03/5/23

Una pequeña historia de un gran horror.

Una pequeña historia de un gran horror.

 

La chinita -inventemos un nombre, Li, en esta historia real acaecida en febrero de 2023 en unos grandes almacenes- atiende a la clientela, numerosa, de su país de origen en su lengua, y a los demás en español perfecto. Es menuda, eficaz, sencilla y amable. Mientras espero que termine con viajeras que parecen dispuestas a llevarse al Celeste Imperio buena parte de la cosecha de las rebajas, le digo algunas de las poquísimas frases en chino que conozco y se establece un delgado puente de curiosidad y leve simpatía.

Li es muy joven, no lleva maquillaje. El pelo peinado hacia atrás en coleta, dejando libre y pulido, como un talla marfileña, el óvalo de la cara animado por la negrura vivaz de los ojos; unos ojos sin miedo, sin ese movimiento sesgado típico de los sistemas totalitarios que vigila instintivamente un posible espionaje. Li está contenta y tranquila, le gusta hablar, no esperaba que una española conociera China y menos aún la China de otras décadas, no tantas, de la que su familia procede.

El barullo de gente  se presta a las confidencias, como el ruido de un mar que las sitúa a ambas en el anonimato de su oleaje.

-Mi familia vino de un pueblo pequeño del sur.

-Conozco la China que tú, afortunadamente, no has conocido. La de hace muchos años. Viví entonces allí. He viajado después algunas veces luego.

-Entonces era horrible. La hambruna…Mi familia…mis padres.

El Sol también tiene una cara oculta.

No fueron víctimas de una catástrofe natural, de fatales e involuntarios errores ni de una guerra. Lo fueron de las inapelables medidas del Partido dirigido por un Líder deificado: Mao Tse-tung.

Li habla sin miedo ni reparos, como se narra una pesadilla ajena. Quien vive la pesadilla es su interlocutora. La muchachita china continúa tranquilamente, y el espanto que relata, y que resbala por su rostro como agua por una piedra pulida, en ella, afortunadamente, no deja trazos, viene a hundirse en las cicatrices de la que la escucha y ha escrito sobre ello, la que, sin quererlo, se ha pasado la vida escribiendo sobre ello. Porque hay certidumbres que cuando se ven y se saben entran en la propia existencia y no salen jamás de ella.

Pero Li es feliz, se nota, están a salvo ella y su familia. Por eso puede zambullirse en la peor pesadilla, la que vivieron sus padres, sus abuelos.

-La hambruna. Cuando se intercambiaban los bebés para no comerse cada familia el propio. En el pueblo de mis padres. Muy horrible.

– Lo sé. En esa hambruna hubo al menos treinta millones de muertos.

-Más.

-Sí. Hubo otras, y murieron más millones.

-Es que, ¿sabes?, en China no se puede saber todo eso. No se dice, no está en la Educación, ni en los libros. Aquí, en España, es posible leer todo. Allí no.

La imagen del cuadro de Goya “Saturno devorando a sus hijos”· salta recurrente al cerebro de la que escucha a Li y compensa el espanto con la alegría de ver a esta muchachita china sana, contenta, con toda la vida por delante.

-Mi padre se vino primero, sabía un oficio. Luego mi madre, con la reagrupación familiar Tuvieron más hijos. Antes en China no se podía. Ahora tengo hermanos.

Quedamos en charlar otro día. Vienen clientes que piden colores y tallas.

Recorro hasta los lavabos y la salida la planta de los almacenes en un estado de nubosa ausencia, separada de los otros por algo más lejano que años luz, porque vuelvo del fondo del más negro de los mares, de lo que es aún hoy presente y no recuerdo. Aquí, en Europa, España 2023, aún se alaba al comunismo, aún se transita por una cárcel mental absolutamente impostada, y ficticia de Buenos y Malos, en la que viven cómodamente los parásitos de la más falsa y letal de las dualidades que les otorga carnet social de buenos. Y nada importa, nada le importa a nadie el inmenso saldo de millones de muertos, el peso abrumador de la evidencia, mientras ellos borran frenéticamente la Historia y se pavonean en galas, pantallas, columnas de periódicos.

En los escenarios, en los platós de tv y en los variados espectáculos podrían recitar a Hamlet, utilizando para ello uno de los millares de cráneos que se apilan en Camboya en recuerdo del genocidio comunista de buena parte de la población. Tendrían material donde escoger, todas las edades y tamaños, con la deseada igualdad de género que otorga la muerte. A éstos no pedirán sacarlos de la fosa los especialistas en vencer enemigos muertos.

Recuerdo, sé, recuerdo, consulté, vi, he sabido. Cada uno de los recolectores del peor árbol, el de la completa irresponsabilidad individual en los propios actos, cada uno de los que se nutren y han nutrido de la cosecha de las nueces totalitarias es responsable de haber ignorado esos muertos, esa destrucción de la libertad y de las almas, ese fango de grisura y esa gente devorando los hijos de otros en las hambrunas. Los cosecheros siguen en su afán, y no los ve nadie. La chinita es feliz, bendito sea. Ella sí.. Lo que dice sé que es verdad; he visto la cara del horror.

Saturno devorando a sus hijos.

Francisco de Goya.

Y atravieso los grandes almacenes, los modelos de ropa innumerables, las variadísimas comidas, salgo al amplio cielo exterior. Sin embargo Saturno por todas partes sigue devorando a sus hijos.

Pero….

Individuo versus tanque: Pekín, 1989. Cualquiera. Siempre.

Rosúa

04/20/19

LAS CLIENTELAS DE LA UTOPÍA

https://www.elrincondecasandra.es/las-clientelas-de-la-utopia-2/

LAS CLIENTELAS DE LA UTOPÍA

 

 

MERCEDES ROSÚA

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 De la sustancia de la utopía se han forjado las pesadillas, los sueños y quizás gran parte de aquello por lo que el mundo es mejor y la vida vale la pena. Pero el afelpado reducto de las sociedades protegidas, el maleable tejido de comunicaciones, presiones, adhesiones virtuales y sustitución del contenido por el volumen y difusión de las palabras han creado una clase nueva para la que la utopía es su vehículo, la lona que recubre sólidos edificios de intereses, la contraseña que permite el acceso a zonas deseables y bienes restringidos y que incluso procura el lujo de la superioridad de valores. Ninguno de estos rasgos es original pero su conjunto ha generado algo, por sus dimensiones, nuevo, que se extiende por el siglo XX y el XXI y tiene como base el terreno propicio de las democracias, las libertades y los más o menos prósperos estados de bienestar: Se trata de los inversores de la Utopía, entendida ésta como lejana profesión de fe ausente de precios y de riesgos, icono rentable y hábil mecanismo que garantiza tanto la ceguera selectiva como la legitimación del secuestro verbal y cultural que vienen caracterizando la época.

Se habría alumbrado una especie nueva, una clientela acogida al común, y contradictorio, denominador de utopía sórdida por cuanto el término, despojado de toda la grandeza de sus aspiraciones, de su tensión y de su inexistencia, se prostituye en apéndice utilitario de ventajas fáciles, seña de identidad desprovista de relación alguna con los deseos y opciones reales de los individuos, instrumento de coacción, y de agresión, contra aquellos a los que interesa definir como antagonistas para ocupar así en exclusiva el lado luminoso de la ética y cosechar frutos ajenos al mérito y al esfuerzo. La sordidez de esta utopía reciente se manifiesta en la dualidad palabras/actos, en la rentabilidad material, social e intelectual que procura y en la descarnada burla que su profesión supone para países y personas, siempre lejanos, que llevan décadas sirviendo de paraísos vicarios. El fenómeno es inseparable del parasitismo y el estado de bienestar. En ningún terreno se manifiesta con claridad tan meridiana como en el de los Señores de la Guerra Semántica, que deben su status al monopolio del etiquetado político y moral.

Este libro comenzó como un epílogo a las reflexiones de M. Ruiz Paz [1]. Luego siguió su camino. Podría haberse titulado La Secta: El regreso, y, en verdad el suave pavor de la servidumbre a la farsa cotidiana, la obligada cohabitación con la irracionalidad y, bajo el manto de tópicos, el simple imperio de los dueños de la manipulación y el vocerío hubieran justificado la analogía con el incansable linaje del parásito extraterrestre. Porque los peores monstruos son los cotidianos.

El subtítulo hubiese sido, a sabiendas, falso. La secta, tan engañosa como agresiva, tan blindada como voraz, tan prescindible como decidida a una muy larga duración, no ha regresado jamás porque nunca se ha ido, y no va a abandonar a causa de simples cambios de gobiernos o de leyes territorios que ha parcelado definitivamente como suyos y de los que recibe, con cada nuevo partido electo-sea del signo que sea-, escrituras de propiedad a cambio de sosiego mediático y de manos libres en otros campos. Lo ocurrido en Educación y Cultura (el interesante botón de muestra hispánico) es la punta del iceberg del gran secuestro que ha marcado el espíritu del siglo XX y se esfuerza en extenderse al siglo XXI: Nada menos que el monopolio de ética y estética, de comunicación y de civilización, de orientación axiológica y de representación del mundo que se ha habitado y que se habita. Y ello porque de la impostura, de la mistificación de la Historia, del ocultamiento sistemático de al menos la mitad del planeta de los hechos lleva viviendo, prosperando, aplastando y perpetuándose una clase muy especial de los tiempos modernos que se ha creado toda una técnica de autojustificación, conquista y subsistencia a base de impostar solidaridades, ideales y rebeliones mientras se nutría de los frutos ajenos, acaparaba bienes del enemigo, negociaba prebendas durables y alababa paraísos tan lejanos, en el espacio o en el tiempo, como fuese posible. Progreso, la palabra clave cargada de tesón y de esperanza, degeneró en el himno de burocracias entusiastas de la mediocridad y de la rapiña, sembró continentes y décadas con la más numerosa, silenciosa y silenciada cosecha de muertos, fue suplantada por la religión del terror necesario, de la mística dual de Buenos y Malos, Derechas e Izquierdas, Pobres y Ricos destinados por el materialismo histórico a ser tan inmutables ambos en su esencia como antagónicas especies zoológicas. Y ha terminado, de forma harto ignominiosa, encarnándose en un uso de progresista que es prácticamente la antinomia del término originario. Es desde ahora indispensable distinguir entre la palabra que designa, especialmente a partir de los siglos XVIII y XIX, a personas que pagaban con su esfuerzo, lucha, riesgo e insaciable avidez de conocimiento los avances de la especie humana y la impostura bajo la que se han cobijado los usurpadores del vocablo. Éste fue símbolo de la Ilustración y de las Luces, de científicos y pensadores, de luchadores contra la esclavitud y el fanatismo y de firmes creyentes en la igualdad de libertad y de derechos. Progresista está cargado de nobleza, inteligencia, humanismo y universal amplitud; su caricatura reciente consiste en el uso del epíteto como un modus vivendi, una bandera bajo la cual se obtienen bienes y promoción social a base de la incuestionable fidelidad a un puñado de clichés y de personas, gracias a la repetición de mantras y jaculatorias del nuevo santoral laico, a la sumisión a los líderes que alegan incuestionable legitimidad moral. Socialismo, igualdad, trabajadores, e incluso (cuando pintan mal las elecciones) llamadas al apoyo a la democracia, han servido y siguen sirviendo para que una clase de moderno cuño viva de ello. Ni siquiera se trata de la superestructura ideológica con la que se justifica el grupo dominante. El fenómeno es más somero y moderno: simplemente consiste en disponer medidas, leyes, declaraciones y proyectos que benefician, enriquecen y afianzan a una clientela la cual, a su vez, responde con fidelidades y apoyo. La facilidad de los análisis duales, el miedo y la seguridad de la falta de alternativas hacen el resto.

Se trata de algo a la vez mucho menos llamativo pero incomparablemente más peligroso que las clásicas y millonarias corrupciones y cohechos, la rebatiña de comisiones urbanísticas o el nepotismo rudimentario. La inclusión en el club bueno-progresista-socialista-demócrata auténtico reside, simultáneamente, en la identificación de su imagen mediática y ubicación social como única zona positiva por cierta vaga cláusula de superioridad garantizada y en la muy real certidumbre de que, sin ese peaje, no hay promoción ni agradable acomodo en el mundo, entre otros, de una enseñanza, comunicación y sector público entregados, en contrato implícito, a grupos de presión que medran con este reparto.

La radiografía de esa nueva clase fruto de nuestra época la revela como un tumor movible, dentro del cuerpo del sistema parlamentario y de mercado al que ya no aspira a suplantar porque conoce su rendimiento y eficacia pero del que sí espera vivir holgadamente, sin aportar riquezas ni méritos propios, por medio del chantaje permanente basado en el puñado de tópicos tomados de revoluciones y sistemas que se han caracterizado por el desastre económico y humano. La utopía y el populismo maniqueo son para tal milicia armas indispensables. El igualitarismo forzoso, no de derechos, sino extrapolado a capacidad, trabajo, formación, ciencia, dotes intelectuales y a la peculiar e intransferible envergadura, les resulta cuestión de supervivencia puesto que la valoración del individuo, el reconocimiento de diferencias y la estima de cada cual según sus obras privaría automáticamente al grupo de presión de todo su poder y haría desvanecerse la supuesta base moral en la que, desmentidos de continuo por su práctica cotidiana, se apoyan y que siempre se refugia en entidades anónimas y gregarias: clase social, etnia, herederos históricos, objetos perdurables y tradicionales de las injusticias de un Mal, llamado sistema, que les otorga, en permanente usufructo, el rentable cargo de víctima de una deuda vitalicia. Pasado el seísmo de las revoluciones, olvidadas cuidadosamente ruinas y cadáveres y bien aferrado el oportunista de camiseta del Che y chaqueta de lino con arruga estratégica a las ubres de la democracia burguesa, la nueva clase de los traficantes de la melancolía, la amenaza, la reivindicación y la queja ha hallado un hueco ecológico envidiable. El siglo pasado ha sido tiempo de cobro para las multiformes variantes del impuesto revolucionario. Una de ellas, menos sangrienta que la etarra pero maestra en el empobrecimiento, la coacción y el timo, fue, y es, la llevada a cabo en España. en Educación y en Cultura. El fenómeno en absoluto se limita a esta nación y a su devenir contemporáneo, pero sí puede utilizarse como paradigma. El país ha seguido siendo, cara el extranjero, el parque temático-social que ya fue durante la Guerra Civil, heredero a su vez del romanticismo de la diferencia a medio camino entre el medievo y el cercano buen salvaje. Cultura y Educación constituyen el mascarón de proa y el vivero renovable de sectores variados y prosaicos que hallan su acomodo en la prolongación del conflicto virtual.

Hay un conmovedor optimismo, un voluntarismo de cambio y una modestia nacida de la sumisión a límites previamente fijados por la autora en la frase ¿Por qué someternos a la secta? con la que cierra su libro Mercedes Ruiz Paz. Sería hermoso que los sometimientos, la relación de fuerzas, el imperativo de los poderes establecidos se debieran a altos ideales, audaces esquemas teóricos, arriesgadas apuestas por el porvenir, o, aun mejor, que los fracasos (siempre presentados como meras deficiencias) obedecieran a conjuras perversas contra las fuerzas de la justicia y el progreso. Sería bello que los errores proviniesen de la mal enfocada energía, de la inocente desmesura, del fatal choque entre la exigente contingencia diaria y los sueños de la razón y el corazón. Las equivocaciones de ese tipo arremolinan catástrofes, destruyen sistemas, pero activan la capacidad de respuesta, engendran revulsivos y tienen en su mal, al menos, cierta grandeza. El desguace y reparto, como botín, del sector público, el imperio de las sectas y las mafias, a las cuales pertenece, entre otras, la pedagógica, su extensión en España desde los ochenta y su pervivencia, ciertamente, en los años venideros apenas precisan ropaje teórico. La simple sociología, el informe estadístico y la enumeración descriptiva de clientelas sindicales y políticas bastan. No en otras leyes ni profetas hay que buscar la explicación a un hecho tan palmario como que se haya destruido, en la práctica, lo que se llamaba Enseñanza Media, reducido el Bachillerato a un breve remedo y a los adolescentes a niños por decreto, que una imparable y cotidiana purga elimine al profesorado de mayor calificación e independencia y deje en su lugar una tropa intercambiable habituada al horizonte primario y el conformismo sumiso, que no se enseñen, o apenas, materias esenciales, que se hayan vendido siglos de civilización e historia a cambio de los favores electorales de un hervidero de satrapías, que se derroche en una plétora inútil-excepto para sus inventores-de diferenciaciones, apoyos y refuerzos el horario de clases, se rellenen espacios lectivos y libros de texto con un puré aguado y catequístico al progresista modo, que se asigne prácticamente a cualquiera cualquier asignatura edad y nivel de alumnos y se manejen éstos como masa troceable y distribuible en función del reparto laboral y las conveniencias electorales de la coyuntura. Ha ocurrido una inversión insólita: Se fabrica el sistema en función de aquéllos a los que conviene colocar y se recubre a posteriori de clichés que se quieren ideológicos y se adscriben en sus componentes al maoísmo rancio y el populismo igualitario emparentado con la deriva irracional de fácil cultivo en gentes cada vez más privadas de cultura y de memoria histórica.

De la maniobra dan fe la ausencia de críticas, la patente de impunidad y silencio fácilmente comprobable por la más somera investigación, desde sus comienzos en los ochenta, silencio que se hace clamoroso respecto a los intocables dos sindicatos oficiosos del entonces Gobierno, que se percibe a todos los niveles, en todos los medios e incluso en las conversaciones privadas de institutos y oficinas. La sumisión procede, desde luego, del temor, pero también de la mansa aceptación de la relación de fuerzas que deja al disidente potencial sin protección alguna ante las variadas formas de ostracismo y represalia, y ante una certeza de la irreversibilidad que los sucesivos gobiernos no ha hecho sino corroborar. Es inimaginable un hombre público que se atreva a denunciar, presiones y manipulación de los supuestos mediadores sociales y representantes de las masas trabajadoras porque significaría la inmediata desintegración de su futuro político bajo una lluvia de acusaciones de antidemócrata y fascista.

Quizás la docilidad ante la mediocridad preceptiva, la adopción generalizada del confortable anonimato sean el imprescindible peaje de la democracia; al menos sí de una democracia que tiene, en lugar de partidos, máquinas de creación de opinión, que puede permitirse el reparto de grandes sopas populares y que ha hecho de la igualdad y del uso del término que la evoca el más letal enemigo para la especie en franca regresión del hombre libre y para la muy auténticamente democrática igualdad de oportunidades y de derechos. El Gobierno gobierna escasamente, se le permite hacerlo en las cuadrículas asignadas por el pacto con los poderes fácticos, los cuales incluyen, en un sistema cuatrienal representativo, a cualquier grupo capaz de influir en la vida pública, amenazar con ruido y escándalo, crear y capitalizar agravios clasistas e históricos e instalarse en el chantaje como forma de vida. Llegados aquéllos a un entendimiento, el sector público se transforma en simple objeto de reparto, puestos con los que premiar fidelidades, y ello desde la cúpula hasta el más modesto nivel. Pero hay variedades, condicionadas por el principio de realidad, por el freno que suponen para la ignorancia, la arbitrariedad y la codicia el peligro cierto, la urgencia de la demanda y la imposibilidad de ocultar el seguro desastre. Nadie se hubiera atrevido a eliminar conocimientos de base, a meter en un sistema de funciones intercambiables a empleados de sanidad, médicos, enfermeras, limpiadoras, conductores de ambulancia, practicantes, masajistas y protésicos. Ni el partido más demagógico ni el más ambicioso de los sindicatos osaría proponer tal igualitarismo en las líneas aéreas con pilotos, azafatas, cuidadores de pistas, equipos de limpieza y técnicos de mantenimiento; ni es probable que el más acérrimo reivindicador de las lenguas históricas se empeñara en su prioridad respecto al inglés en las maniobras de aterrizaje y despegue. Tampoco ingenieros, capataces, delineantes y peones corren el riesgo de verse confundidos en un único cuerpo laboral de tareas intercambiables. A todos ellos les protege la certeza de la cascada de defunciones de los pacientes, el derrumbamiento de rascacielos, acueductos y embalses y la previsible conversión de los aeropuertos en humeantes depósitos de chatarra.

Pero Educación es, de todos los sectores públicos, el más indefenso, vulnerado y vulnerable, el de evidencias del desastre a muy largo plazo, el de protestas y manifestaciones inexistentes cuando de la adecuación, profundidad y esencia del saber se refiere. Y es indispensable contentar a capas parásitas acostumbradas a la invocación de dioses con cuyos penates adornan el chalet reciente y la reunión social, hechas a la extorsión light, la okupación  del espacio ético y decididas, pese a (y a causa de) su carencia de aportaciones objetivas y de valor intelectual, a la explotación intensiva de los Presupuestos Generales, la clonación burocrática y la redacción del Boletín Oficial del Estado.

Lejos de ser un problema doméstico, la tesela educativa pertenece a mosaicos más amplios, a la época postotalitaria en sí, a los diezmos pagados por amedrentados dirigentes a cambio de espacio para sus proyectos prioritarios, al desconcierto temeroso con que se observa la mudable bestia de la opinión pública, su transformación imprevisible en violento o sabio centauro. Días de clientelas y de sectas. Tiempos de incertidumbre, de arte mimético y perfil desvaído, de contradictorias distribuciones de promesas y regalos, de paraíso rápido de libre admisión. No el fin, sino el principio de una inquietante, generalizada infancia.

 

 

CUI PRODEST?[2]

 

 

Si se dijera que toda esa Reforma Educativa que desde los años ochenta copó en España los medios y el discurso oficial y oficioso con las loas a su ideario, la oratoria social grandilocuente y las llamadas bélicas a su defensa no fue una gran medida progresista sino la acotación de parcelas de poder sociopolítico, la promoción y afianzamiento de una clientela de votantes y la planificación de un reparto, la apreciación sería desdeñada por su banalidad y cortedad de miras. Y sin embargo es cierta. Naturalmente, existía también la necesidad de los dirigentes de crear una cortina de humo populista con nulo coste económico. Pero tras la Ley de Ordenamiento General del Sistema Educativo hubo, y hay (nunca se atrevieron los gobiernos posteriores a derogarla, y sus redactores, apenas obtenido el poder en 2004, hicieron bandera de su reivindicación) esencialmente votos y puestos, medios de difusión y de control, atribuciones y nombramientos, ascensos y dividendos que no son su consecuencia posterior sino su finalidad primordial. Han regido la iniciativa desde su origen, presidido su trazado, dispuesto su urgencia. Otra cosa es que la red de clanes se cubriese, cara al exterior y a sí mismos, con galas de devoción misionera, paternalismo estajanovista y lealtad militante.

Cierto pudor, que difícilmente entenderán los usuarios del fin justifica los medios y los abonados al ataque personal y el personal provecho, hace penosa la mención concreta de la clientela que se ha beneficiado, y beneficia, de las ampulosas consignas con las que se ha revestido el entramado de intereses que segregó como caparazón verbal la Ley Educativa de 1990. Sus valedores recurrieron a diversos tipos de chantaje, coacción y agresión laboral cotidiana para neutralizar, perjudicar y eliminar a cuantos consideraban fuera de su bando, que eran los que ocupaban, por diplomas, oposiciones y demostrada capacidad, la docencia a adolescentes en la Enseñanza Pública. Es típico de la deriva de los poderes fácticos hacia variantes multiformes de la Cosa Nostra la utilización del miedo, el imperativo de sumisión a la prolífica especie del comisario político, el resignado ofrecimiento de cuantas mejillas sean precisas a la humillación indiscutible de una evidencia que hay que silenciar: La opinión se extraña de un fracaso educativo que parece aumentar en relación proporcional a las inversiones que en él se hacen. Simplemente, aquí como en tantos otros organismos nacionales e internacionales, no se trata de cuánto, sino de a quién, cómo y para qué se da el dinero. El sistema que lo canaliza es nocivo para los alumnos, no aprenden, es absurdo y ridículo. Reina en los centros, desde hace varios lustros, una omertà comprensible, porque tanto los dos sindicatos como el partido que promocionó la Ley, amén de los incondicionales y agradecidos, ejercen cotidianas, lentas y continuas represalias contra los reticentes a un credo de comportamientos, profesiones de fe y obediencias que se ha impuesto a base de mecanismos que reproducen, en el formato y extensión que sus condiciones les permiten, la maqueta totalitaria fuera de la cual no hay salvación.

No ha sido, sin embargo, el miedo el único freno a la denuncia explícita, ni siquiera constituye siempre la razón principal para las raras personas que anteponen a sus propios intereses los de la verdad. Existen el rechazo a la mención concreta de personas o asociaciones, la repugnancia intelectual hacia la nominalidad, el desprecio instintivo respecto al ataque individual y el libelo. Quizás por la certidumbre, más allá de imperativos éticos, de que, en realidad, tales concreciones tienen escasa relevancia y sólo pueden transcender a la anécdota y la coyuntura por su valor como ejemplos significativos. Porque lo que importa no es el mal o bien que pueda causar la mención de los beneficiarios, sino el lugar que, por sus actos, éstos ocupan en la explicación de los hechos. Ha ocurrido en la Educación española de las últimas décadas del siglo XX un curioso fenómeno que, por su entidad, transciende a sector-con ser importante éste-e implicados, que posee rasgos diferenciadores respecto a la crisis educativa en otros países europeos y que, más allá de un capítulo de la historia universal de la infamia, da pie a muy interesantes reflexiones sobre la justificación de los movimientos sociales, no por supuestas metas ideológicas, sino por la clientela y sectores de los que precisan adueñarse. En este sentido, Marx estaría tan acertado como el sacerdote de la película protagonizada por los Beatles que necesita recuperar el anillo porque sin anillo no hay sacrificio y sin sacrificio se queda él en el paro.

Hace unas décadas la enseñanza todavía no se había transformado en sierva de política y sociología, en botín de puestos en la función pública y en interesado y obligatorio reducto de una infancia artificialmente prolongada. Los niños, los reales según normas de evolución física y mental distinguibles por simple sentido común y marcadas muy clara y visiblemente por la Naturaleza, aprendían y eran enseñados, vigilados, y distraídos, en colegios, por maestros generalistas que aceptaban, por el hecho de serlo y en función de los destinatarios de su oficio, tareas diversas de cuidador y materias a impartir de signo muy variado y carácter híbrido entre la iniciación al estudio, los juegos y las manualidades. Les competía tanto guardar en el más material de los sentidos como echar cimientos esenciales para el desarrollo posterior. Habían encaminado a este fin, de docencia infantil, sus estudios desde un principio y obtenido, en función de ello, su nombramiento y su trabajo.

En otro espacio muy distinto, que correspondía al cambio biológico, se acogía, en los institutos, a los que estaban en el umbral de la adolescencia y que debían cumplir ciclos de estudios que llevaban, sea a formación laboral encargada a maestros de taller, sea a las puertas de la universidad. Importaba ofrecer a todos, en esa edad temprana, una oportunidad, que para muchos sería la única, de contacto y comprensión de la herencia que la civilización ha ido acumulando, y era igualmente importante la percepción de la gratuidad del pensamiento, de la utilidad infinita de lo inútil como el manejo de abstractos, el placer del conocimiento y la reflexión. El sistema estatal era un gran logro democrático puesto que ofrecía al esfuerzo y dotes de los alumnos de menores recursos económicos igualdad en el acceso a los bienes intelectuales, y es irónico que la degradación, presentada como éxito, haya promocionado, de forma escasamente progresista, la huida a los colegios de pago. La Enseñanza Media tenía una entidad bien definida, por su contenido y su personal, se centraba en materias específicas, impartidas por especialistas avalados por larga formación académica y rigurosas pruebas selectivas.. Eran los agregados y catedráticos.

Existía en los distintos niveles, en enseñantes y enseñados, una visión bastante clara de funciones, comportamientos y expectativas. Los alumnos no esperaban encontrar diversión permanente, subalternos desdeñables y simple reclusión obligatoria como finalidad primordial de su estancia. Los profesores de instituto entraban a dar clase de una materia que, en general, amaban y amaban transmitir y ejercían su función con la eficacia que sólo dan, amén de la formación sólida, la autonomía y la atmósfera de respeto y libertad. Las clases se atenían, en la denominación y en la sustancia, a fundamentales ramas del saber, con el añadido-siempre medido y subordinado a las asignaturas principales-de algunas materias de menor relevancia. El sistema de calificación era independiente en cada tema, claro y preciso. Y existía cierta indispensable modestia respecto al cometido de los institutos, exenta de pretensiones salvíficas y totalizadoras que quedaban al arbitrio, dentro de los límites del oficio, de los arrebatos pastorales, las carencias maternales y las aspiraciones ideológicas de cada cual. El deslinde de la enseñanza pública, entendida como transmisión del saber a los adolescentes, respecto a otros terrenos era percibido como un valor singularmente sano y necesario que la distanciaba de grupos confesionales y mentideros políticos.

El panorama distaba de ser idílico: había que reducir los alumnos por aula, aumentar instalaciones, extender servicios, añadir opciones, compensar retrasos académicos y penurias familiares. Pero se trataba de cambios cuantitativos, externos, que podía subsanar con bastante facilidad una gestión eficaz de indiscutibles e indiscutidos aumentos presupuestarios. El sistema español gozaba de buena salud y de un personal y un nivel de Enseñanza Media en el que el sector público en nada desmerecía del privado y era incluso, por su prestigio, preferible. Comparado con sus homólogos europeos, resultaba mucho menos clasista que el británico y más abierto y dúctil que el francés, se ofrecía lleno de posibilidades en la mejora resultante de su necesaria extensión, la cual, a su vez, tiraría hacia arriba de amplios sectores de la sociedad.

La época pedía más, pero lo pedía en terrenos ajenos a la enseñanza misma. Pedía retirar de las calles a los menores de edad, adecuarse, en enseñanza obligatoria gratuita hasta los dieciséis años, con la Unión Europea, ampliar los servicios sociales, asimilar a los inmigrantes, legislar respecto a la delincuencia, garantizar la seguridad en la calle, fomentar el empleo. Todo ello era factible, cuestión de presupuestos, de gestión, de voluntad, de delimitación de áreas y asignación a cada una de personal especializado. Reclamaba la preservación cuidadosa de la muy buena Enseñanza Media española y la adición, prolongación, creación y diseño de las nuevas ramas que los tiempos exigían. Existían para ello, a disposición del Partido Socialista Obrero Español (con mayoría absoluta), además de la entera maquinaria del Estado, un caudal de ilusión, una confianza probablemente irrepetibles. En lugar de esto, y mientras comenzaban a llover los casos de corrupción gubernamental, no se asignó un céntimo de presupuesto pormenorizado a la pantalla de humo que fue la Reforma Educativa, se permitió la instalación nocturna y diurna de tribus callejeras, se recurrió a hacer de los institutos cárceles y de los profesores patrulleros en vez de garantizar la seguridad de los barrios con suficiente vigilancia policial, se entregó como carnaza en movilizaciones demagógicas a agregados y catedráticos, se destruyó la enseñanza y falsificaron los diplomas y se exprimió al máximo en los bolsillos de la nueva clase en el poder el producto del endeudamiento público.

Para justificar la demolición del bachillerato se inventó una falacia repetida con la insistencia de las grandes mentiras: ése habría sido el precio de extender varios años más la enseñanza obligatoria. Como si la parquedad de medios sólo permitiese aguar el café y limitarse a mostrar la mantequilla a la tostada. La aseveración era en cada uno de sus términos (empezando por el económico) falsa. No hubo antítesis excluyente entre la extensión numérica del alumnado y el mantenimiento de nivel. Nada impidió en los años ochenta llevar a cabo una reforma del sistema educativo español que potenciara y ampliase sus aciertos, capitalizara los activos existentes, paliase las carencias y creara los servicios adyacentes que se habían hecho imprescindibles. Esto implicaba mantener los cuerpos profesionales, asignar a cada cual, según su nivel y especialización, al ciclo, edad de los alumnos y tipo de enseñanza, y establecer, por vía de urgencia y con importantes inversiones, una amplia red de centros politécnicos y otra, en conjunción con Asuntos Sociales, de asistencia, orientación y apoyo encomendada preceptivamente a psicólogos, asesores y especialistas calificados. Pero tal cosa hubiese privado a los dos sindicatos de opciones de poder y cerrado la barra libre a aquéllos que sustituían diplomas y méritos por fidelidades e igualitarismo de mínimo común denominador. Profesionalidad era antitético de un ecosistema basado en la arbitrariedad intercambiable.

Desde la transición de los años setenta, la democracia española coaguló en torno a compromisos que arrastraron, desde su principio, una voluntaria amnesia respecto a la historia real, un vago credo voluntarista de guerra ganada que en realidad no había tenido lugar. El nuevo sistema había sido pactado desde el antiguo, que era anticomunista, de economía liberal y nada democrático, surgía tras décadas de una dictadura militar personalista que supo favorecer el desarrollo y crear, desde los sesenta, una sólida y extensa clase media. La nueva época ofrecía, en contraste respecto al régimen anterior, consignas socialistas indeseadas e inaceptables si se hubiera tratado de instaurarlas con todas sus consecuencias, pero que actuaban como polo de adhesiones, afirmación de rechazo del viejo mundo, tan caduco como la por entonces reciente imagen del dictador agonizante y anciano. La imagen de modernización encarnada en unas siglas, PSOE, en un partido de mayoría y popularidad absolutas y en líderes con sólidos apoyos europeos de los que procedían los avales financieros de su campaña puso de repente la estructura y recursos del Estado a disposición de políticos de muy fresco cuño a los que el valor, como en el servicio, militar, se les suponía, que necesitaban legitimación rápida y rápida distribución de recompensas que les asegurara la base indispensable de una clientela dependiente.

La situación de la Enseñanza Media era, para la nueva clase dominante, insufrible, resultaba, en el sentido clientelar, catastrófica: Un lugar donde se ocupaban puestos por oposiciones, cursos y títulos universitarios, un espacio notoriamente individualista y libre, de tradición contestataria, en el que sustituir los datos objetivos por criterios ideológicos y certificados rápidos resultaba francamente difícil, un área de cuerpos profesionales bien delimitados en virtud de baremos inasequibles a la rápida improvisación. Se daba el caso probado por la evidencia de que los profesores llevaban largo tiempo ejerciendo muy satisfactoriamente sus funciones sin necesidad del comisariado pedagógico, de que éste, sus propagandistas y vigilantes eran a todas luces prescindibles y que las asignaturas fundamentales que constituían la médula de los saberes transmitidos admitían pocas componendas coyunturales y exigían una formación incompatible con la recompensa del nombramiento por fidelidades electorales.

Por lo tanto se impuso la destrucción de la enseñanza media como tal y se dispuso una vasta y tenaz maniobra de infantilización y confusión garantizadas. Los cuerpos profesionales se pulverizaron y revolvieron en la masa llamada de Secundaria, desapareció, reducido a mínimos en su contenido y en sus cursos, el bachillerato, los alumnos comenzaron desde entonces a recibir el aprobado general prácticamente por decreto en una inflación de certificados que, por su falta de fondos, se parece mucho a la monetaria. El Cuerpo Único era indispensable al partido, el PSOE, entonces en el poder y a sus dos sindicatos, CCOO y UGT, a los que pertenecían maestros de Primaria, de Formación Profesional que se vieron así graciosamente instalados en lo que eran antes institutos y plazas, obtenidas por formación, oposición y esfuerzo. Todos darán clase de cualquier materia a cualquier alumno de cualquier edad, todos se encargarán de las tareas burocráticas, de vigilancia e incluso de orden y limpieza que antes eran exclusivas de auxiliares administrativos, bedeles y conserjes, a su vez promocionados y satisfechos con la gratificante ola igualitaria, tanto más deleitosa cuanto que coloca a los que antes eran más considerados en razón de su grado académico en posición servil respecto a todos los demás, cuyas tareas se les asignan amén de las habituales propias. La maniobra se acompaña de un remedo de liturgia maoísta destinado a borrar cualquier criterio objetivo de especialización y de excelencia profesional mediante los improperios de elitista y reaccionario. La consigna de diversificación del alumnado sirve oportunamente para que la capa de docentes milagrosamente promocionados y/o que se han distinguido por su adhesión a la logse vea premiado su afán con reducidos grupos de diseño, apoyos, refuerzos, orientaciones y óptimas condiciones laborales. Se reproduce en los centros, en formato doméstico, el modelo de célula-grupo de presión, tanto más peligroso cuanto que, con la apariencia de paroxismo democrático de proyectos curriculares y atenciones a la diferencia sustituye por mediocridad e impunidad la igualdad racional de derechos y deberes. La bolsa unificada de personal era, y es, la garantía de arbitrariedad y promociones, de colocación, manipulación, sumisiones y dependencias.

El tercer pilar, sumado a la clientela así creada y al partido que patrimonializaba a ritmo vertiginoso las estructuras del Estado y a sus dos sindicatos, fue las Autonomías, que tuvieron en la ocupación de la enseñanza pública como terreno conquistado un plantel que nutriría la infinita, duplicada y triplicada cohorte de funcionarios locales y que garantizaría, hasta hoy, la manipulación de literatura, geografía, lengua e historia. Al otro lado del espejo, la industria editorial, apéndice a su vez de un monopolio de comunicación cuyo poder es rasgo peculiar del país, engordaba exponencialmente sus ingresos con los libros de texto peores, más caros y más pesados que se recuerda pero, eso sí, elaborados por equipos pedagógicos que se atienen al catecismo políticamente correcto, dedican un tercio del espacio a las ilustraciones multiculturales y motivadoras y subrayan en cada página los dogmas de rigor férreamente determinados por el vademécum de la corrección política. La comparación somera entre los volúmenes de Lengua y de Literatura (en aquellos felices tiempos asignaturas separadas) en el sistema anterior a la logse y los que se han venido utilizando desde la Reforma no admite dudas por la palmaria diferencia de calidad en detrimento de los últimos y desde todos los ángulos. Como un incunable o preciado y clandestino samizdat, se conservan y pasan de unos profesores a otros los excelentes ejemplares de Bachillerato y COU, de V. Tusón y F. Lázaro. Son modestos en cuanto a peso, ilustraciones, pretensión y grosor, pero su criterio de selección de textos, la claridad expositiva, la solvencia temática, el rigor en la elección de lo más importante y granado, la metodología transparente, lineal y cronológica, el equilibrio exento de pretensiones extralingüísticas y la solidez académica de sus autores los sitúan a sideral distancia de los refritos logse. La Reforma significó para las editoriales una golosísima y regular fuente de ingresos garantizada por vía oficial, hasta tal punto que uno de los argumentos con los que el gobierno siguiente, el Partido Popular, de quien se esperaba un saneamiento real, excusó la derogación de la ley del 90 fue que……no era bueno un cambio que obligase a cambiar los libros de texto.

Como, para prosperar y ser dignos de la nueva Revolución Cultural española que alumbraba desde los ochenta la Reforma, había que abominar de toda la enseñanza anterior, lucir innovaciones, desterrar los datos y bases mismas del conocimiento y sustituirlos por flamantes hallazgos, los inevitables equipos pedagógicos alumbraron esos farragosos volúmenes en los que se hace gala de completo desdén hacia la objetividad y la cronología. A falta de revolución, siempre podía alardearse de destrucción e inversión de elementos. Así se mezclaron géneros literarios, lengua y literatura, siglos y personajes, se sustituyó la clara nomenclatura de las materias por ámbitos, talleres, y áreas, y se enjalbegó el conjunto con moralina sociológica a base de ecología, pacifismo, breviario de educación en valores y relativismo igualitario multicultural. Mientras, cuando se les presentaba la ocasión, vía legado de amigos o familiares, los alumnos aprovechaban con avidez  los textos del antiguo sistema y renegaban del pretencioso y costoso caos de los que se veían obligados a comprar.

Casualmente, las grandes editoriales que han hecho y hacen su agosto con esta industria se integran en la constelación mediática que reparte desde hace años las etiquetas de progresista o reaccionario. En la base de la pirámide, a años luz de los millonarios de cuño reciente pero igualmente interesados en el mantenimiento del negocio, se hallan los equipos (siempre numerosos, siempre indistintos, como mandan las reglas), redactores y partícipes de ingresos por ejemplares vendidos. De ahí el gran entusiasmo, en los institutos, de los grupos logse, el boicot y expulsión de jefes de seminario reacios a adoptar material de estudio de calidad ínfima pero del  que los que los colegas colaboradores y familia cobran dividendos por haber participado en su elaboración, de ahí el ahínco en hacerse, a imagen y semejanza de la superior clase de los nuevos ricos de la Transición, un hueco al sol que más calienta y al que los accionistas de la izquierda de nómina y del progreso social no van a dejar extinguirse.

Cuando se ha construido una red de intereses tal, de la que comen tantos y a la que tantos consideran ya terreno comunal de disfrute por derecho, la situación es prácticamente irreversible y el mecanismo se lleva por delante a varias generaciones antes de que el principio de realidad, la evidencia del desastre cultural que aflora a la superficie sólo con el curso de los años y la añoranza del razonamiento levanten cabeza. La purga de la fatiga, la segregación, el acoso y el desánimo ante la imposibilidad de cambio y la usura del tiempo son un filtro eficaz de los profesionales calificados y libres. Los que, por mayor horizonte intelectual, por honestidad, lógica y por rechazo instintivo ante esta larga explosión de irracionalidad oportunista, se han aferrado a la resistencia pasiva y a la disidencia desaparecen para ser sustituidos por una clientela de perfil profesional voluntariamente borroso que, procedente de la docencia generalista y de taller, se siente satisfecha con la promesa, al precio que sea, de indefinido hueco laboral. La terminología obrerista resulta muy útil para engalanar el discurso de la nueva y acomodada clase, el taller de reformas educativas se resume en la sustitución de programas de estudios, currícula, criterios académicos y valor profesional por afiliados y votantes previsibles, reparto de parcelas, fachada de paz social y chantaje por parte de los representantes sociales. Como la experiencia ha demostrado, poco influyen en el modo de empleo de este taller los cambios de gobierno; son escasamente previsibles las manifestaciones contra el aprobado general, la ignorancia de Física, Latín o Literatura y el desplazamiento de Matemáticas, Química o Lengua para dejar espacio a adaptación a medio, ciudadanía, estudio dirigido o macramé. Hay un tácito consenso en la utilización de los menores como rehenes, moneda de cambio, ganapán en fin de los grupos de presión. Mientras las familias se vean libres de niños un máximo de días y horas, nada más fácil que el pacto y reparto entre un partido y otro. Las promesas serán externas a un corpus de educación nacional reducido a mínimos y a una distribución de personal intocable, se tratará de puros aditamentos, guindas de guardería gratuita, promoción de los idiomas e implantación de algunos centros especializados.

La situación crea lógicamente una doble franja de rechazo: la de aulas y alumnos cuya existencia y permanencia se debe sólo a la coacción legal y la del desventurado que se esfuerza por huir de tan desagradables condiciones de trabajo. El maestro hace cuanto está en su mano para que esa clientela agresiva y falta de la corrección más elemental no le quepa en suerte y ve en la bolsa única de trabajadores de la Enseñanza la ocasión de endosársela al que antes estaba especializado en bachillerato. Están en juego la angustia de todos los días, la tensión y la expectativa de insulto y, en el mejor de los casos, desdén cotidianos. Es un único caso laboral en el que la humillación se supone incluida en el sueldo. Los colegios de primaria van vertiendo apresuradamente en los institutos a todos los escolares con edad para ello, sin el menor criterio de control y con el lógico alivio de traspasar a otros el sector más ingrato del alumnado. Tras un reparto indiscriminado y general de certificados de Básica que no garantizan conocimiento alguno (negárselos a algún alumno significaría enfrentarse con asociaciones de padres, inspección y la llamada filosofía de la logse en pleno), los ya adolescentes llegan a tercero de la ESO en estado silvestre, con exigencia de juegos, impunidad, indefinida infancia y altos niveles del analfabetismo funcional. Ahí se mezclan los objetores al estudio, los que esperan una profesión apetecible, los que tantean la intimidación y la delincuencia y los muchos que podrían haber sido ayudados por el docente a adquirir conocimientos que, en ambiente tal, se reducen a tácticas de distracción y supervivencia. La opción única es no crearse problemas y esperar que, por aburrimiento o tras las muchas convocatorias de gracia, el ya adulto acabe abandonando el aula. La abolición del suspenso equivale a mejorar por decreto-ley la atención hospitalaria prohibiendo las esquelas, y ha alcanzado extremos tan espectaculares como la negativa, a petición de su familia, de que la hija, enferma varios meses, repitiera curso.

El temor y el desánimo han reducido al mínimo las denuncias concretas, las asfixian bajo toneladas de ditirambos al Glorioso Movimiento Educativo Solidario y Progresista. Denunciar el fraude significa cargar con las habituales corozas de conservador, insolidario, derechista, y, para completar el peso, fascista y/o franquista nostálgico. Soportar, en la mayor soledad, esto y su corolario de segregación y acoso laboral exige un desprendimiento y valor de los que, fuerza es decir, apenas se encuentran muestras. En 2003, el Boletín del Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid acogía las amargas reflexiones del Sr. Migueles Posada sobre la eliminación, en los ochenta, del Cuerpo de Catedráticos para contentar a gobierno y sindicatos y abrir paso a su clientela. Desgranaba la larga lista de integraciones, en el nivel de Enseñanza Media, de titulación y procedencia tan variopinta como escasa en envergadura académica, compensada sin duda por la fidelidad a lemas y líderes. El factor miedo crea escuela, y también resignación, con vetas oportunistas, para sacar de lo malo el mejor partido posible. Queda el hecho innegable de que quienes podían y debían denunciar no denunciaron, que incluso en fechas tan tardías como febrero de 2004 el editorial del Boletín del Colegio de Licenciados faltaba a la verdad de forma tan desaforada en el fondo como prudente en la forma cuando afirmaba que en 1990 los profesionales pudieron libremente apoyar la LOGSE, que suponía un proyecto ilusionante. La más somera lectura de los textos normativos de aquella época ya revelaba al más ignaro una estulticia atroz, un incomible refrito de tópicos revueltos en el aceite del progresismo más rancio y torpe. Fue así desde sus comienzos, hasta extremos que no dejan a los colaboradores pasivos o activos ni siquiera la piadosa disculpa de la buena voluntad engañada o del esforzado empeño, pese a las carencias, de sustancial mejora en pro del bien común.

Ilustración explicativa: consiste en el fresco recuerdo de un instituto, ni mejor ni peor que muchos otros, al noroeste de Madrid. La cáscara física del edificio, al tiempo que se vacía progresiva e inexorablemente de alumnado, ha adquirido un aspecto gris y escueto de beneficencia carcelaria al que el ruido, el galope y la acampada no dan alegría sino sordidez. En lo que fue instituto de bachillerato y hoy responde a las siglas IES se mezclan adolescentes y niños de primaria, de forma que reciban aquéllos clase con un fondo infernal de griterío próximo y que copien éstos lo menos recomendable de sus mayores, escorado hacia abajo el conjunto por la invariable ley de la dictadura de los peores puesto que el paso automático de curso y la permisividad completa se ha ensañado más en los de menos edad. Llegados a ciclos que debían ofrecerles alimento intelectual adecuado, el potito gratis se impone y es, en cualquier caso, impuesto por alumnos que, acostumbrados a la impunidad, la amenaza y la ostentación de desprecio hacia estudios que ni aprecian ni pagan ni desean, dominan el aula.

Los pocos años de integración han vuelto irreconocible el ambiente mismo del profesorado, ahora maestril en el peor sentido del término. No falta quien, en privado, reconoce la inadecuación entre su currículum y el nivel en el que se le ha introducido por simple presión política. Flaco favor ha hecho a la categoría de Magisterio la conversión-para desdicha de los indefensos estudiantes-en Bastilla asaltable de lo que fue instituto. Viene a la memoria la descripción de Camus en El primer hombre de la extraordinaria pobreza de su infancia y de la importancia esencial de la enseñanza primaria y de la labor de su maestro, quien luchó por dotarle de la mejor base y le condujo hasta las puertas del liceo. El término maestro es ahora rechazado y considerado de menos valer por los interesados, los cuales no ignoran la distancia entre el hábito y el monje.

Por el centro integrado deambulan los que fueron profesores de bachillerato y se ven sometidos por la fuerza a tareas pueriles que desconocen, no han elegido y nada tienen que ver con sus opciones y formación. Recuerdan cuando enseñaban Física, Ciencias Naturales, Literatura, Filosofía, Geografía Universal y Española, Latín, Química, Griego, Arte, Historia. Se revisten de apresurados disfraces de guardés, vigilante de recreos y patios, oficinista, limpiador y portero. Han adquirido, los más, la conveniente pátina de parvulista multiuso. Donde antes se formaban, tomando café, pequeños grupos que discutían de lo humano y lo divino, de asuntos de actualidad social y política, en el sano tono distanciado del trabajo que marca la diferencia entre la congregación y los profesionales liberales, ahora la integración ha hecho maravillas, transformado a los individuos en homogéneo corrillo claustral, y ha impuesto un ambiente de cotilleo pacato que gira en torno a nombres y hazañas de los alumnos y que desahoga la frustración y el cansancio cotidiano en el reproche conventual hacia los rebeldes a la parroquia. En el maoísmo de opereta encuentra su oportunidad el acomplejado durante largos años por el escaso peso académico de las materias (calificadas como marías) que impartía; en el tono inquisitorial y la catequesis solidaria hallan su tribuna el reconvertido eclesiástico, el trepa de amiguismo y pasillo y el aquejado de mediocridad irremediable; en el igualitarismo compulsivo y el ataque a heterodoxos e independientes descubren todos aquéllos un arma de defensa propia.

De forma estrictamente simétrica a lo ocurrido con el alumnado, la ley del partido socialista ha potenciado en los profesores a la gente peor y lo peor de la gente, haciéndoles partícipes de una vileza que les obliga a defender el sistema, extender la ignorancia, negar la evidencia y actuar, por activa o por pasiva, como lamentables compañeros de viaje. Al que era intelectual de cierta envergadura y no le apetecía la intemperie de la disidencia se le ofrecieron ciertos oropeles que contentasen la conciencia y el amor propio, véase el joven coro, admirativo y vagamente subalterno, la excusa de la solidaridad respecto a colegas que obtienen puestos a base de propugnar e imponer tareas nocivas e inútiles, la discreta huida al nicho burocrático o la jubilación anticipada. El paso a la Democracia puede utilizarse, y en España en gran parte se hizo, como señal de que se abre la veda para ocupar la Administración y sustituir a los profesionales por parroquianos de los partidos. Se lleva a cabo mediante nombramientos de gentes de menos valer y favoreciendo que la gente que valía valga menos porque prefiere, a los trabajosos estudios y la labor bien hecha, los atajos que procura el juego de camarillas. Es cáncer de difícil recuperación que deja mermados a los Cuerpos Profesionales, a la sociedad a la que deberían prestar sus servicios y a los que fueron o podrían ser eficaces juristas, gestores o docentes.

Las anécdotas adquieren rango de categoría porque conciernen a miles de individuos, son estratégicas y durables y ejemplifican un curioso proceso de engaño asumido no exclusivo (pero si propio) de la España actual. Los implicados son personas perfectamente conscientes de que la situación es nociva, que significa la negación de conocimiento, educación y aprendizaje. No lo ignoran pero, como las directivas proceden del polo positivo, el amago mismo de oposición y denuncia les está vetado so pena de ser incluidos en el gueto impresentable. La adhesión encuentra excusas fáciles. La infantilización forzosa, la negación de esfuerzo, excelencia y saber pueden con facilidad revestirse, cara a los demás y a sí mismo, de la mímica del misionero social y del estajanovista incansable, de la sutil soberbia de la sufrida y ejemplar humildad en los más bajos menesteres, de la orgullosa modestia de apoyar, sea cual fuere la irracionalidad y perversidad de los hechos, al bloque de los Buenos (izquierda, progresistas, socialistas, democracia, sector público) frente al tradicional bloque de los Malos (derecha, reaccionarios, liberales, oligarquías, sector privado). Es, en procesos como éste, importante que la vileza asumida impregne hasta los últimos estratos del cuerpo laboral porque hace de cada miembro un cómplice que aspira, tras haber pagado el peaje de la sumisión, a briznas de beneficio, continuidad de su reducto y, mediante la ceguera selectiva, a preservar una devota y encomiable imagen de sí mismo.

Esto en cuanto a la clase de la tropa, compuesta en buena parte por una base amedrentada por la aparente irreversibilidad del proceso y por el continuo chantaje verbal, vulnerable al manejo mediático y deseosa además, en ocasiones, de promocionarse a golpe de consigna. Parte de los temarios de oposición pasaron, por ejemplo, a basarse en la exégesis de los artículos de la logse, ni salvación ni profesión podían existir fuera de ella. La postura al uso debía caracterizarse por el desdén hacia currículum, diplomas y referencias comprobables y por la aseveración de la importancia fundamental de cualidades pedagógicas a caballo entre la mística, la vocación misionera y el alegre desbordamiento del instinto maternal, supremos dones que sólo podían ser juzgados por representantes del clan según la lealtad a los principios de la Ley de 1990. Sobre esta capa y través de ella, por los canales de los liberados de los dos sindicatos y de los pequeños líderes socialistas y autonómicos, se extiende  una clientela mucho más ávida a causa de la precariedad de sus cargos y funciones y de la necesidad imperiosa de mantener la estructura nutricia y de agradar a los jefes. La ocupación de empresas públicas es aquí meta prioritaria, tomando el perfil psicológico y la fluidez intercambiable como normas. La red de interesados e intereses es capilar y extensísima, comprende desde el experto atrincherado en centros de supuestamente indispensable formación pedagógica hasta los celosos asesores ministeriales, pasando por miríadas de gozosos dueños de reinos de taifas premiados, sea con proyectos de diseño para alimentar y multiplicar diferenciaciones que conviene a toda costa mantener, sea con cotas de poder que les permitan justificarse abrumando de reuniones, diatribas y órdenes a la infantería de la tiza.

Los dos sindicatos CCOO y UGT, que quizás en otros sectores pudieron tener un papel útil y necesario, han resultado en la enseñanza española desdichados  y activos agentes de la injusticia y del desastre desde el momento en que el partido con el que se aliaron les ofreció la Administración como oficina de empleo y botín, en una curiosa inversión que supedita a esas funciones el bien común, la eficacia profesional y los mecanismos democráticos. Conviene además tener en cuenta que en estos terrenos los liberados sindicales lo son de un trabajo cada vez más ingrato, como fruto lógico de cuanto ellos mismos han impuesto, que el porcentaje real de afiliados es mínimo, y que se han constituido en clan fáctico extremadamente virulento que vive de los réditos de una supuesta condición, sagrada e indispensable, de agente y mediador. Les es vital el halago de asociaciones no profesionales, que se reducen con frecuencia al manipulable club vecinal o al grupo de estudiantes a los que se sigue prometiendo gratis pan, aprobado y circo y que representan fáciles plataformas de control y propaganda. Precisan adueñarse del espacio mediático, la amenaza, el ruido y la calle, y mantienen así territorio y pretorianos. Es ésta una clase que tiene mucho que defender porque nunca antes, a cambio de la llamada paz social, les había otorgado el Gobierno ventajas materiales semejantes. La idea de volver a sus puestos como soldado raso les resulta impensable, comulgando en ello con la espesa costra de ricos de concesión y corrupción, artistas subvencionados y políticos sin más oficio, porvenir ni beneficio que los otorgados por su partido. La tenacidad y virulencia son estrictamente proporcionales a la certidumbre de que su suerte está ligada a la del ecosistema de mediocridad preceptiva. Proclamas, siempre previsibles y corales, y actuaciones guardan un notable parecido con el coro defensivo de ladridos de los mastines de Rebelión en la granja.

El logro social y ético igualitario ha sido utilizado a efectos de maquillaje puramente oportunista que impida la visión del lamentable estado de los árboles mediante la tala masiva de colinas. Los jóvenes, depositados tras la guardería en la sociedad de la competencia, están formados a la imagen y semejanza del tejido tribal que pretende dominar el país. Su bachillerato ha sido el más corto de Europa, los que hubiesen querido y podido aprender algo no lo han hecho, se han trufado sus horarios de manualidades, psicologías, sociologías y transversalidades mientras se les despojaba de estudios de mayor calado, han sido privados de desarrollo lineal histórico, fechas clave, escritores señeros, visión geográfica global, razonamiento teórico, memoria, antigüedad clásica y conciencia de las raíces del área occidental cuyos logros y derechos disfrutan. Son, respecto a ésta última, además, los únicos entre sus coetáneos a los que resulta vergonzante, y casi innombrable, la referencia histórica, la pertenencia, los símbolos y el nombre, España, de su país. Su libertad es la del niño mimado, pero no la de la soledad reflexiva, el esfuerzo y el riesgo asumidos y la necesaria maduración mental precisas a la adolescencia. Es particularmente sangrante, por lo espuria, la privación del espacio docente igualitario, en el sentido noble y positivo del término, de la que se ha hecho víctima a una gran cantidad de alumnos de escasos medios económicos, no menos capaces de desarrollar hábitos de conceptualización y de estudio que sus compañeros más brillantes pero arrastrados fatalmente hacia el fondo por el ambiente general. Las capas más necesitadas del pueblo, esa palabra de la que se llena la boca el izquierdista de nómina, han sido, y son, las principales perjudicadas de los que les han repartido al voleo los cheques sin fondos de diplomas sin conocimiento alguno. Los sectores que se presentaron como adalides del progreso abortaron la espléndida posibilidad, en un momento de gran ilusión, de impulsar una sólida reforma educativa que aprovechara y extendiese la muy buena Enseñanza Media española y se ocupara, por otra parte, adecuadamente de los demás niveles pedagógicos y, en muy distinto plano, de las tareas propias de la asistencia social. En vez de esto, arrasaron los cuerpos profesionales, fomentaron la huida de los alumnos hacia la enseñanza de pago y colocaron los réditos de su clientela política, local, empresarial y sindical muy por encima de los valores democráticos y el servicio público. Toda una transformación en Hyde del Jekyll progresista.

 

 

 

¡BIENVENIDO, MR. MAO!

 

La red de intereses, la maniobra de desahucio y distribución por parcelas de la enseñanza pública no podían exhibirse en toda su crudeza ni siquiera a sus autores y actores. Hacía falta un andamiaje sobre el que ondease al viento el conveniente y gigantesco telón publicitario, unificado e impermeabilizado con el dogma de las bondades del igualitarismo. El proceso ha tenido por igual todos los atributos de la falsa ciencia y del bonsai totalitario: infantilización, sacralización de la innovación y demonización de memoria y de pasado, reducción del entorno mental, temporal y físico, sustitución del saber, el análisis y el dato por la corrección política y el tópico, unificación a mínimos y explotación del victimismo, de la envidia, de la irresponsabilidad gregaria y del filón del nacionalismo tribal y doliente, sin que faltara la anulación de individuo, calidad, mérito y su sustitución por la indiferenciación intercambiable de sujetos. Se ha producido esto en dos direcciones: con el profesorado, porque permitía repartir entre clanes el espacio público existente, y con los alumnos, a los que había por fuerza que laminar para trocearlos luego entre los aspirantes al reparto.

En el ápice de la pirámide se hallan beneficiarios de perfil muy distinto al de la masa: la capa fáctica que diseñó, impuso y mantuvo el credo ideológico de los años que siguieron a la Transición, la cual es, en realidad, un gobierno tras el Gobierno. La mitología bautizada como izquierdas ha sido para ellos una inmensa fuente de beneficios. Era imperativo, en los años ochenta, ofrecer a una opinión deseosa de vivir en la confortable democracia burguesa pero halagada por rituales de admiración socialista una revolución virtual. Había que olvidar, anular, mutilar y transformar el pasado, hacer de políticos diseñados a medida de las circunstancias y las exigencias de cambio y modernidad los luchadores de un largo, heroico y mayoritario combate que no había existido, ocultar sobre todo que el proceso de paso de la dictadura a la democracia se debió, no al arrojado heroísmo de los nuevos líderes, sino a la prosaica pero eficaz extensión de la clase media, la prosperidad económica desde el comienzo de los sesenta, la general voluntad de concordia, la fuerza irresistible del cambio de los tiempos y la atracción del conjunto europeo. Se imponía que precisamente los autores materiales del esquema de la transición democrática al Estado de Derecho y a las libertades se autoinmolaran, puesto que pertenecían al sistema anterior y se precisaba del rostro fresco de líderes recién fabricados para consumo de cámaras, de pensamiento fácil y de alabanzas a la amnesia colectiva y a sistemas socialistas preceptivamente platónicos. Mientras, se fortalecían el tejido técnico y los servicios y estructuras del país moderno.

Surgió así una clase de ricos tan nuevos como ávidos, tan inseguros como prepotentes, que precisaban con urgencia de legitimación ideológica, y la obtuvieron a base de perpetuar el recurso maniqueo a las dos Españas y de apropiarse de las múltiples ventajas económicas, del glamour y del muelle confort propio de Buenos de una película que habría comenzado, en la década de los treinta, con una república de idílicos rasgos sostenida, de común acuerdo, por grupos amantes todos ellos de la democracia, el pluralismo y la libertad. Se trataba de proyectar, de 1936 a la actualidad, una guerra civil de pureza dual e interminable en la que el franquismo representaba el Mal absoluto, sus treinta y seis años de régimen un páramo sin mezcla de bien alguno, y, por el contrario, el partido socialista elegido por abrumadora e ilusionada mayoría en los años ochenta era la manifestación final de anheladas utopías. El mito fundacional antifranquista se corresponde en esta clase dominante a los de autoctonía imaginados por las supuestas nacionalidades históricas de primera división para justificar sus clientelas políticas, ventajas, exenciones, prebendas y fueros respecto al resto de los ciudadanos. Los representantes de un nuevo régimen curiosamente esquizofrénico habían de definirse a contrario, dado que la realidad-en la que también ellos estaban gozosamente instalados y de la que sólo abominaban en el discurso-era capitalista, burguesa, de propiedad privada, libre mercado, mundo occidental y democracias parlamentarias. Eso era lo que funcionaba y, sin lugar a dudas, el sistema al que tanto ellos como sus votantes aspiraban en el futuro. Para mantener la ilusión de autoctonía ideológica revolucionaria les era imprescindible un firme control y anclaje en los medios de comunicación, la pasarela cultural y, de forma más durable como vivero y reserva, en la enseñanza.

La Reforma Educativa de 1990-puesta en marcha mucho antes de tal fecha, no por solicitudes de adhesión, como solía decirse, sino en la mayor parte de los casos por imposiciones puras y netas-reunía grandes ventajas: cumplía con el requisito Comunitario de generalizar la enseñanza obligatoria y gratuita hasta los dieciséis años, facilitaba grandemente la manipulación partidista de la cultura y ofrecía a la galería y al consumo interno de los correligionarios revolución sin revoluciones, igualitarismo, asistencia social, aparcamiento juvenil y diploma automático. Se trató de un gran fraude que carecía de fondos específicos y desviaba la atención de enriquecimientos súbitos, negocios turbios y gestiones ruinosas. En ella tenían promoción y acomodo clientelas no precisamente caracterizadas por su formación, valía intelectual, espíritu crítico ni respeto por el saber. El diseño no se presentó, naturalmente, entre sus fieles como un desguace y reparto del sistema anterior; se cubrió el andamiaje de clichés verbales de inevitable adhesión, pero, sin la oferta de puestos a la clientela del Partido y a sus dos sindicatos, la Gran Reforma no hubiera existido jamás. Una vez asentada, sólo cabía el mantenimiento del conjunto del edificio a ultranza, sin cambio alguno, porque el menor movimiento revelaba, bajo el estucado de consignas, la estulticia abrumadora y los deleznables contenidos. De ahí el absoluto rechazo al cambio, la virulencia defensiva, la censura férrea a las críticas. Debe mantenerse blindada, sin concesiones ni fisuras, por un silogismo simple: es igual a defensa de la enseñanza pública, igual a progresismo, igual a socialismo y, por lo tanto, inatacable.

Desastres aparte, el movimiento unió desde luego, en lo que respecta a sus patrocinadores, lo agradable con lo útil. Al grito de ¡Bienvenido, Míster Mao!, permitió a una generación (tan amante del buen vivir, la ropa de marca y el envío de los hijos a colegios anglosajones como ayuna de valores profesionales y de honestidad personal) el lujo verbal igualitario, el derroche de calcos del Pequeño Libro Rojo que plagan literalmente la normativa, la exhibición, al fin, de un gran logro revolucionario que compensara las corruptelas millonarias, la cultura coral subvencionada y las cegueras impresentables.

No faltaron ingredientes mitológicos de obligado cumplimiento: la Modernidad entendida como superioridad, por el simple hecho de oponerse al pasado y a lo existente, de cualquier cambio fuera cual fuese su estulticia, el Tiempo y Hombre Nuevos indispensables para el enfrentamiento generacional tan caro a cualquier totalitarismo que se precie y tan emblemático en la estrategia, durante la Revolución Cultural china, de acoso y destrucción de las capas adultas más formadas, maduras y críticas. Esto equivalía a podar la Historia, amputarla de cuantos hechos y datos objetivos no favorecieran a socialistas y nacionalismos por medio de un extensísimo aparato de propaganda monocolor y con una censura tácita cuyo rigor se ha seguido manteniendo hasta hoy.

Era la Revolución Cultural Celtibérica, en manos de trabajadores de la ideología y de talleres de socialismo compuestos por gente que, como el resto del país, no tenía la menor intención de abandonar el sistema del cual obtenía bien defendidas parcelas de bienestar, pero que precisaba identificarse con el clan de los Buenos frente a los Poderosos, los Ricos y las Derechas. Los grupos por entonces en el poder se acercaban tanto a la República de Profesores de los años treinta como los cantores de un cumpleaños a la Orquesta Nacional, pero recordaban los estribillos del 68, la épica juvenil de los partidos prochinos y el vago peronismo al hispánico modo. Era un hermoso fondo, aderezado de sentimiento, ruptura y ebriedad iconoclasta. Los que mandaban, que no se distinguían por su envergadura intelectual, encargaron la tarea de elaboración del andamiaje y fachada a una extensa grey, de tono también muy menor, que fabricaba, al diseñarlo, sus propios nichos ecológicos. Ningún tópico estuvo ausente. Las palabras clave eran antifranquismo, progresismo e igualdad.

Respecto a ésta última, pocas veces habrá sido usado un término (en España y fuera de ella, ahora y durante el siglo XX) de forma más antagónica al entusiasmo que marcó sus orígenes y a la felicidad de las personas. Bajo la palabra igualdad se han cobijado las más durables carnicerías, los genocidios culturales y sociales más prolongados, los desatinos económicos más extensos y persistentes. En el modesto perímetro que les permitían sus medios, los dirigentes españoles arrasaron de forma notable, y afianzaron una red de intereses sólo, quizás, con largos espacios de tiempo biodegradable. Se jugó por ejemplo, a imitación de la China de Mao, a eliminar a las élites en un reducto, la enseñanza, limitado pero apetecible. Aquella pobre aristocracia lo era de oposiciones rigurosas, especializaciones, cátedras, agregadurías, largas carreras universitarias. Había que repartir sus prebendas, que consistían en dar clase a quien y de lo que correspondía y en ocuparse de los niveles que le eran propios por la lógica de los conocimientos. El Boletín Oficial del Estado los descabezó limpiamente y los fundió con la masa de trabajadores del aula, cuyos jóvenes pobladores, de forma estrictamente paralela, eran segados a su vez por la ley de Procusto y la homogeneidad, que se consideraba sin duda propia de la justicia proletaria. La Reforma, clamorosamente ensalzada por los medios de comunicación del partido en el poder y sus dos sindicatos, debía, como todo plan quinquenal, ser un éxito por decreto ley y exhibir logros incuestionables que rozaran el 99%. El trato a los alumnos se caracterizaba por una nueva actitud según la cual todo intento de aprendizaje, toda indicación sobre la necesidad del estudio, del esfuerzo y la conveniencia de las buenas maneras se consideraban aspiraciones inauditas, abusos descarados y atropellos a la continua diversión, el capricho satisfecho y la libre expresión que por derecho les correspondían. Como con los estudiantes chinos de la Revolución Cultural (tan calcada por el revival de sus compañeros y compañeras españoles), el profesor pasaba a ser un sirviente disponible las veinticuatro horas. De hecho, no hubo demagogo, tanto en el PSOE como en casos de arribismo congénito del Partido Popular (véase el que fue en los noventa consejero áulico del Presidente de la Comunidad de Madrid) que no lanzara a la opinión pública ofertas de institutos convertidos en depósitos permanentes de menores. Ni osó dirigente alguno aventurar la conveniencia de, en vez de verter dinero indiscriminado, reorganizar el personal docente con criterios de eficacia y aprovechamiento en virtud de formación y especialidad. Se trabajó a fondo desde la prensa oficialista-que en España ha sido casi toda por un notable fenómeno de monopolio cultural-la confusión entre enseñanza y servicios sociales, de forma que el profesor culpable de superior nivel y ajeno a tareas de guardería infantil entrara en la categoría de elitistas, vagos y maleantes. Cara a una sociedad cuya huida de las servidumbres de la natalidad refleja la demografía, se hizo espejear, a costa de una formación vaciada de los conocimientos que le dan significado, el ideal de la República platónica, en el que el Estado tomaría a su cargo a la progenie cada hora y día del año. La oferta incluía reparto puntual de diplomas que no avalaban más fondos intelectuales que una fotocopia de un billete el oro del Banco de España, pero que se otorgarían de manera regular y homogénea al cabo de una escolaridad que a veces, en su artificial prolongación, revestía apariencias de adultos travestidos en párvulos para alguna función teatral. Tanto valdría el cansino objetor al estudio como el sobresaliente, el lector de biblioteca como el comedor de pipas. Iguales todos, bachilleres de un bachillerato de entremés, diplomados en un país con el porcentaje de estudiantes de universidad más alto del mundo y cifras igualmente astronómicas de titulados superiores en paro.

La parodia maoísta ha cubierto con su burka la totalidad del edificio docente, y es una burka amplia por la cantidad de fundamentalistas de nómina que viven bajo ella. Por supuesto incluye el todo el poder a las masas, que se traduce en el mantenimiento y promoción de cuantos colectivos no profesionales sean susceptibles de utilizarse como plataforma fáctica, representantes oficiosos, interlocutores oficiales, dueños en fin de las reglas de un juego populista aderezado de acciones callejeras, pronunciamientos mediáticos y presión en el ambiente local. La Masa, ese ser mitológico, se materializa en quien conviene, es el alegre asambleísmo en el que se decide la destrucción de las tarimas, la toma de palacio de invierno a escala de representación navideña escolar en la cual se vota el control, por discípulos, padres y personal no docente, de los claustros, es el acoso y derribo de profesores de honestidad y de talla indiscutibles llevado a cabo por la asociación vecinal, convenientemente guiada por los más acérrimos defensores de la política de la Reforma. La masa es una entelequia utilísima para obviar análisis concretos, negar la capacidad personal, eludir la responsabilidad en los propios actos, eliminar presencias molestas, invadir territorios, repartirse dinero ajeno, saltar laboriosas etapas de trabajo y esfuerzo y ocupar espacios por el método de la gesticulación, el grito, la adhesión y la pancarta.

Hay en la Enseñanza española una extrapolación de los métodos asamblearios, de las componendas sindicales, que sería, por puro principio de realidad, impensable en la mayoría de los ámbitos de las actividades humanas, que equivaldría a la votación de la validez de los principios de la Física, a decidir a mano alzada si se encuentra o no el río Yukón en Canadá o cómo conectar los hilos de las instalaciones eléctricas; sí es de recibo someter a las amplias masas si conviene más estudiar el Poema de Mío Çid o un recetario de La Albufera en idioma vernáculo. En los seminarios (reducidos por ley a departamentos, como la enseñanza media a secundaria, porque no hay inocencia en el cambio verbal), inspección, prensa, charlas, informes la simple mención de categorías académicas, de diferencias palmarias, de calidad, importancia y contenido, de relaciones causa-efecto entre quién hace qué y lo que se obtiene según lo que por calificación y profesión se aporta, resulta insultante, evoca distinciones no por obvias menos insufribles, ya que se vienen presentando a la galería como el sistemático fruto de una injusticia, tan antigua como vaga y difusa, sin relación con la responsabilidad, las dotes y las acciones concretas. Así, es fácil vender el ideal de un hijo eternamente mantenido por esa versión mejorada del Estado de Platón que le hará pasar a la guardería desde la incubadora, le acogerá, llegado el caso, vacaciones y fines de semana, le ofrecerá indefinida matrícula gratuita en estudios sin aprobado ni provecho y le asignará en la edad adulta un salario de paro. Dice mucho de la perversidad (o estupidez; no son incompatibles) sectaria del revolucionario de nómina y prudente distancia del socialismo real el que se haya llegado a sacrificar a una juventud, entre la que pueden encontrarse los propios hijos, dándoles el más envenado de los regalos: la cultura de víctima, de perpetuo asistido en un sistema en el que sólo cabe enorgullecerse de la existencia marginal, interpretar el mundo en términos que siempre exculpan al individuo y culpan al sistema y mirar con desdeñosa envidia las naciones fuertes y el progreso ajeno.

La nueva clase dominante emanada de los monopolios culturalmente correctos disfruta de sus dividendos a un alto precio: Se lleva privando cada día a los jóvenes de los conocimientos, el nivel, el medio, el personal docente y el adecuado alimento intelectual. Son especialmente afectados todos aquéllos para los que la Enseñanza Pública era el único medio de promoción social para quienes no existe más ventana al mundo y a la mente, más acceso a la cultura ni más oportunidad igualitaria que la del aula. Se ha conseguido herir de muerte el viejo ideal de la Enseñanza General Buena, Aconfesional y Gratuita respecto a la que la exacerbación del cheque escolar y la libertad perfecta no es alternativa en el caso de los sectores cultural y económicamente más pobres; el cheque escolar dejará, por ejemplo, en manos de la madrasa y los imanes a las hijas de inmigrantes islámicos confirmando así su segregación, y enviará automáticamente a fábricas y hostelería a multitud de jóvenes de modesta procedencia. Ya hay generaciones que, despojadas de su herencia, dispondrán por todo bagaje, tras la adolescencia artificialmente prologada, de la inseguridad propia de su ignorancia sobre el mundo, del desconcierto respecto a las raíces y el futuro de su época y del desdén, mezcla de falta de apego y de desconocimiento, respecto a su propio país.

Contra lo que pudieran hacer creer las referencias foráneas, los maoísmos y aspiraciones (en la medida que lo permiten las circunstancias) totalitarias pueden adoptar, como en España, forma de mosaico y destruir, con el recurso a la red de células políticamente correctas y no menos intervenidas, la inteligencia, el derecho y la libertad. Para los clanes nacionalistas la fragmentación educativa  ofrece el terreno ideal para la jibarización esperpéntica de literatura, geografía e historia, la mediocridad nepotista elevada, por efecto de perspectiva, a las cimas del mérito a causa de la exigüidad del horizonte y el rentable llanto sistemático. Se enfrentan al más tímido y colaborador de los adversarios: un Estado central dispuesto a todas las concesiones, omisiones y silencios con tal de evitar escandalosas protestas y de llegar a la apariencia de pactos.

Los aderezos maoístas y el retromarxismo lírico acompañan a un mito cuya fecha de caducidad toca a su fin: La impecable perfección de la Transición española. Las cesiones entonces al chantaje de grupos de presión sin más horizonte que el botín rápido revelan hoy, como un edificio sus grietas, la inviabilidad de partes de la estructura. Los huevos de serpiente depositados en los años setenta entre los regalos de las hadas buenas eclosionan y engullen nido, árbol y bosque. Abocadas al nepotismo y el corto plazo propios de la cercana clientela, las diecisiete autonomías siempre fueron una entelequia necesariamente ruinosa y un absurdo proporcional parlamentario, un federalismo gratis total que creaba una indefinida dinámica feudal y autojustificadora. Revistió el proceso muy mayor gravedad en los casos de Cataluña y País Vasco (haz y envés del mismo fenómeno), para los que fue providencial el mito de la gran lucha y oposición antifranquista que nunca realizaron y donde sus nuevos ricos se mostraron particularmente ambiciosos y virulentos, y recurrieron al rápido control de medios de comunicación, de cultura y de enseñanza y a la imposición de hechos consumados, fuera por medio del aprovechamiento activo o pasivo del asesinato a cargo de ramas terroristas, fuera por el generalizado clima de coacción implantado por las familias locales.

De forma semejante, en el nido de la Transición se depositaron otras semillas de pésimos frutos: Parte de los supuestos luchadores antifranquistas ensalzados y amnistiados eran y son capos, simpatizantes o encubridores de bandas cargadas de delitos de sangre y apologías a la sumisión a fundamentalismos totalitarios, y su prosperidad está directamente relacionada con la manipulación de sucesos, datos, comunicación y cultura. Son el Mr. Hyde necesario de los amantes de la revolución virtual y se basan en el control mediático e institucional que comparten (y en el que gozan de todos los beneplácitos) con las enriquecidas burguesías autónomas. En el extranjero (donde omitieron por sistema que la pistola siempre se ponía en la nuca de los mismos) y en España hasta hace bien pocos años, ETA, el grupo terrorista vasco autor de cerca de mil asesinatos, ha disfrutado de la simpatía inspirada por los defensores de la libertad, cuando lo cierto es que el autoritarismo franquista resulta un paraíso democrático si se compara con la dictadura propugnada por tales paladines: una mezcla asfixiante de paleomarxismo tribal con ribetes albaneses y maoístas a la que se añade el racismo propio de las derivas fascistas. Y a esto, simplemente porque resulta útil para sus beneficiarios y porque se envuelve en la bandera del mito antifranquista, se homenajea, aplaude y permite impunidad hasta el día de doy.

La fértil imaginación de un plantel de clientelas, de cortes en la sombra, de ministros in péctore y de presidentes de toda la vida ha creado reinos ancestrales, desenterrado y vestido esqueletos, empapado en llanto los escasos restos del dialecto local y organizado la fabricación de rentables agravios. La ley preveía un porcentaje común a todo el territorio nacional en los temarios de enseñanza. Ni siquiera esto fue defendido. El incumplimiento legal ha sido y es sistemático, absoluto e impune en Cataluña y el País Vasco, en Galicia y en Valencia. Las clases se dan en su práctica totalidad en lengua local, los escolares salen sin saber castellano, la desigualdad de oportunidades avanza de forma galopante, porque sólo los centros de pago ofrecen enseñanza en un idioma que no sea el de la región. No hay inspector que ose poner los pies en tales aulas y denunciar la situación, ni autoridades que den curso a la denuncia, ni Gobierno y Constitución que defienda a alumnos y leyes. Sus libros de texto son una caricatura de la historia y la geografía, de la literatura y el arte. Lo que se practica no es el razonable conocimiento de la cultura local, sino la desmesura, el sectarismo, la manipulación y la ignorancia bajo el común denominador de borrar o minimizar lo que a España como nación concierne, hinchar hechos de escasa relevancia, obras de calidad muy mediana, personajes sin envergadura, y llenar con el compuesto todo el horizonte. El sustantivo España, de mención nefanda, se caracteriza por ser despreciable, foráneo y adverso. El vistazo más somero a las páginas de tal material de estudio grita la evidencia. Las empresas afines acumulan, por este medio, beneficios monumentales. Paralelamente, conviene recordar que ayuntamientos, diputaciones y demás organismos locales cuentan entre los mayores, y son con frecuencia los mejores, clientes de la industria editorial y de los viveros de cultura subvencionada. Cuando existe tal red de dependencias y de apetitos raro sería el cargo, partido, liberado sindical o director de publicaciones que se decantara por la verdad pura y simple. En palabras de un luminoso dirigente regional, ya está bien de enseñar las mismas fechas y batallas. Las lecciones de historia, los textos de lectura, los comentarios y ejercicios regidos por la ley que traspasó las competencias educativas a las autonomías llevan moldeando a sus jóvenes en la liturgia del terruño desde hace más de veinte años.

El crescendo de virulencia nacionalista en las tres denominadas autonomías históricas españolas (como si las demás regiones carecieran de historia alguna) está en estricta relación con el cambio generacional de herederos y beneficiarios de la transición de los años setenta, de la carga de chantaje y presiones forzosa o voluntariamente asumida para evitar violencias y acelerar y suavizar el proceso. Se dio y otorgó entonces sin discusión y sin precios, se pidió y acaparó sin costes ni contrapartidas. Tan rentable dinámica a corto plazo es, para los receptores, imparable. Envejecidos los líderes, la impaciencia de las bocas insatisfechas de los que llevan años en las listas de espera se hace incontenible. La joven clientela multiplica su número y sus peticiones, crecidas éstas por el hábito incuestionado de la exigencia y por la adhesión al dogma, a la creencia en antiguos agravios que, sin mayor análisis, legitiman a la vez la propia posición socioeconómica, los medios empleados y las categorías deontológicas.

Tras el telón nacionalista hay, pues, un cui prodest amplísimo e insaciable, una avidez de taifas que ha reducido los nobles ideales de tolerancia y coexistencia democrática de la transición a la rebatiña. Eran precisos, a efectos de reparto, una opresión milenaria, un mito fundacional de autoctonía, un folklore de la queja y la diferencia y una rápida toma de territorios legales. La tímida dejadez que presidió las componendas de la década 75-85, con gobiernos, de uno y otro signo reducidos a la impotencia por una matemática de representación parlamentaria que se traduce en dictaduras de minorías, ha continuado. Se duplica y triplica con cada virreinato la fiel clientela, la espesa gens que cobra y vive a fuerza de ahondar en el particularismo, abominar de horizontes más amplios y objetivos y alimentar los penates con mitología visceral. Su clero se funde con las premisas que lo sustentan, la secta genera su propia envoltura ideológica, la clientela modela los datos objetivos según los estrictos parámetros que su legitimación precisa. El millón de funcionarios creados por las autoridades autonómicas para su propio servicio, las cortes de subdirectores, secretarios de estado, presidentes, asesores comparten con el vate local y el último interino el tribalismo vecinal en el que son determinantes las relaciones personales, la fidelidad al jefe y la profesión pública de fe. Es un mundo inverso al que dio lugar a los estados modernos, al individuo emancipado de la servidumbre del señor feudal y del noble al que el concepto y estructura del país grande garantizaba, precisamente por su centralización y extensión, la igualdad de derechos de los ciudadanos, la fluidez de comunicación y desplazamientos y la libertad. La ola de regresión medieval se retroalimenta con enemigos y agravios. Las sucesivas concesiones, mimos y pudorosos silencios por parte de ministerios y gobernantes, la ausencia de precios por los privilegios recibidos, la continua impresión transmitida por los medios de comunicación de que se les debe dar todo por nada llevan décadas potenciando la espiral. Porque la línea del chantaje es por naturaleza ascendente e indefinida.

El emperador se pasea desnudo, pero cubierto con una armadura de fervorosas profesiones de fe que hacen inconfesable, y prácticamente inexistente, su desnudez. Cabe preguntarse si la mitología es irreversible y el monopolio comunicativo, una vez adquirido, omnipotente. Hay una escalada de dependencias en el edificio de los mitos que vienen justificando a la nueva clase dominante. Educación, con el significativo ejemplo de la Reforma del 90, es parte de un entramado que se apoya, a su vez, en decorados sucesivos diseñados en escenarios de muy mayor amplitud. El hilo conductor lleva hasta los fangosos territorios de la traición a la razón y la ceguera ante la evidencia, todo un arte propio de los admiradores de espléndidas y afortunadamente lejanas utopías, de los socialismos reales. La cadena de mitos pasa por la invención maniquea de la historia (con inclusión de un imaginario instrumental basado en la Guerra Civil), y conduce invariablemente hasta víctimas que lo han sido, allende y aquende fronteras, que lo fueron físicamente de las peores y más profundas dictaduras y que lo son intelectual y socialmente de la clase parásita que ha hallado en las utopías que aquéllas defendieron un filón. Como en los planes quinquenales, en las hambrunas y en las colectivizaciones, la historia sólo recoge al final supervivientes, resultados, nunca el silencioso y abrumador déficit de carencias, ruinas, fracasos, capacidades malgastadas y vocaciones truncas. La clientela se ha constituido en batallón nada desdeñable al que la variedad de uniformes e himnos garantiza la pervivencia. El nuevo clero juega a la imposición de su criatura presentándola como la obvia y lógica alternativa a lo existente: Una teoría y método benéficos que no se han aplicado antes por la simple opresión de las fuerzas de ese Mal en el que se engloban la reacción, el capitalismo, la derecha y demás satanes de los que cobran nómina los profesionales del exorcismo. En Camboya o China pudieron permitirse el lujo de aniquilar élites, junto con ciudades, vías de comunicación, bancos, hospitales y obras de arte. En estas latitudes europeas hubo que contentarse con esa materia vulnerable, esa gaseosa experimental que son la Educación y la Cultura.

En su modesto formato, el simulacro maoísta de educación echó mano de los diplomados de mayor categoría académica como enemigo próximo, y reprodujo hasta donde el marco legal de la democracia burguesa lo permitía el aislamiento, acoso, malos tratos, ostracismo y escarnio de los enemigos de clase, los adversarios, críticos y saboteadores de una nueva Revolución Cultural guiada por los ideales de la igualdad y del socialismo triunfantes. Tal élite sólo podía redimirse por la contrición y la participación-a veces entusiasta, como corresponde al converso-en la Nueva Era. Había que aplaudir en los claustros al veterano catedrático que se encargaba del alumnado propio de maestros de primaria, al profesor orgulloso de ejercer por los pasillos y retretes minuciosas tareas de patrullero, al docente de francés que, en vanguardia de la ciencia pedagógica y el acercamiento a las masas, basaba sus clases en la explicación a los alumnos de letras de La Polla Récords. Sólo faltaban las sesiones de público escarnio y autocrítica que se dieron en China y los uniformes de guardia rojo, pero esas sesiones en realidad se han venido ofreciendo diluidas en el hacer cotidiano y con ellas se han cubierto de gloria acólitos como el dirigente logse que increpaba en coloquio público a una profesora que denunciaba la ignorancia histórica del alumnado. El valeroso adalid del progreso pretendió ridiculizarla recurriendo al socorrido fascismo (¿Qué quiere usted, señora, que canten el “Cara al sol”?). La mayor edad, titulación y capacidad han bastado para amasar con tan indefensa carnaza el prototipo del reaccionario y hacerle blanco de la ininterrumpida caza de brujas. Como en China, cualquier despropósito, si era nuevo y en contra de lo previamente existente, daba a su autor patente de corso, cualquier necedad se transformaba en oro progresista si tenía como blanco lo y los cualitativamente mejores y si se acompañaba de la charanga contra élites, clasistas y poderosos.

Bien comenzado el siglo XXI y tras cambios de gobierno y elecciones, el panorama apenas reflejó en la práctica algún cambio. Ejemplo ilustrativo: Primer curso del segundo ciclo. Durante la clase de una de las asignaturas que se suponen fundamentales el núcleo duro de repetidores pasa el tiempo que le queda hasta cumplir la edad legal de abandono del centro dibujando o, gracias al benéfico invento de los cascos de música (fuente de paz social) entregados a Euterpe. Hay imitaciones esporádicas de ruidos animales o intercambio de pipas. Otros dibujan y subrayan con lápices de colores, sin atender, leer ni hacer el mínimo esfuerzo mental, firmemente convencidos de que cualquier ritmo que no sea el de primaria y cuanto sobrepase la presentación de unas hojas copiadas constituye por parte del profesor una agresión inaudita. Éste último podría encauzar debidamente al adolescente alumnado según su edad real, pero esto es imposible si los obligados objetores de estudio imponen la pauta, si el paternalismo viscoso de una directiva oportunista juega al consenso con los padres y si los alumnos son enviados por los maestros en estado de semianalfabetismo silvestre. Por unidades, que no lecciones, y por áreas, que no asignaturas (porque conviene difuminar perfiles y confundir, a la baja, los criterios para atenerse a la generalización aguada e intercambiable), hojean libros de texto, que han quintuplicado coste y peso y son, invariablemente, firmados por equipos cuyos miembros compiten en la celosa sumisión a las normas de la corrección bienpensante. En un país como España, de falsificación del pasado reciente, chantaje terminológico e intimidación tribal, cualquiera es susceptible de denuncia por filias racistas, derechistas, franquistas, machistas o xenófobas. Así, la lección del día comienza por jaculatorias, convenientemente enmarcadas, de buenos propósitos llamados educación en valores. Fijadas las normas de rigor, se hilvanan párrafos fruto de distintas plumas, con exhibición del debido desdén respecto a la sistematización de épocas anteriores; por ello se mezclan siglos, años, géneros, latitudes, categorías e individuos, y se sustituyen las ilustraciones de valor cultural y estético por otras, numerosísimas, mucho más democráticas y asequibles, véase la anatomía de una espinilla (tema francamente motivador para los adolescentes) o la foto de un grupo de señoras marroquíes cubierta la mitad inferior del rostro por, a manera de bozal, un paño bordado (alegre panorama de la pluralidad de culturas). Las abundantes estampas, que añaden innecesariamente a cada volumen gramos y euros, han sido objeto sin duda de una cuidadosa selección a contrario: reducción a mínimos de contenido cultural y artístico, representación de la vida cotidiana, con generosas dosis de vulgaridad, preferencia del grupo sobre el individuo. Las citas suelen pertenecer, casualmente, al ramillete de historiadores, escritores y periodistas que forma parte del club mediático; hay también poemas pavorosos con mensaje social, y relatos de contestatario cariz, sin que falte el cupo multicultural, como ocurre con la dosificación normativa de afroamericanos (negros jamás), chinos e hispanos en las películas estadounidenses. Los libros asignados para lectura son objeto, por parte del profesorado mismo, de una censura severísima tanto intelectual como ideológica: los clásicos de la literatura se abordan de la manera vergonzante con que se muestra un antiguo instrumento de tortura y el hecho de introducirlos en el temario levanta en los alumnos y sus padres la alarma y el desconcierto.

Cuarenta años de historia se reducen en los libros de estudio a una dictadura represora de oscuridad sin matices. Naturalmente el vistazo más superficial a los volúmenes de ocasión, a las casetas de segunda mano, desmiente tal credo. Descubre, además, que la muerte del dictador no ha dado paso, con la rapidez con que la noche lo hace al día, a una explosión de obras maestras y de genios. Lejos de ello, incluso se advierte mucha más agudeza, originalidad e inteligencia en el supuesto páramo cultural que en las décadas libérrimas que siguieron, caracterizadas con harta frecuencia por el feísmo, la mediocridad, el arte y el pensamiento débil preceptivos, engalanados, eso sí, de los imprescindibles exabruptos y de las invariables jaculatorias políticamente correctas e indispensables para hacerse un nombre y un hueco en la cultura oficial. Esa cultura implicaba, y sigue implicando, tanto en pedagogía como en estética, una hemiplejia obligatoria en el tratamiento de los años veinte y treinta, de la II República y de la Guerra Civil. Desaparecen matanzas y enfrentamientos de los que fue responsable el bando vencido, se difumina como si no hubiese nunca existido la enfeudación de varias facciones a un régimen soviético de dictadura totalitaria y estricta, no se mencionan jamás los miles de asesinatos de eclesiásticos, pero sí se hace hincapié en la nada incomprensible adhesión a los nacionales de la Iglesia. El guerracivilismo es un maná del que no se puede prescindir, un terreno de cultivo incansable, porque sin ese telón de permanente e impostada batalla, sin esa seña de identidad martilleada sin tregua en la memoria colectiva, creada para justificar con su pasado el aprovechamiento del presente, la dualidad maniquea resulta insostenible. De asumirse honestamente los  hechos, de narrar tranquila y objetivamente la Historia, se perdería la piedra clave que sustenta el edificio de intereses: se hubiese perdido al Enemigo.

Mucho peor que la ignorancia es el hecho del adiestramiento negativo en el que claramente han sido formados los jóvenes durante su etapa anterior y que se materializa en la agresiva imposición de la infancia prolongada y en el rechazo, o en el uso activo del acoso y de la violencia, contra el profesor del nuevo nivel. A fin de cuentas ellos, y sus padres, llevan lustros recibiendo de forma subliminal o explícita el mensaje de que son víctimas de la opresión, merecedores de todas las consideraciones, oportunidades y derechos, destinatarios de la gratuidad vitalicia de subsistencia, asistencia y diplomatura, defensores de una igualdad que, naturalmente, adaptan de inmediato a la abolición del esfuerzo y la denigración de una excelencia que no puede ser fruto sino del favoritismo o de la injusticia socioeconómica. Es un alumnado que sabe pocas cosas pero que, como es natural, conoce a la perfección las que conciernen a sus intereses inmediatos. Y éstos se resumen en la resistencia a unas aulas en las que pasan, por obligación, más de seis horas diarias, de las que esperan distracción y la tibieza vegetativa que haga soportable el confinamiento y que les garantice los pases y notas que contenten a sus padres. Se saben su cartilla, que incluía hasta ayer en junio un examen final de suficiencia (que permitía, pues, no trabajar durante todo el año) y el anuncio público, desde principios de curso, de los conocimientos mínimos (medida que, por sí sola, da idea apropiada de la profunda estulticia del conjunto de normativas) exigibles del programa de cada asignatura. Llevan mucho tiempo teniendo clarísimo que pueden dejar en barbecho materias enteras porque se les dará el pase por el conjunto de su obra, manejan los límites del insulto al docente y el sabotaje de la clase con el virtuosismo de quien no ignora su status dominante frente a un asalariado de desdeñable categoría al que dirección servil, asociación vecinal e inspección se encargarán de humillar y al que sus padres y él, sentado a la mesa que se entretiene en pintar, procuran la subsistencia. El término aburrimiento ocupa, como muestra cualquier redacción sobre una jornada de su vida cotidiana, un lugar muy especial. La palabra define, con insistencia y encono, su vivencia del centro. Acuden porque es el único sitio en que pueden estar y les obligan a ir, pero van sin la más mínima conciencia de que esa actividad sea el lote de trabajo que les corresponde en una sociedad en la que todo bien sale de alguna parte y es procurado por la labor de alguien. A los catorce, quince, dieciocho años continúan identificando cumplimiento con estancia física y, quizás, con elaboración esporádica de rápidos ejercicios a modo de crucigramas hechos en compañía. La enseñanza como divertimento, la extensión a edades provectas de la alborozada bulla infantil, son nociones que les han empapado y constituyen, probablemente, el rasgo más nocivo de su escolarización, implican la exigencia del circo continuo, permiten la identificación de reflexión y aprendizaje maduro con el tedio, eliminan al profesor capaz y exaltan al maestro histriónico y maternal que sigue la corriente infantiloide y priva a los jóvenes del alimento intelectual que corresponde legítima y biológicamente a su desarrollo. De los criterios cuantificadores de admisión al centro tiempo ha que desaparecieron las buenas notas en el expediente académico, del mismo modo que se abolió con la Reforma la palabra suspenso y se recubrieron las calificaciones de un florilegio perifrástico (progresa adecuadamente, debe mejorar) que merece, por sí solo, capítulos aparte porque aúna la indigencia intelectual pretenciosa con la manida taracea de tópicos.

El Compañero Docente suele aferrarse a la fast food de adaptaciones y claves sistemáticas de comentario, es amigo de un aprobado por trabajos caseros que elimina en el alumno el trabajoso proceso del aprendizaje y le permite utilizar innumerables lápices de colores, ama el rodillo de pseudoliteratura que incluye invariablemente antiimperialismo, héroes ecológicos y minorías étnicas. El Compañero Docente ejerce con alegría el racismo negativo, recomienda con entusiasmo las novelas en las que aparecen  conquistadores españoles crueles y ávidos, ingleses engreídos, rojizos e hinchados del alcohol y de los beneficios de tráfico corsario, y elimina con celo vigilante toda publicación que atribuya rasgos ingratos a un protagonista negro, árabe o judío ya que éstos, por el hecho de serlo, están exentos, so pena de racismo, de calificaciones otras que alegre, hospitalario o sutil. El Docente Ejemplar (que ya ha producido peligrosas subespecies de filisteo) funciona a cliché y piñón, más que fijo, soldado por el método, en pleno vigor, de inquisición profiláctica. Los epítetos respecto a los individuos que figuran en la lista de Buenos que le ha proporcionado su catecismo serán como mínimo encomiásticos; la referencia al pelo lanoso de los africanos o a las estrechas pupilas de un oriental es merecedora de la segregación o la pira, pero todo término despectivo es poco para el grasiento, agresivo y porcino hombre blanco. Una marea de lecturas fáciles, sólo propias hasta hace bien poco tiempo de la infancia, ocupan el lugar de las obras clásicas que, con la ayuda del profesor, deberían ser abordadas en los centros por la sencilla razón de que ése es el único y adecuado lugar para que le sean introducidas al alumno que tiene sobradamente edad de ello. En su lugar, y para divertirle a toda costa, llueven novelas breves de tenue valor literario pero que se atienen, con mimética regularidad, a la receta bienpensante que dosifica ecología, antirracismo, feminismo y demás inexcusables ingredientes. De ahí resulta un mundo tan puerilmente polar, tan elemental, insípido y previsible, que las facultades cerebrales de crítica, exploración, perplejidad, duda, selección, imagen del mundo y construcción del propio criterio quedan en barbecho. Se ven sustituidas por la inmediata jaculatoria propia del pensamiento totalitario, reducidas a muñones desperdigados en una superficie sin conocimientos, acumulación de datos ni coordenadas crono-espaciales, y ahí constituyen mojones secos buenos tan sólo para irrazonadas adhesiones, respuestas reflejas, gritos y conductas viscerales. (excelente formación, sin embargo, para la cultura de la pancarta). Para mejor divertirles se les ha recluido en el hastío, cuando no en la lógica exasperación del que, en edad de guitarra y preservativo, se ve retenido contra su voluntad durante seis horas diarias entre una silla y una mesa. ¿Cómo no huir hacia Harry Potter, las sagas y los juegos de rol si nada ofrece un horizonte de creación, fantasía, amplitud y grandeza, si el menú oscila entre la red viaria provinciana, la estadística de contratos laborales y los riesgos del colesterol?

Los antológicos textos de la Reforma Educativa del 90 y epígonos, que pueden difícilmente leerse sin hilaridad o rubor, pertenecen, aparte de a los líderes que se cubrieron de gloria firmándolos, a la redacción de asesores, liberados sindicales y compañeros de viaje promocionados por la circunstancia a inesperado rango y muy altos-en relación al los que por sus méritos reales merecían-destinos, los cuales, en exhaustivos cónclaves, pergeñaron términos tan inefables como segmento de ocio (recreo), relación con el propio cuerpo (la del alumno con su envoltura carnal; a calificar por el profesor), adaptación curricular, materia transversal, estrategias didácticas, procesos actitudinales, habilidades, destrezas, talleres y herramientas destinados a actuar como conjuro utópico por cuanto reducen el aprendizaje, la educación y la ciencia a términos puramente gimnásticos y fabriles. De ahí la insistencia en el grupo, la igualación y la tarea común e intercambiable, tanto en enseñantes como en enseñados. Lejos de significar aportación y debate, el término consenso goza de inusitado predicamento debido al desplazamiento semántico: ha pasado a equivaler a componenda útil, reparto de dividendos entre las propias huestes y las del adversario, en una dinámica que transcurre por encima y ajenamente al bien público. Sin embargo se mantiene, siempre caliente y listo para consumo, el antagonismo, la encarnación del enemigo de clase porque es imprescindible para que el clan defienda su sitio en los cada vez más escasos pezones del Ministerio de Hacienda.

Pero los alumnos no se merecen esto. Ninguno de ellos. Ni la privación de estudio para quienes sí lo deseaban, ni la imposición de una mediocridad generalizada que es el precio del buen vivir y medrar de adultos cuya única oportunidad de elevarse es triturar y rebajar su entorno. Pese a la inercia del ambiente, al halago del mínimo esfuerzo y a la tentadora tibieza de la infancia indefinidamente prolongada, llega hasta los adolescentes a veces el sabor de lo que son el conocimiento, la textura de abstracciones, conceptos, hechos lejanos en el tiempo y en el espacio que forman la masa de su presente, insospechadas herencias y horizontes de un mundo en el que creían flotar sin más sentido, razón ni arraigo que la arbitraria disposición de los objetos de su estuche. Colocados entre el aparcamiento y la calle, intuyen el engaño en la facilidad tramposa de la barra libre que se les ofrece, son sensibles aún a los territorios de altura de la verdad y la sabiduría con los que, ocasionalmente, entre fraccionamiento, adaptación y rebaja, todavía toman contacto. Algo se mueve en ellos entonces, recuperan la edad real y la inteligencia robadas. Y el profesor observa ese momento irreemplazable en el que primero comprenden y después le contradicen, ese instante del aprendizaje verdadero, descarnado de todo utilitarismo, en el que, solos, al borde de la idea, baten por primera vez las alas y echan a volar. No merece este trato el que, pese a localismos y diversificaciones, halla en clase un contacto con temas, objetos y materias cuya envergadura es ajena a cuanto en su hogar y en su medio existe; no merece la miseria intelectual y vital preceptiva el silencioso y obstinado que, en su confuso fondo, aspira a tener un porvenir, no es digno el confinamiento humillante en el aula para el que prefiere actividad, ni para el que vegeta en la indiferencia permisiva de sus familiares y el cobarde paternalismo del sistema escolar. Se trata de una sangría temporal irreparable que, tras el prolongado engaño, les deja aturdidos e inermes, agresivos e inútiles, dependientes y pretenciosos, en la jungla que, tras la guardería, les espera.

La terminología destinada a ocultar el control objetivo de conocimientos y trabajo casa a la perfección con el traslado de la lucha de clases y la pugna opresores/oprimidos a la enseñanza. El alumno debe rebelarse contra la dictadura del docente, representante del sistema, o, al menos, ser tratado con las mayores consideraciones, que excluyen apreciaciones extemporáneas y contrarias a la deseable igualdad. De todos los eufemismos, el más persistente es fracaso escolar. El auténtico fracaso, si por meta se entiende el nivel de conocimientos, capacidad de expresión y conceptualización propios de la adolescencia, es infinitamente mayor de lo que reflejan cifras vacías de contenido. Se lleva décadas aprobando por obligación, facilidad e inercia, dando excelentes notas por el mero hecho de que, al menos, el alumno es pacífico y soportable e incluso, a veces, escribe unas líneas. Es notorio que en los temidos exámenes de selectividad pasa más de un noventa por ciento, la universidad hace matrículas en cadena y son legión los repetidores y licenciados. Esto forma parte de un espectacular proceso inflacionario en el que nada es real, se transforman en kilos los gramos, se hinchan perros y se llama éxito a la distribución gratuita de caricaturas de bachillerato reducido a la mitad de duración, al tercio del espacio ocupado por materias fundamentales y a la enésima parte del nivel que por edad hubiera correspondido. Otros fracasos son de imposible maquillaje, el mismo proceso en medicina, ingeniería u obtención del carnet de conducir resultaría letal, pero el escolar ha pasado a ser simple pieza de conveniencia política. Cuanto podía tirar del alumnado hacia arriba, inculcarle criterios de calidad, favorecer su desarrollo, ha sido penalizado o es de temeroso cumplimiento. Se exige, como en las dictaduras bananeras, éxitos masivos, pases del 99,99 por ciento, ausencia de un fracaso que sólo puede deberse a la intransigencia y que siempre podría ser remediado con adecuada comprensión de las personales circunstancias.

La situación, al menos en la Enseñanza, es prácticamente insoluble por el paradójico motivo de la relativa modestia de inversiones que un cambio racional y benéfico demanda. Se trataría de simples medidas de sentido común, como que la de que dé clase cada cual de la materia y nivel que le corresponda, que el programa de estudios se base en la envergadura y amplitud de los conocimientos y en los hábitos intelectuales propios del abandono de la infancia, que los servicios sociales y asistenciales se desglosen, con cuidadosa selección, de los docentes. Nada de esto es compatible con la alegre distribución arbitraria de millones entre supuestos especialistas de la secta pedagógica, del aparcamiento multiuso y de la mediación social. En la Administración pública las consideraciones deontológicas desaparecieron hace tiempo de escena para dejar sitio a la premura de conservación, creación y distribución de empleos, a la justificación de exigencias presupuestarias y al control desde la raíz de la propaganda. Los gobiernos no han sabido sino contemporizar y asentir frente a sindicatos, nacionalidades y cabildos electorales que contaban las porciones, no los ingredientes, del pastel.

El filtro inverso continúa su obra. La diferencia entre tomar medidas conflictivas pero justas y necesarias o embolsar prebendas inmediatas y dejar al previsible futuro la demolición del edificio en ruina está en el límite socialmente soportable de la maniobra y constituye la peligrosa variedad de “el fin justifica los medios” adherida a los estados democráticos. Pueden esquivarse las decisiones impopulares, apoyar las demagógicas, componer con los intereses privados y partidarios, garantizarse la impunidad y el silencio mediático, pero cada día tiene su cosecha de parciales cadáveres, las menudas bajas de silenciosas prácticas totalitarias guiadas por ese peculiar desprecio de los que las emplean hacia los individuos y sus irreemplazables vidas y posibilidades de obtener felicidad.

Menos banal que las incidencias escolares puedan parecer y bastante más sombrío es el rasgo que ha presidido estos años de chantaje por mor del consenso democrático. Se trata del miedo, pero de una variante peculiar que jamás osaría decir su nombre, asumida, integrada, defendida incluso con ardor y poses libertarias. Era el telón de fondo de la risueña iconografía maoísta, la materia prima de la vida cotidiana en los regímenes dictatoriales, pero también es componente indispensable de las parcelas de totalitarismo light, en las que no se llega a la cárcel, el partido único ni la eliminación física. Está al alcance de cualquier investigador un curioso experimento: la búsqueda de artículos y publicaciones críticos y contrarios a la Reforma aparecidos entre los años ochenta y el final del siglo XX. Recuérdese que ésta se impuso, en plan experimental y de adopción supuestamente voluntaria, de manera temprana en numerosos centros. Conviene no olvidar tampoco que los cambios de gobierno pasaron de puntillas sobre la situación educativa, que juzgaban logísticamente intocable y respecto a la que prefirieron pactar con los sindicatos y el partido socialista a cambio de franquicia en otros terrenos. El investigador observará una extraña ausencia, hallará quizás, el año 1984, una columna sobre la manipulación política de la Enseñanza Media publicada en el diario El País, encontrará luego, esporádicamente, algunas líneas más en artículos o en cartas al director, llamativas por una escasez que habla del prurito de aparentar pluralismo. Desde luego como excepción a la regla, porque las apariciones de la más leve crítica se hicieron raras, llegando a desaparecer por completo. Ha habido que esperar a finales de los noventa para que asomen cabeza algún artículo y publicación de signo contrario al difundido incansablemente por la prensa oficiosa que, bajo imagen de modernidad democrática, se transformó en el boletín oficial del lobby PSOE y de los supuestos representantes sociales. Hemerotecas e informática recogen hoy fielmente la radiografía del real esqueleto de la situación, el espectro de silenciamiento de disidentes, la manipulación abrumadora y el inusitado control mediático que definen el lado más oscuro de la transición española. En los institutos prácticamente nadie ha osado manifestarse públicamente, ni siquiera en una sala de profesores o un claustro, contra los disparates que imponía la Reforma a la vida docente cotidiana. Ha habido genuflexión general e incluso la muy maoísta práctica de autocrítica y demostración al auditorio de que se trabajaba con ahínco en la extirpación de reflejos reaccionarios, de residuos autoritarios del pasado, y que existía una positiva y entusiasta disposición a cooperar. Los mecanismos y resultados de la censura interior asumida dejan pálida a la rústica y errática represión del franquismo, y nada da fe de ello de manera tan clara como el tratamiento mediático del tema educativo en estas décadas. Cuando apareció, en 2001, un libro de ensayo, El archipiélago Orwell, que analizaba y denunciaba explícitamente el fenómeno su autora hubo de presenciar en su instituto curiosos ejemplos del temor a la libre expresión. El mismo colega que, en conversación privada le comentaba, tras la lectura de la obra, Dices verdades como puños, le afirmaba en voz alta, cuando podían oírle otros en la sala de profesores, Es un  libro muy bien escrito pero dice un montón de mentiras.

Es, en estos procesos, inseparable del voluntario empleo del miedo como instrumento la exaltación profusa de la falsa libertad. Así como durante la Revolución Cultural China se abolieron los libros de texto, las notas, los programas estatales y los exámenes, con la logse se entró en una feliz pluralidad en la que virtualmente cada alumno tendría una enseñanza cortada a la medida de su persona y obtendría un diploma de la misma categoría que el de cualquiera de sus compañeros. Paralelamente, entre las capas de maestros recientemente ascendidas y los solícitos compañeros de viaje nada resultaba más sencillo que reemplazar el escaso pedigree con proyectos y opciones de original cuño que ocupaban el espacio de asignaturas fundamentales. Ocurre que nunca hubo menos variedad, calidad y margen de iniciativa personal que en pleno hervor de los años sesenta en la China maoísta. Guardarse de parecer reaccionario, empeñarse en mantener una fachada de abominación del pasado y de sus obras, buscar el marchamo iconoclasta y la exégesis bizantina de las premisas revolucionarias, anular el individuo en pro del igualitarismo solidario produjo, amén de millones de víctimas, un genocidio cultural de dimensiones monumentales. Había que avergonzarse del propio acervo académico y someterse sonriente a la reeducación por los líderes obreros y las amplias masas, pasaba a último término la consideración como tal del saber y primaba la adecuada y oportuna inclusión de actividades y la distracción y motivación con ellas del alumnado. Desparecidos temarios estatales y libros de texto, cada centro rivalizaba en presentar adaptaciones lo más fidedignas posible del Pequeño Libro Rojo, suma de la ideología correcta. En Iberia hicieron lo que pudieron. Las diferenciaciones, atenciones a la diversidad, adaptaciones curriculares y demás florilegio libertario del experimento español, la desaparición del Estado, la histeria localista y la voluntariosa creación colectiva se resuelven en la práctica en recortes brutales de la verdadera libertad, ausente de un espacio partidista desligado de la objetividad del conocimiento, ajena al fraccionamiento indefinido y liliputiense de marcos de referencia, reducida a la cambiante servidumbre de pequeños amos.

Invariablemente, en pequeño o en gigantesco formato, el experimento se ofrece con garantía de igualdad, justicia y solidaridad, y produce exactamente sus contrarios, y algo más, distinto por su extensión y profundidad de fenómenos de épocas pasadas: Un grado específico de censura y coacción en simbiosis con la disolución casi apacible de la personal iniciativa, responsabilidad y autonomía. La dinámica de un fraude que preside nuestro siglo y supera, con mucho, al terreno de la Educación, se sirve, en efecto, de la filosofía del servicio ofrecido a una sociedad que acepta blandamente, en progresión aparentemente infinita sólo susceptible de abrupto término por el encontronazo con el principio de realidad, el derecho inmediato a la responsabilidad vicaria, asumida por el Estado Gran Hermano Benéfico y materializada en la desmesurada oferta de existencia predigerida que le prometen los partidos políticos. Éstos contentan a la vez a electorado y clientela con la generación de burocracias parásitas recubiertas de un apresurado albayalde de ideología normalmente aderezado con el aceite rancio del vocabulario marxista decimonónico y perfumado de cierto toque oriental de resonancias maoístas. Que se trate de la transformación de los centros de enseñanza en guardarropas de la prole molesta, de presupuestos que conllevan la ineludible bancarrota estatal, del reparto de un título de doctorado por cabeza o del establecimiento de un gabinete de estudio de la discriminación racista y sexista en el mito de los Reyes Magos poco importa. No hay sino una justificación a posteriori de la imperiosa necesidad de mitosis burocrática.

El desarrollo mediático ha añadido a estos experimentos un ingrediente explosivo. Porque la continua percepción de mensajes fragmentados y en superficie ha creado una ética de la imagen que sustituye a la moral, de forma que cuanto no posea los atributos de modernidad, juventud, cambio e inmediatez adquiere visos negativos. Y, como el glamour es con frecuencia incompatible con la calidad, la fiabilidad y la simple honradez, información y enseñanza se convierten en un show interpretado por cordiales presentadores que se identifican con el público, mientras que la cultura se impone como una homologación a mínimos según el impacto y la audiencia El mensaje debe ser grato, operativo y rápido, asequible de forma instantánea para la inmensa mayoría y aplicable en plazo breve al entorno. Las referencias se mueven entre el caudal inabarcable de la potencial disponibilidad de datos y la escasez de enzimas y bases mentales previas para procesarlos. Se trata de una vivencia de virtualidad temblorosa en la que la felicidad, los sentimientos de satisfacción y de dicha se hacen raros a causa de la presión de límites deseables máximos y aparentemente asequibles, sin gran esfuerzo, para cualquiera. Bañados por una igualdad imperativa en la que cualquier logro ajeno aparece como fruto de injusticia, la energía se disuelve en el cultivo subliminal de la envidia, en múltiples empeños inmersos en las prioritarias diversión y satisfacción permanentes, y se viven las normales disparidades fruto de la singularidad de los individuos como agravios subsanables, ofensivos errores en la técnica de reparto.

A los generales recursos propios del neomaoísmo se suma el mito fundacional maniqueo que rige los treinta últimos años de la historia española y además goza de abundantes apoyos externos por su relación la general ceguera selectiva de amplios sectores de la opinión, en Occidente, respecto al socialismo, comunismo y sus consecuencias. En España la coyuntura hizo surgir un uso particular y particularmente interesado para cuyo estudio resulta particularmente ilustrativo el balance de los productos culturales de las últimas décadas. No ha existido la prodigiosa floración de ingenios que se suponía sólo esperaban para manifestarse la muerte del dictador Franco. Hubo, y continúa todavía habiendo, un rosario de mediocridades que, amamantadas por las subvenciones estatales, justifican sus méritos con la pancarta del antifranquismo, el no a los poderosos y los indispensables mantras que se quieren vanguardia desafiante y se reducen al coro infantil caca, culo, puta, pedo, pis. El épater le bourgeois ha adquirido el tedioso ritmo de la rutina. Sobrenadan a veces, como en toda época y lugar, gente y obras de valía, que brillan trabajosamente entre la ganga del oportunismo áulico y la subvención. El silenciamiento de sucesos, datos, vivencias muestra el rigor de la censura que ha sucedido a la pasablemente ineficaz del anterior régimen. Son legión las producciones que muestran los asesinatos, abusos, rebelión contra la legalidad democrática, amistad con el totalitarismo nazi, conspiración y arrogancia del bando nacional. Inútilmente se buscaría en las cinematecas películas que indaguen en el turbio enfrentamiento de las facciones que imposibilitaron la República, cámaras que se sitúen en el ambiente de las checas, frente a los fusilamientos masivos de civiles, que reflejen las amistades y alianzas con el totalitarismo soviético, los intentos, muy anteriores al de Franco, de golpe de Estado. Desdibujada ya por el tiempo esa guerra de los antepasados, se ha mantenido la castiza variante de Caín en una pervivencia asistida que lleva camino de superar a la agonía sumada de innumerables dictadores y a la momia de Lenin. Su reiteración pretende crear realidad, dar por sentada su existencia, como una ratio histórica que zanja invariablemente los conflictos por la simple nitidez de su premisa. Todos los males vendrían de un sector que suele adoptar, en su encarnación terrenal, el avatar de Derechas. Los bienes, en continua y desigual contienda con las fuerzas de la sombra, se aglutinan bajo el epíteto de esa siniestra en la que se sientan los bienaventurados. El atractivo de la tentación dual es tan fuerte que en él han caído tanto los que lo explotan interesadamente como los que critican la manipulación que caracteriza su empleo. En la práctica de todos los días, esto significa anular la visión de las personas como individuos y la responsabilidad personal de sus actos, una transposición malsana de las técnicas de mayoría parlamentaria y del asambleísmo simple a terrenos éticos y vivenciales que en nada se rigen por tal dinámica, de forma que la invención del pasado, la geografía de izquierdas y la astronomía progresista tienen, en ese discurso bimembre, una lógica que el uso diario incorpora sin reparos al paradigma de las neolenguas. Los prototipos encierran en su armadura y sus iconos a cuantos precisan, por imperativos económicos, sociales y psicológicos el abrigo de la tribu y dejan en territorio cimarrón a la gente libre.

El guerracivilismo cósmico, la confrontación interminable Poderosos Malos y Pobres Buenos, retrocede hasta los balbuceos de la prehistoria y se prolonga en el futuro siempre y cuando necesite la clase de nuevos ricos y el monopolio cultural e informativo recurrir al esquema dual legitimador. Hay algo del espíritu de la lucha ancestral bíblica entre los ángeles de la luz y los de la sombra en la visión ofrecida por el material cultural y pedagógico, y es de notar en ella su homogeneidad, que muestra la ausencia de libertad real propia del fraccionamiento partidista de los marcos de referencia. Gracias al piar insistente de los adscritos a la ubre diferencial, galaxias y cordilleras, hechos que han marcado época, figuras señeras de Ciencias, Historia, Arte o Literatura se ven borrados o minimizados para ensalzar supuestas contrapartidas aborígenes cuya envergadura no sobrepasa el santoral casero. La hilaridad deja, sin embargo, paso a la tragedia cuando se cuentan las víctimas y los rehenes de una entrega vergonzosa, una dejación de funciones basada en el electoralismo y la cobardía.

Bienvenido, Mr. Mao. Está usted en su casa.

 

 

 

ACUERDO EN LA GRANJA

O

LA LEY IMPLACABLE DEL ECONOMATO

 

 

Era previsible que el edificio de intereses incrustado en la Administración pública fuese tan tupido que resultara impermeable a cualquier cambio de Gobierno. Y así fue, desde mediados de los noventa, con la llegada al poder, en dos legislaturas sucesivas, de un partido que se decía liberal y centrista: el Popular. Enseñanza, una vez más, era paradigmática, requería, no ya gestión económica de nuevos presupuestos, sino decisiones de superior, y pura, categoría política, de las que se toman en la inevitable y arriesgada soledad del ejercicio propio del cargo, con perfecta consciencia de la hostilidad y encrespamiento que van a originar en un terreno de uso y disfrute perfectamente parcelado. La figura solitaria de la que fue Ministra de Educación marcó un hito en su tímido (pero insólito, dada la medrosidad existente) proyecto de defensa de las Humanidades. Durante algún tiempo justificó la esperanza de su nombre. Contra ella se alzaron en pleno, por supuesto, las huestes de la logse multiplicadas por las de las autonomías, de cuyos apoyos precisaba el Gobierno. Atacada por todos y abandonada por su partido, hubo de renunciar a lo que hubiera representado, y de hecho fue, la única medida genuinamente progresista avalada por la valentía de imponer el superior criterio del conocimiento a la servidumbre de las componendas coyunturales.

Es sintomático que se recurriese, respecto a esa Ministra, a hacerla especial blanco de chistes y gracietas en los que se le adjudicaba el papel de tonto del corrillo político. La maniobra había sido utilizada previa y sistemáticamente con otras figuras, nada desdeñables, que, por su independencia respecto a las estrategias del momento, convenía ridiculizar con el sanbenito de gil oficial del reino. Periódicamente, se lanza a la arena una figura con la que se desfogue a sus anchas una oposición que lleva camino de transformarse en un mosaico feroz de intereses y de razonamientos tan pobres y tan cortos de horizonte como de vitaminas la comida rápida.

Una vez más Educación servía, al menos, para ilustrar las profundas contradicciones de la democracia y los peligros de la extrapolación de ésta a los complejos territorios de la adquisición del saber, de la ética y de la moral. Si durante los cuatro primeros años de legislatura el Partido Popular se sometió a la obligada connivencia con virreinatos locales que gozan de un desmesurado peso aritmético proporcional en el Congreso de los Diputados, los cuatro años siguientes, en los que gozó de la mayoría absoluta, continuó arrinconando en el apartado de las sumisiones la derogación de la Reforma Educativa de los 90. Sin embargo era preciso, la situación no admitía componendas, maquillajes y arreglos de forma. Pero desde luego tal medida no era electoralmente rentable. Ninguna manifestación hubiese salido a la calle para reclamar más Ciencias Naturales, Literatura, Matemáticas o Latín y Griego, pero podían convocarse movilizaciones infinitas de estudiantes contra exámenes, rigor, notas y reválidas, de padres acostumbrados a la injerencia vecinal y el aprobado automático de sus vástagos, de estamentos de primaria y formación profesional hechos al disfrute de institutos, horarios y niveles de bachillerato, de sindicalistas que corrían el grave riesgo de quedarse sin plantillas ni certificados de capacitación pedagógica que repartir y de nacionalistas autonómicos acostumbrados a implantar  el aldeanismo como geografía universal. Todo esto cubierto por la amplia pancarta de defensa de la enseñanza pública frente a los clasistas colegios de pago, de la bandera del socialismo, el progreso y la igualdad, y salpimentado de pegatinas con el ¡No! que ha llegado a ser, sin mayor reflexión ni análisis, el motto resumido de un monopolio inmovilista que se caracteriza por la avidez egocéntrica, el totalitarismo intelectual y el desprecio por el bienestar real de las personas.

El poder del entramado mafioso tejido y segregado desde los años ochenta en torno a la educación española se mide, por sí solo, con el simple hecho de que durante casi dos legislaturas completas el partido nuevo en el Gobierno, que había accedido finalmente a él por el asfixiante número y peso de la corrupción acumulada por el PSOE, que prometía regeneración, ética y transparencia, no osó mover un ápice la situación existente. No contento con dejar en sus puestos y colmar de felicitaciones y prebendas a los causantes del desastre (en esto se superó a sí mismo el entonces Presidente de la Comunidad de Madrid), el Partido Popular arrinconó sine die aquellos terrenos culturales en los que se sentía inseguro, que percibía hostiles y de los que no esperaba réditos electorales inmediatos, permitió la depuración y el acoso de liberales honestos, independientes y perfectamente laicos e hizo buenos los argumentos de sus adversarios, que le presentaban como el valedor de un ente llamado Derecha definido por la amalgama Iglesia-intereses privados-represión sexual. Dejados a la intemperie social, marginados y atropellados por la prepotencia de la izquierda oficial y rentable, no son pocos los profesionales que se han visto obligados a someterse a ese horizonte dual, romo y panfletario, a cambio de parcelas que les proporcionasen subsistencia y foros de denuncia. Bien entrado el siglo XXI, el Partido Popular hubo de consentir, antes de la expiración de su segundo mandato, en cierto amago de cambio educativo.

El cambio, finalmente, se redujo, en Diciembre de 2002, con la Ley de Calidad (LOCE), a timidísimos parches, ya que, amilanada por poderes fácticos con los que era más cómodo el reparto que el enfrentamiento, rehuyó la batalla, sustituyó la reforma por un simulacro y escamoteó la prometida regeneración. Es más: la nueva normativa mantuvo e hizo intocable en su entramado legal de ley de rango superior los principios fundamentales, y más nocivos, de la situación hasta ese momento existente, de tal manera que la maniobra parecía diseñada, tras pacto inter pares entre oposición y Gobierno, con este fin. La tardía, ley educativa de 2002, bajo el escaso velo de modificaciones de detalle y trámite y la suavización de rasgos de la logse particularmente ridículos y escandalosos, sirvió en realidad para fosilizar y blindar para el futuro la situación anterior, para garantizar a sus sectores beneficiarios que continuarían dando clase a todos los niveles, de cualquier materia, en una bolsa única de la que sindicatos y líderes del asambleísmo dispondrían y de la que, tras largo e inútil almacenaje, saldrían los jóvenes con diplomas ficticios y sin real formación. La consagración del bachillerato más corto de Europa, la mezcolanza, prolongación y banalización igualitaria de materias, la negación de especializaciones, niveles y cuerpos no eran detalles baladíes. La simple prolongación de un año del bachillerato, como la herradura de la batalla, hubiese cambiado todo el proceso, dejado abierto el paso a la reforma de auténtica envergadura, obligado, por simple evidencia biológica del desarrollo de los alumnos, a la implantación de ciclos elemental y medio, formación profesional y estudios secundarios del adecuado rigor, currículum y diseño en función de las aptitudes y perspectivas. Se optó por lo contrario: la retirada con aditamentos de mejora y avance que no impedían la hipoteca y la parálisis legal.

El capítulo educativo ha sido, y es, el episodio más vergonzante de los políticos que se decían comprometidos con el saneamiento de las instituciones, la regeneración y el progreso. El Gobierno del PP, que no era (como tampoco lo fue su antecesor) de profesores, rindió el acostumbrado tributo verbal platónico a la Cultura pero, a la hora de firmar el Boletín Oficial del Estado y de entrar en liza con los orcos que imperaban en la Tierra de Enseñanza Media, mandó tocar a subasta. Quedaba para el PSOE, y sus dos sindicatos, el feudo acostumbrado, los muy amplios territorios de la Administración del Estado, y, concretamente, de Educación y de Cultura. Continuaban intocables, y actuando en la mayor impunidad, los secretariados culturales y lingüísticos de las autonomías. A cambio obtenía el partido gobernante silencio y manos libres en materias de otra índole, que incluso convenía a la oposición, en tácita connivencia, que estuvieran a cargo de sus supuestos enemigos, puesto que les reconocían sotto voce una eficacia económica y gestora de la que ellos se habían revelado incapaces y un grado de corrupción muy inferior al espectacular nivel alcanzado por el Partido Socialista en sus tiempos de apogeo. La idea era esperar al saneamiento de la arcas públicas y, llegado el momento, reclamar el disfrute de su contenido, premiar a la vanguardia vitalicia del proletariado, los trabajadores y las masas más ruidosas con generosas asignaciones, y proceder luego con los restos a la distribución general de achicoria entre el pueblo raso siguiendo en esto el preclaro ejemplo de la logse. La primera década del milenio pareció, por la virulencia pedestre y guerracivilista de la campaña electoral de los que pretendían presidir el Congreso en 2004, época indicada para recolección y reparto de la cosecha madura.

La regeneración democrática no pasa de ser una pía jaculatoria para uso de articulistas reticentes y de intelectuales desengañados. En realidad mal puede exigirse a un Presidente la adopción de medidas que implican forzosamente conflictos, erosión electoral y cuyos beneficios sólo se revelarán a largo plazo. Son, sin embargo, precisamente éstas las opciones políticas que dan la talla de un gobernante, mientras que, en el sentido opuesto, el envés oscuro de la democracia es una maraña de interesada confusión, recursos al populismo demagógico y sustitución del criterio individual por la entelequia colectiva y la manipulación asamblearia. Hubo terrenos en los que el Gobierno supo arrostrar la soledad impopular con honestidad y sincero convencimiento. El gran ausente, la deuda de un partido neoliberal que dispuso de mayoría y medios fue, en primer lugar, Educación y Cultura, y queda en la triste página del debe. El cambio era posible, pero sólo podía venir de la ley y ser radical. Las turbulencias hubiesen agitado la atmósfera las primeras semanas, pero los usuarios de prebendas e intereses no se distinguen por su gallardía y, tras las primeras exhibiciones de tambores y pólvora y una vez que calibrasen fuerzas, se hubieran apresurado a ponerse a bien con el vencedor. La mejora habría sido tan palpable, tan de sentido común, que en breve plazo hubiese resultado incuestionable.

El Partido Popular no estuvo a la altura de las expectativas de saneamiento democrático que su victoria en la segunda mitad de los años noventa había creado. Y confirmó su voluntad de discreción e inoperancia tras la obtención, en las segundas elecciones ganadoras, de mayoría absoluta. La respuesta, tardía, al termitero que horadaba el sistema educativo fue una Ley de Calidad de la Enseñanza que nació pidiendo disculpas y en cuclillas para no atraer demasiado las miradas e improperios de la oposición. Previamente, la larga práctica de uno de los términos más paradigmáticos de la actual neolengua, consenso, había garantizado a los cargos enrocados por racimos en el sistema que no se les desplazaría un ápice de sus despachos y sus sueldos. La dinámica se resumió en la exigencia periódica por parte de los representantes mediáticos del progreso y del bien social de más fondos para la Enseñanza pública. Esto debía traducirse como asignar en exclusividad y en permanencia la distribución y canalización de tales fondos al clan, y a la nutrida tropa de compañeros de viaje, habituados a considerar esos territorios como propios. Es, en este sentido, obligatoria la sentida mención a la clase de los esquiroles light, docentes decididos, con ejemplar modestia y misionera dedicación, a borrar cuanto recordara a lógicas distinciones profesionales. Su carrera se ha reciclado eficazmente, durante estos años, en la crítica y vigilancia activa de sus compañeros que no correspondían al ideal de polivalente cumplimiento, han logrado un curioso híbrido, anteriormente raro en el gremio sin duda por falta de hueco ecológico, de jesuitismo revenido y propagandista del método Stajanov. Consiste en nombrar a otros docentes para las peores tareas y reservarse el papel pedagógico sacerdotal aliñado con fervor exhibicionista respecto al bienestar del alumnado. El resultado ha sido transformar un ambiente caracterizado por el aire limpio de la libertad de cátedra y la autonomía y responsabilidad propias del profesional liberal en una caricatura de los colegios confesionales, un quiero y no puedo de centro privado con los más negativos rasgos conventuales y la necesidad frenética de frenar la sangría de matrículas. Dentro de esta tardía e improvisada óptica de marketing, se quiso multiplicar la oferta del producto educativo, a base de que éste lo fuera cada vez menos y se suplantaran conocimientos por distracciones. Cumplía, en neolengua propia de la moda imperante, abrir a la sociedad los centros de enseñanza. Resultan, por ejemplo, discutibles las ventajas de un público variopinto paseándose, los fines de semana, por los laboratorios de la facultad de medicina, quizás con atractiva extensión a la morgue, pero no faltó, ni falta, el regular débito de propuestas geniales que conviertan, de noche y de día, los centros y sus aulas en locales reciclables por los que deambulen en sus ratos de ocio los amantes del ambiente escolar. Naturalmente, la oferta incluye, como principal reclamo, el depósito indefinido entre sus paredes de esos niños que se han convertido en carne de trastero.

El ideario se resume en un plan de gestión de partidas muy sencillo: Cuanto más se dupliquen, tripliquen, fraccionen y subvencionen organismos y servicios, cuanto más se difuminen las fronteras entre transmisión de saberes y asistencia social, edades y capacidades, profesionalidad objetiva y manejo de plantillas, nombramientos y pases pedagógicos más cuencos receptores de fondos educativos, más clientela expectante y más cucharas satisfechas. Ni la multiplicación exponencial de la ignorancia juvenil ni la deserción de la enseñanza pública por enseñantes y enseñados son tomadas en cuenta por los agraciados con la distribución de estas partidas presupuestarias. De hecho, mayores inversiones en el marco de tal esquema equivale a la distribución de picos y palas para seguir cavando en la mala dirección y reafirma a los beneficiarios del fraude en la creencia, bien fundada, de que gozan de la inalterable impunidad que les garantiza su dominio del sector mediático y, por ende, de la opinión pública. Nada más fácil que la fabricación de demanda social, otro de los términos indispensables de la neolengua. ¿Cómo resistirse a generalidades de tan obligado asentimiento como la erradicación del fracaso escolar, la generosa oferta de mayores sumas que garanticen el porvenir de los hijos, la indignada denuncia de la desigualdad y el elitismo?. Cada tópico nutre al gran gusano de la ceguera complaciente y el rencor ante el esfuerzo, el logro y la excelencia ajenos. El sufrido vocablo consenso, por su parte, carga con el reparto, plasmado en la última escena de Rebelión en la granja, de Orwell, de cuantos, en el poder o en la oposición, aspiran, sobre todo, a conservar sillones y sueldos. Naturalmente esto se hace siempre a un precio, al de dejar intacta la maquinaria que de la situación anterior se ha heredado.

No puede inspirar el menor asombro, pues, que las ardientes reivindicaciones vayan unidas, no a obvias medidas de claro beneficio para alumnos y profesorado, sino, muy principalmente, a control de cursillos, certificados y créditos, que son fuente de poder y de recepción, distribución y gestión de las partidas de los presupuestos. Esto implica la aceptación apriorística de una ciencia de la enseñanza, un know how sin el cual nada valen conocimientos, títulos, experiencia y dotes personales, los cuales yacerían impotentes e informes en el limbo a la espera del experto que les infunda perfil definido y substancia transmisible. La realidad de tal saber se ha presentado de manera tan irrebatible, tan incuestionablemente lógica, que no hay quien se atreva a gritar la inexistencia del traje nuevo del emperador. El fenómeno sacerdotal de la clase depositaria, y exclusiva transmisora, de la clave pedagógica, es, sin embargo, de creación reciente. Habían existido relatos de experiencias ligadas a la enseñanza, críticas, propuestas y descripciones, pero el dogma de su necesidad e infalibilidad ha nacido con la extensión del sector público y los consiguientes clientelismo y avidez de fondos, poder y puestos.

Los centros de formación son de utilidad imprescindible para los que viven de ellos, llevan teniendo este rasgo diferencial desde hace décadas y son tratados como iconos intocables porque ningún Gobierno se arriesga a denunciar el fraude, ni a reconocer el hecho, históricamente probado y obvio, de que sin ellos, pero con un programa de estudios y un marco de ejercicio profesional adecuados, se pueden mejorar infinitamente la eficacia y calidad del aprendizaje. Otra cosa es la existencia de cursos para profesores, cuya gratuidad e inserción en el tiempo lectivo nadie parece defender con ardor por la parcela escasa de aprovechamiento que para los grupos de presión representan. El alumno, experto en el cálculo del mínimo esfuerzo, sabe perfectamente que lo que cambiaría su rendimiento es la clara conciencia de las reglas de un juego que se centre en saberes concretos y ejercicio de capacidades precisas, y en el que no tendrían cabida la infantilización permisiva y la absoluta ignorancia respecto al precio de los beneficios de que disfruta. La mejora sustancial, y generalizada, de rendimiento escolar no pasa por la multiplicación indefinida de atenciones a la diversidad, apoyos, refuerzos, sobrehumanos desvelos tutoriales y maratones de atención personalizada y centros veinticuatro horas (medidas, por cierto, con las que la secta oportunista agarrada como un cáncer a la Educación muestra sin pudor su desprecio real por alumnos en permanente uso partidario, sacados o depositados a voluntad en el ropero escolar). Ni depende de que el alumno toque a cuatro manos desde la más tierna infancia ordenadores de última generación. Los motores del rendimiento y el progreso intelectual son exactamente lo contrario: la unificación de programas y reglas y la muy pensada división posterior en opciones según aptitudes, la conciencia de mérito, esfuerzo, necesidad, valor y precio, la certidumbre de consecuencias positivas o negativas según los actos, la asunción de la responsabilidad tanto en las ventajas obtenidas como en los desagradables efectos de la transgresión y la dejación.

En las últimas décadas ha ocurrido un proceso rápido de desmochamiento doble, en estudiantes y docentes, con eliminación y laminación de las capas, potencial o concretamente, mejor preparadas. Se trata del único campo laboral en el que se tiene la certidumbre de estar cada curso peor que el anterior, de cuyos puestos directivos se huye como de una maldición y del que sólo se ven ventajas en la fuga. Tal motivación a contrario hubiese sido fenómeno impensable en una empresa privada por el suicidio de rendimiento y despilfarro de inversión que supone, pero sí es de recibo, en la esfera del gasto público, según la lógica de fidelización electoral y de libre disposición propagandística de posibles apoyos.

La secta pedagógica, que es la sucursal educativa de la izquierda gástrica y estamental, se mantiene, como su alma mater progresista, en el estado de movilización permanente que le procura, en la práctica, el derecho a la existencia. El profesional, segregado y atropellado, simplemente calla y, cuando le es posible y encuentra otro modo de vida, abandona, con un mal recuerdo y con bastante compasión por los alumnos, el barco. El título de la Ley de Calidad es, en este sentido, altamente irónico, porque sus redactores no ignoran que, para ahorrarse el enfrentamiento con los temibles movilizadores de la opinión y de la calle, tiraron por la borda a los sectores más calificados de los que disponían.

Entre los granjeros gubernamentales de finales de los noventa y comienzo del milenio también hubo desacuerdos. La clientela electoral del Partido Popular comprende el importante sector de la enseñanza privada, lo que permitió a la oposición arrogarse en exclusiva la defensa verbal de esa pública a la que precisamente el PSOE ha llevado a la ruina. Por complejo o conveniencia el PP dejó a sus adversarios la enseñanza media y se centró en las menos conflictivas áreas de infantil, idiomas y centros específicos. El parvulario no implica problemas de asignaturas y conocimientos ni presenta ambigüedades polémicas en la política de personal, los idiomas y clases bilingües son siempre bienvenidos y la ampliación de guarderías no puede sino gozar de aquiescencia. Queden para quien no puede pagarse otra cosa lo que fueron institutos y respétese la libertad de los padres para llevar a sus hijos en cuanto puedan a centros privados. Entre una nueva reforma, eficaz y seria pero inevitablemente conflictiva, y un blando acomodamiento con el socialismo sectario en cuyas manos permanece un territorio cultural que éste considera por derecho exclusivamente suyo, el gobierno liberal (que se desvivía por librarse de la coroza “derecha”) optó por lo segundo, movido sin duda en su interior por amigos del do ut des, véase fraternal reparto del botín estatal con la oposición. La granja dista de ser monocorde, pero basculó hacia la dejadez teórica y el materialismo de pura fachada presupuestaria, probablemente porque el tema educativo, a fin de cuentas, servía para adornar ocasionalmente un discurso cuyos puntos clave se centraban en organización y gestión del estado, asuntos exteriores y economía.

¿Cabe hablar de incapacidad, pactos o sabotaje? Sin un grado mayor o menor de connivencia con el adversario es difícil explicar la increíble torpeza oficial a la hora de explicar y desarrollar la nueva normativa que sólo vio la luz en la segunda legislatura del Partido Popular, y ello casi de incógnito, con excusas, componendas y melindres vergonzantes. Aunque la degradación de la enseñanza fuese de evidencia incuestionable, los centros públicos continuaron estando dominados por los grupos logse. Por sus recintos no aparecieron enviados del Ministerio con el lógico fin de explicar y comentar con los docentes la Ley de Calidad, las fuentes de información (prensa, folletos, liberados sindicales) vertían, en un noventa por ciento, improperios contra cualquier medida del Gobierno y hacían ondear continuamente la amenaza que éste representaba para la enseñanza pública. Se hiciera lo que se hiciera. A mayores suavidades, cesiones y consensos oficiales, mayores fueron las protestas, algaradas y rumores de fronda en las filas de un bloque que se identifica a sí mismo como La Izquierda y El Bien. A falta de una actitud firme, responsable y clara a la hora de borrar y escribir la nueva normativa, se adoptaron de forma tardía, ambigua y tibia unas disposiciones que se hacían tímidamente sitio entre las alabanzas a los logros de la ley anterior.

Se olvida con excesiva frecuencia que todo el sistema, y no sólo las autonomías, está condicionado por una descentralización oficial que va produciendo, en lo que a educación-y a otros temas-se refiere una floración de minifundios cuyas cosechas se inspiran en las de Lilliput. Lejos de defender el derecho de los ciudadanos a recibir un porcentaje de saberes comunes y de adecuada envergadura, el Gobierno hizo dejación de sus funciones y entregó a su suerte a los más inermes, que no tenían más garante que él. Los distintos cacicatos de centro escolar, localidad, partido político y coalición electoral reproducen en los cada vez más reducidos límites del estado central el caleidoscopio de regiones con administraciones duplicadas, reclamación indefinida de competencias y exaltación compulsiva de los rasgos diferenciales. Por una parte, se pretende promocionar el multiculturalismo y la integración constructiva, por otra se establece una dinámica de balkanización aldeana, que prosperará mientras signifique para los comensales raciones de prestigio y de pastel presupuestario, y no tendrá más freno que la bancarrota a la que el proceso se vea abocado por simple principio de realidad. El lapso de tiempo que deberá transcurrir para que se llegue a ese punto depende estrictamente de lo que se tarde en tener que pagar el precio de lo que hasta ahora sólo ha presentado para su valedores las ventajas del chantaje. En Educación, se gobierna en España de manera mínima, y sobre un territorio nominal, hostil o dejado impunemente al buen criterio del que ha medrado a fuerza de esquilmarlo. El suave derrotismo de las invisibles fronteras aceptadas ha alcanzado a la Administración entera en zonas muy precisas que controlan nada menos que los datos y hechos con los que construirá su visión del mundo la juventud. Que se planteen, como en el País Vasco, problemas de matemáticas a base de matar o dejar vivir a guardias civiles es una faceta más, singular por su salvajismo y su exceso pero integrada al fin en la lógica del sistema.

El delito no puede estar ni más blindado ni más impune. No habrá manifestación que inquiete al subsecretario o ministro de turno exigiéndole los conocimientos de que se han visto y ven privados los millares de alumnos secuestrados por la dictadura de los peores, no habrá fervientes protestas de cuantos, en las autonomías, salgan de la Enseñanza Secundaria sin saber apenas ni la geografía ni la historia ni la lengua de España. No existirá mediador social que soliviante a las masas con la petición de que la familia asuma sus responsabilidades y la sociedad, y cada uno de los sectores profesionales, estrictamente las suyas. Por supuesto, los inspectores, en cuyo Cuerpo también desembarcó a saco con el abordaje logse una ola de maestros y expertos promocionados milagrosa y súbitamente, no ponen el pie en tan incómodos territorios ni osan denunciar la diaria transgresión legal educativa en la que se incurre, y hasta qué extremos, en Cataluña, Valencia, Galicia o el País Vasco. Bastante tienen los miembros de la Alta Inspección con evitar por todos los medios volver al infierno de las aulas.

Por el contrario, la prolongación, aberrante pero lógica, de la Ley Implacable del Economato, es, llegados al punto de reparto del Hoy por ti y mañana por mí que subyace en el discurso parlamentario, la clonación de entidades, controles, cargos y organismos. Porque sólo así se puede mantener en sus puestos a la clientela del partido anteriormente en el Gobierno y satisfacer a la propia. Lejos de derogar, esto implica mantener estructuras, disposiciones y edificios y alzar frente a ellos otros similares poblados de despachos y burócratas idénticos; y así mientras el desangrado tejido económico lo permita. En Educación, se manifestará, pues, el proceso en la tendencia a establecer nuevos distribuidores de acreditación pedagógica, sectas y contrasectas, de signo político opuesto, bandera nacionalista diferente, pero pagados con los mismos euros. El fervor amoroso por la diferencia, el mimo distintivo y la atención personalizada son, en el sistema educativo y en la estructuración sociogeográfica, formas de justificar indefinidamente, sueldos y dispendios. En este sentido, la centralización y generalización son, como la calidad y la excelencia, enemigos a abatir por incompatibles con la inmediata rentabilidad del reparto fragmentario. Las posibilidades de reforma beneficiosa, real, impulsada por personas que propugnen sinceramente la mejora y la excelencia, se hace en España tanto más difícil e improbable cuanto que esos individuos, sean cuales fueren la bondad y honestidad de sus intenciones, se verán obligados, dado el desmigajamiento y medrosidad de los poderes estatales, a luchar con armas similares a las del adversario, a confrontar instituciones a instituciones, vigilantes a vigilantes, organismos a organismos, con la consiguiente, voraz y veloz multiplicación de redes de intereses que confunden la defensa del statu quo con la de su propio provecho.

La mansedumbre con la que los liberales adoptaron, cara al público, los prototipos que les imponía el conglomerado fáctico del partido perdedor entra también dentro de la curiosa dinámica del chantaje asumido, del peaje con el que redimirse de un pecado original de franquismo en el que, sin embargo, vivió al completo la población española durante casi cuarenta años y que incluye etapas muy distintas y medidas que gozaron de muy general apoyo. En las décadas que duró la dictadura los tiempos de represión dieron paso al desarrollo, el despegue económico y el diseño de un cambio hacia la democracia planificado y llevado a cabo en parte sustancial por los estamentos del régimen autoritario; una tardía adscripción a “El Estado soy yo y yo considero que ahora lo mejor para el país es el Parlamento, la institución monárquica y el sistema de partidos”. Los que en el último lustro del siglo XX alcanzaron, reñidamente, la mayoría parlamentaria se sentían, por edad y generación, más implicados en la modernización y democratización de España que en las estructuras residuales del franquismo. Debían pagar el diezmo de su extracción de clase, de su origen familiar, de su profesión, de su patrimonio y de su alejamiento de unos enfrentamientos juveniles contra las fuerzas del orden público que, a decir verdad, eran lo más parecido a luchas populares que se había dado en un ambiente en el que era históricamente forzoso reconocer que Franco había muerto de vejez en su lecho. Ya en las últimas décadas del milenio, e incluso en la primera del dos mil, existió muy poco espacio en el discurso para los que no profesaran en voz alta una postura de desprecio burgués y un credo anticapitalista desmentidos por la cotidianidad de las aspiraciones y de los hechos. Educación, y Cultura, constituían la última trinchera de una clase con querencias de dominio y de fácil promoción económica que silenciaba cualquier voz discrepante porque precisaba del monopolio guerracivilista, cuyo telón de fondo les permitía presentarse como herederos por derecho de los mártires y héroes. Todo un panel de asesinatos y violencias, de sucesos y páginas de Historia se hizo desaparecer en el proceso, pero éste fue rentable, y sencillo.

El primer tabú que protegía a la Reforma Educativa socialista era de talla: la arraigada creencia de que cualquier aceptación de normas y términos ya empleados en épocas anteriores logse era reaccionaria añoranza del pasado franquista. Entraba esto dentro de una dinámica del chantaje, la tergiversación histórica y el absurdo siguiendo la cual, para mostrar adecuada fe democrática y comunión con los nuevos tiempos, hubiera habido que dinamitar los pantanos, desguazar autobuses y fusilar al Rey, elementos todos ellos del régimen anterior. La Logse era intocable, hija fiel de una clase dirigente que precisaba afirmarse como tal, por lo tanto sólo podía anunciar revolución y modernidades, experimento y progreso, en una dinámica que abominaba globalmente del pasado, hacía tabla rasa y se justificaba exclusivamente por la antítesis respecto a sus eternos adversarios. La amnesia resultaba particularmente provechosa, puesto que el territorio mítico se refería en la realidad a las cesiones, en pro de la paz y el general bienestar del país, ya planificadas durante los últimos tiempos de la dictadura gracias, en gran parte, al pacífico sentimiento popular y a la solidez y extensión de la clase media. Aceptada la mayor de un bloque del Bien del que se es heredero exclusivo, toda reserva sólo podía ser calificada de reaccionaria e insolidaria.

Cualquier referencia a logros anteriores a 1975 se penaba con excomunión progresista, pero éstos no habían sido por ello menos ciertos: Antes de los años ochenta, e incluso en los setenta y sesenta, durante la era abominable, los institutos españoles dispensaban una enseñanza gratuita de muy alta calidad, impartida por agregados y catedráticos de larga formación universitaria y notoria solvencia, que llevaba a las familias a preferir esos centros a los de pago, lo que constituía una diferencia notable con países que, sin embargo, gozan de secular andadura democrática, como es el caso de Gran Bretaña. El tradicional elitismo inglés se veía sin embargo parcialmente compensado por la existencia de vastas redes de asistencia social y, sobre todo, por muy buenos y numerosos politécnicos. De hecho, los logsistas españoles, a la hora de pergeñar su lucrativo invento, copiaron de forma literal parrafadas enteras descriptivas de las comprehensive school y se omitió el abandono en Inglaterra del experimento a causa de sus claros efectos negativos. Los expertos de Celtiberia, inasequibles al desánimo ante el fiasco anglosajón, quemaron etapas elaborando para el gobierno socialista de los años ochenta un apresurado sofrito de calcos ingleses tipo destrezas, habilidades, comprensivo que se aderezaba con cierto fondo lírico de obrerismo, conjunto, equipo, técnicas y taller. No se indagó, sin embargo, en fuentes de inspiración más instructivas, como el sólido plan de estudios alemán, la pragmática y eficaz formación profesional británica, la centralización francesa y, por ejemplo, el contenido de bachilleratos al lado de los cuales el español pasó a ocupar el lugar vergonzante del más corto de Europa, lo que, teniendo en cuenta la formación previa y la elección y distribución de horarios y contenidos, no es, desdichadamente, la peor de sus características. Tampoco hubo un estudio que hubiera resultado muy instructivo, y allanado camino ante inevitables problemas, sobre la forma de abordar en los distintos países europeos el crecimiento de las generaciones de inmigrados y los errores cometidos por el recurso a un multiculturalismo ecléctico que está pasando a las naciones de acogida elevadas facturas. No hubo en España pormenorización de partidas presupuestarias, ni se escalonó de manera debida, en función de los centros disponibles cada año y los recursos materiales y docentes, la progresiva introducción de cambios. La Reforma se atuvo al voluntarismo con veleidades totalitarias propio de la prepotencia de los recién llegados.

La Ley de Calidad dispuso, al fin, cuando al Partido Popular no le quedaba más remedio que mostrar un asomo educativo de cambio, algunas medidas de sentido común, pero lastradas por el complejo de inferioridad cultural y mediática que experimentaba el partido llegado al poder respecto a su antecesor. Las novedades normativas entraron por la puerta de servicio del Boletín Oficial del Estado y comenzaron por la invalidación de las insensateces más notorias: Desaparecía el aprobado preceptivo por asignaturas y cursos, se reducía el poder de asociaciones no docentes, volvería-de forma meramente descafeinada y testimonial-el Cuerpo de Catedráticos, se establecían fechas para la implantación de exámenes tipo reválida (aunque, por supuesto, el vocablo en sí era tabú por haber existido en la época de Franco). No se tocó la estructura fundamental del edificio.

En vez de las medidas necesarias, el Gobierno optó por el recurso típico de padres ausentes: los regalos caros. Hizo desembarcar en los institutos, sin preparación ni orden alguno, cajas del material informático más innecesariamente costoso, dispuso que los profesores de temas que se suponían afines dieran clases basadas en su uso y obligó a los docentes a seguir cursillos que ni eran pagados ni compensados de forma alguna con reducción en su horario lectivo. Esto permitía leer en los periódicos que se habían dedicado sumas fabulosas a la modernización y conexión a la red, lo que equivale, en un ambiente del que se han cortado y recortado por lo sano Física, Ciencias Naturales, Química, Griego, Química, Filosofía, Latín y Griego, a ofrecer cuencos para un contenido inexistente. Desde el exterior, la iniciativa no podía sino gozar de todos los apoyos, empezando por el de empresas tecnológicas agraciadas con contratos millonarios. Los regalos también se dirigieron al poco conflictivo mundo infantil, en la forma, siempre bien recibida, de guarderías desde el día cero, proyectos cortados según la última pasarela ideológica e inmersión precoz en varios idiomas.

No se tocó lo esencial. La abolición explícita de la bolsa única de, por decreto ley, trabajadores de la enseñanza hubiera acabado con el reino de la arbitrariedad, el nepotismo localista, el hervidero de cabezas de ratón y la asignación de promociones, ventajas laborales y prebendas entre amigos y correligionarios, se hubiese derrumbado como un castillo de naipes la retícula de supuestos representantes de las masas. El problema no se arreglaba con juguetes de lujo y partidas indiscriminadas que, otorgadas a los mismos que habían ocasionado el desastre, daban nuevo impulso a los que ahondaban el hoyo. Con ser mucho mejor que la precedente, la Ley de Calidad no era enemigo, en su medrosidad, para la peligrosa antítesis democrática amasada con populismo, demagogia y clientelas.

La Educación es pirotecnia inagotable del discurso electoral. No está al alcance de todos los regímenes colocar en tareas de trabajo manual, servidumbre y disponibilidad continua a los intelectuales (tal fue el caso de la Revolución Cultural China, y de Camboya, con el éxito que se sabe, y con los muchos millones de víctimas que lo son a beneficio de inventario y a mayor satisfacción de sus émulos, platónicos pero cómodamente instalados en las democracias burguesas de Occidente). Un remedo de estos experimentos y no otra cosa, un quiero y no puedo de favorecidos por la coyuntura política que, entre las mieles de la nómina y del cargo, necesitaban el lujo de la verbena ideológica, fue en España la destrucción concienzuda de un sistema razonablemente bueno. En la feria se sigue ofreciendo a la opinión, todo a cien, misioneros y padres de reemplazo que se harán cargo, desde la cuna a la muy retrasada madurez, de una progenie incómoda. En el terreno educativo las estupideces más monumentales, los más garrafales errores, las disposiciones más aberrantes salen gratis a efectos de damnificados, perjuicios e inventario.

En panorama tan mezquino, la Ley de Calidad representó, empero, el único asomo de mejora apreciable. Los cambios se efectuaron, como no podía ser menos, prácticamente a escondidas, de forma esporádica y con circunloquios que no excitasen las iras de los grupos atrincherados en sus cotos, pero la derogación de la logse está por hacer. Mientras, el baqueteado uso de fracaso escolar, control y rendimiento no pasa de ser juego de eufemismos. Quedan por atreverse a abordarlas, intocadas, e intocables, las cuestiones clave. La impotencia del estado, vista la progresiva reducción de sus atribuciones, es cada vez mayor, y sólo superada por su temor a hacer respetar a autonomías y adversarios las leyes de ámbito nacional todavía existentes. Con el envejecimiento y crecimiento de las generaciones se observa el fruto de los repartos que aceitaron el traspaso al sistema parlamentario actual desde el franquismo. El chantaje, como suele siempre ocurrir, ha ido a más, y los partidos a los que correspondía la defensa de los intereses generales y del país entero no han sabido ni se han atrevido a estar, durante décadas, a la altura de las circunstancias. Las guerras internas son mucho más difíciles que los conflictos bélicos exteriores.

 

LA CÁRCEL VERBAL

Existe un lenguaje del imperio, que se vale como mecanismo de legitimación de la denuncia de otros usos del lenguaje, lo mismo que existe una Iglesia que, a diferencia de la de confesión religiosa a la cual utiliza como enemigo del que defender a la ciudadanía, unifica a Dios y al César en el Estado de intervención encarnado en los miembros del Partido y en el círculo intereses del que aquél no es sino expresión. Si se da además el acaparamiento del espacio expresivo, de la presencia y transmisión de palabras, mensajes y símbolos auditivos y visuales, entonces se ha creado un simulacro de sistema moderno y libre al que el paso del tiempo y afianzamiento de los usos hacen casi invulnerable.

Los gestores y los inquilinos de la cárcel verbal no utilizan el anticlericalismo por motivaciones liberadoras ni por fundamentas razones ideológicas. Lo suyo es simple exhibición de postura y vértigo de vacío, celos de posibles competidores y codicia electoral. La dualidad antagónica que constituye el cotidiano rancho de este recinto no es social ni filosófica o política. Es un hábito puramente sectario, que hace, no libres, sino impunes y, con suerte, algo más ricos y famosos.

Cualquier semejanza de lo que, en esta cárcel verbal, se invoca como democracia y la acepción ideal del término es pura coincidencia. Democracia aquí es, como otros, un icono útil, un talismán que procura inmunidad al discurso del que lo luce, y que se adscribe temporalmente al ensayo de una experiencia que puede cobijar desde parlamentos liberales a las peores dictaduras, las cuales se apresuraron a incluir al palabra en su definición. Sería hermoso poder ligarla a bienestar y modernización, pero no es cierto. Desarrollo y tecnología pueden prescindir perfectamente de democracia y derechos humanos, como prueban los índices de crecimiento de la República Popular China, en la que a la mayor parte de la población no parece inquietarle el régimen de Partido comunista único ni les quita el sueño el tráfico de órganos y la profusión de penas de muerte(que facilita el provechoso negocio de despiece y venta de los cadáveres de los ajusticiados). Por otra parte, la regresión es posible. Si en estados democráticos se van minando elementos medulares, como división de poderes, seguridad jurídica y derechos individuales, la lenta implosión no deja sino las apariencias del sistema.

De la manipulación del presente y la invención del pasado se ha visto que dan una idea los libros de texto, el discurso maniqueo y un fenómeno específico de la España de los últimos treinta años: el desproporcionado poder fáctico acumulado por el grupo mayoritario de información. Se trata de un control de los medios que permite asegurar presencia continua a los miembros del clan dominante siempre y cuando muestren pública, uniforme y regular adhesión a las consignas sociopolíticas de la tribu. El riesgo, en caso de rechazo o independencia, es de talla, porque sin esa fidelidad el aspirante a intelectual de nómina, o a simple figurante, puede estar seguro de su inexistencia a efectos de aceptación y difusión de sus obras, lo que equivale, en la sociedad de la imagen, al no ser. El catecismo es, por demás, simple: cierta mezcla de socialtercermundismo primario, indigenismo ecológico y relatividad cultural en la que no pueden faltar el antiamericanismo y las diatribas contra los poderosos, la  globalización, el capitalismo y los ricos, fuente de todos los males. Esto segrega, y conlleva, como necesaria adherencia, una neolengua progresista que responde, por una parte, a los arquetipos occidentales generalizados de la políticamente correcta, pero que por otra posee en el caso específico español atributos muy castizos. Es tan sucinta, reiterativa y acartonada como la de cualquier lenguaje totalitario, pero a esos rasgos genéricos añade una necesidad compulsiva de continua afirmación de legitimidad que no sabe definirse sino por su enfrentamiento a un reino de la maldad que es La Derecha y los Estados Unidos de América, a los que les ha tocado ser adversarios permanentes por la simple razón de su peso, importancia y fuerza, que impide utilizar como iconos a San Marino, Andorra o la Asociación de Viudas. Ello permite a la nueva clase de ricos por fraude servir al pueblo llano el puré ideológico predigerido, que también empapa los libros escolares. Este lenguaje se mueve forzosamente por abstractos, por incorpóreas referencias en las que los actores carecen de circunstancia, época, adscripción, responsabilidad y rostro; son masas corales, al estilo de los viejos carteles de propaganda maoísta o soviética, Obreros, Indios, Catalanes, Sur, Norte. Principios e idearios participan de la misma condición intemporal y etérea que exime del trabajo intelectual e impide cualquier análisis, son puras llamadas a la adhesión gratuita no lejanas del Estoy por la Bondad Universal o Nunca más la Gripe.

Este horizonte intelectual minúsculo, tan caro, por razones obvias, a las autonomías y a la élite de código restringido, se halla pertrechado, para su defensa, de una batería de improperios que suelen limitarse a la excomunión, como fascista, reaccionario, burgués, imperialista, derechista y franquista, de cualquiera que difiera de ellos y que amenace, por el simple peso de datos, razonamiento y evidencia, el próspero disfrute de su negocio. La máquina ha funcionado de forma excelente y se las promete felices por la fuerza del monopolio informativo-editorial y por la tendencia al sistema político de cómoda alternancia dual de partidos y de pactos, con periódica distribución de prebendas entre la coreografía de los grupos de presión, los compañeros de viaje y los representantes de las masas y la paz social. La operación es de calado: Significa la sustitución de la democracia, en el sentido noble y deseable del término, por un populismo demagógico que es, hoy por hoy, el peor enemigo, no sólo de los derechos y libertades, sino de la viabilidad económica y del progreso que a aquélla sustentan.

El monopolio mediático vio sus orígenes en los primeros años de la Transición, cogió posiciones, y se aseguró de forma perdurable, y en exclusiva, un logotipo verbal e icónico que se reserva los derechos de autor de la imagen y marchamo de modernidad, democracia, y defensa de los oprimidos. No es iglesia que tolere competidores y su tendencia natural siempre ha sido la agresividad expansiva, el control y, en los escasos sectores en que éste falla, la eliminación o desprestigio del oponente. Las bazas principales con las que cuenta se sustancian en dos secuestros cimentados en sendas falacias históricas: la dicotomía cainita (pueblo bueno/malos ricos, demócratas ancestrales/opresores de tradición y vocación) y la España inocente, ilusionada y generosa destruida en sus mejores esperanzas por la reaccionaria España negra. La radiografía de este grupo monopolístico se compone del periódico que constituye desde los setenta, e in crescendo, la ventana a la calle del partido socialista, más una variada constelación de empresas de edición, difusión y comunicación que sirven de escudo protector a poderes financieros con todas las ventajas del amiguismo y ninguna de las trabas de la rentabilidad y del Derecho. No se trata, en sí, ni siquiera de una vasta maniobra de propaganda política. Lo es, más bien, de simple mercado, de apropiación, tratamiento, envasado y marketing de ideas que, por el simple hábito del maniqueísmo fácil y por la halagadora la deformación de la historia pasada, presente y futurible, se venden. Toda la fábrica reposa sobre un haz de reflejos condicionados que garantizan la inmediata y previsible respuesta. La contrapartida inseparable de la adhesión es la censura asumida, el temor, integrado en capas profundas de la conciencia, a ser excluido del loable y acogedor colectivo de la izquierda, la solidaridad y el progreso. El dogma evita la argumentación, la implicación personal en el juicio sobre situaciones y el análisis concreto. El guerracivilismo, tan explotado como las momias de Mao y de Lenin, se conserva, mima y mantiene con pretensiones de alma máter, pero, con el tiempo, su perfil va resultando borroso y lejano. El producto es particularmente rentable como cantera de justificaciones para el pensamiento débil y para la voracidad de la clase parásita, tanto en sus variantes localistas como en el estamento que ha capitalizado a su favor el protagonismo de sujeto histórico. No hay más antídoto posible que la intervención de cuantos son de ello conscientes, la depuración lingüística y la destrucción de mitos como el de las dos Españas.

La proporción entre los temas publicados y los silenciados, entre los capítulos de historia, los personajes y los sucesos subrayados y los desaparecidos es tal, tan obvia para quien quiera comprobarlo, que la existencia del virtual monopolio mediático no puede ser, en la estadística, más cristalina. Educación y Cultura no es sino el sufrido cobaya y botón de muestra. Durante tres décadas apenas ha habido película, obra de teatro, narración alguna que refleje los sectores que se agruparon en el bando franquista excepto para ridiculizarlos, ni existen las matanzas de civiles, religiosos y presos, los paseos y purgas, las torturas y chekas, los compromisos y alianzas con un régimen, el estalinista, tan peligroso como el nazi, los intentos de insurrección contra la República y los planes de golpe de estado y aniquilación del sistema parlamentario previos al de Franco por parte de socialistas y comunistas. Los asesinatos, si fueron cometidos por el bloque que se identifica por izquierdas, no son tales, el muy real peligro, y proyectos, de sustitución del Parlamento y gobierno legal, de las garantías y libertades del Estado de Derecho, por un sistema de tipo marxista diseñado por Stalin al estilo de los posteriores ejemplos de los Países del Este o Cuba tampoco se aluden ni existieron, por lo visto, jamás.

Aunque aquí se haya optado desde 2004 por la exhumación de antagonismos, la resolución de hemiplejias históricas es sin embargo posible. El viraje reaccionario-en el sentido más puro del término-de la clase que ha optado por la explotación indefinida del maniqueísmo y la Guerra Civil como cantera de votos diferencia a España de países que han seguido el camino contrario y a ello deben su prosperidad y buenas perspectivas actuales. El ejemplo de Chile, buena parte de cuya población ha rechazado victimismos y demagogia y vota por una mujer, Michelle Bachelet, que representa la asimilación, conocimiento y superación del rencor y del pasado. Como España, Chile también tuvo (aunque por un periodo más corto) una dictadura militar encabezada por Pinochet que se inauguró con un golpe de estado, el asesinato del presidente legítimo y la persecución, secuestro, tortura y eliminación de miles de personas en una de las páginas más siniestras de la Historia. El padre de Michelle, general y alto cargo durante el gobierno de Allende, fue una de las víctimas de un gobierno que también secuestró, torturó y liberó luego a la hija, Michelle, y a la esposa. Sin embargo los chilenos han sabido encarar su pasado con una lucidez, patriotismo y templanza que parecen, vistas desde España, profundamente envidiables. Confrontados a la contradicción entre ausencia de democracia, ilegalidad, delitos y actos de fuerza, por un lado, y por otro, sin embargo, medidas positivas (obras públicas, sistema de pensiones, seguridad social, atracción de inversiones) tomadas por el dictador que han mejorado de manera incuestionable el país y favorecido su desarrollo, han sabido reconocer y asumir su propia herencia, rechazar la demagogia populista y el antiamericanismo caciquil que es el peor enemigo hoy (no sólo de ella) de Hispanoamérica y alaban en Bachelet su ausencia de rencor, su capacidad de entendimiento y acercamiento a la ciudadanía del Ejército, hasta entonces visto con animosidad y miedo, su labor de equipo con colaboración de todos los sectores, su rechazo de los baratos clichés que son moneda corriente en el ruinoso e incendiario discurso de otros dirigentes. También aprecian su formación médica, políglota e internacional avalada por un denso currículum y por la estancia en diversos países, su cordialidad y el buen sentido social y liberal que preside su programa. Chile es hoy un país que ofrece seguridad, porvenir y trabajo (de ahí la inmigración de argentinos, bolivianos y peruanos y muy pronto de venezolanos y demás inquilinos del discurso populista), es una nación de ideas claras, que no tiene complejos e invierte su energía en mejorar sus condiciones en vez de en reciclar cadáveres.

En España, la interpretación hemipléjica del pasado y la adecuación forzada a esos moldes del presente y del futuro se sigue dando intensa, continua y reiteradamente en el área, psicológicamente indefensa, de la Educación Primaria y Secundaria. Las movilizaciones de 2003 contra la guerra de Irak ofrecieron una interesante muestra, para la que basta describir el ambiente-que puede generalizarse sin duda-en un instituto de Madrid: Durante varias semanas la pared del aula exhibió una foto de Ben Laden y varios llamamientos exigiendo, con iconografía harto agresiva por cierto, la paz. Profesores y estudiantes, apoyasen los textos o no, tenían que contemplarlos continuamente durante las horas de clase. La edad de los alumnos va de los once (se trata de la aberración llamada centro integrado) a los dieciocho o veinte años. En la recepción, a la entrada del edificio, una hoja firmada por Comisiones Obreras convocaba a manifestaciones y paros. En los pasillos también florecían grandes carteles. En marzo, todo el alumnado fue conducido al patio para unos minutos de congregación silenciosa contra la guerra. Había reticentes a dejar su silla, pero acababan saliendo del aula por la fuerza de la unanimidad. Parte de ellos llevaba, como algunos de los docentes durante toda la jornada, pegatinas y chapas. Sobre la pizarra, donde antaño se colocaba el crucifijo o un símbolo estatal, se leía a pie de foto Aznar asesino. Hojas de parecido formato firmadas por CCOO y UGT llamaban a manifestarse. En el corcho a la derecha del encerado continuó durante semanas la mitad superior de un gran cartel (del que quizás se había desgarrado la inferior para omitir las organizaciones convocantes) que anunciaba movilizaciones contra el PP, y aseguraba con ONU o sin ONU No a la guerra imperialista en Iraq. En la fotografía que servía de fondo, una manifestación del Sindicato de Estudiantes con carteles donde se leía Fuera el Gobierno, PP, Fraga y Aznar.

Hay alumnos que vinieron a quejarse al profesor, en privado, de que no estaban de acuerdo con las demostraciones públicas de adhesión, que advertían que les manipulaban, pero se veían obligados a sumarse a los actos. Cabe imaginar la indignada reacción (y acogida efímera) que hubieran suscitado fotos y símbolos religiosos o de diferente signo político exhibidos en las mismas paredes. Las movilizaciones guardaron una notable semejanza con las llevadas a cabo contra la Ley de Calidad. No podía menos de impresionar la falta de escrúpulos con la que se trataba a los menores, comprando beneficios sindicales, políticos y nacionalistas a cambio de su ignorancia. No es extraño que también en el panorama internacional los cadáveres sólo importen si pueden reciclarse en forma de votos y prebendas. Por ello no se dudó en sacar a los alumnos a la calle para que exigieran la prolongación indefinida del aprobado automático, la inexistencia de toda prueba de sus conocimientos, la anulación del mérito y del esfuerzo personal, la okupación de su horario lectivo por materias menores y la reducción de las asignaturas fundamentales a mínimos. La supuesta defensa de lo social y público, como la de la paz, han sido la máscara, reclamo y banderín de enganche de un clientelismo feroz. Nada cuentan los seres concretos abocados a la infantilización forzosa, los diplomas inútiles y el estatus vitalicio de asistidos.

En ningún momento hubo en las protestas denuncias de la dictadura y larga serie de asesinatos en Irak, ni de los de Cuba o los muy legales y bárbaros de los condenados a la pena de muerte en Estados Unidos. Nunca se ha analizado el principio de la injerencia humanitaria, tampoco se han expuesto casos tan incuestionables como el genocidio camboyano de los khmer rojos contra su propio pueblo, sólo detenido gracias a la invasión vietnamita cuando ya se había exterminado a dos millones-un tercio-de la población-a base de lecciones aceleradas de socialización comunista. Pobres de las víctimas si no lo son de disparos norteamericanos, y más pobres los soldados muertos en la lucha, que no merecen lamento alguno y que probablemente cobraban menos que los cámaras de televisión y además creían combatir contra una dictadura y por la libertad. Y pobrísima la masa, a la fuerza silenciosa, de las mujeres machacadas por los usos y costumbres del Islam, de los niños, los débiles, los liberales, los intelectuales, de cuantos han aspirado a la universalidad de los derechos humanos y la civilización, aquéllos con cuya piel se fabrican pancartas los defensores occidentales del multiculturalismo, el regreso a la tribu natural y beatífica que no existió jamás y la cobardía elevada al rango de las bellas artes.

Hay algo estremecedor en las actuales corrientes de abandono del raciocinio, de renuncia agresiva a la reflexión y a la implicación vital en las consecuencias, orígenes y contrapartidas de las acciones. Se abre en todos los terrenos, y notablemente en el educativo, la muelle fosa del gratis total, las mañas del chantaje a gobiernos de corto vuelo acobardados por la volátil brevedad de su mandato. En la defensa a ultranza del reducto de bienestar europeo, en la negación de historia, universalidad e ideales, en la disociación entre los supuestos principios y los actos, en la voluntaria ceguera ante la evidencia constatable y mundial late cierta pulsión suicidaria. La oferta del todo por nada, la paz y la seguridad sin riesgos ni gastos, la inhibición y la paloma frente a criminales, dictadores y fanatismos, el aprobado, el diploma y la comida gratuitos, la subvención vitalicia y el amor convenientemente platónico a lejanos paraísos folklóricos y socialistas están llevando a toda velocidad el frágil y valioso sistema de los estados de derecho hacia su pérdida. La ignorancia histórica, el hábito del halago y la infantilización han allanado el camino. Coacción light, mafias que sustituyen en la sombra a ley y derecho, uniformidad plebiscitaria y completa ausencia de análisis, individualidad y responsabilidad personal son la norma.

El escenario del instituto durante las manifestaciones contra la guerra de Irak recordaba demasiado a los quince minutos de odio orwellianos; había excesiva uniformidad coral, homogeneidad bienpensante, oportunidad en la estrategia, distribución de combustible visceral. El mensaje era transparente: Quien no grite el no a la guerra junto con la mayoría es un asesino impresentable. La hija de nueve años de una amiga volvió mohína de la escuela: algo se contradijo en su cabeza entre las consignas de paz, las imágenes televisivas, la imposición de demostraciones contra la política del Gobierno que sobre ella llovían y, por otra parte, la actitud de sus padres, alérgicos a la pancarta pero no por ello sedientos de sangre. Su hermana mayor se mostró en franca rebeldía respecto a la profesora que les advertía de los peligros de que los manipulasen pero que, al mismo tiempo, les afirmaba la inconveniencia de una actitud que no fuese la correcta y unánime protesta antibélica. “¡También ella nos está manipulando!” comentó el grupo de sus condiscípulos.

La dicotomía es instrumental y ficticia. No hay dos Españas, como no hay un Occidente verdugo frente a un sacrificado Tercer Mundo, ni un enemigo Norte contra un atacado Sur. Hay los que, a falta de mejor argumento, se valen de mitos, aquéllos a quienes en realidad importan y han importado siempre muy poco la vida y el bienestar de los seres humanos reales, los que detestan el esfuerzo intelectual para la comprensión de cada situación del mundo y la conciencia necesaria y asumida del riesgo, los que saben el extraordinario poder de la envidia, del pensamiento fácil y de la sustitución de la palabra por el adoctrinamiento. Hace falta sesión de odio. Porque si no, se quedan en el paro los que, incapaces de la laboriosa mejora del mundo en que viven, propugnan, a cambio de jugosos beneficios a corto plazo, la imposición del Mundo Feliz igualitario del que se declaran gestores y representantes. Existe una “razón pura” utópica, objeto de incienso y deseo, siempre y cuando se mantenga lejos, y una “razón práctica” que incluye todas las ventajas del vivir occidental; hay un Tercer Mundo dorado al que rendir culto y un Mundo de Residencia donde ir al dentista, comprar casa y coche y educar a los hijos.

Los iconos útiles se construyen para suscitar reacciones y obtener influencia social, apoyándose en el antiamericanismo y estructuras afines. Esto comporta la denigración sistemática de los sistemas libres de Occidente y permite la exaltación-siempre platónica-de comunismos, felices comunidades idílicas, culturas ancestrales e indigenismos benevolentes. En la cruda prueba de los hechos, lo que hay es una escisión entre las opciones de la existencia cotidiana, bien afincada en las democracias occidentales y ansiosa de exprimir hasta la última gota de sus ventajas sociales, y el universo mediático y verbal. Iconos han sido la URSS y China, los Descamisados y las tribus selváticas, los guerrilleros todos, ya fuesen khmeres rojos, afganos distribuidores de burkas o montoneros peronistas, y muy especialmente si estaban dotados de la impecable estética mortuoria del Che. Ahora, como enemigos del Gran Enemigo, son amigas las naciones y religiones más opresoras del planeta, sistemas islámicos caracterizados por el fundamentalismo, la segregación femenina y la agresividad medieval reaccionaria. En el discurso de buena parte de la opinión progresista occidental se produce el curioso fenómeno de la exaltación de dictaduras militares como Siria, de teocracias feudales como Marruecos, mientras que Gran Bretaña es objeto de abominación El caso más típico es el de la dictadura cubana, por la que han paseado, frecuentemente con invitación y sin fijar nunca residencia en ella, los miembros de la nueva clase dominante.

La reiteración terminológica ha tenido en este proceso un papel fundamental como cumple a las técnicas elementales de identificación con el Bien, y se efectúa a base de la repetición exhaustiva del puñado de mantras imprescindibles (socialista, progresista, izquierda, igualdad). Se ha producido un eficaz mecanismo de autocensura por el que los individuos no osan pensar, expresar ni interpretar la realidad con términos de signo contrario a los diariamente recibidos. La libertad que aparentemente les baña es la del soma, del licor de la victoria y la ebriedad gratuita de Orwell y Huxley, una sopa popular de pequeños alicientes con primas para la zafiedad erigida en canon y precepto. Bajo el aparente pluralismo, se toleran pocos competidores. La nueva Iglesia laica sociopolítica ve con buenos ojos múltiples prácticas religiosas y exóticas sectas, pero mantiene el cercado del desprestigio y la pena de excomunión para cuantos considera adversarios por su solidez, valores permanentes e influencia.

El reducto único en el que se viene moviendo gran parte de la masa mediática es tanto más férreo cuanto que la censura es interna, mediatizada la mente ex ovo en el ejercicio de apreciación, selección y análisis de la realidad, constreñida, so pena de ostracismo, ridículo y represalias, a unirse al club políticamente correcto coreado hasta la saciedad en textos, clases, prensa y televisión. Desde la infancia los alumnos han sido adoctrinados en una verbología de derechas malas y ridículas e izquierdas guay y buenas, con ese rasero trillan personas y hechos, y les desconcierta lo que no cuadra en el primario y raquítico esquema que es el único bagaje crítico del que les han provisto. La independencia intelectual, la autonomía de juicio, el tranquilo aprendizaje de los hechos les es territorio ignorado, malamente sustituido por un remedo de memorización de valores encuadrado en las páginas de sus libros de texto. Son un Peter Pan contrahecho y sin más vuelo que las generosas pagas semanales, criado en el hábito dual del mimo y del planto paterno que llora la holganza de su única inversión genética, receptor seis horas diarias (con ampliación previsible a doce) de cucharadas de infantilismo e irresponsabilidad, transformado en huésped de una secta, pagada por el erario público, aglutinada por su avidez, su gregarismo y por su necesidad desesperada de la igualdad del mediocre, que vive de la sustancia de los alumnos y a su costa.

Es inseparable de este proceso, además de la creación y manejo del adecuado instrumento verbal, el empleo de cierta metodología. El lenguaje totalitario se caracteriza por la sustitución de ideas por consignas, la pretensión de inexistencia de cuanto no nombra y la perversión de conceptos que ejemplifica, en su fusión de contrarios, la neolengua orwelliana. Véanse, en España, la manipulación histórica, literaria y geográfica, la acronía, la eliminación de causa-efecto, la mentira que pasa a ser verdad en función de sus reiteraciones, el razonamiento mínimo. Bajo el título educación en valores, se repiten hasta el hastío clichés pertenecientes al catecismo oficial al uso. Es el fruto propio del pensamiento débil. Nada tienen esas campañas y rosarios de jaculatorias contra el racismo, machismo, violencia, etc de principios nacidos de una coherente, amplia y profunda apreciación del mundo. Por el contrario, sólo cubren una ignorancia completa del pasado donde nacieron los conceptos de derechos humanos y democráticos. El craso desconocimiento de la mitología y de la Biblia, de la cultura clásica y del Renacimiento, ha producido generaciones de analfabetos respecto a la simbología más elemental que empapa en Occidente miles de años de filosofía, literatura y arte. El pobre remedo de formación del espíritu nacional ha despojado a los jóvenes de sus bienes legítimos y les deja inermes, manipulables y desconcertados cara a la época que les ha tocado vivir.

No deja de ser curioso que, en época tan avanzada y, a la vez, oscura ganen terreno en enseñanzas distintas a la estatal las zonas de libertad. Ocupan el espacio que fue de la pública y que retrocede a ojos vistas ante los embates de la clase ávida y necesitada de populismo rápido de los nuevos ricos del sistema, a los que urge colocar a una tropa sin más atributos que sus fidelidades. No todas las Inquisiciones llevan sotana. Partidos, clanes y sindicatos pueden ser más letales para el progreso social que las confesiones religiosas o las cláusulas del colegio privado; en los dos últimos casos las reglas del juego son netas y admiten un horizonte intelectual en cuya profundidad y extensión la entidad contratante es la primera interesada. Por el contrario, al perder sus rasgos de independencia en el ejercicio de la cátedra, eficiencia y especializaciones, la enseñanza pública se ve también privada del alto ideal de igualdad de derechos en el acceso al conocimiento y de conciencia del valor de éste y queda reducida a un simple, y voraz, reparto del menguante trozo del pastel presupuestario. El perfil de profesor que se impone nada tiene que ver con la especie, en programada extinción, de quien impartía anteriormente muy buenas clases de materias concretas en el sector público y, a diferencia de los colegios religiosos, mantenía una actitud distanciada, independiente, laica y sin pretensiones de disponibilidad veinticuatro horas ni de paternalismo misionero. El nicho ecológico adecuado para la secta se encala de burocracia y devoción jesuítica en el peor sentido de la palabra, porque cualquiera sirve para satisfacer las virtudes de la apariencia, el horario ampliado y la gratificante exhibición del bulto físico. La eficiencia real ni se alude. Cubre el sistema una capa de hipocresía, según la cual se hace vivir a los docentes en perpetua sensación de infracción, culpables de una dejadez no por general menos reprobable, sabedores de que sólo la superior benevolencia o el descuido impiden el castigo y la denuncia. Es de buen tono someterse a la cambiante demanda de las masas, crear marcos de referencia vagos, utópicos, absurdos y maximalistas para así mantener a los sujetos en permanente situación de mala conciencia, mentira e inseguridad. El mecanismo fue exhaustivamente empleado durante la Revolución Cultural. El simulacro maoísta español, en el que los actores, de paso que colocaban y se colocaban, han derramado no pocos sus pruritos revolucionarios juveniles, se adapta a maravilla para ofrecer, por el método del desahucio, terreno libre a las clientelas. Es el viejo método de la caricatura de los fosilizados, catedralicios (como decía un preclaro líder de la logse) y caducos estamentos, incapaces de apreciar las virtudes de la igualdad social y de adaptarse a los nuevos tiempos.

En la universidad el partido socialista recurrió a dos leyes sucesivas y contradictorias: una adelantando obligatoriamente la edad de jubilación, otra-una vez colocados los suyos en los puestos que se había obligado a los profesores en plaza a abandonar-postergándola para que pudieran disfrutar del nombramiento. En Enseñanza Media el campo era extenso, prometedor y sumiso y el experimento resultó espectacular. Los culpables de un currículum que los situaba en vergonzosa contradicción con la modestia igualitaria fueron vigilados y reprendidos en sus diarias infracciones de la sana disciplina por conserjes adoctrinados al efecto por celosos cuerpos directivos; se contempló con especial placer la justa humillación de la soberbias pretensiones de cuantos poseían, sin duda por oscuros favoritismos del destino, un nivel evidentemente superior. Faltaron los capirotes, las sesiones públicas de crítica y autocrítica (reemplazadas por nada despreciables imitaciones llevadas a cabo por los consejos escolares), la exposición a las diatribas de las amplias masas y las sanas reeducaciones por medio del destierro al campo y el trabajo manual, pero desde luego no se careció, en mayor o en menor formato, de ninguno de los métodos totalitarios. La sustitución de conocimientos objetivos por metodologías, perfiles psicosociológicos y cartilla estatal de principios es un recurso empleado masivamente por los regímenes de partido único, comunista o nazi, y utilizado con entusiasmo por parcelas en el experimento español. Que dos y dos sean cuatro, que Colón navegara en 1492 hacia el oeste o que los cuerpos se atraigan en razón directa de sus masas son cosas difíciles de soportar por su molesta certidumbre.

Bajo el expresivo título Sado & Maso, un exasperado profesor da cuenta en la prensa (Andrés Ibáñez-ABC, 22-28-octubre-2005) de las humillaciones a las que el sistema de comisarios le somete, y concluye, con irónica amargura: los profesores de antes, esas ridículas reliquias del pasado, creían realizar una labor en cierto modo “intelectual” y se sentían, en ciertos casos, incluso “humanistas”. ¡Qué viejos tan ridículos! Los exámenes actuales tienen una copia rosa, como las facturas. Ése es el mundo a que nos condenan los extraños alienígenas que han invadido la enseñanza: a un mundo de cifras, de estadísticas, de gráficos, de burocracia, de rellenar papeles, de interminables instrucciones, de normas obsesivas, un mundo donde todo está regulado, medido y organizado desde arriba con precisión sádica y donde a los docentes sólo les queda obedecer y sonreír con paciencia masoquista.

Se apunta difícil la recuperación de esa figura liberal, humanística, de espíritu y horizontes intelectuales amplios, que podría ser el antídoto contra la caterva de expertos de raquítico vuelo que anidan en los despachos de políticos, juntas directivas y sindicatos y defienden con uñas y dientes su hueco en el hombro del jefe. Pero en España, y no sólo en ella, se abre una época distinta con el final del tiempo de chantaje y la necesidad de la presencia, aportación y colaboración de personas mantenidas en el lazareto. Resulta, en este sentido, sorprendente que, por contraste con la opresión sectaria y su dinámica inquisitorial, se presenten escuelas confesionales como espacios más tolerantes, abiertos y dispuestos a la acogida de la pluralidad y de la calidad del saber. Hay la huida hacia ellos propia de las edades oscuras, porque, a diferencia de la voraz e impositiva clientela que se reparte el sector público, su horizonte contempla valores más amplios que el inmediato provecho coyuntural. Pero se echa irremediablemente en falta ese genuino ideal de enseñanza a todos accesible, buena, liberal y laica que ha sido suplantado por su interesada caricatura. Se apunta la recuperación de individuos, de cualquier tendencia, que aporten valores sólidos, pero ésta no se producirá sin que las clientelas defiendan ásperamente el terreno.

La simple posibilidad parece brumosa cuando el hábito ha consagrado al adversario, que lo es también de la libertad, como dueño de los patrones del lenguaje correcto, árbitro indiscutible de la forma, presentación y coloreado de la realidad, hacedor de pasados, futuros y presentes, distribuidor de certificados de recto pensamiento y buena conducta. Sin embargo la degradación causada no es irreversible. Las lenguas son inocentes de las manipulaciones de cuantos pretenden vivir de ellas; se trata de simples moldes, en continuo cambio, que plasman la comunidad que las habla, valen lo que ésta vale y reflejan lo que el grupo es. Cada acto de albedrío y lucidez, la simple constatación de los hechos, las modifica. De ahí la importancia de recuperar la capacidad de expresión de los individuos, por encima de la jerga políticamente correcta, de la demagogia triunfante y de la imposición mayoritaria del más mísero común denominador. Porque la verdad realmente hace libres.

Aunque no felices. Y por ello cabe preguntarse si existen, al menos en un futuro no demasiado lejano, posibilidades de escapar de la cárcel verbal.

Se ha creado una clase peligrosa contra la que, amén de la lucidez y la denuncia, existen pocas armas, una clase que ejerce con peculiar habilidad diversos tipos de chantaje que le procuran, al tiempo, el disfrute de las ventajas del sistema, bienes y servicios existentes y la justificación de una supuesta excelencia moral que, difundida y presentada en todo momento como buena por el canal mediático, les proporciona inmunidad, promoción, status y beneficios acogidos a la ley de mínimos razonamiento, competencia y esfuerzo. Su metodología es la del populismo y las proclamas abstractas de corte utópico que desvíen la atención de la red mafiosa local. En la práctica esto sólo se mantiene por un régimen de interesada fidelización de clientelas y por un permanente secuestro de sectores de opinión institucionalizado en el monopolio comunicativo y la reiteración de criterios de legitimidad gregarios, emotivos y difusos basados con frecuencia en la envidia, el pensamiento fácil, la adhesión pasional y la querencia tribal.

Solidaridad, generosidad, progreso y justicia, de constituir formas de manifestarse y actuar o de ser expresiones sanas y, en casos puntuales, admirables de sociedades e individuos, han pasado a adoptarse como estrategia permanente de grupo, bandería recurrente y reserva inagotable de argumentos ficticios, desmentidos por la reflexión y por la prueba de los hechos pero de efectos rentables, en lo que a esta clase concierne, puesto que se traducen en diezmos, fueros, asignaciones y prestigio social. Esto, que ha sucedido de forma parcial en la general evolución de las sociedades, ha adquirido recientemente gravedad extraordinaria. Se trata de un caso de parasitismo al que ofrecen fácil blanco los sistemas democráticos, en especial si su aritmética electoral hincha artificialmente el poder de los grupos de presión.

El término progresismo ha llegado a ser antitético de progreso, de consistencia ética y de libertad, simple barricada de una clase improductiva, coyuntural y extensa, con cierta percepción instintiva de la limitación forzosa de las posibilidades nutricias de su huésped, de forma que el alimento gratuito reclamado de forma cíclica no impida la reposición de existencias. La alternancia de partidos decimonónica se transmuta en periodos de descanso permitidos al tejido productivo y posterior requisamiento de los frutos. El sector público es ocupado por una red cuya finalidad es su propio mantenimiento, una mafia de cuello blanco que desplaza y elimina, con la progresión expansiva de los cánceres, a cuantos, en su mismo medio, les niegan obediencia. Esto produce la ruina ineluctable de la calidad, a corto plazo, de unos servicios cuya existencia y eficiencia son vitales para la credibilidad en el funcionamiento democrático. A medio y a largo plazo elimina la creencia misma en ideas como solidaridad necesaria e iniciativa individual que están en los fundamentos de formas de vida libres y prósperas. Se trata de un proceso similar al ocurrido en los Países del Este, en los sistemas socialistas, pero es en este caso sectorial, circunscrito a áreas considerables, pero no únicas, de las democracias parlamentarias. Requiere una denuncia incansable, condenada de antemano a minoría silenciada, a general indiferencia y fatiga. E incluso a este precio nada garantiza victorias apreciables; todo lo más la ligera ampliación del círculo de luz que impide el avance de las nuevas edades oscuras.

Lucidez y denuncia son  indispensables pero no suficientes. No aquí ni ahora, como han probado sobradamente los hechos según se advierte por el mayoritario tono monocolor de los mensajes que inciden diariamente en el cuerpo social. La inhibición confortable, la invocación a imposibles fusiones de contrarios en nombre de un hipotético espíritu conciliador no son ya asumibles porque el mecanismo actual en todas sus variantes de difusión informativa se atiene al nivel intelectual de la comida rápida y crea un enorme y creciente desfase entre el común de las creencias y las formas de percepción y análisis racional de un nivel de exigencia algo mayor. El fundamentalismo monopolista del Bien, que se ha ejemplificado, enriquecido y enquistado de manera tan perfecta en el tejido político de España pero que pertenece a categorías geográficas más amplias, seguirá adoptando sujetos míticos mientras éstos disfruten para su uso, sin peaje alguno, de la mayor parte del territorio perceptible. Claro ejemplo es la momia incombustible de la lucha de clases, la clase buena que se enfrenta a sus enemigos y se asocia con pueblo, pobres, trabajadores, obreros. Tal abstracción colectiva dotada, por cierto determinismo zoológico, de una bondad per se ni existe, más allá de la expresión sociológica coyuntural, ni la premisa de su lucha, en eternos términos duales de opositor y oponente, es cierta. El individuo, dotado de aspiraciones e iniciativas, sujeto a constante cambio, es secuestrado por la imposición de ese animal anónimo (variante de la tribu, el clan y la etnia) permanente en sus rasgos, sus hábitos y su ser. La evidencia desmiente, por supuesto, que obreros, pobres, trabajadores vengan al mundo con el supuesto estigma de las castas hindúes, ni tienen los miembros de la clase la intención de continuar a perpetuidad en tal estado , ni poseen por el hecho de situarse en él, no ya superioridad ética alguna, sino ni siquiera mérito en sí excepto en elecciones libremente asumidas por imperativo moral, como la pobreza religiosa, el sacrificio altruista o la satisfacción por el trabajo bien hecho. Cierta confusa mezcla de ideología, necesidad de nuevas mitologías y, sobre todo, de justificación de prestigio, ingresos y dominio ha transplantado, inalterada, la cárcel verbal de esta terminología maniquea, y se la defiende con la ferocidad de a quienes les va la subsistencia en ello. El poder de la prisión virtual acotada por la sacralidad de la verbología es enorme y, al tiempo, parece engañosamente inocuo, elucubraciones de café y ritos periódicos de desahogo festivo que animan el vivir cotidiano.

