«La tarima vacía», de Javier Orrico

SOBRE EL LIBRO DE JAVIER ORRICO LA TARIMA VACÍA

(Casi treinta años después de la publicación de mi artículo «De la utilización política de la Enseñanza Media», el libro del señor Orrico lo glosa, sin saberlo, y justifica mi elección del nombre de «Casandra»)

 Orrico libroEn La tarima vacía me parece, con frecuencia, estar leyéndome a mí misma, en un eco de muchos años nacido de la indignación y el temor ante tantas serpientes que han puesto tantos huevos totalitarios como réditos esperaban obtener. Bien abrigadas, eso sí, por el largo chantaje Izquierdas/Derechas, fascistas/demócratas, progresistas/reaccionarios. Las treinta monedas, a cambio de la inteligencia, la verdad, la evidencia y la honradez, no consistían sólo en puestos, cargos, prestigio, dinero, nombramientos, nóminas. Podían limitarse al marchamo gratis total de solidario, correcto y estupendo, a la sensación de ser mejor que los demás, aquéllos de un hipotético bando opuesto al que bastaba, para tenerlo atemorizado, con amenazarle con las etiquetas de franquista o facha. No es poca recompensa creerse superior sin méritos, obras, capacidad ni valía que lo justifiquen. Del chantaje han vivido y viven más de una generación (el lado oscuro de la Transición luminosa) desde el final de los setenta, en carrera acelerada a partir del primer lustro de los ochenta, con paso a quinta velocidad azuzada por el previsible final del maná nutricio de los noventa en adelante.

La tarima vacía simboliza en su acertado título vacíos mucho mayores, voraces y agresivos cuyos responsables y beneficiarios tienen nombres, lugares, fechas y categorías. Se extiende a una sociedad y un país plagado de charcas de dictadura totalitaria verbal, educativa, sociológica y cultural. La tarima rasa se sitúa bajo una pizarra donde se lee, en inglés y en español, la consigna principal: “Colócanos a todos” y, en representación de las matemáticas, la fórmula de la mediocridad preceptiva como común denominador.

En el libro de Orrico hay dos libros: Uno, con largas citas, datos y referencias, esencial para los que estudien la historia de la destrucción de la Enseñanza española desde los años 80 del siglo XX. Otro teñido, muy equilibradamente, de inteligencia y de pasión, de indignación y de bien templadas lucidez e ironía, en el que el lector se deleita con la buena pluma y el estilo, con la familiaridad de exclamaciones, símiles y metáforas y con, al mismo tiempo, las propuestas de la única alternativa posible: erradicar como la peste la LOGSE y cualquiera de sus trasuntos. Alternativa que, oh desgracia, es incompatible con las medias tintas, la tibieza dialogante y la cobardía de políticos y gobiernos incapaces de enfrentarse al dragón de intereses creados. En general las críticas a la destrucción educativa se han guardado en España muy bien de tomar altura y enlazarla con el gran chantaje dual, con la lógica de colocar clientelas que precedió y precede ex ovo a las medidas, órdenes, leyes y decretos así como a los monumentos, dispendios y obras inútiles excepto a efectos de colocación, comisión y cobro. Los críticos participan del miedo y evitan subrayar que no ha habido inocencia, estupidez ni ignorancia, sino la cruda trama de intereses cuya radiografía explícita es tan incómoda, y peligrosa, como indispensable para analizar correctamente el fenómeno. Al lado de esta corrupción legal, tenaz e institucionalizada los escándalos cotidianos que nutren prensa y telediarios no pasan de ser distracción estratégica y fuegos de artificio.

