Un mundo de transiciones

Un mundo de transiciones

 

Jinete mongol poniéndose al día.

España no es ciertamente la única embarcada en cambios perceptibles de etapa, ni tiene el copy right del producto Transición. Aquello a lo que ella se enfrenta con la sensación inconfundible de paso a otra época sucede también en diversas medidas en el área occidental a la que pertenece, mientras que en el resto del mundo cada cual intenta resolver a su vez contradicciones que recuerdan a los dolores de crecimiento de los adolescentes. Tal vez se trata del fin de la infancia del que hablaba Arthur C. Clarke, del paso de la omnipotencia infantil al sano, y a la larga mucho más gratificante, principio de realidad. (cap. 32 de «De la Transición a la Indefensión»). La imparable globalidad actual, tejida en buena parte por la espesa red de comunicaciones, podría equivaler a una primera etapa de esa mente común en la que en el relato de Clarke se resuelven las individualidades de los seres del planeta Tierra bajo la supervisión del enviado por una superior especie galáctica. En la práctica del aquí y ahora, es dudoso que los humanos quieran desterrar la personalidad distinta de sus vidas, aunque el precio de ella, y de la libertad, sean la tristeza, el error, la angustia y el fracaso. Final y fatalmente siempre se alza en el horizonte el Árbol de la Ciencia, el alto peaje que pagar por el conocimiento y el ansia de alcanzarlo, y la agudeza de las pasiones que, como las sensaciones directas, no admiten simulacros.

 

El Árbol sin la Ciencia.

A España se le ha acabado el tiempo de descuento, ha agotado la tregua entre una tiranía que le permitía ser irresponsable y la utilización del edificio propiedad de la cooperativa. Se enfrenta a sus propias cosechas, que incluyen la peligrosa mezcla de amplísima clase parásita, cesiones al terrorismo y nihilismo de vanguardia; tres elementos presentes en otros países pero no en semejante proporción ni protegidos por los mismos blindajes. En vez servir de parque temático de un romanticismo trasnochado y de un revolucionarismo light mediterráneo puede valer para naciones más consolidadas de cierto ejemplo negativo por lo que a ella tienen éstas de afín en lo que respecta a utopías de nómina y sectores improductivos cuyo mantenimiento, a cargo estatal, sirve de coartada para las fechorías financieras, siempre impunes. La cantidad en los ingredientes alcanza en España calidad significativa. Su red de intereses y sus financiaciones inútiles (excepto para sus beneficiarios) carece en Europa de parangón, como tampoco existe allende fronteras chantaje comparable al que aquende ha permitido el expolio. El sometimiento al terrorismo tras la matanza del 11 M y la colocación de miembros de ETA en puestos públicos ocupa un nada honroso solitario puesto. Es, además. España imbatible en el odio y denigración de sus símbolos, véase himno y bandera, de sus rasgos identitarios, como la propia historia, lengua y territorio, y del nombre mismo que la designa. Siempre parece tener una ansiosa lista de espera de enemigos autóctonos esperando repartirse su desguace, pero éstos, a diferencia de las guerras balkánicas, se guardan muy bien de arriesgar patrimonio o empleo.

En el resto de Europa  un amplio sector significativamente presente lleva largo tiempo embarcado en una cuidadosa demolición de lo que civilización occidental representa. Entre otras razones porque el producto tiene las ventajas de la comida rápida y es rentable: A más comunicación instantánea menos reflexión y más autosatisfacción, por ahorro neuronal y por sensación de pertenencia a un grupo.

 

La nueva franja norteamericana de energía (adiós, saudíes, adiós). Canadá.

Esa caricatura de la democracia que es la mezcla de populismo victimista, miedo y asambleísmo de luces cortas vende. El terrorista cuenta con una generosa cuota de comprensión, relativismo y todo tipo de argumentos que impidan al público la acción defensiva y ofensiva, la toma de posición y el riesgo. El interés por países lejanos y la afectuosa atención, con ejemplar solicitud y modestia, hacia sus culturas se utilizan como arma y argumento contra la propia. La bien pagada burocracia de organizaciones internacionales colabora activamente en esta dinámica de todos sois formidables con el reparto de títulos de herencia cultural, y lo hace con tal largueza que no sería extraño que se nombrara a la tradición de los cazadores de cabezas Patrimonio de la Humanidad.