No hay inocencia en el proceso, excepto en los casos de vehemencia juvenil, exaltación coyuntural o en niveles de reflexión realmente mínimos y caracterizados por la transposición sectaria de cierta metodología religiosa que caracteriza, en sus variadas formas, al fundamentalismo. En este orden de cosas, la guerra será rentable, mórbida y grata cuando sirva para justificar al luchador contra el sistema de opresión burguesa (es decir, aquel en el que se vive), pero se volverá metafísico delito (e incómoda y costosa práctica) cuando de la defensa de principios y de compromisos internacionales se trata. No en vano España produce la más abundante cosecha de antiamericanismo de Europa y la más intensiva explotación partidista de la guerra de Irak. La legitimidad gregaria es, en este escenario, recurso fundamental, e implica en todas sus manifestaciones la anulación u homogeneización del individuo, al tiempo que propugna un marginalismo vistoso de fin de semana, exabruptos chocantes y escándalo fácil. La conciencia de la responsabilidad individual no tiene razón de existir en un marco siempre determinado por condicionantes externos frente a los que no se pasa de ser un miembro más de la jauría de Pavlov. Es lo que se vende, desde la educación temprana hasta la política nacional e internacional en la edad adulta.

Queda, con ello, forzosamente sometido el pensamiento a aprender una historia engañosa y a moverse en aguas muy superficiales, cierta navegación de buenos salvajes rousseaunianos a los que dañan periódicamente las fuerzas del ancestral enemigo. La lucha de clases, como otros fundamentalismos, es una dinámica explicativa de reconfortante sencillez frente a la turbia, compleja y solitaria corriente de la existencia en la que, sin embargo, la razón y la aceptación del libre albedrío es unos de los pocos asideros sólidos. El ataque contra esto, al diluir al individuo, lleva al viejo problema del Mal y su aceptación, a la frontera entre éste y el Bien, cuya naturaleza desazona a Solzhenitsyn. Porque no se trata de eliminar a seres concretos y perversos sino de moverse en un territorio en el que la línea que separa el bien del mal atraviesa el corazón de cada persona. ¿Y quién destruiría un pedazo de su propio corazón?. El autor de Archipiélago Gulag habla con conocimiento de causa, no sólo por su experiencia de primera mano en la topografía estalinista, sino por su recorrido posterior europeo en el que tuvo ocasión de visitar las asociaciones de intelectuales amigos de los archipiélagos, que, desde las confortables democracias le cubrieron de insultos. España fue particularmente generosa en tales muestras de adhesión al club políticamente correcto, imprescindibles para figurar en el Who is who? ibérico, para publicar artículos, gozar de audiencia, obtener subvenciones y hacer películas. Solzhenitsyn apunta en su libro No me gusta eso de “derechas” e “izquierdas”: me parecen convencionalismos intercambiables y carentes de contenido. Probablemente nunca reflexionó sobre que de ese convencionalismo comían muchos.

La adscripción a la dualidad es, desde el punto de vista operativo, un útil ventajoso. Significa reducción forzada de la libertad de juicio, asfixia intelectual, pensamiento débil y cautivo, pero también se traduce sociológicamente en un método de trepar que se ha revelado como sumamente eficaz; baste para ello el inventario de presencias y accesos a los medios públicos de la España de las últimas décadas, y, más allá, en el conjunto de los que se llama área occidental, la comparación entre la resonancia y apoyos obtenidos según se valgan o no los sujetos de estos signos verbales. Su uso genera, como necesaria sopa biológica, una atmósfera de censura en cuyo caldo prosperan las prácticas coactivas y configura el que se apunta, quizás, como mayor peligro de las sociedades que se quieren civilizadas y libres: la falsa democracia. En ella los políticos no se definen por sus actos, apenas hablan de compromisos, errores ni proyectos ni su trayectoria se somete a la tozudez de los datos, referencias y perspectivas. En su lugar se da una explicación de tipo teológico que define y justifica por la pertenencia a una iglesia (por ejemplo, el bloque de izquierdas) la cual, por encima de todo, debe hacer piña para enfrentarse y derrotar a oponentes de signo contrario y que, por serlo, implican el Mal. Acostumbrada la gente a la referencia a conflictos de agresores/víctimas, en los que el polo negativo se define por la injusticia ejercida sobre el otro, es de transposición fácil esta dinámica a los complejos terrenos de política, sociedad, economía, cultura e historia. Con su filiación al eje del bien, los miembros de los partidos dejan de ser responsables de sus actos, no dan, ni se espera que les pidan, cuenta de ellos, y a esto ayuda el sistema de listas cerradas electorales. Corrupciones, fraudes, desastrosas gestiones económicas, leyes injustas, desguace y almoneda del sistema educativo, cultura sectaria y folklórica, nada es reprobable ni siquiera perceptible, puesto que lo cubre el manto de las banderas verbales que, aunque usadas hasta la trama y ya algo rancias, todavía pueden agitarse y provocar las adhesiones de rigor en contraste con el acomplejado silencio de los que, fuera de su campo, no han encontrado enseña. Los adversarios, aunque sean mejores en palabras y obras y actúen de forma eficaz y honesta, se sienten incapaces de luchar contra el secuestro mediático de la opinión en las mazmorras de la secta dual.

La apropiación de la ética se quiere hereditaria, reclama coherencia, impone un universo cerrado de fidelidad a las raíces que, traducida esta jerga, significa la mutilación del progreso intelectivo, la negación al sujeto de sus posibilidades de adquirir nuevos conocimientos y perspectivas y de llegar a conclusiones y actitudes distintas. No es extraño que coincidan los recaudadores de esta variante ideológica del impuesto revolucionario con los sectores enrocados en el monopolio de la cultura. Es habitual que se puntúe con actos de la liturgia periódica de obrerismo, tercermundismo y baños de masas la práctica cotidiana de formas de vida mucho más parecidas a la de una burguesía con anhelos del reconocimiento de los ricos y famosos que a la zafra cubana. El ritual no es inocuo si se considera que se escenifica en una sociedad de la impresión fugaz, el mensaje subliminal y la pantalla, que ha sustituido la ética de contenido y valores por una de la imagen en la que puede acabarse votando a quien, actor, modelo o deportista, ocupe más titulares, conversaciones y espacios de audiencia.

La prolongación artificial de un estado de excepción, un clima bélico que no existe sino en la imposición de este tipo de discurso en receptores y hablantes, dispensa a millares de personas de ser sujetos de responsabilidad y deja libres en la oscuridad mediática a todas las bestias reales: el racismo reclutado en la indefensión de las clases medias, la extrema derecha de la obediencia al Jefe y el desprecio por el humilde, el capitalismo selvático en fraternal entendimiento con el populismo de partido único oficioso, las burocracias cancerígenas, la voracidad tan estéril como ilimitada de los inversores de la utopía. El reverso del chantaje es la bula de que goza cualquiera abrigado por su manto; dispone de la ética, junto con la geografía y la historia, como bien propio, representa a desfavorecidos, pobres, oprimidos, que son, naturalmente, mayoría, y, de forma automática, la razón le asiste por ello. Este peculiar sujeto histórico crece, anda, se multiplica y prospera en un medio en gran parte amasado con la técnica de fabricación de la memoria, una substancia de ingredientes seleccionados y tratados para este fin nutricio. Lejos de ser coyuntural, la esfera benéfica a la que él pertenece es una categoría eterna, transcendente, en la que se sitúa el beneficiario con la tranquilidad de hallarse, por definición indiscutible e indiscutida, en territorio liberado de las fuerzas oscuras que obstaculizan el avance imparable de la Historia. No puede haber disculpas por errores, corrupciones, desastres, cegueras, crímenes, mentiras, oportunismos. Éstos a lo sumo son lunares en la faz del Bien que, si acaso, modifican la estrategia; la conciencia jamás.

Más allá de los políticos, el antiamericanismo, como el antiimperialismo o antifranquismo, son el fútbol ideológico del hombre de la calle, tienen la gran ventaja de estar al alcance de cualquiera, otorgar a efecto retrospectivo aureola contestataria al presente y al pasado y disfrazar cualquier cosa con los colores de la rebelión. Mezclados con el antipatriotismo militante y los restos, bastante ajados, de pensamiento lacio y relativismo de salón, han sido incorporados a la dieta cotidiana de la generación postmoderna. Ponga un dictador en su vida puede ser, en lo social y económico, el equivalente al ungüento amarillo, la pócima mágica y las espinacas de Popeye, una medicación infalible para transformar el oportunismo en reivindicación, el nepotismo en amor fraterno, la rapacidad en apropiación compensatoria. Esto sin entrar en el pintoresco capítulo del guardarropa semántico, donde la incultura pasa a ser espontaneidad, el expolio traspaso de bienes y el burdo trapicheo intercambio de favores. Si se conformaran con pensiones vitalicias y derecho a pegatinas y desfiles anuales el resultado no sería tan negativo. Pero necesitan figurar y exhibir, además de trajes de marca, la guinda del lujo moral. De ahí la larga, y arrasadora, dinámica de ocupación del punto de mira, la ansiedad de foco y bambalinas, y la exudación incesante de mitos que empapan con sus clichés y su lenguaje a la joven generación.

El tejido social suele resolver, con mayores o menores altibajos, sus afecciones totalitarias cuando éstas aparecen en sistemas de afianzadas libertades democráticas. No así los individuos. Del Gulag no se vuelve; se sobrevive. Y sus efectos, sea la prisión física, el rechazo social o la privación de la propia cultura, roban al que los padece de un patrimonio irreemplazable, trozos enteros de esa limitada vida que es su única posesión. El chalán de turno predica la confiscación obligatoria, una solidaridad agresiva e impositiva que destruye la solidaridad verdadera, y desempolva para la ocasión demonios históricos a los que se enfrentaría la mítica alianza galáctica de las Fuerzas de la Luz. Donde, en otras circunstancias y épocas, había luchas por finalidades concretas, en este caso existe un fenómeno de rasgos muy distintos: una doctrina que se pretende general, definitiva y eterna y que, paradójicamente, traslada el sujeto de la bienaventuranza a situaciones de pobreza de las que lo que quieren los implicados es salir. Podrían creerse totalmente desfasados el obrerismo decimonónico, la transposición religiosa marxista, el igualitarismo jacobino, pero el discurso actual, siglo XXI, de los propagandistas de la clase de nuevos ricos está empedrado de sus tópicos y los utiliza diariamente en un intento, contra toda evidencia, de ahormar con términos ficticios la percepción y el criterio de los electores. Es un método específico de este tiempo y lugar al que los que lo emplean deben (y no a otros motivos) su riqueza, el mayor o menor índice de privilegios arrancados de una sociedad acomodaticia, escasamente proclive a la reflexión y a la memoria y bañada de continuo por la neolengua dual.

En los optimistas albores del siglo XX la visión era inversa y, en cierto modo, darwiniana, una mejora acumulativa y transmisible que no imponía, excepto en derechos, la igualdad de individuos sino que ofrecía a cada uno de ellos la posibilidad de ser protagonista de hallazgos que, no sólo revertían en el progreso del conjunto sino que se transmitían luego en virtud de cierta memoria genética que otorgaba a la especie la facultad de capitalizar sus avances. Es la visión de Jack London en Before Adam, cuando sigue los avatares de un primate, el mismo y diverso, que atraviesa siglos y milenios empujado por sus progresos evolutivos. Había aire fresco, energía y futuro en ese concepto. Las obras y biografías de los dos últimos siglos, los escritos de Verne, Wells y de tantos otros, rezuman una espontaneidad y audacia tan extintas como el dodo, ofrecen opiniones y descripciones que causan asombro porque carecen de censura. Sus prejuicios, consideraciones y recatos son burdos y ocasionales en comparación con el interiorizado y omnipresente mecanismo que filtra hoy desde su origen mismo la expresión de las vivencias y de las ideas. El paseo por aquellos autores revela un espacio intelectual cuyas dimensiones se han vuelto insólitas, pensamiento abierto que no ha marcado el miedo con su hierro, dispuesto a enfrentarse a opiniones, territorios cuya amplitud trae al espíritu el sabor de una libertad perdida,

Hoy la aventura intelectual va reduciéndose al parque temático. La angustia es la de los niños que se quieren seguros de su consumo y sus juguetes y a los que se vende la certeza de que podrán disfrutar de todo sin riesgos, de que los agresores serán benignos, los ladrones generosos y los asesinos dialogantes, de manera que, sin defenderlos de manera alguna, tenga a su disposición la ciudadanía derechos y formas de vida que, sin embargo, dependen milimétricamente de un pasado que se aplican a desconocer y de un desarrollo cuyas bases se prefiere ignorar y despreciar antes que plantearse la necesidad de luchar por ellas. No otra cosa se ha enseñado en Educación, se distribuye en Cultura ni se vende en Política.

La terapia consistiría, substancialmente, en la recuperación de la memoria, presente y pasada, en la ruptura con el mito dual, en la primacía de conocimientos frente a pedagogos, de sabiduría frente a métodos, en el abandono de las abstracciones gregarias neorreligiosas y los fundamentalismos de clase, etnia o pueblo, a favor de los derechos y responsabilidades individuales. Parece un camino extraordinariamente arduo cuando se lleva largo años viviendo en un implícito el fin justifica los medios cortado a la medida de las abstracciones colectivas que nutren a los especialistas en su manejo. Se trata de volver al cervantino cada cual es hijo de sus obras. Cuando se es asesino porque se mata, y no porque se defienden los valores ancestrales del caserío amenazados por romanos, castellanos y franquistas, cuando se es ladrón porque se roba, y no en lógica contrapartida al sistema capitalista y la injusticia social, cuando se es vago y maleante porque se vive del trabajo ajeno y el erario público y se es un dictador nefasto sin que sirva de excusa que se haya derrocado previamente a autócratas como el shah, el zar o un rey, entonces los actos comienzan a ocupar su lugar debido y ellos son la única medida de los que los llevan a cabo, independientemente de lo que se invoque, sea cual fuere la imagen que sus autores proyecten o que ellos mismos tengan de sí.

La higiene verbal se impone, y significa una limpieza concienzuda del léxico. Podría descalificarse, de entrada, a quien como explicación pública de sus ideas, proyectos o actos recurriese a la jerga tribal en cualquiera de sus variantes. La mención de derecha, izquierda debería implicar automático rechazo y generalizado desdén excepto cuando se utiliza con fines puramente sociológicos y es acompañada de apéndice explicativo. La realidad material en la oferta de empleos, tribunas, aceptación social ha acorralado, en un efecto perverso del poder de la clientela subida al tren izquierdas, a cantidades considerables de personas de fuste ético e intelectual que no podían elegir sino entre el vagón derechas (entendido como monárquicos, tradicionalistas, ejército, gran patronal, conservadores e iglesia católica) y la cuneta. Se trataba de hallar, entre sectores y profesiones de fe, espacios de subsistencia para la autonomía personal y el ejercicio de las capacidades, y claramente no incluye sino una muy relativa o nula comunión con temas utilizados como iconos viscerales ajenos al raciocinio y la problemática y albedrío de las personas concretas, como los No al aborto, la extensión de dogmas religiosos a la vida civil y la alergia ante las formas de libertad sexual e independencia femenina. Que ese medio derechas supuestamente represivo haya acabado siendo un refugio de disidentes de la prepotencia de la izquierda, que la Iglesia ofrezca un espacio amplio y tolerante a intelectuales independientes necesitados de asilo da idea del poder adquirido en España por la clientela en el poder e ilustra sobre el riguroso sectarismo impuesto por su eficacísima forma de nueva inquisición. No es efecto menor de las circunstancias el empobrecimiento intelectual que, como reacción, se ha producido y que resulta en especial patético cuando se observa en los que la denuncian paralela deriva hacia el pensamiento orwelliano. También ellos caen en la automática clasificación de los hechos de la actualidad internacional en buenos si los llevan a cabo Estados Unidos o Israel y criticables en el caso de los demás. La táctica de defensa ante enemigos mediáticos manifiestamente superiores y con vocación de completo acaparamiento del terreno, la repugnancia ante la falta de escrúpulos y ocultación selectiva por parte del adversario y la necesidad de denunciar-frecuentemente en solitario-tramas institucionales de intereses y de complacer a la clientela conservadora pueden conducir al romo discurso panfletario, con propensión peligrosa hacia el cotilleo de patio de vecinos, los personalismos coyunturales y la creciente reclusión en un marco intelectual y geográfico tan pobre como maniqueo.

Desde luego la terapia es empresa de envergadura, porque, no ya los beneficiarios del fraude, sino sus oponentes han caído también en la trampa y rinden obediencia verbal a los tópicos, que integran en su discurso con la reticencia de la inseguridad respecto a la identidad propia y el terror al eterno chantaje que amaga con asimilarlos al régimen franquista. De ahí el puntual pago a sus adversarios de cuanta extorsión y subvención sean precisas, en forma de puestos, concesiones, honores y dinero para promociones culturales partidistas, trilladas y cortadas estrictamente a la medida de la corrección política. La reivindicación de pertenencia a la derecha, con la aceptación inconsciente que conlleva de dualismo forzoso y falseamiento de la percepción, y expresión, de la realidad, resulta comprensible como desafío a la generalizada sumisión al arquetipo de la izquierda. Más que de virulencia del converso que vuelca sus pasiones en ismos de signo contrario, puede hablarse, entre los pobladores del gueto antagónico al entronizado, de indignado desdén ante las aprovechadas tácticas de los desembarcan a mesa puesta en el presupuesto nacional. En el territorio del rechazo y la intemperie se reúnen extraños compañeros de cama, en la Iglesia se apiñan, junto a creyentes, ateos y agnósticos y en ambientes de tinte conservador se encuentran marginados y rebeldes que procuran rescatar del término progresista su antiguo contenido de honradez, denuncia e inquietud social. Aferrado, como única arma, al ejercicio solitario de la expresión libre frente a la doctrina ubicua, el disidente se refugia en un término derecha que es simple negación de la omnipotente clientela que se califica de signo contrario. El proceso es en extremo peligroso porque puede privar al intelectual de su bien más preciado, la claridad de pensamiento, nublar su criterio e impedirle la observación y juicio de los hechos en cuanto tales, en una perversión simétrica a la que en sus adversarios critica y que también se define por el fin justifica los medios. En este caso cualquier acto de barbarie, muerte, atropello, desdén del Derecho y de la concreta existencia de los individuos será excusable, y loable incluso, si se efectúa por y en nombre de democracias consolidadas, que adquieren en tal esquema patente de corso para machacar e imponerse en cualquier circunstancia y zona del planeta. Estaríamos en presencia de una contradicción cuya paradoja recuerda, por su dimensión y profundidad, a los argumentos que desembocaron en la fría, eficaz aberración nazi, porque se trataría de la dictadura en nombre de la democracia y el superior desarrollo, de la aprobación de la violencia siempre y cuando se lleve a cabo contra gentes de sistemas y países de regímenes autoritarios y de menores índices de progreso y libertades cívicas. De ahí al aplauso al arrasamiento de grupos de población y al cheque en blanco para acciones calificadas de defensivas o punitivas en nombre de superiores finalidades el paso es sencillo. La médula del horror fue, en el Holocausto, su ordenada eficiencia, el hecho de que lo llevasen la cabo gentes que se deleitaban con Mozart, admiraban a Kant y tenían una añeja tradición parlamentaria. Por senderos semejantes, puede llegarse a la aprobación sistemática de la reducción a ruinas calcinadas de ciudades enteras si ello sirve para atrapar a algún terrorista entre los escombros. El automatismo dual es susceptible de hacer así estragos incluso entre los que suelen denunciar la irracionalidad y la estulticia con mayor pertinencia y lucidez. Los propensos a disponer de la vida y hacienda de seres humanos en nombre de la superioridad política y moral harían bien en reflexionar, modestamente, sobre la afirmación de un excelente conocedor de la polémica colonial: Si los hombres tienen que esperar para ser libres hasta que se vuelvan buenos y sabios mientras aún son esclavos, entonces desde luego pueden esperar para siempre. Lord Macaulay, su autor, estaba muy bien situado para conocer el tema, como miembro del British Supreme Council en la India del Raj, en pleno siglo XIX, cuando en los círculos europeos se afirmaba que aquellos atrasados pueblos de Oriente, acostumbrados sólo al despotismo, la ignorancia y la servidumbre, no podrían ser libres hasta que fuesen capaces de ejercer la libertad. Hoy por hoy, quien únicamente ve en la agresividad de las reacciones árabes motivaciones económicas o religiosas carecerá de otros importantes elementos de juicio. Porque en el común de las poblaciones de Oriente Medio influye extraordinariamente el sentimiento de orgullo herido, el desprecio con el que se han sentido tratados y que halla quizás su expresión de más depurada soberbia en la mitología de pueblo elegido.

Una de las falacias más socorridas es la afirmación de que cuantos gozan de poder son iguales y siempre funcionan por clientelas. Esta premisa eximiría a sujetos del aquí y del ahora de toda responsabilidad, al diluir la de sus actos en la vaga fatalidad de las circunstancias y en justificaciones globales propias del determinismo marxista o histórico, que se reflejan, a pie de calle, en el descontento visceral canalizado en dichos del género reunión de pastores, oveja muerta y allá van leyes do quieren reyes. No hay tal equivalencia, como lo muestra la experiencia española. Si no se hubiese abolido el estudio de la historia se conocería además de a Nerón a Marco Aurelio y además de a Hitler a Churchill. Lo que visiblemente impera es un sector estéril y nocivo que vive y aglutina a su grey a base de referentes utópicos y tergiversaciones que participan de la mitología, de la falsificación y de la omisión intencionada. La visión sería amplia y ecuánime de no haber sido organizada por redes comunicativas de extraordinaria amplitud, credo excluyente y aspiraciones al acaparamiento de los términos justicia, paz, benevolencia y progreso. Frente a este club inconfundible por sus iconos verbales y garantizadas obediencias se sitúan sectores diversos que se bautizan por los demás o incluso por sí mismos como derechas por simple metodología diferencial, que incluye la genuina repugnancia hacia el aprovechamiento utópico del que han hecho modo de vida sus adversarios. Esa derecha es una galaxia heterogénea en la que los intereses suelen ser lógicos y confesos, las filiaciones perceptibles y los objetivos y proyectos no se acogen, como sí es el caso en el polo antagónico, a la automática legitimidad colectiva en virtud de una referencia suprarracional, por cuanto situada en la esfera superior de la lucha de clases. Al localizar la clientela izquierdas su Más Allá en este mundo se vale del mecanismo religioso de la manera más peligrosa, puesto que excluye límites morales, valores de curso tan corriente-aunque se vayan haciendo insólitos-como la honestidad, la calificación por sí mismas de las acciones y la relación entre la personalidad y los propios actos. Lo que en épocas menos refinadas eran simple avaricia y estrategia guerrera para caer sobre el botín se dota luego de un entramado de justificación del que desde luego carecían los ejércitos de Atila o los mercenarios almogávares.

La sesión más trabajosa será, en la terapia que nos ocupa, la del reconocimiento del inicial fundamento económico de la clientela, porque habrá que dejar en el diván, al levantarse, un lastre de consideraciones pías, espiritualismos misioneros, retórica vocacional y soflamas igualitarias. Hoy Educación, y Cultura son siervas de subvenciones y de mercado, lugares donde obtener ingresos anuales multimillonarios que han colocado el negocio editorial de libros de texto entre los más lucrativos. Cada disposición legal significa multiplicar por guarismos considerables los beneficios de los proveedores. El niño y el adolescente resultan molestos a la hora de invertir tiempo en ellos (véanse los índices demográficos) pero también son la mascota merecedora de todos los mimos, la inversión del orgullo y dinero familiar. En el espacio de pocos años, han pasado a constituir, con las generosas asignaciones recibidas de sus padres, una capa importantísima de consumidores. No merecerán atención medidas tan elementales como que enseñe materias importantes la gente calificada para ello a los niveles que la especialización profesional y la edad marcan. Eso es por barato deleznable, aunque su eficacia supere con mucho a todo el griterío ferial de propuestas informáticas, diversificadoras, asesoras y políglotas. Detrás de cada una de esas propuestas hay una empresa esperando el cheque oficial en blanco y un político peinándose para la foto de inauguración. El aprendizaje de conocimientos, el esfuerzo intelectual y la lógica optimización de los recursos profesionales no tienen futuro alguno en el mercado de la imagen, contra ello están, desde hombres de negocios y monopolio mediático hasta los dos sindicatos autodenominados de clase; pasando, por supuesto, por el generalizado sentir de  una sociedad narcotizada por la idea de que, en un mundo globalizado y competitivo, puede prolongarse hasta el infinito el mantenimiento de una población improductiva educada en el convencimiento de que se le deben ocio, mesa, vídeo y piso graciosamente proporcionados, hasta los treinta o cuarenta años de edad, por familia y servicios sociales.

La terapia incluye sacar la cabeza del reducto estrictamente educativo y chapuzarse en las frías aguas del espacio exterior. Es posible que se advierta entonces la amenaza de la masa de paro encubierto, forzado y forzoso que genera de manera creciente un sistema en el que, por otra parte, suenan por doquier las alarmas de la inviabilidad, a largo plazo, del sostenimiento de las pensiones. Se pretende prolongar el tiempo de trabajo de la tercera edad, darles, en vez del margen de disfrute que todavía están en condiciones de aprovechar, una extensión obligatoria de sus labores que sólo termine con la decrepitud, y al tiempo se favorece el aparcamiento, estéril, antinatura e indefinido, de gentes en la flor del vigor mental y físico a los que se confina en los institutos hasta los veinte años y en las universidades hasta diez más, algodonados en el hábito de la ausencia de control, acostumbrados, la sociedad y ellos, al derecho al despilfarro sin contrapartida alguna y acogidos a una infancia, prolongada en eterna adolescencia, que no puede a la larga sino ser fuente de fracaso personal y de bancarrota de un sistema público al que se pretende defender y que será pronto incapaz de atender las necesidades de los que realmente lo precisen. Es incomprensible, por lo absurda, la cruzada contra las jubilaciones tempranas mientras ni se roza el fresco potencial de una juventud condenada al paternalismo letal de la infancia prolongada, más, quizás, en España que en parte alguna gracias a una atmósfera de absoluta falta de conciencia del coste de estudios, carreras, subsistencia, diplomas y futuro. Desaparece el hecho palmario de que tras todo bien y servicio hay un precio que alguien paga y se promociona la repetición de cursos en universidades que se multiplican sin más función que halagar el orgullo del cacique local. Es de buen tono prolongar la estancia en el limbo del pseudoestudio, en la inercia de licenciaturas que ya no merecen su nombre ni darán acceso a trabajo alguno y pasarán a formar parte del timo de una inflación de títulos semejante a la emisión incontrolada de billetes sin fondos.

Populismo y manipulaciones se apoyan en un silencio cuya comparación hace ruidoso el del fondo de los océanos. La censura es tan ubicua que, como el aire, su volumen ni se advierte. Inútil buscar en televisiones, prensa o tertulias comentarios sobre los poquísimos escritores que han desmontado los mitos del guerracivilismo, la gran lucha democrática, el socialismo benéfico y la izquierda enfrentada desde el albor de los tiempos a la derecha malvada. La tolerancia de obligada evocación aquí se desvanece. Se da el insólito caso de que libros que han figurado durante meses en el primer puesto de las listas de ventas hayan sido ignorados por comentaristas y críticos, eliminados cuidadosamente de la superficie visual y sonora, aunque, en esa especie de clandestinidad legal que la presión ambiental impone, se compraran y leyeran con avidez, pero también, por supuesto, con la precaución de quien se sabe, por el simple hecho de tenerlos en la mano, reo de herejía. Se trata de una red bien organizada de crímenes de opinión sin sangre. Los autores de tales-y tan escasas-obras no aparecen en la cuneta con una bala en la nuca aunque hayan desvelado corrupciones impunes al más alto nivel, mecanismos de elaboración de la mitología partidista de la Guerra Civil o relaciones del Rey con empresas árabes multimillonarias. Esto es consolador, especialmente para los interesados, y dice más sobre la realidad y vigor de la democracia española y sobre el valor de la democracia en sí que cualquier declaración de intenciones. No aparecen muertos en las cunetas, pero tampoco aparecen vivos en pantalla alguna, sufren la muerte social que lleva tres décadas siendo la zona más oscura de la transición española y que no se resume, ni mucho menos, al plano ideológico. Se dan aquí cita tanto los que, desde puestos en el satánico imperio norteamericano o en las decadentes instituciones y naciones europeas, siguen mostrando heroica adhesión al paraíso solidario, como el turista ideológico de tribus multiculturales, los promotores de engendros artísticos de factura autóctona o los autores del desguace de la enseñanza con el loable fin de distribuir a su gente lotes de chatarra.

El programa sea bueno y feliz sin esfuerzo transmitido por múltiples canales es de una sencillez evangélica, del tipo que, en medios menos religiosos y más críticos, recibe apelativos afines a la debilidad mental, pero precisamente por ello resulta tan atractivo y proclive al asentimiento y incorporación rápida a las estanterías del comedor sociocultural. Es un bagaje de primeros auxilios que hay que poseer aunque no se use. Desde el estrado de la poltrona o del aula, del micrófono, la pantalla o la columna periodística, el adepto al totalitarismo light del Nuevo Régimen hace estragos; sus respuestas, a las cuestiones más diversas, a las más concretas observaciones, son, invariablemente, previsibles. Cuando de moverse en el mundo de literatura, cultura, manifestaciones artísticas se trata, su pensamiento y discurso se encarrila de entrada-y de manera casi visual-por las vías férreas de su pequeño libro rojo, cuyos capítulos, negritas y subrayados le alivian de la enfadosa tarea de pensar por sí mismo y le proporcionan sin embargo la ilusión de pertenecer al clan intelectual y estar enunciando juicios propios. Es feliz cuando halla asideros para la clasificación inmediata (como racista, machista, imperialista) del tema, obra o suceso tratado, y enfila el rail de la corrección ideológica con la satisfacción que producen la ausencia de conflictos, la general aceptación del coro y la alta imagen de sí mismo devuelta, como espejos, por el asentimiento cordial de sus colegas. Cuando se le hace ver que su postura es reaccionaria, automática y acomodaticia, y que, además, no responde de manera pertinente al tema objeto del análisis, se siente desconcertado, molesto e incluso ofendido, experimenta el vago enojo de quien ha esperado inútilmente que salga el objeto de la máquina distribuidora. Es alguien que funciona por sintagmas nucleares, epítetos constantes, jaculatorias propias del ritual con el que su grupo sociológico comulga. Se complacerá en ejercer una censura tajante e irrevocable (que lleva camino de convertir en un páramo las historias y antologías de literatura) a la menor observación negativa sobre negros, mujeres, indios o judíos, pero difundirá sin empacho, y leerá con deleite, las más groseras descripciones físicas, los prejuicios más cerriles, los párrafos de xenofobia más descarada, siempre y cuando los sujetos sean británicos, norteamericanos, franceses o alemanes. Alabará las políticas sociales, la erradicación del elitismo, la democracia igualitaria, el Tercer Mundo y la clase obrera, ello en medida directamente proporcional a su afán por acceder a prendas de marca, muebles de diseño, ambientes de distinción gastronómica, estética o musical y liceos inglés, francés o alemán a los que enviar a su prole. Se trata-y trataba-de una peculiar clase en el poder, un vivero curioso y abundante de fiel, y en buena parte asalariada, clientela que se complace en su imagen sociopolítica de contestación y progreso, y asume, con la soltura del hábito integrado a las estructuras de la personalidad, la profunda contradicción entre la realidad y el discurso, las opciones materiales de existencia y el ideario verbalmente adoptado, la omisión bienpensante del precio de los derechos y ventajas disfrutados y la complacencia del cantautor con poses de desafío marginal que conviven con la cotidiana aceptación y acaparamiento de cuantos bienes ha producido el sistema burgués, del que reclama la parte del león en asignación vitalicia.

El progresista de retablo posee un perfil y discurso tan definidos como la imaginería del Egipto faraónico. En el marco mediático oficioso, de un aburrimiento insuperable, donde cada respuesta está acotada y es previsible, se acoge a fieles y simpatizantes y se condena al no ser al resto. Silencio completo, sólo roto, como excepción que confirma la norma, por alguna mención o aparición fugaz, que es recibida de inmediato con un alud de improperios de tan extraordinaria originalidad y genuino talante democrático como fascista y reaccionario. El grado de censura alcanzado es fenómeno digno de largo estudio, y ha sido obtenido sin duda con el continuo esfuerzo de un monopolio al que en verdad sólo falta cierto sentido del humor respecto a sí mismo. Es difícil contener la sonrisa ante la liturgia al uso. Llega entre grandes alharacas a la televisión una serie sobre la Historia de España para cuya realización, al parecer, no se ha reparado en gastos. Que han ido en buena parte a las eminencias que la asesoran si se compara con productos similares, pero de calidad infinitamente mejor, ya producidos por cadenas anglosajonas. En el medio hispánico el catecismo al político modo tiene, al completo, su asiento. Cuando de paleontología se trata, los rudos precursores del homo sapiens aparecen con cierto aspecto de careta de susto adquirida en los mercadillos navideños. Pronto muestran buen gusto en el vestir, el aseo personal y el cuidado de las manos. Pero, desde la oscura prehistoria, se distinguen por los valores morales, que son repetidos por el narrador en porcentaje que no deje lugar a dudas sobre su militancia en el bando correcto. Desde Atapuerca hasta la Edad de los Metales las tribus se muestran invariablemente “solidarias”; algún canibalismo había, pero tan incómodo detalle puede ponerse a beneficio de inventario; están compuestas de “hombres y mujeres”, sin que falte jamás la apostilla por si el torpe espectador pudiera figurarse que el género femenino no estaba representado ni gozaba de igualdad en tan tempranas edades. Ni en la caverna ni en la caza hay tuyo y mío, sino un reparto protofranciscano de los bienes. En los encuentros con elementos ajenos al grupo se hace gala de educada indiferencia de corte británico, a lo sumo una discreta curiosidad. El espectador pervertido, con experiencia en reuniones de comunidad de vecinos, podría pensar en luchas, aspereza, enfrentamientos. Por fortuna estos hispanos prehistóricos siguen escrupulosamente las enseñanzas marxistas sobre las comunidades primitivas y su estadio anterior a la nefasta irrupción del capitalismo y el sentido de la propiedad privada. Los grupos humanos de la serie televisiva española realizan “intercambios”, no rapiña ni comercio, y aportan probablemente a las tribus próximas, con una solidaridad que no les cabe en el pecho, el fruto de sus descubrimientos. Algunos pasan de la caza a la agricultura y los poblados estables, pero otros “ejercen su derecho a la diferencia” continuando con el nomadismo. Los hallazgos son colectivos y la cámara se guarda muy bien de sugerir inventores, líderes o brujos que se distingan del resto de la tribu. No es preciso un gran esfuerzo de imaginación para predecir los capítulos sucesivos, la, sin duda, imperialista y reprobable llegada de los romanos a España, la fraternal convivencia medieval entre las tres culturas, el aldeanismo y mal gusto del Cid y la sabiduría de Almanzor, el soplo de aire fresco traído desde África por almorávides, almohades y benimerines, que, de paso, arrasaban el arte de sus correligionarios con más eficacia que los cristianos, la incalificable desconfianza de los reyes de la recién unificada España respecto a comunidades judías y moriscas notoriamente propensas a actuar de quinta columna de los ejércitos africanos y de la Sublime Puerta.

En este apartado sobre la configuración y funcionalidad de unas directivas y de una censura más o menos gozosamente asumidas merece también mención honorífica la película “El Reino de los Cielos”. Pocas veces habrá gozado panfleto alguno de envoltorio tan lujoso. Sus promotores se han pagado, con el dinero de Gran Bretaña, Alemania, España y Estados Unidos al que se suma discretamente el de los Emiratos Árabes, nada menos que el genio de Ridley Scott, la perfección sin reparar en gastos de la puesta en escena y el extremo placer visual. La imagen es bellísima y recubre, del principio al fin, un mensaje que aplaudiría encantado Osama Ben Laden, véase la bajeza de Occidente contrapuesta a la simétrica exaltación del Islam purificador, poderoso y sabio. La película transcurre durante las Cruzadas. El clero cristiano es, invariablemente y desde el comienzo, fanático, opresor, criminal, venal y despreciable. Los príncipes y nobles europeos se muestran, salvo excepciones que tienen el buen gusto de morirse, ambiciosos, viles y crueles. Los musulmanes resplandecen de refinamiento, ciencia y bravura. Sobre todos ellos se alza el gran Saladino (con notable parecido al Sr. Laden), cuya magnanimidad y tolerancia son tales que le vemos, al final, dedicado a recoger y poner en pie la cruz de la ciudad conquistada. Anteriormente hemos presenciado cómo el protagonista (occidental pero bueno) se imponía a la sumisión feudal preconizada por el obispo reaccionario y transformaba a todos los siervos en ciudadanos libres y, en tiempo récord, en eficaces guerreros que tomaban decisiones por mayoría en un régimen protoparlamentario. Mientras, su compañera, tan independiente y apasionada como hermosa y alhajada a la oriental, escoge la modesta vía del servicio social. Por supuesto en el ejército árabe no se observa la menor veleidad de votaciones democráticas entre la tropa, ni en el campo islámico figura más elemento femenino que las camellas y yeguas. Se da, además, tácitamente por sentado que, frente a la criminal violencia de los cruzados, los árabes habían ocupado previamente los disputados territorios con la pacífica aquiescencia de la población y que la expansión del Islam se produjo en fraternal consenso con los invadidos. Pero la atención a tales detalles está fuera del guión. Hubiera podido añadirse, tras la conmovedora escena de Saladino y la cruz, un epílogo sobre la dictadura teológica de Irán, Arabia Saudita, Afganistán y otros países musulmanes, en los que está prohibido, por ejemplo, sobrevolar La Meca o erigir la más modesta iglesia y se considera legítimo el asesinato del converso y del infiel. Pero para tal lujo no llegaba el multimillonario presupuesto, ni el coraje de los amigos de la verdad y la tolerancia.

Esperar vencer al tumor, con visos de pandemia, del parasitismo de las clientelas utópicas con las solas armas del razonamiento, la lucidez y las buenas intenciones no pasa de ser una utopía más, una terapia basada en el consolador voluntarismo de los perdedores. Equivale a eliminar el robo asegurando a cogoteros y carteristas que está mal, pero que muy mal hecho. Para apropiarse de lo ajeno siempre hay multitud de argumentos, de históricos a psicológicos y personales pasando por sólidos edificios de teoría política y esquemas futuristas de imperativo moral. Los hechos han probado que la terapia tampoco pasa por la paciente espera a que pase la mala coyuntura. El sanador  universal que es el Tiempo funciona de manera harto variable.

Respecto a los jóvenes, ocurre con ellos como con los enfermos y los malos médicos: pese a éstos a veces se curan, quieren aprender e incluso acaban sabiendo e indagando por su cuenta. La Naturaleza viene en su auxilio, como en el de las sociedades de abundante, variado y asentado tejido cívico, a las que es prácticamente imposible dominar de manera perdurable, dañar de forma irreversible. La potencia regeneradora del animal humano, de la vida y la curiosidad hacia delante, del libro que sobrenada tergiversaciones y oportunismos, tiene la fuerza pertinaz del agua. El adolescente, menos indiferente de lo que parece y con una superficie de comodidad y hastío bajo la que laten la generosidad y el ímpetu propios del crecimiento y de la energía acumulada, busca metal entre la ganga, quiere futuro, recorre, siempre con brusquedad, a saltos, el trecho entre la edad adulta y la infancia. Saca cabeza en ocasiones del medio pueril en el que se le sumerge, avista, más allá del almacén vigilado, asomos de la robada herencia, de la identidad sobre la que sin saberlo él se levanta, las sucesivas capas de individuos de su especie que, como las hojas homéricas, se han ido depositando para construir la altura que pisa y ofrecerle sentido, explicaciones, horizonte. Siente la querencia oscura de raíces y de grandes pensamientos, seres, palabras y obras cuya envergadura proclama a gritos que no todo vale lo mismo, alimentos para el viaje de sesenta, cincuenta, setenta años que ineludiblemente le espera. Y los busca provisto del parco lenguaje y signos que son el bagaje del que se le ha provisto tras sobrenadar mares de mensajes inconsecuentes. Su siguiente etapa consistirá en la conciencia del despojo del que ha sido objeto, el paternalismo en grandes dosis, la fabricación de mimados segismundos mantenidos en torre y cadena para seguridad del rey y sus tutores. Pero cuando se les da la oportunidad, cuando por instinto algunos huelen la libertad, la ciencia, la grandeza y la belleza, entonces surge el hambre reprimida y soterrada de manjares intelectuales sólidos, rechazan el sabor dulzón del pienso y sorben como papel secante cuanto sobre ellos se vierte. Todavía no participan del triste juego de intereses de sus mayores, de la agradable servidumbre y del hábito antiguo del engaño; han crecido a su sombra, pero ignoran el origen y causas del chantaje. Les llega el día en que echan en falta las páginas de la literatura y la historia, los cuadros, estatuas, edificios, el paso secular de artistas y filósofos, el idioma que en las autonomías les quitan, el oro y la plata de las lenguas clásicas, las ciencias reinas en sus dominios, anchas de espacio, relaciones y equilibrio, la posibilidad, en fin, de saber y de sacar sus propias conclusiones, al margen de la blanda dictadura de la corrección sociopolítica.

Como está, tímidamente, empezando a ocurrir en los libros de texto escolares de Japón, que llevan más de seis décadas ocultando la terrorífica conducta de su orgulloso país durante el siglo XX, asimismo, a grande y paciente escala, habrá que trabajar en España (no será el único país donde sea preciso) para ir restaurando, como un mosaico privado de más de la mitad de sus teselas, la Guerra Civil, sus preludios, las guerras civiles, el largo balance mundial totalitario, el campo entero del Humanismo. Será preciso fumigar las aulas para librarlas de la secta pedagógica y recuperar el saber. Habrá que rescatar las cumbres de las manos de aquéllos que no soportan cuanto les sobrepasa, desvelar un paisaje tan desigual y variado como lo son entre sí cada uno de los seres humanos, y limpiar la animosidad viscosa hacia nobleza, transcendencia, honradez, tesón. Será, con mucho, más difícil el rescate de elementos como conciencia social, equidad, desprendimiento porque son precisamente las máscaras con las cuales se han presentado en escena los actores de la propaganda socialista y el lucrativo negocio de la igualdad. Y es muy probable que, por la sola inercia del Tiempo, nada de esto ocurra y el devenir se resuma a los poderes de la mafia más fuerte.

Tal vez el sector público, esencial en terrenos tan vitales como enseñanza, sanidad, justicia, haya quedado tocado y escorado, sin que se aviste solución alguna a su lento e irreversible hundimiento. Los servicios que se ofrecen, por imperativo social, a todos los ciudadanos son componente básico de un concepto de la igualdad de derechos muy propio de las democracias europeas. A diferencia de los estadounidenses, las gentes de este lado del Atlántico no gustan de vivir en un capitalismo de pura y dura lucha individual. Creen necesaria la solidaridad, a la que saben muy distinta de la caridad, sin que ésta cubra el espacio de aquélla. En este mismo factor reside sin embargo el talón de Aquiles de unas instituciones que han pasado a ser botín de clanes. La fragmentación en cacicatos nacionalistas ha multiplicado exponencialmente el desastre. Se ha entrado en una insostenible dinámica de burocracias ruinosas, en las que el bloqueo de calidad y eficacia es ley. Impera un férreo canon de Procusto dirigido a que se mezclen indistintos los peones y lograr la anulación y represión activa de cuanto favorece eficacia, competencia y élites. Al tiempo se escenifica el ritual periódico de la invocación a productividad, aumento de efectivos y doblados presupuestos, que distribuirán entre sí mismos y su parroquia quienes se reparten los frutos del Estado de Bienestar. Es conocida la escasa simpatía con la que miran jefes y representantes de las masas trabajadoras a los que, desde la Administración, se distinguen, emprenden estudios superiores, aspiran a mejor nivel. Tanto es así que tales iniciativas no suelen ser comentadas por los interesados en su medio laboral. La mediocridad es un grado. Ésta es, además, garante de silencio y fidelidades, especialmente cuando se manejan en los ministerios sumas millonarias de servicios subcontratados innecesariamente, y a alto precio, a empresas externas, cuando se monta con gran aparato un bluff de pánico organizado para cuya previsión no se repara en gastos (véase el clima de apocalipsis inducida respecto al informático efecto 2000), se sustituyen juristas de valía por gentes de la confianza del partido o cuando se anuncia la Segunda Revolución Cultural y se da a luz una serie de normas y directivas cuya estulticia es proporcional a la manipulación de fondos estatales a la que sirven de pantalla. El secuestro por parcelas del sector público es maniobra que cada día hace a éste más semejante a los monolitos polvorientos que arrasaron las economías de los antiguos Países del Este. Es posible que respecto a tan necesario componente de un mundo vivible como es la oferta estatal de buenos y asequibles servicios en enseñanza, salud o comunicaciones pueda decirse con desánimo Imposible la hais dejado para vos y para mí. Sólo la vaga embriaguez del consumo y la inercia de la prosperidad económica (ayudadas por los primeros planos fijos de revival guerracivilista que se utilizan para excluir temas inoportunos) permiten no percibir la fecha de caducidad de un promesa de gratis total inviable.

La labor del nuevo héroe tiene muy poco de espectacular y bastante de ignorada, pero los dragones son ciertos. Se trata, nada menos, que de desmontar, neutralizar y exponer un andamiaje improductivo pero hincado hasta los huesos del cuerpo social y adherido a las superficies más visibles por medio de la exposición continua y la afirmación reiterada. De él viven, o creen vivir, ejércitos pasivos y corales, con él se encadenan, ciegan y someten las corrientes vivas del conocimiento, la acción y la reflexión. Es el muro que, tras la caída del otro, ha quedado sin derribar, como trinchera ubicua y multiforme de tropas cuyo ardor bélico se alimenta de la propagación de cantidades fabulosas de rencor social aderezadas con horizontes ficticios de etnias agraviadas, virtuosa miseria, asesinos honestos y dictadores que posan para la eternidad y para las camisetas de la rebelión urbana.

 

11 DE MARZO

Entre el once y el catorce de marzo de 2004 se precipitaron las cosas. En cuestión de minutos, como las páginas de muchos libros arrancadas bruscamente, quemadas, rotas, aventadas en un corto vuelo, apiladas y ennegrecidas, yacían personas, desgajadas para siempre de sus historias. Un atentado terrorista, el mayor en Europa, había hecho estallar en Madrid trenes con su contenido, que se contó por cientos de víctimas.

Enseguida, con una rapidez que casi igualó la de la admirable solidaridad ciudadana y la eficacia de los servicios públicos de asistencia, se organizó una ávida maniobra de aprovechamiento electoral en beneficio del grupo de oposición que en principio se presentaba tres días después a las elecciones como perdedor a causa de los innegables éxitos del Partido Popular en la gestión económica y en una lucha antiterrorista llevada a cabo con firmeza que no se había visto hasta entonces. Se había intentado una política que se elevaba sobre el hormiguero de clanes para primar consideraciones generales de mayor envergadura y calado. Ésta, que resultaba incompatible con el populismo y la inversión electoral a corto plazo, comportaba, por primera vez, la diferencia de opciones respecto a Alemania y Francia, a quienes debió desde sus principios apoyo y financiación el Partido Socialista, reembolsados con acuerdos económicamente desfavorables y con las que siempre había mostrado España, desde la transición, una actitud ancilar y sumisa, y, por el contrario, situaba al país en alianza con otros homólogos europeos y en conjunción explícita con Estados Unidos, tanto en cuanto al enfrentamiento mundial globalizado contra el terrorismo como respecto a la intervención bélica, el derrocamiento de Sadam Hussein y las largas y difíciles reconstrucción y pacificación del país. Éste era el flanco más débil, electoralmente hablando. Sectores civiles muy amplios se oponían, y con motivo, a la implicación en una guerra mal explicada y peor prevista en su desarrollo, consecuencias y finalidades últimas. El tejido de presiones localistas y las crecientes reivindicaciones autonómicas acababan, además, de otorgar un plus de impopularidad al PSOE: su líder en Cataluña se había aliado con el partido independentista (Izquierda Republicana), cuyo portavoz había pactado, en entrevista con ETA, que ésta no asesinaría en aquella región, lo que no despertó precisamente las simpatías del resto, como tampoco lo hicieron las pretensiones de fraccionar el marco constitucional.

Los descubrimientos, en meses anteriores, de comandos del grupo terrorista vasco provistos de grandes cargas de explosivos para provocar atentados que sólo fueron frustrados por la intervención policial apuntaban a su autoría en el del 11 de marzo. Contra ETA se dirigieron pues desde las declaraciones del Gobierno hasta el clamor de no pocos ciudadanos, apoyado además por la oportuna coincidencia de la aparición en el País Vasco, de panfletos incitando a sabotear los ferrocarriles españoles.

Hubo también sin embargo, desde el principio, algunos rasgos propios del terrorismo islámico: la elección de la fecha, recuerdo del 11 de septiembre, la magnitud de la carnicería. A esto rápidamente-pero una vez que se hubieron producido las primeras declaraciones oficiales y con prontitud que se hubiese dicho calculada para que previamente el Gobierno se involucrase en la tesis de la autoría etarra-se sumaron pruebas de filiación musulmana de los asesinos y reivindicaciones, en prensa y video, de un grupo terrorista de Al Qaeda, que se declaraba autor del atentado y lo explicaba casi literalmente en los mismos términos que habían figurado meses antes en los carteles de la oposición contra la política internacional del Presidente, su alianza con el de Estados Unidos y la participación española en la guerra.

La mañana del día once, poco después de la explosión, el representante vasco del nacionalismo independentista y notorio portavoz oficioso de ETA había negado la relación de la banda con la masacre de la estación de Atocha y apuntado, temprana y solitariamente, a la implicación del fundamentalismo musulmán.

En el breve espacio temporal que medió entre la conmoción y secuelas de la matanza masiva del jueves y las votaciones del domingo hubo, por parte de la oposición, un despliegue mediático de agresividad monocolor, una organizadísima táctica de acoso, usura y desprestigio del partido en el Gobierno con el fin exclusivo de canalizar en su contra la tensión, terror, tristeza y desconcierto que la imprevisible magnitud del suceso producía en los ciudadanos. La tesis era, en realidad, idéntica a la expresada por Al Qaeda: el Presidente pagaba, y pagaría, por su apoyo a la política de Estados Unidos y a la intervención en Irak. El pueblo español no podía menos de ver, pues, en él y los suyos los causantes de una inmensa desgracia que, además, amenazaba con repetirse de no cambiar políticas y dirigentes.

En ilustración cristalina del fin justifica los medios, el partido socialista y aliados ocasionales mostraron, en cuestión de horas, las dotes que en otros terrenos-economía, cultura, educación, trabajo-les habían faltado. Su eficacia fue, como siempre había sido, extrema en un aspecto: movilización, coacción, creación de grupos de presión, demagogia oportunista, difusión de consignas, manipulación de comunicaciones y mensajes; recurso, en fin, a métodos históricamente inseparables del fin justifica los medios. La mañana misma de las congregaciones para los minutos de duelo y de silencio la pared frente al instituto de enseñanza secundaria donde se encontraba quien esto escribe mostraba una pintada en la que se leía en grandes letras negras terrorismo=ETA=Al Qaeda=Aznar=cruz gamada. Contra lo que suele ocurrir en otros casos, en los que permanecen semanas o días, este letrero desapareció, púdicamente enjalbegado, nada más ganar el Partido Socialista las elecciones del catorce de marzo. No había sido borrado de cualquier manera; se trata de todo el lateral de un edificio de una planta que amaneció el lunes repintado a conciencia, pero sólo en los paneles donde había habido ataques e insultos contra el Partido Popular. Los otros grafitti, en colores y grandes dimensiones, estaban intactos. El de marzo de 2004 fue un decorado de despliegue rápido y puntual retirado tan pronto como se cerraron las urnas. La mañana del quince no existía. Una de las primeras cosas que los alumnos vieron al entrar al instituto fue las insignias ZP del nuevo presidente socialista, que lucían en su ropa los conserjes del centro.

La situación de censura unilateral en la que, no sólo éste, sino otros procesos parecidos ocurren es tan significativa en lo omitido como en lo manifiesto. Porque es inimaginable que paralelamente a las del PSOE o Izquierda Unida, se hubieran visto durante todos aquellos meses insignias, carteles o folletos del PP, ni siquiera el pin más modesto. La desproporción entre la superficie expresiva ocupada por lo que se ha dado en llamar el bloque de la izquierda y la de sus adversarios democráticos es absoluta. La calle, paredes, conversaciones en voz alta, convocatorias, prendas, accesorios, voces, pizarras, carteles, pertenecen a los primeros. Los del Partido Popular son unos apestados excluidos de la percepción ciudadana excepto en formas caricaturales. Se los vota, incluso con mayoría, de una forma a fuer de discreta casi vergonzante y clandestina, no se aventuran en el más leve desliz de afirmación visible, y se les supone obligados a encajar, sin la menor respuesta, empujones, improperios, lanzamiento de huevos y basuras, bloqueo a su presencia y sabotaje de sus actividades sociales. Las agresiones contra sus militantes y sedes gozan siempre de completa impunidad.

En el mundo escolar se copiaban de cerca las obras de los adultos. Porque, con un desdén absoluto respecto a la jornada de reflexión, la legalidad y no digamos la ética, la todavía oposición puso en marcha el 12 y 13 de marzo de 2004 una operación voto que justificaba todos los medios, mandó una lluvia de mensajes a móviles convocando a caceroladas frente a la sede del adversario político, sitió, literalmente, a bombo y platillo a los representantes del Gobierno en todos los lugares públicos, colegios electorales incluidos, acompañándolos con un coro de asesinos, asesinos, persiguió hasta las urnas con abucheos e insultos al todavía Presidente y a su mujer, cubrió en tiempo récord las páginas de los periódicos, las pantallas y las ondas con la ecuación Partido Popular igual a guerra, terrorismo y muerte, volcó en él (mucho más que en los causantes del atentado) todo el peso de los muertos, no hizo ascos a la sangre de las víctimas si los cadáveres le servían de pódium y las amenazas islámicas de caja de resonancia. Y el mensaje llegó, desde luego, con manifiesta inversión del voto, muy visible en las zonas más castigadas por la matanza y en los jóvenes.

Empero, sin el monopolio mediático del que España es un curioso ejemplo, el activismo carente de escrúpulos no hubiese bastado. Era necesaria una presentación selectiva y tendenciosa, con espectaculares omisiones y magnificación, para consumo tanto nacional como externo, del binomio política del partido en el Gobierno igual a culpabilidad y muertes. Cuando se habla del monopolio, que quedó de tal forma en evidencia durante los tres días previos a las elecciones, se trata del bloque ya en otras ocasiones citado, que es probablemente el arma más sólida de la clase clientelar dominante nacida de la Transición, enriquecida con ella y dispuesta a fagocitar cada resquicio de poder y de control social: periódico transformado desde muy pronto en una especie de gaceta del Movimiento Único Progresista de filiación obligatoria, cadena de radio, televisiones, empresas editoriales, ligadas al enorme negocio de los libros de texto y a su vez inmersas en El Discurso global. Las variantes dependen de las necesidades del guión, pero la homogeneidad es inconfundible en los métodos, en el ejercicio, por activa y pasiva, del silenciamiento y  la censura, en la infalible servidumbre al puñado de arquetipos y tópicos y en su fusión peculiar con una constelación de partido, artistas e intelectuales de nómina y sindicatos “de clase” cuyas entidades se desdibujan hasta parecer simples apéndices del núcleo fáctico. La más simple visualización o repaso del asalto mediático a las urnas en las cuarenta y ocho horas que siguieron al atentado es de una claridad tan meridiana que prácticamente excluye la necesidad de argumentos. Que sean el largo, insistente, pormenorizado y atento juego televisivo de cámaras en la transmisión de las manifestaciones contra las sedes del PP la víspera de la mañana electoral, la paralela metodología radiofónica o la exhibición de pancartas cuya abundancia, buena factura y homogeneidad de materiales sugerían previsión logística más que indignada improvisación, los datos hablan por sí mismos. En este sentido, la actitud de los corresponsales extranjeros adolece con frecuencia de notable ingenuidad cuando comentan el dominio por parte del partido en el gobierno, sea el que fuere, de los medios de comunicación estatales. El control de los telediarios no impide, ni ha impedido, el muy distinto tono de la constelación mediática, que se resume en la constante de asociar, invariablemente, el socialismo al progreso y el conservadurismo regresivo a sus adversarios, ello repetido hasta la saciedad, diariamente, con todo tipo de metáforas, símiles y paralelismos, amplificados por una especie de coros y danzas que ejercen como representantes y depositarios de la Cultura.

Particularmente ilustrativo es, por ejemplo, el editorial del diario El País del viernes 12 de marzo de 2004. La semántica de la composición es impagable: gran fotografía de portada con las vías sembradas de heridos y muertos, vagones destrozados al fondo, y a pie de foto, bajo las víctimas, a la derecha, en un recuadro, el comienzo, en cuyas pocas líneas ya se avanza la eventualidad de la relación del atentado con el papel jugado por el Gobierno de Aznar en la guerra de Irak. El editorial continúa en la página diez con una estructuración cuidadosa. La primera columna asocia más el suceso, dada la amplitud de la carnicería, con los fundamentalistas que con ETA, comenta las declaraciones del Ministro del Interior sobre el hallazgo de una cinta magnetofónica con versos del Corán en una furgoneta que contenía también detonadores y la posterior reivindicación de un grupo islamista, y liga (aunque se habían producido en un tiempo récord, la tarde del jueves mismo de los atentados) estas declaraciones oficiales a la sospecha de ocultamiento o una manipulación de la información por parte del Gobierno. Continúa así la segunda columna y, en el cuerpo central de la página y del artículo, añade la posibilidad de la bicefalia, pero lo hace de forma tal que, de producirse, aumentaría, en vez disminuir, la culpabilidad del Gobierno: A esta hipótesis debe añadirse como mero automatismo lógico la de que la actuación criminal sea producto de una coalición terrorista islamista y etarra, de forma que los asesinos hubieran terminado fusionando sus dos sangrientas banderas y confirmando de forma siniestra las profecías de Bush y de Aznar que querían confundir todos los terrorismos y convertirlos en uno solo. Si así fuera, será un tipo de profecía que se cumple a sí misma y que arrastra en cuanto a responsabilidades a quienes las profieren. El párrafo, y en especial su última oración, merecen figurar en los manuales de tendenciosidad periodística. Está diciendo que, en el caso de que hubiera habido colaboración entre Al Qaeda y ETA, ésta, y sus efectos, serían culpa de Aznar, y de Bush, puesto que ambos querían confundir todos los terrorismos. Es decir, los grupos terroristas no tendrían tendencias a la colaboración según análisis e investigaciones, sino que tal unión sería el exclusivo fruto de las premoniciones (en verdad satánicas) de los presidentes español y norteamericano. Indudablemente El País elaboró ese día un artículo que pasará a la historia de los manuales de periodismo.

Dentro de este tema, de la extraordinaria capacidad del monopolio mediático, es también digna de estudio la habilidad del autoproclamado bloque del progreso para conformar, cara al exterior y los corresponsales extranjeros, una imagen de España cuyo perfil se funde con el de los intereses de la clientela de la utopía. Tal eficacia es casi proporcional a la extraordinaria torpeza del Partido Popular para defenderse a sí mismo y hacer valer sus logros. Valga como mínimo ejemplo el hecho de que durante años el suplemento especial de Año Nuevo de una publicación tan prestigiosa como The Economist recurría al Sr. Cebrián-pieza clave en la constelación mediática del Partido Socialista-para la elaboración del artículo sobre visión general de España. El diario El País goza de una distribución exterior a la que sólo falta recurrir al buzoneo para asegurarse de que la imagen del homónimo nacional es la por él presentada. Por otra parte, la lectura de prensa extranjera ha producido-y aún produce-la impresión de que se continúa viendo a la Península bajo el prisma de una diferencia más grata a distancia que para consumo interno. España queda como reserva cherokee de socialismos perdidos, como lo fue de bandoleros románticos, anarquismo glorioso, fervor revolucionario o pueblos medievales. Es el país de la última guerra idealista, de brigadas internacionales donde se acudía a luchar por la libertad. Ha sido, desde fuera, la patria de los sueños y de los recuerdos (imaginarios o reales) de hazañas nobles, de una esperanza y juventud fatalmente abocadas a la derrota por la experiencia, evidencia y cesiones del transcurso de la vida. El país europeo de Nunca Jamás debe permanecer tal, no existieron estalinismos, crímenes de las milicias, socialismos ruinosos, conductas lamentables. La afición diferencial no camina lejos del desdén: a España se le permite ser extraordinaria pero no igual en las aspiraciones y rasgos del mundo moderno, aprendiz pero sin tienda propia. El hundimiento de la política atlántica del Partido Popular significó el regreso al redil europeo como rebaño secundario al que los grandes de la Mesta, Francia y Alemania, impondrán las cuotas de leche y lana que les parezcan oportunas, como ya hicieron con el muy bien pagado apoyo al joven partido socialista que precisaba con urgencia exhibir en sus logros el ingreso de España en la Comunidad Europea.

Se recurrió en el tratamiento de la masacre del 11 de marzo a dos procedimientos que son un clásico de las metodologías de corte totalitario: Uno la insistente afirmación de una falacia que la repetición transforma en certidumbre, por lo que se comenzó, de manera casi simultánea-curiosamente simultánea-a los hechos, a acusar al Ministerio del Interior de ocultación de datos que omitirían la autoría islámica en beneficio de la etarra, más proclive ésta última a favorecer a un gobierno que llevaba ocho años combatiendo el terrorismo vasco con mucha más eficacia y éxito que sus predecesores. La mentira voluntaria casaba mal con la realidad, porque lo que se dio en aquel puñado de horas fue una sucesión de informaciones y aclaraciones oficiales incluso ingenuas en su afán de premura y exculpación anticipada. Afán inútil, por cuanto el condenado lo estaba mucho antes de pruebas y juicio, pero fructuoso como apoyo secundario a la tesis troncal de la culpabilidad del PP. La gran ventaja de sus adversarios estuvo desde luego, durante esos tres días, en su capacidad y perfecta ausencia de escrúpulos a la hora de hacer uso de los materiales que la coyuntura ponía a su disposición. El otro procedimiento consiste en anticiparse a la denuncia del atacado utilizando semejantes términos. Para ello se tomaron las quejas de que se estaba produciendo por parte del partido socialista un asalto mediático preelectoral y se hizo enunciar a un conocido cineasta, ante los periodistas, sus pasados temores a que el partido popular diese un golpe de Estado y su alivio al ver recuperada una democracia que, según él, no habría existido durante los ocho años del gobierno del PP.

La insistencia socialista en que se informara a ellos y al pueblo de las pistas en torno a la autoría del atentado, inmediatamente, con completa transparencia, en cuestión, no ya de horas, sino de minutos durante los que no paraban de llover sobre el Gobierno improperios sobre ocultación de pruebas, se centraba en hacerse con una baza fundamental cara a las urnas: Había que negar, cuanto antes, la intervención de ETA, cuya debilitación figuraba en el haber del adversario, y poner todo el peso de los cadáveres en la balanza de la responsabilidad islamista, en los hombros del todavía Presidente, al que un repentino y atronador Halloween de disfraces de esqueletos, caretas, pancartas tratándolo de terrorista, asesino, mentiroso, militarista y compadre de Bush persiguió sin perder segundo, pisoteando el silencio preelectoral. Como las pintadas, el impaciente interés del PSOE por la investigación del atentado se desvaneció, con el resto de los decorados, tras cumplir su misión de dejar bien incrustados en la mente de los votantes los binomios Aznar-asesino, Aznar-Irak en guerra, Partido Popular-venganza árabe y doscientos muertos de la estación de Atocha (con sus dobletes necesarios Partido Socialista-Inocencia, PSOE-Paz, Zapatero Presidente-Ausencia de muertes-Oposición a la guerra.) El domingo por la noche se hizo público el vuelco electoral, la victoria, completamente inesperada el miércoles 10, del Partido Socialista mediante una esforzada maniobra de reciclaje del miedo, la exasperación y la incertidumbre. Simultáneamente, pasó a muy lejano plano la febril exigencia de datos sobre la filiación de los criminales.

Las dos hipótesis de autoría se presentaron por lo general desde el principio como excluyentes, y ello pese a que era notorio que ETA se había entrenado en países como Argelia y Libia, que existían lazos con sus compañeros de milicia y aprendizaje y que el intercambio logístico, informativo y operativo entre grupos terroristas de diversos signos pero unidos por el antiamericanismo, los fundamentalismos nacionales o religiosos y la animadversión a las sociedades libres era de pura lógica. En España, en horas veinticuatro, ya estaba en marcha la explicación por venganza, término que implica causa-efecto justiciero, según el paralelo, lanzado a la opinión pública, de los bombardeos sobre Irak y la catástrofe de la estación de Atocha, y en horas setenta y dos se había producido un vuelco electoral de una claridad inconfundible para los autores del atentado y para cuantos los dirigieran, apoyaran o imitaran su métodos: Rendición ante el golpe terrorista, sumisión a sus condiciones, retirada inminente de las tropas. Las observaciones, datos, análisis que no se integraban en la lógica de este proceso simplemente fueron borradas del mapa comunicativo u ocuparon en él un espacio insignificante y voluntariamente anecdótico, que incluso se aprovechó como material de acarreo para abundar en la culpabilidad, no ya de los asesinos reales, sino de Aznar y Bush. La masacre no sólo fue impecable en el logro de sus fines electorales, sino que también funcionó como un reloj en el hallazgo de pruebas depositadas a las pocas horas prácticamente ante la policía y en los rápidos comunicados reivindicando la matanza, lo que dejaba el margen temporal perfecto para movilizar contra el Gobierno a la ciudadanía, de manera que depositase su indignación, aún caliente, en forma de voto.

Hubo que esperar al dieciséis de marzo para leer en un periódico, El Mundo, (y esto refugiado en la página veintinueve) un resumen de un documento del grupo saudita relacionado con Al Qaeda Voz de la Jihad (guerra santa) redactado y difundido a finales de 2003. En él se definía un frente terrorista en el que los sectores islámicos actuaban de brazo armado, mientras que otros, en los que se integraban grupos europeos terroristas entre los que figuraba ETA y círculos antiimperialistas y autodenominados de resistencia iraquí, se encargaban de política y agitación. Su estrategia y fines explícitos eran, ya en ese momento, provocar en España con atentados y propaganda un efecto dominó que obligara a las fuerzas occidentales a abandonar aquel país, lo que, en cualquier caso, se preveía que había de ocurrir con los españoles. Los fines se cumplieron escrupulosamente. La matanza de Madrid fue un completo éxito para sus organizadores.

Los jóvenes y muy jóvenes han tenido papel preponderante en el proceso. La facilidad de su manipulación a nadie escapa, y de ella habían dado abundantemente prueba las manifestaciones en pro de la logse y contra cualquier mecanismo de mejora. La masacre llevó a las urnas a un sector totalmente permeable al difuso mensaje pacifista, dispuesto a gritar consignas y culpabilidades, proclive a la acción inmediata y el ataque al enemigo próximo. Irak pasó a ser un icono útil para una bien definida clientela. Los proyectiles para el derribo político del oponente fueron seleccionados con extremo cuidado y cualquier material no susceptible de utilizarse como tal fue filtrado y rechazado antes de que llegase al público. Las observaciones ajenas al interés del bloque mediático dominante había que buscarlas, como los artículos contra la manipulación electoral de la matanza, muy en el interior de los diarios. Véase el soberbio Con plomo en las entrañas, de Antonio Muñoz Molina, publicado en El País, sí, pero en la página 53, por el aquél de la pluralidad.

El discurso y la legitimación bélicos han sido capitalizados por un magma confuso que halla en el antiamericanismo, por cuanto que Estados Unidos tiene fuerza y también intenciones de defender el sistema democrático liberal y sus principios, el adversario en el que concentrar una ofensiva en la que se alternan la agresión directa y el aislacionismo. Europa (al menos un núcleo importante de lo que por ella se entiende) carece de voluntad y de medios para defender de auténticos ataques y violencias el sistema y bienestar de los que disfruta. Ha podido permitirse tal lujo porque se apoyaba, cuando llegaban los conflictos, en el recurso a la ayuda estadounidense, que pagaba en cheques y en muertos las facturas del nivel de asistencia social y plácida convivencia de Occidente. Hay generaciones enteras de europeos a los que se ha enseñado la gratuidad de la subsistencia y los derechos, la relatividad de los valores, la compatibilidad, en un mundo idílico, de culturas a las que sólo la maldad del imperialismo impide desarrollarse en su pacífico esplendor, la benevolente indiferencia respecto a prácticas y sistemas impregnados de fanatismo, segregación y desprecio por la vida humana. Se ha extirpado, literalmente, de los libros de texto el conocimiento y estima de la propia historia, la lucha por la manumisión del pensamiento de sus oscuras cadenas de alienación e ignorancia, la gestación de la filosofía, de la división de poderes y de la igualdad ante la ley, la laboriosa obtención de los Derechos Humanos. En su lugar, lo que de forma más o menos marcada, según los intereses nacionalistas u otros en juego, se enseña es un curioso racismo de nuevo cuño que promete comprensiones y acomodos en nombre del respeto a la diferencia y garantiza impunidad a los que reivindican las pautas de su zoológico para ejercer la ley del más fuerte. De esta forma, por una parte nunca se han exaltado tanto la tolerancia y la paz, por otra nunca se habrán vestido con mejores argumentos inhibición, pasividad y cobardía. Queden tranquilos los dictadores con sus exterminios y amenazas, los fundamentalistas con sus cotos de barbarie y contrabando de armas, las mujeres del mundo musulmán con un grado de sometimiento e indignidad incomparablemente mayor que las peores prácticas del apartheid sudafricano. A todos ellos se guardarán de inquietarles multitudes ganadas por las razones de los menores riesgo y esfuerzo y dispuestas, en compensación, a vestir con regularidad las galas polícromas del relativismo de civilizaciones, que incluyen en el ropero los blancos hábitos del pacifismo a ultranza, mientras se reserva en exclusiva la actitud beligerante y la lucha para encarnizarse con las sociedades democráticas de Europa y  los Estados Unidos. A fin de cuentas, la defensa del paraíso multicultural se encuentra en el credo de sectas variadas, pero unidas por la irritación ante la autonomía y el libre ejercicio de la inteligencia. Por ejemplo, la diferenciación bíblica entre blancos y negros, con la consiguiente e impermeable diversidad de sus naturalezas, fue uno de los pilares del discurso del Ku Klux Klan. Tras lo que se presenta como bloque izquierdas hay un reaccionarismo profundo, una regresión hacia territorios míticos de seráfica bondad. Y, tras la adhesión apasionada a la mitología, existe un peligrosísimo abandono de valores universales, de responsabilidad personal, de conciencia del precio de las cosas y de la factura implacable de la realidad. El edén de las tres, o trescientas mil, culturas ofrece refugio y camuflaje a gentes caracterizadas por el oportunismo financiero y sociopolítico y por el cultivo y explotación de la inexperiencia generosa de la juventud. La utilización de los jóvenes como vivero doctrinal, reserva y fuerza de choque es un clásico recurrente de la metodología totalitaria. En los sucesos del marzo del 2004 la comparación de cifras, por edades, y la participación de nuevos votantes dejan pocas dudas sobre el diseño de la intensiva movilización electoral.

Detrás del decorado edénico, y sojuzgada por él, se extiende la vasta clase de las víctimas, un Tercer Mundo que no es, ni quiere ser, el de la postal rústica y el cromo sino que se ha compuesto de sectores con aspiraciones a la mejor vida y al progreso, a la modernización y las libertades, gentes traicionadas en Occidente por sectas tan fascinadas por la colorista defensa de las tribus como amigas de la sumisión precoz a los señores de la guerra. Ocurre que uno puede apuntarse al paraíso del león y del cordero siempre y cuando se asegure de que los leones son vegetarianos. La identificación en marzo de 2004 de paz igual a cambio de gobierno, criminales de guerra igual a Presidente Aznar era tenebrosa en la simplicidad angélica de su primer planteamiento y el descarnado ataque personal del segundo. Es tan automático cosechar adhesiones a la paz como a la desaparición del cáncer, pero presentar a los muertos de Madrid como resultado de la bárbara justicia de los resistentes árabes implicaba gran desprecio hacia los seres humanos muertos en Bagdad en grandísimo porcentaje a manos de correligionarios políticos de los terroristas de Madrid (y homólogos de los de ETA y similares). Los carteles de las manifestaciones previas a la cita electoral no aludían, ni de manera casual, a esos verdugos y esas víctimas; se concentraban en tildar de asesinos a las fuerzas estadounidenses y al gobierno español. No se oyeron protestas indignadas contra la presencia de los soldados norteamericanos en Haití, sin la cual hubiera habido un completo baño de sangre, ni se han visto manifestaciones airadas contra los autores allí del asesinato de un periodista español a cuyo cadáver la falta de agresores gringos ha privado de gloria póstuma. Tampoco se observan, por parte de grupos y/o individuos defensores de los diversos y sucesivos edenes (socialistas, multiculturales, indígenas, islámicos) iniciativas de voluntariado del tipo emigración y asentamiento en sentido contrario al de las pateras, o de las balsas de Cuba; ni se ven largas colas para obtener la nacionalidad iraní o afgana, ni empujones para atravesar la frontera y alcanzar Corea del Norte o, más simplemente, cambiar el pasaporte español por uno de los de tantos latinoamericanos que están deseando conseguir otra nacionalidad. La coherencia se halla en continuo cuarto menguante desde hace muy largo tiempo: No se recuerdan desbandadas que intentasen en Berlín, sentido oeste a este, saltar el Muro, ni adhesiones castristas más allá de Tropicana, el descanso vacacional y la piel de las mulatas. Porque se está bastante bien al abrigo, tardomodernista, de la revolución de play station. Además, el coste intelectual es desde luego mínimo. La terminología, el electoralismo de consumo inmediato y buena parte de la educación y de la cultura han allanado el camino para la firma de paces preventivas, rendiciones anticipadas, acuerdos con el terror por parcelas, en un lento proceso de desguace de certidumbres, evidencias, iniciativas, dignidad y valor. La ensordecedora brutalidad de los atentados de Madrid rompe la superficie de una materia largamente preparada para ello, trabajada para convertirse en porosa caja de resonancia y edificio sin más cohesión que los instintos de salvación y de ayuda y la necesidad, a cualquier precio, de refugio contra el pánico.

El profiláctico recurso al Cui prodest? actúa como instantáneo clarificador de la espumosa maraña de apariencias y el estruendo de los sucesos. Respecto a los acontecidos entre el 11 y el 14 de marzo del 2004, subyace una innegable radiografía de beneficiarios que no implica planificación consciente por parte de la totalidad de los sujetos, pero que desde luego presenta la indiscutible realidad del saldo beneficios-pérdidas. Apartar al Partido Popular del poder en tales circunstancias y con esos métodos equivalía a ingresar a corto plazo réditos abundantes en las cuentas de la clientela de las tribus y en el haber de cuantos viven del chantaje y del erario público. En términos de dinero y cargos, ofrece una multiplicación exponencial de cortes, cortesanos, subsecretariados, ministerios, consejerías, delegaciones, asociaciones subvencionadas y cuantas mitosis vayan produciendo (con el nombre de retoques constitucionales, cesiones y nuevas transferencias) las sucesivas sangrías, mordidas y repartos del presupuesto, con su corolario de nepotismos, cacicatos, aldeanismos, pretendientes, acompañantes y clientelas, los cuales segregarán himnos, identidades culturales y rasgos diferenciales a la misma velocidad que fueros, particularismos y agravios retrospectivos. En el debe quedarán nada menos que el bienestar, la igualdad ante la ley, la solidaridad, la amplitud intelectual, el mérito y los derechos individuales.

En primera línea del cui prodest? y listos para ingresar en cuenta se sitúan, por supuesto, los grupos terroristas más variados, porque en la dinámica de cesión al chantaje caben todos y necio sería renunciar a cosecha que se anuncia tan favorable. El cambio de bandera de los perejiles, ceutas y melillas servirá de simple aditamento a la imposición de que los escolares musulmanes queden por completo sometidos a los usos del islam, y muy en especial las hijas, hermanas y futuras esposas y madres de los creyentes del Profeta, e incluirá de forma consecuente la repoblación, dialogada y negociada, de las zonas del Al-Ándalus que corresponda. En cuanto a ETA, lo lógico es que se limpie su honor a efecto retrospectivo, se califiquen sus asesinatos de hechos de guerra y se apresure la firma del acuerdo que consagre el reconocimiento de sus derechos y aspiraciones por parte del gobierno de Madrid. Camino semejante, en buena lógica, debería seguirse en Cataluña, tanto con el general reconocimiento de su larga y heroica lucha contra la invasión del castellano como en el establecimiento de partidas monetarias que deberá abonarle, a título de compensaciones de guerra, lo que, tras estos procesos, todavía persista del Gobierno central. En ambos casos será de obligado cumplimiento, mientras queden en el fondo de la caja euros para ello, el establecimiento y subvención de entes y departamentos autonómicos y locales que dupliquen y tripliquen los ya existentes. La parte del PSOE que se ha erigido como faz política visible de un entramado de clientelas ávidas, inquietas con la premura de la nueva generación que exige y la anterior que se mantiene y convencidas de que ha sonado la hora del reparto de los resultados de la precedente buena gestión económica, se amalgama, amén de en las autonomías, en una masa de organismos, representantes y asociaciones cuya existencia y fidelidad están garantizadas mientras fluyan nómina y subvención. Toda una red en parte mediática por su acompañamiento inseparable de cajas de resonancia y en parte recubierta del indispensable decorado antifranquista, progresista y social. Los aspirantes vocacionales al club de víctimas y la reivindicación justiciera, mientras con ello aumente su patrimonio y se apresure su ascenso, la fiel infantería del cui prodest? son, en fin, de prole en extremo numerosa, pero, más que su número, les favorece el virtual monopolio comunicativo en el que se mueven, el miedo fruto de la presión fática cotidiana, de que se valen como telón de fondo y sobre cuya silenciosa, amorfa sustancia, pisan, deambulan y se elevan a placer, en un fenómeno, típicamente de la España de estas tres últimas décadas, de apropiación indebida del sujeto ético.

Con ser preocupante el panorama de cacicatos sociales y políticos que reclaman sus libras de carne, nada corre mayor peligro que Educación y Cultura. No es casual la presteza con la que nuevo gobierno y autonomías han apresurado la aprobación, en 2005, de una versión aumentada de la logse al tiempo que se lanzan en ofensiva en toda regla contra los medios de comunicación no afines. Economía, Obras Públicas, Asistencia Médica, Agricultura, Transportes se hallan protegidos por cierta inevitable sumisión al principio de realidad, que impide al nuevo Gobierno espectaculares destrozos. La bancarrota, en tales terrenos, es demasiado rápida y patente como para ir en ella mucho más allá que cierta demagogia inevitable. Los puentes rotos, los enfermos fallecidos, cosechas malogradas y empresas en quiebra son de difícil componenda e imposible disimulo. La Educación, el sencillo hecho de enseñar y aprender, las manifestaciones artísticas que, normalmente, deberían discurrir por cauces libres y variados, se yerguen ahora como el escogido trofeo de señores de la guerra administrativa, la pieza escogida como emblema y castillo por un ejército de numerosas fidelidades y hambrientas huestes. Son, como ningún otro terreno (véase la celeridad con que se reclaman y acaparan por los nuevos pseudogobiernos), carne de chalaneo y catástrofe, y se aferran, arrastran y reparten sin dedicar un instante de preocupación reflexiva a sus destinatarios. El fin justifica los medios sigue siendo, como en las páginas políticas más siniestras de la historia general, y de la privada, la corriente de fondo que avala y sostiene todo tipo de actitudes, que ignora efectos y desprecia daños y se sitúa, por el cómodo recurso a cierta genética superioridad moral, por encima de las personas y del juicio concreto que merecen las acciones puntuales.

Los ejemplos se concentran, de forma casi atropellada por la enormidad de la circunstancia, en la primavera de 2004, y se puede trazar un hilo conductor entre ese paradigmático terreno educativo y otros que le son aparentemente ajenos y pertenecen a los grandes acontecimientos y a las directivas oficiales. No es casual que el dirigente del partido socialista que se encargó el 13 de marzo, con generosas ayudas, asistencias y coordinación mediáticas, de montar, sobre la todavía caliente pila de los dos centenares de muertos, la violenta campaña callejera contra su adversario político, en plena víspera de elecciones, fuera la misma persona que se significó como uno de los pilares del propagandismo cultural y de la Reforma Educativa de 1990. La personalidad de políticos concretos no tiene en este montaje más que un valor anecdótico, pero alcanza, por la mediocre ejemplaridad de los representantes, rango de categoría. Es el caso del antes citado, con una trayectoria caracterizada hasta el extremo por la agitación demagógica, la creación de cortinas de humo populista y, sobre todo, por la más absoluta indiferencia hacia las víctimas. Convergen en idénticos actores el aprovechamiento electoral de una matanza terrorista y la responsabilidad del fraude logse, la extensión de la ignorancia juvenil y la adulteración del proceso electoral. Los ingredientes de la agiprop (agitación-propaganda) de marzo de 2004, eficaces en su momento como catalizador de los terrores e incertidumbres de la opinión pública para empujar a la red del partido el voto, son sin embargo de digestión trabajosa, la masa de metal y cuerpos de la estación de Atocha queda ahí, pedestal del éxito inesperado del nuevo Presidente, como fondo de una toma fija en cuyo primer plano el vencedor de abril tiene como sombra la del agitador de marzo.

El manipulador político de larga trayectoria ha adquirido, además, notable virtuosismo en el empleo de la técnica de la vileza asumida, la creación de amplias fraternidades que, por activa o por pasiva, apoyan sus actos. La certidumbre de lo que han vivido, visto y saben, empujada hasta el fondo de la conciencia de capas amplísimas de la población y amalgamada a su credulidad y su ira, forma en esa tácita alianza un sólido caparazón de defensores por cuanto, si no forzosamente receptores de los beneficios cosechados, sí les hace partícipes, dentro de un sistema democrático, de la paternidad del proceso y de sus consecuencias. Semejantes razones a las que han silenciado desde hace décadas a buena parte del temeroso gremio docente actuarán a partir de 2004 para proporcionar adhesión al poderoso grupo del fin justifica los medios. Sobre todo cuando el fin es uno mismo.

Tras los sucesos de marzo, Educación y Cultura fue, como cabía esperar, el primer objetivo de la política del cui prodest? y de la necesidad de preservación del buque insignia y vivero de futuras clientelas El fulminante anuncio, nada más producirse las elecciones del 14, de la derogación de la Ley de Calidad de la Enseñanza (a la que seguiría la aprobación de una nueva Ley educativa que era una versión no corregida y sí aumentada de la de 1990), la petición sindical, recién acabadas de contar las papeletas, de reposición de la logse, la premura con la que, ya antes de abril, se pasó aviso a los institutos de Madrid para que anunciaran que no se aplicaría la normativa todavía en vigor, nada tuvieron de diálogo ni de consenso. La actuación del nuevo Gobierno resultó en todo previsible; tras él la antigua y la nueva generación del partido socialista esperaban, con la impaciencia acumulada durante casi una década, el reparto. Es un hambre imperiosa, exacerbada por la abundancia de activo pero mediatizada por la aspiración a no matar completamente la gallina. En función de esos límites que el principio de realidad impone, la gran economía sigue, con escasos impedimentos, su curso, las empresas llegan, con cualquier patrón político, a un entendimiento, los dos sindicatos de clase protestan escasamente mientras se mantenga su situación oficial privilegiada, Francia y Alemania van pasando a un obediente gobierno español papeles a la firma, Norteamérica, mal que le pese, continuará pagando la defensa europea si peligra demasiado el equilibrio de fuerzas. Le basta al partido ya en el poder con concentrarse en la desmesurada inflación burocrática, los equilibrios del reparto entre vasallos y feudos, el desmigajamiento del Estado central y el completo dominio de comunicación y de cultura. La ley de Murphy ha hallado aquí un filón. Por difícil que parezca, la situación es empeorable porque la degradación logse es tal que su clientela no puede recurrir sino a la fuga hacia delante. Se va a presenciar, no ya la completa desigualdad de los españoles ante la ley según la región en la que habiten, sino también la formación de corrientes migratorias que, dentro de la Península, huyan del fundamentalismo lingüístico y el raquitismo cultural del mapa de las minorías quejosas y se refugien en territorios intelectual y socialmente más amplios.

Al vuelco electoral de 2004 siguió rápidamente en España el anuncio del partido socialista victorioso de la retirada de las tropas de Irak y la exultante aquiescencia a tan razonable actitud por parte de los terroristas y sus medios. La innecesaria premura de la disposición no admitía equívocos en el éxito del chantaje, el asesinato masivo y la amenaza, como a la perfección entendieron una ETA que se mantuvo en regocijada discreción y el vigoroso aplauso antiestadounidense. Pero sobre todo no los admite la simple estadística, la observación de los porcentajes de espacio mediático dedicados desde hacía más de un año a unos u otros temas y que pueden resumirse con la exhibición, reiterada, glosada y adaptada, de la foto de la reunión de las Azores de los tres presidentes, Blair, Bush y Aznar, con texto adjunto donde se les acusaba de ser los causantes de los doscientos muertos y se les presentaba explícitamente como mentirosos y belicistas. La unión de esos rostros y nombres al se busca ha llevado ocupando, durante muy largo tiempo, incomparablemente más imágenes y espacios temporales y sonoros que las organizaciones terroristas y los asesinos mismos y ha capitalizado, con diferencia, muchas más criminalizaciones que éstos. Como estrategia, a niveles muy primarios, tiene la ventaja de la inmediatez tranquilizadora, la exhibición de culpables con cuyo sacrificio expiatorio se puede conseguir desviar las agresiones de gentes cuya violencia se considera casi afín a las fatales catástrofes naturales e incluso imbuida de la justa lógica de los desposeídos. Y ello porque, de no legitimar de alguna forma a los autores del crimen, ¿cómo aceptar la rendición, ante ellos, de la propia dignidad?

En los españoles se produjo un cambio. Tras el atentado, habían dado un generalizado ejemplo de solidaridad y admirable eficacia, de altura humana y de conciencia cívica, caminaron como nunca silenciosos y tristes, pero sin amedrantamiento ni pánico. La manipulación preelectoral, la inmediata cesión ante el terrorismo, les robó su dolor para transformarlo en vergüenza, lo que fue valor y generosidad se volvió, en la imagen difundida hacia el exterior, inconfundible cobardía, rendición inmediata.. Una vez más se utilizó la técnica de la vileza asumida, se les hizo partícipes, y cómplices, y se les despojó, por los motivos  más turbios, de la nobleza de su actitud. Entre los que mantenían presencia en Irak, comenzando por Estados Unidos, se acuñó la expresión los  zapateros de Europa, con la que se definía a aquéllos que optaban por el abandono. El precedente, y no el número de soldados españoles, tenía enorme importancia. En contraste con el crudo mundo de las realidades se dibujaba la imagen ideal de una fuerza europea aureolada de independencia respecto al otro lado del Atlántico, pero incapaz en disposición, fondos y presupuestos de prescindir, con ejércitos y armamento propios, del amigo americano.

Esa guerra providencial sustituyó aún con más fuerza, en la estrategia de la oposición, al gastado mito de autoctonía antifranquista, tomaba el relevo de grandes luchas populares que nunca existieron contra un dictador encarnación del Mal, cobijaba oportunamente bajo su nueva bandera a los que sólo podían definirse por la negación, la gratuidad y la ausencia tanto de méritos como de escrúpulos, y les aseguraba abundancia de huestes, criadas en buena parte en los cálidos viveros de ignorancia, puerilidad forzosa y aparcamiento indefinido de la Enseñanza pública. Como otrora, la clientela sociológica se revestía de ropajes bordados con los propósitos más inocuos, beatíficos y difusos, la típica cobertura ya utilizada en la jerga logse y, en general, siempre que conviene oscurecer con el resplandor de la utopía la insobornable concreción de las realidades. Frente a la opinión se colocó en permanencia una foto fija de invasión y muerte injustas y de alianza con el causante del terror, desorden y crisis mundial, que no era otro que los Estados Unidos, con quien el partido en el poder hasta marzo de 2004 había cometido el error y el crimen de alinearse.

El rasgo sospechoso de argumentaciones y movilizaciones no era la comprensible actitud de numerosos opositores tanto respecto a la intervención en Irak como a la gestión posterior de la situación de aquel país. Lo llamativo fue, desde hacía meses y concentrado particularmente en las cuarenta y ocho horas preelectorales, la eliminación completa de otros datos y argumentos, el carácter automático, monocorde y agresivo de protestas masivas que no dejaban el menor lugar a la disidencia y que permitían cualquier insulto, ataque y exceso en la perfecta certidumbre, no ya de la más absoluta impunidad, sino de imposibilidad de respuesta alguna. Los actos de terrorismo, que despedazaban con bombas en mercados y sitios públicos por decenas y por cientos a hombres, niños y mujeres sin más delito que estar en la calle, comprar el pan o agruparse en la puerta de un hospital debían ser considerados muestras de resistencia contra el invasor. Los logros que hubieran podido producirse en la reconstrucción o las opiniones de sus habitantes pese a todo favorables al cambio apenas se citaban. Se animaba masivamente a los españoles para que exigiesen el inmediato abandono de los soldados de países democráticos, que constituían en aquel lugar la única empalizada entre civiles con ciertas aspiraciones a un sistema mejor y la barbarie de quienes demostraban el nulo valor que para ellos tenían las vidas de sus conciudadanos. No se hablaba prácticamente del papel de reconstrucción y seguridad que había sido el de las fuerzas españolas, ni de los proyectos emprendidos que habría que abandonar con el saldo de pérdidas en inversión, esfuerzo y confianza, y se dejaba suponer que el envío de un soldado a una zona de conflicto era en sí una reprobable muestra de belicismo. En lugar de plantear, mostrando al menos en ello cierta valentía, la abolición total del Ejército, se colocaba a éste en un limbo a medio camino entre Hermanas de la Caridad y asistentes sociales. En el mismo limbo acolchado y estanco se situaba a España; recuperaba ésta su identidad, que nunca debió abandonar: parque temático de afable, mediterráneo y universal entendimiento. apacible territorio turístico con aspiraciones a extensa Andorra al que seguirían viniendo tanto los europeos del norte como los jeques que bendecían el sur con sus dispendios, apéndice europeo ajeno a un mundo que sí se preocupaba por la geopolítica y el futuro y que sabía los precios del presente.

La historia anterior española, ni asumida ni afrontada, recibió en marzo de 2004, en su tumba artificial y mal cubierta, las visitas de la historia contemporánea, de un gran dolor transformado en cobardía, escondido apresuradamente con paletadas que, en la abundancia e inusitada rapidez de la cosecha de culpables de la matanza de Madrid, no hicieron sino colocar, voluntariamente ignorado, el montículo de lo ocurrido en el centro de las conciencias y de las calles. Se bordeaba al andar, se bordeaba al hablar de ello, eran tan llamativos el reguero de pistas, las detenciones de los culpables, la eliminación por suicidio colectivo de su último núcleo, la precisión con la que se fue filtrando por los propios organismos de seguridad al entonces Gobierno los datos seleccionados para hacerle pasar por mentiroso y proporcionar combustible a la campaña de la oposición. El terrorismo vasco, que había puesto bombas en supermercados y estaciones, brindaba. Había vencido, de la manera más cómoda, por fanático y delincuente común interpuesto, gracias a las bajas de una guerra lejana, que seguirían cayendo más abundantes cuantos más soldados se retirasen; y podría gozar del reparto, si no de un paraíso islámico, sí de jugosos privilegios económicos. Más allá, otros vencedores de aquellas poco gloriosas jornadas irían pasando facturas, acordando con los aparceros provisionales el importe en gastos de representación y en cada vez más escasa libertad.

La dimensión de lo ocurrido sobrepasaba, con mucho, la política nacional y concernía a decisiones de muy mayor envergadura, a planes que configuran el futuro. La posesión puntual de peligrosas armas por parte de Sadam Hussein no era factor crucial, tampoco su petróleo. De tratarse simplemente de la apropiación de riquezas por la fuerza, el oro negro podría haber seguido siendo disfrutado de manera mucho más barata y cómoda por la potencia interesada simplemente por medio de las tradicionales alianzas y sobornos al sátrapa local. Pero esas estrategias  que, desde la creación artificial y reciente de las fronteras de Oriente Medio, resultaron pragmáticamente aconsejables, a las que recurrieron Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, ya no son de recibo en el planteamiento de la aldea global en la que dictadores crecidos, asentados en puntos clave no por su laborioso esfuerzo sino por el azar de la riqueza fósil, juegan, en Irán, Irak, Pakistán, Libia o Corea del Norte, a intercambiar juguetes nucleares. Tan rentable demanda ha resultado providencial para los mercaderes y los científicos en paro del ex-bloque comunista, y antes que ellos para empresas del mundo capitalista. En las democracias de más peso, como Estados Unidos, la doctrina de es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta que permitió a Washington armar a Sadam Hussein como triaca contra el fundamentalismo iraní ya no es viable en un planeta de vulnerabilidad generalizada y ambiciosos frankensteins. Durante décadas Occidente dejó, en esos territorios, campo libre a sus tiranos, abandonó a las capas de población que empezaban tímidos y difíciles procesos de laicización y de entrada en la modernidad y la sociedad libre, coreó, como exorcismo contra ataques extramuros y mala conciencia, la compulsiva alabanza a una diversidad cultural especializada en machacar los derechos humanos a su antojo. Se hicieron reportajes étnicos y se llenó el depósito del coche. La componenda no da más de sí, ni tampoco la esquizofrenia utilitaria que consiste en alabar aquello que no se desea mientras lo sufran otros y estén lejos. Las facturas llegan irremisiblemente a la mesa y es muy probable que los go home se transformen en angustiados come back.

La calma, entre atentado terrorista y suceso bélico, es la fina capa que se forma tras la erupción, porque es muy probable que la Organización Internacional de Energía Atómica no exagere cuando califica la situación presente de la de mayor riesgo nuclear desde la Crisis de los Misiles de Cuba, en 1962, y las mismas muchedumbres occidentales del ¡No a la sangre por petróleo! se manifestarán, despavoridas e indignadas, contra sus gobiernos en cuanto el sabotaje del megalómano fundamentalista de turno les deje vacío el depósito tres días seguidos. El magma inestable no va a apaciguarse con sonrisas y requiere la construcción de estados laicos, institucionales y nutridos por un tejido de clases medias e individuos protegidos por la igualdad ante la Ley. La torpeza de Goliat no quita un ápice a la urgencia y la pertinencia de un proyecto cuya responsabilidad sólo puede ser global y cuyo fracaso reducirá drásticamente las fronteras de la libertad y de la prosperidad. Se han encendido, con el nuevo milenio, las luces rojas

El bombardeo programado de la opinión ha probado su eficacia. España es zona particularmente endeble por el interesado mantenimiento de la inseguridad nacional, que la hacen solidaria en lo inmediato pero pasiva y acobardada si se trata de miras más amplias. El secuestro de la libre expresión bajo amenaza de ser tratado de fascista está aún vigente aunque tiene fecha de caducidad. La dualidad entre los clichés sociopolíticos de obligado asentimiento y la realidad de las vivencias y aspiraciones cotidianas alcanza aquí las más altas cotas de incongruencia, que no es tal, sino que corresponde a la explotación maniquea de la sustancia socialmente perceptible por parte de la clase, abrigada bajo el vocablo socialista, que se quiere dominante. En este sentido, el caso español tiene interesantes aportaciones que hacer al análisis histórico contemporáneo. La experiencia viene demostrando que el manejo selectivo, de las cadenas de televisión oficiales, del que han hecho uso, una vez en el poder, todos los partidos, importa mucho menos que la extensa constelación de medios de obediencia sectaria. La  epidermis social es muy permeable a un mecanismo censor fuera de cuyos automatismos, que ofrecen identidad y seguridad, no hay salvación. En tal estrategia, la oposición a la guerra de Irak tiene, como banderín de enganche, un valor de reemplazo respecto a dictaduras pretéritas altamente apreciable. Y resulta incompatible con el precio material de las opciones, las acciones y los hechos. La clase del cui prodest? no puede justificarse eternamente por vaguedades demagógicas en el plano interno y en el externo, pero sí blindar aún durante largo tiempo sus cotos; puede mantener incólume una fachada cultural tan monocorde como previsible en la repetición de tópicos supuestamente inconformistas. Dentro de tal dinámica, y copiando a Orwell sin saberlo, es presumible que se creen Ministerios de Convivencia, en vez de Interior, de Fraternidad en vez de Exteriores, de Pacificación y Amor en lugar de Defensa, y que se sustituyan las clases de arte, lengua, historia y filosofía por Igualdad de Sexos, Hablas Segregadas, Erradicación de la Violencia y Multiculturalidad Positiva (recibidas sin duda con gran alborozo por parte de los sectores de pocos méritos académicos y grandes apetitos de promoción profesional, por los editores amigos y por los maquilladores de las cifras de creación de empleo). Toda estupidez es posible mientras se pague, y, de hecho, parte de estas medidas han sido anunciadas o incluso llevan, bajo distinto epígrafe, lustros puestas en práctica. Pero los límites existen, y se encuentran en la finita resistencia de la realidad misma, en las contrapartidas y en el inapelable juicio de los hechos consumados.  El juego a correr riesgos bajo protección ajena (que ha sido el de Europa desde la Segunda Guerra Mundial) y a embolsar beneficios en cuya creación no se ha tenido parte tiene fecha de caducidad. Las facturas propias del recurso final a la defensa por la fuerza ante la agresión brutal del contrario, la proyección geopolítica de un siglo XXI que ya no puede moverse con parámetros decimonónicos porque las venas de energía combustible y el alcance de las armas y de las comunicaciones carecen de fronteras significa decisiones y costes que no pueden abordarse más que en el campo del sí y no, de la aceptación y del rechazo. No se sitúan en el etéreo espacio de la digresión estética y el ámbito plural del pensamiento; su reino es la acción y la materia, el crimen o la inocencia, el objeto que se toma o se deja, la decisión que se anula o se mantiene. No en vano una de las mejores herencias de Roma, plasmada tan impecablemente en sus obras de ingeniería, es el escueto reducto del Derecho.

La abrupta retirada de un enfrentamiento en el que cada puesto abandonado significaba pasar a otros el inmediato peligro multiplicó en la prensa occidental los adjetivos sobre la actitud española, con mayor y previsible virulencia en aquéllos que asumían mayores gastos y riesgos en el conflicto iraquí. Epítetos y metáforas iban de ejercicio de castración colectiva y rendición incondicional. a caricaturas de toreros temblorosos escondidos del negro toro terrorista. Correspondía a España el dudoso honor de inaugurar un movimiento inverso al del Descubrimiento, una huida en toda regla de los conflictos presentes y futuros para refugiarse en los decadentes reductos de la Europa pretenciosa, oportunista e insolidaria cuyos jerarcas negociaban bajo cuerda las comisiones del petróleo de Sadam Hussein, lo que dibujaba una nueva geografía unilateral de naciones emergentes y democracias anglosajonas eficaces y comprometidas que debían asumir la soledad de opciones de largo alcance y envergadura cuyos costes nadie sino ellas estaban dispuestas a sufragar. Cualesquiera que fuesen los errores de la invasión iraquí, ésta iba a quedar, a la hora de la presencia y de las cifras, como punto de referencia crítico para calibrar la existencia de amigos, aliados o, por el contrario, inestables sufridores de ajenas circunstancias. Europa aparecía de repente como particularmente poco fiable, un territorio horadado por las células terroristas creadas y alimentadas por los líderes religiosos de las numerosas comunidades islámicas, un próspero y esponjoso vivero de combatientes de la yihad gracias a los fondos y órdenes recibidos del exterior y a la permisividad y temor, vestidos de comprensión y tolerancia, de las democracias en las cuales se habían asentado.

La prensa árabe recogió, como un sonriente espejo, el cambio español, hizo suyos los argumentos e improperios que siguieron en las calles de Madrid a la matanza de marzo, alabó, con unanimidad que resultaba inquietante, la radical oposición que del nuevo gobierno se esperaba respecto al alineamiento estadounidense del partido derrotado, dibujó un horizonte en el que ETA no existía, los poderosos occidentales mentían y conspiraban indefectiblemente y los terrorismos surgían, por oscuros pero ciertos caminos, como respuestas a una opresión y mal en cuyas fuentes se encontraban siempre Israel y el presidente Bush. Con leves diferencias de matiz, la versión distaba muy poco de la que gritada, televisada, escrita y radiada había producido en la opinión española el vuelco electoral. De un extremo a otro y de una a otra página de, por ejemplo, los diarios egipcios resultaba espectacular la homogeneidad de fondo en el tratamiento de los problemas de Irak y de Oriente Medio. Con ser muy distintos los articulistas, ni uno de ellos osaba otorgar alguna porción definida de culpa a los rasgos del Islam en sí, a las formas, actos, usos, situaciones y decisiones adoptadas por esos países que arrastran un común denominador de fracaso ante la modernidad. Habían creado grandes perversos externos causantes de sus males, vivían de los réditos de la imitación y la denuncia, de la intensa esquizofrenia entre la evidencia y deseo de vidas mejores y la contemplación de las raíces que les ataban a una identidad única y mítica, la Umma (la madre espiritual, la comunidad de los creyentes) sin la cual se encontraban desprovistos de toda justificación histórica. Sus eternos enemigos les servían de aval. Los países islámicos se guardaban del menor asomo de análisis crítico reflexivo y se prodigaban en el éxtasis satisfecho de hallar en movimientos occidentales de oposición a los norteamericanos el eco de sus propias voces, el calco de los mismos tópicos que validaban, sin una brizna de análisis objetivo y sereno, la complaciente y gregaria visión que, en forma de Mundo Árabe, se superponía a sus individuales existencias, pensamientos y actos.

En su larga carta a los odiados reyes magos de Occidente, uno de los articulistas egipcios, ex-embajador en Washington, les pedía, con la amargura de quien precisa creer sus propias palabras y desde luego no puede decir otras, mejor futuro, justicia, cooperación, pero mantenía echado el piadoso velo de la imprecisión sobre las muy concretas responsabilidades, autocracias y formas de actuar en los países de Oriente Medio. Ni uno sólo de los periodistas planteaba una posición crítica responsable. Todos se agrupaban en la autocomplacencia, la ortodoxia temerosa de excitar el religioso celo, la velada mendicidad de fondos, ayudas, protección, soluciones y subvenciones. Quedaba descartada en la expresión verbal la responsabilidad de cada agente terrorista en sus actos, de cada régimen notoriamente fundamentalista y retrógrado en las ayudas a los integrismos. Las líneas de los escritos bordeaban, sin rozarla, la radical incompatibilidad de los usos islámicos con los asomos más elementales de estado de derecho, con la servidumbre oficializada de la mitad femenina de su población. Los países de la Umma eran incapaces de prescindir del precioso recurso al enemigo externo, y habían encontrado en su querencia un aliado tan confuso como entusiasta, encarnado en sectores occidentales nutridos de la seguridad social, los adelantos científicos y las libertades burguesas en dosis suficientes como para permitirse festines de exaltación tercermundista y ejercicios periódicos de guerrilla antisistema. Con escasos cambios de topónimos, nombres y citas y mayor derroche de prosa, los artículos de la prensa árabe reproducían fielmente textos extraordinariamente similares a aquéllos en los que, en España, se había acusado de asesinos, en vez de a los terroristas, a los miembros de un gobierno legítimo. En unos y otros se dibujaba un trasfondo de clientela ávida de ocupar el mayor horizonte posible de espacio mediático, presionar sobre los sectores más vulnerables, recoger ventajas y desentenderse de cualquier asomo de riesgo, implicación de largo alcance y análisis racional.

Es fácil distinguir, en la gran escala de los países musulmanes, los recursos de la secta occidental políticamente a la moda, empleados allí en las cantidades ingentes necesarias para una masa de tal calibre: Anulación del individuo, suplantación de la persona como sujeto histórico por el Miembro de la Umma, reducción reiterativa del lenguaje, dogmatismo incansable y omnipresente reino de la consigna, presión y censura generalizadas de tal manera y a tales niveles que pasan a integrarse en los mecanismos cotidianos y en las estructuras inconscientes. El cui prodest se viste en el Islam de muy exclusivos clubs militares y civiles, de sultanatos, de tiranías domésticas con derecho de vida y muerte sobre el gineceo de la casa, de parodias nacionales fabricadas por la utilidad del momento, mantenidas como mal menor en un espacio feroz, tribal y difuso e hinchadas luego hasta extremos monstruosos con la prepotente arbitrariedad de quien nunca ha tenido que rendir cuentas de sus actos.

En el caso árabe, la maldición del petróleo ha hecho de ellos, en especial de sus regímenes y jerarcas, ricos sin mérito, mimados retoños de súbita abundancia a los que halagan y sirven desde la banca mundial hasta sus correligionarios sin riqueza fósil que emigran, entre proclama y proclama antiimperialista, a la nueva variante de los ríos de leche y miel. Egipto no ignora que el salto demográfico de seis y medio, en 1882 a setenta millones de habitantes en el siglo XXI no es ajeno a la presencia del colonialismo británico y la influencia europea, a los que, lejos de aplicar los improperios de rigor, habría que condecorar con la cruz del mérito vistos los resultados. La identificación panislámica se revela, como el petróleo, un fardo, una pariente a la que hay que sentar por fuerza a la mesa, darle el lugar preferente y escuchar sus bendiciones. Llena en Oriente el espacio que en otros lugares del oeste se ha aderezado, a efectos de clientela, con legados míticos, fronteras utópicas y fantásticas epopeyas. Y se levanta, como una barrera infinitamente más eficaz que los muros físicos, entre esos países y sus posibilidades de responsabilizarse de sus propias condiciones de vida.

 

EL EFECTO ALEPH

En panorama tan amplio como el ancho mundo, no deja de parecer desmesurada, con ribetes megalómanos, la comparación de la situación educativa en un país al oeste de Europa con las corrientes geopolíticas que atraviesan el planeta. Y sin embargo hay un componente aleph, un efecto mariposa, en unos y otros sucesos. Como sabían Borges y los clásicos, en uno se resume todo, la diminuta faceta del invisible y brillante poliedro refleja en el aleph el completo, general e individualizado periplo de la Humanidad, la red de dependencias que hace vibrar, al tocar uno, el conjunto de sus hilos.

Con llamativas virulencia y premura, al partido llegado al poder tres días después de la masacre del 11 de marzo en Madrid le faltó tiempo para descalificar en bloque la muy tímida ley, llamada de Calidad de la Enseñanza, con la que el gobierno saliente había procurado, a última hora y tras ocho años en el mando, enmendar las deficiencias más notorias de la reforma educativa que implantó el anterior. El diario oficioso se apresuró a publicar una sorprendente encuesta en la que, nueve días después de las elecciones, se descubría que las modificaciones a la Ley del 90 eran negativas e insatisfactorias, todas ellas. Desde el mismo instante de su victoria en las urnas y antes de su nombramiento oficial el Gobierno, que anunciaba incansable como motto el advenimiento de consenso y diálogo, tomó decisiones tajantes anunciadas como hechos consumados. Esos anuncios llovieron en mínimo espacio temporal, con el común denominador de borrar, excepto en la rentable política económica, cuanto hubiesen hecho sus predecesores. Si éstos últimos y su presidente, al que se calificó hasta la saciedad de altivo, inflexible y arrogante, hubieran osado obrar de forma tan unilateral, fulminante e inapelable el conjunto de la prensa no hubiese dado abasto para denunciar el talante soberbio y antidemocrático. Con procedimientos mucho más expeditivos, el nuevo líder gozaba sin embargo de una ausencia de críticas y superávit de alabanzas unificados por la finalidad de hacer frente común contra el adversario reducido a los bancos de la oposición, puesto que, en el revuelto río de compraventas parlamentarias, cada cual aspiraba a apoderarse del mayor bocado posible.

La impaciencia por acudir en socorro del vencedor y figurar entre las adhesiones tempranas alcanzó en Enseñanza niveles de exhibicionismo obsceno, y se manifestó con tan orquestada rapidez que era difícil no experimentar, en su contemplación, el aleteo próximo del efecto mariposa, sensaciones afines a las provocadas por el atentado, una sincronía, acuerdo, disposición de medios que surgían, prestos para su uso, de una atroz caja de sorpresas. No había llegado abril cuando ya, por ejemplo, en reuniones de claustro de institutos (convertidos en centros integrados) se anunciaba la vuelta a la ley anterior y se comunicaba basándose como referencia, no en aviso oficial alguno, sino en lo publicado por el diario El País. Como una obra para cuya representación sólo se esperaba la señal, reapareció en pleno el coro logse simultáneamente en la prensa, radio, comunicaciones sindicales y claustros de los centros, mientras se exigía a los dirigentes, del Partido Popular, de la Comunidad de Madrid que se sometieran y suspendiesen las aplicaciones de la aún vigente normativa, todo ello en nombre de las palabras-fetiche diálogo y consenso, antagónicas de la ofensiva real de hechos consumados y demolición forzosa.

Esto se inscribe en el marco de tácticas más amplias dirigidas a capas de población particularmente vulnerables, forma parte de la estrategia de utilización de menores y jóvenes en tomas de la calle y manifestaciones, en una mezcla en la que se unen epígonos del maná antibelicista y la guerra de Irak a los gritos contra exámenes, pruebas de conocimientos, control de estudios y reválidas. Se integra en la dinámica con la que los grupos de presión les incitan a evitar materias de solvencia intelectual y a escoger optativas folklóricas de nulo esfuerzo y pase automático y les condicionan para ver en el supuesto bloque de derechas innecesario rigor, ordenancismo y el elitismo causante de las injusticias sociales.

El diminuto efecto mariposa ordena que esos alumnos, cuya ignorancia a ninguno de los señores de la nueva clase dominante importa, se agrupen con otras víctimas, silenciosos compañeros de cama cuya existencia no sospechan. Contra lo que podría parecer, los jóvenes españoles, sus coetáneos europeos y la considerable masa de adultos adscritos a la cómoda esquizofrenia que permite separar conductas públicas de intereses personales, evidencias de adhesión verbal, consignas de actos, tienen más en común de lo que creen con otras zonas del planeta, con lejanas y variadas dictaduras. La deriva irracional es de regazo ancho. También en los países árabes unas clases tan parásitas como populistas viven, y esperan vivir eternamente, de una Historia inventada e impuesta, de un mito de autoctonía ficticio y de unas batallas y enemigos cultivados y preservados para su exhibición periódica. A ellas corresponde el dudoso honor de haber inventado el reclutamiento de adolescentes suicidas. El conflicto israelo-palestino ni es el origen de la crisis de Oriente Medio ni la clave de su futuro, pero sí ha resultado providencial para su uso, disfrute, exhibición y capitalización por parte de un entramado de caciques y de una dorada cúpula de la desdichada diáspora palestina hecha a la generosa recepción de fondos. No existían en la zona a finales del siglo XIX los estados árabes comenzados a crear por los británicos en las primeras décadas del XX, pero sí existe una eclosión repentina de multimillonarios que, al tiempo que reciben comisiones en dólares, precisan legitimarse y mantener su parroquia cercana, dependiente, fiel y segura. Las místicas religiosas y raciales no pasan de ser cortinas de humo, grandes, pesadas, sangrientas, pero cortinas de humo al fin que disuelven con sorprendente rapidez la evidencia del mejor vivir y el sabor de los primeros bocados a la libertad.

El edén posible-más bien modesto, pero francamente aconsejable-está guardado por clientelas, turbas de arrendadores y expertos en dosificación de la utopía, representantes orientales y occidentales de la tribu frente al Estado, del agravio frente la causalidad responsable, del Enemigo frente al yo y el espejo. De la misma forma que, tras la manifestación antiimperialista, los universitarios se van a hacer el máster a Montana o California, las encuestas de las Naciones Unidas revelan que más de la mitad de los jóvenes árabes de clase media que denuncian la política estadounidense desean emigrar a ese país para desarrollar allí sus estudios y actividad profesional. Sus padres y abuelos vivieron una traición que no figura en las páginas de sus coranes y obras de consulta, la que sacralizó su reclusión como individuos en el aprisco de la Umma, la que permite identificar una plaga fundamentalista que no tiene más de tres décadas como existente desde toda la eternidad. Irán, Malasia, Afganistán, Sudán, e incluso Egipto, Argelia, Turquía y Túnez han experimentado una regresión al fanatismo sombrío al lado de cuyas teocracias los intentos modernizadores autoritarios de shahs y presidentes son islas de progreso. Su violencia, inflamada por la juventud de su demografía, brota de la frustración colectiva y de la impotencia de construir la deseable modernidad, de la mezcla de envidia y complejo respecto a Occidente, mal disfrazada de jihad y devociones, del vasallaje que sobre ellos ejercen dictaduras tradicionales, reyezuelos, califas y patriarcas que, por supuesto, se ceban en los sectores más desprotegidos y que gozan del apoyo y ditirambo de amplísimas esferas de la ciudadanía europea. Los estudiantes occidentales, ayunos de conocimiento histórico pero adoctrinados, en su lugar, en el dogma de que la problemática presente es fruto exclusivo del colonialismo, el imperialismo y la arrogancia USA (una especie de mito de las dos Españas extendido al resto del planeta) ignoran que hoy se han multiplicado los mantos negros, los velos y la aplicación de la sharia en las comunidades musulmanas, y desconocen que el panorama era mucho más esperanzador y liberal hace muy pocas décadas. La determinada y nuclear teocracia iraní ha sido providencial para que cortijos familiares como Marruecos vendan caro su papel de barreras a la expansión de los ayatollahs. Para salvar el orgullo y, en el caso de las élites, eternizarse en el trono, los árabes buscan alternativas en la fabricación de enemigos, y crean poderosos, menos humillantes que los autóctonos, allende fronteras. Los satanes deben estar lejos y ser el otro, son iconos de manifestación, bandera quemada y pancarta, bajo la benevolente mirada del imán, el príncipe y el líder de la tribu, cuya contrapartida no falta en los países calificados como desarrollados. La esquizofrenia es de la misma cepa que en Occidente, pero la falta de libertad de las sociedades árabes, la peculiar violencia que segrega la impureza de la población femenina, genera dos niveles de expresión estancos: por una parte el censurado y autocensurado; por otra el anónimo, que se desliza actualmente en buena parte por las dúctiles vías de Internet. Los guetos en los que se han enquistado, en Europa, no pocos musulmanes reproducen el mismo esquema de complejo, tribalismo, envidia y rabia y han sido durante décadas generosamente amurallados, en nombre del respeto al pluralismo, por el recurso a la facilidad, en las sociedades de acogida. En el punto extremo de una exaltación victimista que puede producir la embriaguez de una droga se encuentra la aniquilación de adversarios al precio, en el terrorismo suicida, del fogonazo de gloria y de la propia destrucción.

La fascinación por los bárbaros, por la acción pura sin trabas de explicación ni pensamiento, es en Occidente, y en particular entre la gente joven, la contrapartida del fundamentalismo oriental. Llena espacios que en otro tiempo ocuparon el fascismo, el viva la muerte y las utopías comunistas. Tiene el atractivo de los videojuegos que irrumpen y se hacen carne en un universo gris y previsible de aburridas sociedades democráticas, especialmente tediosas cuando se las ve como un gigantesco sistema de asistencia social, sin otra dimensión histórica, filosófica ni política que las tajadas que puedan obtenerse por transacciones concretas. Atila, Osama, Hitler no necesitan dar explicaciones; imponen, actúan, invaden, devoran, reparten y matan con la tranquilidad del botín conquistado y  el orgullo y la codicia satisfechos. Proporcionan, por encima de todo, excitación vicaria a unos habitantes del hastío desprovistos del menor trato con la desprestigiada sabiduría y el esfuerzo racional. Los gurús del peyote y del ácido, los mesías antiburgueses de la dorada California, los brujos del sesenta y ocho, las brigadas de la metralleta, el secuestro de aviones y la venganza de clase en forma de acción directa, suben a escena tras un oportuno cambio de camisetas y túnicas y un notable progreso en la estrategia destructiva y publicitaria.

Los muchachos han sido apacentados por enseñanza y padres en la posibilidad de la adolescencia indefinida, la ausencia de precios y compromisos (en los que se incluye la molesta prolongación de la especie), las solidaridades consanguíneas o amistosas y el desdén por el edificio institucional, nacional, legal, político, económico que les permite tal tipo de vida. La idea, el vago proyecto, es la acampada sine die y la subsistencia a base de recolección, caza y pesca en los territorios de la gratuidad. Inútil decir que si, hoy por hoy, países asiáticos con un índice aceptable de laboriosidad, eficacia, formación juvenil y esfuerzo se molestaran en una invasión de Europa que no les apetece lo harían sin apenas mover un dedo. La pirámide se va asentando en capas frágiles y movedizas y cualquier empellón de un grupo humano dotado de conocimientos, claridad de ideas y empuje podrá dar con ella al traste y aprovecharla para materiales de construcción. Los jóvenes, aparcados en aulas de inadecuado corte infantil, halagados por la aparente igualdad de actitudes y de intelectos, instalados en la persistencia vegetativa de la niñez, son periódicamente empujados con facilidad extrema a los ritos tribales contra la autoridad injusta de supuestos poderosos, llevan lustros recibiendo, por diversas vías, la foto-robot del derechista-imperialista malo y del izquierdista-socialista bueno y pegando en el álbum de una historia seleccionada al efecto los rostros que hoy todavía se supone que esconden bajo su careta la eterna imagen de un Enemigo que triunfó en la Guerra Civil, que sojuzgó a todo el país durante una larga dictadura, que fue derrocado y que surge, en reencarnaciones multiformes, a lo largo y ancho del planeta, siempre ávido de conquista, sangre y guerra. Es un mundo de videojuego realmente apetecible, una red de puntos rabiosamente coloreados y de enormes espacios de ignorancia. El manejo de jóvenes está garantizado, cuando de concentrar el sentimiento se trata, con la exhibición de proclamas tan incuestionables como lo serían No al cáncer, Todos felices o Basta de lunes. La guerra de Irak ha proporcionado, como otrora la ya irremediablemente desgastada Guerra Civil española, un providencial banderín de enganche, un soma distribuido unívocamente por los medios de comunicación; tiene todas las ventajas de la confusión y de la lejanía y permite interpretar, a coro y por millones, el papel victorioso de David contra un Goliat que no se cansa de recibir pedradas.

El ideal se traduce, en manos de la gran secta benéfica, en una plétora de asalariados estatales que reproduzcan, de la base al ápice de la pirámide, el catecismo dictado por los grupos de presión, lo identifiquen con sector público y defiendan, a través de él, su propia pervivencia y la superioridad moral del clan. Se trata de infinitos comisarios políticos provistos de servidumbre coral y de altas finalidades. Por ello el ideal se complementa con la doble labor de censura y sustitución del vacío así creado. Ante ellos se abren nuevos ministerios, subsecretarías, entes y despachos dedicados a la tarea ingente de purgar de machismo, racismo, xenofobia, españolismo, clericalismo, cristianismo, centralismo, imperialismo, derechismo y demás taras nada menos que al conjunto de la Cultura y de la Educación. Ante esta mutación del Santo Oficio desde luego palidecen todas las inquisiciones, tribunales puritanos y jueces de Salem. Ni qué decir tiene que, por ejemplo, la censura franquista no era, en comparación, sino un banal divertimento. El programa de este paraíso incluye ríos inagotables de subvenciones y barra libre de presupuestos. Que van a proporcionar nóminas, categoría y audiencia cautiva a la parroquia sumisa y prolífica de la clientela en el poder. Es de esperar que, siguiendo los preclaros ejemplos de las revoluciones culturales maoísta china y la khmer rojo camboyana, la depuración, que ya habrá eliminado, junto con catedrales y estatuas, a Cervantes, Quevedo y Shakespeare, se extienda a las salas del Museo del Prado y al conjunto de artes plásticas, música y arquitectura.

Lejos de utópico, tal porvenir es ya en no pocos aspectos un presente, por la simple razón del acomodo laboral y coyuntural que representa para considerables masas de votantes y por el atractivo irresistible para el líder del evangelio social de la oferta de panaceas que arreglen en veinte sesiones los conflictos económicos, los índices de delincuencia y las inquietantes tensiones en el panorama mundial. Lástima que no se incluyan en el plan bolsas de estudio y trabajos prácticos en el extranjero, con lo ilustrativos que podrían ser el ejercicio del diálogo y el pacifismo en una sesión islámica de lapidación y amputación de miembros, la prédica contra la violencia de género entre los forofos de la ablación de clítoris en el Cuerno de África, las encuestas en la ex-Europa del Este sobre los beneficios de la economía socialista y los talleres para hutus y tutsis sobre la apacible resolución de conflictos.

La incongruencia de las acciones, la levedad del pensamiento más que débil paupérrimo se ven favorecidas por la frágil, fugaz digitalidad de las percepciones. Son éstos tiempos de sujeto indeterminado y memoria rápida, de sucesos que no duran en la mente mucho más que la portada de los periódicos. La dimensión mundial, la multitud de los mensajes, la potencial abundancia inacabable de medios de información son inversamente proporcionales al análisis y persistencia de esta última. La matanza del 11 de marzo goza, por ejemplo, de la impunidad derivada de la atrocidad misma, reforzada por el mecanismo de censura incrustado desde hace treinta años en el inconsciente colectivo de los españoles: Se puede expresar lo que se quiera pero no se puede pensar lo que se quiera. La investigación de la masacre y de su corolario de manipulaciones electorales goza de un blindaje doble, externo en cuanto a la eficacia en el secreto de la trama e interno por la repugnancia ante la simple consideración de implicaciones cercanas en el suceso, recubierto el conjunto por la inasequible entidad de un enemigo, el fundamentalismo terrorista islámico, que escapa a todo raciocinio. Es tan exótico al pensamiento civilizado, se halla tan lejos de causalidad y lógica que no parece poder manejarse con instrumento intelectual alguno. Su mecánica es la brutal e impredecible de las catástrofes naturales, sus autores una plétora de ejecutores sin rango. Pero la imagen puede tener doble filo. No todo pasa. Una de las fotografías más terroríficas de la masacre de Madrid, reproducía el interior de un vagón de tren destripado entre cuyo amasijo de hierros afloraba vertical el rostro de una mujer muerta, abierta la boca y cerrados los ojos. Pasados los meses, que ya se arraciman en años, continúa sintiéndose la impresión de que cuando esos ojos se abran lo que verán no será sólo fundamentalistas islámicos.

Adaptado a los tiempos, el mito de la perdida Edad Dorada, de la derrota final de los villanos y la recuperación de estados utópicos de felicidad y justicia, se exhibe como banderín de enganche. El chantaje de forzosa sumisión so pena de ser asimilado a los enemigos antiguos ha experimentado un revival y entrado en una dinámica vertiginosa. Es fenómeno intensamente regresivo, que reproduce la iconografía de los años sesenta amalgamada de adhesión visceral al antiamericanismo, melancolía contestataria y apoyo a nacionalismos, tribus, guerrilleros y clanes que reemplazan a la recurrente y siempre platónica adhesión de antaño a socialismos, populismos y dictadores convenientemente lejanos. El ritual, último lujo de  los hijos del estado de derecho y de bienestar, consiste en lanzar improperios a cuantos tienen poder, aunque éste sea legítimo y la garantía contra el atropello y la fuerza bruta. La Red de Tribus está de moda, vende, como mito destinado a reinar sobre las disueltas fidelidades del pacto ciudadano que, con sus constituciones y parlamentos, forjó los estados modernos.

La calle se hace a veces ilustración de libro de texto, molde plástico de la intencionalidad en el manejo de iconos. En la boda, el 22 de mayo de 2004, del heredero de la Corona las de Madrid fueron muestra de un hecho insólito: La capital estaba cuidadosamente decorada en tonos neutros sin asociación simbólica al país, matices intermedios, rosas desvaídos y plateados grises que se querían elegantes pero que, empleados para tal fin y en tales dimensiones, pregonaban de maravilla el empeño del regidor de la Villa por no significarse, la norma de descafeinado total, la ambigüedad preceptiva de quien se asegura butaca preferente en todos los teatros a la vez. Con afán tan conmovedor que los leones de la fuente de la Cibeles, la diosa misma y, en la siguiente plaza, el viril Neptuno y sus caballos fueron gratificados con guirnaldas de corolas blancas, amarillas y rosadas que, rodeando sus cuellos, más parecían festejar el Día del Orgullo Gay que el evento nupcial. Las fauces surgían de un marco seráfico, la diosa renunciaba a conducirlos, abrumada ella misma bajo el peso de su tocado entre querubín y botánico, y el cuerpo del dios del Mar lucía de arriba abajo, como guerrero del amor, una pasmina floreada entre cuyo verdor asomaban pétalos cándidos, acaramelados y ruborosos. La capital ya no lo era de nada, el suceso podía ocurrir en cualquier sitio, brillante página decorativa de las muy internacionales revistas del corazón. Las autoridades municipales no juzgaron conveniente engalanar con los colores nacionales, como en cualquier país se hubiera hecho, los edificios, ni repartir a los espectadores las pequeñas banderas que no faltan en tales fiestas ni en las más modestas ciudades del planeta. Nunca se plasmó de forma más patente la peculiar inseguridad española, el rapto de sus signos de identidad y la persistente capitalización, por los partidarios de exprimirlo hasta las últimas gotas, del mito de la Otra Mala España. La retransmisión de la ceremonia, que tenía en sí una dimensión histórica, era la primera de tal rango desde principios del siglo XX y cuyo precedente en Europa, con un heredero de la Corona, se remontaba más de veinte años atrás a la boda del príncipe Carlos de Inglaterra, fue por parte de televisión española-que enviaba la señal al mundo-significativa. El acto quedó cuidadosamente reducido a crónica de elegancia aristocrática y prensa del corazón acompañado de vistas aéreas de Madrid, se le despojó, con una minuciosidad que excluye la improvisación y los errores, de cuanto podía significar valores nacionales, signos históricos identitarios y discursos de relevancia. Llegada la comunión de novios e invitados, la cámara se apresuró a volar y mantenerse en los techos y la orquesta de forma que no se viera participar del sacramento católico ni a una sola persona, en un puro fenómeno de amputación de la realidad. La imagen de Madrid se atuvo a la exhibición de una desvaída y anónima ciudad. No carece de elementos propios para la reflexión el empeño en una semántica de tejados y distancia que, ciertamente, reducía seres e historia a la asepsia de un mapa fortuito y al igualitarismo plano ofrecido por la altura. No había riesgo de hallar un Nazca de símbolos, una voluntaria huella de épocas y civilizaciones; sólo cuadriláteros. El mismo empeño molecular, instantáneo e inconexo presidía tomas hieráticas o de movimiento vertical en las que se hubiera dicho que los cámaras estaban subidos a un columpio. La muy gubernamental televisión española plasmó a la perfección la discontinuidad, la identidad leve y el peso mínimo de un país sin seguridad en sí ni referencias. Más allá de la coyuntura y la anécdota, existía un empeño patético de no significarse como miembro del espectro calificado como nefasto, y que incluye cualquier rasgo de pertenencia y querencia nacional. Los autores de ese abandono de símbolos y territorios son conscientes de que los dejan a merced de agresivos grupos marginales, que les son muy útiles a la hora de capitalizar el victimismo e invocar a la lucha contra la extrema derecha.

Es también inapreciable, por lo ilustrativa, la plástica de la decoración navideña que sufrió Madrid en diciembre de 2004. El empeño del Regidor de la Villa por mostrar su distanciamiento de motivos tradicionales de vulgaridad tan secular como campanas, angelitos, reyes magos, estrellas y villancicos se plasmó en inventos verbales y geométricos cuya asociación navideña es pura coincidencia, pero que quizás merecieran la aprobación del comisariado de anonimato cultural y eclecticismo religioso. Fuera pastores y portales, reminiscencias bíblicas y mensajeros celestes. Era tiempo de cuadrados, triángulos, rombos, sábanas de blancas bombillitas que no ofenden a nadie porque a nadie recuerdan nada. Cúbranse en lugares estratégicos las calles de un muestreo léxico sin mayor coherencia que los experimentos dadaístas y sean eliminados cuantos elementos de venerada antigüedad y cálida imaginería pudieran, por su relación cristiana, ofender la pupila y los gustos de los apóstoles de la alianza de civilizaciones y el laicismo compulsivo. Expulsadas tempranamente hacia Egipto, por primera vez en muchos años, ya no fueron instaladas bajo la Puerta de Alcalá las bellas figuras del gran belén cuyo emplazamiento marcaban rayos láser, y en la Cabalgata los Reyes Magos tuvieron que batirse el cobre para defender su presencia, diluida entre una mayoría de motivos foráneos ajenos al motivo de las fiestas. Hay un patético empeño, entre provinciano y nuevo rico, del responsable decidido a parecer internacional, a erguirse sobre un pedestal fabricado con los más modernos, costosos e innovadores materiales que se llevan por Europa, y a recibir, una vez instalado en él, la nube de aplausos de nominales adversarios políticos que se confiesan rendidos de admiración ante su rumbosa actitud. Nadie le aventaja en audacia vanguardista y espíritu de progreso. Es una apoteosis, con los presupuestos del Ayuntamiento, de la filosofía vital del cuarto de baño con grifos de oro y alicatado de piedras preciosas sin gusto pero hasta el techo. Para que, una vez desplegada la declaración de intenciones de sustituir la Navidad por un rito anual de consenso, el Regidor y los suyos reciban del desdeñoso clan de los adversarios la merced de la aprobación acompañada de una fugaz sonrisa.

El Advenimiento de la Navidad Geométrica es significativo y probablemente marca una era. No ya la de la regresión de la religión cristiana y de los símbolos católicos, sino algo más importante: la eliminación y vaciado de lo que esos signos encerraban, la desaparición de un contenido que tendía, aunque sólo fuese muy transitoriamente, a hacer sentirse a los humanos más humanos, cercanos al prójimo y a los suyos, más solidarios y proclives a dirigir la vista a lejanos pasados en los que por un instante se impuso a la violencia el amor y hacia futuros regidos por algo más que la rapacidad burocratizada de los repartos y el frío disfrute de la ciencia. Aquella utopía habrá sido, como el resto de los seres, perecedera, algo más larga que las gestas, gobiernos y batallas pero insignificante al fin entre los milenios que marcan el devenir de la especie sobre la Tierra. Y su erradicación habrá servido para diluir el hilván, leve pero profundo, que mantenía un concepto de Europa bajo la superficie de las diferencias.

La tercera ilustración lo sería por la plástica de la carencia: Manifestaciones que llenan las calles de individuos, pero que transcurren en la inexistencia mediática, sin apenas signo alguno de instalaciones de televisión o radio que cubran, como es habitual, el trayecto. No se advierte la habitual floración de pancartas, pegatinas y gorritas fabricadas con previsión y en serie, las exclamaciones están muy poco orquestadas y adolecen de falta de ensayo, las protestas se exhiben en rústicas fotocopias que alzan aquí y allá sus portadores. Por arterias principales de la capital fluye, como una película sin sonido, un río de personas que discurre en silencio entre fachadas desde las que las observan algunos curiosos. Presenta un curioso contraste respecto a las manifestaciones anteriores, apoyadas por el bloque de los Buenos, perfectamente preparadas, transmitidas y difundidas, ruidosas y corales, homogéneas en coreografía e infraestructura. Y plasman fielmente el deseo, y la estrategia, de anular la realidad.

Sobre la gran pantalla de plasma en la que parece haberse convertido el mundo, se suceden decorados e imágenes, unas de escasa transcendencia, otras que se dirían sabiamente programadas, tan oportuna y cuidada es la puesta en escena, imágenes que se adueñan de la atención y el espacio, de la retención y la memoria, en las que la última es la primera y principal, siempre. Los muertos del 11 de marzo, los iraquíes torturados por norteamericanos maquillados y sonrientes para la pose tienen la eficacia de las nuevas armas, cambian gobiernos, desvían fondos, hacen desaparecer completamente de la escena y de las conciencias muertes mucho más numerosas, más repetidas, con mucho, más crueles. Y no faltan, en este panorama, defensores de una suiza española salvada como islote de buen vivir e indiferencia, empeñados en elevar ésta última a rasgo definitorio de la naturalmente inexistente conciencia nacional. Es un curioso empeño en un país que aún no ha olvidado los centenares de miles de muertos en una guerra con fuerte componente ideológico, ni los bien documentados siglos de lucha y recuperación contra invasiones africanas, y que pone todo su afán en ignorar que el mundo de libertades, bienestar y derechos del que los vates de la arcadia ecléctica gozan duraría muy poco de derrumbarse las bases que lo defienden y sustentan. El pan y cebolla casan tan poco con la acracia como con el amor.

El escapismo como sistema y la oportuna dosificación de la amnesia son normas de obligado cumplimiento para los interesados en capitalizar los dividendos o para el intelectual prisionero de su propia pose. Existe una generalizada dinámica de destrucción de coordenadas espacio-temporales y erradicación inquisitorial de logros. Las consecuencias van alcanzando niveles trágicos. Ya se trate de la solitaria superpotencia mundial, con una aguda impresión de asedio, ingratitud y aislamiento que la hace más agresiva de lo que debiera y mucho más débil de lo que parece, ya se abunde diariamente en titulares que parecen deleitarse en la descomposición geopolítica sin ofrecer análisis, aportaciones y planificaciones meditadas, lo cierto es que, bajo banderas ilusorias de taumaturgia verbal, gran parte de la opinión coquetea con el cumplimiento del dicho de que los dioses cumplen los deseos de los hombres que quieren perder, y, mucho antes de que la totalidad de la población se haya sumado al alegre club del bienestar gratuito y los compartimentos estancos, ya estará todo perdido.

Se deambula por un espacio cambiante y mudable en el que el individuo que se reivindica tal destaca desagradablemente como insolidario del rebaño que le corresponde. Es el reino de mafias benevolentes y de sectas cuyo papismo supera ampliamente al de Roma. Se acompaña de grandes dosis de victimismo que pueda ser cosechado en su momento por un peronismo new age cortado a la medida de las tribus y circunstancias. Hay tras esto una filosofía peculiar y fragmentaria, de la que quizás no son conscientes sus autores, respecto al espacio y el tiempo, una historiografía en la que la libertad y la persona quedan reducidas a entes de razón social, el Derecho a usos y a fueros, el sujeto político a grey y masa (cuyo coro dirigirá, de forma natural, el aceitado engranaje de la comunicación populista). Es un mundo de inexistente reflexión e imposible albedrío, que oscila entre el rito y el instinto, el miedo y la confianza ilusoria en el bienestar indefinido; es el territorio que tiene como horizonte una sonrisa fija tensada sobre las contradicciones que atraviesan el espacio del planeta. Carece de historia; ésta pasa a ser una discontinua serie de interpretaciones subjetivas, una oferta de actos sin más rango ni criterio que las apetencias de quien mejor se haga oír. Se trata del grado cero de la palabra civilización.

 

 

 

HORIZONTE

Las consideraciones, más o menos etéreas, sobre filosofía y teoría política no deberían hacer perder de vista un tierra a tierra marcado por la necesidad, el aprovechamiento y la urgencia que rigen el mecanismo de explotación de las utopías. El ápice es dinero, a libre disposición, obtenido sin fruto social ni méritos y mantenido con protección legal. Las mafias se extienden como apéndice indispensable, orla, y a veces también parte del cuerpo, de las altas clientelas, y se caracterizan, antes y ahora, por el miedo que inspiran, los recursos que manejan y el silencio que imponen. Su rasgo peculiar en la actualidad es la feliz simbiosis democrática en la que prosperan y esperan fagocitar a su huésped.

El movimiento financiero es inseparable de estos procesos, y se ofrece, por ejemplo, con una claridad meridiana en casos como el vasco, donde se amalgaman el pistolerismo y explosivos de ETA, el “impuesto revolucionario” (léase extorsión, coacción y recurso al asesinato puro y simple), el entramado burocrático, testaferros y servicios, las relaciones con bancos o cajas de ahorros, la capitalización de los fondos obtenidos, el empresariado, la fachada sociopolítica, las exenciones fiscales y las oportunas reformas legislativas. La inversión de los dividendos del producto embolsado según las variadas formas del expolio y el chantaje es similar, en su organigrama, al rentable submundo que se aglutina en torno a otros iconos externos e internos. Pueden variar atrezzo, vestuario y decorado, pero la hoja de pago de la clientela no engaña. La tosquedad del ejemplo del terrorismo puede, en su claridad, resultar equívoca por cuanto vela la percepción de procesos semejantes de menor brutalidad y mayor calado. El recurso a la sangre es perfectamente prescindible, como demuestra, en otros ámbitos y regiones, la existencia de entramados igualmente coactivos. La sumisión y el silencio se obtienen por simple acumulación de poder mediático, inhibición del Gobierno central en la defensa de la igualdad ante la ley e indefensión de los individuos respecto a las clientelas constituidas, hacia cuyas arcas fluye el dinero por vía perfectamente legal.

El atentado del 11 de marzo de 2004 ha dado los frutos idóneos y puede calificarse de éxito. Pasado el tiempo adecuado para que se enfríe el clamor y se cierren, aunque en falso, las heridas, todo apunta al advenimiento de una Era de Clientelas, tanto a nivel nacional como en la zona geopolítica de parte de Europa. Al cabo de pocos años, la bajamar del apaciguamiento descubrirá en España lo que fue un país transformado en una federación cortada según las apetencias de los diversos caciques. El actual maximalismo alfombrará las concesiones futuras, los pactos con la oposición amordazarán y atarán las manos a los de por sí medrosos militantes de ésta, las clientelas liberales se sentarán a la mesa de Rebelión en la granja para reclamar, con cierta premura, lo que aún quede de botín y habrán de aplaudir la corona de paz ceñida por el terrorismo de turno a las sienes del maniquí sonriente que, en el parlamento español, garantice la amnistía y ascenso legal de los expresidiarios. La fila de víctimas abandonará mientras el comedor por la puerta de servicio. Una caricatura de Camelot en cuya Mesa Redonda se va a situar a codazos lo más granado del aldeanismo del privilegio y la aristocracia de los agentes sociales.

Esto se adereza con el nuevo discurso del chantaje, una derivación del guerracivilismo que agita iconos negativos de reemplazo; de ahí la insistencia nominal en la demonización post mortem política del ex presidente Aznar, el exorcismo recurrente de la guerra iraquí y el empeño en sustituir los hechos y personas concretos por colectivos y abstractos. Es tiempo de Pueblos, esencias, Islam, Civilizaciones, de palabras que no significan, fuera del estudio humanístico, en la práctica absolutamente nada pero que sirven de comodines para todo, y, muy en especial, para esconder el continuo ataque a los derechos generales, la igualdad ante la ley y ante el ministerio de Hacienda,  la primacía de los individuos y la libertad. La última moda en iconos es la cromática: la España Negra, remozada para asustar a la opinión con Inquisición, oscurantismo, sotanas e integristas, sustituye en el discurso oficial a la Fascista o Cainita para los mismos fines prácticos de crear, como la copla, La Otra, que a nada tiene derecho (desde luego no a espacios televisivos, ni presencia en radio o prensa). Pero el supuesto sombrío bloque clerical está repleto de legos, de ateos y de agnósticos y se ha formado como reacción ante las aspiraciones autocráticas del clan dominante. Detrás de esas fachadas verbales de antiguos y remozados tópicos siempre hay un cliente, un comisario político y un oportunista que esperan vivir de ellas mientras duren. Se recluye, como de costumbre, a la oposición en el infierno de la derecha reaccionaria, enemiga de la democracia, la paz y el mundo árabe, y se vende como diálogo y entendimiento el apoyo a dictadores tan vistosos como impresentables y la adopción del perfil acomodaticio y mínimo, del pensamiento débil bautizado como tolerancia. Se trata de sustituir los valores de dimensión universal, que han forjado Europa y constituido su fuerza y la médula de su desarrollo por la inhibición y el servilismo como normas, sin más horizonte que el ventajismo coyuntural ni otra estrategia que la distribución a corto plazo, la continuidad del vital suministro de gas y petróleo y la componenda entre satrapías según su envergadura. El vuelco electoral de marzo se dirigía exactamente ahí.

En estructuras así producidas, la simetría entre la cima y la base produce un necesario, y nuevo, Cuerpo Dirigente. Ya no se trata del Presidente como Hombre de Estado, cabeza visible de un equipo que tiene planes, analiza situaciones, defiende proyectos y toma decisiones. Lo que existe es una sociedad voluntariamente anónima que promociona, gestiona e invierte en función de rentabilidades de carácter tribal, sin otra afinidad con lo que se ha tradicionalmente entendido por Gobierno que la aspiración al monopolio legal del mando y de la fuerza. Su afirmación en él dependerá del populismo que sea capaz de verter sobre una sociedad neta y decididamente partidaria de la propiedad privada, el mercado, las clases medias y liberales y el consumo, pero muy vulnerable a los ritos que se presentan periódicamente como sentimental adhesión a la utopía del bienestar igualitario y gratuito y la paz mundial.

La visión internacional, las grandes opciones en política exterior, no son, en este marco, sino una proyección amplificada del muy limitado catecismo de las clientelas. Pero más allá existe un peligroso trasfondo, el que denunciaba en los años cincuenta Camus, el prodigioso complot contra el espíritu y el albedrío por parte de pensadores de izquierdas que tomaban en esta tarea el relevo de la derecha colaboradora con el nazismo. En 2004 nadie, prácticamente, sabe ni dentro ni fuera de las aulas que podrían contabilizarse en unos cincuenta millones las víctimas de Stalin, por no hablar de otros países que se diluyen en exotismo oriental o caribeño, ni asocia el comunismo con ausencia de libertad y de partidos; las referencias a la dictadura franquista evocan un periodo homogéneo de opresión homologable a la de Hitler, la Unión Soviética o Corea del Norte; el conocimiento de Estados Unidos sirve a la manifestación y la caricatura y el término liberalismo se archiva, en el mejor de los casos, con los duelos y el polisón. Es improbable que en la prensa española de gran tirada aparezca un artículo de título tan provocador como El imperialismo ayuda al mundo, publicado en septiembre de 2005 en el Corriere della Sera, donde Robert D. Kaplan enumera misiones de ayuda de las fuerzas especiales estadounidenses en Colombia (lucha contra el narcotráfico), Filipinas (marginación de los extremistas islámicos e iniciativas rurales humanitarias), Nepal (intervenciones logísticas y médicas rápidas en caso de terremotos), Argelia y otros puntos del norte y del oeste de África (adiestramiento de tropas contra grupos fundamentalistas). Tampoco gozará por estos lares de publicación la experiencia de los estudiantes iraquíes que cursan en la Universidad de Bagdad asignaturas como Democracia Básica e Introducción a los Derechos Humanos, dentro de un programa educativo promovido por los norteamericanos para cimentar la futura sociedad civil. Es poco previsible que las ONG y los escudos humanos se presenten en las aulas iraquíes para defender plantas tan frágiles como la libertad académica, la igualdad ante la ley y la tolerancia de creencias y opiniones, que son de fugacidad garantizada si no hay fuerza legal que las defienda contra los grupos que recorren el campus obligando a velarse a las mujeres, asesinando profesores y aterrorizando a potenciales cooperantes extranjeros. La extensa brigada verbal que en Occidente loa las bellezas del diálogo y la mansedumbre se suele guardar con un cuidado exquisito de ir a practicarlos en la kale borroka de Bilbao o en los púlpitos de las apacibles mezquitas de Teherán. Cualquier referencia positiva a Estados Unidos es, por principio, censurable, y censurada; todo lo más puede aparecer de forma casual e irrelevante, ahogada por el caudal de vituperios. La denuncia del principio del Mal externo sirve a la clientela interna de confortable seña de identidad. Y significa ingreso fijo.

Respecto a ese tema, la divina Providencia (la cual, según las sagradas leyes de Murphy, demuestra que existe por la oportuna abundancia de infortunios) exhibe, a modo de epifanía, en las páginas de la prensa ejemplos de alto valor pedagógico. Raramente podrá encontrarse alguno más ilustrativo de la Izquierda como economato y monopolio que el aparecido en el diario El Mundo el 16 de noviembre de 2004 bajo el título-tomado de un cantautor-Más de cien mentiras. Y lo es por su veracidad, debida probablemente en parte a la escasa voluntad de hondura intelectual de la autora, a su instalación perdurable en la sinecura de los Buenos, con el marchamo de superioridad ética que esto supone, y al tufo de clientela satisfecha que transpira y que le permite, incluso, periódicas invocaciones sentimentales a las barricadas en una prosa esmaltada de metáforas. Ahí tenemos a esa parte de la izquierda cultural (que) ocupa, ocupamos, si no todos, muchos de los espacios del discurso público (…).Hemos ido llenándonos de cosas: columnas, secciones, contratos, tribunas, trabajos con productoras, con editoriales, programas en los medios, amigos que no imaginamos, aliados que tampoco imaginamos (…) .¿Por qué cuando tenemos casi todas las columnas, casi todas las tribunas, los libros, la música, no es éste un país en donde se esté debatiendo el núcleo duro de lo social? (sic). La verdad es que es difícil refutar, argumentar siquiera una desvergüenza tan adánica. Ese monopolio confeso, esa maraña de intereses que deja chiquita, en su fortaleza blindada, la voracidad del capitalista más feroz, alza su queja porque habían estado en la trinchera (…) Dueño de un alma en oferta que nunca vendimos (…).La izquierda de los cien motivos pensaba que, más allá de los hermosos gestos en donde no resulta difícil coincidir con la derecha, era posible trabajar sobre el núcleo duro de lo social(…). Olvidó que los derechos humanos, en los que tan sencillo era coincidir con la derecha, fueron y son fruto de una legitimidad revolucionaria (…).Olvidó que había una isla (Cuba) a la que tan falso y tranquilizador resultaba arrumbar llamándola “dictadura de izquierdas”, una isla en donde se luchaba precisamente porque los derechos humanos fueran en verdad derechos y no privilegios. Además de la continua invocación al enemigo, tan metafísico como útil, materializado en la derecha, el resto de la argumentación se apoya en invocaciones tribales, por una parte perfectamente ajenas a la vida real y a los proyectos y beneficios de esta secta de comisarios de la cultura, por otra causantes de la eliminación o de la desdicha de innumerables personas en países en los que, desgraciadamente, sí se han puesto en práctica esas experiencias desde un poder llamado socialista, comunista, anticapitalista e incluso libertario y encarnado oportunamente en un partido con todos los rasgos que la autora añora ver imprimidos en el núcleo duro de lo social.

El artículo es impagable por lo amoral, por la completa ausencia de percepción de un lobby dictatorial sin embargo tan explícito, por el supino y benévolo desdén hacia el mundo extramuros, una miopía que ni siquiera alcanzan a excusar los tímidos, y anémicos, intentos de aportar argumentos o datos. La expansión sentimental se justifica por sí misma, como melancólica, y estética, llamada para añadir a los muy materiales bienes de que la secta disfruta la excitante guinda del mayor valer en la eterna lucha opresores/oprimidos. Lo que en otros sería simple desfachatez y exhibición de oportunismo es aquí candidez genuina, en el peor de los sentidos posibles, en el de ceguera voluntaria, sincera y perfectamente autista que tapiza el rentable y tibio reducto de la tribu. Las víctimas-es un axioma-no hay ni que verlas. Por eso la autora no sólo las ignora olímpicamente (¿qué tal, entre Cuba y Venezuela, un circuito por Corea del Norte y su hambruna sólo paliada por la ayuda alimenticia de Estados Unidos?) en los países que sí instalaron en la práctica los sistemas que ella añora en el núcleo duro, sino que también le son ajenos desposeídos que le pillan mucho más cerca, los palestinos castizos, de Burgos, Chamberí o Cuenca, paisanos suyos a los que ha robado sus legítimas oportunidades y ha dejado sin tierra su clan. Porque tal vez, en el dolido y fugaz sobresalto ético que le provoca la hartura, no haya reparado en el pequeño detalle de que su feudo mediático se alza desde hace décadas sobre la pila de excluidos, aquéllos que, con iguales o mayores méritos que los dorados nuevos ricos, han sido sistemáticamente privados de esos contratos, columnas, sueldos, espacios, pantallas, subvenciones, publicaciones de sus libros, estrenos de sus obras y demás bienes culturales cuya abundancia a ella la abruma. ¿Se le ha pasado por la imaginación que hay gente, que, por propia iniciativa, sin invitación ni estipendio alguno y simplemente para ver y escribirlo, ha dado la vuelta a Cuba pagando con dinero local, alojándose en donde la iban acogiendo, que en España, por supuesto, nunca pudo publicar el libro en que narraba sus experiencias, que se horrorizó de hasta qué punto puede ser empobrecido un país, esquilmado por un partido que en alguna parte habrá depositado el botín, por un régimen que no ha debido su subsistencia sino a la interesada ayuda soviética, gente que ha leído en los textos escolares cubanos de historia cómo Fidel Castro exhortaba en el sesenta y dos a la URSS, durante la crisis de los misiles, a que entrase en guerra nuclear con Estados Unidos? ¿No le llama la atención que tan pocas-y tan fugaces-películas hayan tomado en treinta años como sujeto a las víctimas del terrorismo vasco y que haya habido que esperar a documentales recientes, en algunos casos de imposible visualización dado su efímero paso por las pantallas? ¿No encontrará curioso que, por el contrario, los productos-con harta frecuencia incomibles-de los coros y danzas de tópico y consigna sean objeto de publicidad innumerable, ni le extrañará que ni una de las novecientas víctimas de la banda vasca tenga cantor que alegrarle la muerte? ¿Saben los representantes de nómina de la revolución futura y el progreso por qué no se han visto prácticamente denuncias en los medios de comunicación sobre el desastre educativo de la reforma socialista española de 1990, que ha arrasado la enseñanza? ¿Les han llegado noticias de que en los institutos no se ha oído ni palabra en público contra ello por puro miedo al-ése sí-núcleo duro de las mafias sindical y política logse y que los rarísimos en abierta disidencia no pudieron publicar apenas artículo alguno y que lo han pagado muy caro en acoso, imposición de pésimas condiciones laborales y ostracismo? ¿Se le ha ocurrido alguna vez a la autora de Más de cien…que al derecho de pernada literario y artístico que tan inocentemente expone corresponde desde hace décadas en España una censura que, en purga y sectarismo, deja tamañita a los rústicos tachones de la tosca derecha? ¿Puede concebir la repugnancia hacia el club de El fin justifica los medios por simple instinto de honestidad personal, vergüenza ajena y apego a la terca verdad de los hechos?.

En cambio, con la valentía propia de alancear moro muerto, se ataca el fantasma de las sotanas y la represión cristiana con la seguridad de la ausencia de riesgos y el aplauso fácil, pero todo miramiento multicultural y subvención son pocos para alabar chilabas y engrasar imanes que enseñarán el desprecio hacia la mujer y la persecución del laicismo, que actuarán como inquisidores, confidentes y vasallos del rey, el ayatollah y el jeque que los sostienen y que mantendrán bajo espionaje y servidumbre a los inmigrados. La valiente prensa se guardará, como hasta ahora, muy bien de criticar a los que tienen  por el mango la sartén del cuchillo y del petróleo. ¿Cuántas solidaridades explícitas ha habido con el amenazado Salman Rushdie, el asesinado Theo Van Gogh o con Oriana Fallaci, también amenazada de muerte pero a la que incluso el muy liberal Economist (21 de julio de 2005) se complace en tratar de racista llena de odio por los árabes?.Nadie se burla mejor de estos tópicos con los que se pretende encasillarla que la misma Oriana. Exentos de temor y de autocensura, sus escritos sirven para que otros se resguarden de potenciales violencias y atentados afirmando ante la galería que, a diferencia de esa racista visceral e impresentable, ellos están llenos de respeto por el mundo islámico.

La beatificación occidental del guerrillero palestino ha dejado per saecula a las muy reales víctimas de este conflicto prisioneras del tópico. Masacradas por sus hermanos árabes en muy mayor proporción que por los israelíes, esquilmadas de las inmensas cantidades de dinero que sobre sus organismos militares y políticos vierten unos reinos petroleros y un Occidente que compra así su buena conciencia, despreciados soberanamente por los ortodoxos judíos y por los gentiles de In God we trust, los refugiados son la vaca lechera de los donativos que en buena parte reposan en las cuentas en Suiza de las familias de los líderes. Son también carne de cañón excelente para el antiamericanismo primario, la negación de Israel y la exhibición de la kefia. Pero se habla muy escasamente de que esos palestinos se han distinguido por su profesionalidad, tolerancia y laicismo, quizás por el ingenio propio de los pueblos de diáspora, e importa muy poco que resulten más interesantes para la clientela que vive de ellos como eternos mártires y proveedores de muchachos con bombas que como vulgares ciudadanos. Una vez más, el conocimiento podría destruir el icono y, por ende, a sus sacerdotes. Sin necesidad de desplazarse a Oriente Medio, aquí también disponen la autora de Más de cien mentiras, el vate, el guitarrista, la orquesta y los incondicionales del público de una Palestina cultural pobladísima. La forman pequeños y heroicos editores reducidos al samizdat, periodistas y escritores que no hallan hueco en las columnas, cineastas y dramaturgos sin derecho a estreno, autores a los que, desde luego, no publicarán sus novelas y ensayos o éstos pasarán inadvertidos faltos del mínimo soporte publicitario, gentes esquilmadas en sus actividades y en sus vidas a las que no acompañarán cantautores ni mecheros encendidos, ni disfrutarán de apariciones televisivas, tertulias, conferencias, invitaciones ni simples empleos. Les han quitado el trabajo, la juventud y las ilusiones, pero, parafraseando a Muñoz Seca, no les podrán quitar el miedo que a la familia (en el sentido siciliano e hispánico del término) de la divina gauche tienen. No puede menos de felicitarse a los escritores, dramaturgos, poetas, ensayistas y columnistas de la trinchera a los que cita el artículo de El Mundo, dueños, como ahí se indica, de un alma que nunca vendimos. Respecto al cuerpo, les va francamente bien. Por aquí abajo, lo del alma ni se plantea: van de rebajas, los demonios ya no son lo que eran y Fausto está en paro. Pero, al menos, en el reino de la disidencia no hay recitar las mantras de rigor, callar la evidencia y alabar los discursos de cinco horas de Fidel Castro.

La bondadosa aureola es un capote de distracción coyuntural bordado con toda la imaginería de la marginación. La estrategia de las clientelas tras él ocultas se distingue del idealismo genuino en quién paga la factura, que, en estos casos es cargada a cuenta de terceros (extracción de los contribuyentes, presupuestos, disposiciones del dinero público) que no han dado su consentimiento para ello y a los que el Gobierno obliga, para sus propios fines propagandísticos y electorales, a hacerse cargo de ella. Las acciones propias del individuo comprometido y solidario son una apuesta arriesgada y noble, una donación generosa de energía, recursos y tiempo. Las clientelas incorporan a su decorado entidades de diversos tipos que, como algunas ONG, ejercen actividades encomiables pero se ven implicadas en la utilización política. Es curioso, por ejemplo, observar que una de ellas[3], que realiza una gran labor de asistencia médica en las zonas más desfavorecidas del planeta, incluyese en sus publicaciones de forma reiterada denuncias que sobrepasaban claramente la abominación de la guerra para convertirse, en 2003, en transparentes diatribas contra el entonces Gobierno español Éstas se hicieron más virulentas con la cercanía de las elecciones generales y la ofensiva mediática aferrada al ariete de la intervención en Irak. Tras el vuelco electoral del 11 de marzo, los textos pasaron a identificar explícitamente su discurso y finalidades benéficas con los del gobierno socialista (partido al que pertenece la fundadora de la entidad). En su resumen económico de 2004 esta organización no gubernamental informó de que la concesión de financiación pública había experimentado ese año en su caso un aumento del 76,2 por ciento (y la Tesorería un 73) respecto a 2003 debido principalmente a los mayores importes concedidos por la Administración estatal, con más de siete millones de euros (sic, Resumen de Memoria de 2004). La cifra es por sí sola significativa. Es fácil imaginar, ante estos datos y la anterior lectura de las cuñas sociopolíticas, los sentimientos de particulares a los que no ha guiado en sus donativos sino el deseo de colaborar en una buena obra. Son igualmente imaginables las reacciones de otras organizaciones benéficas que valoran la independencia y la ética, trabajan con lo que la libre colaboración de individuos solidarios les aporta y son conscientes del flaco servicio que a quien vale de por sí le acaban haciendo las larguezas de quien maneja el poder.

Es posible que el horizonte, al menos el inmediato, adquiera la poco halagüeña conformación de una tela de araña, una retícula de fragmentaciones que, por una parte, ofrezca en sus diminutos espacios generosas raciones de pan y autonomía pero contra cuyas fronteras, como en los universos virtuales de Mátrix, se choque a la menor aspiración a justicia, libertad real y merecidas remuneraciones, que no partes del botín. El aspersor del Estado de Propaganda se aplica a regar este tejido con promesas de indefinido bienestar y remendarlo con donativos que actúan de  parachoques y garantía de impunidad y persistencia para la nueva, y opulenta, clase dominante. Este microcosmos tiene como reverso la proyección periódica de grandes iconos, sesiones de cine de verano ideológico que duran lo que la movilización electoral y la embriaguez.

Las utopías en sí mismas han pasado a reducirse al icono, de manera semejante a la asimilación del mensaje con el medio transmisor. El logotipo cargado de energía movilizadora y dotado de atractivo plástico ha usurpado el espacio del referente, el contenido del signo. Con la generosa ayuda de la ignorancia generalizada de conocimientos y de la impropiedad lingüística. De ahí la facilidad y ligereza en el empleo de términos de cuyo real sentido histórico o conceptual se  ha perdido conciencia; o ésta no se ha tenido, gracias al desastre de la educación, jamás. En su acepción más al uso, la palabra utopía es una vaga aspiración a la extensión del bienestar, le ha ocurrido algo semejante a filosofía cuando se habla de Nuestra filosofía en la venta de platos congelados… El icono es manejable, mudable, perfectamente apto para el consumo de la juventud; funciona con el binomio impacto visual más efecto emotivo, la estética sustituye a la ética no sólo desplazando a ésta sino ocupando todo su lugar. Quedan sin embargo, para individuos inquietos y para el común de la gente cuando llega el momento de la reflexión, un hueco insustituible, una carencia necesaria afín a la angustia, ante las afirmaciones del fin de la Historia. La utopía también habría finalizado. Lo que suele perderse de vista es que su fin se debe a la labor de carroñeros que han ocupado con fines especulativos su territorio.

Hay orfandad de iconos, amenaza de camisetas blancas en las que no se sabe qué ponerse porque los motivos impresos en las actuales proceden en buena parte de tiempos pretéritos y reproducen rostros y signos ya desprestigiados por los hechos, aunque la plástica conserve su garra. La estrella roja, el Ché, la svástica se pasean sin gran convencimiento o han sido definitivamente reemplazadas por la moda heavy y la necrofilia versión agresiva. Camisetas, insignias y viejas guerras no bastan a personas, sobre todo jóvenes, que no se resignan a la extinción de los ideales y que acarrean como un peso las exigencias de unas inteligencia y generosidad faltas de cauces. Para ellos vale la pena, todavía, rescatar del secuestro en el que clientelas y secta los mantienen a Antonio Machado y a Miguel Hernández, para que aprendan a identificar a los que aquí y ahora van apestando la tierra. La utopía siempre ha tenido sus seguidores. Afortunadamente, porque sin ella es posible que nada hubiera levantado el vuelo, en la condición humana, más allá de la gris subsistencia. El monstruo que la acompaña le es quizás tan inseparable como la línea sutil que delimita la genialidad y la locura. La idea, por la que vale la pena morir, por la que vale la pena luchar y soñar, es al tiempo, por su misma naturaleza, inexistente y necesaria, como el horizonte, la matemática, la música, la justicia, la belleza, el ser de las cosas. Existe luego la utilización de la utopía, y los ropajes que ésta presta a quienes la colocan en sus arsenales y capitalizan en sus haberes, existe el envoltorio que procura a voluminosos paquetes de cadáveres, al pálido igualitarismo de la envidia, a las formas, diversas y tan semejantes, de la mediocridad.

La cronología de paraísos utópicos paseados bajo palio por la parroquia occidental tiene, en el siglo XX y este comienzo del XXI, claras etapas, vividas todas ellas con fases de deslumbramiento, devoción, persecución de disidencia y desencanto pronto reemplazado por el amor siguiente. Las cimas más perceptibles de estos, siempre platónicos y lejanos, edenes revolucionarios han sido, sucesivamente, la URSS, la China de Mao, el Irán de Jomeini desde la revolución de 1979 (seguida éste muy de cerca por el estallido del Líbano en 1982) y, por fin, el Islam de Osama Ben Laden, en el que se llega, con el terrorismo omnipresente y difuso, a la mayor cercanía de una abstracción ideal basada, desde el comienzo, en la negación de los valores y civilización occidentales. En Osama no hay país, argumentos, economía ni estado; es el perfecto icono, despojado de las adherencias de la realidad excepto en demostraciones de simple fuerza. Y tiene mucho dinero, que compra esa apetecible tecnología del mundo moderno (una cosa es el suicidio y otra vivir con modestos medios los años de la vida). La religión del no, de la destrucción y de la queja necesita, a la vez, de avances científicos y de ignorancia, de enemigos virtuales y de inagotables reservas de víctimas a las que hay que vengar. El fedayin y el guerrillero resultan positivos, no por sus finalidades, hechos y proyectos, sino como iconos de lucha, acción en estado puro como la que sedujo a las Vanguardias a principios del siglo XX. La vasta fábrica de victimismo ha funcionado durante décadas a pleno rendimiento dentro de Europa, entre los hijos de las poblaciones inmigradas, gracias a los favores, complicidades e impunidades de los países de asentamiento, que no han tenido la menor pretensión de enseñar y de defender las bases de su prosperidad material y moral. La periferia de las grandes ciudades alberga desde los años setenta, en Berlín, París o Londres, un tercer mundo adolescente al que asisten todos los derechos y al que dedica sus alabanzas lo más granado de la intelectualidad. Ésta, y el político que presume de solidario y calcula los votos futuribles, califican de manera invariable a esas bandas de muchachos forzados a cometer actos violentos por imperativo social. En esas revoluciones de fin de semana pueden militar gozosos, de manera vicaria, los cruzados contra el Occidente (y Estados Unidos) fuente de todos los males, sumisos y reverentes ante esos jóvenes rebeldes especializados en la destrucción de mobiliario urbano y otras muestras de decadencia y propiedad privada. La insultante sugerencia de que estos luchadores contra el sistema tienen en él todas las posibilidades de estudiar y de después buscarse un trabajo según su esfuerzo y merecimientos, y ello en medida infinitamente superior a sus padres y incomparablemente mejor a las opciones en sus países de origen, resulta de abominable cariz conservador.

Un nuevo síndrome sobrepasa ampliamente en funcionalidad y afiliados al de Estocolmo: El de David. Cada vez más la defensa utópica de los grandes ideales libertarios vertidos en moldes de parroquias voraces, se resuelve precisamente en lo opuesto: formas de servidumbre, irracionalismo y regresión. Se da por sentada la admiración hacia el más débil y la necesidad de la conciencia vigilante, que, automáticamente, es de izquierdas por simple ubicación espacial respecto al régimen de control de poderes existente. Se trata del síndrome de David, la transposición, desde el plano puramente moral, de las bienaventuranzas a un territorio que desde luego sí es de este mundo y pretende sacar durante su estancia terrenal ventajas desmesuradas de la exhibición, elevada a mérito prioritario, de la inferioridad comparativa. Goliat es cualquiera de más talla, sea mayoría de votantes, individuo aventajado o país próspero; eso le constituye en enemigo contra el que toda lucha es admirable y debe ser aplaudida por una sociedad que se considerará a sí misma vil si, además, no provee las armas y mantiene con el adecuado lujo y respeto a la nueva y prolífica casa de David. La muletilla, utilizada con profusión en estos casos, es la palabra poderosos, que se complace en mezclar cierta religión laica de la marginalidad y la carencia con una estrategia, bastante organizada, de su manejo como instrumento de extorsión. Naturalmente, de tal proceso quedan fuera la solidaridad, anhelo de justicia, la caridad y la honestidad genuinas; se ignora, del mismo modo, la atención concreta a necesidades precisas excepto si éstas gozan del beneficio del escándalo callejero. Sólo hay en estas bienaventuranzas unos dioses: los inmediatamente rentables, y, por muchas utopías que se invoquen, de lo que se trata es de que David no crezca y de poder acusar y derribar indefinidamente a Goliat.

Es, en realidad, esta afirmación por la negación de valores una faceta más de la característica huida de la racionalidad que ha marcado el pasado siglo y busca continuarse en el actual. Los años sesenta y setenta vieron el rápido florecer de generaciones en el mejor de los casos ávidas de cambios y experimentación de nuevas formas de vida cotidiana. En el peor, y más perdurable y extenso, caracterizadas por el entusiasta apoyo a la irracionalidad y la marginación por el simple hecho de serlo. Fueron, por ejemplo, los tiempos de enseñanzas del ilustre brujo don Juan, cuyos libros se constituyeron en biblia de hippies, días de exaltación de espíritus, tribus, vibraciones y poderes. Por supuesto, hasta el más fervoroso de los iniciados buscaba la ciencia tradicional cuando le dolían las muelas o su hijo se rompía el brazo, incorporaba a su paisaje electrodomésticos y acababa circulando en todo terreno por los campos adyacentes a su casa rural. El ecologismo recogió en su verde regazo los flecos de las sectas. Ahora se trataba de abominar de la energía nuclear, las autopistas o el cambio de cultivos con la misma energía con la que en otra época se produjeron manifestaciones contra la energía a vapor, el ferrocarril, el automóvil y la vacunación de los niños. Un examen más atento, y prolongado, de la situación revelaba límites claros a la negación del principio de realidad. Los hijos eran finalmente vacunados y sus padres, lejos de criarlos en comunas selváticas, los educaban en la creencia de su derecho a recibir gratuitamente de por vida alimentación y cobijo, como no podía ser menos en un mundo compuesto de víctimas y poderosos. El régimen de clientela es hereditario, y así la prole ha sido desde la infancia adoctrinada para rechazar la explotación (que incluye cualquier trabajo en cualquier entidad o empresa), lo que la aboca a vagos estudios indefinidos y pervivencia agarrada a las ubres del paro y las formas de asistencia social aunque se trate de mozos en la plenitud de la vida y con dos manos capaces de ganársela. Las jaculatorias de corte reivindicativo e idílico sustituyeron, con ventaja, al antiguo catecismo, los partidos hallaron en aldeanismos de corte romántico una mitología adaptable a las ambiciones de la oligarquía local. De estas carreras fulminantes hacia la irracionalidad ninguna quizás tan pedagógica e ilustrativa como, extramuros, la mal disimulada admiración por el terrorista que hace saltar autobuses junto con su humano contenido (¡Cómo estará el pobre para tener que hacer eso! exclama el izquierdista de pro). Es una actualización del guerrillero de póster y camiseta. Su versión doméstica intramuros sería el etarra al que su recurso cotidiano al asesinato hace paradigma y breviario de otros que no han pasado la frontera de la sangre,  que coquetean parcialmente con ella y sus actores con la timidez admirativa de quien aporta su grano de arena al David que desafía a Goliat con la honda.

Magias, etnias, conjuros, regresión y usos ancestrales, viscosidad de las prácticas de los don Juan de Castaneda, de sus poderes, vibraciones y pócimas; chamanes, imanes, animales sagrados, plantas, fluidos, Naturaleza, grey, fe, tradiciones, veneración, exaltaciones, asentimiento, dualidad, adhesión, grito e imagen. Y enemigos, necesidad imperiosa de enemigos, y de lejano Edén guardado por un ángel que extiende cheques en blanco a los que son sus herederos y defensores por derecho. La época se caracteriza por la irregularidad de su tejido, por la coexistencia de oscurantismos, primitivismos y barbaries que no logran apagar del todo la percepción antigua de generales valores, de los universales que fueron alumbrados por siglos de esfuerzo, la sed de orden pacífico arrancado al Caos. Hay mucho de vuelta a las Edades Oscuras en la negativa a afrontar los hechos y su precio, en el retroceso a la tribu. Como en el paso de la Edad Media a la Moderna, el Estado central y pasablemente lejano y la Ley común para todos representan el espacio propio del ser humano que repugna las imposiciones, ritos, cargas y servidumbres del pueblo vasallo y que apela al monarca contra la opresión del aristócrata del vecino castillo. Finalmente, y más allá de la calidad o abundancia del pienso recibido, se trata de albedrío y de horizonte, del espacio intelectual propio del ser empeñado en la defensa de su razón contra la asfixia de preceptos culturales, relatividad obligada, determinismos étnicos y utopías convertidas en soma, euforizante, excusa y mordaza. Es el tiempo de sectas, que amagan rediles férreos y bucólicos, que la emprenden a golpes o a silencios contra el individuo solo y reflexivo, contra el sentido del humor, la memoria, la observación, la independencia y el trabajoso cambio, contra la clara luz del pensamiento, contra la risa y la conciencia irremediable de la tristeza. En vez del reino de la libertad, el de la servidumbre.

El secuestro de la Razón en nombre de la Buena Intención produce, en el mejor de los casos, anulaciones parciales del sentido crítico, amputaciones de la percepción de la realidad concretadas en el ejercicio intermitente de la censura, reducción a mínimos del juicio y opciones personales sustituidos por la inmersión en una vaga moralidad colectiva que diluye hasta la inexistencia responsabilidades y riesgos y proporciona un generalizado sentimiento de seguridad, protección y aceptación social. En el peor de los casos, cuando se dispone de extensas cotas de poder, el proceso lleva a la transformación en enemigos y la eliminación por millones, física o social, del adversario. La identificación de lo que hay con lo que debería haber conforma una cárcel virtual entre cuyas rejas se mantienen actualidad y pasado, enseñanza y comunicaciones, ciencia y cultura. Significa desconocer los resultados de estadísticas, las vivencias de los sucesos cotidianos, las páginas de la historia y las fundadas previsiones, los testimonios directos y el vocabulario preciso.

La utilización de la acronía es en tal proceso esencial porque permite invertir la causa-efecto. En 2005 son muchos los que en Europa (España a la cabeza) están firmemente convencidos de que la guerra de Irak precedió al 11 de septiembre de 2001, y no pasará mucho tiempo sin que se afirme que las Cruzadas motivaron como justa respuesta la invasión árabe el 711. El manejo de la historia digital, fragmentada como las piezas de un puzzle cuyos elementos se escogen, alinean y exhiben según las necesidades movilizadotas del momento, es en esta dinámica de gran importancia y se lleva a cabo regularmente en las grandes fuentes de formación de opiniones: Prensa, radio, televisión y libros de estudio. El ejercicio, en fin, de la experiencia, la observación y la razón debe, según esto, ser ignorado para ajustar el pensamiento y sus expresiones externas al puñado de preceptos imprescindibles. Así, hay que defender la coexistencia fraternal de las Tres Culturas de cuya amigable vecindad hicieron en la península ibérica alarde cristianos, moros y judíos. Obviamente esto choca de plano con los siglos de lucha, las crónicas y la palabra misma de Reconquista, pero se ajusta a la profesión de fe requerida. Cuando de pueblos, comunidades, religiones y etnias se hable, habrá que emplear epítetos exclusivamente positivos, en forma alguna sus contrarios; los sujetos podrán ser “hospitalarios”, “alegres” y “leales”, jamás violentos, fanáticos, perezosos y hostiles. De las tribus hispanas, la dedicada al pillaje como forma de vida no era agresiva, sino que tal rasgo denotaba simple adaptación al medio ambiente, otra norteña no permaneció anclada en el primitivismo ni se caracterizó por la brutalidad en sus ritos y hábitos, sino que fue descrita inadecuadamente por un historiador al que cegaban los prejuicios de su civilización grecorromana. A la sociología se le permite comentar el respeto hacia los ancianos entre los maoríes o la notable aptitud matemática de los hindúes, que les ha convertido en objeto de gran demanda en el mundo desarrollado, pero le está prohibida la publicación de estadísticas sobre el índice de criminalidad, la discriminación femenina y el rendimiento escolar y universitario de los distintos grupos. El temor a incurrir en delito de racismo, machismo, fascismo, imperialismo o colonialismo configura un enrejado de tabúes externos y favorece la proliferación de actitudes de gran indigencia ética y mental. Es el sustrato que, en el mundo desarrollado, nutre a las nuevas sectas y nuevos ricos y que distribuye entre los que comparten de manera vicaria sus ventajas grandes porciones de relativismo acomodaticio y de confortable sentimiento de seguridad. El terror al pecado de blasfemia política y al ostracismo mediático, la interiorización de la censura, la generalización de códigos binarios simples en expresiones y actitudes, el automatismo de la normativa de prejuicios imperante repugna al pensamiento y al impulso individual del ejercicio del albedrío. Continua y diariamente hay que asentir a clichés que superponen a la nitidez de los datos la interpretación correcta y el juicio de valor aceptable. Con la doble consecuencia de anquilosar las capacidades reales, intelectuales y éticas, del individuo y proyectar un universo ficticio en donde la democracia se vacía de sentido y cuyos habitantes serán incapaces, llegado el caso del inevitable enfrentamiento con el principio de realidad, de defender materialmente los principios y valores en los que se basa el sistema de derechos en el que viven y la civilización y progreso de los que disfrutan.

En el orden temporal, los primeros perjudicados son precisamente los elementos más inermes y vulnerables, también los más valientes, reflexivos, e independientes de entre esos grupos cuya defensa cultural se pretende. Sumergidos en el animalizado sujeto histórico de la cofradía, el clan y la etnia, traicionados por los países que fundaron sus propias sociedades en la libertad, la igualdad de oportunidades y la universalidad de los derechos humanos, estos individuos han visto en Londres cómo desfilaban en una manifestación permitida por el gobierno británico miles de musulmanes que pedían a gritos el asesinato de un escritor condenado por un ayatollah y que jaleaban a los que se ganaran el paraíso cortando su cabeza; han seguido en Francia el intento, ejemplificado con la muy tardía prohibición del velo, de restablecer las garantías de la Constitución, y llevan décadas siendo testigos de la cómoda ceguera occidental ante prácticas de discriminación vergonzosas cometidas en la más perfecta impunidad en nombre de la tolerancia por gentes que no conocen el ejercicio de tal término. Los que esperaban de Europa, además de pan y trabajo, un mejor sistema de vida han presenciado el muelle acomodo de los países de acogida a ritos y costumbres que, en las comunidades emigradas, niegan de plano la igualdad que la ley garantiza, y esto en nombre del respeto a religión y tradiciones que han servido de hoja de parra al interés económico y la falta de valor de políticos, jueces, teóricos y defensores de la identidad originaria, las raíces telúricas y los felices mosaicos pluriculturales, Siempre hicieron el gasto los más débiles, mujeres obligadas a la sumisión y a los golpes del sistema patriarcal, niños forjados en los hornos donde se cuece el fanatismo, jóvenes reticentes a la tradición impuesta, individuos en fin que pretendían serlo y emprender la ruta que su albedrío les marcara. Cuando se maneja, según el catecismo en vigor, el discurso de los usos y costumbres simétricos y respetables se está ejerciendo, de hecho, un racismo oportunista de nuevo cuño, que salvaguarda la violencia, el oscurantismo y la barbarie en reductos barnizados de indiferencia mientras tales rasgos no interfieran en los intereses esenciales de los que intercambian abalorios con el salvaje incapaz de cambio ni progreso.

La Ley es el refugio contra la grey, y se observa una rebelión contra ese horizonte vecinal y opresivo. El relativismo que empapa el discurso de la pasarela ideológica vende el feudalismo acogedor de las ventajas, y de la sumisión, con trasfondo de un planeta ocupado por sistemas homogéneos y seres bondadosos que sólo esperan para suspender su programa atómico, entregar la pistola o renunciar a lapidar mujeres al diálogo comprensivo y la seguridad del respeto a la diferencia.

Sade y Masoch no pueden vivir el uno sin el otro. La utopía sórdida, de oportunismo acomodaticio, manipulación mediática, réditos cercanos y proclamas vaporosas, vive en extraño maridaje, con una utopía sádica cristalizada en el fundamentalismo islamista, que, en tres décadas de silencio cómplice de los medios occidentales, ha ido alumbrando por una parte clientelas más exigentes respecto al producto del maná petrolífero; por otra, acompañadas por millones de figurantes, dictaduras teológicas que son un paradigma del oscurantismo y la servidumbre. El culto a la muerte es una de las señas de identidad totalitarias y ejerce sobre el público occidental la fascinación del terror puro, de la cruda existencia de una ávida barbarie que se hubiese querido reducida a espacios lejanos en la geografía o en el tiempo. Los borbotones de sangre indiscriminada tienen el don, desde las pantallas, de sacudir estómagos estragados en la habitual competición por enviar al espectador los excitantes más intensos. Fritz Lang hizo en el cine expresar al doctor Mabuse el ideal, incluido modo de empleo, del terrorismo que alcanza su apogeo por el terror en sí, la quiebra de la razón ante el crimen arbitrario y sin objeto, la disolución de los parámetros del mundo conocido ante la bancarrota de los servicios que aseguran el bienestar y la seguridad cotidianos, el estupor aleatorio de las muertes y atentados. Era, en plena eclosión del nazismo, la Alemania de 1932. Sigue manifestándose hoy. El perfil del Superhombre se define de nuevo, en sus atributos, en Alien, el 8º pasajero, cuando la cabeza del androide, a punto de ser destruido, justifica su admiración por el monstruo extraterrestre, que ha acabado con la tripulación de la nave, porque es una criatura de perfecta pureza, un superviviente sin conciencia, remordimientos ni sentido moral. Es el perfecto terrorista, logrado en cuanto especie y prescindible en sus miembros. En etapas actuales, mucho más rústicas, se impone la nueva y económica arma letal del suicida, tan imprevisible, utilitaria y rentable como la transformación en misiles de los aviones de pasajeros. Toda una antítesis de los valores de tradición occidental sobre el individuo, la felicidad y la vida, cuya humanidad coloca a quien los adopta en inicial y flagrante desventaja. Con ella contaron regímenes de tanta pureza fascista como el japonés de la Segunda Guerra Mundial, al que le parecía increíble que los soldados norteamericanos y británicos igualaran en devoción y resistencia a los de un emperador que, cuando la guerra estaba manifiestamente perdida, había anunciado preferir cien millones de muertos con honor a la rendición, pero que finalmente hubo de declarar, en 1945, (bajo presión norteamericana) a sus contritos súbditos que en realidad él no era Hijo del Cielo. Es dudoso que la educación histórica de los jóvenes europeos incluya, entre las descripciones pormenorizadas de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, algunas líneas sobre el terror extendido en el Pacífico por el imperialismo japonés, cuyo componente racista ideológico nada tuvo que envidiar a la mitología aria. El ¡Viva la muerte! luce hoy los atributos de un suicidio aplazado, de una dulce rendición que permita alargar indefinidamente la tregua de la grata existencia.

Por eso todas las armas se dirigen contra la guerra, aunque sea justa y el único recurso ante la agresión, la aniquilación o el sometimiento. No se apunta contra la Muerte, contra el suicidio, la autodestrucción programada, los crímenes impunes, la paz silenciosa de los cementerios. Se apunta contra cuanto pueda implicar esfuerzo, actuación, toma de postura. Y se trillan severamente los hechos hasta dejar únicamente a la luz pública las más negras ramas de los grandes árboles.

El icono iraquí se perfilará  todavía largo tiempo en el horizonte, pero tiene más facetas de las que se cree. Posee un valor añadido que no interesa a los que se sirven de sus desgracias como veta de dividendos electorales porque se presta a incómodas reflexiones sobre el momento presente y mucho más sobre el futuro. También ofrece curiosas coincidencias: Justo a raíz de la matanza de Madrid, la ofensiva en Irak contra las tropas norteamericanas, y el número de bajas, evolucionó, en espacio de semanas, con la fulgurante rapidez de una operación largamente planificada. La curva estadística mostró una subida en flecha de veinte a ciento veinte muertos y de doscientos a mil doscientos heridos entre los soldados estadounidenses, y esa variación ocurría en marzo de 2004, donde alcanzó su clímax para luego descender algo.[4] Hace tiempo que las casualidades han pasado a ser norma.

La torpeza de Washington con una estrategia sin sutileza ni previsión, la grandilocuencia de un lenguaje oficial apocalíptico y la agresividad defensiva ante la incertidumbre y la soledad postbélica han favorecido el aprovechamiento de la caricatura estadounidense, en especial por parte de las clientelas del todo a cien en términos geopolíticos. Éstas ofrecen sustituir rápidamente el petróleo, dar un rodeo en los sitios peligrosos y aportar espiritualidad cuando de fondos, riesgos y presencia se trata. La charanga antiimperialista no deja oír otros análisis ni consideraciones. Por ejemplo: que se impone la implantación de una nación populosa, con aspiraciones a la modernidad y al laicismo en el centro mismo de una región neurálgica en la que las ambiciones de sus plutocracias y la interesada fanatización totalitaria de amplios sectores han desencadenado una dinámica incompatible con las libertades y logros civilizados. El oro fácil y los palacios babilónicos por docenas no bastan indefinidamente a los dictadores. Esa etapa deja paso al deseo de lujos de superior calado: la extensión del poder, la humillación de los vecinos y los iguales, la constatación deleitosa del temblor de los grandes de este mundo. En este sentido el caso Sadam era insostenible, independientemente de su armamento real, por el efecto dominó de su megalomanía, alianzas y aspiraciones. Si de simple rapiña petrolífera se hubiese tratado, era por demás evidente que resultan mucho más baratas y cómodas las alianzas con los tiranos locales respecto a la comercialización de los recursos que la puesta en marcha de una aparatosa guerra de ruinoso coste en dinero, prestigio y vidas.

Naturalmente el efecto dominó del contagio del terror como metodología es llamativo y constatable en modas como la de los secuestros aéreos o la imitación de los asesinos en serie. La fabricación y uso sistemático de hombres-bomba es fruto de la época, puesto que para matar a contingentes apreciables es necesaria la tecnología, que permite superar el atentado artesanal de bajo rendimiento. Pero bombas y suicidas no pasan de ser la espuma trágica de un mar de fondo. Hay en su utilización una estrategia, y el económico armamento kamikaze sirve a la perfección a otra clientela sin méritos: la de los ricos del petróleo que, a diferencia de los países que han salido adelante por su esfuerzo, no han puesto en pie sino dictaduras, no se han modernizado sino en los fines de semana en el Occidente pecador ni han aportado al Guinness otra cosa que el número de limusinas y yates. Ahora los millonarios de tercera generación, estragados de caviar, champaña y chicas top model, quieren pagarse el lujo de más poder, el juego a la coronación imperial y al temor de los envidiados infieles, sin molestas intervenciones democráticas y con el benevolente apoyo de sus socios comerciales europeos. La aspiración al nuevo botín de los creyentes, tras el gratuito rearme fruto de los yacimientos, ha entrado en su natural etapa expansiva, y para legalizarla existe el armazón irracional que tan buenos resultados ha dado con la doctrina de la paridad multicultural, puesto que sitúa sus actos más allá del bien y del mal, a cómoda distancia de cualquier intervención que modifique la carencia de derechos y libertades en sus países y que pudiere dar lugar a una indeseable clarificación en sus mercados y actividades contables, la cual revelaría una cartera de clientes occidentales que coincide con los más ardientes defensores de las no intervenciones.

El botín de la coacción con ropajes ideológicos no repara en fronteras y corre por las venas de los oleoductos conformando un paisaje político perteneciente al puro reino de la fuerza y la carencia de trabas morales, se perfila en terrenos tan próximos como invisibles para la amable ceguera rousseauniana de multitudes que ignoran el valor del sistema de vida del que gozan y prefieren creer en la fraternidad edénica del lobo y el cordero, y está sembrando la embriaguez de la fuga ante el peligro insoslayable e incitando al planeo libre sobre problemas de extraordinaria envergadura que se pretende soslayar con el simple espejismo del tópico y de la relativización distante. A las agradables perspectivas de un indefinido disfrute de los bienes y servicios mediante, llegado el caso, un intercambio de buenas palabras con quienes practican la violencia en estado puro se apuntan en Europa gobernantes y gobernados, con tanto mayor facilidad cuanto que se han sembrado juventudes enteras con la sal del desconocimiento. Éstas ignoran, por supuesto, la geografía e historia más elementales del mundo árabe, la frágil formación de sus estados, y, sobre todo, el dato clave de la relativamente reciente aparición del fundamentalismo islámico, de su estrecha relación con el abandono, por parte de Occidente, de capas amplísimas de población de esos países que pretendían incorporarse al mundo moderno, laico y civilizado al ritmo esforzado de la formación de sus clases medias, de la extensión del comercio, de sus movimientos cívicos y de sus intelectuales. Nada han aprendido en esta orilla del Mediterráneo acerca de la venta de esas gentes a los más oscuros regímenes clericales y los déspotas más impresentables a cambio de octanos, contratos, fuerza de trabajo y ausencia de problemas. Por supuesto, los estudiantes de Europa, y mayormente de España, no tienen la menor idea sobre países como el Yemen, que nada deben al petróleo y mucho a su esfuerzo, y en las colecciones de cromos aleatorios en las que se han convertido las páginas de historia de los libros de texto no figura el tratamiento paralelo del que han sido objeto los disidentes comunistas en Europa y los laicos progresistas que se alzaron en el mundo árabe contra la ubicua y asfixiante presencia del Islam en cada recoveco de la sociedad civil. Mientras, el terrorismo proporciona subsistencia vital a la constelación de dictaduras musulmanas feudales que, desde Marruecos a Arabia Saudita, venden al exterior su papel de moderados y de muros de contención de una barbarie islámica que es su alter ego providencial.

Occidente, por su parte, no da para dictadores porque los monstruos ya no son lo que eran, aunque el progresismo de nómina está haciendo grandes esfuerzos para propiciar la resurrección de grupos de extrema derecha y de izquierda extremísima. El Enemigo es por lo pronto legión ratonil cuyo programa se resume, en la práctica, a engullir graneros fruto del esfuerzo ajeno, o es el club de fans del Osama purificador que colme, en su destructora y vindicativa Parusía, las expectativas, entre masoquistas y amantes de las sensaciones fuertes, de una tribu que literalmente babea ante el robusto vengador islámico y se apresura a rendirle honores. En este sentido, España se invistió desde marzo del 2004 con la dudosa distinción de abanderado de claudicaciones y rendiciones  preventivas; el Gobierno se ha desvivido por adelantarse a las peticiones del terrorismo con una constante exhibición de pirotecnia filoárabe en la que al patetismo sólo le supera el ridículo. Las clientelas del botín inmediato y el pacto con quien se tercie esperan de hecho, con impaciencia mal o nada disimulada y extrañeza por el retraso, los estallidos y los montones de cuerpos norteamericanos o ingleses. El fundamentalismo islámico-el cual no está ni mucho menos formado en su núcleo rector por suicidas ni por parias de la Tierra- sabe que el caso español ha sido, sin lugar a dudas, su mayor victoria estratégica, hasta el punto de favorecer la disgregación, y quizás desaparición de ese lugar como país y de dar el pistoletazo de salida para la aplicación de un mapa en el que la libertad, la razón y los estados de derecho no tendrán cabida.

El archipiélago Orwell es prolífico: el nuevo tratamiento de la Historia dará libros escolares aún más fragmentarios y diluidos, en los que los miles de víctimas de Mahattan se unirán a la matanza de Madrid en atroz pero lógica represalia de los pobres que levantan contra el Imperialismo, Occidente y el Mal su voz largo tiempo oprimida; las minorías y grupos sin gran afición al desarrollo por sus propios méritos desplegarán, en las lecciones de Ciencias Sociales y de Ámbito, de Lengua y de Literatura, de Arte y de Geografía, inacabables memoriales de agravios y chantajes permanentes, variantes polimorfas e inagotables del impuesto revolucionario, mientras la razón, el saber, la civilización duramente adquirida y la larga cosecha de milenios desaparecen devorados por burocracias prolíficas que eliminan cuanto no sirve para su engorde. Las sectas pactarán gustosas con sus bárbaros, les ofrecerán vasallaje, derechos y leyes a medida, cantidades ingentes de multiculturalismo por pantalla, página, aula y metro cuadrado, les rendirán la pleitesía del dinero y de la blanda aquiescencia a todas las concesiones, les harán entrega, como a los nazis los colaboradores de antaño, de los hombres y mujeres libres, tanto de Occidente como de gentes del Tercer Mundo que soñaron con sociedades civilizadas e iguales en derechos, los cubrirán de lisonjas y tributos que serán presentados a la mohína grey de contribuyentes como compensaciones debidas, les ofrecerán sobre todo la fascinada, medrosa admiración del cobarde hacia el primitivismo y la fuerza expeditiva del tosco adversario.

Siglo XXI, precedido de la mitología de los milenios, enmarcado, como una puerta, por las Torres Gemelas de Nueva York y el avión como un cuchillo; un edén florecido con nuevas plantas de metralla y fuego que tachonan, al albur, un paisaje que se creía conocido o previsible y que adquiere, de forma repentina, la topografía angustiosa del volcanismo inesperado. Con la perspectiva del primer lustro, puede aventurarse la apariencia de la Bestia apocalíptica: Será discreta, equidistante de la sonrisa inocua y del colectivo retrato de blandos gestores intercambiables. No vendrán los anticristos ni rameras babilónicas que, junto con el pecado de Eva, abren y cierran el profundo machismo bíblico. Será cosa de dulces corderos, de tranquilos defensores de la indefensión y de la nada, de varones beatíficos y matronas satisfechas del advenimiento de la igualdad aritmética. Porque hay algo infinitamente inquietante en la propagación, fuera de contexto, de la imagen del león junto a la oveja, en la utilización mundana del lenguaje evangélico, en la usurpación electoral de la colina de las Bienaventuranzas. Las albas túnicas, la representación del péplum esmaltado de impecable religiosidad laica, la exhibición de indefensas bondades, de parusías al alcance de la mano y planes urbanísticos de Jerusalén Celeste resultan tanto más inquietantes cuanto que, inevitablemente, el envés de la blanca toga es forzosamente el rudo (pero sincero) mundo material de intereses encontrados, de quién paga qué, de honestidad o ausencia de escrúpulos, de violencia o sometimiento a la ley, de conciencia clara, percibida y transmitida del precio en riesgos y en trabajo de cuanto se goza, de la monstruosidad, y nobleza, apatía o esfuerzo, bajeza o altura de miras que de cada individuo cabe esperarse. La flamante guía para el siglo XXI es un texto más para usos escolares que se distribuye, con regularidad parlamentaria a una población ciudadana que ha votado la solución indolora de sus problemas, el refugio en el tono menor, el perfil desvaído que sea ignorado por los violentos de la Tierra. Una lección más de prácticas incompatibles en coexistencia fraterna, costumbres que gozan de franquicia para desmenuzar al débil siempre y cuando lo hagan en relativo silencio, dictaduras minoritarias, censuras tan impregnadas y asumidas que ya no precisan de censores, tramoyas esponjosas, bienpensantes, que hasta el último minuto no dejan ver los infiernos implacables de la fuerza, el hierro, la sumisión. En el palimpsesto puede leerse con facilidad la larga serie de argumentos que vienen en apoyo del crudo hecho de apropiarse de los bienes ajenos. Es una lista, repartida para su aprendizaje, de nombres gregarios y educación en valores (que no en leyes) y en ciudadanía, de individuos invalidados por la existencia de pueblo, multitud, masa, etnia, autonomía, los cuales son los únicos sujetos en una historia vaga, desprovista de significado, simple añadido, sucesivo y momentáneo, de fragmentos ocasionales que los intereses y corrientes del momento crean y retiran luego de escena como si jamás hubiesen existido.

