03/11/24

11 M 2024

11 M 2024

La vileza asumida junto con la dualidad tan falsa como impuesta y los cheques de buena conciencia fabricados para la ocasión y repartidos a voleo como los caramelos de una cabalgata son los tres ingredientes de las grandes canalladas populistas, y el 11 M y sus secuelas son un ejemplo de libro. La preparación, utilización y tratamiento posterior, durante décadas, no engañan: Que sirvió para transformar España en un inmenso botín a repartir por parcelas y que pasara, de ser un país respetado y respetable, a u un triste simulacro de nación europea de tercera división, buena para obedecer a los que se hacen valer, para perder en las transacciones y ofrecer cervezas, sol y tapas, está sobrada y aceleradamente probado por la evidencia.

11 M 2024. Está

La vileza asumida empapó a gran parte de la población tras el asesinato masivo de doscientas personas en los trenes de Atocha. Todos y cada uno de los que participaron en el ataque, insultos, acoso y derribo del Presidente y partido legítima y democráticamente elegidos en vez de dirigir sus iras contra los terroristas estaban y están haciendo una canallada, sin parangón en país civilizado alguno, y de una cobardía y vileza que les marca hasta el día de hoy. Poco importa si se trata de un ciudadano o de millones. Millones fueron los que han apoyado y aplaudido en el siglo XX canalladas y genocidios memorables. Una parte sustancial del pueblo español se puso a esa altura, y no ha parado desde entonces de comprar la buena vidilla cotidiana y demostrar, por pasiva, su sumisión ante cualquier riesgo y su negativa a asumirlo, no digamos a enfrentarse, a hacer piña con naciones y estados más dignos y valerosos o a, por lo menos, no ofrecer comprensiva simpatía a la hez del fanatismo  y la violencia con tal de no provocar su enfado.

En tres días, con el cui prodest más espectacular que como ejemplo de aprovechamiento de un crimen masivo y terror generalizado se recuerda, el partido en principio sin posibilidades de victoria electoral, el PSOE, amasó a las masas con grandes cantidades de levadura destinada  a desviar y canalizar la indignación, el desconcierto y el miedo exclusivamente contra el partido que iba a ganar las elecciones, el PP. Tres días después del oportuno terrorismo. A continuación todo ha sido una cuesta abajo, en todos los sentidos, en la cultura general, la imposición y anulación de la Historia, el empobrecimiento de un país que lo fue y que cada vez más es un simulacro de tal, en la sustitución de cualquier pensamiento, valor, empresa de envergadura por un enjambre de parásitos y un vocerío en el que se disputan el espacio mediático la voracidad y la estupidez.

11 M 2024. Y estará.

Quienien esto escribe, y había vivido anteriormente en cinco países y viajado por más de un centenar sola, por primera vez al volver al suyo, España, al que quería, tuvo vergüenza por ser de él, por mostrar su pasaporte de miembro de un club de cobardes que habían optado por apoyar a asesinos. Quien esto escribe recuerda siempre una de las fotos, cuando en Atocha se comenzaron a abrir las puertas de los trenes, y en ella el cadáver, de pie de una mujer, la boca abierta, planchada contra el metal. Ahí está, la imagen oscura, la antítesis de la Puerta de Alcalá, sin  persecución de los criminales, que contaron y llevan contando con el apoyo de esos millones de españoles que han absorbido, gozosos, la mentira flagrante con la que les han venido regando según la cual el mundo se divide en Buenos y Malos, Izquierdas y Derechas, desde el alba de los tiempos. Han tragado, tragan  a espuertas, porque les ha librado de la penosa tarea de pensar y la aún más incómoda de ser incómodamente dignos, y los riega gratis con la ginebra de la victoria del dualismo, los Malos enemigos de su sociedad benéfica de Clientelas de la Utopía subvencionadas.

Quien esto escribe hoy, después de veinte años y con la imagen de aquella mujer en la puerta de los trenes en cuya boca abierta parece concentrarse toda la miseria del 11M, el grito contra los asesinos que no halló eco en la cobardía seguidista del pobre pueblo español, hoy quien esto escribe, que ya no enseñará su pasaporte sin vergüenza, va a adoptar, como quien adopta otro ser, a ese cadáver que ella  ve con toda claridad hasta el día de hoy. y del que, al menos, quiere que su asesinato no prescriba.

11M Madrid. 2004-2024. Está y estará, no tan solo como parece.

M ROSÚA

11 DE MARZO DE 2024

 

 

11/19/23

QUE NO VIVAN LAS CADENAS.

Que no vivan las cadenas.

Visto el largo historial de sumisión letárgica y acomodaticia, se diría que no hay pueblo más gozosos que el español de lamer, y morder, con la esperanza de digerirlas, las cadenas, hoy de palabras, creadas por herreros anónimos pero aceptadas con entusiasmo como parte ineludible del paisaje y fruto autóctono. Al menos los que en 1823 disfrutaron desenganchando los caballos de la carroza en la que llegaba el rey absolutista y tirando ellos mismos al grito de ¡Vivan las cadenas! para demostrar su amor por la tiranía y su odio hacia los liberales no estaban pagados por ello; a diferencia de los que en el siglo XXI aclaman con fervor al cacique que les garantice el pienso económico y social del que disfrutan los Parásitos de la Utopía, nueva, floreciente y postmodernísima especie. En un cómic sin gracia, parodia de la pequeña aldea gala de Uderzo, defiende su buen vivir y derecho a manutención e incienso perpetuos la tribu Progresía e Izquierdas, atrincheradas tras muros de anatemas y excomuniones y un arsenal inagotable de fachas para cuantos no gozan del reparto de la marmita.

La sumisión cotidiana ha rebasado en la España actual los límites de la simple estupidez hasta un grado que, paradójicamente, sirve a sus autores de blindaje por .el desconcierto y parálisis que produce en observadores externos. Son incapaces de reaccionar ante la completa ausencia de adecuación a realidad, moralidad, evidencia y al propio y siempre cambiante discurso del cacique y sus avatares. Poco importa si nombra cónsul a su caballo o a las hormigas. La mansedumbre popular en la aceptación de lo inaceptable impide recurrir a la justificación caritativa de la violenta coacción externa, la gratificación vaga y dudosa no deja siquiera el consuelo de achacar siempre tal epidemia de servidumbre voluntaria al trueque de libertad y dignidad a cambio de recepción de bienes. El fenómeno va mucho más allá: Millones de personas comulgan en el sentido más léxico del término, diariamente, con obleas verbales que determinan, en el mapa cerebral,, la clasificación de seres, hechos, conceptos e imagen de sí mismos, sin que nadie externamente los obligue a ello pero con el acatamiento a una ley preceptiva que para tirios y troyanos es tan obvia, perenne e inmutable como la de la Gravedad.

Lo más fascinantes de esta gigantesca y omnipresente cárcel de significantes y significa dos es la ausencia del referente: No hay sustancia, presencia histórica, manifestación física en lo que tal cadena de sonidos pretende evocar como suyo. La consigna de la tribu es radicalmente falsa. Hay tan sólo la cruda necesidad de accionar un resorte, de asegurarse un efecto, de mantener aceitada la cerradura de la celda verbal sin la que sería imposible la existencia del amo y la del siervo feliz que ni siquiera se plantea la realidad, nada virtual, de su prisión  ni la existencia de espacios fuera de ella. La cárcel es tan indiscutible como un conjuro y lanza su red metálica sobre el mundo real, percibido de forma que nada quede fuera de la clasificación delimitada por sus mallas. La realidad pasada, presente, futura desaparece. Los gentiles, los ajenos a esta secta amorfa e incontable, deberán transitar por un territorio previamente balizado so pena de ostracismo, rechazo y anonimia.

Los eslabones de la cadena verbal son en realidad un puñado, pero quizás y precisamente por eso se han revelado como indispensables y de asombrosa eficacia. Superan a policías políticas y dictaduras al uso, crean reflejos, conceptos, clasificaciones de la realidad e incapacidad de percepción de ésta. En ellos la sociedad nada, como en un gas, y los respira y asimila hasta crear una adicción que, de faltar la droga, produciría angustia, sensación de vacío y desconcierto. El kit básico se reduce a izquierdas, derechas, progresista, conservador, reaccionario, fascista, facha con aditamentos y derivaciones laterales como franquista, burgués, ultraderecha, imperialista, elitista. A esto han venido a unirse las sucesivas olas que, a manera de plaga, se sustentan en la eliminación del individuo y a cuanto a él corresponde. Hay una ofensiva en toda regla de imposición del mínimo común denominador intelectual, ético, profesional, cultural. Al borrar y difuminar al sujeto humano desaparecen la responsabilidad en los propios actos, los derechos y deberes personales e intransferibles, las capacidades y rasgos de cada persona que ya no lo es. Se la ha reducido a parte de un rebaño de víctimas quejosas distribuidas en rediles de raza, religión, tribu y sexo que, naturalmente, piden a gritos pienso, pastor y justificación de la envidia y  del odio a la excelencia.

Por asombroso que parecer pueda, el arma de imposición y su cerrojo ha sido, y es, la media docena de calificativos que en España, y no sólo, mantienen en su vasta prisión a la masa de ciudadanos, nombran y manipulan gobiernos, otorgan y eliminan bienes y haciendas, quitan y ponen leyes y cargos y disponen a su conveniencia de Historia, Enseñanza, medios de comunicación,  libertades individuales y acervo intelectual. Las palabras-consigna adaptadas para uso logístico en nada corresponden a su semántica cronológica y sociológica reales; no pasan de ser, y de utilizarse, como bombas cargadas de miedo, pero a base de un bombardeo que ni siquiera se percibe, semejante al de la lluvia fina. Cuando se empeña en exhumar y combatir dictadores muertos, crear dualidades y enemigos absolutamente ficticios y fabricar clientelas a golpe de exhibición mediática y talonario tal procedimiento no debería resistir el más simple roce con la realidad sin caer en el profundo ridículo. Sin embargo han logrado imponerse y sembrar de minas el mensaje cotidiano, diluir un vaporoso terror light a significarse, al rechazo, a parecer viejo, al gélido soplo de un espacio exterior privado del abrigo de pertenecer a los Progres. Nada de esto es cierto, la ficción Buenos/Malos desde toda la eternidad es un simple chantaje utilitario incrustado como dogma en los resortes de la profunda estupidez en la que se apoya su uso.

Desde luego hay un qui prodest que ha permitido y permite vivir del manejo de las llaves de esta curiosa dictadura a masas considerables de parásitos víctimas post mortem de dictadores que nunca combatieron. El manejo de las consignas-tatuaje ha otorgado gratis total el lujo de la relevancia social y de la buena conciencia a cuantos sabían, y podían perfectamente saber, el infierno y saldo de víctimas de sistemas totalitarios, véase el eufemismo de las dictaduras socialistas, del comunismo en todas sus variantes y de la maravillosa élite intelectual que permite proclamarse de izquierdas copa en mano, a costa de la piel ajena y gracias a la curiosa ceguera cognitiva, las nulas decencia y empatía y el exquisito distanciamiento respecto a la triste y cruda realidad, bien existente y documentada mucho antes de que se cayera el Muro de Berlín.

 

Revolución Cultural China: Felicidad, abundancia y rojo sol revolucionario total. El Bien en estado puro. Progresismo.

Es posible que la eficacia de la cárcel verbal se explique, sin ser causa exclusiva, por la notoria cobardía -mientras no se demuestre lo contrario-  del pueblo español, que vive, en este sentido, de las rentas de un pasado glorioso y no en vano ostenta en 2023 como mascarón de proa presidencial una figura lamentable de cacique sin  más atributos que la alforja de las coimas y la tropa de parásitos del reparto. Es, como dechado de lo más bajo del fondo, perfecta ilustración del pedestal del mínimo común denominador intelectual, ético y profesional en el que el patético aspirante a algún trono se alza. Los conjuros clave adquieren en este caso cierta utilidad a contrario: Bastaría al pueblo llano, no ya abstenerse de votar, sino rechazar, por risible y repulsiva, cualquier utilización sociopolítica que se identifique como progresista, de izquierdas, y salpique su discurso al referirse a posibles adversarios de fascistas, franquistas, derechistas, fachas, conservadores, ultraderechistas y reaccionarios. Talvez la cárcel no se abra pero al menos algo de aire circularía por ella.

Revolución Cultural China: Felicidad, abundancia y rojo sol revolucionario total. El Bien en estado puro. Progresismo.

 

Revolución Cultural China: Pobre, harapiento, viejo, cansado. Negrura, Tristeza. Sombra. Mal, fatal, antes del Progresismo.

Nada en tal dualidad izquierdas/derechas fue ni es cierto. Era fácil, siempre lo fue, considerarse sin mayor esfuerzo miembro del grupo de Los Buenos, salvador honorario de los (¡cómo se llena la boca al decirlo e incluso al pensarlo!) Desfavorecidos en su eterna lucha contra los Poderosos (aquí el bocado de pastel desborda y pasa de la nata al orgasmo). No ha existido jamás excepto en sociología e historia en una terminología aplicada a momentos, épocas y situaciones concretas por razones de taxonomía y simplificación pedagógica, una dualidad Izquierdas/Derechas que, aunque bastante reciente, se diría eterna y existente desde el alborear de los tiempos. Es una peligrosa y devastadora ficción que ha arrasado con la muy insobornable percepción moral del Bien y del Mal, un tsunami que ha cubierto de lodo el valor de los hechos concretos de individuos concretos y el individuo por sí mismo como centro de ética, libertad, responsabilidad y juicio. Era tan cómodo abrigarse en el lenguaje dual, tanto más si se conseguía, gracias a la artillería verbal multiplicada por los medios, sonrisas, puestos en primera fila, sueldos y estética de yo. Con lo cual se ha instalado, casi insensiblemente y de forma, en cualquier caso silenciada y preceptiva, una especie de universo paralelo, un marco invisible de actos, expresiones y pensamientos en el que el individuo responsable y sin la menor afición a engrosar el club de víctimas de los Malos, Poderosos, Derechosos lo mejor que puede hacer es disimular su existencia y hacer con regularidad profesión pública, y monetaria, de apoyo a la, ésa sí muy real, clase de los Parásitos firmemente asentados sobre el podio de la ficción benéfica.´ La cual se identifica, agotada la ubre Comunismo y en vías de jibarización Socialismo, indefectiblemente con Progreso. En la nueva Diosa Razón todo cabe y no hay parásito siglo XXI que no avente incienso en sus altares, sin el menor reparo respecto a lógica, pertinencia, conveniencia o simples veracidad pura y dura.

El experimento dual a gran escala, olvidado aunque continúa en países, sectores y aspirantes a totalitarios (muchos más de los que se cree) ocurrió durante la Revolución Cultural China, hoy chapada con mercancías, ejército y vigilancia electrónica, e inconscientemente imitada por cuantos predican en Occidente la abolición del individuo como centro de Derechos y Libertades para desplazar así el sujeto a la tribu, la aldea, la religión y el sexo. En tiempos de la Revolución Cultural China progresista era renegar del conocimiento, la Cultura, el Arte. Eran revolucionarios cuantos destrozaban estatuas, humillaban profesores, quemaban libros, degradaban jueces y leyes. En su juvenil y progresista ardor, los guardias rojos propusieron cambiar las luces de los semáforos porque era inadmisible que el color rojo, revolucionario donde los haya, significara detenerse. La moción, finalmente, no prosperó, pero muchos años después, en la otra esquina del mundo, la España del Progresismo, sin el cual no hay salvación, ha impuesto, amén de falditas y parejas en los en semáforos, lenguaje, normas y leyes de una estulticia a cual más sorprendente, sólo justificadas por la imperiosa necesidad de alimentar la dualidad ficticia del nuevo Dios Progreso como supremo bien, puesto que da de comer a un magma de adoradores. Y si el Dios Progreso se rindiera a la extenuación ahí están el Dios Futuro, el Dios Agenda Milenaria, Planetaria, Climática y cuanto Olimpo y divinidades se precisen para colocar a la voraz parroquia y sustraer dinero, libertad y recursos.

Para ejemplo de Progresismo concentrado en una más reducida probeta ninguno puede probablemente compararse al llevado a cabo por los Jemeres Rojos en la Camboya de los años setenta del siglo pasado, con el indudable éxito de acabar con un tercio de la población del país. Una de sus revolucionarias iniciativas fue eliminar a quienes llevaran gafas, signo de intelectualismo burgués. Tal vez todavía los turistas que visiten los magníficos templos de Ankor Wat puedan disfrutar además del pequeño museo local que muestra pilas de cráneos de camboyanos que hablan largamente del discreto encanto de las utopías por control remoto.

 

Revolución Cultural China: Pobre, harapiento, viejo, cansado. Negrura, Tristeza. Sombra. Mal, fatal, antes del Progresismo.

El misterioso sortilegio que mantiene encadenada a la población española en una voluntaria y tan eficaz como ficticia Guerra Civil Verbal tiene barrotes de muy útil segundo uso: No ya sólo el emperador sino su ejército y tropa van desnudos, y cada epíteto que utilizan como munición está hueco y sirve, cual marca luminosa, para saber que nunca hay que apoyar, creer ni votar al que los emplea, véase progresista, derechas, izquierdas, ultraderechista, facha, conservador, reaccionario. La menor exigencia de propiedad lingüística en el contenido de tales expresiones dejaría al emperador y extensa corte tiritando con probable riesgo de exterminio por pulmonía, tan largo es el tiempo que llevan viviendo confortablemente abrigados por utopías subvencionadas, lanzadas a moros-dictadores muertos, pieles de desdichadas poblaciones víctimas de lejanas y muy reales dictadoras, heroísmo de salón y quema de la Historia en la que ni figuran ni nunca figurarán ellos por sus méritos. El castillo de naipes, el chantaje verbal no tiene la menor consistencia. Un soplo de realidad, e improbable valor, bastarían.

Rosúa

07/30/23

ESPAÑA, BÚSQUESE UN BUEN AMO.

BÚSQUESE UN BUEN AMO

Búsquese un buen amo, aconsejaba Pío Baroja a la protagonista femenina de una de sus novelas. Porque, en efecto, idealismos y romanticismos aparte, cuando no se sabe vivir sin sopa, cuchara y combustible a cargo de una mano más fuerte en quien delegar la incómoda responsabilidad personal ésta es la mejor y única solución. Tiempo ha, hace mucho aunque fuese hermoso engañarse, que el país en el que actualmente se escriben estas líneas ni vale como tal ni merece serlo. Está encantado de residir en la cárcel de dos títulos, positivo y negativo, Buenos/Malos, tan falsos y ficticios como utilitarios, que le liberan de la penosa tarea de pensar, de juzgarse a sí mismo y a cada individuo exclusivamente por sus propios actos y de pagar cada cual por sus errores, miserias y estupidez notoria y profunda, España, por decir algo porque ni nombre ni lengua tiene, sólo posee una muy justificada vergüenza de sí.

Las soluciones son claras y muy pocas: Ábrase la cárcel de la falsa pertenencia al club dual Buenos/Malos póstumo, parásito e impostado y al mundo de Yupi a costa ajena (siempre es ajena), sométanse a general acuerdo los nuevos nombre de territorio, gentilicios y bandera, y, a continuación espérese de la benignidad y cálculo de intereses de algún país real la adopción de España como colonia, provincia, protectorado o similares. La adoptada siempre saldrá ganando porque ha quedado demostrado hasta la saciedad que ésta es su mejor opción y ella no vale para otra cosa excepto para contentar, como el campesino olfateador de la novela de Delibes, al  amo que garantice la pitanza.

Con no poca sino muchísima suerte, tal vez podrá convencer a Gran Bretaña de que amplíe hasta el Cantábrico su frontera de Gibraltar, con lo que es muy posible que se garantice un idioma común en Administración y Enseñanza y que, de haber atentados terroristas, el por imitación e imposición, que no por su valor, pueblo español denuncie a los asesinos y no a su Gobierno democrático. Es ciertamente dudoso que Gran Bretaña acceda. Sus problemas actuales con el Bréxit son coyunturales y anecdóticos puesto que en nada rozan su dignidad de conciencia de país, de sus instituciones y de sus derechos individuales como ciudadanos. La España aspirante a la adopción no lo tendrá fácil. Mucho tendrá que explicar y ocultar de su reciente historia para que los ingleses imaginen algo como que una panda de asesinos de más de ochocientas personas y sus representantes se hayan sentado en el Parlamento madrileño. Demasiado insólito para gentes con adecuado coeficiente de dignidad ciudadana. Por fortuna se podrán hacer valer el clima, la oferta vacacional, el número de cervecerías y la densidad de camareros. No mucho más.

La elección popular de bandera y signos puede añadir al lote de oferta el simpático toque de país folklórico. Se votará, por una vez, rigurosamente por individuos, no por grupos, etnias, tribus, clases ni sexos, con lo cual la enseña ex nacional española, para distracción y regocijo de las naciones reales europeas, podrá ser, por ejemplo, de lunares bordeada de faralaes y los himnos un rap cacofónico de sonidos, carraspeos, pedorretas, dialectos y acentos con acompañamiento de castañuelas, silbos gomeros y gaitas.

El Big Ben

 

La adopción por el buen amo tiene la ventaja de que sirve de preámbulo y entrenamiento para la cadena de servidumbres que amaga, de menor a mayor, en un probablemente inevitable horizonte: Los españoles se irán haciendo primero a que cuando los visiten sean tratados con el mayor desprecio por amos fácticos internos, catalanes y vascos, que les arrojarán las propinas al suelo y exigirán se les trate según su señorío foral, racial y económico. Seguirá el Club de Amos Representantes del Planeta y el Tercer Milenio, y Fresquito Igualitario, cuya policía verde patrullará las calles con acceso a los domicilios, despensas, librerías, cocinas y camas. Todo lo anterior no será sino el preludio de unos amos benévolos en comparación con los Grande Buenos Amos. China y Rusia junto con su corte de rendido vasallaje oriental y occidental, que eliminarán, con el urbi et orbi on line, cualquier asomo de libertad y criterio personal.

Por lo pronto, en España subasta del país, cambio de bandera y búsqueda de un buen amo es la única solución. No hay otras.

Rosúa

Madrid, 30 de julio de 2023

 

07/22/23

LOS TRES R. I. P. 23 de julio de 2023

 LOS TRES R. I. P.

(Qué estúpida inocencia la de quien escribió esto, la autora de estas páginas que fueron el prólogo de la más mísera degeneración y regresión de su país. Sustitúyase inocencia por estupidez cuantas veces se desee. Nunca serán bastantes).

Hay tres finales que cumple celebrar este 20 de julio de 2023, vísperas en España de elecciones generales:

-Es el final de la era del  desplazamiento del discurso político del cerebro a las nalgas. Esto ha ocurrido, y es visual y empíricamente comprobable, en un fenómeno que, aunque vergonzoso, por su persistencia no deja de tener originalidad, durante los años presididos por un Gobierno español al que el pie no le calza ya en el estribo por la acumulación de estiércol. Basta con observar el abrumador porcentaje de su temática legal, oratoria y mediática sobre la penetración, descripción y uso de, como dirían los clásicos chinos en el empleo de los perfumes, los cinco orificios. La pedagogía, modo de empleo e imposición y promoción continuas de la Constitución Genital han desplazado y empujado, hacia debajo de la cintura y adláteres la atención, trabajo y tiempo oficiales que deberían haberse empleado en tareas de adecuado nivel. Los escritos, proclamas, análisis de los asuntos públicos, normativa, mensajes sonoros o visuales y estudio de los problemas nacionales e internacionales han sido reemplazados por la adhesión compulsiva a la difusión del rito de los glúteos multiformes, variables e intercambiables y los autos de fe para críticos y tibios.

-Es el final de un clímax de estupidez rara o jamás alcanzado, ciertamente no en la esfera civilizada actual, que ha reemplazado por su insólita, general y silenciosamente asumida aceptación, a un peculiar tipo del orgasmo: El de la envidia y mediocridad soterradas respecto a la evidencia de que hay verdaderos países con verdaderos ciudadanos que jamás tolerarían tal ridículo. Es posible que, llegada a ciertos límites, la acumulación, magnitud e intensidad de la estulticia pueda provocar, ,al ser reiterada, un nivel crítico explosivo y expansivo que afecta a la mayor parte de la población española y la hace insensible a que no se emplee su lengua, se dictamine a gusto del dictador-cacique cuál es su Historia y qué debe o no amar, comer, recordar, saber, decir u odiar. Los niveles de irracionalidad, recurso al absurdo, negación de la evidencia y completo e impune desguace del país y sus recursos junto con la lluvia incesante de disposiciones entre el delirio, la insania y el ridículo, no admiten una única explicación. Se trata de un proceso de bases más antiguas y en él se ha insertado en la conciencia colectiva un implante Buenos/Malos con una guerra permanente del Bien y el Mal absolutamente falso en fondo y forma, martilleado desde hace varias décadas verbal, mediática y económicamente, y  reforzado por la obligación ciudadana de apoyar vilezas de gran calado.

-Es el final del último cacique. Hay el sabor inconfundible de esos días en que termina algo, en que se abren los ojos tras un muy largo, mal sueño, erizado de extrañas imposturas tan abundantes que han cubierto la llanura de la realidad hasta alcanzar el horizonte. Nada de cuanto  se ha venido afirmando con la violencia de un martillo pintado con palomas y caramelos, con un País de Oz donde la felicidad se repartiría diariamente con cucharones enormes a filas de ciudadanos con bocas siempre abiertas, nada de esto es real. Los largos años de ficción en los que bastaba con proclamar como mérito no haberlo jamás tenido, condecorarse en batallas nunca presentadas, proyectar en dioses inalcanzables situados en el espacio milenario el derecho a reinar, pastorear y repartirse  este mundo, todo aquello se desmenuza lenta, seguramente. Las bases de un edificio de tierra que el agua de la realidad, largo tiempo retenida, ha anegado al hallar al fin su cauce son por momentos dispersión y múltiples naufragios de cuantos han vivido de cosechas de raqueros.

En España no sólo cambia un régimen político. Simplemente se desvanece una ficción, se detiene la música de un largo baile de esqueletos que permitía la existencia gratuita y confortable de los creadores infatigables de batallas que precisaban que fueran eternas, homéricas, contra un mal que alimentaba la orquesta y empapaba la vastedad del territorio con el reparto de las únicas verdad y bondad creíbles, en las que, sin mayor esfuerzo, tumbarse y justificar, de forma directa o vicaria, las propias subsistencia y existencia. Cesa finalmente la música y caen, como los granos de arena, al suelo los huesos de los esqueletos, a los que sólo mantenía la imperiosa necesidad de recrear, afirmar y nutrir la gran ficción  que se creía y quería perdurable, alimentada por los nutridos con la vileza asumida, el mito fundacional que regalaba  generosas raciones de nobleza junto con el terror a la expulsión del grupo oficial de los bienaventurados.

 

 

Goya. Perro amedrentado.

Todo desaparece y se diluye en este año de 2023 en el que, afortunadamente, por la lógica, y no por el mérito cívico de la rebelión moral de los ciudadanos que sólo se yerguen perezosamente frotándose los ojos, del final de las pesadillas, llega la visión del raspado fondo del recipiente donde los que fueron habitantes de las torres altas del castillo de arena bracean ahora entre los restos de estancias, fragmentos de relatos  falsos, compulsivos, que escribieron con rango de leyes en la playa y que destruye una y otra vez la marea inapelable de la historia y la verdad.

Se acabó el miedo, el pastoso maquillaje que cubría con amenazas, mordazas  y violencia, con la horrible sonrisa del pequeño aspirante a totalitario, con esa estupidez obligatoria, decretada, el natural ritmo de los días, el precio de las pequeñas, felicidades. En el fondo del cubo y del hoyo en la arena se agitan, minúsculos, vacíos de sustancia, los que elevaron muros y cerraban el paso a la inteligencia, el coraje y la libertad.

Rosúa

06/18/23

Solsticio de verano de 2023.

Solsticio de verano de 2023

Eran los bordes del solsticio de verano de 2023, un año, unos años en el que las inquietudes, los turbios acontecimientos y perspectivas parecían reflejarse en el cielo y que, a la inversa, en el cielo se enfrentaban, como los dioses mitológicos, fuerzas opuestas, sin suaves transiciones, conquistando, perdiendo y reconquistando cada cual sus territorios . Lanzaban quizás mensajes a los cuerpos de los humanos, blandos, perecederos y sumisos que se traducían en tensión, desazón, dolores, desconcierto. Pero los seres de abajo, frágiles como las hojas, no comprendían su lenguaje, buscaban respuestas en el pasado y en el futuro. Nunca en el presente y en sí mismos. Eran los bordes de la mala época, de los límites de huidas imprecisas y exhibición de falsos culpables, incluidos los seres inanimados, las lluvias, los rayos y las piedras Los hombres añoraban los sacrificios, los ofrecían incluso, con pertinaz, lenta y disimulada eficacia, haciendo penosa, ardua y desagradable la vida de los menos fuertes. Y todo era igual y nada era lo mismo.

En el borde mismo del solsticio Una nube brotada del cielo azul se rompió en miles de cristales, con el estruendo de un tambor de guerra, y cubrió con su nieve endurecida en las alturas el suelo, los aleros y las terrazas de las casas. Anteriormente aquel ejército, antes manso, algodonoso, se había alzado en sólidas columnas verticales, prolongado su cuerpo central con una banda semejante a una enorme estrella fugaz, cambiado su ruta acostumbrada, que ya no era de oeste a este sino a la inversa o hacia el norte desde el sur. Con una extraña e inquietante sonrisa a veces el cielo lucía, muy lejos del Sol y sin curvatura, un retazo de arco iris, otras se negaba una y otra vez a la limpidez propia de la época, tronaba como Júpiter en el horizonte augurando males imprecisos, exhibía calores cortados de repente por soplos de un aire otoñal.

 

 

Los augures hubieran sido felices de hacer coincidir los signos celestes con la caída del que se quiso, en un lugar llamado España, César del siglo XXI sin pasar de un gran remedo de cartón piedra empapado del combustible de la propia vanidad propio para atraer los rayos.

Eran días, meses, años irregulares, extraños. Algo había retrocedido al tiempo que se daban enormes saltos hacia el futuro y los antes astrólogos llegaban realmente a los planetas. Llanuras invisibles se iban llenando de corazones que no soportaron el ritmo de la carrera ni su propia exclusión. Alguien se levantó de la cama, en el pequeño planeta Tierra, desalojado de su sueño bajo la ligera sábana por un soplo de aire frío tan inesperado en el cálido comienzo del verano como el aleteo insistente de una golondrina en plena mitad de la noche. Fuera, de repente, una gran lluvia. El verano ha desaparecido, como el recio y crudo invierno, al que un pertinaz cielo arenoso mantenía secuestrado en una de las muchas cuevas dejadas vacantes por la retirada de los Inmortales

 

 

Desciende de las nubes que ahora se abren en abanico, en surtidor, la incertidumbre reflejo de la que corre por el suelo en pequeñas corrientes sin fundirse en caudal alguno. Y pasan, recortados por un lienzo bajo de blanco-gris, pájaros color tinta a razón de un cuadro por segundo.

Rosúa

06/7/23

11 de Marzo 2004-11 de marzo de 2023: Un éxito a largo plazo.

11 de Marzo de 2004-11 de marzo de 2023: Un éxito a largo plazo.

¿Quién puede decir, viendo la situación del país veinte años después, que el atentado en Madrid con bombas en los trenes el 11 de marzo de 2004 no ha tenido pleno éxito? En primer lugar para ETA,  que ha visto prácticamente borrados y exculpados sus centenares de asesinatos en plena democracia, que ha logrado el pequeño reino feudal cuajado de prebendas, regalías y súbditos amalgamados por la complicidad en los crímenes de la vileza vitoreada y asumida y disfruta, a costa del Estado Español, de la seguridad de un envidiable porvenir en puestos oficiales.. En segundo lugar para la larga, inacabada y sin duda inacabable lista de beneficiarios de contratos, ventas, cesiones, acuerdos, leyes, cargos y repartos de un país fallido, de los cuales sólo cabe esperar avidez y no lealtad ni competencia. En tercero la masa parásita local que precisaba imponer una ficción dual Buenos/Malos y lo logró con el monopolio de propaganda, anulación de la igualdad ciudadana y la imposición de leyes sobre el aprendizaje, la Historia, el pensamiento, la expresión, la lengua y la memoria. El atentado del 11 de Marzo de 2004 ha tenido, sin duda, un gran éxito. Las bombas en los trenes de la estación de Atocha han sido una inversión a largo plazo extremadamente rentable. Sin ella, y sin el volumen, cronología, metodología, gestión y utilización mediática del acto terrorista no se hubiera logrado casi en horas veinticuatro la apropiación del poder, el erario público, la legislación, la Educación, la Cultura y la regresión en fin, como tal, del país entero, hundido en la autocensura y presto a asumir la desaparición de libertad, derechos individuales y principios básicos constitucionales.

El pistoletazo de salida se dio inmediatamente después del 11 M, cuando la ciudadanía se vio empujada-pero no por ello irresponsable-a llamar asesinos, no a los autores de la matanza, sino al Presidente y partido elegidos democráticamente y a revertir su presumible reelección, en beneficio de los organizadores de la agitación. No hay precedente en país alguno de Europa, y otros, de que, tras un atentado terrorista, el pueblo haya culpado y atacado a su Gobierno legal. Esos 5, 6 y 7 de marzo de 2004 la población española se empapó del peligroso, por cuanto deja al receptor moralmente indefenso, licor de la vileza asumida. A partir de ahí el tejido de tribus sociales y locales, víctimas retrospectivas y defensores de la mediocridad irremediable ha ido deglutiendo cuanto de valioso el país podía, y debía tener. El botín ha sido múltiple: No hay corrupción, robo, fraude ni cohecho comparables al beneficio neto de la apropiación legal, blincada, ilimitada, indefinida de un país entero; de presupuesto, ingresos, nombramientos, leyes, prohibiciones, imposiciones, Educación, Cultura, modificación ad hóminen y ad líbitum de presente, pasado y futuro para convertirlos en sembrados y cosechas del grupo parásito, aupado en una masa convenientemente manipulada y enfervorecida con la levadura del miedo y el ansia de lapidar sin riesgo. En realidad, sin expresarlo ni expresárselo,  el nada valiente pueblo español estaba rindiéndose a los asesinos, ofreciéndoles las cabezas de sus gobernantes legales a los que había elegido en libertad y democracia, como haría a continuación, continuamente, en los años que siguieron, con los asesinos de ETA, su espesa maraña de cómplices y con cuantos mostrasen presión, amenaza, insulto y violencia contra el Estado y la Constitución legítimos. En un proceso en acelerado crecimiento durante los veinte años siguientes, aquellos días de marzo de 2004 sembraron un bien repartido botín de silencio originado en la inevitable y profunda conciencia de rendición y colaboración en la indignidad y aseguraron, con un martilleo que no cesaría ya jamás, la creencia en la falsa dualidad Buenos/Malos, Progresistas/Reaccionarios, Derechas/Izquierdas, grabada en el imaginario colectivo con la ansiedad  irracional del refugio identitario en la secta.

ETA ha salido probablemente ganador en el ranking de reparto de dividendos, con una situación estable que, aunque sea a largo plazo, sobrepasa quizás sus mejores esperanzas. Desde luego se le deben favores. Durante unas horas, dado su historial, fue presumible culpable, rápidamente exonerado luego en pro de islamistas oportunamente suicidados o diluidos en vagos espacios geográficos, sin que jamás salieran a la luz los autores intelectuales de un atentado de tal envergadura.

 

11 de Marzo 2004-11 de marzo 2023

 

 

La finalidad del terrorismo es el terror, lograr popularidad nominal infundiéndolo,  proclamar como victoria de un grupo concreto la carnicería cometida. En este sentido, es llamativa la ejemplar discreción de los supuestos dirigentes islámicos ideólogos de la matanza del 11 M. Los medios  no se vieron inundados de comunicados, vídeos, proclamas y exaltaciones reclamando su autoría. Se diría que éstos observaron con desdén lo ocurrido, que no les  interesó reivindicarlo y que, si había habido participación de alguna mano de obra musulmana, desdeñaron el detalle y se desentendieron de la paternidad del hecho, lo cual obviamente contradice la la lógica de versión oficial española de la autoría intelectual de un atentado de tal magnitud. Las pocas horas de hipótesis de culpabilidad de ETA fueron extremadamente útiles para acusar de mentiroso y manipulador al entonces Presidente del Partido en el Gobierno y así organizar rápidamente la campaña que permitió a sus adversarios, no ya ganar aquellas elecciones, sino ir fagocitando las estructuras esenciales del país entero sin que un público que había colaborado en la vileza de aquellos días de marzo y una oposición inerme e intimidada se atreviese a alzar la voz.

Quedan, siempre quedan, algunas voces, los hechos y el epílogo del panorama actual, veinte años después.

Rosúa

05/13/23

El terror de las hojas escritas.

EL TERROR DE LAS HOJAS ESCRITAS.

 

No es el pánico ante  la hoja  en blanco al que el escritor se enfrenta sino algo mucho peor que el de la angustia ante la pertinaz sequedad de las ideas y el desierto de la impoluta superficie del folio. Hay un terror infinitamente superior cuando el volumen de las hojas, en todo tipo, soporte y formato, nacidas prácticamente con ese ser humano, marcado para que en todo momento se tradujera su vida en palabras, rodean los últimos años de la que escribe, claman por la existencia, aúllan en cada rincón, esquina de la mesa, estante de la habitación. La condena de sentir la belleza, de percibir de cierta forma, de caminar hundiéndose cada vez en una profundidad no deseada, de observar el desarrollo y final ineluctables de lo que en la superficie es aún sólo tiempo presente es un exigente tirano contra el que no hay rebelión porque el hogar de las palabras, pensadas, escritas, pronunciadas en silencio, nítidas y cortantes como un cristal, son el único hogar que se conoce.

Ahí están. La huida es imposible. Son las pilas de cuadernos, las páginas cubiertas de trazos desde la infancia, la querencia tan celosa del extraño don de la escritura que cuando enviaba cartas pedía al receptor que luego se las devolviera. No ha habido un recodo ni en el espacio ni en el tiempo que las palabras, las hojas escritas, no hayan cubierto. Se han depositado, vivas, agitadas, nunca realmente olvidadas como debieran, en estratos de épocas y años que forman una exigente geología. Porque saben que se acaba el tiempo y la nada va ab riendo ya su boca para transformarlas en silencio. Ese silencio en que solamente sobrenadan, por un tiempo muy breve, libros y artículos apenas conocidos.

Porque las palabras escritas son, fueron, siempre han sido su único yo, desde la más temprana memoria y hasta hoy que navegan por las singladuras más desconocidas porque acechan los monstruos que devoran la memoria, que se sientan a aguardar que flaqueen los latidos del corazón para devorarlo en pedazos.

Quieren vivir. Las hojas escritas, el pavor de la página en blanco y negro, no se resignan a a la inexistencia, a la destrucción y el polvo del olvido. Reclaman, gritan, llenan el exiguo espacio de de la vivienda, resucitan de cajas donde dormían, no admiten nuevos aderezos, podas, amputaciones. Cada una, en su forma, en el engarce de su sintaxis, en su significado, es inamovible, se cree eterna, nació porque era la sustancia esencial de un ser humano, y sin embargo grita porque rechaza la cruda verdad de que nada humano mantiene su existencia.

Páginas, líneas, párrafos, palabras. Cada una en su imagen, en su sonido, en los huesos de letras que la forman es la rúbrica y firma de haber sido, son la llave de algo inalcanzable, apenas esbozado, que era sin embargo lo que valía más la pena. Ellas olfatean cuántos granos le quedan aún al tiempo, afilan como dientes los borden de sus hojas, la espiral de cuadernos de los viajes, los frágiles soportes posteriores de la era de metal sin permanencia.

Rechazan el sonido del barco que comienza lentamente sus maniobras de partida. Es un proceso minucioso, metódico, escalonado, las pasarelas comienzan a alzarse, suenan algunas sirenas, otros esperan turno, piden paso. El muelle de la vida, con cuanto ésta contenía, no se borra de súbito, se aleja por sectores, se difumina en niebla como la vista, disuelve la agudeza de sonidos, aleja del alcance los objetos, los seres, las pasiones, la ilusión, la alegría, la pena que se van alejando centímetro a centímetro como el muelle. El soplo de la orden de partida impulsa por instinto a alzar la vista a la inmensidad fiel, segura, del cielo, a recostarla en el lecho ilimitado, familiar, perenne, del ancho mar. Pero las hojas no quieren descanso, ocultan tanto la costa como el horizonte.

Ellas están ahí, a pesar de todo su densidad no admite que vaya retirándose la escala y la masa de folios se convierta en pura inexistencia. Las palabras escritas cada día de los miles de días se levantan en un muro que contenga el avance de las aguas oscuras y sin forma, Queda la última soga para el desamarre, el mensaje del práctico del puerto para que el barco zarpe ha sido dado, pero va sin prisas. Las singladuras mientras reclaman sus derechos, encerradas en cuencos de palabras que sueñan con flotar eternamente, vivir pese al naufragio, sobrenadar disolución y átomos, escapar en la onda que es el tiempo.

 

 

03/5/23

Una pequeña historia de un gran horror.

Una pequeña historia de un gran horror.

 

La chinita -inventemos un nombre, Li, en esta historia real acaecida en febrero de 2023 en unos grandes almacenes- atiende a la clientela, numerosa, de su país de origen en su lengua, y a los demás en español perfecto. Es menuda, eficaz, sencilla y amable. Mientras espero que termine con viajeras que parecen dispuestas a llevarse al Celeste Imperio buena parte de la cosecha de las rebajas, le digo algunas de las poquísimas frases en chino que conozco y se establece un delgado puente de curiosidad y leve simpatía.

Li es muy joven, no lleva maquillaje. El pelo peinado hacia atrás en coleta, dejando libre y pulido, como un talla marfileña, el óvalo de la cara animado por la negrura vivaz de los ojos; unos ojos sin miedo, sin ese movimiento sesgado típico de los sistemas totalitarios que vigila instintivamente un posible espionaje. Li está contenta y tranquila, le gusta hablar, no esperaba que una española conociera China y menos aún la China de otras décadas, no tantas, de la que su familia procede.

El barullo de gente  se presta a las confidencias, como el ruido de un mar que las sitúa a ambas en el anonimato de su oleaje.

-Mi familia vino de un pueblo pequeño del sur.

-Conozco la China que tú, afortunadamente, no has conocido. La de hace muchos años. Viví entonces allí. He viajado después algunas veces luego.

-Entonces era horrible. La hambruna…Mi familia…mis padres.

El Sol también tiene una cara oculta.

No fueron víctimas de una catástrofe natural, de fatales e involuntarios errores ni de una guerra. Lo fueron de las inapelables medidas del Partido dirigido por un Líder deificado: Mao Tse-tung.

Li habla sin miedo ni reparos, como se narra una pesadilla ajena. Quien vive la pesadilla es su interlocutora. La muchachita china continúa tranquilamente, y el espanto que relata, y que resbala por su rostro como agua por una piedra pulida, en ella, afortunadamente, no deja trazos, viene a hundirse en las cicatrices de la que la escucha y ha escrito sobre ello, la que, sin quererlo, se ha pasado la vida escribiendo sobre ello. Porque hay certidumbres que cuando se ven y se saben entran en la propia existencia y no salen jamás de ella.

Pero Li es feliz, se nota, están a salvo ella y su familia. Por eso puede zambullirse en la peor pesadilla, la que vivieron sus padres, sus abuelos.

-La hambruna. Cuando se intercambiaban los bebés para no comerse cada familia el propio. En el pueblo de mis padres. Muy horrible.

– Lo sé. En esa hambruna hubo al menos treinta millones de muertos.

-Más.

-Sí. Hubo otras, y murieron más millones.

-Es que, ¿sabes?, en China no se puede saber todo eso. No se dice, no está en la Educación, ni en los libros. Aquí, en España, es posible leer todo. Allí no.

La imagen del cuadro de Goya “Saturno devorando a sus hijos”· salta recurrente al cerebro de la que escucha a Li y compensa el espanto con la alegría de ver a esta muchachita china sana, contenta, con toda la vida por delante.

-Mi padre se vino primero, sabía un oficio. Luego mi madre, con la reagrupación familiar Tuvieron más hijos. Antes en China no se podía. Ahora tengo hermanos.

Quedamos en charlar otro día. Vienen clientes que piden colores y tallas.

Recorro hasta los lavabos y la salida la planta de los almacenes en un estado de nubosa ausencia, separada de los otros por algo más lejano que años luz, porque vuelvo del fondo del más negro de los mares, de lo que es aún hoy presente y no recuerdo. Aquí, en Europa, España 2023, aún se alaba al comunismo, aún se transita por una cárcel mental absolutamente impostada, y ficticia de Buenos y Malos, en la que viven cómodamente los parásitos de la más falsa y letal de las dualidades que les otorga carnet social de buenos. Y nada importa, nada le importa a nadie el inmenso saldo de millones de muertos, el peso abrumador de la evidencia, mientras ellos borran frenéticamente la Historia y se pavonean en galas, pantallas, columnas de periódicos.

En los escenarios, en los platós de tv y en los variados espectáculos podrían recitar a Hamlet, utilizando para ello uno de los millares de cráneos que se apilan en Camboya en recuerdo del genocidio comunista de buena parte de la población. Tendrían material donde escoger, todas las edades y tamaños, con la deseada igualdad de género que otorga la muerte. A éstos no pedirán sacarlos de la fosa los especialistas en vencer enemigos muertos.

Recuerdo, sé, recuerdo, consulté, vi, he sabido. Cada uno de los recolectores del peor árbol, el de la completa irresponsabilidad individual en los propios actos, cada uno de los que se nutren y han nutrido de la cosecha de las nueces totalitarias es responsable de haber ignorado esos muertos, esa destrucción de la libertad y de las almas, ese fango de grisura y esa gente devorando los hijos de otros en las hambrunas. Los cosecheros siguen en su afán, y no los ve nadie. La chinita es feliz, bendito sea. Ella sí.. Lo que dice sé que es verdad; he visto la cara del horror.

Saturno devorando a sus hijos.

Francisco de Goya.

Y atravieso los grandes almacenes, los modelos de ropa innumerables, las variadísimas comidas, salgo al amplio cielo exterior. Sin embargo Saturno por todas partes sigue devorando a sus hijos.

Pero….

Individuo versus tanque: Pekín, 1989. Cualquiera. Siempre.

Rosúa

11/30/22

El Castillo de la Bella Durmiente.

El Castillo  de la Bella Durmiente.

Las plantas habían crecido y casi ocultado la vajilla, para gran alegría de los ecologistas, las nubes permanecían estáticas en un eterno abril, las corrientes de aire habían dejado suspendidas, a medio camino entre techo y suelo, las vaporosas cortinas. En el palacio reinaba la mudez y los pajarillos, sorprendidos por el conjuro en su vuelo, habían caído sobre mesas y pavimento, sobre los que reposaban en suspendida animación. Aguzando el oído, podía percibirse el leve latido de los corazones, desde el rumor mínimo del palpitar de los jilgueros hasta el que fue redoble y quedó reducido a un golpeteo pausado en el pecho de los representantes de reino. Las palabras habían quedado igualmente detenidas en las bocas de los cortesanos y reducidas al puré dulzón resultado de asentir, activa o pasivamente, durante tan largo tiempo, a las órdenes de su líder.

El maleficio se había extendido desde la costa hasta la cima de la última montaña, aunque con efecto desigual porque los poderes de Funeralis Konfinátor disminuían con la distancia. Desde la torre, el señor indiscutible, rodeado de los cientos de trovadores que debían cantar sus hazañas, de los no menos numerosos consejeros áulicos y de sus recién nombrados dirigentes de los ministerios del Silencio Selectivo, de la Destrucción Solidaria y del Jolgorio Funeario, contemplaba la parálisis de sus súbditos con sentimientos encontrados. Había sido hermoso, y satisfactorio, el efecto del hechizo, la rápida, instantánea eliminación de todo movimiento impredecible, de cualquier palabra o gesto espontáneos, de la más mínima posibilidad de rechazo. Siempre disfrutó observando a cada uno de los habitantes del dormido palacio congelado en su postura, vestido con el mismo atuendo, incapaz de escoger ni una actividad ni un esparcimiento ni una compañía ni una prenda que de él no dependiera. Pero tenía una inquietud.

Su visir, Polpy, experimentaba con la situación tal felicidad que desde el comienzo del conjuro no había salido del éxtasis de sumo placer, puro erotismo ideológico, que le embargaba y erizaba sus miembros y sus cabellos. Era, prácticamente, la meta de sus sueños, más que húmedos de torrencial lluvia tropical. Ni una frase, ni una mirada, ni siquiera un pensamiento podrían surgir ahora sin su permiso. De sala en sala, desde el primer cortesano hasta la fregona de las cocinas, cualquiera estaría a su completa disposición con esa fidelidad que sólo se logra tras borrar o sustituir los contenidos de la memoria y del espíritu. Aún era, sin embargo, demasiado temprano. Por lo pronto, asistía a los periódicos letargos y despertares, les hacía, en cuanto eran capaces de ello, oír su voz, y era su rostro de los primeros que divisaban al abrir los ojos y el último que recordaban al cerrarlos.

A Konfinátor le inquietaba, empero, la progresiva falta de público que observaba en los paréntesis de vigilia que había programado regularmente a tiempos fijos, de forma que el palacio se animase, aunque de manera controlada, para su aparición triunfal, locuaz, extensa, prolongada con una cabalgata extramuros y actividades que dependían de la programación. El reloj dio la hora en la fecha indicada. El Líder descendió con los suyos para el paseo-homenaje acostumbrado por las salas, patios, jardines, edificios adjuntos y cotos adyacentes en los que había dividido, tras haberlos cuidadosamente señalizado, su palacio y también, su reino. En todos ellos, y repetidos de manera bien visible, grandes carteles e indicaciones de paso franco y de prohibido marcaban los espacios benéficos obligatorios y los maléficos abominables.

Sonó, pues, la hora en el reloj sincronizado al efecto. Los súbditos, apenas despiertos y desacostumbrados a la luz, fueron inundados con trompetas y timbales que anunciaban al Jefe, junto al que caminaba, a la par que Polpy, su mago, el minúsculo pero estruendoso y siempre amenazador Señor de los Hechizos, venido desde la Mar Océana y encargado por Funeralis Konfinátor de mantener durablemente a los vasallos en el lugar que les correspondiera y de hacerlos deambular sólo en las zonas señalizadas como izquierda con el firme convencimiento de que allí exclusivamente se encontraba el Bien, mientras que en los opuestos, derecha, no había sino llanto, sombras y todos los males sin mezcla de bien alguno, por lo que, de caer en ellos, en vez de sueños tendrían pavorosas pesadillas.

Los vasallos, entumecidos y deseosos de dar al menos unos pasos en el espacio exterior, se guardaban  de hacer objeciones, pero observaban en cuantos veían, vecinos, familiares, conocidos, desconocidos, algo extraño: Las caras, cada vez de más gente, cada vez de individuos distintos, se volvían blancas, enseguida transparentes, y a continuación el afectado desaparecía, ya no estaba allí, súbitamente, dejando tan sólo un hueco, sin que ni Konfinátor ni su visir ni acompañantes repararan en ello ni le dieran importancia ninguna. Ahora era el compañero de mesa, a continuación la mujer que venía con platos, luego el grupo de ancianos que se habían puesto a jugar a las cartas. Simplemente, de un minuto a otro ya no estaban ahí, y luego en su lugar aparecía un trozo de papel diciendo que era un proceso natural, aunque nuevo, y que ya no volverían a materializarse nunca ni valía la pena que lo hicieran porque sobraban en el censo por edad, enfermedad o desdén hacia el Líder. Podía que fuese natural en efecto, se decían los habitantes del palacio y de las calles circundantes, puesto que el señor y sus huestes jamás parecían reparar en ello y que, cuando a alguien muy cercano se le volvía blanco el rostro, luego transparente para al final difuminarse por completo, lo ignoraban como si jamás hubiera existido y continuaban la conversación con su más cercano interlocutor.

Los habitantes del palacio, y los de la villa, desaparecían a miles. Uno y otro día, se multiplicaban las caras repentinamente borradas y reducidas a una superficie lívida y lisa, que flotaba unos minutos sobre la transparencia del cuerpo hasta pasar a la nada absoluta. Quien intentaba reaccionar, quien reclamaba a su madre, a su hermano, a su vecino, pero eran tantos los que faltaban y tanta la indiferencia de Funeralis, su visir y su numeroso cortejo, que el vulgo nada podía hacer y, sobre todo, nada parecía que pasase; ni siquiera se comentaban las noticias. Volvía el resto a sumirse en su profundo sueño, el señor y los suyos regresaban a su torre, a donde apenas llegaban los llantos y noticias del suelo, y descendía sobre los pisos inferiores del palacio, como una niebla de un blanco parecido al de las caras, el silencio general.

Para encauzar debidamente, por el camino de la adhesión al Líder y el entusiasmo, los potenciales llantos y protestas, en la torre del homenaje ondeaban, cada vez que Konfinátor Funeralis, su visir y huestes paseaban por el recinto y cabalgaban por los alrededores, pendones variados y festivos, verde, rojo o morado con lentejuelas unos, arco iris otros, blanco con la V dorada de la victoria en abundancia, puesto que a más millares de ciudadanos difuminados en la nada más se concentraba la adhesión a Funeralis en los restantes  del sector adolescente e infantil en el que el Gobierno, presidido por Presidente, Visir  and Co,. pensaba afianzar su durable reino.

-Han desaparecido entre ayer y hoy mil doscientos de vuestros súbditos, amado Líder- vino a informarle solícito el Coordinador de sus asesores.

-Muchos son. Tal vez al Señor de los Hechizos se le ha ido un poco la mano-

Konfinátor Funeralis frunció el ceño, con moderación porque se había especializado en ofrecer una imagen de belleza pétrea, inasequible al desaliento y, por el contrario, plena de confianza y euforia. Por lo tanto ordenó inmediatamente:

–¡Que icen el brillante pendón y tiren confeti!

De la torre descendió una alegre nube de papelitos de colores que el Líder se apresuró a espolvorear también sobre sus hombros y pechera para que no cupiera la menor duda sobre su optimismo e identificación con la victoria, la felicidad y el bien. Al tiempo se escucharon sevillanas alternadas con una música triunfal en parte bélica y en parte adaptación de “Soy la reina de los mares”, favorita de la esposa de Konfinátor.

– ¡Más alegría! Más situación excelente. ¡Que se vea el gozo que reina en Palacio y que las bajas no son sino errores de cálculo en el censo!

dijo Funeralis. Y luego añadió en voz baja y despectiva, por encima del hombro, sin volverse, al lugarteniente más cercano:

-Nada que aluda a factores negativos, nada. Contraataque, vestimenta de contraataque.

Hubo entre los fieles del Líder más cercanos cierta lucha sorda por conseguir ser el primero en ofrecer a su Jefe lo que deseaba. Varios corrieron hacia el almacén de vestuario dando órdenes a gritos. Finalmente el más rápido se presentó jadeante ofreciéndole en una bandeja el chaleco repujado de las festivas celebraciones, que incluso relucía en la oscuridad. Konfinátor cuidaba en extremo su apariencia y disponía de una abundante colección de tales prendas, cada una adecuada al momento. Su visir Polpy le imitaba en sentido opuesto, con lo que llamaba acercamiento a las gentes, y lucía vestimenta de variada y cuidada pobreza pero de materiales de calidad, que conjuntaba con los turbantes que le habían sido enviados, como presente fraternal, desde Persia y que lucía con orgullo para subrayar su rechazo del sistema y Continente opresores en los se hallaba.

No bastaba, se dijo el Líder. Y ordenó que se organizara una gran fiesta, con nutrida asistencia internacional, de forma que se difundiera que, lejos de estar sumido en el letargo y diezmado por el mal de las caras blancas, en su palacio reinaban el bienestar y, pese a los millares de desaparecidos, la alegría de estar bajo su mando. Su dilecta esposa, que solía en las apariciones en el vehículo descubierto, sostener sobre la cabeza de su marido una corona de oro sustraída al museo arqueológico mientras le susurraba:

-Recuerda, querido, que eres un hombre. ¡Y qué hombre!

sería la encargada de organizar el festejo que daría un tono festivo a la baja diaria en el número de sus súbditos y distraería la opinión del enojoso recuerdo, e incluso llanto perceptible en escasos sectores que se resistían al letargo y hacían esfuerzos titánicos por mantener los ojos abiertos.

Y como se dictaminó se hizo

Se dio la gran fiesta, con proclamas para que acudieran los más representativos dirigentes de los países limítrofes, así como nutridos contingentes de heraldos, trovadores, aedos y asesores áulicos. Sin embargo la concurrencia final resultó menor que la esperada y, para completarla, hubo de recurrirse a la movilización de familiares, allegados, amigos, simpatizantes y primos hasta el tercer grado de los cortesanos de Konfinátor, y hubo también que echar mano del numeroso harén, suegras, suegros, cuñadas y odaliscas en lista de espera de Polpy, que practicaba la poligamia inclusiva como muestra de hermandad con los usos y costumbres de sus fraternales aliados contra el Gran Satán del Oeste.

La fiesta fue ruidosa y polícroma. Las señoras lucían, según consigna establecida, cada una un vestido de los colores de la bandera de un país, y Funeralis deslumbraba con su brillante chaleco rojo recamado de luces navideñas. Cuando alguien preguntaba sobre la extraña dolencia de las caras blancas que, se rumoreaba, diezmaba su reino, él simplemente encendía las brillantes luces de su atuendo y pedía a la orquesta que tocara más fuerte. Luego se marcaba unos pasos de danza con la Primera Dama, que había elegido para la ocasión toga blanca de fina seda con bordados de obeliscos y antorchas en pedrería, sandalias a juego atadas con cadenas de platino y tocado de gran diadema de áureas puntas rematada cada una por un brillante de considerable valor.

Corrían los licores, más generosos cuanto que la reducción en el número de súbditos había mermado las cosechas, pero también disminuido, junto con el aumento de los impuestos, el número de consumidores, por lo que Konfinátor ordenó que se bebiera y comiera sin tasa y se sacaran de las bodegas los mejores caldos.

Así se hizo. El aumento de volumen de la música y el del número de las copas marchaban a la par. A los que permanecían en profundo letargo en los salones llegó el estruendo, multiplicado por los ecos que en las vastas estancias ya iba dejando la ausencia de miles de víctimas del mal de las caras blancas. Tantas eran éstas, de las que no se hablaba jamás, que por el vacío resultante se establecieron, en aquella noche tormentosa de nubarrones a los que los asistentes al festejo no prestaban atención, grandes corrientes de aire por las puertas y ventanas abiertas e iluminadas para la ocasión con el fin de mostrar prosperidad y transparencia. El reloj de la señal cayó de la estantería envuelto en la cortina por efectos de una furiosa ráfaga. Sonó su timbre, ahogado por la música exterior. Los durmientes comenzaron a abrir los ojos, asombrados al no encontrar a los vigilantes y conductores palaciegos acostumbrados, ni, en su podio, al Líder acompañado de Polpy y del vociferante Señor de los Hechizos.  Se incorporaron. El viento arreciaba y había tumbado, arrastrado, arrinconado las señalizaciones que estaban obligados a seguir. Ya no existían caminos ni estancias “izquierda” “derecha”, deambulaban en pleno desconcierto, poco a poco sustituido por una extraña sensación mezcla de alivio, libertad y dolor porque comenzaron a sentir agudamente los huecos que había dejado en sus vidas el mal de las caras blancas, empezaron a dudar de todo, de las palabras de Konfinátor, de los rumbos marcados por Polpy, sus bien pagadas huestes y sus heraldos, descubrieron que las señalizaciones no habían existido desde toda la eternidad sino únicamente por conveniencia de los que las usaban. Entonces consultaron listas, comunicaciones de desaparecidos que yacían en el fondo de cajones o apiladas en un arcón, sumaron números, cotejaron nombres. Y sintieron el dolor de la irremediable ausencia cuando pusieron nombres a aquellas cifras y las asociaron con los que echaban en falta, con aquéllos que para quien los recordaba no tenían edad ni debían haber sido empujados al vacío, y los unieron a las circunstancias que rodearon a su desaparición, al gran silencio que los envolvía, los desechaba, los había reducido a gruesos fajos de folios de los cuales hallaron algunos a medio quemar en la chimenea.

Con los ojos ya muy abiertos, y mientras fuera seguía la fiesta, arrojaron al fuego los antiguos carteles que les marcaban direcciones y territorios, y compartieron, sentados junto a la lumbre, su pena, su ira y la vigilia y fuerza que el dolor mismo les daba y que era lo contrario al sopor y la resignación. Entonces fueron hasta las ventanas abiertas de par en par, cambiaron las luces de manera que se fijara desde el exterior la atención en ellas y comenzaron a arrojar a los que estaban abajo cuanto sobre los desaparecidos habían encontrado, nombres, papeles, pertenencias, cuadros. Luego añadieron las vestimentas talares del Señor de los Hechizos, los carteles todavía no incinerados, el podio de Konfinator y la exquisita maqueta de la nueva mansión de Polpy que éste mostraba únicamente a los íntimos en contadas ocasiones.

La fiesta con representantes extranjeros no evolucionó como el Líder había esperado. Ni las generosas raciones de alcohol ni las promesas de partidas de caza y largas entrevistas exclusivas con Funeralis tuvieron efecto. Por el contrario, los reunidos recogieron con avidez lo que se les arrojaba, lo leyeron, comentaron formando grupos. Unos pocos primero y luego muchos decidieron entrar en el Palacio e interrogar a los legendarios durmientes que habían dejado de serlo y cuya historia corría en voz baja de boca en boca. El público cambió de composición, entraron personas del exterior que se unieron a los grupos y comentarios, salieron otros del palacio. Konfinátor y los suyos dejaron de ser el centro de atención, de tal forma que las luces del brillante chaleco se fundieron, la música de un ritmo desconocido apagó el discurso que intentaba declamar Polpy, el Señor de los Hechizos yacía en el suelo víctima del abuso de los caldos de marca y algunos habían hallado en la torre del Palacio, junto a una hermosa durmiente de fino mármol, un libro previo al letargo en el que se describía la anterior situación del reino, la cual, para gran sorpresa de los lectores, no era la del todopoderoso Mal balizado por la obligatoria señalización.

Konfinator andaba de sala en sala, seguido por los fieles de su corte, pero todos comenzaban a tener una terrible impresión de no existencia. Era mucho más angustioso que cuanto habían temido: Agresiones, sublevación, atentados. Los ignoraban. La mujer de Konfinátor corría tras su marido intentando, todavía, sujetar sobre su cabeza la corona de oro y susurrarle las palabras de rigor, pero era inútil y alguien se la arrebató al pasar y le dijo cortésmente que era para pagarse las honras fúnebres de uno de sus familiares. Los cortesanos comenzaron apresuradamente a intentar cambiarse de bando, pero no encontraban la señalización habitual y pasaban errabundos de una a otra sala, sin líder ni distinguir, a falta de los mantras automáticos acostumbrados, la dirección hacia el nutricio y seguro recinto de la tribu, ya como ellos mismos inexistente. Se rumoreó que Konfinátor había intentado iniciar una defensa homérica desde la torre pero que se lo había pensado mejor y se dirigía a caballo a la confortable mansión campestre de su mujer. Enseguida corrió otro rumor: Un vasallo del común, de los que habitaban extramuros pero tenía parientes en el interior del recinto de los que nada sabía hacía varias lunas, quería a toda costa hacer llegar a Konfinator un pliego de rogativas y agravios, en un desesperado intento de averiguar si el mal de las caras blancas había borrado a los suyos de la existencia. Sabedor de que el señor del palacio jamás permitía que se citara la desaparición, vulgo muerte, de persona alguna, surgió ante él repentinamente agitando su escrito mientras con la otra mano sujetaba las riendas del caballo. Funeralis, que estaba convencido de ser invulnerable, recibió el extenso pliego (porque las víctimas eran muchas) en pleno rostro, perdió el control de su cabalgadura, se produjo, con la brusquedad de sus movimientos, un cortocircuito en las luces de su chaleco de gala, que, perdidos los alegres colores, pasaron a parpadear en blancas ráfagas que iluminaban espectralmente en la oscuridad su rostro. El vasallo exclamó espantado:

– ¡También vos tenéis el mal de las caras blancas!

Y, al ver que Konfinator, perdido todo control pero aferrado con ambas manos a la dorada espuela, era arrastrado por la bestia, corrió hacia el palacio para dar a todos la buena nueva.

Respecto a Polpy, su equilibrio psicológico no había resistido la destrucción de la primorosa maqueta de su vivienda. Vagaba de sala en sala intentando convencer a cuantos se prestaban a oírlo ora de que era el Mesías Igualitario enviado para sustituir a Konfinator, ora de que sus genes procedían de Sansón, puesto que su fuerza radicaba en la maravillosa mata que cubría con su turbante, vigor del que, además, daban testimonio sus numerosas concubinas. Finalmente se subió al sillón regio dejado vacante por el Líder y, en pie sobre el asiento, procuró inútilmente atraer la atención. Nadie reparó en él. Polpy fue deslizándose hasta el suelo, pensó en la maqueta destruida de aquella mansión en la que había puesto sus esperanzas, tuvo un ataque intenso de melancolía, se enjugó con el turbante una furtiva lágrima y, antes caer en un sopor profundo, se dijo mirando a los que hubieran debido ser sus seguidores:

-No me merecen.

Había en las estancias del palacio un festivo desorden, muy distinto al que antes había reinado en el exterior, un ambiente agridulce, un hervor de comentarios y búsquedas, como si hubiera mucho que mirar y jornadas que recuperar con febril vigilia.

Alguien tropezó con un reloj roto.

Rosúa

 

11/30/22

El Último Viejo

El Último Viejo

El joven soñó. Estaba libre, libre al fin de la presión del medio social, de aquellos sectores retrógrados que, pese a las directivas de selección programada y a las explicaciones sobre la oportunidad de la medida, se resistían a generalizar la norma. En el reino libre al que se abrían sus párpados cerrados podía aspirar a lo que quisiera. Soñó que despertaba y veía ya realizados sus sueños. La calle era hermosa, recorrida por cuerpos sanos y fuertes coronados por rostros lisos, ojos vivaces y sonrientes y cabello espeso peinado o rapado de diferentes maneras. Correteaban niños sacados de paseo por simpáticas parejas. Todos vestían con ropas de buena calidad agujereadas o desgarradas según la moda y se oían, en los variados tipos de reproductores, canciones clásicas, es decir, de hacía dos o tres años, y la catarata de las nuevas, sin que arruinase la espontaneidad de la innovación cotidiana la intrusión de obras polvorientas, melódicas, sinfónicas, antes incrustadas en la memoria popular como hitos obligatorios. A veces se difundían por el canal oportuno breves relatos, fulgurantes, emotivos, nunca constreñidos por comparaciones farragosas con un tenebroso pasado de estanterías repletas de polvorientas páginas.

De vez en cuando el Consejo Rector del país hacía referencia a lo que, según los días fueran pares o impares, se ofrecía como Relato Histórico y Antiguos Enemigos del Bienestar General, porque, dada la edad media de la población y la  escasez de elementos vivos que sobrepasaran la mediana edad, desde que se llevó a cabo seriamente la selección programada la memoria se había ido difuminando junto con los ancianos de cincuenta o más años y los libros, de manera que se había simplificado extraordinariamente el gobierno y los líderes no temían caer en ninguna contradicción ni desmentido y reinaban felizmente sobre multitudes carentes de recuerdos. Cuanto dijeran del pasado o del presente siempre sería cierto y todas sus disposiciones, que incluían la prolongación de sus poderes máximos, estarían justificadas por los grandes peligros y crisis de los que en su momento ellos habrían salvado a la población.

Lo que más le gustaba al joven era la abundancia. Desaparecida la masa que, como un vampiro, sorbía y acumulaba bajo su piel arrugada y senil los recursos, medicinas, alimentos y excelentes puestos de trabajo, se respiraba el aire puro de quien llega a la cima de una montaña que emerge sobre la cargada atmósfera de ciudades hundidas bajo el peso de su propia ruina. Soñó que, reconfortado por la carrera que había emprendido sin que se interpusieran a su gimnástico y veloz paso peatones torpes, se dirigía al edificio acristalado donde prestaba sus servicios en las salas de selección cronológica. Había que estar muy al tanto porque aún había pendiente una larga tarea de trillado y los sujetos que iban pasando no siempre ofrecían la colaboración debida y, ora falsificaban sus documentos de identidad, ora se maquillaban, teñían y vestían para aparentar edad inferior a la fijada como máxima permitida. Tiempo de gran prosperidad para los cirujanos plásticos, de cuyas intervenciones había gran demanda y ofertas tentadoras en el mercado telemático. Rejuvenecer en apariencia no era fácil ni barato. Sin embargo garantizaba, si se tenía la suerte de pasar por una revisión de edad superficial y apresurada, un plus de esperanza vital.

Pero había un problema: Los buenos cirujanos, dentistas, ingenieros, arquitectos, comenzaban a tener sus años, lo más fresco y nuevo ofrecía hermosas flores pero no siempre nutritivos frutos, y el joven lo descubrió al despertase, cuando, por un inoportuno pinchazo en el molar izquierdo, hubo de introducirse en el reino de la fealdad. Con la dirección que un colega le había proporcionado bien guardada en el bolsillo de su chándal, cubrió con trote elástico la distancia hasta unos edificios alejados, entró, subió ágilmente las escaleras despreciando, por supuesto, el ascensor y a los que lo utilizaban, llamó a la puerta, explicó su caso. Sabía que, en la planificación de la trilla cronológica de la población, se habían dejado, provisionalmente, islotes de permisividad, por razones de emergencia práctica. Le pareció bien. Ya iba siendo hora de que el aún considerable sector parásito al que la población activa se había visto condenada a mantener hiciera algo útil.

Le sorprendió que le recibiese primero alguien de edad todavía admisible, quizás no había cumplido los cuarenta. Luego entró el médico dentista y entonces supo que el ayudante lo era para aprender y practicar. El joven paciente dominó la ligera repugnancia que le producía ver tan de cerca el rostro envejecido, sin embargo, a los pocos minutos de trato y explicaciones, mientras hacía efecto la anestesia y se enjuagaba, observó que había desaparecido su rechazo y que en realidad ya no veía al dentista como perteneciente a un grupo cronológico sino sólo al individuo que le trataba y con el que al final acabó manteniendo una animada conversación. Surgieron temas en parte conocidos pero muy distintos en otros casos de cuanto constituían sus recuerdos y su experiencia propia. Le parecía adentrarse en un planeta simétrico pero complementario del suyo. Hablaron también de regiones, de barrios en los que ocurrieron sucesos de los que él tenía ecos vagos. Y nombraron a gente que había pasado la línea de la selección programada y desaparecido, pero no en las clínicas dispuestas al efecto sino socialmente, huida trasladada sin atenerse a consejos oficiales y trámites, a lugares alejados de sus domicilios, a veces conservada por quienes, en su entorno, se negaban a que se dispusiera de ellos. El joven había respondido siempre a los que estudiaban los casos que se trataba simplemente de un fenómeno conservador, de cierta avaricia que llevaba a retener a los ancianos como quien mantiene en su casa un mueble o un jarrón antiguos. Él mismo, que había vivido con un grupo de escolares y luego adolescentes, era ajeno a aquellos apegos a las ramas caducas de necesaria poda para el árbol, pero podía comprenderlo. Sin embargo durante esa charla, que se prolongó más de lo previsto porque ningún otro paciente esperaba, se sintió en un plano de igualdad, con el médico viejo y con el otro.

Mientras esperaba que le escribieran unas recetas, observó, entre revistas de fotos de puro entretenimiento, unos folletos. Ya era raro encontrar comunicaciones impresas, aunque seguían existiendo. Cogió uno: La apuesta de la especie, rezaba el título.

-Llévatelo- le dijo el ayudante, que salía porque había terminado su jornada.

Caminaron juntos. Se sentaron en un banco y el aprendiz de dentista le comentó el contenido.

Ya en su habitación, con una excitante sensación de clandestinidad, el joven fue leyendo:

En la evolución se va seleccionando a los más fuertes. Pero la especie humana es peculiar. Ha apostado por el cerebro, por la memoria, por el individuo, por los afectos, la inventiva, los cambios. Y empezó pronto, cuando en las cuevas alimentaron a los que ya no cazaban, pero sabían los sitios de caza y agua, cuando contaron los de más edad a los otros largos cuentos.

Siguió leyendo, pero se durmió enseguida. Ya el molar no le molestaba, pero tenía que volver a la consulta.

Tuvo otro sueño: Caminaba por la ciudad poblada exclusivamente por rostros juveniles. Al anochecer, en un parque que tenía una extensa zona de rocas artificiales vio, en la imitación de cueva, una ligera luz. Se acercó. Y allí, en en fondo, había un hombre mayor que calentaba algo en la brasa. Aquel hombre lo miró y le pidió inmediatamente:

-Calla. No me delates.

– ¿Quién es usted? –

-Soy el último viejo. –

El joven se despertó. Y esta vez no había sido un sueño. Fue una pesadilla.

 

 

 

 

 

 

11/6/22

Una vaca entre nosotros.

Una vaca entre nosotros

 

-¡Es una lady!- confió la nueva portera del inmueble a una vecina, compartiendo con ella su admiración y descripción de la señora que acababa de pasar, dejando a su paso, como reza la canción latinoamericana, un rastro de lisura y del perfume que en su pecho llevaba.

Sensible y avezada a las apariencias de los inquilinos y a su propio gusto por el buen vestir, repitió:

-¡Es una lady!

Y lo era. Lady X llevaba en aquella ocasión, y en todas, vestido de fiesta, que la ignorante plebe hubiera calificado de bodas y bautizos, y que en ella a ninguna hora del día resultaba impropio porque lo distribuía en una percha corporal imponente y alta, sin llegar a resultar fornida, lo manejaba, con sus encajes, veladuras, brocados y joyas, con la natural gracia y hábito con los que una flamenca domina en el tablado su bata de cola. Pisaba fuerte y rápido y dejaba que el amplio escote lo coronasen rubia melena, blanca piel, ojos de agudo mirar que siempre, cualesquiera que fuese su color, parecían claros, azules, grises o verdes, cuando dirigían al interlocutor un vistazo de inconsciente dominio, el de quien sabe y acostumbra a transitar entre los afanes de los angustiados por las cosas y deja planear sobre su cabeza sin que desciendan, prohibiéndoles con un gesto el aterrizaje, los aviones cargados de preocupaciones y disgustos que pueblan el espacio aéreo de lo cotidiano.

Lady lo era por instinto, lo poseía, no por genética ni nombramiento sino por palmito, educación y costumbres. El título parecía impreso de alguna forma en ella y cuanto la rodeaba. El cristal, raso, mármoles y oro formaban parte de su hábitat. Y, lo mismo que las rimas de Bécquer son, amén de bellas, inimitables porque bordean, sin traspasarla,  la frontera del territorio de lo que en otro sería insoportable cursilería, en ella no se rozaba la línea sutil donde, sin remisión, se extiende más allá el lujo insoportable del hortera rico. Venía, y vivía, en ese plano por el que, como en las nubes, transitan las clases altas, de familias y amigos de sólido patrimonio e importante actividad profesional, avalado en su caso por diploma y trabajo cotidiano, con el telón de fondo de vastos jardines y mansiones. Nadaba con tarjetas VIPS en aguas de buques insignia urbanos que fondeaban en hoteles de cinco estrellas, con la tripulación de colegas y servicio. Conocía a la perfección sus portulanos, distinguía, y evitaba, a los piratas, veía lo necesario, y los necesarios, para moverse en su mundo. Los demás pertenecían a otra, necesaria en algunas ocasiones y generalmente invisible, realidad. Iba a la oficina, Atendía a sus próximos con instintiva fidelidad tribal. Escapaba a veces en navíos de placer.

La señal

Sobrepasado ampliamente, il mezzo del cammin della sua vita, cuando ya los años han dejado en los que planeaban sobre su cabeza un saldo de aviones negros -el habitual peaje familiar, conyugal, físico que se paga por cumplirlos- y se ha impuesto el sentido de realidad, muy fuerte en lady X, de raspar la felicidad ocasional de cada día, ocurrió lo inesperado, el amor tardío con todo el esplendor de las rosas de otoño, el cambio, la pareja, el futuro que de repente existe. En un marco perfectamente clásico: Un crucero.

 

Al ritmo del mar y de la luna

En el barco para la cena se vestían ellas de largo, ellos de oscuro, gemelos, chaqueta y pajarita. Lady X brillaba con la desenvuelta elegancia que dan el hábito y mejores firmas en la ropa. Él, Mr. W., compartía con ella dignidad y porte y tenía el atractivo de lo opuesto, del inglés social y laboralmente preocupado y activo, de extracción humilde y evangélica sensibilidad ante la indigencia acompañada de  indiferencia similar a lo ajeno a su mundo. El pasado del uno y de la otra encajaron como piezas que se ensamblan naturalmente, por coincidencias de sus respectivos peajes negros pagados por ir cumpliendo años. Lenguas, costumbres, relaciones, ambientes fueron secundarios. Nada que salvar no pudieran aviones, coches, voluntad, llaves de ambos domicilios. Juntos, a partir de entonces. Porque había ocurrido lo impensable, la pareja para el resto de la vida, fuese ésta corta o larga, y la realidad es la que se hace. Amor, amor, amor.

Los destinos se cruzan

Hasta que un día se alzó entre los dos un serio enemigo.

La adaptación a ambos medios, inglés e hispano, había requerido buena parte de la discreción y flema británica, y no menos filigranas sociales y en el estilo diario por parte de la lady. No se dieron realmente batallas y si conato de alguna hubo fue ganada en su mismo comienzo. Hasta que la pesadez del animal se cruzó en su camino.

Los transportes aéreos, que en su momento fueron una grata experiencia, tiempo ha que han derivado en calvario: Larguísimas esperas, anónimo mercado de precios, sumisión a inspectores y a imprevistos, extensiones kilométricas sembradas de pantallas y ajenas al contacto profesional humano. A Mr. W. le llegó de su país una perentoria citación profesional para una reunión física ineludible. Lady X descubrió con asombro que por un billete de avión a la población natal de él se pedían cifras astronómicas y, con indignado sentido económico, se negó tanto a pagarlas como a quedarse ella en tierra. Volarían juntos. Para ello encontró, escala y malas conexiones mediante, un vuelo en KLM con el que, finalmente, inseparables, llegaron ambos al lugar.

Pero la vuelta….

También ella tenía compromisos laborales. Era imperativo regresar como previsto. Y ahí empezó el asalto a la fortaleza de su amor. KLM modificó el vuelo diez minutos antes de salir hacia el aeropuerto.

-No importa. Venceremos, llegaremos, los demandaremos- aseguró, y se aseguró lady X. En peores plazas habían toreado en su ajetreada vida juntos.

Pero la alternativa era volar desde Londres. Se precipitaron a la estación para coger un tren.

-Vamos en primera.- Lady X se recogió el borde de la falda, de fino estampado y corte, decidida a esquivar a los muchos que parecían  igualmente empeñados en sacar su billete.

Mr. W. era de natural reposado, flemático y afable, solía adaptarse y condescender sin mayor esfuerzo, pero esa vez estaba en pleno en su territorio, el de la lucha cotidiana de los trabajadores en la estación inglesa de un pueblo inglés otrora más próspero que cumplía el rito laboral del largo desplazamiento. Mr. W. sintió que debía mantener su conciencia de clase. Y se negó a coger billetes de primera. Había que llegar a Londres, y a España.  Ningún otro transporte ofrecía alternativa alguna. Irían en el tren como iba todo el mundo, sin VIPS  ni tarjetas oro. Como cualquiera.

Descubrieron que el tren estaba atestado de viajeros, que rebosaban de ellos todos los vagones. Ningún asiento libre. El trayecto de horas habría que pasarlo de pie.

El agraciado y bien cuidado rostro de lady X había adquirido una inusual calidad pétrea que desconcertó al bondadoso Mr. W.

-¿Estás incómoda?- osó preguntar.

No hubo la cariñosa, y comprensiva, respuesta habitual. Sólo una mirada de glacial desdén hacia el espacio que ellos dos y su equipaje, sorteado por los que iban y venían a los servicios, ocupaban en el atiborrado pasillo. Tras unos, largos, minutos ella pidió y examinó los billetes de segunda clase, y se los devolvió como quien espera en el póker la jugada siguiente de su contrincante.

