10/18/26

LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR. Pero no el azul. (Texto, con fotos de la autora)

ÚLTIMO LIBRO: LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR-2026

.LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR-PORTADA Y CONTRAPORTADA. MENSAJE.

LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR.

Pero no el azul

Índice

-Primer encuentro: Andersen ve a Onda. Onda ve a Andersen.

-La historia de Onda.

-De la vida larga, sin alma, de las sirenas.

-El encuentro.

-Delación y condena.

-De cómo vivió su cuento Andersen.

-Clandestinidad.

-Diálogos con Andersen.

-La fuerza del Poder Marino.

-Con la luna llena.

-Los Sabedores de Mutaciones.

-Rebelión y cambio: ¡Poder Marino!-

-Mutación.

-Traición y persecución.

-En la nueva vida.

-Invitación de boda.

-Las tres vidas.

-La condena.

-La última visita a Andersen.

-Boda.

-Las otras gentes del mar.

-Final y principio. Epílogo.

-Odiaba el mar. Pero no el azul.

 

 

Primer encuentro.

Andersen ve a Onda.

A la luz plateada del mar del norte. En las nubes extrañas líneas paralelas trazaban, quizás, en su remota escritura algún relato.

 

Andersen trenzaba, una línea tras otra de cuidada caligrafía, su nuevo cuento y se zambullía de cuando en cuando en historias oídas y aprendidas de las que parecían susurrarse y resbalar por los troncos en los brumosos bosques del norte. Pero también mojaba pluma en caladeros de otros países, en relatos lejanos, fragmentarios, pueriles, filtrados de canciones, los que él añadía fantasía propia, sueños incumplidos, dimensiones imposibles, como la niña del tamaño de un dedo pulgar que al fin encuentra la pareja adecuada.

Andersen rechazaba aquella violencia que afloraba en los cuentos de las gentes del sur y, como la crudeza de su sol, reflejaban la de la vida, con víctimas, dolor y sangre. Esos cuentos eran otros y para otros. Las tristezas de del norte eran las de un mundo enorme, frío y gris por el que pasaba veloz la bellísima y terrible Reina de las Nieves y caminaban niños desventurados y valientes. Sus historias tenían finales generalmente felices aunque a veces la felicidad no se encontraba en este mundo. Y Andersen amaba la belleza, las jóvenes de rubios cabellos, delicados brazos y piel tan fina que podían sentir un guisante bajo siete colchones.

Él no era un hombre agraciado ni adaptado a los usos hogareños pero disfrutaba de su mundo y de cuantos seres lo poblaban; aunque a veces echaba de menos los reales.

En una de esas tardes de inagotable luz plateada, la del verano nórdico, Andersen, sentado en una roca sobre el mar, desvió la mirada del cuaderno y vio a Onda.

No creyó a sus ojos. Volvió inmediatamente la cabeza, seguro de que se trataba del reflejo de alguna mujer a su espalda. Nadie había. Y Onda, que flotaba tranquilamente boca arriba, a unos palmos bajo el agua, como tendida sobre sus largos cabellos, lo miraba a él.

La sirena ondulaba apenas su cuerpo, el torso blanco y la prolongación de relucientes escamas en delicados tonos que alternaban de la franja rosada de la cintura a las sucesivas turquesa, violenta y añil. Ella alzó la mirada en señal de saludo, sacando la punta de los dedos del agua. Y Andersen, con una naturalidad que nadie sino él hubiera mostrado, saludó a su vez, esbozó una sonrisa, le indicó que no tuviera temor y emergiera, lo cual no era necesario porque Onda no estaba asustada de él sino de algunos de su propia especie. Apoyada en las rocas, sobre la superficie, Onda quiso saludar a su vez, con su voz cristalina. Él pronunció unas palabras, Ella mostró curiosidad por lo que Andersen hacía. Él sonrió, mostró el cuaderno y, sin saber qué hacer, le leyó un pasaje. Ella escuchaba como si comprendiera. Repitió unas palabras. Y así comenzó su relación.

 

Onda ve a Andersen

Los rasgos del rostro de Andersen, vistos desde debajo de la superficie del agua donde la sirena reposaba medio escondida por el lecho de algas, le parecían a Onda singularmente dulces. Él escribía, miraba al mar y escribía, como en un sueño: “Había una vez una sirenita…”. Onda tenía una sensibilidad excelente para las lenguas derivada de su agudeza en la captación de sonidos. Aquel hombre la atraía no como el náufrago sino por sus reflexiones y ensoñación en voz alta y por su rostro sin violencia alguna.

Como levantado por un imán, el cuerpo de Onda se fue despegando del lecho de algas, de la fina capa de arena, y subió lentamente, de la manera que sólo los seres marinos pueden hacerlo, hasta flotar a ras de la superficie, mecida por las olas y orlados su cabeza y pecho por los cabellos en los que brillaban conchas. Al tiempo, insensiblemente, Andersen pasó la sutil frontera de sus cuentos a la realidad. Dejó a un lado cuaderno y libros, esperó a que la sirena emergiese completamente con la certidumbre de que ella podía respirar el aire del mundo de arriba, y la saludó con gestos y palabras. Ella respondió de igual manera. Y así continuaron otros días y mucho más tiempo.

-¿Para qué son tus libros?- preguntó Onda.

-Los leerán otros. Quedarán.

Ella reflexionó, tomó un puñado de arena, lo soltó. Los granos se dispersaron en una nube fugaz.

-Yo también quiero quedar, no como esto. Quedar yo misma. ¿Quedarás tú?.

Andersen dudó antes de contestar. Luego le dijo:

-Muchos humanos creen que tienen alma. Sale de su cuerpo al morir y permanece.

-¡La quiero! No la tengo. Duraré trescientos años, según vuestra medida, [1]y luego …como esta arena- cogió y dispersó en el agua otro puñado.

A Andersen lo conmovió su tristeza, que parecía manar, mezclada con las gotas que los salpicaban en el acantilado, de sus brillantes e irisados ojos con pestañas muy largas.

-Tal vez existe alguna manera-le dijo para consolarla-Consultaré los libros.

-Hay algo más-Onda dudó- Un hombre al que me gustaría volver a encontrar-

Y le relató brevemente la historia.

 

[1] Unos tres mil seiscientos ciclos lunares es la duración de la vida de las sirenas.

 

La historia de Onda.

Pero su historia, su especial historia, no había comenzado ahí. Simplemente el último relato había venido a enlazarse con sus monólogos antes solitarios, cuando daba curso a la libre corriente de sus pensamientos

-Subiré. Subiré a la superficie. Apartaré de mi camino a los que han escondido el libro verdadero, donde Andersen me leyó, desde la roca de la escondida cala donde yo solía reposar, el que podía ser mi destino y el precio que tendría que pagar por ello. Desoiré las voces, el confuso tumulto de voces que suben desde abajo y, mezcladas con el ruido de las olas y de los pájaros, quieren distraerme, retenerme, amenazarme. Nada podrán. He escuchado bien, y me he sumergido luego para pensar, comprender, aceptar o rechazar los años que vengan.

Y, lo más difícil, ese final impredecible, luminoso y oscuro, ambicioso, espantoso, al que incluso llaman muerte si Andersen y sus promesas me fallan. Más allá de la playa hay enemigos que escriben otros libros de los que es posible que yo formaré parte. Y nada borrará, como si fuera arena, mi vida.

Onda sacudió con furia su larga cabellera, de un rubio verdoso, mezclada con algas y adornada con conchas y delicados cadáveres de anémonas y estrellas de mar. Uno de los peines incrustado de pulidas escamas que brillaban con diversos tonos según les daba la luz se desprendió sin que la sirena reparara en ello. El océano era grande pero se le hacía pequeño porque no la llevaba donde ella quería. Era demasiado vasto, indefinido. Había visto las naves, los bordes de su mundo conocido, donde empezaba la tierra, las ciudades y casas de los hombres. Y tenían caminos, principio y final.

Poco antes le habían dicho:

-¡Ven, hermana, ven! Hay una cuerva estupenda que hemos encontrado, y allí un cementerio de ostras con sus perlas; los reflejos son preciosos, mejores que los que nunca hemos visto, tonos de rosa, semejantes a los que se reflejan cuando la gran estrella amarilla del cielo de los hombres se hunde en nuestro reino y manda colores como los que nos gustaría tener en nuestras mejillas.

-Ah, sí-terció la hermana segunda, que siempre estaba descontenta pero solía animarse cuando se le ofrecían unos abalorios.-Podemos hacer con ellas collares y cintos.

-¡Nos iluminarán; en el cuello, en el pecho!

-Estamos demasiado blancas- terció otra.-Démonos prisa para aprovechar la luz.

-No voy. Nos vemos luego.- Onda tomó otra dirección y el resto, impacientes por el tesoro prometido, desaparecieron en un agitado y sonoro burbujeo.

Onda, ascendió. Quería ver, una vez más, la estrella de los hombres hundirse en el límite de la superficie.

-¿Para qué subes tanto, sola, a las espumas de arriba? A los tuyos no les gusta, es peligroso. Al Consejo tampoco. Han empezado a criticar tu conducta en alguna reunión. Sabes nuestras reglas. Los espacios están separados por algún buen motivo. Los hombres tampoco vuelan ni se zambullen en el cielo que flota sobre ellos, ni saltan sobre las masas blancas que tapan a veces la luna y los astros, ni  navegan en él.

Rah casi se había enroscado a ella al decir esto, quizás para hacerle sentir la fuerza de sus aletas inferiores, de la que estaba muy orgulloso, y el corte de barba que se había hecho, con tres puntas teñidas cada una de forma distinta.

Rah era un amigo agradable. Algunas veces habían jugado a esconderse entre los corales más blandos del arrecife. Lo que le decía era verdad. Pero la confianza tenía sus límites. Ni él ni nadie sabían de sus encuentros con el hombre que se sentaba al borde de las rocas para leer y escribir historias en un lenguaje que ella, sin esfuerzo porque estaba acostumbrada a identificar los innumerables sonidos del mar, había aprendido.

Onda no cantaba excesivamente bien. En los coros nocturnos de sirenas y tritones solían relegarla al acompañamiento con caracolas.

-Es que no practicas- le decían sus compañeras- Siempre estás haciendo otra cosa, de las que a nadie le importan ni significan comida. Los de nuestro

grupo parecen molestos.

 

De la vida larga, sin alma, de las sirenas.

Cada vez le era más difícil guardar su secreto. Y es que se sentía presa en la inmensidad del mar, del que sólo habitaban una pequeña parte. Porque cuando uno de los suyos, sirena o tritón, actuaba reiteradamente contra las reglas el peor castigo era expulsarlo para siempre al solitario, interminable, desconocido océano, el Gran Verde Oscuro, recorrido tan sólo a veces por monstruos enormes y habitado en sus profundidades por seres sin nombre ni forma conocidos. Nadie había vuelto de tal condena ni ciertamente sobrevivido a ella. O murieron devorados o de hambre, o quizás arrastrados por las enormes corrientes que por él discurrían, por torbellinos que los succionaban hasta el fondo limoso en una caída sin fin o despedazaban limpiamente sus cuerpos no acostumbrados a la fuerza gigantesca de aquellas aguas.

Onda no quería de ningún modo acabar así, ver reducida su muy larga vida, en comparación, según le habían explicado los sabios,  con la de los seres de las costas.

-¿Y luego?. ¿Luego de la vida?- preguntó, porque era una sirena en extremo curiosa que preguntaba siempre.