La inquietud se torna en alarma cuando el discurso vaga por espacios éticos de imposible cuestionamiento y se habla de paz, amor, justicia y atención a los humildes mientras, junto a Jekyll, se sienta, en dualidad permanente, Hyde, cuando el agitador propagandista y el dueño de las palabras y las pantallas son la inseparable sombra y la sustancia del presidente electo. El último reducto de unas trincheras de desazón y rutinaria fatiga está en ese recodo de la conciencia donde, pese a todo, late con percepción oscura la certeza del engaño, está en el alejamiento, con repugnancia instintiva, del cultivado encanto de las sectas y en la simple certidumbre de que el tierra a tierra está hecho de durezas y firmezas, de oposición y claros pactos. En el reino de este mundo tras la sonrisa beatífica, la suavidad de la lana y la pureza de miradas que se quieren nuevas existen, siempre, individuos entregados a los dientes del territorio inmisericorde de las realidades. El peligroso Ángel de la Humildad forma dúo inseparable con el de la Soberbia, y, en un medio no de arte, literatura o filosofía, sino de actos y de intereses enfrentados, la llamada a la Gran Paz se adscribe en la más vidriosa de las estrategias. La figura angélica y la tenebrosa son un tándem necesario, necesidades del guión, como ocurriera otrora en España, en los ochenta, cuando fue preciso construir a la imagen y semejanza de las aspiraciones de cambio, juventud y modernidad de un país que salía del franquismo un líder que representara a los dioses (socialismo, obrerismo) a los que no se quería servir pero que era hermoso invocar. Dorian Gray, que arrastró en otros tiempos, fundidas, la simpática juventud del ideal y las fangosas huestes de clientes, se materializó veinte años más tarde en un desdoblamiento distinto, codo a codo el retrato impecable y la degradación profunda del original.

Es hora de los señores de la pequeña guerra, de los nuevos ricos y de los nuevos brujos que, a diferencia de los antiguos, nada invierten sino la codicia y que pastorean una grey ansiosa de vivir como viven aquéllos de los que a grandes voces abomina. Su utopía es la imposición de una retícula de recaudadores e inquisidores que les aseguren la gratuidad ilimitada del buen pasar y la sumisión al totalitarismo light plasmado en leyes por gobiernos amorfos y populistas en nombre de la defensa de las minorías, la discriminación positiva y la relatividad de los principios. Sobre esta utopía de subsuelo, y en paralelismo no por antagónico menos consecuente, se extiende un fanatismo musulmán de amplio espectro y largo alcance que proporciona a su nueva parroquia europea la indispensable droga del enfrentamiento (virtual) respecto a Estados Unidos y la civilización occidental. Se trata, en cierto modo, de una antiutopía, caracterizada por la perfecta ausencia de libertad, a la que los adeptos del exotismo árabe a distancia se guardarían muy bien-como ya ocurrió con el comunismo-de enviar a sus hijas pero que ofrece el atractivo contestatario del desafío a los poderosos y la aureola de lo irracional.

Es tiempo generalizado de horror vacui, y con él de corrientes oscuras que aspiran a ocupar las cavidades dejadas por el poderoso mar de las creencias, a instalarse en el lugar de esfuerzos, hazañas, religiones, fidelidades, ideales, transcendencias, metas. El vacío lo es tanto más cuanto que, en buena ley, nada permite creer en finalidades que avalen una ética. En un universo donde todo ser vivo se nutre de otro y con frecuencia muere para garantizar la supervivencia del grupo y de los genes, la pretensión humana de superioridad existencial basada en la moral y la conciencia reflexiva resulta, si se despoja de compromiso personal, fe y metafísica, empeño vano. Bondad y justicia, mandamientos y leyes no serían sino una simple maniobra de preservación de la especie, para la que, llegada a un punto de desarrollo en el que se valora más el cerebro y su banco de datos que la fuerza física, es rentable conservar a los viejos y a los débiles. La pasión inútil de la compasión dejaría, al evaporarse, al descubierto una fría y desguarnecida fortaleza en la cual se apresuran a instalarse los vendedores del botín rápido y el pensamiento corto. Los brujos, que siempre han vivido de abominar de penicilina y vacunas y denigrar universalidades y razonamientos para explotar así a sus anchas el baratillo de pócimas y sortilegios, proliferan y prosperan, en ideas como en política, en fueros como en doblones que llegan a su bolsa. Se trata de un todo barato, e incluso por nada, de gobiernos compuestos de sociedades anónimas de demagogos a los que su misma insignificancia procura las simpatías de un público adiestrado para rehuir cualquier forma de rigor, carácter, riesgo y excelencia.

España es particularmente vulnerable. Ha hecho falta que se llegue a la zona oscura de la democracia, que se alcancen en el reparto, el soborno y el trueque insospechadas cotas de indignidad, para que comiencen a parpadear en el inconsciente colectivo las lucecitas rojas de las alarmas y se advierta la tan eludida desnudez del emperador. Y el tiempo de chantaje pasa a ser tiempo de peligro. Sin embargo el horizonte podría ser otro, alzarse entre los rotos iconos, con parecidas extensión y fuerza a las que impulsaron en los años setenta el cambio, una voluntad firme y generalizada de renovación y mejor futuro, en movimiento semejante a la gran ola de fondo a la que, mucho más que a los que luego la han reivindicado y capitalizado, se debió la transición democrática. Por encima de la medrosa oposición y del permanente secuestro del lenguaje. Un rechazo definitivo a la impostura y al hastío. Paralelo al reconocimiento, en éstas y en otras latitudes, de páginas de historia oscurecidas y de inquietudes silenciadas.

Sobre todas las víctimas se extiende el hermoso cuerpo desnudo de la utopía, abominable en su uso, en la sordidez de sus mercaderes y de sus simulacros, y sin embargo tan necesario. Yace como debe, a una distancia preceptiva, bastante para que sea imposible tocarlo, pero suficiente para distinguir el color de sus ojos. Se cerrarán todas las puertas si éstos definitivamente se cierran, quedará un parcelado universo de descubrimientos mecánicos y hazañas reducidas a las sesiones de pasión virtual. No restarán de los gigantes sino los ogros, el temeroso recuerdo de pasados monstruos, pero desparecerán con la utopía la generosidad gratuita y exaltada, el inalcanzable listón de mejores horizontes, la admirable locura del Quijote, el salto sobre el riesgo y en el vacío que impulsó a los individuos y a la especie a una grandeza cuya existencia ellos mismos ignoraban.

 

 

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ÍNDICE

 

 

Introducción

 

Cui prodest?

 

¡Bienvenido, Mr. Mao!

 

Acuerdo en la granja

 

La cárcel verbal

 

11 de Marzo

 

El efecto Aleph

 

Horizonte

 

[1] Mercedes Ruiz Paz: La secta pedagógica.

[2] La autora expuso en parte cui prodest? en Papeles Salmantinos de Educación-Universidad Pontificia de Salamanca.

[3] La autora no considera conveniente decir el nombre de la entidad, cuyas actividades benefician a numerosas personas necesitadas, pero responde de la exactitud de los datos sobre esta ONG española.

[4] The Economist. 11 a 17 de Septiembre de 2004.

04/20/19

EL ARCHIPIÉLAGO ORWELL

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EL ARCHIPIÉLAGO ORWELL

 

 

 

MERCEDES ROSÚA

 

 

   

RECUERDO DE CHINA

 

 

Una persona joven, pero que abandona lentamente el territorio de la adolescencia, repite las frases que para ella han escrito los responsables de la escuela de lenguas donde estudia. Sin asomo de duda, sin que la menor perplejidad aflore hasta sus ojos, enuncia:

No importa que las palabras de los conductores sean ininteligibles para nosotros, porque comprendemos su sentido.

Y en él, que no lo ve, se encarna y muestra uno de los más puros ejemplos de un universo tan vasto como carente de cartografía, los caminos opuesto a la libertad que configuran el pensamiento y el sistema totalitarios. Nada sabe-y todavía nada sé-de George Orwell, de la unión de contrarios y la violación impasible de la lógica, de la disolución del razonamiento y de la sumisión última por la cual la Tierra no se mueve y dos más dos sumarán la cantidad que los dirigentes quieran. El estudiante repite su texto, cuya pronunciación deberá mejorar en las clases con la profesora occidental.

Estamos en otro mundo. No es de recibo extrapolar la China de los setenta a la Europa de los ochenta, a la España del clarear del siglo XXI; tiempo inmemorial separa aquel planeta de este otro, que late sin fronteras ni horarios en un portulano de mensajes cruzados, pantallas y vacío. Y sin embargo las frases de imposible entierro, los gestos, temores, poder y servidumbres encienden las alarmas, mantienen su apremio y su vigencia, sobrenadan a las capas de piel ajada y desaparecida, al cambio de los seres y de los años. Habría que recluirlos en el desván donde el anciano militar cuenta incansablemente su batalla, en el derruido territorio que almacena los andamios de las tres cuartas partes de una vida; sería prudente alejarles de la triste tribu de excombatientes del 68; deberían despacharse sin más para que dejen sitio y aire a la voraz construcción de un presente apremiado por su volátil caducidad. Es imposible. Mundo de Orwell, archipiélago de Orwell, quien te probó lo sabe, tu contacto, tu aspecto frente a frente, y, no menos estremecedor, el extenso muro de caras mudas que te salvaguardaron y velaron, que ofrecieron en ti una superficie propia para el trazado de las quimeras y los sueños, los turbios cálculos personales y las mudables formas del rencor. Hubo un largo tiempo de muros, y cada rostro silencioso fue un solidario bloque de las altas paredes encaladas. Aventados sistemas y fronteras, no por ello desaparecieron de la existencia. Sus remolinos giran, poseen grandes y estables feudos, se enredan en las zonas de sombra descuidadas por la precaria lucidez de cada día, medran en reductos desprotegidos a los que su poca rentabilidad concede escasa atención.

Estábamos en otro mundo-y entonces la conciencia se arrellana en los confortables límites de un puesto seguro, sonríe displicente ante las obsesiones caducas y se compadece de un bagaje vital tan pobre que sólo le cabe agitar espantos del pasado- , las cosas ya no son, nunca podrán ser así, la televisión lo muestra todos los días, como ofrecería imágenes-todo llegará- del pasado remoto en el que los cruzados medían lanzas o que primates diminutos disimulaban su existencia tras las hojas. De aquel 1973-74 llega una presencia que no es única, cuya característica reside, justamente, en la reiteración infinita, a través de personas similares, de una muy reducida gama de consignas, de media docena de tópicos desligados de las nociones de objetividad y de verdad, con los que se pretende representar el vasto universo e incluso las dimensiones históricas de pasado, presente y futuro. Estudiantes y profesores chinos de lengua española memorizan, redactan, repiten. El conocimiento discurre por esos canales y queda absorbido como pintura fresca por una mente adiestrada en su propia anulación. La profesora extranjera observa. Todavía ella misma carece de instrumentos de juicio, de una terminología que abarque la inmensidad del fenómeno que presencia. Pero observa, y esa observación -bienaventuradamente exenta de escrúpulos pluriculturales- va alimentándose en el fondo del aislamiento y la distancia con el calor de la indignación.

Nada puede salir de China y muy poco entrar en ella. Los manuales modestísimos, de fabricación propia, de que se valen en los centros de enseñanza, son, como cualquier escrito no oficial, material secreto cuya divulgación entraría en el espionaje. La última catástrofe, la Gran Revolución Cultural Proletaria, comienza tímidamente a remitir. Hay un hábito de cataclismo, de inundación como las de los grandes ríos, cuya avalancha arrastra y anega para retirarse luego a tomar fuerzas. Ocurrió anteriormente con las Cien Flores, y con el Gran Salto Adelante. ¿Pueden imaginarse apelativos más conformes a la distorsión completa de la realidad que éstos, que se refieren a la destrucción cultural absoluta, la purga generalizada de intelectuales y el hundimiento de la economía respectivamente?.

El material de enseñanza es secreto, pero será sacado del país y, pobre compensación para los sinsabores de la espía, empleado en su tesis doctoral sobre el lenguaje totalitario. Curiosamente, en aquel fajo de textos elaborados y utilizados por los profesores chinos de español para sus clases el tiempo ha tenido extraños efectos: Cubiertos de polvo y encanecidos, sin embargo han revelado su persistencia de espejos, se han empecinado en pervivir, fragmentados entre los comportamientos y las formas de las regiones libres, han conservado la voz de una increíble y vasta historia que se diría haber sido gritada en frecuencias inaudibles para el resto de la familia humana, una historia de gran silencio e incomparable servidumbre repetida luego en escenarios menores y preservada hasta hoy, y hasta todos los mañanas, en las formas variables de la sumisión.

Vamos de una revolución a otra. La Gran Cultural erradicó cualquier cultura excepto consignas que caben en un puñado de libros. Lo hizo, especialmente en 1966-69 de una forma física, pero sobre todo desplegó una inmensa capacidad de sometimiento, hizo permeables hasta los últimos estratos de la conciencia y los configuró con su marchamo. En este 73-74 la prensa occidental habla alegremente de la segunda Revolución Cultural y la china se limita a afirmar que el gran experimento continúa; se ha enviado durante años a estudiantes, oficinistas, intelectuales, profesores, a trabajar en el campo y ahora se continúa su reciclaje. Incluso, con todas las prevenciones profilácticas que la pureza ideológica requiere, se comienza a contratar extranjeros en número particularmente insignificante respecto a la vastedad del país. El otoño va a transcurrir para la nueva profesora de español en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Xian[1], la antigua capital, mil kilómetros hacia el interior; el invierno en un centro de Pekín para funcionarios con destinos en el extranjero, y, antes de la primavera, un nuevo cambio la envía al Instituto de Lenguas Extranjeras Número 2, de la capital, donde terminará el curso no sin visitar, en días libres, otras ciudades.

La pureza totalitaria de esta época es tal que la sitúa más allá de descubrimientos y reflexiones. Tiene la perfección de la porcelana, el brillo y la textura lisa y homogénea de un rostro horneado a la escala inconcebible de los planetas. Cualquier fragmento de su masa igual refleja la composición del resto y todos giran en un lento caleidoscopio que repite las formas de patrones perfectos. Cualquier sector es representativo, cualquiera es válido, el régimen de vida de los alumnos, el de los docentes, el material de enseñanza, la metodología didáctica, los textos, sus temas, estructuración y vocabulario. La unicidad seduce, el monoteísmo quizás embriaga, y es probable que se olvide que hubo, no hace tanto tiempo, otras cosas, otras lecturas, arte, otros caminos hacia la alegría de vivir. En Occidente circulan tan sólo pequeñas copias de la pulida superficie que recubre, opaca e inmaculada, gran parte del mapa de Asia. Hay, en los crisoles de Europa y América, los mismos ingredientes y piezas, pero dispersas en la multiplicidad de opciones. Las visitas, visitas oficiales, a la República Popular China navegan como las figuras pegadas sobre el espejo de un costurero. De vuelta al Oeste, difunden el reflejo que de sí mismos y de un armonioso recinto alcanzaron a ver. En alguna parte, al final de los mapas, como en los antiguos trazados medievales, existe un lugar en el que se ha fundado, esta vez sí, un sistema extraordinario. Nadie parece traspasar la frontera de porcelana, horadar su superficie ya consolidada por dos décadas de un régimen instaurado sub specie aeternitatis.

Es una sensación útil. La unicidad vende. Ella proporcionará, tanto hacia el este como al oeste, formas de vida, de impensable exquisitez por cuanto más raras, a los que manejan la aplicación de las normas, los enriquecerá con justificaciones de una simpleza inapelable, y borrará tenazmente los rasgos que constituyen la individualidad.

El tiempo ha agrietado la porcelana. Como era obvio, pero omitido, bajo ella se aprietan capas de diverso material, masa de gentes dispar y granulosa que busca acomodo bajo la mudable superficie. Formas de actuar, de ser, gestos de una evasiva o de una mano, alguien que toma posesión, desplaza y ríe, silencio, órdenes, la indeseada compañía que borra y arrincona al yo solitario, simplicidad y seguridad de lo repetido y hecho, ausencia de pasado y un presente tan breve y tan mudable como la imagen que de él se proporciona. Con los mismos materiales, pero de tamaño diverso, no han cesado jamás de fabricarse, en puntos dispersos, sin aparente relación, las mismas maquetas, los mismos destinatarios de perjuicios y beneficios. Se salta a otro siglo, se llega a otro milenio con la vaga certidumbre de que los grandes, trágicos fenómenos apenas existieron o, más bien, pertenecen a la categoría imprevisible de las catástrofes naturales. Nunca habitó tanto el olvido como en las dimensiones apenas abarcables, en los grandes números a los que quedan reducidas las diferencias de los individuos.

Todo es abstracto, explicable, es casi Historia. Pero llega un estudiante repitiendo una frase, entra en la memoria y ya no sale nunca de ella.

 

Imperio y periferia

Si los estudiantes de español del instituto de Xian se hubieran encontrado viviendo veintitrés siglos antes quizás, salvando las diferencias de paisaje urbano y vestuario, no se hubiesen sentido demasiado desplazados. Como durante la Revolución Cultural, un gran emperador, Shih Huang-ti, de la dinastía Chin (de donde procede China, con la -a del sánscrito, que significa tierra), se impuso a principados y ducados, controló impuestos, unificó leyes, pesos y medidas. También el pensamiento, y, para asegurarse su monopolio, hizo quemar todos los libros, excepto la biblioteca imperial, y ordenó enterrar vivos a los letrados tras amputarles pies y manos. Mao Tse-tung lanzó una campaña de glorificación de este dictador eficaz, que hizo construir la Gran Muralla, sometió a vasallaje a países limítrofes y quiso alzar, metafórica y físicamente, una impronta de gigante en terreno raso. Mao vio en él desde su juventud un alter ego histórico al que emuló y superó en el coste humano de los millones de habitantes con los que construyó y destruyó durante sus experimentos de ingeniería social.

No lejos de Xian la tierra se eleva en suaves colinas cuya regularidad homogénea delata lo artificial de su origen. Pero en 1973 son un secreto, un misterio oficial de iniciados cuyas primicias el visitante sin categoría sólo puede degustar en la breve visita a la tumba de una princesa menor. Estudiantes y agricultores, pequeños, grandes y diminutos miembros del universal sistema de funcionarios, obran como si sólo el reducido número de monumentos listados oficialmente existiera, a ninguno escapa la evidencia del ondulado horizonte, de los ocasionales comentarios sobre un objeto que aflora inadvertidamente a la luz, una entrada subterránea hallada mientras se cultivaban los campos y, según las órdenes, vuelta a cegar. No es momento de que existan. Pese a su grandeza, pasarán décadas hasta que el Gobierno, con su palabra, conceda carta de realidad a las ocultas ciudades funerarias del otro Gran Emperador. Estudiantes y profesores chinos han alcanzado esa etapa de adiestramiento en la que no se percibe sino lo que se ha indicado previamente. Tumbas Chin, exacta parábola de la verdad medida y dosificada por el Estado, Estado enterrado dentro del Estado, formas sobre y junto a las que deambulan, omitiéndolas, los súbditos de veintitrés siglos después. Quizás aquí los ladrones de enterramientos reales prosperaron escasamente por temor o por desorientación ante un paisaje que el hábito agrícola ha moldeado incesantemente en su capa de fértil barro. Shih Huang-ti quería la vida eterna. Unas de las colinas, colocadas como tazones en el noroeste de Shanxí, encierra la grande e inexpugnable ciudad de los muertos, la persistencia en forma de constelaciones doradas, lechos de jade y ríos de mercurio, la seguridad garantizada por un numeroso ejército de arcilla. El emperador reposa entre sus seis mil soldados, infantes y jinetes, a los que capitanea desde el minucioso palacio al que descendió el 210 a.C. para ceder a regañadientes a la muerte un cuerpo ahíto de bebidas que prometían la inmortalidad. En 1973 d. C. nadie habla de la previsible desaparición de Mao, quien, tras impregnar todos los espacios del presente y del recuerdo nacionales, vivirá, mientras por directiva no se comunique lo contrario, tras los muros de la Ciudad Prohibida. Los estudiantes manejan la Historia con parquedad y reticencia, de ella retienen y citan el puñado de hechos que reflejan, en distantes y distorsionados espejos, el ángulo propio a la verdad oficial. Es muy probable que aparentaran sorprenderse si se les dijera que, tras el reinado de Shih Huang-ti, cuajaron rebeliones contra las levas para ejército y obras públicas, que la clase ilustrada no se acomodó a la desaparición de los libros y el control de opiniones, que el poder se deslizó hasta las manos del eunuco favorito y la dinastía cayó y fue reemplazada, tras luchas, por los Han y, posteriormente, por el inigualado esplendor T’ang, del siglo VII al X.

Más allá del lujo bárbaro, los megalitos y las piedras preciosas, hay un superior disfrute del poder: el pasado como materia dúctil, la docilidad de una memoria común y dirigida, la selección de figuras en las que se proyecta y consolida el mito, la imaginería destinada a ocupar altares en la nueva religión oficial. Mao no eligió al fundador de los Han, cuya dinastía se mantuvo cuatro siglos y dio nombre a la mayor parte de la población de China. Pudo, sin embargo, haberse identificado con él, puesto que Liu Bang se hizo con el trono en el 206 a. C. tras ascender por la espada y por la astucia desde sus modestos orígenes. Es posible que no pluguiese al Presidente la liberalización de economía y comercio y el sincretismo filosófico y religioso del emperador han, quizás aquellas gentes le parecieron excesivamente propensas al hallazgo y goce de bienes terrenales: la brújula, el papel, la porcelana vidriada, el cultivo del té, la fabricación del vino. Ni siquiera escogió al emperador Wu-ti, que marcó desde el siglo II a. C. las más amplias fronteras del imperio, reivindicadas los dos milenios siguientes. Demasiado movimiento, demasiadas caravanas que recorrían la Ruta de la Seda, comerciaban y comunicaban con Occidente, demasiado llamativa la floración de las letras y las artes. Mao eligió a Huang-ti, e incluso pasó por alto en las crónicas las concesiones imperiales a la propiedad privada.

El estudiante de Xian memoriza, como hicieron durante veintidós siglos los aspirantes al servicio estatal en la más larga e ininterrumpida burocracia que se conoce. Está doblemente indefenso, ante los suyos y el peso de una continuidad que se supone determinante y frente a los ajenos, el juicio de Occidente, que le hace sin remisión reo de la tradición y el hábito. La palabra, en él, es instrumento antagónico de la libertad. Como sus profesores y como todas y cada una de las personas con las que se encuentra (excepto los contadísimos extranjeros, seres de nueva y exótica especie zoológica), vive en un mundo que es por definición El Centro, tal que el nombre de su país, Chung Kuo (China), indica, se mueve en un territorio cerrado por su misma extensión, sellado al este por el ancho y solitario océano y al oeste y al norte por las más altas montañas y por un páramo inacabable de desiertos y estepas. El orgullo patrio es, en las enseñanzas recibidas, indispensable, pero tal vez los manuales de historia, fajos de folios de redacción casera pasados por decenas de cribas ansiosas de eliminar toda heterodoxia, omiten que esa ciudad de Xian fue, con el nombre de Ch’ang An, Larga Paz, seis veces mayor en los años dorados de la dinastía T’ang, que la habitaron, a más de población local que hizo de ella la capital más populosa de su tiempo, diez mil extranjeros. Persas, indostánicos, árabes, cristianos, mazdeístas, judíos, nestorianos, pasaron, compraron, vendieron y fundaron más de dos mil establecimientos comerciales. También predicaron, se convirtieron, vieron llegar desde la India los primeros libros búdicos en las alforjas del monje Hsüang Tsang, que tradujo pacientemente del sánscrito al chino los diecinueve tomos, uno por año. Eran tiempos de viajes, esos momentos que, como en la vida personal, marcan una inflexión, una orientación decisiva respecto al futuro. El camino fue cegado siglos más tarde y la involución y la autarquía marcaron al país. Durante esos treinta años del 629 al 659 d.C. Hsüang Tsang recorrió la India recopilando el Tripitaka, conjunto de enseñanzas de Buda, atravesó helados puertos de montaña, el río Tarim, los desiertos del Turquestán, de Afganistán y del Gobi, y entró para siempre en la leyenda en la mítica historia Peregrinaje a Occidente, fértil cantera hasta hoy para literatura, música y arte. Acosaron al monje hermosas brujas y le defendieron compañeros maravillosos: Chu Pa-che, el hombre con cabeza de cerdo, Se Hi-siang, el fiel y devoto asistente, y el Rey de los Monos, el más popular y simpático miembro de la imaginería tradicional, valiente, astuto, capaz de setenta y dos transformaciones y dotado de un garrote mágico que permitió al grupo desafiar al Rey de los Cielos, el Emperador del Jade, en su mismo reino. Mientras tales cosas ocurrían en el país aéreo de los mitos, las rutas terrestres estaban muy frecuentadas, y no sólo por gentes con ansias de comercio. La dinastía T’ang quería abrir su país, y para ello buscó alianzas con poblaciones limítrofes, como la tribu turca de los uigures, envió embajadas, recibió vasallaje de los príncipes hindúes. La religión y la filosofía generaban escuelas de pensamiento imbuidas de poesía y sincretismo, la literatura tenía ya ese perfume de melancolía que sólo aparece en la madurez de las civilizaciones, un sorprendente tono de añoranza de edades de oro que nunca fueron, un gusto por los placeres tocado por el sentimiento de la fugacidad de las cosas. Por entonces, en islas vecinas que se habían afanado en copiar el esplendor T’ang, una dama de la corte heian, Murasaki Shikibu, tejía la primera novela de Japón y del mundo, Genji Monogatari. Pocos siglos antes, en China, una mujer muy distinta había logrado ocupar, en solitario, el trono imperial. La imagen de la emperatriz Wu Tzu-tien nos llega aureolada de su extraña y poderosa personalidad: concubina de escaso rango, implacable, eliminadora de cualquiera, consanguíneo o no, que pudiera hacerle sombra, bella, extremadamente inteligente. El transcurso del tiempo ha otorgado a seres y sucesos la apacible disposición de los retratos, la homogeneidad engañosa de la seda, los ha reducido a un esqueleto de obras de arte en materias duras y les ha dado una apariencia de permanencia inevitable destinada a la reiteración. Pero el reverso del tapiz de concubinas, favoritos, asesinatos, emperadores niños, generales y alianzas es un hervor de tierras dadas y confiscadas, fueros, exenciones y tributos, la tensión medieval entre el emperador que intenta apoyarse en el pueblo para afianzar el Estado y las apetencias y privilegios de la nobleza levantisca. En el ocaso de los Han del oeste, el regente Wang Mang pagó con su vida transformaciones audaces: distribución de tierras, abolición de la esclavitud, limitaciones a la servidumbre. El resultado fue una revuelta generalizada de los Cejas Rojas, campesinos del norte que se aliaron con las grandes familias, tomaron Ch’ang An y asesinaron a Wang el 23 d.C.. El olvido sabiamente administrado por los dirigentes velará, como la cara oculta de la luna, media historia de China, cubrirá a viajeros y amantes, a filósofos solitarios y a buenos vividores dados a la poesía y al vino de arroz. De todas estas figuras del pasado, de los años y milenio de complejos movimientos, luchas, hallazgos, obras públicas, guerras, cosechas y reformas, apenas se retendrá en el siglo XX, para alimento de la memoria colectiva, la idea de un gobernante unificador y absoluto, las rebeliones campesinas, y poco más.

También el arte debió bajar a las catacumbas. El de los Han había revelado vasijas de una impecable pureza y la larga maestría de los metales con la que, desde hacía mil años, los Shang ya habían honrado a sus muertos y venerado a los dragones de la vida y del agua. La seda no tardó en cubrir muros con paisajes y retratos que tenían la perfecta calma y la vaporosa inconsistencia de lo ideal. Como en la Victoria de Samotracia, la libertad vino a plasmarse en un caballo volador de bronce cuyo casco se apoya en una sorprendida golondrina. El estudiante de Xian no pregunta por estos objetos, supervivientes de cuadros rasgados y jarrones estrellados contra el suelo; la visita a las salas que los acogen no figura en su programa. De hecho, durante la Gran Revolución Cultural Proletaria, fue de buen tono arrasar museos y templos y marcar, al destruirlos, el amor por el mundo raso y nuevo que el Gobierno prometía. Sin embargo hace falta mucha cal para tantos cadáveres; la profesora occidental es conducida, como gran deferencia, ante las vitrinas esquilmadas de un museo provincial que vuelve a abrir tímida, y raramente, sus puertas. Frente a las vitrinas, viejas y mal iluminadas, que encierran un tesoro, los acompañantes chinos nada dicen. Se detienen y se limitan a escuchar las alabanzas de la extranjera. No niegan ni asienten porque hasta ayer esos objetos eran iconos reprobables del pasado, competidores vencidos del orden nuevo. Pero en los ojos de los de más edad chispea, junto al orgullo nacional, la satisfacción vicaria del reconocimiento de la evidencia, recibida a través de un visitante occidental a quien sí se le permite expresarla. En las salas del museo provincial el mundo supuesto gira con lentitud para descubrir la faz oscura de un pasado que hirvió de posibilidades, allí continúa volando, desde los Han hasta ese instante, sin pausa alguna, el caballo de bronce.

A la blancura de la porcelana T’ang se sumó el verde del celadón, sus matices marinos como las aguas que se surcaban desde los Han con la impaciencia de otras orillas. Debido al impulso de la dinastía Song y a la utilización de la brújula, el compás y los compartimentos estancos, Kwanchow, Chuanchow, Yangchow eran ya en el s. X d. C. grandes centros de comercio y tráfico entre la costa, y las cercanas islas, y Ningpo, Hangchow, Kanpu y Shanghai puertos importantes. Atraídos por esta riqueza, comenzaban a avanzar, desde las mesetas del norte, hordas que invadirían, se asentarían y acabarían fundando la dinastía Yuan. Cuando en el siglo XIII Marco Polo llega ante el trono del emperador chino, que le recibe en su esplendorosa corte de Cambaluc, hoy Pekín, éste no tiene nada de han; es un mongol nieto de Gengis Khan, ilustrado, adaptado a su reino y budista. Ni Kublai ni los suyos cuadran en la imagen de la China eterna y la masa han invariable y profunda. Por entonces se  plantea la necesidad de una marina poderosa. Kublai Khan envió en 1281 una gran flota para invadir el Japón y ésta corrió suerte parecida a la Invencible. Los japoneses se hicieron desde entonces los amos del mar y sus naves caían con frecuencia sobre las costas chinas, particularmente en la provincia de Shantung. En el siglo XIV, durante el reinado de los primeros Ming, cuyos descendientes ocuparán el trono hasta 1644, el emperador turco-mongol Tamerlán presiona por el oeste las fronteras del Imperio del Centro y corta durante largos años las rutas comerciales con la India y Asia occidental. El país se vio obligado a buscar salidas por mar a sus exportaciones e importaciones y a sus proyectos de expansión política. China vendía o revendía seda, porcelana, algodón, oro, plata, cobre, hierro, pimienta, nuez moscada, y adquiría marfil, cuerno de rinoceronte, hierbas medicinales, plumas de pavo real, animales tropicales,, especias, perlas, piedras preciosas, paños teñidos. En el siglo XIV, unos cincuenta años antes de la explosión de los descubrimientos occidentales, el emperador Yung Lo, de la dinastía Ming, envió a su eunuco Cheng Ho al mando de una flota con el fin de afianzar lazos diplomáticos, comerciales y de prestigio con Borneo, Sumatra, la India. Durante treinta años, en los que realizó siete viajes, el eunuco imperial fondeó en Java, Sumatra, Malaca, Calicut (que luego visitaría Vasco de Gama), Ceilán, Cochín, Siam, las islas Maldivas, el golfo Pérsico, Ormuz, Adén, Mogadiscio, la costa de África oriental.

Era un mundo flotante de más de veintisiete mil personas: soldados, marinos, escribas, geománticos, físicos, e incluso pasaje como peregrinos musulmanes camino de la Meca. Los historiadores narran que en el cuarto viaje zarparon sesenta y tres navíos, cada uno con cerca de cuatrocientas treinta personas a bordo. Cheng Ho y Ma Huan describieron con detalle su asombro al hallar chinos cantoneses establecidos en Java, Sumatra y Champa que habían emigrado del continente durante la dinastía T’ang. Ambos se admiraron ante las culturas con las que iban poniéndose en contacto y Ma Huan visitó la tumba de Mahoma, en Medina, y quedó impresionado por la mezquita de la Kaaba, en la Meca.

Hasta esta precisa encrucijada, no ya geográfica sino histórica, China y sus gentes se sitúan en campo propicio al contacto exterior, a la edad moderna y al futuro. Aún no se ha impuesto el general control de conductas y formas. La escultura, unas veces expresionista, otras de un naturalismo de la mejor calidad, refinada en ocasiones, la pintura exquisita, todo en el arte Han, Wei, T’ang, hasta los Song y Yuan, habla de genio, apertura, creatividad. Pero, con el giro, durante los Ming, hacia una política de autarquía burocrática, el arte se hace amanerado, barroco, reflejo de un ambiente xenófobo, aislante, que prohibe los viajes, se cuece lentamente en su propio jugo y teme al cambio y a lo extranjero. De hecho, la expedición del eunuco real fue, pese a su volumen, bastante menos significativa que la floreciente actividad anterior de intercambio y comercio que marcó la época de los Song. Las navegaciones de Cheng Ho tienen mucho de apoteosis final, de fastuosa embajada destinada, más que a efectos prácticos, a mostrar el poder de la dinastía Ming, que, desde el siglo XIV, cerrará las ventanas del país. La dinastía manchú de los Ching (1644-1911) perpetuará celosamente el asfixiante sistema recibido. La China con la que tomará contacto Europa y la imagen que se difundirá del Imperio del Medio será la de un hermético y compartimentado país, y esas chinerías, que para los occidentales representan por antonomasia su arte, muy pocos sospecharán que no son sino la monótona producción, que suple con detallismo y minuciosidad la falta de belleza, nervio y genio, de un bizantinismo de siglos: abrumadores jarrones en los ricos salones burgueses, leones pasados por una permanente feroz, retorcimiento, curvas, decadencia. Pero China fue, pudo y tal vez pueda aún ser otra cosa; en ella supo manifestarse el genio auténtico de las formas puras, de la creatividad en su esplendor, del espíritu de la libertad plasmado en el vuelo de un caballo de bronce.

El contacto con el mundo exterior que representan las navegaciones no tiene continuación. Tras Cheng Ho, las expediciones marítimas son prohibidas; la corte las tacha de inútiles y dispendiosas y se llega hasta el extremo de penar como delito capital el hecho de construir naves transoceánicas. En realidad, es el espíritu de apertura allende fronteras lo que es anatematizado, y así se ordena la quema de diarios y crónicas de navegación de estos viajes. Despojados los archivos, no quedarán de aquella aventura sino las descripciones y relatos de los participantes, que pasarán a la literatura popular china con el nombre de Las aventuras del eunuco San Pao, y que perduran en los topónimos de los lugares por él visitados.

La primera regla del pensamiento absoluto es el desdén por lo externo. Cuando los estudiantes chinos de finales del siglo XX aprenden características de otros países aprenden poco, en realidad apenas nada porque esas naciones no son sino lejanos ejemplos de un proceso que China lidera. La curiosidad gratuita, no digamos la admiración por lo foráneo, serían francamente mal vistas y peor recompensadas. Diariamente responden sumisos al espejo de la madrastra de Blancanieves que nada puede compararse a la tierra que pisan, a los gobernantes que les dirigen y al régimen bajo el que han tenido la suerte de nacer; y lo repiten en el fondo de su corazón. La geografía de la que se valen reproduce un mundo de perfiles fantasmagóricos, hinchado o exhausto según la adhesión a la causa, pintado de vivos colores o reducido a la grisura en función de la proximidad a metas designadas.

Apreciamos lo adecuado de vuestra disposición y la justa pleitesía que rendís al emperador a cuyo poder se someten los demás reinos. Volved y decid a vuestro rey que nuestro glorioso imperio no necesita de vuestros presentes porque China posee en abundancia todo lo que puede ambicionarse. Nada deseamos ni precisamos de cuanto hay más allá, ni consideramos que, en lejanas tierras, puedan existir objetos dignos de nuestra curiosidad e interés. El príncipe que os envía ha obrado como le corresponde al mostrar sumisión y vasallaje al Hijo del Cielo. Decidle que esperamos que, en el futuro, no descuide el cumplimiento de sus obligaciones y persista en su respetuosa actitud.

Así habló el emperador de China a los primeros embajadores de monarcas europeos, que llegaron hasta él con regalos al comienzo de la era vertiginosa de la modernidad y los descubrimientos. En proceso inverso al del eunuco Chen Ho, al oeste del Imperio del Medio hombres audaces surcaban océanos, circunnavegaban el planeta, emprendían aventuras solitarias con un puñado de compañeros, quemaban barcos para acorralar a los suyos hacia lo desconocido, se extasiaban ante los misterios, uno tras otro desvelado, de animales, plantas, ríos, aire, imprimían por cientos los dibujos de máquinas y de costas remotas, exhumaban belleza de las ruinas clásicas y dialogaban febrilmente de una esquina a otra de Europa. Ciertas opciones se habían, por uno y otro lado, consumado y producían sus efectos con el seguro ritmo de la suma de voluntades, la inercia del rechazo y la aceleración inevitable. Dos relojes habían comenzado marchas opuestas en los extremos de la antigua Ruta de la Seda, abandonada y cubierta, desde hacía tiempo, de fina arena y restos de caravanas y viajeros.

El país hubiera podido continuar siendo un mundo, en la mente de sus dirigentes, y, al mismo tiempo, una parte en el vasto conjunto de posibilidades que la evolución ofrece; sus monarcas participaban de la autocracia y el autoritarismo propios de todos los reinos y feudos medievales. Algo fue sin embargo más allá, en dirección netamente contraria a la inquietud europea. Los sinólogos hablan de un cosmopolitismo quemado, con derroteros y mapas, en los umbrales de la Edad Moderna, ponen en la época Ming el primer jalón del proceso de impregnación totalitaria del sistema y recuperan las voces de amplias minorías discordantes con la imagen compacta que el país a los extranjeros ofrece. Éstos lo conocerán en una época bizantina y tardía y retendrán de aquella nación lejana un sentimiento de esclavitud, exquisitez y podredumbre.

La percepción de su diáspora no les salva del aislamiento. Son clanes, compactos clanes de comerciantes, camareros, cocineros y dueños de restaurantes, que trabajan intensamente, se enriquecen con rapidez y se atraen tarde o temprano, como toda minoría emprendedora y próspera, la envidia de la población local. Los hombres son también exportados a ultramar en lotes de pura fuerza de trabajo. En un caso y otro las triadas, mafias, sociedades secretas, añaden hermetismo a las sucesivas capas de material aislante, cultura y lengua incluidas, en las que se recluyen estos grupos, que generan el tradicionalismo defensivo propio de toda minoría inmigrada. Llegados al siglo XX y en un contexto planetario, las naciones subdesarrolladas, de las que China formaba en el XIX agudamente parte y de las que sólo ha empezado a despegarse en las postrimerías del milenio, muestran en escala diversa el mismo, y nocivo, reflejo de crispación xenófoba frente a las exigencias de la modernización, anhelada e incompatible con hábitos medievales e intocables fundamentalismos. El gobierno maoísta chino colocó a sus súbditos frente a la contradicción entre la existencia de naciones de superior desarrollo, el cual se precisaba, y la indiscutible superioridad nacional de lo que nunca dejó de ser el Imperio del Centro, y la resolvió con percepciones y consignas sin relación alguna con la realidad, cuya captación y naturaleza misma se supeditaban a la correcta versión oficial. Bajo condiciones de presión extrema, es posible lograr en ingentes cantidades de población local las reacciones defensivas propias de las diásporas y el desvanecimiento selectivo de lo que representa, en el mundo externo, contradicciones flagrantes con la visión estatal.

Profesores y estudiantes de la China de 1974 habitan un enorme país y se mueven en el más pequeño de los universos. Su vida transcurre en un cañamazo bien determinado, la unidad de trabajo, en la que han sido colocados por la cascada de dirigentes, cascada cuyo camino inverso es tan difícil de remontar como el Niágara. Fuera del rectángulo no hay salvación porque se existe en función de tareas y lugares asignados. Ni siquiera se trata de eficacia. A las clases de la profesora extranjera traída tras arduas gestiones y de la que conviene exprimir hasta la última gota, acude una alumna que emplea en sueño beatífico el tiempo íntegro de su asistencia y que, cuando despierta o antes de cerrar los ojos, sólo marca la comunicación con el mundo exterior a base de sonrisas perdidas en su grueso rostro. Los profesores alaban su buena voluntad y no mencionan el mérito, transparente, que le otorga, contra toda lógica, una silla en el aula: Está allí en virtud de superiores apoyos, y en los argumentos que la avalan, pese a su incapacidad evidente para, no ya los estudios de intérprete, sino cualquier afán intelectual, figura una correcta extracción sociopolítica a la que el credo oficial, mezcla de nepotismo y determinación mesiánica, prima sobre la constatación  de la evidencia.

Lo que importa es la forma, el diario sacrificio a la exactitud burocrática que lima cualquier rasgo individual y suprime de raíz indeseables diferencias que implicarían desiguales capacidades y méritos; hay que estar el mismo espacio de tiempo haciendo cosas semejantes en los mismos sitios, someterse, adaptarse, hallarse situado en todo momento en un lugar adecuado y localizable. Por ello la soledad se ha reducido al mínimo y a la unidad de trabajo, o estudio, no le es ajeno detalle alguno de las vidas de sus componentes. Los responsables del grupo actúan como casamenteros cuando un empleado llega a la edad -tardía- aconsejable para el matrimonio, a ellos incumben los raros permisos, los escasos días de vacaciones anuales, las autorizaciones de desplazamiento tras comprobar las causas que lo motivan. Veinte años después, una de las profesoras chinas de español dirá, sin rebelión e incluso con tal mansedumbre que la frase brota incongruente de la apacible sonrisa con la que la pronuncia: A mi generación nos sacrificaron. Robaron nuestra juventud. Dieciséis, veinte, treinta años, joven, menos joven, maduro, casado con un cónyuge al que sólo se ve, con suerte, dos semanas al año, tal vez hijos, uno, que queda, a mil kilómetros de distancia, al cuidado de los abuelos, importancia suprema de las órdenes, del puesto designado y de la obediencia, seres intercambiables, porque todos los son según el atroz ideal que rellena con igualdad forzosa mil millones de vasijas.

Vuelve a la memoria, una y otra vez, lo que para el resto será siempre olvido, porque hay víctimas, que por numerosas que sean, no gozarán de monumento alguno. Acude la figura mínima de Shu, agobiada por el jadeo de su corazón enfermo, separada, por el puesto de trabajo, desde hacía ya diez años, de su marido, privada de un bebé al que veía sólo en Año Nuevo. También acuden las virginidades forzosas, prolongadas hasta el matrimonio bien entrada la treintena y seguidas de una castidad de once meses de cada doce. Persisten sobre todo los ritos que afianzaban la cuadrícula e imprimirían carácter. Ayudados por el reiterado y sabio uso de algo llamado educación, de las palabras.

El estudiante que repite y el profesor que, en otro tono, repite exactamente lo mismo, no limitan sólo con grandes distancias. De Occidente les separan guarismos, datos globales, previsiones y estadísticas. Éstos forman una barrera infranqueable entre ellos y la atención que los occidentales pudieran otorgarles. Shu, los otros, sus perecederas existencias, están vendidos por la ley de los grandes números, por el tratamiento en cifras que se hace de su país. No son individuos. Son un colectivo inquietante y monstruoso que pesa, por su volumen, en los gráficos de población mundial. Cualquier sistema es bueno si garantiza el control, el silencio y la moderada curva demográfica de China. Los seres concretos carecen de existencia, su significado es intercambiable y sustituible. De todo análisis, incluso de toda compasión, les separa, además de la lejanía, el sentimiento de fatalidad con el que se observa la evolución de un animal desmesurado para cuyo tratamiento no sirven las medidas y consideraciones habituales. El sistema comunista chino gozó-y de hecho, con sus expectativas de mercado, goza-del privilegio de lo inevitable. Sólo puede quizás ponerse otro ejemplo de parecido silencio occidental, aquél del que disfrutan la segregación y la barbarie cotidianas ejercidas en el mundo islámico y blindadas por el temor a venganzas fanáticas y el respeto a los petrodólares. Protegidos por el peso irremediable de los hechos, los dirigentes chinos experimentan, comprueban, aniquilan y planifican desde 1949. Nada hay que no pueda ser avalado por la estadística, ratificado por una interpretación enfocada en el adecuado ángulo, justificado por un futuro de grandes catástrofes evitadas y lejanos pero definitivos logros. Y pocas sensaciones proporcionan la embriaguez y la fuerza que experimenta el que ve plegarse bajo su mano, hasta el horizonte, una cosecha futura de cabezas inclinadas al ritmo de su palabra.

El lugar que ha servido de punto de partida a estas reflexiones, no se presta, sin embargo, a transposiciones universales, grandes aventuras ideológicas y significativas teorías históricas. Todo transcurre en una pequeña comunidad de tintes rurales, ritmo apacible y ambiente familiar que vive su tranquila vida al son de programas acatados con aplicación. Es un gulag inatacable, suave y educativo, tan esquivo al tacto como la piel sedosa de un felino sin junturas. La escuela estatal de idiomas se asemeja a tantos otros millones de unidades de trabajo que recubren con su tapiz  la extensión de un país equivalente a Europa. Pero sólo aparentemente; la homogeneidad es engañosa, la presencia de extranjeros indica una previa y cautelosa selección. La sensación, sin embargo, del todo en cada una de las partes es tan fuerte, tan lograda, que los visitantes occidentales acudirán, observarán y se marcharán convencidos de que cada respuesta, explicación y sonrisa atañe al conjunto del territorio y a cada uno de sus habitantes, al fin y al cabo tan parecidos.

Como si no bastaran Historia, extensión y demografía, acude también la antigüedad del sistema educativo a añadir una argolla más a las razones de que se vale Occidente para separar a estas gentes del mundo de los hombres libres. Basta con recordar, desde un lejano pasado, el empecinamiento en la memoria, la repetición, la reverencia hacia el poder establecido y el rechazo de las innovaciones. Aparece Confucio, predicando, no aventuras espirituales, sino, muy al contrario, cadenas jerárquicas tan apegadas al terruño como las cosechas, que no alzan la cabeza sino para recibir el sol y la lluvia enviados por el emperador o el merecido castigo de los superiores. Vendrá luego Mencio, que recoge y difunde las enseñanzas todavía vivas en los descendientes del maestro. El pueblo hizo de estos filósofos escépticos dioses y oraciones de sus máximas, quemó incienso a sus figurillas y cubrió sus figuras de leyendas. Los reyes se apresuraron a petrificar el confucianismo como única doctrina ortodoxa que consagraba el principio de autoridad, la sumisión y la reverencia; en el 136 d. C. los Han fijaron por escrito los quince autores clásicos y una docena de años después ya funcionaba en China el más antiguo sistema de exámenes que se conoce. Los candidatos al funcionariado memorizaban durante años y reproducían en el largo encierro de las pruebas los textos de aprobación oficial.

El poder los ha utilizado como pedestal durante siglos, ha abominado de ellos luego, cuando no deseaba compartir el panteón con otros dioses. Pero, rotas sus estatuas, aparece el perfil reconocible del inquieto sabio que busca solución a los males. Vivieron ambos en esa edad confusa que la historia china ha bautizado líricamente como periodo de Primavera y Otoño y luego de los Estados Combatientes, del s. VIII al III a. de C., vagaron por territorios devastados por la guerra, entre señores feudales que dedicaban a asesinarse buena parte de sus energías. Eran filósofos sociales y, más que filósofos, recopiladores y preceptores. Defendían una paz que permitiera aflorar lo mejor de los seres humanos, no concebían bien alguno si los reyes no garantizaban al menos a la gente del común protección, subsistencia y orden, buscaban el príncipe ejemplar, el gobierno de los justos en los que se reflejaba la armonía del Cielo. Como en todas las épocas confusas, creyeron en la Edad de Oro, en libros antiguos que recogían perdida sabiduría. De hecho, se nutren de crónicas, anales y odas rituales que formaban ya parte de la tradición literaria. A mayor desengaño, más añoraron tiempos de dirigentes perfectos. Confucio, que ha quedado como el prototipo de aversión a la exploración y el cambio, fue un inquieto viajero que, de una corte a otra, buscó el gobernante ideal, desempeñó cargos públicos y no olvidó ni su juventud pobre ni el apego a las tradiciones de su lugar y a su familia. ¿Qué mejor sistema político que el paternalismo bondadoso de un rey equitable que se instruye en las enseñanzas adecuadas?. Ahora bien, si el monarca era despótico e injusto perdía la ayuda del Cielo y el respeto de sus vasallos, a los que les era lícito destronarlo. Así explicaban los filósofos los cambios, y de la fugacidad de poder y honores se valían para convencer a los soberanos de la importancia de su educación moral. Es el viejo sueño áulico del intelectual, de Aristóteles y Platón al que espera ser nombrado, tras el último cambio de Gobierno, consejero del ministro: descubrir las verdades al dueño de los actos, domeñar al caballo de la violencia estatal. No se trata sino del despotismo benéfico e ilustrado que ha sido, hasta fechas muy recientes, la mejor alternativa posible al crudo empleo de la fuerza. Con distintas dosis de conformidad y desengaño, ambos filósofos acabaron sus vidas reducidos a su círculo de discípulos, con escasa añoranza, en Confucio al menos, de cargos a los que ya no aspiraba porque había logrado, al decir de los antiguos, la alegría del áurea mediócritas en el disfrute de los modestos placeres de la vida; un hedonismo bastante ajeno a la rígida imagen consagrada por el retrato oficial. Nos hallamos ante un paraíso que consiste en estudiar y ser funcionario, ideal nada lejano al del moderno Estado de Bienestar.

De igual manera que los emperadores se sirvieron de Confucio y de Mencio para avalar con firmas lo que era una recopilación de normas conservadoras con halagadoras pretensiones de sabiduría ancestral, los dirigentes posteriores han recurrido al mismo método con semejantes fines, pero con el régimen establecido en 1949 se alcanzó el virtuosismo. Para bien y para mal los jóvenes, y adultos, del instituto de lenguas extranjeras carecen de la posibilidad de leer a los clásicos porque éstos fueron eliminados, sobre todo desde la irónicamente llamada Revolución Cultural, de la estanterías de librerías y bibliotecas para dejar sitio, en exclusiva, a la media docena de obras de autores marxistas-leninistas, con el Presidente en primer lugar. Cuando la pedagogía estatal lo juzga oportuno, se hace circular un fragmento literario anterior adulterado, privado de su contexto y comentado según las directivas. Confucio tuvo así derecho a un revival inesperado cuando el Buró Político decidió lanzar la campaña Pi Lin, Pi Kon (¡Criticad a Lin Piao, criticad a Confucio!). Una revolución palaciega fallida había obligado a huir al delfín de Mao Tse-tung, Lin Piao, y sobre su muerte y la de su hijo se montó una historia rocambolesca que llegó hasta cada unidad de trabajo, instituto incluido, en forma de inefables textos de crítica dirigida y predigerida basada en la identificación de Lin con Kon y del tándem con la esencia del reaccionarismo antirrevolucionario.

De tener acceso a su propia historia, los estudiantes hubieran quizás frecuentado a un contemporáneo de Confucio de especial, pero opuesta, peligrosidad; una figura simpática y misteriosa que amaba la soledad y la exploración de las rutas internas que van liberando el espíritu. Lao-tsé pudo incluso preceder, y guiar, a Buda y a los primeros filósofos. También pudo vivir en épocas posteriores y reunir en sus enseñanzas la sabiduría legendaria de otros sabios. Su carrera es inversa a la de los razonables funcionarios; abandonó su puesto de bibliotecario oficial de los Chou y marchó hacia el oeste. Una hermosa leyenda narra cómo dejó el manuscrito de su Tao Te Ching al jefe de la guarnición que vigilaba el puesto de la frontera y desapareció luego camino de Occidente, que verá .después en su obra profundas analogías con el neoplatonismo, el estoicismo y los gnósticos. Ni político ni maestro, Lao-tsé desdeña la acción y busca el Tao, la Vía que une al indivíduo a la armonía del universo, admite la natural propensión de la naturaleza a la dinámica bipolar de contrarios, observa, bajo la vertiginosa mudanza del tiempo y la multiplicidad de los seres, la reconfortante quietud del vacío y de la eternidad, aconseja la prudente economía de la cuota de energía vital que a cada persona corresponde durante su existencia y sigue ejerciendo un atractivo del que carecen estadistas y consejeros. Su figura, de filósofo y místico ha atraído a la literatura y al arte, que desborda de pinturas de eremitas aislados en sus cuevas y de poemas sobre la montaña brumosa y la variación inmutable de la corriente del río. Tuvo además un discípulo, Chuang-tsu, que glosó sus ideas con rara belleza literaria. Mucho se ha hablado en Europa de las coincidencias entre Lao-tsé y los griegos, pero éstas se sitúan en el pensamiento puro y la búsqueda del ente divino que cabe descubir en cada ser, en el recurrente mito de la Edad de Oro, esa añoranza de un estado superior perdido que deja a la persona tendida en el suelo degradado de una tierra impura, los ojos fijos en el alto y lejano reino del que quedan vagos recuerdos de perfección. Estas consideraciones encaminadas a la pasiva y personal meditación no abrieron la puerta al pensamiento especulativo y a la ciencia; Lao-tsé es un antiprometeo con las metas de los solitarios. Como Mencio y Confucio, tampoco él se libró de los altares, la devoción y el incienso, ni de la desaparición de sus libros en la segunda mitad del s. XX.

Ya en la remota antigüedad el medio formaba parte del mensaje. Además de hacer de los clásicos, especialmente confucianos, el corpus de los exámenes estatales, los Han los grabaron en piedra en el 175 d. C. El papel ya había aparecido hacía siete décadas, sin embargo para la primera impresión de los sabios oficiales habrá que esperar al Periodo de las Cinco Dinastías, en el año mil. Los escritos budistas, que habían llegado con Hsüang Tsang, el monje peregrino, tres siglos antes, tienen, como la Biblia, una función motora en las actividades de imprenta, pero ésta va a reflejar la general involución autárquica china y, paralelamente al terreno comercial y político, se reducirá a la exégesis y reiteración de los contenidos de un círculo cerrado. El jesuita Mateo Ricci, primer sinólogo europeo y figura extraordinaria por todos los conceptos, es un paréntesis de apertura, leve y orientada hacia las armas y la observación de los cuerpos celestes, de la dinastía Ming al comienzo del siglo diecisiete. El gran despertar llega en el diecinueve, con el primer periódico en chino en Shanghai, el ritmo acelerado de publicaciones y el establecimiento de escuelas modernas, de forma que la remota antigüedad y la alta edad media, tras cubrir dos mil años, llegan a las puertas del siglo veinte y chocan sin transición con el mundo nuevo, que dispone en 1906 la supresión del sistema tradicional de exámenes y publica, en unas décadas vertiginosas, traducciones de obras extranjeras, revistas, llamadas a la huelga de estudiantes y profesores, debates sobre, política, ciencia, democracia y revolución literaria, programas de sindicatos y partidos, y las novelas, cuentos y ensayos de Lu Sin, que, con su desesperanzada tristeza, avivan la llama de la indignación nacional.

Para los enseñantes y enseñados de la China de los setenta el pasado es territorio de la nada, el teatro de sombras de contados héroes que se alzan y esfuman sin continuidad ni matices, que crecen de la pasta amorfa llamada las amplias masas, un humus popular bien nitrogenado por la opresión y la pobreza, elementos indispensables para la adecuada conciencia de clase fuera de la cual no hay salvación. Nada echan de menos en las estanterías porque no deben echarlo. Bastan gramáticas, diccionarios y los contadísimos libros en lenguas extranjeras cuyas páginas deletrean sin comprender su significado.

Falta, sobre todo, la belleza. La simple belleza en la caprichosa música de su forma, la inutilidad gloriosa de lo hermoso que, por sí mismo, es libertad. Podrían estar obras que pertenecen a la sustancia de la lengua, que asistieron a su nacimiento, como El Libro de las Odas, antología de poemas de entre el siglo X y el VII a. C., o las sentidas e íntimas elegías de Qu Yuan y los versos de Tao Qian y de la poetisa Tzu-yeh. Deberían estar, para la monotonía de las tardes y los silencios de las noches largas, los tejidos de historias de bandoleros, brujas, ogros, fantasmas, magos, campesinos, doncellas maltratadas y valientes muchachos enamorados; en los anaqueles brillan los huecos de Historia de los Tres Reinos, A las orillas del agua, Los Estudiantes, y la grande y terrible novela costumbrista escrita por Tsao Hsueh-qin en tiempos de la dinastía Ching, El sueño de la Cámara Roja. Faltan los viejos compañeros de cuyas manos han recorrido los campos, las calles y los sueños cientos de generaciones: las colecciones de poemas Tang, los versos de leve e imborrable gracia, e involuntaria transcendencia, de Li Po, Wang Wei, Tu Fu. Ellos supieron del esplendor de la naturaleza y del placer de la amistad y el vino, sentaron a su vera a la poesía, la pintura y la música, y midieron los días por la bruma, el ocaso, la luna y el amanecer. Desconfiaban de mayores permanencias que la de las imágenes en el agua. Su reino no era, a veces, de este mundo; el taoísta Li Po se creía inmortal y afín a la sustancia áurea de las cosas. No distinguían en un cuadro la frontera entre la realidad y lo pintado y, en un universo que hubiera sido grato a Borges, hablaron de caminos que se adentran en las montañas que acompañan una caligrafía. Dice mucho de la capacidad de destrucción del Gobierno de la República Popular el que ni siquiera tolerase a tan desinteresados pensadores. Mientras, para buena parte de los intelectuales de Occidente fue fácil acomodarse a la caricatura de pensamiento que el sistema maoísta ofrecía. Bastaba con ver en la población de aquel lejano país, tan enorme y tan ajeno, un termitero hecho a la repetición y a la sumisión desde la aurora de su Historia, y de ésta se espumaba un confucianismo en todo acorde con la eterna trama mandarinal que parecía destinada a dirigir, con general aquiescencia, los destinos de China.

 

 

Lengua y pensamiento

 En la soledad de un despacho estilo soviético años cincuenta, la profesora europea hojea textos recientes cuyos caracteres son reconocibles en fotografías de trozos de hueso y caparazón de tortuga con conjuros que pudieron grabarse hace tres mil quinientos años. Mientras las civilizaciones iban y venían, destruían, creaban y, del dibujo inicial de los seres, pasaban a la rápida representación de los sonidos, dotándose así de una formidable y ágil herramienta intelectual, en China se dibujó el pictograma del agua, del campo y del fuego, y miles de otros, combinados pero no fonéticos, inalterables prácticamente hasta hoy. Hay un vértigo de continuidad en la percepción de tal universo, de un enrejado de nociones recortadas en perfiles precisos y superpuestas a las mentes de la población de un continente, a través de la Edad Antigua, Media, Moderna y Contemporánea.

Se trata de un espacio comunicativo compuesto de millares de átomos monosilábicos diferenciados semánticamente según el tono, combinados para generar nuevas palabras y encapsulados visualmente en caracteres de raíz iconográfica. Naturalmente en tal sistema el orden de los elementos de la frase es esencial para su correcta interpretación, el discurso sólo adquiere significado en su conjunto, y debe ayudarse de deícticos que actúan como clasificadores. Hay algo en ello de persistentemente geomántico, como si la leyenda de sus orígenes continuara manteniendo en maridaje los oráculos y la invención de la escritura, atribuidos ambos al sabio y mítico emperador Fu Hsi en fechas tan increíbles como el 2800 a. C. Él y su predecesor Sui Jen comienzan, al decir de Lao-Tsé, a gobernar el mundo, seguidos de Sheng Nung, que enseña a los hombres la agricultura, y de Huang Ti, que les muestra el arte de construir casas. No carece quizás de significado el hecho de que la escritura, el hallazgo de los ocho diagramas mágicos y el dominio de la visión del porvenir por medio de caracteres grabados en concha y hueso, preceda al descubrimiento de las artes esenciales para la vida. Como en el logos bíblico y griego, la palabra está actuando como principio de diferenciación y orden, sin lo que no hay civilización ni historia posible.

El Imperio del Medio irradia influencia a cada rama del árbol lingüístico al que pertenece. Su tronco, el chino-tibetano, cubre buena parte de Asia, pero también coexiste con el uralo-altaico, que agrupa a mongoles, manchúes y uigures. La lengua china se fragmenta a su vez en numerosos dialectos, lo suficientemente diversos como para resultar ininteligibles entre sí. Pero el predominio político, la estabilidad agrícola del rico corazón de loess, las tierras, a veces catastrófica pero regularmente irrigadas, la fuerza de la civilización tempranamente desarrollada, han mostrado un poder de cohesión extraordinario. Recuerda a un Egipto circular al que grandes ríos hubieran sujetado y alimentado, a un Latín mantenido por encima de lenguas vulgares y adoptado por vecinos y vasallos. Si de imperios se trata, es algo mayor que los Estados Unidos, pero sus zonas no cultivables son mucho más amplias. Las diferencias entre las distintas regiones son tan grandes en el plano humano como en el climático y geográfico. En el norte, entre gentes que viven en tierras altas y secas de temperaturas extremas y fundan su alimentación en el trigo, encontramos dos importantes minorías: los mongoles y los turki (uigures), que son musulmanes. En el sur, infinitamente más poblado, agrupado junto al lecho de los ríos-el río Amarillo o Huang Ho, el Yangtsé kiang o río Azul, el Chou Kiang o río Perla, etc-y en la costa, cuya base nutritiva es el arroz, vive ese tipo de poblaciones con que los europeos ha tenido contacto y a las que han identificado con la generalidad de los chinos. En el sudeste habitan además varias minorías: coreana, chuang, miao, puyi, yi, más la tibetana al oeste, aunque en este último caso, el del Tíbet, hay que hablar de un país invadido desde 1949 y no de una minoría nacional. En el censo, que es impreciso, estos grupos podrían sumar unos cuarenta millones de personas. La gran masa de la población propiamente china, que se llama a sí misma han-ren y a veces tang-ren en recuerdo de las famosas dinastías, está empleando una escritura pictográfica homogénea pero las lenguas que habla equivalen a las nuestras románicas. Aproximadamente más de cincuenta millones de personas emplean el dialecto Wu, unos treinta el Xiang, quince el Kang, treinta el Hakka y cifras similares el Yue y el Min. Hay, por supuesto, que contar también con las divisiones y subdivisiones dialectales dentro de cada región. Una de estas lenguas, el mandarín o chino del norte, netamente mayoritaria frente a la suma de las demás, es la general, la empleada y difundida progresivamente por los gobernantes con la voluntad de centralización que se manifiesta desde el siglo III a.C., de manera que del XV en adelante la variante culta y cultivada del dialecto de Pekín, el kuan jua, es el instrumento de comunicación oficial. Llegado el momento del gran cambio, de la expulsión de los emperadores y la fundación de la República en 1911, se planteó con carácter de urgencia el fortalecimiento de la unidad del país y para ello se creó en 1915 el Comité para la Búsqueda de una Lengua Nacional.

Pese a la sensación de mosaico mantenido artificialmente, existe una argamasa común y palpable de un extremo a otro del territorio e incluso en las colonias chinas de ultramar, la impronta del grupo humano con civilización más avanzada y fuerte, de la que la lengua es la simple manifestación plástica. Los han de procedencias muy dispares, que, para entenderse durante una conversación trazan en el aire o en la palma de la mano el carácter de la palabra cuyo sonido es para cada uno distinto, comparten rasgos que para el observador externo resultan inconfundibles. En Asia, como en Europa y América, el radical fraccionamiento lingüístico se ha dado o no en función del aislamiento y de la multiplicidad de núcleos de población con peso significativo. Esa dinámica ha mantenido modelos homogéneos de las costas del Cantábrico a la Patagonia y de Nueva Zelanda a Irlanda. En China el mantenimiento de la escritura con pictogramas ha tenido efecto doble: por una parte constituía un esperanto natural semejante a la iconografía de códigos generalizados, por otra la misma fijeza de esos signos y lo elevado de su número y variantes combinatorias hacía de ellos un sistema de jaulas a las que la expresión invidual no hallaba fácil acceso. Se ha hablado, en cuanto a la escritura china actual, de escritura morfémica puesto que, pese a sus remanentes pictográficos, se fundamenta en la reproducción de sonidos en unidades significantes mínimas que son más amplias que los fonemas-consonantes y vocales-utilizados por otros sistemas alfabéticos. El sistema morfémico, basado en elementos sonoros mayores que el fonema, es más estable durante largos periodos de tiempo que el fonemático y permite a personas de dialectos y pronunciaciones muy distintos leer y usar los mismos signos. Esta ventaja resulta muy atractiva desde el punto de vista político a la hora de establecer las grandes rutas del pensamiento

La contrapartida es la dificultad y jerarquización del aprendizaje, que sitúa a los clásicos fuera del alcance de un chino actual que carezca de estudios previos. Naturalmente el vertiginoso analfabetismo funcional, lingüístico e histórico, que están cosechando algunos sistemas educativos europeos (el español es buen ejemplo) está también situando buena parte de la literatura en limbos inaccesibles. La característica, y la gran desventaja práctica, del chino escrito reside en que para su lectura se precisa conocer gran número de caracteres, número que va en aumento según se amplían conocimientos, cultura y vocabulario. El lector occidental, una vez aprendidas las veintitantas letras de su alfabeto, puede leer cualquier texto. El lector de chino necesita manejar entre tres y cuatro mil caracteres para poder leer un periódico, y un conocedor de la literatura clásica precisaba identificar no menos de diez mil. El famoso diccionario Kang Xi, que data de 1716 y fue reimprimido en 1958, contenía unos cuarenta mil caracteres, pero es probable que cerca de treinta y cuatro mil fueran redundantes. Los profesores universitarios dicen conocer entre seis y ocho mil.

Cada carácter está compuesto por trazos, de uno a treinta y seis, cuya colocación es importante y complicada. Ello ha hecho que la mecanografía en China fuese una tarea sinfónica de especialistas y que la impresión, e incluso la emisión de un simple telegrama, implicara grandes problemas de tiempo, material, coste y posibilidad de error. A efectos de transcripción alfabética, desde 1892 se utilizó del sistema británico Wade-Giles. La contradictoria situación china es ser, por una parte, la primera lengua mundial, puesto que más de mil millones de personas la utilizan, pero su especial evolución, naturaleza y condicionamientos impiden el salto adaptativo que en otros idiomas y escrituras sí se ha llevado a cabo. El baihua, modelo estatal, simplificado y generalizado del pekinés, sustituye en 1917 a la lengua clásica, y el putonghua es el idioma oficial para todo el país a partir del año fundacional de la República Popular China, en 1949, culminando así la vieja tarea que comenzara el emperador Shih Huang-ti con medios harto drásticos. Respecto a la urgente adaptación a la grafía romanizada que el siglo XX impone, a partir de 1958 se adopta el pinyin en telegramas y textos para escolares. Su uso se generaliza, desde 1979, en la Agencia Internacional de Noticias Xinhua. Veinte años después, la informática ha devorado la reproducción mecánica y buena parte de los territorios del lenguaje escrito; la comunicación se apoya en códigos y soportes que abren sin duda panoramas insospechados, pero las innovaciones son fenómenos muy diluidos en la dinámica de una lengua y escritura que, al haber perdido sus antiguos rasgos flexivos y poseer numerosos homónimos, se ve sujeta a la primacía de la jerarquía sintáctica y a una inevitable gradación en el acceso al conocimiento, al libre recorrido por el léxico y a la apreciación de sus propios clásicos.

Desde Occidente, desde los ojos de occidente, es difícil no establecer, de nuevo, una cadena sutil entre el hoy en China, el mañana y el siempre, con cambios epidérmicos en el clero y la casta mandarinal que sólo afirmarían una estructura de base tan fatal y repetida como las fases lunares. Realidades, seres e historia son recreados y legitimados por caracteres de concentrado poder que los sacerdotes Shang graban y descifran, que ondean en edificios y paneles, que el Partido tiene, él solo, autoridad para interpretar, imponer y difundir. La extrapolación impone su abuso al hervor de los acontecimientos y las vidas. Por el patio, y por millones de patios, de un centro de enseñanza pasean los estudiantes, repitiendo textos de esta escritura que tiene un papel de filtro y ha trillado desde siempre la burocracia mandarinal calcando con fidelidad la arquitectura de su pirámide. Pero la escritura no es sólo un molde, un cliché del medio que lo genera. Es un factor activo, que produce y reproduce condiciones sociales y estructuras mentales. Se basa en la memorización, la repetición perseverante, la minuciosidad detallista, el apego respetuoso al modelo (cualquier ligero desplazamiento de un trazo da significados distintos). Marca una dependencia larga, prácticamente constante, de las fuentes de aprendizaje: Aunque se hayan memorizado cuatro, seis, ocho mil caracteres, diez mil, quedan más, cuyo conocimiento significa la ascensión a nuevas plataformas culturales y sociales. Esta larga dependencia de los modelos es característica y ha forjado ciertamente a su vez la mentalidad china. Cuando un occidental ha aprendido a leer y a escribir, aunque ignore amplios campos de las ciencias y de las artes, tiene sin embargo ya las llaves para adentrarse, si lo desea, autónomamente en ellas; su escritura puede ser grosera, rápida, inconclusa, pero, en general, resultará legible. La sumisión a maestros y textos es, en China, infinitamente más estrecha, el tiempo y la energía que deben dedicarse al aprendizaje de lectura y escritura mucho mayor, el efecto que produce este proceso en la mente posee sin duda características muy diversas a las propias del que se mueve por el hogar de los conceptos con el veloz auxilio de un puñado de letras.

Del ápice del poder llegan las normas que han de plasmar hábilmente los exégetas y aedos de las secciones culturales del Partido. De ellas desciende un entramado creciente y celular que reproduce, amplía y glosa discursos y textos. La neutralidad, incluso la de las simples leyes geométricas o naturales, apenas existe. La materia extranjera, foránea, se ha desvanecido. En los recintos últimos de la base de la pirámide desembocan fajos de documentos aptos (sinónimo de aconsejable, y éste de obligatorio) para el consumo. ¿Cómo no ceder a la tentación de ver en estas ordenadas filas de trazos con tendencia cúbica, que gozan del privilegio impositivo de la imagen y de la disciplina de la limitación conceptual, una radiografía del sistema entero, postrero eslabón de un largo hábito en el que el manejo de símbolos, la formación y reproducción de las ideas, son cualitativamente distintos a los caracterizados por el uso del alfabeto fonético?. Vendrán sinólogos, que estudiarán adecuadamente la relación entre sociología, psicología y formas de escritura. La profesora mira ojos que miran imágenes, que introducen en formas las ideas, moldeadas por su estuche pictográfico. Luego escucha repetir, tenaz, dócilmente, frases en la lengua extranjera, y halla en ese castellano pasado por la criba de un método ideológico previo la cristalización de anteriores mecanismos los cuales colorean la forma en que el sujeto ve el mundo y condicionan su actitud respecto a él. El nuevo aprendizaje corre por los cauces ya excavados y va a los moldes preexistentes. Le acompañan la inseparable música de la memorización y el recitado y la conciencia de que, en el sistema chino, la educación moral ha formado simplemente una unidad con el concepto de educación en sí.

Como talismanes venidos de otras épocas, pero cargados de poder, sobre la mesa reposan esas grafías capaces de fascinar al forastero ignorante de las lenguas orientales. La introducción en el significado y la historia de estos signos, perdurables como un metal precioso, supervivientes de los albores de la comunicación visualizada, ahonda el impacto que producen. La revista gubernamental Pekín Informa comenta el descubrimiento, en la provincia de Hopei, de un millar de tablillas de bambú con inscripciones de dos mil doscientos años de antigüedad, e ilustra el artículo con la fotografía de una de ellas. Los caracteres son perfectamente identificables con los actuales; no resultan extraños el embrujo, el amor que ha inspirado la caligrafía china entre sus adeptos. Situarse, por ejemplo, ante uno de los extraordinarios poemas de la época Tang es hallarse ante un mensaje conceptual y estético, ante una idea estilizada, finamente matizada, un uno de pensamiento y forma.

El pragmatismo reclamaba, empero, sus derechos. Por ello el grupo de escritores progresistas que había apoyado, en 1919, el Movimiento del Cuatro de Mayo, que marca un hito en el nacimiento de la democracia en China, se declara contra el antiguo sistema de escritura y el artificial estilo clásico llamado wen yan. En su lugar adoptan un tipo de lengua basada en la vernácula y semejante a la que se utilizó en las grandes novelas medievales; es la xin biahua o peihua (nueva habla corriente). Lejos de tratarse de una simple discusión académica, la iniciativa tenía mucho de conmovedor sacrificio en aras del anhelado renacimiento del país. Significaba, para un novelista y ensayista de la talla de Lu Sin, vestir su prosa, acostumbrada a moverse en la riqueza de la mejor literatura, con el tejido grosero de una apresurada simplificación vulgaIsa Un viejo amigo suyo, Lin Yutang, defendió la occidentalización radical de la gramática, de la sintaxis e incluso de la escritura. Fue una generación que vivió, como la española del 98, apasionadamente la necesidad de ruptura, el dolor y el amor por su país, la urgencia de un cambio para el que el destrozo de barreras tradicionales era visto como necesaria etapa hacia la liberación. Había que dejar atrás, cortar amarras con el imperio estancado y caduco, ignorar añoranzas y temores y atreverse a traer, en su integridad, desde Occidente, los valores y sistemas que alumbrarían un nuevo futuro. El régimen establecido en 1949 capitalizó el recuerdo y el prestigio de este grupo para su causa, beatificó a sus principales figuras y transformó a aquel puñado de demócratas en precursores de purgas de tabla rasa, anulación de la Historia y del páramo de pensamiento único que fue la Revolución Cultural. Cuando Lu Sin, que vive de 1881 a 1936, defiende sin paliativos, en la lengua como en los demás aspectos sociales, la europeización y modernización, está supeditando su envergadura de escritor, sus sentimientos nacionalistas y su valoración estética a la honestidad personal y la responsabilidad política. La febril voluntad de ruptura con el pasado que manifiestan él y sus coetáneos hunde sus raíces en la conciencia del peso y poder de la tradición tanto en China como en ellos mismos; de ahí la violencia de sus ataques hacia las formas de lo antiguo, la desmesura contradictoria de sus reacciones y la a veces ingenua esperanza que depositaron en la rápida adopción de los sistemas occidentales.

El sistema maoísta comenzó a ganar la guerra antes de nacer, en esos años críticos que se resuelven en una inolvidable traición. La Primera Guerra Mundial se acercaba a su fin. Japón, que había invadido el débil gigante continental y mostrado una virulencia que se repetiría, multiplicada, dos décadas más tarde, buscaba asegurar sus conquistas. Los jóvenes y los intelectuales chinos habían puesto desde principios de siglo su confianza en los modelos e ideales de Occidente como clave para la transformación de su país en un estado democrático y moderno. Aquella fe chocó de plano con el Tratado de Versalles. China confiaba en el apoyo de Estados Unidos frente a las pretensiones japonesas y creía en la política norteamericana de puertas abiertas, los renovadores contaron con la solidez y sinceridad de los principios morales y políticos de ese mundo hacia el que ahora se volvían y al que necesitaban. Pero en la mesa de negociaciones no se trató de principios sino de pactos sobre zonas de influencia y sobre la retirada, por parte de Japón, de una cláusula sobre igualdad racial en la que el Presidente Wilson veía un serio peligro de emigración oriental masiva. La delegación china se negó a firmar el Tratado.

Cuando las noticias llegaron a la universidad de Pekín cuantos habían puesto su confianza en Occidente se sintieron traicionados, abandonados a los invasores y a sí mismos. La manifestación del cuatro de mayo de 1919 dio nombre al movimiento, que se extendió por todo el país, contra la invasión japonesa y la corrupción local. Los intelectuales chinos descubrían lo que ya habían visto, y habían de ver, muchas otras capas de progresistas de países subdesarrollados. Tuvieron fe en los ideales proclamados por Europa y América, rompieron sus prejuicios, embridaron su orgullo, se creyeron habitantes de un mundo único en el cual nacionalismo y progreso consistían en aplicar cada vez lo mejor viniera de donde viniere. Eran la minoría que luchaba por empujar a una masa sometida, pasiva y alimentada con fanatismo e ignorancia hacia horizontes liberales y modernos. Se hallaron con el regateo mercantil de los Estados, con el miedo que su demografía y su pobreza inspiraban y con algo peor: con la ayuda activa a partidos y movimientos locales que les privarían de derechos y libertad, por parte de los supuestos simpatizantes occidentales de las fuerzas del progreso. De un abandono a otro, las finas capas democráticas que se habían ido formando trabajosamente en países de reciente despertar estarían destinadas a desaparecer, involuntarios rehenes del temor y de la necesidad europea de lejanas utopías, en un proceso que contribuyó de manera decisiva, a lo largo del siglo XX, a la formación y mantenimiento de los archipiélagos de Orwell.

Por otra parte, difícilmente podía Occidente sustraerse a la consideración de la situación china sin superponerle, inconscientemente, la imagen y estructuras de la Edad Media europea. Se trataba de un imperio antiguo, llegado a las puertas mismas de la época contemporánea con el bagaje fosilizado de una élite letrada y rectora que fundía los rasgos del señor feudal y los del clérigo, que se valía de los impuestos y del dominio y prestigio de palabras de cuya escritura tenía el monopolio. Lo novedoso del fenómeno era su persistencia. Alrededor de la pequeña pirámide de letrados se extendía, como en los campos medievales, un mar de personas que no sabían leer, vivían las vidas inseguras y trabajosas que Europa conociera antes de la revolución industrial y recibían los mensajes escritos con una mezcla de reverencia y temor. Nada extraordinario en el hecho de que la burocracia ancestral no hiciera sino cambiar de vestiduras y de formas, que la alfabetización se confundiera con el adoctrinamiento y que, finalmente, educación fuese sinónimo de propaganda. Una vez más la ley de los grandes números y de los enormes problemas a solventar en breve plazo justificaba a priori cualquier método, obviaba la observación crítica y condenaba a la nada ante la opinión mundial a cuantos intentaban hacerse oír sin someterse a los clichés del determinismo histórico y de las exigencias de metas indiscutibles que bañaban el discurso oficial en un continuo estado de excepción.

No era China la única, y España sabe algo del tema, que afrontaba el salto al Estado moderno con una población en gran parte analfabeta. La aceleración de la Historia ha distorsionado la visión del último siglo y puesto en un desmesurado primer plano a supervivientes y monopolizadores del espacio comunicativo. Desde el XIX la preocupación por la alfabetización y la educación ocupaba un puesto prioritario en las actividades de reformadores, regeneracionistas, revolucionarios y de prácticamente cualquier intelectual, y los chinos no fueron excepción al ideal de las repúblicas de profesores y sabios. Pero con dos corrientes que, si bien parecieron entremezclarse en sus orígenes, se decantaron pronto en direcciones opuestas: El partido comunista, por su mismo credo y naturaleza, estaba abocado a supeditar la educación a sus fines, al monopolio de su liderazgo y a la anulación, finalmente, de la realidad. Los demás, progresistas y renovadores, luchaban por mejoras de urgente aplicación, por concretos ideales de cambio a los que la reflexión, la formación y el compromiso individual dotaba de un marco moral; y fueron derrotados por la fuerza de los credos simples, de los hechos consumados y de la lógica del poder. Tras ambos se encontraba el fresco recuerdo de la burocracia mandarinal contra la que unos y otros se rebelaban. Sin embargo el transcurrir del tiempo haría patente que el verdadero heredero de aquélla sería el nuevo Gobierno chino, mientras el resto, moderno, abierto y realmente diferente, desaparecía o era hecho desaparecer. Lu Sin, con su humanidad profunda y angustiada, su labor docente y sus obras breves y sentidas, fue el pensador que marcó a toda su época. El régimen comunista no le borró como a tantos otros, sino que le reemplazó por un Lu Sin glorioso y deificado sin afinidad alguna con aquel escritor cuya auténtica grandeza había residido en la amargura conflictiva, el deseo de honestidad y la envergadura literaria. Mao Tse-tung maquilla su cadáver, le nombra generalísimo de la revolución cultural china, portaestandarte del nuevo sistema, y, finalmente, hace de él el comunista que jamás fue. No le faltaba razón al escritor al encresparse y rechazar el papel de líder del pensamiento que se empeñaban en otorgarle sus admiradores, y no en vano había puesto en guardia a la juventud china contra la abundancia de guías y gurús políticos, de los que desconfiaba profundamente. Sus escritos reflejan, con una claridad difícilmente superable, la posición de los intelectuales de su época respecto a la necesidad de cambio y a Occidente:

Cada vez que leo libros chinos tengo la impresión de que me hundo en un pasivo letargo que me aleja de la vida. Cuando leo libros extranjeros-exceptuando los libros hindúes-me pongo en contacto con la vida, me siento inclinado a la acción. Los libros chinos, incluso los que defienden la confrontación con el mundo exterior, respiran un optimismo de cadáveres. Los libros extranjeros, incluso los que son derrotistas o desesperados, expresan un derrotismo y una desesperanza de hombres vivos. En mi opinión, los jóvenes deberían leer lo menos posible, incluso nada en absoluto, de libros chinos, y leer lo más posible de libros extranjeros. Si sólo leen unos pocos libros chinos lo peor que puede pasarles es que sean algo incapaces de redactar composiciones literarias. Pero lo esencial para jóvenes de hoy no es hablar sino actuar; lo principal es que estén vivos.

En jardines de sueño, entre los macizos de flores raras, hermosas mujeres pensativas pasean su ociosidad sobrenatural; a la llamada de la grulla, las blancas nubes se alejan…Son sin duda visiones seductoras para la imaginación-pero, por mi parte, yo no puedo olvidar esta condición humana que es la mía-[2]

Al principio del siglo XX estos sectores de gente educada y con inquietudes ocupaban un espacio mínimo en el mapa demográfico, pero constituían la levadura natural del futuro progreso. Eran estudiantes y profesionales que atacaban el confucianismo y la estructura jerárquica de sumisión y defendían la liberación de la mujer. Muchos habían estado becados en Occidente o Japón, o estudiado en escuelas extranjeras, y pedían, desde las asociaciones que habían formado, en la universidad, la calle y los periódicos, tecnificación, apertura y democracia. Los contactos con otros países les habían hecho tomar brusca y amarga conciencia del atraso del propio. Eran el producto de la dinámica imparable que el Gobierno mismo se había visto obligado a poner en marcha ante la ineludible necesidad de modernizarse. La derrota frente a Japón, en 1895, y el reparto del imperio en zonas de influencia de las potencias occidentales ya no permitían la desdeñosa respuesta dada siglos antes por el emperador a los embajadores europeos. La luz había penetrado al echar las puertas abajo, y revelaba un reino de momias mantenido por estructuras caducas y polvorientas, que las reformas educativas de 1901, 1905 y 1911, tras el derrocamiento de la dinastía manchú, no hacían sino resaltar. El abrumador peso de los datos mostraba que hasta la primera década del siglo XX no se había introducido en el currículum el estudio de las Matemáticas, la Geografía, las Ciencias Naturales, la Historia Mundial y la formación profesional, que en los años treinta sólo un quince por ciento de los niños acudían a la escuela primaria y un porcentaje mucho menor a la secundaria, que la primera universidad, la de Pekín, no databa sino de 1898 y que, en 1948, para un territorio de diez millones de km2. y una población de cerca de seiscientos millones de habitantes, de la que la mitad tenía menos de veinticinco años, no había más que unos ciento cincuenta mil estudiantes repartidos en doscientos siete institutos de enseñanza superior.

Por diversos que fueran gobiernos y motivos, la modernización pasaba, con todos ellos, por cambios en el sistema de comunicación gráfica. El Comité de Investigación para la Reforma de la Lengua China Escrita había ya había simplificado en 1956 los caracteres más complicados y publicado un nuevo alfabeto. Se variaba además la disposición, que pasaba a ser en filas horizontales leídas de izquierda a derecha, como en los sistemas europeos, y no en hileras verticales de derecha a izquierda, de una a otra parte de la página, a la manera tradicional, consiguiendo así mayor rapidez en la lectura, puesto que el campo visual del ojo humano es más amplio en horizontal que en vertical. Durante la Revolución Cultural, en 1966, hubo carteles pidiendo una reducción drástica de caracteres, apoyada al parecer por el mismo Mao, pero tuvo escaso eco, ahogada por problemas mucho más graves y por la imposibilidad de representar cada carácter por un solo sonido. A lo largo de los años siguientes se ha continuado recurriendo al alfabeto romanizado como ayuda en el aprendizaje de nuevas palabras, lenguas extranjeras, nombres propios, y, de forma muy significativa, con la finalidad permanente de contribuir a la unificación lingüística del país. Su papel como auxiliar en el contacto con el mundo circundante parece imprescindible, pero el paso generalizado y total de la escritura pictográfica a la fonemática, es, por la variedad de lenguas que en la práctica componen China, extraordinariamente complejo y está unido a mutaciones de envergadura muy superior a la lingüística.

Mientras, los textos han cumplido, durante décadas, su función. Como un cedazo lanzado en las aguas de la realidad, llegan a la gente del instituto-segunda mitad del siglo XX; años setenta-noticias, informes y opiniones en función de los cuales se disponen sus vidas. Forman la verdad incuestionable, que se plasma, como la lengua oficial, en un puñado de folios. Cuanto éstos no nombran o autorizan simplemente no existe, desaparece, figura como delito o como graciosa concesión. Shu alaba la bondad paternal y oficiosa de los dirigentes del Partido, que sin duda, afirma, se ocupan de que, un día, ella pueda volver junto a su hijo y su marido para gastar los años que todavía le permita su corazón enfermo entre los suyos. No habla Shu de cuanto ya le ha sido negado, de los grandes trozos de tiempo, de satisfacción, de intimidad, de existencia privada, de cambio, conocimientos, variedad, afecto, viajes, que han sido simplemente omitidos en el trato que por parte del sistema recibe. En lugar de esto agradece el bocado ocasional que se le introduce entre los mimbres de la jaula, y deja su vida consciente discurrir sólo por la topografía oficial.

 

 

Segundo Viaje al Oeste

 

El imperio que pronto dejaría de serlo había comenzado su segundo Viaje al Oeste, por motivos y caminos muy distintos a los del venerable monje Hsüang Tsang. Ya no se trataba de volver cargado de escrituras búdicas y pasar el resto de sus días traduciéndolas en la dorada Xian del siglo VII. Ahora había que copiar la técnica, el armamento, robar el fuego a los bárbaros, aprender, como lo había hecho Japón, a imitar, multiplicar y despreciar. Las lenguas extranjeras se abren como ventanas en el tejido desgarrado e irregular del país. Quizás los estudiantes recordasen que el primer emperador Ming, Hung Wu, fundó en el siglo XIV, dentro de las directivas de su política de expansión comercial, una sin duda pionera escuela de intérpretes. Hubo después épocas en que, de forma paralela e inversa a los contactos con el sánscrito de las sutras, los jesuitas abrieron brecha en la sinología, y a ellos les siguieron misioneros de iglesias diversas. En tiempos mucho más lejanos la Ruta de la Seda había traído el eco de iraníes, judíos, cristianos y árabes. Los intercambios lingüísticos eran, en cualquier caso, extraordinariamente limitados y se situaban en las orlas del imperio a las que, por ejemplo, los soldados y religiosos españoles llevaban, en sus visitas, intérpretes filipinos. China no se encuentra confrontada con los países occidentales y sus lenguas hasta el siglo XIX, cuando, tras el final de la Guerra del Opio y la firma del Tratado de Nanking, la corte imperial se ve abocada a abrir fronteras y otorgar concesiones territoriales y económicas. La derrota de la Segunda Guerra, de 1858 a 1860, abre la navegación por el río Yangtsé a las potencias extranjeras, que gozarán de acceso diplomático y comercial, aranceles especiales y protección y privilegios para sus ciudadanos. Las esferas de influencia se sitúan en Manchuria, Mongolia Exterior y Sinkiang para Rusia; a Alemania corresponde el puerto de Kiaochow, en la provincia de Shangtung; los japoneses ocuparon la parte sur de Manchuria en 1931 y, durante una guerra de agresión que se caracterizó por su crueldad, invadieron diversos territorios, abandonados luego y que, tras la rendición de Japón en 1945, los Estados Unidos ayudaron a Chiang Kai-shek a recuperar. La presencia de Gran Bretaña es profunda y extensa, desde el Tíbet a los puertos y grandes ciudades del sur, entre las que estaba Hong Kong, que ya había sido cedido en el siglo XIX y que vio ampliados sus territorios con los de Kowloon; gozaba además de la promesa de consideración preferencial y exclusiva en el valle del Yangtsé. Francia también había obtenido garantías en el reconocimiento de su soberanía en Indochina y la cesión de los territorios limítrofes en la costa y el interior.

Las zonas de influencia  no son fijas, siguen las peripecias de las guerras mundiales, de la de Estados Unidos contra el Japón, y de las disputas de las potencias entre ellas. Esta entrada brutal en la era contemporánea rompe, para bien y para mal, el rígido caparazón de la antigua China y alumbra, entre denuncias del imperialismo y exigencias de occidentalización, la transformación irreversible de lo que pocos años antes se consideraba inmutable reino. Éste hervía sin embargo con la rápida corriente de los tiempos, y su monarquía mandarinal era una tapa pétrea empeñada en contener e invertir la Historia. Nada plasma mejor la fosilizada política de la última dirigente Ching que el barco de mármol que se hizo construir en el Palacio de Verano con los fondos que las potencias occidentales, tras el armisticio que siguió a la entrada en Pekín de las tropas franco-británicas, le habían asignado para que dotase a China de una flota moderna. La temible regente, Tzu Hsi, seguía de cerca los intentos reformistas del joven emperador Kuang Shu, que apoyaba las iniciativas del grupo progresista liderado por Kang You-wei y veía como único futuro para el país su modernización, especialmente económica y educativa, y el establecimiento de una monarquía constitucional. La camarilla militar manchú, con Tzu Hsi al frente, aisló al emperador, ejecutó a cuantos progresistas pudo capturar y lanzó en 1900 una de las campañas xenófobas de las que tanto gustaba la emperatriz y que prendían tan fácilmente en la población humillada por la palmaria constatación de su inferioridad económica y militar. El alzamiento de los Bóxer, sociedad apoyada oficiosamente por la corte, se dedicó-no por vez primera- a la matanza de extranjeros, misioneros en su mayoría, hasta que las tropas occidentales entraron en Pekín. Ya era tarde para los planes reformistas con los que la monarquía Ching pretendió encalar su fachada y para los gestos como el abandono, en 1905, del milenario sistema de exámenes para funcionarios. Sun Yat Sen, educado en occidente, representaba, por su honestidad y fervor, el punto de referencia de los que propugnaban un rápido y decisivo cambio, que se produce en 1911, con la caída de la dinastía manchú, y la proclamación, un año después, de la tan esperada república. Nacía sin embargo ésta con el inmenso lastre de una población hecha a los usos medievales, a la peligrosa alternancia de resentimiento y orgullo irracionales por igual, y a la extrema ignorancia del espacio exterior. Tanto en China como en Japón, la democracia, los Estados modernos, habían sido impuestos tras derrumbar sistemas teocráticos, imperios por derecho divino, lo que nunca había impedido que sus muy humanos monarcas ocuparan el trono tras golpes de Estado, batallas y ejecuciones de sus predecesores, y que las dinastías reinantes fueran durante varias generaciones de origen extranjero, como mongoles o manchúes. Este siglo era distinto: las fronteras se habían abierto; Occidente, deseado, odiado, todavía apenas conocido, estaba ahí.

La influencia de Europa y América se afincará a lo largo de la costa, en los puertos, en la rica zona minera de Manchuria-hoy provincia de Heilungkiang-, y en las vías de comunicación fluviales y ferroviarias. Las enormes extensiones del interior apenas se verán afectadas por el contacto con los demonios extranjeros con una excepción: las escuelas de misiones, que han llegado hasta zonas remotas y gozan de prestigio social y pedagógico pero cuyo número será siempre escaso y que, tras servir de blanco a los ataques xenófobos y políticos, serán erradicadas durante los primeros años del régimen del 49 ó, como el resto de las confesiones religiosas, descenderán durante décadas a las catacumbas. Paralelamente, la liturgia de masas del PCChino se apropia de todos los espacios y ritos de forma similar a la del nacionalsocialismo alemán durante los años de predominio nazi. La exacerbación de la patria y del orgullo etnocéntrico, apenas velado por un credo marxista supuestamente universal, hace de las religiones occidentales una manifestación más de la agresión imperialista, un atentado contra los valores eternos de la gran China y un puente de espías y saboteadores que debe ser dinamitado, junto con otros caminos por los que algunos habían emprendido el viaje al Oeste.

La avanzadilla, mínima y conmovedora por las extraordinarias dimensiones que para los que la vivieron representaba su aventura, fue el grupo de ciento veinte estudiantes chinos enviados en 1872 a Estados Unidos, a los que siguieron otros que esperaban licenciarse en universidades de Japón y de Europa. Unos iban con becas gubernamentales o facilitadas por el país de acogida, otros por cuenta propia, un porcentaje considerable se dedicó a la ingeniería, la medicina, la agricultura, las ciencias naturales. Sobre todos ejercía el gobierno chino una estrecha vigilancia; a los que marcharon a Estados Unidos les fueron distribuidos calendarios con las fechas de los ritos que debían celebrar, la embajada supervisaba su actitud, se les exigía que llevaran minuciosos diarios de sus actividades, eran animados a concentrarse en el estudio y se les prohibía el matrimonio con extranjeras. Con fines muy distintos, abandonados a su suerte y considerados como simple mercancía, les habían precedido los coolies, cuyos supervivientes al trabajo en las minas de oro y en los ferrocarriles de California, aferrados a la lengua y usos que habían llevado como único caudal, formaban colonias en diversas ciudades de América. En situaciones económicas y sociales fundamentalmente diversas, sometidos a estricto control o ignorados por Pekín, los chinos han comenzado sus contactos externos con extrema reticencia a la mezcla y la apertura, como si en el platillo opuesto de la balanza se amontonaran excesivos siglos de aislamiento que precisasen de mucho más que décadas para hallar un equilibrio.

El inglés era (de hecho, lo sigue siendo) la llave hacia el saber y las técnicas, la puerta de la política y el comercio, la lengua de las ciencias y la vía hacia sociedades que hacían gala de prosperidad y esplendor. Los personajes de las novelas de Lu Sin emplean sus escasos recursos en enviar a sus hijos a escuelas donde se garantiza la comprensión de la lengua extranjera y su fluido uso. Pero lo que en principio había sido una forma utilitaria de arrebatar a Occidente los secretos de su poder militar se amplió pronto al vasto dominio de la literatura y, además de obras sobre el arte de la guerra, la estrategia y la balística, comenzaron a llegar a China traducciones de Spencer, Huxley, Stuart Mill, Hume, Adam Smith, Darwin, que en pocos años se hicieron indispensables en las bibliotecas de los estudiantes. Caso hubo en el que la literatura, la fuerza de su sentido y su belleza, saltó incluso sobre la ignorancia de la lengua, como los caracteres trazados por poetas remotos o los sonidos del ruso habían arrastrado hacia su desconocido universo a la profesora occidental. Así, un letrado llamado Lin Chu tradujo por sí solo noventa y tres libros ingleses, veinticinco franceses, diecinueve norteamericanos y seis rusos. No conocía lengua extranjera alguna, colaboraba con occidentales que sabían un poco de chino y que le explicaban el texto. Luego tomaba su pincel y lo transcribía en el chino clásico. De ese modo fueron revelados Dickens, Walter Scott, Stevenson, Victor Hugo, Dumas, Balzac, Cervantes, Tolstoi. Lin Chu tuvo numerosos imitadores. Se vertieron también muchos libros al chino a partir de traducciones japonesas. El interés de los lectores se centraba principalmente en obras de ciencia, filosofía y en las grandes novelas de la literatura mundial, y la aproximación a los textos se llevó a cabo, en lenguas distintas a la inglesa, a partir de traducciones previas y no del idioma original. Los lectores, la curiosidad y la difusión de los autores occidentales se extienden con intensidad y rapidez en un movimiento descubridor que no había tenido anteriormente parangón jamás. En 1912 el joven Mao Tse-tung pasa seis meses leyendo en la biblioteca de la ciudad de Changsha, provincia de Hunan. Previamente había asistido a una escuela comercial pero el empleo del inglés en buena parte de las clases le impidió continuar. Él ni conoce ni conocerá nunca lenguas extranjeras, pero su experiencia muestra que incluso en una ciudad interior de provincias existían ya, a principios de siglo, numerosas traducciones de Montesquieu, Adam Smith, Mill, Rousseau, Spencer, Darwin. Unas décadas más adelante, Mao eliminará de los anaqueles a todos ellos con eficacia y resultados mucho más devastadores que los del atraso, el aislamiento o la pobreza.

Los profesores chinos de 1973 reflejan aún el desvaído eco del viejo conflicto de los Ilustrados; de hecho han heredado el término, puesto que el régimen les cataloga genéricamente como jóvenes instruidos. Ya no lo son tanto. En ningún sentido. Sucesivas purgas, temores, autocríticas y trillas han reducido su mundo intelectual a un perímetro escaso que se caracteriza por la labranza circular del mismo terreno. Han debido olvidar lo que, por antiguo o foráneo, se consideraba cargado de valores eliminables. Han participado en sesiones de denuncia, ataque, degradación y loa. Se han regalado, como prenda de amor o amistad, las obras completas del Presidente Mao y han bordado su rostro a punto de cruz. Han aprendido que un gigantesco monumento de yeso en forma de antorcha es mucho más bello que el gentil y antiguo templo vecino, puesto que aquél simboliza la revolución, y así lo repiten a la extranjera a la que acompañan como intérpretes. De la misma forma responden sin pestañear que les parecen abominables los acordes de Bach, Beethoven o Mozart, porque la campaña oficial en boga ha colocado a la música clásica en el pervertido infierno de los valores burgueses. Antes de llegar a esta etapa de absoluto control estatal sus padres y abuelos conocieron campos de batalla menos devastados y más ruidosos, participaron del dilema entre el reconocimiento y el deseo de los superiores valores y logros alcanzados en occidente y el cariño y la fidelidad al propio país. Eran tiempos en que se podía confesar la preferencia y necesidad de los hallazgos de civilizaciones ajenas con la candidez con la que Lu Sin aconseja dejar la autóctona e impregnarse en la literatura extranjera, tiempos en los que el término nacionalismo no estaba todavía encanallado por los intereses espurios, el desahogo tribal y la estupidez rampante. El nacionalismo significó, en las minorías del XIX y primera mitad del XX, un sentimiento de genuino amor y preocupación que imponía el reconocimiento del atraso y la aceptación ávida de cuanto lo paliase, tuvo un fuerte componente intelectual porque se trataba de grupos de formación cultural elevada y de individuos con marcada personalidad y trayectoria profesional con frecuencia prometedora que escogieron invertir en el cambio del país su energías, su seguridad y su futuro. La distancia que les separa de los, posteriores, especialistas en la creación de cotos patrióticos privilegiados y de defensores de la exención fiscal es completa. Aquéllos fueron utópicos en el sentido más noble de una palabra que también ha encanallado luego su vecindad al asesinato; sus actitudes estuvieron cargadas de duda y de una búsqueda de corte humanista, abierta y plural. Y se encontraron solos.

Ilustrados, afrancesados, anglófilos, extranjerizantes, modernistas, lacayos, vendidos, prófugos, renegados, apátridas. Llueven los adjetivos sobre cuantos hubieron de enfrentarse al dilema entre nacionalismo y reconocimiento objetivo de los valores. Francia ofrecía a los Ilustrados españoles el modelo de un régimen de laicidad, libertades y adelantos en mucho preferible al de su país, como el que Estados Unidos inspirara antes a Francia y como Occidente mostraría después a los que pretendían alejarse de las teocracias, los caciques, las cárceles de la tradición y la implacable servidumbre gregaria de los usos de la tribu. Pero pasaron las épocas de conceptos universales y los que, desde países en desarrollo, habían aspirado limpiamente a sistemas de derechos individuales, constituciones y Estado no confesional se vieron relegados al doble ostracismo del régimen local y al de los pactos y la indiferencia, o reprobación, de la opinión de esos países desarrollados en los que se habían inspirado para un mejor futuro.

Las lámparas pequeñas a las que alimentaba el sentido común, la capacidad crítica y la independencia intelectual quedaron en China-como bien ilustra el ejemplo de las estrellas de su bandera- progresivamente eclipsadas por la potente unicidad del sol Osiris-Mao Tse-tung que se levanta-así reza el himno-sobre el horizonte. Desaparecieron anuladas por el enorme disco que, en su apoteosis, sostenía al extremo de cada rayo un libro rojo. El ocaso revela que las lámparas todavía están ahí.

Pero el eclipse va a ser largo porque a partir de los años treinta se está tejiendo una epopeya mítica que va a envolver educación, cultura y propaganda en sus pliegues durante varias generaciones. En 1934 ha comenzado la Larga Marcha del Ejército Rojo que, desde su soviet de Kiangsí, rompe el cerco de Chiang Kai-shek y se abre paso hacia el norte. Dos años más tarde la décima parte de los cien mil hombres que partieron conseguirá llegar viva a Yenán, tras recorrer diez mil kilómetros y atravesar nueve provincias en un semicírculo que roza las estribaciones del Tíbet y las fuentes del río Yangtsé. Los corresponsales norteamericanos que visitan la zona en los años cuarenta tienen la impresión de hallarse en una vasta escuela primaria. Se practica la enseñanza colectiva y se recurre al uso limitado de la escritura latinizada del chino para acelerar el aprendizaje. Mao había preconizado la fusión de politización y alfabetización del campesinado y los soldados debían ocuparse de la tarea y dedicar dos horas diarias a leer y escribir y otras dos al comentario de periódicos, con una metodología de trabajo en cadena en la que cada cual enseñaba al que sabía menos que él. Esto no se llevaba a cabo en establecimientos docentes sino por medio de actividades introducidas en la vida cotidiana. Los caracteres de hornillo, mesa, mijo y trigo se pegaban en lugares visibles o sobre los propios objetos para ser memorizados de un día a otro. Luego se acudía a las clases nocturnas. Durante el día los megáfonos repetían las consignas de los carteles, que los campesinos deletreaban en voz alta. En el periodo de Yenán, hasta 1949, funcionan dos universidades de los soviets chinos; su reglamento se basa en la unión de teoría y práctica, la alternancia con el trabajo manual y el hincapié en la metodología social y colectiva. Taxativamente se anuncia que El espíritu doctrinario del aprendizaje libresco, muerto, será concienzudamente corregido. No se trata ya de trabajo en la clandestinidad sino de un vasto Estado dentro del Estado organizado, controlado y sometido a un claro corpus de directivas, entre las que están el desarrollo de la democracia en la enseñanza y la conveniencia de animar a que se planteen preguntas y se aviven las discusiones con objeto de cultivar la independencia de pensamiento y de crítica.

Las premisas, en una primera lectura, resultan tan éticas como estéticas y, enmarcadas en su ambiente entusiasta y prometedor, enamoraron tanto a los corresponsales extranjeros como a los jóvenes chinos. Por una parte correspondían a las necesidades y al contexto de los soviets de Yenán, por otra canalizaban el violento rechazo de la juventud patriota respecto a un pasado opresivo en el que la cultura momificada pasaba como un cadáver de mano en mano entre los mandarines. Unos segundos de reflexión y sana toma de distancia, a los que puede añadirse cierta perspectiva histórica, hacen patente, empero, el claro esbozo de un programa perdurable que, en sus métodos e intenciones, no deja resquicio para la menor discrepancia. Las campañas alfabetizadoras, las sesiones instructivas, los enriquecedores debates, no tienen como finalidad el individuo, su progreso, el abanico libre de sus posibilidades; están supeditados en todo momento a un ideal político de rango superior, realización futura y premisas incuestionables en el que el sujeto de atención, y de simple existencia filosófica, son las diversas categorías de grupos sociales englobadas en la abstracción mayor, indiscutible y todopoderosa que se define como las amplias masas. Lectura y educación no sólo sirven para; son propaganda, sin que haya distinción entre ésta y aquéllas. Existe un pecado original de intención que separa de raíz las iniciativas maoístas, y marxistas en general, de las de otros reformistas y revolucionarios: el objeto de su tarea no son las personas sino el sistema, y hacia él y su ideal de completo desarrollo marchan sobre esas baldosas de buenas intenciones y lenguaje de bondad inatacable que pavimentan el camino del infierno. En la construcción del archipiélago Orwell se ha tomado una dirección fundamental, y fundamentalmente distinta a los diversos movimientos-misiones pedagógicas, bibliotecas populares, compañías de teatro ambulantes- que se dedicaron, en el XIX y principios de XX, a la labor de llevar cultura y progreso, belleza clásica y nuevo arte a las aldeas, los iletrados y los desposeídos. La política de Yenán consiste en la sumisión completa a los fines únicos del grupo único dirigente, fuertemente personalizado por Mao Tse-tung. No se trata de medidas provisionales destinadas a paliar las urgentes carencias de la extrema penuria del campesinado. Lo que parece simples observaciones de sentido común a las que no puede otorgarse más que el mérito ocasional de la utilidad inmediata se transforma en el credo y guía del sistema, de manera que la propaganda sustituye a información y educación de forma perdurable, el lenguaje invierte su sentido y democracia, discusión y crítica pasan a significar exactamente sus conceptos contrarios por cuanto se mueven en un marco totalizador que sólo concibe su empleo como servidores de las verdades de obligado, y entusiasta, asentimiento. En su unión indisoluble del trabajo manual y el intelectual, de teoría y práctica, y en la supeditación de arte, ciencia, literatura y pensamiento a la producción y las amplias masas Mao marca las reglas cardinales que impondrá durante varias décadas y de las que se valdrán su régimen y sus continuadores para eliminar toda disensión. Él ya había expresado estas constantes en su primera publicación conocida: un artículo, aparecido en abril de 1917, sobre la conveniencia de la educación física en la formación. En sus escritos de Yenán en 1940 sobre el materialismo dialéctico el idealismo es ya uno de los grandes enemigos filosóficos de cuya contaminación deberán guardarse los intelectuales. Si alguna duda les quedaba a éstos sobre el porvenir que les reservaba el nuevo régimen, desde luego la serie de conferencias que Mao les dedicó en 1942 se la aclaró suficientemente:

En la vida del pueblo se encierra siempre una mina de materia prima para el arte y la literatura, son cosas en su estado natural toscas, pero, a la vez, son las más vivas, las más ricas, y las más elementales, en este sentido, hacen palidecer a todo el arte y la literatura y constituyen el manantial único e inagotable de éstos. Es la única fuente, es la única posible, no puede haber otra (…) En este mundo no hay nada por encima del utilitarismo; en una sociedad de clases lo que no es el utilitarismo de una clase tiene que ser el de otra (…) No existe en la realidad el arte por el arte, el arte por encima de las clases, ni el arte que se desenvuelva paralela o independientemente de la política. (…) Por lo tanto, el trabajo del Partido en arte y literatura ocupa una posición determinada y fijada en el conjunto de su labor revolucionaria, y está subordinado a la tarea revolucionaria establecida por el Partido en un periodo revolucionario dado. Toda oposición a ello conducirá, de seguro, al dualismo o al pluralismo, y, en esencia, equivale a “política marxista, arte burgués”, como en el caso de Trotsky. (…) El arte y la literatura están subordinados a la política (…) Entonces, ¿no destruye el marxismo el “impulso creador?. Sí; ciertamente destruirá los impulsos creadores feudales, burgueses, pequeño-burgueses, del liberalismo, del individualismo, del nihilismo, del arte por el arte, de concepciones aristocráticas, decadentes, pesimistas, así como todos los otros impulsos creadores que no sean de las masas populares ni del proletariado. En lo que se refiere a los artistas y escritores proletarios, ¿no deben ser destruidos semejantes impulsos?. Yo creo que sí; tienen que ser destruidos totalmente, y a medida que se destruyan podrá edificarse lo nuevo.[3]

El discurso, en sí, tiene claros precedentes a escala nacional; en el estalinismo por supuesto, que enuncia premisas muy parecidas, pero también en el nazismo y sus trabajos prácticos de incineración de obras decadentes. Como línea de pensamiento, significa una completa fractura respecto a la apuesta griega por la teoría, sigue dirección opuesta a la liberación de la contingencia, de la religión-cuyo lugar ocupa en el marxismo el dogma político- y de la presión del grupo que es para la filosofía occidental condición indispensable para acceder a la pureza especulativa y a las colinas solitarias de la reflexión individual. El pragmatismo aspira a la canalización utilitaria de técnicas que han nacido en los descarnados territorios de las matemáticas, la geometría y de las consideraciones sobre el ser humano, los componentes del universo y la nada, limita la cultura al círculo de la experiencia inmediata y de la práctica y prohibe elevar la vista a la oscuridad cuajada de extrañas e inútiles estrellas.

La recapitulación de las consignas expresadas en los primeros escritos de Mao muestra, pues, una serie de ideas muy limitadas en su número y profundidad, a las que el tono categórico, la aparente simplicidad incuestionable y la finalidad supuestamente benéfica impulsa a calificar de verdaderas sin serlo en absoluto. De hecho enuncian perfectas falsedades, datos parciales, observaciones partidistas. Resultan halagadoras para las supuestas amplias masas por la misma pobreza de su análisis, entroncan con el pragmatismo tradicional y rural y, al eliminar los conceptos de excelencia, especulación teórica, valoración del individuo y creación libre, reducen el horizonte a dimensiones de mínimo esfuerzo intelectual. Se trata de simples estrategias coyunturales, pero la situación de poder por parte del Partido que las propugna, del Jefe que las afirma, hace de ellas dogmas. Sus inseparables compañeros son la denuncia, represión y eliminación de cualquier planteamiento, actividad, obra y persona concreta que les sea ajena. Su eficacia en la construcción de parcelas totalitarias, y las dimensiones de éstas, dependerán de la cantidad de poder de la que los que las utilizan dispongan. Podrán construir, no ya islas, sino un vasto continente del tamaño de la República Popular China. Eliminarán física o socialmente a unas cuantas decenas de millones de personas-ay de los disidentes cuando se manejan cifras macroscópicas-. Reducirán, en cuatro años de experimento camboyano, la población en un tercio. O deberán conformarse, en el caso de países democráticos, con los acogedores cotos de Educación y Cultura que la coyuntura o las votaciones ofrezcan a partidos y grupos de presión.

El discurso de Yenán es pieza clave, y ello salta a la vista si se compara con las directivas que van a ir rigiendo el desarrollo del régimen una vez instalado en Pekín. Lo que en los soviets podía considerarse como medidas de excepción dada la situación de guerra toma cuerpo de Ley en el nuevo Estado. El aviso a navegantes intelectuales es crucial por su énfasis tajante en la función de los productos de creación y pensamiento, por las normas estrictas en las que los enmarca, por la supeditación que fija, de entonces a hoy, de los intelectuales al Partido, y sobre todo por la manera inapelable con que elimina el derecho de existencia de todo campo, impulso, inspiración, obra, que no entre en lo expresamente indicado como bueno.

Mientras, las pequeñas ventanas de las lenguas extranjeras se iban cerrando; en nada correspondían a las necesidades de civiles y tropa. Los atisbos del exterior podían aún hallarse en los conocimientos de idiomas y autores occidentales de algunos de los líderes, estudiantes y profesores que llegaban a Yenán y en los principios del internacionalismo proletario, que hacían al Partido Comunista Chino mantener relaciones con otros partidos, seguir las luchas que tenían lugar en el resto del mundo y que impulsaron a Mao Tse-tung a escribir su Carta al pueblo español en 1937.

 

Como en la práctica mayoría de las Constituciones modernas, la de la República Popular China proclama, en 1949, el derecho de todo ciudadano a recibir educación. Pero no cualquiera. La literatura y las artes estarán, como reza el artículo 45, al servicio del pueblo y servirán para el esclarecimiento de su conciencia política y para fomentar su trabajo entusiasta. El acceso a la enseñanza será universal, pero marcado por lo que hoy se llamaría discriminación positiva, que prima a campesinos, obreros y, por supuesto, miembros del Partido y del Ejército (los cuales son, ambos, prácticamente entidad única) en todos los niveles, materias, convocatorias y circunstancias. Esta educación está indisolublemente unida al adoctrinamiento político y a la propaganda; siendo los tres términos en la práctica sinónimos, y así el artículo 47, al tiempo que prevé las clases que en su tiempo libre recibirán trabajadores y cuadros, ordena la educación política revolucionaria de los jóvenes intelectuales e intelectuales de estilo antiguo, de forma planificada y sistemática. Para el enfoque de Historia, Economía, Política, Cultura y Asuntos Internacionales el artículo 44 establece la aplicación de un punto de vista histórico-científico, y, en general, todas estas materias estarán caracterizadas por los rasgos de nuevas, democráticas, científicas y populares.

Tal panorama de apariencia casi idílica implica, en su aplicación y en el desarrollo del auténtico significado de sus términos, consecuencias que, lejos de asociarse en exclusiva al mundo asiático, a la nueva estructura administrativa o a un determinado periodo temporal, son perfectamente reconocibles porque se manifiestan, si se presentan las condiciones oportunas, en lugares y ocasiones muy diversos. Al tratarse en el proceso chino de una auténtica revolución, en cuanto afianzamiento de una clase recién llegada al poder, ésta precisa legitimación y la crea de una forma absoluta: buscando la anulación del pasado, excepto en muy contados rasgos nacionales, substituyéndolo por una conveniente mitología y proponiéndose la creación ex nihilo de un tipo de hombre pura materia prima en la que moldear el futuro. Es la famosa aspiración de Mao a la página en blanco, la anulación de los rasgos individuales y de la personal cuota de tradiciones, usos e historias, que se considera, por su desarrollo en las contaminadas tierras de épocas anteriores, una enfermedad. Nada asociado al mundo anterior al 49, a la especulación gratuita, a la elevación sobre el gusto y aceptación de los grandes contingentes campesinos, militares, obreros tiene carta de ciudadanía en el país nuevo. Como, naturalmente, la herencia biológica y cultural es inseparable de cada ser humano, esto genera de entrada un inmenso y permanente estado de excepción puesto que en realidad cada ciudadano es, y se sabe, potencial culpable que sólo limitará su culpabilidad señalando la de otros y garantizando contrición y propósito de enmienda. La lobotomía individual e histórica, el pecado original y el síndrome de lazareto son condiciones perfectas para la manipulación de contingentes cuya extensión variará según la cuota de poder de la que se disponga. Reúnen dosis significativas de ignorancia, miedo e imperiosa necesidad de aceptación por el grupo y, por su vaguedad, constituyen la base idónea para adaptaciones posteriores según movilizaciones y circunstancias.

La juventud adquiere por fuerza en este contexto un valor predominante. Es tanto más fiable cuanto más cercana a la infancia y se trata de la clase menos contaminada por sus orígenes, la hoja en blanco, el espejo implacable, y delator, de los vicios de la vieja generación. El sistema-hombres maduros que se prolongarán a sí mismos en una gerontocracia interminable-mantiene a los adultos en una pinza para la que recurre, además de a sus órganos de control, al limpio y entusiasta instrumento de la masa infantil y adolescente ascendida al rango de paradigma y norma.

Los distintos estamentos sociales han sido, a su vez, congelados en momentos y formas que son de por sí transitorios en el curso de la existencia, y se los ha reducido a estereotipos durables en espera de la fusión futura en la perfecta igualdad de la utopía. Obreros, Campesinos, Soldados, Jóvenes pertenecen a los arquetipos platónicos. La movilidad social-y también, en muchos aspectos, la física e intelectual-ha desaparecido, queda englobada en el vasto movimiento de masa cuyo ritmo es tan firme como imparable. Fuera de la incorporación a esta ola de irremisible ley histórica no puede esperarse la menor salvación.

Hay, sin embargo, enemigos con los que por fuerza hay que convivir porque el carácter de su objetividad es tan irrebatible como el peso inerte de los metales o la expansión de las ondas. La urgencia de la adquisición de técnica impone al pensamiento que se quiere nuevo, total y único una curiosa esquizofrenia voluntariamente consentida por dirigentes cuya prioridad es el rearme. La generalidad de las consignas atañe al conjunto de las ciencias humanas, al ejercicio meditativo, recopilador, ético y estético del pensamiento, pero evita territorios en los que la estrategia a corto plazo es primordial y no permite experimentos voluntaristas ni digresiones sobre la creatividad de las masas o la prometedora aportación del campesinado. China necesitaba técnica, y esta palabra ocupa un espacio significativo en las directivas. Se trata de moldear a los elementos como a un aliado más, darles la forma de la meta fijada o azotar las olas como el rey persa, y transmitir así a las miríadas de constructores de la gran nación futura el sentimiento de continuo combate y crecientes victorias. Las consignas pueden suplantar a la metodología científica con costes desdeñables-puentes caídos, cosechas perdidas, millares de muertos- en numerosos casos, pero existen reductos en los que la eficacia sola cuenta, la crudeza cristalina de la reflexión y la soledad, el fruto del silencio, la insobornable exigencia de las matemáticas. La República Popular dedicará una parte importante de esfuerzos y recursos a la consecución del armamento atómico. Los estudios y experimentos serán secretos, en zonas alejadas, y nada tendrán que ver con las llamadas a la socialización y politización de ciencias y artes que cubren el país. Se concentrarán en la capacidad intelectual y en la premura de incuestionables resultados y constituirán una burbuja aislada, un mundo atento a las leyes de la evidencia y al principio de realidad sumergido en un océano de consignas en sentido contrario.

Una ventana al oeste, al territorio impreciso de los países extranjeros, se ha mantenido abierta con especial amplitud: la Unión Soviética es el canal de modernización y ayuda, el correligionario en un mundo hostil y el puente con movimientos afines. Pese a la necesidad y a la afinidad de regímenes, la carga de desconfianza, de antigua hostilidad de vecinos y de orgullo patrio para el que el forzoso reconocimiento del atraso es un insulto, es enorme y está destinada a transformarse en la belicosa tirantez que los estados militares precisan. Por lo pronto se aprende el ruso, se ven algunas películas albanesas y coreanas y, con tan parco horizonte referencial, se transmite el mapa del planeta.

Los grandes movimientos educativos, en los que escolarización es sinónimo de propaganda, han llegado a la mayor parte del territorio. No se trata fundamentalmente de transmisión de conocimientos; ni siquiera se considera oportuno un currículum general o un calendario aconsejable. Cada organismo, guardería y escuela es estatal. En cada caso la tarea prioritaria consistirá en la reverencia a las premisas sociales, en la adhesión visible y activa a las movilizaciones, tareas y aprendizaje de datos que, por el lugar o la coyuntura, tienen preferencia. En los años cincuenta ya está instalado un sistema que, sin alardes técnicos ni espionaje sofisticado, es perfectamente capaz de controlar a una extensísima población. Se trata de un panal de Comités Populares supervisados y dirigidos a todos sus niveles por miembros del Partido Comunista, dividido a su vez en las diversas capas que, inseparables del Ejército, se van estrechando en los ápices de los países-provincia de los que, por su naturaleza y extensión, en realidad China está formada, y que se concentran de manera definitiva en el núcleo de la cima. La fragmentación, la supuesta adaptación, pluralidad y descentralización de los saberes básicos constituye un importante recurso de la manipulación permanente, sumerge de continuo a los sujetos infantiles, adolescentes, adultos, en un perpetuo estado de inseguridad cuya única fuente definitiva de elementos estables es los textos transmitidos por los delegados del Gobierno. La realidad se difumina hasta desaparecer en beneficio de la interpretación correcta de los datos, de su pertinencia. Hay un zarandeo continuo de experimentos, movilizaciones, llamadas al combate, gozoso para los más jóvenes, a los que ofrece el sucedáneo de la libertad, temible para los mayores, a los que no queda más refugio que la minuciosa atención a la ortodoxia estatal. Son sintomáticas, en este sentido, la aparición, fisión y desaparición de los ministerios. El de Educación se había inaugurado en octubre de 1949. El de Educación Superior en el 52, para ser abolido en el 58 y restablecido en 1964; de él dependían universidades importantes, institutos de lenguas extranjeras y centros de formación del profesorado. La atención del régimen a cuanto concierne a educación y cultura es extrema puesto que ambas constituyen el ámbito, por antonomasia, del control del individuo. Más se aleja éste de la etapa de formación infantil mayor es su diferenciación en aptitudes, capacidad, dotes y esfuerzo. Queda atrás el homogéneo colectivo, la supuesta blancura de la página, el papel del voluntarismo como nivelador forzoso. El régimen, los sectores de él más acérrimamente enraízados a la perdurabilidad del poder, no puede admitir la diferenciación que tenazmente brota en las hornadas de estudiantes y que es una fuerza considerable-como saben muy bien los líderes por el recuerdo de su propia juventud-concentrada en universidades y centros de enseñanza superior a los que no se puede mantener, con la adecuada firmeza, bajo el control que los comités ejercen en los escolares y el medio rural. La evidencia sale tenazmente al paso del mito de la materia prima virgen, las revoluciones multitudinarias, los grupos anónimos, los individuos intercambiables y las premisas de infalible aplicación. Se ha extendido el acceso a la enseñanza, pero faltan calidad y rigor. En 1956 Liu Shao-shi, que será nombrado Presidente de la República en el 58 y al que Mao designará más tarde villano oficial, asegura que La educación universal ya no es tan urgente ahora; actualmente el problema es todavía la educación superior y la necesidad de especialistas.

Desde sus comienzos Mao y el Partido han presentado como antitéticos y excluyentes conceptos como mayoría y élite, extensión y calidad, colectivo y persona, en beneficio siempre del primer término puesto que la extensión numérica concede instantánea preeminencia moral. Esto ha significado la implantación de un sistema educativo que, más allá de la alfabetización, es en buena parte ficticio y falso en sus términos, que se apoya en la voluntaria confusión y mezcla de edades y niveles, que se enorgullece de haber hecho proliferar centros de secundaria que son simples escuelas básicas, universidades que nada tienen del rango de tal excepto el título, y que se mueve en la perfecta impunidad que le otorga el dominio de los documentos oficiales. Obviamente esto significa la asimilación de cualquier discrepancia a un atentado contra la extensión de la cultura al pueblo. El procedimiento entra dentro de la manipulación clásica y ha seguido utilizándose-en España, sin ir más lejos-hasta nuestros días. Lo peculiar del caso chino es la enorme dimensión en la que es empleado. Cuando, vista la urgencia de disponer de cuadros que doten al país de una estructura moderna, se elevan voces contra la sumisión del sistema educativo a un rasero, además de ocupado en buena parte por la politización, conceptualmente muy bajo, la reacción del régimen, controlado en sus poderes fácticos por un Mao y un Ejército que no se han distinguido nunca por su estima de las labores de la mente, es lenta, calculada y arrasadora. Las acusaciones de revisionismo, burgués, partidario de una educación elitista alejada de las masas, que en los medios culturales de Occidente no han pasado de ser el recurso oportunista de partidos espurios, son, en situaciones de absoluto poder, letales. Por cierto, las estadísticas sobre escolarización en la China de los años cuarenta y cincuenta en ningún momento recuerdan el tejido educativo destruido, la trama-frágil, pero existente-y, por supuesto, como en todo comienzo y lugar, minoritaria-de personas cultivadas que desaparecieron o emigraron, o los que se vieron forzados a disimular, comprimir u olvidar sus conocimientos para ofrecer la imagen inocua del maestro rural. La Historia de los vencedores se volcó en el mito del mañana en pro del cual eran lícitos todos los métodos y precios. El silencio ha cubierto cuantos presentes estaban siendo y pudieron haber llegado a ser.

En mayo de 1956 el Partido lanza en forma de consigna, suscrita fervorosamente por Mao desde principios del 57, la cita clásica Que cien flores se abran; que cien escuelas de pensamiento rivalicen, animando a los intelectuales a que expresen sus críticas. Éstos, primero prudentes, abandonan la reserva, y la críticas no se paran en el detalle sino que se alzan contra el completo poder del Partido Comunista en todos los órdenes. La profesora occidental lee, años más tarde, sus historias, y reflexiona sobre el peculiar empleo del Gobierno chino de la metáfora, ante la cual siempre conviene huir a distancia conveniente, buscar barricada, armarse contra pétalos, juncos y primaverales brisas tras los que inevitablemente desciende el mazazo definitivo. Durante unos meses los profesores tuvieron, por vez primera, la oportunidad de expresar sus puntos de vista, y en ellos salieron a la luz todas las deficiencias de la educación superior y, más allá, las trabas a la más elemental libertad y uso del conocimiento:

La Universidad del Pueblo es universidad sólo de nombre, y se parece a una escuela secundaria en el contenido de su instrucción y en los métodos de enseñanza de escuela primaria.-Li Hsi-san.

La Universidad del Pueblo no es algo parecido a una escuela, sino una gran colmena de dogmatismo. Todo lo que en ella se hace es diseminar dogmatismo.-Hsu Meng-hsiung.

Cuando leen, muchos profesores de la Universidad del Pueblo no tienen opiniones propias. No hacen sino usar al por mayor material pedagógico traducido del ruso.-Lang Lang-tien.

La floración primaveral tiene poco porvenir. Durante el verano de 1957, y terminados los exámenes de licenciatura, el Consejo de Ministros hace saber  que Todas las escuelas deben emitir las conclusiones de las encuestas políticas sobre los diplomados de este año; esas encuestas deben llevarse a cabo partiendo del comportamiento cotidiano del estudiante y sobre todo basándose en su comportamiento último durante el reciente movimiento de rectificación. El 1 de agosto se aprueba la Ley de la Educación por el Trabajo, que es una reforma educativa forzada aplicada a aquéllos que procede por petición de los servicios del Ministerio de Gobernación o de la Seguridad Pública, del organismo, de la asociación, de la empresa, de la escuela o de cualquier organización de la que dependa el interesado, o por el cabeza de familia o tutor.1

Es decir, cuando las flores han alcanzado la altura mínima segable el Buró Político lanza la campaña siguiente, llamada Movimiento Antiderechista o, con ese gentil uso de las metáforas que caracteriza al régimen, de Rectificación y que consiste en un vasto programa de delación a todos los niveles, del familiar y amistoso al estamental, para proceder seguidamente al envío a trabajos forzados de los licenciados que se han hecho notar por sus opiniones. Con la peculiaridad de que, al no existir marco jurídico ni tratarse de una condena con penas precisas, los destinos son tan diversos como indefinidos en su duración y carecen de control y recurso. Incluso deben aceptarse como una benévola oportunidad reformadora. La estrategia es doble: Dispersa, marca el paso y fanatiza a los estudiantes. Anula, aisla y reduce al ostracismo y el descrédito a las generaciones de más edad, puesto que cualquier crítica de la situación es inmediatamente etiquetada como la impotencia de los mayores para apreciar las bondades del nuevo sistema. La utilización de dualidades temporales que, por simple ubicación cronológica, quedan investidas del Bien o del Mal categóricos es un continuo recurso de estos procesos de justificación y ataque; su extrema simpleza intelectual y la visceralidad que excitan les hace altamente populares entre los sectores más jóvenes y menos cultos de la población.

Sin dejar el terreno de la Botánica, el Partido a continuación se dedica a la Campaña contra las hierbas venenosas, que consiste en aplicar el Movimiento de Rectificación a la eliminación, como mínimo social y política, de los que durante las Cien flores habían expresado ideas disconformes con las directivas estatales y la estructura del poder. Se trata en realidad de la obertura de una sinfonía de muy superior envergadura en la que los intelectuales han servido de simple bocado preliminar, un ensayo de la campaña más violenta que Mao había emprendido jamás: el Gran Salto Adelante. La grandiosidad, de la que en el extranjero sólo se ha visto la superficie y no los terribles efectos, de estos movimientos ha ocultado sectores y personas, numerosos, que ofrecieron otras alternativas y rechazaron las impuestas por una fuerza superior. En los años cincuenta en China todavía no se ha coagulado por completo el archipiélago de Orwell aunque la unificación del bloque se adivina ya tan irremisible como la llegada del frío del invierno; las expresiones que se encuentran en boca de los que expusieron sus críticas en el foro de Las Cien Flores podrían pertenecer a cualquier intelectual, han sido planteadas antes y después de esas fechas, en circunstancias similares y países muy lejanos, poseen todavía el aroma del pensamiento libre y, contra lo que se repetirá hasta la saciedad sobre los condicionamientos inevitables de la milenaria sumisión asiática y su mandarinato intemporal, obedecen a la simple evidencia de la lógica y la reflexión. Dentro y fuera del Gobierno formado en 1949 existen opciones que no son siempre, de manera prioritaria, simple lucha por el mando. Y se manifiestan en la arena pública de la Enseñanza.

La Educación ha sido aquí, como ocurre habitualmente en distintas latitudes, un terreno de prueba, una maqueta que se pliega cuando corresponde pasar al mundo de la acción, a las sólidas premisas económicas, a los enfrentamientos de camarillas y jefes. La Cultura tiene un papel alegórico y con frecuencia premonitorio; en su reducido escenario los políticos representan proyectos conscientemente inviables que anulan otras posibilidades de expresión y tienen la virtud extraordinaria de justificar su dominio y copar el espacio disponible. Las aulas fueron en China la tarjeta de visita de facciones que, desde el Buró Central, propugnaban diferentes vías. Mao y los sectores más fundamentalistas del tándem Partido Comunista/Ejército aspiran-lo harán siempre- a repetir el modelo de Yenán, la comuna agrícola, el soviet obrero, el leninismo puro. El primer plan quinquenal, diseñado por moderados con apoyo de gentes de solvencia profesional y ciertas garantías de modernización y progreso, no les satisface, ven incluso en las pequeñas mejoras y los compromisos cotidianos para la construcción del país y la elevación del nivel de vida de los ciudadanos una amenaza contra el Estado Futuro, el Mañana radicalmente distinto, luminoso y que requiere ahora cuanta energía y medios estén disponibles. La Educación, con su espeso poso de tradiciones y de saberes minoritarios, representa esa sociedad necesitada de una buena poda. Como todo dirigente, Mao ensalzará la importancia de las aulas; pero éstas, al este y al oeste, servirán de caja de resonancia, sala de pruebas e involuntarios alféreces de ejércitos que los estudiantes desconocen. Tras las inevitables declaraciones sobre la importancia decisiva de la Enseñanza, la atención será desviada al crudo reino de los intereses y de los actos.

Si los calendarios no impusieran sus cifras, el instituto de 1973 podría estar anclado casi en cualquier lugar y en una de las muchas fechas a las que se refiere la gloriosa historia oficial del país. O quizás después; o antes. En un espacio rural, cercano pero apartado de la villa, enhebrado a otros centros similares en los que se vive al ritmo lento de las referencias a la misma idea. Alguien pasa, leyendo en voz alta. Uno duerme con la cabeza apoyada en la gorra y el rostro a medias escondido por el termo del té. Todos visten de forma similar, una mezcla de campesino y obrero que alude a la clase trabajadora. No hay más técnica que la rudimentaria de principios de siglo ni otros ruidos que el roce de un cepillo sobre la madera y el cacareo y los gruñidos de animales domésticos. El interior, lo que encierran las tapas de los pocos libros, las gomas de muchas carpetas, los párpados de los profesores que descansan en los reducidos cubículos del edificio adyacente, es del mismo estilo. Se ha logrado, sin duda, un viejo y repetido sueño: el que nace de la fijación a una época de juventud y, a partir de ahí, intenta, durante toda la vida, reconstruir el escenario del pasado y exaltante esplendor, y lo justifica sobradamente por la sinceridad de la querencia, por la pasión de ideales cuya sangre adherida se ha olvidado o jamás se ve. Sobre el instituto somnoliento Mao continúa jugando a Yenán, lo habrá hecho cada década desde el 49, y lo hará hasta la ficción final de apoteosis que le rodea en su lecho de muerte. La profesora extranjera percibe, en la aparente pacífica armonía de este reducto cíclico, la engañosa distorsión de las formas, la ineluctable, incluso consoladora, procesión del tiempo. No. Nada se repite, nada puede disponer una vez y otra el paisaje campestre de las tiernas e ingenuas ilustraciones que decoran las paredes, las canciones, los gritos entusiastas de lucha contra el enemigo y por la producción. Muy de mañana los altavoces han despertado al personal del centro con las acostumbradas consignas, himnos y vibrantes tonos de violín. Alguien vendrá por la tarde, de la fábrica cercana, y contará cuán desgraciada era su existencia antes del 49 y qué felices les ha hecho el Partido a él y a su familia. El relato es un palimpsesto de las primeras comunas, fue cartilla tras la Gran Marcha y se ha reutilizado en campañas sucesivas y escenarios tan cuidadosamente semejantes que sólo la evidencia del calendario y los sutiles, pero insorbornables, arañazos de los sucesos transcurridos marcan el paso de las épocas. Contra el sólido telón del mito originario, el líder sostiene la bandera de su legitimidad, y revive incansablemente la epopeya, actores y escenarios del gran momento pasado cuyos hechos se funden con el agudo sentimiento de victoria y la tersa textura de la piel. En un vértigo del cual nada las pequeñas vidas saben, él se ha visto proyectado a las alturas del demiurgo, ha encontrado el material dispuesto para la transformación entre sus manos; y todos los siglos del mundo por delante. Hacer uno, dos, mil Yenán.

El Gran Salto Adelante pretende ya la unificación del continente totalitario. Sigue a los grandes planes quinquenales estalinistas, respecto a los que China actúa como orgulloso y magnificador espejo emulatorio, y embarca al país entero en la primera catástrofe cuyas cifras de muertos le colocan en uno de los primeros puestos del ranking de exterminaciones del siglo XX. Según la práctica habitual, el núcleo maoísta, afirmado por la purga anterior y por el apoyo del Ejército y de una población con amplio componente juvenil, ya pasablemente fanatizada y cortada del mundo exterior y de cualquier punto de referencia que no perteneciese a los dados por el régimen, rompe amarras con la evidencia, desdeña las vidas individuales como necesarios costes del proyecto y propugna un voluntarismo férreamente dirigido con el que se garantiza el salto, en breve espacio de tiempo, a la modernización industrial, el fulgurante avance respecto a sus vecinos y el resto del planeta, la consecución de la meta comunista tan imperfectamente pretendida por la Unión Soviética y las diminutas Albania y Corea. La trama económica existente salta en pedazos, las familias son agrupadas en comedores comunales y sus cacerolas y cucharas fundidas en cientos de miles de hornos que, en estadísticas ficticias, presumen de superar día a día las cotas de producción de hierro y acero a base de vomitar lingotes inservibles. Esta vez se hará un Yenán obrero, quemando etapas y campesinado y proclamando milagrosos logros en todos los terrenos.

Para educación y cultura es un genocidio durable, que, por otra parte, se reanudará, apenas restañadas las heridas, con el Yenán siguiente. El intelectual y profesional de edad madura sólo puede ejercer la ciencia y el arte de la supervivencia; bajo las imperativas consignas de que el trabajo productivo debe estar unido a todas las actividades, los intelectuales someterse a los trabajadores y la práctica llevar la voz cantante sobre la teoría, los centros de enseñanza superior no conservan de tales sino el nombre. Se asiste a una proliferación de universidades rojas y expertas, simples centros de adoctrinamiento y escuelas de tiempo libre fundadas por las autoridades locales. Su principal función es engrosar las estadísticas de prodigiosos avances y, sin duda, no menos prodigiosa disminución del fracaso escolar. El descenso vertiginoso de niveles reales, la devoción por las magnitudes numéricas, el desdén por el concepto de calidad y la coacción y el terror ya tan organizados que forman parte de la médula de los comportamientos y llegan a no percibirse como tales dan los rasgos clave de la época.

Los síndromes de Yenán nunca pudieron ser atacados frontalmente por los que, desde el Gobierno, conservaban cierta visión racional. La maquinaria era extraordinariamente eficaz en un pilar de la construcciones orwellianas: la perfusión a las masas de un comportamiento, por mayoritario, adecuado, la creación de certidumbre en la orientación exclusiva de la legitimidad moral, la consagración definitiva del hito fundacional mitológico que se funde con el diseño indiscutible del futuro. En sordina y cuidadosos de mostrar públicamente su adhesión a las consignas de Mao, el Buró Político y el Consejo de Estado intentaron codificar por decreto las horas empleadas en el trabajo manual por unos estudiantes y profesionales cuyo nivel y rendimiento bajaban a ojos vistas. El Partido controla por entonces de forma completa todos los aspectos de la Educación y las directivas son obtener en tiempo mínimo resultados espectaculares y rápidas hornadas de especialistas, mantener un trasvase e intercambio constante de lugares de trabajo, de enseñanza e individuos, reducir los años de estudio, acrecentar el trabajo físico.

Exige muy especial consideración el tratamiento, en tales procesos, del factor tiempo. En sí, el tiempo del que la persona dispone está ligado indisolublemente a su libertad, como lo están las posibilidades de soledad, la elección de compañía y el ejercicio plural de la información y de la reflexión. Las campañas descritas aspiran a ocupar todo el espacio mental y físico del individuo, le sitúan perennemente enrolado en grupos, perteneciente a células, comités, departamentos y equipos, muestran el típico horror vacui de todo comisario político que se precie a la cuadrícula disponible y la desconfianza inherente al burócrata socialista respecto a autonomía e iniciativa. El régimen precisa de la movilización permanente, programa actividades continuas y dispone un ritmo de vida comunitario cuya única posibilidad de desconexión y aislamiento es el sueño. Puede disfrutar fácilmente, hasta derrumbarse por la evidencia de su ruina, de apoyos mayoritarios porque se sustenta en las capas del tejido social menos exigentes y más proclives a la sumisión. Proporciona, a cambio de control, la seguridad de lo gregario y se especializa en la ocupación sistemática de cada uno de los caminos por los que pudieran presentarse otras formas y opciones al pensamiento. El ejercicio de la individualidad se ve cada segundo mediatizado por el peso del colectivo que gravita en todo su volumen, como una masa de agua considerable, entre el sujeto y la superficie de la realidad. Al precio de algunas decenas, quizás centenas, de millones de víctimas por hambrunas, trabajos forzados, suicidios y represalias y al de una miseria intelectual difícilmente igualable el Gran Salto Adelante nos habrá dejado un cumplido ejemplo de metodología totalitaria.

Anteriormente, y durante los años que preceden a la campaña del Gran Salto, la década ha estado en buena parte marcada por el general esfuerzo pedagógico cuya efervescencia y reciente organización permite ciertos márgenes de pluralismo. En las empresas, el comité del Partido selecciona a los trabajadores que acudirán a las clases en sus horas libres. Entre 1957 y 1960 las cifras de matriculados alcanzan bruscamente cotas astronómicas. Reflejan simplemente el general procedimiento de adornar las estadísticas con los más fantásticos datos de producción, aplicado por igual a las toneladas de cereales, de acero o de diplomados. Priman el concepto de área, las disciplinas tecnológicas y la adecuación a las necesidades de la planificación. Respecto a la selección de estudiantes de enseñanza superior, su admisión a los exámenes de ingreso, que duran varios días, está condicionada a los certificados de presentación que proporcionan al candidato su escuela secundaria, unidad de trabajo o destacamento del Ejército. El temario varía según la carrera solicitada pero en todos los casos se exigen conocimientos políticos y lengua china. Con frecuencia, pero de forma variable según temporadas y materias, se incluye también un idioma extranjero, el ruso o el inglés, aunque con exenciones en el caso de candidatos que no los habían cursado en la escuela secundaria. Se consideraba esencial el origen del estudiante, sus referencias familiares favorables como militante, soldado, campesino o proletario, y se completaba su perfil con el examen de conocimientos políticos, que consistía en un test sobre su ideología y actitud respecto a campañas como las Cien Flores o el Gran Salto Adelante.

Las ventanas al oeste se fueron cerrando. Ya a mediados de los cincuenta los escritores europeos invitados a observar la revolución de la República Popular, y que serán tan fervientes propagandistas de ella como colaboradores por omisión en las ingentes cantidades de sumisión y dolor que ésta genera, hablarán de librerías estatales con obras chinas y, aparte, una sección de literatura internacional-donde, por cierto, no se citan libros hispanoamericanos ni españoles ni traducciones de éstos-en la que olvidan observar si el acceso es libre para la población local.1 Llega el turno de cerrarse a la última ventana que, con todos sus condicionamientos y distorsiones, se había mantenido abierta hacia el exterior: comienza el conflicto con la Unión Soviética como consecuencia lógica de una dinámica imparable de nacionalismo, autarquía y construcción en gran escala del hecho diferencial. A partir de ahí se abrirán ventanas extrañas cuyo recuadro ofrece vistas ficticias pintadas en un gran muro que rodea a los visitantes, los ciudadanos y al mundo voluntarista de los dirigentes.

A diferencia de la URSS, de la que fueron filtrándose datos, informes de disidentes y las evidencias cercanas de la situación en los Países del Este y del Muro, el régimen chino disfrutará durante décadas de la discreción, la opacidad y el beneplácito de los comentaristas europeos. Las ficciones de alegres campesinos, abundantes cosechas, prósperas aldeas y pulcros proletarios, que se desplegaban y plegaban a lo largo del recorrido de las visitas de Mao Tse-tung, han animado sin duda con su coreografía el turismo político-social de los extranjeros a los que se permitía entrar en el país. Era además de mal gusto, y se recibía con extrema frialdad, cualquier observación de éstos sobre los posibles problemas de la economía china, tema que sus anfitriones consideraban de categoría exclusivamente doméstica y restringida al ámbito privado. Si en Occidente se barajaban cifras de muertos, datos sobre la vertiginosa regresión industrial y la ruina agrícola, éstos se consideraban automáticamente como infundios lanzados por los servicios de propaganda norteamericanos. La Europa que arrastraba desde 1945 la deuda, primero militar y luego de reconstrucción económica, con Estados Unidos se complació en buscar lejanas independencias y gozar, alineándose junto a ellas, del reflejo de sus desafíos a la rica potencia cuya decisiva intervención se habían visto obligadas a agradecer las democracias del viejo continente a partir de la Segunda Guerra Mundial.

-¿Siempre quisiste estudiar español?

Pregunta la profesora extranjera al apacible colega que repasa sus apuntes.

-Oh, no. Al principio elegí el ruso. Para poder interrogar a los prisioneros.

En cuestión de diez años la nueva ventana al oeste se ha reducido a un búnker mientras los paisajes del mundo exterior han sido reemplazados por biombos decorados con una geografía humana que procede de las mentes y de la voluntad del Buró Político. La gran Rusia representó desde 1950 la nueva apertura hacia el espacio extranjero, el aprendizaje de su lengua reemplazó masivamente al inglés y la aislada China recibió ávidamente de ella, en la cruda época de la Guerra Fría, enormes cantidades de material científico, libros de texto, traducciones y obras literarias. La cultura anglosajona pasaba a un segundo plano y era recibida a través del filtro previo de las ediciones soviéticas. Entre las dos repúblicas populares circuló una corriente de profesores, becarios, formadores y estudiantes que probablemente duplicaba a los anteriores contingentes de jóvenes chinos que acudieron a universidades norteamericanas pero que no significa apertura alguna real del país sino involución. Las cifras pueden parecer elevadas respecto a las precedentes, pero son mínimas comparadas a la población de China, dependen rígidamente de las disposiciones y beneplácito oficiales y nada tienen que ver con la libertad o fluidez de desplazamientos ni con la ampliación del horizonte intelectual aunque ésta en ocasiones se diera. Se trataba de transplantar industria, copiar técnica, quemar etapas y cumplir planes. Durante diez años, en las escuelas superiores se aprende, enseña y lee en ruso, los dirigentes exhortan continua y fervorosamente al aprendizaje de los cooperantes soviéticos, y éstos enseñan, además de sus materias, teoría política según la premisa de que todo conocimiento está supeditado al enfoque en una correcta línea ideológica.

El ejercicio gimnástico según el cual las operaciones de la mente se adaptan a etapa, molde, ritmos e itinerario recoge las premisas de Yenán, las afianza con los usos ya habituales al discurso propio del régimen soviético y cumple a la perfección su papel de creación selectiva de la realidad. La utilización, durante este periodo, de la referencia de origen de la Unión Soviética como recurso de autoridad, el hincapié a la atención y la modestia con las que habían de seguirse sus enseñanzas, permiten a Pekín, a partir del enfriamiento de las relaciones entre ambos países, canalizar el descontento y la rebeldía hacia el indispensable enemigo exterior. Las declaraciones de amistad y admiración inquebrantables se verán reemplazadas, tras la ruptura, por todo tipo de quejas: copia literal de los materiales y métodos soviéticos sin ocuparse de las peculiaridades chinas, servilismo ante los textos extranjeros, transplante literal, sin modificación alguna, de los programas pedagógicos, abrumadoras tareas para los estudiantes, alto porcentaje de suspensos, actitud acrítica, mecánica y repetitiva de los profesores chinos ante los textos soviéticos, actitud altiva de los expertos extranjeros, etc, etc. Nada de esto era nuevo. El Acuerdo Chino-Soviético de Cooperación Técnica y Científica databa del 54 y en él se preveía el intercambio de científicos y estudiantes de la forma que mejor garantizara un aprovechamiento óptimo, por parte de la República Popular China, de los conocimientos de la URSS; el acuerdo incluía la sistemática adopción de la práctica y teoría soviéticas y la rápida traducción de los textos rusos .Nuevos acuerdos se firmarían cuatro años más tarde, cuando ya Mao Tse-tung estaba lanzando el Gran Salto Adelante, de forma que la campaña no sólo resquebrajó todas las estructuras del país sino que también sacudió las bases en que se sustentaba la cooperación con el hermano mayor socialista hasta culminar en la, aparentemente, brusca ruptura y la salida del país de los expertos soviéticos que, junto con sus familias, residían en China.

-¡Sintieron tanto marcharse…!. Algunos lloraban. La mujer del ingeniero me quería mucho, me trataba como a un hijo.

El bibliotecario sonríe mientras contesta a las preguntas de la profesora extranjera sobre el ambiente anterior a la ruptura con Moscú. Su respuesta sería un hermoso ejemplo del final predominio del sentir individual sobre las consignas, una grieta en la superficie del muro del discurso oficial, si no fuera porque, en distintas ocasiones y labios, cuando ella alude al tema, escucha frases del tipo:

-Me invitaron con frecuencia a comer. La señora me quería como una madre.

-Éramos para ellos su familia.

-Se sentían muy felices en China.

-No comprendían. Lloraron al dejarnos.

-Una despedida triste….

Ocurre que lo adecuado es distinguir entre las sanas inclinaciones del pueblo ruso-la masa es buena, a veces engañada, obligada otras a tomar falsos caminos-y las nefastas opciones de sus dirigentes. Hay que pensarlo, conviene repetirlo. Y lo repiten, como los tonos líricos integrados en los decididos acordes de un himno. Tarde, mucho más tarde, la cooperante comprenderá que las expansiones sentimentales forman parte necesaria del rígido proceso de alineación de la mente según una doctrina, y que, a mayor invasión monocolor del espacio interno, más imprescindible se hace el desahogo del suspiro y las lágrimas que, aplicado en el momento justo y según los ritmos y estímulos establecidos, circula por la esclusa, restablece niveles, y deja inalterados en la superficie los perfiles costeros de la topografía ortodoxa.

Llega también un día, para la extranjera, el lechero intempestivo de las botellas negras, la disposición inapelable, vertical, cuyo origen se pierde en un vértice gris. Con la misma premura que los expertos rusos, recibe, de las autoridades chinas, la orden de partida. Su presencia ya no es grata. El vacío se instala en torno suyo, el teléfono enmudece, los afectuosos conocidos han desaparecido enclaustrados en permanentes reuniones, se desplaza en un halo de cuidadosa soledad donde un saludo podría parecer la nota discordante en su nuevo estado de inminente y definitiva ausencia. Toda expresión de familiaridad y afecto ha quedado eliminada del trato de los que la rodean. Sólo en una ocasión de breve coincidencia a solas ve, como en el escaparate de una tienda cerrada, el vaho de conmiseración que acristala los ojos de un colega chino con el que ha intentado intercambiar unas frases y que, sentado frente a ella, al otro lado de la mesa, alza un rostro silencioso que se hunde enseguida en el fajo de papeles cuya primera página lee una y otra vez.

-Se volvieron locos.-dicen los comentadores rusos cuando hablan del ambiente que rodeó la ruptura con China-Estaban convencidos de que podían hacer puentes, diccionarios, operaciones quirúrgicas y planes hidrológicos con el pensamiento de Mao. Era imposible trabajar con ellos. Veían espías, detractores y saboteadores en cualquiera que no mostrara su entusiasmo por la campaña con la que debían saltar cincuenta, cien años hacia adelante.

Sustituyendo lugares y líderes, había mucho en las consignas chinas de las tremendas planificaciones estalinistas, los campos desolados y el obediente culto al acero. Se habla de una disparidad radical, entre los gobiernos de ambos países, cuando el Buró Político chino pisó el acelerador para dotarse de armamento nuclear. En el oleaje que zarandeó a millones de individuos, que vació en cuestión de días fábricas, embalses y departamentos de universidades y que dejó sin piezas de repuesto a las apenas instaladas cadenas de montaje podría existir un epicentro soberano cuyos trabajos Pekín se guardaba muy bien de turbar con experimentos ideológicos: la prioridad atómica.

Las ventanas al oeste lo son, durante esta primera década de gobierno del Partido Comunista Chino, como rampa utilitaria hacia la técnica; inglés y ruso funcionan como claves de ingeniería, electrónica, bioquímica y agronomía.. El ritmo es acelerado, los textos resumidos, los especialistas jóvenes, lo cual dice mucho de la purga que se ha efectuado, entre las capas cultivadas, durante los primeros años del régimen. El recurso a la memoria sigue en vigor, esta vez para reemplazar la comprensión dificultosa de páginas traducidas y extractadas con apresuramiento. El Ministerio de Educación Superior somete a un examen y a un filtro severo a los estudiantes y científicos que proyecta enviar al extranjero-en su mayoría a la Unión Soviética, pero también a Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón y otros países-para completar sus conocimientos. La Academia de Ciencias-como, en general, todas las instituciones culturales-ejerce, con su presidente Kuo Mo-yo, una labor de selección en la que ocupa lugar preponderante la fidelidad indiscutible al Partido Comunista. La planificación según estos criterios no parece siempre ajustarse a necesidades y eficacia; así, mientras la Agencia China de Noticias Sinjua informa, en 1955, de que buena parte de los estudiantes chinos enviados a la Unión Soviética se hallan en grandes dificultades para seguir las explicaciones a causa de su insuficiente conocimiento de la lengua del país, por otra parte, en el 57-58, se citan numerosos casos de graduados en ruso y en lenguas orientales cuyo número no corresponde a las necesidades del Estado, de forma que, no sabiendo dónde colocarlos, las instituciones se los enviaban de unas a otras. A pesar de los pesares sin embargo, y hasta el voluntarioso ensayo y golpe de poder maoísta del 58, durante esos primeros años el país ha ido estableciendo una red pedagógica, secundaria y superior y presenta un crecimiento sostenido de centros de enseñanza y de materias, en las que el español, al que la distancia geográfica y política sitúan fuera de la atención e intereses de la República Popular, es prácticamente inexistente.

Los estudios de Humanidades suelen recibir el primer golpe cuando se emprenden campañas que, como el Gran Salto Adelante y tantas otras, son incompatibles con la individualidad y gratuidad del pensamiento. Arte, Historia, Filosofía, Lingüística son los primeros, en 1958, en ser acusados de pecar contra la directiva de integrar el aprendizaje a la producción. Así, por ejemplo, los estudiantes de lenguas extranjeras aseguran que el alfabeto latino no tiene relación con el trabajo productivo. Las declaraciones de este tipo, que aparecen en las publicaciones de los departamentos, corresponden a la necesidad de manifestar la adecuada asimilación y aplicación de las consignas recibidas con el debido celo expresado en ejemplos concretos. Una de las tareas metódicas del circuito político consiste en enviar acuse de recibo de las circulares, incluyendo datos locales que avalen a efectos burocráticos la integración de las directivas a la actividad cotidiana. El impedimento, los argumentos a contrario, la defensa de la teoría filosófica o la belleza artística per se son inimaginables; pero la sumisión no basta. Se precisa la prueba escrita, debidamente ordenada en el flujo y reflujo de documentos que nutren al sistema, según la cual los nocivos usos anteriores han sido reemplazados, a la luz de la campaña en curso, por una nueva metodología y actitud.

El Gran Salto Adelante fracciona y diezma las todavía recientes estructuras educativas. Hay un gran silencio, una notable escasez de datos respecto al terrible trienio 59-60-61. Mao culpa a las malas cosechas y a la infidelidad de Moscú del desastre económico. El hambre es tal que los centros de enseñanza se paralizan para que estudiantes y profesores, que pasan buena parte del tiempo acostados, economicen al máximo esfuerzo y energía vital. Quizás también para que no utilicen la que les queda en elucubraciones extemporáneas que puedan poner en tela de juicio las explicaciones oficiales. Los expertos rusos han recibido, el 16 de julio de 1960 la orden repentina de regresar a su país y su retirada, que probablemente se gestó tiempo atrás en las altas cúpulas de los burós políticos, aparece ante la opinión pública como una traición, un orgulloso gesto de prepotencia que dejaba proyectos inconclusos y complejos industriales esquilmados de planos y repuestos. Los soviéticos hablan de fanatismo y delirio. Mao dispone ahora de las imágenes de un grande y próximo enemigo y de un planeta carcomido por la corrupción del capital. Su figura se eleva en un país devastado en el que los dirigentes más moderados carecen de peso y de fuerza para oponérsele. Son años de violenta fuga hacia adelante, el fallido salto lleva al Gran Timonel a concentrar el foco de atención en la escena internacional y planear, frente al aislamiento y los imperativos domésticos de la realidad, el liderazgo de la revolución mundial. Durante la crisis de los misiles, en 1962, Mao, junto con Fidel Castro, reprocha a la URSS su retirada. Como el presidente cubano, el Gobierno chino hubiera visto con agrado una confrontación nuclear, que no podía redundar, por cierto, sino en el debilitamiento del otrora gran hermano socialista. Pekín acusa al nuevo gobierno de Moscú de revisionismo y traición a la ideología comunista y a las enseñanzas de Marx y Lenin. Entre tanto, pese a las hambrunas, la crisis industrial, el aislamiento y la regresión, China continúa, en el lejano Sinkiang, el desarrollo de su armamento atómico, acelera la ocupación del Tíbet y se enfrenta con la India por cuestiones fronterizas que son una llamada de atención a cuantos hubieran podido creer en su debilidad.

Desde los despachos y la voluntad del Buró Político se dibuja una geografía nueva en la que China ocupa el liderazgo que siempre debió ser suyo e ilumina al desorientado magma de estados descolonizados y a los islotes dispersos de ideología común. Son tiempos de ayuda a los partidos comunistas de Vietnam y Laos, de estrechos lazos con Albania y de infiltración en movimientos marxistas que a veces se desdoblan en facciones prochina y prosoviética. Mientras en política interior Mao se ve forzado a permitir que, con Liu Shao-shi como presidente del Partido, los moderados reorganicen la maltrecha economía, cara al extranjero el régimen chino exporta la victoriosa certidumbre de su revolución, envía al pragmático pero siempre fiel Chou En-lai de gira por Asia y África y ocupa un lugar esencial en la iconografía del siglo XX.

Carteles. Carteles de una geografía ideológica en cierto modo medieval que coexisten, de puertas adentro, con las inmediatas exigencias de la razón práctica. En veladas cuya atmósfera apacible advertirá más tarde que es engañosa la extranjera averigua cuál era el contenido de los libros, las imágenes de las ilustraciones que cubrían las paredes, los fragmentos seleccionados que constituían el mundo de las aulas y las lentes hacia el espacio exterior. Dice mucho de la envergadura de la catástrofe del final de los cincuenta la rapidez con la que, pese a todo el poder de Mao, se intentó subsanar desde principios de los sesenta el daño ocasionado por el grande y fallido Salto. No otra cosa significan los reglamentos para escuelas primarias y secundarias esbozados desde 1961 y promulgados el 63 en los que cuadros chinos intentaban restañar los perjuicios ocasionados a la economía y la formación por medio de una política pragmática, prudente y dotada de un mínimo de realismo y análisis científico. Mao, siempre monopolizador de la pureza teórica y dueño de las claves carismáticas, sentimentalo-religiosas, de la movilización de masas, debía por algún tiempo dejar a los técnicos, economistas, administradores, la confusa tarea de habérselas con las realidades del país y con las ingratas concesiones a la praxis. Esto le serviría más tarde, durante su nuevo Yenán de la Revolución Cultural, para hacer de estos cuadros fáciles blancos de las excitadas iras antirrevisionistas y antiburguesas de la juventud.

Los occidentales que recorrieron algunas escuelas chinas y se entrevistaron con alumnos en esa época hablan de una recuperación de los valores de adquisición del saber, esfuerzo, rigor científico y logro académico. El énfasis se sitúa en los conceptos de conocimientos, estudio, capacidad y resultados. Ciertamente la formación política ocupa más espacio que la década precedente, pero ya no se distorsiona de manera continua el ritmo lectivo. Naturalmente los comentadores foráneos, en general benévolos por afán contemporizador respecto a cuanto a Mao y al nuevo régimen concerniera, se apresuran a señalar que The economic versus political, or pragmatic versus ideological formulations are false dichotomies.1 La misma autora afirma to say that the 1961-66 educational policy-makers were emphasizing economic development while Mao stressed politics would be simplistic and inaccurate. Con la perspectiva dada por el tiempo, o con simple visión objetiva de la realidad, pocas dudas podían tenerse sobre el papel que las consignas de Mao reservaban a la libertad del conocimiento y a la adquisición de saber. En el limitado espacio temporal y físico de las escuelas y de las jornadas lectivas, la vigilancia y perfusión política significaba un control permanente pese al cual, pero sin extralimitaciones, podían moverse los profesores y trabajar los alumnos, sabedores ambos de que su futuro finalmente dependía, no sólo del diploma obtenido, sino del beneplácito que a su conducta otorgaran los representantes del Partido. Susan Shirk omite el empleo que después fue hecho por Mao de la necesaria política pragmática versus los que la llevaron a cabo. Por decirlo llanamente, los reglamentos del 63 fueron el fruto de gente seria, harta de experimentos ubicuos y que, pocos años más tarde, había de pagar su iniciativa.

Desde la distancia que otorga la composición de artículos en la atmósfera de una sociedad libre, resulta quizás dificultoso dar, en la situación de los habitantes del mundo pedagógico chino de la época, el adecuado peso a términos como praxis y política, porque ésta finalmente poseía el poder-aunque se hiciese mayor o menor hincapié en él según rachas y conveniencias-de delimitar todas las fronteras, disponer de relojes y calendarios y canalizar desde su origen las fuentes de información. En el respiro entre dos campañas, se estaba dando en la China de los sesenta una curiosa dicotomía a la que Occidente no era ajeno: Continuaban, por una parte, las consignas, las profesiones de fe en dogmas de, no sólo imposible, sino indeseable cumplimiento, que sin embargo, en una primera lectura y a niveles primarios y viscerales, podían revestirse de grandes atractivos por su simplicidad y por el fácil consenso popular que a los dirigentes procuraban. En el terreno concreto, sin embargo, se buscaban resultados tangibles y medios adecuados. Educación y Cultura reflejaban, como siempre, la esencia del proceso que se estaba dando en todas las actividades. El objetivo había vuelto a ser la calidad de la enseñanza, del graduado, del profesional, lo cual ponía en segundo plano las escuelas mitad trabajo/mitad estudio, fundadas durante el Gran Salto Adelante, para dedicarse a las de estudio a tiempo completo. La prensa de la época afirma que las primeras tendrían como finalidad formar trabajadores con cultura y conciencia socialista que defendieran-según reza el vocabulario militarista en boga-el frente de la agricultura, mientras que las segundas se encargarían de los estudiantes capacitados para cursar estudios superiores. Cantidad deja de ser sinónimo o representación futurible de calidad. El Ministerio dictó medidas severas para elevar un nivel de conocimientos que, a todas luces, estaba bajo mínimos; en éstas subrayaba la importancia de matemáticas y lengua y la necesidad de unificar unos programas escolares y material pedagógico que la ofensiva contra universalidad, abstracción, tradición y teoría había reducido a un deslavazado mosaico de ensayos, localismos y propuestas. Se recordaba asimismo la necesidad de cuidar la calidad y dignidad académica del profesorado, nada bien parada en el experimento anterior, y para ello se dictó una serie de medidas a fin de aumentar su bienestar y mejorar su estatuto. En ellas se incluía la revisión de sus condiciones de trabajo, el ajuste de la escala de salarios y la concesión de primas a la antigüedad. No está de más reproducir un extracto de aquel reglamento educativo por las semejanzas que revela con lugares y años muy distantes ya de la China del 63.

I-Reglas Generales.

1-…La enseñanza será lo más importante…los conocimientos fundamentales y el entrenamiento en las ciencias básicas, de forma que los estudiantes tengan la base cultural necesaria para sus puestos de trabajo o para continuar estudiando tras su graduación.

4-…Es necesario llevar a cabo en profundidad la línea política del Partido hacia los intelectuales…el trabajo de unidad y educación de los intelectuales…Los profesores serán respetados y atendidos. Es necesario prestar atención a la mejora del estatuto social de los profesores y mejorar progresivamente su nivel de vida…

7-Los Comités del Partido ejercerán estrechamente su función directiva a todos los niveles en las escuelas secundarias de jornada completa. Se prestará atención a llevar a cabo trabajo ideológico y político entre profesores, estudiantes, dirigentes y auxiliares…

Afloran con toda claridad en el texto los dos elementos fundamentales: la voluntad de mejora real y la necesidad de mantener las obligadas referencias ideológicas, entre las que figura, por ejemplo, la disposición que incluye en el calendario un mes de trabajo manual para los alumnos y quince días para los profesores, con exención de los varones mayores de cuarenta y cinco años y las mujeres de más de cuarenta. Los estudios de lenguas extranjeras-ruso e inglés-se consideran esenciales. Se impone la generalización de libros de texto y de temarios y la necesidad de dar a las materias-lengua, historia, geografía-su contenido específico, separándolas de las clases de formación política. Se indica la conveniencia de ayudar a los estudiantes de menor capacidad pero se insiste en el desarrollo del talento de los más destacados. Los canales de educación ideológico-política están claramente establecidos. Su dirección corresponde a la célula del Partido en la escuela y la enseñanza se llevará a cabo a través del trabajo del profesor en clase, de las actividades de la Liga de la Juventud Comunista y de los Jóvenes Pioneros y por medio de clases de política.

Por abrumador que parezca, y es, el volumen que ocupa el adoctrinamiento político, conviene observar que las indicaciones expresas procuran delimitar sectores no destinados a él, lo que representa un avance intelectual indudable respecto a situaciones de continua permeabilidad entre materias y omnipresencia de las consignas. El orden en que se citan las tareas de los profesores no es aleatorio, como no lo es ningún detalle que implica jerarquía en los documentos oficiales chinos:

35-La principal tarea de los profesores es enseñar a los estudiantes bien…Las condiciones básicas son…:

Enseñar buenas lecciones.

Preocuparse con afecto por los estudiantes.

Servirles de modelo.

Estudiar asiduamente…y estudiar el marxismo-leninismo y las obras de Mao Tse-tung. Estudiar a fondo en su especialidad.

38-Procuraremos estabilizar el trabajo de los profesores. No cambiarles repetidamente de escuela o de materia enseñada…Excepto en circunstancias extraordinarias, el estudio político y las reuniones del Partido, la Liga y la Unión (de Profesores) y las actividades sociales se mantendrán en los límites de la sexta parte del tiempo de trabajo…

No hay que echar, empero, campana alguna al vuelo cuando se intenta ver en estas medidas los tímidos rasgos de un sexenio liberal y, en este sentido, no le falta razón a Susan Shirk cuando habla de la falsa dicotomía entre política y práctica. La República Popular China ha sido objeto, como es habitual uso, de la adulación general a la situación establecida, y más dadas las cualidades de extensión, fuerza y aparente irreversibilidad que caracterizaban a su régimen. Nadie pensaba que los condicionantes de base pudieran cambiar; por ello la crítica se resumía a las variantes y el detalle y estaba viciada por una perspectiva que implicaba la aceptación, con esperanza de componendas, del conjunto. Esto sin contar con la general simpatía que inspiraba un sistema todavía en rodaje, que parecía garantizar el orden y proclamaba como finalidad el bienestar de millones de personas. Mucho después de sus épocas fundacionales el Partido Comunista Chino continuaba gozando, en todas sus disposiciones, de la benevolencia de la opinión mundial, nada dispuesta al análisis del sistema que llevaba funcionando desde bastante antes del 49, en los grandes soviets de Yenán, y que había probado anteriormente los desastres que podía ocasionar en su homólogo ruso. Muy al contrario, éstos reforzaron la general simpatía hacia el experimento chino. Representaba la segunda oportunidad de algo que quizás en un primer ensayo podía no haber salido bien. A partir de esta consideración de rango prioritario, la permanente situación coactiva inherente a cada esfera de actividad del régimen se difumina en un segundo plano de supuesto necesario. Las normas educativas antes citadas se sitúan, por ejemplo,  bajo las prioridades y disposiciones que describe más tarde, el apartado 7º:

VII-Trabajo Administrativo.

41-El director es la persona responsable de la administración de la escuela. Bajo la dirección del Comité local del Partido y del departamento educativo administrativo en funciones.

45-El municipio es responsable de admisiones, castigos….

46-La dirección del Partido Comunista es la garantía básica de que las escuelas están bien administradas.

47-Los Comités del Partido asignarán cuadros del Partido a todos los niveles en forma planificada.

48-La Liga de la Juventud Comunista, bajo la dirección del Partido, desarrollará activamente su función de asistente del Partido y ayudará a la administración de la escuela a hacer una buena labor.

Los cuadros dirigentes de la escuela deben estudiar asiduamente marxismo-leninismo y las obras de Mao Tse-tung.

Cualquier veleidad de lectura aperturista queda descartada. El marco de la acción educativa no puede ser más estanco ni férreo. Lo que se persigue es obtener cierto rendimiento por las mismas razones que habían obligado a racionalizar mínimamente el ritmo de comunas rurales y fábricas. Incluso este período de discretísimo coto a los más llamativos excesos será imperdonable para el maoísmo, que ya prepara contra el traidor Liu Shao-shi las violentas acusaciones de revisionismo en la enseñanza que lanzará pocos años después.

El hincapié que se hizo respecto al aprendizaje de lenguas extranjeras es notable y recuerda a esos últimos barcos que el emperador enviara, más por prestigio que por avidez de conocimientos, antes de amurallarse contra el mundo exterior. El estudio de idiomas se restablece y recomienda en las escuelas secundarias e incluso en las primarias que tuvieran posibilidades de ofrecerlo. Es curioso que en 1963, fresca la ruptura y en plena crisis las relaciones con Moscú, se siga aconsejando, junto con el inglés, la enseñanza del ruso.

11-…Las lenguas extranjeras son un importante instrumento para el estudio científico y el conocimiento cultural, así que debemos esforzarnos más en reforzar los cursos de aprendizaje…Según los recursos de enseñanza disponibles las escuelas establecerán cursos de ruso o inglés. Debemos gradualmente llegar a un punto en el que los graduados de las escuelas secundarias, ciclo superior, tengan nociones suficientes para la lectura de lenguas extranjeras.

Conociendo el espíritu de aprovechamiento y economía del país, la explicación es simple: Pese a la ruptura, los textos de procedencia soviética seguían circulando por China y constituían un material científico y pedagógico de gran importancia. Más aún si se tiene en cuenta que buena parte de los profesores formados en los años cincuenta no conocían sino el ruso y que éste además era para los universitarios chinos la lengua vehicular de traducciones y resúmenes de obras científicas anglosajonas. La comisión encargada de redactar el reglamento educativo intentaba establecer programas modernos, similares a los de las escuelas occidentales y abiertos a la previsible y progresiva apertura de China al mundo. ¿Los cuadros en el poder en 1963 no eran acaso los jóvenes que habían abogado con tal fervor en los años anteriores a la victoria por la implantación de corrientes occidentales como la democracia, la república, el marxismo; y por la lectura y conocimiento de obras extranjeras que les habían alimentado a ellos mismos?.

A mediados de los sesenta el Ministerio de Educación Nacional responde a los escasos visitantes extranjeros que no dispone de estadísticas, sin embargo Robert Guillain, tras su viaje, da algunas cifras que sorprenden por la escasez que, a niveles altos y medios, reflejan. Señala que en 1964 se graduaron doscientas mil personas en estudios superiores, había tres millones de profesores y noventa de alumnos de primaria. La gran mayoría de estudiantes se dedicaba a las ciencias y, en el polo opuesto, un porcentaje mínimo al derecho o la economía. Esto, incluso añadiendo las clases nocturnas para adultos, difícilmente puede presentarse como un deslumbrante logro en un país de tal población y subraya sin necesidad de comentarios el efecto de las campañas, y el ambiente, que barrían regularmente las aulas. Guillain anota la intensidad del adoctrinamiento político a todos los niveles, de la guardería a la universidad, anotación que contradice las acusaciones hechas a cuadros académicos durante la Revolución Cultural según las cuales no se daba a la política la importancia debida, y que ratifica la capacidad del sistema de superarse a sí mismo en movilizaciones desastrosas. En la guardería la niñera explica cómo enseña a niños de cuatro y seis años a amar a los amigos y a odiar a los enemigos de clase. Los enemigos son los terratenientes, los reaccionarios, los imperialistas americanos. Un periódico proclama Nuestros bebés que están aprendiendo a hablar saben ya balbucear “¡Presidente Mao!”…En la guardería juegan a desfilar bajo las banderas rojas, cantan canciones revolucionarias…Gritan “¡Viva Mao!. ¡Viva el Partido Comunista!”. En la universidad el adoctrinamiento marxista toma todas las formas posibles. Hay sesiones en las se informa a los estudiantes de lo que conviene pensar sobre la actualidad política (inútil añadir que ni estudiantes ni pueblo llano tienen acceso a forma de comunicación libre alguna, sea emisión de radio, prensa o cualquier tipo de documento grabado o impreso). En las sesiones citadas se difunden y comentan las tesis oficiales y se rechazan las desviaciones condenadas por el Partido. La autocrítica y la crítica pública de otros se practican con frecuencia, asegurando así la atmósfera de delación y vigilancia mutua y el control ubicuo de cada persona por el Partido. Hay aquí-observa Guillain-de doscientos a trescientos millones de jóvenes chinos que forman la juventud más dócil, más políticamente correcta, más dispuesta a aclamar a sus jefes que ha existido nunca en un país totalitario

 La Revolución Cultural supo capitalizar esa muda e intensa represión, y canalizó adecuadamente hacia los objetivos deseados la soterrada agresividad resultante. Dos años más tarde esa juventud estrictamente dirigida en pensamiento, palabra y obra no aclamará sino a un jefe.

Amanece sobre un instituto de lenguas que, en este país, puede ser cualquiera, que, sorprendentemente, podría ser aquél-pese a los siete años transcurridos, a las tormentas desencadenadas y disueltas durante ese periodo-en el que transcurre la estancia de un de inglés cuyas memorias la  profesora extranjera lee,. Nada ha cambiado de forma substancial entre lo que ella vive y lo descrito, el mismo reloj da vueltas en su círculo y los jóvenes recorren un patio al que dan las ventanas del edificio rectangular. Allí viven, como los profesores y como, en su soledad, la cooperante preferiría incluso vivir ella misma. Porque en realidad no hay ciudades. Existen huertos, aceras y muros que delimitan talleres, casas, cooperativas, calles. Fuera de la unidad de trabajo no hay salvación. En la escuela se vive siempre en un régimen de internado, que los estudiantes abandonan en las vacaciones de verano y de año nuevo. Su jornada es comunitaria y llena hasta los bordes desde el fin del sueño, a las cinco o las seis de la mañana, según la estación, hasta que se apagan las luces a las nueve y media de la noche. Hacen gimnasia, se duchan, desayunan, van a clase, comen, hacen religiosamente la siesta, vuelven a clase, cenan, estudian, duermen. Sus actividades se concentran en el estudio de lengua extranjera, lengua china, política, educación física y entrenamiento militar. Durante el recreo los altavoces transmiten música y consignas. Las habitaciones son conventuales y sin apenas calefacción. En la biblioteca los estudiantes leen sin quitarse su gruesa chaqueta guateada. No existen laboratorios de lenguas; sólo radios y grabadoras.

Por entonces, en ese curso del 65-66, maestros y alumnos desgranan, con mayor o menor fortuna, cadenas gramaticales en la lengua que practican pero sus conocimientos sobre el país y la literatura a los que pertenece son de una pobreza extrema. Los profesores de mayor nivel y más edad utilizan algunos textos literarios que desaparecerán según vayan llegando directivas de dar énfasis a la enseñanza oral, el léxico imprescindible para un intérprete y los temas políticos chinos. El personal universitario gana unos trescientos yuanes al mes. Un año más tarde los guardias rojos reducirán un sesenta por ciento sus salarios, que se seguirán considerando excesivos porque el supuesto status preferencial de los intelectuales-silenciando sus méritos- parece ser socorrido blanco común de las campañas políticas. Los salarios de los colegas de la cooperante extranjera no sobrepasan, en 1973, los sesenta yuanes mensuales, lo que equivalía a unas mil ochocientas pesetas. El profesor de inglés gozaba del insólito lujo de la compañía: la expansión dada al estudio de las lenguas extranjeras había hecho que, en los años sesenta, se contratara a gran número de cooperantes nativos cuyas dotes profesionales no solían ir en consonancia con sus simpatías hacia el régimen. Se escogían a propuesta de intermediarios como las asociaciones de amistad con la República Popular y los partidos comunistas y socialistas alejados de la obediencia soviética. Las relaciones que con ellos mantenían sus colegas locales no superaban, en trato humano, a las establecidas con la grabadora. Según aumentaba la presión política preludio de la Revolución Cultural, los chinos extremaban, respecto a los extranjeros, cortesía, prevención y distancias. Con razones, como el pasado y el futuro mostraban, sobradas para ello. La atmósfera pedagógica era igualmente imprecisa y cauta, atrincherada en repeticiones y tópicos, atenta a los cambios que, de un día para otro, marcara la prensa oficial (los medios de comunicación en su totalidad lo eran, y continuaron siéndolo). En esa época, como en las posteriores, se daba una curiosa, pero habitual en tal contexto, contradicción: la labor docente carecía de posibilidades de planificación y centralización en sus planes y contenidos pero esto, lejos de representar espacios variados de libertad, era la inestabilidad mantenida voluntariamente por un sistema que no permitía más seguridades que las marcadas, día a día, por él mismo y que fragmentaba de continuo el ascenso del pensamiento hacia categorías altas y universales, sometiéndole a la dependencia del localismo y la ignorancia a causa de la amenaza que implicaban la reflexión y el logro personal.

Medidos en perímetro y contactos, enfundados en la diferencia que todo se encarga de subrayar, los extranjeros lo son infinitamente. El gran archipiélago que un largo invierno está fundiendo en una superficie sin fisuras escupe la materia ajena; la ideología nunca dice rechazar por razones de etnia, pero su patria es más exclusiva que la de los antiguos mitos y la sangre. Por él circulan observadores occidentales que, en su abrumadora mayoría, no verán más que lo que deben, no contarán sino lo que se les ha suavemente indicado. En él también residen esos cooperantes que adquieren súbitamente una dignidad oficiosa cuyo especial consideración justifica su aislamiento. Ganan poco, pero ese poco es entre seis y doce veces más que sus colegas chinos, viven en apartamentos que para la gran Esparta oriental son un lujo, su horario y trabajo son más reducidos, su nivel de decisión e información son nulos, les corresponde preparar y supervisar textos, pero cualquier comentario sobre la incomible jerga política que deben aceptar en ellos se encuentra con el vacío cortés y con la incompetencia lingüística de las autoridades.

La cooperante extranjera se sorprende al leer el relato del inglés. Ella creía que hubo, antes del 66, una bonanza, cierto respiro, y lo que encuentra es el retrato inmutable del mismo universo que a ella la rodea, sin veleidades de  humanismo o apertura que tal vez sólo el ansia por hallar el factor humano y la progresión  hacia la mejora hizo imaginar a los extranjeros que la habían precedido. Lee los textos: Hoy es el Día Nacional. El cielo es azul. El sol es brillante. Estamos contentos.

Esto es un retrato del Presidente Mao. El Presidente Mao es nuestro gran dirigente. Amamos al Presidente Mao. Somos buenos alumnos del Presidente Mao.

Y siguen ejercicios del tipo: ¿Aman ustedes al Presidente Mao?-Sí, amamos al Presidente Mao.-¿Qué dice el Presidente Mao.-Dice que hay que estudiar a fondo y hacer progresos cada día.

Para segundo curso emplean textos más elaborados, como Karl Marx: científico y revolucionario, adaptado de un artículo de Paul Lafargue, que utilizan durante quince clases, desgranan, repiten, memorizan y fragmentan de una forma exhaustiva.

El mismo texto se sigue utilizando en el centro en el que la cooperante extranjera, en 1973, trabaja.

Y el mismo método. Porque, lejos de representar innovación y riqueza, la fabricación artesanal y colectiva de material destinado al aprendizaje es un dechado de restricción y medianía que se vacuna contra la responsabilidad personal con el recurso al empleo previo por otros y a la autoría de grupo, el cual, a su vez, ha glosado un fragmento colectivamente seleccionado y sometido a diversas aprobaciones. Garantizada su inocuidad ideológica-que el cliché abundante, la reiteración y la mediocridad estética e intelectual aseguran-, el texto se somete a un proceso minucioso de preguntas/respuestas agrupadas por párrafos, que cubren vocabulario y modelos de construcción. Lo acompañan las frecuentes audiciones de grabaciones del texto, y las repeticiones de él por los estudiantes en voz alta. El entrenamiento en este ping-pong catequístico permite a los alumnos desgranar sus frases al vigoroso ritmo de un contestador automático. Los profesores chinos se aferran a la repetición y a los escritos y rehúyen las variantes propias de la lengua hablada, los imprevistos y los cambios. Cuando sus colegas extranjeros les proponen cambios metodológicos, zambullidas en el uso vivo y coloquial, aquéllos defienden los párrafos y usos que les proporcionan seguridad y expresan los conceptos abstractos que precisan introducir constantemente en las consignas políticas; también alegan que los métodos defendidos por los extranjeros de países imperialistas son de origen americano. Los raros y muy moderados intentos innovadores se verán cortados por los acontecimientos que, en 1966, colapsarán toda la vida académica.

Las ilustraciones y dibujos venían en ayuda de la escasa capacidad gestual y la poca seguridad del docente local. Éste solía permanecer en pie, envarado, frente a la clase, al estilo antiguo. Sus alumnos mantenían al escucharle una curiosa actitud frente a la verdad: se suponía que el contenido de las frases debía ser tan correcto como su gramática. Nunca se hacía uso del sentido del humor ni de la fantasía y el texto parecía investido, por el hecho de serlo, de una autoridad probablemente relacionada con el monopolio oficial de la difusión de información y de la palabra escrita.

Nunca se valorará lo suficiente, en todas sus dimensiones, el peso del componente miedo en aquella etapa Y en las demás-incluida, por supuesto, la actual-en la que éste se utiliza, se difunde y presta su inestimable ayuda a la añoranza de control y medianía. La palabra no se suele citar jamás y despierta una reacción de inusitada defensa y exposición de principios cuando el elemento exterior, la cooperante extranjera, plantea explícitamente la palmaria evidencia del temor y restricciones que bañan la práctica cotidiana. Por entonces, en China, una de las responsables políticas del instituto, miembro del Partido, afirmaba con solemnidad el común disgusto ante la suposición de la censura de actos y palabras ya que ellos gozaban de la plena libertad de la dictadura del proletariado. Acto seguido se volvía a la exégesis de párrafos de los que se trillaban líneas de perfecta corrección. El mecanismo tenía las ventajas de la facilidad intelectual, por su ínfimo nivel discursivo, y de la indiscutible aceptación, no sólo por los dirigentes, sino también por los alumnos a los que iba destinado, los cuales mal podían atreverse a criticar la forma, gramática, interés o criterio de selección de páginas que repetían loas al Presidente y al Partido y consignas de obligado cumplimiento. La metodología que justifica la pobreza del contenido con la fidelidad a los principios es generalmente utilizada en tales campañas. La peculiaridad china radicaba en la inmensidad de su extensión y en el monopolio absoluto del poder.

El grupo de profesores, en su recopilación previa, se inclina sobre traducciones de las obras de Mao Tse-tung, de discursos y editoriales aparecidos en boletines de la Agencia de Noticias Sinjua, y sobre viejos manuales repetidamente expurgados. Las innovaciones, que pueden presentarse como revolucionarias y entusiastas, operan, en cualquier caso, sobre materiales semejantes y giran, en constante referencia, en torno a frases del Líder. No todos los estudiantes, sin embargo, reciben aprovisionamiento por los mismos canales. En el sistema educativo se refleja la red piramidal que rige la sociedad en su conjunto, y así los escogidos para el funcionariado en departamentos dependientes del Ministerio de Asuntos Exteriores sí tienen acceso a cierta cantidad de escritos extranjeros, que consistía en gran parte en artículos de periódicos occidentales de ideología afín (quizás convendría evitar, por profilaxis léxica, el recurso a izquierdas/derechas), pero que también incluía diarios de amplia circulación.

De haberse detenido el tiempo ese año, todo el proceso emprendido por el Buró Político chino figuraría ya en el pódium de las dictaduras totales típicas del siglo XX. Pero los meses siguientes probarían que el perfeccionamiento en control y sumisión es tarea siempre superable.

 

Plataforma continental

Cultura. Palabra terrible, peligrosa. Tanto que en su nombre, en el nombre de las mejores palabras, se envuelven las peores abominaciones, los movimientos que aplanan con lenta seguridad las cimas, las barreras que sofocan con su tela oscura bocas reducidas a la costumbre del silencio. Pocos se atreven a sacar la pistola limpiamente ante el hervor insoportable de la inteligencia y le proclaman la guerra con la brutalidad de la fuerza y del grito. El uso habitual consiste en tomar la Cultura, y hacerla avanzar vestida para la circunstancia, transformada en la sumisa vaciedad de su contrario, alhajada del discurso del aspirante a comisario general. La acompaña el sucedáneo de notables, con diplomas de título robado, uniformes de la misma talla y clamores de unidad. Y tras ella siempre quedan bibliotecas abandonadas, libros reducidos a páginas sueltas y carteles, mientras en la línea del horizonte intelectuales recientemente desmochados y cargados de arena rellenan los cimientos de un inútil y enorme edificio de congresos.

Gran Revolución Cultural Proletaria. Sólo la primera palabra, por su gigantismo, corresponde. En cuanto al resto, el movimiento estaba destinado a mantener en el absoluto poder, de forma indefinida, al Presidente, el grueso del Ejército y el núcleo ortodoxo del Partido Comunista Chino. Era tiempo de otro Yenán, de la catarsis regular y predecible en la que se sumergían jefes sin más paraíso que la vieja guerra y que extraían de ella la nueva juventud de una continua justificación, el gusto excitante de una forma de existir.

Los compañeros de la profesora extranjera son-lo descubrirá pronto-supervivientes. Tienen la espalda, y algo permanente en su interior, curvada en la postura de quien está acostumbrado a presentar la mínima oposición al viento fuerte, de quien jamás cometerá el pecado nefando de destacar entre iguales. Tras ellos existe un pasado que para ella, para Isa, es inimaginable, pero que sin embargo comienza a imaginar. Porque un buen día de 1973 alguien a quien reprocha el ridículo de las danzas, Libro Rojo en mano, a las que ellos poco antes se libraban mañana y noche frente al retrato de Mao, le responde:

-Tú no sabes lo que hemos pasado.

Y ella se da cuenta de que lo sabe, y de que nada, ni horizontes, ni promesas, ni devociones ni silogismos, justifica que nadie pase por aquello. Sólo ha comenzado a saber el principio, pero no existen puertas hacia el secreto. La evidencia siempre ha estado allí, desplegada, temible, protegida ante el mundo por la aparentemente irremediable solidez de su espanto. No ha sido necesario un viaje al continente oscuro donde, en un pueblo perdido de la selva africana, al final del trayecto por un remoto río. un hombre se encuentra a otro que ha hallado el corazón inexplicable del horror. Éste de China es un horror organizado, tranquilo, bajo un cielo límpido, explicado con argumentos razonables, ofrecido con finalidades benéficas. Puede habitarse en él y no advertir el metal implacable del que están hechos sus sueños. Se ha visitado entre sonrisas, va a perdurar por el argumento doble del hecho consumado y la consumada cobardía de quienes, de lejos, jugueteaban con el sonido de las palabras y sonreían a un paraíso que podía ser su propio, e inocuo, Yenán.

La evidencia no comenzó con aquellas palabras. Viene del avión y de los primeros pasos, de la recepción, las calles, el enorme mural sobre el Presidente y los muros alumbrados por una bombilla triste. Existió continuamente, incluso en los sueños y en las escapadas a la naturaleza, en la que Isa bebía la sensación de algo gratuito y libre, en el arte que emergía entre cascotes sus restos de náufrago. Pisaba el territorio más devastado de libertad que imaginarse pudiera.

El cual construyó sutilmente, más allá de la experiencia y del recuerdo, inacabables caminos que ella debería, obligada por la inutilidad misma de la empresa, recorrer.

La Gran Revolución Cultural Proletaria, campaña de movilización de masas en gigantesco formato, tuvo una larga y cuidadosa preparación del material y métodos por parte de MaoTse-tung y el Mariscal Lin Piao mucho antes de que apareciera el veinticinco de mayo de 1966 en un muro de la Universidad de Pekín el tadzupao (cartel en grandes caracteres) de siete profesores criticando a las autoridades académicas. Las instituciones de enseñanza cierran. Los alumnos, ahora Guardias Rojos, se desplazan junto con los profesores, ven al Gran Líder en la plaza de Tien An Men, visitan los lugares sagrados revolucionarios, viajan por el país. Un océano de citas del Presidente, pequeño Libro Rojo y todo tipo de medios de comunicación barre sustancialmente cuanto no es-en cultura, arte, literatura, pensamiento, etc, etc, etc-Mao Tse-tung.

El telón desciende con cierta brusquedad, desplegado por el EPL, Ejército Popular de Liberación. Éste se encarga también, con la notable rapidez y eficacia que la práctica proporciona, de retirar de escena, fragmentar y depositar en diversos lugares de la extensa geografía china a los figurantes. La apoteosis deja entrever la remisión y el declive. El 22 de febrero de 1967 tiene lugar en Pekín un Congreso de Guardias Rojos, la juventud sigue enzarzada en torneos de celo maoísta, pero ya se esbozan llamadas al orden desde el Comité Central, hacia el que, con lenta certidumbre, el Presidente canaliza las etapas finales, y decisivas, de la purga contra los que le reprocharon la catástrofe del Gran Salto Adelante. En 1969-70-71 intelectuales y profesores se reeducan en el campo y las fábricas, los estudiantes trabajan en comunas agrícolas. Museos y monumentos están cerrados esperando que se rectifique, según las nuevas directivas, su material, o porque ha sido dañado su patrimonio artístico por el celo de destrucción de lo viejo para que brote lo nuevo de los Guardias Rojos. Librerías y bibliotecas han sufrido una severísima purga tras la que no ha quedado prácticamente sino la efigie y textos-multiplicados en mil formatos y caracteres-de MaoTse-tung, y , en menor cantidad, de los clásicos del marxismo.

Naturalmente el uso de términos como reeducar y sus variantes, véase rectificar, la vuelta a la forma recta y justa, la utilización de todo cuanto a educación y cultura concierne, tienen un papel muy específico, se sitúan en primera fila entre los utensilios para extirpar la libertad, la calidad, la individualidad y la inteligencia, y para ello se valen de un óptimo definido, de un puñado de conceptos de elemental expresión y comprensión a los cuales se desplaza el polo único de referencia, de manera que, fuera de ellos, valores, personas y objetos dejan simplemente de existir o son tolerados según el utilitarismo inmediato que pueden presentar para los que han logrado el monopolio de la autoridad. En China se dio una conjunción rara, probablemente única, de clanes de poder superpuestos, y de ahí la insólita dimensión del fenómeno. En casos más fragmentarios y archipiélagos reducidos se utilizarán recursos semejantes, pero en un formato en función del perímetro de las parcelas de autoridad disponibles.

