, el tiempo de las meditabundas caravanas, de los barcos inciertos!.

 

 

21-febrero-1974

 

El articulista de Le Monde publicaba hace pocos días que en Wuhan y Shanghai hay enfrentamientos en plena calle, que se suspenden para los extranjeros los visados para visitar ciudades, excepto Pekín. Por aquí, el que más y el que menos espera los acontecimientos que harán perder la flema y el mutismo a los chinos, el puñado de pimienta de la segunda Revolución cultural, que se cuece a su manera lenta, local, progresiva. Los hoteles, con su dispositivo de aire acondicionado especial para subidas de temperatura política, serán los últimos reductos a los que llegue la agitación. Y si las cosas se ponen realmente turbias, las escuelas cerrarán, tendremos el tiempo justo de ver en las calles de Pekín una afluencia poco usual antes de que se nos prohíba ir a la ciudad, y, por último, un cortés funcionario hará un alto en la lucha para entregarnos los billetes de avión.

 

 

24-febrero-1974

 

El nuevo instituto. Hay en efecto algo especialmente rígido en la atmósfera, lo noto en mi sección. Quizá sea la sombra del responsable Li que planea sobre ellos, que pasa en rasante cortando palabras, Li es el cuadro del Partido que manda y dispone, no cabe la menor duda; a su lado el responsable número dos, el obrero Ju es un nervioso hombrecito de paja, y Ü, la encargada de los profesores de español, un gesto bovino y un aplicado cuaderno de notas. El responsable Li es un dómine largo y enjuto, de mejillas chupadas, sonrisa incisiva y escasa. Silencioso, da directivas y normalmente sólo escucha, corrige secamente. Los demás profesores extranjeros le detestan cordialmente y le consideran, junto con Tsae, extremadamente hostil hacia los occidentales. Ju está en el instituto, en tanto que asesor y director político de mi sección, desde la Revolución Cultural, cuando grupos obreros penetraron en los centros para dirigirlos y educarlos políticamente en el pensamiento maotsetung. Ju derrama verbosidad y sonrisas bajo la mirada fría de Li. Naturalmente ni él ni Li saben español en absoluto; su papel es político-ideológico.

Ü es una mujer de 36 años retraída y suave. Ignoro las razones por las que es responsable. Y para terminar con el ramillete dirigente de mi sección, un personaje anormalmente típico: Shi. Es la foto-robot del policía de paisano. Oficialmente forma parte de personal docente de mi sección, pero ni da clase ni le veo participar en la redacción de materiales. Habla un español intermitente y muy mediano. Es pesado y silencioso, y se diría que los otros dan un rodeo por donde está él. Nadie explica cual es el rango de Shi, pero todos saben que tiene autoridad, que es él quien la tiene. Es penoso hablar con él porque le falta la más mínima agilidad de pensamiento, amén de usar un español estreñido. En general su rostro liso, laqueado, ostenta una media sonrisa vitalicia.

Shun es el inteligente, el nervioso, el primero de la clase, con sus gafas y su rostro ratonil. Habla un español muy aceptable y suele sentarse a trabajar con Xía, una profesora shanghailesa parlanchina, extrovertida.

-Me casé tarde- me dice Xía- A los veintiocho años. Mi bebé es muy pequeño, está con mi madre, en Shanghai-

-Pero ¿no echas de menos a tu hijo? ¿No preferiríais tu marido y tú tenerlo con vosotros?

-¡Oh, no! No sirvo para cuidar niños tan chicos. No tengo costumbre y me impide trabajar bien. Está mejor con mi madre.

Otros. La que llamaba Alberto camarada Gorda, gorda en efecto y con la simpatía de los obesos. Liuda, una muchacha menuda muy linda. Lung, una madre de familia discreta y sencilla que da clase a los alumnos y tiene grandes bolsas de cansancio bajo los ojos. Mo, de treinta y tantos años, avergonzado de su soltería, un lingüista de nivel universitario que me habla del tronco chino-tibetano mientras tomo notas. Rui, un jovencito tierno que se pasa la vida repitiendo textos en voz alta sentado en la mesa del rincón. Tu, una señora que aparenta quince años más de su edad, menudísima y consumida.

-Tiene sin embargo una vida muy feliz- me dice Ü.

Y Kuo, responsable mas sin halo de cuadro, con español dificultoso, pero dotado de un aire campesino franco y reidor. Hay también un gordo silencioso, Pao; y Chai, señor tímido de mediana edad.

La dinámica Revolución Educativa…Entramos por la mañana, frotamos con un paño húmedo mesas y sillas, cada cual se sienta en su lugar y se hunde en sus papeles y diccionarios. La dinámica cooperación se reduce a traerme volúmenes de ejemplos de frases para corregir y preguntarme dudas gramaticales. A la hora de comer, cada cual se va a su casa y como sola en la cantina, o con una compañía oficiosa. Algunos profesores extranjeros del instituto comen en una habitación aparte, así el de árabe y, a veces, la de inglés, Sheila, que no soporta la suciedad de las cantinas.

Las insinuaciones que envío a los profesores de mi departamento- a veces directas, con el descaro de la desesperación- de que salgan conmigo y me acompañen, de que me visiten, caen en el vacío sideral. El instituto está en pleno campo. En la carretera hay un pueblito cuyos habitantes abren ojos tamaños cuando me ven. Doy la vuelta. En el instituto la calefacción funciona desastrosamente. Es visible el vaho del aliento. Tirito y se me agarrotan los dedos intentando escribir a máquina. El piso de cemento y los gruesos muros de ladrillo gris transpiran frío. Mis profesores parecen extremadamente ocupados para traducirme los carteles murales o el periódico. A veces lo hacen, pero mi impresión de mendigar es tal que acabo renunciando, a la espera de una oferta espontánea que no llega jamás. En la cantina no hay bancos ni sillas. Se come de pie, lo cual no favorece precisamente el diálogo de sobremesa, y el altavoz desgrana artículos políticos que se escuchan como quien oye llover; imposible que no estén ya saturados.

 

25-febrero-1974

Pekín tiene una luz tan brillante, tan intensa, que cuesta trabajo andar por la calle, los ojos ensordecidos, tropezando con los transeúntes. Los pekineses tienen decididamente un aspecto físico de lo más próspero a escala inversamente proporcional a los años: ancianos arrugados, frágiles, bajos; adultos de buen ver; adolescentes y niños magníficos, todos impecablemente abrigados con múltiples prendas. Sobre estas mullidas y móviles pirámides de tela azul, parda, gris, las bufandas y pañuelos ponen un copete rojo vivo, azul, amarillo, verde.

Esta mañana, hacía, tras el viento de la noche, un frío de hielo batido. Los charcos de agua en los pasillos del instituto formaban cristales sólidos. Los profesores a los que doy clase preguntan y sobre todo escuchan. Es dificilísimo hacerles hablar. Aislados en la práctica del idioma, aislados de ideas, aprenden español como quien manipula una máquina extraña. En la clase de profesores siguiente me encuentro frente a una real avidez de conocimientos de base; ni idea de Historia ni de Geografía: ¿Es España una república?. ¿Cuál es el papel de Franco?. ¿Le sucederá su hijo?. Me lanzó a la tarea con entusiasmo. Me parece enseñar con las manos y los pies, con el cigarrillo y la entonación. Plastifico en el aire cada palabra y cada idea, transmito, y casi no existo sino como comunicación.

De vuelta, me paro en el centro y entro a comer en el restaurante occidental, el de la Paz, en el patio del Mercado del Este. Hay en él un piso bajo para los chinos y un primero reservado para los occidentales. Como de costumbre, me opongo a las indicaciones del personal que me envía escaleras arriba, y ocupo una silla en la planta baja, duchada por la curiosidad habitual de los clientes. Pido a tientas, porque el menú en inglés está arriba y rehúsan bajármelo para castigar mi desobediencia a los ritos de separación.

Pese a lo elevado de los precios a nivel chino medio, no falta público-nunca falta en los restaurantes de Pekín-. El plato de resistencia occidental parece ser el pan de molde servido en pirámides descomunales con un trocito de mantequilla y dos cucharadas de mermelada. Frente a mí, una anciana ataca un plato con unas treinta rebanadas. Sobre las mesas veo filetes, pescado, sopas, salchichas, pastas, helados barrocos… El detalle definitivamente occidental son los cubiertos. El arroz sin embargo penetra hasta esta sala pero servido en plato llano y no en tazón. El público maneja torpemente cuchillo y tenedor y por una vez me luzco con un solo de cubiertos.

Luego es la biblioteca francesa, un reducto inestimable que honra a los galos, abierta sin dificultad a todos y atendida por gente de la embajada encantadora y servicial. Era una isla de libros, también discos, que podían tomarse en préstamo; era una ventana preciosa sobre el exterior: Periódicos, revistas. A través de Le Monde yo me mantenía al corriente de cuanto ocurría en otros países y en España.

 

 

Noche

Vuelta de un paseo por París en casa de Joseph. Las diapositivas pintan en el muro ora La Madeleine, ora las manifestaciones de Mayo del 68. Música de Greco, Ferrat. Sylvie et Jules, Lise y Pierre: Matrimonios bien conjuntados, de izquierdas, posición acomodada, arquitectos, profesores, psiquiatras. Uno señala su apartamento en el piso dieciséis de la torre, indican sus barrios, sus calles !Pero tú vives cerca!, Ya vendrás a vernos. Se planean futuras visitas. Sus apartamentos, sus calles, no sólo fueron, son, y les esperan tras este paréntesis, tras estas largas vacaciones de izquierdas. Regresarán abrumados de fotografías, sus niños habrán aprendido chino, empavesarán las habitaciones de sedas bordadas, pintadas.

Nada tras de mí, nada ante mí. ¿Existe aquel apartamento? Me parece increíble que sus paredes aún se mantengan, que los objetos no sean hoy pura ceniza, rápida ceniza, como mi vida quemada, dispersa, gris y sin peso sobre la tierra. La carne se vuelve en la soledad fría y absurda, con arrugas de soltera y gestos de mujer dejada de lado; carne insípida, que me pende inútil de los huesos.

Vi hoy en los árboles una sombra de yemas azotadas aún por el viento del invierno, un viento huracanado cargado de polvo amarillo.

He deseado como nunca deseé nada en la vida vivirla con aquel hombre, un rincón a su lado, quizás un hijo suyo, pero sobre todo le he deseado a él, por sí mismo. En ese cruce tomé la mala dirección, me deslumbraron los faros. Por el sendero que tomé no hay nada descampado, sombra. Volver, dar marcha atrás, ¿hacia dónde?. Los otros vehículos llegaron hace tiempo a sus metas, y el de él enfiló como es natural hacia una vida más vida y una mujer más mujer.

 

 

26-febrero-1974

 

En mi horario figura esta mañana “redacción de materiales”. Entro en la sala, recibo mi ración de sonrisas, ayudo a limpiar las mesas y me siento frente a la máquina de escribir. Xía lee en el boletín de la Agencia China de Noticias en lenguas extranjeras, Sinjua, el centésimo artículo sobre crítica de Lin Piao y Confucio, idéntico al de ayer y al de mañana, salvo cambios de lugar en las frases. Se continúa girando en torno al “volver a los ritos = restaurar el capitalismo”,etc. Xía deshoja el boletín en español y subraya palabras desconocidas como quien hace un crucigrama.

-¿Hay reunión política el miércoles?-pregunto.

Ü levanta los ojos al otro lado de la mesa.

-No. Sólo hay una circular explicando la manera de movilizar a las masa para la crítica a Confucio y Lin Piao.

-Oye, Ü, las masas aquí ¿no hacen movimientos espontáneos?

Mirada interrogante.

-Sí-explico-Por ejemplo, los estudiante, los obreros, en España y en otros países hacen manifestaciones ahora delante de la embajada de Chile para mostrar su posición.

Ü ha comprendido. Niega firmemente.

-No. Aquí no se hace así. Como el Partido lo dirige todo, si la célula de la Liga de la Juventud, por ejemplo, dice que se hace manifestación, se hace. Si no, no.

-¿Y si las masas piensan que lo que hacen es justo?

Ü hace memoria.

-Bueno, durante la Gran Revolución Cultural las masas no hicieron caso de la línea errónea de los cuadros del Partido y pasaron sobre ellos para seguir directamente, la línea que les marcaba el Presidente Mao. Es lo que se llama ir contracorriente.

Lo que decía Octavio: “Cuando todo el mundo vaya contracorriente, yo iré contra corriente”. Naturalmente la lógica de sistema es tan lúcida e irrefutable para Ü como lo contrario para mí. Me siento aplastada por mi total incapacidad para comprender el proceso de estas revoluciones organizadas. No es solamente incapacidad; es una ola de rebeldía que me sube cada vez, que se me estrella en los dientes. Oh, los enormes monumentos, las enormes palabras, las vastas salas, las enormes ideas, los monumentales adjetivos, la grandeza inhóspita de la gran China.

Buscando una dimensión humana asequible, me vuelvo hacia Xía y Shun.

-A mí me preguntáis cosas. ¿Por qué yo no puedo hablar con la gente de las cosas que no comprendo sobre China?

Xía me mira con su sonrisa sin nubes.

-Pero es que tú debes conversar con los responsables porque ellos tienen un alto nivel teórico.

-¡No me importa el nivel teórico! ¡Yo quiero hablar de persona a persona!.

Estoy excitándome. Me excito fácilmente en los últimos tiempos Xía y Shun cruzan miradas de

conmiseración. Me odio a mí misma Heme mendigando, pese a que me propuse no hacerlo, mendigando una conversación de tú a tú, una relación humana. Es inútil.

Así, cuando, minutos más tarde, Kuo se obceca en asegurarme que el horario está ya hecho y que no hay espacio para que yo pueda dar una charla semanal a los alumnos sobre España y América Latina (su nivel cultural es lamentable), que no puedo ponerles canciones sin que las letras traducidas al chino hayan sido previamente autorizadas por la dirección, siento venir la cólera recocida día tras día por tantas mendicidades, por tantos rechazos. Se quiere controlar cuanto hago en clase con los alumnos, estos alumnos de veintitantos años cuya puerilidad me asombra y me asusta. Tuve la desafortunada idea de comentar con el profesor de alemán, Berth:

-Me preocupa la mentalidad de los alumnos. Parecen, salvo excepciones, de un nivel de madurez bajo. Creo que si se les sometiera a un test daría una edad mental cinco o siete años menor de la física.

Berth sacude la cabeza con una gentil sonrisa.

-No. Eso es un fenómeno corriente en los países del tercer mundo, los jóvenes parecen más infantiles. Ya sabes que los test son en realidad reaccionarios, sobre todo lo del QI (Coeficiente intelectual),los tests están cargados de connotaciones culturales…ideológicas…

-Si,. lo sé. No digo que un test reflejaría el QI real, no digo que haya inferioridad intelectual, sino una falta de madurez de juicio de análisis, que me preocupa. Se diría que tienen catorce años.

-Ya lo discutiremos otro día.

Y Berth, por confesión posterior propia, me excomulga desde ese instante. Sin embargo lo que yo veo cualquiera puede verlo, una puerilidad real que viene forzosamente del tipo de educación, de la carencia de iniciativa, responsabilidad. La inhibición absoluta del factor sexual tiene sin duda un papel importantísimo en lo que se presenta al exterior para mí en comportamiento pueril. Los cambios de impresiones con los demás profesores extranjeros han dado un panorama parecido en muchos centros.

En la clase nocturna de chino en el hotel. Hoy sólo estábamos cuatro de los veintitantos. El profesor chino continúa aplicando un abominable método pedagógico, libresco, Las clases de chino del Hotel de la Amistad están previstas para que nunca podamos hablar chino.

Volviendo a Confucio y Lin Piao, las comparaciones siempre son tediosas, y aquí a escala planetaria. Durante meses el catecismo de turno ha remachado que el poema que-dicen-tenía Lin copiado, El caballo celeste vuela solo y sin rival, significa sin lugar a dudas que Lin quería restaurar el capitalismo y hacerse Presidente o Emperador de la dinastía Lin. Entre las caricaturas que proliferan, las más usadas son las de un Lin esquelético, calvo y apepinado, enarbolando banderas raídas o intentando montar en jamelgo. Por cierto, al volver a mi apartamento me he preguntado si debo retirar prudentemente el grabado del caballo alado, esa soberbia imagen de la libertad, con el casco apoyado en una golondrina en vuelo. Lo tengo clavado en la pared, frente a mi cama. ¿Si hay una segunda Revolución Cultural…?

 

 

27-febrero-1974

 

Nueva sesión de mendicidad. Xía me dice en el pasillo, con su expansiva gracia shanghailesa:

-¿Estás muy solita?

Mal momento para emplear el diminutivo. Es un golpe bajo en esta situación, en la que me veo a veces tropezando ex profeso con la gente para sentir a alguien materialmente. Xía empalma:

  • Yo también estoy muy sola. Mi hijito está en provincias con la abuela y mi marido trabaja demasiado lejos y se queda muchas veces a dormir en la fábrica.

(¡La ocasión, la ocasión!)

-Yo también estoy muy sola. Quizás podríamos salir juntas alguna vez.

-Pues…habría que preguntar a Ü, la responsable.

-¡Los responsables! ¿No se puede ir conmigo sin preguntar a los responsables?

-Sí, claro… Pues habrá que preguntar a un responsable…

Tiro la esponja, pero la recojo poco más tarde porque hoy me quedo a comer. Xía come sola.

-¿Almorzamos juntas?-pregunto.

-Es que almuerzo en mi casa.

(Mendigo, mendigo miserablemente)

-Puedo llevar mi comida-apunto.

-Es que es costumbre que los profesores extranjeros coman en el comedor.

Ahora sí la esponja va a parar a varios kilómetros de distancia.

Y siento la ira subir, la agresividad imponerse, la hostilidad que se esparce como la tinta de un pulpo. Es un entramado de rechazos, aislamientos, sonrisas corteses e implacables, gestos esquivos, miradas curiosas y huidizas. El domingo, en una callejuela un crío lloraba rabiosamente mientras otro algo mayor le observaba con cara de pocos amigos. Al apercibirme, el mayorcito dirigió de inmediato una advertencia tan severa al otro que el llanto cesó en seco, y así, cuando pasé a su altura, el mayor compuso en lugar del gesto duro y autoritario, una sonrisa de bienvenida de excelente calidad, mientras el pequeño esbozaba otra menos lograda.

 

 

1-marzo-1974

 

Algunos  de los comentarios que hice sobre la segregación de los extranjeros, junto con las mejoras que intento llevar a cabo en la sección de español, han debido calar arriba. Ü me explicó que podían ayudarme a aprender chino, organizar paseos. No pude menos de expresar con cierto desgarro que me resultaba difícil salir con un desdichado que tenía que acompañarme porque le había correspondido.

-No-me dice Ü-Puedes, por  ejemplo, venir a casa de los profesores a comer cuando quieras, a la mía. Sólo hay una habitación. Es muy pobre.

-Y ¿cómo te crees que era mi casa cuando era chica? Ni calefacción ni ducha ni agua caliente, y cocina de carbón. Yo no sé cómo os imagináis que vivimos todos en Europa.

-Puedes venir entonces a mi casa.

Con recelo avanzo:

-Bueno…Hoy iba a quedarme a comer aquí…

-Entonces ven. Estoy sola con mi hijo.

-Y tu marido supongo.

-Mi marido murió.

-Perdona. Yo no sabía. Perdóname.

El rostro redondo de Ü, al que la sonrisa tímida, y amable rejuvenece pese al abanico de arrugas en torno a los ojos, se arrebola, empiezan a temblarle los labios y se le llenan los ojos de lágrimas mientras balbucea:

-Oh, con el estado socialista no tengo problemas materiales. Cuando él murió, de resultas de una operación, el Partido ya me dijo que no me preocupase. Los dos niños tienen cuanto necesitan, estudian, pero en lo moral nadie puede hacer nada.

Mirándola, también se me escapan unas lágrimas y unas palabras porque comprendo.

-Yo también perdí a mi marido. Hace un año.

Y, viendo mi reacción, ella no tiene vergüenza de la suya.

Comemos juntas. Se une la camarada Gorda; su marido no viene hasta la noche y el bebé está en la guardería. De todas maneras los chinos rarísima vez están a solas con un extranjero. Siempre se arreglan las cosas de forma que haya al menos dos o más, que no se le pueda acusar un día de reuniones secretas.

El hijo pequeño de Ü está en Janchow, con la abuela. El otro llega, no me mira gran cosa, come rápidamente y se va a jugar. La casa de Ü se reduce a una habitación espaciosa. Los matrimonios con un hijo de más de catorce años tienen dos cuartos. Si hay seis personas en la familia, tres. Al lado hay una cocinita con su fregadero. Las bombillas sin pantalla, la pintura maltratada y el cemento del suelo dan a los interiores chinos generalmente un aire mísero, pero hoy la ventana amplia, el sol y el buen calor del radiador animan. Los objetos son los mismos que en todas las casas que he visitado, y colocados en la misma disposición. Hay un excusado para tres familias, y en una casa de duchas que funciona una o dos veces por semana en el exterior.

En veinticinco minutos Ü pone huevos con espinacas, pescado, adobado, trocitos de cerdo con verdura, y arroz, de grano largo, excelente.

-Viene de la granja del instituto.-me explican-Los centros de enseñanza están unidos a una granja que les abastece y donde los profesores y alumnos van a trabajar.

Me gusta mucho una salsa espesa, roja, con tropezones de carne. Pregunto:

-¿De qué está hecha esta salsa?

-Con vinagre, azúcar y orina.

-¿?(¡!)

-Orina…No, !harina!.

-Ah.

Al terminar, barre las migas con una escobilla de palma sin mango, como las de los pueblos de España, y friega cacharros, sartenes y cacerolas de fondo ovalado, que me recuerdan a los utensilios de la prehistoria que he visto en los museos.

Y entonces el color de la charla cambia, y en los ojos, en la expresión de la camarada Gorda veo algo que no me es desconocido, lo he visto, sí, en el rostro de Hao, en Sian, aquella vez que, creyéndome borracha, me preguntó cuando estaba tendida en el sofá Rosúa, ¿cómo se porta contigo la camarada Mei?. Es la expresión de la segunda intención, de la representación cuidadosamente preparada a la que lo demás ha servido de prólogo. Con un brillo extraño en los ojos, ambas mujeres me explican que lo que los extranjeros llaman falta de libertad en China no es sino las necesidades de la planificación de la economía y del socialismo; así la separación de matrimonios por razones de trabajo, la planificación de nacimiento. Defienden con encarnizamiento las tesis oficiales, también el que las mujeres deben estar naturales, no arreglarse, el que la prohibición para los extranjeros de alojarse en los mismos lugares que los chinos es pura deferencia y no voluntad de apartheid.

Cogida entre las dos, me limito a escuchar este mano a mano pro sistema, cuya gestación veo con claridad cristalina. Las muchas veces que no me he mordido la lengua (¿No repiten siempre las citas de Mao Hablar francamente por delante?; pues bien, si alguien hace trampas en su juego serán ellos, no yo, que pienso jugarlo hasta el final acogiéndome a  la sinceridad y espíritu de crítica que predican y que es una de las formas esquizos típicas suyas), el no haber escondido jamás que escribo porque siempre lo he hecho y esta experiencia es preciosa, y que mi opinión es libre, mi desesperación evidente por obtener una relación auténtica humana, todo ha sido objeto de comentarios, informes a los responsables. De ahí las inesperadas ofertas, la invitación de hoy, convergentes en este triste show, este lamentable y recalentado acto de fe con el que se están ganando unos puntos positivos en el fichero político. Y este ardor, demasiado ardoroso, estos ojos demasiado brillantes, esta convicción demasiado, hasta qué punto demasiado, total.

Cumplido el expediente, pasamos a conversar sobre las minorías nacionales. Los uigures son de raza blanca. Ah, ¿y qué es eso de blanco?. Pero tú eres blanca y nosotras no. Qué va; mirad. Me arremango, comparamos. Su piel no es más morena que la mía (los del norte no tienen nada de amarillos) pero la de ellas sí es totalmente lampiña en brazos y piernas. Sus cejas, ralas, y el cabello fuerte y tieso, son el opuesto de mis cejas negras y compactas y pelo vaporoso. Enseño la tripa para que comprueben que ahí no tengo pelos. Comentarios. Risas. Por unos momentos forma parte de un clan, el único que me será accesible en China: el de las mujeres.

En el despacho, Mo me explica lingüística mientras tomo notas Mo vive la Historia que me cuenta, la Historia de China, los  sudarios de jade cosida con hilos de oro para la familia imperial, y de plata para los nobles, la transición fonética de las sutras budistas del sánscrito al chino. Cuando le ruego que me acompañe a un museo y me explique, se evade discretamente.

Ceno en la cantina de la comparativa y, ¡oh milagro!, trabo conversación con un soldado y un muchacho. Rebusco el viejo vocabulario aprendido en Sian. Siento a mi espalda que las frases que acabo de decir están dando la vuelta al comedor. Es española Vive en el hotel de la Amistad. Por supuesto no pierdo ocasión de decir, que no me gusta el hotel y que no quiero comer allí, sino mezclarme con los chinos. Un muchacho con gafas se sienta a mi mesa y se pone a conversar conmigo. Es maravilloso. Hablamos. ¡Hablamos!.

Alguien viene, un hombre maduro. Dice algo a espaldas del muchacho. Un segundo después el chico se levanta y se va.

Paseo por el borde de la carretera. La primavera se acerca a pasos agigantados, está en el aire, se destila de la luna, puja en los árboles, bajo la corteza infinitamente seca de la tierra. Pasan bicicletas con el niño que acaban de recoger en la guardería, con una cesta de comestibles, la bolsa de red y la col, con el viejo expando la pipa, con los amigos pedaleando a la par y charlando. Una vuelta del  trabajo ciertamente más apetecible que las históricas horas punta europeas. Los altavoces de una comuna cercana difunden un artículo de crítica a Lin Piao y a Confucio. En la cantina, hoy he vuelto a gustar durante unos minutos al sabor auténtico, que paladeé en Sian, de la vida real china, del  contacto con estas personas que trabajan a fondo pero sin carencias infernales, que viven el orgullo, ingenuo pero sólido, de autoabastecerse y habérselas arreglado a fuerza de puños. De nuevo he tocado las elementales condiciones de estos profesores que hacen el mismo trabajo que yo y ganan la novena parte de mi salario, y he tocado la sonrisa, la amabilidad, el oro en polvo más allá de la desconfianza, la ignorancia del extranjero y la esquivez. Si pudiera aislarme entre ellos como en Sian, sin la vida carcelaria obligada de allí, sería perfecto, porque a esta gente de la que todo nos separa vine a buscar, no las rejas del hotel al que debo entrar, la lengua que no puedo practicar, los resbaladizos y pálidos burócratas, la Oficina de Extranjeros, el apartheid.

 

Junto con el grupo de franceses y la pareja alemana, suscribí una petición, dirigida al Buró de Expertos, pidiendo se aplicaran las directivas de Chu En-lai del 8 de marzo pasado, que se nos facilite la integración con la gente media de china a los que deseamos permanecer en un tipo de vida selecta. Para ello, solicitábamos, entre otras cosas, alojarnos en casas chinas de barrios corrientes y que se nos autorice para llevar a cabo encuestas en pequeños grupos que nos permitan realmente conocer el sistema socialista chino, y no las multitudinarias visitas del Hotel de la Amistad.

Dos meses después, el Buró nos cita. Cuando entramos en la sala ya están allí los responsables, con las sonrisas recién pintadas, las chaquetas abrochadas hasta el último botón. Por supuesto es puro teatro y lo del centralismo democrático, cartas y peticiones, una completa pérdida de tiempo. No sé si los franceses creen aún en ello, puede que sí, aunque ya se les está arrugando y destiñendo a muchos el Librito Rojo. Los latinoamericanos se carcajean con sarcástica acidez de este cantor. No se trata sin embargo a lo que a mí respecta de candor, sino de jugar al juego de os chinos hasta el final, como si lo del internacionalismo, vida sencilla, expertos venidos a construir el socialismo, amigos de China, etc, fuera cierto, contemplando la distancia estelar entre el dicho y el hecho. Aunque a nivel interno sea duro, a nivel intelectual es una increíble materialización esquizofrénica.

El alto responsable sorbe un buche de té y comienza. Larguísima introducción empedrada de tópicos, citas de Mao. Palabras , palabras, palabras. Clichés, clichés, clichés. No hay nada que hacer. Vivir en el hotel y someterse a su reglamento.

-¿Son todas nuestras relaciones con chinos administrativas?-pregunta Joseph

-No-responde el jefe-son de camaradería y amistad, pero hay que seguir el reglamento (reglamento que, por cierto, nadie ha visto jamás y los chinos se encargan bien de mantener brumoso, oral, ocasional. El reglamento en China no es otra cosa que la voluntad y disposición del Partido en cada caso tal y como le parece mejor y sin posibilidad de recurso).

Neto. Todo contacto con chinos está reglamentado, jerarquizado y controlado continúa y minuciosamente. Versión de cinco estrellas del apartheid, negros de lujo, chimpancés, portadores de venenosos virus ideológicos.

 

 

2-marzo-1974

Me dan a corregir los profesores de mi sección un texto en el cual el padre-que está contando a su hijo las amarguras de su vida pesada, en el período antes de la Liberación,-tenía a los dieciséis años una hijita de cinco. Cuando protesto con tan inverosímil precocidad, lo corrigen, pero me cuentan que en el pueblo de con los profesores había dos hombres que se casaron a los doce años con muchachas de catorce o quince, y uno de ellos tuvo un hijo a los catorce años. No sólo se practicaba en la China tradicional la costumbre de las novias-niñas, sino, sobre todo entre familias pobres del campo, la de los maridos-niños. Mediante la compra-boda, la muchacha incorporaba su fuerza de trabajo al clan marital mucho antes de que su esposo mereciera tal nombre.

En el instituto nº 2 la resistencia pasiva a la innovación, el peso de la inercia, están evidentemente respaldados por una política general de la dirección. Hay que comprender que este pavor de manifestarse, de responsabilizarse, nace de la insoluble contradicción de un sistema que pide iniciativas y opiniones pero, al tiempo, no soporta que éstas se desvíen lo más mínimo del cuadro y las directivas por él marcadas. Es seguro que durante la Revolución Cultural los hoy ultraizquierdistas de mi instituto pasaron por rojísimos y maoizados hasta la médula, de la mano de Lin Piao. Posterior arriada de velas y ducha fría. ¿Quién es el valiente que se arriesga a convertirse en carne de crítica? La dirección del instituto es, por supuesto, repulsiva y enjuta de neuronas, pero es perfectamente fariseo enconarse hoy contra los rescoldos de los grandes fuegos que atizó Mao el primero en 1966. Sin embargo yo también me defiendo a base de citas de Mao, por la muy simple razón de que es la única forma posible, y clamo por su revolución educativa y por la crítica y el dinamismo. En cuanto a los franceses y la pareja alemana, el grupo con quietudes políticas e iniciativas, el caso es mucho más simple: En la más pura ortodoxia del sistema-y con el más lisiado espíritu crítico-ven en cuanto negativo nos rodea manifestaciones múltiples del Mal, de los malvados que actúan en la sombra contra el indiscutiblemente bueno y perfecto Mao y sus enseñanzas infalibles, que se abren paso como el sol entre las tinieblas. A veces me sorprendo a mí misma jugando este juego ilógico con el mismo convencimiento que ellos, quizá porque es tentadora su comodidad intelectual; el razonamiento maniqueo, metafísico, es mullido.

Nunca me había sido tan omnipresente el peso de la censura. Ya no se trata de que los textos no sean contrarrevolucionarios, es de todos ellos deben de ser explícitamente revolucionarios, es decir, emplear la reducida gama de clichés. Los alumnos embuchan diariamente artículos del Renmin Ripao aparecidos en español en los boletines de Sinjua, o en Pekín Informa. También se regalan con algún milagro de Lei Feng, el santo boy scout del régimen, o con alguna bienaventuranza de Mao. Nunca vi enseñanza alguna que dé menos posibilidades de elección y de crítica.

Los profesores, y con ellos quiero decir los responsables, Ü, Kuo, Shi, y, a través de ellos, Ju y Li, se oponen a que se emplee el material grabado, las canciones, en mis clases. Los alumnos son más circunspectos que los que tuve en Sian. Lo mismo que hay un Shi entre los profesores, hay su agente secreto entre los alumnos. Es un chiquito con gafas, sonrisilla algo estirada. No hace falta gran astucia para darse cuenta de que él es el responsable de la clase; basta ver a los otros dejarle la palabra y la iniciativa.

 

Hay algo mentalmente alarmante que se está produciendo collares de individuos. Tras la crítica del documental sobre China de Antonioni, que sólo han presenciado los cuadros de algunas instituciones y que criticaron millones de chinos que no lo han visto jamás, apareció en Francia un film humorístico de Yean Yanne, Les chinois à Paris, parodia del comportamiento de los franceses durante la ocupación de un ejército enemigo; se escogió un ejército chino, haciendo su entrada con flores de papel. Protesta oficial de la embajada china en París y petición de que sea retirado tal film de la pantalla. Negativa del gobierno francés en obediencia a la libertad de expresión. Indignación de los maoístas franceses del Hotel de la Amistad, que apoyan sin reservas las acciones llevadas a cabo por los maoístas de París-tirar tinta a la pantalla del cine, boicotear la presentación de la película, etc- El Diario del Pueblo empieza ya a empalmar las diatribas contra Antonioni con las de Yanne, con un fondo de conspiración anticomunista internacional llevada a cabo contra la República Popular China por los reaccionarios envidiosos. Ni una vez de la forma más mínima se han planteado los responsables hacernos un análisis real de las películas criticadas. El argumento del turbio designio imperialista, del complot exterior, descarta toda crítica de contenido. Esto me recuerda a la conspiración rojo-masónica internacional contra nuestra patria denunciada por mi querido Gobierno.

En cuanto a la atmósfera, Pekín está como de costumbre. Se critica de dos a cinco a Confucio, Mencio y Lin Piao. Se leen y escuchan artículos mil veces repetidos. Los escolares desfilan en bocamanga roja, en perfecta formación de a tres.

Pekín polvoriento, canaliza la muchedumbre innumerable de los domingos. Matrimonios con el bebé, pintorescamente embutido en capa y capuchón de raso brillante y gorrito orejudo. Niños, muchos niños, y eso que hay control de natalidad, algunos con la cabeza envuelta en un pañuelo de gasa, como se hace en otros países para amortajar y aquí para preservarlos del aire polvoriento y frío; reyecitos que jamás lloran, que van como pequeños budas en carricoche de bambú de ruedas estrepitosas, o, aunque ya sean crecidos, a espaldas de sus padres, tiernamente engalanados de todas las fantasías proscritas a los adultos. Chicos y chicas pasean, sin mezclarse, dos a dos o en grupos cogidos del brazo, de los hombros o por la cintura, con las manifestaciones de afectuosidad entre jóvenes del mismo sexo típicos de los países en los que existe separación fuerte entre los grupos sexuales. Se compra en las tiendas rebosantes, se toman helados, se escuchan, se carga al niño cansado a la espalda, y no falta, frente al nuevo Hotel de Pekín, en construcción, el eterno grupo de curiosos observando atónitos los veintiún pisos.

En el Museo de Arte Popular no se me permite la entrada. Me vuelvo. Un grupo de muchachos que marcha a mi lado canturrea algo con sorna. Mientras que el extranjero represente bien y según las normas su papel de extranjero, se traslade en coche, visite los monumentos y fábricas previstos acompañado por guía chino, todo va bien y goza de las sonrisas, aplausos y deferencias estipuladas por el sistema. Pero cuando se pasea solo como yo, vestida con las botas y chaqueta chinas, se siente en bancos públicos, entre en restaurantes populares, entonces las reacciones que encuentra no son las oficialmente amistosas. Bajo la fina capa de comportamiento gestual establecido hacia los honorables huéspedes y amigos de china aparece la extrañeza, el desagrado, la burla, el recelo hacia este extranjero no suficientemente oficializado, no bastante diferenciado, que no observa su estatuto estricto.

¿Cómo negarlo? Jamás he visto ni podido imaginar un condicionamiento mayor, más generalizado, más absoluto, un panorama más reducido mentalmente, con posibilidades de elección más escasas, con una desecación tal de todo lo que no está en los cauces establecidos. El desarrollo físico de esta nueva generación, mis alumnos, los que veo por la calle, es excelente. Honradamente, no podría decir lo mismo del desarrollo mental. Las nucas uniformemente rapadas parecen transparentar cerebros tonsurados, voluntades a las que el múltiple ojo y boca de la vigilancia y de la crítica minó en su base e hizo caer, igualó como un bulldozer. Bocas distintas modelan incansablemente las mismas frases, avanzan las mismas propuestas, responden uniformemente. China, el país más aislado del mundo y el más antiguamente cuadriculado por la administración y la jerarquía, inventora del papel y con él , quizá, de la burocracia y del letrado. El hambre endémica ahogó las rebeldías de las multitudes, las sacudidas de los vasallos. Ningún país estuvo tan aislado jamás: Al oeste, llanuras infinitas que se estrellan al pie de la muralla más alta del mundo, el Himalaya. Al este, el más ancho espacio de océano, la distancia de agua que media entre la costa pacífica asiática y la americana.

La creación del hombre, la Sixtina, la mano de Jehová rozando la del hombre tendido para infundirle la vida. El brazo de Asia tendido, avanzado hacia el estrecho de Bering, rozándolo. El arco del continente americano que recorrieron tal vez tribus asiáticas llegadas hace treinta y cinco mil años, y que descendieron de norte a sur estableciéndose algunas al principio, otras en el pasadizo central, muchas en las cálidas tierras de América del Sur, mientras que quizá las últimas desembocaban tenazmente en las regiones heladas de la Tierra de Fuego.

 

 

5-marzo-1974

 

Sesión de educación política en el instituto. Interesante narración de un obrero de los sufrimientos de su vida pasada. De vuelta al hotel, Lucía me cuenta, consternada, que han negado a Joseph el permiso para acompañar a sus alumnos en 5-marzo-1974

 

Sesión de educación política en el instituto. Interesante narración de un obrero de los sufrimientos de su vida pasada. De vuelta al hotel, Lucía me cuenta, consternada, que han negado a Joseph el permiso para acompañar a sus alumnos en el período de trabajo manual en la comuna. Joseph se ha rasgado las vestiduras, ha invocado el internacionalismo proletario, y, como de costumbre, ha redactado una carta pidiendo explicaciones. Imagino que en su día publicará varios volúmenes de borradores.

Recuerdo, en mi habitación, la sesión política, la historia del obrero: no olvidar nunca la lucha de clases, tener presentes las amarguras del pasado. Las alumnas han comenzado a llorar a las pocas palabras. La muchacha que estaba a mi izquierda tenía el brazo apoyado en el respaldo de la silla de delante y goteó en silencio durante toda la sesión. Era una muy triste historia, en efecto, semejante a las muchas que he escuchado ya en los relatos de amarguras: infancia mísera, enfermedad, explotación, mendicidad, malos tratos, nueva vida tras la Liberación gracias al Partido. Termina el obrero su exposición, y en segundos las lágrimas se secan, los rostros sonríen, y muchachos y muchachas salen al patio haciendo botar los balones. Esas lágrimas, qué pronto salían y qué pronto se secaban.

 

 

7-marzo-1974

 

Como mañana, ocho, es el Día de la Mujer (el del hombre continúa siendo, como en el resto del globo, los 364 restantes), hoy por la tarde ha habido en el instituto discursos al respecto, pronunciados por profesores y cuadros. Ni una palabra concreta. Lin Piao, vida en la antigua sociedad, construcción del socialismo, aumento de la producción gracias a la mujer… Cada conferenciante, fuera quien fuese, subía al estrado para hacer acto de fe de las tesis oficiales del Partido, repetir consignas continuamente repetidas, ganarse una buena nota. De la mujer en sustancia, nada. Igualmente decepcionante reunión con el subdirector y los profesores extranjeros. El vicedirector ha hecho así, en la intimidad, un amago de autocrítica con la que sale del paso respecto a las quejas de los profesores, y todo, él el primero, queda como estaba.

El infinito Aburrimiento, la Monotonía y la Repetición. Recuerdo de las consignas de Mayo del 68 en París; aquí es las antípodas de estar en parte alguna, con nadie del hotel. Los latinoamericanos hace tiempo que se inhibieron con sarcasmo, los maoístas pasan airosamente sobre estas constataciones cotidianas, la vista fija en mañanas que cantan–espero que no canten todos lo mismo-y ya me tienen marcada con el signo de Satán. Los observadores observan desde la barrera y tejen una vida de regreso de hormiguita. No puedo decir ni siquiera una expresión espontánea, ni un conato de análisis.

 

 

10-marzo-1974

 

Ayer cené en el apartamento de Joseph y Lucie, que habían invitado a un matrimonio chino de su escuela. Él y su mujer, una tímida muchacha de largas trenzas que, por supuesto, no fumaba ni probaba el alcohol, comieron con prudencia su primera comida occidental. Les mostramos el manejo del tenedor y del cuchillo, les enseñamos a partir los filetes. Joseph hubo de untar con el cuchillo la mantequilla en el pan de la muchacha, que no acertaba. Aunque se mantenían evidentemente cohibidos, él habló bastante y contó que su sueldo no había variado desde hacía trece años, pero que la carne, que costaba entonces cuatro maos el medio kilo (cuarenta fens) ahora estaba a nueve maos (noventa fens) el medio kilo [2].

 

Al escuchar a los chinos hablar de Confucio, me salta a las vista la fuerza de los ritos en este país. Mencio escribía: Lo que importa en un Estado es, primero el pueblo, luego los altares y los ritos. Esas palabras valen para la China de hoy, vertebrada en su increíble ritual colectivo. El papel de Mao Tsetung en China recuerda extraordinariamente al del Corán en el mundo islámico. Se diría que todo está hecho por, con, para él.

 

Cuando Octavio decía que la política es para los franceses un deporte intelectual, generalizaba desde luego. No he trabajado en vano en Francia y en Bélgica. Sé apreciar la ayuda, el apoyo de la militancia de gentes que no sabían de mi sino las dificultades que atravesaba y la condición de los inmigrados. Y sin embargo ¡qué pocas, qué mínimas afinidades entre este grupo de activistas-intelectuales acomodados de izquierdas y el tercer mundo real del hotel!. Arquitectos, profesores, psiquiatras… todos encontrarán a la vuelta lo que dejaron tras este paréntesis. Así pueden tomar frente a China cierta distancia y emplear el consabido lenguaje maoísta estilo Humanité Rouge. Tienen la apertura y facilidad de trato típicas de su país en superficie; y también ese egoísmo tan definido y sentido cuando algo o alguien puede estropearles sus proyectos, quitarles sus minutos.

Llegan con el impecable equipo fotográfico-objetivos, filtros, teleobjetivos, duplicador…-, el aparato de diapositivas, la grabadora-reproductora. Todos son expertos en manejarlo. China va pasando lentamente a las cintas, a los clichés.

  • No sé montar en bicicleta.

Asombro general.

  • Pero ¿eso se aprende?.
  • Pues sí, sobre todo cuando la bicicleta era un objeto. Cuando yo era chica no teníamos bicicletas. Más adelante compramos una máquina de fotos barata y era una gran cosa.

Frecuentarlos era jugar a la cenicienta tercer mundo, y yo me prestaba a ello con ironía, pero también a veces con un sentimiento de amargura. ¡Cómo daba marcha atrás su socialismo en los pequeños detalles de la vida cotidiana! ¡Qué nulo interés por los demás y qué poca generosidad de corazón! Sentía yo con ellos lo mismo que han sentido tantos otros compatriotas míos frente a esta burguesía progresista y su egoísmo inconsciente, frente a su criba y selección cuidadosa de las acciones y de los individuos, y algo en mí se reconoce, a través del gusto de humillación, en otros emigrantes de París, de Bruselas.

 

 

11-marzo-1974

 

El café de la Paz, restaurante occidental. Por una comida completa con vino y café pago dos yuanes. El público del piso bajo está compuesto de soldados, mujeres solas o con sus bebés, jóvenes esbeltos. No viene aquí cualquiera. A mi mesa se sienta un anciano de cabeza soberbia, de marfil viejo, y ojos chispeantes, con larga, fina barba blanca. Come minuciosamente su pan con mantequilla, el pescado al horno, el café con leche. Al terminar, coloca como los demás en una fiambrera el pan sobrante. Cuando se levanta, el cuerpo tembloroso y el paso vacilante descubre una edad mucho más avanzada que la cabeza espléndida dejaba presumir. Se despide de mí con una exquisita sonrisa de cortesía.

Entra una muchacha de aguileño perfil mongol, trenzas recogidas en la nuca y piel satinada; una belleza del norte acompañada de un muchacho. De vez en cuando entran también europeos, que se dirigen al piso de arriba, destinado a extranjeros y al que he rehusado ir. Este es el último resto de Occidente, de un Occidente muy teñido de ruso, y algo hay de almacén de decorados en la composición del local y en los platos: Pastas al horno, pescado con bechamel, chucrute, fondue.

 

 

11-marzo-1974, noche

 

Sachiapán, ópera modelo de Pekín. Siniestra reputación de ser la peor posible. Trabajan muchas vedettes. Guerra antijaponesa. Soldado herido que cuidan en casa de una campesina. Ésta cuenta su vida y la muerte de sus hijos por hambre. El Partido Comunista es para nosotros el sol canta. Traen arroz para la anciana los soldados comunistas, cuidan a los heridos y vuelven al frente.

El principio no está mal. Bastante estereotipado, como siempre, con colores pastel, pero agradable. Los japoneses llegan arrasando e incendiando. Escena de japoneses y colaborador. La propietaria de la casa de té esconde a los refugiados. El Ejército del Kuomingtang colaboraba con los japoneses y en él se halla el hijo de un terrateniente del pueblo. El gordo comandante japonés trabaja formidablemente. Hay escenas muy conseguidas, como una en la que cada cual canta sus pensamientos por la escena. La propietaria de la casa de té intenta alejar a los japoneses. Mientras tanto es trasportado a su casa un herido del Ejercito Rojo-impecable y limpio- y dos soldados van a la ciudad a buscar medicamentos.

Es fusilado por los japoneses un militante del Partido. También diezman a los habitantes del pueblo. El gordo se casa e invita a su boda a la astuta propietaria de la casa de té. Mientras tanto la anciana madre de un resistente injuria entre rejas al Kuomingtang. Hay una apoteósica lucha con acrobacias tarzanescas. Los japoneses y colaboradores, totalmente verdes, son arrinconados en el suelo bajo las botas y miradas despectivas del pueblo y de los milicianos.

 

 

12-marzo-1974

 

Se discute en mi sección sobre al selección de textos.

  • Mire, estos materiales son nuestra responsabilidad, y no sólo son revisados por la dirección, sino también usados por otros institutos. ¿Comprende?-me dicen los profesores.

Comprendo. Para mí es fácil y elegante lucir mi libertad de juicio, de opinión, pero ellos van a ser blanco de mil críticas y observaciones. Es fácil reprocharles que se guarden las espaldas frente a los que tienen el poder de criticarlos, y que se refugien en los trillados caminos ortodoxos del universo anticapitalista caricatural que es la imagen transmitida a los alumnos por la mayor parte de los textos. Ciertamente estos textos no permitirán el desarrollo de las facultades de crítica, creatividad ni iniciativa tan cacareadas, que brillan por su ausencia, pero los alumnos no tienen poder, conocimientos ni categoría para reprochar a los cuadros de la sección la insipidez de la enseñanza que les nutre, su pobreza mental. Miro a Shun, a sus ojillos ratoniles y al leve sonrojo que se le viene cuando afirma con una sonrisa crispada:

  • Nuestra situación es de responsabilidad; tenemos que poner notas en los textos, y marcar así nuestra posición política, ideológica.

Y siento una mezcla de comprensión clara de su limitación de movimientos y de vergüenza al percibir el encuadre y los límites de la cultura en China.

Hablamos luego de la imposibilidad de estar en desacuerdo con un editorial del Diario del Pueblo o de Bandera Roja.

  • Nosotros discutimos sobre ese artículo y vemos cómo podemos entenderlo mejor –dice Shun-. Se discute para comprender mejor la tesis.
  • Mire–interrumpe Xía-. Por ejemplo, en mi caso. Aunque yo no entienda algo, siempre pienso que la gente del Partido que escribe en esos periódicos ha sido escogida con gran cuidado, tiene un alto nivel teórico, marxista-leninista, mucho mayor que el mío, y una teoría muy buena, y pienso que tienen siempre la razón.

Bueno, es el principio de autoridad y la infalibilidad en fe y costumbres en todo su esplendor. Creo que está claro. Cuando el Partido pone en el escaparate ideológico un zapato del cuarenta, todos los chinos deben calzar un cuarenta, tanto si su número real es un treinta y seis como un cuarenta y ocho. El esquema sigue la ley de la gravedad: de las cimas teóricas cuyo Everest es Mao, descienden las verdades que creer, meditar y adoptar. La gente escucha, digiere, teniendo bien en cuenta que en lo que se llama en chino discusión no hay nada de lo que nosotros entendemos por tal, sino exégesis en la que se reflexiona sobre las mejores formas de asimilar lo propuesto y ponerlo en práctica, pero sin absolutamente ninguna posibilidad de oposición, contestación o abstención.

 

 

15-marzo-1974

 

El quince de marzo ofreció un espectáculo insólito, un olor olvidado a tierra; no, tierra no; a polvo mojado. Es la lluvia que no se había visto caer desde hace cinco meses. Vamos a presenciar un verdear supersónico.

El sol sale y se retira, borrando y volviendo a trazar sombras pálidas sobre el suelo ocre. Gorriones vivaces, supervivientes del genocidio de años pasados, se balancean en el laberinto sin podar de los castaños.

En el instituto, la resistencia y el control por parte de la dirección llegó a su apogeo cuando, tras haber advertido repetidas veces que íbamos a tener el miércoles clase para los profesores con diapositivas, al llegar con ellas y la clase preparada, se me dijo que Ju y Li prohibían a los profesores chinos ver esas diapositivas. Me las había prestado Joseph, eran vistas de París, de calles, tiendas, tráfico, casas, mercados, con lo que hubiera podido hacer un comentario de vida cotidiana y urbanismo y hacer hablar a los profesores, labor siempre penosa. ¿Explicación? Que en otros centros no se hacía (manifiestamente falso) y que no estaba en el plan de español (las clases de los profesores chinos son enteramente organizadas por mí y es bien sabido que el plan brilla por su ausencia y que la falta de planificación es una de las pesadillas de los que trabajamos en China).

A mis peticiones de reunión para que se dieran directivas concretas, exactas y generales en cuanto al empleo de material pedagógico y el reglamento, si lo hay, recibí por toda respuesta el consabido Los dirigentes están muy ocupados. Tienen trabajo.

Recurrí al único medio eficaz: negarme a continuar dando clase hasta que el asunto no se aclarara, se examinasen al menos las diapositivas en cuestión-que nadie había visto-y se dieran a todas las secciones de lenguas directivas fijas, si directivas había.

  • ¡Pero la discusión y las diferencias de opinión no deben nunca dañar al trabajo!. Debes continuar dando clase, es un principio nuestro.
  • Y hacer las cosas clara y francamente es un principio mío. ¿Dónde están vuestros principios de examinar en concreto antes de juzgar, consultar a las masas, etc?.

Visiblemente mi actitud era insólita y absolutamente intolerable en cualquier chino.

Tanto los profesores chinos de mi sección como mis alumnos–las masas, a las que he tenido buen cuidado de explicar el problema y el porqué de mi actitud, aunque no tenían puñetero deseo de oírlo-no han hecho el más mínimo comentario. Se evita en este país la responsabilidad como la peste. Los profesores se hunden en sus papeles silabeando textos a media voz, levantándose con frecuencia para ir al servicio. Los alumnos repasan en sus clases o juegan indefectiblemente al balón (no es que me parezca que deberían jugar a la ruleta rusa, pero se están pasando con el baloncesto y el tenis de mesa).

En China no se hace generalmente fotografía en color, pero sí se pueden pintar fotos, en las que el retratado se diría en la escena de un teatro, con radiante maquillaje, fondo pastel. Las fotos de las revistas chinas ilustradas que comentábamos en Europa son de este tipo: grandes, absolutas, unánimes sonrisas, ropas escrupulosamente limpias, rutas brillantes como un espejo, adolescentes altos, fuertes, de blancos dientes y cabello al rape. Una inmensa vitrina, un escaparate ante el cual pasa y repasa cada visitante extranjero. Y tras esto, razonamientos que son pura exégesis, puro principio de autoridad, que nada tienen que ver con la dialéctica ni con el materialismo; bocas que proclamaron ayer la consigna del día y que proclamarán mañana otra en contradicción con la primera sin hacerse preguntas, perdida toda costumbre de inclinarse sobre la realidad concreta antes de sacar conclusiones. Muerte a la curiosidad, al motor milenario del ser humano. Se come y se produce, y la Summa Teológica que justifica todo es que se vive mejor que antes de que no han hecho, por lo que impiden, por lo que monopolizan, pero ¿hasta qué punto les eran factibles otros comportamientos y otros métodos?. No pienso, sin embargo, como los maoístas teológicos del hotel, que cuanto se ha hecho en China era necesario o inevitable.

 

 

16-marzo-1974

 

  • No necesitamos mirar las diapositivas para opinar que no son útiles para la clase y que no vale la pena emplear tiempo en ellas.

Brillante conclusión de la audiencia que se dignó concederme el camarada Ju.

  • ¡No se puede decir no sin mirar, sin analizar concretamente! ¿Y el análisis concreto de situaciones concretas?, ¿y el Hacer encuestas antes de sacar conclusiones?, ¿y el Primero la práctica?.[3]
  • No necesitamos mirarlas para opinar. Es el centralismo democrático; cuando se dispone algo a nivel superior, debe respetarse la disposición.

 

 

18-marzo-1974

 

El único lugar que recibe toda clase de periódicos extranjeros es, por lo que he sabido, la Agencia China de Noticias, Sinjua. Cuando los profesores chinos de mi sección quieren utilizar un artículo como material pedagógico, deben saber el número, el periódico y del artículo, y pedir que les dejen consultar esa parte exclusivamente.

 

 

20-marzo-1974

 

Sopla un viento áspero en violentos remolinos amarillos. Es la rigurosa primavera de Pekín, y aun este huracán nos llega desbravado por los millares de árboles que se plantaron en torno a la ciudad tras la Liberación para protegerla y retener la capa de tierra del suelo. Miles de árboles, cada árbol un puñado de esfuerzos apretados entre tronco y tierra. Es fácil imaginar el Pekín de otrora, sus cadáveres matinales y su frío, y el viento sin fronteras. ¿Qué hubiera ocurrido si los esfuerzos no se hubiesen aunado en su momento para plantar árboles, miles, al mismo tiempo, a la misma distancia?. Toda observación sobre China hecha por un extranjero se sabe tarada por dos magnitudes que no alcanzará jamás a abarcar: la de los problemas materiales y la de las raíces del comportamiento.

Mientras tanto, continúo siendo sin duda la persona más aislada del Hotel de la Amistad. La distancia pone un escudo entre mí y lo que dejé. El recuerdo de aquel hombre es tenaz, y el deseo de él. La ternura es una quemadura persistente. Mis fotografías de boda, en Túnez, en las que parezco tan perfectamente joven y hasta bonita, están en el cajón de abajo, al fondo, y sencillamente me es imposible mirarlas. Me separa una gran distancia de todo y sin embargo no estoy en otro lugar, porque vivir en China como extranjero es vivir en la nada. Más allá de los bordes de esta isla, hay olas de distancia, crestas de bruma, y una realidad que voy limando a fuerza de días, repetición, lentitud. Mi apartamento es el mundo, y sólo encuentro respiro en la noche, cuando me tiendo en la música y en la inconsciencia de los que duermen. Bélgica, los Países Bajos, sus landas y sus cielos opalinos. Ni muero yo ni muere el pasado, y uno de los dos ha de morir.

 

 

 

Los profesores me explicaron hoy con paciencia el mitin de ayer. Se buscan en el instituto personas influenciadas por Lin Piao para criticarlas. Mi querido instituto, con un celo ejemplar se lanzó durante la Revolución Cultural a publicar ediciones masivas de discursos de Lin Piao y de su hijo Lin Li-kuo. Ahora, con notable retraso, la caza de brujas.

  • Pero entonces todos seguisteis a Lin Piao-digo.
  • Es que era un individuo de doble faz – me responden.

      Inteligente análisis.

Por la tarde, duro golpe de acefalitis. Yo les había dado como comprensión oral un texto de Camba humorístico. Se trata de la visita del escritor a una tienda de trajes hechos en la que, tras fracasados intentos de abotonarse la chaqueta, el dueño defiende el perfecto corte de las prendas y a Camba lo único que le queda, pues, por concluir es que el mal cortado es él. Sin decirme palabra, se empeñaron en no emplear este texto, y ahora Kuo me explica.

  • El contenido no corresponde a la realidad.
  • ¿Por qué?
  • Porque en China todos los vendedores sirven al pueblo.

(¡Oh, no!)

  • ¿Insinúas que en España, donde ocurre la historia, hay vendedores que no sirven al pueblo?
  • ¡No, por favor!
  • Pues sí, sí los hay. En España aún no somos perfectos.

El perfeccionismo llega a grados inigualables. Educan a la gente en la debilidad mental, dándoles puré de ideas a cucharones hasta que se olvidan de emplear los dientes del cerebro.

 

El Pekín de esta tarde de primavera no ofrecía ciertamente el aspecto revolucionario que podría deducirse por los comentarios de la prensa occidental en torno a la actual campaña política de masas llevada a cabo en China. El que reside aquí ya cierto tiempo no puede evitar una sonrisa ante las noticias de la República Popular, noticias que, por otro lado, busca ávidamente en la prensa extranjera, ya que en lo que a situación general se refiere, se está mucho más al tanto en París o en Bruselas que en Pekín sobre lo que en China ocurre. ¿De qué podemos hablar sino del clima y la cocina, cuando un extranjero no puede desplazarse más allá de veinte kilómetros de Pekín, excepto para ir a la Gran Muralla, sin permiso especial?

Los titulares de los últimos artículos de periódicos europeos Segunda revolución cultural, Manifestaciones en todo el país, etc, evocan un oleaje de Guardias Rojos, pancartas, actividades suspendidas, gente echada a la calle. Buena parte del vocabulario político chino atañe a realidades tan distintas, tan difíciles de concebir por un occidental, que esas palabras escuchadas en Europa son interpretadas en un contexto que, por ser profundamente distinto, del original, las desvirtúa.

En el periódico latinoamericano que estoy leyendo, fotos de media plana muestran manifestaciones estudiantiles y enfrentamiento en el campus con la policía. Uno de los profesores chinos mira y me pregunta:

  • -¿Qué hacen?
  • -Una manifestación.

Con una expresión de extrañeza, examina más atentamente la fotografía y comenta el gesto, que le parece más bien deportivo, de algunos estudiantes que recogen y lanzan piedras.

  • -Pero…no están ordenados-observa, dubitativo.
  • -¿Para qué van a ordenarse? ¿Para que los cojan mejor?
  • Y señaló a la policía que corre hacia ellos.
  • -Pero no hay jefes…
  • -No. ¿Para qué?
  • -Para dirigir y señalar las consignas. Aquí las manifestaciones siempre están organizadas y dirigidas por responsables.
  • -¿Y si algunos quieren manifestar, por ejemplo, delante de tal embajada, o por la calle para protestar o marcar su apoyo a algo?
  • -Pueden, por supuesto, presentar su petición a los responsables del Partido en su lugar de trabajo.
  • -¿Y si los responsables no están de acuerdo?
  • -Entonces no hay manifestación.

