09/19/20

UN MUNDO FELICÍSIMO

UN MUNDO FELICÍSIMOhttp://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

 El tsunami de estupidez, densa, creciente, inagotable, avanza a tal rapidez que parece situarse sin esfuerzo a la altura de los labios, de los ojos, haber anegado totalmente el cerebro y paralizado en las extremidades cualquier acción defensiva, sin permitir siquiera la simple huida. Con perfecta tranquilidad un análisis socioeconómico anuncia el cambio inevitable de forma de vida al que no cabe sino someterse. El suplemento económico dominical [1]pontifica que baja de un irrefutable Sinaí la nueva Ley: nada volverá a ser como antes […] fin de la era analógica […] se acabaron las tiendas de barrio y la asistencia a las grandes superficies [… } se reorganiza el ocio, con una vida más casera […] Se acabó el tiempo no digital […] El mundo tal y como lo conocíamos en febrero se ha acabado. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el virus por España, ahí tenemos instalados a una dictadura, Leyes, a un Presidente y a un Gobierno con visos de eternidad por imperativo telemático postmoderno. Nadie los ha elegido, ninguno los ha aprobado, es la maniobra más antidemocrática que imaginarse pueda de imposición general, irreversible, ubicua y absoluta, aupada, naturalmente, en la excusa de que cualquier asomo de alarma y oposición sería una retrógrada y absurda rebelión ludita[2] contra los avances de la ciencia. La destrucción de cuanto hay de grato en el vivir cotidiano exige el todo o nada, y goza como acelerador de un proceso previo de chantaje en una población habituada a la estúpida falacia del terror a ser tachada de no progresista- El anunciado robo es de una talla nunca vista e impresionante. Se sacrifica nada menos que la voluntad, el libre albedrío, los derechos más elementales y el vivir cotidiano del conjunto de los ciudadanos en el ara de la devoción a la existencia online, al puñado de empresas que la manejen y a los escogidos y nunca antes tan privilegiados núcleos gubernamentales y fácticos unidos a ellas. La España de 2020, en su desastrosa gestión de la pandemia, el nivel ínfimo y ridículo de su Gobierno y la sumisión bovina, acobardada y resignada de sus ciudadanos es un excelente ejemplo. Los privilegiados se guardarán muy bien de vivir de tal manera y les faltará tiempo para huir, en cuanto se apaguen el micro y los focos, a entornos y experiencias verdaderos.

Qué mejor que pasarse la mayor parte del tiempo estabulado entre cuatro paredes, pendiente de un transmisor audio-visual, comiendo paquetes encargados a distancia, vistiendo, bebiendo y tocando perfiles ficticios, charlando con guarismos millonarios de amigos inexistentes. Y pagando para mantener una jauría de sueldos, dietas, prebendas, pensiones a perpetuidad, cargos, asesores, ministerios inútiles, ridículos y espurios a los cuales además, -y ésa es la mayor desgracia- su nivel ínfimo no les permite sino idear consignas e injerencias en la privacidad e incluso sentimientos y pensamientos de la gente, ésa que, a su pesar, los mantiene con los impuestos a su trabajo.

Agotado por el uso el chantaje de  “Es usted un facha, reaccionario, franquista”, etc., etc., amanece el nuevo: Todo online o nada. De lo contrario se quedará sin móvil ni aplicaciones, lo cual es peor que la muerte. Aprovechando una vez más el trayecto del Pisuerga virtual y las reales ventajas que su adecuado uso ofrece, se impone de facto como horizonte mucho más allá de la pandemia una reclusión domiciliaria perfectamente controlada, horarios y disponibilidad laboral indefinidos y censura social a gogó para los individuos y amantes de la  vida real críticos. Con un poco de suerte, se incluirán en el plan pausas-café con proyección de compañeros virtuales y gafitas nocturnas para simular caricias que pueden llegar, según tarifa, hasta el orgasmo

Uno de los bienes colaterales de cambio tan excelente es, por supuesto, la supresión de esos sectores lentos, improductivos, y nada fotogénicos que son los viejos, de discutible calidad informática, reacios a abandonar memoria, cultura y trato humano, convertidos en forzosos robinsones de pocos metros cuadrados a base de roerles vías transitables eliminando transporte público, amigos de la sinceridad y la evidencia e incómodos partidarios de alzar la voz y denunciar el tsunami de estupidez y atentados al más elemental sentido común. Con el benéfico virus se han conseguido importantes logros en este meritorio rasgo del progreso técnico: Ya ha habido selección de los que no valía la pena que siguiesen estando vivos  y lo que se ha hecho y aceptado socialmente una vez (siempre hay nuevos judíos y estrellas amarillas) se repetirá. Ya se ha conseguido que se los mire como leprosos y fuentes de contagio. Puede que la siguiente propuesta de un avispado becario de las empresas online sea estabularlos frente a pantallas gigantes.

Europa, y España, no poseen enormes reservas de petróleo, ni exportan gas y minerales raros, pero sí tienen un bien principal, tan valioso y único que ha sido imitado y adoptado por el Globo entero: Una mejor, más grata, feliz, segura y libre forma de vivir. Si no son capaces de reconocer y defender esto están haciendo un pésimo negocio, ellas y el menú exportado desde Silicon Valley y empleado a gigantesca escala por el Partido Comunista Chino.

El gran golpe de estado es de tal magnitud que su dimensión ni siquiera se advierte ni su efecto se concibe. Sin exposición ni acuerdo ni permiso ciudadano alguno se roba a la población lo más valioso: Su modo de vida, el que prefieren, el que es más grato y más humano y les proporciona, día a día, fragmentos modestos pero seguros de real felicidad. Deben y deberán desaparecer los contactos directos, pequeños comercios, restaurantes, bares, los paseos por galerías de tiendas, la comida servida en mesa, el camarero conocido, las cañas, las tapas, la librería con su librero. Todo deberá en la práctica ser prohibido, quedar fuera del alcance, ser anatema, resto decadente de un pasado ineficaz ¿ Ineficaz para quién? No para la inmensa mayoría a la que esto le proporcionaba satisfacción, calor, humor, atención, dicha, compañía, ejercicio de su libertad, descubrimiento de otros. Cada cual deberá encerrarse con su ordenador, recurrir para absolutamente todo a su pantalla, ignorar la existencia del mundo externo excepto por el repartidor que llame a su puerta y los fotogramas que el rectángulo escoja y le presente. Ya no habrá, no hay, empleados conocidos en los bancos, ni oficinistas a quienes recurrir, ni informadores. Habrá, para todo, larguísima espera, pantalla, líneas, la completa dejación de responsabilidad personal puesto que todo depende del programa informático, la inmensa pérdida de tiempo acumulada en intentos de contacto con voces mecánicas y sedes vacías y el grado de indefensión más grande que ha conocido jamás el ser humano.

Nadie, ningún ciudadano ha elegido ese mundo horrendo, ninguno ha votado tal programa ni ha dado su beneplácito para que le arrebaten, so pretexto de eficacia y necesidad de implantación online,  por completo su forma de vida infinitamente más grata y mejor. Ni uno solo optaría sinceramente, si se le diera la opción, por la grabación, las pausas, la respuesta mecánica en vez de la atención personal. Sin embargo el gran golpe de estado se ha impuesto y el virus ha sido providencial para acelerarlo, tergiversar el secuestro de libertades e imposición total y totalitaria que condena y denigra cualquier resistencia como simple, torpe y caduca incapacidad de adaptarse al progreso, a la nueva era comunicativa y los avances científicos. Se trata de utilizar de forma fraudulenta y desmesurada recursos puntuales técnicos útiles, y justificar un descomunal fraude y ataque contra una población privada de defensa, fichada y controlada al máximo, desorientada y manipulada por el chantaje de ser calificada de reaccionaria y opuesta al cambio moderno. El proceso no comenzó ayer; se ha amasado con el culto a lo nuevo, lo reciente, lo joven, lo gregario y lo fácil y con el paralelo desprecio al humanismo, la historia, la memoria, el individuo, la vida privada y el esfuerzo, a lo que no está bajo la tecla y el millón de mensajes sino en el camino recorrido hacia el conocimiento y la merecida libertad.http://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Rosúa

[1] El Nasdaq anuncia el fin de la era analógica. Actualidad Económica. 6-12 septiembre 2020. Por Josef Ajram.

[2] Ludismo: Movimiento, que comenzó en Inglaterra en el siglo XIX, de artesanos opuestos a la introducción de nuevas máquinas por el peligro de pérdida de puestos de trabajo. Se ha asimilado, erróneamente, a general tecnofobia.

09/18/20

El gran carnaval

“El gran carnaval” versión española.http://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

http://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

 

Hay que montar un gran carnaval centrado en el espectáculo y aglutinado en el jefe y su entorno como núcleo y símbolo de sentimientos e imágenes positivos. Debajo, una finalidad totalmente espuria: Lograr, afianzar y monopolizar un botín económico y social. Ésta es, a partir del accidente ocasional de un hombre atrapado en una mina aprovechado por un inteligente y ambicioso periodista sin escrúpulos, la trama de una  película de 1951 de gran actualidad, dirigida por el genial Billy Wilder: “Ace in the Hole”, traducido (y no mal por esta vez) como “El gran carnaval”. En ella  sólo había un muerto, asesinado en realidad por la innecesaria prolongación de su rescate, forzada por el periodista para aumentar el morbo y la cotización de sus artículos, por el el sheriff corrupto, que busca popularidad y reelección, y por la indiferente y codiciosa mujer de la víctima. Acuden masas y medios de comunicación al espectáculo, del cual el periodista se ha asegurado la exclusiva. Pero ese villano, Kirk Douglas, se redime con un final noble.

En España el montaje tiene como pedestal miles de muertos silenciados e innumerables seres humanos segregados y a veces abandonados y condenados a causa de su edad. El foco mediático se centra en el Presidente Líder, que tiene que ser fuerte, en flor de madurez, fotogénico y jamás asociado ni en imagen ni en actividad algunas con la enfermedad, con los ancianos (ya no hay “mayores”), la fealdad, los infectados, los hospitales y la muerte. Véase la pandemia de 2020, en la que el Gobierno español se lleva la palma de la desastrosa gestión y manipulación mediática., Nunca, ni él ni los suyos, el consejero áulico y su alter ego en la Presidencia, los visitaron, no evitaron en el momento oportuno las grandes manifestaciones creadas ad maiorem gloriam suam, (ningún muerto vale perder minutos de televisión y propaganda). Vistieron alegre corbata roja, atuendos deportivos, simpáticos disfraces de ganador de concursos televisivos acordes con la sonrisa equina y el rostro pétreo. Promocionaron, como si de una feria se tratase, canciones, bailes, gastronomía casera, historietas, chascarrillos y gozo juvenil. La triada que controla la visión popular de la plaga promocionó, como si de una feria se tratara, canciones, bailes, gastronomía casera, chascarrillos, historietas y actividades de vital gozo juvenil. Detrás, en una silenciosa fosa común mediática, se van apilando las víctimas.

El botín  ahora es enorme, incomparablemente superior a los pocos miles de dólares de Kirk Douglas. Es nada menos que el presupuesto, cargos, medios y fondos de un país entero. Y la asimilación de los aguafiestas críticos y de los escasos que se oponen al robo incluye, naturalmente, como desde hace décadas es norma en España, el chantaje habitual con metralletas cargadas de denuncias de facha, reaccionario, derechista por parte de los que desde los años ochenta viven del lucrativo negocio del antifranquismo post mortem.

El Kirk Douglas de “El gran carnaval” es un personaje de una valentía y capacidad de honradez resplandecientes en comparación con la vileza de la maniobra en la España de 2020, que ha teñido de pasiva complicidad a buena parte de la población. Ha habido en el país presidentes y gobiernos malos, pero ninguno ha inspirado la repugnancia que el actual. Su espectacular fachada de ausencia de escrúpulos y de moral, su exhibición de egoísmo cerril y prepotencia huera y el feroz e incondicional apoyo del grupo Parásito, que es y ha sido el gran enemigo real y no la falsa dualidad izquierdas/derechas, son infinitamente más míseros que cuanto pudo imaginar Billy Wilder.http://www.elrincondecasandra.es/articulos-espana-politica-transicion/

Rosúa

08/25/20

Daños Colaterales

DAÑOS COLATERALEShttp://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

 “¡Ojalá acabe en un hospital!” A voces, sin venir a cuento, en el vestuario de la piscina de un centro deportivo de Madrid que se esmera en la higiene, una mujer joven se ha colocado de repente a unos centímetros de otra que no lo es, la acusa de no llevar mascarilla y, entre otras invectivas, grita estos buenos deseos. La mujer mayor está secándose tras salir de la ducha, en su cubículo sin nadie a los lados y frente a su taquilla. Naturalmente es imposible llevar mascarilla en esa circunstancia. La explosión de agresividad, violencia e histeria es absolutamente gratuita. Pero no por irracional menos explicable. Consciente, inconsciente, estúpida o estratégicamente se ha hecho todo para fragmentar a la población y someterla haciéndole asumir una segregación a veces en apariencia protectora pero que, en la práctica, la ha envilecido llevándola a asumir una segregación.

