07/13/20

El País de No Pagarás

El País de No Pagaráshttp://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

 http://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Había una vez un país en el que nada se pagaba nunca y esa era su divisa, su credo, su proyecto, su visión del futuro y su firme creencia de cuál había sido, o debería haber sido, su pasado. Cada mañana, a la que el sol salía, sus habitantes esperaban que iba a iluminar un territorio nuevo en el que, a diferencia de oscuros tiempos anteriores, no quedaría apenas rastro, como de un mal sueño, de los desagradables usos y costumbres de la era antigua, injusta y trabajosa. Se encontraría cada cual, en la misma proporción, calidad y peso, su desayuno, y así ocurriría con todas las pitanzas. De manera semejante, y según gusto, cercanía y apetencia, se instalaría cada uno, por horas días, años o semanas, en la casa que fuese de su agrado, desplazando, si necesidad de ello hubiere, a los ocupantes. De igual forma se procedería con la vestimenta, vehículos, objetos y con cualquier tipo de servicios.

En el País de no Pagarás se valoraba, sin embargo, en extremo la consecuencia, de manera que el conjunto, de los mayores a los menores actos, correspondiera estrictamente a la divisa. Hubiera sido de abominable mal gusto y de reprobación unánime la exigencia de algún tipo de contrapartida para ocupar oficios, trabajos, cargos, ocupaciones de cualquier índole. Se entraba tranquilamente en el despacho, sala, aula, consulta, obra, centro de cualesquiera operaciones, y de la misma forma se abandonaba, como era frecuente, en breve por fatiga o hastío, o por exigencia del siguiente ocupante. Grandes dispensadores de lo que se vino a llamar, por pura estética ya que así figuraba en la letra gótica de las introducciones, títulos se situaban en zonas ajardinadas que ocupaban espacios que otrora se llamaron universitarios. En cada máquina bastaba con la impresión de la palma de la mano para que aparecieran sucesivamente, a elección del consumidor, diplomas diversos de la categoría que se deseara. No existía, lógicamente, la menor contradicción en el número de sus poseedores puesto que aquellos decorativos documentos en modo alguno implicaban conocimiento ni especialización de ningún tipo ni eran, en el feliz País de No Pagarás, remunerados o exigidos. De hecho, cada mañana el césped aparecía sembrado de ellos hasta que eran oportunamente dispersados por el viento.

Las reuniones nunca eran de menos de mil individuos y transcurrían en un cordial intercambio de abrazos y besos animados por la afectuosa consigna “De gente a gente”, en un clima de homogéneo disfrute de la seguridad en la homogeneidad y gratuidad de los días y en la certidumbre de que, en cualquier caso, jamás existirían diferencias ni remuneración alguna entre los miembros de la “gente”. De hecho, se había borrado del léxico como obsoleta la palabra “envidia” puesto que en No Pagarás carecía de sentido. El vocabulario había experimentado un sano proceso de adelgazamiento, perdido buena parte de la grasa verbal que obligaba a manejar sutilezas y múltiples significados que incomodaban en las vastas reuniones a los asistentes. Cabía incluso el peligro de que el entramado de conceptos y palabras los llevara a hacer un esfuerzo, lo que chocaba frontalmente con los principios y leyes en vigor

La vida social y política era en No Pagarás mucho más animada de lo que hubiera podido suponerse. Cada día se fabricaban y exhibían un pasado y un futuro nuevos, con personajes, preferentemente colectivos, cortados a la medida de “Gente”, intercambiables y por encima de todo en absoluto susceptibles de despertar inquietudes de emulación ni desazón comparativo. Se trataba de un divertido pasatiempo semejante al de ir incrustando diminutas piezas en el tapiz de un rompecabezas de grandes dimensiones al que se debían adaptar, sin perfiles discordantes ni aristas, las figuras del pasado que desordenadamente fueran surgiendo y las que pudieran añadirse en el tejido futuro de la nación dichosa repleta de gente bienaventurada. País feliz hasta tal punto que ni siquiera lo turbaban arcaicos recuerdos de la vieja nomenclatura o asuntos de trámite respecto a los vecinos. Ningún rasgo ni símbolo comparativos eran en él aceptables por cuanto implicarían contrapartida de atención y esfuerzo, conocimiento del pasado y enojosas categorías, tanto tiempo ha abolidas, de valor y mérito. Bajo la guía paternal de “Gente”, se habían repartido hacía mucho tiempo fragmentos de fronteras, accidentes geográficos, hablas, flora, fauna y fenómenos atmosféricos, y se hablaba con temor y hostilidad, en voz baja con tono y miradas huidizos, del tiempo oscuro de las diferencias, los esfuerzos, la obligatoriedad de tareas y los pagos. Luego se elevaba la mirada agradecida hacia el cielo homogéneo, sin nubes, tormentas ni pájaros, del infalible salvador Gente, incorpóreo y semejante a una acogedora cúpula de mullidos materiales.

Los países de la comunidad Pagamos se habían acomodado sin esfuerzo al trato con el apéndice extemporáneo que representaba el País de No Pagarás. Atravesaban sus inexistentes fronteras, pasaban en él temporadas extremadamente gratas y disponían ventajosamente de cuanto les parecía oportuno. Disfrutaban de lo que en él les apetecía, enviaban a los aborígenes indispensables pero bien calculados suministros, les impedían cortésmente el acceso a sus propias naciones exteriores y a los beneficios que en ellas sus ciudadanos pagaban y de los que, lógicamente, disponían, y controlaban la situación de modo parecido a los grandes complejos hoteleros: Cada habitante del País de No Pagarás llevaba una pulsera electrónica con la que se medían gastos subvencionados por los de Pagamos. Así las naciones vecinas del País de No Pagarás se solazaban satisfechas y con saldo favorable en el vecino parque temático que, por añadidura, ofrecía a los visitantes románticos e inquietos un placer especial, de lo distinto, mezcla del sabor de lejana tribu, de las utopías idílicas de las viejas historias y de la seguridad de la pitanza. Con un deje añadido a la satisfacción por la propia generosidad cuando se han dejado unas monedas al pobre de la esquina.

En el País de No Pagarás la gratuidad absoluta no impedía, muy al contrario, una intensa vida política. Los miembros del núcleo Gente Para La Gente recibían de por vida el más generoso estipendio en especie conocido tras una estancia, por efímera que fuese, en el cargo, y tal bienaventuranza manaba y se arremansaba en nucleolos, como GMG (Gente Más Gente), JP (Jamás Pagar) o VV (Víctimas y Víctimos), que, por serlo, tenían garantizada la continuidad vitalicia de su mirífica situación. Eran seres tan fugaces que apenas se recordaban sus nombres, pero se consideraba indiscutible la consideración que se les debía, que se cimentaba en la sólida, inalterable, inamovible decisión colectiva de no pagar jamás, de la cual se consideraba a Gente Más Gente encarnación y garante.

Rosúa

07/12/20

VIRUS VÍCTOR. DE CIRCE A PINOCHO-

Virus Víctor

De Circe a Pinocho

(EL DIARIO DE LA PANDEMIA COMIENZA EN MARZO, PERO TRANSCURRE DESDE ENTONCES HASTA LA ACTUALIDAD, A LO LARGO DE 2020 Y EN UN DESPUÉS INDEFINIDO)

http://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

Tratar a la gente como al enemigo puede ser peor que la pandemia. Es a lo que el virus y sobre todo la manipulación del miedo que despierta han abierto las puertas. Se trata, una vez más, del viejo sueño totalitario que, unido por la coyuntura temporal al imperio de la imagen, puede ser letal haciendo de la sociedad un lugar invivible para los individuos con pretensión de libres y poseedores de cierta dignidad y exhibiendo como prototipo un maniquí de cartón piedra prefabricado cada día a golpe de circunstancias.

La regresión está servida, de Circe, que transformaba a los hombres generalmente en cerdos -animal no desposeído de alguna inteligencia y de gran utilidad- , a Pinocho, quien, ya entrado en la edad moderna, pasaba de narigudo a borrico por sus propios méritos y decisiones y por la elección como mentor, no del sabio y bondadoso Gepetto y del atento Pepito Grillo, sino del embaucador que ofrecía un panorama sin fin de golosinas que desembocaba en la completa transformación de los niños (ahora población infantilizada) en bestias de carga vendibles al mejor postor.

El timador que enarbola el virus en la cartuchera no es sino pura imagen apetecible por talla, sonrisa soldada a un rostro sin resquicios de inquietud ni inteligencia, repetición incansable de la misma caja musical y promesas de gratuidad infinita. El Estado Postvirus promete en el mejor de los casos, porque del cerdo todo se aprovecha, la mutación de Circe, en el más probable la de Pinocho, un ganado medroso hecho al ronzal y los rediles y ansioso de identificarse y mostrar su apoyo a la imagen, multiplicada por todos los espejos a todas las horas, de un aparente humano ajeno a la fealdad, la vejez, la incertidumbre y la muerte.

A los Gepettos y Pepitos Grillo ni los hay ni se los espera, porque, de existir, se ocultan con prudencia y sólo les cabe esperar a que pase, si es que pasa, la ola regresiva. Mientras, ven aumentar, entre el general asentimiento a las mutaciones, las orejas de asno y el paso de la voz y el discurso humano al rebuzno, al que inmediatamente se califica de lengua protegida y rasgo cultural. La imagen acartonada que resume el ideal imperturbable e invulnerable de admiradores y partidarios rezuma una pócima que, al estilo de la de Circe, potencia, en una suspensión de microgotas mucho más poderosas que la del virus, lo peor de cada ejemplar humano, que pasa de racional y responsable a frustrado aprendiz de comisario ansioso de demostrar sus méritos con excesos de celo y múltiples denuncias. Nunca algunos habían ofrecido y ejercido sobre tantos tales cotas de poder hacia mutaciones regresivas de extraña, pero no sorprendente, y nueva animalidad.

http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

Rosúa

07/8/20

TESIS DOCTORAL MERCEDES ROSÚA-ENLACE TEXTO COMPLETO

TESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA SOBRE EL LENGUAJE TOTALITARIO. LA  ENSEÑANZA DE LENGUAS EXTRANJERAS EN LA R. P. CHINA EN 1973-1974-Enlace al texto completo.

Tesis doctoral de Mercedes Rosúa basada en su experiencia y material recogido en la R.P. China durante 1973-1974. Estudio y reflexiones sobre el lenguaje totalitario.http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

ENLACE AL TEXTO COMPLETO

https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=drive_web

Enlace a la revista de sinología SinoELE en cuya bibliografía figurahttp://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

05/28/20

TESIS DOCTORAL PARTE 3

PARTE 3 150 ppi

La extensión del documento de la tesis doctoral ha obligado a dividirlo en tres partes.http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

Texto completohttps://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

05/28/20

TESIS DOCTORAL PARTE 2

PARTE 2 150 ppi

Por su volumen, el texto de la tesis se ha fragmentado en tres partes.

Texto completohttps://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

05/28/20

TESIS DOCTORAL COMPLETA ENLACES https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

 

Figuran aquí: el enlace a la tesis y los enlaces a la página web de la revista de sinología en la cual, entre otros estudios y obras, figura esta tesis.https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

/http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

La enseñanza del español en China en 1973-74. Estudio sobre el lenguaje totalitario en el maoísmo.

TESIS DOCTORAL. ENLACE DE LA TESIS COMPLETA

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

http://www.sinoele.org/

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental: Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo.

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

05/20/20

CHINA 1973-74 fOTOS

http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-fotos/CHINA: VISIÓN Y MEMORIA DE 1973-74

FOTOS Y PALABRAShttp://www.elrincondecasandra.es/tesis-doctoral-completa-china-1973-74-lenguaje-totalitario/

De M. ROSÚA

 

Un ciclista lee un tadzupao

 

Un ciclista mira los tadzupaos (escritos en grandes caracteres) pegados en un muro en Pekín.

Pocas cosas son tan engañosas como la aparente libertad, la multitudinaria, siempre apoyada en colectivos, pueblo, gente, en grandes y visibles adhesiones y reuniones públicas y carteles que pegas por doquier, mientras que en las librerías sólo encuentras las obras del Líder, del Tetramorfos del Comunismo (Marx, Engels, Lenin, Stalin -fue hermoso mientras duró-, reemplazado luego por Enver Hoxha -mientras duró fue hermoso) y poco más.

Los tadzupaos llamaban al pueblo (siempre colectivos) a la rebelión con la frase de Mao “Hay que ir a contracorriente”, a la cual un extranjero apostilló: “Cuando todos vayan contra corriente yo iré contracorriente”.

 

 

Shanghai 1974, durante el breve viaje al sur y una de las pocas fotografías de él que se salvaron del expolio por los dirigentes en el aeropuerto.

 

 

Pekín: Llegada. Recepción. Visitas.

 

El Hotel de la Amistad. (Tenía muy poco de ella en lo que al ambiente se refería).

El “Hotel de la Amistad”, en Pekín. El enorme edificio de estilo soviético albergaba a los cooperantes extranjeros y fue residencia de la autora. Las principales ciudades del país tenían estos alojamientos, todos semejantes en nombre y en estilo, con el típico gigantismo socialista y tocados de tejados de diseño local para darles un aire chino. Estaba, y se supone que está, en las afueras de la capital.

La utilización de la palabra “Amistad” para este tipo de edificios era preceptiva, e inversamente proporcional a la relación personal, cálida y sincera que tal palabra implica. En esta clase de regímenes el mundo se divide siempre en amigos y enemigos, según la consigna imperante. Los individuos del país, bañados por una propaganda indistinguible de lo que sus sentidos podrían llegar a percibir o experimentar, hacen suya la terminología, que modela la realidad y las ideas y pueden cambiar radicalmente de opinión de un día a otro según la consigna.

 

 

Museo de Historia. Pekín. Bandera de la revolución campesina, con un arado.

El Museo lo era de una Historia recortada, purgada y seleccionada según los criterios del Partido Comunista. La Historia se modelaba según las consignas del momento. La realidad, los hechos concretos, no existían como tales. Como en el plano físico, el Partido seleccionaba también en el temporal e intelectual lo que correspondía a la imagen mental fijada como ortodoxa, pero en sí muy insegura, pues dependía de la voluntad cambiante del Líder.

 

 

El puente del Palacio de Verano. Fiesta Nacional.

Fiesta Nacional. Pekín, Palacio de Verano. La neblina ha ido levantando durante el día y permite apreciar con mayor claridad la hermosa simetría del puente del Palacio de Verano, punteado por los globos y banderas rojos (todo siempre en rojo y sólo rojo) de la Fiesta Nacional.

 

 

 

Típico cartel con los iconos del régimen.

Típica iconografía del Partido Comunista Chino: Obrero (estrechando los libros de Mao), Campesina y Soldado dispuestos a aplastar ideológica y físicamente a los “enemigos” del régimen socialista.

 

 

En la Fiesta Nacional.

La gente acude a la Fiesta Nacional. Obsérvense vestimenta y expresiones.

 

Más banderas rojas, que, junto a los farolillos igualmente rojos, es la decoración monocroma de la Fiesta Nacional. El león es una estatua antigua, con símbolos del poder y fuerza del país, por lo que se salvó de la destrucción artística de la Revolución Cultural. Funcionarios y visitantes -chaquetas azul y gris- deambulan por el recinto ferial.

 

 

 

 

Niños bailando y cantando las alabanzas a Mao y el Partido.

Espectáculos de danzas infantiles durante la Fiesta Nacional. Todos los niños llevan el pañuelito rojo de pioneros del Partido y cantan sus alabanzas.

 

Representantes oficiales de las minorías nacionales con el enorme cartel de propaganda al fondo y paneles con diversas fotos y textos sobre los éxitos del régimen. En primer plano se encuentra el del Tíbet, país invadido por China en 1950 y ocupado hasta la fecha. Hay también uigures, hui, etc. Todos sonríen.

 

Los actores se preparan para el espectáculo

 

 

 

Los empinados escalones de la Gran Muralla.

 

 

La  Gran Muralla parecía lindar con la nada.

 

La Gran Muralla, los otros muy pequeños.

 

El largo camino hasta la torre de vigilancia. A veces en la Gran Muralla había incluso soledad.

 

En el camino a las tumbas Ming. Acompañantes.

 

Escalinata real.

 

Pekín. Entrenamiento en un parque.

Pekín. Artes marciales.

 

 

Pekín. La grande y solitaria avenida.

 

Pekín. Puerta antigua o imitación de las antiguas, destruidas durante la Revolución Cultural.

 

 

Pekín. Arco y puerta antiguos.

 

 

Pekín. Moto de limpieza.

 

 

Pekín. Un cooperante francés.

 

 

Pekín. La cooperante española.

 

 

Pekín

 

 

Pekín

 

Pekín. Día de fiesta. Fotos en la plaza principal.

 

Pekín

 

Pekín.

 

Pekín

 

Pekín. Gigantescos palacios del pueblo (=edificios oficiales). Entremedias bien poco.

 

Pekín.

 

Pekín.

 

 

Pekín. Museos, etc.

 

 

Pekín. La entrada al parque.

Pekín. La avenida, como siempre semivacía y con carteles gigantes.

 

Pekín; obviamente.

 

Pekín centrísimo.

Pekín. Alrededores.

 

 

Pekín. Carteles de las óperas-ballet revolucionarios (siempre los mismos), en alabanza de Mao y del Partido Comunista Chino. Esa media docena de espectáculos eran los únicos.

 

 

Pekín. En un centro de enseñanza. Carteles con consignas

 

 

Pekín. Consigna gigante

 

 

Pekín. Jóvenes mirando tadzupaos (escritos en grandes caracteres).

Pekín. Habitación de la cooperante española.

 

 

Pekín. Desde el balcón de la cooperante española en el Hotel de la Amistad.

 

Pekín. Habitación de la cooperante.

 

 

Pekín. Mercado.

 

 

Pekín. Pared con tadzupaos y observadores.

 

 

Pekín. Tadzupaos y gente.

 

Pekín. Leyendo tadzupaos.

 

Pekín. Guardia urbano, Lenin y Stalin.

 

 

Pekín. Abuela con pies vendados.

 

Pekín. Tadzupao.

 

Pekín. Leyendo los tadzupaos.

 

 

Pekín, lector y tadzupao.

 

Pekín. La gran plaza.

 

Pekín. Una guía.

 

Pekín. Garita de seguridad.

 

Pekín. Profesores durante la sesión de trabajo manual.

Profesores en trabajo manual

 

Pekín. Calle.

 

Pekín. Señora con pies vendados

 

 

     SIAN

 

 Sian. M. Rosúa, profesora de español, frente al Hotel de la Amistad, donde se alojó toda su estancia. Había tres huéspedes, extranjeros: Un matrimonio mayor, de Sri Lanka, profesores de inglés, y ella.

 

Sian. La profesora de español en una fábrica, con el profesor de español y traductor Chü-ye, un dirigente local del Partido y otros acompañantes.

 

Sian. Trabajo manual en el instituto con la cosecha de algodón.

 

Obras y alumnos en trabajo manual.

 

Sian. Rosúa, profesora española.

Sian. Alumnos y profesores de español, y la profesora española, en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian.

 

Sian. Alumnos en trabajo manual.

 

Sian. Trabajo manual en el instituto.

 

Sian. Niñas amigas de la profesora de español.

 

 

Sian. El niño del profesor Chü-Ye y los cerditos.

 

Sian. Consignas en el Instituto.

 

Sian. Niños.

Sian. Director y profesores.

 

Sian. Señora de una comuna cercana.

 

Sian. Señora de la comuna.

Sian. En la comuna.

 

Sian. En la comuna.

 

Sian. La pagoda de la Oca. De hecho, en Xian había dos pagodas: la de la Pequeña y la de la Gran Oca. La autora no puede decir con certidumbre qué Oca era la que visitó.

 

Sian La pagoda. Era un hermoso edificio antiguo, de los pocos que se habían salvado de la Revolución Cultural. El número de pisos representa las etapas a la perfección espiritual. Se conservaba y enseñaba para mostrar que el Partido Comunista respetaba las religiones, en este caso el budismo.

 

Sian. El airoso tejado de la pagoda.

 

Sian. El remate de los tejados es con frecuencia una campanita.

 

 

Sian. En la pagoda. La profesora española. Era un lugar hermoso y de paz.

Sian. El monje de la pagoda.

 

Sian. El monje en la pagoda. Era afable, tranquilo, distante, educado, resignado ante los manifiestos ignorancia y desprecio hacia la religión de los miembros del Partido que dirigían la visita de la profesora española

 

Sian. En el camino a las tumbas reales, la mayor parte aún no excavadas pero claramente bajo las colinas artificiales. Allí estaba la del emperador y los famosos guerreros, pero se mantenía en secreto.

 

Sian. El camino real y las estatuas guardianas.

 

 

Sian. León guardián de las tumbas reales.

 

Sian. Antigua estatua de guerrero en el camino real.

 

Sian. Caballo alado en el camino real.

 

Sian. Los guardianes reales.

 

Sian. Los caballos del sendero real.

 

Sian. Con las estatuas decapitadas.

Sian. En el Museo Arqueológico. Decoración mural.

 

 

 

Sian. En el Museo Arqueológico.

 

.

Sian. En la visita a la zona de enterramientos reales. La profesora española con el intérprete de José Castedo y el simpático guía del lugar.

 

Sian. En la visita a la zona de enterramientos reales. Antiguas esculturas de caballos, elefantes, etc. La profesora española.

 

Sian. Estatua de guerrero guardián.

Sian. El fiero y muy antiguo guardián del camino a las tumbas.

 

Sian. Estela y guía.

Sian. Caballo de piedra del camino a las tumbas reales.

 

 

 

Sian. Una de las estatuas del camino real.

 

Sian. Una de las estatuas del cortejo hacia las tumbas reales.

 

Sian. Estatua del camino real maltratada por el tiempo.

 

Sian. Estatuas del camino real decapitadas (¿Revolución Cultural?)

 

Sian. Pilar del camino real.

 

 

Sian. Estatua de camello bactriano. Avenida a las tumbas reales.

 

Sian. Intérpretes y José Castedo, que vivía en Pekín e hizo una visita a Sian. Castedo era el único español que se había quedado en China durante la Revolución Cultural y se proclamaba absolutamente maoísta comunista y del sector de Álvarez del Vayo. Decía, con cierto furor, ¡Yo estoy con los chinos siempre!. Parece que esa fidelidad incondicional, de ideología pasional, y su trabajo de años, no fueron luego reconocidas como correspondía por las autoridades chinas.

Sian. José Castedo.

 

 

Sian. El intérprete de José Castedo y la profesora de español.

 

Sian. Chü-Ye, profesor de español.

 

Sian. Zona antigua y museo. Intérpretes, acompañantes y la profesora española.

 

Sian. En la habitación de Rosúa, la profesora española, con el acompañante de Castedo, que era un dirigente del Partido Comunista Chino.

 

 

Sian. Visita a una fábrica, con un dirigente, el profesor Chü-Ye y la profesora española.

 

 

Sian. En el Hotel de la Amistad (todos lo eran), un profesor de francés de paso, su intérprete y la profesora española.

 

 

 

 

Sian. La pagoda de la Gran Oca.

 

Pequeña pagoda

 

Sian, de oca en oca. La pagoda de la Pequeña Oca (tal vez, y la otra es la Gran Oca).

 

Sian. En el Instituto. Un grupo folclórico, directivos y profesores chinos y profesores extranjeros. En el centro un matrimonio de Sri Lanka, profesores de inglés, y la profesora de español a su lado.

 

 

   

 

Viaje por el sur

 

Kweilin.

 

 

En el viaje por el sur

 

Obreras del astillero de Shanghai.

 

En el sur de China. Bicitaxi habitual. Los automóviles eran en los setenta escasísimos y reservados para altos cargos y usos oficiales.

 

Los grandes ríos del sur en plena época de lluvias, con su transporte en barcazas.

 

Kweilin. Por el río en una lancha. El poco fondo obligaba a que se ayudaran de palos para impulsarla.

 

 

.

La niña y las plantas del sur.

 

 

 

 

 

En Cantón. Ciclista.

 

 

 

 

 

 

PEKÍN

 

Pekín. Trabajo manual en el Instituto; donde el ambiente era muy diferente de Sian, sin cordialidad alguna. El centro tenía fama de haber sido una plaza fuerte de la Revolución Cultural y rezumaba comisariado maoísta.

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

Pekín. En el mercado.

 

 

Pekín.

 

Pekín. Una de las óperas revolucionarias, único espectáculo teatral que había.

 

Pekín. Entrada al Instituto de Lenguas Extranjeras.

 

Pekín. En el instituto. Trabajo manual. Alumnos.

 

Camino a las tumbas. Estatua de elefante sumiso

 

 

Camino a las tumbas.  Caballo en espera de jinete.

 

Camino a las tumbasPerro fiel y feroz, según con quién.

 

Pekín. Películas revolucionarias (las únicas).

 

 

 

 

Shanghai 1974

Segundo viaje al sur, antes de hacerme salir del país y quedarse con buena parte de mis fotografías.

05/8/20

CHINA 1973-74 TESIS AUTORA LENGUAJE TOTALITARIO INTRODUCCIÓN Y RESUMEN

Biografía Y Bibliografía. Libros y ArtículosTESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA DELGADO

DEFENDIDA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID, UCM, DONDE LA AUTORA HABÍA CURSADO TODOS SUS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS DE ROMÁNICAS (LENGUA Y LITERATURA) EL 16 DE ENERO DE 1978.http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental: Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo. Madrid, 1978.

Contiene documentación original, textos docentes, sobre la enseñanza del español en la República Popular China, donde la autora impartió clases en 1973-74. Es un estudio sobre el lenguaje totalitario. Se calificó con Sobresaliente cum laude.

Su título original rezaba …en la República Popular China, lo que hubo de cambiar, a indicación de su director de tesis, por en China Continental.

importa añadir a mi descripción de esta documentación que deseo sea útil a quien lo precise,  pero que no pertenece a ni debe ser capitalizada por organización alguna. Es fruto del trabajo y experiencia de una persona independiente y para independientes.

Resumen de la tesis doctoral de Mercedes Rosúa

http://www.elrincondecasandra.es/publicaciones/

 

 NOTA SOBRE LA LEGIBILIDAD DEL ORIGINAL: El documento original fue mecanografiado y, con el paso del tiempo, se ha hecho en diversas páginas difícilmente legible. En espera de que alguna vez pueda transcribirse en su totalidad, se incluyen aquí siete páginas, las de mayor dificultad en su lectura, transcritas. Éstas son las p.p. 6, 7, 25, 27, 28, 97, 98. Se añaden en apéndice separado a continuación para que el lector pueda intercalarlas.

 

 

 

TESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA DELGADO

DEFENDIDA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID, UCM, EN 1978, DONDE LA AUTORA CURSÓ SUS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS DE ROMÁNICAS (LENGUA Y LITERATURA).

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental:

Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo. Madrid, 16 de enero de 1978

Contiene documentación original, textos docentes sobre la enseñanza del español en la República Popular China, donde la autora impartió clases en 1973-74. Es un estudio sobre el lenguaje totalitario. Se calificó con Sobresaliente cum laude.

Su título original rezaba …en la República Popular China, lo que hubo de cambiar, a indicación de su director de tesis, por en China Continental.

 

 

Importa tener en cuenta que la autora desea que este documento, fruto del trabajo y experiencia de una persona independiente y para independientes, sea útil a quien lo precise, pero que todos los derechos sobre él pertenecen a la autora, incluidos los de edición física o electrónica, sin que pueda efectuarse ningún cambio, omisión o añadido respecto al original e indicando siempre fuente y autoría.

 

 

Nota sobre la legibilidad del original: El documento original fue mecanografiado y, con el paso del tiempo, se hizo en diversas páginas difícilmente legible. En espera de que alguna vez pueda transcribirse en su totalidad, se incluyen aquí siete páginas, las de mayor dificultad en su lectura, transcritas e intercaladas junto a las originales (p.p. 6, 7, 25, 27, 28, 97, 98).

Téngase también en cuenta que la grafía latina de nombres propios es la que se utilizaba en la época.

 

 

Deseo dedicar este trabajo a Li-Yi-She, pseudónimo de los tres ex-guardias rojos que tuvieron el valor de exhibir en Cantón, en 1973-74, una serie de carteles murales en los que defendían la democracia y la lucidez. También a Wang Weilin, que se puso frente a los tanques en la plaza de Tien An Men, en Pekín, durante la masacre de junio de 1989.

 

INTRODUCCIÓN

 

Este trabajo es el fruto de anotaciones, reflexiones y vivencias durante el curso escolar 1973-74 en la República Popular China como profesora de español, y de una labor de búsqueda bibliográfica, comparación y comprobación de datos, análisis y síntesis durante los años siguientes. Se centra, partiendo de la observación de la enseñanza del castellano, en la interdependencia entre el lenguaje enseñado y las directrices político-sociales del sistema, en la visión del mundo y en el universo mental que de ello resulta.

Es conocida la dificultad de obtener documentación sobre cuanto acontece en China Popular. Las publicaciones oficiales no abundan y están escritas en el rígido marco del perfeccionismo estatal. En cuanto a los libros y estudios efectuados por occidentales, existen bastantes y no pocos de interés, pero, como cualquier extranjero, sus autores han debido ceñirse, durante su estancia en China, a las reglas del sistema, que han delimitado estrictamente sus pasos y su acceso a fuentes de información. Buena parte de las obras sobre China adolecen, además, de una irracionalidad partidista que las hace tanto o más perfeccionistas que las oficiales. He incluido en la presente obra una serie de lecciones y textos empleados por los profesores chinos de español para sus clases, y elaborados por ellos mismos. La prohibición gubernamental, por razones políticas, de sacar material pedagógico fuera del país explica el escaso número del recogido, y le otorga, al tiempo, el valor de su rareza.

La época que trato, el canto de cisne del maoísmo, el grande y temeroso retorno tras la Revolución Cultural, es enormemente significativa. A partir de los años setenta la enseñanza superior, entre ella la de lenguas, comienza a resucitar; vuelven del campo estudiantes y profesores, se reorganizan escuelas e institutos, se reconsidera la contratación de cooperantes extranjeros; se habla de “Revolución Educativa”, presentada por los dirigentes chinos como continuación necesaria de los sucesos de 1966-1969, y por la prensa occidental con los títulos sensacionalistas de “Segunda Revolución Cultural”.

La experiencia concreta de la que parte este trabajo fue, por fortuna, sumamente variada, puesto que, en el espacio de un curso escolar, enseñé en tres centros y visité varios. La primera experiencia pedagógica es ciertamente la más especial: Dos meses y medio en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian, a mil kilómetros de Pekín, en el interior, no lejos de Yenán. Un matrimonio de Sri Lanka y yo éramos los primeros cooperantes extranjeros que aparecían en esa ciudad de dos millones de habitantes tras la marcha a sus respectivos países de los profesores occidentales de 1957. En Sian, precisamente por la falta de costumbre de aplicar el férreo encuadramiento que rodea a los extranjeros en Pekín y por factores personales, establecí relaciones humanas de una riqueza y naturalidad inusitadas con mis colegas chinos, se me dieron facilidades para documentarme, y se me permitió llevar a cabo encuestas minuciosas entre profesores y alumnos.

En Pekín, tras una corta etapa, que desde el principio se había acordado como provisional, en el Instituto de Lenguas Extranjeras, pasé al Instituto N.º 2. El Instituto de Lenguas Extranjeras presentaba la peculiaridad de, por una parte, encargarse de la formación de adultos destinados a ocupar puestos en el extranjero, y, por otra, de recibir estudiantes de chino venidos de países con los que Pekín había establecido acuerdos bilaterales. En cuanto al Instituto N.º 2, era, como el de Sian, una escuela superior de lenguas vivas.

El régimen de vida de alumnos y claustro, el material pedagógico, la metodología didáctica, los textos, su temática, estructuración y vocabulario, todo ello configuraba uno de los más puros ejemplos de una etapa histórica totalitaria, de la apoteosis agónica del maoísmo, de un monopolio en literatura, arte, pensamiento, posiblemente jamás igualado. Actualmente las exigencias de la modernización obligan al sistema a entreabrirse, a relativizarse. Pero el calco verbal de esos años es una huella inestimable.

Mercedes ROSÚA DELGADO

 

Nota Bene: Pueden consultarse sobre el tema libros y artículos de la autora, y las referencias en su web www.elrincondecasandra.es

 

EL VOLUMEN DEL DOCUMENTO ESCANEADO HA IMPEDIDO HASTA AHORA PASARLO A ESTA WEB.  SE ESPERA PODER PONER UN ENLACE CUANDO SEA POSIBLE.

ÍNDICE

 

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04/23/20

POLITICAL ASYLUM. OPEN LETTER FROM MADRID

http://www.elrincondecasandra.es/carta-abierta-a-casi-todos-los-gobiernos-del-mundo/From Madrid, but urbi et orbi and sine die

Open Letter asking for political asylumhttp://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/diario-de-la-pandemia-madrid-2020/

to (almost) any country in the world,

From a country, Spain, where citizens’ life and freedom are at risk, in great danger and extreme uncertainty. This is so no just by epidemics tragedy all over the world, but mainly because in this country right now its Government itself is a real deadly plague. Danger concerns anyone and specially aged people. Spain has had, so far, more than twenty thousand (and that could be up to thirty or even more) deaths, 0,43 % of population affected, which means to be in the very top of the world, the highest rate of health workers with virus because no protection provided by the State, and the whole of citizens living in confinement at home more time and in more harsh way than any other in Europe. Big demonstrations where allowed on 8th March, when the coronavirus was already in full swing, because the main official concern is propaganda. Prospects about when and how to have back the normal, free and democratic existence are none. Forty days in home-jail, in Alarm Status that lets no room for protests and keeps people in fear, silence and helpless under the worst Government they ever have had. They are dying every single day by hundreds. Seniors by thousands, lonely and abandoned in nursing houses or at home. Many, being aged, couldn’t get proper care in hospitals because there is triage and, having no means to deal with all, they are supposed to choose the younger ones.

May those Spaniards, at risk of their life and being denied any freedom, apply for political asylum if they prove not to be affected by the virus? They do need to flee from Spain, which has become a very dangerous place, and they are in desperate need of acceptation in U. K., in New Zealand, in Germany, in any country who refuses the selective elimination, which could have happened in Spain. They do need awfully to get in a nation which has respect for every human being’s life and rights, equally, with no regard of their birthdate. An enormous number of people have passed away in nursing homes, in appealing conditions, or all alone at home. Everyone fears to be chosen after their supposed life expectancy, deciding then if the person is worthy of help to breath or just good to die.

The extend of this catastrophe has nothing of casual. It comes straight from the Government’s improvidence, lousy management, fanaticism and incompetence, and from their thirst of propaganda and of remaining in power at any price. By the by, many senior people were possibly not going to vote them. The Alarm Status means endless situation of no rights, no freedom, maybe in the future, if allowed to step out, social selective discrimination with tags and shades (which colour for stars in the clothes?). It is so easy to push public opinion, neighbours, against aged people pointing at them as plague bearers. Government loving totalitarian systems, as they have already showed enough, needs scapegoats, whistle-blowers, public guilty.

We need help, human and honest Government, any place. We need to flee the selective triage and the lost of all dignity, respect, rights and freedom, besides life itself. When and how to apply for asylum?

Rosúa

04/19/20

CARTA ABIERTA A (CASI) TODOS LOS GOBIERNOS DEL MUNDO

http://www.elrincondecasandra.es/carta-abierta-a-casi-todos-los-gobiernos-del-mundo/Desde Madrid, pero urbi et orbi y sine die

Carta abierta a (casi) todos los Gobiernos del mundo

 

Esto es una petición de auxilio y de acogida. El lugar que muchos de ustedes conocen por sus vacaciones ha demostrado, definitivamente, que es invivible y, gracias a la prueba del algodón de la pandemia, ha alcanzado y puede alcanzar, con activa cooperación o pasividad sumisa, las mayores cotas de peligrosidad y estupidez.

Aquí no hay ciudadanos, ni individuos que pretendan serlo. Hay una mayoría ovejuna con probable carga genética de los perros de Pávlov que tan sólo sabe reaccionar a la contraseña condicionada y a que le arrojen el hueso de subvención o de cuota, mientras se van hundiendo ellos y la perrera. Los actos de generosidad, la espontánea bravura que ustedes, desde el exterior, románticamente exaltaron en el pueblo español era simplemente puntual, obra de impulsos en ocasiones concretas, sin conciencia ni compromiso ciudadanos, ruidosos enfados a los que sigue siempre la obediencia y temor al cacique. La palabra democracia es un simple traje de los domingos que le presta una promoción inmerecida. A la hora del filtro de elecciones y defensa conjunta de lo que debería ser su país, leyes y derechos no hay sino la vieja tribu y el acostumbrado amo que paga la borrachera de rencor y envidia y reparte raciones de emergencia.

Inglaterra, si me acogieras. Tú valiente, convencida de esos valores que hay que defender, Inglaterra, país de ciudadanos, no de vasallos, no de resignados al “Es lo que hay”. “Hay lo que nos echen”. Inglaterra, país de libertades y de respeto por los individuos, por su vida privada y por la ciencia, la cultura real y la grandeza. Nunca debí dejarte, y aun antes de dejarte te añoraba, presintiendo tristezas de tu ausencia. Siento que te detuvieras en Gibraltar, que no subieras mucho más hacia el norte. Habría dignidad, no rendiciones. Nunca supe de libertad tan honda, del respeto en la vida cotidiana como en ti los sentí. Por ello estás en la primera de las muchas puertas a las que llamo, mientras atrás dejo la vergüenza de mi propio país de nacimiento que se complace en ser por siempre víctima, mendiga de limosnas y amargada por la valía y bienestar ajenos. Si me abrieses tus puertas, si lo hicieras…Todavía, quizás, de cuanto tengo algo hay que yo pudiera darte y compensar lo mucho que me diste y que hasta hoy en día me alimenta.

Quizás ni lo conciben ni lo advierten, países de esa puerta a la que llamo. En mi triste nación, hoy el líder mundial de fallecidos por millón de habitantes y en cabeza de enfermos, sanitarios infectados, no ha habido protección, ni mascarillas ni pruebas sobre el virus. Aquí se muere solo, hay un triaje según la edad para obtener o no respiradores, está prohibido el negro como el luto, como la libertad, no queda espacio sino para la loa y propaganda. De todos en Europa, este pobre país está en cabeza del más largo y total confinamiento, camino llano hacia la dictadura, para el control sin límites ni leyes En el triste país que ha sido el mío nada extraño tendría que el Gobierno, ese amasijo de maldad y torpeza, esté ya fabricando, a manera de estrellas amarillas, marcas según la edad, largos listados de población caduca, prescindible, ajena a su interés y sus votantes, títulos de apestados. No bajarán de trenes, no saldrán ni a la puerta de la calle. Les darán el color que corresponde, con amables sonrisas protectoras, indicando el camino del encierro de su lento exterminio.

Nueva Zelanda, tu lejana puerta podría ser mi hogar. Conozco tu pureza y tu belleza, te he visitado en varias ocasiones. A ti quería volver cuando estalló la peste. Y ahora, un simple refugiado, si hay seguridad de mi limpieza, de que nada hay en mí que contamine tu especial hermosura, tu cristalino espacio, entonces considera permitirme el acceso y comparte la paz y limpidez que a ti te sobra. Algo te podré dar. Hasta el alma los virus no han llegado. Tal vez la blanca y verde altura, tus montañas, el mar lleno de vida, los helechos gigantes y las flores violeta, los volcanes, los raros animales refugiados en ti, a mí semejantes, vuestro respeto por cada individuo, tendrán poder para curar recuerdos del mísero temor, de las mentiras, de vileza esparcida y aceptada en mi anterior país.

Lo que era mundo, horizontes infinitos, se ha vuelto fortaleza, vallas, muros, sin aeropuertos, trenes ni aviones. Pero sabed que os llamo y os preciso, y que vosotros, exclusivamente, disfrutáis del poder de rescatarme. Dejadme entrar donde vivir aún pueda y ser una persona como otras y sacudirme el polvo y la vergüenza de lo que fue el lugar en que he nacido. Alemania, demuestras que aprendiste la terrible lección del genocidio y hoy abominas de segregar viejos, dices que todas vidas son iguales, con la clara nobleza que te honra. De España te separa la elevada frontera de los muertos que tú no has tenido, la ordenada manera de aislar lo imprescindible, respetando las libertades, exactamente iguales para cada uno, mayor, adulto, niño, ciudadanos al fin, justo por serlo. A cuantos huiremos de la marca, de la segregación, del nuevo ghetto, del acoso anunciado y propaganda que ya el Gobierno incuba para ofrecer carnaza a los vasallos, ofrécenos asilo, danos días de la igualdad debida a los humanos. Pues te honrarás con ello en la medida que un país de verdad siempre merece.

Nunca debí volver. Cinco países en los que he vivido. Y más de un centenar recorrí sola. Nada tengo en común con el que sueña conque haya siempre más inquisiciones, con el gordo parásito que vive de momias y de mitos de una guerra, de un dictador que fue y les alimenta. Nada que ver con quienes no persiguen a los que ponen bombas y prefieren que los azucen contra quien gobierna. Ninguna relación con los que añoran, de todos los sistemas, los peores, sangrientas dictaduras de cuantas hubo y en el mundo han sido.

Países (casi) todos, me es preciso llamar a las fronteras, dejando atrás el viejo, el muy sincero amor que tuve a la nación que un día fue la mía. Ya no lo es y no va a serlo nunca. Solo entre todos, es país que elige odiarse, rechazar su nombre y su bandera, y vota a un amasijo de ratones que quieren lo mediocre a su medida.

Les ruego me acojan dado el peligro que corro si no me dan asilo. La limpieza en forma de encierro, segregación permanente y adiestramiento de la chusma para que acose, persiga, denuncie y arrincone a la gente de mi edad está en camino, es inminente. El volumen de frustración acumulada en millones de personas sometidas a un aislamiento innecesariamente extremo por ser consecuencia de la absoluta imprevisión, manipulación, estulticia del Gobierno es tremendo, buscarán en quién desahogar su rencor, y, como se trata de un país particularmente cobarde, embestirá, en cuanto le abran la puerta del redil, contra el blanco más más cercano, marcado para ello por las leyes de segregación. Esa víctima propiciatoria, nombrada leproso en potencia por todos los canales oficiales, serán los viejos, que, gracias a la sed de propaganda, el sectarismo y la colosal ineptitud del partido en el gobierno, han muerto a millares, de forma angustiosa, dolorosa e indigna, avalada incluso por protocolos la atroz selección de los que convenía dejar morir.

A la memoria vienen las líneas de la última carta de Petronio, el árbitro de la elegancia, dirigida antes de suicidarse al emperador Nerón. (Sí, orgulloso prohombre del Gobierno, sí. Recuerde, Quo vadis? Es latín; ¿sabe? Ustedes prácticamente lo eliminaron cuando destruyeron el Bachillerato y la buena Enseñanza Pública). Petronio dice a Nerón, quien se enfada bastante, que puede excusarle por haber matado a su mujer, asesinado a su madre, por haber incendiado Roma, pero que lo imperdonable es que se empeñe en declamar horriblemente horribles versos: Mata, pero no cantes. Tortura, pero no bailes. Incendia, pero no hagas poemas.). Parafraseándolo, al Gobierno actual español, ese amasijo de tribus nacionalistas y comunismo revenido encalado de fatuidad, codicia y solicitud viscosa, habría que decirle:

Miente, pero no susurres.

Traiciona, pero no prediques

Extermina por fanatismo, estupidez y negligencia, pero no te hagas fotos en la Casa Blanca.

Puedo excusarte el que mientas sin reposo, que desdeñes los miles de vidas, salud y libertades que han costado tu vanidad y negligencia, que ocultes y desprecies el dolor y el luto.

Puedo excusarte el que te alíes con los que odian al país y cubras de dinero y halagos a representantes de los asesinos del País Vasco y a los siempre traidores y mezquinos independentistas catalanes.

Puedo excusarte la infame actuación de los que tomas como mentores y precedentes cuando azuzaron, tras la gran matanza terrorista con bombas en trenes de Madrid, a las masas a asaltar las sedes del partido entonces en el gobierno en vez de perseguir a los asesinos, de manera que los tuyos se apoderaran del Estado y se repartieran sus despojos.

Puedo excusarte que hayas creado una contienda dual guerracivilista como único argumento de propaganda que te permita sembrar rencor y legitimar tus redes parásitas.

Puedo excusarte que intentes por todos los medios desguazar el país y repartirlo entre quienes te sostienen en la Presidencia.

Puedo excusarte el dispendio gigantesco, en un arruinado país, del erario para nutrir a la multiplicación de tus huestes con cargos públicos, ministros, ministriles y asesores y crear votantes dependientes.

Pero lo que no tiene excusa es el fatal crimen estético, el atuendo indeciblemente hortera de tu mujer, vestida de bandera estadounidense, en la recepción en la Casa Blanca, el de la luctuosa familia monster de tu antecesor que allí cuelga como ridícula muestra de España, tus impostados gestos de novicio medroso, tus inacabables arengas en la televisión a tu servicio, el tono con el que susurra a los equinos del rebaño tu visir, el pachulí sentimental con el que anegas al auditorio, la insólita estulticia de los nombres de tus ministerios, la masa de estupidez y cursilería de tus consignas, que hace tiempo alcanzó el punto crítico.

Y la conmiseración mal disimulada que tu oquedad de atributos despierta cuando intentas posar para la foto y te delata la apremiante ansiedad del nuevo rico por ser aceptado en el club de los de arriba.

Ésta es una muy real y seria llamada de socorro. De vosotros depende el cuánto y cómo de una vida.

Así pues, países (casi) todos los que podéis hacerlo, abridme vuestras puertas, acogedme y salvadme.

Rosúa

 

03/14/20

Pandemia y pandemias..

http://www.elrincondecasandra.es/articulos-por-temas/DIARIO DE LA PANDEMIAhttp://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

http://www.elrincondecasandra.es/articulos-espana-politica-transicion/Madrid, 13 de marzo de 2020.

Todo el poder a las ratas

La realidad, la de una ciudad entera que había sido despojada de su alegría y de su vida, yacía como un cadáver del que se prefiere ignorar la existencia, cubierta por una capa de incredulidad y temor, del miedo que no acierta a decir su nombre y que está ya tan hecho a la disciplina de la autocensura que impide hasta la rebeldía y la protesta, hasta la denuncia de los autores del crimen y del despojo. La ciudad yacía indefensa y triste, reclamando con ojos mudos que la defendieran cuantos habitualmente la disfrutaban, los que bailaban noche y día por calles siempre concurridas y junto a ventanas luminosas. Pero todos llevaban al cuello la argolla de la resignación a la enfermedad, al mal que los acechaba, al estallido de peste al que el peor gobierno de su historia los había entregado dejando a las nuevas ratas microscópicas puerta franca.

Estaban tan acostumbrados a dividir el mundo en dos bandos y a pertenecer, sin mérito alguno, gran parte de ellos a la mayoría de los buenos que ahora no podían echarse atrás, debían apoyar, aunque fuera tácitamente, a aquél y a aquéllos que habían votado, aunque las diminutas ratas llevaran ya tiempo royendo países vecinos y la gigantesca y ruinosa corte del Presidente electo se alzara sobre inmensas, ruidosas y multitudinarias pilas de basura cubiertas de enormes pancartas que se resumían en el profundo odio al país en el que habitaban y a cuantos y cuanto era superior, excelente, hermoso, valioso por sí mismo.

Se imponían el silencio y la resignación, como si las diminutas ratas de la nueva peste, la ciudad mancillada y estrangulada, los millones de ciudadanos en arresto domiciliario, la vertiginosa cosecha de nuevos pobres, de hospitales desbordados, de enfermos y de muertos no fueran sino obra de la fatalidad, de un fenómeno ajeno al hombre, oscura venganza quizás de la Naturaleza que exigía lógicos sacrificios de los humanos de mayor edad. Los habitantes de la ciudad convertida, con una rapidez fulgurante, en centro de la epidemia, preferían enjugar las lágrimas compungidas del Jefe del Partido que, con su prolífico batallón de heraldos, había incansablemente demostrado su estúpida arrogancia, su codicia, su peligrosa ambición y su manejo incansable, como mascarón de proa, de la ficción ya longeva de representante del Bien, del polo luminoso de una ficción dual, de los combatientes incansables contra un diabólico dictador que no habían conocido y del que sorbían la esencia de su justificación de ser y de acaparar, aupados sobre montañas de entusiastas víctimas creadas y alimentadas al efecto.

Llevaban los habitantes de Villa tanto tiempo en la cárcel verbal Buenos y Malos, Socialistas y Fascistas, Izquierdas/Derechas, Progresistas y Reaccionarios que podían transitar sin mayor problema sobre el cuerpo de la ciudad herida y sobre sus propias dignidad y libertad, sobre la evidencia del comportamiento canalla de sus gobernantes y sobre la envidiosa y codiciosa estulticia de los que, con cómoda y rentable ceguera voluntaria, los sostenían. Estaban acostumbrados. En aquellas mismas fechas de marzo, hacía algunos lustros, habían digerido grandes dosis de propaganda proporcionada por el partido del Bien y, dejando atrás un terrible atentado terrorista nunca esclarecido, habían culpado, no a los asesinos, sino al partido que por entonces estaba en el Gobierno y a quien convenía desalojar. Y a partir de aquella comunión con la vileza asumida, estuvo permitido todo, y todo el silencio.

Por eso las ratas de la pandemia han tenido puerta franca, y gozan de la comprensiva impunidad anónima de las emergencias sexuales, históricas, científicas y climáticas. Corretean entre una multitud mansa, viva metáfora, con sus mascarillas, del país sin país, nombre, lengua, símbolos ni dignidad. El país que no tiene ciudadanos; tan sólo habitantes que no merecieron la hermosa ciudad que yace amordazada, indefensa y roída por la ya larga peste.

Rosúa 

El subtítulo adecuado de mi libro «Diario de a bordo» sería «De cuando dieron todo el poder a las ratas».

Las ratas siempre han sido el símbolo de la peste. En las circunstancias adecuadas de cobardía generalizada, reparto gratuito de placebos y elogio de la basura se les dan todas las facilidades.

Observo que, una vez más (no en vano mi web es el rincón de Casandra), sin yo advertirlo cuando lo escribía pero con una vaga conciencia de ello, el libro ha sido premonitorio.

 Sí, es cierto -como observa alguno de mis lectores- que ha sido premonitorio pero con una salvedad: Estas ratas de aquí también están expuestas al virus. Tiene razón,  lo están, pero nuestras ratas son menos listas y más fanáticas que las de “Diario de a bordo”. De hecho, llevan a sus bebés a manifestaciones que hierven de contagio, acuden a consejos de ministros sin mascarilla y con la infección a cuestas, se pelean, entre tos y tos, por arrancar algún trozo de nombramiento. Las ratas de “Diario de a bordo” los mirarían con desdén y les dirían que aún hay clases.

Madrid, 15 de marzo de 2020.

Una tarde con sabor a milenario.

La tarde es tan tétrica como los temores de un creyente del fatal milenario. Ha descendido de un extraño cielo de nubes que cruzaban o se agolpaban a gran velocidad mientras que otras reposaban su vientre gris en un horizonte antes engarzado en azul. Escriben probablemente algo, cada una, en su lejano lenguaje. Un caudal de luz con frialdad de oro se ha derramado luego, súbitamente, para que durante unos momentos la humanidad pequeña mida las dimensiones de su repentina soledad. Y la tarde se ha cerrado, en oscuridad definitiva, con el broche de un sol enorme, agresivo como una boca ávida que espera el momento de engullir su pitanza.

La calle de la cuarentena por la pandemia es un embudo desértico, con una sola figura esquiva a contraluz en el fondo, y las ramas desesperadas de un árbol color de plomo.

Tormenta dentro y fuera de la gente. Algunos sacan lo peor que llevan en ese interior herrumbroso, amargo por la vieja lluvia de la frustración y de la envidia. Ven su oportunidad de convertirse en comisarios, celadores, denunciantes. Podrán ladrar a víctimas fáciles a las que acusan sin motivo de transgredir el orden y a las que amenazan con multas y denuncias.

Han sonado aplausos ayer 14  en la calle, patios y balcones, para homenajear a los sanitarios agotados y expuestos, con escasos recursos, al contagio del mal. Se había convocado a ello por los teléfonos móviles, y había que hacerlo a las diez de la noche. Justo poco antes había finalizado la entrevista del Presidente, de forma que su exposición banal, tardía, vaga se ha visto aupada a un pódium de aplauso popular y gritos y canciones de confianza en la nación. El discurso debería haberse producido muchas horas antes. Casualmente coincide con la exaltación popular de las 22 horas. Es inevitable imaginar a un celoso asesor de imagen calculando la coincidencia de manera que el muy deteriorado perfil del personaje, su desastrosa gestión de la situación crítica y la peligrosa amalgama de su Gobierno queden difuminados mientras pasa al primer plano el acongojado jefe político que se presenta, surfeando en el sentimiento de desamparo, y se yergue, Presidente al fin, como el líder de una nación de la que él y sus socios reniegan.

Rosúa

Madrid, 16 de marzo de 2020

El tributo de Darwin

Y escampó. Sin que por ello remitiese la pandemia, que estaba dispuesta a alcanzar su pico de enfermos y de muertos en aquella semana y las que vinieren. Las nubes torvas de la tarde anterior, orladas de un resplandor lívido, regresaron con un concierto de atabales en dos tiempos de granizo sonoro, empujándose  unas a otras en el cielo por demostrar su poder, por convencer al fin a los humanos, tras largo tiempo de mansedumbre, de que ellos, muñecos frágiles de carne y día a día ansioso, no eran nadie en comparación de cuanto podía sobrevenirles desde los cielos de lo imprevisto, Las nubes desde arriba, se sabían fuertes y cambiantes, capaces de toda adaptación y transformación, ahora aire, ahora agua, vestidas de calor, vestidas de frío, mucho más altas que todos los males que pudieran acaecer y cebarse en los seres de abajo.

Las plantas no se habían atrevido a echar flores y la colonia de palomas que habitaba desde hacía décadas en la copa del cedro abandonaron, todas a una, misteriosamente, hacia unas semanas su residencia habitual. Alguna volvía de cuando en cuando, se posaba en la última rama donde solía calentarse cada mañana con el sol del amanecer, pero volvía a emprender rápidamente el vuelo. Y las nubes corrían, no por su sendero habitual oeste-este, sino de norte a sur, arrastrando de las montañas un horizonte incierto gris oscuro.

A las 8 de la noche la gente aislada en sus domicilios por aquella nueva forma de la peste, salía, empero, a los balcones, encendía luces, batía palmas, daba gritos, ponía canciones, vitoreaba al país y a la forma de vida a la que no querían renunciar, por muchos picos de la pandemia que hubiera. La enfermedad vírica se había definido como el tributo de las cien doncellas traducido en cien mil ancianos, una proclama darwinista de selección de las especies que se ofrecía en realidad como justo tributo a la Ley del Más Fuerte, a la debida reducción de poblaciones ad maiorem gloriam del dios Planeta, adorado por multitud de jóvenes adeptos. La pandemia era una grande y mortal metáfora de la redistribución equitativa y lógica del aire, los recursos y el espacio entre los que, por su juventud, tenían más probabilidades de disfrutar de ellos

Pero los habitantes de buena parte de Europa, también los de España, querían ser humanos. En la memoria colectiva estaba incrustado desde el siglo XX el precio de la eliminación de los viejos, los minusválidos, los débiles, los pertenecientes a grupos genéticamente inferiores, a capas de población molestas. El instinto animal llamaba a la permisividad y a la indiferencia, si no colaboración activa, con cualquiera o cualquier evento que podara elementos inútiles y caducos para repartir entre los nuevos brotes la sangre nueva. Sin embargo existía, por debajo del instinto animal, como en las capas sucesivas del cerebro y al otro extremo del reptiliano, otro instinto que impedía disponer de la vida de nadie, fuera cual fuese su edad, origen y condiciones, que pedía conservarlo, salvarlo porque en cada individuo existía un valor, un rasgo misterioso e irrepetible. Había un empeño por ser humano, por continuar siéndolo. Y no dejar abandonado a nadie. Porque de hacerlo, fueran cuales fuesen los aparentes beneficios inmediatos en prosperidad económica y reparto de recursos, entonces sí que la pandemia habría ganado.

Rosúa

 

Madrid, 17 de marzo de 2020

Diálogos con Escoby

La escoba se había quedado en pie, sin apoyo alguno, en el centro de la habitación, en respuesta a un mensaje por las redes sociales que incitaba a la experiencia, y no por agentes esotéricos, sino por un cambio en la inclinación del eje terrestre. Evidentemente la paternidad del envío, que se presentaba como nada menos que de la NASA, no favorecía su credibilidad. Por muy mal que esté de presupuesto la agencia espacial es dudoso que los recortes hayan llegado al punto de tener que promocionarse con escobas.

Como la experiencia era un respiro de la tensión y la claustrofobia y además nuestro Planeta tiene la costumbre de cambiar su eje, lo que produce cambios climáticos, puse manos a la obra. Y resultó: Escoba erguida y exenta.

Ahora bien, el portero, avezado en barrer todos los días, aseguró que él las dejaba en posición de saludo con frecuencia. A mí nunca me había ocurrido pero debo reconocer que tampoco puse en ello especial empeño y que mi trato con las escobas fue siempre rápido y utilitario

Sin embargo, tras haber tenido a Escoby -le había dado un nombre- largo tiempo de pie en el centro del salón, asombrada al ver que funcionaba el experimento, eché luego de menos su presencia. La escoba de guardia era una compañía en el desierto pandémico de vida social. Tenía planes para ella, su posición era la de mayordomo doméstico, erguido en la entrada e indiferente a la ley de la gravedad. Si echara a andar…Tarareé “El aprendiz de brujo”. Escoby me hubiera sido muy útil para ayudarme en la limpieza la casa. No pasó a la acción.

Influida por las palabras del descreído portero, puse de nuevo a Escoby apoyado detrás de la puerta. Le debía unas risas. Nuestra relación había sido prometedora, pero breve. Y me quedé definitivamente sola.

No había hígados de oca que consultar y que hubieran, antes de la plaga, predicho la desgracia. Todo quedaba en el terreno de la pura imaginación y el deseo de sumar a las propias percepciones y sentimientos algún signo desolado de la Naturaleza, un gramo de compasión, de preaviso, de solidaridad de los altos cielos con los humanos que llevaban tantos años mirándolos con insistencia. Pero no lo hubo. Únicamente las sin duda simples casualidades: Numerosas migraciones de pájaros, a destiempo y a tiempo, repetidas, volando alto para recorrer largas distancias con su quilla de alas y aleteo y siempre, detrás, algunos rezagados que se habían levantado más tarde o descuidado su régimen y ganado sobrepeso. Luego estaba el extraño abandono de las palomas de su árbol habitual, un cedro regio, venerable, que señoreaba a cuantos crecían en el jardín de las monjas y sin duda en los vecinos parques. Las plantas domésticas, por su parte, se hicieron cargo de la situación, de la imposibilidad de renovarlas (porque erróneamente no se hallaban en los artículos de primera necesidad que se podía salir a adquirir). La pandemia era, también, un encarcelamiento sin flores, y, advertidas de la emergencia, las que se hallaban desde el principio de la alarma en dos floreros comenzaron a hacer titánicos esfuerzos por resistir hasta donde sus tallos aguantaran. Nunca quien las cuidaba y cambiaba religiosamente cada día el agua las había visto durar tanto, el rostro amarillo de la gerbera sonreía en el salón a sabiendas de que para quien la miraba podría ser su última sonrisa. Las clavellinas apretujadas junto a la ventana iban languideciendo, pero lo hacían discreta, heroicamente, pasando el testigo a la vecina de forma que persistiera vivo un retén, hasta la última de ellas.

Pronto no quedaría ni una flor en la casa. Sólo el recuerdo de su fidelidad, de su valiente y solidaria lucha, de su compañía.

Rosúa

 

Madrid, 19 de marzo de 2020.

El divorcio que viene.