-¿Luego?- El sabio la miró perplejo. Nadie preguntaba eso. Era absurdo, no tenía la menor importancia. Era como preguntar si estaba bien que la blanca luna dirigiese siempre las mareas. Había que aprovechar los días, disponer de comida abundante,  estremecerse con el roce de otro sexo y encontrar en la disposición de sus escamas, la suavidad de la piel de su torso y los escondidos huecos del placer la excitación que los hacía girar uno sobre otro al capricho de las corrientes. Había que contarse largas historias, sin cantar o cantando, y modular, haciendo sonar al tiempo sus collares, cintos y bandas, llamadas que podían escucharse hasta en lugares muy lejanos.

-De ese “luego” yo estoy cerca- terció la Anciana Consejera, cuyos cabellos se habían vuelto del color transparente de las medusas y su piel gris- Hay el mismo “luego” que todo cuanto vemos. Tras los tres mil seiscientos ciclos lunares [1]nos disolvemos como el resto, como las rocas, la arena, las conchas, los peces y las algas. Se dice que nosotras, si antes no nos han devorado, porque los peces grandes se comen a las sirenas, flotamos, acabada la vida, en la espuma del mar. No te fíes. Igual puedes terminar en el estómago del gran besugo. Ten cuidado. El  “Luego” a ti qué te importa. Te falta mucho.

– Y varias mutaciones. .Estás todavía por la segunda- terció un consejero más joven y que era de la familia de Rah.

Porque las sirenas mutaban. El paso de lo que en la tierra firme se hubiera llamado de la niñez a la adolescencia y el adulto en ellas consistía en notables cambios físicos durante los cuales se retiraban a alguna cueva en la que dejaban los restos gelatinosos de su primera extremidad inferior. Eran entonces, hasta pasadas varias lunas, tiernas y frágiles, apetitoso bocado para los habitantes de las aguas, aunque enseguida aprendían a defenderse, huir y gozar de la protección del grupo. Disponían además, bajo la espesa y brillante cabellera que intimidaba a los atacantes con su halo dorado, de un arma de la que carecían los peces: Eran inteligentes e imprevisibles, podían hacer armas con instrumentos del mar y no actuaban todas de la misma forma.

-Dentro de poco saldremos para la gran migración- le comentó Seh.

 

[1] Trescientos años es la vida de las sirenas.

 

El encuentro

A Onda normalmente le gustaba la idea; desplazarse, cambiar de paisaje, probar alimentos nuevos, contarse unos a otros por la noche historias, conocer jóvenes aparte de Roh. Él atraía, era cariñoso y cantaba estupendamente, pero los demás también podían resultar atractivos. La migración periódica era necesaria para recolección y caza. Nadie quedaba atrás. Sin embargo esa vez ella no reaccionó con alegría. Algo había ocurrido, Onda guardaba un doble secreto del que absolutamente nadie tenía sospecha. Ocurrió el día en que emergió  para ver las naves de los hombres y oyó música y cantos que venían de una de ellas, la más vistosa, engalanada con telas de brillantes colores. Su fino oído distinguió el choque de copas llenas de líquidos rojos y dorados. Bebían los pasajeros y se movían al son de instrumentos. Siempre había encontrado torpes y lentos a los de tierra pero entonces, por vez primera, envidió su forma de pisar rítmicamente un suelo duro, tomarse de las manos, apretarse siguiendo el compás.

Ni siquiera advirtió, absorta como estaba en la contemplación, que cambiaba el estado del mar y que el horizonte, antes despejado, se había llenado de nubes oscuras mientras el viento pasaba de ser una brisa a revolverse alzando las olas en remolinos. A ella esto poco podía importarle. Le bastaba con sumergirse unos metros para hallar aguas tranquilas, pero los ocupantes del barco, en su descuido, no habían arriado las velas ni cerrado compuertas y cuando advirtieron el peligro era demasiado tarde. La nave se zarandeaba sin control y los cantos se tornaron gritos. Comenzaron a caer cosas por la borda. Onda se alejó para evitarlas pero su curiosidad fue más fuerte. Deseaba ver el desenlace de los acontecimientos, si vencerían a la tempestad o la tempestad a ellos.

Venció la fuerza del viento. Desde la distancia donde evitaba ser arrastrada y golpeada por el remolino de duros objetos Onda distinguió entre ellos figuras de humanos. Nunca había tocado a ninguno, con Andersen sólo había intercambiado palabras. La tempestad estaba disminuyendo, la lucha de masas oscuras y relámpagos se disolvía incorporándose en forma de aguacero a las aguas que los llamaban desde abajo.

-¡Voy!- dijo. Y se sorprendió a sí misma por la intensidad de su grito.

Los botes que los navegantes habían arriado parecían de juguete en la inmensidad del mar. Era una nave de gala, con adornos e insignias que de nada servían en casos de peligro. Probablemente se habían fiado en que no estaban lejos de la costa y la fiesta, y el vino, los perdieron. Onda vio pasar, sin intervenir, por supuesto -las reglas eran claras al respecto- cuerpos que braceaban y luchaban por alcanzar maderas que se mantenían a flote. Se sumergió y observó su lento descenso. Vio entonces, al emerger de nuevo, uno que braceaba débilmente y que una ola hizo que la rozara. Enseguida él empezó a hundirse, lastrado por el peso de vestiduras con más adornos que las de sus compañeros. Se agitaba, no quería morir. Sin saber por qué, muy rápidamente, Onda empujó hacia la superficie el cuerpo que ya apenas se movía, miró un instante el rostro, que era pulido, fino, con la delicadeza de las conchas y netamente dibujado. Empezó a arrastrarlo hacia tierra, desviándose de la población de los hombres y en busca de una cala escondida, de fácil acceso, para depositarlo, observarlo y al tiempo no ser vista. Por sus vagabundeos conocía bien el lugar y donde esconderse tanto de los de su especie como de los de la ajena, para no ser denunciada ni capturada tampoco. En la pequeña playa de paredes de roca pudo, no sin esfuerzo porque, aunque le era posible estar fuera del agua la fatigaba extraordinariamente moverse en tierra, dejar el cuerpo del hombre, que estaba vivo y luchaba débilmente por respirar. El aire se mezclaba en burbujas con el agua en las comisuras de los labios. La sirena pasó los dedos por ese pelo tan fino en la cabeza y sobre los labios y juntó su boca con la de él sorbiendo el líquido que le ahogaba. Era casi de noche, con oscuridad aumentada por los restos de la tormenta. Las nubes flotaban como rocas sobre el mar. Se sintió extrañamente segura y feliz, una felicidad que con nadie hubiera compartido y que no le era desconocida aunque nunca sentida antes con tal intensidad. Era un ser de aventuras solitarias y hallaba en ellas y su peligro un especial sabor, como el de esa vez que nadó hasta el borde de uno de los profundos abismos de la gran cordillera.

Echada junto a él en la arena, Onda no se cansaba de verlo, el hombre todavía inconsciente pero capaz de toser y respirar. Alguno de los maderos parecía haberlo golpeado y ella hizo pasar algas sobre su herida, que no era profunda. Le observó a su sabor. Caía la noche y la vista de la sirena era más sensible a la escasa luz que la de la gente de tierra y podía distinguir con nitidez lo que para aquéllos eran sólo sombras. Miró largamente el rostro del hombre y la atrajo irresistiblemente, además de la firme delicadeza de sus trazos, el tono dorado de su piel y, sobre todo, algo que nunca había visto en su gente: el bigote castaño que cubría su labio superior y enmarcaba la boca. Los tritones podía tener con frecuencia una barba áspera que algunos, según las modas, recortaban y teñían,  pero ninguno poseía aquel trazo de extrema elegancia y finura por el que Onda pasó una y otra vez los dedos. Luego acarició el pelo, que era casi igual, espeso, leve. La fascinaba el color castaño dorado como tocado por la agonía del sol. Comenzó a hablarle en su lenguaje cristalino. Él, en las sombras y aún aturdido por el naufragio y el rescate, apenas oía aquello sonidos extraños mezclados con el ruido del oleaje. Onda pidió a la noche que se detuviera.

Pasó tiempo y entonces empezaron a oírse desde lejos voces; pronto se divisaron embarcaciones con hachones encendidos.

-¡Señor, Señor! -gritaban. Y Onda supo que lo buscaban y también, por sus llamadas, que él era alguien importante entre la población de aquellas tierras. La sirena se escondió. El joven se puso en pie y gritó a su vez. Las barcas se dirigieron a la cala.  la sirena los vio abrazarse con grandes extremos de alegría. Le ayudaron a embarcarse, débil aún como estaba. Observó que él dudaba, dio órdenes, cogió una antorcha y volvió  unos instantes como si buscase a alguien o algo.

-Alguien me ayudó.-dijo él, confuso.

-¿Alguien? A nadie vimos, Señor. Es un milagro, y además sois joven y fuerte. Volvamos. Vuestro padre espera. Le ha sido enviado un mensajero.

Esa noche el joven, agotado, cayó enseguida en un profundo sueño, pero de él surgió un rostro sólo iluminado por las estrellas y por su espesa cabellera rubia.

Delación y condena.

Onda había caído en un abismo más profundo que los de la Gran Cordillera. Así era al menos como se sentía. El vertiginoso precipicio se extendía a todas partes, porque fuera a donde fuese cualquier lugar la alejaba del hombre salvado del naufragio.

-Te ha llegado un mensaje del Consejo.

Se lo entregaron con cierta ceremonia y con extrañeza porque no era habitual que gentes de edad y de importancia, que organizaban las migraciones, caza, suministros y defensa se dirigieran a los del común que todavía no habían sido asignados a tareas de servicio genera

Había más público en el círculo de fina arena y extensiones de coral que lo que ella esperaba, Al acercarse la aturdió casi un estruendo de silbidos y supo que los delfines eran responsables, quizás no sólo, de la convocatoria. Preguntó a tritones y sirenas conocidos:

-¿Qué ocurre? ¿Qué he hecho? ¿Es esto por mí? No puede ser.

-Es por ti. Antes de la migración conviene estrechar alianzas, y los delfines  han manifestado una protesta y necesitamos su ayuda.

-Parece que interferimos en su terreno, y son tan inteligentes como celosos de sus atribuciones y su imagen.-le dijo otro.

-Desde que descubrieron aquel cargamento de ánforas griegas y les dio por guardarlas, exhibirlas y silbar sus alabanzas están de un orgullo imposible.

-No toleran intromisiones.

Onda seguía sin comprender.

La pareja con más autoridad del Consejo pidió unos minutos de silencio a los delfines y luego se volvió hacia las gentes del mar y resumió la historia:

-De las disposiciones de base, que un día acordamos por completa mayoría, dependen nuestra vida, seguridad y planes de futuro., nuestras migraciones, territorios de caza, recolección, abrigo y subsistencia. Y algo que parece tener poca importancia porque no incide en las cuestiones de actualidad, aunque puede ser clave para nuestro bienestar: A diferencia de los demás pueblos marinos, nosotros podemos cambiar con gran rapidez, hacer proyectos, adoptar propuestas, aceptar o rechazar novedades. Esto mientras sepamos mantener los pactos con otros seres del mar y nunca interfiramos con lo que ellos consideran derechos propios. Desde la escuela todos aprendemos y aprendéis lo que podemos y debemos o no hacer, dónde y cuándo.

Hubo un murmullo general de aprobación y de la asamblea se elevó una nube de burbujas mezclada con la arena que removían aletas y brazos.

-No hay transgresión pequeña. De cada uno depende, cualesquiera que sean su edad, sexo y categoría, la supervivencia de todos nosotros. Nuestros pactos deben seguir en pie, inamovibles como las cuevas donde nos refugiamos, los acantilados donde iremos a cazar y recolectar en breve y los anchos espacios por los cuales transitaremos seguros porque nuestros aliados nos avisarán a tiempo del peligro de la presencia, aún lejana  de los Grandes Dientes, los Largos Tentáculos y los Venenos y Muertes Escondidos.

El auditorio, intimidado, guardó silencio, y entonces se escucharon con nitidez los silbidos de enfado de los delfines, que se impacientaban y pedían atenerse a ejemplos concretos y no a generalidades.