 

La temperatura emocional aumenta, peligrosamente.

Había apuesta. Mr. W., aunque realista y poco imaginativo, vio dibujarse en su cerebro una escena de naufragio que se superponía a la romántica noche en el crucero. El barco, en forma de incómodo tren, se hundía en las oscuras aguas de la banal desdicha cotidiana. ¿Perderla a ella? Jamás. Bracearía, de vagón en vagón, en busca de un bote salvavidas.

-Pregunta al revisor si hay, pagando la diferencia, asientos en primera.- indicó lady X, dotada siempre de buen sentido práctico, cuando lo vio partir, viva imagen del desconcierto.

Encontraron.

Ella estaba cansada, mucho más que de costumbre porque tras una jornada laboral intensa antes de dejar Madrid la esperaba otra igualmente dura al volver y le había fallado, como el peldaño de una escalera, el orden, pago mediante, que siempre solía dominar y con el que contaba para navegar diestramente por una vida con múltiples focos que requerían atención. Había acompañado, en un viaje de última hora que se había revelado azaroso, a Mr. W. a su ciudad natal inglesa, que no se distinguía, cerveza aparte, por especiales atractivos turísticos. Sufrió luego la afrenta del cambio en el vuelo. Se movía en el espacio del Derecho, reclamación y demanda. Con su eficaz sistema de reacciones rápidas, se sabía capaz de vencer los imprevistos. Y entonces se encontró con la negativa absurda de Mr. W. a sacar billetes de tren de primera clase, en una especie de declaración solidaria de apoyo social a la masa que atiborraba el tren.

Sólo al advertir la dureza nada usual de su rostro adquirió él conciencia del peligro. Convivencias, amores, matrimonios son edificios con múltiples  pisos, balcones, paredes, cañerías y puertas. Diariamente hay grietas, fisuras, cables que precisan revisión, humedades que afloran, fatiga de materiales. Y la corriente amorosa no siempre calibra adecuadamente peso, dirección y probabilidades. Sentados, al fin, en un vagón de primera, ambos observaron la hora y verificaron el tiempo, bastante justo, entre su llegada a Londres y la salida en el aeropuerto.

En el ambiente, pese a la temporal solución, vibraba  en sordina un rumor, aún soterrado, de peligro, el crujido que pone sobre aviso al habitante de una casa con presumibles problemas estructurales que aflorarían con el tiempo. La vaca aún no lo sabían pero estaba por llegar, como ese toro peligroso que es el último en salir de los toriles. Miraron por la ventanilla para no mirarse mucho. Se había roto la mortecina capa blancuzca del cielo y ahora navegaban por él algunas nubes espesas con forma de navíos que se rozaban y separaban sin alejarse ni superponerse. Tal era su relación, como tantas otras. Afortunadamente ellos dos no planeaban en el mismo nivel ni compartían formación ni origen. De haber sido así su amorosa relación nunca hubiera prosperado, habrían surgido, inevitablemente, confrontaciones de intereses, luchas por territorios, diminutos pero los más importantes: los que determinan la vida cotidiana. Podían deambular, sin enfrentarse, por diferentes espacios, y esencialmente sus planos de formación, referencia y origen no eran tan distintos como podía parecer: En ambos casos  la galaxia tribal de élite de la lady ocupaba una zona de referencia, opuesta pero paralela a la idealización aséptica de él de un mundo beatífico de desfavorecidos al que servir, a conveniente distancia, con la ayuda inestimable de las pinzas y virtualidades telemáticas. Eran planos de ninguna manera antagónicos, sin exigencias de confrontación, entre los que se extendía un enorme territorio, que era el de las gentes medias, los individuos concretos que no cuentan sino con un medido ingreso al mes y carecen de relaciones con influencia. Con esa masa anónima de vulgaridad sin remedio ni siquiera se planteaba implicarse porque para eso estaban la organización del Estado y las Leyes. Ambas nubes podían perfectamente fusionarse por momentos y parcelas, abrazarse en sus bordes, navegar luego con la vista puesta en sus distintas percepciones del cielo, coexistir apaciblemente adaptándose a los cambios de viento y forma. Entre vastos espacios, y nubes, intermedios para ellos dos transparentes.

La vaca estaba, mientras, avanzando por el esponjoso y verde campo inglés, maciza, gruesa, puro principio de realidad.

Nubes amenazantes

Con la engañosa indiferencia de la moderación británica, Mr. W. sobrellevaba, asimilaba, aceptaba las exigencias de tardía adaptación a país, lengua y costumbres ajenas. Pero eso cuando y con quien correspondía: Con ni uno más, ni una conversación, relación, minuto  empleados en algo ajeno a lo que se incluía en la aceptación imprescindible y necesaria al círculo de su pareja o a sus conveniencias laborales, facilitadas, sin fronteras, por la red de la telemática. No existía para ninguno de ambos otra opción. Era el precio de cariño, presencia,  apoyo en una época de la rampa de los años en la que tales encuentros tenían la lógica de lo milagroso. La compañía puede hacer la vida cotidiana mucho más agradable por mucha tribu que se tenga, por confortables que puedan ser los hábitos de los amigos y el pub.  Se estrecharon las manos sobre el asiento. Aún notó él los dedos fríos. Ella, siempre dulce, sonreía sin convicción, con la educada reserva propia de las de su clase, y procuraba cepillar de su vestido el polvo de la batalla. En su interior imponía silencio al genio maléfico que desde lo profundo, más allá de la conveniencia y del respeto a las formas, le decía “Pero ¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste, tan vulgar y desagradable, y corriendo desde hace  horas, días, para no llegar tarde a tus obligaciones en Madrid?”. El tren atravesaba un paisaje monótono, neblinoso, turbio, techado por un cielo bajo  y sin horizonte.

El amor, los amores carecen de lógica. Se ama a lo inconveniente, a lo incómodo. Se ama a los que ya tienen muchos años. Se ama a los que ya han muerto y se los sigue amando, aunque no estén, ni sean excepto en nosotros, en la onda en el espacio y en el tiempo que quizás todos somos. Puede que el absurdo del amor no sea tan ilógico después de todo. Permite sobrevivir, expandirse de la única forma posible, la que pertenece al individuo irreemplazable, no al planeta, al futuro ni a la especie. Sólo el amor, en su  absurdo, tiene sentido.

Pero el amor no es tan aleatorio como parece. Se trata de un terreno irregular, de formaciones diversas compuestas, en distintas proporciones, por los mismos materiales. Hay un ingrediente de empatía y otro de imaginación que aparecen en cada caso en cantidades muy distintas y son determinantes en la adaptación mutua. La imaginación puede ocupar una gran parcela de la zona de la empatía o ser en ella  casi inexistente, y ocurre que, sin aquélla no hay comprensión posible y menos aún implicación activa en la problemática de otros. Por esto la fría  defensa de los intereses propios es inseparable de la escasez de las zonas empática e imaginativa, la implicación externa, conmoverse, ponerse en el lugar del prójimo y actuar en consecuencia es imposible. Un amor brotado en los terrenos  del gris pero sólido manejo de la realidad coexistirá a la perfección con alguien similar, estará bien administrado y no admitirá mezclas de afectos gratuitos ni estériles emociones. Tendrá porvenir.

Ambos consultaron, simultáneamente, los relojes, ella el siempre exacto del móvil, que llevaba permanentemente al cuello como un escapulario negro y rectangular; él el que utilizaba en los viajes y era un recuerdo de algo, porque a cierta edad casi todas las cosas lo son y se adhieren al poseedor como caparazones de moluscos a las rocas.

“El tiempo justo”. Ambos lo pensaron, anticipando las nuevas incomodidades, apresuramientos, quizás imprevistos que los esperaban al llegar a Londres y luego coger el avión y aterrizar, por fin, en Madrid.

“En un estado tan lamentable” pensó ella, ajada la frescura del atuendo y la del maquillaje, porque la elegancia requiere espacio  y pausa.

_Llegaremos bien-dijo él. Y se arrellanó con ademanes de tranquilidad excesiva en el asiento tan difícilmente conseguido para infundir la impresión de que los problemas habían acabado y estaban en el eficaz regazo de la puntualidad británica.

El tren frenó súbitamente. No había ninguna parada prevista. Mr. W. consultó guía y horarios. Lady X interrogó a la mágica superficie del móvil. Sin respuesta.

Con retraso respecto a otros viajeros, que buscaban información por pasillo y ventanillas, ella se sumó, a su pesar, a la nerviosa masa de viajeros impacientes. Llegaron al fin explicaciones, que en principio no comprendió. El tren no se movía.

-Una vaca- explicó alguien.

Lady X creyó haber entendido mal. Mr. W tradujo

-Una vaca en medio de las vías del tren..

-¿Y…?-

-Hay que esperar a que se resuelva. El pobre animal está asustado.

Mr. W procuró evitar la mirada de su pareja. En ella se concentraban hasta alcanzar el punto de ebullición las penalidades últimas, los esfuerzos de adaptación acumulados, el escaso aprecio por la exquisita consideración inglesa que permitía detener un tren repleto de viajeros en obediencia al protocolo de retirada del animal de la vía férrea. Ésta se alzaba como un ser totémico indiferente a las consideraciones humanas, adorada por pueblos absurdos que reverenciaban al ganado, la cerveza tibia y el rosbif.

Mr. W esbozó una sonrisa de comprensión que elevó la temperatura de una cólera fría que crecía en ella como la espuma en al leche. El barco, las noches en el crucero, las galantes atenciones, las cenas a la tibia luz de una vela y el amor asegurado en los días futuros de una vida que no por estar rodeada de tribu familiar extensa dejaba de presentar incómodos espacios de soledad, todo aquello se tambaleó como si lo hubiese corneado la fatídica vaca que se alzaba entre ellos.

Mr. W comenzó a intentar explicarle los rasgos del carácter británico que impedían la acción directa respecto al bóvido, que permanecía frente al tren, indiferente al retraso, las conexiones perdidas, los incumplimientos  laborales, las citas fallidas.

-¡!Y no se puede demandar a nadie!. ¡A nadie!- Ella abandonó la búsqueda de un responsable, del revisor y de la observación del exterior, que ofrecía un paisaje mortecino, grisáceo, de cielo opresivo y bajo, y marcó distancia respecto a su pareja, quien optó por salir al pasillo y cambiar impresiones con otros viajeros. La vaca estaba ahí, con sus cuatro patas firmemente ancladas en la vía,  Toda una proclama de que en el mundo existían desagradables, inexcusables realidades que no siempre podían sortearse, denunciarse, olvidarse. La vaca era lo que era, antes de transformarse en filete, caldo, bolso o chuleta.

–¡No llegamos! ¡Perderemos, también, este avión!-Lady X consultaba el móvil con frenesí.

Oscuro horizonte.

Él, en el pasillo,  intercambiaba opiniones con los viajeros sobre temas que a veces no tenían  que ver con el ganado.

Los edificios de uno y otra habían empezado a cuartearse, de una manera banal. Podía no tratarse más que de una pequeña grieta, pero nada garantizaba que no se transforme en fallo estructural.

En el vagón hubo un suspiro de alivio. La vaca, por intervención externa o por aburrimiento e insuficiencia de pastos, había sido retirada y el tren continuó su camino.

 

El sol está detrás

La carrera en Londres fue frenética. Lo más rápido para llegar al aeropuerto era el metro.

De nuevo lady X se halló en una situación francamente impropia. Con su modelo de marca, chaqueta y dos piezas, compartían vagón con la variada muestra de la multiculturalidad inglesa: Una señora negra con turbante, un punky de cresta rosa, dos muchachas cubiertas de velos y una apenas cubierta por cuero negro a la que acompañaba otra con atuendo vagamente colegial. Un sin techo, pero  no sin transporte, monologaba y compensaba los efectos del alto contenido etílico manteniéndose agarrado a la barra. Al otro extremo del vagón charlaba con su móvil una oriental indiferente al resto.

Se abren claros.

 

Al fin el aeropuerto. Con lentitud, empezó a abrirse ante ellos dos el mundo acostumbrado. No aún debidamente pulcro, pero con tan poco tiempo no podían hacer objeciones. Volaron. Llegaron a Madrid.

Las calles, su calle, les parecieron cálidas, sin sorpresas, retrasos ni vacas. Entran en el piso. Podían calentar algo para la cena, comprar pan en la gasolinera, abrir una botella de vino. La grieta, ahora apenas visible, se iba cerrando, era una simple estría en la pared de su relación. El cuadrúpedo tenaz que se alzaba en medio del camino de su felicidad se fue difuminando, El barco, la noche del crucero, que habían zarandeado las olas, emergieron del proceloso mar. Al tiempo que la vaca se perdía de vista en la vía muerta de los recuerdos.

 

Y la vida sigue

 

Rosúa

Octubre 2022

 

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10/23/22

Nuestra Inglaterra

Nuestra Inglaterra.

¿Se habrán dado cuenta los comentadores que se complacen en el mal momento por el que atraviesa Inglaterra, y lo utilizan para azuzar una especie de populismo patriotero barato, de que están yendo en contra de sus propios intereses, de los de sus países y de los de una Europa cuyos principios básicos son y han sido, bajo el oleaje ocasional de las circunstancias, los del Reino Unido?. ¿Advierten que ésta, precisamente, es la oportunidad de mostrar a una Gran Bretaña en momentos difíciles y enfrentada, frontal y fatalmente, al error del Brexit y a otros, el apoyo, la solidaridad y comprensión de los amigos? ¿Se hubiera producido tal error, que apenas gozó del voto afirmativo del cincuenta por ciento del escrutinio, de haber presentado otros países una opción clara y decidida de defensa de la libertad, de los derechos individuales y de afirmación de los sistemas democráticos frente a la rendición económica y moral a dictaduras y a partidos empeñados en la demolición del sistema de valores europeos y en la sumisión a potencias sin escrúpulos y a programas totalitarios?

El Big Ben, y el tiempo, no se han detenido.

Algunos medios de comunicación, y comentadores de supuesta inteligencia, se han embarcado en un maratón de mezquindad aprovechando la crisis al otro lado del Canal de la Mancha. Los buitres se están poniendo perdidos camisa y corbata a base de hundir pico y cuello en las heridas de Inglaterra. La anglofobia, nutrida de mal disimulada envidia, de sonrojo reprimido por la constatación, silenciada, de la mansa cobardía hispánica (que no es la única pero sí primus inter pares) y de la impotencia ante la indignidad diaria en el propio país, ha visto su oportunidad en los males que aquejan a la Albión pérfida y aletean alrededor de su cuerpo. Siempre puede rebuscarse en el baúl de los agravios. Si no hubiera  Gibraltar habría que inventarlo.

No es un buitre. Eros en Piccadilly

El regimiento de abuelos cebolleta sale frotándose las manos para rememorar el valor de los Tercios de Flandes, el Descubrimiento de América, Isabel la Católica, el Dos de Mayo. Desde entonces, a día a hoy, olvidan que Inglaterra ha creado y mantenido la mayor riqueza que en un país darse pueda: Ciudadanos, auténticos ciudadanos que se sienten partícipes y protegidos por un sistema de derechos y libertades, que conocen su Historia, que aprenden, hablan y valoran su lengua, que se unen en el respeto y la defensa de sus símbolos nacionales, sean bandera, patrimonio cultural o entierro de la Reina. Un país que ciudadanos de otros, por residencia ocasional, permanente o estancia breve han apreciado, además del de origen, como propio. Porque en ninguno se sintieron como individuos tan libres, seguros y respetados y tienen hacia él, además de agradecimiento, cariño y admiración.

Amigos y pub

A fin de cuentas, las actitudes de anglofobia son el recuelo del no menos resentido y mísero antiamericanismo, porque Estados Unidos tuvo iniciativas imperdonables, dando vidas de sodados y fondos de defensa y reconstrucción en Europa, defendiendo explícitamente Constitución y libertades y alcanzando una prosperidad que hace agolparse emigrantes en sus fronteras. Es mucho más placentero recostarse en la mayor dictadura que ha habido, la china, depender de sus mercancías, productos básicos y de sátrapas que controlan las espitas de petróleo y gas y negocian con vasallos locales y prohibir en suelo propio cualquier iniciativa industrial, energética, militar y alimentaria.

 

Monumento a los héroes de la Batalla de Inglaterra.

Los abuelos cebolleta del ilustre pasado hispánico no alcanzan a asomarse a la ventana, a ver que el mundo es ancho, que las libertades son frágiles, que el sistema que Europa alumbró y se ha extendido porque es el mejor, más próspero y garante de superior calidad de vida se halla en una crisis infinitamente más peligrosa que la actual del Gobierno inglés, que esa misma crisis, caos, confusión, nombramientos, dimisiones son sólo posibles en un gran sistema democrático, nunca en los infiernos tan defendidos, tan infiltrados, en realidad tan próximos, de teocracias fundamentalistas, de Partido Comunista único que controla, utilización espuria de la informática mediante, a toda una población, de aprendices de brujo a base del chantaje del átomo y de la fuerza, de regresiones al caciquismo de un Presidente al que nunca se votó en elecciones generales y que se ha enquistado en el  parlamento de un estado fallido europeo que se pretende democrático y no es sino un zurcido de tribus amantes del desguace de la nación y de la destrucción del Estado de Derecho.

Por las calle inglesas circula el aire, el sabor inconfundible de la real conciencia de ciudadanía. Saldrán delante; se lo merecen. Sobre los hispanos llueven disposiciones ante las cuales están siempre, por absurdas, estúpidas y perjudiciales que sean, indefensos, con la peor de las indefensiones que es la rendición previa,, la que ni siquiera se plantea lucha ni protesta alguna, segura en su fuero interno del poder del cacique y de la muralla intangible de anonimato, lejanía e irresponsabilidad personal instalada aprovechando el Covid y la imposición online. Exactamente lo opuesto a la actitud británica: Cuando atentados terroristas se llevaron  por delante vidas de ciudadanos los británicos siempre se unieron como uno solo en el apoyo al Gobierno y a su país y contra los asesinos. En España tras las muertes las manifestaciones no fueron contra los asesinos sino contra el Gobierno democrático. Los Tercios de Flandes tienen poco que hacer en un remedo de Parlamento poblado por defensores de terroristas, mafias especializadas en la rapiña victimista y amigos del caciquismo de reparto. Los Hernán Cortés y los Pizarro irían directamente al paro, o al frenopático, de encontrarse en un país que se ha convertido, por méritos propios, en una nación fallida que se avergüenza de nombre y bandera y en el cual está prohibido en los colegios enseñar en español. Al lado de esto la crisis inglesa, donde los primeros ministros ¡incluso dimiten! y los partidos de uno y otro signo se saben representantes de la nación, resulta de conmovedora insignificancia e incluso envidiable.

Siempre nos quedará Peter Pan.

En el extremo opuesto, sólo el peligro cercano y el valor, al principio solitario, de un Presidente y de unos hombres y mujeres, los ucranianos, decididos a resistir, a mantener la dignidad al precio de su vida, han logrado zarandear el cómodo edificio de la conveniencia, del tibio buen vivir burocrático, de la inercia globalista mientras paguen y proporcionen materias necesarias otros. Ha hecho falta ese soplo de aire a la casa de paja para dejar al descubierto algo que podría, en su desnudez, ser lo mejor de Europa, su oportunidad de rectificación, de unión, de progreso, una casa con las paredes sólidas de unos valores que defendió y defiende Inglaterra, a la que se necesita ahora más que nunca y que más que nunca ella necesita, los amigos de un hogar que es el suyo y que tienen también, como ella, grandes errores que reparar y mucho más, con nuevos compañeros, por defender, proyectar y construir.

Pero Nunca Jamás (Neverland) también está aquí.

Rosúa

Octubre de 2022

09/24/22

Muerte de Isabel II y comentadores españoles.

El provincialismo (casi) irremediable.

Tras la muerte de Isabel II, comentarios en España.

Septiembre de 2022

La muerte de Isabel II ha sito una ocasión perdida para que al menos algunos de los medios de comunicación españoles, por una vez, al fin se inclinaran por el lado de la grandeza y no por el de la envidia. Ésta última, fea, amarillenta y estéril, tiene sin embargo una hermana hermosa: la aspiración a la superioridad propia admirando y apreciando la ajena. Quedan en el limbo del papel impreso, de las imágenes fallidas, portadas abiertamente pedagógicas, tan necesarias como ingratas para el gran público español, en las que figuraran, a cincuenta por ciento de espacio, las multitudes tristes, correctas, unánimes en su civismo, en su pena y en la conciencia del momento histórico y de la fidelidad al país para el que trabajó y al que simbolizó su Reina. En el otro cincuenta por ciento, el contraste de Gran Bretaña con la Piel de Toro (se supone que el nombre-símil estará pronto prohibido) es flagrante. España existe como tal de forma nominal, pero carece hoy por hoy de identidad, símbolos, bandera, lengua común y ciudadanos, puesto que lo que se entiende como tal, y es sustancia de Inglaterra de puertas adentro y puertas afuera del Parlamento, el exterior y Westminster, en España no es sino una amalgama de sálvese el que pueda, expósitos de nacionalidad y aspirantes a víctimas de opresiones remuneradas.

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Cuando los ingleses vieron que St. Paul había sobrevivido a los bombardeos de Hitler supieron que ganarían la guerra.

Gran Bretaña es una pequeña isla sin relevancia comparativa en los mapas. Pero la ocupan ciudadanos reales, con conciencia de igualdad y de derechos y con un cariño hacia ella y hacia la libertad, sus tradiciones y formas de gobierno que le dan y darán una fuerza y un peso extraordinarios, hoy plasmados en el duelo y la unánime nobleza sin estridencias de sus reacciones, y antes en la valentía solitaria en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Nada es tan poderoso como una idea. Ni tan dañino como su ausencia. En patético y mísero contraste, ahí están los comentarios de algunos redactores españoles empeñados en marcar territorio mediático e imagen iconoclasta propia a base de escoger en tiempo y forma cuanto puede introducir en la imagen de personajes de talla excepcional pinceladas de bajeza: Churchill, el grandísimo Winston Churchill, será ante todo un borracho, los que llaman a Isabel II la reina más grande unos torpes patanes deslumbrados por la imagen británica y olvidados de la muy grande, pero anterior en unos cuantos siglos, Isabel la Católica, tal filósofo era un cretino, tal legislador un remedo tardío de brillantes, pero mal conocidas, lumbreras hispánicas, los merecedores del calificativo de imbécil, ignorante, estúpido, se contarán por centenas. A esas fotos magníficas y nunca bastante envidiadas de un Parlamento Británico absolutamente unido en el bien del país, todos de luto riguroso, les falta el contrapunto del triste gallinero tribal español, aferradas las aves asistentes al palo y comederos nutricios y atentas a las señales del jefe para cacarear al unísono y lucir, o no, consignas y corbatas.

George Orwell siempre actual, en un teatro de Londres.

No podía faltar en la presentación mediática del fallecimiento de la longeva reina británica la exhibición en primer plano, no de su servicio infatigable durante siete décadas a su país, ciudadanos, valores y aliados, sino el que Gibraltar continúe no siendo español. Visto lo visto, y el contraste entre uno y otro lado de La Línea, y no sólo en absoluto por prosperidad debida al mercado negro y empresas fraudulentas en la zona británica, surge un lamento irreprimible por el hecho de que los ingleses no continuaran su ascensión hacia el norte de España. Y eso porque ser ciudadano de verdad, con igualdad de dignidad y derechos, en un país auténtico que no se avergüenza de sí y de su bandera y utiliza a todos los niveles la lengua de Shakespeare,  tiene un atractivo comprensible. Más si se compara con ese remedo de amor patrio que es el patrioterismo cerril y el populismo de saldo.

Hay comentadores políticos a los que la muerte de Isabel II les ha ofrecido la oportunidad de bajar varios escaños, los que median entre la imagen de servidor implacable de la verdad y la del esclavo de la necesidad de distinguirse, de hacerse notar con una independencia que no es sino incapacidad de apreciar, y hacer apreciar, la grandeza, prisioneros de la cárcel de su propia imagen, sometidos a la dura disciplina de épater le bourgeois, alzarse como intelectual a la violeta insobornable, ajeno a las flaquezas del vulgo, semejante, en esa recia servidumbre, al escritor clásico español que se quejaba de la esclavitud de la rima consonante que le obligaba en su poema a llamar puta a una mujer honesta.

Dije que una señora era absoluta,

y siendo más honesta que Lucrecia,

por dar fin el cuarteto la hice puta.

Francisco de Quevedo.

 

Hay quien prefiere esto…

Cabe esperar el corolario de noticias del corazón, y otras vísceras, para que, a falta de méritos nacionales, políticos y sociales, se ofrezca al acomplejado, y con razón, pueblo español un menú mediático de taras e historias sórdidas sobre la familia real inglesa; jamás la comparación y emulación del sistema británico de valores. La virulencia de algunos comentadores, que alternaban la omisión de un evento de obvia relevancia mundial con explosiones pueriles de bilis ante la sola mención de la monarquía británica, hacía bueno el dicho de que ningún gran hombre lo es para su ayuda de cámara, pero es porque su ayuda de cámara no es un gran hombre. El fallecimiento y honras fúnebres de la Reina Isabel II ha revelado en algunos difusores de opinión que se creía agudos y honestos amantes de la verdad el peor envés del noble dicho castellano de que nadie es más que nadie. Quienes con ínfulas de superioridad intelectual y democrática lo capitalizan, con pretensiones bastante ridículas de despreciar lo británico cubriendo de anatemas y nada cariñosos epítetos al más tímido disidente, han revelado una mal disimulada aversión a la grandeza, les han resultado insoportables los mejores y más sinceros sentimientos de millones de personas y de todo un país que se distingue por la calidad de sus instituciones, y sólo les ha quedado refugiarse en la mención apresurada, la animosidad patriotera o el exabrupto. Halagarán ciertamente a buena parte de su audiencia. La atención pública hispana cuando el dedo señale a la Luna continuará fijándose en  el dedo; que apunta hacia abajo.

A esto.

 

 

08/20/22

El club unipersonal Pelosi

Nancy Pelosi, por supuesto. Porque en este momento, agosto de 2022, en ella se concentra la dignidad, perfectamente inútil. inoperante, reprobada incluso, de habitantes del planeta que vienen rendidos de fábrica a cualesquiera fuerza, millones de adversarios, billones de armamento, dictador y totalitarismo con tal de que les permita la ración diaria de sopa boba, pantalla, zapatillas de marca, contratos, mercancías y de que deje planear sobre sus cabezas sin que descargue el nubarrón atómico. Acuñada en un metal más raro que ningún oro, esta mujer ha hecho, lleva haciendo a lo largo de su vida, aquello a lo que apenas ya nadie se atreve: El acto gratuito, y por ello de inmensa valentía, de la acción moralmente justa, de la denuncia por exigencia y compromisos con la verdad y la solidaridad, sin plantearse victoria alguna, con perfecta consciencia del preceptivo fango de coyunturas, reparos y estrategias. Porque su sustancia, su valor son otros, de una aleación ya prácticamente desconocida: La de la persona, el individuo que ha luchado por serlo, que sabe que la humanidad es sendero empinado que se conquista. Aunque en buena parte se halle laminado en finas y moldeables láminas por la oportuna irresponsabilidad personal que le presta el anonimato de la tecnología y el ciudadano acepte el vasallaje incondicional a entes y dimensiones que siempre lo superan. Pese a que cacique, clero y heraldos lo sometan a diario a la ducha de consignas de falsos dioses planetarios, cósmicos y milenarios de mandamientos inapelables y de que lo bañe el líquido amniótico que disuelve la exigencia de responsabilidad individual y hace la ética y libre albedrío inconcebibles. Nancy Pelosi ha dicho y hecho lo que cabía y se debía hacer, en el momento más oportuno por incómodo y desesperado, cundo un gigante como la China del gobierno de Pekín parece poder aplastar de un manotazo a pequeños, libres países de Extremo Oriente, como Taiwán o Corea del Sur, infinitamente más valiosos y respetables que la enorme dictadura asiática y su homóloga rusa al otro extremo. Frente a ambos goliat se alzan empero calidad humana de vida, de derechos y bienestar, a una altura que la fuerza bruta de los gigantes no podrá alcanzar jamás.

Olvidados y aplastados. China. Tien An Men 1989

Taiwan: China, pero libre.

Por supuesto sabe que se enfrenta a una lluvia de denuncias de  enriquecimiento de ella y los suyos en negocios con China. La corrupción es un arma al alcance de todos, la más barata y sólo ausente en los sistemas totalitarios. Cualquier aspirante a cortesano, a periodista de columna o a político puede ganarse un sueldo y un hueco entre los gusanos del queso de la envidia rebuscando en las vidas personales, ninguno osaría perder audiencia pasando la mano a contrapelo a la bestia de la opinión pública, y escasean más que el lince ibérico los que arriesgarían la milésima parte de su vida y haberes disgustando al poder y enfrentándose a la policía china en su propio territorio. Nancy Pelosi no ha esperado ni considerado alianzas, apoyo, defensa por parte de los europeos ni de otros. Lleva muchos años diciendo lo que hay que decir a quien y cuando cumple decirlo. Y eso es exactamente lo que una persona que merece ese nombre hace, en solitario porque siempre hay el individuo primero, por mucho que se hayan creado escudos de razón de multitudes, de sacralización de la bajeza bajo capa de igualitarismo, de alabanzas de todo tipo de la mediocridad, y oportunismo y, por encima de todo, de viscosa sumisión alimentada por el miedo y la envidia. Ella defendió siempre a los disidentes y los derechos humanos en China, tuvo el cuajo de desplegar 1991 en plena plaza de Tien An Men, en Pekín, un cartel pintado a mano en chino que rezaba “Por los que murieron por la democracia en China”, con la consiguiente represión de la policía y encarcelamiento de los periodistas que intentaban cubrir la noticia. Esto en conmemoración de los miles masacrados en aquella plaza la noche del 3 al 4 de junio de 1989 por el Gobierno, muchos de ellos jóvenes estudiantes que pedían democracia y habían erigido una ingenua estatua de la libertad. Una sola línea de ese cartel-por poner un ejemplo europeo de extrema cobardía de un país que ni se atreve a tener nombre, símbolos, lengua ni bandera- vale más que el Gobierno de España en pleno con cuantos lo mantienen, apoyan, viven de él y se suman a la masa oportunista de deseosos de probar su filiación incondicional al club bienaventurado y rentable de “progresismo” e “izquierdas”, que les permitirá cobrar y ser aceptados a pelo y a pluma, junto con los intelectuales y rebeldes a la violeta que corean todas las consignas contra el “imperialismo norteamericano”. Del rosa al amarillo, ninguno dejará de exhibir su desafío virtual al “sistema” y el “liberalismo”, el comunismo habrá pasado a ser una “autocracia”, un rasgo étnico-cultural, y ficharán, con la esperanza de que los hagan corresponsales, en las críticas a Nancy Pelosi.

Taiwan. Antes.

No todos. Es difícil decir más verdades en menos espacio que en el artículo de Iñaki Ellakuría “La verdad es tóxica”, página 2 del periódico “El Mundo”  del 19-VIII-2022. Hay en él un genuino amor por la libertad y la verdad y una desolación ante las sumisiones que nada tienen de las servidumbres al uso.

Pelosi recordó en Taiwán, en su reciente visita de 2022, que hacía veintiocho años que había viajado hasta la plaza de Tien An Men para honrar la valentía y sacrificio de los estudiantes trabajadores y ciudadanos en general que se alzaron en defensa de la dignidad y los derechos humanos que todo el mundo merece, y que desde entonces y hasta hoy ella y los suyos mantenían el compromiso de compartir la Historia con el resto del mundo. La congresista, que ha visitado la frontera de Corea del Norte e intentado hacer llegar a los dirigentes de Pekín peticiones para que fueran liberados disidentes como Liu Xiao Bo, Premio Nóbel de la Paz al que el Gobierno no permitió ir a recogerlo y que murió de cáncer en reclusión en China, no está ni mucho menos exenta de correr graves riesgos con sus denuncias. El status de político extranjero no ha impedido al Gobierno de Pekín hacer desaparecer limpiamente a norteamericanos que le incomodaban. La talla humana de esta mujer resalta más por contraste con la maraña de parásitos europeos de las utopías subvencionadas y la mísera avidez nacionalista de las colas de ratón. Su trayectoria vital, profesional, intelectual y ética es exactamente el polo opuesto de las clientelas del paraíso gratuito y verde a libre disposición de los gestores del nuevo edén totalitario.

Taiwán ahora

Como el grano de levadura o el justo que podría salvar de la aniquilación a ciudades, según  el best seller no siempre recomendable llamado Biblia, la señora Pelosi representa algo difícilmente soportable: Una conciencia sin temor ni pudor respecto a efectos prácticos y críticas públicas, segura de la valía irreemplazable de los actos aquí y ahora por parte de individuos concretos en situaciones concretas, sin pretensiones de David, con la honda de sí misma y la desnudez de la verdad, la justicia y la palabra, incansable en la defensa de valores universales, de olvidados y oprimidos como en el caso del Tíbet y en el de esos solitarios individuos que reclaman libertad y respeto. La unánime ola de temerosos reproches que ha levantado su visita a Taiwán es la mejor prueba de en qué platillo se rencuentra la justicia de su acto. Recuerda al pesado de las almas en la mitología egipcia: En un platillo los hechos en vida del difunto, en el otro la pluma de Maat, la diosa de la verdad. En este caso está claro quienes se apiñan en el platillo de los suspensos, donde se sitúan los actos concretos de individuos concretos, que es referente real de entidad y calidad, y no las falsas dualidades “derechas”, “izquierdas”, etc., etc. ad nauseam. La estadística es también sumamente ilustrativa. Véase como ejemplo, tras el reciente y gravísimo intento de asesinato del escritor y defensor de la libertad Salman Rushdie, el exquisito cuidado con el que los redactores de prensa evitan emplear la palabra islamista que es exactamente la que define, en toda propiedad, la motivación del crimen.

Elecciones en Taiwán

Tiene, en este contexto, España una gran utilidad como ejemplo de país europeo fallido y avergonzado de sí. En una población acobardada de gentes que se saben vasallos, que no ciudadanos, que siempre bajan la vista y la voz ante disposiciones absurdas, despilfarro flagrante y señoritos inatacables, que responden con un resignado “Está mal, pero ¿qué podemos hacer?” el grado de sumisión, rendición preventiva y negación de sí es difícilmente superable por nación alguna. Hace desde luego añorar que Gran Bretaña se detuviera en Gibraltar y no continuara península arriba. Como sus pares europeas, Inglaterra es un país que sabe y quiere defenderse. No hay punto de comparación entre su unidad sin fisuras, como la norteamericana, tras atentados terroristas y la miseria de las manifestaciones españolas tras la masacre del 11 M de 2004 en Madrid en las que el nada valiente pueblo no insultaba a los asesinos que pusieron en los trenes (crimen del que , por cierto, nunca se ha sabido la autoría intelectual) las bombas sino al Gobierno democrático, expulsado en las elecciones generales que estaban convocadas tres días después. Sin olvidar que sólo Gran Bretaña rompió relaciones con Irán tras la llamada islámica al asesinato del escritor Salman Rushdie. Dos países europeos en dos extremos: El de ciudadanos, ejemplo de valor y dignidad, y el de los que no merecen serlo.

La regresión al cacique

En España, lugar tanto más simpático cuanto que carece de entidad competitiva y se distingue por el afán en demoler su Educación e Historia y por la imposibilidad de emplear, en amplias extensiones de él, administración y centros de enseñanza incluidos, su lengua, a lo que se añade el temor a utilizar nombre, símbolos y bandera propios, se da además, lo que no carece de lógica respecto a lo anterior, la veloz regresión hacia el caciquismo. En él se aceptan con sumisión ovejuna las más ruinosas, necias y nocivas disposiciones de un Gobierno nunca votado en elecciones generales y de una corte de parásitos que son imagen rediviva del señorito provinciano del siglo XIX. De uno a otro extremo de la piel de toro, ahora buey como mucho, los vasallos inclinan la cabeza con mansedumbre ante cualquier orden del Poder y responden “Pero ¿qué podemos hacer?”. La espuma inconsecuente de las protestas en mesas de café no pasa del aperitivo y de la puerta, el Parlamento no es sino un Casino donde se reciben sueldos, se escenifica modosamente el papel de representantes y se amplían despachos y mobiliario para acoger a la inagotable clientela de paniaguados. No resultaría extraño ver utilizar durante la caza como perro rastreador a quien el señorito dispusiera, al estilo de la novela de Miguel Delibes, y luego excelente película, “Los Santos Inocentes”, y el sumiso sustituto del can respondería a la orden, o Decreto-Ley, de tirarse al suelo y olfatear “Sí; está mal, pero ¿qué le vamos a hacer?”.

Los sabios no están tumbados siempre.

En tal contexto, actos como los de la señora Pelosi o la valentía de cuantos, como Salman Rushdie, se enfrentan, por defender la libertad, a amenazas de muerte, consumadas o por consumar, la entereza de Taiwán y el valor de Ucrania resaltan, por contraste, con un brillo extraordinario y adquieren el peso y categoría de los que pasarán, por su mérito y riesgos asumidos, a la Historia. En el otro extremo, de Europa y en el moral, España es interesante como ilustración de la velocidad regresiva a la que lo que se llamo en su mejor sentido Occidente huye del reconocimiento y del simple enunciado de los valores universales de defensa de los derechos y libertades del individuo como tal. Las personas pasan a ser elementos determinados por el hierro del ganadero que los marca según latitud, longitud, aprisco y promesa de pasto, irresponsables por lo tanto de sus actos, que no les pertenecen sino en función de genética, localidad, pastor y etnia. Y sobre ellas gravitan, inalterables como un olimpo cortado a la medida de variados rebaños, dictámenes anónimos y dioses respecto a los cuales toda rebelión y reclamación son imposibles porque se sitúan en dimensiones inalcanzables: Futuro, Milenios, Planeta, Clima, Colectividad, Progreso Mundial. Esto con la ayuda inapreciable de la implementación espuria de la telemática y el miedo sumiso de la pandemia. Nada tiene que hacer, ni nadie a quien dirigirse, el individuo, aquí, ahora, diverso, aferrado a su única e irreemplazable vida y a lo que su conciencia, experiencia e instinto le presenta como malo. Lo baña diariamente una ola de consignas, repetidas con la puntualidad de las mareas y respaldadas con una reiteración de la palabra “democracia” que ha pasado a ser lluvia fina de dictadura destinada a crear y proyectar en pantalla supuestas mayorías  e inexistentes urgencias que todo lo justifican. En este sentido, el fallido país español practica de continuo tanto el uso de la palabra “democrático” como acciones antagónicas del más puro corte dictatorial, en forma de deyección incontinente de Decretos Ley y Leyes de urgencia, sin control ni discusión parlamentaria alguna. El manejo de la intimidación, de la certidumbre ciudadana de la impotencia y el falso argumento de necesidad apremiante por exigencias externas son instrumentos habituales de la manipulación de masas pero la aceleración y generalización de su uso han adquirido una velocidad sin precedentes. La dictadura actual permea hasta el último resquicio de la vida cotidiana de forma nunca, con ningún régimen, antes vista, y lo sitúa en un estado de completa indefensión ante agentes sin responsabilidad personal, inalcanzables y anónimos.

El lenguaje, la cultura y la Historia cuentan.

La ficción de las tribus felices y las aldeas asamblearias, cara a quienes viven de ella, es mercancía golosa y de fácil consumo; y gran peligro por cuanto anula al sujeto libre real, al verdadero ciudadano con sus deberes y derechos. Las sociedades complejas implican necesariamente gobiernos representativos, leyes, separación de poderes, concepto de igualdad de los individuos. Si se eliminan en la práctica el control ciudadano real y la ley igualitaria atenta sólo a los individuos y si se acaricia, no la solidaridad, sino la envidia, que es el peor pelaje de la bestia, entonces no hay sino la promoción de la mediocridad del mínimo común denominador y la ruinosa regresión e indefensión, en todos los órdenes. Es palmaria la diferencia entre el “Nada podemos hacer” del español y el control del gasto y de los políticos en países reales como Suiza o Gran Bretaña.

Taiwán. A toda velocidad y adelante.

Se ha instalado una eficaz máquina de un género nuevo de neocomunismo, de populismo a base de clientelas-parásito, para las que resultó providencial la eliminación de la responsabilidad personal y la indefensión implantadas utilizando la pandemia y el virus. El uso espurio de la telemática ha sido, en este contexto, una bendición  para Cacique y corte. Nunca estuvo el otrora ciudadano tan indefenso ante la multiplicidad de la dictadura sin rostro, materializada, virtual, inapelable e intangible en el Cacique-Presidente, un histrión especie de maniquí de cartón piedra relleno de materia revenida segregada por él y para su propio uso, en un decorado vistoso propio del gran muñeco de feria que halaga los instintos de los admiradores del tahúr con éxito y el rico sin esfuerzo que distribuye entre sus vasallos dádivas.

El Cacique al mando segrega, además de la lógica clientela estomacal que de él depende, miles, e incluso millones, de caciquillos a tiempo parcial, habitantes del país que, en vez de del de ciudadanos, han asumido el doble papel de complacidos seguidores incondicionales del Jefe que disfrutan del vasallaje y del tratamiento despótico y, por otra parte, ejercen con fruición el rol de comisario de sus convecinos que no siguen las directivas descendidas, sin mayor razonamiento, de lo alto. El Covid fue una providencial escuela de sumisión que permitía al Cacique las mayores y peores arbitrariedades, sin asomo de consulta a terceros ni tramitación legal. Dejándole campo franco para ilusionarse con autocracias perdurables levemente veladas por simulacros de sistema asambleario. Puede incluso degustar el máximo placer del Poder, que no es la riqueza sino, como bien dijo George Orwell  en “1984”, hacer sufrir, someter a otros a humillantes, dañinas, inútiles, estúpidas disposiciones, y ver a los súbditos aceptarlas en silencio, sin reproche e incluso con admiración y amor por el Gran Cacique Hermano.

Esto se enlaza y camina a la par de la técnica del envilecimiento asumido. Cuando se ha conseguido que, como tras la masacre del 11 M, el pueblo en su mayoría insulte y se manifieste no contra los terroristas asesinos sino contra el Gobierno, y una y otra vez se ha forzado, por presión y chantaje mediático y pandemia mediante, a aceptar disposiciones ilegítimas, sumisiones vergonzosas, manipulaciones e imposiciones del más bajo jaez y de notoria falsedad en la Educación y la Historia y la población ha aceptado esa vileza, entonces éste se ha situado a un nivel de vasallaje voluntario de muy difícil rescate.

Las rejas de esta cárcel hispánica a la que la mayor parte del país -véase el resultado de las votaciones- se somete sin resistencia son duales y falsas, pero no por ello menos cómodas y eficaces. Ni existen ni han existido nunca, excepto como recurso literario y  metáfora sociológica  en tiempos y temas históricos concretos, dos Españas, ni tampoco una especie de dualidad zoológica derechas/izquierdas, pero esta ficción nefasta exhibida con diferente vestuario y abrumadora orquesta mediática ha sido y es determinante para asegurar poder, manutención gratuita, predominio social y múltiples nóminas a una clientela parásita que lleva décadas multiplicándose a costa del empobrecimiento intelectual, moral y económico de la nación y ejerciendo un chantaje sin parangón en otros países europeos. La palabra “comunismo” y sus efectos históricos reales o se evita o goza de una especie de aura vaporosa afín a la generosa solidaridad. Los muertos, silenciados, quedan a beneficio de inventario porque en realidad las clientelas de la utopía viven y medran de esos réditos. La cárcel dual amplió y reformó instalaciones con el mito de la Guerra Civil de 1936 y su república maravillosa, que no lo fue, y el de la dictadura franquista uniformemente horrorosa, que tampoco lo fue. De estas fábricas inagotables y rentables de víctimas a posteriori han vivido y esperan vivir miles durante décadas.

“Somos así. Aquí somos así”

La frase es común respuesta en el país fallido a cualquiera que observe una deficiencia, un fallo, un retraso, incuria, comportamiento indeseable, errores garrafales, despilfarros del erario público, mentiras flagrantes del líder político. La primera persona del plural se emplea sistemáticamente, se diría que incluso con cierto placer o tibia complacencia de no distinguirse del rebaño y participar, con él, de la cuota de vileza. El “somos” en este tipo de resignada respuesta ante conductas negativas es rasgo típico hispánico, y nada alentador. Implica reconocimiento de inferioridad e incapacidad irremediables de estar a la altura de lo que de un ciudadano de un país moderno y democrático se espera. No es propio de otros lugares este «somos” y está relacionado estrechamente con la parálisis, la ceguera voluntaria, la indiferencia ante las palmarias fechorías del armazón parásito en el poder que deyecta a diario todo tipo de disposiciones de claro corte totalitario en una injerencia sin precedentes, propia de los regímenes comunistas pero maquillada a lo juvenil y  a la europea, en las vidas privadas, acompañada por amenazas de pérdidas de hacienda y libertad y blindadas por el general convencimiento de que no existe defensa posible.

Los últimos no serán los primeros pero es posible que para el país fallido, precisamente por su posición irrelevante, desmembrada y amorfa, se le presente una oportunidad de ascenso y cambio, de abandono y repulsa del “Somos”, que suba escalones, traspase las rejas de su cárcel verbal y advierta que éstas no existían, que eran simple proyección defensiva del peor de los clubs: El del mínimo común denominador intelectual y la amoralidad estúpida. Tal vez pueda hacerlo. La libertad está al otro lado.

El club individual.

Es, por lo tanto, el momento de pertenecer al club de los riesgos que valen la pena. Precisamente por el valor del acto gratuito y necesario, sin rentabilidad alguna. El valor individual, la denuncia explícita, el simple uso cada día, cada vez, de las palabras adquiere en este contexto un valor extremado porque son de las pocas armas que quedan al ciudadano, al humano que pretende serlo. No todo el mundo puede ponerse, como Wang Weilin, frente a los tanques en la plaza de Tien An Men, en 1989, en China, sin más arma que su bolsita de plástico, ni enfrentarse como Zelenski al dictador ruso que invade su país y negarse a entregarle trozos de éste como le aconsejan viscosos editoriales de algunos periódicos europeos, Pero las palabras, su elección y la estadística en su empleo no son inocentes. Tampoco lo son la supresión, inclusión o no en un texto, la eliminación de fechas y datos numéricos o la amputación de la Historia. Como todo nuevo rico, el Gobierno de Pekín no se conforma con la exhibición de riqueza, poderío y armas. Necesita el reconocimiento de los que, sin decirlo, siente como aristocracia, desea la simpatía de sus pares, no soporta la riqueza de libertad de la que gozan sus vecinos taiwaneses, el aire próspero y limpio que respiran, que cualquier visitante de Taiwán percibe y no se puede comprar con tanques ni contenedores de todo a cien circulando por la red mundial. El contraste próximo con países abiertos da al traste con el tópico racista de la incapacidad china para la democracia y con el argumento de la uniformidad de mil trescientos millones de habitantes sólo capaces de seguir al autócrata de turno, al Partido Comunista Jefe, sin aspiración a democracia alguna. La falacia del número es el peligroso simulacro de argumento utilizado tanto por la dictadura totalitaria china como por los oportunistas de Occidente. Mil cuatrocientos millones se presentan como un bloque, uniforme que excusa, por el peso del guarismo, toda oposición y todo análisis. El individuo, gran enemigos de los peores, no existe, está indefenso, silenciado bajo el abuso, la violencia, el terror, las peores dictaduras, las leyes y usos criminales. Y sin embargo la fuerza de una idea, que siempre nace primero en alguien, que alguien defiende solo en algún sitio, es lo que cambia el mundo en el que se vive y la única  arma que a quienes sepan denunciar y a atreverse a usarla les queda.

Taiwán. Sin miedo al gran dragón.

Rosúa

 

07/9/22

Breve Crónica de la Gran Nieve

Breve Crónica de la Gran Nieve

8 de enero de 2021

La otra acera se ha vuelto inalcanzable. Alguien se está empolvando furiosamente en las alturas. Una diosa particularmente mala sacude su vestido de lunares y éstos caen, incesantes, sobre losas y bordillos no acostumbrados a ello.

Impera, en segundo plano, tras la aparente inocencia de la ausencia de colores, la negra perspectiva de la condena a prisión por plazo indefinido.

Un señor con su perro, pequeño y muy bien abrigado, me ofrece su ayuda para atravesar la carretera tan carente de apoyo como un brazo del ancho mar. Acepto de inmediato.

El puerto del portal abre sus puertas.

Comienza la clausura forzosa.

9 de enero de 2021.

No amanece. Todavía no amanece. En cuanto baje el embozo el enemigo se me echará encima. La cama cálida es casa, iglesia, cueva, brazos amantes, hoguera ancestral con danza de chicos de la tribu.

Ofrecen seguridad y refugio Humphrey, mi edredón, y la espesa y protectora colcha-buti que me permite dormir cada día con el príncipe gracias a su bordado de castillo, caballero, dragón, doncella y toda la nómina, sin madrastra mala ni importunos enanitos.

 

06/22/22

TRANSIBERIANAS. TAL VEZ TRANSEURASIA- Nuevo libro. Junio 2022

Transiberianas. Tal vez Transeurasia.
Junio de 2022

 

 

De Moscú a Vladivostok y mucho más allá, en el espac io, la Historia y el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De un continente a otro.  Y al futuro que puede ser.

04/4/22

TRANSIBERIANAS. EL LARGO VIAJE.

TRANSIBERIANAS, El largo viaje.

 

Tramsiberianas se gestó en un viaje de quince días de Moscú a Vladivostok que fue luego, al hacerse libro, de más de tres años, página a página, palabra a palabra, con una intensidad en el sentimiento del tiempo y del espacio que la autora jamás sospechó al emprenderlo. El tren fue la envoltura, el huso de hierro que iba dejando su contenido en ciudades crecidas, como cosecha, a su abrigo y luego lo recogía para depositarlo en otra parte, mientras ofrecía por sus ojos de vidrio rápidas estampas de plantas luchando por florecer, llanuras sin más límite que el horizonte, superficies líquidas tan anchas y abundantes que hacían pensar en los días imprecisos de la Creación, cuando aún las fuerzas estaban atareadas separando la tierra de las aguas.

Los recuerdos anteriores, la visita a la que fue Unión Soviética, empalidecían hasta distinguirse sus perfiles apenas en la superficie engañosa, frágil de las muchas memorias superpuestas, de la amplitud e implacable belleza del mundo, de la llamada tenaz de voces distintas. Rusia imponía su desconocido que siempre se creyó, en parte, conocer, empujaba, al atravesarla, siglos arriba y abajo, de manera simultánea. Meses, años después, en el libro Transiberianas surgían, sin ser invitados, por sí mismos, personajes de distintas épocas y lugares que tomaban carne con rapidez pasmosa, como si siempre hubieran estado esperando en los andenes. Rusia eran ellos, había que hacerles sitio, su doble alma llevaba épocas llamando a las puertas de Europa sin abandonar por ello las casas propias. Porque el tapiz se extendía de un océano a otro y era Eurasia.

Kairos, Heródoto, Lenka, Irena. Valentina, Nicolás, Ikreyh, Eusebio. Irina, Sonia, Huang, Misha. Shush, Mirza, Uhu-bek, Vladik. Ruy González, Basil, Pior, Nina. Vladimir, Borsek, Li-Mi, Marioska. Y otros, incluido un perro testigo en primera línea del asesinato del zar, acompañantes y familia. Todos aparecían con absoluta urgencia, y a todos observaba la fuerza tranquila de una naturaleza que sabe que la muerte de los seres que en la tierra cría es sólo aparente y sobrevivirá al hielo y a las nieves.

Llegó febrero de 2022. En esos días se había terminado el libro y la última línea coincidió con la invasión por el gobierno de Rusia de Ucrania, lo que obligó a añadir un epílogo, escrito con cierto estremecimiento al repasar páginas en las que se aludía a la codiciada zona del Mar Negro.

El epílogo es éste, junto con el agradecimiento a los ucranianos y a su Presidente que, en 2022, han mostrado que aún hay personas capaces de arriesgar la vida por la dignidad y la libertad.

 

Epilogo

El puente más oscuro: La vía muerta del Transiberiano.

24 de febrero de 2022: Rusia bombardea e invade Ucrania.

Hay otro extremo del puente que pudo, que podría ser, y el puente mismo es otro. La embriaguez de la diferencia y la distancia, el sabor anticipado de la sal del Pacífico y la materialización de los topónimos han relegado a un segundo plano la existencia de los pilares occidentales del cinturón euroasiático, de esos lugares asomados al siempre codiciado Mar Negro. Deltas y estuarios, llanuras repletas, como un vientre incansable, de cereal, países del siglo XXI que fueron  escapando en el XX, con valor, tenacidad, ilusión y esfuerzo, de los escombros de la cárcel en que se había transformado Rusia: la Unión Soviética. Eran los del Este, las colonias de Moscú, y en cuanto pudieron dieron la espalda a sus antiguos dueños del terror y los tanques que aplastaron en Budapest y Praga sus rebeliones, renegaron de los señores de las hambrunas provocadas, de los espías de las vidas de los otros, de los muros para evitar las fugas y de los planes para lograr el dominio internacional. Desde las pequeñas y bellas naciones bálticas hasta las valientes Polonia, Hungría, Rumanía, Checoslovaquia, Bulgaria, Ucrania, todas ellas se fueron sacudiendo un pasado de servidumbre incomparablemente superior a ninguna conocida, una especial sumisión gris, impersonal,, ubicua, omnipotente, caracterizada por el anonimato, por su aspiración a controlar hasta el menor resquicio, interno y externo, de los ciudadanos, por su completa ausencia de responsabilidad moral y por su inigualable e inigualado dominio de la propaganda, que logró convertir el mundo, y en él comunicación y cultura, en una interminable batalla de Buenos y Malos, Derechas e Izquierdas en la que los Buenos eran, siempre, los que, de una u otra forma, apoyaban al comunismo y afines e instalaban por doquier, aprovechándose de sistemas plurales y abiertos, plataformas de simpatizantes y de parásitos que repartían rentables certificados sociales de pensamiento correcto.

La ola de adhesión, de fervor incondicional y pertenencia afines a los de una secta religiosa, no fue en sus orígenes ni siempre la propia de militantes políticos. Tampoco la guio, en todos los casos, el interés espurio de los amplios sectores que se valieron de ella e hicieron y hacen de su marca un próspero negocio social. Se sustentaba aprovechando sentimientos nobles como la solidaridad y la indignación contra la injusticia, sentimientos que pronto se mezclaron con la envidia y la fácil explotación del victimismo. De ahí que la división Malos/Buenos, Progresistas y Burgueses, Comunistas/Liberales pareciera, pese a su reciente aparición en la Historia mundial, haber existido desde el alba de los tiempos, y que se impusiera con una fuerza tal que bloquea la percepción misma de la realidad y condiciona la mente con la más férrea censura interna que haya existido jamás.

El nuevo credo se benefició además en su nacimiento de óptima conjunción de circunstancias, surgía en el momento adecuado, los lugares idóneos y entre los actores oportunos. La industrialización, el ambiente fabril, significaban la convivencia de grandes contingentes de personas con intereses laborales comunes. Los medios de comunicación se alzaban como una  fuerza de difusión y, al tiempo, de propaganda. Los líderes políticos y sus patrocinadores surgían, exponían y se profesionalizaban. La revolución rusa de 1917 gozaba, y goza, del status de Belén y de Jerusalén, de revelación que, fácilmente, lo explica todo. A cualquiera. Que exime de la responsabilidad en los propios actos, elimina normas y leyes y libera del penoso ejercicio de pensar y de la aún más incómoda constatación objetiva de los hechos. Sin necesidad de leer las obras completas de Marx y Lenin. Y proporciona, sin mayores méritos, el marchamo de superioridad y el derecho a apropiarse de los bienes ajenos. Así, los actos, primero de la URSS, después de la R. P. China, gozaron de la mejor impunidad, del casi total silencio, la indiferencia, rechazo o incomodidad ante las críticas por parte de los países fuera de su órbita y de las simpatías, si no alabanzas, de la mayor parte de las élites culturales y mediáticas .Hasta épocas muy recientes, hoy incluido, las críticas han coexistido con una floración de neocomunismos en la que sólo ha hecho brecha definitiva la brutalidad extrema de la agresión y destrozo en 2022,  por parte de la URSS rediviva, de un país europeo.

A diferencia de la victoria de 1945, la desaparición de la Unión Soviética no fue una guerra ganada, en su implosión no hubo sino demérito de los países libres de Occidente, éstos no liberaron a nadie, se complacieron en hacer bueno respecto a Estados Unidos el dicho No sé  por qué me odia si no le he hecho ningún favor y en coger con una mano la ayuda estadounidense y su escudo protector, que les ahorró gastar en su propia Defensa, y en pintar con la otra mano “America go home” en los muros de las ciudades europeas. Pero el muerto régimen soviético estaba bien vivo, y paría y nutría seguidores continuamente. Había hallado, como China, la fórmula de la riqueza personal y la embriaguez nacional y revanchista, y engordaba sus fuerzas con justificado desprecio por los angelicales programas de los mal avenidos partidos democráticos en nombre de la paz gratuita universal, la energía milagrosa, el edén selvático bajo cuyo verde terciopelo se esconde la más descarnada ley de la selva, que abomina de viejos y débiles como bien supieron los nazis, y la adoración de las diosas madre, de los dioses Planeta y Culturas. Ha cristalizado el neototalitarismo new age, la respetuosa  política de bloques según las supuestas nuevas leyes de Historia y Cambio de Ciclo que exigen en el bien remunerado clero la abominación de Derechos Humanos universales, de igualdad, libertad y defensa del individuo. Hasta que el bárbaro, el déspota, el terrorista llaman a su puerta.

En cuanto pudieron, regiones, países e individuos huyeron del paraíso comunista, aprovecharon la implosión de la Unión Soviética. Y dejaron tras de sí la estructura totalitaria, burocrática y policial de un régimen que volvía a ser, en apariencia, la eterna Madre Rusia, ahora empeñada, como China, en logros económicos repartidos entre los afines al Gobierno, en un rearme vertiginoso y en un control energético en proporción inversa a la dependencia y debilidad europeas. Democracia, libertad y derechos individuales, siempre incompatibles con los padres fundadores de la revolución de 1917, eran todavía más inaceptables en el poroso y movible mundo del siglo XXI, tanto respecto a las naciones fronterizas como en el interior y en los propios ciudadanos rusos. El impulso totalitario de las remozadas o nunca extintas dictaduras comunistas, ahora bautizadas con el eufemismo autocracias, ha mantenido y sigue las mismas estrategias y procedimientos que antaño, con leves maquillajes de forma. Se atiene al mundo dual de denuncia de las democracias occidentales y aliados, exportado esta vez el mensaje, de grado o por fuerza, en un mix global por áreas internacionales de penetración, presión y asentamiento.

La invasión de Ucrania ha desnudado las matrioskas del líder de Moscú, todas presentes, propias de los estratos de su vida y todas en activo, decisivas, laqueadas, sucesivamente, por un proyecto común de dominio antitético de libertad y derechos individuales, revestido en su último avatar de una amalgama de exaltación de nacionalismo paneslavo ruso y fervor religioso ortodoxo. El conglomerado religión y Grande e Imperial Rusia encaja perfectamente con las matrioskas interiores en cuyo núcleo se sitúa el policía secreto del régimen que el líder comunista siempre fue y del que conserva la típica indiferencia por las vidas humanas y la certidumbre en la infalibilidad de sus actos. La matrioska del zar, una de las que el líder encierra, no tiene de aquél sino el icono útil de símbolos y título y la ambición del derecho divino que el Partido y Credo que conoció y la corte que lo rodea le proporcionan. Su reino es de este mundo, expansivo por naturaleza, sin relación con imperialismos zaristas, una sucesión de matrioskas semejantes al las escobas del aprendiz de brujo, de multiplicación, por su propia dinámica, imparable. La última reúne lo peor de cada casa, y la polémica comunista o nazi es estéril porque la integran ambos:  El poder del Partido en el que hacen piña Jefe Supremo, cuerpo rector y autócratas billonarios, y la descarnada brutalidad del nazismo con sus justificaciones étnicas y lingüísticas. El Presidente debe pintar su última matrioska con trazos rápidos por la urgencia del declive físico, particularmente insoportable para alguien que se ha querido y quiere símbolo de la fuerza, identificado con el mando y digno del mejor mausoleo en la mayor catedral de la nación más grande.

Las pequeñas muñecas sucesivas pueden caer, una tras otra, como fichas de dominó, con simples, repetidos, tenaces, numeroso golpes.

En el terreno verbal ha habido pocos cambios: las viejas armas empuñadas por los mismos y sus clones con los mismos propósitos: Se recurre como enemigos por antonomasia a la exhumación de las efigies del Mal destinadas a excitar rechazo automático, El Presidente ruso justifica su invasión y bombardeos en pro de la defensa contra el neonazismo, exactamente igual que en España el grupo de Buenos de nómina, la Izquierda, lleva largas décadas gozando de un cómodo vivir mediante la utilización de fascista, franquista, ultraderecha y facha como medios de ostracismo y chantaje contra los que no considera de su tribu. Todo vale para ignorar la realidad, los hechos concretos y los individuos. Así el Gobierno ruso invoca derechos étnicos y rancio abolengo medieval, que lo situarían como el primus inter pares de los eslavos, mientras sus clientes ideológicos, y con frecuencia materiales, de países europeos sortean la incómoda evidencia del regreso del imperialismo soviético y el periodo 1917-1989 a base de referencias a los zares. De forma paralela a la batería verbal Mal/Bien, tanto en la casa madre neosoviética como en sus franquicias no puede faltar la amenaza de grandes y eternos enemigos dotados de perdurable juventud y maldad infinita. Son recurrentes el Gran Satán Estados Unidos, la cohorte capitalista y los indispensables dictadores por mucho tiempo que lleven muertos: Véanse los nazis (con los que sin embargo al principio de la segunda Guerra Mundial Moscú pactó), en España Francisco Franco, cuyo fantasma lleva décadas trabajando para los que se legitiman dando lanzadas al cadáver, y los fascistas invocados por el espiritismo político.

Erizado de armas, con su dedo juguetón en el botón nuclear y la invasión de un gran país de Europa, Ucrania, que marca un antes y un después en la Historia, el Presidente del Gobierno ruso se sitúa en posición de aparente preeminencia y centro de los focos. Sin embargo el exceso mismo de su actuación, la teatralidad del desarrollo y la impostura del planteamiento delatan la inmensa derrota que se extiende tras los dorados y las águilas bicéfalas. Se sabe vencido por una forma de vida, la occidental, libre y democrática hacia la que se vuelcan cuantos eran sus vasallos, no ignora el vacío que existe tras la aparente rápida victoria por el recurso a la fuerza, le es patente su, en todos los sentidos, ineluctable vejez. La cual contrasta con la juventud y valor, espiritual y físico, de sus oponentes y con la toma de conciencia de la aletargada Europa tras la sacudida. La violencia misma de lo sucedido el 24 de febrero de 2022, con todo su precio de dolor, soberbia y sangre, tiene algo de canto de cisne, aunque éste tarde aún en morir.

El extremo occidental del puente oscuro se hincaba en arenas movedizas, en pilares poco fiables. Los que fueron países del Este se apoyaban en aquella Europa de las democracias, las libertades y los derechos, no olvidaron las invasiones del señor antiguo pero aprendieron rápidamente a hacerse un presente y un futuro, tejieron su independencia sin que por ello dejaran de mostrar en sus ciudades unos peculiares museos de la opresión, los comisariados y las cárceles socialistas que a los admiradores platónicos del comunismo a costa de la piel de otros les repugna visitar. Cuando llegó, en febrero de 2022, la invasión rusa en el extremo ucraniano del puente oscuro los invadidos sintieron y temieron, bajo la súbita lluvia de bombas y disparos, que la Europa de los derechos y libertades en la que habían creído no existiera que fuese polvo, como las momias expuestas al aire, ante la brutalidad de la fuerza, que, mientras las instituciones liberales de Occidente reposaban en espera del beso y las ayudas del príncipe, lo peor de la antigua Unión Soviética siempre había estado allí y que los jefes de Rusia, en vez de transformar su país, que no es para viejos ni para individuos libres, en país para todos, querían la gran dictadura de inacabables fronteras, la cual los coros occidentales de las consignas se apresuraron a denunciar como ambiciones zaristas cuando, en realidad, correspondían a las del Buró Político de Moscú.

Sus argumentos, como los ancestrales orígenes en Kiev y la tribu de los Rus, de donde viene el nombre Rusia, son de perfecta inoperancia. En las  oscuras edades de la Alta Edad Media, existían señoríos  diversos, como los khazar de Kiev, convertidos al  judaísmo en el S. VIII. Había un trasiego intenso con alternancia de enfrentamientos y pactos comerciales, imperaban la codicia por las ricas llanuras fértiles próximas al Mar Negro que se extendían tras los bosques, y por los puntos de comercio norte-sur, desde el Báltico y Escandinavia. El primer estado ruso, Kievan, no pasaba de ser un principado feudal marcado, en parte, por vikingos y nórdicos y, por otra, por el contacto con Bizancio. Los ríos, como bien sabían los vikingos, eran las grandes vías mercantiles y pronto se advirtió que la venta y trueque regulares de pieles, esclavos, ámbar y colmillos de morsa podían ser más rentables que la guerra. Los principados luchan o se alían entre sí, se ven acosados por nómadas y mongoles que llegan desde oriente y cuya especialidad es el saqueo, Kiev, tan eslava como los rus y ucranianos, prospera gracias a sus lazos con Bizancio y a la entidad afín  que le proporciona su conversión al cristianismo, un factor que, en paisaje político tan difuso y carente de fronteras, otorga sensación de pertenencia. Moscú pasará, y va a ser desde el S. XII, centro comercial de mayor importancia mientras que Kiev, unificado en el S. XI como estado ruso, se desintegra en principados independientes y en las más conflictivas zonas del sur pasará, sea a ser Lituania, sea a situarse en el khanato de la Horda Dorada.

Con el comienzo de la Edad Moderna, Rusia, ya imperio, se resiente, y esto será una constante, de su aislamiento, quiere acercarse, formar parte de Europa occidental. Kiev vuelve de Polonia a Rusia, Crimea, además de indispensable salida al mar, es más que nunca centro de comercio. Han llegado, desde el siglo XV en adelante, colonos germanos y flamencos llamados por los príncipes eslavos para que desbrocen tierras, desequen cenagales y loas conviertan, como así ocurre, en tierras de labor. En los siglos XVII, XVIII y sobre todo en el XIX hay una fiebre de descubrimiento, exploración y población hacia el este, hacia Siberia y los inmensos territorios apenas conocidos cuyas posibilidades y recursos comienzan a vislumbrarse. Ahí se engendra el Transiberiano, que es mucho más que un tren, es la nueva Rusia de la nueva época. El gobierno, los zares y las élites anhelan unirse a la revolución industrial, se impulsa la explotación de las minas de carbón en Crimea, se crean fábricas. En el siglo XX la extensa y rica en cereales Ucrania logra su independencia, que le durará bien poco, de 1917 a 1920. En la Unión Soviética será diluida en un enorme territorio, el Kazakstán. Tras la revolución de octubre, unos años después, entre 1932 y 1934, en Ucrania se vivirá, y se morirá, el Holodomor, el Holocausto ucraniano, por la hambruna provocada por Stalin, que expolió el trigo y se llevó por delante a entre cuatro, seis o siete millones millones de personas (las cifras son tan vagas, tan fáciles cuando se trata de hablar de exterminio, y de regatear a los asesinados incluso su derecho a haber muerto). Ucrania no fue un territorio de rendición rápida ni fácil de controlar. Sufrió luego devastación material y demográfica durante la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente un status de denominaciones y fronteras cambiantes, hasta su independencia real en 1991 y su reconocimiento como nación democrática en el foro internacional.

Uno de los mejores aliados del Gobierno Ruso y de su Presidente actual, en 2022, ha sido la forma de difundir en Occidente la Historia, la sumisión al maniqueísmo ideológico según el cual el imperio ruso era siempre un desconocido de borroso y agitado currículum entre la barbarie, los personajes pintorescos y un puñado de artistas notables en música y. letras. Apenas nada sobre el titánico esfuerzo para modernizar país tan vasto y de condiciones climáticas tan extremas. Los zares eran presentados como monstruos de crueldad o figurones ansiosos de fusilar oponentes y azotar a los siervos, el país una extensión inabarcable y en gran parte baldía de estepas semidesérticas, nieve, bosques, jinetes y miserables chozas de madera. Rusia ha sido la gran desconocida. El asesinato del zar, que ya había abdicado, y de cuantos lo acompañaban es unas líneas en el libro de texto, las colosales obras de transporte, urbanismo e ingeniería, el esfuerzo ingente de modernización un evento ajeno a los zares que sin duda brotó en tiempo récor del verbo salvador de Lenin y Stalin. Ni qué decir tiene que millones de muertos causados por el régimen soviético están ausentes en la mayor parte del relato occidental. La invasión y agresión de Ucrania en 2022 se atribuye hoy tranquilamente en no pocos medios a un revival de las regias ansias imperiales saltando limpiamente sobre el bien documentado, largo y reciente imperialismo soviético y pasando por alto el hecho palmario de que los zares nunca protagonizaron invasiones como la de Bucarest o Praga ni aspiraron a expansión internacional, no causaron la muerte de millones de seres humanos; ni alzaron muros, organizaron milicias y servicios policiales y blindado fronteras para que sus ciudadanos no huyeran del país.

El envés de la nueva Ruta de la Seda

Extasiados ante las nuevas oportunidades de comercio, relaciones y oportunidades, los asistentes a una charla-conferencia, diapositivas incluidas, en el International Institute (Instituto Internacional norteamericano de cultura situado en Madrid) aplauden como un solo hombre a las exposiciones sobre la China actual, floreciente, rica y prometedora. No hay prácticamente disidentes ni críticos (alguno, alguna), ni incómodas alusiones a la naturaleza del régimen. En la pantalla esquemas del Dragón de Hierro, ahora sedoso, al que numerosos occidentales ansían acariciar el lomo. No todo es grandeza, beneficio y maravilla en el origen. La Ruta de los Contenedores Benéficos Chinos, que distribuyen puentes, carreteras, ferrocarriles y regalos múltiples en países del Tercer Mundo, tiene también un reverso oculto y sombrío. El regalo incluye la mayor indiferencia y/o apoyo en las alianzas a tiranos, dictadores y prácticas de la más descarnada criminalidad, el más perfecto desapego ante las situaciones concretas de los individuos, la gélida aceptación en los tratos de situaciones y prácticas inhumanas. Porque en regímenes como el oficial chino y en pueblos adiestrados en la larga práctica de la ausencia de libertad, responsabilidad y moral individuales no existen sentimientos sino intereses. El Dragón de Hierro vestido de seda también defeca, e irá dejando lo que en su origen ya le sobra: los cielos grises de humo, grúas y trabajadores avasallados, las bocas amordazadas, las noches urbanas sin luna ni estrellas, veladas por la contaminación, el invisible y radical desprecio de los amos de la raza homogénea han y de un país sin la menor conciencia de los derechos e igualdad humanos respecto a los destinatarios del humo y los desechos del dragón.

Para el que se atreve a despojarse de la dualidad estúpida pero confortable Buenos/Malos que le ha permitido medrar, ahorrar neurona e ignorar la evidencia hay otros mundos de albedrío donde se respira mucho mejor y que están en éste, pero no son los del molde, ya casi instintivo, que le hace someterse al Izquierdas/Derechas. Descubrirá el valor de los actos por sí mimos, el nadie es más que otro si no hace más que otro de Cervantes, la posibilidad de vivir, pensar y expresarse sin unirse a la consigna coral, a la alabanza o el silencio, se sacudirá el miedo al ostracismo y el rechazo social, verá tal cuales son y han sido los sistemas totalitarios, el comunismo hoy, la triste grisura del miedo a lo otros y la censura tan bien plasmados en la película de Alfred Hitchcock “Cortina Rasgada”, de 1966, sobre el ambiente de la Alemania del Este durante la Guerra Fría. Quien salga de la cárcel del pensamiento y la palabra bipolares no se explicará cómo se ha mantenido la extraña dictadura del pobre y dirigido pensamiento. Podrá sin embargo hallar respuestas cuando observe que no hay dualidades pero sí una masa de clientelas parásitas de las utopías subvencionadas que han fagocitado en cultura y discurso la bondad, justicia, solidaridad social. Y descubrirá además que una tergiversación y rendición de tal envergadura sólo se explica, en buena parte, amén de por los beneficios obtenidos, por la vergüenza en ocasiones inconsciente de la propia cobardía, la del voluntariamente sometido a la servidumbre.

El puente oscuro viene dejando en su sombra a los rusos mismos, a los numerosos entre ellos que, como en los ex países del Este, quieren vidas libres y mejores, no sólo en ventajas materiales sino en dignidad, autonomía, respeto, en la existencia civil e individual de todos los días. Ninguno quiere vivir como la gigantesca dictadura de Pekín, por muchos juguetes electrónicos y PIB que eso represente. La simple imagen del Congreso del Partido Comunista Chino, con sus gigantescas Hoz y Martillo de fondo y las filas de clones con los mismos gestos, vestimenta, rostros y aplausos inspira auténtico terror y, por el contrario, justificados temor respecto a su destino, admiración, solidaridad y aprecio las gentes de Taiwán y Corea del Sur, que por sus regímenes democráticos, su valía y esfuerzo desmienten el determinismo étnico, genético y geográfico y son prueba viviente de que los sistemas en que se vive determinan más que factor alguno las conductas. En mayor o menor grado, la semejanza entre coreanos del norte, chinos del nuevo Mao, cubanos y fieles descendientes de la KGB rusa son, más allá de maquillajes folklóricos, obvia. Taiwaneses, sudcoreanos y disidentes rusos también confiaron, y confían en los que, al otro lado de otros puentes, defendían sus valores. Como confió Ucrania. Pero la blanda, medrosa y somnolienta Europa del oeste necesitaba de un revulsivo para que aflorasen  el valor y la fuerza para hacerse y hacer respetar los Estados de Derecho. Había confiado  su suerte al azar, a la inercia del confort asegurado, a la asistencia de primos musculosos en improbables casos de emergencia. Hasta que la bella princesa durmiente se despertó porque una bomba había estallado en su misma puerta.

El increíble dictador menguante.

Hay algo que sobrenada y sobrenadará, y pervivirá a toda esta sangre e injusticia: La perfecta ridiculez de un tipo que se va haciendo más y más pequeño en sus desesperados esfuerzos por hacerse grande, que mengua cada día que se empeña en cruzar puertas cuyas hojas abrumadas de oro buscan algún zénit y lo aplastarían de desprenderse una de sus molduras, que es inseparable de la prótesis del trono solar desde la que, a distancias siderales, puede vigilar las evoluciones de la corte gris de sus planetas, de manera que la lejanía no revele la disminución progresiva de su persona. El dictador menguante necesita, continua, fatalmente, aumentar la altura de sus podios, subirse, afirmarse, presentarse sobre trofeos, ruinas, edificios reducidos a escombros, tanques, pilas de monedas, de guardianes, de espaldas inclinadas, de altares, balaustradas, desde el balcón más alto, a la mayor distancia, pues conoce su fatal pequeñez irremediable, que le persigue como  propia sombra.

Morir morimos todos, pero el suyo es destino en especial patético, contraste de su empeño y sus ficciones, del gran engaño que le obliga a situarse como la encarnación de un vasto imperio, el cuerpo y la cabeza de un gigante fabricado por él para sí mismo, la cáscara y la máscara del raquítico afán de su persona. Cada vez parece más mínimo al otro lado de mesas con dimensiones de piscina olímpica en las que tal vez imagina que nada dejando atrás a todos sus interlocutores. Aferrado al extremo con la ansiedad de erguir el cuello y rostro, se va muy lenta, irremisiblemente, hundiendo mientras lanza gélidas órdenes de César redivivo. Puede auparse sobre nuevas víctimas, y sobre el sueño, que querría cierto, de hongos atómicos. Lo protege, como un palio, la leyenda misma de la irresponsabilidad de su mente, et terror de su conducta imprevisible. Pero tal vez se olvida cuán fina es la línea de la locura, la tierra de nadie en el cerebro entre la razón y las construcciones irracionales, donde se erige el frío, pero lógico edificio de la monstruosa conveniencia. Él es ya la lamentable y diminuta figura que huye desesperada de su talla real, que pretende empinarse angustiada sobre el tiempo y no ignora, en el fondo tenaz del ser reseco que mengua con el sol de cada día, que otros que van muriendo, que ya han muerto, serán y morirán mucho más grandes que el dictador menguante, desdeñado incluso por el polvo.

Rosúa

 

Y ahora añadir un agradecimiento a Ucrania, a Zelenski, a cada uno de los que han demostrado que, como dice Cervantes, por la libertad como por la honra se puede y se debe arriesgar la vida. Cuando en una Europa vendida a las sumisiones, en la que se aconsejaba a los ucranianos la inmediata rendición, cuando la cobardía y mediocridad son de precepto, cuando hay países fallidos, como España, que se avergüenzan de su nombre, de su lengua, de su bandera, que viven de repartirse despojos y en los que el jefe de partido hace un discurso a la asamblea cuyo resumen es Todos vais a seguir cobrando. (Gran aplauso), cuando llueve la lluvia viscosa de la vergüenza silenciosa cotidiana, gracias infinitas a Zelenski y a la gente de Ucrania porque nos han devuelto un soplo de esperanza en la condición humana.

01/17/22

LAS CLIENTELAS SIN UTOPÍA. EL HOMBRE NUEVO ONLINE 2022.

https://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

LAS CLIENTELAS SIN UTOPÍA

Nadie es más que otro si no hace más que otro (Miguel de Cervantes).

El Hombre Nuevo Online.

Hubo un tiempo en el que los defensores de utopías, que resultaron encomiables o nefastas, comprometieron en su ideal tiempo, energía, vidas y haciendas. El final del siglo XX y lo que se lleva de siglo XXI viene caracterizándose  por la agresiva, peligrosa y ruinosa transformación de los luchadores utópicos en clientelas de confortables y tolerantes sistemas de bienestar. La mutación de la democracia en populismo les ha permitido incrustarse en el medio en formas de redes de parásitos que subsisten mediante la distribución de victimismo gregario y se imponen con el chantaje verbal y moral continuo difundido por la incesante lluvia de mensajes y por el pacto implícito con esferas de acumulación de bienes y de manejo de opinión, muy interesadas éstas en mantener el espectáculo antisistema y los coros y danzas de grupos identitarios y eternos agraviados. Las clientelas se saben rentables, disfrutan de audiencia y mejor vivir en proporción inversa a su rendimiento social y son, lógicamente, enemigas del individuo libre y de mérito, trabajo, capacidad e iniciativa. Necesitan, absolutamente, para nutrirse, parasitar y dominar, la imposición de la igualdad gregaria y la abolición de cualquier asomo de excelencia basada en cualidades objetivas, valía y esfuerzo personales. Se llena así el vacío político-social, creado por la desaparición, implosión, caducidad y forzada evidencia del fracaso de los regímenes totalitarios, de las dualidades Malos/Buenos que servían confortablemente de marchamo del club Progresistas/Reaccionarios, Izquierda/Derecha y demás letras escarlatas repartidas a conveniencia según el grado de acobardamiento y pasividad social.

Para salir corriendo (pobres clásicos). Florencia

Naturalmente esto tiene límites, marcados por la final carencia de recursos para alimentar a sectores cada vez más extensos e improductivos, pero ese final  puede darse a muy largo plazo y lo que se llamó estado de bienestar colapsar sólo en zonas más vulnerables por su propia rendición silenciosa a la invasión de las clientelas de la utopía del gratis total, de la diferenciación y de la queja. Aunque los defensores de la etnia semiacuática de Arroyoflaco o de los practicantes de la sexualidad con vegetales y el derecho a la regresión arbórea planteen las indemnizaciones que crean les corresponden por las eras de represión sufridas, es improbable que, llegado el momento, existan fondos suficientes para satisfacerlos.