Además de la huida de los pájaros, el año bisiesto, el eclipse de luna y la lluvia de estrellas, que tal vez se solidarizan o, de lo contrario,, para completar el cuadro, intentan caer sobre nuestras cabezas, en el horizonte se perfila, según el virus se bata en retirada, una nueva catástrofe: La ola de divorcios, de rupturas más o menos desgarradoras, de huidas con lo puesto del domicilio familiar cantando aleluyas, de hijos galopando hacia la India con los ahorros de sus padres. En fin, un desafío al amor eterno, quizás por justicia poética ante el hartazgo y hastío de los cantos a la sexualidad amorosa sea con otros sexos, el propio, o con cabritillas y coliflores.

Encerrados entre cuatro, o más paredes, la familia, grupo, pareja o colegas del alma tal vez descubran innumerables tesoros de afecto, pero es también probable que comiencen la cuenta atrás que conduce al punto crítico. Con “el otro” pasa igual que con lo de encontrarse a sí mismo: Más vale que no.

Pero, antes del divorcio postvirus, mejor plantearse si, encerrados como en la obra de Sartre, en ese infierno que son los demás, se está seguro de que, en condiciones semejantes de larga y obligada convivencia, no ocurriría exactamente igual con cualquiera, príncipe azul incluido.

Rosúa

Madrid, 20 de marzo de 2020

El aspirante a Jinete del Apocalipsis

El aspirante a jinete del Apocalipsis se aseguró de la situación respecto a sus posibles competidores. Y de la de su propia cabalgadura, Contradicciones, a la que las generosas raciones de sobrepienso le habrían de todas formas impedido ganar carrera alguna. El nuevo jinete no se hacía ilusiones respecto a los méritos de su caballo ni en cuanto a su apostura personal. Sabía que el inagotable rencor que le habitaba y constituía la esencia de su ser había ascendido ya hasta empapar la piel de su rostro, torcer su belfo, conformar su boca y anegar sus ojos, de manera que lo que en otro tiempo se traducía en fuerza había traspasado las líneas de la repulsión sin alcanzar al menos cierta grandeza en el odio. Pero él no aspiraba a victorias en ninguna competición sino a asentarse, inamovible, en su alto pedestal, rodeado, a niveles muy inferiores, por su fiel escudería y animado por Marikely, a quien había otorgado el título de Cantinera Mayor del Reino y prometido que cabalgaría detrás de él en una yegua. El aspirante a jinete apocalíptico siempre había sentido una irresistible pasión por aquellas estatuas ecuestres de las plazas, él arriba, perdurable, cabello al viento, como la cola de su corcel. Y estaba muy cerca, sin moverse, de su meta. Porque los rudos participantes en la competición le habían dado hecho el acceso al podio del cual nadie le descabalgaría jamás. Ante su corcel se extendían el terreno baldío y los pedregosos senderos por los que pronto se aproximaría a él una población mendicante, hambrienta, pobre y asustada, para pedirle la pitanza.

El Jinete de la Guerra había entretenido convenientemente a sus posibles antagonistas enfrentándose entre sí, el del Hambre había aguzado en ellos las armas poderosas de la envidia y la codicia ante la posibilidad de futuras carencias, el de la Peste había sembrado entre la población el desconcierto al enfrentarse a fuerzas desconocidas y el de la Muerte la sumisión ante cualquiera que les ofreciese chivos expiatorios en los que volcar su miedo y su miseria. De todos aquellos que allanaban el camino al aspirante a Jinete 5, al que éste estaba más agradecido por sus inconscientes servicios era a un palafrenero tan pálido y discreto que montaba un rocín escuálido con grandes alforjas repletas de cobardía que iba esparciendo a manos llenas. Gracias a sus servicios las gentes del país eran diestras en aceptar y callar siempre y cuando se les incluyera en la clasificación adecuada, dentro de la inventada dualidad Buenos/Malos que los heraldos habían logrado imponer.

El aspirante a cabalgar el poder completo se había hecho así con la mejor baza: La de la vileza asumida. Todos sus inminentes súbditos llamarían sin esfuerzo, como ya gran parte de ellos había hecho, a la mentira flagrante verdad, a la feroz acumulación de la riqueza del reino y su reparto en inútiles y fieles cortes medidas sociales y necesarias, a la destrucción de instituciones, cargos, leyes, y de cuanto y cuantos representaban al país justicia igualitaria de urgencia, a la fealdad belleza suma, a la codicia y el robo equidad de clase, a la ignorancia perspectiva popular.

Desde su cabalgadura Apocalipsis 5 pasó revista imaginaria a los que en próximos mañanas iban a ser sus súbditos. Ninguno podría oponérsele porque, incluso aunque derrotaran a sus colegas Apocalipsis 1, 2, 3 y 4, aunque superaran las luchas internas, la Guerra al nuevo enemigo microscópico, el hálito del Hambre reflejado en inquietantes carencias, la Muerte desbordando en los hospitales y combatida por agotados sanitarios, aunque vencieran a todo eso la victoria habría sido siempre sobre enemigos externos, sin relación con los ciudadanos mismos, en su interior no se habrían rendido, no habrían pactado. Con él, el Jinete 5, sí, y a él habrían entregado, desde que aceptaron la primera mentira y la primera vileza, las llaves del poder.

Rosúa

 

Madrid, 21 de marzo de 2020.

Solidaridad de las plantas

Han pasado las fechas de razonable y habitual duración de la gerbera. Sólo su sonrisa, su gran sonrisa amarilla, rompía el panorama de cielo gris donde pasta un rebaño casi estático de lomos algodonosos. Sólo ella lucía como un ancla en el espacio silencioso de la casa, movía el aire con sus pétalos, desafiaba con el tallo a la fuerza de la gravedad y a la llamada de la tierra.

Quien la ha cuidado, como de costumbre, cada día sabe que no puede esperar imposibles, que no iba a pasar del día de mañana. Ya en su centro se había formado un círculo negro y algunas hojas de debajo de la corola habían comenzado a despegarse y fruncirse por los bordes. Es el final. La flor sabe que nunca ha sido tan necesaria, que las plantas verdes y frescas se han vuelto tan inalcanzables como si crecieran en la luna. La gerbera vale hoy mucho más que todas las caras y perfumadas rosas. Al cambiarle el agua la que sería lógicamente la última vez, se le ha dicho, junto con palabras de agradecimiento por su larga resistencia, que tiene forzosamente un final, como tal vez la ciudad, como los días idénticos de un impredecible calendario en el que se han borrado los números en las cuadrículas, como el de las manos que la nutren y apenas se atreven a rozarla para no desafiar a su tenacidad solidaria. La flor ha llegado a su fin.

Y sim embargo algo extraño ha ocurrido, debería haber muerto, haber vencido la cabeza, esparcido sus hojas. No sólo no lo ha hecho, sino que de su centro, como si hubiese recorrido el tiempo a la inversa, ha desaparecido el grueso punto negro que ya comía su corazón. Semejante a las primeras hojas de la parra trepadora, que han brotado exactamente con el inicio de la primavera y desafían con su verde infantil y brillante al cielo gris, la gerbera amarilla regala unas horas, un día, un tiempo inesperado más de simetría perfecta, de imitación de un sol que no se pone. Es de la cepa de Lázaro, que tal vez resucitó porque, en épocas de angustia y de total incertidumbre, alguien necesitaba ansiosamente que prolongara su vida.

Rosúa

La gerbera solidaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Madrid, 23 de marzo de 2020

El último viejo.

El joven soñó. Estaba libre, libre al fin de la presión del medio social, de aquellos sectores retrógrados que, pese a las directivas de selección programada y a las explicaciones sobre la oportunidad de la medida, se resistían a generalizar la norma. En el reino libre al que se abrían sus párpados cerrados podía aspirar a lo que quisiera. Soñó que despertaba y veía ya realizados sus sueños. La calle era hermosa, recorrida por cuerpos sanos y fuertes coronados por rostros lisos, ojos vivaces y sonrientes y cabello espeso peinado o rapado de diferentes maneras. Correteaban niños sacados de paseo por simpáticas parejas. Todos vestían con ropas de buena calidad agujereadas o desgarradas según la moda y se oían, en los variados tipos de reproductores, canciones clásicas, es decir, de hacía dos o tres años, y la catarata de las nuevas, sin que arruinase la espontaneidad de la innovación cotidiana la intrusión de obras polvorientas, melódicas, sinfónicas, antes incrustadas en la memoria popular como hitos obligatorios. A veces se difundían por el canal oportuno breves relatos, fulgurantes, emotivos, nunca constreñidos por comparaciones farragosas con un tenebroso pasado de estanterías repletas de polvorientas páginas.

De vez en cuando el Consejo Rector del país hacía referencia a lo que, según los días fueran pares o impares, se ofrecía como Relato Histórico y Antiguos Enemigos del Bienestar General, porque, dada la edad media de la población y la  escasez de elementos vivos que sobrepasaran la mediana edad, desde que se llevó a cabo seriamente la selección programada la memoria se había ido difuminando junto con los ancianos de cincuenta o más años y los libros, de manera que se había simplificado extraordinariamente el gobierno de las multitudes y los líderes no temían caer en ninguna contradicción ni desmentido y reinaban felizmente sobre multitudes carentes de recuerdos. Cuanto dijeran del pasado o del presente siempre sería cierto y todas sus disposiciones, que incluían la prolongación de sus poderes máximos, estarían justificadas por los grandes peligros y crisis de los que en su momento ellos habrían salvado a la población.

Lo que más le gustaba al joven era la abundancia. Desaparecida la masa que, como un vampiro, sorbía y acumulaba bajo su `piel arrugada y senil los recursos, medicinas, alimentos y excelentes puestos de trabajo, se respiraba el aire puro de quien llega a la cima de una montaña que emerge sobre la cargada atmósfera de ciudades hundidas bajo el peso de su propia ruina. Soñó que, reconfortado por la carrera que había emprendido sin que se interpusieran a su gimnástico y veloz paso peatones torpes, se dirigía al edificio acristalado donde prestaba sus servicios en las salas de selección cronológica. Había que estar muy al tanto porque aún había pendiente una larga tarea de trillado y los sujetos que iban pasando no siempre ofrecían la colaboración debida y, ora falsificaban sus documentos de identidad, ora se maquillaban, teñían y vestían para aparentar edad inferior a la fijada como máxima permitida. Tiempo de gran prosperidad para los cirujanos plásticos, de cuyas intervenciones había gran demanda y ofertas tentadoras en el mercado telemático. Rejuvenecer en apariencia no era fácil ni barato. Sin embargo garantizaba, si se tenía la suerte de pasar por una revisión de edad superficial y apresurada, un plus de esperanza vital.

Pero había un problema: Los buenos cirujanos, dentistas, ingenieros, arquitectos, comenzaban a tener sus años, lo más fresco y nuevo ofrecía hermosas flores pero no siempre nutritivos frutos, y el joven lo descubrió al despertase, cuando, por un inoportuno pinchazo en el molar izquierdo, hubo de introducirse en el reino de la fealdad. Con la dirección que un colega le había proporcionado bien guardada en el bolsillo de su chándal, cubrió con trote elástico la distancia hasta unos edificios alejados, entró, subió ágilmente las escaleras despreciando, por supuesto, el ascensor y a los que lo utilizaban, llamó a la puerta, explicó su caso. Sabía que, en la planificación de la trilla cronológica de la población, se habían dejado, provisionalmente, islotes de permisividad, por razones de emergencia práctica. Le pareció bien. Ya iba siendo hora de que el aún considerable sector parásito al que la población activa se había visto condenada a mantener hiciera algo útil.

Le sorprendió que le recibiese primero alguien de edad todavía admisible, quizás no había cumplido los cuarenta. Luego entró el médico dentista y entonces supo que el ayudante lo era para aprender y practicar. El joven paciente dominó la ligera repugnancia que le producía ver tan de cerca el rostro envejecido, sin embargo, a los pocos minutos de trato y explicaciones, mientras hacía efecto la anestesia y se enjuagaba, observó que había desaparecido su rechazo y que en realidad ya no veía al dentista como perteneciente a un grupo cronológico sino sólo al individuo que le trataba y con el que al final acabó manteniendo una animada conversación. Surgieron temas en parte conocidos pero muy distintos en otros casos de cuanto constituían sus recuerdos y su experiencia propia. Le parecía adentrarse en un planeta simétrico pero complementario del suyo. Hablaron también de regiones, de barrios en los que ocurrieron sucesos de los que él tenía ecos vagos. Y nombraron a gente que había pasado la línea de la selección programada y desaparecido, pero no en las clínicas dispuestas al efecto sino socialmente, huida trasladada sin atenerse a consejos oficiales y trámites, a lugares alejados de sus domicilios, a veces conservada por quienes, en su entorno, se negaban a que se dispusiera de ellos. El joven había respondido siempre a los que estudiaban los casos que se trataba simplemente de un fenómeno conservador, de cierta avaricia que llevaba a retener a los ancianos como quien mantiene en su casa un mueble o un jarrón antiguos. Él mismo, que había vivido con un grupo de escolares y luego adolescentes, era ajeno a aquellos apegos a las ramas caducas de necesaria poda para el árbol, pero podía comprenderlo. Sin embargo durante esa charla, que se prolongó más de lo previsto porque ningún otro paciente esperaba, se sintió en un plano de igualdad, con el médico viejo y con el otro.

Mientras esperaba que le escribieran unas recetas, observó, entre revistas de fotos de puro entretenimiento, unos folletos. Ya era raro encontrar comunicaciones impresas, aunque seguían existiendo. Cogió uno: La apuesta de la especie, rezaba el título.

-Llévatelo- le dijo el ayudante, que salía porque había terminado su jornada.

Caminaron juntos. Se sentaron en un banco y el aprendiz de dentista le comentó el contenido.

Ya en su habitación, con una excitante sensación de clandestinidad, el joven fue leyendo:

En la evolución se va seleccionando a los más fuertes. Pero la especie humana es peculiar. Ha apostado por el cerebro, por la memoria, por el individuo, por los afectos, la inventiva, los cambios. Y empezó pronto, cuando en las cuevas alimentaron a los que ya no cazaban, pero sabían los sitios de caza y agua, cuando contaron los de más edad a los otros largos cuentos.

Siguió leyendo, pero se durmió enseguida. Ya el molar no le molestaba, pero tenía que volver a la consulta.

Tuvo otro sueño: Caminaba por la ciudad poblada exclusivamente por rostros juveniles. Al anochecer, en un parque que tenía una extensa zona de rocas artificiales vio, en la imitación de cueva, una ligera luz. Se acercó. Y allí, en en fondo, había un hombre mayor que calentaba algo en la brasa. Aquel hombre le miró y le pidió inmediatamente:

-Calla. No me delates.

– ¿Quién es usted? –

-Soy el último viejo. –

El joven se despertó. Y esta vez no había sido un sueño. Fue una pesadilla.

 

Madrid, 27 de marzo de 2020

 El virus oportuno y la otra China.

Hay un peligro menos aparente pero mucho más dañino y duradero que el virus actual: La regresión de las naciones libres a una red acobardada que pagará tributo al régimen chino de la forma que éste, embriagado de nacionalismo satisfecho y de poderío imperial sobre el Pacífico y Oriente, lo disponga. Por supuesto apoyándose en el racismo diferencial de nuevo cuño para el que siempre encontrarán, como ya encuentran, un público entusiasta entre los señores del comercio (que han reemplazado a los de la guerra), los benjamines ideológicos y los entusiastas adeptos de las rendiciones preventivas.

La pandemia va a colocar a cada cual en el lugar que realmente merece. Esta situación extrema, sobre todo por su incertidumbre, encierra la oportunidad, para Europa, para los países que viven en sistemas democráticos parlamentarios -antítesis de los populismos- y sobre todo para las personas que creen en la libertad, derechos y dignidad de los individuos de cambiar el rumbo, de detener su deriva cuesta abajo hacia el parque temático y la colonia de consumidores sumisos y de renunciar, y denunciar, a las clientelas de la utopía subvencionada.  Es un espléndido momento, que los muertos están pagando, para tomar conciencia del precio de cuanto se daba por garantizado y gratuito

Es tiempo de recordar a la otra China y lo que se debe a cuantos allí aspiran a aquello que un Occidente lánguido no ha sabido defender mientras se refugia en el hecho consumado y la inutilidad de enfrentamiento alguno con un régimen cuyas dimensiones y fuerza parece ser que invalidan toda percepción objetiva y todo análisis. Y sin embargo ese análisis y ese rechazo ético, político e incluso práctico nunca han sido tan urgentes como en la actualidad, cuando la situación de Europa y países afines plantea el mejor escenario posible para el claro proyecto del núcleo directivo chino actual.

Bajo esa  capa silenciadora de hormigón de país gigantesco, del número de millones de habitantes, del Partido y del Ejército monolíticos e implacables (como lo fue, e igual y puntualmente eficaz, el nazismo) y bajo la máquina distribuidora de mercancías por nuevas redes ferroviarias, hay quienes casi todo el mundo ignora, lo que a casi nadie interesa: Otra China, la de personas que también quieren, y han querido (y han arriesgado mucho y todo  por ello), un sistema político representativo y una seguridad basada en el Derecho y en las leyes.

Quien ha probado el sabor de la libertad sabe que no hay fruta comparable. Y ese sabor no está al alcance de una de las dos Chinas, la que no se ve, la que apenas aflora a las páginas de los periódicos y a las pantallas en Occidente, aquélla que no se conforma con la posibilidad de ser rica y quiere ser más humana y más libre. Hace ahora casi treinta y un años la plaza central de Pekín, Tien An Men, se llenó de jóvenes, primero de estudiantes, luego gente de todo tipo. No iban armados, cantaban, recitaban poemas, leían, escribían, enviaban a los dirigentes peticiones, manifiestos. Eran de tal y de tan generosa ingenuidad, de tan conmovedora entrega de sí mismos, que construyeron una Estatua de la Libertad de cartón, y ésas fueron sus armas.

Poco antes, en el Buró Político, se habían enfrentado los partidarios de la modernización no sólo económica, con su líder Deng Xiaoping a la cabeza, y los dispuestos a no perder un ápice de poder.

El 6 de junio de 1989 entraron los tanques y el ejército por orden de los jerarcas del Partido Comunista Chino, reunidos en la vecina Ciudad Prohibida. Y la plaza se llenó de sangre, a la que siguió una larga represión.

Había ganado, dentro del Partido  (PCCh) la facción de la que es hoy cabeza visible Xi Jinping, Presidente, desde 2013, vitalicio y absoluto como rostro visible, y si falta hiciere intercambiable, de sus clones, resuelto, como sus afines siempre lo han estado, a considerar a los muertos de Tien An Men y anteriormente a los millones de víctimas de sucesivas campañas (nunca históricamente esas cifras les han importado gran cosa) como letra pequeña del inventario y a condenarlos a la segunda muerte que es el olvido.

La apariencia monolítica del Partido es engañosa. No por ello menos terrorífica. La fotografía del último congreso del PCCh muestra exactamente el amo colectivo, lejano pero amo, que nunca hay que tener. En formato panorámico es la misma imagen, si acaso la sonrisa china un centímetro más pequeña, que la del reino al otro lado del paralelo 38. Y da auténtico miedo: Prietas las filas de dirigentes con las mismas expresión, postura y prácticamente vestimenta, en una gran sala desangelada, desplegados en tamaño descomunal la hoz, el martillo, la bandera como telón de fondo. Hasta el rojo, empleado por doquier, parece frío en este contexto. Mírese con atención y, antes de salir dando aullidos, reflexiónese sobre si se querría ser dirigido por este Hermano Mayor de Corea del Norte. Examine cada cual, antes de dejar de ser un individuo, si va a seguir consintiendo que le impongan una serie de Ministerios inútiles con nombres ridículos cortados a la medida de gente sin más currículum que su rencor y falta de escrúpulos. Recuérdese de paso lo que durante largo tiempo se tenía olvidado: Que la libertad y los derechos no son gratuitos y que todo tiene un precio.

La memoria histórica de Occidente es cómoda y corta. Probablemente sorprende que en el Partido Comunista Chino, y no sólo entre los heroicos y anónimos disidentes, hay y haya habido partidarios de una democratización gradual, de reformas que separaran el Partido del Estado y pusieran los cimientos del de Derecho. Esto se anegó en muy joven sangre en Tien An Men pero ciertamente no ha desaparecido porque, por mucho que crezcan la fuerza bruta, el control y el tesoro, la libertad es un bien tal que su ausencia nada lo compensa, ni siquiera los millones de habitantes y el volumen de mercancías. A día de hoy los estudiantes chinos, cuando ven manifestaciones en otros países contra la política gubernamental, confiesan cándidamente que si lo hicieran ellos en el suyo los matarían. Por mucho que el régimen se empeñe en recubrirse de una capa de peculiaridad sínica, de nacionalismo revenido según el cual Partido es sinónimo de China eterna, orgullosamente milenaria, refinada, líder y dueña de su reino de Oriente contrapuesto al que antaño acaudilló Estados Unidos, esto no basta para extinguir la esencial y común humanidad de los ahora súbditos, que no ciudadanos, ni puede erradicarse la aspiración a la libertad. Por abrumadores que sean sus riquezas y logros, el régimen de Xi Jinping es consciente de su carencia, de la brecha enorme que le separa de los que deberían ser sus pares, e incluso oculta en el fondo de su espíritu el complejo de inferioridad respecto a los sistemas realmente modernos y democráticos, aquéllos con separación de poderes y con garantías civiles.

A enorme o mínimo formato, los mecanismos de afirmación son universales. No hay dictadura que, como China, no se llame a sí misma república popular. Por otra parte, cuando se toca la tecla del nacionalismo diferencial, ya lo haga un país gigantesco o una región pequeña, salta invariablemente el comprensible y soterrado sentimiento de inferioridad y el ansia de hacerse valer por méritos que no se poseen compensados con la exhibición del nuevo rico y la alusión a fundamentos ancestrales. Siempre acompañan a esto generosas dosis de victimismo histórico y social, que es producto de venta inmediata asegurada y funciona a base de colectivos y genéricos (sexo, etnia, localismo), con manifiesta alergia a individuos y actos concretos. Todo dictador y demagogo ofrecerá al auditorio lo que ni le pertenece ni se merece, pero hace falta tener la grandeza de un Churchill para prometer sangre, sudor y lágrimas.

El Presidente de China y el núcleo que representa se han embarcado, como era de esperar, en la antítesis Nosotros/Ellos. El dictador o aspirante a tal categoría se priva habitualmente por las dualidades: Izquierdas=Buenos/Derechas=Malos, Orientales/Occidentales, Fascistas/Progresistas, Chinos/Otros (y nadie busca el reconocimiento diferencial para tener menos sino para hacerse con privilegios). Bajo su aparente mesura y homogeneidad, el gobierno chino ha caído en la hibris, por recurrir al término griego, en la desmesura. Se ha embarcado en un ritmo acelerado de dominio cubriendo en pocos años de vías férreas millares de kilómetros, inundando los Estados de Derecho con sus mercancías a bajo coste, creando una profunda dependencia, y marcando nuevos territorios, terrestres y marítimos, como suyos. La pandemia de 2020 es, para China, la ocasión perfecta para imponerse durablemente en una Europa y países libres débiles, atemorizados y empobrecidos, de los que España es, por cierto, a causa de su posición geográfica, cabeza de puente a donde llega, a una población al sur de Madrid, un río de contenedores cuyas mercancías se distribuyen por doquier. España es, además de puerta de entrada comercial, eslabón particularmente frágil por su indigencia vergonzante en lo que concierne a su personalidad nacional y sus símbolos y por coincidir la pandemia con el peor Gobierno de su historia, un charco de pretensiones tribales, estupidez propagandística y pretensiones de dominio por parte de la clase parásita que lleva décadas chupando de la ubre del revival de la Guerra Civil. La cadena de debilidades se extiende a la Unión Europea, en la que el oportuno virus está siendo la prueba del algodón de la insolidaridad y la bajeza de miras, con espectacular olvido de lo que las naciones del norte deben a quienes ellos dañaron y a quienes les ayudaron tras la Segunda Guerra Mundial. China tendría pues entrada franca en un terreno desarbolado, mayormente porque sus ciudadanos habrán decidido que no merecen serlo ni son capaces de defender los valores que les han hecho vivir un tipo de vida que es con mucho la más libre y mejor. Para que el alfombrado a la neodictadura por control remoto sea completo, no hay día en que no se denigre a los burócratas, confundiendo la parte por el todo y la grandeza de la Unión Europea en sí con el chivo expiatorio al alcance de la mano. Como si una sociedad moderna pudiera funcionar sin burócratas, por puro y vociferante asambleísmo.

Valga como botón de muestra el mensaje enviado a los móviles de clientes y conocidos por parte de un miembro de la comunidad china residente en Madrid que ejerce la medicina alternativa desde hace lustros. Pertenece a un templo budista y, entre sutra y sutra, se ha hecho vehículo difusor de un texto, escrito en chino y en español defectuoso, llegado a todas luces del Partido Comunista Chino y destinado a difundir, en España, propaganda, con la misma fidelidad mecánica y tono impersonal que las sutras budistas enviadas periódicamente. El mensaje niega que el virus venga de China, pasa a pedir responsabilidades a los culpables de las víctimas del sida, afirma que en España el virus vino de Italia, que no tiene nacionalidad y es enemigo de la humanidad, que China ha luchado con él más de dos meses, tomado medidas y sido un ejemplo de ello, mientras que España ha permitido concentraciones y nada ha hecho. Lo llamativo en este mensaje, que indica que entidades como templos y particulares chinos reciben desde Pekín consignas oficiales para su difusión, no es tanto su contenido, en varios puntos veraz y en otros simple recitado de propaganda, sino la reproducción automática, con patético desinterés por el receptor concreto, personas españolas con las que el residente chino tenía cierta amistad, pero con las que desde que empezó la pandemia no se había comunicado ni se había interesado, en momento alguno por su estado de salud. Por supuesto no la totalidad, pero sí el chino medio residente en el extranjero suele obedecer a un patrón: Puede enriquecerse, trabajará con sus pares, con laboriosidad ejemplar, nunca se le verá mendigando o vendiendo kleenex en un semáforo, no aprenderá apenas la lengua ni se interesará por las manifestaciones culturales de Occidente, en sus comercios no habrá retratos del Presidente de su país, reproducirá cuanta bandera sea vendible, verá películas chinas mientras despacha. Y difundirá, llegado el caso, lo que desde Pekín se le envíe, marcado por un nacionalismo incondicional. Es llamativa en las comunicaciones del Gobierno chino la completa ausencia de reconocimiento de responsabilidad o, al menos, de incontestables datos, como los mercados de animales vivos al aire libre en pleno centro de las ciudades, la aparición anteriormente de otros virus, la peculiar inclusión de murciélagos en su dieta. Es, sin embargo, cierto que sus fuentes oficiales se ven apoyadas por el notable volumen de estupidez y autocensura occidental, que llega a tachar una constatación geográfica como que el virus viene de China de “expresión racista”

La exangüe Europa post virus representa la oportunidad para que el actual régimen chino se afiance como gran potencia que reinará, sin exhibicionismos, sobre vasallos consumidores y mayoristas, el todo finalmente dirigido, según conveniencia y rentabilidad, por fríos tiranos adversos a la dignidad, la libertad y los derechos humanos. La ocasión de oro del neototalitarismo tiene aliados en la red comunicativa dedicada a la labor de zapa de la Comunidad Europea, en los fervientes apoyos al tribalismo y a la retirada autárquica de Estados Unidos, en el auge de partidos enemigos de las democracias liberales que han crecido casualmente en los últimos tiempos como la espuma. Nada mejor que una catástrofe para instalar dictaduras, previa prolongación oficial u oficiosa del Estado de Alarma. España, en tal contexto, no es solamente puerta de entrada masiva de mercancía china llegada en el ferrocarril construido en efecto y que recorre desde su origen hasta Madrid quince mil kilómetros. Es el vulnerable y blando vientre del continente europeo y el rellano norte de África. Eso suponiendo que sea vientre de algo, porque en las democracias, como entre  los individuos suele ocurrir que se tiene lo que se merece y, vistos los hechos y salvo prueba de lo contrario, sus ciudadanos vienen prefiriendo no serlo y vivir, avergonzados de ello pero aprovechándose de cuanto pueden, en un país que sería el único de Europa que no existe.

Y sin embargo no hay nada tan poderoso como una idea. Que puede retoñar si los que hasta ahora la han disfrutado pasivamente se aprestan a su defensa: Se trata de las ideas que hicieron de Europa sociedades libres y son patrimonio común de la humanidad. China y la mejor parte de sus dirigentes ni apoyaron ni apoyarían la masacre de Tien An Men. Algunos de ellos tenían hijos, nietos y parientes entre los estudiantes masacrados en 1989, y tienen memoria. Líderes hubo que se pasearon pidiendo entre lágrimas a los jóvenes que se dispersaran para evitar lo que iba a venir. En el corazón mismo del PCCh hay quienes son, y eran, enemigos de la condena a perpetuidad de su país a la servidumbre bajo mandarines servidos por el Ejército y la electrónica. Esa otra China ciertamente existe, y la avidez misma de poder indiscutible del Presidente actual, la apariencia monolítica de férreas fidelidades, la carrera vertiginosa hacia el completo dominio, oculto o manifiesto, delatan zonas grises, grietas en la capa de cemento por las que hay personas que esperan escapar de esa foto oficial que, más que del último Congreso del PCCh, parece propia del Museo de Cera.

 

Pekín. Tien An Men 1989

A esos muchachos y muchachas de Tien An Men, a estos luchadores silenciosos y anónimos que llevan décadas aflorando, denunciando y muriendo se les deben los monumentos que un día deberán alzarse también en ciudades de Occidente, porque esa China sí es la de todos. Y no merece que se la venda para garantizarse el todo a cien.

 

Madrid, 1 de abril de 2020

La ocasión del comisario.

Érase una vez un comisario que sufría extraordinariamente porque siempre había deseado ser comisario y no lo era.

Cada mañana se levantaba pensando en cuán mejor sería la vida si pusiese ordenar, vigilar y reglamentar las de sus contemporáneos. Se sentía vivir en un panal de laboriosas y útiles abejas obreras a las que esquilmaban el fruto de su trabajo algunos zánganos que no servían para la reproducción. El suyo era un panal entre otros panales: El edificio de apartamentos donde residía. Afuera zánganos y colmenas se multiplicaban, empezando por la de la oficina y continuando por las de calles, restaurantes, tiendas y autobuses, hasta cubrir la ciudad entera. Debía pasar a la acción. Por lo pronto sus desvelos se concentraron en un blanco cercano y fácil: Una habitante del inmueble.

“Te detesto, vieja inútil y depredadora, te detesto. Yo salgo, impecable, elástico, con mi nuevo equipo de footing, deportivas de la mejor marca, prestancia difícilmente superable de mi musculoso y enjuto físico cubierto por las tres piezas de rigor más cronómetro, kilométrico y aditamentos indispensables. Produzco, contribuyo a la calidad del aire con mi vehículo eléctrico, soy rápido, ubicuo y telemático. Representa mi casa el equilibrado, feliz y productivo núcleo familiar. Construimos, construiremos el mundo.

” Para nada sirves, me estorbas, incluso cuando me miras. Y aunque no mires, vecina vieja, sabrás, y sé que lo sabes, que la gente fresca, fuerte, ágil, diestra en cuanto es necesario saber cada día, te está pagando, muy a su pesar, lo que te comes en tu casa, demasiado buena y en demasiado buen lugar para lo que a la gente como tú correspondería. Me quitas, para calentar sus fríos huesos, horas excesivas de calefacción central, dinero, dinero con el que podríamos comprar la consola nueva y darnos algún capricho mi mujer y yo.

“Nadie vive como tú, sola, y disfrutando, seguro estoy, de los bienes del avaro, contemplando desde tu terraza más cielo del que yo veo, opinando como cualquiera en las reuniones de Comunidad aunque tengas la tercera parte de metros cuadrados. La pequeña gente como tú sois el lastre, el poso del tiempo antiguo. Y pensar que yo, alguien como yo, tiene que trabajar para vosotros…..

“Cada bolsa de basura que veo no me cabe duda de que tú la has dejado, cada vez que la luz de la escalera se enciende en pleno día seguro que a ti se debe, cuando te encuentro es porque te has puesto en mi camino y estropeado los preliminares de mi calentamiento.

“He pasado al ataque. Será como quien pisa un insecto (¡qué poca cosa eran los de tu especie! No me extraña que vivas sola. La verdad es que sería más incómodo arrinconarte si tuvieras al lado un tipo de dos metros, como los de mi equipo de pelota vasca).

“Te tengo controlada. Ni tiempo te dio para reaccionar cuando te vi el otro día esperando el ascensor y, mientras yo empezaba a subir los escalones de dos en dos, te espeté que a pie, como yo (que vivo en un tercero, y siempre lo hago excepto cuando voy con la familia) tendríamos que subir todos. Ahí te quedaste, claro. Seguro que aunque vivieras en un primero, y no en tu séptimo, tampoco lo harías. No me pongo a pensar demasiado en lo estupendo que sería el planeta sin la gente como tú porque no es aconsejable para mi tiempo de relajación.

“Me compensa la repugnancia de soportar tu sucia e inútil presencia la escalada de insultos que he decidido emprender, cuando te encuentro y la ocasión se presta. Debería haber empezado antes. Y lo mejor está por llegar.

“Al fin se ha presentado la situación excepcional, la alarma por enfermedad contagiosa. Paso libremente a la denuncia. ¡He esperado tantos años el comisariado! La situación es, para todos, incómoda. El confinamiento, el cierre de los parques y de la cancha de entrenamiento con el equipo, la familia continuamente en casa, pegado a la pantalla el día entero…Sí, hay incomodidades, pero ¿y la satisfacción que esta oportunidad inesperada me produce? He creado en el ordenador un juego nuevo, introduciendo algunos de los datos del tiempo de alarma y variando ligeramente las consignas. Voy eliminando de las calles, y luego de las casas, viejecitos. Lo de los hospitales me lo dan hecho porque he adaptado un programa que me pasó un amigo de la Comunidad de Hombres Fuertes. Hay una especie de carreras a ver quién respira con mayor dificultad y puede ser enviado, directamente, al hoyo. Me paso horas con esto, limpiando población y denunciándolos a las autoridades competentes.

“Con la vieja vecina lo alargo y escalono las denuncias porque es delicioso y también, ¡maldita sea!, porque todavía no la veo acobardada e incluso tengo la impresión de que no me respeta. Ya lo hará. Voy anotando si contraviene las normas, si se demora unos metros más allá en vez de comprar directamente el periódico, cuántos días sale a comprar el pan, si adquiere o no cosas necesarias en la farmacia (me hago pasar por inspector de pestíferos potenciales). En realidad, aunque lo disimule, creo que la tengo aterrada, que no sabe si pertenezco a los vigilantes civiles del Ministerio de Costumbres Sanas. No debe de tener mucho dinero, se la puede acorralar seriamente con algunas multas. Incluso, aunque eso sería ya la culminación de mi tarea de comisario anónimo y demasiado hermoso para ser cierto, no pierdo la esperanza de que acabe marchándose, o muriéndose, como correspondería tarde o temprano, lógicamente, a su edad.

“Y no me vendría nada mal quedarme con su piso.”

Rosúa

 

 

Madrid, 6 de abril de 2020

Saldremos de casa, pero ¿saldremos de la cárcel? ¿Continuaremos pagando tributo?

 Salir, por fin, de casa no será difícil pero requerirá cierto entrenamiento parecido al de esos pájaros a los que un buen día les abren la puerta de la jaula y se quedan, primero indecisos, junto a ella. Luego saltan sobre la mesa, aventuran un vuelo hasta la cortina, dudan respecto a posarse en el dedo que les tienden o explorar el techo de la habitación, no se deciden a picotear las migas, alguien les impide chocar con el cristal de la ventana que creían abierta. Todo un aprendizaje.

Pero aquí se trata de aprovechar la ocasión excepcional para salir, al fin, de una cárcel mucho más larga, que ha durado décadas y que pretende continuar indefinidamente, porque es el nicho de subsistencia garantizada que ha encontrado, ocupado y que defenderá con celo una especie parasitaria hispana que ha hecho de él su único medio de existencia. La cárcel está construida con palabras y conceptos fabricados a la medida de su utilidad para el dominio social. Tiene la fuerza de la consolidación del hábito y del horror vacui, el pánico al vacío que originaría inicialmente su ausencia.

Dejar atrás su techo gris y sus puertas sería, sin embargo, un malestar muy pasajero, rápidamente reemplazado por un gran suspiro de alivio y la sensación de ligereza de la mente al fin liberada de una larga censura.

El recetario es, por demás, simple:

-Abandonar todo tipo de razonamiento dual que presupone clasificación a priori de individuos y de actos. No votar jamás a quien haya empleado, como argumento de autoridad, y sin ningún mérito propio, los términos -facha, fascista, burgués, reaccionario. franquista, conservador, derechista, ultraderechista.

-Abandonar los calificativos derechas e izquierdas excepto en estudios históricos y sociológicos que lo precisen y siempre como referencia razonada de actos e individuos concretos.

-Rechazar, por razones inversas similares, los epítetos automáticos y no votar a los que, como único argumento, los empleen: Progresista. izquierdista, revolucionario, antisistema.

Resulta francamente útil, a efectos prácticos, saber que no se debe conceder crédito ni votar jamás a quien, como calificación excluyente, por gregarismo tribal y sin más argumento ni motivo que la facilidad automática y utilitaria, y el provecho económico y social, haya empleado tales términos.

El tratamiento que asegure una liberación auténtica de la larga permanencia en la cárcel verbal, cultural y social en la que se ha mantenido obligatoriamente a la población española debe complementarse con el conocimiento de ciertas máximas tradicionales tan simples y clásicas como ciertas:

Nadie es más que otro si no hace más que otro.

Cada cual es hijo de sus obras.

Nadie es más que nadie.

Lo mejor es enemigo de lo bueno.

La desorientación e incluso angustias iniciales serán, en los individuos que abandonen esta cárcel, grandes. Son muchos años de vivir exclusivamente con esas referencias que, además de actuar como contraseñas y pasaportes sociales, proporcionaban una agradable y gratuita sensación de identidad y pertenencia a una ficticia tribu del Bien.

Conseguida, no sin cierto esfuerzo, pero con una inconfundible sensación de alivio, la excarcelación inicial, tras la salida de prisión, el individuo deberá ejercer activamente su libertad mediante el rechazo y desactivación continuos de la red de intereses generada por el empleo de las falsas dualidades. Esto requerirá cierto esfuerzo conceptual, ético y pragmático, exigido por la falta de costumbre de juzgar actos y responsabilidades concretas y por el vértigo a la intemperie a falta de la anterior y muy cómoda, y rentable, identificación y sumisión tribales. A esto le acompañarán, en las primeras fases, riesgos de hostilidad agresiva e incluso de rechazo sociolaboral, en especial en lo que se refiere al campo de la cultura, que ha estado dominado por el lenguaje dual y del que dependen enormes bolsas de clientelas.

Saldremos de casa, pero ¿saldremos de la cárcel? ¿Seguiremos pagando tributo?

¿Mantendremos indefinidamente a emperadores desnudos de inteligencia y valía mientras gritamos viva el traje nuevo del emperador?

Rosúa

 

 

Madrid, 9 de abril de 2020, Jueves Santo

El mal vasallo

Y el mal señor

Advertida y llegada la pandemia,

suspendido allende las fronteras

el calendario y yertos los relojes,

el mal señor aún la muerte ignora.

Preserva los festejos que prometen

los votos de sus huestes, priva de armas

a los que contra el mal van a la lucha.

A los que están a su merced les niega

el escudo y defensa de la peste.

El mal señor se gusta, y hace gala

de ignorar la creciente niebla oscura

que se filtra debajo de las puertas.

El mal señor se prueba ante el espejo

sus lazos de colores diferentes,

violeta, rojo, verde. Negro nunca,

que evocaría muertos y ataúdes

que caen sin duelo alguno en pobres fosas

y no le ofrecen votos en las urnas.

La muerte por millares de los viejos

le es rentable al Gobierno en elecciones,

su rápida agonía deja sitio

a la fiel juventud del mal vasallo

que le dará su apoyo

con un diploma gratis bajo el brazo

y la promesa de estipendio eterno.

El mal señor prohíbe el lazo negro,

Imágenes de exequias y de llantos,

el rezo y los lamentos de afectados.

Él aspira a borrar completamente

de la mente mudable del vasallo

que hubo fealdad, que hubo difuntos,

dolor real, médicos enfermos,

sanitarios caídos en la lucha

por la vida de otros. Él se ocupa

de otra guerra en la que nunca estuvo

y que él precisa para ser el dueño

de ese poder que aprieta entre los dientes.

Ahora aspira a raspar de la memoria

el molesto relato de sus víctimas,

el guarismo tenaz que transparenta

en su rostro detrás del maquillaje.

Retoca la sonrisa y la chequera.

Repasa las consignas que le sirven

para llamar al voto a sus vasallos,

a los malos vasallos alistados

en su armada dual: -A mí, intachable,

varón de bienes, mano generosa.

A mí, nuevo hacedor de transiciones,

con apoyo fraterno y a mi diestra

del fiero Precursor del mundo nuevo.

Llego al fin. Me tenéis, al Enviado,

el señor al que amáis tantos vasallos,

el Sumo Bien, señor a la medida

de los que me elegís por ser el vuestro.

 

Los vasallos se cuentan por millones, y no son malos a falta de buen señor. Lo son por méritos propios, porque han escogido que los presida, gobierne y engañe quien les ofrezca lo que nunca se han ganado ni merecen, sea un diploma, una vivienda, los bienes de otro, la seguridad, el orden, además del rango, con remuneración social y cultural y con recompensa monetaria probable, de pertenecer a una ficticia tribu de los Buenos, caracterizada por iconos verbales como izquierdista, socialista o comunista (según auditorio y estrategia del momento), progresista, defensor del bien público, antifascista y dialogante, a los que siempre se puede añadir cualquier contraseña como feminista, independentista, borrachas solitarias solidarias o regionalistas agraviados, la cual les dé acceso automático, y sin cuota de entrada, a la clase VIP entre el resto de los ciudadanos. Ello sin riesgo, sin esfuerzo, sin haber participado en guerras ni combatido dictador alguno.

Con tales armas, a pedradas de icono verbal y paletadas de ignorancia histórica y mundial, han reducido a especie vergonzosa y caduca a cuantos podían estorbarlos en la sociedad española, y han vaciado lo que tuvo de más noble el socialismo, como la solidaridad y deseo genuino de libertad y democracia, para rellenarlo de una masa parásita maquillada de perpetua exhumación de guerra civil, de insaciable ansiedad del nuevo rico, de sesión continua, en todas las salas, pantallas y páginas de cultura subvencionada, de la misma película de vaqueros-marmota que disparan sobre idéntico adversario.

El mal vasallo acepta, calla y medra. El mal señor sonríe, acumula y reparte, junto con los beneficios de pertenecer a la secta del Bien, los nichos de este providencial medio ecológico de promoción y halago de los peores, de apoteosis de los mediocres y de avidez por un botín que es cuanto aún posee el país.

 

Los malos vasallos veían pasar al a Çid desde el balcón de su casa de Burgos y opinaban

-Algo habrá hecho. Siempre hay que llevarse a bien con el Rey.

-El califa asegura en sus correos que no hubo invasión ninguna en el 711.

-Lo que España necesita es diálogo.

–¿A quién hay que vitorear? Yo quiero quedarme con la casa del vecino.

-Rodrigo Díaz es un independiente, un tipo peligroso.

-Dicen que su destierro es injusto y que a él le gustan las leyes.

– ¿Leyes? Un peligro. Pienso cogerme las tierras de Mengo. Total, él no tiene hijos y no necesita tantas.

-Habrá que esperar a otro Çid, a ver qué nos regala, y lo apoyamos.

El buen vasallo estaba en otra habitación, sin balcones, pero con derecho a ventana. Le gustaba el Çid. A diferencia de no pocos de sus paisanos, no le tenía envidia porque era valiente, fuerte y alto. Tampoco pensaba, como aseguraban muchos, que eran culpa de los poderosos los dos días de granizo. El buen vasallo aplaudió cuando pasó el Çid tan solo, con tan pocos hombres. No se creía tampoco lo que de un tiempo a aquella parte habían dado por difundir los bandos del alcalde: Que todos sus males, incluidos el pedrisco y la viruela, venían de unos tiranos malísimos, romanos, ¿o visigodos?, los llamaban, cuyo emperador sojuzgó al pueblo, hasta que llegaron los moros a salvarlos. El buen vasallo incluso sospechaba que la súbita riqueza del alcalde algo tenía que ver en la extensión de la noticia.

El Mío Çid se alejaba de Burgos. Allá, como muchos siglos más tarde, había buenos y malos vasallos. Con la gran diferencia de que en el XXI sí elegían a su señor.

Hasta el más libre de los periodistas se ve en la obligación de adular a la bestia de miles de cabezas, a acariciarla en el sentido del pelaje y decir, comulgando con la jaculatoria inevitable de la bondad innata del vasallo, que el público que un día llenó el circo romano, otro las calles de Alemania en 1939 y luego los cubículos con derecho a sofá, pizza, tele y móvil es un ente maravilloso, un conjunto de ciudadanos estupendos caracterizados por la solidaridad, el desprendimiento y ocasionalmente el heroísmo.

Aunque, en los terrenos de la reflexión, la observación y la evidencia, los vasallos, ya ciudadanos pero con muy poco de ello, hagan gala de ceguera voluntaria y de una memoria de pez tribal y sean tan sólo capaces, como delatan sus opciones políticas, del sometimiento al amo cuando chasquea los dedos y les conmina a vociferar y a agruparse, a abominar y a alabar según la consigna dual primaria que llevan, invisible pero marcada a fuego y martillazos por la múltiple propaganda.

No son nadie al parecer los españoles sin el marchamo dual Derechas/Izquierdas, sin la estúpida y mítica referencia al gran Diktátor, largo tiempo muerto pero de cuya explotación viven, aferradas a su ubre; una tribus inmensa de parásitos y otra igualmente numerosa de clientes de una oposición post mortem que garantiza su pertenencia a un fantasmal club muy real en cuanto a los beneficios materiales que proporciona, la impunidad que derrama, la historia que reescribe,  los hechos ficticios que presenta como  incuestionables y el chantaje que impone en todos los ámbitos comunicativos. Diktátor es la gallina de los huevos de oro para estos luchadores en batallas inexistentes que jamás han corrido ningún riesgo excepto el de la amenaza de tener que trabajar, la cual han sorteado refugiándose en la manipulación de comunicaciones y política. Una gallina de los huevos de oro exhumada, disecada y exhibida, núcleo del Mal en la dualidad indispensable que les nutre y sin la cual nada serían.

Mientras se alcen en el pináculo del Bien, rodeados por la fiel guardia extraída de lo más mediocre de la sociedad, de un mínimo común denominador que garantiza identificación y audiencia, el Presidente y los suyos gozarán de popularidad, impunidad y obediencia. Nada importan a los fieles vasallos, que tienen el señor a su medida, la mentira como constante, el falseamiento de la Historia, el silenciamiento atroz de víctimas y muertos, el troceamiento y desaparición de su país, que acude como paria anónimo, apátrida y mendicante al espacio europeo.

Lo malo de las democracias es que no hay recurso al malvado señor feudal. Se tiene, los ciudadanos tienen, lo que se merecen, la mísera, cómoda y falsa dualidad, el plato diario de rencor y envidia, porque la mayoría no sabe o nada ha hecho por tener otra cosa. Los buenos vasallos son los menos, los malos son malos de por sí y además por incomparecencia, tibieza o cobardía de los buenos. En realidad son vasallos que no merecieron la categoría de ciudadanos, ni tampoco tener un país en igualdad de condiciones con sus pares, con nombre, apego y símbolos. Aferrado a su esperanza, el periodista, el comentador intentará evocar heroísmos, generosidad y solidaridades individuales, olvidando el ¡Vivan las cadenas! y el restablecimiento, tras la derrota francesa, de la Inquisición. Empleará hasta la náusea los mismos cansinos términos izquierdas/derechas, caerá en las mismas trampas verbales que son artillería cotidiana del bloque parásito con aspiraciones a eterna permanencia, intentará hacerse perdonar pintando, como si fueran equivalentes, caricaturas de quien quiere destruir el país y de quien reivindique rescatarlo, sin olvidar el cómodo recurso a abominar colectivamente del abstracto los políticos.

Si el vasallo español oviesse buen señor no lo votaría. Votaría a otro.

Rosúa

 

Madrid, 5 de abril de 2020

La pesadilla

Hay un silencio en esta puesta de sol de domingo como no ha habido nunca. Es, sin embargo, hermosa, con el rebaño disperso de sus nubes, el cielo azul y las finas ramas de los árboles, de un verde adolescente, que se perfilan en el aire limpio, demasiado limpio porque es la pureza que marca la falta del movimiento humano habitual.

Estoy en casa, un día más ganado, porque, como muchos otros de mi edad, sentirse mal, llamar y que te envíen al hospital significa morir de una forma mucho peor que en casa, en una sala o un pasillo desbordado por las urgencias, sobre una silla o en el suelo veinte o treinta horas, donde atraparás todos los virus posibles y te dejarán morir asfixiada porque no hay respiradores para todos y, por lo tanto, se hace una selección según la esperanza de vida. Y soy de los que están al final de la lista.

Miro afuera. El cielo de Madrid, azul, límpido, eternamente pintado por Velázquez, poblado de ángeles que, con sus caballetes, hacen copias y don Diego pasa y de cuando en cuando les corrige. Respiro (no sé desde hace varias semanas si lo suficientemente bien, pero respiro). Ah, no, no estoy en Cataluña, donde han publicado disposiciones increíbles para que dejen morir a los viejos. Me viene al leerlas una oleada de vergüenza, como si, de repente, se hubiera descubierto un crematorio nazi incrustado en mi país. Otras disposiciones oficiales, del Ministerio de Sanidad, vienen a lavar, arrastrar, depurar la buena tierra de la vergüenza y el sonrojo. El comunicado es un hermoso texto hipocrático en su médula que recuerda la ilegalidad y barbarie del trillado de enfermos, el valor de cada vida humana. La dignidad del hermoso texto aleja, con cada palabra, de la sórdida ribera donde habitan tenderos calculadores de los beneficios de la eugenesia y la eutanasia.  Es un barco de velas blancas henchidas de la generosidad de Don Quijote y de la sencilla bondad con que se amasas el pan de cada día.

El Ginko Biloba siempre quiere vivir

No me dejarán morir, tampoco a otros. Algo hay en cada uno de los que sobreviven que se apoya, como en escalones, en las hojas verde tierno de las plantas, en personas de buena voluntad, en empleados con gran dedicación y poco sueldo, en políticos que no pertenecen a ninguna horrible casta, en páginas de periódico que se alzan en cada línea como murallas entre el sembrador amarillento de odios que espera que le crezcan así huestes y la felicidad individual, libre, el derecho de cada cual a su pequeña, valiosísima vida. En la larga y empinada cuesta de los días, que van para meses y un cristal esférico ha reducido a la frontera circular del cielo, vamos subiendo, y descubriendo metro a metro la unidad de la especie humana.

Rosúa

 

 

 

 

 

 

Madrid, 14 de abril de 2020

Feliz no cumpleaños

 

– ¡Qué cara dura, pero qué cara!

La vieja y hermosa dama, tocada con diadema y cubierta con peplo, estaba indignada. ¿Cómo había osado evocarla aquella gentecilla, utilizar su nombre, manchar su recuerdo? ¿Qué tenía ella que ver con la panda de logreros y vagos profesionales, con la jauría sin oficio ni estudios ni voluntad de hacerlos, con la panda mendicante y afanadora de lo ajeno? ¿Cómo podía, con suma desvergüenza, invocarla aquel deshilachado torvo que no sabía ni vestirse para entrar al Parlamento y que, con insólita y nunca vista impunidad, colocaba de ministra y de ministras a su necia concubina y a sus amigas?

No podía ser cierto, se dijo, secándose la frente con la toga. Desde que un espíritu malévolo le había hecho llegar el día de su cumpleaños el regalo envenenado de las noticias, la Segunda República Española no salía de su aflicción ni de su asombro. Sabía, casi desde su nacimiento, que la alegría, ilusión y celebraciones de 1931 no podían durar, pronto engullidas por olas de muertos, robos y pretensiones totalitarias, que grandes manos de grandes asesinos amasaban en el mundo exterior, en la Unión Soviética, en Alemania, la peor violencia, que la antigua Rusia buscaba hacer de España una más de sus residencias secundarias y que haría de ella misma enormes estatuas del peor gusto. Lo temió desde el principio, no le gustaba, apostó por la libertad y la alegría, reflejada en los rostros de la multitud que llenaba la Puerta del Sol. No pudo ser. Quizás los jóvenes en aquella época sólo podían decantarse, si tenían inquietudes, por los dueños de las terribles manos cuyos rostros ellos no veían, fascistas o comunistas.

– ¡No me merezco acabar de tan mala manera, que me festeje gentuza semejante!

Se secó los ojos con la punta de su peplo, dejó la diadema a un lado, ordenó sin embargo los pliegues de su túnica como digna respuesta a la visión que le había enviado el perverso espíritu: Una lamentable horda de féminas que reclamaban privilegios por el solo hecho de serlo y que denigraban, con su presencia y formas, la hermosa lucha de tantas mujeres a las que la Segunda República se sentía orgullosa de representar.

– Si por lo menos dijeran algo coherente, apreciable. – se dijo, porque con la visión también le llegaban los gritos, y eran un vocerío, mezcla de estupidez, pretensión e ignorancia, que manchaba las valerosas proclamas, denuncias y exigencias de las valientes y dignas mujeres cuyas aspiraciones ella había protegido.

Y ¿qué decir de los asientos en Las Cortes, que tanto habían representado para tantos y que en la visión que le mostraban ahora parecían ocupados en buena parte por gentes que deseaban escupir sobre ellos, que no tenían empacho en cobrar sueldos, prebendas y pensión al tiempo que insultaban al país que se los estaba pagando, a los que ni siquiera se les exigía pronunciar una fórmula de juramento de toma de posesión válido?

Haciendo de tripas corazón dentro de lo que su esencia de ente histórico le permitía, la Segunda República Española, echó un vistazo a las actas, más que nada para apartar la vista de la caterva que, como una caricatura de los que en un tiempo habían ocupado los escaños, se sentaba en ellos ahora y exigía con grandes gestos algo insólito: Que no se empleara la lengua oficial, el castellano. Las actas no le sirvieron de consuelo: Allí se legalizaban y autorizaban todo tipo de atropellos, el robo de hogares ajenos, las leyes aplicadas en función de sexo, etnia, localidad, clan, tribu, la anulación de derechos y libertades, la prohibición de exponer la Historia y de expresar el pensamiento, el reparto a discreción de fondos públicos para comprar voluntades y votos, como se había hecho en tiempo de los antiguos caciques.

Sinceramente angustiada, la Segunda República se sentó, invisible, a reflexionar entre los leones del Congreso. Allí oyó a los que entraban y salían invocar su nombre, apoyarse en una guerra que no habían vivido, envanecerse de sacrificios en que jamás habían participado, de batallas que nunca ni por lo más remoto emprendieron, de solidaridad que no lo era sino con los que compartían cargo y sueldo. Y observó en muchos un nivel tan mísero, de tal cultivo de la envidia y de la necedad, que la dejó espantada. Halló un relato mítico, que parecía el único permitido, el único difundido, de un perdido paraíso, de una maravillosa era republicana destruida por un diabólico dictador militar. Y supo, pese a las nueve décadas transcurridas y a la información fragmentaria que recogía, que su cumpleaños estaba siendo celebrado por quienes sólo deseaban vivir de él como parásitos de una continua guerra inexistente.

Bajó las escaleras esperando encontrar en las calles algún rastro de la vieja alegría, de la hermosa solidaridad, pero le llamó extraordinariamente la atención advertir un extraño miedo a expresarse abiertamente, a criticar el mito y el Gobierno, una reticencia medrosa a extrañarse y a rechazar todas las manifiestas incongruencias, estupideces, fraudes y censuras. No podía ser pero era: Se vio forzada a reconocer que en aquel país del siglo XXI, contra toda lógica, había mucha menos libertad de expresión y de pensamiento que en su época. No sólo faltaban la espontaneidad y la alegría. Faltaban la sinceridad y el valor. Cada cual medía sus palabras, miraba al soslayo por si alguien de la, al parecer, inmensa clientela mimetizada o dependiente de los parásitos les denigraba, ¿o incluso denunciaba? se dijo. Conocía aquella sutil presencia del temor. Añoró sus tiempos jóvenes, de los cientos de periódicos, pronto suprimidos. Incluso entonces el miedo invisible no estaba tan generalizado, tan incrustado al parecer en lo hondo de las gentes obligadas éstas a identificarse en uno de los dos bandos de una inexistente guerra.

La República Española

Probablemente a los del siglo XXI les ofrecían más bienes gratuitos que en su tiempo. ¿Habrían reflexionado sobre que todo lo paga siempre alguien? ¿Se les habría ocurrido que salen muy caras las limosnas si tienes que soportar gente de un nivel que rayaba entre el ridículo y el absurdo, como los que había visto en el Parlamento? ¿Sabía alguno de los que osaron festejar su cumpleaños cuán rápidamente había degenerado el ideal que la había visto nacer y que ellos no tenían al menor derecho a manchar el noble origen de su memoria con su pertinaz afán de subsistencia parasitaria?

El día de su cumpleaños tocaba a su fin, con la puesta de sol. El genio malévolo borró todas las visiones. Y la Segunda República Española, antes de que desapareciera, le dijo:

– Por favor, borra también a los que hoy me han invocado

Rosúa

 

Desde Madrid, pero urbi et orbi y sine die

Carta abierta a (casi) todos los Gobiernos del mundo

 

Esto es una petición de auxilio y de acogida. El lugar que muchos de ustedes conocen por sus vacaciones ha demostrado, definitivamente, que es invivible y, gracias a la prueba del algodón de la pandemia, ha alcanzado y puede alcanzar, con activa cooperación o pasividad sumisa, las mayores cotas de peligrosidad y estupidez.

Aquí no hay ciudadanos, ni individuos que pretendan serlo. Hay una mayoría ovejuna con probable carga genética de los perros de Pávlov que tan sólo sabe reaccionar a la contraseña condicionada y a que le arrojen el hueso de subvención o de cuota, mientras se van hundiendo ellos y la perrera. Los actos de generosidad, la espontánea bravura que ustedes, desde el exterior, románticamente exaltaron en el pueblo español era simplemente puntual, obra de impulsos en ocasiones concretas, sin conciencia ni compromiso ciudadanos, ruidosos enfados a los que sigue siempre la obediencia y temor al cacique. La palabra democracia es un simple traje de los domingos que le presta una promoción inmerecida. A la hora del filtro de elecciones y defensa conjunta de lo que debería ser su país, leyes y derechos no hay sino la vieja tribu y el acostumbrado amo que paga la borrachera de rencor y envidia y reparte raciones de emergencia.

Inglaterra, si me acogieras. Tú valiente, convencida de esos valores que hay que defender, Inglaterra, país de ciudadanos, no de vasallos, no de resignados al “Es lo que hay”. “Hay lo que nos echen”. Inglaterra, país de libertades y de respeto por los individuos, por su vida privada y por la ciencia, la cultura real y la grandeza. Nunca debí dejarte, y aun antes de dejarte te añoraba, presintiendo tristezas de tu ausencia. Siento que te detuvieras en Gibraltar, que no subieras mucho más hacia el norte. Habría dignidad, no rendiciones. Nunca supe de libertad tan honda, del respeto en la vida cotidiana como en ti los sentí. Por ello estás en la primera de las muchas puertas a las que llamo, mientras atrás dejo la vergüenza de mi propio país de nacimiento que se complace en ser por siempre víctima, mendiga de limosnas y amargada por la valía y bienestar ajenos. Si me abrieses tus puertas, si lo hicieras…Todavía, quizás, de cuanto tengo algo hay que yo pudiera darte y compensar lo mucho que me diste y que hasta hoy en día me alimenta.