El portavoz del Consejo pidió la palabra con apresuramiento. Miró los mensajes que tenía sobre la mesa:

-Esto es un ejemplo, un simple ejemplo de transgresión que puede parecer mínimo, de un miembro sin gran importancia entre nosotros. Pero es un ejemplo concreto de delito, y debe confesarse, denunciarse  y garantizar que no volverá a ocurrir. Nunca.

Y señaló a Onda enviándole un emisario con un manojo de algas rojas. Añadió:

-Ven a explicarlo.

Mientras avanzaba hacia el centro de la zona asamblearia Onda se preguntaba ¿Sabrán todo sobre mí? ¿Se habrán enterado de mis dos contactos?

-Hemos sabido que has recogido a uno de las gentes de tierra que se hundía en las aguas, lo tocaste y lo llevaste a la playa. Los delfines te han visto, ¿no es cierto?

Sólo saben de uno. Nada de Andersen- se dijo. Y respiró profundamente aliviada.

-Sí. Es cierto. Olvidé las reglas, pero fue por poco tiempo, y sin consecuencias. Era casi un cuerpo muerto.

Los delfines volvieron a silbar furiosamente. Querían una condena explícita.

Un tritón de aletas oscuras y collar de mejillones que denotaba su condición de miembro del Servicio de Inteligencia se adelantó para explicar al auditorio los porqués de la gravedad de los cargos:

-Por una parte, se ha infringido uno de nuestros principios fundamentales: Jamás tocar, interferir o hacernos ver por la gente de tierra. Por otra, los delfines hace tiempo que reclamaron, y es conocido y aceptado, su monopolio del salvamento de náufragos. El aquí presente ha traído pruebas, creen que ese rasgo los distingue y no aceptan intromisiones en su territorio.

El delfín aludido hizo señas a dos compañeros, que avanzaron empujando un objeto que rodaba por la arena. Lo mantuvieron en pie presionando por uno y otro lado y la asamblea vio pintado en su superficie, de un tono crema rematado por franjas negras y rojo oscuro, un delfín que salvaba a un hombre de tierra y lo llevaba en su lomo hacia la costa. En la cara opuesta de la vasija jóvenes de apariencia marina mezclada con la terrícola jugaban con delfines mientras hacían sonar caracolas. Los delfines que habían acompañado a su delegación emitieron esa vez sonidos de mucha mayor dulzura y armonía.

-Se consideran elegidos para una tarea de especial significado. Tienen en su zona de refugio un depósito de estas pruebas, en variados colores, tamaños y formas. Con ninguno de los habitantes del mar puede comparárselos. Nadie tocará a un náufrago excepto ellos. Ése es el acuerdo.- explicó el del Servicio de Inteligencia a los reunidos..

Hubo asentimiento general, entrechocar de conchas y se elevaron grandes burbujas de .apoyo a los representantes de una y otra especie.

Su amiga Guera dio un codazo a Onda:

-Sal a pedir disculpas y asegurar que fue un error por ignorancia y no volverá a ocurrir algo semejante.

Onda se apresuró a seguir el consejo, profundamente aliviada porque nada se sabía de su secreto con Andersen y la caída de la noche había ocultado el tiempo pasado con el joven en la playa.

-Nunca volverá a ocurrir. Todo fue repentino, confuso, la tempestad, el movimiento de las olas me echó el cuerpo encima antes de que pudiera comprender la situación y me asusté.

Los delfines eran tan inteligentes como vanidosos. Gozaban exhibiéndose y siempre habían hecho gala de su superioridad sobre otras criaturas del mar. Coincidió su inclinación a las danzas en superfic8ie con el hallazgo, en la bodega de un barco griego, de varias ánforas primorosamente pintadas. En ellas había humanos que eran salvados, y llevados a tierra, por delfines a los que se recibía con grandes honores. No fue un hallazgo aislado, hubo otros, bastantes como para afirmar la superioridad condescendiente de los delfines sobre las gentes de la tierra firme, y, por supuesto, de forma indiscutible, sobre los habitantes de las Grandes Aguas, un territorio mucho más vasto e importante que el terrestre. Las cordiales relaciones con los sirénidos no debían empañarse.

-Escucha, Onda- dijo el portavoz del Consejo-, sabes las normas: Te alejarás siempre de la costa, y si no lo haces te verás privada de la cueva que se te había asignado. Bajo ningún pretexto te aproximarás a terrestre alguno, vivo o muerto, jamás. Además durante diez lunas no se te dará voz en el consejo local.

Era una sanción leve y los amigos que estaban junto a ella, Dugla y Reh, la empujaron discretamente  para que aceptar, cosa que Onda hizo de inmediato porque no tenía otra opción y estaba decidida a no cumplirla.

El portavoz se volvió, acto seguido, hacia los delfines:

-Reconocemos, como siempre, todos vuestros derechos, y aprovechamos la ocasión para agradeceros el apoyo y seguridad que os debemos. Asignaremos a esta sirena las tareas de compensación que corresponden.

El Consejo, que se había dirigido primero cortésmente a los denunciantes, luego a Onda

Te encargarás durante varias lunas de la recolección de moluscos y la limpieza de los aposentos de la cueva grande y depositarás en los rincones más frecuentados por los delfines los pequeños pesces violeta  y rojos que ellos prefieren. Es tarde; se levanta la sesión antes de que emerjan los abisales de la noche.

Los delfines, que detestaban las esperas y la inactividad, se mostraron satisfechos e hicieron, antes de alejarse, una exhibición de acrobacias sobre las cabezas de los presentes. Enseguida. como sirenas y tritones, se apresuraron a despejar un terreno que sabían iba a volverse, durante unas horas, hostil. Todos buscaron el refugio de corales, bosques de algas, piedras y cuevas. En breve, lentamente, arrastrados por la esfera de la luna que se reflejaba en la superficie y parecía sorber a las criaturas del profundo légamo, comenzaron a emergen seres translúcidos, joyas venenosas de peligrosa belleza, peces espinosos que producían luz, espesas concentraciones rosadas de crustáceos diminutos, cefalópodos de tentáculos interminables. Pero ya sirenas, tritones y delfines se hallaban cada uno en su propio hogar.

Sólo Onda estaba dispuesta a buscar, día y noche, no ya, aunque también, al hombre que había acariciado en la cala de la costa, sino sobre todo a Andersen, a quien necesitaba hacer unas preguntas, y, según lo que le dijera y lo que ella por su cuenta averiguase, considerar la nueva vida desconocida, peligrosa, probablemente muy breve, pero hacia la que la impulsaban una necesidad y un misterio que debía resolver.

-Y ahora…la clandestinidad-pensó Onda- Si a menos Andersen decidiera ir de noche…En esa cala ni de día se nos ve.

 

De cómo vivió su cuento Andersen.

Hans había sido siempre un soñador. Había empezado soñando su propia vida desde sus comienzos. Negaba haber sido un niño danés de muy humilde origen destinado a aprender el oficio de su padre. Él fue, lo decía y creía, hijo de un príncipe, o quizás de un barón o un duque. En todo caso de un importante cortesano, y como tal se  fugó con muy escasos recursos a Copenhague, escribió, envió, y logró al fin que se conocieran, leyeran y incluso representaran  sus poemas, cuentos  y obras de teatro. En la severa sociedad luterana, que no se distinguís por su fantasía y pasión, Hans Christian Andersen vino a llenar un hueco donde se refugiaron la sed de ilusión, magia y audaces empresas y aspiraciones de héroes infantiles y adolescentes que jamás se arredraban en su búsqueda de palacios, amor, inmortalidad, humanidad, amigos o tesoros y que desafiaban a magas, brujas, ogros, muerte por la pobreza y el frío cruel y sacrificio de la propia vida por una mejor. Sus héroes se encarnaban en pequeños muñecos enamorados, animalitos en principio desdeñados por sus congéneres y que, sin embargo, al crecer pasaban de la fealdad a la elegancia y la belleza. Fue la niña que se lanza a la vastedad gris e invernal de un mundo hostil, semejante al que había hallado él en sus principios en Copenhague, para rescatar a su amigo del palacio y corazón de hielo de la Reina de las Nieves, el  muchachito que es el únicos en delatar a gritos la desnudez del emperador y el fraude de los sastres, la princesa errante víctima de la tempestad que ve reconocido su rango por la delicadeza de su piel capaz de sentir un guisante depositado bajo siete colchones. Los héroes de Andersen viven en un mundo fantástico pero tienen poca magia, salen adelante con escaso recurso a elementos y objetos sobrenaturales. Simplemente los animan, sean de carne y hueso o de metal, la voluntad, el cariño, una pasión, la fidelidad, no la violencia ni el odio. Son seres con pequeñas o grandes almas o  aspiraciones a ellas, con corazones que pueden encenderse en pechos de plomo, en personajes tan diminutos como Pulgarcita, un ruiseñor, la infeliz cerillera a la que en una noche glacial la llama de la caja de fósforos transporta al fin, dejando su cuerpo atrás, hasta el regazo de la única personal que la había amado, las mágicas armas de sus protagonistas son fidelidades capaces de fundir el hielo y expulsar con las lágrimas los fragmentos del malvado espejo de las fuerzas del mal.

Andersen se lanzó a viajar por Europa y algo por Oriente ,solo y no tan solo porque le iban rodeando jóvenes personajes que, al llegar al hotel, desbordaban los cuadernos de su maleta, le traían historias de los cuentos y sagas nórdicos de su infancia y con ellos compartía sus propias recuerdos de niño soñador de vida difícil y frecuentes soledades en el espacio brumoso de paseos por un campo frío, nevado y hostil.

Copenhague es una ciudad de agua, salada y dulce, engarzada, como las piedras en anillos, en canales y hermosos barrios con un frente de casas alegres y cuidadas que se acicalan en la corriente que fluye a sus pies. Andersen disfrutaba con los largos paseos, caminaba, cogía embarcaciones, proyectaba viajes a países tan exóticos que el suelo estaba a lo largo de kilómetros seco, gustaba de llegar al mar. Allí, en un lugar apartado, fue donde conoció a la sirena.

Él solía leer en voz alta sus poemas, algunos relatos y el argumento de ballets para los que reproducía en la arena escenario y personajes a base de piedras, algas y conchas. Se sentaba en una roca y desde allí veía, su esquema, leía y continuaba escribiendo. La corriente había creado un túnel acuático y una poza honda. Entonces la vio. Onda se mantenía flotando bajo el agua muy cerca de la superficie de forma que escuchaba con atención. No parecía ni asustada ni dispuesta a darse a la fuga, su cabellos de un dorado verdosos formaba un suave lecho bajo su rostro y espalda, Agitaba a veces lentamente su extremidad de pez de un verde turquesa y violeta tornasolado. Los ojos parecieron a Andersen en especial fascinantes: Eran más grandes que lo habitual en mujeres de la tierra, las pupilas ocupaban mayor espacio, el tono cambiaba según la luz y los párpados, casi transparentes,  eran del blanco nacarado de las conchas. Llevaba adornos de perlas y coral, prendidos en un tejido de algas.

Así empezó lo que sería larga sucesión de encuentros. Onda era curiosa y de rápidos reflejos de aprendizaje. A él le sorprendió su agudeza, muy superior a la de las gentes de tierra, en la percepción, identificación y recepción de los sonidos. La sirena pasó de aprender a comunicarse. A veces él o ella se ayudaban dibujando algo en la arena. No se tocaban nunca. Ella podía desaparecer con extrema rapidez dejando sólo un recuerdo de agua agitada y turbia. Aquel largo verano a la luz del estío nórdico se formó entre ellos dos una relación distante pero muy consciente de los límites. Para Andersen no hubo mayor dificultad: Estaba viviendo uno de sus cuentos.