 

El virus providencial

En el ataque a la conciencia del valor de la vida, individual y concreta, aquí y ahora, de cada ser humano confluyen en los nada felices años veinte del nuevo milenio enemigos de muy diverso signo y época, potenciado esto por un fenómeno epidémico y, a falta de estudio detenido, externo de globalización del miedo y aprovechamiento de la sumisión que carece de precedentes. Se superpuso a un claro esfuerzo preexistente de hacer desaparecer del centro de la atención y de la Historia al individuo libre, de vida limitada, irreemplazable, concreta, sustituido por una especie de antivitruvio, si pensamos en aquella imagen radial, que lo va desdibujando e impone en su lugar simulacros, nuevos dioses invisibles, abstractos, invulnerables, que prometen perfección a siglos vista, invocan mandamientos planetarios y que, mientras, van reemplazando a la humanidad por ganado, bueno para para el pasto, las marcadas tareas y los balidos que llenen de satisfacción a profetas entretenidos en la fabricación de robots.

Sin recurrir a grandes conjuras ni a cerebros maquiavélicos, de forma consciente o inconsciente (una no excluye la otra) nunca se había difundido con tal impunidad la exigencia de la supeditación de las personas, de cada una de ellas, de sus derechos,  bienestar, opciones, forma de vivir cada día, elecciones de felicidad o desdicha e incluso tiempo de esperanza vital a proyecciones utópicas externas coercitivas, imposiciones del sentir y del pensamiento, alabanzas del servilismo y la delación. Comenzó a hacerse con las ficciones duales a partir de la Lucha de Clases y demás credos de Buenos y Malos y demás sinónimos de una cómoda y eterna guerra Bien/Mal en la que cada humano pertenecía siempre a uno de los dos bloques por imperativo prácticamente zoológico. Se trataba de un  razonamiento de gran facilidad y mínimo esfuerzo intelectuales al que acompañan las consignas automáticas recuperadas por lo que se ha dado en llamar lenguaje políticamente correcto y es inseparable de la ofensiva contra el individuo. Son maneras de tergiversar y eludir el análisis de los actos concretos de individuos concretos con sus rasgos específicos, evolución, variaciones y responsabilidades. El salto cualitativo se dio en el siglo XX con los dos totalitarismos, el nazi y el comunista, que no en vano coinciden en su expansión y poder de dominio con la comunicación de masas. Ahí se afincó la dualidad aplicada pronto en beneficio del último, que ha continuado en su ocupación del espacio cultural y el marchamo de superioridad moral hasta hoy y que, aunque por su duración y efectos haya sido mucho más letal que el nazismo y conviva con la realidad de haber causado muchos más millones de muertos, no ha sido objeto de lógica reprobación.

El punto de inflexión se situó más tarde, cuando la dualidad real se desplazó a Parásitos y No Parásitos, es decir, cuando los que en tiempos corrían riesgos e invertían esfuerzos para materializar utopías pasaron a vivir a costa y en los estados de bienestar que denigraban, ejerciendo un chantaje de supuesta superioridad moral apoyada por todo tipo de plataformas culturales. Entró entonces en escena el aliado más poderoso de la sumisión; El miedo. El tercer gran salto. estado de shock incluido, se ha dado gracias a la inestimable ayuda de la mutación y extensión de un virus de la vieja conocida familia de la gripe con variantes por inesperadas más graves y alarmantes. El Covid permitió casi en horas veinticuatro ver cumplido el sueño de cualquier dictador con aspiraciones a totalitario, incluido cerrar durante meses Parlamentos, aislar en sus casas a poblaciones enteras y prohibirles y reglamentarles la comunicación, sustituyendo ésta, lo que ya es sueño húmedo, por simulacros telemáticos que se hizo creer avance perdurable de la técnica nacidos para quedarse y reemplazar a la libre sociedad.

La congelación social vino precedida de todo un despliegue de promoción mediática de consignas de sospechosa uniformidad, que coinciden en señalar al desdichado ciudadano  afanado en vivir a su manera lo mejor posible su fugaz hoy por hoy, culpable de existir y pretender pensar, hablar, disfrutar, comer, amar y desplazarse como mejor le parezca. Para esta ardua tarea de laminación de todos los individuos libres hay que trocear al enemigo, arrancar sus raíces y destruir sus fuentes de memoria. Por ello resulta particularmente útil la eliminación por franjas de edad, de los de más avanzada, que conviene hacer ver como elementos particularmente infectos, infectados, infecciosos y hacerlos salir a horas marcadas. El estigma ya está logrado, es irremediable confundir persona de riesgo con elemento contagioso. Los mayores resultan particularmente molestos porque son memoria viva, escépticos ante los nuevos profetas, poseedores de un acervo de conocimiento y experiencias que desmiente los fundamentos mismos de la nueva doctrina ajena a la humanidad concreta en sí, enemiga del saber, la tradición, la realidad palpable y el presente y necesitada de presentar a la juventud terreno que repoblar, horizonte de hombre nuevo, planetario y verde con reparto de juguetes deslumbrantes de nueva generación.

-¿Cómo logró usted que toda la gente del país lo siguiera en disposiciones tan tremendas, tan aberrantes?– se preguntó durante los juicios de Nuremberg a uno de los responsables de la  política nazi durante la segunda guerra mundial.

Muy fácil: Con el miedo. Si la gente  tiene miedo puedes hacer con ella lo que quieras.- respondió tranquilamente el oficial alemán interrogado.

Y era y sigue siendo cierto. Ha bastado en el siglo XXI el riesgo, no ya de muerte inmediata a manos de nuevos nazis ni ola de Peste Negra espectacular sin remedio, esperanza de conocimiento del origen ni posibilidad alguna de cura, sino de una variante viral de la de la gripe, un virus que lleva y llevará millones de años cohabitando con otras formas de vida en el planeta, para que se instale, de norte a sur y de este a oeste, un general ambiente de agresividad respecto al prójimo como enemigo potencial, una floración de comisarios vocacionales deseosos de denunciar, al más puro estilo de las dictaduras comunistas, a sus vecinos, y una plaga profundamente negra de sumisión al cacique y de renuncia a la libertad, el juicio crítico y los derechos del individuo.

La advertencia sobre los gravísimos riesgos sociales de enfocar la situación como una nueva peste que, terror generalizado y extendido mediante, convierte a cualquiera potencialmente en sospechoso e indeseable y da todo el poder a gobernantes sin escrúpulos, totalitarios y mafias y hace de sociedades e individuos libres sus primeras víctimas ha brillado por su total ausencia. Nunca en plagas anteriores se había sembrado, y utilizado, el miedo a nivel planetario de tal forma, ni se han hallado los ciudadanos en un estado de indefensión, control y desconcierto semejantes frente a las disposiciones de fuentes invisibles, repentinas, indiscutibles y variables que condicionan absolutamente sus vidas nada menos que bajo peligro de muerte.

Lejos de acompañar, de manera simultánea a las disposiciones oficiales, la información adecuada y mesurada sobre la naturaleza del agente patógeno, la inevitable recurrencia del fenómeno y las medidas, (vacunas e higiene) para abordar tales problemas, se han utilizado y extendido el pánico, la histeria, las opciones imposibles, véase el encierro indefinido, y con ello un dominio tan absoluto de las poblaciones como jamás se había logrado en regímenes totalitarios ni se ha alcanzado hasta el día de hoy con el comunismo en China, Cuba, Corea del Norte y aprendices mientras se está ensayando con el populismo étnico, nacionalista, sexista, etc. estilo siglo XXI. No es detalle menor que la más vasta dictadura actual de este tipo, China, ya no se denomine en la prensa occidental dictadura ni comunista sino que haya pasado a ser autocracia. Las palabras no son inocentes, ni lo es que escaseen los comentarios sobre la cuna del Covid y la imposibilidad de investigar su origen. Casualidad sin duda el rechazo a denominar una variante del virus por la letra griega xi, a la que sigue en el alfabeto heleno la o, ómicron La xi se asemeja a la inicial del nombre de Presidente del imperio asiático que siempre se vio a sí mismo como del Medio, hoy en plena expansión hacia los extremos, al que ha vendido Europa, a cambio de la inundación de mercancías todo a cien, la expectativa comercial y la compra de deuda, su dignidad y su independencia.

A pesar de la Peste Negra. Duomo. Florencia.

El volumen del miedo y disposición a la servidumbre, circulando a pleno galope por la red de comunicaciones moderna, y la parálisis y confinamiento de los países afectados no significan que la epidemia del Covid haya sido ni mucho menos el fenómeno más letal y la mayor ola de seguidismo irracional de masas que se recuerda: En el siglo XX la Primera Guerra Mundial desató una masacre colectiva absurda excepto por los intereses que la aprovecharon y dejó países en principio civilizados cubiertos de cadáveres rajados por bayonetas, gaseados, comidos por los parásitos, el frío y el lodo. La mal llamada gripe española no se quedó atrás, la tuberculosis, hasta el descubrimiento de los antibióticos, segó millares de vidas mientras las vacunas y la simple higiene han salvado innumerables; y las doctrinas totalitarias tienen en su haber millones de muertos, sin que los hombres civilizados hayan decidido rechazar, combatir las causas ni denunciar crímenes, estupidez ni fanatismo.

 

La mercancía del miedo

Lo pintaron, pero no se rindieron al miedo. Caravaggio. Florencia

La capacidad mercantil del miedo no es, ciertamente, nueva. El miedo vende, como bien sabe el periodismo. No se compra un periódico lleno de buenas noticias, pero, aliado con las técnicas de comunicación, esa mercancía vende mucho más, su rentabilidad se multiplica exponencialmente. La pandemia desciende sobre poblaciones que invierten gran parte de su dinero y atención en el estado y la apariencia física, en dietas, belleza, mimo del cuerpo y ropa de marca. Dios está aquí y se lleva puesto. Los enemigos del aspecto saludable son doblemente enemigos y los testigos visibles del deterioro de la enfermedad  o la vejez deben ser ocultados o mantenidos a la mayor distancia.  La confusión y los gobiernos de caciques han permitido además con la pandemia la floración de múltiples negocios, grandes ingresos, mafias, fraudes, estafas, cohechos y la constatación de que objetos de fácil fabricación y escaso coste, como mascarillas o desinfectantes, no se hallaran en el mercado y hubiera que importarlos de otros países. Como China.

Muy mayor negocio  ha sido, es y pretende ser la absoluta y fulgurante  imposición online, para gran alegría de empresas del ramo, programadores y comisionistas estatales o privados y con carencia absoluta de críticos, porque ¿quién se atrevería a pasar por desfasado reaccionario que añora épocas de atraso y es incapaz de apreciar los milagros de los nuevos tiempos?, ¿y las cuantiosas ayudas económicas que para ello la generosidad de los gestores universales le ofrecen?

El paso del miedo al pánico se mide por la percepción del agente de la pandemia como una especie de diminuta bestia rabiosa suelta que transmite su veneno fatal por la respiración y vapores de cualquier prójimo. Esto se traduce en la indefensión y desconcierto totales e inevitables. La racionalidad ofrece panoramas más templados  y desde luego mucho más lógicos y prácticos. Véase la visión de la vida como el micromundo de seres unicelulares, bacilos, virus, bacterias, microbios, que coexiste desde siempre, y por siempre, con otras formas, el macromundo, en el que se sitúa la especie humana, con interacción y reacción variable de ambos entre sí, en formas tan distintas como el bacilo de Koch, responsable de la tuberculosis, o las bacterias indispensables para la existencia del hombre a las que se debe, por ejemplo, la fermentación.

El Covid ha sido una pandemia de terror global porque había medios para ello. Era un miedo difundido y renovado en cada disposición, dato y día, acompañado por la indefensión completa, puesto que se inserta en un elemento absolutamente nuevo en el planeta: El sistema de comunicaciones informático. Y éste, que en principio debería haber actuado sólo como factor de apoyo positivo, ha multiplicado exponencialmente los daños sociales y políticos del Covid a causa de la gestión y porque se inserta en poblaciones que, previamente, se hallan en la situación de dependencia, no más peligrosa pero sí mayor, que la humanidad ha vivido jamás con el advenimiento de la telemática, que, al tiempo que sus indudables beneficios, tiene un lado oscuro: Su utilización de forma particularmente espuria y totalitaria.

 

El gran timo online

Moisés recibiendo los Mandamientos (sin online.). Florencia.

De repente, y con voluntad de permanencia, se ha privado al común de los ciudadanos de la atención directa, so pretextos profilácticos que no corresponden sino a un abuso permanente de las circunstancias, de la confusión y de ese excelente cómplice de todas las vilezas que es el temor. Robots, cintas grabadas, mensajes de correo sin posibilidad de respuesta, llamadas a números de teléfono que no responden jamás, soberbia, prepotencia y falsos pretextos de ocupación desbordada, desprecio del infeliz que intenta obtener la antes eficaz y rápida atención médica y que se encuentra con citas a más de un mes vista, organismos en los que donde había seis empleados hay dos o uno visiblemente inactivo pero que exige cita previa, fechas para vacunas de la vulgar gripe que se dan con más de treinta días vista so pretexto de agenda de enfermería completa y que cuando el citado al fin acude comprueba que es el único representante de la supuesta apretada agenda, desdichados que piden recetas de medicamentos necesarios y se encuentran con una especie de antidisturbios bloqueando la puerta y al habitual y conocido empleado transformado en furibundo cancerbero, organismos oficiales que funcionan visiblemente a ínfimo rendimiento, sospechosa unanimidad en las alabanzas al online y en el crudo hecho de que en absoluto reemplaza a la atención presencial, que se aprovecha y se quiere aprovechar para una amputación brutal de servicios y una segregación de la población y, que, en cambio, ha anulado la responsabilidad individual, no hay recurso posible ni respuesta y que jamás el individuo ha estado a tal punto indefenso ante la dictadura de dictadores invisibles.

La pesadilla burocrática, véanse los viajes y aeropuertos, a golpe de documentos noreply de inatacable estupidez binaria, el manifiesto desprecio e imposición a las personas concretas favorecen reacciones inútiles y negativas de rechazo a vacunas y a medidas aconsejables porque se produce un efecto de válvula de escape ajeno a la lógica y producto de la imposibilidad de control, de la impotencia ante la manipulación de la existencia cotidiana dispuesta por gobiernos ávidos de recibir dádivas y alabanzas de los señores que rigen y dosifican energía, autómatas y datos. Mientras, en las calles intentan conseguir empleos  y alimentos miles de seres humanos en paro que ofrecerían los necesarios atención y servicios, a los que se suman olas de emigración nada telemática. En la práctica, los ruidosos grupos antisistema son extremadamente útiles porque canalizan la atención, rechazo y reprobación de la opinión pública, que ve en ellos defensores del contagio y desahoga el volumen de agresividad y frustración acumuladas.

La maniobra de manipulación y sumisión de masas goza sobre todo de la mayor impunidad, está blindada ante el más mínimo ataque porque toda crítica y análisis de la opresión que ha provocado automáticamente se deriva al vertedero de los vomitados por la historia, de los incapaces de adaptase a la era luminosa del Progreso y sus ineludibles avances que permiten posibilidades jamás soñadas. Y son, además, cambios absolutamente irreversibles.

 

La dictadura invisible

La realidad es que se ha impuesto, de la forma más antidemocrática posible, el online como sistema de comunicación exclusivo, aunque no sea sino un recurso más que debía adaptarse a las necesidades y servicio de ciudadanos. Con una mezcla de papanatismo provinciano y afán de captar subvenciones basadas en la mutación telemática, se ha dejado a millones de personas en estado de necesidad y carencia, impotentes y atemorizadas, amordazadas además física y psicológicamente por la vergüenza de ser tachadas de incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos y de ser torpes rémoras del progreso. Son por millares víctimas de un robo legal y cotidiano que ni siquiera pueden denunciar. Se hace en silencio e incluso con sonrisas. Coexiste el tratamiento online de apestados con las campañas de los bancos, pródigas en anuncios y carteles con sonrisas y ofertas de cariñosa atención simultáneas de unas directivas dignas de los lazaretos medievales para rechazar al usuario, limitar su entrada, blindar el recinto, reducir a mínimo horario y servicios, eliminar empleados y oficinas- Todo esto en un sector, el bancario, cuyos trabajadores gozan de un horario reducido de verano de seis meses amén de diversas ventajas fuera del alcance del común de los mortales.

Peor que el Infierno: El de la estupidez. Florencia.

El individuo sobra. Hay respecto a la población franjas de él más eliminables o despreciables que otras, las de mayor edad, y esto es bienvenido por las clientelas de la grey victimista de nómina y por los caciques, y el Cacique. Les hace sitio y, con su presumible pronta desaparición, minimiza gastos de mantenimiento. Clanes y clientelas de nómina imperan. Ahora bien, el canon del mínimo común denominador intelectual tiene sus límites por mucho que se lleve haciendo un intento tras otro de eliminar todo saber, conocimiento y humanismo de los estudios y se prohíban la reflexión y la memoria. Como ocurre con la economía, la resistencia de materiales no es infinita y hay un derrumbamiento final del país famélico, carente de recursos materiales y humanos. Pero hasta que se alcance ese límite del canon de la estulticia y mediocridad como norma puede transcurrir bastante tiempo y mientas hay espacio clientelar para algunas generaciones que disfrutarán de todo tipo de juguetes tecnológicos.

Excepto de la libertad y la cuota de incertidumbre e irremediables sentimientos de soledad y tristeza inherentes a lo humano, y de la felicidad de no deber lo que se obtiene sino a sí mismo.

Infierno: El más indiferente. Florencia,.

 

Tiempos de genocidios light

El genocidio light, que tiene la bandera verde, de un verde un tanto lívido porque el reverso de los inacabables bosques del planeta futuro es la deseable desaparición del idílico y sano panorama de cuantos no cuadran en la perfección juvenil y deportiva, ha encontrado su grande y segunda oportunidad, después de los programas de eliminación física y los burdos intentos totalitarios del siglo XX: Sobran cuantos no vean números diminutos en pantallas diminutas, sobran los que no tabletean con agilidad en pantallas, sobra el que no ofrece la feliz imagen de dar corriendo vueltas a la manzana provisto de zapatillas de marca, está de más el de lectura y dicción de online precarias, por no hablar del osado y por fortuna raro contestatario que se atreve a dudar de la deslumbrante bondad y acierto del sistema. Molesta además especialmente por densidad comparativa, por la constatación de que posee autonomía de pensamiento y un almacén personal de saberes de los que al veloz interlocutor se le ha privado por abolición de estudios y del concepto de superioridad y excelencia de los conocimientos.

  • El indeseable ciudadano que ha perdido el look de la juventud es expulsado de cada metro de reciente asfalto con el que se impide el paso del transporte con el fin de construir en ciudades grises desiertos parameros e inmensas aceras innecesarias donde antes había seguridad, tráfico, posibilidad de desplazarse y animación urbana. Porque la ciudad, con su plural oferta y animación, es la libertad. La epidemia ha dado su oportunidad de oro a la ola de desprecio, hostilidad y eliminación de percepción y contacto con la que se trata a los mayores. Existen muchas formas de exterminio, en pequeñas dosis, maquilladas por campañas de solicitud gregaria oficiales. La  eutanasia, en tal contexto, será muy bienvenida, los suicidios difuminados en el hastío del abandono y el rechazo. Hay que hacer a los que no dan la imagen del Hombre Nuevo online la vida tan incómoda como sea posible, atizar la segregación, sacralizar al espécimen joven del nuevo mundo telemático regado de alabanzas y subvenciones. En el viejo se ve la imagen lamentable de lo que se llegará a ser, de lo que la propaganda de la juventud impecable, eterna y sin memoria niega. Toda agresividad, desdén, omisión son pocas, como saben muy bien las oficinas bancarias, los servicios públicos, las entidades y recepcionistas de servicios médicos. Los dioses Futuro, Online, Planeta Verde, Porvenir Climático exigen sacrificios, la pandemia providencial ha acudido en su ayuda, el Hombre Nuevo carente de pasado y de recuerdo se multiplica en los jóvenes.

Antes de que el comando igualdad de género lo destroce. David, de Miguel Ángel. Florencia.

A éstos la dictadura invisible les ofrece y ofrecerá compañía garantizada y gratificación instantánea. A ningún régimen totalitario le faltaron juventudes fanatizadas. El más torpe de los dictadores sabe acomodarse y sacar partido de ellos. Mayormente en un país colgado, como probeta de experimentos mal conseguidos, al extremo occidental de Europa y que es en ella la nación fallida, débil, irrelevante y patética, única que rechaza nombre, símbolos, lengua propia, historia y bandera, envidiosa con razón de su vecina Francia, defensora de su falsa Leyenda Negra, miembro mendicante de la U.E y que tiene como presidente un maniquí huero al que nadie votó en elecciones generales y que se apoya en el desecho de terroristas reciclados y en clientelas ansiosas de desguazar el país. La dictadura invisible online no admite reclamaciones, es blindada, abstracta, anónima  e invulnerable. El cacique presidencial es el mascarón de proa de las clientelas parasitas tras el que se apiña, con aplausos, la tropa tragaperras, que tintinea consignas -a -o cada vez que se introduce en sus ranuras el sueldo.

El maniquí modelo Hombre Nuevo cuenta con  tres amigos: la Trinidad: Planeta, Futuro y Progreso a la que se suma el caprichoso dios Climático, que garantiza la irresponsabilidad del Líder y su distanciamiento de cuanto pertenezca a lo presente, inmediato y comprobable. No hay culto más cómodo ni dioses más inapelables. A más vacío personal y mayor capacidad de fraude y flatulencia ideológica mayor devoción espectacular por cuanto se sitúe a siglos, milenios, millones de años vista. El parásito se sabe en ese terreno libre de dar explicaciones a críticos y adversarios y dueño de repartir a sus fieles huestes larguezas. Planes, proclamas, promesas, expolio de bienes y derechos, leyes y normas diarias y abundantes, disposiciones arbitrarias y contradictorias, invocaciones, prohibiciones, sacrificios, todo se justifica en el ara del dios Futuro, del dios Planeta, del dios Progreso, del sagrado Cambio Climático. No hay medio ni posibilidad alguna de comprobar cuanto el Líder proclama, de acomodar sus disposiciones al presente, de introducir en la escena del hoy y el ahora al ciudadano y su breve vida. Ninguno de tales dioses existe como tal y su misma entelequia los protege y da a los líderes invisibles y a sus representantes patente de corso para hacer y disponer cuanto quisieren, desparece el presente, lo único real y cierto, para ser sustituido por imágenes virtuales futuribles y profetas que evangelizan, en un rasgo de conmiseración, a los torpes mortales apegados al disfrute de los bienes y alimentos terrestres de su día a día.

La pasividad de poblaciones narcotizadas por la difusión del miedo no impide, sin embargo, la percepción del esbozo de sociedad que se está intentando imponer: No es el mundo en el que se desearía vivir sino la antítesis del proyecto democrático que con tanto esfuerzo se había ido materializando, el de derechos y libertades individuales, valoración de la excelencia y el mérito, admiración por la belleza, la inteligencia, las obras sublimes de la investigación y del arte, los logros del trabajo y del esfuerzo.

Lo que apunta es el lado más oscuro del empleo de la ciencia, el menos democrático, en el que un abismo separará al individuo del común de una élite provista de contactos, fondos, tarjetas oro y express y equipos de asesores que resolverán para ella cuantas gestiones presente la vida diaria. Es una élite de físico y nacimientos seleccionados por especialistas en genética que les asegurarán la vida a la carta, la ausencia de defecto alguno y la previa eliminación de cuantos no consideren humanos, dignos de respirar ni de pertenecer a su núcleo dinástico. La élite planeará, sin mancharse, sobre el confuso enjambre de la plebe, lucirá, en el caso de que quiera reproducirse, bebés impecables y no tendrá jamás el menor problema de gestiones, pagos y suministros, no existirán para ella robots telefónicos, silencios, noreply ni esperas y, con sorpresa genuina, sabrá a veces de las angustias de cuantos habitan los tan lejanos mundos exteriores. Entonces verificará el móvil que lleva como un escapulario y lo considerará una transmisión defectuosa.

Naturalmente hay un olimpo, y en él profetas y gestores de felicidades virtuales disfrutan, además de de los bienes de este mundo antes de que lo cubra el uniforme tono verde, del mayor de los placeres: El dominio total, aquel que los dominados agradecen y alaban, pasada ya la línea de la crítica, la perplejidad, la rebelión y el sufrimiento e instalados en las tierras del olvido de lo que en el pasado fueron y sintieron.

La utopía recuperada

La sustitución de una forma de vida y un sistema razonablemente libres lleva camino de aprovechar las circunstancias para instalar de forma permanente un nuevo totalitarismo anónimo, una fusión, más que revival, del nazi y el comunista, con la dualidad masa/élite blindada por la aparente neutralidad de la ciencia y los inmensos avances y beneficios que ésta ha procurado. Esos mismos descubrimientos, la complejidad alcanzada, hacen el manejo de lo que concierne a su vida diaria ajeno e inaccesible para la mayor parte de la población, que debe remitirse a su uso y dar las gracias por el milagro de la comunicación y la información instantáneas. La toma de disposiciones sin la menor participación de los interesados, y contra su voluntad, beneficio e intereses ha introducido riesgos gravísimos de un tipo de dictadura y control telemáticos que exige la anulación de cualquier otro medio de expresión, representación y contacto. Se plantea pues una tarea nueva, por demás insólita: Recuperar la utopía.

La Belleza existe. Botticelli. Florencia

En este caso se trata, y sería la primera vez que tal fenómeno se produce en la Historia, no de luchar por una utopía inédita, sino de recuperar la más feliz forma de vivir que, sin rechazo de los progresos actuales y con plena conciencia de la historia reciente, reivindique sin complejos ni temores de exclusión, omisión ni ostracismo, las formas de relación personal y laboral que se intenta erradicar y sustituir por opciones mecánicas vacías de responsabilidad personal y de calidad humana. Se trata, en esta época gris, de la utopía de reemplazar la envidia y el odio a la excelencia por la abrumadora alegría ante la superioridad ajena, por la plataforma que ésta a todos ofrece de despegar de la angustia, mezquindad y de los males inevitables. Si, por poner un ejemplo, la ciudad italiana de Florencia fue capaz, en el siglo XIV, a pesar de la feroz Peste Negra de 1347, que mató a más de un tercio de la población, de alcanzar la cumbre de un arte que llamamos renacentista y edificar la maravilla del Duomo de Brunelleschi, grabar las puertas del Baptisterio de Ghiberti, pintar y esculpir los infinitos tesoros de la Galería de los Uffizi, de la Galería de la Academia, si lo hicieron Miguel Ángel, Botticelli, Leonardo, Fray Angelico, Rafael, Caravaggio, con el olor reciente de la muerte, el terror y la pérdida, es posible que poblaciones que han sufrido infinitamente menos salgan de su estupor, rechacen la sumisión y el miedo, afronten la vida y la posibilidad de crear y sentir, más allá.. Lo hicieron otros hace siglos, en condiciones y con existencias mucho más duras y breves, y  supieron, sin embargo, dejar para sus contemporáneos, para nosotros y para sí mismos, una porción de eternidad.

Rosúa

Madrid, enero de 2022.

 

 

 

 

09/13/21

La Rosa y la Torre. 11S 2001-2021

La rosa y la torre -Madrid, 11 de Septiembre de 2021

Sobre la mesa, fugaz, extemporánea, había una rosa,

 

Era el 11 de septiembre, la tarde volviendo a ver las imágenes, siempre recordadas, nunca olvidadas, del atentado terrorista, de la Torres Gemelas y los siguientes.. Una y otra vez descendían hasta el fondo del alma esas personas lanzándose al vacío, la masa de llamas, humo y metal que no les dejaba elección, los miles de asesinatos, el polvo, el terror y el desconcierto de la gente que corría dejando tras sí una masa negra, impenetrable, la nube descomunal de humo, casi sólida, como esas películas de bestias prehistóricas que avanzan por Nueva York, ciudad a la que en ese momento quise más que nunca, y querré como algo mío.

La angustia de hace veinte años no había menguado ni una gota, estaba simplemente depositada en la ira, la amargura y el desprecio hacia quienes, en la prensa occidental, ocuparon el espacio mediático, más que abominando de los asesinos preguntándose cómo reaccionaría el Gobierno estadounidense. El sabor de la vileza volvió a los labios. Porque ni ante asesinatos masivos de tal envergadura obviaron muchos la consigna de estar, fuera como fuese, contra Norteamérica.

Las imagen seguían resucitando algo que nunca estuvo, ni estará, muerto. Las torres implosionadas se hundían arrastrando en un infierno de metal candente a los miles de personas de imposible rescate, y caían sobre los bomberos que, sin apelar como los terroristas a ningún dios espantoso, intentaron salvar vidas.

Los medios han reproducido abundantemente, aunque con reparos por respeto, las imágenes atroces de los que saltaban al vacío, la solitaria y patética del que intentaba atraer atención agitando una tela blanca desde la ventana de una de las torres. Luego se aproximó la cámara, y se detuvo largo tiempo en aquella figuras que movía  sin cesar su tela blanca para atraer la atención sobre su existencia, sin saber, o sabiendo quizás, que nada ni nadie podía llegar hasta él. Continuó ondeando su pañuelo o camisa hasta que fue humo tras una agonía de pánico y desesperación. Seguirá siempre agitándolo en el interior de los ojos de los que lo hemos visto. Era como podíamos ser cada uno de nosotros. Y la repugnancia ante toda la cobardía que ha ido cubriendo con su marea fétida estos veinte años, las infinitas concesiones, silencios, retiradas, cegueras selectivas, ante la amenaza de brutalidad y muerte de los bárbaros y la cruda verdad de la firma en todas ellas del Islam sube hasta los labios, anega el pecho, llega hasta el piso muy alto donde alguien agita inútilmente un pañuelo blanco. Impide respirar.

Sobre la mesa está la rosa, un contrapunto de paz y rojo sangre, una señal absurda de que en el mismo mundo puedan existir las imágenes y los hechos terribles, repugnantes, de la mayor vileza y, a la vez, algo perfecto, diminuto , bello, silencioso, cuyas hojas caerán como esa gente que se precipitaba al vacío, como todo finalmente cae hacia la muerte.

Pero la rosa está ahí, estará siempre, en alguna parte, odiada por los mismos y los hijos de los mismos que no merecen verla, que la quemarían como la cara de sus mujeres sometidas a una esclavitud peor que apartheid y comercio de africanos alguno, una indignidad de la que nadie, por miedo, estupidez y cobardía, habla. Mientras se aprovechan de los trabajadores musulmanes en Alemania, en Cataluña , en tantos sitios, y permiten sin rebozo que esas hembras sean fardos arrastrados unos metros por detrás del propietario.

Con esa indignidad, tea a tea, llama a llama, centímetro a centímetro de retirada, todos los días, todos los años, ha tejido Occidente las dos últimas décadas. En nombre de la igualdad de culturas y el respeto a religiones asesinas. Y ha surgido y medrado la peor clase parásita que vive de sembrar el odio a Estados Unidos y a cuanto y quien la sobrepasa., rebozándose en y esparciendo la envidia, la peor ignorancia voluntaria y el rencor.

La amargura está ahí, y el hombre del pañuelo. Siempre. Pero también la rosa.

Rosúa

09/11/21

TIEMPOS TELEMÁTICOS

Tiempos Telemáticos

El timo más grande jamás contado

Madrid, septiembre de 2021.

En 2021 se extendió, expandió y ocupó todos los espacios sociales absorbiendo hasta los últimos resquicios de la autonomía individual un curioso fenómeno que, en brevísimo espacio de tiempo y sin consulta ni recurso de apelación posibles, impuso a millones de personas un cambio radical en sus vidas, ubicuo, repentino, perdurable y que los situaba en un estado de indefensión como la humanidad no había conocido jamás. Al tiempo ofrecía la omnipotencia del conocimiento universal instantáneo y la comunicación ilimitada. Cualquier tipo, no ya de resistencia, sino de objeción por tímida que fuese a la forma de implantar el sistema, cualquier duda sobre el grado de calidad vital que pudiere proporcionar, cualquier análisis de sus daños colaterales estaba descartado, relegado al desván de las herejías, eliminado de la forma más eficaz: Por autocensura de sujetos conscientes de su irreversible clasificación como generación incapaz de adaptarse al progreso.

Llegó  así el advenimiento de “Tiempos Telemáticos”, en los que la rueda de Chaplin ha sido sustituida por una tuerca azul giratoria y un “Sin respuesta” y el capataz digital es inalcanzable, inapelable y anónimo, recostado, quizás, en alguna nube astral de logaritmos ajena a las personas y sus breves raciones temporales de bienestar. Evidentemente desde las cavernas hasta la fecha se han conocido épocas infinitamente más peligrosas que la actual, trabajosas, arriesgadas, de corta esperanza de vida y continúo acecho de enfermedades, depredadores y Naturaleza, pero en todas ellas cupo al individuo enfrentarse, por mínimas que fueran sus posibilidades, a la dificultad, el problema, la incógnita o el peligro. Los dioses y elementos mágicos se situaban claramente más allá del ámbito terrestre, en una esfera ajena y arbitraria a la que se recurría según circunstancias, usos y creencias de cada cual. Los objetos, una vez obtenidos, eran fieles, se disponía de ellos, tenían la consistencia de cuanto se había hecho para lograrlos, de forma similar a las personas y el entorno. La mente, la técnica y la ciencia cambiaron, mejorándolas, las existencias y su marco físico, de forma, se creyó, paralela al disfrute del desarrollo individual de cuanto distingue a la especie por las particularidades irrepetibles de cada uno de sus miembros. Hasta que vino, súbita y más inapelable que las decisiones de los antiguos dioses, la marea del gran timo, en la que la ciencia y el progreso fueron utilizadas como señuelos por una red de tahúres seguros de su inviolabilidad.

Gozaron de un auxiliar inesperado: El miedo, físico, generalizado, alojado desde el principio de los tiempos en la zona más primitiva del resto de cerebro reptiliano, el miedo y la disponibilidad al sometimiento a cuanto pudiera garantizar la supervivencia. El virus de 2020, la pandemia, natural o artificial, combatida con diversa eficacia y utilizada políticamente por la oportunidad de perdurable control social y laboral que ofrece, resultó una ayuda inestimable para una maniobra de inmensas dimensiones: el retorcimiento de un logro en principio excelente de la ciencia que garantiza la comunicación e información instantáneas distribuidas por acumuladores que, como estrellas artificiales, giran en el espacio y envían datos para su dosificación y comercialización. Hubiera podido ser indiscutible beneficio  de no haberse aprovechado para imponer, en todos los campos y circunstancias la obligación online, de una manera que, paralela e irremediablemente, criba, culpabiliza y elimina cualquier asomo de coexistencia con el contacto directo, el mundo real, la relación física y que, con ello, establece una vasta, inédita, inatacable dictadura que no precisa de coacción alguna puesto que los sujetos excluidos, avergonzados de sí mismos, de su supuesta incapacidad de adaptación y del rechazo social, callarán y se esforzarán por aparentar entusiasta adhesión.

The Economist 14th August 2021
El relleno de las viñetas con online es de la autora de esta web

El carro del dios Futuro Online, tiene campo libre, como el del dios  hindú que va aplastando a sus fieles, en un panorama de vía única en el que cualquier disidente sin más bagaje que su propia y limitada vida actual, sus preferencias, necesidades y deseos sobra. Bruscamente, en el más puro estilo totalitario, se le priva de relación directa con personas concretas, de intercambio necesario, de calor humano, de la conciencia misma de la realidad, reducido a un mundo en el que se desdibujan los límites entre la auténtica vivencia y la ficción. Ya no existen responsabilidades con nombres y apellidos, aquí y ahora, la blanda sustancia de la Historia se disuelve, carece de sentido, la masacre del 11 de Septiembre de 2001 aflora a la conciencia los segundos que se tarda en pulsar un botón.  El reverso de que se sabe todo es que nada se sabe; y muy poco procura felicidad.

Ocurre que las personas, al contrario que el Dios Futuro, sí son reales y los actos producen efectos en la existencia de los vivos del presente. En la implantación absoluta del Tiempo Telemático debe haber sólo la ideal profilaxis de las  pantallas, indistinguibles de los supuestos emisores, vehículos de mensajes enviados desde un espacio desconocido que lanza ante cualquier pretensión de pregunta y contacto del receptor un “No replay”. Nadie de la ciudadanía del común prefiere hablar con un robot, tras larga espera y música telefónica, mejor que con una persona física, ni optaría por atención mecánica de corta y pega en vez de por alguien real que le responda y escuche. Nadie ha escogido la completa indefensión de la sumisión a los fallos y limitaciones de un programa, ni, por ejemplo, la transformación de la antes eficaz atención en citas a meses vista. La pena de ostracismo y desprecio  gravita sobre quienes se atrevieren a blasfemar de los nuevos dioses y de sus preceptos en pro de la Parusía Verde y Planetaria. El inmenso y costoso timo online se ha impuesto, en todos los minutos de la vidas de todos, sin espacios de coexistencia con otros posibles, básicos y valiosos medios, maneras y recursos que, lejos de ser incompatibles con la revolución telemática, siguen teniendo un papel esencial y forman parte del núcleo de algo tan frágil y tan necesario como la felicidad cotidiana.

El timo ha permitido, en pro de la buena causa futurible, técnica y aséptica, que haya desaparecido la atención presencial de entidades con empleados de sueldo fijo garantizado y que éstos reduzcan a la enésima parte su rendimiento laboral. Lo que funcionaba correctamente pasa a someter al desdichado usuario a largas y deprimentes colas de espera y a atención escasa, despectiva y visiblemente molesta por la incómoda existencia de personas que intentan obtener un documento o información. La jaculatoria de la petición de cita online es precepto de exhibición permanente y providencial para los vastísimos servicios minimizados y que hacen, además, lo imposible para que los que logran acceder a ellos se sientan un desecho de tienta de la Historia, restos en liquidación de una especie pretécnica que escupen de sus bocas el planeta verde y el Dios Futuro.

Con la inestimable y providencial ayuda de la pandemia, se amputa a la amedrentada y temerosa ciudadanía de la atención que realmente necesitaba y que nunca se atreverá reclamar porque vive bajo el falso chantaje mediático de que el avance científico tiene indudablemente ese precio, en lote, y que el rechazo del abuso de la extensión totalitaria del fenómeno significa una reaccionaria, ludita y senil oposición al progreso, a hablar por el móvil, a los avances médicos y a utilizar una ordenador. Debe asentir al obvio deterioro, brutal y absurdo, de la calidad de vida cotidiana. Al timo se acogen los bancos, ansiosos de justificar la desaparición de oficinas y personal, las mutualidades y cuadros médicos que antes atendían de forma correcta al usuario y ahora huyen ante el que miran como enemigo, la masa de antes servidores públicos, los grandes almacenes que se apresuran a hacer planear sobre sus empleados el fantasma de su obsolescencia programada y en los que ya nadie atiende, los dirigentes parásitos, que en España son legión, y privan a jóvenes y escolares de sabiduría, referencias, conocimientos y memoria de forma que no exista frontera entre donde empieza la pantalla de la respuesta instantánea y donde se halla el indefenso y desprovisto cerebro del usuario.

Bajo la gran timo telemático se encuentran millones de personas, tres y medio españoles más los emigrantes que vayan llegando, que buscan empleo, con cuya atención personal ningún robot sería comparable y que corresponden a lo que desean y necesitan los ciudadanos, aquello por lo que sin la menor duda éstos optarían si se les ofreciera la menor oportunidad. De que no la tengan y ni siquiera la imaginen se guardarán mucho cuantos, acunados por el espejismo del maná tecnológico y monetario prometido por la bien pagada burocracia de la Unión Europea y los gurús de Davos, viven confortablemente instalados en el gran timo y el endeudamiento sin fronteras. Disponen de una ciencia pervertida como marchamo de sumisión y dependencia, invisible tatuaje de números invisibles en cada  piel, excepto en la de los capos, rabadanes de un rebaño aterrorizado ante la simple idea de que les priven de su juguete. El Edén en el que se ven  instalados es demasiado prometedor de eternidad y distancia sideral de la plebe como para renunciar a él: Nada menos que gozar del mundo auténtico, de comer alimentos no sintéticos, charlar y beber con colegas, pasear por paisajes no virtuales y, sobre todo, disfrutar de lo que otros ni tienen ni pueden rozar Se ha construido, en horas veinticuatro, una élite inalcanzable, tan incognoscible como los antiguos misterios de Dios, ante la que sólo cabe el agradecido aprovechamiento de simulacros y la obediencia.

Si la mayoría de la población quiere vivir estabulada, con piensos prefabricados regulares, un nivel intelectual mínimo y paso diario por el canal de lavado de consignas de cómo ser bueno es su problema. A fin de cuentas la regresión existe, está abierto el paraíso asnal de Pinocho y cada aldea tiene su Davos listo para repartirse las meriendas, comer, pensar, comunicarse y vivir la buena vida autentica siempre que sea a costa de otros. Es el envés más oscuro y real de la democracia, su simulacro ya previsto hace casi dos siglos(Tocqueville dixit). Pero esa mayoría de “Tiempos Telemáticos” no vivirá felizmente. Lo harán los que la ordeñen a diario. Porque el futuro es el dios más cómodo que existe, al que no hay que rendir cuentas y que permite repartirse el pastel  del presente.

Rosúa

08/1/21

Tiempo de Caciques- Madrid, julio de 2021

No espero nada.

No temo nada.

Soy libre.

Nikos Kazantzakis. Epitafio.

Escritor de Creta, Grecia. Un país orgulloso de  su historia, alegre, libre.

 

Tiempo de caciques.

Hubo un breve tiempo aceptablemente racional, de transición y confirmación del país moderno que de hecho España ya era.

Luego hubo un largo tiempo de chantaje, mayormente verbal, cultural y en el manejo de la opinión pública, destinado a crear un pasado de dictadura atroz, uniformemente satánica, que justificase la ocupación de grandes y rentables espacios por gentes sin méritos para ello.

Le siguió un tiempo de caciques, con voluntad de afincamiento eterno apoyado en mitologías, ancestrales, pasadas y futuribles ajenas a todo control y verificación.

No existieron, ni habían existido nunca, dualidades de perfectas maldad y bondad, jamás hubo dos españas más allá del discurso poético y del fácil recurso al simplismo verbal. Sí existieron, y existen siempre, por una parte, responsables de crímenes, robos, fraudes, asesinatos. Por otra, aquéllos más peligrosos a causa de su anonimato, mimetismo, voracidad y gran número, sin valía ni obra propia, dispuestos a vivir mejor y a costa de los demás alegando pertenencia a colectivos presentes, pasados o marcados por inescrutables designios de la Historia para cumplir los decretos del dios Futuro y su Mesías, encarnado en un bíblico Cobrador del Frac a cuyas puertas hace cola la inagotable cantera de víctimas de género, etnia, historia, número y caso. El planteamiento dual se traduce siempre en chantaje, extorsión y anulación de los hechos y derechos concretos del individuo concreto por parte del grupo depredador, que absorbe de la limitada y presente vida de las personas beneficios, poderes, haberes y territorios proporcionales al vasto robo del erario público. cultural y mediático, implantado afianzado y explotado, sistemáticamente por la gigantesca bolsa de clientelas en las que se asienta el sistema parásito.

Que la monumental excrecencia haya logrado en España imponerse como el ruido de una tamborrada se impone a la buena música y que las simples y profundas estupidez, ignorancia, mediocridad y envidia se erijan como norma sólo puede explicarse por la aquiescencia implícita o explícita de una gran parte de la población a lo que objetivamente es malo, ridículo, ruinoso, absurdo y falso. Ni hay dos Españas ni ha habido un absoluto Mal encarnado hasta 1975 en una dictadura sin la cual hubiese imperado una república parangón  de dicha y libertades. Lo que sí hubo sin lugar a dudas durante los años siguientes fue un país como los otros que se propuso y logró resolver múltiples conflictos. Existió un tiempo de altura de miras, realidad y desprendimiento, imposible de concebir ni tolerar por los grupos ávidos de apropiarse de lo que por sí mismos no hubieran conseguido jamás.

Vino el largo tiempo de chantaje, la fabricación del monstruo dual, el montaje póstumo de defensores de la Luz y del Bien, el tiempo en el que la sola inclusión verbal en derechas, fachas, burgués, franquista, reaccionario significaba ostracismo social y económico. Desaparecieron la realidad, la educación, la historia, la lengua, el territorio nacional, la igualdad ante las leyes, hasta extremos que precisamente por su insólito nivel de irracionalidad y estulticia resultaban inatacables y producían desde el exterior reacciones entre la indiferencia ante lo inane y la hilaridad por lo ridículo, mezcladas con la conmiseración que despierta en el foro internacional  el pobre actor que cree llenar con deslumbramiento estético el escenario y paga a la clá los aplausos.

Lejos de ser el valiente pueblo español que muchos quisieran creer, la mayor parte del  manso público local digiere sin el menor esfuerzo, sin incomodarse siquiera por el tamaño, olor y sabor de las píldoras, las mayores necedades, los más flagrantes absurdos, las más patéticas sumisiones a la irracionalidad, las injusticias más obvias, la impunidad de los delitos. Deglute, mientras no falte el pienso, como integrados en el menú cotidiano la mentira continua, la impunidad como norma, la desaparición bajo sus pies de lo que llamaron país que sólo se ha vuelto un remedo fallido de tal, una patética anomalía, el único sin posibilidad de exhibir en numerosos territorios bandera ni símbolos, de emplear ni estudiar la lengua española y donde no hay ciudadanos con derechos y deberes iguales sino un amasijo de clientelas y caciques que compran la fidelidad de sus mesnadas a golpe de fabla, habla, sexo, distribución generosa de aprobados en ignorancia, falsos diplomas, doctorados ficticios, cátedras y bachilleres inexistentes y erradicación de la libertad, el saber y la memoria. Tendidos quedan en el campo de batalla gramática, semántica y sintaxis, repartidos como botín  de los asaltantes las infelices vocales y los desdichados morfemas.

La liturgia es estricta, con premios a la repetición de jaculatorias de los nuevos y cómodos dioses y excomunión, oprobio y anatemas hacia los disidentes. Es un olimpo creado a imagen y semejanza de sus profetas, compuesto por Futuro, Online, Planeta, Verde y, en fin, con soma[1] a discreción pagado por Benefactores sostenibles, lejanos, virtuosos, virtuales, planetarios, climáticos y telemáticos. Son dioses cuya fuerza precisamente reside en que no existen, en que en lo inmediato, en el concreto vivir de las personas concretas, carecen de entidad. Su responsabilidad se proyecta en una dimensión fuera, en la práctica, del espacio y del tiempo, sin apelación, responsabilidades ni reclamaciones por daños ni denuncias por fraude, lo que permite a los gestores del tiempo de caciques la mayor impunidad que imaginarse pueda, la barra libre de condena a los disidentes, la imposición continua de realidades ficticias y de inapelable superioridad moral. Es religión que otorga a su clero, muy en este mundo, derecho de control, manipulación, cohechos, la apropiación legalizada de cuanto desee, la agresión cuando y a quien plazca, según la momentánea conveniencia del Cacique Máximo, aderezado y diseñado éste, como en la antigua filmografía del salvaje Oeste, según el mudable criterio de venta de imagen del sheriff. No existe blindaje comparable al del régimen que apela a esos nuevos dioses de obligada obediencia y que se beneficia de la sonrisa, entre condescendiente, burlona y cómplice, de los dirigentes de democracias auténticas con ciudadanos reales.

Nunca hubo control de la población mayor, indefensión semejante del individuo que carece del apoyo de las mafias legalizadas, sociopolíticas. En comparación, la vieja dictadura era, en la vida privada, mucho más libre.. En 2021 el sistema sabe todo de todos, puede arruinar al individuos cuando lo desee, se está a años luz de la igualdad de derechos y deberes. La tranquilidad, bienestar, los ingresos de los que se goce dependen de la adhesión implícita o explícita a los mantras de las nuevas religiones laicas, del pago de infinitos diezmos y primicias a su parroquia, de la obediencia al clero de los nuevos dioses y de la aceptación de los juicios de valor que ellos impongan. Se está sometido diariamente a una ducha de consignas sobre qué vida llevar, qué comer, qué decir, qué pensar, qué escribir, cómo ser bueno, aceptado, guapo, sano, joven, fuerte, con una injerencia en la vida personal que sólo en las dictaduras totalitarias -comunistas y nazis- se recuerda, con la salvedad de que la actual, gracias al empleo espurio y malsano de las tecnologías, es infinitamente más eficaz, inapelable, ubicua, absoluta.

Por lo tanto, nunca el conglomerado parásito ha tenido a su disposición botín más fácil, más indefinido ni más rentable: España es un ejemplo de manual: Un país entero, con sus instituciones, empleos, subvenciones, leyes, cargos. No hay negocio mejor ni más impune que la instauración, siempre bajo cobertura de supuesta democracia europea, de un Gobierno de parásitos sostenido por terroristas de carrera, jefes sólo expertos en crear y justificar tribus, vendedores de rentable victimismo y cabeza visible de un Presidente Figurín jamás votado en elecciones generales y encargado del reparto de dádivas. Cuando no se le llama ya miedo al miedo la dictadura es inatacable y se trata de un sistema nuevo, moderno, mediático, de caciques supeditados al filtro online y de ciudadanos que han optado por dejar de serlo.

Es el tiempo del mínimo común denominador, del rancho barato o gratuito aliñado con servilismo y cobardía en el mejor estilo, remozado, de Los Santos Inocentes[2]. A fin de cuentas entre el propio campestre utilizado como perro de caza y el propio 2021 que acepta sin rechistar una lluvia de decretos, normas y órdenes jupiterinas aprovechando, sin asomo de consulta parlamentaria, un impuesto y turbio estado de alarma sólo median las formas, no la disposición de los súbditos. El virus ha venido a potenciar la vocación de vasallo y servidumbre, la decidida y probada, mientras no se demuestre lo contrario, opción de buena parte de la población hispana por el dueño tribal, que ahora nombra a sus mujeres y a las de sus pretorianos ministras y catedráticas .El resultado del desguace es la prueba, enmascarada por los juguetes tecnológicos, de la posibilidad de las regresiones y de la veloz, acelerada lejanía del país que ya no es y que pudo ser.

Rosúa (Madrid, 28 de julio de 2021)

[1] Soma: Droga repartida a los individuos en la novela de Aldous Huxley Un mundo feliz.

[2] Miguel Delibes, novela. 1981. Película de Mario Camus 1984.

 

 

06/7/21

Homenaje al homeless

HOMENAJE AL HOMELESS (En inglés persona sin techo)

 

La acción ocurre en un aeropuerto de Londres, llegadas internacionales, junio de 2021.

Los cansados viajeros hacen cola ordenadamente para que, pasados los controles de inmigración, policía y sanitarios, puedan acceder a Gran Bretaña, en la versión reducida que el Brexit impone, y tomar sus vuelos internos de correspondencia. Hay retraso y, parafraseando en versión light a Mao Tse-tung, cierto desorden bajo los cielos.

Visión profética de una terminal de aeropueto

Inglaterra remoza el rule Britannia y decide marcar al orbe su diferencia: Sólo entrarán los que muestren pruebas innumerables, antes, durante y semanas después del vuelo, de que no están infectados por el virus maléfico, ese germen de una gripe virulenta regalo del todo a cien chino que ha sembrado en la antaño libre Europa (y en el resto del Globo) la plaga de la más completa sumisión, del Estado de Sitio a la carta de intereses políticos, de la desconfianza y miedo al semejante y de la certidumbre para los gobiernos del poder sin límites respaldado por el pálido terror a la muerte.

«1984» en un teatro de Londres. Orwell siempre actual.

Justo cuando la muerte estaba tan olvidada, cuando era de tan mal gusto aludir a la ineludible fecha de caducidad de la vida, cuando las matanzas, hambrunas, estúpidas guerras, crímenes terroristas sea ocurrían lejos, sea se hacía cuanto era posible para que se olvidaran o disolvieran en la adoración de dioses abstractos, sin relación con el individuo concreto de aquí y ahora, dioses nuevos tan lejanos como inapelables: El dios Futuro, el dios Planeta, el dios Verde, el dios Climático, el dios Género. Nunca los dictadores, los totalitarios y sus aprendices dispusieron de liturgia, ritos y parroquias más cómodas.

Vino, además, como otras veces pero repleto el cargador de infinitamente más impunidad y miedo, el virus del Celeste Imperio, cabalgando en las máquinas del Apocalipsis, plantando los cascos sobre individuos encerrados y abrumados que ya no contarían como tales y pasarían a ser estadísticas, cifras, franjas de edad, potenciales enemigos.

El homeless hacía cola en el aeropuerto, provisto, como único bagaje, de su tarjeta de identidad británica. ¿Dónde están sus pruebas, documentos preceptivos, abundantes certificados, todos adquiridos y luego enviados al móvil con profilaxis exquisita, paquetes de test dejados en el descansillo para que no haya contacto físico ninguno, batería de prescripciones legales que permiten o impiden la entrada en el país?

-No tengo dinero para pagarlos.

En la cola de cansados y hambrientos viajeros (porque tampoco la profilaxis permite que el bar ni el avión suministren comidas o bebidas) comienza a cundir la impaciencia, aún moderada por la reserva británica.

El bobby (guardia inglés) mantiene la flema que de él se espera. No en vano recibió su bautismo de fuego en horas de soportar, a pie firme, la curiosidad de los turistas. Recorre la cola una ondulación de indignación contenida y temor a perder las conexiones mezclada con inconfesables deseos de que se elimine, de la manera que sea, al homeless y con todavía menos confesable envidia respecto a ese tipo que no ha pagado nada ni ha hecho nada de lo que ellos han estado obligados a hacer.

El guardia, esfinge añil y afanosa, apunta en su librera y pasa al apartado siguiente:

– ¿Dónde pasará usted la cuarentena? ¿Domicilio?

– No tengo domicilio.

La onda, en la cola, se manifiesta en toses, carraspeos, arrastrado de pies, miradas ansiosas hacia el reloj, el panel de vuelos y el lavabo.

El homeless parece compadecerse, reflexiona. El bobby repite su pregunta;

– ¿Domicilio? Debe darme un domicilio.

– Bueno, tal vez vaya a casa de unos amigos….

El bobby apresta bolígrafo y libreta, olvidado, por lo crítico del momento, de las ventajas del online y del programa informático que debería contemplar, pero no lo hace, la situación.

– ¿Dirección de sus amigos? ¿Calle? ¿Teléfono?

– …Es que es posible, muy posible, que no estén…O que no les venga bien alojarme. De hecho, hace tanto tiempo que no los veo…

El bobby deja caer el bolígrafo, pero no la mecánica del procedimiento.  En la cola cunde ya el franco desánimo de las irremediables catástrofes. Mientras, la sala se ha ido vaciando de otros empleados y de viajeros. A nadie se puede recurrir, los mostradores son lanchas de salvamento vacías, abandonadas por capitanes de líneas aéreas insensibles al hambre, sueño, cansancio, sed de los viajeros que empiezan a plantearse cómo se sentirían los leprosos en su lazareto medieval. Alguien, que pretendió alegrarse el viaje antes de comenzarlo con dos whiskeys, sueña con un inmediato futuro de reducido grupo de personas que deambulan en la soledad nocturna de calles sin comercios ni restaurantes -ubi sunt los pubs?- y van cayendo junto a las puertas cerradas, no víctimas del virus, sino del desfallecimiento y la repugnancia que leen en los ojos de los escasos semejantes.

– ¿Otro domicilio?-insiste el bobby.- ¿Su familia?

– – Mi madre. La casa de mi madre.

Corre por bobby y cola un hálito de esperanza.

-….pero mi madre ha muerto.

Desesperación general.

By by mi vuelo

Para colmo, el homeless no despierta compasión alguna. Es un hombre en la treintena, bien parecido, con aspecto de moderada salud, ni escuálido ni andrajoso. Ha, visiblemente, decidido vivir al margen. El reducido grupo de viajeros que ha ido quedando en la sala desierta le desea, fervientemente en el fondo de su corazón, aunque nunca dejarían tal deseo sobrenadar hasta la superficie de su conciencia, que coja el coronavirus, que lo pase muy mal, que vague por calles inhóspitas y sórdidos garitos, que, si no tiene dinero ni trabajo, pase hambre. El homeless no es una incomodidad, es un insulto, una visión de que hay libertades, que se pagan a muy alto precio, que les están vedadas. Como si el hombre sin casa ni dinero poseyera llaves que ellos ignoran, que ellos de ninguna manera querrían usar pero que ponen en tela de juicio el perfecto armazón de seguridades, de tarjetas de crédito, de relaciones influyentes, clanes familiares, clanes bancarios, Uno de los frustrados viajeros, que ha perdido por culpa del retraso su vuelo doméstico, se siente, y lo manifiesta, particularmente indignado, derrocha educada elocuencia con cuanto empleado atisba, apenas ninguno. Él es un británico que acaba de perder, además del vuelo, la ocasión de materializar de forma inesperada su vocación de auxilio social a los desfavorecidos que ha ejercido desde la adolescencia en diversas organizaciones benéficas, muy bien reglamentadas, y que se indigna y predica contra las injusticias y la pobreza en el mundo. Justo es reconocer que este desfavorecido no  parece acomplejado por ello y, tras ser conducido por el bobby a la puerta del aeropuerto como única opción a la excepcionalidad del caso, se funde con el silencio de las ocurras calles de la periferia de Londres. El inglés con fuerte vocación benéfica continúa pidiendo justicia y asistencia para él y su pareja sin el menor éxito. Su compañera, una dama con sentido práctico y de posibles, lo rescata y conduce al alojamiento que les permita tomar, al día siguiente, otro vuelo.

Entrar en Londres y después morir

Estamos en junio, no hace demasiado frío y las noches son cortas. El homeless camina sin prisas Si llueve será un chaparrón; ya se meterá en algún sitio. Está en el país en el que, finalmente, como suyo, no puede negarse la entrada a un individuo. Está en casa.

Todavía tú estás.

ROSÚA

05/8/21

La ciudad amanece libre. 5 de Mayo de 2021, tras las elecciones del 4 de mayo.

La ciudad amanece libre

 

Madrid, 5 de mayo de 2021,

tras las elecciones del día anterior

Escribir estas líneas es una curiosa, insólita experiencia. Nada tiene de impostada, intelectual, elaborada, dirigida a alguna finalidad, motivada por algún deseo, por vago que éste fuere, de adhesión a un grupo, de necesidad social, de perspectivas futuras. Es, incluso, vulgar puesto que cuanto trata de política y políticos concretos debe, indefectiblemente, serlo, y es tema reñido con la reflexión distanciada, la tibieza y escepticismo de buen tono y el elegante desapego del hastiado especialista en crítica, observación y contabilidad de ilusiones perecederas.

Exterior inquietante

Y sin embargo, en la orilla misma y la corriente por donde discurre el caudal de la vida, el de la inocente, espontánea alegría del pueblo llano, se produjo un cambio enorme en el Madrid, España, del 5 de mayo de 2021, consecuencia de la radical disolución de una situación imposible estancada en un tiempo que ya parecía inmemorial y con visos de irremediable y eterno. La gente estaba secuestrada, por un Gobierno nefasto, el peor que nunca habían tenido, al que nadie había votado en elecciones generales y que parecía controlar hasta tal punto todos los resortes de propaganda y poder que nada podría abrir brecha en el muro que a los ciudadanos separaba de la libertad. La libertad, a cada nueva disposición abusiva, ridícula, arbitraria, se hacía más lejana, más débil, más confinada tras la pared a la que se añadían nuevos ladrillos, no para preservar de la pandemia sino para aumentar la indefensión, el control y el vago temor a penas infinitas, a sanciones, denuncias, comisarios instalados en la espesa cúpula totalitaria que se iba coagulando sobre sus cabezas.

Amanece, que es mucho.

Y en Madrid, capital de esa España maltratada, desmembrada y risible para quien desde el exterior considere que es un espécimen de nación fallida donde se rechazan nombre, bandera y lengua propias, apareció, como en los cuentos, una mujer que hacía y defendía la buena política, de ilusiones, libertad e ideas. Es reconfortante, y nuevo para la escritora, que siempre ha rechazado la cita de nombres propios, que sabe de la condena por mal gusto y la inmediata sospecha de adulación y personales intereses que la alabanza personal conlleva, permitirse ahora, tras el hartazgo de mediocridad, grisura y cobardía, citar a la única en tantos años que, al fin, le permite sentir como propio, de nuevo, el país que habita, la ciudad que ama, la gente que ha visto como nunca ansiosa de votar al fin, tras habérselo impedido por todos los medios. Ha habido algo de milagro en el operado por la Presidenta de la Comunidad, que ha sacudido el fango de anteriores componendas, el mísero, pálido y constante temor de su partido y otros a presentar batalla, los diezmos de la venta de derechos y tierra, y ha hecho retroceder, caer, verse reducidos a las reales dimensiones de sus mezquinos términos a los malos de esta pobre y que siempre fue falsa película dual Nosotros Buenos Ellos Malos. El comienzo del fin del chantaje, del final del reino parásito ha comenzado.

Elecciones del 4 de Mayo de 2021

Memorial a las víctimas de la pandemia. Plaza de La Cibeles. Madrid

Quien esto escribe, y escribe desde que tiene uso de razón y lo hará hasta el final y siempre, tiene que saldar una deuda con Isabel Ayuso, y por primera vez no le importa poner el nombre propio. Le debe haber recuperado el aprecio por su país, por sus paisanos, a ella, a quien ha convocado en Madrid las elecciones y luchado sola. Gracias a ella me he despojado de la capa de vergüenza que sentía al decir mi nacionalidad, al leer y oír las noticias, al palpar en la calle la mansedumbre, el acobardamiento, el acomodo con la indignidad, la falsedad notoria y el cacique. No es poca deuda. Quien esto escribe comenzó al sentir por primera vez sonrojo al mostrar el “España” de su pasaporte a raíz y desde el 11 de Marzo de 2004, cuando un tropel llenó las calles manifestándose, no contra los asesinos que pusieron las bombas en los trenes de la estación de Atocha de Madrid y se embolsaron doscientos muertos y un cambio en las inminentes elecciones, sino contra el Gobierno legítimo. A partir de aquellas inmensas vergüenzas y tristezas la distancia gélida y el exilio interior no la abandonaron ya nunca, y a ello se añadían paletadas impunes de propaganda burda mediante la cual una masa parásita pretendía, lograba y logró, en su beneficio, obtener cuanto ni merecía ni por sí hubiera merecido. La falsa dualidad impuesta e impostada, el chantaje mísero, rentable y perdurable, el secuestro de las palabras, de la educación, la difusión y la cultura ha durado largas décadas. Hoy parece haber sido breve, fútil, insustancial, como una niebla oscura y aceitosa que de repente se levanta. Y la ciudad se llena de luz, y descubre que aquella nube espesa, cargada de rencor y envidia, no es eterna. Hay un sentimiento de liberación tan evidente, tan difícil de expresar con palabras que probablemente en los cuidados círculos del cuidado pensamiento será omitido. Porque es de mal gusto alabar, agradecer a un político, y hay que desdeñar los placeres del vulgo y conviene redactar, levantado el dedo meñique, en el prístino reino de las ideas. Pero quien esto escribe sólo cree en los actos concretos de individuos concretos, ha residido en cinco países y viajado sola por más de un centenar, viviéndolos más en profundidad y tiempo que en extensión, y sabe del valor de la libertad y del suave roce roce de su ala, que nunca se olvida.

En Chamberí, tras la gran nevada Filomena

Hubo suerte

La mañana del cinco era como si las gotas de luz hubieran disuelto un hechizo, el hechizo mísero, barato, de mercadillo provinciano de país de provincias, que mantenía bajo su red y trama, encadenada a su chantaje Nosotros Buenos, Ellos Malos, a la población entera, obligada a inclinarse, temblar y enmudecer para que no se les atacara con huecos dardos verbales, instrumentos adiestrados, como canes, para servir al dueño y garantizar a los que los prodigaban el disfrute inmerecido de bienes ajenos, de guerras que no ganaron jamás, de riesgos que no corrieron, .El día 5 todavía resonaba el eco de la caída del pesado decorado, zurcido y repintado hasta la náusea, el retablo de la representación, frente a un público cautivo, del esperpento de héroes de ninguna batalla. Del enjambre ruidoso y ocioso que ocupaba la escena llegan el eco y el polvo, los actores aferrados a la lágrima de mártires y víctimas de pago desaparecen confundidos con la polifonía de la calle y el latido de algo que comienza. El hechizo se disuelve con rapidez, en la transparencia de una mañana no como las otras y que sabe como el aire que se aspira, tras, en el mar, tocar fondo, darse impulso y salir a la superficie.

El 5 de mayo en la calle Fuencarral, entre las glorietas de Bilbao y Quevedo, se respiraba un aire distinto, la bañaba distinta luz, y no sólo la que descendía, como de millones de pinceles de Velázquez, de un cielo azul y raso sobre cada uno de los ciudadanos de la Villa, siempre ansiosos de estar en la calle, de fatigar asfalto, de exprimir cada losa, cada mesa y cada silla de su ración de sol, todavía tierno y ya insistente, del comienzo de la primavera. Nada va a volver a meter en una botella opaca, estrecha y sucia al genio de la vida. A Isabel Díaz Ayuso la votaron abrumadora, mayoritariamente, con afán de resurrección, los que caminaban erguidos y los que lo hacían en silla de ruedas, los que confían en el trabajo de sus manos y los que no aceptan que les eliminen ningún día ni posibilidad de disfrute de los que de existencia les queden. En la cafetería-panadería centenaria cuatro señoras de muy avanzada edad, cuidadosamente vestidas y peinadas, se reúnen para dar cuenta de un rico menú del día a diez euros. En sitio alguno del planeta salen tanto las mujeres mayores solas, en ninguno hay menú de pan a manteles, con dos platos bien cocinados, pan, bebida y postre por diez euros. Es la calle propia y querida, moderna y antigua de grandes superficies y tiendas chicas, de viejos joyeros con talleres de los que ya no quedan y nuevas boutiques con jóvenes que luchan por su puesto de trabajo, proceden de diversos lugares, encuentran su rincón y le cogen apego. La cafetería-panadería tiene poco y bien aprovechado espacio que ha visto bastantes reformas. Junto a los ventanales el techo se sustenta en bloques de granito del Guadarrama que por su peso, aspecto y volumen ciclópeo parecen de cuando eran jóvenes los Toros de Guisando. En la misma acera, la casa del jamón embriaga con sus efluvios, más arriba Francisco de Quevedo se distrae con el tráfico, considera que del ayer al hoy no hay tanto espacio y que las parejas continúan besándose como si no existiera la ceniza. En la terraza de un bar alguien diseña lo que mañana serán ilustraciones de su nuevo libro y más abajo la sala Paz defiende cine y sueños y lucha para así y por los que esperan que vuelva a iluminarse la pantalla.

En el café

En la corriente que fluye calle abajo hay una distinta ligereza del aire, un todavía tímido entusiasmo, un agradecimiento y orgullo tácitos pero perceptibles, los de quienes se creen también agentes del cambio, del sabor inconfundible de la libertad, tanto más intenso cuanto soterrado durante largo tiempo. Lo que era falso aparece, al fin, como falso; árboles, viandantes, fachadas de edificios tienen un perfil más nítido. Los ciudadanos han mascado anteriormente cada día, todos los días, la obligación de asentir al abuso, a la ignorancia sacralizada, a la estupidez preceptiva, a las consignas de obligado asentimiento so pena de herejía, han entregado a manera de tributo retazos de su privacidad y albedrío en el pensamiento y la palabra, como si una mano se introdujera cada noche bajo sus sábanas. De repente, en horas veinticuatro, nada es ni será como era. Vendrán miserias, vendrán los mortecinos de fábrica, haciendo ascos a la papeleta de voto, vendrá la espuma sucia que también arrastran las grandes mareas. Pero se acabó la prisión dual, se acabó el miedo. Late el cambio, en las calles como en Santa Engracia, que ha visto el empeño de los ciudadanos en sentarse a beber en sillas y mesas que alzan su modesto Everest entre los montones de nieve de la tempestad Filomena. No será un país de caciques. La pequeña calle es tan ancha que en ella todos caben, millones.  Y apuran el más seguro antídoto contra las dictaduras: El gusto de la vida y de la libertad.

M. Rosúa

04/4/21

CIVILIZACIÓN 3 DE ABRIL 2021 SÁBADO DE GLORIA

CIVILIZACIÓN, AL FIN.

Madrid, 3 de abril de 2021, Sábado de Gloria

El lugar de la cita para recibir la primera dosis de la vacuna contra el virus se alza en un territorio de amplio horizonte que parece de reciente repoblación. La fila es muy larga, serpentea hasta perderse de vista, dibuja los bordes de un mapa de esperas, ya desde hace un año, de esa vacuna que es lo único que puede dominar la pandemia, rodea el novísimo Hospital Isabel Zendal, levantado en un tiempo récord por la Presidenta de la Comunidad de Madrid para atender a las víctimas del Covid. La organización es sin embargo, como el transporte, impecable, la corriente no se detiene, la franja de citados, centenares, miles a la larga, corresponde a personas que pasan de setenta años.

De repente existo. Yo, que se supone que no cuento para nadie según los criterios sociales establecidos y que vivo una vida solitaria en extremo, he comenzado a existir en el territorio, el país, la ciudad que habito. Y más allá de existir, de mi propia y tan limitada existencia, experimento, con fuerza que parece multiplicada por la amplitud del horizonte y por cada uno de los que esperan, un sentimiento totalmente nuevo, amplio, abierto, luminoso, grato;: El orgullo del lugar, de los seres y de la especie en los que me hallo. Estoy viviendo un momento histórico, único, jamás recordado por nadie de los presentes, nunca experimentado por todos los individuos sin excepción, mucho más que una guerra o una catástrofe económica. La pandemia, letal, indiscriminada, veloz, ha sido la señal del comienzo de una carrera  para salvar personas de la muerte. Ha producido, también, vilezas y carroñeros en su camino y dado la justa medida de los peores parásitos, pero, por encima de todo, el sentimiento que despierta esta mañana del Sábado de Gloria de 2021 es el orgullo. Orgullo de pertenencia a un vasto grupo, un remanso de la Historia en el que lo que es la auténtica civilización brilla, la que consiste en valorar cada persona y su vida, sin otro criterio. La fila está compuesta de seres físicamente limitados, enfermos, débiles. Son personas, y basta. Exactamente eso es civilización, ahí se alza el escalón enorme que separa al individuo de la servidumbre a la supervivencia de la especie, del ciego instinto que forzosamente rige el reino animal. Ahí, en cada uno de los que deben ser salvados, vacunados, con todo el esfuerzo que ello supone, está la chispa en la que, de manera confusa pero persistente, sabemos que arde lo mejor de la condición humana.

Frente al Hospital se han sembrado nuevas plantas, todavía unas hojas y un tallo. El metal claro de la cúpula parece haber posado ayer su nave extraterrestre, porque la rapidez de su instalación es asombrosa. El blanco, negro y gris de los interiores no producen frialdad sino la tranquilidad del acceso a un espacio seguro, estable, aireado, cúbico. Los brazos de la ciencia, cubiertos de batas y guantes y rematados por el punto final azul de las jeringuillas, son la meta de un largo camino, de meses de expectativa y tierra de nadie. La pandemia arrasó con los calendarios, se burló de las agendas y los relojes, hizo del tiempo y las fechas señaladas un baldío estéril donde nadie osaba plantar una esperanza. Los brotes, frente al hospital, sin embargo crecen, la fila avanza, entra en el recinto, es bien recibida y orientada. Y, finalmente, en el corazón del miedo se clava una jeringuilla azul.

Sabemos, lo enseñó y aún lo enseña, lo que hubieran hecho con los que están en este fila los regímenes totalitarios, sabemos el desprecio que hacia ellos mostraron políticos indignos y chamarileros mendigos de la imagen. No han vencido. Ahí están muchos otros, sanitarios, gestores, políticos eficaces y decentes, laboratorios que han colaborado, intercambiado, quemado las pestañas y las etapas y gente del común que sin decirlo ni escucharlo sabe que no tiene derecho a disponer de otra vida. Sabemos lo que hubiera ocurrido con los de esta fila en otro marco y circunstancias, nos lo enseñó el siglo XX, y aún brotan y brotarán adeptos a su eliminación, al afán de marcarlos, de una forma u ora, con invisibles estrellas amarillas distribuidas, probablemente, online.

Las personas de la fila sienten alivio y agradecimiento. También cansancio, resignación y premura. A veces reflexionan en voz alta sobre su suerte. No saben hasta qué punto es grande la dimensión de ésta. Por experiencia directa alguien de la fila, que esto escribe, recuerda el contraste del tratamiento y medios con el de otros lugares y países, aquél donde una rata atraviesa la sala de consulta del médico, donde la suciedad pública es norma y se defeca al raso a lo largo de las vías del tren mientras el gobierno lanza satélites, naciones ricas en mercancías y prepotencia pero donde el tratamiento para un cáncer es de pago y la vida, la muerte y la libertad  no están sujetas a las leyes, lugares donde al enfermo por la pandemia sólo se lo hospitaliza si abona cantidades de dinero fuera de su alcance.

Las personas citadas  para la vacunación, gratuita, en ese hospital de la periferia de Madrid que ha surgido en tiempo récord, como un milagro, ignoran que la isla de limpieza y eficiencia en la que se encuentran es rara y vulnerable,  reposa sobre una base detestada, erosionada por quienes sólo buscan arrancar dentelladas del  magro presupuesto del país y cavan túneles para multiplicar despachos y cargos. Se da hasta tal extremo por adquirido y perdurable el bienestar que no se advierte su fragilidad, que sus cimientos, aún firmes, reciben las oleadas de la más antigua y mezquina de las pasiones: el odio a la excelencia, que invade de tal forma a sus portadores que no deja en ellos resquicio para el si aprecio de los hechos, del bien, de sus semejantes. Y  transforma a los atacantes en desdichados seres insensibles a la nobleza de la auténtica solidaridad humana, de la que su furor igualitario es un triste remedo.

Pero hoy el horizonte es amplio, cada cual recibe la porción de vacuna que puede salvar su vida, es tratado con atención y con respeto. Y alguien recupera el orgullo perdido de pertenecer a su especie, de vivir en lo que sí merece el nombre de civilización.

  1. Rosúa

 

03/1/21

Panorama en altura de la Estación de Atocha -Madrid, marzo de 2021 (in memóriam del 11 de Marzo de 2004)

Estación de Atocha. Las vías a ninguna parte.

Panorama en altura de la estación de Atocha.

Madrid, marzo de 2021 (in memoriam del 11 de marzo de 2004)

La noche pone una máscara de terciopelo sobre los peores desastres. Desde el último  piso del edificio frente por frente, al otro lado de la corola de intercambiador, vehículos y viajeros, llegadas y salidas, el círculo es una diadema de luces, acompañada del ir y venir de faros, del parpadeo de letreros, de las diminutas figuras que se dibujan tras las cristaleras. A izquierda y derecha se adivina la penumbra, casi subterránea, de vías, salas, escaleras, aparcamientos. Más allá, hasta la última distancia, se extiende la larga y ancha alfombra del Madrid sudeste, porque el edificio se alza sobre un montículo y la visión desde allí es amplia y abarca, como desde un acantilado, la oscura superficie cuyas luces se van espaciando hasta unirse a la incierta línea del horizonte.

La Estación de Atocha nunca será la misma para quienes la conocen, y la vivieron el 11 de Marzo de 2004.

Frene a ella, como un bolardo aquejado de gigantismo, aderezado de una envoltura blanda y globulosa de un sucio blanco-gris, se alza el cilindro supuesto homenaje a las víctimas de la masacre terrorista que, con la explosión de varias bombas en los trenes, se llevó por delante por la mañana temprano las vidas de doscientas personas y tiñó, para siempre, de recuerdo, incertidumbre y oculta vergüenza el aniversario.

Fue tres días antes de las elecciones generales. Y tras el crimen múltiple ocurrió algo terrible, en Europa nunca visto: El partido que en principio no tenía posibilidades de victoria utilizó el horror, el miedo, la indignación y el desconcierto, para azuzar grandes manifestaciones, en la calle y en los medios de comunicación, culpando del atentado, no a los asesinos, no a los que habían puesto las bombas, sino al partido democráticamente elegido y en el Gobierno. Con el resultado de alzarse aquél con la victoria electoral y de, rápidamente, emprender un giro populista, fanático y ruinoso de la dirección política española.

Estación de Atocha, (Madrid). Memorial a las Víctimas del 11 M (Monumento al olvido)

Nunca se aclaró y demostró la autoría intelectual del mortal atentado terrorista de Madrid, jamás se denunciaron y juzgaron individual y claramente a todos sus autores, ni fueron escuchadas ni respondidas las escasas voces que se alzaron contra la apresurada versión oficial. Hubo después víctimas, las del obligado silencio, las de la impotencia y la amargura, los incapaces de recurrir a la ceguera voluntaria y a la oportuna desmemoria de lo que siguió al suceso, los que nunca ya olvidarían la utilización del horror, aquellos que jamás han podido ya apreciar su país como solían porque lo cubre, invisible, sorda, algodonosa, la capa del color de la vergüenza. La que no han sentido quienes, desde entonces, se lavan inútilmente las manos tras cosechar los grandes beneficios a la medida de un crimen de tales dimensiones. Ahí empezó, y es de largo alcance, la inmensa e invisible imposición de una historia ficticia en la que es forzoso enrolarse en la rentable dualidad, creada al efecto, de Buenos y Malos. La técnica ha sido desde entonces la misma, pero diluida, que la de la brutal y rápida manipulación del atentado y los centenares de muertos del 11 M.

El cilindro, en el centro de la plaza, lejos del contacto y confundido con el polvo y con la bruma, consigue ser metáfora del recuerdo inoportuno y del cuidado silencio. Blindado a comentarios, En él se desdibujan nombres, dolores, fechas insistencias en saber los culpables y las manos que tejieron con bombas el esquema y se anotaron luego dividendos. En el cilindro se hunden, y enmudecen, indignación, preguntas, omisiones, gritos, viejo dolor mal enterrado y quemaduras de vergüenza ajena.

Visión desde la altura de la Estación de Atocha. La corona no será nunca igual de luminosa.

Rosúa

 

02/24/21

EL OTRO CEMENTERIO

EL OTRO CEMENTERIO

Madrid, 20 de febrero de 2021

Algo ha ocurrido. Y que ocurra algo, que haya cambios generales, espectaculares, insólitos en un lugar tan estático como un cementerio es llamativo, extraño. El bien conocido cementerio sur, acceso por la carretera de Toledo viniendo desde Madrid, al que R. acude con regularidad, tres o cuatro veces al año, a visitar la tumba de su abuela y sus padres ofrece ese sábado de finales de febrero una imagen desconocida. No son fechas señaladas de Difuntos, días de la madre, o del padre, ni de melancólico recuerdo navideño. Es una fecha cualquiera de dos años por las cuatro esquinas tristes, de rendición física y social, de un guiso revenido de cobardía cotidiana, de retroceso, de mercenarios y cacique.

2021 Memorial Víctimas del Covid. Madrid. Cibeles

Nada de esto debería advertirse en el cementerio, el lugar que planea sobre las agitaciones de las marejadas externas, que se sitúa en el vasto territorio de la nada y la indiferencia, donde los recuerdos son, como las flores, presencias pasajeras rápidamente disueltas por las horas, los días, los años, el viento, la lluvia.

Y sin embargo ha ocurrido. Todo alrededor, en suelo, nichos, lápidas. El cementerio se ha llenado, fuera de época y en muy mayor medida que lo que nunca ha visto la visitante, de pruebas abrumadoras de un súbito aumento de población y de apresuradas ofrendas, tanto que multitud de ramos, papel para envolverlos, coronas, guirnaldas, hierbas, tallos, flores naturales y de plástico, ramas marchitas, ruedan por el suelo, yacen donde los dejaron con apresuramiento y quizás desconcierto de la notificación inesperada. El lugar es un complejo hotelero en pleno overbooking, desbordado por la ola imprevista de nuevos visitantes para larga estancia y por otros que, sin esperarlo, se han visto obligados a recorrerlo, a dejar ese ramo que lleva el viento de esquina en esquina, a buscar inútilmente agua, servicios limpios, escaleras movibles que les permita alcanzar nichos en lo alto. Fuentes y grifos están secos, las escasísimas escaleras de ruedas son viejos y pesados artilugios cuya escasez habla de la mísera consideración que hacia ésos que no votan tiene el erario público. Cubre el suelo la ola de papel, plástico y planta marchita, y nichos y lápidas ofrecen una inesperada, espectacular y decorativa floración de pétalos un tanto polvorientos, aún respetados por los vendavales, todavía no reducidos a sarmiento y pavesas.