El Partido Comunista lo dirige todo. En esta frase se fundamenta el sistema sociopolítico de la China de hoy. Veintiocho millones de comunistas encuadran a ochocientos millones de personas. Dentro del aparato y los cauces previstos por el Partido se lleva a cabo cuanto ocurre. Nada puede ni debe darse fuera de él, y, de hecho, no se da, porque el sistema de delación funciona a nivel de base, de taller, brigada rural, barrio, clase de escuela. ¿Que los cauces usuales fueron saltados, destruidos, durante la Revolución Cultural?. Cierto, pero para adherir a consignas lanzadas por Mao mismo en una revolución iniciada y dirigida por él.

Así pues, cuando el extranjero oye hablar de revolución en China no puede menos de pensar que este tipo de revolución programada y de programa de manifestaciones son una revolución y una manifestación un tanto extrañas. Existen los mítines de apoyo, como los que llenaron, a finales de agosto pasado, la plaza de Tien An-Men para felicitar al Partido por la Clausura del X Congreso. En cambio, una manifestación de disidentes recorriendo las calles de Pekín es totalmente inimaginable.

Puesto que nuestro Partido dirigente representa los intereses de las masas, trabajadoras, quien se pusiera en contra suya iría contra la inmensa mayoría del pueblo-responden los cuadros.

Al tiempo que el Partido da directivas, cierto es que recoge opiniones de las masas, pero en este terreno, como en otros, se cosecha lo que se ha sembrado, las ideas y hechos difundidos previamente por el vasto sistema estatal de propaganda, información y educación. Los medios de información son medios de formación, difunden, directivas. Radio Pekín dedica sus espacios a la visita de un huésped importante, a partidos amistosos de baloncesto y ping-pong, a las victorias conseguidas en la agricultura, la industria. La información no menciona jamás conflicto alguno en el interior del país, aparte de la necesidad de acabar con los reaccionarios aún existentes, que es un sinónimo para denunciar a los que de obra, palabra o pensamiento no se conforman a la directiva oficial. Cuando alguien venido del extranjero y habituado a miserias tales como huelgas, protestas, manifestaciones, etc, echa de menos las informaciones al respecto, se le responde que la sociedad china actual goza de un sistema representativo de la inmensa mayoría y que excluye ese tipo de contradicciones de la sociedad capitalista.

 

 

21-marzo-1974

 

España. Me parece cuando leo este nombre, cuando enseño esta lengua, que la palabra tiene una contextura especial, de madera, de esparto, de objeto antiguo, un tacto duro y seco, de escueta esbeltez. Es posiblemente la mística de la ausencia. El caso es que cada vez que me tropieza en esta palabra la vista, sus signos resuenan como golpeados por un badajo. Allá, al extremo del mapa, con su planta andarina y su aire desaliñado, terco y bravo, su perfil de rostro pensativo recostado en el mar.

En la preparación de textos para el tercer año, busqué y presenté uno sobre el entierro de Pablo Neruda en Chile, en un Santiago que acaba de aplastar la Junta y en el que el cortejo fúnebre veía empero engrosar sus filas, sus ¡Camarada Pablo Neruda! ¡Presente!

  • -Este texto no nos pareció apropiado y lo hemos reemplazado por uno sobre la construcción del puente sobre el río Yangtsé-me comunican los chinos.

Otro texto seleccionado por mí como lectura, ha sido eliminado. Se trata de un análisis minucioso, extremadamente documentado, que tomé de una publicación seria, sobre al emigración en Europa. Lo reemplazará otro de un periódico mejicano que se titula La sonrisa china, escrito por un diplomático a lógico compás de Botafumeiro.

En fin…

Cuando se habla del extranjero en los textos, no es sino para pintar muertos de hambre y explotados hasta el esclavismo para destacar la diferencia con la feliz vida de los obreros chinos. O bien son extranjeros-periodistas de paso, visitas de cumplido, ministros-los que publican un artículo en el que se hacen mieles de China, el cual es escogido como texto, de forma que la información, el material de estudio, todo está colocado en una especie de círculo en el que se encuentra invariablemente lo que se ha puesto por anticipado, se segrega y se reembuchan las mismas tres o cuatro ideas que nutren, en cantidades industriales, un perfeccionismo y autosatisfacción sin límites, con el masivo empobrecimiento cultural, mental, humano, que esto supone. Y sin embargo este gobierno ha enseñado a leer y a escribir a una población que era en 1949 en su mayoría analfabeta. ¿Qué era realmente necesario sacrificar en la calidad para lograr la cantidad que precisaba? ¿Hasta dónde llega la necesidad y dónde comienza la imposición?

 

Me entero de que los alumnos se van en breve a la fábrica textil nº 3 de Pekín, a cumplir su periodo semestral de un mes y una semana de trabajo manual. Yo había solicitado en repetidas ocasiones acompañarles. Me mienten tranquilamente asegurándome que hasta hoy desconocían el inmediato desplazamiento de setenta y cinco alumnos.

  • -Tú podrás ir a verlos una vez por semana.
  • -Lo que yo quiero es trabajar con ellos, en las mismas condiciones que ellos y viviendo como ellos.
  • -No puede ser. Son malas condiciones para ti; y además, tú tienes que dar clase a los profesores.
  • -¿Y entonces no tengo derecho a mejorar mi conciencia política con el trabajo manual, a mezclarme a las masas, a unir la teoría a la práctica?

Los alumnos hoy me rodean tras la clase

  • -¿Viene a la fábrica con nosotros?
  • -No me dejan, porque se hace todo lo posible para tener separados a los extranjeros de las masas chinas.
  • -Oh, no. Nuestros dirigentes piensan en su comodidad.

      No pueden menos de defender automáticamente las ideas y las jerarquías que les permiten estudiar. Pero sienten que no les acompañe. Les miro. Aún cierta espontaneidad-ya poca-a tirones con los estereotipos, y siento ira por ellos. Ira porque se les nutre de textos insípidos, repetitivos, monocromos, que les dan una visión falsa de la realidad del mundo actual, que desarrollan en ellos, como un órgano monstruoso, la capacidad de repetir, recoger, y volver a repetir una gama reducidísima de ideas. Ira porque su imaginación no existe, porque la fantasía fue anulada, porque se les da un mundo castrado como si fuera el único bueno y real, porque la belleza, la sexualidad, el sentimiento, el color de la vida han sido falazmente inmolados en ellos; porque sus profesores los subestiman con la suficiencia de su propia ignorancia y juzgan todo difícil, incomprensible para ellos. Ni ponen a su disposición periódicos ni les ayudan a leer libros, ni dejan que tengan otras actividades que las de la clase oficial o el estudio individual en el que se ve el escalofriante espectáculo de muchachos y muchachas transformados en magnetófonos, paseando y repitiendo solos en voz alta. Y rechino los dientes en una impotencia total. ¿Protestar? ¿A quién? ¿Dónde?. Hay series de pasillos con puertas iguales, habitaciones similares que ocupan adultos de chaquetas parecidas. ¿Quiénes son los responsables? ¿Dónde están los responsables de los responsables?. La falta de signos exteriores de categoría es bella modestia pero tiene como reverso la incertidumbre del interlocutor, el descubrimiento del grado después de haber hablado y obrado ante el responsable con despreocupación de igual a igual. La inexistencia de señales distintivas uniforma a la vasta policía de paisano que escucha, dispone, delata.

  • Ustedes los europeos son…Ustedes los europeos tienen…Ustedes los europeos.
  • -¿Os importaría no repetirme tanto que soy europea? Al fin y al cabo, ¿qué es eso? Soy quizá tan distinta de un sueco o de un germano como pueda serlo de un chino.
  • -No. Ustedes son distintos de los chinos. Ustedes son blancos.

Me arremango, y comparo mi brazo, más oscuro que el de muchos de ellos, lo que no impide que sigan en sus trece, con esa imposibilidad que les es propia de ver concretamente una realidad objetiva sin anteponer una consigna, y así superponer su juicio a mi piel.

 

 

      23-marzo-1974

 

Tras la negativa de Ju a que los profesores vieran las diapositivas, pedí una entrevista al Comité de Pedagogía por escrito. Respuesta verbal-ellos jamás escriben-: No quieren verme ni escucharme y les basta con lo que les ha dicho el responsable de mi sección para juzgar que están de acuerdo con él. Siguiendo pues por el arduo camino de perfección del centralismo democrático, mando una carta al director pidiendo una entrevista y la semana que entra no doy clase de nuevo. Gran honor y pavor ser la única huelguista entre ochocientos millones de personas; en China se supone que las huelgas sólo las hacen los reaccionarios (ésa es la versión oficial al menos).

Tarde en el gran mundo; comida en el Centro Internacional, en el barrio de las embajadas, donde una francesa que conocí en la biblioteca, me invita a tomar café en su casa. Es una hermosa mujercita, de minúsculos tobillos y muñecas y ojos verdemar, esposa de un periodista de France-Presse. Casa de quinientos yuanes mensuales, muebles de gran lujo, pero se queja de no haber podido traer los suyos de Francia. El marido habla con disgusto de la invasión china en el Tíbet y Vietnam, con desdén del resto. Ella tiene problemas de línea, quiere pasar de cuarenta y ocho a cuarenta y cuatro kilos.

 

 

24-marzo-1974

 

Las tempestades de viento y arena con claros de calma pacíficamente soleados. Esta mañana, en las noticias en español de Radio Pekín, se ha hecho, por primera vez, desde el golpe, mención a sucesos ocurridos en Chile, los funerales de José Toha, ex-ministro de Allende, cuya muerte, tras largo encarcelamiento, dio lugar a una manifestación de dos mil personas.

En el instituto, el responsable de pedagogía, visto que me puse de huelga, cambia súbitamente de opinión y decide recibirme el lunes a las nueve. He comunicado pues a los profesores que la semana que viene doy clase, y su gracias humilde me ha hecho avergonzarme. Me he excusado ante ellos por no haberles consultado al tomar mi decisión de no darles clase hasta que se examinara concretamente el problema. Malo es el centralismo de esa jodida dirección militar de mi instituto, pero en la forma en que yo tomé la decisión de no darles clase, también hay un centralismo cuyo centro soy yo. Cierto es que lo hice como recurso desesperado, puesto que se me negaba siguiera el derecho a ser escuchada y a ver concretamente el material, y que los profesores se guardaban muy bien de complicarse lo más mínimo la vida en el asunto . Es fácil, es vergonzosamente fácil para los extranjeros como yo brillar en la aureola de nuestros conocimientos y nuestras lecturas, de nuestros viajes y del mundo enriquecido de experiencias, música, arte, en el que hemos vivido.

Comida en casa de la mujer del periodista de France-Press. Menú preparado y servido por el cocinero chino, pastel recién salido del horno, cubiertos de plata, habitaciones cuajadas de objetos de arte. Su Excelencia, el embajador de Laos, está en la casa cuando llego. Alguien telefonea para anular una partida de bridge. Las múltiples cortesías y finuras se me han hecho tan ajenas que debo hacer continuos esfuerzos para no sonreír ante los Je vous en prie, après vous, C´est ravissant. Las dos ayas de los niños aún no llegaron. La señora de la casa me presenta a un amigo como “la chica que tiene la manía de leerse Le Monde Diplomatique y copiar cosas.”

Siento un vago rencor hacia los chinos, que me han echado en los brazos de este ambiente.

 

 

25-marzo-1974

 

La responsable del comité de pedagogía ha seguido, en las dos horas y media de conversación, la táctica habitual:

  • Escucharme volver a contar todo de nuevo.
  • Guardarse bien de darme la razón frente al responsable de mi sección. Creer que se puede hacer tal cosa con un extranjero es conocer muy mal el orgullo de este país.
  • Tranquilizarme asegurándome que no se desconfía de mí, que la cosa no se volverá a repetir, que se discutirá de todo entre profesores y alumnos cuando estén menos atareados con la crítica a Confucio y Lin Piao.

En cuanto a los profesores, jamás apoyarían a un extranjero frente a un responsable chino, y la forma en la que han rehuido verse mezclados en este asunto-que se apresuraron a calificar de “cosa mía”-ilustra tristemente las limitaciones del centralismo democrático. Aquí como en otros centros, el puñado de dirigentes, cuya única calificación y labor pedagógica es con frecuencia la de censores, la de decir sí o no u otorgar permisos y amonestaciones, pontifica apoyado en las seguras y eternas verdades que les suministra regularmente el Partido, y se hacen autocríticas como quien lava.

Esto de las autocríticas ha entrado ya en las costumbres, está integrado a ellas y es el método socorrido y funcional al que de vez en cuando se recurre para seguir haciendo lo que uno quiere, Tras ver la frecuente monotonía de las reuniones políticas, su repetición y su atmósfera de siesta sobre una cama de estereotipos, tras observar el miedo a la responsabilidad a manifestarse, a tomar posición, está bien claro que cuando un dirigente pide que le critiquen sabe que los riesgos no son inmensos.

¿Para qué negar que en todo esto hay algo de terrible guiñol?

 

Los profesores se ausentan, se pasean. Inútil pedirles el más mínimo trabajo, como una redacción cada quince días, o hacerles fichas de los libros para facilitarles la lectura. Ni escriben, ni leen, ni se esfuerzan, excepto rarísimas ocasiones. Mis notas sobre métodos de enseñanza de lenguas quedan perdidas en un cajón. Leen en voz alta, sin ser capaces de resumir luego lo leído, repiten ejemplos gramaticales, memorizan textos. El nivel de madurez, valor formal, humor, etc, de los escritos de arte, de literatura, hoy en China, es el más bajo que he conocido jamás en parte alguna, es el reino de la pobreza intelectual.

 

 

26-marzo-74

 

Mi sección estaba esta mañana casi completamente vacía. Parte de los profesores habían ido a seleccionar libros a la librería dedicada a ello. La importación de obras extranjeras está severamente reglamentada. A mis profesores les presenta la librería anualmente una lista con una serie de títulos ya seleccionados, entre los que deben escoger, cosa que hacen más o menos a ciegas. Resultado: en los últimos envíos que me encontré en la biblioteca había una serie de una editorial religiosa de Barcelona sobre el Antiguo y Nuevo Testamento en forma de historias para niños, y la Conquista de América-valiente guerrero español, y abnegado misionero llegados, cruz y espada en mano, indios agradecidos de rodillas. Para evitar más desastres, propongo:

  • -Me parece que lo mejor sería que fuera yo con vosotros para ayudaros a escoger.

Caras desconsoladas.

–           –No puedes ir. No creo que un extranjero pueda.

Hoy sólo está Chai en la oficina. Frotamos como a diario las mesas con un trapo mojado. Estos febriles cinco minutos de limpieza matinal son el rito destinado a compensar la flema posterior.

 

  • -¿Qué resultó de la conversación de ayer con los responsables?-me dice Chai. Están inquietos por la suspensión de sus clases.
  • -Me extraña que preguntes. Habéis eludido mezclaros en el asunto. ¿No hay costumbre aquí de dar opiniones a los responsables?
  • -Sí, cuando nos la piden.
  • -Y ¿si no os la piden?
  • -Entonces no. ¿Cómo es en otros institutos?
  • -¿Y me lo preguntas a mí? Tú, como chino, debías saberlo mejor que yo. ¿No hablas con antiguos compañeros, de gente de otras escuelas?
  • -No. El instituto está tan lejos… La mayoría vivimos aquí y tenemos hijos. Los domingos los dedicamos a la limpieza y a quedarnos con los niños.
  • -¿Y las vacaciones?

Sé que en las de primavera los profesores tienen una semana y en las de verano dos. Antes de la Revolución Cultural eran más largas.

-En las de primavera hay que comprar comida, hacer cola en las tiendas, guisar, vienen los parientes, y en las de verano hace demasiado calor para salir de casa.

Miro por la ventana. El muro que rodea en instituto limita con el que rodea la escuela primaria, coronado éste último por cierto de una triple hilera de alambre de espino. En el horizonte, sucesivos muros y terrenos rasos, en cuyos sembrados se afana un grupo de personas. Pekín es un cuadriculado de unidades y entidades, y el miembro de la unidad B no tienen nada que hacer en la unidad A.

  • -Chai, ¿no vas de vacaciones a ver a tus padres?
  • -Es muy caro. Yo gano cincuenta y seis yuanes mensuales y mi mujer sesenta. Tenemos una niña de cinco años. Un viaje de ida y vuelta a mi ciudad, Janchow, nos saldría por ciento treinta yuanes.
  • -¿Cuánto soléis gastar en un mes?
  • -Unos setenta yuanes. La guardería de la niña cuesta doce yuanes y medio mensuales, incluidas las tres comidas diarias de lunes a sábado.

Chai continúa repasando sus textos. Pese a su timidez, me es familiar. He conocido otros Chai, ocupados, preocupados, absorbidos por las mil cosas de la vida cotidiana, por el ajetreo de un menudo hogar; he visto muchas veces, en muchos lugares, esta expresión de modesta tela relavada.

Frente a la ventana hay una gran bulla de gorriones.

 

 

27-marzo-74

 

Una vez más, los profesores se encontraban en actividades o inactividades diversas, pero, por supuesto, no en clase. Uno de los  ausentes era Shi (“piedra”, que, desde luego, se gana el nombre por lo denso). Shi llegó al instituto con retraso, empezando el semestre, me explicó que había estado en misión al norte de China.

  • -Necesito hablar con Shi. Dónde está? –preguntó.
  • -Está de reunión, con unos compañeros, de trabajo que volvieron de África, porque también Shi estuvo allí, en Guinea Ecuatorial, de intérprete con los que fueron a hacer una fábrica de papel.

Divina metedura de para. Presiento que Chai va a adelgazar en un futuro inmediato. Ti, la de apariencia de anciana, echa un capote.

  • -Sí. Estuvo en África y en el norte de China.
  • -Ya. Le pillaba de paso.

Es santo y bueno ayudar a los africanos en Guinea a poner en pie una industria, pero, evidentemente, ni Shi ni su gobierno tienen el menor interés en que se sepan los caminos que toma la influencia china en África.

Por la tarde, visita a la Fábrica Textil número dos. Esta visita figura en el periplo del extranjero en Pekín y en el programa de actividades para expertos, programas que suelen morderse la cola y recomenzar cada semestre. Tras el paso por los talleres, se nos lleva a la casa-cuna y a la guardería. Pasamos a trote por la primera. Vemos a críos de hasta dos años al otro lado de su barrerita de madera, mirándonos con ojos asustados mientras hacen con las manos los saludos que les enseñan las niñeras. Todo está limpio, sin más. Apenas unos juguetes de plástico o una pelotita. Los niños, intimados quizás por nuestra presencia, no arman ningún jaleo y parecen algo inexpresivos. Ni aquí ni en la guardería se ve pasta de modelar, papel, lápices. En las paredes hay algunos animales de cartón fabricados por las profesoras, pero no dibujos infantiles. Nada para avivar y favorecer la creatividad y las dotes o preferencias de los pequeños, los cuales gritan muy poco y están modosamente sentados en sus sillitas. Luego baten palmas, bailan con gestos infantilmente militares. Los bailes y canciones son el puñado que todos los niños de China bailan y cantan en todas las guarderías.

Sentados, tocando sus instrumentos y cantando al compás, con sus cabezas rapadas y ojos ausentes, parecen boncitos. Tenía yo muchas ganas de ir a una guardería, y siempre he encontrado a los niños chinos excepcionalmente lindos con sus redondas cabecitas adorables. Pero los rostros de estos niños, que miro atentamente evolucionar en su danza, tienen algo muy extraño, automatismo, cierta inexpresividad, hay algo alienado, una falta de vivacidad y espontaneidad, un acondicionamiento temprano. Se diría que se ha eliminado de ellos esa chispa de carácter propio de cada criatura que hace de cada una de ellas un ser apasionante. Hay una vacuidad que me recuerda a los débiles mentales-sin duda, de forma irrazonada e irrazonable–y me pregunto si veo visiones, si me dejo influenciar por mitos y prejuicios. Es posible, pero psicológicamente en China pasa algo grave, y, dada su gravedad, no puede venir sino ya desde la infancia. Por otra parte yo creo haber visto niños más vivaces que éstos. No sé, pero me ha impresionado esta guardería limpia, rasa, sin papeles ni lápices de colores, sin el alegre desorden de la infancia creativa y exuberante. Me han impresionado terriblemente los rostros automatizados de estos niños.

No he sido la única. Al salir, la inglesa y yo vamos un poco por delante. Le digo:

  • -Sheila, no sé, pero en estos niños había algo…
  • -También lo noté-me responde, sin mirarme, mientras caminamos-Parecían bonzos.

La visita a la casa de una obrera retirada, siempre idéntica la casa obrera que está en el circuito de visita de cualquier fábrica, se me hace ya casi insoportable por lo forzado y escénico del asunto. Esta anciana obrera vive ahora feliz su jubilación. Pequeño detalle, el marido trabaja en Tientsin y hace veinte años que no habitan juntos, pese a lo cual lograron engendrar cinco hijos gracias a las vacaciones anuales pagadas por el Estado a las familias separadas. Como decía la obrera, aunque estaba retirada, no se reunía con su marido porque aún tenía que ocuparse de sus hijos y porque así tenía más tiempo para el estudio político.

En el autocar de vuelta, continúa pegándoseme, como una tela mojada, la impresión de la guardería, Me asaltan las terribles utopías de ciudades futuras que fabricaban a sus individuos.

Pero en esas sociedades una clase manipulaba a las demás para mantener su existencia privilegiada. ¿Dónde, bajo qué barniz gris, está esta clase en China? ¿para qué esta inmolación de libertades esenciales, como vivir hombre y mujer juntos? ¿Para qué esa castración mental de los individuos? ¿En beneficio de quién, pues? Es brutalmente demagógico decir que para el futuro paraíso socialista, etc, etc, ¿Por qué han llegado a esta situación y por qué están tan encerrados en ella y por ella como un gusano en su capullo?

 

 

28-marzo-74

 

La noche de ayer se cerró con una obra del Teatro de la Capital: La Tienda Soleada. Contra todas las normas del buen progresista, no soy capaz de mentir, ni de mentirme lo suficiente como para responder Es una obra interesante. La heroína, con las tiesas trencitas con lazos amarillos, los gestos de marioneta, parecía la Tomasa del cuento español. No hablemos del villano, feo, retorcido. Las alusiones encomiásticas a Mao, al Partido, eran abundantes. Había una danza en honor del Presidente Mao en la cual los niños-girasoles se vuelven hacia él, que se eleva en forma de astro rey en el horizonte.

 

 

29-marzo-74

 

Definitivamente, el texto de comprensión para los alumnos de la manifestación del entierro de Neruda no pasará. Motivo:

  • -Aceptamos Allende; nuestro gobierno envió una nota de pésame por su muerte. Pero Neruda era antichino-me dice Kuo con expresión de disgusto.

Debo rectificar mi estilo de trabajo. Suelo decir lo que pienso y esto debe de haberme acarreado la más desastrosa fama. Cuando me preguntan si me gustó la obra de teatro modelo o afirman que en China hay total libertad, debía responder con un cliché triunfalmente afirmativo, pero hace falta un estómago que yo no tengo.

Mientras discuto con Kuo, un profesor se me acerca para preguntarme una duda en el texto de español que está copiando. Es una novela en la que dos campesinos andaluces discuten… Esta puta tierra…

  • -Por favor-me pregunta-¿esta puta tierra quiere decir “esta tierra virgen”?

Los profesores son el alfiletero de tantos focos de críticas que su actitud se comprende. Temen a la crítica de los responsables, a la de los alumnos, a la de los directivos pedagógicos, a la de los directivos políticos. Son la vulnerable clase de los intelectuales, y por ello se escudan en la ortodoxia más estricta-y más estúpida-sacrificando sin la menor duda la formación real de los alumnos y la propia.; y, la verdad, es que no puede pedírseles que se expongan a que les echen los perros.

Xía no ha vuelto a decir una palabra de salir conmigo y a mí me repugna recordárselo y forzarla. Tras la comida, me siento en una piedra en el patio, entre cuatro pinos. Me persigue con insistencia la imagen de un asilo de alienados: amplios blusones azules, cráneos rapados en los chicos, cortas mechas en las mujeres, gruesos mofletes. Debo de estar volviéndome reaccionaria, o a lo mejor siempre lo fui. Me extraña, sin embargo haberme dado cuenta ahora. Durante toda la comida, la crítica a Lin Piao ha descendido de los altavoces. Se tragaba a cucharadas con el guiso. Ahora siesta. Aquí y allá un alumno recita en voz alta, hace bochorno, ya estamos en primavera, pero el suelo, pajizo de sequía, no puede arrancarse a verdear. El aire levanta remolinos de polvo. Ruido de una bicicleta. Carraspeo violento.

Por la noche, voy, para variar, al club del Hotel de la Amistad. Un archipiélago de tresillos y mesas en las que hombres de negocios matan su aburrimiento como pueden, juegan a las cartas y beben. Los cooperantes hacen fantomáticas incursiones en la sala al imán de las nuevas, aunque burgueses y capitalistas, caras. La velada es alegre. Hoy, Klaus, el gordo e inigualable inglés que habla todos los idiomas del mundo perfectamente, redondo y terso de alcohol como una uva, anima, junto con François, la atmósfera. Un austriaco de camisa verde menta y varias copas entre pecho y espalda se empeña en que celebremos su cumpleaños. Klaus entona con potente voz de barítono “Happy Birthday”.

 

 

30-marzo-74

 

Mitin esta mañana en el instituto. Los alumnos escuchaban como de costumbre sin gran tensión, cuchicheaban entre sí, dormían, se arrancaban canas o hurgaban las orejas. Los oradores dieron libre curso a su elocuencia durante tres horas, pasadas las cuales todo el mundo se levantó y salió atropellándose con la alegría de niños al recreo, botando balones, enarbolando raquetas. Durante el mitin salió a relucir de nuevo la  Alumna Huérfana, con mayúscula. Pasa que esta muchachita y sus cuatro hermanos quedaron huérfanos a temprana edad. El Partido se ocupó de ellos y cada cual estudia o trabaja. Hoy es feliz. Muy bien si no fuera porque el caso de los cinco huerfanitos es exhibido incansablemente como ejemplo de la solicitud con la que el Partido vela por los desamparados y de la eficacia del sistema. Los huerfanitos salen incansable, puntualmente, en reuniones, mítines, emisiones y artículos. He leído ya la historia de esta muchacha en alguna parte, la he oído con motivo de la Fiesta de la Mujer; aunque no venía a cuento; hoy la han sacado de nuevo a la palestra a contar por milésima vez, en el mismo orden, la bondad del sistema hacia ella y sus hermanos.

El clima es perfectamente escolar. Me veo trasladada por arte de magia al instituto “Isabel La Católica”  de Madrid. Tengo trece años. Temo la crítica pública, que me señalen como “mala”.  Ahora el orador da una lista de buenos ejemplos: La alumna “x”  que ha leído ya los cuatro tomos de Mao, etc. Se hace hincapié en la bondad de la Revolución Cultural, es decir, en la incitación al combate contra un sector que, por fuerza, debe ser el más “pensante” (¿profesores?) que quizás apuntó alguna crítica sobre la Revolución Cultural, se anima a la delación de los que difunden calumnias sobre ella y se señala que la actitud tomada al respecto es la piedra de toque sobre si uno es revolucionario o no. ¿Quién osaría pues criticarla lo más mínimo? Decididamente “ir a contracorriente” significa lo contrario: denunciar a los que no siguen al centímetro la línea del Partido. Hay un ambiente de delación que por necesidad condena al silencio, a la hipocresía, a la pasividad, que son las únicas salidas. Asimismo se ataca a los que rinden culto a lo extranjero y persiguen la libertad en todo tipo de ideas. Me explico el prudente retraimiento de los alumnos.

No veo a nadie tomar notas.

Al mitin público, siguen sesiones políticas por sección, en las que se comenta el discurso. En mi departamento, los profesores, sentados en círculo, hablan por turno repitiendo de diversas formas su asentimiento. Hay una competencia preciosista de ver quien asiente de manera más original y más lograda. Pao, que normalmente en las clases no dice jamás dos frases seguidas y con el que me veo y me deseo en las clases para que se decida a poner cerebro y lengua en marcha, me asombra embarcándose en un largo discurso todo en chino, que se me va traduciendo monocorde. Shun lee a su vez un discurso ya preparado. Mo ídem. Mientras, Shi anota y es de lo más siniestro el verle ahí, con esa cara inconfundible de cana ( policía ) que diría en argentino, apuntando estos rosarios de asentimientos para transmitirlos al escalón superior; saber que ninguna expresión sincera puede salir de estas bocas, no ya por adhesión o no a las ideas expresadas, sino porque el sistema excluye por su naturaleza la sinceridad genuina. Es siniestro el ambiente escolar, seminarista, apático, gris, represivo. Es terrible la delación flotante, la convicción de que están devolviendo en el plazo indicado las ideas prestadas.

Durante el mitin pregunté a Shia:

-Cuando en una conversación privada alguien dice algo que no va exactamente con la línea,¿ lo dices?

-Claro. Debemos decirlo a los responsables y criticar.

-¿ Y traicionar la confianza de alguien, una conversación de tú a tú ?

-Oh, la lucha de clases es sin piedad.

 

 

31-marzo-74

 

Alabo a Shun una novela china, traducida, que acabo de leer: «Anales de una ciudad de

provincias». Respuesta:

-Esa novela es en realidad una hierba venenosa. Está hecha para alabar de forma indirecta a un secretario del Partido que operó en Amoy y que luego se descubrió durante la Revolución Cultural que había sido un traidor.

-En la novela hay muchas cosas interesantes, la vida en la ciudad, las actividades de la resistencia, la lucha antijaponesa. Además, ¿ cómo tardaron treinta años en descubrir que ese hombre era un traidor ?

-Pues así fue. Esa novela se retiró hace tiempo de la circulación y está prohibida a los chinos.

Decididamente Mao quiere quedarse sólo y, a lo más, pasar a la Historia-que sus escribas rehacen con fervor-monumental con un menudo cortejo de figurantes.

Este fenómeno sociológico tiene el trágico atractivo del escalofrío, de sentirse rodeado por las  aguas monocromas de un mar que puede ser el mundo del pasado, de la Edad Media religiosa y poseída por la rabia de la idea, y también puede ser el mundo del futuro.

Esta mañana, en media hora que tengo para pasar por el hotel, antes de ir al mitin, invito a tomar un café al hijo de Tomasa. Le he encontrado escardando unas plantas y me ha dado pena este pobre crío de catorce años solo y aburrido. Recordé que tenía en mi cuarto revistas cómicas que he recibido de España. Se las doy . He aquí que el angelito se me echa encima como una losa y tengo que salir a cien. De ahora en adelante cuando su mamá me hable del nene de catorce tiernos años me sonreiré.

-A este se le salen los espermatozoides por los ojos-comenta luego Pelayo- Se ha tirado ya a todas las niñas del hotel.

El ambiente de la reserva de extranjeros es singularmente propicio para que las escasas mujeres llegadas sin marido vivan como pastel en colegio. Hay una psicosis general de que, dada la absoluta imposibilidad de relaciones sexuales con chinos, sálvese el que pueda, todo vale. No es este apremio, sin sombra de estima de persona a persona, de lo más agradable.¿ El primero que me cayó en picado ? Cuando llegué, en casa de Ruiz, una familia cubana con dos niños que veo cinco minutos. Los encuentro al día siguiente en el Almacén de la Amistad, doy mi número de apartamento. Esa noche, a las diez, llaman a la puerta y veo aparecer al papá cubano.

-Buenas noches

-Buenas noches

Pausa

-¿ Quiere… un café ?

Se lo sirvo, y hablo de Fidel Castro, que es lo único que se me ocurre. Tengo ganas de preguntarle si no se van a despertar su mujer y sus chicos, que ha dejado en el hotel de al lado. Se me van agotando los temas de conversación.

-Voy a bajar al club a por una botella de champaña-me dice.

-No. Es muy tarde. ¿ Para qué ?

Pausa y mirada borregosa tras las gafas. Alarga la mano y comienza a juguetear con la mía. Alargo la otra y se la estrechó con energía y amplia sonrisa.

-Bueno, ¡hasta otra y recuerdos a la familia!

Y, estrechándosela, le depositó en el descansillo.

En Sian, paréntesis, excepto un rumano relámpago. De vuelta a Pekín, mi teléfono sonaba con  frecuencia sin que nadie respondiera al cogerlo. Afortunadamente en las citas con Alberto había la válvula de escape de Rose, y además era Alberto buena persona. El joven francés, Arthur, venía a llamar a mi puerta a las doce de la noche, aromatizado de fatuidad y alcohol, por si » necesitaba de él». Exigía:

-¿Tienes algo de comer ?-con ademanes de señorito del distrito XVI de París a la marmota española. Husmeaba, paseaba el palmito con feminidad.

-No vas a decirme que no te gusto…

Yo no le respondía. Le veía deambular. Esperaba sin decir palabra a que se fuera. En el pasillo, Arthur intentaba sin convencimiento besarme, sonreía de nuevo con suficiencia cuando encontraba el vacío, se iba al fin.

Roy, el mozambiqueño, también me hizo saber que podía contar con él y se pregonaba como un  detergente. Etc, etc.

 

 

2-abril-74

 

Una vez más, con la tenacidad de las causas pérdidas, me bajo del microbús que nos trae del instituto al hotel, en el centro de Pekín. Allí me quedo a comer muchas veces, erro por calles y tiendas, leo la prensa en la providencial biblioteca de la Embajada Francesa, y me vuelvo a cenar al ghetto. Recorro siempre, un poco como una inválida, la calle Wang Fu Ching, cegada por la reverberación solar, escurriéndome en un pavimento de losas pulidas por el uso. Como de costumbre, unos cuantos se dislocan la cervical mirando el nuevo Hotel de Pekín, en construcción. Quiero sacar algunas fotos pero hace realmente falta un valor a prueba de bomba para afrontar la hostilidad, el recelo, la curiosidad de las miradas cuando se muestra el aparato.

La multitud comienza a enflaquecer, es decir, a despojarse de los enguatados. Continúo viviendo en analfabeta, no tengo ninguna oportunidad de hablar chino, de aprenderlo, de practicarlo. Frente a mí desfilan, indistintos, los letreros de consignas políticas y los títulos de restaurantes, farmacias, sastres; un ejercito de trazos blancos sobre fondo rojo.

Soldados toscamente redondeados por sus pantalones enguatados, ancianas de pies vendados, sombrerito de terciopelo negro con un verde jade en el centro, sonrisa y ojos curiosos vueltos hacia mí; muchachas con trenzas, gorras azules y kakis, pieles tersas y sanas mejillas; niños protegidos de la intemperie como una caja de bombones en su celofán; hombres maduros afanosos; gente de paso que mira con ojos absortos y va de compras. Calma y sol. Entro en el restaurante, en la calle del Hospital, especializado en pato laqueado de Pekín, el sabroso pato, jugoso en su corteza tersa y dorada de piel grasienta, cuyas lonjas con cebolleta y salsa se enrollan en una empanadilla. Me quedo esperando, apoyada en la pared la espalda, moviéndome lo menos posible. De un momento a otro vendrán a indicarme que mi lugar está en el salón de los extranjeros, al que de ninguna manera pienso ir. Alguien viene de una mesa vecina a ofrecerme en inglés la silla de su niño, al que coloca en la suya propia. Me conoce, es profesor de inglés en el instituto. Me hablan un poco y recibo las palabras como néctar. Pago. Me voy. Compro en la calle manzanitas caramelizadas. Reojo aquí y allá una sonrisa y reencuentro el gusto furtivo de la amable buena voluntad de la gente china, los ademanes cordiales, la sencilla honestidad. De todo esto me separan mil cosas, ninguno de ellos irá más allá conmigo de la sonrisa y la frase amable, saben que no deben, no se complican la  vida.

Es fabuloso observar como algunos extranjeros sacrifican la verdad simple y neta de la experiencia real a su necesidad de creer en este sistema y en sus posibilidades durante la soñada estancia en China. Es francamente enternecedora la pasión que ponen en justificar absolutamente todo; tanto les da freír patatas como cantos. Además, siempre hay, cuando la realidad es demasiado evidente, el argumento de base: Todo se comprende cuando uno tiene conciencia política adecuada. Si algo choca, no es que algo esté mal, el que está mal es el chocado.

 

 

3-abril-74

 

En la introducción del Atlas Universal Herder, me encuentro con el párrafo siguiente: En la antigua china, los mapas estaban prohibidos al pueblo, en especial las descripciones de países extranjeros. Cuando en el siglo XV los chinos viajaron hasta el África oriental, relatando al regresar hechos tan fantásticos sobre el continente, por aquel entonces tan poco conocido, ordenó el emperador se suspendiese el permiso de navegar hacia África. El emperador chino temía que sus súbditos se volviesen infieles contra su propio país. Los correspondientes mapas, relatos y dibujos fueron confiscados, calificados de » literatura traidora a la nación » e incluso desaparecieron de los archivos imperiales y parece ser que fueron quemados».

Cada vez, con un estremecimiento mayor descubro las innumerables raíces de los comportamientos. Paseo una testaruda y pensativa cabeza como quien tira de una piedra.

La campaña contra la línea de Lin Piao continúa en el instituto. Se necesitan dianas para las nuevas descargas. Vuelvo sobre el problema de la delación. Xía me explica:

-Si una china me dice cosas que van contra el marxismo-leninismo, yo debo decirlo, claro, revelarlo a todos y discutirlo.

-Pero lo peligroso es la explotación económica; eso es lo que combatimos, Xía; lo demás es cosa de libertad personal. Si lo que dice otra persona no te parece bien, se discute con ella directamente.

-En nuestro sistema, no sólo no se permite la explotación; tampoco las ideas que no son marxistas-leninistas. Todas las ideas deben de ser marxistas correctas. En nuestro país no sólo se controlan los actos, sino también las cabezas-y Xía señala con el índice la suya propia, rosada, sonriente.-En las cabezas no deben de haber cosas no marxistas.

-¿Y entonces nosotros, qué combatimos en Europa por la libertad de ideas, de expresión, de palabra, amenazada por el sistema capitalista?

-Es la diferencia. Aquí la libertad de ideas no se permite. No se pueden tener ideas burguesas.

-No se puede clasificar cuanto existe en burgués o marxista.

-Estas cosas debes discutirlas…

-Con los responsables, ¿verdad Xía?.

-Discutirlas en grupo.

La veo con el apuro y la impaciencia de cortar este diálogo con una extranjera, en los alegres ojos el temor sempiterno a la responsabilidad personal.

-Gracias. Gracias. Ve a echarte la siesta; te estoy entreteniendo.

Remolinos de arena. En los árboles hay una fina pincelada verde claro. Me parece hoy la libertad algo más precioso y más frágil que nunca. Siempre imaginé antes la libertad como un ente robusto, que se imponía por su propia vitalidad a todas las circunstancias. Hoy la veo frágil, un ser prematuro al que todos, mientras nos quede cabeza y corazón, debemos ayudar a vivir. Creo sentir ese tenaz latido del pensamiento del ser humano, de su curiosidad, de sus inquietudes y sus amores. Ayer, durante una charla con los alumnos, uno de ellos vio una revista que asomaba de mi bolsa. Los cinco que me rodeaban caen sobre ella. Traigo otras del despacho y me las arrancan de las manos, miran y comentan febrilmente. Han entrado más alumnos. Uno del segundo grupo, alto y bien parecido, con fino bigote y un aspecto adulto que es raro entre estos estudiantes insiste en oír casetes. Las pongo en mi grabadora. En torno mío oyen las canciones chilenas, tararean marcando el ritmo. El muchacho del grupo dos escucha con una atención delicada, como si palpase la música. Le propongo conseguirle un cancionero, prestarle mi magnetófono, aunque sé los chismes que el responsable político hará al respecto y los problemas que puede traerme, pero he visto en la mirada de este adolescente la chispa de un interés sin consigna y sin estereotipo. Todo consiste en aguantar la ventana entreabierta con él codo, con la rodilla, impedir que se cierre completamente, procurar que les legue a estos chicos algo de aire fresco.

En la oficina, ordeno el cajón de mi mesa y saco las diapositivas que debí usar para la clase de profesores y que se eliminaron sin querer verlas.

-¡Fíjate!-me quejo a Shun.-Son simplemente vistas de una ciudad. Hubieran sido estupendas para ampliar y fijar vocabulario. En color, tiendas, calles, parques…

Están sobre la mesa y Shun, tras cierta vacilación, toma una, otra, y las mira por transparencia. En esto le veo cambiar de expresión, su mano suelta rápidamente la diapositiva, como un carterista sorprendido. Sigo la dirección de sus ojitos inteligentes. Acaba de entrar Shi, siempre con su sonrisa laqueada, pasando una mirada lenta por el despacho. De mi año de estancia en China, aquel gesto furtivo, tristemente furtivo, fue una de las cosas más significativas, más directamente significativas. Los dedos, la mano, los ojos, el rictus casi imperceptible de la boca; y Shi encuadrado en la puerta.

 

 

5-abril-74

 

Continua empeorando la situación. Ü se me acercó con esos sonrojos e indirectas habituales en ella, comunicándome que los temas de los textos de las comprensiones para profesores debían ser comunicados previamente a los responsables de mi sección. He preguntado a los otros profesores extranjeros. Nunca se les dijo esto. Tengo un cansancio de muerte. En general, los extranjeros que viven en Pekín se quejan de esta fatiga irrazonada, de esta inercia. Bromeábamos diciendo que se nos mete bromuro en la sopa como a los del servicio militar. Ya voy claudicando. Por ejemplo, las clases de chino del hotel definitivamente las abandoné. Parecían hechas ex profeso para que nunca pudiéramos conversar. Hoy estoy escribiendo en el segundo piso del Restaurante de la Paz, el reservado a los extranjeros, yo, que siempre defendí estar con los chinos; pero me he sentido incapaz de afrontar la curiosidad constante al entrar y mientras como, el cliente que se va de la mesa en la que me instalo, la lucha con la camarera para que me deje quedarme en la parte baja. Al subir la escalera, dejando abajo la planta dónde los chino comen, me he dado cuenta de que algo se había consumado en mis torpes intentos de establecer un contacto real con ellos. La situación en China me ha empujado al campo de los occidentales, ¿ de los occidentales reaccionarios o de cuáles, de qué clase, de qué visión política? se preguntará inmediatamente el avispado marxista. Pues supongo que entre los de izquierdas, pese a todo y como siempre.

Los síntomas de nerviosismo aumentan. Se nota en la atmósfera tensa para sacar fotos. Los responsables evitan más que nunca tomar decisiones, se amurallan en lo conocido, en lo seguro, esquivan la responsabilidad con un miedo a las críticas que debe venir del recuerdo de la Revolución Cultural.

 

 

7-abril-74

 

Llegó en una breve visita a causa de un congreso, Tao, el responsable de la célula del Partido en el instituto de Sian, la primera persona que me recibió cuando puse el pie en Pekín. Tao es un hombre que, bajo la fina capa de rigidez del cargo, tiene una gracia notable y una sencillez de trato de la mejor ley. Me trajo cartas de los de Sian, de Chung, Mei, Hao. Esta noche fui a cenar con él y, desgraciadamente, hube también de invitar al intérprete de español del hotel, al larvario Ho. Estuvimos en «El Cuerno de la Abundancia», un restaurante extraordinario y, hasta ahora, la cocina más fina que he encontrado en Pekín. Fue una velada en la que volví a encontrar el gusto, ya perdido sin esperanza, del contacto humano real con los chinos; el comunismo se despojaba de la capa burocrática de temor y conservadurismo, de dogmatismo y desconfianza, para tomar la humana y profunda imagen de este cuadro que, como otros que he conocido, horadan tenazmente los muros de una China feudal, de una China xenófoba, de una China mandarinal y burocrática. Son los verdaderos militantes, los que hicieron una revolución y la continúan contra toda una serie de fuerzas que se divorcian en los hechos de lo que apoyan incondicionalmente de palabra. A través de este hombre, de las cartas de los Sian, me encuentro de nuevo con la parte fuerte, vigorosa y sincera de China. Pero mi experiencia de Sian es bastante única entre los extranjeros. Para la inmensa mayoría de nosotros China está al otro lado de la pantalla aislante de burócratas recelosos. China tiene el color del cristal que entre nosotros y ella se coloca, el color de la segregación en que vivimos, del miedo a tratarnos.

El viernes había película en el hotel. Ahí estaba Tao, sentado arriba, en las filas en las que se ponen los chinos. Subí a todo correr los escalones para saludarle, ante el estupor de sus severos vecinos de asiento.

Hoy el ambiente en la cena no tenía nada de comedido, con honorable huésped extranjero. Nada de la engorrosa costumbre de poner bocados escogidos en el plato ajeno. Dos brindis únicamente, lo que es apreciable cuando recuerdo los innumerables de otras ocasiones. Preguntas directas sobre problemas de trabajo y sobre mi vida concreta a las que yo contesté concretamente y con franqueza total. Cuando hago notar la negativa general a tener tratos con extranjeros, Tao, -¡bendito sea!-me dice:

-Pero ¿y el internacionalismo entonces?

-La verdad, Tao, es que la gente tiene temor. Creo que en un tiempo criticaron a los que se relacionaban con extranjeros y ahora temen que les pase lo mismo.

-Entonces me criticarán a mí también.

-Bueno, es muy posible que te critiquen por haber tenido tratos conmigo.

Sí, es posible que un día le critiquen, pero también lo es que otros le apoyen, y en verdad el futuro de la revolución china está en manos de gente como él, si la otra China oscura no les ahoga en una red de burocratismo y de temor.

 

El día de ayer lo pasé en gran parte con un austriaco que conocí el lunes y se va mañana por la mañana. Mediana edad, la mezcla de despego irónico y hombre de negocios que conozco bien, el tipo germano. Me recordaba al otro. De una manera rápida, eficaz, como si una y otra vez fotocopiara el pasado, he reproducido con este hombre el pronto establecimiento de lazos de simpatía y de una camaradería asexuada. Ayer noche, paseando por el Parque de los Bambúes Púrpura, sentados oyendo chapuzar a los peces, hubiera querido a veces un contacto físico. Mi cuerpo es un mendigo y lo sé; es como una sombra que busca, la avidez inútil de otro ser vivo, la seguridad en sí. Al entrar en el apartamento, el silencio era atronador, la conciencia de las mañanas que alumbrarán esa corriente de vida de la que estoy excluida era abrumadora.

Él, planta tenaz, continúa enraizado. Ninguna noticia suya. ¿Para qué andarme con disimulos?. No puedo vivir con intelectualismo seco. Tú tenías la seguridad en las manos y en la sonrisa, la ironía en los ojos, gestos descuidados de cortesía y amistad que yo, no versada en tu mundo, tomé por afecto. Tenías la calma, y algo en mí hubiera deseado a veces medirse con tu rara, fría cólera. Tenías todo lo que yo no he tenido nunca ni tendré jamás y lo colocabas ante mis ojos con una irresponsabilidad de niño rico. Tuve hambre de ti y hasta hoy la tengo y siempre la tendré. Si me hubieras dicho «Ven», oh, yo hubiera convertido cuanto tengo en humo para ir más ligera,  porque eras indispensable para mi existencia y porque hasta hoy y cada día mi persona toda muerde como una gran boca en el vacío.

 

11-abril-74

 

El Instituto nº2 de Lenguas Extranjeras de Pekín tiene la inestimable ventaja de ser una perfecta muestra de centro reaccionario. Shun vino a decirme hoy, con la sonrisa de circunstancias y el aire apesadumbrado que le es propio cuando toma el papel de censor, que en el texto que yo había redactado para los estudiantes de tercer año hay dos cosas que es necesario eliminar. El texto trata de la situación de los estudiantes en España: La Universidad ha sido tradicionalmente lugar de discusión, de actividad, de críticas y protesta. En los años que siguieron a 1939 ( año del triunfo de las tropas de Franco, tras el cual se instaló un gobierno de tipo dictadura y se organizó una búsqueda y represión sistemática de todos los que habían apoyado de palabra, obra o idea al Frente Popular ) el clima de control autoritario y la brutalidad de las medidas tomadas contra lo antifascista, imposibilitaban cualquier intento de libre expresión.

-Hay que eliminar del texto la palabra «Franco»-me dice Shun-China tiene relaciones diplomáticas con España. No hay que decir nada que pueda molestar a un gobierno extranjero.

-Sin hablar de internacionalismo, que está fuera de lugar a ojos vistas, esto es un texto para los alumnos; no un comunicado oficial y ni siquiera un artículo del «Diario del Pueblo».

-Todo texto impreso es oficial, y representa al gobierno chino. La diplomacia es algo tan complicado…Por la misma razón hay que suprimir otro párrafo: Lo de las manifestaciones por Chile.

Ahora sí, ya no doy crédito a mis oídos. El párrafo es el siguiente: Los universitarios (españoles) vienen organizando en los últimos años una serie de actividades de protesta contra la represión-La cual se manifiesta a veces con el encarcelamiento o asesinatos de dirigentes obreros-, contra decisiones del Gobierno; manifestaciones estudiantes de apoyo a huelgas nacionales y de solidaridad con las luchas en otros países, como en Vietnam, en Chile, cuyo pueblo es aplastado hoy por todo el peso del fascismo.

-Ni siquiera puede decirse en un texto que los estudiantes españoles, no ya los chinos, hacen manifestaciones de solidaridad con Chile ¿no?-pregunto admirada.

-Nuestro gobierno tiene relaciones diplomáticas con Chile.

-Bien. Si hay que quitar Chile, se quita también Vietnam.

-¡No! ¡Vietnam no!

-Sí. Vietnam sí. China podrá tener la posición que quiera respecto a la Junta Chilena, pero oponerse a que se diga que estudiantes de otros países manifiestan contra ella, es el colmo. Shun, comunica, por favor, a la dirección que les pido una cita a fin de que me den una explicación política sobre los párrafos en discusión. O pasa el texto en su totalidad, o no pasa en  absoluto.

Se me ha dado como a otros profesores de español supongo, en el instituto un fascículo titulado Algunos antecedentes sobre las relaciones entre la República Popular China y Chile sobre cuyo origen se me dijo que no era traducción de un documento chino y tal vez venía de un periódico latinoamericano, marxista-leninista. Pero el estilo del lenguaje la línea, un «nos» intempestivo en lugar de un «les» ,etc, me hacen pensar que el texto en realidad es chino y que darlo como tema de estudio para una clase de profesores es una manera de hacerlo corregir sin pasarlo a los extranjeros que trabajan en la agencia de prensa o las ediciones. Esta docena de hojas policopiadas son de una argumentación inconsistente, pueril y apoyada en datos inexactos. Está fechado en 1973. No me ha sido entregado como secreto así que soy libre de comentarlo y mostrarlo. En todo caso, pidiendo datos, voy redactar un complemento de este documento poniendo los puntos sobre las íes.

Con los continuos palos que me dan en el instituto y la diaria paliza sentimental de la falta de correo, unida a la pasajera decepción del austriaco, al que yo había paseado por Pekín e invitado a casa, que volvió a su país sin ni siquiera telefonear para despedirse, estoy rota y como si me hicieran una sangría de fuerzas. Divago, vago por las calles martilleadas por la terrible luz blanca, los amaneceres húmedos me traen, con el verdor reciente de los campos, recuerdos de aquellos países bajos, flamencos, holandeses, de una mirada azul que hace tiempo que resbaló sobre mí, y el deseo tenaz.

Quisiera a veces algo sólido en mi vida aunque no durara, pero haberlo abrazado una vez. Es la seguridad de la loza y el jarro; el olor del rescoldo, de la mano tendida. Es la piel y los huesos de otros, llenos, plenos del zumo de vivir.

 

Es la inmensa tristeza,

la tristeza incontable,

la vieja tristeza tenaz,

la dura tristeza ácida.

Es sequedad y polvo

en los pliegues jugosos de la vida.

Es el Tiempo, el último,

el verdadero dictador.

Donde se caen las hojas de los pinos,

donde amarillean los abetos,

donde la herrumbre cubre las plantas vivas

y un soplo seca la piel de los animales jóvenes.

Es el hondo núcleo de la tristeza

como un clavo,

como un símbolo,

como un molde,

como un patrón al que se ajusta

una y otra vez mi vida.

Es la tristeza.

Compañera, tu rostro

es el de la muerte.

Y así el corazón va latiendo hacia atrás

y la sangre corre en sentido inverso.

Compañera, tu rostro se me acerca lentamente

con toda la tristeza que es el núcleo

y la cifra de mi vida.

 

Tienen los chinos una respetable contradicción entre su política actual y la de hace unos años. Se habla de que en estos días Chu En-lai lucha por defender su línea. El eclipse de su política de cierta apertura, de poner coto a la xenofobia, significaría quizás la oleada de los «puros » ultramao, una dictadura aún más estricta ( ¿cabe?), una censura aún más draconiana (¿se puede?), una segregación de los extranjeros aún más perfecta. Síntomas de los movimientos a alto nivel contra Chu serían el asunto de Antonioni, a quien él mismo hizo venir, e, indirectamente, las críticas a ciertas manifestaciones artísticas que él patrocinó.

Por la tarde, a la vuelta del instituto, como aguanto cada vez menos el comedor del hotel , me quedé en el Club Internacional, triste puerto de mis ambiciones de adaptarme a los chinos. Como estos problemas del instituto me tienen agotada, me ofrecí el gran lujo, en la peluquería del club, de uno de esos divinos masajes capilares, única y casi erótica sensación placentera factible.

Mientras tomo café en el club, oigo en la mesa contigua a un diplomático árabe decir en inglés a su intérprete chino que en China el extranjero se siente realmente como en su propia casa, que la sonrisa china significa el abierto corazón. ¡Qué cinismo diplomático! Bien debe saber que le saldrán canas esperando que un chino le invite a su casa.

En el hotel, grandes competiciones por el Nobel del marxismo-leninismo. A veces procuro hablar con los galos. Pese a su narcisismo de grupúsculo de iniciados, tienen al menos iniciativas prácticas, pero también el típico perfume del izquierdista francés, crema de la inteligencia y del espíritu politizado, bien servido de desprecio hacia los demás y de egoísmo en sus relaciones humanas diarias. El tercer mundo se hace notar. Para discutir de política y apoyar al proletariado mundial, no hay gente más brillante que los franceses; Pero para pedir un favor, ya sea una máquina de escribir prestada, que te acompañen a una dirección desconocida, etc, para eso están los tanzanianos, nigerianos, árabes…

 

 

14-abril-1974

Una noche toda hinchada de tormenta, polvo y silencio. El hotel es un panal de extraños zumbidos. A cada cual sus ritos y sus conjuros, su necesidad de dioses para orar, sus incertidumbres o sus certezas demasiado ciertas para serlo. Hay esa masa inmóvil sobre todos nosotros, como si hubieran descendido el techo del cielo. El polvo se posa en los libros, de la noche a la mañana los encuentro cubiertos como si hubiesen transcurrido siglos, el polvo se posa en los bizcochos sobre la mesa, se posa en las finas arrugas que me nacen lentamente bajo los ojos.

Nada sé de lo que le espera a este mundo cuando los decenios pasen, pero mi no saber tiene una ventaja relativa respecto a las visionarias certidumbres de los que cerraron con un -ismo la serie de los profetas. Lo que nos reserva el tiempo y el hombre es de una vastedad inmensa. Tras nuestra plataforma de conocimiento de hoy otras se alzan, se van alzando, más allá de nuestro siglo, de nuestro limitado ser, más allá de la tormenta que esta noche se avecina.

Iré de nuevo, a la búsqueda de los límites de la identidad. Creo haber recorrido multitud de márgenes frías, construyendo en todas sus playas mis castillos de arena con grandes almenas de metal. Y luego otras orillas. Hoy creo que ningún pescador saldría a la mar si no tuviera a la vuelta la casa y la rada que le esperan, un ancla hecha de una mesa con mantel a cuadros, bien clavadas las cuatro patas en la realidad.

El olor de los distantes mares, sus grandes y ciegos peces recorriendo todos mis sueños.

Me hallarán muerta de hambre; exhausta y muerta de hambre sobre la frialdad de las arenas lavadas de alguna playa. Me hallarán aún con el jadeo en torno mío esparcido, muerta de hambre de calor, en una playa como un gran noviembre húmedo, con la fatiga de haber repetido tantas veces lo mismo en tantas lenguas.

 

Aprovechando que nos hemos quedado solos en un despacho del instituto, intento aclarar algunas cosas con Kuo. Kuo se remueve como si se hubiese sentado en un clavo.

-Es que tú eres muy…insistente ( me dice, por «testaruda» ). Por ejemplo, lo de quitar Franco y Chile; debes comprender que todo lo que se escribe en China debe atenerse a los principios oficiales.

-Vosotros no sois los únicos que tenéis principios. Antes me borraba yo que borrar Chile.

El rostro tozudo de Kuo sonríe ligeramente:

-A mí me gusta tu manera de decir siempre lo que piensas; a todo el mundo no, pero a mí sí.

Algo se abre, de vez en cuando, también en China esto pasa; parece el abrirse de puertas que uno cree condenadas. Lo mismo que el otro día: un alumno se puso a explicarme minuciosamente el sistema de las comunas populares y las diferencias respecto a las brigadas de producción, y terminó diciéndome:

-Si tiene dudas, pregúntenos y se lo aclararemos.

En ellos un denominador común: el aspecto modesto, las manos pesadas, algo realmente proletario, una casa de dos habitaciones, un intento no por simplista menos admirable de servir a los trabajadores. Hubiera podido comprender China mucho mejor si el sistema no me hubiera confinado en mi piel de extranjera.

Kuo y yo hablamos del Che, del revolucionarismo, del camino que quizá escogerá América Latina. Para él, es casi imposible la existencia de contestación del sistema. Para mí es una necesidad.

Cena en el hotel Sin Chiao, el de famosa cocina. Me lleva Musa, el nigeriano. Heme pues de nuevo en un islote occidental. La cocina de Sin Chiao merece su reputación pero es carísima. Por el comedor deambula una raza bien marcada: la del «Homo negotium», físicamente fruto espléndido de una alimentación excelente, de ricas proteínas transmitidas de padres a hijos, con algunas concesiones al exceso de vientre por el uso del alcohol y de la cerveza, alto, arrogante, impecable, seguro, rosado, manos habituadas a encendedor de oro y talonario de cheques. La desproporción del mundo…las clases…Estos caballeros guapos y envidiables, cuya próspera apariencia y los bienes que manejan han sido acumulados por capas de hombres grises, sobre los que ellos marchan como sobre hojas secas. Conozco esta raza impecable, su «savoir vivre» y su éxito con las mujeres. Yo misma como mujer me he sentido atraída por estos machos poderosos y seguros, jefes de manada, firmes y burlones. Sin embargo, más allá de ellos sé que se extienden las olas pardas de las gentes oscuras y sin belleza, su existencia. Sometedores y sometidos. De un mundo al otro voy.

En la noche, la habitación guarda tenazmente su forma en el armazón de las paredes no tocadas por la mano mágica de un Boris Vian. No hay cartas; no hay carta de él, ninguna de esas cosas por las que se puede resbalar la palma de la mano en las horas y en los años de recuerdo y soledad, de desesperado anhelo de lo que puedo ser. Ni una foto, ni un anillo ni un objeto ( tantos objetos llenaban su casa y nunca supo dar ninguno ).

Hoy cuando un conocido viendo mis fotos de hace cinco meses, me dijo que yo tenía ahora peor aspecto que al llegar a China, sentí deseos de arrojarle sobre la mesa mis fotos de hace cinco años.

