Siempre hoy

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges. El hacedor-Epílogo.

Cualquier roce, por leve que sea, con la grandeza, engrandece, ilumina el espacio mínimo de la vida, la futilidad de cuanto se intenta y la ficción de permanencia con el atisbo de una geometría, de un sentido posible, de una belleza cierta. De ahí la osadía de cobijar un rostro más, un mapa más bajo estas líneas de Borges, cartógrafo del mapa inacabable donde están todos los mapas.

Las Singladuras, en el espacio y en el tiempo, son siempre, están hoy.

 

DIARIO DE LA PANDEMIA

Madrid, 13 de marzo de 2020.

La realidad, la de una ciudad entera que había sido despojada de su alegría y de su vida, yacía como un cadáver del que se prefiere ignorar la existencia, cubierta por una capa de incredulidad y temor, del miedo que no acierta a decir su nombre y que está ya tan hecho a la disciplina de la autocensura que impide hasta la rebeldía y la protesta, hasta la denuncia de los autores del crimen y del despojo. La ciudad yacía indefensa y triste, reclamando con ojos mudos que la defendieran cuantos habitualmente la disfrutaban, los que bailaban noche y día por calles siempre concurridas y junto a ventanas luminosas. Pero todos llevaban al cuello la argolla de la resignación a la enfermedad, al mal que los acechaba, al estallido de peste al que el peor gobierno de su historia los había entregado dejando a las nuevas ratas microscópicas puerta franca.

Estaban tan acostumbrados a dividir el mundo en dos bandos y a pertenecer, sin mérito alguno, gran parte de ellos a la mayoría de los buenos que ahora no podían echarse atrás, debían apoyar, aunque fuera tácitamente, a aquél y a aquéllos que habían votado, aunque las diminutas ratas llevaran ya tiempo royendo países vecinos y la gigantesca y ruinosa corte del Presidente electo se alzara sobre inmensas, ruidosas y multitudinarias pilas de basura cubiertas de enormes pancartas que se resumían en el profundo odio al país en el que habitaban y a cuantos y cuanto era superior, excelente, hermoso, valioso por sí mismo.

Se imponían el silencio y la resignación, como si las diminutas ratas de la nueva peste, la ciudad mancillada y estrangulada, los millones de ciudadanos en arresto domiciliario, la vertiginosa cosecha de nuevos pobres, de hospitales desbordados, de enfermos y de muertos no fueran sino obra de la fatalidad, de un fenómeno ajeno al hombre, oscura venganza quizás de la Naturaleza que exigía lógicos sacrificios de los humanos de mayor edad. Los habitantes de la ciudad convertida, con una rapidez fulgurante, en centro de la epidemia, preferían enjugar las lágrimas compungidas del Jefe del Partido que, con su prolífico batallón de heraldos, había incansablemente demostrado su estúpida arrogancia, su codicia, su peligrosa ambición y su manejo incansable, como mascarón de proa, de la ficción ya longeva de representante del Bien, del polo luminoso de una ficción dual, de los combatientes incansables contra un diabólico dictador que no habían conocido y del que sorbían la esencia de su justificación de ser y de acaparar, aupados sobre montañas de entusiastas víctimas creadas y alimentadas al efecto.

Llevaban los habitantes de Villa tanto tiempo en la cárcel verbal Buenos y Malos, Socialistas y Fascistas, Izquierdas/Derechas, Progresistas y Reaccionarios que podían transitar sin mayor problema sobre el cuerpo de la ciudad herida y sobre sus propias dignidad y libertad, sobre la evidencia del comportamiento canalla de sus gobernantes y sobre la envidiosa y codiciosa estulticia de los que, con cómoda y rentable ceguera voluntaria, los sostenían. Estaban acostumbrados. En aquellas mismas fechas de marzo, hacía algunos lustros, habían digerido grandes dosis de propaganda proporcionada por el partido del Bien y, dejando atrás un terrible atentado terrorista nunca esclarecido, habían culpado, no a los asesinos, sino al partido que por entonces estaba en el Gobierno y a quien convenía desalojar. Y a partir de aquella comunión con la vileza asumida, estuvo permitido todo, y todo el silencio.

Por eso las ratas de la pandemia han tenido puerta franca, y gozan de la comprensiva impunidad anónima de las emergencias sexuales, históricas, científicas y climáticas. Corretean entre una multitud mansa, viva metáfora, con sus mascarillas, del país sin país, nombre, lengua, símbolos ni dignidad. El país que no tiene ciudadanos; tan sólo habitantes que no merecieron la hermosa ciudad que yace amordazada, indefensa y roída por la ya larga peste.

ROSÚA

 

El subtítulo adecuado de mi libro «Diario de a bordo» sería «De cuando dieron todo el poder a las ratas».

Las ratas siempre han sido el símbolo de la peste. En las circunstancias adecuadas de cobardía generalizada, reparto gratuito de placebos y elogio de la basura se les dan todas las facilidades.

Observo que, una vez más (no en vano mi web es el rincón de Casandra), sin yo advertirlo cuando lo escribía pero con una vaga conciencia de ello, el libro ha sido premonitorio.

Rosúa

 

SIEMPRE  HOY

ESPAÑA 2020: TRISTEZA

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INCENDIO EN NOTRE DAME

http://www.elrincondecasandra.es/notre-dame-poema/

EL GRAN CARNAVALhttp://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

UN MUNDO FELICÍSIMO http://www.elrincondecasandra.es/un-mundo-felicisimo/