Caza, acoso, rechazo, denuncia del viejo que ya no es es “mayor” sino anciano, ramas secas que que sin embargo aún consumen agua, alimentos y recursos y el virus benéfico ha venido, enviado por la sabia Naturaleza y el Dios Planeta, a podar. El subconsciente colectivo se va empapando del mensaje de las dos clases: Juventud sana, fuerte, hermosa y prometedora y Vejez inútil desagradable, fea y parásita de los bienes que, lógicamente deben corresponder al sector (ahora edad sustituye a raza) elegida. Las circunstancias de la pandemia no sólo no han hecho a la gente más fuerte, sino que están haciendo aflorar en buena parte de ella lo peor. Están creando un clima malsano de animosidad, desconfianza irracional y agresiones impunes, bajo excusa del peligro sanitario, y, simultáneamente, de sumisión ante quien se ve como el dueño de la vida y la muerte. El ecosistema ideal para aspirantes a jerarca totalitario. La desdichada frase de “Los mayores son de riesgo” se ha interpretado, no como que en ellos el virus es más letal, sino como que lo transmiten más, lo que es falso. Precisamente la torpeza en consignas de segregación ha favorecido la impunidad y actitud irresponsable de los jóvenes, que se ven dueños de un reino que, mientras no demuestren sus méritos, no se les debe.

Pero como los humanos no somos una camada de lobos (aunque, regresión mediante, se hagan méritos para ello) y su éxito como especie se debe a órganos más arriba de las patas y el brillo del pelaje, pongamos el cerebro y los recovecos de la memoria y la conciencia, la progresión e implantación de los daños colaterales pueden ser mucho peores que el virus.http://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Mercedes ROSÚA

 

Madrid, 24 de agosto de 2020

 

 

07/13/20

El País de No Pagarás

El País de No Pagaráshttp://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

 http://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

Había una vez un país en el que nada se pagaba nunca y esa era su divisa, su credo, su proyecto, su visión del futuro y su firme creencia de cuál había sido, o debería haber sido, su pasado. Cada mañana, a la que el sol salía, sus habitantes esperaban que iba a iluminar un territorio nuevo en el que, a diferencia de oscuros tiempos anteriores, no quedaría apenas rastro, como de un mal sueño, de los desagradables usos y costumbres de la era antigua, injusta y trabajosa. Se encontraría cada cual, en la misma proporción, calidad y peso, su desayuno, y así ocurriría con todas las pitanzas. De manera semejante, y según gusto, cercanía y apetencia, se instalaría cada uno, por horas días, años o semanas, en la casa que fuese de su agrado, desplazando, si necesidad de ello hubiere, a los ocupantes. De igual forma se procedería con la vestimenta, vehículos, objetos y con cualquier tipo de servicios.

En el País de no Pagarás se valoraba, sin embargo, en extremo la consecuencia, de manera que el conjunto, de los mayores a los menores actos, correspondiera estrictamente a la divisa. Hubiera sido de abominable mal gusto y de reprobación unánime la exigencia de algún tipo de contrapartida para ocupar oficios, trabajos, cargos, ocupaciones de cualquier índole. Se entraba tranquilamente en el despacho, sala, aula, consulta, obra, centro de cualesquiera operaciones, y de la misma forma se abandonaba, como era frecuente, en breve por fatiga o hastío, o por exigencia del siguiente ocupante. Grandes dispensadores de lo que se vino a llamar, por pura estética ya que así figuraba en la letra gótica de las introducciones, títulos se situaban en zonas ajardinadas que ocupaban espacios que otrora se llamaron universitarios. En cada máquina bastaba con la impresión de la palma de la mano para que aparecieran sucesivamente, a elección del consumidor, diplomas diversos de la categoría que se deseara. No existía, lógicamente, la menor contradicción en el número de sus poseedores puesto que aquellos decorativos documentos en modo alguno implicaban conocimiento ni especialización de ningún tipo ni eran, en el feliz País de No Pagarás, remunerados o exigidos. De hecho, cada mañana el césped aparecía sembrado de ellos hasta que eran oportunamente dispersados por el viento.

Las reuniones nunca eran de menos de mil individuos y transcurrían en un cordial intercambio de abrazos y besos animados por la afectuosa consigna “De gente a gente”, en un clima de homogéneo disfrute de la seguridad en la homogeneidad y gratuidad de los días y en la certidumbre de que, en cualquier caso, jamás existirían diferencias ni remuneración alguna entre los miembros de la “gente”. De hecho, se había borrado del léxico como obsoleta la palabra “envidia” puesto que en No Pagarás carecía de sentido. El vocabulario había experimentado un sano proceso de adelgazamiento, perdido buena parte de la grasa verbal que obligaba a manejar sutilezas y múltiples significados que incomodaban en las vastas reuniones a los asistentes. Cabía incluso el peligro de que el entramado de conceptos y palabras los llevara a hacer un esfuerzo, lo que chocaba frontalmente con los principios y leyes en vigor

La vida social y política era en No Pagarás mucho más animada de lo que hubiera podido suponerse. Cada día se fabricaban y exhibían un pasado y un futuro nuevos, con personajes, preferentemente colectivos, cortados a la medida de “Gente”, intercambiables y por encima de todo en absoluto susceptibles de despertar inquietudes de emulación ni desazón comparativo. Se trataba de un divertido pasatiempo semejante al de ir incrustando diminutas piezas en el tapiz de un rompecabezas de grandes dimensiones al que se debían adaptar, sin perfiles discordantes ni aristas, las figuras del pasado que desordenadamente fueran surgiendo y las que pudieran añadirse en el tejido futuro de la nación dichosa repleta de gente bienaventurada. País feliz hasta tal punto que ni siquiera lo turbaban arcaicos recuerdos de la vieja nomenclatura o asuntos de trámite respecto a los vecinos. Ningún rasgo ni símbolo comparativos eran en él aceptables por cuanto implicarían contrapartida de atención y esfuerzo, conocimiento del pasado y enojosas categorías, tanto tiempo ha abolidas, de valor y mérito. Bajo la guía paternal de “Gente”, se habían repartido hacía mucho tiempo fragmentos de fronteras, accidentes geográficos, hablas, flora, fauna y fenómenos atmosféricos, y se hablaba con temor y hostilidad, en voz baja con tono y miradas huidizos, del tiempo oscuro de las diferencias, los esfuerzos, la obligatoriedad de tareas y los pagos. Luego se elevaba la mirada agradecida hacia el cielo homogéneo, sin nubes, tormentas ni pájaros, del infalible salvador Gente, incorpóreo y semejante a una acogedora cúpula de mullidos materiales.

Los países de la comunidad Pagamos se habían acomodado sin esfuerzo al trato con el apéndice extemporáneo que representaba el País de No Pagarás. Atravesaban sus inexistentes fronteras, pasaban en él temporadas extremadamente gratas y disponían ventajosamente de cuanto les parecía oportuno. Disfrutaban de lo que en él les apetecía, enviaban a los aborígenes indispensables pero bien calculados suministros, les impedían cortésmente el acceso a sus propias naciones exteriores y a los beneficios que en ellas sus ciudadanos pagaban y de los que, lógicamente, disponían, y controlaban la situación de modo parecido a los grandes complejos hoteleros: Cada habitante del País de No Pagarás llevaba una pulsera electrónica con la que se medían gastos subvencionados por los de Pagamos. Así las naciones vecinas del País de No Pagarás se solazaban satisfechas y con saldo favorable en el vecino parque temático que, por añadidura, ofrecía a los visitantes románticos e inquietos un placer especial, de lo distinto, mezcla del sabor de lejana tribu, de las utopías idílicas de las viejas historias y de la seguridad de la pitanza. Con un deje añadido a la satisfacción por la propia generosidad cuando se han dejado unas monedas al pobre de la esquina.

En el País de No Pagarás la gratuidad absoluta no impedía, muy al contrario, una intensa vida política. Los miembros del núcleo Gente Para La Gente recibían de por vida el más generoso estipendio en especie conocido tras una estancia, por efímera que fuese, en el cargo, y tal bienaventuranza manaba y se arremansaba en nucleolos, como GMG (Gente Más Gente), JP (Jamás Pagar) o VV (Víctimas y Víctimos), que, por serlo, tenían garantizada la continuidad vitalicia de su mirífica situación. Eran seres tan fugaces que apenas se recordaban sus nombres, pero se consideraba indiscutible la consideración que se les debía, que se cimentaba en la sólida, inalterable, inamovible decisión colectiva de no pagar jamás, de la cual se consideraba a Gente Más Gente encarnación y garante.

Rosúa

07/12/20

VIRUS VÍCTOR. DE CIRCE A PINOCHO-

Virus Víctor

De Circe a Pinocho

(EL DIARIO DE LA PANDEMIA COMIENZA EN MARZO, PERO TRANSCURRE DESDE ENTONCES HASTA LA ACTUALIDAD, A LO LARGO DE 2020 Y EN UN DESPUÉS INDEFINIDO)

http://www.elrincondecasandra.es/diario-de-la-pandemia-madrid-13-marzo-de-2020/

Tratar a la gente como al enemigo puede ser peor que la pandemia. Es a lo que el virus y sobre todo la manipulación del miedo que despierta han abierto las puertas. Se trata, una vez más, del viejo sueño totalitario que, unido por la coyuntura temporal al imperio de la imagen, puede ser letal haciendo de la sociedad un lugar invivible para los individuos con pretensión de libres y poseedores de cierta dignidad y exhibiendo como prototipo un maniquí de cartón piedra prefabricado cada día a golpe de circunstancias.

La regresión está servida, de Circe, que transformaba a los hombres generalmente en cerdos -animal no desposeído de alguna inteligencia y de gran utilidad- , a Pinocho, quien, ya entrado en la edad moderna, pasaba de narigudo a borrico por sus propios méritos y decisiones y por la elección como mentor, no del sabio y bondadoso Gepetto y del atento Pepito Grillo, sino del embaucador que ofrecía un panorama sin fin de golosinas que desembocaba en la completa transformación de los niños (ahora población infantilizada) en bestias de carga vendibles al mejor postor.

El timador que enarbola el virus en la cartuchera no es sino pura imagen apetecible por talla, sonrisa soldada a un rostro sin resquicios de inquietud ni inteligencia, repetición incansable de la misma caja musical y promesas de gratuidad infinita. El Estado Postvirus promete en el mejor de los casos, porque del cerdo todo se aprovecha, la mutación de Circe, en el más probable la de Pinocho, un ganado medroso hecho al ronzal y los rediles y ansioso de identificarse y mostrar su apoyo a la imagen, multiplicada por todos los espejos a todas las horas, de un aparente humano ajeno a la fealdad, la vejez, la incertidumbre y la muerte.

A los Gepettos y Pepitos Grillo ni los hay ni se los espera, porque, de existir, se ocultan con prudencia y sólo les cabe esperar a que pase, si es que pasa, la ola regresiva. Mientras, ven aumentar, entre el general asentimiento a las mutaciones, las orejas de asno y el paso de la voz y el discurso humano al rebuzno, al que inmediatamente se califica de lengua protegida y rasgo cultural. La imagen acartonada que resume el ideal imperturbable e invulnerable de admiradores y partidarios rezuma una pócima que, al estilo de la de Circe, potencia, en una suspensión de microgotas mucho más poderosas que la del virus, lo peor de cada ejemplar humano, que pasa de racional y responsable a frustrado aprendiz de comisario ansioso de demostrar sus méritos con excesos de celo y múltiples denuncias. Nunca algunos habían ofrecido y ejercido sobre tantos tales cotas de poder hacia mutaciones regresivas de extraña, pero no sorprendente, y nueva animalidad.

http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

Rosúa

07/8/20

TESIS DOCTORAL MERCEDES ROSÚA-ENLACE TEXTO COMPLETO

TESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA SOBRE EL LENGUAJE TOTALITARIO. LA  ENSEÑANZA DE LENGUAS EXTRANJERAS EN LA R. P. CHINA EN 1973-1974-Enlace al texto completo.