El autor, que demuestra en numerosas páginas, y en su producción anterior, ser valiente y haber pagado el alto precio de su honestidad, en otras partes del libro parece tentado de hacer concesiones a esa aliada de los canallas que él denuncia y que suele disfrazarse con el nombre de prudencia y diplomacia. Así (p. 24) habla de la corrosión general del sistema educativo en los últimos años. No son años sino décadas y no se trata de un fatal fenómeno afín a las catástrofes meteorológicas. Bajo ese pudor está el temor sempiterno a ser tachado de melancólico filofranquista que añora los tiempos de la dictadura (en los cuales, dicho sea de paso, el programa y sistema de Enseñanza Media y de Bachillerato eran, con diferencia, mucho mejores que los actuales, dígalo Agamenón o su porquero). Se alude a la confusión y errores de los diseñadores y valedores de la logse (p. 50), como si los hubiera aquejado una repentina epidemia de ceguera y estupidez, de personas “bienintencionadas” convencidas de la nobleza de sus propósitos (p. 64), de que no tenían plena conciencia de la barbaridad que cometían (p. 80).

Con pudor semejante, pasa el autor por la enseñanza del Islam (p. 47), obviando que aquí no se trata de creencias sino usos inaceptables para los derechos humanos y las leyes del país de acogida, véase la discriminación de la mujer. En esto es notable la estúpida y explícita tibieza de no pocos intelectuales (no de Orrico, que apenas roza el tema) que se proclaman liberales y defensores de la familia y les parece, mientras ésta lo disponga, que las niñas deben ir con la cabeza cubierta, que su pelo desconozca el sol y el aire y que su piel sea pecado (y deben no hacer gimnasia, nadar con burkini si es que nadan, y tragar, cual judío con su estrella, desde la más temprana edad la señal visible de su diferencia y sumisión.). Éste es uno de los terrenos en los que la Enseñanza Pública como garantía de real de igualdad de oportunidades y trato es insustituible. Porque los derechos son de los individuos, no de tribus (incluida la familiar), congregaciones, etnias ni territorios, y a esas mujeres y niñas se les debe la libertad e igualdad que la sociedad de acogida les ofrece y la de origen les niega. Aunque sea tan cómodo para no pocos occidentales, que nada han leído de biografías de mujeres huidas del Islam, enviarlas cheque escolar en mano, so pretexto de respeto a las decisiones parentales, a la madrasa más próxima o a deambular embutidas en un ataúd textil con la excusa de que, desde la guardería, ellas lo eligieron. Nunca mejor aplicada que aquí la llamada a combatir el multiculturalismo-que no es al final otra cosa que abandonar a los individuos a la tiranía identitaria de sus propios grupos (p. 63). Convendría grabar esta frase en letras de oro en los despachos de tertulianos y supuestos liberales.

El autor no escapa a la tiranía de la libra de carne autonómica. Puestos a pedir perdón por osar quejarse cuando se trata de los desafueros impunes nacionalistas, no podía faltar en su libro el peaje de alabanzas a la lengua catalana y la entrañable Cataluña (p. p. 82 y siguientes), sin duda por la bellísima sonoridad del idioma y lo entrañable y encantador de su gente, que les ha valido, como a la vista está, el ardiente afecto y simpatía de los restantes pobladores de la Península, la floración de hablantes de uno a otro polo y la extensión de su lengua por el orbe entero. El autor participa, inconscientemente, del tópico que se ha creado entre escritores, y no escritores, que pasaron en Cataluña parte de su juventud, de una Barcelona mítica, un edén cosmopolita, alegre, abierto a todas las modernidades. Es consolador pensar que el nacionalismo actual es tumor reciente y pasajero. Pero no hay tal. El edén barcelonés de chocolates, bares, espectáculos y tertulias de madrugada con el marco de las calles del barrio gótico sin duda existió, pero hubo al tiempo y mucho antes otra Barcelona, en ambientes menos intelectuales y más humildes. La que recuerdan niñas hijas de maquetos a las que sus compañeras de clase les hacían el vacío en cuanto osaban poner en duda que los foráneos eran vagos y parásitos en comparación con el noble y laborioso catalán, la de discotecas en las que las campanadas de fin de año no se transmitían porque eran de España, de Madrid, y allí había que esperar, una hora después, a las de Francia, ya que, decían en la disco, “nosotros somos europeos”. Es la Cataluña del “somos una nación”, la del no saludar al inmigrado en la escalera, la de señores de toda la vida y criados. Sería consolador pensar lo contrario, pero el nacionalismo catalán cerril ni es de ayer, ni es siquiera reacción al franquismo. Era y es una Barcelona que siempre existió junto a la ciudad idílica de la gozosa bohemia juvenil de los intelectuales.