Quizás ni lo conciben ni lo advierten, países de esa puerta a la que llamo. En mi triste nación, hoy el líder mundial de fallecidos por millón de habitantes y en cabeza de enfermos, sanitarios infectados, no ha habido protección, ni mascarillas ni pruebas sobre el virus. Aquí se muere solo, hay un triaje según la edad para obtener o no respiradores, está prohibido el negro como el luto, como la libertad, no queda espacio sino para la loa y propaganda. De todos en Europa, este pobre país está en cabeza del más largo y total confinamiento, camino llano hacia la dictadura, para el control sin límites ni leyes En el triste país que ha sido el mío nada extraño tendría que el Gobierno, ese amasijo de maldad y torpeza, esté ya fabricando, a manera de estrellas amarillas, marcas según la edad, largos listados de población caduca, prescindible, ajena a su interés y sus votantes, títulos de apestados. No bajarán de trenes, no saldrán ni a la puerta de la calle. Les darán el color que corresponde, con amables sonrisas protectoras, indicando el camino del encierro de su lento exterminio.

Nueva Zelanda, tu lejana puerta podría ser mi hogar. Conozco tu pureza y tu belleza, te he visitado en varias ocasiones. A ti quería volver cuando estalló la peste. Y ahora, un simple refugiado, si hay seguridad de mi limpieza, de que nada hay en mí que contamine tu especial hermosura, tu cristalino espacio, entonces considera permitirme el acceso y comparte la paz y limpidez que a ti te sobra. Algo te podré dar. Hasta el alma los virus no han llegado. Tal vez la blanca y verde altura, tus montañas, el mar lleno de vida, los helechos gigantes y las flores violeta, los volcanes, los raros animales refugiados en ti, a mí semejantes, vuestro respeto por cada individuo, tendrán poder para curar recuerdos del mísero temor, de las mentiras, de vileza esparcida y aceptada en mii anterior país.

Lo que era mundo, horizontes infinitos, se ha vuelto fortaleza, vallas, muros, sin aeropuertos, trenes ni aviones. Pero sabed que os llamo y os preciso, y que vosotros, exclusivamente, disfrutáis del poder de rescatarme. Dejadme entrar donde vivir aún pueda y ser una persona como otras y sacudirme el polvo y la vergüenza de lo que fue el lugar en que he nacido. Alemania, demuestras que aprendiste la terrible lección del genocidio y hoy abominas de segregar viejos, dices que todas vidas son iguales, con la clara nobleza que te honra. De España te separa la elevada frontera de los muertos que tú no has tenido, la ordenada manera de aislar lo imprescindible, respetando las libertades, exactamente iguales para cada uno, mayor, adulto, niño, ciudadanos al fin, justo por serlo. A cuantos huiremos de la marca, de la segregación, del nuevo ghetto, del acoso anunciado y propaganda que ya el Gobierno incuba para ofrecer carnaza a los vasallos, ofrécenos asilo, danos días de la igualdad debida a los humanos. Pues te honrarás con ello en la medida que un país de verdad siempre merece.

Nunca debí volver. Cinco países en los que he vivido. Y más de un centenar recorrí sola. Nada tengo en común con el que sueña conque haya siempre más inquisiciones, con el gordo parásito que vive de momias y de mitos de una guerra, de un dictador que fue y les alimenta. Nada que ver con quienes no persiguen a los que ponen bombas y prefieren que los azucen contra quien gobierna. Ninguna relación con los que añoran, de todos los sistemas, los peores, sangrientas dictaduras de cuantas hubo y en el mundo han sido.

Países (casi) todos, me es preciso llamar a las fronteras, dejando atrás el viejo, el muy sincero amor que tuve a la nación que un día fue la mía. Ya no lo es y no va a serlo nunca. Solo entre todos, es país que elige odiarse, rechazar su nombre y su bandera, y vota a un amasijo de ratones que quieren lo mediocre a su medida.

Les ruego me acojan dado el peligro que corro si no me dan asilo. La limpieza en forma de encierro, segregación permanente y adiestramiento de la chusma para que acose, persiga, denuncie y arrincone a la gente de mi edad está en camino, es inminente. El volumen de frustració0n acumulada en millones de personas sometidas a un aislamiento innecesariamente extremo por ser consecuencia de la absoluta imprevisión, manipulación, estulticia del Gobierno es tremendo, buscarán en quién desahogar su rencor, y, como se trata de un país particularmente cobarde, embestirá, en cuanto le abran la puerta del redil, contra el blanco más cercano, marcado para ello por las leyes de segregación. Esa víctima propiciatoria, nombrada leproso en potencia por todos los canales oficiales, serán los viejos, que, gracias a la sed de propaganda, el sectarismo y la colosal ineptitud del partido en el gobierno, han muerto a millares, de forma angustiosa, dolorosa e indigna, avalada incluso por protocolos la atroz selección de los que convenía dejar morir.

A la memoria vienen las líneas de la última carta de Petronio, el árbitro de la elegancia, dirigida antes de suicidarse al emperador Nerón. (Sí, orgulloso prohombre del Gobierno, sí. Recuerde, Quo vadis? Es latín; ¿sabe? Ustedes prácticamente lo eliminaron cuando destruyeron el Bachillerato y la buena Enseñanza Pública). Petronio dice a Nerón, quien se enfada bastante, que puede excusarle por haber matado a su mujer, asesinado a su madre, por haber incendiado Roma, pero que lo imperdonable es que se empeñe en declamar horriblemente horribles versos: Mata, pero no cantes. Tortura, pero no bailes. Incendia, pero no hagas poemas.). Parafraseándolo, al Gobierno actual español, ese amasijo de tribus nacionalistas y comunismo revenido encalado de fatuidad, codicia y solicitud viscosa, habría que decirle:

Miente, pero no susurres.

Traiciona, pero no prediques

Extermina por fanatismo, estupidez y negligencia, pero no te hagas fotos en la Casa Blanca.

Puedo excusarte el que mientas sin reposo, que desdeñes los miles de vidas, salud y libertades que han costado tu vanidad y negligencia, que ocultes y desprecies el dolor y el luto.

Puedo excusarte el que te alíes con los que odian al país y cubras de dinero y halagos a representantes de los asesinos del País Vasco y a los siempre traidores y mezquinos independentistas catalanes.

Puedo excusarte la infame actuación de los que tomas como mentores y precedentes cuando azuzaron, tras la gran matanza terrorista con bombas en trenes de Madrid, a las masas a asaltar las sedes del partido entonces en el gobierno en vez de perseguir a los asesinos, de manera que los tuyos se apoderaran del Estado y se repartieran sus despojos.

Puedo excusarte que hayas creado una contienda dual guerracivilista como único argumento de propaganda que te permita sembrar rencor y legitimar tus redes parásitas.

Puedo excusarte que intentes por todos los medios desguazar el país y repartirlo entre quienes te sostienen en la Presidencia.

Puedo excusarte el dispendio gigantesco, en un arruinado país, del erario para nutrir a la multiplicación de tus huestes con cargos públicos, ministros, ministriles y asesores y crear votantes dependientes.

Pero lo que no tiene excusa es el fatal crimen estético, el atuendo indeciblemente hortera de tu mujer, vestida de bandera estadounidense, en la recepción en la Casa Blanca, el de la luctuosa familia monster de tu antecesor que allí cuelga como ridícula muestra de España, tus impostados gestos de novicio medroso, tus inacabables arengas en la televisión a tu servicio, el tono con el que susurra a los equinos del rebaño tu visir, el pachulí sentimental con el que anegas al auditorio, la insólita estulticia de los nombres de tus ministerios, la masa de estupidez y cursilería de tus consignas, que hace tiempo alcanzó el punto crítico.

Y la conmiseración mal disimulada que tu oquedad de atributos despierta cuando intentas posar para la foto y te delata la apremiante ansiedad del nuevo rico por ser aceptado en el club de los de arriba.

Ésta es una muy real y seria llamada de socorro. De vosotros depende el cuánto y cómo de una vida.

Así pues, países (casi) todos los que podéis hacerlo abridme vuestras puertas, acogedme y salvadme.

Rosúa

 

Madrid, 22 Abril de 2020

¿Se puede pedir asilo político?

Desde un país, España, donde la vida y la libertad de cualquier ciudadano de una edad fijada oficialmente dependerán sólo del Gobierno y se está en gran peligro y extrema incertidumbre, ¿puede pedirse asilo político? Acogida en Inglaterra, en Nueva Zelanda, en Alemania, en cualquier país que rechace la eliminación selectiva, donde se respete la existencia y derechos de cualquiera, por igual, independientemente de fecha de nacimiento. En este lugar desde el que se pide auxilio y ayuda para huir de él hay el mayor número proporcional a la población de muertos del mundo por la pandemia, el mayor de sanitarios víctimas de ella, una cifra abrumadora de personas -aún lo son, lo eran- muertas en residencias o solas en sus casas, se trata según la edad y si vale la pena su esperanza de vida, hay el más largo, radical e indefinido encerramiento de Europa. Esto no es casual. Obedece a la nula previsión, pésima gestión, fanatismo e incompetencia del peor Gobierno que se ha tenido jamás. La muerte de miles de personas mayores, que en buena parte no eran sus votantes, potencialmente le favorecería. El declarado Estado de Alarma deja indefenso por completo, sin derechos, a cualquiera frente al Gobierno en lo que equivale a una condena a muerte, a prisión domiciliaria o a segregación social selectiva, según quizás colores y etiquetas (las estrellas en la ropa ¿de qué color?). Nada, además, será más fácil que azuzar contra los mayores a la opinión pública, a los vecinos, hacer de todos denunciantes de que esas personas, sin prueba ni síntoma alguno, son portadores de peste. Necesitamos ayuda y huida frente a la eliminación selectiva.  ¿Dónde y cómo se puede pedir asilo político?

Rosúa-Madrid-España.

 

From Madrid, but urbi et orbi and sine die

Open Letter asking for political asylum

to (almost) any country in the world,

From a country, Spain, where citizens’ life and freedom are at risk, in great danger and extreme uncertainty. This is so no just by epidemics tragedy all over the world, but mainly because in this country right now its Government itself is a real deadly plague. Danger concerns anyone and specially aged people. Spain has had, so far, more than twenty thousand (and that could be up to thirty or even more) deaths, 0,43 % of population affected, which means to be in the very top of the world, the highest rate of health workers with virus because no protection provided by the State, and the whole of citizens living in confinement at home more time and in more harsh way than any other in Europe. Big demonstrations where allowed on 8th March, when the coronavirus was already in full swing, because the main official concern is propaganda. Prospects about when and how to have back the normal, free and democratic existence are none. Forty days in home-jail, in Alarm Status that lets no room for protests and keeps people in fear, silence and helpless under the worst Government they ever have had. They are dying every single day by hundreds. Seniors, by thousands lonely and abandoned in nursing houses or at home. Many, being aged, couldn’t get proper care in hospitals because there is triage and, having no means to take care of all, they are supposed to choose the younger ones.

May those Spaniards, at risk of their life and being denied any freedom, apply for political asylum if they prove not to be affected by the virus? They do need to flee from Spain, which has become a very dangerous place, and they are in desperate need of acceptation in U. K., in New Zealand, in Germany, in any country who refuses the selective elimination, which could have happened in Spain. They do need awfully to get in a nation which has respect for every human being’s life and rights, equally, with no regard of their birthdate. An enormous number of people have passed away in nursing homes, in appealing conditions, or all alone at home. Everyone fears to be chosen after their supposed life expectancy, deciding then if the person is worthy of help to breath or just good to die.

The extend of this catastrophe has nothing of casual. It comes straight from the Government’s improvidence, lousy management, fanaticism and incompetence, and from their thirst of propaganda and of remaining in power at any price. By the by, many senior people were possibly not going to vote them. The Alarm Status means endless situation of no rights, no freedom, maybe in the future, if allowed to step out, social selective discrimination with tags and shades (which colour for stars in the clothes?). It is so easy to push public opinion, neighbours, against senior people pointing at them as plague bearers. Government loving totalitarian systems, as they have already showed enough, needs scapegoats, whistle-blowers, public guilty.

We need help, human and honest Government, any place. We need to flee the selective triage and the lost of all dignity, respect, rights and freedom, besides life itself. When and how to apply for asylum?

 

Madrid, 2 de mayo de 2020

El tiempo en el que me sentí leprosa

 Se podía vivir sola; se podía tener más de setenta años, haberse hecho, con una larga costumbre de sobrevivir, cada gramo y centímetro de la vida con los propios medios, sin sentirse ni reclamar por ser víctima de nada, sin llevar por delante el quejoso pliego de las opresiones. Se podía ser simplemente una persona, que ni pedía ni molestaba; que tampoco respondía, ni deseaba responder, a los generales marcos de referencia. Curiosa la reacción, pero no excesivamente atónita ni agresiva, de cuantos se encontraban con alguien que no tenía absolutamente ninguna familia y vivía en su mundo de escritura, cultura, viajes y libros. Se podía ser, aún había hueco para ser alguien diferente, no menos ser humano por ello.

Hasta que llegó la peste con la primavera de 2020. Apoyada, con todas las velas al viento, por el peor, el más mísero Gobierno que España había tenido nunca, como esos barcos que otrora la transportaron desde Asia. La nueva peste avanzó con la rapidez del fuego en la maleza, abrasando pulmones, venida desde el confín de los siglos en su carrera de relevos por escalones de ratas, de animales de selva, de insectos. Saltaba desde cualquiera, pero mataba más a las víctimas con más años. El miedo a la indiscriminada, invisible muerte produjo con rapidez la sumisión más completa, disfrazó de Edad Media enmascarada y anónima a la población entera e hizo, como en las guerras pero de forma más maligna, dos primeras víctimas: La verdad y la libertad. Bajo la aún existente pero ya muy fina capa de consideración civilizada, la insistencia continua del fatal amor del virus enemigo por los viejos, que ya lo eran sin eufemismos de mayores ni de terceras edades, la asociación de éstos con la muerte, esparció el temor irracional, a veces encalado de atención caritativa, de que ellos propagasen el contagio más que otros. Al tiempo planeó sobre el país entero, planearía ya siempre para siempre, por el mecanismo de la vileza asumida, el enorme número de personas (había que decir “ancianos”, “viejos” para que parecieran menos humanos, para que, de entrada, fuesen más prescindibles) infestados, abandonados y fallecidos en una agonía solitaria de asfixia y de terror.

Y entonces fui leprosa. Consciente en mi casa de que cualquier desvío de la apariencia física sana, de que una tos intempestiva, una debilidad inesperada podían muy fácilmente llevarme a la rápida y sórdida muerte. El traslado a un hospital, desborrado de enfermos y de urgencias, significaba la adquisición de fajos de papeletas del virus. Horas, pocos días más allá era la agonía sin aire, en un solitario receptáculo, porque se practicaba el triaje, la selección para cuidados y respiradores de aquéllos que tenían mayor esperanza de vida. Tocaba resistir pues, resistir para, al menos, ver el cielo desde mi ventana, raspar la momentánea felicidad que da el alivio de la angustia algunos días, vivir en el mundo intelectual y en el de los recuerdos y la belleza de los cinco continentes conocidos. Sobrevivir sabiendo que ya no era una persona con igual valor que otra, que en el mercado de esclavos de la selva de la supervivencia no tendría comprador. Saber que detrás de mí nada ni nadie habría que reclamara por mi ausencia. Porque no había lugar para los individuos, sólo individuos, y menos para los de mi especie.

Y fui leprosa; cuando vinieron las medidas para desactivar el aislamiento de muchas semanas y se establecieron horarios especiales según edades. Ahora, en lapsos de tiempo muy marcados, podía salir al exterior, verme sólo con los de camada, no ser persona sino una fecha en el carnet de identidad, semejante a aquéllos con los que ni por tipo de vida ni por circunstancias tengo afinidad alguna, cortada y segregada de las personas, de cualquier ocupación, edad y sexo, entre las que tal vez hubiese encontrado alguien afín con quien intercambiar palabra y pensamiento.

Soy leprosa, sujeta a la latente hostilidad y persecución de los que sopesarán mi edad según mi rostro y mi forma de andar. Leprosa por la extensión abusiva y estúpida que se ha hecho de mi edad a mi posibilidad de contagio, por la imposición de las tablillas invisibles que manda mirarme con desconfianza y apartarse de mi camino. Ya no soy una persona, simplemente, entre otras, ni soy lo que soy por lo que hago. Se me ha incluido, sin mal alguno, en la categoría de la lepra y en ese bloque incómodo, desdeñable, vagamente repulsivo, de los sin paliativo viejos.

Hacen falta leprosos cercanos para que no se mire más arriba, para que la sorda marea del descontento, del miedo y la ira del encierro, tan largamente reprimido entre las cuatro paredes de la vivienda, tan maquillado de pastosa y dulzona alabanza de las virtudes caseras y familiares, tan abrumado de llamadas a la unidad, a las excelsas virtudes del pueblo español y a la victoria, se anegue en la blanda arena de la pequeña concesión diaria. Importa que el ciudadano no reflexione, que no lea, ni compare, que no alce la mirada y recobre la querencia de la libertad por encima del miedo, del rechazo de caciques viles y de actos viles. Se precisa que existan cercanos chivos expiatorios, desagradables, degradados por el paso del tiempo, especímenes humanos a los que sopesar los años, mirarlos mal, denunciarlos si descuidan la higiénica distancia de más del metro y medio. Y pronto, sordamente, odiarlos porque van a cobrar pensión mientras que el país se hunde en la ruina de una gestión pésima, previa a la peste y durante ella, una negligencia que ha causado miles de muertos y el más vil y despreciable de los Gobiernos que ha tenido jamás y contra el cual la inmensa mayoría de los ciudadanos, acostumbrado al redil y agradecido por el pasto, no osa alzar la voz.

El virus pasará, pero el leproso, bajo diversas y oportunas mutaciones, queda.

Rosúa

 

  Madrid, 2020, después de una cacerolada

El palacio de la Bella Durmiente.

Las plantas habían crecido y casi ocultado la vajilla, para gran alegría de los ecologistas, las nubes permanecían estáticas en un eterno abril, las corrientes de aire habían dejado suspendidas, a medio camino entre techo y suelo, las vaporosas cortinas. En el palacio reinaba la mudez y los pajarillos, sorprendidos por el conjuro en su vuelo, habían caído sobre mesas y pavimento, sobre los que reposaban en suspendida animación. Aguzando el oído, podía percibirse el leve latido de los corazones, desde el rumor mínimo del palpitar de los jilgueros hasta el que fue redoble y quedó reducido a un golpeteo pausado en el pecho de los representantes de reino. Las palabras habían quedado igualmente detenidas en las bocas de los cortesanos y reducidas al puré dulzón resultado de asentir, activa o pasivamente, durante tan largo tiempo, a las órdenes de su líder.

El maleficio se había extendido desde la costa hasta la cima de la última montaña, aunque con efecto desigual porque los poderes de Funeralis Konfinátor disminuían con la distancia. Desde la torre, el señor indiscutible, rodeado de los cientos de trovadores que debían cantar sus hazañas, de los no menos numerosos consejeros áulicos y de sus recién nombrados dirigentes de los ministerios del Silencio Selectivo, de la Destrucción Solidaria y del Jolgorio Funerario, contemplaba la parálisis de sus súbditos con sentimientos encontrados. Había sido hermoso, y satisfactorio, el efecto del hechizo, la rápida, instantánea eliminación de todo movimiento impredecible, de cualquier palabra o gesto espontáneos, de la más mínima posibilidad de rechazo. Siempre disfrutó observando a cada uno de los habitantes del dormido palacio congelado en su postura, vestido con el mismo atuendo, incapaz de escoger ni una actividad ni un esparcimiento ni una compañía ni una prenda que de él no dependiera. Pero tenía una inquietud.

Su visir, Polpy, experimentaba con la situación tal felicidad que desde el comienzo del conjuro no había salido del éxtasis de sumo placer, puro erotismo ideológico, que le embargaba y erizaba sus miembros y sus cabellos. Era, prácticamente, la meta de sus sueños, más que húmedos de torrencial lluvia tropical. Ni una frase, ni una mirada, ni siquiera un pensamiento podrían surgir ahora sin su permiso. De sala en sala, desde el primer cortesano hasta la fregona de las cocinas, cualquiera estaría a su completa disposición con esa fidelidad que sólo se logra tras borrar o sustituir los contenidos de la memoria y del espíritu. Aún era, sin embargo, demasiado temprano. Por lo pronto, asistía a los periódicos letargos y despertares, les hacía, en cuanto eran capaces de ello, oír su voz, y era su rostro de los primeros que divisaban al abrir los ojos y el último que recordaban al cerrarlos.

A Konfinátor le inquietaba, empero, la progresiva falta de público que observaba en los paréntesis de vigilia que había programado regularmente a tiempos fijos, de forma que el palacio se animase, aunque de manera controlada, para su aparición triunfal, locuaz, extensa, prolongada con una cabalgata extramuros y actividades que dependían de la programación. El reloj dio la hora en la fecha indicada. El Líder descendió con los suyos para el paseo-homenaje acostumbrado por las salas, patios, jardines, edificios adjuntos y cotos adyacentes en los que había dividido, tras haberlos cuidadosamente señalizado, su palacio y también, su reino. En todos ellos, y repetidos de manera bien visible, grandes carteles e indicaciones de paso franco y de prohibido marcaban los espacios benéficos obligatorios y los maléficos abominables.

Sonó, pues, la hora en el reloj sincronizado al efecto. Los súbditos, apenas despiertos y desacostumbrados a la luz, fueron inundados con trompetas y timbales que anunciaban al Jefe, junto al que caminaba, a la par que Polpy, su mago, el minúsculo pero estruendoso y siempre amenazador Señor de los Hechizos, venido desde la Mar Océana y encargado por Funeralis Konfinátor de mantener durablemente a los vasallos en el lugar que les correspondiera y de hacerlos deambular sólo en las zonas señalizadas como izquierda con el firme convencimiento de que allí exclusivamente se encontraba el Bien, mientras que en los opuestos, derecha, no había sino llanto, sombras y todos los males sin mezcla de bien alguno, por lo que, de caer en ellos, en vez de sueños tendrían pavorosas pesadillas.

Los vasallos, entumecidos y deseosos de dar al menos unos pasos en el espacio exterior, se guardaban  de hacer objeciones, pero observaban en cuantos veían, vecinos, familiares, conocidos, desconocidos, algo extraño: Las caras, cada vez de más gente, cada vez de individuos distintos, se volvían blancas, enseguida transparentes, y a continuación el afectado desaparecía, ya no estaba allí, súbitamente, dejando tan sólo un hueco, sin que ni Konfinátor ni su visir ni acompañantes repararan en ello ni le dieran importancia ninguna. Ahora era el compañero de mesa, a continuación la mujer que venía con platos, luego el grupo de ancianos que se habían puesto a jugar a las cartas. Simplemente, de un minuto a otro ya no estaban ahí, y luego en su lugar aparecía un trozo de papel diciendo que era un proceso natural, aunque nuevo, y que ya no volverían a materializarse nunca ni valía la pena que lo hicieran porque sobraban en el censo por edad, enfermedad o desdén hacia el Líder. Podía que fuese natural en efecto, se decían los habitantes del palacio y de las calles circundantes, puesto que el señor y sus huestes jamás parecían reparar en ello y que, cuando a alguien muy cercano se le volvía blanco el rostro, luego transparente para al final difuminarse por completo, lo ignoraban como si jamás hubiera existido y continuaban la conversación con su más cercano interlocutor.

Los habitantes del palacio, y los de la villa, desaparecían a miles. Uno y otro día, se multiplicaban las caras repentinamente borradas y reducidas a una superficie lívida y lisa, que flotaba unos minutos sobre la transparencia del cuerpo hasta pasar a la nada absoluta. Quien intentaba reaccionar, quien reclamaba a su madre, a su hermano, a su vecino, pero eran tantos los que faltaban y tanta la indiferencia de Funeralis, su visir y su numeroso cortejo, que el vulgo nada podía hacer y, sobre todo, nada parecía que pasase; ni siquiera se comentaban las noticias. Volvía el resto a sumirse en su profundo sueño, el señor y los suyos regresaban a su torre, a donde apenas llegaban los llantos y noticias del suelo, y descendía sobre los pisos inferiores del palacio, como una niebla de un blanco parecido al de las caras, el silencio general.

Para encauzar debidamente, por el camino de la adhesión al Líder y el entusiasmo, los potenciales llantos y protestas, en la torre del homenaje ondeaban, cada vez que Konfinátor Funeralis, su visir y huestes paseaban por el recinto y cabalgaban por los alrededores, pendones variados y festivos, verde, rojo o morado con lentejuelas unos, arco iris otros, blanco con la V dorada de la victoria en abundancia, puesto que a más millares de ciudadanos difuminados en la nada más se concentraba la adhesión a Funeralis en los restantes  del sector adolescente e infantil en el que el Gobierno, presidido por Presidente, Visir  and Co,. pensaba afianzar su durable reino.

-Han desaparecido entre ayer y hoy mil doscientos de vuestros súbditos, amado Líder- vino a informarle solícito el Coordinador de sus asesores.

-Muchos son. Tal vez al Señor de los Hechizos se le ha ido un poco la mano-

Konfinátor Funeralis frunció el ceño, con moderación porque se había especializado en ofrecer una imagen de belleza pétrea, inasequible al desaliento y, por el contrario, plena de confianza y euforia. Por lo tanto ordenó inmediatamente:

–¡Que icen el brillante pendón y tiren confeti!

De la torre descendió una alegre nube de papelitos de colores que el Líder se apresuró a espolvorear también sobre sus hombros y pechera para que no cupiera la menor duda sobre su optimismo e identificación con la victoria, la felicidad y el bien. Al tiempo se escucharon sevillanas alternadas con una música triunfal en parte bélica y en parte adaptación de “Soy la reina de los mares”, favorita de la esposa de Konfinátor.

– ¡Más alegría! Más situación excelente. ¡Que se vea el gozo que reina en Palacio y que las bajas no son sino errores de cálculo en el censo!

dijo Funeralis. Y luego añadió en voz baja y despectiva, por encima del hombro, sin volverse, al lugarteniente más cercano:

-Nada que aluda a factores negativos, nada. Contraataque, vestimenta de contraataque.

Hubo entre los fieles del Líder más cercanos cierta lucha sorda por conseguir ser el primero en ofrecer a su Jefe lo que deseaba. Varios corrieron hacia el almacén de vestuario dando órdenes a gritos. Finalmente el más rápido se presentó jadeante ofreciéndole en una bandeja el chaleco repujado de las festivas celebraciones, que incluso relucía en la oscuridad. Konfinátor cuidaba en extremo su apariencia y disponía de una abundante colección de tales prendas, cada una adecuada al momento. Su visir Polpy le imitaba en sentido opuesto, con lo que llamaba acercamiento a las gentes, y lucía vestimenta de variada y cuidada pobreza pero de materiales de calidad, que conjuntaba con los turbantes que le habían sido enviados, como presente fraternal, desde Persia y que lucía con orgullo para subrayar su rechazo del sistema y Continente opresores en los se hallaba.

No bastaba, se dijo el Líder. Y ordenó que se organizara una gran fiesta, con nutrida asistencia internacional, de forma que se difundiera que, lejos de estar sumido en el letargo y diezmado por el mal de las caras blancas, en su palacio reinaban el bienestar y, pese a los millares de desaparecidos, la alegría de estar bajo su mando. Su dilecta esposa, que solía en las apariciones en el vehículo descubierto, sostener sobre la cabeza de su marido una corona de oro sustraída al museo arqueológico mientras le susurraba:

-Recuerda, querido, que eres un hombre. ¡Y qué hombre!

sería la encargada de organizar el festejo que daría un tono festivo a la baja diaria en el número de sus súbditos y distraería la opinión del enojoso recuerdo, e incluso llanto perceptible en escasos sectores que se resistían al letargo y hacían esfuerzos titánicos por mantener los ojos abiertos.

Y como se dictaminó se hizo

Se dio la gran fiesta, con proclamas para que acudieran los más representativos dirigentes de los países limítrofes, así como nutridos contingentes de heraldos, trovadores, aedos y asesores áulicos. Sin embargo la concurrencia final resultó menor que la esperada y, para completarla, hubo de recurrirse a la movilización de familiares, allegados, amigos, simpatizantes y primos hasta el tercer grado de los cortesanos de Konfinátor, y hubo también que echar mano del numeroso harén, suegras, suegros, cuñadas y odaliscas en lista de espera de Polpy, que practicaba la poligamia inclusiva como muestra de hermandad con los usos y costumbres de sus fraternales aliados contra el Gran Satán del Oeste.

La fiesta fue ruidosa y polícroma. Las señoras lucían, según consigna establecida, cada una un vestido de los colores de la bandera de un país, y Funeralis deslumbraba con su brillante chaleco rojo recamado de luces navideñas. Cuando alguien preguntaba sobre la extraña dolencia de las caras blancas que, se rumoreaba, diezmaba su reino, él simplemente encendía las brillantes luces de su atuendo y pedía a la orquesta que tocara más fuerte. Luego se marcaba unos pasos de danza con la Primera Dama, que había elegido para la ocasión toga blanca de fina seda con bordados de obeliscos y antorchas en pedrería, sandalias a juego atadas con cadenas de platino y tocado de gran diadema de áureas puntas rematada cada una por un brillante de considerable valor.

Corrían los licores, más generosos cuanto que la reducción en el número de súbditos había mermado las cosechas, pero también disminuido, junto con el aumento de los impuestos, el número de consumidores, por lo que Konfinátor ordenó que se bebiera y comiera sin tasa y se sacaran de las bodegas los mejores caldos.

Así se hizo. El aumento de volumen de la música y el del número de las copas marchaban a la par. A los que permanecían en profundo letargo en los salones llegó el estruendo, multiplicado por los ecos que en las vastas estancias ya iba dejando la ausencia de miles de víctimas del mal de las caras blancas. Tantas eran éstas, de las que no se hablaba jamás, que por el vacío resultante se establecieron, en aquella noche tormentosa de nubarrones a los que los asistentes al festejo no prestaban atención, grandes corrientes de aire por las puertas y ventanas abiertas e iluminadas para la ocasión con el fin de mostrar prosperidad y transparencia. El reloj de la señal cayó de la estantería envuelto en la cortina por efectos de una furiosa ráfaga. Sonó su timbre, ahogado por la música exterior. Los durmientes comenzaron a abrir los ojos, asombrados al no encontrar a los vigilantes y conductores palaciegos acostumbrados, ni, en su podio, al Líder acompañado de Polpy y del vociferante Señor de los Hechizos.  Se incorporaron. El viento arreciaba y había tumbado, arrastrado, arrinconado las señalizaciones que estaban obligados a seguir. Ya no existían caminos ni estancias “izquierda” “derecha”, deambulaban en pleno desconcierto, poco a poco sustituido por una extraña sensación mezcla de alivio, libertad y dolor porque comenzaron a sentir agudamente los huecos que había dejado en sus vidas el mal de las caras blancas, empezaron a dudar de todo, de las palabras de Konfinátor, de los rumbos marcados por Polpy, sus bien pagadas huestes y sus heraldos, descubrieron que las señalizaciones no habían existido desde toda la eternidad sino únicamente por conveniencia de los que las usaban. Entonces consultaron listas, comunicaciones de desaparecidos que yacían en el fondo de cajones o apiladas en un arcón, sumaron números, cotejaron nombres. Y sintieron el dolor de la irremediable ausencia cuando pusieron nombres a aquellas cifras y las asociaron con los que echaban en falta, con aquéllos que para quien los recordaba no tenían edad ni debían haber sido empujados al vacío, y los unieron a las circunstancias que rodearon a su desaparición, al gran silencio que los envolvía, los desechaba, los había reducido a gruesos fajos de folios de los cuales hallaron algunos a medio quemar en la chimenea.

Con los ojos ya muy abiertos, y mientras fuera seguía la fiesta, arrojaron al fuego los antiguos carteles que les marcaban direcciones y territorios, y compartieron, sentados junto a la lumbre, su pena, su ira y la vigilia y fuerza que el dolor mismo les daba y que era lo contrario al sopor y la resignación. Entonces fueron hasta las ventanas abiertas de par en par, cambiaron las luces de manera que se fijara desde el exterior la atención en ellas y comenzaron a arrojar a los que estaban abajo cuanto sobre los desaparecidos habían encontrado, nombres, papeles, pertenencias, cuadros. Luego añadieron las vestimentas talares del Señor de los Hechizos, los carteles todavía no incinerados, el podio de Konfinator y la exquisita maqueta de la nueva mansión de Polpy que éste mostraba únicamente a los íntimos en contadas ocasiones.

La fiesta con representantes extranjeros no evolucionó como el Líder había esperado. Ni las generosas raciones de alcohol ni las promesas de partidas de caza y largas entrevistas exclusivas con Funeralis tuvieron efecto. Por el contrario, los reunidos recogieron con avidez lo que se les arrojaba, lo leyeron, comentaron formando grupos. Unos pocos primero y luego muchos decidieron entrar en el Palacio e interrogar a los legendarios durmientes que habían dejado de serlo y cuya historia corría en voz baja de boca en boca. El público cambió de composición, entraron personas del exterior que se unieron a los grupos y comentarios, salieron otros del palacio. Konfinátor y los suyos dejaron de ser el centro de atención, de tal forma que las luces del brillante chaleco se fundieron, la música de un ritmo desconocido apagó el discurso que intentaba declamar Polpy, el Señor de los Hechizos yacía en el suelo víctima del abuso de los caldos de marca y algunos habían hallado en la torre del Palacio, junto a una hermosa durmiente de fino mármol, un libro previo al letargo en el que se describía la anterior situación del reino, la cual, para gran sorpresa de los lectores, no era la del todopoderoso Mal balizado por la obligatoria señalización.

Konfinator andaba de sala en sala, seguido por los fieles de su corte, pero todos comenzaban a tener una terrible impresión de no existencia. Era mucho más angustioso que cuanto habían temido: Agresiones, sublevación, atentados. Los ignoraban. La mujer de Konfinátor corría tras su marido intentando, todavía, sujetar sobre su cabeza la corona de oro y susurrarle las palabras de rigor, pero era inútil y alguien se la arrebató al pasar y le dijo cortésmente que era para pagarse las honras fúnebres de uno de sus familiares. Los cortesanos comenzaron apresuradamente a intentar cambiarse de bando, pero no encontraban la señalización habitual y pasaban errabundos de una a otra sala, sin líder ni distinguir, a falta de los mantras automáticos acostumbrados, la dirección hacia el nutricio y seguro recinto de la tribu, ya como ellos mismos inexistente. Se rumoreó que Konfinátor había intentado iniciar una defensa homérica desde la torre pero que se lo había pensado mejor y se dirigía a caballo a la confortable mansión campestre de su mujer. Enseguida corrió otro rumor: Un vasallo del común, de los que habitaban extramuros pero que tenía parientes en el interior del recinto de los que nada sabía hacía varias lunas, quería a toda costa hacer llegar a Konfinátor un pliego de rogativas y agravios, en un desesperado intento de averiguar si el mal de las caras blancas había borrado a los suyos de la existencia. Sabedor de que el señor del palacio jamás permitía que se citara la desaparición, vulgo muerte, de persona alguna, surgió ante él repentinamente agitando su escrito mientras con la otra mano sujetaba las riendas del caballo. Funeralis, que estaba convencido de ser invulnerable, recibió el extenso pliego (porque las víctimas eran muchas) en pleno rostro, perdió el control de su cabalgadura, se produjo, con la brusquedad de sus movimientos, un cortocircuito en las luces de su chaleco de gala, que, perdidos los alegres colores, pasaron a parpadear en blancas ráfagas que iluminaban espectralmente en la oscuridad su rostro. El vasallo exclamó espantado:

– ¡También vos tenéis el mal de las caras blancas!

Y, al ver que Konfinátor, perdido todo control pero aferrado con ambas manos a la dorada espuela, era arrastrado por la bestia, corrió hacia el palacio para dar a todos la buena nueva.

Respecto a Polpy, su equilibrio psicológico no había resistido la destrucción de la primorosa maqueta de su vivienda. Vagaba de sala en sala intentando convencer a cuantos se prestaban a oírlo ora de que era el Mesías Igualitario enviado para sustituir a Konfinátor, ora de que sus genes procedían de Sansón, puesto que su fuerza radicaba en la maravillosa mata que cubría con su turbante, vigor del que, además, daban testimonio sus numerosas concubinas. Finalmente se subió al sillón regio dejado vacante por el Líder y, en pie sobre el asiento, procuró inútilmente atraer la atención. Nadie reparó en él. El Visir fue deslizándose hasta el suelo, pensó en la maqueta destruida de aquella mansión en la que había puesto sus esperanzas, tuvo un ataque intenso de melancolía, se enjugó con el turbante una furtiva lágrima y, antes caer en un sopor profundo, se dijo mirando a los que hubieran debido ser sus seguidores:

-No me merecen.

Había en las estancias del palacio un festivo desorden, muy distinto al que antes había reinado en el exterior, un ambiente agridulce, un hervor de comentarios y búsquedas, como si hubiera mucho que mirar y jornadas que recuperar con febril vigilia.

Alguien tropezó con un reloj roto.

 

El archipiélago Auschwitz

Madrid, mayo 2020

Podría ser Primo Levi, o quizás Amery. Fue uno de los escritores supervivientes al Holocausto, y que finalmente no le sobrevivieron porque, tras muchos años, el recuerdo venció en sus mentes. El volumen de la humillación y del dolor puede crecer, y crece, lenta, seguramente, hasta que no deja espacio a la voluntad de la vida. Recuerdo ese pasaje con cada letra, como si lo hubiese leído ayer:

Estamos en el campo de exterminio y el comandante ha ordenado formar a los prisioneros para seleccionar a los aún válidos, por un tiempo, para el trabajo y enviar a los otros a las cámaras de gas, a los hornos que humean a pleno rendimiento y transforman en vapor y nada los cuerpos. El joven escritor judío ve a una mujer que ha intentado desesperadamente pasar por joven, ha hecho cuantos esfuerzos impulsa la desesperación para que no la seleccionen entre los desechables, se ha maquillado, pintado los labios y los ojos con lo que ha podido, ha cepillado y acortado su ropa, intentado ondular su pelo, mueve incluso el cuerpo imitando agilidad.

El comandante advierte sus esfuerzos, la señala a los nazis, finge aprecio por cualquier bella muchacha que se le ofrece, hace de ella la risión de la tropa, y finalmente, tras injuriarla y tratarla de cerda, ordena, entre risas y golpes, que se la lleven al crematorio. Y ella suplica al joven judío que sobreviva para contar al mundo la historia.

La cobardía, la inmensa cobardía de este pasaje, se me ha quedado grabada en primera línea de los horrores, por la especial vileza del tipo fuerte, armado, invulnerable, adulado por el asentimiento, las sonrisas, la admiración obediente del auditorio, por el silencio enorme y el pavor de los prisioneros.

Ser mayor y el triaje, creer que esa historia de Auschwitz era una pesadilla irrepetible extraída del infierno profundo de los cobardes, del círculo repulsivo de los observadores y de los tibios. y sin embargo vivir su hedor, una ráfaga inconfundible de su relente helado, de su mezcla de desvío en la mirada, de sordidez, de voluntarias cegueras, de ojos y bocas que se cierran y no denuncian, aceptan mansa, resignada, incluso cómodamente el homicidio, la selección, el abandono, el vasto crimen, la humillación y el paso socialmente indiferente de miles de personas que dejan de serlo por su fecha de nacimiento, y son empujados a la segregación, el desprecio, a la red de prisiones, horarios, exterminios, a la vergüenza y el rechazo, a  la nada.

España 2020. La pandemia vírica. Pero no planea la dignidad por encima de una enfermedad y catástrofe mundiales, inevitables. No. Lo ocurrido en España es peculiar, tiene responsables, secuelas, beneficiarios, víctimas. Lo ocurrido en España es menos, mucho menos aparatoso, visible y horrendo que las selecciones de Auschwitz, pero ha anegado, por voluntad de dirigentes concretos y por el silencio cómplice de sus apoyos sociales y políticos, de indignidad el territorio entero, ha cubierto las cimas, minimizado los hechos. Puestos unos encima de otros, todos los bizcochos con los que se ha querido endulzar el arresto domiciliario no alcanzan a emerger de la vergüenza del tácito consentimiento, ni las voluntariosas declaraciones de valiente resistencia y las proclamas de solidaridad y actitudes benéficas ahogan el clamoroso silencio de la impunidad de los muchos, muchos miles de muertes evitables, del pavoneo en rojo en vez de en luto del dirigente. La preceptiva resignación vestida de adulación al ciudadano no enmascara el enorme rostro de la servidumbre tras el que se sitúan todas las caras, el telón sostenido por cuantos se consideran elementos a salvo del nuevo horno, del rápido, frío y lejano crematorio.

El Archipiélago Auschwitz es exactamente eso actualmente, está ahí, siempre lo estuvo, pero no se veía, es un tren silencioso de travesaños que tapizan las calles por las que los seleccionados por el poder, por los culpables impunes de millares que agonizaron solos en residencias, los ocultadores del triaje a la hora de negar cuidados médicos, echan carbón a la locomotora. Ahora es un tren silencioso, con primera, segunda, tercera clase. Los que tengan más de setenta años, podrán transitar, torpe y y patética tropa, avergonzados de mostrar a todos la edad que tienen, de exhibir que ya no son las personas que ellos pensaban ser, protegidos e iguales a cualquiera como simples humanos. Ahora los mirarán con suspicacia, a su carnet de identidad se superpondrá el de apestados porque se ha repetido que tienen mayor riesgo, y el vulgo lo entiende como que son fuentes de epidemia. Deambularán, en sus horas fijas de paseo sabiéndose brutal y súbitamente caducos, aunque fueran y se sintieran de normalidad y capacidad que a nadie, hace muy pocas semanas, se le hubiera ocurrido negarles.

Ahora el mediocre de repente promocionado a un escaño parlamentario, el imbuido de esa peligrosa mezcla de maldad y estupidez que nunca es inocente, la masa regada de temor a la epidemia, de frustración y engaño voluntariamente asumidos y feliz de que se le señale alguien en quien descargar lo peor de sí mismos y les permita mostrar su comunión con el Jefe, se siente dueña de la vida y la muerte de esos seres que ya considera secundarios, que admite tratar como cifras, respecto a los que mide la distancia y aplaude la segregación incluso enjalbegada de especiales cuidados por las oficiosas directivas. Es la misma masa que abucheó al gobierno legal y no a los asesinos en el 11 M, la que sólo desea gratuidades y repetir las consignas del cacique, la que lleva décadas pagando bovinamente el chantaje dual que permite no incluirlos en la imaginaria, pero omnipresente, tribu de los malos, en la rentable y provechosa guerra repetida sin descanso, en la ficción nutricia de generaciones de parásitos.

Ahora, como una maligna lluvia de primavera, el virus ha hecho brotar en el común de los creyentes incondicionales del Jefe y su corte la hez de sí, ha exacerbado la ceguera selectiva poblada de corbatas rojas, ha anulado de la vista y del oído todas las alusiones a la tragedia, su calendario, fechas y responsables, ha prohibido la memoria de los muertos, ahogado, sin aire, sin testigos ni palabras, su agonía. Como ocurrió con el antiguo horror y su lenguaje. Bajo un cielo de mayo y de verdores donde de un sol a otro nadie, excepto los del poder y del consenso, estaba seguro de ver el sol siguiente y, ante ese horror en toda su crudeza, no había extremos de sumisión bastantes.

No, no al paseo a la hora y edad fijas. A la mía he recorrido y recorro el mundo por más de cien países, sola, como sola vivo. No soy ganado que, según una fecha, seleccionan. Nada tengo en común con una tribu diseñada según la conveniencia. Defiendo la libertad y me defiendo del creciente hedor totalitario, de la infinita repugnancia que, sin virus, me ahoga con el sabor de la miseria cotidiana, de las vocaciones de esclavo que no esperan para aflorar sino ocasión propicia, de matanza de tales dimensiones que no admite siquiera comentarla, que se teme admitir y es preferible que anónima repose en los guarismos y delata al Gobierno indiferente a cuanto no es cargo y propaganda. Veinte, treinta, cuarenta, más mil muertos evitables, culpables sin castigo, sin cárcel, sin oprobio. Días, semanas, meses, cada hora de libertad y espacio secuestrados. Gozos, aire, bullicio, primavera, cafés en la terraza, mostradores de bar, ilusión de los cines, pulso, salas, cuadros de la ciudad, mar, montaña, el abierto camino, el horizonte, todo robado, todo, más que en país alguno, además de la vida y la evidencia. Un delito de tales dimensiones escapa a cualquier marco reparable, y a él se suma, incluso en los más tibios y en la red general de los parásitos, el peso del apoyo inconfesable de quien siempre asintió a cualquier cacique so pretexto de mal inevitable.

Ya no se va ni inmune ni igual entre los otros por la calle. Se sale del portal, como del tren, al andén de la ciudad súbitamente hostil, callada, triste. Posiblemente la policía, y cualquiera con frustrada vocación de comisario, mirará si se tienen canas, si se aparentan más o menos años de los establecidos, cuántas arrugas delatan la inclusión en la categoría desechable. Habrá, como la mujer del campo de exterminio, pero ahora en un espacio no inmediatamente mortal pero sí humillante y agresivo de tono menor, que maquilarse, escoger el disfraz que tal vez quite años, fingir agilidad, disimular torpeza. Todo para ser, estar como persona igual entre las otras, para rechazar la repugnancia del ghetto cronológico, para luchar contra esa chimenea a unos metros, a unos kilómetros que ahora han sido, y pueden ser, las salas hospitalarias donde, por selección, el viejo muere. Con rapidez y rodeado de un mar de silencio ciudadano, de gentes unidas por la vileza de asumir juntamente las consignas de los responsables y lucir, visible o interiormente, cada uno su corbata roja y el aquí nada ha pasado, nadie es culpable, los de arriba son buenos, pobres víctimas ajenas a las crudas cifras que muestran el papel puntero de España en muertos, en afectados, en criminal negligencia del Gobierno atento sólo a su burda propaganda, al populismo barato, al baño de multitud y de la peste. Con un público que aplaude siempre al más mediocre, al que se riega con generosas raciones de rencor, de envidia y de promesas de robo impune, dependencia y limosneo.

En el andén de las horas y días fijos ya no hay terceras edades ni mayores. Todos han pasado a ser viejos y ancianos, con su estrella amarilla de desprecio y la apenas velada certidumbre de que sobran, no votan al cacique, se comen las raciones que escasean, mantienen el peligroso haber de la memoria, la resistencia al fraude y a los mitos.

Todos los Auschwitz están pavimentados con adoquines grandes y pequeños, con supuesta eficacia y con la indiferencia, con el rechazo de la condición humana de semejantes, con la infame trilla en función de la edad o del origen. Y son las mismas losas, de distinto tamaño y materiales. Y son los mismos rostros del silencioso que ve y que aparenta que nada ocurre, que nunca hubo culpables ni hubo miles que fueron conducidos a la fosa, que hoy viven en el ghetto civil, en la muerte lenta observada por otros que tienen menos años.

Rosúa

Madrid, 14 de mayo de 2020

LA GUERRA SALVADORA

 – Y ahora ¿qué podemos hacer?

Desde la ventana, a lo lejos, en una calle lateral, Konfinátor divisaba una muy larga línea -simples puntos sobre la acera- de personas inquietas

– Mirar para otra parte, por supuesto. -le respondió el Asesor de los Asesores, Polpy, primus inter pares si se entendía por pares el Presidente mismo y que, además, entre otros cargos, era Secretario General del indispensable partido de apoyo Jemeres Urbanos.

Polpy sabía su poder y se sentía temido. Nadie como él para encender, con masas enfervorecidas, la calle, para llenar en tiempo récord el espacio sonoro de gritos y consignas, para garantizar a su alter ego, un tanto solemne y envarado por el cargo, una imagen popular y comprensiva, atenta a los más necesitados.

Estaba acostumbrado al éxito, al desconcierto y miedo del contrario y al estupor que producía la alternancia entre la inesperada solicitud de sus susurros, que casi rayaban en la ternura, y la ferocidad de su repentino ataque.

Se acercó a la ventana y no vio enemigos, en los que englobaba a cualquier adversario. Sin excesiva familiaridad pero con la camaradería del ya largo trato, echó a Konfinátor el brazo por el hombro. Éste no cambió el gesto, siguió con la mirada fija en la calle. Polpy sabía que, como él mismo, el Presidente no experimentaba la menor compasión, que el absoluto y frío distanciamiento respecto a las situaciones ajenas era el rasgo más importante que los unía. Uno y otro concentraban vista, pensamiento y todos sus sentidos en las finalidades que respectivamente se habían propuesto y en el botín en el que, una vez obtenido, hincaban los dientes y constituía en exclusiva su presente y su horizonte. Eran muy distintos pero iguales en la fijación de su capacidad perceptiva, y eso les permitía presentar, con tonos de sinceridad profunda, la realidad como a cada cual le convenía en cada momento que ésta fuese, sin el menor problema de fidelidad o verosimilitud. La imagen que verbalizaban y se había formado en su cerebro no entraba en ninguna contradicción con los hechos objetivos, ni con sus sucesivas afirmaciones, porque, con el automatismo de un tratamiento fotográfico, se había ajustado en origen al estricto marco de cada interés primordial, mecánico, nítido y perfectamente ajeno a la marejada de sentimientos, dolores, alegrías y vivencias de los que consideraban, aunque los interesados lo ignorasen, fragmentos de dos ejércitos  El que le apoyaba y el que no

Las colas callejeras se habían multiplicado, aglutinados los puntos que veía en las aceras por inquietudes y necesidades. El mayor afán de ambos dirigentes se había centrado precisamente en evitar que sentimientos y percepciones reales tomasen forma, se materializaran en expresiones verbales que, de por sí, encerraban las armas peligrosas de hechos irrefutables y conceptos. Polpy, en ese sentido, había sido y era insustituible para Konfinátor, le había repetido hasta la saciedad que no había enemigo tan poderoso como una idea encerrada en palabras, sus vehículos transmisibles. De ahí el empeño, muy logrado pero que en aquellos malos días parecía en riesgo de resquebrajarse ante los tenaces embates de los hechos, de sustituirlas por una reducida y reiterada sucesión de imágenes recortadas sobre un fondo de incertidumbre, miedo y dualidad necesaria.

– No sé de qué te preocupas. -El Asesor de Asesores señaló a las filas de ciudadanos quejumbrosos, muchos con bolsas en las manos esperando recoger algo, otros comentando con evidente disgusto alguna noticia en un periódico enemigo o, quizás, la negativa a atenderles en un centro oficial cercano. Y añadió:

_ Cuanto más necesiten más nos necesitarán.

Konfinátor asintió, sin mostrar su habitual gesto de gran confianza. Tenía un repertorio de expresiones limitado respecto al que se atenía a lo que prescribían las circunstancias y las instrucciones al respecto. Polpy sintió cierta inquietud. Era hombre de reflejos y salto a las oportunidades. Tuvo la percepción rápida de que cumplía adelantarse a los acontecimientos. El terreno de batalla no les era propicio, luego antes de enfangarse más en la situación lo adecuado era dejar que se enfangase el enemigo, enviar al sacrificio a parte de sus tropas, dejando en la clandestinidad victimista una reserva, y cambiar rápidamente de escenario. Tiempo habría de reemplazar la tarjeta de embarque por el laurel.

Hizo ademán al Presidente de sentarse a la mesa, y le dijo:

– Necesitamos una guerra, otra guerra.

-. ¿Cuál? No podemos montar otra aquí, ahora. Ya la teníamos, siempre la hemos tenido: Pobres-Ricos, Derechas-Izquierdas, Progresistas-Reaccionarios, Fascistas….

– No, hombre. Otra guerra.

– La tenemos. La Civil del 36, la de siempre, siempre ganándola.

– Hazte a la idea de que eso está muy visto. Renovarse o morir.

Polpy sacó un fajo de papeles de una de sus variadas carteras ministeriales y explicó a Konfinátor, que parecía desconcertado y alarmado incluso y se había aflojado la corbata, siempre roja:

– He escogido, de esta lista, varias alternativas extremadamente oportunas. La primera: Declaremos la guerra a Australia.

Konfinátor le miró con incredulidad. El Asesor Máximo no dejó espacio a la reflexión y entró en detalles:

-A Australia, sí, por supuesto. Tengo las estadísticas de la pandemia que hemos padecido y todavía no dominado. Pues bien, somos los peor valorados, el Gobierno más ineficaz que ha dado origen al mayor número de víctimas, millares de muertos y más de infestados. Australia, sin embargo, figura entre los países mejor situados al respecto. Esto es insufrible, ignominioso, una ofensa para la dignidad nacional (así habrá que presentarlo). Guerra a Australia.

El Presidente parecía desconcertado pero no dejaba de atraerle la opción. . Era amigo de golpes de efecto que no requiriesen profundas reflexiones, estudios ni acuerdos y en su mente se movía junto a la mesa de un casino en el que él desbancaba a sus rivales con apuestas imprevistas. Decidió introducir un factor que demostrara sus dotes estratégicas. A veces precisaba mostrar a Polpy que su Asesor no era el único ideólogo del tándem que formaban, y también él tenía conocimientos y capacidades estratégicas.

– Australia está lejos, bastante lejos. Eso es una ventaja para esquivar el seguimiento bélico y presentar a la población inevitables gastos de logística y transporte.

Polpy añadió, tras un breve y simbólico aplauso:

-Mientras le declaramos la guerra, planteamos su desarrollo y redactamos condiciones para que se avengan a firmar una paz honrosa y rectifiquen su estadística comparativamente ofensiva, es muy probable que la situación aquí nos permita volver.

– ¿Y las demás opciones? -inquirió Konfinátor.

Polpy sacó un nuevo folio de otra cartera:

– Sabrás que se duda sobre el estado de salud, e incluso se especula acerca del fallecimiento, del Líder Supremo de Corea del Norte. Es una ocasión. Necesitarán un reemplazo y, como entre ellos las relaciones de los posibles sucesores son tensas, podemos postular perfectamente al puesto. Tanto más cuanto que somos hermanos de ideología.

– ¡La guerra a Corea del Norte! Ésos tienen misiles nucleares. Ni te lo pienses, y que no salga de aquí la idea. -el Presidente miró a su alrededor en un gesto instintivo de búsqueda de micrófonos ocultos.

-No, hombre, no -le tranquilizó rápidamente su Asesor en jefe- De guerra nada. Al contrario. Allí hay serias posibilidades de que el puesto presidencial se quede vacante. Con mi asesoría ideológica, tus antecedentes y tu prestancia no dudo de que estarían encantados.

Konfinátor parecía dudoso pero no descartaba la posibilidad.

Fue hacia la ventana. Las inquietantes colas de gente aumentaban. En Corea del Norte no hubiera pasado. Polpy, que cuando tenía una propuesta no soltaba presa, se situó junto a él. Durante unos instantes ambos se deleitaron con la misma idea: Les surgió el recuerdo de las imágenes televisadas de los funerales del líder norcoreano padre del actual, y se vieron, con un placer rayano en el éxtasis, rodeados de una multitud que lloraba a gritos y a lágrima viva su ausencia mientras un eficaz cuerpo policial apuntaba, para denuncia y severas represalias, a los que no habían mostrado su dolor lo suficiente.

– ¿Más opciones? – preguntó Konfinátor.

– Alimentar mejor las guerras de aquí. Las que nos salvan siempre.

 

Madrid, 16 de mayo de 2020

La luz roja

 Nada o bien poco es la epidemia del virus, de alcance y duración limitados pese a todo, en comparación con el golpe de Estado fáctico que se va imponiendo sobre una ciudadanía anestesiada y paralizada por el miedo o inmovilizada por el recurso a la fuerza. Un miedo inseparable de la calculada incertidumbre, la arbitrariedad, la ignorancia y una dosis de simple maldad nada desdeñable de los que se han aupado hasta el Gobierno. Prácticamente en horas veinticuatro la vida de cada cual ha dependido solamente de las decisiones de lejanos jefes, su encarcelamiento y control es completo, la red de denunciantes capilar porque de cada uno se ha hecho el potencial causante de la agonía de los otros Las antaño fuerzas de protección civil se han mudado en hombres de mano del cacique, los antes mayores y ahora viejos eliminables pueden, deben morir, y, sin gasto de energía en silla eléctrica. Bastará con ordenar en cualquier momento su ingreso en un hospital donde atraparán ciertamente el agente del contagio y se les dejará perecer de asfixia porque no valen la pena. Todo asomo de dignidad, valentía y derechos se ha perdido. El miedo ocupa hasta el último resquicio de vida y libertad, sin justificación proporcional alguna con la profilaxis real y la pandemia. Simplemente se ha aprovechado la circunstancia para convertir, terror y propaganda mediante, a la población completa en un ganado manso, sumiso a cualquier obediencia, ansioso de besar la mano que le arroja algún breve alivio y de mirar con reproche al que ose criticar la norma.

Con el empleo a grandes dosis del instrumento del pánico avanza por España el golpe de Estado fáctico, vencedor por incomparecencia de contrarios, y hace de ella un campo de concentración, incrustado entre normales democracias europeas y dirigido a toda máquina hacia un totalitarismo comunista tanto más peligroso cuanto que parece increíble, insólito e imposible a estas alturas. Pero no lo es. El país entero es un botín del inmenso robo planeado y efectuado con extrema rapidez antes de que se recupere el adversario. Es un golpe de Estado en toda regla con el que, mediante el temor, el control de fuerzas antes del orden y ahora a su servicio y la colaboración de tibios, logreros, estafadores, medios de comunicación y mafias sociopolíticas diversas, se devoran cada día y con cada disposición enormes trozos de libertad, hasta no dejar de la estructura democrática y la Constitución sino la fachada y las cáscaras verbales.

La indispensable arma del miedo se maneja en volúmenes descomunales, potenciada por el nada inocente anuncio de que España tiene un muy bajo índice de afectados. Esto significa que la mayor parte de los ciudadanos carece de defensas y, por lo tanto, el mensaje subliminal es claro: No puede recuperarse la libertad, nunca en la práctica. No habrá derechos, ni movilidad ciudadanos ni se cumplirán las leyes porque el país entero estará indefinidamente sometido a lo que los dirigentes dispongan. A la inversa actúan los demás países civilizados. El Gobierno alemán alertó desde el principio de que más de un ochenta por ciento de la población iba a pasar por el contagio, y ahora recuperan sus libertades y sus vidas. En sentido opuesto, al Gobierno de España le interesa mantener en estado de perpetua zozobra a la gran mayoría de los habitantes, sin defensas y en espera ser fatalmente infectados.

El golpe de Estado oficioso está en marcha, y a marchas forzadas. Ha dispuesto por omisión impunemente de las vidas de miles de ciudadanos, desprecia y segrega según la edad que se tenga, acostumbra a la sociedad a participar y a hacerse cómplice de hechos y actitudes arbitrarios, ridículos, criminales y cobardes, destruye democracia y derechos, impone como formas de ser aceptables y habituales la mentira, la represión, el odio y la envidia. Se ha encendido la luz roja. Y es de verdadero peligro al lado del cual el virus, transitorio y no humano, se reduce a un desdichado accidente que ha sido y es utilizado para envilecer, dominar y hundir en el totalitarismo de baja estofa y en la miseria moral, cívica y económica a toda una nación.

 

Madrid, 23 de mayo de 2020

¿PARA CUÁNDO LA ESTRELLA AMARILLA?

 ¿Para cuándo la estrella amarilla? Porque esto no es inocente. Nadie es tan imbécil como para no advertir que, si decreta que los mayores de setenta años son “personas de riesgo”, el vulgo lo que va a entender, no es que la enfermedad sea en ellos más grave, sino que la transmiten más. Y el aparente estúpido benéfico sabe bien que, si ordena para ellos horas y zonas especiales, los está reduciendo a la categoría de leprosos, de no-personas normales con sus derechos. El fabricante de ghettos ya tuvo buen cuidado de reemplazar “tercera edad” y “mayores” por “ancianos” y “viejos” = desechos contagiosos. Sabe que le aplaudirán los que consideran que esos nuevos judíos sobran para así dar paso a los de cuarenta años. El sicario solícito no ignora que esas gentes a eliminar -por miles en las residencias o en la soledad de sus casas- o a encerrar y sacar vigilados peor que un perro tienen memoria y no votarían a sus jefes. Y sabe que es rentable azuzar, junto con el miedo, los peores instintos de la masa.

Venga, valientes. Yo, que me he recorrido y sigo recorriendo, sola, más de cien países y he escrito varios libros, yo, que os desprecio infinitamente y desprecio que hayáis envilecido el mío hasta tal punto, os reto desde aquí a algún tipo de confrontación intelectual con un no-judío actual, es decir, el de menos de setenta años que os plazca.