 

Clandestinidad

-No te preocupes por los del Consejo-le dijo Reh-Tenemos algo mejor.

-Hemos formado un grupo de rebelión y cambio. El Consejo sólo tiene viejas ideas, carecen de ambición, planes e ideales. ¡Pero nosotros….! ¡Cuéntaselo, Reh!.

Dugla esperaba, enfervorecida y atenta, las palabras de Reh. Siempre fue así pero Onda nunca se había apercibido porque Reh era su amigo de confianza, sin otros intereses de por medio.

-Es verdad, Onda. Y tú, por tus conocimientos de las gentes de tierra, nos puedes ser muy útil.-dijo él.

Hablaron más y en más ocasiones. La sirena los oía como a través de agua turbia. Sus pensamientos estaban en otra parte como si el líquido que los separaba se volviera cada vez más espeso. En sus fieles amigos tenía confianza pero sólo la del apoyo de tantas salidas en grupo. Peo no les habló de Andersen, ni de la noche con su náufrago. Para todos ella era, y debía seguir siendo, la sirena curiosa y un tanto irresponsable que jugaba a ver de cerca los barcos y las gentes de tierra y que incluso había llegado a juguetear con uno de los cuerpos en el agua..

 

Diálogos con Andersen

Necesitaba hablar con Andersen. ¿Qué habría encontrado en los libros?

-Tengo que hacerlo de noche.

No todos pero muchos de los de la gente marina tienen la facultad de ver bien, aunque no como de día, en la oscuridad. Pertenecían, como los padres de Onda, a los que habían habitado a mayores profundidades. El irisado de sus ojos se volvía de un añil fosforescente sembrado de puntos de luz.. Andersen ciertamente no era así pero eso no importaba.

Desafiando todas las prohibiciones, pero con agilidad y astucia, envuelta en algas, Onda acudió a la Cala de los Cangrejos Rápidos esperando la visita del hombre de la tierra.

A la luz pálida persistente del verano de Copenhague Hans Christian Andersen ordenaba papeles, verificaba páginas de libros, traducía textos esclarecedores. Los apuntes tomados desde diversos puntos geográficos concordaban pero había que entresacarlos de fuentes de lo más variadas, que se inspiraban tanto en relatos de marineros como en observaciones de viajeros o simplemente en cuentos y mitos, sin la menor fiabilidad. Hablaban de seres marinos, nacidos lejanamente de la misma raíz que los hombres y a ellos semejantes porque, como otros mamíferos, se habían adaptado a mar. Su medio, por razones del ambiente y según las diversas zonas, podía hacer variar físicamente a los individuos de la especie con sorprendente rapidez, e incluso algunos autores apuntaban que llegaban, en contados casos, a confundirse con la especie terrestre. No eran ajenos a su manera a un tipo de ciencia capaz de provocar mutaciones, fenómeno nada desconocido en el mar, donde un mismo pez podía desplazar sus ojos o aletas, cambiar de sexo, mimetizarse o irradiar luz.

Lo más interesante era que los seres marinos, aquella extraña comunidad del agua que tenía como ley principal evitar a las gentes de tierra, tenían su propio y y escondido centro científico secreto, si podía llamarse así, donde estudiaban las mutaciones y aspiraban a su control.

Sentado sobre la roca de la Cala de los Cangrejos Rápidos, Andersen sacó los instrumentos de comunicación que poseía, su arménica y una retorcida caracola con múltiples espirales y agujeros que Onda le había proporcionado y enseñado a manejar. La hizo sonar y se sorprendió de las modulaciones. Luego sopló en su armónica. Esperó. Durante unos segundos a cierta distancia, temerosa de que la descubrieran, aparecieron los brillantes ojos de Onda, quien le envió un solo mensaje::

-¡Con la luna llena!.

La Fuerza del Poder Marino.

Mientras, La Fuerza del Poder Marino, como habían decidido llamarse sus miembros, se reunía en un lugar que sólo servía, normalmente, para entrenarse en deportes. Las paredes relucían con fósforo.

-Hemos dejado  un mensaje a  Onda. Será un elemento valioso-dijo Reh.

-Pero debe ser seguro. ¿Y si no lo es?-Dugla se mostraba siempre reticente y descontenta del interés que mostraba Reh por su amiga.

-¡Qué va! La conozco bi8en.

-Mejor la conozco yo; soy su amiga desde la infancia, su mejor amiga. Pero es caprichosa, irresponsable.

-¡Votemos!-propuso alguien.

Lo hicieron, y se aprobó la moción de Reh.

Con la luna llena.

Onda había hecho bajar de la roca a Andersen. Temía alzar la voz a causa del fino oído de los delfines.. Nunca antes ambos habían estado tan cerca. La luna llena blanqueaba el rostro de la sirena, cubierto, a capricho de las ligeras  olas, de espuma. Sus cabellos flotaban hasta el comienzo de su cola de pez.

-¿Has encontrado algo en tus libros?

-Sí, he encontrado algo, pero quizás no te va a gustar, y tampoco sé bien loque quieres.

Ni ella misma lo sabía, pero en ese momento lo supo:

-¡Quiero ser terrestre, vivir con los terrestres, hablarlos, encontrarlos, encontrar al que saqué del agua! Y quiero algo más.

Sacó y esparció un puñado de arena.

-Quiero no ser esto, polvo, a los trescientos años.

La dulce expresión de Andersen, que Onda siempre había apreciado, se volvió aún más compasiva y amable. Él hubiera querido acariciar la cabeza de la joven, consolarla, pero no debían tocarse. Se inclinó y habló en voz suficientemente audible:

-Te explico: Esa mutación sólo te la pueden, quizás, proporcionar los que se cree, por narraciones sin pruebas,  sabios de tu especie. En cuanto al resto, los terrestres, al cabo de un tiempo más corto que el tuyo también se vuelven polvo.

-¡Pero no del todo! Tú lo dijiste. Eso que llaman alma…

-Eso sólo es, probablemente, también un mito.

Andersen no quería engañarla, ni tampoco privarla de su ilusión.

-¿No has encontrado nada más en los libros?

Onda se aferraba a la esperanza, no quería morir, de forma alguna. Si otros mutaban ¿por qué ella no lo haría?

-¿Consiguen algunos esa “alma”? ¿Qué hacen?.

-No lo sabemos. Lo creen, hacen buenas, grandes obras….Hay otra cosa que encontré en los libros que debes saber: Parece que la mutación es difícil en tu especie, dolorosa, peligrosa. Hay que pagar un alto precio, muy alto. No se dice cuál.

-¿Tienes “alma” tú?- Onda aguardó impacienté la respuesta, que se hizo esperar-¿Has hecho esas grandes obras?.

-He hecho…He hecho…Mi alma es esto. Puede que no sea nada más, no sé.

Andersen  le mostró los libros y cuaderno que llevaba en la mochila:

-Son pequeñas almas, seres pequeños: Pulgarcita, el patito feo, el soldadito de plomo, la pequeña cerillera, el ruiseñor, la bailarina de las zapatillas rojas, la princesa del guisante, la niña judía, Kay y Gerda que vencieron a la egoísta Reina de las Nieves…Ellos tal vez no mueran.

-¿Y tu alma?

-La mía no sé. Pero tú…

Andersen había caído en una especie de breve ensoñación que se sacudió enérgicamente. Debía animar a la sirenita.

-Tú es posible que consigas lo que quieres si lo intentas. Si no lo intentas no, ¡Hazlo!. Mientras, yo guardaré tu alma aquí-abrió y cerró un cuaderno como si la apresara en sus páginas-y estarás segura.

-Buscaré a los sabios de las mutaciones. Ellos tendrán un alma que darme. Quédate con la caracola.

Y la sirena se sumergió en aguas más profundas cuando la luna ya rozaba con su disco el borde del horizonte.

Los Sabedores de Mutaciones.

–¿Así que quieres cambiar, quieres mutar quién sabe a qué?

Onda escuchó, con sorpresa y alarma, el tono banal  con el que aquel tritón pretendía iniciarla en el proceso secreto a cuyas estancias había sido conducida, no sin esfuerzo y por múltiples contactos.

Era una sucesión de cuevas artificiales revestidas de un camuflaje de roca, algas y pólipos. Se llegaba por pasadizos y, para su sorpresa, estaban brillantemente iluminados por globos translúcidos de filamentos de medusas rellenos de una de una sustancia a veces blanca, a veces amarillenta y a la entrada de la última puerta azulada.

-Sé lo que quiero ser-se atrevió a decir-Quiero….

-¿Ser lo que hace millones .infinitas lunas, fuimos?

La respuesta había venido de un tritón más joven que había entrado sigilosamente desde un pasadizo lateral. Llevaba documentos, muchos documentos apilados en fajos de diferentes colores.

-No entiendo-balbuceó Onda.

-Puedes sernos muy útil y conseguir tu propósito. Estamos investigando la regresión-dijo el resuelto joven. Y ambos tritones, a los que se unió una sirena de mediana edad, se pusieron a revisar el material.

Entonces, quizás compadecido del horrorizado gesto de Onda, le alargó unas láminas para distraerla.

-Así fuimos.

Era como una historia infantil, dibujos de gentes de la tierra en un paisaje sin ciudades, con animales muy grandes y extraños árboles . Los terrestres bajaban de montañas y bosques, se refugiaban en cuevas, devoraban carroña y frutos y un extenso grupo acababa buscándose el sustento a la orilla del mar. No se detenían allí. Como otros animales de distintas  especies, descubrían en las aguas riquísima y sobre todo fácil fuente de alimentos y con ellos prosperaban, se hacían fuertes, hallaban sabrosos moluscos y grandes bestias que ellos cazaban en grupos, amasaban algas. Avanzaron cada vez más océano adentro, hallando en el mar refugio de los ataques de terrestres devoradores. Y sus cuerpos y pulmones fueron moldeados por el agua. Hasta ser como Onda era.

-¿Tienes miedo?-le preguntaron-Puedes no intentarlo.

El viejo le cogió las manos:

-Creemos que saldrá bien. Serás similar a ellos en todo. No eres la primera, ni el primero, que lo int3enta, pero se mantiene en secreto.

-¿Y viviré lo mismo que los terrestres’

-Vivirás mucho menos que nosotros. ¿Estás segura de que es lo que querías? Será el precio.

-Es lo que quiero-dijo Onda co0n voz segura, y añadió `para sí “Y viviré, quizás, mucho más porque un alama volará de mí.

-Todo se acelera aquí abajo, no es como el mundo de tierra. El agua, las corrientes y sustancias producen grandes efectos. En los casos difíciles se recurre a las profundidades, a lo que se halla en sus montañas y llanuras, pero es muy peligroso y sólo a veces se obtienen resultados, pocos intermediarios son  capaces de bajar hasta ahí.

Onda escuchaba atenta. Estaba muy asustada pero no quería aparentarlo. Había tenido que entregarles, como adelanto, todas sus perlas y ni siquiera estaba segura de que la arriesgada empresa saliera bien

-Quiero ir a tierra, mezclarme con ellos, tener su cuerpo..

Lo había dicho de un tirón, sin planearlo. Sólo al pronunciar aquellas palabras vio en su mente materializados sus deseos. Así debía ser. Si lo pensaba más nunca lo haría, no tendría valor, la retendrían mil cosas. No miró la parte inferior de su cuerpo que iba a cambiar radicalmente. Buscaría al náufrago (Andersen le había proporcionado algunas  indicaciones), probaría los olores y sabores de la tierra. Allí ciertamente también habría joyas como perlas. . Y a los trescientos años no sería polvo, tendría un alma.

A nadie confió su secreto. Es más, aceptó la propuesta de integrarse en el Grupo del Poder Marino y acudir a las reuniones para no levantar sospechas. Iba a la serie de recintos rocosos de los Sabedores de Mutaciones con extremo sigilo, a horas intempestivas. Disimuló con corales la ausencia de sus adornos de perlas.