 

 

16-abril-74

 

La actividad laboral de los profesores chinos es, desde luego, de lo más exótico. En mi departamento hay nominalmente treinta profesores de español, la mitad de los cuales no se encuentra en el instituto, dedicados a actividades variadas. Del resto, sólo uno pocos dan clase. Se redactan materiales. Hay una fiebre manualística, fiebre en parte apoyada en el desfasado consejo de Mao sobre la inconveniencia de unificar los manuales de estudio; así cada escuela debe redactar los suyos. Nunca están todos los profesores presentes conmigo, pese a mí insistencia en que aprovechen mi persona, que cara cuesta en yuanes. Uno recibe a su tía, el otro va a ver a antiguos camaradas, aquélla tiene el niño enfermo; sobre todo, hay reunión. Y nunca se trabaja. Bueno, trabaja la intelectual que se supone que soy, el autómata desprovisto de conciencia política.

Agotados de ir a reuniones y mítines, de rivalizar en virtuosismo para adherir brillantemente a las consignas, se despejan mis profesores de las neblinas ideológicas jugando al ping-pong, deporte recomendado por Mao. Pero eso sí, siempre están disponibles para lo que la dirección guste mandar. He aquí una bella manera de hacer de las gentes objetos administrables: Déseles un salario fijo y únaselos de por vida a una entidad en la cual puedan vegetar dentro de los límites.

Kuo me anuncia que Ju, el responsable que se dedica activamente a hacerme la vida imposible teleguiado por Li, quiere hablar conmigo mañana, cosa notable porque todos estos responsables tienen, si no el uniforme, si vocaciones frustradas de ministros, y hay que armarse de paciencia y semanas para verlos. Mis intenciones de atacar ya a golpe de cartel mural o escribir a Chu En-lai han debido despertarle sobresaltado del nirvana censor.

 

 

18-abril-74

 

Deliciosa reunión matinal con el responsable Jo de mi sección. Repetición ad infinitum de la oratoria habitual. Resumen: continúa el régimen policíaco de hacer pasar por la censura absolutamente todo y no se considera oportuno que se den directivas generales para todos los profesores extranjeros. (Nada más cómodo que la arbitrariedad). En cuanto al texto de los estudiantes españoles, eso es aún mejor. La única explicación política que se me ha dado para justificar la supresión de «Franco» y de «Chile» es que los textos deben ser de una ideología correcta y estar en la línea de propaganda del Partido Comunista Chino. De todos mis argumentos, el único que les ha causado efecto y que la intérprete anotó con esmero es que…Pekín Informa había publicado una reseña sobre las manifestaciones en Santiago por la muerte de Toha. Todo les resbala, excepto lo que está explícitamente en las directivas oficiales. La atmósfera se envenena pues más y más en mi sección, como un pan que enmohece, sin violencia.

Josy, la profesora de francés me pregunta:

-¿Tomas notas? Quiero decir que si escribes lo que observas cada día.

-Sí; mi diario, vamos.

-Pues conviene que seas prudente con lo que pones.

-¿ Quieres decir que leen la correspondencia o registran mi escritorio?

-Yo no digo eso; no sé nada. Pero…estos momentos son muy especiales. Sería posible. No hay que olvidar que nosotros estamos en contacto con una capa de burócratas que es lo peor del sistema chino. Los obreros, los campesinos, es distinto.

-Estamos en contacto con lo peor-asiento- pero ¿quién nos dice realmente que este modo en que vivimos, esta capa con la que tenemos contacto, es peor que lo que no conocemos?. Somos nosotros quienes lo suponemos, sólo nosotros. En realidad, no sabemos nada.

-Es cierto que no conocemos otros ambientes…

 

Pausa, frío, porque no era la primera vez que esta idea saltaba al primer plano. Hemos supuesto con tanta certeza que lo negativo que constatamos era una enfermedad local de la capa burocrática encargada de nosotros, que el pueblo chino era una realidad significativamente distinta y positiva, que la idea de que esto es una suposición que nosotros queremos creer es nueva, por lo menos no fue expresada antes.

Mis notas. El peligro por mi persona no importa. Legalmente China no debería encontrar nada que decir porque no he hecho nada ilegal. Ni copié carteles, murales ni saqué fotos prohibidas. Pero en la arbitrariedad inherente a un sistema de totalización de los poderes y de no fijación de las leyes, se depende de poca cosa. Es inmensa, desproporcionada, increíblemente ridícula esta historia de espías, un gran escenario psicológico de cartón piedra con actores hipnotizados. Como si me paseara diariamente por zonas militares estratégicas, vamos, en vez del  hotel al instituto ante un escaparate depurado.

Desde que llegué ha sido una lucha continua por adaptar las impresiones que recibía a las ideas que constituían mi equipaje y mi manojo de llaves al venir a China. También existía la presión del medio, de la colonia de cooperantes. Había que interpretar en cierta dirección, criticar en ciertos límites. Cada día se producía en mi obtusa cabeza una agotadora distorsión pies del treinta y nueve a zapatos del treinta y seis ó del cuarenta y dos. Pero en un momento dado algo ha terminado por romperse, mi cordón umbilical maoísta supongo. También la convicción de que todo lo que fuese observación negativa era una maniobra inconsciente, irresponsable, de derechas; era hacerle el juego al capitalismo explotador. Más fuerte que las presiones que me rodean ha sido mi odio de fondo al razonamiento religioso, a los monopolios de la verdad, a la exégesis, a la limitación de las infinitas posibilidades de la vida. Me siento, dentro de la dificultad de mi situación actual, mejor ahora, como me sentí mejor el día en el que definitivamente puse a Dios en la parada del autobús. Es el alivio de sacar conclusiones y de comunicarlas aunque no cuadren en un esquema.

 

 

21-abril-74

 

Querida Monique:

Te mando con otra persona que se va las hojas siguientes de mi diario, que, como las anteriores, te ruego guardes hasta mi vuelta.

Hoy estuve en el Palacio de Verano. Estamos en abril, en los primeros calores de una primavera repentina y polvorienta. Una multitud de pekineses y gente de paso hincha los autobuses y pedalea hacia el antiguo retiro imperial de placer, al noroeste de Pekín, en las afueras. Los extranjeros van en coche, como se supone que todo extranjero bien nacido debe desplazarse. Pedaleo con orgullo, ya que he aprendido a montar en bicicleta a costa de moretones y espantos aún no hace un mes. Me salía por las mañanas a las seis, cuando no había nadie, a la avenida del antiguo comedor, y allí me esforzaba y me despellejaba. Tal y como tengo las piernas de conciliares, tardaré en poder ponerme faldas y lucirlas. Voy ahora en mi bicicleta verde de ocasión, bien agarradita y palpitante, porque estos chinos son el colmo, se entrecruzan, frenan con el pie, salen a toda de las callejuelas más inesperadas. Como son maestros del ciclismo, zigzaguean limpiamente mientras yo me aventuro llena de pánico entre ellos y los carros y autobuses.

Aparecen las Colinas del Oeste, con sus pagodas, sus torres, pabellones y lagos, puentecillos de jardín de muñecas. Los árboles florecidos en rosa y blanco son esplendorosos. Al llegar, un servicio de colegialas de doce a catorce años indican a los ciclistas el sitio de aparcamiento. Hay una muchedumbre. Gran parte viene en excursión organizada por su unidad de trabajo, en camiones o autocares. Numerosas letrinas, cuya visita es, por cierto, una experiencia indispensable. Al entrar, una se encuentra con una serie de agujeros en el piso de cemento; nada de decadencias burguesas como paredes entre uno y otro o puertas. Las ocupantes no desaprovechan la ocasión de ver un culo occidental, y me examinan una seria mirada crítica durante todo el proceso.

En tenderetes instalados en la plaza de entrada, ante el soberbio arco Chin, se venden frutas-caras-, salchichas, empanadas, tortas, pastas, carne asada, pescado frito, panecillos, bollos, bebidas. La gente llena sus bolsos y se sienta a comer en los pabellones o en el largo pasillo destinado al paseo de la emperatriz los días de lluvia. Se rema. Otros recorren el lago en una barcaza. Todos se hacen fotografías con fruición cuidando bien la pose . Los soldados se abotonan hasta el cuello la guerrera, los muchachos se atusan, se cuadran ante el objetivo.

Aunque la estación va avanzada, los chinos, siempre frioleros y ahorrativos en calorías, conservan bajo la chaqueta de algodón dos jerseys, y el pantalón interior de lana.

Familias. Chicos y chicas. Parejas ( He visto una, heroica o chinos de ultramar, que se cogían el brazo. No sé dónde vamos a parar ). Juegan a las cartas, tienen un aspecto físico excelente, no se les ve leer…

-¡ Hop !.

Tras brincar limpiamente sobre mi cabeza, el juguetón sirio Zyad aterriza entre las rodillas sobre las que apoyo el cuaderno en el que escribo y el borde del lago. Sheila ríe arriba del salto y de la sorpresa.

Zyad es gran amigo del burlesco. Imita notablemente los gestos de su abuela cuando dormita. Sheila hace vida en su apartamento, en el más indiferente desprecio a las comidillas del hotel, y parece deportiva y razonablemente satisfecha.

-¡Tanto como huía de los árabes!-comentó François en el comedor, viéndola sistemáticamente con Zyad.

Por supuesto el sirio me persiguió a mí en su día a su manera decimonónica y pastosa, haciéndome ir a su apartamento, en el que encontré dispuesta una cena preparada con toda minucia, un diván con sus cojines, y un hombre melifluo que en un inglés repetitivo pasaba y repasaba por mis orejas como un rodillo la conveniencia y ventajas de dormir con él. Luego me mostró, en un gesto mezcla de melancólica pose y jactancia de macho irresistible, el retrato de su mujer, dejada con sus hijos en Siria, de la que se había separado durante algún tiempo y que estaba dispuesta a seguirle aunque fuese a los infiernos. No era feo Zyad, pero no hubiera comido yo de ese plato; cuestión de estómago. Tenía esa guapura rápidamente sebosa y flácida de los sureños. Sus labios gruesos, chupando frases quedas y convincentes, sus ojos cargados de malicia, pero sin inteligencia, era muchísimo más de lo que a mi paciencia le estaba dado soportar, así que tomé dos cucharadas de cena, un té, esquivé en el pasillo una desvalida maniobra de retención, me excusé por no poder quedarme más ni seguir sus consejos de acostarme con él, y me fui.

Sheila se encontraba bien con él. Tanto mejor para ambos. Voy un trecho con los dos. A ellos les espera en la puerta un taxi del hotel, pero Sheila entra conmigo en el restaurante del Palacio de Verano para pasar a los servicios. En el patio se detiene, duda, luego:

-Ten cuidado con quien hablas, lo que haces. Te vigilan. Se dice que te dedicas a pasar cosas a los de las embajadas, que por eso te quedas a comer en Pekín de vuelta del instituto. Te siguen. Cuidado con lo que escribes; dicen que es antichino.

-¡Estoy harta de imbecilidades ! Escribe todo el mundo, ¿ por qué no yo, que siempre lo he hecho ?. Nunca lo he ocultado. Pero esa historia de espionaje, de contactos, es de lo más teatral. ¿Quién te lo ha dicho ?.

-Sheila se muestra evasiva:

-Se dice. No quiero pronunciar un hombre, pero la persona está bien informada…Bueno, es Klaus, y ya sabes que él está al tanto. Adiós.

Tanteo por la superficie temblorosa de un mundo incomprensible, un mundo del absurdo maquillado de Orden. Es un ridículo cortometraje de espías, pero lo es en un mundo sin lógica objetiva, sin límites a la arbitrariedad legal, sin juego de oposición; un mundo habituado a presentar de inmediato el reflejo adecuado a la tonalidad con la que el sistema tiñe la sombra, la marioneta, de turno. Un mundo dispuesto a encarnar cualquier cortometraje. Nada puedo esperar de la realidad. Y estoy totalmente sola, en esta probeta colonial en la que el que más y el que menos esconde tras razonamientos intelectuales su rechazo de complicaciones, su egoísmo y el desahogo de sus mezquindades personales. Estoy sola. Es risible, pero otros extranjeros antes que yo, por razones risibles se han visto encerrar en cualquier parte, permanecer años en el último piso de un hotel, limando autocríticas.

-Y al entrar en el restaurante, hallo al mismísimo Klaus, que se desquita con una comida pantagruélica de las austeridades de su régimen semanal. Grueso, lampiño, embutido en estricto uniforme azul marino, gorra incluida, sin faltar la redonda insignia de Mao-pasada de moda-en la solapa, se diría un gigantesco y mofletudo pequeño guardia rojo.

-Sí, por favor, siéntate-me ofrece.

Encauzo la conversación por el campo de la censura. Klaus se muestra convencido de que la hay y que es muy probable que yo sea una de las beneficiadas.

-Hay ese rumor de que tú escribes un libro antichino…

-¡Pero…!

Klaus se pasa la servilleta por los labios y chasquea como quien no da importancia a la cosa. En el trayecto de vuelta, me hace una pregunta muy fuera de lugar en un inglés discreto:

-¿Qué opinas de Sheila y Zyad?

-Yo… pues nada. ¿Qué voy a opinar?. Ella me parece una chica muy sana, sin disimulos.

-Sí, sí. Sheila es una magnífica colega, pero es molesto la imagen de las inglesas que está dando a los chinos con su concubinato público con Zyad. El otro día un profesor de mi sección me preguntó si todas las mujeres en mi país se comportaban así.

Rechinó los dientes.

-Me parece que los chinos son ciertamente los menos indicados para dar lecciones de moral, ellos, que nos tienen aislados y practican una represión sexual fabulosa. Sheila no se anda con tapujos, ¿a quién hace mal? Ella se va definitivamente al terminar el curso. Mientras tanto, los dos están mejor.

Klaus, empurpurado por su extraña y violenta cólera, se transfigura. No es el gordo inglés genial y cómico. ¿Porqué estas iras?. No, no es indignación virtuosa, ni proyección de patriotismo herido; es una cólera violenta, se diría que sexual, como celos. ¿Coletazos del exclérigo?

Continúo mi carta:

…esta mezquinería no puede venir sino de los fanáticos de medio pelo del hotel. Una persona aislada es presa fácil de las murmuraciones en un medio envenenado por la segregación y la vida de «ghetto»  Mi gran temor no es por mí, sino por mis notas. Tengo la conciencia tranquila y Klaus encontraba francamente exótica mi falta de temor personal. En realidad siempre me ocurre así con el miedo. No es que no lo tenga, es que desaparece tras otras cosas.

Estas no son gentes de otro planeta. Marx no es el alfa y omega universal. Mis observaciones valdrán por su sinceridad, no por su significatividad puesto que mi realidad es tan reducida y tan condicionada. Es importante que mis notas vivan; y si, en el límite extremo, los chinos-hasta ahora impecablemente correctos-me muestran una violación clara de la correspondencia, de mis escritos, entonces los perderé, pero ganaré un testimonio que escribiré tarde o temprano, aunque, como ellos dicen, tenga que esperar diez mil años. Lo que sí me parece imprudente es publicar artículos ahora. Los ánimos están en Pekín peor que de costumbre. Hay una incitación a la xenofobia, a la desconfianza, a la reserva; y hay miedo.

Mis notas manuscritas son muchas. Veré como hago. Guarda en todo caso bien éstas y no hagas mención directamente en las cartas que me escribas.

Monique, tengo tantos deseos de hablar después de esta vida monástica. Encuentro sin embargo cierto consuelo en la música, mi café, y, a veces, en la esperanza. ¿ Sabes ? Pienso que un día tal vez volveré a querer vivir, a vestirme de colores. Este año he envejecido mucho, se ve. Las arrugas bajo los ojos no ha habido crema que las pare, las he visto trepar.

Un abrazo. Escribe…

 

Lo que interesa exclusivamente en China es China, pero el resorte del Internacionalismo es uno de los principales recursos de movilización de masa y el régimen lo emplea con profusión.

La revolución, por su parte, es la producción, transfigurada en virtud de los entusiasmantes y el carisma.

En cuanto al destino del gigantesco volumen de trabajo, China paga al contado, compra aviones contante y sonante, no tiene deuda exterior ni interior, el año último se declaró autosuficiente en cereales, y se arma.

Estas gentes viven y trabajan a un nivel muy limitado materialmente, trabajan “por la revolución mundial». ¿ Cuál sería su reacción si pusieran en duda que la política exterior de su país es «revolucionaria», si columbrasen que, en realidad, ésta persigue, ni más ni menos que los otros países, los intereses chinos ?. ¿ No se rompería el alambre entusiastamente que funciona hasta ahora y permite todos los equilibrios?. ¿ Cómo comprenderían y digerirían la dicotomía entre un pueblo trabajando por la revolución y una política exterior obrando por interés ?. Si, supongamos, la política exterior china dejase manifiestamente el internacionalismo de lado en pro del interés. ¿trabajaría el pueblo indefinidamente sin más aliciente que el nacionalismo, privado de la embriaguez euforizante de la Revolución Mundial ?

 

 

24-abril-74

 

Desde ayer, no sé si por la fuerza de la acumulación o porque se aproxima el Primero de Mayo y se preparan veladas-que serán, a milímetro de aproximación, idénticas en toda la vasta China-el martilleo político-ideológico-religioso se me hace más insoportable que de costumbre. Anoche vi dos horas de televisión china. En un canal había la archiconocida y vista un millón de veces por todo chino película de dibujos Las hermanitas heroicas de la pradera. Aspectos de la producción (florecientísima) con mucho algodón y mucha paz. Una serie de canciones interpretadas por el Ejército, cosa absolutamente espeluznante, en la que robustos y tonsurados militares exponían (e imponían), coreaban, lirizaban, con acompañamiento musical o en diálogos punteados de castañuela china, las maravillas y bondades del Partido Comunista y de Mao.

Por la mañana, en el instituto, uno de los profesores se me acerca a preguntarme una duda:

El que no cree la verdad, no es un comunista ¿ es una frase bien construida ?.

Freno justo en los incisivos un » Sí, hermano. Ve en paz «, y le contesto con menos dulzura de la que yo deseara mientras echo mano a la primera aspirina diaria. Por cierto, es sorprendente como ha aumentado mi consumo de analgésicos. Los chinos emplean quizás aspirinas gigantes de las que van cortando rebanadas, como un queso.

 

 

La Librería Central de Pekín

 

En la acera de la derecha según se sube por la calle Wang Fu-Chin, viniendo desde Chan An, tras la larga vidriera encristalada de un edificio moderno, libros. Entro. Son dos plantas rectangulares, largas, anchas, en cuyo vasto enlosado verde-gris los chiquillos gozan resbalando. Predomina el color rojo. El estilo es de esa modernidad pulida y anónima que en China es lujo. Folletos, libritos, cuadernos para niños, obras completas encuadernadas. Todo impecablemente bueno, iluminado, en perfecto orden. Por su organización escrupulosa tiene algo de farmacia ideológica. Es una librería, el tipo de librería que se exige, puesto que-tras la Revolución Cultural especialmente-todo tiene que ser políticamente correcto: Mao y Partido. Hay gente, pero no mucha en comparación con la multitud que suele llenar a todas horas las tiendas. Reina el orden y el aburrimiento más ejemplar. Letras, caracteres, consignas; ni humor ni color.

Es la lluvia uniforme de un pensamiento exclusivo, es una tintorería mental. Son los Textos para todo el país, cualquier otro texto está prohibido. Sean cuales fueren sus méritos, nadie podrá despegar del nombre de Mao su estremecedora eliminación de la obra de todos los intelectuales, escritores, críticos, novelistas, etc. Que el pueblo chino haya sobrevivido a las calamidades naturales es admirable. Que sobreviva al aburrimiento prueba que es heroico.

En la sección de mapas, varios de China, la frontera prolongada en cuidadosos trazos violeta sobre el mar hasta abarcar Formosa y las aguas territoriales del Golfo de Tonkin hasta casi las costas de Vietnam.

En la primera planta carteles reproduciendo los ballets modelo. Más allá un vasto sector con citas de Mao para colgar o enmarcar, en todos los colores, tamaños y caligrafías. Al lado, la sección de reproducciones del Presidente: Mao niño, Mao adolescente (guapísimo), Mao joven, Mao maduro, Mao, Mao, Mao, los Misterios de Mao, gloriosos todos. Le acompaña el apostolado: Marx, Engels, Stalin, Lenin, Kim-Il-Sung, Enver Hoja.

Y entonces, durante unos segundos, se me escapa algo, hasta mi último recurso: el humor, la intranscendencia respecto a mí de este universo del que tengo franca un día la puerta de escape, y me abruma el sistema multiplicado por ochocientos millones de chinos a los que sumerge diariamente su líquido exclusivo. Esta librería es trágica, esta librería es tremenda; sus volúmenes iguales, iguales, me iluminan los huecos innumerables de los que no hay: poesía, prosa, ensayo, novela, teatro, autores extranjeros, autores modernos. Las incontables ediciones de Mao se han colocado de forma que rellenen los vacíos inevitables de las estanterías, de canto y de plano. El pavimento refleja y duplica este espacio de mono pensamiento; y la gran estatua de Mao, y su enorme rostro circular. Su sonrisa de satisfacción parece brillar en todos los huecos de los libros que no están. La Librería Central del país. Y algo da vueltas, se pone a dar vueltas, en mí, con las estanterías, los muros, los caracteres: el vértigo de esta dimensión única por la que deambulo en silencio. Y me tengo que sentar en un banco de madera, en la parte destinada a lectura y préstamo. A mi lado muchachos jóvenes devoran cuadernos de historietas de acción cuyos héroes son soldados que descubren malvados agentes enemigos y defienden en lejanos territorios las fronteras patrias.

Creo que, en general, salvo en las lecturas de estudio dirigido y los maratones escolares con mención honorífica al que se bebe las obras completas de Mao, en China se lee muy poco por la sencilla razón de que no hay el qué. Los clásicos marxistas y las hagiografías de obreros y soldados ejemplares o de héroes y heroínas no bastan ciertamente como única literatura.

 

 

25-abril-1974

“ Si quieres ser feliz como me dices…” Lo del texto de relaciones China-Chile ha sido una fuente de neuralgia permanente. Entre los extranjeros maoístas forofos del hotel ha encontrado toda aprobación por el raciocinio asnal que les caracteriza. Puesto que en Chile se siguió una vía reformista que no es la de la lucha armada, única marxista-leninista, la posición gubernamental China es perfectamente justa. So pretexto de análisis marxista de la tragedia chilena, el texto abona con impecable estupidez las cordiales relaciones de China con la Junta.

-¿Leíste el texto?-pregunto a Tomasa, en el taxi que nos trae del instituto.

-Sí-responde, seca, con el rostro a la defensiva rígidamente almidonado, con el candado ideológico puesto por el marido.-Es excelente. Estoy completamente de acuerdo.

-Pero ¿no has visto que hay errores de información, como la posición de Camboya, etc?, y, ¿eso de que los exiliados se embolsan el dinero de las ayudas?

-Yo lo encuentro muy bueno y estoy completamente de acuerdo.

Esta mujer hará la eterna felicidad de los chinos y de cualquier dictadura. Pertenece a la inefable raza de los “sí señor”.

 

 

26-abril-1974

 

El extranjero pasea en medio de los chinos cortando las conversaciones, el ritmo del paseo familiar, los correteos de los niños, la dirección de las miradas. Una familia, que no me había distinguido antes porque ya es casi de noche, se para en seco, los dos adultos y el niño me miran llegar, cruzar, alejarme; hasta que al menos el silencio vuelva a tomarme otra vez de la mano. En torno al hotel, entre la reja y el muro de ladrillo, una calle. Vamos a recorrerla hasta el final. Es de noche. Ciclistas sin luz pasan como sombras en un sesgueo de caucho. Al final de la calle, una puerta, un foco eléctrico, un guardia con el que habla un grupo de soldados. ¡Alto!. No puede usted pasar. Media vuelta. Inevitable viraje hacia el Hotel de la Amistad, a cuya entrada Ruiz habla con Arthur y otro francés a grandes voces.

…morena.. oigo decir a Ruiz. Luego me ven. Hay sonrisas burlonas de los franceses, que esperan del exhibicionismo del viejo y su inquina por mí, un espectáculo gratuito.

-¿Morena como ésta?-le espolea en un susurro Arthur.

-¡Mierda para esta morena!-vocifera Ruiz, encantado de las risas de su público, cuya esperanza se ha visto recompensada. Paso sin mirarles ni hacer notar la grosería, su triste contexto cobarde, el afán de estos ejemplares revolucionarios maoístas de apuntalarse y tapar su claustrofobia con el ataque fácil a los que no adoran a sus mismos dioses. Ruiz ha hecho correr ya la noticia de que yo estaba escribiendo un libro antichino, y que pasaba documentos a extranjeros con los que me veía en el centro. Sé que el cabo del ovillo del bulo de espías está en su boca, en su malignidad senil. Ha hallado un público goloso de chivos expiatorios, que observa con deleite el lento espectáculo de mi inmensa soledad, del aislamiento en el que se me clausura, del repelente con el que se me ha vaporizado. Vivo en régimen de lazareto cada vez más claramente, encerrada en la serie de círculos concéntricos de los rumores y esquivez de la colonia del Hotel, la avidez hacia el bocado que representa una occidental sin pareja, y el círculo de Pekín, y de China, que ya no vienen a romper mis amigos de Sian.

A la neuralgia ideológica, ha seguido la fiebre, un dolor de nuca y cabeza enorme, escalofríos, sed y vértigo. No puedo coger la bicicleta porque soy incapaz de ir derecha ahora. Me pasé por el dispensario y no acepté un alto en el trabajo pero sí las pastillas tradicionales y las occidentales, atiborrándome de ambas sin discriminación.

 

 

27-abril-1974

 

Desgrano Pekín restaurante por restaurante. El ruso, anejo al Palacio de Exposiciones ,es el imponente chic. Sala ciclópea de suelo de parquet, paredes de mármol verde, visillos blancos altos como velas de navío, columnas que sustentan en las alturas uno de esos terribles techos reposteros, decorados a manga pastelera de yeso, con flores de nieve y capiteles vegetales. Un gran cuadro de tiernos y brillantes colores con la iconografía típica china, Tien An-Men, a la salida del sol, se encarga de poner el punto desrusificador.

El mozo intenta confinarme a toda costa en la sala para extranjeros con un rigor que raya en la grosería. Ayudada por la ya larga práctica, recito el “Quiero comer con los chinos. Yo trabajo en China”, etc, y me cuelo en el salón chino sentándome a la mesa. Hay poca gente, más silenciosa y pulida que de costumbre. Como en China no hay clases, digamos que si las hubiera el público de este restaurante pertenecería ciertamente a la superestructura: Algunos matrimonios maduros, dos parejas más jóvenes que se escogen minuciosamente los bocados, una gran familia, hombres y mujeres solos, una china de ultramar. Toda esta gente va bien vestida, con los colores y modelo proletario de rigor, pero con buen corte y buenas telas.

Pido el menú en inglés con mi mejor sonrisa, y el camarero me envía secamente al departamento para extranjeros. Decididamente el restaurante no sólo es ruso sino estalinista. Una camarera más abordable viene a apuntar mi pedido y ella sí accede a traerme el menú inglés. Entonces el camarero llega echando chispas:

-¡Este menú no tiene que estar aquí!

Ante mala leche tan evidente, mi humildad-material ya de por sí de difícil conservación-se agria, y le grito en chino.

-¿Qué? ¿No te gustan los extranjeros?

Los otros intervienen para apaciguar los ánimos, y, un poco más tarde, el camarero viene con gran sonrisa a preguntarme de qué país soy.

 

Tras el fuerte viento, un anochecer bañado en fósforo azul. Una pareja-ella con un estuche de violín, él empujando su bicicleta-van cogidos del brazo. Fluir de gente. Una juventud arrogante, alta y atlética; muchachas con esa extremada finura de pincelada sobre raso que pueden tener los rostros de las chinas. En la faz plana, satinada, tensa, los ojos encristalados, la nariz de oveja, los labios en forma de corazón, separado todo ello por grandes espacios de piel pura e igual.

Calzada con las mismas silenciosas zapatillas de pana de los chinos, voy en la penumbra casi desapercibida, y es en estas ocasiones cuando algo real me llega de las gentes de esta tierra, del latido cotidiano de su vida, del cañamazo que la forma y sobre el que la tejen. En la austeridad de su ropa, de su apariencia, hay una gran dignidad, que, junto con la honradez, son dos cosas que nunca se olvidan. Hay las prácticas tan poco elegantes como el carraspeo y gargajeo, el eructo, el niño culito al aire con el pantalón abierto atrás, y hay gestos, conductas, que no pueden menos de inspirar respeto hacia estas gentes trabajadoras, tenaces en apoyarse en sí mismas para salir adelante. Para muchos, China tal como hoy la vemos es el fruto del puñado de la vieja guardia, Mao entre ellos, que continúan en el poder. Pero lo que es este país hoy no lo han hecho los ochocientos del Buró Político sino los ochocientos millones de seres con dignidad.

Los autobuses, junto con los restaurantes, mis grandes lugares de encuentro con los chinos, de acercamiento obligado, de efímera convivencia. El treinta y dos del hotel hasta el zoológico, y, de allí, otra línea hasta el centro. Una mujer que discute ásperamente en voz alta con otro viajero y a la que los demás hacen callar señalándole mi presencia, “¡Wae pin!” (¡Un amigo extranjero!). Un bebé al que llevo en brazos unas cuantas paradas, para el que el movible espectáculo de la ventanilla es mucho más atractivo que mi rostro. El diálogo que entablo a base de sonrisas y gestos con una muchacha que, curiosa y amigable, coge entre sus dedos unas mechas de mi pelo suelto y juguetea con ellas. El autobús de noche, lleno de sombra, de cansancio y de figuras que dormitan su fatiga sobre los asientos de madera. Los grandes autobuses dobles, con su refajo de goma, faltos de cristales. La cobradora que avisa al conductor para que detenga el vehículo entre dos paradas a fin de que yo me baje frente a la tienda.

 

 

28-abril-1974

 

A estas alturas, cuando resuenan en las antenas del mundo entero los gritos de “¡Abajo el fascismo!”, “¡Viva Portugal!”, con los que nuestros vecinos portugueses han saludado el fin de medio siglo de dictadura, mientras tanto los chinos, el pueblo chino, no sabe nada de la noticia. Y, lo que es peor, cuando se la comunico, estas gentes que utilizan con tal abundancia la palabra Internacionalismo, se muestran nulamente deseosas de saber detalles sobre la situación portuguesa. Y eso que con Portugal no hay relaciones-porque los intereses africanos pesan demasiado para comprometerlos-Es  posible que el gobierno chino se sienta orgulloso de esta fidelidad incondicional de su pueblo, de este samuráis moho mental. Hay que sentirse orgulloso ante una alienación tan bien y tan completamente conseguida. Ni la menor curiosidad e interés (al menos demostrables). La gente se calla por temor a decir algo que no concuerde más tarde con la versión oficial. Este temor al error y a la crítica refleja el pensamiento injertado en el ciudadano desde las alturas: Hay un modelo correcto, revelado de un vez para todas, un patrón al que hay que referirse en cualquier asunto para catalogarlo y que algunos alcanzan a aplicar mejor que otros porque son expertos en la verdad. Es una versión platónica marxista, algo así como el Reino de la Ideas Políticas.

            Lo que se llama en China Popular “discusión política” es las antípodas, no ya del método marxista, sino del simple razonamiento. Se trata de encajar en moldes dados a priori hechos que sólo son considerados en función del molde venido de las alturas.

Y, a fin de cuentas, queda la mano ávida de este profesor chino hacia las diapositivas que pongo sobre la mesa, la mirada furtiva en dirección a Shi, cargo político indefinido, que entra en la habitación, el temor que sustituye al brillo de la curiosidad, la mano que se retira. Estas imágenes hablan con larga, infinita elocuencia.

 

 

29-abril-1974

 

En la comprensión oral que un profesor chino ha preparado para los alumnos se lee que en Washington los grandes almacenes, parques y rascacielos son para los ricos. Los trabajadores nada tienen, sufren hambre y frío y viven peor que las bestias. Una vez más es el estilo Dickens. Pintar al proletariado occidental como hace cien o cincuenta años, muertos de hambre y de frío. Me parece hacerles un flaco servicio y minimizar sus luchas para obtener mejoras enfrentándose con patronos y con sistemas a los que arrancaron derechos y una vida mejor.

Intento pues en clase describir la situación de la mayoría representativa del proletariado occidental, que no lucha hoy por comer sino por vivir de una forma mejor y por una serie de libertades socio-políticas. Explico lo que son las vacaciones anuales, el salario de paro. Veo la incredulidad manifiesta, y, en algunos, la hostilidad por lo que no puede menos de parecerles propaganda imperialista. Al final de la clase, vienen a exponerme objeciones. ¿Cómo los parados no tienen hambre? ¡Pues claro que la  tienen! Y los obreros no luchan sólo por tener vacaciones sino por el poder político. Y ¿cómo la escuela sería gratuita? ¡Los capitalistas no iban a hacer escuelas para los hijos de los pobres!. El capitalismo no hace regalos. Nosotros estamos informados de cómo viven los obreros en Europa, ¿sabe?. Lo principal es tomar el poder político.

Por la tarde, velada en la sala de espectáculos del hotel. Las unidades de trabajo envían un colega chino acompañante a cada extranjero. No se me acerca ninguno de la mía, lo que me confirma mi vertiginosa caída en desgracia. En el último minuto, apurado. Llega Pa, todo gafas y pelo en cepillo, amable pero trabajoso en español. Salen a escena una orquesta de soldados y un grupo de danza.

-¿Quiénes son?-pregunto a mi intérprete

Él consulta el programa y traduce:

-Es el conjunto de cantos y danzas del Comité Central

Así que, no sólo Mao nada como un delfín a los setenta y cinco años, sino que también los venerables miembros del Comité Central se dedican a las tablas.

-Me parece extraño. Mira bien el programa, Pa, míralo bien.

-Mmmmm, mejor traducir por Conjunto Central de las Nacionalidades.

-Mejor.

Los “Coros y Danzas del Comité Central” interpretan números de equilibrio en la cuerda floja y danzas coreanas. Lo mejor es desde luego la parte de música tradicional que transparenta en las canciones políticas, y algunos giros de danzas que guardan frescura. Siguen imitadores de animales y juegos de magia. Hay instrumentos musicales de forma exquisita. Ejercicios de fuerza y destreza con enormes armas tradicionales, especie de alabardas curvas de pesado metal. Una Celia Gámez en masculino, con pantalón y camiseta de terciopelo negro bordado en dorado, maquillado a espátula, hace ejercicios hercúleos.

 

 

29-abril-1974

 

Tras cinco agotadoras horas construyendo el socialismo (sinónimo de trabajar usado en estas latitudes, que aureola nuestras modestas actividades pero que ha perdido lustre), asaetada a acertijos gramaticales, sorprendo en manos de Shi-siempre con la sonrisa levítica de agente de la social de paisano-mis anotaciones al artículo sobre la historia de las relaciones de Chile y China, y me entero de que ha sido traducido rápidamente al chino para que lo examine la dirección. Teniendo en cuenta que el artículo que ellos me dieran representaba evidentemente la justificación de la posición oficial china, el hecho de que lo critique y por escrito les ha desconcertado.

-¿Por qué has hecho eso?-me pregunta Kuo, que es un una buena persona, consternado, en un momento en que estamos solos.

Hubiera sido inútil explicarle que era por un deseo de verdad, por el derecho a la información, por repugnancia hacia la deformación de los hechos sea cual fuere el fin. Este tipo de razonamiento en China no puede existir porque los hechos en sí no existen. Todo está clasificado en dos campos y sirve, o debe servir, a los intereses de uno de ellos. Las consideraciones de tipo respeto a la intimidad, derecho a la información, etc, serían clasificadas como muestras de idealismo burgués. Nada está por encima de las clases, es decir, nada está por encima de las clasificaciones del Partido, nada fuera de ellas. Los chinos vienen usando desde hace tiempo de un esquema lógico simple y práctico en extremo: se dan como premisa correcta un tipo de enunciado que sin embargo, de detenerse a meditarlo, sería perfectamente discutible, y no más válido que otro. A partir de esta tesis, se encadena un rosario de demostraciones. En el razonamiento inicial no se trata en realidad en absoluto de razonamiento, sino de principio de autoridad, planteamiento voluntarista, religioso. “Puesto que todo lo que no es blanco es negro…” y así se niegan limpiamente el azul, el verde, el rojo, en una filigrana de comprobaciones abundantemente sazonada de adjetivos y adverbios entre los que flotan los todopoderosos tópicos.

 

 

Hemos celebrado la víspera del Primero de Mayo en la forma debida, es decir, con fiesta en casa de Musa, bailando hasta las  tres de la mañana. Aún no se me ha aislado del todo, en especial en medios como el de Musa, nigeriano, que les importa tres carajos la política china. En los míticos tiempos de antes de la Revolución Cultural, los chinos organizaban bailes todos los sábados, y hasta ellos bailaban, aunque sin duda a prudente distancia para evitar las tentaciones de la carne, que se atreven a guiar parte de la humana energía hacia otros fines que la construcción del socialismo.

Musa, en buen africano, se desvive por la música, y no halla otro alivio para la vida pekinesa que el soberbio sistema de amplificadores y tocadiscos que se ha hecho traer de Hong-Kong. La fiesta no fue mal; excelente música y desmadre de casados. Al lado del Tercer Mundo, que ponen gracia, ritmo y bromas y bailan como los dioses, los representantes del Occidente desarrollado resultan de insulsa palidez.

Rehúyo con insistencia al palestino flaco, que me persigue desde hace una semana. No acababa de meter en el avión a su mujer y seis hijos que estaba telefoneándome y acusándome, ante mis negativas, de orgullo y puritanismo.

Musa, resplandeciente el rostro oscuro, con una blusa blanca bordada típica de su país, baila conmigo.

-¿Cuántos hermanos tienes, Musa?- le pregunto

-Veintiocho.

(Desde luego, cada vez comprendo peor el inglés)

-¿Ocho decías?

-No. Veintiocho.

-¿De…la misma madre?

-No. Mi padre tiene cuatro mujeres.

Él todavía solamente una. Me arrastra el ala de un forma discreta. Como es simpático y correcto, resulta un compañero agradable.

Klaus ha cogido una vez más la borrachera de su vida. Padece de alcoholismo.

¡Tú, tú escribes para periódicos fascistas!- me acusa, cuando hace media hora se dirigía a mí con cariñosos diminutivos.

Y tú eres un espía!grita a Quico, el peruano.

Continuó tratándonos de conspiradores. Luego se agarró al vodka, y finalmente hubo que subirle a peso muerto, que era lo que todos temíamos porque pesa cien kilos, cien kilos de carne rosa amoratada, de un tórax inmenso rematado por una cabeza de viejo gnomo grueso, casi calvo; y sin embargo este hombre de cincuenta tiene en realidad treinta y seis años.

Ayudo a recoger las botellas, los vasos rotos cuyos vidrios se mezclan por el suelo con las galletas. Ya en la puerta para irme, Musa me sorprende al pasarme la lengua-puntiaguda, roja-inesperadamente por el caracol de la oreja. Me voy.

El fresco del jardín de madrugada, las desorbitadas estrellas. No, no me halla eco la caricia de Musa, su propuesta de espaciar con violentas noches, con espasmos de placer, los mortecinos días. Sin embargo he paseado con él, me he apoyado en su hombro, me ha reconfortado su mano. No es tan difícil de comprender esa hambre generalizada que me flota a flor de piel, como una desazón de fiebre, esa añoranza que no es del sexo, que no es solamente del sexo, sino del otro ser, de los otros, de alguno, de todos. ¿Cómo hay quien puede pasar años sin tocar a otra persona? Esa gran inhumanidad de nuestro sistema social la he hecho posible. Para los que habitan solos, para los que duermen y se levantan solos.

El sexo tiende a veces puentes nocturnos hacia otro ser, puentes quizás más fáciles de tender para los hombres que para las mujeres, porque ellas ponen con molesta frecuencia en ello demasiado corazón, porque en su sexo angosto y cóncavo permanecen, aunque el sol llegue, las hondas penumbras de la noche.

He mirado a veces a los niños que luchan en el suelo, tórax contra tórax, los brazos redondos golpeando la espalda del contrario. ¡Ay, estar como ellos, estar con ellos, polvo y sudor de sí y del compañero en las mejillas, olor de axilas, unas pupilas acuosas!. Voy olvidando la imagen de unas pupilas próximas, con venas, con el temblor continuo de las pestañas. Mi perspectiva humana sólo llega hasta quince centímetros. Los días transcurren monstruosos, desde hace dos años, entre seres enfundados en telas y cuero y rodeados de prevención y distancia, entre un máximo de manos estrechadas dos segundos. Soy un ser todo antenas, todo hojas expectantes; soy un moscardón que busca pertinaz estrellarse contra una piel.

En algunos lugares, hacia el Sur, por el Mediterráneo, aún existen cuerpos jóvenes, viejos, que abrazan, palmean, saludan, chocan las manos, zarandean, comparten, estampan besos fáciles, ruidosos. ¡Qué horror la helada Bélgica, su desierto de tantos meses!.

Me vendería por ternura.

 

 

Primero de Mayo-1974

 

Por la mañana, todos al Palacio de Verano. Por la tarde, todos a los parques de la ciudad. Salimos escoltados por colegas enviados para acompañarnos por las unidades de trabajo. El aspecto del Palacio de Verano, engalanado, me resulta decepcionante, quizá a causa del cielo gris y de la atmósfera pesada. El público chino entra en el recinto previa presentación de las entradas que les han sido distribuidas a los que les correspondía ir este año. Banderas.

Se balancean en los dinteles globos de seda roja y flecos dorados. Los árboles brillan con la hoja nueva. En los claros, el sol viene a pulir las garras, fauces, lomos bruñidos de los leones de bronce. El servicio de orden va indicando el aparcamiento. En el interior, grupos de colegiales vestidas en tonos pastel, pañuelo rojo de pioneras al cuello, lazos en el pelo, panderetas, cintas y guirnaldas de papel en las manos, zapatillas, calcetines, blusas impecablemente blancas, nos dedican, sin dejar de sonreír un instante, danzas y canciones. En los kioskos hay bandas de música. Junto a un estrado los actores-soldados fingidos o reales-se maquillan con profusión, hombres y mujeres. Espejo en mano, cada cual dibuja un grueso trazo negro en el párpado, pasa por los labios una barra de bermellón, distribuye pasta ocre rojizo en la frente y las mejillas.

Al pie de los pabellones principales, sobre paneles, una exposición de fotografías que ilustran los progresos del país. En medio de los paneles hay un mural enorme: un soldado, un obrero y una campesina, sanos, hercúleos, miran los tres con la misma ira y hacia la misma dirección. Las pupilas iracundas me recuerdan a las estatuas de los guerreros guardianes de tumbas, con sus feroces ojos desorbitados. La campesina se halla en actitud de declamar un escrito que lleva en la mano. El soldado se arremanga un puño como una maza armado de un pincel para escribir carteles murales. El obrero, en primer plano como corresponde a la iconografía oficial de acuerdo con el papel directivo del proletariado, aprieta contra su corazón con la mano derecha el libro rojo de obras de Mao Tae-tung, y con un brazo izquierdo ciclópeo y arremangado al efecto asesta un puñetazo aplastante a figuras grises que yacen desmenuzadas. Al pie del panel, en caracteres rojos, se lee: Obreros campesinos y soldados critican activamente a Lin Piao y a Confucio.

Vemos a un grupo selecto de minorías nacionales chinas, resplandecientes en sus trajes regionales, tibetano, uigur, coreano, khasak… extrañamente violeta, rosa, amarillo, turquesa, al lado del gris, pardo, kaki, de la etnia dominante, los han.

Con el nigeriano Musa y su intérprete de inglés, un joven que se deshace en sonrisas y trabaja en el hotel, subimos a lo alto de una colina. Lago y cielo tienen el mismo tono uniforme, diluido, azul humo, punteado únicamente por los grandes globos rojos que flotan sobre el agua, por la diadema de banderas sobre le puente de mármol, por las brasas diminutas de las insignias revolucionarias que llevan las barcas. Las aguas del lago copian el apacible reflejo de la seda bordada.

Descendemos. Los espectáculos ni son muchos ni dan la impresión de ser muy originales. El Ejército y la Marina nos ofrecen las primicias de los nuevos uniformes, bastante más “de vestir” que los igualitarios anteriores: mujeres soldado con falda y tacones, marineros al estilo bretón, excepto el pompón rojo, tipo primera comunión.

-Está muy apagado este añocomenta un cooperante-Antes era otra animación, más espectáculos, más asistencia.

Me choca en todo caso la falta de bulla. ¿Carácter nacional? La gente deambula, mira las casetas, juega en los puestos, consume sus panecillos, fruta, refrescos, se sienta a descansar con sus niños en las rodillas, y no hay bullicio, ni risas. Los colores y los sonidos, músicas, flores de papel, se localizan fuera del público pero sin habitarle.

Por la noche, exhibición gimnástica en el estadio. Saltos y piruetas en los cuales hay numerosas caídas. Tantas reuniones políticas, eso se paga, no hay tiempo para entrenarse. Aparecen con media hora de retraso los dirigentes, uno de los cuales es Chu Teh, y ocupan sus puestos en la mesa oficial. Cuatro reporteros reptan fotografiándole en todas las perspectivas, y acaban por traer una escalera y subirse a ella para filmar a Chu Teh en un ángulo insólito. Nosotros, los extranjeros, estratégicamente situados detrás, vemos las espaldas oficiales y la real calva.

Las chinitas hacen grandes progresos físicos; son espléndidas adolescentes de largas piernas. La gimnasia tradicional con armas antiguas es bella, pero se repite, todo se repite ad infinitum en China. Aburrimiento.

Lo qué sí vale la pena es Pekín de noche en estos dos días de fiesta. Las hileras de bombillas recorren el tejado chino de la puerta de Tien An-men, de la de Chien Men y de las principales. Los grandes edificios-que son contados-ostentan sus lucecitas de navidad proletaria. La plaza de Tien An-men presenta un aspecto fantástico. Los pekineses se sientan en el suelo, forman corros en cuclillas, zigzaguean en bicicleta. Hay ambiente. Los retratos gigantes de Marx, Engels, Lenin y Stalin gozan de iluminación extra. Al de Mao le basta la de costumbre.

 

 

3-mayo-1974

 

Nueva discusión en el restaurante ruso. En ningún momento, ni en mi caso ni el de cualquiera de nosotros los extranjeros,  intervino chino alguno para decir que al fin y al cabo no molestamos en las salas comunes o para echarnos una mano en la traducción del menú. Sin embargo se estudian idiomas en China, en las escuelas, y este año ha habido una gran ofensiva anglófila, por radio hay clases de inglés varias veces diarias.

Pasividad y rechazo cuando vamos de paisano. Orgía de flores de papel, cantos y danzas, sonrisas, cuando somos presentados como los distinguidos huéspedes, amigos extranjeros en actividades organizadas, flanqueados por un intérprete y precedidos por los responsables. Los chinos estarían infinitamente sorprendidos de ser tratados de racistas, ellos, que han escrito, repetido y pintado tantos emblemas internacionalistas, tantos carteles gigantes en los que negros, blancos y amarillos se dan la mano; ellos que proclaman más alto que nadie la solidaridad de los pueblos. Chu En-lai no se equivocaba al hablar de racismo, de xenofobia, en su país. China, aún muy agraria y muy medieval, es terreno abonado para una política de desconfianza. Hay el rechazo de Occidente, con la punta de racismo al blanco, y la vuelta clara hacia África, conscientes los chinos de que sólo pueblos que parten de cero se acomodarían a esquemas maoístas, al simplismo evidente de sus teorías, a sus formas religiosas y con un sabor netamente medieval, a sus mitos gigantes de obrerismo y voluntarismo, a sus utopías.

 

 

4-mayo-1974

 

Como burdel, desde luego el Hotel de la Amistad es incomparable. Esta noche se ha repetido la escena de la puerta, que es la versión actual de la del sofá-, y consiste en empujar hacia la escalera, manteniendo la puerta abierta con una mano, al galán con la otra, mientras éste declama el conocido pasaje de Nada más normal que un intercambio y asociación sexual, beneficioso para ambas partes, delimitado por las especiales condiciones de vida de Pekín (igual a gran dificultad para comerse una rosca). Soy una persona seria, responsable, discreta,…etc. Entonces la dama conecta el Agradezco la propuesta, pero a mí ese tipo de asociaciones, así, tan médicamente, no puedo. No, no es que esté mal hecha; es que debo de ser sentimental y poco liberada. Te recuerdo que tienes a tu mujer esperándote y no me gustaría hacer a las otras lo que no me gusta a mí, etc, etc. Esta escena, con variantes, se ha repetido ya en lo que me respecta casi tanto como Las hermanitas heroicas de la pradera en la televisión china.

Es evidente que los aspirantes a un lugar bajo mi sábana venían a esto no más, no importándoles mi persona absolutamente nada. Es lamentable que, los que alguna vez me parecieron dignos de atención, ni se fijaron. Lo mejor del asunto es que, en esta atmósfera fraternal, en esta incubadora del hombre nuevo socialista, al no llenarme de alegría acostarme al cuarto de hora, se me va a tejer una hermosa leyenda de impotente en versión femenina, o de lesbiana.

Pero lo camaradas chinos, los puros, vírgenes, camaradas chinos, que en este momento estarán achuchándose entre los tres pantalones y cuatro jerseys, en los parques, los que dicen que En China no hay hijos naturales porque no hay prostitución, y que, hasta los veintiocho o treinta años que recomienda el Gobierno para casarse, no tienen relaciones sexuales, los queridos camaradas chinos merecen todas mis maldiciones por estas formas de erotismo de ghetto que son obra suya.

 

Una losa de granito guarda en cada uno de sus fragmentos lechosos la tibieza del sol, mientras la noche ennegrece pincelada a pincelada todas las hojas de los árboles, y las golondrinas otean el cielo diluido de los atardeceres.

Hay una carta de Túnez sobre la mesa, de la familia del hombre con el que en tiempos estuve casada.

Te juro, hija mía-me dice el padre-que mis sentimientos y los de toda la familia hacia ti no han cambiado y que te consideramos siempre de los nuestros… Por favor, mándanos pronto una carta simpática. Tú no puedes imaginar en cada uno de nosotros. Imposible olvidarte…

Son rápidas, son siempre rápidas e inesperadas como una lluvia, estas resurrecciones de lo ido, me empapan antes de que me haya dado cuenta. La eficacia, la eficacia del pasado que no pasa jamás, el golpe que conoce el lugar de la herida. Toda la tierra ha ido girando lentamente mientras yo cenaba en una mesa blanca redonda, inabarcable en el restaurante, sola. Y luego una navegación inmensa sobre una losa de granito, por una bóveda rosa de atardecer. Las gentes que he conocido, un puñado de palabras, de rostros difusos; nadas los deshilvanados esbozos sexuales-manos, brazos, cabezas que se aproximan, que buscan, que rozan, la furtiva y reconfortante cerrazón de otros dedos. Pero llega la boca buscando la boca, y la mano busca las caderas, y las piernas las rodillas; entonces no, ya no; es la huída, la cabeza gacha que esconde los labios, el cuerpo que se desliza, que corre adentro de sí mismo. He intentado llevar adelante el triste juego de la sexualidad sin más con el africano, sin más razón ni futuro que el que tiene andar descalza por la hierba, porque con él hubiera entrado el vigor y la canela en mi casa. No puede ser.

Musa ha venido mientras estoy tumbada en la piedra.

-Estás rara hoy.

-Precisamente hoy estoy normal.

-No pienses. ¿Por qué piensas? No pienses tanto.

-Siempre estoy pensando. ¿Qué quieres que haga?

-Vamos a dar una vuelta.

-No. En las últimas semanas he trabajado poco, he escrito poco. Tengo que empezar otra vez, como de costumbre. Adiós.

Y en medio de todo, paladeo el amargo placer de mi redonda soledad, de la posesión de mi persona, de la casa con su puerta y su llave, los dos altos balcones velados de ramas, de la música obediente y de los libros, del papel y de la máquina de escribir de los árboles bajo los cuales iré al atardecer sin compañía. Placer amargo porque la ausencia y la necesidad del compañero es algo tan concreto que parece materializarse. Placer áspero de espacios y dimensiones vistos bajo la luz implacable del desposeído. Ambición concreta, sí, de un tipo de persona. Imposibilidad de acallar el hambre con unos bocados en el camino. La gran tristeza del sexo. El pasado con su frustración haciéndome siempre suya.

El africano, sentado cerca, mira.

-Estás realmente rara hoy. Tú en general eres alegre, hablas.

Al levantarme sólo deseo decirle:

-Tengo treinta años y algo se acabó para mí.

 

-¡Ajá! –gran sonrisa divertida de Musa- Me parece que a mi intérprete chino le gustas.

-Hombre, no me digas. ¿El que nos acompaño al Palacio de Verano el Primero de Mayo?. Y ¿cómo es eso?

-Siempre me está preguntando por ti desde que salimos juntos, y por tu libro.

-¿Mi libro? ¿Cómo sabe…? Ya; ¿qué comentarios has hecho tú con él, Musa?

-¿De ti? Nada. Yo pensé que le gustabas. Incluso habló de hacerte una visita.

-Vaya. Jamás los intérpretes van a visitar gente de otra lengua que no es de su incumbencia.

-Éste chico es muy simpático. Siempre se está riendo.

-Me dí cuenta en la visita al Parque. Risueño el muchacho.

-Conmigo viene mucho a conversar.

-Simpático. Si te pregunta algo más de mí, dile que venga a mi apartamento a preguntármelo. ¿Con quién has comentado que salimos?

-Absolutamente con nadie. Sabes que en eso nunca hago comentarios.

-No tiene importancia. Hale, buenas noches.

-Espera. Vamos a dormir juntos.

-Que no. Ya te lo expliqué. Acuérdate de tu mujer.

-¡Mi mujer, mi mujer; siempre hablando de mi mujer…!

 

 

4-mayo-1974

 

Tientsin

En camino de Pekín a Tientsin por tren. Llanuras y grandes cantidades de árboles plantados no hace muchos años cuyo follaje contrasta con la sequedad de la tierra alcalina. Grandes rectángulos de cultivos. Campesinos aislados o en pequeños grupos. Se transporta en balancín. Durante kilómetros no se ve un solo tractor; luego aparecen algunos, de cuando en cuando. Agrariamente China continúa empleando en abrumadora mayoría la fuerza humana y los recursos tradicionales. Aldeas y casas de tierra, muros de adobe, tapias de seco lodo, hornos de ladrillos, vallados de paja y junco. Orden. Uniformidad. Los conos de tierra de las tumbas apuntan entre los sembrados, algunos aún con las flores de papel blanco de la reciente fiesta de los difuntos, los más con un pezón de barro, un cuenco. El día que llegué la mecanización desaparecerán. Por ahora no hay prisas. El terreno es tan malo como bien aprovechado e irrigado. Tierra salina en la que aflora la costra blanca.

Es Tientsin un gran decorado colonial, un rompecabezas de las ocho concesiones de las ocho potencias: columnas, frontones, arcos de ojiva, un torreón, balcones corridos, geranios, suavidad de mar próximo en el aire en contraste con la terrible sequedad de Pekín. Surrealista Tientsin, de una fealdad casi atrayente a fuer de absurda. El hotel, heredado del tiempo del colonialismo. Estoy en la casa de mi abuela: madera oscura, paredes crema y cristaleras esmeriladas al estilo español, cuarto de baño con sus imponentes grifos y tuberías, muebles de 1930. En el comedor grandes visillos de encaje. Tanto la madera del suelo como la del mobiliario está pulida por el uso y por el cuidado. El conjunto es de un confortable recogimiento. Por la ventana, la calle, con sus dos filas de fachadas con columnas y volutas. Más allá se extendió en tiempos la miseria del barrio chino, sus construcciones deleznables, la mendicidad y el mercado negro, mientras tras estas columnas, estas vidrieras, estas cortinas de encaje, se ejecutaban las filigranas del elegante ballet de la clase occidental dominante.

 

 

5-mayo-1974

-Ningún extranjero ha ido nunca al puerto de Tientsin en tren y autobús-asegura el intérprete de español que me ha asignado como acompañante para mis visitas el Buró de Extranjeros-El tren es muy incómodo, para los dos.

-Pero el alquiler de un coche no está hecho para gente que trabaja en China y no tiene sueldo de diplomático ni de hombre de negocios, sino cooperante proletario, camarada. Lamento la incomodidad pero vamos a ir los dos al puerto de Tientsin en tren y en autobús como todo el mundo, a no ser que tú pagues el taxi. Además te diré que, cuando uno viene a China Popular, es para ver como vive la gente y compartir su medio.

Resignado, el intérprete me acompaña, no sin quejarse con amargura en todas las ocasiones posibles de los inconvenientes del transporte público comparados con el taxi reglamentario. Es un chico de unos treinta años, muy alto, de rostro cuadrado avaro en expresiones, parco en palabras.

Sin embargo vamos regiamente en tren. Por ser vos quien sois, nos han instalado en un coche litera vacío. Veo las plantaciones de arroz de Siao-Chan. La tierra, alcalina y salada, se ara profundamente de forma que el agua arrastre hacia abajo la cal y la sal, y se obtiene así un buen rendimiento. La necesidad imperiosa de sacar el máximo provecho de un espacio de tierra fértil reducido ha hecho de los chinos-como ocurre con los pueblos concentrados en áreas productivas-agricultores excelentes. Pese a la inmensidad geográfica de China en el mapa, su parte realmente habitada, al noroeste y al sur, es bastante pequeña para la población.

Nos aproximamos al barrio del aeropuerto. Depósitos de mercancías con el techo estampado en amarillo, verde, naranja.

-Es camuflaje para los aviones-me dice el intérprete-Debemos estar preparados para un ataque sorpresa del imperalismo.

-¿De qué imperialismo?

-De uno de los imperialismos. También cavamos túneles.

 

Bajamos del tren y montamos en el autobús, muy limpio por cierto. La gente habla poco, el ambiente es relajado. El cobrador desciende en cada parada, cobra y ayuda a descender a los niños y a los ancianos. La parada final es a la entrada del puerto. Un coche nos espera con un funcionario e inmediatamente empalmamos con un recorrido y explicación apresurados.

Las explicaciones y el circuito terminan bruscamente en tiempo record, sin ni siquiera la tradicional propuesta de Si quiere formular preguntas o sugerencias…. Me hallo con el intérprete a la puerta de entrada. Dos edificios con tejados verdes tradicionales, rodeados de una alambrada, constituyen el “Club de los Marineros”, para extranjeros. Cinco marinos griegos que vuelven de compras me caen encima como náufragos.

-¿Qué haces esta tarde?¿Una veladita en nuestro barco?

-Aquí no hay más que ping pong y billar. ¡Nada más! ¡Ni una mujer!.¿Te das cuenta? ¡Viva España!.¿Te vienes, verdad?

Me despego penosamente.

-Calma, muchachos, calma. ¿Cuál es la próxima escala?

-Vancouver. ¡Hasta Vancouver…!

-Valor, valor. Pronto llegaréis.

Les dejo con dificultad. ¡Los pobres…!. ¿Cuántos marinos comunistas se darán de baja en el Partido después de haber tocado en puertos chinos?. Llegar, tras largos meses en el mar, y encontrarse con el ping pong, películas edificantes (que, en cuanto toquen dos veces en puertos chinos, habrán visto todas) y las obras del Gran Timonel, de Mao.

-Tienen muchas diversiones aquí – me asegura el intérprete.

-Pero, hombre, ellos quieren bailar, salir con chicas.

-No, chicas no.