Y de paso echamos un vistacillo al currículum vitae.

Mercedes Rosúa

Rosúa

 

 

BAJO LAS TERRAZAS

 Madrid, 30 de mayo de 2020

El hervor de conversaciones que buscan imponerse en el intercambio confuso de sonidos, los saludos, risas y gestos que desbordan el brocal de de cada rostro, la ansiedad de ocupación de las terrazas y el flujo de nuevos adictos al deporte y al paseo acotado y dirigido han cubierto, con la rápida inconsistencia del subir de la leche, las calles recién autorizadas, con limitaciones y reparos, para una apariencia de vida normal.

Pero no lo es. Se ha abierto una brecha, se vive un paréntesis. La sociedad no es ni será ya una. Tiene defraudadores nefastos y visibles en su misma cúpula contra los que ni se atreve ni apenas sabe protestar, castrado el ánimo por el reparto masivo, bajo un confinamiento insólito en Europa, de un miedo a la muerte ante el que toda sumisión es poca Y acepta mansamente dirigir su terror, agresividad reprimida y frustraciones hacia los que le han colocado como diana, cuantos han sido, por su fecha en el carnet de identidad, etiquetados con el marchamo de viejos e, implícita y falsamente, peligrosos. Ha vivido, y vive, la experiencia de su pequeño Holocausto, de sus judíos light al alcance del comisario vocacional. En su gran mayoría, aplaude el nuevo apartheid, siguiendo el ejemplo y consigna del que ocupa el poder, al que prefiere seguir considerando el bando de los Buenos en la ancestral dualidad sin la cual en España no se sabe vivir, hablar ni pensar. Se necesita abrigarse en uno de los dos rediles imaginarios y celebrar, con el pastor magnánimo, que le aflojen la cadena y le permitan algún tiempo de asueto.

Mientras, los ganadores de la única dualidad real, la de Parásitos y no Parásitos, los de la guerra y el maniqueísmo inventados al efecto, ven llegada su gran oportunidad y prosperan.

En estas islas de euforia no hay una sola referencia a los recientes y aún frescos y humeantes horrores, no se desliza crítica disonante alguna, ni reflexión ni constatación siquiera respecto a que su país, cuyo nombre, símbolos y lengua prefiere se omitan, sea ejemplo mundial de negligencia y mortalidad proporcional. Ni la más leve alusión a cifras incontestables y a víctimas que no son debidas al carácter global e impredecible de la catástrofe ni a la torpeza inocente sino a la política de propaganda y a la ambición gubernamentales, al ensayo general totalitario gracias a la oportuna plaga. La libertad, la dignidad, el respeto en igualdad de las personas por el simple hecho de serlo, están ausentes. En las aceras acompaña a los brindis y a las voces el reverso de un silencio oscuro, el vacío sobre la selección y abandono de aquéllos, miles a los que por su edad se les ha cosido la invisible estrella amarilla de apestados. Los que en otros lugares serían ciudadanos son en España grupos segregados, reducidos a ghettos espaciales y temporales, o cadáveres que, al parecer, a nadie importan. Tan sólo cuenta el consumo febril y agradecido de la ración de ocio ofrecida por el Jefe, las tapas y el silencio en cuanto a temas desagradables, inoportunos, que son empujados, con las migajas y desinfectante, debajo de la mesa

Los bares con terrazas son islas afortunadas y, como las sillas, objeto de codicia. En ellas se arracima la nueva aristocracia de los jóvenes, la tribu victoriosa sin batallas a la que, por el simple hecho de haber comenzado a existir recientemente, todo se le debe. Suyos son el territorio y el festejo, cualquier futuro, de años o de minutos, cualquier vida. Ya no forman parte por igual, por vez primera, de la especie humana todas las personas. La peste, repentina como un hacha, ha multiplicado su mensaje por y en todos los medios como jamás había ocurrido con plaga alguna, ha segado, arrinconado, barrido a miles de habitantes, sin que en apariencia se repare en ello, sin que se perciba el menor hueco ni el discurso oficial despierte reproche, repugnancia o risa, sin que en el jolgorio, anécdotas y relatos sólo atentos a las relaciones inmediatas se abra la ventana más mínima, por casualidad, con vistas a muy distintos horizontes, al páramo, inexplicado del muy reciente horror, al juicio inapelable de los datos y cifras que tienen un origen, una causa, rostros televisivos, nombres, cargos, sueldos, manos.

Nada importa ni existe fuera de la homogeneidad del risueño paisaje, del remanso de gozoso intercambio y de exhibición del triunfo incontestable de la gran tribu de cuantos, por su edad, no han sido incluidos en la leprosería. El archipiélago de terrazas y bebidas, envuelto y acariciado por su marejada de fiesta, y por los mimos del poder más fácil, ignora en sus círculos de platos y vasos, de ropa al fin de estreno y de intercambios, la corriente cansina, silenciosa de aquéllos que enfermedad y muerte han desdeñado y que pasan con cierto aire de excusa de estar vivos, de ocupar todavía algún espacio. Es la corriente de edad casi prohibida que por primera vez se sabe ganado de redil y matadero, miembros del no-personas que ha pasado a ser última clase, excluida del mundo de la estética y la imagen.

Se vive intensamente en las aceras. Y esa intensidad no es alegría, no es el normal alivio tras encierro ni el derecho vital recuperado tras la larga victoria. La ebullición triunfal es un paréntesis, cada cual en su círculo, en su esfera, en la burbuja que no roza nada que estorbe a sus colores irisados. Debajo de las sillas y bebidas hay una grieta, un espacio profundo en el que reposan, ni vengados ni siquiera aludidos, miles de fallecidos, agonías de asfixia y soledad, indefensiones, de un silencio brutal que tiene origen y rostros de quienes nunca los miraron ni los visitaron ni afirmaron siquiera, con gesto de dolor, que merecían duelo y atenciones. Sobre cada abandono hay el brillo insultante de una corbata roja inalterable, del dirigente que nunca los citaba, del que jamás fue a verlos, del que callaba para no nombrarlos.

Es todo un gran paréntesis, que encierra otros y a su vez habita en paréntesis sin los cuales el peculiar ganado ciudadano de los apriscos fijos, seculares, no sabría vivir. Es un lugar que no sale, como otros, de la plaga porque no es un país y bien lo sabe. Son racimos de charlas, de festejos, de despreciados y de segregados, de caras y de nombres que se evitan u olvidan, de trozos de holocaustos, de desapariciones digeribles siempre y cuando se acepten los discursos del jefe de la tribu y, enseguida, se ocupe un lugar en la terraza. No es un país. De todo se avergüenza. La memoria será la que le ordenen. Igualdad en asientos y en las tapas. Una vaga esperanza de propinas y de gratis total, el diploma automático, la subvención segura, casa, mantel y voto por supuesto.

Bajo las mesas un oscuro estrato de lo que no se habla ni se piensa. El antes y el después. En medio nada.

Rosúa

 

 

Madrid 7 de junio de 2020

En el bullicioso andén de Auschwitz.

Ya estamos a la altura de Alemania, al menos sí en el buen camino. No en el progreso económico, en el rendimiento laboral ni en en la seguridad ciudadana, pero sí en el remedo de la eliminación selectiva de los seres humanos, en la eutanasia y en la eugenesia, en el pequeño holocausto, con retraso, pero más vale tarde que nunca. Los mismos españoles que se vanagloriaban de su falta de racismo, de su horror y lágrima fáciles cuando veían en la pantalla los campos de exterminio, el gas zyklon y la masa de cadáveres judíos no han movido en su gran mayoría dedo ni lengua cuando del asesinato masivo de sus compatriotas se trata. Los señores diputados han escuchado, quizás con cierta incomodidad pasajera que no ha afectado a su puesto ni a a su sueldo, el relato a más no poder reciente y verídico, de cómo los médicos -da cierto rubor escribir la palabra- iban por las habitaciones de residencias señalando a los que había que dejar morir con dosis de morfina. Y ni uno solo de los diputados se levantó y abandonó con horror el Parlamento tras acusar al Gobierno en pleno, sumo e inexcusable responsable de una de las mayores negligencias homicidas que registra la Historia, de millares de muertos. Nadie en la España de 2020, ese pobre país que se avergüenza de llamarse nación y decir su nombre, se horrorizó visiblemente, renunció a cuanto hubiera que renunciar y denunció, desde la cortaba roja y festiva con la que el Presidente alardeaba de su indiferencia hacia el holocausto light, hasta el último de los apoyos silentes que permitían tamaño espanto, pasando por el visir apalancado en su escaño y su riqueza reciente, impasible el ademán mirando siempre al frente para no ver atrás el montón de cadáveres que ignora.

El nuevo andén de Auschwitz está concurrido, en él se apiñan cuantos sobrepasan los setenta años. En terrazas próximas reinan el bullicio y la indiferencia respecto al andén de enfrente. De los vagones que son cuartos de residencias y de pisos particulares descienden o se resisten a descender multitudes que han sido nombradas globalmente ancianos, sinónimo de enemigos del pueblo, infecciosos, peligrosos y desechables. Bajan a trompicones, en su mayoría no se atreven siquiera a protestar ni llamar la atención. Han interiorizado su sentencia, la premura inminente de su asesinato legal en soledad y sin el menor recurso. Ha sido uno de los más rápidos procesos de pena de muerte jamás dictados. Aturdidos, abrumados por el repentino cambio que les arrebata el derecho a la vida, los que se creían ciudadanos reciben la sentencia de droga terminal y, aunque alguno grita, su grito no llega al otro lado, el de los de menor edad. En él se celebra, con botellón y expectativas de diversión y paga próximas, el espacio dejado por los que se van transformando en humo de crematorio. En el lugar del bullicio y del olvido, según la doble selección avanza, oleadas de exentos de la muerte por decreto se unen a la alegría de la fiesta. Ninguno mira hacia el andén de enfrente, y reservan la lágrima para el maltrato a especies animales protegidas y para los crímenes raciales en América.

Los del marchamo de la solución final, sabedores de su suerte, antes se han resistido, se han escondido, en silencio, evitando sobre todo acudir a centro sanitario u oficial alguno, sabedores de que firmaban, al ser fichados, su sentencia, que la nota con su edad y nombre era el pasaporte al exterminio, a la sala plagada de contagios, a la leprosería, a que se abominara hasta de verlos. Han pasado en horas veinticuatro de ser personas a categoría infame y perseguible. A nadie se ha degradado tanto en tan corto espacio de tiempo.

La capital europea del complejo, la indiferencia, y la envidia, a falta de mejores referentes, se afanó en los esquemas genocidas que cumplen pronto un siglo. Lo hizo en el formato restringido que le permitían las circunstancias, pero no ha dudado en recurrir a él en cuanto la ocasión se ha presentado, sin horror, sin escándalo, sin el más mínimo cambio en el Gobierno, sin protestas en prensa ni en las calles. De las peores brasas de Alemania, hoy país noble, rico, libre, España ha recogido su mezquina, apresurada, pequeña antorcha, el horario de trenes a la nada, el profundo desprecio de lo humano. A su medida de país que no merece serlo.

Rosúa

Madrid 19 de junio de 2020

Escuela de servidumbre

– Hay que obedecer a los que mandan.

El señor de pasados los cincuenta años está empeñado en demostrar, frente al vigilante del parque recién abierto, a la visitante que ha planteado preguntas y a quien quiera oír su elevado tono de voz su absoluta fidelidad a las órdenes del que esté arriba, el Presidente y adláteres, los cuales al fin y al cabo justifican cualquier disposición con el irrefutable argumento de que es para salvarle la vida, oportunísima variante, servida por las circunstancias, del “Es por su bien”. En el régimen de completa falta de libertades del individuo, súbitamente diseñado e indefinido y renovado según el solo criterio del Jefe del Partido, no ha lugar para críticas, razonamientos, discusiones ni denuncias. Cuando se ha colocado sobre las cabezas de la población una miríada de espadines de Damocles fabricados con los trozos de la espada que era símbolo de la defensa de la Justicia todo está permitido al Poder, la indefensión ciudadana es completa, la impunidad del núcleo directivo, que se ha alzado hasta la cima parlamentaria sobre una plataforma de populismos y espurias alianzas, es absoluta. La realidad, la Ley, la verdad no existen, se vierten en moldes y se trocean y distribuyen según conveniencia, el conjunto regido por la providencial causa de fuerza mayor y digerido y asumido, con mayor facilidad a cada hora que pasa, por un público que de ciudadano ha pasado a ser siervo, en una escala de degradación directamente proporcional a la delegación de espíritu crítico y libertades. El Bien se identifica con ese remedo de felicidad que es la sumisión al Dueño que garantice seguridad aparente, y la sociedad se desliza hacia un indefinido y variable Estado de Alarma sin otros límites que la imposición arbitraria y personalista del Líder y la identificación como “enemigos del pueblo”, útiles para verter la agresividad inconsciente acumulada, de cualesquiera que osen contradecirlo.

La servidumbre, en principio potenciada por la brusquedad de las drásticas y repentinas medidas tomadas al comienzo de la pandemia que han desarmado, de entrada, las defensas racionales y la capacidad de distanciamiento individual, irá luego por etapas. La parálisis inducida de toda actividad personal y laboral, la desmesura y sobreactuación gubernamentales y sus consiguientes y nefastos efectos sociales y económicos se verán blindados por su propia e inevitable dinámica totalitaria, por la imposibilidad de oposición y expresión debida al confinamiento, por el temor a males mayores y por la inseguridad y repentina ausencia de horizonte y alternativas viables. El individuo ha sido enterrado por una avalancha mediática y bajo ella, que se renueva cada día, permanece. Por supuesto, la gestión oficial podría y debería haber sido eficaz, las medidas adecuadas, la actitud gubernamental honesta y no centrada, como lo ha sido, en la propaganda y en las propias ambiciones. No lo fue en absoluto, ha reducido un país libre a un coto particular de servidumbre de cuyas parcelas Partido y Líder otorgarán franquicias según intereses y subarriendos y en el que han colocado, para esparcimiento de los vasallos, orquestas ideológicas ayunas de cualquier formación que sobrepase el recitado de los mantras de la moral única.

El señor del parque se ha descubierto una vocación de esclavo, que comparte cada vez con mayor número de adeptos a la delegación de los derechos y la libertad personales en pro del cálido refugio que les ofrece el Líder salvador a cambio de apoyarlo sin reservas, generalmente en un mundo dual, falso pero tan útil como fácil y primario. El señor que proclama su fidelidad es, sin saberlo, un fenotipo, una fotocopia que se ha multiplicado y esparcido progresiva y abundantemente según ha transcurrido la pandemia. La fotocopiadora, la grande y prolífica máquina, se diría que ha enloquecido, y derrama sin cesar, y sin límite alguno, consignas, canciones, exhortaciones, jaculatorias triunfalistas, laudes familiares, maitines new wave, boletines de noticias seleccionadas, pulidas y tratadas para que se adapten al marco preceptivo de la bondad de los superiores y el mal pasajero. La profilaxis ha sido convertida en una sembradora frenética de miedos, resignación, sumisiones y ríos de dulzona salsa que confluyen en el agradecimiento al Líder. Ningún absurdo podrá ser calificado como tal, ninguna mentira denunciada, Para demostrar adhesión, gratitud y fidelidad al Jefe todos los asentimientos y obediencias serán pocos, y preceptivas las indignaciones, las ráfagas de reprimida violencia que se descarguen contra el discordante. Porque siempre el ataque al semejante que destaca y que rechaza pastor y rebaño es proporcional a los extremos de servilismo al opresor.

El hombre de escaso pelo gris habla con el guardián del parque, el mínimo, pero, a fin de cuentas, representante de la autoridad que ha encontrado, y, tomando como auditorio al peatón más próximo, profesa fidelidad a todas y cada una de las normas, a la lista kilométrica de prohibiciones que vetan servicios públicos, bancos, pistas, carreras, paradas, comentarios. El denso público ha acudido al reciente y glorioso evento de la apertura de la verja, tras meses de privación de césped, setos y árboles., y discurre, en denso flujo al que está vetado tanto detenerse o sentarse como apresurarse en exceso, por los carriles permitidos, circulares, evocación de un Dante diurno y urbano, un Dante sin atributos que agradece el segmento de asueto. El público ha deglutido, sin mayor esfuerzo, la segregación, para miles con efectos letales, de una capa amplísima de la población en función de su fecha de nacimiento, ha rechazado darse por enterado del nunca antes visto apartheid e interioriza como natural el rechazo de personas que considera, gracias a una nomenclatura oficial ambigua y dañina, malsanas. El ciudadano, en su mayor parte, ha comulgado con fragmentos del Estado de Alarma cortados a su medida, y se hunde blandamente, entre los aplausos del Dueño, en una degradación que, a trueque de un aparente plus de seguridad, le hace cómplice e incluso le promete gratuidades y dádivas que, en el fondo, se saben de ficticio cumplimento y que le harán pobre, dependiente y miserable.

La democracia tiene la molesta característica de plasmar en resultados y en números lo que una comunidad realmente es, no lo que dice ni lo que pretende ser, por sus propios merecimientos y decisiones. En el caso español, se trata de un país en el que la dispersión tribal y la envidia no le permiten serlo, avergonzado de sí mismo y con fuerte querencia de cacique, una desdichada excepción en el conjunto de las naciones, entre las cuales sólo por inercia y nominalmente como tal figura. No es ni quiere ser nación a la par de las europeas y no europeas, como ha demostrado de forma palmaria en las elecciones. Tuvo un periodo digno de tal nombre, hasta los años ochenta del siglo XX y entró luego en un proceso de disgregación y abominación de sí mismo. En estas primeras décadas del XXI no pasa de enjambre de intereses fiel reflejo de una población sin conciencia general ciudadana ni interés por la verdad o por escala real alguna de valores, un colectivo que puede mostrarse solidario por momentáneos impulsos afectivos pero que luego carece de coherencia, exigencia moral y reflexión intelectual, dado posiblemente a chispazos de aspiraciones y logros positivos de cuya fugacidad dan muestras el olvido de la pasada  envergadura de aspiraciones y la altura de miras que dio origen a su Constitución.

El filtro inverso que potencia lo peor y a los peores, ese peligroso envés de la democracia, se ha visto apoyado en España por un inesperado y providencial socio, cortado a su medida y similar al General Invierno, que hizo perder la guerra de Rusia a los alemanes durante la II Guerra Mundial. Aquí se trata del Capitán Miedo, con mando en plaza pero que al formato de la gestión española se queda en Cabo Chusquero. Ninguno tan eficaz cuando se quiere reducir a la nada las defensas, físicas y sobre todo psicológicas de los ciudadanos, cuando se pretende transformarlos en horas veinticuatro en una masa acobardada y dispuesta a asentir y someterse a cualquier iniciativa del Gobierno, por absurda, torpe, contradictoria y desmesurada que ésta sea, so pretexto de salvar sus vidas. El Capitán Miedo ha hecho sonar el toque de queda y se reserva la potestad de imponerlo siempre que lo desee. Con su vigoroso respaldo todo, absolutamente todo, está permitido al Partido y su Presidente y éste sabe que no habrá objeción alguna, y ni siquiera extrañeza ni comentario, por muchas contradicciones sucesivas, empecinados silencios y completa ausencia de credibilidad de sus afirmaciones. El Líder puede estar seguro de que será votado, aplaudido, alabado sean cuales fueren sus discursos y actos, que la ruina económica, la fragmentación y desmembramiento nacionales y el reparto como botín, entre amigos y afines, de presupuesto, territorio y cargos no hallará resistencia, porque el espacio cívico lo ocupa, en apretadas filas, el destacamento del terror y desconcierto, de la ansiedad e incertidumbre al que ha abierto las puertas el manejo interesado de la pandemia con su cortejo de indefensión y silenciado pánico. El Capitán Miedo ha reemplazado la realidad, la evidencia de datos, comparaciones y análisis por la única perspectiva de una mente genuflexa que ha renunciado a sus derechos y sólo busca líder, salvación y olvido, como si no hubiesen existido jamás, de las víctimas. Bajo la euforia aparente del gran peligro que se considera pasado y el alivio comparativo miserable de no pertenecer al sector de población con más posibilidades de muerte, discurre la corriente subterránea de la segregación y la falsedad asumidas, de la ceguera voluntaria y la colaboración pasiva y culpable con disposiciones que se saben incompatibles con la libertad, la humanidad y los derechos individuales. Pero el Capitán Miedo ha ganado la batalla y ahondado la fractura invisible que separa y aleja al país de dudoso título como tal de los que sí lo merecen.

La servidumbre, aprovechando la pandemia, se ha instalado sobre un territorio que venía abonado desde hacía décadas, se ajusta sin esfuerzo a un esquema y directrices preexistentes, con algunos hitos señeros como la exhortación, masivamente seguida, a, tras un atentado terrorista que causó en Madrid centenares de muertos, manifestarse en contra y denigrar, no a los asesinos, sino al Gobierno legítimo. La escuela de servidumbre ha tenido su parvulario en el enconado y bien difundido odio a la jerarquía de valores, a la excelencia en sí, al individuo que vale, logra y posee por su propio mérito, se ha plasmado en el ansia de abatir cuanto y cuantos sobresalen, que probable e inconscientemente se plasma en la imagen de la destrucción en 2001 de las Torres Gemelas, ha florecido en libros de texto, en una Historia cortada a la más mezquina medida, en el empeño, propio de la seguridad de la propia bajeza, de reducir al mínimo común denominador la calidad y posibilidades de mejora personales, ha hecho masa con lo peor, lo fácil, lo que no pide esfuerzo, riesgo ni valía, removiendo los posos del cuenco de la exaltación sentimental y las brasas de rencores prendidos y avivados al efecto. La neolengua ha florecido en todo su sórdido esplendor porque es la que jalona el más fácil de los senderos, el que consiste en negar y destruir cuanto a la grey del poco valor y de la envidia sobrepasa, desde la civilización, derechos y logros del espacio europeo hasta a aquéllos que, con su valor, esfuerzo y hechos, forjaron una calidad de vida que luego ha permitido a la espesa maraña de parásitos medrar, bienvivir a su sombra y repartirse, hasta arrasarlo, aquello que nunca sembraron.

La Escuela de la Servidumbre ha hallado, sucesivamente, grandes e inesperados apoyos y extendido el desigual archipiélago totalitario por sociedades que habían pagado un alto precio por ser libres y que no ignoraban que los valores que hacen la vida cotidiana mejor y más digna exigen de continuo defensa, reivindicación y esfuerzo. Pasadas pocas generaciones, ese tejido se ha impregnado de una pulsión atractiva y suicida que es la antítesis de las anteriores aspiraciones pero ofrece excitación y, a los cabecillas y sus clanes, un muy buen vivir inmerecido y gran audiencia. Las tribus sin individuos pero con generosos ingresos y que disfrutan de popularidad y amable tratamiento mediático, las clientelas de la utopía, son la bendición de países totalitarios y francamente dictatoriales, de Rusia, de la China comunista y de los demás asentados en el oficial estado de alarma permanente. Y éstos esperan que progrese la creciente pedagogía de la escuela de servidumbre.

La espada de la Justicia se ha fraccionado y, para gozo de las dictaduras con aspiraciones o ya logros totalitarios. El área de los Estados de Derecho, que, mientras no se demuestre lo contrario, coincidía con Europa, parte de América y contadas, y valerosas, zonas de Asia, es un maremágnum de aspirantes a reyezuelos y coros y danzas parásitos que ofrecen a masas atemorizadas y, a ser posible, dependientes y empobrecidas el todo a cien y el victimismo subvencionado vitalicio. Con una ausencia tal de libertad y un grado de intromisión en la vida privada, de estupidez, pretensiones de control y explotación en beneficio de mafias dominantes como no se ha visto antes jamás. Potencias en las que se ha transmutado el antiguo comunismo sin perder un ápice del origen que a sus sistemas define no aspiran a mejor escenario mundial que al de un Occidente sin libertades individuales, derechos ni valores, acrítico y manso comprador de sus productos, dirigido por franquicias populistas a su servicio y enjaulado -ése sí que es peligro planetario- en redes informáticas. Ya no hacen falta costosas invasiones militares; sólo convencer a los invadidos.

La pandemia puede actuar, y está actuando, como un catalizador en el que confluyen, desde antes del virus, tendencias, explosiones e implosiones que llevan a la servidumbre. Pero, si la espada de la estatua garante de Derecho y libertades está hecha trizas por desistimiento de defensores, aún queda la balanza de la justicia, los dos platillos donde se sitúan, por instintivo reconocimiento, el bien y el mal. Los países democráticos van a tener, más allá del silbato del Capitán Miedo y el Líder de la imagen única y la mentira impune, lo que se merecen, el platillo que escojan y que se inclinará hacia la sumisión o se alzará hacia dignidad y libertades, según donde se sitúe mayor número de población con una mejor conciencia del precio y riesgo de los valores y de una calidad de existencia a la que no ha sido fácil llegar pero que, desde luego, es la que vale la pena.

Rosúa

 

 

El País de No Pagarás

 

Había una vez un país en el que nada se pagaba nunca y esa era su divisa, su credo, su proyecto, su visión del futuro y su firme creencia de cuál había sido, o debería haber sido, su pasado. Cada mañana, a la que el sol salía, sus habitantes esperaban que iba a iluminar un territorio nuevo en el que, a diferencia de oscuros tiempos anteriores, no quedaría apenas rastro, como de un mal sueño, de los desagradables usos y costumbres de la era antigua, injusta y trabajosa. Se encontraría cada cual, en la misma proporción, calidad y peso, su desayuno, y así ocurriría con todas las pitanzas. De manera semejante, y según gusto, cercanía y apetencia, se instalaría cada uno, por horas días, años o semanas, en la casa que fuese de su agrado, desplazando, si necesidad de ello hubiere, a los ocupantes. De igual forma se procedería con la vestimenta, vehículos, objetos y con cualquier tipo de servicios.

En el País de no Pagarás se valoraba, sin embargo, en extremo la consecuencia, de manera que el conjunto, de los mayores a los menores actos, correspondiera estrictamente a la divisa. Hubiera sido de abominable mal gusto y de reprobación unánime la exigencia de algún tipo de contrapartida para ocupar oficios, trabajos, cargos, ocupaciones de cualquier índole. Se entraba tranquilamente en el despacho, sala, aula, consulta, obra, centro de cualesquiera operaciones, y de la misma forma se abandonaba, como era frecuente, en breve por fatiga o hastío, o por exigencia del siguiente ocupante. Grandes dispensadores de lo que se vino a llamar, por pura estítica ya que así figuraba en la letra gótica de las introducciones, títulos se situaban en zonas ajardinadas que ocupaban espacios que otrora se llamaron universitarios. En cada máquina bastaba con la impresión de la palma de la mano para que aparecieran sucesivamente, a elección del consumidor, diplomas diversos de la categoría que se deseara. No existía, lógicamente, la menor contradicción en el número de sus poseedores puesto que aquellos decorativos documentos en modo alguno implicaban conocimiento ni especialización de ningún tipo ni eran, en el feliz País de No Pagarás, remunerados o exigidos. De hecho, cada mañana el césped aparecía sembrado de ellos hasta que eran oportunamente dispersados por el viento.

Las reuniones nunca eran de menos de mil individuos y transcurrían en un cordial intercambio de abrazos y besos animados por la afectuosa consigna “De gente a gente”, en un clima de homogéneo disfrute de la seguridad en la homogeneidad y gratuidad de los días y en la certidumbre de que, en cualquier caso, jamása existirían diferencias ni remuneración alguna entre los miembros de la “gente”. De hecho, se había borrado del léxico como obsoleta la palabra “envidia” puesto que en No Pagarás carecía de sentido. El vocabulario había experimentado un sano proceso de adelgazamiento, perdido buena parte de la grasa verbal que obligaba a manejar sutilezas y múltiples significados que incomodaban en las vastas reuniones a los asistentes. Cabía incluso el peligro de que el entramado de conceptos y palabras los llevara a hacer un esfuerzo, lo que chocaba frontalmente con los principios y leyes en vigor

La vida social y política era en No Pagarás mucho más animada de lo que hubiera podido suponerse. Cada día se fabricaban y exhibían un pasado y un futuro nuevos, con personajes, preferentemente colectivos, cotados a la medida de “Gente”, intercambiables y por encima de todo en absoluto susceptibles de despertar inquietudes de emulación ni desazón comparativo. Se trataba de un divertido pasatiempo semejante al de ir incrustando diminutas piezas en el tapiz de un rompecabezas de grandes dimensiones al que se debían adaptar, sin perfiles discordantes ni aristas, las figuras del pasado que desordenadamente fueran surgiendo y las que pudieran añadirse en el tejido futuro de la nación dichosa repleta de gente bienaventurada. País feliz hasta tal punto que ni siquiera lo turbaban arcaicos recuerdos de la vieja nomenclatura o asuntos de trámite respecto a los vecinos. Ningún rasgo ni símbolo comparativos eran en él aceptables por cuanto implicarían contrapartida de atención y esfuerzo, conocimiento del pasado y enojosas categorías, tanto tiempo ha abolidas, de valor y mérito. Bajo la guía paternal de “Gente”, se habían repartido hacía mucho tiempo fragmentos de fronteras, accidentes geográficos, hablas, flora, fauna y fenómenos atmosféricos, y se hablaba con temor y hostilidad, en voz baja con tono y miradas huidizos, del tiempo oscuro de las diferencias, los esfuerzos, la obligatoriedad de tareas y los pagos. Luego se elevaba la mirada agradecida hacia el cielo homogéneo, sin nubes, tormentas ni pájaros, del infalible salvador Gente, incorpóreo y semejante a una acogedora cúpula de mullidos materiales.

Los países de la comunidad Pagamos se habían acomodado sin esfuerzo al trato con el apéndice extemporáneo que representaba el País de No Pagarás. Atravesaban sus inexistentes fronteras, pasaban en él temporadas extremadamente gratas y disponían ventajosamente de cuanto les parecía oportuno. Disfrutaban de lo que en él les apetecía, enviaban a los aborígenes indispensables pero bien calculados suministros, les impedían cortésmente el acceso a sus propias naciones exteriores y a los beneficios que en ellas sus ciudadanos pagaban y de los que, lógicamente, disponían, y controlaban la situación de modo parecido a los grandes complejos hoteleros: Cada habitante del País de No Pagarás llevaba una pulsera electrónica con la que se medían gastos subvencionados por los de Pagamos. Así las naciones vecinas del País de No Pagarás se solazaban satisfechas y con saldo favorable en el vecino parque temático que, por añadidura, ofrecía a los visitantes románticos e inquietos un placer especial, de lo distinto, mezcla del sabor de lejana tribu, de las utopías idílicas de las viejas historias y de la seguridad de la pitanza. Con un deje añadido a la satisfacción por la propia generosidad cuando se ha dejado unas monedas al pobre de la esquina.

En el País de No Pagarás la gratuidad absoluta no impedía, muy al contrario, una intensa vida política. Los miembros del núcleo Gente Para La Gente recibían de por vida el más generoso estipendio en especie conocido tras una estancia, por efímera que fuese, en el cargo, y tal bienaventuranza manaba y se arremansaba en nucleolos, como GMG (Gente Más Gente), JP (Jamás Pagar) o VV (Víctimas y Víctimos), que, por serlo, tenían garantizada la continuidad vitalicia de su mirífica situación. Eran seres tan fugaces que apenas se recordaban sus nombres, pero se consideraba indiscutible la consideración que se les debía, que se cimentaba en la sólida, inalterable, inamovible decisión colectiva de no pagar jamás, de la cual se consideraba a Gente Más Gente encarnación y garante.

Rosúa

 

 

 

 

10/6/89

LA BALSA (CUBA, 1989)-INÉDITO

LA BALSA  (CUBA, 1989)

(LA BALSA perteneció, y pertenece, al limbo de los libros no publicados. Es fácil, leyéndolo, comprender por qué).

PRESENTACIÓN DE LA BALSA

Perspectiva interna.

Perspectiva interna.

 La Balsa es el relato, tan verídico como literario, de un lento y hondo viaje por Cuba. Hay algo terrible en su intemporalidad, en el hecho de que los calendarios deshojados desde entonces no le hayan restado un ápice de vigencia. Porque nunca es inocua la suspensión del tiempo: Sea se efectúa un salto al territorio puro-y deshabitado excepto por el pensamiento-de la poesía, la ciencia o la metafísica; sea el barco se encenaga con su indefensa tripulación en un limbo sin puertas plagado de naves varadas y de espejos furiosamente rotos.

La autora de La Balsa decidió dar la vuelta a la isla pagando con dinero local, en transporte público y alojándose en casas que iba encontrando al hilo de los encuentros. Desde el primer momento el hecho de saltar del status turístico y sus circuitos bien establecidos y engrasados, y zambullirse en la vida de la gente corriente significó pasar a otra dimensión, en todo ajena a los folletos publicitarios y a las alegres historias de vacaciones caribeñas, ron, zafras divertidas, canciones revolucionarias y mulatas. De uno a otro extremo, del interior hasta las playas, por la jungla y por las plantaciones esquilmadas de la isla, la constante-mortecina, ansiosa, indolente, ruidosa pero apagada por la falta de expectativas-se repetía como un hilo gris que enhebrase lugares y personas y los uniera, sin saberlo ellos, con otros conocidos por la viajera, separados por miles de kilómetros pero semejantes en el sistema, en el blando e implacable entramado de su cárcel. Allí, en Centroamérica, la concha oscura se ajustaba a un extremo y otro y a la breve cintura del país que se extendía sobre el cálido mar. El cielo era también un techo bajo; irradiaba hacia el exterior la luz inagotable del trópico pero mantenía cubierta a una masa viva cansina y hecha al trapicheo y a la inexistencia de aire libre, maestra en sorber y aprovechar la misma sustancia, acostumbrada a recibir en forma de eco las noticias del espacio exterior.

La puerta es el mar

La puerta es el mar

Cuba resultó ser, de todos los países, el más triste. Los había más trágicos, más hambrientos, mutilados, herméticos, peligrosos. Pero Cuba era la más triste precisamente por su calor, su afinidad y su cercanía, por su cordialidad y sus sonrisas, porque estaba programada para el gozo y pintada a la medida de los consumidores de mitos ajenos, por el contraste entre el paraíso multicolor y la rutina sin esperanza que la impregnaba entera, por la capa de engaño y servidumbres, por la humillación mendicante que a sus habitantes imponía la presencia allí mismo, siempre al lado, de un nivel de vida y de bienes al que sólo el extranjero y la divisa tenían acceso, por los huecos enormes, nunca mencionados, de fracaso, muerte y ausencia de cuantos huyeron o se hundieron en el mar.

La tristeza de la percepción de Cuba se quedó pegada a la piel de la visitante, permaneció en su lengua como un inconfundible sabor que todas las frutas y mojitos del mundo no bastarían para disipar, se unió, indisoluble, a la especial vergüenza de la percepción de la desgracia de un vecino tan semejante en aspecto y en lengua que podría ser uno mismo, ése cuya desgracia (obra de muy concretos culpables) ignoran y sobre el que mienten los que visitan fugazmente su casa, aquéllos para los que siempre montarán las dictaduras una fiesta.

Nombres-Ciego de Ávila, Holguín, Baracoa, Camagüey, Santiago, Trinidad-, personas, ojos, frases, manos, miradas. Carreteras y lentas paradas en ruta. Risa y relatos menos risueños que discurren en la duermevela de los autocares o el cuarto de estar de las viviendas, mientras se hojean libros de texto que ofrecen como historia una curiosa mezcla de tebeos de hazañas bélicas y de enfrentamiento galáctico de las fuerzas del Bien y del Mal, con Inmortales Salvadores incluidos. Y por todos los lugares una realidad que los visitantes, empeñados en preservar (eso sí, lejos) el deseable paraíso simplemente no veían, una Cuba cuya dimensión simplemente atravesaban ignorándola.

La balsa continúa bogando, quieta, sin llegar a sitio alguno jamás.

 Rosúa

 

 

LA BALSA

 

 

 

Mercedes Rosúa Delgado

                                   INTRODUCCIÓN

 

Hay viajes alrededor del mundo, caminatas minuciosas por el más amplio círculo de la Tierra en las que, al final, se vuelve a poner el pie en la huella que al partir se dejó. Hay incursiones de desigual extensión, vagabundeos lánguidos, flechazos en la lejanía. Sin hablar de la oferta, creciente y generosa, de túneles del tiempo, pasillos de acero que depositan bruscamente al espectador y su cámara frente a la Alta Edad Media, la horda cazadora, el temeroso rito mágico, las heladas aguas del regato donde sumergen las mujeres una colada intemporal.

Os he recorrido, caminos de las canciones y de la pura sed que sólo el bebedor de distancia conoce. He marchado en dirección al sentido de las agujas del reloj y al contrario, he seguido el desfase insomne de los meridianos, los soles tardíos, las noches como un suspiro entre rosa y rosa. Otros también se desplazaban. Y los rozabas y los perdías en el cabeceo sobre las crestas y en los senos de las olas, en el chapoteo sobre un espacio y un tiempo por fuerza amargamente limitado.

Muchos sumaban, plegaban y guardaban experiencias, rostros, perspectivas. Cabrían circuitos fotográficos organizados según el más puro respeto a la ecología étnica y al pluralismo cultural en los que recobraría el visitante el perdido gusto de antiguas prácticas sepultadas por la invasión insípida de la técnica y la civilización: lapidaciones en Afganistán, animadas y multitudinarias mutilaciones de fiesta fin de semana en Arabia Saudí, sensuales y ancestrales ablaciones e infibulaciones en el Cuerno de África, sacrificios de quinceañeras en el rincón más lejano de la espesa selva maya. En estas giras, que probablemente ya se hacen aunque con discreción, el público se sentará muy cerca pero en total silencio sólo roto por el funcionamiento de las cámaras, y le llegará a los labios, como un recuerdo de generaciones pretéritas, el sabor de la sangre, de los cultos y las sumisiones antiguos, del dolor, el  temor y lo desconocido.

En mi caso la fiebre de la partida llegó con la puntualidad de las aves, como se alzan los ojos al cielo y se descubre la única patria -la inexistente-, aventurándose hacia allí. Nunca los viajes son ya el primer viaje, el que sabía a cuero, a humo, a cuenco con un líquido desconocido. Por él se caminaba con las manos extendidas, no para asir el vídeo, sino para romper, cambiar, llegar al corazón de las cosas, sorber su zumo, compartirlo, con violencia, paciencia y torpeza. Alrededor del mundo se iba cuando éste era una gran esfera vaporosa, mezcla de sombras y luz, surcada por tiempo y espacio. Luego, como una estrella que se comprime, la Tierra condensó su materia en atajos, mensajes y cartografía, se colapsó en el escaso perímetro de las necesidades personales, las evasiones y quizás los sueños. Hoy el viaje es alrededor de una experiencia individual.

Cuba fue otra cosa. Primero sació momentáneamente el hambre de desplazamiento y camino. Luego, enseguida, impuso una presencia tan cercana que impedía las descripciones, me guió con una brusquedad no exenta de ternura, con un deje irresistible de gracejo familiar. No fue un viaje en el sentido anterior de la palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El avión era una fiesta.

 

 

Bruselas, con su neblina, parece tan aburrida como siempre, en el aire y en tierra, y su verano habitual, opaco, tapa piadosamente el no deseado perfil de mis recuerdos.

-Vamos a Cuba, hermano.

Eso dice Arlette, una parisina que, sin venir mucho a cuento, explica, en la obligada espera del embarque, que es pintora, que busca lo genuino, la luz, los colores. Enseña un cuaderno de dibujo; también a “su hombre”, un veinteañero. Y se cree obligada a añadir que las diferencias de edad -ella se aproxima a los cuarenta- no importan porque lo que cuenta es el corazón. Su hombre asiente, asiente mucho, con gestos de seguridad para mostrar el lugar que ocupa en esa nueva vida adulta de pareja. Qué maravilla empaparse de libertad y ritmo, qué ganas de llegar y unirse a los compañeros como los muchos amigos latinos que tienen en París. Jean Eric toca el bongo. A su mujer le encanta la música afroantillana. Arlette abre el cuaderno; quizás dibuja, en fondo naranja, un brillante jarrón nuevo con un ramo de rosas de otoño.

Advertí entonces la peculiaridad del destino de mi viaje: Cuba no existía  ni había existido jamás. Era una larga interrogación que flotaba en el mar, una balsa ardiente, horizontal, geografía de ideas, proyección de sueños, la más cercana lejanía que se habían podido pagar los modestos degustadores de la comunidad idílica. De entre todos los países exóticos que anteriormente había recorrido, Cuba era el único a la vez familar y ajeno, enormemente otro pero desde luego vecino de patio. Estaba allí para saciar la sed de diferencias, rebeldías e insumisiones; un mojito de desafío a los grandes de este mundo. A Cuba, una vez nombrada -sin duda a su pesar- buque insignia, no le cupo más que ver pasar el tiempo para ella detenido, cabecear dulcemente amarrada a los bajíos, presa de los interminables discursos y el agua caldosa. Era una isla cruzada por mil caminos que a la viajera de rutas largas y remotas le parecía sin embargo inexplorada. Se trataba de buscar su existencia, levantar la alfombra con dibujos del Caribe. Tenía que recorrerla sola, penetrar bajo su piel pagando en dinero cubano, buscando alojamiento en casas particulares, moviéndome en ese terreno de vagos confines del que no es ni nacional ni extranjero, delatada por mi castellano adusto, protegida por la casa común de las palabras.
 

En Cubana de Aviación desaparecía la Europa de los ochenta para comenzar el salto hacia muchos años atrás. El avión, de asientos y redecillas desvencijados, rezuma vapor de forma que el pasillo adquiere perfiles angélicos, con la nube de la presurización a media altura. No hay instrucciones –ciertamente inútiles- para emergencias.

-El cristal de la ventanilla está roto- indico a la azafata.

-Siempre viajamos así. No hay cuidado. Es doble.

Me dirige una gran sonrisa tranquilizadora y tamborilea en la claraboya con los nudillos. Me ajusto más el cinturón de seguridad.

El aparato se eleva, milagrosamente, y mantiene su vuelo con un silbido atronador. Hay presión en los oídos y zarandeo. El pasaje incluye una gama de deportistas y músicos que va del negro ébano a los ojos azules y los nombres vascos. Escala técnica en Alemania del Este.

Película en blanco y negro: el aeropuerto de Berlín como podría haber sido en los mejores tiempos de la Guerra Fría, un aeropuerto siniestro bajo el siniestro cielo, surcado por escasas naves grises con nombres de países cerrados y tristes. Se posa un aparato de China Popular, transitan camiones y jeeps del ejército, se perfila una lejana construcción átona de dos piezas. Podría haber espías con gabardina y sombrero flexible, bogarts y leCarrés que miran el último avión desaparecer por la pista.

Aunque un tanto escatológico como indicador, el papel higiénico es un índice indudable de la penuria o prosperidad económica. La España de la postguerra estuvo largo tiempo empavesada de los ásperos rollos de El Elefante, que marcaban tristes atajos entre la harina de almortas y el olor a zotal. En Berlín Este los lavabos tienen en el w.c. un papel increíblemente desagradable y fuerte rosa-pardo, los cubículos son estrechos, sucios, con puños de pelusa en los rincones e instalaciones rotas; las jaboneras están vacías, el secador de manos es simbólico, la tienda libre de impuestos depauperada y el restaurante ofrece un plato único de salchichas y mostaza con una lonja de pan rancio y cerveza caliente.

Nadie hubiera dejado de saltarse el muro.

(A la vuelta me enteraré de que una masiva ola de transfugas ha aprovechado la apertura y la ocasión para pasar a Berlín Oeste. Sabré luego que el Muro ha dejado de existir).

Despegamos de nuevo. Jolgorio general. A Cuba me voy, hermano. A Cuba me voy. El avión lanza ciertamente extrañas señales a la pantalla de seguimiento y a la caja negra: Su parte trasera está ocupada, durante horas, por una multitud de cubanos -y aficionados- que cantan, bailan, tocan reales e improvisados instrumentos (¡Qué ritmo el del portaequipajes golpeado por un mulato, el de la lata de coca-cola tecleada con dos dedos, el de esa maraca como un armadillo de madera rallada!). El pasaje va profusamente regado con ron, que corre, no ya en cubatas, sino en botellas generosas. Ingleses emocionados hasta las lágrimas por la libertad de la barra libre, alemanes aspirantes a cooperar en alguna zafra, espontáneos de Guantanamera y la Bamba, todos se zambullen en la anticipación de la conga. Arlette, con entusiasmo evidente, y bastante mala sombra, baila de pie sobre su butaca. El avión es una fiesta y se bambolea al ritmo de los pies.

Última escala. Gander, en su isla de Canadá Newfoundland, avanzadilla de la Península de Labrador, se revela como un panorama de lagos y un encaje de tierra lleno de belleza y aire claro, euforizante, delicioso, toda espacio y horizonte vasto, solitario y puro, con franjas de árboles verde-azulado en anchas, lejanas ondas. Las nubes son también horizontales, el sol ártico, el aeropuerto tranquilo pero acogedor, neto y sonriente.

Voy hacia su opuesto, no sin la melancolía que su simple vista, el adivinado sabor de su extensión, me dejan en el alma. Allí habrá siempre nieve que nadie haya pisado jamás, habrá plantas sedosas de pétalos celeste. Allí no hay recuerdo alguno, ni bocas que llamen a las cosas con mis mismos nombres. En ella me esperaba una copa transparente, un licor  de altura y cristal.

Gander es un primer escalón de países impolutos, blancos y azules, de zonas de gran pesca y pequeñas flores y tiene un nombre límpido y hermoso.

 

 

 

 

 Las dos Cubas

 

La Habana

-Esto es una cárcel., toda la isla es una gran cárcel.

Este hombre no está para congas. Es un tipo sacado de novelas, que habla de novelas y como en las novelas, de mediana edad y ojos inquietos, brillantes y tristes, que continuamente exhala un análisis amargo del presente, un balance insatisfecho del pasado y, empero, esperanzas de huida y vida nueva en el futuro.

Estamos en La Bodeguita del Medio, a la que el parentesco con Hemingway incluye en todos los intinerarios de visita de la capital. Allí iba este hombre a ver extranjeros, que era su única forma de viajar. Yo me iniciaba en la ciencia de los trueques, que, durante más de un mes, me permitiría vivir y sobrevivir en la Cuba real y cotidiana. Se trataba de hacer pedir mi consumición a un nativo, pagándole yo en pesos cubanos. para evitar que el establecimiento, al observar el acento foráneo, me exigiera dólares. En ese momento vivía una versión tropical del ¿Dónde dormirá esta noche? El día había transcurrido en inútil peregrinación por las agencias oficiales:

-No podemos facilitarle billete de autobús o tren para salir de La Habana.

Aseguraron Cubatur y Turismo Individual. En un país de monopolio estatal de transportes y áspera lucha, como para cualquier otra mercancía, para lograr plazas aquello era un augurio de inmovilidad.

-Está completo.

Los hoteles asequibles repetían la consigna de lleno total, sumándose a la estrategia de ignorar desdeñosamente al viajero que rechazaba deslizarse por el mundo del lujo para él previsto. La policía se preparaba para perseguir a los infractores de las normas de inmigración según las cuales se prohibe a los extranjeros el alojamiento privado.

-Ven a dormir a mi casa.

La oferta de Alfonso llega entre dos mojitos de hielo, menta y ron.

-Puedes tener problemas.

-Se verá.

En la bodeguita contó que era dramaturgo, escritor y director teatral, que tenía una compañera y un hijo de cuatro años, más dos adolescentes de su primera mujer, que murió como resultado de las quemaduras por la explosión de una cocina. Yo me pregunto si no es un turbio capo de la mafia local dispuesto a extraerme hasta la última de las preciadas divisas.

La calle de Alfonso se beneficia de la proximidad del casco histórico-turístico y de una visita de Fidel a la que precedió un somero pintado de fachadas. El edificio ha defendido su sólida arquitectura pero la escasez endémica no da a este espacio, de aceptable confort, un definitivo aire de hogar. En la nevera hay sólo dos botellas de leche, una patata pelada y abandonada – sin duda como cebo- hace varios días, medicamentos y un gran bloque de hielo. Las sábanas de la cama han sido remendadas hasta el infinito y el ajuar es somero, desparejo y usado. Nada parece haber sido nuevo ni querido jamás. Los enseres contrastan con la vasta estructura antigua de la casa y de algunas piezas de mobiliario, de la más noble madera y estilo español, que, cubiertas de rayaduras y roces, parecen sobrevivir a un naufragio.

Por la noche Alfonso saca, no armas ni estupefacientes, sino cuadernos de obras de teatro. Sobre libertad, barcos y palomas. Acordamos un razonable sistema de trueque a cambio del precioso alojamiento que me proporcionan. Sólo entonces, poco a poco y de dentro afuera, comienza la visión del exterior, porque entre Ávida Dólars, la isla de cara al turismo, y la que se vive sorteando el control de extranjeros hay bien poca relación. Pagar en pesos cubanos ha sido deslizarse al otro lado del espejo, al envés sudoroso y cauto del triste paraíso.

En la casa se vive al día y con lo que se encuentra, que es escaso y depende de la racha. Faltan condimentos, no hay ajo ni cebollas, desaparecieron las especias, escasea el café. La supuesta política de educación alimenticia del Gobierno incitando a la población a introducir en su dieta pescado en vez de cerdo es de una ironía feroz cuando se piensa que apenas se encuentra un pez en las pescaderías, que el marisco brilla por su total ausencia rumbo a la exportación, figurando en primer lugar las inalcanzables langostas y las gambas.

Sin embargo las costumbres alimenticias ciertamente se han cambiado: durante cinco días no he visto la carne en la mesa de la gente que me acoge, ni de cerdo ni de mamífero o ave alguno. Hará falta que llegue la abuela, la magnífica y voluntariosa María Lucina, para que ella despliegue su sabiduría de tres generaciones y tres regímenes políticos, sus manos de costurera y sus pies de buscadora de vituallas inexistentes en tiendas que apenas lo son. Entonces y sólo entonces, precedida de la consigna de balcón a balcón emitida por otra anciana “A la calle X llegó carne”, veré en la nevera un plato de filetes.

-Sí, mi hija, con todos he trabajado. Yo cosí brazaletes para los de la revolución, y con todos me ha tocado luchar para sacar a mi familia adelante.

Sigue mi mirada, que va hacia su marido, sentado en una silla en el balcón viendo la gente que pasa.

– Él no está para nada, mi hija, el pobrecito. Y Alfonso, desde pequeño, con ese problema de salud.

Una enfermedad recurrente parece exacerbar el mimo hacia el hijo, que no desaprovecha ninguna ocasión de recibirlo.

Conozco a esta mujer, la eterna Cibeles de los países pobres, la fuente de todos los frutos, las manos de todos los trabajos. De vez en cuando alza los ojos de la costura y los ojos deformados por los gruesos cristales de las gafas cubren con una mirada atenta al marido taciturno y pálido, a la hermosa nuera, visiblemente ajena al núcleo familiar, al nieto, que le parece maravilloso y es un niño insoportable, lleno de caprichos y rabietas en las que aúlla los mejores insultos de su joven vocabulario.

Me pregunto si aquí también se da la relación entre apatía y tipo de alimento. Los cubanos tienen la gordura de la mala dieta a base de féculas; los “moros y cristianos” (arroz con judías, también llamado congrí) es la base diaria con la que flirtean algún huevo, panceta (el magro del cerdo siempre parece haber escapado dejando tras de sí la grasa) y, quizás, boniato o patata. Las pocas cafeterías son un desierto con, en el mejor de los casos, algunos bocadillos de mortadela y cerdo. La mayor parte del día su oferta se reduce al gesto desabrido de los camareros y a vasos de agua. No hay papel higiénico, no hay artículos de tocador, no hay zapatos ni juguetes, no hay nada.

Por eso por la noche volvemos a hablar de compras y de dólares. (El fajo de los que tengo en reserva parece, en este ambiente, una riqueza desmesurada que justificaría cualquier locura. Trocearme, sin ir más lejos, y dispersar mis restos). Mecida por estos pensamientos, me duermo en mi camita del salón.

Y sueño con el verde, sedoso y satinado compañero Sam, centro de comadreos, proyectos y chistes en medida curiosamente superior a ningún país socialista de los muchos que conozco. La razón sin duda obedece en buena parte a que en Cuba se ha dado, de forma absoluta, la eliminación del comercio privado, llevando, en su reducido espacio, a extremos claustrofóbicos la impresión -y la realidad- de carencia. El dólar monopoliza el mercado de divisas y es la moneda fuerte, real, obligatoria para cualquier objeto o servicio de mediana calidad. Pasa un dólar y vuelan tras él las botellas y los manteles, el camarero y la dependienta, vuela la quinceañera ofreciendo sus encantos por unos productos de cosmética y vuela el funcionario que anhela un vídeo, y el modesto currante que quiere casarse con zapatos decentes, y, bajo la engañosa capa de música y cordialidad caribeña, bajo el discreto y secreto entramado de los jerarcas políticos y la vigilancia policial, vuelan los pobres diablos, la masa abundante de delincuentes, en proporción significativa jóvenes, de piel atezada, que acechan al turista para cambiar, estafar o robar y contra los que María Lucina no se cansa de ponerme en guardia. Ella ha visto, desde su balconcito de La Habana Vieja, como espectáculo integrado a la rutina cotidiana, numerosos tirones de bolso, gritos y carreras.

-Son muchachos, morenos que vienen de Oriente. Mucho cuidado si va a Santiago, mi hija, mucho cuidado.

En este ambiente de escasez y de trueque todo objeto foráneo es apetecible: desaparece la ropa de la cuerda de tender y los zapatos son sorbidos del equipaje por el personal de tierra del aeropuerto en los vuelos nacionales, se sisa en las vueltas y se escamotea un peine, un frasco de colonia. Las zonas de sombra de la delincuencia, el paro y la prostitución quedan difuminadas bajo el común adjetivo de “contrarrevolucionarias” en los discretos casos en que se acepte su existencia. El doble lenguaje y el doble comportamiento orwellianos son la regla. Unos argentinos me cuentan sus aventuras:

-Fuimos a un hotel con unos amigos de aquí, pero a los cubanos no los admitían si no pagaban con divisas, cuya posesión es ilegal para ellos, así que por fuerza tenían que figurar como invitados nuestros.

-Está visto que la segregación va por colores: Sólo billetes verdes.-puntualiza el amigo.

-Dormimos en otro hotel del que se acababa de echar a una pareja cubana que estaba en su luna de miel para hacer sitio a los turistas, con dólares, de la Martinica.

Naturalmente el Gobierno apoya en realidad  la profusión de mercado negro porque éste, a través de las tiendas especiales, revierte finalmente en las arcas del Estado. El clima de ilegalidad obligatoria y continua es, además, un útil mecanismo de control. Los dirigentes han cultivado con asiduidad la imagen de la “alegre revolución”, de la sencilla y cordial gente siempre dispuesta a contentarse con la guitarra, la canción y la danza. Pero detrás del telón de ron y de palmeras, bajo las caderas cimbreantes y la música salsera, hay las palabras a media voz, las precauciones en el trato con los extranjeros, el rosario de esperas, colas y trapicheos que constituye la vida diaria, el hastío de un horizonte que no ofrece salidas, hay desconfianza, miedo y policía.

Y hay…..

La Habana.

¿Cómo te he olvidado?

Tanta preocupación y tanta ocupación buscando, rechazando, inquiriendo; tantos y tan agotadores recorridos por oficinas, portales, aceras, por rostros en rápido desfile y por los bancos de los parques, la sombra de los árboles, las hojas de los periódicos. Sabiendo mucho en poco tiempo, pero sin ir al comienzo, a la primera etapa del viaje, al contacto esencial en el que se posa, como un apretón de manos, la vista sobre el país nuevo. Ahora había que olvidar los libros, esquivar las largas conversaciones y el vicioso curso de los pensamientos.

Descendí a la calle que hasta entonces apenas había podido mirar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Habana

 

La Habana.

Había el borde del mar, el malecón, la fortaleza que miraba melancólicamente al Atlántico, una costura de piedra en la espalda de la isla, con sus tres castillos -de la Fuerza, de la Punta, del Morro- tan expresivos en sus nombres, marcando límites a invasores y piratas y observando simplemente hoy el rosario de las Bahamas y a la lejana y cercana Miami. De forma opuesta a todos los otros viajes, a las llegadas y primeros paseos y descubrimientos, Cuba había sido una zambullida inicial en su materia interna, en la carne encerrada y viva del molusco, sin atenerse a ninguna de las normas del sensato viajero. Sólo tras ese aterrizaje accidentado seguido de un sudoroso ballet bajo las mallas de la burocracia turística, únicamente cuando el alojamiento en casa de Alfonso permitió un respiro de organización y paz, me fue posible emerger al tremendo calor y a la belleza de la ciudad detenida en el tiempo, maquillada, y apareció La Habana.

El pequeño centro histórico, arracimado junto al puerto, hablaba, en sus calles, de desidia y ofrecía alternativamente jirones de arte, subsistencia y olvido. Allí estaba, como en todas las ciudades de Hispanoamérica, la Plaza de Armas, también la de San Francisco, y la recoleta de la Catedral, que había gozado de un remoce reciente. El barroco Palacio de los Capitanes Generales es, desde su reconversión a fines civiles, museo histórico. En general los edificios de alguna envergadura supervivientes a la ruina que va borrando lentamente del mapa urbano a otros alojan todos a organismos estatales, en ocasiones enfocados al turismo. Es también el caso de algunos restaurantes y contados cafés y salas de espectáculos de cierta solera, como El Patio, junto a la Catedral. Deambulando por ellos, entre sus músicos, público y cantantes, se siente algo de novela. Porque Cuba, tan carnal, no es física, es un cuerpo cubierto de retazos de literatura y música y cuelgan de sus fachadas, surgen de sus esquinas, páginas de Carpentier, versos de Guillén, paraísos de Lezama Lima, ritmos sincopados y lánguidos, y ondean por todas partes, desgarrados, los velos de la literatura del exilio, los ecos sucesivos e innumerables de tanta despedida y añoranza. Como si todo el mundo hubiera construido, utilizado, soñado con fabricar una balsa para lanzarse al mar del que separa el largo muro del malecón.

Por ahí mismito

Por ahí mismito

La Habana habla perfectamente, en su pequeño espacio, de la sucesión de las épocas: fortalezas del XVI, iglesias y conventos del XVII, auge del edificio público y del palacete privado en el XVIII, industrialización y comercio del XIX, con sus avenidas y zonas de encuentro y fiesta como El Prado o la Alameda, que fueron también escenarios de manifestaciones, atentados y asesinatos. El siglo XX deja a su vez, en esa perfecta plasticidad de la Arquitectura respecto a la Historia, la plaza monstruosa que nunca falta en los regímenes totalitarios, la de la Revolución, más grande que la de la Concordia de París y destinada al millón de oyentes de los discursos de seis horas de Fidel Castro. Su contrapunto quizás sea la casa natal de Martí, un piso modesto en un pequeño edificio azul y blanco cercano al puerto, amueblado con los recuerdos del idealista y generoso poeta de la independencia de Cuba, a la que ofreció su vida y sus versos.

Suavemente la tarde comienza a poblarse de la principal, conmovedora riqueza de esta tierra familiar y lejana, viene gente, con colores del oscuro denso al marfileño, cuerpos de infinitas mezclas y andar lento y gracioso, transeúntes sin finalidad ni rumbo fijo, que se acodan frente al mar, recorren la misma avenida, entablan conversación, preguntan, hablan fuerte, parecen soñar. Son indolentes y cordiales, cuentan historias, se quejan como si no importara, proponen como si condescendieran. Sus apellidos y rasgos vienen en buena parte directísimamente de España, su conversación está salpicada de las reservas, incongruencias y clichés inseparables del área socialista pero las relativizan una humanidad y simpatía irresistibles, cierta ignorancia y curiosidad cándidas, de seres acostumbrados a andar en círculos en un mundo pequeño. Y esa indolente gracia ha librado quizás a Cuba, pese a su megalómano Líder Máximo y a su corte, al gran hermano de los misiles y a la utlización incansable del discurso de la guerra, de los horrores más llamativos del socialismo real.