Tesis doctoral de Mercedes Rosúa basada en su experiencia y material recogido en la R.P. China durante 1973-1974. Estudio y reflexiones sobre el lenguaje totalitario.http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

ENLACE AL TEXTO COMPLETO

https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=drive_web

Enlace a la revista de sinología SinoELE en cuya bibliografía figurahttp://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

05/28/20

TESIS DOCTORAL PARTE 3

PARTE 3 150 ppi

La extensión del documento de la tesis doctoral ha obligado a dividirlo en tres partes.http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

Texto completohttps://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

05/28/20

TESIS DOCTORAL PARTE 2

PARTE 2 150 ppi

Por su volumen, el texto de la tesis se ha fragmentado en tres partes.

Texto completohttps://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

05/28/20

TESIS DOCTORAL COMPLETA ENLACES https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

 

Figuran aquí: el enlace a la tesis y los enlaces a la página web de la revista de sinología en la cual, entre otros estudios y obras, figura esta tesis.https://drive.google.com/file/d/1Ab0QQInWpfLVFeJ4427QJCBrEqvEx6pm/view?usp=sharing

/http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

La enseñanza del español en China en 1973-74. Estudio sobre el lenguaje totalitario en el maoísmo.

TESIS DOCTORAL. ENLACE DE LA TESIS COMPLETA

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

http://www.sinoele.org/

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental: Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo.

http://www.sinoele.org/index.php/proyectos/bibliografia/por-areas-tematicas

05/20/20

CHINA 1973-74 fOTOS

http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-fotos/CHINA: VISIÓN Y MEMORIA DE 1973-74

FOTOS Y PALABRAShttp://www.elrincondecasandra.es/tesis-doctoral-completa-china-1973-74-lenguaje-totalitario/

De M. ROSÚA

 

Un ciclista lee un tadzupao

 

Un ciclista mira los tadzupaos (escritos en grandes caracteres) pegados en un muro en Pekín.

Pocas cosas son tan engañosas como la aparente libertad, la multitudinaria, siempre apoyada en colectivos, pueblo, gente, en grandes y visibles adhesiones y reuniones públicas y carteles que pegas por doquier, mientras que en las librerías sólo encuentras las obras del Líder, del Tetramorfos del Comunismo (Marx, Engels, Lenin, Stalin -fue hermoso mientras duró-, reemplazado luego por Enver Hoxha -mientras duró fue hermoso) y poco más.

Los tadzupaos llamaban al pueblo (siempre colectivos) a la rebelión con la frase de Mao “Hay que ir a contracorriente”, a la cual un extranjero apostilló: “Cuando todos vayan contra corriente yo iré contracorriente”.

 

 

Shanghai 1974, durante el breve viaje al sur y una de las pocas fotografías de él que se salvaron del expolio por los dirigentes en el aeropuerto.

 

 

Pekín: Llegada. Recepción. Visitas.

 

El Hotel de la Amistad. (Tenía muy poco de ella en lo que al ambiente se refería).

El “Hotel de la Amistad”, en Pekín. El enorme edificio de estilo soviético albergaba a los cooperantes extranjeros y fue residencia de la autora. Las principales ciudades del país tenían estos alojamientos, todos semejantes en nombre y en estilo, con el típico gigantismo socialista y tocados de tejados de diseño local para darles un aire chino. Estaba, y se supone que está, en las afueras de la capital.

La utilización de la palabra “Amistad” para este tipo de edificios era preceptiva, e inversamente proporcional a la relación personal, cálida y sincera que tal palabra implica. En esta clase de regímenes el mundo se divide siempre en amigos y enemigos, según la consigna imperante. Los individuos del país, bañados por una propaganda indistinguible de lo que sus sentidos podrían llegar a percibir o experimentar, hacen suya la terminología, que modela la realidad y las ideas y pueden cambiar radicalmente de opinión de un día a otro según la consigna.

 

 

Museo de Historia. Pekín. Bandera de la revolución campesina, con un arado.

El Museo lo era de una Historia recortada, purgada y seleccionada según los criterios del Partido Comunista. La Historia se modelaba según las consignas del momento. La realidad, los hechos concretos, no existían como tales. Como en el plano físico, el Partido seleccionaba también en el temporal e intelectual lo que correspondía a la imagen mental fijada como ortodoxa, pero en sí muy insegura, pues dependía de la voluntad cambiante del Líder.

 

 

El puente del Palacio de Verano. Fiesta Nacional.

Fiesta Nacional. Pekín, Palacio de Verano. La neblina ha ido levantando durante el día y permite apreciar con mayor claridad la hermosa simetría del puente del Palacio de Verano, punteado por los globos y banderas rojos (todo siempre en rojo y sólo rojo) de la Fiesta Nacional.

 

 

 

Típico cartel con los iconos del régimen.

Típica iconografía del Partido Comunista Chino: Obrero (estrechando los libros de Mao), Campesina y Soldado dispuestos a aplastar ideológica y físicamente a los “enemigos” del régimen socialista.

 

 

En la Fiesta Nacional.

La gente acude a la Fiesta Nacional. Obsérvense vestimenta y expresiones.

 

Más banderas rojas, que, junto a los farolillos igualmente rojos, es la decoración monocroma de la Fiesta Nacional. El león es una estatua antigua, con símbolos del poder y fuerza del país, por lo que se salvó de la destrucción artística de la Revolución Cultural. Funcionarios y visitantes -chaquetas azul y gris- deambulan por el recinto ferial.

 

 

 

 

Niños bailando y cantando las alabanzas a Mao y el Partido.

Espectáculos de danzas infantiles durante la Fiesta Nacional. Todos los niños llevan el pañuelito rojo de pioneros del Partido y cantan sus alabanzas.

 

Representantes oficiales de las minorías nacionales con el enorme cartel de propaganda al fondo y paneles con diversas fotos y textos sobre los éxitos del régimen. En primer plano se encuentra el del Tíbet, país invadido por China en 1950 y ocupado hasta la fecha. Hay también uigures, hui, etc. Todos sonríen.

 

Los actores se preparan para el espectáculo

 

 

 

Los empinados escalones de la Gran Muralla.

 

 

La  Gran Muralla parecía lindar con la nada.

 

La Gran Muralla, los otros muy pequeños.

 

El largo camino hasta la torre de vigilancia. A veces en la Gran Muralla había incluso soledad.

 

En el camino a las tumbas Ming. Acompañantes.

 

Escalinata real.

 

Pekín. Entrenamiento en un parque.

Pekín. Artes marciales.

 

 

Pekín. La grande y solitaria avenida.

 

Pekín. Puerta antigua o imitación de las antiguas, destruidas durante la Revolución Cultural.

 

 

Pekín. Arco y puerta antiguos.

 

 

Pekín. Moto de limpieza.

 

 

Pekín. Un cooperante francés.

 

 

Pekín. La cooperante española.

 

 

Pekín

 

 

Pekín

 

Pekín. Día de fiesta. Fotos en la plaza principal.

 

Pekín

 

Pekín.

 

Pekín

 

Pekín. Gigantescos palacios del pueblo (=edificios oficiales). Entremedias bien poco.

 

Pekín.

 

Pekín.

 

 

Pekín. Museos, etc.

 

 

Pekín. La entrada al parque.

Pekín. La avenida, como siempre semivacía y con carteles gigantes.

 

Pekín; obviamente.

 

Pekín centrísimo.

Pekín. Alrededores.

 

 

Pekín. Carteles de las óperas-ballet revolucionarios (siempre los mismos), en alabanza de Mao y del Partido Comunista Chino. Esa media docena de espectáculos eran los únicos.

 

 

Pekín. En un centro de enseñanza. Carteles con consignas

 

 

Pekín. Consigna gigante

 

 

Pekín. Jóvenes mirando tadzupaos (escritos en grandes caracteres).

Pekín. Habitación de la cooperante española.

 

 

Pekín. Desde el balcón de la cooperante española en el Hotel de la Amistad.

 

Pekín. Habitación de la cooperante.

 

 

Pekín. Mercado.

 

 

Pekín. Pared con tadzupaos y observadores.

 

 

Pekín. Tadzupaos y gente.

 

Pekín. Leyendo tadzupaos.

 

Pekín. Guardia urbano, Lenin y Stalin.

 

 

Pekín. Abuela con pies vendados.

 

Pekín. Tadzupao.

 

Pekín. Leyendo los tadzupaos.

 

 

Pekín, lector y tadzupao.

 

Pekín. La gran plaza.

 

Pekín. Una guía.

 

Pekín. Garita de seguridad.

 

Pekín. Profesores durante la sesión de trabajo manual.

Profesores en trabajo manual

 

Pekín. Calle.

 

Pekín. Señora con pies vendados

 

 

     SIAN

 

 Sian. M. Rosúa, profesora de español, frente al Hotel de la Amistad, donde se alojó toda su estancia. Había tres huéspedes, extranjeros: Un matrimonio mayor, de Sri Lanka, profesores de inglés, y ella.

 

Sian. La profesora de español en una fábrica, con el profesor de español y traductor Chü-ye, un dirigente local del Partido y otros acompañantes.

 

Sian. Trabajo manual en el instituto con la cosecha de algodón.

 

Obras y alumnos en trabajo manual.

 

Sian. Rosúa, profesora española.

Sian. Alumnos y profesores de español, y la profesora española, en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian.

 

Sian. Alumnos en trabajo manual.

 

Sian. Trabajo manual en el instituto.

 

Sian. Niñas amigas de la profesora de español.

 

 

Sian. El niño del profesor Chü-Ye y los cerditos.

 

Sian. Consignas en el Instituto.

 

Sian. Niños.

Sian. Director y profesores.

 

Sian. Señora de una comuna cercana.

 

Sian. Señora de la comuna.

Sian. En la comuna.

 

Sian. En la comuna.

 

Sian. La pagoda de la Oca. De hecho, en Xian había dos pagodas: la de la Pequeña y la de la Gran Oca. La autora no puede decir con certidumbre qué Oca era la que visitó.

 

Sian La pagoda. Era un hermoso edificio antiguo, de los pocos que se habían salvado de la Revolución Cultural. El número de pisos representa las etapas a la perfección espiritual. Se conservaba y enseñaba para mostrar que el Partido Comunista respetaba las religiones, en este caso el budismo.

 

Sian. El airoso tejado de la pagoda.

 

Sian. El remate de los tejados es con frecuencia una campanita.

 

 

Sian. En la pagoda. La profesora española. Era un lugar hermoso y de paz.

Sian. El monje de la pagoda.

 

Sian. El monje en la pagoda. Era afable, tranquilo, distante, educado, resignado ante los manifiestos ignorancia y desprecio hacia la religión de los miembros del Partido que dirigían la visita de la profesora española

 

Sian. En el camino a las tumbas reales, la mayor parte aún no excavadas pero claramente bajo las colinas artificiales. Allí estaba la del emperador y los famosos guerreros, pero se mantenía en secreto.

 

Sian. El camino real y las estatuas guardianas.

 

 

Sian. León guardián de las tumbas reales.

 

Sian. Antigua estatua de guerrero en el camino real.

 

Sian. Caballo alado en el camino real.

 

Sian. Los guardianes reales.

 

Sian. Los caballos del sendero real.

 

Sian. Con las estatuas decapitadas.

Sian. En el Museo Arqueológico. Decoración mural.

 

 

 

Sian. En el Museo Arqueológico.

 

.

Sian. En la visita a la zona de enterramientos reales. La profesora española con el intérprete de José Castedo y el simpático guía del lugar.

 

Sian. En la visita a la zona de enterramientos reales. Antiguas esculturas de caballos, elefantes, etc. La profesora española.

 

Sian. Estatua de guerrero guardián.

Sian. El fiero y muy antiguo guardián del camino a las tumbas.

 

Sian. Estela y guía.

Sian. Caballo de piedra del camino a las tumbas reales.

 

 

 

Sian. Una de las estatuas del camino real.

 

Sian. Una de las estatuas del cortejo hacia las tumbas reales.

 

Sian. Estatua del camino real maltratada por el tiempo.

 

Sian. Estatuas del camino real decapitadas (¿Revolución Cultural?)

 

Sian. Pilar del camino real.

 

 

Sian. Estatua de camello bactriano. Avenida a las tumbas reales.

 

Sian. Intérpretes y José Castedo, que vivía en Pekín e hizo una visita a Sian. Castedo era el único español que se había quedado en China durante la Revolución Cultural y se proclamaba absolutamente maoísta comunista y del sector de Álvarez del Vayo. Decía, con cierto furor, ¡Yo estoy con los chinos siempre!. Parece que esa fidelidad incondicional, de ideología pasional, y su trabajo de años, no fueron luego reconocidas como correspondía por las autoridades chinas.

Sian. José Castedo.

 

 

Sian. El intérprete de José Castedo y la profesora de español.

 

Sian. Chü-Ye, profesor de español.

 

Sian. Zona antigua y museo. Intérpretes, acompañantes y la profesora española.

 

Sian. En la habitación de Rosúa, la profesora española, con el acompañante de Castedo, que era un dirigente del Partido Comunista Chino.