Ella lo ignoraba pero los Sabedores de  Mutaciones no actuaban de forma desinteresada, ni siquiera por las perlas. Era inusual que un ejemplar joven de la especie quisiera arriesgarse de tal modo, la curiosidad científica los dominaba. Era raro poder disponer, para una mutación experimental importante, de alguien así.

Cumplieron, sin embargo, con la ética informándola bien de los riesgos, que Onda aceptó  sin pestañear: Podía convertirse en un monstruo, quedar inválida, cambiar de sexo, morir, hacerse vieja súbitamente. Ella asintió. Era el precio. Lo haría.

 

Rebelión y cambio: ¡Poder Marino!.

El grupo había aumentado mucho en poco tiempo, observó Onda. Todos parecían entusiasmados, Dugla la primera. Reh, más templado y con mayor autoridad visible, los organizaba y planeaba escenarios de actuación.

-Propuestas. Finalidades. Oíd: Vienen aquí y ahora el momento de un cambio radical. Los mares ocupan la mayor superficie del planeta. Nosotros somos inteligentes, hábiles y numerosos. ¿Por qué debemos limitaros a las fronteras de litorales?.

-Sí. ¿Por qué? Som0s muchos. Somos mejores.  Nuestra raza es más antigua, adaptable, fuerte.

Resonaron numerosas voces:

-¡Demostraremos nuestro poder!.

-Los viejos nada saben, ni sus acuerdos y documentos. Valieron en otro tiempo.

-¡Anulemos el Acta General de los Acuerdos!.

-¡Repartamos de nuevo, por grupos y clanes, el Depósito Igualitario!.

-¡Todos somos ahora el progreso!.

-¡Todos los que estamos aquí!

-¡Viva el Progreso Marino!-

A Onda la aturdía el conjunto de voces cada una intentando imponerse a las otras. Estaba distante, sumergida en su propio cambio esencial de vida. Afortunadamente los reunidos se dirigían poco a ella.

–¿Por qué estoy aquí? Pensaba. No lo sabía, pero estaba porque se la había destinado a un fin preciso. Conocía por amistad, trato, , fiestas, salidas juveniles, a casi todos los asistentes pero no parecían los mismos; eran distintos, como si hubieran sorbido alguna droga semejante a las que se preparaban con el alga violeta, las pequeñas babosas de profundidad o aquel polvo carísimo que cuya fórmula se mantenía en secreto.

Un día tuvo la palabra Inger, el redactor de los estatutos del G P M, Grupo del Poder Marino. Había sido siempre un joven sin gran relevancia y escaso éxito con las de su edad pero había cambiado radicalmente.

–Ahora me conocerán-se dijo- Seré el mejor.

Y fue haciéndose la mano derecha de Reh, siempre dispuesto a ir más allá en la radicalidad de sus propuestas.

Aquel día respiró profundamente, se rodeó de un halo de burbujas y dijo:

-¡Todos deben guardar el secreto de su pertenencia al GPM, de sus planes y deliberaciones!. Quien lo infrinja-aguardó unos segundos. La asamblea calló expectante-será juzgado por el Comité y condenado en función de la gravedad de los hechos.

Reh tomó la palabra:

-Voy a leer el juramento de fidelidad y golpearéis con la cola tres veces  la roca en señal de aprobación, una como negativa y ninguna si os abstenéis.

Los estatutos del Progreso Máximo, como se tituló el documento, se aprobaron por unanimidad, con alboroto de golpes, agitación del líquido y burbujas. Onda simplemente se mantuvo inclinada al final, detrás de los más altos, y su voto se consideró positivo por afinidad con los de sus vecinos.

Para ella lo importante era el gran día, al cabo de una luna completa. Alegó indisposición para posteriores reuniones. Y no estaba cuando Reh e Inger llevaron mucho más allá de lo esperado la meta final del GPM.:

-¡Dominaremos a los seres más allá del litoral! ¡Dominaremos la Tierra!

Ya se estaban acumulando armas y formando espías. A Onda se la reservó como infiltrada.

 

Mutación.

Durante largo tiempo, en pequeñas dosis, Onda había absorbido cuanto le dieron, mezclado sustancias animales y vegetales a veces de sabor repugnante. Dejó que se frotaran sus miembros con ungüentos misteriosos y que se hundiera su parte inferior en un lecho de algas en el que debía permanecer toda la noche. Permitió que se atravesaran sus muñecas con espinas y su sangre se mezclara con un  líquido negro nauseabundo que debía ingerir. Lo hizo. Había aprendido a aislar su mente de cuanto no fuera su futura felicidad..

–Viviré allí- Lo veré. Le hablaré. No seré polvo a los trescientos años.

Necesitaba ver a Andersen. Sabía cómo encontrarlo una vez estuviera, para siempre, en tierra. Conocía el escondite, en un tubo volcánico libre de agua, donde él había depositado ropas, alimentos y cuanto podía serle necesario para su nueva vida.

Justo ante de la serie de mutaciones definitivas del tratamiento le pesó sobre los hombros demasiado la soledad de su decisión y decidió confiársela a su gran amiga Dugla.

No esperaba que el final fuera tan doloroso. Lo fue, Los Sabedores de las Mutaciones la vigilaban estrechamente y sólo entonces Onda comprendió que era objeto de una experimentación.  Cuando su cola de pez se fue bifurcando y los órganos adquiriendo formas nuevas ellos tomaban ansiosamente notas y lo plasmaban en imágenes con tintas indelebles. Le dieron  drogas, pero no bastantes para soportar el dolor, y la llevaron a las estancia más profundas y de más difícil acceso, donde concentrados de seres acuáticos luminiscentes producían un resplandor ora rosado o lívido. Cuando se consumó el proceso supo que seguiría conservando la capacidad de respirar en el aire y en el agua así como la agudez en la audición y repetición de sonidos, pero debería aprender a moverse en aquel mundo torpe y lento. Au sexo también se había desplazado y mutado. Era ahora externamente menos atractivo, disimulado, oscuro, pero igualmente sensible a roces y caricias. Sus manos conservaban algo de la anchura de su anterior condición y la aguda y fina prolongación de los dedos, que le servía en el mar para la caza y la búsqueda en los orificios de las rocas. Sus ojos eran ahora irisados de día y por la noche adquirían un tono verde oscuro con zona más claras y casi transparentes,  lo que le daba una visión nocturna superior a la de los terrestres.

Ya no podía asistir a asamblea alguna, sino simplemente nadar, para no volver, hasta el punto cercano de la Cala de los Cangrejos Rápidos y adoptar, con la ropa, su etapa de persona nueva.

Había cometido un error: Confiarse a Dugla, su mejor amiga.

 

Traición y Persecución.

-¡Traición, traición!

-Se va a pasar al enemigo. Cojámosla antes.

-Que no llegue a la orilla, que no llegue.

-¡Cuidado! Tal vez no va para traicionarnos sino que intenta ser nuestro agente en campo enemigo.

Reh había hablado el último.. Su voz era la menos agresiva contra Onda. Parecía como la de quien duda y,, al tiempo, se ve obligado a mostrar liderazgo y ejemplaridad al grupo.

Dugla era, por el contrario, la más radical y furibunda. Siempre sobreactuaba para atraer la atención de Reh, del que odiaba la predilección por Onda, pero en esos momentos consideró llegada su oportunidad. Había secretamente esperado, desde que Onda le descubrió la mutación que emprendía, que su mejor amiga muriese en el proceso o que, al menos, perdiera en él su atractivo, el brillo extraordinario de sus ojos, la inocente dulzura de sus gestos y la ávida curiosidad con la que examinaba en sus largas manos las más bellas especies del mar. Dugla se descubría a su manera a sí misma, como sucede con las grandes pasiones, al descubrir su odio. Y ahora había logrado construirse un motivo.

Onda nadaba con más fuerza y empeño de lo que lo había hecho nunca, pero con mucha menos eficacia porque su cuerpo, de aún tierna transformación, se iba conformando en los detalles como un pan sacado del horno.  Todavía a distancia, pero perceptible, oía el ruido producido por sus antiguos compañeros que saltaban sobre las olas como una bandada de gaviotas picando su alimento o como cardúmenes perseguidos por hambrientos depredadores. Toda la esperanza de Onda estaba en que no se atrevieran a acercarse a una costa que ella conocía bien y que ellos temían y además les estaba prohibida.

-¡Detenedla! ¡Cogedla!. Estamos cerca.

La salvó un cuerpo oscuro, quizás algún cetáceo que emergía después de su banquete de calamares en las profundidades. Su presencia desconcertó a los seguidores.

Onda no lo sabía pero en las últimas asambleas el GPM se había radicalizado, fragmentado por zonas que reclamaban privilegios naciomarinos y defendían  el paso inmediato a la acción con ataques terroristas a los seres de la tierra y exigencias de sumisión, tributos y reconocimiento mundial. Había proyectos bélicos, con utilización de medusas venenosas, peces-sierra y colmillos de narval para perforar el caso de los barcos y rematar a los náufragos, y envenenamiento del agua potable de los terrestres exprimiendo en sus ríos y lagos organismos letales.  Una vez lograda la sumisión, los obligarían a a burbujear en sus escuelas y organismos públicos y a presentarse en sus asambleas con banderas de algas, según el color del clan marino local, y cubiertos de escamas.

¡Ah el poder! La vastedad del imperio que se extendía a su merced los excitaba y embargaba más que ninguna droga. Ah la audiencia, la corona, la obediencia forzada del mundo respetado por las aguas, y por los Consejos Generales de los maduros y viejos  dirigentes marinos.

Incluso se habían repartido ya islas y continentes y se deleitaban con la sumisión universal que forzosamente les darían su peculiaridad racial y su número.

-¡La alcanzaremos! ¡Ya es nuestra!.

El chapoteo, ahora que no se interponía el cetáceo, estaba cada vez más próximo. Entonces resonó algo que los perseguidores no habían jamás oído, la música de una armónica mezclada con el choque de las olas contra la rompiente. La profundidad del mar decrecía repentinamente formando un escalón. Onda sabía bien cómo atravesarlo. Ellos no. La sirena se alzó sobre él limpiamente, llegó a la playa. Estaba salvada. Se tendió por primera vez sobre la arena, al aire de la noche que la protegía y ocultaba. Y cuando se consideró completa en su transformación se dirigió a donde Andersen, con la música, había acudido a su llamada con la caracola días antes.

 

 

En la nueva vida.

-Ya puedes ir, estás perfecta.-aseguró Andersen.

Onda le estaba inmensamente agradecida pero le hizo comprender que era un camino que debía recorrer sola.

-¿Qué puedo darte? No tengo perlas.-se excusó.

Andersen le regaló esa sonrisa suya, tan dulce, tan cálida, como la de un niño que se duerme oyendo un cuento.

-Ya me has dado mucho-le respondió-Estoy escribiendo tu historia.

Ella tenía cierto halo de exótica heroína venida de lejanos países y envuelta en un perfume  salino y un brillo que parecía desprenderse de sus cabellos y su piel.

Aquella ciudad, acostumbrada la sirena a las distancias del océano, no era tan grande como Onda creía. Los terrestres se encerraban en lugares duros y altos. El del señor lo era más. Ahí estaría él, que salía a cazar y a pasear-Onda observó con alivio que el chico no se había afeitado aquel cabello  suave y castaño sobre el labio superior. No fue difícil encontrarse con él, abordarlo. Echó de menos sus cuadernos de palabras pero carecía de temor. Había afrontado demasiados peligros para tenerlo. Reflejándose en una puerta pulida como un espejo, le satisfizo la forma y blancura de sus piernas, que ya manejaba con soltura. También sus cabellos, que ahora peinaba de distinta formas, sujetándolos como Andersen le había indicado.