Estos mismos intelectuales se incluyen en la ceguera piadosa respecto a lo que obviamente era el rodillo totalitario de las clientelas. El “en aquellos días no supimos valorar su transcendencia” (p. 111), “quitar la tarima fue, en su momento, un acto que todos creímos necesario, democrático” (p. 120) cuando el autor habla del desguace de los cuerpos profesionales y el acoso y derribo de las oposiciones tiene algo de conmovedor, pero también de difícilmente creíble. Se sitúa más bien en la masiva epidemia de ceguera voluntaria, porque gritar que el emperador estaba desnudo y además pensaba apropiarse del ropero significaba una condena inmediata al ostracismo y a la leprosería más próxima. Además el “todos creímos”, esos plurales, esos “nosotros” no son ciertos y resultan abusivos e injustos. Hubo quien dijo, desde el principio, la verdad y expresó la evidencia.

Hay en este libro un curioso paralelismo entre el tibio, empalagoso soma de la distopía buenista cultural que denuncia y la forma tipográfica de la edición. Ésta última probablemente obedece a la penuria económica de las pequeñas y valientes editoriales más que a la voluntad de evitar la directa denuncia política, a la timidez inconsciente que rehúye la denuncia explícita y la descripción nominal, cronológica y palmaria de la enorme red clientelar a pan y manteles de la Educación en valores, La atención curricular, Las destrezas y habilidades, El multiculturalismo, El relativismo, La Bolsa Común de los Trabajadores de la Enseñanza, La formación de género, Las Alianzas de Civilizaciones etc., etc. , etc., más el victimismo rentable, la opresión de nómina y las diecisiete quimeras tribales diseñadas a efectos de componenda y expolio. La tipografía de este volumen resulta visualmente discreta, apagada y algo triste, como esos títulos indicadores de capítulo, de un gris desvaído, entre corchetes, en la parte superior de la página. Faltan movimiento, subrayados, llamadas de atención, forma, en fin, que refleje la justeza y gracia de los giros lingüísticos, el desenfado y la bendita ausencia de autocensura del autor. Y que también dé fe del coraje de la editorial, que no debe resguardarse tras los muros de la sola crítica y especialización educativa porque la raíz, ramas y tronco del parásito se extienden mucho más allá. Se trata de combatir a un enemigo que ya ha robado, destrozado y dañado bastante. Y que no va a renunciar así como así al abundante sustento que gratuitamente recibe.

El capítulo III y el epílogo son excelentes, en claridad, precisión y en una libertad que había parecido un tanto mediatizada en páginas anteriores. Se lee, asimismo, una bienvenida, y tranquilizadora, nota respecto a la temible identificación del profesional de la Enseñanza con el sacerdocio docente. En páginas anteriores ha habido inquietantes arrebatos líricos: el profesor como servidor de su asignatura, como sacerdote de ese mester de ciencia que exigía de él la máxima entrega (p. 117). Vamos, como para salir corriendo del aula. Pero en el capítulo III Orrico baja de las cimas metafísicas de la vocación excelsa y la entrega misionera al alumnado para situarse en el llano de un trabajo con sus pros y contras –se convierte la enseñanza en cuestión de dogmas ideológicos redentoristas, p. 215- y entra repetidamente en liza en defensa de la libertad de cátedra. Desmantela el Vaticano de las nuevas tecnologías y reduce a sus justas dimensiones el dogma de la infalibilidad de la tablet, hace ver el peligro de los potitos de falso saber predigerido y la anemia intelectual que producen, y roza, sin entrar en él, el fabuloso negocio de las empresas proveedoras de las TIC (Tecnologías de Información y Comunicación) que llevan largo tiempo colocando, a cargo del contribuyente y ad maiorem gloriam del beneficiario e intermediarios del contrato, partidas inútiles de juguetes electrónicos en los centros de enseñanza. Su epílogo, con aire testamentario, a los profesores no ofrece sin embargo planes concretos, ataques firmes.