 

 

¿Y si el hierro de Australia se cansa de ir a China?. Minas de Windawarri, Australia West.

Hay una curiosa virulencia indiscriminada en el movimiento que se proclama pacifista, parecida a la infinita sed antisistema de negación de cuanto existe precisamente porque tiene calidad, valor, peso. Se cultiva una añoranza de tierra quemada y punto cero porque los  habitantes de ese páramo carecerían de puntos comparativos y disfrutarían de la sensación de que nadie poseerá lo que ellos no han logrado. La nueva Edad Dorada mítica habría sido la del igualitarismo perfecto y sus antagonistas, en bloque, son desde Aquiles hasta el último de los héroes de la Aliada, Tersites –que al fin y al cabo tenía sus aspiraciones- incluido. La diferencia con el Hombre Nuevo o el Buen Salvaje rousseauniano es que ahora se trata de nihilistas bien instalados en la sociedad cotidiana, de la que extraen un estatus ventajoso y por la que se hacen pagar, y con frecuencia admirar. Como sin dualidad aparente no hay acción ni movilización, el cansino maniqueísmo tradicional se ve reemplazado por un inmenso Club de Víctimas, que sería el Pueblo (en absoluto el individuo ni el ciudadano de un Estado parlamentario de Derecho) enfrentado a los Poderosos, la Conjura y el indispensable Mal. El catecismo siglo XXI podría definirse como un Adanismo singularmente peligroso que reivindica para sí toda la legitimidad del fin que justifica los medios frente a un estado de cosas maligno, injusto y coercitivo. Se trata del adanismo de las clientelas parásitas del sistema cuya destrucción propugnan, dispuestas a trocear y repartirse como botín legítimo sencillamente cuanto existe mediante el monopolio de las utopías y la propaganda potenciada como nunca anteriormente por los medios de comunicación.

 

Uzbekistán: Ayer y ahora.

Como los dioses castigan a los hombres concediéndoles sus deseos, resulta que el Enemigo habitual, los malos de nómina, siguen el consejo de tantos graffiti Americans go home y se van a su casa. Estados Unidos, y Canadá, tienen las grandes reservas y la técnica para extraer de nuevas fuentes cuanto combustible necesitan, dan la espalda al viejo, conflictivo, siempre pedigüeño continente y estrechan lazos con las enérgicas y laboriosas naciones del Pacífico, en las que, por haber vivido la experiencia, tienen poco predicamento las veleidades utópicas gratis total. El pistoletazo de salida lo dio el Presidente Obama, a poco de ser nombrado, en su discurso en El Cairo, ignorando a la población con aspiraciones a un estado moderno laico egipcio y adulando a los islámicos. No está siendo una digna retirada, y es probable que tampoco el abandono de Europa, en ambos sentidos, sea una medida inteligente que impulse la afirmación de naciones más libres y prósperas en un mundo mejor, pero al menos hará patente e insoslayable la conciencia del precio de cuanto se posee y la necesidad de esforzarse y de pagar por vivir cómo se vive, con la grave consecuencia de dejar en el paro a las capas parásitas de las utopías vicarias.

 

Bulgaria: Los Balkanes, la valiente Europa de Eurasia.