-¿De dónde vienes?-le preguntó él, que se llamaba Renzo.

Onda le contó una historia, perfectamente ficticia, de una isla lejana. En uno de esos paseos Renzo observó que los ojos de Onda brillaban más de lo usual y que cambiaban con la luz de la luna. Le produjo fascinación y curiosidad, pero no amor. Ella no perdía la esperanza..

Renzo no advirtió que cuando andaban cerca la orilla ella procuraba siempre no meter los pies en el agua. Onda recordaba la persecución, la enemistad de sus antiguos compañeros y, aunque sabía que era imposible, creía verlos surgir de las pozas de arena húmeda que se llenaban con el flujo de las mareas.

Una vez pasearon por el bosque y ella recordó el fondo del mar al observar al movimiento de las hojas y las copas de los árboles. Se mecían como los campos de algas en aguas tranquilas y siempre ella había amado mirarlos. Onda halló en los árboles algo de su mundo submarino y se imaginó nadando entre ellos. Hasta el m omento en el que le había penetrado el amor lo terrestre fue a para ella sólo un medio de encontrar a Renzo y poseer esa alma inmortal. La contemplación de las espesas copas de los árboles, nido de seres diminutos que picoteaban, como los peces el coral, la abría con cada soplo de viento un mundo nuevo: el de los seres de la tierra, que se mataban y devoraban, como en el Océano, pero que también se apoyaban unos en otros. Junto con su nuevo cuerpo en el que latía la esperanza de que el hombre la acariciase, había brotado en su interior un abanico de sensaciones, de querencias, de afinidades que antes no creía poseer y eran exactamente lo opuesto a la bélica y orgullosa confrontación que proclamaban los del GPM.

 

Invitación de boda.

-Voy a casarme-le dijo un día Renzo en uno de aquellos paseos. Se había acostumbrado a la amistad, con frecuencia  silenciosa y por ello relajante, con aquella muchacha por la que, curiosamente, no sentía inclinación sexual alguna pero sin embargo, y quizás ello, se desprendía de la joven una serenidad acogedora y cierto misterio, como si guardara un secreto que siempre sería mejor no decir. Había también en ella algo distinto, un leve perfume marino diferente al de las olas, una entonación musical que no había oído en voz alguna y un ritmo pausado en las frases.

-¡Te casas! ¿Cuándo?-

Onda no preguntó con quién. La ciudad estaba llena de mujeres con piernas tan hermosas o más  que las suyas.

-Dentro de un mes empezarán los preparativos. Será original, lo haremos a la vieja usanza tradicional, en un barco, todo adornado con motivos de peces y conchas. Nuestra ciudad vive en buena parte de la pesca. ¡Seremos los reyes del mar!.

Observó en su compañera  una sonrisa extraña pero Renzo disfrutaba dando detalles de su boda:

-Le he regalado, como pulsera de pedida, un precioso brazalete de perlas.

En el gesto de Onda había un punto de dolor: Las que ella no llevaría ya jamás. Recordó su caja de joyas, pocas, modestas, pero en las que figuraba un collar de perlas de oriente rosa.

Él continuó, disfrutaba dando los detalles, menús, ropa, invitados. Se puso a describir con minuciosidad una diadema que había pertenecido a su familia desde hacía trescientos años y que ahora pasaría a la desposada.

-¿Qué serás tú dentro de trescientos añ9os?-preguntó Onda de improviso.

Él la miró, divertido y sorprendido.

-¿Yo?-se inclinó y cogió un puñado de tierra- Seré esto. Y serán los hijos de los hijos de mis hijos.

-¿Nada más?

-Talvez otra cosa, en otro mundo, un espíritu.

-¿Tu alma?.

-No sé…Soy joven `para pensar en eso. Oye, te invito a tomar algo para celebrar mi compromiso.

Y bebieron y picaron en el puerto de un plato que contenía fritos varios. A Onda el sabor de la comida caliente y la bebida rubia fría le gustó. Consiguió incluso estar alegre, imaginar los festejos que tan feliz parecían hacer a Renzo.

Sólo cuando se encontró sola sintió elevarse en su interior una ola de absoluta tristeza que no dejaba espacio para nada más.

 

Las tres vidas.

Andersen recibió con alegría la visita de la sirena. Estaba rodeado de libros y en la mesa se extendían cuartillas en blanco.

-¿Qué tal tus búsquedas, Onda?

-Bien. Y usted ¿ha encontrado algo nuevo?

-Estaba escribiendo tu historia. Hay tres finales posibles: Te casas con el náufrago, el hijo del señor de la ciudad, eres feliz muchos años y después quizás tendrás un alma inmortal en vez de ser polvo. El segundo: no te casas con el él y entonces te quedas sin alma y sin tu larga vida de sirena.

-¿Y el tercero?

-El tercer final lo encontré en un antiguo libro, ahora prohibido, y su precio es la sangre. Si viertes la sangre de gente de tierra en lo que antes era tu extremidad de sirena serás otra vez la que fuiste y vivirás trescientos años en el mar antes de disolverte en espuma. ¡Qué absurdo!, ¿verdad? No te lo creas<.

fi-Claro.  ¡Qué absurdo!  Y entonces ¿cuál es el final de mi historia?

–Te lo diré al terminarla. Tú la estás escribiendo.

Andersen había dejado las cuartillas en blanco. Ya alguien esperaba con impaciencia el libro, con cuya venta se prometía el Mercader de Cuentos pingües beneficios.

 

La Condena

Onda nadaba esta vez en un mar de confusión. Reposaban en su bolsa las caracolas que se usaban en el mar para sonidos distintos y que sólo se utilizaban en casos extraordinarios  porque había que emerger y hacerlo desde una roca o en la playa.

La sirena se haba propuesto romper todos los lazos con su anterior vida pero había guardado aquellos objetos en un momento de debilidad.

Deambuló por la ciudad dormida, se detuvo ante la puerta de bronce que le servía de espejo y que estaba en un rincón solitario de edificios abandonados. Miró de nuevo sus piernas y su figura. No habían bastado para obtener lo que esperaba. Ento0nces se dirigió al mar. Hizo sonar, desde la orilla, la caracola blanca y roja. No esperaba una respuesta tan rápida, y la asustó. El agua  comenzó a agitarse, como cuando la surcaban miles de peces voladores. Empezó a oír un confuso ruido de voces en la lengua que conocía bien, su lengua burbujeante de tantos años. Pronto aquella multitud de gente marina estuvo carca de tierra y se detuvo en el mar, formando  un arco frente a donde Onda se encontraba.

Distinguió a muchos del grupo de GPM. Para su sorpresa, empezaron a corear:

-¡Traidora! ¡Traidora!.-con una fuerza que se superponía al ruido del del oleaje.

Al principio no comprendió. ¿Ella? ¿Traidora ella?

Inger avanzó, se situó sobre la roca más alta descubierta por la marea baja. Él siempre prefería los sitios más elevados y se había construido una especie de asiento en el lugar de la asamblea con una concha de almeja gigante y corales rojo vivo.

-¡Te has pasado al enemigo, a los terrestres!

-¿Por qué enemigos?

-¡Nos disputan nuestra pesca, cruzan nuestro espacio y, sobre todo, tienen grandes ciudades y tesoros  que debemos ocupar y disfrutar!.

-Nuestro territorio, los océanos, es mucho más grande. Somos una raza más antigua, según  cuentan nuestros sabios. ¡Somos una raza superior!-dijo otro.

-Confiábamos en ti como informadora, para apoyar nuestros planes. Juraste nuestro programa de gobierno.

-Yo nunca juré atacar a los terrestres-dijo Onda, y recordó la ruidosa asamblea en la que su mente había estado tan ausente, sumida en los proyectos de su nueva vida.

-¡Perjura! ¡Traidora! ¡Vendida a los enemigos!.

Empezó a llover sobre ella cuanto los sirenas y tritones cogían del fondo.. Estaban todavía acierta distancia pero algunos proyectiles alcanzaban la orilla. Los ataques e invectivas más feroces eran los del grupo dirigido por Dugla, sus antiguas compañeras.

Inger tomó la palabra:

-Escucha. Nunca se te ocurra acercarte al mar, nunca más. Ni siquiera a la arena  mojada. En el momento en que la pises los habitantes del fango asirán tu pie, vendrán refuerzos, te arrastrarán al interior y serás un cuerpo roto, golpeado contra las rocas del que no quedará más rastro que la mancha de sangre mientras te devoran los cangrejos..

A una señal el grupo emprendió la retirada. Era peligroso aproximarse tanto a la costa y se acercaba la hora en a que los barcos de los pescadores con lámparas encendidas en la proa saliesen a capturar sus presas que estarían en el mercado al amanecer.

Onda permaneció frente al mar pero algo retirada de la orilla. Ya no volvería a pisar la húmeda arena. Esperó, como una despedida, a la salida del sol en la raya azul intenso del horizonte.

Pero oyó una voz en el agua que la llamaba y hacía sonar un instrumento que conocía bien, la rara y exquisita caracola tubular de Reh.

-¡Reh!-El afecto por su amigo, adormecido por las circunstancias, revivió con fuerza.

-¡Tú! ¿Y Dugla?

-Dugla fue quien te traicionó. Y me vigila porque dice que soy demasiado blando, no lo bastante radical. Ella e Inger quieren imponer proyectos como envenenar las aguas dulces de los de tierra, sabotear y hundir sus barcos, romper sus redes de pesca, arrastrarlos, cuando naden, a las profundidades. Están distribuyendo el mensaje “¡Odiad a las gentes de tierra!”.

-¡Reh! Me alegro tanto de verte. Ahora quiero vivir aquí, no sé qué será de mí pero nunca apoyaría nada de eso. Y mucha gente de los nuestros tampoco.

-Las cosas han cambiado -Reh parecía muy triste y dubitativo-Los del Progreso Marino, así se llaman, han dividido a la gente en grupos según sus zonas habituales Coralinos por el Progreso, Coralinos Progresistas, Marinos al Poder, Alevines del Mundo, Uníos, Arenosos Victoriosos,  Mareas Igualitarias, ni altas ni bajas. Corales  Negros Unidos. Acción Directa. Acción y Terror Oceánico. ….haciéndoles creer que cada uno puede tener privilegios y vivir y ser más que el otro. Están ahora disputándose el reparto de los frutos de la Gran Migración Anual que era igualitario. Y han acumulado armas.

Onda casi olvidó que no debía aproximarse nunca más al Océano e hizo un gesto de ir hacia él. Reh la retuvo.

-¡No! Sabes que no puedes. Nunca más. Pero no he venido para contarte esto. Vine por ti. Tu mutación parece irreversible, sin embargo hay una forma, una sola, de que vuelvas a tu antigua vida y que los del grupo  perdonen lo que llaman tu traición-Bajó la voz.

Onda intentó escucharlo.

-Si pasas el juicio de una prueba de fidelidad vivirás como nosotros nuestra larga vida. Es la prueba de la sangre. Debes hundir el arma que sobre esta roca dejo en un terrestre y que su sangre te salpique. Cuando lo sepas muerto abandónalo y ven al mar. tu hogar de nuevo.

Y depositó en las rocas descubiertas por la marea baja un objeto que Onda podría alcanzar sin pisar la arena.

-Gracias, Reh.

Onda, subida al borde de una elevación, le tendió el brazo, procurando no rozar el agua- Él alzó los suyos hasta que encontró sus largos dedos. Y aquella fue la última vez que Onda tocó a alguien de su especie. Lo vio alejándose, una estría en la superficie, y examinó lo que le había dejado una vez se encontró lejos de la playa.