El silencio del cementerio sur habla a grandes voces. Bajo él y hacia arriba se filtra hasta la superficie el cementerio amordazado, encarcelado, escondido bajo la máscara de cemento, no de hierro, en la celda oficial donde se espera que nadie nunca lo encuentre, que solamente se hable, ocasionalmente, de cifras, fortalezas, votos y victorias. El otro cementerio sabe de verdugos con corbata roja, de sicarios que nunca dejaron sobre sus lápidas una flor, de una masa que coreaba “el miedo es libre” y ha pulido, de nuevo, la superficie de las tumbas con su temor, su sumisión y su silencio. El otro cementerio está en pendiente. Por ella ruedan, atropellados, los marcados por la estrella amarilla de la nueva peste que, más letal que en sí la pandemia, figura en las fechas de su carnet de identidad y establece que su estancia en el mundo de los vivos ya no es rentable y dejarlos morir es lo más sabio.

El cementerio sur ya no es un lugar apacible. Es pobre, abandonado y, al tiempo, visitado en exceso, en estancias cortas de personas aún sorprendidas por una definitiva e inesperada ausencia. Repentinamente habitado por inquilinos inmóviles e indefensos que estarán diez, cien o quizás más años. Nunca, nunca, citado por los que tocaron poder y dinero empinándose sobre el borde de sus lápidas, por los que impusieron a los vivos la especial servidumbre de la certeza de su impotencia

El otro cementerio aflora, bajo el peso de los recién llegados y de la historia de oscuridad, de ocultación y criminal engaño que cada uno arrastra. Uno tras otro hablan de abandono, en cada nicho hay alguien que escupe una corbata roja. Y ya no hay el silencio, o es muy otro.

NOTA BENE:

[1] Durante la pandemia de 2020, en España, el Presidente del Gobierno, que había llegado a él por una moción de censura y no por elecciones generales e instauró un Estado de Alarma que desmovilizaba a la población, lució un día tras  otro, mientras la gente moría, corbata roja con el fin de que no se asociara su imagen a los millares de fallecidos ni a signo triste alguno. Ni él ni su Vicepresidente, el cual estaba nominalmente a cargo de asuntos sociales, visitaron las residencias de mayores, donde hubo mortandad masiva, ni los hospitales ni los cementerios. El esfuerzo oficial se centró en la propaganda mediática y en mantener, de forma indefinida, acobardados, empobrecidos y dependientes a los ciudadanos. El clan así instalado en el poder se afianzaba en él, copando todos organismos del Estado mediante apresuradas leyes de excepción y lluvia de nombramientos de clientelas, y quemaba etapas hacia un populismo totalitario presidencialista,

Rosúa

02/12/21

LOS DIOSES MALOS

Los dioses malos

Hombre-Reptil-Mesoamérica

En Madrid, febrero 2021.

Dios Murciélago-Mesoamérica.

Sorprendente sorpresa la manifestada en medios de comunicación (prácticamente todos), comentaristas, analistas y público ante el curioso grado de violencia, polarización, agresiones y ataques de todo tipo a la estructura y símbolos mismos de los países que se consideraban cuna y referencia del Estado de Derecho, la libertad y la prosperidad. La ebullición de una materia desconocida parece haber hecho saltar la tapadera en lo que se solía llamar Occidente: Europa y Estados Unidos. Simplemente afloran de forma simultánea, en diversos grados, la parroquia y cosecha de los dioses malos, que han venido predicando, en el silencio cómplice y medroso general, la destrucción del individuo, la de la justicia igual para todos y la eliminación de raíz de la creencia en el valor de cada ser humano. El individuo ya no es sujeto ni centro de política, filosofía, jurisdicción, pensamiento, y, por lo tanto, tampoco es responsable de sus actos, irreemplazable, libre ni único. Lo sustituyen conceptos ajenos a su valor personal y a sus obras. A este giro copernicano de la percepción, e imposición, social sirven, con ejemplar sumisión, las empresas mayoristas de distribución de tópicos. A ello se suman, sea países que se suponían en la órbita del cambio y que, sin embargo, parecen entregados a una violenta regresión, sea otros en el muy mal llamado mundo árabe, que hicieron un conato de huida hacia la modernidad y no se reponen de la caída tras el frustrado salto. Oriente entre tanto observa. Algunos conscientes del mejor vivir que les ha procurado la adopción de sistemas y principios que vinieron del oeste pero que tienen categoría universal. Otros enquistados en la gigantesca réplica del tradicional y déspota señor feudal, aquél que rebosa de mercancías y bienes, pretende modernidad pero que, en el fondo, no ignora que impera sobre vasallos, no sobre ciudadanos. La extrapolación, imposición y blindaje supremacista del poder informático han venido, además, a resultar herramienta de valor inapreciable para la implantación, acelerada en su curso, de la sociedad sin individuos, extraída de éstos la médula de su valor puesto que carentes de responsabilidad personal. La voluntaria ceguera occidental respecto a los derechos humanos, que se evita cuidadosamente mencionar mientras se aplaude la previsible renuncia a su defensa y el afable acomodo con la República (todas las dictaduras afirman serlo) Popular (título, junto con  Democrática, igualmente reivindicado por todo totalitarismo que se precie) China, es buena muestra de ello.

Olvidados y aplastados. China. Tien An Men 1989

Parroquia, diezmos y primicias.

Es hora, sin mayores subterfugios, de que la parroquia de clientelas del victimismo subvencionado, de la utopía a cargo del presupuesto reparta entre los que no lo merecen el botín de lo que nunca sus miembros se ganaron, y para ello necesitan destruir definitivamente al individuo, anularlo, aplastarlo, enmudecerlo, hacerlo desaparecer en fin como finalidad y referencia de lo que es genuinamente democrático, enterrarlo bajo un entramado de cubículos gregarios cuya existencia se justifica y prioriza, en un razonamiento que es pura animalidad. El sujeto pasa a ser un puñado de la masa anónima que se moldea a voluntad y se elige, según convenga, por rasgos colectivos, físicos, étnicos, biológicos, geográficos, ajenos a la personalidad, voluntad,, hechos, méritos y obras de cada persona en sí. La democracia  parlamentaria, que ni fue ni quería ser un dios pero sí es la mejor defensa contra las tiranías, el mejor espacio para los ciudadanos, ha sido sido sustituida por su remedo, una ficción chillona, inquisidora, totalitaria y amenazadora que es exactamente su polo opuesto y la más completa y blindada garantía de servidumbre. La lluvia de incongruencias y despropósitos es tal que no halla respuesta ni apenas se percibe. Pero no se trata simplemente de estupidez, error o incompetencia. Siempre hay beneficiarios activos y pasivos. Se nombra, alaba, concede el premio Nobel, condena o juzga en función del color de la epidermis, de la tribu urbana o provinciana de origen, de si se es transexual, homosexual, mujer o miembro de la secta que más votos prometa. El nombre y apellidos, la singladura vital, la identidad real no son sino aditamentos al icono ofrecido a las cámaras y cuyos atributos responden a los de una sociedad anónima.

La revolución de nómina. Aspirantes a clientela.
Madrid, 2011

 

El evangelio de los dioses malos

Naturalmente el alma misma que, con todas sus desviaciones y retrocesos, animaba a los sistemas occidentales, los Derechos Humanos, las ideas de superior categoría de la verdad, la libertad, la justicia y el respeto debido a las personas por ser tales, sin distinción positiva o negativa en función de rasgo alguno, no tienen cabida en el evangelio de los Dioses Malos, en el culto a la fragmentación, a la diferencia y a la confrontación, indispensable ésta para justificar el asalto al inmenso botín que representa el Estado en sí. Se trata de un evangelio antagónico a los valores gracias a los cuales se han construido con esfuerzo civilización, progreso y un bienestar superior al nunca logrado antes. El antagonismo revierte en el culto al mínimo común denominador en todos los sentidos presentado como igualdad, en la instalación ubicua de tipos de censura patentes, oficializados o, apenas, encubiertos, potenciados con una rapidez inesperada por la pandemia de 2020-2021, que ha ofrecido a grupos de poder y propaganda (valga la redundancia) y a aspirantes a tiranías sinobananeras la posibilidad de capitalizar el miedo, silencio, aislamiento y parálisis institucional y política en los que se encuentra sumida la población. Para que la ola parásita pudiera pisar en tan poco tiempo tan a fondo el acelerador de la instalación de una parodia siniestra de la democracia, para anular ciudadanía y Parlamento en renovadas e indefinidas horas  veinticuatro hacía falta una catástrofe súbita.

Exterior inquietante

El evangelio de los Dioses Malos es, lógicamente, futurista y totalitario, pero desdichadamente con un reino muy de este mundo. Su maqueta del preceptivo paraíso terrestre es un híbrido de comuna hindú vegana, animalista y beatífica regida, eso sí, por la casta de los nuevos gurús que, en la trastienda, se apoyan en dictaduras, ejércitos, policías, armamento y empresas tan concretos como los de los dos grandes países con vocación de imperio actuales: China y Rusia. Los coros y danzas de la felicidad continua exhiben la maqueta de su paraíso, inatacable porque se sitúa en épocas como mínimo a una o varias décadas vista, en el cual, con la propiedad privada, han desaparecido la libertad, autonomía y criterios individuales para dejar paso la más estúpida de las servidumbres. El gran lujo de los grandes ricos es precisamente ése: La exhibición de austeridad, la revelación mesiánica de la simplicidad suma y la comunión universal con vegetales, animales y con cuanto conglomerado de átomos se presente. Acompañadas de un desprecio olímpico por los bienes cotidianos de este mundo, desde el cafelito mañanero hasta el coche utilitario pasando por el sofá y salón propios y por esos objetos retrógrados llamados Parlamentos, periódicos, individuos que se desahogan insultando al Gobierno y que son felices, de vez en cuando, con unas cañas con los amigos o con un traje nuevo.

Los placeres prohibidos

 

 

 

 

 

 

Concentración de ascetas. La India.

El Satán tradicional era un pobre diablo en comparación con el apóstol resplandeciente que, junto con el resto de su club, descubre al ensimismado auditorio que pobreza es riqueza, unidad variedad, hambre salud, fatiga alegría, aburrimiento éxtasis, enfermedad experiencia, propiedad engaño, cuerpo banco de órganos.

El lujo del gran rico, ahíto de vulgares placeres terrenales y que revisa, con hastío, la extensión universal de sus empresas, es la gastada túnica versión chándal y el bosque, el ashram hindú, que no en vano aparece en el país de más férrea división en castas. Son bienvenidos el budismo new age y las imitaciones de cueva tibetana, pero guardándose muy bien de entrar en detalles, como que China invadió y ocupa el Tíbet, asesinó, encarceló, destrozó los templos y obligó a huir al Dalai Lama y a miles de personas.

El Dalai Lama durante su visita a España.

El Padrino oriental es tranquilo, afable y comprensivo, ofrece grandes ventajas a los que transiten por la Nueva Ruta de la Seda, pero cuando de dominio real se trata tiene bien aprendido el código siciliano y no admite que parroquia y clero cuestionen ni un milímetro su dominio estratégico e ideológico. El Padrino oriental, siguiendo la tradición, no se prodiga, es discreto y, como en el teatro de sombras, la ópera local y el kabuki, simplemente esboza, alude, señala una realidad que, ésa sí, es única, muy precisa, no contempla alternativas y deja claro que no existen salvación, episodios, argumento ni personajes otros que los marcados. Se trata de una planificación de gran envergadura que toma como escenario espacio-temporal los cinco continentes, a través de las vías estratégicas y comerciales en proyecto o en uso, y comprende este siglo y los venideros, fiel al mañana cantarín del comunismo clásico.

Asambles reciente del Gobierno y Partido Comunista Chino. (El Parlamento más zarrapastroso es prefererible. Esta foto fue tomada de una de las proyecciones en pantalla mostradas durante la conferencia sobre la Nueva Ruta de la Seda, en el American International Institute de Madrid, centro cultural estadounidense. En un ambiente de cordial visión y entendimiento  del Gobierno Chino.)

Demografía del Olimpo

En la cima de este Olimpo los Dioses Malos y su alto clero podrían encontrarse, sin saberlo, con otro colegio apostólico entregado como ellos a la suprema embriaguez: La de la Nada tras tener y haber tenido todo. Se trata del perfecto terrorista islámico. Ben Laden había poseído y gozado de cuanto puede ofrecer la vida a un príncipe árabe. Llegó entonces al punto en el que el lujo extremo es la voluntaria carencia, pero no en un solitario retiro, sino como activa doctrina que reciban y acaten los fieles. Descubrió el placer inigualable del abandono de las pasiones terrenales a cambio de una pasión mayor. Él, también, tenía una divinidad de referencia, no terrenal como los Doses Malos pero sí cómodamente abstracta, indiscutible, lejana: La anulación de lo existente, de las sucias sociedades de pensantes y variados individuos. La pureza letal es indispensable para el evangelio militante de la renuncia, el vacío y la nada, únicos que permiten, tras la gran limpieza de cuanto complace los sentidos y el intelecto, el establecimiento del mundo ideal según las naturales leyes, que comienzan por la radical selección física y mental de los seres humanos. Los Dioses Malos se sorprenderían de hallar en la colina de sus bienaventuranzas el rostro beatífico, la sonrisa  del líder que ya ha degustado la embriaguez de la soledad de altura, de élite perfecta, del desprecio a la turbia corriente de la vida.

A los Dioses Malos de Occidente los anima parecida soberbia, la de la humildad extrema, la del Sumo Sacerdote que renuncia a la cruz de oro y vestimenta que llevaron sus predecesores  no por sí mismos sino por razón del cargo, y que exhibe la cruz de plata y las zapatillas de fieltro proclamándose el más modesto de los modestos, digno de la simpatía fraternal de los que han alcanzado la cima del desdén por su propia riqueza y desprecian comodidad, apariencia y esos objetos propios del anhelo de los pobres. El Sumo Sacerdote predica la carencia de bienes de este mundo, en franco contraste con las genuinas caridad y humanidad cristianas de un dios que comía cordero y pan, bebía vino y animaba a ocuparse de los enfermos e inválidos. El público ideal de los Dioses Malos es otro, una Humanidad ya pasada por el filtro selectivo de la nada tierna Madre Naturaleza, seres jóvenes, vigorosos, resistentes, voluntariosos en el seguimiento de consignas, más dados al empleo de la energía en el deporte que en el cerebro, con buena imagen y sonrisa propia de la felicidad permanente. El Hombre Nuevo en fin, no tocado por alusión alguna a la enfermedad, la decadencia, la tristeza, la muerte Tampoco por los surcos de la reflexión ni por el peso de la memoria. Elástico, fresco y desdeñoso de la buena comida popular y del agua caliente pero admirador de todos los signos de jerarquía y dominio en los que el austero apóstol se complace. Réplica en fin del líder incombustible, a imagen y semejanza, en menor formato, de los nuevos dioses.

Paraíso VIP

Topografía del Olimpo

Finalmente es un evangelio que carece de originalidad pero no de muy material e inquietante estructura. De hecho, nunca, gracias al uso pervertido y monstruoso de la telemática, su poder había sido tanto. El reino que se pretende implantar en este mundo y cuyas consignas se escuchan en millones de canales y mensajes no es otro que el viejo comunismo remozado, el afán totalitario, el manual de fabricar en serie el Hombre Nuevo y ponerlo a disposición de los mandarines. El neocomunismo actual, todo sonrisas y verdor, tiene como música de fondo los aplausos del partido único Chino y las más toscas pero muy convincentes amenazas de las mafias rusas, de Moscú y de los controladores del paso de materias primas. Corresponde al temible empeño de destruir desde el interior, por franquicias interpuestas,  países e individuos libres, arrebatarles cuanto poseen y la idea misma de trabajar por ello, empujarlos a un redil donde disfruten, y agradezcan, la igualdad del pienso. Ahí reside la felicidad de los auténticos ricos: sobrevolar la grey, soldar sumisión y devoción en el vapor que a ellos les sirve de perfume, escuchar por doquier dos y dos son cinco, cosechar abrazos y sonrisas. Y gozar luego con su corte, una vez  revisados en múltiples pantallas los informes, de los bienes y placeres debidos a los líderes.

De la Comuna Celeste al Cielo.

Sin embargo la fractura entre los núcleos que imponen, sin asomo de consulta democrática, cambios radicales en el tipo vida y la indignación e inquietud que sienten aquéllos forzados a someterse a decisiones ajenas que repugnan al sentido común y a la profunda y legítima aspiración a la propia autonomía y al bienestar cotidiano, la negativa a sacrificarse en nombre de dioses en los que no creen, la oscura conciencia de opresión y fraude han alcanzado dimensiones y presiones propias de placas tectónicas. Y el magma no encuentra puntos de salida porque se les ha arrebatado la dignidad y la palabra, precisamente arrojándoles simulacros de comunicación infinita y de quimérico y perdurable reparto de beneficios que recibirán por la pantalla sin moverse del asiento o reclamarán en monólogos interminables con grabaciones telefónicas mientras en las calles se hacinan parados que podrían y querrían ofrecer mucho mejores y desde luego preferibles servicios directos físicos.

Ni moderno ni online

Los apóstoles online

Desde América hasta los confines de la desgajada y desgarrada Unión Europea, el hervor y explosiones consecuencia de la presión llevan gestándose mucho más de los diez años que suelen atribuírseles, aunque hayan saltado al primer plano recientemente y adquirido un pico de notoriedad con las últimas elecciones presidenciales norteamericanas y la permisiva y teatral, atrezzo lumpen incluido, toma del Capitolio. Es la perfecta ilustración, en trazos muy gruesos, de lo que se presenta como masa compuesta de los despreciables, zafios, atrasados, impresentables y malos, a los que no puede menos de personificar alguien como el Presidente saliente, que reunía esas cualidades y no dudaba en exhibirlas.

Las élites miméticas de la norteamericana, la beautiful people de Europa y aledaños, no han dudado, con conmovedora homogeneidad, en analizar y comentar cuanto sucedía recurriendo al instrumento del que llevan sirviéndose varias décadas y que han incrustado en la cultura, los mensajes y la conciencia popular. Se trata del chantaje dual, tan fácil como falso, servido por la reciente plantilla de dioses y evangelios, provistos de tópicos bienaventurados, de un bien remunerado sacerdocio y de una red de inquisiciones. Se han secuestrado lenguaje, medios de comunicación y a la expresión y gestación mismas del pensamiento en una especie de implante cerebral de autocensura mediante el cual grandes contingentes de población creen que se hallan en un mundo en el que prácticamente la especie humana se divide, y ha dividido desde la aurora de los tiempos, en Buenos/Malos,  Éstos deben identificarse -y ay del que automáticamente no lo haga- por una parte, en los primeros con el marchamo de izquierdas, progresistas, socialistas, comunistas, antifascistas, trabajadores,, feministas de género, inclusivos. centristas .dialogantes. En los segundos, abominables sin paliativos, las etiquetas fatales son  derechas, liberales, fascistas, capitalistas, burgueses, nazis, conservadores, propietarios, emprendedores, reaccionarios, machistas, extremistas, crispadores, racistas. En el caso de España, vergonzante donde los haya, en la que la visión política ciudadana se ha revelado incapaz de ir más allá de la comunidad de vecinos mal avenidos, es preceptivo añadir como Buenos nacionalidades, multicultural, identitario,  ancestral antifranquista (Nota Bene: post mortem), foral, diferencial. Los Malos gozan además en este caso de epítetos constantes: facha, centralista, franquista, nacional.

Las Tablets de la Ley

Los nuevos dioses se sitúan, en un espacio lo suficientemente alto, difuso e incontrolable como para servir a las proclamas de cualesquiera líder y élite que, en su nombre, culpabilice e imponga diezmos y vasallaje a la grey a la que él graciosamente favorece y salva. La franquicia oficial del mesías invoca a sus pares celestes. El Dios Planeta, el Dios Futuro, el Dios Clima, el Dios Energía Bondadosa, el Dios Medioambiente, el Dios Género y el Dios Victimas y Víctimos son perfectos para el perfecto totalitarismo anónimo. La utilización mercenaria del nuevo Olimpo, del socorrido santoral a siglos vista, ejerce exactamente el efecto contrario al que se proclama, impide medidas y estudios razonables, ceñidos a situaciones, lugares y seres concretos. No habrá dictador que no se deshaga en alabanzas a la nueva red de Burós Políticos Verdes, Dialogantes, Progresistas, Ambientalistas, Ecológicos, Inclusivos, Policéntricos y Multiculturales. Se trata, además, de dioses que resultan extremadamente adaptables en mantenimiento y sacrificios y que, como Futuro, el más cómodo de los dioses por cuanto inexistente, están exentos de críticas so condena de herejía.

Bueno y Malísimo (y feo).

El arma del  dualismo preceptivo es un instrumento de chantaje, continuo, social, cultural y, sobre todo, económico, puesto que significa llanamente la promoción e implantación de capas de parásitos exclusivos dueños y administradores de plataformas y sumisas audiencias, de las que extraen beneficios a escala de los Estados, lo cual rinde mucho más que corrupción alguna, gracias a la intimidación que su monopolio oficial supone y a la consiguiente extorsión ejercida contra los que sí producen, crean, valen. En suma, una sustitución del mundo real por el irreal de explotación a distancia. Un márketing de proporciones tan colosales se consigue con un dominio de los medios de comunicación abrumador, gracias a la feliz confluencia de la ola de clientelas parásitas de utopías subvencionadas (fenómeno históricamente nuevo) y el imperialismo informático. No se trata, ni mucho menos, de un simple fenómeno pasajero de manipulación semántica y demagogia. Su dimensión  se está revelando día a día, por la implosión de estructuras básicas de los países, por la inclusión en el índice de ideas prohibidas de los valores universales, por el abandono de la defensa y mención de éstos cara al exterior y por una regresión obvia y acelerada, ante la que las víctimas y afectados por la plaga parásita permanecen mudos, acobardados y desarmados a causa de la presión ambiente, de la necesidad de aceptación laboral y social, de la convicción de impotencia y por el franco temor, que se palpa incluso en las más informales conversaciones, de verse incluido en el bloque de los Malos, reaccionaros, fachas, derechistas y de ser objeto de rechazo, agresiones u ostracismo. En este sentido, se está viviendo la época de menor falta de libertad, literalmente, y mayor atentado contra la vida privada que se recuerda. Todo un logro.

Al desgajarlos de su contexto histórico para construir el mito dual, términos de muy real peligrosidad, como nazi, genocidio, totalitarismo se han banalizado y por lo tanto, al no existir delitos per se y responsables, criminales y crímenes, se ha abierto una tierra de nadie ética en la que puede acampar cualquiera y hacer y afirmar lo que le plazca mientras se cobije bajo una bandera y goce de audiencia suficiente. Hacia ese descampado se precipita un muy especial lumpen que se ve excluido y despreciado por la nueva e inalcanzable élite y que carece de formas de expresarlo, tanto más cuanto que el placebo del diluvio de mensajes es inversamente proporcional a la reflexión, el conocimiento y la significancia. El interesado mito dual ha producido también efectos nefastos en el polo demonizado de los Malos. Las víctimas de la nueva inquisición están lógicamente a la defensiva, no ven sino ataques en cualquier alabanza del sector público y se enquistan con frecuencia, sin análisis objetivo ni racionalidad algunos, en puntos ideológicos abstractos, pasionales y ajenos a la complejidad de las situaciones individuales reales y al valor de la solidaridad

 La plaga dual es pandémica, ha anegado múltiples países, pero ninguno es un ejemplo tan claro como España, porque en ella se ha llegado al evidente extremo de país fallido, lamentable zurcido de piezas y remiendos que prohíbe el uso de su propia lengua, se reparte entre clanes, abomina de su historia y es la única entre las que deberían ser sus pares que ya no merece el nombre de nación. Su caso ilustrará probablemente capítulos de estudios sociológicos por su especial explotación del mito dual a fuerza de recrear el fantasma de una pasada guerra civil de forma que sirva de perpetuo instrumento para mantener a la población bajo chantaje y monopolizar, con intención de eternidad, poder, control y economía .por parte de la clase parásita. Figurará en los manuales como ejemplo del paso de país a anécdota.

Revolucionarios esperando su momento. Madrid 2011

 

El Antiguo Testamento

La extrapolación de vocablos que sólo son válidos referidos a épocas y situaciones concretas y únicamente pueden ser utilizados en estudios históricos y sociológicos no es, finalmente, sino una de las facetas de un fenómeno de mucha mayor envergadura que puede, y está de hecho logrando, sumir en la indefensión a millones de personas. El obligatorio dualismo tiene una semilla, de considerable tamaño por sus efectos aunque relativamente reciente, que se ha utilizado para explicar nada menos que la totalidad de la Historia desde que el homínido bajó del árbol. El dogma de la Lucha de Clases, que trata con apariencia científica y definitiva cualquier faceta humana, reduce en realidad a los sujetos a rebaño, a categoría animal cuyos miembros nacen, viven, se reproducen y mueren definidos por una especie de genética semejante en cada uno a la de los demás de su grupo, homogéneo éste en comportamientos y rasgos con variaciones puramente zoológicas. Establece un dios colectivo e inmutable llamado Trabajadores que ignora la evidencia y el presente y sacrifica vidas y haciendas al Dios Futuro. Desgajado de circunstancias concretas, de análisis, el dogma es simplemente falso, y su énfasis en su igualitarismo enfermizo delata de por sí la pobreza del razonamiento, su agresividad en la imposición da idea de la carencia de base real. Se trata de una construcción en la que desaparece el individuo como sujeto, y con él  cuanto lo protegía, las leyes iguales para todos, la  pluralidad de las formas de expresión, la búsqueda independiente por parte de cada cual de la existencia que considere más dichosa.

Los viajes perdidos

Su mutación actual, del siglo XX al XXI, consiste en dominar órganos de propaganda, alimentar continuamente variables de rencor victimista, disponer de vastísimas clientelas dependientes en lo material, cultural y laboral de satrapías anónimas que les reparten lo que ellos ni se merecen ni se han ganado por sí mismos y reservar para la nueva e inalcanzable élite lo mejor de lo anteriormente producido. Poco importan los cuerpos, en este contexto. Es mucho más útil el dominio, desde el interior, de los comportamientos dirigidos por la diaria ración de consignas disfrazadas de ideario preceptivo que tiene un mandamiento cardinal: No percibir la realidad, los actos concretos realizados por personas concretas, es decir, lograr la desaparición de la responsabilidad individual, la desaparición del planeta auténtico, que es el cotidiano, y su sustitución por construcciones virtuales, eternas y universales. Éstas son al mismo tiempo transitorias, puesto que cada una reemplaza impunemente a la anterior sin posibilidad de réplica ni aun de recuerdo, porque  memoria y conocimiento han quedado abolidos y su frágil, limitado y manipulado espacio es el de una pantalla cambiante que carece de reservas propias gracias a la destrucción de los fundamentos del saber por obra de Reformas Educativas diseñadas para ello, y que no por azar son acérrimas enemigas de Humanidades, Historia, Estudios Clásicos, Arte y de cualquier acto y persona que muestren grandeza o que hayan sido guiados por caridad, desprendimiento, heroísmo, honradez y excelencia.

El saber sí ocupa lugar

El limitado espacio de la percepción y la memoria es ajeno a la omnipotencia cognitiva que parece ofrecer la lluvia de comunicación. Lo que está ocupado por Me Too, por normas sobre el color rosa,  por la felicidad sin propiedad y el eterno San Valentín prometidos por China y la vasta mafia oficial rusa no deja oportunidad ni lugar para hablar de los millones de muertos, de sus campos de concentración y de sus presos. Ni tampoco hay sitio para la mayor discriminación que ha existido y existe: La de las mujeres en el Islam, véase la teocracia iraní.

La máscara de hierro islámica

 

 

 

El ser humano aquí y ahora, irreemplazable, de vida corta y derecho durante ella a buscar su propio camino, es objeto del mayo desprecio e impune agresión por  parte de los nuevos dioses. Su mayor enemigo es la mesnada de Hombres Nuevos diseñados por los subalternos del olimpo, de cerebros y rostros lisos y sonrientes y mirada fija en el futuro luminoso mientras ignoran y pisotean a los hombres reales.

Naturalmente, en tan idílico panorama a la memoria y la evidencia las sustituye el relato, una construcción momentánea de los hechos presentes y pasados sobre la cual es fácil colocar al dios Futuro, y cambiar su apariencia según conveniencia del momento, de forma semejante a cómo se cambian los canales en pantalla. El evangelio relato pasa a ocupar el espacio de cuanto era conocimiento, análisis, historia; en él Europa desaparece y se amputan sin rebozo desde la cátedra y el discurso sus raíces, muy presentes y profundas, del Derecho Romano, la cultura clásica grecolatina, el cristianismo. Libertad, individuo y Derechos Humanos desaparecen por el sumidero junto con la necesidad de correr riesgos por ellos y defenderlos. Tal defensa no tiene sentido en un espacio que ya no se considera heredero de nada, de nadie ni de civilización alguna puesto que se ha reducido a un flotante y variable archipiélago de entidades diversas prestas a acomodarse a cualquier vencedor medianamente seguro de sí. El empeño de unión  europea, los ideales del siglo XX,  son presentados como vías muertas ocupadas por burocracias distantes y enfrentamientos patentes o larvados, mientras el decepcionado vulgo, ya maduro para la sumisión por el antiamericanismo que lleva escuchando desde hace décadas aunque los gastos de su libertad, defensa y buen vivir hayan corrido a cargo de Estados Unidos, está presto a rendir vasallaje al decidido y abrumador poder del totalitarismo de los nuevos amos. El relato occidental sólo admite pequeñas europas incapaces de sentimiento común, pasión ni nervio alguno

La limitación de espacio no atañe ni mucho menos tan sólo al cerebral y psicológico. Tiene otra faceta de paralela envergadura: La material, la económica, la distribución de un muy definido presupuesto, de medios y partidas que se miden en números y que si no van a un sector van a otro, sumas que las parroquias de los dioses malos se disputan con uñas y dientes, con tanto mayor ferocidad bajo la fina capa de angelismo cuanto que los beneficiarios son conversos cuyo exclusivo mérito es el control de la comunicación, la propaganda y la repetición de consignas de amor, paz y felicidad planetarias, multiculturales, verdes y eternas.

Ambos espacios, el cognitivo y el material y económico, están ligados como nunca en siglos pasados había ocurrido, porque se ha impuesto, técnica y puñado de monopolios comunicativos mediante, a una cantidad abrumadora de habitantes del planeta una realidad virtual, un deber ser venido de las alturas y predicado desde Sinaíes inalcanzables por Moiseses de sociedades anónimas. La relación entre las sucesivas cruzadas y la evidencia observable es nula, el uso espurio de la informática obvio, la ciencia está secuestrada mientras los fondos van a subvencionar cruzados y comisarios de las sectas. La élite del bien remunerado evangelio está lejos de ser el jardín temático de millonarios aburridos que juegan a la manipulación utópica. Es el envés indispensable de formas de explotación y dominio muy de este lugar y tiempos y de un plan sin libertad alguna para los siglos venideros.

De sacrificios, timos y callejeros del Paraíso

Los dioses tienen, generalmente, en las mitologías su contrapartida femenina. Futuro no puede ser menos y a su palio acompaña estrechamente Modernidad, en cuyo nombre dictadores y franquicias pueden imponer cualquier cosa, planear en un espacio etéreo ajeno a la menor crítica y cambiar, Tablets de la Ley en mano, sin asomo de consulta democrática, la vida cotidiana de millones de seres. Para mayor poder, riqueza y gloria del nuevo Olimpo, cuyo clero se caracteriza por un tipo de estupidez original, nueva y telemática mezcla de suficiencia, desprecio por el vulgo, ambición y prepotencia que ocupan en ellos el espacio de la memoria, la experiencia y la inteligencia. Naturalmente, por beatífica y desligada de los bienes de este bajo mundo y de sus torpes habitantes que la nueva religión pueda parecer, los dioses malos amén de obediencia y diezmos, necesitan sacrificios, humanos incluso, porque el miedo es, por mucho que se lo vista de austeridad de diseño, garantía de sumisión. Conviene incrustar, tatuar bien en las conciencias que sus pequeñas vidas son deleznables y prescindibles al lado de la salvación del planeta y de la de cuantos animales y plantas lo han habitado. En países donde hasta el más diminuto caniche debe tener sus vacunas y garantías de vigilancia conviene soltar osos y lobos, nada vegetarianos, y considerar sus posibles y presumibles víctimas homo sapiens caídas en pro de una causa mayor. Convencida la sociedad, por medio de los arcángeles del dios correspondiente, de que buena parte de ella sobra, el humano intruso debe manifestar su alegría por contribuir, con sus proteínas, a la reproducción de cualquier ser que no lo sea. Cuando no pueda arriesgarse a andar por el campo sin exponerse a la garra del oso, felizmente desaparecido hace siglos de la montaña hispana, cuando sienta, antes de que le degüelle, el hálito del lobo, cansado del cordero del menú, a su espalda, siempre podrá consolarse, antes de morir, con la esperanza, gracias a la genética, de la próxima recuperación de los voraces reptiles gigantes del Jurásico.

El evangelio de los dioses malos promete un paraíso terrenal de parques temáticos de minorías agraviadas sustentadas, sin mayor mérito que su identificación gregaria, por sectores acotados al efecto y sometidos por la policía del clero del nuevo culto a las víctimas diferenciales. Con la ayuda inestimable e indispensable de la dictadura paralela online, que, en vez de integrar naturalmente en límites prácticos de utilidad general las nuevas tecnologías, se esfuerza en crear una red de absoluto control y dependencia en un grado jamás conocido y que, lejos de procurar progreso y bienestar, está eliminando hasta la más mínima posibilidad de expresión democrática, autonomía, intimidad y defensa de derechos. La desaparición del individuo y la ocupación de su espacio significan la erradicación de relaciones físicas, comunicación directa,  privacidad y autonomía, y la sustitución de muy queridos usos cotidianos  por la esclavitud entre cuatro paredes y una pantalla, mientras las élites gozan de los placeres de la vida real. Nada más grato que este panorama para el dictador y su corte, que sacarán ritualmente en procesión a los dioses malos con Futuro a la cabeza, ante cualquier asomo de protesta y reinarán sobre el rebaño ideal segregado por el Estado de Excepción, tan prolongado como sea posible, que pronto se confundirá con los usos habituales.

 

El rescate

En cualquier lugar……

Y sin embargo sobrevive

La persecución del individuo ha sufrido y sufre un ataque de inusitada, pero organizada, violencia en todos los frentes. Y es inseparable de la destrucción del fundamento mismo de cuanto ha hecho mejor, universalmente adoptada, libre, próspera y grata una forma de vivir, pensar y organizar sociedades. Hay una mezcla de depredación impune, codicia, envidia, rencor social y odio sembrada en ingentes cantidades, una degeneración, que sería caricatural si no fuera por lo letal de sus efectos, del término democracia, que no en vano emplean indefectiblemente todas las dictaduras. El sistema del que ha desaparecido el individuo en sí como centro ha sido tomado por elementos ajenos a la libertad y valores de la persona, véase etnia, lugar geográfico, sexo, color de la piel, ritos tribales, usos comunitarios religiosos, historias míticas. Exactamente lo contrario al progreso y la civilización, que han sido claramente, y con no poco esfuerzo y retrocesos, una lucha por la independencia de las cadenas externas, predeterminadas por factores ajenos a la libre voluntad, una toma de conciencia del valor de esfuerzo, trabajo y méritos propios sin los cuales no hay solidaridad ni bienestar algunos, un ascenso hacia una humanidad que sin el ejercicio del libre albedrío ya no lo es.

Alguien avanza.

Precisamente por eso, y porque el revulsivo de la pandemia ha venido a poner en evidencia en toda su crudeza la fragilidad de lo que se daba por adquirido y perdurable, es buen momento para aprovechar la oportunidad del rescate, de la forma mejor de vivir que se quiere destruir y reemplazar, de la idea del individuo con todo lo que conlleva, de las bases fundacionales de Europa que fueron y son capaces de universalizarse por la común aceptación y comprobación de su excelencia. Es tiempo de rescate en la reflexión sobre China, que no es una masa amorfa de millones de autómatas ni un alien de monstruoso tamaño y lejanía, sino seres con capacidad de diferencia, disidencia, voluntad y cambio. Tiempo de rescate y denuncia de la falsificación de la historia y del antiamericanismo de salón, de la delegación de la autonomía personal y de la conciencia de su precio. También rescate de la indispensable revolución técnica, de la tecnología adaptada, y no a la inversa, a la necesidad y deseos reales de la gente concreta. Con clara percepción de que se puede morir de seguridad y no de amor, vivir miserablemente bajo la aparente comodidad instantánea de nuevas dictaduras, perder cuanto por simple instinto se sabe que es mejor y estimable.

La confrontación con la desgracia, el desconcierto, la indefensión inicial ante la pandemia han desnudado el hermoso cuerpo de lo que por civilización se entiende, lo han hecho, por ello más vulnerable pero también más propicio a recuperación y diagnóstico, más accesible al aprecio por la conciencia de que puede perderse y de que es forzoso luchar por él. Sin temor a los falsos dioses, Rescatando así cada uno lo mejor de sí mismo.

Viva la vida. Ésta.

 

 

 

 

El arma más poderosa

Hay algo que es más poderoso que todo: Una idea, cargada de libertad, de respeto por el individuo y de amor a la vida. Es arma lenta, con pausas y retrocesos, pero su poder nada lo iguala. Es exclusiva de la especie humana, los colmillos, astas, garras y veneno del primate desnudo e indefenso. Anida quizás en un recoveco gris de su cerebro mas no es sólo cerebro. Quizás se desplaza por su médula y navega en su sangre. Corre a más velocidad que el guepardo, hiberna y se aletarga durante largos períodos. Puede hacerse invisible como el agua bajo la luz. Pero luego crece, se afirma, resplandece, y muestra esa cualidad única que es la capacidad de dar lo que no se tiene: Fuerza, esperanza, ánimo.

Ancha es Castilla.

Siempre es primero la idea, y luego se materializa en un objeto, en un plan, en actos. Inexplicables serían si no la extensión de proyectos, los descubrimientos e invenciones, los cambios de gran envergadura a  partir de pobres orígenes y aislados individuos.

Tiene su reverso, de temor, cobardía, servidumbre, que, como carroñeros al acecho, siempre esperan su oportunidad temporal. Sin embargo el arma es tan poderosa que sobrenada crisis y bajezas, prende, y ya no se extingue, erguida como una vela a imagen del hombre frente a los tanques, saboreando,  junto con el reprimido instinto de la fuga, el sabor de su propia dignidad.

Para envidia de los malos dioses.

Rosúa

01/10/21

LA GRAN NIEVE

La Gran Nieve

Madrid, 8-9 de enero de 2021

Una montaña de nieve se desplomó desde el cielo.-A la mordaza de la mascarilla de la pandemia se superpuso una nueva, blanca, espesa, extensísima, nunca vista en el medio siglo, que iluminó la noche con un aura espectral y con la amenaza -recordando siempre el alto precio de la belleza- de las prontas cadenas de hielo, con la prisión añadida a la del temor a la enfermedad. Sumó barrotes transparentes, gélidos a los que ya encarcelaban a los ciudadanos para los que la libertad era un lejano recuerdo, a los que, aprovechando todas las oportunidades y su propio temor, se había ido confinando en reductos cada vez más estrechos que la nieve venía a sellar.

El mundo se había hecho minúsculo, los itinerarios precisos, las paredes múltiples, las distancias inalcanzables. Venía la nieve, que escondía, como todo ser dotado de extrema fascinación, un fondo inseguro, quebradizo, con la forma de una prisión magnífica para cuantos por falta de equilibrio, asidero o fuerza no podían pisar en ella. Las rutas, las aceras, las vías urbanas se volvieron ríos intraspasables, espacios imposibles, se alzaron, cubiertas por placas cristalinas y sonrisas traidoras de estrellas geométricas, como inexpugnables almenas, fosos sin puente levadizo alguno, páginas de algún cuento que siempre alberga una bruja, la vieja bruja que, al desfavorecido por el paso inseguro, le asirá por los talones cuando intente pasar de una acera a otra, le negará la entrada al más necesario y cotidiano paraíso, lo empujará y derrumbará sobre una pila de ese hielo sucio que es la vejez de los hermosos copos de nieve.

Madrid, quedó cubierto, cubiertas sus carreteras, accesos, casas, fuentes, vías urbanas. Cubiertas ramas y techumbres, que se derrumbaron con el peso, cubierto el congelado río, pespunteado el paisaje por un súbito álbum de fotos del polo norte, de esquiadores, patinadores, de trineos incluso con perros, de alegres invitados al festival de la nevada insólita, a la aventura de la pendiente y el muñeco, a las fotos innumerables del yo y el histórico acontecimiento, a la celebración de una visión única de pura nitidez y resplandor, de perfecto grabado y rostro terso en la perfección de su traje nupcial.

La gran nieve, implacable, fría, silenciosa, mantenía mientras aherrojados durante horas y días a humanos en sus vehículos, en desangeladas salas de espera, en paralizados estaciones y aeropuertos, en túneles subterráneos, en espera de calor y movimiento. Ciudadanos que cada vez lo eran menos, que habían adquirido, como el pájaro, como el animal doméstico, la costumbre del bozal y de la cárcel, de retiro, mientras éste durara, al cubil seguro, el hábito del silencio afelpado y de la resignación ante un orden de cosas en el que ya se confundían las catástrofes naturales, la pandemia y las disposiciones del Gobierno. La capa blanca, que se iba levantando en el límite mismo de los  hogares, como un muro más, como una nueva limitación y frontera a la ya menguada, racionada y mínima libertad individual, extendía su insignia como una bandera de obediencia, servidumbre y silencio, una afirmación y pasaporte indiscutibles para un mundo donde sólo a los dueños del blanco rebaño les estaba  permitido lucir corbata roja y pasearse, inalterables, junto a la general parálisis, el eco cada vez más apagado de las voces, el recuerdo de la libertad que un día hubo y que en el tiempo de cárceles perfectas ocultaban las nubes en un horizonte casi boreal.

La nieve, insólita en su abundancia, descendía, se apoderaba de lo cotidiano y sus perfiles, tomaba coches, villas y espacios aéreos, imponía vestidos y comportamientos, hacía realidad el sueño oficial de la sumisión múltiple, del rostro helado y cubierto que no musitará una protesta, de las aspiraciones, en vez de a libertad, al calor de la manta y de la sopa. Sin discordancias, humildemente agradecidos a los señores de la indiferencia.

 

Breve Crónica de la Gran Nieve

8 de enero de 2021

La otra acera se ha vuelto inalcanzable. Alguien se está empolvando furiosamente en las alturas. Una diosa particularmente mala sacude su vestido de lunares y éstos caen, incesantes, sobre losas y bordillos no acostumbrados a ello.

Impera, en segundo plano, tras la aparente inocencia de la ausencia de colores, la negra perspectiva de la condena a prisión por plazo indefinido.

Un señor con su perro, pequeño y muy bien abrigado, me ofrece su ayuda para atravesar la carretera tan carente de apoyo como un brazo del ancho mar. Acepto de inmediato.

El puerto del portal abre sus puertas.

Comienza la clausura forzosa.

9 de enero de 2021.

No amanece. Todavía no amanece. En cuanto baje el embozo el enemigo se me echará encima. La cama cálida es casa, iglesia, cueva, brazos amantes, de las sábanas y del calorito de mi cuerpo, mi mejor amigo, hoguera ancestral con danza de chicos de la tribu. sueño de chimenea, ventanal orienttado al mediodía.

Ofrecen seguridad y refugio Humphrey, mi edredón, y la espesa y protectora colcha-buti que me permite dormir cada día con el príncipe gracias a su bordado de mago, dragón, castillo, tras cuyos muros se encuentra, al fin, el príncipe, y yo misma al otro lado de la espesa colcha y toda la nómina, sin madrastra mala ni importunos enanitos. No dejaré entrar en la imponente torre del homenaje a las hadas del bautizo, que en mi caso fueron todas perversas, y me alegrará, por fastidiar a la gentuza del castillo negro mayormente, que los alegres colores de la bandera roja y gualda animen la almohada.

Aparto el embozo y me enfrento a mi destino, del que hui, para refugiarme en el castillo de algodón, cuando la incesante nevada del viernes ocho auguraba el páramo indefinido cubierto por la sábana del diluvio de copos. El destino, irónico, espera como un gran animal gris entre los conductos de los fríos radiadores que la extrema mezquindad de los dirigentes de la Comunidad ni con la Gran Nieve permiten encender ni a mínimos durante las doce horas de las más largas y gélidas noches. Adiós ahorros, que se deslizan, pendiente abajo, hacia la factura de la luz que ya engorda el indispensable radiador eléctrico.

Empiezan, muy pronto porque amanece muy tarde, las alucinaciones árticas. No amanece, tal vez no lo haga, quizás el adorado, beatificado y simpático planeta se ha cansado de someterse a equinoccios y solsticios. Nunca Mais. La terraza ofrece, en vez de tiestos, arbustos, regaderas, mampara, barandillas y losas, una barrera aparentemente dulce que se rompe los dientes contra las puertas, las clausura y exhibe carteles de prohibido el paso.

Hermosura, no me engañas. No me engañas, guapa de cara. Aunque salgas primero a escena maquillada como una artista de kabuki y ofrezcas, a cada golpe de gong, trineos con o sin perros, muñecos king size, raquetas, fotos para la posteridad (“Aquí yo y el yeti”), equipos completos de esquí urbano. Sé que has arrojado al estanque antes de se hiele las llaves de mis pasos inseguros. Porque no podré dar ninguno sobre un pavimento que resbala.

Hay una duna, de medio metro, en mi terraza y el ginko biloba, que crie desde su infancia hace menos de dos años y ahora tiene dos metros, alza apenas tronco y ramas desnudas. Sólo puedo asegurarle, a distancia, mi solidaridad.

El enmigo espera, hasta que la ducha disuelva su manto de colmillos fríos.

Y no poder cruzar a comprar un periódico.

 

 

11/24/20

SOLOS ANTE EL PELIGRO

Solos ante el peligro.

(“High Noon”, 1952-Director Fred Zinnemann)

Gary Cooper terminó apresuradamente su testamento, lo dobló y lo introdujo en un sobre junto con las páginas que había escrito anteriormente y que le habían retrasado en la declaración somera de sus últimas voluntades. Solo en la muy solitaria oficina del sheriff y forzado a serlo de nuevo para así morir en las que debían ser las pocas horas que le quedaban de vida, dudó entre dejarlo sobre la mesa o metido en el cajón. Ya no tenía tiempo de entregarlo a un notario, que probablemente lo rechazaría para no comprometerse, o al juez, que había huido del pueblo. Incluso, con esa rapidez con la que foguea el pensamiento cuando es inminente el final, se le ocurrió que podía haberlo hecho llegar a alguno de los periódicos del norte, lejanos del temor a los asesinos. Todo era ya inútil. Iban a matarle, en las mismas calles que había defendido, junto a la insignia, carteles y los escasos libros de leyes y Declaración de Derechos que tal vez aventara en breve algún incendio.

Sentía no haber podido redactar con más detalle y pulcritud su testamento porque quería dejar, junto con sus escasos bienes, testimonio de su amor sincero a Grace Kelly, con la que acababa de casarse y que podía ser su nieta. Pero necesitó fijar antes por escrito su incomprensión, su aflicción, su duda hincada en lo más hondo, respecto a los principios de democracia, libertad, dignidad, igualdad, justicia en los que había creído y que se habían ido apagando uno a uno durante su peregrinación denunciando la llegada de los asesinos, a los que, con aplausos del pueblo todo, donde habían sembrado el terror, había detenido, hecho que se juzgaran y que habían sido condenados. Gozó durante cuatro años del reconocimiento y alabanzas de los vecinos, se disponía a dejar la pistola y gozar del merecido reposo de un trabajo pacífico y de una tierna y bellísima esposa. Hasta que los cuatro asesinos, amnistiados, llegaron para consumar su venganza. En su larga peregrinación buscando ayuda nadie, ni uno solo, se prestó a acompañarlo, a arriesgar, como él hizo tantas veces, su vida pare defenderlo. Repasó, en esos minutos finales, su peregrinación por el pueblo.

Gary, vamos juntos, releyendo esas páginas en las que plasmaste tu perplejidad ante la flagrante contradicción entre realidad y principios. Descubriste, como aquí hoy, que bajo lo que parecía sagrado, benéfico, inamovible, Democracia, decisión mayoritaria, pueblo, comunidad, paz social, podían esconderse las mayores indignidades, las peores cobardías, las colinas de cadáveres abandonados y de absurdos e injusticias silenciados, aceptados, asimilados con el alborozo de quien espera que la bala y el puño del que manda pasen junto a él y no le toquen. Descubriste, también, que la democracia podía ser eso: Un pueblo entero que te mira pedir ayuda y se calla mientras sólo resuenan los clavos del que será tu ataúd. Lo es, como lo es igualmente el país silencioso en el que, aprovechando una epidemia, el Parlamento no es sino ausencia y nóminas. Te miraron inútilmente en la iglesia, les hablaste. Se inhibió el párroco. Ninguno te acompañó a la puerta. Tampoco en la sala de la supuesta y moderna representación democrática impidió ninguno que se dictase, por el dictador con aspiraciones de totalitario, la imposibilidad de control legal, de manifestaciones, de oposición al absurdo, al reparto a trozos de país y presupuesto, de rebelión contra la imposición forzada de normas de servidumbre y patentes de aprovechamiento a la medida del  grupo en el poder. Gary, viste salir gozosos a los niños de la iglesia, pasaste frente a la escuela, donde aprendían en inglés, lógicamente. En otro lugar lejano pero semejante alguien ve con estupor como en las escuelas se ha prohibido el uso de la lengua propia, la del país, en fenómeno equivalente a si el inglés se prohibiera oficialmente en Gran Bretaña o Estados Unidos. Y el solitario testigo observa atónito como la inmensa mayoría del país calla, se avergüenza de sí y contempla impasible la destrucción de su patria. Gary, al menos el párroco de tu pueblo no animó a su rebaño a protegerte pero tampoco se decantó por los asesinos. En el país lejano párrocos y laicos los han apadrinado, han alabado sus ritos de sangre con cálices que no contienen la consagrada, los han paseado en triunfo hasta sentarlos en la sede del Gobierno. Tu pueblo, cobarde, era mejor que el nuestro. De casa en casa, de vecino a vecino, pediste ayuda a hombres escondidos en el dormitorio, tras el mostrador de la tienda, afanados en limpiar la barra del bar en espera de la la celebración del crimen por los asesinos generosos. Pero era un pequeño pueblo, no millones de cobardías sumadas hasta hacer el aire sin libertad ni dignidad irrespirable. Tú peregrinaste solo, convencido quizás al principio de que los elementales dogmas de que la razón asiste a la mayoría y de que cuanto se presenta como democrático es intachable eran ciertos. Descubriste hasta qué punto no lo son, que, finalmente, la dignidad de los propios actos, de la solitaria defensa de la verdad, la justicia y la libertad, es lo único que existe y que vale, pese a todo, la pena, un supremo bien del que nunca gozará quien no lo mire, y se mire, de frente y pague su alto pero inestimable precio.

Gary, tú eres eterno, lo llevas siendo desde tu primera aparición en ese pueblo. Eres la soledad y el desconcierto ante la injusticia, el error y el abandono cobarde de la mayoría. Y eres la esperanza en lo único y tan olvidado que merece crédito y avala, en el fondo de la Caja de Pandora, la esperanza: la responsabilidad individual de los propios actos, la decisión final, tan solitaria como el nacimiento y la muerte, de vivir honradamente o no la existencia, de detenerse ante la línea roja inconfundible que marca la frontera de la vileza del aprovechamiento, del daño causado a otro para beneficiarse, del mal favorecido por omisión, del oscuro rencor ante la valentía y la grandeza ajenas. Tú hubieras despreciado, sin mirarlos a los que se protegen en la cárcel de las falsas dualidades izquierdas/derechas, conservadores/progresistas, buenos/malos. Sabías perfectamente que las cazas de brujas, en países comunistas con el resultado de muerte, en otros con la oportunidad a los mediocres de aislar y denunciar a compañeros, son repulsivas de por sí, no por ideales aludidos.

Paseamos hoy, solos, por las calles de tu pueblo.

Rosúa

11/12/20

LA INESPERADA BELLEZA DE MADRID

La inesperada belleza de Madrid.

Yo iba al Museo del Prado a ver los cuadros de El Greco que se habían traído provisionalmente de la iglesia en obras de Illescas. Crucé en Neptuno aún indiferente, o casi ajena, a la variable composición del espacio que sobre las cabezas se desarrollaba, nieblas de noviembre coaguladas ya en nubes, ejércitos de plumas perdidos en ese día de la Almudena, patrona de la Villa, y llevados al azar, modelados con diversas formas. Había arietes de vientre redondo, infantería ligera, prolongaciones en lanzadas finas, destacamentos en espera. Todos en pacífico asalto de la superficie intacta del cielo, pulida de extremo a extremo, con el azul pétreo de una piedra preciosa, de una meseta paralela que siempre ofrecía a la de abajo seguridad y refugio.

 

 

 

 

 

Iba a ver los cuadros del Greco y antes de llegar me detuvieron  los árboles de las anchas y siempre libres, pese a las conjuras infinitas contra su serena grandeza, avenidas. Ramas, verdes, rojos, dorados, gotas temblando en las agujas de los pinos, transparencia, formas, roce, a guisa de saludo, de especies vecinas. Caían blandamente, suspendidas como el polvo y como la vista de quien las contemplaba, marcaban un ritmo en los escasos paseantes, mermados por la peste, algunas figuras, en vez de las multitudes habituales.

El pincel más oblicuo, el del sol que se aproxima al solsticio, derrama  en estas breves horas y días de noviembre la mayor riqueza de tonos, vuelca una cesta otoñal, perecedera, como el recuerdo de cuantos el mes evoca,, fugaz y al tiempo eterna, e infinita como la belleza percibida, en todo su poder abrumador, por quien, sin esperarla, la recibe. La belleza, la repentina marea luminosa, el gratuito don de un milagro de colores y formas, ha desplazado cualquier triste sombra, ha cubierto desde los troncos hasta las más altas ramas, ha arrinconado con su desprecio la espuma sucia de las acciones bajas, de la miseria de covachuelas y contubernios, de la pobre ambición de roedores que luchan entre sí por su mendrugo. A ras de las losas de piedra de un gris nítido, fiable, resistente, lamido por los pasos y las lluvias, hoy ha avanzado la marea alta de pura luz y, tras llenarlo todo, ha chocado con las paredes y columnas nobles del Museo, real y neoclásico, ha dejado su huella en las ventanas y pintó en los cristales la arboleda.

Desciende de  las ramas un relato de sosiego, un tapiz vertical de hilos cambiantes que protegen, abrigan y resguardan de la mediocridad que anida fuera. Hay poca gente, algunos paseantes que andan lentamente y se detienen, observan a los pájaros, examinan enfrente el volumen de limpia geometría que defiende al Arte y a la Historia, que con cada columna y cada friso aspira a eternidad y a inteligencia, intuición oscura, temblorosa, de que hay un más allá de aspiraciones que no podrá cegar la sucia espuma.  Todo se da en El Prado en este día, todo se ofrece a quien acepta verlo y que a ello se abre sin esfuerzo. Cae la hoja, desciende hasta posarse en el fondo interior del pecho abierto. Caen las hojas, pentágonos, triángulos, rojos de terciopelo que duplican en las salas de enfrente los de El Greco, verdes inalterables de los pinos, sembradas sus agujas del cristal de las gotas de la niebla, dorados fastuosos que añaden esplendor renacentista al sendero de piedras y se hermanan con alas de los ángeles que están en el Museo.. El oscuro marrón, sus transiciones hasta el ocre, el marfil, el casi blanco, cuenta historias de tiempo y de modestia, aún cantan juventud las ramas de hojas todavía verdes, emerge del dorado las seriedad madura de los troncos, que miran esos juegos por el aire, el vuelo de las hojas desprendidas, con la condescendencia de los años.

 

Sobre el banco de piedra, el alma de Velázquez ha pintado una precisa constelación de hojas. A su lado un  espeso lugar de aterrizaje donde se van posando y descansando las hijas de los árboles, liberadas en un único vuelo que les permite conocer reposo y tierra. Arriba, en la fina escritura de las ramas, hay semillas, hay frutos que allí esperan con la tranquilidad de su paciencia, con la generosidad de quien da todo, en acuerdo perfecto con cada cuadro, con cada columna, con la ciudad, con el azul de un cielo pintado arriba por muchos velázquez, cada día, cada hora. Con el pincel bañado en la luz del Madrid indestructible.

Rosúa, 9-XI-2020

[i ]A unos metros, en lo que fueron Las Cortes, se han arremolinado los desechos, basura, ajena y enemiga del esplendor vecino, nido de insectos ansiosos de sorber la materia descompuesta, parodia de justicia y hoy remanso de lo que fue Gobierno y es reparto. Zumbido de parásitos que lamen, rascan, tragan los escaños. A unos metros tan sólo del glorioso morir de la arboleda, del granito que alberga la excelencia y la esperanza de lo perdurable. Ya no hay escalinatas, sólo rampas con el pliegue curvado de una espalda. Los leones contemplan los insectos chupando de la piel desamparada, cortando trozos, para su despensa. Y olfatean hedores del cadáver que otros días llamaron Parlamento, y es alijo, botín, febril subasta de los despojos que el señor les deje.

 

11/8/20

EL TOTALITARISMO ANÓNIMO

https://www.elrincondecasandra.es/articulos-varios/El totalitarismo anónimo.https://www.elrincondecasandra.es/articulos/

El ponente, docto y seráfico, expone, siguiendo los puntos que se leen en la gran pantalla[i], las cuatro premisas que determinan las condiciones de las principales ayudas económicas europeas a los países de la, aún, Unión que se encuentran en situación más precaria. Como autoridad acostumbrada a tratar con altos dirigentes y miembro habitual él mismo de la cúpula, evita cualquier alusión directa a la gestión culpable de gobiernos concretos, muy en especial del suyo, y enumera a dónde se destinarán los miles de millones de euros. Éstos se clasifican en tres bloques, y el más codiciado y señalado en rojo por su volumen monetario está dirigido, por este orden, a programas de desarrollo nacionales centrados en los siguientes objetivos:

– Cambio climático.

– Descarbonización del transporte y de los sistemas de climatización de los edificios.

– Digitalización y puesta al día de la tecnología del país.

– Política de recursos humanos.

Los otros dos bloques vienen en muy segundo y tercer lugar de prioridades y representan cantidades notablemente menores. La exposición es tan tersa, tan simple y aparentemente intachable que se diría planea, en su proyección sobre la pantalla blanca, por encima del bien, del mal y de cualquier crítica. Sin embargo enciende en el interior de la observadora externa, lega en materias de economía pero no totalmente desprovista de sentido común y fibra humana, una gran interrogación que parpadea con las luces rojas de la alarma. Aquí, de la manera más civilizada del mundo, se está disponiendo de la forma de vida de millones de personas sin la más mínima consulta ni asomo democrático. Con el chantaje subyacente de o esto o ni un céntimo y a pasar hambre, y el peligrosísimo corolario del que el gobernante a quien se le entregue con tales condiciones tal suma tiene nada desdeñables posibilidades de promocionarse como dictador fáctico aplaudido por una corte de parásitos y por una población aislada, confinada, menesterosa y online. A la ciudadanía se le está robando para siempre lo que cotidianamente prefiere, sin que medie consulta, sin términos medios, sin razonable proporción entre avances técnicos y el sistema (fusionado con el cambio de régimen) y arbitrariedad que se pretenden imponer. El afable profesor está presentando, como un nuevo Moisés que desciende del Sinaí del Banco Central Europeo, en nombre de una entelequia llamada Futuro y que aventaja con mucho al viejo fundamentalismo religioso, un totalitarismo de última generación tanto más peligroso cuanto anónimo y, aparentemente, irrefutable, blindado por lo que se presenta como necesario ritmo del progreso científico ante el cual sólo decrépitos reaccionarios y estúpidos luditas presentarían objeciones.

¿Dónde está, en el esquema, la prioridad aquí y ahora de las personas, prioridad que en este caso aúna urgencia, evidencia e importancia? ¿Por qué han desaparecido aquéllos que quieren, pueden y saben ofrecer un trabajo y servicios que son los que la inmensa mayoría de los ciudadanos eligen,  prefieren y que no pueden eliminarse de golpe y masivamente para sustituirlos en bloque por medios telemáticos y control estatal? ¿Dónde están la felicidad, la salvación, la existencia real, limitada, perecedera, única, de los seres humanos concretos, no los de un utópico futuro ni los imaginarios habitantes de sociedades y ciudades de cálculo y proyecto, ni los pobladores de un planeta verde, cristalino y preferentemente despoblado, mediante selección planificada, del desagradable e irrelevante lastre de los reticentes a programa tan impecable? ¿Quién escogería esperar conexión y dialogar con una grabación y una máquina si puede ser atendido por un ser humano de entre los millones disponibles para reincorporarse a su empleo.? ¿Quién exige ver calles desprovistas de pequeños, medianos y grandes comercios para, en su lugar, comer y consumir cada día lo que les ofrezca la pantalla? ¿Dónde está la multitud que arde en deseos de sustituir su pausa del café, la tortilla y los amigos por el holograma y el vídeo?.

El esquema no por atildado y escueto es menos terrorífico. En  las prioridades de la Unión Europea para inyectar fondos según programas nacionales no figura en modo alguno la que debería ser meta primera de sus desvelos y sus esfuerzos: Los que los necesitan y lo que ellos realmente quieren, el tipo de vida que votan por vivir y respecto al cual nadie les ha pedido opinión. Éstos, en finalidades de los que desde las alturas los ignoran, no aparecen, aunque su rango sea muy superior a las mutaciones de un planeta que no cesará nunca de cambiar ni de variar el ángulo de su eje. Se desdeña alegremente a los individuos porque se impone la concentración del interés y del dinero en la vasta, universal y completa implantación de un sistema absoluto, anónimo, infinitamente gregario bajo su apariencia de paraíso de las diversidades.

El cacique bonsai

Naturalmente las directivas tienen una transposición local mucho más tierra a tierra que lo que con tan etérea nitidez exponen los parámetros económicos del Banco Central de la Unión Europea. El reparto de miles de millones a programas abstractos que recogen tópicos populistas ajenos al control, a la eficacia y a la más elemental empatía con los destinatarios es terreno perfecto para gobiernos, presidentes, asesores y políticos, a los que se deja manos libres para embolsarse, repartir y malversar el botín. No pueden pedir mejor esquema logreros sin nivel moral e intelectual alguno. Es el ideal de los caciques siglo XXI para disponer, sin oposición, de un ganado acobardado por la pandemia, silenciado por el régimen de excepción perdurable y envilecido por la impotencia servil, una ciudadanía que ha dejado de serlo porque está sumergida en el especial totalitarismo sin líder, sin doctrina, sin límites, previsiones ni horizontes, en el que deben aceptar que cuanto sucede o es inevitable o, gracias a las disposiciones oficiales, el menor mal, sin responsabilidad personal ni eficacia controlable. Es de esto buen ejemplo, la España de 2020.

En este marco, las catástrofes de origen externo, naturales o no, -véase la pandemia vírica- son para los dirigentes de lance un regalo de los dioses siempre y cuando el gran jefe evite escrupulosamente asociar su imagen al lado oscuro, el de la enfermedad, el error y la muerte. La calamidad externa, gestionada cara al público, lo exime de responsabilidades, controles, plazos, reglas, críticas y leyes y le entrega a una población indefensa, dependiente, atemorizada, empobrecida e incapaz física y psicológicamente de contestación y resistencia alguna, tanto más en sazón para el totalitarismo siglo XXI cuanto que se sabe, por pasivo apoyo (regado por la peor ignorancia, que es la aparente lluvia de noticias) partícipe por omisión en la vileza de disposiciones nefastas. La gran calamidad es providencial: Permite excepcionalidades indefinidas que aseguran dominio absoluto y justifican, como los estados de guerra, la anulación de todos los derechos individuales y jurídicos propios de una democracia y la apropiación del país y del Estado. Viene, además, oportunamente a reemplazar los otros mitos, ya desgastados, utilizados en la ficticia lucha mediática y verbal contra un eterno enemigo creado, exhumado y maquillado al efecto. Sumado esto al vaporoso milenarismo de dogmas climáticos, genéricos y planetarios, la sumisión general, la anulación de las libertades y la completa impunidad dirigente están garantizadas por incomparecencia de contrario. El inexistente dios llamado Futuro ha desplazado del Olimpo a todos los demás. Con la ventaja de que con él la iconografía sale gratis, las profecías son de imposible verificación, la elección para el cuerpo sacerdotal no requiere títulos ni calificaciones, los dones son gestionados, a beneficio de inventario, por la élite del nombramiento recíproco, y las víctimas de los sacrificios, perecedero lastre a fin de cuentas, son eliminadas social, -y físicamente,-pandemia mediante- por imperativo absoluto de exigencias de la Modernidad y el Progreso. Futuro es el dios más cómodo que existe. Porque no existe.

En el extremo inferior de lo que parecen altas decisiones, tomadas por expertos despegados de la contingencia banal y que dictaminan sub specie aeternitatis sobre circunstancias y temas impersonales de tinte pseudocientífico y cargados de la obligada aquiescencia de lo religioso, existe una dimensión nada abstracta, un polo bien hundido tierra a tierra en el aquí y el ahora, la de cuantos  parasitan, en nombre del nuevo evangelio y mandamientos, al resto y viven como nunca por sus merecimientos habrían soñado. Al Jefe repartidor y dueño fáctico de vidas y haciendas sus  propias mediocridad y vaciedad le aseguran el puesto. Es precisamente su ansia de poder, dinero y súbditos, desnuda de méritos, el pilar más sólido de su permanencia y la substancia que une su destino al de sus clientelas. Nada hay en este armazón visible más que la dureza inamovible de la armadura de ambición y codicia que recubre la nada, a la que ni siquiera acompaña al menos el aura negra del criminal, del dictador sanguinario, del mercenario audaz Aquí no existe sino el completo vacío de inteligencia o moral. Sólo instinto, placer del podio y la sumisión y embriaguez de los vítores tras el reparto. Su necesidad de agentes exteriores, en forma de propaganda y distorsión de los hechos, es proporcional a la vacuidad interior, a la ausencia, debajo de la corteza de apariencias, de cualquier elemento sólido, válido o significativo. No utiliza, es propaganda.

El cacique primario desconcierta al analista del siglo XXI, al comentador, que no espera tal vaciedad acorazada. El analista no advierte que este tipo actúa sobre terreno sembrado, que él es el fruto y reflejo exacto del mínimo común denominador que ha procurado abonar en el país que lo produce, que el emperador-bonsai somete a ya sometidos y con decidida vocación y entrenamiento de serlo. El miedo de la epidemia añade un ingrediente exculpatorio al asentimiento al cacique. Es bien recibido por un pueblo ejercitado en el odio a cualquier grandeza y en la abominación de las nociones de país propio, igualdad nacional y ciudadanía. La impotencia ante el sistema anula la responsabilidad propia, El imperativo online y el anonimato de sectores enteros de los que no se puede esperar respuesta corren paralelos al enriquecimiento de los mercaderes informáticos que, a su vez, alfombran camino a la ausencia, indiferencia, negligencia y virtual desaparición, excepto a la hora de embolsar beneficios, del sucedáneo de representantes democráticos en parlamentos que ya no tienen de ello más que la fachada y el nombre. Los supuestos grandes proyectos, a décadas y siglos vista, verdes, ecológicos, amigos del planeta y de la ingeniería social, ofrecen el inapreciable don de la perfecta imposibilidad de auténticos medida y control y el simultáneo derecho de pernada sobre cualquier aspecto de la vida cotidiana de los antes ciudadanos y ahora sujetos. El grupo del cacique y su entusiasta o temerosa corte pueden hacer con ellos cuanto quieran, quitarles el transporte público donde y cuando les plazca, dictaminar sobre sus actos más íntimos, eliminar libros, condenar palabras y pensamientos, gravar alimentos a su antojo, condenarlos por leyes fabricadas al efecto, anular cualquier vestigio de los derechos y libertades anteriores, ordenar rituales de adoración planetaria y beatificación de delincuentes. Es importante que la arbitrariedad, como la omnipotencia, se hagan norma porque nada somete de forma más férrea que la inseguridad.

La tercera fase

No en vano sólo en el cuarto punto de los programas marcados por la U. E. aparecen los seres humanos actuales, como una parte de la biosfera que no habrá más remedio que tener en cuenta en espera de que el tiempo, los virus y el hastío e impotencia ante el mundo que se les ha impuesto procedan a la necesaria selección. Se los aprovechará como mejor se pueda, su felicidad, opinión y albedrío a nadie importan, ni al consejo de doctos programadores y directivos ni al puñado de grandes empresas telemáticas ni a su fiel corte del tándem gobierno/oposición, colaboradores y clientes de un totalitarismo en el que las personas están radicalmente inermes, en un grado jamás conocido, frente a un sistema sobre el que  no tienen la menor posibilidad de control, blindado ante cualquier crítica so pena de acusación de caducos luditas culpables de abominable rechazo a la modernidad y la ciencia. Se han vivido épocas más peligrosas, inseguras, pero ninguna, en la historia toda de la Humanidad, la dependencia e indefensión han sido semejantes.

Como los grandes ríos, el curso creciente y ahora arrollador del totalitarismo anónimo tiene un reducido punto de nacimiento, aquél en el que dejaron de considerarse los hechos concretos de individuos concretos y se pasó a clasificar, como a ganado de genética inmutable, a los humanos en grupos de dualidad opuesta que los situaba en el Bien o en el Mal. Se abandonó la valoración racional, la evidencia, el valor concreto de sucesos e individuos, y se sustituyeron juicio, cambio, análisis, pensamiento por dualidades tan gregarias y gratuitas como falsas, que automáticamente colocaban en la zona benéfica o en la maléfica y eliminable. Véase la Lucha de Clases, Derechas/Izquierdas, Progresistas/Reaccionarios, y toda su progenie. Minorías (siempre oprimidas/Mayorías (siempre opresoras), Víctimas/Verdugos. Como el victimismo vende bien y la comunicación debe colocar su producto al por mayor mientras que el individuo responsable de sus actos, y de sus méritos, no es rentable, la falsa dualidad goza del mejor de los mercados. España ha cultivado el chantaje dual hasta la extenuación, con tan especial ahínco y tan abundante cosecha de parásitos que se ha ganado por sus propios méritos el título de país fallido, como no podía ser menos en el caso de uno que abomina de nombre, símbolos, historia, entidad nacional y lengua propios,

El dualismo no ha cesado de avanzar armado del chantaje verbal, cultural y mediático, en espera de la deseada, y que ya comienza a ser real, confrontación física. Hasta implantar un clima de guerra civil social maniquea que prolifera como la peor pandemia.

Tiempo de dictaduras anónimas, que, con objetivos milenarios,  mitología pseudocientífica y planteamientos de un frío fundamentalismo, sustraen derechos, libertades, placeres, pasiones, evidencias, contacto directo, reunión, expresión, gozo, tristeza, pasiones, soledad, honradez elemental y cuanto constituye el núcleo humano del individuo. En las contabilidades de un puñado de empresas y de los aspirantes a pequeño césar, de los gestores, asesores, presidentes y grupos políticos sin más horizonte que conservar y aumentar cotas de poder y cantidad de ingresos, país y Estado pasan a ser un simple botín, la democracia deja de existir, la palabra civilización pierde su sentido. De no pasar a la defensa de valores y logros infinitamente mejores que los que se pretende imponer, se va al tipo de sociedad ya esbozada por varias obras de ciencia ficción, con sólo dos clases de hombres: la masa del ganado productor, consumidor y servil y la capa rectora, única en tener acceso al jugoso fruto de la vida real y libre.

Rosúa

[iC]iclo de conferencias sobre la situación de España en Europa. Madrid, octubre 2020. Caixaforum Cátedra.

09/19/20

UN MUNDO FELICÍSIMO

UN MUNDO FELICÍSIMOhttps://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

 El tsunami de estupidez, densa, creciente, inagotable, avanza a tal rapidez que parece situarse sin esfuerzo a la altura de los labios, de los ojos, haber anegado totalmente el cerebro y paralizado en las extremidades cualquier acción defensiva, sin permitir siquiera la simple huida. Con perfecta tranquilidad un análisis socioeconómico anuncia el cambio inevitable de forma de vida al que no cabe sino someterse. El suplemento económico dominical [1]pontifica que baja de un irrefutable Sinaí la nueva Ley: nada volverá a ser como antes […] fin de la era analógica […] se acabaron las tiendas de barrio y la asistencia a las grandes superficies [… } se reorganiza el ocio, con una vida más casera […] Se acabó el tiempo no digital […] El mundo tal y como lo conocíamos en febrero se ha acabado. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el virus por España, ahí tenemos instalados a una dictadura, Leyes, a un Presidente y a un Gobierno con visos de eternidad por imperativo telemático postmoderno. Nadie los ha elegido, ninguno los ha aprobado, es la maniobra más antidemocrática que imaginarse pueda de imposición general, irreversible, ubicua y absoluta, aupada, naturalmente, en la excusa de que cualquier asomo de alarma y oposición sería una retrógrada y absurda rebelión ludita[2] contra los avances de la ciencia. La destrucción de cuanto hay de grato en el vivir cotidiano exige el todo o nada, y goza como acelerador de un proceso previo de chantaje en una población habituada a la estúpida falacia del terror a ser tachada de no progresista- El anunciado robo es de una talla nunca vista e impresionante. Se sacrifica nada menos que la voluntad, el libre albedrío, los derechos más elementales y el vivir cotidiano del conjunto de los ciudadanos en el ara de la devoción a la existencia online, al puñado de empresas que la manejen y a los escogidos y nunca antes tan privilegiados núcleos gubernamentales y fácticos unidos a ellas. La España de 2020, en su desastrosa gestión de la pandemia, el nivel ínfimo y ridículo de su Gobierno y la sumisión bovina, acobardada y resignada de sus ciudadanos es un excelente ejemplo. Los privilegiados se guardarán muy bien de vivir de tal manera y les faltará tiempo para huir, en cuanto se apaguen el micro y los focos, a entornos y experiencias verdaderos.

Qué mejor que pasarse la mayor parte del tiempo estabulado entre cuatro paredes, pendiente de un transmisor audio-visual, comiendo paquetes encargados a distancia, vistiendo, bebiendo y tocando perfiles ficticios, charlando con guarismos millonarios de amigos inexistentes. Y pagando para mantener una jauría de sueldos, dietas, prebendas, pensiones a perpetuidad, cargos, asesores, ministerios inútiles, ridículos y espurios a los cuales además, -y ésa es la mayor desgracia- su nivel ínfimo no les permite sino idear consignas e injerencias en la privacidad e incluso sentimientos y pensamientos de la gente, ésa que, a su pesar, los mantiene con los impuestos a su trabajo.

Agotado por el uso el chantaje de  “Es usted un facha, reaccionario, franquista”, etc., etc., amanece el nuevo: Todo online o nada. De lo contrario se quedará sin móvil ni aplicaciones, lo cual es peor que la muerte. Aprovechando una vez más el trayecto del Pisuerga virtual y las reales ventajas que su adecuado uso ofrece, se impone de facto como horizonte mucho más allá de la pandemia una reclusión domiciliaria perfectamente controlada, horarios y disponibilidad laboral indefinidos y censura social a gogó para los individuos y amantes de la  vida real críticos. Con un poco de suerte, se incluirán en el plan pausas-café con proyección de compañeros virtuales y gafitas nocturnas para simular caricias que pueden llegar, según tarifa, hasta el orgasmo

Uno de los bienes colaterales de cambio tan excelente es, por supuesto, la supresión de esos sectores lentos, improductivos, y nada fotogénicos que son los viejos, de discutible calidad informática, reacios a abandonar memoria, cultura y trato humano, convertidos en forzosos robinsones de pocos metros cuadrados a base de roerles vías transitables eliminando transporte público, amigos de la sinceridad y la evidencia e incómodos partidarios de alzar la voz y denunciar el tsunami de estupidez y atentados al más elemental sentido común. Con el benéfico virus se han conseguido importantes logros en este meritorio rasgo del progreso técnico: Ya ha habido selección de los que no valía la pena que siguiesen estando vivos  y lo que se ha hecho y aceptado socialmente una vez (siempre hay nuevos judíos y estrellas amarillas) se repetirá. Ya se ha conseguido que se los mire como leprosos y fuentes de contagio. Puede que la siguiente propuesta de un avispado becario de las empresas online sea estabularlos frente a pantallas gigantes.

Europa, y España, no poseen enormes reservas de petróleo, ni exportan gas y minerales raros, pero sí tienen un bien principal, tan valioso y único que ha sido imitado y adoptado por el Globo entero: Una mejor, más grata, feliz, segura y libre forma de vivir. Si no son capaces de reconocer y defender esto están haciendo un pésimo negocio, ellas y el menú exportado desde Silicon Valley y empleado a gigantesca escala por el Partido Comunista Chino.

El gran golpe de estado es de tal magnitud que su dimensión ni siquiera se advierte ni su efecto se concibe. Sin exposición ni acuerdo ni permiso ciudadano alguno se roba a la población lo más valioso: Su modo de vida, el que prefieren, el que es más grato y más humano y les proporciona, día a día, fragmentos modestos pero seguros de real felicidad. Deben y deberán desaparecer los contactos directos, pequeños comercios, restaurantes, bares, los paseos por galerías de tiendas, la comida servida en mesa, el camarero conocido, las cañas, las tapas, la librería con su librero. Todo deberá en la práctica ser prohibido, quedar fuera del alcance, ser anatema, resto decadente de un pasado ineficaz ¿ Ineficaz para quién? No para la inmensa mayoría a la que esto le proporcionaba satisfacción, calor, humor, atención, dicha, compañía, ejercicio de su libertad, descubrimiento de otros. Cada cual deberá encerrarse con su ordenador, recurrir para absolutamente todo a su pantalla, ignorar la existencia del mundo externo excepto por el repartidor que llame a su puerta y los fotogramas que el rectángulo escoja y le presente. Ya no habrá, no hay, empleados conocidos en los bancos, ni oficinistas a quienes recurrir, ni informadores. Habrá, para todo, larguísima espera, pantalla, líneas, la completa dejación de responsabilidad personal puesto que todo depende del programa informático, la inmensa pérdida de tiempo acumulada en intentos de contacto con voces mecánicas y sedes vacías y el grado de indefensión más grande que ha conocido jamás el ser humano.

Nadie, ningún ciudadano ha elegido ese mundo horrendo, ninguno ha votado tal programa ni ha dado su beneplácito para que le arrebaten, so pretexto de eficacia y necesidad de implantación online,  por completo su forma de vida infinitamente más grata y mejor. Ni uno solo optaría sinceramente, si se le diera la opción, por la grabación, las pausas, la respuesta mecánica en vez de la atención personal. Sin embargo el gran golpe de estado se ha impuesto y el virus ha sido providencial para acelerarlo, tergiversar el secuestro de libertades e imposición total y totalitaria que condena y denigra cualquier resistencia como simple, torpe y caduca incapacidad de adaptarse al progreso, a la nueva era comunicativa y los avances científicos. Se trata de utilizar de forma fraudulenta y desmesurada recursos puntuales técnicos útiles, y justificar un descomunal fraude y ataque contra una población privada de defensa, fichada y controlada al máximo, desorientada y manipulada por el chantaje de ser calificada de reaccionaria y opuesta al cambio moderno. El proceso no comenzó ayer; se ha amasado con el culto a lo nuevo, lo reciente, lo joven, lo gregario y lo fácil y con el paralelo desprecio al humanismo, la historia, la memoria, el individuo, la vida privada y el esfuerzo, a lo que no está bajo la tecla y el millón de mensajes sino en el camino recorrido hacia el conocimiento y la merecida libertad.https://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Rosúa

[1] El Nasdaq anuncia el fin de la era analógica. Actualidad Económica. 6-12 septiembre 2020. Por Josef Ajram.

[2] Ludismo: Movimiento, que comenzó en Inglaterra en el siglo XIX, de artesanos opuestos a la introducción de nuevas máquinas por el peligro de pérdida de puestos de trabajo. Se ha asimilado, erróneamente, a general tecnofobia.