-Horrible

-No horrible

-Sí horrible

En el restaurante, vastísima y desértica sala, mi intérprete, fiel cumplidor de las normas, asegura que debe comer en mesa aparte, y así el formalismo chino cae en el más abyecto ridículo porque las mesas están dispuestas a lo largo del muro y los asientos son dobles, en tranvía, mirando en direcciones opuestas. Se supone que él debe comer espalda con espalda conmigo en la mesa de atrás.

-Ridículo tan grande, yo no lo hago. Prefiero quedarme sin comer-digo con mis cubiertos en la mano-Vienes o me voy.

Nos sentamos pues en la misma mesa y, como los precios a nivel turístico no van con mi presupuesto, compartimos grandes cantidades de arroz, un plato de verdura y otro de patatas. Leo la decepción en sus ojos por haberle tocado acompañar a un vulgar cooperante.

A la salida, en el patio, un enorme panel circundado de citas reproduce un grupo de robustos marineros de varias razas, sonrientes y recién desembarcados.

-Estas sonrisas-le digo-eran entes de saber que sólo había ping pong y billar en el Club. Aquí la foto es cuando bajan preguntando. ¿Dónde están las chicas?

-Absurdo. Dice: Trabajadores, uníos.

-Qué va. Dicen: ¿Dónde están las chicas?.

Damos una vuelta. Cada vez que pasamos frente al cartel mural, el serio intérprete no hace comentarios pero se le escapa una sonrisa.

La especialidad de Tientsin son las cometas, una filigrana de junco y seda: libélulas, mariposas, saltamontes, halcones; grandes alas finamente matizadas, hemiesferas para los ojos que se voltean, líneas sutiles en tinta negra imitando nervaduras.

Y volvemos a Pekín. El tren corre un trecho paralelo al río. En la orilla opuesta, a los rayos horizontales del poniente visión rápida de un grupo de bañistas vespertinos desnudos. Sobre el talud, un hombre, disponiéndose a lanzarse al agua, entre cuyas piernas abiertas cuelga el sexo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA LARGA POLÉMICA SOBRE EL TRABAJO EN LA FÁBRICA TEXTIL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cooperantes mejor intencionados y entusiastas dan la patita y hacen cabriolas ante la codiciada participación, en igualdad con sus colegas chinos, del periodo de trabajo manual en la fábrica o comuna. Nuestro instituto, siempre en la gloriosa tradición xenófoba que le caracteriza y que no ha cambiado desde que, durante la Revolución Cultural, echó su canita al aire incendiando la Embajada de Inglaterra, pone todo su celo en reducir al mínimo esa participación de los extranjeros.

El instituto está en contacto con la fábrica textil número dos, y a ella se va a trabajar en mayo. Tiene lugar, para alumnos y profesores, una reunión para exponer los fines y características de este periodo de trabajo manual de cinco semanas: Recibir la educación de la clase obrera, y simultáneamente recibir promover la revolución educativa y elevar el nivel de conocimientos de lengua extranjera. Se dedicarán dos tercios del tiempo al trabajo y uno al estudio político y lingüístico.

Sin dejar de interesarme realmente por la experiencia, no puedo menos de sentirme al tiempo observadora marginal y levemente sardónica de la puesta en marcha del exorcismo, una más de las representaciones teatrales vividas que los chino llevan a cabo cotidianamente de tal forma que éstas han tomado poco a poco el lugar de las realidades concretas. La preparación de esta estancia en la fábrica para encuestas, vocabulario español, etc. ha sido nula y se lo he reprochado inútilmente. Se ha provisto a priori a los alumnos de textos policopiados sobre la fábrica hechos con datos dados sobre los responsables. La tan beatificada virtud de la práctica ha sido en realidad una vez más suplantada por la teoría. Pero los alumnos están tan encantados como cualquier estudiante suele en general estarlo cuando un periodo de actividad rompe la monotonía de la vida escolar. También están contentos los profesores, que son terriblemente vagos y les veo de perlas vegetando junto a una máquina, olvidados de molestas preparaciones.

Se me traduce poco y a duras penas en las reuniones sobre la fábrica, marginándome con el mayor descaro. La dirección ha dicho que, durante este periodo, los profesores extranjeros permaneceremos en el instituto redactando textos y que sólo iremos a la fábrica dos tardes por semana. Un grupo nos hemos negado, y así estamos. Con los colegas chinos, no hay sino aquiescencia absoluta a las normas de la dirección, y cada cual rivaliza en celo por abonarlas. Ü saca las hojas del cajón.

-Esto es para que la semana que viene te guíes cuando hagas los textos.

-Ü, sabes perfectamente que la semana que viene estamos todos en la fábrica.

Con la media sonrisa, la mirada siempre baja y su voz dulce, Ü insiste:

-Se dice que los profesores extranjeros iréis dos tardes por semana a la fábrica.

-Esa es una disposición autoritaria, burocrática y arbitraria con la que no estamos de acuerdo, y que tampoco corresponde a las directivas de Chu En-Lai. Iremos a la fábrica al igual que nuestros colegas. ¿No comprendes?

-Bueno… No es asunto nuestro, pero comprendemos las razones de la dirección de nuestro instituto. Hay trabajo urgente.

-No, no es verdad. ¿Por qué no reconocéis jamás que es una excusa?.

-Vosotros no tenéis costumbre…El trabajo en la fábrica es duro y nuestra dirección teme que no podáis soportar los extranjeros el excesivo cansancio. Se preocupan por vuestra salud…

-Que yo sepa, la dirección no ha hecho encuesta alguna ni nos ha preguntado sobre nuestro trabajo anterior. Ya os dije que no será la primera vez que trabajo manualmente. ¿Se preocupan porque no podamos soportar la excesiva fatiga? ¡Vaya! Yo pensaba que en China, libres de explotación, estaban mejor que en Occidente los obreros, pero, si tan duro es para nosotros, o las condiciones de trabajo del proletariado chino son infinitamente peores que las de Europa o los chinos tienen una naturaleza especial, innatamente superior y más resistente.

Desconcierto. Atasco mental. Esta ficha no figura en la computadora de preguntas y respuestas. Se les ve lamentablemente perdidos.

-No, no-dice Shi-Es que la fábrica no reúne condiciones adecuadas para ustedes. No hay comodidades…

-…que no hemos pedido.

Se ataca por varios frentes: El de las órdenes que llegan de la todopoderosa dirección, que esquiva recibirnos y se camufla en el engañoso igualitarismo de las puertas similares, del anonimato sin grados, de la vestimenta uniforme; el frente de los profesores, en el que cada cual pone su granito de arena endulzado por llamadas demagógicas a nuestro gran valor como expertos, a nuestra preciosa labor; el frente de los alumnos, generalmente no informados en absoluto de nada si no es por mi pero, eso sí, incondicionales como los profesores en el apoyo a las altas decisiones (lo que se llama eufemísticamente Centralismo democrático) y todos con un estricto objetivo común: jamás dar la razón un extranjero.

Vuelvo al hotel y duermo con ese cansancio brutal que, extrañamente, alternado con el insomnio es epidemia de los extranjeros en Pekín .

 

 

8-mayo-74

 

Cambio de estación. Una experiencia nueva para quien no está habituado al clima de sequía y lluvias. Lo que vela ahora el sol no es polvo sino nubes, masas de vapor, agua que irrumpe como un viajero desacostumbrado en la sequedad uniforme y continua del cielo y la tierra. Las plantas todas han dado un estirón, alguna hierba, aunque poca porque la primavera no da para más. Por primera vez desde meses la ropa no se seca en tiempo récord, y en la piel de las manos se va borrando el enrejado de grietas grises. La lluvia es todavía un anuncio de ella misma: cinco minutos y parece absorberse, evaporarse antes de mojar el suelo. En el hotel se continua viviendo en acuario sucio. Murmuraciones, mentiras, mitos, acusaciones, mala sangre hacia el prójimo, son lo únicos deportes sociales posibles. Sigo con mi política de hacer vida aparte a mi manera, explorar, no despellejar al vecino, si puedo hacer un favor lo hago, y es todo. La capacidad de mediocridad cotidiana promete ventura sin cuento para sistemas que ascienden la delación y los autos de fe a actividades honorables. Las etiquetas se barajan y mezclan con la más crasa ignorancia y la inquina más irracional: Anarquista, marica, lesbiana, espía, reaccionario… y para los franceses todos los que no lo son, son imbéciles congénitos.

Empiezo a recoger lentamente los frutos de mi soledad, la pequeña paz, los menudos descubrimientos, cierta libertad interna, el liviano peso de mi persona que se introduce y escapa en este lugar y en aquel. A veces hablo con gente del hotel y, cuando llega la observación brutal sobre fulano y mengano el insulto, el bulo, en lo que cada cual proyecta su propia frustración y su necesidad de afirmarse, entonces me alegro de esta especie de deporte que me he impuesto de no mezclarme, y, en medio de la tristeza de los días en los que tantas veces camino sonámbula por los recuerdos, siento-vaya, que presunción más ridícula y que perfeccionista mísera estoy hecha-la conciencia en calma hacia los demás, y la vaga impresión de que esta oscuridad terminará alguna vez. No valgo más que otro, pero hay ese vacío que me separa con frecuencia de todo y de todos, que me hace mirar en torno mío con una comprensión fría. Veo en Klaus más que el homosexual y tipo sospechoso que dice Sheila, la persona destrozada por el alcohol que a los treinta y seis años aparenta cincuenta. En otros se mezcla simplemente el amor propio, la suficiencia y la idiotez que los lleva a no encontrar otra forma de crecer que subirse sobre los demás. Y por encima de todo hay las detestables condiciones sociológicas en que vivimos.

Participé tres días, con profesores y alumnos, con una movilización de trabajo manual consistente en hacer un túnel antibombardeos-como se excavan en China toda-dentro del recinto del instituto. Me disfrazo pues con gorra y chaqueta verde oliva y paso ladrillos, pico terrones, lleno cestas con cantos. De cuando en cuando alguien viene a preguntarme una duda de gramática a la zanja. No me hago grandes ilusiones sobre la eficacia de estos contactos con el trabajo manual; sé que no tienen la virtud de borrar con sus pocas horas mensuales la dicotomía manual e intelectual. Es un exorcismo mas del culto obrerista de este país teatral. Pero, sin magnificarlo, no es nada malo-aparte del sádico placer de ver a los cuadros tirando de su carreta y actúa como catarsis colectiva en este mundo de ritos políticos que es la República Popular China.

 

11-mayo-74

 

Un autobús, destartalado y rápido, medio lleno con el somnoliento público nocturno. La ciudad es gris y caliente. El aire espeso. Entre los árboles, junto a los muros, en las abundantes zonas piadosamente dejadas en la oscuridad por el económico alumbrado de Pekín, las parejas marchan lentamente empujando sus bicicletas. Una disputa entre dos mujeres en el vehículo es acallada prontamente por la llamada al orden de todos los viajeros como un solo chino:

-Hay una extranjera

Sí, hay una extranjera, sentada en el fondo, con pelo claro y suelto, ojos desmesurados, alto caballete de la nariz, chaqueta y pantalones azules pero cortados con línea pegada al cuerpo. La extranjera ha recorrido muchas calles durante el día. Se le han encallecido los labios a fuerza de mordérselos al atravesar miradas, gestos, codazos al de al lado que señalan su peso, en las duchas de curiosidades de cada restaurante, cada comercio en el que entra. En el barrio donde residen diplomáticos y periodistas, ha comido con el matrimonio X, que tiene una casa y tres niños de muy buen gusto, preciosas antigüedades. Ha sido extranjera entre extranjeros. En el hotel, ayer noche, el nigeriano ha insistido hasta la saciedad en la conveniencia de intercambio sexual beneficioso para ambas partes:

-Tú necesitas también divertirte. El amor no tiene nada que ver con esto.

-Busca a otra. En Pekín no es fácil, pero puedes encontrar en las embajadas, o quizá aún queda alguien en el Hotel de la Amistad.

-Dormimos juntos, ¿de acuerdo?

-No. Lo siento. Intenta encontrar, o espera los meses que te quedan para ir con tu mujer, Musa.

-No entiendo. ¿Tienes algún problemas sexual?

Nada más difícil que explicar a un hombre que no se quiere ir a la cama con él, así, simplemente, no con él.

Hogares, células, núcleos, ventanas iluminadas, niños, coches, juguetes y parejas, un brazo apoyado en otro, la vivienda del matrimonio X, mesitas laqueadas, una cuna de bambú, Cuando volvamos a nuestra casa en Niza.

El autobús. Los ojos blancos y negros se posan en mí y continúan deambulando. Una veloz carrera por un extensión gris. Palabras monosilábicas, caracteres púrpura incomprensibles, hipertrofia urbana, el intenso olor de las acacias, un gran cielo desierto sobre extensiones de acciones y palabras en otra dimensión. Soledad, soledad, soledad.

 

 

 

12-mayo-74

 

Hoy estuve de exploración. En torno al lago de Shishajai, especialmente en la parte este, se encuentra el llamado Barrio Tártaro, casas en el más puro estilo tradicional, muros grises, tejados curvos, hermosas puertas con magníficos dinteles que el tiempo y la falta de cuidados deteriora a ojos vistas. Mientras que los grandes monumentos oficiales (los palacios de Verano o Imperial, el Templo del Cielo, y poco más) son mantenidos con esmero y gozan de un trato de favor, los pequeños templos, las bellas casas, las admirables puertas de Pekín, los graciosos arcos conmemorativos, cuanto hizo sin duda de ésta una ciudad bella, desapareció o está desapareciendo a toda velocidad. Aun para una perfecta ignorante del legado artístico chino tradicional esto es algo evidente, aunque haya habido excavaciones y hallazgos durante la Gran Revolución Cultural, mientras que se destruían otras obras de arte. Una vez más en China el quid no está en lo que se dice y exhibe, sino en las inmensas zonas dejadas en la sombra.

Doy la vuelta al Shishajai. Todavía no hace gran calor y, pese a la dudosa pureza del agua, el lago es utilizado ya como piscina por los muchachos. Otros pescan. Los bañistas nadan hasta una islita. Hacia la orilla sur, otros se entrenan en fútbol y baloncesto. Hay un aserradero, depósitos de troncos y de carbón, tallercitos, viviendas que son cubos de dos pisos de ladrillo rojo y macizo. Se venden y cambian bicicletas usadas. El lago, que es ovoidal, se aprieta la cintura con un puentecillo. Pasando a la orilla oeste, el panorama cambia, hemos retrocedido incontables años en el tiempo, el caparazón secular, la escama gris, el armazón apretado de muros y tejados se extiende como un animal de otra época, como una armadura antigua. A veces una puerta roja interrumpe el panorama. Si uno de los batientes está abierto, es para que la vista tropiece, enfrente de la entrada, con el muro destinado a cerrar el paso a los malos espíritus.

Gran expectación entre los chiquillos, que siguen mi paso abriendo ojos tamaños. Una anciana se me coloca al lado y me examina con tan fría curiosidad como si me viera sobre una estantería de almacén.

El barrio, las casas, son de una real y sólida belleza que aparentemente nada se hace por preservar. Hay dinteles soberbios labrados en piedra o policromados. Más allá, dos puertas de arco, dos grandes edificios uno de los cuales despliega, como un pavo real resplandeciente, un decorado magnífico en tejas de colores; y en el suelo, al lado, una campana gigante.

 

 

13-mayo-74

 

Esta noche, una noche interior singularmente oscura por haber vivido hoy hasta las heces una situación de segregación, me fui en bicicleta al parque de los Bambúes Púrpura, que está a unos diez minutos. El parque abre hasta las veintidós horas y es, por su casi inexistente alumbrado, el refugio de las parejas. Es un sitio bello: Canal, lago, sauces, pinos, acacias, puentecillos, pagoditas, grandes estrellas blancas inmóviles en un cielo de seda. Los peces saltan ruidosamente fuera del agua. Me adentro en el parque en silencio, tras dejar mi bicicleta a la entrada. Cuchicheos de parejas, dos sombras con la bicicleta  aparcada al lado, risas de grupos de muchachos que pasan por los senderos pedaleando en la oscuridad como en pleno día. Alguien canta, se oye una armónica. Me zambullo en la oscuridad, deambulo como un ser de otro planeta.

Y he aquí que los antípodas dejan de serlo. Un hombre solo me aborda, le he visto seguirme un trecho entre las sombras y los troncos de los árboles, empujando su bicicleta del manillar. Es chino. Y él ve también claramente a la luz del cielo en mi rostro que soy una extranjera, un ser de otro planeta. Y sin embargo continúa ahí, y pregunta únicamente.

–Ni ikka ren ? (¿Estás sola?)

En mi sorpresa , no sé como reaccionar. No dejaría de ser interesante ver hasta dónde quiere ir con una extranjera. ¿ Será uno de los célebres enemigos de clase que busca acuchillarme para dejar en mal lugar al Gobierno, robarme ? ¿ O busca simplemente mujer?. El caso es que me falta el altruismo del cobaya. Le digo en chino como puedo que no, que no estoy sola, que otros dos vienen detrás, y echo a andar. Me aborda de nuevo. Me quedo como esperando a mis imaginarios acompañantes y aprovecho la separación para irme por otro lado, no muy segura de dónde está la salida. Me equivoco, retrocedo. Veo al hombre a trechos caminar entre los árboles. Todo me es ajeno. Corro. Reconozco el puentecillo por donde vine. Encuentro la salida.

Mi bicicleta ha desaparecido de la entrada, donde la dejé. Miro desconcertada. Un soldadito joven y sonriente se acerca, me pide por señas que le siga. Cruzo la carretera tras él, pero como anda rápido, me paro y le espero en la esquina con la multa. Está claro que he dejado la bicicleta mal aparcada y que la policía, utilizando una llave maestra para el candado, ha debido conducirla al aparcamiento reglamentario, junto al estadio principal, En esto veo venir al soldado…con mi bicicleta entre brazos y sin dejar de sonreírme. Se la ha llevado a peso mientras yo me paseaba, para ponerla en lugar seguro, al aparcamiento, que no está cerca. Corro a su encuentro con la llave; me deshago en excusas y en agradecimiento. Ni multa ni reproche en la cara joven y lampiña rematada por su gorra y su estrella roja. Y siento una profunda admiración y una saludable vergüenza mientras veo alejarse a este soldadito sonriente para el que la máxima de servir al pueblo no es palabra vacía.

 

Soleada mañana de mayo, primera de trabajo en la fábrica. El sábado dejé bien planchados pantalón azul y blusa blanca.

Al llegar el lunes, me hallo con las clases vacías, excepto algún que otro rezagado que se dispone a partir.

-¿Y yo?

-La dirección aún no se pronunció en cuanto a su caso.

Li, siniestro y enjuto, llega para hablarme:

-Naturalmente su deseo de participar en el trabajo manual es muy loable, pero como el trabajo de los extranjeros se arregla de una manera muy especial, la dirección del instituto, conjuntamente con la de la sección, ha decidido que vaya dos semanas dos veces por semana.

-Mi deseo, y no creo que sea un favor sino un derecho político, es participar en igualdad de trato con mis colegas chinos en este contacto con el proletariado, que para mí es una ocasión única.

Li responde con el largo monólogo autoritario que ellos llaman intercambio de opiniones, y termina:

-La decisión de la dirección es la que le he dicho.

-Entonces sepa que no estoy en absoluto de acuerdo, que la considero una segregación y políticamente errónea, que actuaré en consecuencia y que no lo olvidaré. Muchas gracias por la comunicación.

-Nuestra opinión…

-Creo que está todo muy claro, Muchas gracias.

U guarda el cuaderno en el que ha anotado, como es uso, toda la conversación. Li se va con la cara más larga que de costumbre. Un profesor se me acerca sonriente:

-En estos días hemos previsto que prepares textos de conversación (son insaciables  capitalizadores de textos).

-Es una lástima, camarada, pero, como no estoy de acuerdo con la medida que se ha tomado, necesito enfocarla políticamente, así que voy a dedicar estos quince días, desde mañana, a leer las obras de Mao, Marx, Lenin y Engels.

Estupefacción total. Shun reacciona con un torrente nervioso de protestas:

-¿Cómo? ¿Que no vas a trabajar? Aunque haya disparidad de puntos de vista con la dirección, no se puede dejar de trabajar.

-Yo sin línea política soy incapaz de hacer nada, Shun, debo aclarar el problema a la luz del marxismo.

U, semblante compungido y ojos bajos, apunta:

-De acuerdo con nuestro sistema de centralismo democrático, se deben manifestar las opiniones, pro obedecer las órdenes superiores de todas formas. De ninguna manera podemos parar el trabajo.

-Según vuestro sistema. No olvides que yo soy extranjera, distinta, como bien me recordáis, y estoy acostumbrada a otros usos. Mi opinión ni se escucha ni se tiene en cuenta para nada en las decisiones. ¿ Qué puedo hacer sino lo que he dicho ?

-Nosotros pensamos que debes trabajar-insiste U.

-Y yo pienso que la dirección debe actuar de forma correcta y, antes de tomar decisiones, hacer encuestas como dice Mao, analizar concretamente la situación concreta según enseña Lenin; no poner ante el hecho consumado. Son métodos autoritarios y burocráticos.

-Usted puede decir su opinión pero, según el sistema chino, una medida errónea no debe perjudicar al trabajo.

-Esto para un chino tiene cierta lógica. Para un extranjero, los días en China Popular son contados y preciosos. La contradicción entre los intereses del extranjero en cuanto a conocer el socialismo y recibir educación de clase y su trabajo intelectual no es contradicción antagónica; sólo lo sería en un país capitalista, que pone la producción en primer lugar.

Shun, siempre vivo e inteligente, entra por el flanco demagógico:

-Pero nosotros, los profesores, no somos culpables de estos problemas. Nuestro nivel de español es bajo. Necesitamos los textos. ¿Qué hacemos sin ellos?

-Shun, precisamente yendo a la fábrica es como yo haría mejores textos, encontraría allí situaciones que hay que expresar en español y que los profesores chinos a veces no saben denominar adecuadamente. Serían textos más llenos de vida y más cercanos de la realidad china, de su proletariado y de su paisanería, con una ideología más socialista.

-Entonces ¿no vas a trabajar?.

-Desde mañana vendré con las obras del Presidente Mao para dedicarme, durante el tiempo que están en la fábrica los otros, a la autoeducación ideológica para la recta comprensión del problema camarada.

Es hora de abandonar de una vez por todas el limbo. En China lo que importa son los intereses chinos, y a su servicio se pone todo, desde el chovinismo más bajo-porque el chovinismo siempre ha sido un motor tan estúpido como eficaz, junto con la religión y afines-hasta la demagogia más evidente con lo de internacionalismo, etc, cuando lo cierto es que en la vida real hay una segregación feroz y peor que ninguna otra por oficializada y disfrazada de diferencia. Aquí se necesitan burgueses, que vengan a cobrar, a vivir confortablemente entre el aya para los niños, los camareros que les limpian el piso y les sirven el plato y el coche a su servicio, que se dediquen a coleccionar jades y sedas, y que ni por pienso sueñen en irse a trabajar a fábricas ni pregunten, ni planteen problemas. Pero, a los burgueses hay que pagarles  sueldos substanciosos. Entonces China Popular juega la carta doble del Trabaja usted para el socialismo, conocerá la realidad china, vivirá en igualdad con los chinos, etc, aunque, como me ha pasado a mí, pronto aflora el Usted está aquí para trabajar, lo cual es lógico.

Olvidan sin embargo que, si los floridos ideales se reducen a eso, entonces, camaradas patrones, hay que jugar en el plano de la contratación exclusivamente, y dejarse de demagogias internacionalistas, con lo cual al menos nadie se llamará a engaño. Pero, dadas las condiciones humanas en las que se hace a un cooperante extranjero residir en China, dada la falta de toda compensación social, los contratantes deberían pagar sueldos muy superiores a los actuales. En términos de puro interés económico, es evidente, que un sueldo mensual de trece mil ochocientas pesetas, de las que sólo son exportables en divisas la mitad, no es un sueldo de cooperante, de especialista que presta sus servicios en un país extranjero a petición de éste último y durante un período de tiempo limitado.

Les queda a los contratantes chinos el recurso de traerse marxistas-leninistas-maoístas incondicionales, de los de la tribu Siseñor, que con la fe evangélica que les caracteriza, estarán felices cuando el cuadro Li les asegura que ellos sí que son camaradas y les haga participar en la vida china proporcionándoles entradas para todos los encuentros de ping-pong. Pues ¿ no estaba el otro día haciendo cabriolas un inglés que lleva aquí ya once años porque los chinos le habían permitido ir con los colegas a trabajar un poquillo a la comuna?. Y ¿qué decir de Sako, la japonesita de veintidós años, que nació y estudió medicina aquí, y se va al Japón el año que viene porque, como dice, tiene problemas de contacto con los chinos, la dejan de lado?.

Los chinos son así. Son así porque son chinos concluyen los espíritus desengañados del hotel. ¿Qué dictador, que demagogo ha empleado el típico argumento metafísico de la naturaleza humana, sexual, nacional, para poder razonar lo que no se basa en argumentos razonados?. Mi China es la pequeña China de la gente trabajadora, de buena voluntad. No quiero a esta minoría que les clasifica, no deseo formar parte de ella. No quiero manipular. Estas gentes han hecho una revolución paciente, humilde, larga. Son el soldado sonriente del parque que actúa de corazón, según la idea de formar parte de un ejercito del pueblo, son menudos y resistentes seres, son al fin y al cabo gente como otra. Me niego a considerar la chinidad como suprema explicación; es el siniestro razonamiento metafísico el que transparente ahí.

Un día comprenderán que los extranjeros lo eran mucho menos de  lo que creían, que el proceso de la segregación del extranjero es el mismo que el de la mujer, del judío. Llegará un día.

 

 

15-mayo-74

 

Una de las mañanas en las que participé en la construcción de túneles, durante el descanso me fui a echar un vistazo a la guardería del instituto, con la suprema ambición de ver algo en su ambiente natural, sin entrar precedida de gerifaltes y trompeteros. Las cuidadoras se sorprendieron al verme, pero no hubo gran sobresalto. Me asomé a algunas habitaciones; ni dibujos hechos por los propios niños ni pasta de modelar. Un grupo de pequeños se apresuró, según las indicaciones de la profesora, a recibirme con buenos días. Estaban cantando; las frases sobre el Partido y el Presidente Mao se repetían. En otra habitación, un grupo de edades entre los cuatro y cinco años, sentados en sus sillitas y con los brazos cruzados tras la espalda como los que acabo de ver, repite un texto que ya saben de memoria. La profesora va leyendo y les corrige de cuando en cuando. La profesora me lo muestra cuando se lo pido, y Xía, a la que busco, me lo traduce. Se trata de frases como:

Lin Piao es un traidor malvado

El Partido nos enseña el recto camino

Etc, etc.

El instituto está vacío y vaciado. La inmensa mayoría se fue a la fábrica. Silencio. Voces espaciadas. Aulas desiertas. La impresión para los negros de lujo, los extranjeros, es penosa. Sentada en mi rincón sólo me falta coserme la estrella amarilla, ¿o roja, o azul?. Continúo, para la gran desesperación de los del instituto, sin hacer texto alguno puesto que necesito urgentemente enfocar este problema político a la luz del marxismo-leninismo-pensamiento maotsetung. Dos profesores de mi sección se quedaron: Liuda, que debe dar de mamar a su bebé cada tres horas, y Pa, que había sido designado para trabajar conmigo en los textos, cosa descartada por las circunstancias. Liuda es una muchacha de veintiséis años, casada haca uno y madre de una niña de tres meses. Es originaria de Shanghai, linda y menuda, con un gracioso rostro redondo. Su blusa de cuadros blancos y rojos alegra la vista. Tiene la risa y el humor fácil. Hablamos de partos.

-¿Te costó mucho tener el tuyo?-pregunto

-No. Tres horas. Las hay que pasan días.

-¿No se hace en china la gimnasia del parto sin dolor?

-¿Qué es eso?. No, no se hace nada. Únicamente se recomienda andar durante el embarazo.

-La gente ¿nunca se casa antes de los veinticinco años?.

-En el campo sí. En la ciudad no. Si uno se casa pronto no está bien porque tiene más niños y éstos crecen y tienen niños a su vez antes de lo que los tendrían si se casa más mayor.

-Pero se puede perfectamente vivir varios años casados y no tener niños hasta que uno quiere con los métodos actuales de contracepción.

-Tampoco se deben casar jóvenes porque eso perjudica a su trabajo, especialmente no deben hacerlo si son aún estudiantes.

-Liuda, muchos de los estudiantes del instituto tienen veinticuatro años y más. ¿Ninguno está casado?

-No pueden aunque quieran. No se les concede permiso para casarse mientras están estudiando.

-Oye, ¿cómo se enamora la gente aquí?

Liuda ríe.

-Frecuentemente es entre compañeros de estudio. Se mira sobre todo que el otro tenga ideas políticas correctas comunes.

-Pero todo el mundo tiene ideas políticas correctas y comunes; por lo menos todos con los que yo he hablado me han dicho siempre lo mismo. No irás a decirme que te vas con un tipo horrible por sus correctas ideas.

Más risas. Ella especifica:

-También se mira su situación. Por ejemplo, si es un miembro del Partido Comunista.

-¿Son mejores los comunistas?.

-Su posición es mejor, están mejor situados. A las chicas les importa eso, sobre todo si ellas vienen del campo, donde la vida es más dura-me responde con total candor.

-En Occidente, las parejas se regalan cosas, flores, ¿y aquí?.

-No, no flores. Se regalan materiales de estudio, por ejemplo, un diccionario de español.

-¿Hay muchos divorcios?.

-Antes. Ahora pocos. Se considera mal. Aunque no se gusten, siguen juntos.

-¿Qué posibilidad tiene de volverse a casarse una mujer viuda o divorciada?.

-Puede casarse otra vez, claro que con un hombre que también haya estado casado ya. Los otros quieren una soltera.

Sé que, de mi sección, U, que quedó viuda con dos niños, no desdeña la posibilidad de un nuevo matrimonio y que sus amigas, por encargo de la interesada, buscan un hombre que la convenga entre los conocidos. El sistema por el que los amigos y colegas actúan de terceros es muy usado en China, y a veces, incluso toma cartas en la búsqueda de pareja la dirección del centro en donde se trabaja. La extrema estandarización de los comportamientos y situaciones sociales hacen aparecer tan anormal y lamentable el matrimonio antes de la edad indicada como la soltería pasados los treinta y tantos.

 

Segunda visita a la guardería, aprovechando la mañana de estudio, y con Liuda. Las niñeras se muestran más molestas que la primera vez. Comprensible; mi visita está fuera del orden establecido, de la implacable preparación perfeccionista de rigor. No pueden guardar un silencio mortal durante toda mi visita y tampoco exponerse a decir algo que se aparte del patrón oficial. Lo siento; he debido forzosamente despojarme hasta de la educación, no me queda otro remedio ya que ir echando puertas abajo, si quiero rozar un mínimo la realidad.

-Me dice la camarada-traduce Liuda-que es mejor que nos vayamos porque la primavera es época de epidemias en la guardería.

-¿Epidemias? ¿Qué epidemias?

-Catarro. Enfermedades infecciosas.

-Que no se preocupen entonces. Me quedo un poquito para ver. Muchas gracias por la advertencia.

-Es que además los niños ahora tienen clase y les distraemos, y las niñeras están hoy muy ocupadas para recibirla.

-No necesito un recibimiento ni una presentación. Por favor, que no se preocupen de mí. Me gusta mucho ver un poco a los niños mientras juegan y aprenden en un día normal, es todo.

Mi testarudez raya en la descortesía, pero la experiencia me ha enseñado que es el último medio que me queda para hacer alguna observación. Permanezco en el quicio de la puerta mirando. Los niños cantan Oda al Presidente Mao, Seguimos el pensamiento maotsetung, Soy un soldadito rojo, Mi padre estudia las obras del Presidente Mao. Como si el martilleo radiotelevisivo, teatral, cinematográfico de los paneles callejeros y de las actividades políticas en las unidades de trabajo no bastara, los padres tendrán que oír a estos deliciosos transistores infantiles alegrándoles la intimidad del hogar con las loas a Mao y al Partido.

A veces los niños son llamados para interpretar algunos pasos de la danza. Los peques adoptan gestos militares, con los brazos cruzados, etc. Las niñeras no gritan ni emplean gestos violentos. Físicamente los niños parecen gorditos y sanos, hay sin embargo un buen porcentaje de estrabismo. Danzan sin música con cuidadosos gestos absortos. Hay idas y venidas de niñeras que me miran con impaciencia y recelo mal disimulado. El tiempo es precioso, miro tan intensamente como puedo para aprovechar los segundos. Los escasos dibujos de papel de gran tamaño, hechos por adultos, más que alegrar, resaltan la tristeza de las paredes. Miro a los niños mientras cantan y salmodian sentados. Muchos presentan movimientos reflejos, involuntarios, tipo tic, tamborilean con el pie, abren y cierran la mano, entrechocan las rodillas, éste retuerce los dedos, aquél mueve los hombros, el otro balancea la cabeza rítmicamente. Son movimientos que no me parecen de la misma familia de los del niño impaciente que se mueve inquieto en su silla. Son movimientos inconscientes a los que se mezclan, maquinalmente, algunos pertenecientes a la danza. Todos me gritan buenos días sonriéndome y agitando las manitas, pero cuando me acerco y los acaricio la mayoría rehúye.

Mi impresión es que la mayor parte de la jornada de estos niños se pasa en un adoctrinamiento a base de gestos, repeticiones y disciplina-sin violencia pero extremadamente total-hacia una igualación y una integración en el mundo adulto que son el polo opuesto de la ayuda al desarrollo y al florecimiento de las facultades del niño, de su iniciativa y creatividad. El fin es hacer del niño, como del adulto, un ciudadano obediente y útil. Las posibilidades de expresión de la personalidad de cada niño me parecen inexistentes, puesto que se trata de transformar a todos ellos en elementos dentro de las normas del sistema. No creo que el adoctrinamiento haya llegado en parte alguna tan lejos como en China y desde edad tan temprana. El sistema memorístico y repetitivo ha sido empleado en la Historia en especial por las escuelas religiosas, pero ninguna tan absoluta como la escuela maoísta.

 

 

19-mayo-74

 

El Buró de Extranjeros tenía programada una excursión a Tientsin. Aunque ya había ido, me apetecía volver, y con días de anticipación, deposité mi pasaporte y el importe en manos de Ho, el intérprete español, comentándole, que, aunque había visto Tientsin, me agradaba ir de nuevo.

Subo al autocar el sábado a las seis y media de la mañana.

-¡Pero usted ya fue a Tientsin! No puede ir-me dicen sonrientes los intérpretes de español-no se permite a la gente que ya estuvo.

-Y ¿esperan para decírmelo el sábado a las seis y media de la mañana con todo preparado?.

-En su instituto debieron haberla avisado y devolverle el pasaporte y el dinero.

-Pues no lo hicieron en toda la semana; no es culpa mía sino de ustedes. Saben que trabajo aquí. No tengo el pasaporte pero sí el carnet de cooperante que vive en el hotel. Puesto que el error ha sido suyo, demuestren que por su parte hay buena voluntad intentando al menos hablar con la policía de la estación explicando el caso. Tal vez se arregle. Si la policía no accede, me doy media vuelta tranquilamente y cojo un autobús para volver.

El jefe gordo y calvo, se arrellana con la expresión de desagrado administrativo que le es habitual, la de alguien despertado de su siesta. Llegados a la estación, subimos al primer piso y nos dirigimos todos a la sala de espera. Al lado hay una oficina de la policía a la que supuse iríamos a explicar mi caso. Al ir a entrar a la sala de espera, de repente, uno del personal del Buró de Extranjeros, alto y con gafas cuyo nombre ignoro y al que no conozco sino de vista y por las grandes sonrisas y los buenos días al pasar, sin sonreír en absoluto, se me pone delante, me empuja hacia atrás con la palma de la mano, mientras que un policía de la estación, también sin sombra de sonrisa y casi gritando, me dice que no tengo visado y que no puedo entrar. Yo iba distraída hablando con Pelayo y Sinda, la mayor parte del grupo ya había pasado a la sala. Los del Buró se habían limitado a indicarme a la policía como   a esa no hay que dejarla entrar. No tiene permiso, sin sombra de explicación y con una maniobra brutal para que no advirtiesen nada los demás extranjeros.

-¡Quedaos! ¡Mirad como me tratan!-digo a Pelayo y a Sinda.

Abordo a los responsables:

-Ustedes no han hablado con la policía como dijeron. No han tenido materialmente tiempo. Les han dicho que me detuvieran. Que explique el caso a la policía el jefe del Buró.

El jefe del Buró, a regañadientes, viene. Nada puede ya borrar la conducta, hay gestos que valen más que mil palabras, sobre todo en China, donde la distancia de lo que se dice y lo que se hace es tan sideral. He visto a una de esas personas que normalmente sonríen afables, perder en un segundo toda traza de afabilidad y buenas maneras, ponérseme delante y empujarme a un lado. Pueden pues transformarse con tanta rapidez, despojarse tan deprisa de la cortesía reglamentaria, ser instrumentos del jefe, del burócrata. Y recuerdo las palabras de la dama Ceylan durante mi estancia en Sian: Tenga cuidado. Los chinos parecen muy suaves, pero son inflexibles. A nuestra amiga inglesa la tuvieron tres meses incomunicada escribiendo su autocrítica por una simples fotos.

Los viajeros chinos se paraban, con prudencia, a mirar. También Pelayo, Sinda, son testigos del hecho. Él dice:

-¡Somos amigos de China! ¿Cómo se nos trata así?

Entonces el jefe y la policía quieren llevarme aparte para darme explicaciones.

-Ya está todo suficientemente claro-respondo

Vuelvo la espalda y me marcho. Me temo que el jefe del Buró no perdonará fácilmente algo que para los chinos es durísimo: hacerles perder la cara. Para la gente que me miraba, el espectáculo de un extranjero yéndose enfadado y solo no puede acomodarse con la versión oficial de amabilidad y hospitalidad.

No lamento no conocer la lengua porque creo que en realidad casi es preferible. Me salva de este océano inútil de tinta y papel, de discursos, prototipos y tesis que inevitablemente justifican los hechos tal y como son. Hay un divorcio enorme entre palabras y actos. En mi condición de analfabeta sordomuda, puedo juzgar exclusivamente a partir e los actos, de las actitudes, de los gestos, de las realizaciones, de lo estrictamente real. Lo prefiero.

Vagué pues por la ciudad, que se transforma progresivamente en un horno polvoriento. En el Parque del Sol, tuve la suerte de contemplar el entrenamiento de un luchador de box chino y gimnasia china tradicional con pica y con dos espadas. Una sucesión de movimientos de lenta precisión, de elegante suavidad, y contrapuntos repentinos de ataque violento y concentrado: Una materialización corporal del comportamiento medio.

 

De nuevo el Palacio de Verano, ya un poco marchito de calor y multitud. El calor llegó con una brusquedad continental acompañada de humedad, sala de espera para las breves lluvias torrenciales de julio y agosto. Como un solo chino, de un día a otro la gente se ha despojado de los calzoncillos largos de lana e incluso de los de algodón. Bajo las chaquetas grises y azules han florecido blusas de colores, rosas, celeste, amarillo, malva. Tras largos meses de enguatados, rellenos de algodón, las telas parecen flotantes y anchas sobre los cuerpos. También han florecido las rosas y otras flores, y, junto con urinarios y cloacas, perfuman el ambiente. En los estanques se chapuzan nadadores, en su mayoría muchachos, alguna chica.

Calor. En los centros de enseñanza la gente se ha ido en buena parte al campo, a las fábricas, y los carteles murales y actividades políticas están a media asta.

Sheila se va dentro de dos días. Se negó, por miedo, a echarme unas cartas al pasar por París.

-He llevado una vida muy tranquila y no quisiera que me detuvieran los chinos al salir, así que no quiero llevar cosas de nadie.

 

 

 

20-mayo-74

 

Vengo de hacer un poco la Ofelia, de recoger unas silvestres flores del jardín, de las que crecen en la maleza. Agotadora mañana. Expongo a Pa mi triste experiencia del sábado, la inolvidable conducta policíaca y brutal. Pa, en buen súbdito del Celeste Imperio, hace funcionar el mecanismo de preservación del sistema sea como sea, volviendo lo blanco negro. La explicación justa a lo que me ocurrió está lista para servir, sólo falta abrir la lata:

-Es que el que te empujó actuó individualmente de forma incorrecta, no por orden de ningún responsable.

-Ya te expliqué cómo fue; si el soldado me abordó, y él me detuvo es porque se lo dijo el jefe del Buró de Expertos.

-Son imaginaciones.

-¿Lo qué he visto con mis ojos, y no yo sola?

Se diría que a los súbditos chinos les han introducido una serie de mecanismos en una operación, mecanismos de explicación y justificación a toda costa del sistema, de preservación de moldes. Hay dentro de sus organismos algo que recuerda al papá, mamá de las muñecas, unánime como pieza salida de la misma fábrica, infalible. Y lo malo es que la forma de enjuiciar tiene de todo menos de razonamiento real (no hablemos ya de razonamiento dialéctico). Consiste en acomodar el hecho, sea el que fuere, a una opinión establecida, a los moldes preparados, y esto utilizando un sistema que entra de lleno en la discursiva de tipo religioso. Hay un principio del Mal que es el enemigo de clase, al que, como al demonio, se hace intervenir para explicar todo hecho reprobable, de forma que el sistema queda siempre inmaculado, errores y aberraciones son obra de un puñado de enemigos de clase. Es un mundo maniqueo, y, por ello, extremadamente simple en sus planteamientos, tanto es así que se pierde la costumbre del razonamiento real, del rigor lógico, del análisis concreto.

En el instituto, tuve de nuevo una siniestra hora de discusión con el siniestro Li. Él reiteró el planteamiento de la dirección que me impedía ir a la fábrica como los demás. Yo continué negándome a hacer textos. La reunión estaba aderezada con el típico aparato coercitivo. A solas, responsables y dos profesores de español haciendo de intérpretes y tomando apuntes de lo que decía, estilo de preguntas que iba perdiendo progresivamente agrado y sonrisa hasta ser escuetas órdenes en un tono casi amenazante, con gestos que se suponía debían impresionarme.

Me había presentado en la reunión con las obras de Mao y mis notas sobre ellas bien bajo el brazo, lo que Li recibió con miradas de silenciosa y virulenta cólera. De cuando en cuando les leía una cita del Presidente, a la que Li respondía apretando los labios y fulminándome con descargas cerradas de inquina, y un amenazador:

-¡Nosotros seguimos las directivas del Presidente Mao!

-Iré al trabajo manual sólo en igualdad con mis colegas chinos.

-¡Entonces no quiere ir a la fábrica, está claro!

-¡No es verdad!-grito-He dicho que no quiero ir sólo dos días a la fábrica, sino como los demás.

-No quiere colaborar con nosotros y ayudarnos como una amiga.

-Precisamente porque quiero colaborar bien pido igualdad con mis camaradas chinos, y, como considero que mi asunto no ha sido tratado correctamente, necesito estudiarlo atentamente, lo que me impide dedicarme, como ustedes dicen, a hacer textos.

Y llega la frase que estaba al caer y que tiene macabras resonancias para los que han vivido la situación de los emigrantes en Europa:

-Ustedes los extranjeros están aquí para trabajar principalmente y hacer textos.

Ciertamente no nos pagan para leer las obras completas de Mao, pero, qué abismo entre esto y los “Ustedes vienen para ayudar a construir el socialismo, Somos camaradas», El Internacionalismo proletario, Intercambiar experiencias. El mito se desmorona.

 

 

21-mayo-74

 

Paso las mañanas en un despacho desierto, mano a mano con Pa, que me dice en cada momento que mi actitud es incorrecta, que no tengo por qué pensar que los culpables son la dirección del instituto, sino la de la fábrica, que dice no hallarse en condiciones para que los expertos extranjeros trabajen allí. Ningún deporte practican los chinos tan intensamente como el de arrojarse unos a otros la pelota, que les quema siempre las manos, de la responsabilidad. Y ni una sola vez se da una brizna de razón a un extranjero confrontado con la decisión oficial. Este apoyo monolítico sólo puede lograrse de insinceridades, disimulo, constantes; de ahí que ya mi confianza en ellos haya pasado a mejor vida.

-¿No harás textos tampoco hoy?-me pregunta Pa-Nosotros necesitamos tu ayuda.

-Por favor, Pa, tú sabes que quiero mucho a este pueblo vuestro, que le admiro mucho por su dignidad, su trabajo. Pero estar aquí en China, es para mí una oportunidad, rara, preciosa, de sacar experiencias útiles en otros países. Es una responsabilidad aprovechar al máximo esta estancia de forma que luego sirva quizá a las clases oprimidas de allá. Mi país tiene grandes problemas, es pobre, hay enormes diferencias sociales y explotación; ellos son, como el pueblo chino, también buena gente. Debo aprovechar mientras estoy en China.

-¿Cuánto tiempo estarás?

-Dos años supongo, como la generalidad. Al menos, pase lo que pase, no me iré antes; tendrán que echarme. Quiero ser útil aquí, pero también para los míos.

-Algunos pueden interpretar tu actitud de ahora como una excusa para no ayudarnos, como hostil, de odio a los dirigentes.

Pa, me mira, al otro lado de la mesa, y veo sorprendida que tiene los ojos brillantes, húmedos, los pómulos ligeramente enrojecidos.

-¡Qué excusa más baja! Que los que piensan eso vengan a decírmelo en la cara. Por la misma razón yo puedo deducir que, si no se me acepta en la fábrica, es por odio, hacia mí-digo.

Pa es una buena persona. No deja de tener emoción tantear, bajo el barniz uniforme de gestos, rostros impasibles, tópicos, arquetipos, sonrisas, el auténtico valor humano personal; distinguir el que es simplemente y nada menos que una buena persona. Kuo también lo es, y Chai.

 

A la vuelta del instituto, el matrimonio alemán está en el chasis moral. Tras haber batallado infinitos días con sus noches para ir a trabajar a la condenada fábrica con sus alumnos, y haberles asegurado los responsables que irían esta semana, el martes por la mañana reciben un telefonazo. Contraorden. A casita. Así y todo piden un taxi en el hotel; les responden que el instituto ha telefoneado para decir que no van. Se marchan de todas formas por sus propios medios a la fábrica. Al llegar se les comunica en la puerta que aún no están dispuestas las cosas para que trabajen allí, y tienen que dar media vuelta. (El asombrado director de personal de Peugeot o Citroën que me estará leyendo ya sabe lo que tiene que hacer para que la gente se mate por ir a trabajar al taller hasta pagando: instale un sistema prochino rodeado de misterio y aureolado de gloria. Los visitantes extranjeros se disputarán las plazas en la cadena al lado de los obreros como las primeras filas del Olympia ).

Una vez vi una película de ciencia-ficción en la que los terráqueos eran eliminados uno a uno y suplantados por seres de otro planeta de la misma apariencia física, aunque, por detalles reveladores en el trato, se llegaba en cierto momento a advertir su condición. Así, el protagonista, un hombre que había descubierto la silenciosa tragedia, se dedicaba con desesperación a intentar informar, prevenir, organizar una defensa; recurría a esta muchacha, a aquel amigo de la infancia, el compañero de trabajo, y, en uno de los momentos clave de confianza, de intimidad, el detalle súbito le saltaba a la vista con todo el horror de la evidencia: Aquella persona era en realidad otro de ellos; y de nuevo la huida alocada y el intento y el descubrimiento y el horror y la huida y el intento. Es la misma impresión que me asalta con frecuencia: Intentos de trabar contacto conmigo que se revelan medios de sonsacar detalles; ilusiones de simpatía, conversaciones sinceras transformadas luego en material de delación, amistad que se vuelve manipulación psicológica, sonrisas que se transforman de repente en rigidez e indiferencia.

Un día saldré de aquí, de este país enorme en kilómetros pero diminuto en posibilidades humanas, al menos para los honorables expertos. Hay momentos de terror, de auténtico terror ante este sistema monolítico repetido como una progresión geométrica, sin resquicios, como una caperuza sin ojos sobre las cabezas ¿Es así en el estrato limitado de burócratas miedosos y mandarines, únicos a los que tenemos acceso, o es por todo igual?. Resulta difícil creerlo de este pueblo afable que escribió sobre una gran presa: Construimos para las generaciones dentro de mil años. Llegará el día.

 

 

22-mayo-1974

 

Las justas luchas tienen su recompensa. Anoche el matrimonio alemán y los dos franceses, colegas míos en el instituto, decidieron-¡al fin!, ¡qué coraje!- que había que plantear a la dirección- la cuestión de nuestro trabajo en la fábrica de forma unida y consecuente: igualdad de trato con nuestros camaradas chinos, un mínimo de quince días de trabajo productivo en la fábrica. Si no se nos acuerda, consideraremos que no nos es posible continuar trabajando en el instituto, presentaremos nuestra dimisión y solicitaremos el traslado.

Es un alivio que al fin se hayan decidido los demás; lo único que les ha faltado ya es que la dirección les firmara un documento asegurando que se les tomaba el pelo a mechas. Hasta ahora he sido yo la única que ha sostenido esta posición, que hoy ellos hacen suya, la única en rehusar tajantemente el compromiso, el teatro ridículo de ir dos veces por semana a la fábrica, la única en pedir como un derecho político-y no como una gracia-un mínimo de quince días de trabajo continuo. Cada vez que intenté interesar a los otros en el problema, me encontré con el egoísmo y la desconfianza de cada cual, que no advertía que eso era jugar el juego de la dirección, que no pide nada mejor que dividirnos, que miente sin tino y utiliza todos los recursos para plegarnos a su voluntad. Ha hecho falta que den a los franceses y a alemanes prácticamente con la puerta de la fábrica en las narices para estar de acuerdo en una acción conjunta, cuando durante diez días yo lo he sostenido a viento y marea, soportando las presiones psicológicas del dirigente de mi departamento, que me presionaba con la diferencia de actitud de los otros extranjeros, me calumniaba ante los compañeros de mi sección.

El sábado será el regateo, los intentos de división, los sobornos morales, la palabrería guisada con amistad y ayuda al socialismo. Por desgracia los extranjeros tienen con facilidad una actitud sumisa y entran ellos sólitos en el corral, se dejan llevar al terreno de batalla elegido por los chinos, y, en lugar de limitarse en forma tajante a reivindicaciones concretas, se enzarzan en los planteamientos político-discursivos, sin darse cuenta de que eso es precisamente lo que los chinos quieren.

Una manera de obrar muy típica del país es crear una serie de condiciones materiales y objetivas, y después decir al interesado que, teniendo en cuenta esas condiciones, no pueden obrar de otra manera que como lo hacen. Se crean pues previamente circunstancias que obligan a actuar de cierta forma, y se presenta entonces un asunto como pudiendo sólo resolverse de acuerdo con las circunstancias de las que ellos se presentan como no responsables, pero que ellos crearon

 

 

23-mayo-1974

 

Demostrando mi buena voluntad, tan puesta en entredicho, pienso dejar a los profesores chinos en estos tres días, en los que he vuelto a dedicarme a mis actividades en el instituto en espera de la reunión del sábado, bastantes de esos textos de conversación que obsesionan a este atajo de textófagos. La verdad es que, pese a mi huelga, en casa había hecho ya mis buenos lotes de textos porque me daban no sé qué los profesores.

De todas formas, lo mejor del instituto es el cálido ambiente que me rodea, la riqueza de reflexiones y conversación con esta gente con la que trabajo todos los días. Véase: ayer llego yo a la oficina tras hablar con la dirección, y  explico a dos de los profesores chinos lo ocurrido…

–…y si el sábado la dirección no nos da los quince días mínimo de trabajo en la fábrica, presentamos la dimisión.

Única reflexión de un profesor:

-Entonces, no olvides dejar un texto de conversación hecho estos tres días.

Hoy me bajo al jardín, pero cometo el error de sentarme demasiado a la vista para leer. Un profesor de primer año, el poco avispado Chuan, se me acerca con una gran sonrisa, se sienta al estilo chino, en cuclillas. Me animo ante la posibilidad de una conversación entablada espontáneamente. Y Chuan dice:

-Los cerdos pastan.

Miro.

-¿Dónde?

-No; es para saber utilizar el verbo pastar. La vaca pasta, el caballo pasta, y el cerdo ¿también pasta?.

Mis nervios, mis nervios…

-¿Y el pato pasta? ¿Y el conejo?. ¿Yo pasto los cerdos?-continúa Chuan.

-No-y añado explicación gramatical.

-Dejar y quedar ¿qué diferencia?-sigue, implacable.

Voy a contar hasta diez mil…

-Mi abuelo murió de muerte natural; mi padre murió de muerte natural.

Me levanto y cojo la revista. Entonces el alevoso Chuan dice la frase fatídica, mortal:

-¿Se ha acostumbrado usted al clima de Pekín?.

 

Inciso

Armas mortíferas empleadas en Topicolandia.

¿Se ha acostumbrado ya al clima de Pekín? (sin antídoto conocido)

¿Le gusta la comida china? ¿Se ha acostumbrado a la comida china? (Parece ser que la frecuencia de empleo disminuye tras los veinte primeros años de permanencia en China).

Todos los trabajadores son gloriosos.

Trabaja con gran entusiasmo.

Etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc, etc,

 

—————–

 

Como perros sin collar, circulan rumores de que este verano los viajes por China están siendo suprimidos para los cooperantes. Por supuesto esto no reza para los turistas, que sueltan la pasta y deben llevarse en las retinas una serie de diapositivas a todo color de la China socialista, alegre y lucida como vaca en prado. Si esto sirviera para que los extranjeros que trabajan aquí se diesen cuenta de una puñetera vez de que si no se ponen de acuerdo para defender sus intereses, los suyos específicos que les hicieron abandonar no pocas cosas para venir a China, van de cráneo…Pero no será así. El porcentaje de incondicionales siseñor que serán felices yéndose a la playita oficial de vacaciones, Peitajo, es elevado; sin hablar de los bienaventurados que aún se agarran desesperadamente a la explicación teologal porque razones tiene nuestro padre el Partido para obrar así. Dentro de poco veremos el conmovedor espectáculo de los justamente indignados expertos explicando vehemente su protesta a sonrientes chinos que les dirán Oh, ¿cree usted? ¡Qué lástima! ¿De veras? No me diga, sin advertir que de esta pobre tropa de amanuenses sólo cabe decir lo que decía el argentino Pelayo: “No se habla con los monos sino con los dueños del circo”. Es también tierno e inefable el que afirma que hay que saber analizar políticamente las situaciones y, colocándose en una utópica madurez política, se consuela haciéndose creer a sí mismo que él sí comprende.

Habría otra maquiavélica razón a la actitud actual, claramente represiva hacia los extranjeros: echarnos de China por nuestra propia voluntad, crearnos una situación insostenible, como se hizo con los extranjeros al principio de la Revolución Cultural, así se quedarían con las incondicionales mulas para todo terreno. Por otra parte, puesto que ahora China está ya en la ONU, no necesita continuar las maniobras de enamorar al público.

 

Recomiendo vivamente leer–pañuelos y frasco de sales en mano-el libro de Bermann La santé mentale en Chine, ediciones Maspero, uno de los más ridículos frutos de la llamada ultraizquierda maoísta occidental. He disfrutado grandemente con sus devotas descripciones de la terapia a base de cantos revolucionarios.

 

 

27-mayo-74

 

Hoy al fin he arrancado los quince días seguidos de participación en igualdad con los profesores y alumnos chinos en la estancia en la fábrica. Una vez obtenido el acuerdo de la cúspide de la pirámide, he tenido aún que descender los flancos escarpados de ¿No podríais venir dos veces por semana a darnos clase? Te necesitamos. Tenemos tanto trabajo…, etc, etc,-No. Los quince días seguidos son intocables; todo lo que puedo hacer es que vengáis alguna tarde, a mi casa, de siete a nueve–No. Eso no.

Tuve carta de Hao, de Sian. Cinco hojas apresuradas y auténticas, con sus múltiples faltas de lengua, tachones, etc. Una carta de un amigo chino tiene valor de incunable; en este sentido soy la envidia de los extranjeros de Pekín, carta salpicada de conmovedores No te enfades mi amigo!…Con tu permiso, voy a preguntarte una cosa: ¿se usan los dos pares de palillos que te dí como regalo durante aquel banquete en mi casa? Esto me preocupa mucho. (Es decir: ¿Encontraste ya un hombre?)… El pueblo comprende hoy en día en la sociedad al obrero, campesino, y todos los trabajadores, a todos los explotados y oprimidos en el mundo. Hemos de luchar por su emancipación y vida mejor. Este debe ser nuestro objetivo en la vida…Me escuchas con paciencia. Yo no soy profesor político pero debo aclarar el objetivo de la vida. Reconozco que tengo muchos defectos, mientras que tú la única falta me parece tienes es que no tienes un objetivo claro y determinado en la vida. Una persona que no tiene un objetivo equivale a perder el alma.

¿Tópicos? ¿Citas de Mao escapadas de su entrecomillado?. Sí, lo son. Lo sé. Pero, en cierto modo, aquí, a mi entender, viven, están vivos, y es bien sorprendente verlos vivir tras tanto oírlos oficializados. Es la diferencia entre el corazón mío de salón y el de los enamorados en la sombra. El que hayan existido y existan aún los de Sian me da un apoyo moral nada despreciable. Por mi parte, les continúo enviando material de enseñanza–textos, periódicos libros–y pienso traerles a mi vuelta de Europa mapas y diapositivas.

Tras la breve discusión matinal sobre los quince días en la fábrica, Ju se fue y nos quedamos Kuo y yo durante más de dos horas hablando. A Kuo le encantan los tête à tête.

-¿Sabes que Ü se casó otra vez?–me anuncia.

-Pero ¿no ha dicho nada ni hecho una fiesta?.

-Las mujeres chinas están aún influidas por las ideas de Confucio y así a ella, como viuda, le dio reparo hacer saber que se volvía a casar.

-Pues estoy bien contenta por ella, ¿Quién es él?.

-También intérprete, viudo y con un hijo. Les pusieron en contacto los compañeros.

-Pero ¿se quieren, o se casan porque es más cómodo?

-No, no se casan por interés. Ahora ya no se casa la gente así en China. Mas o menos ganamos todos lo mismo y las mujeres no son inferiores como antes. Ü salió con él durante un año.

-No, no quiero decir por dinero, sino porque se está más cómodo socialmente.

-Para nosotros la familia es importante. En Occidente se separan cuando quieren, ¿no?.

Explico un poco las relaciones entre los sexos en Europa, la unión libre, la liberación sexual, el divorcio.

-Aquí sería inimaginable. La ley protege a la mujer; si ya está casado no puede irse con otra.

Nuevas explicaciones. También me pregunta por el estado de las enfermedades venéreas en Europa. ¿Qué hace el Estado al respecto? ¿Y la prostitución?

-En China antes había muchas enfermedades venéreas, y muchas prostitutas–me informa–pero era porque las habían vendido de pequeñas. El Gobierno, después de la Liberación, las reunió en lugares para curarlas y les dio trabajo después. Muchas se casaron. Además, para prevenir las enfermedades sexuales, antes de casarse había que hacerse un examen médico completo. Cuando yo me casé, en 1956, aún era obligatorio; después ya no.

No deja de ser siniestro que se meta en China en el mismo saco la prostitución y su cortejo de sífilis, etc, y la libre unión y liberación sexual. Me digo que, en el contexto chino, con un pasado nada remoto en el que el menosprecio y cosificación de la mujer llegó a límites difícilmente superables, es un fenómeno que quizá en parte se comprende. También es interesante oír a los hombres de negocios de paso por China, yendo o viniendo hacia Indochina e Indonesia, hablar de las variadas y numerosas cualidades de los burdeles birmanos, sudvietnamitas, hindúes.