Era un objeto casi bello y decorativo, una larga y puntiaguda daga afilada y cortante, con manchas oscuras en la punta y el resto translúcido. Venía protegido por una vaina tranzada reforzada en el extremo. Onda sabía lo que era y se estremeció. Se encontraba en las entrañas de un pez poco común y su herida, especialmente con la punta, aseguraba la muerte de la víctima. El pez era inmune a las toxinas y los colores del lomo anunciaban el peligro. La daga translúcida estaba adornada en la empuñadora con dibujos cuidadosos y una especie de mango de nácar.

 

La última visita a Andersen.

-¡Así que no era un mito, no del todo!.

Andersen escuchaba, entre atento e incrédulo, a Onda: El precio de la nueva mutación, un precio de vida o muerte para la sirena o para el joven del que ella se había prendado y el cual le confió, alegremente, en la playa sus proyectos de boda que incluían, fatalmente, un viaje por mar. Y él ni siquiera había visto en ella una mujer de quien pudiera enamorarse, sino  la muchacha con un extraño atractivo que, al tiempo, le mantenía a distancia y le interesaba por su rareza, por esa aura exótica imposible de clasificar y sobre la que ella mantenía discreción. ¿Su origen? Una población en una isla lejana..

En la puerta sonaron golpes. Onda tenía poca confianza en los desconocidos y se escondió  al otro lado de la estancia, que era grande, tras una mecedora y pilas de libros.

Andersen recibió con su educada cordialidad acostumbrada, al inesperado, pero no desconocido, visitante.

-¿Cómo va eso? ¿Se termina? ¿Se publica?. Va a ser el buen momento en el mercado.

Era el rico Mercader de Cuentos que había descubierto, con su buen ojos comercial, el filón de la literatura infantil, aún nueva como producto, y se disponía a patentar y explotar la de Andersen.

-¿A ver qué tienes?-dijo frotándose las manos-Es necesario que guste al gran público, adultos y niños, e incluso tengo grandes proyectos al respecto: Representaciones, mimos, funciones en escuelas…-Parecía entusiasmado-Vamos a ver ese último que estabas escribiendo, de sirenas creo. Me gusta, me gusta. A quien no le atraen, como a Ulises.

Andersen evitó decir al visitante que desconocía la mitología griega y las sirenas en ella tenían un atractivo mortal.

-Cuéntame algo. El final es importante: feliz, boda en palacio, matrimonio con el príncipe…-

-No exactamente-terció Andersen-Aún no lo he redactado pero ella busca otra cosa, aunque le guste el príncipe. La sirena quiere un alma.

-¿Alma? Eso no tiene sentido, a la gente no le gusta, los niños no aplaudirán. Hace falta boda, final feliz, beso en el balcón del palacio….

-Estoy redactándolo.

-Vale,. Vendré la semana que viene. Y piensa que te hace falta el dinero.

El Mercader de Cuentos, que era un hombre de negocios apresurado, salió de la casa.

Onda abandonó su escondite como una tromba, despeinada, los ojos chispeantes.

-¡No!-dijo-¡No debes poner ese final-y pensó, aunque no lo dio, ”No vendas mi vida a ese hombre”-

-Tranquila, Onda, tranquila. La gente quiere siempre esos finales. A saber qué harán cuando esté en el marcado con mis otros cuentos.

-¡Yo quiero un alama! ¡Algo que no muere! Como vosotros.

-Pero no sabemos, nadie sabe, si el a alma existe. Morimos como las sirenas, morimos antes.

-Tenéis la posibilidad, lo sé, me lo han dicho.

-¿Y tus trescientos años de vida como sirena? Eso vale la pena. Vivirás mucho más que yo, mucho más que cualquier terrestre..

-¡No lo quiero! No es lo que quería. No escribirás ese final, ¿verdad?.

Andersen la miró con sus bondadosos ojos.

-No, no lo haré. Pero la decisión es tuya. La historia no está terminada.

Onda se calmó un poco, pero no estaba segura. Se sentó a la mesa de Andersen, posó sus finas, nacaradas manos, con dedos agudos que parecían de marfil, sobre los folios escritos por él, lo miró con aquellos irisados ojos que parecían de profundidad insondable y que, según las circunstancias, cambiaban los tonos y movimiento de la superficie: de torbellinos tumultuosos habían pasado a ondulaciones enmarcadas por sus largas pestañas negras que desentonaban con el dorado arco de las cejas. Eran la parte de su nuevo cuerpo que menos podía controlar. Había aprendido a sonreír como las gentes de tierra y a saludarlos sin un movimiento inicial de huida. Manejaba con soltura sus piernas y conservaba entre los dedos de los pies finas membranas restos de mutación.

Andersen, que siempre la había visto como una criatura extraña, ajena a las demás mujeres, la encontró ahora familiar y hermosa, iluminado el largo cabello, que se recogía en parte sobre la nuca, y agresiva a la par que indefensa.

Con la precaución con la que se toca un animal salvaje, palmeó el dorso de su mano, que estaba fría, y le preguntó:

-¿Cómo  quieres que termine En estas historias las jóvenes se casan con el príncipe, o son niños perdidos o desgraciados, como Kay y Gerda, o la pequeñas cerillera, que no tuvo tiempo de casarse con ningún príncipe, y multitud de historias donde, casi invariablemente, la joven o el joven pobre se casa  con el heredero de la familia real.

Onda había ojeado los muchos libros de Andersen y ése era el núcleo de la historia. Sin embargo ella, el escritor lo sabía, había buscado desde el principio otra cosa.

Sí, sus labios se coloreaban de rojo intenso al recuerdo de la noche en que había acariciado, en la playa, al joven inconsciente, sus senos se levantaban según rozaba con la punta de los dedos cabellos de finura semejante a los de él. Sin embargo cada ciclo de la luna la recordaba que tenía una luna menos antes de disolverse en un espacio vacío. Quería esa alma de la que los terrestres hablaban.

-Quiero un alma, lo sabes.

-Te lo dije: No hay ninguna garantía, ni para los de mi especie ni para ti. Ni siquiera para otros seres distingos, animales o plantas. Todos se disuelven y se mezclan.

-¿Preferirías que mate, como pide el conjuro, para conseguir más vida?.

Andersen sonrió:

-Es difícil imaginarte haciéndolo. Aunque no serías la primera- y añadió con tristeza- De hecho, ocurre todos los días.

Ella ya no le escuchaba. Observó la luna desde la ventana y dijo:

-Pronto será la boda del hijo del Señor de la ciudad..

-Así es . Habrá fiestas.

Onda inesperadamente preguntó al escritor de cuentos:

-¿Tienes un vestido bonito?

Él, sorprendido, reflexionó unos segundos y luego afirmó:

-Sí. Uno verde y plata. Lo compré hace mucho en un viaje para  una chica que me gustaba, pero cuando volví se había casado con otro..

-Vaya. Guárdalo, encontrarás más chicas.

-No. Tal vez no les guste. La moda ha cambiado. Pruébatelo y llévatelo ¿Dónde vas a ir con él?

-De boda.

Se lo probó. Había también en el arcón medias a juego. Se lo llevó en n envoltorio y antes h izo lo que nunca antes había hecho: Pasó la mano por el escaso cabello de Andersen y le besó en la puntiaguda nariz. Luego añadió en voz más alta en la que se mezclaban la súplica y la orden:

-¡Prométeme que no darás al Mercader de Cuentos el final que quiere para venderlo bien casándome con el príncipe! Prométeme que pondrás la verdadera historia: Yo buscaba un alma. Y la gané.

-Te lo prometo.

Y Onda salió dejando un agradable perfume salino.

 

Boda

-Irás a un boda, ¿verdad?. Te vas a divertir. Es un barco bonito, con buena comida y músicos. No te mareas en el mar, ¿no?.

Onda sonrió a la pregunta de4 Renzo.

-No, no. En mi isla navegábamos y nadábamos mucho.

-Estupendo. Toma la invitación.

Y le alargó una cartulina con palabras en elegantes letras negreas y capitales en oro.

El vestido que le había regalado Andersen tenía sujetas a la cintura dos escarcelas plateadas, una redonda y otra alargada y fina, para un abanico o algo similar. Envolviéndolo cuidadosamente antes, Onda introdujo en la alargada el cuchillo que le había dado Reh, tras observar primero su lívido resplandor en la noche.

El barco se parecía a aquel del naufragio pero más engalanado, con banderas, farolillos y guirnaldas. A Onda le le llamó la atención la solemne ceremonia seguida por bullicio de festín, brindis, canciones y baile. Ella bailó poco aunque aunque lo intentaba pero no dominaba tal arte.

Muy tarde, cuando las estrellas habían dado la vuelta al cielo, Renzo y su esposa se retiraron a la cámara nupcial. Los invitados continuaron con sus brindis y pronto los venció el vino. Se fueron tumbando en las literas preparadas al efecto en cubierta. Entonces Onda vio llegado su momento. Se acodó primero, pensativa, en la borda y contempló el mar iluminado por la luna llena en su poniente. Faltaba poco para el amanecer. Su tiempo se acababa. Se deslizó suavemente en la cámara nupcial. Renzo dormía con el brazo sobre su esposa, que tenía cabellos largos y finos del mismo color que los de él. El cuchillo pesaba suspendido de la cintura de la sirena. Onda lo sopesó en su mano: Era la llave de sus trescientos años de vida o de su inmediata disolución en polvo y espuma.

Salió. Caminó. Fue de popa a proa sorteando los recuerdos de la fiesta: botellas, copas, vajilla, instrumentos musicales, flores, papeles poemas No se sintió triste por la comparación entre  tanta alegría y su desdichado y próximo final. El amor de los otros a la vida penetró hasta su interior, las parejas que había visto besarse, el sonido de guitarras, violines, flautas y arpas, el color del vino y los licores en las copas, atravesadas  por el sol poniente, el olor de los manjares y de los bollos recién hechos, el lejano bullicio de la fiesta de esponsales en la población, los fuegos artificiales y las luces. Aquellos continuará después de ella.

En el extremo de popa se despojó lentamente del vestido que le había regalado Andersen.

Entonces vio surgir entre las olas cabezas, sus antiguos compañeros. Inger gritaba:

-¡Sacrifícalo! ¡Demuestra tu lealtad!  ¡Únete a la causa y ven!.

Y Dugla:

-Puedes tener un puesto en el Comité. Expulsaremos al Consejo, mandaremos en la tierra y en el mar.

Reh nadó más cerca:

-Las estrellas van a desaparecer. Es tu tiempo. Hazlo y ven.

El cuerpo de Onda, del que se había deslizado su vestido, parecía confundirse, fino y blanco, con las banderas dorado y plata que adornaban la borda..

La sirena vio que, efectivamente, su tiempo se acababa. Y ella no quería convertirse ahora en la espuma del mar. Miró a lo alto. Tal vez si las estrellas permanecían y los terrestres lograban, algunos, alcanzarlas, ella tenía un puesto en ese barco llamado alma, una oportunidad..

Sin más dilación lanzó fuera de borda el cuchillo con toda su fuerza, lo vio hundirse dejando un rastro oscuro, como de la sangre que no se había atrevido a verter. Sonrió con una alegría extraña de estar libre de todo. Sin embargo no había contado con algunas diferencias respecto a las gentes de tierra: Las piernas de Onda no eran fuertes, podías caminar e incluso correr como los terrestres pero le era difícil salvar obstáculos, empinarse o mantenerse en equilibrio sobre superficies movibles o resbaladizas. La pequeña sirena descubrió, con enfado consigo misma porque nunca hubiera pensado que detalles minúsculos pudieres interferir en su momento final, que no era tarea sencilla alzarse sobre la borda. Y cuando casi lo habría logrado un sonido multiplicado y nuevo la retuvo.

 

Las otras gentes del mar.