09/18/20

El gran carnaval

“El gran carnaval” versión española.https://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

https://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

 

Hay que montar un gran carnaval centrado en el espectáculo y aglutinado en el jefe y su entorno como núcleo y símbolo de sentimientos e imágenes positivos. Debajo, una finalidad totalmente espuria: Lograr, afianzar y monopolizar un botín económico y social. Ésta es, a partir del accidente ocasional de un hombre atrapado en una mina aprovechado por un inteligente y ambicioso periodista sin escrúpulos, la trama de una  película de 1951 de gran actualidad, dirigida por el genial Billy Wilder: “Ace in the Hole”, traducido (y no mal por esta vez) como “El gran carnaval”. En ella  sólo había un muerto, asesinado en realidad por la innecesaria prolongación de su rescate, forzada por el periodista para aumentar el morbo y la cotización de sus artículos, por el el sheriff corrupto, que busca popularidad y reelección, y por la indiferente y codiciosa mujer de la víctima. Acuden masas y medios de comunicación al espectáculo, del cual el periodista se ha asegurado la exclusiva. Pero ese villano, Kirk Douglas, se redime con un final noble.

En España el montaje tiene como pedestal miles de muertos silenciados e innumerables seres humanos segregados y a veces abandonados y condenados a causa de su edad. El foco mediático se centra en el Presidente Líder, que tiene que ser fuerte, en flor de madurez, fotogénico y jamás asociado ni en imagen ni en actividad algunas con la enfermedad, con los ancianos (ya no hay “mayores”), la fealdad, los infectados, los hospitales y la muerte. Véase la pandemia de 2020, en la que el Gobierno español se lleva la palma de la desastrosa gestión y manipulación mediática., Nunca, ni él ni los suyos, el consejero áulico y su alter ego en la Presidencia, los visitaron, no evitaron en el momento oportuno las grandes manifestaciones creadas ad maiorem gloriam suam, (ningún muerto vale perder minutos de televisión y propaganda). Vistieron alegre corbata roja, atuendos deportivos, simpáticos disfraces de ganador de concursos televisivos acordes con la sonrisa equina y el rostro pétreo. Promocionaron, como si de una feria se tratase, canciones, bailes, gastronomía casera, historietas, chascarrillos y gozo juvenil. La triada que controla la visión popular de la plaga promocionó, como si de una feria se tratara, canciones, bailes, gastronomía casera, chascarrillos, historietas y actividades de vital gozo juvenil. Detrás, en una silenciosa fosa común mediática, se van apilando las víctimas.

El botín  ahora es enorme, incomparablemente superior a los pocos miles de dólares de Kirk Douglas. Es nada menos que el presupuesto, cargos, medios y fondos de un país entero. Y la asimilación de los aguafiestas críticos y de los escasos que se oponen al robo incluye, naturalmente, como desde hace décadas es norma en España, el chantaje habitual con metralletas cargadas de denuncias de facha, reaccionario, derechista por parte de los que desde los años ochenta viven del lucrativo negocio del antifranquismo post mortem.

El Kirk Douglas de “El gran carnaval” es un personaje de una valentía y capacidad de honradez resplandecientes en comparación con la vileza de la maniobra en la España de 2020, que ha teñido de pasiva complicidad a buena parte de la población. Ha habido en el país presidentes y gobiernos malos, pero ninguno ha inspirado la repugnancia que el actual. Su espectacular fachada de ausencia de escrúpulos y de moral, su exhibición de egoísmo cerril y prepotencia huera y el feroz e incondicional apoyo del grupo Parásito, que es y ha sido el gran enemigo real y no la falsa dualidad izquierdas/derechas, son infinitamente más míseros que cuanto pudo imaginar Billy Wilder.https://www.elrincondecasandra.es/articulos-espana-politica-transicion/

Rosúa

08/25/20

Daños Colaterales

DAÑOS COLATERALEShttps://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

 “¡Ojalá acabe en un hospital!” A voces, sin venir a cuento, en el vestuario de la piscina de un centro deportivo de Madrid que se esmera en la higiene, una mujer joven se ha colocado de repente a unos centímetros de otra que no lo es, la acusa de no llevar mascarilla y, entre otras invectivas, grita estos buenos deseos. La mujer mayor está secándose tras salir de la ducha, en su cubículo sin nadie a los lados y frente a su taquilla. Naturalmente es imposible llevar mascarilla en esa circunstancia. La explosión de agresividad, violencia e histeria es absolutamente gratuita. Pero no por irracional menos explicable. Consciente, inconsciente, estúpida o estratégicamente se ha hecho todo para fragmentar a la población y someterla haciéndole asumir una segregación a veces en apariencia protectora pero que, en la práctica, la ha envilecido llevándola a asumir una segregación.

Caza, acoso, rechazo, denuncia del viejo que ya no es es “mayor” sino anciano, ramas secas que que sin embargo aún consumen agua, alimentos y recursos y el virus benéfico ha venido, enviado por la sabia Naturaleza y el Dios Planeta, a podar. El subconsciente colectivo se va empapando del mensaje de las dos clases: Juventud sana, fuerte, hermosa y prometedora y Vejez inútil desagradable, fea y parásita de los bienes que, lógicamente deben corresponder al sector (ahora edad sustituye a raza) elegida. Las circunstancias de la pandemia no sólo no han hecho a la gente más fuerte, sino que están haciendo aflorar en buena parte de ella lo peor. Están creando un clima malsano de animosidad, desconfianza irracional y agresiones impunes, bajo excusa del peligro sanitario, y, simultáneamente, de sumisión ante quien se ve como el dueño de la vida y la muerte. El ecosistema ideal para aspirantes a jerarca totalitario. La desdichada frase de “Los mayores son de riesgo” se ha interpretado, no como que en ellos el virus es más letal, sino como que lo transmiten más, lo que es falso. Precisamente la torpeza en consignas de segregación ha favorecido la impunidad y actitud irresponsable de los jóvenes, que se ven dueños de un reino que, mientras no demuestren sus méritos, no se les debe.

Pero como los humanos no somos una camada de lobos (aunque, regresión mediante, se hagan méritos para ello) y su éxito como especie se debe a órganos más arriba de las patas y el brillo del pelaje, pongamos el cerebro y los recovecos de la memoria y la conciencia, la progresión e implantación de los daños colaterales pueden ser mucho peores que el virus.https://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Mercedes ROSÚA

 

Madrid, 24 de agosto de 2020

 

 

07/13/20

El País de No Pagarás

El País de No Pagaráshttps://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

 https://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Había una vez un país en el que nada se pagaba nunca y esa era su divisa, su credo, su proyecto, su visión del futuro y su firme creencia de cuál había sido, o debería haber sido, su pasado. Cada mañana, a la que el sol salía, sus habitantes esperaban que iba a iluminar un territorio nuevo en el que, a diferencia de oscuros tiempos anteriores, no quedaría apenas rastro, como de un mal sueño, de los desagradables usos y costumbres de la era antigua, injusta y trabajosa. Se encontraría cada cual, en la misma proporción, calidad y peso, su desayuno, y así ocurriría con todas las pitanzas. De manera semejante, y según gusto, cercanía y apetencia, se instalaría cada uno, por horas días, años o semanas, en la casa que fuese de su agrado, desplazando, si necesidad de ello hubiere, a los ocupantes. De igual forma se procedería con la vestimenta, vehículos, objetos y con cualquier tipo de servicios.

En el País de no Pagarás se valoraba, sin embargo, en extremo la consecuencia, de manera que el conjunto, de los mayores a los menores actos, correspondiera estrictamente a la divisa. Hubiera sido de abominable mal gusto y de reprobación unánime la exigencia de algún tipo de contrapartida para ocupar oficios, trabajos, cargos, ocupaciones de cualquier índole. Se entraba tranquilamente en el despacho, sala, aula, consulta, obra, centro de cualesquiera operaciones, y de la misma forma se abandonaba, como era frecuente, en breve por fatiga o hastío, o por exigencia del siguiente ocupante. Grandes dispensadores de lo que se vino a llamar, por pura estética ya que así figuraba en la letra gótica de las introducciones, títulos se situaban en zonas ajardinadas que ocupaban espacios que otrora se llamaron universitarios. En cada máquina bastaba con la impresión de la palma de la mano para que aparecieran sucesivamente, a elección del consumidor, diplomas diversos de la categoría que se deseara. No existía, lógicamente, la menor contradicción en el número de sus poseedores puesto que aquellos decorativos documentos en modo alguno implicaban conocimiento ni especialización de ningún tipo ni eran, en el feliz País de No Pagarás, remunerados o exigidos. De hecho, cada mañana el césped aparecía sembrado de ellos hasta que eran oportunamente dispersados por el viento.

Las reuniones nunca eran de menos de mil individuos y transcurrían en un cordial intercambio de abrazos y besos animados por la afectuosa consigna “De gente a gente”, en un clima de homogéneo disfrute de la seguridad en la homogeneidad y gratuidad de los días y en la certidumbre de que, en cualquier caso, jamás existirían diferencias ni remuneración alguna entre los miembros de la “gente”. De hecho, se había borrado del léxico como obsoleta la palabra “envidia” puesto que en No Pagarás carecía de sentido. El vocabulario había experimentado un sano proceso de adelgazamiento, perdido buena parte de la grasa verbal que obligaba a manejar sutilezas y múltiples significados que incomodaban en las vastas reuniones a los asistentes. Cabía incluso el peligro de que el entramado de conceptos y palabras los llevara a hacer un esfuerzo, lo que chocaba frontalmente con los principios y leyes en vigor

La vida social y política era en No Pagarás mucho más animada de lo que hubiera podido suponerse. Cada día se fabricaban y exhibían un pasado y un futuro nuevos, con personajes, preferentemente colectivos, cortados a la medida de “Gente”, intercambiables y por encima de todo en absoluto susceptibles de despertar inquietudes de emulación ni desazón comparativo. Se trataba de un divertido pasatiempo semejante al de ir incrustando diminutas piezas en el tapiz de un rompecabezas de grandes dimensiones al que se debían adaptar, sin perfiles discordantes ni aristas, las figuras del pasado que desordenadamente fueran surgiendo y las que pudieran añadirse en el tejido futuro de la nación dichosa repleta de gente bienaventurada. País feliz hasta tal punto que ni siquiera lo turbaban arcaicos recuerdos de la vieja nomenclatura o asuntos de trámite respecto a los vecinos. Ningún rasgo ni símbolo comparativos eran en él aceptables por cuanto implicarían contrapartida de atención y esfuerzo, conocimiento del pasado y enojosas categorías, tanto tiempo ha abolidas, de valor y mérito. Bajo la guía paternal de “Gente”, se habían repartido hacía mucho tiempo fragmentos de fronteras, accidentes geográficos, hablas, flora, fauna y fenómenos atmosféricos, y se hablaba con temor y hostilidad, en voz baja con tono y miradas huidizos, del tiempo oscuro de las diferencias, los esfuerzos, la obligatoriedad de tareas y los pagos. Luego se elevaba la mirada agradecida hacia el cielo homogéneo, sin nubes, tormentas ni pájaros, del infalible salvador Gente, incorpóreo y semejante a una acogedora cúpula de mullidos materiales.

Los países de la comunidad Pagamos se habían acomodado sin esfuerzo al trato con el apéndice extemporáneo que representaba el País de No Pagarás. Atravesaban sus inexistentes fronteras, pasaban en él temporadas extremadamente gratas y disponían ventajosamente de cuanto les parecía oportuno. Disfrutaban de lo que en él les apetecía, enviaban a los aborígenes indispensables pero bien calculados suministros, les impedían cortésmente el acceso a sus propias naciones exteriores y a los beneficios que en ellas sus ciudadanos pagaban y de los que, lógicamente, disponían, y controlaban la situación de modo parecido a los grandes complejos hoteleros: Cada habitante del País de No Pagarás llevaba una pulsera electrónica con la que se medían gastos subvencionados por los de Pagamos. Así las naciones vecinas del País de No Pagarás se solazaban satisfechas y con saldo favorable en el vecino parque temático que, por añadidura, ofrecía a los visitantes románticos e inquietos un placer especial, de lo distinto, mezcla del sabor de lejana tribu, de las utopías idílicas de las viejas historias y de la seguridad de la pitanza. Con un deje añadido a la satisfacción por la propia generosidad cuando se han dejado unas monedas al pobre de la esquina.

En el País de No Pagarás la gratuidad absoluta no impedía, muy al contrario, una intensa vida política. Los miembros del núcleo Gente Para La Gente recibían de por vida el más generoso estipendio en especie conocido tras una estancia, por efímera que fuese, en el cargo, y tal bienaventuranza manaba y se arremansaba en nucleolos, como GMG (Gente Más Gente), JP (Jamás Pagar) o VV (Víctimas y Víctimos), que, por serlo, tenían garantizada la continuidad vitalicia de su mirífica situación. Eran seres tan fugaces que apenas se recordaban sus nombres, pero se consideraba indiscutible la consideración que se les debía, que se cimentaba en la sólida, inalterable, inamovible decisión colectiva de no pagar jamás, de la cual se consideraba a Gente Más Gente encarnación y garante.

Rosúa

07/12/20

VIRUS VÍCTOR. DE CIRCE A PINOCHO-

Virus Víctor

De Circe a Pinocho

(EL DIARIO DE LA PANDEMIA COMIENZA EN MARZO, PERO TRANSCURRE DESDE ENTONCES HASTA LA ACTUALIDAD, A LO LARGO DE 2020 Y EN UN DESPUÉS INDEFINIDO)

https://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

Tratar a la gente como al enemigo puede ser peor que la pandemia. Es a lo que el virus y sobre todo la manipulación del miedo que despierta han abierto las puertas. Se trata, una vez más, del viejo sueño totalitario que, unido por la coyuntura temporal al imperio de la imagen, puede ser letal haciendo de la sociedad un lugar invivible para los individuos con pretensión de libres y poseedores de cierta dignidad y exhibiendo como prototipo un maniquí de cartón piedra prefabricado cada día a golpe de circunstancias.

La regresión está servida, de Circe, que transformaba a los hombres generalmente en cerdos -animal no desposeído de alguna inteligencia y de gran utilidad- , a Pinocho, quien, ya entrado en la edad moderna, pasaba de narigudo a borrico por sus propios méritos y decisiones y por la elección como mentor, no del sabio y bondadoso Gepetto y del atento Pepito Grillo, sino del embaucador que ofrecía un panorama sin fin de golosinas que desembocaba en la completa transformación de los niños (ahora población infantilizada) en bestias de carga vendibles al mejor postor.

El timador que enarbola el virus en la cartuchera no es sino pura imagen apetecible por talla, sonrisa soldada a un rostro sin resquicios de inquietud ni inteligencia, repetición incansable de la misma caja musical y promesas de gratuidad infinita. El Estado Postvirus promete en el mejor de los casos, porque del cerdo todo se aprovecha, la mutación de Circe, en el más probable la de Pinocho, un ganado medroso hecho al ronzal y los rediles y ansioso de identificarse y mostrar su apoyo a la imagen, multiplicada por todos los espejos a todas las horas, de un aparente humano ajeno a la fealdad, la vejez, la incertidumbre y la muerte.

A los Gepettos y Pepitos Grillo ni los hay ni se los espera, porque, de existir, se ocultan con prudencia y sólo les cabe esperar a que pase, si es que pasa, la ola regresiva. Mientras, ven aumentar, entre el general asentimiento a las mutaciones, las orejas de asno y el paso de la voz y el discurso humano al rebuzno, al que inmediatamente se califica de lengua protegida y rasgo cultural. La imagen acartonada que resume el ideal imperturbable e invulnerable de admiradores y partidarios rezuma una pócima que, al estilo de la de Circe, potencia, en una suspensión de microgotas mucho más poderosas que la del virus, lo peor de cada ejemplar humano, que pasa de racional y responsable a frustrado aprendiz de comisario ansioso de demostrar sus méritos con excesos de celo y múltiples denuncias. Nunca algunos habían ofrecido y ejercido sobre tantos tales cotas de poder hacia mutaciones regresivas de extraña, pero no sorprendente, y nueva animalidad.

https://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

Rosúa

07/8/20

TESIS DOCTORAL MERCEDES ROSÚA-ENLACE TEXTO COMPLETO

TESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA SOBRE EL LENGUAJE TOTALITARIO. LA  ENSEÑANZA DE LENGUAS EXTRANJERAS EN LA R. P. CHINA EN 1973-1974-Enlace al texto completo.

Tesis doctoral de Mercedes Rosúa basada en su experiencia y material recogido en la R.P. China durante 1973-1974. Estudio y reflexiones sobre el lenguaje totalitario.https://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

ENLACE AL TEXTO COMPLETO

https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=drive_web

Enlace a la revista de sinología SinoELE en cuya bibliografía figurahttp://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

05/28/20

TESIS DOCTORAL PARTE 3

PARTE 3 150 ppi

La extensión del documento de la tesis doctoral ha obligado a dividirlo en tres partes.https://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

Texto completohttps://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

05/28/20

TESIS DOCTORAL PARTE 2

PARTE 2 150 ppi

Por su volumen, el texto de la tesis se ha fragmentado en tres partes.

Texto completohttps://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

https://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

05/28/20

TESIS DOCTORAL COMPLETA ENLACES https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

 

Figuran aquí: el enlace a la tesis y los enlaces a la página web de la revista de sinología en la cual, entre otros estudios y obras, figura esta tesis.https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

/https://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

La enseñanza del español en China en 1973-74. Estudio sobre el lenguaje totalitario en el maoísmo.

TESIS DOCTORAL. ENLACE DE LA TESIS COMPLETA

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

http://www.sinoele.org/

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental: Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo.

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

05/20/20

CHINA 1973-74 fOTOS

https://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-fotos/CHINA: VISIÓN Y MEMORIA DE 1973-74

FOTOS Y PALABRAShttps://www.elrincondecasandra.es/tesis-doctoral-completa-china-1973-74-lenguaje-totalitario/

De M. ROSÚA

 

Un ciclista lee un tadzupao

 

Un ciclista mira los tadzupaos (escritos en grandes caracteres) pegados en un muro en Pekín.

Pocas cosas son tan engañosas como la aparente libertad, la multitudinaria, siempre apoyada en colectivos, pueblo, gente, en grandes y visibles adhesiones y reuniones públicas y carteles que pegas por doquier, mientras que en las librerías sólo encuentras las obras del Líder, del Tetramorfos del Comunismo (Marx, Engels, Lenin, Stalin -fue hermoso mientras duró-, reemplazado luego por Enver Hoxha -mientras duró fue hermoso) y poco más.

Los tadzupaos llamaban al pueblo (siempre colectivos) a la rebelión con la frase de Mao “Hay que ir a contracorriente”, a la cual un extranjero apostilló: “Cuando todos vayan contra corriente yo iré contracorriente”.

 

 

Shanghai 1974, durante el breve viaje al sur y una de las pocas fotografías de él que se salvaron del expolio por los dirigentes en el aeropuerto.

 

 

Pekín: Llegada. Recepción. Visitas.

 

El Hotel de la Amistad. (Tenía muy poco de ella en lo que al ambiente se refería).

El “Hotel de la Amistad”, en Pekín. El enorme edificio de estilo soviético albergaba a los cooperantes extranjeros y fue residencia de la autora. Las principales ciudades del país tenían estos alojamientos, todos semejantes en nombre y en estilo, con el típico gigantismo socialista y tocados de tejados de diseño local para darles un aire chino. Estaba, y se supone que está, en las afueras de la capital.

La utilización de la palabra “Amistad” para este tipo de edificios era preceptiva, e inversamente proporcional a la relación personal, cálida y sincera que tal palabra implica. En esta clase de regímenes el mundo se divide siempre en amigos y enemigos, según la consigna imperante. Los individuos del país, bañados por una propaganda indistinguible de lo que sus sentidos podrían llegar a percibir o experimentar, hacen suya la terminología, que modela la realidad y las ideas y pueden cambiar radicalmente de opinión de un día a otro según la consigna.

 

 

Museo de Historia. Pekín. Bandera de la revolución campesina, con un arado.

El Museo lo era de una Historia recortada, purgada y seleccionada según los criterios del Partido Comunista. La Historia se modelaba según las consignas del momento. La realidad, los hechos concretos, no existían como tales. Como en el plano físico, el Partido seleccionaba también en el temporal e intelectual lo que correspondía a la imagen mental fijada como ortodoxa, pero en sí muy insegura, pues dependía de la voluntad cambiante del Líder.

 

 

El puente del Palacio de Verano. Fiesta Nacional.

Fiesta Nacional. Pekín, Palacio de Verano. La neblina ha ido levantando durante el día y permite apreciar con mayor claridad la hermosa simetría del puente del Palacio de Verano, punteado por los globos y banderas rojos (todo siempre en rojo y sólo rojo) de la Fiesta Nacional.

 

 

 

Típico cartel con los iconos del régimen.

Típica iconografía del Partido Comunista Chino: Obrero (estrechando los libros de Mao), Campesina y Soldado dispuestos a aplastar ideológica y físicamente a los “enemigos” del régimen socialista.

 

 

En la Fiesta Nacional.

La gente acude a la Fiesta Nacional. Obsérvense vestimenta y expresiones.

 

Más banderas rojas, que, junto a los farolillos igualmente rojos, es la decoración monocroma de la Fiesta Nacional. El león es una estatua antigua, con símbolos del poder y fuerza del país, por lo que se salvó de la destrucción artística de la Revolución Cultural. Funcionarios y visitantes -chaquetas azul y gris- deambulan por el recinto ferial.

 

 

 

 

Niños bailando y cantando las alabanzas a Mao y el Partido.

Espectáculos de danzas infantiles durante la Fiesta Nacional. Todos los niños llevan el pañuelito rojo de pioneros del Partido y cantan sus alabanzas.

 

Representantes oficiales de las minorías nacionales con el enorme cartel de propaganda al fondo y paneles con diversas fotos y textos sobre los éxitos del régimen. En primer plano se encuentra el del Tíbet, país invadido por China en 1950 y ocupado hasta la fecha. Hay también uigures, hui, etc. Todos sonríen.

 

Los actores se preparan para el espectáculo

 

 

 

Los empinados escalones de la Gran Muralla.

 

 

La  Gran Muralla parecía lindar con la nada.

 

La Gran Muralla, los otros muy pequeños.

 

El largo camino hasta la torre de vigilancia. A veces en la Gran Muralla había incluso soledad.

 

En el camino a las tumbas Ming. Acompañantes.

 

Escalinata real.

 

Pekín. Entrenamiento en un parque.

Pekín. Artes marciales.

 

 

Pekín. La grande y solitaria avenida.

 

Pekín. Puerta antigua o imitación de las antiguas, destruidas durante la Revolución Cultural.

 

 

Pekín. Arco y puerta antiguos.

 

 

Pekín. Moto de limpieza.

 

 

Pekín. Un cooperante francés.

 

 

Pekín. La cooperante española.

 

 

Pekín

 

 

Pekín

 

Pekín. Día de fiesta. Fotos en la plaza principal.

 

Pekín

 

Pekín.

 

Pekín

 

Pekín. Gigantescos palacios del pueblo (=edificios oficiales). Entremedias bien poco.

 

Pekín.

 

Pekín.

 

 

Pekín. Museos, etc.

 

 

Pekín. La entrada al parque.

Pekín. La avenida, como siempre semivacía y con carteles gigantes.

 

Pekín; obviamente.

 

Pekín centrísimo.

Pekín. Alrededores.

 

 

Pekín. Carteles de las óperas-ballet revolucionarios (siempre los mismos), en alabanza de Mao y del Partido Comunista Chino. Esa media docena de espectáculos eran los únicos.

 

 

Pekín. En un centro de enseñanza. Carteles con consignas

 

 

Pekín. Consigna gigante

 

 

Pekín. Jóvenes mirando tadzupaos (escritos en grandes caracteres).

Pekín. Habitación de la cooperante española.

 

 

Pekín. Desde el balcón de la cooperante española en el Hotel de la Amistad.

 

Pekín. Habitación de la cooperante.

 

 

Pekín. Mercado.

 

 

Pekín. Pared con tadzupaos y observadores.

 

 

Pekín. Tadzupaos y gente.

 

Pekín. Leyendo tadzupaos.

 

Pekín. Guardia urbano, Lenin y Stalin.

 

 

Pekín. Abuela con pies vendados.

 

Pekín. Tadzupao.

 

Pekín. Leyendo los tadzupaos.

 

 

Pekín, lector y tadzupao.

 

Pekín. La gran plaza.

 

Pekín. Una guía.

 

Pekín. Garita de seguridad.

 

Pekín. Profesores durante la sesión de trabajo manual.

Profesores en trabajo manual

 

Pekín. Calle.

 

Pekín. Señora con pies vendados

 

 

     SIAN

 

 Sian. M. Rosúa, profesora de español, frente al Hotel de la Amistad, donde se alojó toda su estancia. Había tres huéspedes, extranjeros: Un matrimonio mayor, de Sri Lanka, profesores de inglés, y ella.

 

Sian. La profesora de español en una fábrica, con el profesor de español y traductor Chü-ye, un dirigente local del Partido y otros acompañantes.

 

Sian. Trabajo manual en el instituto con la cosecha de algodón.

 

Obras y alumnos en trabajo manual.

 

Sian. Rosúa, profesora española.

Sian. Alumnos y profesores de español, y la profesora española, en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian.

 

Sian. Alumnos en trabajo manual.

 

Sian. Trabajo manual en el instituto.

 

Sian. Niñas amigas de la profesora de español.

 

 

Sian. El niño del profesor Chü-Ye y los cerditos.

 

Sian. Consignas en el Instituto.

 

Sian. Niños.

Sian. Director y profesores.

 

Sian. Señora de una comuna cercana.

 

Sian. Señora de la comuna.

Sian. En la comuna.

 

Sian. En la comuna.

 

Sian. La pagoda de la Oca. De hecho, en Xian había dos pagodas: la de la Pequeña y la de la Gran Oca. La autora no puede decir con certidumbre qué Oca era la que visitó.

 

Sian La pagoda. Era un hermoso edificio antiguo, de los pocos que se habían salvado de la Revolución Cultural. El número de pisos representa las etapas a la perfección espiritual. Se conservaba y enseñaba para mostrar que el Partido Comunista respetaba las religiones, en este caso el budismo.

 

Sian. El airoso tejado de la pagoda.

 

Sian. El remate de los tejados es con frecuencia una campanita.

 

 

Sian. En la pagoda. La profesora española. Era un lugar hermoso y de paz.

Sian. El monje de la pagoda.

 

Sian. El monje en la pagoda. Era afable, tranquilo, distante, educado, resignado ante los manifiestos ignorancia y desprecio hacia la religión de los miembros del Partido que dirigían la visita de la profesora española

 

Sian. En el camino a las tumbas reales, la mayor parte aún no excavadas pero claramente bajo las colinas artificiales. Allí estaba la del emperador y los famosos guerreros, pero se mantenía en secreto.

 

Sian. El camino real y las estatuas guardianas.

 

 

Sian. León guardián de las tumbas reales.

 

Sian. Antigua estatua de guerrero en el camino real.

 

Sian. Caballo alado en el camino real.

 

Sian. Los guardianes reales.

 

Sian. Los caballos del sendero real.

 

Sian. Con las estatuas decapitadas.

Sian. En el Museo Arqueológico. Decoración mural.

 

 

 

Sian. En el Museo Arqueológico.

 

.

Sian. En la visita a la zona de enterramientos reales. La profesora española con el intérprete de José Castedo y el simpático guía del lugar.

 

Sian. En la visita a la zona de enterramientos reales. Antiguas esculturas de caballos, elefantes, etc. La profesora española.

 

Sian. Estatua de guerrero guardián.

Sian. El fiero y muy antiguo guardián del camino a las tumbas.

 

Sian. Estela y guía.

Sian. Caballo de piedra del camino a las tumbas reales.

 

 

 

Sian. Una de las estatuas del camino real.

 

Sian. Una de las estatuas del cortejo hacia las tumbas reales.

 

Sian. Estatua del camino real maltratada por el tiempo.

 

Sian. Estatuas del camino real decapitadas (¿Revolución Cultural?)

 

Sian. Pilar del camino real.

 

 

Sian. Estatua de camello bactriano. Avenida a las tumbas reales.

 

Sian. Intérpretes y José Castedo, que vivía en Pekín e hizo una visita a Sian. Castedo era el único español que se había quedado en China durante la Revolución Cultural y se proclamaba absolutamente maoísta comunista y del sector de Álvarez del Vayo. Decía, con cierto furor, ¡Yo estoy con los chinos siempre!. Parece que esa fidelidad incondicional, de ideología pasional, y su trabajo de años, no fueron luego reconocidas como correspondía por las autoridades chinas.

Sian. José Castedo.

 

 

Sian. El intérprete de José Castedo y la profesora de español.

 

Sian. Chü-Ye, profesor de español.

 

Sian. Zona antigua y museo. Intérpretes, acompañantes y la profesora española.

 

Sian. En la habitación de Rosúa, la profesora española, con el acompañante de Castedo, que era un dirigente del Partido Comunista Chino.

 

 

Sian. Visita a una fábrica, con un dirigente, el profesor Chü-Ye y la profesora española.

 

 

Sian. En el Hotel de la Amistad (todos lo eran), un profesor de francés de paso, su intérprete y la profesora española.

 

 

 

 

Sian. La pagoda de la Gran Oca.

 

Pequeña pagoda

 

Sian, de oca en oca. La pagoda de la Pequeña Oca (tal vez, y la otra es la Gran Oca).

 

Sian. En el Instituto. Un grupo folclórico, directivos y profesores chinos y profesores extranjeros. En el centro un matrimonio de Sri Lanka, profesores de inglés, y la profesora de español a su lado.

 

 

   

 

Viaje por el sur

 

Kweilin.

 

 

En el viaje por el sur

 

Obreras del astillero de Shanghai.

 

En el sur de China. Bicitaxi habitual. Los automóviles eran en los setenta escasísimos y reservados para altos cargos y usos oficiales.

 

Los grandes ríos del sur en plena época de lluvias, con su transporte en barcazas.

 

Kweilin. Por el río en una lancha. El poco fondo obligaba a que se ayudaran de palos para impulsarla.

 

 

.

La niña y las plantas del sur.

 

 

 

 

 

En Cantón. Ciclista.

 

 

 

 

 

 

PEKÍN

 

Pekín. Trabajo manual en el Instituto; donde el ambiente era muy diferente de Sian, sin cordialidad alguna. El centro tenía fama de haber sido una plaza fuerte de la Revolución Cultural y rezumaba comisariado maoísta.

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

Pekín. En el mercado.

 

 

Pekín.

 

Pekín. Una de las óperas revolucionarias, único espectáculo teatral que había.

 

Pekín. Entrada al Instituto de Lenguas Extranjeras.

 

Pekín. En el instituto. Trabajo manual. Alumnos.

 

Camino a las tumbas. Estatua de elefante sumiso

 

 

Camino a las tumbas.  Caballo en espera de jinete.

 

Camino a las tumbasPerro fiel y feroz, según con quién.

 

Pekín. Películas revolucionarias (las únicas).

 

 

 

 

Shanghai 1974

Segundo viaje al sur, antes de hacerme salir del país y quedarse con buena parte de mis fotografías.

05/8/20

CHINA 1973-74 TESIS AUTORA LENGUAJE TOTALITARIO INTRODUCCIÓN Y RESUMEN

Biografía Y Bibliografía. Libros y ArtículosTESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA DELGADO

DEFENDIDA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID, UCM, DONDE LA AUTORA HABÍA CURSADO TODOS SUS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS DE ROMÁNICAS (LENGUA Y LITERATURA) EL 16 DE ENERO DE 1978.https://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental: Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo. Madrid, 1978.

Contiene documentación original, textos docentes, sobre la enseñanza del español en la República Popular China, donde la autora impartió clases en 1973-74. Es un estudio sobre el lenguaje totalitario. Se calificó con Sobresaliente cum laude.

Su título original rezaba …en la República Popular China, lo que hubo de cambiar, a indicación de su director de tesis, por en China Continental.

importa añadir a mi descripción de esta documentación que deseo sea útil a quien lo precise,  pero que no pertenece a ni debe ser capitalizada por organización alguna. Es fruto del trabajo y experiencia de una persona independiente y para independientes.

Resumen de la tesis doctoral de Mercedes Rosúa

https://www.elrincondecasandra.es/publicaciones/

 

 NOTA SOBRE LA LEGIBILIDAD DEL ORIGINAL: El documento original fue mecanografiado y, con el paso del tiempo, se ha hecho en diversas páginas difícilmente legible. En espera de que alguna vez pueda transcribirse en su totalidad, se incluyen aquí siete páginas, las de mayor dificultad en su lectura, transcritas. Éstas son las p.p. 6, 7, 25, 27, 28, 97, 98. Se añaden en apéndice separado a continuación para que el lector pueda intercalarlas.

 

 

 

TESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA DELGADO

DEFENDIDA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID, UCM, EN 1978, DONDE LA AUTORA CURSÓ SUS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS DE ROMÁNICAS (LENGUA Y LITERATURA).

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental:

Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo. Madrid, 16 de enero de 1978

Contiene documentación original, textos docentes sobre la enseñanza del español en la República Popular China, donde la autora impartió clases en 1973-74. Es un estudio sobre el lenguaje totalitario. Se calificó con Sobresaliente cum laude.

Su título original rezaba …en la República Popular China, lo que hubo de cambiar, a indicación de su director de tesis, por en China Continental.

 

 

Importa tener en cuenta que la autora desea que este documento, fruto del trabajo y experiencia de una persona independiente y para independientes, sea útil a quien lo precise, pero que todos los derechos sobre él pertenecen a la autora, incluidos los de edición física o electrónica, sin que pueda efectuarse ningún cambio, omisión o añadido respecto al original e indicando siempre fuente y autoría.

 

 

Nota sobre la legibilidad del original: El documento original fue mecanografiado y, con el paso del tiempo, se hizo en diversas páginas difícilmente legible. En espera de que alguna vez pueda transcribirse en su totalidad, se incluyen aquí siete páginas, las de mayor dificultad en su lectura, transcritas e intercaladas junto a las originales (p.p. 6, 7, 25, 27, 28, 97, 98).

Téngase también en cuenta que la grafía latina de nombres propios es la que se utilizaba en la época.

 

 

Deseo dedicar este trabajo a Li-Yi-She, pseudónimo de los tres ex-guardias rojos que tuvieron el valor de exhibir en Cantón, en 1973-74, una serie de carteles murales en los que defendían la democracia y la lucidez. También a Wang Weilin, que se puso frente a los tanques en la plaza de Tien An Men, en Pekín, durante la masacre de junio de 1989.

 

INTRODUCCIÓN

 

Este trabajo es el fruto de anotaciones, reflexiones y vivencias durante el curso escolar 1973-74 en la República Popular China como profesora de español, y de una labor de búsqueda bibliográfica, comparación y comprobación de datos, análisis y síntesis durante los años siguientes. Se centra, partiendo de la observación de la enseñanza del castellano, en la interdependencia entre el lenguaje enseñado y las directrices político-sociales del sistema, en la visión del mundo y en el universo mental que de ello resulta.

Es conocida la dificultad de obtener documentación sobre cuanto acontece en China Popular. Las publicaciones oficiales no abundan y están escritas en el rígido marco del perfeccionismo estatal. En cuanto a los libros y estudios efectuados por occidentales, existen bastantes y no pocos de interés, pero, como cualquier extranjero, sus autores han debido ceñirse, durante su estancia en China, a las reglas del sistema, que han delimitado estrictamente sus pasos y su acceso a fuentes de información. Buena parte de las obras sobre China adolecen, además, de una irracionalidad partidista que las hace tanto o más perfeccionistas que las oficiales. He incluido en la presente obra una serie de lecciones y textos empleados por los profesores chinos de español para sus clases, y elaborados por ellos mismos. La prohibición gubernamental, por razones políticas, de sacar material pedagógico fuera del país explica el escaso número del recogido, y le otorga, al tiempo, el valor de su rareza.

La época que trato, el canto de cisne del maoísmo, el grande y temeroso retorno tras la Revolución Cultural, es enormemente significativa. A partir de los años setenta la enseñanza superior, entre ella la de lenguas, comienza a resucitar; vuelven del campo estudiantes y profesores, se reorganizan escuelas e institutos, se reconsidera la contratación de cooperantes extranjeros; se habla de “Revolución Educativa”, presentada por los dirigentes chinos como continuación necesaria de los sucesos de 1966-1969, y por la prensa occidental con los títulos sensacionalistas de “Segunda Revolución Cultural”.

La experiencia concreta de la que parte este trabajo fue, por fortuna, sumamente variada, puesto que, en el espacio de un curso escolar, enseñé en tres centros y visité varios. La primera experiencia pedagógica es ciertamente la más especial: Dos meses y medio en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian, a mil kilómetros de Pekín, en el interior, no lejos de Yenán. Un matrimonio de Sri Lanka y yo éramos los primeros cooperantes extranjeros que aparecían en esa ciudad de dos millones de habitantes tras la marcha a sus respectivos países de los profesores occidentales de 1957. En Sian, precisamente por la falta de costumbre de aplicar el férreo encuadramiento que rodea a los extranjeros en Pekín y por factores personales, establecí relaciones humanas de una riqueza y naturalidad inusitadas con mis colegas chinos, se me dieron facilidades para documentarme, y se me permitió llevar a cabo encuestas minuciosas entre profesores y alumnos.

En Pekín, tras una corta etapa, que desde el principio se había acordado como provisional, en el Instituto de Lenguas Extranjeras, pasé al Instituto N.º 2. El Instituto de Lenguas Extranjeras presentaba la peculiaridad de, por una parte, encargarse de la formación de adultos destinados a ocupar puestos en el extranjero, y, por otra, de recibir estudiantes de chino venidos de países con los que Pekín había establecido acuerdos bilaterales. En cuanto al Instituto N.º 2, era, como el de Sian, una escuela superior de lenguas vivas.

El régimen de vida de alumnos y claustro, el material pedagógico, la metodología didáctica, los textos, su temática, estructuración y vocabulario, todo ello configuraba uno de los más puros ejemplos de una etapa histórica totalitaria, de la apoteosis agónica del maoísmo, de un monopolio en literatura, arte, pensamiento, posiblemente jamás igualado. Actualmente las exigencias de la modernización obligan al sistema a entreabrirse, a relativizarse. Pero el calco verbal de esos años es una huella inestimable.

Mercedes ROSÚA DELGADO

 

Nota Bene: Pueden consultarse sobre el tema libros y artículos de la autora, y las referencias en su web www.elrincondecasandra.es

 

EL VOLUMEN DEL DOCUMENTO ESCANEADO HA IMPEDIDO HASTA AHORA PASARLO A ESTA WEB.  SE ESPERA PODER PONER UN ENLACE CUANDO SEA POSIBLE.

ÍNDICE

 

ÍNDICEhttps://www.elrincondecasandra.es/wp-content/uploads/2020/05/Resumen-de-la-tesis-doctoral-de-Mercedes-Ros%C3%BAa.pdf

 

 

 

 

04/23/20

POLITICAL ASYLUM. OPEN LETTER FROM MADRID

https://www.elrincondecasandra.es/carta-abierta-a-casi-todos-los-gobiernos-del-mundo/From Madrid, but urbi et orbi and sine die

Open Letter asking for political asylumhttps://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/diario-de-la-pandemia-madrid-2020/

to (almost) any country in the world,

From a country, Spain, where citizens’ life and freedom are at risk, in great danger and extreme uncertainty. This is so no just by epidemics tragedy all over the world, but mainly because in this country right now its Government itself is a real deadly plague. Danger concerns anyone and specially aged people. Spain has had, so far, more than twenty thousand (and that could be up to thirty or even more) deaths, 0,43 % of population affected, which means to be in the very top of the world, the highest rate of health workers with virus because no protection provided by the State, and the whole of citizens living in confinement at home more time and in more harsh way than any other in Europe. Big demonstrations where allowed on 8th March, when the coronavirus was already in full swing, because the main official concern is propaganda. Prospects about when and how to have back the normal, free and democratic existence are none. Forty days in home-jail, in Alarm Status that lets no room for protests and keeps people in fear, silence and helpless under the worst Government they ever have had. They are dying every single day by hundreds. Seniors by thousands, lonely and abandoned in nursing houses or at home. Many, being aged, couldn’t get proper care in hospitals because there is triage and, having no means to deal with all, they are supposed to choose the younger ones.

May those Spaniards, at risk of their life and being denied any freedom, apply for political asylum if they prove not to be affected by the virus? They do need to flee from Spain, which has become a very dangerous place, and they are in desperate need of acceptation in U. K., in New Zealand, in Germany, in any country who refuses the selective elimination, which could have happened in Spain. They do need awfully to get in a nation which has respect for every human being’s life and rights, equally, with no regard of their birthdate. An enormous number of people have passed away in nursing homes, in appealing conditions, or all alone at home. Everyone fears to be chosen after their supposed life expectancy, deciding then if the person is worthy of help to breath or just good to die.

The extend of this catastrophe has nothing of casual. It comes straight from the Government’s improvidence, lousy management, fanaticism and incompetence, and from their thirst of propaganda and of remaining in power at any price. By the by, many senior people were possibly not going to vote them. The Alarm Status means endless situation of no rights, no freedom, maybe in the future, if allowed to step out, social selective discrimination with tags and shades (which colour for stars in the clothes?). It is so easy to push public opinion, neighbours, against aged people pointing at them as plague bearers. Government loving totalitarian systems, as they have already showed enough, needs scapegoats, whistle-blowers, public guilty.

We need help, human and honest Government, any place. We need to flee the selective triage and the lost of all dignity, respect, rights and freedom, besides life itself. When and how to apply for asylum?

Rosúa

04/19/20

CARTA ABIERTA A (CASI) TODOS LOS GOBIERNOS DEL MUNDO

https://www.elrincondecasandra.es/carta-abierta-a-casi-todos-los-gobiernos-del-mundo/Desde Madrid, pero urbi et orbi y sine die

Carta abierta a (casi) todos los Gobiernos del mundo

 

Esto es una petición de auxilio y de acogida. El lugar que muchos de ustedes conocen por sus vacaciones ha demostrado, definitivamente, que es invivible y, gracias a la prueba del algodón de la pandemia, ha alcanzado y puede alcanzar, con activa cooperación o pasividad sumisa, las mayores cotas de peligrosidad y estupidez.

Aquí no hay ciudadanos, ni individuos que pretendan serlo. Hay una mayoría ovejuna con probable carga genética de los perros de Pávlov que tan sólo sabe reaccionar a la contraseña condicionada y a que le arrojen el hueso de subvención o de cuota, mientras se van hundiendo ellos y la perrera. Los actos de generosidad, la espontánea bravura que ustedes, desde el exterior, románticamente exaltaron en el pueblo español era simplemente puntual, obra de impulsos en ocasiones concretas, sin conciencia ni compromiso ciudadanos, ruidosos enfados a los que sigue siempre la obediencia y temor al cacique. La palabra democracia es un simple traje de los domingos que le presta una promoción inmerecida. A la hora del filtro de elecciones y defensa conjunta de lo que debería ser su país, leyes y derechos no hay sino la vieja tribu y el acostumbrado amo que paga la borrachera de rencor y envidia y reparte raciones de emergencia.

Inglaterra, si me acogieras. Tú valiente, convencida de esos valores que hay que defender, Inglaterra, país de ciudadanos, no de vasallos, no de resignados al “Es lo que hay”. “Hay lo que nos echen”. Inglaterra, país de libertades y de respeto por los individuos, por su vida privada y por la ciencia, la cultura real y la grandeza. Nunca debí dejarte, y aun antes de dejarte te añoraba, presintiendo tristezas de tu ausencia. Siento que te detuvieras en Gibraltar, que no subieras mucho más hacia el norte. Habría dignidad, no rendiciones. Nunca supe de libertad tan honda, del respeto en la vida cotidiana como en ti los sentí. Por ello estás en la primera de las muchas puertas a las que llamo, mientras atrás dejo la vergüenza de mi propio país de nacimiento que se complace en ser por siempre víctima, mendiga de limosnas y amargada por la valía y bienestar ajenos. Si me abrieses tus puertas, si lo hicieras…Todavía, quizás, de cuanto tengo algo hay que yo pudiera darte y compensar lo mucho que me diste y que hasta hoy en día me alimenta.

Quizás ni lo conciben ni lo advierten, países de esa puerta a la que llamo. En mi triste nación, hoy el líder mundial de fallecidos por millón de habitantes y en cabeza de enfermos, sanitarios infectados, no ha habido protección, ni mascarillas ni pruebas sobre el virus. Aquí se muere solo, hay un triaje según la edad para obtener o no respiradores, está prohibido el negro como el luto, como la libertad, no queda espacio sino para la loa y propaganda. De todos en Europa, este pobre país está en cabeza del más largo y total confinamiento, camino llano hacia la dictadura, para el control sin límites ni leyes En el triste país que ha sido el mío nada extraño tendría que el Gobierno, ese amasijo de maldad y torpeza, esté ya fabricando, a manera de estrellas amarillas, marcas según la edad, largos listados de población caduca, prescindible, ajena a su interés y sus votantes, títulos de apestados. No bajarán de trenes, no saldrán ni a la puerta de la calle. Les darán el color que corresponde, con amables sonrisas protectoras, indicando el camino del encierro de su lento exterminio.

Nueva Zelanda, tu lejana puerta podría ser mi hogar. Conozco tu pureza y tu belleza, te he visitado en varias ocasiones. A ti quería volver cuando estalló la peste. Y ahora, un simple refugiado, si hay seguridad de mi limpieza, de que nada hay en mí que contamine tu especial hermosura, tu cristalino espacio, entonces considera permitirme el acceso y comparte la paz y limpidez que a ti te sobra. Algo te podré dar. Hasta el alma los virus no han llegado. Tal vez la blanca y verde altura, tus montañas, el mar lleno de vida, los helechos gigantes y las flores violeta, los volcanes, los raros animales refugiados en ti, a mí semejantes, vuestro respeto por cada individuo, tendrán poder para curar recuerdos del mísero temor, de las mentiras, de vileza esparcida y aceptada en mi anterior país.

Lo que era mundo, horizontes infinitos, se ha vuelto fortaleza, vallas, muros, sin aeropuertos, trenes ni aviones. Pero sabed que os llamo y os preciso, y que vosotros, exclusivamente, disfrutáis del poder de rescatarme. Dejadme entrar donde vivir aún pueda y ser una persona como otras y sacudirme el polvo y la vergüenza de lo que fue el lugar en que he nacido. Alemania, demuestras que aprendiste la terrible lección del genocidio y hoy abominas de segregar viejos, dices que todas vidas son iguales, con la clara nobleza que te honra. De España te separa la elevada frontera de los muertos que tú no has tenido, la ordenada manera de aislar lo imprescindible, respetando las libertades, exactamente iguales para cada uno, mayor, adulto, niño, ciudadanos al fin, justo por serlo. A cuantos huiremos de la marca, de la segregación, del nuevo ghetto, del acoso anunciado y propaganda que ya el Gobierno incuba para ofrecer carnaza a los vasallos, ofrécenos asilo, danos días de la igualdad debida a los humanos. Pues te honrarás con ello en la medida que un país de verdad siempre merece.

Nunca debí volver. Cinco países en los que he vivido. Y más de un centenar recorrí sola. Nada tengo en común con el que sueña conque haya siempre más inquisiciones, con el gordo parásito que vive de momias y de mitos de una guerra, de un dictador que fue y les alimenta. Nada que ver con quienes no persiguen a los que ponen bombas y prefieren que los azucen contra quien gobierna. Ninguna relación con los que añoran, de todos los sistemas, los peores, sangrientas dictaduras de cuantas hubo y en el mundo han sido.

Países (casi) todos, me es preciso llamar a las fronteras, dejando atrás el viejo, el muy sincero amor que tuve a la nación que un día fue la mía. Ya no lo es y no va a serlo nunca. Solo entre todos, es país que elige odiarse, rechazar su nombre y su bandera, y vota a un amasijo de ratones que quieren lo mediocre a su medida.

Les ruego me acojan dado el peligro que corro si no me dan asilo. La limpieza en forma de encierro, segregación permanente y adiestramiento de la chusma para que acose, persiga, denuncie y arrincone a la gente de mi edad está en camino, es inminente. El volumen de frustración acumulada en millones de personas sometidas a un aislamiento innecesariamente extremo por ser consecuencia de la absoluta imprevisión, manipulación, estulticia del Gobierno es tremendo, buscarán en quién desahogar su rencor, y, como se trata de un país particularmente cobarde, embestirá, en cuanto le abran la puerta del redil, contra el blanco más más cercano, marcado para ello por las leyes de segregación. Esa víctima propiciatoria, nombrada leproso en potencia por todos los canales oficiales, serán los viejos, que, gracias a la sed de propaganda, el sectarismo y la colosal ineptitud del partido en el gobierno, han muerto a millares, de forma angustiosa, dolorosa e indigna, avalada incluso por protocolos la atroz selección de los que convenía dejar morir.

A la memoria vienen las líneas de la última carta de Petronio, el árbitro de la elegancia, dirigida antes de suicidarse al emperador Nerón. (Sí, orgulloso prohombre del Gobierno, sí. Recuerde, Quo vadis? Es latín; ¿sabe? Ustedes prácticamente lo eliminaron cuando destruyeron el Bachillerato y la buena Enseñanza Pública). Petronio dice a Nerón, quien se enfada bastante, que puede excusarle por haber matado a su mujer, asesinado a su madre, por haber incendiado Roma, pero que lo imperdonable es que se empeñe en declamar horriblemente horribles versos: Mata, pero no cantes. Tortura, pero no bailes. Incendia, pero no hagas poemas.). Parafraseándolo, al Gobierno actual español, ese amasijo de tribus nacionalistas y comunismo revenido encalado de fatuidad, codicia y solicitud viscosa, habría que decirle:

Miente, pero no susurres.

Traiciona, pero no prediques

Extermina por fanatismo, estupidez y negligencia, pero no te hagas fotos en la Casa Blanca.

Puedo excusarte el que mientas sin reposo, que desdeñes los miles de vidas, salud y libertades que han costado tu vanidad y negligencia, que ocultes y desprecies el dolor y el luto.

Puedo excusarte el que te alíes con los que odian al país y cubras de dinero y halagos a representantes de los asesinos del País Vasco y a los siempre traidores y mezquinos independentistas catalanes.

Puedo excusarte la infame actuación de los que tomas como mentores y precedentes cuando azuzaron, tras la gran matanza terrorista con bombas en trenes de Madrid, a las masas a asaltar las sedes del partido entonces en el gobierno en vez de perseguir a los asesinos, de manera que los tuyos se apoderaran del Estado y se repartieran sus despojos.

Puedo excusarte que hayas creado una contienda dual guerracivilista como único argumento de propaganda que te permita sembrar rencor y legitimar tus redes parásitas.

Puedo excusarte que intentes por todos los medios desguazar el país y repartirlo entre quienes te sostienen en la Presidencia.

Puedo excusarte el dispendio gigantesco, en un arruinado país, del erario para nutrir a la multiplicación de tus huestes con cargos públicos, ministros, ministriles y asesores y crear votantes dependientes.

Pero lo que no tiene excusa es el fatal crimen estético, el atuendo indeciblemente hortera de tu mujer, vestida de bandera estadounidense, en la recepción en la Casa Blanca, el de la luctuosa familia monster de tu antecesor que allí cuelga como ridícula muestra de España, tus impostados gestos de novicio medroso, tus inacabables arengas en la televisión a tu servicio, el tono con el que susurra a los equinos del rebaño tu visir, el pachulí sentimental con el que anegas al auditorio, la insólita estulticia de los nombres de tus ministerios, la masa de estupidez y cursilería de tus consignas, que hace tiempo alcanzó el punto crítico.

Y la conmiseración mal disimulada que tu oquedad de atributos despierta cuando intentas posar para la foto y te delata la apremiante ansiedad del nuevo rico por ser aceptado en el club de los de arriba.

Ésta es una muy real y seria llamada de socorro. De vosotros depende el cuánto y cómo de una vida.

Así pues, países (casi) todos los que podéis hacerlo, abridme vuestras puertas, acogedme y salvadme.

Rosúa

 

10/6/89

LA BALSA (CUBA, 1989)-INÉDITO

LA BALSA  (CUBA, 1989)

(LA BALSA perteneció, y pertenece, al limbo de los libros no publicados. Es fácil, leyéndolo, comprender por qué).

PRESENTACIÓN DE LA BALSA

Perspectiva interna.

Perspectiva interna.

 La Balsa es el relato, tan verídico como literario, de un lento y hondo viaje por Cuba. Hay algo terrible en su intemporalidad, en el hecho de que los calendarios deshojados desde entonces no le hayan restado un ápice de vigencia. Porque nunca es inocua la suspensión del tiempo: Sea se efectúa un salto al territorio puro-y deshabitado excepto por el pensamiento-de la poesía, la ciencia o la metafísica; sea el barco se encenaga con su indefensa tripulación en un limbo sin puertas plagado de naves varadas y de espejos furiosamente rotos.

La autora de La Balsa decidió dar la vuelta a la isla pagando con dinero local, en transporte público y alojándose en casas que iba encontrando al hilo de los encuentros. Desde el primer momento el hecho de saltar del status turístico y sus circuitos bien establecidos y engrasados, y zambullirse en la vida de la gente corriente significó pasar a otra dimensión, en todo ajena a los folletos publicitarios y a las alegres historias de vacaciones caribeñas, ron, zafras divertidas, canciones revolucionarias y mulatas. De uno a otro extremo, del interior hasta las playas, por la jungla y por las plantaciones esquilmadas de la isla, la constante-mortecina, ansiosa, indolente, ruidosa pero apagada por la falta de expectativas-se repetía como un hilo gris que enhebrase lugares y personas y los uniera, sin saberlo ellos, con otros conocidos por la viajera, separados por miles de kilómetros pero semejantes en el sistema, en el blando e implacable entramado de su cárcel. Allí, en Centroamérica, la concha oscura se ajustaba a un extremo y otro y a la breve cintura del país que se extendía sobre el cálido mar. El cielo era también un techo bajo; irradiaba hacia el exterior la luz inagotable del trópico pero mantenía cubierta a una masa viva cansina y hecha al trapicheo y a la inexistencia de aire libre, maestra en sorber y aprovechar la misma sustancia, acostumbrada a recibir en forma de eco las noticias del espacio exterior.

La puerta es el mar

La puerta es el mar

Cuba resultó ser, de todos los países, el más triste. Los había más trágicos, más hambrientos, mutilados, herméticos, peligrosos. Pero Cuba era la más triste precisamente por su calor, su afinidad y su cercanía, por su cordialidad y sus sonrisas, porque estaba programada para el gozo y pintada a la medida de los consumidores de mitos ajenos, por el contraste entre el paraíso multicolor y la rutina sin esperanza que la impregnaba entera, por la capa de engaño y servidumbres, por la humillación mendicante que a sus habitantes imponía la presencia allí mismo, siempre al lado, de un nivel de vida y de bienes al que sólo el extranjero y la divisa tenían acceso, por los huecos enormes, nunca mencionados, de fracaso, muerte y ausencia de cuantos huyeron o se hundieron en el mar.

La tristeza de la percepción de Cuba se quedó pegada a la piel de la visitante, permaneció en su lengua como un inconfundible sabor que todas las frutas y mojitos del mundo no bastarían para disipar, se unió, indisoluble, a la especial vergüenza de la percepción de la desgracia de un vecino tan semejante en aspecto y en lengua que podría ser uno mismo, ése cuya desgracia (obra de muy concretos culpables) ignoran y sobre el que mienten los que visitan fugazmente su casa, aquéllos para los que siempre montarán las dictaduras una fiesta.

Nombres-Ciego de Ávila, Holguín, Baracoa, Camagüey, Santiago, Trinidad-, personas, ojos, frases, manos, miradas. Carreteras y lentas paradas en ruta. Risa y relatos menos risueños que discurren en la duermevela de los autocares o el cuarto de estar de las viviendas, mientras se hojean libros de texto que ofrecen como historia una curiosa mezcla de tebeos de hazañas bélicas y de enfrentamiento galáctico de las fuerzas del Bien y del Mal, con Inmortales Salvadores incluidos. Y por todos los lugares una realidad que los visitantes, empeñados en preservar (eso sí, lejos) el deseable paraíso simplemente no veían, una Cuba cuya dimensión simplemente atravesaban ignorándola.

La balsa continúa bogando, quieta, sin llegar a sitio alguno jamás.

 Rosúa

 

 

LA BALSA

 

 

 

Mercedes Rosúa Delgado

                                   INTRODUCCIÓN

 

Hay viajes alrededor del mundo, caminatas minuciosas por el más amplio círculo de la Tierra en las que, al final, se vuelve a poner el pie en la huella que al partir se dejó. Hay incursiones de desigual extensión, vagabundeos lánguidos, flechazos en la lejanía. Sin hablar de la oferta, creciente y generosa, de túneles del tiempo, pasillos de acero que depositan bruscamente al espectador y su cámara frente a la Alta Edad Media, la horda cazadora, el temeroso rito mágico, las heladas aguas del regato donde sumergen las mujeres una colada intemporal.

Os he recorrido, caminos de las canciones y de la pura sed que sólo el bebedor de distancia conoce. He marchado en dirección al sentido de las agujas del reloj y al contrario, he seguido el desfase insomne de los meridianos, los soles tardíos, las noches como un suspiro entre rosa y rosa. Otros también se desplazaban. Y los rozabas y los perdías en el cabeceo sobre las crestas y en los senos de las olas, en el chapoteo sobre un espacio y un tiempo por fuerza amargamente limitado.

Muchos sumaban, plegaban y guardaban experiencias, rostros, perspectivas. Cabrían circuitos fotográficos organizados según el más puro respeto a la ecología étnica y al pluralismo cultural en los que recobraría el visitante el perdido gusto de antiguas prácticas sepultadas por la invasión insípida de la técnica y la civilización: lapidaciones en Afganistán, animadas y multitudinarias mutilaciones de fiesta fin de semana en Arabia Saudí, sensuales y ancestrales ablaciones e infibulaciones en el Cuerno de África, sacrificios de quinceañeras en el rincón más lejano de la espesa selva maya. En estas giras, que probablemente ya se hacen aunque con discreción, el público se sentará muy cerca pero en total silencio sólo roto por el funcionamiento de las cámaras, y le llegará a los labios, como un recuerdo de generaciones pretéritas, el sabor de la sangre, de los cultos y las sumisiones antiguos, del dolor, el  temor y lo desconocido.

En mi caso la fiebre de la partida llegó con la puntualidad de las aves, como se alzan los ojos al cielo y se descubre la única patria -la inexistente-, aventurándose hacia allí. Nunca los viajes son ya el primer viaje, el que sabía a cuero, a humo, a cuenco con un líquido desconocido. Por él se caminaba con las manos extendidas, no para asir el vídeo, sino para romper, cambiar, llegar al corazón de las cosas, sorber su zumo, compartirlo, con violencia, paciencia y torpeza. Alrededor del mundo se iba cuando éste era una gran esfera vaporosa, mezcla de sombras y luz, surcada por tiempo y espacio. Luego, como una estrella que se comprime, la Tierra condensó su materia en atajos, mensajes y cartografía, se colapsó en el escaso perímetro de las necesidades personales, las evasiones y quizás los sueños. Hoy el viaje es alrededor de una experiencia individual.

Cuba fue otra cosa. Primero sació momentáneamente el hambre de desplazamiento y camino. Luego, enseguida, impuso una presencia tan cercana que impedía las descripciones, me guió con una brusquedad no exenta de ternura, con un deje irresistible de gracejo familiar. No fue un viaje en el sentido anterior de la palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El avión era una fiesta.

 

 

Bruselas, con su neblina, parece tan aburrida como siempre, en el aire y en tierra, y su verano habitual, opaco, tapa piadosamente el no deseado perfil de mis recuerdos.

-Vamos a Cuba, hermano.

Eso dice Arlette, una parisina que, sin venir mucho a cuento, explica, en la obligada espera del embarque, que es pintora, que busca lo genuino, la luz, los colores. Enseña un cuaderno de dibujo; también a “su hombre”, un veinteañero. Y se cree obligada a añadir que las diferencias de edad -ella se aproxima a los cuarenta- no importan porque lo que cuenta es el corazón. Su hombre asiente, asiente mucho, con gestos de seguridad para mostrar el lugar que ocupa en esa nueva vida adulta de pareja. Qué maravilla empaparse de libertad y ritmo, qué ganas de llegar y unirse a los compañeros como los muchos amigos latinos que tienen en París. Jean Eric toca el bongo. A su mujer le encanta la música afroantillana. Arlette abre el cuaderno; quizás dibuja, en fondo naranja, un brillante jarrón nuevo con un ramo de rosas de otoño.

Advertí entonces la peculiaridad del destino de mi viaje: Cuba no existía  ni había existido jamás. Era una larga interrogación que flotaba en el mar, una balsa ardiente, horizontal, geografía de ideas, proyección de sueños, la más cercana lejanía que se habían podido pagar los modestos degustadores de la comunidad idílica. De entre todos los países exóticos que anteriormente había recorrido, Cuba era el único a la vez familar y ajeno, enormemente otro pero desde luego vecino de patio. Estaba allí para saciar la sed de diferencias, rebeldías e insumisiones; un mojito de desafío a los grandes de este mundo. A Cuba, una vez nombrada -sin duda a su pesar- buque insignia, no le cupo más que ver pasar el tiempo para ella detenido, cabecear dulcemente amarrada a los bajíos, presa de los interminables discursos y el agua caldosa. Era una isla cruzada por mil caminos que a la viajera de rutas largas y remotas le parecía sin embargo inexplorada. Se trataba de buscar su existencia, levantar la alfombra con dibujos del Caribe. Tenía que recorrerla sola, penetrar bajo su piel pagando en dinero cubano, buscando alojamiento en casas particulares, moviéndome en ese terreno de vagos confines del que no es ni nacional ni extranjero, delatada por mi castellano adusto, protegida por la casa común de las palabras.
 

En Cubana de Aviación desaparecía la Europa de los ochenta para comenzar el salto hacia muchos años atrás. El avión, de asientos y redecillas desvencijados, rezuma vapor de forma que el pasillo adquiere perfiles angélicos, con la nube de la presurización a media altura. No hay instrucciones –ciertamente inútiles- para emergencias.

-El cristal de la ventanilla está roto- indico a la azafata.

-Siempre viajamos así. No hay cuidado. Es doble.

Me dirige una gran sonrisa tranquilizadora y tamborilea en la claraboya con los nudillos. Me ajusto más el cinturón de seguridad.

El aparato se eleva, milagrosamente, y mantiene su vuelo con un silbido atronador. Hay presión en los oídos y zarandeo. El pasaje incluye una gama de deportistas y músicos que va del negro ébano a los ojos azules y los nombres vascos. Escala técnica en Alemania del Este.

Película en blanco y negro: el aeropuerto de Berlín como podría haber sido en los mejores tiempos de la Guerra Fría, un aeropuerto siniestro bajo el siniestro cielo, surcado por escasas naves grises con nombres de países cerrados y tristes. Se posa un aparato de China Popular, transitan camiones y jeeps del ejército, se perfila una lejana construcción átona de dos piezas. Podría haber espías con gabardina y sombrero flexible, bogarts y leCarrés que miran el último avión desaparecer por la pista.

Aunque un tanto escatológico como indicador, el papel higiénico es un índice indudable de la penuria o prosperidad económica. La España de la postguerra estuvo largo tiempo empavesada de los ásperos rollos de El Elefante, que marcaban tristes atajos entre la harina de almortas y el olor a zotal. En Berlín Este los lavabos tienen en el w.c. un papel increíblemente desagradable y fuerte rosa-pardo, los cubículos son estrechos, sucios, con puños de pelusa en los rincones e instalaciones rotas; las jaboneras están vacías, el secador de manos es simbólico, la tienda libre de impuestos depauperada y el restaurante ofrece un plato único de salchichas y mostaza con una lonja de pan rancio y cerveza caliente.

Nadie hubiera dejado de saltarse el muro.

(A la vuelta me enteraré de que una masiva ola de transfugas ha aprovechado la apertura y la ocasión para pasar a Berlín Oeste. Sabré luego que el Muro ha dejado de existir).

Despegamos de nuevo. Jolgorio general. A Cuba me voy, hermano. A Cuba me voy. El avión lanza ciertamente extrañas señales a la pantalla de seguimiento y a la caja negra: Su parte trasera está ocupada, durante horas, por una multitud de cubanos -y aficionados- que cantan, bailan, tocan reales e improvisados instrumentos (¡Qué ritmo el del portaequipajes golpeado por un mulato, el de la lata de coca-cola tecleada con dos dedos, el de esa maraca como un armadillo de madera rallada!). El pasaje va profusamente regado con ron, que corre, no ya en cubatas, sino en botellas generosas. Ingleses emocionados hasta las lágrimas por la libertad de la barra libre, alemanes aspirantes a cooperar en alguna zafra, espontáneos de Guantanamera y la Bamba, todos se zambullen en la anticipación de la conga. Arlette, con entusiasmo evidente, y bastante mala sombra, baila de pie sobre su butaca. El avión es una fiesta y se bambolea al ritmo de los pies.

Última escala. Gander, en su isla de Canadá Newfoundland, avanzadilla de la Península de Labrador, se revela como un panorama de lagos y un encaje de tierra lleno de belleza y aire claro, euforizante, delicioso, toda espacio y horizonte vasto, solitario y puro, con franjas de árboles verde-azulado en anchas, lejanas ondas. Las nubes son también horizontales, el sol ártico, el aeropuerto tranquilo pero acogedor, neto y sonriente.

Voy hacia su opuesto, no sin la melancolía que su simple vista, el adivinado sabor de su extensión, me dejan en el alma. Allí habrá siempre nieve que nadie haya pisado jamás, habrá plantas sedosas de pétalos celeste. Allí no hay recuerdo alguno, ni bocas que llamen a las cosas con mis mismos nombres. En ella me esperaba una copa transparente, un licor  de altura y cristal.

Gander es un primer escalón de países impolutos, blancos y azules, de zonas de gran pesca y pequeñas flores y tiene un nombre límpido y hermoso.

 

 

 

 

 Las dos Cubas

 

La Habana

-Esto es una cárcel., toda la isla es una gran cárcel.

Este hombre no está para congas. Es un tipo sacado de novelas, que habla de novelas y como en las novelas, de mediana edad y ojos inquietos, brillantes y tristes, que continuamente exhala un análisis amargo del presente, un balance insatisfecho del pasado y, empero, esperanzas de huida y vida nueva en el futuro.

Estamos en La Bodeguita del Medio, a la que el parentesco con Hemingway incluye en todos los intinerarios de visita de la capital. Allí iba este hombre a ver extranjeros, que era su única forma de viajar. Yo me iniciaba en la ciencia de los trueques, que, durante más de un mes, me permitiría vivir y sobrevivir en la Cuba real y cotidiana. Se trataba de hacer pedir mi consumición a un nativo, pagándole yo en pesos cubanos. para evitar que el establecimiento, al observar el acento foráneo, me exigiera dólares. En ese momento vivía una versión tropical del ¿Dónde dormirá esta noche? El día había transcurrido en inútil peregrinación por las agencias oficiales:

-No podemos facilitarle billete de autobús o tren para salir de La Habana.

Aseguraron Cubatur y Turismo Individual. En un país de monopolio estatal de transportes y áspera lucha, como para cualquier otra mercancía, para lograr plazas aquello era un augurio de inmovilidad.

-Está completo.

Los hoteles asequibles repetían la consigna de lleno total, sumándose a la estrategia de ignorar desdeñosamente al viajero que rechazaba deslizarse por el mundo del lujo para él previsto. La policía se preparaba para perseguir a los infractores de las normas de inmigración según las cuales se prohibe a los extranjeros el alojamiento privado.

-Ven a dormir a mi casa.

La oferta de Alfonso llega entre dos mojitos de hielo, menta y ron.

-Puedes tener problemas.

-Se verá.

En la bodeguita contó que era dramaturgo, escritor y director teatral, que tenía una compañera y un hijo de cuatro años, más dos adolescentes de su primera mujer, que murió como resultado de las quemaduras por la explosión de una cocina. Yo me pregunto si no es un turbio capo de la mafia local dispuesto a extraerme hasta la última de las preciadas divisas.

La calle de Alfonso se beneficia de la proximidad del casco histórico-turístico y de una visita de Fidel a la que precedió un somero pintado de fachadas. El edificio ha defendido su sólida arquitectura pero la escasez endémica no da a este espacio, de aceptable confort, un definitivo aire de hogar. En la nevera hay sólo dos botellas de leche, una patata pelada y abandonada – sin duda como cebo- hace varios días, medicamentos y un gran bloque de hielo. Las sábanas de la cama han sido remendadas hasta el infinito y el ajuar es somero, desparejo y usado. Nada parece haber sido nuevo ni querido jamás. Los enseres contrastan con la vasta estructura antigua de la casa y de algunas piezas de mobiliario, de la más noble madera y estilo español, que, cubiertas de rayaduras y roces, parecen sobrevivir a un naufragio.

Por la noche Alfonso saca, no armas ni estupefacientes, sino cuadernos de obras de teatro. Sobre libertad, barcos y palomas. Acordamos un razonable sistema de trueque a cambio del precioso alojamiento que me proporcionan. Sólo entonces, poco a poco y de dentro afuera, comienza la visión del exterior, porque entre Ávida Dólars, la isla de cara al turismo, y la que se vive sorteando el control de extranjeros hay bien poca relación. Pagar en pesos cubanos ha sido deslizarse al otro lado del espejo, al envés sudoroso y cauto del triste paraíso.

En la casa se vive al día y con lo que se encuentra, que es escaso y depende de la racha. Faltan condimentos, no hay ajo ni cebollas, desaparecieron las especias, escasea el café. La supuesta política de educación alimenticia del Gobierno incitando a la población a introducir en su dieta pescado en vez de cerdo es de una ironía feroz cuando se piensa que apenas se encuentra un pez en las pescaderías, que el marisco brilla por su total ausencia rumbo a la exportación, figurando en primer lugar las inalcanzables langostas y las gambas.

Sin embargo las costumbres alimenticias ciertamente se han cambiado: durante cinco días no he visto la carne en la mesa de la gente que me acoge, ni de cerdo ni de mamífero o ave alguno. Hará falta que llegue la abuela, la magnífica y voluntariosa María Lucina, para que ella despliegue su sabiduría de tres generaciones y tres regímenes políticos, sus manos de costurera y sus pies de buscadora de vituallas inexistentes en tiendas que apenas lo son. Entonces y sólo entonces, precedida de la consigna de balcón a balcón emitida por otra anciana “A la calle X llegó carne”, veré en la nevera un plato de filetes.

-Sí, mi hija, con todos he trabajado. Yo cosí brazaletes para los de la revolución, y con todos me ha tocado luchar para sacar a mi familia adelante.

Sigue mi mirada, que va hacia su marido, sentado en una silla en el balcón viendo la gente que pasa.

– Él no está para nada, mi hija, el pobrecito. Y Alfonso, desde pequeño, con ese problema de salud.

Una enfermedad recurrente parece exacerbar el mimo hacia el hijo, que no desaprovecha ninguna ocasión de recibirlo.

Conozco a esta mujer, la eterna Cibeles de los países pobres, la fuente de todos los frutos, las manos de todos los trabajos. De vez en cuando alza los ojos de la costura y los ojos deformados por los gruesos cristales de las gafas cubren con una mirada atenta al marido taciturno y pálido, a la hermosa nuera, visiblemente ajena al núcleo familiar, al nieto, que le parece maravilloso y es un niño insoportable, lleno de caprichos y rabietas en las que aúlla los mejores insultos de su joven vocabulario.

Me pregunto si aquí también se da la relación entre apatía y tipo de alimento. Los cubanos tienen la gordura de la mala dieta a base de féculas; los “moros y cristianos” (arroz con judías, también llamado congrí) es la base diaria con la que flirtean algún huevo, panceta (el magro del cerdo siempre parece haber escapado dejando tras de sí la grasa) y, quizás, boniato o patata. Las pocas cafeterías son un desierto con, en el mejor de los casos, algunos bocadillos de mortadela y cerdo. La mayor parte del día su oferta se reduce al gesto desabrido de los camareros y a vasos de agua. No hay papel higiénico, no hay artículos de tocador, no hay zapatos ni juguetes, no hay nada.

Por eso por la noche volvemos a hablar de compras y de dólares. (El fajo de los que tengo en reserva parece, en este ambiente, una riqueza desmesurada que justificaría cualquier locura. Trocearme, sin ir más lejos, y dispersar mis restos). Mecida por estos pensamientos, me duermo en mi camita del salón.

Y sueño con el verde, sedoso y satinado compañero Sam, centro de comadreos, proyectos y chistes en medida curiosamente superior a ningún país socialista de los muchos que conozco. La razón sin duda obedece en buena parte a que en Cuba se ha dado, de forma absoluta, la eliminación del comercio privado, llevando, en su reducido espacio, a extremos claustrofóbicos la impresión -y la realidad- de carencia. El dólar monopoliza el mercado de divisas y es la moneda fuerte, real, obligatoria para cualquier objeto o servicio de mediana calidad. Pasa un dólar y vuelan tras él las botellas y los manteles, el camarero y la dependienta, vuela la quinceañera ofreciendo sus encantos por unos productos de cosmética y vuela el funcionario que anhela un vídeo, y el modesto currante que quiere casarse con zapatos decentes, y, bajo la engañosa capa de música y cordialidad caribeña, bajo el discreto y secreto entramado de los jerarcas políticos y la vigilancia policial, vuelan los pobres diablos, la masa abundante de delincuentes, en proporción significativa jóvenes, de piel atezada, que acechan al turista para cambiar, estafar o robar y contra los que María Lucina no se cansa de ponerme en guardia. Ella ha visto, desde su balconcito de La Habana Vieja, como espectáculo integrado a la rutina cotidiana, numerosos tirones de bolso, gritos y carreras.

-Son muchachos, morenos que vienen de Oriente. Mucho cuidado si va a Santiago, mi hija, mucho cuidado.

En este ambiente de escasez y de trueque todo objeto foráneo es apetecible: desaparece la ropa de la cuerda de tender y los zapatos son sorbidos del equipaje por el personal de tierra del aeropuerto en los vuelos nacionales, se sisa en las vueltas y se escamotea un peine, un frasco de colonia. Las zonas de sombra de la delincuencia, el paro y la prostitución quedan difuminadas bajo el común adjetivo de “contrarrevolucionarias” en los discretos casos en que se acepte su existencia. El doble lenguaje y el doble comportamiento orwellianos son la regla. Unos argentinos me cuentan sus aventuras:

-Fuimos a un hotel con unos amigos de aquí, pero a los cubanos no los admitían si no pagaban con divisas, cuya posesión es ilegal para ellos, así que por fuerza tenían que figurar como invitados nuestros.

-Está visto que la segregación va por colores: Sólo billetes verdes.-puntualiza el amigo.

-Dormimos en otro hotel del que se acababa de echar a una pareja cubana que estaba en su luna de miel para hacer sitio a los turistas, con dólares, de la Martinica.

Naturalmente el Gobierno apoya en realidad  la profusión de mercado negro porque éste, a través de las tiendas especiales, revierte finalmente en las arcas del Estado. El clima de ilegalidad obligatoria y continua es, además, un útil mecanismo de control. Los dirigentes han cultivado con asiduidad la imagen de la “alegre revolución”, de la sencilla y cordial gente siempre dispuesta a contentarse con la guitarra, la canción y la danza. Pero detrás del telón de ron y de palmeras, bajo las caderas cimbreantes y la música salsera, hay las palabras a media voz, las precauciones en el trato con los extranjeros, el rosario de esperas, colas y trapicheos que constituye la vida diaria, el hastío de un horizonte que no ofrece salidas, hay desconfianza, miedo y policía.

Y hay…..

La Habana.

¿Cómo te he olvidado?

Tanta preocupación y tanta ocupación buscando, rechazando, inquiriendo; tantos y tan agotadores recorridos por oficinas, portales, aceras, por rostros en rápido desfile y por los bancos de los parques, la sombra de los árboles, las hojas de los periódicos. Sabiendo mucho en poco tiempo, pero sin ir al comienzo, a la primera etapa del viaje, al contacto esencial en el que se posa, como un apretón de manos, la vista sobre el país nuevo. Ahora había que olvidar los libros, esquivar las largas conversaciones y el vicioso curso de los pensamientos.

Descendí a la calle que hasta entonces apenas había podido mirar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Habana

 

La Habana.

Había el borde del mar, el malecón, la fortaleza que miraba melancólicamente al Atlántico, una costura de piedra en la espalda de la isla, con sus tres castillos -de la Fuerza, de la Punta, del Morro- tan expresivos en sus nombres, marcando límites a invasores y piratas y observando simplemente hoy el rosario de las Bahamas y a la lejana y cercana Miami. De forma opuesta a todos los otros viajes, a las llegadas y primeros paseos y descubrimientos, Cuba había sido una zambullida inicial en su materia interna, en la carne encerrada y viva del molusco, sin atenerse a ninguna de las normas del sensato viajero. Sólo tras ese aterrizaje accidentado seguido de un sudoroso ballet bajo las mallas de la burocracia turística, únicamente cuando el alojamiento en casa de Alfonso permitió un respiro de organización y paz, me fue posible emerger al tremendo calor y a la belleza de la ciudad detenida en el tiempo, maquillada, y apareció La Habana.

El pequeño centro histórico, arracimado junto al puerto, hablaba, en sus calles, de desidia y ofrecía alternativamente jirones de arte, subsistencia y olvido. Allí estaba, como en todas las ciudades de Hispanoamérica, la Plaza de Armas, también la de San Francisco, y la recoleta de la Catedral, que había gozado de un remoce reciente. El barroco Palacio de los Capitanes Generales es, desde su reconversión a fines civiles, museo histórico. En general los edificios de alguna envergadura supervivientes a la ruina que va borrando lentamente del mapa urbano a otros alojan todos a organismos estatales, en ocasiones enfocados al turismo. Es también el caso de algunos restaurantes y contados cafés y salas de espectáculos de cierta solera, como El Patio, junto a la Catedral. Deambulando por ellos, entre sus músicos, público y cantantes, se siente algo de novela. Porque Cuba, tan carnal, no es física, es un cuerpo cubierto de retazos de literatura y música y cuelgan de sus fachadas, surgen de sus esquinas, páginas de Carpentier, versos de Guillén, paraísos de Lezama Lima, ritmos sincopados y lánguidos, y ondean por todas partes, desgarrados, los velos de la literatura del exilio, los ecos sucesivos e innumerables de tanta despedida y añoranza. Como si todo el mundo hubiera construido, utilizado, soñado con fabricar una balsa para lanzarse al mar del que separa el largo muro del malecón.

Por ahí mismito

Por ahí mismito

La Habana habla perfectamente, en su pequeño espacio, de la sucesión de las épocas: fortalezas del XVI, iglesias y conventos del XVII, auge del edificio público y del palacete privado en el XVIII, industrialización y comercio del XIX, con sus avenidas y zonas de encuentro y fiesta como El Prado o la Alameda, que fueron también escenarios de manifestaciones, atentados y asesinatos. El siglo XX deja a su vez, en esa perfecta plasticidad de la Arquitectura respecto a la Historia, la plaza monstruosa que nunca falta en los regímenes totalitarios, la de la Revolución, más grande que la de la Concordia de París y destinada al millón de oyentes de los discursos de seis horas de Fidel Castro. Su contrapunto quizás sea la casa natal de Martí, un piso modesto en un pequeño edificio azul y blanco cercano al puerto, amueblado con los recuerdos del idealista y generoso poeta de la independencia de Cuba, a la que ofreció su vida y sus versos.

Suavemente la tarde comienza a poblarse de la principal, conmovedora riqueza de esta tierra familiar y lejana, viene gente, con colores del oscuro denso al marfileño, cuerpos de infinitas mezclas y andar lento y gracioso, transeúntes sin finalidad ni rumbo fijo, que se acodan frente al mar, recorren la misma avenida, entablan conversación, preguntan, hablan fuerte, parecen soñar. Son indolentes y cordiales, cuentan historias, se quejan como si no importara, proponen como si condescendieran. Sus apellidos y rasgos vienen en buena parte directísimamente de España, su conversación está salpicada de las reservas, incongruencias y clichés inseparables del área socialista pero las relativizan una humanidad y simpatía irresistibles, cierta ignorancia y curiosidad cándidas, de seres acostumbrados a andar en círculos en un mundo pequeño. Y esa indolente gracia ha librado quizás a Cuba, pese a su megalómano Líder Máximo y a su corte, al gran hermano de los misiles y a la utlización incansable del discurso de la guerra, de los horrores más llamativos del socialismo real.