Y de aquellos lejanos siboneyes ¿qué queda, aparte de un bolero?. La vitrina del museo me muestra la ampliación de un pictograma encontrado en una cueva de Punta del Este. Sus líneas ocre parecen pura geometría pero se trata de un calendario en el cual los taínos trazaron las órbitas del Sol y de la Luna. Los siboneyes les precedieron quizás desde el s.IV a.C. y desaparecieron, tras la llegada de la nueva ola de población, en el XIII de nuestra era: Cien años antes habían desembarcado, procedentes del continente, tribus pescadoras de técnicas más avanzadas. A estos taínos encontró Colón, el 28 de Octubre de 1492, en la bahía de Baracoa, pintados de rojo y desnudos como su madre los parió y con tocados de plumas, y de ellos relatan los españoles la extraña costumbre de fumar hojas de un tal tabaco. Menos de un siglo después la población indígena de la isla había prácticamente desaparecido, arrasada por las nuevas enfermedades y el choque social, o se había mezclado con los pobladores. La historia de Cuba ha guardado, como símbolo de independencia, la imagen del caudillo indígena Hatuey. En la Isla de los Pinos, rebautizada de la Juventud, las cuevas preservaron los últimos recuerdos de aquellos observadores del cielo.

Cuba fue la plataforma de la conquista americana, el centro urbano y la sede de los gobiernos que disponían expediciones posteriores. En 1515 se habían fundado ya siete ciudades, la primera Baracoa por Diego Velázquez, y en 1552 La Habana era su capital. En la isla desembarcaron a esclavos negros procedentes de las costas africanas cuyo número llegaba en el s. XIX casi al medio millón. Hubo una ocupación británica, revueltas, ataques de piratas, intervenciones de Estados Unidos, guerrillas e independencia. Cuba guardó su aura romántica, aventurera, cierta leyenda áurea. No en vano una historia de botín enterrado por el pirata Pieterson Heyn en sus costas sirvió de modelo a Stevenson para su Isla del Tesoro.

Hacia el malecón y el oeste está Vedado. Es la prolongación amplia y cuadriculada de La Habana, su crecimiento hacia la modernidad y la expresión de épocas prósperas y hermosas casas que son hoy una sombra y asoman sus caras desconchadas, muros que fueron tersos, rastros de colores pastel, en una mirada fija hacia jardines asilvestrados y el mar. Salvo los islotes reconvertidos por la estatalización en entidades del Gobierno, la graciosa y elegante arquitectura civil de los viejos palacetes y chalets se ha perdido, se desmorona lenta en la corrosión del trópico. En cambio se alzan los hoteles, las grandes incubadoras de divisas como el Habana Libre, el mundo exclusivo, quizás en ningún lugar tan exclusivo como aquí, apiñado en torno al eje de La Rampa. En su lujoso corazón de Marianao, auténtico ministerio oficioso de Asuntos Exteriores, reina el gran club Tropicana. En una táctica habilísima, el Gobierno ha sabido basar gran parte de su estrategia de buena imagen internacional en la sabia dosificación y oferta del acceso a lo más granado de la sexualidad caribeña a los representantes extranjeros de la prensa, la política y las finanzas.

La vuelta, la lenta vuelta a lo largo del Malecón y hacia la Punta, mientras las luces eléctricas y los ruidos disminuyen y ganan espacio los murmullos de innumerables conversaciones perdidas y la oscuridad del brusco anochecer. No hay el pequeño bar, el café refugio. Hay portales, iluminados caprichosamente, interiores de Piranesi con puertas arrancadas y escaleras truncas. La gente se reúne en las aceras y mira salir a escena en el cielo a un disco primero cremoso y rojizo, luego pálido. Hay música. Siempre hay música. Junto a un conocido café y apoyados en la placa conmemorativa de un monumento, algunos mulatos ofrecen negocios: trueque, cambio, transacción. De cualquier cosa. Luego se olvidan, charlan de otros temas, cuentan sus historias, cantan a media voz y acompañan el ritmo con instrumentos improvisados. La imprescindible, ubicua palabra negocios les viene grande, es una caricatura casi enternecedora de los grandes negocios reales que se gestan y consuman en el barrio de hoteles, entre los financieros de ultramar y el Gobierno, que alquila a su gente y se embolsa la mayor parte de los sueldos dejándoles unos centavos como salario oficial estatalizado. El viaje no es sólo la vuelta a la isla; también resulta profundamente instructiva la vuelta a la manzana de los cinco estrellas, los alegres salones donde en una atmósfera tibia de ron añejo, frutas y belleza física se firman contratos con cordiales funcionarios en guayabera.

Los mulatos del claro de luna han reunido público, pero cantan bajo y el español se pierde en tonos lejanos, antiguos. Y en torno de ellos se extiende el sueño de la ciudad sin luces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Incursión al oeste

 

Pinar del Río

 

-¡Es estupendo!

-¡Qué marcha!

-¡Qué gente!

– Mirad el fuerte.

-Jean Eric, después quiero ir a tomar algo a la Habana Vieja.

-Pásame los prismáticos.

Vista con, de por medio, el espacio movible del mar, la ciudad parece más ella misma. Así la vieron las oleadas de inmigrantes, así la recordaron los expatriados y los indianos que decidieron volver a la tierra de origen. La lejanía hermosea sus fortalezas y le da un aspecto intemporal.

Arlette y su chico están encantados y en plena fiebre de descubrimiento. La conga en el pasillo del avión se ha prolongado en cordiales veladas.

– Me han facilitado rápidamente una reunión con artistas revolucionarios. Nada que ver esto con los países del Este- La pintora parisina ha reencontrado el colorido naif de sus propios cuadros en los violentos contrastes solares ofrecidos por Cuba. -Te sientes en toda confianza con los compañeros.

Jean Eric y ella han pisado tierra considerándose amigos fraternos del bloqueado país y vagamente embajadores del otro lado del Atlántico. A cada una de sus sonrisas la acompañan cierta excusa por la incomprensión externa y una agradecida conciencia del perdón que los cubanos les ofrecen por su vida confortable en París y su comparativa riqueza. Desde el comienzo de su estancia les ha acunado la inmediata simpatía de los representantes de turismo.

-Yo quiero ir a tomar una copita a la Habana Vieja- Arlette se cuelga, mimosa, del brazo de Jean Eric.

-¿Te interesaría una excursión?- me proponen.

Acepto y les acompaño a tomar la copa. En consonancia con su papel de tímida y reciente esposa, Arlette está en plena regresión, no ya a su juventud veinte años atrás sino a los linderos de la infancia y todo son mimos, pucheros y caprichos, mientras que su compañero adolescente se aplica con fervor al papel inverso de maduro y protector cónyuge.

-¿Podrían ustedes tocar lo de anoche?- pide Arlette a los muchachos del bongo, en el fondo del bar.

-Cómo no.

-¡Genial!- Ella bate palmas para animar el ritmo.

Ah, los latinos, tan cerca, tan relajados y generosos, dispuestos a guiar, a acompañar y a ofrecer la sustancia, en otros países fría y disecada, de la vida misma.

El viaje se concreta:

-Vamos nosotros y un amigo cubano, un jugador de baloncesto de los que venían en el avión. Claro, él no paga, nos ayudará para conseguir mejores tarifas. Los gastos los repartiríamos entre nosotros tres.

Así surgió la oportunidad de compartir el coche alquilado en la primera y corta incursión por el cuerpo alargado de la isla, hacia el oeste, entre los tabacales de Pinar del Río.

 

Al fin salir. Lo primero fue la impresión de ventana abierta, la necesidad de romper el círculo, que ya lentamente iba coagulándose, de la dificultad de salir de La Habana. Porque aquellos 111.111 km2 de superficie del país me estaban esperando, alineados como impacientes soldaditos en la redondez de su algo tramposa cifra, si non vera -por una escasa diferencia-, si ben trovata. Sin contar los flecos de los cayos, esas espinas rocosas que constelan el mar, lugares de soledad, de aves marinas y de sueños de tesoros ocultos en sus cuevas. Hubiera sido hermoso recorrer  en un barco diminuto de tripulación lacónica y patibularia los cuatro archipiélagos: Colorados, Canarreos, Jardines del Rey y Jardines de la Reina, nombrado así por Colón en honor de Isabel de Castilla. Tal vez  bajo calaveras, doblones y los viveros de esponjas y coral duerme, enterrado en profundos cofres de bosques extintos, el petróleo.

Comienzo del recorrido. Las metáforas abruman a la isla: llave, cocodrilo, perla. En realidad hoy su paisaje no justifica ningún éxtasis estético. Es un terreno domesticado, igualado, insistentemente transitado por los diez millones de población que son su gracia real. Hay cascadas, macizos montañosos, lagunas y manglares, pero es sobre todo una serie de pueblos, ciudades, llanuras, pantanos y cultivos y carece de la Naturaleza estremecedora de los Andes o de la selva tropical. No hallaré fieras, ni ese choque inconfundible que produce en los europeos el contacto con seres ajenos al hombre, hostiles o indiferentes a su especie, empeñados en ciclos de subsistencia que forman una trama ante la cual sólo cabe la observación silenciosa. Como mucho, quizás veremos en Pinar del Río los jabalíes y ciervos que atraen a los grupos de cazadores. Ni siquiera acecha en la jungla la muerte rápida de las serpientes venenosas. Hay sin embargo mosquitos de fiereza extraordinaria, ranas diminutas y pájaros que exhiben insolentes entorchados de bandera. La isla es, en fin, para bien y para mal, una trillada y parcelada provincia de España, de Europa. Pero siempre queda el mar. Con tiburones.

El grupo y su coche habían aparecido providenciales, para facilitar la primera zambullida, que fue en el verdor de los campos de tabaco. Las sierras, de los Órganos, del Rosario, se perdían como un puente en el extremo occidental y en el mar. Quién diría que en este paisaje suave e inofensivo instaló la Unión Soviética en 1962 las rampas de misiles de ojivas nucleares a las puertas mismas de Estados Unidos y que el azar, y la necesidad, eligieron este escenario para hacer vivir al mundo el momento más peligroso de la Guerra Fría. Decididamente el apocalipsis puede esconderse en la más seráfica postal.

Comento el asunto a mis compañeros de viaje pero éstos parecen no haberme oído; el tema desentona con el paraíso trópicosocial al que han ido de vacaciones y deciden ignorar su existencia. Parada en Viñales. Es un terreno de extraños montes chatos y amazacotados, los mogotes, como los de Kweilín en China.

-Aquí dormiremos. Es un centro de alojamiento muy lindo.

Edy, el jugador de baloncesto, nos conduce a la recepción, en la que nos recibe un empleado cuyas  largas chupadas a su veguero recuerdan inmediatamente a ese primer retrato de un fumador facilitado por Colón cuando habla de los indios de Pinar del Río, que llevaban siempre su tizón y sus hierbas en la mano.

Comienza una negociación laboriosa para pagar una tarifa intermedia entre la astronómica cantidad de dólares solicitada y la práctica gratuidad para la burocracia oficial.

-No, hermano. Hacemos una excepción. Fíjese que tenemos un grupo que llega de Puerto Rico el fin de semana. Mire lo que van a pagar. No; en pesos ni soñarlo.

Nuestro Viernes financiero llega a un compromiso medianamente asequible para que nos instalemos y se nos proporcione una comida cara, floja y rácana.

El complejo turístico Agua Clara ofrece sus lindos bungalows de ladrillo en lo que fue la finca de un médico, con árboles espléndidos de los que un letrero dice los nombres. Hay un estanque lateral en cuyas aguas oscuras fermenta una espesa sopa biológica y en el que sobresaltan los bramidos de la rana toro, que muge como una vaca entre las hierbas. Al final, en una glorieta de losas y césped alto que prácticamente la cubre, hay una estatua, la mitad de un esbelto cuerpo femenino semicubierto por un velo. Es todo un monumento y un símbolo a la venus latinoamericana, a la obsesiva tapada que tienta, evoca y cubre. Alrededor de este islote neoclásico la naturaleza vuelve por sus fueros. Los árboles, entretejidos en la copa con otras plantas, forman un casco bajo el que sólo se oye ese ruido y ese silencio propio de la selva, sólo se ve el color de luz nubosa, de sombra vegetal, un sordo fermento que empieza en el lodo y las plantas grises y sube por los troncos. De vez en cuando se perciben los chasquidos de una existencia no controlada.

Los viajeros antiguos afrontaban peligros naturales e indígenas diversos; los modernos se encuentran con un enemigo nuevo: El grupo del fin de semana prepara su desembarco. Hay que sortear la invasión de los tour operators todo comprendido que hacen del viajero individual el molesto representante de una especie intrusa. Más arduo que desfiladeros y comanches es evitar brutales facturas, reservas millonarias, clubs privados, y encontrar, pese a todo, lecho y sustento. Los franceses se han provisto, en la persona del jugador de baloncesto invitado a efectos fraternales y económicos, de un transformador de tarifas, que, conectado a las facturas, producirá, al convertirlas en precio para nacionales, una sustanciosa rebaja.

Pocos viajeros se resisten a la atracción del faro, el extremo, el finis terrae y el último tramo de carretera. Confieso que languidezco por seguir y seguir al oeste, tomar la senda que bordea el mar y llegar a Punta Cajón, frente por frente con Yucatán. El golfo tiene un nombre aromático, Guanahacabibes, de círculos de humo escapados de un tabaco exquisito. Cuba parece estarse fumando esta península pequeña y alargada, y enviar un soplo despectivo al resto del mundo.

Pero la parcial inclusión en las vías oficiales nos destina a los circuitos turísticos. Subimos y bajamos las colinas de Soroa. Los franceses piden caballos y se establece un plan de sanas galopadas a cascadas, valles y cimas además de la visita a una finca estatal, granja del pueblo, de cuyos logros ganaderos y agrícolas se hace lenguas el funcionario acompañante. Mi fidelidad al cuerpo de infantería me salva de las excursiones pedagógicas ecuestres y me permite cierto margen de observación y de meditación, favorecido por los solitarios paseos y las charlas con la gente que voy encontrando. En una de ellas trabo conocimiento con el jardinero Eugenio Buenaventura. Es un caballero de edad avanzada, seco, nervudo y cordial, que se esfuerza en andar erguido y observa al interlocutor con ojos que la edad parece haber velado de gris. Le miro hacer entre las plantas, inclinada la cabeza de pelo corto y blanquísimo y hábiles las manos del mismo color que los terrones de tierra oscura que maneja.

-¿Y a usted qué le parece la vida ahora y antes?.-pregunto.

-Antes, cuando la Revolución, dice… Fue bueno, al principio fue bueno. Mire, con mi color, sin estudios, poco porvenir yo tenía. Planeando estaba irme. Ya me habían dicho los amigos que en Estados Unidos bien no te trataban, pero se podía ganar.

-Pero no se fue.

-Me falló primero un apaño, un buen amigo, creía, que me hacía el puente y me metía a trabajar con un lote de peones. Además, con veinte años ya estaba casado y mi señora esperando el bebé.

-Razón de más.

-Eso fue mucho antes, la primera vez que me quise ir. Y volver luego para instalarnos como es debido, con todo. Hubo cosas, cosas de familia. Tuve que aplazarlo. Vinieron algunos que me contaron cómo era lo de Norteamérica. El trabajo bien, pero el ambiente…A mí me gusta esto, ya ve.

-¿Había mucha pobreza?. ¿Hambre?.

-Pobres éramos, pero no tanto como para pasar hambre. Tampoco tan pobres; los que conocía, por más y por menos, iban a quedar por un igual. Cuando vino lo de la Revolución enseguida la apoyé.

-¿Por qué’.

-Quería que mis hijos fueran iguales que todos, y se decía que íbamos a vivir mejor que en Estados Unidos. Sí, quería un porvenir, una consideración, un trato.

Eugenio se inclina y se alza, aparta malas yerbas. Viste una guayabera inmaculada que el agua lodosa parece respetar.

-¿Fue un éxito la Revolución?.

-No. No me lo parece.

Me sorprende sólo de forma relativa su falta de circunloquios. Eugenio Buenaventura tiene la libertad de expresión de los ancianos, goza de ese privilegio de quien nadie puede arrebatarle ya el camino, se expresa con una tranquila ausencia de ambición y de miedo.

-Lo de la igualdad se hizo, pero luego nos han mantenido todo el tiempo abajo y mírelos -señala al horizonte-, allí están, los del Estado. Puedo ir a cualquier parte, y mis hijos, tenga el color que tenga, pero vamos a muy pocos sitios, no te sientes con libertad.

-Usted es muy libre- le aseguro.

Me sonríe y mueve la cabeza. Luego dice:

-Espere. ¿Le apetece algo?.

Vuelve con dos vasos y una botellita con buen ron, amarillo y espeso. Brindamos por sus hijos y por él. Al despedirnos me sorprende:

-No crea, todavía pienso en hacer ese viaje que se me quedó pendiente a los veinte años. Pero sin trabajar.

De regreso, el lujo vespertino del marco del hotel resulta de cierto surrealismo brutal. En este decorado perfectamente elitista, cribado por el filtro verde del Tío Sam, las conversaciones de anfitriones y europeos adquieren un tono gloriosamente irreal, divinamente absurdo. El intercambio se sitúa en términos de camaradería igualitaria y progresista, de compañeros, victorias y bloqueos pertenecientes a una dimensión que sólo existe en la propaganda de los representantes de la hostelería gubernamental y en el gusto de los viajeros por las revoluciones vicarias. Es difícil determinar las proporciones de ingenuidad, pereza ética y crítica, snobismo o ansias apostólicas recicladas que existen en la percepción occidental del fenómeno cubano. El caso no es único; se inserta en la conocida tendencia a mediatizar las evidencias incómodas y las concretas servidumbres de los individuos anulándolas por comparación con los horizontes absolutos de las insondables desdichas del Tercer Mundo y los necesarios precios de la igualdad básica. Con ello el grupo logra, a mínimo coste, un reconfortante marchamo de progresía que compensa, a la vuelta a casa, de las concesiones y turbias relatividades cotidianas. El tratamiento de las situaciones del área socialista y de Cuba en concreto es, en este sentido, ejemplar.

Existe además aún el complejo de Rousseau de muchos occidentales, según el cual los habitantes del Tercer Mundo guardan necesariamente las virtudes perdidas por el hombre moderno: son espontáneos, abiertos y generosos, divertidos y sociables, y la música y el ritmo laten en ellos, junto con el afecto desinteresado, como algún oculto gen. Pasa desapercibido el que vivir en una casa estrecha, oscura y pobre echa a la gente a la bulla callejera, y que la charla, la danza y el canto son -junto con hacer el amor- las diversiones más baratas que hay.

Cuba figurará como ejemplo de manual de revolución vicaria por parte de los que defienden las utopías siempre que sean por país interpuesto y estén lejos. El aislamiento y desafío de Fidel respecto a Estados Unidos son además sumamente reconfortantes para países y poblaciones que dependen inevitablemente de la economía norteamericana y que no tienen la menor intención de apearse del nivel de vida conocido como carro de la modernidad. Queda que estas buenas intenciones no han empedrado precisamente paraísos, que con ellas se ha hecho un flaco servicio a los cubanos de a pie y que éstos necesitan, están esperando hoy otra cosa.

El gobierno de La Habana lleva en Europa varias décadas gozando de un bienaventurado silencio crítico. Cuba era pese a y se justificaba en relación al adversario y en comparación con los sectores más negros de su pasado y de su entorno. Sin embargo, como a los demás países de historia colonial, también le ha llegado al régimen el turno de ser medido por sus propios hechos, de abandonar el cálido útero del victimismo. La alfabetización completa y el sistema sanitario han anulado, y culpabilizado, cualquier análisis serio de la política exterior e interior de Castro. Tras ese burladero a la crítica, ¿qué Cuba hay?. En España el régimen cubano habrá gozado hasta prácticamente su final del incienso temperado de gran parte de los medios de comunicación e información, de la indulgencia popular, de la admiración de los huérfanos de grandes líderes, habrá vivido a base del aura de un revolucionarismo rebelde a los Estados Unidos, tanto más grato cuanto que resulta compensatorio para la Península Ibérica de su propia dependencia respecto a la economía norteamericana y proporciona a la clase política aderezos ocasionales de socialismo internacional.

En breve los cubanos necesitarán de España algo muy distinto de las calurosas adhesiones a revoluciones remotas y vicarias.

 

 

 

 

 

 

  

Iconografía y paisaje urbano.

 

Los retratos de Fidel, Camilo y el Che, a fuerza de repetirse, difuminados por el sol y las lluvias, han llegado a confundirse -los tres con sus barbas, sus ojos iluminados y las auras de sus cutis claros- en un solo y único icono semejante al Sagrado Corazón de Jesús, omnipresente e intemporal. De vuelta a La Habana, los franceses me han dejado en la ciudad vieja tras intentar, sin éxito, que suscriba una peregrina y muy gala teoría según la cual ellos, al ser pareja con un fondo común, pagarían los gastos del coche como si fueran una sola persona. La plaza me recibe idéntica en la luz y en la disposición de los seres al día en que la vi por vez primera. Aquí está el grupo de mulatos sin ocupación aparente, aquí el de viejecitos de origen peninsular –los gallegos– que hablan con poco deje cubano y comentando pasan el tiempo. En cualquier momento se puede emprender el viaje a la semilla o transcurrir cien años en un instante de soledad. El parque tiene toda la indolencia del rosario de plazas de armas a través de América Latina. Hay la estatua central, las palmeras y un curioso tramo empedrado con adoquín de madera. Se exhiben, posadas en el pavimento, campanas de diversas épocas, orfebrería de plata en el museo, plantas y azulejos en los patios, y piraguas nuevas hechas al estilo indio para probar las migraciones precolombinas desde el continente a las islas del Caribe.

Me dirijo hacia ese alojamiento de fortuna que también imagino adormecido en sus entrañas frescas de piso antiguo.

-Es espiritual.

Dicen en un susurro cuando hallo la casa de Alfonso silenciosa, misteriosa, llena de murmullos, de conversaciones a media voz que se centran en lo que ocurre en el dormitorio del fondo. Ha llegado el cuñado militar y una enferma que no explican bien si lo es del cuerpo o del alma. El marido de Lucina, que es espiritual, como dice ella, que tiene poderes, como afirman, se inclina sobre la figura echada en la cama. Habitualmente es un anciano cansino, de evidente mala salud, que se sienta en su silla de enea en el balcón y parece distraido, al margen de los problemas y levemente triste. Hoy sin embargo es la figura principal en un rito que tiene todo el sabor de santerías milagrosas. De repente Cuba está muy lejos, en África negra, en la selva remota, tribal y ajena a historia y evolución. Impresiona más este escarceo en épocas anteriores a la razón que la ordenada visita a las salas dedicadas a dioses, orishas, vudú y magia en el museo local. Aquí no hay alharacas ni fetiches, gritos o contorsiones. Sólo la mirada fija del abuelo, palabras, pases de manos, agua, hierbas y un lienzo.

-Levántale la cabeza.

Los ayudantes aproximan al perfil de cera del oficiante el rostro pálido y fatigado de la mujer.

– Descubridle el costado. Que ella no se mueva.

El humo trepa suave por su propia sombra en la pared.

Acabado todo, hay saludos y presentaciones. Han llegado la hija quinceañera de Alfonso, que ya es jovencísima esposa, y su marido. Zenia es una morenita esbelta, linda, de piel muy blanca y ojos muy negros, que ensaya su papel de recién casada con el muchacho de veintiúno. Las bodas precoces, y los divorcios numerosos, son legión en el país, muchachas que celebran a la vez el cumpleaños de los quince y su casamiento y que mezclan, en un cuerpo que ha comenzado con la menstruación a los once años o antes, los gestos de la mujer y la imprecisión, todavía en crecimiento, de la adolescente La conversación de esta pareja choca frontalmente con el tío militar, hombre del régimen, de consignas y de influencias. Zenia y Marcos ven sólo ante sí el futuro, parecen flotar sin pasado, como hierbas marinas, en el Caribe que les llevará a otras costas, se ven en el país próximo al que ya nadie considera Eldorado pero que figura desde luego en todos sus planes. Su claridad irónica se acompaña de un perfecto distanciamiento respecto a la situación que les rodea. Su única patria es el entorno inmediato.

Ahora viven apegados a la burbuja acogedora del clan familiar. Marcos estudió mecánico de aviación pero el empleo que le han dado es de soldadura; ella continúa en la escuela y ambos aseguran que abunda el paro en numerosos sectores de jóvenes que terminan sus estudios, médicos o profesores que trabajan en campos nada relacionados con su carrera, son enviados a países árabes o africanos o no tienen empleo en absoluto. La pareja quiere irse de Cuba porque no hallan aliciente ni futuro y bregan con la imposibilidad de salir del país excepto si son reclamados por un pariente en el extranjero. Muy a contracorriente e impermeabilizado ante las críticas, él se niega a cotizar para el sindicato y organizaciones paraestatales (el CDR, Comité de Defensa de la Revolución, uno en cada manzana; las MDR, milicias de Tropas Territoriales, el Poder Popular).

-Dicen que es voluntario pero si hay un problema y no estás con ellos te sacan del trabajo. Con el Poder Popular se supone que el delegado plantea pero nada se resuelve, decide el Partido. Y si les contradices te tachan de contrarrevolucionario.

-¡Ganas de protestar! ¡Insolidaridad ante el bloqueo y los malos tiempos!- y el cuñado se vuelve hacia mí para añadir -Nunca me ha faltado cómo conseguir unas cervezas o un pollo.

Hay algo benéfico, necesario en la ausencia de raíces, en el limpio corte con todo de esta fresca generación, en su nitidez de acero y de página en blanco, de vela dispuesta al mejor viento y a la que no engañarán palabras ni apariencias. Zenia lleva un corpiño fruncido que deja el cremoso escote y los brazos al descubierto. Se diría que acaba de salir de la crisálida. Todo es nuevo en la tersura de esos hombros que rechazan cargar con fardos ajenos y pasadas hipotecas. Su juventud les libera de remordimientos y del viscoso manto de las melancolías, en su historia no ha habido tratos ni compromisos. Sin saberlo, buscan ciegamente la tierra mejor en la que detenerse a sembrar.

Alfonso me propone un negocito. Oyéndole se pensaría haber caído en las redes de un capo de la Mafia. No hay tal y los bisnes, tras su secretismo y circunloquios, se reducen a conmovedoras, patéticas dimensiones. Se trata de ir a comprarles, en las tiendas de divisas, calzado y cosméticos, en parte destinados a la reventa y en parte a su consumo. Aida, su mujer, languidece por un par de zapatos de salón; es una real hembra con poca afición a la vida casera y a la que comienza a aburrir el matrimonio que tiene ya la edad del hijo: cuatro años. El tiempo ha desgastado el aura intelectual con la que se le presentó Alfonso a dar charlas de animación cultural en su pequeña ciudad de provincias.

-Cuando tomé la palabra lo primero que les dije fue: Miren, desde que llegué y tomamos contacto tenemos una buena relación, pero lo que no les perdono es que no me hayan presentado todavía a esta mujer.

Y Aida se rió entonces con esa boca generosa que muestra la pulpa blanca y azucarada de su interior. Vivieron juntos, le acompañó a otras charlas, vinieron a La Habana.

En la casa la he oído reír poco. .Lo que ahora ve es un hombre mayor que ella y con tendencia a la gordura, aprensivo y acostumbrado a recibir los cuidados de su madre, la cual recuerda con frecuencia la grave enfermedad que tuvo de niño y las secuelas que le llevan periódicamente al hospital. Cada vez las largas piernas de Aida dan pasos más largos hacia el umbral de la puerta, que un día traspasará con sus zapatos de charol negro y tacón alto.

El alojamiento en la casa ha sido una zambullida en un mundo de cambalaches, arreglos, extraños tratos y ambivalencias. El barrio lo da, y desdobla a los padres de familia y a la gente del común en chamarileros, contrabandistas e ilegales. Pero me han acogido.

-Hoy hay fiesta.- me dicen. -Vaya al malecón . Es carnaval.

– La acompaño.

Ofrece caballeroso el cuñado militar, experto en apaños y vagamente desconcertado por la desenvoltura e independencia de las mujeres extranjeras.

En busca de un restaurante, deambulamos por la ciudad, pasamos frente a sus casas desvencijadas rosas, azules, amarillas, sus chalets que fueron soberbios y muestran sus ruinas como bocas desdentadas. La declaración de La Habana Vieja por la UNESCO como patrimonio artístico de la Humanidad salva quizás in extremis algunos edificios, revaloriza la noble piedra de sillería en la que los españoles construyeron la catedral, los castillos y las alcaldías y palacios y comienza a poner andamios y algo de pintura en un desastre urbano en su mayoría probablemente no recuperable. Como todo lo oficial en el país, las reparaciones tienen algo de marco de foto, de decorado del que se sale uno al menor paso, y en seguida es la calle y su cañería rota, el portalón en migajas, la visión de un interior compartimentado en eternas divisiones provisionales.

Acabamos en el malecón, junto al que se alza un estrado. Largas filas de gente esperan conseguir en los kioskos platos de picadillo, calamares, cerdo, arroz y vasos de papel con abominable cerveza aguada. La fiesta supone el consumo ávido de un manjar que no se repetirá. También puede conseguirse un ron rebajado y de última calidad, la “ginebra de la victoria” orwelliana, que no es bastante buena para la exportación y ante cuyos despachos los bebedores hacen cola y hacen horas. Con ella y las canciones inacabablemente sensuales se emborrachan, y con los mitos y las llamadas al nacionalismo, a la patria y al honor.

Sepan, señores imperialistas, que no les tenemos absolutamente ningún miedo reza un gran panel en el que un Tío Sam torvo retrocede ante los desplantes que le hace, al otro lado de la franja de agua, un cubano fresco y sonriente. Las continuas alusiones a la independencia, los desafíos a Estados Unidos, pueriles por lo insistentes, dicen a voz en grito lo dependiente que Cuba es, la fragilidad de su situación y la aguda bancarrota económica. Amén de que la antigua dependencia norteamericana se ha cambiado por otras dependencias, ocurre que al padrino se le hace el ahijado cada vez más pesado e incómodo. Curiosa mezcla: el arrendatario de Cuba es la Unión Soviética, el patrón el dólar y el gestor el Líder carismático que se deleita en su pequeño reino colonial sin fronteras ni posibilidad de huida. En él Fidel Castro, desde su eterna Sierra Maestra, que es hoy, en la mejor tradición del secretismo, una residencia de enclave desconocido, redacta sus discursos de dos, tres, seis horas, a un público forzosamente presente; desde allí envía su multiplicada imagen en pósteres, chapas, libros, cubre la t.v. y la insoportable monotonía de la prensa, identifica la fidelidad a sí mismo y a los suyos con la dignidad y el valor personales de cada uno de sus oyentes. Al lado de esta apoteosis de completo poder, de esta fruición del dominio, los burdos placeres del dictador convencional, sus diamantes, sus queridas y sus lujos resultan desvaídos y banales.

-¿Qué tal le fue, hermano?.

-Bien. ¿A divertirse en la fiesta?.

-A divertirse.

Están probando altavoces y hay escolares con pañuelos rojos que colocan filas de asientos. El mar lame sin violencia los flancos del malecón, en el que se apoyan los paseantes para consumir la ración de calamares en salsa y el cubilete de una cerveza clara, sin espuma y sin fuerza. De la mano de sus padres, los niños caminan haciendo equilibrios por el borde del muro. Hasta el final y vuelta atrás. Los movimientos, las charlas, el mismo ritmo del paseo suceden en cámara lenta; hasta el sol duda en proseguir su itinerario y se deja llevar por la inercia hasta ese precipicio brusco de los anocheceres tropicales. Las conversaciones son fáciles, se repiten.

-La compañera no es de acá. ¿De dónde viene?.

-De España.

-¿De España? Qué lindo.

-Yo tengo un pariente en Orense. ¿De qué ciudad es usted?

-De Madrid.

-Mi tío vive en Madrid; igual lo conoce. Francisco se llama, Francisco Figueira.

-No me suena…

-Por una calle que se llama Soria vive, un tipo alto.

-¿Le gusta Cuba?.

-¿Vino a pasear?

Y al atardecer comienza el discurso del Hermano Grande.

La voz del Líder Máximo es histérica y algo afeminada. Durante horas resuena por las callejas sembradas de charcos y basura, rebota en fachadas patéticas, carcomidas, roídas por la incuria más total, por el uso triste y la humedad apática. La voz es exhalada, mezclada con un vaho a inmundicias, por los portalones desvencijados de umbrales reventados y cables al descubierto, por las cañerías que gotean y son cubiertas a veces por una arpillera. La voz sale de pasillos lóbregos, de escaleras en cuyos rellanos el polvo se arrincona como harina y que tienen el pasamanos remendado con cuerda; se derrama desde balcones sin alegría ni colores y se ensarta en el amasijo de hierros corroídos que un día fuera airosa baranda o coqueto esquinazo con farol.

También suena la voz en los restaurantes que no ofrecen apenas nada y no tienen pan porque no hay harina. Y en los omnipresentes olores a orín, carencia y óxido. La voz desafía a imperialismos, promete resistir a bloqueos, se esfuerza visiblemente en crear un ambiente bélico y numantino que maquille la tiranía local y la escasez, que justifique como economía de guerra la infinita incuria y la grisura; la voz reina tras las paredes de agua y ron de la isla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prensa

 

Revuelo en la plaza. Hay novedades, noticias en los periódicos, grandes titulares de hechos que sin duda van a cambiar el destino de los ciudadanos, o que cuentan sucesos que estremecen al mundo y reajustan la estrategia de economías y naciones.

-¡Mire!.

El señor pone ante mis ojos una página y subraya con el dedo algunas líneas: Cuba no aceptará más revistas rusas, se suspenden Sputnik y Novedades. Y añade para completarme la información, con un guiño de entendimiento:

-Ayer la televisión dijo que la URSS iba a arrendar las empresas estatales a particulares, que se pasa al capitalismo, vamos.

Y en el tono hay una capa, una ligerísima capa de la preceptiva indignación oficial, y debajo una indudable ensoñación de cambio propio, una esperanza.

En esta placita del mentidero, bajo los árboles y el calor, la gente busca claves de posibles cambios en el desciframiento de los medios de comunicación de la isla, todos gubernamentales. Semejantes en esto a cualquiera de las democracias socialistas de otros lejanos puntos del planeta, los cubanos se entregan al deporte de la lectura entre líneas.

-Fidel no cederá.- Comenta moviendo la cabeza un segundo lector.

Castro se distancia, en altivo caballero solo del comunismo. De sus súbditos, ninguno se atreve a disentir abiertamente, nadie osa criticar en voz audible su política. Esperaron durante la visita de Gorbachov un principio de liberalización y se encontraron con un refuerzo de las cerraduras. Los cubanos, conocedores de una forma fragmentaria y brumosa del planeta que los rodea, de su evolución, problemas y cambios, se entregan en su espacio claustrofóbico a los negocios con los que raspar algo del mundo de los dólares, compran, revenden, queman energía en las frustraciones, las colas y las quejas en sordina, gritan consignas antiimperialistas y valoran según la divisa norteamericana. Esto introduce varios niveles de mendicidad respecto a los extranjeros, un abanico de comportamientos que va desde el robo, la estafa y -raramente- el ataque, hasta la continua trampa de supervivencia. Produce sobre todo un generalizado sentimiento de indignidad, envidia, temor y degradación personal. El maduro padre de familia, el profesional respetable, se encuentran suplicando al turista, a cualquier turista en cualquier circunstancia y ocasión, una ayudita, un cambio, el aval de su pasaporte para comprar en la diplo o en el shopy zapatos, colonia, gafas de sol. La negativa produce con frecuencia un drástico descenso en la cordialidad caribeña y la desaparición súbita de solícitos amigos.

Junto a la muralla, protegidos del sol por un tejadillo de madera, tres carteles con letras azul, naranja, rosa envían sus mensajes desde  un fondo blanco amarillento: banderas, defender, territorio, esfuerzo, mantener, obligar, agresión, seguir, fuerza, no, ni, ninguna, victoria, futuro. En la mayoría se repite la glosa : ¡Marxismo-leninismo o muerte.! ¡Patria o muerte!. ¡Revolución o muerte!. Las consignas gubernamentales no dejan, a decir verdad, a los ciudadanos un gran margen de elección, ni suelen los líderes adeptos a ellas ir en vanguardia con un suicidio ejemplar. Yo o el caos resultaba menos drástica que las continuas consignas estatales tanatofílicas. Mejor que ser numantinos forzosos los cubanos preferirían vivir bien, al menos con fruta y verduras frescas, servicios que funcionen y derechos humanos y políticos. El Líder Máximo ha atacado al revisionismo húngaro y polaco y se escandalizó de las nefastas tendencias liberalizadoras y de los problemas internos en China y la URSS. Su política tiene la crispación de las épocas finales y se adecúa con el aire de atraso y estancamiento que impregna el país entero. La prensa sigue describiendo, en el monolítico lenguaje estalinista de hace cuarenta años, un mundo blanco-negro de comunismos triunfantes e imperialismos capitalistas al acecho. La manipulación informativa es, en la prensa cubana, sólo comparable quizás a los periódicos de Albania o Corea del Norte. Panamá sirve para que se clame contra la injerencia del Tío Sam en Centroamérica, pero se silencian las implicaciones de Noriega en el narcotráfico, su fraude y abuso electoral y su terror entre la población porque importa al Partido Comunista Cubano enardecer a la opinión contra enemigos externos, recabar nacionalismos y soberanías y omitir la mención a las tiranías internas y a la situación real de seres concretos.

-¡Con estas manos cosí yo brazaletes clandestinos cuando la revolución!.

La canción de la abuela Lucinia, el disco brillante por el uso de su existencia entera, gira de nuevo. Sus manos de costurera trabajan sin cesar, llevan haciéndolo toda la vida. Nos sentamos junto a la luz, ella con sus agujas y sus hilos, yo con mis mapas y mis notas.

-Del dinero por lo que hago, el Estado se queda con el sesenta por ciento. Me explotan, mija, como me explotaron los dos regímenes anteriores. Sí; con el castrismo mis hijos estudiaron. Y, ya ves, en la nevera comida poca, pero algunas medicinas guardamos dentro.- reconoce.

Pero se queja de que actualmente muchos de sus hijos y todos sus nietos sueñan con salir del país o con un cambio que dé alicientes al estudio de una carrera o al ejercicio de una profesión. El benjamín vuelca sus esfuerzos en la compra de unos pantalones vaqueros, el cuñado militar sigue sin comentarios las mutaciones de la economía rusa, se declara convencido de que la alternativa es o el marxismo castrista o los niños mendigando y las masas analfabetas y bendice la red de conocidos y colegas que le permite el acceso a cervezas, carne y ron, el primo mecánico cuenta chistes sobre los inalcanzables filetes y utiliza apodos irónicos cuando habla del Presidente y su poderoso clan familiar, los que escaparon a Miami gestionan la ayuda para que otros de la familia den el salto y envían zapatos, la oveja negra comercia en la Habana Vieja con turbios dólares.

La descomposición del bloque socialista, el desmigajamiento del Este y el reconocimiento general de la rentabilidad de la democracia pluralista coloca a Fidel y a su grupo en una imposible alternativa que han resuelto con la huida hacia delante, la purga entre los delfines del poder, la vuelta de la tuerca del estalinismo económico y de la represión. La fijación en su imagen de hace décadas tiene en el Líder Máximo algo de trágico complejo de Peter Pan guerrillero, célibe, solo. Lleva treinta años lanzando a la muerte, con el mismo fervor con que los vacuna y alfabetiza, a cubanos de diecisiete, en Irak, en Venezuela y Colombia. Lo que más puede temer tal sistema es la vida civil, las exigencias de la gestión pacífica, de la administración y la política. Su pesadilla es aquella frase de un estratega norteamericano dirigida a la Unión Soviética en los comienzos de la Perestroika: “Vamos a hacerles a ustedes algo horrible. Vamos a privarles de enemigo.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Oda a los jefes de turno

 

Hay una institución nunca bastante alabada que practica, en el anonimato y sin remuneración ni mordida, el auxilio al viajero: son los misericordiosos jefes de turno, gracias a cuyo auxilio he logrado ir recorriendo la larga geografía de la isla. Ellos son los responsables de las estaciones de autobuses de línea en las que el público, como en cualquier otro servicio, hace cola durante días. La tarea de desplazarme al margen de los circuitos turísticos, de los mágicos billetes del Tío Sam y de la policía, hubiera resultado imposible de no ser por la buena voluntad, el desenfado, la iniciativa personal de esta gente, impensables en otros regímenes de burocracia socialista. Equipaje al hombro, aprendí a repetir el mismo ruego, a preguntar en cada oficina por el jefe o la jefa de turno, a exponerle mis anhelos de solitaria viajera, sin excesiva insistencia. Ellos escuchaban, eran parcos en comentarios, me indicaban que esperara, y tarde o temprano me introducían en un vehículo provista del precioso y diminuto boleto.

El mapa del país ha quedado para mí jalonado de estos San Cristóbal negros, blancos y mestizos que me tendían la mano para saltar entre las dos postales y echar a andar por la cálida marejada de lo cotidiano. Porque Cuba limita con dos postales no excluyentes: la turística y la política. A aquélla pertenece el paraíso dorado caribeño, las mulatas -y mulatos- azucarados, el merengue y el ron. A ésta la simpática democracia proletaria hispanoahablante provista de médicos, maracas y barba. Las orillas de ambas tarjetas se alejan irremisiblemente tras la zambullida en la vida diaria; tan rápidas como mis posibilidades de poner otra vez pie en ellas. Y me hallo con una imposición caótica, no elaborada, de la realidad, en toda su materia bruta, sin censura ni cinceles.

Desde la delegación simpatizante hasta la pareja en luna de miel pasando por el intelectual en vacaciones de progresismo latinoamericano, el viaje era, desde el avión, un plato semicocinado, que se espolvoreaba ligeramente de detalles entrañables durante la estancia para luego ponerlo directamente al horno y consumirlo a la vuelta dentro del menú habitual de las buenas conciencias y las posturas rentables. Sólo cumplía superponer la isla a su modelo, quizás con unas gotas -la indispensable espina en la rosa- de suave crítica respecto a cierto posible apego al poder personal refiriéndose a las décadas de Partido y Jefatura únicos de Fidel Castro. Si, durante la gira, algo desentonaba, se saltaba ágilmente fuera del tiesto recurriendo a la miseria en Calcuta o a los asesinatos en Brasil.

Los jefes de turno figuran en cada nudo de un mapa de nombres espléndidos por cuyo solo hechizo hubiera valido la pena recorrer distancias: Ciego de Ávila, Sancti Spiritus, Esmeralda, Santa Clara, Cienfuegos. Ellos me han ido abriendo las puertas de los rincones de umbría, las playas aplastadas por el sol, el verde extenso de las plantaciones, las ciudades que aguardan el comienzo del día con los primeros claros de la amanecida, la intimidad del salón y la velada en una casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camino al sur

 

Cuando se viaja, se viaja también por el mapa. Hay un diminuto doble del viajero que recorre, previamente, con pasos microscópicos, las líneas punteadas, los guiones, que salta sobre el pálido trazo azul de los ríos y que se sitúa dubitativo en la punta del lápiz que reposa sobre las cifras de la altura de una montaña. Mi material es precario y poco fiable, carece de la precisión y el acabado de la cartografía germánica y las exhaustivas guías anglosajonas pero tiene el encanto del rudimentario atlas de las escuelas de mi infancia, y los pequeños manuales con los que lo complemento son un dechado de propaganda castrista enmarcado por la beatífica admiración de la intelligentzia europea. Entre ataque y ataque de indignación, disfruto bastante con el rosario topográfico de maravillas revolucionarias.

El itinerario que, desde La Habana, me dibujo promete dichas sin cuento porque, obediente -en parte- a las agujas del reloj, me iré primero hacia el sur de la provincia de Matanzas, que tal vez hace honor a su nombre con emociones inolvidables, y luego, siguiendo fielmente la curva que la isla marca, iré hacia el Oriente, por su ancha medialuna al final de la cual me esperan las primeras bahías que vio Colón.

Además de una fe inconmovible en el régimen, los redactores de los libros que manejo disponían ciertamente de esos medios de avanzada técnica burguesa que permiten alcanzar, en breves días, todos los rincones disfrutables y remotos sin la servidumbre de transportes colectivos, amplias masas populares y avituallamiento precario. Poco importa. El viajero microscópico reconoce en el precario papel y las escasas tintas del plano local las modestas ilustraciones de sus textos escolares y recupera la certidumbre de que cada paso al otro lado de los guiones que marcaban fronteras significa adentrarse en espacios de diferente color. Así del amarillo Estados Unidos desciendo al verde México, sorteo el ocre insulso de Belice, paso por el carmesí de Guatemala y el blanquecino El Salvador y, desde Honduras violeta y Nicaragua naranja, oteo en un mar azul pálido Antillas de todas las tallas, Puerto Rico como un dedal de oro, Santo Domingo castaña con la cabellera de Haití todavía agraz, Jamaica cereza al ron, y por fin Cuba, señorial y fina, con un cinturón de provincias que unen los broches sonoros de estas ciudades.

Por la ventanilla abierta del desvencijado autocar llega, con el aire, la palpable certeza de que el viaje al sur ha comenzado.

Por la noche, un hálito fermentado y dulzón se mezcla al calor sofocante y recuerda que al extremo meridional de Matanzas cuelga un infierno. La provincia se deshace en las ciénagas de la península de Zapata donde, como en un escenario de las primeras edades de la Tierra, son los saurios reyes absolutos. Algo se les ha empujado con valientes cultivos de frutales y cocoteros pero la vecindad del mar ensancha su imperio aunque ahora estén empadronados en un parque nacional de cría de cocodrilos que hace la competencia a su homólogo de Tailandia. Estos futuros bolsos y zapatos sonríen malignos en espera de su ración cotidiana más las propinas que puedan caer y tal vez planean vacaciones, y una saludable variación gastronómica, en los territorios de sus salvajes primos que residen al pie de Sierra Maestra.

Un lugar tan inhóspito, al que los mosquitos hacen cuanto pueden para volver netamente invivible, debe tener por fuerza la compensación de un tesoro y, quizás por ello, existe una laguna con este nombre en la que un jefe taíno perseguido por los españoles habría lanzado sus sacos de oro. Es muy posible que el cacique indio planeara así una refinada venganza póstuma, o que esta riqueza, como la olla del arco iris, pertenezca a la extensa familia de los espejismos del oro inalcanzable.

Mortificados suficientemente por la estancia en la Ciénaga de Zapata, los turistas pueden entregarse a la meditación revolucionaria e histórica en las vecinas Bahía de los Cochinos y Playa Girón.

En 1961 desembarcaron en esta zona tropas cubanas opuestas a Fidel a las que apoyaba logística estadounidense. El Gobierno de La Habana contraatacó y venció con la ayuda de la Unión Soviética. El lugar es hoy un gran museo a cielo abierto con monumentos a los caídos, restos de barcos y aviones y pabellones en los que se explican los tres días de batallas.

Esta es toda una zona bélica, de grandes luchas y victorias decisivas. Santa Clara abría las puertas hacia la capital y el centro de la isla; en ella se enfrentaron las tropas de Batista y los guerrilleros del Che, surgidos de las sierras de Escambray para cortar las comunicaciones gubernamentales con la zona oriental; y lo consiguieron con el ataque a un tren blindado y la reunión con la columna de Camilo Cienfuegos en 1958.

La tradición militar viene de largo porque toda la vecina provincia, al sur de Villa Clara, debe su nombre al gobernador español José Cienfuegos, que favoreció en el siglo XIX la inmigración de familias francesas procedentes de Burdeos y la Florida. Cienfuegos ya no es, sin embargo, la Perla del Sur, ha perdido su oriente. La capital de nombre tan luminoso es en realidad una ciudad pequeña encajonada en su bahía y volcada en la actividad del puerto mercantil de donde parte la cosecha de azúcar. Hay algo sin embargo en ella de aura romántica, bajo la capa impersonal de los bloques de viviendas en los que no queda prácticamente aire colonial alguno, si se exceptúan contadísimos edificios. Cienfuegos recibía las frecuentes atenciones de los piratas y de los mercaderes de esclavos, de manera que llegó a distinguirse por una población negra particularmente numerosa que el gobernador intentó quizás cortar con los pálidos colonos franceses. Se habla en ella de la segregación que mantuvo hasta mediados de este siglo la zonas de blancos y de negros, pero la mezcla con criollos y mestizos es tal que por fuerza tales medidas tuvieron que tener mucho de simbólicas.

He apuntado, cuidadosamente, la visita al Jardín Botánico que está entre Cienfuegos y Trinidad. Es sin duda cita obligada para los especialistas en palmeras y bambúes, pero a mí me atrae la presencia en él de la Lucy de los árboles antillanos, una palmerita-alcornoque que vio nacer, hace millones de años, a todos demás los habitantes de estas tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Trinidad

 

No, Trinidad no tiene nada que ver con frías e incomprensibles abstracciones teológicas. Contra historia y cronología, el primer paseo por sus calles blancas recorridas despacio por muchachas morenas, la pausa ante la ventana de reja andaluza, el descanso en la majestuosa Plaza Mayor, todo me lleva a creer firmemente que su nombre es el de alguna mulata que volvió loco al jefe de los conquistadores. Porque la ciudad es antigua y femenina, recoleta y con sabor a zumo de caña, carne ondulante y prieta, plantas de patio y almidón. Diego Velázquez la escogió en 1514 como una de las primeras poblaciones de la conquista por su topografía, su pequeño puerto de Casilda y las escasas pepitas de oro que se hallaron en algunos arroyos, eclipsadas luego por las riquezas de la Nueva España. De Casilda partieron las naves de Hernán Cortés, rumbo a las desconocidas tierras de Méjico y de un continente entero cuya inmensidad aún no se vislumbraba. Trinidad prosperó como centro mercantil de azúcar y de esclavos, cruce de caminos y residencia criolla, adornada por preciosos edificios y orgullosa de su alegre vida social. Con el siglo XIX llegó el ocaso; el comercio se desplazó al puerto de Cienfuegos, la esclavitud fue abolida, los plantadores se instalaron en otros puntos de la isla. Hoy es en su conjunto un monumento de refinada elegancia colonial con lo que fueron hogares de grandes familias y se han transformado en museos, como el Romántico o la Casa de Iznaga. La pequeña ciudad también recuerda su tradición de centro cultural con el Museo de Ciencias Naturales Alexander von Humboldt y el Arqueológico.

Desde la profundidad de un espejo ovalado con marco de orfebrería, suspendido en la pared sobre una mesita de ébano con camafeos y adornos de concha, me mira, reflejado, el retrato de una mujer de otro siglo, severa en su traje gris de cuello alto, insensible al tremendo calor de Cuba, a la calle de fuego de la que la defiende el balcón entreabierto. La habitación es larga, los muros son anchos y el suelo de losa un estanque de frescura. Alguien pasa al otro lado de la reja blanca, a través de la cual la señora habrá mirado en largas, interminables tardes, con sentimientos contradictorios de satisfacción por su seguro refugio y nostalgia del exterior imprevisto y ardoroso. Esta mujer del retrato es blanca, como las paredes y el aire de la estancia cerrada y fresca, y está metida en su marco, metida en su espejo, frente a las luminosas rejas que impiden al tiempo pasar a la casa colonial.

El extremo opuesto de la decoración solemne y tradicional de esta casa patricia son sin duda los cuadros de Benito Ortiz. Trinidad tiene en él a su Douanier Rousseau, un zapatero que, a la madura edad de setenta y cinco años, se dedicó en 1964 a pintar paisajes y escenas de su ciudad en cuadros naif. La clave de su éxito reside sin duda, no sólo en el valor pictórico de sus telas, sino en el hecho de que éstas desprenden la atmósfera intima, tierna y afectuosamente coloreada de la ciudad sureña.

 

Israel, apodado El Moro, es un vitalista extrovertido y calculador que maquina, discute y propone continuamente a su alrededor relaciones y negocios. Le acompaña El Sirio, astuto mercader de nariz y labios carnosos y contextura gruesa y fornida.

-Con nosotros todo le costará más barato.- me aseguran.

-Pagará tarifas cubanas.

-Encontrará habitación en el hotel, en nuestro mismo hotel. Venga.

Y se empeñan en ayudarme con mi equipaje, dialogan en la recepción, buscan agua, son todo solicitud.

El pago de servicios esa tarde consiste en acompañarles a la shopy y efectuar para ellos con mi pasaporte compras que luego revenderán. Algo ven en mí de las pepitas de oro que ilusionaron a Diego Velázquez.

Pero mi filón es escaso, no está a la altura del panorama de bisnes que ambos vislumbran. Como son gente hábil, agradecen la primera inversión de cuatro pares de zapatos y, antes de abordar nuevas peticiones, pasan en la cena al capítulo de las confidencias. El Sirio se dice divorciado y con un hijo que, por haberlo sacado del país la familia de la mujer a los seis años de edad en lo del Mariel, no ha visto a su padre desde hace nueve ni podrá verlo hasta 1991. El Moro, de unos cuarenta y cinco años, algo ajado pero aún bien parecido, profesor de deporte y más discreto, apura su ron y asiente.

-Lo de su billete de tren a Santiago délo por resuelto.

-Con un adelanto de veinte pesos basta.

-Ya verá. Ningún problema. Como yo viajo también con usted, me encargo de buscarle el hotel allá.- afirma El Sirio.

Aunque empezaron invitando ahora la cuenta llega y es empujada suavemente hacia mí. En el desayuno ambos se declaran bruscamente insolventes. Han visto sin duda las limitaciones del filón. Intentan un postrero y persuasivo:

-Calcule los dólares de hotel que ya, gracias a nosotros, se ha ahorrado.

-¿No cree que podríamos ir a comprar unas colonias?.

-Por interés en realidad no lo hacemos. Más que nada la intención era ayudar. Pero podríamos….

Se impone el cambio de planes. En vez de intentar ir directamente a Santiago, echaré primero un vistazo a los alrededores y luego me dirigiré a Holguín, en donde tengo la dirección de un viejo amigo de Alfonso.

Emprendo la ruta, la quebrada y polvorienta ruta de accidentes imprevisibles y previsibles ayunos.

¿De qué me quejo?. Ha venido a visitarme el fantasma de Humboldt, para que me avergüence de mi raquítico espíritu de aventura, de mi simulacro de osadía y de mi flaca resistencia. Es un hombre señorial que, sin perder su porte de caballero germano y su seriedad de científico, recorrió el ecuador y los trópicos, fatigó América con el minucioso inventario de sus especies, sistematizó en los comienzos del XVIII el mapa biológico de la corteza terrestre. Los milagros ocuparon un lugar en sus esquemas, fueron medidos y clasificados: la luz, las distancias, la longitud y latitud, el magnetismo, la electricidad, el calor, la humedad, la transparencia. Él deshojó y fue leyendo los estratos y supo, en ellos, de la vida de los fósiles, trilló el mar, las corrientes y los ritmos del océano, distinguió las migraciones de los vientos y cuantificó el lejano resplandor de las estrellas. Este hombre de las Luces en las que confiaron los nuevos países de Hispanoamérica con tan ingenua devoción ha dejado un profundo recuerdo en estas tierras a las que dedicó buena parte de su vida y por cuya naturaleza sintió fascinación. Su fantasma, inclinado sobre vagos mapas, acampado en la jungla que cierra con silbidos y venenos el paso a la existencia humana, me reconforta. Sube, con sus cuadernos de notas, sus instrumentos y sus frascos, por las aguas y las alfombras de mosquitos del Orinoco, del Amazonas, apunta bajo la luz escasa y el aguacero, escribe, observa, escribe.

En la oscuridad de la selva, en el pequeño y agitado camarote de un barco que busca islas y mares extraños, otros acompañan, preceden, suceden a Alexander von Humboldt. Algunos pertenecen al triste grupo de los ignorados que maltrató con su desdén España. Desde otras latitudes llega Alejandro Malaspina, que traía relatos de horizontes australes y fue recompensado con exilio y prisión. Y con él la sucesión de los que encerraron en dibujos perfectos los animales y las plantas.

Hay una extraordinaria nobleza en esa cruzada física, sin banderas, santos ni devociones, absorta en el saber y el cerebro. ¿Cómo observar sin añoranza aquel amanecer lejano de la Edad de la Razón?. ¿Cómo no envidiar su esperanza, su futuro preciso, la pasión con la que quemaban su cortas vidas, puesta la vista en las luminosas riberas del porvenir?. De ellos sorbieron las jóvenes naciones de América la alegre certidumbre del camino amplio, la confianza en el propio poder; con ellos aprendieron a ignorar la religión y la magia, a vivir la exactitud comprobada del presente y a olvidar sumisiones y oscuros miedos, como ellos descubrieron su mundo, y diseñaron banderas geométricas de vivos colores en las que reflejaban esa voluntad sin la que ningún Estado existe.

Humboldt me ha abandonado. El futuro ya no es lo que era y me enfrento al retorno de los brujos. Habré de fingir sometimiento al ritual y el conjuro, retroceder a las fangosas tierras de la incertidumbre en las que mi época se complace, dejar que, fragmentado, vuele el cerebro, avergonzado de tenacidad y referencias, abdicado de sí mismo. Y lo irracional se elevará como una vasta e impenetrable selva con muchos menos exploradores que adeptos. Aunque quizás Humboldt continúa, siempre continúa, instalando en la playa turbia de un río de nombre desconocido su tienda de campaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camino al centro

 

El autobús se ha alejado del mar, de los todo terreno y los barcos alquilados que permiten conocer las blancas y solitarias playas, los hermosos rincones remotos por los que no pasaremos ni mis cubanos compañeros de viaje ni yo. Con el vehículo, rodamos obedientes por las rutas sin derecho a postal, pero algo se otea de la zona montañosa y dura que hacia el este va descendiendo. La sierra de Escambray llega a la aquí extraordinaria cota de los mil metros, con la belleza propia de la vegetación tropical de altura. Parece que en estos vallecitos hay testigos de Jehová, también iguanas, aunque ni los unos ni las otras se dejan ver. Ya no quedan, sin embargo, guerrilleros malos, grupos anticastristas que resistieron en estas asperezas. La capital homónima de la provincia, Sancti Spiritus, tiene dimensiones muy moderadas y un tranquilo aire colonial en su plaza y su iglesia del XVII. No puede menos de añorarse ese tiempo detenido de las pequeñas poblaciones, el movimiento ondulante como una respiración en el que no parece haber desplazamiento alguno sino tan sólo el balanceo circular de objetos que flotan en las olas. Es, sin embargo, y lo sé, lugar de inquietudes dormidas, de libertades mínimas repartidas de forma harto desigual. Bajo su aparente placidez hay estancadas regiones de angustia, de obligada permanencia, rutina y vagas miradas a la distancia y hacia el cielo. Cabalgaron, emigraron los hombres; se quedaron las mujeres y los esclavos, luego sólo ellas, en casas grandes y frescas pero sin caminos. Ahora el autobús pasa de una población a otra similar y rompe, sin saberlo, burbujas de tiempo detenido, de mujeres en posturas de eterno servicio, de eterna espera, inmortalizadas una y otra vez, muy a su pesar, por poetas de frutos en sazón, por escritores de realismos tan mágicos como sórdidos.

Desde su estatua en la iglesia, una Virgen sujeta a su peana me mira con un rostro regado de cristalinas lágrimas y rodeado de ricos encajes.

 

Ciego de Ávila. Me alegro de pasar por aquí al menos por el nombre, y por la añoranza de un tren que las circunstancias me impiden ahora tomar y la une a San Fernando, en la costa norte que tal vez podré recorrer a la vuelta. Entonces tomaré un sorbito de la famosa agua de Morón e incluso puede que encuentre un lugar solitario y propicio para soñar con los vecinos cayos. Acostumbrada a los méridas, madrides, toledos y trujillos que salpican Hispanomérica, Ávila, en Cuba, resalta por su soledad entre topónimos de adaptación local. Aquí no vieron los conquistadores sus patrias chicas de origen, no experimentaron la necesidad de alzar duplicados de la ciudad natal. Probablemente se debe a que la isla fue una plataforma de tránsito, embarcadero, cala y base para expediciones hacia territorios ricos, extensos y estables, a la defensiva contra los piratas y, pese al dominio oficial español, obligada a entenderse con naciones influyentes, grandes vecinos y grupos numerosos de inmigrantes.