Mientras tal cosa ocurre, proliferan los temas de sujeto neutro, indefinido, de irresponsabilidad difusa, que generan redes de intereses y permiten crear fuentes de beneficios sin méritos probados y sin pérdidas patrimoniales. Dado que el futuro, como el papel, lo aguanta todo, los sujetos individuales, responsables por lo tanto de sus actos, han desaparecido de escena. Los aquiles han menguado de talla a velocidad pasmosa y no aspiran a mayor gloria que al puñado de minutos televisivos. Ya no hay héroes, ni aspirantes a serlo, que para bien o para mal al menos se arriesguen en empresas y deban rendir cuentas en el presente confrontados al principio de realidad. Se ha creado un mundo de abstracciones sin culpables, un horizonte planetario anónimo que se constituye en nueva religión, la más reciente de las temibles religiones laicas, con sus dogmas, ritos y, sobre todo, oneroso clero. Los dioses antiguos están sin duda encantados ante la segunda oportunidad que, tras milenios de olvido, se les ofrece. Gea, Urano, Odín, Cibeles, Cernunnos, Isis, Zeus, Ra, la Pachamama y demás personificaciones de elementos naturales y leyes físicas disfrutan de la nueva juventud que les brindan los adoradores de la Madre Tierra, los cruzados de la salvación del Planeta, los convencidos del solícito amor con el que la Naturaleza los distingue, sin reparar en que la amorosa madre se rige por la selección natural y la supervivencia de la especie, no la del individuo y menos aún la del débil, el de avanzada edad (más de 35 años) o el enfermo. Toda irracionalidad y todo dispendio y abuso tienen barra libre en el culto futurible al uso, en nombre de dogmas tan indiscutibles como de imposible comprobación. Brilla de nuevo, en el horizonte de los partidarios del mínimo esfuerzo mental el sol de la autocensura. Imposible rebatir y ni siquiera cuestionar las predicciones, catastrofistas todas, de diversas y merecidas desdichas de las que será víctima la especie humana, culpable por el hecho de existir y, mientras alienta, en estado de pecado original e imperativa necesidad de arrepentimiento público, disculpa y expiación. Cuando el comisariado bienpensante veía con inquietud disminuir el terreno propicio para sus fieles, peligrar los chantajes duales y con ello los diezmos y primicias de su clero gloriosamente laico, aparece la gran empresa de la salvación planetaria, con filones inextinguibles de víctimas que reivindicar desde la aurora de los tiempos. Todo un respiro.

 

Oriente quiere a Occidente (Omán).

Y sin embargo la cartografía de la indefensión y de las transiciones es precisamente la que permite avanzar hacia muy diferentes panoramas, la que, por contraste con el Lado Oscuro, delimita el perfil de territorios de claridad y, una vez abandonadas las cadenas duales, se abre a opciones,  hechos, individuos. Queda atrás, como un traje viejo, la cárcel lingüística, el lenguaje interesada o estúpidamente pervertido. Cada día es distinto, y la tarea, al principio trabajosa y desacostumbrada de juzgar por los hechos y actuar según el juicio propio, adquiere el atractivo de quien explora países a la vez familiares y desconocidos. Una limpieza a fondo de populismo permite descubrir las posibilidades personales, el rescate de la herencia cultural y el esfuerzo del saber aporta la inconfundible sensación de alimento no perecedero, el denigrado cariño por la tierra propia pasa a ser puerta hacia la percepción y aprecio de las ajenas, que crecen a su vez  y toman altura cuando, necesariamente, hay que rendirse a la belleza que acompaña a la crueldad del mundo. Y se vuelve a la vieja pregunta fundamental ¿Vale más vivir que morir? ¿Vale más el ser que la nada? cuya respuesta es siempre solitaria.

 

La vitalidad laboriosa de Asia.

Tras las opciones hay puertas, con frecuencia muy materiales. La del abandono, que probablemente no será largo ni será tal, de un Washington volcado hacia el oeste podría atraer la atención del Viejo Mundo hacia una zona de posibilidades: la Eurasia más allá del mar Caspio. La nueva Ruta de la Seda revive su vocación comercial, se sabe crucial por el uranio, el oro y muy especialmente por las arterias de gas y de petróleo con proyectos cada vez de mayor importancia. Europa tiene ahí su Pacífico, su oportunidad y su salida, en países como Uzbekistán, con una gran ambición de modernidad, con vitalidad y dinamismo. Estos territorios situados en el centro del círculo antigua Unión Soviética-China y al sur de fundamentalismos islámicos de confesiones diversas, no desean integrarse en las áreas de sus vecinos, pese a los requiebros de Arabia Saudí y el peso de la China y la Rusia inmensas.[6] Su  historia, enterrada en la arena, habla de épocas más amplias, de un fluir paralizado y anegado en sangre, como en Merv (Mary), en 1221, por Tolui, el hijo de Gengis Khan, que la arrasó y exterminó con un saldo quizás de un millón de muertos y puso fin a la mítica Ruta. El pasillo de Asia central se reabre, los uzbecos miran hacia Occidente, en Tashkent se perciben la energía y el cambio. Una calle en Samarcanda recuerda a Ruy González de Clavijo, enviado por Enrique III de Castilla en 1404 como embajador en la corte del emperador mongol Tamerlán, que es Timur Lang, es decir, Timur el Cojo. El oasis de Fergana, en las puertas de China, es una moderna ciudad de tipo soviético y buen nivel. Las dictaduras de Turkmenistán puede que sigan el ejemplo –es decir, que desaparezcan- de uno de sus jefes supremos, amante de las estatuas de oro que se hacía erigir en la capital, Ashgabad, y que los congresos que le deseaban miles de años de Presidencia no impidieron que falleciera súbitamente de un infarto. Es muy probable que, esquivando el poco atractivo ejemplo iraní –por no hablar del de Afganistán y Pakistán-, estos países busquen alianzas semejantes a las aspiraciones de Turquía al ingreso en la Comunidad de países mediterráneos.