El mundo exterior también cierra en el 66. Ya había sido reemplazado previamente por un curioso decorado de islotes revolucionarios empeñados en la lucha contra las fuerzas del mal, en África, Hispanoamérica, rincones de Asia, y por un océano general de pobres y oprimidos sobre cuya corteza tectónica imperaba, por la sola fuerza de las armas y el dinero, la vegetación espuria del mercantilismo y el capital. Ahora que las universidades se vacían, que de las escuelas parten escuadrones con banderas y que los libros saben, temblorosos, que llegó su hora, cuanto es extranjero se cotiza a mínimos, incluidas las lenguas que tardarán años en volver a escucharse en las aulas. Por el contrario, hay un gozoso reencuentro con la xenofobia, que nunca ha estado demasiado lejos de la llamada a las vísceras y las movilizaciones. El imprescindible enemigo externo tiene los pálidos colores de la piel de los occidentales, el pelo claro y los ojos acuosos de los banqueros. Las excepciones, los raros justos que han ayudado a la causa china y del proletariado internacional, se pasean bajo palio y quedan luego convenientemente aislados en su urna. Si anteriormente era difícil, controlado, mal visto, el contacto con extranjeros, a mayor auge de las movilizaciones más imposible y sospechoso éste resulta. La China que denunció la vida elitista de las minorías coloniales ha reducido desde el 49 la presencia occidental a una élite forzada cuyas fronteras la Revolución Cultural limita prácticamente a la escasa presencia diplomática. Los estudiantes de los institutos de lenguas tienen una actuación señalada, durante esta época, en razón de su dependencia del Ministerio de Asuntos Exteriores, el cual es violentamente criticado por los guardias rojos, sobre todo a partir de los incidentes contra legaciones y establecimientos chinos en Indonesia, donde, tras un oscuro  intento de golpe de Estado y enfrentamientos con grupos marxistas, estalló en 1965 una violenta ola de agresiones, especialmente en el campo, a cargo de unidades militares y grupos musulmanes, que se saldó con cientos de miles de muertos y con la expulsión y pérdida de bienes de la próspera colonia china. El apoyo a grupos maoístas en otros lugares contribuía al aislamiento diplomático de Pekín y avivaba la agitación en Hong Kong. Pero tal situación producía cierto exaltante sentimiento de faro y asedio. Frente al degradado Hermano Soviético y el capitalismo abocado a los vertederos de la Historia, China ocupaba el lugar del Centro que siempre había sido el suyo. El mundo, y ella misma, disponían de población suficiente para permitirse todos los experimentos y audacias con el saldo desdeñable de millones de víctimas que carecían de relevancia en contraste con el futuro que se pensaba construir.

Los estudiantes reprochan, en 1967, a un Ministerio de Asuntos Exteriores cuyo único aliado incondicional en Occidente es Albania haber favorecido moralmente la aniquilación de los movimientos comunistas indonesios, y centran sus críticas en la visita que Liu Shao-shih había realizado a ese país en 1963. Los guardias rojos extienden sus acusaciones a todos los funcionarios del Ministerio, atacan el edificio y se apoderan de documentos en los que esperan encontrar  pruebas contra los traidores. La consigna de estos alumnos de institutos de lenguas extranjeras, organizados en lo que denominaban centro de contacto de rebeldes revolucionarios, era desenmascarar completamente a los traidores emboscados en esta institución burguesa. Algunos altos cargos como Chen Yi se negaron a aceptar su control y les aconsejaron que fueran a pelear a Vietnam y no a su despacho. Otros, como Chou En-lai, discutieron con ellos cuarenta y ocho horas seguidas.

Pese a la aparente anarquía que parece señorearse de algunas provincias, al caos económico y social, a las luchas entre facciones maoístas con rojos de todos los tonos del espectro y a los miles de muertos, nada tan predecible y ordenado como este supuesto movimiento de masas, cuyo pasos son observables desde principios de los sesenta y llevan la impronta del Ejército y de buena parte del Partido Comunista. En septiembre de 1962 había tenido lugar el X Pleno del Comité Central, que años después sería presentado por los maoístas como la inauguración de la gran revolución cultural socialista. En el 63 se puso en marcha la gran revolución, es decir, una campaña masiva de adoctrinamiento político centrada en el culto a Mao y al colectivismo y en la exposición, entre los ciento treinta millones de jóvenes que no los habían vivido, de los males de la antigua sociedad. En febrero del 64 se dio luz verde a la campaña Aprender del Ejército, en el que ya había organizado desde 1961 el Mariscal Lin Piao el estudio del maoísmo y llevado a cabo experiencias de trabajo movilizador de masas cuyos métodos serían generalizados luego con toda la juventud y en todo el país. Además del tono castrense, no podía faltar en escuelas y universidades, como ocurrió a los pocos meses, el movimiento de rectificación cultural, con purga y destitución de intelectuales y censura de organizaciones y obras. Esto no significó la paralización de la vida académica pero dio ya comienzo a la práctica de enviar a trabajar al campo a las personas con un nivel de educación y, en periodos alternados con los lectivos, a muchos estudiantes. También significó la entrada en el cuerpo directivo de los centros de enseñanza, entre ellos en los de lenguas extranjeras, de militares. La ocupación de los espacios educativos y culturales con elementos extraños al mundo profesional y académico, cuya función cardinal es la vigilancia y la imposición de las consignas del régimen, es método recurrente en todos los amagos de construcción del mundo orwelliano. La República Popular China ha sido, en ese sentido, un prototipo. El profesorado anglosajón de institutos de lenguas extranjeras cuenta que, en esta época, el Decano y el representante del Departamento de Inglés eran simples exoficiales del EPL (Ejército Popular de Liberación) que ignoraban por completo la lengua. Esto se repetía en todas las especialidades.

En 1965 Lin Piao lanza un fenómeno editorial al que sólo su gratuidad y posesión forzosa impiden figurar entre los best seller de todas las épocas. Se trata del Pequeño Libro Rojo, una recopilación de citas del Presidente Mao difundida primero en el Ejército para el uso catequístico de los soldados pero destinada-como su tirada prueba-a unificar el pensamiento de los setecientos millones de chinos. Todo está ya prácticamente listo, y el 16 de mayo del 66 el Comité Central del Partido envía a los cuadros de éste una circular, cuya autoría los comentadores coinciden en atribuir a Mao, conteniendo directivas sobre cómo debe desarrollarse la Revolución Cultural. De hecho el 7 de mayo el Presidente había dirigido a Lin una carta programática en la que aprobaba su trabajo en el seno del Ejército, veía en el Mariscal a su más fiel seguidor y le dejaba terreno libre para iniciar en gran escala la unificación general ideológica. En uno de los puntos se lee: La escolaridad debe ser reducida, y debe llevarse a cabo la revolución en la Enseñanza. No puede durar más el dominio de los intelectuales burgueses en nuestros centros.

El recurso al laminado de intelectuales y cultura es, en el texto, explícito, naturalmente bajo el lema (que sustituye, como enemigo, en el interior, al imperialismo y capitalismo en el exterior) de erradicar lo burgués. El término, requiere-y requerirá-cierta exégesis porque es una de las palabras-fetiche de indispensable uso en la construcción de los vastos campos de reeducación y trabajo y en sus más o menos modestas imitaciones. Burgués asumirá años más tarde, junto con la categoría sociomaléfica, su sentido etimológico cuando los autores del experimento comunista más auténtico, concentrado y puro, los khmeres rojos, vacíen y dinamiten las ciudades y construyan en Camboya un régimen que no hubiera podido existir sin el continuo apoyo de Pekín y que dejará tras de sí los cadáveres de un tercio de la población.

El 18 de mayo de 1966 Lin Piao pronuncia un discurso ante el Buró Político en el que sitúa a Mao por encima de todos los pensadores comunistas y hace de él el más grande marxista-leninista de nuestra época, genial, creador, integral. El 25 siete profesores de filosofía de la Universidad de Pekín colocan el cartel que da por inaugurada la Revolución Cultural, redactado principalmente por una joven profesora, Nieh Yuan-tsu. Mao lo califica de inmediato de Manifiesto de la Comuna de Pekín de los años sesenta de este siglo XX y lo hace reproducir el uno de junio en todo el país. En él se hallaban bastantes citas y extractos de la Circular del 16 de Mayo, que no había sido publicada y a la que habían tenido acceso, al parecer, solamente los cuadros. Ésta sería difundida en mayo del 67. El 13 de junio, para facilitar el desarrollo de la campaña, el Comité Central y el Consejo de Estado deciden postponer seis meses la incorporación de estudiantes en instituciones de enseñanza superior y transformar los métodos pedagógicos. El Renmin Ripao (Diario del Pueblo) apela en su editorial del 18 de junio a cambiar de raíz el sistema educativo. Durante junio y julio grupos de trabajo designados al efecto por el Comité Central recorren los centros para cumplir las consignas de la Revolución Cultural. Los dirigentes de estos grupos, Teng Siao-ping y Liu Shao-shi, serán después desacreditados por Mao y condenados durante la II Sesión Plenaria del Comité Central del Partido, que tiene lugar del uno al doce de agosto de 1966. El movimiento ocupa desde la primavera toda la vida académica. El foco principal es la Universidad de Pekín, Pei-ta, y la Universidad Técnica de Tsinghua, a las que comienzan a acudir estudiantes de otros centros para asistir a los mítines. El 5 de agosto el Renmin Ripao publica el tadzupao de Mao Tse-tung incitando a la crítica de los altos dirigentes. El 8 de agosto aparece la Declaración en Dieciséis Puntos del Comité Central sobre la Revolución Cultural y la forma de llevarla a cabo. Las clases han cesado hace meses. Escuelas y universidades permanecen abiertas como lugares de discusión. Los estudiantes llegan por millones a Pekín desde los puntos más distantes del país. La primera gran concentración de guardias rojos en la plaza de Tien An Men tiene lugar el 18 de agosto. En ocho ocasiones, entre agosto y noviembre de 1966, Mao Tse-tung se mostrará en Pekín a más de once millones de enfervorizados jóvenes cuyos apasionados debates versan sobre quién posee el rojo más intenso y la fidelidad más absoluta al Líder. Muchos estudiantes salen de la capital y se dirigen a otras ciudades a intercambiar experiencias. También peregrinan a los lugares sagrados revolucionarios, Shaosan, pueblo natal de Mao, y Yenán. Este inmenso trasiego de jóvenes se lleva a cabo bajo una planificación estatal cuidadosa que provee de permisos de viaje y de carnets de transporte gratuito y que proporciona alojamiento y alimentación a esos millones de escolares y universitarios. Se trata de una movilización de masas extremadamente bien programada cuyos grupos compiten en ser cada uno más maoísta que los demás y atacar con mayor ahinco a cualquiera, cuadros y a miembros del Comité Central incluidos, sospechoso de oponerse a las ideas del Presidente del Partido.

En 1967 la situación continúa. Se forman comités revolucionarios en las entidades, los cuales sustituyen a los anteriores cuerpos directivos y van tomando a su cargo la depuración en nombre de la pureza ideológica y la sustitución de lo viejo por lo nuevo. Este último recurso es de ayuda inestimable en tales campañas, ya gocen éstas del espacio ilimitado que las dictaduras proporcionan, ya deban someterse a los cotos que les ofrecen los regímenes democráticos. El lema renovación, reforma o modernización a toda costa, se encuentra infaliblemente en cualquier veleidad de monopolización y manipulación tomando como base la plataforma educativa. La delimitación entre los necesarios y lógicos procesos de cambio y las aspiraciones al control completo y la imposición se halla en la consideración, o no, de lo previo o cuanto se le asemeje como el enemigo a abatir. La eliminación de lo viejo, la censura de lo anterior y lo existente, la valoración de la innovación simplemente por ser tal, es fuente de represión inagotable y permite promocionar, con la ayuda de las capas menos formadas o calificadas, los más bajos niveles intelectuales, profesionales y éticos. La página en blanco es uno de los temas favoritos del Líder, que suspira por el espacio raso, el individuo sin experiencia, memoria ni historia, el ser colectivo, anónimo, tan desnudo y disponible como en la infancia. Mediocre filósofo y literato, lamentable economista, Mao es sin embargo un buen militar y un notable estratega en el desplazamiento y utilización de multitudes, muy semejantes por la edad, en esta ocasión, a las que acaudillara treinta años antes.

Los jóvenes que reprochaban al Ministerio del Interior su colaboración por defecto en la represión anticomunista de Indonesia hubieran quedado sorprendidos de habérseles hecho notar que las milicias, musulmanas o no y relacionadas o no con el Gobierno de Yakarta, que se habían cebado en los chinos perseguían a los mismos enemigos que los más rojos de los guardias, y por razones finalmente muy semejantes. Porque la diáspora china, como la india, la vietnamita o la judía, se ha caracterizado por su laboriosidad y espíritu emprendedor y mercantil, que le procuraba en breve plazo un nivel de prosperidad muy superior al de los nativos de su entorno y despertaba las consiguientes envidias. Éstas han sido regularmente utilizadas por gobiernos y aspirantes a incautarse de la riqueza de sus vecinos y han ofrecido un blanco fácil al desahogo de una pobreza propia que estaba lejos de ser resultado de la prosperidad ajena. La destrucción de tiendas y restaurantes, las matanzas de comerciantes y oficinistas, la expulsión de minorías y la incautación de empresas se encuadran perfectamente en la ortodoxia comunista puesto que son medidas contra la economía de mercado, el beneficio, la burguesía y la acumulación de capital, cuya erradicación era dogma de los guardias rojos y de su Gran Timonel.

Naturalmente durante la Revolución Cultural no todo ha sido caos, improvisación, alabanzas a la vida rural y sustitución de la eficacia por las consignas. Es altamente improbable que en las centrales atómicas se instalase un equipo directivo de reclutas y obreros para iluminar las mentes, iniciar a físicos y matemáticos en el trabajo manual y supervisar el manejo del uranio. En el lejano Sinkiang los científicos que se ocupan de logística y armamento no pierden un segundo, y las vastas instalaciones en las que se vive en un régimen de confinamiento y extrema vigilancia son cuidadosamente preservadas de toda perturbación. El principio de realidad y el irrecuperable valor del tiempo gozan allí de todos sus derechos.. Mientras las ciudades ofrecen a diario un variado panorama de movilizaciones y los intelectuales burgueses se preparan para la reeducación de trabajos forzados, la República Popular China hace explotar en 1967 su primera bomba de hidrógeno.

De hecho, a partir de marzo del 67 las escuelas primarias y secundarias habían comenzado a abrir sus puertas y a debatir los planes de trabajo y la forma que adoptarían los centros en adelante, de manera que se adaptasen de manera óptima a las directivas de Mao y a la opinión del Ejército, que había ido entrando en ellas para formar parte de su dirección y reorganizar la vida escolar. Los comités directivos se llamaron alianzas de tres en uno-parece que el sintagma es grato al mundo socialista-, es decir, de obreros o campesinos, soldados del EPL y de profesores y estudiantes. El tercio de poder decisorio de estos últimos y, dentro de ellos, del profesorado, era, obviamente, mucho más reducido que lo que la proporción, de por sí minoritaria, indica, puesto que se trataba de demostrar, no ya su sumisión, sino su fervorosa adhesión a las directivas del Presidente, transmitidas por Ejército y Proletariado. Los equipos obreros de propaganda del pensamiento maotsetung entraron en las universidades aproximadamente en agosto de 1968. Al establecimiento de estos comités fue siguiendo la reapertura de los centros, pero no su funcionamiento normal y regular. En general, se puede hablar de una vuelta al orden a partir del otoño.

Pero ese orden es el resultante de una purga sin parangón en la Historia, de una técnica de tabla rasa e implantación sistemática de controles que hace de la represión de las Cien Flores y del Gran Salto Adelante puros circuitos de prueba.

La XII Sesión Plenaria del Comité Central del Partido tiene lugar del trece al treinta y uno de octubre de 1968. Destituye a Liu Shao-shi oficialmente y hace un balance de los resultados de la Revolución Cultural. Esto es la coronación visible de un proceso de denigraciones , desapariciones y cambios de puesto según el método acostumbrado que, en una inversión absoluta del ritmo propio de las democracias, primero toma disposiciones, plantea estrategias, ejecuta sus planes mientras penetra por sectores la opinión y, muy en último término, oficializa con los medios de comunicación, de cuyo monopolio dispone, los hechos. Por esas fechas ya se han suprimido los permisos de viaje, el transporte gratuito y cuantos medios había puesto el Estado a disposición de la enorme coreografía de los guardias rojos, que se encuentran, junto con buena parte del cuerpo docente e investigador y la tímida franja de profesionales que hubiera podido constituir el amago de una clase media, reeducándose en granjas dirigidas por el Ejército. Los jóvenes son gente sin más referencias que el Partido ni otro horizonte que el régimen de Mao en su recuerdo. Hasta la Revolución Cultural la vastedad de su país era sólo para ellos abstracta e ilusoria; su vida cotidiana y su porvenir inmediato dependían, como en cada uno de los ciudadanos, del centro de estudio y la célula de trabajo. Las perspectivas se reducían a un muro similar a otros muchos en un espacio rural o urbano en el que la inexistencia de la iniciativa privada no ofrecía sorpresa alguna. Ningún desplazamiento era posible sin un permiso y unas circunstancias al respecto. Se encontraron con la embriaguez de la distancia y del grupo, con alojamientos en que dormir y cantinas en que entrar. Podían alzar la voz contra los adultos, disfrutar con la humillación de viejos, de cuadros, de profesores; vivían su año cero y la cultura, los frutos de la memoria y del pasado, eran lo suficientemente débiles, después de más de tres lustros de régimen, como para considerarlos rastrojos sin más utilidad que el vigorizante ejercicio de su extirpado.

Su generación no halló el poder sino la prisión irremisible del olvido, de las tareas monótonas y de la perfecta vigilancia de extensiones desnudas que la hacen innecesaria. Habían-pero carecían de medios incluso para saberlo-sacrificado todos y cada uno de los individuos al Grupo, a divinidades insaciables sentadas en el futuro y constituidas de puntos homogéneos. Se encontraron con la única realidad tangible: la limitada vida y el limitado cuerpo, el calendario, las relaciones, los afectos, la imposibilidad de opción.

En 1969 todavía algunos grupos discuten en las escuelas las relaciones con fábricas y comunas. Se ha creado una capa social nueva, los jóvenes instruidos, que, tras abandonar la crisálida de guardias rojos, se distribuyen, muy lejos de sus hogares, por todo el país no siempre con el beneplácito de centros industriales y agrícolas poco dispuestos a alimentarlos. Hay que dedicarse al trabajo manual, a la obra en grupo, la que sea, y, lo mismo que durante el Gran Salto Adelante se habían fundido en lingotes inútiles cacerolas y cucharas, ahora se abren zanjas y se desecan lagos que habrá posteriormente que rellenar. La normalización sigue su curso. Del uno al veintitrés de abril se celebra el IX Congreso del Partido Comunista Chino; en él se nombra al nuevo Comité Central y se adoptan los estatutos. Poco después, el trece de mayo, el Diario del Pueblo publica un plan sobre la transformación de la Educación que lleva el nombre del comité revolucionario del municipio que lo firma. El Programa Kirín es ampliamente comentado en los medios oficiales y tomado como modelo. Su aparición y difusión, deben, naturalmente, muy poco a la audacia creadora de las autoridades municipales. Es práctica habitual del sistema hacer aparecer de forma localizada y casi fortuita las directivas de general alcance. El programa, dirigido a la escuela secundaria, es una recuperación de asignaturas y conocimientos que se juzgan indispensables para la industrialización de base. Es el caso de las matemáticas y el inglés, que desplaza definitivamente al ruso.

Con la limpieza de un diagrama y la perspectiva que ya el tiempo va proporcionando, se separan, en lo que se llamó Revolución Cultural, los perfiles de sus componentes. Quedan aquéllos a los que fue útil, y también los  elementos necesarios o inofensivos guardados al margen de la marejada; queda por último la materia humana que formó las figuras de un paisaje y ahora es limo privado de luz y de forma que abona la uniformidad de la tierra. Se ve por transparencia en el conjunto la agitación de las pasiones, de la más fuerte de todas, la envidia, y también el éxtasis de la ilimitada obediencia. Y la fría, imperturbable maquinaria, de las razones prácticas y los intereses, su persistente esqueleto de metal. La profesora extranjera observa los papeles, ya caídos en desuso pero de imposible destrucción porque todavía los protege la sacralidad de la autoridad suprema que nombran, aunque su exégeta haya caído en desgracia porque en la cima cabía el nombre de Mao sólo.

China es un gran país socialista de dictadura del proletariado y tiene una población de setecientos millones de habitantes. Necesita un pensamiento unificado, un pensamiento revolucionario, un pensamiento justo. Y este pensamiento es el pensamiento maotsetung. (Lin Piao-11 de marzo de 1966).

Los estudiantes, al mismo tiempo que se consagran a sus estudios, deben adquirir otros conocimientos simultáneamente. Es decir: deben instruirse no sólo en el plano cultural sino igualmente en los planos industrial, agrícola y militar; también deben criticar a la burguesía. La escolaridad debe ser reducida y debe llevarse a cabo una revolución en la Enseñanza. El dominio de los intelectuales burgueses en nuestros centros de enseñanza no debe durar más. (Carta de Mao Tse-tung a Lin Piao-7 de mayo de 1966)

La forma del planteamiento es de por sí tremenda, categórica, reiterativa, ejercicio sublimado de poder sobre la superficie de setecientas cabezas, en su interior. Se ha dado un paso insólito. No se trata de fe religiosa, de obediencia al rey, de unificación de pesos y medidas y desaparición de señoríos feudales. El encadenamiento de afirmaciones es tan arbitrario como indiscutible. La semejanza de estilo entre el autor de uno y otro texto es absoluta. En la carta de Mao la expresión de obligación acompaña casi a cada término. Se trata de acorralar a un supuesto enemigo al que la difusa purga retroactiva no deja resquicio alguno de salvación. El discurso del Líder suplanta limpiamente la realidad, la complejidad de una sociedad, y de tal tamaño, queda reducida a un puñado de sectores cuya meta, como la de los individuos, es la unificación final. El mundo intelectual es una peligrosa excrecencia cuya peligrosidad sólo se ve controlada por la fragmentación, la mezcla y la vigilancia continua.

Pronto la correspondencia entre el Líder y su Delfín cristaliza en el documento que se hace público dos meses después:

Punto 9- Los grupos, comités y congresos de la Revolución Cultural en los centros docentes deben estar compuestos principalmente por estudiantes revolucionarios. Al mismo tiempo deben incluir a  un cierto número de representantes de los profesores y empleados revolucionarios.

Punto I0- Reforma Educativa. La política formulada por el camarada Mao Tse-tung de que la enseñanza debe servir a la política proletaria y combinarse con el trabajo productivo tiene que aplicarse en todo tipo de escuelas, para que todos los que reciben la educación se desarrollen moral, intelectual y físicamente y lleguen a ser trabajadores cultos y con conciencia socialista.

El periodo de estudios debe acortarse. Los programas de estudio deben ser menos y mejores. El material de enseñanza debe ser cabalmente transformado, en algunos casos comenzando por simplificar el material complicado. La tarea principal de los estudiantes es estudiar, pero deben también aprender otras cosas. Es decir, no sólo deben estudiar los libros, sino aprender el trabajo industrial, la agricultura y los asuntos militares y, cuando se presente el caso, tomar parte en la lucha de la Revolución Cultural para criticar a la burguesía.

Punto 14- La Gran Revolución Cultural Proletaria tiene por objeto hacer más revolucionaria la conciencia del hombre, lo que le permitirá conseguir más, más rápidos, mejores y más económicos resultados en todos los campos de nuestro trabajo

(Decisión en dieciséis puntos del Comité Central del Partido Comunista Chino-agosto de 1966)

Es semejante a muchas Constituciones, a no pocos pronunciamientos y exposiciones de principios. Pero no se parece a ninguno de ellos. Su objetivo se halla dentro del hombre, de uno en realidad inexistente, que puede ser cualquiera, intercambiable, carente de entidad, derechos y sustancia, presto a ser introducido, colocado en apretadas líneas, en el horno una vez se ha rellenado del adecuado contenido. Está aquí, incluso, ausente el espacio que media entre el dios bíblico y su conflictiva criatura. Y no faltan ninguno de los nuevos Jinetes del Apocalipsis: la unificación, la depuración, la simplificación, el gregarismo. Las consignas no son meras directivas que marcan fines aconsejables en la dinámica social. Su radio de acción es completo, su efecto está diseñado para ser total y cubrir cada repliegue de la actividad humana las veinticuatro  horas del día. Lo que desde Occidente se hojeaba como curiosas páginas de libros bienpensantes, en Oriente reunía los poderes del legislativo, el ejecutivo y el judicial en una indisociable mezcla de clan, congregación y ejército.

La profesora extranjera mira, por encima del hombro y del fajo de hojas amarillentas, a sus dos colegas nativos que dormitan sobre la rutina diaria. No hay cadáveres, no hay víctimas ni referencias a sucesos de años pasados. Sobreviven; y las palabras felicidad, deseo, voluntad, desdicha, ira tienen en ellos la misma inconsistencia que revolución, lucha, burguesía, rebelde, pensamiento en los textos. Simples soportes de planteamientos y mandatos. Ya no agitan mañana y noche el Pequeño Libro Rojo pero éste, preservado por la sacralidad de su autor, reposa como un gran escapulario en los anaqueles:

Sin visión política justa se está como sin alma(…).Todos los organismos y todas las organizaciones deben asumir la responsabilidad del trabajo ideológico y político. Y esta tarea incumbe al Partido Comunista, a la Liga de la Juventud, a los organismos gubernamentales directamente interesados, y, con mayor razón, a los directivos y a los profesores de los centros escolares. (Mao Tse-tung-Citas-Pequeño Libro Rojo.)

En la cabeza de uno de ellos, apoyada en el codo, asoma, madrugador, un cabello blanco entre la superficie lisa, corta y negra. La juventud se ha evaporado en esa media docena de años. Son los mismos que en el 67 pero han perdido el brillo, la luz prestada por la excitación de sus grandes reuniones de estudiantes, cuando uno de los incontables grupos, bautizado El Este es Rojo, editaba su revista y pasaba los días en interminables discusiones en las que los estudiantes criticaban su educación pasada y proponían ideas para la futura. ¿Para qué sirve-decía un alumno de arquitectura-estudiar los planos de Notre Dame en París, o del templo de Buda, en Londres? (el cual resultó ser la catedral de San Pablo). ¿Qué relación tienen esas estructuras con las necesidades de la construcción en la China de hoy?. El destacamento, como gustaban, por terminología militar, llamarse, reivindicaba poseer el apoyo de la mayoría, tres mil de los cinco mil estudiantes de su facultad y gran parte del cuerpo profesoral. Sus principales contrincantes fueron los de Bandera Roja, a los que más tarde se unieron en una gran alianza.

Las visitas de extranjeros se redujeron al mínimo durante la Revolución Cultural, y ese mínimo solía estar formado por devotos que añadían al entusiasmo local el celo del converso. Por ello los escasos testimonios revisten un especial interés; ofrecen la visión de aquella coreografía sin común escala con nada conocido desde el ángulo insólito de personas que procedían del libre espacio exterior pero que adaptaron por completo su percepción a la sumisión ideológica. En la antología del más absoluto abandono de la capacidad de raciocinio, o, si sacrificamos la piedad del eufemismo a la propiedad lingüística, de la más profunda estupidez, pueden situarse las páginas de Gregorio Bermann sobre psicopedagogía y metodología del aprendizaje. Su libro La salud mental en China es un ejemplo inestimable, no ya de acriticismo, sino del conmovedor fervor religioso del neófito occidental en la nueva Meca. Es particularmente digna de mención la parte en que se describe la psicoterapia de psicóticos profundos haciéndoles escuchar unas horas por día canciones revolucionarias durante algunos meses, hasta que las repetían y acompañaban con letras del tipo: Soy una paciente del hospital psiquiátrico. ¡Qué vida tan agradable pasamos aquí!. Está muy bien eso de que la administración del hospital nos proporcione buenas ocupaciones que nos distraen .Nos dan películas una vez por semana; en todos los rincones se oyen cantos revolucionarios. Son muy instructivos.

El resto de la terapia no desmerece del tratamiento descrito.

También se nos cita la existencia de un departamento de psicología de la educación, dependiente de ese Ministerio, que se dedicaba al estudio del desarrollo mental de los niños en edad escolar, su lenguaje y su forma de pensar, la metodología en el aprendizaje de las asignaturas fundamentales, el comportamiento y la disciplina. No se utilizaban test de inteligencia ni de personalidad, pero sí cuestionarios sobre su nivel cultural y vocación. La memorización y el estudio intensivo de textos marcados era habitual de la metodología pedagógica, que continuaba así una muy antigua tradición de exégesis.

En mayo del 69 el Diario del Pueblo difundió el llamado programa Kirín, que contenía las directivas para escuelas primarias y secundarias:

Capítulo III-Trabajo ideológico y político.

Artículo 4-(…)La tarea fundamental en el trabajo ideológico y político de esas escuelas es asegurarse de que (…) el pensamiento maotsetung esté en primer lugar en todo el trabajo de la escuela.

Artículo 8-Se combinará la educación en la escuela, la sociedad y la familia.(…)

Artículo 14-Hay que eliminar las  restricciones de edad para la inscripción, que fueron reforzadas por la vía revisionista contrarrevolucionaria. El antiguo sistema de exámenes debe ser abolido, así como dejar a los estudiantes en la misma clase sin promoción. Hay que permitir a los estudiantes que se destacan política, ideológicamente y en sus estudios ascender de grado.

El ingreso en las escuelas secundarias se llevará a cabo por recomendación y selección, dando prioridad a los hijos de los obreros, campesinos pobres y campesinos medios de la capa inferior, de mártires revolucionarios y de soldados.

Capítulo VI-Enseñanza.

Artículo 24-(…) adherir a los principios de dar preeminencia a la política proletaria de combinar la teoría con la práctica y hacer las asignaturas más cortas y mejores(…).

En la escuela secundaria se darán cinco asignaturas: Educación en el pensamiento maotsetung (incluyendo historia moderna china, historia china contemporánea e historia de la lucha entre las dos líneas en el seno del Partido), conocimientos elementales de agricultura (incluyendo matemáticas, física, química y geografía económica), literatura revolucionaria y arte (incluida lengua), entrenamiento militar y educación física (incluyendo el estudio de los conceptos del Presidente Mao sobre la guerra popular, reforzando así la idea de prepararse contra la guerra, y actividades de entrenamiento militar y educación física) y trabajo productivo.

En las asignaturas (…) la política es de máxima importancia y deberá ser puesta en primer plano (…), a las asignaturas de conocimientos y cultura general (…) se dedicará aproximadamente un sesenta por ciento de los periodos de estudio en la escuela secundaria y no menos del setenta por ciento en la escuela primaria.

Artículo 25-(…) las escuelas darán clase unas cuarenta semanas al año (incluido el tiempo tomado por los cursos en trabajo manual productivo) y los estudiantes se ausentarán treinta y cinco días durante la época de mayor ocupación en la cosecha en el campo.

Artículo 26-Según las instrucciones del Presidente Mao de que “el material de enseñanza tendrá carácter local”, puede incluirse material de la localidad y de los pueblos, junto al material pedagógico del Estado. Las localidades organizarán a los obreros, campesinos y soldados y profesores y estudiantes revolucionarios para recopilar material de enseñanza en la zona como complemento del material pedagógico.

Artículo 27-En la enseñanza, la teoría se combinará con la práctica (…), Se animará a los estudiantes a investigar por sí mismos (…). Se seguirá el método de que profesores y estudiantes aprendan unos de otros y hagan comentarios sobre sus enseñanzas.

De estas directivas, que no en vano pertenecen al año que marca, con el IX Congreso del Partido Comunista Chino, la eliminación de cuantos moderados habían osado oponerse al meXianismo de Mao, llama la atención, por una parte, la contradicción entre la idílica y bondadosa simpleza que ofrecen en su primera lectura y la perfecta coacción, mutilación y negación del hecho intelectual que la más somera reflexión sobre ellas no tarda en revelar. No se trata de un limitado experimento pedagógico sino de disposiciones imperativas para las que no existen ni alternativa ni rechazo, y que además, no sólo proscriben cuanto no imponen, sino que también hacen de cualquier divagación extramuros el delito de pensamiento y el enemigo a abatir. Por otra parte es credo que ni mucho menos se ha circunscrito a las lejanas condiciones del socialismo asiático; muy al contrario, resulta espectacular encontrar estos clichés bastantes años después en el contexto de países prósperos del mundo occidental. La dinámica es simple y escasamente novedosa, aunque en la China comunista las dimensiones de su aplicación constituyeron un fenómeno distinto de manifestaciones anteriores. Substancialmente se trata de una sublimación del irracionalismo, de la sustitución del saber, la razón y la lógica por una idea, un culto a la voluntad única fijada en un ser concreto, en Mao, o en un ente comunitario, y de ficción, las amplias masas, que desplaza y proscribe los conceptos de la calidad y el valor.

Los estudiantes exponían e imponían. Una de las maniobras clave del maoísmo fue la adulación de la juventud, la creación de una pinza adolescentes/incondicionales entre la que quedaba aplastado el sector maduro, culto y reflexivo. El Líder puso en pie a una incontable guardia pretoriana, al peligroso animal de los veinte años, y le dio plenos poderes para denunciar y perseguir al enemigo, a los representantes de la autoridad más próximos, a profesores, decanos, escritores, periodistas, y también a sus propios padres. Los guardias rojos nada sabían de la situación interior y exterior, ni de la historia pasada o presente, como era lógico esperar de la formación filtrada y remodelada que les daba el sistema. Pero encauzaban su energía en la crítica de lo que habían conocido, en el sistema educativo, en el que rastreaban cuanto era antiguo, burgués y condenable. La metodología pedagógica-dicen- pone en primer lugar los conocimientos librescos, desprecia la práctica, corta a los estudiantes de los obreros y campesinos y los separa de los grandes movimientos revolucionarios de la sociedad. Los exámenes son el sistema antidemocrático por excelencia. El calendario lectivo es excesivamente largo; si el tiempo de estudios se reduce a la mitad, un profesor podría enseñar al doble de alumnos. El sistema nos transforma en una élite revisionista, separada de las masas, y, además, no corresponde a las necesidades técnicas del país. Sus vehementes declaraciones al extranjero que los visita en 1966 podrían reflejar tan buena intención y pasión socialista como flagrante ingenuidad, fruto del espacio maniqueo en el que se movía su limitado haz de consignas. En realidad el contenido de éstas importaba poco. La más bella y justa máxima resultaría aberrante presentada en forma de martilleo exclusivo en un ambiente en el que ciencia y verdad eran patrimonio de un solo e incontestable líder que moldeaba a su sabor las oleadas irracionales de adhesión.

Su reflexión y su acción se acomodaban sin dificultad al más fácil de los esquemas: la bipolaridad entre seguidores de Mao (buenos, revolucionarios) y solapados adversarios (reaccionarios, burgueses). Ningún dios tenía cabida entre Ormuz y Ahrimán, ni podía haberla para la cultura, la educación, el arte y las muchas dimensiones del ser humano. Las escuelas de tipo Kirín excluían otro tipo de escuelas, los modelos de buenos individuos cabían en cuatro líneas. Se perseguía implantar un sistema que tenía como valor primero la producción (aunque proclamara que era el hombre) puesto que el ser humano no era considerado sino como un receptor de consignas que actuaría en función de ellas, un bien económico valioso propiedad de la Patria. En pocos años se formarían pues, al mínimo gasto, personas preparadas exclusiva, funcionalmente, para puestos concretos. Esto elimina naturalmente a las ciencias humanas, que son reemplazadas en todos los órdenes por el pensamiento maotsetung. Los dirigentes se proponen aprovechar al máximo las fuerzas e iniciativas de las masas previamente empapadas de una educación y endoctrinamiento estrictamente pragmáticos, funcionales y de muy cortos alcances. Ello acerca paradójicamente a ensayos de prácticas similares en países de capitalismo avanzado: La cultura proporcionada a los individuos debe adaptarse a las exigencias productivas. Cualquier veleidad de información transcendente, de conocimiento gratuito y puro, es inútil, e incluso peligrosa, para el sistema. Importa promocionar los valores y métodos de pensamiento necesarios para la reproducción del esquema social. En un ambiente tan alejado de China Popular como podía ser el estadounidense, Marcuse hablaba de un ataque concertado que se llevaba a cabo para desviar a las escuelas y universidades hacia esquemas propios de la formación profesional, para reducir los estudios de humanidades y ciencias sociales y hacer descender en general el nivel de la enseñanza. Esto llevaría, según él, a la creación de una gigantesca fuerza de trabajo entrenada desde la infancia en la tarea de reproducir su existencia social, su sometimiento y la estructura que la había creado. Mientras el pensador marxista-freudiano deslumbraba a la juventud occidental de los sesenta, en las antípodas de Estados Unidos, como una irónica pirueta de la Historia, el Gobierno de la República Popular China, rigurosamento atento al comunismo puro, imponía a la más vasta escala concebible el esquema de dominio contra cuyos síntomas el filósofo norteamericano ponía a sus lectores en guardia.

Ha existido y existe, en cualquier caso, asimismo, en algunos países de Europa una generalizada tendencia que elimina de la enseñanza el concepto de adquisición de valores intelectuales como vehículo de expansión y ampliación de las aptitudes del individuo. La prioridad pasa a ser la formación de piezas de utilidad inmediata con el menor gasto y esfuerzo posible. El adoctrinamiento ofrece distintas apariencias, pero se caracteriza por los escasos márgenes de elección. El fenómeno no carece, como se verá en su momento, de parentesco ideológico con el mundo feliz del régimen asiático, al que ha tomado prestados algunos de sus lemas.

Respecto a China, tras la lluvia de mucho más de cuarenta días que cubrió y aplanó los territorios del instinto de libertad y de la inteligencia, queda la perplejidad de quien observa la anegada llanura en la que la vida continúa su persistente labor. La contradicción entre las llamadas a la rebelión, a la crítica y a la revolución y la obediencia absoluta a un pensamiento único de un único hombre es tan enorme que los guardias rojos, inmersos y formados por el sistema, no supieron captarla. O, si lo hicieron, pasaron a formar parte de un silencioso hacinamiento de víctimas cuyas voces no llegaron a Occidente jamás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marea baja

 

El mundo, de repente, se ha vuelto monocolor, se ha vuelto quizás de sólo dos o tres colores. Nadie lo comenta. Nadie parece extrañarse. Viene gente de fuera, hablan, pasean, compran, escuchan, se van; el monocorde aspecto del conjunto, la entrenada escenificación de los comportamientos, la espectacular semejanza de las frases no parecen inquietarles. Regresan a países que ofrecen todos los colores del espectro, y allí escriben, dan charlas, muestran diapositivas y hacen un alegre comentario, tocado de breves pinceladas de crítica, de esas brillantes estampas de uniformes azules, carteles rojos, mazorcas doradas y sonrisas blancas. Pero China no tiene colores, carece de los tonos que dan el rechazo y la duda, lleva blusas cerradas hasta el cuello, trenzas apretadas y un rostro liso lavado de perplejidad y de maquillaje. La Revolución Cultural se encarnizó con la cultura, persiguió y cauterizó la floración terca de los intelectuales, pero, aleccionada por las hambrunas del Gran Salto, conmocionó escasamente el medio rural y las fábricas siguiendo la máxima del Partido que prohibía expresamente interferir en la producción.

Tras cuatro años de cierre, han empezado a abrirse las aulas. La reapertura tiene mucho de apariencia y concierne a una parte mínima de la Enseñanza Superior, que se ampliará con lentitud y acoge un número casi testimonial de estudiantes. En 1971 la Universidad Tecnológica de Tsinghua no cuenta sino con dos mil ochocientos alumnos, mientras que antes de la Revolución Cultural la matrícula ascendía a doce mil. La década de los setenta comienza con una apariencia de actividad que tiene no poco de simbólica y se desarrolla, además, en condiciones precarias sometidas al control estricto de los infinitos comisarios políticos que ha producido la última ola de depuraciones. Las Facultades son una cáscara y un nombre en el que la sustancia de la actividad intelectual está ausente. Gran parte de los estudiantes, entre los que también figuraban adolescentes de Secundaria, se reeducan en el campo, con frecuencia en zonas ásperas y aisladas que distan miles de kilómetros de sus hogares. Allí permanecerán durante años, muchos no regresarán, lo harán otros cuando su juventud quede atrás como una cosecha irrecuperable. El Ejército, que algo sabe de manejo de grandes contingentes, se ha encargado de guardarles y por él, presente en comités y directivas, pasan permisos, licencias y solicitudes. Trenes y carreteras existen para los poseedores de un pase, de una justificación de viaje. No hay cifras ni datos sobre el gran desplazamiento de profesores, profesionales, estudiantes, ni sobre las bajas. A veces llegan a las familias cartas que invariablemente muestran el mismo optimismo entusiasta, idéntica adhesión, cartas que podrían haber sido impresas por millones de ejemplares, reduciendo su escritura al encabezamiento y la firma.

Las directivas de Mao Tse-tung respecto a la Universidad-en la que él jamás estudió-son del estilo amplio, inspirado y pedestre que suele emplear el Líder para cualquier tema, en pedagogía como en literatura, en ciencia como en arte. Mao concibe los centros de enseñanza superior como escuelas de formación profesional acelerada:

Los centros de enseñanza superior son necesarios; me refiero principalmente a las escuelas científicas y técnicas. De todas formas hay que acortar la escolaridad, llevar a cabo la revolución en la enseñanza, poner la política proletaria en el puesto de mando (…) Los estudiantes deben ser escogidos entre los obreros y los campesinos, que tienen experiencia práctica; tras algunos años de estudios, volverán a la práctica de la producción.

El Presidente no ha disimulado nunca la mezcla de desprecio y desconfianza que le inspiran los intelectuales, y ha hecho gala de ello, citando como argumento de autoridad que, exceptuando Marx y Lenin, los grandes comunistas como Stalin no habían ido a la universidad. Para nada la precisaban puesto que los verdaderos conocimientos no se adquirían en las aulas. Sin embargo aconseja paternalmente a los guardias rojos comenzar muy jóvenes el estudio de lenguas extranjeras y se lamenta de no haber podido hacerlo él mismo. Los largos aprendizajes, servicio militar incluido, le parecen sin embargo inútiles y para él lo ideal sería seis meses de soldado, a continuación un año como campesino y dos luego de obrero.

La idea de la persona intercambiable, rellenable sucesivamente de distintas materias, siempre disponible según las normas del momento y carente de perfil individual pertenece desde antiguo al socialismo de corte militar que impregna el credo del sistema. Mao nunca ha reparado en gastos a la hora de disponer de millones de hombres. Es famosa su estrategia de la guerra de oleadas, según la cual China nunca podría ser vencida gracias a lo fácil que era para su Gobierno ir reemplazando, según caían, unos miles de soldados por otros. La teoría del hombre nuevo e impoluto, del ser homogéneo, de la mecánica castrense y administrativa y del igualitario moldeado de la masa social alcanza aquí su sublimación. Los escritos que la reflejan, lejos de ser simple representación de ideas, nacen como premisas infalibles y universales, únicas aplicables-en todos los terrenos-y se hallan fuera de toda discusión. Cuando, en países de estructura no totalitaria, se coquetee con aspiraciones semejantes en la frágil probeta que es la educación y la cultura, se buscará el apoyo de la Ley, el vago recurso a enunciados en cuya conmovedora filantropía se alberga el deseo de la tabla rasa.

Pero no se podía prescindir siempre de la élite, la cultura y la inteligencia. Ya en 1970 las interminables glosas a las citas de Mao se acompañan de ciertas denuncias a los llamados excesos de la ultraizquierda, que significan un intento de recuperación de los intelectuales. Naturalmente se defiende la dirección a cargo de los obreros, presentes, junto con el Ejército, en los cuerpos rectores de las universidades, pero se sugiere la conveniencia de cierto margen de actuación y aprovechamiento de los intelectuales (siempre y cuando éstos sean revolucionarios) y se reprocha el recurso a medios brutales. Se trata de una maniobra de rescate de supervivientes del profesorado. Éste sin embargo, en consignas que recuerdan al laminado y chapado de una fábrica de automóviles, deberá pasar por procesos de reeducación, estancias de trabajo en el campo, sesiones políticas, y despojarse de sus viejos prejuicios de propiedad privada de los conocimientos, superioridad de la teoría, servilismo hacia lo extranjero, búsqueda de fama y de satisfacción del interés personal.[4]

Esto, cuyo ideal parece ser el organigrama de una colmena, se traduce en el empleo sistemático de la violencia física y psíquica, la anulación de todo derecho, la extorsión de confesiones y las condenas indefinidas a penas de exilio, trabajos forzados, invalidación profesional y prisión. Las personas que, silenciosas y apacibles, deambulan junto a la cooperante extrajera afloran como maderos en un mar cuyo fondo sirve de invisible asiento a innumerables naufragios. Los más jóvenes de los guardias rojos arrastraron a profesores, médicos, traductores, los pasearon con capirotes y mandiles que denunciaban en grandes caracteres su lacra de reaccionarios y burgueses. En interminables sesiones de crítica y autocrítica les obligaron a confesar su vileza, a denunciar a amigos, colegas, hijos y cónyuges. Les hicieron escribir una, diez, cien veces la lista de sus pecados y el acta de contrición. En sus efectos personales encontraron, y quemaron, un libro en idioma extranjero, una blusa de encaje, la reproducción de una pintura antigua, las fotos de una fiesta de cumpleaños. Las desapariciones no se debieron sólo al excesivo entusiasmo de los encargados de la limpieza ética, a los que se les fue la mano en un puñetazo o un empujón a destiempo; los ritos de abominación concluían con frecuencia en el suicidio. Existían, por supuesto, las ejecuciones, en cuya aplicación el sistema chino posee un récord de rapidez, pero en principio los condenados no estaban destinados a la eliminación física. Bajo palabras de las que ninguna representaba la cruda realidad, se perseguía vaciar el cuerpo de sustancia, dejarlo limpio y listo para la infusión de nueva materia. El triunfo del régimen consistía en desactivar cada uno de los resortes de la querencia y voluntad individual, comprimirlos bajo una capa de eufemismos que robaba a la agresión, la persecución, la cárcel y la muerte incluso sus nombres, que reducía los campos de trabajo a residencias rurales y las confesiones forzadas a tonificantes intercambios de experiencias. Como en los ángeles rebeldes, en el oscuro sector de los enemigos hay una gradación: antipartido, archienemigos de clase, capitalistas, enemigos de clase, reaccionarios, revisionistas, burgueses. El infierno es adaptable y el grado de condenación toma como punto de referencia el mayor o menor alejamiento del estado beatífico de revolucionario, es decir, seguidor del Partido Comunista. En cada perversión existen categorías y matices susceptibles de delimitar la culpa, y entre los condenados se pasea, balanceando su escapulario, un representante del Buró Político deseoso de enriquecer con nuevas confesiones su cifra de beneficios.

Al comienzo de los setenta el mundo extranjero ha desaparecido; es más, menudean las advertencias contra la actitud servil respecto a lo foráneo y se propugna, por ejemplo, una reforma radical de los manuales de enseñanza que elimine de ellos la llamada filosofía compradora. El régimen recurre sin rebozo, cada vez que lo precisa, a los viejos, y nada olvidados, prejuicios xenófobos y los agita vestidos para la ocasión de imperialismo neocolonial. Mao desearía la eliminación de los rasgos de definen, y delimitan, los centros de enseñanza, y propugna las escuelas a puertas abiertas, la instalación en los núcleos docentes de talleres y granjas, los periodos de trabajo agrícola, la gestión conjunta de universidades y fábricas. El saber en sí, la teoría, la calidad, la especialización, la universalidad de los conocimientos, son objeto de abominación e incesantemente criticados como ejemplos de la línea revisionista de Liu Shao-shi:

(los reaccionarios) se entregan a una inversión de la historia, se apropian de los descubrimientos e invenciones de los trabajadores, defienden la “preponderancia de los expertos” para ayudar a la burguesía a asegurar su monopolio de la ciencia y la técnica; predican la “superioridad de la teoría”, comercializan la enseñanza, hacen de ella deliberadamente un misterio y la encarecen para favorecer así al reino de los intelectuales burgueses en las escuelas; afirman “el papel decisivo de las condiciones materiales y técnicas”, niegan ese factor determinante que es el hombre y reprimen la inmensa fuerza creadora de las masas populares (…) Nosotros hemos comprendido perfectamente que el invencible pensamiento maotsetung es el arma ideológica fundamental en la redacción de los nuevos manuales de enseñanza. (Op. Cit.)

Tres décadas después, los tópicos invocados dejan, en el lector europeo, una curiosa sensación de déjà vu, en fechas, por cierto, recientes. Si se sustituye el invencible pensamiento maotsetung por la invocación a alguna supuestamente genial ley o reforma educativa, el ataque a cuanto enriquece y diversifica el pensamiento humano parece ser tópico de obligado cumplimiento, y la devastación producida por sus aplicaciones depende simplemente de la fuerza de la que en ese momento el sector en el poder disponga.

La situación también evoca el general conflicto de la universidad respecto al sistema. En países y regímenes diversos se enfrentan los defensores de ésta como centro de formación en sentido amplio y crítico, con tendencia universal y emparentado con la tradición humanística, con los partidarios de la universidad-escuela especializada que producirá, en el mínimo de tiempo y con el gasto mínimo, los individuos necesarios, sea a los grandes monopolios y firmas capitalistas, sea al Estado planificador y patrón. Los primeros pueden ser acusados de elitistas y separados de la vida cotidiana; los segundos de alienadores y manipuladores del individuo en pro de la economía, la burocracia o el trust. Buena parte de las fórmulas maoístas tienen-salvando las abismales distancias de naturaleza del régimen-paralelos en los experimentos de universidades norteamericanas, y en algunas europeas, sobre formación fuera de las aulas, fraccionamiento y reducción de los periodos lectivos e intercalación de semanas o meses de actividades independientes. La tendencia a abaratar costes y tiempo lleva a confundir y desvirtuar los rasgos propios de los estudios superiores y el concepto de la universidad misma, en un intento, supuestamente democratizador, de repartir diplomas que no corresponden a lo que por tal nivel solía entenderse.

A la hora de concretar realmente la reforma de la enseñanza que debe seguir a la Revolución Cultural, los textos chinos tienen visibles dificultades. Es mucho más fácil despellejar al enemigo que reemplazarlo. Tras reiteradas denuncias de los antiguos métodos pedagógicos libro en mano, fórmula en boca, teorías sin relación con la realidad, se vuelve a la cala segura de las citas de Mao y se insiste en los puntos principales: ir de la práctica a la teoría, mezclar trabajo y estudio, abreviar etapas, pero, eso sí, mantener los exámenes. Hay varias páginas de generalidades cuajadas de citas, literales o desarrolladas, del Presidente, y, tras este verbalismo, brillan por su ausencia criterios de contenidos, programas concretos, análisis calificados. El mismo tono preside las charlas que sobre el tema se llevan a cabo en diversas universidades, a las que, respecto a las ciencias, se las concibe como apéndices de los departamentos estatales según ramas de producción. Estos últimos irían marcando cada año tanto el número como el tipo de graduados necesario, graduados que se formarían en distintos periodos de tiempo para adecuarlos a la demanda. Esto en cuanto a la formación técnica; la político-moral aglutinaría el conjunto de estudiantes en un clima de obediencia productiva y austeridad personal. Se citan dos ejemplos de las funestas consecuencias de la falta de educación política entre los jóvenes: Uno es un huérfano rescatado de su pobreza y enviado por el Estado a la universidad. A raíz de su ingreso en ella comenzó a despreciar a los obreros, se dedicó al estudio de su especialidad y degeneró. El otro caso cuenta la historia de un obrero hijo de obrero (es decir, de extracción intachable). Estudiaba Arte. Pues bien, este joven prometedor se puso a escuchar discos ye-yes y los gamberros poco a poco le pervirtieron. (sic)

Las amplias directivas maoístas en las que los dirigentes intentan encajar las necesidades de la especialización, la eficacia y la investigación se hacen mucho más espinosas si se pasa de las facultades de ciencias a las de letras. El pensamiento único del Gran Timonel no es la mejor garantía para un desarrollo floreciente de Filosofía, Historia, Literatura y Arte. El sinólogo Simon Leys aporta una visión de lucidez inusitada sobre este periodo y describe la situación con una tranquila ironía a la que, como materia crítica, basta la simple observación de los hechos durante su visita, en 1972, a las universidades y escuelas secundarias chinas.[5]Respecto a estas últimas, en estudios cuyos programas han sido aligerados de numerosas materias y su duración reducida, la Teoría Política ocupa el lugar de asignatura fundamental, de manera semejante a la Religión en las escuelas confesionales de Occidente con la diferencia de que ésta ni en sus momentos más florecientes gozó en Europa de tal apoyo logístico. El curso es impartido por el profesor en presencia de un miembro del grupo obreros-soldados que se ocupa de que el discurso se mantenga dentro de la más estricta ortodoxia. En la práctica, la clase consiste esencialmente en un comentario escolástico de editoriales del Diario del Pueblo y de artículos de Bandera Roja (publicaciones ambas, por supuesto, oficiales). En Lengua y Literatura China el noventa por ciento de la materia dada pertenecía al periodo moderno y el diez por ciento (todo un récord en un país con tal historia literaria) al clásico. Ese noventa por ciento de literatura moderna se basaba principalmente en la prosa de Mao Tse-tung, una selección de artículos ideológicos contemporáneos y uno o dos fragmentos escogidos de Lu Sin. Respecto a la lengua clásica, la materia monotemática eran los poemas de Mao. Las otras asignaturas eran lengua extranjera, geografía e historia, matemáticas, química, física, agricultura, entrenamiento militar y cultura revolucionaria. La duración de los estudios secundarios había pasado de seis a cuatro años, el trabajo manual en campos y talleres se alternaba con el docente, continuaba el sistema de exámenes y la metodología mostraba el acostumbrado formalismo tradicional.

No deja de resultar llamativo el contraste, el exquisito uso de la neolengua, en un medio que dice caracterizarse por la ruptura, la revolución y el cambio, pero que, en la práctica cotidiana, está impregnado de dogmatismo autoritario y caracterizado, de la cima a la base, por el temor y por formas de represión consustanciales e integradas a la rutina diaria y a un modo de vida en el que la esfera de lo privado deja de existir. El más patente logro de la Revolución Cultural ha sido el empobrecimiento del contenido de la enseñanza, al eliminar los conocimientos literarios e históricos que forman su base.

El mundo exterior que a través de las lenguas extranjeras se observa tiene un perfil de tronera y, lejos de arrojar alguna luz sobre la geografía humana del resto del planeta, vierte sobre ella el contenido monocolor local. Se estudia inglés, y en algunos casos ruso. El contenido de los manuales es antologías de citas de Mao y artículos del Diario del Pueblo y Bandera Roja traducidos del chino. Se trata pues de traducciones empedradas de clichés y sometidas a un formalismo rígido. Calidad, claridad y eficacia se sacrifican a la pureza ideológica. Aunque en los setenta ya se reconoce, en los centros de enseñanza, que el material de la Revolución Cultural, que continúan empleando en sus clases, es nulo para los alumnos en lo que a aprendizaje lingüístico se refiere, sin embargo nadie osa arriesgarse a enviar a la papelera textos blindados por la evangélica autoridad que los respalda.

La enseñanza superior no ha resuelto la polémica entre formar rojos y formar expertos. Los sesenta habían puesto en primer plano total la rojez, pero la realidad ha ido reclamando sus derechos y pidiendo conocimientos, de forma que las autoridades introducen discretas recomendaciones en vistas a asegurar algún nivel profesional. Para ello se aprovechan de la última conjura palaciega: El Mariscal Lin Piao, portaestandarte de la Revolución Cultural, Mejor Alumno del Presidente y Delfín en su sucesión, ha desaparecido en 1971. Y lo ha hecho oportunamente, porque la alternancia pendular que caracteriza al régimen pide que, tras las últimas movilización, campaña y purga, se recupere la estabilidad. De ahí la hegemonía de Chou En-lai y la actividad diplomática que llevará, ese mismo año a la retirada del veto de Estados Unidos y la entrada de la República Popular China en la ONU en lugar de Taiwan. Con la táctica acostumbrada de goteo informativo, el Partido atribuye primero la desaparición de Lin a un accidente de aviación, que se enriquecerá progresivamente con los aditamentos propios de una historia de traición y espionaje, de forma que el antiguo Ministro de Defensa acabará apareciendo como un torpe agente de Moscú que, fallido su criminal intento de eliminar al Gran Líder, no alcanza el territorio soviético, hacia el que huye con su hijo, por falta de combustible. Esto permite al Gobierno cargar a la cuenta del difunto lo que comenzará a llamarse excesos de la Revolución Cultural y aconsejar un prudente equilibrio entre la rojez y la eficacia. Tales llamadas a la rectificación y la prudencia hubieran sido tachadas de revisionismo burgués pocos años antes y sus autores enviados al merecido vertedero campestre tras ser sometidos a innumerables sesiones de autocrítica. Pero en 1971 el sistema lleva un tiempo suficiente de rodaje como para permitirse cambiar, en espacio mínimo, la música y la letra de las consignas sin que el seguimiento del coro se resienta.

Es pues, de nuevo, momento de desmontar los escenarios irreales de consignas maoístas ya ensayadas en el notorio fracaso del Gran Salto Adelante. Mao ha disfrutado de su último Yenán. Las universidades deben ahora compaginar el aparente respeto a la letra con medidas de corte muy distinto. El Presidente había afirmado que bastaba con dos o tres años de estudios universitarios, luego es imposible alargarlos de nuevo oficialmente, pero se recurre a fórmulas semestrales intermedias cuya suma añade un curso o dos al total. El tiempo dedicado a las clases de política disminuye, gracias a la bienaventurada traición de Lin Piao que facilita la denuncia de sus excesos. El proceso, sin embargo, por el que se obtienen parcelas de relativa racionalidad es lento. Los estudiantes son escogidos en función de que cumplan cuatro condiciones: haber hecho dos años de trabajo manual, presentar una solicitud de entrada, estar apoyados por las masas (véase los representantes del Partido en los comités de obreros y campesinos) y que su petición sea ratificada por las autoridades locales. La universidad puede además organizar un examen de ingreso en el caso de que el número de aspirantes supere al de plazas disponibles. El temor a ser calificados de derechistas lleva a los seleccionadores a aplicar, en este proceso de filtro, una demagogia del analfabetismo tipo in dubio pro stulto nada desconocida en otras latitudes y geniales reformas educativas supuestamente democráticas. Los profesores rescatados del destierro tras haber pasado penalidades sin cuento han visto muy mermado su nivel profesional y, a partir de su reincorporación a las aulas, muestran respecto a sus alumnos y las autoridades del centro las mayores y más temerosas prudencia y sumisión y el más alto grado posible de reserva e inseguridad. Han recorrido, entre golpes y burlas, los paraninfos, y luego pasado largos años rompiendo piedras y recogiendo excrementos. Sin descubrir por cierto, gracias a ello, nuevos principios pedagógicos. Han perdido toda autoridad frente a estudiantes a los que nada osan exigir. Están todavía frescos los recuerdos de las humillaciones públicas y los malos tratos de los que unos adolescentes dotados de todos los derechos les habían hecho objeto. La disciplina, el respeto, la calidad, la exigencia y el rigor figuraron durante años en el índice de aberraciones propias de la mentalidad reaccionaria. Nada queda de las mínimas seguridad y estima necesarias para el que enseña y su actividad carece de base al dejar de serlo la transmisión de conocimientos. Se vuelve finalmente a las aulas como se ocupan viviendas confiscadas y repartidas en cubículos que apenas guardan la apariencia de lo que constituyó su función primordial.

 

Cambio de archipiélago

En la calle suenan tambores y el estallido de fuegos artificiales. El estruendo llega hasta las tranquilas habitaciones del Hotel de la Amistad, traspasa la distancia que le separa del centro de Pekín, la reja con la garita del guardia, el gran patio y la no menos gran fachada, regular, gris, soviética en su concepción y sinizada ligeramente en los detalles. La cooperante se sorprende. Ella acaba de aterrizar y proviene de España, un país que todavía no tiene relaciones diplomáticas con la República Popular y que bordea su transición de régimen. Estaría bien un golpe de Estado aquí, qué curioso. Pregunta luego a la señora que le han asignado como intérprete, y ella le dice, con condescendiente sonrisa ante la broma, que allí no hay golpes de Estado, se trata de las celebraciones de la clausura del X Congreso del Partido Comunista. Cuando la extranjera tiene ocasión de observar el ambiente más de cerca advierte que todo está muy bien preparado, que descienden por las entonces solitarias avenidas camiones con su orquesta, vehículos con altavoces, y que un despliegue de lucecitas y banderolas remacha los festejos. Cada vez que el Buró Político envía nuevas tablas desde su Sinaí estos israelitas asiáticos danzan y agitan címbalos, desfondan enormes tambores con mazas tan contundentes como los mandamientos que se hacen públicos tras el secreto de las deliberaciones, hacen llegar hasta el último rincón y al más modesto de los viandantes la obligación de unirse al gozo de la epifanía burocrática.

Ella todavía no lo sabe, pero pertenece a una casta de extraños sacerdotes de los que la rebeldía, la solitaria y acostumbrada rebeldía, le impedirá formar parte, una curiosa congregación que busca en lejanos territorios a sus víctimas y se confiesa fiel a paraísos que se guardaría mucho de hollar. China figuraba en el repertorio de los paraísos y ha ido allí por eso, para ver la realización de un mundo nuevo, del sistema que en nada se parece a otros y ha borrado de las relaciones entre personas la turbia explotación por intereses, la voracidad del dinero y el lento robo en trabajos sombríos de las horas de la vida. La profesora extranjera viene del corazón gris de las ciudades de Europa y ha dejado atrás barrios tristes que rodean a las estaciones, bares equívocos de patética oferta, paredes en las que alguien pintó fuera los inmigrantes, trenes que van y vienen en la gélida madrugada y el anochecer temprano, hombres del caliente sur que creen con la ingenuidad de los niños en la economía sin capitales, en edades doradas en las que se vivía en la armonía idílica del león y el cordero. Ha cruzado la frontera que separa aún España del desarrollo y ha esperado, con inquietud por sus paquetes de conservas y embutidos, entre la gente que lleva maletas de cartón atadas con sogas y las van poniendo en el mostrador tras el que inspeccionan guardias desdeñosos que hablan francés.

El mundo puede ser otra cosa distinta del insoportable hastío de Bruselas, del París salvaje que se extiende en torno al frío y bello corazón de La Cité, diferente de países del lejano planeta de los pobres, de los que sólo conoce la orla sahariana y en los que hierve tal ansia de futuro, tan denodado empeño en creer que alguien les robó, en algún recodo de la Historia, la dicha. Ellos, como ella, personajes sin fin de creados intereses, precisaban sentirse superiores a su propia vida.

China miraba complaciente a naciones de poco peso y a grupúsculos. Con ellos adornaba la ficticia geografía, que mostraba a los suyos, del espacio exterior. La profesora extranjera es un grano de arena advenedizo, mostrenco de partido y militancia, al que pronto expulsará el engranaje, un ser que obra según sus impulsos guiado por un viejo instinto de libertad al que acompaña la pausa fría, extemporánea en el clímax de la pasión y del rechazo, de la razón. Cuando se mezcle con otros colegas que llegan como navegantes a las playas de la tierra prometida, ella estará sola, gustará de la misma distancia que ya antes le impedía unirse a aquella variedad de grupos que ofrecían la España del futuro. La distancia, reencontrada a la vuelta, amalgamada primero por la experiencia y el chantaje de la coyuntura, luego afirmada, convertida en un edificio de paredes resistentes, cada año un poco más altas, pronto un viejo edificio sin más salida que la inmensidad del cielo y la memoria.

En Pekín del 73 confluyen los primeros cooperantes extranjeros que, tras el desierto de la Revolución Cultural, han ido llegando al socaire de una modesta apertura que, en comparación con fechas anteriores, pasa por espectacular. A los sones de la Internacional China se ha sumido en el más brutal aislamiento de su historia moderna. Las cifras que se barajan desde 1949 son, en sí mismas, mínimas en relación con el país y con la presencia foránea antes del triunfo de la revolución, se habla de siete mil expertos rusos en la capital en 1958, de más de mil cooperantes en el Hotel de la Amistad . En los años sesenta se había reclutado un contingente apreciable de profesores destinados a los centros de enseñanza de lenguas, a las editoriales y a las emisiones de radio, pero a partir de 1966 la atmósfera se hizo irrespirable. Las escuelas cesaron en sus actividades lectivas y fueron después cerradas. A los cooperantes se les prohibía participar en las actividades de sus centros y prácticamente se les mantenía confinados en el recinto del hotel, del que pasaron al avión rumbo a sus países respectivos mientras que sus colegas chinos eran denunciados, atacados y enviados a reeducarse a campos de trabajo. Algunos extranjeros, que habían tenido relaciones con grupos posteriormente caídos en desgracia y calificados de ultraizquierdistas, estuvieron presos durante años.

O continúan estándolo. La nueva cooperante recibe, entre la lluvia de mensajes que le dirigen los residentes del hotel, uno en el que gusta por primera vez el sabor de una auténtica dictadura. Hay que tener cuidado, dicen; los chinos saben ser tan atentos como implacables. Circula la historia de alguien retenido meses, ¿o un año?, en su habitación. Escribía autocríticas. No les satisfacían. Y hubo una mujer, trabajaba, parece, en corrección de pruebas en inglés. No se sabe. Su gobierno investigó. Nadie sabe. Allí, por vez primera, la recién llegada echa un vistazo a cárceles que en nada se parecen a las ordinarias, a persecuciones y arrestos al lado de los cuales aquéllos de los que ella tiene noticia recuerdan a una bulliciosa charla de café. Éstos son otra cosa, parecen transcurrir bajo el agua, en un líquido opaco y espeso que actúa como reja y muro, que desdibuja el perfil de las prisiones, anula las sentencias y los jueces y se instala con la omnipotencia de Dios en cada centímetro de espacio. Luego avanza, penetra por orificios, más allá de la piel, en el mayor silencio, toma posesión, disuelve, traslada en madrugadas frías a lugares anónimos, perdida la cuenta del reloj y del calendario. Sin que nadie vuelva la mirada. Alguien no está; o está en alguna parte, parcial, precariamente, como se borran y modifican líneas en una hoja de papel. Los que han vuelto tienen quizás la transparencia de un empeño tenaz por lograr la invisibilidad, la perfecta adaptación; son el casco de embarcaciones de las que se ha arrojado cuanto constituía el pasaje para evitar el hundimiento. La cooperante recuerda unos ojos azules, mestizos, entrevistos en un breve encuentro. Los raros matrimonios mixtos no se fueron durante la Revolución Cultural, y por ellos pasó sin duda el oleaje de las críticas, la exigencia de fidelidades a aquel blanco fácil para denuncias y tópicos.

En 1970, con probablemente no más de trescientos extranjeros, la ciudad de Pekín está quizás como la soñaron los emperadores más herméticos, toda ella, como el país, una vasta Ciudad Prohibida, una bandera en la que debería figurar como símbolo su larga muralla alzada contra las arenas y el viento. Tres años más tarde el cambio en política exterior se ha traducido en la luz verde a las contrataciones. La mayor parte de los colegas que la cooperante encuentra han llegado hace no más de diez meses. Los franceses son un grupo relativamente extenso y con cierta coherencia, que ha sido seleccionado por mediación del centro de Amistades Franco-Chinas. De manera más dispersa, hay ingleses, alemanes, nórdicos, latinoamericanos, africanos y árabes. Apenas puede hablarse-especialmente en los últimos tres casos-de titulación y profesionalidad y las calificaciones se reducen al hecho de tener la lengua extranjera como materna. Los fichajes se han hecho por filiación socio-política, por relaciones con centros del tipo del francés, a través de personas conocidas, por motivos de índole diplomática en el caso de países del Tercer Mundo, en los que el trato se ha llevado a cabo con los gobiernos respectivos. De la veintena que, en Pekín, figuran como expertos en lengua española, ninguno parece haber hecho estudios superiores de traductor-intérprete, ni de Letras y Filología Románica. Hay algunos elementos intelectualmente brillantes, con buen estilo periodístico, y un número grande de bajo nivel docente y lingüístico, o sencillamente de cultura general muy débil. Son personas enviadas por mediación de sus partidos y militancias, les acompañan esposas que sobrepasan a sus maridos en sumisión ideológica. La limitación intelectual suele ser en ellos  proporcionalmente directa a la aquiescencia incondicional. Aunque el puesto le ha sido ofrecido por mediación de Amistades Belgo-Chinas, la nueva cooperante trae su título universitario, pero no es el caso habitual, y pronto advertirá la avidez con la que su alumnado recibe un menú pedagógico que parece apreciar en muy superior medida al que en estudio del español se le tenía acostumbrado. El sacerdocio latinoamericano se muestra en algunos casos de un maoísmo evangélico, ni siquiera temperado por la ocasional-pero cobarde-ironía de los franceses. El ambiente colonial segrega con rapidez su refugio madrepórico y las pretensiones de fusión y descubrimiento se reducen a los improperios de una comunidad de vecinos y las rutinas de la permanencia limitada. Los expertos trabajan como correctores de textos en el centro de Traducciones y Ediciones en Lenguas Extranjeras, en la Radio, en la Agencia China de Noticias Sinjua y, como profesores, en escuelas, institutos y universidades. Compran algunas cosas. Viajan en los establecidos circuitos. Ven un diminuto mundo. Es posible que la dimensión inabarcable del que les rodeaba vele, a los más, otro horizonte.

Allí había recalado un viejo, único español, que merece al menos el homenaje mínimo de un punto y aparte. La edad y lo transcurrido en ella habían reducido su mente a una pulpa agresiva y variable. Había vivido, como el abandonado pirata de la Isla del Tesoro, en China los diez últimos años, enclaustrado en el solitario Hotel de la Amistad durante la Revolución Cultural, aferrado a una fidelidad absoluta al gobierno chino y a un pasado de exilios. Hablaba de Álvarez del Vayo y, con fruición, de las humillaciones que había visto infligir a los intelectuales, durante la purga del 67. Su religión era única, rencorosa y triste, encerrada en la cárcel de obediencias sin las cuales su perfil y el de su vida se disolvían. Hubo para él una vuelta a España y un reencuentro con ella, y con la muerte, años después.

Los cooperantes constituían un curiosa clase de reyes por un corto espacio de tiempo. Se les recibía con ciertas atenciones y  honores por completo desacostumbrados para el ciudadano medio de un modesto país, cobraban sueldos que, en relación al salario local de sus homólogos, unos sesenta yuanes mensuales, parecían astronómicos sin serlo, porque su vida discurría obligatoriamente por un circuito elevado y distinto.1 La esperanza de hacer fortuna no figuraba, pues, entre los atractivos del puesto y la modestia del pasar se acentuaba en los numerosos casos de matrimonios con hijos. Las esposas solían formar una subclase de expertos de segunda categoría. Llegaban sin contrato, pedían generalmente, al poco tiempo de estancia, un puesto de trabajo, que les era concedido con iguales deberes, horario y condiciones que el resto de los cooperantes pero con sueldo muy inferior sin que nadie pareciera recordar aquello de a trabajo igual salario igual.

La cooperante había firmado sin mirarlo el papel que en la embajada de China le presentaron. En Europa hubiese discutido condiciones que marcaban ocho horas de trabajo diarias seis días a la semana y que dejaban siempre al criterio final del patrón numerosos puntos. Ella hubiera ido gratis. Se le abrían las puertas, cerradas a la mayoría, de un mundo sorprendente al que iba en la más completa soledad, ni siquiera respaldada por la diplomacia de su país. Asia. El sistema socialista asentado, llevado a la práctica en su plenitud, un país sin clases ni capital privado. Si algún lugar era la respuesta materializada a sus preguntas era aquél. Y, en verdad, China lo fue.

Más tarde, en la compresión de intensidad temporal que supusieron los meses de su estancia, pudo comprobar que ni siquiera las estipulaciones del contrato respecto al preaviso de finalización e indemnizaciones se cumplían. Pero no reparó en ello, absorta como estaba en contenciosos de superior envergadura que implicaban su aislamiento y la empujaban a terrenos que lindaban con la inexistencia civil. Muy pronto también supo que el alojamiento gratuito y los servicios de transporte tenían más de confinamiento que de oferta. El Gobierno había logrado, respecto a los occidentales, la perfección colonial, capaz de introducirlos en las construcciones y pasadizos preparados para ellos, de permitirles el paseo periódico en un trillado circuito, y de devolverlos al exterior con su virginidad turística en buena parte intacta.

El gran mapa de China se encogía y estrechaba para los extranjeros, que precisaban un visado para desplazarse más allá de veinte kilómetros de Pekín. Quedaba reducido a un puñado de grandes ciudades como Xian, Shanghai, Nankín y Hangchow, a las que se sumaban los llamados lugares sagrados revolucionarios tal que Yenán (que no fue visitado por la cooperante) y las tumbas Ming. Carreteras y ferrocarriles cruzaban por extensiones grandes y prohibidas; pero fértiles en mitos, con la atracción de lo ignorado y el victorioso brillo cuyo reflejo era sólo visible en las páginas satinadas de la prensa oficial. Allí se construían probablemente poblaciones prósperas, aldeas tranquilas de innumerables y bien repartidas cosechas. Con la docilidad con que se aclama a la dinastía reinante se admiraba el país enmarcado por los discursos y los grandes números, avalado por el progreso y las estadísticas. Era una geografía platónica, indiscutible, desdeñables sus fracasos, destinada, por la inmutabilidad y la solidez sin fisuras de su cima, a planear sobre crítica y sospecha.

Con consciente minuciosidad, los responsables chinos mantenían cerrada la ventana de la lengua, los batientes que podían abrirse al espacio exterior, a la gente que comía y bebía su té en puestos de la calle, que apuraba sus tazas de cerveza y alcohol local y que venía de provincias para hacer compras en el gran almacén de la calle Wang Fu Chin. La mayor parte de los cooperantes tenían la intención, a su llegada, de aprender el idioma del país y, en el caso de algunos que ya habían cursado estudios de él, era el principal de sus objetivos. En teoría les asistía el derecho a pedir clases y su centro de trabajo debía proporcionárselas gratuitamente. Esa gratuidad, como tantas otras, resultaba ser un factor negativo porque les impedía elegir su profesor y mantener con él mayor soltura de relaciones. El occidental no podía exigir regularidad en las lecciones, atención, eficacia; las clases se espaciaban, se relajaban y arrastraban en una desganada y cortés monotonía. Comenzadas con el empeño decidido del neófito, vegetaban y acababan sucumbiendo de muerte natural.

La razón clave y máxima por la que los cooperantes extranjeros no aprendían el mandarín no residía, empero, en la pobreza de las clases recibidas, ni en la tan aludida dificultad intrínseca y fuera de serie de la lengua, sino simplemente en la imposibilidad de practicarla por falta de contacto humano y por el aislamiento en la vida cotidiana. El pei-jua o lengua china oficial es, desde luego, de muy arduo dominio para un occidental por su estructura ajena a nuestro tronco lingüístico, por la pronunciación, su sistema de tonos semánticamente diferenciales. Su escritura resulta trabajosa y pide ciertas habilidades caligráficas. Pero, por el contrario, es relativamente fácil aprender el chino hablado lo suficiente como para comprender y mantener conversaciones simples. La posibilidad de inmersión en un ambiente motivador estaba, en este caso, ausente. Los extranjeros solían volver, tras dos años en Pekín, con el puñado de palabras que poseían cuando llegaron, y ello se debía al régimen de aislacionismo y encuadramiento con intérprete obligatorio en el que se les hacía vivir, a los lugares especiales en los que transcurría su existencia apartada de la realidad china cotidiana y a la reserva y cortés distanciamiento de los occidentales que el sistema imponía a cualquier chino que no perteneciese al centro de trabajo en el que éstos prestaban sus servicios.

Había una mendicidad conmovedora en los ta-pidza (narices grandes, apelativo popular con el que, junto con diablos, se conoce en el país a los forasteros) que deambulaban por las calles en busca del ansiado, modesto contacto espontáneo. En un intento de camuflaje y transformismo, recurrían a bufandas y gorros que redujeran al mínimo su exótica anatomía descubierta. La invencible vitalidad de la gente del común masticaba, sorbía y tarareaba canciones populares, inalcanzables y agolpados en los lugares públicos, conscientes sin duda del riesgo de acusación de espionaje que podía recaer sobre cualquiera que se comunicara con un extranjero ajeno a su unidad laboral. Las cicatrices de la revolución Cultural estaban frescas, sus directivas nunca habían sido derogadas. Por el contrario, resultaba más cómodo para el sistema mantener un clima de ligera permisividad provisional que podía, en cualquier momento, endurecerse.

Los cooperantes cuyos conocimientos les permitían la lectura de la prensa veían ésta limitada a los grandes diarios Renmin Ripao, Kuangming Ripao y Hongchi, y les estaba estrictamente prohibida la adquisición de la local o de la militar (excepto el arriba citado Bandera Roja, Hongchi.). Esto, en relación con la vida cotidiana, significaba la imposibilidad de estar al corriente del programa de cines y teatros, de las exposiciones de pintura y fotografía y de las actividades deportivas, puesto que tales informaciones sólo aparecían en los periódicos locales. En cuanto a las noticias del extranjero, podían adquirir unos boletines diarios que se publicaban en varios idiomas, el español entre ellos, y contenían, en las páginas elaboradas por la agencia Sinjua, más propaganda que información. Los abonados a diarios y revistas occidentales los recibían normalmente y también podían recurrir a las salas de lectura de sus embajadas, que prestaban, como en el caso de la francesa, un servicio cultural inestimable. Los aparatos de radio, adquiridos a buen precio en la vecina Hong Kong, adquirían especial entidad de naves, de flotantes lanchas que permitían escapadas fugaces a territorios de libre expresión y saltaban sobre el aislamiento y las distancias. Los programas chinos en español tenían la animada variedad de un panel de la Gran Muralla, pero eran superados en exhortaciones plúmbeas por los de Corea del Norte. Las reflexiones derivadas de su audición no resultaban, para la nueva cooperante, consoladoras para disculpar su propia estupidez. Debía reconocer que, sin necesidad de desplazamientos y estancias en las sucesivas alma mater del socialismo, habría bastado la comparación entre aquellas emisoras y la BBC, o las de Australia o Canadá, para sacar las conclusiones apropiadas sobre el comunismo real. Eso sin contar visitas y referencias a algunos países del Este y Unión Soviética y dejando de lado el endeble andamiaje filosófico del materialismo histórico, la dictadura de la clase mesiánicamente elegida y el determinismo futurible. La evidencia estaba allí desde Europa, desde la ciudad propia, la reflexión y unos cuantos libros, incluso en el seno de dictaduras más o menos personalistas y militares que resultaban sin embargo un lujurioso balneario en comparación con el manto gris y duradero que se había extendido desde la Revolución de Octubre. Más que de un error o de un reprobable eclipse ético la cooperante se sentía culpable de un pecado de imperdonable estupidez. Y lo sorprendente, una vez atravesado el espejo y llegada con bastante rapidez al otro lado de la evidencia, era el tranquilo e impasible aplomo con el que otros la ignoraban. Los visitantes tejían sus vidas, echaban un vistazo a las ajenas y espumaban elementos que podían incorporar sin esfuerzo a esquemas queridos o confortables. Adquirían con la rapidez de los indígenas el reflejo de ignorar las ausencias, disociaban comunismo y socialismo de materias tratadas como ganga fortuita o añadidos exóticos aunque éstas fueran la masa única de la única palpable realidad.

Pero nada reemplaza a un paseo por la calle, al gesto de unos ojos huidizos y a la candorosa indiferencia con la que se ve a alguien asentir a una sarta de despropósitos. La Librería Central de Pekín es un edificio moderno con amplio escaparate. Ocupa dos plantas rectangulares largas y espaciosas. Su semejanza con el letrero que en la puerta ostenta termina ahí. Ha sido suplantada por un decorado, semejante al de esos lomos falsos que amueblan los pretenciosos salones de algunos ricos. Toda la cultura de un inmenso y viejo país que presenció los balbuceos de la imprenta y el papel se ha evaporado. Estanterías que, en el polo opuesto de la biblioteca de Borges, reducen a un reiterado simulacro la grafía inacabable de los escritores. Aquí la variación reside en el tipo de impresión, color y tamaño. Los autores se limitan a los clásicos y neoclásicos marxistas, a Lu Sin, algunas historias de trabajadores modelo y muy poco más. Marx, Engels, Lenin, Stalin, Kim Il-Sung, Enver Hodja, y, Mao, omnipresente, que reina en el vértice señero de la pureza ideológica. Mao en todos los formatos, principio y fin de las hileras, bondadoso en su devoción paternal por el pueblo, lírico en sus poemas juveniles, enérgico en sus consignas, categórico en sus definiciones, beligerante en sus estrategias, definitivo en el conjunto de sus obras. La Revolución Cultural proscribió las demás obras, tanto de chinos como de extranjeros. Los libros se han colocado de plano de forma que se rellene el vacío inevitable. A veces se ven textos científicos, algunos en ruso.

En el primer piso se venden carteles reproduciendo escenas de los ballets y óperas modelo, también citas de Mao para colgar o enmarcar, en todos los colores, tamaños y caligrafías. Al lado está la sección de reproducciones del Presidente: Mao niño, Mao adolescente, Mao joven, Mao en su madurez,. Mao anciano. También se ofrecen retratos de Marx, Engels, Stalin, Lenin, Kim Il-Sung y Enver Hodja. Pueden adquirirse asimismo postales, reproducciones, mapas y modelos de caligrafía.

Existe una sección destinada a lectura y préstamo en la que los muchachos devoran cuadernos de relatos de acción cuyos héroes defienden la Patria en las fronteras o persiguen a espías y agentes infiltrados. No son enemigos los que faltan; el Gobierno chino proporciona a sus gentes generosas raciones de imperialistas, burgueses, reaccionarios y solapados defensores de la antigua y corrupta sociedad. La guerra de Corea es un filón de norteamericanos perversos y los territorios limítrofes del Imperio del Medio están generosamente abastecidos de elementos belicosos prestos a la invasión.

La cooperante empieza a dudar de las bondades y el desinterés de la alfabetización masiva. Se ha hecho ya una idea aproximada-pero necesariamente imprecisa-de lo que en el país la gente puede leer. Respecto al cuánto, ha visto muy escasos lectores en los parques y transportes públicos y tiene la impresión de que las obras del Presidente Mao, los clásicos marxistas, el oasis literario de Lu Sin y las hagiografías de héroes de la producción y de la lucha no bastan para cubrir necesidades. Recuerda al profesor chino del primer instituto de Pekín en el que trabajó. Decía éste leer muchas novelas en español. Como ella le felicitara por su esfuerzo en el dominio del idioma, él respondió:

-No. Es que en chino no hay.

La profesora de español es, en China, una orwelliana avant la lettre. No ha leído todavía 1984, y, tras su regreso a España, cuando lo haga, una tarde de invierno, cerrará el libro al terminar la última línea y bajará a la calle para sentir a la gente, con un ataque de miedo insuperable que tiene mucho del frío glacial de los paisajes de De Quirico. Sabe que nunca saldrá del todo de aquella librería cuyos falsos volúmenes no reproducen sino una voluntad abrumadora y ajena a la vida y el pensamiento, un puro gesto de dominio que aplasta como una mano al que recorre las estanterías con su frágil y temerosa individualidad a cuestas.

Sin embargo resulta sin duda factible pasear por esa superficie satinada sin mayores traumas. El Gobierno chino es tan capaz de preservar sus intereses como de dar una imagen halagüeña de sus márgenes intelectuales. Las Ediciones en Lenguas Extranjeras, de Pekín, Guozi Shudian, distribuyen al extranjero, por un sistema de suscripciones, diarios y revistas en lenguas que van del chino, mongol, coreano, tibetano y kazajo al español, italiano, alemán, francés, inglés, sueco, ruso, árabe, japonés, hindi, indonesio, swahili, urdú, vietnamita y esperanto. La versión lingüística depende del tipo de publicación, que, en función de sus contenidos, se destina a propaganda de los logros del régimen, temas literarios y científicos o difusión de las tesis chinas sobre política internacional. A esto se añade una serie de revistas especializadas en materias como arqueología, astronomía o genética, que se redactan en chino con extractos de sus artículos principales e índices en inglés. Guozi Shudian tiene también el monopolio de la distribución y adaptación de publicaciones extranjeras, a lo que se añade la canalización de intercambios y préstamos a través de la Biblioteca Nacional de Pekín y el Instituto de Información Técnica y Científica de la Academia de Ciencias. De hecho, el caudal de conocimientos de un puñado de dirigentes y de una capa escogida de personas en nada contradice la masiva ignorancia del resto. La información discurre por un sistema vertical de esclusas en el que no se admiten veleidades. La materia, predigerida y dosificada en cantidades precisas, llega, cuando se considera oportuno, a los niveles autorizados por un sistema pormenorizado de documentos, circulares, canales y disposiciones. La censura carece en este contexto de significado porque, en un Estado que ha logrado un control de tales características, la retención informativa se ha efectuado en la base y, en un paso que va mucho más allá de los primarios métodos de coacción, los receptores parecen carecer de los elementos que les permitirían percibir y apreciar las informaciones peligrosas para el régimen.

En la enorme plaza y las avenidas cuyos bordes producen la impresión de solitaria lejanía de los grandes ríos los edificios culturales públicos exhiben sus puertas cerradas y el interior aquejado de un largo reajuste. La Revolución Cultural ha exigido su depuración ideológica, la sedimentación posterior se atiene al prudente rechazo de responsabilidades y al día a día de la interpretación de las directivas. Allí están la Biblioteca Nacional, bajo mínimos, y el Museo de Historia. Los años irán cubriendo salas y paredes con el crecimiento vegetal, irreprimible, de personas y objetos. Gente muy joven, hijos de los guardias rojos, llenarán este mismo espacio, engañados, como los observadores del exterior, sobre el cambio del régimen, la aparente, ineluctable deriva hacia la libertad.

No. El Buró Político Chino no construía, al socaire de la senilidad de Mao, pasadizos hacia la pluralidad y la apertura. Pero supo perfectamente vender la moderada imagen y acuñarla incluso en una fórmula que, décadas más tarde, pasaría por original. Desde las prudentes reformas del principio de los sesenta hasta la explosión de la economía de mercado, pasando por la recogida de banderas tras la Revolución Cultural, nada había escapado ni debía escapar del Partido y del Ejército. Pekín se especializó tempranamente en mantener el poder en manos de su clase rectora y dar rienda suelta a cuanto no le perjudicase. Sus proclamas serán, invariablemente, ortodoxas y se reclamarán de Mao Tse-tung y el comunismo. No hay en ellas la más mínima pretensión, ni necesidad, de coherencia; son fieles al imposible discurso y la lógica irracional que les han sido desde siempre propios. Jamás ha entrado en sus planes dar cuentas a la opinión, explicar sus posturas, responder de sus actos. Es un clan único de poderes totales, y las exhortaciones al enriquecimiento, la voracidad de bienes de la que da ejemplo a sus súbditos, las consignas un país, dos sistemas, el socialismo capitalista, las incompatibles dualidades tranquilamente enunciadas, moldean un nuevo archipiélago, sometido tan sólo a la ley y límites que su dueño marca y vigorosamente movido por los impulsos eléctricos del más descarnado interés.

Desde Occidente, podía creerse con facilidad en la irremediable transformación del viejo comunismo, su deriva hacia formas que, por ser de mercado y adornarse con los últimos productos de la técnica, automáticamente se suponen más abiertas y en franco camino hacia una sociedad democrática y un sistema liberal. Mientras esto se da por descontado, el archipiélago, en sus nuevas formas, se afirma y crece.

El X Congreso Nacional del Partido Comunista de China puede así, en 1973, permitirse afirmar en la letra premisas continuistas contrarias al pragmatismo que ya se impone en los hechos. Ninguna contradicción le es ajena; muy al contrario, es él quien marca, cuando y donde corresponde, la coherencia y la ética. No han leído probablemente a Lampedusa ni a Maquiavelo, pero dominan como ninguno de ellos la técnica del cambio oportuno y la reserva precisa. Se ha entrado en una etapa que marcaron, en 1972, el establecimiento de relaciones diplomáticas con Japón y la visita del Presidente Nixon. Es tiempo de enriquecerse, de renovar las armas del Ejército, de ir ocupando el hueco que se adivina en la agostada Unión Soviética. Pero las actas del 73 reafirman a Mao y a Chou En-lai mientras rubrican la definitiva defunción, como sucesor, del extinto Lin Piao. Sus apartados reiteran las consignas del lejano Yenán sin que se espere de lector alguno la menor perplejidad ante la incongruencia que respecto a las nuevas directivas marcan. Se trata del habitual epílogo sobre la base de la situación preexistente, la confirmación de la bondad de lo realizado y la sumisión a los puntos fundamentales, a los que preside la autoridad suprema del Partido. Por ello conviene subrayar la continuidad del sistema (revolución) y su proceso, la disponibilidad sobre los jóvenes, la ocupación de los centros de cultura, el control ubicuo del tejido social.

Hay que proseguir y llevar a feliz término la revolución en el arte y la literatura y la educación y la salud pública, hacer un buen trabajo respecto a los jóvenes instruidos que van a las zonas montañosas y otras zonas rurales, manejar bien las escuelas de cuadros “7 de Mayo” y apoyar las nuevas cosas del socialismo (…).

(…) La Gran Revolución Cultural Proletaria es una gran revolución política realizada por el proletariado, bajo las condiciones del socialismo, contra la burguesía y todas las demás clases explotadoras, y es también una profunda campaña por la consolidación del Partido (…) el Partido debe dirigirlo todo (…).

Artículo II-Se crea una célula, una célula general o comité de base, según sean las necesidades de la lucha revolucionaria y el número de miembros del Partido, en cada fábrica, mina (…) centro de enseñanza (…) y cualquier otra unidad de base.1

La campaña, en 1973, de crítica a Lin Piao y a Confucio es una metáfora del alejamiento de un modelo que ya resulta decididamente incompatible con más rentables aspiraciones, pero no por ello, tras el Congreso Nacional del Pueblo, la Nueva Constitución Simplificada de enero del 75 hace otra cosa que avalar, con la unanimidad acostumbrada respecto a lo decidido por el Partido, el monopolio de un poder al que en nada ya disgusta, sino que favorece, la prosperidad generalizada de la población. El rehabilitado y sufrido Teng Siao-ping no tardará en lanzar su famoso ¡Enriqueceos!, seguido sin dificultad por las masas que, en adelante, agitarán carnets de cheques en vez de pequeños libros rojos. Pero el rigor de la forma persiste, porque el marco estricto de un maximalismo utópico, la imprecisión legal, la exigencia explícita y la imprescindible permisividad rutinaria abonan la vivencia cotidiana del temor y la culpabilidad y son elementos indispensables del perpetuo estado de excepción que, en nombre de las grandes aspiraciones y la pureza, eleva la hipocresía a la categoría de las bellas artes.

Mao ocupa oportunamente su lugar, en 1976, entre los monumentos de la gran plaza. En su mausoleo hay montañas que marcan el horizonte de un Yenán eterno y ficticio.

 

Historias

La arquitectura, que no engaña, ofrece en todos los centros de trabajo de la cooperante extranjera, tanto en Pekín como en la lejana Xian del interior, un marco rectangular de muros, cubos de tamaños diversos en función de su jerarquía, recintos invisibles desde el exterior, pequeñas ciudades prohibidas en blanco y negro desprovistas del carmesí brillante de la de la capital pero seguidoras de la vieja tradición de secretismo, del muro medial de la recepción contra el que se estrellaban los malos genios (que sólo son capaces de desplazarse en línea recta) y las miradas de los viandantes. Un cartel a mitad de la ruta entre el núcleo de la población y el instituto reza en chino, ruso e inglés: Paso prohibido a los extranjeros. Los bloques de ladrillo ocre-gris que recuerdan a las viviendas obreras del siglo XIX tienen como único decorado grandes paneles rojos con frases del Gran Líder. Sobre el alero, en enormes caracteres, se lee: ¡Viva el Presidente Mao Tse-tung!. Sus citas, reproducidas en pizarras y carteles, cubren los muros. Detrás del edificio principal están las viviendas de profesores y alumnos, las cantinas, el depósito de carbón, las calderas, los vestuarios del campo de deportes, las letrinas y las oficinas y biblioteca. En el huerto se cultivan frutas y hortalizas. Los animales domésticos-cerdos, gallinas-retozan y efectúan su labor de basurero ambulante.

El interior es uniforme, agrisado, sin la menor nota de color o decoración. Las bombillas débiles y las puertas marrones no animan el conjunto. La calefacción es tardía, intermitente y más bien simbólica, la temperatura gélida. El mobiliario de aulas y sala de profesores es, con la excepción del destinado al profesor extranjero, espartano, muy usado y sin concesión alguna al detalle o al gusto personal. Resulta un paradigma de la Revolución Cultural. Las letrinas son a la turca, separadas por sexos pero las mismas para alumnos y profesores. Hay en el interior además una pileta con grifos y, por supuesto, ningún espejo. Es notable el grado de suciedad, pero no existe ni un solo letrero escrito en las paredes.

Por la parte trasera se ven las obras con las que se continúa y amplía la red de túneles con la que el instituto, como toda entidad en China, debe contar, hecha por ellos mismos en previsión de las siempre presentes invasiones, enemigos y guerras. Se trata de sencillas excavaciones de pasillos y ensanches subterráneos de ladrillo y arcos de cemento. Los carteles recuerdan las consignas de Mao: Cavar profundos túneles, hacer reservas de cereales y nunca pretender la hegemonía. Preparar al pueblo contra la guerra y las calamidades naturales. En el suelo se abren de cuando en cuando los respiraderos de los túneles.

La cantina de los alumnos no parece tener sino sus cuatro paredes y las mesas, además de citas de Mao. En la de los profesores hay mesas y bancos muy usados, vasares para los tazones, un mostrador para embutidos y salazones de verduras y ventanillas por las que se recogen los platos. Frente al comedor, fuera, los tazones se enjuagan en una pileta larga provista de grifos de agua fría, tras haber echado las sobras en la tina de los cerdos. En el ala opuesta se alzan casas para el personal, que, según su situación familiar, comparte o no habitación. En la de mi intérprete, a la que su marido visita alguna vez, hay una cama grande, una estantería con libros, otra con vajilla, flores artificiales, tapetes y el retrato de Mao bordado a punto de cruz por una sobrina suya. La calefacción consiste en estufillas de carbón sobre las que también se guisa, sacándolas fuera. Las letrinas, comunes, están al final del pasillo. Las paredes son de un gris desconchado.

La descripción puede hacerse extensiva a infinitos centros semejantes. Presenta, con leves variantes cuantitativas, los usuales ingredientes de los edificios chinos: gusto por cierta monumentalidad formalista (fachada del edificio central), utilitarismo que marca firmemente la voluntad de alejamiento de preocupaciones estéticas, que serían tachadas de individualismo burgués, tono rural, separación de elementos, descuido y suciedad en los servicios públicos (cantina, letrinas), delimitación, ocultamiento y separación (el omnipresente muro cuadrangular). Su aspecto general es el de una maciza y desangelada escuela de enseñanza media de voluntad de apariencia fuertemente agrícola. No es difícil imaginar, al verla, la suerte que han corrido los estudios de literatura, historia y arte.

En cuanto al entorno ideológico, tadzupaos y pizarras protegidas de la lluvia por un alero reproducen las consignas al uso, los editoriales del Diario del Pueblo, citas de Mao, exhortaciones y buenos propósitos. Los alumnos de francés se han mostrado singularmente activos con la tiza y el pincel:

Cálida bienvenida a vosotros, compañeros de armas, que venís del primer frente de los tres movimientos revolucionarios. Cálida bienvenida a vosotros, nuevos estudiantes obreros, campesinos, soldados del instituto socialista de nuevo cuño. Animados de un sentimiento de orgullo legítimo, habéis entrado alegremente en el instituto de nuevo tipo en el que se forman los intelectuales revolucionarios del proletariado, y a vosotros corresponde una labor histórica: estudiar en la universidad, dirigirla y transformarla sirviéndoos del pensamiento maotsetung.(…)

Queridos camaradas, hemos venido de todos los puntos del país. Nos reunimos aquí para un fin común. Desde ahora viviremos, trabajaremos y estudiaremos todos juntos, Unámonos más estrechamente siguiendo las enseñanzas del Presidente Mao. ¡Unámonos para obtener victorias aun mayores!. Llevemos a cabo lo mejor posible los deberes que nos han sido encomendados por el Partido en el informe del X Congreso.

Las citas de Mao, en este contexto tan desprovisto de alicientes visuales, tienen cierta recurrencia hipnótica, llenan los ojos, despliegan en un film en blanco y negro fogonazos de color, trazos gruesos cuyos ángulos han perdido la gracia de la antigua caligrafía y parecen mantener entre los dientes las ideas. Su vocabulario se reduce a un manojo de palabras, cada día presentes. Se anda continuamente sobre una bandera junto a la cual apenas nada significa la masa anónima de la vida gris.

¡Unámonos para obtener victorias aun mayores!

Si la línea es justa, se tienen soldados, incluso si ahora no se tiene ni uno solo, y se conseguirá el poder incluso si todavía no se posee.

Practicar el marxismo y no el revisionismo, trabajar por la unidad y no por la escisión, dar prueba de franqueza y de rectitud y no tramar complots e intrigas.

Ir a contracorriente es un principio del marxismo-leninismo.

Los países quieren la independencia, las naciones quieren la liberación y los pueblos quieren la revolución; esto se ha vuelto ya una corriente irresistible de la Historia.

China es como un apetitoso trozo de carne que todo el mundo codicia, pero esta carne es muy dura, y desde hace años nadie ha podido hincarle el diente.

El peligro de una nueva guerra mundial no ha desaparecido y los pueblos del mundo deben estar preparados para ello; pero hoy en el mundo la tendencia principal es la revolución.

Llevar hasta el fin la lucha contra el revisionismo moderno. En el plano interior debemos conformarnos a la línea y los principios políticos fundamentales definidos por el Partido Comunista para todo el periodo histórico del socialismo, perseverar en la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado, unir todas las fuerzas susceptibles de ser unidas, y trabajar para hacer de nuestro país un poderoso estado socialista, a fin de hacer una contribución a la Humanidad.

Prepararse en previsión de una guerra y de calamidades naturales y hacer todo en el interés del pueblo.

Mantener alta la vigilancia y estar completamente preparados para el eventual desencadenamiento de una guerra de agresión por parte del imperialismo, y sobre todo para el desencadenamiento de un ataque sorpresa por el socialimperialismo revisionista soviético contra nuestro país. Que el heroico Ejército Popular de Liberación y las amplias masas de la milicia popular estén continuamente alerta para eliminar a todo enemigo intruso.

Leer y estudiar concienzudamente para dominar bien el marxismo.

Siempre es en las grandes tempestades cuando se elevan los continuadores de la revolución proletaria.

El desorden en la tierra engendra el orden en la tierra. Al cabo de siete u ocho años todo vuelve a empezar. Los genios malignos aparecen por su propio impulso en escena. Está determinado así por su naturaleza de clase y no pueden obrar de otra forma.

Para estar seguros de que nuestro Partido y nuestro país no cambiarán de color debemos, no sólo tener una línea y una política justas, sino también educar y formar a millones de continuadores de la causa revolucionaria del proletariado.

Todo miembro del Partido Comunista Chino debe:

  • Estudiar las obras de Marx, Engels, Lenin, Stalin, y del Presidente Mao, y atacar al revisionismo.
  • Luchar por los intereses de la inmensa mayoría de la población de China y del mundo.
  • Ser capaz de unirse con la mayor cantidad posible de personas, incluidas las que, equivocadamente, se han opuesto a él, pero que se corrigen sinceramente de sus errores. Sin embargo, es necesario ser particularmente vigilante a fin de impedir a los oportunistas, los conspiradores y los individuos de doble faz usurpar la dirección del Partido Comunista y del Estado, a cualquier escalón que esto sea, y a fin de garantizar que la dirección del Partido y del Estado estará siempre en manos de revolucionarios marxistas.
  • Practicar valientemente la crítica y la autocrítica.
  • Consultar a las masas en todo problema.

 

La declaración de principios es de una simplicidad que la hace transparente en exceso. De igual manera que la vuelta al estado zoológicamente primitivo es en el hombre una perversión, un retroceso animal al que en nada embellece la supuesta pureza originaria, en estas premisas existe una simplificación contra natura, un sutil, profundo, recurso al engaño. Como manipulación puede parecer grosera, como éxito político indiscutible, como jerusalén marxista un éxito. Su simpleza lo delata, obvia la compleja variedad de los seres, la extensión de ambiciones y pasiones, las múltiples variantes del goce. Tras esta granja edénica hay un país del siglo XX en el que tan artificial sería adecuar el todo a la mayoría campesina como imponer en las oficinas el uso del arado. El discurso reproducido por estos estudiantes se mueve entre la mimética del mundo militar, la obediencia al único partido al que el Líder sirve de Moisés, Biblia, y Bandera, y el convencimiento de que fuera de este perímetro no hay salvación. Nada, ni nadie, existe por sí mismo sino en función de las tareas asignadas.

El tiempo tiene una periodicidad cíclica que garantiza, y exige, la vigilancia frente al enemigo, la encarnación del Mal o Antirrevolución, congénito a partes degeneradas del cuerpo social. Bastan siete años para que las semillas del aburguesamiento y el revisionismo crezcan de nuevo, la mitad de una generación, el espacio que media entre inconsciencia y madurez, entre especulación y trabajo, folletos y libros, infancia y sexo, indigencia y ahorros, trashumancia y hogar propio. Mao ha ido colocando sus yenán entre una campaña y otra, cuando evolución, reflexión y fracaso inclinan las miradas hacia el crecimiento de plantas de colores distintos del rojo. Entonces se impone el exorcismo, la siega de los genios septenarios que cualquiera, el padre, la novia, el mejor amigo, puede llevar en este momento en su interior. Ninguno de esos métodos es nuevo, pero jamás habían sido empleados juntos, en tal escala y con semejante éxito. De ahí la novedad, el perfil de terra ignota amasada con viejos materiales que la República Popular presenta.

China ocupa el onfalo que han acostumbrado a adjudicarle todos sus gobernantes. Es-según el tradicional gusto por las metáforas culinarias-el jugoso solomillo a cuyo alrededor babean las hambrientas jaurías de los países extranjeros. Las situaciones bélicas se multiplican: enemigos domésticos de puntual y perversa aparición, asedio externo, telón impredecible de enfrentamiento mundial, cascada de independencias y revoluciones en los cinco continentes. Por lo pronto se dispone, en puertas, de un enemigo providencial que encarna el peor de los pecados: la revolución traicionada. La Unión Soviética es un Luzbel que ha descendido vertiginosamente desde su cima de Lenin, Stalin y Octubre a la oscura imagen de la Gran Caída. En términos más prácticos, es, por lo pronto, el competidor más peligroso de Asia. La India también posee colmillos atómicos, pero Pekín sabe que la democracia debilita y que los países molestamente sometidos a su opinión pública y a ciertos principios no tienen a la hora de la acción la autonomía agresiva que debieran.

La situación general garantiza, en suma, enemigos para unos cuantos cientos de años y deja amplio margen para la construcción interna del perfecto socialismo. El estado de excepción se eterniza, y con él las llamadas a la unidad, a la consulta a las masas y a la búsqueda del beneficio de la mayoría. Esto debe traducirse como el permanente sometimiento a los representantes del Partido (llamados de las masas) que vigilan y presiden los centros rectores de cada unidad de trabajo, deciden la compatibilidad entre las aspiraciones individuales y el bien mayoritario, reciben las delaciones y exigen la autoinculpación. Cada término colectivo significa, en su realización material, personas, sectores e intereses muy concretos. La inevitable muletilla obreros, campesinos y soldados, de cuyos tres frentes revolucionarios se supone proceden los nuevos estudiantes y cualquiera con aceptable pedigree, pertenece asimismo al terreno de la ficción. No quiere decir que lo sean o lo hayan sido; ni siquiera que provengan de familia obrera, campesina o militar. En numerosísimas ocasiones el alumno presentado como campesino es hijo de empleados, de cuadros, ha seguido los estudios primarios y secundarios en la ciudad, pero pasó algún tiempo en una comuna, en el campo, como hicieron millones de jóvenes que partieron a él durante la Revolución Cultural.

El Instituto de Lenguas de Xian es presentado a la cooperante extranjera por un pulcro anciano al que, todos sonrisas, acompañan dos hombres con aspecto de hallarse perfectamente al margen del lugar. Su función es, según traduce la intérprete, ejercer la tutela y supervisión política del antiguo director, purgado y situado ahora bajo la égida del director miembro del Partido y del comité revolucionario del instituto. El depuesto y semirrepuesto decano es un intelectual de barba blanca y frágil esqueleto. Hace una presentación de la trayectoria del centro esmaltada de continuas citas sobre el asombroso progreso pedagógico que ha representado el recurso al pensamiento maotsetung. En ningún momento pierde su rostro el aspecto apacible y digno, ni se modifica la nerviosa sonrisa de los comisarios del Partido y la dirección, que dan vueltas a la gorra que tienen entre las manos. El anciano habla de estudios de cuatro años, en principio limitados al ruso, y ampliados luego al inglés, alemán, francés y español. Cita la reducción en la duración de los estudios, según las directivas, y habla de decenas de miles de volúmenes en lenguas extranjeras que posee la biblioteca pero de los cuales la profesora no hallará luego sino un puñado testimonial. Bajo el discurso que desgrana y se extiende como la superficie de una lápida es fácil imaginar las humillaciones del pasado, el acoso, la agresión y la supervivencia. Su generación posee todavía un fulgor de libertad perceptible que no se observa en las posteriores. Visible quizás en el tono pausado, en la tenue distancia que la cooperante distingue entre él y su discurso:

Antes de la Gran Revolución Cultural Proletaria Liu Shao-shi y Lin Piao aplicaron la línea revisionista en la educación: formar alumnos para la burguesía, saboteando la línea del Presidente Mao. Dominaron entonces los intelectuales burgueses, fueron criticados, reconocieron sus errores y continúan entre nosotros. La Gran Revolución Cultural Proletaria fue iniciada por el Presidente Mao en 1966. Las masas la apoyaron con entusiasmo, pero Liu Shao-shi y los suyos saboteaban la línea proletaria. Como consecuencia de estos sucesos cambió la enseñanza en el instituto. El ocho de junio de 1967 se fundó el comité revolucionario del instituto. En octubre de 1968 el grupo de obreros del Ejército Popular de Liberación para la propaganda del pensamiento maotsetung entró en el instituto para dirigir todo; se emprendió pues la transformación del sistema de educación, orientación, enseñanza y métodos pedagógicos según la línea del Presidente Mao: “La educación debe servir a la política proletaria y combinarse con el trabajo productivo.” La dirección de nuestro comité revolucionario dirige a los profesores y alumnos para estudiar a Marx, Engels, Lenin, el Presidente Mao, las lenguas extranjeras, y para educarse en el campo y en las fábricas.

La presentación del instituto terminada, volverá a verle pocas veces, y éstas de forma breve y ocasional. Nunca sabrá su formación ni su pasado, ignorará siempre qué estudios hizo este intelectual de categoría visiblemente superior a su entorno, qué libros amó, de qué pecados le culparon, si sus propios volúmenes, acotados y subrayados, ardieron junto con los que contenía la biblioteca en las piras públicas que consumían el material burgués o si se encuentran en una habitación polvorienta y tapiada a la que la profesora extranjera no tendrá jamás acceso. Ignorará las cosas que calló y que dijo cuando le zarandearon y le pidieron autocríticas y cómo obligó a los trazos elegantes de su pincel a plegarse a la angulosa caligrafía que exigían los tiempos. Nunca sabrá quién sobrevivió de su familia, qué hijos o qué nietos purgan todavía en algún lugar remoto la extracción social distinguida de sus parientes. Sólo se le dirá que el anciano vive tranquilo y feliz, que su salud es excelente y prueba de ello son los largos recorridos que hace todos los días en bicicleta.

Las explicaciones generales sobre organización, profesores y alumnos no hacen sino abundar en la imagen edénica de esa comunidad escolar cara a las socializaciones en la que imperan comités ideológicos sin más valor intelectual que sus fidelidades, una pirámide de sustantivos colectivos-equipo, célula, comité, grupo-de la que aquéllos que realmente poseen titulación académica y conocimientos constituyen una parte mínima y sojuzgada en todo momento a supuestas encarnaciones, por disposición oficial, del bien común. El rosario de tópicos que, cuando permanecen parcialmente en el terreno de la utopía, se juzgan, con tan culpable como errónea ligereza, como irrealizables pero buenos aquí se han realizado, y no configuran precisamente lugares deseables. En el instituto hay una gran cantidad de personal de funciones indefinidas, que ocupa puestos y justifica con su control sobre los otros su propia presencia. Son capas extensas de nepotismo y paro encubierto que han encuadrado, desactivado y reducido a mínimos la substancia académica. En la cima se encuentra, claro está, la célula del Partido Comunista, a la que revierten las decisiones finales, y junto a ella el comité revolucionario creado con la Revolución Cultural. De ellos parte la larga cadena con ramificaciones en subdirectores, directores y agrupaciones de todo tipo.

La admisión de alumnos pasa, en sus unidades de origen y destino, por un filtro similar en el que la prioridad se sitúa en los buenos informes obtenidos de los cuadros políticos. Hay soldados que estudian ruso para, en caso de enfrentamiento con la Unión Soviética, interrogar a los prisioneros. Cuando solicita precisiones, la cooperante advierte con rapidez la gran dificultad que representa obtener cifras. Ninguno de sus interlocutores desea proporcionar datos concretos. El sistema se encarga de disuadirles de ello por la relatividad temporal y el peso impresionante de los modelos de las cuotas oficiales. Se vive de burocracia, de cifras ilusorias, logros crecientes y éxitos incuestionables. Las campañas y consignas pueden variar con el viento en un breve espacio temporal. La prudencia ordena imprecisión y cautela. A esto se añade el factor coyuntural de la calidad del intérprete. El valor profesional de éste es proporcional a la importancia del extranjero que acompaña, y desde luego la cooperante, sin peso diplomático ni político alguno, lo que recibe es en realidad licenciados en prácticas que cometen errores considerables y añaden o sisan alegremente en las cifras uno o dos ceros. La elección de intérprete-acompañante es, además, política, y así cuando este cargo recaía en miembros del partido su rango no estaba forzosamente en consonancia con sus capacidades lingüísticas.

La mayoría de los alumnos se dedica al inglés y el español ocupa el último lugar, tras el alemán y el francés. Todos viven en régimen de internado, con quince días de vacaciones, el curso dividido en dos semestres e interrumpido por periodos de trabajo manual. En el horario se incluyen el entrenamiento militar y las sesiones de formación política. Hay en estos jóvenes una mezcla de aniñamiento extremo y de encuadramiento adulto. Son el resultado de un igualitarismo que ha actuado de manera muy especial en las edades de la vida en las que despunta y se afirma la diferenciación de los individuos, la variedad de disposiciones, capacidad, inteligencia, esfuerzo, mérito, creatividad, observación, ambición. Proceden de la truncada Educación Secundaria y del comienzo en las universidades. Nada tiene de casual la elección de esa etapa educativa para pasar sobre ella la cuchilla de la igualación a mínimos que ha actuado también, y de forma mucho más poderosa, sobre profesores que ahora forman una masa homogénea apenas distinguible de sus alumnos excepto por el temor que hacia ellos, y hacia los diversos comités y la masa de la comunidad educativa, experimentan. No en vano la Revolución Cultural mezcló, confundió y desmochó precisamente tal franja de población y de educación en la que elevaban sus perfiles la personalidad, la voluntad individual y el mérito.

Entre los profesores se advierte una desproporción entre oferta y demanda según el reciente cambio del viento. Hay todavía una gran cantidad de enseñantes de ruso cuyo número ya no se no justifica por el de soldados que se entrenan para el interrogatorio de futuros prisioneros. La decena que compone el departamento de español se reduce a nueve realmente presentes. El ausente es una mujer que se encuentra en el periodo anual de vacaciones, único en el que se reúne con su marido e hijos. El de mayor edad, jefe y cuadro político, está reconvirtiéndose al español desde su origen de profesor de ruso. Es, junto con otra profesora, miembro del Partido y la autoridad de ambos sobre el resto es patente. Los profesores se han formado en institutos de lenguas extranjeras de Pekín, Xian y Shanghai. Uno, el más joven, estuvo en Cuba, sin duda en tiempos de idilio internacional previo a la ruptura con el gran hermano soviético. Otro, de unos veintiocho años, se reveló desde las primeras frases como el único que tenía un nivel de español realmente bueno. Era originario de Pekín, en cuya universidad había estudiado. Todos se mostraban intimidados e hicieron hincapié en la pobreza de nivel, de vocabulario, la falta de soltura en el manejo de la lengua, la necesidad de aprovechar los conocimientos de la profesora extranjera. Sus problemas profesionales eran enormes, su formación desigual, habían permanecido años trabajando en el campo, y ahora se encontraban con las inmensas lagunas de la ruptura intelectual del pasado, la inminencia de la incorporación docente y las confusas exigencias de la campaña en el candelero, la Revolución Educativa, cuyos tadzupaos tapizaban el instituto. Sus carencias eran tan patéticas como las causas de ellas, a las que ninguno citaba mientras mal que bien intentaban paliarlas a fuerza de machacamiento memorístico y diccionario. A la inseguridad personal y social unían la falta de experiencia docente, el conocimiento superficial de la lengua y la artificial estructura lingüística de los materiales que manejaban.

Bastaría darse un paseo por zonas limítrofes más allá de las fronteras de la República Popular China para que el mito de los meritorios logros obtenidos por el valiente sistema socialista en su prodigiosa derrota del atraso secular se desmoronase. Incluso ante la evidencia, apuntala el mito, por supuesto, el mecanismo de fe religiosa con el que se desdeña la acelerada modernización de Malasia, Japón, Indonesia, Hong Kong o Singapur como simple fruto de la rapiña capitalista. Bien empezada la segunda mitad del siglo XX, las instalaciones chinas tienen-excepto las de armamento nuclear-un aspecto decimonónico del que emergen ocasionales y polvorientos productos de la técnica. Los laboratorios de lenguas no son otra cosa, cuando existen, que salas de grabación con magnetófonos y cintas, a los que se suman algunos aparatos de radio. Estaban en voga las mágicas virtudes del método audiovisual, pero el instituto de Xian no contaba sino con un proyector arcaico y unas pocas diapositivas de deportes y de lugares sagrados revolucionarios. La visita a la biblioteca redujo las astronómicas cifras citadas por el subdirector a unas cuantas estanterías. La mayor parte de los volúmenes eran traducciones de las obras de Mao Tse-tung, había también otras obras marxistas, algunos cuentos y novelas cubanas y un puñado de españolas como Doña Perfecta, una antología del 98 y poco más. Entre las cubanas destacaba una pieza del más depurado realismo socialista: Maestra voluntaria. Se trataba de un relato en primera persona y narraba las vicisitudes y ejemplar dedicación de una muchacha que se incorpora con fervor a la campaña de alfabetización promovida por el Gobierno en tiempos de la joven revolución castrista. La novelita era un compendio de clichés sociopolíticos, sentimentalismo apto para todos los públicos y mensajes entusiastas. Existía en ella una visión de la sexualidad del más puro cuño estalinista que sin embargo, en comparación con la absoluta omisión del sexo en la literatura, el arte y la cultura maoísta, ofrecía a los lectores chinos, por las mismas razones que las inefables películas albanesas, especiales atractivos. En un pasaje de la novela los voluntarios son transportados a la zona de la sierra. Una muchacha comenta con una compañera que los chicos están muy buenos. La protagonista de la historia oye la frase y hace una sentida reflexión sobre el probable pasado de prostituta de la voluntaria frívola. Ni que decir tiene que el desierto literario de las bibliotecas chinas proporcionaba a estas obras una altura sin común proporción con su calidad.

El instituto recibía, con semestres de retraso, periódicos cubanos y algunos mejicanos. De ambos se tomaba material para textos, pero lo que utilizaban con profusión, como todas las escuelas chinas, era artículos de la edición de Pekín Informa en español. Con esta publicación oficial no había peligro de críticas por desviacionismo en el uso de textos y autores burgueses. El español de Pekín Informa era horrendo, no tanto por sus faltas gramaticales sino por el estilo, traducción quasi literal por miedo a apartarse del texto madre, lo que daba un tono absolutamente forzado, teatral e incomible. El pulido final de tales materiales era tarea del profesor extranjero y ocasionaba a éste no pocos problemas de conciencia profesional, amén de los puramente éticos. El cooperante advertía a los colegas chinos de la extraordinaria mediocridad artificial de aquel lenguaje, repleto de clichés y calcos, pero no servía de gran cosa. Y no exactamente por mala voluntad de la plantilla local, sino por el peso continuo de la supeditación a la ortodoxia oficial, que les mantenía moralmente encorvados para ofrecer perfil y resistencia planos y evitar el mínimo riesgo.

Siguiendo el voluntarismo artesano de la Revolución Cultural, y en función de la purga de todo tipo de libros y del pánico hacia la responsabilidad de escribir una sola línea personal, utilizaban como único material pedagógico fajos de folios que repetían tópicos una y mil veces expurgados. A tales clichés pertenecen cuantos discursos de presentación, bienvenida, introducción y relación de proyectos se pronuncian. La posterior experiencia permite constatar a la cooperante la relevancia e intensidad del fenómeno de repetición: Impermeable a las diferencias del medio y a las distancias, el mimetismo ortodoxo engarza ubicuamente en cadenas semejantes los mismos discursos y halla su materialización física en la similar disposición de los objetos de los salones de recepción.

Sin embargo podría aceptarse-¿por qué no?-el sistema chino como una benévola institución que, con sus austeros medios, defiende la causa de los desheredados y les reserva el reino del mañana. Los observadores extranjeros han podido limitarse a esto, motivados por el aspecto de su clase: veintitantos alumnos cuyas edades oscilan entre los diecinueve y los veinticinco años, vegonzosos, llenos de buena voluntad y deseo de aprender, con los brazos modosamente cruzados, de talla regular, aspecto saludable y capas de ropa gris, añil, utilitaria, que igualan su aspecto y les protegen del frío del recinto. Roto el hielo, son agradabilísimos de trato y muestran una conmovedora avidez por exprimir al profesor extranjero. Todos proceden de la provincia de Hopei, han sido guardias rojos durante la Revolución Cultural, cuentan sin excepción que por entonces vieron en carne mortal al Presidente Mao y que todas las chicas, y buena parte de los chicos, lloraban por el extraordinario amor que hacia él sienten. Tras la gran experiencia de la plaza Tien An Men, hicieron a pie hasta Yenán la peregrinación de la Larga Marcha y luego estuvieron trabajando en el campo.

Sus conocimientos geográficos eran tan limitados como el atlas minúsculo, los nombres sólo en chino, que manejaban. Incluso en el caso de puntos del Globo cuyos datos, por tratamiento en temas políticos, les son familiares, tales datos carecen de conexión con el contexto y, desligados de historia y sociología, se reducen a meras consignas. Como en el mapa mundial que cuelga de la pared, en su mapa interno se encuentra primero China, en el centro y bien coloreada de rojo. Más allá el par de monstruos imperialistas, USA y URSS; entre ellos Europa atenazada por ambos lados. Los relatos de profesores extranjeros coinciden en resaltar su general desconocimiento. De Francia, saben el establecimiento de las relaciones diplomáticas con De Gaulle y el centenario de la Comuna. Respecto a Gran Bretaña, los universitarios de Pekín, tras haber asistido a la proyección de una película basada en Oliver Twist, parecían convencidos de que aquél era el estado de la sociedad inglesa actual. Entre 1964 y 1966 los profesores de francés debían, en la misma universidad, explicar textos desprovistos de todo carácter literario siguiendo un manual impuesto que se componía de enunciados dogmáticos como El capitalismo esclaviza al pueblo. o Los imperialistas son tigres de papel. Ciertos cooperantes podían permanecer en paz con su conciencia repitiendo estas fórmulas que correspondían a su credo. Otros se rebelaron: varios profesores se negaron a explicar a sus alumnos textos en los que se afirmaba que, en Francia, los hijos de las clases trabajadoras rara vez podían saciar su hambre y que, en París, muchos obreros, incapaces de pagar un alquiler, dormían bajo los puentes.

Si vagas eran las nociones de Europa de los estudiantes de Xian, más todavía lo eran las de España en particular. Sus conocimientos, como sus intereses, estaban más desarrollados en lo referente a Hispanoamérica. Sabían sin embargo de la Guerra Civil del 36 e incluso uno de sus textos versaba sobre la victoria de un grupo de partisanos españoles contra la guardia civil. Ahora bien, la apertura de relaciones diplomáticas Pekín-Madrid había significado automáticamente una total sordina del internacionalismo proletario enfocado hacia la Península Ibérica: Ni la más leve referencia a la lucha por la democracia en España, ni la menor observación sobre su Gobierno. Si se comentaba en privado a los profesores las reacciones a que había dado lugar el establecimiento de lazos oficiales entre la República Popular China y el régimen de Franco, el interlocutor se apresuraba a afirmar que ellos estaban al tanto de la heroica lucha española contra el fascismo; pero su incomodidad y rechazo del tema eran evidentes. No deseaban en realidad saber; esperaban recibir del Partido las informaciones y opiniones que correspondía adoptar. El conocimiento por otras vías les producía la desazón de lo inclasificable y la angustia del peligro. Las charlas semanales sobre España e Hispanoamérica de la profesora extranjera eran grabadas para servir de ejercicio de comprensión de la lengua, no por su contenido. De hecho, estudiantes y profesores parecían tener vedado el instintivo mecanismo de la curiosidad. No había preguntas sobre la vida cotidiana en otras latitudes; el patente interés por tales temas hubiera desentonado, puesto que escapaba a las finalidades oficiales.

La metodología de profesores y alumnos no podía ser más formalista, envarada y opuesta a la jerga de supuesta experimentación revolucionaria. Repetición y memoria eran los dos pilares pedagógicos, y el hábito venía de lejos puesto que la memorización de gran cantidad de textos es, desde la escuela primaria, de rigor y está marcada como tal en cada una de las lecciones. En el tiempo de asueto o de estudio individual era un extraño espectáculo oír voces solitarias que recitaban entre los árboles en un tono subido y cruzarse con alumnos peripatéticos que, convertidos en auténticas casetes movibles, declamaban una y otra vez el mismo pasaje. En este sentido el estajanovismo y la emulación en las cifras de productividad alcanzaron cotas francamente notables: menudean los testimonios de cooperantes que, en los años cincuenta-sesenta, dan fe del temprano coro de repetidores de frases y palabras sueltas que saludaba, en las escuelas, al amanecer y competían en la repetición, cientos o miles de veces, de un vocablo extranjero cuya pronunciación, desgraciadamente, era con frecuencia errónea.

La actitud física era en sí misma ilustración perfecta de la represiva sumisión que presidía todos sus actos. La expresividad corporal estaba por completo ausente, el elemento visual, plástico, era excluido de las clases, en las que el profesor se mantenía rígido, aferrado a libro, diccionario y gramática y sin recurrir siquiera al dibujo en la pizarra, no digamos al mimo. Desde su estrado fijaba la teoría y desmenuzaba frases a la caza de errores, de forma muy acorde con el ambiente de febril y general búsqueda de corrección ideológica. El mayor enemigo de todos ellos, también en el aprendizaje de idiomas, era el miedo a expresarse, pero con los profesores resultaba infinitamente más arduo quebrar los moldes del formalismo, el temor a decir cosas incorrectas, a perder la cara si osaban romper su parálisis con gestos.

Los profesores estaban, además, forzosamente embarcados en una dinámica que les impedía toda planificación metodológica de su tarea y que reducía al individuo a un pelele de sucesivas movilizaciones, cambios repentinos, modificaciones inaplazables y exigencias prioritarias. La vida académica, la labor profesional se situaban, por dogma, bajo la autoridad del Partido y sus consignas, y éste no perdía ocasión de hacerlo sentir desmembrando cualquier asomo de afirmación estructurada de la actividad intelectual. La llamada a la Revolución Educativa es, en este sentido, de gran eficacia puesto que permite mantener la atmósfera docente bajo un continuo régimen de inseguridad. La cooperante advirtió de inmediato la imposibilidad de planificación alguna. Menudeaban las reuniones sorpresa a las cuales debían acudir todos o parte de los profesores y alumnos, se llegaba por la mañana al instituto e inmediatamente había que cambiar cualquier plan de trabajo porque enseñantes y enseñados tenían discusión o estudio político. Sobre qué o para qué generalmente lo ignoraban. Era una aplicación masiva de órdenes que descendían con la misma irreversibilidad que la lluvia, y la gente se encontraba ante el documento, la consigna o la campaña que debía asimilar y desarrollar. Nadie hubiera osado poner en duda la superioridad de lo más moderno y reciente respecto a lo que estaba en uso o lo anterior, puesto que la innovación misma implicaba excelencia indiscutible. Era imperativa la experimentación constante con nuevos materiales, no por sus bondades, sino porque así figuraba en las directivas vigentes, que prescribían la movilización continua, alababan la autosuficiencia y otorgaban a la ideología y al gran entusiasmo de las masas virtudes taumatúrgicas sin la menor relación con la eficacia real.

El español era la más pequeña y joven ventana al exterior del Instituto de Lenguas de Xian y quizás de la ciudad entera. Se había introducido su estudio en el sesenta y cinco, tras la ruptura chino-soviética y las nuevas directivas en política internacional que obligaron a ampliar el número de lenguas estudiadas donde anteriormente sólo se aprendía ruso y algo de inglés. Influían las relaciones con Cuba, en la que estudiaban becarios chinos, y el peso del bloque hispanohablante de América Latina, con cuyos grupos y gobiernos de simpatías marxistas mantenía China lazos diversos, que se vieron muy ampliados, como las necesidades de traductores e intérpretes, con el ingreso en las Naciones Unidas. Dentro de la imprecisión, y claro desfase, entre las cifras que sobre profesorado y alumnos proporcionaban las autoridades del instituto y la realidad observable, resultaba evidente que la sección de español era en unos y otros la más reducida. Por otra parte el cuerpo profesoral podía calificarse de desmesurado en relación con la escasa y dosificada cuota de alumnos admisibles por año. Obviamente existía una masa de graduados subempleada que vegetaba corrigiendo textos, estudiando y ayudando a los pocos profesores que daban realmente clase. A su regreso de los años pasados en el campo se les había distribuido en los centros sin la menor consideración por situación familiar, eficacia o formación, y desde luego sin planificación alguna. Las diferencias académicas eran grandes entre ellos y el nivel de muchos francamente rudimentario.

Se trataba de una muestra más del extenso paro encubierto que a lo largo y ancho del país y a través de los diversas capas de su población, escondía el supuesto pleno empleo del régimen socialista. Por otra parte, al haber eliminado con la selección fruto de la Revolución Cultural los criterios académicos como clave en el acceso a las universidades, eso produjo un descenso brutal de nivel de manera que, ni aun forzando el sistema, se conseguía encontrar candidatos que reunieran a la vez un pedigree políticamente impecable y un mínimo de preparación intelectual. Hasta tal punto que las autoridades se vieron obligadas a autorizar a las universidades provinciales a que reclutasen estudiantes de cualquier lugar de China, y no sólo provenientes del territorio de su jurisdicción.

Respecto al profesorado extranjero, la cooperante española nunca supo cuántos habían enseñado en el instituto antes de la Revolución Cultural. Al llegar ella el ambiente era pionero y en extremo solitario, con la única presencia foránea de un anciano matrimonio de Sri Lanka que enseñaba inglés. Se añadió un francés más tarde y, meses después, una pareja alemana.

Una tarde parda y fría de otoño. Los colegiales….van entrando en fila de a dos, con sus sillas a cuestas; también los profesores. Es el mitin de recepción de los nuevos estudiantes. En el estrado del escenario hay dispuestas dos mesas con sus inevitables termos de agua caliente, tazas, micrófono. Encima gran retrato de Mao sonriendo satisfecho. Los alumnos se colocan y se ponen en pie a las voces de mando de sus jefes de grupo. El ambiente tiene un inconfundible aire marcial, ¡Un, dos, tres!, ¡De pie!, ¡Sentados!; una mezcla de escuela primaria y cuartel, pero sin rigidez ni tensión aparentes, ya larga costumbre.

En el estrado se sientan un dirigente del comité revolucionario del instituto, otro del equipo obrero de propaganda del pensamiento maotsetung, un representante del centro, el subdirector y un militar del Ejército Popular de Liberación para la propaganda del pensamiento del Presidente que comienza el acto dando la bienvenida a los nuevos alumnos. Se canta el himno nacional El Este es rojo.

El subdirector da principio a los discursos:

Damos una calurosa bienvenida a los nuevos estudiantes. Felicitamos a los profesores extranjeros presentes por encontrarse aquí para ayudarnos a construir el socialismo y les deseamos grandes éxitos en su trabajo. También esperamos obtener grandes éxitos en la Revolución Educativa. El 21 de julio el Presidente Mao dio iniciativas para la educación. En función de éstas, los estudiantes debían ser admitidos según su experiencia práctica en el trabajo y según su conducta. El aspecto del instituto ha cambiado con la admisión masiva de obreros, campesinos y soldados, que estudian y al mismo tiempo administran el instituto y lo transforman con su rica experiencia, ya que los recién llegados han pasado dos años en el campo o la fábrica y nos aportan la fuerza que nace de la práctica y contribuye a la construcción del socialismo. Los alumnos obreros, campesinos, soldados, llegan a las aulas como fruto de la victoria de la Revolución Cultural y de la línea del Presidente Mao.

El informe del X Congreso nos dice que la situación interior y exterior es hoy excelente. Hay desorden y confusión internacional que favorece la rebelión y la lucha de los pueblos del mundo contra la opresión. Tenemos amigos en todo el mundo. La situación interior es excelente. Bajo la guía de nuestro gran dirigente el Presidente Mao, las camarillas y las líneas reaccionarias de Lin Piao y sus secuaces han sido abatidas, se continúa obteniendo importantes victorias en lo político, económico y militar.

Tras la Gran Revolución Cultural Proletaria, el instituto sufrió grandes cambios. En octubre de 1969 el equipo para la propaganda del pensamiento maotsetung entró en el instituto y nos educó grandemente en la lucha de clases. Se rectificó con la crítica el estilo de trabajo y hoy basamos el estudio en lo material. Los alumnos nuevos están llamados a jugar un papel importante, son fuerzas nuevas, son exigentes consigo mismos. Es nuestro deber estudiar documentos políticos, sobre todo los del X Congreso, asimilar su esencia y marchar rectamente por la línea del pensamiento maotsetung pues, como dice el Presidente Mao, el que sea o no correcta la línea en lo político lo decide todo. Debemos llevar adelante el movimiento de crítica del revisionismo, asimilar bien el marxismo y pensamiento maotsetung para elevar la capacidad de crítica. Es necesario poner la política en el primer puesto. Los alumnos deben seguir siendo fieles a la clase trabajadora, que los envía, no dejarse quizás influenciar por el espíritu burgués que aún persiste en el instituto. Deben de transformar el instituto con el pensamiento maotsetung. Perduran entre nosotros defectos debidos a la influencia burguesa a los que hay que resistir. Es deber de los alumnos transformar su concepción del mundo porque en el marxismo el proletariado debe cambiar todos sus conceptos de la naturaleza. Es también necesaria la ayuda de los intelectuales progresistas. A los profesores toca la responsabilidad de la enseñanza y hay que aprender de ellos con modestia. Hay que estudiar para la revolución mundial y para la revolución china impulsados por un motivo correcto: la construcción del socialismo según los principios de calidad, cantidad, rapidez y economía. Nuestros alumnos llegan de todos los rincones del país. ¡Reforcemos la unidad y el estímulo para obtener victorias aún mayores!.

Al llegar a estas páginas, el lector habrá ya sin duda experimentado cierta sensación de repetición y hastío. Probablemente ha descubierto grietas considerables en las paredes del paraíso y ha comenzado a otorgar a las variantes menores de la maldad la importancia que se les debe como necesarios ingredientes de la existencia. Imagine pues la repetición que durante escasos lapsos de tiempo ha degustado convertida en norma señera del marco vital de los individuos, multiplicada en cuantos formatos, materiales y perfiles imaginarse pueda, transmitida por todos y cada uno de los canales y medios. Se hará, quizás, pálidamente cargo entonces del terreno que él, desde la seguridad de su reducto y la inviolable fortaleza de su sillón, pisa de manera fugaz y que millones de semejantes recorren, perciben y oyen sin alternativa ni respiro temporal ni espacial algunos.

Tras el discurso del subdirector, que es un escrupuloso resumen de las actas del X Congreso del Partido Comunista Chino, terminados los aplausos, hablan los representantes de los profesores y veteranos y nuevos alumnos, que repiten fielmente los temas ya expuestos por el primer orador. El acto se asemeja a una prueba de arte dramático en la que se hace a varios actores recitar el mismo texto. Ninguna referencia concreta al instituto de Xian, a su situación presente y pasada. Lo expresado puede servir para todas las escuelas, alumnos y profesores de China porque se trata sencillamente del enunciado de un ideal, del programa oficial, de lo que debe ser, como si ya lo fuera en ese lugar y momento concretos. Es el reino de los arquetipos: La Escuela, Los Nuevos Estudiantes, Los Estudiantes Veteranos, Los Profesores. La experiencia posterior demostraría a la cooperante el papel esencial de la idealización y la generalización en la lengua hablada y escrita. Discursos, presentaciones, informes, se despegan de su contexto real, eluden o rozan, sin darles mayor importancia, las cifras, los datos, y, muy especialmente, los conflictos reales, y se dirigen hacia El Modelo, hacia el reino de las Ideas Puras Oficiales.

En Occidente se piensa que la Revolución Cultural terminó en 1969. La versión oficial de los dirigentes chinos era que esa revolución continuaba y se prolongaba en 1973 en la campaña de la Revolución Educativa. El mantenimiento del control desde luego pasa por la ininterrumpida sucesión de campañas legitimadoras, preferentemente asociadas a un referente verbal sacralizado, véase revolución, socialismo, democratización, etc. El método no es, por supuesto, exclusivo del régimen comunista chino aunque allí se mostrara en todo su esplendor. Según directivas del Comité Central enviadas a las células del Partido de cada centro de enseñanza, los profesores y alumnos debían ser movilizados y escribir tadzupaos.

Así pues, con motivo de dicha campaña, que se insertaba en el movimiento de crítica a Lin Piao y Confucio conocido por el musical llamamiento Pi-Lin, Pi-Kon!, los horarios del instituto se vieron totalmente trastocados. La semana de mayor auge de la campaña hubo, en vez de clases, tres días de reuniones continuas de crítica a Confucio, y la semana precedente tuvieron lugar varias sesiones de información sobre documentos puestos en circulación por el Buró del Partido. Según las directivas sobre la Revolución Educativa, se pretendía reformar completamente la enseñanza, tanto en los métodos y material pedagógico como en el sistema de exámenes, el de admisión de alumnos y en la forma de dirigir y administrar los institutos. Se insistía en las directivas dadas por Mao durante la Revolución Cultural sobre la necesidad de unir la teoría a la práctica, dar vivacidad a las clases, disminuir los formalismos académicos, el aparato burocrático, el número de cursos y asignaturas. El bajo nivel de los estudiantes que se habían matriculado en los últimos años planteaba evidentes problemas y se apuntaba como necesidad primordial la de una formación pedagógica y profesional nueva y profunda de los profesores.

Naturalmente a nadie puede escapar la incoherencia de esta amalgama de planteamientos mal avenidos, la contradicción entre dogmas y hechos y la arbitrariedad de las conclusiones. El régimen precisaba mantener, como fuente de referencia definitivamente aureolada de un nimbo intocable, la doctrina del Pequeño Libro Rojo y los años sesenta; le interesaba sostener en todo instante la espada de Damocles sobre los potenciales culpables de actitudes antiguas y reaccionarias, simbolizadas por Kon (Confucio), pero necesitaba también algún que otro margen de eficacia, y para eso estaba la condena de Lin (Lin Piao),en cuya cuenta, con el fin de apaciguar los más que justificables terrores de la élite profesional,  se cargaban los excesos de celo. La inmensa trama burocrática avalada por el maoísmo y respaldada por la autoridad incuestionable del Partido (comisarios, supervisores, orientadores, controladores, secretarios, directores, jefes de equipo, equipos rectores, etc, etc) se caracterizaba por su ignorancia académica, su hostilidad hacia lo intelectual y por una mediocridad que hallaba su medio propio en la inquebrantable adhesión. A la autoridad ideológico-policial de que esta clase gozaba se añadió la formación pedagógica, lo que les otorgaba el derecho a mantener sometido al profesorado mediante el juicio sobre su aptitud para la docencia y les permitía pontificar de manera decisiva sobre la adquisición de conocimientos de los que ellos mismos carecían. El Gobierno disponía además de una masa considerable de personas de muy primario nivel de formación y procedencias dispares a las que convenía colocar y promocionar en función de las expectativas en ellas suscitadas por las campañas. Ahí se incluían maestros y alfabetizadores ocasionales, o simplemente aquéllos a los que complacía un puesto en el mundo de la docencia. En nombre de la lucha contra el elitismo, se ofrecían a esta mayoría posiciones de dominio en institutos, escuelas superiores y universidades, aunque en el caso de éstas últimas y en las materias más técnicas el proceso se veía limitado por cierto principio mínimo de realidad. La necesidad de que los edificios se mantuvieran en pie y que los aviones volasen preservaba en parte a las ciencias, pero las materias humanísticas eran terreno  privilegiado para la invasión y ocupación ardientemente promocionadas por las revoluciones cultural y educativa.

No es casual el recurso, en las consignas, al tópico de la necesidad imperiosa de completo cambio acorde con la visión, tan cara a Mao, del país como una página en blanco poblada de hombres vírgenes de memoria, historia y rasgos personales. La valoración de pasado y presente implica los conocimientos, hábito reflexivo y rigor intelectual que no suelen caracterizar a los comisariados políticos. Por el contrario, la bandera iconoclasta afirmaba al régimen y a los suyos como únicos representantes del futuro y eliminaba la molesta necesidad de referencias. El sintagma de obligado uso reformar completamente equivalía a otorgarse a sí mismos plenos poderes, dar carta blanca para invadir territorios de los que ningún mérito propio les hacía merecedores y envolver cualquier objeción en el halo de la sospecha de infidelidad ideológica. La continua, completa reforma garantizaba continua presión y poder, y exigía ininterrumpidos envíos a los superiores de informes, proyectos, críticas y relaciones. Todo esto favorecido por tratarse de un campo tan vulnerable como la cultura, en la que, por grandes que sean los desmanes, no suelen producir a corto plazo muertos ni llamativos accidentes.

Así pues, en superficie, y con el acostumbrado método de la fuga hacia adelante, había que deducir que el régimen imponía dosis dobles de los nada involuntarios errores que habían generado el arrasado perfil del panorama docente. La caída libre en el nivel de los nuevos estudiantes obedecía exactamente a las disposiciones de las campañas Cultural y Educativa que se pretendía oficialmente intensificar. Para obtener aun mayores éxitos, se proponía, en un alarde de funambulismo lógico y desafío a las elementales leyes de causa y efecto, hacer recaer en el profesorado la tarea de adecuarse a la ignorancia creada, mantenida y promocionada por la burocracia del régimen, y esto por medio de una nueva formación profesional y pedagógica. El menor asomo de discusión abierta hubiera puesto en evidencia la incompatibilidad entre premisas, exposición y hechos y hubiese revelado la ausencia de hilo argumentativo. Pero los redactores de los documentos no tenían pretensión alguna de verosimilitud. Las autoridades podían permitirse cualquier expresión verbal; su indiferencia respecto a la arbitrariedad y su desprecio de la lógica eran tan grandes como la certidumbre del acatamiento por parte de unos sujetos ya largamente entrenados en la deglución de tales materias. Dentro de la inconsistencia flagrante de las conclusiones oficiales, fuerza era reconocerles hasta cierto virtuosismo en el ejercicio de inversión del análisis de los hechos.

 

ENCUESTAS

-¿Encuestas?. ¿Para qué quiere hacer varias encuestas?. Si todos le van a contestar lo mismo…

El subdirector, perplejo, hace transmitir su respuesta a la petición de la cooperante, que ha preparado cuestionarios para todos sus colegas y alumnos. En verdad los extranjeros tienen curiosas pretensiones. Como un favor, al que no son ajenas la amistad y la confianza que la unen a la gente de su departamento y, de ella, al miembro del Partido que goza de mayor autoridad, se permite a cuatro profesores responder individual y oralmente a las preguntas. De los alumnos, sólo, tras áspero regateo, seis de ellos, tres chicos y tres chicas, serán autorizados para hacerlo por el método de enviarle meses más tarde por correo a Pekín, donde ha sido trasladada, los cuestionarios completados.

L cooperante tiene por entonces tales deseos de creer en posibilidades de contacto humano que saltan sobre todas las fronteras que acepta como muestra de ello lo que, al tiempo, sabe es un virtuoso ejercicio de propaganda. Sin embargo, como en la grava del lecho de un río, es imposible extraer de las personas que trata granos aislados de la corriente y los terrones y rocas que llevan la mayor parte de su vidas haciéndolos rodar y transportándolos. Por eso, sin ilusión pero con la emoción del que lo sabe, pese a todo, documento único de un tiempo absurdo de miedos y espías, examina en soledad los folios que contienen líneas de preguntas y respuestas, agita el cedazo y descubre en él afanes, rescoldos, fragmentos de individuos limados y agrisados por contacto continuo, mezclados con la escoria entre la que apenas destaca su mínima presencia, la forma de aristas casi imperceptibles al tacto y que hubieron en algún momento de componer el perfil de sus aspiraciones, el rastro de lo que hoy son inalterables sonrisas y en un tiempo férreamente olvidado fueron simple dolor.

La cooperante no ignora, además de su propia ansiedad, el efecto espejo, que la impulsa a ver en el material que despliega entre sus manos la turbulencia que se agita en una mente que a estas personas de la China del setenta y tres les es del todo ajena. No tan del todo, se dice, no tan del todo. Contadme vuestro paraíso, decidme la bienaventuranza de cuanto vivís utilizando las frases que ya conozco. He rodado por otros moldes. La diferencia estaba en que había más espacio, circulaba aire, era posible cambiar rumbo, detenerse en el margen. Era sobre todo posible reivindicar la tristeza, poseer la negación y el rechazo. No parece ningún triunfo, y sin embargo la clave está ahí.

 

Encuesta a M.

Tengo cuarenta años y soy profesora. Estoy casada y tengo un hijo de quince que reside conmigo. Mi marido es técnico y también habita en Xian. Durante la semana vivo en el instituto y los sábados voy a mi casa con mi familia. Mi padre era empleado, ganaba cien yuanes mensuales. Mi madre no trabajaba. Soy de Pekín, pero pronto nos trasladamos a Nankín. Antes de 1949 no vivíamos mal pero bajo el gobierno del Kuomingtang la moneda se devaluaba continuamente de un día a otro y pasábamos apuros. Además por aquella época murió mi madre. La casa de mi familia tenía, para siete personas, unas cuatro habitaciones y cocina, sin sanitarios, con agua corriente, estufa, cocina de carbón y electricidad. Comíamos bien, excepto en 1945, que hubo dificultades. He tomado leche algunas veces. Aun ahora tomo de cuando en cuando un vaso de leche de oveja. Viví en Nankín hasta 1956, fecha en la que fui a Jarbín a estudiar ruso. En 1960 ingresé en el Instituto nº 1 de Lenguas Extranjeras de Pekín. Por entonces murió mi padre.

Primero estuve en la escuela de Pekín y luego en la de Nankín, que era excelente, estatal, aneja a la universidad, muy barata y mixta. En aquel tiempo todavía los cursos no tenían contenido político. Había concursos de oratoria que consistían en recitar, accionando, un texto escrito por el profesor. Yo era siempre la mejor en esto; solía tener el diploma de primera de la clase. Antes de la Liberación no había escuelas de trabajo manual. Entre 1949 y 1958 sólo se hacían labores de limpieza, pero a partir del 58 se puso en marcha la campaña, guiada por el Presidente Mao, para ir al campo o a las fábricas.

Mis peores recuerdos de cuando era niña creo que son las patatas. Cuando yo tenía diez años las comíamos todos los días porque apenas había dinero. Era necesario ir a por ellas, y pesaban. Mi hermano mayor no podía comprar los cigarrillos por paquetes sino sueltos. A veces comíamos sólo arroz y patatas. Tengo muy buen recuerdo de las comidas típicas, muy ricas, que hacía mi madre con alimentos que traía de su pueblo natal. También me acuerdo de los gatos; me gustaban mucho y teníamos una gata que dormía con nosotras. Me gustaba cantar, escribir con caracteres grandes, con pincel, sobre todo la palabra “bondad”.

Comencé mis estudios superiores, que eran gratuitos, en Nankín, en 1950, para ser enfermera. Duraban dos años. Cuando ya lo era me admitieron para entrar en la escuela de idiomas. A los exámenes de ingreso se presentaban tanto los estudiantes del hospital como los de otras entidades, y las enfermeras tenían preferencia sobre los graduados. Así pues en 1956 entré mediante examen en el Instituto de Lenguas de Jarbín para estudiar ruso durante cuatro años. El Gobierno me pagaba veintisiete yuanes al mes. Por entonces me casé, y pudimos estar juntos mi marido y yo a partir de 1960. Ese mismo año entré a estudiar español en el Instituto nº 1 de Lenguas de Pekín, sin examen. Me envió el Gobierno y se me pagaba mi sueldo normal. Lo escogí a propuesta de las autoridades; hacían falta profesores y traductores porque muchos países hablan español. Además, es más fácil que el francés. Mis mayores dificultades son la redacción, la comprensión, la gramática, la distinción entre oclusivas sordas y sonoras y entre la r, la l y la n porque soy del norte. Concretamente, me resulta muy complicado el subjuntivo pasado, las frases impersonales, la sintaxis y la unión de frases. Comprendo bastante bien el español y lo traduzco al chino, pero la inversa es mucho más difícil. Mis  profesores fueron tres chinos y dos o tres extranjeros. El Gobierno decidirá si soy traductora, profesora o intérprete. Prefiero traductora porque es más fácil.

Cuando era enfermera no hice trabajo manual porque practicábamos en nuestra profesión. En Jarbín durante seis meses construimos edificios, segamos, criamos cerdos. Cuando estudiábamos en Pekín también íbamos al campo a segar y cosechar, pero no mucho porque éramos empleados del Estado y ya habíamos trabajado.

Respecto a mi vida de familia, cuando ambos estábamos en Pekín a mi marido le dieron su puesto de trabajo en Xian. Entonces el Gobierno también envió una oferta de  profesora para mí. Pagamos por el apartamento tres yuanes y medio mensuales, incluida el agua, medio yuan de electricidad y medio de tasa por la radio. 1 En el instituto pago por mi habitación unos dos yuanes y las comidas en la cantina me cuestan quince al mes. El material de enseñanza es gratuito. En Pekín ganaba sesenta y dos yuanes. Ahora gano sesenta y cinco y medio, y mi marido exactamente lo mismo porque, aunque la profesión es distinta, tenemos los dos igual calificación. Ahorramos, en conjunto, unos veinte yuanes al mes. No tenemos cámara de fotos ni máquina de coser, pero sí dos bicicletas, dos relojes y dos radios. La asistencia médica es gratuita para nosotros, mi hijo paga el cincuenta por ciento.

Di a luz a mi hijo en el hospital. El permiso de maternidad es de cincuenta y seis días. En el instituto no hay casa-cuna, lo cual es un problema. Sí que hay guardería. En casa, mi marido hace la compra y cocina. Yo limpio. Lavamos entre todos la ropa. Mi hijo hace menos, es perezoso. Los dos saben coser, pero no hacer punto. No quiero tener más de un hijo, así que uso el esterilet, que se obtiene gratuitamente en el hospital. También tuve dos abortos, que se llevan a cabo sin dificultad y gratis hasta los dos meses de embarazo. A veces usamos preservativo. Hay mucha publicidad para que se empleen los métodos anticonceptivos.

Las fiestas y domingos hago comida mejor. Vamos al parque o al cine. Leo, coso. En las vacaciones si tenemos dinero vamos a Nankín o a Pekín, pero por lo general no podemos porque el Estado no paga vacaciones gratuitas a mi marido porque vive conmigo.

En cuanto a los contactos con extranjeros, como enfermera conocí a rusos mientras trabajaba en Nankín. Luego siempre fueron relaciones de alumna a profesor. Mantuve correspondencia con una rusa, fui intérprete de un periodista cubano, en Xian conocí a un matrimonio colombiano, también al anciano profesor español que vive en Pekín y a ti, pero nunca fueron relaciones continuadas ni espontáneas. Siempre eran a causa del trabajo. Me llama la atención en los extranjeros el carácter abierto; dicen lo que piensan, sobre todo tú. Algunos son tercos, no comprenden China en su totalidad por falta de conocimientos sobre ella. Las mujeres son coquetas. Siempre están juntos el marido y la mujer.

He leído a Marx, Engels, Lenin, Stalin, Cervantes, Shakespeare, Gorki, Twain, Tolstoi, Simonov, Blasco Ibáñez, Pérez Galdós, Alarcón.

Nunca viajé fuera de China, pero conozco muchas ciudades de mi país.

Soy miembro del Partido Comunista Chino, ingresé pronto en él. Me encargo, en el instituto, de hacer informes, transmitir y coordinar. Hay discusiones de crítica y autocrítica de los miembros, se discute sobre la admisión de alguien, leemos documentos oficiales y de autores marxistas, hacemos el plan de trabajo de la célula del departamento y discutimos sobre el papel del Partido y el comportamiento de los comunistas. Tras la Revolución Cultural, trabajé en una fábrica y en una granja. Esa Revolución y la Educativa me parecen estrechamente ligadas por la finalidad de afianzar el dominio del proletariado en las escuelas.

Me gustaría conocer Europa, y también comprobar en qué estado se encuentra la Unión Soviética.

 

 

 

Encuesta a H.

Tengo treinta y cuatro años. Soy profesor, casado. Tenemos dos niños pequeños que están con nosotros. Mi mujer también es profesora. Residimos ambos en un pueblo en los alrededores de Xian. Durante la semana escolar vivo en mi habitación del instituto y los fines de semana voy a mi casa.

Mis padres eran campesinos en un pueblo del norte, distrito de San Yuan. Los ingresos dependían de las cosechas. Cuando eran buenas podíamos contar con un yuan diario, si eran medianas con setenta fens, y si malas con cincuenta fens al día. También trabajábamos la tierra de un rico y nos quedábamos con el cuarenta por ciento del producto. Durante los años cincuenta y uno, cincuenta y dos y cincuenta y tres las cosechas fueron excelentes; la familia tuvo reservas de cereales y de algodón y prosperó. En 1952 lluvias torrenciales derribaron nuestra casa, como muchas otras, pero teníamos dinero para construir una nueva. Fue por esa época cuando yo ingresé en el Ejército Popular de Liberación, en Yenán. Tenía quince años.

En 1958 mi pueblo entró en la comuna. Durante los años que siguieron el país tuvo dificultades, calamidades naturales y la retirada de la Unión Soviética, pero no lo pasamos mal en mi aldea porque las cosechas fueron abundantes y se vivía mejor. Fueron tiempos difíciles para China porque tuvo que reembolsar rápidamente las deudas que había contraído con la URSS.

De niño fui a una escuela primaria y a continuación a otra de curas cristianos que mis padres pagaban con enormes sacrificios. Pasé mucha hambre, pero estaba empeñado en estudiar. En la Universidad de Yenán fui ayudante de enseñanza de marxismo-leninismo. A continuación me entrené en una escuela de mantenimiento de la seguridad pública. En 1955 trabajé en Urumchi, capital de Sinkiang. Anteriormente estaba en Altai. Por solicitud mía, ingresé en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Xian y estudié ruso durante cuatro años. El comité del Partido me mandó después a Pekín, y allí continué estudiando dos años más. En ambas ciudades había uno o dos meses de trabajo manual en el campo durante el año escolar. Seguía cobrando mi sueldo. Domino mejor el ruso que el español, aunque lo voy olvidando. Trabajé y practiqué con rusos.

En 1965 hacían falta profesores de español, así que escogí esta lengua. Sólo la he estudiado ocho meses con un profesor español, así que mi nivel es muy bajo. Lo más difícil para mí es la conversación ,la fonética y la comprensión. Me cuesta especialmente trabajo pronunciar la s y dar entonación a las frases. Comprendo peor a los de América Latina, a los cubanos. Mientras estudié no sabía si iba a ser profesor, traductor o intérprete. Supe que había un puesto en Xian y lo solicité porque mi familia vivía aquí.

En el instituto pago un yuan y medio de alquiler, más cincuenta fens de electricidad. En mi casa lo mismo. Tenemos una sola habitación. Somos cuatro, con dos niños. Al mes gasto en la cantina unos quince yuanes. El material de enseñanza corre a cargo del instituto. Gano sesenta y cinco yuanes mensuales y no ahorro nada, tengo deudas, no me administro bien. Disponemos de aparato fotográfico, bicicleta, reloj y radio. Máquina de coser no. Mis hijos nacieron en el hospital y disfrutamos de seguridad social gratuita. Los días de fiesta trabajo en casa; siempre se junta mucho que hacer. También leo, voy al cine. En las vacaciones estudio. He estado tres meses haciendo trabajo manual en el norte de la provincia de Shensí. Me gusta más que enseñar, descansaba más. Nunca salí de China, pero visité casi todo el país excepto el Tíbet.

De extranjeros, he conocido, como dije, a rusos y españoles. En cuanto a libros, he leído a Marx, Engels, Lenin, Stalin, Tolstoi, Turgueniev, Brenski, Pushkin, Christophe, Twain y otros.

Soy miembro del Partido. Participo en el instituto en las reuniones de la célula y en los grupos de estudios marxistas y movimientos políticos de crítica. Opino que la Revolución Educativa plantea problemas complejos, como los de la reforma de métodos de enseñanza y del sistema de exámenes.

Me gustaría conocer España y otros países.

 

 

 

Encuesta a C.

Tengo veintinueve años, soy profesor, soltero. Vivo en el instituto durante el año escolar y voy a casa de mi familia, en Pekín, durante las vacaciones. Mis padres son los dos profesores. Somos siete hermanos. Mi padre gana ahora unos cincuenta yuanes mensuales y mi madre antes de jubilarse unos sesenta. Ahora, jubilada, cuarenta al mes. Mi familia era de clase media, pequeña burguesía. Vivíamos mejor que muchos pero con dificultades. Por ejemplo: mi hermana mayor antes de 1949 no pudo terminar sus estudios de secundaria por falta de dinero y hubo de aprender el oficio de comadrona. Entre 1949 y 1960 los demás hermanos terminamos los estudios universitarios con becas. De esta forma, cuando algunos se graduaron, la acumulación de salarios mejoró la situación familiar.

Mi casa era una de ésas típicas de Pekín, con varios apartamentos que se abren a un patio central común cuadrado. Mi familia tenía tres habitaciones grandes y una cocina de carbón. Los sanitarios eran comunes. Había estufas de carbón, electricidad y agua corriente. Comíamos bien, huevos, carne. He tomado alguna vez leche de vaca.

Mi escuela era del Estado, mixta, gratuita; sólo se pagaban los libros, los cuadernos y un yuan y medio por semestre para gastos de agua caliente y limpieza. Hacíamos algún trabajo manual sencillo, como ayudar a transportar verduras, limpiar, plantar árboles. Entre los nueve y los quince años fui pionero. Llevábamos pañuelo rojo como símbolo de la bandera nacional y nos saludábamos poniendo los cinco dedos sobre la cabeza. Esto significaba que teníamos presentes los cinco amores: patria, pueblo, ciencia, trabajo y bien común, y que los intereses del pueblo estaban por encima de todo. Para ingresar en los pioneros había que ser presentado por dos miembros y era necesario que se aprobara la solicitud. Entre nosotros mismos fijábamos nuestras actividades de reuniones, trabajo manual, etc. Los niños de mi grupo solían elegirme a mí y yo estaba muy orgulloso. En cierta ocasión no me eligieron. Volví a casa muy deprimido. Recuerdo que mi madre me dijo que así no me enorgullecería demasiado. Estaba triste y aquel día empecé mi diario.

Recuerdos que me impresionaron…..Durante una charla entre pioneros y padres de héroes de la guerra de Corea, uno de ellos narró cómo su hijo se había sacrificado tapando con el pecho una brecha de una fortaleza Me causó una gran impresión. Otro recuerdo es de la primera y única vez que me pegó mi padre cuando tenía nueve años porque creyó que había pegado a mi hermanito, que estaba enfermo y se cayó de la cama cuando estábamos jugando.

Mi escuela secundaria, gratuita y no mixta,  era la mejor de Pekín y muy pocos lograban entrar a ella. Sólo otro de mi grupo y yo aprobamos el examen de ingreso y fuimos admitidos, recomendados también por nuestros profesores. Había una asignatura de política en la que estudiábamos las clases, la lucha de clases, la vía socialista y la comunista y la historia del desarrollo de la Humanidad. Me gustaban mucho los libros y desde primer grado leía novelas y periódicos. Recomencé mi diario con regularidad. En 1958, durante el Gran Salto Adelante, siguiendo la directiva del Presidente Mao “La enseñanza debe estar al servicio de la política proletaria y combinarse con el trabajo productivo.”, mi escuela se puso de acuerdo con una fábrica de transformadores, que montó dos talleres en ella, y cada mes los alumnos trabajaban allí algún tiempo junto con los obreros. Disfrutábamos así tanto como estudiando porque hacíamos algo. La mayoría queríamos ir al campo en la época de vacaciones para integrarnos con los campesinos.

En la Escuela nº 2 de Lenguas Extranjeras de Pekín entré por examen. Todo corría a cuenta del Estado excepto la comida, pero se subvencionaba la cantina a los que lo precisaban, y recibían incluso algún dinero de bolsillo. Las clases eran mixtas y los estudios duraban tres años. En las sesiones de trabajo manual construimos nosotros mismos el campo de deportes y el muro del recinto; trabajábamos además en el campo un mes. Cuando ingresé en Peita, la universidad de Pekín, los estudios duraban cinco años.

Yo había pedido estudiar español a causa del triunfo en 1959 de la revolución cubana. Mis gustos siempre fueron literarios y leía tanto como me era posible. Me interesaba sobre todo ser profesor o traductor. Intérprete me parecía demasiado simple. Nuestros profesores de consulta eran chinos y los que nos daban clase extranjeros: un español, que fue el único con grado de doctor, un argentino, una uruguaya y un cubano. Mis mayores dificultades con la lengua española son la distinción entre oclusivas sordas y sonoras, la pronunciación de la rr y la diferenciación entre z y s. También me como algunos sonidos al hablar. En gramática me cuesta el empleo del subjuntivo. En comprensión y conversación me falta vocabulario, pero lo suplo fácilmente con síntesis y giros.

No he hecho el servicio militar porque los universitarios no deben ir si no hacen falta y en el campus había entrenamiento miltar. Trabajé dos años en el campo, en una granja del Ejército Popular de Liberación, para transformar mi concepto del mundo. Cuando me gradué la Universidad me envió a este puesto sin que yo lo escogiera. Mi trabajo me gusta. Tengo en el instituto una habitación compartida por la que pago setenta y cinco fens (céntimos de yuan) mensuales y quince yuanes al mes por las comidas en la cantina. El material de enseñanza me lo da el centro. El mes que viene me aumentan el sueldo a cincuenta y ocho yuanes con cincuenta fens. La asistencia médica es gratuita. Tengo máquina fotográfica, bicicleta, reloj y radio.

Voy a Pekín dos veces al año en vacaciones, una pagada por el instituto y otra por mí. Las horas libres y los días de fiesta leo novelas y documentos, hago visitas, charlo con los colegas. En el instituto hacemos trabajo manual una tarde a la semana. Además, a partir de la Revolución Cultural, todos los cuadros deben  ir a trabajar en la Escuela del 7 de Mayo durante tres meses seguidos por turno. Pueden ir acompañando a los alumnos.

Respecto a los extranjeros, sólo he tenido contacto con mis profesores. Creo que son amigos, que trabajan con entusiasmo, aunque algunos a veces se muestran poco amistosos. Los occidentales son muy distintos, son espontáneos, expresan lo que sienten. Los chinos son reservados. Me llama la atención en los extranjeros su mayor fuerza y salud física. Tienen más energía que los chinos, más curiosidad, mucho entusiasmo por conocer China y apoyarnos moralmente.

He leído obras de Heredia, Schiller, Martí, Galdós, Tolstoi, Shakespeare, Balzac, Cervantes, Shelley, Gogol, Swift, Merimée, Goethe, leyendas mitológicas griegas, libros de Mora, Gorki, Chejov y de otros autores latinoamericanos y marxistas. Nunca he estado en el extranjero pero he viajado por casi toda China.

Respecto a la formación política, nos reunimos una vez por semana, por la tarde, para estudiar autores marxistas. También tenemos reuniones especiales de la sección de español. Hay además actividades de la Liga de Juventudes Comunistas en las que se discute, se practica la crítica y la autocrítica y se escuchan informes de obreros, campesinos y soldados. No soy miembro del Partido pero espero con entusiasmo ser admitido en él. Respecto a la Revolución Educativa, opino que se precisan intelectuales de nuevo cuño que estén al servicio de las masas, y no élites escogidas y separadas del pueblo al estilo antiguo.

Me gustaría conocer América Latina. También España.

 

 

 

Encuesta a F.

Tengo veintiocho años, soy profesora, casada desde hace cuatro meses, sin hijos. Mi marido, también profesor, enseña en un instituto de la provincia de Seztchuan. Resido en el instituto. Mi familia es de Pekín, mi padre trabajaba de obrero en una fábrica y ganaba unos setenta yuanes mensuales. Mi madre se dedicaba a las labores de casa. Éramos cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas. Ellos empezaron a trabajar en 1960. Nuestra casa tenía tres habitaciones y una cocina. Los sanitarios eran comunes y estaban fuera. Había un patio central con una palmera datilera. Teníamos agua corriente, estufa de carbón para calentarnos y guisar y luz eléctrica. Comíamos bien. He probado la leche, pero rara vez.

Mi escuela era mixta y costaba cuatro yuanes anuales. A los trece años pasé a la escuela secundaria, que era sólo de niñas y costaba diez. En la escuela primaria no había trabajo manual; sí en la secundaria, íbamos unas cuatro horas por semana a trabajar al campo o a la fábrica. En ambas se estudiaba política.. Mis mejores recuerdos de esta época son de 1958. Era el Gran Salto Adelante. Los peores son las malas notas en la escuela porque no era buena estudiante.

A continuación pasé a la enseñanza superior. Para ello había que presentar una solicitud y aprobar el examen de admisión. Entré en una filial del Instituto de Lenguas de Shanghai y estudié tres años. Todos los gastos corrían a cargo del Estado excepto los libros de texto, que pagaba mi padre. Escogí español porque hacían falta traductores para América Latina, pero la finalidad de mis estudios era ser profesora. Mis mayores dificultades en esta lengua son la distinción entre oclusivas sordas y sonoras, la sintaxis y la redacción; pero sobre todo me cuesta mucho hablar. Mis profesores fueron dos chilenos y los demás chinos.

He trabajado en el campo; estuve en la provincia de Hopei e hice artículos para el Comité del Partido Comunista sobre la situación rural.

Llegué aquí porque necesitaban gente que supiera español y me mandaron a mí. Tengo una habitación compartida por la que pago medio yuan mensual. Las comidas en la cantina me cuestan quince yuanes y gano cuarenta y ocho al mes. El material de enseñanza me lo proporciona el centro. Ahorro unos quince yuanes mensuales. No tengo cámara fotográfica ni máquina de coser. Sí bicicleta, reloj de pulsera y radio. En el instituto dispongo de asistencia médica completa gratuita.

Como vivo separada de mi marido no necesito anticonceptivos. Le veo en las vacaciones, dos veces al año. En mi tiempo libre voy al parque, a veces a nadar. Como los demás, hago trabajo manual, en la construcción de viviendas, medio día a la semana.

Los únicos extranjeros que he conocido eran mis profesores: chilenos, cubanos, bolivianos, y ahora una española; me parece distinta de los sudamericanos. Respecto a los chinos, los extranjeros tienen costumbres distintas. Me llama la atención su franqueza, dinamismo y entusiasmo.

He leído sobre todo libros de autores extranjeros marxistas, y algunos que no lo eran. Conozco a Lillo, Palacio Valdés, León Tolstoi, Pushkin, Turgueniev, Dostoievski, Maupassant, Molière, Twain, Hemingway, Tagore. Nunca estuve fuera de China, pero he viajado bastante por mi país.

Respecto a mis actividades políticas, estudio las obras marxistas con la ayuda del profesor H. Hemos dedicado a esto un mes juntos, en verano. Participamos en la crítica a Confucio y Mencio y en la Revolución Educativa. Nos reunimos todos para hablar de la situación mundial dos o tres veces al mes.

Durante la Revolución Cultural fui guardia roja, estuve, con los demás, en Pekín y vi al Presidente Mao. Después hicimos un viaje pie de dos meses, hasta Yenán, en recuerdo de la Gran Marcha. No soy miembro del Partido pero participo en  todas las actividades políticas. Me parece muy necesaria la Revolución Educativa, pero difícil por las influencias burguesas y revisionistas que aún existen y por la falta de experiencia profesional de los profesores jóvenes.

Me gustaría conocer América Latina.

 

 

 

En los relatos sorprende, de entrada, una diferencia generacional que no justifica la distancia biológica. Hay un lapso de una decena de años entre M. y H. y los dos profesores más jóvenes. Sin embargo en el tono de los dos primeros, en su horizonte y actitud, se percibe una fisura respecto a los segundos. M. tenía dieciséis años, H. diez en 1949, mientras que las vidas de C. y F. se han desarrollado, excepto la primera infancia, enteramente en el régimen actual, sus primeros y fuertes recuerdos están unidos a él y la Revolución Cultural les ha hallado al final de sus estudios superiores, jóvenes pero no adolescentes1.

La cooperante siente que no se engaña ni superpone juicios propios cuando observa el efecto que ha producido en M. y H. el alcance de sus experiencias vitales. También sabe que no puede probarlo, que palabras, gestos, comportamiento y detalles hablan en la mujer de cuarenta años y en el hombre de treinta y cuatro de un antiguo espacio de tiempo ajeno a los posteriores moldes, en los que, por cierto, ambos se introdujeron con habilidad y presteza y de los que sacaron el material para edificar sus vidas. Hubo dos infancias, penosa y campesina, marcada por la voluntad, en el uno, urbana y de activa clase media en la otra. Ninguna pertenece a los manuales ni se acomoda a los clichés que desgranan los manidos textos. En ambas existieron expectativas orientadas hacia un proyecto individual. Sus colegas más jóvenes ya han recibido, en la escuela primaria, el marco del proyecto completo, bien soldado, definido en el espacio y en los años venideros, repetido y único.

Los cuatro relatos, por su número, no pueden tener la menor pretensión de encuestas, pero sí admiten la generalización propia de su medio planificado, e incluso hablan, con la elocuencia que permiten las circunstancias, del conflicto con la URSS, el comportamiento sexual, el nivel de vida y la visión del mundo exterior. Las respuestas están, por supuesto, filtradas, mediatizadas y recortadas según una ideología precisa, pero hay, en la evidencia de este control, cierta inocencia que impide hablar de franca hipocresía, un condicionamiento y limitaciones que sitúan a aquellos profesores en un limbo semirrural, en una representación continua de papeles modélicos que cada cual recitaba según sus posibilidades y que no podía evitar mezclar con retazos ocasionales del tejido de su vida.

Según esto, el país que existía antes de lo que los calendarios oficiales señalan como fecha de la Liberación poco tenía de página en blanco o páramo medieval, sino que bregaba con la incorporación al mundo moderno; existían escuelas estatales de calidad, baratas y mixtas, en las que materias en desuso como oratoria y declamación fueron reemplazadas, según avanzaban los años cincuenta, por política y trabajo manual. En el campo, el salto de la primaria al nivel superior representaba un notable esfuerzo económico. Estos centros, llevados con frecuencia por misioneros cristianos, eran, pese a su coste, apreciados por su nivel y a las aulas acudían también, aunque en porcentajes mínimos, algunas muchachas. Yenán, los soviets chinos, el Ejército Popular y el Partido constituían, según las insistentes normas de Mao, núcleos de educación, formación y organización posterior de la vida profesional de sus miembros. El sistema de exámenes se ha ido manteniendo, bajo diversas formas, durante todos los avatares políticos y las pruebas han continuado siendo duras y selectivas, aunque los funcionarios disfrutasen, una vez superadas éstas, del mantenimiento de su nivel económico y de una progresión y jerarquía estables. En el caso de centros superiores de lenguas, el estudio se concentraba en las materias esenciales: idioma extranjero, chino, política y gimnasia. El pragmatismo comparte el espacio docente con las preceptivas política y formación paramilitar pero rehúsa la dispersión y tiende al mayor aprovechamiento. La ruptura chino-soviética de 1960 concentra el aprendizaje del ruso en fines militares y hace que, por disposición estatal, los profesores se reconviertan en otras lenguas como el inglés, francés, español o árabe. Mientras, las campañas sacuden cada vez más el mundo educativo y alargan las estancias en campo y fábricas.

Cuando llega la Revolución Cultural M. tiene treinta y tres años y H. veintisiete. Se unen, por supuesto, a sus estudiantes con el redoblado fervor del reo potencial. Aunque son miembros del Partido, su grado en el escalafón es modesto y su influencia en las altas esferas mínima. Participan en críticas, autocríticas, debates, desplazamientos y actividades plastico-musicales de adhesión al pensamiento maotsetung. Diariamente, frente al retrato de Mao, ejecutan una danza, Libro Rojo en mano, en homenaje del Líder, le confiesan sus faltas, expresan sus buenos propósitos y entonan alabanzas. La cooperante les pregunta, con fingida candidez, si a nadie se le ocurría que tales prácticas eran un tanto ridículas, y ellos responden que en aquellos tiempos era inadmisible negarse a ello. Aquellos tiempos no son tan lejanos, pero los profesores chinos parecen haber desarrollado un curso acelerado de la teoría de Darwin y les caracteriza cierta ductilidad inalterable según la cual son capaces de adaptarse sin fracturas a los cambios de corriente, que reciben con equitable e idéntico entusiasmo y olvidan con la misma prontitud. El fugaz destello de un horizonte distinto que cree entreverse en M. y H. va desapareciendo con la aproximación al presente; ninguno de los cuatro planteará, ni por lo más remoto, la menor objeción, asomo de análisis o duda respecto a la actual campaña de la Revolución Educativa. Las palabras-fetiche burgués, revolución, masas son siempre manejadas con pinzas que impiden la  fractura de su cáscara y vetan todo examen semántico de su interior. C. y F. han vivido el 66-67 con la efervescencia de los veinte años, y a los entusiasmos verbales de rigor se añade quizás el aura que reserva la memoria a los grandes recuerdos de la juventud Pero con la aproximación de la treintena el descenso de temperatura les obliga a volver la vista hacia el previsible paisaje que rodeará su madurez. De hecho, durante largos años tras este 1973 en el que los relatos transcurren, uno y otra vivirán en Xian, se reunirán con su familia o su pareja raramente, se casará con su novia C. sin vivir juntos por ello, tendrá un hijo, que cuidará sola, F. Ninguno podía suponer el futuro que, como premio, les reservaba, el Líder al que, mezclados con el millón de frenéticos guardias rojos, aclamaron en la plaza de Tien An Men.

Ninguno concebía, ni citaba, contactos libres con extranjeros. Numerosos o escasos, cuantos habían tenido se resumían a relaciones de trabajo, dotadas, pues, de una justificación oficial. Esta falta de contacto con la lengua viva se había transformado en separación completa durante los años en el campo. Se explicaban así su inseguridad, su férreo recurso a la memorización de gramática y diccionario; llegados a terrenos faltos de señalización gramatical o impredecibles, como la entonación, se encontraban perdidos. Su tenacidad y ahínco resultaban con frecuencia sorprendentes. Eran las únicas armas que poseían para afianzarse en un medio en el que, de todas maneras, no existían grupos académicos que pudieran hacerles sombra, y con ellas lograban un meritorio nivel

Los cuatro, y de manera muy especial los dos hombres, han sobrenadado en virtud de unos rasgos personales y una base que les ha hecho imponerse a las circunstancias. Pero nada hubieran logrado de no unir a esas cualidades una impecable actitud respecto a la doctrina oficial. M. era en extremo vivaz y diestra en sacar partido de la coyuntura. H. poseía una tenacidad autodidacta fuera de serie y un perfil de inconfundible aparatchik. En el caso de C. se unían una extraordinaria inteligencia y una formación académica muy completa y larga; había una abismal distancia entre su nivel cultural y lingüístico y el de F., primario y lastrado por la timidez de sus carencias. En el foso que había entre intelectuales de la talla de C. y profesores formados posteriormente podía apreciarse la profundidad de la fractura de la Revolución de los sesenta y el empobrecimiento cultural que su reduccionismo había generado.

El regateo con la dirección del instituto había reducido a seis las solicitadas encuestas a los veinticinco alumnos de español. Se remitieron, meses más tarde, a la cooperante por correo, rasgo que, teniendo en cuenta el sistema, siempre será digno de agradecer.

La homogeneidad de respuestas de estos alumnos de segundo año, tres chicos y tres chicas, ha aconsejado cierta condensación. Todos tienen entre veinte y veintidós años y de dos a cuatro hermanos. De sus padres, tres son cuadros, uno está en el Ejército, el otro es obrero y el otro minero. De las madres, una es dependienta, otra obrera, otra está en el Ejército, otra trabaja en el campo en una comuna, una se dedica a sus labores, y en un caso no se cita a la madre. Los alumnos dicen haber trabajado en el campo como jóvenes instruidos.

A la pregunta sobre los cambios ocurridos en su familia y modo de vida, responden de la siguiente forma:

Antes de 1949

Chicas

A-Vivíamos en la miseria.

B-Mi familia vivía en el campo. Mi padre servía en el Octavo Ejército. Todos vivían en la miseria.

C-Antes de la Liberación mi padre trabajaba en una fábrica pero ganaba poco. Toda mi familia pasó mucha hambre y privaciones. Como no tenía dinero, murió un hermano mío cuando era muy niño. Mis hermanos no podían ir a la escuela.

Chicos

D-Mi pueblo natal se hallaba en la zona montañosa de Pekín. Era poca la tierra cultivada. Mi abuelo y mi tío trabajaban en la mina para los patrones y dejaban la tierra a otros familiares porque eran siete bocas. Su vida era de miseria.Un año de malas cosechas abandonaron mi pueblo natal para buscar la forma de vivir. En el camino murieron mi tío y un hijo suyo.

E-Peor.

F-Antes de la Liberación toda mi familia vivía en la miseria. Apenas tenían tierra y sólo una habitación. Mi abuela y mi padre se veían obligados a trabajar para un terrateniente. Casi no tenían ropa ni comida. Pasaban hambre y vivían cubiertos de harapos.

Entre 1949 y 1958

Chicas

A-Nuestra vida mejoraba poco a poco.

B-Toda mi familia vivía en Pekín. Las condiciones de vida han cambiado mucho.

C-Después de la Liberación el poder de Chiang Kai-shek fue derribado. Los trabajadores se hicieron dueños del país. La vida de mi familia ya ha cambiado mucho. Tenemos buenas condiciones de vida. Todos mis hermanos fueron a la escuela. Eso se debe al poder popular.

Chicos

D-Después de la Liberación los pobres mineros se hicieron dueños de la mina. Mis padres trabajan en la mina. Mi casa se trasladó a las nuevas viviendas. Mi padre, un pobre aprendiz en la vieja sociedad, ingresó en el Partido Comunista de China y tomó el cargo de cuadro en la empresa socialista.

E-Mejor.

F-Después de la Liberación toda la familia recibió tierra y seis habitaciones. Después del movimiento de cooperativización agrícola vivimos cada vez más felices. En 1951 mi padre participó en el trabajo revolucionario. Mi madre toma parte en el trabajo de agricultura.

Entre 1958 y 1973

Chicas

A-Llevamos una vida más feliz cada día que pasa.

B-Como todos mis hermanos empezaron a trabajar,la vida de mi familia se elevó a un nivel mucho mejor que antes.

C-Durante estos años mi familia cambió mucho. Mis cuatro hermanos tienen trabajo pero dos no trabajan en esta ciudad. Mi hermanita estudia en la escuela. Yo soy la primera estudiante de mi familia.

Chicos

D-Mi familia tenía por primera vez tres miembros de ella estudiantes de escuela secundaria. Yo llegué a ser el primer estudiante de mi familia.

E-Mucho mejor.

F-No responde.

 

¿Dónde está su casa?. Breve descripción del pueblo o ciudad.

Chicas

A-Está en el sur de la provincia de Shensí. Mi pueblo es pintoresco y ameno. Cerca de él se extiende una montaña, al subirla se puede contemplar el panorama y los campos bien cultivados abajo.

B-Está en Pekín, que es una ciudad conocida por todos.

C-Está en Xian. Ésta es una de las ciudades más grandes. Es famosa por su cultura antigua. La pagoda del Gran Ánsar, de sesenta y cuatro metros de alto y de siete pisos. En los suburbios orientales se encuentra el museo Pampoo; es una aldea de la sociedad primitiva. En el centro de la ciudad están la Torre de la Campana y la del Tambor, que se utilizaron antiguamente para avisar de la hora.

Chicos

D-Mi casa está en las afueras de Pekín. La vía ferroviaria se extiende hacia el fondo del valle. Junto a ella hay una carretera por la que van y vienen los camiones cargados, y al pie del valle se establecen las minas modernas. A sus lados están los barrios residenciales de los obreros, que tienen grandes almacenes, hospitales, centro de correos y escuelas primaria y secundaria. Los mineros trabajan con gran empeño. El Gobierno les da buenas condiciones de vida. A todas horas en todo el valle reían un ambiente de alegría y energía.

E-Mi casa está en la ciudad de Wuhan, de la  provincia de Hopei. Es una de las grandes ciudades de nuestro país. Es bonita y moderna.

F-Mi casa está en la provincia de Seztchuan. Después de la Liberación hay muchos cambios en mi pueblo. Construyeron obras hidráulicas, canales, embalses, instalaciones eléctricas, nuevas viviendas y quince escuelas primarias. Plantaron más de doscientos mil árboles. La producción fue excelente. Ahora están esforzándose por hacer realidad la mecanización del campo.

Respecto a la descripción de su casa, ninguno entra en detalles y se limitan a enumerar algunos enseres y la existencia de agua corriente o de pozo, electricidad y cocina o estufa de carbón y leña. Añaden que están satisfechos y que, gracias a la dirección del Partido y del Presidente Mao, han mejorado y no les falta de nada. No tienen tierra propia ni animales, excepto en el caso de F., en cuya casa crían aves de corral y cerdos. El ajuar comprende bicicleta, reloj, radio y, aveces, máquina de coser y cámara fotográfica. Suelen comprar ropa y calzado hecho, aunque en ocasiones lo cose la madre.

Respecto a la alimentación, todos afirman que es muy buena y mejor que antes (la indispensable apostilla se refiere a un tiempo anterior al 49 que en realidad no han conocido y subraya también la continua mejora debida al Partido). Cuando hacen hincapié en la abundante presencia de verduras en la dieta añaden que éstas son más alimenticias-nunca que la carne escasee, como es el caso en el menú cotidiano-. Por la misma razón si no poseen un objeto en vez de no lo tenemos escriben no lo necesitamos. B. dice que Los cocineros de nuestro instituto tienen un alto nivel de hacer la comida. Por eso todos los días comemos cosas ricas, como panecillos, arroz, torta frita, raviolis, empanadas, tortitas de harina fritas…y diversas verduras, como col, pepino, apio, cebolla, berenjena, calabaza…También comemos carne, huevos, pescado, gallina, carne de vaca, de oveja…En las fiestas mejor. Excepto en el caso de B. y por motivos de salud, ninguno dice haber tomado, ni querer tomar, leche.

Respecto a los ingresos, presupuesto y ahorro familiar, o los ignoran o hablan de ello vagamente.

La homogeneidad de las respuestas se intensifica al llegar a las preguntas sobre su situación personal y su vida antes de llegar al Instituto de Lenguas de Xian.. Todos dicen que participaron en la Revolución Cultural, que interrumpió sus estudios en la escuela, y después trabajaron en el campo entre dos y tres años, excepto en el caso del muchacho soldado, que ya servía en el Ejército. El mejor recuerdo de los seis jóvenes es su entrada en la escuela y en la organización de los pequeños pioneros rojos. No hablan de malos recuerdos. De su infancia, recalcan su temprano deseo de aprender y de servir a la patria. Sus colegios eran amplios, buenos y bonitos.

Los seis declaran haber visto extranjeros en la calle o en el cine pero, exceptuando su profesora actual, no han tenido jamás contacto con ellos.

A la pregunta sobre su pasada actividad laboral, horario, sueldo y elección del puesto de trabajo, responden todos únicamente que, en efecto, han trabajado en el campo con jornadas de ocho horas o más. Insisten en que es necesario seguir las directivas del Presidente Mao y dedicarse al trabajo manual y aseguran que sus condiciones de vida eran buenas.

En el plano político, los seis han sido guardias rojos durante la Revolución Cultural y, de pequeños, pioneros. Luego ingresaron en las Juventudes Comunistas. El mayor deseo de todos-excepto de un muchacho que ya lo había logrado-era ser miembro del Partido, y su impresión más intensa fue ver con sus propios ojos al Presidente Mao en Tien An Men.

En cuanto al procedimiento de ingreso en el Instituto de Lenguas, las respuestas son literalmente las mismas, con levísimas variantes:

Me alisté por mi voluntad, recomendado por las masas-campesinos pobres y campesinos medios de la capa inferior, ratificado por los dirigentes, aprobado por la célula del Partido y revisado por los directores del Instituto.

Respecto a la elección del español, los seis aseguran que les agrada el estudio de esta lengua y que se han dedicado a ella por directiva del Partido, que precisa traductores e intérpretes de castellano. También afirman estudiarlo para propagar el marxismo-leninismo y pensamiento maotsetung y apoyar la revolución mundial. Sus dificultades de aprendizaje coinciden en buena parte con las de los profesores.

Todos dicen gozar de buena salud (ésta es, además, requisito-según descripción del proceso de selección- en su ingreso en escuelas superiores) y disponer de asistencia médica gratuita.

Llegados a la pregunta sobre su diversión favorita en horas libres y días de fiesta, la homogeneidad es de nuevo clamorosa: los seis dedican sus ocios a estudiar marxismo-leninismo y pensamiento maotsetung; también a hacer labores útiles para sí o los demás, ir a pasear, de visita, hacer deporte, asistir a espectáculos, leer, tocar instrumentos, escribir.

La anterior homogeneidad se ve superada por las respuestas a la opinión sobre el periodo de trabajo manual-un mes al año-y los mejores y peores recuerdos de éste. Existe un acuerdo con una fábrica de estampados y tintes y el instituto, que siempre envía allí a los alumnos. No hay malos recuerdos. Beneficia al pueblo. Los obreros nos trataban con mucho cariño. Esto me impresionó profundamente. Trabajan con ahínco y energía día tras día, año tras año, haciendo contribuciones a la construcción socialista. El completo cambio y el futuro luminoso me estimulaban a estudiar con entusiasmo. Aprendemos de sus grandes espíritus y superiores calidades. Estamos decididos a seguir las enseñanzas del Presidente Mao y convertirnos en trabajadores cultos y con conciencia socialista. Siento que hayamos estado tan poco tiempo.

En cuanto a sus proyectos de futuro, los seis aseguran no tener deseos personales, sino que éstos se identifican con la voluntad del Partido y las necesidades del país y de la revolución, que les asignarán destino.

La pregunta número treinta y dos, que reza ¿Le gustaría vivir solo, con amigos, con su familia?. ¿Piensa casarse?. ¿Cuándo?. ¿Cuántos hijos quisiera tener? es, de todas, la que más pasan por alto estos jóvenes de veinte a veintidós años. Como máximo, se refieren a ella indirectamente, respondiendo que ahora no es momento para ellos de pensar sino en el estudio y en cumplir bien las tareas que les ha encomendado el Partido. Dicen preferir la vida comunitaria.

A ¿Cómo imagina el futuro de China y del resto del mundo?.¿Qué país le gustaría más visitar? la respuesta general consiste en largos párrafos en que se afirma la confianza en la victoria de la revolución mundial y la derrota del imperialismo, con el establecimiento del comunismo en el mundo entero. Creen que China se pondrá en breve en cabeza de los países industrializados. Ninguno indica qué país le gustaría visitar.

Cuando se les pide su opinión sobre la Revolución Educativa los seis evitan la respuesta, sea dejando el espacio en blanco, sea diciendo que el movimiento todavía se encuentra en estado experimental, o bien insertan algunas citas de Mao sobre el tema.

 

 

Hay, de nuevo, un salto de generación en el que la presión del medio se impone al hecho biológico. La diferencia con sus profesores es aproximadamente de una decena de años, pero existe un lapso ellos y sus mayores, una carencia de individualidad y horizonte que sólo la diferencia formativa explica. Son los jóvenes que todavía no habían nacido en el 49 y que se encontraban en la escuela, con trece, catorce, dieciséis años, cuando sobrevino la Revolución Cultural. Fueron los adolescentes guardias rojos, los que en todos los centros presentan como estudiantes de nuevo cuño obreros, campesinos y soldados. En realidad, vienen con frecuencia de ciudades y de familia de cuadros pero han pasado periodos largos de trabajo agrícola e industrial. Las respuestas, prácticamente calcadas, dan la foto-robot del muchacho anheloso de ajustarse al modelo propugnado por el régimen. En lo que escriben, ortográficamente corregido en rojo por un profesor, no puede esperarse la menor espontaneidad. Todos los moldes se superponen, desde la censura interiorizada hasta las hileras de clichés tomadas de traducciones en la lengua extranjera, pasando por los habituales sintagmas y enumeraciones de manual. Apenas puede decirse que mientan; simplemente reproducen lo que debe ser la verdad y que, por tanto, lo es para ellos. Se lleva más puntos en este ejercicio el que es capaz de introducir en cada pregunta la respuesta adecuada dada a ella por el Partido, Mao Tse-tung y las Actas del X Congreso. Los cuestionarios están, por cierto, atiborrados de citas no entrecomilladas, lo cual es perfectamente lógico puesto que, en el marco del sistema, sería inútil separar las consignas oficiales de la realidad o lo que debe serlo. Han hecho y enviado sus deberes, que les sirven de prueba para los guiones de conversación de los que se servirán quizás con extranjeros en su futura vida de intérpetes.

Naturalmente, sus familias de entre cuatro y siete hermanos-todavía no alcanzadas por la planificación familiar-prosperan desde el 49. El currículum, las expectativas y perspectivas son prácticamente corales, con detalles que ponen una pincelada de involuntario, y trágico, realismo en la impecable ortodoxia de sus relatos. Así, uno de los chicos cuenta cómo, durante la Revolución Cultural, destruimos a Liu Shao-shi y a su camarilla, y también vestigios burgueses y revisionistas, muchos retratos de Budas y no pocos templos de monjes, etc, etc…Muchísimo. Las hazañas que relata consisten en el vasto genocidio cultural que llevaron a cabo los guardias rojos dirigidos por las consignas de Mao y que redujo a ceniza y ruinas gran parte del patrimonio artístico nacional y, en el Tíbet, más del noventa por ciento de los monasterios.

En esta generación se ha cumplido-y ello no es rasgo vano-la completa socialización a cargo del régimen. Ellos aprendieron las primeras letras y frases en la guardería en forma de cantos al Partido y expresiones de amor al Presidente, supieron que el nombre de Mao reunía el conjunto de las bondades y que la blasfemia era inimaginable, pasaron de la casa-cuna al jardín de infancia, de éste a la primaria y de ahí a la escuela en un continuum de fidelidad carmesí esmaltado por una iconografía sencilla y un mecanismo de exigencia-respuesta cuyo manejo binario, al tiempo que puerilizaba y atrofiaba los centros de responsabilidad adulta, les proporcionaba generosas dosis de confortable seguridad y garantizada satisfacción. La dimensión individual, especialmente las opciones no comunitarias y el sexo, es relegada a la inexistencia, que funciona como alternativa a la perplejidad o la angustia.

Junto a la familia, dentro de ella y, llegado el caso, contra ella, las células del Partido les han encuadrado en diversos niveles de socialización desde su más temprana infancia, mostrando a pioneritos, pioneros y juventudes comunistas la única escalera cuyos envidiables peldaños finales eran los carnets de miembro adulto. A ello ha contribuido la prolongada ausencia del hogar que implican el extenso horario y las múltiples actividades de las escuelas, los periodos de trabajo manual, la participación en campañas, la eliminación de espacios individuales y susceptibles de ser empleados de forma opcional o solitaria. El modelo Yenán ha establecido una general canalización comunitaria y minuciosa.

Los silencios en ciertas respuestas tenían su contrapartida en el fácil recitado de citas, que estaba curiosamente ausente en el caso de la Revolución Educativa. No tengo opiniones maduras. responde C. Y esto significa que el Partido no había divulgado directivas y consignas explícitas al respecto; se enmarcaba en la prohibición que el subdirector expresara a la cooperante de enviar al extranjero información sobre esa campaña. En el sistema del Partido Comunista Chino-y cualquier otro de similar estructura-la reflexión y los datos se manejan de forma inversa a la dinámica propia del pensamiento libre: sólo puede ser considerado y difundido aquéllo que se autoriza, el segmento de la realidad que los dirigentes juzgan bueno traer a la superficie, oficializada, de la existencia.

La contradicción entre una realidad conocida por la cooperante-por ejemplo, el tipo de alimentación ofrecida por la cantina del instituto-y lo expresado en las respuestas no parecía preocuparles. Las afirmaciones sobre la bondad de las comidas eran manifiestamente falsas. Los alumnos no ignoraban que la profesora extranjera estaba al corriente de ello, e incluso de las quejas y críticas. Pero el cliché perfeccionista se imponía en las alabanzas al alto nivel profesional de los cocineros y a la exquisitez de los platos. Los estudiantes manifestaban, en general, en su expresión una distancia respecto a la experiencia palpable considerablemente mayor que la de los profesores, y ésta era evidente en las consideraciones sobre el futuro, dictadas por el desconocimiento y la prudencia. Sus justificaciones del aprendizaje del español eran de orden mucho más abstracto, con un vago tratamiento global de los países y sin referencias a amigos ni enemigos.

Nada, en fin, ofrecía alternativas, en el caso de los alumnos al recurso al formalismo y convencionalismo. Muy por el contrario, a su débil conocimiento de la lengua apuntalado con frases hechas se unía la precariedad de su status, la completa dependencia de las autoridades, representadas por la inmediata vigilancia de la célula del Partido, el destino incierto que les sería asignado en función de su comportamiento y fidelidad. Sus respuestas no se habían efectuado, como las de los profesores, durante una charla a solas con la cooperante, sino que constituyeron deberes escritos dirigidos y supervisados. Y además, de acuerdo con la percepción del concentrado lapso generacional y más allá de los condicionamientos de circunstancias, se apreciaba en aquellos jóvenes que habían cruzado el umbral de los veinte años un grado de madurez muy por debajo de su edad real.