Muchas voces comenzaron a gritar desde abajo, como si rebotaran en las olas que habían crecido desde el comienzo de la cena de esponsales. Enseguida se hizo el silencio. Todos se sumergieron y Onda, con la vista aguda de sus ojos añil estrellados, supo que a pocos metros bajo el agua algo estabas ocurriendo, otros emergían desde la profundidad.. Hubo , bajo las olas, un breve encuentro, siseos, susurros, golpes sordos parecidos a aleteos. Algo sucedió, pero sin que se produjera mezcla general de lo que evidentemente era dos grupos. Unos se hundieron hacia la profundidad. Otros se fueron asomando despacio a la superficie y plantearon a Onda extrañas preguntas:

-Sabemos que fieste a la ciudad de la tierra porque crees que allí se puede conseguir un alma, no morir como morimos todos. Dinos por favor cómo.

Onda se quedó asombrada. Desconocía que su historia era entre las gentes del mar de dominio público. Sintió inmediatamente gran tristeza porque la pregunta había sido planteada con una suave calma que delataba expectación y cierta angustia. Sus  compañeros querían no morir, y ella precisamente había fracasado en sus intento. Explicó, como le dijera Andersen, que nadie sabía si existía esa entidad, el alma, pero que algunos creían posible ganarla con buenas acciones.

Ellos escucharon con atención.

Mientras, el mar se había ido encrespando, el barco, con marineros ahítos de vino y fiesta, se balanceaba sin control y algunas olas ya salpicaban el puente.

Se repetía la historia, pensó Onda: Un barco de tripulación descuidada, un posible naufragio.

-¡No deben ahogarse lo que están a bordo!- dijo a sus antiguos compañeros.

Y ellos, tras una breve consulta, le respondieron:

-No lo harán. Vamos a desviar la nave hacia una corriente que lleva a calas mansas. Allí estarán a salvo.

-¿Por qué?-

-Porque tal vez así alcancemos  el alma que nos has dicho.

Y aquella multitud acuática, pegada a casco y quilla, comenzó a hacerlo. Las gentes del mar conocen las rutas, numerosas e invisibles para los de tierra, que discurren por por las aguas como los pastores conocen los caminos. Casi elevado sobre las olas, porque eran muchos, el barco fue empujado hacia aquel río interno de corriente salada y más tibia que hacía una especie de bucle y formaba una tranquila cala.

En el barco de las bodas aún dormían. Sus salvadores desaparecieron , preocupados sin duda por las denuncias al Consejo o por la ira de los delfines.

Y por la proximidad de la salida del sol, que anunciaba una ceja verde-azul pálido en la que desaprecian las últimas estrellas.

Entonces sí saltó Onda al agua.

 

Final y principio.

Epílogo

No se había convertido en espuma. Recordó que tener alma tenía un precio, . Tal vez lo había pagado, lo ignoraba. Se encontró nadando en las aguas iluminadas por la luz del amanecer. Mucho después el desposado y sus compañeros encontrarían su vestido verde y plata y no comprenderían lo ocurrido. Renzo fue el primero en arrojar flores entrelazadas a las aguas y los invitados lo imitaron. Alguien se puso a escribir un poema, los músicos improvisaron una melodía lenta, bella y triste animada al final por notas simultáneas a la salida del sol. La mujer de Renzo aventuró una teoría:

-¿Y si, mientras dormíamos, ha decidido irse en alguna embarcación que ha pasado cerca y quiso recogerla? El mar está aquí tan tranquilo…Podría haberlo hecho.

-Dijo que venía de una isla….musitó Renzo, Y, tras sacudirlo y doblarlo, guardó el vestido verde en un cofre.

………………….

Un pescador de la isla de Lanzarote halló en la playa  una muchacha  cubierta de arena que vivía, respiraba y estaba consciente pero aturdida. La llevó primero con cuidado hasta donde tenía su barca, la reanimó y la condujo luego a la cabaña aislada que  utilizaba sólo cuando, en aquella zona apartada, turquesa, negra y volcánica, se instalaba durante unos días.

Preparó aumentos, le dio una bebida, buscó para ella ropa. Pasaron los días, muchos, y años después una señora de Lanzarote vigilaba a sus hijos en la playa.

-¡ No os vayáis donde cubre!

Aunque los niños nadaban a la perfección Dora, que ése era su nombre, no hubiera podido ir a buscarlos. Era notorio su rechazo al mar, ni siquiera soportaba el contacto con la arena húmeda. Y, curiosamente, siempre había sido así, su madre, abuela  y cuantas mujeres las precedieron. Dora veía sin embargo con placer y en silencio el océano a lo lejo0s. Nunca hubiera metido pie n i mano en él.

Dora tiene una tienda de recuerdos y gusta de charlar con los visitantes. A veces comenta, bromeando, su odio al mar cuyas raíces desconoce. Y su alma viene pasando de generación en generación. Es feliz. Tiene una casa blanca en medio de la negra arena, cultiva el extraordinario vino tinto de La Geria. Viaja con su marido e hijos a veces a la Península. En barco nunca.

 

Como muchos nórdicos, el joven Lars Andersen, que, igual que su antepasado, quiere ser escritor, pasa sus vacaciones en las costas de España y se sienta, cerveza tras cerveza, en el chiringuito sobre el mar. Así descansa la mirada y recuerda al pariente, soñador como él, que rechazó la riqueza que ofrecía el Mercader de Cuentos que vende la boda de la sirena con el príncipe. A Lars le viene a la memoria aquel final que escribió el Andersen lejano en el que la valiente sirena, toda alma, asciende apoyándose en las nubes y las luces  del amanecer -amanecer y atardecer son tan similares- en vez de convertirse en espuma y polvo.

 

……………………………

Odiaba el mar, pero no el azul.

No cogerá nunca mi tobillo una mano revuelta con la espuma y la arena, escondida hasta el último momento entre las algas. No tirará de mí hacia la profundidad oscura, hacia las cuevas y pasadizos en las rocas de los que nunca se vuelve. Oh, no. Mar que has sido mi hogar y mi destino, que me controlas con la seguridad y ritmo de las mareas, que me has impuesto en la superficie una frontera que yo no elegí.. No, no quiero acercarme a ti, no quiero odiarte. Temo hasta el perfume de tus aguas. Sé que al menor descuido me llevarías, arrebatada al calor y al amor, quizás cubierta de sal y escamas, irreconocible entere los otros que se han ido depositando, disgregando blandamente en tu fondo.

Me alejo, me alejo, sola, me alejo como elegí, adornada por las perlas y por el coral que prefiero, de un pálido color de rosa. Estoy lejos, al otro lado. ¿Sabías que existen montañas sin más agua que los ríos, que existen secas extensiones, árboles secos apenas humedecidos con el brillante verde que les da la savia? Mar, dije que te alejaras y me alejo. Eres temible y yo pequeña. Podrías atraparme cuando gustes, te lanzarías ávido, enloquecido, para envolverme el cabello, la cintura, impedirme con tu amargor el grito, lanzarme probablemente contra el verdugo de los arrecifes.

Ya no soy tuya. He aprendido la técnica de la huida, y la fuerza que da el odio cuando careces de la fuerza.

Y sin embargo…Oh, mar de abajo, siempre he añorado el mar de arriba, cuando aún no era la que soy y flotaba entre las olas, la melena suelta, los ojos muy abiertos evitando la espuma, por donde jamás pasan los barcos, mirando el otro mar que llaman cielo los terrestres y es del color que necesito.

Azul.

Alto, esperándome para la zambullida, tan semejante al mío de nacimiento, sin duda con profundidades que desconozco y que recorren los seres con alas. ¿Será también oscuro pasados los pocos metros bajo la superficie?¿Perderá su transparencia y su azul, tendrá un fondo en el que hierven otras criaturas y se cocina la vida de la tierra?

No quiero pensarlo. Quiero ese azul reflejo de mis ojos, infinito, el azul de mi patria.

Azul, azul, azul, Mar que no tienes tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10/18/26

LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR (PERO NO EL AZUL). 2026

© Obra: LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR
Primera edición: Mayo, 2026
© Textos: Mercedes Rosúa
Fotos de la autora.
ISBN: 979-13-88066-22-1
Depósito Legal: M-13395-2026
© Editado por LIBER FACTORY www.liberfactory.com
Gestión, promoción y distribución: Límbica Ediciones S.L.
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obra y por respetar las leyes del copyright.

 

 

LA SIRENA QUE ODIABA EL MAR

(PERO NO EL AZUL)

 

Mercedes Rosúa Delgado

BIOGRAFÍA SOLAPA

Rosúa Delgado, Mercedes. Nació en Chamberí (Madrid) hace bastante tiempo. Ha vivido y trabajado en Francia, Túnez, Bélgica, R. P. China, Gran Bretaña y España, y viajado, sin subvenciones y generalmente sola, por más de un centenar de países. Es licenciada en Lengua y Literatura Española y Doctor por la Universidad Complutense de Madrid, y Licenciada en Ciencias Políticas y Sociales. Posee varios certificados (Inglés, Francés, Árabe, Psicología Diferencial, Egiptología, etc.). Es catedrática en Lengua Española y ha trabajado en Enseñanza, traducción y asesoría lingüística.

Su tesis doctoral versó sobre el lenguaje y sistema totalitarios, basada en textos maoístas de enseñanza de enseñanza del español y en el ambiente en la China donde vivió en 1973-74.

Es, y ha sido siempre, sobre todo, escritora

Web: www.elrincondecasandra.es

 

AGRADECIMIENTO: Aprovecho esta ocasión para para recordar y agradecer siempre a innumerables personas, en todos los países, continentes, ocasiones, lo mucho que me han ayudado, sin contrapartida, por generosidad, humanidad, bondad y desprendimiento, sin expectativas de recompensa, logro, beneficio. Soy la prueba viviente de que el ser humano vale la pena, pese a todo. Gracias por esa riqueza que llevo en mí.

 

CONTRAPORTADA

La sirena de Andersen no quería sólo casarse con el príncipe, ni Andersen la concibió como tal. Ella, en este relato Onda, quería un alma, inmortal, como la que pensaba tenían los terrestres. Además se había enamorado del náufrago, pero el amor es grande y una cosa no quita la otra. Aquí Onda decide ganarse el alma, afrontar riesgos vitales, descubrir mundo, vencer a la violencia, codicia y fanatismo de sus antiguos compañeros. Y hallar, no ella sola sino muchos en los que no pensaba, en el mar, en la tierra y en el devenir del tiempo, más alma, y victoria,  de la que Andersen y ella hubieran imaginado

 

 

 

 

 

Índice
1- Primer encuentro: Andersen ve a Onda.
Onda ve a Andersen ……………………………………………..9
2- La historia de Onda. ………………………………………..15
3- De la vida larga, sin alma, de las sirenas …………….21
4- El encuentro ……………………………………………………25
5- Delación y condena ………………………………………….33
6- De cómo vivió su cuento Andersen ……………………43
7- Clandestinidad ………………………………………………..49
8- Diálogos con Andersen. ……………………………………51
9- La fuerza del Poder Marino ……………………………….57
10- Con la luna llena …………………………………………….59
11- Los Sabedores de Mutaciones …………………………..63
12- Rebelión y cambio: ¡Poder Marino! …………………..67
13- Mutación ………………………………………………………..71
14- Traición y persecución. Victoria………………………..75
15- En la nueva vida ………………………………………………79
16- Confi dencia. …………………………………………………..83
17- Las tres vidas …………………………………………………..87
18- La condena. …………………………………………………….89
19- La última visita a Andersen. ………………………………95
20- No sé cuántos cielos hay sobre el mar. ………………101
21- Lo que Onda no le dijo a Andersen …………………….109
22- Tú odias el mar. ……………………………………………….115

23- El Mensaje……………………………………………………….119
24- Invitación ……………………………………………………..125
25- Los tres sueños ……………………………………………….129
26- Boda……………………………………………………………….133
27- Las otras gentes del mar …………………………………..139
28- Final y principio. Epílogo …………………………………143