 

 

Sian. Visita a una fábrica, con un dirigente, el profesor Chü-Ye y la profesora española.

 

 

Sian. En el Hotel de la Amistad (todos lo eran), un profesor de francés de paso, su intérprete y la profesora española.

 

 

 

 

Sian. La pagoda de la Gran Oca.

 

Pequeña pagoda

 

Sian, de oca en oca. La pagoda de la Pequeña Oca (tal vez, y la otra es la Gran Oca).

 

Sian. En el Instituto. Un grupo folclórico, directivos y profesores chinos y profesores extranjeros. En el centro un matrimonio de Sri Lanka, profesores de inglés, y la profesora de español a su lado.

 

 

   

 

Viaje por el sur

 

Kweilin.

 

 

En el viaje por el sur

 

Obreras del astillero de Shanghai.

 

En el sur de China. Bicitaxi habitual. Los automóviles eran en los setenta escasísimos y reservados para altos cargos y usos oficiales.

 

Los grandes ríos del sur en plena época de lluvias, con su transporte en barcazas.

 

Kweilin. Por el río en una lancha. El poco fondo obligaba a que se ayudaran de palos para impulsarla.

 

 

.

La niña y las plantas del sur.

 

 

 

 

 

En Cantón. Ciclista.

 

 

 

 

 

 

PEKÍN

 

Pekín. Trabajo manual en el Instituto; donde el ambiente era muy diferente de Sian, sin cordialidad alguna. El centro tenía fama de haber sido una plaza fuerte de la Revolución Cultural y rezumaba comisariado maoísta.

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

 

Pekín. Trabajo manual en el instituto.

 

Pekín. En el mercado.

 

 

Pekín.

 

Pekín. Una de las óperas revolucionarias, único espectáculo teatral que había.

 

Pekín. Entrada al Instituto de Lenguas Extranjeras.

 

Pekín. En el instituto. Trabajo manual. Alumnos.

 

Camino a las tumbas. Estatua de elefante sumiso

 

 

Camino a las tumbas.  Caballo en espera de jinete.

 

Camino a las tumbasPerro fiel y feroz, según con quién.

 

Pekín. Películas revolucionarias (las únicas).

 

 

 

 

Shanghai 1974

Segundo viaje al sur, antes de hacerme salir del país y quedarse con buena parte de mis fotografías.

05/8/20

CHINA 1973-74 TESIS AUTORA LENGUAJE TOTALITARIO INTRODUCCIÓN Y RESUMEN

Biografía Y Bibliografía. Libros y ArtículosTESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA DELGADO

DEFENDIDA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID, UCM, DONDE LA AUTORA HABÍA CURSADO TODOS SUS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS DE ROMÁNICAS (LENGUA Y LITERATURA) EL 16 DE ENERO DE 1978.http://www.elrincondecasandra.es/china-1973-74-tesis-autora-lenguaje-totalitario-introduccion/

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental: Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo. Madrid, 1978.

Contiene documentación original, textos docentes, sobre la enseñanza del español en la República Popular China, donde la autora impartió clases en 1973-74. Es un estudio sobre el lenguaje totalitario. Se calificó con Sobresaliente cum laude.

Su título original rezaba …en la República Popular China, lo que hubo de cambiar, a indicación de su director de tesis, por en China Continental.

importa añadir a mi descripción de esta documentación que deseo sea útil a quien lo precise,  pero que no pertenece a ni debe ser capitalizada por organización alguna. Es fruto del trabajo y experiencia de una persona independiente y para independientes.

Resumen de la tesis doctoral de Mercedes Rosúa

http://www.elrincondecasandra.es/publicaciones/

 

 NOTA SOBRE LA LEGIBILIDAD DEL ORIGINAL: El documento original fue mecanografiado y, con el paso del tiempo, se ha hecho en diversas páginas difícilmente legible. En espera de que alguna vez pueda transcribirse en su totalidad, se incluyen aquí siete páginas, las de mayor dificultad en su lectura, transcritas. Éstas son las p.p. 6, 7, 25, 27, 28, 97, 98. Se añaden en apéndice separado a continuación para que el lector pueda intercalarlas.

 

 

 

TESIS DOCTORAL DE MERCEDES ROSÚA DELGADO

DEFENDIDA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID, UCM, EN 1978, DONDE LA AUTORA CURSÓ SUS ESTUDIOS UNIVERSITARIOS DE ROMÁNICAS (LENGUA Y LITERATURA).

La enseñanza de lenguas modernas en China Continental:

Interdependencia entre el aprendizaje de una lengua, estructura mental y visión del mundo. Madrid, 16 de enero de 1978

Contiene documentación original, textos docentes sobre la enseñanza del español en la República Popular China, donde la autora impartió clases en 1973-74. Es un estudio sobre el lenguaje totalitario. Se calificó con Sobresaliente cum laude.

Su título original rezaba …en la República Popular China, lo que hubo de cambiar, a indicación de su director de tesis, por en China Continental.

 

 

Importa tener en cuenta que la autora desea que este documento, fruto del trabajo y experiencia de una persona independiente y para independientes, sea útil a quien lo precise, pero que todos los derechos sobre él pertenecen a la autora, incluidos los de edición física o electrónica, sin que pueda efectuarse ningún cambio, omisión o añadido respecto al original e indicando siempre fuente y autoría.

 

 

Nota sobre la legibilidad del original: El documento original fue mecanografiado y, con el paso del tiempo, se hizo en diversas páginas difícilmente legible. En espera de que alguna vez pueda transcribirse en su totalidad, se incluyen aquí siete páginas, las de mayor dificultad en su lectura, transcritas e intercaladas junto a las originales (p.p. 6, 7, 25, 27, 28, 97, 98).

Téngase también en cuenta que la grafía latina de nombres propios es la que se utilizaba en la época.

 

 

Deseo dedicar este trabajo a Li-Yi-She, pseudónimo de los tres ex-guardias rojos que tuvieron el valor de exhibir en Cantón, en 1973-74, una serie de carteles murales en los que defendían la democracia y la lucidez. También a Wang Weilin, que se puso frente a los tanques en la plaza de Tien An Men, en Pekín, durante la masacre de junio de 1989.

 

INTRODUCCIÓN

 

Este trabajo es el fruto de anotaciones, reflexiones y vivencias durante el curso escolar 1973-74 en la República Popular China como profesora de español, y de una labor de búsqueda bibliográfica, comparación y comprobación de datos, análisis y síntesis durante los años siguientes. Se centra, partiendo de la observación de la enseñanza del castellano, en la interdependencia entre el lenguaje enseñado y las directrices político-sociales del sistema, en la visión del mundo y en el universo mental que de ello resulta.

Es conocida la dificultad de obtener documentación sobre cuanto acontece en China Popular. Las publicaciones oficiales no abundan y están escritas en el rígido marco del perfeccionismo estatal. En cuanto a los libros y estudios efectuados por occidentales, existen bastantes y no pocos de interés, pero, como cualquier extranjero, sus autores han debido ceñirse, durante su estancia en China, a las reglas del sistema, que han delimitado estrictamente sus pasos y su acceso a fuentes de información. Buena parte de las obras sobre China adolecen, además, de una irracionalidad partidista que las hace tanto o más perfeccionistas que las oficiales. He incluido en la presente obra una serie de lecciones y textos empleados por los profesores chinos de español para sus clases, y elaborados por ellos mismos. La prohibición gubernamental, por razones políticas, de sacar material pedagógico fuera del país explica el escaso número del recogido, y le otorga, al tiempo, el valor de su rareza.

La época que trato, el canto de cisne del maoísmo, el grande y temeroso retorno tras la Revolución Cultural, es enormemente significativa. A partir de los años setenta la enseñanza superior, entre ella la de lenguas, comienza a resucitar; vuelven del campo estudiantes y profesores, se reorganizan escuelas e institutos, se reconsidera la contratación de cooperantes extranjeros; se habla de “Revolución Educativa”, presentada por los dirigentes chinos como continuación necesaria de los sucesos de 1966-1969, y por la prensa occidental con los títulos sensacionalistas de “Segunda Revolución Cultural”.

La experiencia concreta de la que parte este trabajo fue, por fortuna, sumamente variada, puesto que, en el espacio de un curso escolar, enseñé en tres centros y visité varios. La primera experiencia pedagógica es ciertamente la más especial: Dos meses y medio en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Sian, a mil kilómetros de Pekín, en el interior, no lejos de Yenán. Un matrimonio de Sri Lanka y yo éramos los primeros cooperantes extranjeros que aparecían en esa ciudad de dos millones de habitantes tras la marcha a sus respectivos países de los profesores occidentales de 1957. En Sian, precisamente por la falta de costumbre de aplicar el férreo encuadramiento que rodea a los extranjeros en Pekín y por factores personales, establecí relaciones humanas de una riqueza y naturalidad inusitadas con mis colegas chinos, se me dieron facilidades para documentarme, y se me permitió llevar a cabo encuestas minuciosas entre profesores y alumnos.

En Pekín, tras una corta etapa, que desde el principio se había acordado como provisional, en el Instituto de Lenguas Extranjeras, pasé al Instituto N.º 2. El Instituto de Lenguas Extranjeras presentaba la peculiaridad de, por una parte, encargarse de la formación de adultos destinados a ocupar puestos en el extranjero, y, por otra, de recibir estudiantes de chino venidos de países con los que Pekín había establecido acuerdos bilaterales. En cuanto al Instituto N.º 2, era, como el de Sian, una escuela superior de lenguas vivas.

El régimen de vida de alumnos y claustro, el material pedagógico, la metodología didáctica, los textos, su temática, estructuración y vocabulario, todo ello configuraba uno de los más puros ejemplos de una etapa histórica totalitaria, de la apoteosis agónica del maoísmo, de un monopolio en literatura, arte, pensamiento, posiblemente jamás igualado. Actualmente las exigencias de la modernización obligan al sistema a entreabrirse, a relativizarse. Pero el calco verbal de esos años es una huella inestimable.

Mercedes ROSÚA DELGADO

 

Nota Bene: Pueden consultarse sobre el tema libros y artículos de la autora, y las referencias en su web www.elrincondecasandra.es

 

EL VOLUMEN DEL DOCUMENTO ESCANEADO HA IMPEDIDO HASTA AHORA PASARLO A ESTA WEB.  SE ESPERA PODER PONER UN ENLACE CUANDO SEA POSIBLE.

ÍNDICE

 

ÍNDICEhttp://www.elrincondecasandra.es/wp-content/uploads/2020/05/Resumen-de-la-tesis-doctoral-de-Mercedes-Ros%C3%BAa.pdf

 

 

 

 

04/23/20

POLITICAL ASYLUM. OPEN LETTER FROM MADRID

http://www.elrincondecasandra.es/carta-abierta-a-casi-todos-los-gobiernos-del-mundo/From Madrid, but urbi et orbi and sine die

Open Letter asking for political asylumhttp://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/diario-de-la-pandemia-madrid-2020/

to (almost) any country in the world,

From a country, Spain, where citizens’ life and freedom are at risk, in great danger and extreme uncertainty. This is so no just by epidemics tragedy all over the world, but mainly because in this country right now its Government itself is a real deadly plague. Danger concerns anyone and specially aged people. Spain has had, so far, more than twenty thousand (and that could be up to thirty or even more) deaths, 0,43 % of population affected, which means to be in the very top of the world, the highest rate of health workers with virus because no protection provided by the State, and the whole of citizens living in confinement at home more time and in more harsh way than any other in Europe. Big demonstrations where allowed on 8th March, when the coronavirus was already in full swing, because the main official concern is propaganda. Prospects about when and how to have back the normal, free and democratic existence are none. Forty days in home-jail, in Alarm Status that lets no room for protests and keeps people in fear, silence and helpless under the worst Government they ever have had. They are dying every single day by hundreds. Seniors by thousands, lonely and abandoned in nursing houses or at home. Many, being aged, couldn’t get proper care in hospitals because there is triage and, having no means to deal with all, they are supposed to choose the younger ones.

May those Spaniards, at risk of their life and being denied any freedom, apply for political asylum if they prove not to be affected by the virus? They do need to flee from Spain, which has become a very dangerous place, and they are in desperate need of acceptation in U. K., in New Zealand, in Germany, in any country who refuses the selective elimination, which could have happened in Spain. They do need awfully to get in a nation which has respect for every human being’s life and rights, equally, with no regard of their birthdate. An enormous number of people have passed away in nursing homes, in appealing conditions, or all alone at home. Everyone fears to be chosen after their supposed life expectancy, deciding then if the person is worthy of help to breath or just good to die.