 

Cajas Chinas

 Medianos, grandes, pequeños, edificios, recintos, aulas y despachos, todos podrían intercambiarse, sacarse de la gran caja donde se almacenan e imbrican, desplegarse sobre la mesa y volverse luego a guardar, ajustado cada uno a los ángulos del precedente.

Pero el centro de esta caja no es el del círculo, se encuentra arriba, en los escalones más próximos al poder. Así, aunque los institutos en los cuales la extranjera enseña se asemejen en el aplicado cumplimiento de la misma monotonía física, los diferencia de manera notable la proximidad del cuadro de mandos, de esa red burocrática y ese Recinto Prohibido tras cuyos muros rojos se libran afelpadas batallas de violencia mucho mayor, y con frecuencia efecto más mortífero, que Waterloo. Desde Pekín los institutos de provincias, la Xian lejana en el antiguo corazón de las tierras del oeste, resultan de una familiar confianza que hace más crudo el perfil descaradamente policial de los funcionarios de la severa ciudad del norte. La violencia de los enfrentamientos ha ido decreciendo con la distancia a las grandes urbes y ello explica las relativas benignidad y cordialidad de la población interior y antigua, su desconcierto y buena voluntad ante la desacostumbrada presencia de una extranjera, el inamovible peso de las limitaciones templado sin embargo por vetas de contacto humano inencontrables en la capital

El Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín es una caja más, nueva, similar, grande, destinada a acoger, además de a los estudiantes locales, a los funcionarios destinados al Exterior y a los extranjeros que aprenden chino. Hay, como de costumbre, gigantismo, inútiles espacios vacíos, ninguna concesión a la imaginación o la estética. La escasa población estudiantil, a la que casi igualan en número los profesores, rellena tan sólo una ínfima parte. Pese a la presencia impresionante del edificio central, con su altura alternada de blanco y gris y coronada de tejas amarillas, el utilitarismo no corre parejas con el confort, los ascensores aún no funcionan y la calefacción ya ha tenido tiempo de estropearse por deficiencias en las tuberías. El frío es glacial. La suciedad de los servicios y los lavabos atrancados contrastan con el blanco reciente de las paredes. La cantina de los profesores es un vasto hangar oscuro similar al de Xian con sufridas mesas de madera y muy pocos bancos y taburetes, de forma que la mayoría come de pie, lo que no facilita las charlas de sobremesa. Ante la sorpresa de la cooperante por la inexistencia de sillas en escuela tan moderna se le responde que antes había pero que los profesores se las llevaban a sus casas. Las pilas de bolas de carbón se amontonan junto a las paredes. Los tadzupaos recuerdan la campaña Pi-Lin, Pi-Kon! pegados a la entrada y suspendidos de cordeles en el interior como ropa puesta a secar, con lo que ponen al menos un detalle de variación en el color, si no en el contenido.

El centro, que se considera escaparate por albergar alumnado extranjero, es sin embargo al parecer un dechado de limpieza y claridad si se compara con otras escuelas de idiomas. La cantina para estudiantes foráneos resulta lujosa: luz, higiene, manteles de plástico, mesas, sillas y menús muy por encima en calidad, presentación y calorías de los servidos a los chinos. Incluso, en vez de llevar cada cual su tazón y palillos, dispone de platos, vasos, cubiertos y personal para retirar la vajilla sucia. En la cantina de profesores se come mucho mejor que en la del anterior centro de trabajo de la cooperante y todos los días figura en el menú un plato o dos con algo de carne. Las casas para profesores son similares a las de Xian y, pese a la juventud de los bloques, ya parecen opacas y usadas, limpias pero grises.

La sala en la que se efectúa la presentación es tan similar a otras salas y las palabras a otras palabras que la extranjera se sorprende a sí misma superponiendo por anticipado frases y objetos, en un mecanismo muy semejante al utilizado por los chinos. Pocos meses han bastado para adquirir el automatismo del esperado ritmo, por el que fluye sin el menor esfuerzo una materia cada vez más lejana de la observación y el pensamiento. Los que la rodean llevan inmersos en ello la mayor parte de sus vidas y cuanto dicen discurre como el aceite por un engranaje del que es previsible cada trazo. De nuevo el antiguo director de antes de la Revolución Cultural ha pasado a ser un subordinado del cuadro del Partido que le supervisa. La última parte de la presentación se dedica a establecer una línea divisoria entre el tratamiento ofrecido a los estudiantes extranjeros, que no pueden participar en las actividades políticas de los chinos como la Reforma Educativa y la crítica a Lin Piao y Confucio, mientras que los cooperantes sí. Esto da pie a una cuña sobre la posición china oficial, ilustrada con cita de Mao que distingue entre las necesarias relaciones diplomáticas y la distinción entre países e individuos amigos y enemigos. Así pues se ordena expresamente a la cooperante la discreción:

Las informaciones que ofrece la prensa occidental sobre China no suelen ser conformes a la realidad ni estar de acuerdo con nuestra posición política. El Primer Ministro Chou En-lai dio en el X Congreso del Partido el enfoque general

Los estudiantes extranjeros llegan a estudiar a China en virtud de tratados bilaterales con sus países y nosotros no sabemos qué clase de individuos son. Así pues usted no debe hacer comentarios con ellos sobre las actividades políticas en las que los cooperantes sí participan.

Pasan los días de una estancia de la profesora extranjera en este centro que desde el comienzo se preveía como breve y el tono no desmiente la rodada frialdad burocrática de la acogida. Estamos muy lejos de la improvisación de la aislada Xian. Ésta es una caja próxima a la cúspide, fronteriza de Asuntos Exteriores y en el tramo final que corona el Ministerio de Educación. Todo se mantendrá en los límites. Son impensables las charlas a solas con colegas chinos, los relatos de sus vidas, el sucedáneo de encuestas, las veladas en el solitario hotel. La frescura de un alumnado joven ha sido reemplazada por funcionarios cuya edad se sitúa entre los treinta y cinco y los cincuenta y tantos años. Su reserva respecto a empleos anteriores y destinos futuros es completa. Ciertamente es gente de cierta importancia puesto que han pasado la fina criba que tamiza el personal que sale al extranjero. Todos son hombres, lo que da que pensar respecto al acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad. Viven en el centro en régimen de internado aunque algunos tengan a sus familias cerca. La opacidad se intensifica por la falta de improvisación y espontaneidad durante el nuevo y tardío aprendizaje.

En los profesores de la sección de español hay una neta diferencia entre la generación que sobrepasan la treintena, con un nivel lingüístico más o menos aceptable y encargados de diversas actividades, y el grupo gris que vegeta y se mueve de forma tan borrosa que es difícil saber incluso su número. La irregularidad en la  asistencia a causa de reuniones, sesiones políticas, trabajo manual, etc, no deja finalmente tener ideas concretas sobre cuáles son sus tareas específicas. La cooperante no cree haber llegado jamás a ver a los diez profesores chinos de español (para catorce estudiantes) de los que el director le habló durante la presentación, pero sabe que estas diferencias entre cifras y realidades son el pan cotidiano en China. W que tiene más de cuarenta años, habla y gesticula con abundancia y cierta precipitación, con un dominio fruto de sus años de becario en La Habana. Cuenta que los estudiantes chinos durante su estancia permanecían juntos, en grupo, guisándose entre ellos, y que excluían toda relación sexual con las cubanas pese a la-explicada con sabrosos detalles-buena voluntad de éstas. Es patente el aislamiento y el rechazo a la integración (vetada además, sin duda, por consigna gubernamental) . W es un voraz lector y especifica con toda naturalidad:

Sí; ahora estoy con una novela cubana. Leo mucho en español porque como en chino no hay nada que leer….

Ts., algo mayor que W, es hombre silencioso, de exquisita cortesía y perceptible valor intelectual. En su juventud vivió en Tailandia con sus padres, regresó a China, estudió ruso, español más tarde, tras la Revolución Cultural estuvo en el campo y actualmente se dedica a la selección de material

Los esposos L y T. tienen unos treinta y cinco años. L da clase. Su marido, T., parece que no; su timidez y reserva impiden trabar conversación con él

Integran también la sección tres muchachas jóvenes extremadamente átonas. Sólo se las ve apasionadas y expansivas durante las partidas de ping-pong, que ocupan buena parte de su jornada laboral. Dos de ellas están casadas pero ninguna vive con su marido. El de H. está en África. El de L es soldado. Ella dará a luz dentro de un mes. Él no viene al nacimiento de su primer hijo porque está demasiado lejos. Ambas tienen profesionalmente la misma historia: estudiaron español tan sólo durante ocho meses, empezó la Revolución Cultural, trabajaron unos años en el campo y se incorporaron a partir de 1972 a la plantilla del instituto. No dan clase. La tercera muchacha estudió tres años en el Instituto de Lenguas del Ejército. Luego hizo portugués y trabajó un año como traductora. De 1967 a 1971 no ejerció, luego, del 71 al 73, trabajó en una fábrica y actualmente redacta materiales de enseñanza.

En realidad el currículum de esta generación más joven coincide en la fractura formativa, la ruptura académica de mediados de los sesenta y su epígono de destierro fabril y campestre que duró, por ejemplo, en el último caso siete años, y que continúa en ilustrados de los que la cooperante no tendrá noticia jamás. Al toque de las últimas consignas, la administración recupera antiguos profesores y estudiantes que, en el espíritu movilizador a toda costa del Gran Salto Adelante, han realizado obras con frecuencia inútiles, representan en las poblaciones rurales indeseables bocas de más o se almacenan en las granjas del Ejército llamadas Escuelas del 7 de Mayo. Estas cantidades ingentes de paro encubierto pasan a distribuirse, de forma confusa, en las diversas entidades, recubiertos los sujetos, cualquiera que sea su calificación, con el título de profesor. Aunque el Buró Político comience a pedir ahora resultados, el sistema tiene los pies lastrados por el cemento de su dogmatismo formal e inevitable que lleva a los cuadros a manejar contingentes, globalizar y hablar de resultados de manera siempre atenta a la imagen complaciente que deben mostrar a sus superiores, con perfecto alejamiento de un análisis objetivo y una inversión eficaz del capital humano que pasarían por reconocer diferencias de capacidad, especialización y calidad en absoluto compatibles con el credo igualitario y la práctica de gregarismo intercambiable. Revueltos en el mismo recipiente se hallan desde catedráticos veteranos hasta estudiantes que apenas han seguido un curso de español, etiquetados todos como-por seguir la terminología de la época-el frente de la enseñanza. Y esto en medio de la falta de planificación, de unificación de programas, textos y materias, y para colmo dentro de la confusa corriente de vagas directivas voluntaristas de la Revolución Educativa.

No se trata sólo, en el caso del Estado, de desorientación y vacilaciones en la atribución de puestos a los profesores vueltos del campo. La inseguridad no es eficaz pero sí es políticamente rentable, garantiza desmovilización y sumisión, sitúa permanentemente a los profesores, y nuevos licenciados, en un clima de ausencia de derechos que también implica la fácil, y perceptible, dejadez de los deberes, pero que resulta para las autoridades preferible al germen de reivindicación que conlleva el reconocimiento de la calificación profesional. La Burocracia-y esto es esencial para la exquisita pirámide de comisarios ideológicos-halla aquí terreno escogido y abundantes tropas de refresco, porque, de esta variada masa docente, sus sectores más ignorantes e incapaces adherirán con entusiasmo a la selección y exégesis de documentos, materiales, textos e informes, a cuya elaboración, discusión y corrección dedicarán la mayor parte de su fantasmagórico horario laboral

Las cajas por edades son, en este centro de Pekín, en extremo similares a las de Xian. La generación que realizó sus estudios superiores en los años cincuenta tiene un grado de conocimientos en general muy superior en todos los niveles al de los jóvenes. Esto se observa por supuesto en el plano profesional, pero lo que llama la atención en ellos es la existencia de una viveza, de una riqueza intelectual, que se echa en falta en generaciones posteriores, mucho más uniformizadas y estereotipadas y con un bagaje cultural infinitamente más pobre.

Si la seguridad es una cuerda, los métodos de aprendizaje y el contenido de los textos parecen hechos para ir cada uno cortando cotidianamente con su cuchillito una a una las fibras. La cooperante observa las clases dadas por chinos, el prefecto ambiente, con este alumnado adulto, de una primaria decimonónica, el recitado de las reglas gramaticales y de los verbos a coro, y la ausencia de diálogo, gesticulación y elementos plásticos y dinámicos. Las frases empleadas como ejemplos son consignas y están plagadas, como el vocabulario en general, de términos morales y expresiones de obligación del tipo deber, está bien, está mal, hay que, tenemos que. Hay un ensañamiento en los acertijos, en el uso de homónimos y sinónimos, que tiene mucho de tortura para estudiantes de nivel lingüístico tan modesto. Se insiste en la caza del error, y los que no hay que cometer se escriben en la pizarra. La clase de conversación consiste en dos alumnos que salen al estrado y se recitan allí el uno al otro el diálogo que figura en los manuales y han aprendido de memoria previamente. Cuando han terminado el profesor pregunta a los demás qué errores, que ellos han ido anotando, cometieron. Es notable que, en plena campaña de crítica a Confucio, la metodología resulte tan rabiosamente confuciana, con su moralismo y cuidado de las formas. De hecho, los contenidos, lo que se dice, carece de importancia, en el aprendizaje de lenguas como en la expresión habitual. Cuenta la sumisión adaptativa a un ritmo, a unas premisas cambiantes pero siempre fijadas y preceptivas.

Las actividades políticas son también un ejercicio que deleitaría, y arrancaría una sonrisa irónica, a Confucio. Nada más lejos de la efervescencia que sugieren que la dócil realidad, el apacible estudio de los documentos enviados por el Partido, que se muestran o leen a la profesora extranjera, según la consigna de participación, sin que se le permita tomar notas; todo es secreto y prohibido mientras no haya autorización expresa. En un caso se trata de fotocopias que son presentadas como el Plan cinco siete uno (u chi i, en la pronunciación china parecido a sublevación armada). Se trata nada menos que del cuaderno secreto del complot de Lin Piao contra el Presidente Mao, en el que figuran fotos de pilotos traidores y de un avión. Se incluye la confesión y descripción del complot realizada por un conjurado y una carta de Mao a su mujer, Chiang Ching, en 1966, en la cual ya expresaba sus reservas respecto a Lin. El desdén del Gobierno por la facultad de raciocinio de sus súbditos y por su inexistente capacidad de expresión crítica no puede ser mayor. Aquí tenemos al Gran Timonel dejando durante lo más florido de la Revolución Cultural las riendas y representación del movimiento a un dudoso mariscal que depone y dispone de vidas y destinos en un experimento a lo grande en un laboratorio poblado por millones de personas. Lin Piao ha pasado a figurar en el panteón inverso de los architraidores, sin duda porque la URSS ya estaba muy vista y el capitalismo incorporado a las exigencias de las relaciones internacionales y de la renovación logística.

La habitual y patológica afición china al secreto impedía también saber los porcentajes y procedencia de los estudiantes extranjeros. El dominio de la lengua no garantizaba ni mucho menos la integración. La cooperante charla con una muchacha japonesa a la que faltaba un curso para doctorarse en obstetricia en la universidad de Pekín. Toda su vida de veintidós años había transcurrido en China, donde residían sus padres, pero eso no era óbice para que anhelara vivamente, una vez obtenido su diploma, marchar al Japón, porque, según decía, se sentía aislada y extranjera. El conocimiento del idioma, el bajo nivel de ingresos, que los acercaba a la media local, y la supuesta cohabitación con chinos no eran, tampoco, determinantes en la asimilación de los estudiantes occidentales. Aunque se alojaran en los mismos edificios que los chinos no había un contacto significativo porque éstos formaban grupo aparte, especialmente las mujeres. Entre los chicos existía más relación con los extranjeros, visitas y charlas en los cuartos, pero la amistad quedaba ahí. Jamás un estudiante chino había invitado a salir con él un domingo o a ir a su casa a un compañero occidental, y las invitaciones generales a sus fiestas de éstos últimos eran siempre rehusadas por unos condiscípulos locales a los que estaba prohibido bailar y que solían quedarse en el instituto los días festivos alegando que Pekín estaba demasiado lejos y que debían estudiar. Les resultaba en extremo incomprensible que los occidentales se divirtieran, organizasen reuniones, saliesen, y sin embargo asimilaran y prepararan covenientemente la materia. El hecho de que, en sus largas charlas vespertinas con los extranjeros, emplearan el vocabulario y frases de la lección estudiada ese día apuntaba a motivos mucho más pragmáticos e interesados que el deseo de confraternización.

La siguiente caja fue el Instituto Nº 2 de Lenguas Extranjeras de Pekín, el más alejado, diez kilómetros al este, en pleno campo y precedido de un aura de maoísmo virulento durante la Revolución Cultural, lo que se traduce en un especial protagonismo a la hora de purgas, ataques y autos de fe. Semeja a todos y a cualquiera de sus homólogos: una serie de edificios sin belleza, grises, con zonas de árboles, setos y tierra y un muro rodeando el recinto. La calefacción brilla por su ausencia, se da clase con el abrigo puesto y el agua se hiela en los pasillos. Los servicios están tan sucios como de costumbre, el piso es de cemento y los gruesos muros de ladrillo transpiran frío. Sola la floración de tadzupaos pone una nota de color, pero ésta acaba resultando amarga, por el desprecio que implica respecto a la pequeña vida cotidiana de los individuos sometida al pardo escenario, por su monopolio del brillo y la diferencia. En la cantina, idéntica a las de otros centros, no hay bancos ni sillas en absoluto. El altavoz desgrana mientras se come artículos políticos. Se ha dispuesto, para los cooperantes extranjeros que lo deseen, una habitación especial que les sirve de comedor y en la que se sirven menús de superior calidad. Las habitaciones de los profesores chinos se reducen a una habitación espaciosa con cocinita y fregadero. Las bombillas sin pantalla, la pintura maltratada y el cemento del suelo da a estos interiores semejantes a millones de hogares chinos un aire adocenado y triste. Los objetos son los mismos que los de todas las casas que la cooperante ha visitado y colocados en la misma disposición. Hay una letrina para cada tres familias y, fuera, unas duchas que funcionan una o dos veces por semana. De las paredes de cal de las clases cuelgan fotos y caligrafías de Mao y del comunista modelo, Lei-Feng; también un alfabeto y tres mapas: muy grande el de China, mediano el del mundo y pequeño el de Hispanoamérica.

La presentación, salvando las fechas y origen como departamento de la Agencia de Noticias Sinjua, es un calco de las anteriores. Hay detalles que, en efecto, corroboran su carácter extremo y una frialdad agresiva que no es sólo la atmosférica. Se dice a la cooperante que Los institutos más antiguos admitieron alumnos más pronto pero éste estuvo ocupado hasta 1972 con la crítica a Liu Shao-shi y la Revolución Cultural. Luego averigua que el centro adoptó posiciones netamente ultraizquierdistas, apoyando con mayor fervor si cabe que los otros a Lin Piao y a su hijo Lin Li-kuo. Fue sede del violento Grupo 16 de Mayo y a sus alumnos se atribuían diversas actividades fanáticas y xenófobas, como el incendio de la embajada británica.

En la presentación se insiste en que las condiciones materiales (manifiestamente mediocres) tienen menos importancia que la fidelidad a la correcta línea política del Presidente Mao, para lo que se llevan a cabo con entusiasmo todos los movimientos y campañas, transformando mediante la fuerza ideológica el entorno.

La utilización de este conocido cliché marxista no es detalle desdeñable. Se trata de un dogma del que emana el desdén hacia objetividad e individuos, que ha sido el núcleo de las grandes campañas y perdura en los sectores más ortodoxos. Es el fundamentalismo maoísta según el cual el pensamiento maotsetung mueve montañas y está dotado de virtud inigualable capaz de, como una potencia nuclear, modelar el entorno físico. Sus dosificadores son los diversos directores, supervisores y propagandistas instalados por la Revolución Cultural en puestos de mando, a los que se somete el conjunto del claustro y que se ramifica, bajo los diez miembros del Partido que forman el grupo dirigente, en células comunistas distribuidas por facultades y sectores y en comités revolucionarios. La confusión que el organigrama muestra respecto a la delimitación de autoridades y cargos se revela en la práctica como un completo monopolio de autoridad y decisiones por parte de los habituales cargos del Partido y un mantenimiento honorífico de los grupos obreros de propaganda del pensamiento de Mao que llegaron durante la campaña de los sesenta. No existe ningún tipo de organización autónoma, con capacidad de proposición y de discusión real, ni entre profesores ni entre alumnos. Se espera únicamente de ambos colectivos la buena asimilación y puesta en práctica de las directivas emanadas de la célula rectora.

En el calendario menudean las reuniones y discusiones de formación política en sesiones fijas de tres tardes por semana más las eventuales, lo que sobrepasa con mucho al espacio dedicado a ello en otros centros, y consisten en el estudio de las obras de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao, a lo que se añade la crítica a Lin Piao, Confucio y Mencio, las actividades correspondientes a la Revolución Educativa y los mítines. Cada observación de los dirigentes durante la presentación del instituto apunta hacia el rigor de los planteamientos y la persistencia de las directivas de la Revolución Cultural. Así, cuando se explican los mecanismos de selección de alumnos, se hace hincapié en que la política reina y el nivel académico ocupa un muy subsidiario lugar en nada semejante al de los países capitalistas ni al de China antes de 1966, época en que la admisión se llevaba a cabo según la nota de examen y el rendimiento intelectual.

Queda además claro que por parte de las nada cordiales autoridades hay una voluntad evidente de mantener a la nueva cooperante a muy profiláctica distancia. Tanto es así que en su horario se ha excluido la posibilidad de contacto directo con los alumnos: sólo daría clase a los profesores y ayudaría a la preparación de textos. Tras áspera lucha, logra enseñar ciertos días a los estudiantes, pero no se la autoriza a darles la charla semanal sobre España e Hispanoamérica ni se acepta el uso de canciones o material visual. En esto los dirigentes llevan estrictamente a la práctica su criterio de selección intelectual inversa: decantan sus preferencias por una profesora sudamericana de un nivel no ya bajo sino inexistente, puesto que se trataba de la cónyuge de un cooperante sin más titulación que la fidelidad incondicional a la incondicional fidelidad maoísta mostrada por su marido.

El Instituto nº 2 de Lenguas Extranjeras es ciertamente una caja cerca ya de la cúspide, del restringido territorio donde se deciden, sin miramiento alguno, las vidas y minúsculas haciendas. En él la cooperante advierte la gélida proximidad del núcleo de cuanto hasta ahora ha percibido. Le llegan historias de un profesor inglés, de una traductora, que desaparecieron cubiertos por los movimientos de este inmenso mar político en cuyo oleaje habían alegremente participado. Gracias a un piadoso mecanismo de omisión temporal, ella no había adquirido sino escasas veces conciencia de su indefensión absoluta, de la insignificancia de su presencia entre el vasto engranaje de multitudes ajenas. Xian la había rodeado de una vaga convicción de inmunidad diplomática, de especie protegida por su rareza. En Pekín no hay tal, ni siquiera la torpeza salvadora con la que en el lejano instituto de provincias dirigentes y colegas habían manejado su llegada y sus rasgos de animal impredecible. Ahora está entre gente de enemigos y lo sabe, habituados a una ferocidad metálica de silenciosos golpes y decisiones sin remisión, gente de rostro tenso por donde no parece haber resbalado más placer que la victoria sobre el antagonista. La extranjera ha caminado sin mirar sino a los metros de tierra inmediatos para no sentir el vacío, se ha guardado de levantar la vista hacia la magnitud abrumadora del horizonte, se ha negado a saber de riesgos, ha optado por la estupidez y la ingenuidad. No posee sino un caducado pasaporte de un Gobierno que carece de tratados con la República Popular China y que ignora su presencia en el país, y está a la merced de un sistema en el que no existen ni derechos ni garantías. Pero, rodeada de docenas, miles, millones de seres a los que falta lo mismo en mucho mayor grado, se sentía, pese a todo, fuerte, protegida y vergonzosamente privilegiada. Quiere convencerse de que ignora el miedo, de que, tras cuanto supone y ha visto, no tiene derecho a él. Se niega terminantemente a conceder una sombra de razón a las puestas en guardia de aquéllos que, antes de su partida, la prevenían sobre posibles males, a las historias de la Guerra Fría. Teme al ridículo y al sonrojo de hallarse a sí misma ganada por el fantasma de relatos semejantes. Se esfuerza por no mirar sino el rostro cercano, la ruta por la que sus pasos discurren. Es en vano. Desde el primer segundo, cuando el avión aterrizó en un aeropuerto húmedo y poco frecuentado, supo de los edificios, pasillos, muros grises, y el gran retrato monstruoso, como las letras rojas, que reinaban únicas en un mundo por lo demás privado de brillos, movimiento y luz. Tras cada rostro se ha extendido ante ella, apresuradamente, la apretada pintura de toda una vida y, más que sus palabras, oía el obligado silencio, veía el hueco de lo que, en otras condiciones, hubiese podido ser y no fue. Ahora conoce, con la certidumbre física del trato y el ácido sabor de la evidencia; y la magnitud de lo que la rodea de nuevo diluye el temor por su propia persona en sentimientos forzados a medirse con una escala muy diferente.

Los alumnos a los que había insistido en dar clase eran un grupo de muchachos y muchachas de entre los veinte y veinticinco años, aunque, por el infantilismo de que daban muestras, se les hubieran atribuido cinco menos. Resaltaban, en comparación con los del Xian, su reserva y la represión que evidenciaban. Jamás se atrevían a dar juicios personales sobre el material que querían emplear en las clases, el uso de diapositivas, etc, y se atenían, caso de conocerlas, a repetir las tesis de la direccion y a generalidades conformistas. De lo contrario, guardaban silencio. La actitud física iba sin embargo más allá en el plano expresivo con frecuencia que la verbal. Así, cada vez que la profesora extranjera entraba con periódicos y revistas que recibía de Europa, se los quitaban prácticamente de las manos para leerlos con avidez y preguntarle sobre Occidente. Con el trato, se permitieron pedirle en préstamo la prensa que llevaba. Decían entender todas las palabras pero, con cierto analfabetismo ideológico, quedaban ayunos del significado. Había en ellos y en sus profesores tres niveles de espontaneidad y expresividad que eran, en orden decreciente: Cuando se hallaban solos, en las pocas oportunidades en que la cooperante podía mantener un diálogo privado. Cuando se encontraban en un pequeño grupo homogéneo, de conocidos. Cuando entre ellos había un cuadro. La atmósfera del grupo cambiaba sensiblemente según asistiera o no-lo general era lo primero, puesto que seguía las clases y era un estudiante más-el alumno responsable, enlace con la dirección, encargado de tomar la palabra cada vez que se planteaban cuestiones de opinión. Se trataba del guía político que existe en cada clase por disposición oficial y tiene como misión resolver los problemas ideológicos de sus compañeros. El clima fue claramente menos inhibido, los demás se expresaron con mucho mayor soltura y libertad, los días que él faltó.

Llamaba la atención en el aula la existencia de algunos en absoluto dotados para el estudio ni deseosos de dedicarse a las lenguas. Sucedía que, una vez entrados en el centro, todos debían graduarse y ningún profesor se hubiese atrevido a oponerse al pase de uno de estos estudiantes enviados por las células del Partido y que venían de las amplias masas de obreros, campesinos y soldados. El régimen chino había logrado ciertamente un grado cero de fracaso escolar; era, por ejemplo, notoria entre el profesorado extranjero de la Universidad de Pekín la imposibilidad de suspender. Las autoridades les obligaban a subir la puntuación, y con muy mayor motivo si el sujeto, además de incapaz y obtuso, era activista político o provenía de impecable origen proletario.

En el ambiente de trabajo, llama la atención de la cooperante la omnipresencia del supervisor del partido, del que, junto, en teoría, el obrero W, dependen las directivas. Este cuadro por supuesto no tiene la más leve idea de idioma alguno excepto el propio. Su labor es de supervisión y censura política, su actitud netamente hostil hacia los occidentales. El obrero agregado como dirigente de la sección no es sino un  hombre de paja a su lado. De los profesores, la cifra de treinta y uno dada por el director era burocrática e irreal. Imposible saber ni su número ni sus ocupaciones. Las diferencias de nivel en dominio del español, cultura general y capacidad intelectual eran acusadísimas, a favor indiscutiblemente de los de mayor edad. Había algo en extremo rígido en la atmósfera. Se encargaba de la representación de los docentes U, mujer de treinta y seis años, muy retraída, viuda y con dos hijos. S., de edad similar, descollaba intelectualmente y hablaba un español muy aceptable. De la misma generación eran M, lingüista que hablaba del tronco chino-tibetano y de la teoría estaliniana del lenguaje, y K también responsable de la sección. L era una madre de familia que se expresaba lenta y penosamente, mientras que X, shanghailesa muy viva pero de mediocre nivel lingüístico, rondaba la treintena y tenía un bebé que estaba con su madre en el sur porque ella no tenía costumbre de cuidar niños y éste le impediría trabajar. Los demás eran un coro inconstante y difuminado. Corregían sin decir palabra, sentados en sus mesas, repetían textos en voz alta, se hundían en papeles y diccionarios y jugaban al ping-pong con la atención propia del único juguete. A esto quedaban reducidas las directivas sobre cooperación dinámica que repetían con insistencia las consignas de la Revolución Educativa.

Un fantasma recorría el departamento, personaje de sonrisa petrificada, español plúmbeo y actividad indefinida. El tiempo revelaría que se trataba, además de un responsable, de un miembro de probablemente la policía social u organismo análogo. Aunque aseguraba haber estado durante un largo periodo en misión en el norte de China, la indiscreción de una de las profesoras descubre que en realidad residió en Guinea con un grupo ocupado en la instalación de una fábrica de papel.

Lo menos que se puede decir de la actividad de todos ellos es que era discutible. Más concretamente, apenas trabajaban. Se ausentaban con frecuencia, era inútil pedirles que hiciesen una redacción cada quince días, resúmenes de alguna obra, fichas de los libros de la biblioteca. Ni había formación ni esfuerzo, ni se molestaban en escribir y leer. Tampoco les interesaban los métodos de enseñanza de lenguas. Únicamente memorizaban y repetían. El profesor extranjero está concebido como máquina rectificadora de textos, repetidora y grabadora de frases correctas en correcta fonética, diccionario y gramática viviente. La comunicación es nula. La cosificación total. Y ello en perfecta antinomia con las directivas repetidas hasta la saciedad en las campañas en pro de la dinámica pedagógica, la primacía dada a la práctica y los intercambios de experiencias. Es la mansedumbre del coreado ¡Hay que ir contra corriente! que debe traducirse en la praxis en Cuando todos vayan contra corriente yo iré contra corriente, premisa válida, sin distinción de estamentos, para el conjunto del país, ligada a la completa alienación que preside sus destinos. Ni sus vidas, ni las verdades que deben creer ni el acierto de las opciones ni las desgracias o beneficios que de ellas obtengan les pertenecen, sino que serán determinadas por disposiciones ajenas. Su papel se reduce a la aceptable adecuación a los patrones. Su situación laboral y familiar, el lugar de residencia, la ropa que será conveniente vestir y los textos que habrá que haber leído son responsabilidad de superiores instancias. En el plano puramente material, hay un abismo entre la actividad de sus vecinos asiáticos de Singapur, Hong Kong, de las afanosas colonias chinas desperdigadas por el mundo, y el somnoliento ritmo de los súbditos de Pekín.

A la natural falta de incentivos del régimen colectivista se suman, en el medio donde la cooperante se mueve, un retraimiento y elusión de responsabilidades específico y extremo. los profesores son el blanco de múltiples críticas: las de alumnos, responsables políticos, directivos del centro…Pertenecen a la clase media ilustrada, plato escogido de las iras de la Revolución Cultural. Son intelectuales, pero no cuadros, vulnerables y carentes de respaldo alguno. Como consecuencia natural se atrincheran en la ortodoxia, los textos oficiales y puros. Pedirles que sacrifiquen su propia seguridad mínima vital a la ética de la profesión es, teniendo en cuenta el medio en el que se mueven, una demanda de heroísmo excesivo y probablemente inútil.

El archipiélago Orwell es terreno de monte bajo. El régimen desmocha periódicamente iniciativa e inteligencias, ofrece élites como pasto del rencor de fondo de las frustraciones generalizadas, y luego se halla ante la uniformidad de la chata vegetación de matorrales y la ausencia de cuadros medios con los que construir el entramado mínimo de una sociedad moderna. Sobre los profesores han llovido y llueven consignas y campañas cuyo signo varía con el viento. Nada extraño que en el país circule el dicho La enseñanza es un oficio peligroso. Que se lo digan a Sócrates.

La Revolución Cultural ha empeorado, en todos los sentidos, la suerte del profesorado. A diferencia de los demás trabajadores, no hay para ellos edad de retiro, y se arguye la escasez y la necesidad que el país tiene de su experiencia. El absurdo del argumento, ante la evidencia de un porcentaje de dos a cuatro alumnos por cada profesor, encubre la situación de bancarrota educativa fruto de directivas y campañas. El nivel de la mayor parte es extremadamente bajo y desigual, el absentismo, las purgas, los destierros, la irregularidad de la vida académica, la nula planificación, la pobreza del material pedagógico cobran su peaje. Desaparecida la espuma fútil de ordenancismo voluntarista, la marea descubre un panorama en el que los pocos restos aprovechables provienen de épocas anteriores al gran desastre y de disposiciones e inteligencias cuyas posibilidades las circunstancias no han logrado cercenar en su totalidad. No ha faltado en el proceso la reducción a mínimos del tiempo de vacaciones, que en 1973 era de dos semanas en verano y una en el Año Nuevo chino. Los profesores pertenecen al patrimonio del centro como el mobiliario, y se parte, en la utilización de sus servicios, de una disponibilidad completa, garantizada y versátil. Son el relleno más o menos pedagógico de los lugares de acogida juvenil, a los que además les mantiene atados corto el bajo nivel de ingresos. Sumados los sueldos de un matrimonio de docentes, con una hija pequeña cuya guardería y tres comidas diarias, de lunes a sábado, deben pagar, ni el ocio ni los ingresos dan para esparcimientos. De hecho, la pareja apenas salía del recinto del instituto. Los domingos se dedicaban a la limpieza y a sus hijos. En las vacaciones de Año Nuevo las horas, más que en pasear por la ciudad, se iban en hacer cola en las tiendas para comprar los alimentos necesarios, y en guisar y recibir a los parientes. En verano juzgaban que el calor era excesivo para aventurarse fuera de casa, y en cuanto a viajes largos, el de Hangchow, para ver a sus padres, resultaba inalcanzable para su presupuesto.

Del concepto patrimonial del Estado respecto a los empleados da adecuada idea el caso de la profesora shanghailesa. Esta muchacha confirmaba a la cooperante que la separación indefinida de matrimonios era en la República Popular China moneda corriente, sin que los cónyuges tuvieran la menor idea sobre su duración. El marido de X era técnico, habían vivido juntos en Pekín, pero él fue enviado en misión a una ciudad lejana, cerca de la frontera con la URSS, por un máximo, creían ellos, de dos o tres meses. Pasado ese tiempo, seguían sin saber, ni de forma aproximada, la fecha del retorno. X creía, según las cartas recibidas, que la ausencia de su marido podía prolongarse por tres, seis meses, un año, o más. Ambos lo ignoraban. Ella estaba, además, separada de su bebé desde prácticamente el nacimiento de éste.

 

Tierra adentro

 La prioridad es la transformación ideológica: Reflejar la línea fundamental del Partido Comunista y seguir sus directivas. Combinar la teoría y la práctica en tres aspectos:

1-Enseñanza y textos combinados con la realidad de la lucha de clases actual.

2-Combinar los textos con las necesidades de los trabajos futuros en Asuntos Exteriores.

3-Basarse en el nivel actual de lengua española de los alumnos.

(Instrucciones difundidas por la Dirección del Instituto para la selección y elaboración de textos.)

Las cribas sucesivas por parte de secciones, departamentos, representantes, responsables, colegas del mismo centro y de otros similares, despojan a los textos que se emplean de cualquier veleidad de apreciación intelectual o estética. Es el reino del equipo, y fuera de una pureza maoísta inatacable en la que refugiarse a la menor crítica no hay salvación. Éstas son ya las tierras compactas, aledañas al núcleo del continente totalitario, fruto de un socialismo depurado en el que el individuo carece de existencia y no hay, de página a página y de línea a línea, la menor brizna de iniciativa personal. El grado de censura es simplemente inimaginable porque supera al término y carece incluso de referencias adecuadamente comparativas. El Santo Oficio, la prensa del Movimiento, las virtuosas novelas victorianas y los poemas épicos al Augusto César son un chispeante hervidero en el que los parámetros oficiales coexisten, en un transparente juego de presencias y referencias, con la independencia del ingenio y del impulso. Este continente no tiene igual. Pudo tenerlo en el nazi, pero faltaron años y asentamiento para la petrificación definitiva de éste. El creado por China aspira a la superación de sí mismo, al viaje al extremo de su lógica que se manifiesta plenamente aquí.

En un despacho de ambiente tenso y silencioso se corrigen materiales que circulan entre los diversos institutos. Hay artículos de Mao, un informe de Chou En-lai, algunos fragmentos, continuamente limados y podados, de periódicos y de novelas y, frente a la cooperante, tres volúmenes de frases cuya gramática debe revisar. Los alumnos disponen del conjunto, diálogos y ejercicios de fonética incluidos, desde comienzo de curso, lo que impide la inducción directa y el aprendizaje práctico y favorece la inicial memorización. La normativa reza que los textos versarán, en primer lugar, sobre la China moderna y el Partido Comunista, aludirán a la situación internacional y a los países en los que se habla la lengua extranjera, tendrán un contenido acorde con los criterios oficiales de bondad y esto se resaltará con notas críticas y modificaciones de los originales, el lenguaje será actual, no se estudiará literatura excepto en contados casos de algunas novelas como lectura fuera de clase. Los proyectos de redacción seguirán la línea de masas, con consultas a los comités de obreros propagandistas del pensamiento maotsetung, a los cuadros y a los estudiantes.

En este Alcázar de la Revolución Cultural y del Gran Líder ni siquiera se permite, como sí en otros centros, mostrar a los profesores-no digamos a los alumnos-material audiovisual. La cooperante debería someter diapositivas y grabaciones a la censura previa de una dirección que ignora todo respecto a lengua y contexto y hace continua gala de una xenofobia rampante. Los responsables evitan dar explicaciones, rehúsan entrevistarse con la profesora extranjera y se limitan a subrayar la imposibilidad de que los profesores vean, oigan y juzguen sobre la conveniencia de su empleo. La dirección saca a relucir consignas según las cuales los chinos deben elaborar ellos mismos las láminas pertinentes. Todo el material que la cooperante se ha agenciado con no pocos esfuerzos-vistas de calles, ciudades, parques, restaurantes, tiendas-es rechazado sin que nadie, ningún responsable, se moleste en verlo. Los argumentos son de una puerilidad asombrosa: la responsable U habría juzgado inútil para la clase una diapositiva vista al trasluz, se invoca el principio del centralismo democrático, que otorga la razón automáticamente al voluntario grupo de ciegos. La imagen, cualquier imagen, está cargada de utilitarismo e ideología, carece, como las personas, de inocencia. De recurrir a ellas. los profesores chinos podían ser acusados de servilismo hacia el extranjero o de difusión de las ideas burguesas. El interés por la enseñanza audiovisual, en la esperanza de lograr convertir con ella a los estudiantes en hablantes de español en un tiempo récord, chocaba en realidad con una imposible escisión entre la lengua y el tejido vital que la segregaba.

Se ha inculcado el pánico a la contaminación externa, al mundo que bulle de microbios ideológicos tras las asépticas fronteras establecidas por el Partido. Bajo las premisas formales del Internacionalismo Proletario, el país vive una xenofobia virulenta, nacida de la imprescindible necesidad para el sistema de asedio y enemigos. Como ejemplo del verbo socavar, en uno de los manuales se escribe La literatura y el arte occidentales socavan la moral del pueblo chino. El aprendizaje de idiomas implica el alambicado ejercicio de tomar las palabras sin mancharse con las ajenas y reprobables ideas que las bañan. Continúa siendo el ruso que se aprende para interrogar a los prisioneros, el arma contra esas armas, la domesticación del objeto extraño para los fines propios según la consigna Aprender a pensar en lenguas extranjeras no significa aprender la forma de pensar del extranjero. El régimen del 49 ha potenciado, en la práctica, el más virulento nacionalismo egocéntrico de la historia china tras extirpar los brotes de modernización y apertura que proliferaran desde el siglo anterior y que difundieron personajes caracterizados por la amplitud y la inquietud de sus ideas.

Hay varios rojos en este universo daltónico. Atrincherados tras las más recias murallas de la devoción hacia la correcta doctrina, se encuentran los que han hecho del monopolio de la censura su modo de vida, los que hallan -la especie es reconocible en cualquier continente- en la agresiva fidelidad al ideario la justificación social y el prestigio. Bajo la colcha maoísta rebullen, y tiran hacia sí, muy distintos compañeros de cama. En el Instituto nº 2 se enquistan aquéllos para los que cualquier concesión al pragmatismo es un comienzo del fin del poder. Ha empezado un nuevo reparto cuya ferocidad se ve aumentada por la sombra ineluctable de la nueva generación y del siglo XXI. Mientras, repiten, y repetirán, el ¡Matamos, matamos, matamos! del poeta ruso. Hay muchas formas de matar y la especialidad local es hacerlo sin ruido, con esa técnica que consiste en sorber los impulsos vitales, eliminar la iniciativa, robar el tiempo, obligar a la aquiescencia hasta que el hueso mismo, como los pies de las antiguas damas, olvida su primitiva forma que le permitía alejarse y correr. Es, quizás, la mayor ignominia de las muchas que con el baqueteado término de educación, y reeducación, se han recubierto.

La cooperante sabe que hay gestos que, una vez entrados, no van a salir jamás de su vida, que, en el espacio de segundos, han ocupado, como una enfermedad, su parcela. La mano de K es uno de ellos. Las diapositivas-calles, parques, edificios y paisajes de una ciudad de Europa-están sobre la mesa. La extranjera comenta y se admira de que la mera contemplación, en vistas a su uso, pueda estar vedada. El profesor K coge una de ellas, la mira al trasluz de la tarde; puede ser una casa, un grupo de viandantes, una tienda. De repente la suelta, los dedos se retraen hacia la manga de bordes raídos, buscan refugio en los lápices, la taza de agua tibia, la chaqueta gris. En la puerta, que se ha abierto suavemente, se perfila la cara lisa de expresión y de saludo, sin resquicios, del agente político. K ha desviado la vista para no atraer la suya, que, desde el otro extremo, parece balancearse por el cuarto antes de avanzar con un paso lento y los ojos del profesional de la vigilancia. No da señales de advertir la turbación. Va entre las mesas, no pregunta. Ha cambiado la acidez del aire. Toda la humillación, toda la sumisión de K está en esa mano bruscamente abatida, disimulada, abortada en su gesto. Y la cooperante no lo perdonará jamás.

Como para el resto de sus compatriotas, cualquier publicación extranjera es totalmente inaccesible para sus colegas. El único lugar que recibe todo tipo de prensa exterior es la Agencia China de Noticias Sinjua. Cuando quieren utilizar un artículo, del cual tienen la referencia nominal, como material pedagógico los profesores se dirigen a Sinjua, dan la referencia y piden que se les permita consultar esa parte exclusivamente. Se habla de la posibilidad de ciertas suscripciones mediante permisos especiales. En cuanto a los libros, su importación está severamente reglamentada. La Librería Central de Pekín presentaba anualmente en cada departamento una lista de títulos ya seleccionados entre los que los profesores debían escoger. Esa selección se realizaba, pues, a ciegas, sin referencias de contenido, y permitía la incongruente fraternidad en las estanterías de la iconografía china de lucha tercermundista junto a versiones infantiles españolas del Antiguo y Nuevo Testamento y de la Conquista de América en el mejor estilo de los manuales de los años cincuenta, con caballero heroico, misionero abnegado e indios de rodillas agradecidos.

La selección de textos originales da lugar a escenas que, de no constituir por sí mismas botones camiseros de muestra de inimaginables volúmenes de represión, encontrarían lugar adecuado en tiras cómicas y antologías del disparate. Véase algunas de ellas:

La cooperante ha seleccionado para comprensión oral un texto breve de Julio Camba. El escritor visita una tienda de trajes hechos e intenta, sin éxito, abotonarse la chaqueta. El dueño defiende la impecable hechura de las prendas y a Camba no le queda pues como conclusión sino que el mal cortado es él. El responsable veta el empleo del texto porque no corresponde a la realidad, ya que en China todos los vendedores sirven al pueblo.

-¿Insinúa usted que en España, donde ocurre la historia, hay vendedores que no sirven al pueblo?-pregunta la cooperante.

-Oh, no.

-Pues los hay, créame.

El texto no se usa.

Para el tercer año la extranjera presenta un reportaje sobre el entierro de Pablo Neruda en el Santiago de Chile amordazado por la Junta. Se le comunica que es inadecuado y ya ha sido reemplazado por otro sobre la construcción del puente sobre el río Yangtsé. Se le aclara que Neruda está incluido en el índice de autores condenados, por haber escrito un poema contra el Presidente Mao.

También se elimina un análisis, bien documentado y tomado de una revista de solvencia, sobre la emigración en Europa. Lo reemplaza el ditirambo escrito por un diplomático y aparecido en un periódico mejicano con el título La sonrisa china.

-Queremos textos sobre China-dicen.

Cuando se habla del extranjero es para pintar una sociedad decimonónica de hambre, explotación y esclavitud, frente a la que resalte la feliz vida de los obreros de la República Popular.

La cooperante selecciona pues un artículo sobre economía china de Leontieff, francamente elogioso, aparecido en un periódico español. La censura de la sección corta sin embargo las dos únicas líneas que comportaban un asomo de análisis crítico y de duda. En ellas se decía que Pekín, por lo pronto, no podía permitirse lujos y que correspondía al futuro plantearse el problema de mayor demanda cualitativa, incluyendo el terreno de las libertades.

-Es inadmisible. No podemos admitir esto. Dice que en China no hay libertad ahora, lo cual es falso porque los chinos la gozan plenamente. Lo que no existe es la libertad burguesa.-dicho esto con la contundencia de quien ignora el perfecto ejemplo de neolengua que está enunciando.

La lucha de clases es una fuente de irracionalidad que produce de continuo espléndidos frutos. A ella no escapa concepto alguno y, con el feliz desdoblamiento que implica, habrá plantas, cadenas lógicas y circunvoluciones planetarias que serán malas o buenas según pertenezcan a la clase elegida por el jehová marxista o a su contraria.

En un cuento de Cardosa, el viejo campesino al que mataron a su hijo en la guerra prefiere tirar su rejón al pozo mejor que dárselo al cabo cuando se presenta a recoger hierro viejo para fundir armas que servirán para matar a otros muchachos y dejar solos a sus padres. él. Los profesores chinos no podían arriesgarse a opinar sobre el cuento. Necesitaban saber si la guerra era justa o injusta, la línea política del escritor, su intencionalidad, etc. Nada había de prudencia de juicio en su actitud y todo del miedo que impregnaba sus actos. La innegable comicidad del asunto desde la segura distancia del occidental adquiría tintes de profundo patetismo vista a la altura de quienes carecían de salidas y se caracterizaban por la incapacidad de abordar la realidad sin la ortopedia de directivas, sin una polarización previa bien/mal dada por el Partido. Su trayectoria mental consistía en saltar limpiamente sobre el hecho concreto porque disponían de la respuesta aun antes de que éste se produjera. De no existir directivas, la regla era abstenerse de opinar.

Un pasaje de López Salinas levantó ásperas discusiones antes de ser aceptado como lectura para casa de los alumnos. Los profesores debían incluir en el manual un texto español original que cuadrara con el movimiento de crítica a Confucio, lo cual evidentemente no era fácil. Salinas reflejaba los lazos seculares del conformismo religioso entre el campesinado de Andalucía, por lo que a la cooperante le pareció adecuado. Sin embargo era ideológicamente imperfecto porque los campesinos, o alguno de ellos, no manifestaban como conclusión sentimientos de rebeldía y llamadas a la lucha. El responsable añadió una nota explicativa que marcaba la justa línea que hubieran debido tomar los descuidados campesinos andaluces.

El desinterés por el mundo exterior es, en el régimen chino, olímpico excepto cuando se trata de deformarlo. Interesa en primer lugar China, y según los parámetros de la ortodoxia estatal; el resto del planeta sirve a esta visión. Como comprensión oral de los alumnos de segundo año, un profesor chino había redactado el texto siguiente: la historia pasa en Washington, donde grandes almacenes, parques y rascacielos son exclusivamente para los ricos. Los trabajadores están desprovistos de todo y viven peor que las bestias, sufriendo hambre y frío. Un obrero norteamericano en paro recoge del suelo en un mercado restos de verduras con que alimentar a su familia. Por desgracia tropieza con un rico banquero y le mancha el traje. El potentado le golpea y llama a un policía para que le arreste.

Impune, cotidianamente, el régimen del Partido Comunista Chino ha vertido sobre sus ciudadanos las mentiras más crasas, las falsedades más evidentes, desde la infancia, en la adolescencia, durante el resto de la vida y a todos los niveles, ha privado de información, formación y referencias, y ha hecho un medio ambiente y un hábito de la deformación y de la reducción a mínimos del pensamiento. Los países extranjeros no podían ser olvidados, tanto por las indispensables exigencias de la política exterior y la diplomacia como por el hecho de que el Internacionalismo constituía uno de los grandes mantras rituales de los dirigentes. Trabajamos para la Revolución. Estudiamos para la Revolución. cuentan entre las frases que primero repiten los alumnos y a las que a veces acompaña la coletilla de internacional. La realidad externa, los hechos concretos, son incompatibles con la imagen mesiánica de ese país que se complace en verse como líder de la liberación de una Humanidad a la que ha logrado ofrecer el más extenso ejemplo de ausencia de libertades.

La didáctica del aprendizaje lingüístico sigue el mismo esquema que la de la ideología. Está basada en la detección de los errores de un individuo por parte del grupo y del profesor, que escribe lo que no es correcto en la pizarra, y parte, sin excepción, de páginas, frases y temas previamente aprendidos y memorizados:

-¿Eres tú buen alumno del Presidente Mao?

-Sí, lo soy.

-¿Por qué?

-Porque estudio todos los días las obras escogidas del Presidente Mao.

Alain Peyrefitte describe una clase de francés en la Universidad de Pekín en 1971:

Un joven (…)sale a la pizarra para escribir una frase de su invención que ilustre el empleo del infinitivo:”Antes de la Liberación, mis padres estaban obligados a trabajar en las propiedades de un terrateniente”. Sus camaradas le señalan enseguida sus errores de ortografía o de sintaxis. (…) Uno a uno, se van levantando para fabricar una copia de este modelo (…) “Antes de la Revolución, estábamos obligados a comprar automóviles al extranjero; hoy podemos construir automóviles de buena calidad” (…) El estudiante que sale luego a la pizarra debe proponer una frase que contenga la palabra “aprender”. Sus camaradas le relevan desde sus asientos: “Es en la lucha donde se aprende a luchar. Para responder al gran llamamiento del Presidente Mao, he decidido aprender a nadar” (…) Mientras prosiguen los intercambios, hojeo el folleto multicopiado que cada estudiante tiene ante sí. Es el manual de francés de primer curso.(…), comienza así: “El imperialismo americano teme a los pueblos revolucionarios del mundo. El imperialismo americano no inspira temor a los pueblos revolucionarios, pues es un tigre de papel”. Ejemplo de interrogación: (…) “¿Qué hacéis si os enteráis de que vuestro camarada está en el error?”. Ejemplo de forma pasiva: “Los capitalistas explotan a los obreros; los obreros son explotados por los capitalistas. Los obreros no serán explotados por los capitalistas”. Viene, luego, un texto de Franz Fanon sobre el movimiento de liberación de África.

Unos años después no parece que haya habido enormes cambios en las clases a las que asiste la cooperante española. El mensaje siempre es de dirección única, emana de fuentes previas y de un profesor muy en su papel tradicional, rígido, nervioso, que trata al alumnado de usted con voces casi de mando y no se sirve ni de un dibujo ni de un gesto. Los ejemplos están tomados de publicaciones chinas traducidas al español, como Pekín Informa, y los alumnos los repiten en un flujo y reflujo de la misma materia en circuito cerrado. Es un vocabulario desencarnado de elementos cotidianos, en el que apenas hacen su aparición las palabras usuales pero en el que sí figuran términos abstractos de empleo mucho menos frecuente. A lo largo de la misma mañana la cooperante asiste a dos clases de léxico de segundo año, con el mismo material y distintos profesores y estudiantes. En ambas clases sucesivas los alumnos dan exactamente los mismos ejemplos, de tipo ideológico y económico. La realidad, la existencia cotidiana, las personas, están ausentes de este mundo lingüístico en el que se construyen frases como conjuntos de un mecano:

Todos los éxitos que hemos logrado se deben al Partido Comunista Chino y al Presidente Mao.

La victoria de la Revolución Cultural se debe a la línea correcta del proletariado y del Presidente Mao.

La vida feliz se debe al sistema socialista.

Los éxitos logrados en la Revolución Cultural Proletaria se deben a la sabia dirección del Partido.

Debido a la explotación del terrateniente, los campesinos tuvieron que ir al noroeste.

Antonioni hizo en vano una película reaccionaria, pues los pueblos del mundo no la creían.

La inclusión de Antonioni forma parte de las inefables muestras de xenofobia. Como incluso en tal régimen es insufrible el estado de aburrimiento continuo, las sesiones políticas se aderezaban con campañas pintorescas, como las de abominación de la música clásica y la de denigración del cineasta Antonioni. Éste último había filmado una película sobre China que obviamente no reflejaba, según las autoridades, impecable entusiasmo y gloriosa situación. El director italiano fue precipitado sin demora en el Tártaro de los reaccionarios enemigos de la República Popular. En cuanto a Mozart y Beethoven, eran sin duda agentes de la burguesía capaces de contaminar con sus notas la pura conciencia de la clase proletaria. El Gobierno de Pekín disponía de vates occidentales a la altura de sí y de las circunstancias. Bastaba para ello leer, por ejemplo, los panegíricos maoístas de la prensa mejicana, que ofrecían una mezcla de nacionalismo folklórico y populismo al por mayor difícilmente superable. No se quedaban atrás medios más refinados, entre los que desde luego brillaban por su incondicional fidelidad al Gran Timonel los artículos del corresponsal del diario francés Le Monde.

La cooperante continúa presenciando clases en las que los alumnos desgranan términos curiosamente impropios de su nivel, como déficit, multifacética, guarismo, y meditan variantes de la frase En aquel entonces el capitalismo y la burguesía compradora controlaban las arterias económicas de Shanghai. Hay silencio y a continuación surge lo que se diría un coro de monólogos en los que se advierte, no la dificultad natural del aprendizaje, sino otro elemento que quizás también percibió Peyrefitte cuando observa

Pero es una lengua extraña, cuya gramática, cuyos sonidos y cuyas palabras son los mismos que los del francés, y sin embargo han perdido su tono y su sabor (…) , una lengua aséptica, automática, tan irreal en definitiva como la de las señoritas que dan los comunicados en nuestros aeropuertos.

Como ejercicio práctico en vistas a su trabajo futuro de intérpretes que acompañarán a los visitantes extranjeros, los alumnos del Instituto Nº 2 van a una fábrica textil y en ella se entrenan en el ritual. Las profesoras extranjeras hacen el papel de turistas. También les acompañan algunos profesores chinos de la sección. Los alumnos van sentándose por turnos y traduciendo lo que dice el responsable. Así se prepara, hasta ser totalmente digerido, el texto de presentación de una fábrica, comuna, escuela, que figura, con leves diferencias, en sus manuales, que han memorizado, que les han devuelto cotidianamente los mil espejos del Diario del Pueblo o Pekín Informa.

Comienza la representación precedida por la consigna de que hay que transformar el instituto en una escuela socialista del pensamiento maotsetung. Los alumnos van traduciendo por turnos: Situación, extensión, efectivos, plantilla, condiciones laborales-entre las que no se incluyen las primas al rendimiento pero sí el privilegio de ser colocado en el cuadro de honor-productividad y servicios sociales. Vienen luego las declaraciones políticas de principios En tiempos de Liu Shao-shi los dirigentes de la fábrica se apoyaban poco en las masas; tras la Gran Revolución Cultural Proletaria se ha elevado el nivel político y la unión con las amplias masas.(…) Respecto a la lucha contra la línea de Lin Piao, hemos comenzado a combatirla en enero de 1974, según las indicaciones del Presidente Mao. Lin Piao seguía una línea ultraderechista y de restauración del capitalismo. Sus seguidores vilipendiaban a los obreros diciendo que no podían administrar bien las fábricas. Muchos dirigentes despreciaban participar en el trabajo manual junto con los obreros. Hoy esto se ha corregido. Etc, etc.

Los alumnos del Instituto Nº 2 no tendrán la menor dificultad para ser intérpretes en todas las fábricas de China. Les bastará con aprenderse un texto e ir cambiando cifras y topónimos. Hay que reconocer, sin embargo, que el celo oficialista se supera a sí mismo en las muestras de inquebrantable adhesión porque el maridaje del en principio ultraizquierdista, Lin Piao, adalid del maoísmo, el trabajo manual y la inmersión obrera, con la línea ultraderechista y la restauración del capitalismo es un tour de force, un rien ne va plus que no llama mayormente la atención porque hace tiempo que el discurso, y sus intérpretes, habitan territorios sideralmente alejados de la lógica, por no hablar de la veracidad.

Viene a continuación un segundo cliché que forma parte consustancial del libreto. Se trata de la exposición de la vida de una obrera y pertenece al género relato de amarguras, en el que se comparan los sufrimientos antes del 49 con la felicidad que reina en la era presente: Trabajaba desde niña, con escaso salario, sin libertad, golpeada por los capataces. Estaba en una fábrica de Shanghai y, aunque cobraba más, no bastaba para satisfacer las necesidades normales de la vida. La casa de mi familia estaba en el campo y teníamos dos habitaciones para ocho personas. La obrera no continúa su triste historia porque la sesión de entrenamiento se juzga acabada. Los alumnos leen unas líneas que llevaban preparadas en las que indican su propósito de ir a trabajar a la fábrica.

Las prácticas como presentadores de una guardería son en todo similares. Otro ejercicio práctico consiste en exponer, ante condiscípulos, autoridades y profesores, cómo pasaron sus vacaciones de invierno. Una muchacha explica que las ha aprovechado para visitar a los compañeros y maestros obreros de la fábrica en la que trabajó dos años. Ha observado cambios en la actividad política a causa de la campaña de crítica a Lin Piao y a Confucio, que los trabajadores siguen con entusiasmo, como muestra la ingente cantidad de tadzupaos. Los éxitos de la Revolución Cultural y los de esta campaña han elevado la conciencia de la lucha de clases. (…) La revolución promueve la producción y viceversa. cita; y termina exhortando a sus compañeros a criticar más a Lin Piao, aumentando así la producción. Pide disculpas por sus errores y faltas lingüísticos y asegura que estudiará con mayor tesón. Habla un muchacho: Un día escuchaba la radio cuando tuvo una carta de su hermano mayor, al que no había visto desde hacía tres años, diciendo que llegaba a Pekín ese día por la noche. El hermano era un joven instruido que había permanecido tres años trabajando en Mongolia Interior. Era la víspera de la Fiesta de Primavera. Llegó el tren con rostros alegres. Su hermano tenía mejor aspecto físico que cuando se fue. Una vez en casa, contó muchas cosas del campo. Seguía en Mongolia estudiando las obras del Presidente Mao y de otros ideólogos marxistas. Habló de la lucha de los campesinos contra la sequía; trabajaban hasta caer desmayados pero obtuvieron así una rica cosecha. El alumno ha hecho también, escuchando a su hermano, progresos ideológicos, y, como el anterior orador, pide que se disculpen sus faltas. A continuación habla una chica que se dedicó, asimismo, a visitar a antiguos compañeros, que se reeducan y tienen éxitos. Por ejemplo: uno de ellos se distinguió en la construcción de un puente. Otro se lanzó sin vacilar entre las llamas para salvar los bienes del Estado. Al recobrar el conocimiento en el  hospital, lo primero que preguntó fue ¿Cómo están los bienes del Estado?. Termina afirmando su determinación de participar a conciencia en la Revolución Educativa y en la crítica a Lin Piao y, naturalmente, solicita disculpas por sus errores. La muchacha siguiente centra su discurso en los que se muestran compasivos hacia Liu Shao-shi y Confucio. Ella visitó a sus abuelos y aprendió mucho de los campesinos, cuya brigada estaba inmersa en un movimiento de crítica al revisionismo. El campo ha cambiado en la nueva China. Termina proponiéndose cumplir la tarea de estudio que le ha dado el Partido, etc, etc.

La sesión es clausurada por un obrero del equipo de propaganda del pensamiento maotsetung que pone en guardia sobre la tendencia derechista que afirma que el nivel de los alumnos obreros, campesinos y soldados es bajo. La sesión muestra la falsedad de tales infundios. Los éxitos obtenidos en español, y en la excelente situación industrial, se deben al Partido y al Presidente Mao. Se impone la continua vigilancia para que el país no cambie de color y prosiga la línea en servicio del pueblo.

Las intervenciones son, en realidad, glosas de otras glosas, fotocopias seriadas en contenido y estructura. Los temas son siempre ejemplares y muestran un parentesco inmediato con las situaciones y los prototipos que se exhiben en la escena, la pantalla, que se estudian en los libros de texto y se leen en la prensa. Tanto los alumnos como el obrero, han reproducido con frecuencia el editorial del Diario del Pueblo y las consignas en circulación. La estructura de cada charla es también igual: figura como núcleo una experiencia ejemplar vivida en el campo de la producción en contacto con el pueblo, que sigue con vigor el movimiento de crítica Pi-Lin! Pi-Kon! y, como consecuencia, logra grandes éxitos a la par en el plano ideológico y en el laboral, gracias a la acertada línea política del Partido y del Presidente. El núcleo va precedido o, más corrientemente, seguido de la expresión de firmes y ejemplares propósitos y de excusas por los errores. El estilo consiste en engarzar clichés, produciendo así un texto sumamente impersonal dada la generalidad del contenido y los materiales empleados, con un tono pedagógico y moralista en el que no hay el más leve asomo de problemática y predominan las expresiones de deber y obligación.

El lao tong (trabajo manual) ocupa un importante espacio en un calendario escolar sumamente arbitrario, en el que las actividades académicas son continuamente interrumpidas por la imperativa liturgia de sesiones políticas diversas, desplazamientos a la fábrica textil cercana, construcción de refugios atómicos, limpieza del edificio y labores agrarias. Hay mucho de exorcismo y culto obrerista en este sistema basado en los ritos. Pedagógicamente son nefastos porque impiden toda planificación y rompen el ritmo de aprendizaje. En absoluto se aprovecha el lao tong para introducir, con las nuevas situaciones, nuevo vocabulario de español pero al menos los alumnos reciben con cierta alegría este paréntesis en el ritmo escolar. Por otra parte es de rigor mostrar absoluta disponibilidad e irreprimible gozo ante la perspectiva de cambiar el bolígrafo por la azada. Era peculiar, en este tema, el comportamiento de los profesores extranjeros, que habían emprendido, con el grupo de franceses maoístas a la cabeza, fiera lucha para lograr que se les integrase en tal actividad, invocando el internacionalismo proletario y procurando vencer a golpe de cita del Gran Líder la reticencia de las autoridades del instituto. La cooperante española no se queda atrás y disfruta de unas vacaciones en la fábrica textil, aleccionada por una amable obrera y admitida a la reunión política vespertina en la que se repetían (¿adivinará el lector?) las consignas de Lin Piao y Confucio y se incluían en la lista de grandes logros los treinta y dos tadzupaos escritos y el estudio, en los días y horas de descanso, de las obras de Marx, Engels, Lenin, Stalin y el Presidente Mao.

Las reuniones de la fábrica ofrecen una casi exacta semejanza con los discursos escuchados en los mítines del instituto. Siguen además el guión de los textos repartidos a los alumnos antes de ir a los talleres. La actividad incluye la visita a una familia obrera y la presentación de redacciones sobre la experiencia una vez terminado el periodo de trabajo. Éstas reflejan, invariablemente, admiración de los estudiantes respecto a los trabajadores, constataciónde su elevada conciencia de clase y de sus desvelos por la revolución mundial:

Fuimos a casa de una obrera que, aunque había sobrepasado la edad de la jubilación, continuaba trabajando. Nos dijo que antes de la Gran Revolución Cultural Proletaria no había diálogo estudiantes-obreros. Ahora sí.

 

Cuando entré en el taller tuve una impresión inolvidable. Los hilos venían de un lado a otro. Los obreros sonreían, las máquinas sonaban con armoniosa melodía…

La cooperante interrumpe a ese alumno para preguntarle en qué taller estaba él. En tejeduría-dice. Le explica que ella estaba en el de hilados y que las máquinas hacían un ruido muy molesto y no armoniosas melodías. Él responde que en su taller sí las hacían, y continúa:

Había obreros veteranos que trabajaban en el mismo taller desde hacía dieciocho años sin rotación y no les importaba pues daban todo su esfuerzo por hacer de China el país más avanzado del mundo. Una obrera de mi turno había sido novia-niña y obrera-niña. Ella nos contó su triste vida pasada, que era en realidad una crítica a Lin Piao.

Para el relato de sus experiencias los alumnos van tomando la palabra a indicación del profesor chino, que-por irónico que pueda parecer-les pide iniciativa e improvisación. En general cuesta gran trabajo arrancarles de su silencio; sobre todo las chicas son prácticamente inexpugnables en su timidez. La atmósfera es penosa por su espesa carga de estereotipo e inhibición. Cuando alguien habla los otros apenas escuchan y algunos dormitan sin disimulo sobre las mesas. Sus disertaciones son copias fieles de las que figuran en sus manuales y no hay en ellas ni el más leve planteamiento de problemas o dudas.

La guerra del lao tong merece una ampliación explicativa porque ilumina ciertas peculiaridades del sistema y por la decisiva incidencia que tuvo en la suerte de la cooperante, quien vio, con este incidente, coronado su ya de por sí azaroso periplo chino. El profesorado extranjero esperaba con regocijo ejercer su derecho de participación en las actividades de sus centros en igualdad con sus colegas y sus alumnos, esto según directivas de Chou En-lai, que, en el páramo del maoísmo acérrimo, representaba el papel de elemento abierto y liberal (lo cual debe traducirse por partidario de una dictadura con ligeros y estratégicos toques de adaptación al mundo y a las circunstancias.) La ultramontana dirección del Instituto Nº 2, cuando llegó el momento de que alumnos y profesores partieran hacia la fábrica textil para cumplir su periodo semestral de cinco semanas de trabajo, impidió a los cooperantes sumarse a ellos alegando endebles razones del preocupación por su comodidad, y sólo les permitió ir a los talleres dos tardes por semana. Naturalmente los profesores y alumnos chinos se inhibieron o dijeron desconocer el conflicto. No se olvide que las consignas sobre consultar a las amplias masas no pasan en general de ser pura demagogia. En aquellas lejanas tierras asiáticas, como en otras latitudes, se percibía con suma claridad el Reunión de pastores, oveja muerta. y se evitaba con extraordinaria destreza el contacto, e incluso la apariencia de percepción de la oveja dedicada al sacrificio. Las amplias masas estaban muy entrenadas en el quiebro, el desenfoque visual, la interferencia auditiva, vivían entre apariciones, incongruencias, desapariciones, despropósitos de tamaño monumental y negaciones de la evidencia palmaria, las ovejas estaban, se esfumaban, cambiaban de color y balaban de manera imprevista sin que nada mereciera observaciones no pedidas por las autoridades. Si la oveja era extranjera, pertenecía de pleno derecho a un terreno fronterizo con la mendaz y caliginosa existencia de los malvados genios.

En respuesta a la segregación ordenada por la dirección del instituto, la cooperante española se declaró en huelga. Durante una semana acudió a su casi vacío departamento con las obras de Mao bajo el brazo y se dedicó-para gran exasperación de los dirigentes-exclusivamente a estudiarlas. Explicó a las autoridades que seguía las directivas del Líder de que, en todo, la correcta visión política es lo más importante. Éstas no parecieron convencidas, insistieron en que los cooperantes estaban para ayudar a la edificación del socialismo y que lo harían mejor yendo sólo dos tardes por semana a la fábrica y dedicando el resto del tiempo a corregir textos. Su actitud es tachada de contraria al centralismo democrático. La cooperante contraataca: según la ideología del sistema, la elevación de su nivel político en la fábrica debería automáticamente elevar su nivel laboral en cantidad y calidad. Los dirigentes palidecen, no a causa del temor sino de la cólera, y miran con animosidad la pesada pila de obras completas del Gran Timonel (regalo inevitable de despedida de los colegas de Xian) que la profesora extranjera ha dispuesto como una barbacana sobre la mesa. La acusación de que responsables no estén siguiendo adecuadamente las consignas de Mao es como si les hubiesen mentado a la autora de sus días. El edificio sin actividad docente tiene a la vez la resonancia de lo hueco y el hermetismo gris de sus tristes muros de los que parece que nada va a salir jamás. No hay compañeros ni homólogos. La correctora, mujer del iluminado maoísta colombiano, reposa en sus aposentos del hotel a donde, tras asegurar su asentimiento a las autoridades en todo, se ha llevado algunos textos para glosarlos con su semianalfabetismo funcional. Los franceses, de profesión sus izquierdas, no consideran esta contradicción en el seno del proletariado digna de acción directa. La huelga de la profesora española es un punto en un despacho vacío al que rodean kilómetros y habitantes innumerables para los que no existe esa palabra. Es un acto surrealista-y piensa entrañablemente en Buñuel-pero no totalmente gratuito. Es un acto necesario, y será el gran lujo que, sobrepasando al antiguo jade y las pinturas en seda que no figuran en su equipaje, se llevará cuando se vaya.

Diez días más tarde, los cooperantes de los departamentos de francés y de alemán-ellos son varios y forman un grupo-por los mismos motivos decidieron al fin pasar a la reivindicación conjunta de trato igualitario respecto a sus colegas chinos, condición sin la cual presentarían la dimisión. La dirección hizo cuanto estuvo en su mano para impedir su estancia en la fábrica. Sólo tras múltiples maniobras, nada limpias, infructuosas, el subdirector permitió a los profesores extranjeros acudir a los talleres dos semanas seguidas.

Pasados algún tiempo de trabajo en el centro textil, la cooperante española fue convocada, mediante una llamada de teléfono a intempestivas horas de la noche, a una reunión con los directores de su sección. El instituto estaba vacío; algunos profesores continuaban en la fábrica. Se le hizo saber que se prescindía de sus servicios, alegando como razón oficial que ya había suficientes profesores chinos y que existían entre ella y los cuadros disparidades de opinión. Durante la discusión subsiguiente, la profesora U saca un cuaderno y, con la misma dulce modosidad con la que pedía correcciones de sus faltas de español y se sonrojaba al aceptar un regalo por sus segundas nupcias, lee frases que la profesora extranjera ha dicho en la intimidad de cualquier conversación y ella ha ido anotando cuidadosamente; las introduce con reverencia a efectos de glosa y apoyo de las afirmaciones de las autoridades y espera, con los ojos bajos y el cuaderno en el regazo, el momento oportuno para cada intervención. El auto de fe es un remedo, una diminuta maqueta de los métodos y del sistema, y visiblemente sabe a poco a los cuadros, cuya omnipotencia habitual limita la condición foránea del sujeto. La representación proporciona una edificante muestra de lo que deben de ser en tamaño natural las sesiones de crítica y discusión de masas, los métodos por los que se reduce a mínimos el espacio no vigilado. Para la construcción del archipiélago donde la libertad se reduce a briznas o está ausente la técnica tiene menos importancia de lo que Orwell pensara. Sobran pantallas, televisiones activas, grabaciones y altavoces. Basta con transformar a los individuos en reproductores y cámaras y recoger, en interminables reuniones de acusación múltiple, la cosecha de la fatiga, la vileza y el miedo.

La extranjera no se hace la menor ilusión sobre el efecto de las argumentaciones, pero le interesa mover hasta el final las piezas según las reglas a las que sabe pretenden atenerse sus interlocutores. Por último, pide se haga constar que esa partida se lleva a cabo contra su voluntad y que solicita que colegas y alumnos sean informados y den su opinión. Tal información jamás se llevó a cabo y nunca volvió a ver a sus alumnos.

Entre la fecha de la partida y la notificación discurrió un tiempo de no-persona, una estancia indefinida en el limbo con vagos intentos oficiales de salvar las apariencias entre los que se incluyó la visita a Shanghai, estrechamente vigilada por una profesora U que, además de intérprete, ejercía como espía honorario y restringía fotografías, paseos y actividades En el tren que lleva a ambas a Shanghai la extranjera le da un nuevo cuaderno para que no le falte material en que anotar lo que dice. En Pekín, una campana aislante cubre a la ex-cooperante y la aisla con el aura de los caídos en desgracia, de los alejados de los nuestros por el regular soplo de la purga. Nadie, de los escasos conocidos chinos, contesta al teléfono, nadie da señales de existencia de entre los profesores de Xian. Las relaciones se han ido podando y el irónicamente llamado Hotel de la Amistad adquiere de día en día el aspecto de una silenciosa pajarera en la que los espacios entre las aves se multiplican. El desdén oficial, la falta de los agasajos reglamentarios, de la cena de despedida, se supone una injuria que en sujetos sensibles a la semiología local debería producir daños morales insuperables. En la extranjera alimenta su vigoroso caudal de indignación y aguza los medios de que se vale para sacar el material escrito que considera valioso. La marcha al aeropuerto es un largo ejercicio de humillaciones, una sombra de las frías miserias que serían el lote inacabable de un ciudadano local. Cortesía y sonrisas han desaparecido, como la atención y las relaciones individuales. Algunos de los que fueran colegas se han transformado, junto con traductores, en auxiliares de la policía. Quedan registros innumerables, expolios de fotografías, escritos y regalos, la azafata que reclama a la última pasajera del avión y el fuselaje aplanado y descolorido por la luz pesada y mate del comienzo de la tarde.

 

La ausencia de Heródoto

En este punto me veo necesariamente obligado a manifestar una opinión que será mal acogida por la mayoría de la gente; pero, pese a ello, como, de hecho, me parece que es verdadera, no voy a soslayarla. (Heródoto. Historia. Libro VII)

 

Nosotros, personalmente, ya sabemos sin ningún género de dudas que el Medo cuenta con un potencial muy superior al nuestro, así que, desde luego, huelga que nos eches en cara esa inferioridad. Pero, pese a todo, prendados como estamos de la libertad, nos defenderemos como podamos. (Heródoto. Historia. Libro VIII)

 

Los documentos utilizados en las clases en China, las traducciones de reuniones y circulares, las retahílas de presentaciones de fábricas, relatos de obreros y glosas de directivas han sido recuperados por la cooperante gracias a quien los llevó consigo e introdujo en el correo al otro lado de la frontera. Ahora forman sobre la mesa una pila inocua de material secreto procedente del país en el que lo es todo, hasta la anodina lección sobre el uso de las preposiciones. Se esperaría al agitarlos microfilms y contraseñas de espías, y no la pobreza de las hojas cruzadas por una mecanografía con errores en la que el tiempo irá agrisando el azulado original. Pese a ser material raro en Occidente y a que hubieran sido sin duda juzgados dignos de aprecio en bastantes países, su destino será cobijarse entre las tapas de una tesis doctoral y desaparecer a partir de entonces, como una lata pasada de fecha, en las probables incineradoras de algún depósito universitario hispano.

El tiempo transcurrido les ha privado del carácter reservado y lejano, pero también los ha empujado hacia terrenos de otra Historia, la que permite perspectiva y vislumbra los territorios del futuro, tanto los que ella ansiaría como los que no desearía pisar, los que lucharía hasta la última mota en el reloj de arena por que jamás vean la luz, Oscuras zonas tan aparentemente inermes en su desfasado simplismo, en su caduca y burda representación del movimiento social. Hojea documentos y se dice que nada va a repetirse, pero que todo está sin embargo vivo, en una cadena de causas y semillas que, como las lenguas, no hace sino plasmar actos. Son ahora folios inocuos adelgazados y frágiles por el tiempo transcurrido. Pronto se animan, transmiten, y en ellos resalta, como una tinta de contraste, el vacío de las líneas no permitidas, del pensamiento anulado. La cooperante (el oficio imprimió carácter) los examina, compara, costea con ellos un archipiélago que no ha cesado nunca de cambiar de forma.

Y echa de menos a Heródoto. También a Tucídides. Ignora si el siglo XX del Imperio del Medio hubiera sido el que fue si, en la antigüedad, el emperador no hubiera decidido un día castrar al más grande de sus historiadores, el cual continuó luego su minucioso trabajo. La digresión carece sin duda de relevancia, pero hay un hueco perceptible de aquella libertad cara al moderno corazón que pierde el aire en que respira cuando se extirpa el derecho al recuerdo.

Los escritos chinos del 73 que la que fue cooperante maneja coinciden, como los comportamientos de los sujetos que los compusieron y leyeron, en el denominador común de una inhibición consciente e inconsciente llevada al extremo de anular tanto la memoria como la posibilidad de captación de la realidad, la cual quedaba mediatizada ex ovo por el contexto inhibidor. La Historia era hecha y rehecha continuamente según los criterios políticos del momento, los personajes aparecían y desaparecían de páginas y fotos, los sucesos saltaban en el tiempo o ingresaban en el limbo. Shaoshan, pueblo natal de Mao, y Yenan, sede del primer soviet, se ha convertido en el vasto museo del Gran Timonel, y ello ha implicado un activo cambio de fechas y recorte de documentos gráficos, de forma que todo el movimiento campesino, social y político proceda y se refiera a su sola persona, con pinceladas discretas de figurantes que fueron, en realidad líderes de igual o mayor antigüedad y gran importancia.. Los guías no lo ignoran, pero repiten sus textos sin vacilar. La infalibilidad del Presidente y del Partido obliga a continuos ejercicios de amnesia en los que, con la seriedad y rutina más naturales, se exige al individuo que exprese su convencimiento de hechos sucesivamente contradictorios, que ignore evidencias y afirme bien asentados conocimiento de verdades impuestas como tal el día anterior. Era recurso habitual en los mítines y documentos políticos mostrar en miembros excomulgados de la Directiva, como Lin-Piao o Liu Shao-shi, tendencias prenatales a la traición y revisionismo; para ello se coloreaban-de manera, a decir verdad, bastante burda-sus acciones y palabras por medio de frases fuera de contexto. En la aproximación a cualquier artículo no había ni sombra de metodología crítica y se ignoraban fecha, autor y fuentes. Cuando se hacía a colegas y estudiantes alguna observación sobre las contradicciones históricas o lógicas en las que estaban incurriendo no parecían comprender. Tras el leve descarrilamiento mental, repetían un argumento inconsistente ya citado y continuaban, como si la realidad y la lógica misma palidecieran y se eclipsaran ante la fuente de la que recibían información y directivas. Se trataba de la curiosa actitud respecto a la verdad que llamaba la atención de los profesores extranjeros. Uno relataba la sorpresa y desconcierto del estudiante a cuyo saludo matinal, en vez del habitual I’m fine, thank you; how are you? aprendido en la lección del día anterior, había respondido I’m tired out, comrade. No se trataba de un simple automatismo lingüístico, sino que reflejaba la general tendencia en el auditorio a suponer la corrección de todas las frases, tanto en gramática como en contenidos, y la paralela incapacidad para aventurarse en el humor, el juego o la fantasía.

Tales mecanismos reposaban sobre una estructura en la que el Bien era monopolizado por Mao Tse-tung y el Partido y el Mal por todos los demás no aquiescentes. De estos últimos se elegían símbolos de la negación pura, tanto más perversos cuanto más afines y, en tiempos, más cercanos compañeros del dirigente. El sistema era por demás utilitario, puesto que permitía cierta descarga periódica de errores, catástrofes y responsabilidades en un alter ego oportunamente demonizado hacia el que podía canalizarse el descontento popular. Como en los individuos, se abortaba igualmente en la sociedad, desde el Buró Político, el proceso lógico de análisis y crítica que hubiera debido llevar a la rebelión contra el monopolio del poder y sus jefes. Periódicamente el sistema de purgas proporcionaba como pasto algunas hornadas de burgueses, revisionistas y reaccionarios coronados por escogidos compañeros de armas del Presidente para los que se reservaban títulos de mayor rango: traidores a la Patria, agentes del imperialismo, espías de la URSS, de la CIA o de ambos, o servidores del Kuomingtang. Ni siquiera se juzgaron precisos procesos similares a los de Moscú, tal era el desdén, el control y el dominio del Gobierno chino respecto a la masa sobre la que se asentaba.

A la limitación temática correspondían otras espaciales y cronológicas; no se trataba sólo de marcar un recuadro en el espacio o en el tiempo. El empleo frecuente de párrafos sin ligazón directa con la vida cotidiana y la existencia individual, la abundancia de oraciones que son consignas, afirmaciones más o menos abstractas, imperativos morales, verdades inamovibles, instrucciones e informaciones de fuente ortodoxa, configuraban en el hablante un universo intemporal, u-tópico en el sentido originario de la palabra. La vida del pueblo es muy feliz. Todo eso se debe a la sabia dirección del Presidente Mao y del Partido. Debemos dedicar más energía en aras de la construcción socialista. El pueblo chino recuperará sin duda alguna Taiwan, territorio inalienable de China. Afirmamos que el pueblo camboyano vencerá., etc, llevan al estudiante una serie de mensajes cuya característica común es el principio de autoridad. En virtud de éste se conjugan dos factores sólo contradictorios en apariencia: la inmutabilidad del mundo y su extrema relatividad. Para juzgar esto bastaba ir siguiendo de año a año y de mes a mes las noticias y artículos de la prensa y publicaciones chinas, de los que eran fiel reflejo los textos usados para la enseñanza de lenguas extranjeras. Se veía entonces que, al no existir una realidad objetiva propiamente dicha, sino un sucedáneo creado, borrado y remodelado por el Gobierno, se producía el singular fenómeno de la ahistoricidad de los textos, la elaboración del pasado según las sucesivas directivas y consignas. De esa variabilidad participan a su vez el presente y el futuro, cuyas imágenes son mutables. Aquel material docente era prueba fiel de los mecanismos lingüísticos por los que un universo verbal reemplaza al real y lo anula con la fuerza que le otorga la autoridad de que dimana, los poderes de difusión del centro emisor de consignas y la ausencia de mensajes que pudieran competir con él.

Quizás convendría recordar que la práctica, de fuerte sabor medieval, de reescribir la Historia al son del poder del momento ha sido secular en ese país, con una rara e ininterrumpida persistencia, y se resumía en la consigna alabar o injuriar. El historiador, burócrata del funcionariado, marcaba, desde su coyuntura, la visión oficial adecuada respecto a las precedentes dinastías valiéndose del tradicional entramado de citas y tópicos que, en cada ocasión, debían servir para ensalzar al monarca de turno y ensombrecer a los pasados. En febrero de 1966 un grupo de intelectuales, barridos por la purga posterior, se aferraban en China, frente a las autoridades, a la defensa de la verdad objetiva:

Es absolutamente necesario mantener el principio según el cual la búsqueda de la verdad debe desarrollarse a partir de los hechos, así como el principio según el cual todos los hombres son iguales ante la verdad. Hay que persuadir con argumentos razonables, y no actuar como los tiranos académicos que deciden sobre todo sin debate y abusan de su autoridad para aplastar a sus adversarios. El maoísmo condena su postura: “Todos los hombres son iguales ante la verdad” es un slogan burgués. 1

En su artículo The Prevention of Literature Orwell aborda el problema de la libertad intelectual:

the dangerous proposition that freedom is undesirable and that intellectual honesty is a form of antisocial selfishness (…) The ennemies of intellectual liberty always try to present their case as a plea for discipline versus individualism (…) Freedom of the intellect means the freedom to report what one has seen, heard, and felt, and not to be obliged to fabricate imaginary facts and feelings. The familiar tirades against “escapism”, “individualism”, “romanticism” and so forth, are merely a forensic device, the aim of which is to make the perversion of history seem respectable.

(la peligrosa propuesta de que la libertad es indeseable y de que la honestidad intelectual es un tipo de egoísmo antisocial (…) Los enemigos de la libertad intelectual siempre tratan de presentar su caso como una defensa de disciplina versus individualismo (…) La libertad del intelecto significa la libertad de contar lo que se ha visto, oído y sentido, y no estar obligado a fabricar hechos y sentimientos imaginarios. Las diatribas habituales contra el “escapismo”, el “individualismo”, el “romanticismno”, etc, etc, son simplemente artilugios legalistas cuya finalidad es hacer que la perversión de la historia parezca algo respetable.-trad. de la aut.).

En 1984 el pasado es simplemente lo que el Partido quiere que sea. Los procedimientos del Gobierno chino, las fotografías claramente trucadas en las que incluso se ve el espacio gris de personajes eliminados del grupo, tienen, pese a darse en el último cuarto del siglo XX, un sabor paleólitico, burdo; sin embargo delatan una atmósfera de indiferencia e impunidad en la que no vale la pena detenerse en mayores sofisticaciones. El 11 de marzo de 1973, con motivo del establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República Popular y España, el Renmin Ripao (Diario del Pueblo) publicó un resumen de nuestra historia moderna. En él estaba ausente la muy citada carta de Mao Tse-tung en 1937 al pueblo español, en la que se mostraba seguro de la victoria del Frente Popular y, en su lugar, se decía:

En 1931 fue derribada la Monarquía y se estableció la República. En febrero de 1936 se estableció un gobierno de coalición con la participación del Frente Popular. En abril de 1939 el general Franco se hizo con el poder: en julio de 1947 España declaró que se transformaba en una Monarquía. La Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno siguieron siendo ejercidas por el general Franco.

Tras el golpe de Estado en Chile y la muerte del Presidente electo, Salvador Allende, el tratamiento periodístico de noticias sobre el país consistió en alusiones ligerísimas o silencio. De modo semejante, naciones y sucesos eran presentados según dependencia estricta de las relaciones y expectativas del Gobierno chino respecto a ellos. Éstas podían cambiar con gran rapidez, y con la misma presteza debían hacerlo las mentes, a las que un mecanismo de instintiva conservación de la cordura dividía en compartimentos, de manera que el superior asintiera con convencimiento a las afirmaciones más dispares. Los libros escolares estaban concebidos, desde el nivel más infantil, para separar sucesos y personajes en dos grandes bloques: antes y después de la toma del poder por el Partido Comunista, a favor y en contra de sus directivas. La señalización imprescindible para el ejercicio de las facultades de comprensión y retención se efectúa, no por medio del habitual recurso a la secuencia lógica y lineal, sino que ésta es sustituida por la creación de bloques, arquetipos, dogmas, puntales ideológicos que sobrenadan en una oscuridad carente de límites y son el único refugio contra el vértigo de la completa desorientación. La forma de la narración está haciendo historia, en el hilo de su relato y en la trama misma de su forma, en los epítetos, eufemismos, sintagmas de elementos incompatibles hermanados por un discurso que poco a poco los fija, cristaliza y engloba en frases conativas destinadas a dar la única imagen histórica aceptable. En este sentido analiza probablemente Faye la introducción del adjetivo totalitario en la lengua italiana (discurso de Mussolini en el teatro Augusteo el 22 de junio de 1925) y su progresiva inclusión en la narrativa hasta que el concepto se convierte en presente aceptable y futuro deseado y programado como meta.[6]

La vecindad, la perspectiva del poder, la simple proximidad de privilegios, impulsan al control de las diversas facetas de la expresión lingüística. La crítica de estos lenguajes, de esta semántica y de esta historia se hace imposible con el monopolio de los medios de difusión, llega, en el Estado total, al subyugamiento absoluto, o quizás, de manera más angustiosa, a la marginal irrelevancia.

Las proposiciones enigmáticamente tachadas por Marx en el manuscrito de la “Ideología alemana” son más imperiosas que nunca: la historia puede “dividirse en historia de la naturaleza e historia de los hombres, pero” afirmaba la frase tachada, “no conocemos sino una sola ciencia: la ciencia de la historia.”[7]

El monopolio estatal chino de la expresión y las particularidades del país han llevado a ciertos comentadores occidentales a una especie de estructuralismo semántico extremadamente peligroso. Así como los maoístas se empeñaron en hacer de los chinos conejos de indias del Hombre Nuevo, ciertos estructuralistas, a base de relativismo semántico cultural, han hallado justificación a todas las sumisiones y manipulaciones. Las preguntas que se plantea el investigador y el viajero carecerían de pertinencia aplicadas a esas latitudes, la libertad no sería sino una particularidad histórica o geográfica europea cuya mención, aplicada al contexto de la R. P. China, no denotaría sino torpeza e ignorancia. El temor a la inexactitud, real, existente en la traducción de términos y textos se ha empleado abundantemente como excusa para eludir la crítica y adoptar la cómoda explicación de naturaleza china sui generis. Como tantos relativismos, el semántico sólo es aceptable si no se olvida que el monopolio del lenguaje ha venido perteneciendo en ese país a un Gobierno y a un sistema concretos y definidos.

Uno de los conejos de indias de aquella China tan cara a los observadores, un profesor de edad madura que apenas habla, entra en la habitación; aparta las telarañas del tiempo transcurrido, aparta las distancias y se sienta. Vuelta al último instituto de Pekín. Este Hombre Nuevo tiene pocas intenciones de serlo. Lleva allende la piel, lo mismo que en el cuerpo, el bagaje de las capas sucesivas de existencia, la pretensión a pequeñas felicidades cotidianas, la familiaridad, con el occidental, con cualquiera, de la manga manchada de tiza y de la forma de coger el cigarrillo. El recuerdo, en su claridad, es perfecto, carece de la duplicidad de los sentimientos y de los billetes falsos, su nitidez es total. Están solos en el despacho y la profesora extranjera le cuenta, en un lenguaje también empedrado de clichés y de tópicos, los proyectos que tiene para el curso próximo, cuán beneficiosa le será esta estancia cuando vuelva a su lugar de origen, su interés por China. Él sabe que ya habla a una ausente, que se ha decidido, en reuniones de las que ella no tiene noticia, fijarle fecha para que abandone el país y que esto es tan inapelable como la puesta del sol. La escucha y calla; tiene los hombros caídos y el pelo cortado en punta, espeso y entrecano. Ella se ha embarcado en el entusiasmo, las descripciones, la admiración, y entonces ve en su interlocutor silencioso y discreto un brillo curioso, furtivo, delatado por la luz lateral de la tarde que los dos reciben de la ventana abierta. Sin qué ni por qué a este hombre se le han empañado los ojos. Es un instante, una expresión, un gesto sin comentario. Sólo más tarde-la convocatoria, la precipitación de la partida, el registro, la escala, con pie todavía inseguro, en el aeropuerto de Atenas-sabrá el significado de un rasgo de conmoción mínimo que avistó la superficie de ese ordenado conjunto de acciones que era el hombre que tenía ante ella.

Las personas que, durante la estancia en China, fue encontrando tenían desde luego formas de comportamiento comunes. Se regían por una inhibición consciente e inconsciente que les permitía filtrar, según consignas e intereses, la realidad hasta insospechados extremos. Habían conservado de la sociedad tradicional la necesidad imperiosa de no perder la cara, mantener las apariencias, conservar cierta categoría a ojos de los demás. Eran herederos de jerarquías fosilizadas, de comportamientos asignados a cada lugar social; se trataba de un escalafón de funcionarios a las dimensiones de un país. El nuevo régimen lo sabía, y utilizaba con la sabiduría del experto en artes marciales el descrédito y la humillación. Las ocasiones de crítica eran incontables por la escasez del reducto de la vida privada. Su seguridad, su vida material, dependían estrechamente de la forma en que cada cual se mostrara en la recta línea, y la necesidad había desarrollado en ellos un virtuosismo en la expresión de la actitud conveniente. Caminaban, de forma casi física, por una cuadrícula interminable y diminuta, cuyas casillas negras-el mal-no sólo debían evitarse, sino que cumplía marcar el repudio hacia ellas en todas sus formas. El ballet de fidelidad ideológica que realizaban durante la Revolución Cultural, las danzas de las guarderías, las memorables óperas revolucionarias, son la final expresión plástica de esta exigencia. A cambio, en este juego de recriminación/recompensa, el sistema ofrecía grandes dosis de una seguridad nunca adquirida, siempre ligada a ejercicios cotidianos de adhesión. Eran escolares permanentes, alumnos del Gobierno sometidos a pruebas regulares, a la presentación de esos deberes orales y escritos en que consistían las reuniones de reflexión sobre consignas y los tadzupaos. La forma de escribir un diario constituía objeto de estudio desde la Enseñanza Primaria, y dice mucho del egoísmo y la pereza crítica de no pocos comentadores occidentales el hecho de que hayan presentado esas prácticas como una fuente de eterna juventud intelectual. La cooperante sabe los riesgos enormes que yacen bajo la aparente bondad de tópicos como la formación y revisión permanentes. Son el retén del dirigente puntilloso, la garantía de arbitrariedad y sumisiones, a ellos se encomienda la reproducción, y ampliación de todas las sensaciones inhibidoras, las inseguridades angustiosas, las abrumadoras dependencias de la infancia. Se arrebata al adulto su hogar psicológico, el espacio, el domicilio inviolable suyo, individual, al abrigo de revisiones continuas, se anula en él el sentido de la responsabilidad personal y queda anclado en el deforme remedo de la madurez que es la puerilidad forzosa.

The weakness of the child is that it starts with a blank sheet. It neither understands nor questions the society in which it lives, and because of its credulity other people can work upon it, infecting it with the sense of inferiority and the dread of offending, against mysterious, terrible laws…[8]

(La debilidad del niño es que comienza con una página en blanco. Ni comprende ni pone en tela de juicio la sociedad en la que vive, y, a causa de su credulidad, otros pueden influir en él infectándole con sentimientos de inferioridad y con el temor de quebrantar leyes misteriosas y terribles…-trad. de la aut. )

Los profesores reunían, quintaesenciados, todos los rasgos que de manera variable podían observarse en el ciudadano de a pie. El terreno de la cultura siempre es el más vulnerable, el sometido al bombardeo de apariencias, a la toma inmediata de la fachada, al escaparate de las exigencias más espurias y los más obscenos hartazgos de control. Sus reivindicaciones eran más patéticas porque se veían obligados, en una de las mil facetas del síndrome de Estocolmo, a exigir raciones dobladas de medicamentos antiburgueses, a reclamar reforma ideológica y transformación del pensamiento, a encontrar la presencia de la política, de los obreros y de las masas en la Enseñanza insuficiente y a pedir que los representantes del proletariado residieran en permanencia en los institutos. De su grado de sumisión daban idea las propuestas, en sus tadzupaos, de los alumnos. Éstos se quejaban de que no se les dedicara la más completa de las atenciones, de que no se los tratase con una disponibilidad que incluía ir a verles a sus dormitorios para charlar sobre sus problemas personales y completar su formación ideológica. El infeliz cuadro docente contraatacaba aludiendo a que sus orígenes burgueses les impedían educar a los estudiantes, pero no por ello éstos renunciaban a la confortable idea de disponer de un servicio veinticuatro horas, muy bien visto en general por la sociedad.

El pliego de quejas del alumnado, en universidad e institutos, solía coincidir. Los reproches venían, en buena medida, de los menos dotados para el estudio, que denunciaban la falta de igualdad en resultados, calificaciones y trato, abominaban de los exámenes y consideraban altamente reaccionarios el suspenso y la expulsión por bajo nivel en conocimientos y trabajo. La Revolución Cultural había difundido la consigna de que todos los alumnos debían progresar conjuntamente, por lo que el desmentido de la realidad académica y la capacidad intelectual se juzgaba una traición a la línea proletaria, que se agudizaba en el caso de que las malas notas recayesen en alumnos de origen obrero. También se consideraba deplorable servilismo confuciano la exigencia de que se trabajase para aprobar, en vez poner en primer lugar consideraciones sociopolíticas como el servicio al pueblo. Otro atentado a la igualdad consistía en el desdoblamiento de las clases en grupos según el nivel lingüístico de los alumnos, numerosas en el caso de nivel inferior, con un programa reducido y que duraban todo el año. Los estudiantes rechazaban ser incluidos en ellas, pedían la fragmentación en unidades de cuatro alumnos y querían disponer día y noche de un profesor que, con su labor continua, compensara las carencias más graves. En ningún caso se citaban el mérito o la inteligencia, sino un igualitarismo de Procusto que gozaba de tan numeroso asentimiento como extendido es el sentimiento de la envidia. En el hervor de sus movimientos y reivindicaciones, los estudiantes se beneficiaban a la vez de una libertad mayor y menor que sus profesores. Aún no podía acusárseles de lo que no habían sido, de lo que no habían hecho, y les cabía la indeterminación del futuro y la protección de un pasado vivido desde sus comienzos a la sombra del régimen, mostraban la energía ampliamente disponible de una joven generación. Pero aleteaban en un muy reducido espacio aunque se esforzaran en quemar en él irreprimibles anhelos; de ojos adentro, su albedrío era menor que el de los adultos porque en éstos quedaba un asomo de antiguos senderos, propios de otra geología, previos a la Nueva Época, y quedaba incluso un fino rastro de tristeza que a veces es el último reducto inviolado de la integridad personal.

La alimentación de su intelecto seguía la tónica de las generales líneas de la dieta. Que hayan sido considerados por el Gobierno documentos secretos los textos utilizados en las clases da idea de la megalomanía ocultista del régimen. Nunca habrá habido material de espionaje menos digno de atención, excepto si se utiliza como arma mortal, dado su extraordinario poder de aburrimiento. Y sin embargo fueron, en Occidente, piezas tan raras como la correspondencia de un antiguo rey o la transcripción de conversaciones delatoras, y hubo que sacarlos del país por medios dignos de más altas tareas y bajo la amenaza de riesgos de imposible cálculo. Hoy les queda un desteñido valor histórico con sabor a paleografía educativa y florilegio de pioneros. Fueron menú cotidiano, plato único de centenares de miles de personas, y vale por ello, quizás, la pena reproducir literalmente, faltas de ortografía y sintaxis incluidas, fragmentos de aquellas lecciones de español compuestas por profesores chinos para sus alumnos.

Ejemplos de uso de palabras:

Formular opiniones en una reunión sobre la Revolución Educativa.

No adoptamos ideas malas.

Formular una calurosa bienvenida a los amigos extranjeros.

Los huéspedes extranjeros nos formularon sus sentimientos amistosos.

Los jóvenes de la nueva China deben adoptar una firme posición en la lucha de clases.

Aceptar modestamente las críticas de sus compañeros.

Los niños adoptan buena educación.

El camarada aceptó mis opiniones y corrigió sus errores.

Ante los imperialistas y lacayos revisionistas adoptamos firmes medidas y luchamos hasta el fin.

Reeducar las ideas malas.

Adoptar opiniones correctas ajenas está bien.

Persistimos siempre en los principios de autoindependencia, autosostenimiento, autodecisión.

Hemos de persistir en estudiar.

Persistir en la revolución bajo la dictadura del proletariado es propio de comunistas verdaderos.

Es nuestro deber apoyar a los pueblos del Tercer Mundo que persisten en principios justos.

Persistimos en el internacionalismo proletario.

Persistir en los estudios de las obras de Marx, Engels, Lenin y el Presidente Mao es útil.

La lucha de clases persiste en el socialismo.

De acuerdo con la política de nuestro país, establecimos relaciones con Argentina.

El poder nace del fusil.

Bajo la dirección del Partido Comunista de China y del Presidente Mao los campesinos lograron, con su valentía y sabiduría, un gran triunfo armados con el pensamiento maotsetung.

El combatiente inmotal luchó heroicamente contra los enemigos.

(Instituto de Lenguas Extranjeras de Xian)

 

 

No importa que las palabras de los conductores sean ininteligibles para nosotros, porque comprendemos su sentido.

Hay que compensar la falta de capacidad con mayor trabajo.

Presentar nuestro trabajo como si fuera bueno en todos sus aspectos es contradecir los hechos.

Primero, orientarlos en su trabajo. Esto implica dejarlos desplegar su iniciativa en el trabajo para que se atrevan a asumir responsabilidades y, al mismo tiempo, darles indicaciones oportunas para que, a la luz de la línea política del Partido, puedan poner en pleno juego su espíritu creador.

Todas las ideas sin excepción llevan su sello de clase.

Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos.

Estudiaba sin cesar y por fin llegó a ser un gran escritor.

La profesión de abogado fue suprimida por la revolución por estimar que complica los problemas en vez de simplificarlos.

No debemos entrar en componendas con los imperialistas yanquis.

China se opone terminantemente a la división en el movimiento comunista internacional.

China ofrece ayudar a todos los marxistas leninistas que luchan incesantemente por su liberación.

Los revisionistas se oponen a la lucha armada como medio de tomar el poder.

La Unión Soviética, como un país europeo, no tiene nada que ver con los asuntos de Asia.

En los países capitalistas hay muchos buenos trabajadores que se ven obligados a pedir limosna por no tener trabajo.

Los niños pobres españoles andan descalzos y hambrientos por las calles, no tienen nada que comer.

Los profesores extranjeros deben dar consultas a los profesores chinos y clase de conversación a los alumnos y en nada mejor podemos utilizarlos.

(Instituto nº 2 de Lenguas Extranjeras de Pekín)

 

 

Entre el material que se encontraba en la sección de español del Instituto nº 2 de Lenguas Extranjeras de Pekín figuraban algunos volúmenes de citas del Presidente Mao seleccionadas por los profesores, a las que se mezclaban párrafos de artículos del Diario del Pueblo traducidos al español.

Estos volúmenes, compuestos en años anteriores, estaban sometidos por entonces a una labor de revisión ideológica, en busca de tendencias “limpiaoístas” que pudieran contenerse en ellos, y, por tanto, apartados de uso.

Representan, con notable pureza, el tipo de dieta literaria que durante un largo periodo había constituido el plato de base, por no decir único, de los centros de enseñanza y de los medios culturales.

La Gran Revolución Cultural Proletaria es, en esencia, una gran revolución política emprendida, en las condiciones del socialismo, por el proletariado contra la burguesía y todas las clases explotadoras; es la continuación de la prolongada lucha entre el Partido Comunista de China y las amplias masas populares revolucionarias bajo su dirección, por una parte, y los reaccionarios del Kuomingtang por la otra, es la continuación de la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía.

Este asunto (la película de Wu Sun y otras obras) ha sido iniciado por dos “personas sin importancia”, en tanto que “los personajes importantes” generalmente no lo toman en cuenta o hasta lo obstaculizan, forman un frente único con escritores burgueses sobre la base de idealismo y son gustosos cautivos de la burguesía.

EN LO IDEOLÓGICO

Ocurrió así lo mismo cuando se proyectaron las películas “Historia íntima de la corte Ching” y la “Vida de Wu Sung”. Desde que fué exhibida en todo el país aún no se ha criticado ni repudiado la película “Historia íntima de la corte Ching”, calificada de patriótica aunque de hecho es un film de traición a la patria. La “Vida de Wu Sung” ha sido criticada pero, hasta ahora no se han extraído lecciones, y, lo que es más, se presenta la extraña situación en que se tolera el idealismo de Yu Ping-mo y se impiden los vigorosos artículos de crítica escritos por “personas sin importancia”. Esto merece toda nuestra atención.

Han dejado salir de sus guaridas a  todos los monstruos y demonios, que han saturado, durante muchos años, nuestros periódicos, la radiodifusión, revistas y libros, manuales, discursos, obras literarias, manuales, discursos, obras literarias y artísticas, películas, la ópera y el drama, los guyi (narraciones artísticas), artes plásticas, músicas, danzas, etc. Al hacer todo esto, no han abogado nunca por la necesidad de adoptar la dirección del proletariado ni de solicitar la ratificación de nadie. Esta comparación hace ver en qué posición se han ubicado lo autores del informe esquemático.

Los últimos 15 años han sido testigos de una aguda lucha de clases en el frente de la literatura y el arte, y la cuestión de quién vencerá a quién aún no se ha solucionado. Si el proletariado no ocupa las posiciones en la literatura y el arte,la burguesía lo hará. Esta lucha es inevitable. Se trata de una extremadamente amplia y profunda revolución socialista en el terreno ideológico. Si las cosas no se hacen bien, surgirá el revisionismo. Debemos mantener en alto la gran bandera roja del pensamiento de Mao Tse-tung y llevar inflexiblemente hasta el fin esta revolución.

En cada rama del saber puede haber muchas escuelas y tendencias: en el aspecto de la concepción del mundo, sin embargo, en la actualidad básicamente existen sólo dos escuelas, la proletaria y la burguesa. Es una u otra, la concepción proletaria del mundo o la burguesa.

Si se es un escritor o un artista burgués, no se encanalizará (sic) al proletariado sino a la burguesía y si se es un escritor o artista proletario no se encanalizará a la burguesía sino al proletariado y al pueblo trabajador: se debe ser lo uno o lo otro.

El blanco principal del movimiento actual son aquellos elementos del seno del Partido que ocupan puestos dirigentes y siguen el camino capitalista.

Denunciar por completo la posición reaccionaria burguesa de las llamadas “autoridades académicas” antipartido y antisocialistas, criticar y repudiar a fondo las ideas reaccionarias burguesas en los círculos académicos, educacionales, periódicos, (sic) literarios y artísticos y editoriales, y apoderarse de la dirección en estos dominios de la cultura. Para realizarlo, hay que, al mismo tiempo, criticar y repudiar a los que se han infiltrado en el Partido, el gobierno, el ejército y los diversos sectores culturales, y depurar a todos estos de dichos representantes burgueses o remover (sic) algunos de ellos de sus cargos.

Suprimir el “grupo de los cinco a cargo de la Revolución Cultural” y sus oficinas e instituir un nuevo grupo encargado de la Revolución Cultural, subordinado directamente al Comité del Buró Político.

El libro sobre autoeducación de los comunistas (se refiere al libro de Liu Shao-shi Cómo ser un buen comunista, cuyo título chino es Del perfeccionamiento de los comunistas) es engañosa charlatanería, está divorciado de la viva lucha de clases, de la revolución y de la lucha política. No habla en absoluto del problema del poder político como problema fundamental de la revolución, ni de la cuestión de la dictadura del proletariado. Proclama una teoría idealista de autoeducación y promueve sinuosamente el individualismo burgués y la obediencia servil.

ATREVERSE A LUCHAR, A HACER LA REVOLUCIÓN Y A VENCER

¿Van acaso a acobardarse los chinos ante las dificultades, cuando no temen ni a la muerte.?

 

Me parece enteramente posible producir algunas bombas atómicas y de hidrógeno en un plazo de diez años.

 

A fin de combatir la agresión imperialista debemos crear una poderosa marina.

 

De todo lo que existe en el mundo, lo más precioso es el hombre. Bajo la dirección del Partido Comunista, mientras existan hombres, se podrá realizar toda clase de milagros.

 

TENER CONFIANZA EN LAS MASAS Y APOYARNOS EN ELLAS

Hay que dejar que las masas se eduquen a sí mismas en este gran movimiento revolucionario y aprendan a distinguir entre lo justo y lo erróneo, entre la forma correcta de proceder y la incorrecta.

 

DEBEN HACER LA REVOLUCIÓN EN LA ENSEÑANZA

Acabar totalmente con la dominación de los intelectuales burgueses sobre nuestros centros docentes (pocas directivas concretas, exámenes, acortar estudios, concentrar asignaturas, etc).

 

REVOLUCIÓN CULTURAL

Tiene por objetivo hacer más revolucionaria la conciencia del hombre, lo que le permitirá conseguir más, más rápidos, mejores y más económicos resultados en todos los campos de nuestro trabajo.

 

 

Otros textos eran como sigue:

LA FÁBRICA DE MÁQUINAS ELÉCTRICAS DE GRAN VOLUMEN DE PEKÍN

Elaborado por los profesores chinos del Instituto nº2 de Lenguas Extranjeras de Pekín, tras visitar a los responsables de la fábrica y anotar los datos. Se destinaba a los alumnos de tercer año. Aunque en el programa figuraba como “base de conversación”, se trata de la presentación a los visitantes extranjeros de dichos talleres, que figuran en el habitual periplo del turismo socialista. Buena parte del texto se dedica a subrayar el papel de la Revolución Cultural, del Partido, del Presidente Mao y del Partido en el aumento y mejora de la producción, las relaciones con la universidad y escuelas técnicas, las condiciones de trabajo y las prestaciones sociales. Entre éstas últimas se incluye el dato de que la edad de jubilación es para los obreros los sesenta años, para las obreras los cincuenta y para las empleadas los cincuenta y cinco, con el setenta por ciento del salario. El texto concluye con el habitual epígono de modestas excusas sobre las carencias y petición de sugerencias.

(No ya sólo desde el punto lingüístico, sino también desde el sociológico, es interesante observar, según el contenido de estos textos, que las seguridades que el sistema ofrecía eran, en la vida laboral cotidiana, muy reales y en algunos casos han persistido. La empresa-ciertamente modelo, y como tal objeto de visitas foráneas- se encargaba de la fácil satisfacción de las necesidades inmediatas del trabajador, como guarderías, vivienda y servicios, y las condiciones del retiro eran-y son- más ventajosas que las europeas. Hasta el día de hoy -año 2001- la edad de jubilación en China para empleados públicos es, para las mujeres, los cincuenta y cinco años, excepto si su labor se considera de necesaria prolongación hasta los sesenta.)

 

TENEMOS AMIGOS EN TODO EL MUNDO

El Presidente Mao se entrevista con los camaradas Le Duan, Phan Van Kong y Le Thanh Nghi.

Calurosa bienvenida al Presidente Congoleño Marien Ngouabi en Pekín

Comunicado conjunto sobre el establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República Popular China y los Estados Unidos Mexicanos.

Grandiosa recepción en honor de los huéspedes invitados al Torneo-Invitación de Tenis de Mesa de AAA..

Se trata, en todos los casos, de textos tomados de las hojas de Pekín Informa o el Diario del Pueblo en su versión española y páginas dedicadas a recepción de huéspedes extranjeros. Todos ellos abundan en los mismos efusivos clichés (atmósfera plena de sentimientos fraternales, fuertes apretones de manos, abrazos, calurosa bienvenida, conversación muy cordial, cálidos saludos, alegrías, penas y triunfos compartidos, alegres clamores brindados por las masas, atmósfera jubilosa de amistad, desbordante entusiasmo, efusivo encuentro, entusiastas aplausos y ovaciones del numeroso público, grandiosa recepción, salva de calurosos aplausos, unidad, cooperación, amistad, igualdad. Sigue un glosario, notas de gramática y ejercicios.

El último texto citado pertenece a la llamada “diplomacia del ping-pong” e incluye párrafos particularmente expresivos: Durante el transcurso de la recepción. se oían sin cesar los alegres acordes musicales de “La flor de la amistad se abre lozanamente” y “La amistad se extiende por el mundo entero.” Los deportistas, con sus vestimentas nacionales de gran colorido, se movieron de mesa en mesa para brindar y saludarse mutuamente. En todo el salón, lleno de júbilo, reinaba una emotiva atmósfera de amistad y unidad entre los pueblos de los tres continentes.

 

Textos utilizados para traducción directa, del chino al español:

La delegación del Partido y el Gobierno de Vietnam termina su visita a China.

Bienvenida a la Delegación Militar de Amistad de Albania.

Hablan los amigos extranjeros del Torneo-Invitación Amistoso de Tenis de Mesa AAA

 

Un ejercicio de uso de formas verbales, dadas entre paréntesis en infinitivo, se basa en la siguiente historia: En 1955 el Presidente Mao habla con soldados que vuelven del campo, revisa él mismo con cuidado sus informes, corrige amable y cuidadosamente sus faltas de ortografía y redacción y les anima a que sigan clases nocturnas; se ocupa luego de la creación de escuelas especiales para este fin. Los soldados que antes eran incapaces de expresarse adquieren, con el paso del tiempo, un alto nivel y algunos componen poesías.

La presencia de clichés sociopolíticos en las frases modelo de uso de palabras era variable y podía oscilar, por ejemplo, entre un sesenta y cinco y un treinta por ciento, dejando para las demás usos más simples y cotidianos. Dentro de éstas últimas pueden citarse:

Ej. del verbo RECUPERAR

El pueblo chino recuperará sin duda alguna Taiwan, territorio inalienable de China.

Con la “Revolución de Enero” de 1967 se estableció el Comité Revolucionario Municipal de Shanghai despaés (sic) de recuperar, de abajo a arriba, el poder usurpado por los dirigentes seguidores del camino capitalista de esta ciudad.

Después de 1949 el pueblo chino recuperó los (sic) aduanas ocupadas por el imperialismo.

Ej. del verbo DEPENDER

La navegación en los mares depende del timonel; hacer la revolución depende del pensamiento Mao Tse-tung.

Esperamos obtener ayuda extranjera, pero no debemos depender de ella.

La transición de la nueva democracia al socialismo depende principalmente de la alianza de la clase obrera con la clase campesina.

Ej. Ej. de AUMENTAR EN……….Y %

En 1949 China tenía 117 mil estudiantes de los centros de enseñanza superior; en 1958 el número de estudiantes universitavos (sic) llegó a 660 mil, es decir, aumentó en 4,7 en comparación con 1949.

Según datos comprobados, en 1958, el valor global de la producción industrial aumentó en el 66 por ciento en comparación con 1957.

Hay que añadir que los ejemplos que se prestan a la inclusión de números, datos, comparaciones y porcentajes son especialmente erráticos y reflejan la indiferencia de los autores respecto a la veracidad de los contenidos, que manifiestamente no iban a ser puestos por nadie en tela de juicio. Seguían presentándose épocas económicamente catastróficas como éxitos que se adornaban de imposibles guarismos. Es el caso del último ejemplo citado, que pertenece al Gran Salto Adelante. con sus colectivizaciones forzosas, su proliferación de hornos de inútil fundición de metal y sus hambrunas, expresados sin embargo con un 66 % de aumento de la producción industrial. La lluvia de falsos datos, a través de ejemplos numéricos, oscilaba siempre entre los incrementos constantes de todos los aspectos de la economía y servicios chinos y los conflictos y retrocesos de las otras (devaluación del dólar, pérdidas de libras esterlinas).

Las referencias al mundo exterior omitían cualquier aspecto concreto de la geografía, ciudades y hábitos de otros países, reduciéndose al mapa ideológico oficial:

El pueblo sudcoreano no goza de la libertad de palabra.

Es de notar que en los países capitalistas no existe la democracia verdadera.

Afirmamos que el pueblo camboyano vencerá.

Las cifras arriba mencionadas prueban que la economía nacional de Albania ha logrado un gran desarrollo en los últimos diez años.

Marx predijo que el comunismo se hará realidad en todo el mundo.

China cada día amplía sus relaciones con otroz (sic) países.

El socialimperialismo soviético intentó ampliar sus influencias en los países del tercer mundo

El fracaso de la guerra de los Seis Días se debió a que el revisionismo soviético vendieron (sic) a los pueblos árabes.

En tres años el pueblo argelino ha recorrido una larga vía en el desarrollo nacional.

El contraste y alternancia no son casuales. En las últimas frases la ampliación de la presencia de la diplomacia china en el exterior se hace seguir de la observación sobre las aviesas intenciones del expansionismo soviético y se completa con un ejemplo de éste.

Figura en esta lección un texto dialogado: DEL PARAÍSO DE LOS AVENTUREROS A LA GRAN CIUDAD SOCIALISTA.

B-¿De qué trata este texto?.

A-Lo principal es que describe los cambios que ha experimentado Shanghai después de la liberación. Lo que cuenta el texto nos atrae tanto que lo hemos leído 3 veces.

B-Eso sí, pero no solamente Shanghai, sino también las otras ciudades de China. Precisamente acabo de terminar de leer un artículo llamado “Nuevo aspecto de una antigua ciudad”.

A-¿A qué ciudad se refiere usted?.

B-A la ciudad Jefei, capital de la provincia de Anjui, es una ciudad con dos mil años de historia, situada en la parte este de China, entre los ríos Yangtsé y Juai.

A-¿También se ha hecho una comparación de lo de ahora con lo de antes?.

B-¡Cómo no!. Sin la comparación dificilmente (sic) se logra distinguir entre las cosas buenas y las malas.

A-Afirmo que la ciudad Jefei se hallaba en un estado muy miserable como Shanghai antes de la liberación.

B-Cierto. Antes de la liberación Jefei estuvo bajo la dominación de las clases feudales y de la camarilla de Chiang Kai-shek, presentaba un aspecto muy triste y frío; casas bajas y desarregladas, calles estechas (sic) y sucias, por las cuales vagaban mendigando muchas personas.

(…)

El texto continúa varias páginas, en el mismo tono de enumeración de logros urbanísticos, económicos, sociales. Los felices habitantes manifiestan que antes vivían en el infierno y ahora viven en el paraíso. El diálogo finaliza con los párrafos siguientes:

A-Sí, ahora la vida del pueblo es muy feliz. Todo eso se debe a la sabia dirección del Presidente Mao y del Partido. Pero debemos saber que nuestro país aún es una (sic) país relativamente atrasado en la economía. Por lo tanto debemos dedicar más energía en aras de la construcción socialista.

B-Tienes razón. Esta charla ha sido muy provechosa para nuestro conocimiento y estudio.

 

La densidad de frases de contenido político en las listas de modelos de uso de vocabulario aumenta a partir de las primeras lecciones del manual.

Ej. de RECORRER

El Presidente Mao recorrió todo el país.

Durante la Gran Marcha el Ejército Rojo recorrió 25.000 li ( 1 li = 500 m. ).

Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo.

Ej de ESTAR ALERTA

El pueblo chino siempre está alerta para defender la patria.

El socialimperialismo intenta por todos los medios desatar una nueva guerra, por eso tenemos que estar alerta.

(consciente o inconscientemente, se está siguiendo de nuevo aquí el método de hacer seguir el ejemplo positivo de China de su contrapartida antagónica.)

Los centinelas siempre estaban alerta para que nadie se acercara al depósito de armamentos.

José siempre está alerta contra los espías del gobierno reaccionario.

 

Ej de PONERSE AL ALCANCE

El jefe guerrillero dió la orden de no disparar hasta que el enemigo se pusiera al alcance de nuestros fusiles.

Tomás amenazaba con dar una lección al capataz si se ponía a su alcance.

Antes de retirarse de la montaña Pablo quemó todos los documentos del Partido para que no pusieran (sic) al alcance de los enemigos.

 

Ej. de DESCUIDARSE

No debemos descuidar la vigilancia revolucionaria, porque los enemigos de clase siempre intentan restaurar el capitalismo en China.

No debemos descuidar la atención al estudio político.

 

Ej. de ESCAPARSE

Con la ayuda de los guerrilleros Pablo escapó de la cárcel.

Como los guerrilleros se descuidaron un poco, se escaparon tres prisioneros.

En la batalla 56 soldados enemigos huyeron, pero 40 de los cuales (sic) no lograron escaparse del cerco del Ejército Popular de Liberación y cayeron prisioneros.

Aunque este terrateniente huyó, no escapará al castigo del pueblo.

 

Ej de IMPEDIR

Los soldados del Ejército Rojo tomaron rápido la aldea y así que (sic) impidieron el ataque de los enemigos.

El gobierno reaccionario impide la reunión de más de tres personas.

Las calumnias y ataques del revisionismo soviético no puede (sic) impedir nuestra marcha.

El revisionismo soviético siempre impide que los pueblos árabes liberen sus territorios ocupados por Israel.

 

Ej. de EMPRENDER

En octubre de 1934 el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos rompió el cerco de Chiang Kai-shek y emprendió la Gran Marcha.

En 1957 se emprendió la campaña contra los derechistas.

 

Ej. de MENCIONAR

En su artúculo (sic) Juan mencionó varias citas del Presidente Mao.

En su conferencia el profesor japonés mencionó muchas palabras de Confucio para comprobar que éste era un pregonero de la esclavitud.

 

Ej. de REINAR

Reinó una gran unidad en el X Congreso Nacional del Partido Comunista de China.

Reinó una atmósfera cordial y fraternal en el fanquete (sic) ofrecido por el ministro de Relaciones Exteriores en honor de la delegación coreana.

 

Los ejemplos de uso de palabras oscilaban entre dos y seis frases. Aparte de las netamente políticas, muchas eran de contenido moral, ejemplos de buena conducta:

Todos los días Juan se acostaba lo más tarde que podía para trabajar más.

Juan siempre concurre a las asambleas de su sindicato y a menudo se acuesta a altas horas de la noche.

Ver en la redacción de todas y cada una de las frases una intención manipuladora es estimar los métodos del archipiélago a la vez en menos y en más de lo que valen. La cultura, formación e información no eran, en buena parte de los casos, mucho mayores en los encargados de la tarea que en los destinatarios, las cuartillas habían pasado por innumerables manos y filtros y reflejaban a la vez la limitación de las fuentes y el automatismo de las conductas. El lector occidental las ojea con cierta presuposición de que se trata tan sólo de un puñado de lecciones, de un manual entre los muchos que circulaban. Ése es su error. La muestra es banal y escalofriante por su generalización, por su monopolio de mensajes, canal, contexto y escritura. Su misma reiteración produce un efecto rítmico que, sin llegar a tranquilizar, disuelve alarma y reticencias en la aceptación forzosa de lo previsible, en la simplicidad del hábito y de peculiares convenciones sociales.

El largo texto LLEVAR HASTA EL FIN LA LUCHA DE CRÍTICA A LIN PIAO Y A CONFUCIO fue distribuido a los alumnos de segundo curso de español como material de lectura fuera del horario lectivo y había sido tomado por los profesores chinos del boletín en castellano de la Agencia China de Noticias Sinjua. Este tipo de literatura-por así llamarla- reemplazaba a los escasos, expurgados y conflictivos cuentos y novelas y presentaba el atractivo insuperable de su irrebatible ortodoxia emanada de fuente oficial.

Pese a su evidente pastosidad ritual y a su extensión, es de tal manera exponente de su categoría que tal vez resulta provechosa la reproducción in extenso.

El encabezamiento: incluye la referencia de fecha y origen-2 de febrero de 1974-y la afirmación de que se trata del texto íntegro:

Iniciada y dirigida personalmente por nuestro gran líder el Presidente Mao, está desplegándose en todos los frentes una lucha política de masas tendiente a profundizar la crítica a Lin Piao y a Confucio.

Los reaccionarios chinos así como los reaccionarios extranjeros y los cabecillas de las líneas oportunistas a través de la historia, todos ellos rinden culto a Confucio. Desde hace medio siglo, al mismo tiempo que ha guiado la revolución china y luchado contra los reaccionarios de dentro y fuera del país y contra las líneas oportunistas, el Presidente Mao ha criticado reiteradamente el confucianismo y las ideas reaccionarias de culto a Confucio en oposición a los partidarios del gobierno mediante la Ley. Lin Piao, arribista burgués, intrigante, elemento de doble faz, renegado y vendepatria, es un verdadero discípulo de Confucio. Él, al igual que todos los reaccionarios moribundos del pasado, rindió culto a Confucio en oposición a los partidarios del gobierno mediante la ley, atacó al emperador Chin Shijueng y tomó la doctrina de Confucio y Mencio como un arma ideológica reaccionaria al servicio de su maguinación (sic) para usurpar la dirección del partido, arrebatar el poder del estado y restaurar el capitalismo. Sólo criticando la doctrina de Confucio y Mencio propugnada por Lin Piao, se podrá hacer una crítica aun más profunda y cabal de la esencia ultraderechista de la línea revisionista contrarrevolucionaria de Lin Piao. Esto tiene una gran importancia práctica y una honda significación histórica para fortalecer la educación en cuanto a la línea ideológica y política, a seguir firmemente y aplicar de manera cabal la línea revolucionaria del Presidente consolidar y desarrollar los ricos frutos de la gran revolución cultural proletaria, consolidar la dictadura del proletariado y prevenir la restauración del capitalismo.

Lin Piao, este embaucador político que no leía libros, periódicos ni documentos, era un gran déspota del partido, un gran caudillo militar que no poseía ningún conocimiento. Ocultó (sic) en madrigueras que no soportaban la luz del día, en medio de sus fanáticos secuaces e incluso públicamente, propalaba con vehemencia la doctrina de Confucio y Mencio. Fragmentos de esa doctrina también los dejó escritos en paredes o los anotó en su diario a guisa de “máximas”. ¿Por qué pregonaba dicha doctrina con tal fanatismo? porque se trata de una doctrina que aboga por la restauración de viejos regímenes sociales. Pertenecientes a un mismo sistema ideológico reaccionario, tanto Lin Piao como Confucio y Mencio pretendían restablecer viejos regímenes sociales con el fin de dar marcha atrás a la historia.

Confucio y Mencio formularon el reaccionario programa de “practicar la continencia y retornar a los ritos”, programa destinado a restaurar el régimen esclavista. Proclamaban que “Si un día se logra practicar la continencia y retornar a los ritos, todos los hombres se somenterán (sic) a la benevolencia”, es decir, una vez realizado esto, todo el mundo se sometería dócilmente a su dominación. Posteriormente al Noveno Congreso Nacional del Partido Comunista de China, Lin Piao pregonó en varias ocasiones “de los miles de asuntos, el más importante es el de practicar la continencia y retornar a los ritos”. Esto revela plenamente su impaciente ambición de subvertir la dictadura del proletariado, considerando la restaunación (sic) del capitalismo como el más importante asunto.

Confucio y Mencio sostenían que algunas personas “poseen conocimientos innatos”. Preguntaron presuntuosamente: “¿Si se quiere que en la tierra reine tranquilidad y orden, quién más en el mundo de hoy, fuera de mí, puede hacer esto realidad?.”

Lin Piao se servía de la reaccionaria teoría del “genio innato” como programa teórico antipartido. Se equiparaba a sí mismo con el caballo celestial, se consideraba el más noble de los hombres y un ser sobrenatural y clamaba: “el caballo celestial corre al galope por el firmamento, solo y sin rival”, conspirando para usurpar la direccion del partido y arrebatar el poder con el propósito de establecer un régimen dictatorial.

Confucio y Mencio pregonaban: “los nobles nacen inteligentes y los de abajo estúpidos, esto no puede ser cambiado”. Al preconizar esta concepción idealista de la historia, Lin Piao vilipendiaba a los trabajadores afirmando que éstos acostumbraban decir a los otros: “que consiga mucho dinero” y que únicamente prensaban en cosas como “aceite, sal, salsa, vinagre y leña”.

Confucio y Mencio propugnaron “la virtud, la benevolencia y la justicia”, y “la lealtad e indulgencia”. Lin Piao vociferó: “el que se basa en la virtud prosperará, mientras que el que recurre a la violencia perecerá”. Utilizó sentencias confucianas para atacar con perversidad la violencia revolucionaria y la dictadura del proletariado.

Confucio y Mencio pregonaron “la doctrina del justo medio”, Lin Piao gritó a voz en cuello (sic) que la doctrina del justo medio era “razonable”, oponiéndose a la filosofía marxista de la lucha y lanzó la calumnia de que la lucha antirrevisionista había sobre pasado (sic) los límites en un intento de capitular ante el revisionismo soviético y convertir a nuestro país en una colonia del social imperialismo soviético.

Confucio y Mencio abogaron por la filosofía de la vida de “recogerse para luego extenderse”. Lin Piao dijo que “me veo obligado a anidar temporalmente en la guarida del tigre” y «ya puedo usar hábilmente la táctica de cambiar según las circunstancias”. Con estas declaraciones confesó involuntariamente que era un arribista y conspirador burgués anidando a nuestro lado y que recurría a la misma táctica con que juegan los elementos contrarrevolucionarios de doble faz.

Confucio y Mencio pregonaron el absurdo de que “quienes trabajan con la mente están llamados a gobernar, mientras que los que trabajan con las manos deben ser gobernados”. Lin Piao atacó el camino del siete de mayo” diciendo calumniosamente que “el envío de cuadros a trabajar en las escuelas “siete de mayo” es una forma velada de desempleo”, y que el envío de jóvenes instruidos a establecerse en el campo “es una forma velada de corrección mediante trabajos forzados” en un vano intento de torpedear el gran plan estratégico del Presidente Mao enderezado a combatir y prevenir el revisionismo y preparar continuadores de la causa revolucionaria del proletariado.

Los discípulos de Confucio y Mencio sostenían: “deben ser abolidas las cien escuelas prar (sic) rendir culto única y exclusivamente al confucianismo.” Abrigando el sueño de establecer la dinastía hereditaria de los Lin, Lin Piao enseñó a sus hijos que había que venerar a Confucio y estudiar los cánones confucianos, y, como un punto de educación para su hijo, transcribió para él la experiencia de gobernante que el rey Wen de la dinastía Chou, cabecilla de los esclavistas, transmitió en su lecho de muerte a su hijo, el rey Wu.

Todo esto demuestra que la crítica a Confucio es realmente una parte importante de la crítica a Lin Piao y que va dirigida a arrancar la antigua raíz revisionista de Lin Piao y a criticar todavía más a fondo a éste. La crítica a Lin Piao y a Confucio es una seria lucha de clases que actualmente se desarrolla en nuestro país, es una revolución cabal en el terreno ideológico, significa declarar la guerra al feudalismo, al capitalismo y al revisionismo, constituye un duro golpe al imperialismo, el revisionismo y la reacción, y es el asunto de mayor importancia para todo el partido, el ejército y el pueblo de China.

Adoptar una actitud activa o pasiva en al crítica a Lin Piao y a Confucio, importante problema de principio, tiene el significado de una prueba para cada uno de los dirigentes. La filosofía del Partido Comunista es la filosofía de la lucha. Para continuar la revolución bajo la dictadura del proletariado, tenemos que llevar hasta el fin la lucha de crítica a Lin Piao y a Confucio. Luchando se avanza y dejando de luchar, se retrocede, se fracasa y se cae en el revisionismo. Los que trabajan en la esfera militar deben estudiar la cultura y los que trabajan en la base económica deben comprender los problemas de la superestructura. La cuestión esencial reside en criticar o abstenerse de criticar. Los que se deciden a criticar podrán liberarse ideológicamente, erradicar las supersticiones y avanzar, desafiando las dificultades.

Los dirigentes a todos los niveles deben colocarse a la vanguardia de la lucha y discutir y aprehender la crítica a Lin Piao y al Confucio como asunto de importancia primordial. Deben estudiar a conciencia el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung y una serie de obras e instrucciones del Presidente Mao sobre la crítica a Lin Piao y a Confucio, y avanzar a la cabeza de la crítica. Tienen que movilizar a las masas para que comprendan los argumentos reaccionarios de Confucio y Mencio con los absurdos reaccionarios y crímenes contrarrevolucionarios de Lin Piao y para que los critiquen punto por punto. Deben relacionar esta crítica con la actual lucha de clases y lucha entre las dos líneas, persistir en la revolución y oponerse a todo lo que signifique retroceso, asumir una correcta actitud hacia la Gran Revolución Cultural Proletaria y apoyar con pleno entusiasmo las nuevas cosas socialistas. Deben penetrar en la base para hacer experimentaciones en unidades piloto, formar nuevas fuerzas vertebrales y prestar atención a los ejemplos típicos. Deben estudiar constantemente las nuevas técnicas que surjan en la crítica a Lin Piao y a Confucio y diferenciar rigurosamente los dos tipos de contradicciones de distinta naturaleza y, en particular, tratar de manera acertada las contradicciones en el seno del pueblo a fin de atenerse firmemente a la orientación fundamental de la lucha.

Las grandes masas de obreros, campesinos y soldados constituyen la fuerza principal en la crítica a Lin Piao y a Confucio. Armados con el Pensamiento Mao Tse-tung, ellos son los más valientes en atreverse a romper con los viejos conceptos tradicionales, y los más expertos en la crítica a Lin Piao y a Confucio. “Confucio quería retornar a los ritos mientras que Lin Piao pretendía restaurar el capitalismo. No hay ninguna diferencia entre uno y otro.” que certero es este análisis exclamación (sic) , los obreros, campesinos y soldados han puesto el dedo en la llaga de Lin Piao en su pregón de la doctrina de Confucio y Mencio. La crítica a Lin Piao y Confucio se realizará a fondo siempre y cuando los obreros, campesinos y soldados tomen parte en ella. Los cuadros e intelectuales revolucionarios deben participar activamente en esta lucha y esforzarse por transformar su concepción del mundo. Aquellos intelectuales que fueron envenenados más hondamente por el confucianismo tiene que autoeducarse en esta lucha y es seguro que los progresos que hagan serán aplaudidos por los obreros, campesinos y soldados.

“No me importa que el viento sople y la ola golpee: es mejor que dar vueltas ociosas en un patio”. Debemos fomentar el espíritu revolucionario de ir contra la corriente, avanzar desafiando la tempestad y, bajo la dirección del Comité Central del Partido encabezado por el Presidente Mao, llevar hasta el fin la lucha de crítica a Lin Piao y a Confucio.

El artículo precisa de pocos comentarios. Es un tejido verbal tupido e impermeable, reforzado por reiteraciones, letanías y epítetos constantes que le dan cierto aire, a contrario, de epopeya, un insistente, y desafinado, canto a las fuerzas del mal que no deja ni el menor resquicio a los supuestos debates y discusiones que afirma impulsar. Se trata de una partitura pródigamente repartida al extenso coro. Ni crítica, ni opiniones ni, por descontado, ir a contracorriente tienen el menor parecido con lo que comúnmente se entiende por tales términos; éstos han sido reducidos a una cáscara verbal que recubre el vacío o sus simples contrarios ligados a la sumisión. El recurso a la metáfora histórica, bastante común en los usos chinos, permite el ataque por personajes interpuestos. Así el emperador que unifica el Imperio del Medio, Shi Huang-ti, es un protomao al que la villanía de funcionarios y filósofos osa contradecir. De hecho, la Historia es una reproducción ilimitada de limitados tipos situados en los extremos positivo y negativo del espectro. Lin está acorazado por una permanente alambrada de improperios que asegura la señalización para el lector y la fidelidad ortodoxa del periodista. Las conclusiones y relaciones causa-efecto en citas, ejemplos y datos son de una tal gratuidad que sólo pueden interpretarse como pruebas obvias de la extirpación de todo asomo de libertad de raciocinio y se engarzan sobre la base de interpretaciones y glosas sin más argumento que la fidelidad a la revelación interpretada por el Líder.

Es oportuno resaltar que a este tipo de textos, entre otros, se refiere la sumisa corriente occidental del estructuralismo semántico cuando, en sus comentarios sobre el sistema de la R. P. China, se refugia con ejemplar modestia en la imposibilidad de aplicar a los súbditos del régimen de Pekín términos de contenido tan diverso según las latitudes como libertad y razonamiento. Basta para rebatir tan cómodo recurso al relativismo la simple observación de artículos sobre China como Así se apoderó Estados Unidos del Canal de Panamá y El puente sobre el río Yangtsé, aparecidos en la revista cubana Granma y en Siempre. Su ortodoxia maoísta y su semejanza con los de Pekín Informa eran tales que el profesorado chino no tuvo problema alguno para emplearlos. Su lectura revela que, por encima de los miles de kilómetros que median entre Hispanoamérica y el corazón de Asia y más allá de etnias, civilizaciones, historia y lengua, sistema político y régimen resultan determinantes y son perfectamente capaces de crear lenguajes, hechos y mentes a su imagen y semejanza. La consanguinidad cultural del archipiélago que nos ocupa, de Albania a Corea del Norte y de la R. P. China a grupos y países de ideología afín, ofrece en fondo y forma, cambiados los topónimos, no ya un paralelo, sino prácticamente un calco multiplicado por la fuerza coactiva y excluyente de las directivas que lo producen.

El texto de base para una lección de segundo curso CANAL BANDERA ROJA: AMPLIAS PERSPECTIVAS fue tomado probablemente por los profesores de las publicaciones en español Pekín Informa o China Reconstruye. El tema es un clásico de la propaganda oficial: la construcción de un canal en Linsien, que se presenta como ejemplo de la capacidad de las masas y se cita a todos los visitantes extranjeros. Existía también una película sobre el tema. Las grandes obras públicas constituyen, con el anonimato y proliferación de sus actores, el ritmo de epopeya y la ausencia de individualidad, género especialmente adecuado para la literatura y estética del régimen.

Antes de la instauración del Poder Popular, Linsien, igual que toda China, se hallaba en la miseria. Los linsieneses decían que era zona de “cuatro pobrezas”: pobreza en las montañas, en el suelo, en fuentes de agua y naturalmente en la gente. Pero el peor de los males que debía soportar la población distrital (sic) y que unían a todo el pueblo oprimido de China, eran aquellas “tres montañas” que pesaban sobre él: la dominación imperialista, el feudalismo y el capitalismo burocrático. Eran éstas la causa de base.

Bajo la acertada guía del Partido Comunista de China, encabezado por el Presidente Mao, el pueblo linsienés cobró conciencia de su condición y se unió al movimiento práctico que habría de destruir las bases de toda la opresión y explotación existentes.

El establecimiento del Poder Popular emancipó en gran medida las fuerzas productivas. Luego de puesta en ejecución la Reforma Agraria, el pueblo del distrito sintió que el trabajar individualmente no correspondía a las necesidades del desarrollo provocado por la revolución.

Con las correctas orientaciones del Presidente Mao y del Partido los campesinos tomaron el camino de la colectivización. La cooperación socialista se había puesto en marcha; con su desarrollo, los hombres de Linsien fueron comprendiendo la importante necesidad del riego, de la construcción de obras hidráulicas, para la agricultura, y comenzaron a construir pequeños canales y depósitos de agua. Pero estos trabajos fueron en un principio aislados: podían resolver el problema temporal mas no radicalmente y de una vez para todas.

En 1958 se formó en el país la Comuna Popular Rural.

En Linsien, la Comuna infundió a los campesinos nueva energía y ese mismo año se construyó el primer canal de gran envergadura: el Héroe. Fue entonces que los linsieneses comprendieron que el solo almacenamiento de las aguas no podía resolver de raíz el problema. Los campesinos decidieron aprovechar las aguas del río Chang, que recorre los límites oriental y septentrional del distrito, construyendo un gran canal que las introdujera en Linsien. Esta proposición fue apoyada por el Partido. Las masas, junto con técnicos y cuadros se entregaron a planificar la construcción, que se inició en 1960.

Desde su mismo comienzo, la construcción del canal estuvo marcada por la lucha de clases y entre las dos líneas. Los contrarrevolucionarios blandieron el argumento de las dificultades, de la carencia de “expertos” y “eruditos” y hasta la imposibilidad de construir la obra porque está en contra de lo que decían “autoridades” extranjeras en la materia. Por su parte, los constructores de la obra, templados en las luchas anteriores y con mucha experiencia acumulada en la práctica, respondieron: “Las dificultades son temporales, si trabajamos tenazmente las superaremos y convertiremos en ventajas”. Le pusieron a la obra el nombre de : Canal Bandera Roja.

Capítulo aparte merecen la juventud y la mujer.

A principio de 1960, en la primera etapa de la obra, el canal llegó hasta una montaña rocosa, sin pasar la cual no podía seguir adelante en la mejor forma. Los jóvenes del distrito organizaron en seguida una brigada de choque para abrir un túnel. Se lanzaron con ímpetu revolucionario a una verdadeda (sic) guerra popular contra la montaña rocosa. En julio de 1961 completaron la obra. En honor del espíritu revolucionario de los jóvenes, la dirección de la obla (sic) bautizó el túnel con el nombre de Juventud.

En un principio, algunas personas influenciadas por al vieja fuerza de la costumbre, se opusieron a que las mujeres participaran en los trabajos pesados. Pero apoyadas por la dirección del Partido y las masas en jeneral (sic) el grupo de la “Muchachas de Hierro” empuñaron cinceles, barras y martillo (sic) pesados y se lanzaron al combate. Con el tiempo adquirieron práctica y pudieron trabajar a la par de los hombres y gente experimentadas. Este grupo de jóvenes sintetiza el papel vertebral que jugó la mujer en la construcción del Canal Bandera Roja.

Siguiendo el ejemplo de Tachai y siempre decididos a librar luchas arduas y basarse en sus propias fuerzas, los comuneros linsieneses avanzaron en la construcción de este gran canal. La naturaleza iba cediendo paso a los valientes. Para 1966, gran parte de la construcción había sido realizada, mas aún quedaba mucho por recorrer para llegar al final del proyecto. Fue en ese año que se inició la Gran Revolución Cultural Proletaria, que habría de infundir a los comuneros un espíritu renovado y templarlos todavía más. En esta revolución se criticaron muchas teorías y prácticas erróneas, tales como el poner los incentivos materiales al mando y otras, productos de la influencia liushaochista revisionista. Los comuneros reafirmaron su voluntad de servicio al pueblo y a la clase socialista, y comprendieron más a fondo la importancia de la construcción hidráulica. Muchos habitantes de zonas vecinas se integraron al ejército de constructores, dando así mayor impulso a la obra.

En el verano de 1969,el Canal fue terminado en lo fundamental. En total se había construido hasta entonces un canal principio, dos ramificaciones y muchos canales secundarios además de muchas acequias. Quedaba sí constituido un sistema de riego.

Como era de esperar, la construcción trajo mucho provecho. En 1971, por ejemplo, se logró un rendimiento en cereales de 250 kilos por mu. El año pasado, en el que fuimos testigos de una de las sequías más fuertes en varios decenios, en Linsien sólo llovió dos veces desde la siembra hasta la recolección de la cosecha, la precipitación de lluvia apenas si llegó a unos 30 mm. No obstante, la cosecha se consideró buena. Hoy el distrito ya no depende más del Estado en lo referente a cereales, y, por el contrario, suministra a éste sus excedentes.

Si bien el tema es, evidentemente, distinto, las semejanzas entre los relatos épicos de luchas contra la Naturaleza, las descripciones de fábricas y de las victorias en el citado como frente de la producción y la estrategia bélica en las denuncias del enemigo ideológico son, amén de abundantes, substanciales por la fuente, trasfondo, elaboración e intención que las anima. EL MAESTRO HAY CHA-CHI CUENTA SU VIDA pertenece a un género conocido como relato de amarguras. El texto se incluía en el material de estudio que los alumnos de segundo curso llevaron durante su estancia de un mes en la fábrica textil y es traducción de una charla dada por un obrero veterano (al que suele referirse en estos casos como maestro obrero).

Nací antes de la liberación y toda mi ninez (sic) y mi juventud las pasé en medio de la más horrenda miseria. Mi padre era conductor de ricksha, y con nosotros vivía un tío que desempenaba (sic) ese mismo oficio. Trabajando de sol a sol, y con el dinero que los dos llevaban a la casa mi familia apenas lograba sobrevivir. Una vez, durante la invasión japonesa, mi padre tuvo que llevar a un oficial del ejército japonés, de un lugar a otro de la ciudad. Pero, al llegar a su destino, el oficial se negó a pagarle. Como mi padre le reclamara el dinero adeudado, aquel lo golpeó salvajemente hasta dejarlo tendido en el suelo y sin conocimiento. De allí fue recogido por unos compañeros de trabajo y llevado a la casa. Poco después mi madre, que no tenía un centavo para pagar un médico, lo vio morir sin poder hacer nada por él. A raíz de la muerte de mi padre, fue todavía más angustiosa la miseria en que quedamos ella, un hermano menor y yo. No tuvimos más remedio que salir a las calles a pedir limosna. El pan de salvado lo considerábamos entonces como un exquisito manjar y era toda fiesta cuando conseguíamos algunos residuos de soya. Al poco tiempo murió el tío, que era el único que nos había ayudado con lo que podía desde la muerte de mi padre. No sabría decir cuántos años habían pasado hasta el día en que mi madre murió envenenada con unos restos de comida que había sacado de un tacho de basura. Fue entonces cuando mi hermanito y yo nos convertimos en ninos (sic) vagabundos. A partir de ese momento nuestro hogar fueron las calles y templos de la ciudad. Buscábamos todo rincón que nos defendiera un poco del riguroso frío en el invierno. Para comprender el drama de los ninos (sic) desamparados en aquella época uno tiene que haberlo vivido. Yo no encuentro palabras con las cuales poder describirles esa situación. No recuerdo ahora cómo, mi hermanito y yo fuimos a  parar a un orfelinato. Esa casa era una especie de cárcel donde los niños eran convertidos en obreros sin salario que recibían por toda alimentación un pan de maíz al día y que eran cruelmente castigados cuando sus fuerzas no les alcanzaban para producir lo que los amos exigían. No se podrá saber nunca cuántos niños dejaron sus vidas allí. Mi hermano menor fue uno de ellos. Yo logré escapar al destino de morir allí gracias a la ayuda de un pariente lejano que se enteró de que yo estaba recluido en esa cárcel que llamaban orfelinato. Volví entonces a mi anterior vida de pordiosero. Pero, como donde hay opresión hay resistencia, por ese entonces los menesteroisos (sic) de Pekín encontramos una forma de luchar contra el hambre: quitábamos a los ricos un poco de lo que les sobraba. Yo caí preso una manana (sic) en que un rico comerciante que nos había contratedo (sic) a un grupo de niños para trasladar cestos de frutas a su tienda, se dio cuenta de que nosotros le habíamos robado una parte del maní para repartirlo entre todos. Tampoco recuerdo ahora cuánto tiempo pasé en la cárcel, pero sí hay algo que tengo bien presente: la noche en que fui sacado de la prisión por miembros del Ejército Popular de Liberación. Cuando la puerta fue abierta, todos nos lanzamos a la calle. Un hombre alto se paró delante de nosotros y nos dijo: “Soy miembro del Ejército Popular de Liberación. Desde este momento ustedes están liberados.” Enseguida fuimos llevados a la sede del Ejército Popular de Liberación, donde nos dieron comida, ropa guateada, mantas y otros elementos de primera necesidad. El EPL nos organizó luego un cursillo de estudio para explicarnos el significado de la revolución. Poco después, aquellos que tenían hogar fueron enviados a reunirse con sus familias; en cuanto a los demás, se nos dio oportunidad de trabajar. En ese momento mi vida experimentó un gran cambio. Se puede decir que con la Liberación para mí comenzó una nueva vida. A diferencia de los que han tenido la dicha de nacer en la nueva sociedad, yo no pude gozar de una infancia feliz. Por qué habría que preguntarse. Porque los trabajadores no teníamos el poder. En la vieja sociedad el poder estaba en manos de los explotadores, y esta es la razón de que el pueblo fuera oprimido y aguantara hambre. Todos debemos comprender claramente que la nueva vida que ahora llevamos no fue ganada fácilmente sino a costa de la sangre de miles y miles de mártires. Debemos construir el socialismo con nuestras propias manos y defenderlo aun a costa de nuestras vidas. Dirigida por el Presidente Mao, la revolución es invencible. El pueblo chino entero está avanzando por el ancho camino del socialismo hacia el comunismo.

Los relatos de amarguras constituían un elemento habitual de las manifestaciones orales y escritas del sistema. Se trata de la vida antes del cambio de régimen, en 1949, contada en forma autobiográfica por el protagonista. En otro texto, destinado por su amplitud a la lectura fuera de clase, una obrera anciana relataba su historia y la de los suyos durante la niñez y adolescencia. La temática era muy similar al aquí reproducido. Estas sesiones tenían un importante componente social. La cooperante las recuerda con precisión en una tarde escolar y gris en la que el calor provenía de las filas apretadas de estudiantes y profesores. El obrero desgrana una historia obviamente conocida en argumento y ritmo y escuchada a menudo por los presentes. Es tiempo, según las pausas y las cimas del relato, de expresar sentimientos: compasión, indignación, tristeza, optimismo. Sentada una fila más atrás, una muchacha apoya la cabeza sobre el hombro de su compañera y se enjuga los ojos. Otras acompañan el discreto llanto. Algunas han seguido la opción diversa y duermen recostadas suavemente sobre su vecina o tendidas con mayor amplitud en el asiento. Los chicos tienen actitudes paralelas pero más moderadas, aunque no se quedan atrás en los gestos de rechazo o en el sueño. Cuando el orador enfila la recta final y el resbalar de las sillas marca la inminencia del fin de la sesión las lágrimas se secan con la súbita rapidez del rocío a pleno sol.

Como éstas, la cooperante sabe que ha habido sesiones para el agradecimiento, la repulsa, el arrepentimiento y el odio. Ahora es sólo un auditorio; en otras en las que ella no está presente hay un elaborado, repetido drama de acusaciones y citas, de viejas cuentas pendientes y de ansiosas aspiraciones de promoción. Un día, una semana, una y otra vez. Sólo se le permite el acceso a esta portada de una inmensa biblioteca, a un estrado que se cubrió durante la Revolución Cultural de actores frenéticos, que no ha sido, de hecho, retirado jamás, que ofrece como recompensa inefable el desagüe de sentimientos cotidianamente reservados, la sabia canalización de un caudal de anulaciones personales nunca bastante neutralizado por el coordinado entusiasmo y la resignación.

 

 

La riqueza es una sensación penosa, vergonzosa. La profesora se supo, por entonces, rica; en cantidades que jamás hubiera sospechado. Su mente se había movido entre montones de oro y cofres abiertos a los que podía acudir y de donde podía servirse grandes raciones de saber. Allí estaban los profesores chinos rodeados por la limitación material de sus fuentes y por la otra, más certera, de la seguridad personal, como un enrejado cuyo fino alambre había penetrado poco a poco en su piel, se había hundido hasta la médula y les dejaba en superficie el hábito de la acomodación y la sonrisa. Se movían diestramente en su celda que nadie parecía ver y que para buena parte de los occidentales presentaba la ventaja de simplemente no existir. De lo que del exterior llegaba, diccionarios y gramáticas podían ser admisibles. Los manuales de aprendizaje eran ya problemáticos porque su mera adquisición y uso entraban en contradicción con la consigna maoísta de que cada entidad elaborase su propio material, contando con sus propias fuerzas y haciendo gala de desdén respecto al servilismo de lo extranjero. Las fuentes extranjeras eran terreno extraordinariamente peligroso minado por acusaciones de heterodoxia. La aproximación sólo podía realizarse por grupos, filtros y con el respaldo de una entidad oficial.

El segundo criterio depurador, el funcionalismo, limitaba aún más el terreno. Los alumnos aprenderían exclusivamente lo que iban a precisar para llevar a cabo su papel de intérpretes, traductores y quizás profesores. El aspecto formativo, y por supuesto el humanístico, quedaban eliminados, no porque la relación entre la materia estudiada y su trabajo futuro no tuviese valores positivos, sino porque la directiva Los textos estarán estrechamente relacionados con el trabajo que van a desempeñar los alumnos.” excluía cuanto no fuese un utilitarismo de terruño, momento y circunstancia. Había que atenerse a los cuatro temas cardinales, que eran, por orden de importancia, la China moderna, la línea política del Partido Comunista y de China, la situación internacional y los conocimientos generales sobre los países hispanohablantes, de una manera y proporción que dejaba a los dos últimos puntos un espacio extraordinariamente restringido.

Filtrados hasta el agotamiento de sus reaccionarios microbios, los textos españoles originales debían atenerse a los criterios de: contenido bueno y progresista, lenguaje moderno, modificación de los defectos políticos reformando el texto o mediante notas, utilización de algunos complementarios negativos acompañados de la crítica consiguiente. Esto significa que, tras separar de la prensa y literatura hispánicas artículos de algunos periódicos marxistas-leninistas, relatos de vidas miserables, descripciones geográficas y artículos laudatorios de China, prácticamente todo lo restante es políticamente negativo y podría usarse sólo de forma secundaria y manejándolo con enormes precauciones.

El concepto de rigor, propiedad intelectual y respeto por autor y fuente carece, para el régimen, de existencia. Cualquier producto-literario u otro-es utilizable, modificable y fragmentable, según una lógica para la que la objetividad no existe, sino que es creada continuamente en función de las directivas, y de acuerdo con el vacío oficial del derecho per se del individuo y del rechazo de las diferencias en capacidad y en actividad intelectual. Ni la literatura ni la cultura extranjeras podían, naturalmente, tener apenas cabida en este esquema. Pero tal limitación no está exenta de partidarios por su faceta populista. Ofrece, al estudiante y a cualquiera de muy limitados recursos, el agradable señuelo de la facilidad extrema, puesto que amputa estilo, complejidad, abstracción temporal y espacial y sucesión histórica.

La aparente multiplicidad en la elaboración de textos, según la directiva maoísta de la autosuficiencia, no era fuente de originalidad sino lo contrario. El intercambio de experiencias, al estar regido en todos los centros exactamente por las mismas directivas-y temores-, al depender de fuentes oficiales idénticas y hallarse sometido al común peligro de críticas, daba lugar al conformismo más perfecto y a la más exacta repetición que imaginarse pueda.

En sus finalidades, el material empleado se atenía, respecto a la política e ideológica, a la reproducción y glosa de las tesis del Partido, Mao Tse-tung, Marx, Engels, Lenin y Stalin, a la alabanza de la autosuficiencia y de las relaciones con el Tercer Mundo y con partidos afines, a la exaltación del nacionalismo y a la creación de sentimientos de odio y abominación respecto al pasado y a sus representantes. Las finalidades lingüísticas y formativas se ceñían, dentro de este marco, a hacer de los alumnos fieles traductores, intérpretes y reproductores en castellano sea de los textos chinos preparados para los extranjeros, sea de las preguntas o solicitudes que los visitantes pudieran formular.

Un editorial del Jiefangjun Bao (Diario del Ejército de Liberación) del 18 de abril de 1966 titulado Aguda lucha de clases en el frente cultural enumera con gran claridad los principios en que se basa la censura respecto a cualquier escrito e incita al descubrimiento y persecución de los disidentes:

En los 16 años transcurridos desde la fundación de nuestra República Popular, siempre ha existido en los círculos literarios y artísticos una línea negra antipartido y antisocialista opuesta al pensamiento de Mao Tse-tung. Esta línea negra es la unión de las ideas burguesas y revisionistas contemporáneas sobre la literatura y el arte y de lo que ha venido a llamarse la literatura y el arte de los años 30. Sus expresiones típicas son teorías tales como:

La teoría de “escribir lo verdadero”, por la que abogaban los revisionistas (…) con el afán de buscar los “lados oscuros” de la sociedad socialista y las lacras dejadas por la historia para pintar con oscuros contornos nuestra espléndida sociedad socialista.

La teoría del “amplio camino del realismo”, propugnada por algunos escritores y artistas antipartido y antisocialistas que se oponían a la obra del Presidente Mao: “Charlas en el foro de Yenán sobre arte y literatura”, argüía que ésta era ya anticuada y que había que abrir otro camino más amplio (…). Sostenían que los escritores debían escribir lo que les complaciera de acuerdo con “su diferente experiencia personal de la vida, su educación, temperamento e individualidad artística”.

La teoría de la “profundización del realismo” (…) Debían escribir sobre los asuntos “cotidianos” para “revelar la grandeza en cosas pequeñas” (…) la única descripción realista era la plasmación de “personajes medios” llenos de contradicciones internas (…) La teoría de la “profundización del realismo”. tomada directamente del realismo crítico de la burguesía, era del todo reaccionaria.

La teoría de oposición a “el tema como factor importante” (…) Los escritores proletarios deben considerar qué tema es de valor para el pueblo antes de empezar a escribir y que cada asunto concreto debe ser escogido con el propósito de desarrollar la ideología proletaria, eliminar la burguesa y alentar a las masas a seguir con firmeza el camino socialista. Pero según los defensores de dicha teoría, estos puntos de vista correctos eran restricciones y cadenas (…) ellos abogaban por escribir obras con mayor “interés humano”, “amor de la humanidad”, referentes a “gente insignificante” y “hechos secundarios”. El verdadero objetivo de estas opiniones era desviar la literatura y el arte del campo de servir a la política del proletariado.

La teoría de la oposición a “lo que huele a pólvora”(…) pedían a los escritores que descartaran los “cánones” (probable errata por “cañones”) de la revolución y se rebelaran contra la “ortodoxia” de la guerra. Esta teoría era un reflejo de la tendencia revisionista en los círculos literarios y artísticos de nuestro país.

(…) Algunas obras tergiversan los hechos históricos, centrándose en la descripción de las líneas erróneas en lugar de las correctas; otras describen a personajes heroicos que infringen la disciplina, o crean héroes sólo para hacerlos morir en un artificial desenlace trágico. Ciertas obras no presentan a personajes heroicos sino sólo a personajes “medios” que son en realidad retrógrados, caricaturizando la imagen de los obreros, campesinos y soldados; al describir al enemigo no revelan su naturaleza de clase como explotador y opresor del pueblo y llegan hasta embellecerlo. Hay además otras obras que se dedican exclusivamente al amor, cayendo en gustos vulgares y sosteniendo que el “amor” y la “muerte” son temas eternos. Toda esta basura burguesa y revisionista debe ser combatida resueltamente.[9]

Hay una interesante coincidencia de pareceres entre los relativistas occidentales y los dirigentes del Ejército de la R. P. China. Unos y otros están, desde luego, de acuerdo en el rechazo, según el régimen político, la clase social y la latitud, de los grandes temas universales. Curiosamente los intelectuales del país en cuestión, tan chinos de nacimiento, cultura y residencia como los militares autores del editorial citado, parecen en perfecta sintonía con cualquier escritor americano y europeo en lo que a personajes y sentimientos se refiere y no hay mayores problemas de traducción cuando se trata de amor y de muerte.

Tras la Revolución Cultural, las novedades literarias fueron, comprensiblemente escasas y pertenecían a un género al pie de la letra colectivo: eran conjuntos de relatos, escritos por grupos de soldados, campesinos y obreros, cuyos rasgos no resultan demasiado exóticos para quien ha conocido la voga occidental de los talleres de poesía y demás bellas artes y la imperativa exigencia de actos de fe en las excelencias de la labor en equipo y la terminología fabril. El maoísmo es, en este terreno, un pionero con capacidad de monopolio. El número inaugural de la revista mensual literaria que apareció por entonces en Pekín pedía colaboraciones y definía con precisión el único tipo de literatura autorizada:

Novelas, ensayos, reportajes y obras artísticas que posean un contenido revolucionario y una forma sana. Éstas deben:

1-Elogiar con sentimientos proletarios profundos y entusiastas al grandioso Presidente Mao, elogiar al grandioso, glorioso e infalible Partido comunista chino, elogiar la grandiosa victoria de la línea revolucionaria proletaria del Presidente Mao.

2-Tomando como ejemplo las óperas revolucionarias modelo, deben poner todo su empeño en crear héroes obreros y campesinos.

3-Tomando como base la lucha entre las dos líneas, deben reflejar la lucha popular revolucionaria llevada a cabo en nuestro país desde hace medio siglo bajo la dirección de nuestro Partido.

(…) en lo que respecta a la teoría literaria y artística, acogeremos todos los textos que tengan un carácter de masa, revolucionaria y militante y que tengan a gala el uso de una lengua simple (…) los ensayos cortos de vulgarización que contengan ideas y análisis (…) sobre temas como el estudio de las teorías literarias y artísticas del marxismo-leninismo, (…) el pensamiento literario y artístico de Mao Tse-tung (…).

Realmente, como bien observa Simon Leys, es la inteligencia al poder.

En su pequeño reducto, los textos en lenguas extranjeras hubieron también de atenerse a estas premisas, y dar ejemplo de ellas por su peligrosa función de contacto con el exterior. La redundancia no es en vano el recurso lingüístico más evidente cuando se recorre el archipiélago chino de la época: la imperativa recurrencia de los mismos términos expresa la dependencia y exigüidad del circuito, la identificación de cualquier aspecto vital y social con idénticas directivas. Por ello, la relación de los temas tratados en los textos de español no es sino la vuelta al fatigoso estribillo: visitas a centros productivos o de servicios e interés social, descripciones de monumentos, ciudades y obras públicas, documentos de estudio y propaganda política, autores marxistas, relatos de amarguras, diplomacia y relaciones internacionales, historia, textos bélicos. Respecto a los dos últimos tipos, se trata generalmente de épocas recientes y con el PCC y Mao Tse-tung como protagonistas. En muy menor medida, había alusiones a la historia antigua, mientras que la de países extranjeros sólo aparecía como ejemplo de movimientos antiimperialistas o para describir la pobreza en contraste con el bienestar de la República Popular. Los textos bélicos solían tener como base la guerra de resistencia contra el Japón y la Larga Marcha. En los pocos ejemplos extranjeros pueden citarse algunos de lucha de guerrillas, como las españolas contra la guardia civil o las latinoamericanas.

El espacio ocupado por el lenguaje bélico era, sin comparación, mucho mayor que el de las historias clasificadas como tales y correspondía a la ideología y métodos de un régimen que se obligaba a presentar cada aspecto de la vida como una lucha contra fuerzas del mal en perpetuo acecho.

 

La sonrisa de Aristóteles

En último extremo, era la risa, el incontenible eco de la ironía de los muy mortales, lo que en aquella sucesión de cubículos se echaba en falta, la clara risa que hubiera derribado muros y arrasado la coreografía inalterable de los comités con la desnudez del ingenio y la gratuidad irrebatible de la evidencia. La risa hubiera hecho saltar uno tras otro grandes decorados de escayola, hubiese tocado en el aire temeroso su campana enorme; y ya nada hubiera sido lo mismo, las personas habrían recuperado cada una sus anhelos, sus reales palabras como pájaros que vuelven, su pequeña vida, y también todos los distintos colores encerrados entre el pavimento y la superficie lejana del sol. En el archipiélago cabía morir por una risa, abrazándose a la ironía que era como un túnel que podía abrirse hacia latitudes mejores.

La cooperante tuvo ocasión de disfrutar de la media docena-no hay hipérbole-de espectáculos de pureza garantizada, de las óperas y ballets revolucionarios modelo creados en el clímax de la Revolución Cultural por la mujer de Mao, Chiang Ching. Una vez desbrozadas las artes y las letras de cuanto tenía asomos de tradicionalista, derechista, burgués, individualista, humanista o contrarrevolucionario, podía edificarse sobre un terreno reducido al solar original. Durante largos años los escenarios de un país de ochocientos millones de habitantes se nutrieron de un puñado de obras y arquetipos, de páginas y motivos similares, de las mismas canciones y los mismos gestos. Evolucionaban en escena buenos altos, ágiles, blancos y rosados y malos pequeños y torvos a los que, para más señas, delataba la chepa y el color verdoso. Las pasiones eran puramente revolucionarias, aunque los entendidos sabían la existencia de un noviazgo entre el soldado y la muchacha acosada por el terrateniente. Pero cara al público sólo existían el amor al pueblo, al Ejército y al Partido. Se incluía un martiriólogo de héroes apresados por los perversos. Aquéllos morían, como Juana de Arco, en la hoguera, sin perder en ningún momento el fiero gesto de desafío ni dejar de abrumar, entre las llamas, al enemigo con sus arias y su desdén. Al final de la obra descendía un Mao en su epifanía salvadora, especie de medallón iluminado hacia el que todos los actores levantaban las manos y enviaban sus alabanzas. El esquematismo ideológico recordaba a un auto sacramental, pero forzaba las tintas más que éste. El vestuario se atenía por lo general a la austeridad espartana y la pasarela obrerista, pero podía resultar brillante en comparación con la capa de vestiduras mortecinas que, a excepción de los niños, comenzaba en la primera fila del patio de butacas.

Las exposiciones pictóricas iluminaban un idílico mundo campestre e industrial de abundantes cosechas, cerezos en floración permanente y fábricas recorridas por las armoniosas melodías de las que hablaban, como resumen de sus visitas, los alumnos. Parecía que la reproducción de un desconchado hubiera podido sumir a su autor en el desastre. Era, en todos los terrenos, el reino de los arquetipos, una transposición platónica a la que no habían rozado ni la lógica de Platón ni Aristóteles ni la estética de los faraones egipcios. Cada modelo se subdividía en las variantes precisas para cubrir las necesidades oficiales de representación ideológica:

El arquetipo del Campesino existía en tres formatos. El Anciano aparece sobre todo en los relatos de amarguras. Es bueno, ha sido explotado y ha sufrido durante el antiguo régimen una miseria inenarrable a la que la trágica historia familiar da tonos francamente tremendistas. Es laborioso y lleno de ingenio, tenaz, fiel e inflexible en sus ataques contra los enemigos del Partido. Cuenta su vida desgraciada como ejemplo para que los jóvenes aprecien su felicidad presente y les aporta su experiencia laboral. El Hombre Maduro es cuadro rural. Resuelve dificultades y contradicciones mediante el estudio vespertino y nocturno de las obras de Mao Tse-tung. Es bondadoso, comprensivo y asequible, y no escatima, en su trabajo diario, esfuerzo alguno. El Joven Del Campo suele presentarse en las variantes Instruido, es decir, estudiante que ha sido enviado a una comuna, o como Joven Cuadro. Es leal y generoso, resuelve, gracias al estudio del pensamiento maotsetung y a los consejos de un cuadro maduro y las observaciones de viejos campesinos, los conflictos que se presentan en su adaptación a la vida agrícola.

El Obrero también tiene avatares. Él mismo lo es, con diferencia de vestimenta y entorno, del Campesino. El Obrero Veterano se presenta como un hombre de edad que cuenta los sufrimientos de la sociedad antigua y la felicidad de la nueva. Es valioso por su experiencia, como se reitera en las frases de presentación: Los viejos obreros son preciosos bienes de la Patria.” En el Obrero Maduro y el Joven las cualidades de laboriosidad, ingenio, etc, se asemejan entre sí y ambas a las del Veterano. Se subraya sin embargo más en estos dos últimos su papel de primer plano, activos participantes en las ceremonias políticas, de acuerdo con la premisa marxista y maoísta de que la clase obrera debe dirigirlo todo puesto que es la forma más avanzada de los trabajadores. No suele aparecer el Joven Instruido, que se ha incorporado a la fábrica como Joven Obrero.

El Soldado, ya sea como Veterano, Maduro o Joven, es una figura dotada de virtudes en mayor grado todavía que campesinos y obreros, ejemplo de solidez, prudencia, fraternidad y correcta aplicación de las directivas. Los soldados aparecen raramente en los textos para estudiantes de lenguas extranjeras porque los cuarteles y destacamentos del Ejército no están en el programa de visitas y, por tanto, los futuros traductores e intérpretes no precisan memorizar presentaciones destinadas a ese ambiente. El santoral posee aquí un ejemplo concreto: el Soldadito Lei Feng. La Revolución Cultural popularizó una creación depurada que reunía todos los atributos del panteón proletario. Su vida era una sucesión de sacrificios, proezas sobrehumanas y devoción. Las noches se dedicaban al estudio de Mao y de los escritos del Partido. Durante el día, con ejemplar discreción, no dejaba escapar ocasión alguna de ayudar al prójimo y de proteger y acrecentar el patrimonio del país. Las hazañas de Lei Feng ocupan numerosos episodios y acaban, como era presumible, en la trágica muerte del mártir para salvar las vidas y bienes de la colectividad. Las historias del soldadito ejemplar fueron largo tiempo de consumo obligado para niños y adultos, se presentaron como verídicas y debían recibirse con la seriedad y transcendencia que la calidad moral de la enseñanza presuponía.

La Mujer en el campesinado aparece como Anciana que recuerda los sufrimientos de la antigua sociedad, alecciona a los jóvenes y agradece la felicidad de la nueva. También como Joven Ilustrada que se ha establecido en el campo. La Obrera suele participar de las características del Obrero. Tanto en las grandes fábricas como en los talleres vecinales se subraya su papel productivo. El tratamiento de la Mujer suele ser global, por contingentes de éstas. Aparece poco como Cuadro y prácticamente nada como soldado.

El Niño siempre encarna los valores positivos de las consignas: dinamismo, laboriosidad, entusiasmo. El Niño y la Niña son el Pequeño Pionero o Pionera, el Buen Escolar, hijo de campesino u obrero, siempre cuidadoso de los bienes de la colectividad y atento en el espionaje de posibles enemigos del régimen. Es personaje habitual de lecturas y manuales escolares. Un tipo concreto es el Hijo Bueno del Malo: se trata del padre traidor, saboteador, cuyo hijito, fiel al Partido, le denuncia y ayuda a su descubrimiento y captura.

El Intelectual brilla por su ausencia, excepto en el caso de los Jóvenes Ilustrados (que no pueden clasificarse como verdaderos intelectuales pues, por regla general, se trata de estudiantes que han cursado estudios primarios y secundarios y, a veces, han acudido a la universidad o a una escuela superior.). Como excepción, aparece uno en los textos, de cuando en cuando, haciendo su autocrítica, pero se le niega la existencia hasta en el reino de las Ideas. Pertenece a lo que convendrá llamar Los Grandes Ausentes del Lenguaje.

El Malo tiene papeles muy cortos en el reparto. Normalmente está muy caracterizado, casi tanto como cuando actúa sobre las tablas, en las que le hacen inconfundible desde el primer instante su fealdad, encorvamiento y maquillaje verde-gris. Se trata siempre de un terrateniente, burgués o capitalista que se dedica a sabotear la producción, a pequeños hurtos o al mercado negro. El segundo tipo de Malo, mucho más inmaterial que el primero, es el seguidor de líneas políticamente erróneas y de dirigentes caídos en una de las purgas. Generalmente los Cuadros Empeñados en la Vía Capitalista se materializan mal y no se dan de ellos y de su actuación ejemplos concretos. Es notable la ausencia de Malas, de personajes negativos femeninos. Pese a la igualdad de la mitad del cielo, a las mujeres les quedaba todavía mucho camino por recorrer para alcanzar la categoría de enemigos individualizados.

El Comité al mando de la Revolución Cultural no sólo carecía del menor asomo de sentido del humor sino que se había empeñado conscientemente en la elaboración de prototipos:

Las excelentes cualidades de los héroes surgidos de entre los obreros, campesinos y soldados bajo la guía de la acertada línea del Partido, son una expresión concentrada del carácter de clase del proletariado. Debemos trabajar con pleno entusiasmo y hacer todo lo posible para crear imágenes heroicas de obreros, campesinos y soldados. Debemos crear arquetipos (…) nuestros escritores deben sintetizar el material obtenido de la vida real y acumulado en el curso de largo tiempo, y crear toda clase de personajes típicos.[10]

Los crearon. Bastaba con concentrar las satinadas ilustraciones de Pekín Informa y China Reconstruye, resumirlas en un somero panteón de enormes dimensiones y eliminar el resto. Occidente amó estos cromos, que circularon con la aureola de la felicidad apacible del pueblo llano y las costumbres justas; los artistas hallaron un delicioso perfume ecológico en esas sonrisas que tenían cosechas y frutales como fondo, e introdujeron en su pintura, cansada y marchante, los motivos kitsch y cool del indigenismo social.

Los arquetipos anunciados por las purgas, en Yenan, de la Literatura y el Arte, elevados a la categoría suma y exclusiva en los años sesenta, hubieran quizás merecido sólo la sonrisa de no haber significado la anulación de los muy reales individuos; vivían de la carne y la sangre de los cuerpos diversos e imperfectos, constituían un eficaz ejército de entes de razón tanto más manejables por el régimen cuanto que eran los únicos oficialmente dotados del derecho a la existencia. El lenguaje se movía, simultáneamente, con colectivos y alegaba que en ellos se resumía la clase, el motor supremo e indiscutible. Así, bajo la apariencia de cierto realismo de la mayoría, no se estaba haciendo sino emplear un idealismo estereotipado cuya función primordial consistía en ahogar las invidualidades. Arquetipos y colectivos fundamentaban la estética y el discurso, del cotidiano al literario, y paseaban en solitario, como las criaturas desmesuradas de los comics japoneses, por un paisaje atravesado por seres diminutos y perecederos.

Las encarnaciones del Obrero, las Masas, la Campesina, el Pueblo son entes que no se definen sino por sus funciones. En la práctica, los personajes son el aumento de productos, las cosechas, la maquinaria.

En la famosa constitución estalinista (adoptada en 1935), se encuentran magníficas palabras: “El trabajo en nuestro país es asunto de honor, audacia y heroísmo”.

En la aplicación concreta, el trabajo fue erigido como algo superior a los hombres. Fue deificado, y ante él todos los ciudadanos debían hacer cotidianas ofrendas.

También los artistas estaban obligados a hacer sacrificios ante ese dios abstracto, “el trabajo”, y a reducir la vida espiritual del país al nivel de la descripción de los diferentes aspectos del “trabajo”.

Así, el acero se convirtió en el héroe principal de numerosas novelas. Otras fueron consagradas a la edificación de una casa o a la siembra del trigo. En esas obras, las personas tenían un papel secundario. Por lo demás, no estaban vivas, eran accesorios que permitían darle más valor al trabajo.

Los poetas viajaban de un extremo a otro del país para ver las nuevas construcciones, para admirar las máquinas modernas. Los hombres que se servían de esas máquinas les interesaban poco.

Si las máquinas supieran leer, cuánto hubiesen apreciado los poemas de esa época. Para los hombres, desgraciadamente, no tenían ningún interés.[11]

Los Arquetipos son el pedestal de bienes y funciones. Híbridos del personaje idealizado, propuesto como modelo, y de la pura entelequia, se encuentran la Patria, el Padre-Soberano-Sabio (encarnado perfectamente por Mao en su iconografía plástico-verbal), el Partido-Estado, la utopía de la Luminosa Sociedad Futura, el Mañana Melodioso, China misma, pero no el país real, sino la edénica a cuya fabricación han contribuido con largueza los incondicionales de Occidente. No es nuevo el recurso al buen salvaje, a la refinada civilización y el ordenado reino por el que ya se paseó la fantasía europea en el siglo XVIII. Mao tuvo algo de Reina del País de Punt, de fuente de los admirados relatos sobre los etíopes macrobios. Con la diferencia de que en siglo XX los occidentales estaban bien informados.

El lugar que la Patria ocupa en los arquetipos es predominante y reproduce con exactitud el esquema mental que identifica, para sus habitantes, China e Imperio del Medio. La repetición de este arquetipo asociado al conjunto del país borra en el hablante la posibilidad de una peligrosa identificación de los intereses de la Patria y los de la clase dominante de los funcionarios estatales. El nacionalismo es la summa ratio de una religión desprovista de otras y que, sin embargo, se pretende internacionalista y universal. El hilo del discurso no dejaba en esto lugar a dudas por su carácter claustrofóbico y devoto sin más alternativa que la traición.

Más allá del territorio cubierto por la expresión autorizada se extienden amplias zonas de sombra, la tierra de los Grandes Ausentes del Lenguaje: lugares, pensamientos, pasiones, hechos, realidades humanas que se omiten en el discurso, que pertenecen al limbo de lo inservible, de la ganga que acompaña, aún, al Hombre Nuevo.

Los ángeles políticos no tienen sexo. Muchachos y muchachas mantenían distancias, ayudados por la ausencia de espacio privado. El Partido imponía matrimonios tardíos, que suponían un trámite formal sin durable convivencia puesto que primaban los intereses del Estado y, por tanto, el lejano destino laboral. Cuanto corresponde al terreno sentimental, sensual, sexual, erótico no ocupaba, en textos ni referencias lugar alguno. Se empleaba con profusión el verbo amar referido al Partido y al Presidente Mao, y el sustantivo odio respecto a los enemigos; ambas palabras se hallaban restringidas funcionalmente a esos objetos, formaban cuerpo con ellos en clichés y epítetos, y no existían en las demás acepciones. Cuando un profesor chino traducía en clase, con dificultad, la palabra amor, pronunciada por la cooperante extranjera, la alumna que había planteado la pregunta enrojecía violentamente. El poema de Miguel Hernández Menos tu vientre era de imposible comprensión, no ya para los estudiantes, sino para los profesores chinos de español. En un texto de La mina, de López Salinas, un mozo canturreaba: A una serrana yo vi / junto a la orilla del río; / estaba lavando ropa / y no tenía marío. El poema fue eliminado por la censura. El acceso a la lírica estaba perfectamente vedado a los estudiantes de lenguas extranjeras a causa de la gran limitación de su vocabulario. De éste se omitían también buena parte del cuerpo humano y sus funciones. El cuerpo era citado y tratado como un objeto productor y productivo, bien de la patria o sólido producto del bienestar social. Jamás por sí mismo.

Se cumplía, una vez más, la canalización normativa de la energía del individuo, de la libido, de las pulsiones, hacia la producción, la guerra o la movilización, aquí política, en otros contextos patriarcal, sectaria, religiosa. Aquellas personas eran trabajo, eran inversión estatal, hipotecas de futuro, y en absoluto se pertenecían ni se hacían a sí mismas en el trenzado individual de experiencias, preferencias y opciones que es la vida. Formaban parte de un plan, y en él estaban por igual, según las circunstancias, los encuentros de los cónyuges quince días al año, los anticonceptivos sistemáticos y los abortos obligatorios, las virginidades prolongadas a veces hasta bien entrados los treinta y los matrimonios preceptivos pasada esa edad, para los cuales conocidos y entidades de trabajo actuaban como intermediarios y casamenteros porque era el orden social adecuado. El discreto trámite burocrático de la boda no significaba un cambio sustancial en el ritmo de la existencia. Las prioridades iban al trabajo y durante dos, cinco, diez años los esposos continuaban residiendo en ciudades distantes y reduciendo su conocimiento bíblico a dos o tres semanas anuales que podían, como en el largo periodo que siguió a la Revolución Cultural, no existir. Las referencias a transgresiones por parte de chicos y chicas de los internados eran escasísimas, se citaban con el susurro de lo innombrable y llevaban aparejadas la expulsión y separación de los criminales. Como en los prolos de 1984 y en la casta inferior de Huxley, los campesinos y los habitantes de zonas lejanas salían mejor parados porque la represión se centraba en las orlas inmediatas al aparato del Partido, en el incómodo simulacro de clase media, intelectuales e ilustrados, precisamente porque, pese a la profesión oficial de fe sobre el papel rector del proletariado, las masas y las mayorías, la evidencia del valor cualitativo y de la función de vanguardia de las minorías mantenía contra ellas una alerta permanente.

La eliminación de las esclavitudes biológicas, la universalización del control de la natalidad y la homologación de los sexos eran ajenas al principio del placer, opuestas a la liberación. Se concebían como premisas para disponer de los ciudadanos cuando y en la forma en que correspondiera. La eficacia del condicionamiento era, desde Occidente, difícilmente concebible. Correspondía a una elaboración, transformación y amputación del individuo emprendidas desde edad muy temprana, mantenidas cotidianamente por el juego de reiteraciones y de silencios. El lenguaje tiene un papel esencial en esta toma de conciencia, o en este sumirse en la inconsciencia culpable, innombrable, innombrada. Los sustantivos que formaban un puente delicado entre el mundo de los sentidos y el individuo, los adjetivos de matiz, de tono, de sensualidad, de fineza, desaparecen para ser sustituidos por un mundo verbal escueto, abotargado a fuerza de maximalismos, embrutecido por antagonismos y exhortaciones. Como en la literatura religiosa, el placer no existe per se, el contacto epidérmico con el mundo es futilidad condenable. Los grandes ausentes del universo mental lo eran también del lingüístico, en el que se habían arrasado campos semánticos enteros. La palabra configuraba tenazmente la existencia o inexistencia del ámbito de conceptos y relegaba la masa de pulsiones, pasiones y ansiedades a un reducto oscuro e indiferenciado que, al no tener nombre, no existía. El pragmatismo se encargaba con presteza de construir equilibrios alternativos necesarios para la subsistencia; diferenciaba para ello lo adecuado y lo posible de cuanto oficialmente carecía de consideración, y era habitual vivir, expresarse y pensar a dos niveles: uno explícito, cotidiano, aprobado y conveniente, es decir, real. El otro era un intruso permanente sin tarjeta de identidad, sin residencia ni nombre, afloraba en las ocasiones inevitables, se valía de la vergonzosa tolerancia de su condición ilegal y ocupaba el sótano al que nunca se debían llevar visitas. Entre él y la conciencia se habían cortado cuidadosamente todos los puentes por medio de una censura que formaba ya cuerpo con la entera personalidad. Ésta era sin duda uno de los grandes logros del régimen porque había logrado interiorizarse hasta el punto de dejar de serlo.

Simétricamente a la anulación del erotismo, florecía cierta exaltación de los placeres y privaciones alimenticios y del dolor. Los relatos de amarguras y las vidas de héroes se complacían en la descripción de hambres, enfermedades, martirios, con un lujo de detalles, una insistencia que también se hallan en las hagiografías religiosas. En el caso de China se daban con frecuencia lo que podría llamarse un sadismo y erotismo estomacales en los que desahogar la libido.

No por racionalizado y meditado el fenómeno de la distorsión de la energía de los instintos, de su capitalización por el Estado, de los niveles de coerción y del monopolio del verbo dejaba a la cooperante menos absorta. Todo podía explicarse. Nada era comprensible. Y ante el frío equilibrio de los análisis se elevaba una ola de sublevación y repugnancia, un instinto de afinidad y calor tal vez sólo justificado por el irreprimible deseo de creer, por la empatía con los seres cercanos. Sobre la mesa en la que se desplegaban los planos del Hombre Nuevo y se trazaban las metas de progreso la inversión de carburante humano en obras de utilidad social, la sublimación, eran calculables y se hacían con usura, reservando a la satisfacción personal cantidades mínimas. Curiosamente habían sobrepasado con creces las pesadillas capitalistas auguradas por Marcuse. En las páginas que los alumnos leían las alienaciones del Hombre-Producto, el Hombre-Patria y el Hombre-Masa caminaban, como los gigantes de Goya, sobre asustadas miríadas de hombres, les sustituían a ellos y a las posibilidades de la lengua, al acceso a la literatura, al ilimitado campo de los matices y de las saludables proposiciones dubitativas.

En el otro extremo del mundo, Occidente, con las prolongaciones del 68, mitificaba el rito de la libertad sexual y hablaba con divertida curiosidad del exótico caso chino de castidad insoportable. El credo en boga era por entonces, en su versión de consumo rápido y digestión ligera, la guerra a la represión a frecuente golpe de ariete genital, lo que hacía doblemente patético el puritanismo socialista y, por extensión, a los sometidos temporalmente a sus normas. A mediados de los setenta, cuando la ex-cooperante volvió a España y comenzó a intentar explicar el mundo que había dejado tras sí, el interés del periodista con quien conversaba en la redacción de un semanario parecía girar en torno a la lacerante cuestión ¿Cómo te las arreglaste?. ¿Cómo podía un ser humano vivir, días, semanas y largos meses, sin el coito reglamentario?. Era una retención tan impensable como la de orina, el famoso, simple e indispensable vaso de agua tan citado en los postulados al uso. El resto. el enorme resto del paisaje, empalidecía en contraste con los llamativos tonos de la escandalosa abstinencia sexual.

No les cabía la suerte a los pobladores del archipiélago Mao de que sus privaciones se hubieran resumido a una abstinencia reglamentada, al control localizado de unos órganos, a la hibernación utilitaria y la descongelación esporádica y tardía del aparato reproductor. El régimen les había arrebatado la imprescindible extensión de la ternura, la fidelidad y el refugio de los apegos, el silencioso recurso a la compasión, y había desviado esas querencias hacia sí, hacia las entidades estatales, sus cimas visibles, hacia las abstracciones de miles, millones de hombres y el Moloch del bien común. El vasto robo se extendía al completo ámbito de los afectos, a la levedad de perfumes y perfiles, a la piel y a las citas, a las formas y versos prohibidos y a las relaciones rotas por la inseguridad y la distancia. Faltaba ese último reducto de la risa, el rincón inviolable de la confianza. Había que denunciar, criticar, repetir frases, reprochar gestos, abandonar familia, mentir a los amigos y tratar a los camaradas como hermanos. La represión iba mucho más allá del eros simple y preciso: Vetaba la dedicación abstraída en el ideal religioso, prohibía el aislamiento y la pasión dual comunicada, privaba de cuanto proporciona el indispensable calor del cotidiano afecto, libre y personal.

  1. nada sabía de las gozosas corrientes que imperaron en la Europa del 68. Está sentada en el restaurante porque le ha correspondido, esa tarde, ocuparse del esparcimiento de la profesora extranjera. Es una mujer de mediana edad y talla mínima, el rostro amarillento con unas manchas a la altura de las sienes, gafas y permanente sonrisa de cortesía y de excusa. Ella cuenta que su marido trabaja en otro extremo del mapa y que su bebé se encuentra, con la abuela, mil kilómetros al sur. Vive así hace lustros, y espera el turno para la operación que necesita tras la cual tal vez respire sin asma y se mueva sin continua fatiga. El Partido se ocupa. El Partido se ocupa. Nada hay más lejos de su tono que el reproche. Podría tener doce años si no fuera por las arrugas, el jadeo y una biografía de la que no parece haber escrito voluntariamente una línea. Bajo las prolijas capas de ropa de abrigo hay sólo el volumen corporal preciso para resguardar el calor. El Partido se ocupa, el Partido se ocupa insiste, preocupada por si su relato pudiera interpretarse como una crítica, como un deseo personal antepuesto a las prioridades reglamentadas. W. continúa pesando en una balanza que no bastan para nivelar todos los argumentos, que no compensan digresiones y análisis, y arrastra, precisamente por su absoluta falta de reivindicaciones, el platillo de la condena a profundidades que ella desconoce, mientras elevan su final acusación cada uno de los días que vivió en solitario.

La República Popular China era, en verdad, el reino obligatorio del nosotros, y el resultado nada tenía de halagüeño. El hincapié en la solidaridad y el conjunto, la encarnizada persecución de lo individual, habían derivado en la desaparición del yo, sustituido por los figurantes de situaciones tipificadas. Las artes plásticas, el teatro y el cine, precisaban de protagonismos visibles pero en el papel la pluralidad y lo colectivo carecían de impedimentos físicos en su presentación y rezumaban de plurales genéricos en proposiciones universales (Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Las amplias masas….). Viene, inevitablemente, a la memoria Evtushenko:

Hubo un tiempo, después de la Revolución, en que los poetas comunistas fundaron la asociación de la “cultura proletaria”, y, creyendo ingenuamente servir así a su ideal, al hablar decidieron servirse únicamente del “nosotros”. Utilizaron desesperadamente su talento para sofocar su propio método. Los sucesores escribieron ya en primera persona del singular. Pero siguieron soportando el peso de ese gigantesco accesorio llamado “nosotros”. Si uno de ellos decía “amo” se escuchaba “amamos”, de tal modo estaban prisioneros de sus artificios.

En esta época nuestros críticos literarios se ingeniaron para inventar la teoría del “héroe lírico”. El poeta, dijeron, debe cantar las virtudes superiores. Debe aparecer, en sus obras, no como es, sino como un prototipo del hombre perfecto.

Los adeptos de esta teoría escribieron frecuentemente lo que creían eran poemas autobiográficos. Allí se encontraban, en efecto, el nombre de su ciudad natal, la lista de los países que visitaron y otros detalles personales. Pero sus obras estaban vacías, al punto que era imposible distinguir unas de otras.

Afectos y vida cotidiana, placer e irremediable tristeza, imaginación y lirismo, realismo y humor estaban ausentes en los textos, que se componían de un eterno presente, idealizado, dorado y rosa al que las pinceladas sobre subsanables errores y los toque sombríos respecto al pasado servían para realzar el cuadro de una actualidad que carecía de las contingencias del tiempo y del espacio. Profesores y alumnos esperaban que las frases fueran tan serias impecables y estrictas en su encadenamiento lógico como en su estructura gramatical. El elemento humorístico era un diminuto terrorista susceptible de sembrar el desconcierto y la angustia ante la pérdida de las coordenadas. El optimismo, productivo, emprendedor y propio de la bondad del sistema, es, en tal medio, la tónica obligada. Están abolidas las frases y vocablos que expresen sentimientos de tristeza, desesperación, desazón, melancolía. Éstos se reservan en exclusiva para los relatos de amarguras sobre la sociedad de antes del 49, y corresponde a la era posterior las palabras alegría, entusiasmo, feliz.

No se elimina por decreto, ni en China ni en parte alguna, el “dolorido sentir”, en cuya oscuridad suelen germinar los frutos más nobles, pero la tristeza siempre ha sido pecaminosa para los gobernadores de archipiélagos:

De hecho, escribía para mí. Componía poemas sobre mis dudas, sobre mi espera de un gran amor, sobre la diferencia entre la verdad y la mentira, sobre los sufrimientos de los hombres que me rodeaban.

En cierto momento, me arriesgué a llevar uno mis poemas a la redacción donde antes se me recibía con entusiasmo.-Pero, ¿qué te sucede?-gritó un día el jefe de la sección poética de uno de esos diarios-.¿Escribes como un viejo desengañado? ¡Tenemos necesidad de una poesía joven y optimista y no de esos lloriqueos!.

No era un viejo desengañado. Simplemente había madurado. Mi interlocutor, por el contrario, no pudo rebasar la inconsciencia juvenil. Para él, la reflexión era sinónimo de tristeza y de pesimismo.

El ardor optimista , si carece de fundamento, no podrá ser el motor de la acción humana(…). Yo permanecí optimista, pero mi optimismo había dejado de ser rosa. Ahora llevaba una gama de colores, incluía el negro. Por ello era sincero.

Era necesario luchar para que triunfara esta concepción del optimismo, ya que nuestros críticos literarios defendían aún la teoría de la “ausencia de conflictos en el mundo socialista”. Intentaban demostrar que, en la vida soviética, el conflicto no podía existir entre los malos y los buenos, sino únicamente entre los buenos y los mejores (…). El optimismo oficial era de rigor en todas partes. Rostros de obreros mecánicamente sonrientes y caras de koljosianos nos esperaban en las portadas de todos los libros. Todas las novelas y relatos tenían un desenlace edificante.

Durante una conversación con el autor de un film del más apoteósico y estúpido optimismo, el poeta pregunta:

-¿Cómo pudo realizar semejante cosa? .También yo hice poemas de ese género, pero era sólo un chiquillo. Usted ya era un hombre serio y formado.

Él me sonrió tristemente.

-Lo más terrible, vea usted, es que fui sincero. Creí que mi obra era necesaria para la construcción del comunismo. Y además creía en Stalin.[12]

La eliminación del yo, del yo con minúscula, variable, individual, pormenorizado, implicaba la desaparición del otro con iguales características. En tal sistema sólo podían quedar frente a frente un Ellos y un Nosotros separados por antagónico desconocimiento. De ahí la erradicación de los libros de viajes. En los textos, los países extranjeros y sus habitantes no eran jamás abordados desde el ángulo de la curiosidad y la observación, sino que se limitaban a ser soportes y complementos de las tesis geopolíticas oficiales. El interés gratuito por algo exterior a China y a sus intereses hubiera sido considerado culpable.