La Europa de Europa hoy por hoy es Eurasia, sus perspectivas de alianzas, comercio y progreso se encuentran también en Extremo Oriente, en sociedades vacunadas contra el comunismo por vecindades y por experiencias terribles, que han sabido alzarse hasta la modernidad en pocas décadas, en las que la sociedad civil hierve de iniciativas y deseos de instruirse y ha rechazado sabiamente el victimismo y el complejo respecto a Estados Unidos. Vietnam, Singapur, Malasia en buena medida, lo que podrá ser en breve Myanmar, la Birmania de otrora, Japón cada vez más alejado de un culto de tipo fascista al honor que parecía genético, Corea del Sur, Taiwán limpia como los chorros del oro, amable, vital, educada, sonriente y segura, y los que se van sumando configuran el amigo asiático por méritos propios. Los temidos amarillos no son un peligro sino una esperanza y una ventana al futuro para la Europa desorientada, regresiva, aldeana, temerosa. Los países musulmanes, encerrados en el problema del único juguete de una cultura y religión fallidas por la impotencia para separarse del Estado, lo resolverán o no, pero Europa tiene que dar el sorpasso, sobre ellos y comunicarse y establecer lazos con los que, en un mundo en todos los lugares asequible por los transportes, han optado por vivir vidas civilizadas, dichosas, prósperas. Sociedades punteras en informática pero sabiamente tradicionales en los usos que valía la pena preservar, donde hombres y mujeres salen, entran, van juntos, en las que los templos están abiertos a cualquiera y las aulas no dan abasto con el afán de aprender, poblaciones con arte y técnica, parejas enlazadas, niños, tradiciones amorosamente conservadas, con su color, bullicio y al tiempo su tolerancia y paz, para disfrute de propios y extraños.

Esos millones en los que Occidente ve temible masa por la simple razón del número no son hormigas homogéneas e implacables en la sumisa dedicación al trabajo. Son gentes, como los del otro lado de Eurasia, de una de gambas pero pagándosela ellos, de mercadillos con rica comida fresca, de competiciones de fuegos artificiales, bailes y música, de ir de tiendas, de pedir favores en los templos a sus santos patronos, vestirse a la última y aprovechar hasta el último minuto de sus ocios. Ellos han tenido de todo en cuestión de vicisitudes en los siglos XX y XXI, saben de la virtud de la modestia, la observación, la tenacidad, y se desviven por alcanzar altos niveles educativos, sufrieron agresiones, manifestaciones y muertos, conocen los precios de la libertad, del respeto y la fragilidad de los sistemas de Derecho y la democracia, sus vecinos próximos son dictaduras tan enemigas de los individuos y de la vida buena en Asia como en Europa o América. Tienen, por lo tanto, mucho que ofrecer, observar, compartir, intercambiar y disfrutar en el mejor sentido de las globalizaciones.

 

Tan lejos tan cerca. Auckland, Nueva Zelanda.

La mercancía que Europa tiene para ofrecer, su oro, su uranio, su petróleo y su seda, es su modo de vida, algo que parece banal, imperceptible por lo cotidiano, pero muy real, hasta el punto de que permea el planeta y se ha extendido por una aceptación que no es la del caballo ni la espada, amalgamándose cada vez con formas lejanas y diversas pero en todas reconocible, en especial cuando falta. Y responde al simple deseo de libertad, de saber, de pensar y de disfrutar de la existencia.

 

 

 

 

 

[1] La realidad hispánica no decepciona: acaba de ofrecer, en marzo de 2016, un remedo de semáforo maoísta versión de género, con muñequitos con femenina falda.

[2] Véase La Secta Pedagógica, de Mercedes Ruiz Paz. UNISÓN EDICIONES.