The extend of this catastrophe has nothing of casual. It comes straight from the Government’s improvidence, lousy management, fanaticism and incompetence, and from their thirst of propaganda and of remaining in power at any price. By the by, many senior people were possibly not going to vote them. The Alarm Status means endless situation of no rights, no freedom, maybe in the future, if allowed to step out, social selective discrimination with tags and shades (which colour for stars in the clothes?). It is so easy to push public opinion, neighbours, against aged people pointing at them as plague bearers. Government loving totalitarian systems, as they have already showed enough, needs scapegoats, whistle-blowers, public guilty.

We need help, human and honest Government, any place. We need to flee the selective triage and the lost of all dignity, respect, rights and freedom, besides life itself. When and how to apply for asylum?

Rosúa

04/19/20

CARTA ABIERTA A (CASI) TODOS LOS GOBIERNOS DEL MUNDO

http://www.elrincondecasandra.es/carta-abierta-a-casi-todos-los-gobiernos-del-mundo/Desde Madrid, pero urbi et orbi y sine die

Carta abierta a (casi) todos los Gobiernos del mundo

 

Esto es una petición de auxilio y de acogida. El lugar que muchos de ustedes conocen por sus vacaciones ha demostrado, definitivamente, que es invivible y, gracias a la prueba del algodón de la pandemia, ha alcanzado y puede alcanzar, con activa cooperación o pasividad sumisa, las mayores cotas de peligrosidad y estupidez.

Aquí no hay ciudadanos, ni individuos que pretendan serlo. Hay una mayoría ovejuna con probable carga genética de los perros de Pávlov que tan sólo sabe reaccionar a la contraseña condicionada y a que le arrojen el hueso de subvención o de cuota, mientras se van hundiendo ellos y la perrera. Los actos de generosidad, la espontánea bravura que ustedes, desde el exterior, románticamente exaltaron en el pueblo español era simplemente puntual, obra de impulsos en ocasiones concretas, sin conciencia ni compromiso ciudadanos, ruidosos enfados a los que sigue siempre la obediencia y temor al cacique. La palabra democracia es un simple traje de los domingos que le presta una promoción inmerecida. A la hora del filtro de elecciones y defensa conjunta de lo que debería ser su país, leyes y derechos no hay sino la vieja tribu y el acostumbrado amo que paga la borrachera de rencor y envidia y reparte raciones de emergencia.

Inglaterra, si me acogieras. Tú valiente, convencida de esos valores que hay que defender, Inglaterra, país de ciudadanos, no de vasallos, no de resignados al “Es lo que hay”. “Hay lo que nos echen”. Inglaterra, país de libertades y de respeto por los individuos, por su vida privada y por la ciencia, la cultura real y la grandeza. Nunca debí dejarte, y aun antes de dejarte te añoraba, presintiendo tristezas de tu ausencia. Siento que te detuvieras en Gibraltar, que no subieras mucho más hacia el norte. Habría dignidad, no rendiciones. Nunca supe de libertad tan honda, del respeto en la vida cotidiana como en ti los sentí. Por ello estás en la primera de las muchas puertas a las que llamo, mientras atrás dejo la vergüenza de mi propio país de nacimiento que se complace en ser por siempre víctima, mendiga de limosnas y amargada por la valía y bienestar ajenos. Si me abrieses tus puertas, si lo hicieras…Todavía, quizás, de cuanto tengo algo hay que yo pudiera darte y compensar lo mucho que me diste y que hasta hoy en día me alimenta.

Quizás ni lo conciben ni lo advierten, países de esa puerta a la que llamo. En mi triste nación, hoy el líder mundial de fallecidos por millón de habitantes y en cabeza de enfermos, sanitarios infectados, no ha habido protección, ni mascarillas ni pruebas sobre el virus. Aquí se muere solo, hay un triaje según la edad para obtener o no respiradores, está prohibido el negro como el luto, como la libertad, no queda espacio sino para la loa y propaganda. De todos en Europa, este pobre país está en cabeza del más largo y total confinamiento, camino llano hacia la dictadura, para el control sin límites ni leyes En el triste país que ha sido el mío nada extraño tendría que el Gobierno, ese amasijo de maldad y torpeza, esté ya fabricando, a manera de estrellas amarillas, marcas según la edad, largos listados de población caduca, prescindible, ajena a su interés y sus votantes, títulos de apestados. No bajarán de trenes, no saldrán ni a la puerta de la calle. Les darán el color que corresponde, con amables sonrisas protectoras, indicando el camino del encierro de su lento exterminio.

Nueva Zelanda, tu lejana puerta podría ser mi hogar. Conozco tu pureza y tu belleza, te he visitado en varias ocasiones. A ti quería volver cuando estalló la peste. Y ahora, un simple refugiado, si hay seguridad de mi limpieza, de que nada hay en mí que contamine tu especial hermosura, tu cristalino espacio, entonces considera permitirme el acceso y comparte la paz y limpidez que a ti te sobra. Algo te podré dar. Hasta el alma los virus no han llegado. Tal vez la blanca y verde altura, tus montañas, el mar lleno de vida, los helechos gigantes y las flores violeta, los volcanes, los raros animales refugiados en ti, a mí semejantes, vuestro respeto por cada individuo, tendrán poder para curar recuerdos del mísero temor, de las mentiras, de vileza esparcida y aceptada en mi anterior país.

Lo que era mundo, horizontes infinitos, se ha vuelto fortaleza, vallas, muros, sin aeropuertos, trenes ni aviones. Pero sabed que os llamo y os preciso, y que vosotros, exclusivamente, disfrutáis del poder de rescatarme. Dejadme entrar donde vivir aún pueda y ser una persona como otras y sacudirme el polvo y la vergüenza de lo que fue el lugar en que he nacido. Alemania, demuestras que aprendiste la terrible lección del genocidio y hoy abominas de segregar viejos, dices que todas vidas son iguales, con la clara nobleza que te honra. De España te separa la elevada frontera de los muertos que tú no has tenido, la ordenada manera de aislar lo imprescindible, respetando las libertades, exactamente iguales para cada uno, mayor, adulto, niño, ciudadanos al fin, justo por serlo. A cuantos huiremos de la marca, de la segregación, del nuevo ghetto, del acoso anunciado y propaganda que ya el Gobierno incuba para ofrecer carnaza a los vasallos, ofrécenos asilo, danos días de la igualdad debida a los humanos. Pues te honrarás con ello en la medida que un país de verdad siempre merece.

Nunca debí volver. Cinco países en los que he vivido. Y más de un centenar recorrí sola. Nada tengo en común con el que sueña conque haya siempre más inquisiciones, con el gordo parásito que vive de momias y de mitos de una guerra, de un dictador que fue y les alimenta. Nada que ver con quienes no persiguen a los que ponen bombas y prefieren que los azucen contra quien gobierna. Ninguna relación con los que añoran, de todos los sistemas, los peores, sangrientas dictaduras de cuantas hubo y en el mundo han sido.

Países (casi) todos, me es preciso llamar a las fronteras, dejando atrás el viejo, el muy sincero amor que tuve a la nación que un día fue la mía. Ya no lo es y no va a serlo nunca. Solo entre todos, es país que elige odiarse, rechazar su nombre y su bandera, y vota a un amasijo de ratones que quieren lo mediocre a su medida.

Les ruego me acojan dado el peligro que corro si no me dan asilo. La limpieza en forma de encierro, segregación permanente y adiestramiento de la chusma para que acose, persiga, denuncie y arrincone a la gente de mi edad está en camino, es inminente. El volumen de frustración acumulada en millones de personas sometidas a un aislamiento innecesariamente extremo por ser consecuencia de la absoluta imprevisión, manipulación, estulticia del Gobierno es tremendo, buscarán en quién desahogar su rencor, y, como se trata de un país particularmente cobarde, embestirá, en cuanto le abran la puerta del redil, contra el blanco más más cercano, marcado para ello por las leyes de segregación. Esa víctima propiciatoria, nombrada leproso en potencia por todos los canales oficiales, serán los viejos, que, gracias a la sed de propaganda, el sectarismo y la colosal ineptitud del partido en el gobierno, han muerto a millares, de forma angustiosa, dolorosa e indigna, avalada incluso por protocolos la atroz selección de los que convenía dejar morir.

A la memoria vienen las líneas de la última carta de Petronio, el árbitro de la elegancia, dirigida antes de suicidarse al emperador Nerón. (Sí, orgulloso prohombre del Gobierno, sí. Recuerde, Quo vadis? Es latín; ¿sabe? Ustedes prácticamente lo eliminaron cuando destruyeron el Bachillerato y la buena Enseñanza Pública). Petronio dice a Nerón, quien se enfada bastante, que puede excusarle por haber matado a su mujer, asesinado a su madre, por haber incendiado Roma, pero que lo imperdonable es que se empeñe en declamar horriblemente horribles versos: Mata, pero no cantes. Tortura, pero no bailes. Incendia, pero no hagas poemas.). Parafraseándolo, al Gobierno actual español, ese amasijo de tribus nacionalistas y comunismo revenido encalado de fatuidad, codicia y solicitud viscosa, habría que decirle:

Miente, pero no susurres.

Traiciona, pero no prediques

Extermina por fanatismo, estupidez y negligencia, pero no te hagas fotos en la Casa Blanca.

Puedo excusarte el que mientas sin reposo, que desdeñes los miles de vidas, salud y libertades que han costado tu vanidad y negligencia, que ocultes y desprecies el dolor y el luto.

Puedo excusarte el que te alíes con los que odian al país y cubras de dinero y halagos a representantes de los asesinos del País Vasco y a los siempre traidores y mezquinos independentistas catalanes.

Puedo excusarte la infame actuación de los que tomas como mentores y precedentes cuando azuzaron, tras la gran matanza terrorista con bombas en trenes de Madrid, a las masas a asaltar las sedes del partido entonces en el gobierno en vez de perseguir a los asesinos, de manera que los tuyos se apoderaran del Estado y se repartieran sus despojos.

Puedo excusarte que hayas creado una contienda dual guerracivilista como único argumento de propaganda que te permita sembrar rencor y legitimar tus redes parásitas.

Puedo excusarte que intentes por todos los medios desguazar el país y repartirlo entre quienes te sostienen en la Presidencia.

Puedo excusarte el dispendio gigantesco, en un arruinado país, del erario para nutrir a la multiplicación de tus huestes con cargos públicos, ministros, ministriles y asesores y crear votantes dependientes.

Pero lo que no tiene excusa es el fatal crimen estético, el atuendo indeciblemente hortera de tu mujer, vestida de bandera estadounidense, en la recepción en la Casa Blanca, el de la luctuosa familia monster de tu antecesor que allí cuelga como ridícula muestra de España, tus impostados gestos de novicio medroso, tus inacabables arengas en la televisión a tu servicio, el tono con el que susurra a los equinos del rebaño tu visir, el pachulí sentimental con el que anegas al auditorio, la insólita estulticia de los nombres de tus ministerios, la masa de estupidez y cursilería de tus consignas, que hace tiempo alcanzó el punto crítico.

Y la conmiseración mal disimulada que tu oquedad de atributos despierta cuando intentas posar para la foto y te delata la apremiante ansiedad del nuevo rico por ser aceptado en el club de los de arriba.

Ésta es una muy real y seria llamada de socorro. De vosotros depende el cuánto y cómo de una vida.

Así pues, países (casi) todos los que podéis hacerlo, abridme vuestras puertas, acogedme y salvadme.

Rosúa

 

03/14/20

Pandemia y pandemias.

http://www.elrincondecasandra.es/articulos-por-temas/DIARIO DE LA PANDEMIAhttp://www.elrincondecasandra.es/siempre-hoy/pandemia-y-pandemias-2020/

http://www.elrincondecasandra.es/articulos-espana-politica-transicion/Madrid, 13 de marzo de 2020.

Todo el poder a las ratas

La realidad, la de una ciudad entera que había sido despojada de su alegría y de su vida, yacía como un cadáver del que se prefiere ignorar la existencia, cubierta por una capa de incredulidad y temor, del miedo que no acierta a decir su nombre y que está ya tan hecho a la disciplina de la autocensura que impide hasta la rebeldía y la protesta, hasta la denuncia de los autores del crimen y del despojo. La ciudad yacía indefensa y triste, reclamando con ojos mudos que la defendieran cuantos habitualmente la disfrutaban, los que bailaban noche y día por calles siempre concurridas y junto a ventanas luminosas. Pero todos llevaban al cuello la argolla de la resignación a la enfermedad, al mal que los acechaba, al estallido de peste al que el peor gobierno de su historia los había entregado dejando a las nuevas ratas microscópicas puerta franca.