-Tú también tienes que hacer como Ü–me sorprende Kuo, corta risa, rubor y ojos reducidos a dos ranuras.

-Me parece que China no es precisamente el mejor sitio para esto. Ya sabes que en cualquier país la gente sale con extranjeros; también hombres y mujeres, pero no en China.

-Es cierto. En el futuro será distinto. Pero anteriormente hubo muchos chinos casados con rusas. A ellas les gustaban mucho los hombres chinos. Yo fui intérprete de ruso de joven. Trabajé con ellos y éramos muy amigos. En aquel tiempo, cuando estaban aquí los especialistas soviéticos enviados por Stalin, no había diferencia entre ellos y los chinos, nos llevábamos muy bien. Yo entonces era muy joven; la mujer de un ruso era como una madre para mí. Después se fueron y nos escribimos. Los especialistas enviados por Kruschev ya no eran lo mismo. Luego las relaciones se rompieron. Un día yo creo que se arreglarán las cosas con el pueblo ruso.

Hay una pausa. Luego:

-Oye, Kuo, ¿cuándo abren la piscina del instituto?

-No hay fecha fija. ¿Te gusta nadar?

-Mucho. ¿Crees que seré el escándalo con mi dos piezas?

-No–risa y sonrojo-muy atractiva.

-Gracias, hombre. ¿Te gusta nadar a ti?

-Sobre todo en el mar. Yo soy de un lugar, al norte, con puerto. El agua es muy clara. Comemos mucho pulpo guisado en aceite, vinagre y vino; también cocido en agua de mar, y cangrejos, centollos, almejas…

Y Kuo se lanza en una apasionada añoranza de su mar y de su tierra chica, del olor del pescado fresco, de la pureza del aire, del juego con las olas, de la belleza del amanecer y del fantástico aspecto de la playa en la noche, con el agua constelada de medusas fosforescentes.

-Echo mucho de menos mi pueblo-suspira Kuo-No me acostumbro a vivir en la ciudad.

-¿Por qué viniste entonces?.

-Porque me destinaron, y hay que obedecer.

-Pero, ¿por qué estudiaste español y no otra cosa que te hubiera permitido quedarte en tu pueblo?

-Es que me gustan los idiomas.

 

 

28-mayo-74

 

Mi madre me comunica que mis dos últimas cartas tardaron la friolera de veintiún días, y que una de ellas llegó totalmente abierta. Sólo me queda dedicar todas mis cartas de ahora en adelante a esa censura que tanto me ama y a quien tanto debo, que me estará leyendo.

Mi reeducación en el seno de la clase obrera empezó hoy, y, al estar en el periodo de percepción puramente física, ha dado ya un terrible dolor de riñones y agujetas en las piernas que me hacen ir cojeando, y los oídos ensordecidos; todo sano fruto de las ocho horas reglamentarias en pie en torno a una máquina hiladora. A decir verdad, fueron menos de ocho horas porque hay que descontar la media, que para mí fue una, del almuerzo, y el que, por haber cumplido el plan de producción, terminamos a la una y media pasadas, y no a las dos y media.

La llegada a la fábrica de la profesora de francés y yo fue buñuelesca: expertas llegando en coche oficial y siendo recibidas en el salón con té y cigarrillos para incorporarse al trabajo manual. Se me proporcionó delantal, gorro y mascarilla en tela blanca-me había traído yo misma mis tazones y mi cuchara para comer-, y, junto con una alumna de primer curso de mi instituto, se me condujo al taller de hilados gruesos.

La maestra obrera Chin, junto a la que trabajaríamos en la máquina 66, era una mujercita muy menuda, bastante más baja que yo–que ya es decir-; ella enhebraba y cambiaba las veinticuatro bobinas. Las operaciones eran simples, complicadas para el novato aterrado por la idea de provocar una catástrofe. La máquina 66 tiene aspecto mimado. La obrera la cuida como a un perro de raza o una máquina semental. Son fabricación china, de 1954.

Los talleres de la nº 2 de textil son–lógicamente en tanto que fábricas modelo-de un aspecto agradable, claros y tan limpios como lo permite la pelusa de algodón que vuela por todas partes. Las hebrillas entran en la boca, blanquean el pelo y hacen llorar los ojos. Aparte de un taburetito con ruedas muy bajo en el cual la obrera se desplaza para limpiar las junturas, se está todo el tiempo de pie. Las obreras parecen indudablemente pálidas por la falta de aire libre, pero el ritmo de trabajo no es ni mucho menos infernal, se las ve sonrientes y tranquilas, un poco apagadas quizá. Se me prohíbe hacer fotos en la fábrica.

La obrera, paciente y afectuosa, me va mostrando operaciones que imito con mi torpeza habitual, lo que no impide que se haga lenguas de mi rapidez en el aprendizaje (Espero que en un proceso político futuro no se citará mi estancia en la fábrica como un rosario de sabotajes). La obrera lleva dieciocho años en este taller y su marido también trabaja en la empresa.

Estoy ahora en el turno de mañana. A las diez y media, vamos al comedor. Hay uno por taller, chiquito, suficiente, y más agradable que el del instituto, al menos con bancos. Por lo demás, espartano como todas las cantinas: depósito de agua caliente, grifos, piletas, mesa corrida. La comida es mejor que la del instituto y más variada, con tres tipos de panes salados y dos de dulces. La mayoría toma pues varios trozos de tortas diversas y una tartera de legumbres con un poquitico de carne. Hay media hora para comer. Paso por los servicios, más limpios que los del instituto, pero con la triste costra gris de costumbre. No veo duchas ni vestuario. Al salir, en el pasillo, veré una serie de cabinas que me dicen son para otro taller.

He aquí algunos datos del informe de una obrera, que viene a mi máquina a hacérmelo y la alumna de español me lo traduce, sobre la vida en la antigua sociedad (responde al “relato de amarguras” que se expone siempre al visitante extranjero). Su abuelo materno murió de hambre en el umbral de la casa del terrateniente, su abuela materna hubo de enviar a su hija como novia–niña y ésta murió de parto. A su otra hija la mandó a Shanghai a los diez años como obrera. Más tarde, como estuviese encinta, el patrón lo descubrió y la echó. Su abuela paterna y su tío murieron de paludismo y tifoidea; su padre, envenenado por el vapor del caucho en la fábrica en la que trabajaba, murió de hemorragia pulmonar a los treinta y un años. La obrera, atacada de viruela, escapó por poco de sufrir el “tratamiento desinfectante japonés”: echar al enfermo en cal viva y quemarlo. Curada de la viruela, entró en la fábrica a los once años, donde, separada de su madre, que trabajaba en la misma fábrica, sufrió todo tipo de malos tratos hasta la Liberación, en 1949.

La anciana obrera parece de carácter nervioso, retuerce siempre entre los dedos, mientras narra su historia, una mecha de algodón. Desgrana el túnel de los horrores: jornadas de doce horas en las que no se permite comer, obreros–niños, capataces brutales que le han dejado hasta hoy cicatrices, aprendices con un tazón de agua de arroz y un panecillo diarios por todo salario durante tres años, talleres sin ventilación a cuarenta grados, enfermos y embarazadas despedidos, etc. Pero hasta los horrores se usan a fuerza de años. Oímos a la anciana la alumna de primer año que me traduce y yo, sentadas en el suelo junto a ella, reproduciendo así la imagen prototipo tantas veces repetida por el teatro y las fotografías de “joven generación escuchando los sufrimientos de una camarada de clase en la antigua sociedad”. Y, cuando la anciana lloró, ni sus lágrimas ni las que se apuntaban en la alumna me hicieron ya efecto, porque he visto y oído muchas de estas sesiones en las que, como uno de tantos reflejos de los reflejos condicionados de adhesión, las lágrimas asoman en un momento dado; he visto llorar a placer a mis alumnas durante una de estas sesiones, secarse esas lágrimas tan pronto como se dio por terminado el mitin y salir alegremente a jugar al baloncesto. El dolor de clase, como el amor de clase y el amor al Partido Comunista y a Mao Tse-tung, son sentimientos honorables, son los canales oficiales de la afectividad y el sentimentalismo. Ante estos dolores y amores no sólo cabe sino que es aconsejable indignarse y conmoverse. La continua referencia al “infierno de antes de 1949” empieza a tener algo de morboso. Más que morbo, es un anclarse en el pasado como punto de referencia para comparaciones impidiendo así todo análisis concreto, impidiendo toda crítica.

 

 

29-mayo-74

Por la tarde, reunión política en la fábrica. Los alumnos están reunidos en la sala, al fondo. Carteles murales y caricaturas de Lin Piao y de Confucio, bien alineados, en papel flamante y colores vivos. Una obrera lee a toda velocidad en tono igual un texto salpicado de tópicos. Los alumnos, unos hablan entre sí, otros dormitan apoyados en el compañero o en el banco de delante. Algunos oyen. Una segunda obrera habla con más naturalidad y desparpajo del problema de la calidad de los productos relacionado con la recta línea política, y con el movimiento de crítica a Lin y a Confucio (con el que, por cierto, concuerda tan poco lo que dice como con el lucero del alba). Terminadas las charlas, se nos indica que nos vayamos en pequeños grupos para discutir lo escuchado. En el jardín nos instalamos una de las profesoras chinas de español, parte de mis alumnos y yo. La profesora dice que también en los textos de enseñanza hay un problema de calidad lo mismo que en los tejidos. Después de este laborioso fruto de la meditación, es el silencio. A nadie se le ocurre nada. Los alumnos hablan entre sí de sus cosas. Aprovecho para enterarme de que éstos no están en absoluto al tanto de la larga lucha de los profesores extranjeros por venir quince días seguidos a la fábrica. ¡Oh, el sistema de consulta a las masas!. Receta: introdúzcase en las masas, midiendo previamente la dosis, un puñado de informaciones cuidadosamente seleccionadas y escogidas–es indispensable que ningún elemento informativo no seleccionado penetre en las masas so riesgo de fermentación anómala-. Trabájense las amplias masas con los dichos ingredientes. Déjese reposar el conjunto. Procédase a recoger las opiniones que habrán brotado en este lapso.

 

 

30-mayo-74

Por la mañana, clase con los alumnos, clases que los profesores chinos han programado como sigue. Se ha suministrado a los estudiantes una serie de textos sobre la fábrica textil nº2: la charla de un obrero contando la cruel explotación capitalista del pasado y la felicidad actual, etc. Es decir, los textos de las situaciones que se repiten al pie de la letra en todas las visitas de extranjeros. La clase consiste en que los alumnos repitan de memoria estas frases y datos. Se me ha suministrado el texto la noche antes, pero me doy cuenta al leer de que hay una barbaridad numérica en lo que dice. Hago notar el error a mis alumnos, que hasta ahora repetían el texto impertérritos. Es tal la costumbre que tienen de justificar y aprobar, que intentan por todos los medios justificar la cifra. Habiendo yo preguntado por la tarde a un responsable de la fábrica, se revela que, en efecto, hay una errata, falta un cero.

Planteo una vez más la cuestión de la rotación y de la promoción, para recibir una vez más la misma respuesta: generalmente la gente trabaja toda su vida en el mismo puesto, en la misma máquina. Tampoco existe, como en otros casos, Federación de Mujeres. En cuanto al sindicato (único, por supuesto, y al que pertenece el 99 % del personal, y los que no, es porque no les dejan por ser mal vistos) tiene como principal actividad organizar a la gente para el estudio de Marx, Stalin, Lenin y Mao, y transmitir las consignas del Partido.

Pregunto cómo participan los obreros en la gestión. Se me responde que en cada taller hay responsables de la calidad y de la seguridad. Pregunto cómo se manifestó en la fábrica la línea economicista de Liu Shao-shi. Se me responde que allí no hubo desviaciones, pero que aun así, como la dirección hubiera ofrecido a cada obrero un calendario por Año Nuevo, los obreros discutieron si no era eso un estimulante material.

Es de llorar.

-¿Hay enfermedades profesionales a causa de la pelusa de algodón o el ruido?

-No.

-¿Cuáles han sido los beneficiosos y los gastos de la fábrica en 1973?

-No hay cifras exactas. No los contamos. Digamos que en salarios se gastan al año unos cuatro o cinco millones de yuanes.

 

 

1-junio-74

 

Voy cogiendo el ritmo del trabajo en la fábrica y me canso menos. Afortunadamente la temperatura es excelente en los talleres, calor sin agobio; de cuando en cuando, hay tiempos muertos que permiten sentarse. Las condiciones son buenas en lo que cabe en un trabajo puramente mecánico. Parece que la obrera de mi máquina está contenta de mí; los alumnos me han lanzado sonrientes:

-¡Profesora, una obrera la elogió!. La maestra obrera dice que usted trabaja bien.

No es cierto, pero al menos lo intento para aliviarla al tiempo que esté allí, puesto que lo de reformarse la concepción del mundo, etc, es camelístico. Esta estancia en los talleres me enseñó más bien el tipo de trabajo que no hay que hacer, porque es horrendo pasarse la vida repitiendo esos cuatro movimientos. Nada más falso que decir que la vida de fábrica me encanta. Sin embargo ésta es la condición obrera.

Por la tarde, poco antes de terminar el turno, la obrera de mi máquina, Chin, me dice que quiere invitarme a su casa si tengo tiempo. Como es simpática y nos llevamos bien, digo que bueno, pese a mi firme decisión de no hacer nunca más la visita oficial a una familia obrera. Los bloques de viviendas están justo enfrente de la fábrica. El apartamento–dos piezas para seis personas-es limpio, agradable y similar a los demás. Advierto que se trata de una invitación a cenar y no de una simple visita. Voy a la calle a comprar fruta y pasteles y a la vuelta me encuentro con la cena, prevista hace días en el programa, platos excelentes y elaborados. Llega de la escuela el niño menor, un crío de unos diez años que, con su pañolito rojo al cuello, entra pisando fuerte, me saluda muy sonriente y dueño de sí, evoluciona con el desparpajo de un actor que domina su papel. Este niño está sobre las tablas, está encarnando divinamente el perfecto pionerito rojo, lleno de vivacidad, dinamismo, etc, etc.

Al coger el coche para volver al hotel con los colegas, descubro que los otros tres profesores que trabajan en la fábrica han sido también invitados a la misma hora y el mismo día por una obrera a visitar su casa y a cenar en familia. Encantadora espontaneidad. Imagino que el Partido habrá subvencionado los gastos de la cena.

Al llegar a casa, a eso de las seis de la tarde, lavo unas cosas y me preparo para trabajar en los textos, pero cometo la debilidad de alargar un poco las piernas, que me duelen, en el sofá. Me quedo frita. Llevo toda la semana trabajando y levantándome a las cinco. En la penumbra de las siete de la tarde, luchando por abrir los ojos, voy hacia la cama, me desnudo, caigo entre las sábanas, y me despierto al día siguiente a las cinco.

 

 

2-junio-74

 

Converso con la alumna que me sirve de intérprete:

-¿Dónde trabajabas antes de venir al instituto?

-En Mongolia, pastoreando. Mi familia está en Pekín. Al terminar la escuela yo tenía dieciséis años y empezó la gran Revolución Cultural Proletaria y el llamamiento del Presidente Mao para que los jóvenes instruidos fueran al campo. Un grupo fuimos a Mongolia.

-Y ¿cómo es que volviste a Pekín a estudiar español?

-Las masas me eligieron.

Lin habla como trabaja, tranquila y sonriente. Es una muchacha bien plantada, de largas trenzas y tez muy blanca.

 

 

Sheila me sorprendió abordándome para decirme:

-Lo he pensado mejor. Me llevaré tus cartas.

-Si vas a estar inquieta…todo el mundo lo hace cuando alguien se marcha, por eso te lo dije. Déjalo si te molesta.

-No. Puedo. Dámelas esta noche.

Andamos un trecho.

-Oye, Rosúa, ¿qué piensas de lo de Zyad y yo?

-Pues…la verdad es que no pienso nada. Es cosa vuestra.

-Ya…Klaus me dijo que habías hecho comentarios.

  • -Sheila, fue él quien planteó una pregunta, y le contesté lo que te acabo de decir ahora a ti.

-¿Qué dijo él sobre Zyad y yo?

-Mira, Sheila, estoy harta de este ambiente. No quiero mezclarme en comidillas.

-Klaus sin embargo te mezcló a ti. Cuídate de él, es peligroso, ¿qué te dijo?

-Que estabas dándoles a los chinos, al vivir públicamente con Zyad, una mala imagen de las inglesas, que les escandalizas, vamos.

-¿Ah sí? ¿Y un marica como él  no les escandaliza, es eso mejor?

-¿Crees que es marica Klaus?

-Estoy segura. Está bien claro. No le verás en el hotel sino con los camareros jóvenes, dándoles clases de inglés en su cuarto.

-De todas formas ya te marchas, y no creo que eches de menos el Hotel de la Amistad.

Gran suspiro de Sheila.

-Desde luego que no-

Después de cenar le llevo tres cartas, que le entrego a indicación suya en la escalera, no en su casa, para evitar miradas importunas. ¡El inefablemente ridículo ambiente pequeño espía de Pekín!. Las más normales acciones, gestos banales, frases cotidianas, se revestían de significados y sobreentendidos, de por y contra, de fidelidades y traiciones, y todo en el reducido zoológico de la reserva para extranjeros y respecto a seres tan archicontrolados como nosotros. ¿Qué potencias enemigas de China esperaban que les pasáramos los planos de las conducciones de aguas del hotel, los menús de la cantina, las notas de las “sesiones de participación política” que nos anunciaban noticias y campañas de las que mucho antes ya hablaba la prensa europea?. Pero aquello era el apéndice necesario del inmenso teatro maniqueo general, y los “buenos” se sentían singularmente recompensados y estimulados por la conciencia de su propia rectitud en un universo en el que el Malo acechaba, y se entregaban con deportivo goce al descubrimiento, caza (y fabricación) de reaccionarios, espías, y demás elementos nefandos. Creo que incluso en mis ratos de más auténtica angustia no he dejado de tener, simultáneamente, un pie en el patio de butacas, frente a esta trágico-cómica película de espías, de buenos y malos.

 

Sheila se ha ido, y los chinos le ofrecieron una despedida un tanto extraña. De los que iban en su avión–turistas y hombres de negocios-ninguno fue registrado, pero en cambio a ella le miraron minuciosamente absolutamente todo, los libros página por página, los papeles, aparatos, y hasta le abrieron un támpax. La muchacha tuvo un ataque de nervios, se puso a llorar, el piloto de Air France bajó del avión a ver qué pasaba, pues ya tenían media hora de retraso en el despegue a causa del insólito registro.

Los chinos han conseguido justificar las peores impresiones de Sheila de una China negra y policiaca con esta actitud hacia la única pasajera del avión que había trabajado para ellos. Cabe preguntarse qué va a pasar conmigo, de quien se ha dicho y se dice tanto sobre mi libro “antichino”, y de quien la máquina de escribir atruena el silencio del hotel hasta altas horas de la noche.

De balcón a balcón, hablo con Zyad sobre Sheila.

-Pobrecilla. Ella gritaba ¿Por qué yo, por qué?. Yo trataba de calmarla.

-Zyad, ¿sabes si le quitaron las cartas mías que llevaba para echar al correo en París?

-Me parece que no, que las llevaba en un bolso de mano. Oye, ¿era realmente antichinos?

-No. Eso es una estupidez; pero ya sabes que aquí todo el que no dice que sí, sí, perfecto, es antichino.

-Ya. ¿Por qué no pasas a mi apartamento para charlar y tomar un café?

-Estoy cansada, gracias. Buenas noches.

 

Comemos en el restaurante que está cerca de la Universidad de Pei-ta. Precedido por el estruendo de su moto y con retraso, llega Pelayo, el argentino, Estupefacción de las amplias masas. Entre los pardos y silenciosos ciclistas chinos, esta figura insólita extranjera, alta y flaca, envuelta en flameante poncho rojo vivo, sobre estruendosa moto. Pelayo descabalga a la puerta, ante la expectación general.

Voy al servicio. La sonriente camarera, me acompaña hasta la serie de agujeros en el cemento donde otra señora, nalgas al aire, se levanta amable para dejarme pasar a ocupar mi puesto en el agujero vecino. Me observan mientras me bajo el pantalón y me pongo en posición, y la camarera, por solidaridad, se acuclilla a mi lado aprovechando para hacer lo mismo. Después se empeñan en traerme una jofaina, jabón y toalla. Son gente encantadora los de este restaurante; ya hemos venido otras veces.

 

 

3-junio-74

 

Lunes. Día de descanso en la fábrica, que he apurado con deleite. ¡A la Colina Perfumada!. Las Colinas del Oeste, femeninas como senos, entrecruzadas de senderos y rutas, escalinatas y muros, estanques y pabellones, templos y kioskos. En otro tiempo debió de ser una Alhambra mandarinal. Hoy en buena parte está en ruinas, bellos huesos que afloran, unos metros de ruta de anchas losas, ocho escalones majestuosos, piedras grabadas, tejas de porcelana polícroma. También pilas de tejas nuevas para reparaciones.

Las colinas son acogedoras, con sus elevaciones suaves y sus piedras planas tibias. En otoño la vegetación es carmín, naranja, granate, púrpura, dorado, rosa, salmón, ocre; las visitas afluyen. El resto del año, mientras no hay hojas o éstas son vulgarmente verdes, la gente va en masa al Palacio de Verano. Así las Colinas tienen el inapreciable atractivo de su relativa soledad, de su fresca paz de primavera, de sus mañanas y atardeceres húmedos de verano, y, aun en tiempo frío, de sus redondeadas caderas desnudas y de su horizonte amplio.

A veces los altavoces se dedican afanosamente a graznar propaganda. Entre consigna y consigna aflora el tenaz murmullo de las hojas. El cielo está agradablemente nuboso. Los múltiples sabores de mis viajes, de cuanto he visto, presenciado y conocido, deslizándome entre tantos ambientes y tantos seres, me producen, al tiempo que una ligera embriaguez de la riqueza del mundo que he hecho mía, un desarraigo fundamental. No creo poder tener nunca más paredes, ni turismo de circunstancias. Saboreo lo insólito de mi presencia en esta tierra. También los recuerdos, este reloj parado que llevo dentro, lo que quise, y perdí, lo que en realidad nunca tuve, la fuerza desesperada de mi deseo que me ha dejado la boca seca para siempre. En realidad, pertenezco, perteneceré toda la vida, a un día de nubes como éste, al verde mate de los árboles, a la taza humeante, a una libertad que es casi no existir, a una aguda, continua necesidad, al hueco, a la ausencia.

Mientras, tumbada en el reborde de un kiosko solitario, descanso, de repente veo a un chino que ha llegado, que sonríe, que intenta trabar conversación conmigo. El chico se me sienta muy cerca.

-¿Está sola?. ¿De dónde viene? ¿Dónde trabaja? ¿No está mal sola?

¡Oh, maravilla! ¡También en la China roja, calificada, segregacionista, puritana, también aquí la ancestral ceremonia del ligue. Esto, cuando se trata de una extranjera, tiene un mérito increíble. Toda mi esperanza en el Internacionalismo y en el futuro de China y sobre todo de los chinos resucita.

-Me llamo…Trabajo…-palabras, esquemas dibujados en una cajetilla de cigarrillos de los que me ofrece uno. Como buen chino, me pregunta rápidamente mi edad, y yo, como siempre, por puro espíritu de contradicción desde que estoy en China, no se la digo, pero en su infinita bondad el hombre me echa diecinueve años; ¡qué mal calculan con los europeos!.

Vamos andando luego, y, en una solitaria curva, me dice enrojeciendo:

-Las extranjeras son muy bonitas.

Unos metros más allá, desembocamos en la avenida que desciende hasta la parada del autobús. Ya hay gente, y entonces el joven me dice adiós y se separa de mí antes de que los demás le observen.

 

 

4-junio-74

 

Charlo con mis alumnas, bastante más silenciosas que los chicos, sobre la situación de las obreras, las vacaciones de maternidad. Se me ocurre preguntar cuánto dura la gestación. Respuestas: Diez meses más o menos. No sé seguro. Etc, etc. Tienen ellas más de veinte años. Durante otro ejercicio oral de preguntas y respuestas, la chica se ruboriza, calla, habla tan bajo que ninguno la oímos. No es tarea fácil hacer que ellas participen; sé de otra escuela en la que, para que en los grupos de trabajo manual hubiera un número proporcional de individuos de ambos sexos, los profesores hubieron de usar de la autoridad, sin lo cual se hubieran agrupado chicos y chicas por separado. Una alumna me cuenta cómo en su aldea natal había una mujer tan pobre que, de pequeña, su familia no pudo vendarle los pies porque necesitaban que la niña trabajase, luego se casó con un hombre tan pobre como ella, y el matrimonio hubo de sufrir el desprecio y las injurias de los aldeanos, que insultaban al marido por haberse casado con una mujer que no tenía los pies vendados. Como consecuencia de esto él echaba a su esposa en cara continuamente la tara de sus pies libres, la cubría de insultos, y, cuando tuvieron un bebé, el hombre se negó a acarrear él el agua hasta que el niño creciera y todo el trabajo recayó sobre la mujer. Los alumnos y yo coincidíamos en que librar los pies de vendas es fácil, pero que con los vendajes del cerebro la cosa va más lenta.

Durante el tiempo de descanso mis alumnos vienen a buscarme; me dicen que en los periódicos y revistas que les presté entienden todas las palabras pero no comprenden lo que se dice, las ideas. Con todos los condicionamientos del sistema, hay en ellos, como en todo ser humano, una voluntad de lucidez demasiado olvidada por los que abarcan a los chinos desde el otro lado, los que les observan, describen y analizan como quien está frente a un zoológico o una gigantesca probeta política.

 

-La sociedad capitalista aliena con la novela rosa, el cantante de moda y la prensa sensacionalista. La china con el culto del soldadito modelo Lei Feng y con los santones de turno. En realidad, todos parten del supuesto de que las masas son estúpidas, lo cual es cierto. Pan y juegos.

Pelayo habla con la seguridad de quien, por intelectual, escapó por supuesto a ese infierno de estupidez. Y ya tenemos en la palestra pues las celestes razones que hacen que unos sean listos de forma vitalicia y otros tontos (quien emplea este argumento siempre se cataloga entre los primeros). En cierta ocasión Antonio Machado alertó a los literatos sobre lo que la palabra masa implica de despectivo y amorfo, sobre su uso minoritario y burgués. Eran los tiempos de lucha de la República española, los tiempos de apoyo al pueblo de los verdaderos intelectuales, Machado pedía prudencia en el empleo y significado de la palabra masa…. por un amor hacia el pueblo que nuestros enemigos no sentirán jamás.

 

Hay veces que el cansancio…Al volver a casa esta tarde, tras cenar en el restaurante de cerca de la universidad que tan bien se ha ganado su bandera roja en recompensa al buen y amable servicio que lleva a cabo, me telefonea Zyad, el sirio, llamándome para que vaya por una razón importante”. Acudo a su apartamento. Circunloquios resbaladizos sobre mis cartas confiadas a Sheila. Me apresuro, impaciente por irme, a decirle que al fin y al cabo no había nada especial y que aunque las hubieran cogido los chinos no importa y apremio a Zyad para que me aclare la razón importante. La tal razón resulta ser la insistencia para que duerma con él. Haciéndosele sin duda grande la cama tan recientemente abandonada por Sheila, Zyad hilvana la hebra por donde la dejó hace meses, la reemprende con los argumentos conocidos, intenta convencerme de que siempre he sido su primera y selecta favorita del hotel, y se cubre así de gloria al dejar implícitamente a Sheila el título de “A falta de pan…”. Me voy. Bajo la escalera cada vez más cansada.

Encuentro a Joseph y su mujer. Suben a casa a tomar café. Bajo el efecto de tres coñacs, Joseph me dice:

-¡No sé cómo has hecho, pero se diría que eres el demonio! Tienes una fama diabólica de antichina.

Y me gratifica con la narración de varios bulos que corren a costa mía, entre ellos uno muy original según el cual hojas de mi famoso libro reaccionario se habrían volado por mi balcón y espantado a las honestas gentes que las habían recogido. Abro balcones y puertas y demuestro prácticamente a Joseph que es imposible que la corriente impulse nada hacia fuera; al contrario en todo caso.

-¿Estás segura de que no te han desaparecido papeles? ¿Ha entrado alguien en tu apartamento cuando no estabas?

-No. No me faltan hojas. Si entró alguien, no lo he advertido. De todas formas nada está cerrado con llave.

Hacen falta siempre cabezas de turco, sobre todo cabezas aisladas, cabezas no encuadradas en un partido, en un grupo, en una familia, tercas cabezas que se empeñan en comprender. Hace por otra parte tiempo que no tengo carta de nadie. Estoy tan cansada…

 

Fuerza es creer que estos bulos vienen del mentidero mayor, de Ruiz.

 

En la fábrica, durante la comida, pregunto a los profesores de mi sección si prefieren o no que vuelva yo en septiembre.

-Eso depende de ti y de la dirección del instituto. Depende de si quieres trabajar por China; no de no nosotros.

-Pero a vosotros ¿os gustaría que vuelva o preferís que os dé clase otro cooperante el año próximo?

-Naturalmente nosotros recibiremos con una calurosa bienvenida a cualquier amigo extranjero que venga a trabajar por el socialismo–responde Kuo, evasivo.

Inútil arañar para conseguir un poco de aprecio personal. Todo lo que puede esperarse es cortesía.

De una y media a cuatro hay visita–carrera agotadora por los talleres de teñidos, en los que hace un calor infernal. Hay explicaciones rápidas a los alumnos que nadie se preocupa gran cosa de traducirme. Algunas obreras descubren entre el alumnado chino mi presencia como quien encuentra un astronauta en el metro. Integración, invoco tu nombre en vano. ¿Y si salto en la pileta del tinte amarillo?

 

 

6-junio-74

 

Esta mañana las actividades de la escuela a puerta abierta consistían-¡oh, no!-en visita a familia obrera, sin nada que se parezca a una encuesta, por supuesto, sino para que los alumnos se ejerciten como intérpretes.

 

 

Una carta de él. Mejor hubiera sido no recibirla para no pasar por la vergüenza del temblor en las manos, del temblor de todo el cuerpo, para no pasar por la humillación de mi pobreza como mujer ante el hombre al que hubiera deseado atraer más que a nada en el mundo. Un sobre alargado, una escritura recostada y fluida que conozco, como siempre una hoja por los dos lados de flojas frases intranscendentes y asexuadas; y, como siempre, la bofetada, la oleada, la nuca que se vuelve hierro, que se vuelve plomo, la electricidad dolorosa de los hombros a las muñecas, las rodillas de paja, algo como sollozos dentro, y luego la sangre que se retira, la frialdad.

Yo había roto su otra carta, su postal, borrado su dirección y estaba cierta de que había llegado definitivamente el momento de borrarlo. He aquí la cadena. A esta carta responderá una mía intranscendente, igualmente breve, humorística y superficial–porque alguna compensación debo buscar a la humillación insoportable de la sola existencia de este hombre-, y se reanudará el horrible ciclo del que sabe que no debe esperar y que sin embargo espera; algo me dice que espero, que esperaré siempre. Porque es a este hombre a quien quiero, a quien quise desde el primer segundo que le vi en el portal, en que me crucé con una mirada azul e irónica que borró de un plumazo toda mi vida. Hasta que un día le confesé, quemando en vivo el orgullo, que no tenía la fuerza de seguir viéndole, y dejé mis cuatro años de matrimonio, y dejé mi casa, y me he ido sin nada, ni siquiera yo misma.

Contra la lógica entera del universo, este hombre y su recuerdo, su solo recuerdo, me vale más que mil vidas enteras y mil cuerpos enteros de otros. Y así, en resumidas cuentas, no puedo engañarme a mí misma y encuentro en la elección tajante un alivio inesperado, un helado, terrible alivio: el de la imposibilidad de aceptar lo que no es él. A sabiendas de que ni me quiere ni siente por mí más interés que el normal. Pero ¿cómo imaginar una relación con otro si sé bien que bastaría un puente hacia éste para de nuevo invalidar, reducir a polvo, cuanto no es él?. No. La soledad es más neta; y la amargura por siempre.

Si pudiera olvidar…Poder, poder ver mi pasado como un barco que se va, y todos los recuerdos soltarían amarras mientras resuenan las últimas sirenas.

 

Esta noche trabajo en la fábrica, de las diez y media de la noche a las seis y media de la mañana. Más liberada de la fatiga física y con la especie de lucidez mental que se tiene a veces por la noche, observo. No sólo el ritmo y las condiciones de trabajo–temperatura, etc-son francamente buenas, sino que lo que más llama la atención es la actitud; se trabaja en una atmósfera de ayuda mutua. Cuando una obrera no tiene nada que hacer en su máquina, va a echar una mano a la vecina. Si se pensara sólo en términos de producción, se hubiera puesto una obrera por cada dos hiladoras, cosa que hubiera sido posible pero al precio de cadencias agotadoras. Otro detalle es la falta de una actitud especial ante controladores o jefecillos. Sencillamente no parece haberlos; algunos hombres pasan de cuando en cuando y anotan, engrasan o reparan. Las obreras no se levantan si están sentadas ni paran de charlar por ello.

Tengo sed casi continuamente y, como desde el primer día dije que nosotros tomábamos el agua fría, se han ocupado de traerme un cacharro con ella.

A las dos y media pausa para comer. Salimos al comedorcito, que está al extremo del pasillo. Hay sopa de tallarines con pedazos de col y carne, arroz, verduras, media docena de tipos de pan, buñuelos solos y rellenos, y porras al buen estilo de mi Madrid castizo que tomo mojando en el café que traje. Nos sentamos afuera diez minutos con luna clara, las tres, al frescor de la noche tersa de junio.

-¿Qué tal? ¿Cansada?-Me pregunta la obrera.

-No. Me gusta el trabajo manual y me gusta trabajar con usted.

-Y a mí me gustas tú, como trabajas. Ven cuando quieras al taller. Las compañeras opinan de ti que has trabajado con mucho entusiasmo y aprendiste muy rápido.

-Es que tuve buena maestra.

-No. Tú sabes mucho. Tienes más cultura que yo.

-Es posible que yo haya leído más libros, pero usted tiene más nivel político, pertenece al proletariado realmente.

-No, no. Eres simple y como nosotras. A veces te buscábamos y no te encontrábamos sencillamente porque estabas trabajando a nuestro lado, como una más, y no te distinguíamos.

Es el mejor piropo. La alumna va traduciendo la conversación. Chin me pone de cuando en cuando la mano en el brazo para dar fuerza a sus palabras. Ambas sonríen, con una sonrisa tranquila y ancha que se va diluyendo, más allá de los ojos y las cejas, y cubre la frente hasta el arranque del cabello blanqueado por los filamentos de algodón.

Volvemos al taller. Un joven profesor de mi sección trabaja en la máquina contigua. El muchacho no es de por sí muy despejado, tal vez le abrume además verse tan rodeado de mujeres, y, para completar, se muere de sueño. Como no soporta la máscara y no lleva gorro, pasa como un sonámbulo nevado de pelusas que le cubren pelo y gafas, mira sin ver, y se duerme, haciendo la felicidad de las obreras, que ríen de los lindo, y yo con ellas. El ambiente es realmente bueno.

Las cuatro y diez. Al alzar la cabeza me encuentro conque el negro de la cristalera está pasando a azul. Comienza a clarear. Mi turno debería terminar a las seis y media, pero la tarea es acabada con antelación y a las cinco y media la gente va recogiendo y se va. Si realmente el Estado quisiera chupar al máximo la capacidad productiva de los ciudadanos, sería fácil hacer crear un ambiente en el que por emulación socialista, etc, el mejor sería aquel que trabajaría más fuera del horario, por encima de la tarea marcada. No hay tal.

Salgo al exterior. El aire es fresco aunque ya comienza a descender por él, como un polvo, el calor blanco del día. Tengo un cansancio alegre. Estoy contenta de haber visto trabajar en condiciones humanas que me parecen francamente superiores. El socialismo vale la pena. Sé sin embargo que ésta es una fábrica modelo. Habría que ver las otras. Hace cuarenta y ocho horas que no duermo, sin embargo no estoy cansada en exceso. La primera noche, nada más llegar a casa por la mañana, tuve que tomar calmantes para el dolor de piernas. Ya no. Miro en torno mío. Las frases de los paneles, en grandes caracteres rojos, los murales, los dibujos, son feos y machacones, pero tienen, me parece, una carga de buena voluntad y de esfuerzo común muy apreciable.

Por la tarde, ya oscurecido, me paseo por el Parque de los Bambúes Púrpura y me siento en las sombras junto al lago. ¿Qué escucho? Hay dos muchachos sentados en un banco próximo. Uno toca la guitarra y el otro canta con muy buena voz, no las archisabidas “Amo Tien An-Men”, etc, sino, en chino, canciones francesas, inglesas, italianas, “O sole mio!”.

Se acercan linternas. Son las diez de la noche, hora en la que se cierra el parque. Unos soldados van indicando cortésmente a las parejas que desalojen. Comparo su discreta forma de actuar con la grosería brutal de los guardas de los parques españoles hacia los enamorados.

Caigo de nuevo en el triste ambiente de Comidillas City, el hotel. Siniestro lugar. Pero no me dejaré morder por él. Me queda un mes y cinco días–el diecisiete de julio-para irme de vacaciones.

 

El páramo afectivo de Pekín me lo había ido alfombrando magramente con retazos, cortas salidas, una conversación, un paseo, una mano en mi mano a lo más, el largo recuerdo melancólico y tierno de Chung y Sian, y, sobre todo, el caparazón denso del pasado. Los viajeros de pocos días, venidos para exposiciones y negocios, me proporcionaban una compañía pasajera. Musa, después de mi redonda negativa a acostarme con él, me veía mucho menos. Me había puesto el nigeriano sin embargo en guardia contra represalias de los chinos “capaces de todo”,me había rogado prudencia y ofrecido enviar mis notas por correo a España desde Hong Kong con uno de sus amigos de la embajada. Se perfilaba cada vez más claramente que mis notas, por su espíritu crítico hacia el sistema, tenían grandes posibilidades de no pasar la frontera. Mi confianza al respecto en la corrección de los chinos iba en pleno cuarto menguante. Uno de los franceses venidos para la exposición técnica, amigo de Joseph y Lucia, se ofreció amablemente para echar al correo en París dos sobres con parte de mi diario. Me rebelaba tenazmente a que se me robasen mis notas. Y deambulaba como una apestada por el recinto del hotel.

El siete de junio encontré en el pequeño restaurante de la cooperativa de enfrente, mientras cenaba sola, a otro extranjero venido a la exposición. Le ayudé a explicarse con las camareras. Tomamos un café en mi casa. No sé bien lo que ocurrió. Veinticuatro horas más tarde este hombre me decía:

-Estoy enamorado de ti. ¡Has llegado en tan poco tiempo a ser tan importante en mi vida!

Y pasamos tres días juntos. Las noches del viernes y el sábado yo trabajaba en la fábrica y tuve libres para descansar el domingo y el lunes. No era en absoluto el tipo de hombre con el que hubiera podido pensar, y sin embargo me atrajo con un empuje que creo era un noventa por ciento ansiosamente físico, aunque, por formación y por carácter, yo le revestí necesaria e inmediatamente con ropas transcendentales de forma que mi duro módulo interior pudiera aceptar aquella atracción sin demasiada angustia. Yo, que puse en la puerta de la calle a tantos otros, pasé tres días en sus brazos, a los que pedía asilo toda mi soledad, dejé que me cubriera de besos, pero aún hurté la boca, que me dolía como una herida fresca. Todo quedó en ternura y caricias protectoras.

Tenía él una sexualidad, según hablaba, sin disimulos, que yo escuchaba con la curiosidad de la descripción de un país desconocido. Pero, al tiempo que le acariciaba y me acariciaba, yo sentía en mí la soledad y el alejamiento perdurables que nunca me abandonan, como otro yo; cierta distancia respecto a mí misma.

¿Qué podía atraerme realmente en él sino su sexualidad agresiva? Éramos tan opuestos como es posible serlo. Un gran cuerpo con dos tatuajes, de madre francesa y padre argelino, cabeza leonina, labios sensuales, cabellos rizados. Su vida era una mezcla espeluznante de Francia, Argelia, Canadá, Suiza, divorciado, un hijo de seis años, militante de grupos de extrema derecha estilo “Ordre Nouveau”. Según decía, la lectura de “El Capital” había sido su camino de Damasco y le había hecho pasarse de bando. Tres meses en la cárcel por tenencia ilícita de armas, la Legión, estudios universitarios de ciencias aplicadas, de Psicología. Erotista acérrimo, parecía vivir exclusivamente por y a través de su físico, cuyos órganos había medido al centímetro.

Se le veía tan desplazado entre los objetos de mi habitación y mi música de Mozart como un pterisodáctilo en un cóctel. Y sin embargo sonreía con dulzura inesperada.

Cuando se fue, observé sorprendida el mismo decorado en torno mío. Las cosas, tras la especie de explosión interna que él había sido, comenzaron a tomar su forma habitual. Miré mi cuerpo, del que ya había perdido conciencia. Cualquiera que fuese, aquella persona no me había dejado sino dulzura y paz, aunque ambos cesáramos de existir el uno para el otro tras aquellos breves días. Su ternura, el remozamiento de mi piel, me nutrió hilo a hilo en los tiempos difíciles que siguieron. Y pensé que realmente no había nada que decir, nada que opinar, que no tenía por qué comprender nada.

 

 

13-junio-74

 

Xía, la profesora de mi sección tan viva y espontánea dentro de lo que cabe, continúa en estado de viudez provisional.

-¿Cómo? ¿No ha vuelto aún tu marido? ¿No me dijiste que se iba por dos o tres meses máximo?

-Eso creíamos, pero ya lleva más de tres meses, y ahora tal vez tenga que estar tres, o seis, o un año. ¿Quién sabe?

-Pero ¿qué te dice cuando te escribe?

-Él tampoco sabe cuando vuelve. Está haciendo algo muy importante.

Sé que el marido se halla en una lejana ciudad, al norte, casi fronteriza con la URSS. Xía añade:

-Te diré una cosa: en China estas situaciones son bastante corrientes, separarse así, sin saber nunca por qué ni hasta cuándo.

-Es muy horrible. Podían explicarlo al menos.

-Como sé que es por la revolución, me conformo de todas formas ¿Quieres corregirme la gramática de estas frases que ha hecho yo misma para dar ejemplos a los alumnos?

Una de las frases trata del uso del verbo “socavar”; es la siguiente:

-La literatura y el arte occidentales socavan la moral del pueblo chino.

Cuento hasta diez antes de contestar a Xía, que espera con sonrisa auténticamente inocente a que le diga si la frase es correcta o no.

-Xía, si les das, o alguien les da, a los alumnos una frase como ésta, yo me voy. Mujer, ¿no te das cuenta de que es una frase reaccionaria y peligrosa? ¿De dónde la has sacado?

-Pues la he hecho yo misma. Creo que me expresado mal.

-Imagino que ibas a poner La literatura y el arte reaccionarios.

-Sí claro. La borraré.

Estoy en las conversaciones preliminares con los responsables para participar con profesores y alumnos en los tres días de ayuda en la cosecha a la comuna cercana. Indudablemente es vergonzoso ir a unirse con los trabajadores sin más callos que los de los pies, pero se hace lo que se puede. Facilita quizás ahora mis negociaciones el haberles demostrado con el fajo de textos de conversación que su máquina de trabajar extranjera funciona mejor cuando se siente a gusto. Me tienen confianza evidente en el plano profesional y creo que cierta confianza, guardando las distancias, en el plano humano. No se ha vuelto a hablar de comentar aquel desgraciado texto sobre Chile.

El calor es ya serio, aunque afortunadamente los árboles que abanican Pekín y los sembrados, hasta los mismos bordes de la carretera, son una bendición. Grupos de niños y adolescentes ayudan en las faenas del campo, como estipula el sistema de enseñanza chino, descansan a la sombra, pasan en fila, uno con la bandera roja al hombro, tocados con sombreros de paja, los pantalones arremangados, chaquetas remendadas y descolorida camisa de faena. Un niño se pasea con un corderito que lleva una cuerda. Pasan triciclos con cubas de excrementos para abono. Sobre los carros, lentos, empujados por caballos, burros, asnos, aparejados en cómica disparidad, dormitan los carreteros. Pasa otro triciclo con un cerdo negro atado sobre él; uno más con una enferma cuya hija le sostiene la cabeza entre las rodillas (los taxis son vehículos siempre oficiales para burócratas y extranjeros). Los tres pantalones invernales han sido sustituidos por un short. Torsos lampiños. Todos pedalean, azuzan el carro o andan a un ritmo mesurado y regular, jalando la gran China.

 

 

16-junio-74

 

El calor se instaló definitivamente, como una bestia enorme sentada sobre todos nosotros. Treinta y cinco grados a la sombra la mayor parte del día y una atmósfera tan opresiva que se tiembla pensando en lo que va a ser julio. Las nubes van llegando en grupos cada vez más compactos; en ocasiones cae una gota, zigzaguea un relámpago, pero nada más. Se ha anunciado la llegada de un huracán, aunque no tocará Pekín de plano, hacia el veinte, y por ello se refuerza el apremio a los ciudadanos para que vayan a ayudar en la cosecha.

Se me ha impedido ir con los alumnos y profesores a la comuna tres días diciéndome que no admite extranjeros, y que se prefiere que me quede haciendo textos. Recomienza pues mi negativa, la petición de igualdad de trato, el regateo y las interminables gestiones. Entretanto todos se van el lunes y me quedo segregada.

La vida austera y de absoluta integración con las masas que los extranjeros llevamos va formándonos sin lugar a dudas la conciencia proletaria y la visión del mundo, etc. Desde que abrieron la piscina del Hotel el día doce, vuelta de la escuela por la mañana derecha al restaurante, porque el calor ha hecho imposible deambular por la ciudad, café, piscina durante horas, sin que en esta atmósfera brumosa el sol llegue nunca a tostar, cena en el restaurante, paseo por el jardín, trabajo, cama precedida a veces por unas vueltas en bicicleta. La versión extranjera del ejemplar soldadito Lei feng, vamos.

 

 

17-junio-74

 

Militarismo, militantismo, voluntariamente forman parte de la fachada de China: niños, adultos, todos desfilando, consignas gritonas, tono agudo y belicoso de la radio, movimientos del boxeo chino y de la gimnasia, que es en realidad una lucha libre a cámara lenta, nervudos puños cerrados, pupilas desorbitadas y furibundas como las de los monstruosos guerreros vigilantes del arte tradicional, artículos tremebundos, adjetivos retumbantes y apocalípticos, vigilantes, armas y soldados, terrenos militares…China se complace en mostrar que no por parecer pacífica dejaría de volverse, si se la inquieta, terrible, violenta, arrolladora. Tras esta pantalla de puños y rostros contraídos, de bayonetas y secos gestos de lucha, hay un gran cuerpo agrario aún muy atrasado, un cuerpo pacífico y afanado en la subsistencia y la construcción, hogareño y afable, con debilidades y carencias, con aspiraciones y brechas que todas las pieles de león y cabezas de tigre no bastan para ocultar.

 

 

18-junio-74

 

He comprado hoy fresas, rojas y menudas, para pavimentar un poco esta vida de jubilado. El calor, el trabajo considerable que debo dejar hecho en la escuela, la proximidad de mi viaje, y también, creo, el trago de agua sobre mi piel hambrienta y mi inquietud que han representado esos tres días de caricias, han frenado mis vagabundeos por Pekín. Paso en la piscina buena parte del tiempo que no estoy en el instituto; paseo por el jardín sin ir más lejos, con la impresión de haber dado la vuelta a mi isla.

 

 

19-junio-74

 

Hay cuestas y declives. Hay hondonadas. Un día gris, dentro y fuera, sin cartas desde hace tiempo. Para añadir sal al gris del día, se me comunica de esa manera tan propia de los odiosos métodos psicológicos de aquí, con una llamada telefónica de noche, que hoy por la tarde los responsables de mi sección quieren hablarme sin falta por una cuestión grave de trabajo. Paradójicamente, el trabajo marcha estos días–cosa rara-sin problemas, como una seda, y, a causa sin duda de las prolongadas ausencias en la fábrica, tampoco ha habido ningún roce con los responsables. Como la dirección de mi instituto tiene la costumbre de no escatimar golpe bajo, estoy inquieta.

En torno del Municipio de Pekín, en la alcaldía, han aparecido carteles murales, por primera vez en la calle y no en el interior de las entidades. Critican a miembros del comité revolucionario de Pekín y vienen ciertamente del Partido. Nada me hará creer que a algunos miembros del personal de la Municipalidad les ha venido espontáneamente la iniciativa y la han puesto en práctica. Los chinos se paran a leerlos sin grandes aglomeraciones ni extremos apasionados. Otra novedad es que a los extranjeros se nos ha indicado que podemos fotografiar estos carteles, lo cual significa una invitación expresa a hacerlo. Los chinos están tan bien adiestrados y disciplinados, su misma curiosidad y sus gestos, que pueden parecer tan espontáneos, son tan controlables, que ahora fotografiamos sin que se nos dedique una sola mirada, cuando normalmente el  solo hecho de sacar un aparato fotográfico provoca aglomeraciones, desbandadas, reacciones agresivas, pasivo desagradado.

Respecto a los cooperantes extranjeros, se está cerrando el puño cada vez más, y no precisamente para cantar “La Internacional”; menudean los rumores sobre supresión de permisos de viaje.

Mientras, respondiendo a la llamada urgente para hablar con los responsables, voy al instituto, me van entrando toda la tristeza, todo el abandono gris del día, por los ojos, son dos agujeros por los que me desborda una espuma angustiosa.

 

 

20-junio-74

 

Éstas son seguramente las últimas notas que escribo en China. Ayer por la tarde, en una reunión apresurada en el instituto vacío de alumnos y profesores por haber dedicado éstos el día al trabajo en el campo, Los responsables de mi sección Li, Ju, Ü, me comunicaron que habían decidido que tenían bastante con un profesor extranjero de español–Tomasa-para el año que viene, y que, además, no podíamos colaborar bien. Me despedían, y el momento estaba bien escogido, rapidez y por sorpresa, el instituto vacío, pasados los días de solidaridad y acción común con los otros profesores extranjeros durante la lucha por ir a la fábrica, lucha que la dirección no me ha perdonado jamás. Aislar y desgajar. Cuando me siento en el despacho, me rodea inmediatamente el semicírculo, los cuadros, con las jerarquías bien marcadas sin que nada signifique la engañosa igualdad de la chaqueta y pantalón de dril. Li dirige los hilos en silencio, con altivo gesto de úlcera. Ju suda una sonrisa forzada y habla rápidamente. Hay dos rostros que apenas me son conocidos, he debido verles sólo el primer día. Ü anota, modesta y aplicada. No hay té.

.-..así el año próximo no necesitamos sus servicios. Le pagaremos, por supuesto, el viaje de regreso a su país, y dos meses de salario.

-Bien. Ustedes me echan, pero me voy contra mi voluntad. Vine para trabajar en China. Ustedes han hecho todo lo posible para que me vaya porque no aceptan la menor discusión democrática.

-Usted misma dijo que quería irse pronto.

-Yo jamás dije que quería marcharme.

-Sí lo dijiste–por primera vez Ü tercia en la conversación, alza de la libreta los ojos, insiste con su dulce voz modesta-Yo lo oí. Dijiste que estabas harta.

Tardo un poco en recuperar la voz porque hasta ahora no había tenido un contacto tan frontal, tan brusco, con el sistema de delación. Esta colega a cuya casa he ido, con la que he conversado amigable y confiadamente, a la que hace dos días hice un regalo de boda–un frasco de dulces al que puse una cinta de color-, ella ha ido anotando, memorizando, lo que salía de mi boca.

-No recuerdo las exclamaciones que he podido hacer en conversaciones privadas o en momentos de exaltación y cansancio. Lo que importa es que cada vez que ha habido algo realmente serio que comunicar a los responsables, lo he hecho. Es falso que yo haya dicho que no quiero trabajar más en China. Todo está montado, preparado–me dirijo a Li, por encima de las nerviosas muecas de Ju-¡Ustedes no han admitido el menor diálogo, la menor crítica, ni quieren en realidad seguir democráticamente las directivas de la escuela a puerta abierta!.

-¡Nosotros seguimos las directivas del Presidente Mao!-exclama Li, verde.

-¡Ustedes jamás han actuado conmigo en camaradas, criticando las faltas que yo ciertamente cometo, discutiendo amistosamente!. Siempre fueron de mala fe, en silencio, por sorpresa. Es normal que yo tenga errores; soy extranjera, no tengo la formación política de un chino.

Aquí  hay un coro de sonrisas de chovinismo halagado.

-Sí,- dice uno- Es cierto. Ustedes no pueden tener el nivel político de los chinos.

-En fin, ya le hemos comunicado la decisión. Ahora debemos fijar la fecha de partida.

-No tan rápido. Vine para trabajar en China. Puedo ofrecer mis servicios a otro centro de enseñanza.

Sonrisa irónica de Ju y Ü.

-No creemos que ninguno lo acepte.

-También debo informar a las masas, hablar con los alumnos.

Miradas tormentosas que me señalan una vez más el absoluto directivismo que hay tras la fachada de culto a ese pobre rey “honoris causa» que son las amplias masas.

-No creemos necesario que vuelva usted al instituto–dice Ü-Ahora la ayudaré a recoger sus cosas. Los libros que prestó se los enviaremos al hotel.

Se me impide despedirme de mis alumnos, nunca más volveré a verlos y ellos jamás serán puestos al corriente de la forma en que su dirección ha actuado conmigo. Todo se ha preparado para aislarme y desembarazarse de mí con toda rapidez.

-Debo terminar mi trabajo. Necesitan los textos en mi sección.

-El camarada Li–traduce Ü-dice que no tiene usted que hacer nada más. Que los profesores chinos completarán los textos.

-Tú sabes que no pueden, que los necesitan… Al menos dile que deje a los profesores emplear los textos que tengo acabados en el hotel. Los mandaré mañana–ruego.

Li accede a duras penas, asegurándose bien de que ése será mi último contacto con mi sección. ¡Qué lamentables marionetas parecen mis colegas ante estos cuadros del Partido, los Grandes Inquisidores, los Doctores de la Ley y de la Espada!.

-Respecto a su fecha de partida, nosotros pensamos que lo mejor es que se vaya lo antes posible; dentro de dos o tres días para que tenga tiempo de preparar sus cosas.

Me quedo sin aliento. Me han llamado prácticamente para meterme en el avión. Les hago notar que, habiendo sido ya fijada la fecha de mi partida en vacaciones para el diecisiete de julio, yo he enviado cartas, fijado compromisos, trazado planes, confiada en su palabra, y que, por tanto, pido se respeten la fecha y las escalas previstas–Atenas y París-. Dubitativos pero aliviados por ver el final de la reunión, dicen que lo pensarán.

Abandono el despacho con algunos de mis papeles bajo el brazo. En el pasillo me tropiezo casualmente con la alumna de primero que me hizo las veces de intérprete en la fábrica.

-¿Qué tal, profesora?. La semana que viene ya tiene usted clase con nosotros, ¿verdad?–me dice alegremente.

No tengo tiempo de responder; ya Ü, Ju, Li, me encuadran y me acompañan hacia la salida.

Atravieso de nuevo la ciudad, en el coche de cortinillas marrones; mal sabor de boca, las manos aún crispadas, mis cuadernos sobre las rodillas. Es el fin de mi año en China pues. Bien sabe Dios que la perspectiva de otro año en Pekín, en el Hotel de la Amistad, con reenganche al circuito fábrica-comuna, escuela, casa de familia obrera, sin la menor libertad de movimientos, no  tenía nada del deseable; pero estaba firmemente dispuesta a cumplir con los dos años y a serles útil. La medida que se ha tomado conmigo es altamente insólita en el protocolo chino. De los cooperantes que han ido desfilando, unos se inhibían de la vida de los chinos, otros se dedicaban al medio de las embajadas, algunos eran profesionales nulos, dieron escándalos, se emborracharon, etc, etc: pero todos ellos fueron obsequiados con la “calurosa despedida” y el amistoso banquete de adiós, que, por supuesto, no están en mi programa. No diré una palabra en el hotel excepto a los íntimos. Nada tan insoportable como el rápido tinglado de fábulas que se tejería. No hablemos ya de la solidaridad de los colegas cooperantes, que me parece aún más macabra que la franca mala fe de la mayoría.

Entro en el apartamento. Me siento en la cama. Miro las cosas con las que lo he decorado. Me llevan. En qué forma y cuándo se hará no lo sé. Debo hacer rápidamente el equipaje. Dejaré unas cosas para el Municipio de Pekín, el Buró de Expertos, y, ¿por qué no?, para el Comité Central y para Chu En-lai. Que quede claro hasta el final que trabajé lo mejor que pude y que hubiera deseado hacerlo más tiempo…

Voy a casa de Pelayo. El grito de Sinda al oír mi narración de la entrevista hace salir a su marido del cuarto de baño:

-¡Pelayo, ven! ¡La botaron a la Rosúa!.

Musa, que llega entonces a visitar a Sinda, indispuesta en cama con el mal embarazo que lleva, recibe la noticia de mi marcha forzada con asombro y consternación. Insiste en hacerse cargo de mis notas para enviármelas a Europa por medio de los conocidos de su embajada. Considera peligroso que lleve cualquier papel conmigo al salir. Le doy las notas pues.

-Desengañaos, flaca–me asegura Pelayo-Os van a mirar hasta los calzones. No pasás ni un sello.

-¡Es absurdo!. No son papeles antichinos; son verdad. Es mi opinión.

-¡Qué boluda sos! Los chinos no aguantan la crítica y les importa un sorete si vos decís que no es antichino. No les gusta y basta. El registro a la inglesa fueron las primicias de lo que vos van a putear a vos los camaradas en el aeropuerto. Y las provocaciones.

-¡Los chinos…!–murmura Musa, sombrío.

El nigeriano me alecciona sesudamente y, me cuenta, para ilustrar el relato, sus impresiones:

-…no hay que mezclarse en sus cosas; son gente especial. Cuando yo vine, creía que Pekín, como París y Londres, era una gran ciudad. Los chinos me recogieron en el aeropuerto, luego dimos una vuelta por la capital, y yo pregunté ¿Dónde está Pekín?-Esto es Pekín-. ¡Aquello era Pekín, esas casitas unas tras otras, con algún monumento entre medias! ¡Ni un club, ni un cabaret, ni orquestas, ni ambiente, ni tiendas, ni anuncios luminosos, ni bares!. De ninguna manera quería quedarme, pero, cuando fui a mi embajada a decírselo, me convencieron de que irme antes de tiempo sería dejar mal al país, así que me quedé. Entre los de las embajadas africanas, nos divertimos bastante…

Musa no ha cogido un autobús jamás, ni pisado un restaurante popular chino. Le tienen sin cuidado las “actividades sociales y políticas”; le deja indiferente visitar Kwanchow o Yenán; Todo es igual en China, me dice, y sólo aprovecha cualquier posibilidad de desplazamiento para respirar en Hong Kong. Cuando no ha salido con los compañeros de las embajadas, cuando no cena en el selecto restaurante del Hotel Sin Chiao o en el de el Pato Laqueado, Musa escucha durante horas música moderna, en su apartamento amueblado con su completísimo sistema de sono, provisto de una vasta colección de discos, habitación iluminada por bombilla roja, sentado sobre una piel blanca. De la pared cuelgan hermosos objetos africanos en madera y cuero.

Musa ha depositado en su armario, en espera de que su amigo vaya a Hong Kong, mis notas.