En la descripción de su mundo de 1984, resumido en tres superestados, Orwell explica la necesidad para cada uno de ellos de que sus ciudadanos no entren jamás realmente en contacto con los de los otros:

El ciudadano medio de Oceanía nunca ve a un ciudadano de Eurasia, ni de Asia Oriental-aparte de los prisioneros-y se le prohibe que aprenda lenguas extranjeras. Si se le permitiera entrar en relación con extranjeros, descubriría que son criaturas iguales a él en lo esencial y que casi todo lo que se le ha dicho sobre ellos es una sarta de mentiras. Se rompería así el mundo cerrado en que vive y quizás desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez fanática en que se basa su moral(…).En los tres (estados) existe la misma estructura piramidal, idéntica adoración a un jefe semidivino, la misma economía orientada hacia una guerra continua.

El sistema absoluto precisa de un universo cerrado, aunque-la contradicción es sólo aparente-abogue por internacionalismos planetarios. Su estructura excluye por su naturaleza misma al Otro excepto como justificación bélica. Llevado a sus últimas consecuencias, la simple existencia de algo fuera  de él, de planetas que no giren en torno a la Tierra, es insoportable, del mismo modo que la dedicación exigida a los entes estatales no puede coexistir con los afectos individuales.

Quien va a dedicarse a amar a Dios, o a la humanidad entera, no puede poner sus preferencias en un solo individuo. (…) en este punto, la actitud religiosa y la actitud humanista dejar de ser conciliables (…).Ser humano consiste esencialmente en no buscar la perfección, en aceptar cometer un pecado por lealtad a un amigo (…) Indudablemente el alcohol y el tabaco son cosas que un santo debe evitar, pero la santidad es una cosa que deben evitar los hombres.[13]

Los grandes ausentes producían grandes tabúes, todo un trasfondo que, en variante de negros y grises, ocupaba el vasto espacio no acotado por la terminología oficial. De ahí la extremada tensión y el malestar violento que podía despertar entre los interlocutores chinos la palabra miedo:

-No es posible utilizar el texto, sobre la muerte de Salvador Allende, que tomaste de un periódico español-dice la responsable política del departamento a la cooperante.

-¿Por qué?.

-Los profesores no pueden comentarlo.

-No comprendo cómo hay tanto miedo a expresar opiniones personales.

La observación es acogida con extrema tirantez. Sigue una reunión del departamento de español en pleno para hacer saber que no nos ha gustado que se diga que tenemos miedo. Los chinos son perfectamente libres, no temen a nada. Disfrutamos de la completa libertad de la dictadura del proletariado.

La palabra era un tabú extraordinario precisamente por su pertinencia. El complicado juego verbal de omisiones, antítesis, paradojas y eufemismos no era sino el recurso para despojar a las realidades de existencia suprimiendo su auténtico apelativo. En este sentido, tal vez la verdad es siempre revolucionaria. La verbalización de los ausentes significaba darles existencia, romper el orden de lo establecido, desvelar caminos a un pensamiento que hasta entonces discurría por una sola dimensión. El hablante no podía reaccionar sino con la angustia que, por ejemplo, experimentan ciertos sujetos patológicamente reprimidos ante las alusiones al sexo. El sistema, los medios de comunicación, las directivas, lo que continuamente lee y oye tienden a crear en él-y de hecho lo logran-un reflejo negativo, desagradable, ante palabras, frases, connotaciones semánticas que no se hallan en la tipificación oficial. Se trata de una defensa que el individuo desarrolla para evitar conflictos dolorosos provenientes de su medio social. El rechazo limita y empobrece, pero al menos ahorra en parte la angustia y favorece la adaptación a condiciones que no puede cambiar y hacia las que le es indispensable, en pro de un mínimo de equilibrio vital, mostrar aceptación.

un entrenamiento mental complicado, que comienza en la infancia y se concentra en torno a las palabras neolingüísticas “paracrimen”, “negroblanco” y “doblepensar”, le convierte en un ser incapaz de pensar demasiado sobre cualquier tema (…) las especulaciones que podrían quizá llevar a una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos, o, mejor dicho, antes de asomar a la consciencia, mediante la disciplina interna adquirida desde la niñez. La primera etapa de esta disciplina, que puede ser enseñada incluso a los niños, se llama en neolengua “paracrimen”. “Paracrimen” significa la facultad de parar, de cortar en seco, de modo casi instintivo, todo pensamiento peligroso que pretenda salir a la superficie. Incluye esta facultad la de no percibir las analogías, de no darse cuenta de los errores de la lógica, de no comprender los razonamientos más sencillos (…) y de sentirse fastidiado e incluso asqueado por todo pensamiento orientado en una dirección herética.”Paracrimen” equivale, pues, a estupidez protectora.[14]

En la galería de ausentes no puede faltar el conflicto real, cuyo espacio ocupa un doble desactivado y solucionado de antemano por un desarrollo ortodoxo que la gente conoce tan bien como el argumento de la media docena de óperas o ballets modelo. El conflicto aparente aparece unido a casos y circunstancias muy concretos; se da, sea entre el cuadro de buena voluntad pero equivocado en su forma de abordar una cuestión y cuyos errores rectifica, gracias al pensamiento maotsetung, felizmente al final, al tiempo que cubre de elogios al subordinado que se opuso a sus erróneas prácticas y con el que anteriormente se enfrentara, sea respecto a un grupo o individuo que se hallan ante dificultades que en principio parecen complicadas pero que logran dominar gracias al esfuerzo y a la recta visión política. En cualquier caso todos los caminos llevan a Mao y a su división de las contradicciones en antagónicas (suscitadas por enemigos) y no antagónicas (producidas en el seno del pueblo; normales, sanas y pacíficas). La clasificación en uno u otro rango corresponde al Presidente y al Partido. Los conflictos de nefanda categoría implicaban la presencia de un adversario del sistema, que podía ser el saboteador, tratante del mercado negro, etc, y era infaliblemente descubierto. En el caso de enemigos de alta categoría, como Lin Piao, no existía asomo de conflicto por cuanto el planteamiento que los caracterizaba como tales no dejaba, desde el principio, resquicio alguno a la discusión, fuera ésta de forma. En el texto Llevar hasta el fin la lucha de crítica a Lin Piao y a Confucio el personaje negativo era introducido nada menos que por la lista de epítetos siguiente: Lin Piao, arribista, burgués, intrigante, elemento de doble faz, renegado y vendepatria. El conflicto que pudiera plantearse respecto a la línea y los hechos del denunciado es inexistente por la firme catalogación previa.

No deja de ser curioso que se haya señalado como gran originalidad del maoísmo, entre las corrientes marxistas, el haber introducido la idea del conflicto y las contradicciones, persistentes aun después del triunfo de la revolución socialista. El Gran Líder recuperó esa inevitabilidad de las contradicciones en pro de su poder legislativo en la materia, afirmando de esta forma mucho más su autoridad ideológica que si hubiese instituido un sistema de revolución lograda y establecida. El recurso a la conflictividad era simplemente un mecanismo de continuo control. Suplantados y domeñados por el poder fáctico, los intelectuales ocupaban, como enemigos, un pobre lugar. Sólo de cuando en cuando se llevaba a escena a un anciano considerado de tal categoría para que confesara en pública autocrítica sus inclinaciones elitistas y burguesas e hiciera acto de adhesión al pensamiento oficial.

Ordenados, como bloques de viviendas de exacta e incolora semejanza, se extienden las pequeñas galaxias de los textos que reproducen, cada uno, un sistema interior. La estructura copia la estructura del primero al siguiente: un planteamiento inicial en el que ya se dan las premisas correctas, una parte central larga, lineal, acumulativa, y una conclusión que recoge la premisa inicial, es notablemente homogénea y guarda gran parecido en todos los tipos de textos. La correspondencia de los clichés iniciales y finales con la exposición central es detalle que carece de importancia. Se trata de bizantinismo ritual.

La hilaridad salvadora se echa singularmente en falta con textos como Maligna intención y viles medios-Crítica de la película antichina “Chung Kuo” (China), filmada por Michelangelo Antonioni, aparecido en español en Pekín Informa en 1974 y traducción a su vez de un artículo del Diario del Pueblo.

Se trataba de una película, rodada en China con toda legalidad y facilidades por el director italiano, que los chinos-salvo muy escasas excepciones de cuadros y organismos-ni habían visto ni verían. Tras el título, la introducción comprende párrafos como La película antichina “Chung Kuo” (…) constituye un reflejo de los muy hostiles sentimientos hacia la nueva China que profesa el puñado de imperialistas y socialimperialistas del mundo. La aparición de este film es un serio incidente antichino y una desmedida provocación contra nuestro pueblo (…) (Antonioni), hostil hacia el pueblo chino y con métodos muy despreciables que servían a sus segundas intenciones, aprovechó su visita para recoger en particular materiales que podían ser usados para calumniar y atacar a China y, con ello, trató de alcanzar fines inconfesables (…) (es) un prontuario de escenas y tomas maliciosamente tergiversadas para atacar a nuestros dirigentes, difamar la Nueva China socialista, denigrar nuestra Gran Revolución Cultural Proletaria, e injuriar a nuestro pueblo. Al ver esta película, todo chino que tenga cierta dignidad nacional sólo puede sentir gran indignación.

Vista la introducción, no cabe al lector sombra de duda sobre el margen de elección crítica que se le presenta. El menor asomo de actitud neutra, objetiva o meramente curiosa ante lo que posteriormente se expone significa ser tachado de cualquiera de los anatemas del texto. La densidad de despectivos, puntuados por interrogaciones retóricas, es extraordinaria, la pauta obligatoria indudable: sólo puede sentir gran indignación. El análisis de este artículo merecería por derecho propio un capítulo e incluso un pequeño volumen. La parte expositiva se halla dividida, con números romanos, como sigue:

I-Descripción y crítica de las diversas tomas.

Cada toma de este “documental” hace un comentario: comentarios políticos sumamente perversos que calumnian y arrojan fango a China a través de recursos artísticos reaccionarios, comentarios políticos inescrupulosos y descaradamente antichinos, anticomunistas y contrarrevolucionarios. (…) “Antonioni dice con rencor que “seríamos ingenuos si pensáramos encontrar un “paraíso rural” en la China de hoy”. ¿Acaso no es descaradamente calumnioso pintar el campo chino como un infierno terrestre más de veinte años después de la liberación?.

II-Hincapié en la crítica de ciertos puntos que actúan como resortes del orgullo nacional y afirmación de los logros actuales:

Antonioni describe al pueblo chino como una muchedumbre ofuscada, ignorante, aislada del mundo, de cara triste, lánguida, renuente a la higiene y obsesionada por comer y beber. (…) Con “orgullo de un europeo”, Antonioni hecha fango de modo deliberado al pueblo chino; (…) ¿no propaga reiteradamente en su cinta que el pueblo chino carece de libertad?. Se burla descaradamente de una reunión de discusión de obreros diciendo que sus intervenciones son “repetitivas y monótonas”, que “no es un debate verdadero” (…) Alegó delirantemente que, debido a las “reservas de la gente”, “los sentimientos y los dolores son casi invisibles” (…) Los únicos que sienten “dolor” son el puñado de reaccionarios que intentan restaurar en China la dictadura de los terratenientes y de la burguesía compradora.

III-Crítica de los procedimientos técnicos empleados en el rodaje:

Las técnicas a que recurrió Antonioni  (…) son también sumamente reaccionarias y arteras (…) Cuando filmó el gran puente sobre el río Yangtsé, en Nankín, el camarágrafo eligió deliberadamente muy manos ángulos (…) Por añadidura incluyó una toma de pantalones asoleándose debajo del puente con la intención de desfigurarlo (…) En los comentarios de la película, el cineasta afirma abiertamente que rodó muchas escenas a hurtadillas como si fuera un espía (…) Además se queja de que “no ha sido fácil moverse con una cámara en la calle Chienmen”. ¿No ha sido fácil para quién? No es fácil para un ladrón.

IV-Generalización. Alcance y conclusión: Alabanza a Mao y a la recta línea del PCC.

Nuestros enemigos no se resignan a su fracaso en China. Atacar la revolución china y difamar a la Nueva China socialista es una manera de preparar la opinión pública para una restauración contrarrevolucionaria en China y para reducir de nuevo a China a colonia o semicolonia.

Todo el mundo sabe que la camarilla de los renegados revisionistas soviéticos es la cabeza de lanza y el respaldo general de las campañas antichinas que se desatan en el terreno internacional (…) todas estas torpes difamaciones sólo sirvieron para poner al descubierto la repugnante catadura de los renegados revisionistas soviéticos (…) El pueblo chino avanzará firme y valerosamente por el camino socialista. Como señaló hace mucho nuestro gran líder el Presidente Mao.

El artículo, utilizado como material para los estudiantes de español, es un dechado de tópicos-anatemas, adjetivación, recurso a motivaciones irracionales-dentro de la más típica manipulación de la opinión de masas-patriotismo, orgullo, xenofobia-; su estructuración es un calco fidedigno de la forma en que se reciben esquemas verbales en los que van a insertarse procesos mentales. No por grosero y primario el texto carece de operatividad. La manipulación, que resulta rudimentaria para el observador externo, tiene muy distinto carácter en el consumo local, donde disfruta de la impunidad del monopolio. La tranquilidad con que niega claras evidencias dice lo suficiente sobre el paisaje social en que se mueve y la consideración que le merece al redactor el público al que se dirige.

Otro ejemplo típico de tales estructuras sería Lin Piao y la doctrina de Confucio y Mencio, artículo aparecido en Pekín Informa en español en 1974 y traducción a su vez de uno publicado en Hongqi (Bandera Roja) . Le servían de introducción párrafos como La vigorosa lucha presente para criticar a Confucio es parte integral de la crítica a Lin Piao y es precisamente una batalla para arrancar de raíz la línea revisionista contrarrevolucionaria de Lin Piao. La guarida de Lin Piao estaba anegada de basura confuciana y apestaba a pútrido confucianismo. (…) La línea política de Lin Piao era una línea revisionista contrarrevolucionaria, una línea ultraderechista de restauración y retroceso. Seguían una serie de columnas en las que motivos muy repetitivos-presentados como hipotéticas pruebas-se engarzaban y justificaban unos a otros sin justificarse ninguno por sí mismo. Los párrafos se cerraban con ejemplos como el siguiente: Si la conspiración de Lin Piao, el superespía, hubiera logrado éxito, la hermosa tierra china habría sido hollada por los tanques de los revisionistas soviéticos, los gangsters socialimperialistas habrían corrido a voluntad por China y el pueblo chino habría sido subyugado y esclavizado. La conclusión se resume al mandato: No criticar a Confucio y al concepto de venerar el confucianismo y combatir a la escuela legista es, de hecho, no criticar a Lin Piao(…) ¡Bajo la dirección del Presidente Mao y el Comité Central del Partido debemos desarrollar el consecuente espíritu revolucionario del proletariado para conquistar nuevas victorias en la lucha por criticar a Lin Piao y Confucio!”.

Si la reproducción extractada de dos ejemplos de este esquema resulta ya tediosa, imagínese pues su efecto empleado, más o menos diluido, de forma continua. Tanto la temática como la estructura marcan en los textos, más allá de su piel verbal, una constelación de núcleos de interés, prácticamente exclusivos, subrayados y destinados a ser grabados por todos los medios en el hablante, mientras que el vasto campo restante de la realidad carece de existencia. El discurso es predominantemente a-racional, a-objetivo, es emotivo, encauzado desde un principio por juicios de valor. La abundancia de frases ampulosas, loas, imprecaciones, está en proporción directa con la carencia de precisión, concreción y encadenamiento lógico. Naturalmente ningún ejemplo de esto es más claro que los textos de campañas políticas, en los que se lleva al máximo el alejamiento del proceso racional para introducir al hablante en un medio emotivo, manipulable y moldeable en todo instante por los dueños y emisores de la palabra. Esa estructura, cuyos puntales son autoridad y emotividad bien canalizada, reproduce la dominante del sistema; por otra parte forma al receptor en la adquisición de ciertos reflejos mentales como la anulación de la visión objetiva y la necesidad y búsqueda ansiosas de la ortodoxia. El espacio externo-que, en este caso, es el mundo más allá de China-llega al hablante filtrado y conformado por un hábito, previamente cristalizado, de captación. El maniqueísmo es forzoso. Los manuales repetían hasta la saciedad uno de los dogmas marxistas: Todas las ideas sin excepción llevan su sello de clase. Pero el plácet, el pertenecer a la buena clase o no, es otorgado por la autoridad que determina si la realidad, el hecho, la frase se clasifican en el campo positivo o en el negativo. De ahí la proliferación de palabras de contenido semántico normativo, ético, que delimitan las zonas y núcleos del “Bien” y del “Mal” en el texto, y que repiten constantemente la importancia de saber colocarse en la recta línea:

No adoptamos ideas malas.

Los jóvenes de la nueva China deben adoptar una firme posición en la lucha de clases.

El camarada aceptó mis opiniones y corrigió sus errores.

Reeducar las malas ideas.

Adoptar opiniones correctas ajenas está bien.

El Partido siempre es grande, glorioso, correcto; el Presidente Mao es el Gran Líder, su pensamiento luminoso e infalible; el campesinado es valiente, sabio, laborioso; la clase obrera dirigente, combativa; los estudiantes son buenos alumnos del pensamiento maotsetung, dinámicos; los soldados sirven al pueblo, etc, etc. En el otro polo de este mundo resplandeciente se halla el ejército de la sombra, el Mal, los traidores, enemigos de clase, revisionistas y demás ralea, que son siempre un puñado (puñado imprescindible, porque para que exista el Bien tiene que haber al menos una porción mínima de Mal). Las expresiones de obligación impregnan los textos, las frases y las actitudes de los alumnos (Hay que…, No debemos…, Tenemos que…, ….persistir en los principios…, Bajo la dirección..., Es nuestro deber...) En vez de aprender la lengua a partir de lo concreto se les han enseñado rosarios de consignas abstractas, semántica inmaterial que configura, no el mundo del que la nueva lengua podría darles una más amplia visión, sino la forma en la que deben abordar prudentemente ese mundo, las estrechas lindes por las que pueden moverse en él.

Cuando los profesores chinos de español daban como frase modelo Todas las ideas sin excepción llevan su sello de clase, habían tomado esas líneas de Mao Tse-tung, quien, a su vez, estaba citando el Manifiesto del Partido Comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels (Las ideas dominantes de una época nunca han sido otra cosa que las ideas de la clase dominante). Lógicamente pues, en China las ideas, no sólo dominantes sino únicas con posibilidad de expresarse, eran también las de la clase dominante: el Partido.

El Partido crea una ciencia, fabrica una objetividad regida por nuevas leyes naturales, distribuye un manual de aprehensión y aprendizaje. El proceso es un gran acto de fe de extensión y dogmas muy superiores, en alcance y fuerza, a los anteriormente conocidos. Su meta engloba hasta al último individuo de una sociedad colectivizada, su mecanismo de exclusión es total. En buen marxista, Mao explica que las ideas justas provienen de la práctica social, de su adecuación con una realidad en sí cambiante por la continua interacción con el hombre según la dinámica dialéctica. Pero no podemos menos de observar que entre el hombre y la realidad se halla el lenguaje, los medios de comunicación y los grupos que los controlan. La vieja cuestión sobre el origen de las ideas justas continúa estando ligada a la crítica de la transposición verbal de la realidad, al análisis de la función del relato, que distribuye calificaciones y, simultáneamente, fabrica, con los materiales de acarreo, y produce, cara al futuro, la Historia.

La revolución se plantea de inmediato el problema de dar la palabra a la clase que pretende liberar, que debe liberarse por sí misma con el impulso de las vanguardias conscientes, las cuales toman sobre sí el poder y monopolio del relato. Se supone que se ha dado la palabra a los pobres porque éstos son la representación más genuina de la clase y las ideas justas. Y se ha privado de expresión al resto, al coro de clases injustas y erróneas ideas. El resultado es un reparto de cartillas perfectamente plasmado, en el zenit de la Revolución Cultural, por los millones de Pequeños Libros Rojos, y ejemplificado por los relatos de amarguras. Lo que se pretendió liberación ha logrado, en un curioso proceso de inversión metodológica, cotas difícilmente superables en el uso del corset de estereotipos.

Los conversos suelen mostrar doble celo que sus convertidores. En este sentido los maoístas occidentales nos ofrecen pruebas de un maniqueísmo químicamente puro. El Glosario de términos de la Revolución Cultural, de Daubier, aporta definiciones tan inefables como Línea reaccionaria-burguesa=conjunto de las manifestaciones de la línea política de Liu Shao-shi antes y durante la Revolución Cultural. Línea Revolucionaria proletaria=la línea opuesta a la línea reaccionaria burguesa; es encarnada por Mao Tse-tung. Rebeldes o revolucionarios proletarios=son todos aquellos que defienden la línea revolucionaria de Mao Tse-tung.

No por su apariencia tajante y su serio tono moralista deja de presentar este lenguaje la ambigüedad que nunca falta en los textos religiosos y dogmáticos. Las llamadas a la iniciativa coexisten con los avisos sobre la necesidad de atenerse a la recta línea y seguir el camino ortodoxo. Las obras escogidas de Mao Tse-tung en español constituían una de las lecturas de base de los alumnos y son una serie de loables máximas de doble filo en contradicción unas con otras. Las llamadas a la rebelión, al espíritu de nadar contra corriente, alternan con las advertencias sobre la necesidad de disciplina y obediencia al Partido. No se trata de un recurso gratuito: en un régimen de directivas voluntaristas y cambiantes, la necesidad de hacer descifrar día a día consignas contradictorias proporciona a la burocracia estatal la seguridad del acierto. La sibila política no comete errores; el receptor es culpable de no haber estudiado con la suficiente atención o de no interpretar de la forma adecuada. La ambigüedad se ve reforzada por la intercambiabilidad de los clichés y por la continua manipulación del presente y del pasado.

La religiosidad que evocan inevitablemente los textos maoístas encuentra un eco magnificado en los occidentales conversos, véase el artículo Crónicas al vuelo. Pekín, la limpia y asombrosamente despejada., firmado por A. M. y publicado en un periódico mejicano:

(…) durante mis prolongadas conversaciones con mi amigo chino Li Tung-hai[15] creí estar hablando con el propio Mao o, por lo menos, con el Mao cuyas máximas y doctrina a través de sus poemas y de sus obras completas me son familiares desde hace años (…) Mao Tse-tung, el estadista mayor de todos los tiempos. Mao, el Hombre, cuyo amor a la humanidad tiene un solo antecesor directo, el propio Jesús.

El resto del artículo no desmiente el tono inicial. Entre otras agudas observaciones, la autora nos dice que todos (los chinos) portan, sin excepción, calcetines blancos. Parece que ello sea una parte importante de su dignidad y refuta la creencia del color amarillo de los chinos dando una explicación científica: No hay raza amarilla. Quizá fueron amarillos allá por la época en que japoneses e ingleses los convirtieron desdichadamente en opiómanos, en el siglo pasado y principios de éste.

El belicismo es inseparable del discurso propio de este archipiélago, y ello por el estado de confrontación permanente que se pretende transmitir. Existen textos que tratan sobre guerras reales, pero la magnitud del fenómeno reside en la extensión de la semántica bélica a cualquier medio. Bajo este tratamiento, se crea el hábito de percibir el mundo en términos de combate, antagonismo, vigilancia, perpetuo estado de excepción, lo que conviene sobremanera a la doctrina gubernamental y a la práctica del control social. Se habla continuamente de lucha de clases, ante los imperialistas y lacayos revisionistas adoptamos firmes medidas y luchamos hasta el fin, ….armados con el pensamiento maotsetung, …el frente de la producción, …el frente de la experimentación científica, …templarse en los tres grandes frentes, combate, héroe, enemigos, brigada de choque para abrir un túnel, ímpetu revolucionario, empuñaron cinceles, barras y martillos pesados y se lanzaron al combate, librar luchas arduas. En la vida cotidiana la heroica guerra es la producción transfigurada. El lenguaje bélico es antagónico de la reflexión; su finalidad es movilizar, controlar y utilizar al sujeto, limitar su percepción a los objetivos que se señala, mecanizar y polarizar sus reflejos. El hincapié en la pervivencia de enemigos de clase, espías, traidores es imprescindible para el sistema. La continua lucha de clases legitima la continua dictadura. En el Sumario del foro sobre el trabajo literario y artístico en las fuerzas armadas convocado por la camarada Chiang Ching por encargo del camarada Lin Piao en Shanghai, en 1966-plena Revolución Cultural-se lee: Debemos rectificar el estilo de nuestros escritos, estimular la producción de artículos cortos y fácilmente accesibles, convertir nuestra crítica literaria y artística en dagas y granadas de mano, y aprender a usarlas con eficacia en combates a corta distancia.

En la cultura el efecto de tal lenguaje puede ser devastador; el entorno es pensado de esa manera, militarizado, considerado en función de eficacia y objetivos, lo que comporta la eliminación de otros terrenos y matices. Es un discurso de praxis, de , no, y lo más posible, de simplificación y de urgencia. Cuando en él se habla de estudio, es el estudio de las órdenes recibidas, de su buena comprensión indispensable para el buen cumplimiento de los fines. Y, como es lógico, se substancia en el principio de autoridad. Su impropiedad lo caracteriza; valga el ejemplo de que, aunque China pudiera tener enemigos reales, no se hallaba en estado de guerra. A falta de providenciales Viet-Nam o Corea, nada más simple que extender el conflicto a un enfrentamiento planetario que leyes históricas tan ineluctables como las físicas prolongan hasta la Parusía lejana del triunfo completo del proletariado. La continua o periódica fijación de la animosidad general contra enemigos señalados impide que los sentimientos negativos tomen cauces imprevistos. La burocracia estatal, el Partido, ofrecen a gentes sobre las que ejercen una imposición férrea y por las que en absoluto han sido elegidos un simulacro de antagonismo, bautizado como proletariado y burguesía. Los términos sirven esencialmente para crear un automatismo infalible de corte dual, un por y contra de opresores y oprimidos que siempre tiene, además, a su favor la simpleza del razonamiento. La opresión real desaparece, con sus opresores, tras la liturgia del escenario, el Buró Político ofrece como pasto a las amplias masas algunos de sus miembros molestos, incita sin descanso a una denuncia sin la cual no hay esperanzas de promoción, y retiene el aparato entero de un indiscutido poder.

El sufrido terreno de la cultura es, una vez más, terreno elegido para la oferta pública de fieras y gladiadores. Mao abolió tempranamente la libertad de expresión y la creatividad artística en su discurso a los intelectuales en Yenan, en 1942, y fijó explícitamente las premisas de un maniqueísmo según las pautas del Partido: En este mundo no hay nada por encima del utilitarismo; en una sociedad de clases, lo que no es el utilitarismo de una clase tiene que ser el de otra.

El lenguaje bélico, extrapolado, pasó a ocupar en China todos los terrenos. Sus expresiones han sido piedras angulares, imanes y soles en un universo semántico aureolado por la autoridad central para el que funciona como recolector de energías, unificador y polarizador. Llegado el régimen a ese punto, ya no es necesaria una marcialización violenta ni en exceso rígida. El enemigo se da por añadidura.

Las constelaciones son aquí muy limitadas, palabras clave que interesa no cambien jamás de significado, sistemas hostiles a Galileo que deben girar según directivas indiscutibles unas en el sentido positivo (tradúzcase, si se desea, como izquierda en homenaje a la propuesta de los guardias rojos de invertir la simbología de las luces de los semáforos), otras en el reprobable y nefasto de las diestras agujas del reloj. En torno al puñado de sustantivos sacralizados por el rito evolucionan adjetivos calificativos despectivos o encomiásticos. Éstos se especializan, agrupan distribuyen según los nombres de los que son epíteto casi inseparable, de manera que el conjunto forma automáticamente un núcleo lingüístico en la mente del hablante se haya escrito o no en su totalidad. El resultado produce una falsa impresión de fluidez verbal. La rapidez con la que los chinos hispanohablantes desgranaban y engarzaban fórmulas llevaba al observador novicio a creer que su dominio del castellano era notable. No había tal; se trataba de un mecanismo puramente reflejo antagónico de la cultura, una reacción condicionada más propia de la cibernética que del aprendizaje humano. Antes de 1949 las masas trabajadoras vivían en un abismo de amargura, trabajaba como bestia de carga, sociedad siniestra, vida inhumana, explotación cruel, situación desesperada. Ahora excelente tratamiento, vida feliz, gran líder, el Presidente Mao, la dirección del grandioso, glorioso y correcto Partido Comunista de China, pleno triunfo, excelentes éxitos,. Liu Shao-shi es puntualmente renegado y vendeobrero, lo soviético revisionista y socialimperialista, la lucha entre el proletariado y las clases explotadoras aguda y vigorosa, las obras de los caídos o criticados en las purgas son basuras, hierbas venenosas, los lugares donde éstos residían guaridas, los criticados enarbolan banderas negras, raídas, frente a la gran bandera roja del pensamiento maotsetung, acompaña al nombre de Lin Piao una sólida letanía de arribista burgués, intrigante, elemento de doble faz, renegado y vendepatria, todos los eliminados políticamente llevaban a cabo maquinaciones para usurpar la dirección del partido, arrebatar el poder del estado y restaurar el capitalismo, las críticas que se les hacen siempre deben ser profundas y cabales, la esencia de estos traidores es ultraderechista, su línea o su ideología revisionista contrarrevolucionaria, la Revolución Cultural es indefectiblemente la Gran Revolución Cultural Proletaria y produce ricos frutos, acompañan a los criticados fanáticos secuaces que proclaman o formulan programas reaccionarios, sus frases o sus actos revelan plenamente perversas intenciones, ambición de subvertir la dictadura del proletariado, restaurar el capitalismo. La lista sería larga pero podría llegar a ser completa. Significa esto que el lenguaje empleado por el sistema chino-del cual es un aspecto el español enseñado a los estudiantes-está compuesto por clichés. A fuerza de escuchar un epíteto como incansable acompañante de cierto sustantivo, por una parte se pierde la conciencia de que ese sustantivo pudiera tener otras connotaciones, por otra ambos forman un todo lingüístico y conceptual. El mundo, los seres que lo componen, la vida, el ambiente cotidiano, son fijados en moldes funcionales precisos, designados por el régimen. Las personas no existen per se. Lo mismo que el Gobierno fabrica la realidad objetiva según las circunstancias, asimismo los seres son odres rellenables en cada avatar sociopolítico con la adjetivación del momento, coloreados con los epítetos de costumbre. En el plano general, esto reproduce la idea del sistema respecto a los súbditos: una persona-vasija, persona-página en blanco sobre la que escribir, borrar, escribir de nuevo. Las dotes particulares se consideran como inexistentes excepto en las que ayudan a hacer del individuo un elemento más productivo. Lo importante es llenarlo hasta los bordes de la masa apropiada. En esta óptica perfectamente pragmática lo que no sirve no tiene razón de existir.

Con el uso fijo y repetido, las palabras y frases que se han convertido en compañeros inseparables de los sujetos pierden progresivamente su valor distintivo real; metáforas y epítetos se vacían semánticamente, pasan a ser elementos muertos de cadenas lingüísticas al tiempo cada vez más altisonantes y hueras. A fuerza de ser la vida siempre feliz, el Partido siempre glorioso y correcto, sus enseñanzas infalibles, las manifestaciones entusiásticas y los enemigos perversos, torpes y escasos, entonces todos esos adjetivos se vuelven tan genéricos como el hombre es mortal o la nieve es blanca, y pierden su función específica distintiva, calificativa, puesto que los sujetos no pueden ser sino felices, glorioso, etc. Los alumnos empleaban un español ampuloso y monocorde no sólo por las dificultades fonéticas y de entonación sino por la vaciedad automática de las fórmulas.

La ampulosidad de las metáforas y el maximalismo de los adjetivos desdibujaba, con el gran uso, el contenido semántico, neutralizaba su carga emotiva y borraba la imagen visual. Cuando se compara a los traidores con insectos nocivos, lobos con piel de cordero, se habla de sus doctrinas como de hierbas venenosas que es preciso arrancar de cuajo, se designa al Presidente como el astro resplandeciente que ilumina todo al alzarse por el horizonte, es dudoso que el hablante visualice las imágenes que repite y oye. De ahí la facilidad, tan chocante para los observadores extranjeros, con que el chino recibe, al cambiar el Gobierno la dirección de sus críticas, el cambio de sujetos a los que se califica, o el empleo de imágenes positivas maximalistas donde antes había injurias. Se trata de clichés intercambiables. La abundancia de frases preparadas y listas para consumo, de calificativos en bandeja, redunda en la anulación-por falta de ejercicio-de la actividad indagadora, selectiva, de la mente. Sin otro esfuerzo que la memorización, el hablante halla el predicado,la oración, ya confeccionados, no le es preciso pensar. La dificultad de los interlocutores de la cooperante para encadenar el discurso en un sentido distinto al de los clichés verbales marcados era evidente, material y palpable.

Son, en chino, muy frecuentes las abreviaturas, las frases compuestas con la primera sílaba de cada una de las palabras conocidas que la componen. Por ejemplo: ¡Pi-Lin, Pi-Kon!, consigna de la campaña política en curso en el 74, significa ¡Criticar a Lin-Piao, criticar a Confucio!.Hay también fuerte tendencia a la abreviación por medio de numerales; la prensa china hablaba del Grupo de los 4 para designar a Wang-Hung-wen, Chan Chung-chiao, Chiang-Ching y Yao Wen-yuan, del estilo de 3 y 8, de las 3 citas constantemente leídas. Esta tendencia tiene, en chino como en castellano u otra lengua, el efecto de disminuir la conciencia del hablante y facilitar la repetición mecánica por la reducción de materia fónica. En la abreviatura pueden, además, contenerse falsedades evidentes, hermanarse elementos antagónicos, expresarse absurdos lógicos; poco importa.

Concorde con la rigurosa estrechez de su espacio mental, el idioma del archipiélago se caracteriza por la reducción del caudal semántico y de sus posibilidades. El habla toma de la lengua una porción pequeña y funcional que, como esa minoría rectora vanguardia del proletariado, como esa clase predestinada para guiar hacia el mañana, se cubre de todos los oropeles y deja la sombra y la intemperie para el resto. Acude a la mente de manera irresistible la descripción de la neolengua que hace Orwell por boca de uno de sus personajes de 1984:

Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos (…) . Por supuesto las principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también hay centenares de nombres de los que puede uno prescindir (…) ¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?. Al final acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber “crimental” si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, palabra cuyo significado está decidido rigurosamente y con todos sus significados secundarios eliminados y olvidados para siempre?.

La neolengua, idioma oficial de Oceanía, usaba palabras y expresiones abreviadas: Miniver=Ministerio de la Verdad, crimental=crimen mental. Se impone la prudencia ante los paralelismos abusivos, pero la semejanza entre la ficción de Orwell y la China de Mao, sobre todo en tiempos de la Revolución Cultural, es tal, y tan genial la visión profética de un régimen totalitario y del papel del lenguaje en ese sistema, que es imposible no evocar 1984 cuando se comenta el fenómeno chino.

La apropiación de la realidad, la falsificación rigurosa y metódica de la vida y de las vidas individuales alcanza su clímax con el eufemismo y la unión de contrarios. Se ha ascendido de manera signficativa en la escala; ya no se trata de recursos acumulativos ni de simple sustracción, translación o amputación de elementos. Se va más allá, a la cuidada distorsión del contenido semántico y, finalmente, a la identificación del término con su contrario. Lógicamente la palabra revolución (como en otros contextos progresismo) figura en primera línea. Repetida como un conjuro, una consigna y un requisito indispensable para la salud del discurso, significa para el régimen el orden establecido, el sistema en vigor. En el plano laboral es la producción: Persistir en la revolución bajo la dictadura del proletariado es propio de comunistas verdaderos. Se habla de los comités revolucionarios de gestión, del deber revolucionario de corregir los errores con rapidez y eficacia, de la contribución (por el trabajo) a la revolución socialista de China y a la revolución mundial. Naturalmente Todos (los obreros chinos) trabajan con entusiasmo para la revolución y construcción socialistas y han logrado grandes éxitos, y Hacer la revolución depende del pensamiento maotsetung.

Cuando el régimen habla de Democracia o nueva democracia se refiere al poder ejercido por el ínfimo porcentaje que representa el Comité Central respecto al total de la población. La frase En los países capitalistas no existe democracia verdadera quiere decir que carecen del sistema de poder del Partido Comunista Chino. Entre el eufemismo y la unión de contrarios se halla la expresión centralismo democrático. Por construcción socialista se entiende la productividad. Donde dice enemigos de clase debe leerse las personas no gratas al Partido, y restaurar el capitalismo en China significa obrar de forma distinta a las consignas oficiales. Estudio político es la lectura, aprendizaje y asimilación de textos y documentos difundidos por las células del Partido y Los derechistas son aquéllos a los que éste considera opuestos a sus campañas.

Un ejemplo de la mixtificación de lo que se llama pueblo o amplias masas es la declaración de ciencia infusa que figura en el texto El puente sobre el río Yangtsé:

Al principio pudo parecer un sueño. China no tenía grandes maquinarias ni tecnología avanzada. Viendo ahora el puente de Nankín, que es uno de los colosos del mundo, se entiende bien por qué un trabajo de tal envergadura pudo parecer un sueño. Sin embargo el pueblo estimó necesario el puente y puso manos a la obra simplemente.

Debe pues entenderse, según estas líneas, que el pueblo supo, por el solo hecho de ser pueblo (=clase mitificada por el régimen y dotada de todo tipo de virtudes) lo que tenía que hacer.

Contrarrevolucionario es el pecador político, el opuesto a las directivas oficiales; lucha de clases es la disparidad o falta de aceptación que pudieran encontrar tales directivas; en Se lanzaron con ímpetu revolucionario a una verdadera guerra popular contra la montaña rocosa metáfora y prosopopeya se unen para dar tintes bélicos a la perforación de un túnel y, al mismo tiempo, se identifica la dedicación a las obras públicas con la guerra justa. Gran Revolución Cultural Popular Proletaria participa del eufemismo y de la unión de contrarios; la realidad que recubre el nombre es la de una severísima purga en todos los campos de la cultura, la destrucción de libros y monumentos, la eliminación de los intelectuales y la reducción al maoísmo más estricto, mientras que proletaria no pasa de ser, como en tantas otras ocasiones, una cláusula de estilo. Incentivos materiales es el término que designa, abominándolas como pertenecientes a la línea de Liu Shao-shi, las primas a la productividad, mientras que las primas razonables aparecen en el discurso como perfectamente ortodoxas.

Obviamente los términos marxistas, o de contenido simplemente social, ocupan lugar preferente en la unión de contrarios: Rebelde se entiende como seguidor de las máximas de Mao Tse-tung, en contraposición a los que, supuestamente, se han opuesto a ellas; resultaría por tanto el curioso fenómeno de un país de cerca de ochocientos millones de rebeldes declarados. La máxima ir contra corriente, que despierta al oído occidental bellas resonancias anticonformistas, significa embarcarse en una campaña de crítica a algunos cuadros lanzada, organizada y supervisada por el Buró Político.

Cuando de la finalidad de la toma del poder se trata, para una serie de actos similares se emplea un lenguaje desdoblado en positivo y negativo. Si se designa como A al grupo que se encuentra en posición de fuerza, controla los medios de expresión y lanza la campaña y ataques verbales contra B, A critica profundamente, B ataca; A fortalece la educación para seguir firmemente y aplicar de manera cabal la línea revolucionaria, B maquina para usurpar la dirección del Partido, arrebatar el poder del Estado y restaurar el capitalismo; A enseña, educa, B pregona (texto: Llevar hasta el fin la lucha de crítica a Lin Piao y a Confucio). Los términos crítica y autocrítica (que quizás valdría más traducir como acusación y autoacusación) eran jaculatoria cotidiana en la vida china y significaban una práctica más y menos inquietante que lo que en Occidente tales palabras pueden evocar. El régimen se aprovechaba para su uso de una tradición de humillación ante los superiores y de exageradas, y defensivas, expresiones de modestia, de manera que la reiteración y ritual de las sesiones hacían de esta variante de ejercicios espirituales un ingrediente familiar en el horizonte maoísta. Pero esta misma cotidianidad desdibujaba el peligro y producía, con su ritmo previsible, una grave devastación de las capas profundas de la personalidad, una degradación de afectos, respeto y fidelidades sociales, una intemperie de la mente y de los sentimientos que extirpaba, con el diario paso de la segadora, cualquier veleidad de disensión. Fenómeno semejante ocurría con fórmulas clave de la vida sociopolítica, como eran el estudio y discusión de documentos o la expresión de sugerencias: Nada tenían que ver con lo que indicaban y, más aún, indicaban lo contrario, constituían un periódico ceremonial de obediencia. Los reunidos oían largos discursos sobre cómo debían aplicar las directivas decididas por las autoridades y transmitidas por los cuadros del Partido, aplaudían, expresaban invariablemente su calurosa adhesión y prometían poner en el cumplimiento todo su empeño. Cada acto de rebeldía, crítica y discusión era una pública manifestación de vasallaje.

Se han planteado interrogantes sobre el exacto contenido de los términos chinos. El país importó una civilización técnica y un movimiento político (el marxismo-leninismo) que le eran ajenos. El nacionalismo, las tradiciones, las metas de los cuadros y la estrategia de los líderes se valieron de palabras y conceptos foráneos y los tiñeron y modelaron según las circunstancias. El sumo autor de los textos de cuya repetición y glosa se ha nutrido el régimen, Mao Tse-tung, desconocía las lenguas extranjeras y se situaba en un medio campesino en el que burguesía se identificaba con terrateniente y proletariado con clase social desprovista de propiedades. Surgen cuestiones sobre la intencionalidad de distorsión semántica de los que poseían, en la R. P. China, la voz y la palabra, se duda sobre las fronteras entre la impropiedad en el uso del significante y la impropiedad en el significado. No era cuestión de inocencia, de irremediable condicionamiento, y nada más ilustrativo de ello que el efecto producido en los individuos y los beneficios que obtenía por medio de tales instrumentos el Gobierno. Precisamente la insistencia exterior en el relativismo de los términos y de las costumbres proporcionó al régimen una de sus mejores justificaciones.

La unión de contrarios, el uso generalizado del eufemismo y de la mutabilidad permanente tanto de la historia como de la realidad objetiva producían en hablante, oyente, lector, alumnos y profesores una curiosa dualidad mental y expresiva, una escisión que podría denominarse “esquizofrenia necesaria”. La objetividad y la memoria son indispensables en la vida práctica y no desaparecen; sin embargo su funcionamiento debe anularse cada vez que existe contradicción con las consignas.

“negroblanco” (…) tiene dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario significa la costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco, en contradicción con la realidad de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo negro es blanco cuando la disciplina del Partido lo exija. Pero también se designa con esa palabra la facultad de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro es blanco y olvidar que alguna vez se creyó lo contrario (…) “Doblepensar” significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente (…). El gran éxito del Partido es haber logrado un sistema de pensamiento en que tanto la consciencia como la inconsciencia pueden existir simultáneamente.[16]

Vuelve una frase, compuesta por los profesores chinos de español del Instituto de Lenguas Extranjeras nº 2 de Pekín, que quedará como perfecta muestra de unión de contrarios y suplantación del raciocinio: No importa que las palabras de los conductores sean ininteligibles para nosotros, porque comprendemos su sentido.

Fuera de las palabras, no puede olvidarse la estructura de celdilllas de vigilancia y autovigilancia en que todos ellos habitaban, la reglamentada canalización de autoridad e informaciones, la capitalización por parte del sistema de sentimientos positivos y negativos, de energía, agresividad, aspiraciones, frustraciones y ansias, los reductos de seguridad como el automatismo memorístico y el apego a la pauta y el modelo, el miedo al error, la necesidad de imitación y de beneplácito. Se obtenía a cambio, con la limitación de la inteligencia y la disolución de la conciencia autónoma, una considerable reducción de la angustia, como el dolor de una amputación que se olvida; se lograba la acogedora integración gregaria que permitía ignorar la vasta mentira de las repeticiones cotidianas.

Orwell hubiera quedado sorprendido al comprobar que la República Popular China no precisaba de los adelantos de la sociedad técnica avanzada y podía arreglárselas con medios mucho más artesanales para vigilar a su población. Bastaba con transformar a los ciudadanos en transmisores, y lo hicieron. Cierto que radio y altavoces desgranaban directivas en trenes y cantinas, que los despertares eran amenizados por la campaña en curso con los alegres sones, como fondo, de un himno militar, pero la televisión hacía por entonces tímido acto de presencia y los ordenadores pertenecían al futuro. Los mass media eran simplemente la reproducción humana, y ésta cumplía su cometido con notable fidelidad. Las pantallas-espía, los captadores continuos de conversaciones, los detectores del pensamiento y demás fruslerías técnicas imaginadas por los autores de ficción se revelaban como superfluas, del mismo modo que los dirigentes confiaban en que, sin recurso a armamento sofisticado, los millones de habitantes disponibles les bastaban para ganar la guerra, por oleadas de bajas, a un enemigo exhausto.

El cultivo de la capacidad repetitiva implicaba un tratamiento especial de lo que se llama memoria. Ésta es, en sí, necesaria por cuanto constituye un fichero autónomo y personal. En el caso maoísta se había llevado a cabo en primer lugar una sustitución por la cual se eliminaba, reducía y conformaba la memoria objetiva y se calificaban los antiguos y tradicionales métodos memorísticos de reaccionarios y nefandos. Así preparado el terreno, era el momento de implantar el monocultivo oficial. La metodología se enmarca en la lógica del materialismo histórico, para el que pasado y futuro son simple materia regulable: No queremos una enseñanza memorística, pero necesitamos desarrollar y perfeccionar la memoria de cada estudiante dándole hechos esenciales (…) asimilarlos con espíritu crítico. aconseja Lenin en La cultura y la revolución cultural. Los principios de Mao y de la Revolución Educativa abogaban sin cesar por la enseñanza crítica, analítica, no memorística, y producían, en el raso terreno resultante, una espléndida contradicción entre las palabras y los hechos, hermosas máximas casi libertarias antagónicas de la cosecha de sumisiones. Para esto, mientras abominaba públicamente de los métodos antiguos, el Partido no dudaba en aprovecharse de la vieja tradición literaria de la cita, del virtuosismo en reiteraciones, resúmenes, ampliaciones y glosas. Las llamadas a la rebeldía, la creatividad y el análisis se resolvían en una vasta imposición, en un plano monocorde, sin posibilidades de elección y ni siquiera de juego dialéctico; el edificio resultante era de una funcionalidad roma y demoledora y en él no habitaba más pregunta que la retórica, destinada a recibir la respuesta incondicional.

A la cooperante le quedaban todas las preguntas y, sobre ellas, entre ellas, la clara certidumbre de un tejido de presencias, vivas, silenciosas, mantenidas por las circunstancias en el reducto del adecuado lugar. Era fácil considerarlas el producto necesario de una coyuntura histórica, los escalones transitorios de un bienestar inminente, la sala de espera del Mañana. La cooperante no dudó ni un segundo respecto a la identidad común que la unía a las miradas, los gestos, los deseos y la indefensa condición de las personas con las que le había correspondido coexistir. No le bastaba la insistencia de sus compañeros occidentales sobre la conciencia feliz, el discreto disfrute de una existencia segura del que los chinos gozaban. No le valía el paralelismo con la globalización del consumidor norteamericano, ni la simpatía benévola con la que habían descrito el régimen, tras su paseo por China los ideólogos occidentales. Simone de Beauvoir no pestañeaba al desgranar, en La Larga Marcha, sus análisis: Kant expresaba el mundo burgués, Confucio el feudal, ninguno la verdad de los oprimidos; de ahí se infería el alba liberadora de palabras, hombres e ideas que el nuevo sistema de Pekín representaba. Era el tipo de opinión y de razonamiento más extendido. Había una comodidad evidente en la identificación de las denominaciones justas de los mandarines con el Verbo de los clérigos de la Edad Media y las Ideas de Platón; era una forma de dejar acciones, lenguaje y leyes en manos del siguiente gobernante y absolverle por simple contraste con la situación anterior.

El maoísmo había ido más lejos que Stalin en la consideración del lenguaje. Para éste era una función ligada directamente a la actividad productiva del hombre. Para aquél se trataba, no sólo de un mecanismo que formaba, a la vez, la conciencia y el medio circundante, sino de algo de mayor calibre: los escritos del Líder eran la suma energeia, adquirían el poder bíblico de un génesis social, movilizaban, controlaban y se materializaban en productividad económica. En una entrevista sostenida con Kuo Mo-jo, presidente de la Academia de Ciencias de China, en 1971, Alain Peyrefitte planteó interrogantes sobre el papel del pensamiento maotsetung. Lo esencial es pensar bien-responde KuoMo-jo-Para cultivar bien el arroz, para fundir bien el acero, para cuidar bien a los enfermos, es preciso, en primer lugar, pensar bien. Antes de la Revolución Cultural, en las escuelas, las Universidades, los teatros, los periódicos, se pensaba mal. Valía la pena cerrarlos para, luego, ponerlos en condiciones de enseñar a pensar bien.

En resumen, ¿en el comienzo era el verbo?-añade Peyrefitte-Pensemos bien y todo lo demás se nos dará por añadidura.

En Pekín Informa se lee en 1976:

El Presidente Mao subrayó consecuentemente que sería posible conquistar la victoria siempre y cuando se obedezcan las órdenes en todas las acciones y se actúe al unísono (…) el propio Presidente Mao nos dirigió en el canto de “Las Tres Reglas Cardinales de Disciplina y las Ocho Advertencias” y nos enseñó que no solamente debíamos cantarlo sino que también debíamos interpretarlo y actuar de acuerdo con él. Reiteró una y otra vez el principio del centralismo democrático consistente en la subordinación del individuo a la organización, de la minoría a la mayoría, del nivel inferior al superior, y de todo el Partido al Comité Central y educó en esto a todo el Partido, a fin de unificar la comprensión, la política, el plan, el comando y la acción y marchar al mismo paso para conquistar la victoria. Ahora, en las circunstancias en que se ha logrado la magna victoria en la lucha por aplastar la “banda de lo cuatro”, al obedecer en todas las acciones las órdenes del Comité Central del Partido encabezado por el Presidente Jua, todo el Partido, todo el Ejército y el pueblo del país entero deben consolidar y desarrollar esta victoria, poner en juego el espíritu revolucionario de golpear al perro caído en el agua (…) Exterminada esta gavilla de dioses de la plaga que es la “banda de los cuatro”, en los 9,6 millones de kilómetros cuadrados del territorio chino, los 800 millones de seres del pueblo con más de 30 millones de militantes del partido encabezado por el Presidente Jua, están transformando su entusiasmo e iniciativa por el socialismo ya avivados en poderosa fuerza motriz para empeñarse en la revolución, promover la producción, el trabajo y los preparativos para enfrentar la guerra. (…) Se presenta ante nosotros una situación política en la que hay tanto centralismo como democracia, tanto disciplina como libertad, tanto unidad de voluntad como satisfacción moral, individual y vivacidad. La corriente revolucionaria integrada por los centenares de millones de seres del pueblo chino está avanzando impetuosamente con fuerza capaz de derrumbar los montes y vaciar los mares.[17]

Este texto, que sella las luchas palaciegas tras la muerte del Gran Líder y la eliminación de la “Banda de los Cuatro”, formada por la viuda de Mao y sus incondicionales, es perfectamente consecuente con escritos anteriores y resume y concentra todos los recursos a los que, sean los dirigentes cuales fueren, recurre el régimen: belicismo, unión de contrarios, ruptura lógica. Poner en juego el espíritu revolucionario golpeando al perro caído en el agua, es decir, atacando a los condenados por el Partido, es uno de los más típicos ejemplos de perversión de una palabra, en este caso revolución. Pero lo que resalta con más fuerza es la forma en que imágenes, frases, epítetos, todo en fin se distribuye de forma radial en torno a la obediencia unánime, indiscutible y masiva al Partido y al Presidente que lo encarna. La alienación del ciudadano, del individuo solo o en grupo, es completa.

Sólo igualaba, quizás, en magnitud al fenómeno chino la benévola reacción occidental. Parecía asistirse, con una sonrisa, desde la altura y lejanía de los palcos, a la vasta violación de la realidad, a la superposición de la consigna a la evidencia, a la sustitución de las noticias y del mapa por una novela de Dickens y un portulano de fabulosos monstruos y fronteras. La cooperante no ignoraba que el Verbo puede reemplazar subjetivamente al Objeto, pero dos y dos no eran cinco, la rebelión no consistía en apoyar las directivas oficiales, la revolución no era el orden establecido, el enjambre de entidades llamadas por decreto revolucionarias. No hacía falta tener ideas justas, ni denominaciones correctas; bastaba con no renunciar a las palabras, con aferrarse a la primaria evidencia de los hechos, a la instintiva expresión de las miradas, pensar en los números, en la suma fiable de sus elementos, poner la palma en la veraz y tenaz superficie de las cosas. Todo confluía para arrinconar a aquella gente con nombres, apellidos, amigos, hijos, deseos y defectos en una concepción del mundo determinada por raza, historia y entorno; ideogramas, milenios, proclamas, multitudes cubrían y desdibujaban el perfil conocido de los rostros y, pese a ello, contra la vastedad de la corriente, sobrenadaba en el individuo extranjero, pero no irremediablemente distinto, la voluntad de atenerse a su situación real. Finalmente no resultaba difícil no traicionar. Sólo era penoso, requería hacerse cargo de un fardo que nadie iría a buscar nunca, que ocuparía, como el cadáver en la escena del absurdo, un lugar cada vez mayor.

 

Veinte años son todo

-No hubo muchas víctimas, en nuestro instituto no hubo, casi, víctimas.

F lleva en España medio año. Su dominio del castellano ha ido subiendo cotas durante varias estancias como becaria en países extranjeros. Ha llegado a Madrid y se ha apresurado a tomar contacto con la antigua profesora que, hace mucho tiempo, cuando ella era la más joven del seminario de español, estuvo en su instituto. Isa la lleva a todas partes, a lo largo y a lo ancho de la geografía peninsular y al corazón de las dulces noches de la ciudad. F absorbe como una esponja, pero no deja escapar nada. Apenas una gota de pasado, ni una palabra de acontecimientos políticos; alusiones dispersas a su infancia y su primera juventud. Isa no puede aprovecharse de su posición de anfitrión, del dominio que le otorga este tutelaje temporal y oficioso.

Hoy, sin especial emoción ni motivo, F ha citado, de pasada, la historia de un muerto.

-Fue por las críticas de la Revolución Cultural, ya sabes. Se suicidó tirándose a un pozo. ¿Lo recuerdas? Donde la caseta de herramientas para el jardín.

-Debieron de ser terribles esas sesiones. ¿Y tú….?

-Yo no hice daño a ninguna persona.

F ha envejecido sin cambiar. De la forma milagrosa en que actúan el tiempo y el espacio, está ahora ahí, donde Isa jamás pensó que estuviera, en el salón de su casa, y, tras la piel ajada y las arrugas, conserva la expresión de timidez e infancia con la que se ha inclinado sobre su hijo, sobre los diccionarios y los impresos, con la que mira cada espectáculo, cada restaurante y cada paisaje. Ha aprendido a tomar algo de leche, que antes le causaba repugnancia, y ha residido, durante sus estancias en Hispanoamérica, siempre en el grupo y círculo de los becarios chinos. Por eso la experiencia es en España distinta. Una auténtica inmersión pues, aunque viva en un piso compartido con compatriotas, sale mucho más, y con más españoles, que ellos y la perfección de su castellano la ha hecho muy solicitada como traductora e intérprete.

Isa explora, a veces, los aledaños de ese pasado y esos ritos contra los que sus viejas preguntas continúan estrellándose. No las plantea; hay una insoportable sensación de abuso en el intento de extraer de F recuerdos, análisis, respuestas. Ella posee su propia gran muralla, la que también llevan ( Isa lo ha comprobado, lo sigue comprobando cada vez que un encuentro se presenta ) los compañeros de entonces. Y tras esta muralla no hay rebelión. No hay nada, un espacio desmenuzado, aceptado, irremediable, que no se menciona, como en las guerras.

En el instituto, junto a la caseta del jardín, había, en efecto, un pozo. Aquel recinto fue escenario, igual que los otros, simultáneamente, de un extremo a otro del país, de humillaciones, vejaciones, torturas, destierros y muertes. Lo mismo que los demás extranjeros, Isa ha caminado sobre pozos en los que flotan cuerpos como aquél, anduvo por un decorado extenso, cuidado en los detalles, de límites precisos y réplicas medidas. El Gobierno de China Popular ha gozado de la franquicia de lo innumerable, de lo que cabía suponer pero se ignoraba y no interesaba demasiado precisar. Durante la Gran Revolución Cultural Proletaria, que luego ha pasado a denominarse en China Los Diez Años de Caos, fueron probablemente eliminadas entre ocho y diez millones de personas, arrestadas unos doscientos millones, enviados al campo un ochenta por ciento de los adolescentes ciudadanos-por ejemplo, un millón en Shanghai-, arrasados los monumentos-como la gran mayoría de los monasterios tibetanos-, quemados los libros. La anterior campaña maoísta, en 1958, el Gran Salto Adelante, tuvo, según estudios demográficos, un costo humano de sesenta millones de personas, debido en buena parte a las tremendas hambrunas producidas por el hundimiento económico del país en virtud de las voluntariosas directivas del Gran Líder, víctimas a las que habría que sumar las de la purga política del 1957-58.

Con F no hay las largas conversaciones que, pasados la vigilancia y el peligro, podían esperarse, no hay confidencias. No las necesita. Ha aceptado el archipiélago, del principio al fin.

-¿No echabas de menos a tu familia, a tus amigos, cuando, de jovencita, te mandaron a los campos de trabajo?.

-Todo el mundo estaba igual. Éramos muchos, miles, habíamos visto al Presidente. En la primera granja comíamos bien, patos, verdura fresca. Desecamos un lago grande para ganar terreno cultivable. Luego hubo que volverlo a anegar, dieron contraorden, no había sido una buena idea, los animales morían. Pasé varios años.

Es una más de los exguardias rojos que rondan la cincuentena. Desde la guardería, el PCCh y Mao fueron su fe y su referencia. La información era monocolor, la vida reglamentada y previsible, los desplazamientos raramente permitidos. La Revolución Cultural estaba siendo cuidadosamente preparada por Mao Tse-tung y el comandante Lin Piao desde principios de los sesenta; llegó como una ola de Pequeños Libros Rojos, estatuas, pinturas y bordados del Líder, y ofreció a los muchachos la libertad, los viajes y los trenes, el acceso a la capital y la voz cantante para condenar a los que se atrevieron a criticar el Gran Salto Adelante. Les enrolaron en una festiva guerra contra el Mal etiquetado de Capitalismo, Burguesía, Tradición, y plasmado en dirigentes molestos como Liu Shao-shi, en historia, patrimonio artístico, personas de edad, intelectuales, artistas, escritores, centros urbanos, restos del pasado, retazos de sociedad civil.

F lo pasó bien porque se pasa bien en las guerras. Estuvo en los desfiles, agitó el Libro, participó en debates las veinticuatro horas del día y conoció el éxtasis de ser uno con un millón congregado en la plaza de Tien Men, de comulgar con un rostro y unas consignas. Incluso entonces, mientras sus compañeros organizaban autos de fe y comunas, quemaban libros y paseaban herejes, es muy posible que ella no hiciera daño a ninguna persona. Luego, a finales de agosto del 68, el Ejército los retiró de escena. Mientras las hojas del calendario, y el entusiasmo, caían los jóvenes que habían sido estudiantes se encontraron en lugares distantes, cavando, picando, construyendo barracones y dirigiendo a la yunta bajo la vigilancia de soldados que se ocupaban de que no abandonasen el lugar.

Los exguardias rojos pasaron así cinco, diez, quince años, o toda la vida, según influencias y circunstancias, a cientos o miles de kilómetros de su hogar, vivieron a nivel de subsistencia, olvidaron sus estudios, carecieron de relaciones sexuales hasta el tardío matrimonio autorizado y se aparearon en fugaces encuentros con sus cónyuges. Como F. Luego crió sola a su niño. Vio a su marido a veces. Se reunieron más tarde; y se separaron durante años, por motivos de trabajo, cuando en uno u otro caso se les asignaron becas en el extranjero.

– Nos robaron la juventud. Robaron la juventud a nuestra generación.

F ha dicho esto sin mayor énfasis, sin rebelión alguna. Como se habla de terremotos o de alguna crecida del gran río. No se ha rescatado. En ningún momento ha buscado culpables, ni ha justificado el impulso que la llevó a sí misma a participar en campañas y movimientos, secundar acciones, afirmar inquebrantable adhesión a premisas que, con signo opuesto, el Partido hace públicas cada pocos años. A todas asiente. No ha tenido reparos en dejar cada vez lo que por yo se entiende en las manos que lo reclamaban y seguir, cuerpo adelante, sobre la pasajera ondulación de consignas respecto a cuya fuente no posee el menor poder.

Ha viajado. Su hijo único tiene ante sí una brillante carrera. Ella no acaba de entender a los jóvenes: el único ideal que tienen parece ser ganar dinero. El Gobierno ha dicho que hay que ser rico. Un país, dos sistemas. Capitalismo y marxismo. Socialismo de mercado. Está bien. Nunca habla de política o economía por las mismas razones que eliminan de su horizonte temas exóticos y ajenos. Se jubilará pronto. Aprovecha, en este viaje, cuanto se le ofrece, pasea, en Granada, con Isa por la noche junto a las murallas iluminadas de La Alhambra, va a las verbenas y a las actuaciones en la Plaza Mayor, conoce calles, parques, historias y espectáculos.

-¡Qué bonito es el cielo de Madrid!

Isa se sorprende al oírle espontáneamente el tópico, los fondos de los cuadros de Velázquez y la transparencia luminosa, creado, nuevo, en la expresión de la visitante, que, antes de que el pringoso gris de una contaminación incontrolada lo cubriese, conoció también en Xian un cielo de meseta, raso y azul.

El español de F ya posee los giros y expresiones del habla de Madrid. Tanto que le ofrecen un trabajo de traducción pagado en dólares que representan toda una fortuna imposible de desdeñar para una nativa del industrioso Imperio del Medio, una compatriota de los voraces inmigrados que ahorran, acumulan e ignoran cuanto no se traduce en el clan, sus intereses y sus negocios.

-¡Pero esa traducción es muchos dólares! Cuando vuelvas podrías…

-Oh, sabes, no lo voy a coger…-F se expresa con una dejadez ni siquiera dubitativa. Ha estado en un concierto al aire libre y hecho un entusiasta resumen mímico de los movimientos del público-Me queda poco tiempo en España. Ya trabajaré cuando llegue a China y esté todos los días en mi mesa. Al fin y al cabo, no necesito tanto dinero.

Indiferente a los determinantes que, por origen, grupo y cultura, deberían marcar su comportamiento, la persona que Isa encontró en el regimiento tardío de la Revolución Cultural aspira a sorber cada minuto de los que la ciudad cálida, promiscua en sonidos, caminos y sabores todavía le ofrece. Nunca será disidente, ni analizará las causas, ni los beneficiarios, ni las víctimas. Pero ahora se acerca el tiempo de volver, y dice:

-Este año ha sido el mejor de mi vida.

C, tan semejante a F por la edad como lejano por las características, ha seguido otros rumbos.

-¿Ingresaste pronto en el Partido después de marcharme yo?.

-Sí, claro. Me admitieron unos años más tarde. Sin eso no había nada que hacer.

La conversación transcurre en un salón de té clásico y tranquilo, sin el bullicio de los locales del sur-que, por cierto, también se cerraron durante la Revolución Cultural-. Le ha costado, ha sorteado las envidias a causa de su soltura y su inteligencia, ha vivido un nuevo amago de exilio, pero C está situado bien, lo estará mejor, lo sabe. Pese a su verbosidad y nerviosismo, se coloca con pericia al lado de quien y cuando hace falta. Isa no ignora que recurrre a ella porque en ese momento piensa que la relación puede serle útil. Durante años no ha contestado a sus cartas, ni siquiera a las tarjetas de Año Nuevo que siempre fueron las últimas y tenaces botellas que siguieron atravesando un mar de silencio. F las correspondía. C sólo al principio. H apenas. M nunca.

-Los chinos no tienen sentimientos. Sólo intereses-le había dicho alguien a Isa.

Y sin duda tenía razón. Ella era perfectamente consciente de que el mantenimiento de aquellas relaciones lejanas era voluntad bilateral pura y que, más allá de la amistad, del apego personal mezclado a personales recuerdos, había la decisión de no perder lo que podía salvarse de una monstruosidad anónimamente cotidiana, del dominio inexpresable cuya losa cubría el país entero, territorios enteros, como un cielo segundo de metal que negaba la existencia de espacio más arriba. Isa les precisaba como justificación de un acto de fe. Y había la sensación, la continua sensación de nueva rica en un mundo de indescriptible pobreza de libertades, el remordimiento del silencio del de ellos, al oeste del mapa, y de su propia riqueza en palabras, caminos, protestas, pasaportes. Pasó el tiempo. Las noticias que los amigos chinos a veces enviaban se espaciaron, desaparecieron, afloraron a veces de manera súbita por la urgencia de una demanda. La utilizaban en las pequeñas cosas en que pudieran necesitarla, se acordaban de escribirle cuando precisaban contactos, ayudas, acogida de conocidos que iban a Europa. Lo hacían de una forma tan clara, tan neta, que no cabía ofensa. No podía haberla porque la gente de aquel tiempo, de China, ocupaba para Isa un lugar aparte en el cual exigencia y fidelidad carecían de sentido. Nada cabía pedirles y mucho ofrecerles, porque venían de un territorio de carencias irrecuperables, de experiencias y años extensos, silenciosos e indescriptibles que antes de ser recordados ya estaban condenados al olvido. Se movían sorteando impedimentos de control, divisas, información y pasaporte, llegaban con su aspecto lunar sobre el que el traje occidental y los actos corrientes de la vida tenían un aire forzado, ni siquiera se planteaban la conveniencia de un discreto disimulo al exigir ayuda encaminada a la meta de sus propósitos. Ignoraban en buena medida al occidental que tenían ante sí. Isa observaba con cierta curiosidad entomológica aquellas exhibiciones de descarnado interés, hacía lo que le era posible, les veía alejarse. Poseían un argumento cuya existencia ignoraban y ante el que la negativa era imposible.

La mujer y la hija de C acuden también a la cita y le son presentadas. Hace calor en Pekín esa tarde. Una vez más, es una historia de larga separación, castidad prolongada, esporádicas visitas conyugales, reunión bajo un mismo techo y luego estancias durante algunos años de él en países extranjeros. C hace carrera y, consecuentemente, tiene enemigos, apoyos, ambiciosos planes. Su fidelidad por el nuevo líder, el de la consigna “¡Enriqueceos!”, el apóstol de la modernización y el pragmatismo, es ilimitada. Los enemigos del actual hombre fuerte del Partido, que sufrió los ataques de la Revolución Cultural, lo son de la gente de valía, como C, de los profesionales emprendedores, de las antiguas víctimas.

C habla del Gobierno con apasionado fervor.

-¡Teng Xiao-ping es mi ídolo!-dice.

Siempre ha sido un hombre de pasión. Y de olvido. Posee ese sorprendente mecanismo que a todos ellos les es común: un espíritu en compartimentos estancos, un cerebro que se regula en terrazas y esclusas, como los campos de arroz, en el que la noche desciende por sectores y vela al exterior, y a la conciencia, el estado de sus vecinos, el edificio próximo que alberga recuerdos y experiencias que no conviene iluminar.

-He visto a H Tiene problemas de familia. Ha envejecido. Me interesaba mucho localizarle. Es buena persona…-Isa le habla de su visita a la ciudad interior en la que se conocieron, a la que C, desde que consiguió salir, nunca ha vuelto.

-¿Lo es?. Lo fue quizás contigo. Era de los jefes, siempre estuvo en el Partido. En los mítines de la Revolución Cultural recuerdo su puño en mi cara.-C hace un gesto. Recurre muchas veces en su expresión a movimientos tomados del teatro que retrotraen a las marionetas ideológicas de las óperas modelo.

Él es capaz de este hervor momentáneo, de la hipérbole de ademanes y palabras. F está en el extremo opuesto, en la calmosa sensatez de su carácter pacífico. Pero ellos dos, y el resto, comparten, más allá de la superficie, la parcelación interior del territorio. Ahora C es todo proximidad, manifiesta sentimientos, pide cosas. En cuanto la visitante extranjera se levante de ese asiento, deje el hotel, tome el avión, desaparecerá totalmente, aunque sus cartas, la tenaz felicitación de Año Nuevo, luchen por mantener contacto. C no responderá nunca; la ha hundido en lo que no interesa para fin alguno, en la zona de sombra.

H envía cartas sorprendentes. Tan raras como las chispas fugaces de un cielo clausurado, con, entre ellas, espacios inmensos de silencio, de años. De repente, una exclamación, una petición, el borde de una tempestad en una conciencia lejana, ajena en todo y sin embargo próxima por la experiencia común, por el descenso fortuito, inolvidable, que, a través de él, y de otros, hizo la extranjera a la certidumbre de un fondo compartido, de una masa compuesta por los mismos ingredientes.

Puedo hacer muchos tipos de trabajo. Conozco varias lenguas extranjeras. Sólo necesito que me ofrezcan una oportunidad para ir.

Miro las fotos. Pienso en ti cada día.

Es depresión, se dijo al recibirla, es depresión. Lo que no impidió que el mundo se le hiciera mil pedazos mientras, inclinada sobre la mesa, la carta se le volvía turbia. Nada podía hacer. Nada para ayudar. Una fidelidad sin norte ni provecho.

H había lanzado aquel mensaje, desesperado y extenso, .escrito a lápiz en unas hojas de papel finísimo, en los años ochenta. Páginas que preocuparon a la destinataria por la seguridad de su antiguo amigo. ¿Cómo habría pasado la carta la censura?. Naturalmente no había, en realidad, crítica al régimen, pero cualquier expresión de descontento, de deseo de huida, lo eran. H tenía a su favor la categoría, su veterano carnet del Partido, el conocimiento del callejero burocrático. Sin duda sabía moverse; por ello se permitía el supremo lujo de ignorar toda precaución. Había una historia personal, una historia de entonces, revivida, recorrida al parecer con los pasos circulares de la obsesión.

Por encima de todo la profesora extranjera subrayó la llamada de auxilio que contenía aquella carta, y le respondió explicándole su impotencia, la extensión mínima de su círculo. Se quedó con el renovado sabor del remordimiento de los ricos, del lujo de su libertad y sus posibilidades en contraste con las líneas pidiendo cambiar, salir, llegar.

La siguiente carta-mediaron respecto a la anterior años- correspondió a la China del pragmatismo. H se había metido en negocios, montaba sociedades, pedía informes sobre inversores y empresas, tenía, junto con un amigo, proyectos. Respondió, él también, al esquema que seguían cada uno de los otros, abrumó súbitamente con sus peticiones y luego, cuando la extranjera hizo cuanto pudo, sin el éxito que deseaba, no volvió a escribir más. Era tiempo de carnets del Partido más nuevos. Ya no podía cortar el paso, hundir en una granja, a los intelectuales como C. H cultivó sus parcelas, sus contactos y sus asociados.

Le ha visto en el restaurante, muy cerca de donde ambos trabajaron. De nuevo ha transcurrido el suficiente intervalo como para que la persona que le ofrece brindis tenga poco en común con la que, en su desesperación primero, en su interés después, le envió dos cartas. Incluso es inútil mencionarlo; son puertas cerradas, pisos que se van dejando para habitar en casas nuevas. H se ha metido en algunos negocios, está adaptado, en la medida de sus posibilidades, al enriqueceos, en su caso sacar un sobresueldo, porque ya la cresta de la ola para su generación pasó. Cabe que haya sido un canalla, o, al menos, ciertamente brutal durante los años sesenta.

Las máximas, el credo político, era un útil pasaporte de odios muy anteriores a la consigna, un blanqueo de rencores, celos, envidia, que por fin podían mostrarse con la toga severa de la justicia, que salían con la cabeza alta para dar, a plena luz, su paseo triunfal.

Se tiró a un pozo-había dicho F-Se tiró a un pozo. ¿Y quién mejor podía haberle obligado a suicidarse que el dirigente de la célula del Partido?. H, que la abrigaba en su despacho con una manta para que descansara echada en el sofá, que remetía los bordes con sus manos de campesino, había agitado puños y consignas, empujado a la muerte con el mismo tesón con el que estudiaba lenguas extranjeras, quizás causado la muerte. Ahora era apacible, amistoso y distante, ya disuelto en la etapa última de la vida que pronto cortaría del todo los filamentos que pudieran quedar entre ellos.

-¡Salud!

-¡Salud!

-¿Qué sabes de M?-pregunta ella.

-Volvió a casarse. Tras el accidente de su hijo, todo se le derrumbó. Vive en otra ciudad.-le dice H, que, como compañero del Partido, algo debe de saber.

M era una mujer atractiva. Tenía sus discretas aventuras extraconyugales. Quizás hubo denuncia, o quizás rechazó tenerlas con quien convenía. Dieron el divorcio a petición del marido, y luego al parecer la casaron con un viejo. H practicaba el espionaje doméstico de la camarada aprovechando el vapor etílico que seguía a los banquetes y a los brindis. Entonces, cuando estaba a solas con la cooperante, le hacía preguntas en las que ella, pese a la semiembriaguez, veía brillar la lucecita de peligro y a las que respondía invariablemente con alabanzas de la conducta de M. En los chinos no existía frontera alguna entre la vileza y lo conveniente. La delación era hábito y la simulación virtud. Humanista era una acusación frecuente que empleaban, en el tono ligero e inocuo con el que se trata con irresponsables, dirigiéndose a la extranjera. Podía ser, entre ellos, un delito, una propensión criminal, un abandono a concesiones personales por encima de las máximas, de la fundamental distinción entre los enemigos y los amigos de clase.

De M no ha sabido, pese a su tenacidad epistolar, la extranjera nunca nada. De todas formas fue mujer que mantuvo siempre su reserva. Ejerció su oficio de intérprete y nada más. Pero tenía rostro, la rodeaba el recuerdo de palabras, y ocupaba por ello un lugar en la densidad honda a la que habían descendido y reposaban los que conoció en aquella época.

Sabe Isa perfectamente que no hizo sino costearlos, que son territorios, más allá de los bordes, ajenos y desconocidos, pardas superficies ignoradas por sus mapas. Cada uno, cada situación, el país entero, es un piso del que no ha visto sino el encaje del mantel del salón, el que se saca para las visitas, y, por el rabillo del ojo, el interior, de pasada, de alguno de los principales cuartos. Hay la planta baja, el sótano, los áticos, el trastero, una serie de pasillos por los que llevaban a gente que no solía volver, interminables cubículos más lejanos, más aislados, más oscuros, cuando ya ni vale la pena hablar de policía ni de engaño porque es el aire que se está respirando. Y cree, sin embargo, saber tanto de ellos.

Los demás-conocidos, exalumnos, amigos de alguien que les había dado su dirección-solían aterrizar de improvisto, apenas una llamada y un programa muy apretado de necesidades que parecían exigencias. Luego se iban y lo más frecuente era que no enviasen ni una tarjeta de reconocimiento cortés. Correspondían de manera tan estricta al dicho de que los chinos no tienen corazón sino intereses que resultaban, en su dirigismo estricto hacia fines inmediatos, curiosos prototipos de determinación mecánica. El último otoño del siglo XX llegó, en su tercera visita a Europa, el profesor Y, que enseñaba en una universidad del sur de China, un hombre de la generación antigua, desde siempre en el Partido, distante, se diría indiferente respecto al pasado próximo, historiador que, sin pasión alguna, rebatía la ocupación, en 1950, del Tíbet y hablaba de documentos de vasallaje. Sus estancias en Europa, en delegaciones, en congresos, siempre integrado en la cápsula de sus compatriotas, no habían rozado el estricto ritmo de sus hábitos y de sus preferencias gastronómicas; tan sólo obligado por las circunstancias se enfrentaba, como quien planta cara al enemigo con desconocidas armas de cuchillo y tenedor, a platos occidentales. Había introducido en su fichero la conveniencia de buscar, tras el divorcio, nueva esposa, tenía un claro perfil de las características en el que cualquier toque sentimental brillaba por su ausencia. Bastaba con que le fuera presentada una mujer disponible que casara, por edad y circunstancias, con la demanda para que, en cuestión de horas, presentara su oferta. En la última visita le acompañaba el profesor J, veinte años más joven, cuyas inquietudes se centraban exclusivamente en los avances de la electrónica y en la necesidad imperativa de que se le ayudara, puesto que sólo hablaba inglés, para ponerse en contacto con los departamentos de investigación de algunas universidades españolas. Su técnica de máximo aprovechamiento en tiempo mínimo pilló desprevenido a un amigo al que, tras un encuentro fortuito, Isa le presentó. En cuanto supo que éste era profesor de informática, el compañero de Y hizo blanco al recién llegado de una batería de preguntas a cuyas exigencias el estupefacto hispano no sabía cómo escapar.

-¡J trabaja mucho, muchos gastos, su hijo va a una escuela privada!. ¡China ahora más capitalista que nadie!.-todo esto lo dice Y con una sonrisa festiva, apoyada por su compañero al que se le traduce de vez en cuando la conversación.

Como lo han dicho H, C, F. La misma sonrisa que el hispanista N, que fue desterrado y condenado a labores agrícolas y que rehizo después, sobre el hueco de los años perdidos, su vida a la sombra de la figura de Cervantes. El profesor Y vivió, una tras otra, las consignas del régimen, el encendido maoísmo, las purgas, el zarandeo de destituciones e incondicionales alabanzas. Ha coreado fervientes adhesiones al socialismo e indignadas denuncias del revisionismo burgués, ha agotado los improperios dirigidos contra el capitalismo y sus lacayos y ha garantizado al comunismo eterna fidelidad. El Buró Político cambió el color de la escena con la misma facilidad con la que se pulsa el interruptor de un foco, y el capitalismo es ahora excelente, la riqueza encomiable, el beneficio y las leyes de mercado dignos de la mayor atención. Ninguno de estos términos es, por decreto de la autoridad competente, incompatible con el credo oficial socialista, el comunismo futuro y la figura de Mao, instalado ya para la eternidad en los altares de la imaginería nacional. Nadie de los que llegan, testigos, actores, víctimas de las incongruencias de clanes en el poder renovados pero inalterables, muestra indignación, perplejidad, rebeldía. Nadie intenta siquiera rescatar su propia imagen, salvar su juventud, justificar ideales en cuyo nombre se dispuso de sus existencias, despedazar análisis, desenmascarar solemnes falsedades, arrasar mitos. Ni siquiera manifiestan la expresión de una discreta curiosidad por la situación futura. Hay una encarnizada adaptación de insectos al momento y el medio, un rechazo infranqueable de cuanto no se relaciona con intereses inmediatos. Y la risa que es simple aceptación y punto final.

En casa de Isa, tras una jornada maratoniana de estación, alojamiento y orientación sobre lugares de interés, Y y J se permiten un respiro. En el salón hay un gran mapa del mundo, muchas fotografías en color de diversos países y al lado el recorte, enmarcado y ampliado, de la primera página de un periódico anglosajón: Seis de junio de 1989: imagen en blanco y negro de la plaza Tien Men, de Pekín; un hombre solitario, en la mano, por toda arma, una bolsa de plástico, de pie frente a una columna de cuatro tanques a la que impide avanzar.

-¿Dónde es aquí?. ¿Y esto?. ¿África, América del Sur?-van preguntando los dos visitantes mientras recorren las fotos de la pared.

-Eso es Brasil. Aquello Zanzíbar. Y esto-Isa se desplaza y señala directamente el recuadro.-es Pekín, la plaza de Tien Men.

-¡Pekín, claro, Pekín!-dicen entre sonrisas. Y, aunque es imposible no verlo, no lo miran.

No harán, sobre el recorte, el menor comentario.

Ninguno de los que había ido encontrando y fueron guardias rojos había hecho el menor esfuerzo por salvar su pasado. Lo habían dejado hundirse como una ofelia, quizás impacientes de que se cerraran sobre él las rememoraciones, de que descendiera a un fondo sin miradas. Isa los había llamado La Generación del Gran Recuerdo, gente de cincuenta años que formó parte del millón de adolescentes reunidos en la plaza de Tien Men que gritaron las alabanzas del Líder hasta enronquecer. Aquello quedaba, en el mejor de los casos, enquistado en un tiempo de dorada irresponsabilidad, comunión y pasión y obedecía a la propia lógica de su catarsis. Los antiguos estudiantes desterrados formaron luego a veces bandas de delincuentes, hordas urbanas de inmigrados ilegales, unos volvieron, otros desaparecieron, el tiempo los vistió, como el ocaso, color de resignación y ceniza. Los dirigentes, con cambios sólo de nombres, continuaban, se amurallaban y defendían su clan, distribuían el poder con otras reglas, con otros signos, soltaban el 89 tanques sobre la plaza que dos décadas atrás otros jóvenes habían también ocupado. Veinte años después, en vez de una alfombra de Libros Rojos, los muchachos construyeron una torpe imitación de la Estatua de la Libertad para escarnio de los descendientes occidentales del 68, una Diosa de la Democracia que miraba hacia Estados Unidos, hacia un horizonte de posibilidades al que instintivamente aspiraban y del que se les privó mientras la deidad, y ellos mismos, eran reducidos a escombros. Fin del siglo XX. Tiempo de logística y rearme, de modernización del Ejército y de nueva vigilancia de fronteras; tiempo de señores de la guerra, de completo dominio del Tíbet y Sinkiang.

La Generación del Gran Recuerdo repite, también hoy, las consignas. Como un aplauso, un patético homenaje involuntario a la duradera eficacia del archipiélago.

Los que se hicieron un hueco en la balsa de la modernización, abrazados a las máximas de apertura económica de Teng Xiao-ping, hubieron de mirar hacia otro lado cuando la ola de exigencias democráticas hizo en 1979 dar marcha atrás al Buró del Partido Comunista y desencadenar una nueva purga. Las manifestaciones del 76 que siguieron a la muerte de Mao habían gritado ¡No más emperadores! y exigido apertura hacia Occidente y libertad interna. Se continuaron en un movimiento democrático que impregnó, el otoño del 78, desde Pekín a las grandes ciudades y vio desfilar exguardias rojos que pretendían regresar a sus hogares y represaliados de las diversas purgas que solicitaban la revisión de sus expedientes. Contra ello el Gobierno alzó una barrera de prohibiciones: de expresión, discusión, prensa, de la Liga de Derechos Humanos, de la comunicación con extranjeros. El Código Penal del 79 había sido el primero en la historia de la República Popular e iba a quedar en letra muerta, la arbitrariedad del ejecutivo era-es-absoluta y China se ha hecho célebre por su generosa y presta aplicación de la pena de muerte, por las ejecuciones públicas y por el tráfico con órganos de condenados. El término contrarrevolucionario designa cómodamente a cualquiera que disienta del sistema y lo asimila al criminal común. El gulag, la población concentracionaria, se estimaba en 1985 en unos quince millones de personas. Los autores de la literatura de samizdat, los difusores de publicaciones clandestinas, no parecían compartir el relativismo cultural tan en boga en Occidente:

¡No podemos seguir tolerando esta situación! ¡Como si los derechos humanos y la democracia fueran monopolio exclusivo de la burguesía occidental, mientras que el proletariado oriental sólo necesitaría dictaduras en todos los terrenos, superestructura incluida! (tadzupao pegado en el Muro de la Democracia, de Pekín).

Somos ciudadanos del mundo. Hay que abrir las fronteras, estimular los intercambios comerciales y culturales, dejar circular la mano de obra. Los ciudadanos reclaman la libertad de salir del país. (Liga China de Derechos Humanos).

Si la única dificultad fuera que los mandarines tienen un concepto del mundo mandarinal y los hombres normales un concepto normal del mundo, no habría problema, pero los mandarines quieren, cueste lo que cueste, hacer la felicidad de las generaciones futuras, llevar a cabo hazañas inolvidables, y no toleran que se cambie un átomo en sus proyectos concebidos “enteramente en el interés del pueblo”. (Liu Ching, disidente).

No hay mejor lápida que el vasto territorio de los números. Las víctimas, cuando sobrepasan ciertas cifras, lo son mucho menos. Además, cuanto mejor está hecho el archipiélago más carecen de espectacularidad. Sobrevolada en el tiempo y la distancia, la geografía orwell parece simplemente un terreno de peculiar estructura que invita a la descripción social, al análisis teórico y que pertenece a la sobremesa meditativa del sabio, a las veladas del filósofo y al material de que están hechos los seminarios de historia contemporánea. Pero había beneficiarios. Todo no quedaba en la puesta en práctica de ideales de discutible eficacia impulsados por hombres íntegros. La sumisión al futuro, la más implacable e inapelable de las sumisiones, otorgaba ilimitados derechos a un clan que transmitía las claves de su estructura dentro del círculo de sus fieles. Éstos gozaban de la mayor riqueza: la distinción entre forzosamente iguales, las especiales raciones de seguridad, las ventajas en la vida cotidiana. El régimen saciaba, sobre todo, la más antigua de las pasiones, la motivación bíblica del primer crimen:

si accediera a ese poder, hasta lograría desviar de sus habituales principios al mejor hombre del mundo, ya que, debido a la prosperidad de que goza, en su corazón cobra aliento la soberbia; y la envidia es connatural al hombre desde su origen (…) envidia a los más destacados mientras están en su corte y se hallan con vida, se lleva bien, en cambio, con los ciudadanos de peor ralea.[18]

Suele subestimarse la fuerza de la envidia, su simplicidad irrefutable y el terreno extenso de su arraigo. El manejo del término igualdad, si no se limita a derechos, es un arma letal extraordinaria cuando se trata de segar espigas y cabezas que sobrepasan, tiene garantizadas la buena acogida multitudinaria y la eficacia en motivaciones a corto plazo, siembra de sal pero ofrece el atractivo irresistible de la esterilidad del vecino. El maoísmo era un ejemplo excelente de persecución de la excelencia, de negación de realidades evidentes como la pluralidad de aptitudes y la disparidad de capacidades, voluntad y energías. Contra esto, contra la constatación de lo innegable, se procuró un armazón ideológico que aligeraba a las gentes de la responsabilidad de sus vidas y repartía victimismo. Los ritos de confesiones públicas, denuncias y críticas ofrecieron a intelectuales y profesionales como pasto regular de unas mayorías que entendían su imposición en todos los terrenos como ortodoxia e inalienable derecho. Tenían, además del futuro, el argumento de las buenas intenciones, los solidarios y equitables bienes que sólo podían sembrarse con el previo desbroce. Junto con la fidelidad, se les distribuía una recta conciencia impermeable a la reflexión, a las comparaciones y a la rebelión. El reverso, la alternativa, era una coyuntura angustiosa, difícilmente soportable porque sólo podía ser identificada con la traición.

Los funcionarios del régimen formaban, mientras tanto, una minoría a salvo de toda denuncia, confortablemente defendida por las consignas y por su color gris. Hasta el día de hoy son, pese a y sobre los muchos vaivenes de las directivas políticas, un perdurable tejido de intereses por cuya compacta superficie resbalan, y son proyectados hacia los emisores, ataques y críticas. Sigue estando formado por el clan Partido-Ejército, que posee desde los mejores cotos económicos a la más granada selección de oportunidades y ventajas para sí y su progenie. Mientras, desde el 49, ha ido pagándose cada una de estas ventajas, cada imposición del dogma, con la eliminación de cuantos eran externos y no asimilables a la trama, a los que se sumaba el necesario cupo de víctimas propiciatorias y blancos escogidos de la violencia popular. Lejos de ser el archipiélago un ente de razón plasmado, de manera secundaria, en actores fortuitos y marcado de forma subsidiaria por actos y sucesos, el proceso es más bien inverso, un edificio a la medida de inquilinos de muy concretas características, adquirido y mantenido por éstos al precio del cuidadoso y general cultivo de resortes tan irracionales como sórdidos.

La civilización era un bosque irregular y espeso contra el que resultaba grato predicar quemas, prodigar desdenes, distribuir la euforia de la tábula rasa, un lugar donde nada había sido ni podría ser más grande que el sujeto repetido por la millonaria extensión de sus iguales. La razón y la evidencia traicionadas eran el simple reverso del hermoso rostro del totalitarismo, de su halagadora oferta de igualdad que alimentaba a un archipiélago de lotófagos, carentes de historia y de pasado, ajenos al mensaje que sus ojos les ofrecían. La glorificación del grupo, la mayoría elevada a los únicos altares, abría al fin la puerta a un paraíso mucho más cercano que la sociedad sin clases prometida por los profetas: el edén libre de responsabilidad personal y de reflexión.

Bajo el clan, a considerable distancia de los dirigentes, se hallaba una masa de beneficiarios de distinto orden, lo suficientemente extensa como para ofrecer a la pirámide un apoyo duradero. Eran abundantes los que, por razones sociales y políticas, habían sido privados de sus puestos. En su lugar llegaron a hospitales, fábricas, universidades y ministerios los comisarios ideológicos, grupos directivos a los que calificaba como tales el nombramiento oficial del Partido en virtud de su fidelidad a las consignas y su extracción obrera y campesina. Ellos reemplazaron, sojuzgaron o expulsaron a médicos, bibliotecarios, profesores, ingenieros y arquitectos, cerraron aulas, tuvieron, en talleres y granjas, regimientos de estudiantes bajo sus órdenes, accedieron vertiginosamente a niveles directivos, y se mostraron dignos de ellos persiguiendo los conceptos mismos de categoría y de intelectual. Como el lenguaje fielmente refleja, siempre eran grupos, colectivos que trataban con otros colectivos, delegaciones, representantes y equipos cuya metodología se basaba en reuniones, mítines y asambleas. El individuo-distinto, histórico, calificable y peculiar-no existía, era de utilidad nula para la liturgia fácil del liderazgo con el que la nueva clase se justificaba. Había un necesario placer en el ejercicio de la potestad de convocarlos, en la aspersión de consignas y el recurso al principio de superior autoridad, en la repetición de citas y la alusión a la triste suerte reservada a reticentes y tibios. Hubo mucho de disfrute en el masivo ejercicio de la dictadura del proletariado, material, continua, física, y también no poco goce en la ascensión sin etapas ni peajes a las plataformas de dominio social. Los comités directivos maoístas fueron siendo, calladamente, reemplazados a medida que su existencia resultaba catastrófica en exceso. Por entonces la mortalidad en operaciones quirúrgicas, partos, accidentes de la construcción y fallos de vehículos pasaba a engrosar el capítulo de pérdidas por motivos de determinismo histórico y serviría de tema para un género literario posterior basado en la triste descripción de las consecuencias de la campaña del 66. Los comisarios no fueron, sin embargo, desalojados del reducto de la cultura. Aviones, puentes, proyectos hidráulicos y clínicas admitían pocas bromas, tenían fallos demasiado estrepitosos y disminuían la producción. Con universidades, institutos, bibliotecas y museos era posible permitirse, sin embargo, una prolongación del experimento maoísta; quizás por la cantidad considerable de personas sin más legitimación, luces ni mérito que las adhesiones igualitarias que no estaban en absoluto dispuestas a abandonar los despachos y a renunciar a los placeres del dominio sobre la asustada y sumisa grey intelectual. Cultura y Administración continuaron proporcionando un acogedor reducto a la tropa de los beneficiarios, que apretaban las filas ante la sola mención de criterios que hicieran peligrar la salvadora prohibición de sobrepasar la altura mínima. Otros sectores se diversificaban, modernizaban e introducían con prudencia criterios de eficacia. Enseñanza, Artes y Letras continuaron siendo, en los setenta, un feudo de la Revolución Cultural, e incluso prolongaron, tras la muerte de Mao y las loas oficiales al pragmatismo, la defensa de una mediocridad que el régimen consideraba, no sin motivo, su propio bastión.

Hubo un terreno de gran victoria. Mao Tse-tung pudo ganar su batalla después de muerto y disfrutar de un juguete funerario a la medida y dimensiones de los deseos más profundos y persistentes de su corazón. Fue un homenaje como el que los súbditos de Shih Huang-ti habían dispuesto en la tumba imperial: ejércitos de terracota, mares de mercurio y cielos de pedrería, el reino entero encerrado en una cripta y concentrado en substancias de inalterable perfección. Poco importa el austero pabellón que alberga en Tien Men la momia del Líder, porque el verdadero monumento a sus enseñanzas es mucho mayor y se alza en otra parte. El Comunismo puro, las máximas del Gran Salto Adelante y las de la Gran Revolución Cultural Proletaria se realizaron rigurosa, exacta y completamente en un lugar cercano bajo el apoyo, guía y responsabilidad directa del Gobierno Chino. El Mañana socialista, la Parusía de Marx y de Lenin fue hoy, y fue en Camboya.

Durante cuatro años Camboya fue probeta de la utopía, escenario de un fenómeno único: allí se llevó a cabo hasta sus últimas consecuencias el experimento del Hombre Nuevo, se hicieron realidad la abolición del dinero, la vuelta al campo y el abandono de las ciudades, el nacionalismo radical y la perfecta xenofobia, el régimen de autarquía, la sociedad sin clases, la desaparición de las élites (excepto, naturalmente, el Partido), la aniquilación de los intelectuales en el sentido literal y etimológico del término, la generalización del trabajo manual, la supresión del individuo, la instauración del igualitarismo. Todos los tópicos en que se ha complacido una supuesta izquierda occidental cómoda, poco amante de análisis y siempre dispuesta a defender paraísos a costa de otros, se hicieron en ese rincón del sudeste asiático realidad. Como ocurrió en la Unión Soviética, en Corea del Norte, en Albania y, por supuesto, en China. Pero el caso de Camboya es único en la concentración de espacio y tiempo y en el rigor del experimento. Los khmeres rojos aislaron su probeta del mundo exterior en abril de 1975, poco antes de la retirada estadounidense y la caída de Saigón. El ejército vietnamita irrumpió en enero de 1979 y se encontró con un genocidio de casi un tercio de la población y la reducción de un país antes abundante en recursos, donde se comía bien y que comenzaba su modernización a un territorio famélico y desolado, sin ciudades, hospitales, escuelas ni carreteras.

A mediados de los años sesenta Camboya es un país sin especial importancia que extiende su pequeño territorio de menos de doscientos mil kms.2 entre dos naciones de numerosa y activa población: Tailandia y Vietnam. El río Mekong atraviesa los bosques de esta cuña tropical de seis millones de habitantes que nunca se han distinguido por especial belicosidad, son budistas y se dedican a la agricultura, la pesca y la explotación forestal. Hay un muy modesto vivir pero no hambrunas. En 1968 se iniciaban tímidos intentos industriales a los que debía servir la salida al mar, al golfo de Siam, por el puerto de Sihanoukville. La década de los setenta es una lección acelerada de métodos de destrucción. Tras la independencia, en 1953, el príncipe Sihanuk había mantenido una política de inteligente equilibrio respecto a las potencias; éste se rompe cuando la península de Indochina se vuelve escenario bélico.

La atmósfera de Phnom Penh se había degradado desde principios de los sesenta. Al tiempo que hacía gala de neutralidad, el Gobierno de Camboya se complacía en una crítica implacable de los países occidentales y justificaba el ascenso comunista en Vietnam. Paradójicamente, ese apoyo diplomático y moral a las iniciativas de Hanoi se acompañaba en el interior del país de una verdadera caza de brujas. Sihanuk perseguía sin tregua a los comunistas camboyanos. (…) El malestar se debía también a la galopante corrupción. El régimen se descomponía inexorablemente. Malversaciones e injusticias se multiplicaban. Paralelamente, se acentuaba la represión. (…) Sihanuk corría hacia su perdición. Descuidaba su política de estricta neutralidad. Había permitido a vietcongs y norvietnamitas utilizar el puerto marítimo de Kompong Song y gran parte del territorio khmer para hacer llegar a Vietnam del Sur municiones y material militar.[19]

China y la URSS sostienen a las guerrillas comunistas y se disputan entre sí la hegemonía asiática. Estados Unidos apoya a los regímenes de signo contrario. La equidistancia es inviable y en 1970 hay un golpe de Estado que coloca, con el apoyo norteamericano, a Lon Nol como Presidente y destrona a Norodom Sihanuk, el cual se decanta por el asilo y apoyo de Pekín, sellando así el destino de Camboya. El ejército de Lon Nol carga contra cuantos considera sospechosos o enemigos, sean marxistas o comunidades cristianas, la imposible neutralidad ha desaparecido, los ecos de la guerra de Vietnam se hacen cada vez más cercanos y menudean las incursiones sudvietnamitas en la frontera este, avanzan desde el norte las tropas del vietcong.

el nacionalismo khmer había impulsado a miles de jóvenes y de veteranos a alistarse en las tropas republicanas. Este ejército improvisado, compuesto de soldados de fortuna, intentaba frenar, al precio de numerosas bajas, la invasión norvietnamita. Los dirigentes de Phnom Penh, amenazados de asedio por la maquinaria bélica vietcong, pidieron entonces ayuda militar a americanos y sudvietnamitas. Al aceptar esa alianza táctica no teníamos la impresión de que estábamos sellando un pacto con el diablo.(op. cit.)

Convertida Camboya en un pasillo bélico, su población se halla sometida a intereses en los que de ninguna manera figuran los derechos de la población civil, aterrorizada y confusa por las guerrillas foráneas y por la autóctona de cuatro mil khmeres rojos aprovisionados en armas, alimentos y consignas por Pekín. Washington, fiel a su increíble torpeza en el sudeste asiático, envía a sus bombarderos B-52, que arrojan indiscriminadamente más de medio millón de toneladas de explosivos sobre una población indefensa, en un país que no está en guerra y cuyo régimen es aliado, Estados Unidos lanza en cuatro años tres veces más cantidad de bombas que las que se emplearon contra Japón en la Segunda Guerra Mundial. Los aviones norteamericanos las tiran a ciegas sobre la selva. Quedan miles de muertos, sembrados arrasados para la cosecha y abonados para la desesperación en la que buscarán, en un principio, apoyo popular las guerrillas de los khmeres rojos. Se seguía por entonces, desde el Pentágono, la estrategia de la tierra quemada, que incluía la destrucción física de pueblos enteros para privar de refugio y abastecimiento a los adversarios. La lejana lucha no resulta finalmente ni atractiva para la opinión ni rentable para el presupuesto y Estados Unidos se retira, dejando tras sí a buena parte de sus aliados y una capital, Phnom Penh, ocupada por un ejército que se guía por el más ortodoxo maoísmo. A través de él China se opone a la Unión Soviética y a su creciente influencia en un Vietnam enfrentado a su propia y ruinosa situación de postguerra y al bloqueo.

Hasta el último día del régimen republicano, (la población) se había adaptado a la guerra. Había aprendido a sobrevivir, a afrontar la situación.(…) comíamos lo suficiente (…) La gran miseria, es decir, la pobreza absoluta, no había existido en Phnom Penh ni siquiera en las horas más críticas del régimen republicano. Excepto algunas interrupciones debidas a disparos de los guerrilleros, las escuelas continuaron abiertas hasta el último momento. La organización y el funcionamiento de los servicios públicos apenas habían sido perturbados. (…) Habíamos intentado seguir viviendo como antes. Era una ciudad extensa, acogedora, grata, donde se vivía bien. Había jardines, parques y árboles en flor…Al final del conflicto Phnom Penh tenía más de tres millones de habitantes. Mentalmente rechazábamos la guerra aferrándonos a la vida familiar, a la calidez de las relaciones humanas.(op. cit.)

Los khmeres rojos se encuentran ante un país absolutamente a su merced, empobrecido y aterrado, que acepta con agradecimiento la paz y recibe a los jóvenes e inquietantes soldados, de rostros sin sonrisa y gestos expeditivos con flores y vítores.

Tenían entre catorce y dieciocho años. Sus jefes treinta por término medio. (…) la impasibilidad de los khmeres rojos nos impresionaba. No parecían sorprendidos por nuestra acogida. Estábamos intrigados por la severidad de los gestos de aquellos adolescentes. Desfilaban con dignidad pero no confraternizaban. Desconfiaban de nosotros. (…) Parecía que evitaban aproximarse a las cosas de la ciudad.(…) no hablaban, no se inmutaban. (…) la misma mirada fija en rostros sin expresión (op. cit.)

Comienzan cuatro años de una nueva agresión cuya metódica crueldad la hermana con los campos nazis de exterminio, pero a los que supera con mucho porque se ejerce sobre compatriotas y se hace para construir el paraíso. Es el punto cero, la completa destrucción de los derechos humanos, porque la persona para el Partido no existe sino como sujeto de directivas y proyecto político. Saloth Sar, jefe del Partido Comunista Khmer, conocido como Pol Pot, dirige el Angkar, secreto poder estatal señor de la vida y de la muerte a quien se deben todas las fidelidades. Los soldados son, en gran parte, extremadamente jóvenes, criados en la dureza de la jungla, el encuadramiento militar y la dependencia de sus jefes; pertenecen al mismo peligroso animal de los veinte años que su precedente los guardias rojos, son una especie de pioneros selváticos que miran con rencor y desdén el corrupto y blando mundo de las ciudades. El nuevo Gobierno se inspira, para el nombre y para el ideal furiosamente nacionalista, en Angkor, las imponentes ruinas de una civilización khmer hacía ocho siglos extinta. El credo es de una gran simplicidad: toda la población adulta está contaminada-en mayor o menor grado según su nivel de instrucción-ideológicamente, puesto que pertenece a una historia y formación social distintas a las que el Estado se plantea como modelo. Esta población será, pues, utilizada, desplazada, internada en campos de trabajos forzados, eliminada físicamente y, sobre todo, hecha perecer por malos tratos, enfermedades y hambre. Las ciudades son vaciadas a punta de fusil del día a la noche, comenzando por la capital, puesto que el ideal es grupos agrarios.

(el khmer rojo dice) “Sabemos que es peligroso dejar las ciudades intactas, habitadas. Es el centro de la contestación y de los gropúsculos.(…) Es verdaderamente imposible controlar una ciudad. Hemos evacuado las ciudades para acabar con todas las resistencias, para destruir la cuna del capitalismo reaccionario y mercantil. Echar a los ciudadanos es eliminar los gérmenes de la resistencia anti-khmeres rojos. (op. cit)

Miles de ciudadanos mueren en el forzado éxodo, especialmente los enfermos y heridos sacados de los hospitales y, en general, los más débiles.

Ni siquiera había enfermeros para ocuparse, durante esta ruta del éxodo, de las víctimas de desfallecimientos o de ataques de nervios. Cada familia debía atender a sus enfermos (…) contar con sus propias reservas de alimentos. Ninguna ración de arroz fue distribuida por los khmeres rojos. Nada estaba preparado para recibir a las familias. No había ni mantas ni agua. (op. cit.)

Las ejecuciones siegan continuamente a aquéllos cuya edad los convierte en meros sacos de pensamientos y hábitos indeseables. La cúpula secreta del Angkar experimenta, con las manos totalmente libres y las armas proporcionadas por China, en búsqueda de su futuro paraíso; para ello se vale, siguiendo fielmente las técnicas de la Revolución Cultural, del segmento de población más manipulable, adolescentes y niños adiestrados y fanatizados en los que el vacío de experiencias y juicio crítico se considera como pureza social y a los que se alecciona en la devoción íntegra al Partido y la ausencia de otros afectos.

El soldado era analfabeto: “Esos libros contienen pensamientos imperialistas.(…) Esta escritura es imperialista” (…) Me di cuenta de que el francés y el inglés eran dos lenguas prohibidas en la nueva Camboya. (…) Incluso los libros escritos en lengua khmer (…), según el soldado, eran reliquias de la cultura feudal. (…) Detestaban a los intelectuales, a los especialistas. Afirmaban que los diplomas eran papel inútil (…) Lo que contaba era el trabajo concreto.(…) Las obras públicas se ejecutaban contra todo sentido común El resultado era lamentable: canales en sentido inverso, diques destruidos por las primeras lluvias. (…) La organización rural de los khmeres rojos estaba calcada del modelo de las comunas populares chinas. La cooperativa era la emanación del pensamiento marxista-leninista.(…) Ningún trabajo era definitivo. De un día a otro el equipo de enfermeros se encontraba cocinando, pescando o cultivando hortalizas. El personal del hospital debía ser polivalente. (…)Todos, hasta los imbéciles notorios, debían dar pruebas de espíritu de iniciativa. (…) Los khmeres rojos empleaban un vocabulario lleno de arcaísmos. Ese lenguaje especial nos había llamado la atención en Cheu Khmau. Como revolucionarios integristas, introducían el igualitarismo en el vocabulario.(…) El tema de la prueba y de la purificación volvía constantemente en los sermones de los cuadros (…) El hombre privado de lazos familiares, de propiedad, de gustos individuales, era bien considerado (…) Se creía otro hombre, pero le habían inyectado una personalidad ficticia. El ignorante, pese a todos los lavados de cerebro, sigue siendo un ignorante. (…) colocado en puestos de mando, podía matar a sus compatriotas sin el menor escrúpulo.(op. cit.)

La reducida extensión y población y las circunstancias de aislamiento hacen del régimen un espécimen químicamente puro del fin justifica los medios y una indiscutible ejemplificación de la teoría del partido único exclusivo representante de los intereses del pueblo y constructor, al precio que los líderes juzguen conveniente, de un futuro de modélica igualdad. En este sentido el Angkar ofrece a la Historia un caso de consecuencia política en la teoría-práctica que recuerda a las realizaciones hitlerianas o a las purgas estalinistas, aunque en el caso de Camboya lo apretado del tiempo hace el ejemplo más visible. El exterminio de un tercio de sus compatriotas, unos dos de los seis millones de habitantes, no es, con resultar abrumador, el principal rasgo de la dictadura de los khmeres rojos. Lo que tipifica estas muertes y hace de ellas un tema de obligada reflexión para la conciencia mundial es la densidad de su terror, la estupidez sublimada en teoría que sirve de base a los antiguos guerrilleros cuando aplican en toda su pureza la supeditación incondicional a las metas propuestas. Dado un fin, que es la consecución de una sociedad nueva, edénica, sin clases, absolutamente igualitaria, desprovista de relaciones de comercio, de trabajo asalariado y de moneda, éste fin justifica cualquier acción. En tal esquema el primer enemigo es el ser humano, por su congénita pluralidad y contradicciones, sometido a sentimientos y a lazos afectivos, a aspiraciones intelectuales y a ambición social. El enemigo será menor cuanto menos persona formada, tal es el caso del niño, y el único ciudadano aceptable para el régimen sería, pues, el inexistente, en el que cabe la proyección de todas las utopías. Para llegar al socialismo en tan breve lapso han tenido que quemar etapas, con resultados de solidez incontestable y metodología que, si bien extrema, no puede menos de inspirar simpatía entre los ilustrados del mundo occidental. Los khmeres rojos hicieron realidad los más hondos sueños del ferviente contestatario, del marginal de nómina, dinamitaron bancos, borraron las huellas del imperialismo destruyendo desde las gafas hasta el último medicamento importado (pero no redujeron su propio armamento a hachas y flechas), volvieron a los sanos remedios campestres y a las bondades de la selección natural, extirparon del tejido social a los individuos sospechosos de comprender algún idioma extranjero, tener estudios o simplemente saber leer, eliminaron, con los servicios públicos, al Estado, ese cómodo Satán al que maldecir para “épater les bourgeois”.

Los khmeres rojos fundaban su política, su “progreso ideológico” en la selección natural(…) La gente desaparecía. Los más robustos no eran los más resistentes (…) Las enfermedades diezmaban a las familias (…) La alimentación era la principal causa de las hecatombes. (…) No se hablaba de ejecución; se decía “reeducación”. Para el pueblo nuevo, la reeducación significaba la pena capital (…) Los cadáveres, según los khmeres rojos, constituían un abono valioso para alimentar la tierra, mejorar el rendimiento de los cultivos. (…)Por supuesto que ya no había corrupción, ni tráfico de influencias. Pero ¿qué se comía?. Más vale soportar la injusticia con la boca llena que alabar la igualdad en la miseria, el hambre, los trabajos forzados y la muerte. Ésa era la realidad de la sociedad sin clases. (…) estaban corrompidos por el poder. Era peor que la corrupción por el dinero. La corrupción de los antiguos regímenes al menos no eliminaba la libertad de expresión.(op. cit.)

El precio del experimento, esas vagas cifras de víctimas de las que nunca se podrá tener precisión, puede excusarse: Los líderes actuaban por finalidades altruistas, y tan biensonantes como igualdad, autonomía, nacionalismo y socialización. El país había logrado, en un tiempo récord, marcas que para sí quisieran los defensores de la economía de trueque primitiva: nada menos que la desaparición de la sucia excrecencia del dinero, la ecológica vuelta a la naturaleza mientras se hundían ciudades, arte, hospitales y carreteras, la purificación con las sanas labores agrícolas e incluso el abono de los campos con los cadáveres que iban cayendo. Se podrá acusar al Angkar de muchas cosas, pero desde luego en igualitarismo fue un éxito. De no resultar tan llamativas las fosas comunes, tan lentamente biodegradables las pirámides de cráneos que aún hoy constituyen los monumentos conmemorativos del comunismo camboyano, el pequeño país hubiera podido ofrecerse como parque temático de ideologías alternativas para estancias de vacaciones de occidentales hastiados de las corrupciones de la civilización.

El 13 de octubre de 1977 entré en Francia, llegué a París. Organicé entonces una serie de conferencias para describir, ante los periodistas occidentales, la situación real del pueblo camboyano. Salvo raras excepciones, los espíritus partisanos e incrédulos no querían creer, en esa época, el genocidio que Pol Pot y sus acólitos habían planificado metódicamente. (…) los medios oficiales de los países occidentales no prestaban atención a las llamadas de los refugiados de Camboya(…) las buenas conciencias del Este y del Oeste (…) cerraban los ojos a los crímenes del Angkar, ese monstruo engendrado por ideologías, por teóricos fanáticos y perturbados que habían estudiado, “hecho sus prácticas” en Europa, en China o en Vietnam. (op. cit.)

Las cifras son, en su vaguedad, terribles. Se habla, según las fuentes, de entre uno y cuatro millones de muertos; el equivalente en España sería, sobre una población de cuarenta millones, especular con entre trece y veintiséis millones de víctimas. Hay en Phnom Penh una escuela, Tuol Sleng, que los khmer rojos utilizaron como prisión y centro de torturas y que hoy ha sido transformada en Museo del Genocidio, un museo artesanal y pobre en el que, junto a un mapa del país formado con calaveras, se exhibe un panel de cifras en el que se lee que del 17-04-75 al 7-1-79, durante el régimen de Pol Pot, hubo, en una población que superaba los 7 millones de habitantes, las siguientes pérdidas: 3.314.768 muertos y desaparecidos, 141.868 inválidos, 200.000 huérfanos, 635.522 edificios destruidos, entre los cuales se cuentan escuelas, hospitales, enfermerías, laboratorios, templos budistas y mezquitas, 1.507.416 cabezas de ganado muertas, toda la infraestructura industrial destruida, en la que se incluyen más de cien fábricas del Estado y mixtas y 3.700 unidades de producción artesanal; se añade el abandono de la capital y de todos los centros urbanos-más de un centenar-y cientos de kilómetros de extensiones agrarias arrasadas. En Tuol Sleng se torturó a más de diecisiete mil personas, que después fueron asesinadas en el también visitable Choeunk Ek. Existen todavía las celdas minúsculas, los instrumentos de tortura durante cuya aplicación los presos tenían prohibido gritar, las fotografías de presos, de verdugos, de la documentación y de los cadáveres hallados tras la huida de los khmeres rojos. Nadie intervino cuando esto ocurría. Las protestas extranjeras se alzaron únicamente por la intervención vietnamita.

Los chinos que yo había visto en los camiones eran técnicos y consejeros de la República Popular de China. China era amiga y aliada de la “Kampuchea democrática”. La indiferencia de aquellos aliados nos repugnaba.(…)

Nos habríamos puesto bajo la protección de cualquiera si hubiera podido salvarnos. Incluso de un perro que, ladrando, hubiera hecho huir a los khmeres rojos…Le habríamos tratado como a un aliado sin discutir.

Nos importaba un bledo la naturaleza o la nacionalidad de nuestro eventual protector. En esos momentos, habríamos aclamado a cualquiera: Japoneses, americanos, franceses, chinos, e incluso vietnamitas si hubieran venido a liberarnos. Un hombre que se está ahogando ¿verifica la nacionalidad e intenciones del que le tiende un palo para que se agarre?. (op, cit.)

En 1979 Vietnam toma Phnom Penh y los khmeres rojos, siempre apoyados por Pekín, se refugian en la jungla. Los camboyanos reciben a los invasores con la misma alegría con que hubiesen aceptado a cualquiera que les librase de la pesadilla de Pol Pot. Occidente va descubriendo poco a poco el horror a que ha sido sometida esa nación. La tragedia no ha transcurrido, sin embargo, en total secreto: Desde su gestación hasta su epílogo la República Popular China es activo copartícipe, silencioso aliado y retaguardia indispensable. El maoísmo ha visto al fin realizados los ideales que la extensión, complejidad y disparidad de tendencias impidieron llevar a cabo en su propio país. Ha sacrificado además, sin pestañear, a una población indefensa a la prioridad estratégica de quitar zonas de influencia a la URSS. Nadie pidió a Pekín cuentas, no habrá Nuremberg para los que, desde el Buró Político, alimentaron, dirigieron y sostuvieron a los autores materiales del genocidio de Camboya.

Sin ser rentable, incluso con resultados negativos para los que podrían haberse considerado la cima de su pirámide, el socialismo disfrutó también aquí del status de argumentación satisfactoria, de escala hacia un Grial para cuya obtención se imponía el salto en el vacío. El vasto público chino, al que no puede atribuirse total ignorancia de lo que ocurría en la vecindad de sus fronteras, no reprochó lo sucedido en Camboya, no ha pedido cuentas a su Gobierno, como no las pidió de la ocupación del Tíbet. Participó de esa mezcla de mínimo común denominador intelectual y de satisfacción vicaria basada en identificaciones colectivas que sacian la vieja pasión de Caín. El nacionalismo, la destrucción de las clases sociales y de los niveles culturales distribuyen raciones considerables de bienestar emocional perfectamente adaptado a capas fáciles e inmediatas de sentimientos cuya visceralidad se viste de armazones y motivaciones políticas.

El Sr. Pieng tenía un nombre, y una curiosa semejanza en su expresión a la de los antiguos compañeros de Isa cuando rozaban, sin mayor énfasis, recuerdos ligados a la Revolución Cultural o a cualquier suceso anterior o posterior. Era como si una mano con los dedos extendidos hubiese caído regularmente sobre sus vidas y ellos se apartaran, deslizaran el cuerpo con mayor o menor habilidad hacia los huecos, evitasen la palma y recomenzaran camino observando sólo de refilón a aquéllos a los que había cogido de plano el golpe. El Sr. Pieng vive en el pueblo limítrofe con las fastuosas ruinas de Angkor y proporciona en su casa un alojamiento limpio a los todavía escasos turistas. Él también se fingió analfabeto durante la época de los khmeres rojos, y también fue enterrando o viendo desaparecer a hijo, hija, suegro y parientes. Cuenta, no muchas, historias, y lo hace con esa terrible sonrisa de alejamiento y distancia, con el rostro de alguien que repite una fábula pasada a otros, una sonrisa en la que el interlocutor busca en vano rebeldía, oculto rencor, indignación. Como si también se hubiera amputado eso, en simetría con los enjambres de lisiados que recorren calles y carreteras e ilustran el récord nacional de víctimas de minas. Los supervivientes del completo ensayo general de la utopía camboyana están destinados a que se les olvide antes de recordados, a que los cubra la selva, a que se reproduzcan como ella hasta tapar las ruinas. Los huidos a Europa, a América, se dispersaron con la discreción del agua y, como el Sr. Pieng, no se consideraron materia de reivindicaciones y denuncias. Viven.

Su sonrisa, como las evasivas de conocidos, chinos y no chinos, de ésta y de otras épocas, tiene, probablemente, mucho de la vergüenza de las víctimas, de ese volumen imborrable y proporcional a humillación, injusticia y agresiones que acompaña a los que lo han sufrido y multiplica en ellos el pudor y el sonrojo que los culpables no sienten o rechazan. Las víctimas, salvo afortunadas excepciones coyunturales, son silenciosas. En el mundo actual, de triunfadores, se sienten casi culpables de haberlo sido, experimentan, frente a las maniobras del aprendiz de comisario político, el calculado frenesí del propagandista, la invariable avidez del trepa, el pudor de la repugnancia refleja, de la percepción de un aura de materia particularmente vil que a ellos, y no a sus portadores, es notoria. El caso límite es el verdugo y el preso, pero las etapas dependen de la oportunidad.

Pasan las décadas, llega el nuevo siglo con alharacas de milenio, de luna de papel. La mutación técnica ha vuelto de espaldas la cuna tibia en que se mece la gente de Occidente, al abrigo de intemperies y de cortes de suministros, arrebujada en el placer de lo asequible y fiable, del mundo pequeño y surcado de rutas familiares. Y tranquilamente espera la madura progresión del ritmo de las cosas, el imparable proceso que la ciencia garantiza. Queda la masa de impulsos, de finalidades y codicias acomodadas al útil molde de un aparente esquema racional, acicaladas por el uso, enraizadas en un terreno previamente despojado de competidores por el eficaz desbroce propio de la maquinaria del archipiélago. Están los inquilinos del sistema que difícilmente se resignarán a dejar de serlo, acostumbrados por el largo rodaje a esa especialización en ocupar y defender nichos. Pasan nuevos viajeros, que ven edificios de cristal, bisutería electrónica, maquillajes franceses y modelos diseñados para los cuerpos del futuro. Olvidan que la capa de modernidad y técnica puede superponerse a la más pura barbarie, que refinamiento y crueldad coexisten, que la superficie satinada de cotizaciones de bolsa, pasarelas y ordenadores podría dejar paso, por la conmoción de sus grietas y la presión de impacientes ambiciones, a la regresión hacia paisajes, alambradas y opresiones que nunca han dejado de estar presentes.

El socialismo ha tenido un papel impagable como legitimador de una clase muy especial de beneficiarios que aúnan la inanidad personal, la duplicidad práctica y la pretensión a óptimas justificaciones morales. El clan Partido-Ejército continúa ocupando en China su acostumbrado lugar. Ha sobrenadado la inapelable bancarrota económica y lanzado, bajo las consignas imposibles de capitalismo socialista y un país, dos sistemas, una profesión de ilimitado monopolio del poder. Mientras al oeste los Estados-naciones ceden el paso a unidades amplias de intereses y de cultura engarzadas por libres e imparables corrientes de comunicación, comercio y dinero, en el lejano este se sueña con un movimiento inverso, con una entrada en la modernidad que se entiende como acumulación de fuerza y ocupación del espacio de antiguos imperios. En sus placas tectónicas presiona un militarismo, mucho más ambicioso que la torpe carnicería de los Balcanes, cuyo diseño comenzó a trazarse en 1972 y fue motivo cardinal de las visitas de Kissinger y Nixon. El Gobierno chino lleva lustros invirtiendo, silenciosamente, enormes sumas en armamento, el Partido se ha fundido completamente con el Ejército y la economía sigue la ley de la jungla, con un crecimiento e inflación tan acelerados y desiguales que pueden resultar explosivos. En la amalgama del clan en el poder, todos los militares de algún rango son miembros del Partido Comunista, que a mediados de los noventa sumaba unos cincuenta y dos millones de personas, un 4,3 por ciento de la población. De éstos, treinta millones eran cuadros dirigentes empresariales cuyos sueldos, sin contar los ingresos adyacentes, han aumentado de forma espectacular. El Ejército chino es propietario de miles de compañías comerciales, situadas en buena parte en las ricas zonas del sur. De aquí resulta una tupida red de intereses, presta a defenderlos como ocurrió en la masacre de estudiantes de Tien Men.

Hay una zona enorme, remota y secreta que se extiende en la frontera norte y noroeste. De las llanuras mongolas y las frías tierras de Manchuria se pasa a las altas mesetas que ascienden hacia el Himalaya. Allí se produjeron, desde 1964, las explosiones nucleares, pruebas que Pekín continúa con cortés indiferencia hacia las observaciones de Occidente. Ya en los sesenta Mao marcó los pasos de una diplomacia que permitiera en su momento la asesoría, en compras de material bélico y sistemas de seguridad, de Estados Unidos, cuya superioridad técnica siempre envidió. Invadido el Tíbet en 1950, aplastada su rebelión en el 59 y arrasado el país el 66, es hoy un territorio militar chino. En sus intentos de frenar la nuclearización de Corea del Norte, Washington ofreció a China, a cambio de sus buenos oficios, promesas de asistencia, especialmente en simulación de pruebas nucleares, e intentó evitar que Pekín exportase misiles y material radioactivo, sabedor de que, si no había substanciosas contrapartidas, ninguna consideración ética le impediría vender armamento atómico a dictaduras y países en conflicto como Pakistán. No puede descartarse la idea de que Pekín acaricie el sueño de ocupar el espacio geopolítico dejado por la extinta Unión Soviética y alzarse como la gran potencia asiática rodeada de vasallos. Este sueño imperial, tan probable como peligroso, ofrece las justificaciones finales y enemigos externos indispensables a las dictaduras, desvía críticas y enmascara el conflicto interno, que es, realmente, el gran enemigo. El armamentismo acelerado se legitima de esta forma, y con él la última dinastía mandarinal representada por el Buró Político. Para ello se ha recurrido, aderezados de neomaoísmo, al viejo chovinismo han y al nacionalismo xenófobo, siempre socorrido recurso en las dificultades del salto a la modernidad.

Al sur la situación es igualmente conflictiva: Pekín reclama grandes áreas del Mar del Sur de China y marca como propias en sus mapas franjas que se adentran en aguas de Vietnam, Malasia, Filipinas, Brunei, y que contienen, además de algunas islas, importantísimos yacimientos de gas y petróleo. Estados Unidos se mostraba dispuesto a impulsar y salvaguardar el área del APEC (Cooperación Económica Asia-Pacífico), pero actualmente las opciones de Washington en política exterior podrían inclinarse hacia el gran escudo protector de los intereses nacionales y la presión sobre aliados tibios para que se hagan cargo de sus propias responsabilidades defensivas. China pertenece al APEC, pero pretende un liberalismo sin libertad y un capitalismo sin democracia. Sus vecinos costeros temen que el Pentágono rehúse hacerse cargo de la seguridad de la zona del Pacífico y China intente imponerles nuevas fronteras. En 1958 Mao Tse-tung ordenó el bombardeo de la isla de Quemoy, perteneciente al Gobierno de Taiwan, para mostrar a los rusos su independencia y ausencia de temor a una respuesta atómica norteamericana. Mao declaró en diversas ocasiones que podía permitirse el lujo de que muriesen decenas e incluso centenas de millones de chinos porque la población del país era muy abundante y se repondría en breve. De hecho, llevó la idea a la práctica, con el prometido coste humano, en sus desastrosos experimentos del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. La tendencia, por otros medios, no ha hecho sino continuar. Las inversiones en Ejército y armamento crecieron, en los años noventa, a una velocidad vertiginosa y se estimaron en 1993 en entre cuarenta y sesenta mil millones de dólares, lo que colocaría a la República Popular en el tercero, o quizás segundo, puesto, tras Estados unidos y a la par o por encima de Rusia. En 1994 el presupuesto chino oficial de Defensa fue de seis mil millones de dólares, más del doble que en 1987, y el presupuesto real estimado por los observadores extranjeros podría ser seis veces superior y estar dedicado en buena parte a la moderna flota, dotada de nuevos lanzamisiles y submarinos y a las masivas compras de armas rusas. El Tíbet es una plataforma logística con al menos nueve aeropuertos, once estaciones de radar y numerosas bases balísticas. Desde él las ciudades soviéticas quedan en el área de tiro: Moscú sólo está a tres mil kilómetros, Delhi a cuatrocientos, y desde Sinkiang hay la posibilidad de cortar Siberia en dos. Al sur, se están construyendo puertos de gran calado para la nueva flota y Pekín se ha fijado como meta la primera mitad del siglo XXI para poseer fuerzas de despliegue rápido que aseguren su predominio en todo el Mar del Este. China necesitará todavía muchos años para que el conjunto de sus habitantes viva mejor, pero precisa de pocos si suma y concentra sus recursos en dotarse del último grito en ejército de tierra, mar y aire y de un variado arsenal nuclear. Mientras disocie economía y derechos  humanos, enriquecimiento y libertades, Gobierno y democracia, los países de Asia y del Pacífico tienen sobradas razones para inquietarse.

Este excelente Ejército no apunta solamente hacia el exterior. China tiene el mayor gulag del mundo, una población carcelaria que se estimaba en los años noventa en diez millones de personas distribuidas en unos dos mil campos de trabajos forzados, situados con frecuencia en las desérticas zonas del noroeste. Las garantías jurídicas no existen, hay prisioneros políticos-nunca considerados como tales-, de opinión, periodistas, independentistas tibetanos, estudiantes, religiosos, etc. Un tercio del té y numerosos productos de exportación proceden de esta mano de obra.

Pero hay fisuras, filtración de informes, complicidad con guardianes, redes de comunicación a las que poner coto se hace imposible. Entre los disidentes circuló hace unos años la llamada Carta para la Paz, proyecto concreto y realista que ofrecía un compromiso democratizador al régimen. Aparcando en el rincón de los admirables sueños el idealismo heroico de los estudiantes de Tien Men, se ha pretendido negociar puntos precisos que sirvieran de base para la reforma de la legislación y dirigieran al país hacia un sistema pluralista de acuerdo con las resoluciones de las Naciones Unidas y los Derechos Humanos en un marco que integrara a Taiwan y a los hoy incorporados a la República, con especial estatuto, Hong Kong y Macao.

El Partido Comunista no ignora la necesidad de ofrecer, al menos, una apariencia de evolución y compromiso. Además de a los disidentes, se enfrenta en el interior a las pretensiones de provincias de la talla de países que cuentan con una vieja tradición de señores de la guerra acostumbrados a ser reyes en sus estados. Los grados de riqueza y desarrollo son muy diversos; la China profunda mira con envidia las zonas especiales, escaparates modernos de los que se encuentra a años luz. Parte de la población no ha podido engancharse al nuevo capitalismo preconizado por el régimen y, desprovista del mínimo vital asegurado por el proteccionismo anterior, ha quedado totalmente desasistida, Del recalentamiento económico y las limitaciones del espectacular neocapitalismo chino da idea el hecho de que, si bien el índice de crecimiento del país sobrepasó el nueve por ciento y llegó al trece por  ciento en 1993, el coste de la vida en enero del 94 era, en treinta y cinco grandes ciudades chinas, un 23,3 por ciento más elevado que el año anterior y la inflación rozaba el treinta por ciento. En cuanto al déficit, éste se estimó en marzo de 1994 en ocho mil millones de dólares, es decir, tres veces más que en el año anterior, debido en buena parte a un quince por ciento de aumento de los gastos gubernamentales, como la subida de un cincuenta por ciento de los sueldos de los funcionarios. La brusca liberalización del mercado y la rienda suelta dada a la competencia sin que existieran mecanismos de regulación y gestión produjo desequilibrios como un paro oficial reconocido de doscientos treinta millones de personas, el veinte por ciento de la población total. Las cifras, en cuanto oficiales, merecen una credibilidad muy relativa. El Gobierno se ve obligado a exhibir castigos ejemplares de casos de corrupción en su seno; además la influencia del Partido en las zonas rurales ya no es la que era como consecuencia de la liberalización económica.

Ninguno de estos datos es comparable, como fuente de inquietud, a la ideología, hábitos y comportamientos que pueden dirigir las manos que activen palancas, botones y armas. Porque una de las principales características del archipiélago orwell es el páramo que su marea deja, la destrucción del tejido cívico, de las defensas culturales, morales, psicológicas que cincuenta años de comunismo han producido. Intercambiado el maoísmo por el culto al dinero, y quizás éste por el poder, nada se alza entre consignas y actos, entre satisfacción y víctimas. Los sistemas totalitarios disfrutan de una inmensa ventaja que Occidente finge ignorar o desestima: su absoluta carencia de escrúpulos. Generalmente conservan sin gran esfuerzo una base de fidelidades modeladas en el simple credo de la seguridad, el interés y la aquiescencia a la política externa de los dirigentes de la nación. El lanzamiento de un proyectil, la ocupación de un territorio, el tráfico con órganos de presos, los guarismos en el número de bajas y el recurso a métodos de coste humano y moral inaceptable no representan problema alguno cuando no existe ni constitución, ni derechos, ni principios ni ética ciudadana ante los que responder. La aventura militarista es perfectamente posible en las nuevas fronteras del Pacífico. Y la movible topografía del archipiélago, el núcleo de sus dirigentes, descarnado de toda consideración que no sea las metas propuestas y las codicias tribales, posee, frente a los países de tradición humanista, las gentes con querencia de libertad dentro y fuera de sus fronteras y las personas retenidas por la humana consideración , una peligrosa fuerza.

 

Ha llegado Ling, una alumna de F, que lo fue de Isa. Trae, junto con recuerdos, buenos augurios para el Año Nuevo chino, que comienza con la primavera, y excusas por la pereza en escribir, un regalo más de ésos que forman un broche entre periodos de tiempo indeterminados y llegan en paquetes encomendados a becarios, colegas y conocidos de conocidos. Esta vez es una cabeza de Buda, de jade claro y turbio, que cabe en la palma de la mano y se acomoda a la piel con suavidad. Se parece a F, el rostro apenas existente de perfil, plano, bondadoso, líneas horizontales de ojos, largos lóbulos y una sonrisa de meditación o circunstancias.

La emisaria, esta última hornada de los profesores de español, muestra un notable dominio de la lengua incluso en sus fonemas más difíciles, y menor habilidad en el manejo de los cubiertos y la degustación de nuevos platos. Está asustada porque han robado el bolso con el pasaporte a una de sus compañeras y no se atreven a salir de noche, pero lo harán, con su grupo de extranjeros que siguen el curso semestral dedicado a los nuevos hispanistas. Les cabe a las de su origen la desgracia de que las confundan con ricos turistas japoneses. Pero no se defiende mal, vive en casa de una española, se mueve con africanos, americanos de norte y sur, asiáticos. Pasaron los tiempos de grupos cerrados de becarios, colocados en pisos y vigilados de cerca por la embajada. Ling cuenta que es incómodo en China no encontrar sino muy trabajosamente prensa extranjera, que viajar resulta problemático, no por la obtención de pasaporte turístico sino por la de visado, y que ahora tal vez se autorice en ciertos casos a tener más de un hijo. Las cosas van mejor, repite, las cosas van bien. En su horizonte, joven, la pregunta de Isa sobre si sería posible una nueva matanza de Tien Men es una exploración desconcertante en edades oscuras, y es respondida con una firme negativa.

Ella, la reciente licenciada que se complace en recorrer un Madrid siempre en obras y que aún se admira de que las instituciones oficiales sean de libre acceso para nacionales y  extranjeros, que va explorando parques y estatuas y se aventura en recintos con olor a guisos que desconoce, es en sí una respuesta. Al otro lado de las décadas transcurridas, su interlocutora sabe que la ignorancia, la afortunada ignorancia remansada en esos ojos tan jóvenes, es el contrapeso de una masa antigua, de una sobrecarga de recuerdos repartidos y asimilados de diferente manera por Isa y la gente, F, H, C, que conoció. También ella tiene que luchar contra su propio síndrome de Estocolmo, el cariñoso mantenimiento del enemigo que puede velar la evidencia de la realidad actual, el tranquilo ejercicio de la razón. Ling se desliza por un territorio sin archipiélagos, y su ignorancia ha crecido desde el fondo lodoso al que no llegaban ni el espacio ni la libertad de acción, se ha gestado apoyada en la cansada mansedumbre de muchos como F, se abre a la completa disposición de todas las alternativas. Es futuro. En nada la conciernen las generalidades con las que cómodamente se engloba el ente inconcebible de mil doscientos millones de habitantes al que es imposible no recurrir para expresar juicios y manejar términos.

Las islas, las formas de las islas, su especial oscuridad y las ciegas calas donde se arremansa lo peor, el bajo fondo de instintos de ignorancia y dominio, la vieja estupidez contra la que luchaban en vano los dioses mitológicos y la búsqueda envidiosa del enemigo fácil. Las islas existen, los campos perdidos en Sinkiang, las colinas calcinadas que fueron templos, el despacho al que se aferra el más torpe y servil de los pobladores de archipiélagos, la mano que se retira y la que se alarga para buscar obediencias, votos, dinero.

Ahora importa explicarle a Ling las diferencias entre los platos que el menú ofrece, la definición de raciones, montados, pinchos y tapas, y el laborioso aprendizaje que le espera para el que no le faltarán Virgilios.

 

II

 

Tiempo de chantaje

Brindis

Isa está en un apartamento del mal llamado Hotel de la Amistad, de Pekín, en el que los cooperantes, sometidos al perímetro colonial que las circunstancias imponen, se despellejan a placer superponiendo al crudo cotilleo de las vidas privadas complicados ropajes de terminología política. La Navidad, invisible por estas latitudes, se aproxima ante la indiferencia de un calendario lunar que sólo dará paso al nuevo año cuando florezcan los primeros almendros. Ha sido destinada a la capital y dejó atrás, en la ciudad del interior, una experiencia extraña de soledad y de compañía, un contacto breve, preciso, guiado por la voluntad y el instinto, con personas destinadas a ser anónimas, ajenas y distintas, con las que, sin embargo, tocó fondo en un terreno inolvidable y común.

Sólo hay un español entre los residentes del hotel, un fiero y contradictorio anciano que pasa en sus afectos del apoyo incondicional al odio, que se declara a gritos defensor en todo del gobierno chino y gusta de definirse como de los de Álvarez del Vayo, el estalinista violento que se exilió a América y se especializó, desde la seguridad de la libertad de prensa, en virulentas andanadas contra otros periodistas. Vázquez es uno de los pocos extranjeros que han permanecido en Pekín durante la Revolución Cultural y narra con placer evidente las humillaciones que, desde su ventana, veía inferir a intérpretes y personal, los paseos por el patio con corozas y letreros, los autos de fe caros al maoísmo. Goza proclamando, goza excomulgando, y tiene pocas fuentes de goce más.

Hoy es un día especial, se ha convocado al puñado de latinoamericanos, a algún francés, y a ella, en su casa. Todos forman parte de cierta Hermandad Antifranquista cuya implícita existencia obviamente no se discute, que se define por el rechazo de la dictadura española y la impaciente espera de un cambio. Los franceses son exquisitos guerrilleros platónicos que muestran una superioridad condescendiente respecto a sus atrasados vecinos subpirinaicos. Los hispanoamericanos se decantan, de forma más pedestre y franca, en dos extremos: uno de ignorancia y dogmatismo tan primarios como supinos y otro sometido a las angustias de la duda y las servidumbres de ejercicio racional. La celebración es, sin embargo, unánime. Se escancian licores y hay que alzar las copas al cielo:

Han matado a Carrero Blanco.

Colaborador del Generalísimo, Almirante, hombre de confianza, Presidente del Gobierno, laborioso diseñador de la modernización económica y de una sucesión que preveía la coronación del Príncipe Juan Carlos.

Isa apenas sabe ni siquiera esto de él. Es un símbolo del régimen, de un Jefe militar autocrático, de un cascarón caduco bajo el que bullen y están por rasgar el apolillado disfraz las impacientes floraciones de un país moderno.

-¡Enhorabuena!

-¡España avanza!

¿Se dijo viva ETA?. No lo recuerda, hay un espacio en blanco. Quizás se dijo, y, voluntariamente, no lo recuerda.

Pudo no decirse, pero incluso en este momento, en el conjunto de signos negros sobre el blanco del papel esas mayúsculas son el único trazo que se marca con un rojo pastoso.

Han matado a un tipo representativo de la dictadura ya en franco declive, en inevitable transición. Pusieron una gran carga explosiva al paso de su coche y éste voló, como el bíblico carro de fuego, sobre los tejados vecinos y se aplastó, con sus ocupantes-a los que ni se citó y ni de los que ahora ella recuerda la existencia-en el patio. Una acción conseguida, un golpe de espectacularidad lograda, un aldabonazo del cambio.

  1. Veinte de diciembre.

Ambiente de fiesta, de plácemes y albricias que es obligado compartir, agradecer. En la lejana, enorme dictadura de aquel gran enemigo contra el que justificaba su labor el general que había mantenido en España durante cuatro décadas las riendas del poder; canciones y palmadas en el corazón del sistema regido por el Partido Comunista, no su entelequia ni esbozo aproximado: El sistema en carne mortal, tiempo y evidencias, a cuya vera la hojarasca de folletos, planes y proclamas no pasaban de ser espumosas charlas de café.

Nunca había sido de ellos. A Isa le faltaba esa obediencia y fe de grupo. Era animal de intemperie, espacio y viento. Pero jamás había estado contra ellos. Era inimaginable hallarse del lado del orden y los hechos, de la religión que pretendía legislar con su cuerpo, de la gente, en fin, que formaba una plúmbea masa gris carente de excitación, rupturas, audacia. Comunistas, marxistas, socialistas, los otros, los de enfrente, los del margen fraternal y revuelto, anarquistas, republicanos, Villalar y sus comuneros, ismos de despeinado y lustroso pelaje, ellos formaban el cliché brillante de una imagen sepia y agotada.

-¡Por la libertad!

En China, donde menos la había y su misma mención se había reducido al absurdo reproduciendo una novela, 1984, que por entonces Isa ignoraba.

Bebieron para celebrar un asesinato. Alzaron las copas, las apuraron. La palabra, todavía no formada, tardaría muy largo tiempo en desgranarse, a, s, e, s…., en encadenarse luego. Sin embargo ya entonces ella no puso el adecuado entusiasmo en el rito del vino, algo se esquivaba, no compartía las bromas de Vázquez, el confortable escudo de la delegación, la distancia.

Nunca tragó la alegría, ni el líquido. Han pasado muchos años, y todavía ese brindis continúa descendiendo como la teja de Ben Hur; está atravesado en su garganta.

Anteriormente los credos se definían por negaciones, y las negaciones se habían plantado como grandes murallas de injusticia desde el primer choque directo con el precio de las cosas de cada día, desde el rechazo de un escenario que no podía ser tan gris. Antes del paso por las entrañas fronterizas de los Pirineos había las guerras de otros, una independencia congénita apenas afectada por limitaciones. Había pasaporte, libros, radios y periódicos, conversaciones de tono subido, tertulias, había el complejo y triste laberinto de una adolescencia adversa, de una juventud a la que sólo la distancia lograría limar las peores aristas. Isa cada día ajustaba cuentas con un yo implacable y cavaba un metro hacia la supuesta superficie, las grietas por donde se filtrara luz. Mientras otros terminaban sus carreras, hacían oposiciones y se casaban con parejas de condición semejante, ella mezclaba y taraceaba los trozos de diversas existencias, en países distintos, de la mano de un emigrante con el que compartía la inmensa carga de desdén que a ellos reservaba la Europa rica.

El gozne se situaba en unos pasillos, Irún-Hendaya, por donde se cambiaba de tren y de línea en el mapa para poner pie en tierras francesas. Isa pasaba con la gente de los sesenta, la mayoría trabajadores manuales, que iban enseñando maletas y atados con cuerdas a los aduaneros y consideraban una catástrofe la confiscación de embutidos. Había separaciones metálicas, exigencias en otro idioma y técnicas de manejo de ganado. París no era la primorosa maqueta de isla, avenidas y catedral, ni el gozoso refugio de la bohemia-hacía falta, para ésta, dinero-, no era la rosa de boulevares y plazas tan perfectas como un cristal de cuarzo perfumadas de elegancia. Se extendía en barrios impersonales e interminables, en cafés y comercios idénticos que la menor sombra del atardecer sumía en una inseguridad sospechosa. La ciudad de la avaricia y el ahorro, de las pretensiones y la fría belleza neoclásica recibía con la aspereza del poder y el aplomo de quien sabe el valor de sus monedas, encauzaba a la gente que llegaba como Isa hacia largos túneles de olor rancio en los que transcurría, en trayectos de ida y vuelta, buena parte de la existencia.

Todo empujaba hacia una rebeldía solidaria, hacia la necesidad de mundos que no fueran éste, que admitieran. sin rapacidad ni lucha, generosas porciones de felicidad. Se hablaba de España, en Francia, en Bélgica, y se esperaba de cada exiliado voluntario un pasado y proyecto belicosos de los que Isa estaba lejos de presumir. Siempre había la línea, la del carnet y el encuadre, las militancias y el credo en el que absoluto creía. Porque no todo era reacción, sentimiento y vivencia inmediata. Había noticias, recuerdos y lecturas, había reflexión, turbia pero fiel a la mirada y al análisis. El razonamiento se sentaba y sonreía ante el asentimiento beatífico a la existencia de inalterables clases sociales dotadas de ingénita bondad por su pobreza, a la maldad intrínseca de la capacidad desigual y del comercio, a la ensoñación de edades de oro sin pronombres posesivos en las que las tribus repartían generosamente cada fruto y cada trozo de la caza. El setenta por ciento de los libros apoyaba a Cuba y a China, a los fundamentos de la Unión Soviética y a los experimentos socialistas africanos. Los restantes estaban en anaqueles a los que hubiera sido del peor gusto asomarse. En el exilio, los políticos preparaban el nuevo gobierno de Madrid, el Secretario de los comunistas defendía, en una conferencia en Bruselas, la alianza con otros partidos y, una vez en el poder, la eliminación de éstos. Sus camaradas reafirmaban el pilar en el que se basaba su indiscutido prestigio y autoridad: eran, siempre fueron, los únicos oponentes serios, organizados, del franquismo, y ello les legitimaba y dotaba a un programa de por sí imposible mezcla de marxismo-leninismo y democracia de una aureola de obligado respeto.

A casa de Isa llegó un día un militante que procedía del país vasco. Durante su corta estancia en Bruselas durmió en un sofá al que desbordaba con su peso, buscó manuales de guerrilla urbana y robó el corazón de la más hermosa muchacha rubia del círculo de simpatizantes. La desdeñada e insistente pareja de la chica, un belga con perfil de escribiente, desaparecía ante la estatura y porte de este luchador de pelo y ojos oscuros que le miraba con la piedad del cortador de troncos.

Las actividades sociales giraban en torno a actos contra la guerra de Vietnam, apoyos al Tercer Mundo, charlas y protestas. El Socorro Rojo gratificaba con un letrero de ¡Racista! pintado en carmesí en su fachada al que se había negado a alquilar un apartamento a Isa y su pareja, que habían descubierto por entonces que no eran tan blancos como creían. Se hicieron buenos amigos de dos socorristas; eran un matrimonio de segundas nupcias, la mujer, enérgica y angulosa, dispuesta a dar batallas perdidas; él tiernamente apegado a la alternancia a su situación, al porvenir que, sin duda, reservaba para ellos su oro tras un recodo del cemento. Isa guardaba el recuerdo de la barba color tabaco y la mirada dulce cuando él, con profundo convencimiento, le decía: Yo creo que se volverá a trabajar la tierra con caballos. Lo pensaba. En lugar de las militancias de programa y estrategia contra el capital, Andy veía las playas bajo las losas, sus armas se reducían al spray rojo, sus sueños a los campos idílicos a los que por fin partió, con su mujer y el niño, a criar cabras en Ardèche y donde Isa les perdió la pista.

El tiempo transcurría. En mayo del 68 Isa había vuelto a Madrid para examinarse del final de Filosofía y Letras. Siguió desde allí las crónicas que él le mandaba desde París: batallas callejeras, recorridos por hospitales, formación y disolución de grupos, una fugaz presencia en primer plano, bajo los focos. Parecía feliz. Ella lamentó habérselo perdido pero-siempre esa distancia-al tiempo sabía que, en buena parte, no habría participado, que no creía en las consignas, llenas sin embargo de belleza poética, que percibía turbiamente una falsedad fundamental, una base de negación excitante, bien alimentada y simple en la que los grandes divos franceses, vestidos de filoobreros para la ocasión, vendían prensa de artículos siempre idénticos en su denuncia del imperialismo y el capital. Cambiar la vida, hacerla verdadera, cómo no seguirlo, cuando la vida era horas de túneles color azogue cortados por el gris rata de las estaciones, fábricas malsanas y artesanales de velas que empleaban estudiantes a salario reducido, olor de parafina y un jefe que seguía con ojos y labios glotones las nalgas de las empleadas y daba al negocio un aire de charcutería satisfecha, buhardillas con servicios exteriores y comunes, el brillo de las gafas de un tendero que aprovecha la ignorancia del idioma de dos españolas recién llegadas para venderles dos huevos al precio exorbitante de cada uno un franco, carnets falsificados para poder acceder a la cantina de estudiantes, y un mundo a increíble distancia que vivía como se debía vivir.

Ella tenía una retaguardia de libros y saberes que actuaba como lastre y no le permitía flotar al simple flujo de corriente y multitudes. Conocía sus márgenes, y conocía también suficientemente, desde la infancia, la pobreza como para no albergar hacia ella el menor sentimiento melancólico, la más mínima valoración ética. La pobreza, los tristes barrios, las comadres deformadas a los pocos meses de matrimonio, eran simplemente un hoyo del que salir, y se salía con esfuerzo, con trabajo, con becas. Era un proceso crudo que dejaba pocos márgenes a la fantasía. Sobre todo si no se tenía mucha. En caso contrario, si subsistía un mar de fondo de solidaridad, de empatía que hubiese querido arrancar como una infección, entonces la combinación de elementos era una autopista que conducía directamente al fracaso.

De ahí, y de la completa falta de los sentimientos de la fe y del pecado, su distanciamiento, su pasión fría y sin compromisos por los hechos, la curiosidad y la paralela incapacidad absoluta de autoengaño, el afincamiento en un terreno nada grato donde verdad y libertad formaban la única sustancia respirable. Esto incluía ir hasta el final de los señuelos, sin más compañía que los propios pasos, lanzar hacia la posible meta todo el impulso de la acumulada indignación, y recibir en plena cara los restos de un sueño fragmentado por su evidente falsedad. Quedaba lo peor: observar a la avispada carroña dedicada a construirse nichos confortables con los productos de aquel reciclaje.

Hacia atrás, en una niñez y adolescencia tejidas con los mismos años que la postguerra, existía la Era Casposa, que se iba desmigajando como el pan aguado según iban y venían personas, imágenes y noticias, brillaban los electrodomésticos y el tiempo giraba con creciente rapidez. En los hogares se había hablado muy poco de la guerra, las Leyes Orgánicas importaban menos que el acné, los libros prohibidos se encontraban en la inmediata trastienda y el Nacionalcatolicismo envejecía arrinconado como los tristes leones del zoo. Isa vivió la infancia como las sombras que reproducían la calle en la pared del dormitorio, y escudriñó en ellas y en la lectura temprana y voraz los fundamentos de la caverna platónica que construía en la cama y la inmovilidad, meses primero, después años. Las represiones religiosas y morales con las que parecían haber sido oprimidos-y disfrutado no poco-buena parte de sus compañeros ocupaban un lugar mínimo en su formación y secundario en sus preocupaciones, tanta era la certidumbre de su inalterable libertad. Aquello no era el archipiélago-que, por entonces, no conocía-. Tenía simplemente rasgos, fragmentos de su caricatura, e incluso en sus más represivas manifestaciones, policía, ejército, distaba de resultar aterrador. A él pertenecían, como una finca, los símbolos del país. De ello resultaba un curioso vacío que se hizo más patente allende fronteras. Porque Isa carecía de lo que para otros constituía la patria, le correspondía, por lo visto, construirla según el modelo de una república truncada en la cuna a la que el silencio, la magnificación y la distancia habían revestido de una aureola ideal.

La negación era un territorio sin límites, jalonado de perfección y de frutos rápidamente maduros, todos los sistemas podían intentarse y ninguno anulaba a los otros; se sucedían como si la buena voluntad garantizase la imposible convivencia, la existencia simultánea de las premisas de un delicioso grupo de anarquistas afincados en la calle Libertad a los que cortaban la luz por falta de pago y los vigorosos dogmas de un marxismo que jamás había tolerado competidores. Ningún horizonte era tan ancho como el que el franquismo permitía porque desde su bloque fragmentado y de improrrogable caducidad podía imaginarse todo. Sin embargo la misma necesidad de enfrentamiento había robado, desde muy pronto, en silencio, buena parte de la perspectiva, había sometido a los inquietos y modernizados españoles a un único ángulo en la percepción de la historia, en el enfoque del presente. Y ello de manera más tajante que los acartonados principios del ordenancismo conservador y de su melancólico recuerdo del pasado imperial.

Más atrás, aún más atrás, la España antigua, que unos se esforzaban por mitificar y otros por olvidar, había existido, y era raída, vital, estrecha y deseosa de escapadas, el mosaico de un turberculoso que escupe sangre, un guardia civil que malvive, con su numerosa familia, en el bajo de la casa de vecinos-emigración pueblerina en buena parte-donde Isa habita, el lujo de un ascensor con solemnidades de hierro, el relato de bonos de racionamiento y recuperación de mondas de patata, el ozonopino de los cines y los cien gramos de jamón tallados como una joya, el cura del instituto pidiendo perdón a los altos cielos, frente a un auditorio de niñas sobrecogidas, para las alumnas que se habían fugado de los ejercicios espirituales, profesores, profesores excelentes que mucho más tarde, no la meritocracia del franquismo sino la avidez de los nuevos ricos que le sucedieron, condenaría a la extinción, el dinero que no se tenía, el trabajo, cualquier trabajo, la huelga de transportes en la que habían cortado a una chica la trenza, la gente áspera que venía de los pueblos del sur, los ajos que vendía un niño y que compró la madre de Isa tras dirigirle a su hija una consulta cómplice, el señor del Régimen que llevaba un anillo, era alto y parecía contento de la vida, los estudios de cultura general y mecanografía que en principio, como mujer, se le reservaban, la beca, los libros, las aulas, una plataforma que tiraba hacia arriba y dejaba el círculo de comadres, sus sillas y sus niños atrás.

 

 

Y el Verbo se hizo izquierda

Cuando Isa volvió de China, en 1974, eran tiempos de verdad inoportuna. Para publicar esperó. El país vestía un traje de la talla inadecuada, mal abrochado y con los zapatos al revés. Estallaban las costuras de una vida moderna. El franquismo había ido terminando por etapas, pero dio el coletazo agónico de unos fusilamientos que puso en la vía de alta velocidad a la abolición de la pena de muerte, a poco de establecerse el sistema parlamentario representativo. El general se extinguía, lo había dejado todo bien atado, obrado de acuerdo con sus consejeros y seguido, contra su propio impulso, la corriente inevitable de la Historia. Pero el asesinato del viejo y fiel compañero, de Carrero Blanco, despertó una última, e irrefrenable, ansiedad de venganza, por todas las concesiones, por la irremediable traición de sus próximos y del tiempo, por lo que conservaba de sí mismo. Por víctimas interpuestas, resumidas en la persona de un muchacho al que toda la presión internacional para el indulto no libró del terror, la soledad y el verdugo. El día del ajusticiamiento, que sabía a vuelta a un vergonzoso pasado, a metal y a barbarie, ella pensó que aquellos hombres jóvenes no volverían a hacer el amor, a derrocharse con otro cuerpo, a abrir los ojos. El sorbo por el asesinato de Carrero contenía un soporífero, lo había relegado al olvido, al automatismo que clasificaba las buenas y malas muertes, pero continuaba en la garganta. Las cosas se habían escindido hacía tiempo en una realidad vecina a la neolengua, pero ella escribía con reparos, reservaba sus páginas, hablaba de China en artículos que eran mirados con desconfianza por redactores proclives a ver en las críticas al amigo americano. Cuajaban dos expresiones, y una, ficticia, se imponía al mundo real y tomaba durablemente posesión de la cultura y de la historia como si fuese la herencia debida, los intereses atrasados de la deuda de la mítica Guerra Civil. En la otra se hallaban desde los restos vergonzantes del régimen periclitado a los hacedores del paso a un sistema homólogo de las democracias europeas.

Isa no había corrido en la Facultad-desventajas de las limitaciones físicas-ante guardias civiles ningunos ni tenía un lustroso pasado de luchadora por la libertad excepto en las solitarias opciones personales. Participaba de la efervescente embriaguez de la inminencia del cambio, respiraba el aire contestatario y reservaba un maltrecho hueco para la idea de un socialismo que fuera alternativa a la crudeza de las exclusivas leyes de mercado. En su interior, tras la vuelta de China, el archipiélago Orwell se había depositado, se había adormecido pero crecía, y poco a poco lanzaba alfilerazos de vigilancia, sobresaltos del juicio crítico, de la evidencia, la razón.

Por fuera, era imperativa la comunión con un decálogo en realidad simple que operaba con los expeditivos métodos del Juicio Final. Los Benditos estaban a la Izquierda, y ésta comprendía cualquiera que hubiese estado en el campo de los perdedores de la Guerra Civil, fuese anarquista, estalinista acérrimo, socialista indiferenciado o republicano de a pie. Convenía ser pobre o, al menos, asalariado, gremio, pueblo y masa, partidario de autonomía o independencia de región, provincia o barrio, revolucionario, progresista, marginal, apátrida, anticlerical, agnóstico y contrario a cualquier élite de arte, literatura, ciencia o pensamiento. La visión del extranjero recordaba, en su simplicidad, a los mapas geopolíticos chinos: pulposo imperialismo norteamericano, movimientos populares destinados a la victoria y países de un socialismo que, con sus comprensibles errores, merecía siempre respeto. Los Malditos se agrupaban a la Derecha y comprendían empresarios, ricos, banqueros, élites, militares, policías, curas, políticos y burócratas relacionados con el Gobierno y el Régimen, creyentes, burgueses, ilustrados liberales, anticomunistas, fascistas, monárquicos, tradicionalistas, conservadores, reformistas y defensores de la entidad nacional. Cuanto se refiriera a la nación, el nombre y derivados mismos de España, así como cualquier apreciación positiva sobre su pasado, personajes relevantes e Historia, eran blanco de abominaciones. Se trataba de una capilla sixtina interactiva ante la que se oraba en permanencia y que proporcionaba dosis nada desdeñables de identidad satisfecha y de ilusión. Resultó también, muy pronto, una generosa fuente de empleos y acomodos que formó cuerpo con la plástica de la superficie desde su envés.

-¿Sufre mucho? Pero ¿sufre mucho?.

Melita se cuelga del brazo de los amigos médicos y les apremia, con los ojos brillantes de ilusión, a una respuesta afirmativa. Ella quiere que la agonía de Franco se prolongue, que sea dolorosa, mientras los partes médicos, los intereses de los beneficiarios del régimen que con él se extingue, la maquinaria del hospital alargan, en efecto, durante interminables días la boqueada última, la asfixia. Melita, de familia de industriales que le proporcionan un piso de lujo al noroeste de Madrid, precisa fuentes de excitación y las extrae de la militancia y la camaradería, de la prodigalidad y también de la avaricia y el abandono cuando el objeto ha perdido su interés. Como la mayoría, mantiene el champán en la nevera para brindar en cuanto el parte anuncie la notificación definitiva. Fiesta. En el monigote de un cuerpo derruido y senil, como en las Fallas, se queman los rencores del colegio de monjas, las viejas pieles de españoles nuevos, el sexo nunca bastante ni suficientemente logrado, el padre, la madre, los apuros, las decepciones, las perspectivas de un trabajo gris.

-¿Sufrió mucho?-Melita lame, en sus labios, el sabor continuo del tabaco y termina la noche en un happening en el que participan-el dormitorio es amplio e innovador-Pedro y Juan.

  1. El dictador ha muerto, de pura vejez.

Con tenacidad silenciosa, equilibrios, desastres y componendas que constituían el trabajoso andamiaje con el que se ensamblan las sociedades civiles, iba, por otro lado, lejos de la iconografía pero sometido a ella en las formas, fabricándose el nuevo régimen político, similar al resto de los europeos en sus mediocridades y bondades de mal menor. Nada tenía que ver con los prototipos que manejaba la imaginería ideológica y consagraba el lenguaje; era el fruto de gentes de las postrimerías del gobierno autocrático y del general Franco mismo, pero su pilar más firme, el ingeniero que lo construyó, como un puente romano, durante los setenta y ochenta y que lo hizo capaz de resistir a las tormentas, fue la voluntad de modernización, de tranquilidad y de compromiso de la mayoría de la gente del país. No querían guerras, se alejaban de ellas con un sordo rechazo, observaban la fiesta de los cantores de las revoluciones y les dejaban para ellos la pista, pero deseaban vivir sobre la tierra, mejorada, del viejo suelo que estaban pisando.

Fui a ver a Nixon y me dijo que estaba muy preocupado con la situación en España. “Quiero que vayas y hables con Franco sobre lo que acontecerá después de él”. Yo le dije: “Señor presidente, ése es un asunto que no se discute en España desde hace cuarenta años”. “Él comprenderá, váyase”, dijo.

Fui. Toda la noche en el avión pensaba cómo se lo iba a preguntar. Me recibió en el Pardo con el ministro López Bravo. Franco estaba en pie. Le di una carta de Nixon en la que le pedía que hablara francamente conmigo. Yo había estado con Eisenhower y Franco me conocía. “Su presidente quiere que le hable francamente, ¿de qué?”. Yo le dije: “Mi general, por un accidente de la historia, el presidente de Estados Unidos tiene mucha responsabilidad en varias partes del mundo. Él está muy preocupado por la situación en el Mediterráneo occidental, tiene mucho respeto por su opinión y quiere saber cómo ve usted los acontecimientos del futuro en el Mediterráneo occidental”.

Él me dijo: “Lo que interesa realmente a su presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte, ¿no?”. Le dije, “Mi general, sí”.

“Siéntese, se lo voy a decir. Yo he creado ciertas instituciones, nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España”. Yo le dije, “Pero mi general, ¿cómo puede usted estar tan seguro?”. “Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años”.

Yo pensé que iba a decir las Fuerzas Armadas, pero él dijo: “La clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español, no habrá otra guerra civil”. (Declaraciones de Vernon Walters, militar y diplomático norteamericano, sobre su entrevista con Francisco Franco-Diario ABC, 15-8-2000).

La gran ventaja era saber exactamente dónde se estaba, situarse, sin, a decir verdad, notable esfuerzo, en un mundo dual con seguras inversiones de futuro. El gran enemigo, la Derecha, se reducía al gigantesco rostro de un anciano compuesto por retazos del antiguo país, que se iba muriendo por fragmentos, etapas y parcelas, al que era excitante, preceptivo y grato atacar. Los peligros salpimentaban sin exceso la vida cotidiana, le daban un sabor de expectativa. La malvada Derecha podía coagularse en la cara congestionada y descompuesta de un compañero de Universidad que, durante un mitin en el Paraninfo, pasa al lado de Isa gritando, desde el piso alto ¡Eso es mentira! a los oradores, y niega que los nazis exterminaran a seis millones de judíos. De Gonzalo se dice que tiene un póster de Hitler en su cuarto. Es, por entonces, un muchacho de familia acomodada, lleno de pasión, Tradición y Orden. Es también la buena persona que Isa avistará de cuando en cuando en las varias décadas que siguen, el erudito pasablemente ilustre, leal, formalista y religioso que ha seguido el sendero previsible marcado por los setos que cuadricularon su adolescencia. También podía ser el Enemigo un grupo de matones, con todos los rasgos de la delincuencia común, que irrumpen, dirigidos por el de más edad, en el Café Gijón y, en el silencio que desciende sobre las mesas, apostrofan a Isa porque está leyendo papeles izquierdistas. Es, indudablemente, la tarde de plomo en que se desfila frente a los cadáveres de los abogados laboralistas que unos pistoleros de extrema derecha han asesinado en su despacho de la calle de Atocha

Ha habido-1981-un intento de golpe de Estado en el que un señor, que, para la prensa extranjera iba disfrazado de militar decimonónico y que llevaba, en realidad, su uniforme de teniente coronel de la guardia civil, se ha puesto a disparar tiros en el Congreso de los Diputados. Al día siguiente-de una noche que Isa había pasado en casa de un colega conocido militante comunista-termina la tragicomedia con un caluroso suspiro de alivio por parte de los ciudadanos, y se convoca seguidamente una marcha en defensa de la Constitución y la democracia que reúne en Madrid más de un millón de personas. Para los que, como ella, no tienen bandera de partido, el punto de observación es variable; se empina y no consigue, por la superior talla de la mayoría de los que la rodean, obtener una vista de conjunto. ¿Quiere que la suba, señorita?, ofrece, cortés, un señor muy bien vestido y alto que desfila con su familia justo detrás. Son de Alianza Popular, según anuncia la insignia de la solapa. A unos pasos, los bullangueros anarquistas despliegan pancartas vistosas. No es masa. Es una alfombra de gente que cubre, de un extremo a otro, las calles del centro de una ciudad iluminada, una oleada suave y sonora de voluntad pacífica común. Años noventa; otra manifestación. Tras un secuestro y un chantaje emocional que ha inundado el país a través de los medios de comunicación, ETA ha descerrajado varios tiros en la cabeza a un concejal muy joven, Miguel Ángel Blanco. Madrid se echa a la calle sin convocatorias, cubre las avenidas, la plaza de La Cibeles, Sol, Colón. Son un millón probablemente los que piden el fin de los asesinatos, el rechazo se ha levantado como la espuma con la lenta, esperada caída de la última gota de sangre. Hay parterres de flores en el paseo de Recoletos, y esta multitud lo recorre procurando no pisarlos, esquivando las islas de color en el césped, y rechazando la muerte mientras andan.

El grupo independentista vasco ha matado ya abundantemente, y con la impunidad que le otorga la temerosa y nueva democracia. ¿ Y los demás no son hijos de madre?, dicen dos guardias civiles. Van en el mismo compartimento de tren que Isa, en unos años que todavía tienen sabor de carbonilla, en los cuales el cambio de régimen está aún muy próximo y ella ha enhebrado conversación y sacado los tópicos de la represión franquista con un aire justificatorio que la pareja, madura, seca y triste, que viaja hacia el norte no recibe con excesivo entusiasmo. Por entonces los guardias mueren como si no existieran, se los entierra en ceremonias rápidas que eliminen exhibiciones de mal gusto, se les mata con cierta profusión desde las amnistías y el cambio. Los ejecutores encuentran pocos obstáculos y gozan, en el exterior, de buena acogida y mejor prensa. Sorben dinero y sorben el incomparable vino de la guerra, que, como tal, todo lo justifica. El Verbo milita a su favor: ajustician, exigen, imponen, recaudan, batallan, desafían. Nadie menciona su proyecto de una minicorea del norte, de una albania cantábrica. Pertenecen a la casta de enemigos de Franco, y eso da un derecho de pernada sobre los hechos y sobre el lenguaje. Juegan al pin-pan-pun con uniformes que apenas parecen contener cuerpos, cadáveres que se retiran a toda prisa de escena porque eso complace a la opinión. Enriquecen la gama de trofeos con variedad de edades, sexos, ocupaciones y orígenes. La opinión se molesta un poco. En el seguro refugio francés comienza a temerse la extensión del hábito. Suman más de ochocientas víctimas. Algo en la báscula lingüística oscila de la valiente lucha por la independencia a la práctica del asesinato.

Tal vez se trata de los hijos del apuesto guerrillero que compraba manuales de lucha urbana en Bruselas. ETA, como la sixtina de Derechas e Izquierdas dispuestas en abanico a ambos lados de una figura central desdibujada, tenía a su favor la iconografía, la evidente superioridad estética del tocado guerrero, el vigor, el asalto, el libertador selvático y el desdeñoso radical; su perfil arrasaba y no admitía siquiera comparaciones con el autobús, la hipoteca, el paseo por el parque y el inspector de Hacienda. Era hermoso construir, inevitable y cómodamente, la vida cotidiana en lo segundo y reservar la profesión de fe para aquel mundo identificado vagamente como revolucionario, de izquierdas, socialista, antiburgués. Encerrado en la más segura caverna, se mantenía secuestrado el lenguaje y fuera se vendían palabras sin más consistencia que la necesidad de proporcionar envolturas a sueños de tertulia y sobremesa, gozar batallas imaginarias y distribuir condecoraciones y marchamos gratuitos que aseguraban la pertenencia al campo del Bien. ETA, a fin de cuentas, había llevado-y lo llevó hasta la entrada en el siglo XXI-la neolengua a su forma más pura, uniéndola a actos, eliminando a tiros y a bombas a los contrarios, sembrando el terror. Pero su calificativo de fascistas, nacionalistas  españoles a cualquier oponente pertenecía al lenguaje común según la ya larga moda al uso; nada era tan fácil como ser incluido en el vasto territorio del fascismo. Durante décadas, el simple roce de evidencias, como que el dictador, respecto al comunismo, hubiese combatido algo en sí nefasto que había causado muchas más víctimas que el nazismo por su larga implantación en numerosos países, era fuente de angustia y, por ello, de entrada, rechazable. El desguace de la segunda república española por militancias tan expeditivas en los fines como desdeñosas de los medios y su papel determinante en la gestación del golpe de Estado franquista era reflexión de alto riesgo y entrañaba seguros peligros de destierro al lazareto de los reaccionarios. La mención del lado oscuro, del archipiélago de dolor y servidumbre que tapaban el rojo de las banderas, el análisis de la incoherencia de las proclamas, el rescate del pasado para que se viesen a la luz todas sus formas, eran tareas de imposible cumplimiento, quedaban reducidas al sector enemigo, al subtítulo de derechista, burgués e impresentable con que eran expuestos a la vergüenza tales individuos.

Había una patrístrica para exculpar a los intelectuales que habían defendido al comunismo y, por ende, para justificar a otros que, mucho más jóvenes, no se aventuraban tampoco fuera del acogedor círculo de los simpatizantes de la rúbrica socialista, de izquierdas y partidario de un marxismo aún por venir. Eran sesudos varones que recurrían, en un curioso ejercicio de funambulismo cronológico, a la obligatoria decantación entre uno de los dos bloques, a la necesaria militancia, al menos platónica, en el campo que se oponía al nazismo. Idéntico razonamiento era utilizado, cuarenta años más tarde, para inclinarse ante un Partido Comunista Español cuyo máximo atributo era la organizada oposición al régimen franquista. Esto dejaba en sus pedestales a Benjamin y a Sarte (pero, naturalmente, ignoraba a la solitaria y valerosa especie de los Orwell). Se trataba a la Historia como si la II Guerra Mundial hubiera sido ayer y cada cual hubiese vivido y hubiese sido empujado al abandono del ejercicio racional, al rechazo de la evidencia y al desprecio por las vidas ajenas bajo la irresistible coacción de hechos que, sin embargo, ya en su época pertenecían al lejano pasado.

España gozó enseguida de corrientes culturales adecuadas que cristalizaron en los calificativos de débil y mínimo. Eran el necesario apoyo de la filosofía de lo aparente, el postmodernismo, que en sí nada indicaba excepto el lapso huero entre pasadas teorías y futuros hallazgos. En la práctica constituyó una purga de cuanto implicara permanencia, grandeza, transcendencia, superación o valor. Era un culto al relativismo del menor esfuerzo, a la pirotecnia condescendiente del gesto y la palabra fácil, y a cierta amnesia que cubría las décadas últimas y las reemplazaba por un agradable mito. Bajo esta superficie en la que rielaba una imagen halagadora y ficticia crecían los sólidos entramados del ritmo económico y social y, sin haberlo recordado, se olvidaba el franquismo, se hablaba de comunismos y revoluciones como ensueños respetables, héroes con los que nadie contaba sentarse a la mesa a la hora de comer.

Nadie quería vivir en un sistema socialista, por no hablar de comunismos reales, pero eran dioses de invocación necesaria y culto por control remoto. Cada cual deseaba y disfrutaba, en la medida de sus posibilidades, de la modesta democracia burguesa, las prótesis dentales y los electrodomésticos, y aspiraba al ahorro en banca, el turbodiesel y las ventajas de la economía de mercado, pero era indispensable para medrar la mención despectiva de los poderosos, el primitivismo ecológico de fin de semana y la práctica del progresismo virtual. El discreto encanto de la esquizofrenia se instaló, con intención perdurable, en una capa delgada, pero la más visible y la que controlaba el derecho de peaje para acceder a cuanto se relacionara con la Cultura. Se ejerció, por otra parte, un chantaje continuo por medio de la espada de Damocles de la palabra derechas, mantenida sobre las cabezas de la competencia.

Todo esto no hubiera pasado de comprensible ley del péndulo y moda pasajera si España, en razón de los particulares condicionamientos de su proceso, no hubiera sido escenario de una exhaustiva utilización del chantaje con logrados fines de obtención de dividendos, imposición de imagen y promoción económica, política y social.

El proceso, además recurrir a una generalizada amnesia voluntaria, se había tejido con una práctica que constituyó sin duda uno de sus pilares más negativos: la creación y mantenimiento de la idea de las dos Españas que, al modo de Ahura Mazda y Arihmán, representaban el Bien y el Mal y agrupaban, en los campos antagónicos, de la reacción y el progreso, a un numeroso muestrario de sectores y rasgos sociales. La doctrina marxista se incorporó fácilmente, con su dualidad y determinismo histórico, en esta trama, pero el dudoso honor de la fijación y asentamiento de los términos correspondió a la iniciativa y propaganda de la dictadura impuesta desde el 39. A la victoria militar siguió, no la paz, sino la exhibición continua y obscena de la victoria franquista sobre una parte considerable de la población de su país, sobre una República que había llegado al Gobierno entre el alborozo popular y sin sangre. Como el común de las dictaduras, ésta necesitaba de enemigo, y recurrió al más imperdonable de los recursos: un permanente memorándum de vencedores y vencidos. El Régimen capitalizó necesariamente, para sí, los símbolos generales de identidad patria y los hizo prácticamente inservibles por su completa identificación, a la llegada de la democracia, con el sistema anterior. Fue, ciertamente, una de las lacras de mayor y peor calado. Imposible la hais dejado para vos y para mí. España se acercaba al conjunto de naciones europeas sin saber si era una ni cómo presentarse, avergonzada de su propio nombre, bandera, pasado y heráldica. La lingüística se despachó por entonces con una generosa serie de eufemismos, metonimias y perífrasis destinados a evitar símbolos, expresiones y actitudes familiares a la ultraderecha.

El vacío resultante pedía algún tipo de materia, y fue rellenado con una identidad ficticia. Parte del régimen democrático, que ocupaba cara al público extensión substancial en cuanto a la proyección de imagen, asumió la imperdonable, pero tentadora, dicotomía, las españas enfrentadas, no en el campo de sangre, pero sí en el cultural y verbal, del que los grupos elevados al poder por influencias del momento se hicieron prácticamente dueños. Y consagró, en los años que siguieron, un durable monopolio que aspiraba a gozar de las ventajas, prosperidad y eficacia de la burguesía, el desarrollo y la economía de mercado sin riesgos, formación ni esfuerzos y preservando la apariencia que, a falta de mejor definición, se autodenominaba izquierdista, social y contestataria.

Más profunda que las divisiones y categorías impuestas por artificiosidades políticas, existió una cuestión de talante, que trillaba en conservadores y progresistas según la menor o mayor apetencia de libertad y extendía sus raíces en el complejo territorio de afectos, aspiraciones y vida privada. El conjunto de rasgos era ahí indudable y el contrario se identificaba por el rechazo de un infierno minúsculo: el salón adornado con fotos de bautizo, comunión y boda, la disposición eterna de los muebles, el respingo ante lo exterior, lo inferior, lo ajeno, la animosidad respecto al sexo, el humor, el absurdo. Los afines se reconocían en concretas querencias, en la celosa posesión del cuerpo, las prohibiciones que se quebraban como cristales, el tintineo de la audacia y de la risa, la defensa del divorcio y del derecho al aborto médico, el horizonte ilimitado y transgresor, la solidaridad todavía no invadida por comercializaciones posteriores, la impresión de aventura y posibilidades, que podían con frecuencia resumirse en modestas degustaciones de drogas de bajo índice de dureza y en la inocente osadía de la innovación sexual. Lo que había sido ilusión y floración libertaria de por sí perecible se transformó en breve en bizantinismo destinado a dorar una cultura de iconos que se cotizaban en el nuevo mercado, mientras volvía por sus fueros un ansia de seguridades incompatible con el pasado impulso y madura para la confortable sumisión.

A Melita y sus amigos Isa los reencuentra aquí y allá, en contadas y dispersas ocasiones. Los divisa de manera fugaz cuando se deslizan por la cresta de la ola, y probablemente no la distinguen, no la saludan. Les ha ido bien, les continúa yendo muy aceptablemente, con un agradable pasar que, en buena medida, procede de puestos ligados a entidades públicas y por la inclusión oportuna en los intelectuales y artistas orgánicos. Mantienen, como los trofeos deportivos, los pulidos términos de su primitivo discurso que reposan en la vitrina y han sido claves en el afianzamiento de su promoción. A los veinte años había que ser algo, volcar sentimientos, hallar un cauce al entusiasmo, enemigos a la rebeldía. La visión de la lucha de clases se presentaba en un cielo vacío y expectante, y produjo la conmoción de las revelaciones, el cambio súbito de perspectivas y la comprensión instantánea de las desdichas, la historia y de las leyes del mundo. Demasiado para renunciar a ello fácilmente y demasiado fácil para haberlo creído. Isa tiene un pasado que ocultar, cartel al fondo del dormitorio con enorme rostro de Mao formado por puntos rojos que son cientos de personas. Muy propio. Podía haber sido peor: también se vendía en los puestos de iconografía izquierdista del mercadillo de Bruselas una colcha con la imagen gigantesca del Gran Timonel. Hay más páginas que prefiere pasar rápidamente, pequeños esqueletos arrinconados en la esquina del armario, caídos tras los cajones. Visita a Nepal. Isa es la traductora de una pareja de amigos españoles que quiere comprar drogas para amortizar su viaje a la vuelta. Primero una masa de hierba del tamaño de un puño. Poca cosa, humo, euforia, ningún riesgo. Tras la cena, les sirve de intermediaria con los nepalíes que negocian el precio de algo más caro, un polvo blanco. Los rostros, sentados en el suelo en círculo, son mórbidos a la luz de la única bombilla, ojos caídos, mirada vaga, extraordinaria palidez, ojeras, un sabor a líquido malsano en el ambiente. No hace sino de intérprete, una amistosa ayuda inocua. Despacio, posteriormente, ha seguido el trayecto probable de la sustancia blanca que parecía haber chupado la sangre y el brillo de los ojos en aquella trastienda. Un pequeño esqueleto de sí misma se le ha quedado encerrado en un armario limitado por esos rostros, en círculo.

A los veinte años había que ser algo, rápidamente. Y luego, como los profesores chinos que repetían mansamente las normas que habían podado su juventud, se continuaba aceptando, reafirmando, procurando quizás salvar lo que se había sido, manteniendo enjuto sobre el remanso turbio del final de la corriente al joven que se había empapado en la pureza del comienzo, sin mirar, sin analizar. Por el simple imperativo de un síndrome de Estocolmo que ordenaba preservar lo que ya formaba parte del yo. Porque, tras el rapto y la convivencia con militancias e ideas, no se regresaba del todo, era penoso y descarnado el desmentido, la rasa brutalidad de la evidencia, y poco airosa la visión retrospectiva del entusiasta rehén. El chantaje se recibió, por ello, con alegría. Justificaba inversiones, arropaba pasados, era incluso extremadamente útil a la hora de atribuir responsabilidades y fracasos. El enemigo, de alguna forma, siempre había estado ahí. Continuaba estándolo-la mala clase de poderosos, burgueses, elitistas y ricos-, y eso permitía el recurso a cualquier medio y lo avalaba con la certeza de una superior identidad moral.

En los años noventa Isa pensó que quizás se estaba llegando al final de la censura. Aún existía la clasificación de buenos y malos, que reinaba por el temor y se valía de la manipulación lingüística. Las etiquetas derechas, izquierdas, reaccionario, progresista,  fascista, demócrata se habían distribuido según las conveniencias de la nueva clase dominante, del club que se atribuía en exclusiva la superioridad ética y atemorizaba con el sambenito de anticomunista impresentable, franquista camuflado o capitalista burgués a cualquiera que disintiese o que hiciera peligrar los beneficios obtenidos. La peculiar esquizofrenia hispánica, nutrida por el vacuum de identidad nacional y por el tenaz olvido voluntario de medio siglo de historia, agotaba sus recursos. Se quería vivir como los americanos, pero no se perdía ocasión de denunciar el perverso imperialismo yanqui y de proclamar la fervorosa adhesión a supuestas democracias populares en las que nadie tenía la menor intención de instalarse. Se condenaba un capitalismo a cuyo nivel se suspiraba por llegar, se votaban las siglas de un Partido Socialista Obrero con la esperanza de obtener una decente democracia burguesa y un puesto aceptable en los países modernos desarrollados, se excomulgaba-con ayuda del deporte nacional de la envidia-en nombre de la igualdad a cualquiera que poseyera riqueza o que sobresaliese y, simultáneamente, se lamentaba la inexistencia de una sólida y competitiva economía. En este contexto, era de absoluta lógica que los votados actuaran contra sus siglas y contra el interés público y la ética privada.

El fenómeno estaba emparentado con el misterioso acriticismo que alienó a una parte considerable de los intelectuales europeos ya desde la Revolución de Octubre y que en España, a causa de la reacción antifranquista, del horror vacui interno y de la interesada utilización legitimadora de la terminología marxista, se había prolongado. De nuevo, y con muy poca fortuna, Isa se sabía ajena al adecuado club, el postmodernismo de buen tono en el que importaba repetir ciertos mantras: lo que importa es el yo y mis amigos; la realidad no existe, luego no tengo compromisos; mi ser es pura imagen mudable y la verdad presuntuosa apariencia; por lo tanto la defensa de valores éticos es un rasgo de censurable mal gusto; todo es relativo; todo vale. El sombrerazo estratégico del snob a purezas políticas lejanas-paralelo a su permisividad respecto a las corrupciones próximas-y sus evasivas en terrenos concretos complementaban la filiación a la decadencia placentera: Si no existen sino imágenes y cambios tampoco hay realidades ni deberes. Lo objetivo es simple coyuntura o algo tan remoto que a nada obliga. Los postmodernos fueron el lujo áulico de un Gobierno empapado en la prepotencia de su impunidad. Al lenguaje y al pensamiento fácil se apuntaron muchos mientras hubo pan y circo. Otros simplemente lo soportaron. Su necesaria contrapartida social era el populismo demagógico, la manipulación, simple pero en absoluto inocente, en vistas a intereses de clientela y a expensas del erario público.

El postmodernismo podía utilizar como motto un ¡Ay de los vencedores!. Porque en el remanso finisecular eran difícilmente perdonables grandezas y victorias que sobrepasaran el inmediato círculo de bienes de uso, colegas y amigos. El antiamericanismo continuaba siendo uno de los tópicos de rigor. Los Estados Unidos siempre habían sido culpables de un crimen sobre todos imperdonable: ser el país más influyente, más fuerte y más rico. Y no por su intrínseca perversidad, sino por convicciones, formas de trabajo y organización y por su aprovechamiento de abundantes, pero no exclusivos ni mayoritariamente ajenos, recursos. Representaban un papel extremadamente útil como enemigo físico y metafísico: el perfecto adversario. Porque tal vez no se puede vivir sin archipiélagos, sin versátiles sucedáneos de Satán que atraigan odios y eviten el enfadoso ejercicio personal de la reflexión.

El Tío Sam podía ocupar tranquilamente un lugar destacado en la sixtina del retablo. Siempre había tenido, por añadidura, el descaro de exhibir con igual impudor sus lacras y sus ideales e incluso de llevar éstos a la práctica. Llega su pretensión hasta el extremo de considerar el estado de Derecho, la democracia y la libertad, que proclamaron años antes que la revolución francesa, como logros deseables para el conjunto del planeta. Ello bastaba para hacerles acreedores de la animosidad soterrada de las mismas naciones e individuos que en las emergencias clamaban por su ayuda. Cuando en la España que se había pasado tantos años soñando con Hollywood y brindando por las guerrillas se analizaba la política norteamericana, siempre transparentaban el gozo y la ansiedad de que salpicara el barro al gigante poderoso y torpe. La “actitud correcta” requería gringofobias y desdenes hacia la envidiada sociedad técnica avanzada, compasión por los pequeños Sadams aplastados por Goliat, ironía respecto al fornido marine doquiera que estuviese. Se reprochó amargamente a Washington su ofensiva contra Iraq porque no había sido acordada por la ONU, pero esa misma organización, ante la extensión y gravedad de los conflictos, instó a la Casa Blanca a que no repatriara a sus soldados de Somalia antes del desarme de los señores de la guerra, misión humanitaria que había llevado a cabo Estados Unidos sin ser explícitamente nombrado para ello por el Congreso de Seguridad. Cincuenta años atrás, Norteamérica había cometido otra agresión imperdonable: desembarcó para defender a una Europa acorralada por el nazismo. Aunque todavía no se había acuñado el término, cuya intervención honra a los franceses, de deber de injerencia humanitaria, se consideró que los ideales de la civilización y la libertad valían más que el no intervencionismo y las fronteras. A continuación el plan Marshall levantó la economía ocidental y Washington mantuvo en gran parte el peso de la Guerra Fría, sin la cual los sistemas totalitarios y su ruina no se hubiesen detenido en Centroeuropa. A mediados de los noventa podían aprovecharse las pintadas todavía frescas del Yanqui, go home y modificarlas en Yanqui, come home porque el imperialismo empezaba a pecar por defecto: la ONU estaba desbordada, en el Tercer Mundo eran legión los que preferían ser invadidos a aguantar lo que tenían en casa y multitud los que se lanzaban a atravesar muros, mares y fronteras para ser aceptados en Estados Unidos o Gran Bretaña. Para desesperación de ambos. El viejo continente había pasado del pasacalles nacionalista al sentimental bolero Si tú me dejas. Europa hubiera visto con alivio una intervención en Bosnia de esos americanos que, por otra parte, eran presentados como invasores prepotentes y sobre cuya pericia en el lanzamiento de paquetes de alimentos se hacía burla (olvidando que los aviones debían volar a gran altura porque no tenían derecho a ser protegidos de la artillería serbia por aparatos de guerra). Había que gritar no a la OTAN, y esperar que, cuando llegaba el tiempo irremediable de la fuerza, fuese la OTAN la que respondiera, y, preferentemente, que Estados Unidos pusiera la mayoría de los soldados y de las armas.

Isa había esperado la caducidad de las etiquetas, la excarcelación de un voto cautivo de fidelidades tribales pero que tal vez podría elevarse hasta el análisis de opciones y acciones concretas. Se preguntaba si cabía alguna posibilidad de que ética y progresismo recuperasen su validez de contenidos e implicaran lucidez, esfuerzo, coherencia con el propio discurso, valía, conciencia social, riesgo y enfrentamiento con un espacio no señalizado. Por lo pronto, había que continuar sorteando los islotes de la neolengua, el chantaje moderno/retrógrado, izquierdas/derechas, nosotros/ellos, antes/ahora. Era el epílogo de la retórica de las dos Españas, uno de los últimos frutos históricos del franquismo y un derivado de las traiciones al pensamiento racional que habían presidido el siglo XX. Pero también, y de forma decisiva y primaria, era la ubre de la que se nutrían muchos, aquéllos cuyos principales méritos eran la carencia de éstos y la avidez, y no iban a resignarse a la dieta.

En los años noventa había llegado a esperar el final de la censura, y, con ella, del archipiélago que tejía la gran araña de los nuevos intereses, compactos, enredados, bocas superpuestas, de un gobierno y de otro gobierno, a las que alimentar. Y era una espera inútil porque no había reparado en el veloz crecimiento, bajo sus pies, de las islas, vivaces islas familiares a Orwell entre las que no circulaban las palabras, ni el aire. Tampoco quedaba, para los desencantados navegantes, ilusión alguna que arañar en el fondo de la caja de Pandora.

La caja había rebosado de ilusión. Estaba, en realidad, cubierta de espejos que hablaban de una muy lograda creación de imagen. Alegremente embarcado en la idea moderna que quería tener de sí y en la borrachera del olvido, el país acogió abiertos brazos y urnas a un líder y a un partido cuyo perfil era producto de una cuidadosa fabricación. La prensa extranjera trató durante más de tres lustros al Secretario del Partido Socialista Obrero Español como a Cenicienta el príncipe del cuento. Tras el franquismo, el PSOE saltó bruscamente al primer plano de la opinión con una campaña extensa, eficaz y arrolladora, cuyos elevados costes hubieron de correr forzosamente a cargo, en el exterior, de otros partidos y grupos, que pasaron factura en los años que siguieron. La fabricación de imagen y de líder hizo sombra al marketing de cantantes famosos, se creó a la medida lo que gustaba a una mayoría de españoles, y se hizo en la certidumbre de que la inversión era rentable. Lo fue, dadas las facilidades que se ofrecieron a la especulación foránea sin contrapartidas, y sobre todo si se considera el apresuramiento en firmar acuerdos con la CEE sin la indispensable y larga negociación. Por otra parte España vivía sus epígonos de reserva folklórica y país romántico, algo tercermundista; su joven régimen disfrutaba en el exterior de una predisposición benevolente. A esta inercia se sumaron en la opinión europea los restos del complejo derechas / izquierdas, que el PSOE manipuló en el interior y exterior con tanta insistencia como impropiedad y falta de escrúpulos. Desde principios de los ochenta el Gobierno gozó de la embriaguez de la mayoría absoluta y de un envidiable trato por parte de la prensa extranjera.

I982. Se votaba a la juventud y al cambio, al aire fresco y a una justicia que aguardaban, entre muchos, los dedos cansados de faenas de la madre de Isa. Hay un volumen que se puede cortar en el aire de esperanza, de irrepetible inocencia que ignoraba sus contradicciones y su olvido, que respiraba y veía encarnado el futuro en un Presidente campechano y radiante de seguridad en su triunfo. Que era el único triunfo posible y había sido preparado con mucha más habilidad de lo que la desmañada euforia aparentaba. Isa votó por él, como el resto, en una gran ola de identificación que nunca hubiera sido compatible con los sombríos restos de gobiernos precedentes. Tampoco con el carrusel de partidos de los ismos más variados que celebraban su entrada en sociedad con queimadas y libaciones en restaurantes modestos del viejo Madrid. En los espejos de catorce años de mando, desde muy temprano, el Presidente socialista ha ido cambiando. Se diría que, tras el rostro del 82, las consignas y la sonrisa que, como una moneda, hacen brillar sus fieles, las líneas y colores se han ido separando, los trazos han adquirido la curva de la codicia de mando, el gesto continuo del reparto, el sesgo del dominio de los trucos, el olor a la golosina de la libre disposición. Y es la cara de Dorian Gray la que crece y se adueña de toda la imagen, una cara que nunca mereció la papeleta que metió en la urna, con ilusión y manos torpes, una mujer mayor y fatigada que pertenecía a los que trabajaron siempre y nunca se les ocurrió presumir de descamisados. El Presidente tiene, cada vez más, un rostro hinchado que ha ido adquiriendo un curioso parecido con carteles de líderes de otras iconografías.

Han transcurrido calendarios; se han ganado nuevas elecciones. Hace tiempo que el Gobierno reparte el P.I.B. como una hacienda, que las leyes son bulas, desahucios y privilegios, que se envuelve desde pantallas y prensa al complaciente público en un peronismo campechano que se endeuda con gracia y esquila la piel de toro con solera. Los votantes continúan aferrados al líder con la tenacidad del que necesita creer que ha sido lo que ni el líder ni ellos fueron. No es necesario al Presidente el enriquecimiento personal; supera a ese placer con mucho la satisfacción recibida por las dádivas, la primacía en el círculo de amigos, en la sumisión de contrarios, en la coreografía de los grandes. Él está por encima del lucro y del cohecho porque dispone de la forma de las leyes y modela cada organismo y actividad públicos a su sabor, ocupa Justicia, Administración, Comercio y Cultura hasta los últimos intersticios de la concha, y crea una red vagamente medieval de promociones, remuneraciones y lealtades vitalicias. No se trata de dirigentes intelectuales, ni de individuos de profesión y envergadura. De hecho, desconfían de esas élites y se apresuran, evangelio de la neolengua en mano, a crear, a su imagen y semejanza, literatos y artistas. Son un producto de la exigencia de los tiempos, y se ven pronto sobrepasados por las dimensiones de la tarea, el rango y el escenario. El Gobierno del PSOE no es el de la República de Profesores y está igualmente lejos de estimar la meritocracia que el franquismo sí había valorado. Por el contrario, dispone de un catecismo simple, multiuso y grato al poco reflexivo votante. Basta con exhibir la patente de defensor de los oprimidos, con alegar la sorda e incansable guerra entre Ricos y Pobres, las victorias y las  deudas contraídas por los primeros desde los albores de la Prehistoria y la lógica revancha, llegado su turno, de los representantes de los segundos. Tras siglos y milenios de explotación nada más razonable que el reparto, el embolso de dividendos y el monopolio de la superioridad moral.

Desde el extranjero las loas continuaban. Publicaciones tan sólidas como The Economist presentaba en su número extraordinario The World in 1995 (diciembre del 94) al Gobierno de Madrid y a su presidente bajo los focos más favorables. Que una revista anglosajona conocida por el rigor de su análisis encargase las líneas de resumen del panorama español a un articulista de esa nacionalidad estrechamente ligado al periódico que servía de portavoz al PSOE daba la medida de la habilidad del partido en el poder para crear y mantener una imagen, cara al exterior, disociada de la realidad interna. The Economist auguraba para el año entrante la permanencia, pese a las dificultades, del señor González en el poder. La figura de éste aparecía en el artículo cansada, acosada y digna, víctima quizás de la usura del tiempo y de la corrupción de sus colaboradores, pero en ningún caso responsable o implicada en daños fundamentales para el país. El propio interesado hubiera suscrito el texto con placer.