Estaban tan acostumbrados a dividir el mundo en dos bandos y a pertenecer, sin mérito alguno, gran parte de ellos a la mayoría de los buenos que ahora no podían echarse atrás, debían apoyar, aunque fuera tácitamente, a aquél y a aquéllos que habían votado, aunque las diminutas ratas llevaran ya tiempo royendo países vecinos y la gigantesca y ruinosa corte del Presidente electo se alzara sobre inmensas, ruidosas y multitudinarias pilas de basura cubiertas de enormes pancartas que se resumían en el profundo odio al país en el que habitaban y a cuantos y cuanto era superior, excelente, hermoso, valioso por sí mismo.

Se imponían el silencio y la resignación, como si las diminutas ratas de la nueva peste, la ciudad mancillada y estrangulada, los millones de ciudadanos en arresto domiciliario, la vertiginosa cosecha de nuevos pobres, de hospitales desbordados, de enfermos y de muertos no fueran sino obra de la fatalidad, de un fenómeno ajeno al hombre, oscura venganza quizás de la Naturaleza que exigía lógicos sacrificios de los humanos de mayor edad. Los habitantes de la ciudad convertida, con una rapidez fulgurante, en centro de la epidemia, preferían enjugar las lágrimas compungidas del Jefe del Partido que, con su prolífico batallón de heraldos, había incansablemente demostrado su estúpida arrogancia, su codicia, su peligrosa ambición y su manejo incansable, como mascarón de proa, de la ficción ya longeva de representante del Bien, del polo luminoso de una ficción dual, de los combatientes incansables contra un diabólico dictador que no habían conocido y del que sorbían la esencia de su justificación de ser y de acaparar, aupados sobre montañas de entusiastas víctimas creadas y alimentadas al efecto.

Llevaban los habitantes de Villa tanto tiempo en la cárcel verbal Buenos y Malos, Socialistas y Fascistas, Izquierdas/Derechas, Progresistas y Reaccionarios que podían transitar sin mayor problema sobre el cuerpo de la ciudad herida y sobre sus propias dignidad y libertad, sobre la evidencia del comportamiento canalla de sus gobernantes y sobre la envidiosa y codiciosa estulticia de los que, con cómoda y rentable ceguera voluntaria, los sostenían. Estaban acostumbrados. En aquellas mismas fechas de marzo, hacía algunos lustros, habían digerido grandes dosis de propaganda proporcionada por el partido del Bien y, dejando atrás un terrible atentado terrorista nunca esclarecido, habían culpado, no a los asesinos, sino al partido que por entonces estaba en el Gobierno y a quien convenía desalojar. Y a partir de aquella comunión con la vileza asumida, estuvo permitido todo, y todo el silencio.

Por eso las ratas de la pandemia han tenido puerta franca, y gozan de la comprensiva impunidad anónima de las emergencias sexuales, históricas, científicas y climáticas. Corretean entre una multitud mansa, viva metáfora, con sus mascarillas, del país sin país, nombre, lengua, símbolos ni dignidad. El país que no tiene ciudadanos; tan sólo habitantes que no merecieron la hermosa ciudad que yace amordazada, indefensa y roída por la ya larga peste.

Rosúa 

El subtítulo adecuado de mi libro «Diario de a bordo» sería «De cuando dieron todo el poder a las ratas».

Las ratas siempre han sido el símbolo de la peste. En las circunstancias adecuadas de cobardía generalizada, reparto gratuito de placebos y elogio de la basura se les dan todas las facilidades.

Observo que, una vez más (no en vano mi web es el rincón de Casandra), sin yo advertirlo cuando lo escribía pero con una vaga conciencia de ello, el libro ha sido premonitorio.

 Sí, es cierto -como observa alguno de mis lectores- que ha sido premonitorio pero con una salvedad: Estas ratas de aquí también están expuestas al virus. Tiene razón,  lo están, pero nuestras ratas son menos listas y más fanáticas que las de “Diario de a bordo”. De hecho, llevan a sus bebés a manifestaciones que hierven de contagio, acuden a consejos de ministros sin mascarilla y con la infección a cuestas, se pelean, entre tos y tos, por arrancar algún trozo de nombramiento. Las ratas de “Diario de a bordo” los mirarían con desdén y les dirían que aún hay clases.

Madrid, 15 de marzo de 2020.

Una tarde con sabor a milenario.

La tarde es tan tétrica como los temores de un creyente del fatal milenario. Ha descendido de un extraño cielo de nubes que cruzaban o se agolpaban a gran velocidad mientras que otras reposaban su vientre gris en un horizonte antes engarzado en azul. Escriben probablemente algo, cada una, en su lejano lenguaje. Un caudal de luz con frialdad de oro se ha derramado luego, súbitamente, para que durante unos momentos la humanidad pequeña mida las dimensiones de su repentina soledad. Y la tarde se ha cerrado, en oscuridad definitiva, con el broche de un sol enorme, agresivo como una boca ávida que espera el momento de engullir su pitanza.

La calle de la cuarentena por la pandemia es un embudo desértico, con una sola figura esquiva a contraluz en el fondo, y las ramas desesperadas de un árbol color de plomo.

Tormenta dentro y fuera de la gente. Algunos sacan lo peor que llevan en ese interior herrumbroso, amargo por la vieja lluvia de la frustración y de la envidia. Ven su oportunidad de convertirse en comisarios, celadores, denunciantes. Podrán ladrar a víctimas fáciles a las que acusan sin motivo de transgredir el orden y a las que amenazan con multas y denuncias.

Han sonado aplausos ayer 14  en la calle, patios y balcones, para homenajear a los sanitarios agotados y expuestos, con escasos recursos, al contagio del mal. Se había convocado a ello por los teléfonos móviles, y había que hacerlo a las diez de la noche. Justo poco antes había finalizado la entrevista del Presidente, de forma que su exposición banal, tardía, vaga se ha visto aupada a un pódium de aplauso popular y gritos y canciones de confianza en la nación. El discurso debería haberse producido muchas horas antes. Casualmente coincide con la exaltación popular de las 22 horas. Es inevitable imaginar a un celoso asesor de imagen calculando la coincidencia de manera que el muy deteriorado perfil del personaje, su desastrosa gestión de la situación crítica y la peligrosa amalgama de su Gobierno queden difuminados mientras pasa al primer plano el acongojado jefe político que se presenta, surfeando en el sentimiento de desamparo, y se yergue, Presidente al fin, como el líder de una nación de la que él y sus socios reniegan.

Rosúa

Madrid, 16 de marzo de 2020

El tributo de Darwin

Y escampó. Sin que por ello remitiese la pandemia, que estaba dispuesta a alcanzar su pico de enfermos y de muertos en aquella semana y las que vinieren. Las nubes torvas de la tarde anterior, orladas de un resplandor lívido, regresaron con un concierto de atabales en dos tiempos de granizo sonoro, empujándose  unas a otras en el cielo por demostrar su poder, por convencer al fin a los humanos, tras largo tiempo de mansedumbre, de que ellos, muñecos frágiles de carne y día a día ansioso, no eran nadie en comparación de cuanto podía sobrevenirles desde los cielos de lo imprevisto, Las nubes desde arriba, se sabían fuertes y cambiantes, capaces de toda adaptación y transformación, ahora aire, ahora agua, vestidas de calor, vestidas de frío, mucho más altas que todos los males que pudieran acaecer y cebarse en los seres de abajo.

Las plantas no se habían atrevido a echar flores y la colonia de palomas que habitaba desde hacía décadas en la copa del cedro abandonaron, todas a una, misteriosamente, hacia unas semanas su residencia habitual. Alguna volvía de cuando en cuando, se posaba en la última rama donde solía calentarse cada mañana con el sol del amanecer, pero volvía a emprender rápidamente el vuelo. Y las nubes corrían, no por su sendero habitual oeste-este, sino de norte a sur, arrastrando de las montañas un horizonte incierto gris oscuro.

A las 8 de la noche la gente aislada en sus domicilios por aquella nueva forma de la peste, salía, empero, a los balcones, encendía luces, batía palmas, daba gritos, ponía canciones, vitoreaba al país y a la forma de vida a la que no querían renunciar, por muchos picos de la pandemia que hubiera. La enfermedad vírica se había definido como el tributo de las cien doncellas traducido en cien mil ancianos, una proclama darwinista de selección de las especies que se ofrecía en realidad como justo tributo a la Ley del Más Fuerte, a la debida reducción de poblaciones ad maiorem gloriam del dios Planeta, adorado por multitud de jóvenes adeptos. La pandemia era una grande y mortal metáfora de la redistribución equitativa y lógica del aire, los recursos y el espacio entre los que, por su juventud, tenían más probabilidades de disfrutar de ellos

Pero los habitantes de buena parte de Europa, también los de España, querían ser humanos. En la memoria colectiva estaba incrustado desde el siglo XX el precio de la eliminación de los viejos, los minusválidos, los débiles, los pertenecientes a grupos genéticamente inferiores, a capas de población molestas. El instinto animal llamaba a la permisividad y a la indiferencia, si no colaboración activa, con cualquiera o cualquier evento que podara elementos inútiles y caducos para repartir entre los nuevos brotes la sangre nueva. Sin embargo existía, por debajo del instinto animal, como en las capas sucesivas del cerebro y al otro extremo del reptiliano, otro instinto que impedía disponer de la vida de nadie, fuera cual fuese su edad, origen y condiciones, que pedía conservarlo, salvarlo porque en cada individuo existía un valor, un rasgo misterioso e irrepetible. Había un empeño por ser humano, por continuar siéndolo. Y no dejar abandonado a nadie. Porque de hacerlo, fueran cuales fuesen los aparentes beneficios inmediatos en prosperidad económica y reparto de recursos, entonces sí que la pandemia habría ganado.

Rosúa

 

Madrid, 17 de marzo de 2020

Diálogos con Escoby

La escoba se había quedado en pie, sin apoyo alguno, en el centro de la habitación, en respuesta a un mensaje por las redes sociales que incitaba a la experiencia, y no por agentes esotéricos, sino por un cambio en la inclinación del eje terrestre. Evidentemente la paternidad del envío, que se presentaba como nada menos que de la NASA, no favorecía su credibilidad. Por muy mal que esté de presupuesto la agencia espacial es dudoso que los recortes hayan llegado al punto de tener que promocionarse con escobas.

Como la experiencia era un respiro de la tensión y la claustrofobia y además nuestro Planeta tiene la costumbre de cambiar su eje, lo que produce cambios climáticos, puse manos a la obra. Y resultó: Escoba erguida y exenta.

Ahora bien, el portero, avezado en barrer todos los días, aseguró que él las dejaba en posición de saludo con frecuencia. A mí nunca me había ocurrido pero debo reconocer que tampoco puse en ello especial empeño y que mi trato con las escobas fue siempre rápido y utilitario

Sin embargo, tras haber tenido a Escoby -le había dado un nombre- largo tiempo de pie en el centro del salón, asombrada al ver que funcionaba el experimento, eché luego de menos su presencia. La escoba de guardia era una compañía en el desierto pandémico de vida social. Tenía planes para ella, su posición era la de mayordomo doméstico, erguido en la entrada e indiferente a la ley de la gravedad. Si echara a andar…Tarareé “El aprendiz de brujo”. Escoby me hubiera sido muy útil para ayudarme en la limpieza la casa. No pasó a la acción.

Influida por las palabras del descreído portero, puse de nuevo a Escoby apoyado detrás de la puerta. Le debía unas risas. Nuestra relación había sido prometedora, pero breve. Y me quedé definitivamente sola.

No había hígados de oca que consultar y que hubieran, antes de la plaga, predicho la desgracia. Todo quedaba en el terreno de la pura imaginación y el deseo de sumar a las propias percepciones y sentimientos algún signo desolado de la Naturaleza, un gramo de compasión, de preaviso, de solidaridad de los altos cielos con los humanos que llevaban tantos años mirándolos con insistencia. Pero no lo hubo. Únicamente las sin duda simples casualidades: Numerosas migraciones de pájaros, a destiempo y a tiempo, repetidas, volando alto para recorrer largas distancias con su quilla de alas y aleteo y siempre, detrás, algunos rezagados que se habían levantado más tarde o descuidado su régimen y ganado sobrepeso. Luego estaba el extraño abandono de las palomas de su árbol habitual, un cedro regio, venerable, que señoreaba a cuantos crecían en el jardín de las monjas y sin duda en los vecinos parques. Las plantas domésticas, por su parte, se hicieron cargo de la situación, de la imposibilidad de renovarlas (porque erróneamente no se hallaban en los artículos de primera necesidad que se podía salir a adquirir). La pandemia era, también, un encarcelamiento sin flores, y, advertidas de la emergencia, las que se hallaban desde el principio de la alarma en dos floreros comenzaron a hacer titánicos esfuerzos por resistir hasta donde sus tallos aguantaran. Nunca quien las cuidaba y cambiaba religiosamente cada día el agua las había visto durar tanto, el rostro amarillo de la gerbera sonreía en el salón a sabiendas de que para quien la miraba podría ser su última sonrisa. Las clavellinas apretujadas junto a la ventana iban languideciendo, pero lo hacían discreta, heroicamente, pasando el testigo a la vecina de forma que persistiera vivo un retén, hasta la última de ellas.