 

 

23-junio-74

 

Excursión organizada por el Buró para todos los expertos al embalse de Miyun. Los cooperantes se inscriben en masa para este picnic social que les permite rebasar el diámetro permitido y cambiar el decorado. Se visita la central eléctrica. A continuación comida fría, y después largo paseo en lancha por este lago artificial. Durante dos horas y media dos lanchas, escoltadas en todo momento por la patrullera de seguridad, se deslizan inacabablemente sobre la quieta superficie, con los cooperantes tumbados en posturas diversas sobre la cubierta, bajo un sol de justicia, soñando con un chapuzón imposible por no estar en el programa. El discreto encanto de la expertesía; realmente buñuelesco.

Al volver a la orilla, siempre con la lancha de la policía en los talones, algunos expertos, faldas y pantalones arremangados, refrescan con apresurada ilusión las pantorrillas en el embarcadero, mientras que desde los escalones los responsables chinos, dignos y planchados, les exhortan a volver a los autocares con la sonrisa condescendiente del que convence al niño de que ya es hora de bajar de los caballitos.

 

 

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“ ¡Despedida, despedida! ¡Calurosa despedida!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por aquellos días, desde que sólo me quedó aguardar con paciencia que se quisiera disponer y concretar sobre mi fecha de partida, el presente se transformó irremisiblemente en pasado, entre el cual vivía como en un decorado sin consistencia. El Hotel de la Amistad, florecido, verde, con árboles que sostenían en bandejas de hojas semejantes al helecho flores plumosas de color rosado, la atmósfera algo aliviada por la lluvia y el viento durante un puñado de días…..El hotel era físicamente hermoso, y no podía yo menos de admirar el mérito por parte de los chinos de haber conseguido hacer de un lugar tan bello algo tan insoportable para los que allí vivíamos. La claustrofobia, con los anocheceres nacarados que invitaban a paseos, sin tener lugar a dónde ir, se hacía sentir mucho más que en invierno. A las siete de la tarde, ya cenados, aún de día, los cooperantes se encontraban confrontados con su diminuto reducto. Como se cumpliera en esas fechas para muchos el año de estancia en China, se daban cuenta de que habían visto y explorado cuanto, como extranjeros, les estaba permitido, que era bien poco, y que el año que les quedaba por cumplir de condena no sería sino una larga repetición sin las primicias del descubrimiento. Hasta para los más forzadamente optimistas estaba claro que los responsables chinos nos manipulaban de manera perfectamente amoral, como animales bien cuidados en reserva, y que, tras la sonrisa policíaca de los infinitos cuadros, nada humano había hacia nosotros y en cambio sí una capacidad sabia e indudable de recurrir a la coacción. Hasta los expertos más entusiastas sentían ya vagas náuseas ante aquellas sonrisas y el insoportable clima conventual.

Pasado el primer disgusto por la brutalidad con que me echaron del instituto, me sorprendí a mí misma, a mi yo, como a un ladrón cogido en falta, deseando con todas mis fuerzas que no se arrepintieran, soñando con el despegue del avión, con pasar la frontera y poner el pie en un lugar en el que podría desplazarme en cualquier dirección, sacar un billete de tren para cualquier ciudad, ser recibida por gente que no había pedido autorizaciones para ello, encontrar personas de opiniones distintas, de reacciones variadas, espontáneas. Me daba cuenta de hasta qué punto yo había ido embebiéndome de los mecanismos psíquicos de los chinos y me había estado autoconvenciendo de mi deseo de volver a China tras las vacaciones, de trabajar un año más, cuando lo cierto es que me quemaban las suelas. Algo era sin embargo real: mi determinación y la voluntad que había puesto a machamartillo en ayudarles con mi trabajo, de dejar algo positivo a mis alumnos, de llegar sin reproche a la frontera de los dos años.

Un paquete con mis libros, catálogos de publicaciones, revistas, tarjetas postales, diapositivas y periódicos en español había salido ya para Sian acompañado de una carta para Hao. Lo único neto y fijo era ya irme, pero necesitaba que el viaje tuviera lugar en las escalas y fechas previstas.

La atmósfera era pues de no sabemos el día ni la hora. En la forma de tratar a las personas como objetos que se desplazan sin prevención ni explicación era en lo único que se nos asimilaba a los naturales, manipulándonos como a ellos, como si estuviéramos en las mismas condiciones de eterna disponibilidad de los chinos. El gato burocrático era perezoso hasta para jugar con sus ratones. Ni hay derechos ni hay reglas. Se es invitado, amigo de China… hasta que se deja de serlo. El contrato, que no todos los cooperantes-sí en mi caso-tienen, es papel mojado, anulable, vago, sin valor legal puesto que aquí la legalidad civil no existe y todo es cuestión de graciosa benevolencia, de decisión repentina e inapelable. Es la arbitrariedad total y la sumisión completa del individuo al sistema reforzada por toda una pirámide de argumentaciones y coacciones psico-políticas destinadas a hacer aceptar como justas y buenas las situaciones y hechos consumados, o a, en caso extremo, considerarlas como las malas excepciones que confirman la bondad de la regla, y hacer que sean digeridas en silencio.

Prácticamente no tengo ya más que la punta del pie en esta realidad, pero en ella se me concentra toda la angustia con su acompañamiento de náuseas y desvelos, de amaneceres hirviendo, de cigarras y cansancio temprano. Soporto sólo ahora comidas ligeras, la guitarra suave de Yepes y de Alirio, los paseos mesurados de vieja. Como los demás, me recluyo en el hotel; al fin consiguieron los chinos encerrarnos. Me levanto a las seis, hasta las diez escribir a máquina y leer; de diez a doce piscina–sol, una fruta, zambullida, lectura-. Comida. Café. Reposo. Quizás algunas compras en Pekín. Tardes con paseo, charla, lectura, escritura. Noches de fatiga aplastante, de sueño pesado, en el humo de la espiral de incienso e insecticida que amanece consumida en círculo de ceniza. Despertares a la luz lechosa de las cinco y media de la mañana, ya hilándose la fatiga del día.

A veces, conversaciones políticas, en las que, con el delirio persecutorio que más o menos todos hemos adquirido, se piensa en micrófonos, escuchas. Los teléfonos… Imposible intervenir tantos teléfonos… Pero sí, sí se puede, con esa masa de personal disponible, vaciado de ideas propias e iniciativa, relleno de la misma pasta mezcla de obediencia y alineación. Todo ese personal desocupado escuchando y vigilando los teléfonos, turnándose, anotando…

 

 

28-junio-74

 

Se me llama al instituto, al que no pensé volver. En el cuartito pequeño, Ju, Ü y Shi me comunican que se ha aprobado el día diecisiete como fecha de partida y el programa de escalas previsto. Se me liquidan los sueldos de julio y agosto. Anteriormente había pedido  ir a Shangai. Ahora Ü me comunica que la dirección ha decidido ofrecerme ese viaje de unos días para que conozca más ampliamente el socialismo chino, viaje y hotel pagados. Rechazo el regalo. Quiero pagar todos mis gastos, pero como de costumbre no ofrecen; imponen para cumplir su ritual y preservar la fachada.

A mi demanda de despedirme de mis alumnos, se me responde que están muy ocupados. Se me coloca hasta el final en el estante de extranjera que no se adapta y regresa a su país, dorando la píldora con la bien engrasada rampa de lanzamiento en la que se enmarca mi partida y tirándome el hueso de Shangai, que serán por cierto las primeras y últimas vacaciones que me paguen en China. Hasta ahora tanto en Cantón como en Tientsin todos los gastos corrieron a mis expensas. Cada cooperante tiene derecho en China a un mes anual de vacaciones con desplazamientos y hoteles a cargo de la unidad de trabajo.

Al encuadrarme en el estatuto de elemento inadaptado o falto de conciencia socialista y no de camarada que vivía y participaba, pretenden borrar, desgajar de mi caso todo factor político, que pondría en tela de juicio el comportamiento de la dirección del instituto, su actitud hacia las masas, hacia la Revolución Educativa, hacia el Internacionalismo y hacia sí misma. Se me ocurren bellas ideas de conmovedor romanticismo, como irme a pegar carteles murales en las paredes del instituto explicando mi caso. Intentaré pasar a los representantes de los alumnos una carta, que mucho me temo no llegue jamás. En cuanto a mis otras cartas a organismos más altos, dado el seráfico placer que experimentan los responsables en hallar con qué criticar a otros responsables, creo que sí llegarán a destino tarde o temprano.

 

 

29- junio- 74

 

Me levanto completamente agotada a las seis y media. Retiro de la puerta de entrada la silla con la que la había atrancado. En la cocina paso un rato buscando cuchillos con que partir el bollo antes de recordar que anoche los escondí.

Musa se presentó después de cenar con las notas que prometió enviarme, y, al pan pan y al vino vino, me plantea la alternativa: o hago el amor con él o aquí se quedan las notas. Me ha oído decir que son lo único que cuenta para mí; le parece impensable que me vaya de Pekín sin haberme acostado con él.-¡No puedes hacerme eso a mí!-asegura enfático, con el gesto del muchacho rico de familia importante, en cuyo país musulmán las mujeres están varias docenas de escaños por debajo del macho. Que yo tenga una voluntad propia, que sea a fin de cuentas una persona, es algo que, no sólo ha escapado siempre a la comprensión de Musa, sino que jamás lo creerá de una hembra. Cuando yo le hablaba de mi preocupación por las dificultades que tendría, a mi regreso a Europa, para abrirme de nuevo camino laboralmente y ganarme la vida, Musa se rascaba perplejo la frente y no veía en absoluto la necesidad de trabajar para un ser como yo, una lady, destinada por naturaleza a ser mantenida y alojada por el padre o el marido.

Me hallo bruscamente con la traca final del hotel: un chantaje, y del simpático, amable, correcto Musa, en cuya amistad confiaba. Adiós amistad, adiós corrección. Lucrecia Rosúa asegura que no se vende y señala con indignación la puerta. Musa dice que no se irá, y pasa a formar cuerpo con el sillón. Me voy al balcón a meditar y a calcular la distancia respecto al balcón de al lado. Musa no se mueve, es un petrificado de decepción sexual. Telefoneo a Sinda, que duerme, le hago vestirse y venir explicándole que me siento mal. El marido no se despierta (Cuando Sinda le explicó más tarde el asunto, Pelayo aseguró que, de venir él, hubiera sido para echar una mano a Musa en la violación).

Sinda llega y se encuentra con la situación, cómica a fin de cuentas, Musa enfurruñado y silencioso. Hago café y té para amenizar el velatorio. Ella intenta llevar el agua por mundanidad y broma; yo reniego del Hotel de la Amistad.

-Pero bueno-expone Sinda a Musa, riendo–En esto, yo lo veo muy claro. Que la otra persona está de acuerdo, pues regio. Que no, pues cada cual por su lado y regio también.

-Uuuummm-gruñe Musa.

-¿Te dio alguna vez esperanzas? ¿Te dijo que se acostaría contigo?

-No. Siempre me dijo que no cuando se lo pedí, pero no hay nada indigno en insistir-responde Musa, cándido.

Con gran habilidad Sinda consigue que Musa levante la tienda. No las tengo todas conmigo cuando cierro la puerta tras él; ayer todavía me hacía lenguas de su bondad y lealtad… Mis notas han quedado de nuevo sobre el escritorio… Un chantaje. Me voy de aquí. Ningún pronto será bastante pronto.

 

 

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Shanghai

2 -julio- 74

 

Primera gran confort en el tren. Compartimento con dos literas, tapetes de ganchillo, en un tiesto una planta de flores violeta, ventilador, cocinero y camareras que vienen a tomar los pedidos de las comidas, sonrisas abundantes y algodonosas de las que hacen las delicias de los turistas por China. Los altavoces transmiten consignas y marchas de tipo militar antes y después de dormir, pero a varios decibelios menos que en las clases para chinos. Por la ventanilla, cultivos, arrozales. En las estaciones hombres cuyos pantalones cortos flotan sobre estrechos muslos. Tierras llanas, agua, charcos, charcos, bandadas de álamos plantados hace poco. Los viajeros que se apiñan en el andén no llevan maletas sino bultos atados, con sus racimos de tazones de metal, paraguas, etc, que cuelgan de balancines.

El destino cruel me ha impuesto como compañera obligatoria durante este viaje a Ü, la agradable colega que tantos méritos ha hecho para un ascenso dedicándose a anotar y delatar mis comentarios al comité del instituto. He sabido que será ella quien me acompañe justo al salir para la estación. Cuando, sentadas frente a frente en el compartimento, esperábamos la salida del tren, le tiendo un cuaderno en blanco.

-Toma, por favor. Es para que anotes lo que voy diciendo.

Ü me responde, angelical:

-Pero, como intérprete, ya tengo uno.

-Puede que no te baste. No es para hacer de intérprete. Es para que vayas anotando y repitas después todo lo que digo.

Ü enrojece y se hunde, seria y escarlata, en su diccionario. La remesa intelectual que se ha traído para el largo trayecto es dos diccionarios y revistas en español publicadas por China.

Leo El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir. La primera parte contiene una crítica a la situación del feminismo en sistema socialista muy interesante.

Mi intérprete se ha dormido. Esta delicada criatura ventosea, en su sueño, de forma tan silenciosa como terrible. Miro con mezcla de rencor y pánico su trasero vuelto hacia mí. Son frecuentes por lo que veo las mudas ventosidades en estas latitudes; hay una prisa evidente por desembarazarse de todo lo que molesta al cuerpo, sin mirar lugar ni hora, ya sean gargajos con acompañamiento de carraspeo y soneo, ya ventosidades silenciosas como arroyo en césped.

Sirven la cena. Llega la noche. Duermo.

El Sur. Arrozales, búfalos, calor húmedo, hombres tostados y semidesnudos, lotos, juncos. El paisaje es suave, coqueto, coloreado, tropical. Paso por el puente sobre el Yang Tsé, río color barro, Nankín, capital de la provincia de Kiansú, preciosos alrededores.

Shanghai. Me es presentada, con sus diez millones de habitantes , como la mayor ciudad del mundo. Aunque no la mayor, sí es de las mayores aglomeraciones del planeta, y da exactamente esta impresión apretada, cubierta su estructura por enjambres móviles y superpuestos de seres humanos. La responsable shanghailesa venida a recibirnos y que me acompañará durante mis desplazamientos da cifras. Me dedico en el hotel al prudente ejercicio de verificarlas. Mucho me temo que, una vez más, los intérpretes de tercera división que se asignan a los extranjeros de mi mediocre categoría me han traducido de lástima. Divido laboriosamente. Cuarenta shanghaileses deberían apiñarse en un metro cuadrado metiéndose los unos en los otros como las muñecas rusas; mi intérprete ha añadido un cero. No es ni mucho menos la primera vez que esto me ocurre.

Echada hacia delante, con los ojos brillantes tras los cristales de las gafas y el pelo tirado hacia atrás con horquillas, la responsable, una mujer de mediana edad de aire nervioso y eficiente, pulcramente vestida, continúa desgranándome, mientras atravesamos una Shanghai en plena lluvia que hormiguea de tráfico, tiendas, transeúntes, la presentación de la ciudad. Alzo la vista, desacostumbrada, a la punta de los altos edificios.¡Una ciudad vertical, tras la horizontalidad unánime de China entera!. Los shanghaileses tienen aspecto más sonriente y abierto que los de Pekín, su rostro es mucho más bello, rasgos finos y ojos más grandes que los tipos macizos del norte, y, aunque delgados, son altos, sin la fragilidad menuda de los cantoneses.

Descendemos del taxi, y la responsable, que me recuerda a una gigantesca ratita sabia, continúa su larga disquisición de agresividad publicitaria sobre las bondades del sistema. Por la fuerza del hábito y la saturación, la oigo sin registrar absolutamente nada. Insisten con vigor en llevarme a la exposición técnica. Digo que estoy muy cansada, explico mi ignorancia metalúrgica, mi conocimiento, a través de lecturas, del gran desarrollo de Shanghai, y aseguro que, de tener tiempo, iré a la exposición el domingo. Mis acompañantes se retiran pues temprano y yo espero las primeras tintas del anochecer para bajar a dar un paseo por las orillas del Wampoo. El malecón está apuntalado todo a lo largo por parejas distribuidas regularmente cada medio metro bien pegado él a ella y ella a él, las reconfortantes parejas con sus sonrisas, sus gestos, sus miradas, su media voz.

Siguiendo la misma calle, a quinientos metros, se halla la Tienda de la Amistad, es decir, para extranjeros. Entro. Hay sobre todo una clientela de marineros que me miran hambrientos mientras compran juguetes para sus hijos.

Vuelvo al redil, mi paseo ha sido corto. Se me ha alojado en el Hotel de la Paz. Nunca mejor dicho. sobre el frontispicio de todos estos inmensos edificios de China, huecos y cuidados fósiles de otra época, debiera leerse el Requiescat in pace. Fue sin embargo en otro tiempo , bajo el nombre de Hotel Cathay, uno de los centro cosmopolitas más animados del planeta, sobre el que reinaba el rey de Shanghai, el fabuloso Sir Victor Sassoon. Como en Tientsin, me vuelve este lugar a la casa de mi abuela. Los interiores, adornos, arañas, maderas han sido cuidadosamente preservados por los económicos chinos y tienen una fascinación felices veinte; columnas floreadas, lámparas imitando alas de mariposa. No hay, como pensaba, mosquiteros. Es un confortable apartamento con paredes y cortinas en verde, muebles castaño oscuro y profusión de espejos de luna.

 

 

4 –julio- 74

 

Me despierto en la luz verde que reflejan las paredes granuladas. La disposición de la suite me hace pensar en una casa de citas o en una escena de teatro. Al fondo del dormitorio, en un entrante separado por una cortina, un canapé, y, a la izquierda una puerta cerrada. Evoca inevitablemente salidas escamoteadoras de amantes.

Con Ü y la encargada del Buró de recepción, subimos a uno de los edificios más altos de Shanghai, desde donde se domina el panorama de la ciudad, netamente europeo. Se me muestra, como a cada visitante, el parquecito, en la zona ex-inglesa, en el cual hubo el famoso cartel Prohibida la entrada a perros y a chinos. Yo recuerdo los infinitos carteles que prohíben hoy el paso a los extranjeros .Mal que pese a los chinos, y sin menoscabo de los grandes progresos actuales, lo que tengo a mis pies es una ciudad indiscutiblemente occidental, erizada de medianos rascacielos. Tengo una vista enmarcada por un óvalo de bruma de la gran población capitalista surgida a partir de 1840 en lo que eran marismas y cabañas de pescadores. Shanghai fantasmagórica, de grandes edificios imperialistas embalsamados cuidadosamente por los chinos, como los hoteles. Mientras, los edificios medianos, utilizados para oficinas, viviendas, servicios, son mantenidos eficazmente en pie, pero, ajados y desnudados, sombras de sí. Shanghai doble: la cortesana brillante de monedas y luces, la avisada dama de negocios, y la otra Shanghai, inyectada en el caparazón raspado, ahuecado, aseptizado, de la primera; la Shanghai actual.

Barcazas, juncos y sampanes trasiegan en rosarios flotantes por las aguas amarillo-grises del río. Al otro lado de la terraza que nos sirve de atalaya, hay un barrio grande, original, de casas de dos pisos, con balcones corridos de madera achocolatada, o pintada de rojo. Fue el antiguo barrio japonés.

De nuevo en el coche, la responsable me dice:

-No olvide que no debe usted hacer fotos de personas sin pedir permiso y que tampoco debe fotografiar cuarteles ni centros militares.–Y termina con un enigmático–Debe respetar las costumbres de los habitantes de Shanghai. No nos gustaría que tuviese problemas.

-¿Puede decirme exactamente lo que está prohibido y no debo hacer?

-No queremos que le ocurra a usted nada desagradable. A los shanghaileses les gusta que se respeten sus costumbres.

-Pero, ¿qué costumbres? Yo soy extranjera; no sé, ¿qué es lo que hay que hacer o no exactamente?

-Mire, ésta es la principal avenida comercial.

No me dirá una palabra más. Es el procedimiento acostumbrado que el sistema emplea con abundancia: no dar jamás precisiones de forma que el individuo se halle siempre coartado por la duda y lo arbitrario.

La variedad de productos de consumo es muy superior a la de Pekín, así, como la fruta, pastelería, bollería. Los chinos miran aquí con más descaro, con sus grandes ojos almendrados. El cielo sigue nublado sin signos de aclarar. Hay grandes paneles obreristas con el trío campesina-soldado-obrero lo mismo que en Kwanchow, mientras que en Pekín, meca del pensamiento, los murales son inmensas citas de Mao con sus caracteres blancos en fondo rojo. Al pasar por delante en el coche, me señalan, sin detenernos, lo que fue en tiempos de los imperialistas el palacio de diversiones múltiples, del teatro al juego y la prostitución: el Gran Mundo, hoy su edificio amarillo es centro de honestos esparcimientos.

Visita al viejo mercado Ü Yuan, en cuyo centro se encuentra el dédalo de jardines y pabellones que perteneciera a un importante funcionario terrateniente. El parque es hoy público, previo pago de quince fens (céntimos de yuan), y le ciñe un muro sobre el que serpentean los lomos ondulados de siete dragones para terminar abriendo cada una de las fauces sobre una puerta. Los nombres de los pabellones….Pabellón para estar más cerca de la Luna, Pabellón para mirar el grabado de las Diosas, Pabellón para observar las piedras…Es seguramente el conjunto civil más bello y más escrupulosamente cuidado que he visto en China, un museo de muebles, sedas, papeles pintados, caligrafías. Por las muy acentuadas curvas de los aleros de los tejados desfilan dioses, diosas, genios, hadas, personajes de cuentos y leyendas en metal. Allí está la Diosa que huyó para vivir en la Luna, los protagonistas de la Historia de los Tres Reinos, los Nueve Dioses que atravesaron el mar de distintas maneras. El recinto es en realidad pequeño, veinte mil metros cuadrados, más de treinta pabellones, pero, quintaesencia de los paisajes de bolsillo chinos, de los universitos taoístas, da impresión de vastedad a fuerza de retorcerse, como los dragones que rodean su muro, en caminos, siempre curvándose sobre sí mismos, enroscándose en sus minúsculos ríos, sus montañas de juguete, sus puentes de casa de muñecas. Las piedras, traídas de lejos y escogidas por sus raras formas, están cada una colocadas en su lugar preciso.

Se me ofrece la explicación del lugar sentados en uno de los pabellones. Tras la Liberación, se reparó y abrió al público, para su educación histórica y patriótica, de manera que los trabajadores saquen de su visita lecciones de dialéctica.

Los dichos trabajadores se lo pasan bastante bien. En realidad la muestra que veo de los diez mil visitantes diarios que pululan por el parque parece altamente relajada, comiendo fruta, pelando la pava, mirando los peces y sacando fotos a los niños; no arden en las fiebres pedagógicas expuestas por el guía aunque los altavoces desgranan marchas militares y artículos de Mao.

Quedo realmente extasiada ante un dibujo de patos en un estanque que data del siglo XV. Tanto las caligrafías y pinturas como la calidad de la madera del mobiliario son magníficas. Salimos al exterior para un paseo por el universo en miniatura. Este compendio del arte chino–al menos del arte que se considera típicamente como tal-no sólo no me agrada, sino que me inspira el profundo disgusto ya experimentado en otros lugares. Es exactamente lo opuesto a lo que amo, lo contrario de las formas puras, de lo natural, de la fuerza del gesto, de la luz, del color o de la idea. Éste es un arte de abortos, como esos árboles mutilados, retorcidos, descoyuntados, enanos, bufones vegetales. Su refinamiento, es ya vicio, es delicada podredumbre, es antinatura, morboso. Muebles inmensos e inmensamente trabajados, sillas como tronos, dorados, lámparas de seda, metal, flecos, pintura, formas serpenteantes, colores sin frescura, solemnidad, lujo y pesadez; y, sobre todo, esos terribles trozos de naturaleza artificializada al infinito, como si se la hubiera sometido a radiaciones. Montañas y riscos con piedras de lugares remotos, con sus cuevas y senderos enanos. En tiestos muñones simplificados de lo que pudo ser un árbol florido y gentil en una ladera. Incluso los peces de enormes ojos globulosos y grandes colas son resultado de cruces a los que se dedicó pacientemente un mandarín.

Veo que unos obreros están reparando el dragón del alero de uno de los tejados. Buena foto para mostrar el interés por la conservación del patrimonio artístico en la nueva China. Alzo mi cámara pero mis acompañantes, Ü y la responsable, me la hacen bajar.

-No nos gusta que tome esa foto

De nada sirven mis explicaciones. No, eso no es perfecto, no es impecable, no es acabado. Además, por supuesto, de mí no puede esperarse sino que haga creer en Occidente que los obreros están demoliendo el dragón.

 

 

6 –julio- 74

 

Desesperante ida de compras en la que se empeñaron las dos mujeres en llevarme en coche, con toda la escenografía de claxon, curiosos que miran con mucho más descaro que en Pekín. Sin embargo estamos en la ciudad cosmopolita y porteña, pero se diría que jamás vieron un extranjero. Se me plantan delante boquiabiertos, observándome fijamente y con detalle como a un animal, anotando ávidamente las menores acciones, cómo me muevo, pago un artículo, escojo una tela. A cada extranjero se le dedican los mismos honores zoológicos que si fuese el primero; es ciertamente un espectáculo envidiable en este país, el más pobre en espectáculos, en diversiones, y el más uniforme y cerrado.

Ocurre que ninguna educación popular se hace respecto a la conducta con los extranjeros. Lo que es más, desde el punto de vista oficial lo deseable es que éstos continúen siendo animales curiosos, rodeados, siempre observados por mil ojos, con lo que no puede haber ninguna veleidad de integración y se ahorran trabajo los agentes de la secreta. Los ojos de la multitud encajonarán eficazmente al extranjero del hotel al taxi, del taxi al espectáculo previsto, del espectáculo a la sala reservada en el restaurante, del restaurante a la visita programada, de la visita a la Tienda de la Amistad, de la tienda al hotel.

Al anochecer, la gente pasea sonriente y numerosa. Las mujeres se peinan con más estilo, algunas se rizan incluso los cabellos; los pantalones son más estrechos, las formas de chaquetas y blusas más variadas, y las parejas se cogen del brazo y de la mano en pleno día.

En la discusión sobre el programa de visitas planteé como acostumbro mi deseo de ver un hospital psiquiátrico.

-Hemos telefoneado pero no pueden recibir visitas de extranjeros porque están muy ocupados.

-Ya. Entonces es que tienen muchos enfermos mentales. Estarán lógicamente ocupadísimos.

Mis acompañantes se callan un buen rato. Al fin la responsable acierta, como es su obligación, a encontrar en el fichero la respuesta correcta:

-En el hospital psiquiátrico no explicaron por qué están ocupados pero no creemos que sea por los enfermos. Sin duda están dedicados a la investigación. Ahora no es la estación de enfermos; es en la primavera cuando más hay. En nuestra era socialista hay muy pocos pacientes de este tipo porque las enfermedades mentales son enfermedades sociales y, tras la Liberación, se ha establecido un sistema justo bajo la guía del Presidente Mao y del Partido. Han desaparecido pues las causas de las enfermedades mentales. El pueblo vive en una sociedad feliz.

Miro por la ventanilla. Intentar ser lúcido en China es la más agotadora de las tareas porque esto es el Retablo de Maese Pedro, las praderas de la esquizofrenia.

 

 

6 –julio- 74

 

Embarcamos en el transbordador camino del puerto. Saco una foto de barcazas típicas de bambú, unas amarradas, otras deslizándose impulsadas por velas de extraña forma, superficie fruncida, color tabaco. Unos hombres hacen comentarios que me traduce la intérprete:

-Dicen que por qué fotografías sólo lo viejo. Eso son barcazas para transportar estiércol.

-Acabo de sacar esa foto. Por supuesto voy a fotografiar otros barcos; precisamente vamos a un astillero. ¿Por qué no se lo has explicado? ¿Cómo pueden saberlo si no?. Por eso se equivocan al juzgar.

-Las masas no se equivocan nunca.

-Si no se les explican, ¿es que tienen la ciencia infusa?

En el astillero, tras las explicaciones, me acompañan a lo largo del muelle. Veo el armazón de lo que será un gran buque, y cuatro muchachas soldando el casco.

-Quisiera fotografiarlas para mostrar cómo se incorpora al trabajo la mujer china. En Occidente no se hace eso. ¿Puedo?

-Depende de si ellas quieren dejarse fotografiar. Pídaselo.

Hago transmitir mi deseo a las muchachas, que ríen, se sonrojan protestan ¡Oh, estamos sucias! ¡Estamos mal!, pero no se niegan.

-Les aseguro que están perfectas así.

Entonces ellas, tras hacerse rogar un poquito pero de buena gana, se ponen frente al objetivo, alisándose las chaquetas, sacudiendo las rodilleras, metiendo las mechas bajo el casco, sin dejar de reír. Sí que están perfectas, tras ellas el barco que sueldan, con consignas políticas entre los andamios, y ellas, tan lindas, con su incontenible risa azorada y fresca y su juventud, las chaquetas y pantalones blancos tiznados y los cascos de seguridad.

Noche, última en Shanghai, cosa que no lamento. He sentido en el aire, como electricidad, una agresividad contenida en los habitantes hacia los extranjeros. No puedo explicar por qué, pero no soy la única visitante que ha tenido esta impresión. Frente al hotel se alzan los seis pisos de la Sede del Comité Revolucionario de Shanghai. Ya de noche, las ventanas iluminadas ofrecen escenas de interior, los apartamentos son por cierto de lujo en comparación con la mayoría de las casas chinas: suelo de parquet, camitas gemelas modernas, tresillos mullidos, algunos incluso televisión. Los del comité viven allí, se ven familias, y hombres solos, todos en camiseta y pantalón corto o calzoncillos, luciendo sus blancuras de leche cuajada. Ayer, en el cuarto piso, un señor me sorprendió con un strip tease integral. ¡Oh Shanghai by night!.

Hoy vine andando por la calle Yenán, larguísima arteria. Grande sectores de casas casi míseras o sin casi, callecitas con ropa ensartada en palos puesta a secar, interiores oscuros de paredes tristemente roídas, plúmbeas, sórdidas. Muchas de éstas viviendas pertenecen sin duda a las existentes antes de la Liberación, en las que se hicieron arreglos y se inyectó cemento. Posiblemente ahora reúnen un mínimo de seguridad e higiene pero son lóbregas y deprimentes. Los edificios para obreros construidos después son mucho mejores y se encuentran en las afueras.

Todo está congestionado, hierve de gente, que vacía con los palillos, sentados en sus banquetas afuera, el tazón de arroz con un poco de pescado. Una de las razones de la continua propaganda política es sin duda convencer a la gente para que continúe viviendo en el límite de la pobreza.

En el hotel, de nuevo el enjambre de quince aprendices de camarero que reparten sus ocios entre la escasa clientela. El desértico comedor me recuerda a Sian.

Las barcazas transitan por el Wangpoo. Ruido de tráfico, de zapatos por las aceras, y una flauta. Paradójicamente, varada a orillas de este río y del país que hace el número catorce de los que conozco, la querida frase de Demócrito La patria de un hombre auténtico es el mundo se me vuelve cartón piedra. La realización concreta de la aventura humana personal se materializa en esa lengua propia, ese bagaje y esas formas heredadas y congénitas. Pertenezco mal o bien a Europa, a cierto país, a una forma de vida, de pensamiento, de proyecto de libertad. Como a otros muchos, el chovinismo chino me ha servido de catalizador para despertar mi propio nacionalismo. Hay ya todo un abanico de caminos del mundo que se me ha cerrado porque nada sin duda tenemos que decirnos o más bien porque pertenece a otros el saber decir y el ser escuchados. A mí me queda respecto a esto un vergonzante y trasnochado apego a seres y tierras, y la frialdad de los cristales de sus escaparates, que he ido recorriendo meses. Me queda lo que queda de aquella esperanza, de aquella solidaridad, de alas rotas.

Supongo, debo suponer, que es en otros lugares donde se encuentra el hueco que se me tiene reservado. Y añoro en esta noche aquellas regiones que hicieron brotar la chispa de la creación, de lo nuevo, de lo osado, una y otra vez; añoro esa yesca que chispeó en Grecia y en el Derecho Romano, en el arte, en la curiosidad y en la exploración, y la ambición que obligó a retroceder al cielo. Y busco la traza de Prometeo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pekín. Los rumores sobre que mi marcha es definitiva y no de vacaciones, a partir de observaciones hechas por profesores chinos de otras secciones de mi instituto a profesores extranjeros, han llegado a la superficie. Es cierto que ya era tiempo de hacerlo saber a mi manera, aunque hubiese preferido unos días o la víspera antes de tomar el avión. Llamo pues a Lucie, Joseph, René, y les entrego, como había planeado, copias de mis dos cartas, a Chu En-Lai y al Buró Político. Hago así circular por el Hotel de la Amistad, en el original español y también traducidas al francés, la explicación exacta de los hechos. Al menos esto, sin impedir la formación de mitos, dejará por mi parte tras de mí algo más neto que las palabras.

-¿Por qué no has querido decirlo antes?

-¿Conociendo la atmósfera, el gozo de la gente al saber que me echan? ¿Contestar a preguntas intencionadas?. No.

-¡Es la primera vez que se toma una actitud semejante con uno de nosotros!. Hubiésemos podido organizar algo de saber tu caso.

-No, gracias. Sobre todo solidaridad no. Ya vi como funciona cuando estuve mis diez días haciendo huelga y defendiéndome sola de los abusos y arbitrariedades de mi sección. Os lo contaba y ninguno movíais pie ni mano; no hay que complicarse la vida por personas mal vistas.

-Nos equivocamos, pero nos unimos luego frente a la dirección.

-Cuando estuvo más claro que el agua que se reían de vosotros y que os quedabais sin trabajo en la fábrica. Haciendo el indio y el juego al director, Tsae, estuvisteis hasta entonces.

-Bien. Lo que importa ahora es que se debe analizar políticamente tu caso.

Es la profesora de francés, Josy, quien, como de costumbre, lleva la voz cantante de dirigir a las masas, muchas o pocas. Ante mi negativa, insiste.

-¿Por qué no quieres que lo discutamos? ¿No tienes confianza en nosotros?

-No.

Se muerde los labios.

-Comprendo. Debíamos haberte dicho lo de las cartas. Yo siempre repetí a Zyad que debía devolvértelas inmediatamente.

-Todos vosotros habíais escuchado y apoyado, de palabra o en silencio, esas porquerías que han corrido sobre mí, todos, por la espalda, siempre por la espalda.

-No queríamos…

-¡Y todos me habéis hecho el vacío, todos habéis evitado que os vieran hablando conmigo!.

Y les evito, a ellos y a sus reuniones explicativas. Pocos días después, otro francés, René, vino a sentarse a la mesa de Pelayo, Sinda y yo. Nos habíamos distraído charlando y el comedor, excepto nosotros, estaba vacío. René, mirando a la sala con un gesto furtivo, me dijo:

-Oye, cuídate de Josy. Es una víbora. Ella sabía bien que tú habías confiado papeles tuyos en tres cartas a Sheila, que Zyad se las quedó. Él se las enseñó a Josy, le dijo que no sabía si darlas a los chinos.

Es la famosa historia pues de los papeles de mi libro antichino que se volaron por la ventana. Zyad disuadió a Sheila, por la noche, la víspera de su marcha, de llevarse mis cartas haciéndole creer que temía por su seguridad. La convenció para que se las diese a él para devolvérmelas. No dudo de la buena fe de Sheila, que, pese a sus aires seguros y endurecidos, era en realidad una muchacha con poca experiencia humana, de buena familia, bastante inocente. Y el sirio me hizo ir a su apartamento para presionarme con los papeles, pero lo que le dije le disuadió del poder del arma y prefirió callarse.

René escucha, con Lucie y Joseph, en mi apartamento, después de cenar, el relato detallado de mi expulsión. El brandy chino corre pródigamente. Luego se van Joseph y Lucie. En nuestra conversación política, René introduce de cuando en cuando, como un estribillo:

-Pero ¡qué morena te has puesto!-mirando mis rodillas y mis piernas. Propone, sonriente y animado:

-En tu opinión, ¿qué se hace cuando un hombre y una mujer quieren lo mismo?

Le miro y le sonrío a mi vez antes de contestar:

-Conviene, como dice Lenin, hacer un análisis concreto de las situaciones concretas, porque es posible que haya uno de los dos que quiere y el otro no.

René reflexiona:

-Ya–y se levanta, sin dejar caer de los labios una sonrisa burlona-Buenas noches entonces

-Buenas noches.

René ha sido el único que, en francés sutil, ha sabido plantear de forma impecable el juego de los sexos y retirar elegantemente la apuesta.

El  sirio Zyad está hace un mes de vacaciones. Para no confesar el robo de mis cartas como tal, había hecho al principio por lo que he sabido, circular una versión según la cual las hojas habían sido llevadas por el viento de mi balcón al suyo, contra todas las leyes de la física. Había en esas cartas parte de mi diario de primavera, a máquina, y no poco del de Sian a tinta, que, ciertamente dada mi escritura, nadie habrá podido leer. ¿Habrán estado los chinos al corriente de todo ese tejemaneje, un ridículo juego de policías y ladrones, una mala novela de espías?.

Se acerca el día de mi marcha, con la rapidez agitada de las visitas a lugares, de compras de recuerdos. Mi equipaje es sin embargo, en comparación con las romerías de muebles y objetos de arte que acompañan a la partida de muchos cooperantes, liviano. Se me indica que debo llevar las maletas al control la víspera de mi marcha para registrarme con toda tranquilidad y evitar el retraso que ocasionó la solicitud de la policía en el caso de la inglesa.

Naturalmente no hay para mí el banquete de despedida acompañado de las frases rituales. Hay, si, una cena de despedida en un restaurante de Pekín que me ofrecen tres parejas de latinoamericanos amigas. Me cito con ellos a las siete de la tarde. Después de comer, a primera hora, parto con Ü, en coche con mis dos maletas a la aduana para el registro. Estoy dispuesta a no dejarme llevar, como Sheila, por los nervios. Los funcionarios encargados me atienden con el gesto rígido que reservan para los enemigos de China, piden que abra las maletas y comienzan a sacar de ellas absolutamente todo. Hojeo un libro sentada en el sillón. La forma pide que la propietaria esté presente en el registro. Me apresuro a destripar cuanto piden. Su atención va evidentemente hacia los papeles. Con lentitud, un responsable despliega un rollo de carteles sujetos con elástico: Vietnam-Palestina. Victoria. Les deja replegarse con una exclamación de disgusto y decepción. Todos mis carteles chinos corren luego la misma suerte. Les llega el turno a los poquísimos papeles que llevo conmigo. El sobre que los contiene es cogido amorosamente, introducido en una habitación pequeña. Dentro vislumbro a la flor de la plantilla de profesores de español de mi sección, del instituto, que han ido a cooperar al registro. Veo a mis colegas de hace días con mi correspondencia de la familia y los apuntes de las clases, inclinados ávidamente sobre mi letra. Shun me dice un ¡Buenas tardes! al que soy incapaz de contestar. Se ha formado para mi registro una triple integración: me honran con su presencia los responsables del Buró de Extranjeros, los del instituto con el cuerpo técnico de profesores, y los funcionarios de la policía. Les dejo entre mi equipaje y mis efectos desperdigados y vuelvo a ocupar mi asiento.

-Esto ¿qué es?

Con expresión funeraria y temible, el policía se aproxima llevando en la palma de la mano el cuerpo del delito, una cajita de laca llena de tierra. ¡Vaya por Dios! Me medio echo a reír. Resulta que uno de mis mejores amigos, al preguntarle yo en mis cartas qué recuerdo quería, me respondió románticamente Sólo un poco de tierra de China. Cumpliendo sus anhelos, me bajé al jardín y con una cucharilla llené una cajita de laca roja.

-Es tierra, para un amigo.

El rostro del funcionario se pone aún más sombrío.

-¿Tierra? ¿Para qué?

-Pues es que mi amigo admira mucho a China Popular y me pidió como recuerdo solamente que le llevara algo de su tierra.

Explico, perfectamente consciente de la opinión que debe estarse formando el otro, que frunce el ceño cada vez más.

-Bueno, no se preocupe. Si no quieren que me lleve la tierra, la tiro ahora mismo-digo echando mano a la cajita.

Prestamente el policía la aparta de mi alcance. Así que, descubierta, la agente enemiga quiere hacer desaparecer el cuerpo del delito… El funcionario se levanta rígidamente con la cajita cogida con las dos manos, vierte la tierra que contiene en un sobre, y me devuelve escrupulosamente la caja de laca. Todavía deben de estar analizándola. Desde luego le comprendo. Sólo por un romanticismo tan trasnochado, merecía haberme quedado veinte años en las mazmorras.

Mi aparato y mis casetes han sido también llevados al interior. Escucho con asombro que van a oír íntegras todas mis cintas. Casi lamento hacerles trabajar tanto y tan inútilmente. Va cayendo la noche. Me esperan para cenar. Telefoneo. Uno de los amigos latinoamericanos pasa a buscarme. El sólo hecho de hacerse ver por los chinos con una persona como yo es por su  parte un detalle de valor que me acompaña infinitamente en esta despedida. De ellos vendrán también los únicos regalos que recibo, a diferencia de los múltiples objetos con los que se me cubrió en Sian antes de partir.

Explico que hay gente que me espera para cenar, que desfallezco de hambre. Pido que se queden con las llaves de las maletas y sigan registrando en mi ausencia. Finalmente, dada la hora avanzada, se da por terminado el registro. Rehago el equipaje. Se me comunica que las casetes, fotografías y papeles se guardan para examen detallado y que, si no hay problemas, se me devolverán mañana en el aeropuerto.

La cena que me ofrecen, el collar que me cuelgan del cuello, la cajita con sellos chinos que trae Sinda, me calientan el corazón después de las horas de lento expolio. Hay geranios en la ventana del restaurante y, fuera, la animación de la calle cuando llega la noche de un día de calor.

Mi avión sale temprano. De vuelta al hotel, Quico y Pelayo vacían, sentados en el salón de mi apartamento, la última botella. Hablan de política, hablan de los chinos:

-A mí, francamente, me han decepcionado–Quico mira su vaso al trasluz–Yo encuentro que hay que hacer su vida completamente aparte y pensar en el regreso.

-Imagino que no llevas ningún papel-me pregunta Pelayo.

-No. Justo las copias de las cartas que mandé certificadas a Chu En-Lai, al Comité y al Ministerio de Asuntos Exteriores.

-Te las quitarán seguro. ¿Llevas direcciones?

-Mi agenda.

-Quémalas.

-Pero qué tontería. Tú deliras.

Pero al fin acabo por incorporarme al delirio. Transcribo pues en otras páginas los nombres y direcciones que me interesa conservar y lo hago en clave, escogiendo el alfabeto árabe. Y finaliza la película del 007 quemando las páginas copiadas y tirándolas al excusado. Sé que Pelayo exagera, pero, por principio, nada es proporcionado ni real en este acuario en el que seres y cosas adquieren las formas cambiantes de lo visto a través del agua, los tonos teatrales del libreto de turno. Pelayo fue, por ejemplo, gratificado nada más llegar con el título de espía de la CIA, que Quico le había disputado hasta entonces.

Finalmente se van con un Hasta Madrid. Sé que no voy a dormir las tres horas escasas que me separan de las seis, en que vendrán a buscarme. Velo ante un presente que ya no lo es, que se me desplaza a toda velocidad bajo la mirada inmóvil como la rotación frenética del mundo bajo las estrellas.

No he estado en China jamás.

El rumor de los árboles se empareja con tantas ramas mojadas, con tantas lluvias.

Espirales de insecticida, bolsas de jabón en polvo, blocs de papel, que van a quedar para el siguiente.

China se evapora, con sus ochocientos millones da habitantes. Entro de nuevo en otra etapa.

A veces me cruza un temor, como un jirón de niebla; temor a una llamada, a un coche que espera, a un rostro que sonreía ayer y hoy  podría ser inapelable. Consumatum est. Eterna rebelde, incordiante, descontenta, molesta, desagradable, protestona, estúpida, he aquí tu merecido, para escarmiento aplaudido por los elementos prudentes y discretos.

Las puertas que se abren y cierran, las cañerías, los conmutadores; todo pertenece a una película de ruidos que flota y se desliza sobre los objetos del mundo.

Mi habitación y aquélla en la que dormí por vez primera en Pekín son similares y se cierran una sobre otra como las tapas de un libro.

 

 

17 – julio – 74

 

Es Sui, la diminuta intérprete ratonil que me recibió a mi llegada, la destinada para acompañarme hasta la salida. Recorro en sentido inverso a hace un año el camino recto hacia el aeropuerto, los álamos aún con los escalofríos del amanecer. Faltan horas para la fijada para el despegue del aparato de Air France, pero se me lleva con tiempo para hacerme concienzudamente los honores del registro final.

Los del Buró de Extranjeros en el Aeropuerto, la policía, los del Instituto; Shi. Kuo, éste último con el aire apesadumbrado de quien lleva a cabo una labor extremadamente ingrata.

-Kuo, ¿dónde están los alumnos que dijisteis que vendrían a despedirme?

-Los alumnos no pudieron venir; tenían mucho trabajo.

Kuo se sonroja, balbucea. Tengo apuro por él y su violencia. Era un buen tipo, bastante noble. La carta que tenía preparada para los alumnos queda pues en mi bolso de mano, que no registran. Del saco de viaje extraen algunos papeles banales–cartas, apuntes de textos, etc. Se retiran a rumiarlos.

Pasa el tiempo. Comienzan a llegar los primeros pasajeros para mi vuelo. Saludo a una azafata de Air France a la que conozco. Me entero de que el Primer Ministro turco, en visita oficial en China, parte en mi mismo avión, lo cual explica el celo de los chinos por evitar retrasos como el ocasionado por la despedida de Sheila. Veo los equipajes y las personas irse encarrilando hacia el otro lado de la sala. Yo continúo en mi sillón.

-Bueno, ¿y…?

-Es que los responsables están examinando…

Y el avión absorbe su pasaje. Quedo yo.

-¡Bueno…!

Pasa la azafata:

-¿Todavía aquí?

En ese momento el grueso responsable de Buró de Extranjeros del Hotel de la Amistad se aproxima con los intérpretes:

-Debemos guardar algunos papeles y fotografías para examinarlas adecuadamente.

Los papeles son las copias de las cartas a Chu En-Lai, al Ministerio de Asuntos Exteriores y al Comité Central.

-¿Se dan ustedes cuenta de que me quitan las copias de cartas que he enviado por certificado a las mismas autoridades chinas?

El grueso ovoide cefáleo del responsable no responde.

-También debemos tomar estas fotografías con sus negativos. Le daremos un recibo.

Me las enseñan. Las examino. Me incautan sesenta y ocho fotografías de una inocuidad tal que no creo a mis ojos: la ventana azul de Sian con sus rojas ristras de guindillas como en España, el niño de Hao examinando seis lechoncitos negros, todas las de los carteles murales de la Municipalidad, instantáneas de calles, personas, objetos, cuyo único pecado es el no aspirar a tarjetas postales, el reflejar la realidad en su ser fugaz y relativo, el no ser los cromos de seres barnizados de sonrisas, prosperidad y monumentos pasteleros chino-soviéticos, dignos del placet oficial.

-¡Mire, mire lo que me incautan!. Usted es testigo.

Y alargo a la azafata de Air France un puñado de fotografías. Ella examina perpleja las imágenes.

-¿Con qué derecho le quitan eso?-se escandaliza.

El grupo de mis confiscadores permanece, entre un desconcierto de clichés, cartulinas, sobres en los que los tenía yo clasificados, acartonado. El rostro grueso y lampiño del jefe del Buró, cogido de improviso, no da señales de reaccionar; sus ojitos van de mí a la azafata, la cual se propone ayudarme a llevar mi bolso de viaje hasta la pasarela. Ya es tiempo. Recojo parte de las fotos, el eufemístico recibo. Se me ha dado la luz verde y es lo importante. Me coloco de nuevo en la espalda el gran sombrero picudo que compré en Kweilín y no cabe en sitio alguno. Respecto a las fotos, tendré ocasión de comprobar horas más tarde que, en la confusión, si bien me han confiscado las cartulinas, se han salvado la mayoría de los negativos, revueltos por los sobres. De todas maneras, es evidente que no han logrado los chinos fundamentar ninguna acusación concreta contra mí, y que no han conseguido hallarme ni un mísero documento secreto ultrarreaccionario. Ello explica el embarazo y las vacilaciones de mis acompañantes y el hecho de que se me haya evitado el cacheo corporal y el registro de mi bolsillo. Pero en cambio todas las negras previsiones sobre los riesgos que corría mi diario y toda nota personal mía se han visto plenamente justificadas. En fin, terminaron conmigo, se terminó ese tipo de registro, especie de violación a cámara lenta, con los colegas de mi sección inclinados sobre las entrañas desparramadas de mis sobres. Para evitar lo peor es conveniente distenderse, controlarse, abrir por propia iniciativa. Que no rompan al menos, que no trastoquen. La sonrisa del responsable político Ju, permanentemente pegada y abrillantada por el gustillo de la revancha; y Shi, y el coro de rostros, universal fotorobot del agente de seguridad.

Vuelvo la espalda al grupo de burócratas y me apresuro, como un veloz galápago con el gran caparazón circular de mi sombrero, a dirigirme hacia el avión. La nave chispea sobre la pista, ya con todos sus pasajeros acomodados en el interior, excepto yo. Hay un grupito que se mantiene en pie a unos metros y agita con moderación las manos; es la despedida oficial al Primer Ministro turco. Paso ante ellos renegando, a todo gas, y recojo de manos de la encantadora azafata mi bolso blanco. Subo. Sube el avión. Todo este peso de hierro se va volviendo cera, se derrite al sol de la altura.

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Tomo mis cuartillas. Son las primeras líneas que escribo desde hace meses sin la casi seguridad de que me las quitarían, midiendo las palabras, pero nunca lo suficiente para darles el tono de asentimiento entusiasta de rigor.

Hemos sobrevolado Pakistán, sus desiertos interminables, sus clavículas de piedra negra rompiendo la piel seca. Grecia. Pelayo, tremendista, me había augurado vejaciones sin cuento de parte de su policía por venir de la China roja. Pienso en mis carteles revolucionarios en las maletas, en canciones militantes y en el discurso de Allende que tengo grabado. Por cierto, Pelayo opinaba que los chinos me confiscarían hasta esto. En previsión de ello, tanto como de la policía de la dictadura de mi país, donde ponía, en la funda de la casete, Último discurso de Allende borro y escribo Antoñito de Córdoba canta el “Adiós”. Tengo la impresión de que me van a sacudir por riguroso turno maoístas y fascistas.

Alargo mi pasaporte, amplia y rojamente matasellado en China, a la policía de Atenas.

-¿Española?

-Sí.

Gran sonrisa

-Pase, pase.

Paso sin dar crédito a mis ojos. Pasan mis maletas conmigo sin que nadie les haga el menor caso ni sueñe en decirme que las abra.

Veo a Monique, que pasea nerviosa por la sala de espera del aeropuerto. Ha venido a aguardarme sin certeza absoluta de que pudiéramos encontrarnos. Se lee en su rostro la inquietud de la angustia que leía entre líneas en mis cartas. Se vuelve cuando la llamo, Monique, cuya presencia moral nunca me ha fallado. Tampoco yo estaba segura de llegar hoy.

19 – julio –74

 

Llegué a Grecia el diecisiete. El diecinueve el problema de Chipre. Movilización general. Requisa de transportes. Cierre del aeropuerto.

 

 

23 – julio –74

 

Tras el espectáculo de una movilización general y el semi-estado de guerra con Turquía, se   perfilaba claramente un conflicto interno. Hoy, veintitrés de julio de 1974, a las dieciocho horas, se anuncia la dimisión del gobierno griego de los coroneles, la vuelta de Karamanllis, y–dicen-de la democracia. Franco está grave y ha transferido los poderes a Juan Carlos. Portugal sin fascismo. Año bendito pese a las vicisitudes chinas.

En la aldea de la costa asiática en la que nos encontramos, somos testigos de las reacciones de la gente. El griego de la tienda oye una enorme radio rodeado de la familia, serios, descuidando trabajo y clientela. Intimidada por estos espléndidos mostachos, apenas me atrevo a preguntarles mientras pago el periódico:

-¿Qué dicen las noticias?

-Dicen que el Gobierno se ha ido a las seis, en pleno. Ahora tenemos democracia en Grecia.

-¿Democracia? ¿Ya no coroneles?

-Sí. ¡Bien democracia en Grecia!.

Le felicito con un gesto y una de las pocas, y de las más nobles palabras, que conozco en griego: Eleuzería (Libertad). Le enseño el periódico italiano del sábado:

-Mire, Franco también está enfermo.

-Venga mañana. Veremos más noticias.

Sin ignorar que Karamanlis goza del buen ver de Estados Unidos, es un grado de libertad. ¡Qué año!. Quiero sentir el pulso general antes de que me ofrezcan el panorama en puré político de letras, agüeros autorizados e intelectualizaciones. Las reacciones de la gente son de satisfacción atenta y silenciosa, con un punto de inquietud. El señor que nos recoge haciendo auto-stop de Micenas a Argos, con una gestualidad concisa, muestra las muñecas esposadas y luego sueltas:

-¡Siete años dictadura! Ahora fascismo kaputt. ¡Libertad, democracia! ¿Franco enfermo; también en España fascismo kaputt!

-Gracias. ¡Eleuzería!.

La gente está contenta, es indudable. Hay sin embargo una reserva tras la cual puede haber, sea el que se ha esperado tanto tiempo lo que se preparaba, sea una dosis de desconfianza incrédula en éstas ¡Democracia! ¡Libertad! que encabezan en grandes titulares negros la prensa.

 

 

31 – julio – 74

 

Bajo el avión, la tierra negra es una costa roja brutalmente perfilada por un mar añil. Rida, Túnez, París, Bruselas, Flandes-un vago azul como esta atmósfera de diez mil metros-, 1974, Portugal democrático, Grecia desde hace pocos días democrática–dicen-, Allende acribillado y tras su cadáver el fascismo en Chile, España que está tomando su curva del siglo XX como el avión ahora para el aterrizaje. Otra vez los europeos del norte en torno mío, bronceados pero con sus cabellos rubios. Yo parezco una gitana. ¿A qué pertenezco? Al Mediterráneo, sin duda… Y, ¿a qué más?. No sé. Tantas , tantas cosas para mi sola piel… Parece que va a estallarme el corazón. ¿Cómo es posible que se pueda morir habiendo sentido tanto?.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN PUNTO SUSPENSIVO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Y ahora?. China marca hondamente, por ella misma y por lo que en torno a ella se ha tejido desde los cuatro puntos cardinales. A su pureza se han aferrado esperanzas de autenticidad, de ortodoxia, de socialismo y Hombre Nuevo, de la sociedad sin explotación ni clases del futuro. Y tantas esperanzas y tantos elementos pasionales exteriores al fenómeno chino mismo, a su realidad actual, han anulado cualquier análisis.

Mientras, en el mundo del comercio y de la diplomacia–desconocedor de las agonías morales, de los convulsivos braceos de la ética-se habla y se publican investigaciones sobre este curioso gigante asiático. Empresas y gobiernos se relacionan con él guardando las distancias y los miramientos debidos a un coloso maniático pero cumplidor.

China no es únicamente el pasado del mundo moderno industrializado. Puede parecer (y, desde luego, lo es) la encarnación del fenómeno de religiosidad, fanatismo, comunión mística con el Líder, cultivo de castidad, pobreza y obediencia que tuvieron su hora en Occidente y que ya se han ido difuminando en el pasado. Lo menos es que el centro rector de Pekín evangelice en nombre del marxismo y a base de su terminología. Lo que importa en suma es que los mecanismos empleados, las reacciones y condicionamientos así cultivados en los individuos y el medio vital resultante, son netamente religiosos, lo que es sinónimo de dogma, y, traducido en los hechos, de un grado considerable de eficacia pragmática en cuanto que las masas se emplean con ardor y unidad al cumplimiento de las directivas. Sinónimo de pobreza mental, de anquilosamiento psicológico por inhibición de los mecanismos de crítica y análisis, por esterilización creativa–más patente a más alto nivel de tensión intelectual y de abstracción-, por anulación del impulso individual.

Ni el mecanismo religioso y dogmático es una novedad, ni existe sólo en China Popular, pero lo específico y exclusivo de ésta es el haber llegado a aplicarlo con una amplitud y homogeneidad inigualables. La extensión misma de éste fenómeno religioso en profundidad y en superficie hace de él, por su fabuloso factor cuantitativo, algo ya cualitativamente distinto a lo hasta ahora conocido, a cuantos mesianismos revelaciones, etc, han discurrido por el planeta. Entre las premisas materiales que lo han hecho posible, ocupa claramente lugar primordial la concentración absoluta de todo el poder en un núcleo único, que dispone también en exclusiva de educación y de medios de comunicación de masas, y que ha sido capaz de instalar un control que, al ser extremadamente coercitivo social y psicológicamente, apenas precisa de la represión física.

Este núcleo dirigente capitaliza la adhesión y los frutos de la propaganda. Se ha creado lo que constituye esa macrocomunidad de fieles–el pueblo chino-que recibe la verdad del Líder Supremo, en quien se encarnan la Patria y el Destino, a través de la burocracia carismática.

Ante esto hay que preguntarse si la causa del actual sistema psico-social reside necesariamente o no en la estructura del Partido único y concentración total del poder. La socialización ¿es inseparable de este sistema, de este mecanismo? ¿Lo es en parte? ¿Hasta dónde es deseable, rentable, desde un punto de vista humano tan amplio como sea posible? Quedan por hacer largos y múltiples análisis de todos y cada uno de los factores que han conformado el sistema chino, y determinar su parte de necesidad, de aconsejabilidad, de error y de aberración.

De los cargos que forman el acta de acusación del sentido crítico hacia China, uno de los más socorridos es el futurista, lógicamente irrefutable, según el cual este sistema es condición sine qua non para el surgimiento de un hombre y de un mundo nuevos, por lo que toda observación negativa sobre China sirve automáticamente al mundo capitalista explotador.

A través de la enseñanza, por ejemplo, se percibía en China claramente la idea rectora de un hombre-vasija que no posee el menor derecho propio a su contenido y que el régimen rellena con lo que considera oportuno. Es una versión de la lucha contra el concepto de la existencia de una naturaleza humana general , más allá de las clases, contra el humanismo y la concepción metafísica del hombre y el universo. Pero, llevado a su máximo extremo–y en China se ha llevado al límite–,el hombre-ser social absoluto llega a ser algo casi más metafísico que el antiguo hombre-individuo humanista, porque en el Estado, dotado de todos los poderes y de todos los medios para fabricar el hombre nuevo a su imagen y semejanza, se supone que cada resquicio, cada pensamiento, cada acto de la vida privada y de la pública deben ser lavados del pecado original de sus reminiscencias de la vieja sociedad y modelados sin cesar según los patrones que marca la minoría rectora. Tras esta dinámica y atrayente perspectiva de aprendizaje continuo se esconden personas, primero desconcertadas, luego desacostumbradas, y finalmente olvidadas e incapaces del ejercicio real del albedrío, de la responsabilidad, que delegaron en los poseedores oficiales de la verdad.

