UNA PECULIAR CRUCIFIXIÓN Y UNA MUJER EXCEPCIONAL

UNA PECULIAR CRUCIFIXIÓN Y UNA MUJER EXCEPCIONAL

M. Rosúa. Publicado en la Semanal de Turismo Prerrománico. Revista Altomedieval on line. 19-Octubre-2016

Crucifixión. Beato de Gerona. Monja Ende. S. X.

Una de las miniaturas que aparecen en el artículo sobre copistas de La semanal de turismo prerrománico de la segunda semana de octubre de 2016 merece especial atención. Se trata de la Crucifixión, del Beato de Gerona. Y no, aunque ya es de por sí mucho, porque la artista sea la primera y única mujer pintora de la época, sino por las características de la miniatura en sí, que dista de ser única. Se inserta en un Beato rico y extenso, fechado del 970 al 975, como año de su finalización según el copista Senior. Se elabora en el scriptorium de un monasterio leonés de más de seiscientos religiosos de ambos sexos, probablemente San Salvador de Tábara (Zamora, entonces Reino de León). Fue a parar a Gerona y se encuentra ahora en el Archivo Histórico Nacional. El envío de códices a zonas más seguras era habitual y su monasterio de origen fue arrasado en el 988 por Almanzor, quien sin duda no estaba al tanto de la Alianza de Civilizaciones y el carácter fundamentalmente pacífico del Islam.

Ende, que quizás se llamó escuetamente En y se denomina a sí misma “pintora y servidora de Dios” y afirma autoría de sus obras, era, al parecer, monja, aunque pudo también haber llevado, sin tomar las órdenes, una vida retirada en el monasterio. Es, además, lógico que se hubieran hecho notar sus dotes y maestría con los pinceles y que se la hubiera incorporado digamos que “de nómina” al escritorio. Se trataba de un cenobio importante, bajo protección real, que debió de poseer nutrida biblioteca y cuerpo escogido de copistas. A Ende la asiste su compañero Emeterio en la elaboración del Beato que les ha encargado el abad Domingo.

Pero la originalidad de la artista, su energía y pasión desbordan la muy codificada temática con una frontalidad, personificación nominal de los personajes, viveza del color e intentos de perspectiva que la hacen resaltar, no por ser mujer, sino por la fuerza de cuanto reproduce. Sus miniaturas tienen, en contradicción con lo que su tamaño indica, una curiosa grandeza, un intento de saltar sus marcos y llegar más allá en la percepción del que las mira, un avance respecto a su época que ha permitido especular sobre interpolaciones románicas en el códice. La fluidez de ideas e influencias era entonces mayor de lo que hoy distancias y dificultades de desplazamiento en el siglo X hacen presumir, los beatos, con sus rasgos carolingios, mozárabes, se extienden, el monje Magius trabaja en el monasterio leonés de Escalada y da el impulso inicial a la obra. Ahora bien, la Crucifixión presenta aún detalles abiertos a la interrogación y nada usuales.

A la derecha del Crucificado está el Buen Ladrón, con el ángel que le asiste, pero no es, como recoge la tradición, Dimas sino Gestas, claramente escrito en la cartela. A la izquierda de Cristo está el Mal Ladrón, con el demonio dispuesto a llevarse su alma. Su nombre no es Dimas sino Limas, con espacios entre algunas letras. Y, además de tener un nombre dudoso que contradice a los Evangelios Apócrifos y se parece al del ladrón habitualmente bueno, este ladrón malo podría ser ladrona, porque luce pechos y pezones muy visibles y su rostro recuerda más al de la Gran Prostituta que monta la Bestia roja del Apocalipsis que al de un vulgar delincuente irredento. Cabría preguntarse si en la cartela del crucificado a la izquierda se escribió en principio “Dimas” y luego se quiso rectificar con un arrepentimiento. Que, puestos a añadir perversidad, se feminizara el personaje sería hacer hincapié en la condición de Mala Malísima que a tal sexo corresponde en la imaginería, con excepción, como necesario contrapunto, de la Virgen y las santas mujeres.

La Crucifixión tiene en su estructura una voluntad de simetría aparentemente dual pero antagónica en sus elementos: Bien a un lado, Mal al otro, con el eje central puro de Cristo, de completa frontalidad. De ambos pies manan flujos de sangre paralelos que convergen en un cáliz doble, invertido. Lugar y personajes están minuciosamente historiados con sus nombres, (Longinos, Calvario, San Juan, heridas de los clavos, Rey de los Judíos, intervención del Sol y de la Luna). El día y la noche, con sus astros, y las rocas y plantas completan el espacio que, con ser tan reducido, aspira a concentrar y transmitir mensaje, resulta litúrgico.

Se ha visto en algunos de los elementos citados rasgos carolingios. Las miniaturas de Ende dan, sin embargo, impresión de sello de autor, y despiertan la inquietud de lo diferente. Permiten avistar la complejidad de un siglo de transición como lo fue el X, el final de una época de variadas y ricas manifestaciones artísticas, de confluencia de corrientes clásicas, de aspiración romana tardía, visigóticas, mozárabes, y de individuos, clérigos y seglares, que tal vez encontraron en ese período de la historia una posibilidad de afirmación personal, de expansión de ideas, estética, genio, que más tarde se vio recubierta, estandarizada, anulada y reemplazada por las corrientes europeas del románico y la unificación de arte y de ritos.

El tiempo del Milenio, del novecientos y los Beatos, hierve de posibilidades, propuestas, interpretaciones que serán luego herejías castigadas con la muerte. Los cátaros, espiritualistas y agnósticos, adversos a las jerarquías de la Iglesia, aparecerán a mediados del siglo X, arraigarán en el Mediodía francés, serán exterminados hasta el último, quemado vivo en el 1321. Defendían un mundo simple, sin más realidades que el Bien y el Mal, Satán y Dios, sin otros santos que los hombres particularmente puros (de ahí el apelativo que les dieron de “cátaros”, en griego “perfectos”) ni más sacramento que la imposición de manos. Incompatibles por lo tanto con un poder temporal. Su cruz simbólica es radial y simétrica, con doce remates en sus puntas, y remite a la tradición geométrica de la cábala, la perfección del círculo en el que el hombre, y Dios hecho hombre, se insertan, y la representación del espíritu, el equilibrio y el ideal de la armonía. Junto con los miedos del Fin del Mundo, el año mil también debió de ofrecer una gran libertad, la de la vecindad de las destrucciones totales, la variedad de las interpretaciones de la religión, de la vida, de los signos. Hasta que el Románico y la puerta del siglo XI se abrieron.

La monja Ende permanece con nosotros en su arte, su personalidad y su escritorio. Por una minuciosidad de temas y un afán de color indiferentes a la posible caducidad y desaparición del mundo que veía, refugiada en el único lugar en el que una mujer podría ejercer su personal genio, innovadora y audaz sin saberlo, transmisora y testigo de una época y de unas inquietudes que han continuado fluyendo, bajo diversas formas, hasta el día de hoy, desde sus pinceles.

Mercedes Rosúa