El apéndice que reproduce su intervención en 2006 ante la Comisión de Educación y Ciencia del Senado con motivo del debate del proyecto de LOE, la réplica de un senador socialista, y por tanto defensor de la LOGSE, cuyo nombre, por caridad, más vale obviar aquí, y la contrarréplica final inspiran la ternura de la vana lucha del individuo contra la bien pagada asamblea cuya inoperancia y asentimiento van en el sueldo. Ahí estaba Javier Orrico, con menos porvenir que un gladiador de la tercera edad. El solitario defensor del saber, la razón y los alumnos no podía hacer más.

Hubiera sido hermoso sustituir su discurso final por una exposición descarnada. Por ejemplo:

“Señoría, tiene usted más cara que escaño. Sabe perfectamente que la ampliación de la Enseñanza obligatoria y gratuita hasta los 16 años era norma de la Unión Europea, que no se carecía de fondos dedicados a ella que, por el contrario, cuanto más se le ha dado peor ha sido, puesto que el dinero servía y sirve para multiplicar la peste proteica de comisarios pedagógicos, adaptadores, asesores, supervisores de la atención a la diversidad, especialistas en aprender a aprender, coordinadores de tutores, controladores de la igualdad de género y demás burócratas y clientelas del PSOE y de sus dos sindicatos, UGT y CCOO. Ustedes repartieron pasta, estudiantes, Enseñanza Media y horas lectivas entre sus paniaguados votantes, sometiéndola al lecho de Procusto (consulten Wikipedia si lo precisan) del nivel de maestros de primaria new age, es decir, con ignorancia adánica, e interinos promocionados por simple antigüedad. De no servir para estos fines jamás hubieran desaparecido oposiciones según conocimientos, asignaturas de base, titulaciones debidas a esfuerzo, dotes y mérito, reválidas y cuerpos profesionales.”

“Señoría, comparado con tan fenomenal robo y estafa, los cometidos por los cuarenta del cuento de Alí Babá, Gestas, Caco, los bandoleros pasados y presentes, los del tren correo, los Dalton, los Ratas Primero, Segundo y Tercero y cuantos chorizos en España han sido parecen obra de cartujos con doble voto de pobreza. El expolio de un país entero, durante tanto tiempo y apropiándose de lo más valioso, como tradición, historia, cultura, saber, lengua y hasta geografía supera todas las marcas. ¿Qué son botines célebres, como el Saco de Roma, los carromatos de Atila atestados de oro, el equipaje del Rey José, al lado del que disfrutáis? Bienaventurados vuestros hijos y nietos porque ellos estarán a salvo, en liceos cinco estrellas y centros con másteres exquisitos. Me asombra, por cierto, que no los hayáis educado exclusivamente en la bellísima lengua catalana, que, como todo el mundo sabe, es un vaso de agua límpida y no de vino peleón castellano.”

“Señorías, confieso que yo no he venido a darles un discurso sobre Enseñanza, sino a aprovechar la ocasión para expresarles mi admiración por su récord. Oh padres de la Patria, ¿cómo os lo habéis hecho?”

De manera conmovedora por la grandeza quijotesca de la causa justa y la derrota segura, el autor alza finalmente el grito por el saber y los valores robados a adultos y jóvenes, la rebelión contra la dictadura de los mediocres y los peores, el amor a la verdad, la civilización, los clásicos, la sabiduría, la belleza. Y la inmensa queja contra la indefensión en una batalla que no por perdida, y quizás más por ello, es menos digna de ser presentada.

ROSÚA-FEBRERO DE 2017