En esta restricción mental tiene un papel del primer orden el sistema de toma de decisiones, que se definía en China tan eufemísticamente como centralismo democrático, y que colocaba a la gente en una continua situación de disponibilidad sin asidero propio alguno sobre la evolución física y mental de sus vidas. Ocurre que una continua situación escolar de aprendizaje, de cambio, de dependencia, por muy bella que parezca, si se impone como, permanentemente conlleva durante toda la existencia la atmósfera de inseguridad, vagas culpabilidades y angustias que todos hemos conocido en nuestros años colegiales: EL miedo al error, el temor de no saber dar la buena respuesta, el tremendo poder de un medio cerrado que nos juzga en todo momento y al que no podemos juzgar a nuestra vez. Bajo esta vida excesivamente garantizada y al tiempo sometida a juicio en todo instante, se anula la aceptación del riesgo personal, jalón por el que se traspasa el umbral de la infancia. El adulto no precisa sólo de una casa física, sino también de una casa mental, de un reducto seguro, suyo, respetado, en el que pueda colocar si le place errores, igual que mi vecino se siente tan satisfecho con sus horribles muebles de imitación Luis XV sin que yo pueda por ello correr a denunciarle a la Comisaría de Represión del Mal Gusto.

El sistema se sirve a discreción de la magia de la palabra, de un vocabulario delimitado y agigantado cuyo machacamiento cotidiano anula, entierra, el restante caudal de vocablos normales de la vida.

¿Cuál es el reverso del mural homogéneo que China da de sí misma oficialmente, no sólo hacia el exterior, sino respecto a sus propios habitantes? Tras las consideraciones de alta política, tras el Paraíso del porvenir y el nacionalismo ferviente, hay la urdimbre de las vidas finitas, de las posibilidades de acción, mecanismos funcionalmente similares a los que, con distintas nomenclaturas y apelando a otros dioses, se hallan en diferentes partes del mundo y de la Historia.

Queda permitirse la posibilidad de un análisis crítico de cada uno de estos mecanismos en los que viven individuos, o renunciar al análisis puntual en pro de superiores ideales, obtenidos o futuribles, del régimen, en pro de sus logros y de su pasado, de la especificidad de raza, país circunstancias. Esta segunda posición aparece aureolada del máximo de virtudes evangélicas: humildad, prudencia, paciencia, sabiduría, etc. Todas las virtudes juntas no llegan a anular que se trata sin embargo de una alineación del análisis.

La insistencia sobre la urgencia del análisis objetivo–más ante un régimen que monopoliza la objetividad-, del ejercicio no restrictivo de la razón, viene de haber constatado la falta de ello. No se puede, es evidente, descarnar al hombre, en nombre de la Diosa Razón, de ese componente imprescindible de sentimiento y de esperanza que calienta la sangre de las revoluciones. Se caería entonces, en nombre del racionalismo, en nuevas y seguramente también fanáticas amputaciones del complejo humano. Fidel Castro no mentía al afirmar en el Primer Congreso del Partido Comunista Cubano, en el 75, que sin un poco de sueño y de utopía no habría revolucionarios, ni Mao Tse-tung erraba al decir que La revolución es un drama pasional. Olvidaba quizá Mao que esa definición conviene igualmente a la fiebres religiosas de las Cruzadas y de los autos de fe, de las fiebres político-nacionales del fascismo, a cuantos movimientos han alzado a las masas en una dirección. La revolución socialista es más que pasión; es la marca de un duro intento de honestidad y de lucidez. Mao ha empleado en forma abrumadora todos los eficaces resortes pasionales, y se ha hecho él mismo el objeto de esa pasión.

Poco importa que se hable de Buró Político, Gran Líder, Proletariado, Emperador, Sumo Sacerdote. Lo que cuenta es el sistema, un sistema que otorga a un ser, a un grupo de seres, a una clase, prerrogativas totales y absolutas, como si pertenecieran a una especie distinta a la falible humana. Que este grupo se autojustifique por representar intereses de la mayoría, por etapas de la dictadura histórica necesaria para abordar futuros paraísos, por grandes logros, es de apreciar. No anula empero el crudo hecho de su monopolio. El pueblo entero es dueño del Estado aparece como un colosal sofisma.

Queda la soledad escéptica del sin fe, la quemadura cenicienta. Queda la batalla diaria por la parcela, cada vez más exigua, de libertad y dignidad que el capitalismo y los monopolios por una parte, las estructuras totalitarias por otra, nos van dejando. Lucha por las minúsculas de hoy, no por las mayúsculas futuras. Innombrada, innombrable, subyace la veta terca de algo que recuerda a la fe sin atreverse a serlo, fe en el ser humano. ¿O es que no nos presenta el porvenir más opciones que el Buró Político del Partido Único o el Consejo General de Administración del Supertrust?

El sistema maoísta, desde que se estableció, ha atacado preferente, incansablemente, a los intelectuales, siempre mal vistos en el extranjero por devotos sectores de militantes. Conviene tal vez que el crítico, las malas conciencias, los incómodos para el sistema establecido, y, por otro lado, los hombres de praxis y de credo, los orgullosos de su incondicionalidad constructiva, conviene que en vez de echarse tierra uno a otro bando, se den cuenta de que se necesitan de forma imprescindible, y de que ambos son igualmente precisos socialmente, sin lo cual la revolución, y sobre todo la revolución institucionalizada, segrega rejas de nuevo ciño.

En el sistema, más a mayor grado de totalitarismo, los intelectuales son y serán siempre la encarnación del Mal frente a la ortodoxia, monopolio de poder. Por ejemplo, tras leer el ensayo de Mao Tse-tung sobre la contradicción y las divisiones de ésta en antagónica y secundaria, en el seno del pueblo y respecto a los enemigos de clase, nunca está de más meditar sobre que, en la práctica, son el autor del librito-Mao- y su entorno-los encargados de distribuir la notas ideológico-políticas, los que califican las contradicciones en antagónicas y secundarias, los únicos que pueden determinar si las palabras o los actos de alguien le incluyen entre los críticos constructivos y en el seno del pueblo o entre los abominables enemigos de clase revisionistas. De hecho, lo que se presenta en China-y no sólo en China-como dialéctica , pertenece por derecho al Maniqueísmo, principio del Bien y el Mal, Verdad y Error. Su materialización necesaria es un estado de belicismo permanente. Aunque los dos campos no se ataquen, aunque no haya guerra real, hay estado de guerra continuo que justifica un continuo estado de excepción.

El empleo del término dialéctica es en nuestra época tan abusivo, que, más que el triunfo de la escuela del pensamiento dialéctico, parece indicar que el maniqueísmo ha encontrado nuevos moldes. Hay una razón de facilidad: clasificar respecto a dos principios es simple, rápido y extremadamente eficaz desde el punto de vista de la praxis. Frente a la multiplicidad  de seres y hechos que en el universo se dan, el mundo de la praxis es dual, existen gamas intermedias, pero fundamentalmente una acción se lleva o no se lleva a cabo, esta taza de café que está sobre la mesa o la tomo o no la tomo. El cerebro, por su parte, se complace en el juego dialéctico saltando entre dos polos.

La filosofía dialéctica como instrumento de comprensión del mundo y de la sociedad, ¿habrá que entenderla como el logro definitivo e intocable del pensamiento?. Mientras, la Física abandona cada vez más sus planteamientos polares para afrontar un universo inmensamente relativo. La Historia continúa. ¿Surgirá tal vez de su convulsión, tras la época de la dialéctica, la de un pensamiento pluriléctico que se halle purgado de todas sus herencias maniqueas?

Fuerza es al testigo reconocer en China que lo que tiene ante los ojos no son los seres humanos más libres, más conscientes, de sexualidad más gozosamente desalienada, los hombres más ampliamente desarrollados que deberían constituir una sociedad mejor, sino más bien lo contrario. Entonces se tambalea el dogma, las firmes premisas que han alimentado luchas y pasiones. Era necesario, es preciso, luchar por otro tipo de sociedad que no se fundamente en la explotación de unos hombres por otros; el imperialismo a escala mundial es una realidad, lo es el poder de las multinacionales, real es el enfrentamiento capital-explotados, y en esta lucha para muchos no cabría sino integrarse en uno de dos frentes, actuar en una praxis maniquea a partir de filiaciones indiscutidas.

Pero el fenómeno chino está ahí. Cabe una opresión sin imperialismo, sin explotadores constituidos en una clase diferenciada. Y es de temer que ese totalitarismo ubicuo, del que hoy China ofrece un apasionante muestrario, pueda ser el brote más visible de otros no menos amenazadores. Y no por expansionismos chinos, sino por condiciones concurrenciales simultáneas. Materialmente es factible que tanto un sistema socialista, comunista, como uno capitalista consigan asegurar en el porvenir a toda su población bienestar y confort, dada la dinámica acelerada del avance de las ciencias (excluyendo siempre fatales desenlaces atómicos o ecológicos) y el progreso de la tecnología y de los medios de comunicación, ambos factores nuevos, desconocidos por los fundadores de las ideologías de hoy, factores sin embargo que están determinando necesariamente nuestro porvenir.

La vida en el fenómeno social de China Popular es una experiencia única. Cierto que China nos evoca teocracia y Edad Media pero nos asoma también vertiginosamente hacia el mañana. No en vano observadores extranjeros provistos de la mejor buena voluntad hacia el nuevo estado socialista han sentido el mismo escalofrío sin nombre. Se hallaban en el mundo de las utopías futuristas, se sentían inmersos en el profético universo mental de un Orwell. Lo que sucede en China va mucho más allá del fenómeno religioso, de los imperativos de la pobreza, y de la planificación socialista. ¿ Y si lo que ocurre en China hoy es el futuro?.

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DIARIO DE CHINA

 

 

 

ÍNDICE

 

 

LIBRO I

 

SIAN

 

 

-Introducción

 

-Sala de espera

 

-¡Bienvenida, bienvenida! ¡Calurosa bienvenida!

 

-Sian

 

-Las encuestas

 

-El regreso

 

 

 

LIBRO II

 

LOS NÁUFRAGOS DE LA UTOPÍA

 

 

-Pekín

 

-El Instituto de Lenguas

 

-Viaje al sur

 

El Instituto número 2 de Lenguas Extranjeras

 

-La larga polémica por el trabajo en la fábrica textil

 

-¡Despedida, despedida! ¡Calurosa despedida!

 

-Un punto suspensivo

 

 

 

 

 

 

 

Diario de China: Pies de foto.

 

 

  • El Renmin Ta Sha (Gran Hotel del Pueblo) y la autora. Sian.
  • Leyenda del mural: “Nuestra política en el ámbito de la educación debe permitir a aquéllos que la reciben formarse en el plano moral, intelectual y físico para convertirse en trabajadores cultivados con posesión de una conciencia socialista (Mao Tse-tung).
  • Visita a una comuna: la cosecha de algodón.
  • Las alumnas del instituto de Sian trabajan en la construcción de túneles.
  • Visita a la fábrica textil. A la izquierda de la autora su intérprete, y amigo, profesor de español en el instituto. A la derecha el responsable local, Tao. Sian.
  • En 1974 seguía visible la costumbre de los pies vendados.
  • Cartel de propaganda. Al pie reza Los obreros, campesinos y soldados son la fuerza principal en la crítica a Lin Piao y a Confucio. Pekín.
  • La tracción animal sigue en uso dentro de la ciudad
  • En Kweilín. Transporte de verduras con el instrumento habitual: la palanca, y protegida de la lluvia por el gran sombrero trenzado típico de la región.
  • Pekineses en invierno
  • Alumnos y profesores del instituto, con la autora. Sian.
  • Plaza de Tien An-men. Retratos de Marx y Engels. Pekín
  • Los profesores del instituto en una sesión de trabajo manual.
  • Trabajo manual para profesores y alumnos en el instituto número 2 de Pekín.
  • Carteles (tadzupaos) aparecidos en la alcaldía de Pekín.
  • Avenida principal de Pekín y, al fondo, entrada a la Ciudad Prohibida.
  • Trabajo manual de las profesoras del instituto.
  • Una ópera revolucionaria. Pekín.
  • Trabajadoras de los astilleros de Shanghai.
  • Vendedor de verduras.
  • Transporte fluvial en Kweilín.
  • Calle de Shanghai, 1974

[1] Norodom Sihanuk, rey de Camboya. Depuesto y refugiado en Pekín.

[2] 1 yuan igual a 100 fens. 1 mao igual a 10 fens.

[3] Las frases en cursiva son citas de Lenin y de Mao Tse-tung.

 

 

05/2/19

El Sol

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Mercedes Rosúa

 

EL SOL

Mercedes Rosúa Delgado

MADRID, 1997.http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

 

©     MERCEDES ROSÚA DELGADO I.S.B.N.: 84-920381-5-2 Depósito Legal: M-17213-1997

Impreso en España por: GRÁFICAS JUMA

Edita: A.D.I. Buen Suceso 18, bajo ext. izd. 28008 Madridhttp://www.elrincondecasandra.es/libros-3/

 

 

 

A los que nunca tuvieron libertad para expresarse y a Luis y Pilar, mis padres

 

 

 

ÍNDICE

  1. LOS NOMBRES DE LA SEDA…………………………. ……. 9

Hacia el Sol……………………………………………………………..       11

Nombres…………………………………………………………………. ….. 18

«¿Amó usted?»……………………………………………………….. ….. 28

El pájaro y el desierto…………………………………………….. ….. 37

El camino de las sonrisas molestas………………………… ….. 48

«Como la garza… »   ……………………………………………….       52

  1. EL CAMINO DE LHASSA………………………………. 57

Banderas versus banderas………………………………………. ….. 59

«Beatus ille… «……………………………………………………….. ….. 65

Ventajas de la ética virtual………………………………………       82

Hemeroteca…………………………………………………………….       99

III.  LA CARA OCULTA DEL SOL……………………..       143

Lhassa……………………………………………………………………. …. 145

Eldorado………………………………………………………………… …. 160

Los Templos del Cielo……………………………………………..     167

La Sala de las Almas Perdidas   …………………………….. … 202

Homenaje a Newton………………………………………………. … 210

Amor vacui…………………………………………………………….. …. 250

Encuentro………………………………………………………………..     276

Cometas versus banderas………………………………………. … 285

 

 

 

I

LOS NOMBRES DE LA SEDA

 

 

 

Hacia el Sol

China o la soledad, la inigualable soledad de mil millones de habitantes. Sobre ella han discurrido modernizaciones y luchas por el poder, que mantiene férreo su voluntad homogénea -el viejo sueño han1 del Estado, del Imperio- y que está tan lejos de la homogeneidad. Una China cuya policía tradujo escritos, hizo informes sobre Vera y quizás todavía recuerda a la que hace veinte años fue.

Sin embargo el sencillo visado turístico debería facilitar la entrada, porque el país es un esponjoso océano de decisiones y rectificaciones cotidianas, de gente indiferente a cuanto no sea la personal lucha por la vida, de individuos afables y de individuos temerosos, conscientes de la antiquísima red de mandarines y del oscuro, definitivo control final.

Pero por la República Popular cerrada de hace años transitan hoy miles de turistas -gotas, leves gotas sobre su masa- entre los cuales, anodina, ella pretende confundirse. Dispersos en esa masa se encuentran los amigos, a los que el tiempo ha deparado promociones profesionales, discreto pasar o apartamiento, destrucción y olvido, amigos cuyos nombres teme escribir -recuerdos de una agenda espiada hoja por hoja- y que en aquella época emergían penosa­mente de los años feroces de la Revolución Cultural. Allí, ahora, en un lugar remoto, se encuentra Xei Wen, junto con una parte de lo que fue Vera misma.

Y ese, ese mismo fluir del tiempo transcurrido ha solidificado hasta el viento del Este y la pasión, y no volverá a

 

1-Han: mayoría étnica china.

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hacer temblar, a zarandear el edificio del ser todo cualquier suceso, cualquier actitud. Aunque en la incandescente, perpetuamente fija fotografía del primer despegue hacia China el sol enrojezca el fuselaje la tarde lejana de la partida, y el impulso hacia las nubes y el mundo nuevo sacuda, aún hoy y por siempre, entre los dedos de Vera la burbuja de aluminio y todas las pasadas esperanzas.

La Historia se repite, con monolítica fidelidad a la ineficacia en los servicios y líneas aéreas de los países del Este2: crudo realismo socialista de los menús, azafatas castrenses, retrasos. El vuelo Londres-Belgrado es por demás folklórico en una mugrienta nave de la JAT que se eleva bruscamente, tras cerrar de un portazo la salida posterior, sin explicaciones sobre emergencias ni encenderse aviso alguno frente a asientos en los que, de todas formas, no funciona la luz, mientras la azafata, al fondo, enciende un cigarrillo.

En la espartana cabina no hay defensa contra el ruido, el silbido continuo de la presión y el frío polar. Las bandejas de comida van destapadas y destartaladas, pero el vino es bueno y gratuito y el conjunto tiene un aire de salida familiar, de chárter barato abundante en niños y repleto de pakistaníes, yugoeslavos, indios; gente de sol, desorden y lenguas musicales. Quizás sólo la niebla y el cielo gris tejen la mesa de despacho, y la mesa de despacho los cálculos fidedignos, el rigor y el progreso.

En el cruce de etnias y religiones que son los países bal­cánicos, ocupan el aeropuerto de Belgrado -caótico, febril y canicular- musulmanes, católicos, griegos ortodoxos, extrañas mujeres cubiertas de pies a cabeza por pañuelos y trajes de cuello alto y mangas largas, como moras o judías pero con el cutis pálido como la leche y rasgos occidentales. Desde Europa del Oeste es fácil olvidar la existencia del mundo, del ancho mundo. El avión en el que viaja Vera va a Calcuta, otro viene de Karachi, y la multitud embalada en las cajas de aluminio del siglo XX es la del subdesarrollo, la de mujeres gordas y sumisas sentadas entre una carnada de niños, el mundo de hombres con hambre de sexo atrasada y

2-La acción sucede al final de la década de los ochenta.

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de hembras enjoyadas como ídolos y tratadas como mulas: el mundo del clan. El DC-IO deja abajo esa tierra cubierta en tiempos por la marea de los turcos y en la que aún afloran escollos de fanatismo, llamaradas de agresividad, donde alternan el amargor y la dulzura como en una taza de café. El avión se eleva hacia la noche milagrosamente corta de los que vuelan al encuentro del Sol.

Rubén cantaría ciertamente el surco violeta y la línea bermellón de las alturas, y a algunas indias hermosísimas del pasaje, de impecables saris de seda, y a los niños que rezuman vida y curiosidad; cantaría a la finura y a la belleza física del Oriente sobre ese algo poco hecho y mate del tipo Occidental al que pertenecen los grupos de turistas que se dirigen a Pekín. Pakistán. Vera se pregunta si seguirá el mismo olor húmedo y repulsivo de Karachi. El norte de la India, abrupto, desolado, la ancha cintura de la península. Sensación fortísima de hacer un camino a la inversa. Calcuta. La llanura cultivada al milímetro, monzones, agua y espesor de palmeras. Los grises infiernos bajo los verdes paraísos.

No iba a China de vacaciones, ni por Xei Wen, ni por ella, sino por eso y por algo más: quizás por esa última inutilidad de todo cuanto se hace, de todo cuanto se ha hecho. Vera revivió el aislamiento de la época del país cerrado, la multitud curiosa que la seguía por la calle, la soledad inigualable de la bestia de zoológico. Pekín ya no era el de la rabia de la idea pero continuaba siendo totalitario aunque promocionara el espíritu comercial y pragmático que siempre le distinguió. Hasta el más insignificante agnóstico ha de afrontar su personal lote de huerto de los olivos, su getsemaní angustioso y minúsculo, antes de la llegada, antes de la partida, antes del viaje. Hay un espacio, como el mar, en el que se ignora si se tendrán fuerzas para mantenerse a flote, para nadar lejos, para regresar. O quizás esa incursión en lo ajeno sea la diminuta película de aventuras proyectada en la mente paralela al vídeo de cocodrilos acuchillados y selva que ofrece la pantalla del avión, la forzada materia con que se escribe, en las páginas insulsas de la vida, algo con visos de novela.

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El mural de American Express, con colores metálicos que introducen en el paraíso de las tarjetas de crédito, ha reemplazado en la sala circular del aeropuerto a Mao. Incluso a sus sucesores. No hay frases políticas. Tampoco niñas con flores de papel cantando bienvenidas. No es el mundo húmedo de aquella madrugada de los setenta, sus pocos neones rojos sobre la extensión adivinada del gigante gris. Es el de la actualidad un espacio con vetas de funcional y mucho de provinciano, desprovisto del aura que le prestaban su hermetismo y los sueños, un nervioso espacio al anochecer.

Hay chinos, con corbata y chaqueta, que esperan al final del pasillo y dirigen a los hombres de negocios a sus hoteles. Los policías del control de pasaportes y visados son jóvenes, de los que cantaban en la escuela mientras en ese mismo lugar del aeropuerto de Pekín expulsaban a una extranjera inoportuna. El agente, como todos los jóvenes policías del mundo, tiene algo fijo, mecánico, frío y amaestradamente feroz en la mirada. Existe un superior detrás de él, en cualquier oficina, que toma té y desea hacer méritos. Pero el agente no goza de reluciente computadora, pantalla con exacta memoria del movimiento de extranjeros durante los últimos veinte años. Tiene papeles, fichas de cartón y ábacos, y mucho más interés en las divisas que los viajeros llevan que en lo que hayan podido decir o publicar.

En la lenta fila, los viajeros individuales, fácilmente distinguibles de los grupos turísticos por su equipaje, intercambian información:

  • Este hotel se puede pagar con dinero chino o con FEC3, y es barato.
  • Los precios cambian de un año a otro. En los trenes y aviones te piden el doble que a los nacionales.
  • Excepto si te las arreglas para que te saque el billete alguien que hable chino. Los de Hong Kong son utilísimos.
  • Han abierto a los extranjeros zonas en el sudoeste.

3-FEC: Foreign Exchange Certifícate. Dinero especial producto del cambio de divisas.

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Vera masca su corazón y lo esconde entre frases intrascendentes. Avanza, un trozo más en el hilo de visitantes, semejantes, somnolientos, que se acercan a la ventanilla y esperan a que sean sellados sus papeles. Frases en francés, en inglés, con el continuo fondo del arrastre de pies, de objetos. La cara, los ojos inexpresivos del policía, un poco más próxima, la rápida declaración de datos de una visita que ha de figurar como la primera a China. La indiferencia del matasellos y del gesto de pase.

Tras el túnel se abre un país que, en un puñado de años, se ha vestido de nylon de todos los colores, imitando fantasiosamente a un mundo externo mezcla de Hong Kong y del Occidente de los sesenta. Descubre los brazos, las piernas, el escote la misma China que hace muy poco, trabajosamente, desabrochaba el primer botón de su blusa. Por debajo de los pasados gritos de rigor, de los violentos autos de fe, de adhesiones inquebrantables, ¿ha habido algo, otra cosa que no sea la masa amarilla, moldeada, como el agua, sin esfuerzo, por la forma del recipiente? Vera se su­merge en sus preguntas y en los cambios, en la fiebre de productos y de mercado negro que ha reemplazado a otras religiones. Durante un segundo hubiera renunciado quizás al saldo pendiente que la aguardaba al otro lado y hubiese vuelto las espaldas hacia las épocas en que o se era espía o se era héroe. En el alivio del anonimato había un deje de decepción: no resultaba merecedora ni de una ficha o un chip informático, no era; ni tampoco fue.

La China de los setenta era brutal, era monolítica, pero era única. La que veía era menos limpia y más audaz, incansable en el regateo y la estafa durante los apresurados cambios del yuan y las divisas en las proximidades del hotel. Demandas y ofertas se llevaban a cabo a plena luz del día; la sombra de una intervención policial sólo se evocaba para facilitar, con la premura, el fraude. La política había quedado reducida a la plaza de la Paz Celeste, con sus citas y monumentos, y -todavía- al retrato de Mao, cuyo cadáver se diría que había sido embalsamado para mejor concretar su muerte y reducirlo a las exactas proporciones de un cuerpo sin más, seguro y atado a su mausoleo.

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Pero había que salir, había que salir de Pekín, que es el centro y que quizás todavía sabe.

En el ombligo de China que es la estación central de Pekín confluyen las clases sociales y las etnias como en un valle, y se teje en torno, sobre las losas de la plaza, hasta arremansarse en los callejones y chocar con los muros, la alfombra humana con espacios de vivos dibujos, de harapos grises, un tejido en cuyo aspecto predomina la usura del continuo roce. Dentro, luchan por un billete, por un sitio en la cola, por un asiento, un ciego enjambre en un acuario de bienes escasos. El extranjero ya no es el huésped que se cuidaba como una cosa, el ser profilácticamente aislado u objeto de las atenciones de un ave rara. Si no hay por medio el prestigio del viajero rico, organizado, entonces policía, burocracia, ciudadanos le ignoran, desdeñan, empujan, apartan o abruman con requisitos. El viejo desdén por el bárbaro brota fácilmente. Y las vetas de individual, afectuosa, amable atención. Por primera vez el extranjero está al nivel de la gente real, entre las crestas y las ondulaciones de una superficie compuesta por cientos de millones de habitantes; por primera vez está a la altura de su estremecedora dimensión y de su miseria.

La estación, radial, marca la pauta de los transportes de un continente. Por todos los sitios, entre los pies y los bultos, hay gente que se ha echado a dormir en el suelo, sobre el polvo y los salivazos. Los despiertos se ignoran casi tanto como los dormidos. Los chinos se separan entre sí, de la multitud de su población, por infinitas barreras; se defienden, subsisten, se acomodan, sobreviven, y duermen tendidos en una calle atestada y casi pisoteados. Hay muy pocos gestos de ternura y menos de cortesía. Sólo un utilitarismo expeditivo.

El insomnio, la inquietud, han ocupado el lugar del descanso mientras Vera consulta mapas y arrastra la fatiga, que gira con el ventilador de la habitación gris. Las lindas e impecables japonesas, los australianos fornidos, los franceses ilustrados y los alemanes minuciosos ofrecen consejos y coinciden en las extremas dificultades por trabas burocráticas y de transporte. En todos ellos, se dice Vera, hay

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una inocencia de la que ella carece, aunque las apariencias y pertrechos coincidan. Ellos no ven tras su cara el otro rostro aguzado por la espera del reencuentro. Ellos ignoran que existe algo especial en su equipaje.

El tren se ha puesto en marcha, camino de Datung, del norte, de las cuevas búdicas, dejando Pekín atrás. Ahora es la trabajada llanura y los jóvenes árboles, con el espinazo de las montañas al fondo. Algunos viajeros escriben. La de los occidentales es una línea personal, progresiva, estirada hacia el tiempo. Los orientales trazan signos aislados en los que encierran ideas, una cuadrícula semejante a los hutongs, el núcleo básico de habitación cercado por su muro.

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Nombres

Oh, las huidas, viajar por un nombre, sorbida por el remolino de arena y espejismo de Wuwei y Dunghuang, de Lanzhou, Loulan, Turpan y Kuga, de Hotan y Minfeng y de las rutas que se abrazan en el amplio nudo de Pamir, viajar por cada letra, por cada sonido de Samarkanda, pasar con un silbido de kilómetros por Damghan y Hamadan, aterrizar en un Baghdad que no tiene nada que ver con el que soñamos, unir los cabos de Palmira y asomarse por Tiro y Antakia a Europa y al mar. Aunque sólo llegue, en este viaje, a lamer las orlas de la Ruta de la Seda.

¡Pekín está tan lejos de China! Nada más salir de él, hacia el oeste, es la proximidad de la Gran Muralla, del desierto, de la curva matriz del Huangho. Pekín es un bastión límite, y una capital escogida por los invasores para vigilar a la población china asentada en los valles y la costa. Mientras, los jinetes mongoles degustaban a veces la plenitud de vacío de la estepa, la gran soledad del Gobi vecino, de las lejanas montañas en las que el río Amarillo nace. Y dominaban los valles, la laboriosa China antigua desde siempre, la de los ciclos y la fertilidad.

Datung es en realidad una mina de carbón a cielo abierto en torno y sobre la cual se afana una numerosa colonia de seres que rascan, arrancan y transportan en carros de caballos grandes trozos de mineral de un negro brillante. Las primitivísimas instalaciones y los seres tan negros como el material transportado hablan de condiciones de trabajo predecimonónicas. Sin protección alguna, los trabajadores hurgan en el picón envueltos en una nube de polvo y aspirando carbonilla. Los japoneses abrieron durante la guerra de ocupación nuevas minas y exterminaron, con trabajos

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forzados, a buena parte de los habitantes con una crueldad que ha pasado a la Historia.

Pero sorprendentemente, como esos parientes viejos que se resisten a morir, Datung guarda un casco antiguo lleno de vida, confusión y encanto, callecitas y bloques de un piso con tejado curvo y puerta tradicional, tiendas de instrumentos musicales, de trajes de teatro, de comida y de té, mujeres en minifalda y ancianas de pies vendados. En el corazón se alza un templo de proporciones bellísimas, el Huanyan Superior e Inferior, y, más abajo, el muro Ming con el mosaico de los Nueve Dragones, como el muro de Kuanyin en un glorioso fondo turquesa. Entre la multitud ruidosa, agresivamente ocupado cada cual en sus propios asuntos, los templos budistas logran crear un espacio de paz y amplias proporciones en escaso perímetro por la alternancia de planos y perspectivas. Mil años, más de mil años de construcciones, incendios, guerras y reconstruccio­nes de estas salas de madera repletas de pinturas y de esculturas. Y sin embargo este frágil material no ha perecido, ha atravesado los años, el odio y el fervor de los hombres, el olvido y las tormentas, como si al papel, la madera, el yeso, se hubiera añadido algún mágico ingrediente salido de las sutras, quizás la calma sabiduría del Iluminado que preside Huanyan, traducido, el Templo de la Gloriosa Dignidad.

¡Al fin surgís!, vosotros, la clase dirigente, los que discurríais ignotos en los años setenta, pegado como seda el fino e impasible traje gris. Por primera vez el extranjero coincide con vosotros en los recoletos oasis sin pobreza, en los hoteles, los restaurantes y los trenes, en las salas, los compartimentos y los vehículos aislados por blancas cortinillas en los que se os ve entrar y reuniros, donde resplandece entre la universal suciedad y descuido el albo mantel y las delicadezas de la mesa bien puesta.

Anteriormente era imposible que hubiera testimonios visuales de la clase de los nuevos mandarines; los extranjeros eran o rechazados o su número ínfimo y se les agrupaba en cualquier parte, el ala separada de un hotel. Sombras en la sombra, los mandarines discurrían por vías ignotas, más discretos y privilegiados que ahora porque los bienes de la

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movilidad y la libertad y los bienes de este mundo estaban aun peor repartidos en el reino de Mao; degustaban, bajo la apariencia anónima gris y azul, el depurado zumo de la gran diferencia, paralelos y jamás tangentes a la gran masa.

Hoy, que a pleno sol la sociedad se decanta en clases a gran velocidad, se ha retirado el telón. Los hoteles son gruesos edificios soviéticos sinizados ligeramente en las esquinas y rellenos de la élite nacional, que considera, pensativa, los medios del salto sobre el atraso. Fuera, la gente tiene las mismas arrugas que la tierra de loess y marrones estrías. Grises plomo las casas, los edificios por dentro y por fuera inevitablemente grises, desconchados, raídos por el uso, polvorientos y conteniendo una multitud con aspecto en su mayoría homogéneo. Blanda masa de China, moldeada ayer en manifestaciones de adoración maoísta, anteayer en la adoración al emperador, moldeada hoy en nylon, medias, zapatos, asfixiantes pamelas sintéticas.

Vera recogió fuerzas; por primera vez desde la partida, recogió fuerzas. Ahora restaba atravesar despacio el río, su­bir reposadamente el lomo desigual de los escalones, a las puertas del muy célebre monte Heng Shan, y descansar en el Xuan Kong Si. El Templo Suspendido es un perfecto lu­gar de meditación integrado a un dulce paisaje en el cuenco del valle, sobre el arroyo con sus gentiles desniveles que en tiempos formaron leves cascadas. El conjunto fue sin duda expresión misma de la paz. Cada pabellón y cada venta­na se abrían -para los seres celestes y para los humanos-sobre una vista que elevaba de la belleza a la meditación. Lo que ahora miran con sus cuencas vaciadas a veces por la Revolución Cultural, que también cortó las manos de las grandes estatuas y segó la cabeza de las pequeñas, es las instalaciones de un embalse, canteras y pilas de ladrillos que, al escoger precisamente este lugar, han destrozado un sitio único. El Monasterio Suspendido de Xuan Kong Si ha, de esta forma, perdido la mitad de su existencia.

Le queda la gracia de nido, de sucesión de nidos enganchados a la pared vertical de la colina, de sus largos soportes finos y rojos como patas de ave y el protector plumaje de tejas. Fue ciertamente refugio y preparación de los que iban

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o venían de un paisaje de pinos inclinados y rocas que devanan cambiantes jirones de niebla. El monte Heng Shan no es santo sino por la belleza que ha sido continua materia pictórica del arte chino. El devoto se dirigía hacia una de las nueve montañas sagradas. El artista y el caminante veían el cambiante esplendor del mundo.

Acogido a la inalterabilidad del acantilado, estaba, siempre, el Xuan Kong Si y Vera, al tiempo que sus pertenencias, ordenó junto a él las etapas de su vida anterior.

Madrid, París, Londres… Las ciudades occidentales eran grises a pesar de cielos rasos, de noches crujientes y secas con un brillo de lentejuelas en el negro de su tul. Las ciudades de Occidente eran mujeres de mediana edad que translucían el agobio de grietas en la piel y del maquillaje, con un rictus irónico cruzado diariamente por miles de personas. De entre las cuales Vera había tomado impulso para dirigirse de nuevo hacia algunos lugares de Asia Central. Madrid, Londres, París eran ciudades que nunca habían sido olvidadas, sobre las que el silencio y el recuerdo jamás tuvieron tiempo de crear una dura superficie de ilusiones embellecida por la lejana y escasa luz; eran medidas, razonables y por lo tanto incongruentes cuando Vera las confrontaba a la ruta del olvido, la ruta marcada por sonrisas evasivas apenas esbozadas en piedra blanda, la ruta de los nombres de la seda, agrandados por el abandono. Y esa misma ruta se volvía también, por el jugueteo inconstante de los objetos inanimados y de los sucesos de la vida, el mapa personal de gestos amigos y amados, de ojos con el pliegue del Oriente en los que la chispa del afecto había brillado inconfundible. En los años transcurridos el tiempo había erosionado y construido, con las uñas y los dientes, al lado izquierdo del mapa, al Oeste por el que hervían carreteras y cambia­ban de continuo los rostros y los paisajes. No así al Este, al este remoto, transparente y solitario en el que, con el debido derecho de peaje, hay quizás esa ruta sobre la que, imperceptiblemente, se va haciendo más y más poderosa la calidad extraña de la luz.

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La llamada de Antón Urriel encontró a Vera todavía en la más calurosa y reseca de las grises ciudades. Europa se vaciaba hacia el mar. Era el sinólogo que trabajaba en la Embajada. «El cura Urriel» para el grupo burlón de españoles en Pekín. En esos tiempos el mundo se dividía en progresistas, siempre desenfadados y laicos, y la masa informe de representantes de un orden reaccionario y extinto. Pero había que recurrir al cura para la traducción de docu­mentos, y además estaba mezclado en todo tipo de salsas culturales, en las que era el único capaz de desenvolverse con conocimientos profundos y amplios.

  • Claro que sabe -observaba indefectiblemente Martín, aprendiz mediocre de la lengua local pero gran relaciones públicas con los secretarios de comités.- Como no jode lo suficiente le queda tiempo para profundizar en todas las dinastías.
  • Con la actual tiene poco porvenir -terciaba Máximo. Ya ni siquiera pecan.
  • El día que vaya a pedirle una traducción con unas mallas negras os contaré el experimento. -Bety, colgada del brazo de Máximo, aportaba su óbolo. Bety era un permanente subrayado a las agudezas de Max.

Y ahora Antón Urriel estaba allí, en el lugar en el que se habían dado la cita por teléfono. Incongruente con el contexto de la ciudad tórrida y solitaria a la que el calor parecía evaporarle la modernidad de forma que en el cuenco de cemento quedaban tan sólo cuerpos primitivos y sudorosos, mercancías de dudosa higiene y camareros abotargados por la siesta y el coñac.

–  Tengo algo urgente para usted, Vera.

El padre Urriel llevaba alzacuello, como cuando su indumentaria, denunciando su estado, despertaba de inmediato la ironía de los compatriotas, encantados de animar con chistes de poco coste al reducido grupo de la colonia.

–  Aunque le parezca extraño -continuó él-, a mí me de
clararon, no mucho después de que la echaran a usted, «persona non grata», pero de forma diplomática y discreta. Se

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hacía precisa una consulta con mis superiores, de forma que me expulsé yo mismo con la mayor cordialidad.

  • No supe nada. Tuvimos poca relación. Tampoco volví a ver a los demás.
  • La mayor parte de nuestros conocidos de aquellos tiempos tienen ahora títulos más enjundiosos y desde luego ganan mucho más que yo.

En el café habían enchufado el aire acondicionado y del cajón polvoriento bajaba un frío metálico, que punzaba los hombros y el cuello de Vera y se introducía bajo el vestido de verano, hasta que atacaba sin piedad el calor minúsculo del líquido en la taza.

  • No habrá podido volver fácilmente -apuntó ella.
  • Voy y vengo, por razones profesionales, con toda la facilidad del mundo.
  • ¿Sin problemas?

 

  • Muchos menos de los que satisfarían a la vanidad -Urriel apenas sonreía. Cuando lo hizo, había una acidez que delató los años transcurridos-: Contamos poco. Carecemos de importancia. Las atenciones con que su círculo me distinguió como representante de la Iglesia, opresora e imperialista, siempre fueron excesivas para mí pero ahora me temo que son inimaginables. Los tiempos han cambiado y a las autoridades locales mi nombre aparentemente les trae sin cuidado.
  • Espero que me pase lo mismo.
  • No se haga ilusiones de grandeza, Vera. En su momento los molestó, rellenaron su ficha, hicieron su expediente. Que ha sido cubierto por estratos infinitos de carpetas. En fin, se hace tarde. Tengo aquí el mensaje que prometí traerle a usted y algunas explicaciones, creo, de lo que le puede llevar y la forma en que es posible ayudar a Xei Wen. Lo único difícil es encontrarle.
  • ¿Tengo alguna posibilidad de desviarme de la Ruta de la Seda hacia el otro lado? ¿Cuáles son los territorios cerrados?

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  • Nadie lo sabe. Varía de un día a otro, «ad líbitum», de la policía local o del jefe provincial. Simplemente deje que se termine el ferrocarril y coja el único transporte en la única carretera. Y tráigame también a mí noticias. Esa es la ruta final de otras mercancías, la ruta del Sol, del sol interior, la meditación y demás futilezas. No existe más alto ni más allá. Y creo que en esas zonas hubo mayor densidad de iglesias que en Ávila, aunque de distinto patrón.
  • ¿Todavía espera convertir a los chinitos?
  • Me preocupan más los ya conversos. Con discreción.
  • ¿Sus problemas con el Gobierno chino entonces…?
  • Hace años a ninguno de ustedes se le oyó jamás una palabra sobre las persecuciones religiosas y la destrucción de templos. Sí recuerdo en cambio al periodista y sus amigos aplaudiendo aquello de que no hay culto que sobreviva a una buena comida y a una buena sesión de limpieza mental.
  • La ley de las prioridades. Ya sabe que todo valía porque era el precio del futuro mundo nuevo. San Pedro y los Museos Vaticanos eran un pálido reflejo de las maravillas que se hubieran ciertamente realizado sin el opio del pueblo -dijo Vera recordando conversaciones muy concretas.
  • El determinismo metafísico de su generación ha hecho parecer a Santo Tomás un razonable pragmático. Estábamos enterrados por la Historia. Pero los muertos que vos matáis gozan de buena salud.

Vera le miró, temiendo ver en él a la que, a su vez, el cura veía. Los años sí habían pasado sobre Antón Urriel colgándose de las mejillas y de los ojos. Se había agriado unos puntos más su humor y hecho escuetas sus explicaciones. Finalmente era en verdad un cura, un miembro de esa organización oscura y foránea llamada Iglesia, reflexionaba Vera. Por ello, pese a su carácter prudente y meticuloso, se había lanzado a una solitaria aventura personal, tras los filamentos de sus correligionarios hostigados, perdidos en el gran cuerpo indiferente del país que sólo concedía honores de culto al Estado y sus oficiantes. Se había desgastado Urriel, el comedido y cumplidor, dando embarazosas explicaciones a sus superiores del departamento y a Asuntos

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Exteriores. Sin mayores secuelas perceptibles que las píldoras para el tratamiento periódico de una úlcera de estómago.

Tras un breve epílogo sobre monumentos y transportes, se separaron, despedidos en direcciones distintas por el soplo artificial de aire frío y por el recuerdo de aquella isla sobre la que, por simple azar y sin afinidad ni simpatía, habían coincidido, en los últimos tiempos del Bien Socialista y de las Oscuras Fuerzas de la Reacción. Madrid les acogió en su largo estómago entregado a la búsqueda de una humedad avara y a la siesta.

Antón Urriel ha marcado y fichado innumerables escritores y textos, ha sopesado el equilibrio entre el contenido y la imagen evocada por los trazos, ha imaginado la obra leída en voz alta en tiempos remotos. Su mano es de las pocas, entre sus colegas, capaz de trazar caracteres con rápida seguridad y, si es necesario, con la belleza de los clásicos. Por ello es un sabio, retiene y controla sus energías, canaliza su fuerza. Pero bajo esto y bajo su apariencia -la costra banal e incluso ingrata del hombre avanzado en años y recubierto por esa fina e indefinible película resbaladiza que se crea en la gente sin contacto físico-, tras las sienes ra­las, las manchas en las manos y el amarillo opaco de los ojos, acentuado por el cansancio, tras todo esto es posible que el padre Urriel guarde pasiones semejantes a las de San Juan de la Cruz, que explore no menos que el camino de atajos imprevisibles, y que oculte la esperanza de una relación directa con lo absoluto bajo las galas más usuales de la erudición y la bibliografía, riendo de sí mismo como de un amante tardío, y reduciendo de una forma sistemática las imágenes de budas y de seres representados como santos a las clasificaciones de un catálogo de arte.

Quizás, como los viejos escritos al parecer dicen y como creyeron ciertos viajeros, mientras los mercaderes se precipitaban afanosos por la Ruta de la Seda, algunos se desviaron para llegar al camino que no tiene final, que siempre sube y termina tan cerca como a los mortales les es dado del Astro Rey. Su sol era el círculo interno, perfectamente compensado, de la liberación pura. En las pesadillas del padre

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Urriel las imágenes forman cadenas de sonrisas estúpidas, cruelmente indiferentes e interminables. En sus sueños marcan el fin de una peregrinación arriesgada, solitaria, breve e intensa, y las aspas de la svástica en el pecho de los budas dan vueltas locamente antes de detenerse y por fin, con ellas, las pasiones del mundo. Antón Urriel se pregunta curioso qué espacio queda para el Amor del poeta carmelita en la impasible sonrisa de los bienaventurados y dónde se halla la confluencia de la ruta de invisibles soles y la de las redenciones violentas, incluida la del forzado paraíso que el Estado promete, mucho más al este de las altas montañas, en las organizadas ciudades de las llanuras.

Desde un punto de esas lejanas llanuras de Asia, Vera recordó a Urriel. Y desestimó la posibilidad de mencionarle el lugar en que se encontraba. La Pasión según Yungang no ha lugar. La Pasión es Cristo, distorsionado y sangrante. Inimaginable en Buda. El de Nazaret sería uno de sus avatares, un iluminado más que pasaría las angustias del camino de la vida en el umbral de Asia y África para quizás, luego, ir a morir y ser enterrado en esa tumba de Cachemira en la que se enseñan las huellas de las plantas de sus pies. A continuación un giro más de la rueda y la beatitud. ¿O la capitulación vergonzante ante la Nada?

Y finalmente la sonrisa, la sonrisa sola, limada día a día imperceptiblemente por el aire seco. Medio centenar de grutas ocre pálido, no lejos de las minas de carbón, ocupando como un retablo el kilómetro de acantilado de arenisca. Figuras de todos los tamaños y cada una, gigante o diminuta, con su fina y peculiar sonrisa, budas y boddhisatvas rodeados de entes benéficos y maléficos, de las formas de sus reencarnaciones y de las apsaras, gráciles seres celestes que vuelan en torno y tañen instrumentos musicales. Pertenecen a la floración del budismo en uno de los ricos estados de la China fragmentada del siglo V d.C, los Wei, extranjeros nómadas que albergaron una especie de cortes florentinas de arte exquisito.

Vera se aproxima al enorme oratorio. Las figuras gigantes están rodeadas por un enjambre de minúsculos santos grabados en ordenadas hileras hasta cubrir la roca. La bar-

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barie de la Revolución Cultural pasó también por Yungang arrancando trozos de rostro y manos. Antes pasó la otra, los coleccionistas occidentales y los mercaderes chinos que tajaban para ellos las piezas elegidas. Mucho antes, en el siglo III a.C, quedaron en el área soldados de Alejandro Magno; por eso, como también ocurre en el norte de Afganistán y de Pakistán, las estatuas de Buda tienen un toque griego y se­ñalizan los caminos recorridos por comerciantes, misioneros y artesanos.

– ¡Imbéciles! Lo que tienen es la sonrisa de los imbéciles, como en una gran campaña electoral, ¿verdad, Bill? -masculla a su compañero un hombre grande y sudoroso que lucha con la pendiente tórrida y con su cámara bajo el gesto de los rostros de arenisca, en verdad si no insultantes sí molestamente ensimismados en labores nada contingentes. Hay un fluir de visitantes y de fotografías, de descanso al fresco de los pocos árboles y de vuelta a la vibración del calor. Hasta hace quince años, y durante largos siglos, las estatuas estuvieron solas, atentas exclusivamente a su tiempo interior al cual podían sonreír. Las figuras de Yungang son indias, persas, griegas y chinas y no son nada ni de na­die, alzadas de puntillas sobre un oleaje de pueblos que sólo ellas ven en su conjunto y cuya tempestad no ha terminado todavía.

Vera observó la llanura reverberar bajo el calor. Ella iba en busca de alguien, hacia las tierras frías, apartando dos décadas que cubrían sentimientos en buena parte quizás ficticios. No lo hacía por amor, aunque le hubiera gustado creerlo. Tampoco por fidelidad. Tal vez lo hacía para luchar contra el paso del tiempo, por sentirse más viva, por sentirse humana. Pensó en Xei Wen.

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«¿Amó usted?»

-Quiero un poco de agua, por favor.

Xei Wen ha desperdigado ceniza sobre la mesa y los folios del interrogatorio. Con el meñique empapado en nicotina termina de limpiar la punta de su cigarrillo y empuja delicadamente el resto gris en forma de capuchón hacia el borde.

–Hay que traer otro termo -dice el policía.

Y se incorpora, no se sabe si para limpiar debidamente y reordenar los folios o para buscar agua.

-No, por favor, -se adelanta Xei Wen- yo lo traeré.

-Hay dos llenos en la esquina.

Xei Wen los sopesa, trae uno de ellos y deja el vacío en su lugar. Coloca con excesivo cuidado los termos en fila, retrasando estúpidamente el momento de sentarse de nuevo a la mesa. Busca en la habitación objetos a los que desearía asirse. Intenta recuperar la calma.

El policía rechaza que le llenen su taza con un gesto. Xei Wen maneja con excesiva rapidez el pesado recipiente; al verterla, el agua hirviendo salta al exterior, algunas gotas le queman la mano y el resto forma un pequeño charco en el suelo de cemento gris. Xei Wen se disculpa de nuevo e intenta secar con la manga la mesa y el líquido que avanza hacia las carpetas. Con un gesto brusco y definitivo que no da lugar a excusas, el policía se inclina desde el otro lado de la mesa, levanta el bloque de papeles y seca rápidamente la superficie con un trapo oscuro.

Xei Wen siente, con el agua, un sabor a tiempo y nicotina. Pueden haber sido hoy tres horas ya, o cinco; sumadas a

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las de los últimos meses. El interrogatorio se extiende ahora teniendo ante sí todo el espacio de las vacaciones en el edificio vacío.

–  ¿Quiere usted cambiar de lugar de trabajo? -pregunta
el agente.

Pese a la costumbre, Xei Wen siente otra vez una contracción dolorosa del estómago, como si se le subiera y se pegase a los huesos, la contracción del que evita un golpe. Responde:

  • .. yo iré a donde el Partido disponga, donde pueda ser útil.
  • Pero intenta volver a Pekín.
  • A mi ciudad; naturalmente. Quiero decir… mis padres están allí, son mayores, ninguno de los dos se encuentra bien.
  • Usted no está casado. Su novia trabaja en un dispensario rural cerca de Wuhan. ¿Va a ir allí de vacaciones o a la casa de sus padres?
  • Mi prometida y yo procuramos reunimos en las vacaciones anuales de Año Nuevo en Pekín; la familia de ella también es de allá.

«Ya no podéis como antes -aseguró Xei Wen a sí mismo, a los nerviosos reflejos de su yo acobardado-. Ya no está en vuestra mano mandarme a reparar las terrazas y los canales de Yunan y hacerme envejecer allí. Mi caso no vale la pena y un intelectual, al fin y al cabo, ahora tiene un precio».

Pero eran sólo pensamientos, placebos ingeridos a intervalos regulares, diques contra los viejos reflejos del terror. Cuando todo se mide en voluntad y beneficio de la mayoría, representada por el Partido, en «las amplias masas de cientos de millones de habitantes», el lugar, aparición y desaparición de éstos importan tanto como los de las hojas en otoño. Xei Wen repasó mentalmente la lista de personas influyentes que conocía y la de aquéllos que testimoniarían ciertamente en su favor. Eso le tranquilizó mucho más que la incipiente apertura política.

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  • Esa extranjera le quería a usted. Y usted también tuvo una relación… sexual con ella. Muchas conversaciones a solas, muchos ratos juntos.
  • ¡Ella, ella tal vez me quería a mí! ¡Pero yo no, yo no la quiero! ¿Qué culpa tengo yo de lo que dice? Siempre nos vimos por indicación de los responsables del grupo, como acompañante, como traductor.

El policía releyó aquella sucesión de fragmentos sacados de diversos informes y de lo que sobre China había escrito la extranjera.

–   ¿Y la entrevista en el santuario de Las Tres Virtudes
Escondidas?

Se sirvió agua. Xei Wen tiró al suelo el resto de la suya tibia y llenó su tazón con la otra humeante. Pese al día tórrido de comienzo de verano, no le desagradó el contacto del hierro esmaltado caliente en las manos frías. Explicó al agente:

  • Una visita oficial más. Ella quería ver los tres budas del siglo Estaba en el programa.
  • El trato íntimo que ella describe no estaba en el programa.
  • ¿Qué trato? Han pasado varios años. No recuerdo. No sé qué pudo decir ella.
  • Usted la abrazó cuando entraron solos, a oscuras, al segundo pasillo del santuario.
  • Ella se cogió a mí; sí, recuerdo esto. Se cogió porque temía caerse, tropezar. Y la ayudé a ponerse una chaqueta…
  • Su chaqueta de usted.
  • … porque hacía frío en el templo.

Por la ventana del tercer piso Xei Wen distinguió al jardinero colocando haces de yerbas. Nadie más. Los empleados de la unidad se suponía preparaban el material de un cursillo pero ciertamente estaban la mayoría durmiendo en la sala norte, que era fresca. No recordaba a los budas de Las Tres Virtudes Escondidas; sí las perlas que llevaba en la mano cada uno de ellos, y las estelas que cubrían el pasillo,

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brillantes, pulidas, húmedas, en la excelente grafía de algún artista llegado al efecto de la corte del Sur. El santuario había sido un viejo refugio no siempre respetado por señores poco piadosos.

–  Las relaciones no fueron más allá. No fueron… sexuales, como ella u otros dicen.

Xei Wen palideció y bajó la vista mientras buscaba ex­presiones rotundas en ese tema que no se trataba en voz alta jamás.

El interrogador releyó, pasando algunas hojas; luego le dijo:

  • No fueron más allá, quizás, pero no por falta de inicia­tiva de usted, según parece entenderse.
  • ¿Ella, ellos dicen que yo quería? ¿Que fui yo el que insistió? ¿Que lo intenté? Ah, los extranjeros son distintos, sin principios. Les es igual. No tengo la culpa de que ella me quisiera a mí. Yo no la quería.
  • Para haber escrito tanto -el policía contó las carpetas, atadas con gomas y cintas, todas con párrafos de los textos extranjeros traducidos, numerados y clasificados- ella tiene que haber hablado mucho, con alguien, -los dedos del poli­cía rozaron la carpeta que contenía el informe de Xei Wen, al otro extremo de la mesa- con alguien descuidado que no recordaba hasta qué punto los extranjeros tienen tendencia a espiar y desprestigiar nuestro país, -subió el tono- ¡China está rodeada de enemigos!

Los tazones, papeles, bolígrafos, tintero, lápices, el tarro de la cola, los dos candados y la caja de cerillas, todos los objetos, con leves toques, parecían haberse ordenado en una simetría perfecta, y en medio la cabeza del funcionario era el centro de aquel burocrático sistema solar, la cabeza en la que llamaba la atención una avanzada calvicie y que miraba a Xei Wen como a través de los párpados sesgados. El policía colocó las dos manos en reposo como si apresara contra el tablero algún punto crucial.

«No estuviste en el campo» -pensó Xei Wen mirándolas-, «no estuviste en el campo después de la Revolución Cultural. O tal vez fuiste justo al principio, para decirnos

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cómo tenían que construir el socialismo los hijos de los intelectuales y las esperanzas depositadas en aquel horno de ladrillos y la unidad de materiales de construcción. También preguntarías quizás, de paso, quién estaba más contento y quién parecía insatisfecho y quiénes apoyaron aquel escrito sobre la mala elección del emplazamiento de la unidad de trabajo, las dificultades de transporte, la inadecuación del material producido y la franca hostilidad con que nos observaban los naturales de la región.»

  • Por eso es importante saber todos los detalles de esa relación incorrecta que usted tuvo. El informe que nos proporcionó no basta. Aunque escriba usted tan bien.
  • Estoy dispuesto a redactar una nueva autocrítica -Xei Wen sonrió y ofreció un cigarrillo-. Gracias por su elogio de mi estilo, que es vulgar. Comprenda que había olvidado el tema, fueron unos meses hace ya años.
  • Ejercitar la memoria lleva sin duda tiempo; hasta para un intelectual acostumbrado a trabajar con la mente.
  • Me reeduqué durante siete años…

El policía salió y Xei Wen sintió de repente el calor acumulado en la estancia, se secó el rostro, se sonó con un papel y luego observó sobre la mesa aquellas anotaciones que con­tenían la mitad de una historia con la que tenía que encajar la suya, su versión, sin por ello culparle. Trozos escritos por ella que él no había leído, que nunca iba a leer y cuyos resúmenes jamás había visto. ¿Habría ella imaginado, imaginado como él, en las horas innumerables de separación, en los años sin porvenir y sin correspondencia, el ciclo invariable de las adivinanzas del cuerpo y de las caricias?, de alguno, de casi cualquier cuerpo. Eso, a fin de cuentas, importaba poco. Pero las frases exactas que él dijo, lo que ambos suponían, ¿cuáles eran y cómo eran?

¿En qué podía identificársele, culpársele directamente a él?

Cuando levantaba la mano para atisbar algunas frases del contenido de las carpetas, el policía regresó. Los dedos de Xei Wen se abatieron instantáneamente sobre el cenicero y aplastaron una colilla ya fría mientras se oscurecía la

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ventana, el jardín y las paredes. Él reocupó su sitio como si no le hubiera visto, pero inmediatamente se dedicó a colocar con cuidado los objetos de la mesa, incluido el cenicero cuando Xei Wen retiró la mano. Era una mano que temblaba, que Wen sujetó entre sus rodillas y con la que, mientras el interrogatorio continuaba, pensó de forma absurda que hacía mucho tiempo que no había acariciado a nadie y que quizás por eso guardaba un recuerdo tan claro de la piel de ella, con su vello fino y el pelo casi igual, como plumón. Tranquilizó con la otra mano a su mano temblorosa. Esperó unos minutos y solicitó ir al lavabo a su vez.

  • Tiene usted mala salud -dijo el otro sin levantar los ojos.
  • Lo corriente. Mi hígado sobre todo. También dicen que el apéndice.
  • La extranjera insistió en verle cuando estuvo usted enfermo, en encontrarse en su cuarto.
  • No recuerdo.
  • Vaya; puede usted ir.

Xei Wen empezó a desear más que nada tumbarse, tomar la mezcla de té medicinal y esperar a que su estómago se aquietara. Las paredes de la letrina estaban manchadas de excrementos, pero se apoyó contra la ventana y se presionó la frente y el contorno de los ojos.

«El sur siempre está más sucio y parece más sucio. Nunca me acostumbraría a vivir siempre aquí».

Hizo funcionar por segunda vez la cisterna y cruzó el pasillo. En el fondo alguien que no le vio o simuló no verle barría las escaleras.

–   Le voy a proporcionar una lista de fechas para que
usted me diga los encuentros a solas, y lo que hablaron.
Aproximadamente. La extranjera llamada Vera parece recordar bastante bien.

El policía había trazado en hoja aparte una fila ordenada de números y observaciones marginales y, mientras la iba repasando y completando, le comentó:

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–   Hace más calor por las tardes. Este año ha sido muy
lluvioso; bueno para las plantas pero bueno también para el
calor. Usted se acostumbraría mejor al clima de la estepa,
o la montaña.

Xei Wen no respondió.

–   Su salud sin embargo ha sido parecida cuando estuvo
en el norte, desde la Revolución Cultural. ¡Es tan normal
cambiar de sitio de trabajo!

Xei Wen le sabía originario del sur. Manteniendo las manos sobre las rodillas, contó con los dedos los años que él había pasado en la esteparia unidad de producción aneja a la fábrica número cuatro, sumó el periodo indeciso en la capital de la provincia como ayudante de la Radio y el lustro en la ciudad del sur; restó el primer e inolvidable mes de vacaciones después de tres años en la estepa, y los quince días de Año Nuevo en los años siguientes, más dos asuntos de trámites que le habían permitido rápidos regresos.

«Ahora no es como antes» -se dijo Xei Wen- «Lo que me queda no me lo podéis coger».

Y  al hacer un movimiento enérgico con la mano, apartando amenazas, hizo caer el cenicero, que se estrelló en
pedazos. Se disculpó, recogiendo los trozos de loza y llevándolos a la basura del rincón, mientras pensaba:

«Nunca es tarde para romper algo».

Y  recomponía el mosaico de relaciones influyentes, de
informes positivos, esmerada conducta, y sobre todo la evidencia de que su capacidad profesional haría falta, más
pronto o más tarde, en la capital.

Porque pocos podían alcanzar la perfección ambigua de sus resúmenes y análisis, la claridad y el raro toque, clásico pero adecuado e irreprochable, de sus enunciados. Y la magia de desenvolverse en dos lenguas extranjeras, que habían yacido, como máquinas olvidadas y oxidadas -semejantes a las máquinas rusas- durante sus años en la estepa. Sólo a veces lejanas emisoras de radio permitían un contacto directo, furtivo, como quien ni se interesa ni entiende. Las muestras de reconocimiento de la utilidad de Xei Wen, de su inteligencia, por parte de jefes, subjefes, comisarios, res-

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ponsables, compañeros, se ensamblaban en el esquife que debía, en el momento oportuno, sacarle de la brutal isla de tierra y colmas desiertas, el esquife que había bogado, ensanchándose, hasta aquella ciudad del sur por el eterno camino de los ríos, la balsa, la balsa y el timón que le esperaban, hacia su hogar.