No hay tampoco en Cuba esa innumerable población indígena y mestiza que marca con su sello los países del Continente. La peculiaridad de la isla está en algo muy distinto, en cierto cosmopolitismo en olas sucesivas que rompían en esta avanzada atlántica con su marejada de costumbres, aspecto e ideas. Los supervivientes de las tribus autóctonas están totalmente diluidos en españoles, africanos, franceses y colonos de diversos orígenes. Sin olvidar el breve pero significativo contacto con Inglaterra: en 1762 los ingleses ocuparon La Habana y obligaron al Gobierno español a abrir su puerto a todas las rutas y naves comerciales. Aunque se retiraron, en dirección a la Florida en 1763, dejaron tras ellos las semillas de las logias masónicas y de la libertad de cultos de las que se nutrirían, un siglo más tarde, los progresistas e independentistas. El siglo XVIII fue también en América la época efervescente de la general Muerte del Padre: el Rey, España, la Iglesia Católica, el pasado criollo. Estos asesinatos tan saludables suelen dejar de serlo cuando pasan de ideológicos a físicos. En el caso de Cuba, difícilmente podría la Madre Patria -enfangada en sus propios problemas del paso a la modernidad- haber llevado a cabo el proceso de independencia con mayores dosis de estupidez patriótica y egoísmo cerril y criminal de los grande propietarios criollos, contra los que clamaron vano el puñado de ilustrados tardíos y la Generación del 98

 

Qué lejos se ha quedado el mar y con él las costas del sur y la barrera de coral que probablemente no veré. Formo con sus referencias un claro recuerdo imaginario, sigo su perfil con el pensamiento y las guardo desnudas, cubiertas tan sólo por la belleza de sus nombres: el Golfo de Ana María, el archipiélago de los Jardines de la Reina, el Laberinto de las Doce, los cayos de las Doce Leguas y de las Cinco Balas, salidos todos de un cuento medieval, y respondidos tierra adentro por nombres indígenas con sonoridad de ave selvática: Jíbara, Sanguily, Guasimal, Júcaro, Guayacanes, Majagua. Ahora nos adentramos en las caderas anchas de Cuba, una lisa extensión que se abre hacia el este y en la que la carretera traza una línea monótona. Su lustroso aspecto de llanura fértil explica la incursión en el siglo XVII del pirata Henry Morgan. Es zona de granjas y pastos, cuadrículas verdes y establos. El inefable librito que, inasequible al desaliento y a la hilaridad que su devoción por el régimen me produce, hojeo me informa de que aquí se ha logrado una importantísima victoria al sustituir los latifundios azucareros por la ganadería con éxito tal que Cuba está a punto de llegar a ser uno de los mayores productores mundiales de leche y carne por habitante. Serán sin duda los habitantes de otros países a cuyos felices mercados, neveras y restaurantes se destinan. Ya quisieran mis compañeros de viaje entrar en relación intensa y directa con un bistec, aunque éste fuera del cebú importado de Asia al que, con escaso respeto por la Tríada hindú, los campesinos llaman brahma. A las gloriosas perspectivas cárnicas añade mi libro una versión perfectamente literal del cuento de la lechera según la cual Cuba sobrepasará en breve, en el consumo de ese líquido, a los países escandinavos. Por supuesto las gallinas tampoco se quedan atrás en este vertiginoso y exponencial frente de la producción.

A veces divisamos un pequeño bohío que, con sus palmeras, sus flores y su huerto, parece dibujado a pincel para romper la igualdad de este paisaje solitario y tiene el engañoso aire idílico de toda casita campesina a través del rosado filtro de una conveniente distancia. El autobús lleva un tiempo sorprendentemente largo sin sufrir ninguna avería. Mis vecinos de asiento se han despertado de la siesta y charlan con animación, dos señoras hacen labor, el chófer y su ayudante conversan y los kilómetros se desperezan hacia la todavía lejana población.

¿Cuánto hace que salí de Trinidad?. ¿Cómo pueden ser tan largos, tan sinuosos y fragmentados los caminos que atraviesan la isla?. El tiempo se ha disuelto, triturado, en noches insomnes, centrales de autobuses, largas conversaciones, regateos, rostros que se concretan unos instantes y después desaparecen en la oscuridad. En la pequeña población de paso ha corrido la consigna de hotel en hotel local para que no me den alojamiento con el fin de forzarme a aceptar el de extranjeros a muchos dólares la noche. No lo hago y, de rechazo en rechazo, oigo en las casas particulares que de muy buena gana me alquilarían habitación pero temen las represalias de la policía.

 

Non le diesen posada;

Si non perderíen los haberes

E más los ojos de la cara.

 

Menos melodramático pero bastante incómodo.

El paisaje se reduce a olor a gasolina, calles, fruta, pan, lo que se encuentra, salas de espera, bancos, ceremonias rituales de súplicas al jefe o la jefa de turno -que responden con eficaz benevolencia-, transbordos, casas y árboles que huyen y se hunden silenciosos en la lejanía y la cálida noche, sueños de viajeros tendidos en asientos desfondados, insomnios de pasajeros mientras mordisquean una galleta y levantan de cuando en cuando la cortinilla.

Mi compañera de asiento es una mujer cordial, joven, encantadora, cuyo marido fue muerto en Angola -era de las FAR, soldados a los que el Gobierno envía a quien le parece oportuno y por cuyos servicios cobra sumas nada despreciables- hace dos años. Él había estado antes en Etiopía y Libia. Ambas nos estancamos, mugrientas, en Camagüey hasta que la jefe de turno, una maternal negra teñida de rubio, me proporciona un billete para Holguín. El último tramo del viaje es polar, con frígido aire acondicionado. Espero, amarrada a bolso y mochila, dormitando, el amanecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Holguín

 

La ciudad es, en este momento, semejante a todas las del planeta, queda, cerrada y distante, envuelta en el fino celofán de la hora que precede al primer claro del día. Sus gentes yacen inermes y ajenas, inalcanzables en su sueño, carentes de sonido y de color.

Que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos.

Nada ha comenzado todavía, no hay un paso en la calle que rasgue la superficie gris y transparente que recubre las puertas, las copas de los árboles, la acera y los tejados. Aguardo, ante la casa del amigo de Alfonso, a que se despierten.

La vivienda es una construcción de dos pisos inacabada y habitada tal cual como muchas otras. No hay materiales de obra, falta el yeso, el cemento, la pintura, los ladrillos. Se va poniendo lo que se encuentra y se vive como el molusco que genera desde el interior las sucesivas capas de su concha. La familia me acoge con generosa cordialidad.

-Te alojas aquí, cómo no.

-¿Y si tenéis problemas?.

-Tranquila. Ya se verá.

El amigo de Alfonso, Gustavo, es un hombre flaco, con bigote negro, reservado y serio pero con sentido del humor e independencia de criterio. Tiene dos preciosas hijas que preparan la gran fiesta de los quince años, ese rito esencial en toda Hispanoamérica. La mujer de Gustavo es suave, muy blanca. La abuela dirige en la cocina, entre las jaulas del corral y la gran mesa con mantel de hule, todas las operaciones. Al clan se suman las dos hermanas casadas, Marta y María, que llegan a la visita diaria, y sus respectivos maridos, que aparecerán más tarde.

Me han dicho que descanse, tras mis noches de viaje, en la cama del cuarto de arriba. El techo es de chapa y su efecto de horno se manifiesta en una brusca pérdida del oxígeno, un cortacicuito en el cuerpo tendido bajo el aire caliente y el metal. Sólo me recuperaré de la asfixia mojándome la cabeza y huyendo abajo.

Hay tertulia, numerosa, sentados a la mesa rectangular que ocupa casi toda la cocina.

-La situación es pésima.- dice Rogelio, uno de los cuñados.

-Antes las cosas no iban tan mal- objeta Marta, que fue pionera del Partido y tuvo una juventud militante.

-Mis hijas todas estudiaron, pero de poco les vale- tercia la abuela.

-Yo hice mi carrera- afirma Marta.

-Pero ¿qué porvenir tiene mi hijo? – pregunta María.

Gustavo interviene poco en la conversación. Tiene un bigote expresivo que habla por él, encierra divagaciones, se curva con preguntas sin respuesta, absorbe dudas y oculta el esbozo de una sonrisa. A veces retuerce las puntas como para escurrir gotas de información. Pide noticias de Alfonso y su gente.

-¿Y el niño?. ¿Y Aida? No sé cómo le irá, tanta ilusión como tenía por La Habana.

Y luego:

-Ahora cuente, ¿qué se dice de Cuba en España?.

También ellos, en Holguín como en el resto, imaginan un mundo pendiente de su isla, atareadas las noticias de cada día con los cambios de humor de los dirigentes, las insinuaciones en las entrevistas, las sugerencias veladas de la prensa.

-Yo tuve juguetes españoles, tuve una muñeca quemada, de aquel barco que mandaron.

Marta recuerda. Hubo un Trafalgar de los juguetes. En los tiempos más crudos del bloqueo España osó enviar un barco con regalos para los niños cubanos, por Navidad. El barco fue atacado, pero parte de su cargamento, aunque estuviera chamuscado o roto, llegó a sus destinatarios y, a través del tiempo, ha pervivido el recuerdo de coches, osos, rompecabezas y muñecas que desafiaron el bloqueo de Cuba y alcanzaron como náufragos sus playas para refugiarse en unas manos que los recibieron como los mejores juguetes del mundo.

-Vamos a dar una vuelta para que veas el pueblo.

Gustavo se desplaza en un cascarón de óxido, sin cristales ni accesorios, que en su día fue coche. El parque móvil cubano ha servido con buenas razones a un publicista norteamericano para rodar un corto que es un canto de alabanza a la increíble resistencia y apego a la vida de estos modelos y estas marcas que siguen rodando con cuarenta años de chapuza y uso. El vehículo, de color indefinido suma de brochazos diversos, es su orgullo y su medio de vida, con él hace portes y recados, trapichea y subsiste en ese paro medio encubierto mezclado con quimeras e inercia que es la forma de vida de buena parte de la población. Guardo la visión, en unos almacenes abandonados, de un precioso descapotable blanco, el radiador y el parabrisas bordeados de negro y los faros con una seriedad aristocrática de monóculo. Allí estaba, con su matrícula azul H 2191, escapado de los años treinta, como un copo de nieve entre las paredes grises y el desconchado techo. En el de Gustavo, azacaneada bestia de carga y pariente pobre del noble deportivo recluido en su retiro, recorro la población, rectangular y monótona, y sus alrededores.

Situada en un eje de carreteras, la central oeste-este y los enlaces norte-sur, Holguín tiene tráfico, aeropuerto e instalaciones hoteleras cercanas que dirigen el turismo a las playas de Guardalavaca. Pero la maquinaria abandonada, los railes que se pierden en la tierra y las plantaciones y las viejas refinerías hablan de la decadencia de lo que fue el centro económico del azúcar. Aquí instalaron en tiempos los soviéticos las plantas de modernización agrícola, que lentamente corroe el tiempo y el abandono y se suman a ruinas de fábricas del siglo XIX cubiertas por la vegetación. El azúcar ha sido el emblema de la isla, que ha dejado de ser sistemáticamente su primer productor y ve su competitividad cada vez más mermada. La caña constituía antes de 1959 más del 80% de sus exportaciones, que adquiría mayoritariamente Estados Unidos según un acuerdo preferencial que permitía a la isla vender ventajosamente a su vecino tres millones de toneladas de azúcar al año por encima del precio mundial. Descontento con la política de Castro, el gobierno norteamericano se negó en 1960 a comprar el resto de su cupo azucarero, 700.000 Tm. La Unión Soviética entró rápidamente en liza presentándose como comprador a cambio de petróleo, que las compañías estadounidenses rehusaron procesar. Como respuesta Fidel Castro ordenó la nacionalización, sin indemnización alguna, de las refinerías y bienes norteamericanos en la isla. Se abría la fractura que continúa hasta la fecha y que se consumó en 1961 con la ruptura total de relaciones entre ambos países. Hoy lo que fue un polo de desarrollo económico tiene el aura inconfundible de la decadencia, de la incertidumbre y del voluntarismo, un viejo olor a melaza y consignas, y la visión huidiza de una venerable locomotora definitivamente estacionada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jineteros de provincias

 

-Tenemos proyectos.

-Queremos poner un negocito.

-Las cosas están cambiando.

Gustavo y su amigo Cesáreo parecen poseídos de auténtica emoción cuando explican su vasto plan para embarcarse nada menos que en el sector todavía inexistente en Cuba: el privado. Justamente lo que da a la isla esa especial apariencia, ese tono insufrible de carencia y monotonía, es la absoluta inexistencia de comercio, el monopolio completo del Estado en la economía que se plasma en los largos muros sin restaurantes, bares ni tiendas, en la ausencia de vitalidad y ritmo, en el aire expectante, cansino, flotante y resignado de una población que vive, sin grandes esperanzas y ningún incentivo, a lo que sale. El marxismo castrista ha tenido un curioso efecto: se ha librado, por la idiosincracia de su gente, del totalitarismo gélido de sus colegas de ideario, pero es económicamente el especimen más puro, sólo en competencia, quizás, con Albania o Corea del Norte, de erradicación del comercio privado. De ahí el marasmo palpable, la general carencia. China, por poner un ejemplo, es a su lado, desde mucho antes de su apertura económica, un hervidero de productos de consumo y pequeño mercado. También, en menor medida, Rusia, y los Países del Este. Pero el caso de Cuba es distinto. Ella es un producto de probeta, absolutamente dependiente de factores externos, de un padrino que durante todos estos años de proclamaciones de orgullo nacional, dignidad e independencia ha sido la base, el sustento y la razón de ser y perdurar del régimen castrista. Nada se explica sin su soledad y dependencia de satélite, lejano y sin embargo rígidamente soldado a la Unión Soviética.

Cesáreo y Gustavo proyectan fabricar y vender bisutería de plástico en la calle, en acuerdo con los disminuidos físicos, a los que el Gobierno permite tal actividad. Es la máxima incursión en la economía privada y la libre empresa que por lo pronto vislumbran. Se les ve ilusionados a rachas, con la energía de quien se pasea por su jaula; luego les viene la melancolía, al atardecer, como en nuestra pequeña excursión campestre.

-Dicen que nos faltan cosas, que la economía no va porque estamos bloqueados por Estados Unidos, pero yo creo que nuestro bloqueo es mayor desde dentro que desde fuera.

El hombre es amargo. Ha pasado los cuarenta, ha recorrido la isla, sus posibilidades de trabajo, sus medios de vida, y este domingo, en el que el valle de Mayabe se tuesta bajo el insoportable calor tropical, salió con tres amigos a los restaurantes y cafés del parque, las terrazas del mirador, en un vano intento de divertirse y romper la monotonía de los días. Desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde el grupo ha intentado ofrecerme y ofrecerse lo que aquí se considera un festín: pollo y cerveza. Y se ha acabado el domingo sin encontrar ni uno ni otra, sin comer y sin beber gota. Los unos no han abierto, los otros no van a abrir, los que abrieron parecen haber nacido repletos y sin esperanza de asiento y servicio, los que iban a comenzar a servir aprovechan con avidez una tormenta para cerrar el kiosko y dejar a la cola hambrienta y defraudada. Alguien, en la atmósfera súbitamente ennegrecida por las nubes y en una mesa en la que ningún camarero pondrá jamás nada, ofrece un cuarto de botella de ron, fuerte y barato, que se va tragando con el estómago vacío.

El hombre tiene el pelo gris y un aire de cansancio, de búsqueda por inercia y continua petición vaga de algo. Masca en sordina las protestas Se autobloquean; nos bloquean. El ron no es suave ni aromático, rasca tripas adentro y se acompaña de truenos y de unas ráfagas desaforadas de lluvia que aquí se catalogan como simple chaparroncito. Nos bloquean…Estamos bajo un templete, en una de las colinas, rodeados de flecos de agua tras los que se transparenta el verde espeso. Machacona, irritante en un final de domingo que se asemeja a todos los del mundo, vuelve la misma canción del Estado policial defensivo y la endémica penuria cotidiana.

Peregrinación por comida. Larga cola. No hay cerveza, es una obsesión la cerveza que se acabó, que no llega, que se vende sólo acompañada de un plato malo y caro. La policía en la carretera. Uno de mis compañeros de búsqueda comenta con rencor: Pero ellos lo tienen todo. Cola de una hora. ¡Pollos!. ¡Cerveza!. Aguacero, corte de luz que aprovechan los del restaurante para no servir, aunque ya sólo chispea, y ni siquiera vender al público en el mostrador.

-¿Qué les importa?- dice mi vecino de espera, que engaña la necesidad con cigarrillos. -Cobran una miseria y se comerán al volver a su casa un huevo.

Las camareras miran como esfinges, teniendo como telón de fondo el mostrador apagado, al público hambriento y desesperado que se va retirando con miradas acusadoras porque no se atreven a protestar.

-Aquí han desaparecido ya muchos. Cinco, diez años de cárcel, escándalo público. No te matan, pero te privan del poco movimiento que te queda.

Cesáreo se había puesto una camisa negra impecablemente planchada. Me siento entre él y Gustavo. Quieren ser caballerosos, lo son, pero la tentación es demasiado fuerte y acaban vaciando mi cajetilla de cigarrillos. De repente la conversación, la compañía, la repetición de las situaciones, las quejas me exasperan. ¿Dónde está el jolgorio, las bromas y la salsa, el cimbreo de las bellas mulatas, el tipo más guapo del lugar, la canela del cóctel y los brazos tostados?, ¿dónde las aguas transparentes y las playas de harina, el sabor de una vida instantánea, de una sensualidad extraordinariamente asequible?. El ron no calma sino que agudiza mi ataque de hastío, mi irritación que clamaría a todo el grupo y más allá de la colina, para que bailen y se callen, para que me cuenten otras historias y me enseñen la vegetación tropical, el acuario y las fábricas de tabaco. Ahí está Cesáreo, mortecino, acodado en la mesa junto a su copa, con la expresión de siempre querer decir algo, y están los demás, con gestos cansinos y escasez de chistes, ni siquiera dotados para el humor negro que sería el recurso de mis compatriotas.

-Miren.

Ha roto el cielo y hay en la distancia un arco iris. Se ha asentado el polvo y la vista es amplia, sobre un paisaje de lomas y ciudad baja. El calor no da tiempo a los regatos para llegar al valle y son absorbidos por la esponja de la maleza y el velo de vapor. El coche de Gustavo, lavado por la tormenta, es una gloriosa ruina. Volvemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De compras por Las Antillas

 

Hay aberrraciones en las que nunca pensé detenerme, fangosos terrenos aceptables sólo por la literatura en casos de necesidad imperiosa, incursiones en el plúmbeo reino de los pelmas. Estoy escribiendo sobre raciones, precios, consumo y salarios, y con ello me siento ahogarme, empujada por mi cadena de moralina hacia el fondo, en un estanque de formol. Encerrada definitiva e irremisiblemente en el circuito de la vida cotidiana, segregada por mis propios esfuerzos de los rincones dorados y apasionantes que sin duda Cuba ofrece, alejada de esa novela erótica de café, azúcar y piel que añoro y me hubiera correspondido narrar, me sumo en páginas tan torpemente depravadas como las que he elaborado en mis salidas de compras con Marta y María. María está embarazada y el bombo le da prioridad en las colas aunque no le sirve de mucho teniendo en cuenta lo que ofrece el mostrador. Esta expedición, que recuerda a las frustradas cacerías de un felino torpe, comienza con un coro de lamentaciones sobre la falta de agua en las casas, de electricidad en las bombillas y la generosa abundancia de cucarachas, ecológicamente protegidas por la inexistencia de insecticidas. Cuando pregunto por compresas o algodón quirúrgico la hilaridad es general.

Vamos al supermercado el lunes y ahí ya el espectáculo alcanza las cimas de la desolación: cada estantería vacía -que son casi todas-, cada uno de los cajones sin más relleno que polvo y churretes, aúlla la bancarrota del sistema. Algunos botes oxidados y difícilmente identificables tienen aspecto de ser los restos invendibles de envíos: crema de almejas, mermelada de tomate…La carnicería despacha solamente costillar salado de cerdo. En productos lácteos hay unos bloques pequeños de mantequilla y queso blanco. No existe el pescado, ni la fruta excepto un puñado de mangos, ni las verduras salvo algunos pimientos de tercera calidad y tomates diminutos, amarillos y duros. No hay, por supuesto, bolsas de plástico y prácticamente, excepto para la carne, tampoco de papel.

En las tiendas del Estado que sirven el cupo mensual corresponden a cada cubano, con ciertas diferencias según casos y regiones, algunos bienes básicos de consumo, que se le venden en la cantidad fijada por el racionamiento y a precios asequibles. Lo que se quiera adquirir a más de esto, si se encuentra, es como mínimo cuatro veces más caro. Por persona y por mes corresponden:

– Una pastilla de jabón.

– Medio tubo de pasta de dientes (la ración es uno para dos personas).

– Cinco libras de arroz.

– Tres onzas de carne ( una onza equivale a 28 gramos).

– Pescado: su compra es libre pero prácticamente no hay.

– Leche: Sólo para niños de hasta siete años. Luego, de los siete a los catorce, condensada, cuatro latas al mes.

– Fríjoles (judías): cuatro onzas.

– Mantequilla: una libra.

– Pan: un cuarto de libra diario.

– Patatas: Una o dos libras en tiempo de cosecha. Luego no hay.

– Plátanos: sólo por niño y dieta salvo excepciones (antes había pluses de comida de ancianos).

– Zapatos: un par al año.

– Bragas: cuatro al año.

– Camisetas, calcetines y medias: no hay en cupo. Quizás en mercado libre.

– Pantalones, faldas, vestidos, etc.: el día que se recibe alguna partida de prendas de vestir hay colas desde la madrugada anterior.

– Cigarrillos. Una cajetilla a la semana.

– Puros: dos cada quince días (sólo para hombres).

Respecto a los salarios, como el cupo está lejos de cubrir las necesidades en cantidad y en calidad, la mayor parte de los cubanos se queja de la carestía de la vida. El salario medio es unos ciento cincuenta pesos. El mínimo cien, el máximo parece difícil de averiguar (la equivalencia del peso al cambio real es de unas veintidós pesetas, es decir, un peso sería la séptima parte de un dólar en la calle. El cambio oficial, un peso a 0,85 centavos de dólar, es perfectamente ficticio).

También me he entretenido anotando precios:

– Un plátano: un peso en el mercado libre, es decir, sin bonos de racionamiento).

– Un boniato: veinticinco céntimos la libra (mercado estatal fijo).

– Ñame: no se encuentra a ningún precio.

– Papa: quince céntimos la libra (mercado estatal fijo).

– Calabaza: Dieciocho céntimos la libra (mercado estatal fijo).

– Carne de primera (bistec): setenta  céntimos la libra en el mercado estatal fijo y ocho pesos la libra en el mercado libre.

– Carne de segunda: cincuenta y cinco céntimos la libra (mercado estatal).

– Carne en picadillo: seis pesos la libra (mercado libre).

– Pollo: setenta céntimos la libra (mercado estatal) , un pollo entero vale unos diez pesos en el mercado libre.

– Pescado: setenta y cinco céntimos la libra en el mercado estatal cuando se encuentra, que es casi nunca.

– Bacon: cuatro pesos la libra (mercado estatal).

– Cerdo (pata): cuatro pesos con cincuenta la libra (mercado libre).

– Cerdo (resto): tres pesos con cincuenta la libra (mercado libre).

– Café: veinte pesos la libra (mercado libre). Se entiende café mezclado con otro grano. El puro no se vende al público cubano y sólo se adquiere con divisas.

Cuba recuerda intensamente a “Rebelión en la granja”, de Orwell. En la isla no hay nada de lo que ella misma abundantemente produce, no hay mercados, ni barcas que exhiban el producto de su pesca al llegar al puerto; en Cuba, la tropical, no hay fruta ni verduras, no hay papas, ni malanga, no se pueden hacer ensaladas ni sazonar con especias ni animar el guiso con un sofrito, el cacao existe en la planta y huye luego misteriosamente para aterrizar en mesas foráneas convertido en chocolate, el café mismo es caro y nunca se vende puro. De los animales no se ve aquí sino la periferia: flanco, pata, rabo. Y, por no haber, no hay ni chicle, que reciben a veces los cubanos de sus amigos de ultramar por carta.

Cuentan que existió durante dos años un mercado campesino libre, en período de prueba, y que la población encontraba cuanto quería. El Estado, aunque recibía una parte, sin embargo lo suprimió. Actualmente no se puede vender absolutamente nada directamente al consumidor, todo debe ser canalizado por el Gobierno, excepto una pequeña parcela de autoconsumo y algunos animales domésticos. Como resultado el campesino prefiere trabajar lo mínimo e incluso no sembrar.

Tras escuchar tantas quejas de la gente con la que me voy encontrando, la pregunta inmediata es si hay una oposición organizada. Y las respuestas suelen ser:

-No. Hay demasiada vigilancia, mucha represión.

-¿Y huidas?.

-Nuestras fronteras son de agua. No tenemos donde ir. Las costas más asequibles están muy vigiladas.

-¿Por qué no aprovechó más gente lo del Mariel, en 1980, para salir del país?.

-Mucha lo pidió, había que ver las colas, y mucha más se hubiera ido si Fidel no hubiese cerrado el caño. Además, por entonces las cosas no se habían deteriorado tanto como ahora, aún creíamos.

-Cuando Fidel planeó dejar salir a algunos en lo de Puerto Mariel calculaba en unas veinte mil las peticiones. Un militar fue destituido por falta de confianza en la Revolución porque, al preguntarle sobre las previsiones, contestó que, en su opinión, un millón de personas querría marcharse. Oficialmente salieron ciento veinticinco mil y tuvieron que cortar y disculparse con el tipo del ejército, que no andaba descaminado suponiendo que se hubiera permitido marcharse a todos los que lo deseaban.

-Yo no quería juntarme con los del Mariel; sacaron a la escoria de las cárceles, criminales, pervertidos, subnormales, dementes. Eso mandaban a Estados Unidos. Uno tiene su dignidad.

Dignidad, una palabra que se repite en las conversaciones. Ella y el temor ante lo desconocido y la separación de los suyos retiene a los descontentos. Alguna gente se echa al tranquilo mar del sur, en botes hechos de cualquier cosa, hacia la cercanísima costa continental. La mayoría vegeta y espera.

Las manifestaciones de la oposición interna difícilmente llegan a ser percibidas por extranjeros. Alguien me dice, con la mayor inocencia, que entre los deberes del equipo de su amigo el comisario del distrito se cuenta quitar los carteles contra Fidel y el Partido; luego existen, aunque durante muy breve espacio de tiempo, en las paredes, y su elaboración, en un país de tal vigilancia y escasez, requiere considerable empeño.

De forma legal, es muy difícil salir del país, empezando con que este tipo de paraísos, como sus afines, son obligatorios y sin derecho a pasaporte, ese pasaporte que envidian a los visitantes, suspirando, los súbditos del Líder Máximo. Viajan los deportistas y viajan los músicos, viajan ancianos que tienen parientes en el extranjero -normalmente en Estados Unidos- que pagan por ellos al Gobierno de La Habana una jugosa cantidad en dólares. Los demás ven la televisión, se imaginan visitando España, visitando México, acumulan los puntos de los muy poco espontáneos trabajos voluntarios para que un día se les conceda un viaje a la U.R.S.S. (ahora ni eso) y critican  la situación en voz baja y tras asegurarse de que no hay nadie alrededor. Recuerdan que el telón hubo de levantarse en abril-mayo del 80 por la presión de miles de refugiados en la embajada de Venezuela y en la Oficina de Asuntos de Estados Unidos; que, como se hizo desde el principio del régimen, importaba asimilar a todo cubano no castrista con un gusano y que el Gobierno tiñó la disidencia con todos los delincuentes de derecho común de las cárceles. Esa misma dicotomía blanco/negro, tan cuidadosamente cultivada por el régimen, ¡Revolución (=castrismo) o muerte!, ¡Patria (=situación establecida) y honor!(=fidelidad al régimen), Nosotros (=dignos), Gusanos (=cubanos no castristas), esto, con su falsedad maniquea tan alegremente aceptada muchas veces por la opinión europea (¡Ah, la dulzura de las revoluciones hechas con piel ajena), obliga continuamente a la doble expresión y al doble pensamiento Porque son legión los que tienen parientes que huyeron a Estados Unidos, los que viajarían si pudiesen y aún más los que cambiarían el Estado, el país.

El control interno de esta población de diez millones de habitantes confinados en su isla parece eficaz; consiste, a más de la policía, en los delatores civiles y en las células de barrio, y se apoya en el espíritu clánico de los cubanos, que no les permitirá huir sino con la familia a rastras o para ser acogidos por ella al llegar a su destino, y en la usura diaria de energía en colas, arreglos, esperas, intentos frustrados, horas y expectativas estancadas, esfuerzos que no llegan a ninguna parte.

Gustavo y Cesáreo me llevan de un sitio a otro en su desvencijado coche. En él recorremos el itinerario cotidiano de sus diversos apaños, desde él me muestran un hotel en construcción, una fábrica desafectada, oficinas públicas, casas de amigos, la esquina donde piensan albergar su prometedor negocio de bisutería. Y Cesáreo se presenta siempre con su camisa planchada, de colores oscuros, el cabello gris bien peinado, los vaqueros, y un aire perpetuo, trenzado de frases incompletas y silencios, de quien quiere decir y no dice nada.

-No se pasa tan mal- sonríe Gustavo.

-Igual un día cambia- añade el amigo.

-O se van ustedes.- sugiero.

-Salir no es fácil…- Cesáreo busca algo en la guantera.

-Yo sin mi vieja no me voy.- afirma Gustavo.

-Hacen falta papeles, que te den los papeles.- insiste Cesáreo.

Hemos parado en un control. Gustavo les enseña algo y continuamos sin dificultad.

-¿Policía?.

-No tiene importancia. Buscan otras cosas.- Gustavo se encoge de hombros. -Por ahí hay una cárcel.- señala.

-Bueno, por lo menos aquí no hay escuadrones de la muerte ni aparecen cadáveres en las cunetas.- digo, y me dan la razón.

Pero se nos estropean hasta los modestos amagos de juerga, las alegrías que comenzamos con la búsqueda del pollo y la cerveza perdidas, las páginas que deberían estar miniadas por los colores del trópico y el meneíto del mulato danzón. Ellos se mueven sólo hasta donde alcanza la cuerda que los retiene, los contiene y endereza, si es preciso, su rumbo. Una vez se ha visto esto, palidecen las congas, el cha-cha-cha y el color.

Mi pasaporte pasa de uno al otro, es examinado con curiosidad.

-Está bueno tenerlo; está bueno.

-Ustedes lo tendrán, no son peligrosos, no están perseguidos. Acabarán teniéndolo. Y, además, tampoco por ahí la vida es fácil.

-Ya quisiera yo tenerlo, ya. Pero hacen falta trámites, unos trámites…- Cesáreo siempre deja las frases en suspenso y mira de soslayo, con aire pesaroso.

Ninguno de los que he conocido se ha presentado como activo oponente del régimen. Tampoco han mostrado el temor silencioso típico de los Países del Este. Se quejan, hablan. No son de cielos ni infiernos; viven en un limbo de tibia hartura, flotan blandamente en círculos llevados por su hastío, chocan sin estruendo con las esquinas de cristal de su pecera.

El Gobierno de Cuba asimila automáticamente disidente al criminal de derecho común, así pues no existen los presos políticos. Hay, al decir de la gente, miles de prisioneros en centros penitenciarios en los que se puede uno encontrar con facilidad simplemente por criticar en voz demasiado alta el estado de cosas. Lo que parece haberse evitado -y no es poco mérito en contraste con vecinos como Guatemala- es el recurso sistemático al asesinato o la tortura. Las desapariciones o eliminaciones afloran, esporádicas, en el clima mezcla de cierta permisividad y temor. Se comenta que se desconoce la suerte de aquel cantante o de ese periodista, hay fusilamientos en la cúpula del poder, pena de muerte, tiroteo de emigrantes sin más pasaporte que su balsa, no se permiten observadores internacionales en penitenciarías; se tacha de lacayos del socorrido imperialismo a los miembros de la Asociación de Derechos Humanos y se les persigue con procesos, las campañas de represión alternan, al ritmo de cierta moda política, con repentinas muestras de benignidad. Y los cubanos giran, en la repetición simétrica de los días, miran al mar y reanudan su existencia flotante en la que costean puertos a los que parecen destinados a no llegar jamás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Saturno

 

-Muerto el perro, se acabó la rabia.

Decía con acento convincente de certidumbre personal un hombre que charlaba con otros de su grupo la tarde de fiesta y discurso, junto al malecón de La Habana.

-¿Sabe lo que le digo, compadre? Que muerto el perro se acabó la rabia.

Afirmaba, como fruto de su definitiva conclusión, otro al que le mostraban un periódico sus dos amigos.

-Muerto el perro, se acabó la rabia.

Recitaban a coro, sin advertirlo, múltiples interlocutores. Porque esa era la respuesta correcta, el comentario adecuado respecto al fusilamiento de un alto cargo militar, Ochoa.

Como sus homólogas, la cúpula del poder ha devorado ya en la revolución cubana a muchos de sus hijos y el apetito del dios voraz aumenta con su senilidad. La familia Castro -Fidel, Raúl, su mujer- dominan el panorama; cayó Ochoa y últimamente ha caído el Ministro del Interior. Caerán otros. De estas podas el mismo carismático líder surge siempre en el ápice, derramando sus luces, sus inapelables directivas y sus lágrimas por la penosa obligación de fusilar a los traidores. Las muertes de Ochoa, el veterano de prestigio, y de sus, según la versión oficial, cómplices en el tráfico de droga han despertado en Cuba numerosos comentarios pero las conversaciones callejeras sobre el tema tienen más de charla sobre la noticia del día en un país de prensa singularmente monocroma que de debate. Por la calle, en voz alta, se afirma la adhesión, se zanja el tema (“Muerto el perro, se acabó la rabia”). En tono menor, se alude a la personal oposición a la pena de muerte. Más que el tráfico de heroína, lo que parece incalificable es que los condenados hubieran hecho llorar al Guía Máximo. En privado y a solas se expresan dudas sobre los cargos y sobre las maniobras del clan Castro en la eliminación de los que podían hacerles sombra.

No son las únicas vidas de las que el régimen ha dispuesto. La política interior enfatiza las atenciones a la juventud y a la infancia, su salud y su alfabetización. La exterior, a continuación, dispone de esa juventud y lleva décadas mandándola regularmente a la muerte en nombre de los ideales de un Fidel mitad Peter Pan guerrillero y mitad Trotsky. Cuba compensa su cerrazón física e ideológica con una supuesta apertura al mundo exterior de la que la población no participa sino para pagar, refunfuñando, en vidas y en gastos. En el marco de un servicio militar largo y obligatorio y de un voluntariado en el que no serlo sería francamente incómodo, se envía a contingentes de soldados de diecisiete, de veinte años de edad, a Irak, Angola, Mozambique, Venezuela, Colombia, Etiopía, a los campos de entrenamiento de Libia y, en sus tiempos, a las reuniones con el IRA y con ETA. La Habana cede o alquila a sus soldados según las posibilidades del país de destino. El Líder Maximo también manda fuera cuanto falta a sus ciudadanos: mercancías, alimentos. La gente asiente por necesidad, oye en los interminables discursos las cifras de su fabulosa ayuda a los países del Tercer Mundo, y se va a casa a enfrentarse con la más absoluta escasez. En paredes sin cornisas ni pintura palidecen los carteles del Che Guevara y las llamadas a la revolución permanente, a crear uno, dos, múltiples Viet-Nam. Esa doctrina es la que permite, de hecho, perpetuar estados de emergencia, racionamiento, plenos poderes del Partido Comunista Cubano en el Gobierno y una opinión volcada hacia la amenaza exterior.

Cuba mantiene cuidadosa, insistentemente, el síndrome de bloqueo y defensa. No es que los enemigos no hayan sido reales y que la Bahía de los Cochinos fuera un sueño; es que sin esos enemigos el Partido y su política no tendrían razón de ser en cuanto que se definen por lo negativo: defensa, rechazo, nacionalismo, diferencia. África, Asia, el mundo son grandes y darán perpetuamente materia y terreno para la lógica bélica y los enfervorizamientos y reclutamientos masivos. Es significativo como las consignas hacen hincapié en el inmovilismo, en los principios inquebrantables.

Nosotros nos merecemos otra cosa. La frase llega de gente como Cesáreo, Gustavo o Marita. El hombre de la calle, la persona de mediana edad y cierta experiencia y nivel crítico, difícilmente se resignan a su mortecino horizonte cotidiano. La ausencia de posibilidades de huida, la usura diaria de la lucha por unos tomates o una bolsa de patatas, el arte de construir sin materiales y la exasperación de colas interminables han roído los ardores de la población. Pero sobre todo se encuentra ésta emasculada por la conciencia apática de impotencia y por la claustrofobia, por la falta total de incentivos individuales, por la ausencia de futuro.

Porque los cubanos no han llegado a este régimen desde una tribu primitiva amazónica autosuficiente sino desde una sociedad capitalista desigual y con sectores de miseria, la dictadura de Batista, pero irremediablemente ya moderna y entrada en el siglo XX, y la persona de a pie piensa merecer otra cosa que el que le sacrifiquen los días y los años de su única e irreemplazable vida para quemarlos en cenizas que abonen las utopías futuristas comunitarias de sus líderes. Nosotros nos merecemos otra cosa. Nosotros no nos merecemos esto, dicen, y piensan que ahora algo va a cambiar. Ocurre que el régimen es tan monolítico que si algo cambia realmente cambiará todo, y de ahí el miedo del Partido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Petición de mano

 

La casa, en esta mañana de la partida, está esforzándose por ofrecerme una comida digna de tal nombre. Gustavo ha conseguido bajo cuerda, en un restaurante caro y a cuyo cocinero conoce, ¡dos pollos!, que yo le pago y con los que invito. El matrimonio sube a la terraza, con las hijas, a explicarme los proyectos que tienen para continuar la construcción. Los cuatro quedan ahí, marcados para el recuerdo por la luz del mediodía: Él, flaco, pausado, enérgico, con un humor tranquilo extraordinario, su casa -palomas, olor de pimientos fritos, corriente de aire-, su mujer, con ojos verdes también de paloma. Después nos hemos hecho una foto en el parque: la familia extensa y la visitante en el medio, una foto de adiós porque me voy de Holguín y, aunque Gustavo me haya dicho, con no poco sentimiento, Volveremos a vernos., nada es más improbable. Es un día de fiesta, semejante a cualquier parque de cualquier sitio, la imagen, tan cercana, de una salida dominguera a los alrededores de Madrid. Ni me encuentro en una isla ni hay Atlántico, porque este país es quizás, para un español, el más próximo de América, lo suficiente como para que su percepción inmediata dificulte la visión de su ser real.

El cuñado toma posiciones para fotografiarnos; un muchachito negro se interpone y se queda mirando la escena hasta que le hacen señas de que se aparte.

-¿Qué hace ahí en medio esa cabeza negra?- bromea Gustavo.

Porque, en efecto, su familia es toda ella blanca, sin mestizaje, lo cual es bastante común en la zona, y tendré que irme al este para encontrar los núcleos de población de mayoritaria ascendencia africana.

Ya está la foto. Una línea larga de generaciones en la que los niños se apoyan perezosa y cariñosamente en la abuela y ella comenta con orgullo: Que no digan que he venido sola. Tampoco ellos se irán solos. Se pararán frente al mar, reflexionarán sobre balsas en la playa, pero los lazos de familia son como anclas, fortísimos, extensos, y sus largas cuerdas les tirarán del pecho, les harán sentir, incluso si cruzan el brazo de agua, los movimientos de los que quedaron, les mandarán dinero, planearán, mientras dan sus primeros pasos en la tierra de acogida, cómo prepararles para el salto.

-Hola, Cesáreo.

-¿Qué tal?. ¿Damos un paseíto?.

El hombre con pelo gris y cierta apostura plantea con brusquedad vergonzosa, y retira con el mismo sonrojo, su propuesta.

-Aquí sólo casándote con un forastero te dejan salir sin problemas…. Tú prodrías ayudarme si quisieras….Tener un pasaporte…Irme…

Cesáreo tiene el gesto más amargo que nunca, las palmas abiertas, y mira al suelo. La humillación pesa sobre todo este intento desesperado de huida, sobre el tono de ruego. Es difícil bromear sorteando los límites claros de esa rabia tirante que le asoma a las comisuras de la boca y a los hombros. Divorciado, quemando los últimos cartuchos de una vida absolutamente sin ninguna expectativa.

-¿Por qué no te fuiste en lo del Mariel?- pregunto. Pero conozco bien la respuesta.

– Dignidad. No ponerme a la altura de cierta gente. Sacaron a los criminales para embarcarlos. Además, hace diez años todavía creía en algo, todavía les creía algo.

Jineteros de provincias. Muy lejos del cinturón de hoteles y de Tropicana. Tímidas ofertas de un producto en las antípodas de la mulata jugosa. No se ha molestado en representar a don Juan, en llamar en su ayuda a la sensualidad. Él vino, planchado y peinado, a esperar el sortilegio en el que no cree.

He conocido ya muchos casos. En Cuba se pide la mano, que echen una mano el extranjero o la extranjera, porque ésa es una de las pocas formas de salir del país, de conseguir un billete de avión y un pasaporte. Ellos y ellas intentan, y a veces consiguen, matrimonios de conveniencia con extranjeros de paso, bodas que les sirven simplemente para escapar y que se disuelven nada más dejar el país. Pocos turistas van solos; los que lo hagan ciertamente pasarán por la experiencia de la petición de mano, de esa mano que el pretendiente espera que le arrastre, salvadora, al otro lado del mar.

 

Y de nuevo en ruta, gracias a los jefes de turno, hacia Santiago. El autobús -la guagua- pincha. Pasa un camión como un largo paisaje. Una mujer sudorosa con su hijo de unos diez años y paquetes llega a la cafetería, que sólo tiene café, pan con mantequilla y suciedad. Pide agua, como de costumbre no hay. Grita:

-¡Cuba se muere de sed y de asco! ¡Qué desprestigio!

Y sale. Tras no poca espera, llega el autobús reparado. Durante kilómetros, como el bolero de una fiesta de quince años, el adolescente sentado a mi derecha me confía el caudal intacto de sus ilusiones y amores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Santiago

 

En la noche, Santiago es una ciudad en la que se desemboca tras un hermoso paisaje tropical de lomas. Algo recuerda a una Shanghai de Cuba: la gente mejor vestida y con más gusto, las casas menos deterioradas y más señoriales, plantas, menor sentimiento de ruina y escasez, viveza mercantil al menos en potencia, movimiento de calle, apertura. Santiago es la puerta primera, el extremo puerto del Oriente. Aquí, comenzando por Baracoa, se fundaron las primeras ciudades españolas y aquí se encontraba la capital del gobernador, Diego Velázquez.

La casa en que me alojan es extraordinaria; un recinto de altísimos techos y paredes gruesas, enlosado, todo ello hecho para arremansar frescura. La luz entra a través de cristales de colores y celosías de yeso, filtrando el sol de su agresividad y su ardor y trayendo los perfiles, contra el amanecer, de las grandes hojas de las plantas.

Comienzan los ruidos de la casa, las habitaciones que comunican con cuartos de baño igualmente amplios y pintados de color mar. La señora, una mujer mulata, de mediana edad, con gusto por los objetos finos y los perfumes y su hija por los libros de Lenin y Dostoievsky, trajina por la alcoba, se hace café. A esta hora, hace años, su tatarabuela probablemente se deslizaría a hurtadillas de la cama del amo y recogería al pasar el justillo y la pollera dejados en el aseo.

Huele a plantas y a lluvia, a las pocas cosas aún puras al comienzo del día.

-Acompáñeme y le indico dónde tiene que bajarse del autobús. Salgo ahora para el trabajo.

Me dice la señora, con cierta condescendencia distante. Va bien vestida, lleva carpetas y se ha maquillado de naranja los labios y de azul plomo los ojos sobre la oscura piel. El pelo está enroscado en rulos de peluquería que no se quita, sino que sale a la calle con ellos, y con ellos y su pañuelo de gasa que los cubre piensa, evidentemente, ir tocada en sus actividades diarias.

Entablo conversación, sentados ambos en un banco, con un señor con aspecto de oficinista, y saco a relucir el, para nosotros, curioso hábito de las mujeres cubanas de ir a todas partes con los rulos puestos. Inmediatamente mi interlocutor me responde con un cliché político-social cuyo automatismo resulta delicioso:

– Yo, personalmente, estoy en contra de los rulos por la calle, pero, en efecto, la mujer cubana se cubre la cabeza y hace sus actividades con ellos. Antiguas costumbres.

En la que fue Plaza de Armas, mientras espero al profesor de español conocido el día anterior, que me proporcionó cobijo esta noche y que va a buscarme hotel hoy, los finos cuervos mulatos aletean alrededor de mí y de mi mochila para proponer negocios, el consabido trueque de los dólares.

-El abanico está para los defectos.

Dice el impecable y sardónico portero del restaurante 900. El lugar pide poco menos que etiqueta. Mis sandalias y la mugre del viaje distan de ornar el sitio más elegante de Santiago. Pero llevo -continuamente en Cuba- mi abanico azul.

Por fin, pasadas las cinco de la tarde, Tucídides, el profesor de español, me deposita en una habitación de hotel ganada a base de oscuras influencias y en la que figuro como cónyuge de alguien a quien no conozco, para que pueda pagar en pesos cubanos, esto en un Santiago que jura tener todos los hoteles llenos y ningún cuarto libre. Por el método de extrañas influencias que aquí impera, con sus contubernios, sobornos y conspiraciones, estoy inscrita en la habitación doscientos once del hotel Bayamo como esposa de Tucídides Caballero. El truco ya fue usado en Trinidad, sé, pues, que es una fórmula. Aun así barajo la posibilidad de entradas nocturnas, chantajes, violaciones, robos y abusos. Me da cierta confianza el conocimiento real de Tucídides de la Historia de España y el hecho de que como más útil le soy es en la tienda, comprando por dólares.

La habitación es de lujo oriental, si se tienen en cuenta los baremos cubanos: muebles sucios pero enteros, radio ronca y polvorienta pero radio, agua en el cuarto de baño, no en los grifos pero sí en dos cubos, aire acondicionado que no funciona y lámparas con bombillas de veinticinco.

Pese al lujo comparativo de la estancia, no duermo. El ruido de la calle, de los escapes que apestan cuesta arriba, y el desnivel central profundo en la cama, en el que descubro una gran mancha de sangre en el colchón, son notables. Pienso en quién pudo ser la cubana desflorada en esta habitación de estos hoteles que también se alquilan con tal fin por horas.

 

Santiago. He entrado en la otra cara de Cuba, la cara Este, que mira hacia España, a Europa, que se despeña por los escalones de las Pequeñas Antillas hasta las broncas aguas del Atlántico, aquélla cuyo perfil se vuelve a la lejana África. La cara Oeste de esta isla bifronte es la que mira a Estados Unidos, al Nuevo Mundo, la que se extiende como una llave hacia el Golfo de México, La Habana que habla a gritos con su vecina Miami. Por la cara Este, el Oriente, ha entrado la Historia; la lujuria de su vegetación, de su húmedo terreno, ha sorbido migraciones, las ha mezclado, aquí comenzó un relato de amor y de violencia, de víctimas y de supervivientes que se multiplicaron con tanta profusión como las plantas y que mantuvieron un lazo tenaz con la lejana y seca península al otro lado de una larguísima navegación. Y aquí han continuado las épocas fermentando y estremeciéndose, se han firmado pactos, declarado independencias y guerras, expulsado e impuesto dictaduras, formado gobiernos, hasta ayer.

Las naves españolas acostaron en Baracoa, pero rápidamente buscaron refugio en el excelente puerto de Santiago y establecieron allí la primera capital americana con tanta vocación de tal y tan clara conciencia de población y pervivencia que a los ocho años de fundarse, en 1522, ya se alzaba en ella la catedral que, a través de incendios, ataques de piratas y terremotos, sobrevive hoy.

Aquí empezó todo– pienso, sumergida en el canto de los pájaros que gorjean sin descanso y llenan las ramas reduciendo el parque Céspedes a una gran vibración. –Aquí empezó la aventura de América, de aquí partió el primer alcalde de Santiago, Hernán Cortés, para jugarse el todo por el todo en la conquista de Méjico.

La mañana es dulce y las hermosas fachadas señoriales destilan languidez colonial. En uno de los lados está la casa del gobernador Diego Velázquez, de 1516, la más antigua de la América hispana. Sus maderas magníficas han conservado cuatro siglos la dureza y el color del corazón de los bosques. Alrededor las calles lucen los forjados de sus balcones y ventanas y descienden en largos pasillos de tonos pastel. Al fondo está el puerto, fondeadero de las naves sin retorno de Cortés, de los barcos de esclavos, de los tristes representantes del Gobierno español que firmaron la capitulación del 98, de los petroleros soviéticos. Aquí -no en vano estamos al pie de Sierra Maestra- crecieron, lucharon, fueron enterrados víctimas y héroes de las luchas por la independencia, en su cementerio duermen José Martí, Manuel de Céspedes, de ella procedían los hermanos Maceo, a ella llegaron los sublevados contra la dictadura de Batista que transformarían luego el Cuartel Moncada, en memoria del intento de asalto del 53, en un museo y la carretera que conduce a él en un viacrucis revolucionario jalonado por los recuerdos de los caídos en la lucha.

Sin embargo la bahía es toda paz y luz en el reflejo ardiente de la mañana que avanza. En su extremo vigila la costa la fortaleza del Castillo del Morro. Sentados junto al mar con sus guitarras dos muchachos cantan, rasguean y se contestan. Tal vez ensayan las trovas que la ciudad ha hecho famosas y que por la noche se escuchan en El Tívoli o Mejiquito.

La reina es la noche. En ella se cubren las calles de los desfiles de carnaval, se ríe con las comparsas, resuenan las congas y las rumbas, y se elige, como se ha hecho cada año pese a las rachas de puritanismo comunista, a las estrella de la belleza y a su corte de damas de honor. Tarea nada sencilla porque se dice que las mujeres de Santiago son las más hermosas de Cuba. Tiene en efecto la gente de esta zona esa perfección y gracia físicas que sólo se dan en regiones de variado mestizaje y hacen una delicia de la simple observación de lo que puede hacer con un cuerpo la Naturaleza. Esta noche es tranquila, sólo habitada por la vida habitual de la calle, por el paseo indolente de la población, que flota en un aire cálido, gira en él, se encuentra, se desliza, vuelve a encontrarse. Hay la variedad de colores y matices de un desordenado vivero. Son descendientes de españoles y africanos, pero también de la ola de franceses expulsados de Haití que llegaron en 1791; la cara Este de cuba tiene a veces perfiles de Nueva Orleans.

En el portalón de una casa se desarrolla una escena que tiene mucho de santería: velas pintadas y moldeadas con formas de objetos y figuras, sonajas, pequeños tambores, altarcillos, devotos vestidos de blanco. Desde la gran África ¿quiénes fueron los que llegaron?. Pienso en los yorubas, en las antiguas civilizaciones de Benín y Nigeria, en los nok, que fabricaban máscaras de arcilla en el s. V a.de.C., en los perfectos y serenos retratos de cobre y bronce que esculpían hace ochocientos años los artesanos de la ciudad sagrada de Ifé. También, en su miseria, los esclavos llevaron al Nuevo Mundo sus dioses, los orishas que habían bajado en una época lejana a su centro del mundo, el oeste de África, y que desde entonces los yoruba veneraban y reproducían en tallas de madera y marfil. Esos dioses que, aderezados con el santoral cristiano, reciben el culto de sacrificios, danzas y oraciones.

Por razones quizás muy próximas, también ha sobrevivido al ateísmo oficial la Virgen de la Caridad de El Cobre, en su santuario a una veintena de kilómetros de la ciudad y en el corazón de una región a la que dan nombre sus grandes minas. Este metal, junto con algo de oro, fue en principio fuente de esperanza y de ingresos para la joven población. Hoy sigue siendo centro de peregrinaciones y devociones, como dan fe los numerosísimos exvotos y la continua visita de creyentes.

Discretamente observo esta fiesta, en Santiago, en la que hay algo más que la música, algo más que la danza. En el campo sé que hubiera podido hallar otra cosa; cuentan que todavía se practica el vudú entre los descendientes de los esclavos llegados de Haití. Aquí hay un ritmo, una seriedad y cierta expectación uniforme que indican la búsqueda del éxtasis, la borrachera de la completa sugestión en oficiantes y público. Recuerdo una escena semejante en todo, excepto en el lugar y en el tiempo: estoy en Argelia, las mujeres, solas, bailan al son de las darbukas, hacen corro a una de ellas que se destaca en la violencia absorta de su danza, gira, pone los ojos en blanco, acaba dando manotazos, balanceándose y gimiendo. Las otras le sujetan los brazos cuando parece haber alcanzado un peligroso paroxismo, una de ellas acerca una botella de colonia y un pañuelo para refrescarle la cara pero la posesa arrebata la botella de un zarpazo y bebe largos tragos del perfume. Siento el mismo profundo impulso de huida que sentí aquella vez, no quiero fotografías, ni descripciones de amable relativismo cultural, ni deseo probar ese gusto de oscuridad, temor y vieja sangre. Echo de menos a Humboldt y a los viajeros solitarios del cuaderno y la certidumbre. La mujer de Argelia estaba lívida y el cabello escapaba de su pañuelo en mechones empapados. El rostro de los bailarines está aquí perlado de sudor pero consciente aunque la rigidez aumenta en algunos por instantes. Intento identificar al babalao, el sacerdote principal, aunque puede que ellos y ellas sean simplemente babalochas e iyalochas, ayudantes enviados por él.

Tomo unos sorbos del aire fresco de la noche y vuelvo para intentar superponer lo que veo a las imágenes del pequeño e interesante museo sobre cultos y ritos. La hagiografía yoruba y la católica han producido al mezclarse una extraordinaria corte de orishas: San Francisco de Asís es Orula, viejo adivino malcasado con la sensual y fogosa Ochún, cruce la venus africana y de la Virgen de la Caridad del Cobre. Ochún engaña a su marido con frecuencia y de sus encuentros con Chango -que curiosamente corresponde a Santa Bárbara- queda embarazada de los gemelos Santos Cosme y Damián. Otro de los amantes de la orisha es el temible herrero y guerrero Ogún. Hay personajes más sombríos o más lejanos: el dios creador, Olofi, no suele ser invocado, en cambio Yemayá, asimilado a la Virgen Negra o Virgen de la Regla, es un mediador de las profundidades, dirige las aguas y el origen de la vida y puede llevar hasta las puertas del Más Allá, donde reina Olokún, cuya vista si se expresa en el rostro de uno de los oficiantes significa la muerte.

Es tiempo de buscar otros lugares donde el riesgo de éxtasis se reduzca a un mojito de ron.

Anochece, en El Rincón de la Trova, con Tucídides, que me agenció cama, hotel, taxis, y que actuó como un guía simpáticamente especializado en la corrupción menor, general y dispersa de su ecosistema. Las paredes de este bar de atmósfera densa de café azucarado están tapizadas de fotografías, retratos y acuarelas. Alguien improvisa acordes, una fila de viejos sueña y fuma, sentados en un banco.. Desde allí, con este Tucídides que parece nacido en una novela de Cortázar y que tiene un hijo al que le están saliendo los dientes (el padre los tiene larguísimos), fuimos con la orquesta al sitio siguiente donde debían tocar, que era un barrio pobre. Frente al estrado, un montón de niñas y algunos niños bailaban. Me cuentan la historia. Antes del cincuenta y nueve era un suburbio de negros, con chabolas de madera y calles de tierra. Tras la revolución, se les dieron materiales y ellos reconstruyeron el lugar, cimentaron, arreglaron y ahora son viviendas en firme, acera y asfalto.

Los niños son numerosos, inquietos, con todas las gamas del tono de piel, del rubio al charol pasando por aclarados varios, están sanos, bien desarrollados y se les ve alegres. Su sentido innato del ritmo sobrepasa toda ponderación. Las niñas rumbean desde las edades más tiernas en las que prácticamente acaban de aprender a andar. Un grupito, la mayor de no más de ocho años, con las cabezas juntas en corro y la grupa hacia el público, el brazo por el suelo, imitan los movimientos de las esclavas al fregar. Luego se mantienen sobre una pierna y dan vueltas a la otra, se apoyan con las manos extendidas en la plataforma de la orquesta y cimbrean como caballitos los traseros A continuación danzan, boca arriba, manteniendo el tronco en vilo: con las piernas dobladas, las palmas apoyadas en el suelo y abiertas las rodillas, mueven circularmente la pelvis en una danza erótica y antigua como si se hubiera encarnado en sus cuerpos una bayadera de veinte años. Conviene recordar que las mujeres del trópico son lo más parecido a Pancho López: ensayan sus primeros guiños en la cuna, gatean con un insinuante movimiento de caderas, la gran fiesta de sus quince años es antesala segura -si éste no se ha producido ya- del matrimonio, y a los veinte están de vuelta de los tramos más azarosos de la vida sentimental.

Averiguo por los niños la existencia de un negocio ilícito de fabricación y venta de caramelos: una vecina del barrio hace obleas de azúcar transparente teñida de rojo, menta y naranja, a diez centavos. Doy a Tucídides tres pesos para comprar treinta y los adquiere con enormes dificultades, la señora niega, asustada de que sea un policía y descubra su criminal esbozo de comercio privado. Finalmente la posibilidad de tan fabulosa venta es más fuerte que sus reparos. Tucídides vuelve con treinta caramelos verdes envueltos en Granma, el periódico del Partido. Me los arrancan de las manos, y, no ya los niños, sino también adultos y viejos vienen a pedirme uno con la avidez de la carencia de todo.

Volvemos, charlando animadamente, a últimas horas de la madrugada. El pesimismo no tiene cabida en mi guía, es un Virgilio que hubiera encontrado grandes ventajas a las dependencias del Tártaro, que animaría a los condenados con perspectivas teológicamente imposibles y que propondría, en espera del fin de los tiempos, compensaciones razonables a cambio de sus buenos servicios.

-¿Qué tal vive usted, Tucídides?.

-Me las arreglo, me las arreglo. Claro que…- consulta el reloj -mañana su bus no sale hasta las doce. Nos daría tiempo a pasar por el shopy.

-¿Más zapatos?.

-Hombre, ya que lo propone…Estaba pensando en unos conjuntos para el niño.

Tucídides me dice adiós en la estación y acepta graciosamente algunos dólares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fósforos

 

Las cajas de cerillas están, según reza el pie que las acompaña, listas para la defensa; pero no para encenderse en una de cada tres. Representan bien a la economía de la isla, al aspecto de fósil de la postguerra en sus instalaciones y servicios, e ilustran la omnipresencia de una semántica defensiva gubernamental que se está crispando día a día con los vientos de glasnost y el cambio de intereses de la URSS. Hasta la Revolución, Estados Unidos era el comprador preferencial -como cliente y en precio garantizado al vendedor- del azúcar y del tabaco cubanos y el proveedor y refinador del petróleo consumido en Cuba. La Unión Soviética ocupó, a partir de 1960, su lugar y desde entonces le ha comprado cada año más de la mitad de su cosecha azucarera a un precio cuatro veces más alto que el de ese producto en el mercado mundial. Cuba tiene petróleo en su plataforma marina y el tratamiento se realiza en gran parte con instalaciones soviéticas [1]Las continuas afirmaciones del Gobierno de La Habana sobre su independencia y soberanía son, como vemos, muy relativas. Ha habido un cambio de dependencias y las nuevas son más estrechas y estrictas que las anteriores. De hecho la diferencia fundamental entre Cuba y sus correligionarios del bloque socialista se halla en la especial supeditación material, física, completa, al Gran Hermano soviético, en su naturaleza de colonia geopolítica. Por ironías del destino o de la situación geográfica, cada uno de sus intentos de romper ataduras ha abocado en el sometimiento a un amo más poderoso y exigente que el anterior.