Y de aquellos lejanos siboneyes ¿qué queda, aparte de un bolero?. La vitrina del museo me muestra la ampliación de un pictograma encontrado en una cueva de Punta del Este. Sus líneas ocre parecen pura geometría pero se trata de un calendario en el cual los taínos trazaron las órbitas del Sol y de la Luna. Los siboneyes les precedieron quizás desde el s.IV a.C. y desaparecieron, tras la llegada de la nueva ola de población, en el XIII de nuestra era: Cien años antes habían desembarcado, procedentes del continente, tribus pescadoras de técnicas más avanzadas. A estos taínos encontró Colón, el 28 de Octubre de 1492, en la bahía de Baracoa, pintados de rojo y desnudos como su madre los parió y con tocados de plumas, y de ellos relatan los españoles la extraña costumbre de fumar hojas de un tal tabaco. Menos de un siglo después la población indígena de la isla había prácticamente desaparecido, arrasada por las nuevas enfermedades y el choque social, o se había mezclado con los pobladores. La historia de Cuba ha guardado, como símbolo de independencia, la imagen del caudillo indígena Hatuey. En la Isla de los Pinos, rebautizada de la Juventud, las cuevas preservaron los últimos recuerdos de aquellos observadores del cielo.

Cuba fue la plataforma de la conquista americana, el centro urbano y la sede de los gobiernos que disponían expediciones posteriores. En 1515 se habían fundado ya siete ciudades, la primera Baracoa por Diego Velázquez, y en 1552 La Habana era su capital. En la isla desembarcaron a esclavos negros procedentes de las costas africanas cuyo número llegaba en el s. XIX casi al medio millón. Hubo una ocupación británica, revueltas, ataques de piratas, intervenciones de Estados Unidos, guerrillas e independencia. Cuba guardó su aura romántica, aventurera, cierta leyenda áurea. No en vano una historia de botín enterrado por el pirata Pieterson Heyn en sus costas sirvió de modelo a Stevenson para su Isla del Tesoro.

Hacia el malecón y el oeste está Vedado. Es la prolongación amplia y cuadriculada de La Habana, su crecimiento hacia la modernidad y la expresión de épocas prósperas y hermosas casas que son hoy una sombra y asoman sus caras desconchadas, muros que fueron tersos, rastros de colores pastel, en una mirada fija hacia jardines asilvestrados y el mar. Salvo los islotes reconvertidos por la estatalización en entidades del Gobierno, la graciosa y elegante arquitectura civil de los viejos palacetes y chalets se ha perdido, se desmorona lenta en la corrosión del trópico. En cambio se alzan los hoteles, las grandes incubadoras de divisas como el Habana Libre, el mundo exclusivo, quizás en ningún lugar tan exclusivo como aquí, apiñado en torno al eje de La Rampa. En su lujoso corazón de Marianao, auténtico ministerio oficioso de Asuntos Exteriores, reina el gran club Tropicana. En una táctica habilísima, el Gobierno ha sabido basar gran parte de su estrategia de buena imagen internacional en la sabia dosificación y oferta del acceso a lo más granado de la sexualidad caribeña a los representantes extranjeros de la prensa, la política y las finanzas.

La vuelta, la lenta vuelta a lo largo del Malecón y hacia la Punta, mientras las luces eléctricas y los ruidos disminuyen y ganan espacio los murmullos de innumerables conversaciones perdidas y la oscuridad del brusco anochecer. No hay el pequeño bar, el café refugio. Hay portales, iluminados caprichosamente, interiores de Piranesi con puertas arrancadas y escaleras truncas. La gente se reúne en las aceras y mira salir a escena en el cielo a un disco primero cremoso y rojizo, luego pálido. Hay música. Siempre hay música. Junto a un conocido café y apoyados en la placa conmemorativa de un monumento, algunos mulatos ofrecen negocios: trueque, cambio, transacción. De cualquier cosa. Luego se olvidan, charlan de otros temas, cuentan sus historias, cantan a media voz y acompañan el ritmo con instrumentos improvisados. La imprescindible, ubicua palabra negocios les viene grande, es una caricatura casi enternecedora de los grandes negocios reales que se gestan y consuman en el barrio de hoteles, entre los financieros de ultramar y el Gobierno, que alquila a su gente y se embolsa la mayor parte de los sueldos dejándoles unos centavos como salario oficial estatalizado. El viaje no es sólo la vuelta a la isla; también resulta profundamente instructiva la vuelta a la manzana de los cinco estrellas, los alegres salones donde en una atmósfera tibia de ron añejo, frutas y belleza física se firman contratos con cordiales funcionarios en guayabera.

Los mulatos del claro de luna han reunido público, pero cantan bajo y el español se pierde en tonos lejanos, antiguos. Y en torno de ellos se extiende el sueño de la ciudad sin luces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Incursión al oeste

 

Pinar del Río

 

-¡Es estupendo!

-¡Qué marcha!

-¡Qué gente!

– Mirad el fuerte.

-Jean Eric, después quiero ir a tomar algo a la Habana Vieja.

-Pásame los prismáticos.

Vista con, de por medio, el espacio movible del mar, la ciudad parece más ella misma. Así la vieron las oleadas de inmigrantes, así la recordaron los expatriados y los indianos que decidieron volver a la tierra de origen. La lejanía hermosea sus fortalezas y le da un aspecto intemporal.

Arlette y su chico están encantados y en plena fiebre de descubrimiento. La conga en el pasillo del avión se ha prolongado en cordiales veladas.

– Me han facilitado rápidamente una reunión con artistas revolucionarios. Nada que ver esto con los países del Este- La pintora parisina ha reencontrado el colorido naif de sus propios cuadros en los violentos contrastes solares ofrecidos por Cuba. -Te sientes en toda confianza con los compañeros.

Jean Eric y ella han pisado tierra considerándose amigos fraternos del bloqueado país y vagamente embajadores del otro lado del Atlántico. A cada una de sus sonrisas la acompañan cierta excusa por la incomprensión externa y una agradecida conciencia del perdón que los cubanos les ofrecen por su vida confortable en París y su comparativa riqueza. Desde el comienzo de su estancia les ha acunado la inmediata simpatía de los representantes de turismo.

-Yo quiero ir a tomar una copita a la Habana Vieja- Arlette se cuelga, mimosa, del brazo de Jean Eric.

-¿Te interesaría una excursión?- me proponen.

Acepto y les acompaño a tomar la copa. En consonancia con su papel de tímida y reciente esposa, Arlette está en plena regresión, no ya a su juventud veinte años atrás sino a los linderos de la infancia y todo son mimos, pucheros y caprichos, mientras que su compañero adolescente se aplica con fervor al papel inverso de maduro y protector cónyuge.

-¿Podrían ustedes tocar lo de anoche?- pide Arlette a los muchachos del bongo, en el fondo del bar.

-Cómo no.

-¡Genial!- Ella bate palmas para animar el ritmo.

Ah, los latinos, tan cerca, tan relajados y generosos, dispuestos a guiar, a acompañar y a ofrecer la sustancia, en otros países fría y disecada, de la vida misma.

El viaje se concreta:

-Vamos nosotros y un amigo cubano, un jugador de baloncesto de los que venían en el avión. Claro, él no paga, nos ayudará para conseguir mejores tarifas. Los gastos los repartiríamos entre nosotros tres.

Así surgió la oportunidad de compartir el coche alquilado en la primera y corta incursión por el cuerpo alargado de la isla, hacia el oeste, entre los tabacales de Pinar del Río.

 

Al fin salir. Lo primero fue la impresión de ventana abierta, la necesidad de romper el círculo, que ya lentamente iba coagulándose, de la dificultad de salir de La Habana. Porque aquellos 111.111 km2 de superficie del país me estaban esperando, alineados como impacientes soldaditos en la redondez de su algo tramposa cifra, si non vera -por una escasa diferencia-, si ben trovata. Sin contar los flecos de los cayos, esas espinas rocosas que constelan el mar, lugares de soledad, de aves marinas y de sueños de tesoros ocultos en sus cuevas. Hubiera sido hermoso recorrer  en un barco diminuto de tripulación lacónica y patibularia los cuatro archipiélagos: Colorados, Canarreos, Jardines del Rey y Jardines de la Reina, nombrado así por Colón en honor de Isabel de Castilla. Tal vez  bajo calaveras, doblones y los viveros de esponjas y coral duerme, enterrado en profundos cofres de bosques extintos, el petróleo.

Comienzo del recorrido. Las metáforas abruman a la isla: llave, cocodrilo, perla. En realidad hoy su paisaje no justifica ningún éxtasis estético. Es un terreno domesticado, igualado, insistentemente transitado por los diez millones de población que son su gracia real. Hay cascadas, macizos montañosos, lagunas y manglares, pero es sobre todo una serie de pueblos, ciudades, llanuras, pantanos y cultivos y carece de la Naturaleza estremecedora de los Andes o de la selva tropical. No hallaré fieras, ni ese choque inconfundible que produce en los europeos el contacto con seres ajenos al hombre, hostiles o indiferentes a su especie, empeñados en ciclos de subsistencia que forman una trama ante la cual sólo cabe la observación silenciosa. Como mucho, quizás veremos en Pinar del Río los jabalíes y ciervos que atraen a los grupos de cazadores. Ni siquiera acecha en la jungla la muerte rápida de las serpientes venenosas. Hay sin embargo mosquitos de fiereza extraordinaria, ranas diminutas y pájaros que exhiben insolentes entorchados de bandera. La isla es, en fin, para bien y para mal, una trillada y parcelada provincia de España, de Europa. Pero siempre queda el mar. Con tiburones.

El grupo y su coche habían aparecido providenciales, para facilitar la primera zambullida, que fue en el verdor de los campos de tabaco. Las sierras, de los Órganos, del Rosario, se perdían como un puente en el extremo occidental y en el mar. Quién diría que en este paisaje suave e inofensivo instaló la Unión Soviética en 1962 las rampas de misiles de ojivas nucleares a las puertas mismas de Estados Unidos y que el azar, y la necesidad, eligieron este escenario para hacer vivir al mundo el momento más peligroso de la Guerra Fría. Decididamente el apocalipsis puede esconderse en la más seráfica postal.

Comento el asunto a mis compañeros de viaje pero éstos parecen no haberme oído; el tema desentona con el paraíso trópicosocial al que han ido de vacaciones y deciden ignorar su existencia. Parada en Viñales. Es un terreno de extraños montes chatos y amazacotados, los mogotes, como los de Kweilín en China.

-Aquí dormiremos. Es un centro de alojamiento muy lindo.

Edy, el jugador de baloncesto, nos conduce a la recepción, en la que nos recibe un empleado cuyas  largas chupadas a su veguero recuerdan inmediatamente a ese primer retrato de un fumador facilitado por Colón cuando habla de los indios de Pinar del Río, que llevaban siempre su tizón y sus hierbas en la mano.

Comienza una negociación laboriosa para pagar una tarifa intermedia entre la astronómica cantidad de dólares solicitada y la práctica gratuidad para la burocracia oficial.

-No, hermano. Hacemos una excepción. Fíjese que tenemos un grupo que llega de Puerto Rico el fin de semana. Mire lo que van a pagar. No; en pesos ni soñarlo.

Nuestro Viernes financiero llega a un compromiso medianamente asequible para que nos instalemos y se nos proporcione una comida cara, floja y rácana.

El complejo turístico Agua Clara ofrece sus lindos bungalows de ladrillo en lo que fue la finca de un médico, con árboles espléndidos de los que un letrero dice los nombres. Hay un estanque lateral en cuyas aguas oscuras fermenta una espesa sopa biológica y en el que sobresaltan los bramidos de la rana toro, que muge como una vaca entre las hierbas. Al final, en una glorieta de losas y césped alto que prácticamente la cubre, hay una estatua, la mitad de un esbelto cuerpo femenino semicubierto por un velo. Es todo un monumento y un símbolo a la venus latinoamericana, a la obsesiva tapada que tienta, evoca y cubre. Alrededor de este islote neoclásico la naturaleza vuelve por sus fueros. Los árboles, entretejidos en la copa con otras plantas, forman un casco bajo el que sólo se oye ese ruido y ese silencio propio de la selva, sólo se ve el color de luz nubosa, de sombra vegetal, un sordo fermento que empieza en el lodo y las plantas grises y sube por los troncos. De vez en cuando se perciben los chasquidos de una existencia no controlada.

Los viajeros antiguos afrontaban peligros naturales e indígenas diversos; los modernos se encuentran con un enemigo nuevo: El grupo del fin de semana prepara su desembarco. Hay que sortear la invasión de los tour operators todo comprendido que hacen del viajero individual el molesto representante de una especie intrusa. Más arduo que desfiladeros y comanches es evitar brutales facturas, reservas millonarias, clubs privados, y encontrar, pese a todo, lecho y sustento. Los franceses se han provisto, en la persona del jugador de baloncesto invitado a efectos fraternales y económicos, de un transformador de tarifas, que, conectado a las facturas, producirá, al convertirlas en precio para nacionales, una sustanciosa rebaja.

Pocos viajeros se resisten a la atracción del faro, el extremo, el finis terrae y el último tramo de carretera. Confieso que languidezco por seguir y seguir al oeste, tomar la senda que bordea el mar y llegar a Punta Cajón, frente por frente con Yucatán. El golfo tiene un nombre aromático, Guanahacabibes, de círculos de humo escapados de un tabaco exquisito. Cuba parece estarse fumando esta península pequeña y alargada, y enviar un soplo despectivo al resto del mundo.

Pero la parcial inclusión en las vías oficiales nos destina a los circuitos turísticos. Subimos y bajamos las colinas de Soroa. Los franceses piden caballos y se establece un plan de sanas galopadas a cascadas, valles y cimas además de la visita a una finca estatal, granja del pueblo, de cuyos logros ganaderos y agrícolas se hace lenguas el funcionario acompañante. Mi fidelidad al cuerpo de infantería me salva de las excursiones pedagógicas ecuestres y me permite cierto margen de observación y de meditación, favorecido por los solitarios paseos y las charlas con la gente que voy encontrando. En una de ellas trabo conocimiento con el jardinero Eugenio Buenaventura. Es un caballero de edad avanzada, seco, nervudo y cordial, que se esfuerza en andar erguido y observa al interlocutor con ojos que la edad parece haber velado de gris. Le miro hacer entre las plantas, inclinada la cabeza de pelo corto y blanquísimo y hábiles las manos del mismo color que los terrones de tierra oscura que maneja.

-¿Y a usted qué le parece la vida ahora y antes?.-pregunto.

-Antes, cuando la Revolución, dice… Fue bueno, al principio fue bueno. Mire, con mi color, sin estudios, poco porvenir yo tenía. Planeando estaba irme. Ya me habían dicho los amigos que en Estados Unidos bien no te trataban, pero se podía ganar.

-Pero no se fue.

-Me falló primero un apaño, un buen amigo, creía, que me hacía el puente y me metía a trabajar con un lote de peones. Además, con veinte años ya estaba casado y mi señora esperando el bebé.

-Razón de más.

-Eso fue mucho antes, la primera vez que me quise ir. Y volver luego para instalarnos como es debido, con todo. Hubo cosas, cosas de familia. Tuve que aplazarlo. Vinieron algunos que me contaron cómo era lo de Norteamérica. El trabajo bien, pero el ambiente…A mí me gusta esto, ya ve.

-¿Había mucha pobreza?. ¿Hambre?.

-Pobres éramos, pero no tanto como para pasar hambre. Tampoco tan pobres; los que conocía, por más y por menos, iban a quedar por un igual. Cuando vino lo de la Revolución enseguida la apoyé.

-¿Por qué’.

-Quería que mis hijos fueran iguales que todos, y se decía que íbamos a vivir mejor que en Estados Unidos. Sí, quería un porvenir, una consideración, un trato.

Eugenio se inclina y se alza, aparta malas yerbas. Viste una guayabera inmaculada que el agua lodosa parece respetar.

-¿Fue un éxito la Revolución?.

-No. No me lo parece.

Me sorprende sólo de forma relativa su falta de circunloquios. Eugenio Buenaventura tiene la libertad de expresión de los ancianos, goza de ese privilegio de quien nadie puede arrebatarle ya el camino, se expresa con una tranquila ausencia de ambición y de miedo.

-Lo de la igualdad se hizo, pero luego nos han mantenido todo el tiempo abajo y mírelos -señala al horizonte-, allí están, los del Estado. Puedo ir a cualquier parte, y mis hijos, tenga el color que tenga, pero vamos a muy pocos sitios, no te sientes con libertad.

-Usted es muy libre- le aseguro.

Me sonríe y mueve la cabeza. Luego dice:

-Espere. ¿Le apetece algo?.

Vuelve con dos vasos y una botellita con buen ron, amarillo y espeso. Brindamos por sus hijos y por él. Al despedirnos me sorprende:

-No crea, todavía pienso en hacer ese viaje que se me quedó pendiente a los veinte años. Pero sin trabajar.

De regreso, el lujo vespertino del marco del hotel resulta de cierto surrealismo brutal. En este decorado perfectamente elitista, cribado por el filtro verde del Tío Sam, las conversaciones de anfitriones y europeos adquieren un tono gloriosamente irreal, divinamente absurdo. El intercambio se sitúa en términos de camaradería igualitaria y progresista, de compañeros, victorias y bloqueos pertenecientes a una dimensión que sólo existe en la propaganda de los representantes de la hostelería gubernamental y en el gusto de los viajeros por las revoluciones vicarias. Es difícil determinar las proporciones de ingenuidad, pereza ética y crítica, snobismo o ansias apostólicas recicladas que existen en la percepción occidental del fenómeno cubano. El caso no es único; se inserta en la conocida tendencia a mediatizar las evidencias incómodas y las concretas servidumbres de los individuos anulándolas por comparación con los horizontes absolutos de las insondables desdichas del Tercer Mundo y los necesarios precios de la igualdad básica. Con ello el grupo logra, a mínimo coste, un reconfortante marchamo de progresía que compensa, a la vuelta a casa, de las concesiones y turbias relatividades cotidianas. El tratamiento de las situaciones del área socialista y de Cuba en concreto es, en este sentido, ejemplar.

Existe además aún el complejo de Rousseau de muchos occidentales, según el cual los habitantes del Tercer Mundo guardan necesariamente las virtudes perdidas por el hombre moderno: son espontáneos, abiertos y generosos, divertidos y sociables, y la música y el ritmo laten en ellos, junto con el afecto desinteresado, como algún oculto gen. Pasa desapercibido el que vivir en una casa estrecha, oscura y pobre echa a la gente a la bulla callejera, y que la charla, la danza y el canto son -junto con hacer el amor- las diversiones más baratas que hay.

Cuba figurará como ejemplo de manual de revolución vicaria por parte de los que defienden las utopías siempre que sean por país interpuesto y estén lejos. El aislamiento y desafío de Fidel respecto a Estados Unidos son además sumamente reconfortantes para países y poblaciones que dependen inevitablemente de la economía norteamericana y que no tienen la menor intención de apearse del nivel de vida conocido como carro de la modernidad. Queda que estas buenas intenciones no han empedrado precisamente paraísos, que con ellas se ha hecho un flaco servicio a los cubanos de a pie y que éstos necesitan, están esperando hoy otra cosa.

El gobierno de La Habana lleva en Europa varias décadas gozando de un bienaventurado silencio crítico. Cuba era pese a y se justificaba en relación al adversario y en comparación con los sectores más negros de su pasado y de su entorno. Sin embargo, como a los demás países de historia colonial, también le ha llegado al régimen el turno de ser medido por sus propios hechos, de abandonar el cálido útero del victimismo. La alfabetización completa y el sistema sanitario han anulado, y culpabilizado, cualquier análisis serio de la política exterior e interior de Castro. Tras ese burladero a la crítica, ¿qué Cuba hay?. En España el régimen cubano habrá gozado hasta prácticamente su final del incienso temperado de gran parte de los medios de comunicación e información, de la indulgencia popular, de la admiración de los huérfanos de grandes líderes, habrá vivido a base del aura de un revolucionarismo rebelde a los Estados Unidos, tanto más grato cuanto que resulta compensatorio para la Península Ibérica de su propia dependencia respecto a la economía norteamericana y proporciona a la clase política aderezos ocasionales de socialismo internacional.

En breve los cubanos necesitarán de España algo muy distinto de las calurosas adhesiones a revoluciones remotas y vicarias.

 

 

 

 

 

 

  

Iconografía y paisaje urbano.

 

Los retratos de Fidel, Camilo y el Che, a fuerza de repetirse, difuminados por el sol y las lluvias, han llegado a confundirse -los tres con sus barbas, sus ojos iluminados y las auras de sus cutis claros- en un solo y único icono semejante al Sagrado Corazón de Jesús, omnipresente e intemporal. De vuelta a La Habana, los franceses me han dejado en la ciudad vieja tras intentar, sin éxito, que suscriba una peregrina y muy gala teoría según la cual ellos, al ser pareja con un fondo común, pagarían los gastos del coche como si fueran una sola persona. La plaza me recibe idéntica en la luz y en la disposición de los seres al día en que la vi por vez primera. Aquí está el grupo de mulatos sin ocupación aparente, aquí el de viejecitos de origen peninsular –los gallegos– que hablan con poco deje cubano y comentando pasan el tiempo. En cualquier momento se puede emprender el viaje a la semilla o transcurrir cien años en un instante de soledad. El parque tiene toda la indolencia del rosario de plazas de armas a través de América Latina. Hay la estatua central, las palmeras y un curioso tramo empedrado con adoquín de madera. Se exhiben, posadas en el pavimento, campanas de diversas épocas, orfebrería de plata en el museo, plantas y azulejos en los patios, y piraguas nuevas hechas al estilo indio para probar las migraciones precolombinas desde el continente a las islas del Caribe.

Me dirijo hacia ese alojamiento de fortuna que también imagino adormecido en sus entrañas frescas de piso antiguo.

-Es espiritual.

Dicen en un susurro cuando hallo la casa de Alfonso silenciosa, misteriosa, llena de murmullos, de conversaciones a media voz que se centran en lo que ocurre en el dormitorio del fondo. Ha llegado el cuñado militar y una enferma que no explican bien si lo es del cuerpo o del alma. El marido de Lucina, que es espiritual, como dice ella, que tiene poderes, como afirman, se inclina sobre la figura echada en la cama. Habitualmente es un anciano cansino, de evidente mala salud, que se sienta en su silla de enea en el balcón y parece distraido, al margen de los problemas y levemente triste. Hoy sin embargo es la figura principal en un rito que tiene todo el sabor de santerías milagrosas. De repente Cuba está muy lejos, en África negra, en la selva remota, tribal y ajena a historia y evolución. Impresiona más este escarceo en épocas anteriores a la razón que la ordenada visita a las salas dedicadas a dioses, orishas, vudú y magia en el museo local. Aquí no hay alharacas ni fetiches, gritos o contorsiones. Sólo la mirada fija del abuelo, palabras, pases de manos, agua, hierbas y un lienzo.

-Levántale la cabeza.

Los ayudantes aproximan al perfil de cera del oficiante el rostro pálido y fatigado de la mujer.

– Descubridle el costado. Que ella no se mueva.

El humo trepa suave por su propia sombra en la pared.

Acabado todo, hay saludos y presentaciones. Han llegado la hija quinceañera de Alfonso, que ya es jovencísima esposa, y su marido. Zenia es una morenita esbelta, linda, de piel muy blanca y ojos muy negros, que ensaya su papel de recién casada con el muchacho de veintiúno. Las bodas precoces, y los divorcios numerosos, son legión en el país, muchachas que celebran a la vez el cumpleaños de los quince y su casamiento y que mezclan, en un cuerpo que ha comenzado con la menstruación a los once años o antes, los gestos de la mujer y la imprecisión, todavía en crecimiento, de la adolescente La conversación de esta pareja choca frontalmente con el tío militar, hombre del régimen, de consignas y de influencias. Zenia y Marcos ven sólo ante sí el futuro, parecen flotar sin pasado, como hierbas marinas, en el Caribe que les llevará a otras costas, se ven en el país próximo al que ya nadie considera Eldorado pero que figura desde luego en todos sus planes. Su claridad irónica se acompaña de un perfecto distanciamiento respecto a la situación que les rodea. Su única patria es el entorno inmediato.

Ahora viven apegados a la burbuja acogedora del clan familiar. Marcos estudió mecánico de aviación pero el empleo que le han dado es de soldadura; ella continúa en la escuela y ambos aseguran que abunda el paro en numerosos sectores de jóvenes que terminan sus estudios, médicos o profesores que trabajan en campos nada relacionados con su carrera, son enviados a países árabes o africanos o no tienen empleo en absoluto. La pareja quiere irse de Cuba porque no hallan aliciente ni futuro y bregan con la imposibilidad de salir del país excepto si son reclamados por un pariente en el extranjero. Muy a contracorriente e impermeabilizado ante las críticas, él se niega a cotizar para el sindicato y organizaciones paraestatales (el CDR, Comité de Defensa de la Revolución, uno en cada manzana; las MDR, milicias de Tropas Territoriales, el Poder Popular).

-Dicen que es voluntario pero si hay un problema y no estás con ellos te sacan del trabajo. Con el Poder Popular se supone que el delegado plantea pero nada se resuelve, decide el Partido. Y si les contradices te tachan de contrarrevolucionario.

-¡Ganas de protestar! ¡Insolidaridad ante el bloqueo y los malos tiempos!- y el cuñado se vuelve hacia mí para añadir -Nunca me ha faltado cómo conseguir unas cervezas o un pollo.

Hay algo benéfico, necesario en la ausencia de raíces, en el limpio corte con todo de esta fresca generación, en su nitidez de acero y de página en blanco, de vela dispuesta al mejor viento y a la que no engañarán palabras ni apariencias. Zenia lleva un corpiño fruncido que deja el cremoso escote y los brazos al descubierto. Se diría que acaba de salir de la crisálida. Todo es nuevo en la tersura de esos hombros que rechazan cargar con fardos ajenos y pasadas hipotecas. Su juventud les libera de remordimientos y del viscoso manto de las melancolías, en su historia no ha habido tratos ni compromisos. Sin saberlo, buscan ciegamente la tierra mejor en la que detenerse a sembrar.

Alfonso me propone un negocito. Oyéndole se pensaría haber caído en las redes de un capo de la Mafia. No hay tal y los bisnes, tras su secretismo y circunloquios, se reducen a conmovedoras, patéticas dimensiones. Se trata de ir a comprarles, en las tiendas de divisas, calzado y cosméticos, en parte destinados a la reventa y en parte a su consumo. Aida, su mujer, languidece por un par de zapatos de salón; es una real hembra con poca afición a la vida casera y a la que comienza a aburrir el matrimonio que tiene ya la edad del hijo: cuatro años. El tiempo ha desgastado el aura intelectual con la que se le presentó Alfonso a dar charlas de animación cultural en su pequeña ciudad de provincias.

-Cuando tomé la palabra lo primero que les dije fue: Miren, desde que llegué y tomamos contacto tenemos una buena relación, pero lo que no les perdono es que no me hayan presentado todavía a esta mujer.

Y Aida se rió entonces con esa boca generosa que muestra la pulpa blanca y azucarada de su interior. Vivieron juntos, le acompañó a otras charlas, vinieron a La Habana.

En la casa la he oído reír poco. .Lo que ahora ve es un hombre mayor que ella y con tendencia a la gordura, aprensivo y acostumbrado a recibir los cuidados de su madre, la cual recuerda con frecuencia la grave enfermedad que tuvo de niño y las secuelas que le llevan periódicamente al hospital. Cada vez las largas piernas de Aida dan pasos más largos hacia el umbral de la puerta, que un día traspasará con sus zapatos de charol negro y tacón alto.

El alojamiento en la casa ha sido una zambullida en un mundo de cambalaches, arreglos, extraños tratos y ambivalencias. El barrio lo da, y desdobla a los padres de familia y a la gente del común en chamarileros, contrabandistas e ilegales. Pero me han acogido.

-Hoy hay fiesta.- me dicen. -Vaya al malecón . Es carnaval.

– La acompaño.

Ofrece caballeroso el cuñado militar, experto en apaños y vagamente desconcertado por la desenvoltura e independencia de las mujeres extranjeras.

En busca de un restaurante, deambulamos por la ciudad, pasamos frente a sus casas desvencijadas rosas, azules, amarillas, sus chalets que fueron soberbios y muestran sus ruinas como bocas desdentadas. La declaración de La Habana Vieja por la UNESCO como patrimonio artístico de la Humanidad salva quizás in extremis algunos edificios, revaloriza la noble piedra de sillería en la que los españoles construyeron la catedral, los castillos y las alcaldías y palacios y comienza a poner andamios y algo de pintura en un desastre urbano en su mayoría probablemente no recuperable. Como todo lo oficial en el país, las reparaciones tienen algo de marco de foto, de decorado del que se sale uno al menor paso, y en seguida es la calle y su cañería rota, el portalón en migajas, la visión de un interior compartimentado en eternas divisiones provisionales.

Acabamos en el malecón, junto al que se alza un estrado. Largas filas de gente esperan conseguir en los kioskos platos de picadillo, calamares, cerdo, arroz y vasos de papel con abominable cerveza aguada. La fiesta supone el consumo ávido de un manjar que no se repetirá. También puede conseguirse un ron rebajado y de última calidad, la “ginebra de la victoria” orwelliana, que no es bastante buena para la exportación y ante cuyos despachos los bebedores hacen cola y hacen horas. Con ella y las canciones inacabablemente sensuales se emborrachan, y con los mitos y las llamadas al nacionalismo, a la patria y al honor.

Sepan, señores imperialistas, que no les tenemos absolutamente ningún miedo reza un gran panel en el que un Tío Sam torvo retrocede ante los desplantes que le hace, al otro lado de la franja de agua, un cubano fresco y sonriente. Las continuas alusiones a la independencia, los desafíos a Estados Unidos, pueriles por lo insistentes, dicen a voz en grito lo dependiente que Cuba es, la fragilidad de su situación y la aguda bancarrota económica. Amén de que la antigua dependencia norteamericana se ha cambiado por otras dependencias, ocurre que al padrino se le hace el ahijado cada vez más pesado e incómodo. Curiosa mezcla: el arrendatario de Cuba es la Unión Soviética, el patrón el dólar y el gestor el Líder carismático que se deleita en su pequeño reino colonial sin fronteras ni posibilidad de huida. En él Fidel Castro, desde su eterna Sierra Maestra, que es hoy, en la mejor tradición del secretismo, una residencia de enclave desconocido, redacta sus discursos de dos, tres, seis horas, a un público forzosamente presente; desde allí envía su multiplicada imagen en pósteres, chapas, libros, cubre la t.v. y la insoportable monotonía de la prensa, identifica la fidelidad a sí mismo y a los suyos con la dignidad y el valor personales de cada uno de sus oyentes. Al lado de esta apoteosis de completo poder, de esta fruición del dominio, los burdos placeres del dictador convencional, sus diamantes, sus queridas y sus lujos resultan desvaídos y banales.

-¿Qué tal le fue, hermano?.

-Bien. ¿A divertirse en la fiesta?.

-A divertirse.

Están probando altavoces y hay escolares con pañuelos rojos que colocan filas de asientos. El mar lame sin violencia los flancos del malecón, en el que se apoyan los paseantes para consumir la ración de calamares en salsa y el cubilete de una cerveza clara, sin espuma y sin fuerza. De la mano de sus padres, los niños caminan haciendo equilibrios por el borde del muro. Hasta el final y vuelta atrás. Los movimientos, las charlas, el mismo ritmo del paseo suceden en cámara lenta; hasta el sol duda en proseguir su itinerario y se deja llevar por la inercia hasta ese precipicio brusco de los anocheceres tropicales. Las conversaciones son fáciles, se repiten.

-La compañera no es de acá. ¿De dónde viene?.

-De España.

-¿De España? Qué lindo.

-Yo tengo un pariente en Orense. ¿De qué ciudad es usted?

-De Madrid.

-Mi tío vive en Madrid; igual lo conoce. Francisco se llama, Francisco Figueira.

-No me suena…

-Por una calle que se llama Soria vive, un tipo alto.

-¿Le gusta Cuba?.

-¿Vino a pasear?

Y al atardecer comienza el discurso del Hermano Grande.

La voz del Líder Máximo es histérica y algo afeminada. Durante horas resuena por las callejas sembradas de charcos y basura, rebota en fachadas patéticas, carcomidas, roídas por la incuria más total, por el uso triste y la humedad apática. La voz es exhalada, mezclada con un vaho a inmundicias, por los portalones desvencijados de umbrales reventados y cables al descubierto, por las cañerías que gotean y son cubiertas a veces por una arpillera. La voz sale de pasillos lóbregos, de escaleras en cuyos rellanos el polvo se arrincona como harina y que tienen el pasamanos remendado con cuerda; se derrama desde balcones sin alegría ni colores y se ensarta en el amasijo de hierros corroídos que un día fuera airosa baranda o coqueto esquinazo con farol.

También suena la voz en los restaurantes que no ofrecen apenas nada y no tienen pan porque no hay harina. Y en los omnipresentes olores a orín, carencia y óxido. La voz desafía a imperialismos, promete resistir a bloqueos, se esfuerza visiblemente en crear un ambiente bélico y numantino que maquille la tiranía local y la escasez, que justifique como economía de guerra la infinita incuria y la grisura; la voz reina tras las paredes de agua y ron de la isla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prensa

 

Revuelo en la plaza. Hay novedades, noticias en los periódicos, grandes titulares de hechos que sin duda van a cambiar el destino de los ciudadanos, o que cuentan sucesos que estremecen al mundo y reajustan la estrategia de economías y naciones.

-¡Mire!.

El señor pone ante mis ojos una página y subraya con el dedo algunas líneas: Cuba no aceptará más revistas rusas, se suspenden Sputnik y Novedades. Y añade para completarme la información, con un guiño de entendimiento:

-Ayer la televisión dijo que la URSS iba a arrendar las empresas estatales a particulares, que se pasa al capitalismo, vamos.

Y en el tono hay una capa, una ligerísima capa de la preceptiva indignación oficial, y debajo una indudable ensoñación de cambio propio, una esperanza.

En esta placita del mentidero, bajo los árboles y el calor, la gente busca claves de posibles cambios en el desciframiento de los medios de comunicación de la isla, todos gubernamentales. Semejantes en esto a cualquiera de las democracias socialistas de otros lejanos puntos del planeta, los cubanos se entregan al deporte de la lectura entre líneas.

-Fidel no cederá.- Comenta moviendo la cabeza un segundo lector.

Castro se distancia, en altivo caballero solo del comunismo. De sus súbditos, ninguno se atreve a disentir abiertamente, nadie osa criticar en voz audible su política. Esperaron durante la visita de Gorbachov un principio de liberalización y se encontraron con un refuerzo de las cerraduras. Los cubanos, conocedores de una forma fragmentaria y brumosa del planeta que los rodea, de su evolución, problemas y cambios, se entregan en su espacio claustrofóbico a los negocios con los que raspar algo del mundo de los dólares, compran, revenden, queman energía en las frustraciones, las colas y las quejas en sordina, gritan consignas antiimperialistas y valoran según la divisa norteamericana. Esto introduce varios niveles de mendicidad respecto a los extranjeros, un abanico de comportamientos que va desde el robo, la estafa y -raramente- el ataque, hasta la continua trampa de supervivencia. Produce sobre todo un generalizado sentimiento de indignidad, envidia, temor y degradación personal. El maduro padre de familia, el profesional respetable, se encuentran suplicando al turista, a cualquier turista en cualquier circunstancia y ocasión, una ayudita, un cambio, el aval de su pasaporte para comprar en la diplo o en el shopy zapatos, colonia, gafas de sol. La negativa produce con frecuencia un drástico descenso en la cordialidad caribeña y la desaparición súbita de solícitos amigos.

Junto a la muralla, protegidos del sol por un tejadillo de madera, tres carteles con letras azul, naranja, rosa envían sus mensajes desde  un fondo blanco amarillento: banderas, defender, territorio, esfuerzo, mantener, obligar, agresión, seguir, fuerza, no, ni, ninguna, victoria, futuro. En la mayoría se repite la glosa : ¡Marxismo-leninismo o muerte.! ¡Patria o muerte!. ¡Revolución o muerte!. Las consignas gubernamentales no dejan, a decir verdad, a los ciudadanos un gran margen de elección, ni suelen los líderes adeptos a ellas ir en vanguardia con un suicidio ejemplar. Yo o el caos resultaba menos drástica que las continuas consignas estatales tanatofílicas. Mejor que ser numantinos forzosos los cubanos preferirían vivir bien, al menos con fruta y verduras frescas, servicios que funcionen y derechos humanos y políticos. El Líder Máximo ha atacado al revisionismo húngaro y polaco y se escandalizó de las nefastas tendencias liberalizadoras y de los problemas internos en China y la URSS. Su política tiene la crispación de las épocas finales y se adecúa con el aire de atraso y estancamiento que impregna el país entero. La prensa sigue describiendo, en el monolítico lenguaje estalinista de hace cuarenta años, un mundo blanco-negro de comunismos triunfantes e imperialismos capitalistas al acecho. La manipulación informativa es, en la prensa cubana, sólo comparable quizás a los periódicos de Albania o Corea del Norte. Panamá sirve para que se clame contra la injerencia del Tío Sam en Centroamérica, pero se silencian las implicaciones de Noriega en el narcotráfico, su fraude y abuso electoral y su terror entre la población porque importa al Partido Comunista Cubano enardecer a la opinión contra enemigos externos, recabar nacionalismos y soberanías y omitir la mención a las tiranías internas y a la situación real de seres concretos.

-¡Con estas manos cosí yo brazaletes clandestinos cuando la revolución!.

La canción de la abuela Lucinia, el disco brillante por el uso de su existencia entera, gira de nuevo. Sus manos de costurera trabajan sin cesar, llevan haciéndolo toda la vida. Nos sentamos junto a la luz, ella con sus agujas y sus hilos, yo con mis mapas y mis notas.

-Del dinero por lo que hago, el Estado se queda con el sesenta por ciento. Me explotan, mija, como me explotaron los dos regímenes anteriores. Sí; con el castrismo mis hijos estudiaron. Y, ya ves, en la nevera comida poca, pero algunas medicinas guardamos dentro.- reconoce.

Pero se queja de que actualmente muchos de sus hijos y todos sus nietos sueñan con salir del país o con un cambio que dé alicientes al estudio de una carrera o al ejercicio de una profesión. El benjamín vuelca sus esfuerzos en la compra de unos pantalones vaqueros, el cuñado militar sigue sin comentarios las mutaciones de la economía rusa, se declara convencido de que la alternativa es o el marxismo castrista o los niños mendigando y las masas analfabetas y bendice la red de conocidos y colegas que le permite el acceso a cervezas, carne y ron, el primo mecánico cuenta chistes sobre los inalcanzables filetes y utiliza apodos irónicos cuando habla del Presidente y su poderoso clan familiar, los que escaparon a Miami gestionan la ayuda para que otros de la familia den el salto y envían zapatos, la oveja negra comercia en la Habana Vieja con turbios dólares.

La descomposición del bloque socialista, el desmigajamiento del Este y el reconocimiento general de la rentabilidad de la democracia pluralista coloca a Fidel y a su grupo en una imposible alternativa que han resuelto con la huida hacia delante, la purga entre los delfines del poder, la vuelta de la tuerca del estalinismo económico y de la represión. La fijación en su imagen de hace décadas tiene en el Líder Máximo algo de trágico complejo de Peter Pan guerrillero, célibe, solo. Lleva treinta años lanzando a la muerte, con el mismo fervor con que los vacuna y alfabetiza, a cubanos de diecisiete, en Irak, en Venezuela y Colombia. Lo que más puede temer tal sistema es la vida civil, las exigencias de la gestión pacífica, de la administración y la política. Su pesadilla es aquella frase de un estratega norteamericano dirigida a la Unión Soviética en los comienzos de la Perestroika: “Vamos a hacerles a ustedes algo horrible. Vamos a privarles de enemigo.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Oda a los jefes de turno

 

Hay una institución nunca bastante alabada que practica, en el anonimato y sin remuneración ni mordida, el auxilio al viajero: son los misericordiosos jefes de turno, gracias a cuyo auxilio he logrado ir recorriendo la larga geografía de la isla. Ellos son los responsables de las estaciones de autobuses de línea en las que el público, como en cualquier otro servicio, hace cola durante días. La tarea de desplazarme al margen de los circuitos turísticos, de los mágicos billetes del Tío Sam y de la policía, hubiera resultado imposible de no ser por la buena voluntad, el desenfado, la iniciativa personal de esta gente, impensables en otros regímenes de burocracia socialista. Equipaje al hombro, aprendí a repetir el mismo ruego, a preguntar en cada oficina por el jefe o la jefa de turno, a exponerle mis anhelos de solitaria viajera, sin excesiva insistencia. Ellos escuchaban, eran parcos en comentarios, me indicaban que esperara, y tarde o temprano me introducían en un vehículo provista del precioso y diminuto boleto.

El mapa del país ha quedado para mí jalonado de estos San Cristóbal negros, blancos y mestizos que me tendían la mano para saltar entre las dos postales y echar a andar por la cálida marejada de lo cotidiano. Porque Cuba limita con dos postales no excluyentes: la turística y la política. A aquélla pertenece el paraíso dorado caribeño, las mulatas -y mulatos- azucarados, el merengue y el ron. A ésta la simpática democracia proletaria hispanoahablante provista de médicos, maracas y barba. Las orillas de ambas tarjetas se alejan irremisiblemente tras la zambullida en la vida diaria; tan rápidas como mis posibilidades de poner otra vez pie en ellas. Y me hallo con una imposición caótica, no elaborada, de la realidad, en toda su materia bruta, sin censura ni cinceles.

Desde la delegación simpatizante hasta la pareja en luna de miel pasando por el intelectual en vacaciones de progresismo latinoamericano, el viaje era, desde el avión, un plato semicocinado, que se espolvoreaba ligeramente de detalles entrañables durante la estancia para luego ponerlo directamente al horno y consumirlo a la vuelta dentro del menú habitual de las buenas conciencias y las posturas rentables. Sólo cumplía superponer la isla a su modelo, quizás con unas gotas -la indispensable espina en la rosa- de suave crítica respecto a cierto posible apego al poder personal refiriéndose a las décadas de Partido y Jefatura únicos de Fidel Castro. Si, durante la gira, algo desentonaba, se saltaba ágilmente fuera del tiesto recurriendo a la miseria en Calcuta o a los asesinatos en Brasil.

Los jefes de turno figuran en cada nudo de un mapa de nombres espléndidos por cuyo solo hechizo hubiera valido la pena recorrer distancias: Ciego de Ávila, Sancti Spiritus, Esmeralda, Santa Clara, Cienfuegos. Ellos me han ido abriendo las puertas de los rincones de umbría, las playas aplastadas por el sol, el verde extenso de las plantaciones, las ciudades que aguardan el comienzo del día con los primeros claros de la amanecida, la intimidad del salón y la velada en una casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camino al sur

 

Cuando se viaja, se viaja también por el mapa. Hay un diminuto doble del viajero que recorre, previamente, con pasos microscópicos, las líneas punteadas, los guiones, que salta sobre el pálido trazo azul de los ríos y que se sitúa dubitativo en la punta del lápiz que reposa sobre las cifras de la altura de una montaña. Mi material es precario y poco fiable, carece de la precisión y el acabado de la cartografía germánica y las exhaustivas guías anglosajonas pero tiene el encanto del rudimentario atlas de las escuelas de mi infancia, y los pequeños manuales con los que lo complemento son un dechado de propaganda castrista enmarcado por la beatífica admiración de la intelligentzia europea. Entre ataque y ataque de indignación, disfruto bastante con el rosario topográfico de maravillas revolucionarias.

El itinerario que, desde La Habana, me dibujo promete dichas sin cuento porque, obediente -en parte- a las agujas del reloj, me iré primero hacia el sur de la provincia de Matanzas, que tal vez hace honor a su nombre con emociones inolvidables, y luego, siguiendo fielmente la curva que la isla marca, iré hacia el Oriente, por su ancha medialuna al final de la cual me esperan las primeras bahías que vio Colón.

Además de una fe inconmovible en el régimen, los redactores de los libros que manejo disponían ciertamente de esos medios de avanzada técnica burguesa que permiten alcanzar, en breves días, todos los rincones disfrutables y remotos sin la servidumbre de transportes colectivos, amplias masas populares y avituallamiento precario. Poco importa. El viajero microscópico reconoce en el precario papel y las escasas tintas del plano local las modestas ilustraciones de sus textos escolares y recupera la certidumbre de que cada paso al otro lado de los guiones que marcaban fronteras significa adentrarse en espacios de diferente color. Así del amarillo Estados Unidos desciendo al verde México, sorteo el ocre insulso de Belice, paso por el carmesí de Guatemala y el blanquecino El Salvador y, desde Honduras violeta y Nicaragua naranja, oteo en un mar azul pálido Antillas de todas las tallas, Puerto Rico como un dedal de oro, Santo Domingo castaña con la cabellera de Haití todavía agraz, Jamaica cereza al ron, y por fin Cuba, señorial y fina, con un cinturón de provincias que unen los broches sonoros de estas ciudades.

Por la ventanilla abierta del desvencijado autocar llega, con el aire, la palpable certeza de que el viaje al sur ha comenzado.

Por la noche, un hálito fermentado y dulzón se mezcla al calor sofocante y recuerda que al extremo meridional de Matanzas cuelga un infierno. La provincia se deshace en las ciénagas de la península de Zapata donde, como en un escenario de las primeras edades de la Tierra, son los saurios reyes absolutos. Algo se les ha empujado con valientes cultivos de frutales y cocoteros pero la vecindad del mar ensancha su imperio aunque ahora estén empadronados en un parque nacional de cría de cocodrilos que hace la competencia a su homólogo de Tailandia. Estos futuros bolsos y zapatos sonríen malignos en espera de su ración cotidiana más las propinas que puedan caer y tal vez planean vacaciones, y una saludable variación gastronómica, en los territorios de sus salvajes primos que residen al pie de Sierra Maestra.

Un lugar tan inhóspito, al que los mosquitos hacen cuanto pueden para volver netamente invivible, debe tener por fuerza la compensación de un tesoro y, quizás por ello, existe una laguna con este nombre en la que un jefe taíno perseguido por los españoles habría lanzado sus sacos de oro. Es muy posible que el cacique indio planeara así una refinada venganza póstuma, o que esta riqueza, como la olla del arco iris, pertenezca a la extensa familia de los espejismos del oro inalcanzable.

Mortificados suficientemente por la estancia en la Ciénaga de Zapata, los turistas pueden entregarse a la meditación revolucionaria e histórica en las vecinas Bahía de los Cochinos y Playa Girón.

En 1961 desembarcaron en esta zona tropas cubanas opuestas a Fidel a las que apoyaba logística estadounidense. El Gobierno de La Habana contraatacó y venció con la ayuda de la Unión Soviética. El lugar es hoy un gran museo a cielo abierto con monumentos a los caídos, restos de barcos y aviones y pabellones en los que se explican los tres días de batallas.

Esta es toda una zona bélica, de grandes luchas y victorias decisivas. Santa Clara abría las puertas hacia la capital y el centro de la isla; en ella se enfrentaron las tropas de Batista y los guerrilleros del Che, surgidos de las sierras de Escambray para cortar las comunicaciones gubernamentales con la zona oriental; y lo consiguieron con el ataque a un tren blindado y la reunión con la columna de Camilo Cienfuegos en 1958.

La tradición militar viene de largo porque toda la vecina provincia, al sur de Villa Clara, debe su nombre al gobernador español José Cienfuegos, que favoreció en el siglo XIX la inmigración de familias francesas procedentes de Burdeos y la Florida. Cienfuegos ya no es, sin embargo, la Perla del Sur, ha perdido su oriente. La capital de nombre tan luminoso es en realidad una ciudad pequeña encajonada en su bahía y volcada en la actividad del puerto mercantil de donde parte la cosecha de azúcar. Hay algo sin embargo en ella de aura romántica, bajo la capa impersonal de los bloques de viviendas en los que no queda prácticamente aire colonial alguno, si se exceptúan contadísimos edificios. Cienfuegos recibía las frecuentes atenciones de los piratas y de los mercaderes de esclavos, de manera que llegó a distinguirse por una población negra particularmente numerosa que el gobernador intentó quizás cortar con los pálidos colonos franceses. Se habla en ella de la segregación que mantuvo hasta mediados de este siglo la zonas de blancos y de negros, pero la mezcla con criollos y mestizos es tal que por fuerza tales medidas tuvieron que tener mucho de simbólicas.

He apuntado, cuidadosamente, la visita al Jardín Botánico que está entre Cienfuegos y Trinidad. Es sin duda cita obligada para los especialistas en palmeras y bambúes, pero a mí me atrae la presencia en él de la Lucy de los árboles antillanos, una palmerita-alcornoque que vio nacer, hace millones de años, a todos demás los habitantes de estas tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Trinidad

 

No, Trinidad no tiene nada que ver con frías e incomprensibles abstracciones teológicas. Contra historia y cronología, el primer paseo por sus calles blancas recorridas despacio por muchachas morenas, la pausa ante la ventana de reja andaluza, el descanso en la majestuosa Plaza Mayor, todo me lleva a creer firmemente que su nombre es el de alguna mulata que volvió loco al jefe de los conquistadores. Porque la ciudad es antigua y femenina, recoleta y con sabor a zumo de caña, carne ondulante y prieta, plantas de patio y almidón. Diego Velázquez la escogió en 1514 como una de las primeras poblaciones de la conquista por su topografía, su pequeño puerto de Casilda y las escasas pepitas de oro que se hallaron en algunos arroyos, eclipsadas luego por las riquezas de la Nueva España. De Casilda partieron las naves de Hernán Cortés, rumbo a las desconocidas tierras de Méjico y de un continente entero cuya inmensidad aún no se vislumbraba. Trinidad prosperó como centro mercantil de azúcar y de esclavos, cruce de caminos y residencia criolla, adornada por preciosos edificios y orgullosa de su alegre vida social. Con el siglo XIX llegó el ocaso; el comercio se desplazó al puerto de Cienfuegos, la esclavitud fue abolida, los plantadores se instalaron en otros puntos de la isla. Hoy es en su conjunto un monumento de refinada elegancia colonial con lo que fueron hogares de grandes familias y se han transformado en museos, como el Romántico o la Casa de Iznaga. La pequeña ciudad también recuerda su tradición de centro cultural con el Museo de Ciencias Naturales Alexander von Humboldt y el Arqueológico.

Desde la profundidad de un espejo ovalado con marco de orfebrería, suspendido en la pared sobre una mesita de ébano con camafeos y adornos de concha, me mira, reflejado, el retrato de una mujer de otro siglo, severa en su traje gris de cuello alto, insensible al tremendo calor de Cuba, a la calle de fuego de la que la defiende el balcón entreabierto. La habitación es larga, los muros son anchos y el suelo de losa un estanque de frescura. Alguien pasa al otro lado de la reja blanca, a través de la cual la señora habrá mirado en largas, interminables tardes, con sentimientos contradictorios de satisfacción por su seguro refugio y nostalgia del exterior imprevisto y ardoroso. Esta mujer del retrato es blanca, como las paredes y el aire de la estancia cerrada y fresca, y está metida en su marco, metida en su espejo, frente a las luminosas rejas que impiden al tiempo pasar a la casa colonial.

El extremo opuesto de la decoración solemne y tradicional de esta casa patricia son sin duda los cuadros de Benito Ortiz. Trinidad tiene en él a su Douanier Rousseau, un zapatero que, a la madura edad de setenta y cinco años, se dedicó en 1964 a pintar paisajes y escenas de su ciudad en cuadros naif. La clave de su éxito reside sin duda, no sólo en el valor pictórico de sus telas, sino en el hecho de que éstas desprenden la atmósfera intima, tierna y afectuosamente coloreada de la ciudad sureña.

 

Israel, apodado El Moro, es un vitalista extrovertido y calculador que maquina, discute y propone continuamente a su alrededor relaciones y negocios. Le acompaña El Sirio, astuto mercader de nariz y labios carnosos y contextura gruesa y fornida.

-Con nosotros todo le costará más barato.- me aseguran.

-Pagará tarifas cubanas.

-Encontrará habitación en el hotel, en nuestro mismo hotel. Venga.

Y se empeñan en ayudarme con mi equipaje, dialogan en la recepción, buscan agua, son todo solicitud.

El pago de servicios esa tarde consiste en acompañarles a la shopy y efectuar para ellos con mi pasaporte compras que luego revenderán. Algo ven en mí de las pepitas de oro que ilusionaron a Diego Velázquez.

Pero mi filón es escaso, no está a la altura del panorama de bisnes que ambos vislumbran. Como son gente hábil, agradecen la primera inversión de cuatro pares de zapatos y, antes de abordar nuevas peticiones, pasan en la cena al capítulo de las confidencias. El Sirio se dice divorciado y con un hijo que, por haberlo sacado del país la familia de la mujer a los seis años de edad en lo del Mariel, no ha visto a su padre desde hace nueve ni podrá verlo hasta 1991. El Moro, de unos cuarenta y cinco años, algo ajado pero aún bien parecido, profesor de deporte y más discreto, apura su ron y asiente.

-Lo de su billete de tren a Santiago délo por resuelto.

-Con un adelanto de veinte pesos basta.

-Ya verá. Ningún problema. Como yo viajo también con usted, me encargo de buscarle el hotel allá.- afirma El Sirio.

Aunque empezaron invitando ahora la cuenta llega y es empujada suavemente hacia mí. En el desayuno ambos se declaran bruscamente insolventes. Han visto sin duda las limitaciones del filón. Intentan un postrero y persuasivo:

-Calcule los dólares de hotel que ya, gracias a nosotros, se ha ahorrado.

-¿No cree que podríamos ir a comprar unas colonias?.

-Por interés en realidad no lo hacemos. Más que nada la intención era ayudar. Pero podríamos….

Se impone el cambio de planes. En vez de intentar ir directamente a Santiago, echaré primero un vistazo a los alrededores y luego me dirigiré a Holguín, en donde tengo la dirección de un viejo amigo de Alfonso.

Emprendo la ruta, la quebrada y polvorienta ruta de accidentes imprevisibles y previsibles ayunos.

¿De qué me quejo?. Ha venido a visitarme el fantasma de Humboldt, para que me avergüence de mi raquítico espíritu de aventura, de mi simulacro de osadía y de mi flaca resistencia. Es un hombre señorial que, sin perder su porte de caballero germano y su seriedad de científico, recorrió el ecuador y los trópicos, fatigó América con el minucioso inventario de sus especies, sistematizó en los comienzos del XVIII el mapa biológico de la corteza terrestre. Los milagros ocuparon un lugar en sus esquemas, fueron medidos y clasificados: la luz, las distancias, la longitud y latitud, el magnetismo, la electricidad, el calor, la humedad, la transparencia. Él deshojó y fue leyendo los estratos y supo, en ellos, de la vida de los fósiles, trilló el mar, las corrientes y los ritmos del océano, distinguió las migraciones de los vientos y cuantificó el lejano resplandor de las estrellas. Este hombre de las Luces en las que confiaron los nuevos países de Hispanoamérica con tan ingenua devoción ha dejado un profundo recuerdo en estas tierras a las que dedicó buena parte de su vida y por cuya naturaleza sintió fascinación. Su fantasma, inclinado sobre vagos mapas, acampado en la jungla que cierra con silbidos y venenos el paso a la existencia humana, me reconforta. Sube, con sus cuadernos de notas, sus instrumentos y sus frascos, por las aguas y las alfombras de mosquitos del Orinoco, del Amazonas, apunta bajo la luz escasa y el aguacero, escribe, observa, escribe.

En la oscuridad de la selva, en el pequeño y agitado camarote de un barco que busca islas y mares extraños, otros acompañan, preceden, suceden a Alexander von Humboldt. Algunos pertenecen al triste grupo de los ignorados que maltrató con su desdén España. Desde otras latitudes llega Alejandro Malaspina, que traía relatos de horizontes australes y fue recompensado con exilio y prisión. Y con él la sucesión de los que encerraron en dibujos perfectos los animales y las plantas.

Hay una extraordinaria nobleza en esa cruzada física, sin banderas, santos ni devociones, absorta en el saber y el cerebro. ¿Cómo observar sin añoranza aquel amanecer lejano de la Edad de la Razón?. ¿Cómo no envidiar su esperanza, su futuro preciso, la pasión con la que quemaban su cortas vidas, puesta la vista en las luminosas riberas del porvenir?. De ellos sorbieron las jóvenes naciones de América la alegre certidumbre del camino amplio, la confianza en el propio poder; con ellos aprendieron a ignorar la religión y la magia, a vivir la exactitud comprobada del presente y a olvidar sumisiones y oscuros miedos, como ellos descubrieron su mundo, y diseñaron banderas geométricas de vivos colores en las que reflejaban esa voluntad sin la que ningún Estado existe.

Humboldt me ha abandonado. El futuro ya no es lo que era y me enfrento al retorno de los brujos. Habré de fingir sometimiento al ritual y el conjuro, retroceder a las fangosas tierras de la incertidumbre en las que mi época se complace, dejar que, fragmentado, vuele el cerebro, avergonzado de tenacidad y referencias, abdicado de sí mismo. Y lo irracional se elevará como una vasta e impenetrable selva con muchos menos exploradores que adeptos. Aunque quizás Humboldt continúa, siempre continúa, instalando en la playa turbia de un río de nombre desconocido su tienda de campaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camino al centro

 

El autobús se ha alejado del mar, de los todo terreno y los barcos alquilados que permiten conocer las blancas y solitarias playas, los hermosos rincones remotos por los que no pasaremos ni mis cubanos compañeros de viaje ni yo. Con el vehículo, rodamos obedientes por las rutas sin derecho a postal, pero algo se otea de la zona montañosa y dura que hacia el este va descendiendo. La sierra de Escambray llega a la aquí extraordinaria cota de los mil metros, con la belleza propia de la vegetación tropical de altura. Parece que en estos vallecitos hay testigos de Jehová, también iguanas, aunque ni los unos ni las otras se dejan ver. Ya no quedan, sin embargo, guerrilleros malos, grupos anticastristas que resistieron en estas asperezas. La capital homónima de la provincia, Sancti Spiritus, tiene dimensiones muy moderadas y un tranquilo aire colonial en su plaza y su iglesia del XVII. No puede menos de añorarse ese tiempo detenido de las pequeñas poblaciones, el movimiento ondulante como una respiración en el que no parece haber desplazamiento alguno sino tan sólo el balanceo circular de objetos que flotan en las olas. Es, sin embargo, y lo sé, lugar de inquietudes dormidas, de libertades mínimas repartidas de forma harto desigual. Bajo su aparente placidez hay estancadas regiones de angustia, de obligada permanencia, rutina y vagas miradas a la distancia y hacia el cielo. Cabalgaron, emigraron los hombres; se quedaron las mujeres y los esclavos, luego sólo ellas, en casas grandes y frescas pero sin caminos. Ahora el autobús pasa de una población a otra similar y rompe, sin saberlo, burbujas de tiempo detenido, de mujeres en posturas de eterno servicio, de eterna espera, inmortalizadas una y otra vez, muy a su pesar, por poetas de frutos en sazón, por escritores de realismos tan mágicos como sórdidos.

Desde su estatua en la iglesia, una Virgen sujeta a su peana me mira con un rostro regado de cristalinas lágrimas y rodeado de ricos encajes.

 

Ciego de Ávila. Me alegro de pasar por aquí al menos por el nombre, y por la añoranza de un tren que las circunstancias me impiden ahora tomar y la une a San Fernando, en la costa norte que tal vez podré recorrer a la vuelta. Entonces tomaré un sorbito de la famosa agua de Morón e incluso puede que encuentre un lugar solitario y propicio para soñar con los vecinos cayos. Acostumbrada a los méridas, madrides, toledos y trujillos que salpican Hispanomérica, Ávila, en Cuba, resalta por su soledad entre topónimos de adaptación local. Aquí no vieron los conquistadores sus patrias chicas de origen, no experimentaron la necesidad de alzar duplicados de la ciudad natal. Probablemente se debe a que la isla fue una plataforma de tránsito, embarcadero, cala y base para expediciones hacia territorios ricos, extensos y estables, a la defensiva contra los piratas y, pese al dominio oficial español, obligada a entenderse con naciones influyentes, grandes vecinos y grupos numerosos de inmigrantes.

No hay tampoco en Cuba esa innumerable población indígena y mestiza que marca con su sello los países del Continente. La peculiaridad de la isla está en algo muy distinto, en cierto cosmopolitismo en olas sucesivas que rompían en esta avanzada atlántica con su marejada de costumbres, aspecto e ideas. Los supervivientes de las tribus autóctonas están totalmente diluidos en españoles, africanos, franceses y colonos de diversos orígenes. Sin olvidar el breve pero significativo contacto con Inglaterra: en 1762 los ingleses ocuparon La Habana y obligaron al Gobierno español a abrir su puerto a todas las rutas y naves comerciales. Aunque se retiraron, en dirección a la Florida en 1763, dejaron tras ellos las semillas de las logias masónicas y de la libertad de cultos de las que se nutrirían, un siglo más tarde, los progresistas e independentistas. El siglo XVIII fue también en América la época efervescente de la general Muerte del Padre: el Rey, España, la Iglesia Católica, el pasado criollo. Estos asesinatos tan saludables suelen dejar de serlo cuando pasan de ideológicos a físicos. En el caso de Cuba, difícilmente podría la Madre Patria -enfangada en sus propios problemas del paso a la modernidad- haber llevado a cabo el proceso de independencia con mayores dosis de estupidez patriótica y egoísmo cerril y criminal de los grande propietarios criollos, contra los que clamaron vano el puñado de ilustrados tardíos y la Generación del 98

 

Qué lejos se ha quedado el mar y con él las costas del sur y la barrera de coral que probablemente no veré. Formo con sus referencias un claro recuerdo imaginario, sigo su perfil con el pensamiento y las guardo desnudas, cubiertas tan sólo por la belleza de sus nombres: el Golfo de Ana María, el archipiélago de los Jardines de la Reina, el Laberinto de las Doce, los cayos de las Doce Leguas y de las Cinco Balas, salidos todos de un cuento medieval, y respondidos tierra adentro por nombres indígenas con sonoridad de ave selvática: Jíbara, Sanguily, Guasimal, Júcaro, Guayacanes, Majagua. Ahora nos adentramos en las caderas anchas de Cuba, una lisa extensión que se abre hacia el este y en la que la carretera traza una línea monótona. Su lustroso aspecto de llanura fértil explica la incursión en el siglo XVII del pirata Henry Morgan. Es zona de granjas y pastos, cuadrículas verdes y establos. El inefable librito que, inasequible al desaliento y a la hilaridad que su devoción por el régimen me produce, hojeo me informa de que aquí se ha logrado una importantísima victoria al sustituir los latifundios azucareros por la ganadería con éxito tal que Cuba está a punto de llegar a ser uno de los mayores productores mundiales de leche y carne por habitante. Serán sin duda los habitantes de otros países a cuyos felices mercados, neveras y restaurantes se destinan. Ya quisieran mis compañeros de viaje entrar en relación intensa y directa con un bistec, aunque éste fuera del cebú importado de Asia al que, con escaso respeto por la Tríada hindú, los campesinos llaman brahma. A las gloriosas perspectivas cárnicas añade mi libro una versión perfectamente literal del cuento de la lechera según la cual Cuba sobrepasará en breve, en el consumo de ese líquido, a los países escandinavos. Por supuesto las gallinas tampoco se quedan atrás en este vertiginoso y exponencial frente de la producción.

A veces divisamos un pequeño bohío que, con sus palmeras, sus flores y su huerto, parece dibujado a pincel para romper la igualdad de este paisaje solitario y tiene el engañoso aire idílico de toda casita campesina a través del rosado filtro de una conveniente distancia. El autobús lleva un tiempo sorprendentemente largo sin sufrir ninguna avería. Mis vecinos de asiento se han despertado de la siesta y charlan con animación, dos señoras hacen labor, el chófer y su ayudante conversan y los kilómetros se desperezan hacia la todavía lejana población.

¿Cuánto hace que salí de Trinidad?. ¿Cómo pueden ser tan largos, tan sinuosos y fragmentados los caminos que atraviesan la isla?. El tiempo se ha disuelto, triturado, en noches insomnes, centrales de autobuses, largas conversaciones, regateos, rostros que se concretan unos instantes y después desaparecen en la oscuridad. En la pequeña población de paso ha corrido la consigna de hotel en hotel local para que no me den alojamiento con el fin de forzarme a aceptar el de extranjeros a muchos dólares la noche. No lo hago y, de rechazo en rechazo, oigo en las casas particulares que de muy buena gana me alquilarían habitación pero temen las represalias de la policía.

 

Non le diesen posada;

Si non perderíen los haberes

E más los ojos de la cara.

 

Menos melodramático pero bastante incómodo.

El paisaje se reduce a olor a gasolina, calles, fruta, pan, lo que se encuentra, salas de espera, bancos, ceremonias rituales de súplicas al jefe o la jefa de turno -que responden con eficaz benevolencia-, transbordos, casas y árboles que huyen y se hunden silenciosos en la lejanía y la cálida noche, sueños de viajeros tendidos en asientos desfondados, insomnios de pasajeros mientras mordisquean una galleta y levantan de cuando en cuando la cortinilla.

Mi compañera de asiento es una mujer cordial, joven, encantadora, cuyo marido fue muerto en Angola -era de las FAR, soldados a los que el Gobierno envía a quien le parece oportuno y por cuyos servicios cobra sumas nada despreciables- hace dos años. Él había estado antes en Etiopía y Libia. Ambas nos estancamos, mugrientas, en Camagüey hasta que la jefe de turno, una maternal negra teñida de rubio, me proporciona un billete para Holguín. El último tramo del viaje es polar, con frígido aire acondicionado. Espero, amarrada a bolso y mochila, dormitando, el amanecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Holguín

 

La ciudad es, en este momento, semejante a todas las del planeta, queda, cerrada y distante, envuelta en el fino celofán de la hora que precede al primer claro del día. Sus gentes yacen inermes y ajenas, inalcanzables en su sueño, carentes de sonido y de color.

Que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos.

Nada ha comenzado todavía, no hay un paso en la calle que rasgue la superficie gris y transparente que recubre las puertas, las copas de los árboles, la acera y los tejados. Aguardo, ante la casa del amigo de Alfonso, a que se despierten.

La vivienda es una construcción de dos pisos inacabada y habitada tal cual como muchas otras. No hay materiales de obra, falta el yeso, el cemento, la pintura, los ladrillos. Se va poniendo lo que se encuentra y se vive como el molusco que genera desde el interior las sucesivas capas de su concha. La familia me acoge con generosa cordialidad.

-Te alojas aquí, cómo no.

-¿Y si tenéis problemas?.

-Tranquila. Ya se verá.

El amigo de Alfonso, Gustavo, es un hombre flaco, con bigote negro, reservado y serio pero con sentido del humor e independencia de criterio. Tiene dos preciosas hijas que preparan la gran fiesta de los quince años, ese rito esencial en toda Hispanoamérica. La mujer de Gustavo es suave, muy blanca. La abuela dirige en la cocina, entre las jaulas del corral y la gran mesa con mantel de hule, todas las operaciones. Al clan se suman las dos hermanas casadas, Marta y María, que llegan a la visita diaria, y sus respectivos maridos, que aparecerán más tarde.

Me han dicho que descanse, tras mis noches de viaje, en la cama del cuarto de arriba. El techo es de chapa y su efecto de horno se manifiesta en una brusca pérdida del oxígeno, un cortacicuito en el cuerpo tendido bajo el aire caliente y el metal. Sólo me recuperaré de la asfixia mojándome la cabeza y huyendo abajo.

Hay tertulia, numerosa, sentados a la mesa rectangular que ocupa casi toda la cocina.

-La situación es pésima.- dice Rogelio, uno de los cuñados.

-Antes las cosas no iban tan mal- objeta Marta, que fue pionera del Partido y tuvo una juventud militante.

-Mis hijas todas estudiaron, pero de poco les vale- tercia la abuela.

-Yo hice mi carrera- afirma Marta.

-Pero ¿qué porvenir tiene mi hijo? – pregunta María.

Gustavo interviene poco en la conversación. Tiene un bigote expresivo que habla por él, encierra divagaciones, se curva con preguntas sin respuesta, absorbe dudas y oculta el esbozo de una sonrisa. A veces retuerce las puntas como para escurrir gotas de información. Pide noticias de Alfonso y su gente.

-¿Y el niño?. ¿Y Aida? No sé cómo le irá, tanta ilusión como tenía por La Habana.

Y luego:

-Ahora cuente, ¿qué se dice de Cuba en España?.

También ellos, en Holguín como en el resto, imaginan un mundo pendiente de su isla, atareadas las noticias de cada día con los cambios de humor de los dirigentes, las insinuaciones en las entrevistas, las sugerencias veladas de la prensa.

-Yo tuve juguetes españoles, tuve una muñeca quemada, de aquel barco que mandaron.

Marta recuerda. Hubo un Trafalgar de los juguetes. En los tiempos más crudos del bloqueo España osó enviar un barco con regalos para los niños cubanos, por Navidad. El barco fue atacado, pero parte de su cargamento, aunque estuviera chamuscado o roto, llegó a sus destinatarios y, a través del tiempo, ha pervivido el recuerdo de coches, osos, rompecabezas y muñecas que desafiaron el bloqueo de Cuba y alcanzaron como náufragos sus playas para refugiarse en unas manos que los recibieron como los mejores juguetes del mundo.

-Vamos a dar una vuelta para que veas el pueblo.

Gustavo se desplaza en un cascarón de óxido, sin cristales ni accesorios, que en su día fue coche. El parque móvil cubano ha servido con buenas razones a un publicista norteamericano para rodar un corto que es un canto de alabanza a la increíble resistencia y apego a la vida de estos modelos y estas marcas que siguen rodando con cuarenta años de chapuza y uso. El vehículo, de color indefinido suma de brochazos diversos, es su orgullo y su medio de vida, con él hace portes y recados, trapichea y subsiste en ese paro medio encubierto mezclado con quimeras e inercia que es la forma de vida de buena parte de la población. Guardo la visión, en unos almacenes abandonados, de un precioso descapotable blanco, el radiador y el parabrisas bordeados de negro y los faros con una seriedad aristocrática de monóculo. Allí estaba, con su matrícula azul H 2191, escapado de los años treinta, como un copo de nieve entre las paredes grises y el desconchado techo. En el de Gustavo, azacaneada bestia de carga y pariente pobre del noble deportivo recluido en su retiro, recorro la población, rectangular y monótona, y sus alrededores.

Situada en un eje de carreteras, la central oeste-este y los enlaces norte-sur, Holguín tiene tráfico, aeropuerto e instalaciones hoteleras cercanas que dirigen el turismo a las playas de Guardalavaca. Pero la maquinaria abandonada, los railes que se pierden en la tierra y las plantaciones y las viejas refinerías hablan de la decadencia de lo que fue el centro económico del azúcar. Aquí instalaron en tiempos los soviéticos las plantas de modernización agrícola, que lentamente corroe el tiempo y el abandono y se suman a ruinas de fábricas del siglo XIX cubiertas por la vegetación. El azúcar ha sido el emblema de la isla, que ha dejado de ser sistemáticamente su primer productor y ve su competitividad cada vez más mermada. La caña constituía antes de 1959 más del 80% de sus exportaciones, que adquiría mayoritariamente Estados Unidos según un acuerdo preferencial que permitía a la isla vender ventajosamente a su vecino tres millones de toneladas de azúcar al año por encima del precio mundial. Descontento con la política de Castro, el gobierno norteamericano se negó en 1960 a comprar el resto de su cupo azucarero, 700.000 Tm. La Unión Soviética entró rápidamente en liza presentándose como comprador a cambio de petróleo, que las compañías estadounidenses rehusaron procesar. Como respuesta Fidel Castro ordenó la nacionalización, sin indemnización alguna, de las refinerías y bienes norteamericanos en la isla. Se abría la fractura que continúa hasta la fecha y que se consumó en 1961 con la ruptura total de relaciones entre ambos países. Hoy lo que fue un polo de desarrollo económico tiene el aura inconfundible de la decadencia, de la incertidumbre y del voluntarismo, un viejo olor a melaza y consignas, y la visión huidiza de una venerable locomotora definitivamente estacionada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jineteros de provincias

 

-Tenemos proyectos.

-Queremos poner un negocito.

-Las cosas están cambiando.

Gustavo y su amigo Cesáreo parecen poseídos de auténtica emoción cuando explican su vasto plan para embarcarse nada menos que en el sector todavía inexistente en Cuba: el privado. Justamente lo que da a la isla esa especial apariencia, ese tono insufrible de carencia y monotonía, es la absoluta inexistencia de comercio, el monopolio completo del Estado en la economía que se plasma en los largos muros sin restaurantes, bares ni tiendas, en la ausencia de vitalidad y ritmo, en el aire expectante, cansino, flotante y resignado de una población que vive, sin grandes esperanzas y ningún incentivo, a lo que sale. El marxismo castrista ha tenido un curioso efecto: se ha librado, por la idiosincracia de su gente, del totalitarismo gélido de sus colegas de ideario, pero es económicamente el especimen más puro, sólo en competencia, quizás, con Albania o Corea del Norte, de erradicación del comercio privado. De ahí el marasmo palpable, la general carencia. China, por poner un ejemplo, es a su lado, desde mucho antes de su apertura económica, un hervidero de productos de consumo y pequeño mercado. También, en menor medida, Rusia, y los Países del Este. Pero el caso de Cuba es distinto. Ella es un producto de probeta, absolutamente dependiente de factores externos, de un padrino que durante todos estos años de proclamaciones de orgullo nacional, dignidad e independencia ha sido la base, el sustento y la razón de ser y perdurar del régimen castrista. Nada se explica sin su soledad y dependencia de satélite, lejano y sin embargo rígidamente soldado a la Unión Soviética.

Cesáreo y Gustavo proyectan fabricar y vender bisutería de plástico en la calle, en acuerdo con los disminuidos físicos, a los que el Gobierno permite tal actividad. Es la máxima incursión en la economía privada y la libre empresa que por lo pronto vislumbran. Se les ve ilusionados a rachas, con la energía de quien se pasea por su jaula; luego les viene la melancolía, al atardecer, como en nuestra pequeña excursión campestre.

-Dicen que nos faltan cosas, que la economía no va porque estamos bloqueados por Estados Unidos, pero yo creo que nuestro bloqueo es mayor desde dentro que desde fuera.

El hombre es amargo. Ha pasado los cuarenta, ha recorrido la isla, sus posibilidades de trabajo, sus medios de vida, y este domingo, en el que el valle de Mayabe se tuesta bajo el insoportable calor tropical, salió con tres amigos a los restaurantes y cafés del parque, las terrazas del mirador, en un vano intento de divertirse y romper la monotonía de los días. Desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde el grupo ha intentado ofrecerme y ofrecerse lo que aquí se considera un festín: pollo y cerveza. Y se ha acabado el domingo sin encontrar ni uno ni otra, sin comer y sin beber gota. Los unos no han abierto, los otros no van a abrir, los que abrieron parecen haber nacido repletos y sin esperanza de asiento y servicio, los que iban a comenzar a servir aprovechan con avidez una tormenta para cerrar el kiosko y dejar a la cola hambrienta y defraudada. Alguien, en la atmósfera súbitamente ennegrecida por las nubes y en una mesa en la que ningún camarero pondrá jamás nada, ofrece un cuarto de botella de ron, fuerte y barato, que se va tragando con el estómago vacío.

El hombre tiene el pelo gris y un aire de cansancio, de búsqueda por inercia y continua petición vaga de algo. Masca en sordina las protestas Se autobloquean; nos bloquean. El ron no es suave ni aromático, rasca tripas adentro y se acompaña de truenos y de unas ráfagas desaforadas de lluvia que aquí se catalogan como simple chaparroncito. Nos bloquean…Estamos bajo un templete, en una de las colinas, rodeados de flecos de agua tras los que se transparenta el verde espeso. Machacona, irritante en un final de domingo que se asemeja a todos los del mundo, vuelve la misma canción del Estado policial defensivo y la endémica penuria cotidiana.

Peregrinación por comida. Larga cola. No hay cerveza, es una obsesión la cerveza que se acabó, que no llega, que se vende sólo acompañada de un plato malo y caro. La policía en la carretera. Uno de mis compañeros de búsqueda comenta con rencor: Pero ellos lo tienen todo. Cola de una hora. ¡Pollos!. ¡Cerveza!. Aguacero, corte de luz que aprovechan los del restaurante para no servir, aunque ya sólo chispea, y ni siquiera vender al público en el mostrador.

-¿Qué les importa?- dice mi vecino de espera, que engaña la necesidad con cigarrillos. -Cobran una miseria y se comerán al volver a su casa un huevo.

Las camareras miran como esfinges, teniendo como telón de fondo el mostrador apagado, al público hambriento y desesperado que se va retirando con miradas acusadoras porque no se atreven a protestar.

-Aquí han desaparecido ya muchos. Cinco, diez años de cárcel, escándalo público. No te matan, pero te privan del poco movimiento que te queda.

Cesáreo se había puesto una camisa negra impecablemente planchada. Me siento entre él y Gustavo. Quieren ser caballerosos, lo son, pero la tentación es demasiado fuerte y acaban vaciando mi cajetilla de cigarrillos. De repente la conversación, la compañía, la repetición de las situaciones, las quejas me exasperan. ¿Dónde está el jolgorio, las bromas y la salsa, el cimbreo de las bellas mulatas, el tipo más guapo del lugar, la canela del cóctel y los brazos tostados?, ¿dónde las aguas transparentes y las playas de harina, el sabor de una vida instantánea, de una sensualidad extraordinariamente asequible?. El ron no calma sino que agudiza mi ataque de hastío, mi irritación que clamaría a todo el grupo y más allá de la colina, para que bailen y se callen, para que me cuenten otras historias y me enseñen la vegetación tropical, el acuario y las fábricas de tabaco. Ahí está Cesáreo, mortecino, acodado en la mesa junto a su copa, con la expresión de siempre querer decir algo, y están los demás, con gestos cansinos y escasez de chistes, ni siquiera dotados para el humor negro que sería el recurso de mis compatriotas.

-Miren.

Ha roto el cielo y hay en la distancia un arco iris. Se ha asentado el polvo y la vista es amplia, sobre un paisaje de lomas y ciudad baja. El calor no da tiempo a los regatos para llegar al valle y son absorbidos por la esponja de la maleza y el velo de vapor. El coche de Gustavo, lavado por la tormenta, es una gloriosa ruina. Volvemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De compras por Las Antillas

 

Hay aberrraciones en las que nunca pensé detenerme, fangosos terrenos aceptables sólo por la literatura en casos de necesidad imperiosa, incursiones en el plúmbeo reino de los pelmas. Estoy escribiendo sobre raciones, precios, consumo y salarios, y con ello me siento ahogarme, empujada por mi cadena de moralina hacia el fondo, en un estanque de formol. Encerrada definitiva e irremisiblemente en el circuito de la vida cotidiana, segregada por mis propios esfuerzos de los rincones dorados y apasionantes que sin duda Cuba ofrece, alejada de esa novela erótica de café, azúcar y piel que añoro y me hubiera correspondido narrar, me sumo en páginas tan torpemente depravadas como las que he elaborado en mis salidas de compras con Marta y María. María está embarazada y el bombo le da prioridad en las colas aunque no le sirve de mucho teniendo en cuenta lo que ofrece el mostrador. Esta expedición, que recuerda a las frustradas cacerías de un felino torpe, comienza con un coro de lamentaciones sobre la falta de agua en las casas, de electricidad en las bombillas y la generosa abundancia de cucarachas, ecológicamente protegidas por la inexistencia de insecticidas. Cuando pregunto por compresas o algodón quirúrgico la hilaridad es general.