–  Últimamente, apenas es posible asegurar el debido control sobre los extranjeros -el policía sacudía la ceniza de
su manga-. Cualquier grupo subversivo, cualquier elemento reaccionario puede meterles por los oídos toda clase de
mentiras y sacarlas, como un correo criminal, así al exterior. Hay que vigilar mejor ciertos sectores en las grandes
ciudades. Es mucha responsabilidad mandar según a quien
allí. Hay que saber controlar y saber alejar.

Ahora Xei Wen se creyó obligado a decir algo claro, terminante, pero sólo supo alargar los dedos hacia la hoja de números preguntando si ésa era la lista de fechas que debía serle entregada. El otro simplemente ignoró el gesto, mantuvo las manos sobre la hoja extendida frente a sí marcando su parcela de dominio, de absoluto dominio, sobre los nombres de lugares y las cifras de años que eran la vida, la concreta vida de Xei Wen, y él conocía sobradamente de otras ocasiones aquella callada y definitiva violencia que en situaciones pasadas había visto aullar, los pulgares sobre el folio de notas y distante expresión de los ojos. Aunque eran otros tiempos, quizás eran otros tiempos, Xei Wen sintió terror.

Entonces se entreabrió la puerta y entró un niño de unos cinco años.

–  Mi hijo -dijo el policía-. Juegan por los alrededores.
Habrá ido preguntando y le han dicho que estoy aquí.

El niño se arrimó a su padre y luego se puso a fisgonear en los rincones, atrapó de la estantería un cuaderno rojo y amarillo, metió los dedos en un bote vacío de cola y lo hizo girar luego con el mango de un pincel.

El policía le tomó la mano, entregó a Xei Wen la cuartilla y salió diciendo:

–  A la misma hora. Hasta mañana.

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El padre y el hijo atravesaron la escuela, un hilo más en la trama de todos los días. Ni traje ni insignia. Sólo el carnet de agente del Estado que apenas hacía falta enseñar porque, cuando llega por la ventana abierta el olor de los guisos y tareas cotidianas y un niño empuja la puerta, entonces se ha logrado la cárcel de máxima seguridad, la comisaría perfecta: Una sala más, cualquier habitación. Los interrogatorios. Igual que aquéllos en la escuela secundaria de Xei Wen en Pekín, cuando el profesor de Literatura había acabado escupiendo sangre en las letrinas.

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El pájaro y el desierto

El tren recorre lentamente el mar de carbón y arena, punteado por oasis de verdor, pastores, jóvenes árboles de reciente reforestación. La estepa mongola se extiende, tórrida, limitada por una muy lejana cadena montañosa que se desdibuja en la calina azul. Poblaciones. Remolinos de polvo. Algún rebaño de cabras, algunos de camellos. Y es fácil imaginar la desolación de los funcionarios chinos aquí destinados desde las jugosas llanuras del húmedo sur: nostalgia de árboles transplantados que llena toda la poesía clásica. Por la razón de la pura fuerza, la extensión y la carne cruda, las tribus mongolas se derramaron con la energía, el terror y la lógica de una catástrofe natural. La Gran Muralla se hizo para contenerlas; los pactos, los matrimonios con princesas y los tratados militares para manejarlas. Los guerreros de Xiongnu, que la Europa aterrada llamó Hunos, supieron acudir al festín funerario del fin de la era clásica. El caballo de Atila dejaba tras sí el despoblado territorio consecuencia de una nueva técnica guerrera basada en el empleo sistemá­tico del pánico y el genocidio. Hasta que fue superado, ya en las puertas de Roma, por un serio competidor: la Peste. El galope estalló de nuevo en el siglo XIII, saltó la Muralla y todas las murallas, plantó sus tiendas en los palacios de China, en Rusia, Persia, y se detuvo jadeante en Venecia. Partida de Karakorum, la Horda Dorada de Gengis Khan obedecía ya a un plan imperial: emperador y fundador de la dinastía Yuan, Kubilai Khan, nieto de Gengis, deslumbra con su corte de Cambaluc (Pekín) a Marco Polo. Cerca ya en final de la Edad Media, todavía la nerviosa estepa en­viará a Tamerlán, el de la fabulosa Samarkanda, el mecenas del arte, el verdugo de ochenta mil vidas en Delhi.

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Pero ni Hohhot, la capital de Mongolia Interior, ni Bao-tou, su población principal, tienen gran cosa de mongolas. La mayor parte de sus habitantes son chinos destinados a la zona y las praderas en torno ofrecen a los visitantes, previo pago de su importe, un circuito perfectamente controlado que incluye noche en la yurta, cabalgada y espectáculo folklórico ejecutado por los coros y danzas mongoles.

La repoblación misionera ha dejado rastros: templos budistas y tibetanos abandonados, transformados en fábricas o reconstruidos, la inmensa lamasería de Wudangzhao, las pequeñas pagodas, las mezquitas. Más victorioso que la Gran Muralla, más que los caballos, el tren conduce diariamente hanes, chinos de origen que descienden sin mirar la hostil inmensidad del cielo, apretando sus objetos perso­nales, chinos que ven desfilar por la ventanilla el desierto del Gobi.

El ocupante de la litera contigua a la de Vera tiene un pájaro. A media mañana le ha sacado de su jaula e, instalado en el asiendo del pasillo, alimenta al ave y le da de beber directamente, sujetándole con una mano como si fuese un polluelo que aún no sabe valerse.

  • Es un pájaro que canta, sí, canta, más adelante. Perdón. Desconozco su nombre en inglés. Mi inglés es muy pobre.
  • En absoluto, en absoluto. Habla usted muy bien. ¿Lo aprendió en la escuela? -pregunta Vera.
  • En la universidad, en mi universidad. Es necesario para el trabajo. Yo soy ingeniero, de agricultura.
  • ¿Qué trabajo hace aquí?
  • Estamos estudiando la plantación de árboles, en el desierto, sacar y distribuir agua, plantar.
  • ¿Lleva usted ya muchos años trabajando en esta zona?
  • Algunos, algunos. Y usted, ¿conoce mucho de China? ¿Por dónde ha viajado?

Además de su pequeño oasis natural de cordialidad, el ingeniero quiere, razonablemente, ejercitar su inglés. Y ahí es cuando Vera empieza a pedirle que escriba, que traduzca,

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frases al chino, frases del rompecabezas de una breve carta con la sugestión de una cita banal, frases para introducir en un sobre comente de este papel ligero como de cigarrillos, para que la carta se incorpore anónima a la corriente de las infinitas cartas parecidas y, saltando sobre numerosos años, con su modesto sello local, llegue al destinatario, sólo al destinatario.

El hombre deposita al pájaro en su jaula, moja la mano en la taza y le salpica, saca una bolsa de caramelos, los ofrece. Los demás duermen. Al pasar hacia el grifo del agua caliente algunos se detienen al oírle hablar la lengua extranjera. Una vez que los chinos ya no tienen la consigna de ser amables y sonreír a los amigos-diablos extranjeros, los miran con una despegada curiosidad zoológica, los desprecian, los envidian, los imitan ansiosamente en el vestir y en consumo, y los evitan excepto amables excepciones. Al anterior cultivo oficial de la xenofobia ha sucedido la moda de un apartheid sin empacho basado en la extracción del viajero del mayor número de divisas posibles. Los razonamientos económicos se escudan en imperativos coyunturales que cubren disposiciones leoninas y robos manifiestos. La demanda de codiciables divisas, del especial papel que sirve para adquirir mercancías de importación en tiendas especializadas o productos locales inalcanzables, decrece cuanto mayor es la distancia de las zonas urbanas turísticas, pa­ra ser inexistente en los innumerables lugares de China en los que no han visto jamás ni a un extranjero ni ese tipo de billetes. Pero en Pekín, Datung, Xian, hay furia por adueñarse de ellos. Llueven los asaltos tanto por cuenta del Estado como de los particulares, que rivalizan en la técnica de desvalijar al viajero, ya sea escatimando billetes del fajo, según la conocida maniobra del fullero cambista, ya sea exigiendo con toda la autoridad del funcionario pagos en dinero turístico. El apartheid respecto al occidental apa­rece en las ventanillas separadas para comprar la entrada, en los mil canales diferenciados que, paradójicamente, coinciden con los de la clase dominante en la calidad si no en los precios, privilegio exquisito en un país donde un billete de tren obtenido sin homérica lucha, un visillo, una sábana

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limpios, un comedor cuyo suelo no esté cubierto de desechos y las mesas de pringue y huesecillos, es un lujo.

El plantador de árboles y su pájaro miran por la ventanilla. El desierto, el desierto.

El desierto recordó a Vera a Ma Ren y sus lentos relatos de soldado.

Desde un lugar distante, Ma Ren recordó el desierto y su propia figura, agrandada, como por el agua, por el gran volumen de tiempo pasado.

–   ¿Cómo es el sur?

Ma Ren se sujetó la gorra, la gorra del Ejército Popular de Liberación de la que se sentía orgulloso y que le estaba grande; todo le estaba grande, hasta el fusil y el caballo. Ma Ren acostumbraba, galopando a la par, dirigir a veces esas preguntas a su compañero, y volvía hacia él su rostro extraño que delataba una mezcla de las fronteras. Mientras, mantenía las riendas con unas manos ya suficientemente crecidas.

–   El sur es… lo que esto no es -le dijo el otro con un
movimiento de los brazos-. Cuando terminemos completa
mente con los bandidos y los reaccionarios y los señores de
la guerra podrás ir al sur.

Cuando se soñaba a sí mismo Ma Ren se veía así, con las manos cruzadas sobre la silla y totalmente lleno el corazón de pensamientos futuros, de fuerza. La estepa, las yurtas eran la negación misma de un mundo propio de hombres y no de águilas, piedras y bestias; un mundo de casas, campos y verdura, con acequias lodosas y como límites el ladrido de perros. Las mujeres de la estepa les miraban sin recato cuando dormían envueltos en su manta pero a él le daba igual, toda su energía se había ido por otros caminos, estaba sacada del pan ácido que recibía como ración de niño y que alimentaba su deseo tenaz de asistir a la escuela, kilómetros arriba y abajo, bocados escasos que quemaba en la forja de su voluntad. Los compañeros lo llamaban estudiante de pan y agua, pero era fuerte, fuerte para lo que él quería.

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  • Esperas aquí, con los caballos. Pueden esconderse en esas casas.
  • No; no vas. Obedeces como un buen soldado. Y guardas bien los caballos, sin ellos nada podríamos hacer aquí.

Ser tan joven se le hizo de repente interminable. Sin embargo ¿quién de los estudiante ricos, que comían verduras y carne y dormían la siesta mientras él, falto de libros, apren­día las lecciones de memoria repitiéndoselas una y otra vez, quién de ellos se hubiera atrevido ahora a esbozar en su presencia una mueca de burla? Ni siquiera su padre le haría otra cicatriz como la del muslo. Su batallón era el primer grupo de personas que no le había golpeado jamás. Por la noche estudiaba, en los descansos estudiaba, aprendió es­trategia militar y cómo tratar al pueblo, aprendió política y estudió la geografía de la zona, retenía según la costum­bre de los años sin papel y sin libros; ellos le felicitaban por sus progresos.

Pero nunca fuiste al sur. Campesino pobre, joven soldado, durante la Revolución Cultural por primera vez tu te­nacidad dejó paso a una insospechada y agresiva violencia (le cogiste a aquel intelectual de familia fácil, de vida fácil; en tu puño ante sus ojos, en tu delicia ante su miedo lle­vabas concentradas expresiones tan largas que sólo podían resumirse con un gesto); el carnet del Partido en tu bolsillo era mucho más grande que el fusil, era poder. Saltaste sobre esos intelectuales. Y saldaste, no lo suficiente -¡si hubieras sabido!- una cuenta con Xei Wen.

Arrinconado luego como tantos otros, hundido en el olvido burocrático de la pequeña ciudad, intentaste, sin nin­gún éxito, pese al carnet del Partido, obtener un puesto en las comisiones técnicas de modernización, recientemente formadas, que iban a conferencias y pasaban semanas en el extranjero, que disfrutaban incluso de reciclajes de dos años en ese mundo occidental devenido súbitamente maestro. Descubriste que habías perdido el paso de la cresta de la ola, que en tu carnet del Partido la fecha de nacimiento era vieja.

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Ma Ren no estaba seguro de que entre esa juventud que parecía no pasar nunca y el fin de la madurez hubiera transcurrido realmente algo. Entre fantasmas de deseos, de cartas, de fotos, de proyectos, descubrió sin embargo que había perdido el tren de la modernización, que jamás obtendría becas para estudiar Química o Biología en París o en Estados Unidos, como estos jóvenes que ve con camisetas estampadas «Washington D.C.», estos jóvenes semejantes en algo a los del colegio de su pueblo.

Vera se hundía en las distancias del país lejano por los mismos surcos que habían dejado los relatos de Ma Ren.

Al este China. Al oeste el desierto. Las últimas torres de vigilancia de la Gran Muralla, las grandes catedrales budistas semienterradas por la arena y la apoteosis de sus apsaras de todos los colores en el fondo sombrío y fresco de las grutas. Kansú como una cuña del verde al pálido amarillo de la arena, lamida por el Huang Ho, y la ciudad de Landchow como un largo oasis junto al río, aprisionada entre los farallones y sus márgenes y deslizando entre ellos su blanda materia urbana. Kazaks, uigures, tibetanos, huis, mongoles, manchúes, mujeres con el pelo alzado en grandes rulos espesos rodeados de cintas y cuentas, musulmanas con un complicado velo monjil que recoge el cabello y se aprieta luego bajo la barbilla y que, en China como en cualquier parte del planeta, tienen la marca de sumisión y opresión canina de todas las mujeres del mundo islámico, hombros más inclinados que los otros, pasos más cortos.

Landchow se deja querer, no reniega de su carácter de ciudad de paso, es fácil orientarse por sus calles limpias, tanto por la fachada nueva, espaciosa, como por la parte más tradicional que, detrás de aquélla, se amolda al terreno escalonado. El cuerpo se acomoda instintivamente a sus dimensiones entre la metrópolis y el pueblo, asiste a la caída de la tarde fastuosamente roja, esquiva por la noche las bicicletas sin más luz que la brasa del cigarrillo del conduc­tor y deambula a tientas entre las parejas amorosas y los vendedores de leche cuajada y de fruta. Figuras grises en un mundo todavía de luz gris, individuos, grupos que ha­cen gimnasia lenta al filo del amanecer en las plazas, por la

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calle, movimientos que imparten perdida gracia a cuerpos ajados, gruesos, anónimos. Y, entrado totalmente el día, las inestimables piezas del museo provincial, motivos que atraviesan serpenteando los siglos y se repiten en vasijas y grabados: dragones, trípodes, caracteres gráficos. Aquí está, como las pirámides y Mona Lisa, uno de los al fin te veo del viajero: el caballo volador de los Han, apoyado el casco en una sorprendida golondrina, símbolo de la libertad que ha venido a nacer en un país centenariamente poco libre. Bronce inquieto entre los ejemplares disecados de la flora y fauna, los animales, granos, maderas y frutas de Kansú, la iconografía revolucionaria que relata los misterios de la Gran Marcha y dibuja sobre la cabeza de Mao un halo. Muestras del panda gigante y del mono dorado, del rui­barbo, las plantas medicinales y las flores, fotografías de los campos de lino y del paso de Hinzia, de las gargantas que han visto discurrir comerciantes, peregrinos, nómadas, soldados del ejército rojo, caballos en los que galopó Ma Ren.

Pero nadie galopa dos veces en el mismo, exactamente el mismo caballo. Tiraste la gorra en el suelo y comiste la pasta de harina y el té mirando la gran estepa pedregosa que parecía no iba a acabarse nunca. Admiraste aquella raza de caballos terca y sufrida sin la cual hubierais quedado amputados de pies y manos.

– Ma Ren, anota lo que nos han dicho del camino. Anotado junto a este mapa. Calcula las distancias.

Ma Ren calculó cuanto le dijeron y luego se echó a dormir con los otros, protegido en una quebrada del viento y del sol.

Al principio pensaste que era una granizada, esas tor­mentas frecuentes que barrían la estepa a veces dejando luego, en pocos minutos, el cielo raso. Sólo cuando explotó un terrón de tierra unos metros más allá te diste cuenta de que eran balas. El jefe te empujaba la cabeza a cubier­to y te alargó para recargarlo el pistolón grande y pesado que tú le envidiabas. Mientras los cubríais, la mitad del pelotón corrió hacia la izquierda. Los disparos cambiaron

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de lugar y eran primero pocos, luego una respuesta abundante, silencio, gritos, una detonación sola, os dieron orden de salir y correr hacia allá en semicírculo por la derecha. Viste a uno de ellos que venía, sin veros, en vuestra dirección. Había mucho polvo y de nuevo disparos. El otro se detuvo, creíste que suplicaba de rodillas, antes de caer, pero cuando pasaste junto al cuerpo viste que simplemente era de pequeña estatura. Tenía tu edad y procedía del sur. De espaldas pensaste que podía haber sido un japonés de aquellos que habían quedado rezagados y que se suicidaban a su modo corriendo y disparando hacia el primer blanco posible. Algunos de tus compañeros aseguraban que aún existían muchos de ellos.

El sargento no quiso poner en una pica las cabezas de los muertos y discutió, mirando el mapa y las notas de Ma Ren, un nuevo plan para el día siguiente.

El té, que Vera sorbe bajo los árboles del jardín, tiene frutas de colores, especias y un gran trozo de azúcar cristalizada. La mañana rezuma tónica sequedad del aire, conversaciones de hamaca en hamaca, tratos y propuestas, pequeño comercio, proyectos y redondos brazos de muchachas. Un sorbo de té… Lanchow, donde estuvo Ma Ren.

Y ahora…

Así pues la muerte existe. Muerto el trozo de vida de la China de hace quince años, absolutamente muerta aquella experiencia, aquellas sensaciones. Onda en el tiempo, como Vera, como Ma Ren, como el coche que de madrugada se detiene a la puerta del hotel, como la seña expeditiva de los policías, como el rostro estólido del conserje, como las niñas que desfilan cantando las alabanzas del Presidente. Onda pasada de percepciones y gestos que nadie puede volver a recuperar. Así que la muerte existe, como el mosaico de vidas y muertes que es lo cotidiano, el presente. Un parpadeo de existencia y de no-existencia que sin duda los budas entrevieron. China, como Budapest y Taiz, son la muerte, sus vidas otras vidas, lejanas en la onda del ser.

El parque de la Pagoda Blanca, en la colina, contiene múltiples escaleritas, rampas, pabellones, templetes y zo-

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nas de reposo con, abajo, el barrio musulmán, la mezquita, y las anchas, intensamente amarillas aguas del Huang Ho. Color del sol, sabor de altura, de fresca sombra, cielos variables, arrebolados, barridos de la pelusa del vapor.

  • Le vendo esta caligrafía.
  • ¡Manzanas, melocotones, peras!
  • Cambio, cambio.
  • Esta es una pipa antigua.
  • ¿Taxi?
  • Le cambio la pipa por su mechero.
  • ¿Cuánto vale una televisión en Europa? ¿Y cuánto vale en Japón?
  • Rápido, que puede venir la policía. ¿Cuántos dólares cambia?
  • Rápido, rápido, ahí atrás. Rápido. Ah, oh, la policía.

–  ¡Maldita sea -grita el turista francés-, me han timado!
Y luego confía a Vera su amargura.

–  Para mí es un golpe duro, todo este consumismo, esta
copia de la sociedad capitalista. China era otra cosa.

Y, con manos de cuarenta años, se frota las sienes, se atusa el cabello y sonríe en un rictus entre la melancolía y la neuralgia.

–  Esta ridícula parodia de Hong Kong…

Se mesa los cabellos, ofrece fuego a alguien que le devuelve el mechero con cierta reticencia. Hay un soldado joven con su hermana y su madre, turistas, gente de la ciudad, viajeros de paso.

Adiós paraíso, piensa Vera. Ahora China es real. Antes no lo era, era una utopía, un monstruo de feria ideológica, reducida a una proyección de esperanzas e ideas, lo mismo que antiguamente comprimían y estrujaban entre bandas los pies de las mujeres. Ahora es como si se hubiera levantado la tapadera de una olla a presión y pululan ofertas, demandas, arreglos, pequeños negocios, ropa que intenta, atropelladamente y a golpe de nylon, tacones y medias alcanzar a la moda del lejano occidente y a la cercana Hong

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Kong. Muchachas en pleno julio empinadas en zapatos de vestir y asfixiadas con medias, hombres con un modelo de tacón alto y grueso adaptado a sandalias y zapatillas, increíblemente hortera. Afloran a la vez la realidad, la afabilidad de la gente, y el mercado negro, el aumento de la criminalidad y el de la sinceridad al hablar de temas que en el anterior infierno de virtud se daban por inexistentes. Queda el temor, los islotes de sombra, los mendigos, el pobrísimo alojamiento, la promiscuidad y la suciedad; queda, desde luego, la dictadura de un partido único. Pero el país es tan grande, tan diverso, la población tanta, que el control tiene sus límites. Los límites en los que se detenían antes las contadas visitas oficiales.

En estos años, por primera vez, cruzan provincias hasta ayer zona cerrada, corrientes de extranjeros. El chino siente hacia ellos la repulsión física respecto al animal ajeno, a su olor fuerte y a su aspecto insólito -la piel peluda, el cabello fino, los ojos claros, la nariz prominente porque el rostro del extranjero es anguloso y no plano como el suyo-. Pero el vecino de tren ofrece de su comida, el de la calle orienta. Y para la mayoría el occidental ya no es el fenómeno de feria que atraía multitudes.

El turista francés piensa que ha corrido mucha agua des­de que, durante su primera visita a Shanghai, alguien le ofreció a escondidas hacerle un retrato rápido a cambio de unas monedas.

  • Me indigné. Era la primera muestra que habíamos visto de comercio privado. Estábamos dando un paseo después de la cena, tras la visita a la fábrica por la tarde y a la cooperativa agrícola por la mañana. Me indigné tanto que hasta pensé en denunciarlo. Como al chófer y al sastre cuando compararon sus sueldos con los de Occidente.
  • ¿No exageraba usted? -preguntó Vera.
  • Me llevé un disgusto. Era joven y aquéllas las únicas muestras de consumismo que habíamos visto. En cambio ahora… Mire -señala a su alrededor con un ademán hastiado-, mire este desenfreno. Dentro de muy poco estarán todos tragando anuncios, proyectando vacaciones, y soñando

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con coches. Cuando lo de Shanghai me callé, pero estaba seguro de que el tipo de los retratos, el chófer y el sastre pasarían por una sesión de autocrítica y quizás por unos meses, o unos años, de reeducación por el trabajo manual. Limpia los lentes de su cámara. Señala hacia los paseantes y concluye:

– Antes de diez años los tendrá usted agolpándose en unos grandes almacenes idénticos a los de París.

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El camino de las sonrisas molestas

Binglisi, uno de los broches de la Ruta de la Seda. ¿Qué tienes que sonreírme, Buda Maitreya, desde tus 27 metros de altura, qué se me hace tu sonrisa encaramada a esa gigantesca estatua, el gesto pacificador de tu palma que ha ayudado a vivir y sobre todo a morir a innumerables seres, que sólo señalaba el camino del círculo?

El camino de Vera es un círculo, el agua laminada del embalse. Sin bebida, sin provisiones, las horas se hacen eternas en el pequeño barco. La caridad de dos familias chinas viene a remediar el descuido de los occidentales que miran con auténtica ansia los restos de los bocadillos de los niños. La madre parte y reparte, empuja con los palillos hacia ellos, sonriente, las verduras y el queso de soja; los trozos de pan, el pimiento y las judías desaparecen, con la manzana escrupulosamente seccionada y los gajos de la mandarina. En la playa, confluyen los visitantes y la nube de niños vendiendo huevos duros, piedras de colores y antigüedades. Los budas, grandes y pequeños, se descarnan lentamente por la rapacidad, la política, el agua y el aire, se reencarnan en barro y paja, sonríen tranquilos con el talante y la postura de las vírgenes góticas, y enseñan, un instante, el increíble don de la benevolencia.

¿Qué tienes que decir, Buda molesto? Tan mayor, tan antiguo y todavía no has comprendido que es tu salvación, tu nirvana, lo que llena este corazón occidental de helado terror, el vértigo de la quejosa gota de agua que es el ser individual disolviéndose en la primigenia y eterna sopa del cosmos armónico. Todavía no has comprendido cuan apegado está este usado corazón defectuoso al diario conciliábulo

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con la sangre, a la comidilla de las vísceras, todas desesperadamente retardando el instante de disgregarse y entregarse a la nada, agarradas al sexo y a la piel, a la piel del pubis con su rojizo bosque y sus canas, sus deseos y sus súbitas frialdades, como un esponjoso escudo frente a la muerte.

Los budas de Binglisi forman un cuidado enjambre alrededor de la inmensa figura central, la que aparece en la distancia como si guardara un desfiladero naturalmente defendido por las aguas del embalse. En invierno las aguas suben y el lugar adquiere especial paz. Durante las tres largas horas de travesía la seráfica matrona china ha hundido los palillos en la deliciosa mezcla de carne y pimiento y lo ha tendido, con un trozo de pan, a las necias y necios vírgenes occidentales, que súbitamente olvidan las mil quejas sobre el individualismo, la xenofobia y el brutal egoísmo de los chinos y devoran. Las grandes manos amarillentas, el cuello grueso y las altas cejas de la madre de familia tienen algo del buda lejano cuyos miembros hubieran cambiado de postura.

– Quiero raviolis y verduras con panceta, por favor.

Ni caso. Ni caso en absoluto. Unidos en efecto los trabajadores de todos los países socialistas, sobre razas, kilómetros, religiones, en la común indiferencia laboral, los empleados chinos del restaurante estatal ignoran a Vera con el mismo desprecio que sus colegas de Bulgaria, Argelia o la URSS. Los figones privados del barrio, escondidos tras los grandes edificios, los figones de callejón llevados por sus dueños, no cierran hasta mucho más tarde, sirven con rapidez en una atmósfera bulliciosa de vaho de comida, tazones de cerveza y vino, bromas e ir y venir de parroquianos. La estación de Landchow es una feroz subasta de asientos adjudicados al brazo más largo que, tendiendo el dinero con su mano crispada, logre introducirse por la taquilla angosta y ha­cerse despachar. Los autobuses urbanos corren veloces y desvencijados. En el hotel alguien distribuye lenta y equi­tativamente la mugre en el suelo de losa con una fregona rala y grasienta. A ritmo semejante, otro frota mesas, sal­seros y sillas con un andrajo negro. Nadie habla inglés en la recepción, nadie apenas en la estación o en la oficina de

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turismo. Los universitarios buscan mejores puestos y además la burocracia local ha colocado al personal por criterios muy otros a la eficacia.

En su tiempo libre, sea la hora que sea, la gente duerme, en cualquier lugar y posición; comen también a cualquier hora y raramente se les ve leer un libro. Juegan a veces al ajedrez chino y antes del amanecer hacen gimnasia y luego se trasladan, siempre con una pequeña bolsa, al trabajo. En los cafés, al caer la tarde, la radio canta horribles boleros chinos mientras las golondrinas interpretan, mucho mejor, su propia canción y los niños, vestidos con gran lujo de nylon, observan, incluso los bebés, con un miedo instintivo a los extranjeros.

¡Ah, los dorados tiempos de la recepción medida, festejada, de los amigos occidentales que venían a ayudar a construir el socialismo!, la opereta de brindis, comité de bienvenida y coche que recorría velozmente carreteras desiertas y hacía sentirse a cada modesto recién llegado un embajador. Vera ha logrado introducirse en un autocar tardío y prehistórico que se rompe a medio camino. Los niños forman corro en una escena por la que no parece haber transcurrido el tiempo. El chófer golpea despiadadamente un motor de los albores de la técnica y chupa con una goma los conductos de combustible escupiendo el aceite. La ma­quinaria anuncia una temblorosa y provisional resurrección, pero antes de echar a andar se impone vaciar el vehículo de los viajeros indeseables que se han introducido y ruegan se les permita continuar. Hay huis, ellos con gorro y ellas con velo negro. Alguno se resiste a descender con laboriosas ar­gumentaciones, suben de tono los gritos. No se llega, como de costumbre, a más. Baja del coche y continúa el viaje. Es un camino de pista pésimo, a través de la masa de lodo ho­radada y excavada de mil formas por el agua, por el viento y por los hombres.

Aquí todavía son tierras de viajes largos, por esos largos pasillos que, como dedos fértiles, apuntan hacia los confines del imperio, a las grandes soledades, a las alturas y a las montañas. La gente se ha hecho a la convivencia y, al tiempo, a la intolerancia de la defensiva, son siglos de lenta

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colonización de los agricultores, de la desesperada tristeza de los funcionarios hanes enviados a miles de kilómetros de su tierra natal; son rutas con el espejeo de la cerámica del islam en algunos de sus edificios y grandes estatuas que se dirían hechas para recibir o dar el adiós.

Un día el ferrocarril dará un salto de gigante a través de los Himalayas y estrechará saludos de hierro con el alero oeste del techo del mundo. Ese día la geografía de Asia sufrirá ciertamente un cambio. Por lo pronto, algo se ter­mina en Kansú, ya muy cerca de donde empiezan los ríos que, mucho más abajo, inundarán, matarán y darán vida a buena parte de China con el espeso fango de sus aguas. En algún lugar, vive aquí todavía el oso panda gigante y el mono dorado y hay bosques de plantas medicinales en los que sólo faltan quizás los ascetas milagrosos de las fábulas.

Y hay pronto soledad, la soledad de las dunas, de las rutas interminables y, en invierno, de la nieve, esa misma soledad que atizaba la feroz melancolía de los chinos, gentes de cultivo, jardín y compañía, exploradores reticentes, cuya cárcel era muchas veces, simplemente, la distancia…

Como lo fue para Xei Wen, pensó Vera, con el corazón estrujado súbitamente por un sentimiento compasivo que se parecía al amor. Para Ma Ren hubo caballos, y una estrella en el gorro, y un carnet del Partido en el bolsillo de la guerrera. Para Xei Wen hubo cárceles, de aire e infinito polvo gris. Todas lo fueron excepto la primera, cuando era un joven guardia rojo que salía de Pekín.

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“Como la garza…»

–   ¡Xei Wen, Xei Wen!

Ella le estaba gritando, sofocada y con un paquete en la mano, al otro lado de la barrera, manteniéndose a codazos en la primera fila junto al empleado que controlaba los billetes. Del pelo tirante hacia atrás se le había soltado una mecha que se pegaba a la frente cubierta de gotitas de sudor.

–   ¡Xei Wen!

Para una muchacha tan tímida como Lin era una actitud insólita, de gran osadía. Xei Wen estaba cansado y notaba velados los ojos. Se había escabullido como un zorro para encontrar un asiento en el asalto al tren, y dispuesto inmediatamente el termo y su pequeño equipaje en torno suyo. Notaba una tirantez extraordinaria en el estómago. Por la ventanilla hizo señas a Lin para que se fuera, pero ella re­petía su nombre y le mostraba el paquete ahora con las dos manos, por encima de las cabezas y los codos. Finalmente Xei Wen, con sus mejores sonrisas y modales, suplicó a los que le rodeaban que le guardasen el sitio, dudó en la puerta con aprensión, hizo señas a los empleados del andén de que regresaba al punto, gritó:

  • ¡Un minuto, un minuto! Extendió la mano sobre la doble verja.
  • ¿Qué quieres?

 

  • Te traje esto -Lin se empinaba con el envoltorio, que le llegó a través de otras manos. Tocó el papel de estraza y la cuerda, pero no los dedos de Lin.
  • ¡Adiós! ¡Hasta la vista! ¡Te escribo!

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Xei Wen retrocedió corriendo con el paquete y una imagen borrosa de su novia, delgada y alta como era, arqueada en su dirección, la boca apretada y los ojos enrojecidos, sin gafas. Verificó que sus pertenencias continuaban en su lugar en el hueco que había conquistado en el asiento de madera. No quiso ya mirar por la ventanilla hasta que el tren arrancó y de soslayo agitó la mano hacia una masa en la que no distinguía especialmente a ella.

– Mi hermana menor, mi hermana menor -se creyó en la obligación de explicar a los que se sentaban junto a él y le observaban colocar el paquete.

«Que piensen lo que quieran», se dijo.

Tomó su toalla y llenó en el pasillo de agua caliente el termo. Se enjugó el cuello y el rostro y luego bebió soplando el humo.

Como el vaho que va despareciendo de un cristal frío, al distanciarse el recuerdo, la irritación y los nervios de la marcha, la imagen sofocada de Lin en la estación era sustituida por otra, mucho más hermosa, de la noche anterior, tras los árboles de la oscura carretera, en la que él había introducido apresuradamente la mano bajo la chaqueta acolchada de ella, buscando entre la telas de franela y el chaleco de lana, para tocarle el pecho, el pezón que en su nerviosismo confundía con los botones de la blusa. Le había tocado un pecho poniendo toda la mano sobre él, luego sobre el otro, mientras escuchaban el crujir de ramas y un motor pesado que pasaba lentamente por la carretera.

Inmediatamente el recuerdo y el traqueteo del tren le punzaron con el deseo del placer solitario, sintió agua en la boca, las manos vacías y frío, pese a lo atestado del vagón. Completó el recuerdo minuciosamente, alargando sus minutos y enriqueciéndolos con la imaginación fruto de una larga práctica. Sería su alimento ¿por cuántos años más? en las duermevelas y en las siestas, con la boca llena de un sabor a harina rancia y a las mismas clases de verdura. El recuerdo estirado, pulido y estirado como una piel, de tanto usarlo. Tenía Lin el rostro terso y unos granitos como los de los niños que le hacían parecer más joven, y era pulcra

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y dulce, repasados hasta los cristales de las gafas, brillante el pelo. Hermosa, sí, hermosa esos días, con esa forma de andar tan elegante y su sonrisa de ayer, de anteayer.

Xei Wen revisó y puso en orden de nuevo sus papeles, la identificación de su unidad de trabajo, el billete y el permiso, el dinero y los bonos, una fotografía de sus padres tras la cual; escondía el pequeño retrato de Lin. Se aseguró de que no se había desprendido la insignia de su chaqueta y de que el diccionario estaba en su lugar.

  • ¿Cuando será la primera parada larga? -preguntó para entablar conversación con su vecino de enfrente. Los dos a su lado ya dormían y la cabeza del más próximo giraba regularmente hasta rozar el hombro de Xei Wen, entonces el hombre, grueso, daba un respingo, se echaba hacia atrás y repetía el movimiento. Su vecino tenía la boca llena de fideos con verdura entre los que le respondió:
  • No antes de que anochezca. Es un tren muy rápido.
  • ¿Usted conoce este tren?
  • Sí, de dos veces anteriores. Mi hija vive en la ciudad. Mi segundo nieto nació en agosto.

«Ha viajado dos veces quizás en un año» -se dijo Xei Wen con envidia.

Pese a la falta de espacio, todos se iban durmiendo rápidamente, en los asientos o acuclillados en el suelo. Alguien roncaba, tendido arriba, entre los fardos del portaequipajes. Olía a carbón y a noche inminente. El vecino también se había acodado en la repisa tras primero carraspear tenazmente y escupir hacia la oscuridad.

Xei Wen quitó la cuerda y el papel de estraza. Había por abajo manchas de aceite y un envoltorio con un chaleco marrón, cuatro huevos duros, pan al vapor, bollos con azúcar y pasta de judías dulce. Era un envoltorio hecho con prisas y la hoja doblada entre los huevos tenía rastros de grasa en los bordes pero las pocas líneas del texto eran nítidas, con la caligrafía, un poco de colegiala pero agradable, de Lin. Xei Wen miró en torno suyo antes de desplegar totalmente la hoja con un sentimiento de desconfianza y vaga culpabilidad. Casi podía oír ya un futuro informe del joven

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instruido recibiendo mensajes sospechosos que, como una viñeta de un tebeo de espías, descifraba apenas en la noche mientras dormían sus compañeros de tren.

No. Lo leería como una carta y de la manera más natural.

En la penumbra, leyó la hoja. Era el comienzo de dos poemas clásicos sobre la separación y la ausencia:

«Como las ocas salvajes que vuelan hacia el Oeste… »

«así mis recuerdos…»

«¿Podría invertir su ruta el río de las montañas junto al que lloro?»

«y llevarte mi imagen y la mano con que acaricio sus aguas…»

Xei Wen completó parte de los poemas en su memoria e improvisó algunos trozos. Eran los viejos poemas chinos del desterrado, del enviado a las salvajes fronteras por el emperador, poemas de amigos íntimos y raramente de mujeres, poemas sin reproches y con la melancolía de un antiguo paisaje. Aquellas antologías, desde hacía años inencontrables en librerías y escondidas o desaparecidas en las casas, flotaban sin embargo, con su hermoso y mesurado estilo, en los recuerdos, incluso en la joven memoria de Lin. El presagio del grito de las aves y su perfil en el cielo hablando de tierras hostiles, de nidos vacíos y de adioses.

«Como la garza acompaña a los inmortales,»

«mi pensamiento… »

Ya era perfectamente de noche. Sin paradas.

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II

EL CAMINO DE LHASSA

 

 

 

Banderas versus banderas

Las hopalandas de los monjes hacen un ruido apagado al entrechocar mientras con sus pasos de fieltro corren co­locando adecuadamente a los devotos para la bendición del lama. Hay una multitud de monjes en la lamasería de La-pulengshi, la más numerosa del Tíbet chino. Los refugios de los tibetanos tienen siempre, ya sea en Leo Ganj, en la India, en Nepal, o en el noroeste de China, el mismo entor­no físico y el mismo encanto. Hay una ingravidez del alma orno del aire. Es cambiar de mundo e incluso de clima, de­jar atrás Landchow, sus suburbios chatos y polvorientos, los repetitivos campos, empezar a subir, alcanzar los tres mil metros, pasar los puertos de montaña, y, como si las rocas y las gargantas detuvieran el utilitarismo pastoso de los han, su avance impositivo, así como detienen las nieblas y las tormentas, se entra en un estrecho valle por el que serpen­tean, no las aguas lodosas de estos cursos fluviales chinos que parecen revueltos con azada y listos para la siembra, sino un arroyo de montaña entre laderas escarpadas sobre las que reposan puntiagudas, en un equilibrio a veces in­verosímil sobre la falda del monte, las tiendas tibetanas, blancas y ribeteadas de azul. El cielo se eleva, rezuma aire vivificante, y por la noche se cuaja con todas las estrellas.

Al final está el pueblo de Xie Ho, a tres kilómetros de él un hotel, y entre ambos los templos tibetanos de pare­des macizas en ocre, bermellón, amarillo azufre, coronados por cúpulas doradas. Pero hay en el conjunto la sordina de las religiones perseguidas aunque a la fuerza toleradas. Se echan en falta inmediatamente dos elementos caracte-

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rísticos de la religión tibetana: los instrumentos musicales -trompetas, gongs- y las banderas de plegarias. Las banderas chinas no toleran competidoras.

Folletos informativos y prensa reiteran, incansables, la unidad de la madre patria con capital en Pekín. Esta multitud no tiene nada que ver con los hanes. Los rostros son angulosos y macizos. A veces los jóvenes bonzos, las mujeres y algunos ancianos presentan una extraña belleza que radica en la finura de las líneas mismas del cráneo y la viveza de los ojos. Son probablemente uno de los pueblos más místicos y más sucios de la Tierra, la mugre forma una costra espesa en el excelente y aceitado cabello negro lacio, la ropa no parece lavarse sencillamente jamás. Tienen los tibetanos una alegría extraordinaria, pacífica, tanto más extrovertida cuando se compara con las circunspectas sociedades chinas. Los habitantes de Xie Ho venden en sus tiendas, comen, se inclinan para recibir la imposición de manos del lama. La calle del pueblo forma un bazar de pieles de animales, algunos parecidos al leopardo, quizás de linces; hay ropas, túnicas, joyas, instrumentos musicales, peines, espejos, armas.

Dentro de unos años China será sólo un gran pueblo rural que se industrializa, perdidas sus raíces culturales como lo están ya en la mirada absorta y ajena de los visitantes hanes a templos budistas. China habrá perdido su estilo, visiblemente incapaz de hacer otra cosa que copiar, demasiado tarde para recuperarse de la desculturalización inmensa de la Revolución Cultural. Proliferarán hoteles grandes, rosas y achocolatados, importados por piezas, por diseños, con arañas de cristal y frutas de plástico, sinizados con los pasados detalles que solían aplicarse a los mamotretos de arquitectura soviética, que plasman la pesadez del funcionariado. Pero los tibetanos, como quizás algunos otros, han guardado cierta armonía, cierta belleza real de las que no se nutren sino del arte de vivir.

Tormenta. Llueve en abundancia y el agua arrastra la magia y cierra los postigos de las tiendas. Queda una hosca estructura de ocupantes. Vera se dice que China es todavía una prisión con los barrotes torcidos, alambicados, barro-

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cos. No habrá lamento al dejarla. Tampoco regreso, ni sol, ni esperanza.

La corriente de visitantes locales que fluye desde la ciudad de repoblación de Xining hasta el monasterio de Taer-shi envuelve también en su orla a Vera. El conjunto de edificios religiosos forma uno de los seis grandes templos de la religión tibetana, un ferviente altar del siglo XV, junto al pueblito de Huangchong. Es el lugar de nacimiento de Tsongkapa, autor del «Camino gradual a la iluminación» y que funda en 1409 el monasterio de Ganden. Es el padre de la secta de los Gorros Amarillos, una de las dos principales del budismo tibetano. Los sucesores de este lama superior, cuya línea de reencarnaciones llegaría hasta nuestros días, llevan la reforma monástica a los nuevos conventos de Drepung, de Sera, de Xigatse. En los altares de Taershi, entre las innumerables lámparas de manteca, cubierto de chales blancos y encerrado en pinturas y relieves policromados, el fundador, de rostro más anguloso que la iconografía habitual, ofrece liberación y misericordia.

A poca distancia temporal de la ola de purificación y cambio de la Iglesia europea, también en el otro extremo del mundo el Tíbet vivió su Reforma y tuvo, en Tsongkapa y sus seguidores, sus santas teresas, erasmos y luteros. Era, en realidad, la antigua reacción ascética, ansiosa de las fuentes, de los escritos originales y de la pureza de las prime­ras doctrinas. Quería saltar sobre siglos de ritualización, de simbiosis con anteriores prácticas chamanísticas de la primitiva religión Bon, de compromisos y turbulencias del poder temporal. Lo que no fue óbice para que, a principios del siglo XVII, los reformistas de los Gorros Amarillos dominaran a sus rivales, los Gorros Rojos, mediante una política palaciega basada en parte en la alianza con los gobernantes mongoles. En la guerra de los Gorros, como en la de las Rosas, se recurrió a muy poco santos artilugios. Con habilidad digna de un príncipe del Renacimiento, los superiores de los Gorros Amarillos hallaron los signos de la reencarnación del cuarto Dalai Lama precisamente en un niño de la alta aristocracia mongola.

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Sería, sin embargo, una muy roma visión reducir el florecimiento de los discípulos de Tsongkapa a un oportunismo de influencias. El horizonte moral y teológico que ofrecían era mayor, su mística más profunda. Hundía sus raíces en las fuentes del budismo Mahayana, el del «Gran Vehículo», universalista y redentor, en el que el bodhisatva, el sabio, llegado al estado supremo, renuncia al Nirvana para seguir ayudando a la Humanidad a librarse del dolor. En esta línea de redentores, sufridores y maestros Cristo ocuparía sin lu­gar a dudas su puesto, tras Nagaryuna, el filósofo hindú que funda el budismo Mahayana en el siglo I. a.C. En su escuela se fundieron numerosas religiones precedentes y surgieron de ella poderosas corrientes monásticas.

En los países del Himalaya esta religión se impregnó de tantrismo, el budismo del «Vehículo del Diamante», al que caracterizan el énfasis en la mística, los complicados ritos, el esoterismo y el uso de diagramas geométricos, llamados mándalas, como ayuda para la meditación. Mientras los monjes europeos de la Alta Edad Media reproducen y atesoran manuscritos, sus coetáneos de la «Shanga», el clero tibetano, traducen cantidades ingentes de escritos budistas del sánscrito original al tibetano. Ocurre así que, mientras el Budismo sufre en la India un serio retroceso y llega casi a desaparecer bajo la presión de los brahmanes hindúes primero y del Islam después, sin embargo las enseñanzas de Buda echan raíces y se preservan en las religiones lejanas del norte y del sudeste. Miles de lamas practican en los monasterios la meditación, el control de la mente y la metodología del conocimiento y son la élite rectora de una sociedad agrícola y ganadera, enseñan y aprenden metafí­sica, filosofía, lógica, medicina, psicología, astrología, arte, lengua, literatura. Los monasterios se contaban por centenares y poseían la tercera parte del país, la abadía de Drepung fue el convento mayor del mundo, una auténtica ciudad que alojaba a más de diez mil monjes.

En un país como el Tíbet, de población dispersa, unida por el rigor estricto del ecosistema -que explica tanto la gran cantidad de monjes célibes como la poliandria- y por la integración de la vivencia religiosa en la vida cotidiana,

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la Shanga encontraba su receptor natural. Los monasterios vertebraban a las tribus nómadas, ofrecían al individuo medio algo mucho más atractivo y asequible que la meditación y la metafísica: Le ofrecían espectáculos, ritos con inmensas trompetas y brillantes gorros, danzas totémicas, espléndidas fiestas de disfraces. Le ofrecían entierros y festejos, medicinas y magia, proporcionaban el consuelo del recurso a una instancia mayor y un código de signos, ritos y cantos que humanizaba la vastedad salvaje del medio. Eran los centros de cultura y trato social, entre los arroyos helados y la nieve, y han sobrevivido a las exigencias mongolas, a la ocupación china y a la plaga arrasadora de la Revolución Cultural maoísta. De las faldas de las montañas se eleva el humo de las lámparas de ofrenda, sobre las tiendas de piel de yak las banderas envían, cada vez que las agita el viento, una oración a las alturas.

Vera camina, engullida por la variada corriente de visitantes. Todo el recinto de Taershi es escenario de un carnaval turístico venido de China y, en parte, de Hong Kong; funcionarios hanes y soldados que hacen girar al revés las ruedas de oraciones, ríen, hablan en voz alta recorriendo el interior, manosean los chales de ofrenda y se fotografían vestidos de falsos tibetanos y tibetanas con ropas de colores chillones que alquilan los fotógrafos. Un enjambre de niños vende postales, insignias y recuerdos. Tullidos y vie­jos piden limosna. Todo tiene el sello inconfundible de país conquistado: los jeeps militares y las oleadas de uniformes verde oliva, la evidente ignorancia y escaso respeto de tal público, el reducto tibetano rodeado, en el resto de su cul­tura y las graciosas formas de sus templos, por la fealdad de las construcciones levantadas por las autoridades a su alrededor.

Pasa un gran coche negro con cortinas blancas, salpicando barro; dentro van militares de ambos sexos riendo y charlando. Ahora la permisividad y la economía dejan que los turistas desfilen ante los supervivientes de una cultu­ra respecto a la que la consigna era hasta hace muy poco destruirla y despreciarla. La zona está sembrada de ruinas recientes, menos afortunadas que Taershi. Incluso se deja

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quizás una parte de los beneficios -considerables-de la ven­ta de entradas a los templos para la comunidad lamaísta. Los monjes vigilan, ojo avizor, los billetes pagados por los visitantes y su conducta en los santuarios; hay jóvenes bonzos, ásperos y enjutos porteros, pequeños grupos que traba­jan en carpintería, novicios que llevan enormes recipientes con té y agua, y la corriente de peregrinos que corre, sin mezclarse, entre el río de forasteros. En las calderas de los restaurantes al borde del camino hierven grandes trozos de carne y el aire es espeso de vapor, de grasa y de carcajadas mientras se espuman los caldos y se atrapan con cazos las porciones para verterlas en cuencos. El cielo es blanco y frío, pero una capa de vida late, calurosa, sobre estos escalones de cerca de tres mil metros.

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Beatus ille…

Amanecía y Ma Ren apagó la lámpara de queroseno. Mientras se decidía en luz la penumbra del cuarto, apoyó los codos en la mesa y comenzó a presionar con movimien­tos circulares en torno de sus ojos cerrados.

«El estudio me está comiendo la vista -pensó-. Ya no veo igual de bien».

A su lado tenía el libro extranjero, cuajado de subraya­dos y notas, y la pila de cuadernos con los que se había ido fabricando diccionario y enciclopedia.

Las gallinas picoteaban en la puerta y hubo de barrer con la escoba de ramas los desechos de carbón que le obligaban a tiznarse nada más salir. Sólo iba a casa los fines de sema­na cada quince o veinte días, pero no la echaba de menos, ni a su mujer y sus hijos. Al fin y al cabo su vivienda era casi igual de grande que su habitación actual en la Unidad Tres y allá no hubiera podido en forma alguna concentrarse en el estudio con los dos niños, los comentarios de su mujer sobre la salud de su madre y la comida que ella le servía en los momentos más inoportunos.

También amaba, pero eso no se lo dijo a sí mismo mien­tras cumplía con la higiene matinal, las reuniones del Par­tido y los compañeros, que le respetaban y se mostraban discretos en su presencia, y las tardes sentados en torno a la estufa, con los documentos enviados por el comité local que él iba sacando de la cartera de hule.

Le llamaban, como sabía, el Buey, más por la tenacidad que por la corpulencia, y sus espaldas y sus manos eran, en efecto, anchas y resistentes. A los que alababan su empeño en adquirir conocimientos él solía responder, haciendo gala

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de humildad, que tenía dedos de campesino para los que el lápiz y el pincel resultaban demasiado pequeños. En reali­dad su infancia desaparecía voluntariamente de su recuerdo excepto cuando había una sesión de «relato de amarguras» y, frente a un auditorio entre dormido y lloroso, recitaba las humillaciones del hijo tercero de una familia en el límite en­tre la pobreza y algunas aspiraciones. Eso decía pero, para realmente no recordar, asimilaba sin dificultad su historia al modelo de otros miles cuyos esquemas («Campesino explo­tado», «Sirvienta de terratenientes», «Obrero-esclavo») fi­guraban en todos los libros de texto, y recuperaba su propia personalidad cuando, todavía en las lindes de esa infancia, se convirtió en soldado hijo de los otros soldados, tuvo un carnet del Partido, amistad y compañeros, y apenas volvió a ver a sus padres.

  • Vienen los jóvenes instruidos, Ma Ren -le dijo el coor­dinador.
  • ¿Son muchos esta vez?
  • Media docena. Algunos ya habían empezado estu­dios universitarios y conocen idiomas extranjeros. Podrían ayudarte en esos documentos.
  • No es necesario. Los enviaremos al frente de produc­ción.
  • La unidad tiene ya bastantes obreros. De hecho, varios jóvenes fueron reenviados por la Unidad Dos.
  • Siempre podrán cavar zanjas en el ensanche.

El coordinador calló mientras ambos se dirigían al co­medor y recogían la sopa del desayuno.

Los jóvenes instruidos eran ya menos jóvenes y bastante más silenciosos que los anteriores. Llegaban de otras fá­bricas y otras comunas sin interés en conservarlos. Hacía tiempo que los comités locales, entre sonrisas, procuraban enviárselos unos a otros. Esporádicamente se recibía, desde más lejos, para alguno de los forasteros, el permiso de tras­lado hacia sus escuelas, universidades y ciudades de origen. Entonces el interesado recogía sus cosas con radiante y di-

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simulada satisfacción y, en cuestión de horas, desaparecía como si jamás hubiese existido.

Todavía recordaba Ma Ren su afrentosa derrota cuando, durante la reunión de autocrítica de mediados de marzo, insistió para que no se aceptara el pase de estancia provi­sional del joven cuadrado y alto y que se reintegrara éste a la aldea de la montaña donde llevaba años. Ma Ren ha­bía hecho el breve, pero infalible, discurso habitual sobre la reeducación de las tendencias burguesas y la necesidad de fundirse con las masas campesinas. Y los demás lo escucharon sin hablar pero sin asentir. El coordinador le dijo a la salida:

– Pero ¿no sabes que el hermano segundo de su padre es coronel?

El chico partió y no hubo ningún comentario más so­bre el asunto, muy al contrario, alivio entre el comité. Más grave fue una escena parecida, dos meses más tarde, en la que la muchacha trasladada a una unidad en la periferia de su ciudad originaria del sur ni siquiera tenía parientes en el Ejército ni en el Partido. Tampoco era bonita de forma que hubiera conmovido a algún responsable y logrado con insistencia que le firmasen el papel. Tenía tres dientes ro­tos. Alguien dijo a Ma Ren que, durante el registro de su cuarto por jóvenes guardias rojos, habían descubierto libros de matemáticas en idioma extranjero y editados en Hong Kong. Uno de los muchachos la cogió del pelo y le golpeó la cara contra el borde de la mesa exigiéndole que escupiera sobre las páginas de basura reaccionaria.

Él la había visto haciendo cálculos sin libros, en el suelo. Cuando se discutía sobre el emplazamiento y distribución de las instalaciones del depósito ella resolvió el problema de adaptación y distancias con una rapidez que Ma Ren -que se había pasado cinco días y buena parte de sus no­ches estudiándolo- juzgó innecesaria.

Ahora el antiguo rector de la universidad de aquella mu­chacha, un viejo depurado pero que, al parecer, estaba de nuevo en la Facultad de Matemáticas, aunque no en su an­tiguo puesto, reclamaba a la chica como ayudante, y era

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precisamente la inexistencia de motivos políticos y sociales, la ausencia de conocidos bien situados o de gestiones de influencias hábilmente llevadas, lo que inquietaba a Ma Ren. Como le había inquietado, persistentemente, el mundo de las Ciencias, esos libros sin consignas que parecían despre­ciar hasta las declaraciones del Presidente Mao. Las frías verdades de la razón le dejaban frente a una realidad a la vez segura e infinitamente incierta porque nadie le garanti­zaba la certidumbre. Ma Ren sentía que no era únicamente el esfuerzo de sus noches de implacable estudio y acotación lo que era premiado con las lógicas recompensas. Existía un esfuerzo sin metas, estúpidamente premiado con la rápida eficacia de los cálculos de aquella chica a la que, sin motivo aparente, se permitía regresar a su carrera universitaria y a su provincia.

  • Con los mejores de los jóvenes podrás hacer un excelente trabajo de equipo -insistió el coordinador, de vuelta a su cuarto.
  • ¿Es realmente necesario emplear a varios? -Ma Ren golpeó los libros sobre su mesa-. En realidad el esquema y la traducción están prácticamente acabados; la primera
  • Bien, bien. Trabajas demasiado, lo sabemos. Pero sería conveniente que se revisara entre los miembros de un grupo de estudio. Se querría que todo esté listo para la visita del responsable provincial.

El coordinador se agachó para ajustarse la zapatilla de algodón y continuó en un tono un poco más bajo:

  • Están empezando a pedir resultados, cifras.
  • ¿Cifras?
  • En la ciudad opinan que debe apresurarse el ritmo. La orden viene de más lejos. Está empezando a ser ahora por todos sitios así.
  • Hemos seguido todas las consignas y ampliado las dis
  • De eso se trata. Opinan que ya se ha discutido lo suficiente. Quieren mostrar resultados. E incluso discutir me­nos las directivas políticas.

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–¿Menos? ¿Cuándo, quién las ha puesto en duda? Se han comentado según lo previsto para aplicarlas concienzudamente.

El coordinador se sacudía ahora insistentemente el polvo de la pernera del pantalón mientras añadía:

–No. Ellos quieren decir menos reuniones políticas y más producción.

Ma Ren esperó a que levantara la vista para decirle:

–Entonces hay que mejorar la calidad de la conciencia política para que la producción aumente.

Y, como la argumentación era impecable y de la cantina llegaba un olor tibio a pan y salsa, se apresuraron.

¡Vienen los extranjeros!

Ma Ren se sobresaltó:

-¿Llegaron ya? Que se prepare el banquete de bienvenida y avisen al responsable tercero.

-¿Y a un intérprete… a un intérprete más, aunque tú sepas su lengua?

Ma Ren no quería la cena enturbiada por los problemas de la lengua extranjera, tan distinta a los libros que traducía y tan incomprensible más allá de las cuidadosas frases de bienvenida.

-Sí. Otro intérprete. Somos muchos para atender a todos.

Los extranjeros llegaban con cierto aspecto de desembarcados, pero vestidos para la ocasión. Avanzaban con timidez, sorteando la pila de desperdicios para los cerdos, la zanja y los cables al descubierto de las endémicas averías del bloque número ocho. Ninguno era tan alto como el tipo del norte que distinguía a Ma Ren, aunque uno casi le igua­laba. Ma Ren se había cepillado la gorra y los puños pero tenía a gala presentarse con un atuendo usado y de estilo militar. Decidió que era el momento de acercarse a darles la bienvenida y entonces vio los zapatos estrechos y brillantes de las mujeres y sus piernas hasta la rodilla, con la carne translúcida ofrecida por el tejido satinado de la media, el tobillo pequeño en aquellos zapatos que sorteaban la tierra mojada y los trozos de carbón, vio la ropa ceñida de forma

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que se podía saber por dónde continuaba la línea del cuerpo y cada uno de los movimientos que hacía. Nadie podía vestirse así sin un fin determinado, para representar teatro o parodiar al antiguo régimen. En los extranjeros era como si se tratara de minorías nacionales. Avanzó, dudó ante estrecharles la mano, rozó los dedos de los hombres, inclinó la cabeza rápidamente ante las mujeres y se volvió para guiarlos a todos.

Toda la mesa estaba envuelta en un vaho caliente, con la cerveza tibia y el vino de arroz en torno a platos sin cese renovados. Cada pila de panecillos y empanadas exhalaba, al retirar la sarga, su propio vapor. La mesa brillaba del verde y amarillo de las verduras y el caramelo de las salsas y la carne. Entonces llegó el pescado, como una gema, aparentemente entero y revestido de rojos y de nácar, de costras de cebolla, guindillas y pimientos.

Vera preguntó en qué trabajaban y el joven instruido que sabía inglés tradujo los cargos y ocupaciones del secretario y de Ma Ren.

–¿Y usted?

El joven instruido, no tan joven, dudó y miró a sus su­periores antes de responder:

–Me llamo Xei Wen. Estudio… quería estudiar… empecé a estudiar comunicaciones. Ahora, estos años, aprendo de las amplias masas, trabajo manualmente. Todavía no sé cuál es mi función aquí.

–   Por lo pronto es usted un buen intérprete de inglés. Los otros extranjeros asintieron.

En el vino de Ma Ren se mezcló un sabor desagradable al revolverlo con la presencia de ese antiguo estudiante que había practicado inglés, con la mirada admirativa de los recién llegados, de la mujer que se sentaba a su izquierda y llevaba zapatos brillantes. El secretario era pequeño y de rostro aplastado, cruzado con las arrugas de la mediana edad, sonriente y movible. Junto a él resaltaba sin duda el hecho de que el intérprete era joven, casi tan alto como Ma Ren, y tanto las extranjeras como la muchachita que servía la mesa le miraban con atención.

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Xei Wen se multiplicaba en atenciones a expertos extranjeros y, sobre todo, a responsables, absortos éstos más en degustar y apurar los platos que en conversaciones de cortesía. Xei Wen no ignoraba que las intenciones de uno de los dirigentes eran, desde el principio, enviarle a los trabajos de construcción y que sólo la feliz casualidad de la llegada de los forasteros le había llevado a esa mesa. El arte consistía en no desaprovechar un instante de la excepcional comida, introducir los trozos en la boca mientras todo estaba aún caliente y traducir al tiempo añadiendo amabilidades hacia una parte y hacia otra. Los dos más viejos y el comisa