En el rapidísimo viraje de Cuba del 59 al 62 se observan grandes cantidades de intransigencia y de torpeza por parte de Washington y de La Habana, agravadas por la prepotencia hiriente de Estados Unidos y por la decidida oposición de Fidel al pluralismo democrático. Él, su Partido y su grupo monopolizaron en exclusiva el poder y el control de las directivas políticas e ideológicas. La nacionalización por Castro de todas las compañías petrolíferas estadounidenses, que se negaron en 1960 a refinar el petróleo soviético, y a continuación la expropiación de todos los bienes norteamericanos, junto con la convocatoria masiva a la satanización y condena de Estados Unidos, no podían llevar sino a la ruptura de relaciones diplomáticas. Con paralela rapidez ocupaba la URSS puestos en la más envidiable plataforma que hubiera podido imaginar, frente por frente a escasos kilómetros de su potencia rival. En 1962 la Unión Soviética instala en Cuba rampas para el lanzamiento de misiles nucleares. El Presidente Kennedy exige su retirada y decreta el bloqueo. Nunca el mundo había estado tan cerca de una guerra atómica.

Las cerillas no se encienden. Pero cuando lo hacen, influidas quizás por la vecindad de los libros en mi bolsa y por una lejana y bella historia infantil, iluminan el recuerdo de esos papeles desplegados y leídos en la mesa de un cuarto de estar y tomados luego como extraña lectura viajera. No tienen nada de valiosos documentos secretos. Son simples, expresivos manuales escolares y un modelo de manipulación del pasado. En la Historia de Cuba-9º grado, para niños de catorce años, se lee:

En agosto de 1962, los gobiernos de cuba y de la URSS suscribieron un acuerdo a solicitud de Cuba para fortalecer la capacidad defensiva de nuestra Patria. La Unión Soviética envió a Cuba el material bélico necesario, incluyendo armamento estratégico de alcance intermedio y especialistas soviéticos para manipularlo.

Inmediatamente se desató una histérica campaña propagandística antisoviética y anti-cubana por parte de Estados Unidos, ante la cual la Unión Soviética reafirmó sus intenciones de prestar a Cuba la ayuda militar necesaria en caso de agresión, a la vez enfatizó que únicamente en este caso se utilizarían por Cuba los medios de defensa (…)

El imperialismo norteamericano puso al mundo ante el peligro de una guerra termonuclear (…). El gobierno soviético, que había enviado a Cuba armas con carácter defensivo, planteó estar dispuesto a retirarlas siempre que USA se comprometiera a suprimir el bloqueo a Cuba y a dar garantías contra cualquier invasión. El gobierno norteamericano accedió ante tan justas proposiciones

Leo recortes de prensa, fragmentos de viejos discursos. Y me abruma un pequeño detalle inmenso al que la prensa occidental no dio, al parecer, relevancia alguna: En todo este proceso Fidel Castro animó insistentemente a la URSS para que siguiera adelante, no cediera, para que diese el paso nuclear. En aras de su ego político, de su megalomanía personal, desde luego el líder cubano hubiera embarcado al planeta en una confrontación atómica. A fin de cuentas es la lógica del ¡Patria o muerte! que no ha cesado de repetir, llevado, si los dirigentes rusos se hubieran prestado a ello, hasta sus últimas consecuencias.

Moscú accedió a retirar sus cohetes pero obtuvo a cambio garantías de continuar él y su protegida en la situación actual.

Pero han pasado muchos años, los suficientes para que la URSS no necesite ya esa plataforma en las puertas de USA. Las potencias no piensan en guerras mundiales y tienen sobradas preocupaciones con su economía y su política interior. Ha cambiado la logística y el alcance y operatividad del nuevo armamento. Cuba empieza a ser una carga incómoda para unos brazos que deben sostenerla desde tanta distancia, y la bancarrota de la isla agrava su peso, que no mejora un líder vociferante contra Hungría y Polonia, contra -por país interpuesto- cualquiera de las reformas de Gorbachov. Es quizás más fácil ganar un imperio que librarse de él.

En el apretado libro de texto, las consignas y las citas, en su mayoría de Fidel, ocupan más espacio que los datos históricos. Y su contenido deja poco lugar a dudas respecto a la inexistencia de la más leve voluntad democrática en el Líder Máximo y su grupo:

Creo que todos deberíamos estar en un sola organización. (Fidel, discurso de Colombia 8-I-59).

Da una lista cronológica del proceso:

1-Principio de los años 60: O.R.I. (Organizaciones Revolucionarias Integradas).

2-1962: PURSC (Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba).

3- 1965: El citado Partido cuenta con cuarenta y cinco mil miembros y es el Partido Comunista Cubano.

Hemos llegado ya al punto afortunado de la historia de nuestro proceso revolucionario en que podemos decir que sólo hay un tipo de revolucionario. (Fidel, discurso de 1965).

Fidel Castro es el Primer Secretario del Partido.

Las condiciones en que triunfó la revolución cubana llevaron a la implantación de la dictadura del proletariado (…). La transición de la dictadura democrático-revolucionaria a la dictadura del proletariado en Cuba sería consecuencia de la consolidación del papel hegemónico de la clase obrera en la alianza con los campesinos y demás trabajadores.

En 1976 se proclama la primera Constitución, que consolida el Estado socialista dirigido por el Partido Comunista.

El Partido lo resume todo. En él se sintetizan los sueños de todos los revolucionarios a lo largo de nuestra historia (…) en él desaparecen nuestros individualismos y aprendemos a pensar en términos de colectividad. (Informe Central al Primer Congreso, presentado por Fidel).

El objetivo final de la clase obrera cubana y del pueblo trabajador es la construcción del socialismo y el comunismo1

A este panorama de monopolio del poder se añade la poda que supone la desaparición primero de Camilo Cienfuegos, en una catástrofe aérea en 1959, luego del Che en la selva boliviana, por último de Ochoa, fusilado, sin olvidar al que fue Presidente nominal, Osvaldo Dorticos, que es dimitido y anulado políticamente.

Paralelamente, toda la presión política va hacia la fusión por el pueblo de la dignidad invidual con el mantenimiento de las posturas del Gobierno de Fidel cristalizadas en Revolución, Patria, honor, marxismo-leninismo. La clave es identificar la propia estima con la inalterabilidad y el cambio con la concesión vergonzosa, con el rajarse ante Estados Unidos.

Y así se dedicaron a su noria, se adentraron en círculos en su propio laberinto de la soledad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parada sin fonda

 

Desde la Santiago porteña, marina y africana, me voy hacia el extremo este, a la costa en la que, por las únicas carreteras que eran los ríos, se adentraron en primer lugar los españoles, la que describió Colón y tomó Diego Velázquez; voy hacia Baracoa.

Pero los caminos son siempre largos, dan hambre y aguzan la inspiración. Tras la edificante lectura del libro de texto escolar, preciso algo más sustancioso. El pasaje suspira por un desayuno. El coche de línea para, a tal efecto, con resultados que, una vez reanudada la marcha, transmuto en materia dramática.

 

 

 

AL RITMO DEL SOCIALISMO TROPICAL

SAINETE

 

 

Escenario: dos cafeterías a dos niveles simultáneos. La de arriba, hacia un lado y retirada ligeramente hacia el interior, presentará una actividad y aspecto casi normales, con camareros que limpian los vasos, salen y entran, preparan y sirven. Habrá dos anuncios de neón en amarillo y naranja, Cafetería-bar. Hotel Tropical, y un público con aspecto extranjero, rubio, moreno, con cámaras de fotos, que viene y va, habla entre sí, pide y consume. Se oirá perfectamente el tintineo de las monedas, que son todas divisas, grandes dólares resplandecientes que resuenan como un gong majestuoso cada vez que se produce un pago de consumición al tiempo que las luces de la barra y las sonrisas de los camareros se acentúan. Con acordes entre marcha militar y habanera se canta a dos voces el ¡Bote!. ¡Gracias! cuando las relucientes monedas, del diámetro de un plato de postre, se encestan en el receptáculo preparado al efecto.

Abajo: Cafetería para el público de la calle anunciada con un pálido neón, Hotel Tropical, y un Cafetería en rojo casi gris de polvo. Son las ocho quince de la mañana. No hay nada comestible ni bebible a la vista. Los camareros se esconden en la cocina. Los clientes, gente del país, otean ansiosos, ocupan las banquetas, se colocan en segunda fila detrás de éstas, de pie.

La música consistirá en los boleros La última vez que te comí, Si tuviera un filete, Aquel almuerzo y Dos cervezas para ti.

Los clientes (todo se refiere a la barra de la cafetería local, de abajo, excepto indicación específica) aventuran posibilidades:

-¿Hay leche?.

-¿Hay café con leche?.

-¿Hay bocaditos de jamón?. (bocadillitos de cerdo)

-¿Hay bocaditos de mortadela?.

-¿Hay agua?.

Expectación: aparece la primera camarera, una mulata oscura, entrada en carnes, con la boca torcida en un perpetuo rictus de desagrado y ojos bajos para no mirar al público. Pasa, arrastrando los pies, y frota la barra con un trapo sin contestar a las preguntas anhelantes de la clientela.

-¿Hay bocaditos de jamón?.

-¿Hay leche?.

-¿Hay yogurt?.

En ningún caso pasa por la imaginación de nadie que puedan existir otras perspectivas gastronómicas. En la barra de la cafetería superior veremos mientras un trasiego de zumos, tostadas, huevos, vasos y botellas con líquidos de diferentes colores y bandejas de frutas y de bollos. Los movimientos se puntearán con el gong de los dólares.

La mulata de la cafetería del nivel inferior se retira con desdén y en silencio. Sale de nuevo y distribuye a la media barra más cercana de la cocina platos y tazas. La otra media barra se altera:

-Compañera, ¿van a servir sólo media barra?.

-Compañera, llevamos tanto tiempo…

La mulata levanta por primera vez los ojos para decir con enfado y frialdad:

-Yo no puedo hacer las dos barras. Preguntaré al administrador.

(la barra tiene pocos metros)

Se va. Pasa mucho, mucho tiempo. Hay cuchicheos en la cocina y murmullos en el público:

-Claro, si está sola la pobre…- dice alguien conciliador, con ánimo de atraerse las simpatías de la camarera.

-¡Que pongan otra más si la compañera no puede!.

Los murmullos apenas cuajan en protestas y el tono oscila entre la consigna de solidaridad con la camarada trabajadora en el frente de producción de la barra y la desesperación ante la certidumbre, según marca el reloj, de que van a quedarse sin desayunar.

Arriba se oye un firme:

-Por favor, páseme un poco más estos huevos, que están casi crudos, y añádales jamón.

-Sí, señor.

-Y se cobra.

Hay un tintineo estrepitoso, sonrisas, guiños del neón y cantos de ¡Bote!. ¡Gracias!.

Abajo, el tic-tac ostensible del reloj marca las nueve menos diez. La mulata sale y sirve con gesto sombrío bocaditos de mortadela -lo único que hay- y café con leche a media barra. La otra media sólo consigue, por la intercesión de amigos zalameros, tres vasos de leche.

Desaparición de la mulata. Larguísima pausa. Murmullos amargos. Aparece de nuevo, sólo para retirar los vasos y pasar el trapo por la barra. Espeta, airada:

-¡Yo estoy en prácticas.!

Al irse hacia la cocina con aire definitivo, se lleva una bandeja que descubre, al ser retirada del muro en el que se apoyaba, un cartel: III Semana de la Gastronomía.

La clientela empieza a retirarse. Al bar de arriba llega un grupo de chicos altos y morenos, con ropa de deporte en la que se lee Delegación Pelotera de Baluchistán. Vienen saltando y riéndose y encargan inmensos sandwiches. Dos chicas y un chico joven que visten los tres camisetas con grandes frases sobre Cuba tipo ¡Listos para la defensa!, ¡Patria o muerte! brindan mientras discuten con ardor sobre el país y sobre el Tercer Mundo, encargan otros cócteles y vuelven a brindar.

Sobre la barra de abajo se han colocado seis vasos de agua. Un señor apura uno despacio y dice en tono confidencial a un camarero que hace cuentas junto a la cocina:

-Compañero, si tuviera por ahí algunos bocaditos de mortadela…

-Se acabó el lote.

-Si le quedara alguno y fuera tan amable…

El señor, que viste con dignidad, desliza un billete al otro, que lo coge, se mete en la cocina y sale furtivamente con un envoltorio grasiento, que mantiene por debajo del nivel de la barra hasta pasárselo rápidamente al señor. Éste lo mete en una bolsa de plástico que desentona con su compuesta figura. Se va. Vienen unas mujeres y un hombre:

-¿Queda algo?.

-Nada.- responde el de las cuentas sin alzar la cabeza.

Se ponen a beber los vasos de agua.

Arriba se oye un

-¡Baja el toldo, que ya empezó el calor!.

Simultáneamente, en el bar de arriba se va bajando un toldo a rayas con palmeras y maracas. Abajo cubre la barra una lenta y gran telaraña con la misma forma de toldo que arriba. Y, con el despliegue final de ambos toldos, cae también el

 

TELÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

U.S. Guantánamo

 

Inaccesible y ajena, situada en su rincón de costa, de espaldas a las plantaciones que deja a nuestra derecha el autobús, está la zona donde habitan unos extraños guantanameros: la base norteamericana de Guantánamo. El enclave, de 116,5 km2, es perfecto, una espléndida cala protegida por los contrafuertes de Sierra Maestra, entre las pinzas de Caimanera y Boquerón, donde atracan, a pocos metros de sus rivales estadounidenses, los cargueros soviéticos. Las alambradas y la tierra de nadie marcan, más allá, el comienzo de la base americana, que encierra todo lo necesario para la vida, el trabajo y el ocio de los residentes y sus familias, incluidos campos de deportes, hipódromo, templos, salas de espectáculos, centros comerciales y grandes almacenes que garantizan su subsistencia.

Su historia es antigua. El tratado de París, en diciembre de 1898, marcó el final de la Cuba española y colocó a la isla bajo la protección y administración provisional del gobierno norteamericano representado por un destacamento militar de ocupación que residió en ella hasta 1902. Llegado el momento de la total independencia, Estados Unidos introdujo en la Constitución de la República de Cuba la enmienda bautizada con el nombre del senador Platt. Uno de sus artículos estipulaba que el gobierno de Cuba concede a los Estados Unidos el derecho a intervenir para garantizar la Independencia y para ayudar a todo gobierno a proteger las vidas, la propiedad y la libertad individual. Esto incluía el disfrute de la base y otros privilegios. En virtud del acuerdo los marines estadounidenses avanzaron en 1917 hasta Camagüey para sostener al general Mario Menocal. Washington esperaba, según la enmienda Platt, obtener otras bases, como la de Cienfuegos, a las que se vieron obligados a renunciar en la firma del tratado permanente de 1903.

Guantánamo concentra toda esa historia de amor y desamor, admiración y envidia, rebelión y dependencia que es la de Cuba con Estados Unidos. Las Antillas se mueven entre unas fortísimas y lejanas raíces culturales de signo sureño y las exigencias de la vida práctica y la cohabitación con su gran vecino, al que recurrieron para librarse de sus gobernantes antiguos. Mientras, la coctelera no cesa de agitarse y el melting pot que Norteamérica es transforma, con su vigor y su mosaico de emigraciones, territorios más allá de Miami y el Golfo de Méjico.

La presencia anglosajona tiene siempre, por lo visto, en Cuba unos curiosos antecedentes caracterizados por el aislamiento, la relevancia y la brevedad; son acciones de gran importancia pero física y temporalmente reducidas a espacios y duración bien delimitados. En esta misma bahía de Guantánamo establecieron los ingleses, en 1741, la efímera ciudad de Cumberland; dos décadas más tarde ocuparían durante un año La Habana. Eran los siglos de la ley de la acción directa y el derecho consagrado posteriormente por la fuerza y el uso. Donde en realidad los hombres del norte se han manifestado con mayor insistencia, como un homenaje reiterado y lejano a sus primos vikingos, ha sido en las variadas formas de la piratería. La Historia de Cuba lo es de ataques, defensas y medidas contra los piratas. La Habana y Santiago eran el París de los filibusteros célebres, las ciudades sin cuyos tesoros ningún corsario podía pretender ser tomado en consideración, y este ritmo de saqueos, incursiones y acosos se extendió desde el siglo XVI hasta principios del XIX. Las aguas hervían con un tráfico intenso de piratas, que robaban por cuenta propia, corsarios -entre los que se contaron como pioneros los piadosos hugonotes franceses- , que lo hacían en nombre de gobiernos como el de Su Majestad británica, bucaneros y filibusteros de todo tipo. Éstos se aliaban a veces en hermandades como la de la Costa y solían recibir acogidas triunfales en Holanda, Francia o Gran Bretaña cuando regresaban con el botín producto del saqueo de las ciudades y barcos comerciales españoles. La nómina comprendía nombres como Francis Drake, Henry Morgan, Pieter Hayn. Tras asolar plantaciones y pueblos, se refugiaban en los múltiples cayos o en su base central de la Isla de los Pinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Baracoa

 

Desde el mar, de un azul tan duro que las naves parecían resbalar sobre él, Colón vio Baracoa un 27 de Octubre de 1492. La luz brillante marcaba en el horizonte un alto cerro montañoso de un corte perfecto al que inmediatamente llamó El Yunque. Tras las asperezas de la costa este y la soledad inhóspita y rocosa de sus puntas, los marineros hallaban al fin una abrigada y pequeña bahía en la que la desembocadura del río Macaguanigua ofrecía agua dulce y comunicación hacia el interior.

Desde la selva le miraban llegar los indios taínos. Los saludos iniciales dieron pronto paso a los enfrentamientos. Tras varios ataques al fuerte que servía de defensa a los españoles, éstos lograron capturar al caudillo indígena Hatuey, que fue condenado a morir en la hoguera y se dice que rechazó el cielo que le prometía el sacerdote para no estar en compañía de los tales cristianos. Hatuey ha sido convenientemente beatificado, junto con sus compañeros mártires, en los ritos nacionalistas de culto a los orígenes. Los indios son en general pintados, en la historia actual, como seres angélicos modelo de pacifismo y armonía ecológica y no se pierde ocasión para citar que la palabra Caribe la tomaron los españoles del vocablo indígena caribal, que significa “valeroso”. No estaría de más recordar que de caribe también viene, por el mismo proceso de asociación con las costumbres de las tribus antillanas, el español “caníbal”.

Para Cristóbal Colón la isla no lo era. Lo que veía ante sus ojos llenos de las maravillas de Marco Polo, de relatos de navegantes y exploradores de las rutas de la seda y las especias, eran los territorios del Gran Khan de la China. La inmensidad e identidad del Nuevo Mundo fue un descubrimiento dentro del Descubrimiento, y quizás hubo un punto de decepción y desconcierto cuando en 1509 Sebastián de Ocampo completó la vuelta de la costa verificando su condición insular. Los nuevos pobladores dieron el nombre de Cuba a la isla que los aborígenes llamaban Colba, bautizaron el asentamiento primero como Puerto Santo y luego como Asunción de Baracoa, construyeron en 1512 una catedral que es hoy la iglesia más antigua de la isla y fundaron con gran rapidez otras ciudades como Santiago y Batabanó.

Pero este extremo oriental cerrado por montañas y de accesos marítimos escasos siempre fue de difícil acceso desde el interior, con el que hasta fines de 1960 careció apenas de comunicaciones viarias; así Baracoa ha permanecido lejana, somnolienta y silvestre, rodeada de un paisaje que conserva zonas de naturaleza intacta, solitarios bancos de arena, los tibaracones, en las desembocaduras de los ríos, regiones áridas y desérticas al sur, costa rocosa y bosques. Los valles y llanuras se plantaron prontamente primero de maíz, frutales y yuca, luego de café, cacao, plátano, nuez de coco, más tarde de caña de azúcar, para cuyo cultivo se trajeron miles de esclavos negros, que reemplazaban a los indios, decimados por las nuevas enfermedades y los ritmos de trabajo que se les pretendía imponer. La rebelión de Haití favoreció que Cuba se alzase con el primer puesto como proveedor de azúcar a Estados Unidos. En esta riqueza creciente y desigual germinaron las luchas sociales que desembocarían en la independencia bajo protección norteamericana de forma que, tras la retirada española de 1898, se izó en la isla la bandera de Estados Unidos.

Todo esto parece lejos en la Baracoa cara al mar y pacífica, pero también podría haber ocurrido ayer, porque aquí el tiempo es pausado, sin más incidencia que el golpe de las olas, y hasta la población actual, como una marea baja, refleja una tasa de crecimiento demográfico curiosamente débil: 1,7 por 100 en 1976. Pese a que se halló en ella algo de oro, Baracoa no estaba destinada a grandes liderazgos y crecimientos vigorosos. Aunque Diego Velázquez la dotó rápidamente de fortificaciones y vigías contra los ataques de los piratas, muy pronto los muchos incendios minaron su desarrollo económico y la topografía hizo el resto. Durante las luchas de la independencia fue asediada por Antonio Maceo y en 1958 se agrupó en sus bosques un importante movimiento guerrillero en torno a Raúl Castro; pero no es tierra de ambiciones, lo que añade melancolía a la mirada de bronce de la estatua de Hatuey.

Tengo la impresión de llegar en ella, al fin, al extremo de algo puro, quizás porque tiene el más bello paisaje que he visto en Cuba, la corona que la aisla y que contiene, como joyas desiguales, una sucesión de alturas desérticas y pedregosas y de oasis espesos de verdor y palmas, hasta cruzar la cresta de Las Farolas, con el espejo del río y los manojos de cocoteros. Es una diadema de distintos niveles en torno a esta bahía que maravilló a los españoles de Colón y de Diego Velázquez por su belleza. Sus playas son solitarias, de arena un poco gruesa y oscura, algunas rocas y las desembocaduras de los ríos -el Toa, el Yumurí, el Miel- que permitieron la penetración de los descubridores. La zona es rica en asentamientos precolombinos de taínos y siboneyes y posee pinturas rupestres y petroglifos. En su escudo figura una de las primeras imágenes que impresionaron desde el mar a Colón, y que anotó en sus diarios: el Yunque, la montaña trunca que se yergue sobre la población.

En sus orlas secas y despobladas, el azul de la costa es quizás el más intenso que haya visto jamás, un añil-violeta denso, pulido, límpido, con la textura de las piedras semipreciosas.

 

Pero mi llegada distó de ser gloriosa. Indudablemente ese día el protector San Antonio se tomó unas vacaciones; en lenguaje de Peter Fleming, cuyo viaje a Tartaria leía, me tocó el slice of bad luck y las cosas adquirieron un tinte particularmente nefasto. La noche fue pavorosa. Como en Belén, en Baracoa no había posada en ningún sitio porque éstos eran estatales, escasísimos, estratégicamente en obras y la población, como en el resto de Cuba, aunque suspiraría por hacerlo, no podía alquilar habitaciones ni poner hostales. Fallaron las recomendaciones a amigos de Tucídides. Encomendada a un conocido suyo que también iba en el autocar, éste se desvivió por verme instalada, cenada y sana y salva, ello con gran bondad y no menor estupidez. Así, cuando ya se había acordado en el museo provincial que me dejarían dormir allí, él se empeñó en llevarme a casa de una familia que se había ofrecido a mostrarme la generosidad obrera. Con una mirada melancólica hacia el silencioso sofá del museo, acompañé al amigo de Tucídides.

La estancia fue en verdad edificante. El padre, tripudísimo y abotargado por el ron, no cesaba de alardear de pobreza y honradez proletarias. Vivían en condiciones infernales; tres espacios separados por mamparas de madera en una enorme nave que restaba en pie. El resto del edificio estaba derruido y en el patio se apilaban los cascotes y basuras, con los servicios en unos cubículos de madera a los extremos. Me pusieron un catre en la entrada, en el cuarto de estar, donde, por supuesto, no podía acostarme hasta que todos se cansasen de ver la televisión. Como en Holguín y demás hogares, se seguían con atención religiosa las peripecias de un lacrimoso culebrón. En el salón pululaban cucarachas inmensas que se subían hábilmente por las paredes. La casa de la cultura vecina entendía como labor formadora poner una atronadora música heavy para que la juventud se divirtiese apiñada a las puertas y ensordecer de paso al resto del vecindario. Me rellené, inútilmente, de algodón los oídos. En el salón se emitía la novela brasileña televisiva El derecho de amar, que desgranaba el vigésimo de sus ochenta abominables capítulos. En la forzada vigilia, los sentimientos del día oscilaban entre racional agradecimiento y odio africano hacia el conocido de Tucídides.

El catre era tremendo, curvado, chico y mal cubierto el entramado metálico por una colcha. Las servidumbres biologicas dieron por amenizar, con el tibio toque femenino, las horas interminables. No me atrevía a mover pie ni mano a causa de las cucarachas. Sin olvidar, oh, no, los ronquidos infernales, probablemente triplicados, del dueño de la casa, con su vientre inmenso, sus ojos turbios y su estruendosa caridad, los del hijo gordo y tripudo, con los primeros botones de su short desabrochados, y quizás también los de la madre.

Amaneció Dios y medré. La inagotable benevolencia de los cubanos me ofreció nuevo cobijo en la casa de una señora de la limpieza que trabajaba en el Museo de Historia. Comencé la gira por la ciudad y asumí mi identidad acostumbrada de posible fuente de mercancías inaccesibles. En Baracoa, como en el resto pero quizás incluso de forma más acentuada por la distancia, el abastecimiento era penoso y tenía los rasgos habituales de clandestinidad y contrabando. Las botellas de ron no se encontraban sino en las afueras de la población mediante mañosos arreglos con los chiringuitos. La cerveza ni verla; sólo agua como bebida en los restaurantes o algún refresco en lata. Las hojas de afeitar, inexistentes, se encargaban a los parientes de otras provincias. No había compresas ni algodón ni, obviamente, se conocía el támpax; para la regla las mujeres cortaban paños con los viejos mosquiteros. En las colas de la carnicería llegaba a haber navajazos. La leche fresca no se dejaba ver y el cacao se encontraba en las plantas abundantes y en la fábrica, pero jamás en una taza o una onza de chocolate. A diferencia de La Habana, sí se conseguía alguna fruta -plátano, mango, aguacate- y también café, malanga (especie de yuca) y tomates. La pequeña villa tenía la atmósfera de carencia y atonía habituales, pesquera y costera sin mercado ni lonja, sin un café ni una cafetería ni una terraza ni un bar. Lo máximo eran los despachos estatales, a horas y mercancías contadas, de lo poco que a veces llegaba, ante los que se formaba rápidamente la inevitable cola. En el restaurante jamás había servilletas ni cucharillas y la mugre se acumulaba a falta de detergentes, ganas de limpiar y simplemente de agua. En la casa donde habito la señora soñaba con lencería y dedales, lo que no impedía que, con cierto automatismo, introdujera en la conversación abundantes referencias a los logros de la Revolución, repetidos como un estribillo invariable que parece acompañar hasta a las observaciones sobre la amplitud de las mareas.

 

También yo me había hecho al curioso ritmo de las percepciones: primero un asentamiento azaroso, con ojos que no ven sino la proximidad, los obstáculos y la epopeya microscópica de lo cotidiano; luego los contactos, las peticiones, los relatos; después la ciudad, la belleza, los hechos, ordenados sin la implicación de lo inmediato, sin el temblor de querencias ni desagrados. En aquella población largamente olvidada encontré la hermosura y el sentimiento de la lejanía, la disposición de joya de las alturas que la rodeaban y la espesa jungla tropical, los restos de pequeños y grandes sueños en el relicario de cruz encristalado en la iglesia, en las historias de guerrilleros montaraces, en las divagaciones sobre imprevisibles y modestos cambios futuros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Filemón y Baucis

 

En Baracoa, ella trabaja de limpiadora y guardiana en el Museo de Historia. Es una mujercita que empieza lentamente a envejecer, regordeta, baja, ojos claros, el rostro redondo, pelo entregris. Me he presentado de nuevo ante ella y Melquiades, conservador del museo, a los que conocí el día anterior. Ambos parecen apesadumbrados por mi situación, hablan entre sí y finalmente la señora me lleva a su casa ofreciéndome alojamiento y ayuda. Una vivienda modesta, muy limpia, en el cuarto piso. Desde el dormitorio que me asignan -la cama y apenas nada más- se ve el mar.

Por el camino me cuenta su historia: la madre dejó a sus hijos en el pueblo y se fue para cuidar los de su marido en el segundo matrimonio. De ella dijo que cuando fuese señorita -las menstruaciones son en este clima tempranas- se la mandaran. Se crió con su abuela, como sus hermanos, y no quería ir con la familia nueva de su madre. Tenía un enamoradito, algo deforme del pecho. La infancia de ella fue dura. Cuando aquel enamoradito, quince años mayor que ella, le propuso que, antes de que la mandasen con su madre, se fuera con él, ella aceptó. Y se casó al estilo informal cuando, en efecto, era una señorita y le faltaban once días para cumplir trece años ( Él me crió, dice riéndose). Hubo alguna reclamación familiar pero la cosa se acalló con dinero. Cuando ya tenían dos hijos se casaron legalmente.

-¡Tan joven! ¿Y qué tal se llevan?.

-Estupendamente. Nos queremos cada vez más.

Llego a la casa y allí está, echado en un canapé, el hombre que crió a esta señora. Es un completo lisiado, de un metro de altura y pecho en cartabón, el rostro ancho, con ojitos vivos y una sombra de bigote. Tiene un gran sentido del humor en sentencias cortas y bien plantadas. De sus tres hijos, uno es policía, el otro estudia en Checoslovaquia, el tercero, de doce años, se ha ido de vacaciones.

-Estuvimos con la revolución desde un principio, en la clandestinidad. También ella.- explica el marido- Antes había que penar mucho y a mí, con mi color de piel (la mujer es muy blanca, él aindiado) no me hubieran dejado entrar en muchas familias. Ahora estamos bien.

El marido está jubilado, reparte el tiempo entre las colas y las partidas de dominó y no comprende a las impacientes y malhumoradas amas de casa ni parece advertir el que haya golpes cuando a la tienda llega una partida de carne. Ni siquiera advierte su propio y cándido reconocimiento de que les es imposible hallar los medicamentos o la ropa que precisan, y esto cuando aún están frescas sus alabanzas al sistema. Ellos no me piden que les compre cosas en el shopy, que quizás no existe en esta ciudad adormecida, tampoco quieren hacer negocios ni tienen dólares. Solamente, la víspera de mi marcha, ella me rogará por favor que, si me es posible, le envíe desde España medicinas, para sus males y sobre todo para los de su marido, porque allí ni aspirinas se encuentran. Luego, enjugándose las manos en un paño de cocina, añade:

-Y…si pudieras…Siempre he querido…Me haría tanta ilusión que me mandaras…unas bragas rojas.

El matrimonio es ferviente partidario del régimen, se han acomodado a las carencias y se encuentran seguros. Tienen la inocencia de las especies protegidas en su parque. Con este marido lisiado, en este marco invariable, la mujer de ojitos brillantes y cutis rosado ha sido feliz y la pareja lo es, poseen el sorprendente don de la felicidad y rezuman afecto que cae sobre mí, a quien adoptan y ofrecen gratuitamente comida y cama, la malanga, el arroz, el huevo, el poco de pescado y la fruta de las ocasiones, el pequeño dormitorio de sábanas cosidas y limpias adornado únicamente con el frescor y la visión del mar.

A estos pájaros de un nido, que no harán el mundo moderno y para los que la sociedad de mercado libre es una suelta de aves depredadoras, tendrá que garantizarles el régimen que sustituya al castrismo un buen lugar bajo el sol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Norte

 

Parecía todo terminado, un apretado ciclo de personas, de frases, de carteles, y el mapa no tenía más colores que recorrer, las carreteras carecían de alternativas, me resignaba a la vuelta sin incentivos, en sentido inverso y por la sucesión de panoramas recortados por la ventanilla del autobús. Entonces vino la bendición del Norte.

No quería parar en Holguín, me molestaba repetir las despedidas y temía que Cesáreo pensase que había reconsiderado su proposición. Pasaría lo más rápido posible hacia Las Tunas enfilando la ya conocida, y única, carretera central hacia La Habana. Un sentimiento de finitud y desánimo me impedía considerar nuevos derroteros. Pero hice noche, vi el tráfico que hacia un alto en el cruce y luego continuaba ruta hacia la costa norte, a menos de cincuenta kilómetros, me vino, mientras leía sentada a la puerta del hostal, el aire de espacio salino y más grande. No pude evitar ir hacia allí.

Las rutas se volvieron sendas pedregosas y difíciles. Fueron muy pocos días de un recorrido irreal, con múltiples cambios de vehículo, y largos periodos de tiempo en los que las conversaciones fueron contadas, utilitarias y ocasionales. Intenté la aventura de una lancha que, como conclusión de un trabajoso regateo, me llevó para que pudiera rozar los cayos, la costa desmenuzada, sumergida, atrincherada tras la barrera de coral. Supe de playas parameras guardadas por destacamentos de enormes cangrejos azules, y de lagunas en las que los flamencos rosas trillaban sus pastos de agua cálida. Ésta era la soledad, la vida indiferente al hombre cuya vista había añorado desde el comienzo, cuando consideraba con melancolía cuán domesticada y familiar la isla era.

La costa norte, de Nuevitas a Sagua, es un perfil de vértebras de cayos y bahías. Hay playas blancas y tranquilas, calas diminutas y extrañas cuevas. En el interior, en la Sierra de Cubitas, se visita una gruta con pinturas rupestres en las que los indígenas narraron la llegada de los españoles. Frente a la costa los islotes forman el archipiélago de los Jardines del Rey, más allá aflora el laberinto de las Bahamas; luego, únicamente, la inmensidad del Atlántico.

En la noche llega el especial eco del rompiente, en el que los navegantes de siglos pasados probablemente escucharon el estruendo de las grandes cataratas en las que el mundo conocido terminaba. Éste es el cielo del trópico de Cáncer, el vivero de vientos rabiosos, destructores, que emprenden desde aquí su fanática danza de derviches y dejan las palmeras llorosas de aves muertas y cieno. Ahora todo es paz en la costa desierta. Por fin no estoy en parte alguna.

Las grandes islas, Cayo Coco, Cayo Romano, quedan atrás, con su espejismo de vergeles marinos y caballos salvajes. El archipiélago se va reduciendo a cadenas de arena y rocas, las carreteras se aproximan a la general y confluyen en Matanzas.

Aquí, ya en plena zona turística, las grutas han sido transformadas en discotecas con decorado filibustero. Las luces y la música tienen un brusco efecto deslumbrante en el recién llegado que pone pie de nuevo en la Cuba actual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cambio de postal: Varadero.

 

Aunque me quedan todavía doce días de vacaciones que intentaré pasar en parte en la playa de Varadero y los tres últimos en La Habana, el viaje aventura-lucha-vuelta a la isla lo siento como terminado. Lo he hecho, pese a todo, en pesos, en guaguas, y ahora en tren. Mi ropa está relavada, descolorida y sudorosa. Me ha crecido un hermoso eczema en un pie y algo en las manos. El bolso se ha desgarrado en parte, voy con la mochila ya sucia. Me cambio como puedo en servicios siempre sin agua con dedos pringosos, suelo encharcado y puertas que jamás cierran.

Y se supone que voy a pasar al mundo de la postal, al paisaje del cocotero caribeño en el que hace infaliblemente su entrada el camarero con el cóctel de ron, el mundo del dólar, como quien se cansa de nadar y se sube al bordillo de la piscina. Varadero. En minutos, en metros, el salto de la incuria, la suciedad desganada y la escasez crónica al confort, los estándares aceptables, la limpieza y la atención. El hotel de Varadero, pagado en -muchos- dólares, no plasma ninguno de los múltiples y habituales aspectos de la ruina nacional. Para él sí ha habido pintura, reparaciones, alicatados, cañerías, grifos y agua. En Cuba sí se ha descubierto que puede haber otra cosa distinta del w.c. atascado y sin cisterna, de los cestos de viejo papel higiénico usado, de las esperas de una hora para conseguir, quizás, un desayuno, del eterno gesto de mal humor y desdén de camareros y camareras, de las cucarachas, la grisura y las colas.

Varadero: Hospitalario para sus amigos, inexpugnable para los enemigos. reza el cartelón. Ni aquí cesa el complejo de defensa, los grandes paneles moralizadores o incitadores a la resistencia y al combate que reemplazan a la publicidad de artículos de consumo y difunden -distinta de la comercial pero no menos profusa y sí más autoritaria y menos placentera- la alienación estatal.

El color del mapa ha cambiado del gris al dorado resplandeciente. Al extremo de la franja de playas de Varadero está el complejo de lujo, el Hotel Internacional con sus ciento veinte dólares la noche y sus ofertas múltiples y millonarias de langosta, ron y cóctel de coco. La playa es de una belleza ejemplar, como un modelo de playas, con su arena harinosa, el agua tibia celadón y malaquita en una mansa e inmensa piscina de poca profundidad.

La red aquí para extraer del turista el máximo de divisas es implacable porque ese ganado es el monocultivo de Varadero, su especialización regional. Los cubanos también aspiran a su parcela de paraíso. En la caseta de turismo nacional hacen colas de semanas y de meses – colas reales, en las que deben ingeniárselas para aparecer y firmar todos los días y hay repaso mañana y tarde de la lista de espera- para conseguir unas cortas vacaciones o los ansiados tres días preferenciales de la luna de miel. Único caso en la isla, los habitantes de Varadero pueden alquilar habitaciones siempre y cuando no sea a extranjeros. Huyendo del astronómico hotel donde la oficina turística pretende confinarme, me deslizo en una de ellas por mediación de Olivia, que trabaja en un restaurante.

Vista tras la barra, con sus maneras naturalmente elegantes y su tipo fino de belleza madura y sufrida, es difícil imaginarla en un marco peor que el que en su trabajo la rodea. Me invita a su casa. Olivia vive en una especie de chabola construida, como otras familias, a base de ampliar vivienda con los medios de a bordo. Hay un único dormitorio en el que duermen el matrimonio y los dos hijos de once y diecisiete años. Aunque el marido se supone que tiene un cargo en turismo, no le han dado nada mejor y es angustioso ver deambular a esta mujer de porte esmerado entre tal miseria de fregadero, pobreza e  hijos.

-Ya no me queda dolor que pasar- comenta.

Olivia ha sido y aún es hermosa, con buen tipo, muy delgada, espléndidos e inquisitivos ojos azules y a las espaldas un rosario de desgracias que ya no resulta conmovedor de puro abigarrado: a los dieciséis años, embarazada, busca un trabajo después de que su madre la eche de casa. El padre de este niño y del otro que vendrá -ahora tienen once y diecisiete años- es un agente de la policía secreta que trabaja en prisiones. Aunque se acaban casando Olivia no hallará la dicha en su matrimonio; el oficio de delator policial le resulta a él insoportable y le llevará a un trágico final. Mientras, cuando ella está embarazada y van los cuatro en el coche, el vehículo vuelca y pierde el niño. Más tarde se le morirán dos bebés de tres y seis meses. El marido, incapaz de seguir adelante con su trabajo, se suicida ahorcándose. En el rosario de desdichas de Olivia se incluye una quemadura con el hornillo y la muerte de su padre y de dos hermanos. Se casa de nuevo con un responsable de hostelería, lo que no impide que continúen viviendo en esa especie de chabola mínima. Su pareja se divorcia para casarse con otra mujer y Olivia cae en una depresión y anemia que la llevan al hospital al borde de la muerte. Su apego por este hombre es extremo y continúa siéndolo en su actual y paradógica situación: él se reparte entre sus dos hogares, vive unos días con su mujer actual y otros con Olivia y sus hijos, que le rodea de atenciones y le recibe con avidez.

Mi casera sin embargo es la Marta del amor, la mujer práctica con tres matrimonios a sus riñones, la que tranquilamente se enorgullece de que ha conseguido todo de los hombres sin trabajar jamás, empezando con sus tíos desde los dieciocho años, que la hicieron heredera, continuando por la cosecha de cadenas de oro, pulseras y maridos, hasta llegar al actual, treinta años mayor que ella y del que va a heredar la casa en la que viven, que les renta jugosas cantidades con el alquiler por habitaciones.

-¡Hay que pensar con esto, no con esto!.

Y esta buena y enérgica fenicia se golpea primero la cabeza y luego el pubis.

-¡Si piensas con el coño estás perdida!. Con él sólo hay que pensar mucho después.

La ilustración gráfica de sus teorías es muy poco trovadoresca pero en extremo sólida. Casi analfabeta y profundamente letrada en la vida, habla con una especie de lujuria del dinero y las joyas conseguidos, del testamento de su marido actual hecho a su favor, y de las posesiones de que disfruta. Siempre consiguió lo que ha querido, siempre -de padre a tío, de tío a maridos- ha logrado que la mantuvieran. Tras el cambio de régimen en Cuba, se apuntó a todas las organizaciones de cooperación vecinal revolucionaria habidas y por haber en una especie de tratamiento de choque homeopático de la delación y las purgas, y sobrenada con pericia manteniendo en seco haberes y artículos de importación. Hay algo en esa mezcla de generosidad, codicia satisfecha, miras escasas y presunción que, por su franqueza descarada, resulta simpático, y más al lado de la helada suficiencia de la policía y la estulticia cándida de los incondicionales.

¡A la defensiva!. Carteles, proclamas, consignas. ¿Qué haría este régimen sin enemigo?. Hasta ahora no puede decirse que haya preparado al país para integrarse en el conjunto normal de las naciones de un mundo moderno. Sus políticos – empezando por el Líder Máximo- son un desastre sólo digno de despido. Hay un empecinado anclaje en otro mundo, el de cuarenta años atrás, un mundo de carencia y guerra fría. Al duchar a una población, aislada e incomunicada excepto por los raros y perfectamente controlados canales del Estado, con continuos excitantes y motivantes bélicos, al hacerla identificarse emocionalmente con su verboso e iluminado líder en el que se mezclan el caudillismo endémico vitalicio, el paternalismo y patriarcalismo y el empecinamiento añadido de la edad, al producirse esta identificación, las críticas son siempre culpabilizadoras, las rupturas traumáticas, los cambios peligrosos, mayormente si cada cual debe creerse un bastión inexpugnable, un David frente al Goliat estadounidense. Los davides sin embargo suspiran por las monedas, las camisetas, los pantalones vaqueros y los electrodomésticos de Goliat. El dólar es la única moneda fuerte, la moneda de referencia de Cuba, que arrastra la cada vez más pesada cola de una fabulosa deuda exterior y el secreto a voces de su bancarrota interior. ¡Creemos enemigos externos!.

Miremos los billetes. El de veinte pesos: el guerrillero Camilo Cienfuegos por una cara, desembarco de los guerrilleros del Granma por la otra. Diez pesos: discurso de Fidel a la multitud  ( Declaración de La Habana de 1960 ) por una cara y el militar Máximo Gómez por la otra. Cinco pesos. El militar Antonio Maceo por un lado y una invasión de guerrilleros por la otra. Tres pesos: el Che por un lado y el mismo cortando caña por el otro.

Y mientras, en la antología de José Martí, -del que Fidel copia el estilo patrístico, el mesianismo y la insistencia en los valores viriles y bélicos- se augura la unión inexorable que producirá el comercio y se da vueltas, con rechazo pero con inquietud, a la alternativa de asociación a Estados Unidos. Hay mucho en Castro de los tonos evangélicos de Martí, y la reiteración de éste en utopías celestes patrióticas, en excelsos futuribles, transmutada por Fidel en términos marxistas, es cuanto menos peligrosa para las felicidades concretas de los seres reales. La soberbia apostólica en el poder es temible, en esta Iglesia atea como en las que no lo son. Entre la copia envidiosa de Miami y los peanes a Esparta, Cuba se bambolea con una tripulación de náufragos a los que falta material para fabricar lanchas salvavidas.

 

Varadero es el punto de aterrizaje turístico por excelencia y lo fue desde los años treinta, en los que el industrial Dupont comenzó a comprar terrenos y a construir. Su situación es perfecta: una lengua de tierra con más de veinte kilómetros de playas, al noreste de La Habana, bien comunicada con ésta por carretera y por aeropuerto al resto del mundo. Es una prolongación marina de la península de Hicacos, en la provincia de Matanzas. Cuando se observa el panorama futurista de sus cadenas hoteleras perfilándose en exclusiva en el plano horizonte resulta difícil imaginar que hace siglos también aquí hubo una historia, que en algún profundo nivel, bajo la arena, yacen los indios que hallaron los españoles a su llegada, cuando instalaron en Punta Hicacos un centro de aprovisionamiento de carbón y de cerdo salado. Era una región hermosa y solitaria hasta que, con el descubrimiento del contacto con el agua del mar, se construyeron en 1910 las primeras villas de vacaciones.

Los años treinta, cuarenta, cincuenta, vieron un desarrollo acelerado. Varadero, semejante pero infinitamente más bella que su vecina Miami, recibía desde a los millonarios que volaban desde Florida hasta a un turismo fiel y numeroso de cubanos con posibles. La revolución de 1959 paralizó la zona y vació los grandes edificios hasta que, al principio de los setenta, el Gobierno decidió recuperar tan rica fuente de divisas. Al final de la fina punta de la península, todavía puede visitarse el Museo Dupont de Nemours en lo que fue la villa, playa privada y aeropuerto del millonario. También subsiste, como simple lavadero, la casa del presidente Batista

Es lugar de largos paseos dando la espalda a torres y restaurantes. Me siento al atardecer como quien acude cotidianamente a ver una película. Es un horizonte tan amplio que da impresión de infinitud, una hemiesfera de agua y otra de arena, la franja de esta delgada península marina. Los cubanos, como la mayoría de los pueblos realmente del sol, gustan de bañarse a la puesta y la superficie, plateada en rasante, del agua está llena de cabezas negras y cuerpos oscuros contra un escenario caótico de las más variadas nubes: finas, altas y planas, salomónicas y tubulares en vertical, en gajos y en copos, agrupadas en rebaños que pacen hacia el sur. Siempre hay un rincón del cielo en el que brillan relámpagos, y una fragua tardía del sol sumergido en el horizonte y cogido con desesperación a las nubes más altas.

Esa noche hubo eclipse total de luna.

 

El dinero llueve a las manos de la hacendosa fenicia que me hospeda, desde las habitaciones alquiladas a lo largo de todo el año, pero no sabe en qué gastarlo. La gordura de ella y de su familia es la de la dieta exclusiva de alubias, arroz y panceta, aliñados cuando se puede con unos trocitos de pimiento, cebolla o ajo, y completada por un plátano, si lo hay, o un huevo. La casa está limpia hasta donde lo permiten la ausencia de todo artículo de droguería, y los insectos, inatacados excepto por la esporádica fumigadora municipal, tienen bien delimitados sus senderos y territorios. No existen estropajos ni balletas ni detergentes ni abrillantadores; tampoco apenas artículos de baño. Hay algún fósil de loción de partidas pretéritas para las que hubo que hacer cola un día entero, y el trozo áspero de jabón y el abominable dentífrico soviético de la cuota.

Frente a esa gente, a pocos metros de distancia, la llamada “área dólar”, con sus restaurantes y cafeterías en los que hay de todo; frente a su porche, los cristales de la tienda con divisas: medias, camisetas, perfumes, chicle.

 

Varadero noche. Estación de autobuses.

 

Hace una hora estaba sentada bañándome a la puesta del sol en un mar oscuro y bajo un cielo incendiado que se resolvía en cenizas rápidamente. Ahora la policía me ha obligado a empaquetar mis cosas; los de emigración habían ido a buscarme a la casa y me ordenaron dejar el alojamiento privado. Querían llevarme a Cubatur para colocarme en un hotel a los dólares consiguientes.

Era un agente rubio, el típico policía convencido y serio que me había hecho la prolongación de tres días de mi estancia. Presentarme a ellos e intentar estar perfectamente legal fue mi error. El eficaz policía de ojos claros y discursos sobre la legislación pertenecía a esa especie que ha alcanzado el gran logro de que la gente, en cualquier situación, se sienta culpable y que se deleita en ver el miedo en los ojos del interlocutor.

El agente, cuando dejé el hotel para alojarme en la afable casa de la señora, me había seguido la pista, y ahora, sin darme tiempo a secarme, Estamos esperándola, me había embarcado en su coche patrulla; un espectáculo perfectamente llevado.

-¿La ayudo con la mochila?.

-No, no.

Empujo la mochila al fondo del coche sin mirarle. Con toda sequedad, y con cierta repugnancia, pongo cuidadosamente su gorra atrás.

-¿Quiere que la ayude a conseguir billete en la terminal?.

-No quiero que usted me ayude absolutamente a nada.

-Lo decía por si puedo rendirle un servicio.

-Considero que ya me ha ayudado usted bastante.

-Ya ve que se han hecho las cosas como se debía.

-No se preocupe, que saco la adecuada impresión.

Salgo en la terminal de autobuses. La policía se va con su prepotencia y su mirada verde tinta de tampón y póliza.

Mi vecino de asiento, en un autocar virtualmente llevado a pulso por las cucarachas, es en extremo locuaz y tengo fundados motivos para creer que le impulsan a ello mis divisas y no mis amores. Su conversación gira rápida y exclusivamente en torno a los shopy, las tiendas especiales en las que espera convencerme para que le compre artículos, los pequeños cotos de consumo en los que puede encontrarse lo inalcanzable fuera, desde un desodorante a una fruta. Le corto con aburrimiento, aspereza y cansancio:

-¿Dónde va la producción de Cuba?. ¿Dónde va el dinero?.

Mi vecino responde con rabia:

-¿Dónde va?. A las delegaciones extranjeras invitadas que tenemos todo el año, a las estupendas donaciones que hacemos a países africanos, va quién sabe a dónde. En los discursos el Gobierno siempre se vanagloria de la ayuda que prestamos y aquí parece que han puesto la isla boca abajo y la han sacudido. No tenemos nada.

Pasamos carteles: Reforzar y reparar las trincheras de nuestra moral y nuestro honor. Producción y defensa. ¡Hasta la victoria!. El autobús nocturno atraviesa una horrenda plaza, que es la de la Revolución, con un monumento fálico gigantesco, coronado por una estrella de lucecitas, en todo semejante a la nunca bastante bien llamada Merdeka (Independencia) en Yakarta. Hojeo un Granma. El periódico es un memorial al estilo fósil del lenguaje totalitario más arcaico, con una selección peregrina y estultísima de noticias mundiales en la que se trillan las catástrofes del área capitalista y se pule el logro más mínimo de la socialista.

Y en plena madrugada decido intentar, desde La Habana, volar a la Isla de los Pinos, cojo un transporte nocturno y me voy al aeropuerto de nacionales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nueva Gerona. Isla de los Pinos o de la Juventud

 

Los benéficos jefes de turno, y equivalentes como el de tráfico del aeropuerto, siguen funcionando de maravilla, ayudados por la intercesión de San Antonio y el factor pago de pasaje en dólares. A la llegada, tras esta larga noche de policía, autobuses, avión, alba neblinosa en un paisaje nuevo, todos los establecimientos estatales están, como de costumbre, llenos, pero por la calle, a través de alguien que conoce a alguien, alquilo una habitación en la pequeña capital, Nueva Gerona.

El lugar se siente como isla. Tiene mármol, vegetación plana y bruscos salientes de colinas, paisaje monótono pero al que se ha sacado partido, falsas montañas que no son sino dispersas elevaciones, naranjos -¿a dónde irá esa fruta?-, embalse. Antes lugar de destierro, Fidel la rebautizó con el nombre de Juventud para destinarla a centro de formación y estancia de muchachos del Tercer Mundo y de encuentros socialistas. Abundan los carteles, el enemigo norteamericano y el amigo ruso, Los pueblos están a la ofensiva, África en rojo entre continentes en verde, internacionalismo. Hablo con un muchacho nicaragüense que empezó a ser soldado a los nueve años. Otro narra una conversación con una norcoreana que no decía tener nombre sino número.

Las playas, incluida la famosa de Bibijagua, aunque acondicionadas, resultan repugnantes, y tanto más cuando se viene de Varadero. La arena es negra y pasablemente sucia, con restos de detritus. El agua, muy baja y con escaso movimiento, sólo rizada en la superficie, tiene un color verde lívido por el fondo legamoso y de algas. Es esta corona caldosa de agua muerta la que repele. En realidad la isla no es sino uno de estos bajos fondos marinos que casi unen Cuba al continente y que aquí se alza, escasamente, sobre el nivel del mar.

Paseo siempre entre conjuntos de personas, familias, grandes grupos de niños. Es ésta una sociedad fuertemente tradicional, de raros, si los hay, solitarios y de solitarias inexistentes. El calor machaca como un martillo en la cabeza fuera de la línea de la sombra y ataca incluso adentro de ella a ráfagas alternativas de horno, no mejoradas por las canciones mejicanas de dos enormes altavoces.

La isla tiene, tuvo, como tantas otras partes del país, obras de acondicionamiento social con el aspecto de haber funcionado correctamente el día de su inauguración y no haber sido reparadas desde entonces. Los grifos carecen de agua y de abridores -ciertamente hurtados dada su inexistencia en el mercado.-; por la misma razón no hay bombillas, los cables y tomas asoman patéticos, se oxidan las piezas, los mostradores y las máquinas, los muros recuerdan vagamente su color original y losas y azulejos están atacados por la lepra.

Pero se mira al mar y allí está Stevenson. Porque esta perezosa isla a la que se ha comparado, de forma muy poco lírica, por su plana redondez con una galleta es La Isla del Tesoro, y tuvo calas llenas de sueños y, probablemente, todavía hoy su archipiélago de los Canarreos, sus costas que miran a Yucatán, sus bajíos pastosos, sus ciénagas de cocodrilos evocan peligros, oscuras muertes, sed de oro. Emboscados en este rosario de cayos, los filibusteros esperaban a los galeones españoles y hallaban en las cuevas escondite para su botín.

Pero hay más antiguos recuerdos. Las paredes de las grutas de Punta del Este están cubiertas de pictogramas rojos y negros en los que los primitivos pobladores dejaron mensajes indescifrables. Eran indios siboneyes, que habían abandonado el lugar doscientos años antes de la llegada de Colón y que llamaban a la isla Camaraco, mientras que los tainos se referían a ella como Siguanea. Cristóbal Colón desembarcó en sus playas en 1494, durante su segundo viaje a América, y la bautizó como Evangelista. Siempre fue un lugar solitario, quizás de simple paso o varadero de grupos perseguidos. De los siboneyes y su origen se sabe tan poco como de sus pictogramas. Al parecer se alimentaban de grandes moluscos, utilizaban sus conchas y hablaban una lengua distinta a todas las de las Antillas. La pantanosa isla, poco afectada por el descubrimiento y bautismo de Colón, continuó durante siglos su olvidada existencia y sólo en 1830 decidió el gobierno español construir allí la primera ciudad, Nueva Gerona. Llamada finalmente de los Pinos por la abundancia de estos árboles de los que hoy queda bien poco rastro, se destinó a penitenciaria. Allí residió el deportado José Martí y en ella estuvo encarcelado diecinueve meses Fidel Castro hasta que en 1955 Batista concedió una amnistía a los presos políticos. Hoy la antigua cárcel es un centro de visita turística. En el tratado de París de 1898, Estados Unidos había excluido la isla del territorio del nuevo Estado cubano pero en 1925 se reconoció la soberanía de La Habana sobre ella, que la administra con un régimen de comuna especial.

Esta galleta partida en su mitad por la Ciénaga de Lanier no es bella pero sí extraña, con el aura negra que le proporciona una historia de piratería, exilio remoto y un singular esqueleto rocoso de puro mármol, al que acompañan vetas de oro y wolframio. Tras la revolución, fue sometida a una ducha pedagógica, probeta del trabajo voluntario para el que se enviaron brigadas de jóvenes que vivían en un sistema de colectividad espartana gratuita. El experimento se abandonó algunos años más tarde. Hoy la isla tiene una población estable y dedica sus tierras más fértiles al cultivo de cítricos.

La señora que limpia y hace las veces de guardiana de la modesta galería de exposiciones titulada, con notoria desproporción, Reproducciones de Arte Universal aprovecha, como tantos otros, su charla con una española para escuchar, embelesada, noticias de ese país de jauja visto en las series de telefilmes, noticias de ese mundo exterior en el que, oh milagro, hay de todo, hay donde elegir, es posible escoger. Porque aquí, en Cuba, no se escoge nada. La señora se aburre y es locuaz:

-Cobro cien pesos al mes. Por la casa pago nueve con cincuenta mensuales, más el gas y la luz. La cuota de arroz no llega y la de carne no da para nada. Allí, en el mercado libre, vamos, el que no va por cuota, hay mucho (mucho significa cerdo, con suerte quizás pollo, arroz, judías, alguna lata, sobrecitos de café mezclado, tal vez chocolate, y poco más) pero es muy caro. Una pierna de puerco cien pesos, mi sueldo entero; un pollito quince, diez pesos. ¿Quién puede pagar esas cosas?. Y lo mismo con la ropa….

La señora tiene una revista de moda rusa que resulta patética en este calor y en la oferta inexistente.

-La ropa del Estado es cara y muy mala de calidad, veinte pesos unos zapatos que no valen nada. Lo que se compra de lo extranjero, por ejemplo, a los estudiantes angoleños, que traen ropa bonita, buenos zapatos, es carísimo.

La señora trabaja ocho horas pero luego hay las de trabajo voluntario, no remuneradas, a las que negarse significaría estar mal visto y perder puntos de los que permiten un día tener un televisor en color, mejor casa, incluso quizás -rarísimo- un coche. Luego hay el domingo rojo anual, que la señora cree general en el planeta, en el que todo el mundo trabaja gratis. Ella no ha salido de Cuba jamás, no conoce del mundo sino esos melosos telefilmes y las noticias trilladas que da la televisión, pero tiene claro, con su lógica de ama de casa, que quisiera escoger la tienda, lo que come y cuándo trabaja.

La revista de moda rusa recuerda a las de España años cuarenta, un formato blanco y negro y papel grisáceo. La señora repasa sus páginas usadas y alterna a veces con un vistazo al periódico en el que se anuncian en tintas blancas y rojas las visitas de varias delegaciones extrajeras. La claustrofobia de la isla contrasta con su población flotante de toda África (Angola, Namibia, Malí, Etiopía, Mozambique, Sahara, etc) a la que miran los indígenas con distanciamiento. El poder manda que los cubanos acojan en su suelo, eduquen, paseen y nutran a múltiples grupos, representaciones, equipos y estudiantes, mientras los nominales y esforzados anfitriones carecen de casi todo. Como el mundo se divide entre imperialistas-capitalistas y socialistas, la consigna es ayudar a éstos contra aquéllos, pero el gallardo papel que tan bien queda en los discursos y consignas de Fidel se siente como una sangría inútil e inacabable de soldados, armas y dinero.

Paseo por Nueva Gerona. De nuevo las tiendas, los restaurantes, las cafeterías grises, lamentables y vacías; la librería ofrece una mayoría de libros sobre marxismo-leninismo y poco más, nada sobre historia de la isla y sus peculiaridades. Los restaurantes tienen un público predominantemente africano y masculino que contrasta, en su forma de vestir y de gastar, con la visible restricción de los cubanos.

La iglesia, frente a la que truenan marchas, consignas y boleros los altavoces del parque, es pequeña, con un escaso pero constante hilillo de gente, casi toda de color, que sale y entra. El cura es un hombre rubio, francés, sudoroso e irónico. Señala, en un gesto vago, hacia las oleadas de música militar y de bailables que penetran a raudales en el templo:

-Han estado conectando los altavoces a todo volumen cada domingo a las seis y media de la mañana, cuando comenzaba la misa y no había un alma en la calle. Durante meses. Aquí las guerras son de resistencia. Al final he logrado que no me pongan el altavoz durante la misa. El precio es una insistencia cotidiana y una usura que agota. La asistencia de feligreses no es grande pero sí continua; en su mayor parte son estudiantes africanos. Los cubanos jóvenes no saben qué significa el hombre puesto en una cruz.

El cura francés ha venido por un tiempo limitado y, como los cirios, algo sugiere que el calor tropical le va quemando lentamente, que la piel se acerca a los huesos raspada por una insomne estrategia de resistencia. En Cuba se supone la libertad de cultos, pero él sufre la obstaculización rutinaria, el bloqueo del material que se le envía, y carece de papel y de Biblias. Fabrica pues sus textos. El país le parece una bancarrota absoluta disimulada por un ritmo de vida vegetativo: la gente se aloja en barracas, come los cuatro alimentos habituales y nada fresco porque no hay red de transporte y almacenaje, el clima no exige calefacción, buena ropa ni zapatos; día a día, a niveles de subsistencia y mantenimiento, la existencia se prolonga, limitada en altura y en anchura al circuito endémico de la consigna y la escasez.