Vamos al supermercado el lunes y ahí ya el espectáculo alcanza las cimas de la desolación: cada estantería vacía -que son casi todas-, cada uno de los cajones sin más relleno que polvo y churretes, aúlla la bancarrota del sistema. Algunos botes oxidados y difícilmente identificables tienen aspecto de ser los restos invendibles de envíos: crema de almejas, mermelada de tomate…La carnicería despacha solamente costillar salado de cerdo. En productos lácteos hay unos bloques pequeños de mantequilla y queso blanco. No existe el pescado, ni la fruta excepto un puñado de mangos, ni las verduras salvo algunos pimientos de tercera calidad y tomates diminutos, amarillos y duros. No hay, por supuesto, bolsas de plástico y prácticamente, excepto para la carne, tampoco de papel.

En las tiendas del Estado que sirven el cupo mensual corresponden a cada cubano, con ciertas diferencias según casos y regiones, algunos bienes básicos de consumo, que se le venden en la cantidad fijada por el racionamiento y a precios asequibles. Lo que se quiera adquirir a más de esto, si se encuentra, es como mínimo cuatro veces más caro. Por persona y por mes corresponden:

– Una pastilla de jabón.

– Medio tubo de pasta de dientes (la ración es uno para dos personas).

– Cinco libras de arroz.

– Tres onzas de carne ( una onza equivale a 28 gramos).

– Pescado: su compra es libre pero prácticamente no hay.

– Leche: Sólo para niños de hasta siete años. Luego, de los siete a los catorce, condensada, cuatro latas al mes.

– Fríjoles (judías): cuatro onzas.

– Mantequilla: una libra.

– Pan: un cuarto de libra diario.

– Patatas: Una o dos libras en tiempo de cosecha. Luego no hay.

– Plátanos: sólo por niño y dieta salvo excepciones (antes había pluses de comida de ancianos).

– Zapatos: un par al año.

– Bragas: cuatro al año.

– Camisetas, calcetines y medias: no hay en cupo. Quizás en mercado libre.

– Pantalones, faldas, vestidos, etc.: el día que se recibe alguna partida de prendas de vestir hay colas desde la madrugada anterior.

– Cigarrillos. Una cajetilla a la semana.

– Puros: dos cada quince días (sólo para hombres).

Respecto a los salarios, como el cupo está lejos de cubrir las necesidades en cantidad y en calidad, la mayor parte de los cubanos se queja de la carestía de la vida. El salario medio es unos ciento cincuenta pesos. El mínimo cien, el máximo parece difícil de averiguar (la equivalencia del peso al cambio real es de unas veintidós pesetas, es decir, un peso sería la séptima parte de un dólar en la calle. El cambio oficial, un peso a 0,85 centavos de dólar, es perfectamente ficticio).

También me he entretenido anotando precios:

– Un plátano: un peso en el mercado libre, es decir, sin bonos de racionamiento).

– Un boniato: veinticinco céntimos la libra (mercado estatal fijo).

– Ñame: no se encuentra a ningún precio.

– Papa: quince céntimos la libra (mercado estatal fijo).

– Calabaza: Dieciocho céntimos la libra (mercado estatal fijo).

– Carne de primera (bistec): setenta  céntimos la libra en el mercado estatal fijo y ocho pesos la libra en el mercado libre.

– Carne de segunda: cincuenta y cinco céntimos la libra (mercado estatal).

– Carne en picadillo: seis pesos la libra (mercado libre).

– Pollo: setenta céntimos la libra (mercado estatal) , un pollo entero vale unos diez pesos en el mercado libre.

– Pescado: setenta y cinco céntimos la libra en el mercado estatal cuando se encuentra, que es casi nunca.

– Bacon: cuatro pesos la libra (mercado estatal).

– Cerdo (pata): cuatro pesos con cincuenta la libra (mercado libre).

– Cerdo (resto): tres pesos con cincuenta la libra (mercado libre).

– Café: veinte pesos la libra (mercado libre). Se entiende café mezclado con otro grano. El puro no se vende al público cubano y sólo se adquiere con divisas.

Cuba recuerda intensamente a “Rebelión en la granja”, de Orwell. En la isla no hay nada de lo que ella misma abundantemente produce, no hay mercados, ni barcas que exhiban el producto de su pesca al llegar al puerto; en Cuba, la tropical, no hay fruta ni verduras, no hay papas, ni malanga, no se pueden hacer ensaladas ni sazonar con especias ni animar el guiso con un sofrito, el cacao existe en la planta y huye luego misteriosamente para aterrizar en mesas foráneas convertido en chocolate, el café mismo es caro y nunca se vende puro. De los animales no se ve aquí sino la periferia: flanco, pata, rabo. Y, por no haber, no hay ni chicle, que reciben a veces los cubanos de sus amigos de ultramar por carta.

Cuentan que existió durante dos años un mercado campesino libre, en período de prueba, y que la población encontraba cuanto quería. El Estado, aunque recibía una parte, sin embargo lo suprimió. Actualmente no se puede vender absolutamente nada directamente al consumidor, todo debe ser canalizado por el Gobierno, excepto una pequeña parcela de autoconsumo y algunos animales domésticos. Como resultado el campesino prefiere trabajar lo mínimo e incluso no sembrar.

Tras escuchar tantas quejas de la gente con la que me voy encontrando, la pregunta inmediata es si hay una oposición organizada. Y las respuestas suelen ser:

-No. Hay demasiada vigilancia, mucha represión.

-¿Y huidas?.

-Nuestras fronteras son de agua. No tenemos donde ir. Las costas más asequibles están muy vigiladas.

-¿Por qué no aprovechó más gente lo del Mariel, en 1980, para salir del país?.

-Mucha lo pidió, había que ver las colas, y mucha más se hubiera ido si Fidel no hubiese cerrado el caño. Además, por entonces las cosas no se habían deteriorado tanto como ahora, aún creíamos.

-Cuando Fidel planeó dejar salir a algunos en lo de Puerto Mariel calculaba en unas veinte mil las peticiones. Un militar fue destituido por falta de confianza en la Revolución porque, al preguntarle sobre las previsiones, contestó que, en su opinión, un millón de personas querría marcharse. Oficialmente salieron ciento veinticinco mil y tuvieron que cortar y disculparse con el tipo del ejército, que no andaba descaminado suponiendo que se hubiera permitido marcharse a todos los que lo deseaban.

-Yo no quería juntarme con los del Mariel; sacaron a la escoria de las cárceles, criminales, pervertidos, subnormales, dementes. Eso mandaban a Estados Unidos. Uno tiene su dignidad.

Dignidad, una palabra que se repite en las conversaciones. Ella y el temor ante lo desconocido y la separación de los suyos retiene a los descontentos. Alguna gente se echa al tranquilo mar del sur, en botes hechos de cualquier cosa, hacia la cercanísima costa continental. La mayoría vegeta y espera.

Las manifestaciones de la oposición interna difícilmente llegan a ser percibidas por extranjeros. Alguien me dice, con la mayor inocencia, que entre los deberes del equipo de su amigo el comisario del distrito se cuenta quitar los carteles contra Fidel y el Partido; luego existen, aunque durante muy breve espacio de tiempo, en las paredes, y su elaboración, en un país de tal vigilancia y escasez, requiere considerable empeño.

De forma legal, es muy difícil salir del país, empezando con que este tipo de paraísos, como sus afines, son obligatorios y sin derecho a pasaporte, ese pasaporte que envidian a los visitantes, suspirando, los súbditos del Líder Máximo. Viajan los deportistas y viajan los músicos, viajan ancianos que tienen parientes en el extranjero -normalmente en Estados Unidos- que pagan por ellos al Gobierno de La Habana una jugosa cantidad en dólares. Los demás ven la televisión, se imaginan visitando España, visitando México, acumulan los puntos de los muy poco espontáneos trabajos voluntarios para que un día se les conceda un viaje a la U.R.S.S. (ahora ni eso) y critican  la situación en voz baja y tras asegurarse de que no hay nadie alrededor. Recuerdan que el telón hubo de levantarse en abril-mayo del 80 por la presión de miles de refugiados en la embajada de Venezuela y en la Oficina de Asuntos de Estados Unidos; que, como se hizo desde el principio del régimen, importaba asimilar a todo cubano no castrista con un gusano y que el Gobierno tiñó la disidencia con todos los delincuentes de derecho común de las cárceles. Esa misma dicotomía blanco/negro, tan cuidadosamente cultivada por el régimen, ¡Revolución (=castrismo) o muerte!, ¡Patria (=situación establecida) y honor!(=fidelidad al régimen), Nosotros (=dignos), Gusanos (=cubanos no castristas), esto, con su falsedad maniquea tan alegremente aceptada muchas veces por la opinión europea (¡Ah, la dulzura de las revoluciones hechas con piel ajena), obliga continuamente a la doble expresión y al doble pensamiento Porque son legión los que tienen parientes que huyeron a Estados Unidos, los que viajarían si pudiesen y aún más los que cambiarían el Estado, el país.

El control interno de esta población de diez millones de habitantes confinados en su isla parece eficaz; consiste, a más de la policía, en los delatores civiles y en las células de barrio, y se apoya en el espíritu clánico de los cubanos, que no les permitirá huir sino con la familia a rastras o para ser acogidos por ella al llegar a su destino, y en la usura diaria de energía en colas, arreglos, esperas, intentos frustrados, horas y expectativas estancadas, esfuerzos que no llegan a ninguna parte.

Gustavo y Cesáreo me llevan de un sitio a otro en su desvencijado coche. En él recorremos el itinerario cotidiano de sus diversos apaños, desde él me muestran un hotel en construcción, una fábrica desafectada, oficinas públicas, casas de amigos, la esquina donde piensan albergar su prometedor negocio de bisutería. Y Cesáreo se presenta siempre con su camisa planchada, de colores oscuros, el cabello gris bien peinado, los vaqueros, y un aire perpetuo, trenzado de frases incompletas y silencios, de quien quiere decir y no dice nada.

-No se pasa tan mal- sonríe Gustavo.

-Igual un día cambia- añade el amigo.

-O se van ustedes.- sugiero.

-Salir no es fácil…- Cesáreo busca algo en la guantera.

-Yo sin mi vieja no me voy.- afirma Gustavo.

-Hacen falta papeles, que te den los papeles.- insiste Cesáreo.

Hemos parado en un control. Gustavo les enseña algo y continuamos sin dificultad.

-¿Policía?.

-No tiene importancia. Buscan otras cosas.- Gustavo se encoge de hombros. -Por ahí hay una cárcel.- señala.

-Bueno, por lo menos aquí no hay escuadrones de la muerte ni aparecen cadáveres en las cunetas.- digo, y me dan la razón.

Pero se nos estropean hasta los modestos amagos de juerga, las alegrías que comenzamos con la búsqueda del pollo y la cerveza perdidas, las páginas que deberían estar miniadas por los colores del trópico y el meneíto del mulato danzón. Ellos se mueven sólo hasta donde alcanza la cuerda que los retiene, los contiene y endereza, si es preciso, su rumbo. Una vez se ha visto esto, palidecen las congas, el cha-cha-cha y el color.

Mi pasaporte pasa de uno al otro, es examinado con curiosidad.

-Está bueno tenerlo; está bueno.

-Ustedes lo tendrán, no son peligrosos, no están perseguidos. Acabarán teniéndolo. Y, además, tampoco por ahí la vida es fácil.

-Ya quisiera yo tenerlo, ya. Pero hacen falta trámites, unos trámites…- Cesáreo siempre deja las frases en suspenso y mira de soslayo, con aire pesaroso.

Ninguno de los que he conocido se ha presentado como activo oponente del régimen. Tampoco han mostrado el temor silencioso típico de los Países del Este. Se quejan, hablan. No son de cielos ni infiernos; viven en un limbo de tibia hartura, flotan blandamente en círculos llevados por su hastío, chocan sin estruendo con las esquinas de cristal de su pecera.

El Gobierno de Cuba asimila automáticamente disidente al criminal de derecho común, así pues no existen los presos políticos. Hay, al decir de la gente, miles de prisioneros en centros penitenciarios en los que se puede uno encontrar con facilidad simplemente por criticar en voz demasiado alta el estado de cosas. Lo que parece haberse evitado -y no es poco mérito en contraste con vecinos como Guatemala- es el recurso sistemático al asesinato o la tortura. Las desapariciones o eliminaciones afloran, esporádicas, en el clima mezcla de cierta permisividad y temor. Se comenta que se desconoce la suerte de aquel cantante o de ese periodista, hay fusilamientos en la cúpula del poder, pena de muerte, tiroteo de emigrantes sin más pasaporte que su balsa, no se permiten observadores internacionales en penitenciarías; se tacha de lacayos del socorrido imperialismo a los miembros de la Asociación de Derechos Humanos y se les persigue con procesos, las campañas de represión alternan, al ritmo de cierta moda política, con repentinas muestras de benignidad. Y los cubanos giran, en la repetición simétrica de los días, miran al mar y reanudan su existencia flotante en la que costean puertos a los que parecen destinados a no llegar jamás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Saturno

 

-Muerto el perro, se acabó la rabia.

Decía con acento convincente de certidumbre personal un hombre que charlaba con otros de su grupo la tarde de fiesta y discurso, junto al malecón de La Habana.

-¿Sabe lo que le digo, compadre? Que muerto el perro se acabó la rabia.

Afirmaba, como fruto de su definitiva conclusión, otro al que le mostraban un periódico sus dos amigos.

-Muerto el perro, se acabó la rabia.

Recitaban a coro, sin advertirlo, múltiples interlocutores. Porque esa era la respuesta correcta, el comentario adecuado respecto al fusilamiento de un alto cargo militar, Ochoa.

Como sus homólogas, la cúpula del poder ha devorado ya en la revolución cubana a muchos de sus hijos y el apetito del dios voraz aumenta con su senilidad. La familia Castro -Fidel, Raúl, su mujer- dominan el panorama; cayó Ochoa y últimamente ha caído el Ministro del Interior. Caerán otros. De estas podas el mismo carismático líder surge siempre en el ápice, derramando sus luces, sus inapelables directivas y sus lágrimas por la penosa obligación de fusilar a los traidores. Las muertes de Ochoa, el veterano de prestigio, y de sus, según la versión oficial, cómplices en el tráfico de droga han despertado en Cuba numerosos comentarios pero las conversaciones callejeras sobre el tema tienen más de charla sobre la noticia del día en un país de prensa singularmente monocroma que de debate. Por la calle, en voz alta, se afirma la adhesión, se zanja el tema (“Muerto el perro, se acabó la rabia”). En tono menor, se alude a la personal oposición a la pena de muerte. Más que el tráfico de heroína, lo que parece incalificable es que los condenados hubieran hecho llorar al Guía Máximo. En privado y a solas se expresan dudas sobre los cargos y sobre las maniobras del clan Castro en la eliminación de los que podían hacerles sombra.

No son las únicas vidas de las que el régimen ha dispuesto. La política interior enfatiza las atenciones a la juventud y a la infancia, su salud y su alfabetización. La exterior, a continuación, dispone de esa juventud y lleva décadas mandándola regularmente a la muerte en nombre de los ideales de un Fidel mitad Peter Pan guerrillero y mitad Trotsky. Cuba compensa su cerrazón física e ideológica con una supuesta apertura al mundo exterior de la que la población no participa sino para pagar, refunfuñando, en vidas y en gastos. En el marco de un servicio militar largo y obligatorio y de un voluntariado en el que no serlo sería francamente incómodo, se envía a contingentes de soldados de diecisiete, de veinte años de edad, a Irak, Angola, Mozambique, Venezuela, Colombia, Etiopía, a los campos de entrenamiento de Libia y, en sus tiempos, a las reuniones con el IRA y con ETA. La Habana cede o alquila a sus soldados según las posibilidades del país de destino. El Líder Maximo también manda fuera cuanto falta a sus ciudadanos: mercancías, alimentos. La gente asiente por necesidad, oye en los interminables discursos las cifras de su fabulosa ayuda a los países del Tercer Mundo, y se va a casa a enfrentarse con la más absoluta escasez. En paredes sin cornisas ni pintura palidecen los carteles del Che Guevara y las llamadas a la revolución permanente, a crear uno, dos, múltiples Viet-Nam. Esa doctrina es la que permite, de hecho, perpetuar estados de emergencia, racionamiento, plenos poderes del Partido Comunista Cubano en el Gobierno y una opinión volcada hacia la amenaza exterior.

Cuba mantiene cuidadosa, insistentemente, el síndrome de bloqueo y defensa. No es que los enemigos no hayan sido reales y que la Bahía de los Cochinos fuera un sueño; es que sin esos enemigos el Partido y su política no tendrían razón de ser en cuanto que se definen por lo negativo: defensa, rechazo, nacionalismo, diferencia. África, Asia, el mundo son grandes y darán perpetuamente materia y terreno para la lógica bélica y los enfervorizamientos y reclutamientos masivos. Es significativo como las consignas hacen hincapié en el inmovilismo, en los principios inquebrantables.

Nosotros nos merecemos otra cosa. La frase llega de gente como Cesáreo, Gustavo o Marita. El hombre de la calle, la persona de mediana edad y cierta experiencia y nivel crítico, difícilmente se resignan a su mortecino horizonte cotidiano. La ausencia de posibilidades de huida, la usura diaria de la lucha por unos tomates o una bolsa de patatas, el arte de construir sin materiales y la exasperación de colas interminables han roído los ardores de la población. Pero sobre todo se encuentra ésta emasculada por la conciencia apática de impotencia y por la claustrofobia, por la falta total de incentivos individuales, por la ausencia de futuro.

Porque los cubanos no han llegado a este régimen desde una tribu primitiva amazónica autosuficiente sino desde una sociedad capitalista desigual y con sectores de miseria, la dictadura de Batista, pero irremediablemente ya moderna y entrada en el siglo XX, y la persona de a pie piensa merecer otra cosa que el que le sacrifiquen los días y los años de su única e irreemplazable vida para quemarlos en cenizas que abonen las utopías futuristas comunitarias de sus líderes. Nosotros nos merecemos otra cosa. Nosotros no nos merecemos esto, dicen, y piensan que ahora algo va a cambiar. Ocurre que el régimen es tan monolítico que si algo cambia realmente cambiará todo, y de ahí el miedo del Partido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Petición de mano

 

La casa, en esta mañana de la partida, está esforzándose por ofrecerme una comida digna de tal nombre. Gustavo ha conseguido bajo cuerda, en un restaurante caro y a cuyo cocinero conoce, ¡dos pollos!, que yo le pago y con los que invito. El matrimonio sube a la terraza, con las hijas, a explicarme los proyectos que tienen para continuar la construcción. Los cuatro quedan ahí, marcados para el recuerdo por la luz del mediodía: Él, flaco, pausado, enérgico, con un humor tranquilo extraordinario, su casa -palomas, olor de pimientos fritos, corriente de aire-, su mujer, con ojos verdes también de paloma. Después nos hemos hecho una foto en el parque: la familia extensa y la visitante en el medio, una foto de adiós porque me voy de Holguín y, aunque Gustavo me haya dicho, con no poco sentimiento, Volveremos a vernos., nada es más improbable. Es un día de fiesta, semejante a cualquier parque de cualquier sitio, la imagen, tan cercana, de una salida dominguera a los alrededores de Madrid. Ni me encuentro en una isla ni hay Atlántico, porque este país es quizás, para un español, el más próximo de América, lo suficiente como para que su percepción inmediata dificulte la visión de su ser real.

El cuñado toma posiciones para fotografiarnos; un muchachito negro se interpone y se queda mirando la escena hasta que le hacen señas de que se aparte.

-¿Qué hace ahí en medio esa cabeza negra?- bromea Gustavo.

Porque, en efecto, su familia es toda ella blanca, sin mestizaje, lo cual es bastante común en la zona, y tendré que irme al este para encontrar los núcleos de población de mayoritaria ascendencia africana.

Ya está la foto. Una línea larga de generaciones en la que los niños se apoyan perezosa y cariñosamente en la abuela y ella comenta con orgullo: Que no digan que he venido sola. Tampoco ellos se irán solos. Se pararán frente al mar, reflexionarán sobre balsas en la playa, pero los lazos de familia son como anclas, fortísimos, extensos, y sus largas cuerdas les tirarán del pecho, les harán sentir, incluso si cruzan el brazo de agua, los movimientos de los que quedaron, les mandarán dinero, planearán, mientras dan sus primeros pasos en la tierra de acogida, cómo prepararles para el salto.

-Hola, Cesáreo.

-¿Qué tal?. ¿Damos un paseíto?.

El hombre con pelo gris y cierta apostura plantea con brusquedad vergonzosa, y retira con el mismo sonrojo, su propuesta.

-Aquí sólo casándote con un forastero te dejan salir sin problemas…. Tú prodrías ayudarme si quisieras….Tener un pasaporte…Irme…

Cesáreo tiene el gesto más amargo que nunca, las palmas abiertas, y mira al suelo. La humillación pesa sobre todo este intento desesperado de huida, sobre el tono de ruego. Es difícil bromear sorteando los límites claros de esa rabia tirante que le asoma a las comisuras de la boca y a los hombros. Divorciado, quemando los últimos cartuchos de una vida absolutamente sin ninguna expectativa.

-¿Por qué no te fuiste en lo del Mariel?- pregunto. Pero conozco bien la respuesta.

– Dignidad. No ponerme a la altura de cierta gente. Sacaron a los criminales para embarcarlos. Además, hace diez años todavía creía en algo, todavía les creía algo.

Jineteros de provincias. Muy lejos del cinturón de hoteles y de Tropicana. Tímidas ofertas de un producto en las antípodas de la mulata jugosa. No se ha molestado en representar a don Juan, en llamar en su ayuda a la sensualidad. Él vino, planchado y peinado, a esperar el sortilegio en el que no cree.

He conocido ya muchos casos. En Cuba se pide la mano, que echen una mano el extranjero o la extranjera, porque ésa es una de las pocas formas de salir del país, de conseguir un billete de avión y un pasaporte. Ellos y ellas intentan, y a veces consiguen, matrimonios de conveniencia con extranjeros de paso, bodas que les sirven simplemente para escapar y que se disuelven nada más dejar el país. Pocos turistas van solos; los que lo hagan ciertamente pasarán por la experiencia de la petición de mano, de esa mano que el pretendiente espera que le arrastre, salvadora, al otro lado del mar.

 

Y de nuevo en ruta, gracias a los jefes de turno, hacia Santiago. El autobús -la guagua- pincha. Pasa un camión como un largo paisaje. Una mujer sudorosa con su hijo de unos diez años y paquetes llega a la cafetería, que sólo tiene café, pan con mantequilla y suciedad. Pide agua, como de costumbre no hay. Grita:

-¡Cuba se muere de sed y de asco! ¡Qué desprestigio!

Y sale. Tras no poca espera, llega el autobús reparado. Durante kilómetros, como el bolero de una fiesta de quince años, el adolescente sentado a mi derecha me confía el caudal intacto de sus ilusiones y amores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Santiago

 

En la noche, Santiago es una ciudad en la que se desemboca tras un hermoso paisaje tropical de lomas. Algo recuerda a una Shanghai de Cuba: la gente mejor vestida y con más gusto, las casas menos deterioradas y más señoriales, plantas, menor sentimiento de ruina y escasez, viveza mercantil al menos en potencia, movimiento de calle, apertura. Santiago es la puerta primera, el extremo puerto del Oriente. Aquí, comenzando por Baracoa, se fundaron las primeras ciudades españolas y aquí se encontraba la capital del gobernador, Diego Velázquez.

La casa en que me alojan es extraordinaria; un recinto de altísimos techos y paredes gruesas, enlosado, todo ello hecho para arremansar frescura. La luz entra a través de cristales de colores y celosías de yeso, filtrando el sol de su agresividad y su ardor y trayendo los perfiles, contra el amanecer, de las grandes hojas de las plantas.

Comienzan los ruidos de la casa, las habitaciones que comunican con cuartos de baño igualmente amplios y pintados de color mar. La señora, una mujer mulata, de mediana edad, con gusto por los objetos finos y los perfumes y su hija por los libros de Lenin y Dostoievsky, trajina por la alcoba, se hace café. A esta hora, hace años, su tatarabuela probablemente se deslizaría a hurtadillas de la cama del amo y recogería al pasar el justillo y la pollera dejados en el aseo.

Huele a plantas y a lluvia, a las pocas cosas aún puras al comienzo del día.

-Acompáñeme y le indico dónde tiene que bajarse del autobús. Salgo ahora para el trabajo.

Me dice la señora, con cierta condescendencia distante. Va bien vestida, lleva carpetas y se ha maquillado de naranja los labios y de azul plomo los ojos sobre la oscura piel. El pelo está enroscado en rulos de peluquería que no se quita, sino que sale a la calle con ellos, y con ellos y su pañuelo de gasa que los cubre piensa, evidentemente, ir tocada en sus actividades diarias.

Entablo conversación, sentados ambos en un banco, con un señor con aspecto de oficinista, y saco a relucir el, para nosotros, curioso hábito de las mujeres cubanas de ir a todas partes con los rulos puestos. Inmediatamente mi interlocutor me responde con un cliché político-social cuyo automatismo resulta delicioso:

– Yo, personalmente, estoy en contra de los rulos por la calle, pero, en efecto, la mujer cubana se cubre la cabeza y hace sus actividades con ellos. Antiguas costumbres.

En la que fue Plaza de Armas, mientras espero al profesor de español conocido el día anterior, que me proporcionó cobijo esta noche y que va a buscarme hotel hoy, los finos cuervos mulatos aletean alrededor de mí y de mi mochila para proponer negocios, el consabido trueque de los dólares.

-El abanico está para los defectos.

Dice el impecable y sardónico portero del restaurante 900. El lugar pide poco menos que etiqueta. Mis sandalias y la mugre del viaje distan de ornar el sitio más elegante de Santiago. Pero llevo -continuamente en Cuba- mi abanico azul.

Por fin, pasadas las cinco de la tarde, Tucídides, el profesor de español, me deposita en una habitación de hotel ganada a base de oscuras influencias y en la que figuro como cónyuge de alguien a quien no conozco, para que pueda pagar en pesos cubanos, esto en un Santiago que jura tener todos los hoteles llenos y ningún cuarto libre. Por el método de extrañas influencias que aquí impera, con sus contubernios, sobornos y conspiraciones, estoy inscrita en la habitación doscientos once del hotel Bayamo como esposa de Tucídides Caballero. El truco ya fue usado en Trinidad, sé, pues, que es una fórmula. Aun así barajo la posibilidad de entradas nocturnas, chantajes, violaciones, robos y abusos. Me da cierta confianza el conocimiento real de Tucídides de la Historia de España y el hecho de que como más útil le soy es en la tienda, comprando por dólares.

La habitación es de lujo oriental, si se tienen en cuenta los baremos cubanos: muebles sucios pero enteros, radio ronca y polvorienta pero radio, agua en el cuarto de baño, no en los grifos pero sí en dos cubos, aire acondicionado que no funciona y lámparas con bombillas de veinticinco.

Pese al lujo comparativo de la estancia, no duermo. El ruido de la calle, de los escapes que apestan cuesta arriba, y el desnivel central profundo en la cama, en el que descubro una gran mancha de sangre en el colchón, son notables. Pienso en quién pudo ser la cubana desflorada en esta habitación de estos hoteles que también se alquilan con tal fin por horas.

 

Santiago. He entrado en la otra cara de Cuba, la cara Este, que mira hacia España, a Europa, que se despeña por los escalones de las Pequeñas Antillas hasta las broncas aguas del Atlántico, aquélla cuyo perfil se vuelve a la lejana África. La cara Oeste de esta isla bifronte es la que mira a Estados Unidos, al Nuevo Mundo, la que se extiende como una llave hacia el Golfo de México, La Habana que habla a gritos con su vecina Miami. Por la cara Este, el Oriente, ha entrado la Historia; la lujuria de su vegetación, de su húmedo terreno, ha sorbido migraciones, las ha mezclado, aquí comenzó un relato de amor y de violencia, de víctimas y de supervivientes que se multiplicaron con tanta profusión como las plantas y que mantuvieron un lazo tenaz con la lejana y seca península al otro lado de una larguísima navegación. Y aquí han continuado las épocas fermentando y estremeciéndose, se han firmado pactos, declarado independencias y guerras, expulsado e impuesto dictaduras, formado gobiernos, hasta ayer.

Las naves españolas acostaron en Baracoa, pero rápidamente buscaron refugio en el excelente puerto de Santiago y establecieron allí la primera capital americana con tanta vocación de tal y tan clara conciencia de población y pervivencia que a los ocho años de fundarse, en 1522, ya se alzaba en ella la catedral que, a través de incendios, ataques de piratas y terremotos, sobrevive hoy.

Aquí empezó todo– pienso, sumergida en el canto de los pájaros que gorjean sin descanso y llenan las ramas reduciendo el parque Céspedes a una gran vibración. –Aquí empezó la aventura de América, de aquí partió el primer alcalde de Santiago, Hernán Cortés, para jugarse el todo por el todo en la conquista de Méjico.

La mañana es dulce y las hermosas fachadas señoriales destilan languidez colonial. En uno de los lados está la casa del gobernador Diego Velázquez, de 1516, la más antigua de la América hispana. Sus maderas magníficas han conservado cuatro siglos la dureza y el color del corazón de los bosques. Alrededor las calles lucen los forjados de sus balcones y ventanas y descienden en largos pasillos de tonos pastel. Al fondo está el puerto, fondeadero de las naves sin retorno de Cortés, de los barcos de esclavos, de los tristes representantes del Gobierno español que firmaron la capitulación del 98, de los petroleros soviéticos. Aquí -no en vano estamos al pie de Sierra Maestra- crecieron, lucharon, fueron enterrados víctimas y héroes de las luchas por la independencia, en su cementerio duermen José Martí, Manuel de Céspedes, de ella procedían los hermanos Maceo, a ella llegaron los sublevados contra la dictadura de Batista que transformarían luego el Cuartel Moncada, en memoria del intento de asalto del 53, en un museo y la carretera que conduce a él en un viacrucis revolucionario jalonado por los recuerdos de los caídos en la lucha.

Sin embargo la bahía es toda paz y luz en el reflejo ardiente de la mañana que avanza. En su extremo vigila la costa la fortaleza del Castillo del Morro. Sentados junto al mar con sus guitarras dos muchachos cantan, rasguean y se contestan. Tal vez ensayan las trovas que la ciudad ha hecho famosas y que por la noche se escuchan en El Tívoli o Mejiquito.

La reina es la noche. En ella se cubren las calles de los desfiles de carnaval, se ríe con las comparsas, resuenan las congas y las rumbas, y se elige, como se ha hecho cada año pese a las rachas de puritanismo comunista, a las estrella de la belleza y a su corte de damas de honor. Tarea nada sencilla porque se dice que las mujeres de Santiago son las más hermosas de Cuba. Tiene en efecto la gente de esta zona esa perfección y gracia físicas que sólo se dan en regiones de variado mestizaje y hacen una delicia de la simple observación de lo que puede hacer con un cuerpo la Naturaleza. Esta noche es tranquila, sólo habitada por la vida habitual de la calle, por el paseo indolente de la población, que flota en un aire cálido, gira en él, se encuentra, se desliza, vuelve a encontrarse. Hay la variedad de colores y matices de un desordenado vivero. Son descendientes de españoles y africanos, pero también de la ola de franceses expulsados de Haití que llegaron en 1791; la cara Este de cuba tiene a veces perfiles de Nueva Orleans.

En el portalón de una casa se desarrolla una escena que tiene mucho de santería: velas pintadas y moldeadas con formas de objetos y figuras, sonajas, pequeños tambores, altarcillos, devotos vestidos de blanco. Desde la gran África ¿quiénes fueron los que llegaron?. Pienso en los yorubas, en las antiguas civilizaciones de Benín y Nigeria, en los nok, que fabricaban máscaras de arcilla en el s. V a.de.C., en los perfectos y serenos retratos de cobre y bronce que esculpían hace ochocientos años los artesanos de la ciudad sagrada de Ifé. También, en su miseria, los esclavos llevaron al Nuevo Mundo sus dioses, los orishas que habían bajado en una época lejana a su centro del mundo, el oeste de África, y que desde entonces los yoruba veneraban y reproducían en tallas de madera y marfil. Esos dioses que, aderezados con el santoral cristiano, reciben el culto de sacrificios, danzas y oraciones.

Por razones quizás muy próximas, también ha sobrevivido al ateísmo oficial la Virgen de la Caridad de El Cobre, en su santuario a una veintena de kilómetros de la ciudad y en el corazón de una región a la que dan nombre sus grandes minas. Este metal, junto con algo de oro, fue en principio fuente de esperanza y de ingresos para la joven población. Hoy sigue siendo centro de peregrinaciones y devociones, como dan fe los numerosísimos exvotos y la continua visita de creyentes.

Discretamente observo esta fiesta, en Santiago, en la que hay algo más que la música, algo más que la danza. En el campo sé que hubiera podido hallar otra cosa; cuentan que todavía se practica el vudú entre los descendientes de los esclavos llegados de Haití. Aquí hay un ritmo, una seriedad y cierta expectación uniforme que indican la búsqueda del éxtasis, la borrachera de la completa sugestión en oficiantes y público. Recuerdo una escena semejante en todo, excepto en el lugar y en el tiempo: estoy en Argelia, las mujeres, solas, bailan al son de las darbukas, hacen corro a una de ellas que se destaca en la violencia absorta de su danza, gira, pone los ojos en blanco, acaba dando manotazos, balanceándose y gimiendo. Las otras le sujetan los brazos cuando parece haber alcanzado un peligroso paroxismo, una de ellas acerca una botella de colonia y un pañuelo para refrescarle la cara pero la posesa arrebata la botella de un zarpazo y bebe largos tragos del perfume. Siento el mismo profundo impulso de huida que sentí aquella vez, no quiero fotografías, ni descripciones de amable relativismo cultural, ni deseo probar ese gusto de oscuridad, temor y vieja sangre. Echo de menos a Humboldt y a los viajeros solitarios del cuaderno y la certidumbre. La mujer de Argelia estaba lívida y el cabello escapaba de su pañuelo en mechones empapados. El rostro de los bailarines está aquí perlado de sudor pero consciente aunque la rigidez aumenta en algunos por instantes. Intento identificar al babalao, el sacerdote principal, aunque puede que ellos y ellas sean simplemente babalochas e iyalochas, ayudantes enviados por él.

Tomo unos sorbos del aire fresco de la noche y vuelvo para intentar superponer lo que veo a las imágenes del pequeño e interesante museo sobre cultos y ritos. La hagiografía yoruba y la católica han producido al mezclarse una extraordinaria corte de orishas: San Francisco de Asís es Orula, viejo adivino malcasado con la sensual y fogosa Ochún, cruce la venus africana y de la Virgen de la Caridad del Cobre. Ochún engaña a su marido con frecuencia y de sus encuentros con Chango -que curiosamente corresponde a Santa Bárbara- queda embarazada de los gemelos Santos Cosme y Damián. Otro de los amantes de la orisha es el temible herrero y guerrero Ogún. Hay personajes más sombríos o más lejanos: el dios creador, Olofi, no suele ser invocado, en cambio Yemayá, asimilado a la Virgen Negra o Virgen de la Regla, es un mediador de las profundidades, dirige las aguas y el origen de la vida y puede llevar hasta las puertas del Más Allá, donde reina Olokún, cuya vista si se expresa en el rostro de uno de los oficiantes significa la muerte.

Es tiempo de buscar otros lugares donde el riesgo de éxtasis se reduzca a un mojito de ron.

Anochece, en El Rincón de la Trova, con Tucídides, que me agenció cama, hotel, taxis, y que actuó como un guía simpáticamente especializado en la corrupción menor, general y dispersa de su ecosistema. Las paredes de este bar de atmósfera densa de café azucarado están tapizadas de fotografías, retratos y acuarelas. Alguien improvisa acordes, una fila de viejos sueña y fuma, sentados en un banco.. Desde allí, con este Tucídides que parece nacido en una novela de Cortázar y que tiene un hijo al que le están saliendo los dientes (el padre los tiene larguísimos), fuimos con la orquesta al sitio siguiente donde debían tocar, que era un barrio pobre. Frente al estrado, un montón de niñas y algunos niños bailaban. Me cuentan la historia. Antes del cincuenta y nueve era un suburbio de negros, con chabolas de madera y calles de tierra. Tras la revolución, se les dieron materiales y ellos reconstruyeron el lugar, cimentaron, arreglaron y ahora son viviendas en firme, acera y asfalto.

Los niños son numerosos, inquietos, con todas las gamas del tono de piel, del rubio al charol pasando por aclarados varios, están sanos, bien desarrollados y se les ve alegres. Su sentido innato del ritmo sobrepasa toda ponderación. Las niñas rumbean desde las edades más tiernas en las que prácticamente acaban de aprender a andar. Un grupito, la mayor de no más de ocho años, con las cabezas juntas en corro y la grupa hacia el público, el brazo por el suelo, imitan los movimientos de las esclavas al fregar. Luego se mantienen sobre una pierna y dan vueltas a la otra, se apoyan con las manos extendidas en la plataforma de la orquesta y cimbrean como caballitos los traseros A continuación danzan, boca arriba, manteniendo el tronco en vilo: con las piernas dobladas, las palmas apoyadas en el suelo y abiertas las rodillas, mueven circularmente la pelvis en una danza erótica y antigua como si se hubiera encarnado en sus cuerpos una bayadera de veinte años. Conviene recordar que las mujeres del trópico son lo más parecido a Pancho López: ensayan sus primeros guiños en la cuna, gatean con un insinuante movimiento de caderas, la gran fiesta de sus quince años es antesala segura -si éste no se ha producido ya- del matrimonio, y a los veinte están de vuelta de los tramos más azarosos de la vida sentimental.

Averiguo por los niños la existencia de un negocio ilícito de fabricación y venta de caramelos: una vecina del barrio hace obleas de azúcar transparente teñida de rojo, menta y naranja, a diez centavos. Doy a Tucídides tres pesos para comprar treinta y los adquiere con enormes dificultades, la señora niega, asustada de que sea un policía y descubra su criminal esbozo de comercio privado. Finalmente la posibilidad de tan fabulosa venta es más fuerte que sus reparos. Tucídides vuelve con treinta caramelos verdes envueltos en Granma, el periódico del Partido. Me los arrancan de las manos, y, no ya los niños, sino también adultos y viejos vienen a pedirme uno con la avidez de la carencia de todo.

Volvemos, charlando animadamente, a últimas horas de la madrugada. El pesimismo no tiene cabida en mi guía, es un Virgilio que hubiera encontrado grandes ventajas a las dependencias del Tártaro, que animaría a los condenados con perspectivas teológicamente imposibles y que propondría, en espera del fin de los tiempos, compensaciones razonables a cambio de sus buenos servicios.

-¿Qué tal vive usted, Tucídides?.

-Me las arreglo, me las arreglo. Claro que…- consulta el reloj -mañana su bus no sale hasta las doce. Nos daría tiempo a pasar por el shopy.

-¿Más zapatos?.

-Hombre, ya que lo propone…Estaba pensando en unos conjuntos para el niño.

Tucídides me dice adiós en la estación y acepta graciosamente algunos dólares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fósforos

 

Las cajas de cerillas están, según reza el pie que las acompaña, listas para la defensa; pero no para encenderse en una de cada tres. Representan bien a la economía de la isla, al aspecto de fósil de la postguerra en sus instalaciones y servicios, e ilustran la omnipresencia de una semántica defensiva gubernamental que se está crispando día a día con los vientos de glasnost y el cambio de intereses de la URSS. Hasta la Revolución, Estados Unidos era el comprador preferencial -como cliente y en precio garantizado al vendedor- del azúcar y del tabaco cubanos y el proveedor y refinador del petróleo consumido en Cuba. La Unión Soviética ocupó, a partir de 1960, su lugar y desde entonces le ha comprado cada año más de la mitad de su cosecha azucarera a un precio cuatro veces más alto que el de ese producto en el mercado mundial. Cuba tiene petróleo en su plataforma marina y el tratamiento se realiza en gran parte con instalaciones soviéticas [1]Las continuas afirmaciones del Gobierno de La Habana sobre su independencia y soberanía son, como vemos, muy relativas. Ha habido un cambio de dependencias y las nuevas son más estrechas y estrictas que las anteriores. De hecho la diferencia fundamental entre Cuba y sus correligionarios del bloque socialista se halla en la especial supeditación material, física, completa, al Gran Hermano soviético, en su naturaleza de colonia geopolítica. Por ironías del destino o de la situación geográfica, cada uno de sus intentos de romper ataduras ha abocado en el sometimiento a un amo más poderoso y exigente que el anterior.

En el rapidísimo viraje de Cuba del 59 al 62 se observan grandes cantidades de intransigencia y de torpeza por parte de Washington y de La Habana, agravadas por la prepotencia hiriente de Estados Unidos y por la decidida oposición de Fidel al pluralismo democrático. Él, su Partido y su grupo monopolizaron en exclusiva el poder y el control de las directivas políticas e ideológicas. La nacionalización por Castro de todas las compañías petrolíferas estadounidenses, que se negaron en 1960 a refinar el petróleo soviético, y a continuación la expropiación de todos los bienes norteamericanos, junto con la convocatoria masiva a la satanización y condena de Estados Unidos, no podían llevar sino a la ruptura de relaciones diplomáticas. Con paralela rapidez ocupaba la URSS puestos en la más envidiable plataforma que hubiera podido imaginar, frente por frente a escasos kilómetros de su potencia rival. En 1962 la Unión Soviética instala en Cuba rampas para el lanzamiento de misiles nucleares. El Presidente Kennedy exige su retirada y decreta el bloqueo. Nunca el mundo había estado tan cerca de una guerra atómica.

Las cerillas no se encienden. Pero cuando lo hacen, influidas quizás por la vecindad de los libros en mi bolsa y por una lejana y bella historia infantil, iluminan el recuerdo de esos papeles desplegados y leídos en la mesa de un cuarto de estar y tomados luego como extraña lectura viajera. No tienen nada de valiosos documentos secretos. Son simples, expresivos manuales escolares y un modelo de manipulación del pasado. En la Historia de Cuba-9º grado, para niños de catorce años, se lee:

En agosto de 1962, los gobiernos de cuba y de la URSS suscribieron un acuerdo a solicitud de Cuba para fortalecer la capacidad defensiva de nuestra Patria. La Unión Soviética envió a Cuba el material bélico necesario, incluyendo armamento estratégico de alcance intermedio y especialistas soviéticos para manipularlo.

Inmediatamente se desató una histérica campaña propagandística antisoviética y anti-cubana por parte de Estados Unidos, ante la cual la Unión Soviética reafirmó sus intenciones de prestar a Cuba la ayuda militar necesaria en caso de agresión, a la vez enfatizó que únicamente en este caso se utilizarían por Cuba los medios de defensa (…)

El imperialismo norteamericano puso al mundo ante el peligro de una guerra termonuclear (…). El gobierno soviético, que había enviado a Cuba armas con carácter defensivo, planteó estar dispuesto a retirarlas siempre que USA se comprometiera a suprimir el bloqueo a Cuba y a dar garantías contra cualquier invasión. El gobierno norteamericano accedió ante tan justas proposiciones

Leo recortes de prensa, fragmentos de viejos discursos. Y me abruma un pequeño detalle inmenso al que la prensa occidental no dio, al parecer, relevancia alguna: En todo este proceso Fidel Castro animó insistentemente a la URSS para que siguiera adelante, no cediera, para que diese el paso nuclear. En aras de su ego político, de su megalomanía personal, desde luego el líder cubano hubiera embarcado al planeta en una confrontación atómica. A fin de cuentas es la lógica del ¡Patria o muerte! que no ha cesado de repetir, llevado, si los dirigentes rusos se hubieran prestado a ello, hasta sus últimas consecuencias.

Moscú accedió a retirar sus cohetes pero obtuvo a cambio garantías de continuar él y su protegida en la situación actual.

Pero han pasado muchos años, los suficientes para que la URSS no necesite ya esa plataforma en las puertas de USA. Las potencias no piensan en guerras mundiales y tienen sobradas preocupaciones con su economía y su política interior. Ha cambiado la logística y el alcance y operatividad del nuevo armamento. Cuba empieza a ser una carga incómoda para unos brazos que deben sostenerla desde tanta distancia, y la bancarrota de la isla agrava su peso, que no mejora un líder vociferante contra Hungría y Polonia, contra -por país interpuesto- cualquiera de las reformas de Gorbachov. Es quizás más fácil ganar un imperio que librarse de él.

En el apretado libro de texto, las consignas y las citas, en su mayoría de Fidel, ocupan más espacio que los datos históricos. Y su contenido deja poco lugar a dudas respecto a la inexistencia de la más leve voluntad democrática en el Líder Máximo y su grupo:

Creo que todos deberíamos estar en un sola organización. (Fidel, discurso de Colombia 8-I-59).

Da una lista cronológica del proceso:

1-Principio de los años 60: O.R.I. (Organizaciones Revolucionarias Integradas).

2-1962: PURSC (Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba).

3- 1965: El citado Partido cuenta con cuarenta y cinco mil miembros y es el Partido Comunista Cubano.

Hemos llegado ya al punto afortunado de la historia de nuestro proceso revolucionario en que podemos decir que sólo hay un tipo de revolucionario. (Fidel, discurso de 1965).

Fidel Castro es el Primer Secretario del Partido.

Las condiciones en que triunfó la revolución cubana llevaron a la implantación de la dictadura del proletariado (…). La transición de la dictadura democrático-revolucionaria a la dictadura del proletariado en Cuba sería consecuencia de la consolidación del papel hegemónico de la clase obrera en la alianza con los campesinos y demás trabajadores.

En 1976 se proclama la primera Constitución, que consolida el Estado socialista dirigido por el Partido Comunista.

El Partido lo resume todo. En él se sintetizan los sueños de todos los revolucionarios a lo largo de nuestra historia (…) en él desaparecen nuestros individualismos y aprendemos a pensar en términos de colectividad. (Informe Central al Primer Congreso, presentado por Fidel).

El objetivo final de la clase obrera cubana y del pueblo trabajador es la construcción del socialismo y el comunismo1

A este panorama de monopolio del poder se añade la poda que supone la desaparición primero de Camilo Cienfuegos, en una catástrofe aérea en 1959, luego del Che en la selva boliviana, por último de Ochoa, fusilado, sin olvidar al que fue Presidente nominal, Osvaldo Dorticos, que es dimitido y anulado políticamente.

Paralelamente, toda la presión política va hacia la fusión por el pueblo de la dignidad invidual con el mantenimiento de las posturas del Gobierno de Fidel cristalizadas en Revolución, Patria, honor, marxismo-leninismo. La clave es identificar la propia estima con la inalterabilidad y el cambio con la concesión vergonzosa, con el rajarse ante Estados Unidos.

Y así se dedicaron a su noria, se adentraron en círculos en su propio laberinto de la soledad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parada sin fonda

 

Desde la Santiago porteña, marina y africana, me voy hacia el extremo este, a la costa en la que, por las únicas carreteras que eran los ríos, se adentraron en primer lugar los españoles, la que describió Colón y tomó Diego Velázquez; voy hacia Baracoa.

Pero los caminos son siempre largos, dan hambre y aguzan la inspiración. Tras la edificante lectura del libro de texto escolar, preciso algo más sustancioso. El pasaje suspira por un desayuno. El coche de línea para, a tal efecto, con resultados que, una vez reanudada la marcha, transmuto en materia dramática.

 

 

 

AL RITMO DEL SOCIALISMO TROPICAL

SAINETE

 

 

Escenario: dos cafeterías a dos niveles simultáneos. La de arriba, hacia un lado y retirada ligeramente hacia el interior, presentará una actividad y aspecto casi normales, con camareros que limpian los vasos, salen y entran, preparan y sirven. Habrá dos anuncios de neón en amarillo y naranja, Cafetería-bar. Hotel Tropical, y un público con aspecto extranjero, rubio, moreno, con cámaras de fotos, que viene y va, habla entre sí, pide y consume. Se oirá perfectamente el tintineo de las monedas, que son todas divisas, grandes dólares resplandecientes que resuenan como un gong majestuoso cada vez que se produce un pago de consumición al tiempo que las luces de la barra y las sonrisas de los camareros se acentúan. Con acordes entre marcha militar y habanera se canta a dos voces el ¡Bote!. ¡Gracias! cuando las relucientes monedas, del diámetro de un plato de postre, se encestan en el receptáculo preparado al efecto.

Abajo: Cafetería para el público de la calle anunciada con un pálido neón, Hotel Tropical, y un Cafetería en rojo casi gris de polvo. Son las ocho quince de la mañana. No hay nada comestible ni bebible a la vista. Los camareros se esconden en la cocina. Los clientes, gente del país, otean ansiosos, ocupan las banquetas, se colocan en segunda fila detrás de éstas, de pie.

La música consistirá en los boleros La última vez que te comí, Si tuviera un filete, Aquel almuerzo y Dos cervezas para ti.

Los clientes (todo se refiere a la barra de la cafetería local, de abajo, excepto indicación específica) aventuran posibilidades:

-¿Hay leche?.

-¿Hay café con leche?.

-¿Hay bocaditos de jamón?. (bocadillitos de cerdo)

-¿Hay bocaditos de mortadela?.

-¿Hay agua?.

Expectación: aparece la primera camarera, una mulata oscura, entrada en carnes, con la boca torcida en un perpetuo rictus de desagrado y ojos bajos para no mirar al público. Pasa, arrastrando los pies, y frota la barra con un trapo sin contestar a las preguntas anhelantes de la clientela.

-¿Hay bocaditos de jamón?.

-¿Hay leche?.

-¿Hay yogurt?.

En ningún caso pasa por la imaginación de nadie que puedan existir otras perspectivas gastronómicas. En la barra de la cafetería superior veremos mientras un trasiego de zumos, tostadas, huevos, vasos y botellas con líquidos de diferentes colores y bandejas de frutas y de bollos. Los movimientos se puntearán con el gong de los dólares.

La mulata de la cafetería del nivel inferior se retira con desdén y en silencio. Sale de nuevo y distribuye a la media barra más cercana de la cocina platos y tazas. La otra media barra se altera:

-Compañera, ¿van a servir sólo media barra?.

-Compañera, llevamos tanto tiempo…

La mulata levanta por primera vez los ojos para decir con enfado y frialdad:

-Yo no puedo hacer las dos barras. Preguntaré al administrador.

(la barra tiene pocos metros)

Se va. Pasa mucho, mucho tiempo. Hay cuchicheos en la cocina y murmullos en el público:

-Claro, si está sola la pobre…- dice alguien conciliador, con ánimo de atraerse las simpatías de la camarera.

-¡Que pongan otra más si la compañera no puede!.

Los murmullos apenas cuajan en protestas y el tono oscila entre la consigna de solidaridad con la camarada trabajadora en el frente de producción de la barra y la desesperación ante la certidumbre, según marca el reloj, de que van a quedarse sin desayunar.

Arriba se oye un firme:

-Por favor, páseme un poco más estos huevos, que están casi crudos, y añádales jamón.

-Sí, señor.

-Y se cobra.

Hay un tintineo estrepitoso, sonrisas, guiños del neón y cantos de ¡Bote!. ¡Gracias!.

Abajo, el tic-tac ostensible del reloj marca las nueve menos diez. La mulata sale y sirve con gesto sombrío bocaditos de mortadela -lo único que hay- y café con leche a media barra. La otra media sólo consigue, por la intercesión de amigos zalameros, tres vasos de leche.

Desaparición de la mulata. Larguísima pausa. Murmullos amargos. Aparece de nuevo, sólo para retirar los vasos y pasar el trapo por la barra. Espeta, airada:

-¡Yo estoy en prácticas.!

Al irse hacia la cocina con aire definitivo, se lleva una bandeja que descubre, al ser retirada del muro en el que se apoyaba, un cartel: III Semana de la Gastronomía.

La clientela empieza a retirarse. Al bar de arriba llega un grupo de chicos altos y morenos, con ropa de deporte en la que se lee Delegación Pelotera de Baluchistán. Vienen saltando y riéndose y encargan inmensos sandwiches. Dos chicas y un chico joven que visten los tres camisetas con grandes frases sobre Cuba tipo ¡Listos para la defensa!, ¡Patria o muerte! brindan mientras discuten con ardor sobre el país y sobre el Tercer Mundo, encargan otros cócteles y vuelven a brindar.

Sobre la barra de abajo se han colocado seis vasos de agua. Un señor apura uno despacio y dice en tono confidencial a un camarero que hace cuentas junto a la cocina:

-Compañero, si tuviera por ahí algunos bocaditos de mortadela…

-Se acabó el lote.

-Si le quedara alguno y fuera tan amable…

El señor, que viste con dignidad, desliza un billete al otro, que lo coge, se mete en la cocina y sale furtivamente con un envoltorio grasiento, que mantiene por debajo del nivel de la barra hasta pasárselo rápidamente al señor. Éste lo mete en una bolsa de plástico que desentona con su compuesta figura. Se va. Vienen unas mujeres y un hombre:

-¿Queda algo?.

-Nada.- responde el de las cuentas sin alzar la cabeza.

Se ponen a beber los vasos de agua.

Arriba se oye un

-¡Baja el toldo, que ya empezó el calor!.

Simultáneamente, en el bar de arriba se va bajando un toldo a rayas con palmeras y maracas. Abajo cubre la barra una lenta y gran telaraña con la misma forma de toldo que arriba. Y, con el despliegue final de ambos toldos, cae también el

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

U.S. Guantánamo

 

Inaccesible y ajena, situada en su rincón de costa, de espaldas a las plantaciones que deja a nuestra derecha el autobús, está la zona donde habitan unos extraños guantanameros: la base norteamericana de Guantánamo. El enclave, de 116,5 km2, es perfecto, una espléndida cala protegida por los contrafuertes de Sierra Maestra, entre las pinzas de Caimanera y Boquerón, donde atracan, a pocos metros de sus rivales estadounidenses, los cargueros soviéticos. Las alambradas y la tierra de nadie marcan, más allá, el comienzo de la base americana, que encierra todo lo necesario para la vida, el trabajo y el ocio de los residentes y sus familias, incluidos campos de deportes, hipódromo, templos, salas de espectáculos, centros comerciales y grandes almacenes que garantizan su subsistencia.

Su historia es antigua. El tratado de París, en diciembre de 1898, marcó el final de la Cuba española y colocó a la isla bajo la protección y administración provisional del gobierno norteamericano representado por un destacamento militar de ocupación que residió en ella hasta 1902. Llegado el momento de la total independencia, Estados Unidos introdujo en la Constitución de la República de Cuba la enmienda bautizada con el nombre del senador Platt. Uno de sus artículos estipulaba que el gobierno de Cuba concede a los Estados Unidos el derecho a intervenir para garantizar la Independencia y para ayudar a todo gobierno a proteger las vidas, la propiedad y la libertad individual. Esto incluía el disfrute de la base y otros privilegios. En virtud del acuerdo los marines estadounidenses avanzaron en 1917 hasta Camagüey para sostener al general Mario Menocal. Washington esperaba, según la enmienda Platt, obtener otras bases, como la de Cienfuegos, a las que se vieron obligados a renunciar en la firma del tratado permanente de 1903.

Guantánamo concentra toda esa historia de amor y desamor, admiración y envidia, rebelión y dependencia que es la de Cuba con Estados Unidos. Las Antillas se mueven entre unas fortísimas y lejanas raíces culturales de signo sureño y las exigencias de la vida práctica y la cohabitación con su gran vecino, al que recurrieron para librarse de sus gobernantes antiguos. Mientras, la coctelera no cesa de agitarse y el melting pot que Norteamérica es transforma, con su vigor y su mosaico de emigraciones, territorios más allá de Miami y el Golfo de Méjico.

La presencia anglosajona tiene siempre, por lo visto, en Cuba unos curiosos antecedentes caracterizados por el aislamiento, la relevancia y la brevedad; son acciones de gran importancia pero física y temporalmente reducidas a espacios y duración bien delimitados. En esta misma bahía de Guantánamo establecieron los ingleses, en 1741, la efímera ciudad de Cumberland; dos décadas más tarde ocuparían durante un año La Habana. Eran los siglos de la ley de la acción directa y el derecho consagrado posteriormente por la fuerza y el uso. Donde en realidad los hombres del norte se han manifestado con mayor insistencia, como un homenaje reiterado y lejano a sus primos vikingos, ha sido en las variadas formas de la piratería. La Historia de Cuba lo es de ataques, defensas y medidas contra los piratas. La Habana y Santiago eran el París de los filibusteros célebres, las ciudades sin cuyos tesoros ningún corsario podía pretender ser tomado en consideración, y este ritmo de saqueos, incursiones y acosos se extendió desde el siglo XVI hasta principios del XIX. Las aguas hervían con un tráfico intenso de piratas, que robaban por cuenta propia, corsarios -entre los que se contaron como pioneros los piadosos hugonotes franceses- , que lo hacían en nombre de gobiernos como el de Su Majestad británica, bucaneros y filibusteros de todo tipo. Éstos se aliaban a veces en hermandades como la de la Costa y solían recibir acogidas triunfales en Holanda, Francia o Gran Bretaña cuando regresaban con el botín producto del saqueo de las ciudades y barcos comerciales españoles. La nómina comprendía nombres como Francis Drake, Henry Morgan, Pieter Hayn. Tras asolar plantaciones y pueblos, se refugiaban en los múltiples cayos o en su base central de la Isla de los Pinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Baracoa

 

Desde el mar, de un azul tan duro que las naves parecían resbalar sobre él, Colón vio Baracoa un 27 de Octubre de 1492. La luz brillante marcaba en el horizonte un alto cerro montañoso de un corte perfecto al que inmediatamente llamó El Yunque. Tras las asperezas de la costa este y la soledad inhóspita y rocosa de sus puntas, los marineros hallaban al fin una abrigada y pequeña bahía en la que la desembocadura del río Macaguanigua ofrecía agua dulce y comunicación hacia el interior.

Desde la selva le miraban llegar los indios taínos. Los saludos iniciales dieron pronto paso a los enfrentamientos. Tras varios ataques al fuerte que servía de defensa a los españoles, éstos lograron capturar al caudillo indígena Hatuey, que fue condenado a morir en la hoguera y se dice que rechazó el cielo que le prometía el sacerdote para no estar en compañía de los tales cristianos. Hatuey ha sido convenientemente beatificado, junto con sus compañeros mártires, en los ritos nacionalistas de culto a los orígenes. Los indios son en general pintados, en la historia actual, como seres angélicos modelo de pacifismo y armonía ecológica y no se pierde ocasión para citar que la palabra Caribe la tomaron los españoles del vocablo indígena caribal, que significa “valeroso”. No estaría de más recordar que de caribe también viene, por el mismo proceso de asociación con las costumbres de las tribus antillanas, el español “caníbal”.

Para Cristóbal Colón la isla no lo era. Lo que veía ante sus ojos llenos de las maravillas de Marco Polo, de relatos de navegantes y exploradores de las rutas de la seda y las especias, eran los territorios del Gran Khan de la China. La inmensidad e identidad del Nuevo Mundo fue un descubrimiento dentro del Descubrimiento, y quizás hubo un punto de decepción y desconcierto cuando en 1509 Sebastián de Ocampo completó la vuelta de la costa verificando su condición insular. Los nuevos pobladores dieron el nombre de Cuba a la isla que los aborígenes llamaban Colba, bautizaron el asentamiento primero como Puerto Santo y luego como Asunción de Baracoa, construyeron en 1512 una catedral que es hoy la iglesia más antigua de la isla y fundaron con gran rapidez otras ciudades como Santiago y Batabanó.

Pero este extremo oriental cerrado por montañas y de accesos marítimos escasos siempre fue de difícil acceso desde el interior, con el que hasta fines de 1960 careció apenas de comunicaciones viarias; así Baracoa ha permanecido lejana, somnolienta y silvestre, rodeada de un paisaje que conserva zonas de naturaleza intacta, solitarios bancos de arena, los tibaracones, en las desembocaduras de los ríos, regiones áridas y desérticas al sur, costa rocosa y bosques. Los valles y llanuras se plantaron prontamente primero de maíz, frutales y yuca, luego de café, cacao, plátano, nuez de coco, más tarde de caña de azúcar, para cuyo cultivo se trajeron miles de esclavos negros, que reemplazaban a los indios, decimados por las nuevas enfermedades y los ritmos de trabajo que se les pretendía imponer. La rebelión de Haití favoreció que Cuba se alzase con el primer puesto como proveedor de azúcar a Estados Unidos. En esta riqueza creciente y desigual germinaron las luchas sociales que desembocarían en la independencia bajo protección norteamericana de forma que, tras la retirada española de 1898, se izó en la isla la bandera de Estados Unidos.

Todo esto parece lejos en la Baracoa cara al mar y pacífica, pero también podría haber ocurrido ayer, porque aquí el tiempo es pausado, sin más incidencia que el golpe de las olas, y hasta la población actual, como una marea baja, refleja una tasa de crecimiento demográfico curiosamente débil: 1,7 por 100 en 1976. Pese a que se halló en ella algo de oro, Baracoa no estaba destinada a grandes liderazgos y crecimientos vigorosos. Aunque Diego Velázquez la dotó rápidamente de fortificaciones y vigías contra los ataques de los piratas, muy pronto los muchos incendios minaron su desarrollo económico y la topografía hizo el resto. Durante las luchas de la independencia fue asediada por Antonio Maceo y en 1958 se agrupó en sus bosques un importante movimiento guerrillero en torno a Raúl Castro; pero no es tierra de ambiciones, lo que añade melancolía a la mirada de bronce de la estatua de Hatuey.

Tengo la impresión de llegar en ella, al fin, al extremo de algo puro, quizás porque tiene el más bello paisaje que he visto en Cuba, la corona que la aisla y que contiene, como joyas desiguales, una sucesión de alturas desérticas y pedregosas y de oasis espesos de verdor y palmas, hasta cruzar la cresta de Las Farolas, con el espejo del río y los manojos de cocoteros. Es una diadema de distintos niveles en torno a esta bahía que maravilló a los españoles de Colón y de Diego Velázquez por su belleza. Sus playas son solitarias, de arena un poco gruesa y oscura, algunas rocas y las desembocaduras de los ríos -el Toa, el Yumurí, el Miel- que permitieron la penetración de los descubridores. La zona es rica en asentamientos precolombinos de taínos y siboneyes y posee pinturas rupestres y petroglifos. En su escudo figura una de las primeras imágenes que impresionaron desde el mar a Colón, y que anotó en sus diarios: el Yunque, la montaña trunca que se yergue sobre la población.

En sus orlas secas y despobladas, el azul de la costa es quizás el más intenso que haya visto jamás, un añil-violeta denso, pulido, límpido, con la textura de las piedras semipreciosas.

 

Pero mi llegada distó de ser gloriosa. Indudablemente ese día el protector San Antonio se tomó unas vacaciones; en lenguaje de Peter Fleming, cuyo viaje a Tartaria leía, me tocó el slice of bad luck y las cosas adquirieron un tinte particularmente nefasto. La noche fue pavorosa. Como en Belén, en Baracoa no había posada en ningún sitio porque éstos eran estatales, escasísimos, estratégicamente en obras y la población, como en el resto de Cuba, aunque suspiraría por hacerlo, no podía alquilar habitaciones ni poner hostales. Fallaron las recomendaciones a amigos de Tucídides. Encomendada a un conocido suyo que también iba en el autocar, éste se desvivió por verme instalada, cenada y sana y salva, ello con gran bondad y no menor estupidez. Así, cuando ya se había acordado en el museo provincial que me dejarían dormir allí, él se empeñó en llevarme a casa de una familia que se había ofrecido a mostrarme la generosidad obrera. Con una mirada melancólica hacia el silencioso sofá del museo, acompañé al amigo de Tucídides.

La estancia fue en verdad edificante. El padre, tripudísimo y abotargado por el ron, no cesaba de alardear de pobreza y honradez proletarias. Vivían en condiciones infernales; tres espacios separados por mamparas de madera en una enorme nave que restaba en pie. El resto del edificio estaba derruido y en el patio se apilaban los cascotes y basuras, con los servicios en unos cubículos de madera a los extremos. Me pusieron un catre en la entrada, en el cuarto de estar, donde, por supuesto, no podía acostarme hasta que todos se cansasen de ver la televisión. Como en Holguín y demás hogares, se seguían con atención religiosa las peripecias de un lacrimoso culebrón. En el salón pululaban cucarachas inmensas que se subían hábilmente por las paredes. La casa de la cultura vecina entendía como labor formadora poner una atronadora música heavy para que la juventud se divirtiese apiñada a las puertas y ensordecer de paso al resto del vecindario. Me rellené, inútilmente, de algodón los oídos. En el salón se emitía la novela brasileña televisiva El derecho de amar, que desgranaba el vigésimo de sus ochenta abominables capítulos. En la forzada vigilia, los sentimientos del día oscilaban entre racional agradecimiento y odio africano hacia el conocido de Tucídides.

El catre era tremendo, curvado, chico y mal cubierto el entramado metálico por una colcha. Las servidumbres biologicas dieron por amenizar, con el tibio toque femenino, las horas interminables. No me atrevía a mover pie ni mano a causa de las cucarachas. Sin olvidar, oh, no, los ronquidos infernales, probablemente triplicados, del dueño de la casa, con su vientre inmenso, sus ojos turbios y su estruendosa caridad, los del hijo gordo y tripudo, con los primeros botones de su short desabrochados, y quizás también los de la madre.

Amaneció Dios y medré. La inagotable benevolencia de los cubanos me ofreció nuevo cobijo en la casa de una señora de la limpieza que trabajaba en el Museo de Historia. Comencé la gira por la ciudad y asumí mi identidad acostumbrada de posible fuente de mercancías inaccesibles. En Baracoa, como en el resto pero quizás incluso de forma más acentuada por la distancia, el abastecimiento era penoso y tenía los rasgos habituales de clandestinidad y contrabando. Las botellas de ron no se encontraban sino en las afueras de la población mediante mañosos arreglos con los chiringuitos. La cerveza ni verla; sólo agua como bebida en los restaurantes o algún refresco en lata. Las hojas de afeitar, inexistentes, se encargaban a los parientes de otras provincias. No había compresas ni algodón ni, obviamente, se conocía el támpax; para la regla las mujeres cortaban paños con los viejos mosquiteros. En las colas de la carnicería llegaba a haber navajazos. La leche fresca no se dejaba ver y el cacao se encontraba en las plantas abundantes y en la fábrica, pero jamás en una taza o una onza de chocolate. A diferencia de La Habana, sí se conseguía alguna fruta -plátano, mango, aguacate- y también café, malanga (especie de yuca) y tomates. La pequeña villa tenía la atmósfera de carencia y atonía habituales, pesquera y costera sin mercado ni lonja, sin un café ni una cafetería ni una terraza ni un bar. Lo máximo eran los despachos estatales, a horas y mercancías contadas, de lo poco que a veces llegaba, ante los que se formaba rápidamente la inevitable cola. En el restaurante jamás había servilletas ni cucharillas y la mugre se acumulaba a falta de detergentes, ganas de limpiar y simplemente de agua. En la casa donde habito la señora soñaba con lencería y dedales, lo que no impedía que, con cierto automatismo, introdujera en la conversación abundantes referencias a los logros de la Revolución, repetidos como un estribillo invariable que parece acompañar hasta a las observaciones sobre la amplitud de las mareas.

 

También yo me había hecho al curioso ritmo de las percepciones: primero un asentamiento azaroso, con ojos que no ven sino la proximidad, los obstáculos y la epopeya microscópica de lo cotidiano; luego los contactos, las peticiones, los relatos; después la ciudad, la belleza, los hechos, ordenados sin la implicación de lo inmediato, sin el temblor de querencias ni desagrados. En aquella población largamente olvidada encontré la hermosura y el sentimiento de la lejanía, la disposición de joya de las alturas que la rodeaban y la espesa jungla tropical, los restos de pequeños y grandes sueños en el relicario de cruz encristalado en la iglesia, en las historias de guerrilleros montaraces, en las divagaciones sobre imprevisibles y modestos cambios futuros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Filemón y Baucis

 

En Baracoa, ella trabaja de limpiadora y guardiana en el Museo de Historia. Es una mujercita que empieza lentamente a envejecer, regordeta, baja, ojos claros, el rostro redondo, pelo entregris. Me he presentado de nuevo ante ella y Melquiades, conservador del museo, a los que conocí el día anterior. Ambos parecen apesadumbrados por mi situación, hablan entre sí y finalmente la señora me lleva a su casa ofreciéndome alojamiento y ayuda. Una vivienda modesta, muy limpia, en el cuarto piso. Desde el dormitorio que me asignan -la cama y apenas nada más- se ve el mar.

Por el camino me cuenta su historia: la madre dejó a sus hijos en el pueblo y se fue para cuidar los de su marido en el segundo matrimonio. De ella dijo que cuando fuese señorita -las menstruaciones son en este clima tempranas- se la mandaran. Se crió con su abuela, como sus hermanos, y no quería ir con la familia nueva de su madre. Tenía un enamoradito, algo deforme del pecho. La infancia de ella fue dura. Cuando aquel enamoradito, quince años mayor que ella, le propuso que, antes de que la mandasen con su madre, se fuera con él, ella aceptó. Y se casó al estilo informal cuando, en efecto, era una señorita y le faltaban once días para cumplir trece años ( Él me crió, dice riéndose). Hubo alguna reclamación familiar pero la cosa se acalló con dinero. Cuando ya tenían dos hijos se casaron legalmente.

-¡Tan joven! ¿Y qué tal se llevan?.

-Estupendamente. Nos queremos cada vez más.

Llego a la casa y allí está, echado en un canapé, el hombre que crió a esta señora. Es un completo lisiado, de un metro de altura y pecho en cartabón, el rostro ancho, con ojitos vivos y una sombra de bigote. Tiene un gran sentido del humor en sentencias cortas y bien plantadas. De sus tres hijos, uno es policía, el otro estudia en Checoslovaquia, el tercero, de doce años, se ha ido de vacaciones.

-Estuvimos con la revolución desde un principio, en la clandestinidad. También ella.- explica el marido- Antes había que penar mucho y a mí, con mi color de piel (la mujer es muy blanca, él aindiado) no me hubieran dejado entrar en muchas familias. Ahora estamos bien.

El marido está jubilado, reparte el tiempo entre las colas y las partidas de dominó y no comprende a las impacientes y malhumoradas amas de casa ni parece advertir el que haya golpes cuando a la tienda llega una partida de carne. Ni siquiera advierte su propio y cándido reconocimiento de que les es imposible hallar los medicamentos o la ropa que precisan, y esto cuando aún están frescas sus alabanzas al sistema. Ellos no me piden que les compre cosas en el shopy, que quizás no existe en esta ciudad adormecida, tampoco quieren hacer negocios ni tienen dólares. Solamente, la víspera de mi marcha, ella me rogará por favor que, si me es posible, le envíe desde España medicinas, para sus males y sobre todo para los de su marido, porque allí ni aspirinas se encuentran. Luego, enjugándose las manos en un paño de cocina, añade:

-Y…si pudieras…Siempre he querido…Me haría tanta ilusión que me mandaras…unas bragas rojas.

El matrimonio es ferviente partidario del régimen, se han acomodado a las carencias y se encuentran seguros. Tienen la inocencia de las especies protegidas en su parque. Con este marido lisiado, en este marco invariable, la mujer de ojitos brillantes y cutis rosado ha sido feliz y la pareja lo es, poseen el sorprendente don de la felicidad y rezuman afecto que cae sobre mí, a quien adoptan y ofrecen gratuitamente comida y cama, la malanga, el arroz, el huevo, el poco de pescado y la fruta de las ocasiones, el pequeño dormitorio de sábanas cosidas y limpias adornado únicamente con el frescor y la visión del mar.

A estos pájaros de un nido, que no harán el mundo moderno y para los que la sociedad de mercado libre es una suelta de aves depredadoras, tendrá que garantizarles el régimen que sustituya al castrismo un buen lugar bajo el sol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Norte

 

Parecía todo terminado, un apretado ciclo de personas, de frases, de carteles, y el mapa no tenía más colores que recorrer, las carreteras carecían de alternativas, me resignaba a la vuelta sin incentivos, en sentido inverso y por la sucesión de panoramas recortados por la ventanilla del autobús. Entonces vino la bendición del Norte.

No quería parar en Holguín, me molestaba repetir las despedidas y temía que Cesáreo pensase que había reconsiderado su proposición. Pasaría lo más rápido posible hacia Las Tunas enfilando la ya conocida, y única, carretera central hacia La Habana. Un sentimiento de finitud y desánimo me impedía considerar nuevos derroteros. Pero hice noche, vi el tráfico que hacia un alto en el cruce y luego continuaba ruta hacia la costa norte, a menos de cincuenta kilómetros, me vino, mientras leía sentada a la puerta del hostal, el aire de espacio salino y más grande. No pude evitar ir hacia allí.

Las rutas se volvieron sendas pedregosas y difíciles. Fueron muy pocos días de un recorrido irreal, con múltiples cambios de vehículo, y largos periodos de tiempo en los que las conversaciones fueron contadas, utilitarias y ocasionales. Intenté la aventura de una lancha que, como conclusión de un trabajoso regateo, me llevó para que pudiera rozar los cayos, la costa desmenuzada, sumergida, atrincherada tras la barrera de coral. Supe de playas parameras guardadas por destacamentos de enormes cangrejos azules, y de lagunas en las que los flamencos rosas trillaban sus pastos de agua cálida. Ésta era la soledad, la vida indiferente al hombre cuya vista había añorado desde el comienzo, cuando consideraba con melancolía cuán domesticada y familiar la isla era.

La costa norte, de Nuevitas a Sagua, es un perfil de vértebras de cayos y bahías. Hay playas blancas y tranquilas, calas diminutas y extrañas cuevas. En el interior, en la Sierra de Cubitas, se visita una gruta con pinturas rupestres en las que los indígenas narraron la llegada de los españoles. Frente a la costa los islotes forman el archipiélago de los Jardines del Rey, más allá aflora el laberinto de las Bahamas; luego, únicamente, la inmensidad del Atlántico.

En la noche llega el especial eco del rompiente, en el que los navegantes de siglos pasados probablemente escucharon el estruendo de las grandes cataratas en las que el mundo conocido terminaba. Éste es el cielo del trópico de Cáncer, el vivero de vientos rabiosos, destructores, que emprenden desde aquí su fanática danza de derviches y dejan las palmeras llorosas de aves muertas y cieno. Ahora todo es paz en la costa desierta. Por fin no estoy en parte alguna.

Las grandes islas, Cayo Coco, Cayo Romano, quedan atrás, con su espejismo de vergeles marinos y caballos salvajes. El archipiélago se va reduciendo a cadenas de arena y rocas, las carreteras se aproximan a la general y confluyen en Matanzas.

Aquí, ya en plena zona turística, las grutas han sido transformadas en discotecas con decorado filibustero. Las luces y la música tienen un brusco efecto deslumbrante en el recién llegado que pone pie de nuevo en la Cuba actual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cambio de postal: Varadero.

 

Aunque me quedan todavía doce días de vacaciones que intentaré pasar en parte en la playa de Varadero y los tres últimos en La Habana, el viaje aventura-lucha-vuelta a la isla lo siento como terminado. Lo he hecho, pese a todo, en pesos, en guaguas, y ahora en tren. Mi ropa está relavada, descolorida y sudorosa. Me ha crecido un hermoso eczema en un pie y algo en las manos. El bolso se ha desgarrado en parte, voy con la mochila ya sucia. Me cambio como puedo en servicios siempre sin agua con dedos pringosos, suelo encharcado y puertas que jamás cierran.

Y se supone que voy a pasar al mundo de la postal, al paisaje del cocotero caribeño en el que hace infaliblemente su entrada el camarero con el cóctel de ron, el mundo del dólar, como quien se cansa de nadar y se sube al bordillo de la piscina. Varadero. En minutos, en metros, el salto de la incuria, la suciedad desganada y la escasez crónica al confort, los estándares aceptables, la limpieza y la atención. El hotel de Varadero, pagado en -muchos- dólares, no plasma ninguno de los múltiples y habituales aspectos de la ruina nacional. Para él sí ha habido pintura, reparaciones, alicatados, cañerías, grifos y agua. En Cuba sí se ha descubierto que puede haber otra cosa distinta del w.c. atascado y sin cisterna, de los cestos de viejo papel higiénico usado, de las esperas de una hora para conseguir, quizás, un desayuno, del eterno gesto de mal humor y desdén de camareros y camareras, de las cucarachas, la grisura y las colas.

Varadero: Hospitalario para sus amigos, inexpugnable para los enemigos. reza el cartelón. Ni aquí cesa el complejo de defensa, los grandes paneles moralizadores o incitadores a la resistencia y al combate que reemplazan a la publicidad de artículos de consumo y difunden -distinta de la comercial pero no menos profusa y sí más autoritaria y menos placentera- la alienación estatal.

El color del mapa ha cambiado del gris al dorado resplandeciente. Al extremo de la franja de playas de Varadero está el complejo de lujo, el Hotel Internacional con sus ciento veinte dólares la noche y sus ofertas múltiples y millonarias de langosta, ron y cóctel de coco. La playa es de una belleza ejemplar, como un modelo de playas, con su arena harinosa, el agua tibia celadón y malaquita en una mansa e inmensa piscina de poca profundidad.

La red aquí para extraer del turista el máximo de divisas es implacable porque ese ganado es el monocultivo de Varadero, su especialización regional. Los cubanos también aspiran a su parcela de paraíso. En la caseta de turismo nacional hacen colas de semanas y de meses – colas reales, en las que deben ingeniárselas para aparecer y firmar todos los días y hay repaso mañana y tarde de la lista de espera- para conseguir unas cortas vacaciones o los ansiados tres días preferenciales de la luna de miel. Único caso en la isla, los habitantes de Varadero pueden alquilar habitaciones siempre y cuando no sea a extranjeros. Huyendo del astronómico hotel donde la oficina turística pretende confinarme, me deslizo en una de ellas por mediación de Olivia, que trabaja en un restaurante.

Vista tras la barra, con sus maneras naturalmente elegantes y su tipo fino de belleza madura y sufrida, es difícil imaginarla en un marco peor que el que en su trabajo la rodea. Me invita a su casa. Olivia vive en una especie de chabola construida, como otras familias, a base de ampliar vivienda con los medios de a bordo. Hay un único dormitorio en el que duermen el matrimonio y los dos hijos de once y diecisiete años. Aunque el marido se supone que tiene un cargo en turismo, no le han dado nada mejor y es angustioso ver deambular a esta mujer de porte esmerado entre tal miseria de fregadero, pobreza e  hijos.

-Ya no me queda dolor que pasar- comenta.

Olivia ha sido y aún es hermosa, con buen tipo, muy delgada, espléndidos e inquisitivos ojos azules y a las espaldas un rosario de desgracias que ya no resulta conmovedor de puro abigarrado: a los dieciséis años, embarazada, busca un trabajo después de que su madre la eche de casa. El padre de este niño y del otro que vendrá -ahora tienen once y diecisiete años- es un agente de la policía secreta que trabaja en prisiones. Aunque se acaban casando Olivia no hallará la dicha en su matrimonio; el oficio de delator policial le resulta a él insoportable y le llevará a un trágico final. Mientras, cuando ella está embarazada y van los cuatro en el coche, el vehículo vuelca y pierde el niño. Más tarde se le morirán dos bebés de tres y seis meses. El marido, incapaz de seguir adelante con su trabajo, se suicida ahorcándose. En el rosario de desdichas de Olivia se incluye una quemadura con el hornillo y la muerte de su padre y de dos hermanos. Se casa de nuevo con un responsable de hostelería, lo que no impide que continúen viviendo en esa especie de chabola mínima. Su pareja se divorcia para casarse con otra mujer y Olivia cae en una depresión y anemia que la llevan al hospital al borde de la muerte. Su apego por este hombre es extremo y continúa siéndolo en su actual y paradógica situación: él se reparte entre sus dos hogares, vive unos días con su mujer actual y otros con Olivia y sus hijos, que le rodea de atenciones y le recibe con avidez.

Mi casera sin embargo es la Marta del amor, la mujer práctica con tres matrimonios a sus riñones, la que tranquilamente se enorgullece de que ha conseguido todo de los hombres sin trabajar jamás, empezando con sus tíos desde los dieciocho años, que la hicieron heredera, continuando por la cosecha de cadenas de oro, pulseras y maridos, hasta llegar al actual, treinta años mayor que ella y del que va a heredar la casa en la que viven, que les renta jugosas cantidades con el alquiler por habitaciones.

-¡Hay que pensar con esto, no con esto!.

Y esta buena y enérgica fenicia se golpea primero la cabeza y luego el pubis.

