PREMONICIÓN Y POEMAS

¿Es posible haber escrito ya a los veinte años

Morir…¿Cómo se muere?

Aún no lo he aprendido

y tengo que saberlo.

El tiempo se hace largo…

¡Sería tan amargo

morir como he vivido!

Morir parece fácil.

Morir supieron tantos…

Las muertes ejemplares

de mártires y santos….

La vida no hace pausa.

No son éstas ya horas

de encontrar una causa.

Lo que sí deseara

es no causar congojas, 

irme como se van

en otoño las hojas,

sin llanto ni lamento,

llevadas silenciosas por el viento.

Al menos  cuando vaya

iré como yo quiera,

como van los valientes

y los desesperados,

con los puños cerrados,

con un jirón de orgullo entre los dientes.

El barco gira, más de cincuenta años después, en el torbellino de las singladuras, y la hemeroteca revisitada muestra -y produce con ello un estremecimiento- que el apodo elegido de Casandra para el lanzamiento a las ondas de las botellas con mensajes fue prácticamente en cada página fiel a la muy posterior realidad.

Probablemente es más fácil escapar a uno de los agujeros negros incrustados entre los astros  que al propio, a la disposición con la que se nace y en torno a la cual giran, y en ella son  atrapados y se hunden, sucesos, seres e intentos entre los que se bracea para mantenerse a flote en el tejido de la vida.

Los personales agujeros negros….La fina red sin llanuras, ondulada, pulida, de paredes tan inasibles como un espejo, estanques llenos de inacabable vacío que se abren a la completa disolución, que tienen la avidez silenciosa de metales que en otro tiempo absorbieron un calor desaparecido.

Portulanos, singladuras, siempre hoy: Nunca más puerto que la brevedad de los círculos.

Y sin embargo, en ese descenso y ese vértigo sobradamente conocido, previsto, la frente alta, donde ya ni la frente existe excepto por la dignidad que la sostiene.

 

 

INCENDIO DE NOTRE DAME

15-IV-2019

 

Se iba clavando

lentamente,

en el corazón,

despacio,

flecha de destrucción y de tristeza.

La perdíamos, Notre Dame,

la perdíamos,

y éramos nosotros,

de nosotros.

Puntal de los mejores sentimientos.

Un refugio de siempre, para todos,

donde todos entraban,

un siglo y otro siglo,

pobres, ricos,

creyentes, no creyentes.

La belleza fluía sobre todos

desde el cielo color de los vitrales.

Se nos clavó por siempre

tan adentro,

el esbelto camino hacia la altura,

la fina enredadera de la Historia.

El vértigo del fuego despreciaba

el agua de las lágrimas

y dejaba tras sí una cosecha

de brasas y pavesas incrustadas

en el latir más hondo, más profundo.

Al tiempo, al mismo tiempo que caía,

la impotencia y la pena desbordaban

su curso hasta los dedos,

ya impacientes

por alzarla, salvarla, resurgirla;

prueba de persistencia, de triunfo

sobre la finitud, el mal, la muerte,

transformadas en manos las pavesas

y en voluntad y amor

ceniza y humo.

M. Rosúa

El mal vasallo

Y el mal señor

Advertida y llegada la pandemia,

suspendido allende las fronteras

el calendario y yertos los relojes,

el mal señor aún la muerte ignora.

Preserva los festejos que prometen

los votos de sus huestes, priva de armas

a los que contra el mal van a la lucha.

A los que están a su merced les niega

el escudo y defensa de la peste.

El mal señor se gusta, y hace gala

de ignorar la creciente niebla oscura

que se filtra debajo de las puertas.

El mal señor se prueba ante el espejo

sus lazos de colores diferentes,

violeta, rojo, verde. Negro nunca,

que evocaría muertos y ataúdes

que caen sin duelo alguno en pobres fosas

y no le ofrecen votos en las urnas.

La muerte por millares de los viejos

le es rentable al Gobierno en elecciones,

su rápida agonía deja sitio

a la fiel juventud del mal vasallo

que le dará su apoyo

con un diploma gratis bajo el brazo

y la promesa de estipendio eterno.

El mal señor prohíbe el lazo negro,

Imágenes de exequias y de llantos,

el rezo y los lamentos de afectados.

Él aspira a borrar completamente

de la mente mudable del vasallo

que hubo fealdad, que hubo difuntos,

dolor real, médicos enfermos,

sanitarios caídos en la lucha

por la vida de otros. Él se ocupa

de otra guerra en la que nunca estuvo

y que él precisa para ser el dueño

de ese poder que aprieta entre los dientes.

Ahora aspira a raspar de la memoria

el molesto relato de sus víctimas,

el guarismo tenaz que transparenta

en su rostro detrás del maquillaje.

Retoca la sonrisa y la chequera.

Repasa las consignas que le sirven

para llamar al voto a sus vasallos,

a los malos vasallos alistados

en su armada dual: -A mí, intachable,

varón de bienes, mano generosa.

A mí, nuevo hacedor de transiciones,

con apoyo fraterno y a mi diestra

del fiero Precursor del mundo nuevo.

Llego al fin. Me tenéis, al Enviado,

el señor al que amáis tantos vasallos,

el Sumo Bien, señor a la medida

de los que me elegís por ser el vuestro.

 

TRISTEZA

De haber vuelto a España.

 

Tristeza.

Sin límites, tristeza.

Sin excusa.

La del que pisa el cadáver hecho trozos

del que creyó país al que regresa.

Tristeza de vergüenza viscosa y de sonrojo

que cubren los recuerdos de la infancia,

las calles y los nombres de los pueblos

que tuvieron nobleza y un sentido,

que no fueron de nada ni de nadie,

que tuvieron grandeza sin rencores

y se quisieron por igual de todos.

Manjar de ratas hoy, de subasteros,

de feriantes de feria de desechos,

elogio de avidez y alcantarillas

de los repartidores de carroña.

Donde había montañas sumideros.

Donde Historia censura. Donde Arte

zafiedad obligatoria.

Dónde está, qué habéis hecho,

Qué fue de mi país, hoy desguazado.

Quién robó mi regreso, mi esperanza

y ha teñido el lugar de mis recuerdos

con el color viscoso de la envidia,

con la codicia torpe y sin valía.

Nunca debí volver. No merecía

mi país ser país, ni ciudadanos

los que viven en él.

Son y serán criados

de los países que merecen serlo.

Hicieron su bandera

del pálido terror a la grandeza,

del miserable afán del pedigüeño

que se esfuerza en lamer a los tahúres

por si le arrojan gratis de sus sobras

con dedos largos, fríos, enjoyados

con anillos tramposos de la timba.

Nunca debí volver. No había suelo

donde poner el pie, sólo migajas

y un horizonte hecho de repartos

a ras de conveniencia,

sin futuro, sin leyes, sin Historia.

Mapa para roer el pan ajeno

y no ver más altura que el hocico.

Tristeza del país que no fue nunca.

Capital de la envidia y de no serlo.

Mercedes ROSÚA