Pronto no quedaría ni una flor en la casa. Sólo el recuerdo de su fidelidad, de su valiente y solidaria lucha, de su compañía.

Rosúa

 

Madrid, 19 de marzo de 2020.

El divorcio que viene.

Además de la huida de los pájaros, el año bisiesto, el eclipse de luna y la lluvia de estrellas, que tal vez se solidarizan o, de lo contrario,, para completar el cuadro, intentan caer sobre nuestras cabezas, en el horizonte se perfila, según el virus se bata en retirada, una nueva catástrofe: La ola de divorcios, de rupturas más o menos desgarradoras, de huidas con lo puesto del domicilio familiar cantando aleluyas, de hijos galopando hacia la India con los ahorros de sus padres. En fin, un desafío al amor eterno, quizás por justicia poética ante el hartazgo y hastío de los cantos a la sexualidad amorosa sea con otros sexos, el propio, o con cabritillas y coliflores.

Encerrados entre cuatro, o más paredes, la familia, grupo, pareja o colegas del alma tal vez descubran innumerables tesoros de afecto, pero es también probable que comiencen la cuenta atrás que conduce al punto crítico. Con “el otro” pasa igual que con lo de encontrarse a sí mismo: Más vale que no.

Pero, antes del divorcio postvirus, mejor plantearse si, encerrados como en la obra de Sartre, en ese infierno que son los demás, se está seguro de que, en condiciones semejantes de larga y obligada convivencia, no ocurriría exactamente igual con cualquiera, príncipe azul incluido.

Rosúa

Madrid, 20 de marzo de 2020

El aspirante a Jinete del Apocalipsis

El aspirante a jinete del Apocalipsis se aseguró de la situación respecto a sus posibles competidores. Y de la de su propia cabalgadura, Contradicciones, a la que las generosas raciones de sobrepienso le habrían de todas formas impedido ganar carrera alguna. El nuevo jinete no se hacía ilusiones respecto a los méritos de su caballo ni en cuanto a su apostura personal. Sabía que el inagotable rencor que le habitaba y constituía la esencia de su ser había ascendido ya hasta empapar la piel de su rostro, torcer su belfo, conformar su boca y anegar sus ojos, de manera que lo que en otro tiempo se traducía en fuerza había traspasado las líneas de la repulsión sin alcanzar al menos cierta grandeza en el odio. Pero él no aspiraba a victorias en ninguna competición sino a asentarse, inamovible, en su alto pedestal, rodeado, a niveles muy inferiores, por su fiel escudería y animado por Marikely, a quien había otorgado el título de Cantinera Mayor del Reino y prometido que cabalgaría detrás de él en una yegua. El aspirante a jinete apocalíptico siempre había sentido una irresistible pasión por aquellas estatuas ecuestres de las plazas, él arriba, perdurable, cabello al viento, como la cola de su corcel. Y estaba muy cerca, sin moverse, de su meta. Porque los rudos participantes en la competición le habían dado hecho el acceso al podio del cual nadie le descabalgaría jamás. Ante su corcel se extendían el terreno baldío y los pedregosos senderos por los que pronto se aproximaría a él una población mendicante, hambrienta, pobre y asustada, para pedirle la pitanza.

El Jinete de la Guerra había entretenido convenientemente a sus posibles antagonistas enfrentándose entre sí, el del Hambre había aguzado en ellos las armas poderosas de la envidia y la codicia ante la posibilidad de futuras carencias, el de la Peste había sembrado entre la población el desconcierto al enfrentarse a fuerzas desconocidas y el de la Muerte la sumisión ante cualquiera que les ofreciese chivos expiatorios en los que volcar su miedo y su miseria. De todos aquellos que allanaban el camino al aspirante a Jinete 5, al que éste estaba más agradecido por sus inconscientes servicios era a un palafrenero tan pálido y discreto que montaba un rocín escuálido con grandes alforjas repletas de cobardía que iba esparciendo a manos llenas. Gracias a sus servicios las gentes del país eran diestras en aceptar y callar siempre y cuando se les incluyera en la clasificación adecuada, dentro de la inventada dualidad Buenos/Malos que los heraldos habían logrado imponer.

El aspirante a cabalgar el poder completo se había hecho así con la mejor baza: La de la vileza asumida. Todos sus inminentes súbditos llamarían sin esfuerzo, como ya gran parte de ellos había hecho, a la mentira flagrante verdad, a la feroz acumulación de la riqueza del reino y su reparto en inútiles y fieles cortes medidas sociales y necesarias, a la destrucción de instituciones, cargos, leyes, y de cuanto y cuantos representaban al país justicia igualitaria de urgencia, a la fealdad belleza suma, a la codicia y el robo equidad de clase, a la ignorancia perspectiva popular.

Desde su cabalgadura Apocalipsis 5 pasó revista imaginaria a los que en próximos mañanas iban a ser sus súbditos. Ninguno podría oponérsele porque, incluso aunque derrotaran a sus colegas Apocalipsis 1, 2, 3 y 4, aunque superaran las luchas internas, la Guerra al nuevo enemigo microscópico, el hálito del Hambre reflejado en inquietantes carencias, la Muerte desbordando en los hospitales y combatida por agotados sanitarios, aunque vencieran a todo eso la victoria habría sido siempre sobre enemigos externos, sin relación con los ciudadanos mismos, en su interior no se habrían rendido, no habrían pactado. Con él, el Jinete 5, sí, y a él habrían entregado, desde que aceptaron la primera mentira y la primera vileza, las llaves del poder.

Rosúa

 

Madrid, 21 de marzo de 2020.

Solidaridad de las plantas

Han pasado las fechas de razonable y habitual duración de la gerbera. Sólo su sonrisa, su gran sonrisa amarilla, rompía el panorama de cielo gris donde pasta un rebaño casi estático de lomos algodonosos. Sólo ella lucía como un ancla en el espacio silencioso de la casa, movía el aire con sus pétalos, desafiaba con el tallo a la fuerza de la gravedad y a la llamada de la tierra.

Quien la ha cuidado, como de costumbre, cada día sabe que no puede esperar imposibles, que no iba a pasar del día de mañana. Ya en su centro se había formado un círculo negro y algunas hojas de debajo de la corola habían comenzado a despegarse y fruncirse por los bordes. Es el final. La flor sabe que nunca ha sido tan necesaria, que las plantas verdes y frescas se han vuelto tan inalcanzables como si crecieran en la luna. La gerbera vale hoy mucho más que todas las caras y perfumadas rosas. Al cambiarle el agua la que sería lógicamente la última vez, se le ha dicho, junto con palabras de agradecimiento por su larga resistencia, que tiene forzosamente un final, como tal vez la ciudad, como los días idénticos de un impredecible calendario en el que se han borrado los números en las cuadrículas, como el de las manos que la nutren y apenas se atreven a rozarla para no desafiar a su tenacidad solidaria. La flor ha llegado a su fin.

Y sim embargo algo extraño ha ocurrido, debería haber muerto, haber vencido la cabeza, esparcido sus hojas. No sólo no lo ha hecho, sino que de su centro, como si hubiese recorrido el tiempo a la inversa, ha desaparecido el grueso punto negro que ya comía su corazón. Semejante a las primeras hojas de la parra trepadora, que han brotado exactamente con el inicio de la primavera y desafían con su verde infantil y brillante al cielo gris, la gerbera amarilla regala unas horas, un día, un tiempo inesperado más de simetría perfecta, de imitación de un sol que no se pone. Es de la cepa de Lázaro, que tal vez resucitó porque, en épocas de angustia y de total incertidumbre, alguien necesitaba ansiosamente que prolongara su vida.

Rosúa

La gerbera solidaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Madrid, 23 de marzo de 2020

El último viejo.

El joven soñó. Estaba libre, libre al fin de la presión del medio social, de aquellos sectores retrógrados que, pese a las directivas de selección programada y a las explicaciones sobre la oportunidad de la medida, se resistían a generalizar la norma. En el reino libre al que se abrían sus párpados cerrados podía aspirar a lo que quisiera. Soñó que despertaba y veía ya realizados sus sueños. La calle era hermosa, recorrida por cuerpos sanos y fuertes coronados por rostros lisos, ojos vivaces y sonrientes y cabello espeso peinado o rapado de diferentes maneras. Correteaban niños sacados de paseo por simpáticas parejas. Todos vestían con ropas de buena calidad agujereadas o desgarradas según la moda y se oían, en los variados tipos de reproductores, canciones clásicas, es decir, de hacía dos o tres años, y la catarata de las nuevas, sin que arruinase la espontaneidad de la innovación cotidiana la intrusión de obras polvorientas, melódicas, sinfónicas, antes incrustadas en la memoria popular como hitos obligatorios. A veces se difundían por el canal oportuno breves relatos, fulgurantes, emotivos, nunca constreñidos por comparaciones farragosas con un tenebroso pasado de estanterías repletas de polvorientas páginas.

De vez en cuando el Consejo Rector del país hacía referencia a lo que, según los días fueran pares o impares, se ofrecía como Relato Histórico y Antiguos Enemigos del Bienestar General, porque, dada la edad media de la población y la  escasez de elementos vivos que sobrepasaran la mediana edad, desde que se llevó a cabo seriamente la selección programada la memoria se había ido difuminando junto con los ancianos de cincuenta o más años y los libros, de manera que se había simplificado extraordinariamente el gobierno de las multitudes y los líderes no temían caer en ninguna contradicción ni desmentido y reinaban felizmente sobre multitudes carentes de recuerdos. Cuanto dijeran del pasado o del presente siempre sería cierto y todas sus disposiciones, que incluían la prolongación de sus poderes máximos, estarían justificadas por los grandes peligros y crisis de los que en su momento ellos habrían salvado a la población.

Lo que más le gustaba al joven era la abundancia. Desaparecida la masa que, como un vampiro, sorbía y acumulaba bajo su `piel arrugada y senil los recursos, medicinas, alimentos y excelentes puestos de trabajo, se respiraba el aire puro de quien llega a la cima de una montaña que emerge sobre la cargada atmósfera de ciudades hundidas bajo el peso de su propia ruina. Soñó que, reconfortado por la carrera que había emprendido sin que se interpusieran a su gimnástico y veloz paso peatones torpes, se dirigía al edificio acristalado donde prestaba sus servicios en las salas de selección cronológica. Había que estar muy al tanto porque aún había pendiente una larga tarea de trillado y los sujetos que iban pasando no siempre ofrecían la colaboración debida y, ora falsificaban sus documentos de identidad, ora se maquillaban, teñían y vestían para aparentar edad inferior a la fijada como máxima permitida. Tiempo de gran prosperidad para los cirujanos plásticos, de cuyas intervenciones había gran demanda y ofertas tentadoras en el mercado telemático. Rejuvenecer en apariencia no era fácil ni barato. Sin embargo garantizaba, si se tenía la suerte de pasar por una revisión de edad superficial y apresurada, un plus de esperanza vital.

Pero había un problema: Los buenos cirujanos, dentistas, ingenieros, arquitectos, comenzaban a tener sus años, lo más fresco y nuevo ofrecía hermosas flores pero no siempre nutritivos frutos, y el joven lo descubrió al despertase, cuando, por un inoportuno pinchazo en el molar izquierdo, hubo de introducirse en el reino de la fealdad. Con la dirección que un colega le había proporcionado bien guardada en el bolsillo de su chándal, cubrió con trote elástico la distancia hasta unos edificios alejados, entró, subió ágilmente las escaleras despreciando, por supuesto, el ascensor y a los que lo utilizaban, llamó a la puerta, explicó su caso. Sabía que, en la planificación de la trilla cronológica de la población, se habían dejado, provisionalmente, islotes de permisividad, por razones de emergencia práctica. Le pareció bien. Ya iba siendo hora de que el aún considerable sector parásito al que la población activa se había visto condenada a mantener hiciera algo útil.