-Pero lo peor no es eso.- continúa el cura, que se levanta de cuando en cuando para atender a las personas jóvenes que entran- Lo peor es que en este sistema a la gente le matan el alma. Nadie osa protestar organizadamente ni siquiera porque el pan no llega a su hora, porque las colas desde el amanecer son a veces inútiles y se ríen de ellos. Intenté explicarles que, si no les traían el pan a su tiempo, si les dejaban sin él horas sin explicaciones, bastaba con que se pusieran de acuerdo para no comprarlo nadie un día y verían como la situación cambiaba. Tuvieron miedo; nadie se atrevió. Cualquier oposición, por banal que sea, lo es al sistema. Puede que no haya asesinatos ni torturas, pero el Estado sí ejerce la tortura psicológica, en ocasiones los malos tratos, hay alguna desaparición o aplicación de la pena de muerte y, sobre todo, se encarcela.

Las conversaciones sobre el tema de las cárceles, mantenidas con gentes muy diversas, revelan la existencia de numerosísimas colonias penitenciarias pero no hay forma de saber el número de detenidos, aunque se habla por miles; es imposible investigar sobre ello para ninguna organización de derechos humanos, y más imposible aún resulta distinguir entre los que están encarcelados por delitos políticos y de opinión y los criminales de derecho común.

La iglesia tiene un aspecto de islote y resistencia en el mar de consignas monocordes y pequeñas agresiones cotidianas; su situación minoritaria y oprimida le atrae actualmente un respeto del que en épocas de prosperidad no hubiera gozado. Tradicionalmente la religión católica no tuvo en Cuba gran ascendencia, mediatizada por la masonería aliada al progresismo y movimientos independentistas e ilustrados. Sin embargo persisten ritos espiritualistas y mágicos y sectas como los testigos de Jehová. Éstos últimos están absolutamente prohibidos pero algunas personas parecían muy dispuestas a prestarles atención; les encontraban más puros en comparación con las concesiones a la propaganda estatal que hace la Iglesia.

Esperan probablemente a las Iglesias inesperados renaceres. La persecución las ha depurado y dignificado en los regímenes totalitarios que han impuesto el materialismo y la economía como dogmas de fe junto con el culto absoluto al Partido. E incluso en sistemas pluralistas por una parte el espiritualismo ha surgido como una reacción contra la censura implícita que silenciaba y ridiculizaba cualquier tipo de actividad y sentimiento religioso. Por otra parte son muchos los que, de optar por una adscripción religiosa, prefieren algo que signifique un cambio violento, que ofrezca una diferencia apreciable de existencia. En este sentido, es más tentador una secta radical y fanática que las discretas vivencias y exigencias morales de credos más solventes.

Pero la corriente de la vida es lenta hoy por hoy en Cuba, lenta y, aparentemente, dulce y de poco fondo. Vuelvo a la plaza. Según cede el calor, los bancos se llenan de gente con helados. Para obtenerlos hay que esperar largo tiempo pero el tiempo abunda. Hay fantasmas de kioskos y de frutas cuya ausencia pesa en el paisaje. Crecen en los parques muchachas que se fotografían con largos vestidos de tul rosa, que se casan a los quince años, a los diecisiete años, y que están decididas a ser hermosas; y crecen, arracimándose, hombres que en veinticuatro horas prometen ser esclavo y amante, que en doce horas más olvidan, que se casan y se descasan. Crecen grandes tragedias pasionales, familias entramadas como hiedras, y sueños de viandas y cerveza que acaban en la tristura de un mal iluminado despacho de ron. En bancos muy bajos para sus piernas se sientan africanos melancólicos. El cura pone a su público en el vídeo una película sobre Jesús de Nazaret. Las amas de casa calculan la hora del comienzo en la televisión de un capítulo más del inacabable drama brasileño en el que una bondadosísima joven posa para fotos pornográficas con el único fin de sacar fondos para el orfelinato. Salsa y charanga penetran hasta el sagrario de la iglesia, se deslizan en los rulos bajo la redecilla, impregnan el cucurucho de galletas.

El tipo de situaciones eternas que pueden quebrarse bruscamente en cualquier instante.

Alzo los ojos. Porque me han dicho que en esta esquina del Caribe donde se rozan los dos hemisferios se pueden ver al mismo tiempo la Estrella Polar y la Cruz del Sur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La constante gris.

 

Hagamos abstracción de palmeras, de charangas, del sudor tropical y de las playas, de los libros de Historia y de los ojos oscuros. Podría estar en otra parte. Es la misma constante gris de Polonia, Albania, China, Moscú, este mortecino cansancio, esa emasculación psicológica típica de estos regímenes doquiera que sean. Porque, contra todo lo que se dice de las peculiaridades nacionales, climáticas, étnicas, una descubre, tras años de viajar y comparar, que los sistemas asemejan más a las sociedades que los condicionamientos de su latitud y su piel. Y que -la constatación tantas veces durante tantos años rechazada, culpable, autocensurada en quien se creía del lado progresista, de los buenos– las democracias del proletariado, repúblicas populares, estados socialistas, comunistas, etc, son las dictaduras más profundas y ávidas del zumo de las raíces de la libertad humana que se han inventado jamás. Si se quita la espuma de sones caribeños, danzas africanas, hieratismos orientales y brindis eslavos, resultan constantes de admirable homogeneidad de un extremo a otro del planeta: parálisis burocrática, pobreza, carestía, grisura, lenguaje empedrado de clichés, falseado y rígido en la bien definida neolengua de Orwell, miedo a cualquier tipo de libre expresión y control social a base de una red de observadores-informadores civiles, ineficacia, apatía, desprecio en los servicios hacia el pueblo al que se dice estar dedicado, bancarrota encubierta y subsistencia precaria a base de racionamiento, culto al Líder y al Partido único, inexistencia de derechos humanos y libertades civiles, incluida la de tener un pasaporte y poder salir del país, usura cotidiana en las magras cuotas de bienes físicos o morales que van desde las patatas a las posibilidades de información y de expresión, confusión intencionada de toda protesta con un delito sin que, por otra parte, exista el preso político puesto que todos reciben la denominación de criminales de derecho común a poco que no muestren entusiasmo por el sistema.

En Cuba se da todo ello como en otras partes del planeta de regímenes similares. Y, pese a las pesimistas observaciones de Huxley sobre el futuro de nuestro mundo feliz, en Cuba como en otros regímenes totalitarios se siente que la capacidad de supervivencia del deseo de libertad individualizadora es en la especie humana inextinguible y que, aquí como en China y como en la Unión Soviética y Alemania del Este, bastará un desplazamiento de las placas carcomidas del sistema para que irrumpa hacia la superficie, desde una masa aparentemente apática, doblegada y gris, un múltiple estallido de vitalidad y de rechazo. Quedarán para los individuos que no han vivido nunca bajo un Estado que ha impuesto las doctrinas de Marx y Lenin como reglas y la igualdad como dogma las disquisiciones sobre la diferencia entre comunismo auténtico, benéfico socialismo futurible y falsos comunismos. Para los que lo han experimentado y para los que sean capaces de analizar sin mentalidad religiosa, lo que ha existido es lo único real, la materialización -durante largas décadas y en varios puntos del planeta- de un sistema de ideas, con su balance de desilusión y de fracaso, con lo que supone de participación en un lote de tácita culpabilidad, con su saldo de desamparo que sólo ilumina, a veces, la chispa de un imperativo de búsqueda.

Cuán trágica, pues, la desaparición de enemigos exteriores. Anuncia, para sociedades e individuos, una implacable desnudez frente a la soledad del razonamiento, el momento cercano en el que deberán asumir la personal responsabilidad de sus respectivas situaciones. Si se erosiona, como está ocurriendo, el clima psicológico por el que las naciones podían achacar sus carencias y males a sus antiguos colonizadores, los estados más pobres a los más ricos, los individuos menos satisfechos a otros individuos mejor situados, entonces quedará un vacío de enemigo y una necesidad de asumir las responsabilidades propias en la propia suerte que resulta espinoso solventar, sobre todo cuando se ha perdido la práctica y aún existe la bien arraigada costumbre de deslizar el fardo de las causalidades hacia los hombros de entidades ajenas, envidiadas y distantes.

Pero la situación actual en Latinoamérica es lo bastante catastrófica como para proporcionar a regímenes como el cubano una aparente legitimación moral. En Cuba no se recurre sistemáticamene a la tortura y a la eliminación física y los escuadrones de la muerte no dejan por las mañanas una cosecha de cuerpos mutilados y balazos en la nuca. Un juicio fácil y externo se contenta de la ausencia de libertades con la ausencia de sangre. Un análisis no. Pese a la alternativa ofertada por el Gobierno cubano de igualdad y de seguridad, a sus puertas no se agolpan refugiados de las bandas militares de ultraderecha de Guatemala y El Salvador. Poca dificultad constituiría para una decidida voluntad de mejora la distancia marítima, pero los que huyen lo hacen hacia la frontera de países que les ofrecen, al tiempo que una vida mejor o simplemente el derecho básico a la vida, también libertades.

Para regímenes como el de Fidel Castro la existencia de enemigos es providencial, como lo es para países e individuos la existencia de vecinos -en el espacio o en el tiempo- prósperos y fuertes a los que jamás se perdona su bienestar y su grandeza. El victimismo siempre es política y personalmente rentable; a corto plazo. Pero el momento de asumirse como resultado de las propias capacidades y de los propios hechos admite, en el mundo de hoy en día, cada vez menos aplazamientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Lucina atraviesa tres regímenes y sigue adelante.

 

Es una viejita sumamente peligrosa, no hay más que ver el brillo de los ojos que se impone a la miopía y a las gafas, los brazos que manejan como garras amables la organización de la comida y el hogar, las labores, el bolso y las tijeras, las piernas que arrastran inmisericordes la espalda cheposa a través de recados, gestiones, distancias, papeles. María Lucina pertenece a esas mujeres forzosamente matriarcas de América Latina que remiendan cada día la pereza, la violencia y la barahúnda inútil de los hombres, que sostienen, silenciosamente solas, el tenaz entramado de la vida.

Cuando voy hacia ella, único ser iluminado por la lámpara de mesa en el rincón del salón sombrío, tengo la tentación de introducirle una moneda entre las gafas y la frente. Porque sé que en su máquina de recuerdos la aguja ya se ha levantado y desciende sobre el disco colocado en la plataforma, el disco de sus batallas y el de su guerra

Ahora, a las doce de la noche, mientras el marido duerme, el hijo militar se emborracha, el hijo intelectual se queja y las nietas añoran amores y un conjunto de ropa interior de encaje, ella deja en el regazo la labor que venderá el viernes a la tienda del Estado, suspira, se pone a charlar conmigo, que he llegado de lejos y me marcharé pronto, que le recuerdo un tiempo de visitas, presentaciones, movimiento, nuevos rostros.

-Ay, sí. Echo de menos las reuniones, las fiestas que teníamos. Había que ver esa calle los sábados …¡Y los días grandes ni te cuento!

Enhebra la aguja y se queda con ella en el aire, oyendo conversaciones, carcajadas y músicas que desaparecieron muchos años atrás.

-Ahora no se puede ofrecer a una visita ni un triste refresco, no digamos una cerveza, a veces ni café. La Nochebuena no existe, está prohibida porque cuando la Revolución hubo unas Pascuas sangrientas. No hay Día de Reyes, se acabó hacia los años setenta.

Ni mención de las celebraciones oficiales, en las que el pueblo goza del acceso a cerveza aguada y raciones de cerdo y pescado. La viejita ironiza:

– Fidel decía que había que acabar con la explotación del hombre por el hombre, y ahora tenemos la explotación del hombre por el Estado. Lo único que falta es que racionen lo que hace una con el marido.

Se saca el dedal, que le baila en el dedo y ha rellenado con un trapo. Los dedales no se encuentran y éste es pieza rara, que coloca junto al acerico.

Giran suavemente los primeros acordes de su canción.

-Yo fui revolucionaria. Mi casa era un nido de la Revolución, hacíamos brazaletes, banderas, guardábamos medicinas, mi familia se fue para la sierra. Creíamos necesario y decente acabar con esa situación en la que vivíamos. Luego vinieron las decepciones; al principio confiamos y ayudamos, se pasó por las privaciones que hizo falta, pero Fidel y los suyos se pusieron a planificar, acabaron con todo y no nos dejan ni respirar.

María Lucina tiene una de esas vidas de desgracias desmesuradas, abundantes como los fenómenos naturales y los enormes ríos en América: operaciones, enfermedades destructoras, suicidios familiares, recuperaciones milagrosas, videntes, médiums, pasiones y desamores entre los suyos, compasiones, ataques. Todo ello ha pasado sobre su cuerpo nudoso pelándolo hasta dejarla en un solo y grueso nervio resistente.

Acompaño a María Lucina, que lleva a alguien, al otro lado de La Habana, objetos y vituallas indispensables colocados en una caja de cartón. El autobús pasa renqueando y expulsando un humo apestoso por las calles de la capital. Letrero: Máximo Gómez, pero en nada se distingue de la calle Pérez o López. Las casas, las avenidas -excepto los raros islotes presentables por motivos de turismo o prestigio- son como una sucesión de cadáveres en largo estado de descomposición. Carecen del discreto encanto de la decadencia, de la dignidad franca de la ruina y de la limpieza prometedora de las fundaciones y los comienzos. No es sino la plasmación de un desastre, de la degradación ininterrumpida de decenios. Los pórticos columnados, antiguas tiendas, galerías, balcones, son un recuerdo leproso del abandono de décadas, todo es una costra gris, parda, hierros, cuerdas, un trozo de cornisa, muros semiderruidos y mordidos a grandes dentelladas por el desinterés, el anonimato de inquilinos de paso, ennegrecidos por el desamor y la carencia de materiales. Los huecos ofrecen espectáculos de notable sordidez, espacios parcelados por divisiones de biombos y mamparas, objetos deslavazados, ropa tendida, gallinas, una mecedora, maderas, charcos, cordeles y alambres enroscados a  la caja de una escalera que antaño fue graciosa, a una greca de escayola, a los restos amputados de una fuente. Mucho me temo que, para la tropa de casas modestas e iglesitas como la de San Francisco, transformada en garaje, la declaración de la UNESCO llega con retraso.

María Lucina superpone al panorama paisajes urbanos de su recuerdo:

-Antes aquí había un bloque entero de tiendas; era bonito, muy bonito. Allá -señala una fachada de cartones y tablas en la que se arremolinan los papeles- había una zapatería, y no era cara. Más arriba una tienda de ropa, y terrazas de refrescos a cada rato. Todo esto eran galerías y encima se ponían plantas. Era muy lindo.

Ya no hay apenas plantas en los balcones, ni siquiera en la terraza de María Lucina. Se suceden, entre nubes de carbono y peatones que cruzan cuando buenamente pueden porque los semáforos no brillan sino por su ausencia, portales cavernícolas, letreros herrumbrosos de los que un día fueron establecimientos, escaparates cubiertos de cartón, alguna tienda indefinida con cuatro solitarios objetos y dependientas de gesto amargado y huidizo entre estanterías de género inexistente, cafeterías de largo mostrador solitario en las que se acabó el cupo de bocadillos de mortadela y refresco químico, camareros como viejos envases polvorientos y sin sentido. En el estancamiento y la mugre ni siquiera la belleza ocre del olvido.

Oscurece rápidamente en la calle sin apenas iluminación. Los vanos, con bombillas débiles, algún neón, no tienen más alegría que la música excesivamente estruendosa. Hasta los carteles de consignas, de campañas, de propaganda política, están rotos, caídos por las puntas, descoloridos y roídos. Y su mensaje es así exacto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nihil novum…

 

Quiero mi Cuba perdida, la que todos disfrutan, la que al volver a Europa traen en el equipaje como un perfume de frutas, como un sombrero de Carmen Miranda. Quiero mi ración de alegría y juerga. De repente me he sentido centenaria, sentada al lado de la abuela, con la luz mortecina de la bombilla tísica y la pila de libros, viejos periódicos, recortes de discursos, en el regazo. Quiero vacaciones, sin historia general ni historias ajenas. Me estoy viendo en el avión, sin más bagaje que un puñado de escritos que atufan atrozmente a moralina sociopolítica y que ningún lector soportaría excepto si lo ato de pies y manos. Yo misma me hallo impregnada de cierta grisura de misionero cenizo, de predicador polvoriento. Me ha subido al cuello la urgencia del agua corriente y los cócteles, de la maldad, las frivolidades y el despilfarro. Querría dejar, no ya mi equipaje y mis papeles, tan funcionales, austeros y correctos como un recibo del gas, querría dejarme a mí misma, ante la que me sonrojo por esa Cuba y esa rumba perdidas, por los recuerdos que no llevaré de vuelta. Y me dejo. Decido con la firmeza de la desesperación exprimir mis días últimos, gastar sin rebozo, huir a la playa turística más cercana en la que purgaré mis pecados plomizos en la juguetona superficie del mar.

 

Encuentro con el socorrista playero, la treintena larga, casi dos metros. Tras atenderme solícitamente para que encuentre dónde cambiarme, deje mi ropa, beba y coma -previo pago de su importe en dólares-, me propone sus atenciones sexuales. Lo que no sabe él es que el african, el arabian y, en tiempos, el griego, el malagueño y el sicilian lovers dicen exactamente lo mismo y que su promoción de la excelencia del producto puede resumirse en los puntos (que enuncia el socorrista a coro, involuntariamente, con sus homólogos del planeta):

  • Con él conseguiría cotas de placer nunca imaginadas.
  • Los cubanos son el número uno, como es notorio en el mundo entero, de la potencia y del erotismo.
  • Viva el presente y la espléndida – y rara- oportunidad que ofrece el día de hoy.
  • Un mordisco en el cuello y unos lengüetazos en la oreja cambiarían mi ser.
  • Él se ha casado y divorciado varias veces, y es que las mujeres no le comprenden y sólo saben joder.
  • El hombre casado que -siguiendo la lógica de sus enseñanzas sobre la virilidad y el sano goce del presente- va con varias mujeres es un mujeriego y ello no es grave porque su esposa no se entera.
  • La mujer que va con varios hombres es una puta. (Entiéndase haciendo lo mismo que me está proponiendo a mí. Su expresión al llegar a este terreno se ha hecho menos festiva y la voz incluso cavernosa.)

(No caigo en sus brazos deslumbrada ante el récord de felicidad y disfrute que se me ofrece y ello tiñe progresivamente los tópicos que desgrana de agresividad y rudeza.)

  • Una vez un homosexual (español, mira por donde) se le insinuó y él le rechazó con cajas destempladas conteniéndose para no machacarle a puñetazos. –Los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los gansos (homosexuales) son gansos.- dice.
  • Habiendo comprobado que no me llena de alegría romper con él las tres camas que, a las dos horas de conocerle, me propone, se instala cómodamente en su territorio habitual y apenas se molesta en levantarse de la mesa, cuando digo que me voy, para desearme buen viaje.

Éste no ha leído Maestra voluntaria, me digo mientras vuelvo, caminando por el lado del mar. Me ha venido a la memoria una joyita bibliográfica de los tiempos en los que también Cuba propugnó -sin duda con poco éxito.- el puritanismo estalinista. El libro había sido probablemente lectura edificante para jóvenes revolucionarios. Era el relato de la experiencia pedagógica de una muchacha muy joven, pero madre ya de una niña, alistada en un grupo para la alfabetización del campesinado. Estaba narrado en primera persona y la joven, volcada en pasiones ideológicas, trataba  limpiamente de desdichada prostituta a una compañera que alababa, no la labor revolucionaria, sino los viriles encantos de los alfabetizadores. Los tiempos, y las lecturas del socorrista, han cambiado.

Esto no tiene remedio. Además de rechazar la inmersión en el atávico frenesí del Caribe, sorprendo al yo que había dejado a buen recaudo en La Habana caminando traicionero a mi lado, con sus insípidos hábitos pardos de largos caminos y enfrascado en las reflexiones a que ha dado lugar el socorrista y su profusa e inmisericorde exhibición de méritos. Me entretengo en desdoblarme en un misionero, quizás franciscano, y entonces lo lapido con cuanta piedra y concha encuentro, hasta que lo veo desaparecer bajo las aguas de la orilla con la satisfacción del hedonismo vengado.

Los fantasmas atacan sin embargo por otros frentes, véase el literario. El socorrista hacía de sí, enconadamente, un prototipo. Me fascina la prisión de los tópicos, los supuestos realismos mágicos, las novelas cuyas protagonistas hacían poco y se dejaban hacer mucho, los violentos edenes que deslumbraron al mundo desarrollado. La tendencia al relativo modo fue reinvindicar instintos y primitivismo, fenómenos sobrenaturales y las sanas tendencias del animal sano para así amalgamar una cultura del buensalvajismo y aureolar de diferente cuanto pudiera ser sentido como inferioridad. A falta de técnica, raíces ancestrales; a falta de producto nacional bruto, culturas específicas; a falta de desarrollo, invasión demográfica. Con esta halagüeña receta mezclada a vaguedades socialistas se ha tejido un gran cliché de necesidad virtuosa, de coloreado latinoamericanismo, apoyado el proceso en la mala conciencia occidental y en los vates locales.

Como la naturaleza imita con desesperación al arte, he aquí a los individuos intentando encajar en el tópico, no ser Rodríguez ni Pérez sino la mujer apasionada y fecunda, el insaciable amante, el bravo varón latino, los alegres caribeños, las indomables víctimas de la felonía exterior; y qué penoso vivir en un realismo que tiene muy poco de mágico y mucho de mísero y de inseguro. Cuba posee su lote obligatorio de Edén, de pieles morenas salpicadas de coco, de potencia viril, de ardor femenino, de alegría y de estruendo. El uniforme de metáforas es gratuito y aparente pero no cómodo y es muy probable que, en el futuro, antes de las reuniones con los demás países, Cuba deba dejarlo en el guardarropas.

Y cuando iba sumida en tales pensamientos, tan poco acordes con mi determinación lúdica, me encontré con Luis Antonio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adiós, Tarzán, adiós.

 

-¡Luis Antonio! ¿Qué haces aquí? Me alegro, pero cuánto me alegro.

– Chica, anda que no hace tiempo.

– Desde la Facultad, ya ves. ¿Llevas mucho de vacaciones?.

– No estoy de vacaciones; vivo aquí, desde hace medio año, con un programa de cooperación.

-¡En plan diplomático!

– Más quisiera. Qué va. Es una especie de lectorado, das clase en la universidad y preparas un trabajo. Me apetecía viajar. ¿Tomamos algo?.

Luis Antonio, Luis Antonio Vallejo Gris. Recuerdo el nombre de corrido como sólo se recuerdan los de los compañeros de estudio a los que se ha visto en las listas junto al propio. Encontrarle me ha producido una inesperada sensación de alivio y felicidad. Está cambiado pero es él indudablemente.

Nos sentamos cara al mar y por primera vez sorbo un vaso de colores sin mirar a nada más, sin analizar nada de nada. Me he tirado sobre la ocasión como sobre una hamaca y advierto hasta qué punto echaba en falta esta especie de afinidad de familia. Porque Luis Antonio no es un turista de paso sobre el que aleteo, ni un indígena con el que indago. Él me sorprende, desde las primeras frases, contándome su indignación cotidiana -¿hay alguna virtud menos práctica y más meritoria?- mientras va de casa al trabajo y de ahí a ver a los conocidos, en La Habana, con su bolsita de supervivencia con la que remedia la carencia de vituallas y establecimientos callejeros.

-¿Has visto qué miseria?. Pero si no hay nada.

-A mí me lo vas a contar. Ya me he ido acostumbrando; salgo comido, me llevo mi bocata; como nunca sabes dónde y cuándo tendrás oportunidad de pescar algo.

– Oye, y ellos ¿qué dicen, qué te cuentan en tu trabajo?.

– Se los tienen muy medidos los comentarios. Depende si están a solas contigo o no.

– Pero tú te lo pasas bien.

– Hombre, la gente es majísima, se han hecho a todo, se adaptan. Los ves que están renegando, poniendo verde al sistema, y a los cinco minutos ellos mismos se ríen de las situaciones. Pero a ti, que sabes que no tienen opción y que ves a los de arriba, cómo viven, te pone negro, claro.

Nos vamos a cenar, a procurarlo al menos, con nuestros flamantes dólares y la poca gracia que tenemos gastándolos. Cuando baja la cabeza, a Luis Antonio le reluce una calva limitada por pelo gris y finito. Es un hombre bajo, que nos sacaba poca altura en aquella foto que nos hicimos cuatro chicas con él en el bar. Está igual de delgado y sin pancita, los vidrios de las gafas son más gruesos. Tiene los ojos de esos colores que no se recuerdan nunca.

-¿Cerdo asado con moros, con judías negras?.- propone.

– Muy bien.

Siguen intercambios de recuerdos. Los de un compañero, el primero de los nuestros que murió, de asma. Las oposiciones, desplazamientos, trabajos, matrimonios, los pocos que hicieron carrera política y sindical, los muchos que costearon los cabos de los treinta y de los cuarenta agarrados a una nómina, los que saltaron -saltamos- entre tierra firme y las aguas procelosas, las chicas que iban con tacones a clase, el profesor que obligó a un repetidor a exiliarse para aprobar.

Los dos costeamos, sin tocar tierra y a prudente distancia, los islotes de la vida privada, en un acuerdo tácito en el que me pregunto si también él preferirá omitir el fracaso asumido, la insensible novela de terror de lo cotidiano.

Hablamos de nuestras impresiones del país, en voz discreta, saciados con el plato abundante en el que los moros confraternizan con los cristianos en forma de blanco arroz.

-¡Qué sinvergüenzas, pero qué sinvergüenzas!.

Repite en estribillo cuando se refiere a todos los estamentos del poder isleño. Lo dice inclinándose hacia la mesa y hacia mí. Tarzán, ya recuerdo. Cuando fuimos, en la Facultad, distribuyendo apodos, le correspondió Tarzán. Pero no cuajó mucho. Otros fueron duraderos e incluso perdurables, como el de Caracalla a Manuelito, que boxeaba en sus horas libres. Los apodos caían de forma surrealista y súbita, como la lluvia, y fui personalmente responsable de muchos de ellos. Ahora Luis Antonio-Tarzán me parece realmente medir dos metros y ser el rey de la selva; él lo ignora pero tras mi pasaje por el caribian lover de la playa estoy literalmente rendida a sus pies, con un agradecido descanso que es en parte el del guerrero y en parte el de quien pone pie en un territorio conocido. Me he rendido, sin la menor intención de lucha, a su modesta ausencia de atributos.

Pero volvemos a Cuba. Miramos a nuestro alrededor. Planteo una de mis grandes incógnitas:

-¿Por qué nadie dice nada?. ¿Porqué vinieron, vienen y van periodistas, políticos, artistas, gente importante, y prácticamente nadie denuncia lo que ve?. ¿No lo ven?.

-Los tienen agarrados por…-hace un gesto perfectamente ilustrativo-…el sexo. A los visitantes se los maneja muy bien el Gobierno. Yo los he visto, en los hoteles, en los cabarets. No entra ahí cualquiera, las chicas son las que la policía filtra, tías estupendas, y les enrollan con esto, les tienen comiendo en la mano, les cuentan la milonga. Aquí el sistema se ha montado un control de la propaganda exterior a base de sexo muy elaborado, llegan los tipos y enseguida te los acompañan, que si Tropicana, que si la copa con ellas, el hotel. Y además el recurso sentimental, Compañero, tú nos comprendes.

El asunto tiene en realidad el gusto del déjà vu. ¿De qué me extraño?. ¿No disfrutaron otros regímenes similares antes que Cuba, durante largos años y contra toda evidencia, del mismo apoyo por parte de los intelectuales de visita?. ¿Acaso no gozaron, primero la Unión Soviética y después la R. P. China, del mismo silencio cómplice, de la misma cordial adhesión en un curioso proceso en el que participaron escritores, artistas, pensadores y políticos de Europa y Estados Unidos?. Pocos se resistieron a tan halagadoras, controladas y agradables dosis de utopía. Además, hacía demasiado frío fuera del club.

-Ni aun así se entiende que en la isla no haya nada, que el desastre sea de esas proporciones. ¿Dónde va, dónde ha ido el dinero?.- pregunto.

-A…- Baja la voz y mira alrededor- No lo sé. Te cuento algo con el café.

Tomamos un café de despedida en La Habana Vieja, tan inalterable como penetrar en una postal comprada al principio de mi estancia y que reposará largos años en un cajón. Estamos a un extremo de las mesas instaladas en el exterior y llegan hasta nosotros algunos acordes de lo que tocan dentro y el halo débil de una bombilla.

– Una vez –prosigue Luis Antonio- estuve hasta muy tarde tomando copas, bastantes, con un tipo que trabajaba en el aeropuerto. Me dijo que, en los aviones españoles, se llevaba años sacando de Cuba, sin declarar ni asegurar y como carga, lingotes de oro para depositarlos, junto con divisas, en cuentas en Europa, donde tienen sus fondos los clanes del Gobierno cubano.

-¿Será verdad?.

-Imposible saberlo. El tipo pudo inventárselo aunque no veo para qué. Que en alguna parte debe estar lo sacado de la isla durante tantos años es de lógica, porque aquí no hay nada y era riquísima. Han corrido rumores bastante bien fundados sobre la forma de llevárselo.

-No he leído publicada ni una palabra al respecto.

-Ahí sí que se la jugaría el que lo hiciera. Todo el mundo se guarda muy mucho.

-¿Los que trabajan contigo no te han hablado nunca del tema?.

-Serían los últimos en enterarse o, si son de arriba, están demasiado bien enterados. No; esto se sabrá un día, bastante después de cambiar el régimen. Hace casi frío a esta hora, ¿verdad?. Me recuerda a Levante.

Ha alzado la voz, al cambiar bruscamente de tema, y mira de soslayo. Acaba de darse cuenta de que una de las mesas próximas lleva unos minutos ocupada por un muchacho y un hombre mayor y grueso.

Nada ya es banal, chistoso ni anecdótico. El miedo se ha sentado con nosotros. Justo a nuestros pies, a unos centímetros del borde del mantel, se ha desplegado una zona oscura, similar a otra de un submarino mapa del más profundo gris. Un soplo frío penetra el aire cálido del trópico. Como un folleto turístico que se pliega, la corteza de Cuba desaparece y quedan décadas de mercenarios alquilados, de servicios terroristas, de confidentes, de poder bruto y de ricas corrientes de metal precioso que se deslizan hasta el seguro remanso de otras fronteras.

-¿Nos vamos?.- propone.

Observamos que nadie más ha salido del café. Sólo se escuchan nuestros pasos en la calle por cuya pendiente sube la humedad de las zonas bajas.

Aprovecho la compañía para dar un paseo nocturno por el Malecón. Es más de medianoche, que aquí es tan tarde, y el cielo se refleja dócilmente en las aguas oscuras. Sobrenadan en ellas, durante breves instantes, llamadas, intentos, ecos de palabras, y los cubre una leve marejada de silencio con silencio. Se va hundiendo lentamente en la masa gélida de los años pasados un mosaico de gestos y frases, de rostros anodinos que descienden y forman en el olvido del fondo una geografía del fracaso. Hay un crucero varado lejos, un ascua de luz. La ciudad, a nuestra espalda, sólo está punteada por la débil claridad de algunos faroles. Y sueñan, sueñan con balsas, sueñan con barcos.

Entonces me encuentro, que es el gran peligro de todos los viajes, encuentro a mi yo que guarda, viva e intacta, la angustia de un conocimiento inolvidable, que adivina en éstas los rasgos de otras latitudes, el perfil de cerradas fronteras. Vienen a mí, del fondo, con sus quejas, las formas más oscuras y el deseo irrefrenable de huida. Encuentro mi viejo temor, que acude con una recurrencia de malaria, el fresco recuerdo de los territorios del miedo, que la mayoría desconoce, disfrazados hoy en el mapa pero en los cuales en otro tiempo viví.

Vuelvo a ver los grandes carteles, mojados por el relente, que reproducen las consignas y la imagen del Jefe de Gobierno. Es el otoño del Papá Grande. El Líder, aunque hayan cantado su risa olímpica grandes trovadores dotados del don de contar pero no del de pensar, se mueve en un régimen que hace tiempo entró en su crepúsculo, en un otoño patriarcal y vegetativo, de límite tan difuso como probablemente breve. O no. Quizás en vez de, por la fuerza de la evidencia de la bancarrota, pararse a reflexionar, componer con el principio de realidad y cambiar de rumbo, el Compañero Máximo acelere, como si siguiese aquel famoso dicho de “Ayer estábamos al borde del abismo pero hoy hemos dado un gran paso hacia delante.” A la esperanza de que Gorbachov embarcaría hacia la Perestroika a su Guía vitalicio e infalible se agarraron los cubanos como náufragos, sólo para ver con pasiva desesperación como Fidel respondía con nuevas vueltas al torniquete del control y la exigencia dogmática. Vegetan, pues, bajo mínimos, gracias a un clima sin el rigor del frío, trafican como pueden bajo cuerda, suspiran por el más modesto respiro cotidiano, por la mítica cerveza, el brillante espejismo del par de zapatos, la calle animada y habitable, y no saben cómo expresar sus aspiraciones porque el régimen les ha robado hasta el lenguaje y los términos de razonamiento.

La adaptación a la libertad no será fácil, y los vientos que provoque la descompresión, cuando se abran, tras varias décadas, las escotillas, prometen ser violentos. Las consignas internacionalistas, el vivir en todo el mundo, han servido al régimen para no vivir en sitio alguno. Salían los soldados, iban y venían las delegaciones, y la mayoría de la población permanecía aislada con los relojes detenidos en los tiempos de la Guerra Fría. Como naipes, caen sobre los cubanos los endebles edificios con los que pretendieron confinarles en ficciones ajenas a una vida mejor, desaparecen, empujados hacia las cunetas y el agua, los ditirambos sobre la independencia que nunca existió, el latinoamericanismo y sus esencias, el socorrido recurso a la irracionalidad, las proclamas vacías y gigantescas, la loa a las facultades mágicas e instintivas, la demagogia a base de determinismo geográfico y étnico, y quedan amontonados, sólo útiles para la fábula, el bolero y la artesanía.

Se balancea sobre las olas el último farol del puerto. Luis Antonio me acompaña hasta la calle estrecha. Intercambiamos direcciones en España. No nos volveremos a ver. Adiós, Tarzán, adiós.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mojito largo

 

No llego al portal. Un Alfonso desmadejado y pálido se incorpora del poyete de piedra que le ha servido de asiento y me agarra del brazo con la urgencia de asuntos importantes. Luego se queda mirándome, los ojos vidriosos de enfermedad o de vino, olvidado de la urgencia, receloso de interrupciones, de vecinos, hasta de perros que olisquean trapos a unos metros.

-Vamos a hablar. Vamos a hablar en otro sitio. Aquí…nos oyen. Nunca me escucharon, pero, eso sí, a la hora de oírte cuando no deben, ahí no fallan.

Y vuelve a derecha, izquierda y a lo alto una mirada que se ha vuelto extraña, que busca enemigos o culpables.

Alfonso está empapado en alcohol y fiebre, y quiere que comparta ambos. Nos alejamos, hacia ninguna parte, por el otro extremo de la calle, para no encontrarme quizás de nuevo con Tarzán, que se ha batido en retirada e ignora que he sido raptada por la grande y locuaz bestia de la melancolía.

-Tienes que tomar algo. Se acerca tu vuelta a España y dirás que los cubanos ni te sacaron, ni te ofrecieron una copa.

Se empeña en buscar bares. Va vestido con una camisa arrugada y el pantalón que se pone para estar en casa. Lleva bajo el brazo una bolsa. Y cuenta, y cuenta:

-Aida…mi madre no lo ve. La viejita, con sus gafas, tan aguda, no ve aunque la tenga delante. Aida es joven, necesita amigos, sale con amigas. Cuando yo estrene y la gente hable de mí y vengan a verme, cuando vayamos de tertulia en tertulia de nuevo, entonces se divertirá y le brillaran los ojos, como hace unos años, no muchos, ¿sabes?, no muchos.

No, lo suyo no es despego. Mi madre, la pobre, con eso se engaña. Las madres siempre están pendientes y creen que todos los cariños deben ser igual. Aida me quiere, me quiere como entonces, más que entonces, pero no soporta que la gente haya dejado de reconocerme el genio, que no vayamos a los estrenos, ni demos reuniones, ni nos inviten a cenas. Se hizo el traje para el extranjero, porque la gira que me prometieron estaba lo que se dice acordada y en cualquier momento nos plantábamos en el avión. Europa…La ilusión que le hacía. No nos llevaríamos al chico. Como recién enamorados íbamos a ir. Era el viaje de bodas.

¿Por qué está todo cerrado?. Mira la calle; es como un pasillo, un templo triste, como la canción decía, abandonado hace no sé cuánto tiempo. A fuerza de estar con el cerrojo echado las cancelas, de no tener gente, el barrio se ha vuelto gris, se ha vuelto noche larga. Pero tuvo colores, imagina: pilares, balcones celeste y rosado, rejas en rojo y en verde, mucha luz dentro caída en flecos hacia fuera, y el suelo todo brillante, del mismo color. Así eran mis escenarios, las plazas que yo pintaba. Dibujaba edificios con terrazas al fondo y hasta se soltaban palomas. Perdido ponían el decorado, pero yo a lo poético, sin bajarme a detalles.

Aún veo a Aida aplaudiendo y riéndose. No sé qué daría yo ahora por que se riera conmigo. Ya me ha comentado más de uno que se ríe a gusto cuando sale por su cuenta, pero le digo a mi madre que eso no está mal.

Ella se esperaba otra cosa de La Habana. ¿Y…? Una casa, bien grande, para todos, eso es lo que hay, y un hombre que tiene que pasarse por el hospital de vez en cuando. Mi mamá ha ido conmigo allí siempre, desde que tuve aquella enfermedad de chico, y nunca me ha fallado en llevarme lo que yo le pedía: que si jabón, que si champú, algún dulce. Aida decía que no quería meter entre enfermos al niño. En realidad estuvo lo menos posible la vez primera, puso la cara larga cuando pedí, como de costumbre, que me hospitalizaran y a partir de ahí bien poco pisó la sala.

En el hospital se está bien. Se ha puesto difícil que acepten a cualquiera por la cola de gente que está deseando entrar para pasarse sus buenos días sin problemas, unas vacaciones de la cartilla de racionamiento. Claro, allí tienes la comida asegurada y no falta que si fruta, que si un pescado a veces, una carne. A mí me admiten porque soy un crónico y tienen la ficha desde chico, cuando mi madre me empezó a llevar a revisiones después del tratamiento. Se está bien, pero antes se comía mejor y además no puedes tomar ni un trago.

Mamá dijo a Aida que una mujer tiene que ocuparse de su marido. A ella ni le replicó pero a mí, una noche que me echó de lado, me dijo que, además de gordo, estaba empachado de mimos y dengues.

Voy a llamar. Aquí nos abren seguro. Había un bar con tertulia, ¿o era más abajo?. Hice una lectura previa de mi obra, la segunda, “El robo de los pájaros”, en el salón de atrás. Nos juntábamos estupenda gente, venía Néstor, el del Comité de Cultura que me arregló la gira por media isla y sacó mis diálogos en el semanario.

No conozco a ese tipo que grita desde el balcón que nos vayamos. Un grosero. Voy a explicarle la mala impresión que da de la patria a una visitante. No; tienes razón. Mejor ni se lo explico. Está borracho, estarán todos borrachos, bebiendo en el fondo, y por eso no quieren abrir. ¿Has oído la música? A mí me puso acompañamiento el amigo de Néstor. ¿No es la misma? ¿Me están copiando?. ¡Ah, no, eso sí que no!. Van a llevarse mis obras, las llevaran a Europa, a Norteamérica, dirán que son suyas y, si yo no estoy allí, si al final resulta que nunca salgo, ¿cómo me defiendo?.

Sí, mejor nos vamos, a tomar la copa a otro sitio y a pensar un plan. Tanto andar da sed. Pero…Acércate la puerta. Esa risa…Aida se está riendo con ellos, así ella se reía. No me engañan. Están todos ahí.

Mejor ni me doy por enterado. Para lo que importa. Panda de gusanos, de fracasados que estarán conspirando. Vamos a donde el Chico Pérez, que recitaba mis versos de maravilla. Fueron mis primeros diálogos en verso porque eran más pegadizos, hacían gracia. Aunque tenía mucho fondo, se trató de una obra para niños que le dediqué a mi hija. Zenia era chiquita y tan blanca, un dulce de leche. En mi familia todos somos muy claros, igual que la gente de Gustavo, ya los viste. En cambio el pequeño salió bien moreno. Los de Aida vienen del Oriente, de Santiago; por eso.

Hay que darse prisa porque, si aquí no abren, en otro lugar será. Un mojito de despedida, un mojito bien bueno, con su menta, y que nos canten historias de amor, historias tristes. Se parecen a lo que empecé a escribir después de “El robo de los pájaros” y “La rebelión de Lucho García”. Con los años te cambia el estilo, evolucionas, se te desarrollan otros gustos. Me entusiasma, por ejemplo, “Un tranvía llamado deseo”, aunque sea decadente, me es igual. He escrito unas cosas con historias mías, lo de Aida, lo de mi mujer anterior, pero ésa es tan trágica que no va, ya me lo dijeron: Muy bien “El robo de los pájaros”, con la paloma liberada y los cuervos echados al mar, pero nada de desgracias sin solución, que desmovilizan y dejan al público sin ganas de aplaudir, apático.

Néstor, la última vez que conversamos, y ya hace tiempo, me lo dijo claro: “Tienes que encontrar el tono, el nervio de tus primeras obras”. No vayas a creer; no tengo éxito porque no quiero. Bastaría conque me pegase otra vez a la receta. Es lo que voy a hacer cuando me reponga y Aida vuelva a tratarme como debe. Y que se preparen los de Cultura porque les va a costar convencerme para que dirija más coloquios y seminarios. Además tendrán que pagarme como es debido, se acabaron el idealismo y los abusos. Me van a oír. Te explico el argumento que estoy esbozando para mi nueva obra, pero primero tenemos que apresurarnos y encontrar un sitio abierto, rápido; tengo la boca muy seca para hablar.

No, no me he caído. Ha sido un resbalón, lo húmedas que las piedras se ponen por la noche, ¿o está lloviendo?. Mira, hay gente en la esquina, bajo los soportales. ¿Tienes cash en dólares?. Yo no llevo suelto y en pesos no nos venden la botella. ¿Tienes?. Ah, está bien. Te lo devuelvo en la casa. ¿Invitas por la despedida?. Bueno, lo acepto sólo por eso. A ver qué nos venden. Hay turistas. Si te parece, mientras tratas lo de la botella yo me tomo un mojito.

La cara que puso el mono de la barra. Se creen alguien porque tratan con gente de arriba. ¿Te la vendió?. ¿Sólo media?. ¿Le digo…?. Vale, vale. Está bien así.

La rubia del fondo, ¿la viste?, de las dos la más pequeña. Me ha recordado a mi mujer, la anterior, Gladys, la madre de Zenia. Ella tenía un pelo como ése. ¿Creerás que no la recuerdo casi, que no la reconocería por la calle?. Sin embargo ahora esa mujer se me ha parecido ella, por el pelo que me gustaba tanto, que se le quemó hace tanto tiempo.

¿Nos sentamos a descansar un poquito.? Ya habrás visto bien La Habana con este paseo. Una hermosa ciudad, ¿no?. Yo, la verdad, no he visto otras, París, Roma, en el extranjero, pero estuve a punto varias veces, hace años. Estoy seguro de que bastaría con tener una oportunidad de estrenar, una sola vez, una de mis obras allá y me cambiarían completamente las cosas. Así es la vida: un golpe de dados, una ocasión, un hueco, y llegaste arriba, respiras, puedes empezar a subir cada vez más alto, hablan de ti, triunfaste.

Me ha dado frío, no sé qué me pasa, aquí no hace frío nunca. Es de estar sentado en la piedra, del relente. El viento cambia a esta hora y, si escuchas bien, se oye el mar. Yo hice una obra sobre una sirena que salía de las aguas del puerto para hablar con un tipo sentado cada noche en el amarradero, junto a su barco.

¿Qué pasa? ¿Qué nos piden? ¿A quién estorbamos?. Ya hablo yo con ellos. No estoy molestando a nadie, no busco nada con ningún extranjero. Deja, que lo arreglo rápido. No soy un cualquiera. Les valdría más ocuparse de los que están en el bar traficando y no viven de otra cosa. Éstos son los de control cívico popular, los conozco, y ¿sabes lo que controlan?. Que nadie haga la competencia a su gente para repartirse luego los dólares. Ahí van las rubias, a continuar con esos tres la fiesta en el bar del hotel. No, ahora que la veo de pie la pequeña no se parece a Gladys tanto como creía. Sí, de acuerdo. Bajemos hacia el malecón.

Ya no tengo frío, basta con resguardarse un poco y se siente uno bien. ¡Qué oscuro está todo!. Aquí se murió mi sirena. Las sirenas no se mueren, sólo en los cuentos, se lo expliqué al público. Mi sirena tenía las cejas y las pestañas rubias, el pelo azul y la cara blanca como una concha de nácar. Se murió cuando supo que el marinero la quería para traerle perlas nada más. La obra gustó mucho. El decorado era este mismo fondo pero con barcos, luna, estrellas y luces. En realidad el argumento era sentimental, pura fantasía, pero en los arreglos le pusieron una coletilla sobre el egoísmo y la avaricia. Todas las perlas, al final, vuelven a caerse al mar.

Aquí vine desde siempre. Con los amigos a beber y a cantar, a contar proyectos, a tomar el aire a la salida de las fiestas. Me hicieron una grande cuando publicaron la primera obra mía. También vine con muchachas. Una vez, me encontré charlando en la media luz a Zenia, mi hija, con su primer enamorado de la escuela, y yo con una compañera de paso por La Habana con la que había salido en Holguín. Pues no sé qué me dio que me quería morir y todo mi afán era que la niña no nos distinguiese. Me parecía que Zenia iba a ver a su padre como nunca lo había visto, como un viejo acurrucado allí, a lo oscuro de las piedras. Ella estaba empezando todo, con su jovencito y su traje de colegiala, y yo no tenía nada que empezar. Las cosas cambian poco para lo que cambia uno. El mar, el malecón, la roca, el faro los mismos, y mis compañeros y yo flotando como puede cada cual con lo que le queda de barco, tan cambiados que si nos encontráramos otra vez aquí no nos reconoceríamos ni por el olor de las pavesas.

¿Quieres un trago? Queda poco. Te explotaron cobrándote eso; ni siquiera era media botella. Se está muy bien. ¿Volver?. Enseguida vamos, pero despacito. Un rato corto, apuramos el resto y caminamos para la casa. No, mamá no estará preocupada; me paseo muchas noches, ella sabe, y además le comenté que había que celebrar tu salida para España. ¿Te gustó Cuba?. ¿Volverás otras vacaciones?. Para entonces pueden haber cambiado mucho las cosas. Tal vez incluso nos veamos antes. ¿Y si me presento en España para estrenar allí? Vaya sorpresa.

Llegaré cuando amanezca.

Llegaré cuando amanezca.

Las piedras. Me gusta el ruido que hacen en el agua. De chico las tirábamos por encima, raspando las olas. Una vez un tío mío me dijo que las ilusiones son como los guijarros: en la mano te brillan, los acaricias, les buscas colores, formas raras, vetas de oro, y cuando los echas al agua y se hunden sabes que no volverán a subir nunca jamás. No sé, pero lo he recordado muchas veces, como si con aquella frase él me dijera algo que iba a marcarme la vida, que siempre había sabido, antes de que me lo dijese, y luego hecho como que olvidaba. ¿No te pasa saber de repente que, en realidad, ya lo has vivido todo, vivido y acabado, desde antes, desde el mismo momento en que estabas empezando?. No soy viejo, sin embargo sé que me he hundido y que de ahí no se vuelve, que miro las olas como quien espera que suba flotando la piedra, que esta conversación la tenemos los dos quizás en el fondo, con la ventaja de que el agua de arriba no la vemos y hablamos de luz y de aire y de fiestas olvidándonos de los mares que tenemos por encima, los mares por los que hemos bajado tan suave que ni el roce del agua se siente.

¿Gladys?. ¿Contar algo de Gladys?. La verdad es que hablo bien poco de ella. Mi hija se le parece excepto por el color del pelo, que salió a mí. Cuando lo de Gladys yo era muy joven, aquí las parejas van deprisa. Zenia ya viste, antes de los quince me planteó que, o se casaba o, de todas formas, se iba con él, que es lo que hace la mitad de las muchachas. Además por entonces ya había venido a hablar muy seriamente conmigo otro que estaba loco por mi hija, pero ella prefería a Marcos. Total, que era mejor tenerla casada y que siguiera estudiando. Me parece que los dos se irán a Miami a la primera ocasión, aquí no tienen porvenir.

¿La madre, Gladys?. Casi tenía yo la edad de Marcos cuando nos casamos. También estaba muy loco, era la edad de estar loco con las muchachas. Le hice poemas, les puse letra, con su nombre, a canciones. Cambiamos mucho de casa mientras yo me buscaba trabajo, me presentaban a unos y a otros, me hacía un hueco. Vino la niña, y menos mal que ahí paramos, porque mi familia tenía apariencias pero de dinero siempre anduvo mal.

Gladys era de cuerpo muy fino, más que la americana del bar, y blanca como Zenia. Le sentaba mal el sol y siempre hablaba de vivir en un sitio fresco, con aire y montañas. A saber, de no haber pasado aquello, si estaríamos aún juntos. Por entonces conocí a mucha gente, salía con muchachas. Pero, como mi madre dice, cuida a la mujer que de viejo te cuide.

Cuando el accidente Gladys estaba sola, gente abajo y arriba pero ella sola en la casa, cocinando. Ya sabes como son los apartamentos, ¿no?. Viviendas parceladas en pisos más grandes. Las instalaciones de tuberías, de servicios fueron fallando, daban problemas se hacían viejas y peligrosas, no se reparaban, faltaban piezas, no existían repuestos. Las casas funcionaban, como ahora, a fuerza de chapuzas, como los coches que ves rodando sin una sola pieza original. Te desayunabas con roturas, fugas, derrumbamientos y cortacircuitos. Ha habido más muertos en Cuba en las cocinas que en las guerras.

Fue una explosión grande. Se incendió todo de repente. Gladys parece que estaba de pie, junto al hornillo. Los vecinos entraron con mantas y la encontraron todavía viva, casi sin ropa, el pelo convertido en una bola de fuego. Menos mal que sufrió poco, no vio la mañana siguiente. Y suerte que la niña aquella tarde no estaba con ella.

Es curioso cómo he olvidado todo. Tal vez porque esas cosas, en el fondo, uno se esfuerza por olvidarlas. El olor del hospital sí, eso no se me va. A Gladys en realidad no la vi. Estuvo todo el tiempo inconsciente y cubierta de vendas. Esperé. No volví a verle los ojos. Luego estuve con gente, bebiendo, y ya no recuerdo más.

Vámonos a la casa. Se ve mal el faro, ¿verdad?, ¿Hay neblina o amanece?. ¿Todavía no?. Es que cuando me canso no veo bien. Andemos despacio. Que no olvide el paquete. Tengo que hacerte un pequeño encargo. En esta carpeta hay unos escritos, he seleccionado mis mejores obras, la que se estrenó, las dos últimas y un cuento. No tienes más que presentarlo en España. Me parece que allá sabrán apreciar. He hecho una buena selección. Es material revisado en algunos detalles para actualizarlo, sin tocar a la calidad literaria. Estaré a la espera de noticias y, en cuanto me digan que lo publican, que van a estrenarlo, me pongo a preparar la ida. Bastará con un adelanto de unos cientos de dólares y algunas cartas para apurar la gestión del pasaporte. Con los primeros contratos y los beneficios buscaré casa, iré trayéndome a toda mi gente y, una vez me haya hecho un nombre allí, será cosa de traducir la obra cuando me la pidan para estrenarla en Roma, en París.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Balsas

 

-¿Dónde está Aida? – pregunto al abuelo, impasible y suspenso, un gran lagarto verde pálido en su lugar del balcón. – No la he visto desde que llegué.

– Se fue a la playa unos días, a pasear, con el niño. Conoce a amigos.

La ausencia del niño, ese mal bicho en el que sólo la alienación temporal de las abuelas podría ver atractivos, es bienvenida.

Alfonso es hombre de grandes olvidos. No recuerda sino muy vagamente la noche transcurrida dando tumbos por las calles húmedas de La Habana. Se ha levantado de la cama ese día muy tarde, con expresión hastiada y gris. Su madre le lleva tisanas y propone incluso, inquieta, acompañarle otra vez al hospital. Probablemente le oyó llegar aquella madrugada, aunque aparentó estar dormida. También es probable que escuchara las propuestas, dichas con lengua espesa, de que durmiera yo, si quería, en su cuarto, puesto que había espacio, y no en el sofá. Y me oiría luego acomodarme en el sofá y a su hijo en el cuarto del fondo, cara a su soledad y al recuerdo de los reproches de Aida y de su desdén. Luego también la abuela Lucina se dormiría, teniendo como última y principal preocupación al nieto.

Hago mi equipaje para la partida, un saco somero, adelgazado por dones y trueques y nada engordado por las inexistentes compras en la isla.

Alfonso está mortecino. Propone, sin gran convencimiento, unos negocios como epílogo de mi estancia e inquiere con ansiedad sobre sus posibilidades de publicar en España. Vacía, en un rincón, veo la caja de los zapatos nuevos que compré a su mujer. Tal vez Aida ya dio la gran zancada, la que auguraban sus rechazos de por la noche, su mohíno deambular por el piso sombrío, y ahora, en un bar de la playa en el que al menos las sillas están disponibles para el público, expone a la brisa las rodillas y deja reflejarse la tarde en sus punteras de charol.

Hay una meta, una sola, que la une a Zenia y a Marcos, al matrimonio casi infantil: los tres tienen la vista fija en un punto del horizonte, en una superficie líquida que transforman en carretera y avenida por la que corren hacia días futuros en los que nada se parece a lo que dejaron atrás.

Y sin embargo son gente llena de anclas, se levantan con padres, madres, compadres y abuelos adheridos. Viven, en buena parte, de sonidos, hábitos y sabores que reproducirán invariablemente doquiera que vayan. Si es que van.

Miro el alto espacio del cielo candente, ese sol enemigo que puede fabricar, de las tierras llanas y salinas, un infierno. Me viene a la memoria la arquitectura anónima de Holguín, Gustavo y Cesáreo dando vueltas en su coche histórico, Cesáreo aventurando peticiones de mano a la turista fortuita que acierte a embarcarse en su milagroso vehículo. Ninguno de los dos tiene aún la edad de haber perdido la esperanza de futuro, los dos guardan un tizón por quemar, unos años que vivir. Pero no son hombres de aventuras sino de ataduras, les falla el afecto, esa madeja del clan de la que, arrancados, se desangran. Sólo les libra el mar cuando, en cortas excursiones, se van a la costa, y por la noche, en la orilla, se cuentan historias de fugados y las viven como propias en la grande y acogedora soledad de la oscuridad amiga.

Marta no; para Marta el mar es un cementerio infantil lleno de muñecos que descendieron de las tripas aventadas de un barco español y se hundieron con los recuerdos de su infancia, acompañados luego en su lento descenso por experiencias posteriores, pañuelos rojos, himnos, marchas, el mundo a su alcance, países vibrantes que nunca vio. Marta se resiste a perder el viaje adolescente de su ilusión. Ya no hay muñecos nuevos en el mar.

En todas estas corrientes sobrenadan Filemón y Baucis, insensibles al diluvio cuyos ecos, sin embargo, les traen sus hijos, refugiados los dos en su piso alto y pobre, atentos el uno al otro, temerosos de las grandes distancias y de los escualos. Los demás hablan, protestan, se agitan. Ellos tienen, siempre han tenido, un puerto.

Ignoro si Olivia habrá quizás convencido a uno de esos hombres que tan mal supieron amarla para que la lleve a otra costa, donde pasee su porte pálido de princesa rusa y chispee al fin la risa en sus ojos claros y resignados. A veces la veo alejarse, junto con otros que he encontrado al filo de los días, en equilibrio sobre una precaria embarcación. Convendría que el mañoso Tucídides les acompañara, que la voluntariosa casera de Varadero se aprestase a desplumar a más maridos incautos, que la gente joven empujara las velas con el solo soplo de su ilusión. Ésos mismos que un día volverán, con las velas hinchadas de olvido, acostumbrados a otra lengua y curiosos de su propio pasado y sus recuerdos.

 

 

Cuando salí de Cuba…

 

María Lucina me acompañó al aeropuerto para hacerse cargo, tras confirmarse mi partida, del remanente de dinero cubano. Asumía, hasta el último momento, su papel de jefe del clan. Corrían lágrimas de gente que se despedía de su familia, pasaban grupos, cargados de botellas y cajas de puros, que habían conseguido un bronceado ejemplar. La abuela y yo desentonábamos por falta de emoción y de equipaje. En las paredes, desde los carteles, sonreían rostros y paisajes de dientes y arenas blanquísimos y espejeaba el frescor de bebidas transparentes en vasos empañados por el hielo.

Como un alegre emblema de colores clavado a su vez en un gran vaso, la bandera de Cuba ondeaba en la salida internacional. Hay algo ingenuo en el resumen que reflejan sus tonos, un feliz sueño de esperanza plasmado en el siglo XIX por su diseñador, el poeta Miguel Teurbe: Tres franjas azules de mar, dos de la paz, un triángulo teñido de sangre de luchas por la independencia que encierra en su centro la blanca estrella de la libertad. Y, bordeando el triángulo, el Libertad, Igualdad, Fraternidad que, desde los Estados Unidos y Francia, representó el ideal de las nuevas naciones. Tras esta bandera están la Ilustración, la Masonería, el temblor del cambio de época, la certidumbre del progreso; en su brillo que buscaba símbolos y rechazaba las águilas y los leones rampantes se lee la conmovedora juventud de una ilusión.

Y llegaron.

Y llegaron.

Ha terminado el viaje. Subí la escalerilla, ocupé mi asiento en el avión, vástago sin duda del gran hermano ruso. Despegamos. Abajo la isla flotaba, extensa, inclinada hacia el continente, bogando, como una balsa más.

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

Pág.

-Introducción. ……………………………………………………………………………2

-El avión era una fiesta. ………………………………………………………………5

-Las dos Cubas. ………………………………………………………………………….9

-La Habana. ……………………………………………………………………………..15

-Incursión al oeste. ……………………………………………………………………20

-Iconografía y paisaje urbano. …………………………………………………….28

-Prensa. ……………………………………………………………………………………35

-Oda a los jefes de turno. ……………………………………………………………39

-Camino al sur. …………………………………………………………………………41

-Trinidad. …………………………………………………………………………………45

-Camino al centro. …………………………………………………………………….50

-Holguín. ………………………………………………………………………………….55

-Jineteros de provincias. …………………………………………………………….59

-De compras por Las Antillas. …………………………………………………….63

-Saturno. …………………………………………………………………………………..70

-Petición de mano. ……………………………………………………………………..73

-Santiago. ………………………………………………………………………………….76

-Fósforos. ………………………………………………………………………………….84

-Parada sin fonda. ………………………………………………………………………89

-U.S. Guantánamo. …………………………………………………………………….94

-Baracoa. …………………………………………………………………………………..97

-Filemón y Baucis. ……………………………………………………………………102

-Norte. ……………………………………………………………………………………..105

-Cambio de postal: Varadero. ……………………………………………………..107

-Nueva Gerona. Isla de los Pinos o de la Juventud. ………………………..115

Pág.

-La constante gris. …………………………………………………………………..122

-María Lucina atraviesa tres regímenes y sigue adelante. ……………..125

-Nihil novum. ………………………………………………………………………….129

-Adiós, Tarzán, adiós. ………………………………………………………………133

-Mojito largo. …………………………………………………………………………………..139

-Balsas. …………………………………………………………………………………..147

 

[1] Hablamos de un viaje que se realizó en 1989; es significativa su actualidad.

1 Las citas pertenecen al libro de texto mencionado anteriormente.