Sorprendentemente, el contenido sobre España del Economist del 14 de enero del 95, en análisis elaborado esta vez por la redacción de la revista, variaba sustancialmente: la situación del presidente español empeora y se encona; es el principio del fin, y, lo que es más grave, esto marca un proceso de creciente desconfianza de los españoles en sus instituciones democráticas y debilita la solvencia internacional de la nación. Es una rareza tal cambio de opinión en tan pocos días tratándose de previsiones a un año vista. Afloran también-aflorarán siempre, por mucha cal viva que se haya empleado en enterrarlas-las manos de dos terroristas con la uñas arrancadas, y los veintisiete crímenes de un grupo paramilitar que organiza su propia guerra contra los que ametrallan y vuelven al cercano hogar francés con la tranquilidad de quien finaliza su horario laboral. Ocurre que la imagen fabricada para la coyuntura de los ochenta tiene fecha de caducidad, el espejismo comienza a disolverse. De repente va apareciendo la profundidad del endeudamiento español, la insostenible carga de las diecisiete autonomías con aspiraciones de virreinato subvencionado, el desguace de las instituciones y el arañado fondo de la marmita de las reservas. Ningún dato, sin embargo, era en el 95 nuevo: hacía años que los gráficos mostraban a la peseta como la menos fiable de las monedas del sistema monetario europeo, los escándalos y corrupciones no habían comenzado ayer, las incongruencias entre fastos y realidades tampoco.

Había una explicación suplementaria: A la gran mayoría del 82 había sucedido el día de gloria, la entrada de España en la CEE en 1986, y la posterior incorporación a la Unión Europea en el 93 con el Tratado de Maastricht. Europa no había sido raptada; accedió a subirse a la grupa del toro ibérico a cambio de una dote cuyos pagos distaban de estar claros. Se observaba una sorprendente coincidencia entre el oportuno apoyo alemán y norteamericano, la propuesta de nuevo Secretario de la OTAN, las consecuencias electorales internas de su nombramiento y las loas por parte de publicaciones extranjeras (“Después de Felipe González”-The Economist-18-11-95; o el fervoroso y caudillista “Olé, Felipe!”-editorial de Le Monde-20-12-95). Era inquietante el exceso de incienso al Presidente español, la atribución a su persona de todo el mérito de la transición democrática, la amnesia respecto a la verdad histórica y al período 1975-1982, la identificación del líder con la modernización del país. Lo habitual entre dirigentes de la CEE era regateos, discusiones, áspera negociación, reservas. El benevolente acriticismo respecto al Gobierno hablaba de acuerdos desventajosos, de futuros compromisos nada claros, de subvenciones que eran pan para hoy y hambre para mañana, de pérdida de competitividad. No era extraño que a muchos países se les hiciera cuesta arriba la idea de perder a tan comprensivos negociadores. La foto europea había tenido un precio.

Por esas fechas se reajustaban los frentes Este y Sur de Europa y se calculaban los costes de la pacificación balcánica. España aspiraba a la vez a la virginidad y al próspero matrimonio; se jugaba de nuevo, cara a la galería, a la duplicidad entre los buenos deseos y el coste inapelable de las realidades. Excepto si se aceptaba en Centroeuropa y otros escenarios futuros la vuelta a la tribu y la regresión a prácticas bárbaras y a un feudalismo autárquico medieval, la defensa de sistemas democráticos, derechos y libertades conllevaba y conllevaría, mientras durase la desigual pubertad que había sido llamada por la ciencia-ficción el final de la infancia, el empleo de la fuerza, el pago en impuestos y en cadáveres. La distinción entre integración o no a la estructura militar de la OTAN era puro sofisma, pertenecía a la visión bucólica de cuerpos de intervención que eran un cruce entre destacamentos de choque y hermanitas de la caridad, que camuflaba los imperativos de la violencia tras la asistencia civil. En la práctica, podía resumirse a la utilización del territorio sin que Madrid formase parte de los centros de decisión. Si España había ingresado en la organización, tendría que hacerlo con todas las consecuencias y sin la posibilidad de elegir intervenciones a la carta. Podía optar por retirarse, pero siempre y cuando se estuviera dispuesto a pagar el precio que ello suponía. El nombramiento de un Secretario español consagraba la adhesión explícita y un principio de realidad aceptado hacía tiempo por buena parte del electorado, al que la pertenencia de España a la OTAN había evitado quizás, por cierto, la posibilidad de triunfo de un 23-F.

Puestos a escoger, dejar el campo al gran policía americano tenía las ventajas de quejarse de un enemigo único, mientras que pagarse en soldados y dinero el hacer de policía uno mismo resultaba complejo, oneroso y desagradable. Era grato a la opinión parar los pies a genocidas sin derramar una gota de sangre, utilizar el mejor armamento y pasar la factura al Washington que se tachaba de gendarme mundial. Se continuaba, sin embargo, jugando a la dualidad entre las invocaciones y los hechos. No existían muchas opciones: o había valores-y además, pero no de manera forzosamente simultánea, intereses-que se consideraban universales y que valía la pena defender, o se aceptaban los tiranos, la regresión y la jungla bajo la hoja de parra del pluralismo cultural y se apartaba la vista de casos como las mujeres de Afganistán, cuya situación era infinitamente peor que la del último negro del apartheid. Iberia, desde luego, no era en este terreno la única; el siglo se acercaba a su final arrastrando el lastre de viejos complejos ante los nacionalismos y ante un pacifismo irracional que era la bendición de invasores y amantes de limpiezas étnicas. No faltaban el recurso al antimilitarismo indiscriminado y la pretensión de sacar ventaja de la presencia en organismos internacionales y en el próspero bloque occidental pero sin las servidumbres que ello conllevaba en gastos y peligros. Los pacifistas solían olvidar que Gandhi hubiera durado poquísimo si sus protestas y ayunos, en vez de en la India británica, hubiesen tenido lugar frente al palacio de Sadam Husein; tampoco reparaban en que sólo la decisiva intervención de Estados Unidos, y no las amonestaciones de la tibia Europa, habían obligado a la ex Yugoslavia a firmar la paz.

Sobre las mesas con manteles de hule se pasan tazas de orujo, vasos de vino. Gente de partidos imposibles brinda en Madrid. El local, denso de humo y de vapor de guiso, está en la calle estrecha donde vivió, hace tres siglos, un famoso escritor. Todos se han legalizado y el público corea, sin excepción, vivas y proclamas. Es inimaginable, junto a ellos, un grupo de derechas con pancartas de Dios, Patria, Rey y no al aborto. Isa sorbe su cuenco. El país es feliz; lo ignora pero posee ese goce de vivir que disculpa la irreflexión y el olvido, que impide la fría cólera y la máquina eficaz de los archipiélagos. Como en los individuos, quizás también aquí la felicidad es incompatible con la Historia.

 

Añoranza de Camboya

No siempre puede materializarse el discurso en sus inevitables consecuencias. A veces ni siquiera se desea. Es dudoso que Platón hubiera pretendido pasar más de unas ocasionales vacaciones en la República que proyectaba. En no pocas utopías, incluido el Paraíso católico, el agente letal del genocidio hubiese sido el tedio. Pero los utensilios verbales del proyecto ofrecen múltiples aplicaciones que sólo deben ser explicadas ante el Mañana, Dios y la Historia. Como esos plazos de presentación de beneficios son largos, los intereses suelen revertir en los instaladores de la maqueta.

Con la cercanía del siglo XXI, podía aspirarse al final de la censura, a la reducción a sus justos términos de la terminología e iconos exhibidos en décadas de manipulación provechosa. Pero el método izquierda-derecha era en España excesivamente rentable para permitir el abandono porque estableció, nutrió y mantuvo a una clase amplia que marcó los canales de comunicación al resto de la población y construyó para sí un reducto blindado en Educación, Cultura y en la maquinaria estatal. No a todo el mundo le gusta construir Camboyas pero, si le gusta y se beneficia, cada uno construye la Camboya que puede.

Isa había vuelto del síndrome de Estocolmo por vía lenta. Aun así resultaba una velocidad de vértigo vista la red ferroviaria. El contacto directo con las diversas formas del archipiélago y las inmersiones sin paliativos ni intermediarios en la crudeza de las realidades le habían proporcionado, sin embargo, una provisión de anticuerpos quizás en exceso generosa. En cualquier caso irremediable. No cabía autoengaño ni aceptación de engaño; ni siquiera la suave componenda con ese mundo dual que se teje con palabras y tópicos lejanos a los hechos. Por  imperativos de ganarse la vida y preservar el oro de su tiempo, se encontró instalada en un reducto que, casualmente, dio en ser escenario, en la medida de sus posibilidades y formato, de una representación esperpéntica de las ya familiares técnicas de destrucción de la cultura y purga de intelectuales. El partido en el gobierno precisaba, a mediados de los ochenta, de legitimaciones. Su presencia se basaba en ayuda y coyuntura, su justificación en la imagen social conjugada con la realidad, evidente e indiscutible para votantes y votados, de las ventajas del capitalismo y la economía de mercado. Eran ricos recientes, de peso intelectual escaso y perspectivas que se vertían por entero en la embriaguez del dominio que les daba su triunfo. Heredaban consignas en otros lugares de Europa ya periclitadas pero que en España podían serles útiles. Precisaban en primer lugar, aunque ni siquiera entre ellos mismos se lo plantearan en tan crudos términos, dar acomodo, premiar y garantizar las fidelidades de una clientela amplia, ofrecer igualitarismo testimonial en un estilo híbrido de Méjico y de los descamisados.

No se trataba de corrientes generales de pensamiento ni de la lógica inercia de tendencias de alcance mundial. Esto se aprovechó primero como argumento, luego como alegato y finalmente como excusa, pero substancialmente consistió en tomar una porción amplia del sistema educativo, en concreto el destinado a adolescentes hasta el umbral universitario, rebajarlo, diluirlo y asimilarlo a etapas inferiores, abrir así las puertas a la instalación en él de capas relativamente numerosas de gente de calificación académica breve que trabajaba en sectores primarios, manuales e infantiles, y ejercer al tiempo una opresión y degradación generalizadas contra los que ocupaban por especialización y méritos puestos que ahora, anulados derecho, saber y lógica, se ponían a libre disposición. Con ello se colocaba y promocionaba como profesores de filosofía y matemáticas a docentes de párvulos y especialistas en talleres de carpintería, y se enviaba a vigilar infantes y mantener encerrados a jóvenes sin la menor intención de dedicarse al estudio a licenciados que había obtenido sus puestos por carreras universitarias, especialización y concurso público. Lo que anteriormente eran en la Enseñanza dos sectores bien diferenciados, uno, de corte global, dedicado a niños y atendido por maestros y otro centrado en el conocimiento de materias importantes y precisas, que cubría en cuatro años la preparación juvenil y era terreno propio de profesorado idóneo para tal fin, pasaba a convertirse en una bolsa física e intelectualmente indiferenciada, llamada Enseñanza Secundaria, en la que los antiguos estudios se reducían a la mitad de cursos, las asignaturas de base desaparecían, se mezclaban o se minimizaban, mientras ocupaba su espacio una festiva imitación de juegos, sugerencias y pasatiempos. El éxito estaba garantizado por la abolición de exigencias, pruebas de paso, nivel de conocimientos, repetición de curso, aprobado por materias. Párvulos y adolescentes debían formar un continuum encapsulado en el recinto de una prolongada infancia en el que entraban y por el que discurrían sin más trabas que el paseo por un aparcamiento público y del que salían con el ticket sistemático que les correspondía según el tiempo transcurrido. Quedaban garantizadas la igualdad, la retirada, durante el día, de los adolescentes de las calles y la desaparición del fracaso escolar. Y, frente a los adultos escépticos, se exhibía además el servicio de una floración exuberante de burocracia adjunta, de pedagogos que sabían cómo saber, que enseñaban a los enseñantes, orientaban a los reticentes, aconsejaban por ley, convocaban por decreto, exigían encuestas, regurgitaban fotocopias, impartían cursillos, enviaban informes y reunían por imposición normativa, cumpliendo así el ferviente sueño de las familias postmodernas que consistía en distribuir generosas raciones de vigilancia filial y materna solicitud entre los servicios sociales del Estado.

Lo que se dio en llamar la Reforma Educativa, con un énfasis que superaba a los teólogos de Trento y con una defensa de la trama que veía en las posteriores propuestas de cambio una amenaza de fisura en el Titanic, constituyó, desde su gestación a mediados de los ochenta, hasta la Ley del 90 que organizaba toda la enseñanza española y durante su imposición posterior, una curiosa muestra de fraude y folklore maoísta, de nepotismo político y monopolio ideológico, de fortaleza logística y oficina de empleo. Se había presentado ornada, sobre todas las cosas, de las virtudes de democracia e igualdad, asimiladas a la extensión gratuita de la Enseñanza hasta los dieciséis años, y aderezada de una innumerable cohorte de gracias teologales y cardinales que garantizaban la atención personalizada a individuos, problemas, niveles y aptitudes. La castellana palabra mentira palidece y se esfuerza para estar a la altura del abismo que mediaba entre contenido y letra. Al crear aquella sucesión de tópicos, la cascada de utopías y clichés de obligada reverencia que hacían de la Ley un monumento al pensamiento mínimo, no se pretendía reflexión y colaboración menos todavía. Se trataba de crear una vistosa cortina de humo populista y de ofrecer a una clientela ávida de puestos y huérfana de títulos el reparto gratuito de lo que habían sido cátedras, jefaturas, agregaciones, clases de bachillerato y de curso de preparación para la universidad, Latín, Lengua, Literatura, Matemáticas, Historia, Ciencias Naturales, Física, Filosofía y Griego. De forma paralela, desde las alturas y los grandes cargos de despachos alfombrados hasta el mezquino agraciado con los restos del reparto y la moqueta polvorienta de los institutos, un sinnúmero de expertos pedagogos cobraban sueldos, recibían nombramientos de asesor, subsecretario y consejero, disponían, imponían, predicaban la sumisión a la Ley, vigilaban y amenazaban. Importaba al Gobierno autor de la Reforma y a sus dos sindicatos afines premiar a una clientela de base mientras se laminaba a los profesionales independientes que ocupaban niveles apetecibles y condiciones de trabajo de las que había que apropiarse por la vía rápida. Era indispensable asegurar no sólo votos, sino el control de la extensa parcela que, desde 1982, la clase que ejercía el poder consideraba como suya.

La neolengua funcionaba como eficaz blindaje que arropaba en progresista, izquierdas, democrático y sindical a grupos y conductas del más puro corte siciliano que no admitían competencia y eran tan feroces como ficticia su supuesta representatividad. Sus agentes eran los más próximos a la carne de cañón de que se nutrían, y defendían la Ley, los aumentos presupuestarios, los centros de formación de formadores y los expertos pedagógicos con el ardor de quien goza de la manumisión del aula, del sueldo íntegro y del cortejo de prebendas. Sus militantes paseaban los pendones verbales y las jaculatorias ideológicas que los hacían intocables; a ellos iban los fondos para cursillos, los puntos para promociones, el control de plantillas y asignaturas y los miles de millones que ellos se encargarían de canalizar distribuyendo café y ordenadores para todos. La palabra sindicato proporcionaba a UGT y CCOO la inmunidad completa, el temeroso respeto automático debido a los iconos del diálogo social. Mantenidos ambos a pensión completa por el erario estatal y liberados de servidumbres laborales, servían para dar al Gobierno una imagen de diálogo que era pura ficción porque ni representaban a los niveles superiores de la Enseñanza ni vivían de las cuotas de sus escasos afiliados reales. Formaban parte de la panoplia necesaria al decorado, tenían aún sentido en otros sectores y contextos, pero su pretensión era presentarse como dueños exclusivos del terreno, representantes de una gran masa indiferenciada y global. Por ello habían colaborado en la Ley de Enseñanza, la habían empedrado de clichés y jerga populista que sustituían al simple criterio intelectual de contenidos y al discurso racional, y por eso, en pro de una defensa cerrada de la privilegiada y en buena parte superflua clase que ellos mismos, como miembros de esos sindicatos, constituían, reaccionaban con extrema violencia ante cualquier cambio de la Reforma. Su ortodoxia era tanto más inflexible cuanto que la hueca muralla de tópicos era el bastión único que poseían.

Tanto en el caso de los dos sindicatos como en el del partido con el que formaban frente, la intransigencia correspondía al miedo a la desnudez del emperador, a la inconsistencia-eliminadas campañas de imagen, coacciones y manipulaciones- de su propia razón de ser. Se seguían las reglas del buen representante: asimilar la convicción en la bondad del producto. Pero la Ley de Educación de 1990 desafiaba, en su redacción, contenidos y desarrollo, a las más piadosas actitudes de conmiseración intelectual, tal era su insistente empeño en la generalización de la estulticia. Esto constituía, empero, un detalle ancilar y secundario. No se trataba del torpe fruto de nobles y confusos anhelos de justicia social, de un sendero jalonado de escollos y de errores pero encaminado al bien público e iluminado por el imprescindible resplandor de la utopía. Fue, desde su gestación, un fraude, consciente y concebido como tal, una prevaricación a la vasta escala en la que se elaboran y firman las leyes generales; representaba una oferta a la opinión pública tan amplia como falsa, un desvío de fondos de innumerables guarismos, la inmunidad de un cohecho perdurable de votos e influencias; y fue sobre todo una regresión de extraordinario calado que bloqueó toda posibilidad de una eficaz reforma democrática de la enseñanza estatal. La justificación ideológica se distribuyó sobre el edificio a posteriori. Para ello se echó mano del mítico, y siniestro, imperio de la pedagogía, de los ya por entonces fallidos experimentos británicos y de una mezcla de calcos lingüísticos anglosajones y de lindezas autóctonas de corte obrerista políticamente correcto que produjo una jerga de inanidad sorprendente. Paralela a las lagunas presupuestarias, pero con frecuentes transvases, corrían los jugosísimos ingresos de empresas editoriales afines al nuevo régimen, las cuales hallaron un filón perdurable en el revuelto de fichas, temas y épocas que caracterizaba a los lamentables libros de texto de la Reforma.

El partido en el gobierno exhibía como principal florón algo que era de imprescindible cumplimiento para cualquiera que hubiese accedido, en aquella época, al poder en España: la extensión de la escolarización obligatoria y gratuita hasta los dieciséis años. Sentada esta premisa, y ofrecidos innumerables servicios que cubrían, de la guardería al preservativo, todas las posibilidades de unos jóvenes cómodamente aparcados hasta los dieciocho años, nunca se pormenorizaron presupuestos. No había financiación, ni se pretendía colocar a personal especializado en gabinetes de psicología, centros politécnicos, vigilancia, cuidados especiales, asesoría psicosocial, orientación laboral, guardianes de párvulos, maestros de primaria, profesores de las distintas asignaturas de media. Tras los apartados, normas y premisas que llenaban las páginas del Boletín Oficial del Estado no existían sino cheques sin fondos, empresas ficticias, dividendos que revertían en los bolsillos de la extensa clase en el poder, de sus allegados y de la vasta orla que se consideraba fiel al clan. La realidad consistía en la transformación de los institutos en cajas mezcla de secundaria rebajada y escuela primaria en la que los antiguos profesores, titulares de especialidades, agregadurías y cátedras que habían obtenido por oposición, fuesen dedicados a cualquier tarea, de docencia o vigilancia con cualquiera, ya fuesen niños de la edad más tierna, elementos conflictivos y violentos que imponían al resto su ley o discapacitados para los que se consideraba que introducirlos sin mayor preparación ni gasto en un aula era un logro social. Naturalmente esto incluía la declarada guerra a la especialización y adquisición de conocimientos y tuvo como consecuencia, amén de una injusticia flagrante que a nadie importaba sino a los interesados, un descenso brutal en el nivel de los alumnos, cuyo desarrollo intelectual quedaba congelado, contra natura, en un estado de infancia permanente. El antiguo profesorado de Enseñanza Media debía impartir temas sin relación alguna con su formación y título y era carne de cañón sumisa y disponible para el nutrido comisariado de pedagogos de la Reforma. El absurdo era imprescindible porque sólo su confusa arbitrariedad permitía poner a disposición de la nueva especie rapaz huecos, cargos y puestos.

La censura lingüística se hizo feroz y la tímida afirmación de que la novedad fuera nociva, de que hubieran existido mejores sistemas, imposible. El franquismo acudía en socorro del Gobierno con su papel irreemplazable de enemigo que legitimaba cuanto le fuera ajeno. Cualquier alusión a la propia categoría académica, a los diplomas laboriosamente obtenidos y a la pretensión de mantener, en virtud de esto, las merecidas condiciones de trabajo, atribuciones y puestos era considerada reaccionaria muestra de elitismo. Catedráticos y agregados, jefes de seminario y profesores de Bachillerato, no sólo dejaban de existir por decreto sino que sólo podían referirse a sí mismos como indiferenciados miembros de una comunidad. Cualquier alusión a méritos comprobables, categorías obvias, conocimientos indiscutibles, tangibles diferencias y derechos sólida y racionalmente asentados era un atentado contra la democracia, identificada por virtud de una espuria maniobra lingüística con una igualdad de tabla rasa y mínimo común denominador que se materializaba para profesores y alumnos en la dictadura de los peores.

El componente miedo se extendía justamente donde debiera haber empezado la zona de la libertad, y lo hacía de una forma difusa y omnipresente, porque de la red de los nuevos clérigos culturales, de los supuestos representantes, portavoces, predicadores de cursillos y mandarines de nombramiento instantáneo dependían todas las pequeñas ventajas que podían marcar de forma decisiva las condiciones del trabajo cotidiano. A ellos se debía sumisión, asentimiento y el medroso silencio con el que se acogía, con las órdenes, la certidumbre de que cada curso era peor que el anterior e iba a ser mejor que el siguiente. Los muros se estrechaban como en las casas de Boris Vian, se cubrían de aditamentos de guardería, se multiplicaban los jueces: consejos escolares en los que gente ajena a la profesión y amante del club social exigía y mandaba, alumnos investidos de todos los derechos y sin más deber que la permanencia en el interior del centro, floración de comunidades, células, representantes y asambleas, confusión que permitía a los de base hacer rápidas carreras sobre el espinazo de aquéllos que, por decreto, se había desplazado o hecho desaparecer, horarios de los que se exigía maximalismo y agotamiento mientras se amagaba con la reducción de los espacios de libertad que constituían la única contrapartida al diluvio de amenazas y exigencias. Jamás había asomo de protesta alguna. Imperaba el ambiente catequístico, la anulación de autonomía, responsabilidad, valor intelectual, creatividad. Cada degradación era aceptada con una actitud genuflexa que hubiera resultado insólita en tiempos de la dictadura. Las trabas franquistas tenían algo de burdo e inocente en comparación con el viscoso temor que, sin sobresaltos, sin comentario alguno, se había extendido como un líquido y se componía de pequeños repartos de prebendas mínimas, despojos de escasa cuantía, chantaje cómplice, fidelidad tribal, fatalidad asumida y la evidencia de la extraordinaria estupidez de ley, normativa y jerga oficial.

La Ley del 90 era una gran probeta con la que el partido socialista en el gobierno podía permitirse lujos imposibles en otros terrenos, disfrutar con el mecano de la comuna soñada en sus años jóvenes, la revolución sin revoluciones, el comunismo intramuros, la distribución automática de igualitarismo social. Era un híbrido de maoísmo revenido y exaltación del Sistema de Bienestar. Por ello no había subsecretario, consejero, jerarca o aspirante a la Presidencia que no ofreciese a la sociedad, por medio de lo que habían sido lugares de estudio de calidad nada despreciable, guarderías a tiempo completo, salas de juegos presididas por animadores sociales y sucedáneos parentales e institutos con vocación farmacéutica y puertas abiertas vacaciones, noches y fines de semana. Había un placer añadido en asignar cualquier tipo de tareas a aquellos intelectuales sin brillo mediático, en disponer de aquella tropa de profesionales sin defensa que se habían pretendido élite, que hablaban todavía de cátedras, diplomas, oposiciones y doctorados como si no se hallaran en la gloriosa época de la igualdad y aún se considerasen superiores a los trabajadores rasos. Toda ocasión era buena para recordarles que ahora eran piezas idénticas en la misma bolsa y que él, desde el despacho, deslumbraría a la afición exigiendo al profesorado la presencia continua en aparcamientos juveniles de indudable interés social.

Evidentemente el Partido en el poder nunca hubiera podido permitirse el experimento con ingenieros, aeronautas o cirujanos; hubiese sido difícilmente explicable al pasaje la permutabilidad de piloto y azafata, al enfermo la operación decidida según criterio del consejo de personal, a las víctimas del hundimiento del puente los valores igualitarios que habían presidido su diseño. La Enseñanza era la gaseosa para innovadores hallazgos que, por sólo romper con lo anterior, adquirían carta de excelencia. Y el único terreno de pruebas sin riesgo visible, a corto plazo, de víctimas. A largo, el hormigón había fraguado lo suficiente como para ocupar de manera estable cada resquicio y entendía como molde la igualdad de Procusto, que se aplicaba desde a aptitudes y méritos hasta al desarrollo biológico, desde a la eliminación de tarimas hasta a la homologación y fusión de edificios de colegios infantiles e institutos, desde a la elección uniforme de literatura pueril hasta a la omisión de las diferencias individuales obvias.

La década de la mitad de los ochenta hasta la de los noventa fue prodigiosa en la acumulación de delitos económicos que corrieron a cargo del PSOE, entonces en el Gobierno, pero de los miles de millones desviados con los fastos del 92, las interesadas expropiaciones, los fondos embolsados a beneficio de inventario y el ruinoso reparto de las arcas públicas ninguno tuvo la gravedad del fraude de la Logse. Los demás fueron delitos puntuales, técnicas más o menos burdas de enriquecimiento de corto alcance, provechosos blindajes contra la previsible salida del poder. La Ley del 90 imposibilitó la reforma educativa democrática, vendió a las capas sociales que dependían más de la enseñanza gratuita pública y, al destruir el que era un nada desdeñable nivel de calidad, segregó a los centros estatales reduciéndolos a contenedores de aquéllos que no podían acceder a los de pago. Las ambiciones oficiales iban más allá de la financiación nunca fijada y gastada de antemano en otros fines, no se limitaban a la oferta engañosa con la que se distraía al público de la corrupción que empapaba al régimen: El sector cultural y educativo era un pilar de poder y una inversión que de ninguna manera debía abandonarse, que los destinados a sucederles en el gobierno no podrían permitirse, por muchos diputados que tuviesen, tocar. La alternancia en el oficio político pedía el respeto mutuo de cotos y parcelas, la distribución de ubres y la clonación de entidades. Cuando el Partido Popular ganó, sucesivamente, dos elecciones, bordeó con consideración exquisita los feudos de su antecesor, mantuvo los puestos y nóminas que pedían el buen gusto y la reciprocidad futurible y, sabedor de que la revocación y sustitución de una ley tan empapada en populismo e intereses no ofrecía votos sino enfrentamientos y disgustos, eligió mantener un marco legal al que adornaría con alguna hoja de parra como refuerzos de humanidades y consejos píos. Sus mandarines locales recurrieron al populismo de saldo y al estajanovismo de portada con la misma alegría que lo habían hecho los precedentes. La oferta de depósitos en consigna hasta los dieciocho o veintitantos años sirvió de nuevo para cubrir pasados dudosos, ambiciones futuras y pretensiones presentes de Godoy provincial. El nuevo Gobierno se comportó con la más ejemplar cobardía: compró el satisfecho asentimiento del clero pedagógico y sindical, confirmó sus prerrogativas, aplaudió su protagonismo y les otorgó el control de certificados y nombramientos. Aquella opción política supuestamente liberal se encargó de laminar lo que quedaba de independencia, calidad según niveles y diplomas, espacios de libertad y ventajas ganadas por méritos propios, y vendió al profesorado a las familias deseosas de disponer de un suplemento gratuito de guardianes. Nadie ignoraba la interesada confusión que había presidido en los ochenta la elaboración de la Ley, pero, en vez de derogarla y sustituirla, el Partido Popular optó por desviar la mirada, sacudirse el polvo del lento hundimiento de lo que había sido Enseñanza Media, avalar con el silencio la estulticia y la injusticia y comprar al clan del gobierno precedente y a los dos supuestos interlocutores sociales con larguezas presupuestarias destinadas a alimentar de por vida a los causantes del desastre, fomentar monopolios y apariencias y completar una ruina que ya era de por sí difícilmente superable.

La situación no está a la altura de la Revolución Cultural; han faltado medios que nunca llegarán y que no se querría que llegaran. Está lejos de los experimentos totales, cuando los países de partido único tenían a su disposición a cada una de las personas, bienes, edificios, páginas que comprendían sus fronteras. Hay que conformarse con el casposo perímetro de taifas burocráticas, con el generalato de ministerios y con las armas de circulares, expedientes y fotocopias; pero no es poco si se firman los decretos, se dictan órdenes, se considera la distancia que media entre el ajado recluso y la cara del triunfador ante el espejo, si se contempla el panorama desde la otra orilla, desde el confortable sillón del nuevo sueldo, el hijo que estudia en la enseñanza privada, el activo intercambio de favores y el sabor de la ropa y los amigos de marca. Son purgas benignas (No sé de qué se quejan. Qué exageración, por Dios, Camboya). Es gente de poco, que ni siquiera dispondrá nunca de los diez minutos de audiencia en televisión. Simplemente los arrinconan, se van los que pueden, sobrevive el resto, intenta acostumbrarse y traga la piel viscosa del sapo, se humilla (Hay peor. No tiene importancia), piensa en la ventana abierta de la vejez. El tiempo transcurre y trabaja a favor de la cúspide, de la simple razón del último cambio y el argumento de autoridad de lo más moderno. Y lo que se lleva es este adolescente aparcado en clase, en el mejor de los casos como un bulto que ni insulta ni grita para buscarse diversión, en el peor como el virrey de la nueva e inevitable dictadura, que pasa sin conocimiento alguno de curso en curso, y aprende, como única materia, la inutilidad del esfuerzo y la lógica del gratis total. Él no lo sabe, pero es una avanzadilla de algo, figura como pendón del Partido que lo creara y que lo multiplica. Al régimen no le faltan los apoyos de los que el mínimo común denominador y la fuerza jamás carecen, esa base de colaboradores con la blandura y calidez del lodo, tan gratos a un público que aspira a disponer de padres suplementarios, al individuo que considera un insulto cualquier rasgo de superioridad ajena, al los que esperan alojarse en los huecos vacíos por desahucio.

La Reforma Educativa de los ochenta-noventa tiene, sin embargo, algunas ventajas: ha ofrecido a la Historia un cumplido ejemplo de esos reductos que gustan de fabricarse, a coste ajeno y con la extensión que su cuota de poder les permite, los amigos de los archipiélagos.

 

La máquina de infantilizar

El sistema público de Enseñanza para los adolescentes es el reducto de la irracionalidad. La aparente paradoja se explica sin esfuerzo: La contradicción entre la presumible seriedad de los contenidos y el manejo de lo irracional se encuentra en la manera de abordar el tema como objeto sea de proyecciones, sea de manipulaciones, en el primer caso inconscientes, en el segundo mucho menos. La Enseñanza actúa como Segundo Sexo, es en cierta forma el Otro social. En ella, sucedáneo de los padres pero sin beneficiar de la ambigua carga afectiva ligada a éstos, vierte el individuo el resquemor por carencias, inadaptaciones y fracasos. A ella recurre la familia como guardián y educador vicario a cuya esfera ansía transferir responsabilidades que en realidad corresponden al hogar. Sobre ella descarga la sociedad, sin mayor análisis, sus deseos de mejora colectiva y su protesta por problemas generalizados.

El poder, por su parte, hace uso de ella cuando precisa ofrecer una imagen ficticia de cambio a barato o nulo coste, y muy en especial en coyunturas económicas escasamente gratas. Frente a medidas impopulares, al Ministerio de Educación suele caberle el recitado de un prometedor libreto de voluntarismos gratuitos que muy poco tiene que ver con el acceso a la cultura.

Embarcados en la facilidad de los planteamientos duales, se ha dado en dividir el concepto de Enseñanza en dos bandos antagónicos: Los partidarios de la transmisión de conocimientos han vestido la camiseta de conservadores y, por ende, reaccionarios, elitistas y gremiales. En el campo opuesto se sitúan los defensores de una actividad definida por la simple fuerza del verbo como global, creativa, progresista en suma. Nadie, durante largos años de imposición, hubiera osado negar su apoyo a estos últimos y prometedores adjetivos. Henos pues instalados en pleno reino del discurso irracional. Con tan sencillos elementos el poder puede pagarse, sin desembolsar un céntimo del erario público, cuantas reformas, renovaciones, e incluso revoluciones educativas precise ofrecer a una opinión pública en otros planos muy descontenta por degradaciones en su nivel de vida y en sus propias posibilidades cotidianas.

En los ochenta, mientras que en el resto de Europa se observaba una prudente reconsideración de la importancia de los conocimientos en sí, tras haber constatado que el activismo pedagógico sin más giraba en el vacío y que el descenso de nivel cultural ni se compensaba con voluntarismo ni solucionaba el paro, en España se defendió como genialmente innovador lo que otros ya se habían visto obligados a desandar. Con el agravante de que en este país se presentaba como progresista lo que, en realidad, era profundamente antidemocrático. No había en ello ingenuidad bienintencionada ni comprensibles errores. Era una maniobra de distracción, un fraude consciente y una ocupación en toda regla de la Administración del Estado por parte del PSOE, partido por entonces en el poder, y de clientelas sindicales y políticas mayormente de básica que se apuntaron a una escalada del escalafón gratuita y fulgurante. Los Presupuestos Generales fueron un exponente inequívoco de cuál era en realidad la estrategia educativa gubernamental; en ellos se advertía-caso insólito en una nación del área occidental-un descenso en las partidas del Ministerio de Educación (y, en general, en los servicios públicos) y, dentro ya de esas cantidades, una ausencia de fondos destinados a la Reforma Educativa supuestamente primordial y viento en popa.

El recurso a la demagogia de la facilidad servía para desviar la atención de carencias reales. No fue casual si se emplearon hasta la saciedad términos sumamente atractivos-despertar la creatividad, expresión libre, adecuación a la sociedad moderna-pero carentes de concreción, faltos de rigor y que convienen más al jardín de infancia que al adolescente en el umbral de la madurez cuyo desarrollo pide ya manjares conceptuales más serios. La sociedad se siente halagada por la perspectiva de un diploma de estudios medios obtenido sin esfuerzo y sin conflicto; su accesibilidad por el bajísimo común denominador de los contenidos se confunde con progresismo. El proceso trabaja, sin embargo, en sentido contrario, en el de ahondar desde la temprana juventud las diferencias sociales: El alumno de familia modesta, de extracción sociocultural humilde, no dispone sino, estrictamente, de los conocimientos que puede adquirir en el instituto y de los medios que le ofrezca éste. Siendo, como es, mentalmente laborioso, lento, exigente y complejo el proceso mental que, tras aprendizajes, adquisiciones, conceptualizaciones y abstracciones, permite el salto hasta la creatividad y la argumentación científica, el adolescente se estancará con frecuencia en la manipulación sin que ésta le facilite por sí sola el paso cualitativo a niveles superiores. Por el contrario, el alumno de clase acomodada completará y perfeccionará sin problemas su formación, fuera del centro, con la biblioteca, los discos, la conversación misma y el nivel lingüístico de sus padres, las salidas, los cursillos y los viajes. Y, como la observación demuestra, se alzará sin esfuerzo hasta la abstracción y creación tomando impulso en la capa formativa de que el primero carece.

Mientras no se ofrezcan muy concretas y bien canalizadas inversiones, se dé a cada ciclo y edad el tratamiento y rigor adecuado y se respeten estrictamente las especializaciones del profesorado según niveles, titulación y asignaturas, al tiempo que se proporciona personal auxiliar idóneo para vigilancia, atención psicopedagógica, orientación y tareas de animación social, la palabra reforma no tiene más sentido que el provecho que proporciona a sus autores y adláteres, en los que se agrupa el ávido y temible clero de predicadores pedagógicos. Cuanto represente una reducción en la cantidad y en la calidad de los conocimientos dispensados por la Enseñanza Pública es, bajo los ropajes del populismo y la retórica, una manipulación antidemocrática que se sustenta con los recursos más manidos de la facilidad intelectual, y significa la construcción de una gran máquina puerilizadora de los adolescentes que acabará, como es actualmente el caso, lanzándolos a una sociedad profundamente selectiva en la que estarán, laboral y humanamente, indefensos.

 

 

Techo de posibilidades y techo de aspiraciones

Los profesores, que eran por entonces todavía de Enseñanza Media y, en virtud de supuestas globalizaciones igualitarias, pasaron a ser confusa masa multiuso, se han movido bajo un techo de posibilidades mínimo. Corren a cargo del azar o del juego de las influencias y de las relaciones sociales los albures de un cambio sustancial, de una progresión apreciable, pero, en el orden general de las cosas, se encuentran tempranamente encasillados en un estrechísimo y repetitivo marco. En él le recluirá durante el resto de su vida activa el sistema de compartimentos estancos del tejido cultural español, segmentado en celosos cotos de forma que el paso a la universidad, a otros organismos, a la investigación, a la estancia en el extranjero, al año sabático, no pasan por lo normal de ser sueños producto de la claustrofobia. Los cambios se realizarán exclusivamente en horizontal, logrando, con el paso de los años, ubicaciones más favorables en el tablero geográfico de los traslados. Hasta esta última posibilidad se ha minimizado con el fraccionamiento endocéntrico de las autonomías, la falta de plazas y el defensivo apego al conocido mal menor.

Existe una razonable proporción que se acomoda a la estratificación de sus perspectivas y las desarrolla con pulcritud y con un margen de honesta complacencia. Pero el necesario efecto ortopédico del techo de posibilidades, de su física exigüidad profesional, es con frecuencia un choque y un rechazo, una frustración de las energías y un encauzamiento de éstas hacia satisfacciones sustitutorias. El techo al podía aspirar un profesor de Enseñanza Media estaba tan bajo, es actualmente tan arbitrario, asfixiante y mínimo, que cualquier parcela de realización personal, el mínimo retazo de prestigio en esa microunidad que es un centro de enseñanza y esas microcortes que son su claustro, puede resultar apetecible y ser disputada con una acritud que la ausencia o irrelevancia de incentivos salariales hace casi incomprensible. El premio es mínimo, pero también el máximo a que puede aspirarse en ese contexto. Era de esto ilustración el ejemplo ofrecido por la estancia, a mediados de los ochenta, en un centro piloto. Las porciones de poder eran allí indudablemente más grandes que cuanto se maneja en un instituto normal, incluían-de facto si no de iure-la admisión y la expulsión de miembros, la modelación flexible de los programas, la perpetuación de un núcleo en sus cargos; e indudablemente todo ello ofrecía atractivos lo bastante fuertes como para sacrificar a ellos la racionalidad, identificar las relaciones humanas con las relaciones políticas y a éstas con el bien común, y supeditar las evidencias a los compromisos. Empero todo ello no bastaba, por los simples caminos de la lógica, para comprender actitudes de una agresividad insólita en un medio sin intereses económicos en juego. Los había sociales y políticos: estos institutos se suponían viveros y probetas de la catástrofe que, en forma de la Ley de 1990, se avecinaba, hijos, pues, ideológicos del todopoderoso clan progresista, que agrupaba por entonces no sólo al gobierno sino a diez millones de votantes. Eran vanguardias de la Reforma en proceso de gestación e imposición, puesto que se obligó a incorporarse a ella por anticipado a numerosos centros, a los que se presentaba como voluntarios del experimento. Según los iba deglutiendo la Logse (Ley General de Ordenación del Sistema Educativo) y el paso de los años revelaba los lamentables resultados, se daba el fenómeno contrario: Nadie, en los institutos, quiere ser jefe de estudios, director, secretario, ni tutor siquiera, y poco importa el plus salarial ofrecido. Es un caso de terror y huida ante promoción y nombramiento que en cualquier empresa, hubiera resultado insólito A falta de voluntario alguno, son nombrados por simple imposición oficial, lo que, por sí solo, da la medida del fracaso.

El análisis administrativo que demuestre las carencias de ese estatuto híbrido y confuso que era el de los centros piloto importa poco. Sí interesa señalar que la violencia de las posiciones, de la madeja de intereses creados, rencillas y situaciones establecidas, no era fruto de la peculiar personalidad de individuos, ni correspondía finalmente a un plan de muy largo alcance. Con cualquier grupo docente al que se hubiera dado en régimen de práctica omnipotencia-y con claros vasallajes en la canalización del ingreso de nuevos miembros-las mínimas, pero comparativamente grandes parcelas de motivación, hubiera ocurrido exactamente lo mismo. Y en cualquier caso el grupo desplazado finalmente de su parcela por una tardía, torpe, quizás lógica, reacción de los organismos de los que el centro depende vivirá su situación como injusta y desarrollará en torno a ella un caudal de animosidad sin común proporción con la materia en juego.

Estas reacciones se dan con peculiar fuerza en centros experimentales. Con distinta virulencia, no son sin embargo extrañas a otros y pertenecen a la universal dinámica de la justificación y defensa de estructuras por sus beneficiarios de la que es buen ejemplo el largo reinado del clero pedagógico. En el primer caso, cristalizan socialmente en un complejo de falsa élite del que se hace partícipe al alumnado; el docente, por su parte, tiende a superponer a su personaje real uno artificial dotado de ejemplaridad y dedicación acartonadas y ampulosamente falsas.

 

 

Imagen de sí y realidad

El profesor se mueve, pues, en un medio singularmente angosto y de un techo de altura mínima. Realidad y Administración le recuerdan las dimensiones de su jaula y de su modesto pasar, pero simultáneamente sobre ese colectivo se proyecta e impone una imagen que oscila entre el sacerdocio y el criado pedagogo. Entra aquí el muy especial cariz de su conciencia de clase: económicamente, por fuerza de la nómina, se pertenece a una franja media con magras posibilidades de mejora y fuertemente proletarizada en sus coordenadas básicas si el núcleo familiar depende de ese único sueldo. La imagen que se recibe es otra y se encuentra a caballo entre el digno prototipo del maestro y el subalterno destino del preceptor. La volatilidad del mercado laboral ha venido a otorgar a los reducidos pero seguros haberes del docente público una categoría especial que, por una parte, los hace vagamente codiciables y, por lo tanto, mejora la raída y antigua imagen. Por otra parte excita al inagotable filón hispánico de la envidia y hace que la opinión les haga sentir la estabilidad de empleo y sus condiciones de trabajo como una culpable deuda social en cuyo complejo se deleitan los sectores intelectualmente débiles del profesorado. Materialmente, el status no da para altos vuelos. Formalmente, se pertenece a la élite cultural, pero a una élite que se circunscribía a los límites del Bachillerato y COU y pasó luego a diluirse en la bolsa mixta dominada  por rasgos de escuela elemental. El resultado es cierta dicotomía-que puede, según los casos, llegar a ser trágica-entre la imagen ideal y la cruda realidad. Los inexistentes horizontes profesionales, intelectuales, se reemplazan por unos horizontes ficticios de sublimación de la tarea cotidiana, o, al menos, de apariencia de sublimación cara a la galería social.

Esto puede alcanzar su apoteosis cuando conviene cubrir intereses o justificar actitudes. Se crea entonces la obligación de dar una imagen, retóricamente vana en su expresión aunque la salpiquen actos concretos de identificación del individuo con su papel, con el personaje del profesional modélico. Grupos pedagógicos, equipos encargados de predicar la buena nueva de la Logse, centros experimentales, elaboradores de cursillos, coincidían en la necesidad de justificar su ocupación de una parcela de poder con la exhibición de una creencia casi mística en las virtudes de la enseñanza, utilizando para ello tonos que tenían ciertamente la virtud de infundir una repugnancia perdurable hacia el tema en cualquier mediano conocedor de su oficio poco dotado para los esquemas retóricos y las apetencias de mando.

Ningún gobierno, ni en los ochenta, ni en los noventa, ni en los tímidos pasos del siglo XXI, ofreció caminos para la ampliación del techo de posibilidades, el PSOE porque practicaba, según la letra de la Ley, la globalización docente, que significaba arbitrariedad y raseros mínimos, el PP porque se aprovechó de la situación y optó por jornaleros de sueldo fijo y disponibilidad permanente. Unos y otros coincidían en la sola oferta de cursillos pedagógicos, que eran la forma de alimentar expertos, pedagogos y sindicatos y controlar promociones y plantillas. No hubo una voluntad de ventanas abiertas y apoyo al mérito y los individuos, de intercambios, becas, fomento de la adquisición de nuevas licenciaturas, permeabilidad, ruptura del hábito de la cooptación universitaria, disminución de las horas lectivas, año sabático, estancias en el extranjero, transparencia en las comisiones de servicio, fluidez en la investigación. Por el contrario, la Enseñanza Media fue precipitada a la olla común que era, con jirones de bachillerato, una Primaria, y se ajustó la tapadera de forma que, sin gastos extra, el Gobierno dispusiera, al meter el cazo, de porciones homogéneas de guardería.

En este espacio raquítico de pobres diablos, como definía un colega, se hacía notar la escisión entre la realidad y las pretensiones, maternales, paternales o apostólicas, de magnificar la labor. La alternativa intermedia, simplemente profesional, en la que la dedicación no se presentase unida a la necesidad de dar imagen sino como una sencilla opción individual brillaba por su ausencia, falta de un sustento social y administrativo que canalizara y ofreciese posibilidades de promoción. Mención aparte merece un peculiar sector sociológico que se ha popularmente denominado señoras de segundo sueldo. Significa que un sector apreciable de este gremio se compone de docentes-no exclusivamente del género femenino, aunque éste sea mayoría-cuyos cónyuges aportan la parte sustancial de los ingresos domésticos. La nómina profesoral es una ayuda y el ejercicio de la profesión tiende al poco conflictivo club social, el conformismo, las exigencias intelectuales y laborales mínimas y la visión del instituto como ampliación del cuarto de estar del domicilio cercano. Respecto al resto, pasada la conocida frontera de los cinco años de docencia, el profesor suele haber ya adquirido una conciencia clara de las limitaciones de su marco, su sistema nervioso ha sido convenientemente usado y deteriorado por clases multitudinarias a una frecuencia semanal tres veces superior al horario lectivo de un docente de universidad y la rutina se ha convertido en la tabla de salvación contra tensión y  fatiga. La adaptación llega al coste de una reclusión en la mecánica del oficio, o de una sublimación que a la larga o a la corta se revela ficticia, y un contemporizar con el vago fondo de inútiles apetencias y expectativas que en otras circunstancias no hubieran tenido por qué resultar desmesuradas.

La reciente demanda ciudadana de sucedáneo de guarderías para sus jóvenes es producto del desarrollo de la sociedad de bienestar, el apetito de ocio, la escasa presencia-y deseo de presencia-parental en los hogares y la creación, propia de los países ricos, de una capa de población en estado flotante entre el final de la niñez, la universidad de aluvión y las lejanas perspectivas de incorporación en el mundo laboral. De los centros de enseñanza no se pide cultura sino aparcamiento, que los gobiernos pretenden ofrecer a los votantes sin meterse en gastos, echando mano del mismo personal que en su momento contrataron para otros usos. Ello significa una aglutinación antinatura de los jóvenes en forzadas infancias, en reductos regidos por sistemas educativos que han borrado las nada caprichosas divisiones que, por biología y sentido común, habían separado niños y adolescentes, Elemental y Media, bachilleres y pupilos de primaria. Con la eliminación por decreto de los cuerpos profesionales de agregados y catedráticos y la fusión de alumnos en la llamada Secundaria, los diablos se hicieron mucho más pobres, más temerosos y completamente inermes ante los atropellos, que llovían directamente, sin necesidad de justificación ni excusa, de instancias ministeriales. Lo que había sido la capa de profesionales dedicada a los adolescentes perdió su carácter específico, su genuino quehacer intelectual, su valor y sus saberes, y pasó a ser sentida por la opinión como una etapa ancilar de la Enseñanza Superior, de la que la separaban espacios jerárquico-administrativos infranqueables, y, mientras tanto, como un aparcamiento de utilidad social.

 

 

Presencia y eficiencia

La conciencia ambigua respecto a este tipo de profesorado siempre gustó de fundarse en un equívoco entre presencia física, hora lectiva, calidad pedagógica y horarios laborales; equívoco cuidadosamente mantenido por la Administración, ora como zurriago cuando los tiempos piden chivos expiatorios y estajanovismos televisivos, ora como esponja de reivindicaciones. Lo que no sea la guardería de alumnos, cuanto más continua e invariable mejor, está prácticamente penalizado en lo que respecta al profesorado, de Enseñanza Media y luego, y cada vez más, Secundario, penalizaciones que van desde el curso en el extranjero pagado de su  propio bolsillo por el titular de idiomas hasta el año sabático penosamente autofinanciado y purgado con la bajada vertiginosa en el escalafón y la incertidumbre del regreso. Las licencias por estudios están sometidas a un visto bueno de la inspección muy semejante al antiguo certificado parroquial de buena conducta y brillan por su excepcionalidad y por la incógnita de su graciosa concesión.

La justificación oficial de la rareza de ese tipo de permisos ha sido su falta de rentabilidad y el insolidario comportamiento de los beneficiarios, que, tras disfrutar de la licencia, prefieren continuar en el extranjero y no regresan a volcar en su medio laboral de origen los frutos obtenidos. El argumento no puede menos de arrancar una sonrisa ácida. Mientras se ofrezca al individuo con inquietudes un horizonte cerrado en el que un permiso de estudios represente el irrepetible premio de una tómbola es ilusorio imaginar que va a volver de motu proprio a encarcelarse rápida y mansamente por el resto de sus días en las mismas coordenadas que sabe penalizarían muy seriamente un segundo intento. España exhibe, en estos terrenos, su vieja veta tercermundista, reacia a la movilidad y la pluralidad de ofertas y perspectivas. Bastaría con crear condiciones que valoren, o, al menos, no castiguen el desplazamiento y el cambio para que el cuadro se resolviera con un índice positivo de rentabilidad económica y cultural respecto a ambas partes. La infantilización propia de la Logse ha impulsado la corriente en sentido inverso; el prototipo es el maestro (mejor maestra: más servicial y sufridora) estable, como la pareja unida y los padres no divorciados, conviene el sucedáneo de mamá repetida de un curso a otro, e incomoda la percepción plural de los individuos, la constatación de sus diferencias y criterios, la comparación inevitable entre agudeza, envergadura y saber y la mansedumbre reiterativa del servicio doméstico escolar habitual.

La apertura requiere, aquí como en otros terrenos, un desembolso mucho más mental que monetario, una amplitud de criterios y un margen de audacia, pluralismo e imaginación que no ha estado jamás-excepto en los valientes intentos regeneracionistas y anteriores a la Guerra Civil-al alcance de la política estatal. Ya a lo largo de 1983 fue antológica la avalancha de ordenancismo despectivo con que se gratificó a los profesores de Enseñanza Media, haciéndoles, muy contra su voluntad, actuar de comparsas en un show doméstico estilo Gran Salto Adelante. Quien esto escribe anotaba por entonces:

Si mañana se anunciase que se incorpora a las obligaciones del profesorado de Bachillerato el establecimiento de turnos de noche a domicilio en que los padres saldrían tranquilos al cine mientras el profesor vela el sueño de sus hijos y supervisa sus deberes, la opinión pública ciertamente aplaudiría. Poco le falta a la hipérbole para dejar de serlo.

Y tan poco. El Ministerio ha festejado la entrada del milenio con una campaña de populismo particularmente deleznable en la que, de nuevo pero con amenazas concretadas con calendarios, se presenta ante la opinión a un profesorado, denigrado hasta la náusea y atropellado hasta el cansancio, con la coroza de vagos que precisan se alargue lo más posible el número de sus días lectivos. Evidentemente a los polvos de la Logse, que es de por sí un tratado de teoría y práctica de la demagogia, se han sumado las aspiraciones del experto educativo de turno-esta vez en la Comunidad de Madrid-de hacerse notar en el cargo y merecer los favores del virrey.

Porque uno de los rasgos del sector que nos ocupa es su indefensión, la timorata tibieza de sus quejas, la actitud pastueña con la que reciben espuela y alforjas, en parte quizás debida a las fallidas huelgas de los ochenta y a la traición sindical. Muchas son las profesiones cuyas exigencias no guardan relación directa con la presencia física medida cronométricamente. Es el caso del abogado y del médico, del docente de universidad y del artista. Pero el profesorado de instituto es un caso excepcional de vulnerabilidad y de conciencia confusa en lo que respecta al cumplimiento de sus funciones. Lo que en otras profesiones se considera lógico y exigido por la naturaleza de la actividad misma, en el profesor-cuyos horarios, vacaciones y días festivos se instalan permanentemente cara al público a través de los alumnos y sus familias-es rápida y desdeñosamente tachado de ociosidad y abuso (con la generosa y pródiga ayuda de los portavoces del Gobierno y el populismo mediático). Su rendimiento no se juzga sino en función de su presencia física, en la que se aprecia su papel de guardián del reducto juvenil, no los conocimientos que imparte. En el mejor de los casos, la opinión pública se compadece de su nivel salarial y le incluye en el trapicheo hispánico de los económicamente débiles, mientras el Gobierno condiciona la futurible mejora de sus nóminas a que abandone sus notorios hábitos de pereza.

A partir de la segunda mitad de los años ochenta y, sobre todo, tras la completa implantación de la Logse en la década posterior, la calidad de vida de aquéllos que ya podían ser obligados a enseñar cualquier materia, a cualquiera, a cualquier nivel y edad fue objeto de un proceso de degradación inmisericorde que no podía sino convertir a los que por titulación y oposición eran agregados y catedráticos en maestros de primaria y a los institutos en contenedores que servían de sala de espera de los doce a los dieciocho años. Finalmente, se coronó la oferta de guardería ofreciendo a unos padres encantados de la gratuita ampliación del servicio doméstico la permanente apertura de los centros. El frustrado candidato del partido socialista a la Presidencia en las últimas elecciones del siglo XX tuvo la escasa originalidad de ilustrar su mortecino programa con la promesa de institutos abiertos los fines de semana. El partido popular no quiso quedarse atrás: la campaña oficial de la Comunidad de Madrid en el 2001 para la eliminación de unas vacaciones que constituían la única ventaja y respiro del profesorado estatal dio la medida del desprecio que por ellos sentía y de lo que se podía esperar de la clase política fuera quien fuese.

 

 

El alumnado de la Administración

 La Administración mantiene conscientemente, pues, una atmósfera de culpabilización permisiva respecto a esos pupilos díscolos que son los profesores y la vende al mejor postor electoral. Existe una cuadrícula maximalista de horas lectivas, de intervalos que no bastan para satisfacer las necesidades fisiológicas; lo demás es para los representantes de la autoridad horarios laborales ficticios que encubren la repetición monótona, la desidia y el pluriempleo. De cuando en cuando, al vaivén de los cambios ministeriales, llega el temor en forma de amenaza de vigilancia, rigor y fichajes que en nada son relevantes para la actividad que cada profesor en su clase realiza. Los interesados capean como pueden el temporal, la superioridad ofrece a la opinión fáciles chivos expiatorios, el desdén hacia el profesor aumenta algunos grados; y así hasta el exorcismo burocrático siguiente.

Ocurre que, al tiempo que les niegan las motivaciones y compensaciones apropiadas, aquéllos de los que emanan las directivas dispensan a sus subordinados un trato propio de alumnos algo crecidos respecto a cuyo rendimiento la única prueba de actividad intelectual es el confinamiento en los compartidos espacios del instituto. Este tipo de infantilización extensa y simétrica a la del alumnado, junto con la ausencia de respeto profesional, tan común en el trato que se reserva al colectivo, ocupan el vacío de la asesoría y la eficacia, pero son para la burocracia irreemplazables porque de ellos extrae su sustento la extensa tribu de los expertos pedagógicos. El complicado e inútil edificio de organismos de formación, cursillos y asesorías se derrumbaría por la base en cuanto le faltaran las armas coactivas que el ministerio le proporciona, el filtro y monopolio con el que le han dotado. Y quedaría la escueta evidencia de que tanto el profesor que prefiere atenerse a una labor tradicional y bien delimitada como el que investiga son necesarios, pero ninguno de ambos tipos es de eficacia cuantificable por la presencia física, fuera de las horas lectivas y de ciertas dedicaciones. Y ni uno ni otro precisan, para hacer bien su labor, de expertos en cómo enseñar. Es de considerar la enorme diferencia entre lo exigido por las distintas materias: mientras que el profesor de Física o de Ciencias debe disponer de material experimental que se halla en un laboratorio y su tarea se presta especialmente al trabajo en equipo, en el caso del profesor de Letras su laboratorio se encuentra mayoritariamente en su cerebro, más allá de las paredes del centro, en las salas de conferencias, exposiciones, museos y bibliotecas, en el teatro y en la velada poética, en la soledad de la lectura en su domicilio y en el silencio del análisis literario. Esto lo lleva a cabo, no sólo al margen de su labor profesional, sino con un sentimiento de escapismo defensivo.

Interesa a la burocracia perpetuar esta especial atmósfera mezcla de culpabilidad vaga e indiferencia. La vulnerabilidad del profesorado de Enseñanza Media, y luego Secundaria, ha sido y es muy peculiar porque éste se halla continuamente en falta respecto a unos horarios y exigencias tan inútiles como teóricos y unas obligaciones que se intenta confusamente presentar como propias de su función y cuyo carácter totalizador él rechaza. Baste con recordar la abominable frase La enseñanza es un sacerdocio.

Se infiere que debe aparentarse, con mayor o menor autoconvicción, la vivencia vocacional y su corolario de identificación de la persona individual con su función en el más amplio uso del término dedicación exclusiva. Esto proporciona quizás una valiosa compensación psicológica frente a la sociedad y una defensa contra el medio. La mitificación ofrece una cuota de autoestima, pero el principio de realidad suele volver, tarde o temprano, por sus fueros. En un oficio que se había caracterizado por acoger a individuos que valoran más su libertad, su actividad personal y su autonomía que el horizonte financiero y el prestigio, la laminadora ha descendido a raseros de la más ramplona homogeneidad utilitaria. La gente a cuya independencia solía acompañar-y no por precisamente por azar-una evergadura intelectual más que notable se ha nombrado especie a extinguir en pro del modelo materno-filial de escuela primaria que extiende su archipiélago monocolor sobre enseñantes y enseñados

 

 

La línea de sombra

Isa no pretende deshojar los datos numéricos que dibujan, en sus gráficos, la incidencia de las enfermedades profesionales. Pero no se le olvida la expresión de Pepe el primer día de su vuelta. Pepe ha tenido, por segunda vez, una angina de pecho. Está en esa línea de edad-Omnes vulnerant. Última necat-que empieza a clarear con las bajas, todavía ninguna irremediable, ya premonitorias. Pero a Pepe aún le quedan lustros que gastar, proyectos, obras que a veces exhibe en galerías y son como puertas hacia el universo que, éste sí, es exclusivamente suyo e introduce en un campo desolado, en objetos de engañosa inocencia y ojos de juguetona perversidad. Pepe, que rebosaba energía y es hombre brusco y fuerte, de carcajada homérica, desde hace dos años se ha inclinado y callado, como la grieta en un muro, como la piel de un viejo árbol. Le han venido, en secuela, los males, de huesos, de tendones, de corazón. Comenzó a subir muy despacio las escaleras, a sorber café sin cafeína y a despotricar sin pasión. Tuvo un amago de infarto, luego otro. A la vuelta ha cogido a Isa del brazo, con la energía de otros tiempos, y le ha dicho lo que ella, que le observa, ya sabía, que todo arranca en un punto preciso, un insulto impune, en plena clase, a gritos, de un alumno como tantos que ya los profesores saben que hay que pasar por la humillación de soportar hagan lo que hagan, día a día, aprobarlos de año en año, hasta que, si hay suerte y sus padres no insisten en aparcarlos en el instituto todavía más, cumplidos los dieciocho, se vayan.

Nadie duda-pero nadie cita a la hora de echar en cara a los docentes sus ocios excesivos-de la usura física y psíquica que produce el mantener la atención de varias decenas de adolescentes durante horas. Los padecimientos mentales y nerviosos se clasifican como enfermedad profesional y el número de aquejados de depresiones, neurosis y trastornos de la conducta es, a partir de cierta edad, estremecedor. Parece que entre el cuarto y quinto año del ejercicio de la profesión se delimita fatalmente la frontera más allá de cuyo margen se extienden el cansancio, el descorazonamiento y las patologías. Consumida la capa de ilusiones, novedad y audacias, castradas las aspiraciones individuales por la lógica gerontocracia del escalafón, queda al descubierto la labor corrosiva de tres tensiones: la del aula en sí, la generada por las relaciones con su patrón, la Administración, y la tensión respecto a sí mismo, a las propias aspiraciones.

En el aula se halla frente a un numeroso grupo de personas que se encuentran en clase contra su voluntad y a las que el ambiente familiar y social no inculca la más mínima noción del esfuerzo, la deferencia y la gratificación no inmediata. El profesor representa la obligación aburrida y el resabio de un principio de autoridad caduco. Su clientela conoce bien la escasa valoración social de ese docente, compara sus ingresos con los de la mayor parte de sus padres e ironiza sobre ello, o exige de él servicios intelectuales mimetizando la actitud del patrón descontento que suele ser la que adopta ante el profesor la sociedad. Él no arranca ni la autoridad indiscutida y las compensaciones afectivas, lúdicas y maternales del parvulario ni el aprecio y la autonomía de que goza el profesor de universidad. La usura psíquica que padece es una enfermedad profesional vergonzante, invisible para aquéllos que, en absoluta ignorancia de las servidumbres del oficio, se complacen en culpabilizarla tachando de ocio cuanto no es presencia física ante sus hijos. El docente recibe así las consecuencias de un estado de ánimo azuzado por la Administración y los cazadores de votos, y queda totalmente inerme ante la opinión pública, el Estado-patrón y ante sí mismo.

La tensión frente al patrón-Estado está marcada por un antagonismo en el que el enseñante busca eludir las nunca favorables intervenciones burocráticas al tiempo que salvaguarda sus magras parcelas de bienestar. Cuando el Gobierno habla de innovaciones en la Educación, sorprendentemente el profesor (primer conocedor del problema, primer motor e inmediato implicado) parece ser considerado por las autoridades como ser de nula capacidad analítica y decisoria, ancilar y famélico, cuya no conflictividad se supone poder comprar con recortados aumentos salariales. La Administración no hace en esto, en verdad, sino satisfacer y justificar a sus propias clientelas internas y proyectar las deficiencias del mundo burocrático que le es propio sobre otro mundo radicalmente distinto, como es el de las aulas. Así, en lugar de favorecer el interés y la responsabilidad de ese colectivo con un trato respetuoso e inteligente de igual a igual, no sabe optar sino por posturas de ordenancismo, por llamadas a la burocratización dotadas de tanto autoritarismo como ignorancia y tras las que transparenta el proyecto ideal de una vasta oficina y una fábrica por horas y por pieza de expedición de diplomas.

La tensión respecto a sí mismo no requiere, después de lo ya dicho, mayores comentarios. El concepto vertical de los estamentos docentes desacredita a quien se ha quedado varado en el de Secundaria, y la ausencia de alternativas no permite a los que están satisfechos con su profesión discernir si se trata de placer auténtico o de necesidad hecha virtud. La enseñanza ha representado y representa, para muchos licenciados, la amarga razón práctica en que confluyen carreras y ambiciones muy diversas. Como en la Edad Media, este supuesto sacerdocio se hace obligatorio por el hambre y la falta de mayorazgo. La profesión, como tal, viene dada por la práctica. Existe el acceso a un sueldo mediante unas oposiciones y un diploma. Luego, si hay suerte, el hábito, con asaltos-cada vez más espaciados y débiles-de inquietud y necesidad de cambio. Las pretensiones de crear carrera docente, centro expedidor de diplomas de capacitación, formadores de formadores, no pasan de ser la organizada línea defensiva con la que gente de baja titulación, aun menor envergadura y especialización inexistente se ha tallado un lucrativo reino de taifas pedagógico amurallado de clichés progresistas, sustancioso e inamovible.

Gran parte de los profesionales que se ocupan de la cultura presentan las características citadas supra, pero raramente los márgenes de expectativa son tan mezquinos como en el profesor de instituto. El sociólogo Alberto Moncada describe el actual sistema educativo como un vasto aparcamiento juvenil de esos millares de adolescentes forzosos sin hueco en el mundo laboral. Una encuesta masiva entre el profesorado de institutos tendría serios riesgos de definir a la enseñanza como un no menos vasto, y además vitalicio, aparcamiento de frustrados.

La Logse ha logrado en esto maravillas, porque las condiciones de la Enseñanza Media eran paradisiacas comparadas con el reducto en el que la Ley del 90 ha convertido la Secundaria. La gozosa igualdad obliga al catedrático de Latín a dar clase de francés, y al de Física a vigilar párvulos en el eufemismo de estudio dirigido. No hay especializaciones, ni cuentan diplomas, oposiciones ni asignaturas. Los maestros han hecho, gracias al impulso de los dos sindicatos acorazados con la bula de progresistas, una carrera fulgurante que de repente los capacita para ocupar, en el barbecho de libre disposición del alumnado de doce a casi veinte años, el puesto docente de cualquier nivel. Arrebatándoselo, como es lógico, a los que lo poseían por capacitación y derecho. Del Bachillerato y el COU queda un resto testimonial y jibarizado. La idea misma de exigencia, o selección, es culpable, y los niños pasan suavemente, en estado semianalfabeto, al instituto desde la Primaria, y continúan pasando, con igual automatismo y suavidad, de curso a curso en virtud de la promoción obligatoria. Con menor fortuna, el que fue profesorado de Medias pasea las orejas de burro de su degradación innegable, se humilla, recibe diariamente de los alumnos más groseros y violentos su cuota de dictadura de los peores, compadece al oprimido resto de la clase al que se le arrebata la posibilidad de aprender ;y cuenta las horas, los minutos y los años que le separan de una salida del aula que ningún estudiante ansía tanto como él.

Mientras, con la lógica asamblearia de la basura televisiva, el Gobierno-poco importan las fechas, siempre es el mismo-le ofrece como víctima propiciatoria de una sociedad que lo que desearía es ver funcionar la guardería de adolescentes incómodos a ritmo de horas veinticuatro los doce meses del año.

 

 

Solidaridad y corporativismo

El Estado suele presentarse como el adversario y gendarme de su criatura, los trabajadores de la función pública, y como tal traduce los cambios políticos en exigencias formales. Procura, y más en el caso de un partido que se define como socialista, erigirse en adalid de la igualdad y entrar en combate contra el egoísmo y corporativismo en miras al bien común, pero no es capaz de filtrar el bebé antes de arrojar el agua de la bañera, olvida que creatividad y excelencia tienen la libertad como precio, y asimila el corporativismo a cualquier defensa legítima de las condiciones de trabajo de los distintos grupos profesionales. En numerosos casos, no lo hace por inocente idealismo, sino por librarse de la incomodidad que los derechos de otros representan, por el concepto patrimonial del Estado y por la tendencia de los partidos en el gobierno, y muy particularmente de los idearios socialistas, a invadir todas las esferas del poder civil. La extensión del atropello depende de las fuerzas en presencia y la capacidad de réplica del contrario. Poco tienen que temer los defendidos por el dinero, la popularidad o el prestigio. En el caso de Cultura y Educación su suerte está echada, porque no pueden sino claudicar ante el arma del Boletín Oficial del Estado.

El corporativismo es, para los amantes del laminado, simplemente el sector de los otros. Hay una lógica sana e inevitable en las solidaridades inmediatas y las posibilidades de autoorganización, y esto es defendible, sin necesidad de recurrir a baremos morales, porque genera núcleos laborales más eficaces, flexibles y cohesionados, capaces por sí mismos, y sin continua sumisión y referencia a la letra impresa, de cumplir sus funciones. La solidaridad gremial, las referencias humanamente asequibles, favorecen el enraízamiento profesional del individuo y su tranquilidad personal y abonan, cuando éstos son necesarios, el espíritu del trabajo en equipo y el intercambio docente. Por su independencia y dispersión, por su escasa capacidad de oposición y réplica, los profesores de lo que fue Enseñanza Media han sido un ejemplo de manual de ejercicio de prepotencia impune por parte del gobierno que, de un plumazo, como introducción a la Ley del 90, borró de la existencia oficial a Agregados y Catedráticos. Más allá incluso, la censura fue tan fuerte que el solo hecho de aludir a los Cuerpos desaparecidos, de nombrar sus títulos como tales, se consideraba reprobable muestra de elitismo y quién sabe si de inclinaciones ocultas, si no fascistas, al menos sí reaccionarias. Naturalmente la evidencia de que la pertenencia a esos Cuerpos profesionales era fruto de esfuerzo y mérito, de años de estudios universitarios, titulaciones y oposiciones abiertas al común de los ciudadanos, de que las condiciones de trabajo que conllevaban era base del trato firmado por el profesor estatal y en todo ajenas a las de los diplomados en las Escuelas Normales para ejercer en la Primaria, era eliminada por el nuevo régimen. Esto ha desvirtuado además el título de Maestro, que ya no es alguien de merecida categoría por su especialización y titulación en una franja de edad y aprendizaje concretos. Ahora es un intruso empujado por presiones políticas y sindicales, tras el desalojo de los profesionales idóneos, a dar clase a niveles que no son los suyos y de materias que desconoce porque no pertenecen a su título y oposición. La igualación artificial le ha promocionado tan artificialmente como a los alumnos que pasan por inercia de un curso a otro, y ha llevado al que era un buen docente de Primaria, con la dignidad e importancia que esto conlleva, a ser un mal profesor de etapas de Secundaria que no le corresponden. También él asume la censura y evita definirse como maestro por complejo de menor categoría.

Antes, durante y sobre todo a partir de esta maniobra, no ha cesado el ministerio de prodigarse en las técnicas de infantilización medrosa de sus súbditos. La táctica ha sido, desde luego, un triste éxito. No hay rumor alarmista que no encuentre, en lugar de protesta, bovina mansedumbre en el profesorado. La referencia continua a inminentes disposiciones, siempre restrictivas, siempre encaminadas a deteriorar los márgenes de autonomía profesional, a recortar vacaciones e imponer inútiles fichajes se reciben con la sumisión del criado de antaño. Los docentes han asimilado el desdén y el sentimiento de culpabilidad, e incluso de parasitismo, con el que les han venido gratificando. Hallan, si no justo, sí normal que se les trate de forma que despertaría la indignación legítima de otros colectivos; se resignan periódicamente a ser víctimas propiciatorias de un patrón cuyas iras esperan, con tiempo y silencio, capear; tienen mucho de rebaños desorientados por un granjero que no resultó ser el líder indicado y por dos sindicatos que emplean sus desvelos en el voto mayoritario de las ovejas.

Probablemente hay una buena dosis de deformación profesional en el condicionamiento que hace a ciertos profesores alumnos algo crecidos frente a un superior inapelable en cuya presencia sólo cabe hurtar cuerpo al golpe y asentir, con la esperanza de engañarle en cuanto vuelva la espalda. La conciencia y orgullo activamente apoyados en razonamientos son excepción o están ausentes, y sólo se presentan, de cuando en cuando, algunas referencias a reivindicaciones económicas o problemas de escalafón sobre el fondo uniforme de la encogida idea de sí mismo. El buen tono es el vergonzante, el de asentimiento tácito ante dogmas de estupidez arbitraria, alimentados por la fuerza del tópico social, que etiquetan de absentista, ocioso, privilegiado. Esta postura, su indigencia en  mecanismos de defensa de la calidad de vida laboral, es insólita en cualquier colectivo asalariado que no sea el que fue Media, no ha merecido, defendiéndolo, gozar del nombramiento que legítimamente adquirió y se ha colgado sin chistar el letrero genérico de Secundaria.

El atraso de las ciencias en España en este siglo, ¿quién puede dudar que proceda de la falta de protección que hallan sus profesores?. Hay cochero en Madrid que gana trescientos pesos duros, y cocinero que funda mayorazgos; pero no hay quien no sepa que se h a de morir de hambre como se entregue a las ciencias; exceptuadas las del ergo que son las únicas que dan qué comer.

Los pocos que cultivan las otras, son como los aventureros voluntarios de los ejércitos, que no llevan paga y se exponen más. Es un gusto oírles hablar de matemáticas, física moderna, historia natural, derecho de gentes, y antigüedades y letras humanas, a veces con más recato que si hiciesen moneda falsa. Viven en la oscuridad y mueren como vivieron.[20]

La sociedad conserva el tópico, el Gobierno lo manipula, el profesorado lo interioriza. Y esto llega a extremos tales que muy raro es el profesor que osa desentonar diciendo que esa autodenigración no está objetivamente justificada por llamativos niveles de incompetencia y absentismo, sino muy al contrario. Los medios de comunicación se hacen puntualmente, a su vez, caja de resonancia de clichés tan gozosamente recibidos por un pueblo que nunca se ha repuesto de la añoranza de los autos de fe. La Universidad tiene siempre posibilidades infinitamente mayores de hacerse oír y de hacerse respetar, tanto por la influencia sociopolítica de sus miembros como por la plantilla de éstos. La Enseñanza, antes Media y hoy-en el sentido extenso de la palabra-Secundaria, no es sino receptora de las decisiones que sobre ella toman otras instancias, y se ha transformado además en un parque temático de vago igualitarismo socialista precisamente por el profundo desdén y prevención que por sus Cuerpos, niveles y sectores profesionales sienten el actual y el anterior gobierno. Aunque estos que bautizan como corporativismos sean el precio de la calidad y de la eficacia, aunque el desprecio oficial esconda la conciencia del atropello, aunque un último reducto de racionalidad les asegure que lo ocurrido hasta ahora ha sido un fraude y el sistema en curso una confusa deriva hacia el mínimo común denominador y la asignación inútil de presupuestos, sin embargo temen acercarse, tocar el caótico entramado, asumir palabras tabú como élite, Cuerpos, selección, especialidades, enfrentarse a la acelerada infantilización y parar la máquina. Prefieren mantenerse a distancia y manejar la Enseñanza valiéndose de las pinzas de supuestos representantes, de sindicatos a los que, a cambio de la pensión completa con la que les gratifican, piden una superficie de paz social, mientras continúan sirviéndose del concilio de pedagogos para dar a sus decisiones una fachada de tecnicismo inapelable.

 

 

El profesor objeto de fijaciones

Actor inevitable de su gran teatro del mundo, en el profesor se proyectan tanto las fijaciones que guardan los padres desde su infancia como la ambivalencia amor-odio que la dependencia propia de la edad genera en los adolescentes. Él es la imagen inmediatamente visible que representa ese mecanismo inevitablemente represor de la aculturación social. La familia también ejerce tal papel, pero se halla protegida por afectividades y autocensuras, mientras que, a lo largo de la vida y ya dejado muy atrás el periodo escolar, el profesor persistirá en el recuerdo como el estamento con el que ha tenido el más largo e intenso contacto la mayor parte de la población, en proporciones muy superiores a las que corresponden a sacerdotes o médicos.

Cuando los padres acuden al instituto a procurar que se den a su hijo las claves del éxito, ven ante sí al causante de que ellos no lo lograsen; siempre existe un supuesto tácito Si mi profesor cuando yo era pequeño…. En el orden de excusas con las que cada cual justifica el desfase entre la realidad y las aspiraciones, figura en primer lugar, naturalmente, el recurso culpabilizador de la familia, pero en segundo está el profesor, que, de haberse dedicado con más ahínco a hacer amables algunos saberes, hubiera quizás abierto las puertas de otras posibilidades de vida. Los padres gustan de sentirse, llegado el momento, jueces de los que en tiempos lo fueron de ellos mismos, y saben que la sociedad y la Administración aplauden o, al menos, toleran en ellos hacia los profesores intromisiones, exigencias y propósitos que resultarían impensables e inadmisibles dirigidos a otro grupo de profesionales. El profesor está lejos de disfrutar de la enésima parte del respeto con que se escucha y trata al médico o al abogado. Muy por el contrario, hay una general aceptación del hecho de que cualquiera, padre o alumno, puede poner en entredicho su capacidad profesional y su presentación de la materia en la cual está calificado.

Simultáneamente, los alumnos imponen al profesor una usura afectiva que se suma a la intelectual y nerviosa. El tradicional complejo de inferioridad culpable de los trabajadores de la degradada Enseñanza Media hace que se observe incluso con tímido recelo al colega que se atreve a deslindar sus obligaciones profesionales de la asistencia social y sentimental a sus pupilos. Lo que es impulso gratuito perteneciente a la esfera del libre albedrío de cada enseñante pasa a ser considerado como una obligación suya más, en paridad laboral con los conocimientos de la materia que imparte. Paternalismo y maternalismo son exigidos como un derecho y considerados como un deber, sea cual fuere la edad del alumnado, bajo la mirada satisfecha de una sociedad cada vez más celosa de sus ocios, cuyos padres aman delegar así sus responsabilidades, y con el beneplácito de políticos que apoyan cuanto les represente, a bajo coste, votos potenciales de familias que se complacerían en sumar a la figura del profesor las del esclavo pedagogo y la canguro.

Esto se añade al placer que experimentan algunos profesores-normalmente también asiduos al club del segundo sueldo y la mesa camilla-en el ejercicio de esta maternidad-paternidad delegada, que les reviste a sus propios ojos de cierta dignidad, enmascara el hecho palmario de la humillación cotidiana y tempera en ocasiones las carencias de su vida personal. En este sentido se inscribe la bajeza de la imposición del perfil de maestra voluntaria, esa maniobra, apoyada coercitivamente por la Reforma, para que los profesores de bachillerato impartan clase a un alumnado de infantes en espera de alfabetización respecto a cuya docencia tienen, lógicamente, tantos conocimientos, vocación y titulación como en previsión meteorológica o fontanería. Por supuesto, no faltan, en el club del máximo conformismo y el mínimo coeficiente intelectual, voces entusiastas cuyo rasgo más destacable es sumarse a las mayores estulticias siempre y cuando sigan la corriente del poder establecido, las cuales declamarán las bellezas de que el catedrático de filosofía dirija los trabajos manuales, y, con trémulo acento maternal, afirmarán la conveniencia de ocuparse de los niños desde la más temprana edad. A quien no quiera optar por esta modalidad de fecundación in vitro y reconvertirse en progenitor interino, parvulista ni misionero, simplemente se le obliga; para algo se tiene la Ley en la mano con sus normas, inspecciones y variado-y nada democrático-catálogo de formas de presión.

Esto significa un doble robo: al profesorado calificado y a los alumnos del nivel idóneo. En ambos casos se les despoja de clases de Física, Literatura o Latín para entregar esas horas lectivas al procedente de Primaria, apadrinado por el partido-logse y sus dos sindicatos. El todo lleva a una malsana confusión de límites entre el ejercicio pedagógico y el aprendizaje de datos por una parte y el principio de autoridad y de dependencia que tiñe las relaciones familiares por otra, al tiempo que contribuye al desvanecimiento del perfil del profesor como profesional en la transmisión de conocimientos de una materia. Los adolescentes se inclinan hacia estas desviaciones afectivas por las carencias propias de sus años y por otras más coyunturales como la falsa independencia que la sociedad actual les ofrece, y las alternan con una transferencia de la rebelión contra el padre que tiene como blanco la figura próxima y despojada de connotaciones emotivas que es el profesor. Tras la imagen de libertad y omnipotencia que se hace espejear ante sus ojos los jóvenes no ignoran que se esconde una realidad parca en ofertas, difícil y supeditada a la posesión de unos ingresos de los cuales carecen. La dependencia material completa y prolongada de la familia contrasta con la engañosa difusión de una autonomía ideal. Buena parte de los impulsos que esto despierta se vuelca hacia el representante físico inmediato del sistema, el aculturador que les mantiene contra su voluntad varias horas diarias en el aula.

Fijaciones afectivas, desmesura en las atenciones personales y en la tutela y exceso de proteccionismo tienen como consecuencia retrasar o cegar el camino del adolescente hacia la madurez al impedirle adquirir la conciencia del riesgo y de la responsabilidad, deteriorando así el proceso de formación del propio criterio. Esto se traduce en un haz de tensiones que inciden multiplicada y continuamente en el profesor de Enseñanza, hasta qué punto hoy Secundaria, y que se ven agravadas por la inexistencia de auténticos gabinetes profesionales psicopedagógicos y de orientación a los que correspondería hacerse cargo de tales problemáticas, cuyas fronteras limitan las irrefutables diferencias de capacidades y de actitud Ante ellas sólo cabe disponer de centros de formación profesional adecuados para los que se niegan claramente al estudio, en lugar de obligarles a la permanencia en el aula y someter, a sus compañeros y a los docentes, a la dictadura de los peores.

En trabajo alguno, excepto en la enseñanza actual, se supone la humillación incluida en el sueldo. Ésta es real, explícita, reiterada y abundante. Los alumnos la ejercen convencidos de su impunidad, los padres la consideran tal vez molesta pero disculpable, la sociedad la integra al ejercicio de la profesión docente como la capa de tizne a los obreros de la minería, la ley reglamenta las supuestas sanciones contra ella de tal forma que hace imposible la defensa del injuriado. Con la Reforma se ha creado en este tema todo un mecanismo de cierta sutileza. Naturalmente el ambiente es defensivo y lejano, implica la sordera y ceguera voluntarias del profesor ante insultos, gestos obscenos y agresiones que, se espera, no pasen al ataque físico de él o de sus pertenencias. La aceptación es tan insólita que no existe trabajador alguno, fuera del del aula, cuyo deber se suponga que incluye leer y oír que su madre era puta o su cónyuge adúltero. Es lo que lleva largamente encajado Mónica, al borde de la jubilación, que cometió la torpeza de mantener, desde conocimientos y categoría académica que lo avalan y la sitúan por encima de la media, un nivel de exigencia en perfecta disconformidad con la práctica del aprobado general y la maternal indulgencia. Los clanes docentes amigos de contemporizar con las asociaciones de padres la llaman, como ellos y durante las reuniones conjuntas, la Villena (la homologación no consiste sólo en la quema de tarimas) y lamentan a coro la intolerancia de ese fósil de eras anteriores a la logse. Mónica, que ha sorteado, con una valentía solitaria que desmiente su aspecto frágil, además de invectivas, bombas fétidas, denuncias a la inspección y empujones por la escalera, ve acercarse el fin de una carrera laboral que pudo haber tenido resultados excelentes como quien aguarda que corten el alambre de espino. Adalberto paga el peaje de un tic nervioso y un tartamudeo que los jóvenes carnívoros del aula provocan, imitan y corean con fruición. Nada debe importar ni nada importa. Hace poco-el caso dista de ser único-un estudiante amenazó a clase y profesor con una escopeta de cañones recortados. Cosas de chicos, dijo el padre. El centro no puso denuncia, y no por que, en el fondo, no hubiera deseado ver al niño de diecisiete años condenado a galeras, sino por la perfecta inoperancia del recurso. De hecho, conviene silenciar cuanto ocurre porque, de lo contrario, se creará una mala imagen, menos padres enviarán a sus hijos y la ya escasa matrícula, puesto que la degradación logse ha canalizado hacia la enseñanza privada a buena parte de los que antes confiaban en la pública, pondrá en peligro de traslado forzoso a los docentes que han acomodado su vida en torno a la plaza en propiedad.

La situación no carece, sin embargo, de alicientes: Permite ver sumidos en idéntica miseria a los que antes destacaban por nivel y méritos, ofrece generosas raciones de servilismo y atracones de autoflagelación a los numerosos adictos a tales placeres, puede adornarse incluso con un exquisito decorado pedagógico que convierta en oro las oleadas de materia fecal. Así Silvina, que se presenta cada día con un nuevo modelo que prueba sus desvelos por la elegancia de las formas, proclama gozosa su aprecio de las caricaturas y mimos que de ella y otros profesores hacen los alumnos en revistas y obras teatrales-también está sin duda incluido en el sueldo-, las ensalza con patético afán y ha encontrado el escudo perfecto ayudando a los muchachos en la tarea, celebrando sus ocurrencias e intentado convencer a los demás de la satisfacción que le proporciona tan creativa actividad. Ella no cita-nadie cita-el sacrilegio que representaría el que un profesor hiciera amago de imitar o burlarse de un alumno o imprimiera chistes sobre ellos y sus familias. Un ingenioso vate adolescente ha glosado, viñetas al apoyo, la sospechada operación de lifting de Aurorita, pero no el visible implante capilar de Marco Antonio porque, en circunstancias equivalentes, al sector masculino suele adjudicársele un resto de respeto y de temor del que el femenino, blanco de las burlas de la camada como pieza más débil, carece.

Nihil novum sub sole: Es ya antigua la exhortación del pedagogo escocés Alexander Neill a que los alumnos comenzaran su vida escolar llamando asno imbécil a su educador y que éste demostrase su valía aceptándolo como lo más natural del mundo. Neill creó en 1921 la escuela de Summerhill, que se hizo famosa en Gran Bretaña por su ruptura con el concepto de enseñanza reglamentada. Los alumnos, de los cinco hasta los dieciséis años, vivían en este internado rural en un régimen de completa libertad de asistir, o no, a las clases que desearan y de decir a los profesores cuanto les pareciera. El individualismo libertario de Neill tuvo gran eco en los movimientos norteamericanos de los años sesenta, y tal vez, vista la situación española, no le han faltado admiradores europeos que han decidido animosamente erigirse en avanzadilla de la modernidad pedagógica, siempre y cuando los que se trate de imbéciles o algo peor (¿lo hay?) no sean ellos y sus familias. El experimento de Summerhill, que se daba en un internado de pago y con alumnos juzgados por centros anteriores o por sus padres con frecuencia como difíciles o especiales, ha revelado, con el paso de los años, un resultado desigual. Ha habido alumnos que han cursado luego carreras brillantes y dicen gozar de una formación satisfactoria. En cambio otros pasaron una feliz infancia y adolescencia pero se situaron en la madurez con un desconocimiento prácticamente completo de las ciencias más elementales y en un estado que rozaba el analfabetismo.

Fue obra tuya (de Dios) conmigo el que me dejara persuadir de ir a Roma para enseñar allí lo que venía enseñando en Cartago. Y debo confesarte los motivos de esta decisión, ya que, incluso en asuntos como éstos, manifiestas tus altísimos secretos y la misericordia que estás siempre dispuesto a hacer presente en nosotros.

La decisión de ir a Roma no fue por ganar más dinero ni mayores honores, aunque así me lo prometieran los amigos que me aconsejaban la marcha. Naturalmente que estas consideraciones también pesaban en mí entonces. Pero el motivo más importante y casi único fue que los jóvenes estudiantes de Roma-según había oído-eran más tranquilos y estaban sometidos a una disciplina más severa. No se les permitía, por ejemplo, irrumpir violentamente y cuando les viniera en gana en las clases de maestros que no fueran los suyos. Tampoco eran admitidos en ellas sin el permiso del maestro. En Cartago, por el contrario, los estudiantes estaban sin control y su conducta era intemperante. Entraban alborotadamente y sin respeto en las aulas, trastornando el orden impuesto por el maestro en beneficio de los alumnos. Su estupidez era increíble hasta el punto de cometer gamberradas que deberían ser castigadas por la ley, si la costumbre no los protegiera. (…) Cierto que aquí (en Roma) no encontré las gamberradas de estudiantes alborotadores de Cartago, pero llegué a saber que, en cualquier momento, los estudiantes se podían amotinar para no pagar el estipendio a sus maestros y pasarse a otro maestro. (…) Creo que los odiaba más por lo que había de sufrir de ellos que por el mal que podían hacer a cualquier maestro.[21]

Las escasas perspectivas actuales de un cambio de horizonte hacen comprensible el recurso a la patrística del siglo IV d. C.

La humillación tiene sus deleites: Se la puede llamar igualdad y deseo de justicia. Pone en bandeja al paciente crónico de rijosa envidia el regalo de poder llamar probidad y celo distributivo al reparto de cadenas. El barrido ha sido eficaz: Elvira, que además de su trabajo docente, dirigió un departamento de investigaciones de literatura histórica, impulsó y enriqueció una excelente revista de estudios madrileños y que daba, con su sola presencia, una idea de la envergadura que la enseñanza media tuvo y podría haber tenido, ha sido suavemente impulsada a recluirse en un centro donde sólo aspira a dar sus clases e irse. Precedió a la eliminación, cuando era jefe de seminario de su anterior instituto, el activo boicot que le declararon los partidarios de logse maternal, destete tardío y un horizonte en forma de mesa camilla para el que la simple presencia de aquella mujer marcada en la frente por el estigma de brillante catedrática de pata negra era una provocación y un insulto. Lope se quedó en la cuneta de la depresión, tez amarillenta y un convulsivo apego a rituales que ha desembocado en la cadena de bajas, los ojos huidizos y la chispa esporádica de indignaciones desproporcionadas. Rodolfo nunca se quedará en cuneta alguna: sin cesar de alabar los méritos de la Reforma, ha acumulado baremo, apoyos y puntos para huir de ella, y se prepara para ocupar un despacho prometedor cubierto de la inevitable alfombra que tejen las miserias de los menos hábiles.

Si pudieran, si Rodolfo y sus colegas en la lucha por la imposición de consignas sindicales y en la persecución de cualquier puesto-licencia, comisión-que los aleje de los alumnos de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria creada por la Ley de 1990, a la que convendría llamar exclusivamente “IT”, en homenaje perverso a Stephen King.[22]), pudieran, los exilios de los heterodoxos hubiesen sido definitivos, las represalias condenas al trabajo físico y al hambre, las murmuraciones se transformarían en delaciones policiales y asambleas multitudinarias de autocrítica que llegarían a la exaltación anónima de la destrucción individual. Con los mimbres a su alcance hacen lo que pueden: perjudican a los jóvenes objeto oficial de sus desvelos aumentando cada día su puerilidad y su ignorancia, se encastillan en el viejo e indigno argumento, refugio de colaboradores, de la obediencia debida, se hacen firmar órdenes que les sirven para obligar a colegas a someterse a actividades nocivas, inútiles y contraproducentes y protestan de su inocencia al tiempo que apoyan la fuga hacia adelante y la intensificación de los daños. Todo ello en nombre de bellos ideales de igualdad y justicia guarnecidos de proclamas de compungido sentimiento ante las medidas inevitables, comprensión afectuosa e inexistencia de animosidad personal. Si pudieran…Pero a su alcance no está más que una pequeña Camboya en cuyos límites caben amagos totalitarios de formato modesto, que al menos proporcionan migajas de beneficios y placeres desprendidas del modelo inspirador.

 

 

 

Contra la panacea decimonónica

Lo peor de la reforma de la Enseñanza Media española es que no requería medidas geniales, insólitas ni drásticas, y eso descorazona a cualquier político, sobre todo cuando tiene que marcar las diferencias respecto a un sistema anterior en el que nada podía existir que no fuese abominable y digno de los basureros de la Historia. La Reforma educativa gestada por el PSOE en los ochenta equivale al desecado de la red pantanos puesto que éstos habían sido construidos a órdenes del dictador. El sistema educativo español era bueno, razonablemente estructurado y mucho menos elitista que buena parte de sus homólogos europeos. Para su democratización, extendiendo la gratuidad obligatoria hasta los dieciséis años, no hacía falta sino una política inteligente de inversiones y de gestión de recursos humanos. Pero la humildad y el respeto al saber estaban reñidas con una maniobra de estrategia partidista y fuegos de artificio. Las primeras imposiciones anticipadas de la nueva Ley de Educación revelaron con toda claridad los rasgos que la caracterizaban: burocratismo, arbitrariedad autoritaria, completo desdén por el cuerpo docente y un voluntarismo demagógico desordenadamente experimental y dependiente del grupo efímero en el poder. Hacía falta una óptica muy distinta, consciente de sus limitaciones e imprescindibles exigencias, una adaptación inteligente a situaciones y materias sacando el mejor partido posible de los cuerpos profesionales y cubriendo con personal especializado las necesidades nuevas. Se precisaba la adecuación  con los países desarrollados de la Europa del Mercado Común y no frenéticas carreras tercermundistas hacia atrás; no planes maravillosos ni rendimientos estajanovistas pesados en balanza de tendero, sino que se gastase dinero en la Enseñanza Pública por encima de los intereses privados, populistas y sindicales, de forma que la inversión en fondos y en respeto redundara en beneficios y eficacia, diluyese conflictos y vigorizase la conciencia profesional y la responsabilidad individual.

Viene siendo recurrente que la prudente sencillez de las reformas se vea continuamente desvirtuada por utopías mesiánicas que insisten en hacer de la Enseñanza la Gran Panacea decimonónica, la piedra filosofal de nuestros males sociales, cara a los Ilustrados desde el siglo XVIII hasta la Segunda República española. La Enseñanza es comodín igualmente útil para los que utilizan el tema a efectos de coyuntura política tergiversándolo, sea en masivas socializaciones reglamentadas por una Administración autoritaria que distribuye primas al rendimiento, sea en bloques de futuros trabajadores creados estrictamente a la medida de la demanda de las grandes empresas, sea en un híbrido de ambas opciones, más encaminado por la burocracia estatal (alejada del ejercicio de la pedagogía) a justificarse ante la opinión pública que nacido de una real y razonable preocupación por la formación y el aprendizaje de adolescentes. Quien desee buscar claros ejemplos prácticos de lo último no tiene sino que leer cualquiera de las declaraciones sobre la Enseñanza Media y los docentes expresadas por el gobierno español a partir de 1983.

En noviembre de 1981 la Conferencia Internacional de Educación de la UNESCO se planteaba en Ginebra el problema de formación intelectual y adecuación al mercado de trabajo, en forma de una dicotomía Humanismo/Economicismo que resultaba, como era de esperar, un callejón sin salida. Estados Unidos y regímenes políticos como los de Chile y Argentina propugnaban acérrimamente una educación al servicio exclusivo de la economía, con cursillos de corta duración y eliminación de las carreras llamadas humanísticas. Otros países, entre los cuales estaban Méjico, Francia y España misma, defendían una educación humanista y una economía al servicio del hombre y no a la inversa. La UNESCO se hallaba impotente para ofrecer soluciones válidas al incremento del paro, al superávit de licenciados, a las herencias coloniales y a los calcos estadounidenses de cuya importancia se quejan los países del Tercer Mundo, y se expresaba un claro temor de que la frustración juvenil se decantara en violencia y crimen.[23]

El planteamiento ya parece de por sí sospechoso por lo bipolar. La Enseñanza ni puede ni debe solucionar la problemática sociolaboral del país, excepto si decide abandonar limpiamente su papel formativo y volver a la concepción de siglos pasados por la que se incorporaba a los niños a la producción en el más breve plazo. Como esta concepción no resultaba ni siquiera económica por la extensión del paro, que alcanzaría con el PSOE índices catastróficos, la Administración española se vio tentada por ese utilitarismo a corto plazo que tan ruinoso se ha revelado siempre a largo: eliminar materias “inútiles”, soltar lastre intelectual, abaratar conceptos, someter, en nombre de la igualdad, a los alumnos con aptitudes e interés a la talla mínima del lecho de Procusto, reducir el Bachillerato a dos años, rellenar los espacios que ocupaban las asignaturas de reflexión y base (Física, Filosofía, Latín, Griego, Lengua, Literatura, Ciencias) con una lluvia de simulacros de oficios, y colocar artísticos letreros del tipo preparación a la vida activa, ámbito, diversificación a las salas de espera donde estudiantes que no lo eran sino de nombre aguardaban el momento de abandonar las aulas. Precisamente una de las claves de la inferioridad económica española era su penuria en ciencia especulativa, en teóricos e investigadores. Por ello afirmaciones de apariencia tan bien intencionada como que había que preparar a los alumnos para la vida, no para la ciencia, para el trabajo productivo, no para el éxito personal, escondían-y esconden-un peligro enorme cuando vida y trabajo productivo se reducen en la realidad a una coyuntura política o socioeconómica determinadas, en un esquema en el que, por la alienación a abstracciones colectivas sociales, el enriquecimiento cultural del individuo concreto queda perennemente sacrificado en aras de un utilitarismo ramplonamente estéril a medio y a largo plazo. Esto cae especialmente de plano sobre los alumnos provenientes de clases desfavorecidas, que no hallarán, ni en su hogar por supuesto, ni en la escuela el fondo de conocimientos y de especulaciones con que se nutren la Humanidad, el progreso y el desarrollo personal.

Los alumnos precisan de una buena formación amplia y general en las asignaturas no “rentables” a corto plazo, pero profundamente formativas e impulsoras de una irreemplazable gimnasia intelectual. Tras la etapa de mecanicismo utilitario experimental, se ha esbozado en Europa una clara vuelta al enfoque humanista. Pero no en España, que ha seguido el proceso inverso-Logse obliga-, ha impuesto en el menú educativo los manjares pasados de fecha de sus vecinos y continúa, por imperativos que nada tienen que ver con la planificación pedagógica y todo con la desesperada resistencia a mover la trama de intereses que el nuevo sistema ha creado, oficialmente aferrada a los restos del naufragio.

Las cantidades ingentes de demagogia sobre la enseñanza a puertas abiertas, la relación con el medio, la apreciación de los rasgos locales, el predominio de la práctica han dado un panorama cultural de horizontes mínimos, en el que grandeza, hondura, belleza y universalidad son reemplazadas por la visión entomológica de los edificios inmediatos. Un léxico obrerista impuesto por las circunstancias y cortado por patrones de los tiempos de Mao ha actuado de telonero de este mundo pueril y raquítico, bautizando de taller la introducción a actividades intelectuales para cuyo disfrute se precisa la conciencia de calidad, rigor y categorías y el contacto con las grandes obras.

Si bien es cierto que la literatura es la gran amiga de la vida, ésta también es el mayor enemigo de la literatura.(…) En la Revolución Cultural los chinos quisieron destruir la literatura, y se intentó en todos los países comunistas. Cualquiera podía escribir un poema, y bajo ese semblante democrático se destruía la literatura en nombre del pueblo.[24]

 

La revolución sin revoluciones

La Enseñanza es la revolución cuando no ha habido revoluciones. Se agita para desviar la atención del congelado principio de realidad, de la sucesión de historias y de Historia que deja un sabor agridulce de sueños desmenuzados y de la tranquilizadora continuación de las cosas. En la China de Mao ofrecía una representación multitudinaria del estilo de la ópera de Pekín. En el modesto formato de la España de los ochenta, resultaba muy útil como espacio teatral en el que autores del libreto, amigos del artista y público veían proyectada la revolución que jamás habían hecho ni tenían la menor intención de hacer, tras la lucha, que nunca había tenido lugar, contra la pasada dictadura y mucho después de que la épica dual hubiera transformado el pasado en un duelo interminable entre ofensores y ofendidos.

A la hora de elegir figurantes, la Universidad se preservó por su influencia y prestigio, ante los que el Estado retrocedía, conformándose con rebañar mandarinatos y distribuirlos, por el sistema de jubilaciones anticipadas, a su clientela. En cambio los estudiantes de Enseñanza Media eran escasamente susceptibles de manifestarse pidiendo mejor formación y sus profesores se guardaban muy mucho de exponerse en la picota de los reaccionarios. Por ello se vertió en este sector la parafernalia y terminología propias de la exaltación revolucionaria; toda prudencia, humildad, tacto, quedaron proscritos. Se recurrió a las decisiones piramidales y a la exhibición de la más desnuda prepotencia oficial.

De forma simultánea, quedaban intocados otros sectores sin duda necesitados de cambios, a los que se trataba con exquisita precaución.

La Enseñanza ejerce así de nuevo su función de Panacea, pero adaptada en este caso a la de sucedáneo de la Revolución. La misma palabra reforma se encuentra cargada en este caso de una agresividad administrativa de la cual carece cuando se aplica a otros planos sociales y políticos. La que se impuso como Educativa se caracterizaba por opciones autoritarias y productivistas que brillaban-y no por su genio-a causa del desfase que suponían respecto a las corrientes del mundo moderno; resaltaba su inequívoco sello tercermundista, su retórica de socialismos añejos aplicada a un país de problemática muy contemporánea. Asombraban, en el tratamiento del tema, el simplismo y la ignorancia, cierto mecanicismo autocrático que disponía de la masa docente a base de ritmos de producción intensivos y de exhibiciones de trabajadores modelo. El recurso a esta terminología no pasaba de ser aderezo demagógico, la pobre argumentación que convenía a unos esquemas socioeconómicos caducos. Las coincidencias con el programa de la China del 66 son tantas y tan textuales que cuesta hablar de simple coincidencia. Baste para ello releer, en el capítulo I, los títulos Plataforma continental, Marea baja, Tierra adentro, Veinte años son todo, Historias, Cajas chinas. De eliminar el contexto y las fechas, no supone el menor esfuerzo incluir en la campaña educativa de la España de los ochenta la lista de consignas: Proliferación de comités que sustituyen en la dirección a los estamentos profesionales, primacía de la obediencia a las directivas y sustitución de alma por conciencia política, depuración y unificación, acortamiento de los estudios pre y universitarios, simplificación y recorte de programas y materias de base, eliminación de pruebas de conocimientos y promoción automática de los estudiantes de curso a curso, material de enseñanza con carácter local, adulación de la juventud y sumisión del profesorado a los alumnos y a los diversos colectivos, desdén por especialización, nivel académico y títulos, reducción de los estudios de Humanidades, eliminación de valores intelectuales objetivos y universales, desprecio por la formación de tipo universitario, colectivización de actividades y rechazo de la adquisición personal de conocimientos y del esfuerzo y mérito propios, apertura permanente de los centros, eliminación o minimización de la historia y literatura de épocas anteriores a la actual, asignación de puestos laborales en función de la fidelidad a las normas y según premisas de libre disposición estatal de un colectivo indistinto, anulación del individuo, que se reemplaza por un ideal de sujeto intercambiable, rellenable, permanentemente disponible y carente de personalidad diferenciada.

En el mundo desarrollado del que España forma parte coexisten, paradójicamente, altos índices de paro y búsqueda de empleo con exigencias de calidad de vida y  rechazo del trabajo en cuanto actividad repetitiva, alienante y forzosa:

En toda Europa, la mayoría de las personas que tienen un empleo prefieren disponer de más tiempo libre antes que recibir sueldos más altos. Quieren que sus trabajos encajen en sus vidas y no al revés (…) Cuanto menos agotador y alienante es el trabajo, mayores son los deseos de actividades propias de cada individuo (…) El futuro de la izquierda depende de su capacidad para satisfacer las necesidades y aspiraciones de la gente más allá de su esfera de trabajo, especialmente en lo que concierne a la forma de vida.[25].

Dice mucho del desprecio gubernamental por los enseñantes la carrera tomada exactamente en sentido contrario. La Administración pretende reducir los imperativos actuales al pasado y vender a la opinión cierto igualitarismo obrerista en el que no se consideran sino las horas de producción.

Por una vez, la conveniencia política está de acuerdo con la realidad. Pues, a no ser que destruyamos el mundo para poder tener el privilegio (si es que sobrevivimos) de trabajar para su reconstrucción, ya no es posible contar con más puestos de trabajo a pleno tiempo para todos. La alternativa a más tiempo libre para todos no es más trabajo y un trabajo más duro, sino más desempleo y fatigas. (op. cit.)

Mientras tanto en la Enseñanza española se había suprimido una de las raras opciones laborales que existían en nuestra sociedad entre menos tiempo menos sueldo, sin que ello sirviese para otra cosa que para aumentar, por una parte, la insatisfacción, y por otra el paro. En contraste con sus vecinos europeos, no existe ya la dedicación normal que, con menos horas que la exclusiva y un salario más, pero no ridículamente, reducido, permitía acogerse a tal posibilidad. Y esto en uno de los pocos trabajos que se caracteriza, a causa de la independencia de cursos y unidades lectivas, por la facilidad de su distribución. Por el contrario, al tiempo que se negocian jubilaciones anticipadas con numerosos sectores y que hasta la República Popular China establece la edad para las mujeres entre los cincuenta y los cincuenta y cinco años, respecto al profesor se incita a la prolongación hasta la lápida de su vida laboral y no se hace ni siquiera alusión al año sabático, que es un derecho en otros sistemas.

La alternativa (…)  es la redistribución planificada y constante de la cada vez menor fuerza de trabajo asalariada necesaria, a fin de que todos puedan seguir trabajando cada vez menos, disponiendo de unos ingresos garantizados. Esta redistribución del trabajo es ya conocida por los más modernos dirigentes obreros (…) El principio sobre el que se sustentan tales convenios es que las horas de trabajo eliminadas por la automatización se pagan a la misma tarifa que aquellas que siguen siendo necesarias. La cantidad de ingresos no depende ya de la cantidad de trabajo realizado. Este punto había sido ya expuesto por los socialistas ricardianos y posteriormente por Marx (…) El futuro de la izquierda depende de su capacidad para hacer frente a la actual revolución posindustrial, no con un esfuerzo nostálgico para dar marcha atrás al tiempo, sino con un fuerte sentido de futuro, contemplando los grandes espacios que pueden abrirse para la libertad, la creatividad y la colaboración voluntaria más allá de la crisis del actual orden económico y social. (op. cit.).

El repentino florecimiento de ensayos sobre la desbeatificación del Trabajo debería incitar cuando menos a cierta reflexión. El auge de las teorías de Paul Lafarge está lejos de ser simple pereza y parasitismo. Consiste, cada vez más claramente, en una búsqueda de fórmulas en las que la ociosidad, en el rico sentido etimológico de la palabra, adquiera derecho de ciudadanía y coexistencia con formas de producción y consumo hechas a la medida de la satisfacción humana. Se habla de espacios sociales discontinuos formados por una esfera que aseguraría la producción planificada de todo lo necesario e imprescindible, y de otra esfera autónoma de individuos libremente asociados que producirían lo que particularmente considerasen apetecible y deseable.

Y esta frugalidad, se nos advierte, es hoy posible ya que el problema no está en la producción, sino en la distribución. El colectivo Andret y Ellul calcula que, en base al desarrollo tecnológico actual, trabajando sólo dos horas por día no hay razón para que disminuya el nivel de vida (…) Obviamente, en una coyuntura marcada por el paro y sus secuelas, reivindicar a Lafargue puede considerarse como una “boutade”, como una broma de mal gusto, como ganas de “epatar”, o, incluso, como un insulto o provocación. En cualquier caso, lo que nadie puede negar es que los seguidores de Lafargue poseen, además de su dosis de utopismo, la virtud de advertirnos que el trabajo “per se” no nos hará libres, como rezaba la sentencia nazi en el campo de concentración de Auschwitz.[26].

En este movimiento, con el que el cuerpo social reacciona masiva y vigorosamente en pro de las calidades de vida y la salvaguardia del individuo, el vasto sector de cuantos trabajan en la Enseñanza que era Media no sólo está marginado, sino que se le ha encerrado en el vagón que va en dirección contraria. Los interesados mismos se muestran renuentes, silenciosos, tibiamente reformistas y expectantes de soluciones exteriores a remolque de exigencias exógenas. Constituyen uno de los últimos reductos de white collars, tirando más bien a azul porcelana, sobre el que la demagogia obrerista de los líderes gubernamentales ha ejercido una función culpabilizadora que los representantes del poder cultivan celosamente. Y ello porque conviene disponer de un colectivo que se preste a ser el último de la lista, un destacamento de kamikazes descremados que se flagele con periodicidad y se someta sin chistar a la lógica del empeoramiento progresivo. Esto significa empleo fijo y campo franco para el nutrido comisariado de vigilantes del cumplimiento de la Ley, porque éstos no suelen tener más brillo

que la fidelidad al que les nombra, más mérito que la invocación a las bellezas del trabajo infatigable, ni otras prendas intelectuales que la maestría en la delación y la vigilancia. Sin estajanovismo no son nada, pero su mediocridad es consciente de sí misma y les impulsa a defender el mantenimiento del sistema que les es propio, la red nutricia que se desvanecería tan pronto como entrasen en sus mallas la inteligencia y la libertad.

 

 

De la toma indolora de un Palacio de Invierno

Tanto aquéllos cuyas conciencias precisan de cierto horizonte como los que necesitan justificar un puesto de responsabilidad u optan por hacer tajantemente bandera de doctrinas anteriores o se saben condenados a bracear en incertidumbres que no les darán el consuelo de lo absoluto y ni siquiera las dulzuras del ideal. Intelectualmente, hace tiempo que se proclama el abandono de la utopía. Reflexivamente, se asume con gran dificultad tal abandono y raramente éste se incorpora a la metodología interna, que sigue siendo fundamentalmente maniquea además de marcada por las incoherencias lógicas que en ella han ido dejando los totalitarismos del siglo XX.

La conjunción en España de, por una parte, la crisis del cambio de régimen y la llegada al poder político de un partido de terminología-e incluso a veces, en algunos de sus militantes, de vagas convicciones-obrerista, y en cualquier caso obligado a dar una imagen de tal, y, por otra parte, de una pretendida reforma del sector público (y de la Enseñanza Media pues) en plan toma de un desguarnecido Palacio de Invierno, ha dado lugar a una ejemplificación singularmente didáctica de los postreros usos de la iconografía proletaria. Ésta, como una pesada argamasa uniforme, se supone mágicamente capaz de tapar los huecos de una problemática que le es ajena y reemplazar con el encofrado desequilibrios de vigas y de cimientos.

Esa liturgia, manida pero en ciertos estratos irreemplazada, exige que el intelectual sea un parásito vergonzante, el único trabajo auténtico la jornada de cuatrocientos ochenta minutos y, si es posible, a pico y pala, o, en su defecto, el bloque de documentos y los codos hincados-profundamente-en la mesa, en la misma mesa. De ahí se pasa a considerar a todo el que no trabaja de minero, aceitunero o que está en paro, como un burgués explotador, y los profesores se ven, pues, ascendidos-nunca soñaron tal-a la categoría del capitalista vampiro aunque sin sus ventajas, deudores de ese proletariado en el que los obreristas necesitan creer como imaginería para, así, creer en sí mismos, y especialmente para obviar el vértigo y el esfuerzo intelectual que representa la planificación de un futuro fluido y rebelde a las normas previstas.

El profesor de Secundaria, y antes Media, explota al labrador y al cantero y vive gozosamente con el zumo extraído del parado y del obrero del metal, cuyos sudores bebe en sus culpables ocios junto a su café culpable (quien esto escribe no necesita recurrir a la hipérbole: está reproduciendo una conversación). De ahí a que la primera dosis intensiva de Panacea pase por buscar la mimetización en bloque de este sector público con el status de los trabajadores más desfavorecidos la distancia es mínima.

La argumentación sorprende ante todo por su perfecta falta, y ni siquiera pretensión, de lógica dentro del más puro estilo de unión de contrarios y suma de diversos. Se presentan gratuitamente situaciones distintas enlazadas, atribuyéndoles categorías de causa-efecto: proletario versus intelectual, honesto trabajo cuantificable versus turbias dedicaciones que llevan en su naturaleza el fraude. Es el territorio del mito, la iconografía cuyo cumplido corolario ha llegado en algunos países y ocasiones hasta el disfraz físico de trabajador manual.

En ningún momento se plantean las premisas elementales, la validez o invalidez de la labor fundamental, que en el ejemplo dado consiste en transmitir conocimientos, activar y enriquecer el mundo intelectual de los alumnos. Lo que se evoca es un ritual igualitario al que no justifica más que la necesidad de actores en un una obra sobrada de directores escénicos. El evidente arcaísmo que señalaba Baudrillard en estas actitudes procede de una defensa crispada, de las angustias de los nuevos regímenes a la hora de organizar un mundo que ya no funciona por ninguna de las leyes familiares a lo que confortablemente se etiquetaba como izquierda. El relativo bienestar ha producido en Occidente una defensa cada vez más cerrada por parte del individuo de sus parcelas de autonomía y de satisfacción, de la misma forma que todo ocio, al dejar más espacio al pensamiento, trabaja hacia la singularización de las conciencias. Desde mediados de los ochenta le tocó al sector público y al profesorado protagonizar en España el exorcismo de los males sociales. El proceso es demasiado fácil y fullero para ser erróneo, no digamos inocente. Por el contrario, puede ser sincera-aunque no por ello menos obtusa- la reacción del intelectual que se cree obligado, por fidelidad a la tribu de los que considera buenos, a sentirse culpable del paro y demás carencias. La anécdota se inserta en el rosario de autocríticas, en los vastos ejercicios espirituales con que lleva fustigándose gozosamente la autobautizada izquierda europea desde hace décadas. El proceso tiene, además, grandes ventajas porque es, en realidad, una mullida forma de conformismo: elimina la reflexión, el planteamiento de rebeliones, las incómodas protestas y enfrentamientos con enemigos mucho más cercanos que las vagas premisas ideológicas y, con un plus de buena conciencia, rubrica los placeres de la sumisión y reduce la problemática al ejercicio de técnicas para acomodarse cada cual en el hueco más asequible, cultivar la parcela de amistades y pequeños beneficios y asegurarse un pasar hogareño sin sobresaltos.

La tradición judeocristiana ha prestado unos cimientos envidiables a la conciencia pecadora, de cuyo discreto encanto nuestro siglo XX y el que comienza son, al parecer, extremadamente golosos. Al Buen Salvaje rousseauniano corrompido simplemente por el hecho social le ha sucedido el Buen Tercermundista explotado por todos y cada uno de los europeos. Asia, África, América Latina poseen la intacta virginidad de la utopía.

Mais les intellectuels européens ont pris, de longue date, l’habitude de se couvrir la tête de cendre et d’annoncer leur propre effacement. Aragon, dès 1925, se pourléchait de notre imminente agonie. Sartre s’est surpassé dans l’autodétestation avec sa préface à Frantz Fanon (…) Instrument brouillon mais décisif de cette contrition forcée: la télévision, avec ses images lancinantes d’orbites creuses et ses chiffres de misère en vrac, d’où toute âme sensible ne peut que conclure à notre ignominie. Nous exterminons ces enfants-squelettes, nous sommes des nazis économiques, nous devrions rougir de seulement survivire, etc. C’est la prime au carnage le mieux filmé, au démuni le plus geignard, la porte ouverte aux campagnes débiles telle l’invitation récente à manger moins de viande (…)

Autres auxiliaires, généralement involontaires, d’un mimétisme de mauvais aloi: l’ethnologie et l’idéologie du bon sauvage qui s’y mêle. Ou encore, plus nigaude, la vogue du spiritualisme hindou (ce Club Méditerranée de l’âme), des sectes bidons et de l’oecuménisme à la Garaudy, réducteur des diversités. Décidément, les Blancs du Nord seraient les plus grands criminels de l’histoire, génocidaires par essence, forbans par nature, affameurs par cynisme foncier, l’ordure des nations: auto-accusation morale qui, par parenthèse, nous maintient, ainsi que nos victimes, dans une irrresponsabilité infantile.[27]

( Pero los intelectuales europeos hace tiempo que han cogido la costumbre de cubrise la cabeza de cenizas y anunciar su propia desaparición. Aragon, desde 1925, se relamía ante nuestra agonía inminente. Sartre se ha superado a sí mismo en la autodenigración con su prólogo a Franz Fanon (…) Instrumento confuso pero decisivo de esta contrición forzada: la televisión, con sus imágenes desgarradoras de órbitas hundidas y sus cifras de miseria a granel, de las que cualquiera con espíritu sensible no puede sacar como conclusión sino nuestra ignominia. Nosotros exterminamos a esos niños esqueléticos, nosotros somos los nazis de la economía, deberíamos ruborizarnos por el simple hecho de sobrevivir, etc. Se trata de la prima a la matanza mejor filmada, al desdichado que más gime, la puerta abierta a campañas de tan profunda estupidez como la reciente invitación a comer menos carne (…) Otros auxiliares, generalmente involuntarios, de un mimetismo de mala ley: la etnología y la ideología del buen salvaje que se mezcla a ella. O, aún más estúpida, la moda del espiritualismo hindú (ese Club Méditerranée del alma), de las sectas de pacotilla y del ecumenismo a lo Garaudy, reductor de diversidades. Decididamente, los Blancos del Norte serían los mayores criminales de la historia, genocidas por esencia, bandidos por naturaleza, causantes de las hambrunas por cinismo innato, la basura de las naciones: autoacusación moral que, por paréntesis, nos mantiene, así como a nuestras víctimas, en un estado de irresponsabilidad infantil. Trad.de la autora).

Como los buenos salvajes escasean y los tercermundistas quedan lejos y suelen pasarse al bando contrario en cuanto tienen la ocasión, se les ha reemplazado, para uso local, con víctimas honorarias más próximas a las que se pueda recurrir para mostrar a las víctimas reales cuán afortunadas son en comparación con aquéllas. El obrerismo continúa funcionando, aunque los ingresos de fontaneros y albañiles lleven varias cabezas de ventaja a buena parte de las nóminas y pese a que la argumentación es nula y se limita a sumar peras y manzanas.

En formato doméstico y a corto plazo, los gobiernos encuentran grandes ventajas en el fomento de estos tópicos, hechos para crear sumisiones y mellar críticas. La culpabilidad actúa como desvitalizador de las actitudes más lúcidas o más enérgicas; ella será la que produzca el avergonzado y mudo asentimiento de numerosos profesionales, el balido del Muchos están peor ante una ducha de improperios y amenazas que se ha vuelto cotidiana, pero en la que un examen más cauto revela una ausencia total de razonamiento lógico y de datos objetivos. A los profesores les corresponde ser perezosos, explotadores e indignos con la misma alegre facilidad con que el empleado de banca es un lacayo del capitalismo y el intérprete chino de Mozart un vendido al imperialismo occidental. Todo depende de quién, cuándo y para qué otorga los certificados.

Puesto que de certificados se trata, es difícil no ceder a la tentación de reproducir algunos de los cursillos ofrecidos por el ínclito ICE, ese instituto de Ciencias de la Educación y Alcázar de la Logse al que se debe, en proporción nada desdeñable, la ruina de la Enseñanza Media, porque es materialización, refugio y símbolo del cónclave pedagógico que, a profiláctica distancia de la tiza, se ha labrado un lucido porvenir a costa de los docentes. El folleto para el 21 de abril de 2001 reza:

Metodología didáctica de la Enseñanza Secundaria-Universidad Autónoma de Madrid.

 

Metodología didáctica en secundaria

1-Cómo favorecer la motivación de los alumnos: 65 técnicas para lograrlo.

(…)

4-Como “desempeorarse”(sic). Análisis del “Ego Docente del profesor de secundaria: 300 defectos principales

El folleto no especifica si se reparten en el curso cilicios y flagelo, o si pueden sumarse como créditos la participación en procesiones de penitentes y los retiros de examen de conciencia. Pero brilla en estas páginas la esperanza de que el alumno logre algún día perdonar la exigencia de los que, quizás, intentaron introducir en su mente conocimientos para él extraños. Se adivina en el cursillo un horizonte de firmes propósitos de humildad que se materialicen en tareas de voluntariado como vigilante de recreos, ordenador de mochilas y adecentador del aula: Y en un agradecimiento infinito hacia los que, desde despacho y obras completas de los grandes benefactores de la Humanidad, emplean su vocación de formador de formadores en tareas tan ingratas como prometedoras. Los trescientos defectos son sólo el comienzo. La lucha-y el filón de cargos y sueldos-continúa.

 

 

La tecnificación del Humanismo

Sobre las áreas de Letras incide una continua lluvia de metodología técnica, idónea quizás para ciertas asignaturas de Ciencias pero inadecuada para materias que, por su substancia misma, reclaman un tratamiento distinto y dan sus mejores frutos con frecuencia protegidas por la autoformación y la libertad individual. Esto no niega en modo alguno las ventajas del trabajo en equipo, pero sí rechaza que ésa sea la sola y única forma óptima para todos los docentes. El uso de material no accesible fuera del centro condiciona a veces las actividades, pero, como tónica general, los que enseñan-enseñaban-a adolescentes no dan sus mejores frutos, y ni siquiera su rendimiento habitual, sino cuando gozan de amplios espacios de formación autónoma y de márgenes permisivos con que desarrollarla. El control dirigista y la continua exigencia de público por parte del que precisa de coro para justificar burocráticamente su presencia son factores decisivos en el deterioro profesional.

Con el fervor propio de los neófitos, la metología de las ciencias, armada de su superior consideración socioeconómica, invade el campo humanista y desdeña en él toda labor que no se ajuste a los usos del biólogo, el matemático y el físico. Se encuentra con la escasa resistencia de un personal más que medianamente inseguro y acomplejado, y avanza por un terreno abonado por la visión que se quiere ejecutiva y moderna de las altas instancias. La eliminación de las lenguas clásicas, de las horas lectivas antes destinadas a Historia, Lengua, Latín y Griego, corre, además, el comprobable peligro de no ser ni siquiera sustituidas por su equivalencia en Física o Matemáticas, sino simplemente eliminadas, junto con cursos enteros de Bachillerato (es el caso español desde 1990), para ofrecer el conjunto bajo la vaga forma de áreas, palabra dotada de cierto prestigio geométrico. La Logse impone un puré bajo en neuronas que contiene retazos aguados de algunos saberes. Se parte del presupuesto que condena la concreción, la calidad, la envergadura y la categoría, que precisa la poda de asignaturas fundamentales para hacer sitio a la puerilidad y confusión de niveles primarios transplantados-con los encargados de su magisterio-a la enseñanza de adolescentes. La consigna de lo mezclado, anónimo e indistinto destiñe sobre la totalidad del sistema, condena los valores objetivos, asimila Peluquería y Química e impone al individuo la dictadura del equipo y la forzosa homogeneidad de pareceres. Las diferencias-de criterio, actuación, enfoque-, lejos de ser enriquecedoras, se juzgan nocivas e incompatibles: El esquema, a todos los niveles, está hecho para someter al conjunto a un molde relleno de un batido pedagógico de docentes intercambiables. Libertad de cátedra y libertad intelectual no son sino términos nostálgicos, restos de una época pretérita, y su uso resulta aún más irónico cuando se considera la supuesta autonomía de los centros favorecida por la Reforma. Porque esa dinámica proliferación de textos que son un sofrito acrónico de fichas y una exégesis de clichés según el catecismo progresista al uso, el destierro a los basureros de la historia de Geografía y Literatura, Ciencias Naturales y Filosofía, para reemplazarlas por el rastreo entusiasta del barrio del alumno y el estudio del folklore de su comunidad autónoma han producido una censura de peligrosidad extremada, semejante además en la caricatura que su contexto le permite al bullicio demoledor de la Revolución Cultural China.

 

 

El derecho a la autoestima

Por autoestima se entiende el necesario y saludable aprecio de sí mismo de que toda persona debe disfrutar para mantener relaciones sanas consigo y con su entorno. Una de las claves de que se valió el PSOE fue precisamente, por encima de los derrotismos usuales, impulsar a los españoles al optimismo, revalorizarles su propia identidad como país y como individuos, limpiar de complejos su presente e imbuirles seguridad ante el futuro. Esto se hizo al precio de cierta amnesia colectiva, que va pasando factura, y de un espejismo de limitada caducidad.

Es curioso que se haya recurrido luego a maniobras de signo contrario siendo el recurso, como es, de una eficacia y de una oportunidad probadas. En la arena nacional, los valores de cambio han sido la flagelación-esos deliciosos rigores de los que ya se ha hablado-y el autoescarnio. En la microarena de la Enseñanza, que era todavía en los ochenta Media, se diría que los interesados y sus jefes se recrearon en dar una imagen coyuntural mediocre y catastrofista, lo que justificaba sotto voce el consenso de necesidad de mano dura y otorgaba al Gobierno poderes discrecionales que se tradujeron en la invasión de las instituciones.

Se ha subrayado, aunque nunca lo suficiente, la tibia e indefinida conciencia refleja del profesorado. En su mayoría el colectivo tiene un comportamiento timorato y gustosamente acomplejable. Ninguna afirmación parecía lo suficientemente dura ni tinta lo bastante negra para pintar el estado de la Enseñanza en España, se partía del supuesto de que la situación era radicalmente mala, y esa radicalidad asumida justificaba por sí misma todas las reformas.

Desentonaba llamativamente la simple afirmación de que no era así, de que las enseñanzas impartidas eran de nivel más que aceptable, los institutos no se derrumbaban y el colectivo profesoral no estaba masivamente formado por ineptos ayunos de guías pedagógicos, defraudadores, absentistas, corporativistas desalmados e indiferentes. Frente al vistoso catastrofismo adobado de adjetivos maximalistas (“todos”, “absolutamente”, “por completo”, “radicalmente”, etc) una visión ecuánime y serena hubiese apuntado la existencia de un colectivo con niveles de interés por su trabajo y por las personas con las que tenía contacto diario que en nada desmerecían, y eran con frecuencia superiores, de los de otros cuerpos profesionales. Bajo condiciones de motivación económica y promoción intelectual extremadamente débiles, se llevaban dando sin embargo en la Enseñanza Media comportamientos que no se caracterizaban por la dejación ni por el incumplimiento mayoritario. Al contrario, no era raro encontrar en esa labor grados de dedicación poco abundantes en otras.

Se trata de una faceta de la panacea decimonónica, del mito de la Educación Fuente del Bien y del Mal, y de la tendencia a magnificarla en positivo y en negativo. Los trabajadores del metal o de las comunicaciones pueden reivindicar sin reparo sus necesidades específicas y asumen el rendimiento vario de sus sectores. Con el profesorado se ha conseguido un sentimiento de defraudadores públicos en potencia, evidentemente acompañado de desprecio hacia lo que les concierne. Resulta difícil creer que haya alguna posibilidad de mejorar razonablemente la Enseñanza con mayúscula si los enseñantes, con minúscula, no recuperan un mínimo grado de autoestima. En este sentido, es ilustrativa la actitud de quienes, por diversos motivos, se han identificado como los destinados a llevar a cabo la limpieza de los Establos de Augias que, a su entender, eran material y potencialmente los institutos, y a poner coto a cualquier brote de insumisión ante los Grandes Ideales Igualitarios de la Reforma. Lejos de aspirar a progesistas de las Luces, ni siquiera brillaron como absolutistas ilustrados porque la distribución era de sombras, de recorte del saber y de veloces incursiones en territorios ajenos a la Razón. Había mucho de todo con el pueblo pero sin el pueblo cuando se diseñaba e imponía un sistema de Enseñanza sin contar en absoluto con los profesores, pero no puede olvidarse que la comparación con ilustrados, liberales o absolutistas, es de pura forma, porque en este caso se trataba de prioridades de clientela, de imperativos de obtención, y oferta, de cargos, nóminas, votos y puestos; no de ideas nacidas de la pureza del deseo de cambio. El armazón ideológico venía a justificar un producto definido por el cui prodest?, por la radiografía de sus beneficiarios, la cual, como documento comprobable, puede examinarse en sus efectos casi tres lustros después, cuando ya se ha extendido la Logse a sus últimas, y desdichadas, consecuencias.

Obviamente, el cui prodest? no se presenta jamás en su cruda desnudez: Reviste las cualidades de la túnica que, por necesidad y apariencia, está llamada a formar parte de la piel. Su versión castiza es la rotunda interrogación retórica de Los intereses creados: ¿Quién no se considera superior a su propia vida?. Esto enlaza con las actitudes de religiosidad laica que brotan con frecuencia en esta profesión y constituyen una variante particularmente nefasta de la peligrosa identificación del individuo con sus funciones sociales. Se presta a ello el contacto diario con personas sobre las que se ejerce (ejercía) un grado de autoridad, la similitud con algunas células familiares, y una serie de mecanismos cuya enumeración sería larga. Como rasgo social, es en extremo significativa la presencia en la Enseñanza Media, ahora Secundaria, de un número considerable de mujeres. El sector femenino está pasando, en esta época de transición, de la exclusiva dedicación al círculo de la familia, el trabajo casero y los sentimientos a las actividades profesionales. El proceso no ha hecho sino comenzar. Su madurez en extensión y, sobre todo, en profundidad ocupará todavía algunas generaciones. Hoy por hoy esto incide en la Enseñanza en dos aspectos: la consideración del trabajo docente como un apéndice subsidiario de la economía familiar y, en el polo opuesto, la necesidad de hacer de esa labor una completa justificación personal en la que se vuelcan sentimientos y querencias desmesuradas. Entre ambos polos se sitúa el síndrome que se podría llamar del cuarto de estar o la mesa camilla, la tendencia a hacer del instituto una prolongación hogareña repartida entre los íntimos con una óptica de familiar amparo , pero de violenta agresividad excluyente a la hora de defender para sí y los suyos el dominio de ese lugar que se considera patrimonio propio y que suele estar cercano al domicilio. El elemento femenino es, en este último caso, no único pero sí ampliamente mayoritario, las conversaciones abundan en la terminología maternal, los alumnos (quince, diecisiete años) son niños, precedidos por el posesivo, las conversaciones en espacios de descanso y fuera del centro giran en torno a comidillas sobre las ocurrencias de los infantes y los problemas adultos de salud, la temática externa, el interés intelectual son mínimos, pero la intolerancia es, en caso de defensa de un territorio que se considera adquirido, absoluta y el rechazo de los que poseen mayores méritos académicos y profesionales total. Por ello este sector ha resultado especialmente receptivo a la Logse, puesto que su ecosistema está en realidad mucho más cerca de la escuela primaria local que de lo que eran la Media y el auténtico Bachillerato. El Ministerio lo ha entendido perfectamente así y se ha valido de él para formar equipos directivos, imponer la Reforma por anticipado, asegurar la purga y el ostracismo de los catedráticos y agregados disidentes, forzar la fusión física y administrativa de institutos y colegios bajo el eufemismo de integración y presentar los hechos como inamovibles.

Como en política, también en numerosos casos profesionales la mujer todavía obedece a mecanismos de entregas absolutas por una incapacidad de distanciamiento y de pluralización de los intereses que sólo el tiempo irá haciendo desaparecer. Es obvio, sin embargo, que el tipo de sacerdote laico de la Enseñanza no es exclusivamente femenino. Le caracterizan actitudes monolíticas y autoritarias apoyadasa en invocaciones al Bien Común y al Servicio Público. Esto le permite asumir la postura de superior pureza del censor y hacer pesar sobre sus colegas un desdén fundado en la incapacidad de éstos para tan excelsos grados de dedicación y devoción.

Nada de ello tendría mayor interés si no abonara el característico complejo de culpabilidad latente y no tergiversase la sana y razonable dedicación profesional; amén de los escasos beneficios que obtienen los alumnos de estos apóstoles que se identifican mucho más con los padres obsesivos que con los propios adolescentes. El peligro capital de la religiosidad laica, de los moralismos al uso, es su incapacidad profunda de vivir la tolerancia, su impotencia respecto a la pluralidad. Los evangelistas no suelen conformarse con la idea de que existen otros mundos además del que ellos escogen para predicar.

En la Enseñanza Media se han encontrado siempre doctores y licenciados que no han canalizado el ejercicio de su título por caminos más ambiciosos socialmente y de mayor riesgo y remuneración. En las últimas décadas se han volcado en ella los que, tras la universidad, temían el paro y las estrecheces de un mercado laboral roído por la crisis económica. Existe, por último, un tercer componente de personas que realmente la han escogido como opción, laboral y de una cierta calidad de vida preferible a mejores sueldos. En el fortuito aporte de la valía intelectual de muchos de los que han sido empujados por la crisis hacia las aulas y en el de otros para los que en la existencia la libertad y el tiempo cuentan más que la nómina se encontraba el abanico de posibilidades más esperanzador. Es lo que el burocratismo estatal y la legislación reinante están destruyendo de raíz. Quien puede, abandona; individuos de una calidad notable, de excelente formación, han sido confinados, o se han confinado por fuerza de las circunstancias, a los rincones más grises en espera de la liberación de lo que la burocracia ha convertido en pelotón de castigo en la guardería. Porque la continua usura en la calidad de vida ha hecho odioso su trabajo y ha falseado el único ejercicio real de su labor: dar clase y darla bien.

 

 

El techo de posibilidades de los alumnos

Si el techo de posibilidades de los profesores se caracteriza por su raquitismo, el de los alumnos es gris, no sólo por la inevitable monotonía y aburrimiento que conlleva toda actividad impuesta, sino por el plomizo horizonte de incertidumbre que perfilan los índices de paro, la precariedad de los contratos laborales y la amputación de la dimensión adulta que su edad normalmente hubiera de ellos requerido. A este tono brumoso se añade la carga de eufemismos, la incongruencia de proclamas de enseñanza dinámica, metodología revolucionaria, evaluación permanente. Los alumnos prefieren atenerse a unas claras y bien delimitadas reglas del juego obligatorio que en todo grupo humano constituye el adiestramiento del individuo para integrarle en la sociedad. Un notorio riesgo reside en el momento en el que el profesor magnifica su papel y el papel de la docencia y se indigna de que no se comparta la transcendencia de su visión. El techo físico de los alumnos es un cubo de cemento en el que pasan seis o más horas diarias. Llegados al curso final, sus intereses se vuelcan en la selectividad y la nota media que deben alcanzar para ingresar en según qué facultades. El instituto, y su periodo de aprendizaje, ha perdido aceleradamente función propia alguna: recibe niños en un estado de semianalfabetismo que se dejan pasar, indiscriminadamente, desde la Primaria, prolonga ésta con eufemísticas promociones, sin estudio, saber ni mérito, hasta los dieciséis, dieciocho o más años porque se impone la oferta casi indefinida del aparcamiento del joven, concentra en dos cursos de algo que sólo conserva del Bachillerato el nombre lo que se daba antes en cuatro de formación Media, hace por primera vez en esta etapa chocar a los adolescentes que se ha venido manteniendo en la infancia contra algo que empieza a parecerse al principio de realidad. Y abre las puertas de la guardería para verterlos, cuando ya la familia debe resignarse-muy a su pesar-a hacerse cargo por completo de este adulto, en la jungla. La Reforma Educativa impuesta por el PSOE y mantenida cómodamente por el PP es un enorme altavoz que les promete, como a los compañeros de Pinocho en la Ciudad del Placer, diversiones continuas, esfuerzo nulo, inexistencia de exámenes, aprobados para todos, salas de charla y mesas cubiertas de dibujos, muñecos de papel y lapiceros de colores. El altavoz truena e insiste: ninguno es menos que otro, nada tiene que envidiar el vago al estudioso, el que atiende al que insulta. Muy al contrario, al peor de ellos le asisten-de forma paralela a la práctica impunidad del criminal juvenil-el abanico protector del que sus víctimas carecen e impondrá su ley al conjunto cuanto y como le plazca.

A menos exigencias de conocimientos y de elemental corrección, más interiorizan los alumnos la certidumbre de que se les debe a perpetuidad el derecho, sin la menor contrapartida, a recibir completa asistencia, inmerecidas gratificaciones, exención absoluta de pago, indefinida tregua en la necesidad de asumir responsabilidades. Su educación se ha transformado en un adiestramiento parasitario, en un forzoso anclaje intemporal al que falta el principio de realidad, la aceptación del riesgo personal y de la conciencia de la inevitabilidad de la fatiga y del trabajo solitario. Ante las llamadas al orden, a la atención, a la necesidad de simple reflexión reaccionan con auténtica sorpresa. La simple expresión de ideas por escrito les parece tarea abrumadora. Exámenes, reválidas, selectividades son reprobables muestras de represión, fósiles de dictaduras pretéritas. El fraude, que consagra una normativa del noventa que ofrece todo sin proporcionar nada, es de calado porque, al reducirlos legalmente a una categoría infantil que por edad y desarrollo mental no les corresponde, les están amputando etapas imprescindibles y privándoles de los alimentos necesarios para su crecimiento.

La familia recibe esta oferta con alegría; es más, aspira a que el instituto los tome a su cargo, prolongue indefinidamente la responsabilidad completa del colegio-es la idea materializada en los centros de integración-y aplaude la pinza tutor-padres que convierte a aquél en continuo sustituto de éstos que debería sentarse a su cabecera, hurgar en sus más escondidos pensamientos, disipar sus dudas sexuales y mecerles con la autoafirmación que necesitan. Pero el alumno no es ya un párvulo por mucho que se le quiera reducir a tal y él mismo siga el juego por la comodidad que implica; precisa de espacios de libertad, de autonomía y distanciamiento respecto al local donde pasa más de la mitad de la jornada. Hay un carácter profundamente malsano en esa aspiración totalizadora al control de los niños que ya no lo son, que no lo son de los profesores y que nunca deberían serlo por grande que sea la presión ejercida por la opinión pública en este sentido (la palabra integración es, por demás, fraudulenta: incluye, con ligereza triunfalista digna de juzgado de guardia, la inclusión en las aulas de estudiantes afectados de discapacidades profundas sin que se les asigne personal especializado y sin que existan siquiera rampas o ascensores en el edificio). Pero esa ampliación de supuestos espacios sociales de acogida es la gran chocolatina que el Gobierno, sabedor de la falacia del sistema y presto a aprovecharse de su demagogia, está dispuesto a vender a cambio de votos: explotación del personal existente ampliando horarios e imponiendo tareas fuera de su área profesional; y a cambio también de los huecos laborales que estas necesidades artificiales y ficticias ponen a disposición de la clientela de burócratas, orientadores, pedagogos y consejeros.

Con ser gravísimo el descenso en los conocimientos, la amputación de las asignaturas humanísticas, la reducción y mezcla de materias, como la Literatura y la Lengua, en un resumen fragmentado y arbitrario ayuno de hilazón histórica y transfondo cultural, las claves del vasto robo del nivel de enseñanza que a este alumnado hubiera correspondido se encuentran en la eliminación de los conceptos mismos de estudio, mérito individual, trabajo intelectual y esfuerzo. Se vive en una sociedad de consumo inmediato y la fiebre de mostrar aplicaciones prácticas alcanza, en su deseo de motivar, extremos ridículos, cediendo a la vertiente paternalista del Estado-Providencia, que convierte a los alumnos en eternos lactantes. El hecho en sí de aprender no existe como valor, la utilización y el desarrollo de la memoria, de la conceptualización, de la capacidad de abstracción, de síntesis y de análisis se suponen reemplazadas por vagas actividades semimanuales, por supuesto en equipo y ligadas a los cuatro tópicos del indispensable catecismo que acabará haciendo del arte, de la historia y de la literatura españolas el más timorato de los páramos.

Eliminadas socialmente, hasta edades muy tardías, competencia y el riesgo, los jóvenes se decantan, con más ferocidad que en el sistema de enseñanza anterior, entre los que provienen de familias capaces de pagarles estudios en centros eficaces y selectivos y los que se ven reducidos al deteriorado almacén en que se van convirtiendo las instituciones públicas. Se ha construido en esta probeta un especimen de sociedad que, como va ocurriendo en las corrientes de su entorno, adolece de la ignorancia del precio, se acuna en la muelle impresión de gratuidad y distancia, sea cuando se trata de alabar ideologías de realización ajena y remota, sea cuando el adolescente ve como prolongación lógica de tan larga infancia su paso a la Enseñanza Superior de un país que tiene el más desmesurado porcentaje de universitarios del mundo, a facultades donde va a instalarse, no porque tenga especial vocación ni intención de estudio; simplemente a causa de que le parece lógico el traslado a un nuevo aparcamiento indefinido que considera, como el anterior, servicio obligatorio y gratuito puesto a su disposición en bienes y servicios con la naturalidad con la que las hojas brotan en primavera.

En marzo de 2001 hubo una manifestación que puede considerarse ejemplar. El partido en el Gobierno, según su medrosa política de conservación de la Ley del 90 con algún que otro parche vergonzante para tapar las carencias más escandalosas, había hablado de mejora de calidad y exigencia avaladas por pruebas de paso entre los ciclos. Se cubrieron entonces los institutos, con sospechosa simultaneidad, de carteles de cuidada impresión en los que el sindicato de estudiantes convocaba en rojo al ¡Todos contra la Contrarreforma del PP!, y rechazaba con indignación cualquier intento de mejora de saberes y de rigor selectivo, que por entonces era inexistente. No pasaba sin duda por las mentes de ninguno de los manifestantes, que en su mayor parte estaban ya en la edad, no de la plastilina, sino del preservativo, que sus estudios eran pagados, silla a silla y mes a mes, por la cuota extraída de los trabajadores del exterior, que les correspondía cumplir su parte y que los que los alimentaban tenían derecho a exigir la comprobación de sus inversiones. La lógica continuaba siendo la defensa del niño que tira el plato de comida al suelo. La estrategia, cortada por el burdo patrón que delataban los carteles de la convocatoria, consistía sin más en atacar defensivamente al Gobierno para que no se le ocurriese mover ni un milímetro la silla de una Logse que continuaba siendo el economato de la clientela y sindicatos del gobierno anterior, a la que se había sumado, notoriamente en la Comunidad de Madrid, parte de la del PP deseosa, a su vez, de ingresar en ese club de demagogos que siempre se presenta en sociedad pretendiendo imponer, por medio de los institutos, guarderías ampliadas de la incómoda grey juvenil.

 

 

Café y ordenadores

Tras la achicoria cuyo reparto equitativo no la ha transformado en café, amaga otra falacia de tamaño al menos tan monumental como la Gran Revolución Cultural Educativa de 1990. Se trata de peticiones, y concesiones, de presupuestos repletos de guarismos con los que la calabaza se transformará en carroza electrónica, los alumnos en receptores del conocimiento universal y las materias en digeribles píldoras de sabiduría en formato de discos. Con una pasada de ordenadores, el sistema aparecerá modernizado y rejuvenecido, las conciencias oficiales satisfechas, la opinión feliz por las pioneras inversiones educativas y la clientela de Administración y de los dos sindicatos aún más felices porque esto les permite control de fondos, cursillos sin cuento e infinitos puestos en los que, sin más capacitación que la pericia de la tecla, desbancarán al docto y silenciarán al profesorado. El timo que se prepara va a ser antológico. La obvia adaptación al cambio informático es plataforma utilizable para manipular valores y metodologías y aprovecharse del papanatismo ambiente. De hecho, en estos terrenos vieron su oportunidad buena parte de los destacamentos logse. Evidentemente es más asequible por la vía rápida el cursillo de ordenadores que otras titulaciones, especializaciones, categorías y niveles para cuya adquisición han hecho falta años, pruebas y conocimientos. En los centros de lo que fue Enseñanza Media se impuso, en opciones, horarios, publicidad, la golosa oferta de pantalla, y con ella ocuparon con rapidez las primeras filas del espacio docente expertos del ramo que solían unir a su devoción técnica la que les inspiraba la Reforma. En la situación actual, sin una poda del lastre de la Ley del 90, la superposición de aditamentos informáticos equivale a la distribución de bonos para juegos de rol.

A nadie escapa que los métodos y técnicas van a sufrir una transformación tan radical como la que media entre el dirigible y las líneas aéreas regulares. La parte mecánica, acumulativa, almacenable y repetitiva de la enseñanza va a correr a cargo de la sistematización audiovisual. El papel del profesor sufrirá una remodelación intensa y forzosamente cualitativa, se ampliarán sus funciones de guía en la selección de fuentes y saberes y disminuirá el tiempo lectivo y la presencia física horaria. El material de consulta se multiplicará, contenido en un espacio mínimo de fácil acceso. Cualquiera que sea ahora la vena gubernamental formalista que pretende hacer pantalla de humo con disposiciones de un estajanovismo trasnochado e inútil, lo cierto es que las cosas no van por ese camino y que incluso el punto en el que nos encontramos está ya sobrepasado por los hechos.

El siglo que apunta deja entrever una posibilidad de existencia para la expansión óptima de las facultades individuales y para la opción de libertad responsable en el doble prisma de profesor y alumno. La técnica puede facilitar una serie de medios que suplirán a las cuerdas vocales, la pizarra, la fatiga física y la monotonía de las repeticiones. El estudiante dispondrá de estos medios y lo importante será la orientación en su uso, la forma de contrarrestar la inercia de la imagen con el cultivo de la reflexión crítica y de la memoria, y mantener, llenándolo de sentido, el factor humano. Harán falta locales apropiados y material opcional con cuyo contacto alumnos liberados en gran parte del esquema caduco de la obligada asistencia a todo, motivados y no abrumados en la medida de lo posible, den al vocablo estudiar el sentido que piden los tiempos.

Hasta ahora, como dice el adagio chino, con poner el letrero ya se ha pensado que existía la tienda. Se habla de modernidad y avances, de internautas y bancos de datos. Puro mito en las condiciones materiales existentes que, en pleno Madrid, distrito norte, siglo XXI, se reducen, por ejemplo, a dar clase todo el invierno con el abrigo puesto por deficiencia crónica de la calefacción, moverse entre paredes sucias, techos desconchados, mesas cubiertas de pintadas, rejas, pizarras rechinantes y añosas, largos tramos de escaleras sin ascensor, persianas rotas, polvo y aspecto carcelario.

Se habla también de dinámica y creatividad, de atención personalizada y perfiles minuciosos. Mito de nuevo. La tarea de limpieza de eufemismos es ardua en un medio tan propicio al verbalismo oficial y, por vulnerable y atacado, tan ansioso de autojustificación. Se ha contrastado artificialmente el método secular autoritario y pasivo con otro, que sería maravilloso e idílico, permisivo, activo, creativo, etc, etc. De esta ola se van decantando conclusiones más modestas, entre las que no es la menor la constatación, ahora sobradamente comprobada, de que no siempre las innovaciones, por ser las últimas, son las mejores.

 

-Desde luego, dedicamos todo nuestro cuidado a la descendencia. También en este aspecto tuvimos que tomar medidas muy distintas de las que existían anteriormente, cuando se dejaba la crianza al arbitrio del individuo. No, ahora ejercemos una asistencia que comprende al ser humano en su integridad sin omisiones hasta su vigésimo año de vida. Hemos perfeccionado los medios de la enseñanza audiovisual y trabajamos con programas que se adecúan a cada uno hasta en los detalles más nimios. Cada cual recibe una instrucción especialmente calculada para él, de acuerdo a sus talentos e inclinaciones. Es lógico que también entrenemos las cualidades del carácter y los modos de obrar. El resultado son personas en equilibrio consigo mismas y con el medio. Las tareas que les asignamos posteriormente se corresponden con sus capacidades y preferencias. Y están dispuestas a obrar de modo correcto y a adaptarse a las necesidades del sistema. Ya  no se sojuzga a nadie, ni física ni espiritualmente, ni de modo directo ni indirecto.

El objetivo final del desarrollo debe ser una captación y elaboración total de la información; para ello, el ciudadano debe cumplir también, en el marco de sus actvidades diarias, con su deber informativo; otros medios para la obtención de datos son las pruebas y los tests, algunos de los cuales se aplican de forma declarada y otros (para conservar la espontaneidad) de forma enmascarada. El material de datos psicológicos, junto con los resultados corrientes de las revisiones médicas, brindan una imagen abarcadora de la personalidad. De acuerdo al principio de la identidad entre Estado y ciudadano, no hay una esfera privada ni un derecho al secreto frente a las autoridades de captación de datos. Según los fundamentos positivistas de la información, la personalidad no es más que la suma de todos los datos individuales medibles. Sólo puede cumplimentarse el derecho del ciudadano a la protección y a la seguridad cuando hay una total transparencia de la estructura de la personalidad. Por tanto, el deber de la revelación ha sido incorporado como constituyente integral al párrafo I de la Ley Fundamental. [28]

Desde ese mundo de la ciencia-ficción que los vaivenes de la aceleración histórica dejan cada vez atrás llega el perfil sutil, diseñado desde los corredores de la infancia, de lo que podrían ser las vastas e impalpables dictaduras del mañana, mañanas entremezclados con el hoy, sazonados con la risueña prepotencia del bárbaro que juega con los mágicos poderes de los dioses y con la miseria de los que han visto en el dominio de las técnicas al uso la prótesis para un bagaje de inteligencia personal singularmente mezquino, y se han apresurado a utilizarlo como escala de su progresión social. No en vano la extensión del desastre intelectual de la reforma educativa comenzada en los ochenta dispuso de una fuerza de choque que se investía a sí misma con todos los atributos de la falsa ciencia, con el monopolio de la informática y la modernidad. Las milicias de la Reforma tenían ahí su oportunidad de ascenso rápido, de control indiscutido ante un público tomado de imprevisto y momentáneamente indefenso. La aprovecharon para deslumbrar con su función sacramental, desalojaron y despojaron, ocuparon desde los modestos aulas, horarios, grupos, nombramientos y cursillos hasta las alturas asesoras, mediáticas y ministeriales. Y vendieron su producto mediante el que, con el toque mágico de miles de millones y de conectores, hileras de mandriles se afanarían sobre sus teclados hasta transformarse-sin duda por la final ley de las variantes combinatorias-en cumplidos y razonables humanos. Esta orden de pretorianos-sacerdotes ha ido perdiendo buena parte de su lustre según se ha generalizado la informática, se ha incorporado el sistema global e instantáneo de comunicaciones a la vida cotidiana y se van apreciando los avances de las ciencias en sus necesarias contrapartidas, su esplendor y sus limitaciones. La función que la ciencia ha tenido en manos de los que la han utilizado, en provecho propio, para resultados contrarios a la inteligencia queda como un aviso para navegantes.

 

 

Milenarismo, productividad y paro

No se ha hecho secreto en estas líneas de la necesidad de dignidad, como premisa inmediata para cualquier proyecto, vasto o limitado, que modifique las condiciones en las que el profesorado trabaja. Se ha añadido y subrayado la urgencia de un saneamiento de las presiones que intentan dar dimensiones utópicas, pseudorreligiosas y fariseas al fenómeno de la enseñanza, y esto por un mínimo de higiene mental.

La profesión es propicia a la atomización, y lo es también a cierto mesianismo dirigista por la limitación del techo de posibilidades y por la magnificación e identificación de afectos insatisfechos con el papel docente. La dificultad reside en procurar espacios al derecho, a la pluralidad, a la delimitación profiláctica de tareas y al distanciamiento. Hay una premisa simple que se va filtrando tras más de un siglo de apasionados absolutos: el precio de la democracia, del bienestar, de la libertad, y, en general, de esos valores llamados humanistas es un margen de riesgo, de incertidumbre, de errores, de ineficacias, de inesperadas diferencias y de fracasos. Sólo los sistemas totalitarios aseguran cuotas diamantinas de producción, pero la producción así obtenida se condena a sí misma, es pura criatura burocrática alumbrada a costa de los valores creativos, originales, del factor humano. En los sistemas de funcionamiento democrático, cualquiera que sea su escala, la aceptación del margen de pérdidas, de la angustia de las inseguridades y del enfrentamiento solitario con el edificio de la propia personalidad es el precio; subyace en ellos la impresión de que la libertad, la satisfacción y el respeto no sólo son rentables: Son productividad en sí, pero de otro signo. Depende de qué sociedad se quiere. Un simple caso de prioridades.

Se entra en el siglo XXI con cierto terror ante un milenarismo técnico cuyo tren se escapa, y con la sensación de una masa abrumadora de personas a las que no se sabe, laboralmente, dónde poner. Miedo, crisis y desconcierto han producido curiosos rebrotes de exorcismos estajanovistas a los cuales no son ajenos la satisfacción de ser mandado y mandar, el placer de la imposición sobre los otros y también sobre sí mismo, la amalgama, en fin, de motivaciones cuya racionalización visible en el exterior, y a veces en la propia conciencia, puede tomar la forma de Bien Común, Orden, Eficacia, devoción al Servicio Público, con los cuales suelen legitimarse autoritariamente toda manipulación y todo fraude.

Son dioses desfasados pero de formulismo siempre listo para el consumo y de fácil y tentador recurso. La coyuntura incita a recordar y a refrescar algunos rasgos históricos de aquella religión laica, teleguiada por la nomenklatura en el poder, pieza de museo pero cuya liturgia aún caldea algunos espíritus. Hoy esas consignas son recordadas con melancolía-y aplicadas con ridículo-por la burocracia tecnológica, sin consideración de si ésta se coloca a las supuestas izquierda o derecha del espectro político:

El 26 de junio de 1940 el Presídium de la URSS hizo público un decreto que permitía llevar ante los tribunales a los trabajadores que se hubieran ausentado o que se presentaran con un retraso de veinte minutos, y condenarlos a trabajos forzados. La cuota diaria de certificados por enfermedad que los médicos de los hospitales podían extender se limitó a un número fijo, independiente del número de enfermos reales. Se instituyeron libretas, de función estrictamente disciplinaria, en las que se iban consignando todos los avatares de la vida laboral, actitud, cambios y rendimientos, y, según las cuales, el interesado podía obtener, o no, un nuevo empleo o la jubilación. Las cadencias se aceleraron enormemente.

Ya en los años veinte, el neotaylorismo había fascinado a los dirigentes de la URSS y había sido introducido bajo el nombre de NOT (Organización Científica del Trabajo). La primera conferencia panrusa del NOT, en enero de 1921, planteó cómo se podía obtener, en la sociedad socialista, rendimientos óptimos con el máximo de alegría en el trabajo. El fisiólogo Bechterev expuso su ponencia sobre La explotación racional de la fuerza humana en el trabajo.[29]

La liturgia continúa aunque el movimiento haya caído en desuso, pero se engalana con un nuevo modelo agresivo-ejecutivo made in USA sobre un fondo japonés de himnos a la empresa.

¡Qué es lo que ocurre exactamente hoy?. Citemos a la revista del PCUS “Komunist”: “La disciplina del trabajo socialista comporta, por un lado, la obligación, de parte de los administradores, de organizar racionalmente el trabajo; por otro lado, la obligación, por parte de los obreros y los empleados, de consagrar todas sus fuerzas al trabajo.

Y comenta Voslensky:

No se les pide mucho a los obreros: simplemente sacrificar la totalidad de sus fuerzas al trabajo.

Siguiendo esta lógica, la Administración es el órgano especializado en organizar el trabajo, sacar de él el máximo rendimiento, contabilizarlo y controlarlo.

La Nomenklatura considera que su misión esencial consiste en elevar al máximo las normas de producción, lo que desde su punto de vista es justo. A pesar de que suele extenderse, en la prensa, en largas tiradas sobre el indefectible entusiasmo que el pueblo soviético siente por el trabajo, la Nomenklatura, en el fondo de sí misma, está persuadida de que esta banda de perezosos no trabaja más que a medias, que se niega obstinadamente a darlo todo al Estado, que hay que romper esta especie de huelga de celo permanente.

La semejanza entre estas líneas y el tono que ha presidido las directivas de algunos prohombres del régimen actual es tan grande que explica una comparación en principio aparentemente desmesurada. La probeta de Enseñanza no es tan pequeña: afecta a varios miles de profesores y a bastantes miles más de alumnos que van siendo aparcados en la aulas y finalmente las dejan con un título simbólico. Es obvio que no se trata de un parangón entre el sovietismo y la política española, pero ésta última desde luego no se halla en absoluto exenta, cuando se le presenta la oportunidad, del recurso a la manipulación, el abuso y la exacerbación de la psicosis de perro pastor frente a rebaño perezoso. Se viene intentando una vez más en nuestra Historia-y ya parece que va la vencida-dar el salto definitivo a la Edad Contemporánea sin haber pasado por la Moderna. La falta de integración profunda de los mecanismos democráticos en la vida cotidiana deja amplios espacios para todos los complejos de nomenklatura. Existe una idea clara de la modernización como meta, que es hacia lo que oscila la mayor parte del país, pero tras ese término se sitúan distintas realidades: Hay fines materiales ligados a intereses, fines sociales y psicológicos confusos, y medios faltos de coherencia y sobrados de un populismo de la peor ley:

El presidente de la Comunidad de Madrid (…) entiende “perfectamente” el planteamiento de los docentes, pero cree que llegarán a un acuerdo con la Comunidad cuando comprendan que sus reivindicaciones deben pesar menos que los derechos de los estudiantes y que el objetivo de la medida es una mayor calidad de la educación.[30]

El presidente de la Comunidad está realizando, en estas declaraciones, cuando habla sobre una huelga docente contra la imposición de un calendario escolar en el que se aumentan los días lectivos, un llamativo ejercicio de inversión de términos. Al dictado del gabinete asesor que para estos temas ha nombrado, está enhebrando como probadas afirmaciones que no sólo son vagas sino falsas, asimila, con arbitrariedad generalista, calidad educativa con simple tiempo de permanencia de la globalidad del alumnado en centros a su vez globales; pretende ocupar, sin coste alguno, titulares en la prensa, asume y establece, sin más argumento que la imposición, que se prive al profesorado de uno de los rasgos que fueron determinantes en el contrato que con la Administración firmaron y que constituye hoy por hoy su única compensación y respiro, un calendario y unos días que obedecen, no a graciosas concesiones a la pereza, sino al complemento necesario de la usura de una profesión cuyas tensiones durante la permanencia en el aula alcanzan grados difícilmente soportables si no se intercalan periodos de respiro que existen y se respetan en los demás países europeos. La campaña no se limita al anuncio oficial sino que disfruta, a micrófono unánime, de vasto refuerzo mediático. Los reporteros exponen a los niños la injusticia de que los profesores tengan más vacaciones que sus papás. En ningún momento añaden la apostilla de que las carreras universitarias y oposiciones que hicieron esos profesores para acceder a tan, por lo visto, envidiable posición estaban abiertas a cualquier español sin discriminación de edad, religión o sexo. Tampoco ignoran el escaso entusiasmo de los papás por encerrarse varias horas con decenas de niños y adolescentes.

El Presidente gusta de planear a la elegante distancia de los intachables, se precia de mantener con la oposición relaciones excelentes, y no puede menos de ser tal porque, gracias a él, ésta ya no precisa serlo excepto cuando se la despierta para alguna actividad testimonial. Por el contrario, conserva puestos y prebendas como lo hacía con el anterior partido en el poder. De tal felicidad sólo están excluidas las víctimas de normas y leyes tan nocivas como la intocable e intocada del 90, de nombramientos que reafirman, con ligeras alteraciones en el mobiliario, el acomodo vitalicio. Los dos gobiernos se han sucedido en un gran baile de intercambio de parejas, sin salir del salón y sin que mengüen la barra libre ni la bandeja de canapés, y han practicado, avant la lettre, la clonación de organismos y cargos. El Presidente pasea, conversa y recibe escoltado por los amables beneficiarios del anterior desastre. Escucha, asiente e inaugura con unción y benevolencia de Pantocrátor mientras delega el manejo de los asuntos mundanos en esos delegados que son la viva imagen de la integración. Practica, en tertulias y conciertos, la elegancia exquisita del regalo al antiguo adversario político. Es una bellísima estampa de convivencia y tolerancia; augura mañanas ininterrumpidos de alternancia dual que no es sino facetas de una realidad única basada en el común interés de los participantes.

La demagogia nunca es casual. Cuando, desde el otoño de 2000, el alto cargo de turno decide recurrir a la oferta gratuita de ampliación del tiempo de guardería en los institutos, con la maniobra está cubriendo turbias etapas del pasado, abonando sus ambiciones de futuro y barnizando el presente con fidelidad áulica. Tiene que hacer méritos. Maneja sus mimbres con los que le urge procurarse cierto grado de notoriedad a coste presupuestario mínimo. Ha recurrido alegremente a la neolengua y vendido con gran aparato escénico que ya no habrá Semana Blanca (ergo, más tiempo de estudio y guardería disponible) Está llamando semana a tres días que se intercalan en el segundo y largo trimestre y que son en Inglaterra o Francia aproximadamente una docena de jornadas de reglamentario, y nada superfluo, periodo de reposo, dentro de un ritmo, en países con cierta tradición educativa eficaz, que siguen como norma la introducción de un periodo de descanso de las actividades lectivas aproximadamente cada mes y medio. El Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid (e incluso hasta el Presidente o el último conserje, por lo obvio) sabe que lo ocurrido en España como consecuencia de la Reforma Educativa es un desastre, que nada tiene que ver la calidad con aumentos forzados del calendario y que la mejora real pediría cambios de otra envergadura acogidos con extrema agresividad por las clientelas sociopolíticas para las que la situación actual es su sistema ecológico. Tanto él como el Pantocrátor desdeñan a un profesorado al que introducen, con la comodidad que la ley les permite, en un saco único, y con el que saben pueden permitirse-la tradición en ello es larga-atropellos que no soportarían los demás sectores. Han escogido el término profesional para sustituir, en el catón de la nomenklatura siglo XXI, a otras preceptivas abstracciones. El Presidente lo utiliza como imperativo moral en el que se funden exigencias de alto rango frente a las que desaparecen derechos y necesidades individuales. Ofrece servicios inexistentes y voluntariado forzoso. Pretende imponer que su vicerreinato se distinga como aquél en el que los enseñantes tengan menos vacaciones que en ningún sitio de España o Europa. Está empleando la neolengua con singular soltura, calidad y profesional se remiten precisamente a sus contrarios, a la degradación y al hundimiento en la mediocridad uniforme y el desánimo. Ni la maniobra, por el espurio corte de sus métodos, ni el contenido de la  probeta son insignificantes: El nuevo Gobierno (cuyas siglas del PP poco importan) se distancia todavía del anterior por el baremo, difícilmente alcanzable, del partido socialista en corrupción y dispendio, pero ya está claro el lugar que reserva a la ética, y también lo está que ha vendido a quien considera rentable vender.

El Estado es débil y es clientela. Mucho más desde el fraccionamiento de las autonomías. El Gobierno, que parece una palabra impresionante, no es gran cosa: representación exterior, algunas atribuciones de defensa y de prestigio, la firma en documentos oficiales y el extremo de una cadena sobre cuyos eslabones carece de real autoridad. La debilidad pide rugidos y actuación de domador frente a una amalgama de absentistas, gandules, indeseables y defraudadores en potencia. Y la cobardía selecciona, lógicamente, al colectivo más medroso. La tentación del despotismo con pretensiones de ilustrado es grande, y las satisfacciones que procura su ejercicio compensan el despliegue de inútiles rituales de dominio. Probablemente para los que se sitúan a sí mismos en esta capa directiva uno de los mayores-e inconfesados pero evidentes-placeres consiste en sorprender los acentos de sumisión y los reflejos del miedo que despiertan en los demás, ese miedo que, cuando un ser medianamente sano lo descubre en los ojos de su interlocutor, no le produce sino vergüenza y abrumadora impresión del propio ridículo. Ni la Administración ni los responsables del Estado han adquirido conciencia de la peligrosa legitimidad y anonimato que la Burocracia ofrece a este tipo de conductas, y ello no sólo porque la coacción ya no es valor de cambio, sino porque se está atacando frontalmente el verdadero bien común primordial. En la Enseñanza que fue Media la pasividad temerosa, teatral o mimética respecto a las consignas estatales ha ocupado el terreno de las iniciativas que sí precisa la sociedad: las de individualismo, libertad, humanismo, saber, independencia y alegría de vivir.

 

 

Palabras, palabras.

En la novela (que no carece de ninguno de requisitos para incluirla en el Índice de Libros Convenientes) un cazador-gringo y malvado-ha matado a los cachorros de la tigrilla y herido al macho. La alumna, que en otro tiempo sería de Bachillerato y ahora está anclada en un sucedáneo de Entretenimiento Cultural Prolongado, habla, en un ejercicio sobre esa lectura, del compañero sentimental de la tigresa. Ya no hay machos, queridas ni amantes, los infusorios forman fugaces parejas de hecho y a la representación de El Mercader de Venecia debe añadirse, en apostilla, un extraño rugido final que lanza un actor en solitario para afirmar, por si hubiera dudas, el rechazo del director al antisemitismo. Poco falta para que la mesa, en vez de coja, esté discapacitada, y para que la suerte no sea negra sino de color. El decálogo de pluralidad cultural, vida sana, indigenismo, igualdad de sexos, actitudes de interés social, actividades en grupo, ecología, pacifismo y responsabilidad delegada en la opresión social ha ido expurgando minuciosamente las lecturas que deben llegar a los jóvenes. Al lado de los pontífices que pueblan este Sinaí se sientan asesores cuidadosos de que no se pida esfuerzo alguno de comprensión y de que la tarea de recorrer algunas páginas o, incluso, escribir unas líneas no represente un trauma.

La rica historia de la literatura española, el tejido sangriento y jugoso de la literatura universal se van reduciendo al puñado de obras adaptadas, recortadas y escogidas. Hace siglos (es decir, sólo una decena escasa de años) se leían El Quijote y La Celestina en los institutos. Tal pretensión, respecto a idéntico nivel de edades que entonces, sería hoy un despropósito y no puede ni siquiera plantearse. Que, en su lengua original y con la ayuda del profesor, los alumnos fueran, no hace tanto tiempo, perfectamente capaces de entender el Poema de Mío Çid da idea de la dimensión de un desastre que se extiende en el espacio y en el tiempo, en las épocas, ahora confusas y desconocidas, de siglos pretéritos y en territorios que, igualmente, se ignoran. Hay mucho de panorama medieval en esta regresión de la cultura a las Oscuras Edades, a vagos portulanos y a seres y hechos que cuelgan ocasionalmente de algún muro de la memoria sobre el que ha caído el foco caprichoso de un trabajo monográfico servido en bandeja por el ordenador.

Una de las primeras innovaciones de los centros piloto, en su papel de vanguardia de la Reforma, dispuso en los ochenta la mezcla de Literatura y Lengua. Fue la avanzadilla de sofritos memorables y abrió brecha para el drástico recorte de la Ley del 90 en estas materias, que, en lugar de estudiarse por separado en el adecuado número de horas lectivas, pasaban a hojearse en algunas clases conjuntas que no equivalían ni al cincuenta por ciento de tiempo anteriormente disponible. La modernización, fuera la que fuese siempre y cuando permitiera adornarse al asesor pedagógico con nuevos florones, obró de forma parecida y envió al limbo de la inexistencia a concretos estudios de Ciencias Naturales, Física y Química imponiendo, en cambio, el vuelo rasante por áreas de variado contenido. El consumo, en tiempo mínimo, del picadillo procedente de diversas materias hacía sitio a asignaturas tan peregrinas como la encuadernación, el ámbito o la expresión corporal. Esto proporcionaba huecos a docentes asustados por la reducción demográfica del alumnado y del tiempo lectivo de sus materias, y, además portadores con frecuencia de un diploma de magisterio y de los apoyos de los dos sindicatos logse. El rechazo que ya por entonces se asentaba, bajo color experimental, en los centros piloto respecto a la Edad Media, el Siglo de Oro y los clásicos era el comienzo de la progresiva eliminación de las Humanidades. Se producía en un ambiente de desprestigio de los saberes no directamente aplicables y en el que Latín y Griego, cultura antigua y mundo grecorromano se preparaban para su pronta fosilización, que llegaría incluso a peregrinos estudios superiores de Lengua y Literatura en que los filólogos y estudiosos de lenguas románicas no conocerán el latín.

Coherentes con las exigencias legales y prontos a continuar la explotación de una de las empresas, la edición de libros de texto, que ha hecho más rápidos millonarios en la España democrática, las editoriales agrupan a equipos de redactores-pedagogos, que se convierten así en fervientes implicados, fiduciariamente hablando, en el mantenimiento de la Reforma y que imponen por métodos de presión diversos en los institutos los libros en que han participado sus familiares y amigos. Son concentrados de fichas de diversos autores y orígenes que saltan, sin pretensiones de homogeneidad temática o cronológica, por un recorrido que pretende abarcar, a vista de Concorde, lo que anteriormente se estudiaba en más del doble de tiempo. La penuria intelectual se rellena con abundantes ilustraciones y el todo se barniza con generosas dosis de educación en valores, que parece partir del supuesto de que, hasta la Nueva Era Logse, los profesores se han dedicado a incitar al racismo, el acoso sexual y el asesinato. Paternalmente, en un tratamiento de tú continuo, se exhorta al infante, sea cual fuere su fecha de nacimiento, a discutir afablemente con su compañero-compañera (el morfema genérico es indispensable) sobre temas de cuyo transfondo histórico, literario, científico, no tiene la menor idea, y va a continuar sin tenerla mientras promociona de un curso a otro como se llega de una colina hasta el llano sin más méritos que la ley de la gravedad. Para mayor claridad intelectiva se les gratifica con esquemas abundantes, fotogramas de cine y televisión y escenas de la vida cotidiana (ramplonas, si es posible) que alejen cualquier sospecha de teoría, elitismo, excelencia cualitativa e historicismo, rasgos propios de épocas reaccionarias y caducas. La presión de empresas editoriales, algunas muy afines al gobierno anterior, es tal que la ministra de educación del PP aludió como argumento para no cambiar la Logse la imposibilidad de sustituir los actuales libros de texto, lo cual entraba en el silogismo barroco y transformaba las consecuencias en causas: los libros son un desastre porque la normas y programas son un desastre, ergo, hay que conservar las normas para no cambiar los libros. Con mayor sentido práctico y forzados por las circunstancias, los alumnos, llegados al microscópico bachillerato, en el que por primera vez empiezan a tomar algunos conciencia del principio de realidad, recurren a los antiguos manuales de BUP y COU de hermanos y amigos.

Desde sus albores, la Ley de Educación consagra un vocabulario nuevo que la refleja y define; se ha elaborado con el expeditivo procedimiento de calcar trasnochados términos ingleses que corresponden a experimentos fallidos y sazonarlos con consignas sociopolíticas de obligado cumplimiento, de forma que el producto presente ese aire peculiar entre predicador adventista y tecnócrata por correspondencia. A partir de su presentación en sociedad, el uso de esta jerga define a un clero. Se trata de un léxico de tan sorprendente vaciedad y textura tan repulsiva que su empleo voluntario delata sin lugar a dudas a los comisarios pedagógicos y beneficiarios del sistema, a los que rodea la corte habitual de subclientes y el círculo más amplio de conformistas especializados en el asentimiento como mal menor. El término curricular viene en cabeza en la definición del usuario y no puede pronunciarse impunemente sin que califique al emisor. Le sigue la fruición en el deletreo de transversal, áreas, habilidades y destrezas. Les acompañan ámbito, promoción, diversificación y garantía social. Por su carácter particularmente horrendo, ocupan rango preferente sintagmas como estrategias didácticas o procesos actitudinales, y es notable la incidencia de un léxico entre circense y fabril-instrumento, taller, herramientas, habilidades, destrezas-que evoca de forma irresistible el adiestramiento de chimpancés. Cierra el desfile, casi de incógnito por la conciencia de su ignominia pero condenada a la existencia por la letra impresa, la sustitución del recreo por segmento de ocio.

Privado de conceptos y de palabras, al alumno le queda, como la música, la imagen, el fluido hipnótico y digerible dotado de la engañosa apariencia del conocimiento inmediato. La imagen es, sin embargo, necesaria, y no sólo para defenderse de ella, sino para rendir el adecuado tributo a su fuerza o su belleza y marcar sus límites. Se encuentra, empero, en una vecindad lingüística y metodológica tal que se la culpan de los males que no tiene. El peligro se halla en la excusa que su manejo ofrece, en las millonarias pretensiones de un clero pedagógico disfrazado de sacerdotes informáticos que se apresta a ocupar, ratón en mano, cualquier hueco de presupuesto y de poder. Las consignas recibidas por los dos sindicatos se ciñen, especialmente, a un esquema de notable simplicidad y que, por ello, debe resultar convincente para el pueblo llano: la Logse funcionaría si se le concedieran los presupuestos de que carece, los miles de millones necesarios para alumbrar aulas donde se refleje en miles de pantallas el siglo XXI. Y para este fin hay infinitas posibilidades de formadores de formadores, de control de cursillos. Porque la pobre informática, inocente como toda técnica, tiende a constituirse en refugio de buena parte del clero revenido y ansioso de cualquier forma de monopolio de plataformas estratégicas y rentables. Cara a la galería, todo se espera del milagroso salto de la prehistórica tiza al microchip; se trata de nuevo de la panacea educativa, el ungüento amarillo de las vastas guarderías informatizadas, una réplica de la utopía decimonónica, de la conmovedora fe de los Ilustrados en el poder de la educación.

De puertas adentro, la paradoja es que no se precisan tan ingentes cantidades de dinero, y, sobre todo, no por esos canales de reparto. Con poner a los especialistas por titulación en materias y edades concretas dando clase a quien les corresponde y sólo de la asignatura que les corresponde habría ya, de entrada, una mejora sustancial inmensa. Pero no conviene, porque esto es singularmente fácil, limpio y económico, no permite baile de millones, intermediarios e influencias, y además cierra a los no especializados en la real Enseñanza Media sino en Primaria y en Formación Profesional la posibilidad de ocupar horas lectivas de cualquier grupo de alumnos sin reparar en niveles, materias ni temas.

Alguien corre con los gastos, lleva largo tiempo pagando altos precios. Cada hora, en lugares muy diversos, hay un profesor que cierra su cartera y sale, con un suspiro de alivio. Deja atrás una hora perdida y procura olvidar la perspectiva de las que serán ineluctablemente peores que sus precedentes. Durante el recorrido del reloj eléctrico ha inclinado la cabeza, barajado papeles, intercalado, cuando ha podido, preguntas e inaudibles respuestas; procurando siempre evitar las burlas aparentando, simplemente, no distinguir ni oír. También deja detrás a algunos alumnos que quizás quisieron escuchar algo, que un día preguntaron y reflexionaron sobre un mundo que en su casa no poseen, pero desaparecieron tras el imperativo predominio de los que ahora han venido a llamarse objetores de estudios, cuya principal objeción es la vieja reticencia a que alguien sepa lo que ellos no quieren o no pueden saber. El profesor se lleva su cartera llena, sin haberlas usado, de palabras, que en otro tiempo hiciera navegar y que encontraban puertos, hacían ellas mismas barcos.

Progresivamente, las palabras se han ido apagando, desapareciendo en el olvido de la memoria anquilosada y el inexistente hábito de la conceptualización. Cargadas de tiempo y de la dual presencia de la bondad y la maldad para las que han sido objeto, fueron reducidas a la selección de la comprensión inmediata, el utilitarismo más romo y a la poda de cuanto socialmente no consideraba apto una época-ésta-cargada con la más inatacable y profunda de las censuras. Recitemos en grupo y en un salón para no fumadores una rima de Bécquer, dos de Campoamor y el manifiesto ecologista de un jefe indio. Hay que salvar a Caperucita, que la sirena que consiguió un alma obtenga sólo un príncipe, que los benéficos representantes del culto solar de lejanas tierras extraigan con destreza el corazón y que el viaje cultural consista en la visita al Coto de Doñana y el día en Isla Mágica. Importa comenzar ayer la historia, y no prolongar la geografía más allá de los límites del abono mensual de transporte, flotar en una papilla de cooperación universal, gratuidad completa y animales amenazados porque conviene que haya una causa por la que hacer amago de luchar. Un niño de ficción, de la próxima revolución cultural, espera con la pistola cargada a que su padre saque furtivamente un cigarrillo.

 

 

 

La reconversión educativa.

Estoy totalmente en contra de unificarme y reunirme sin cesar, pero daría mi vida porque usted pudiera hacerlo. ¿Le importaría pagar con la misma moneda?. Parafraseando a Voltaire, y a Murphy, éste podría ser el motto del individuo que ve, mientras le retiran la tarima por su deleznable relente autoritario y le exigen que homologue criterios y produzca su cuota de encuestas, aproximarse la apisonadora. En los años ochenta ya no le cabía a Isa duda de que el ideal estatal de instituto de Enseñanza Media que le aguardaba podía plasmarse en la guardería vagamente informatizada: un reducto en el que, para comodidad de parientes y alborozo de poderes fácticos, los adolescentes, sin hueco social, se verían confinados, distraídos con juegos manuales no muy más allá del mecano y la plastilina, bajo la vigilancia de profesores degradados de su nivel intelectual y compentencias primordiales. Isa veía acercarse al Ejército de Consejos, Equipos, Asesores, Orientadores y Formadores y se sabía perdida. Unos años después era, en efecto, el rehén en libertad vigilada de la cohorte segregada por una normativa que precisaba absolutamente de una tropa para existir. El recurso era antiguo, y vieja la estrategia que consistía en disfrazarse con los aditamentos del recurso al anonimato y al colectivo, a la Norma y la Moral utilizadas como bienes patrimoniales, vestirse de autoridad a través de ellos como el mediocre sacerdote en la broncínea estatua del oráculo, y adquirir la personalidad suplementaria del ente conjunto. Las huestes, ligeras de escrúpulos y de académico equipaje, se deslizaron sin obstáculos sobre la atonía y el silencio, firmaron y recibieron papeles, treparon a los sillones y a los sueldos, y ofrecieron, infaliblemente, a la opinión el paternal gesto de quien no regatearía nada a sus hijos. Eran promociones de rapidez fulminante y imposible rechazo por aquéllos de los que explotación y cansancio servían a la nueva clase rectora de materia prima; en sus espinazos se descargaban, con acento mosaico y diatribas al incumplimiento y la pereza, órdenes, exigencias y convocatorias bajo la amenaza de mayores males si caía sobre ellos todo el peso de la Ley. La apropiación del Bien Común y el Cumplimiento, de las palabras y la Norma, lejos de pertenecer al reino de las ideas y el discurso, significaba males y bienes muy concretos en el espacio esencial de la vida diaria: A todos los niveles, en todos los puestos, una nomenklatura amasada de fidelidades, formalismo y apreciables cantidades de esa mediocridad que se confunde con la vileza sin ni siquiera advertirlo desplazaba, ocupaba, se asentaba y disponía, desde un extremo a otro del tejido y de las bases a la cima. El método había producido grandes placeres a los consejos directivos de centros de trabajo y de estudio de otros países y sistemas, les había otorgado inesperada categoría y reducido los desastres a beneficio de inventario. Ahora, desde el tomismo de comunidades y consejos escolares de perfecta ignorancia profesional y a los que se debía obligado asentimiento, pasando por la presencia y exigencia continua de protagonismo y burocracia de los representantes de las amplias masas en la versión que se había dado popularmente por llamar los comisarios de la logse, el individuo era pieza de libre disposición, ocios culpables y derechos sospechosos, imprescindible para abrumarle con la petición coercitiva de documentos, encuestas, casilleros y reuniones que figuraran luego en la vital corriente de papel impreso destinada a nutrir estamentos más elevados de la pirámide.

De la informática se esperan rápidas y económicas técnicas de embuchado del puñado de saberes aún indispensables y la pronta disposición para oscilar entre el parado indefinido y el técnico en electrónica.

Como esto siga así, la escolaridad secundaria va a ser pronto sustituida por la movilización y el entrenamiento militar. Al fin y al cabo, las guerras han sido el procedimiento tradicional para acabar con el desempleo y el exceso de población juvenil[31]

Desde bastantes años atrás, en el Madrid del 83, la situación había estado para Isa clara: una antigua ley de Educación en su momento, y pese a todas las carencias, importante-y nunca desarrollada en los aspectos positivos que ciertamente encerraba ni dotada tampoco de la financiación necesaria-sobre la que se procuraba lanzar total descrédito y edificar, tras su desguace, una fachada populista carente de cimientos económicos y bases elementales, puesto que en realidad los compromisos materiales del gobierno del PSOE se dirigían hacia sectores de muy mayor costo, y los compromisos ideológicos se encontraban en buena parte deslumbrados por países bastante más ricos, a lo que se sumaba la premura por dar una imagen electoral de cambio.

Parecía que a España, en razón de su atraso, le hubiera correspondido vivir una aceleración añadida a la vertiginosa del siglo XX. El consumo superficial de ideologías, corrientes y símbolos alcanzaba ritmos trepidantes. Era como si sobre la piel del país se fueran proyectando rápidamente los cortometrajes de procesos modernos que se declaraban obsoletos a velocidad pasmosa. El ansia de adecuación incidía en la óptica educativa. A la Enseñanza Media se le encargaba de adiestrar a los estudiantes en el subtratamiento de la información, en el trillado de ese material bruto vertido diariamente por los ordenadores, en la sustitución del conocimiento por metodologías de clasificación de datos, en las aproximaciones superficiales y múltiples a un máximo de actividades y terrenos que eran áreas potenciales de consumo. En los últimos cincuenta años se había pasado de la escolarización cuantitativa a la cualitativa, por imperativos éticos y con vistas a su rentabilidad, hasta que el proceso tropezó de lleno con la crisis, las dudas, el crecimiento cero y el final de la utopía del desarrollo indefinido. En los ochenta, con un afán de provisionalidad muy postmodernista, el Gobierno utilizaba el sistema educativo para legitimar una imagen de cambio.

Las reformas hablaban de metodología y a veces, vagamente, de contenidos, pero obviaban la deontología. Y hacían bien, porque, de analizarla, resultaría sin lugar a dudas que la otra cara de la guardería juvenil es el local de espera y entrenamiento para la oficina de empleo. Los derechos del adolescente a recibir una serie de saberes cuya importancia él no puede calibrar pero que forman su legítima herencia social, la masa de su cultura histórico-geográfica, y que son patrimonio universal, el que se deba en justicia facilitarle al menos plataformas mínimas que le permitan gozar de horizontes más amplios en estética, sensibilidad y pensamiento, todo esto era omitido. Las premisas eran otras, y en ellas la deontología-y la axiología-estaban por completo ausentes.

existe la necesidad de preparar al alumno para la vida como persona y como ciudadano (…) Las expectativas  profesionales prevén un incremento importantísimo del sector terciario y aconsejan una formación integral más que una preparación limitada a una actividad económica concreta.[32]

Cuando se habla, en los medios oficiales, de preparar para la vida más vale esperar lo peor. La neolengua atacaba de nuevo; donde se hablaba de evitar el fracaso escolar había que leer poner el listón a ras del suelo y reducir las exigencias a límites pueriles; por desarrollo integral se entendía una incultura aplastante; y por dinámica el babel resultante de cuarenta personas encerradas a más de seis horas diarias con un profesor. Con las personas así provistas se esperaba satisfacer a un sector terciario, es decir, un sector de servicios que serían tanto más serviles cuanto que la formación recibida desde luego no daría para que los individuos que salieran de la enseñanza pública tuvieran otra opción.

El conjunto de folios enviados por el MEC en 1983 como un esbozo de la reforma no merecía largos comentarios porque era un auténtico rosario de los tópicos con los que periódicamente se exorcizan, desde la socorrida plataforma de la Enseñanza, todos los males sociales: llamadas al dinamismo continuo, cruzada contra la teoría, despertares de la creatividad y el sentido crítico, y demás entusiastas y enfáticos lugares comunes carentes de argumentación real.

Yo no puedo olvidar-concluye el director general-el diagnóstico estremecedor del último informe del Club de Roma, que hace ya tres años nos avisaba a todos los educadores del mundo de la absoluta obsolescencia de los contenidos y métodos de la enseñanza que se estaba impartiendo en aquellos momentos. Se nos advertía entonces, por ejemplo, y lo dramático es que no hemos hecho absolutamente nada todavía, que en el año 2000, una fecha cada día más próxima, serían necesarias un 70% de profesiones nuevas, absolutamente distintas de las actuales. El cambio que esta realidad inminente comporta nos obliga a modificar radicalmente los postulados de todo el sistema educativo, y en esta línea se encuentra la transformación que intentamos impulsar en el ámbito de la enseñanza secundaria española.[33]

Más claro imposible. En lugar de establecer  una red de centros politécnicos adecuadamente dotados y, con un paciente análisis de niveles por edades y aptitudes, dar su lugar a la Enseñanza Básica y el suyo al Bachillerato y la Media, el director proyecta un conglomerado en el que se funden remedos de profesión y saberes confusos, con identificación de los institutos como antesala de la oficina de empleo y de vida como mercado laboral. Por lo tanto, dado que los días seguirían teniendo veinticuatro horas y que el calendario escolar no podía multiplicarse ni los alumnos recurrir a la mitosis, se podaban limpiamente conocimientos básicos, las horas semanales de, por ejemplo, Lengua y Matemáticas pasaban de cinco a tres, Historia, Filosofía y Arte gozaban de una compresión aun mayor, mientras que las lenguas clásicas se vertían en los basureros de la Historia. A cambio se esperaba oficialmente hacer con ello sitio a un vertiginoso contacto con el setenta por ciento de nuevas profesiones necesarias para el año 2000. Saber, lo que se dice saber, aprender algo, adquirir conocimientos, sería consecuencia fortuita de la incesante dinámica y suma de felices ocurrencias del alumnado, entre las que quizás podría aprovechar el profesor para introducir una rápida cuña de teoría vergonzante.

Se busca una metodología más activa en las asignaturas tradicionales. Las enseñanzas artísticas en este plan experimental sólo han de ocuparse de la reflexión teórica o histórica sobre la materia en cuestión en la medida en que sirva de forma inmediata para la práctica artística: dibujo, talleres de teatro, alfarería, laboratorios fotográficos, interpretación musical, cine. Con todo ello se persigue la formación integral (teórico-práctica) de los muchachos y romper la actual situación de pasividad receptiva que sufre nuestro alumnado.[34]

Esto significaba, como fue el caso, unas ocho horas a la semana de actividades tecnológicas y artísticas que ocuparían los espacios de las materias básicas, y un bachillerato rebajado a un nivel de conocimientos ínfimo, en el que se insuflase un batido de formaciones profesionales que difícilmente tranquilizaría al Club de Roma. El fraude era de toda evidencia; aquella tierra de Jauja poblada de estudios cinematográficos, cámaras, auditorios y talleres no existía sino en la imaginación, nunca hubiera podido realizarse excepto construyendo en cada instituto un politécnico ampliamente dotado anejo, jamás tuvo financiaciones ni siquiera lejanamente adecuadas a tal fin, e incluso no era pertinente porque fundir tal Frankestein docente en la Enseñanza Media equivalía a amputar de materias fundamentales a los adolescentes y, por otra parte, negar a los que se inclinasen por ella auténticos centros de formación profesional.

Evidentemente el público (consumidores y espectadores de la enseñanza) se sintieron halagados por términos como actividad, liberación, creatividad, y por la idea de guarderías a jornada plena repletas de distracciones, en las que, deleitándose, los alumnos se encaminasen hacia un seguro puesto de trabajo. La realidad fue rastrera: los horarios continuarían dando una media de más de seis horas diarias-mucho más tiempo que el deseable-del estudiante en el centro, sin dejarle espacio para que pudiese disfrutar del ocio real, hacer lo que quiera y dónde quiera, pero, eso sí, al desaparecer la concentración y la exigencia, se le sumergiría en una vorágine de actividades intranscendentes mientras se difuminaban los límites entre la vida personal, la esfera privada y las obligaciones debidas al estudio. La piedra clave de cualquier mejora real se omitía, reduciendo las llamadas a la dinámica a puro verbalismo: los profesores eran elementos ajenos de los que pedagogos y autoridades ministeriales disponían a su antojo. Ni siquiera se reducía, de forma tajante, el número de alumnos por aula, puesto que implicaba una ampliación de presupuesto. Con una ignorancia absoluta, ni inocente ni desinteresada, del principio de realidad y del oficio, se vertían sobre la enseñanza utopías, no ya irrealizables, sino, tras su apariencia idílica, tan falsas como nocivas. Tras el Homo Habilis y el Homo Sapiens, debía resultar de los proyectos del MEC un Homo Admirabilis que, al final del bachillerato, sería capaz de utilizar de forma crítica las fuentes de información. Actuar de forma creativa. Razonar con corrección lógica, tener una visión integradora de las distintas áreas del saber. Dominar las aptitudes y habilidades técnicas más comunes. Tener una actitud crítica y no dogmática ante la realidad. Dominar los métodos de estudio, etc. (op. cit.). Lo que se dice un Leonardo asequible para todas las bolsas, aunque sólo sabría quién era Leonardo si hubiese hecho fortuitamente un trabajo monográfico sobre él.

No es difícil rastrear aquí el envidiado y prestigioso fantasma de la Institución Libre de Enseñanza. Las condiciones de la España actual no eran, empero, las de 1876, año en el que Francisco Giner de los Ríos fundara un centro en el que verter toda la nobleza ética de sus ideales krausistas. En un país atrasado y clerical aquello era un reducto de la inteligencia, un pasadizo hacia la tolerancia y la cultura; sus focos (escuelas Montessori de Italia, escuelas experimentales de la Telegraph House, en Inglaterra, escuelas de Parker, Dalton y Putney en Estados Unidos) brillaban como raras avanzadillas de educación progresista.

El énfasis krausista en la adopción de una visión tolerante y evolucionista de la historia cultural y legal influye en las obras de Joaquín Costa, Eduardo Hinojosa y Rafael Altamira. La teoría legal krausista inspiró la obra de Concepción Arenal. El énfasis krausista en la plenitud, la receptividad y el amor a la vida y a la belleza en todas sus manifestaciones es un elemento integrante de la Historia del Arte de Manuel B. Cossío, y de la poesía de Antonio Machado, Pedro Salinas y Jorge Guillén.[35]

Ahora bien, había transcurrido más de un siglo, con la afortunada extensión de la enseñanza laica estatal. Los institutos no eran aquel escogido y reducido plantel de estudiantes y de docentes, sino una red multitudinaria materialmente imposible, por condicionamientos sociales y económicos, de convertir en miles de instituciones libres de enseñanza. Los que en los ochenta, desde el poder, hablaban de panaceas educativas maquilladas en un estilo que se quería de Giner de los Ríos hubieran hecho bien en recordar que en la Institución los profesores eran la pieza clave y que siempre fueron tratados con el respeto y la dignidad que ello requería.

Siguiendo el ejemplo de ilustres antecesores asiáticos que habían tenido la suerte de trabajar con más vastos contingentes y medios, el partido socialista español, fuerte de sus diez millones de votos y sus perspectivas de ilimitado horizonte gubernamental, aspiró también al Hombre Nuevo y a la página en blanco. Presentación y metodología se basaban en descalificaciones absolutas de cuanto anteriormente se había hecho, sumándose así al exorcismo antifranquista y la amnesia colectiva que fueron uno de los rasgos principales del periodo conocido como transición. Casi cualquier cosa es mejor que lo que tenemos actualmente declaraba José Segovia, Director General de Enseñanzas Medias, a la prensa en el 83. Se endosaba a la teoría la causa de todos los males con un empeño e insistencia que apenas resultaban comprensibles en personas de cierta (aunque, en verdad, nunca se distinguieran por ella) formación intelectual. La teoría era la causante de la inoperancia del bachillerato, la castradora de la creatividad y del sentido crítico, un remanente medieval de aquellas clases universitarias dadas en latín. Las nuevas orientaciones metodológicas comenzaban, en lingüística, diciendo que los objetivos serían eminentemente prácticos, por lo cual debería suprimirse la Historia Literaria, siendo reemplazada por una antología de textos en orden de progresiva dificultad precedidos, a lo más, por una introducción histórico-biográfica no superior a diez líneas. Las deficiencias lingüísticas de los alumnos aparecían como promovidas, para más inri (sic) por unos programas que dan prioridad a nociones teóricas y abstractas sobre la realidad viva de la expresión.

Los conocimientos de gramática, fonología, semántica o historia literaria sólo se impartirán en la medida en que contribuyen a facilitar el dominio de la expresión y la comprensión.

Objetivos específicos (en Literatura): Conocer muestras de la literatura española.[36]

Esto no podía sino producir cotas de incultura, vulgarización en el sentido más peyorativo del término, confusión cronológica y espacial, incapacidad para la estructuración de conocimientos y atomización de aprendizajes impresionantes y, ciertamente, a la altura de los modelos que las inspiraban. De ellas resulta un individuo incapaz incluso de aprender, orgulloso de sus carencias, perfecto modelo orteguiano del hombre masa y el señorito satisfecho, ignorante del precio y la excelencia, indefenso ante el sistema por falta de mundos culturales propios, infantilizado y opuesto al esfuerzo personal. Porque en la óptica de la Reforma se confundía constantemente la pasividad con la actitud-mezcla de respeto hacia los conocimientos de otros, modestia y conciencia de la necesidad de adquirir saberes-sin la cual no existe aprendizaje posible.