-¡Si piensas con el coño estás perdida!. Con él sólo hay que pensar mucho después.

La ilustración gráfica de sus teorías es muy poco trovadoresca pero en extremo sólida. Casi analfabeta y profundamente letrada en la vida, habla con una especie de lujuria del dinero y las joyas conseguidos, del testamento de su marido actual hecho a su favor, y de las posesiones de que disfruta. Siempre consiguió lo que ha querido, siempre -de padre a tío, de tío a maridos- ha logrado que la mantuvieran. Tras el cambio de régimen en Cuba, se apuntó a todas las organizaciones de cooperación vecinal revolucionaria habidas y por haber en una especie de tratamiento de choque homeopático de la delación y las purgas, y sobrenada con pericia manteniendo en seco haberes y artículos de importación. Hay algo en esa mezcla de generosidad, codicia satisfecha, miras escasas y presunción que, por su franqueza descarada, resulta simpático, y más al lado de la helada suficiencia de la policía y la estulticia cándida de los incondicionales.

¡A la defensiva!. Carteles, proclamas, consignas. ¿Qué haría este régimen sin enemigo?. Hasta ahora no puede decirse que haya preparado al país para integrarse en el conjunto normal de las naciones de un mundo moderno. Sus políticos – empezando por el Líder Máximo- son un desastre sólo digno de despido. Hay un empecinado anclaje en otro mundo, el de cuarenta años atrás, un mundo de carencia y guerra fría. Al duchar a una población, aislada e incomunicada excepto por los raros y perfectamente controlados canales del Estado, con continuos excitantes y motivantes bélicos, al hacerla identificarse emocionalmente con su verboso e iluminado líder en el que se mezclan el caudillismo endémico vitalicio, el paternalismo y patriarcalismo y el empecinamiento añadido de la edad, al producirse esta identificación, las críticas son siempre culpabilizadoras, las rupturas traumáticas, los cambios peligrosos, mayormente si cada cual debe creerse un bastión inexpugnable, un David frente al Goliat estadounidense. Los davides sin embargo suspiran por las monedas, las camisetas, los pantalones vaqueros y los electrodomésticos de Goliat. El dólar es la única moneda fuerte, la moneda de referencia de Cuba, que arrastra la cada vez más pesada cola de una fabulosa deuda exterior y el secreto a voces de su bancarrota interior. ¡Creemos enemigos externos!.

Miremos los billetes. El de veinte pesos: el guerrillero Camilo Cienfuegos por una cara, desembarco de los guerrilleros del Granma por la otra. Diez pesos: discurso de Fidel a la multitud  ( Declaración de La Habana de 1960 ) por una cara y el militar Máximo Gómez por la otra. Cinco pesos. El militar Antonio Maceo por un lado y una invasión de guerrilleros por la otra. Tres pesos: el Che por un lado y el mismo cortando caña por el otro.

Y mientras, en la antología de José Martí, -del que Fidel copia el estilo patrístico, el mesianismo y la insistencia en los valores viriles y bélicos- se augura la unión inexorable que producirá el comercio y se da vueltas, con rechazo pero con inquietud, a la alternativa de asociación a Estados Unidos. Hay mucho en Castro de los tonos evangélicos de Martí, y la reiteración de éste en utopías celestes patrióticas, en excelsos futuribles, transmutada por Fidel en términos marxistas, es cuanto menos peligrosa para las felicidades concretas de los seres reales. La soberbia apostólica en el poder es temible, en esta Iglesia atea como en las que no lo son. Entre la copia envidiosa de Miami y los peanes a Esparta, Cuba se bambolea con una tripulación de náufragos a los que falta material para fabricar lanchas salvavidas.

 

Varadero es el punto de aterrizaje turístico por excelencia y lo fue desde los años treinta, en los que el industrial Dupont comenzó a comprar terrenos y a construir. Su situación es perfecta: una lengua de tierra con más de veinte kilómetros de playas, al noreste de La Habana, bien comunicada con ésta por carretera y por aeropuerto al resto del mundo. Es una prolongación marina de la península de Hicacos, en la provincia de Matanzas. Cuando se observa el panorama futurista de sus cadenas hoteleras perfilándose en exclusiva en el plano horizonte resulta difícil imaginar que hace siglos también aquí hubo una historia, que en algún profundo nivel, bajo la arena, yacen los indios que hallaron los españoles a su llegada, cuando instalaron en Punta Hicacos un centro de aprovisionamiento de carbón y de cerdo salado. Era una región hermosa y solitaria hasta que, con el descubrimiento del contacto con el agua del mar, se construyeron en 1910 las primeras villas de vacaciones.

Los años treinta, cuarenta, cincuenta, vieron un desarrollo acelerado. Varadero, semejante pero infinitamente más bella que su vecina Miami, recibía desde a los millonarios que volaban desde Florida hasta a un turismo fiel y numeroso de cubanos con posibles. La revolución de 1959 paralizó la zona y vació los grandes edificios hasta que, al principio de los setenta, el Gobierno decidió recuperar tan rica fuente de divisas. Al final de la fina punta de la península, todavía puede visitarse el Museo Dupont de Nemours en lo que fue la villa, playa privada y aeropuerto del millonario. También subsiste, como simple lavadero, la casa del presidente Batista

Es lugar de largos paseos dando la espalda a torres y restaurantes. Me siento al atardecer como quien acude cotidianamente a ver una película. Es un horizonte tan amplio que da impresión de infinitud, una hemiesfera de agua y otra de arena, la franja de esta delgada península marina. Los cubanos, como la mayoría de los pueblos realmente del sol, gustan de bañarse a la puesta y la superficie, plateada en rasante, del agua está llena de cabezas negras y cuerpos oscuros contra un escenario caótico de las más variadas nubes: finas, altas y planas, salomónicas y tubulares en vertical, en gajos y en copos, agrupadas en rebaños que pacen hacia el sur. Siempre hay un rincón del cielo en el que brillan relámpagos, y una fragua tardía del sol sumergido en el horizonte y cogido con desesperación a las nubes más altas.

Esa noche hubo eclipse total de luna.

 

El dinero llueve a las manos de la hacendosa fenicia que me hospeda, desde las habitaciones alquiladas a lo largo de todo el año, pero no sabe en qué gastarlo. La gordura de ella y de su familia es la de la dieta exclusiva de alubias, arroz y panceta, aliñados cuando se puede con unos trocitos de pimiento, cebolla o ajo, y completada por un plátano, si lo hay, o un huevo. La casa está limpia hasta donde lo permiten la ausencia de todo artículo de droguería, y los insectos, inatacados excepto por la esporádica fumigadora municipal, tienen bien delimitados sus senderos y territorios. No existen estropajos ni balletas ni detergentes ni abrillantadores; tampoco apenas artículos de baño. Hay algún fósil de loción de partidas pretéritas para las que hubo que hacer cola un día entero, y el trozo áspero de jabón y el abominable dentífrico soviético de la cuota.

Frente a esa gente, a pocos metros de distancia, la llamada “área dólar”, con sus restaurantes y cafeterías en los que hay de todo; frente a su porche, los cristales de la tienda con divisas: medias, camisetas, perfumes, chicle.

 

Varadero noche. Estación de autobuses.

 

Hace una hora estaba sentada bañándome a la puesta del sol en un mar oscuro y bajo un cielo incendiado que se resolvía en cenizas rápidamente. Ahora la policía me ha obligado a empaquetar mis cosas; los de emigración habían ido a buscarme a la casa y me ordenaron dejar el alojamiento privado. Querían llevarme a Cubatur para colocarme en un hotel a los dólares consiguientes.

Era un agente rubio, el típico policía convencido y serio que me había hecho la prolongación de tres días de mi estancia. Presentarme a ellos e intentar estar perfectamente legal fue mi error. El eficaz policía de ojos claros y discursos sobre la legislación pertenecía a esa especie que ha alcanzado el gran logro de que la gente, en cualquier situación, se sienta culpable y que se deleita en ver el miedo en los ojos del interlocutor.

El agente, cuando dejé el hotel para alojarme en la afable casa de la señora, me había seguido la pista, y ahora, sin darme tiempo a secarme, Estamos esperándola, me había embarcado en su coche patrulla; un espectáculo perfectamente llevado.

-¿La ayudo con la mochila?.

-No, no.

Empujo la mochila al fondo del coche sin mirarle. Con toda sequedad, y con cierta repugnancia, pongo cuidadosamente su gorra atrás.

-¿Quiere que la ayude a conseguir billete en la terminal?.

-No quiero que usted me ayude absolutamente a nada.

-Lo decía por si puedo rendirle un servicio.

-Considero que ya me ha ayudado usted bastante.

-Ya ve que se han hecho las cosas como se debía.

-No se preocupe, que saco la adecuada impresión.

Salgo en la terminal de autobuses. La policía se va con su prepotencia y su mirada verde tinta de tampón y póliza.

Mi vecino de asiento, en un autocar virtualmente llevado a pulso por las cucarachas, es en extremo locuaz y tengo fundados motivos para creer que le impulsan a ello mis divisas y no mis amores. Su conversación gira rápida y exclusivamente en torno a los shopy, las tiendas especiales en las que espera convencerme para que le compre artículos, los pequeños cotos de consumo en los que puede encontrarse lo inalcanzable fuera, desde un desodorante a una fruta. Le corto con aburrimiento, aspereza y cansancio:

-¿Dónde va la producción de Cuba?. ¿Dónde va el dinero?.

Mi vecino responde con rabia:

-¿Dónde va?. A las delegaciones extranjeras invitadas que tenemos todo el año, a las estupendas donaciones que hacemos a países africanos, va quién sabe a dónde. En los discursos el Gobierno siempre se vanagloria de la ayuda que prestamos y aquí parece que han puesto la isla boca abajo y la han sacudido. No tenemos nada.

Pasamos carteles: Reforzar y reparar las trincheras de nuestra moral y nuestro honor. Producción y defensa. ¡Hasta la victoria!. El autobús nocturno atraviesa una horrenda plaza, que es la de la Revolución, con un monumento fálico gigantesco, coronado por una estrella de lucecitas, en todo semejante a la nunca bastante bien llamada Merdeka (Independencia) en Yakarta. Hojeo un Granma. El periódico es un memorial al estilo fósil del lenguaje totalitario más arcaico, con una selección peregrina y estultísima de noticias mundiales en la que se trillan las catástrofes del área capitalista y se pule el logro más mínimo de la socialista.

Y en plena madrugada decido intentar, desde La Habana, volar a la Isla de los Pinos, cojo un transporte nocturno y me voy al aeropuerto de nacionales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nueva Gerona. Isla de los Pinos o de la Juventud

 

Los benéficos jefes de turno, y equivalentes como el de tráfico del aeropuerto, siguen funcionando de maravilla, ayudados por la intercesión de San Antonio y el factor pago de pasaje en dólares. A la llegada, tras esta larga noche de policía, autobuses, avión, alba neblinosa en un paisaje nuevo, todos los establecimientos estatales están, como de costumbre, llenos, pero por la calle, a través de alguien que conoce a alguien, alquilo una habitación en la pequeña capital, Nueva Gerona.

El lugar se siente como isla. Tiene mármol, vegetación plana y bruscos salientes de colinas, paisaje monótono pero al que se ha sacado partido, falsas montañas que no son sino dispersas elevaciones, naranjos -¿a dónde irá esa fruta?-, embalse. Antes lugar de destierro, Fidel la rebautizó con el nombre de Juventud para destinarla a centro de formación y estancia de muchachos del Tercer Mundo y de encuentros socialistas. Abundan los carteles, el enemigo norteamericano y el amigo ruso, Los pueblos están a la ofensiva, África en rojo entre continentes en verde, internacionalismo. Hablo con un muchacho nicaragüense que empezó a ser soldado a los nueve años. Otro narra una conversación con una norcoreana que no decía tener nombre sino número.

Las playas, incluida la famosa de Bibijagua, aunque acondicionadas, resultan repugnantes, y tanto más cuando se viene de Varadero. La arena es negra y pasablemente sucia, con restos de detritus. El agua, muy baja y con escaso movimiento, sólo rizada en la superficie, tiene un color verde lívido por el fondo legamoso y de algas. Es esta corona caldosa de agua muerta la que repele. En realidad la isla no es sino uno de estos bajos fondos marinos que casi unen Cuba al continente y que aquí se alza, escasamente, sobre el nivel del mar.

Paseo siempre entre conjuntos de personas, familias, grandes grupos de niños. Es ésta una sociedad fuertemente tradicional, de raros, si los hay, solitarios y de solitarias inexistentes. El calor machaca como un martillo en la cabeza fuera de la línea de la sombra y ataca incluso adentro de ella a ráfagas alternativas de horno, no mejoradas por las canciones mejicanas de dos enormes altavoces.

La isla tiene, tuvo, como tantas otras partes del país, obras de acondicionamiento social con el aspecto de haber funcionado correctamente el día de su inauguración y no haber sido reparadas desde entonces. Los grifos carecen de agua y de abridores -ciertamente hurtados dada su inexistencia en el mercado.-; por la misma razón no hay bombillas, los cables y tomas asoman patéticos, se oxidan las piezas, los mostradores y las máquinas, los muros recuerdan vagamente su color original y losas y azulejos están atacados por la lepra.

Pero se mira al mar y allí está Stevenson. Porque esta perezosa isla a la que se ha comparado, de forma muy poco lírica, por su plana redondez con una galleta es La Isla del Tesoro, y tuvo calas llenas de sueños y, probablemente, todavía hoy su archipiélago de los Canarreos, sus costas que miran a Yucatán, sus bajíos pastosos, sus ciénagas de cocodrilos evocan peligros, oscuras muertes, sed de oro. Emboscados en este rosario de cayos, los filibusteros esperaban a los galeones españoles y hallaban en las cuevas escondite para su botín.

Pero hay más antiguos recuerdos. Las paredes de las grutas de Punta del Este están cubiertas de pictogramas rojos y negros en los que los primitivos pobladores dejaron mensajes indescifrables. Eran indios siboneyes, que habían abandonado el lugar doscientos años antes de la llegada de Colón y que llamaban a la isla Camaraco, mientras que los tainos se referían a ella como Siguanea. Cristóbal Colón desembarcó en sus playas en 1494, durante su segundo viaje a América, y la bautizó como Evangelista. Siempre fue un lugar solitario, quizás de simple paso o varadero de grupos perseguidos. De los siboneyes y su origen se sabe tan poco como de sus pictogramas. Al parecer se alimentaban de grandes moluscos, utilizaban sus conchas y hablaban una lengua distinta a todas las de las Antillas. La pantanosa isla, poco afectada por el descubrimiento y bautismo de Colón, continuó durante siglos su olvidada existencia y sólo en 1830 decidió el gobierno español construir allí la primera ciudad, Nueva Gerona. Llamada finalmente de los Pinos por la abundancia de estos árboles de los que hoy queda bien poco rastro, se destinó a penitenciaria. Allí residió el deportado José Martí y en ella estuvo encarcelado diecinueve meses Fidel Castro hasta que en 1955 Batista concedió una amnistía a los presos políticos. Hoy la antigua cárcel es un centro de visita turística. En el tratado de París de 1898, Estados Unidos había excluido la isla del territorio del nuevo Estado cubano pero en 1925 se reconoció la soberanía de La Habana sobre ella, que la administra con un régimen de comuna especial.

Esta galleta partida en su mitad por la Ciénaga de Lanier no es bella pero sí extraña, con el aura negra que le proporciona una historia de piratería, exilio remoto y un singular esqueleto rocoso de puro mármol, al que acompañan vetas de oro y wolframio. Tras la revolución, fue sometida a una ducha pedagógica, probeta del trabajo voluntario para el que se enviaron brigadas de jóvenes que vivían en un sistema de colectividad espartana gratuita. El experimento se abandonó algunos años más tarde. Hoy la isla tiene una población estable y dedica sus tierras más fértiles al cultivo de cítricos.

La señora que limpia y hace las veces de guardiana de la modesta galería de exposiciones titulada, con notoria desproporción, Reproducciones de Arte Universal aprovecha, como tantos otros, su charla con una española para escuchar, embelesada, noticias de ese país de jauja visto en las series de telefilmes, noticias de ese mundo exterior en el que, oh milagro, hay de todo, hay donde elegir, es posible escoger. Porque aquí, en Cuba, no se escoge nada. La señora se aburre y es locuaz:

-Cobro cien pesos al mes. Por la casa pago nueve con cincuenta mensuales, más el gas y la luz. La cuota de arroz no llega y la de carne no da para nada. Allí, en el mercado libre, vamos, el que no va por cuota, hay mucho (mucho significa cerdo, con suerte quizás pollo, arroz, judías, alguna lata, sobrecitos de café mezclado, tal vez chocolate, y poco más) pero es muy caro. Una pierna de puerco cien pesos, mi sueldo entero; un pollito quince, diez pesos. ¿Quién puede pagar esas cosas?. Y lo mismo con la ropa….

La señora tiene una revista de moda rusa que resulta patética en este calor y en la oferta inexistente.

-La ropa del Estado es cara y muy mala de calidad, veinte pesos unos zapatos que no valen nada. Lo que se compra de lo extranjero, por ejemplo, a los estudiantes angoleños, que traen ropa bonita, buenos zapatos, es carísimo.

La señora trabaja ocho horas pero luego hay las de trabajo voluntario, no remuneradas, a las que negarse significaría estar mal visto y perder puntos de los que permiten un día tener un televisor en color, mejor casa, incluso quizás -rarísimo- un coche. Luego hay el domingo rojo anual, que la señora cree general en el planeta, en el que todo el mundo trabaja gratis. Ella no ha salido de Cuba jamás, no conoce del mundo sino esos melosos telefilmes y las noticias trilladas que da la televisión, pero tiene claro, con su lógica de ama de casa, que quisiera escoger la tienda, lo que come y cuándo trabaja.

La revista de moda rusa recuerda a las de España años cuarenta, un formato blanco y negro y papel grisáceo. La señora repasa sus páginas usadas y alterna a veces con un vistazo al periódico en el que se anuncian en tintas blancas y rojas las visitas de varias delegaciones extrajeras. La claustrofobia de la isla contrasta con su población flotante de toda África (Angola, Namibia, Malí, Etiopía, Mozambique, Sahara, etc) a la que miran los indígenas con distanciamiento. El poder manda que los cubanos acojan en su suelo, eduquen, paseen y nutran a múltiples grupos, representaciones, equipos y estudiantes, mientras los nominales y esforzados anfitriones carecen de casi todo. Como el mundo se divide entre imperialistas-capitalistas y socialistas, la consigna es ayudar a éstos contra aquéllos, pero el gallardo papel que tan bien queda en los discursos y consignas de Fidel se siente como una sangría inútil e inacabable de soldados, armas y dinero.

Paseo por Nueva Gerona. De nuevo las tiendas, los restaurantes, las cafeterías grises, lamentables y vacías; la librería ofrece una mayoría de libros sobre marxismo-leninismo y poco más, nada sobre historia de la isla y sus peculiaridades. Los restaurantes tienen un público predominantemente africano y masculino que contrasta, en su forma de vestir y de gastar, con la visible restricción de los cubanos.

La iglesia, frente a la que truenan marchas, consignas y boleros los altavoces del parque, es pequeña, con un escaso pero constante hilillo de gente, casi toda de color, que sale y entra. El cura es un hombre rubio, francés, sudoroso e irónico. Señala, en un gesto vago, hacia las oleadas de música militar y de bailables que penetran a raudales en el templo:

-Han estado conectando los altavoces a todo volumen cada domingo a las seis y media de la mañana, cuando comenzaba la misa y no había un alma en la calle. Durante meses. Aquí las guerras son de resistencia. Al final he logrado que no me pongan el altavoz durante la misa. El precio es una insistencia cotidiana y una usura que agota. La asistencia de feligreses no es grande pero sí continua; en su mayor parte son estudiantes africanos. Los cubanos jóvenes no saben qué significa el hombre puesto en una cruz.

El cura francés ha venido por un tiempo limitado y, como los cirios, algo sugiere que el calor tropical le va quemando lentamente, que la piel se acerca a los huesos raspada por una insomne estrategia de resistencia. En Cuba se supone la libertad de cultos, pero él sufre la obstaculización rutinaria, el bloqueo del material que se le envía, y carece de papel y de Biblias. Fabrica pues sus textos. El país le parece una bancarrota absoluta disimulada por un ritmo de vida vegetativo: la gente se aloja en barracas, come los cuatro alimentos habituales y nada fresco porque no hay red de transporte y almacenaje, el clima no exige calefacción, buena ropa ni zapatos; día a día, a niveles de subsistencia y mantenimiento, la existencia se prolonga, limitada en altura y en anchura al circuito endémico de la consigna y la escasez.

-Pero lo peor no es eso.- continúa el cura, que se levanta de cuando en cuando para atender a las personas jóvenes que entran- Lo peor es que en este sistema a la gente le matan el alma. Nadie osa protestar organizadamente ni siquiera porque el pan no llega a su hora, porque las colas desde el amanecer son a veces inútiles y se ríen de ellos. Intenté explicarles que, si no les traían el pan a su tiempo, si les dejaban sin él horas sin explicaciones, bastaba con que se pusieran de acuerdo para no comprarlo nadie un día y verían como la situación cambiaba. Tuvieron miedo; nadie se atrevió. Cualquier oposición, por banal que sea, lo es al sistema. Puede que no haya asesinatos ni torturas, pero el Estado sí ejerce la tortura psicológica, en ocasiones los malos tratos, hay alguna desaparición o aplicación de la pena de muerte y, sobre todo, se encarcela.

Las conversaciones sobre el tema de las cárceles, mantenidas con gentes muy diversas, revelan la existencia de numerosísimas colonias penitenciarias pero no hay forma de saber el número de detenidos, aunque se habla por miles; es imposible investigar sobre ello para ninguna organización de derechos humanos, y más imposible aún resulta distinguir entre los que están encarcelados por delitos políticos y de opinión y los criminales de derecho común.

La iglesia tiene un aspecto de islote y resistencia en el mar de consignas monocordes y pequeñas agresiones cotidianas; su situación minoritaria y oprimida le atrae actualmente un respeto del que en épocas de prosperidad no hubiera gozado. Tradicionalmente la religión católica no tuvo en Cuba gran ascendencia, mediatizada por la masonería aliada al progresismo y movimientos independentistas e ilustrados. Sin embargo persisten ritos espiritualistas y mágicos y sectas como los testigos de Jehová. Éstos últimos están absolutamente prohibidos pero algunas personas parecían muy dispuestas a prestarles atención; les encontraban más puros en comparación con las concesiones a la propaganda estatal que hace la Iglesia.

Esperan probablemente a las Iglesias inesperados renaceres. La persecución las ha depurado y dignificado en los regímenes totalitarios que han impuesto el materialismo y la economía como dogmas de fe junto con el culto absoluto al Partido. E incluso en sistemas pluralistas por una parte el espiritualismo ha surgido como una reacción contra la censura implícita que silenciaba y ridiculizaba cualquier tipo de actividad y sentimiento religioso. Por otra parte son muchos los que, de optar por una adscripción religiosa, prefieren algo que signifique un cambio violento, que ofrezca una diferencia apreciable de existencia. En este sentido, es más tentador una secta radical y fanática que las discretas vivencias y exigencias morales de credos más solventes.

Pero la corriente de la vida es lenta hoy por hoy en Cuba, lenta y, aparentemente, dulce y de poco fondo. Vuelvo a la plaza. Según cede el calor, los bancos se llenan de gente con helados. Para obtenerlos hay que esperar largo tiempo pero el tiempo abunda. Hay fantasmas de kioskos y de frutas cuya ausencia pesa en el paisaje. Crecen en los parques muchachas que se fotografían con largos vestidos de tul rosa, que se casan a los quince años, a los diecisiete años, y que están decididas a ser hermosas; y crecen, arracimándose, hombres que en veinticuatro horas prometen ser esclavo y amante, que en doce horas más olvidan, que se casan y se descasan. Crecen grandes tragedias pasionales, familias entramadas como hiedras, y sueños de viandas y cerveza que acaban en la tristura de un mal iluminado despacho de ron. En bancos muy bajos para sus piernas se sientan africanos melancólicos. El cura pone a su público en el vídeo una película sobre Jesús de Nazaret. Las amas de casa calculan la hora del comienzo en la televisión de un capítulo más del inacabable drama brasileño en el que una bondadosísima joven posa para fotos pornográficas con el único fin de sacar fondos para el orfelinato. Salsa y charanga penetran hasta el sagrario de la iglesia, se deslizan en los rulos bajo la redecilla, impregnan el cucurucho de galletas.

El tipo de situaciones eternas que pueden quebrarse bruscamente en cualquier instante.

Alzo los ojos. Porque me han dicho que en esta esquina del Caribe donde se rozan los dos hemisferios se pueden ver al mismo tiempo la Estrella Polar y la Cruz del Sur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La constante gris.

 

Hagamos abstracción de palmeras, de charangas, del sudor tropical y de las playas, de los libros de Historia y de los ojos oscuros. Podría estar en otra parte. Es la misma constante gris de Polonia, Albania, China, Moscú, este mortecino cansancio, esa emasculación psicológica típica de estos regímenes doquiera que sean. Porque, contra todo lo que se dice de las peculiaridades nacionales, climáticas, étnicas, una descubre, tras años de viajar y comparar, que los sistemas asemejan más a las sociedades que los condicionamientos de su latitud y su piel. Y que -la constatación tantas veces durante tantos años rechazada, culpable, autocensurada en quien se creía del lado progresista, de los buenos– las democracias del proletariado, repúblicas populares, estados socialistas, comunistas, etc, son las dictaduras más profundas y ávidas del zumo de las raíces de la libertad humana que se han inventado jamás. Si se quita la espuma de sones caribeños, danzas africanas, hieratismos orientales y brindis eslavos, resultan constantes de admirable homogeneidad de un extremo a otro del planeta: parálisis burocrática, pobreza, carestía, grisura, lenguaje empedrado de clichés, falseado y rígido en la bien definida neolengua de Orwell, miedo a cualquier tipo de libre expresión y control social a base de una red de observadores-informadores civiles, ineficacia, apatía, desprecio en los servicios hacia el pueblo al que se dice estar dedicado, bancarrota encubierta y subsistencia precaria a base de racionamiento, culto al Líder y al Partido único, inexistencia de derechos humanos y libertades civiles, incluida la de tener un pasaporte y poder salir del país, usura cotidiana en las magras cuotas de bienes físicos o morales que van desde las patatas a las posibilidades de información y de expresión, confusión intencionada de toda protesta con un delito sin que, por otra parte, exista el preso político puesto que todos reciben la denominación de criminales de derecho común a poco que no muestren entusiasmo por el sistema.

En Cuba se da todo ello como en otras partes del planeta de regímenes similares. Y, pese a las pesimistas observaciones de Huxley sobre el futuro de nuestro mundo feliz, en Cuba como en otros regímenes totalitarios se siente que la capacidad de supervivencia del deseo de libertad individualizadora es en la especie humana inextinguible y que, aquí como en China y como en la Unión Soviética y Alemania del Este, bastará un desplazamiento de las placas carcomidas del sistema para que irrumpa hacia la superficie, desde una masa aparentemente apática, doblegada y gris, un múltiple estallido de vitalidad y de rechazo. Quedarán para los individuos que no han vivido nunca bajo un Estado que ha impuesto las doctrinas de Marx y Lenin como reglas y la igualdad como dogma las disquisiciones sobre la diferencia entre comunismo auténtico, benéfico socialismo futurible y falsos comunismos. Para los que lo han experimentado y para los que sean capaces de analizar sin mentalidad religiosa, lo que ha existido es lo único real, la materialización -durante largas décadas y en varios puntos del planeta- de un sistema de ideas, con su balance de desilusión y de fracaso, con lo que supone de participación en un lote de tácita culpabilidad, con su saldo de desamparo que sólo ilumina, a veces, la chispa de un imperativo de búsqueda.

Cuán trágica, pues, la desaparición de enemigos exteriores. Anuncia, para sociedades e individuos, una implacable desnudez frente a la soledad del razonamiento, el momento cercano en el que deberán asumir la personal responsabilidad de sus respectivas situaciones. Si se erosiona, como está ocurriendo, el clima psicológico por el que las naciones podían achacar sus carencias y males a sus antiguos colonizadores, los estados más pobres a los más ricos, los individuos menos satisfechos a otros individuos mejor situados, entonces quedará un vacío de enemigo y una necesidad de asumir las responsabilidades propias en la propia suerte que resulta espinoso solventar, sobre todo cuando se ha perdido la práctica y aún existe la bien arraigada costumbre de deslizar el fardo de las causalidades hacia los hombros de entidades ajenas, envidiadas y distantes.

Pero la situación actual en Latinoamérica es lo bastante catastrófica como para proporcionar a regímenes como el cubano una aparente legitimación moral. En Cuba no se recurre sistemáticamene a la tortura y a la eliminación física y los escuadrones de la muerte no dejan por las mañanas una cosecha de cuerpos mutilados y balazos en la nuca. Un juicio fácil y externo se contenta de la ausencia de libertades con la ausencia de sangre. Un análisis no. Pese a la alternativa ofertada por el Gobierno cubano de igualdad y de seguridad, a sus puertas no se agolpan refugiados de las bandas militares de ultraderecha de Guatemala y El Salvador. Poca dificultad constituiría para una decidida voluntad de mejora la distancia marítima, pero los que huyen lo hacen hacia la frontera de países que les ofrecen, al tiempo que una vida mejor o simplemente el derecho básico a la vida, también libertades.

Para regímenes como el de Fidel Castro la existencia de enemigos es providencial, como lo es para países e individuos la existencia de vecinos -en el espacio o en el tiempo- prósperos y fuertes a los que jamás se perdona su bienestar y su grandeza. El victimismo siempre es política y personalmente rentable; a corto plazo. Pero el momento de asumirse como resultado de las propias capacidades y de los propios hechos admite, en el mundo de hoy en día, cada vez menos aplazamientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Lucina atraviesa tres regímenes y sigue adelante.

 

Es una viejita sumamente peligrosa, no hay más que ver el brillo de los ojos que se impone a la miopía y a las gafas, los brazos que manejan como garras amables la organización de la comida y el hogar, las labores, el bolso y las tijeras, las piernas que arrastran inmisericordes la espalda cheposa a través de recados, gestiones, distancias, papeles. María Lucina pertenece a esas mujeres forzosamente matriarcas de América Latina que remiendan cada día la pereza, la violencia y la barahúnda inútil de los hombres, que sostienen, silenciosamente solas, el tenaz entramado de la vida.

Cuando voy hacia ella, único ser iluminado por la lámpara de mesa en el rincón del salón sombrío, tengo la tentación de introducirle una moneda entre las gafas y la frente. Porque sé que en su máquina de recuerdos la aguja ya se ha levantado y desciende sobre el disco colocado en la plataforma, el disco de sus batallas y el de su guerra

Ahora, a las doce de la noche, mientras el marido duerme, el hijo militar se emborracha, el hijo intelectual se queja y las nietas añoran amores y un conjunto de ropa interior de encaje, ella deja en el regazo la labor que venderá el viernes a la tienda del Estado, suspira, se pone a charlar conmigo, que he llegado de lejos y me marcharé pronto, que le recuerdo un tiempo de visitas, presentaciones, movimiento, nuevos rostros.

-Ay, sí. Echo de menos las reuniones, las fiestas que teníamos. Había que ver esa calle los sábados …¡Y los días grandes ni te cuento!

Enhebra la aguja y se queda con ella en el aire, oyendo conversaciones, carcajadas y músicas que desaparecieron muchos años atrás.

-Ahora no se puede ofrecer a una visita ni un triste refresco, no digamos una cerveza, a veces ni café. La Nochebuena no existe, está prohibida porque cuando la Revolución hubo unas Pascuas sangrientas. No hay Día de Reyes, se acabó hacia los años setenta.

Ni mención de las celebraciones oficiales, en las que el pueblo goza del acceso a cerveza aguada y raciones de cerdo y pescado. La viejita ironiza:

– Fidel decía que había que acabar con la explotación del hombre por el hombre, y ahora tenemos la explotación del hombre por el Estado. Lo único que falta es que racionen lo que hace una con el marido.

Se saca el dedal, que le baila en el dedo y ha rellenado con un trapo. Los dedales no se encuentran y éste es pieza rara, que coloca junto al acerico.

Giran suavemente los primeros acordes de su canción.

-Yo fui revolucionaria. Mi casa era un nido de la Revolución, hacíamos brazaletes, banderas, guardábamos medicinas, mi familia se fue para la sierra. Creíamos necesario y decente acabar con esa situación en la que vivíamos. Luego vinieron las decepciones; al principio confiamos y ayudamos, se pasó por las privaciones que hizo falta, pero Fidel y los suyos se pusieron a planificar, acabaron con todo y no nos dejan ni respirar.

María Lucina tiene una de esas vidas de desgracias desmesuradas, abundantes como los fenómenos naturales y los enormes ríos en América: operaciones, enfermedades destructoras, suicidios familiares, recuperaciones milagrosas, videntes, médiums, pasiones y desamores entre los suyos, compasiones, ataques. Todo ello ha pasado sobre su cuerpo nudoso pelándolo hasta dejarla en un solo y grueso nervio resistente.

Acompaño a María Lucina, que lleva a alguien, al otro lado de La Habana, objetos y vituallas indispensables colocados en una caja de cartón. El autobús pasa renqueando y expulsando un humo apestoso por las calles de la capital. Letrero: Máximo Gómez, pero en nada se distingue de la calle Pérez o López. Las casas, las avenidas -excepto los raros islotes presentables por motivos de turismo o prestigio- son como una sucesión de cadáveres en largo estado de descomposición. Carecen del discreto encanto de la decadencia, de la dignidad franca de la ruina y de la limpieza prometedora de las fundaciones y los comienzos. No es sino la plasmación de un desastre, de la degradación ininterrumpida de decenios. Los pórticos columnados, antiguas tiendas, galerías, balcones, son un recuerdo leproso del abandono de décadas, todo es una costra gris, parda, hierros, cuerdas, un trozo de cornisa, muros semiderruidos y mordidos a grandes dentelladas por el desinterés, el anonimato de inquilinos de paso, ennegrecidos por el desamor y la carencia de materiales. Los huecos ofrecen espectáculos de notable sordidez, espacios parcelados por divisiones de biombos y mamparas, objetos deslavazados, ropa tendida, gallinas, una mecedora, maderas, charcos, cordeles y alambres enroscados a  la caja de una escalera que antaño fue graciosa, a una greca de escayola, a los restos amputados de una fuente. Mucho me temo que, para la tropa de casas modestas e iglesitas como la de San Francisco, transformada en garaje, la declaración de la UNESCO llega con retraso.

María Lucina superpone al panorama paisajes urbanos de su recuerdo:

-Antes aquí había un bloque entero de tiendas; era bonito, muy bonito. Allá -señala una fachada de cartones y tablas en la que se arremolinan los papeles- había una zapatería, y no era cara. Más arriba una tienda de ropa, y terrazas de refrescos a cada rato. Todo esto eran galerías y encima se ponían plantas. Era muy lindo.

Ya no hay apenas plantas en los balcones, ni siquiera en la terraza de María Lucina. Se suceden, entre nubes de carbono y peatones que cruzan cuando buenamente pueden porque los semáforos no brillan sino por su ausencia, portales cavernícolas, letreros herrumbrosos de los que un día fueron establecimientos, escaparates cubiertos de cartón, alguna tienda indefinida con cuatro solitarios objetos y dependientas de gesto amargado y huidizo entre estanterías de género inexistente, cafeterías de largo mostrador solitario en las que se acabó el cupo de bocadillos de mortadela y refresco químico, camareros como viejos envases polvorientos y sin sentido. En el estancamiento y la mugre ni siquiera la belleza ocre del olvido.

Oscurece rápidamente en la calle sin apenas iluminación. Los vanos, con bombillas débiles, algún neón, no tienen más alegría que la música excesivamente estruendosa. Hasta los carteles de consignas, de campañas, de propaganda política, están rotos, caídos por las puntas, descoloridos y roídos. Y su mensaje es así exacto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nihil novum…

 

Quiero mi Cuba perdida, la que todos disfrutan, la que al volver a Europa traen en el equipaje como un perfume de frutas, como un sombrero de Carmen Miranda. Quiero mi ración de alegría y juerga. De repente me he sentido centenaria, sentada al lado de la abuela, con la luz mortecina de la bombilla tísica y la pila de libros, viejos periódicos, recortes de discursos, en el regazo. Quiero vacaciones, sin historia general ni historias ajenas. Me estoy viendo en el avión, sin más bagaje que un puñado de escritos que atufan atrozmente a moralina sociopolítica y que ningún lector soportaría excepto si lo ato de pies y manos. Yo misma me hallo impregnada de cierta grisura de misionero cenizo, de predicador polvoriento. Me ha subido al cuello la urgencia del agua corriente y los cócteles, de la maldad, las frivolidades y el despilfarro. Querría dejar, no ya mi equipaje y mis papeles, tan funcionales, austeros y correctos como un recibo del gas, querría dejarme a mí misma, ante la que me sonrojo por esa Cuba y esa rumba perdidas, por los recuerdos que no llevaré de vuelta. Y me dejo. Decido con la firmeza de la desesperación exprimir mis días últimos, gastar sin rebozo, huir a la playa turística más cercana en la que purgaré mis pecados plomizos en la juguetona superficie del mar.

 

Encuentro con el socorrista playero, la treintena larga, casi dos metros. Tras atenderme solícitamente para que encuentre dónde cambiarme, deje mi ropa, beba y coma -previo pago de su importe en dólares-, me propone sus atenciones sexuales. Lo que no sabe él es que el african, el arabian y, en tiempos, el griego, el malagueño y el sicilian lovers dicen exactamente lo mismo y que su promoción de la excelencia del producto puede resumirse en los puntos (que enuncia el socorrista a coro, involuntariamente, con sus homólogos del planeta):

  • Con él conseguiría cotas de placer nunca imaginadas.
  • Los cubanos son el número uno, como es notorio en el mundo entero, de la potencia y del erotismo.
  • Viva el presente y la espléndida – y rara- oportunidad que ofrece el día de hoy.
  • Un mordisco en el cuello y unos lengüetazos en la oreja cambiarían mi ser.
  • Él se ha casado y divorciado varias veces, y es que las mujeres no le comprenden y sólo saben joder.
  • El hombre casado que -siguiendo la lógica de sus enseñanzas sobre la virilidad y el sano goce del presente- va con varias mujeres es un mujeriego y ello no es grave porque su esposa no se entera.
  • La mujer que va con varios hombres es una puta. (Entiéndase haciendo lo mismo que me está proponiendo a mí. Su expresión al llegar a este terreno se ha hecho menos festiva y la voz incluso cavernosa.)

(No caigo en sus brazos deslumbrada ante el récord de felicidad y disfrute que se me ofrece y ello tiñe progresivamente los tópicos que desgrana de agresividad y rudeza.)

  • Una vez un homosexual (español, mira por donde) se le insinuó y él le rechazó con cajas destempladas conteniéndose para no machacarle a puñetazos. –Los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los gansos (homosexuales) son gansos.- dice.
  • Habiendo comprobado que no me llena de alegría romper con él las tres camas que, a las dos horas de conocerle, me propone, se instala cómodamente en su territorio habitual y apenas se molesta en levantarse de la mesa, cuando digo que me voy, para desearme buen viaje.

Éste no ha leído Maestra voluntaria, me digo mientras vuelvo, caminando por el lado del mar. Me ha venido a la memoria una joyita bibliográfica de los tiempos en los que también Cuba propugnó -sin duda con poco éxito.- el puritanismo estalinista. El libro había sido probablemente lectura edificante para jóvenes revolucionarios. Era el relato de la experiencia pedagógica de una muchacha muy joven, pero madre ya de una niña, alistada en un grupo para la alfabetización del campesinado. Estaba narrado en primera persona y la joven, volcada en pasiones ideológicas, trataba  limpiamente de desdichada prostituta a una compañera que alababa, no la labor revolucionaria, sino los viriles encantos de los alfabetizadores. Los tiempos, y las lecturas del socorrista, han cambiado.

Esto no tiene remedio. Además de rechazar la inmersión en el atávico frenesí del Caribe, sorprendo al yo que había dejado a buen recaudo en La Habana caminando traicionero a mi lado, con sus insípidos hábitos pardos de largos caminos y enfrascado en las reflexiones a que ha dado lugar el socorrista y su profusa e inmisericorde exhibición de méritos. Me entretengo en desdoblarme en un misionero, quizás franciscano, y entonces lo lapido con cuanta piedra y concha encuentro, hasta que lo veo desaparecer bajo las aguas de la orilla con la satisfacción del hedonismo vengado.

Los fantasmas atacan sin embargo por otros frentes, véase el literario. El socorrista hacía de sí, enconadamente, un prototipo. Me fascina la prisión de los tópicos, los supuestos realismos mágicos, las novelas cuyas protagonistas hacían poco y se dejaban hacer mucho, los violentos edenes que deslumbraron al mundo desarrollado. La tendencia al relativo modo fue reinvindicar instintos y primitivismo, fenómenos sobrenaturales y las sanas tendencias del animal sano para así amalgamar una cultura del buensalvajismo y aureolar de diferente cuanto pudiera ser sentido como inferioridad. A falta de técnica, raíces ancestrales; a falta de producto nacional bruto, culturas específicas; a falta de desarrollo, invasión demográfica. Con esta halagüeña receta mezclada a vaguedades socialistas se ha tejido un gran cliché de necesidad virtuosa, de coloreado latinoamericanismo, apoyado el proceso en la mala conciencia occidental y en los vates locales.

Como la naturaleza imita con desesperación al arte, he aquí a los individuos intentando encajar en el tópico, no ser Rodríguez ni Pérez sino la mujer apasionada y fecunda, el insaciable amante, el bravo varón latino, los alegres caribeños, las indomables víctimas de la felonía exterior; y qué penoso vivir en un realismo que tiene muy poco de mágico y mucho de mísero y de inseguro. Cuba posee su lote obligatorio de Edén, de pieles morenas salpicadas de coco, de potencia viril, de ardor femenino, de alegría y de estruendo. El uniforme de metáforas es gratuito y aparente pero no cómodo y es muy probable que, en el futuro, antes de las reuniones con los demás países, Cuba deba dejarlo en el guardarropas.

Y cuando iba sumida en tales pensamientos, tan poco acordes con mi determinación lúdica, me encontré con Luis Antonio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adiós, Tarzán, adiós.

 

-¡Luis Antonio! ¿Qué haces aquí? Me alegro, pero cuánto me alegro.

– Chica, anda que no hace tiempo.

– Desde la Facultad, ya ves. ¿Llevas mucho de vacaciones?.

– No estoy de vacaciones; vivo aquí, desde hace medio año, con un programa de cooperación.

-¡En plan diplomático!

– Más quisiera. Qué va. Es una especie de lectorado, das clase en la universidad y preparas un trabajo. Me apetecía viajar. ¿Tomamos algo?.

Luis Antonio, Luis Antonio Vallejo Gris. Recuerdo el nombre de corrido como sólo se recuerdan los de los compañeros de estudio a los que se ha visto en las listas junto al propio. Encontrarle me ha producido una inesperada sensación de alivio y felicidad. Está cambiado pero es él indudablemente.

Nos sentamos cara al mar y por primera vez sorbo un vaso de colores sin mirar a nada más, sin analizar nada de nada. Me he tirado sobre la ocasión como sobre una hamaca y advierto hasta qué punto echaba en falta esta especie de afinidad de familia. Porque Luis Antonio no es un turista de paso sobre el que aleteo, ni un indígena con el que indago. Él me sorprende, desde las primeras frases, contándome su indignación cotidiana -¿hay alguna virtud menos práctica y más meritoria?- mientras va de casa al trabajo y de ahí a ver a los conocidos, en La Habana, con su bolsita de supervivencia con la que remedia la carencia de vituallas y establecimientos callejeros.

-¿Has visto qué miseria?. Pero si no hay nada.

-A mí me lo vas a contar. Ya me he ido acostumbrando; salgo comido, me llevo mi bocata; como nunca sabes dónde y cuándo tendrás oportunidad de pescar algo.

– Oye, y ellos ¿qué dicen, qué te cuentan en tu trabajo?.

– Se los tienen muy medidos los comentarios. Depende si están a solas contigo o no.

– Pero tú te lo pasas bien.

– Hombre, la gente es majísima, se han hecho a todo, se adaptan. Los ves que están renegando, poniendo verde al sistema, y a los cinco minutos ellos mismos se ríen de las situaciones. Pero a ti, que sabes que no tienen opción y que ves a los de arriba, cómo viven, te pone negro, claro.

Nos vamos a cenar, a procurarlo al menos, con nuestros flamantes dólares y la poca gracia que tenemos gastándolos. Cuando baja la cabeza, a Luis Antonio le reluce una calva limitada por pelo gris y finito. Es un hombre bajo, que nos sacaba poca altura en aquella foto que nos hicimos cuatro chicas con él en el bar. Está igual de delgado y sin pancita, los vidrios de las gafas son más gruesos. Tiene los ojos de esos colores que no se recuerdan nunca.

-¿Cerdo asado con moros, con judías negras?.- propone.

– Muy bien.

Siguen intercambios de recuerdos. Los de un compañero, el primero de los nuestros que murió, de asma. Las oposiciones, desplazamientos, trabajos, matrimonios, los pocos que hicieron carrera política y sindical, los muchos que costearon los cabos de los treinta y de los cuarenta agarrados a una nómina, los que saltaron -saltamos- entre tierra firme y las aguas procelosas, las chicas que iban con tacones a clase, el profesor que obligó a un repetidor a exiliarse para aprobar.

Los dos costeamos, sin tocar tierra y a prudente distancia, los islotes de la vida privada, en un acuerdo tácito en el que me pregunto si también él preferirá omitir el fracaso asumido, la insensible novela de terror de lo cotidiano.

Hablamos de nuestras impresiones del país, en voz discreta, saciados con el plato abundante en el que los moros confraternizan con los cristianos en forma de blanco arroz.

-¡Qué sinvergüenzas, pero qué sinvergüenzas!.

Repite en estribillo cuando se refiere a todos los estamentos del poder isleño. Lo dice inclinándose hacia la mesa y hacia mí. Tarzán, ya recuerdo. Cuando fuimos, en la Facultad, distribuyendo apodos, le correspondió Tarzán. Pero no cuajó mucho. Otros fueron duraderos e incluso perdurables, como el de Caracalla a Manuelito, que boxeaba en sus horas libres. Los apodos caían de forma surrealista y súbita, como la lluvia, y fui personalmente responsable de muchos de ellos. Ahora Luis Antonio-Tarzán me parece realmente medir dos metros y ser el rey de la selva; él lo ignora pero tras mi pasaje por el caribian lover de la playa estoy literalmente rendida a sus pies, con un agradecido descanso que es en parte el del guerrero y en parte el de quien pone pie en un territorio conocido. Me he rendido, sin la menor intención de lucha, a su modesta ausencia de atributos.

Pero volvemos a Cuba. Miramos a nuestro alrededor. Planteo una de mis grandes incógnitas:

-¿Por qué nadie dice nada?. ¿Porqué vinieron, vienen y van periodistas, políticos, artistas, gente importante, y prácticamente nadie denuncia lo que ve?. ¿No lo ven?.

-Los tienen agarrados por…-hace un gesto perfectamente ilustrativo-…el sexo. A los visitantes se los maneja muy bien el Gobierno. Yo los he visto, en los hoteles, en los cabarets. No entra ahí cualquiera, las chicas son las que la policía filtra, tías estupendas, y les enrollan con esto, les tienen comiendo en la mano, les cuentan la milonga. Aquí el sistema se ha montado un control de la propaganda exterior a base de sexo muy elaborado, llegan los tipos y enseguida te los acompañan, que si Tropicana, que si la copa con ellas, el hotel. Y además el recurso sentimental, Compañero, tú nos comprendes.

El asunto tiene en realidad el gusto del déjà vu. ¿De qué me extraño?. ¿No disfrutaron otros regímenes similares antes que Cuba, durante largos años y contra toda evidencia, del mismo apoyo por parte de los intelectuales de visita?. ¿Acaso no gozaron, primero la Unión Soviética y después la R. P. China, del mismo silencio cómplice, de la misma cordial adhesión en un curioso proceso en el que participaron escritores, artistas, pensadores y políticos de Europa y Estados Unidos?. Pocos se resistieron a tan halagadoras, controladas y agradables dosis de utopía. Además, hacía demasiado frío fuera del club.

-Ni aun así se entiende que en la isla no haya nada, que el desastre sea de esas proporciones. ¿Dónde va, dónde ha ido el dinero?.- pregunto.

-A…- Baja la voz y mira alrededor- No lo sé. Te cuento algo con el café.

Tomamos un café de despedida en La Habana Vieja, tan inalterable como penetrar en una postal comprada al principio de mi estancia y que reposará largos años en un cajón. Estamos a un extremo de las mesas instaladas en el exterior y llegan hasta nosotros algunos acordes de lo que tocan dentro y el halo débil de una bombilla.

– Una vez –prosigue Luis Antonio- estuve hasta muy tarde tomando copas, bastantes, con un tipo que trabajaba en el aeropuerto. Me dijo que, en los aviones españoles, se llevaba años sacando de Cuba, sin declarar ni asegurar y como carga, lingotes de oro para depositarlos, junto con divisas, en cuentas en Europa, donde tienen sus fondos los clanes del Gobierno cubano.

-¿Será verdad?.

-Imposible saberlo. El tipo pudo inventárselo aunque no veo para qué. Que en alguna parte debe estar lo sacado de la isla durante tantos años es de lógica, porque aquí no hay nada y era riquísima. Han corrido rumores bastante bien fundados sobre la forma de llevárselo.

-No he leído publicada ni una palabra al respecto.

-Ahí sí que se la jugaría el que lo hiciera. Todo el mundo se guarda muy mucho.

-¿Los que trabajan contigo no te han hablado nunca del tema?.

-Serían los últimos en enterarse o, si son de arriba, están demasiado bien enterados. No; esto se sabrá un día, bastante después de cambiar el régimen. Hace casi frío a esta hora, ¿verdad?. Me recuerda a Levante.

Ha alzado la voz, al cambiar bruscamente de tema, y mira de soslayo. Acaba de darse cuenta de que una de las mesas próximas lleva unos minutos ocupada por un muchacho y un hombre mayor y grueso.

Nada ya es banal, chistoso ni anecdótico. El miedo se ha sentado con nosotros. Justo a nuestros pies, a unos centímetros del borde del mantel, se ha desplegado una zona oscura, similar a otra de un submarino mapa del más profundo gris. Un soplo frío penetra el aire cálido del trópico. Como un folleto turístico que se pliega, la corteza de Cuba desaparece y quedan décadas de mercenarios alquilados, de servicios terroristas, de confidentes, de poder bruto y de ricas corrientes de metal precioso que se deslizan hasta el seguro remanso de otras fronteras.

-¿Nos vamos?.- propone.

Observamos que nadie más ha salido del café. Sólo se escuchan nuestros pasos en la calle por cuya pendiente sube la humedad de las zonas bajas.

Aprovecho la compañía para dar un paseo nocturno por el Malecón. Es más de medianoche, que aquí es tan tarde, y el cielo se refleja dócilmente en las aguas oscuras. Sobrenadan en ellas, durante breves instantes, llamadas, intentos, ecos de palabras, y los cubre una leve marejada de silencio con silencio. Se va hundiendo lentamente en la masa gélida de los años pasados un mosaico de gestos y frases, de rostros anodinos que descienden y forman en el olvido del fondo una geografía del fracaso. Hay un crucero varado lejos, un ascua de luz. La ciudad, a nuestra espalda, sólo está punteada por la débil claridad de algunos faroles. Y sueñan, sueñan con balsas, sueñan con barcos.

Entonces me encuentro, que es el gran peligro de todos los viajes, encuentro a mi yo que guarda, viva e intacta, la angustia de un conocimiento inolvidable, que adivina en éstas los rasgos de otras latitudes, el perfil de cerradas fronteras. Vienen a mí, del fondo, con sus quejas, las formas más oscuras y el deseo irrefrenable de huida. Encuentro mi viejo temor, que acude con una recurrencia de malaria, el fresco recuerdo de los territorios del miedo, que la mayoría desconoce, disfrazados hoy en el mapa pero en los cuales en otro tiempo viví.

Vuelvo a ver los grandes carteles, mojados por el relente, que reproducen las consignas y la imagen del Jefe de Gobierno. Es el otoño del Papá Grande. El Líder, aunque hayan cantado su risa olímpica grandes trovadores dotados del don de contar pero no del de pensar, se mueve en un régimen que hace tiempo entró en su crepúsculo, en un otoño patriarcal y vegetativo, de límite tan difuso como probablemente breve. O no. Quizás en vez de, por la fuerza de la evidencia de la bancarrota, pararse a reflexionar, componer con el principio de realidad y cambiar de rumbo, el Compañero Máximo acelere, como si siguiese aquel famoso dicho de “Ayer estábamos al borde del abismo pero hoy hemos dado un gran paso hacia delante.” A la esperanza de que Gorbachov embarcaría hacia la Perestroika a su Guía vitalicio e infalible se agarraron los cubanos como náufragos, sólo para ver con pasiva desesperación como Fidel respondía con nuevas vueltas al torniquete del control y la exigencia dogmática. Vegetan, pues, bajo mínimos, gracias a un clima sin el rigor del frío, trafican como pueden bajo cuerda, suspiran por el más modesto respiro cotidiano, por la mítica cerveza, el brillante espejismo del par de zapatos, la calle animada y habitable, y no saben cómo expresar sus aspiraciones porque el régimen les ha robado hasta el lenguaje y los términos de razonamiento.

La adaptación a la libertad no será fácil, y los vientos que provoque la descompresión, cuando se abran, tras varias décadas, las escotillas, prometen ser violentos. Las consignas internacionalistas, el vivir en todo el mundo, han servido al régimen para no vivir en sitio alguno. Salían los soldados, iban y venían las delegaciones, y la mayoría de la población permanecía aislada con los relojes detenidos en los tiempos de la Guerra Fría. Como naipes, caen sobre los cubanos los endebles edificios con los que pretendieron confinarles en ficciones ajenas a una vida mejor, desaparecen, empujados hacia las cunetas y el agua, los ditirambos sobre la independencia que nunca existió, el latinoamericanismo y sus esencias, el socorrido recurso a la irracionalidad, las proclamas vacías y gigantescas, la loa a las facultades mágicas e instintivas, la demagogia a base de determinismo geográfico y étnico, y quedan amontonados, sólo útiles para la fábula, el bolero y la artesanía.

Se balancea sobre las olas el último farol del puerto. Luis Antonio me acompaña hasta la calle estrecha. Intercambiamos direcciones en España. No nos volveremos a ver. Adiós, Tarzán, adiós.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mojito largo

 

No llego al portal. Un Alfonso desmadejado y pálido se incorpora del poyete de piedra que le ha servido de asiento y me agarra del brazo con la urgencia de asuntos importantes. Luego se queda mirándome, los ojos vidriosos de enfermedad o de vino, olvidado de la urgencia, receloso de interrupciones, de vecinos, hasta de perros que olisquean trapos a unos metros.

-Vamos a hablar. Vamos a hablar en otro sitio. Aquí…nos oyen. Nunca me escucharon, pero, eso sí, a la hora de oírte cuando no deben, ahí no fallan.

Y vuelve a derecha, izquierda y a lo alto una mirada que se ha vuelto extraña, que busca enemigos o culpables.

Alfonso está empapado en alcohol y fiebre, y quiere que comparta ambos. Nos alejamos, hacia ninguna parte, por el otro extremo de la calle, para no encontrarme quizás de nuevo con Tarzán, que se ha batido en retirada e ignora que he sido raptada por la grande y locuaz bestia de la melancolía.

-Tienes que tomar algo. Se acerca tu vuelta a España y dirás que los cubanos ni te sacaron, ni te ofrecieron una copa.

Se empeña en buscar bares. Va vestido con una camisa arrugada y el pantalón que se pone para estar en casa. Lleva bajo el brazo una bolsa. Y cuenta, y cuenta:

-Aida…mi madre no lo ve. La viejita, con sus gafas, tan aguda, no ve aunque la tenga delante. Aida es joven, necesita amigos, sale con amigas. Cuando yo estrene y la gente hable de mí y vengan a verme, cuando vayamos de tertulia en tertulia de nuevo, entonces se divertirá y le brillaran los ojos, como hace unos años, no muchos, ¿sabes?, no muchos.

No, lo suyo no es despego. Mi madre, la pobre, con eso se engaña. Las madres siempre están pendientes y creen que todos los cariños deben ser igual. Aida me quiere, me quiere como entonces, más que entonces, pero no soporta que la gente haya dejado de reconocerme el genio, que no vayamos a los estrenos, ni demos reuniones, ni nos inviten a cenas. Se hizo el traje para el extranjero, porque la gira que me prometieron estaba lo que se dice acordada y en cualquier momento nos plantábamos en el avión. Europa…La ilusión que le hacía. No nos llevaríamos al chico. Como recién enamorados íbamos a ir. Era el viaje de bodas.

¿Por qué está todo cerrado?. Mira la calle; es como un pasillo, un templo triste, como la canción decía, abandonado hace no sé cuánto tiempo. A fuerza de estar con el cerrojo echado las cancelas, de no tener gente, el barrio se ha vuelto gris, se ha vuelto noche larga. Pero tuvo colores, imagina: pilares, balcones celeste y rosado, rejas en rojo y en verde, mucha luz dentro caída en flecos hacia fuera, y el suelo todo brillante, del mismo color. Así eran mis escenarios, las plazas que yo pintaba. Dibujaba edificios con terrazas al fondo y hasta se soltaban palomas. Perdido ponían el decorado, pero yo a lo poético, sin bajarme a detalles.

Aún veo a Aida aplaudiendo y riéndose. No sé qué daría yo ahora por que se riera conmigo. Ya me ha comentado más de uno que se ríe a gusto cuando sale por su cuenta, pero le digo a mi madre que eso no está mal.

Ella se esperaba otra cosa de La Habana. ¿Y…? Una casa, bien grande, para todos, eso es lo que hay, y un hombre que tiene que pasarse por el hospital de vez en cuando. Mi mamá ha ido conmigo allí siempre, desde que tuve aquella enfermedad de chico, y nunca me ha fallado en llevarme lo que yo le pedía: que si jabón, que si champú, algún dulce. Aida decía que no quería meter entre enfermos al niño. En realidad estuvo lo menos posible la vez primera, puso la cara larga cuando pedí, como de costumbre, que me hospitalizaran y a partir de ahí bien poco pisó la sala.

En el hospital se está bien. Se ha puesto difícil que acepten a cualquiera por la cola de gente que está deseando entrar para pasarse sus buenos días sin problemas, unas vacaciones de la cartilla de racionamiento. Claro, allí tienes la comida asegurada y no falta que si fruta, que si un pescado a veces, una carne. A mí me admiten porque soy un crónico y tienen la ficha desde chico, cuando mi madre me empezó a llevar a revisiones después del tratamiento. Se está bien, pero antes se comía mejor y además no puedes tomar ni un trago.

Mamá dijo a Aida que una mujer tiene que ocuparse de su marido. A ella ni le replicó pero a mí, una noche que me echó de lado, me dijo que, además de gordo, estaba empachado de mimos y dengues.

Voy a llamar. Aquí nos abren seguro. Había un bar con tertulia, ¿o era más abajo?. Hice una lectura previa de mi obra, la segunda, “El robo de los pájaros”, en el salón de atrás. Nos juntábamos estupenda gente, venía Néstor, el del Comité de Cultura que me arregló la gira por media isla y sacó mis diálogos en el semanario.

No conozco a ese tipo que grita desde el balcón que nos vayamos. Un grosero. Voy a explicarle la mala impresión que da de la patria a una visitante. No; tienes razón. Mejor ni se lo explico. Está borracho, estarán todos borrachos, bebiendo en el fondo, y por eso no quieren abrir. ¿Has oído la música? A mí me puso acompañamiento el amigo de Néstor. ¿No es la misma? ¿Me están copiando?. ¡Ah, no, eso sí que no!. Van a llevarse mis obras, las llevaran a Europa, a Norteamérica, dirán que son suyas y, si yo no estoy allí, si al final resulta que nunca salgo, ¿cómo me defiendo?.

Sí, mejor nos vamos, a tomar la copa a otro sitio y a pensar un plan. Tanto andar da sed. Pero…Acércate la puerta. Esa risa…Aida se está riendo con ellos, así ella se reía. No me engañan. Están todos ahí.

Mejor ni me doy por enterado. Para lo que importa. Panda de gusanos, de fracasados que estarán conspirando. Vamos a donde el Chico Pérez, que recitaba mis versos de maravilla. Fueron mis primeros diálogos en verso porque eran más pegadizos, hacían gracia. Aunque tenía mucho fondo, se trató de una obra para niños que le dediqué a mi hija. Zenia era chiquita y tan blanca, un dulce de leche. En mi familia todos somos muy claros, igual que la gente de Gustavo, ya los viste. En cambio el pequeño salió bien moreno. Los de Aida vienen del Oriente, de Santiago; por eso.

Hay que darse prisa porque, si aquí no abren, en otro lugar será. Un mojito de despedida, un mojito bien bueno, con su menta, y que nos canten historias de amor, historias tristes. Se parecen a lo que empecé a escribir después de “El robo de los pájaros” y “La rebelión de Lucho García”. Con los años te cambia el estilo, evolucionas, se te desarrollan otros gustos. Me entusiasma, por ejemplo, “Un tranvía llamado deseo”, aunque sea decadente, me es igual. He escrito unas cosas con historias mías, lo de Aida, lo de mi mujer anterior, pero ésa es tan trágica que no va, ya me lo dijeron: Muy bien “El robo de los pájaros”, con la paloma liberada y los cuervos echados al mar, pero nada de desgracias sin solución, que desmovilizan y dejan al público sin ganas de aplaudir, apático.

Néstor, la última vez que conversamos, y ya hace tiempo, me lo dijo claro: “Tienes que encontrar el tono, el nervio de tus primeras obras”. No vayas a creer; no tengo éxito porque no quiero. Bastaría conque me pegase otra vez a la receta. Es lo que voy a hacer cuando me reponga y Aida vuelva a tratarme como debe. Y que se preparen los de Cultura porque les va a costar convencerme para que dirija más coloquios y seminarios. Además tendrán que pagarme como es debido, se acabaron el idealismo y los abusos. Me van a oír. Te explico el argumento que estoy esbozando para mi nueva obra, pero primero tenemos que apresurarnos y encontrar un sitio abierto, rápido; tengo la boca muy seca para hablar.

No, no me he caído. Ha sido un resbalón, lo húmedas que las piedras se ponen por la noche, ¿o está lloviendo?. Mira, hay gente en la esquina, bajo los soportales. ¿Tienes cash en dólares?. Yo no llevo suelto y en pesos no nos venden la botella. ¿Tienes?. Ah, está bien. Te lo devuelvo en la casa. ¿Invitas por la despedida?. Bueno, lo acepto sólo por eso. A ver qué nos venden. Hay turistas. Si te parece, mientras tratas lo de la botella yo me tomo un mojito.

La cara que puso el mono de la barra. Se creen alguien porque tratan con gente de arriba. ¿Te la vendió?. ¿Sólo media?. ¿Le digo…?. Vale, vale. Está bien así.

La rubia del fondo, ¿la viste?, de las dos la más pequeña. Me ha recordado a mi mujer, la anterior, Gladys, la madre de Zenia. Ella tenía un pelo como ése. ¿Creerás que no la recuerdo casi, que no la reconocería por la calle?. Sin embargo ahora esa mujer se me ha parecido ella, por el pelo que me gustaba tanto, que se le quemó hace tanto tiempo.

¿Nos sentamos a descansar un poquito.? Ya habrás visto bien La Habana con este paseo. Una hermosa ciudad, ¿no?. Yo, la verdad, no he visto otras, París, Roma, en el extranjero, pero estuve a punto varias veces, hace años. Estoy seguro de que bastaría con tener una oportunidad de estrenar, una sola vez, una de mis obras allá y me cambiarían completamente las cosas. Así es la vida: un golpe de dados, una ocasión, un hueco, y llegaste arriba, respiras, puedes empezar a subir cada vez más alto, hablan de ti, triunfaste.

Me ha dado frío, no sé qué me pasa, aquí no hace frío nunca. Es de estar sentado en la piedra, del relente. El viento cambia a esta hora y, si escuchas bien, se oye el mar. Yo hice una obra sobre una sirena que salía de las aguas del puerto para hablar con un tipo sentado cada noche en el amarradero, junto a su barco.

¿Qué pasa? ¿Qué nos piden? ¿A quién estorbamos?. Ya hablo yo con ellos. No estoy molestando a nadie, no busco nada con ningún extranjero. Deja, que lo arreglo rápido. No soy un cualquiera. Les valdría más ocuparse de los que están en el bar traficando y no viven de otra cosa. Éstos son los de control cívico popular, los conozco, y ¿sabes lo que controlan?. Que nadie haga la competencia a su gente para repartirse luego los dólares. Ahí van las rubias, a continuar con esos tres la fiesta en el bar del hotel. No, ahora que la veo de pie la pequeña no se parece a Gladys tanto como creía. Sí, de acuerdo. Bajemos hacia el malecón.

Ya no tengo frío, basta con resguardarse un poco y se siente uno bien. ¡Qué oscuro está todo!. Aquí se murió mi sirena. Las sirenas no se mueren, sólo en los cuentos, se lo expliqué al público. Mi sirena tenía las cejas y las pestañas rubias, el pelo azul y la cara blanca como una concha de nácar. Se murió cuando supo que el marinero la quería para traerle perlas nada más. La obra gustó mucho. El decorado era este mismo fondo pero con barcos, luna, estrellas y luces. En realidad el argumento era sentimental, pura fantasía, pero en los arreglos le pusieron una coletilla sobre el egoísmo y la avaricia. Todas las perlas, al final, vuelven a caerse al mar.

Aquí vine desde siempre. Con los amigos a beber y a cantar, a contar proyectos, a tomar el aire a la salida de las fiestas. Me hicieron una grande cuando publicaron la primera obra mía. También vine con muchachas. Una vez, me encontré charlando en la media luz a Zenia, mi hija, con su primer enamorado de la escuela, y yo con una compañera de paso por La Habana con la que había salido en Holguín. Pues no sé qué me dio que me quería morir y todo mi afán era que la niña no nos distinguiese. Me parecía que Zenia iba a ver a su padre como nunca lo había visto, como un viejo acurrucado allí, a lo oscuro de las piedras. Ella estaba empezando todo, con su jovencito y su traje de colegiala, y yo no tenía nada que empezar. Las cosas cambian poco para lo que cambia uno. El mar, el malecón, la roca, el faro los mismos, y mis compañeros y yo flotando como puede cada cual con lo que le queda de barco, tan cambiados que si nos encontráramos otra vez aquí no nos reconoceríamos ni por el olor de las pavesas.

¿Quieres un trago? Queda poco. Te explotaron cobrándote eso; ni siquiera era media botella. Se está muy bien. ¿Volver?. Enseguida vamos, pero despacito. Un rato corto, apuramos el resto y caminamos para la casa. No, mamá no estará preocupada; me paseo muchas noches, ella sabe, y además le comenté que había que celebrar tu salida para España. ¿Te gustó Cuba?. ¿Volverás otras vacaciones?. Para entonces pueden haber cambiado mucho las cosas. Tal vez incluso nos veamos antes. ¿Y si me presento en España para estrenar allí? Vaya sorpresa.

Llegaré cuando amanezca.

Llegaré cuando amanezca.

Las piedras. Me gusta el ruido que hacen en el agua. De chico las tirábamos por encima, raspando las olas. Una vez un tío mío me dijo que las ilusiones son como los guijarros: en la mano te brillan, los acaricias, les buscas colores, formas raras, vetas de oro, y cuando los echas al agua y se hunden sabes que no volverán a subir nunca jamás. No sé, pero lo he recordado muchas veces, como si con aquella frase él me dijera algo que iba a marcarme la vida, que siempre había sabido, antes de que me lo dijese, y luego hecho como que olvidaba. ¿No te pasa saber de repente que, en realidad, ya lo has vivido todo, vivido y acabado, desde antes, desde el mismo momento en que estabas empezando?. No soy viejo, sin embargo sé que me he hundido y que de ahí no se vuelve, que miro las olas como quien espera que suba flotando la piedra, que esta conversación la tenemos los dos quizás en el fondo, con la ventaja de que el agua de arriba no la vemos y hablamos de luz y de aire y de fiestas olvidándonos de los mares que tenemos por encima, los mares por los que hemos bajado tan suave que ni el roce del agua se siente.

¿Gladys?. ¿Contar algo de Gladys?. La verdad es que hablo bien poco de ella. Mi hija se le parece excepto por el color del pelo, que salió a mí. Cuando lo de Gladys yo era muy joven, aquí las parejas van deprisa. Zenia ya viste, antes de los quince me planteó que, o se casaba o, de todas formas, se iba con él, que es lo que hace la mitad de las muchachas. Además por entonces ya había venido a hablar muy seriamente conmigo otro que estaba loco por mi hija, pero ella prefería a Marcos. Total, que era mejor tenerla casada y que siguiera estudiando. Me parece que los dos se irán a Miami a la primera ocasión, aquí no tienen porvenir.

¿La madre, Gladys?. Casi tenía yo la edad de Marcos cuando nos casamos. También estaba muy loco, era la edad de estar loco con las muchachas. Le hice poemas, les puse letra, con su nombre, a canciones. Cambiamos mucho de casa mientras yo me buscaba trabajo, me presentaban a unos y a otros, me hacía un hueco. Vino la niña, y menos mal que ahí paramos, porque mi familia tenía apariencias pero de dinero siempre anduvo mal.

Gladys era de cuerpo muy fino, más que la americana del bar, y blanca como Zenia. Le sentaba mal el sol y siempre hablaba de vivir en un sitio fresco, con aire y montañas. A saber, de no haber pasado aquello, si estaríamos aún juntos. Por entonces conocí a mucha gente, salía con muchachas. Pero, como mi madre dice, cuida a la mujer que de viejo te cuide.

Cuando el accidente Gladys estaba sola, gente abajo y arriba pero ella sola en la casa, cocinando. Ya sabes como son los apartamentos, ¿no?. Viviendas parceladas en pisos más grandes. Las instalaciones de tuberías, de servicios fueron fallando, daban problemas se hacían viejas y peligrosas, no se reparaban, faltaban piezas, no existían repuestos. Las casas funcionaban, como ahora, a fuerza de chapuzas, como los coches que ves rodando sin una sola pieza original. Te desayunabas con roturas, fugas, derrumbamientos y cortacircuitos. Ha habido más muertos en Cuba en las cocinas que en las guerras.

Fue una explosión grande. Se incendió todo de repente. Gladys parece que estaba de pie, junto al hornillo. Los vecinos entraron con mantas y la encontraron todavía viva, casi sin ropa, el pelo convertido en una bola de fuego. Menos mal que sufrió poco, no vio la mañana siguiente. Y suerte que la niña aquella tarde no estaba con ella.

Es curioso cómo he olvidado todo. Tal vez porque esas cosas, en el fondo, uno se esfuerza por olvidarlas. El olor del hospital sí, eso no se me va. A Gladys en realidad no la vi. Estuvo todo el tiempo inconsciente y cubierta de vendas. Esperé. No volví a verle los ojos. Luego estuve con gente, bebiendo, y ya no recuerdo más.

Vámonos a la casa. Se ve mal el faro, ¿verdad?, ¿Hay neblina o amanece?. ¿Todavía no?. Es que cuando me canso no veo bien. Andemos despacio. Que no olvide el paquete. Tengo que hacerte un pequeño encargo. En esta carpeta hay unos escritos, he seleccionado mis mejores obras, la que se estrenó, las dos últimas y un cuento. No tienes más que presentarlo en España. Me parece que allá sabrán apreciar. He hecho una buena selección. Es material revisado en algunos detalles para actualizarlo, sin tocar a la calidad literaria. Estaré a la espera de noticias y, en cuanto me digan que lo publican, que van a estrenarlo, me pongo a preparar la ida. Bastará con un adelanto de unos cientos de dólares y algunas cartas para apurar la gestión del pasaporte. Con los primeros contratos y los beneficios buscaré casa, iré trayéndome a toda mi gente y, una vez me haya hecho un nombre allí, será cosa de traducir la obra cuando me la pidan para estrenarla en Roma, en París.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Balsas

 

-¿Dónde está Aida? – pregunto al abuelo, impasible y suspenso, un gran lagarto verde pálido en su lugar del balcón. – No la he visto desde que llegué.

– Se fue a la playa unos días, a pasear, con el niño. Conoce a amigos.

La ausencia del niño, ese mal bicho en el que sólo la alienación temporal de las abuelas podría ver atractivos, es bienvenida.

Alfonso es hombre de grandes olvidos. No recuerda sino muy vagamente la noche transcurrida dando tumbos por las calles húmedas de La Habana. Se ha levantado de la cama ese día muy tarde, con expresión hastiada y gris. Su madre le lleva tisanas y propone incluso, inquieta, acompañarle otra vez al hospital. Probablemente le oyó llegar aquella madrugada, aunque aparentó estar dormida. También es probable que escuchara las propuestas, dichas con lengua espesa, de que durmiera yo, si quería, en su cuarto, puesto que había espacio, y no en el sofá. Y me oiría luego acomodarme en el sofá y a su hijo en el cuarto del fondo, cara a su soledad y al recuerdo de los reproches de Aida y de su desdén. Luego también la abuela Lucina se dormiría, teniendo como última y principal preocupación al nieto.

Hago mi equipaje para la partida, un saco somero, adelgazado por dones y trueques y nada engordado por las inexistentes compras en la isla.

Alfonso está mortecino. Propone, sin gran convencimiento, unos negocios como epílogo de mi estancia e inquiere con ansiedad sobre sus posibilidades de publicar en España. Vacía, en un rincón, veo la caja de los zapatos nuevos que compré a su mujer. Tal vez Aida ya dio la gran zancada, la que auguraban sus rechazos de por la noche, su mohíno deambular por el piso sombrío, y ahora, en un bar de la playa en el que al menos las sillas están disponibles para el público, expone a la brisa las rodillas y deja reflejarse la tarde en sus punteras de charol.

Hay una meta, una sola, que la une a Zenia y a Marcos, al matrimonio casi infantil: los tres tienen la vista fija en un punto del horizonte, en una superficie líquida que transforman en carretera y avenida por la que corren hacia días futuros en los que nada se parece a lo que dejaron atrás.

Y sin embargo son gente llena de anclas, se levantan con padres, madres, compadres y abuelos adheridos. Viven, en buena parte, de sonidos, hábitos y sabores que reproducirán invariablemente doquiera que vayan. Si es que van.

Miro el alto espacio del cielo candente, ese sol enemigo que puede fabricar, de las tierras llanas y salinas, un infierno. Me viene a la memoria la arquitectura anónima de Holguín, Gustavo y Cesáreo dando vueltas en su coche histórico, Cesáreo aventurando peticiones de mano a la turista fortuita que acierte a embarcarse en su milagroso vehículo. Ninguno de los dos tiene aún la edad de haber perdido la esperanza de futuro, los dos guardan un tizón por quemar, unos años que vivir. Pero no son hombres de aventuras sino de ataduras, les falla el afecto, esa madeja del clan de la que, arrancados, se desangran. Sólo les libra el mar cuando, en cortas excursiones, se van a la costa, y por la noche, en la orilla, se cuentan historias de fugados y las viven como propias en la grande y acogedora soledad de la oscuridad amiga.

Marta no; para Marta el mar es un cementerio infantil lleno de muñecos que descendieron de las tripas aventadas de un barco español y se hundieron con los recuerdos de su infancia, acompañados luego en su lento descenso por experiencias posteriores, pañuelos rojos, himnos, marchas, el mundo a su alcance, países vibrantes que nunca vio. Marta se resiste a perder el viaje adolescente de su ilusión. Ya no hay muñecos nuevos en el mar.

En todas estas corrientes sobrenadan Filemón y Baucis, insensibles al diluvio cuyos ecos, sin embargo, les traen sus hijos, refugiados los dos en su piso alto y pobre, atentos el uno al otro, temerosos de las grandes distancias y de los escualos. Los demás hablan, protestan, se agitan. Ellos tienen, siempre han tenido, un puerto.

Ignoro si Olivia habrá quizás convencido a uno de esos hombres que tan mal supieron amarla para que la lleve a otra costa, donde pasee su porte pálido de princesa rusa y chispee al fin la risa en sus ojos claros y resignados. A veces la veo alejarse, junto con otros que he encontrado al filo de los días, en equilibrio sobre una precaria embarcación. Convendría que el mañoso Tucídides les acompañara, que la voluntariosa casera de Varadero se aprestase a desplumar a más maridos incautos, que la gente joven empujara las velas con el solo soplo de su ilusión. Ésos mismos que un día volverán, con las velas hinchadas de olvido, acostumbrados a otra lengua y curiosos de su propio pasado y sus recuerdos.

 

 

Cuando salí de Cuba…

 

María Lucina me acompañó al aeropuerto para hacerse cargo, tras confirmarse mi partida, del remanente de dinero cubano. Asumía, hasta el último momento, su papel de jefe del clan. Corrían lágrimas de gente que se despedía de su familia, pasaban grupos, cargados de botellas y cajas de puros, que habían conseguido un bronceado ejemplar. La abuela y yo desentonábamos por falta de emoción y de equipaje. En las paredes, desde los carteles, sonreían rostros y paisajes de dientes y arenas blanquísimos y espejeaba el frescor de bebidas transparentes en vasos empañados por el hielo.

Como un alegre emblema de colores clavado a su vez en un gran vaso, la bandera de Cuba ondeaba en la salida internacional. Hay algo ingenuo en el resumen que reflejan sus tonos, un feliz sueño de esperanza plasmado en el siglo XIX por su diseñador, el poeta Miguel Teurbe: Tres franjas azules de mar, dos de la paz, un triángulo teñido de sangre de luchas por la independencia que encierra en su centro la blanca estrella de la libertad. Y, bordeando el triángulo, el Libertad, Igualdad, Fraternidad que, desde los Estados Unidos y Francia, representó el ideal de las nuevas naciones. Tras esta bandera están la Ilustración, la Masonería, el temblor del cambio de época, la certidumbre del progreso; en su brillo que buscaba símbolos y rechazaba las águilas y los leones rampantes se lee la conmovedora juventud de una ilusión.

Y llegaron.

Y llegaron.

Ha terminado el viaje. Subí la escalerilla, ocupé mi asiento en el avión, vástago sin duda del gran hermano ruso. Despegamos. Abajo la isla flotaba, extensa, inclinada hacia el continente, bogando, como una balsa más.

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

Pág.

-Introducción. ……………………………………………………………………………2

-El avión era una fiesta. ………………………………………………………………5

-Las dos Cubas. ………………………………………………………………………….9

-La Habana. ……………………………………………………………………………..15

-Incursión al oeste. ……………………………………………………………………20

-Iconografía y paisaje urbano. …………………………………………………….28

-Prensa. ……………………………………………………………………………………35

-Oda a los jefes de turno. ……………………………………………………………39

-Camino al sur. …………………………………………………………………………41

-Trinidad. …………………………………………………………………………………45

-Camino al centro. …………………………………………………………………….50

-Holguín. ………………………………………………………………………………….55

-Jineteros de provincias. …………………………………………………………….59

-De compras por Las Antillas. …………………………………………………….63

-Saturno. …………………………………………………………………………………..70

-Petición de mano. ……………………………………………………………………..73

-Santiago. ………………………………………………………………………………….76

-Fósforos. ………………………………………………………………………………….84

-Parada sin fonda. ………………………………………………………………………89

-U.S. Guantánamo. …………………………………………………………………….94

-Baracoa. …………………………………………………………………………………..97

-Filemón y Baucis. ……………………………………………………………………102

-Norte. ……………………………………………………………………………………..105

-Cambio de postal: Varadero. ……………………………………………………..107

-Nueva Gerona. Isla de los Pinos o de la Juventud. ………………………..115

Pág.

-La constante gris. …………………………………………………………………..122

-María Lucina atraviesa tres regímenes y sigue adelante. ……………..125

-Nihil novum. ………………………………………………………………………….129

-Adiós, Tarzán, adiós. ………………………………………………………………133

-Mojito largo. …………………………………………………………………………………..139

-Balsas.