En las expectativas laborales, el informe del MEC preveía un incremento importantísimo del sector terciario y aconsejaba una formación integral más que una preparación limitada a una actividad económica concreta. Desde luego con formación tan empobrecida en sus facetas teóricas era muy improbable que el país produjese investigadores. Todo lo más hornadas de mano de obra plastificada y tecnificada propia para el subtratamiento de patentes extranjeras y, afrotunadamente, un amplio sector destinado a la hostelería.

El paso del tiempo no ha cambiado un ápice los criterios. Las premisas, por cierto pudor vergonzante, apenas se sacan a relucir, pero el tejido segregado por la Reforma que se hizo Ley en el 90 es demasiado espeso para retirar la manta que se ha hecho carne con las capas de beneficiarios que abriga. Hay auténtico pánico a tirar del hilo que corre el riesgo de devanar un entramado que se sostiene por la complicada mezcla de intercambios de poder y aparato legal. Los simplistas textos de los años ochenta no pasan de ser su decorado.

 

 

 

El Profesor-providencia

Al Estado-providencia y la Escuela-providencia no puede menos de corresponderles un profesor igualmente providencial. La prolongación de la enseñanza secundaria obligatoria hasta los dieciséis años (y los dieciocho o veinte en la práctica) corría desde el principio el claro peligro de convertirse, en palabras del sociólogo Alberto Moncada, en un procedimiento de prolongar la infancia. Esto ha ido ocurriendo desde hace ya tiempo, pero los enfoques de los ochenta estaban abocados a llevar el proceso a límites extremos. Al adolescente se le mantiene, mucho más allá de los márgenes naturales, en un estado de niñez forzoso aunque sus disposiciones o sus deseos no le inclinen al estudio y, por el contrario, quiera iniciarse en aprendizajes técnicos e incorporarse activamente a la sociedad. Es posible que ésta no le ofrezca como recepción sino empleos mal remunerados y sin interés o el paro, pero cabe plantearse qué es mejor para él, si la opción o la falta de ella. Retenido a su pesar en la guardería-instituto, se le continuará administrando un puré suficiente para que se crea merecedor de todo pero no para que se considere obligado a nada. Vegetará en una metodología que le mantiene e incluso le teme, como teme a sus padres, y que no le inculca ni la más mínima noción de autoexigencia ni de asunción de riesgos individuales. Le faltan las principales maestras en los ritos de paso al territorio de la madurez: competencia y necesidad. La ubre del sistema-providencia se interpone entre él y la conciencia adulta.

Lo que esperan del profesor, sobre todo filósofo, es que les ayude a resolver sus “problemas”-No es que  le parezca mal, pero, a fin de cuentas, él no está ahí para eso-. Ser paternalizados-maternalizados. El instituto al completo es una guardería que acaba-¡por fin!-con la clase de Filosofía. Esos niños que no saben pensar, y ni siquiera hablar, por supuesto no leen.[37]

La Ley de 1990 confirmó, de hecho, en España un cambio en la relación profesor-alumno anteriormente esbozado pero a partir de ahí promocionado e impuesto. Se destruía la referencia basada en el superior conocimiento, la madurez y en razonables distancias de experiencia, responsabilidad y autoridad. Para el profesor el alumno pasó a ser el enemigo porque la ley le había vuelto su siervo, porque los padres apoyarían sistemáticamente a sus vástagos, porque sólo le cabía defenderse frente a un patrón-Estado y una tropa de cómitres que no contaban con él sino para ofrecerle periódicamente como carnaza a las iras de la opinión. La antigua relación de confianza, que era individual y se nutría del respeto de los sectores profesionales y de la conciencia asumida de la distinta categoría entre los saberes, el peso ético y las acciones de las personas, se había pulverizado. Pero no por ello conseguía el alumno, dotado de todos los derechos y ufano de su impunidad, cotas de libertad mayores; se trataba de una libertad degradada a su caricatura, ejercida a corto plazo en espacios muy reducidos y con actitudes identificables con la facilidad de los instintos. Por el contrario, el Estudiante-enemigo había perdido al Profesor-referente puesto que el recurso a la solvencia moral, a la superioridad de conocimientos reconocidas como tales, son incompatibles con el Profesor-criado, el Profesor-Tancredo, o su patético sucedáneo el Profesor-colega. El atropello legal había impuesto estos últimos papeles con la misma arbitrariedad cuartelera con la que exigía funciones de padres, madres y confesores suplementarios y había destruido con ello la libre iniciativa. Con la quema simbólica de tarimas se afirmaba la inanidad de categorías y conocimientos. Frente a burlas y descréditos quedaban las diversas variantes de la barricada de supervivencia.

Las visiones estatales materializadas en la Ley del 90 no hablan del profesorado sino en un tono que, pasando por el ridículo, raya en las proezas circenses. Se suponía que eran personas que habían conseguido un puesto tras probar niveles académicos al menos respetables, y cuya función vertebral era dar clase bien. La normativa les condena a ejercer, además, como psicólogos, encargados de guardería, jefes de personal, consejeros áulicos y asesores morales de padres y madres, padres suplentes, animadores de grupos, iniciadores en los ritos de paso de la adolescencia, y, siguiendo la lógica demencial de las áreas afines, quién sabe si como peluqueros, electricistas o albañiles.

el profesor debe introducir al alumno en el mundo de los adultos, mediar en los frecuentes conflictos generacionales, orientar profesionalmente. (op. cit.).

El MEC utiliza un original y económico concepto del pluriempleo para ofrecer, sin mayor gasto de equipos de psicólogos-de los que, naturalmente, los centros carecen y no se habla-o aumento de personal, una completa gama en la que la plurivalencia transformista del licenciado y doctor en Físicas o Historia le permitirá cumplir sus múltiples funciones; incluso la de dar clase de su materia. El silencio más completo reina en los documentos oficiales respecto a los puntos realmente susceptibles de mejorar el status de la enseñanza media cualitativamente: nada que aluda a la ampliación del techo de posibilidades de los profesores, nada encaminado a facilitar la permeabilidad media-escuelas superiores-universidad, nada en cuanto a investigación, becas y estancias en el extranjero, nada respecto al año sabático, nada etc. Y estas nadas no deben entenderse como ausencias, sino como voluntad estatal clara, desde un principio, encaminada a aislar a los docentes de ese nivel en un reducto profesional, social e intelectual reducido a Primaria, hermético, discriminado y exiguo.

También es verdad que, para la cortina de humo y la guardería que se proyectaba no hacía falta más y la calidad hubiera resultado incluso incómoda.

La infantilización de adultos, la exigencia, cada vez más palpable, de ser mater y paternizados, en términos de Maschino, es proceso que goza de unas facetas populistas incontestables. Parientes y sociedad se regocijan ante la idea de descargar la responsabilidad molesta que representan los adolescentes en algún tipo de estructura que deje a los padres libres. Mucho más que los conocimientos, importa el hecho de mantener a los alumnos en un lugar fijo y vigilado un máximo de horas. Prueba fehaciente de ello es la generalizada falta de respeto con que es tratada la actividad profesional docente por la opinión pública. El trabajo del médico, del abogado o del fontanero se acepta. El del profesor se critica a las primeras de cambio como si cualquiera fuera válido para opinar sobre cómo debe impartirse una clase de Matemáticas o Literatura. En este sentido, la Administración de uno y otro Gobierno ha ejercido una labor sumamente eficaz al prensentar a funcionarios en general y a profesores en particular en los más despectivos tonos, de modo y manera que, en sarcástica expresión de una colega, todavía deberíamos darnos por contentos conque no se nos aplique la Ley de Vagos y Maleantes. Por supuesto la ley, de hecho, ha acabado aplicándose: basta con observar, a través de los años y, por ejemplo, en el 200-2001, la indignidad de la campaña lanzada unilateralmente por las autoridades de la Comunidad de Madrid para presentarse al público como la que, de las autonomías, los países de Europa y de la Galaxia, ofrecería el tiempo anual de apertura de los institutos más extenso.

En este marco de presiones y manipulaciones por el que se ha pretendido presentar a un profesorado de la enseñanza pública de talante laico y liberal como misioneros forzosos que se deben a los imperativos de una vocación excelsa que planea muy por encima de rastreras reivindicaciones profesionales hay que situar la pretensión de endosar los apetecibles rasgos del colegio privado a los centros públicos. Se querrían asociaciones e insignias, devociones y tutelajes de amplio espectro, actos conmemorativos y reuniones de familia y de fraternidad. Una especie de metro de Moscú con los mármoles al servicio del pueblo. En realidad lo que ha habido, además del fraude, la carencia de inversiones reales pormenorizadas y los irremediables complejos de políticos aspirantes a nuevo rico, es una maniobra de extorsión de servicios indebidos, respecto al personal docente, del que se pretendía exigir la dedicación propia de los miembros de órdenes religiosas especializadas en este sector pero sin matiz confesional. Naturalmente se prefería obviar que el perfil del liberal que ejerce, durante el tiempo que su horario le impone, este trabajo es perfectamente ajeno al del religioso, al que se supone sometido a la obediencia y a la plena dedicación a una tarea asignada por la Orden que constituye para él familia, espacio vital y círculo social.

Para tales maniobras es necesario jugar con la necesaria dualidad Profesor-providencia/Profesor parásito. Es el conocido método empleado, por ejemplo, con la grey femenina cuando se la hecho oscilar entre Santísima Virgen o Prostituta, la utilización de extremos que permiten ignorar, manipular y someter a sujetos muy reales. La mitificación encomiástica del Profesor-Misionero, Padre, Madre y Gurú constituye el haz forzoso de un envés humillante, abusivo y sórdido, en el que se impone por decreto todo tipo de servidumbres que no dejan, por su vaguedad y amplitud, resquicios a la reivindicación, la protesta y el derecho y bajo las que se laminan libertad, inteligencia e individuos. La vigilancia de este reducto se encomienda a la escuadrilla logse correspondiente, armada, además de con apoyos políticos, mediáticos y sindicales, con el monopolio de las palabras. Suyos son el Bien Común y el Servicio Público, el Trabajo y el Esfuerzo, la Moral y la Responsabilidad, la Dedicación y la Presencia. Patrimonializan, asímismo, sintagmas y cadenas completas de discurso, como Nos pagan para esto, Es la Ley, que tienen siempre la virtud de colocar a los interlocutores en el bando de la delincuencia y la conciencia culpable. En el envés, todos los abusos son posibles. El profesor es un bien mostrenco al que resulta gratificante enviar a trabajar a cualquier parte. Esto procura incluso cierto placer al socialista revenido, al igualitario de salón que se permite, aunque sea en tan reducido formato, disfrutar de una imagen como aquéllas que contaban, cuando la revolución de Mao: ya que no se puede hacer campesinos a los banqueros ni enviar al subsecretario a que le traiga un café, por lo menos siempre queda poner a los señores catedráticos a patrullar pasillos y escribir sobres. Todo un logro.

La situación sólo se ve aliviada por esos reductos impredecibles de cordialidad individual, de sentido común y transgresión salvadora que son capaces de aflorar hasta en las peores circunstancias. Estos comportamientos, y la calidad personal que repugna la mezquindad oficializada y retrocede ante la incuestionable frontera que delimita el provecho propio a cambio del daño ajeno, son los que han sobrenadado, en ocasiones, al ordenancismo, las consignas y la generalizada miseria en vivencias y comportamientos segregada por la logse. Incluso en un ambiente tan degradado como el impuesto por la purga-reforma educativa, tan proclive al arribismo, las envidias y la justificación sentenciosa de la pequeña canallada cotidiana, el factor humano podía, a hurtadillas del sistema y de los que veían en él una ventajosa plataforma, introducir-como Isa constató en su centro-cierta reconfortante solicitud nacida de la inclinación de gente dotada de especial afabilidad, de ese buen natural sin el que, observaba don Quijote, poco valen dotes de mayor lustre.

El infantilismo de los jóvenes, que ya se constataba hace unas décadas, ha dado un salto considerable. Bajo la aparente seguridad, lenguaje desgarrado y desarrollo físico de los adolescentes, se distorsiona y detiene el movimiento hacia la madurez. En parte se debe a la tardía integración a la responsabilidad social, al alejamiento indefinido en su horizonte del mundo del trabajo, los compromisos y los riesgos. La falsa democratización de la Enseñanza ha multiplicado el virus de la puerilidad. Lo ha hecho rebajando el nivel (lo que se llama eufemísticamente reducción del fracaso escolar), prolongando la escolaridad forzosa en individuos y edades no aconsejables y eliminando de la formación los alimentos de apropiada textura intelectual. El resultado es que bajo actitudes aparentemente dadas a la discusión y al debate-mejor si más multitudinario y ruidoso-, hay adolescentes con un nivel conceptual y un acervo de conocimientos paupérrimo. Lo que triunfalmente se llama capacidad crítica y actitud dinámica debe traducirse como la impaciencia pueril del que necesita continua distracción y satisfacciones inmediatas, mezclado esto con la falta de corrección elemental y de respeto hacia su profesorado y sus compañeros. La idea del esfuerzo, del riesgo personal asumido, del oro gris de la memoria, del saber o no saber, del valor de la labor tenaz no inmediatamente agradable ni rentable a corto plazo, va a desaparecer para dejar tras de a sí un individuo que, tras su exigente prepotencia, se halla estremecedoramente pobre e indefenso.

Su profesor lo está infinitamente más. Para atarle, y bien atarle, lejos ya de los toscos métodos de la antigua censura, existen los hilos de la telaraña normativa segregada por los graves zánganos de la nomenklatura. Como la democracia es inversamente proporcional al número de consejos, asociaciones y equipos directivos oficiales, cualquier protesta produce una simple vibración de la tela, pronto apagada por el zumbido sentencioso del depositario de las consignas, el cual está siempre presto a bajar, tablas de la Ley en mano, de su Sinaí. La Reforma Educativa española ofrece, en este sentido, un plantel de burócratas innumerable. El volumen de papel generado es paralelo a la estulticia pretenciosa del contenido, que proporciona, sin embargo, fluido nutricio a su clero elaborador. El informe, por poner un ejemplo, que debe acompañar a cada materia suspensa de 4º de la ESO está redactado, no como guía de estudio (el estudiante sabe perfectamente cuál es el programa de cada asignatura y su desconocimiento de él; en numerosos casos ni siquiera se ha molestado en examinarse), sino como alegato de excusa por no haber aprobado al alumno. Naturalmente su falta de esfuerzo, capacidad, mérito, conocimientos, no impide que éste promocione y titule, que pase al curso siguiente en cumplida e irremediable ignorancia del anterior. El pliego de descargo por el que el profesor intenta hacerse perdonar por la sociedad su baja calificación no se resume, naturalmente, en las insobornables cifras y siglas de perfecta comprensión para cualquiera. Por supuesto-prodigios de la neolengua-han desaparecido los ceros y MD. (muy deficiente); el INS. (insuficiente) recubre piadoso tanto al que no se ha dignado hacer ni un examen y ha mostrado la participación intelectual de una silla como al que, sin aprobar, procuró escribir unas líneas y obtuvo un 3. El informe comporta valoraciones para las que se supone al profesor de Matemáticas o Lengua dotado de la bíblica percepción de la desnudez de las almas. Debe juzgar, según reza la normativa, en qué medida este ocupante de un espacio en el aula ha logrado Conocer y valorar en el grado adecuado los contenidos correspondientes a cada área en los siguientes aspectos: medio físico, desarrollo científico y tecnológico, patrimonio cultural y su conservación, funcionamiento del propio cuerpo, funcionamiento de las sociedades. Desarrollar normas sociales de comportamiento con actitudes de solidaridad, respeto y tolerancia ante las diferencias de sexo, ideológicas, religiosas sociales y raciales. Etc, etc. Está claro que el equipo redactor logse cobra por líneas, carece de sentido del ridículo y muestra una incontrolada fruición catequística de cuño postmoderno.

El fraude de las calificaciones finales es múltiple: Fraude al alumno, al que se priva de la necesaria y terapéutica repetición del curso y materias que desconoce, al que se niega la toma de conciencia de su edad (estamos hablando de personas de entre quince y dieciocho años) y responsabilidad y en el que se refuerza el anclaje en el victimismo y la pereza. Fraude a sus compañeros de clase, a los que tal ejemplo y compañía roban tiempo lectivo y anulan la intención de estudio. Fraude a la familia, por las mismas razones que al alumno y porque se la sumerge también en la verbología de globalizaciones, compensaciones y áreas que escamotea la nítida percepción del nivel real de su hijo. Fraude a la sociedad en su conjunto por la participación en el engaño populista colectivo y por la malversación del presupuesto. En el profesorado, al fraude se suman el abuso y la humillación que inevitablemente representa someterse a prácticas de estupidez denigrante y pésimos efectos, las cuales sin embargo son aplaudidas por un sector docente cuyos imperativos son las consignas de defensa de la Reforma, el temor a la escasez de alumnos y una alergia incontrolable a cuanto implique saber y mérito individual.

Sobrecoge en estas juntas de calificación el ambiente de falta de libertad, el interminable alargamiento de las sesiones, la pesadez de un trabajo que, en contraste con la atmósfera agradable y operativa de tareas similares en el sistema anterior, ha perdido ahora cuanto de gratificante tenía. Algunos protestan por la obvia inutilidad del rito, por el absurdo que con sus firmas en el acta avalan, pero nadie se castiga a sí mismo con posturas honestas que no harían sino acarrearle sinsabores, enfrentamientos estériles y veladas represalias. No; ante el zurriago burocrático que sobre él se cierne, el profesor sale del paso con los cuatro tópicos de la hipocresía habitual y consiente en los mayores despropósitos. Ya ha pagado el diezmo a los que medran a su costa. El regusto humillante se olvida pronto. También la sumisión al equipo pedagógico, a sus portavoces logse. Incluso se pretende no advertir que jamás hubo tales niveles de imposición y represión, ni en los años ochenta ni en el franquismo. Nunca la condición de funcionario había significado “no podemos decir nada”, afirmación que ahora se oye en los claustros. Existía, por el contrario, un animado ambiente de discusión o rechazo.Ha descendido el gran silencio de la protesta inútil y el consentimiento forzoso, el miedo a los que en un tiempo se presentaron como defensores de la libertad.

 

 

Mitos y Sindicatos

 Estamos ante una nueva variante del Mito de la Comunidad traspuesto a institutos, una manifestación más de la Panacea, de la Piedra Filosofal capaz de percibir y conformar todas las mutaciones de los alevines de ciudadano. La sociedad puede descansar tranquila: el Espíritu descenderá sobre el profesorado de sus hijos y le proporcionará la radiografía correcta de su interna trama, les explicará los mejores métodos para valorar adecuadamente el funcionamiento del propio cuerpo, estimar de manera entrañable las diferencias de sexo, religión, ideología o raza, y resolver problemas y situaciones mediante razonamientos lógicos y procesos intuitivos fruto de un análisis anterior (sic).

Es conveniente, empero, cuando se analizan los mitos legitimadores no perder de vista su función sustancial, artificialmente creada e impuesta aunque relegada al inconsciente por razones de comodidad moral, de servir de base y apoyo a una aprovechada clase de individuos. El mito en sí suele ser, en el mejor de los casos, más o menos poético. En el peor-véase la sarta de jaculatorias utópicas citadas supra- es de una desarmante y letal estupidez. Pero no hay inocencia. La Reforma Educativa de 1990 es un significativo botón de muestra, y haría mal quien lo despreciara, porque condiciona la vida diaria de los que lo sufren y porque es un importantísimo coto de poder. Por el dominio de estos cotos compiten grupos de presión cuya cercanía de las mafias está en proporción del temor que inspiran, la coacción que ejercen y la trama entrelazada a las influencias políticas en la que se sustentan. El ejemplo de los dos sindicatos españoles paladines de la logse que se definen a sí mismos como de clase no es, en este sentido, baladí. La premisa, y el chantaje fundacional, parten de una falacia notoria: el dogma de una naturaleza esencialista y estanca. Tal cosa es particularmente insostenible en una sociedad plural y dinámica con abundancia de clases medias, pequeños empresarios y extendida aspiración a las inversiones y el ahorro bancario. Ni Comisiones Obreras ni la Unión General de Trabajadores carecen sin duda de paralelos en otros países, pero el chantaje legitimador postfranquista les ha otorgado especial impunidad, siendo en particular esto evidente en la unión de UGT al PSOE, partido durante largo tiempo en el Gobierno y nunca, de una u otra forma, ausente de él. La implicación de este sindicato en una espectacular estafa inmobiliaria no le impidió prosperar y alojarse en sedes cuyas dimensiones arquitectónicas proclaman los sólidos apoyos del propietario. Con todo, la participación, por omisión de denuncia o por lucro, en delitos económicos no constituye, ni mucho menos la mancha más grave. Lo que ha marcado indeleblemente a ambos sindicatos-y, por supuesto, al Gobierno responsable-es su cooperación activa y consciente en una injusticia, el impagable servicio prestado a los partidarios del desguace de los sectores públicos y de su reducción a prestaciones de caridad social, su nunca desmentido apoyo a una maniobra que se ha distinguido por el atropello y la degradación.

La defensa a ultranza del remedo de revolución cultural española es, a principios del siglo XXI, caso digno de análisis. Al no existir un muro ni una Bolsa de valores que pudieran física y visiblemente derrumbarse, los incondicionales de la Reforma Educativa optaron por la impermeabilidad a las constataciones del fracaso, por la fuga hacia adelante y por la insistencia. Constituyen una excelente muestra de persistencia del chantaje y del síndrome de Estocolmo, aunque con rehenes voluntarios porque la argumentación está de tal modo ayuna de base y de ingenio que sólo puede convencer a los muy empeñados en ignorar la evidencia. El esquema, dentro de la debilidad intelectual del maniqueísmo de primeros auxilios, se reduce a culpar del fracaso a un gobierno derechista que no destina fondos suficientes a la Enseñanza pública y los otorga a la privada, de manera que la clientela opta por matricularse en los colegios concertados. Es difícil conceder a los incondicionales del anterior partido gobernante el beneficio del olvido. Resulta transparente que nunca se hubiese impuesto la Ley del 90 de no significar, de inmediato, la puesta a disposición de puestos, dinero e influencia para el partido socialista y los dos sindicatos que reclamaban monopolio de legitimidad progresista.

Se da además el caso de que el sistema de Enseñanza Media preexistente era de muy aceptable calidad y de alto nivel del profesorado. Los estigmatizados términos Agregados y Catedráticos, con los que se denominaba a los dedicados, por asignaturas, a este nivel de docencia, significaban personas con títulos de doctor y de licenciado, que habían pasado por duras oposiciones y demostrado el dominio de un largo temario. A esos institutos públicos llevaban a sus hijos capas extensas, y de muy diversa capacidad económica, de la población, y ello no sólo por la gratuidad, sino por un nivel académico igual o mejor que el de los centros de pago. Esto hacía del sistema español una enseñanza estatal social y democrática en grado, por ejemplo, ampliamente superior a su homólogo inglés, caracterizado por el elitismo tradicional. El PSOE tuvo todas las oportunidades presupuestarias y políticas para extender, junto con la enseñanza gratuita hasta los dieciséis años, calidad, diversidad, tecnificación y especialización. Tenía diez millones de votos, mayoría absoluta y, a su entera disposición, un caudal de apoyo, ilusión y medios económicos irrepetible. En lugar de obrar como la aspiración a una buena reforma educativa hubiese exigido, el partido en el poder prevaricó, desvió y escamoteó fondos, acomodó vasallos y decapitó las capas superiores, materias, niveles y profesorado de Enseñanza Media.

La decapitación incluía verdugos benignos. De ahí las negociaciones y acuerdos sobre el retiro anticipado o jubilación logse. Sin tener los rasgos coercitivos de la obligatoria en la Universidad durante los años justos para que los recién llegados al poder pudiera colocarse en las vacantes, facilita, desde luego, la salida de escena de docentes hastiados de su situación. La oferta es coyuntural y nada tiene de generosa. Al contrario, está ofreciendo una limitada posibilidad de jubilación a los sesenta años cuando hay numerosos países que la tienen, en este sector, a los cincuenta y cinco e incluso antes. Puesto que la oferta es temporal, una vez despejado el panorama de profesionales reivindicativos e incómodos, se amplían los espacios colonizables. El eufemismo adaptación a las nuevas exigencias viene a significar imponer a una clientela agradecida de maestros y profesores de formación profesional en todos los niveles de educación de adolescentes, los cuales proceden a su vez de una Primaria que ha perdido todo significado formativo. No hay, por parte de aquéllos, protesta alguna sino obediente aceptación ante la promoción-regalo a esta ampliación escolar que no guarda de la enseñanza media sino el recuerdo del nombre y la cáscara de algunos términos. El tema se considera, además, vidrioso; impera la ley del silencio. Hay que vencer, para tratarlo, cierto pudor; la reserva que nace de la convivencia laboral, que hace prácticamente imposible, sin despertar susceptibilidades o exponerse a los improperios del sector dominante, el análisis de las causas económicas y sociológicas del fenómeno.

El resultado, a fecha de 2001, no puede ser menos democrático ni social: abandono de los centros públicos en beneficio de los privados. Hay cierto patetismo en la decepción, y la defensa encarnizada, de los que fueron utilizados como arietes de la Reforma y observan cómo su centro se despuebla y la maniobra ni siquiera les ha servido para garantizarles la permanencia en él. Cualesquiera que sean las iniciativas del partido actual, lo cierto es que a su predecesor, oficialmente progresista, corresponde el dudoso privilegio de haber ofrecido a la enseñanza de pago el mejor regalo posible.

En líneas generales, el espacio de realidad vaciado por la cruda constatación de utopías insostenibles es rellenado por organizaciones y personas especializadas en el parasitismo estatal, por la construcción de tramas de poderes fácticos y fáticos y por tergiversación de corte populista. No es banal, por tanto, el ejemplo de lo ocurrido en España con la supuesta Reforma de la Enseñanza. La negación de la estulticia de sus textos, redacción y normativa, la opresión ejercida por un sector clientelar y el sometimiento pasivo del resto reproducen con inconfundible fidelidad las pastosas formas de las dictaduras cotidianas, a las que caracteriza la preceptiva estupidez. Tales ocupaciones de terreno penalizan saber e iniciativa, lastran la eficacia y el mérito y pervierten, con la imposición de lo más mediocre, la vida social. Destiñen, por otra parte, sobre organizaciones imprescindibles para la defensa de trabajadores y asalariados, minan la credibilidad y bloquean la labor de representantes honestos de un funcionariado indispensable y de un sindicalismo de buena ley cuyo perfil modesto y necesario es difícil distinguir hoy, esfumado tras la grasa y el humo de subvenciones e intereses.

 

 

La penalización individual

 

Se diría que el sistema precisa cobrarse un impuesto sobre individuos porque son tales, que necesita penalizar las ideas y actitudes genuinas, la creatividad y el pluralismo. La infantilización alcanza, no sólo a los jóvenes, sino a los adultos mismos encargados de enseñarles y cuya vida profesional se está intentando reducir a unificaciones forzadas. La utilización de colectivos, el empleo abusivo de generalidades, es además maniobra cotidiana en la estrategia política. La emplearán los peores alumnos para hacer fácil barricada (Nadie sabe…Toda la clase dice…) lo mismo que parte del profesorado cuando desliza, por ejemplo, en un documento de claustro, de texto por lo demás digno, la frase Los trabajadores de la enseñanza hemos cargado voluntariamente con todo el peso de las Reformas. El término voluntariamente es rigurosamente falso, pues omite al nutrido contingente que se ha visto obligado a someterse a la normativa por pura imposición legal. En el mismo sentido va el nada inocente sintagma trabajadores de la enseñanza, acuñado por los dos sindicatos defensores de la Ley del 90, globalista y generalizador. Entran también en este juego de eufemismos y rituales los exorcismos equipo y reunión, que se basan en imposiciones y estrategias y sirven de conjuro, argumento y económica manera de reemplazar la calidad por la cantidad, medida ésta en reiteraciones y rimeros de informes. Al que se basta a sí mismo, y recurre a quién y cuándo desea, al que pretende actuar al margen, con mejores frutos, se le tachará de incumplimiento y será objeto de presiones y represalias. Por naturaleza, y por contingencia operativa, el defensor de actuaciones grupales no soporta la alternativa solitaria y carece de respeto individual. El burocratismo gregario es una adición compulsiva que no admite heterodoxos, rechaza el pluralismo con una violencia que revela la fragilidad de su base y precisa desesperadamente de auditorio y de huestes. Transparenta, en este baile de continuos intercambios de impresiones, la pretensión de absoluto, el protagonismo y la necesidad de justificación. Se trata, desde luego, de uno de los más eficaces esterilizadores del pensamiento y de un rasgo inconfundible que delata a todas las variantes del comisario político.

Desde que Jan llegó teníamos todas las semanas dos o tres “reuniones oficiales” que, robándonos mucho tiempo, tuvieron el inevitable efecto paralizador de cambiar súbitamente la atmósfera de amistosa y cordial informalidad de nuestra oficina en solemnidad burocrática.[38]

Isa recordaba con especial horror las abundantes y obligatorias reuniones que fueron, en el centro piloto de la Reforma, preludio de la plaga que se avecinaba: lucimientos gratuitos, técnicas del buen activista sindical, largos espacios de tiempo rellenos con el principio de autoridad.. Había que estar allí, dar una imagen, permitir a los que precisaban de público hacerse ver y oír. Ella mientras añoraba el instituto en el que había trabajado anteriormente y en el que director y jefes tuvieron siempre la rara sabiduría de abordar sólo en el momento necesario y con la gente imprescindible los asuntos, dejando amplísimos márgenes de autonomía en una atmósfera sincera y relajante, desprovista de pretensiones. Aquello funcionaba como una seda. Llegó la Ley, sembrando con la furia de una gallina ponedora células, consejos, equipos, tutores de tutores y coordinadores de coordinación. Proliferaron las exaltaciones al intercambio, los compuestos de un prefijo con al que se le daba uso intensivo, los cursillos con títulos tan inefables como Convivir es vivir. Y ya no había habido sino la supervivencia de la hierba por la que se pasea la cortadora de césped.

De forma curiosamente paralela, también se redujeron a fragmentos las unidades estéticas y literarias. Extirpados el sentido histórico y el sentido transcendente, fenómenos, nombres, acontecimientos y fechas aparecen como lejanos y ausentes al sujeto. Quedan párrafos, líneas, capítulos dislocados, páginas desordenadas, migajas de arquitectura y de belleza. Al alumno, infantilizado de manera permanente a golpe de proteccionismo, potitos de conocimientos básicos y lonchas de texto, le corresponde un profesor cuya dignidad profesional y personal ha dejado paso al temeroso subalterno y al celador que vigila la situación en los lavabos y cierra las puertas.

Los milenarismos no son precisamente propicios a las humildades; hay cierta fiebre primaveral de tirar los papeles viejos y limpiar la casa, apetencia de la destrucción y del cero con bien pocos espacios para la tolerancia y la revisión. Existió (y existe) un gran terror de no estar a la moda técnico-ideológica, en buena parte debido a la necesidad de justificar puestos de adquisición reciente. En la Gran Reforma Educativa subyace la impresión del sacrificio necesario: el profesor-individuo va a centrifugarse, envasarse y controlarse, mezclado y homogeneizado con otros de su especie, irrigado con los urgentes saberes de las necesidades del momento; la neurona quebrada y en casa, la gran casa en que se recojan y se apilen algunos miles de jóvenes sobrantes expuestos, en las tinieblas exteriores, a la delincuencia y al paro (y en las interiores a la ignorancia, el matonismo y la lactancia indefinida). La neolengua ha creado interdisciplinario para calificar a la homologación forzada cuyo producto es el mínimo común denominador cualitativo. El hacinamiento de docentes en cubos desprovistos de posibilidades de soledad, de confort y de materiales de consulta es dudoso que produzca una atmósfera de intercambio pareja a la de la corte de Alfonso X el Sabio. Las posibilidades se inclinan más bien hacia un aumento notable de agresividades y neurosis en relación directa con la hojarasca de protagonismos y el anhelo de huida que levanta la menor brisa en panorama tan estanco. El agua de la pecera va siendo lo suficientemente escasa como para que urja precipitarse sobre cualquier plataforma. Estamos una vez más en la fábula de los jefes y de los indios, ante la tranquila posibilidad del indio de a pie de serlo sin jefes y la impotencia del jefe para serlo sin indios. La oficialización de contactos interdisciplinarios, intercambio de experiencias didácticas, proyectos transversales profusa y obligatoriamente implantada garantiza a unos el tedio y la usura de horas mejor empleadas, pero a otros tiene la inmensa virtud de asegurarles un público. Pasaron sin embargo los tiempos en que, como en el centro piloto, tenía atractivos un mínimo sucedáneo de poder. Los institutos son hoy una curiosa empresa en la que nadie, ni con aumentos de sueldo ni sin ellos, quiere estar en la dirección e incluso rechaza lo que era antaño simple tarea de tutoría, en la que sólo se aceptan cargos bajo imposición de autoridades superiores y donde, en tiempos de búsqueda de directores y de jefes de estudios, el personal se pasea lívido con certificados médicos de dolencias diversas, preparados para caso de nombramiento, en el bolsillo

 

 

La isla y la botella

 Isa no se hace la más ligera ilusión de cambios sustanciales en el desastre porque la Reforma, una vez instalada, se apoya en pilares tan poderosos como el populismo, los intereses establecidos y el mínimo común denominador intelectual. El Gobierno-ningún gobierno-no va a situarse a contracorriente por el simple beneficio de la razón, la verdad y la eficacia. Nadie con poder y deseos de conservarlo invertirá un ápice en iniciativas sin más horizonte, a corto plazo, que la pérdida de votos, el aumento de conflictos con sindicatos y con amigos del gobierno anterior que revelarían entonces facetas singularmente broncas y la ingrata tarea de desmontar un entramado burocrático que se quiere blindado. Mientras escribe, Isa sólo pretende sobrevivir y trazar líneas; quizás no es sobrevivir siquiera, o se funde vivir con las palabras. Pretende escribir, y tampoco con objetivo y pretensión. Sólo por la inevitable identificación del acto con la existencia.

Si tuviera posibilidad de ello, saldría en menos tiempo del que esta línea se termina del trabajo que efectúa, una forma, enseñando, como otra de ganarse la vida; nada más. Siente un sagrado terror cuando le llegan ecos de voces líricas, que no toman la palabra por su propio interés, eso jamás, sino por el bienestar social, por la inquietud que les inspiran los adolescentes. Ella no se expresa sino por sí, por simple prolongación de la observación de ciertos hechos, por imperativos del gozo bíblico de dar nombre a las cosas, por el sabor último e irrenunciable de la libertad del pensamiento, sin gravedad ni trabas, que dispone de su propio espacio y de su altura. Ve, desde la isla, su movible topografía, su variable vegetación, brotar conocidas formas que el tiempo sólo hace cambiar para las indispensables adaptaciones. Y la curiosidad la lleva a describirlas, a prever su crecimiento, a divagar sobre lo que hubiera podido ser su alternativa y las plantas que, bajo ellas, han sofocado.

No tiene la menor intención de dar soluciones, que ignora, ni de ofrecer aspectos positivos en lo que, al fin y al cabo, forma parte de la lógica de la comida y la atención rápidas, de las votaciones semanales y las encuestas instantáneas. El más desesperanzador aspecto del fenómeno es, precisamente, la clara axiología de su variada gama de mediocridades, la obviedad de la base en que funda sus planteamientos, la banal evidencia de los imprescindibles cambios que no van a ocurrir.

La exigencia social de guarderías para mantener en ellas el mayor tiempo posible a sus hijos, sea cual fuere su edad, es incompatible con la existencia de cuerpos profesionales especializados en el estudio. De querer aumentar el nivel educativo, sólo cabe recurrir a medidas, si bien de coste asequible, de aplicación extraordinariamente ardua porque exigen cambios legales y reorganización administrativa de calado. Sin desmontar falacias de obligado asentimiento, como las bondades de la unificación e igualación, no hay posibilidad alguna de mejora.

El proceso comenzaría por la clara división, en la enseñanza, de la parte de ésta dedicada a la transmisión de conocimientos y de la que ejerce labores de guardería, e implicaría automáticamente la designación de personal fijo, calificado por títulos, diplomas, oposiciones y certificados. Se halla, en la segunda, el personal destinado a labores de asistencia, sean éstas mantenimiento, conserjería, vigilancia, servicios de orden, bibliotecas, actividades sociales, oficina, documentación y equipos de psicólogos y orientadores. Ninguna de estas tareas puede adjudicarse por simples afinidades fantasistas o de conveniencia personal como se viene haciendo con el pretexto de que, a falta de horas lectivas, los interesados mismos prefieren dar clase de reciclaje de tizas o de danzas orientales mejor que desplazarse de instituto. Paralela y separadamente, se situarían los sectores dedicados a la docencia, que sería ejercida sin exigencias e interferencias ajenas a su actividad propia y en un ambiente en el que sólo el buen criterio, la responsabilidad profesional y las preferencias personales determinarían actitudes y relaciones, dominadas en todo momento por el marco e interés académicos y merecedoras, por lo tanto, de la estima social de la que actualmente carecen por el absoluto confusionismo que reina en torno a sus funciones.

Sin más gastos que el debido aprovechamiento del material humano ahora disponible, la mejora substancial está supeditada a la separación de los alumnos en ciclos según edades y niveles, y a la asignación a cada uno del profesorado específico. Esto de ninguna manera puede compaginarse con el sistema actual modelo logse; es exactamente lo opuesto: Separar la primaria en todos sus aspectos (personal, locales) de la enseñanza media a partir de los trece o catorce años, y dividir a esta última en una primera parte de materias básicas comunes y en una ramificación posterior que ofrezca, sea estudios de algunos-pero no una gama excesiva-de bachilleratos con una duración de entre tres y cuatro años, sea la formación profesional en buenos politécnicos completados con periodos de aprendizaje en empresas. La existencia de pruebas de paso de uno a otro nivel es aconsejable; la de exámenes, suspenso por materias y repetición de cada una de las no aprobadas, independientemente de su número, y de curso es esencial si se pretende realmente una mejora apreciable.

Se impone, además, la modestia y la reivindicación del viejo y fiel auxiliar de la memoria, de la imprescindible teoría, de la atención, la retención y la conciencia del insoslayable precio en solitario esfuerzo intelectual que la inteligencia y el conocimiento requieren. Se ha robado a los estudiantes la personal biblioteca mental que era obligación de la Enseñanza proporcionarles en años particularmente receptivos de su vida, y se ha abonado así la pasividad sobre la que vierten su caudal predigerido los medios de comunicación. El hincapié en la importancia de la investigación y el esfuerzo propio puede ser el antídoto contra la infantilización y gregarización que sufren y que todo el sistema contribuye a reforzar. La sustitución de las horas anteriormente dedicadas a historia, física o literatura por actividades manuales diversas y la inclusión de la teoría en el índice de temas prohibidos implican la eliminación en esos jóvenes de un concepto tan esencial como es el del tiempo, tiempo cultural y tiempo histórico, con el consiguiente desarraigo, pobreza mental y dependencia. Implica también en España perpetuar la vieja servidumbre tecnológica. Por ello la fórmula no reside en disminuir radicalmente las horas dedicadas a saberes fundamentales, sino en facilitar a los que lo deseen el contacto con actividades plásticas. Porque los niveles y hábitos de conceptualización y de abstracción que no se adquieren en la adolescencia son luego muy raramente alcanzables en la vida adulta, lo cual no ocurre con otras actividades.

Parece además extremadamente claro que las capacidades cerebrales de conexión son gigantescas y que el factor limitador es la velocidad de acceso por los sentidos. Hay que añadir que sólo se hacen adquisiciones con rapidez cuando se es joven y que después se está limitado por las posibilidades de aprendizaje que se ha tenido en la infancia.[39]

El currículum ha de ser sólido, con un nivel claro y exigente. La experiencia ha revelado hasta la saciedad una disminución de los saberes y facultades abstractas en las últimas generaciones, y contra esto de poco pueden servir los tonantes anatemas respecto a la enseñanza memorística y teórica, la pasividad, etc. Muy al contrario, si se pretende ofrecer al adolescente algo mínimamente válido y valioso, entonces cumple reconocer, sin desentenderse del futuro, lo que se debe al pasado. Bastante se ha engañado ya a la galería con clichés como enseñanza activa, espontaneidad y evaluación permanente que no significan sino ignorancia atomizada para su mejor reparto. Pero eran términos demasiado golosos como para que los grupos en el poder no se sirvieran de ellos. La reincorporación, en el corpus de asignaturas, de las lenguas clásicas, adquiere así todo su sentido, no en el papel de lujos accesorios, sino como importantes formadoras de la gimnasia del pensamiento y como necesario transfondo de la cultura europea. El latín y el griego aúnan a su básica personalidad de sustrato vivo de la civilización occidental el humanismo universal que los inspira y el hecho de que su aprendizaje favorece-en forma similar a las matemáticas-los mecanismos cerebrales de síntesis y análisis, de analogía, denotación y connotación. El planteamiento que defiende su vuelta tras el exilio es ante todo práctico, por la elemental constatación de que la persona dotada de una formación seria, profunda y extensa se halla mejor pertrechada para adaptarse luego a diversos medios laborales aunque sus conocimientos juveniles no tuvieran relación directa con lo exigido por su nuevo empleo. Más aún: esta formación, consciente de la esencial importancia de lo que, precisamente, no sirve para algo inmediato, es la debida a esa edad, la genuinamente social y gratuita que abre puertas a las que, si no, jamás la mayor parte de los alumnos se hubieran acercado, las cuales les ofrecerán más tarde, aunque aparentemente las hayan olvidado, el paso franco a su territorio, la visión de horizontes una vez atisbados, el alimento de un patrimonio personal inalienable y el refugio más fiel.

Ninguno de los cambios apuntados puede disociarse de reestructuraciones que chocan con la normativa actual, van unidos a la asignación a cada nivel, exclusivamente, del profesorado idóneo: maestros a primaria y formación profesional, catedráticos y agregados a media, y, dentro de esto, es de rigor que la labor docente se ejerza en la asignatura de titulación y especialidad, lo cual es incompatible con el voluntariamente difuso sistema de áreas.

La inversión, en respeto y en presupuesto, debe ir prioritariamente encaminada, una vez cubiertas las necesidades básicas y asegurado el mantenimiento de edificios y material, a garantizar a los alumnos la igualdad de oportunidades con un sistema de ayudas y becas mucho más amplio que el actual y que tenga el importante valor añadido de incidir en la conciencia del mérito y del esfuerzo personales. Lo que hay no favorece sino la dictadura de los peores sobre los demás alumnos y la segregación de la enseñanza pública como obligado reducto del que no puede pagarse otra. Uno de los aspectos más irónicos de la Ley del 90 es que se presentara como un logro progresista cuando lo que ha hecho es prestar los mejores servicios a la enseñanza privada. A ella se dirige actualmente buena parte de una clase media que antes no hubiese dudado en optar por el buen nivel de la pública; la degradación de los institutos ha invertido la tendencia y hundido lo que fue una excelente oportunidad de ampliar cualitativa y cuantitativamente la enseñanza estatal. Llega a los centros una clase de alumnos respecto a los cuales el trato será la piedra de toque de la existencia, o no, de una enseñanza democrática. Los hijos de los emigrantes, lejos de traer en sí un peligro de degradación de la calidad-¿más todavía?-y de delincuencia, se suelen caracterizar por el deseo de ascenso social y aprovechamiento propio de las familias pobres. Quien haya viajado por el Tercer Mundo sabe de esa impresión penosa que produce el hambre de estudios en jóvenes que carecen de recursos, de la avidez con que reciben cualquier posibilidad de escolarización y mejora, y del sentimiento de injusticia que el occidental experimenta ante los mimados adolescentes de su país que desprecian y tiran la educación al suelo como la comida. Los hijos de emigrantes valorarán en los institutos españoles lo que sus compañeros desdeñan por gratuito, pero siempre y cuando no se encuentren rodeados de lo peor de la cabaña local.

Semejante inversión en respeto y presupuesto es precisa en lo que al profesorado se refiere para reducir sus justas proporciones un horario lectivo que tiende a la hipocresía y al maximalismo contraproducente, y facilitarle la real permeabilidad con universidad y escuelas superiores, los estudios de ampliación o de otras licenciaturas, el año sabático, la investigación, la movilidad en España y en el extranjero y actividades intelectuales diversas. Es muy difícil que esto se compatibilice con cursillos dados por pedagogos logse sobre utilización didáctica de la jerga callejera o reciclaje de tarimas. Son, además, los tiempos suficientemente menguados como para que se recuerde la necesidad de salvaguardar la pluralidad de criterios y la libertad de cátedra, seriamente amenazadas por la censura de nuevo cuño.

La alternativa inmovilista con algún que otro parche vergonzante, que es a lo que se tiende en la actualidad, va a intensificar entre el profesorado la misma selección natural que en los alumnos. País hay ya en Europa en que la especie se hace deficitaria y rara. En Iberia no sería improbable que llegue un momento en el que haya que poner un kiosko en Tarifa para contratar docentes según los inmigrantes vayan saltando de las pateras.

Tras los cambios de gran calado en el armazón legal de la normativa, vendrían las reparaciones diversas, los grupos con un máximo de veintidós alumnos, los equipos audiovisuales y la necesidad de rellenar, aunque sea de forma mínima, las lagunas culturales causadas por la Logse y que tienen las dimensiones del Mediterráneo. El simbolismo más elemental de Mitología, Biblia, folklore, las imágenes más arraigadas en el Arte, la Literatura y la Historia de Occidente, los hitos cronológicos más significativos, son ahora ajenos a gente en el umbral de la madurez, desconocen la fecha del descubrimiento de América, las clasificaciones de flora y fauna, los episodios más reproducidos y comentados de Antiguo y Nuevo Testamento, epopeyas, manifestaciones de dioses y hazañas de héroes; ignoran el orden de llegada-y la llegada-de celtas, iberos, romanos, germanos y árabes; en historia moderna, España parece haber comenzado con sus padres, tras un periodo de dictadura en el que nada existía ni se publicaba que entronca directamente, con un oscuro túnel de opresión, a Franco con Felipe II; su analfabetismo funcional corre parejas con el iconográfico y les veta el acceso a toda la riqueza intelectual acumulada por una Europa a cuyo núcleo de civilización sin embargo pertenecen.

Conviene insistir, por mucho que los adolescentes estorben a los responsables de su existencia, en la necesidad de distanciamiento respecto al centro de estudios. En la lógica hiperprotectora al uso, el joven puede encontrarse virtualmente copado entre los diversos representantes del sistema-profesores, padres, tutores-que tienden a invadir incluso sus breves reductos temporales de libertad. No se puede hacer del instituto una segunda casa, un híbrido de salón social y asilo juvenil. Por higiene mental, los adolescentes-y los que no lo son-harán bien en pluralizar sus zonas de reunión, compañías e intereses, y separarlos del lugar al que acuden por la obligatoriedad de las clases. Esto lo hacen ya siempre que pueden por sano instinto de defensa frente a las inevitables pretensiones totalizadoras de todo sistema en cuanto tal. Lo que sí conviene que encuentren en el instituto es un centro de información activa, continua, renovada, sobre la nada desdeñable oferta cultural que semanalmente ofrece una ciudad como Madrid. No se trata de guiar en visitas organizadas de grupos, lo que conlleva obligatoriedad y merma de placer estético. El objetivo sería darles las claves, mostrarles la existencia de esos pequeños mundos diarios a disposición del que invierta en ellos el esfuerzo e interés requerido; habrá quien lo haga. Esta labor se hace tanto más apremiante en los barrios-dormitorio, cuyos jóvenes apenas conocen otros límites que las masas de hormigón, el pub, la discoteca y la galería comercial. Los resultados serían, además del enriquecimiento personal, el favorecer la independencia, la diferenciación según aptitudes y el sentido del propio esfuerzo y la autonomía; esto contra la infantilización y el maternal canibalismo del sistema.

La tarea más difícil y necesaria es hacerles adquirir de alguna forma la conciencia del precio. Carecen-y en eso son representantes y avanzadilla de una clara tendencia en la conducta y percepción occidental-del sentido del valor de cuanto les rodea, la simple idea de que alguien paga los servicios que utilizan y el espacio que ocupan no les aflora. Tal vez la esperanza esté en esos hijos de la necesidad que van llegando al país y a los que la referencia y los recuerdos de sus padres les hace valorar la educación que el mimado y ahíto indígena desdeña. En el siglo XIV, y en un libro por demás delicioso, algo se dice sobre esto:

recordemos en el pasado cuánto aprovechó a toda la república cristiana no el haber educado a los estudiantes en las delicias de Sardanápalo ni en las riquezas de Creso, sino más bien haber ayudado a los pobres con una modesta enseñanza. ¿Cuántos hemos visto con nuestros ojos, cuántos hemos recogido en las escrituras, que sin distinguirse por la claridad de su linaje, sin esperanza de gozar herencia alguna, y sustentados sólo en su virtud de varones íntegros, merecieron alcanzar las cátedras apostólicas? (…) Por lo cual, tras haber examinado en todo punto las necesidades humanas con ojos de caritativa consideración, el afecto de nuestra compasión nos movió a llevar piadoso auxilio especialmente a ese género tan oscuro de hombres, que sin embargo exhalan tal olor de esperanza para la marcha de la Iglesia, y proporcionarles no sólo lo necesario para el sustento, sino ante todo y sobre todo libros utilísimos para el estudio. (…) El deseable tesoro de la sabiduría y de la ciencia, que todos los hombres por instinto natural desean, aventaja infinitamente a todas las riquezas del mundo, (…) Por ti (la sabiduría), abandonada la natural rusticidad, pulidos el carácter y el lenguaje, arrancados de raíz los abrojos de los vicios, alcanzan cumbre de los honores, y llegan a ser padres de la patria y favoritos de príncipes, aquellos que, sin ti, de azadones y de rejas de arado hubiesen forjado lanzas, o quizá apacentado cerdos con el hijo pródigo.[40]

Respecto al conjunto del alumnado, no es despropósito, reducida a razonables dimensiones, la previsión de contactos que les hagan palpar, tanto el trabajo manual del que cuanto tienen en las manos les llega, como el infinito desnivel que, en otras latitudes, les separa de multitud de personas de su edad para las cuales la posibilidad de obtener un puesto escolar pertenece al inalcanzable reino de los sueños. Se corre el riesgo de que el movimiento pendular de defensa respecto a las utopías de igualación de los seres aniquile la necesaria igualdad de derechos y posibilidades, desdeñe las carencias y los negativos condicionamientos de partida, bañe en el desprestigio los términos de solidaridad y servicio público prostituidos por un progresismo de conveniencia. La recuperación no será fácil.

Los cambios deseables son obvios, como el desastre, desde su fundación, era evidente. Bastaba para ello hojear someramente el centón de tópicos llamado Libro blanco de la Reforma. Cuestión muy distinta es la posibilidad y la voluntad de llevarlos a cabo. Desde mediados de los noventa, el cambio en el poder, la mayoría absoluta obtenida en las últimas elecciones de la década, habían permitido esperar que se pusiera coto a una dinámica que está significando cada día un retroceso intelectual mayor. No hubo tal. Puesto que se negaba a derogar la Logse y tocar a la red de intereses creados, a un gobierno como el del PP, en principio nada partidario de la Ley de sus predecesores, sólo le quedaba añadir aditamentos sin alterar el conjunto. En esta línea se sitúan las insinuaciones de reválidas, la potenciación de la formación profesional y los muy limitados aumentos lectivos en ciertas materias. Es notable el profundo silencio oficial respecto a la distribución adecuada del personal docente, y es así porque ahí el Gobierno sabe que se toparía de lleno con la red de intereses, con los clamores de los dos sindicatos que utilizaron la Logse para colocar a sus afiliados y simpatizantes de primaria y formación profesional en cualquier materia y nivel de secundaria, con los promocionados a puestos de inspección, coordinación, formación, direcciones, asesorías y orientaciones, todos ellos sin relación con méritos reales y calificaciones académicas. La marea negra de la clientela logse aparece como de imposible limpiado. Es labor titánica, aunque indispensable para una mejora sustancial. En vista de ello la lógica electoral impone cierto maquillaje de primeros auxilios en espera de que, dentro de unos pocos años, el gobierno nacido de las siguientes elecciones dé algunos pases al miura más lamentable de la plaza. El volumen de temor oficial, los pasos inseguros, las objeciones vergonzantes de los ministros, la insistencia en la venia de los supuestos representantes sociales, resultan casi conmovedores si no representaran el cohecho con la injusticia y haber abandonado a la humillación y al ostracismo a personas numerosas y concretas. Es más fácil salir con calma de un coche destruido en un atentado que desafiar mes a mes al pandemónium de la oposición y afrontar la usura cotidiana de las peticiones, protestas y resistencias de lustrosas guerrillas administrativas y mediáticas.

Se sabe perfectamente-y estos últimos lustros quedan como muestra de ello- que los Portavoces de los Trabajadores de la Enseñanza lo son de bien pocos, que las Comunidades Escolares, las Asociaciones de Estudiantes, las de Padres en nada representan la profesionalidad y los conocimientos, que se complacen en el protagonismo y en las desmesuradas cotas de poder que les otorgó la Logse, que su ignorancia de los temas sólo se equipara con la prepotencia de la que se han visto investidos y con su incontinente afición a auditorios y mesas redondas, y que, si bien han tenido un efecto desastroso en la Educación, han ejercido empero con concienzuda eficacia su papel represivo y laminador de la parte más calificada y honesta del profesorado e impuesto con ejemplar tesón la mediocridad preceptiva. Es notorio que tales organismos han sido diseñados desde su gestación como bastiones de la política de la Reforma de los ochenta, que les cumple defenderla hasta la última almena y clamar contra cuanto signifique calidad, profesionalidad y méritos. Es evidente que, a cargo del presupuesto y a efectos de populismo, pueden crearse asociaciones y mesas redondas infinitas: de Abuelos de Alumnos, de Defensores de la Fauna y Flora en el Aula, de Hermanos Primogénitos, de Promotores de Asociaciones y Reuniones en los Centros, etc, que serán todas acogidas por una mayoría de corifeos como plataformas de expresión democrática, refugios del pluralismo, ejemplos de gestión igualitaria, y, a un nivel más pedestre, como proveedoras de cargos, subvenciones y posibilidades de exigir presencia y burocracia a los colegas para el propio beneficio. Bajo esa capa de conjuros verbales colectivos, de entes de ficción logística, está una mayoría ajena a ella, los estudiantes, profesores y padres que respetan sus respectivos territorios y no precisan rituales gregarios para expresarse, que saben que hay que saber y que, como siempre ha ocurrido, tratan los problemas que les conciernen con el profesor que corresponde. También esto ha sido destruido para implantar el clima de ejercicios espirituales periódicos, ritos de control y autocrítica y complacientes autos de fe. A un partido liberal, tecnócrata, hábil gestor pero mortecino ilustrado, difícilmente podría pedírsele el heroísmo del cambio cuando la situación actual es puro beneficio para la enseñanza privada y para el aceitado entendimiento con la constelación del PSOE. Aquélla le garantiza una bolsa de votos, ésta la bonanza gubernativa. Su actitud es pura, y comprensiblemente, estratégica: dar tiempo al tiempo, añadir, desplazar, atenerse a prioridades. Éstas últimas son económicas y electorales. Incluso aunque sea un gobierno que se quiere honesto en sus actuaciones, no pueden esperarse de él en Educación fogosos impulsos éticos y ambiciones de largo alcance. Todo lo más la tibia componenda provisional que demuestran los hechos.

En el rapto del lenguaje, la contrapartida de esta dejación es la paz social, que se obtiene con facilidad extraordinaria cuando los representantes se han convertido en un apéndice administrativo bien remunerado y liberado de compromisos laborales. A mejor status más paz. El reducto sindical, además de apetecible, ha estado acorazado por su identificación con progresismo y democracia. Poco importa si su representación real (como era el caso de Comisiones Obreras y UGT en la Enseñanza Media, y en múltiples sectores) es mínima. Se necesitaban como marchamo, interlocutor y portavoz oficial. De hecho, se siguen necesitando, pero no en su forma actual, dependientes de la nutricia nómina de la Administración (extraída de forma obligatoria de los impuestos de todos los contribuyentes) y no de las cuotas de sus afiliados, y lastrados por la interesada connivencia con el poder, de la que son ejemplo la defensa de la Logse, la imposición abusiva del Cuerpo Único y la anulación por decreto de cuerpos profesionales políticamente indefensos. Las etapas de su actuación han obedecido, en estos lustros, a un proceso claramente sistematizable: Desde mediados de los ochenta los dos sindicatos, en estrecho matrimonio-especialmente UGT-con el Partido Socialista. participaron con marcado activismo en la imposición de la Reforma, que implicaba el igualitarismo por decreto de enseñantes y enseñados y abría las puertas al ejercicio impune del clientelismo arbitrario, al manejo de presupuestos y plantillas y al prestigio de la intimidad con el poder. A partir de la aparición, en 1990, de la Ley, continuaron la línea anterior, aumentaron el populismo de corte maoísta folklórico con aditamentos tomados del desguace por quiebra del experimento anglosajón y se establecieron como correas de transmisión de consignas logse e instrumentos de imposición, anulación de la disidencia y vigilancia. La continua y enfática referencia a los principios fundamentales de la Reforma y su identificación con éstos y con sus depositarios los pedagogos les otorgaba el monopolio representativo y verbal. Llegado el punto en que, pese a las ingentes cantidades de propaganda de los poderosos medios de comunicación afines al gobierno anterior, comenzó a aflorar a la superficie de la opinión pública la evidencia del desastre, recibieron la consigna de fuga hacia adelante, defensa cerrada de la Reforma Educativa y presencia intensificada en consejos, asociaciones, cursillos y coloquios. Nada más aleccionador sobre su filiación, y sobre su nivel intelectual, que oírles, en distintos centros, repetir las mismas frases, subrayar con vehemencia idénticos tópicos, desplegar estrategias semejantes. Indefectiblemente, todos ellos amaban las reuniones, fuente inagotable de enriquecimiento, a todos inquietaban hasta el insomnio problemas ocasionales, detalles formales y casos minoritarios, ninguno establecía relación causa-efecto entre la normativa general, el armazón legal en sí mismo y las deficiencias observadas, sino que las hacían responsabilidad de insuficiencias presupuestarias achacables al nuevo gobierno, todos exhibían una solidaridad inquebrantable hacia sus compañeros de trabajo y ninguno desdeñaba cualquier nombramiento, licencia, asesoría o comisión que les alejase del aula y de las consecuencias de la Logse. El uso del lenguaje era igualmente definitorio en su recurso al manual de léxico y sintagmas políticamente correctos. La infeliz morfología continuaba siendo destinada a campo de tiro de la nueva superestructura cultural: la -a fue llamada a filas como morfema igualitario, ondeó en el pendón del progreso y se pretendió honrar, con su uso, al postergado género femenino. En realidad fue sometida a tratos inhumanos y degradantes, salpimentó de compañeros y compañeras, trabajadores y trabajadoras, jóvenes y jóvenas el discurso y citó, en el papel satinado de los cuadernos pedagógicos, a la Sra. X miembra de la Federació de MRPs del País Valenciá.[41] La tardanza en calar el desastre hasta la pública evidencia se explica por la estrecha relación del partido socialista anteriormente en el poder y la galaxia comunicativa que engloba diversos medios, entre los que se encuentran el diario de mayor tirada, e imagen oficialmente progresista, y la editorial que ha obtenido enormes beneficios con los libros de texto.

El asambleísmo ha tenido también, en todo este proceso, un papel de extraordinaria relevancia que ejemplifica las tesis de Ortega sobre la transposiciones aberrantes de los procedimientos democráticos. Del socialismo ficticio al que ha servido de escenario la enseñanza media española se infería la general infalibilidad de la votación mayoritaria, ya se tratase del principio de Arquímedes, las fechas del reinado de los Austrias o la asignación del catedrático de filosofía a la enseñanza de párvulos y del maestro de gimnasia a repaso de inglés. Lo más parecido a una ideología que se puede observar en este fenómeno es la animosidad hacia la diferencia individual; la adolescencia, edad en la que ésta aparece con claridad innegable, constituía el terreno elegido para pasear la apisonadora igualitaria de manera que sobre la llanura resultante transitara un público tan desprovisto de diferencias como de exigencias. Los simulacros ideológicos no por burdos fueron menos recurrentes en el discurso, pero se redujeron paulatinamente a un lenguaje defensivo de supuestos valores democráticos en grave peligro con la llegada de un nuevo partido en el Gobierno. Al comienzo de la primera década de 2000, comenzó a imponerse una estrategia de salvamento de mobiliario y aggiornamento de imagen, cierta distancia entre los dos sindicatos mismos, un razonable pavor de ser desplazados por gente de más valer y por organismos realmente representativos, una repentina urgencia de discutir las hasta entonces obviadas condiciones de trabajo del profesorado. Las preguntas que se plantean al siglo XXI incluyen cuestiones de tanto calado como la pertinencia o no de la existencia de los sindicatos, el desfase entre su verbalismo decimonónico, los dogmas de la lucha de clases y las pretensiones de unificación de los trabajadores en bloque frente a los patronos por una parte y la realidad plural, con predominio de clases medias, diversa, profesionalizada y compuesta por individuos con aspiraciones y grados muy distintos de bienestar por otra. Los dos sindicatos que se han venido adjudicando el título de representantes prioritarios de los trabajadores resultan, más bien, oficinas nutridas por el Estado a fines testimoniales, publicitarios y burocráticos. Aferrados a legitimaciones pretéritas, carecen en muchos sectores de la menor relevancia, pero cabe la posibilidad de nuevas asociaciones capaces de representatividad, pluralidad y cambio, cuya imagen no esté unida a vecindades y colaboraciones como las de triste memoria del ejemplo educativo

 

 

¿Quién teme a la lingua franca?

La estrechez de espíritu, la negación de la universalidad, y su necesaria contrapartida de exaltación del más ridículo localismo provinciano se observa, cuando en educación se abordan temas lingüísticos, en la temerosa contemplación de invasiones anglosajonas y la entre petulante y dubitativa visión del futuro del español. Esto desde un país en el que la obligación constitucional de empleo del castellano junto con las lenguas de las autonomías es pura infracción consentida y constante. Si de apoyos se trata, la lengua española está ciertamente más protegida y goza de superior respeto en cualquier otra nación hispanoamericana. Los textos oficiales de la llamada madre patria ofrecen con frecuencia de España una imagen fragmentaria e incluso vergonzante y servil: la de un país que todavía precisa ser aceptado por el resto de Europa, que carece de historia y de geografía unitarias y que se mueve entre la vanagloria de la expansión lingüística y el complejo. Los agraciados con dorados exilios de cargos en el extranjero tienen con frecuencia como brillante bagaje académico un pasado como elaborador o comisario de la logse, y su consigna es eliminar competencia, lucir una fachada mezcla de estajanovismo, celo japonés y lucecita del Pardo y mostrar actividad frenética, dedicación ejemplar y expansión vertiginosa de las conversiones a la lengua de Cervantes. Se ha recurrido, por ejemplo, a ofertas gratuitas de material y servicios que rayan en el buzoneo y que serían difícilmente imaginables por parte de la Alianza Francesa o el Instituto Británico. El victimismo respecto a la expansión del inglés se aúna con un triunfalismo numérico pueril que no da al castellano la mesurada dimensión cualitativa que le corresponde y se guarda de considerar la escasez de obras en español mundialmente traducidas o la pobreza de los índices de lectura. La apariencia de difusión ha sido manipulada por los mismos que en España han logrado minimizar el estudio de esta lengua y han hecho desaparecer de los programas de enseñanza la Historia, Geografía y Literatura del país como tal. No es ajena a este proceso la Ley de Economato, más antigua e implacable que la mosaica y más generalizada que las de Murphy, según la cual todo cargo tiende a justificarse a sí mismo y a crear una fiel clientela adicta al mismo hábito. Los sueldos de los destinados en el extranjero son paraísos de riqueza en el panorama mesetario de la enseñanza y crean una fuerte dinámica clientelar a la que, en sí, la objetividad y la eficacia son, salvo error u omisión, ajenas.

El antiamericanismo es un tópico rentable a efectos de visceralidad inmediata. Hay, por ello, discursos que se complacen en las visiones de un gigante estadounidense literalmente sumergido por el mundo hispanohablante. La exaltación gratuita del nacionalismo goza con el vértigo de los números, vibra con la expansión demográfica latina, se detiene, entristecida, ante el irregular y diglósico empleo de la lengua española al no pertenecer a potencias industriales de reconocido rango, apela a medidas de urgencia y barricadas. Una consideración más reposada se guarda de hacer del castellano una lengua de hablar por casa mientras se reservan totalmente al inglés más nobles y científicos usos, pero tampoco acoge con trompetas imperiales un crecimiento simplemente debido a mayores índices de natalidad que están destinados a reducirse según avance el nivel sociocultural y mejore la condición femenina. Más esperanza de una merecida extensión reside en la forma de reconsiderar, en la enseñanza, una dimensión científica que la desdichada Reforma española ha reducido a un burdo enjambre de manualidades, destrezas y ocurrencias. Se echa largamente en falta la conciencia de la especulación sobre naturaleza, materia y número como elementos imprescindibles de un árbol con raíces presocráticas, tronco renacentista e injertos venidos del oriente. La formación de anteriores generaciones ha sido imperfecta y coja por la dicotomía excesiva entre Ciencias y Letras, que, como la de Alma y Cuerpo, cortaba el posterior acceso intelectual a campos vitales de la realidad. Pasado el ¡Que inventen ellos!, el país ha tenido que adentrarse con estremecedora desnudez en un mundo nuevo que se había hecho en su ausencia. La diglosia científica del castellano no corresponde a imperialismos coercitivos, sino a la palmaria limitación de su esfera de intereses.

Es, sin embargo, real la expansión constante del español-excepto en la Península-, su situación en cuarto lugar por el número de hablantes (tras el chino, el inglés y el hindi), su oficialidad en una veintena de países y las previsiones, hacia el año 2050 por el Anuario del Instituto Cervantes, de unos quinientos cincuenta millones de personas que lo tendrán como lengua materna, y esto sólo en los países donde es el idioma oficial, sin contar, pues, los hispanos de Estados unidos y los que lo utilizan como vehículo comunicativo secundario. Como cualquier otra lengua, ni se impone ni se destruye; es el molde plástico, vivo y cambiante de la comunidad que la emplea y vale lo que los que la hablan, tiene, o no, el peso cultural y técnico de éstos y refleja, a lo largo de los siglos, una vitalidad notable. Es posible su dimensión, en el futuro, como canal comunicativo internacional. Nada de esto es óbice para la consideración, paralela, del inglés como lingua franca en un puesto ganado limpiamente por su descubrimiento y expansión de la revolución industrial y la actual de tecnología e informática y por el carácter eminentemente utilitario y funcional que hace de esta lengua (que puede, en otros planos, acoger la belleza de un Shakespeare) el latín del siglo XXI.

Se está, pues, en condiciones de responder a la pregunta de Rubén Darío. Efectivamente, muchos millones de hombres hablaremos inglés. Y no será ninguna tragedia ni el español desaparecerá por ello. Al contrario, el uso de varios idiomas, la disposición de una lingua franca es fenómeno bienvenido y ajustado a las necesidades del planeta, a las ambiciones del espíritu y a la multiplicación de accesos a riquezas que pueden serlo de conocimiento y de libertad aunque, en esta infancia del mundo del mañana, el intercambio se reduzca en mayoritario porcentaje a la capitalización de mensajes sin más contenido que la diversión del ruido continuo y la distracción del salvaje con el juguete nuevo.

 

 

El temor de Huxley

Con la tendencia a las dualidades propia de cierta inercia pesimista del pensamiento, es posible imaginar, por una parte, un modelo educativo que produciría, bajo distintos barnices embellecedores, un ser apto para la cadena de montaje informático con patente extranjera, alimentado con retales de oficios y datos y narcotizado con la engañosa certidumbre de su suficiencia, capacidad crítica y libre albedrío consistente en poder elegir entre infinitas cadenas de televisión. Es muy probable que este ser tan postmodernista en su falta de raíces, en su ausencia del tiempo como conciencia, no rinda lo que el Estado parece esperar de él, ni siquiera con estímulos consumistas puntuales. En todo caso, difícilmente será creativo y su capacidad teórica y voluntad personal de superación quedarán minimizadas. Si procede del periodo logse, la poda habrá sido severa: suprimida la historia del arte por inútil, la general y la de la literatura por el mismo motivo, de igual forma eliminado el lastre superfluo de la filosofía y buena parte de las especulaciones de la matemática. Ya habrán precedido en los basureros de la Historia el latín y el griego, que esperan que en breve se sumen a su reunión lingüística y dibujo artístico. Ciencias Naturales y geografía permiten podas amplísimas, no existe utilidad inmediata alguna en saber la ubicación del Tíbet o el Neolítico, ni los intereses nacionales o autonómicos pasan por la descripción de los lamelibranquios o la observación de infusorios, fuera de la industria de conservas. Ninguna de estas materias tenía futuro. Lo malo es que tal vez ello significa que, si es así, la especie tampoco lo tiene. Sin recurrir a cursillos de orientación, es posible saber que el contacto y apreciación de la belleza, sean los Guerreros de Riace o una ecuación matemática, alimenta los mecanismos de la satisfacción y el entendimiento armónico con el entorno. También que no es obviable para los humanos la conciencia del pasado y el sentido del futuro; significaría, no un existencialismo audaz y enriquecedor vivido en la lucidez, sino una desesperanza radical fustigada por el continuo imperativo de la satisfacción inmediata y por la no menos continua desazón del logro fácil. Implica destapar en la caja de Pandora infinitas cantidades de violencia, porque ésta es el lógico recurso ante situaciones cegadas. Si la Enseñanza apuntala, en épocas de la vida sedientas de referencias y raíces, este culto al Vacío, no cabe duda de que se obtendrá, el psicológico y también probablemente, en breve plazo, el físico.

La otra opción puede que consistiera en una apuesta por la cultura entendida como integración dinámica, en espiral, de la ciencia y del núcleo de la civilización greco-latino-europea en el que Occidente está inserto y que es su manera de participar en la evolución planetaria, y añadirle el horizonte, que las comunicaciones hacen felizmente próximo, de un Oriente cada vez menos exótico y lejano

La dualidad es uno de los esquemas posibles de pensamiento frente al que la realidad despliega un territorio sin caminos, pero queda por saber si realmente interesa formar seres infantilizados por fáciles metas conductistas o, por el contrario, adultos dotados, los que por él opten, de un sólido bagaje intelectual y el necesario espíritu crítico para disfrutar de cuanto existe, rebelarse o crear.

 

 

Diario de a bordo

La botella ha dado la vuelta y regresa al remitente con todas sus preguntas y mensajes. Poco importa. En la inmensidad del horizonte marino que agrandan las dimensiones de la isla, es tiempo sólo de sobrevivir, de reflexionar sobre el curioso encadenamiento de los hechos, de observar la escena por la que transitan, al ritmo de un acelerado auto calderoniano, los Comisarios, Crimentales, Blancosnegros, Neolenguas, Doblepensar y la inagotable cantera de extras dispuestos a amar a un Hermano enorme mientras éste les garantice la pequeñez igualitaria de sus compatriotas y la reducción a no-persona de los disidentes.

Isa no tiene la menor pretensión pedagógica. Es más, la palabra misma le produce cierto sarpullido benigno siempre y cuando no aparezca utilizada como arma letal por un depredador a la caza de meritorios puntos y carne de reuniones. Cultura, Educación, son curiosos predios del armamento ideológico experimental, cortijos del partido con mayor audiencia, pueden ser, han sido, monumentales fortalezas, kilométricos campos de trabajo, callados cementerios sin pasado ni futuro, pero eso fue rápidamente olvidado y las víctimas abonan discretamente los vastos territorios del anonimato y la tronchada desdicha de sus vidas, la sucesión de años sin aurora, de empeños sin fruto, se inscribe en el capítulo de pérdidas que sólo ellos recuerdan, en la tenacidad de la amargura, o en las brutales estadísticas de muertos que se reducen a guarismos y papel.

Le inspira, sin embargo, curiosidad la vivaz, repetida floración de las camboyas, los bonsais de revoluciones culturales, los recursos-limitados por la fuerza de las circunstancias pero con el marchamo inconfundible del archipiélago-a la forzada igualitarización, esa forma de tanatofilia intelectual tan poderosa como la pulsión de muerte física, ese terror ante la vertiginosa soledad de la diferencia y del destino. De sus distintos aspectos, dentro del juego de chantajes, componendas y voluntarios engaños que fueron las primeras décadas de la democracia española, le llama la atención el experimento educativo durante los años de indiscutido poder de un partido que se decía representante de un socialismo en el que nadie, ni él, por supuesto, quería vivir pero de cuya idea se vivía en una curiosa duplicidad de discurso y acciones, ritos y deseos.

Dentro de aquella Reforma que condicionó la actividad de los que, como Isa, se encontraban atados por el trabajo a ese medio, no es ya la falsedad, el fraude, la corrupción o la injusticia lo que le parece más llamativo. Atrae su curiosidad el fenómeno de las adhesiones masivas a la estupidez manifiesta, la gran adhesión, en buena parte silenciosa pero cierta, a premisas de puerilidad insostenible, la autocensura que, sin necesidad de recurrir a explícitas coacciones, procuró el asentimiento. En el fondo, muy en el fondo, ésa es siempre la incógnita más enredada en la raíz misma de la angustia, la pregunta sobre la actitud de miles de personas que colaboran, ceden, aplauden, se encuentran y se dan calor en una plataforma que, por su bajo nivel, a todos reúne y que no saben luego abandonar.

La Reforma, esa Ley del 90 que el tiempo hará anecdótica, gozó de esa aquiescencia. Ni sus vagos tópicos ni su argumentación nula ni sus contradicciones palmarias o la evidencia material de los intereses y manipulación a que servían sus fines precisaban de intrincado análisis. Tampoco eran indispensables geniales dotes para prever sus nocivos efectos en el alumnado y la degradación laboral que prometía. Pasaron los años, desde la preparación y primeras imposiciones de los ochenta hasta la completa extensión en la década posterior. Isa intenta comprender, una vez más, las razones del silencio, la colaboración, la sumisión.

La primera explicación, la más clásica, es los beneficios del cambio obtenidos por los convecinos del poder. La radiografía del cui prodest? nunca engaña y en ella quedan, sin desmentido posible, los años, cargos, puestos ocupados, las oposiciones ficticias, los accesos fulgurantes, los puntos y méritos prodigiosamente acumulados. No es un proceso anónimo, son pirámides que se construyen con nombres y apellidos y, desde los oropeles del ministro y el director general hasta quien vota para eliminar al jefe de seminario honesto que no se aviene a imponer un texto con soborno editorial pero detestable, cada cual es consciente de que el grande o minúsculo botín obtenido tiene la exacta contrapartida de un perjuicio, un tránsito por el enfangado terreno que se pretendía no ver, la marca de esa gota de lodo insensible a los detergentes.

Pero el cui prodest?, el crudo beneficio personal, no basta. Hay un corolario que lo perfuma y cubre hasta hacerlo desaparecer de la conciencia. Y existe un tipo de bien que es la más dorada fruta del archipiélago. Brota incluso en la austeridad ingrata del árbol pobre, en la sincera protesta del que asegura no haber alcanzado beneficio alguno, hallarse exento de corrupciones. Su peligro entonces es mayor porque el supremo goce de su pulpa reside en el sabor jugoso del poder, en el deleite de someter y someterse. El Movimiento Educativo lo dio, adiestró a un tropel en la táctica de la distinción repentina y la vía rápida con la vieja y paradójica estrategia del apostolado de la igualdad, del liderazgo de la indiferenciación, la modernidad y el Hombre Nuevo. Disfrutaron de ello. Los demás soportaban y callaban.

Había un cui prodest? de modestas proporciones, pero extenso: La Logse ofrecía, con su rasero mínimo y su recogida y almacenamiento indiscriminado de alumnos en depósitos de distrito, una posibilidad de escuelita primaria de por vida a docentes que aspiraban a su hueco estable en el instituto del barrio. La fusión con el parvulario, la jibarización de la enseñanza media y del bachillerato no les inquietaban; por el contrario, iban a procurarles, aunque la materia prima demográfica bajase, un flujo de alumnos cuya variada edad y niveles eran garantía de número. Poco dados a la reivindicación y a la exigencia intelectual, se proclamaban pragmáticos, estaban convencidos de los superiores valores de la minuciosidad sobre el brillo y la inteligencia, y les cuadraba a la perfección una normativa que laminaba categorías cualitativas y académicas y compañeros cuya superioridad jerárquica y envergadura profesional nunca habían soportado. Dispusieron la escuelita como el cuarto de estar de su vecina casa, se rodearon de un estable círculo de parecidas afinidades e intereses, intimaron familiarmente con los padres, les ofrecieron su continua disponibilidad, lamentaron, con ellos, la incomprensión y rigidez de algunos colegas, y empujaron suave, maternalmente, a éstos hacia los extremos, eliminando así, en beneficio del instituto, a los que hacía indeseables para su centro la hostil actitud respecto a la logse.

Era grande el peso del factor sociológico en esta connivencia, pasiva o activamente aceptada, con la inanidad, el pausado y diario atropello y el absurdo. El comisario, el portavoz de consignas, es, al tiempo, el conocido colega con el que se sorbe diariamente el café y se habla de vida, familia y dolencias. En ese contexto de pequeño círculo de obligada convivencia se tiende a identificar funciones con relaciones personales, a anteponer-y hacer saber al resto que se antepone-el espíritu de defensa de la casa a cualquier consideración ética o análisis racional: Es positivo que el profesor de filosofía dé inglés porque esto le permite no desplazarse del centro; es aceptable, por la misma razón, que gratifiquen al de francés con cargos de coordinador, especialista en actividades culturales y teatrales, orientador o experto en relaciones con los padres, aunque esto implique causar a los demás un continuo perjuicio con su insistencia en actividades que justifiquen burocráticamente su cargo, u obligue a asentir cuando se legitima patéticamente a sí mismo y al sistema que le mantiene.

Por generación y coyuntura, el profesorado de los ochenta era gente aquejada del síndrome de Estocolmo, ligada visceralmente a los queridos raptores que habían ilusionado su intelecto, protagonizado sus rebeliones de café, alimentado, con ideales de igualdad y fraternidad la pasión de encendidos discursos e inspirado los libros de su primera biblioteca. Habían unido la imagen de su propia juventud, de un pasado revolucionario y una actitud inconformista, ficticia en buena parte pero en la que necesitaban creer, a aquel partido, siglas y vocablos totémicos (comunismo, revolución, socialismo, progresismo, izquierdas) de tal forma mezclados al yo que se volvieron inseparables, les proporcionaron la tibia seguridad del clan, el indispensable techo ideológico impermeable al ariete de la evidencia y las filtraciones de la razón. Cualquier cambio, enfrentamiento, crítica, era traición pura y simple. Valga como ejemplo de una irracionalidad que podía revestirse de pretensiones cerebrales la saña con la que, en pleno 2001 y en casos tan sangrantes-metafórica y literalmente hablando-como las votaciones-en las que los representantes de la democracia se jugaban la vida- en el País Vasco, miembros del clan Estocolmo no desprovistos de inteligencia afirmaban su visceral rechazo a actitudes como la bravura de los diputados del Partido Popular, puesto que ésta beneficiaba al Presidente. El credo era simple: multiculturalismo, expresiones locales, fragmentadas hasta el infinito, aceptables por igual sin que existiese superioridad en valor y civilización alguna, uso sistemático de desvanecidos referentes demonizados-nazismo, franquismo-y, discreción o encomio de comunismo y socialismo, adhesión automática a grupos, actos y expresiones contra capitalismo, Estados Unidos, mecanismos de mercado, naciones establecidas e instituciones económicas y políticas de carácter global, rechazo de un coglomerado de fuerzas del mal bautizado como Derechas con el que había que mantener distancias y marcar la posición opuesta por medio de numerosos ritos verbales. Sin el fuerte componente tribal de esa sociedad de ex-alumnos de un vago club de fidelidad progresista, y sin su vértigo ante la traición de la evidencia y su hábito del pensamiento predigerido, la extrema necesidad que mostraban de albergarse bajo consignas que los propios hechos desmentían resiste a toda comprensión. Los raptores estaban ahí, les eran precisos, y se fundían, como papel y cera, con los raptados.

El factor político tuvo características negativas de signo contrario a lo largo de gobiernos de distintas siglas. Si al Partido Socialista revenía la paternidad de la Reforma Educativa, al Partido Popular correspondió, durante sus dos legislaturas la peor de las decisiones posibles: las complacencias y parches que permitieron la persistencia y ahondamiento negativo de la situación. La dinámica sólo admitía el resuelto cambio de rumbo o la alimentación, con diversas dosis de gasolina, del fuego. Al P.P. corresponde la responsabilidad de no haber afrontado el problema más grave-aunque no el más llamativo-del país. Mala era la situación de la Justicia, mantenida por su red de intereses turbios. El terrorismo aún constituye un cáncer criado con mimo desde hace treinta años a golpe de concesiones, cobardías y ruinosos peajes pagados al coro de victimismos autonómicos. Pero, en adecuada perspectiva, la actitud, por omisión, del P.P. en legislación educativa es su mayor fallo.

El miedo y la coacción, muy reales, marcaron, en los centros que habían sido de Enseñanza Media, un largo periodo con insólitos pasividad y silencio. Había que aceptar, o al menos no distinguirse por el rechazo. La fuerza estaba completamente en manos del partido y sindicatos logse y sus allegados, que continuaron luego ocupando, con o sin Gobierno, la Administración. Las minúsculas, pero preciosas, ventajas cotidianas, la aspiración a licencias, nombramientos, promociones, dependían de la extensa y ramificada correa de transmisión que se identificaba con el colega, el inspector y el visitante, que condicionaba el tono de las conversaciones. La Reforma era el todo conmigo, nada sin mí. Eso podía significar la necesidad de presentar la renuncia, debido a las insostenibles presiones del comisariado de la Reforma, a un puesto de asesor lingüístico áspera y limpiamente conseguido, la relegación a tareas subalternas bajo el mando de los fieles propagandistas de la campaña, el infalible y puntual deterioro de condiciones de trabajo, horarios y asignación de grupos, la difuminación estratégica de conocidos que no consideraban oportuno comprometer su imagen con el trato de disidentes molestos, y un general grado de medrosidad, silencios y expectativa de agresión y erosión progresivas de la calidad de vida laboral que no había tenido precedentes, franquismo incluido, jamás. El conjunto, en pleno, de los que estuvieron en tales circunstancias, se impregnó de esa miseria especial que segregan la estupidez y la indignidad asumidas, de las que eran actores, partícipes y, a veces, inductores notorios. Naturalmente eso no podía compensarse sino con la banalización, la idealización o el silencio. Sea nada importaba demasiado porque pertenecía a uno más de los avatares de las cosas y daría paso a nuevos imperativos a los que también habría que someterse, sea la situación no era tan mala, podía ser peor y, de hecho, lo era en otros sectores, sea era bueno advertir sus ventajas y obviar sus inconvenientes. La idealización acompañaba, como normalmente ocurre, la racionalización de la indignidad, la transformación de la comunión diaria con la humillación de la vejación impune, la inanidad normativa y el absurdo de la tarea inútil, y las hacía digeribles por el yo en forma de condena del egoísmo de los disidentes y alabanza de la noble dedicación voluntaria a una causa justa que abría brillantes puertas al bienestar social. El más leve asomo de raciocinio, la lectura más somera de los textos de la Reforma, el ejercicio más modesto de la tranquila observación bastaba para dar al traste con el edificio autojustificatorio. Pero la necesidad de ofrecer y ofrecerse, además de beneficios, una buena imagen de sí es motor tan resistente como vigoroso.

El factor de la simple estupidez, contra la que los antiguos dioses luchaban en vano, no es desdeñable en este contexto porque, lejos de ser utilizado como insulto, es fundamental puesto que en él reside uno de los pilares que mantenían el sistema. Se caracterizaba éste, como la geralidad de las tendencias dotadas de componentes con mayor o menor afinidad totalitaria, por la potenciación de circunstancias que favorecerían el florecimiento y predominio de los fondos más pobres del pensamiento débil, las tendencias más viscerales y los instintos de bajo calado como la envidia y la racionalización de las deficiencias personales. Había una auténtica, vigorosa y explícita promoción de la necedad, en sociedad e individuos que, en diferentes circunstancias, hubiesen podido desarrollar capacidades superiores, rasgos inteligentes y mejores de sí mismos. El marco ambiental imponía la franca retirada o el tímido retroceso a cualquier amago de denuncia, fuera ésta de la falsificación histórica, de los ritos de amnesia voluntaria o de las consignas populistas de obligado asentimiento.

Planeaba sobre todo esto un factor ideológico de mayor amplitud. No se pretendían sólo guarderías indistintas de la infancia a la madurez. Se quería más: todos en la universidad, con las mismas puntuaciones, todos sobresaliente, cirujanos, ingenieros atletas. Lejos de aspirar a la igualdad de oportunidades, la sociedad había llegado a exigir la homogeneidad de valores, capacidades y méritos, reaccionaba con violencia ante la idea misma de puntuaciones, inteligencias, capacidades diversas, les parecía un atentado contra la democracia. No. Todos debían entrar a todas las facultades, que exigirían lo mismo y les distribuirían semejantes diplomas. Los conceptos, y la evidencia, de minoría, excelencia, élite, eran impronunciables e insultantes, se lanzaban como una acusación en el Congreso, se consideraban una aspiración inadmisible por parte de universidades, políticos e individuos. El líder del Partido Socialista se apresuró a recibir las propuestas del Gobierno sobre pruebas de control de conocimientos de un ciclo a otro y criterios de admisión a cargo de las distintas Facultades con el anuncio de que se trataba de restaurar el modelo educativo reaccionario del 54, de volver a un modelo feudal (…) nos encontraríamos con una jungla, pues cada Universidad podría elegir el modelo de acceso, y aseguró que, de estar en el poder, anularían tal reforma educativa. No por azar, también abundaba en esta idea el mismo consejero de Educación de la Comunidad de Madrid que había lanzado poco antes la vomitiva campaña populista de prolongación del calendario lectivo como garantía de la calidad de la enseñanza, y, por supuesto, a esto se unían, asegurando que era el ataque más grave a la enseñanza pública desde el franquismo, unos estudiantes integrados en la constelación de organizaciones que mantenía con cuidado sumo la red de intereses política y sindical de la logse. A esto respondía, en el mismo diario-ABC del 21-4-2001-donde figuraban estas declaraciones, la carta de un lector, Ángel Beleña: (…) Seamos claros: en el sistema educativo actual, un profesor que exige no hace más que crearse problemas (frente a alumnos, padres, autoridades educativas), además de tener que elaborar sesudos informes que justifiquen, en su caso, por qué ha suspendido. Si aprueba a todo el mundo, nadie le va a reclamar. (…) Para UGT, la reválida creará “un grave problema social con los que no la aprueben”. ¿Suprimimos todo examen para no crear un problema social con los que suspenden? ¿Está sugiriendo que ahora se da el título de Secundaria a casi todo el mundo para no crear un problema social? El Sindicato (¿) de Estudiantes dice que la reválida es para evitar que los hijos de los trabajadores accedan a la Universidad y “elitizar” la enseñanza superior. No lo entiendo, ¿es que habrá que pagar para hacer el examen de reválida?. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? Otro argumento “incontestable”: en tiempos de Franco había reválida. Tengo entendido que también había semáforos, no sé qué hacen que no los han quitado. (…).

La exigencia es, no ya de bienes materiales, sino de capacidades intelectuales iguales para todos, de desaparición de las clases en el sentido lato y de imposición como verdad de cuanto, en cualquier circunstancia, sea apoyado por la mayoría. Ortega hubiera hallado materializadas hasta insospechados límites sus teorías, pero ni siquiera hubiese quizás podido emplear el término rebelión de los mediocres, porque se ha pasado a la dictadura de niveles que su falta de exigencia y densidad generaliza sobre el resto, se trata de una activa voluntad de rechazo a cuanto y cuantos, por sus méritos y esfuerzo, no por sus cuentas bancarias, destacan y sobrepasan, es un odio pasivo a la excelencia alimentado por un populismo fácil que encuentra en él buenos rendimientos políticos a corto plazo y siembra a largo peligrosas cosechas. La estulticia ocupa, caprichosamente, el papel de la Diosa Razón y el del motor histórico y se complace en la alabanza del mínimo común denominador y del listón a ras de tierra. Sin esto, es imposible comprender las largas y dóciles fidelidades.

Hay pequeñas camboyas de las que no se sale, no se quiere salir, nunca.

 

III

 

 

Las islas felices

Habrá sido el siglo XX el de las grandes cegueras voluntarias. Recuerda al mundo de los exploradores de un planeta que hubieran recorrido en todas direcciones y cartografiado la superficie sin verlo realmente jamás, superponiendo llanuras a sus cordilleras, anchos caminos a lagos hondos y colinas, anotando amaneceres de astros equivocados, completando el atlas de sus deseos y de sus pasados entusiasmos. Resulta en extremo sencillo reducir el enigma de las ciegas devociones a los bandos contrarios, a la esencial necesidad de defender a comunistas o a fascistas, al capitalismo o al pueblo, a pobres o a ricos, a dominantes o dominados. La dualidad viene de distorsiones posteriores en la metodología historiográfica, que, a efecto retroactivo, han reducido a dicotomías antagónicas las descripciones y análisis de cualquier época, sea el diecinueve, los tiempos de Cristo o los de Gilgamesh. Quizás aquí se halla una de las raíces de la angustiosa necesidad de contrarios, de la introducción del intelecto en una película inacabable de salvadores y culpables. Porque había que situarse, con el automatismo de un ritual, en el adecuado bando y, al tiempo, consagrar con ello la generalizada hipocresía, puesto que aspiraciones materiales, hábitos, intereses y costumbres en nada correspondían a los grandes credos por los que otros, y bajo los que otros, habían muerto.

Los signos, los nombres, continuaban, mucho después, ejerciendo su función totémica necesaria, avalada por su misma inexistencia que permitía otorgarles todas las virtudes. Los esquemas de socialismo y comunismo se habían realizado en países que eran-o siempre parecían-lejanos, el buen salvaje se codeaba con el puro representante de etnias auténticas-que antes lo fue de la raza aria- en un edén de tolerancias mutuas. Era imprescindible creer que en el albor de otras épocas habían sin duda existido las teselas diminutas de una miríada de culturas que dibujaban sobre el planeta el colorido mantel de cuadrículas diversas de valor estrictamente equivalente. Por lo tanto, como ya preludiara Mayo del 68, las generaciones crecidas en la abundancia de alimentos y de calma debían centrar sus iras en el ataque a los torpes representantes del mundo empresarial, la globalización, el libre comercio y la apertura de mercados, y clamar contra la moderna jungla, tan distinta, en su fealdad, de los aromáticos bosques del Amazonas.

Cabía plantearse si la dualidad en la expresión del pensamiento que había marcado a hornadas enteras de intelectuales y que continuaba actuando por la rentable inercia de la manipulación de masas deseosas de aplaudir cualquier término que implicase pueblo y colectivo heredaba su mecánica del relato de pasadas guerras o de la simple necesidad de razonar entre dos polos de expresión. La lluvia de mensajes, la exigencia de juicios inmediatos, de filiaciones solubles e instantáneas, ha hinchado prodigiosamente el ámbito de la realidad, aunque el fenómeno tenga mucho de espejismo y signifique, en la práctica, simulacros de información y de razonamiento de los que están ausentes la responsabilidad y la reflexión. Quedan, en ese globo flotante de manifestaciones contradictorias, las exigencias profundas y básicas que procuran, psicológicamente, un hogar, que marcan el umbral de la cueva y delimitan el territorio, que permiten ver, elegir, pensar.

Estamos obligados a reducir a un esquema lo cognoscible. A ese fin tienden los admirables instrumentos que nos hemos construido en el curso de nuestra evolución y que son específicos del género humano: el lenguaje y el pensamiento conceptual.

También tendemos a simplificar la historia (…) la exigencia de dividir el campo entre “nosotros” y “ellos” es tan imperiosa-tal vez por razones que se remontan a nuestros orígenes de animales sociales-que ese esquema de bipartición amigo-enemigo prevalece sobre todos los demás.[42]

Los archipiélagos totalitarios, nazismo y comunismo, presentaban una necesaria complementariedad, y, más que eso, notables afinidades. Isa se preguntaba si hubieran podido existir el uno sin el otro, porque lo que era claro es que la utilización posterior recurría continuamente a la referencia negativa del primero para dignificar al segundo. De manera semejante, el discurso español había desecado para uso permanente el término fascismo, que acechaba a cualquier sospechoso de disidencia de los adecuados parámetros que la corrección marcaba.

La fuerza de la Utopía-la de Hitler es mucho más simple y rudimentaria (que la de Lenin)-vendría a decir: “tenemos una ciencia absoluta de lo que es la realidad, de lo que hay que hacer, entonces tenemos el derecho a organizar un Poder absoluto y de eliminar a todos los que se oponen o no se oponen pero pueden ser un obstáculo”. El poder de la Utopía y de la ideología es necesariamente totalitario y exterminador. (…) Hitler odiaba el socialismo pero a pesar de eso se consideraba como el mejor discípulo de Marx (…) naturalmente el nacionalsocialismo fue una reacción al peligro comunista en Alemania durante los años 20; al mismo tiempo los nacionalsocialistas admiraban mucho a Lenin porque había reconstruido un Estado fuerte. Y la categoría política que tanto los comunistas como los nazis consideraban como peor de todas era la socialdemocracia. Stalin, no cabe duda, después de la famosa noche de los “cuchillos largos” se inspiró en ello para el terror comunista. Tenían una admiración mutua y las negociaciones y los contactos entre el nazismo y el comunismo empezaron mucho antes del pacto germano-soviético de 1939. Por ejemplo, se sabe muy bien que Hitler mandó a la Unión Soviética, en las primeras décadas de los años 30, funcionarios alemanes para estudiar el sistema de los campos de concentración comunistas. La estructura de los dos regímenes era muy parececida.[43]

La época no es tan lejana como puede parecer; está colocada tras las brumas de un pasado que se quiere remoto, entre el cual y el presente sólo ha transcurrido medio siglo, pero sobre el que se han cerrado las puertas de la amnesia, de la manipulación y del desconocimiento de la Historia, quizás con el afán de hacer vivir a los que venían un mundo rico y nuevo, pero robándoles en su acuario de flotante riqueza el suelo turbio indispensable para afianzarse. Era un tiempo en que las gentes de veinte años se alineaban con un totalitarismo u otro, convencidos de servir a un ideal. De los que no lo hicieron, e, incluso, conscientemente, se aferraron a su ética personal y a su lucidez, apenas queda ni el recuerdo. Algunos nombres sobrenadan. El común ha desaparecido bajo el silencio o la igualadora muerte, ha sido mantenido además bajo la superficie del anonimato por la coactiva animosidad de los que adoraban a otros dioses. En el testimonio de Primo Levi pueden seguirse importantes hitos del proceso: Primero, y siempre, el cálido agradecimiento y la admiración hacia el Ejército Rojo que había salvado a los supervivientes del campo nazi de exterminio, el perdurable afecto hacia aquellas tropas desorganizadas, rudas, valientes y humanas. Pero, en ese aparcamiento itinerante de los liberados por diversos puntos de la Unión Soviética hasta, finalmente y tras impensables desvíos, volver a Italia, incluso en ese ambiente de euforia, permisividad y benevolencia, se filtran a la superficie de las páginas de La tregua los rasgos distintivos del sistema totalitario: Entre las borracheras, la improvisación y las fiestas aparece la figura del Teniente, políglota, reservado, temido y frío, en el que se percibe sin esfuerzo el perfil del comisario político. El país por el que el contingente de ex-prisioneros es desplazado al albur de los días está dotado, pese a la anarquía cotidiana, de infranqueables fronteras y regido por una burocracia soberana en su arbitrariedad, su ignorancia y su incuestionable e ilimitado poder sobre los individuos. La información se asimila a la propaganda, la realidad se manipula, las consignas cambian con rapidez; así Levi observa la desaparición de los tres retratos de los aliados y la sustitución, a brocha gorda, del ¡Proletarios de todo el mundo, uníos! para pintar en su lugar Adelante hacia Occidente.

Todavía las oleadas de aquel gran hundimiento de continentes, de la Segunda Guerra Mundial, llegan con su onda y su resaca callada a lamer los bordes del siglo XXI. De no romper Hitler unilateralmente la alianza sellada con Stalin en 1939, el Partido Nazi y el Comunista Soviético hubieran aplicado conjuntamente sus esfuerzos, inspirados en un tronco común de odio a la inteligencia, a los derechos humanos y a los individuos, en aplastar libertades y democracias. Pero Alemania, embriagada por sus primeros y rápidos triunfos, atacó por sorpresa a la URSS en 1941. La desesperada defensa a esa invasión, y la despiadada política de Stalin en la construcción de diques a base de millones de muertos en los que se enfangaron, para alivio del resto de Europa, las fuerzas alemanas, hizo del Partido Comunista un forzado aliado de la libertad, secuestró a los medios de comunicación y consagró, hasta ayer, el chantaje.

El nazismo vivió lo suficiente para adjudicarse el papel perdurable de Enemigo y ofrecer como contraste, en el mundo de la postguerra, su negra aureola de derrotado y de elitista, invasor y peligroso. Enarboló con descaro la Muerte y la Servidumbre y sirvió al menos de reactivo para que calara en el conocimiento hasta la médula el valor de la libertad. Duró un puñado de años, en contraste con el más de medio siglo de regímenes socialistas que arruinaron naciones y no se derrumbaron sino por su interna capacidad corrosiva. Como negativo balance cuantitativo este totalitarismo supera a aquél. Pero el nazismo concentró en ese período un extremo refinamiento en la técnica del exterminio, una teoría racial y una práctica genocida que llevó la inhumanidad a las más altas cotas del espanto. De ahí la identificación-con frecuencia abusiva-de fascistas cuando se trata de movimientos de un marxismo fundamentalista de cariz nacional. De ahí también el olvido del genocidio ideológico, la lenta, inmisericorde, tenaz destrucción física de sucesivos contingentes humanos que desfilaron, como los prisioneros rusos sacados por Stalin de los campos alemanes, de un gulag a otro gulag. Las formas eran otras, se perseguía la contaminación, no de la sangre, sino de la idea, y la purificación se llevaba frecuentemente a cabo por defecto, dejando al hambre, el abandono y el clima la tarea que en otras latitudes habían desempeñado los hornos y el gas. El comunismo era afable, universal y reflejo de esperanzas, había capitalizado buenos sentimientos, inspirado a los que luchaban por la libertad, sufrido millones de víctimas, escondido hábilmente las que su propio régimen ocasionaba. Él mismo ponía en los ojos, a los extranjeros, las vendas, y se las aceptaban con una sonrisa. Uno de sus más fieles aliados fue, en Occidente, la rabia del consumidor de ideas, las temibles iras del cerebral puro.

Los intelectuales se comprometen más que los demás porque un obrero que ha sido comunista un día ve que los partidos comunistas ya no existen o que ya no tienen fuerza y lo admite. (… A los intelectuales) no les gusta que un equipo de historiadores muy serios y científicos les diga que fueron cómplices de crímenes contra la Humanidad (…) casi cien millones de seres humanos en la Unión Soviética, China, Camboya, Etiopía, sin contar las guerras, ejecuciones o el hambre. Pero lo que les enfureció con el “Libro negro” es la teoría de la naturaleza, lógicamente, criminógena en la esencia misma del comunismo.( Revel. op. cit.).

El cerebral se niega a que le arrebaten su único caudal, el reino de la idea, en la que refugia y comprime las satisfacciones y excitación que produce en seres más activos la experiencia directa. En este proceso vive, sin desplazarse de su habitual espacio, los largos viajes y las grandes pasiones, goza del calor de la hueste, despierta admiración, arriesga y libra batallas, descubre territorios, defiende almenas. De ahí el tenaz mantenimiento de la propia ceguera, la actitud ortodoxa que omite la praxis, obvia el fracaso y culpa a la coyuntura y no a la verdad fundamental de la teoría. El artista hallaba, a su vez, el factor estético en el movimiento soberbio y el adalid victorioso, la rebelión arrolladora del pueblo oprimido, la escalinata del Palacio de Invierno, el guerrillero defensor de ideales imposibles. Ahí estaban la chispa y la belleza de la llama, condenadas por su misma esencia a la brevedad, el instante suspendido que encierra la adecuación de la justicia y la grandeza, el tema destinado al lienzo, la escultura y las páginas de novelas y de versos. No se concibe la estatua ecuestre de un inspector de Hacienda, el monumento a la lavadora y la aspirina. Los totalitarismos ofrecían el recurso a una plástica sobrepuesta a la componenda cotidiana. Mientras que el fascismo se hundió con rapidez en una apoteosis de cartón piedra, el marxismo continuó alimentando a Occidente con una mezcla de ética y de estética gratuitas. La incapacidad para reconocer como tal las ruinas es rasgo inconfundible del archipiélago, y se encuentra abundantemente distribuida entre epifanías a las que España no es ajena. Todo es explicable, pero no por ello pertenece menos a la historia universal de la infamia.

El recurso a la creencia en la repetición de épocas y sucesos facilita una dejación moral apoyada en la fatalidad. El pensamiento fácil encuentra su metodología idónea en el antagonismo dual y la visión cíclica, que ofrecen, con mínimo gasto neuronal, explicaciones instantáneas de la realidad y eliminan la tensión de opciones y análisis cotidianos. Sin embargo ni la Historia se repite ni los sistemas, como los individuos, son todos iguales; pero el archipiélago sopla donde quiere y busca acomodo en el cansancio producido por el peso de los molestos dones del albedrío y la memoria, en el desconcierto ante revelaciones y cambios, en las aristas de la responsabilidad y la evidencia y en la muelle delegación del criterio individual. El archipiélago tiende actualmente a construirse en forma de pinza con núcleos rectores enquistados en la cima y falso poder en la base. Entre ambos las víctimas son los individuos. La administración estatal ofrece reductos ecológicamente óptimos para los nuevos explotadores, de naturaleza agresivamente parasitaria y metodología endocéntrica. Éstos precisan crear, dentro de su misma pirámide, una grey expiatoria que les sirve de justificación externa y de tropa multiuso. Infaliblemente muestran, como se ha visto, los atributos propios del oficio, en los que no falta la reivindicación ostentosa de buena conciencia, la selección de carnaza entre los sectores más indefensos, la humillación del individuo obligado a participar en su propia degradación. La tarea goza del valioso apoyo de los que invocan al relativismo de “todos son iguales”, “siempre será así”, “cualquiera haríamos lo mismo”, “¿qué es la justicia?”, “¿quién tiene la verdad?”. Bajo cada una de estas profesiones de fe en la cobardía militante y la comodidad personal hay alguien machacado en su honestidad, su valor y sus derechos.

La probeta vasca ha sido un buen ejemplo de chantaje llevado hasta sus extremas consecuencias y de fiel cumplimiento de la ley del Economato. Los sucesivos gobiernos centrales habían alimentado en la victimista zona del norte, a base de excepciones jurídicas y de desproporcionadas transfusiones del erario público, una situación privilegiada cuyos agraciados se complacían en amagar con la independencia y disfrutar de sus beneficios sin ninguno de sus costes. Pocas cosas impulsan tanto la aparición de señas de identidad como una fiscalidad preferente, ni fortalecen los hechos diferenciales como oír a diario un general coro de alabanzas a las extraordinarias nobleza y virtudes del terruño, misteriosamente dotadas de un toque sublime del que, por lo visto, el resto carece. Asunto distinto es que, en una visión menos lírica pero más avalada por pruebas tan resistentes como las lápidas de los cementerios, el hecho diferencial vasco haya residido en un nivel de cerrilismo, avaricia y falta de escrúpulos muy por encima del de los otros habitantes de la espaciosa España. El Camuñas pistola más independencia ha logrado siempre colocar en primer lugar la carpeta de su reconversión, primado Altos Hornos muy por delante de astilleros, minería o industrialización de otras regiones mucho más desfavorecidas pero que no incluían en su folklore la demencia racial ni el recurso al asesinato y, a falta de enjundia cultural, se ha adornado, a cargo del contribuyente extramuros, con un monolito dedicado, lógicamente, al arte contemporáneo. El terreno se abonó durante veinte años con un sistema educativo que, en su manipulación primaria, su exaltación visceral del localismo y su falsificación de la historia, parece un paroxismo de la ESO. La dolida extrañeza del resto de los españoles ante la evidencia palmaria, tras las elecciones de 2001, de que la mitad de la población vasca prefería el goteo del genocidio político de los oponentes, la irracionalidad y la sangre y la expulsión de otros, a cambio de mantener cargos y empleos ligados con el nacionalismo, nivel de vida y de gasto en peñas gastronómicas, generosas subvenciones y aristocráticos fueros llamaba la atención por su inocencia, por el empeño en ignorar que una red tan rentable de intereses no podía sino reafirmarse, sólidamente enraízada en la aversión tribal hacia la inteligencia y la individualidad. La cándida decepción de los españoles ante aquel rechazo, por impecable mayoría electoral y con perfecta información de las circunstancias, de los que siempre habían sentido como suyos iba más allá del enclave geográfico; se extendía a la conmoción del dogma de la fiabilidad de la democracia, chocaba de plano con la evidencia insoslayable de las decisiones viles tomadas por mayorías, derrocaba del panteón moderno al Probo y Representativo Ciudadano que había sucedido al Buen Salvaje, lo reemplazaba por el Sujeto Electoral que impone la mediocridad y la miseria ética, y se prolongaba hasta los confines filosóficos de la existencia del mal. Un lustro tras otro lustro, un muerto tras otro, habían hecho falta novecientos asesinatos y más de tres décadas para que el miedo de demócratas y liberales diera paso a palabra, protesta y oposición. Mientras, se habían pagado, instalado y mantenido, con el dinero del Estado de Derecho, organismos, libros, actividades y personas abiertamente dedicadas a la implantación de un sistema de opresión y a la propagación forzada de un pasado ficticio cortadas sobre patrones cuya irracional virulencia las marcaba, desde sus comienzos, con el típico cuño totalitario. El franquismo era, para todos ellos, indispensable, y desde luego hubiese sido preciso inventarlo de no haber existido durante cuarenta años que se pretendían ajenos a la población del país. El exorcismo, largo tiempo después de la desaparición de un régimen que no había sido derrocado por oposición alguna y que había dispuesto las líneas generales en que se basaba la sucesión, continuaba, alegremente repetido por usuarios que lo asimilaban a cualquier impedimento a sus voluntades y lo esgrimían como amenazadora letra escarlata.

Vuelta sobre el ajeno y el propio pasado. Sobre las ramificaciones en el presente. Algo tan instintivo como tender las manos para calentarse en aquella brillante hoguera ideológica. La lucha de clases ofrecía, entre sus muchas ventajas, la de procurar un instantáneo bagaje multiuso para cualquier tipo de análisis, proporcionaba ese calor inefable de los sistemas totales y los grandes descubrimientos, hacía sentir el choque deslumbrante de una percepción global, ilimitada en el tiempo y en el espacio, semejante a lo que debe de experimentarse en la repentina conversión a las grandes religiones. En realidad la Verdad importaba bastante menos que la compañía en su postfranquismo de tertulia y café interminables donde nadie se aventuraba a dar un paso fuera del círculo declarado de los buenos. Era especialmente adecuada para los entristecidos solitarios, a los que introducía en la camaradería interminable de los oprimidos, y para los que veían en su combate una victoria segura por la fuerza del número. Era dual, pero esto no explica la anulación del ejercicio del pensamiento si no se recurre a causalidades distintas.

La lucha contra la razón fue la primera, un remanente del romanticismo que, ante el desesperado hueco dejado por las creencias transcendentales, optó por la traición más peligrosa, la que renuncia a la hilazón ingrata de la lógica y la observación tenaz, la que abomina del raciocinio y sustituye el saber por la Gran Idea, que se llamaba política en este caso y tenía todos los atributos de las reveladas por los dioses. La nostalgia del absoluto imponía lo relativo absolutamente. Fueron tiempos de nuevos Nietzsche, de reivindicación de la Voluntad como factor supremo que arrinconaba con desdén la modestia tenaz del análisis y el conocimiento. Desde ahí el salto al derecho de matar a los que no poseen esa verdad absoluta que evitará, con el advenimiento de la Sociedad Nueva, futuras víctimas es fácil, depende tan sólo de la afición y disposición a tales tareas de sus consumidores, de dosis suplementarias de orgullo, de carencias de empatía y de placer. Isa conoce los infiernos de la Buena Causa, las limpias intenciones que pavimentan los desolados caminos de la desdicha, el viento que hace un ruido feroz, que impide sentarse a un lado y, en solitario, reflexionar. El camino arrastra, forma pendiente, no hay retroceso sin ignominia.

Estamos en una contradicción permanente. Por ejemplo, “Le Monde”-conocido por sus inclinaciones de simpatía con el comunismo sin ser verdaderamente compañeros de viaje-publicó durante el verano dos páginas sobre Cuba que son completamente desoladoras. Un fracaso en todos los aspectos: economía, derechos humanos, cultura…Pero al mismo tiempo cuando en el “Libro negro” se  habla de que Castro ha matado a más gente en Cuba que Pinochet en Chile, no les gusta y protestan. Hay un comportamiento ambiguo. (Revel. op. cit.).

Le Monde pertenece a la constelación numerosa del mundo del mensaje y las palabras que, desde diarios y emisoras de corte moderno y liberal, ha alimentado, con su selección lingüística, el maniqueísmo de la época. El más somero estudio sobre utilización durante la segunda mitad del siglo XX de ciertos sustantivos y epítetos revela una desigualdad estadística abrumadora entre la aplicación de barbarie, matanza, crímenes, inhumano, genocidio, dictadura, a unos u otros sujetos, al nazismo o a los sistemas marxistas.

La huida de la razón se convirtió, anodinamente, en un enemigo de talla que utiliza las armas del contrario. Por ello se puso tal apresuramiento en ver en la barbarie nazi y la organización de la KGB, no la regresión metalizada que eran, el retroceso animal al salvajismo y el instinto, sino justamente su reverso: productos de una técnica y un desarrollo, de una cerebralidad que había que evitar y cuyo antídoto estaba en el redescubrimiento de formas atávicas, en la inmersión en el clan y en la especie, en la negación de la inteligencia. Con cierta astucia, se utilizó al progreso para negar el progreso, para rechazar la humanización como proceso y avance y conservar tan sólo los beneficios prácticos, las satisfacciones instantáneas, percepciones inconexas e impulsos.

La traición a la razón ha sido la más grave, la que niega el pasado y la memoria, la que socava el terreno del futuro con una fundamental falta de fe en civilización y mente, en individuo y evolución ascendente. Contra la razón se levantan mitos silvestres, utopías rurales, sangres, etnias, raíces, revelaciones, harturas y obediencias. El maquinismo, la microtécnica ofrecen manzanas maravillosas, toman a su cargo el pensamiento,solucionan-y con ello lo anulan-el futuro, hincan sus piezas en una carne cada vez más sumisa que abomina el riesgo, la complejidad, la exigencia moral, la tensión de un proyecto, la molesta carga del individual sentido de la existencia. Gritar hoy La inteligencia existe equivale al Dos y dos no son cinco de Orwell.

Hubo no poco de lujo en aquel mundo de declaraciones extremas que no exigía más coherencia que la verbal. A finales de los setenta Isa recuerda, a modo de parábola, un tribunal de oposiciones a profesores de Enseñanza Secundaria que recibió, de parte de ETA, claras indicaciones sobre la inconveniencia de suspender a dos decenas de vascos que a él se presentaban. Poco dados a la heroicidad, los jueces se apresuraron a bendecirlos con la adecuada puntuación, que significaba por entonces la posibilidad de elección de centro en cualquier lugar de la geografía española. Ninguno de ellos optó por el País Vasco, a cuyo futuro e idílico sistema de socialismo independiente sin duda juraban por Aitor defender. Los remedos de totalitarismos regionales, particularmente visibles en educación y cultura e impuestos por acuerdos de la transición democrática, fueron vivero incansable de un florilegio de fundamentalismos subvencionados para los que el mecanismo preceptivo de conducta era la referencia antagónica y perifrástica al país como tal, a sus representante y a sus símbolos. Se trataba del habitual recurso al pensamiento dual y mínimo y el nombre mismo de España estaba llamado a ocupar el hueco del Maligno, puesto que se unía a los discursos de Franco y a su dictadura. La carencia de referentes positivos, el vacío de praxis política, es tal en los aspirantes a virreinatos autonómicos y en la que se autodefine como casa de la izquierda que se ven obligados a pasear con regularidad los despojos franquistas en forzadas ceremonias del miedo.

Quizás convendría no olvidar que el comunismo-socialismo tiene un atractivo de gran importancia para los países en que no se instaura: Crea una burocracia a pan y manteles del denostado sistema burgués y de libre mercado la cual pretende el reparto, aprovechamiento y asignación de sueldo vitalicio vía presupuestos nacionales del Estado. Esta categoría se aferra firmemente al panal, se justifica mediante apelaciones al sistema democrático y es exactamente su contrario puesto que, hoy por hoy y sin duda para el futuro, el enemigo de las democracias no son las dictaduras al antiguo y claro estilo, sino el populismo asambleísta, la supuesta democracia directa que impone generalizaciones artificiales, subyuga a individuos y sectores ajenos a esta clase depredadora y erosiona, hasta la completa ruina, a los mejores, los más honestos y los más eficaces. Es el pariente gorrón de la familia definida por el dicho de la Unión Soviética Al comienzo existía el matriarcado; luego vino el patriarcado. Y ahora tenemos al secretariado. Se vale-sin gran convencimiento excepto en casos de notoria cortedad crítica o seguidismo gregario-de apelaciones a la solidaridad, al reparto de lo acumulado por los ricos y a la extensión abusiva y coyuntural de la ley del número. Es una maniobra que forma pinza con los supuestos representantes de las masas y el Gobierno que los subvenciona, constituye, en principio y durante largo tiempo, para su clientela una fuente de beneficios económicos y sociales que llega a soldar privilegios e ideario verbal sin solución de continuidad visible incluso para la conciencia de los interesados, aunque, por supuesto, el más somero análisis revela la naturaleza de la estructura. El prototipo de cui prodest? en formato común y utilitario presenta cierta vaga relación ideológica con relativismo y multiculturalismo, que son sus patrones lógicos: Es sujeto que siempre justifica y se adapta, considera el análisis de causas politización excesiva y la adopción de la jerga preceptivo formalismo; su seguimiento de normas absurdas y la aceptación de órdenes nocivas suelen atenerse en exclusiva a la visión de la parcela y el detalle. Tiene costumbre, y práctica, de hacerse un hueco confortable y desplazar al resto a zonas ingratas bajo la consigna de que alguien debe encargarse de ello, obvia por sistema las responsabilidades de iniciativas de desdichado cumplimiento a las que aplaudió con entusiasmo, marca su presencia en función de auditorio, desvía la atención de inoportunas críticas con observaciones de circunstancia, procura que se confunda eficacia con movimiento continuo. No es desdeñable, en este terreno, el ejemplo español y la actuación de los dos sindicatos ligados al partido socialista en la construcción de la máquina de ocupación y desguace de Educación y Cultura. Se trata de un reducido botón de muestra de estas tácticas dentro de un conjunto temporal y espacial mucho más amplio, nada tiene que ver con el sindicalismo profesional y la defensa de derechos; concentra de manera sumamente didáctica-en todos los sentidos del término-los rasgos de un fenómeno que se ha enquistado en las democracias y se perfila como su principal parásito y el peor enemigo de ellas y de la libertad.

La lógica del dispendio va unida a la de creación, mantenimiento y superposición de clientelas; la de la imagen precisa de golpes de efecto y deslumbramientos competitivos. De ambas puede servir de ejemplo la proclamación ministerial de entidades redundantes, comisiones prescindibles, auditorios faraónicos dotados de partidas billonarias que canalizará sin duda una constelación de organizaciones dirigidas por ávidos mediadores sociales por completo ajenos a profesionalidad y racionalidad. Se trata de dar y de tocar poder, crear y ocupar celdillas en una colmena de reinas diseñada con el dirigismo ordenancista propio del socialismo autoritario. La faceta educativa no refleja, finalmente, sino la generalidad de un modelo. Las formas de vida y la expresión de los patrones culturales se han ido caracterizando por un Pan y Circo que impone el canon de Eróstrato entendido como obligada extensión de las formas degradadas e inferiores a causa de la facilidad y visceralidad que ofrecen a la captación y degustación inmediata. No se trata de una faceta más, como siempre las ha habido, de concesiones al mal gusto, la sal gorda y la procacidad escatológica y festiva. Caracteriza al ambiente la negación doctrinal de escala de valores, el feísmo y miserabilismo preceptivos y el imperativo cutre, la visión horizontal, fragmentada e instantánea del mundo sub specie de ilimitada discoteca, la afirmación orgullosa de una pluralidad para la cual valen igual, cada uno en su terreno, la técnica de Pavarotti que la del eructo bien conseguido. Filosóficamente, se inserta en el dogma de la multiculturalidad, que es su marco externo. Los libros de texto están plagados de interminables, y coercitivos, actos de fe en el valor intercambiable y homogéneo de todas las manifestaciones del espíritu y la actividad humana, se despacha con unas pocas líneas el origen y situación del español, la extensión del inglés, la evolución de las lenguas románicas, pero se dedican numerosos párrafos a la igualdad estricta entre cualquier grupo, hablantes, variaciones y acervo literario; se impone dedicar la misma atención a la feliz ocurrencia que expresa, entre grito y grito, el quinceañero y un tratado de Aristóteles; la caída fortuita de una lata en la papelera durante las clases del taller de plástica puede superar en arte a El aguador de Sevilla y las civilizaciones deben enorgullecerse tanto de la Declaración de Derechos Humanos y de la invención del papel como del sacrificio de los primogénitos y de la ablación de clítoris. La fragmentación y simplificación neolingüísticas son predicadas por doquier con los comentarios despectivos sobre los diccionarios generales, los estudios sobre El Quijote en píldoras (sic) con motivo de un funeral-homenaje a Cervantes y las halagüeñas perspectivas de distribución de iconos con los que se navegue por las lagunas del analfabetismo virtual. Del estado de las capacidades de secuenciación temporal es imposible poner ejemplos sin que parezcan perlas anecdóticas. Son, sin embargo, venero cotidiano, valga el caso de la muchachita de dieciséis años, no de las peores alumnas, que escribe tranquilamente que el castellano viene del latín hace millones de años puesto que esta última lengua se hablaba en casi todo el mundo, y llegó a la Península con la invasión de Marruecos. Por cierto, a la pregunta sobre narrativa en España desde 1939 a la actualidad, los alumnos han contestado como un solo hombre y una sola mujer que desde entonces hasta 1975 había Franco, la censura, y no se podían expresar los sentimientos, por lo que hubo muy pocas obras, que florecieron con espectacular abundancia cuando el dictador murió. Ni que decir tiene que estos estudiantes son producto del último curso de la ESO (“It”). Los clásicos del terror parecen ignorar dos principios: “Los malos siempre ganan.” y “El mayor horror es el cotidiano.”

Hay, en fin, un movimiento impositivo, y con respaldo oficial, de reducción a mínimos que, como argumento de autoridad, no había tenido precedentes. El empequeñecimiento claustrofóbico, que repugna al intelecto de aceptable amplitud pero engolosina al aspirante a corifeo, ofrece en las autonomías españolas un venero inagotable de ejemplos de claudicaciones, distorsión y logradas caricaturas conseguidas con la fórmula magistral de subvenciones, nacionalismo centrípeto y victimismos históricos. Las piras de elementos alienígenas no se detienen en los topónimos en castellano y los escritos públicos, exclusivamente-contra lo que la Constitución aceptada en su día por los diversos gobiernos de taifas prescribe-en la lengua local. Elimina, maquilla y recorta geografía e historia y reduce la cultura a los productos del terruño de la familia extensa. En épocas recientes, los exámenes de Selectividad (neolengua por cierto: aprueba la inmensa mayoría) que marcan el acceso a la universidad para los jóvenes de Secundaria, no incluyen en Cataluña, Valencia, País Vasco y Canarias ni una sola pregunta de Literatura. Se reducen a lingüística y comentario de texto, seccionando así del mapa mental la universal dimensión de las obras y escritores españoles e hispanoamericanos.

La realidad, dominada por una censura anónima que veta todo criterio de exigencia, se reduce a un reparto equitativo de basura y a la inevitable construcción de un elitismo acorazado en el sentido más negativo del término, el accesible a los privilegiados por la fortuna y la influencia, puesto que la calidad, como el espacio, la soledad y el silencio, se perfilan como exquisitos lujos reservados al reducido club de los pudientes. Ni faltan el pan ni el circo; lo difícil es escapar de ellos, rechazarlos, haber probado alguna vez otros manjares. Porque lo que caracteriza al populismo y su cultivo de lo peor y de los peores es la imposición, con pretensiones intelectuales, de patrones despreciables, el peaje de grosería de una cultura-espectáculo subvencionada, de consumo instantáneo y predigerido, que sigue, como la política, el ritmo de la moda y de la audiencia. Lo que Lope llamaba necedad para dar gusto al público que la pide es, comparativamente, obra de arte e ingenio; la norma actual se refiere a una obligatoria antología de bajezas que constituye el rito de paso. El calificativo de cultural satisface a los receptores, los reafirma en su idea de la igualdad de valor de gustos, obras e individuos, les proporciona la tranquilizadora impresión de plenitud, de pertenencia a un conjunto y un nivel por definición suficiente, dueños por herencia debida de una cómoda civilización en la que, tomando como ejemplo a un Eróstrato que desconocen, conviene arrasar los monumentos para hacer destacar así la exigüidad de la talla propia.

Los monumentos, como el pensamiento, son tenaces. Puestos a eliminar transcendencia, a seguir las enseñanzas de los santos patrones Eróstrato y Procusto, habría que destruir, por coherencia ideológica, la Alhambra y la Sixtina, el gótico y el románico, a Bach y a Leonardo, el Partenón y las catedrales, las Pirámides y los cuadros de Tiziano y de Velázquez. Todos se inspiraron en creencias monárquicas o religiosas o se efectuaron bajo instituciones que servían a tal fin. El mundo quedaría singularmente mondo tras la poda, desde Altamira a Roma, de cuanto así se ha creado. Incluso personalidades como Picasso y Einstein extraían el alimento de su extraordinaria sustancia de un terreno y un medio que había sido y era propicio a las exigencias de su expansión. La desertificación será mucho más eficaz si se completa el proceso con la purga de literatura incorrecta que en educación ya ha comenzado y promete piras que dejarán pálidos de envidia a Hitler y a Mao; la coherencia exige una trilla de libros racistas, machistas, antiecológicos y, por cualquier aspecto, reaccionarios. Ya se ha conseguido descafeinar el final de Caperucita y de la sirenita de Andersen. Se puede esperar lo peor; esto mientras que las pantallas chorrean sangre de películas y noticiarios.

El problema es que, mal que pese, sin élites ni minorías, lo que se ha llamado cultura no puede existir; queda reducido a una vasta excrecencia animal que reclama bisutería técnica con la avidez de la voracidad compensatoria. La inundación impositiva de la igualdad de mínimos está unida a la desaparición del riesgo y del sentido del precio. Se extiende a todas las edades por su carácter de ideología predominante en el supuesto Estado de Bienestar, pero se enseña, de forma activa, por medio de la lactancia prolongada de una masa juvenil que considera normal el parasitismo en la residencia paterna mucho más allá de los límites biológicos y el estancamiento, sin vocación ni voluntad de estudio alguna, en aulas y cafeterías como lógicas antesalas de la madurez o el paro. Es llamativo en ella la completa ausencia de la noción de origen y de contrapartida de lo que halla a su disposición, la conciencia de exigible gratuidad sin más obligación que la displicente asistencia a la prolongada ubre educativa y la reivindicación a entrada libre y estancia ilimitada en cualquier universidad, sin que a ésta le sea lícito condicionar el ingreso. Forzoso es observar que, contra las optimistas previsiones de los Ilustrados, se desprecia lo que no se paga, al menos en su forma de Enseñanza-Monte de Piedad prelaboral.

No es, ni mucho menos, exclusivo de esta franja de población y edad la ausencia de los conceptos de precio y de riesgo. La sorprendente premonición, en los años treinta, de Ortega la ilustra con una precisión que merecería, por sí sola, varios y pormenorizados volúmenes:

Heredero de un pasado larguísimo y genial-genial de inspiraciones y de esfuerzos-, el nuevo vulgo ha sido mimado por el mundo en torno. Mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado. La criatura sometida a este régimen no tiene la experiencia de sus propios confines. A fuerza de evitarle toda presión en derredor, todo choque con otros seres, llega a creer efectivamente que sólo él existe, y se acostumbra a no contar con los demás, sobre todo a no contar con nadie como superior a él. Esta sensación de la superioridad ajena sólo podía proporcionársela quien, más fuerte que él, le hubiese obligado a renunciar a un deseo, a reducirse, a contenerse. Así habría aprendido esta esencial disciplina: “Ahí concluyo yo y empieza otro que puede más que yo. En el mundo, por lo visto, hay dos: yo y otro superior a mí.” Al hombre medio de otras épocas le enseñaba cotidianamente su mundo esta elemental sabiduría, porque era un mundo tan toscamente organizado, que las catástrofes eran frecuentes y no había en él nada seguro, abundante ni estable. Pero las nuevas masas se encuentran con un paisaje lleno de posibilidades y, además, seguro, y todo ello presto, a su disposición, sin depender de su previo esfuerzo, como hallamos el sol en lo alto sin que nosotros lo hayamos subido al hombro. (…) Mi tesis es, pues esta: la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza. (…) no les preocupa más que su bienestar, y, al mismo tiempo, son insolidarias de las causas de ese bienestar.[44]

Ortega no vivió la televisión, el referéndum instantáneo, las consultas semanales de opinión, la cultura de la red y la industria del ocio, pero supo otear horizontes. Su tesis corresponde a los tres pilares que como generoso botón de muestra han tenido campañas ya descritas y se apuntan como bases del prototipo social: El populismo y el miedo a la pérdida de seguridad, la promoción de la mediocridad y del mínimo común denominador intelectual y los intereses económicos y sociales de una burocracia de especial y peligroso cuño, apoyado el conjunto en pasiones de tan antigua solera como la envidia. El tiempo ha venido a corroborar sus inquietudes respecto a la factura final de una dicha que parece que no tiene precio y puede pagarse muy cara. El individuo que con estos métodos se perfila se basa también en tres pilares: carece de responsabilidad personal en sus decisiones (se apoya en el grupo), de distancia crítica en sus juicios (no hay tiempo de reflexión ni distanciamiento, la información es mudable e inmediata), de implicación moral en sus actos (son producto del condicionamiento social y genético). La seguridad, junto con los sucedáneos de comunicación, es hoy producto mercantil de fabricación intensiva que ha creado adicción y demanda y se nutre en buena parte de la creación de miedos, falsos enemigos e innecesarios anestésicos. El temor, mimosamente preservado por sus inversores, se aferra a la posesión-derecho de un bienestar continuo, juega con peligros de opereta y ocasionales audacias tipo velocidad en carretera y puenting, pero incrusta su vivencia diaria en placeres cotidianos respecto a los que no admite ningún sacrificio. En el nombre de esa temible felicidad obligatoria que caracteriza al portulano de las nuevas islas, la verdad de relaciones y compromisos, la coherencia entre promesas y actos, el recurso a las viejas seguridades de amistad o principios se reducen al intercambio apresurado entre dos navegantes que temen perder el ritmo que les permita disfrutar de la satisfacción siguiente. La abolición del riesgo llega a su cima con el advenimiento del reino virtual, de la compraventa de múltiples formas de llenar horas con mensajes que, más que nunca, se reducen al medio y a la comercialización en cadena de la función fática. Es posible vivir de la cuna a la tumba la vida en forma de sucedáneos, de pasillo de simulaciones elegibles con una tarjeta y un mando. De la mano de la ausencia de precios y la negación del dolor, avanza un viajero de nuevo tipo, simple cámara que no se desplaza sino con el simulacro y la pupila, que transita, de la mórula a la incineración, en una larga y perversa infancia que ignora los riesgos y la lucha, que se defiende contra el hormiguero del hambre y el atraso cuando muy reales emigrantes avanzan más acá del punto del teleobjetivo y que habla de defender pensiones y tradiciones desde el recinto insonorizado de un eterno salón familiar. De ello la fascinación hacia el mundo electrónico que permite poseer experiencias sin vivirlas, que da poder y al tiempo hace de la carne y sangre, de sus servidumbres y del peaje de sacrificios y fracasos, objetos de mirada curiosa y atención medida, un paseo apacible de viejos adolescentes.

Ni islas ni personas existen sino en sus representaciones difundidas. El habitante que exige su derecho a la esperanza y la desesperanza no podrá poner el pie en ellas porque son falsas, están construidas de la referencia lograda durante los minutos de celebridad y audiencia que han sustituido al Paraíso. De no obtenerlos, la anihilación le aguarda. Como, por otra parte, ese edén lo es mucho menos de lo que parece, está limitado a un sector y una parte escasa del planeta y lo dosifica quien dispone las parcelas de tiempo y los bonos intercambiables por bienes, es norma la tensión por la expectativa del siguiente salto a la isla próxima, por la pérdida continua de alternativas que hubieran podido ser más placenteras que lo logrado, por la humillación más grave: la de la no existencia a la que condena a sus nuevos pobres un ambiente de fama y comunicación momentáneas que puede desvanecerse como la bruma.

A cada época sus castillos, su Jerusalén Celeste, su interminable cuadrícula y los aposentos en los que, por jerarquías, se disponen de forma concéntrica los habitantes. La maqueta que viene, que crece desde el interior y ya está aquí, podría consistir en una red de anulaciones parciales de los individuos, una aplicación selectiva de la indefensión y del despojo. Isa conoce la curiosa situación de no-persona, los recodos del aparente error y del silencio, el fallo que se dice mecánico, informático, y nunca se sabrá si lo fue. Se encadenan las casualidades. Pantallas, listados de elaboración anónima en los que un nombre aparece con muchos puntos menos que los que por simple matemática le corresponden. Concursos en que se le ha restado casi la mitad del resultado debido. El plazo de reclamación es mínimo y puede fácilmente pasar desapercibido. Juego fosforescente e intangible de datos parciales, erróneos, obviados, que, a la hora de la anulación o del acoso, alguien siempre posee. Elecciones sindicales: un nombre es el único que no figura en la nómina de profesores del centro, aunque lleva en él varios años. Plaza obtenida en el extranjero tras reñido concurso público de méritos: al llegar encuentra ya instalado en la dirección a alguien con puntuación menor y procedente de la misma convocatoria; se trata de un patético producto de la telaraña administrativa, especializado en la sinuosidad ascendente en busca del propio provecho, en la adulación y en la viscosidad del oportunismo, que utilizará el cargo para hacer a la otra persona la vida imposible con un acoso de insultos en privado y denuncias por escrito si se aleja unos metros de su mesa y que la obligará, a los pocos meses, a optar por la dignidad de la renuncia a un puesto generalmente codiciado que podría haber ejercido seis años y en el que se considera, dado lo elevado del sueldo, insólito el abandono. Año dos mil: las peores condiciones de trabajo que ha tenido nunca y que son el precio al que otros compraron y repartieron los dividendos de un fraude. Nada de esto tiene envergadura ni importancia fuera de la anecdótica ( Cuál no será la indefensión de la mansa corriente de los dispersos, eventuales, foráneos, de los muy necesitados), ni van en ello la seguridad o la vida. Sólo trozos de vida, sobre la que pasa, en una vez y otra, la goma que borra un poco más el espacio asequible, la mano que, sin estridencias, roba y distribuye. Naturalmente el severo código del discurso correcto veta la explícita mención de tan deleznables detalles. Tienta a Isa-por breves instantes-la sumisión al chantaje firmemente instalado, la colaboración con el buen gusto que, antes de enunciadas esas nimiedades, ya las veta: historias pequeñas, agravios imaginarios, mezquino interés, recuelo de pretensiones persecutorias. El chantaje es sabio; ordena callar y permite, un día y otro día, la erosión y el saqueo organizado de parcelas de ese tiempo y de ese esfuerzo que son el único oro irrepetible. Puede que únicamente existan noticias espectaculares reflejadas en la pantalla y el papel satinado, la dictadura se desmenuzará en porciones selectivas. Y esa sutil opresión, la sonrisa feliz que encierra, hasta el infinito, otras sonrisas, subirá como la marea de las malas mañanas y cubrirá, con una aquiescencia irrebatible, el ritmo cotidiano.

La dependencia de opiniones momentáneas va unida al factor cobardía, tan difícil de deslindar de los inevitables compromisos y tan recurrente en gobernantes y gobernados, como es el caso de una transición española que se alarga al infinito y pretende vivir de los dividendos de pactos originarios y del silencio, de la propina y de las concesiones medrosas. El guiso se cuece tras el biombo de cadena radiofónica y periódico que se han pretendido representantes de la modernidad, han acogido a lo más granado de los intelectuales de primera línea de playa y han sido y siguen siendo de la empresa de comunicación estrechamente ligada al partido forjado en su momento para representar el cambio. Es sintomático en este sentido que las críticas sobre la degradada situación educativa nunca ascienden hasta un análisis concreto, y personalizado, de raíces y causas; los intelectuales del clan se quedan en el relativismo temporal de buen tono, comulgan con las equivalentes o superiores mediocridades de épocas pasadas y ridiculizan la amargura de encanecidos coetáneos que esconden en el ropero los harapos del 68, Nunca hubo Edad de Oro, afirman, y, como nunca la hubo, tampoco el oro existe. Eso les permite igualar, en tiempos y ocasiones, a los metales y pretender una forja uniforme, épocas plomizas sin fisuras en las que sólo el patetismo nostálgico se esfuerza en distinguir quilates, orfebres y bisutería.

El rechazo del concepto de calidad, la extensión, en terrenos y temas que nada tienen que ver con el Parlamento, de la legitimación por aclamación mayoritaria se constituyen en rasgos fundamentales del espacio social. Tal vez ésta sea muestra y preludio de la era de los gobiernos de simple gestión, pulcros administradores del erario público, buenos contables y moderadores del consejo de accionistas y la reunión con los pares europeos. Pero ¿qué ocurre cuando de opciones políticas de otro rango se trata, cuando se ponen en la balanza, frente e incluso contra la opinión pública, decisiones que implican una opción moral, un cambio de rumbo, una apuesta de futuro en sentido lato, cuando se habla de educación, tribunales, protección de los más humanos derechos, pena de muerte, injerencia humanitaria, sistema penitenciario, genética?. La reducción a los factores gestor y mediático aparece poco menos que letal, transforma el horizonte en una medida cuadrícula de disposiciones previsibles. Ese Gobierno Sociedad Anónima tiene entre sus manos, con toda la legalidad del mundo, un instrumento de terror: la denuncia, persecución y castigo de los transgresores del cumplimiento exacto de las leyes. Éstos constituyen el entero conjunto de la población; por algo existen en la jurisprudencia sabias disposiciones que templan el mecanismo del Derecho con la necesaria adaptación a sentido común y circunstancias. La anulación del Summum ius, summa iniuria es la tentación permanente del comisario y del burócrata, la gran enemiga de las libertades en manos de una justicia completamente ciega que hace planear sobre ciudadanos atrapados en la red maximalista de las normas la culpabilidad y los castigos a los que invariablemente se hacen acreedores. El Dios te ve toma las formas familiares del delegado y del ordenador de Hacienda, del inspector orgulloso de haber creado fama de implacable y del director recién nombrado que apunta en cuadrículas los retrasos de sus compañeros. Surge entonces la melancolía de un gobierno de hombres y para hombres, de irrepetibles ejemplares humanos que se expongan frente a sus representados a riesgos, errores, fracasos y aciertos. Y esto no por añoranzas de liderazgo ni por exigencias paternalistas, sino por deseo de que marquen las decisiones con su impronta y de que antepongan la valentía histórica al cálculo cuidadoso en la administración de los dividendos políticos que deberán heredar en breve sus sucesores.

Se integra, además, España en el círculo de sociedades herederas de las grandes cegueras voluntarias, que repiten, por inercia o conveniencia, sus esquemas verbales, que se han declarado con harta frecuencia simpatizantes de sistemas en los que de forma alguna quisieran realmente vivir y que han optado por el escudo militar y estratégico estadounidense mientras corean el Go home! al aborrecible gendarme americano y envían a sus hijos a hacer un master en Montana. Es, probablemente, esta contradicción, en Europa, el rasgo más hondamente característico de la última época. En otras latitudes, quizás por haber vivido la revolución, el cambio de sistema, el experimento político en toda su crudeza y por haber afrontado condiciones extremas, la población tiene cierta ventaja que en Asia se hace cada vez más patente. Ellos sí han pagado precios, han arriesgado hacienda y condiciones de vida en una desdichada apuesta social, se han visto imponer consignas en las que en principio algunos creyeron. En comparación, el público de Occidente, pese a la cercanía de los Países del Este, no ha hecho sino asistir a un vasto espectáculo del que le separaban los telones de acero y de bambú. España tenía en esto palco preferencial con Cuba, lejana pero próxima y respecto a la cual hasta hoy se ejerce, junto con el antinorteamericanismo primario, una especie de Dómund de la revolución virtual con una dictadura más larga que la franquista e infinitamente más ruinosa y carcelaria, que ha hecho de la isla la estricta colonia de la URSS y ahora de China y del capitalismo hotelero sin escrúpulos. Pero Cuba era útil, servía como referente del progresismo de visita-con dólares-y de la buena conciencia a control remoto. Era unas bambalinas en las que, a bajo precio, cualquiera podía hacerse fotografías con el disfraz de Che, guerrillero selvático o alegre recolector de zafra. (La isla es entrañable. Isa la recuerda como una balsa de la que se desgajaban con regularidad, y se hundían con frecuencia en el cálido mar, barquichuelas mínimas que nunca gozaron de la compasión y la cobertura de prensa de las pateras. La ha recorrido de uno a otro extremo con dinero y medios locales y escaramuzas con la policía, nunca ha olvidado a los que la acogieron en sus casas, a los que aseguró que nunca iba a olvidar. Recientemente, 2001, una antigua conocida con sustancioso nombramiento en Miami le habla del facherío de Florida, le cuenta su dorada estancia, brinda.).

Las contradicciones se benefician, para su tranquilo vivir, de la ausencia de enemigos reales contra los que choquen la sonrisa y el hastío de la rutina diaria. Podría imaginarse, más allá de Ortega, el futuro de la especie humana que previó a finales del siglo XIX H. G. Wells, seres víctimas de su propio éxito a los que la gratuidad de la existencia, la erradicación de la aspereza y los obstáculos que habían hecho crecerse a los antiguos, la ausencia de ambiciones y de necesidad de superación, habían reducido a un gentil ganado de pequeños frugívoros que pasaban sus días durmiendo en los grandes y ruinosos edificios del pasado, alimentándose y reproduciéndose, y que servían de rebaño y subsistencia a la otra rama de origen vagamente humano, los carnívoros que vivían en el subsuelo. Situada en pleno vértice de épocas e ideologías, La Máquina del Tiempo destila bien poca esperanza, y lleva su visión hasta el frío ocaso de un definitivo atardecer. Para George Orwell, ningún escritor inglés había marcado tan hondamente como Wells a sus contemporáneos. Ninguno introduce, ciertamente, con tan clara sensación de realidad, de fábula que es, al tiempo, percepción física, en los espacios del porvenir y la utopía, a la cual conoció, en sus diversas manifestaciones, muy de cerca en una vida que transcurre entre 1866 y 1946. Ahí están, más allá de los tiranos, la infantilización, la felicidad por decreto, la reducción de contrarios y de contrariedades a un blando paisaje en el que retozan seres de edad, sexo y apariencia difícilmente distinguibles. En la pugna libertad/seguridad, nuestra época tiene el peligroso privilegio de obtener la segunda hasta límites que recubran la primera.

El manso y dulce acuario donde una mano desde la superficie reparte con regularidad el pienso puede volver en menos tiempo del que sus inquilinos creen a la prehistoria, chocar con el principio de realidad y el crudo reino de la fuerza. La posibilidad es difícilmente imaginable para una opinión forjada en el relativismo, en la equivalencia de países y sistemas, en la inconsciencia de riesgos y de esfuerzos, que desconoce el sentido real de la palabra enemigo y el bronce de las auténticas opresiones. El mundo continúa más allá de las fronteras, se mezcla y difumina en una globalidad de viajes y economía. Pero está construido de intereses, es, en grandes parcelas, heredero y feudo de señores de archipiélago que mantienen su pretensión de poder y gozan de la apreciable ventaja de la ausencia de limitaciones morales. De manera segura, el Partido Comunista Chino ha obtenido, en gran parte de Estados Unidos, la modernización técnica que precisaba su armamento y, una vez la ha llevado a cabo, marca de forma inequívoca su intención de ocupar el hueco de la URSS y de erigirse en gran potencia de Asia. No sólo de ella. Más allá de la estrategia nacional, hay una peligrosa cuestión de ideario y régimen, de clanes semejantes en Corea o el Caribe. Cuba, que nunca ha sido tan colonia como con Castro, que ha vivido de la Unión Soviética en régimen de alimentación asistida, hubiera visto forzosamente disolverse, por pura miseria y bancarrota, su sistema de gobierno de no haber encontrado un nuevo arrendatario. China dispone de ella para su base flotante frente a las costas norteamericanas, y con ello prepara una crisis que puede hacer palidecer a la de los misiles de los años sesenta. El amigo chino concede a este desdichado territorio que fue próspero y constituye, para cualquiera que no se limite a su estancia en los hoteles, un modelo de absoluta carencia, créditos generosos. El Clan Partido-Ejército no ha variado, en Pekín, tanto como se cree. Ni cede un átomo de poder real ni tiene la menor intención democrática ni pretende modernizarse excepto en la corbata, el armamento nuclear y los utensilios técnicos. Practica un aprovechamiento industrioso de la extracción y venta de órganos de los numerosos condenados a muerte, es impermeable a periodistas y opinión respecto a lo que ocurre en sus zonas del noroeste, en el ocupado Tíbet y en el bien poblado gulag, y jamás ha mostrado remordimiento alguno por la matanza de Tien An Men. Occidente olvida porque el olvido es funcional y práctico. Incluso recurre-pese a los desmentidos de la genética-a los viejos tópicos del peligro amarillo en lugar de asaltar francamente, aunque sólo sea con las palabras y las letras, los viejos palacios del terror y reconocer, al otro lado de la verja, gentes mucho más afines a las libertades que a los ancestrales prototipos en los que la generalización los encierra. En Pekín se formaron colas de varios kilómetros para comprar libros extranjeros hasta entonces censurados. Sus estudiantes multiplican intercambios y becas, sus trabajadores se desplazan, la gente, mil doscientos millones, se busca la vida. Las décadas transcurridas desde Mao no han variado, sin embargo, tanto la esencia del régimen como las democracias preferirían creer, porque es difícil distinguir la barbarie moral cuando se viste al estilo de la City y utiliza los mismos juguetes electrónicos. Se trata de un espejismo idéntico al que impedía asociar al culto intérprete de Bach con su imagen simultánea de partidario del Holocausto. La topografía descrita por Orwell es sorprendentemente semejante de un extremo a otro del planeta, sin relación con tono de la piel, latitud o idioma y escasamente afectada por el transcurso del tiempo que se pretende creer mágicamente capaz de alumbrar, por su misma inercia, un mundo ordenado en ritmos de progreso.

Estreno. En la pantalla, los malos son grises, están lívidos y tienen un aire que recuerda vagamente a los agresivos extraterrestres de los primeros tiempos de la ciencia-ficción. Van vestidos de negro y su expresión es amargada y tensa incluso en el gozo de la victoria. El plano de fondo, con banderas, presenta el escasamente eufórico diseño de una esquela. Sus antagonistas, los buenos, son guapos, altos e impecables, están dotados de los mejores sentimientos, respiran optimismo y salud, se mueven entre luces y objetos de brillante colorido, viven grandes amores e inquebrantables amistades y, pese a que la acción transcurre en los años cuarenta, no fuman.

No estamos en la China de la Revolución Cultural. Aunque podría ser, salvando detalles, una de las óperas revolucionarias maoístas, se trata del estreno mundial, sincronizado con la fiesta nacional de Estados Unidos y el aniversario del evento, de Pearl Harbor, USA 2001. La película rezuma dólares y anemia intelectual en iguales dosis. Es una pretenciosa mezcla de novela rosa y pirotecnia, con generosas explosiones en cadena, japoneses verdosos y muchachitas de pasarela impecablemente vestidas y maquilladas que se enamoran del galán primero, del galán segundo y, menos verosímilmente, del endeble tartaja. Es inevitable el contraste con Tora!, Tora!, Tora!, 1970; el mismo tema pero un abismo de calidad y materia gris entre ambas. Tora! es excelente en ritmo, actuación, diálogos, tomas. Algo ha ocurrido entre una y otra. La recién horneada y supermillonaria producción concentra un periodo peligrosamente largo de estulticia vencedora; es el producto de tres décadas de riego programado de grandes superficies a base de márketing, efectos especiales y público serie B. El fenómeno no es casual, sino símbolo y norma de un brutal descenso de la inteligencia, sometida a la censura del producto de masas políticamente correcto. Estados Unidos, el país que razona su superioridad en toneladas de producción de frutas, piensos e idearios singularmente homogéneos, no es ya el que alumbraba obras memorables en el cine y la literatura. Puede que en ello haya tenido cierta incidencia el hábito de la impunidad asumida como privilegio natural, la generalizada ausencia de conciencia de precio. Nadie, ni en la Federación de barras y estrellas ni en el resto del planeta, espera que el Gobierno de Washington deba algún día responder de las bombas atómicas lanzadas conscientemente sobre una población civil, hombres, mujeres, ancianos y niños incinerados con la misma lógica con la que Mao o Stalin justificaban, a base de la teoría preventiva, el mañana luminoso, la economía de bajas futuras y el mal menor, cualquier exterminación masiva. No habrá Nuremberg para Hiroshima y Nagasaki; tampoco para una Camboya primitiva, neutral, diminuta e indefensa a la que plancharon con bombas los B 52, sin duda con la loable intención de cerrar el paso a una dictadura comunista pero desde luego con la más crasa y torpe ignorancia del medio, con criminal desdén por sus habitantes y con eficacia nula. Han sido muchos años de virtualidad y lejanía. Algo, lo real, ha quedado anulado. No tienen hoy cabida en sus pantallas ni en las páginas de sus best sellers hombres como Steinbeck, Hammett o Bogart (¿dónde fumarían?). La hipertrofia de la Libertad se ha comido las libertades y la estatua ya no lleva una antorcha, sino una denuncia, porque el deporte nacional consiste en acechar la menor ocasión de sacar dinero al vecino, al proveedor, al que acaba de fregar el suelo y a la empresa que fabrica los cigarrillos que, en pleno ejercicio de su albedrío y facultades mentales, compraba un pariente. El espacio aéreo está cubierto de bandadas de abogados que se ofrecen para compartir los beneficios de las indemnizaciones, el terrestre de letreros que, cada cien pasos, subrayan prohibiciones, advertencias y llamadas impositivas al orden y a la ley, de forma que la exaltación continua de los derechos individuales ha reducido a mínimos el territorio real de éstos, que entra fatalmente en contradicción con el espacio percibible, respirable, audible y transitable del prójimo. La densidad de Don’ts!, con punto de admiración, por metro cuadrado hace sin duda salivar de placer al legalista más obseso. Los alimentos, plagados de sucedáneos de la grasa, el azúcar y de cuantos peligros la Naturaleza produjo torpe y espontáneamente, se apresuran a advertir, en largas columnas minuciosas, de composición y efectos. No se trata de caritativa solicitud sino de múltiples escudos de prevención y defensa. La antorcha de la estatua alumbra una nación de justicia cortada a la medida del prestigio de gabinetes legales y de la sanidad más cara del mundo, de forma que, tras la aparente embriaguez del ilimitado espacio del paisaje de los grandes horizontes, acecha la posibilidad de hallarse, por enfermedad, infracción o accidente, hundido en un proceso legal cuyos costes hipotequen al sujeto el resto de su vida.

Una vida física que conviene dé al sistema los menos problemas posibles y deje al maquillador de difuntos o a la ciencia un cadáver en buen estado. Para ello están la Religión de la Vida Sana, que llena el hueco de otras transcendencias, y el integrismo ecologista. Ambos convierten al infractor en especie singularmente desprotegida que pasea su existencia culpable, su café, copa, puro y escasa apetencia de alpinismo y maratones dedicados a una buena causa, por un planeta en el que la presencia de la especie humana ha sido un error irreparable y constituye un delito sangrante contra los derechos de rocas, animales y plantas. Curiosamente, en este Templo gigantesco de la Vida Sana y los alimentos biológicos, orgánicos y exentos de intoxicantes se da la gama más extrema, abundante y completa de gordos, un porcentaje de obesidad que debería hacer escorar el eje planetario con la avidez de bollos, dulces y pastas (nunca prohibidos aunque es probable que ocasionen más infartos que toda la cosecha tabaquera de Virginia) que rellenan el vacío de cocina local. La confusión es continua entre dimensiones y calidades, entre la extensión de ganadería y cultivos y la curiosa semejanza de la oferta. Por los supermercados se extienden atractivas pilas de frutas y verduras que se distinguen por la homogeneidad absoluta de las variantes: Cada manzana, melocotón, tomate y zanahoria tienen exactamente el mismo tamaño, color y forma, y, bajo su perfecta apariencia, carecen en buena medida de sabor y de perfume. Son clones, producidos por frutales que, hasta el confín del horizonte, crecen los metros justos exigidos por la recolectora y se alternan con praderas igualmente vastas puntilladas de vacas de solomillo especializado. La élite, los muy ricos, que sí saben lo que es la buena vida, será de degustadores de la cata añeja, el soufflé, la caza, el erotismo aureolado con el perfume de lo pecaminoso y el humo del veguero. Mientras, la masa consumirá pan negro y brotes de soja, hará sus libaciones diarias de macrobiótica, correrá jadeante las diez millas dominicales de rigor y, según la gráfica y terapéutica expresión inglesa, tendrá sexo (have sex) con el perfeccionismo de quien se cepilla concienzudamente los dientes. Porque es particularmente grande la diferencia entre el to have y el have not.

La prensa dedica primeras páginas a la euforia que arrasa la opinión: todo abierto, bienes y servicios, veinticuatro horas al día siete días a la semana. Apoteosis de la libertad, acceso inmediato, satisfacción instantánea, golf a las tres de la madrugada y excursión a la droguería a las cuatro. Compras, en cualquier momento, ganancia creciente, esas compras que sustituyen a la vida social, el ocio, el paseo y el contacto urbano como el aparcamiento, la gasolinera y el centro comercial reemplazan la existencia de ciudades y pueblos. Algo que, en su exaltación del consumo, tiene un eco de explosión de puro vacío y entra en la imperiosa y visible dinámica de la necesidad de gastar. Se multiplican las disneylandias para adultos, de las que Las Vegas es un buen ejemplo. El circuito se nutre de la adquisición de productos innecesarios, funciona con la avidez imparable de la máquina de monedas, en la que el usuario necesita verter las ganancias y adquirir piezas de nuevo para meterlas en la ranura. La última moda es la reivindicación de la kids attitude, del comportamiento infantil en personas de pelo en pecho. So pretexto de compartir actvidades con sus hijos, acuden a restaurantes de reciente creación en los que se mezcla la decoración y personajes de la Guerra de las Galaxias, Venecia, París o la Atlántida con juegos interactivos, abducciones por una nave espacial, encuentros con el capitán Nemo y comida adaptada a las circunstancias. Se ha ido muchos grados más allá de la moda años sesenta de ser colegas de sus hijos y de la sumisión a los omnipotentes caprichos del niño para que no tenga frustraciones. Ahora no se trata de mantener a los jóvenes en una infancia prolongada, sino de la regresión hacia ella de los adultos; lo cual naturalmente implica el rechazo de la responsabilidad, el riesgo y el esfuerzo intelectual. Pronto habrá asociaciones defendiendo los derechos del ciudadano que pretende continuar siendo niño. Hasta que, falta de fondos que la nutran, la rueda se rompa y se pare. Las tendencias observadas en Educación se ven así ejemplificadas, no como fenómenos de un campo específico, sino en cuanto metonimias y metáforas de la totalidad del sistema y del conjunto de la población. El modelo americano-que lo es occidental-ofrece victimismo, infantilización, ausencia-curiosamente coexistente con la aspereza financiera de la jungla-del sentido de la proporción y del precio, guardería generalizada y adiestramiento en la puerilidad de cuarentones y sesentones que buscan una moral y una existencia tan inocuas como los sucedáneos de helados y licores y los alimentos carentes de glucosa, lactosa, hidratos, proteínas y grasas.

La riqueza del país es cierta, circulan grandes cantidades de dinero para adquirir y usar objetos de grandes dimensiones: coches, motos, sombreros, helados, yates. Esto incluye la defensa a ultranza del billete, un dólar que, mucho más allá de su utilidad monetaria, es todo un símbolo y se reviste de cierta sacralidad. Las amplias tierras de Norteamérica recibieron desde el dieciocho la crema, por fuerza, edad y espíritu emprendedor, de la población activa de una Europa en plena rampa de la Revolución Industrial, un capital humano de potencial y energía considerables, gente dispuesta y obligada a tirar hacia adelante, en la flor de la juventud, la necesidad y las expectativas, buscadores, roturadores, exploradores y colonos esforzados y ambiciosos. De ahí la aspereza de leyes que castigan el robo al máximo y no perdonan ni olvidan el menor delito, los chicos de trece y de catorce años condenados como adultos, el general apoyo a la pena de muerte, el padre orgulloso de la buena puntería de su hijo adolescente. Es un país creado por autónomos, con el conservadurismo feroz, las virtudes y defectos del trabajador individual que no tolera merma en sus ingresos. Tierra del dólar, tierra del mito, del orgullo de una divisa fuerte, de pobladores con ojos tan sólo para el futuro y la inversión. Por ello la importancia religiosa de la propiedad y del dinero. La pena de muerte, la posesión de armas, son variantes, apenas pulidas por el paso del escaso tiempo, de la Ley de Lynch y la del Talión. Más allá del puñado de villas cosmopolitas no hay ciudades, se desconocen el ágora, la plaza. Lo que tiene el nombre de pueblo es el cruce de caminos, el alto en la gasolinera, el supermercado y sus aledaños de talleres, cafetería y algunos servicios. Desde el coche, y con el coche, se come, se compra y se hace el amor. No se trata de villas sino de una floración comercial, un relevo en un paisaje de ranchos, lejos de la orla escasa de capitales de la costa, asentamientos distantes entre sí, próximos de la belleza, algo inhumana en su extensión, de cañones, sierras, desiertos y fondos volcánicos de erosión y geología reciente.

Como las cumbres de aristas todavía no suavizadas por el viento y los estanques de lodo en estado de ebullición, Estados Unidos es también una amalgama de suturas todavía frescas y de continuos y nuevos injertos de los muchos que continúan llegando para trabajar y ser pagados con la moneda más fuerte del mundo. De manera adyacente, penden arracimadas enormes ramas de individuos que coinciden en numerosos casos con la población negra y se han decantado-como una parte significativa de la joven generación del Reino Unido-por la marginalidad y la delincuencia, en una mezcla letal de victimismo e ira. Mientras, Chinatown bulle de una actividad que no tolera la clásica estampa del vagabundo tendido en la acera.

Sobre esta sociedad diferenciada, emulsión sin apenas mezclas, se extiende la censura que ya se ha hecho habitual también en Europa: Es preciso ocultar la evidencia, exponer en las galerías de arte cuadros de indios envueltos en la bandera americana (ellos, cuyas casas de las reservas se abstienen, comprensiblemente, de lucir la enseña nacional), es necesario colmar de eufemismos; todo menos exponerse a la acusación de racista y xenófobo. Se impone la solidaridad enlatada, la discriminación positiva con todas sus aberrantes variaciones, de forma que, una vez más, el individuo desaparece; ya no vale por sus aptitudes y su trabajo, por la voluntad y el esfuerzo: le engullen la abstracción y la tribu, el color de la piel que al tiempo le socorre y le margina, que consagra una diferencia cultural, querida o no, respecto a la cual todos los elogios son pocos pero a la que los hechos cargan de una artificialidad acrónica e impuesta.

Los vagabundos rodean el corazón de la ciudad como la espuma sucia de la limpieza de la city. La urbe costera y de clima sureño es su meca; les permite dormir al raso y reciben además una importante subvención mensual que se supone destinada a anestesiar los conatos de criminalidad. El trabajador se queja del destino de sus tasas. Se trata de una de las grandes interrogantes de los experimentos del siglo XX: un sistema de asistencia es imprescindible, pero éste crea y mantiene el parasitismo, el victimismo y la creciente degradación de personas que, sin la premura de la necesidad insoslayable y el incentivo de la competencia, se van hundiendo en una espiral vegetativa a cuya inercia se suman las drogas y el alcohol. El país arrastra una bolsa de asistidos a la que los republicanos se esfuerzan por cerrar el grifo de las provisiones. Esto es recibido con alegría por los asalariados que pagan los impuestos de los que las subvenciones proceden, pero significa el abandono de enfermos e impedidos y un aumento de la criminalidad cuando los marginales, voluntarios o forzosos, se hallan sin ingresos. Los demócratas acumulan votos de los sectores más pobres y apoyan los programas sociales a base de tasas a la población productiva. El ciclo continúa. En el otro polo del espectro se encuentran los experimentos socialistas y comunistas, la exigencia de trabajo como deuda social, la penalización del vagabundeo; pero su solidaridad obligatoria, la oficialización burocrática, han anulado el espíritu de iniciativa, la producción de riqueza, el progreso y la libertad personal.

Dos experimentos que distan de ser un éxito aunque su comparación no implique simetría: El comunismo se reveló un fracaso. La jungla de un capitalismo salvaje dejado a las leyes del más fuerte resulta invivible; los programas diseñados por el Estado de Bienestar se ven incapaces de hallar el esquivo punto de equilibrio entre la necesaria asistencia a personas improductivas y la desvitalización del cuerpo social.

Sobre el vacío de las utopías planea una nueva especie, conversos que han volcado su antiguo fervor comunista en un neoliberalismo particularmente agresivo que utiliza en todo momento como referencia patrístrica los usos y leyes de los Estados Unidos de América. El anticomunismo, históricamente justificable, les sirve en este caso para exigir como general panacea la práctica desaparición del sector público, y para ver un ruinoso enemigo en cada intento y defensa del mantenimiento de servicios estatales y financiación de entidades que no producen directamente riqueza. Su ideal, de un brusco retroceso decimonónico, separaría tajantemente un reducto destinado a la caridad y la limosna y vería en cada privatización una batalla ganada en la lucha por la libertad. El ataque en toda regla al sector público goza del impulso ofrecido por la bancarrota comunista y por el deplorable ejemplo, en el seno de los sistemas democráticos, de las mafias oficiosas de corte estatal. Los rapsodas que, desde la orilla este del Atlántico, glosan las odas de Wall Street, ignoran el polvo acumulado en las esquinas y el envés de las alfombras y el sutil, decadente aroma en una nación enfangada en el imposible acoplamiento de un supuesto y multipluralísimo concierto social y una realidad que oscila entre las añoranzas puritanas, la caridad abstemia, la ignorancia del mundo extramuros y la lógica aspiración, una vez descubierta, a la buena vida. El converso al liberalismo a ultranza admite que la calidad de existencia cotidiana de sus paisanos europeos es, con diferencia, superior a la de Norteamérica por mucho que Oregón produzca el setenta por ciento de pastos del planeta y aunque las toneladas de cereales y piensos se midan en guarismos abrumadores. Sabe que el ambiente de continua competición e inseguridad permanente, el panorama de una semana de vacaciones anual (tres o cuatro, con un poco de suerte, a los veinte años en la empresa), la alimentación a base de fast food y la reducción de componentes habituales de la existencia diaria-como el vino, la mesa adecuadamente dispuesta, la calidez de las relaciones personales, el ocio y las salidas y espectáculos-a artículos de lujo y ocasiones fastas no es precisamente un modelo seductor para gentes de Italia, España, Francia, larga y profundamente duchas en el saber vivir y asentadas todavía, pese a los embates de la ignorancia y la nueva barbarie a la que tan meritoriamente ha contribuido la reforma educativa española, en el humanismo. Pero, en su deseo de nuevos dioses a los que orar o en su negativa a advertir el envejecimiento de los que admirara, cuya fresca sonrisa y sinceros ideales han sido sometidos a infinitos estiramientos de piel, el converso filtra y separa la América de todos los derechos y libertades de la poco tentadora vivencia concreta de su sistema y omite en el análisis la comparación europea con esa sustancia horneada de antiguo que constituye en buena parte la simple felicidad de la existencia y no se calcula en cifras, pero que puede destruirse con la aplicación insistente de un rasero único. Europa optó por el individuo, por una densidad de variaciones que resulta, en otras magnitudes y latitudes, difícilmente comprensible y de la que la calidad es producto directo. La apuesta individual de Europa sigue siendo necesaria y valiosa. Ninguna tarea es hoy en ella más perentoria que la recuperación del ejercicio del pensamiento. En este sentido, pasadas las épocas de las grandes fugas de cerebros y energía, el Viejo Continente puede estar tomando incluso una lenta ventaja en creatividad y en ciencia.

Con pasión semejante al antiamericanismo de antaño, el converso sólo ve en las democracias occidentales enemigos en forma de parásitos, burocracia, intervencionismo e impuestos, y probablemente en el fragor de la lucha no repara en que civilización va unida a servicios públicos, a la trabajosa construcción-como muy bien saben los países del Tercer Mundo-de un Estado, a los transportes en horas e itinerarios que nunca serán rentables, al correo que llega y a los médicos que no permitirán la muerte en la calle de una persona sin seguro, a la enseñanza que ofrezca un buen producto al común de la población, al derecho garantizado, no por el gabinete de abogados que el adinerado puede costearse, sino por la asesoría legal abierta al ciudadano.

Quizás, finalmente, los extremos se tocan y el capitalismo más liberal se encuentra en la vecindad peligrosa del totalitarismo de antiguo cuño y banderas rojas, y es posible que de ahí venga la sensación de libertad vigilada que, en contraste con la auténtica que se respira en la vieja Inglaterra, hoy se experimenta en Estados Unidos, la impresión de potenciales y múltiples infracciones y riesgos, la conciencia de vulnerabilidad a falta de dinero o de armas, que trenza un extraño puente entre países gigantes a uno y otro lado del Pacífico.

 

Todo parece lejano, estos países, el pasado. También las utopías, que, sumergidas por el remolino que han creado los totalitarismos al hundirse, corren peligro incluso de carecer de derecho a la existencia y formar, con asesina o ideología sintagmas indisolubles que den al traste con la solidaridad y con cualquier pretensión a la generosidad, la indignación, la justicia y la nobleza. Que un hedonista convicto y gozoso como Fernando Savater arriesgue en el País Vasco lo más valioso, la vida, por defender la libertad en la forma de vivirla es ejemplo de un idealismo necesario que está arraigado, y forma materia con la sustancia de lo que se considera humano. Savater dijo, hace años, que no querría habitar en un mundo donde nadie fuera capaz de morir por una idea. Probablemente entonces aún no sabía él mismo que, como un Thomas Becket sin fe ninguna, se vería abocado a exponerse a la muerte, en un medio que sustituye la discusión por el asesinato, por deseo de una vida que merezca su nombre.

La banalización misma del término totalitario, como del de fascista, constituye, en sí, un serio peligro. El sistema actual, en Europa, no lo es políticamente, pero cuando de totalitarismo se habla conviene entender un proceso que actúa de manera incesante e irregular. No hay una concentración de poder en manos de un solo grupo o partido, ni siquiera un control -¿para qué tomarse tantas molestias?- de todos los aspectos de la vida de la población. Pero sí existe una técnica de dominio de los medios comunicativos-en el caso del Partido Popular español por vía de concesiones estatales, con el partido anterior por medios más burdos de amiguismo y corrupción directa-, de forma que la población sepa lo que conviene en las dosis convenientes. Esto, combinado con el bienestar de la sopa boba, esboza totalitarismos de nueva generación tan mutantes como los virus, inatacables y en los que la víctima es directamente el individuo. El nuevo proceso totalitario, que viene del siglo XIX y del que son testimonios la desaparición de las grandes figuras solitarias, se caracteriza por una especial animosidad contra la grandeza, una perversión del término democracia y una imposición generalizada del gregarismo y el anonimato. Apunta todas sus baterías hacia la anulación del individuo y no advierte que, con él, elimina la fuente y raíz fundamental del progreso y la aventura humana.

Flotan demasiadas islas en demasiados archipiélagos que, como las erupciones volcánicas, no han cesado en ningún momento de bullir y dibujar sus abismos y sus cumbres. La más temible es la formada por corrientes que, sin el menor ruido, recorrerán, de manera subterránea, los cauces del Estado de Bienestar. No habrá imposiciones ni dictadores. Sólo una topografía que tal vez acabará fundiéndose con el perfil cotidiano del horizonte. Simplemente el silencio, la multitud que empuja y arrincona como la gran cabeza de un enorme rebaño.

La Islas Felices. Por fin aquéllas de los bienaventurados en las que no habrá sino sonrisas y desaparecerá tras la omisión y el maquillaje cualquier asomo de tensión y angustia. Donde ningún gulag es preciso y se hunden en un mar de moderadas satisfacciones los que adoraban a distintos dioses. Isa sabe que pasará junto a alguien que la mirará de soslayo, entre extrañado y ofendido por la incomodidad de una frase y que olvidará de inmediato la pequeña idea que se había introducido unos instantes en la apacible epidermis de la dicha garantizada; sabe que irá transparentándose, como ha hecho hace años, existiendo un poco menos, expresando un poco menos cada día, buscando páginas y coloquio donde sus dedos sólo atraviesan aire y espacio apresurado por el que transita el ejército numeroso de otras palabras. Habrá lejanos gestos que esbozan familiaridades incongruentes, que borran su nombre de la pantalla líquida de sus memorias en cuanto ella desaparece. Isa se aferra a un retazo de libertad, a un trozo de cristal sangrante y roto que casi forma parte de su mano y desentona en el azul pálido y el benigno desvanecimiento del día. Sin estridencias, cubre la isla y el horizonte un mar seguro, de tibias corrientes que repugnan el esfuerzo, que observan con atención curiosa y momentánea absurdos aspavientos de algún náufrago. Que anegan sus labios con la indiferencia del más seguro de los archipiélagos.

 

Apéndice bibliográfico

 

No es éste un libro con pretensiones de erudición. Se trata simplemente de una obra reflexiva. Puede, sin embargo, resultar útil la mención de algunas referencias.

 

 

Capítulo I: Recuerdo de China.

 

Para el capítulo Recuerdo de China se ha utilizado material contenido en la tesis doctoral que, con el título La enseñanza de lenguas modernas en China Continental, defendió la autora el año 1977 en la Universidad Complutense de Madrid. El título original (que hubo de cambiar, a indicación de las autoridades) era El español en China Popular: Relación entre aprendizaje lingüístico, estructura mental y visión del mundo. La obra se centraba en la observación, y análisis, del lenguaje totalitario.

La bibliografía aquí reproducida figura, en parte, en dicha tesis:

 

 

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-EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS: Algunos aspectos fundamentales sobre China. Suplemento de la revista «China Reconstruye». Pekín, enero de 1974.

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-EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS: Ley de reforma agraria de la República Popular China, seguida de otros documentos. Pekín, 1964.

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-EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS: Geografía de China. Pekín.1972

-EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS: Intention perfide et procédé méprisable. Pekin, 1974.

-EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS: Litterature chinoise. Pekin, 1974.

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-FREINET, Célestin: Técnicas Freinet de la escuela moderna. Ed. Siglo XXI. México.

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-HAUSER, Arnold: Historia social de la literatura y el arte. Punto y omega, nº 21. Ed. Guadarrama. Madrid, 1968.

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-LEYS, Simon: Les habits neufs du prsident Mao. Ed. Champ libre. Paris, 1970.

-LI YI ZHE: Chinois, si vous saviez… A propos de la démocratie et de la légalité sous le socia1isme. Christian Bourgeois Ed. Bib1iothèque Asiatique. Paris, 1976.

-LU Sin: Novelas escogidas de Lu Sin. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín, 1972.

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-LU Ting-yi: Education must be combined with Productive Labour. Foreign Languages Press. Pekín. 1958.

-MAO Tse-tung: Intervenciones en la conferencia de Yenan sobre arte y literatura. Ed. en Lenguas Extranjeras. Pekín. 1965.

-MAO Tse-tung: Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín.1957.

-MAO Tse-tung: Obras escogidas. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín.1968.

-MAO Tse-tung: Citas. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín. 1967.

MAO Tse-tung, présenté par Stuart Schram. Col. V. Armand Colin. Paris. 1963.

-MARABINI, Jean: Mao y sus herederos. Organizaci6n Sala Editorial. Madrid, 1972.

-MARCUSE, Herbert: El Hombre Unidimensional. Seix Barral. Barcelona. 1972.

-MARCUSE, Herbert: Eros et civilisation. Editions de Minuit nº 22. Paris, 1970.

-MARCUSE, Herbert: La agresividad en la sociedad industrial avanzada, y otros ensayos. El libro de bolsillo. Alianza Editorial. nº 337. Madrid, 1974.

-MARTINET, Gilles: Les cinq communismes. Ed. du Seuil. Paris, 1971.

-MARX, Karl: Crítica del programa de Gotha. Ed. Aguilera.Madrid. 1971.

-MARX, Karl: Manifeste du Parti Communiste, par… y Friedrich Engels. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín. 1970.

-MONCADA, Alberto: Sociología de la educación. Libros de bolsillo. Cuadernos para el Diálogo. nº 95. Madrid, 1976.

-MYRDAL, Jan: Un village de la Chine Populaire. Ed. Gal1imard. Paris. 1964.

-NEE, Victor: The Cultural Revolution et Peking University. Monthly review press. New York. 1969.

-NEEDHAM, Joseph: Science and Civilisation in China. Cambridge Unisversity Press. 1956.

ORLEANS, Leo A.: Professional manpower and education in Communist China. Library of Congress. Washington. U.S.A. 1960.

-ORWELL, George: 1984. Líbro R.T.V. 78. Salvat. España. 1970.

-ORWELL, George: Essais choisis. Gallimard. Paris, 1960.

-ORWELL, Georg: The collected essays, journalism and letters. Penguin Books. G.B. 1975.

-PEYREFITTE, Alain: Cuando China despierte... Ed. Plaza-Janés. Barcelona. 1974.

-PONZIO, A.: Producción lingüística e ideología social. Serie B,6. Alberto Corazón Editor. Madrid.

-POSTMAN, N.: La enseñanza como actividad crítica. por … y C.WEINGARTENER. Libros de Confrontación. Barcelona. 1973.

-PRICE, RIDLEY, Charles: The making of a model citizen in communist China by…,Paul H.B. GODWIN, Dennís J DOOLIN. Hoover Institution Press. Stanford University. Stanford. California. U.S.A. 1971.

-PRICE, R.F.: Education in Communist China. World education series. London. 1970.

-REICH, Wilhelm: Psicología de masas del fascismo. Ed. Latina. Argentina. 1972.

-REICH, Wilhelm: Marxismo y psicoanálisis. Ed. del Siglo. Buenos Aires. 1971.

ROSÚA, Mercedes: La generación del gran recuerdo. Col. Goliárdica. CUPSA.(Planeta). Madrid. 1977.

-ROY, M.N.: Revolución y contrarrevolucion en China. Col. Roca. México, 1972.

-SCHURMANN, Franz: China Comunista. Fondo de cultura econmica. México, 1971.

-SHICKEL, Joachim: China: revolución en la literatura. Ed.Barral. Barcelona, 1966.

-SHIRK, Susan: The 1963 temporary work regulations for full-time Middle and Primary Schoo1s. Commentary and translations. «The China Quartely» nº 55. July/September. London. 1973.

-SNOW, Edgar: La China contemporánea. Col. Popular. Tiempo presente. Fondo de Cultura Económica. México, 1961.

-SNOW, Edgar: La longue révolution. Stock. Paris, 1973.

-SUCHODOLSKY, Bogdan: Fundamentos de pedagogía socialista. Ediciones de Bolsillo. Editorial Laia. Barcelona, 1974.

-UNESCO: World Survey of Primary Education. Paris, 1958. World Survey of Education. Secundary Education. Paris, 1967. World Survey of Education. Higher Education. Paris, 1966. Experts working group on international standard classification of education. ISCED/WG/5. Paris, 1968.

-UNION GÉNÉRALE D’EDITIONS: Pour être un bon communiste, par Liou Chao-chi, suivi du rapport du IXe Congrès du Parti Communiste Chinois par Lin Piao. Présentation de Patrik Kessel. Col. 10/18. Paris, 1970.

-WHEELWRIGHT, E. L.: Desarrollo y revolución cultural en China, por … y Bruce Mc FARLANE. Ed. Nuestro Tiempo. México, 1972.

-YANG Jong-Kuo: Confucius. Le “sage” des classes réactionnaires. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín, 1974.

-YUEN Ren-chao: Iniciación a la lingüística. Ed. Cátedra. Madrid, 1975.

 

 

Han sido posteriormente utilizados:

 

-HERÓDOTO: Historia. Ed. Gredos. Madrid, 2000.

-ORWELL, George: Rebelión en la granja-Ed. Destino. Madrid 1980.

-PIN YATHAY: L’utopie meurtrière. Ed. Complexe. Paris, 1989.

-ROSÚA DELGADO, Mercedes: Diario de China. I. Sian. Ed. De La Torre. Madrid, 1979.

-ROSÚA DELGADO, Mercedes: El Sol. Ed. A.D.I. Madrid, 1997.

-TUCÍDIDES: Historia de la guerra del Peloponeso. Ed. Alianza. Madrid, 1989.

 

 

 

Capítulo II: Tiempo de Chantaje.

 

-CADALSO, José: Cartas Marruecas Editora Nacional. Madrid, 1978.

-Cuadernos de Pedagogía. nº 299-Feb. 2001.

-DANCHIN, A.: Le patrimoine génétique-Diario Le Monde, 23-1-1984.

-DE BURY, Ricardo (Richard AUNGERVILLE), obispo de Durham y Canciller de Inglaterra: Filobiblion. Trad. del latín por E. Pascual Martín.-Ed. Anaya. 1995. Madrid.

-FRANKE, W. Herbert: Ypsilon Minus.

-Humanismo y Economicismo: Dos concepciones de la Educación. Diario El País-17-11-81.

-JACKSONS, G.: Vigencia del Krausismo-Diario El País-26-2-1984.

-KADARÉ, Ismaíl: Diario ABC-13-4-2000.

-KOESTLER, Arthur: Autobiografía, vol. 4-Ed. Alianza/EMECE.

-MASCHINO, Maurice: Vos enfants ne m’intéressent plus. y Voulez-vous vraiement des enfants idiots?-Ed. Hachette- Paris.

-MONCADA, Alberto: La Enseñanza Media en crisis. Diario El País. 9-4-1983.

-MEC: Hacia la reforma: Documentos de trabajo. MEC Julio 1983.

-POIROT-DELPECH, Bertrand; comentario del libro Le sanglot de l’homme blanc, de Pascal Bruckner-Diario Le Monde. Paris, 27-5-1983.

-PORTA, Miguel: Paul Lafargue cabalga de nuevo-Diario El País-16-1-1983.

-LEVI, Primo: Si esto es un hombre.-Muchnik Editores. Barcelona 2000.

-LEVI, Primo: La tregua.-Muchnik Editores. Barcelona 2000.

LEVI, Primo: Los hundidos y los salvados-Personalia de Muchnik Ed. 2000.

-SEGOVIA, José, director general de Enseñanzas Medias-Diario El  País-10-9-1983.

-VOSLENSKY, Michael: La Nomenklatura.

 

 

 

Capítulo III: Las Islas Felices.

 

-ORTEGA Y GASSET, José: La rebelión de las masas. Ed. Espasa Calpe, S.A. Madrid, 1997.

-REVEL, François: Entrevista en el Diario ABC, 24-11-2000, sobre su libro La gran mascarada.

-WELLS, H. G.: The Time Machine. Everyman. London, 1995.

 

 

——————–

 

A título de información complementaria, se citan algunos artículos de la autora. Su inclusión, que no obedece ciertamente a fines de autopropaganda, ofrece datos complementarios a quien se interese por estos temas. Se constata, al manejarlos y por las fechas y medios en los que aparecieron, la nula relación entre el interés personal de quien los firma y los grupos que estaban progresivamente en el poder. Es también curioso el detalle de la escasez, hasta fechas muy recientes, en el panorama español de análisis negativos de la Reforma Educativa, lo cual da la medida de la autocensura y el chantaje intelectual y social que viene presidiendo un largo periodo. El silencio fue, sobre todo, ensordecedor en los años ochenta, cuando se ensayaba, anunciaba y describía una campaña cuyos efectos eran ya perfectamente previsibles, y hubo de esperarse una década más para leer críticas de fondo y no meras insinuaciones vergonzantes sobre detalles corregibles en la incuestionable excelencia progresista del sistema. La dificultad de publicar artículos de libre y discordante opinión se hizo cada vez más aguda, hasta que cualquier posibilidad se vio pulverizada por los intereses creados y el populismo ambiente.

Parte de este material se incluye en la presente obra.

 

-ROSÚA DELGADO, Mercedes:

 

Artículos directamente relacionados con Educación y Cultura

 

-De la utilización política de la Enseñanza Media. Diario El País. 28 de junio de 1984.

La Reforma, una pantalla de humo más. Revista de Enseñanza Media. Febrero de 1985.

Crónica desde Londres. Diario El País. 2 de febrero de 1988.

Enseñanza Media: de la guardería a la jungla. Diario El País. 2 de marzo de 1993.

El final de la censura. Diario YA. 9 de junio de 1993.

La estafa de Educación, I y II-Diario YA. 31 de octubre y 1 de noviembre de 1994.

Parchís para todos-Diario YA. 4 de octubre 1995.

Educación y miedo-Diario YA. 16 de enero de 1996.

Generaciones del 98-Diario El Mundo. 10 de abril 1998.

El indio y Murphy-Boletín del Colegio de Doctores y Licenciados. Octubre de 1999. Madrid.

Cultura en el Exterior: La Ley implacable del Economato. www.docencia.com- Febrero de 2001

Reparto de consignas. www.docencia.com- Septiembre de 2000

Todo sobre el rodillo. www.docencia.com- Junio de 2000

Comité de recepción. www.docencia.com- Diciembre de 2000

Miedo a cobrar. www.docencia.com- Marzo de 2001

 

Articulos sobre otros temas

 

La metodología del genocidio. Revista de Derechos Humanos. Madrid, Abril-Mayo de 1985.

¡Ay de los vencedores!. Diario YA. 23 de junio de 1993.

Medio siglo en la ópera. la Revolución Cultural. Diario ABC. Madrid, 26-12-1993.

Camboya, la probeta rota. Diario Ya, Revista del domingo. Madrid, 30-10-94.

España vista desde el exterior. Diario YA, 29 de enero de 1995.

Eurasia: la frontera del Este. Diario Ya, Revista del domingo. Madrid, 5-02-95.

La foto tenía un precio. Diario YA, 29 de enero de 1996.

La edad de la razón. Diario YA, 19 de marzo de 1996.

Tribu 2, individuo 1. www.docencia.com- Junio de 2001.

 

 

 

ÍNDICE

 

-Capítulo I: Recuerdo de China-                                                                              p.2

 

-Imperio y periferia-                                                                                                   p.6

-Lengua y pensamiento-                                                                                             p.16

-Segundo Viaje al Oeste-                                                                                            p.23

-Plataforma continental-                                                                                             p.46

-Marea baja-                                                                                                              p.57

-Cambio de archipiélago-                                                                                            p. 63

-Historias-                                                                                                                  p.71

-Cajas chinas-                                                                                                            p.96

-Tierra adentro                                                                                                           p.104

-La ausencia de Heródoto-                                                                                          p.114

-La sonrisa de Aristóteles-                                                                                          p.136

Veinte años son todo-                                                                                                 p.156

 

Capítulo II: Tiempo de chantaje–                                                                            p.174

 

-Brindis-                                                                                                                    p.175

-Y el Verbo se hizo izquierda-                                                                                     p.180

-Añoranza de Camboya-                                                                                             p.189

-La máquina de infantilizar:                                                                                        p.195

-Techo de posibilidades y techo de aspiraciones-                                                       p.197

-Imagen de sí y realidad-                                                                                          p.198

-Presencia y eficiencia-                                                                                            p.200

-El alumnado de la Administración-                                                                          p.201

-La línea de sombra-                                                                                                p.202

-Solidaridad y corporativismo-                                                                                 p.204

-El profesor objeto de fijaciones-                                                                              p.206

-Contra la panacea decimonónica-                                                                             p.210

-La revolución sin revoluciones-                                                                               p.212

-De la toma indolora de un Palacio de Invierno-                                                        p.213

-La tecnificación del Humanismo-                                                                            p.217

-El derecho a la autoestima-                                                                                     p.217

-El techo de posibilidades de los alumnos-                                                                p.220

-Café y ordenadores-                                                                                                p.222

-Milenarismo, productividad y paro-                                                                         p.223

-Palabras, palabras-                                                                                                 p.227

-La reconversión educativa-                                                                                     p.229

-El Profesor-providencia-                                                                                         p.235

-Mitos y sindicatos-                                                                                                 p.239

-La penalización individual-                                                                                     p.237

-La isla y la botella-                                                                                                 p.238

-¿Quién teme a la lingua franca?–                                                                             p.245

-El temor de Huxley-                                                                                                p.246

-Diario de a bordo-                                                                                                  p.247

 

-Capítulo III: Las Islas Felices–                                                                                 p.252

 

 

Apéndice bibliográfico-                                                                                            p. I

 

 

Índice

[1] El nombre de esta ciudad puede encontrarse, en alfabeto latino, con las grafías Xian, Xi’an y Sian.

[2] LU SIN La mauvaise herbe. Traducido del chino y comentado por P. Ryckmans.

[3] Mao Tse-tung: Intervenciones en la conferencia de Yenán sobre arte y literatura.

1 Las disposiciones y citas se encuentran en el diario oficial Renmin Ripao, en L. A. Orleans Profesional Manpower and Education in Communist China y en S. Aray Les cent fleurs.

1 BEAUVOIR, Simone de La Larga Marcha.

1 SHIRK, Susan: The 1963 Temporary Work Regulations for full time Middle and Primary Schools. Commentary and translation. The China Quartely nº 55-1973.

[4] Luttons pour l’établissement d’une université scientifique et technique socialiste-Ed. en Lenguas Extranjeras de Pekín.-1970.

[5] LEYS, Simon-Ombres chinoises.

1 En 1973 el sueldo asignado a la cooperante era 460 yuanes mensuales, unas 14.000 pts, de las cuales se podían reservar 7000 en divisas.

1 Documentos del X Congreso Nacional del Partido Comunista de China-Ed. en Lenguas Extranjeras. Pekín 1973.

1 Se recuerda que un yuan equivalía, en 1973, a unas 30 pesetas.

1 Conviene recordar que todos, al expresar su edad, cuentan, según el método chino, el año en curso. En Occidente sería un año menos.

1 Galazs, Étienne. La bureaucratie céleste.

[6] J. P. FAYE La crítica del lenguaje y su economía.

[7] J. P. FAYE Op. Cit.

[8] George ORWELL: Such, such were the Joys.

[9] K. F. FAN: La Revolución Cultural China.

[10] K. H. FAN: La Revolución Cultural China-Sumario del foro sobre el trabajo literario y artístico en las fuerzas armadas convocado por la camarada Chiang Ching por encargo del camarada Lin Piao.

[11] Evgueni EVTUSHENKO: Autobiografía precoz.

[12] Evgueni EVTUSHENKO-Op. Cit.

[13] George ORWELL: Ensayos escogidos. Reflexiones sobre Gandhi.

[14] George ORWELL: 1984

[15] El reproductor de alta fidelidad de las obras de Mao es el intérprete y acompañante oficial asignado a la periodista por el Gobierno chino.

[16] George ORWELL-1984

[17] Los subrayados están en el original y son citas de Mao Tse-tung.

[18] HERÓDOTO:-Historia. Libro III.

[19] PIN YATHAY-L’utopie meurtrière. Un réscapé du génocide cambodgien témoigne. (traducción de la autora).

[20] CADALSO, José-Cartas Marruecas.

[21] SAN AGUSTÍN: Confesiones. Ed. Altaya S. A.-1973. Barcelona.

[22] It es una de las más conocidas novelas de terror de este autor. La traducción de su título al español es Eso, e indica un ser extraño y abominable.

[23] Humanismo y Economicismo: Dos concepciones de la Educación. Diario El País-17-11-81.

[24] KADARÉ, Ismaíl- Diario ABC-13-4-2000

[25] GORZ, André: La banalidad del pleno empleo.-Diario El País-29-5-1983

[26] PORTA, Miguel: Paul Lafargue cabalga de nuevo-Diario El País-16-1-1983

[27] POIROT-DELPECH, Bertrand; comentario del libro Le sanglot de l’homme blanc, de Pascal BRUCKNER-Diario Le Monde-Paris, 27-5-1983.

[28] FRANKE, W. Herbert: Ypsilon Minus.

[29] VOSLENSKY, Michael: La Nomenklatura.

[30] Diario ABC: 30-3-2001

[31] MONCADA, Alberto: La Enseñanza Media en crisis. Diario El País. 9-4-1983

[32] MEC: Hacia la reforma: Documentos de trabajo. MEC Julio 1983

[33] SEGOVIA, José, Director General de Enseñanzas Medias-Diario El  País-10-9-1983

[34] Hacia la Reforma-Documentos de trabajo-MEC-julio de 1983.

[35]  G. JACKSONS: Vigencia del Krausismo-Diario El País-26-2-1984

[36] Hacia la Reforma-Documentos de trabajo-MEC, julio del 83

[37] MASCHINO, Maurice: Vos enfants ne m’intéressent plus. y Voulez-vous vraiement des enfants idiots?-Ed. Hachette- Paris. (traducción de la autora).

[38] KOESTLER, Arthur: Autobiografía, vol. 4-Ed. Alianza/EMECE

[39] A. DANCHIN: Le patrimoine génétique-Diario Le Monde, 23-1-1984 (traducción de la autora).

[40] Ricardo DE BURY (Richard AUNGERVILLE), obispo de Durham y Canciller de Inglaterra-Filobiblion. Trad. del latín por E. Pascual Martín.-Ed. Anaya. 1995. Madrid.

[41] Cuadernos de Pedagogía, nº 299-Feb. 2001

[42] LEVI, Primo: Los hundidos y los salvados.-Personalia. Muchnik Editores.2000.

[43] REVEL, Jean-François: Diario ABC, 24-11-2000 (entrevista sobre su libro La gran mascarada).

[44] ORTEGA Y GASSET, José: La rebelión de las masas.-Ed. Austral. 1997, Madrid.

02/27/18

1976. Se borró a la viuda de Mao tse-tung en la foto del funeral.

Maquillaje de la Historia y desaparición de las no-personas. Orwell siempre premonitorio del universo totalitario, que encarnó  perfectamente, como otros similares, el comunismo chino.

https://www.elrincondecasandra.es/1976-se-borro-la-viuda-mao-foto-del-funeral/

Desaparición política de la imagen de la viuda de Mao Tse-tung en la foto del funeral.

02/22/18

1976-Una cooperante española en China Popular. V-Diario Informaciones.

1976-Una cooperante española en China Popular. V-M. Rosúa- Diario InformacionesApareció en una serie de varios artículos – éste es el quinto- sobre la estancia en China de la autora, M. Rosúa, que residió en ese país en 1973-74, postrimerías de la Revolución Cultural, contratada, cuando habitaba en Bruselas, por el Gobierno chino como profesora de español. Había ido sola, de forma independiente, y allí descubrió la realidad del totalitarismo, al que se ajustaba tan fielmente un libro que leyó a la vuelta, que nunca dejaría de estremecerla y que formó parte del material utilizado en su tesis doctoral: 1984, de George Orwell.

Sesiones de estudio político y doctrina sin discusión. Una cooperante española en China Popular. 1973-74

04/1/17

UTOPÍAS Y CLIENTELAS (Historiadores al rescate)

   UTOPÍAS Y CLIENTELAS

(Historiadores al rescate)

Historiadores al rescateRosúa, M. (2011). Historiadores al rescate. En Hernández Huerta, J. L., Sánchez Blanco, L., Cachazo Vasallo, A., Rebordinos Hernando, F. J. (Eds.), Historia y Utopía. Estudios y reflexiones (pp. 103-123).  Salamanca: Hergar Ediciones Antema. ISBN: 9788493948214.

Se publicó en 2011 en Hernández Huerta, J. L. y otros, Rebordinos Hernando, F.. J. (Eds.), Historia y Utopía. Estudios y Reflexiones (pp. 103-123).  Salamanca: Hergar Ediciones Antema. ISBN: 9788493948214 

2011-M. Rosúa

   Si no fuera por el desastre, educativo y mucho más, que ha marcado las últimas décadas y de no ser por las bajas en forma de generaciones robadas de su herencia cultural, de ignorantes, de dependientes profundos creados a efectos de coreografía y voto, de aspirantes, frustrados, a la independencia laboral y económica, de víctimas físicas y no físicas utilizadas para, subido a ellas, tocar poder, de no ser por esto, cumpliría felicitar a cuantos investigadores se sientan a la mesa de trabajo, cara al futuro, con los materiales del presente y del pasado sobre ella.

Chinos Buenos.Papeles recortados, época maoísta

Chinos Buenos.Papeles recortados, época maoísta

 Porque éste es tiempo de  historiadores, que, como el    biólogo que descubre especies  nuevas, tienen ante sí  fenómenos que no por  formados, como el universo, con  materias antiguas dejan de ser  una excitante novedad. Les  esperan batallas difíciles y  peligrosas dada la trama de  intereses que se nutre del  ocultamiento de los hechos,  pero es lucha necesaria. Los aplazamientos, como el miedo,  se han ido agotando; los  sucedáneos y rodeos tienen  sabor a marchito y a cansino; el  ataque a la prolífica especie  parásita que vive en el  ecosistema de los tópicos ofrece  pocas recompensas y muchos  riesgos. Continue reading