Le sorprendió que le recibiese primero alguien de edad todavía admisible, quizás no había cumplido los cuarenta. Luego entró el médico dentista y entonces supo que el ayudante lo era para aprender y practicar. El joven paciente dominó la ligera repugnancia que le producía ver tan de cerca el rostro envejecido, sin embargo, a los pocos minutos de trato y explicaciones, mientras hacía efecto la anestesia y se enjuagaba, observó que había desaparecido su rechazo y que en realidad ya no veía al dentista como perteneciente a un grupo cronológico sino sólo al individuo que le trataba y con el que al final acabó manteniendo una animada conversación. Surgieron temas en parte conocidos pero muy distintos en otros casos de cuanto constituían sus recuerdos y su experiencia propia. Le parecía adentrarse en un planeta simétrico pero complementario del suyo. Hablaron también de regiones, de barrios en los que ocurrieron sucesos de los que él tenía ecos vagos. Y nombraron a gente que había pasado la línea de la selección programada y desaparecido, pero no en las clínicas dispuestas al efecto sino socialmente, huida trasladada sin atenerse a consejos oficiales y trámites, a lugares alejados de sus domicilios, a veces conservada por quienes, en su entorno, se negaban a que se dispusiera de ellos. El joven había respondido siempre a los que estudiaban los casos que se trataba simplemente de un fenómeno conservador, de cierta avaricia que llevaba a retener a los ancianos como quien mantiene en su casa un mueble o un jarrón antiguos. Él mismo, que había vivido con un grupo de escolares y luego adolescentes, era ajeno a aquellos apegos a las ramas caducas de necesaria poda para el árbol, pero podía comprenderlo. Sin embargo durante esa charla, que se prolongó más de lo previsto porque ningún otro paciente esperaba, se sintió en un plano de igualdad, con el médico viejo y con el otro.

Mientras esperaba que le escribieran unas recetas, observó, entre revistas de fotos de puro entretenimiento, unos folletos. Ya era raro encontrar comunicaciones impresas, aunque seguían existiendo. Cogió uno: La apuesta de la especie, rezaba el título.

-Llévatelo- le dijo el ayudante, que salía porque había terminado su jornada.

Caminaron juntos. Se sentaron en un banco y el aprendiz de dentista le comentó el contenido.

Ya en su habitación, con una excitante sensación de clandestinidad, el joven fue leyendo:

En la evolución se va seleccionando a los más fuertes. Pero la especie humana es peculiar. Ha apostado por el cerebro, por la memoria, por el individuo, por los afectos, la inventiva, los cambios. Y empezó pronto, cuando en las cuevas alimentaron a los que ya no cazaban, pero sabían los sitios de caza y agua, cuando contaron los de más edad a los otros largos cuentos.

Siguió leyendo, pero se durmió enseguida. Ya el molar no le molestaba, pero tenía que volver a la consulta.

Tuvo otro sueño: Caminaba por la ciudad poblada exclusivamente por rostros juveniles. Al anochecer, en un parque que tenía una extensa zona de rocas artificiales vio, en la imitación de cueva, una ligera luz. Se acercó. Y allí, en en fondo, había un hombre mayor que calentaba algo en la brasa. Aquel hombre le miró y le pidió inmediatamente:

-Calla. No me delates.

– ¿Quién es usted? –

-Soy el último viejo. –

El joven se despertó. Y esta vez no había sido un sueño. Fue una pesadilla.

 

Madrid, 27 de marzo de 2020

 El virus oportuno y la otra China.

Hay un peligro menos aparente pero mucho más dañino y duradero que el virus actual: La regresión de las naciones libres a una red acobardada que pagará tributo al régimen chino de la forma que éste, embriagado de nacionalismo satisfecho y de poderío imperial sobre el Pacífico y Oriente, lo disponga. Por supuesto apoyándose en el racismo diferencial de nuevo cuño para el que siempre encontrarán, como ya encuentran, un público entusiasta entre los señores del comercio (que han reemplazado a los de la guerra), los benjamines ideológicos y los entusiastas adeptos de las rendiciones preventivas.

La pandemia va a colocar a cada cual en el lugar que realmente merece. Esta situación extrema, sobre todo por su incertidumbre, encierra la oportunidad, para Europa, para los países que viven en sistemas democráticos parlamentarios -antítesis de los populismos- y sobre todo para las personas que creen en la libertad, derechos y dignidad de los individuos de cambiar el rumbo, de detener su deriva cuesta abajo hacia el parque temático y la colonia de consumidores sumisos y de renunciar, y denunciar, a las clientelas de la utopía subvencionada.  Es un espléndido momento, que los muertos están pagando, para tomar conciencia del precio de cuanto se daba por garantizado y gratuito

Es tiempo de recordar a la otra China y lo que se debe a cuantos allí aspiran a aquello que un Occidente lánguido no ha sabido defender mientras se refugia en el hecho consumado y la inutilidad de enfrentamiento alguno con un régimen cuyas dimensiones y fuerza parece ser que invalidan toda percepción objetiva y todo análisis. Y sin embargo ese análisis y ese rechazo ético, político e incluso práctico nunca han sido tan urgentes como en la actualidad, cuando la situación de Europa y países afines plantea el mejor escenario posible para el claro proyecto del núcleo directivo chino actual.

Bajo esa  capa silenciadora de hormigón de país gigantesco, del número de millones de habitantes, del Partido y del Ejército monolíticos e implacables (como lo fue, e igual y puntualmente eficaz, el nazismo) y bajo la máquina distribuidora de mercancías por nuevas redes ferroviarias, hay quienes casi todo el mundo ignora, lo que a casi nadie interesa: Otra China, la de personas que también quieren, y han querido (y han arriesgado mucho y todo  por ello), un sistema político representativo y una seguridad basada en el Derecho y en las leyes.

Quien ha probado el sabor de la libertad sabe que no hay fruta comparable. Y ese sabor no está al alcance de una de las dos Chinas, la que no se ve, la que apenas aflora a las páginas de los periódicos y a las pantallas en Occidente, aquélla que no se conforma con la posibilidad de ser rica y quiere ser más humana y más libre. Hace ahora casi treinta y un años la plaza central de Pekín, Tien An Men, se llenó de jóvenes, primero de estudiantes, luego gente de todo tipo. No iban armados, cantaban, recitaban poemas, leían, escribían, enviaban a los dirigentes peticiones, manifiestos. Eran de tal y de tan generosa ingenuidad, de tan conmovedora entrega de sí mismos, que construyeron una Estatua de la Libertad de cartón, y ésas fueron sus armas.

Poco antes, en el Buró Político, se habían enfrentado los partidarios de la modernización no sólo económica, con su líder Deng Xiaoping a la cabeza, y los dispuestos a no perder un ápice de poder.

El 6 de junio de 1989 entraron los tanques y el ejército por orden de los jerarcas del Partido Comunista Chino, reunidos en la vecina Ciudad Prohibida. Y la plaza se llenó de sangre, a la que siguió una larga represión.

Había ganado, dentro del Partido  (PCCh) la facción de la que es hoy cabeza visible Xi Jinping, Presidente, desde 2013, vitalicio y absoluto como rostro visible, y si falta hiciere intercambiable, de sus clones, resuelto, como sus afines siempre lo han estado, a considerar a los muertos de Tien An Men y anteriormente a los millones de víctimas de sucesivas campañas (nunca históricamente esas cifras les han importado gran cosa) como letra pequeña del inventario y a condenarlos a la segunda muerte que es el olvido.

La apariencia monolítica del Partido es engañosa. No por ello menos terrorífica. La fotografía del último congreso del PCCh muestra exactamente el amo colectivo, lejano pero amo, que nunca hay que tener. En formato panorámico es la misma imagen, si acaso la sonrisa china un centímetro más pequeña, que la del reino al otro lado del paralelo 38. Y da auténtico miedo: Prietas las filas de dirigentes con las mismas expresión, postura y prácticamente vestimenta, en una gran sala desangelada, desplegados en tamaño descomunal la hoz, el martillo, la bandera como telón de fondo. Hasta el rojo, empleado por doquier, parece frío en este contexto. Mírese con atención y, antes de salir dando aullidos, reflexiónese sobre si se querría ser dirigido por este Hermano Mayor de Corea del Norte. Examine cada cual, antes de dejar de ser un individuo, si va a seguir consintiendo que le impongan una serie de Ministerios inútiles con nombres ridículos cortados a la medida de gente sin más currículum que su rencor y falta de escrúpulos. Recuérdese de paso lo que durante largo tiempo se tenía olvidado: Que la libertad y los derechos no son gratuitos y que todo tiene un precio.

La memoria histórica de Occidente es cómoda y corta. Probablemente sorprende que en el Partido Comunista Chino, y no sólo entre los heroicos y anónimos disidentes, hay y haya habido partidarios de una democratización gradual, de reformas que separaran el Partido del Estado y pusieran los cimientos del de Derecho. Esto se anegó en muy joven sangre en Tien An Men pero ciertamente no ha desaparecido porque, por mucho que crezcan la fuerza bruta, el control y el tesoro, la libertad es un bien tal que su ausencia nada lo compensa, ni siquiera los millones de habitantes y el volumen de mercancías. A día de hoy los estudiantes chinos, cuando ven manifestaciones en otros países contra la política gubernamental, confiesan cándidamente que si lo hicieran ellos en el suyo los matarían. Por mucho que el régimen se empeñe en recubrirse de una capa de peculiaridad sínica, de nacionalismo revenido según el cual Partido es sinónimo de China eterna, orgullosamente milenaria, refinada, líder y dueña de su reino de Oriente contrapuesto al que antaño acaudilló Estados Unidos, esto no basta para extinguir la esencial y común humanidad de los ahora súbditos, que no ciudadanos, ni puede erradicarse la aspiración a la libertad. Por abrumadores que sean sus riquezas y logros, el régimen de Xi Jinping es consciente de su carencia, de la brecha enorme que le separa de los que deberían ser sus pares, e incluso oculta en el fondo de su espíritu el complejo de inferioridad respecto a los sistemas realmente modernos y democráticos, aquéllos con separación de poderes y con garantías civiles.

A enorme o mínimo formato, los mecanismos de afirmación son universales. No hay dictadura que, como China, no se llame a sí misma república popular. Por otra parte, cuando se toca la tecla del nacionalismo diferencial, ya lo haga un país gigantesco o una región pequeña, salta invariablemente el comprensible y soterrado sentimiento de inferioridad y el ansia de hacerse valer por méritos que no se poseen compensados con la exhibición del nuevo rico y la alusión a fundamentos ancestrales. Siempre acompañan a esto generosas dosis de victimismo histórico y social, que es producto de venta inmediata asegurada y funciona a base de colectivos y genéricos (sexo, etnia, localismo), con manifiesta alergia a individuos y actos concretos. Todo dictador y demagogo ofrecerá al auditorio lo que ni le pertenece ni se merece, pero hace falta tener la grandeza de un Churchill para prometer sangre, sudor y lágrimas.

El Presidente de China y el núcleo que representa se han embarcado, como era de esperar, en la antítesis Nosotros/Ellos. El dictador o aspirante a tal categoría se priva habitualmente por las dualidades: Izquierdas=Buenos/Derechas=Malos, Orientales/Occidentales, Fascistas/Progresistas, Chinos/Otros (y nadie busca el reconocimiento diferencial para tener menos sino para hacerse con privilegios). Bajo su aparente mesura y homogeneidad, el gobierno chino ha caído en la hibris, por recurrir al término griego, en la desmesura. Se ha embarcado en un ritmo acelerado de dominio cubriendo en pocos años de vías férreas millares de kilómetros, inundando los Estados de Derecho con sus mercancías a bajo coste, creando una profunda dependencia, y marcando nuevos territorios, terrestres y marítimos, como suyos. La pandemia de 2020 es, para China, la ocasión perfecta para imponerse durablemente en una Europa y países libres débiles, atemorizados y empobrecidos, de los que España es, por cierto, a causa de su posición geográfica, cabeza de puente a donde llega, a una población al sur de Madrid, un río de contenedores cuyas mercancías se distribuyen por doquier. España es, además de puerta de entrada comercial, eslabón particularmente frágil por su indigencia vergonzante en lo que concierne a su personalidad nacional y sus símbolos y por coincidir la pandemia con el peor Gobierno de su historia, un charco de pretensiones tribales, estupidez propagandística y pretensiones de dominio por parte de la clase parásita que lleva décadas chupando de la ubre del revival de la Guerra Civil. La cadena de debilidades se extiende a la Unión Europea, en la que el oportuno virus está siendo la prueba del algodón de la insolidaridad y la bajeza de miras, con espectacular olvido de lo que las naciones del norte deben a quienes ellos dañaron y a quienes les ayudaron tras la Segunda Guerra Mundial. China tendría pues entrada franca en un terreno desarbolado, mayormente porque sus ciudadanos habrán decidido que no merecen serlo ni son capaces de defender los valores que les han hecho vivir un tipo de vida que es con mucho la más libre y mejor. Para que el alfombrado a la neodictadura por control remoto sea completo, no hay día en que no se denigre a los burócratas, confundiendo la parte por el todo y la grandeza de la Unión Europea en sí con el chivo expiatorio al alcance de la mano. Como si una sociedad moderna pudiera funcionar sin burócratas, por puro y vociferante asambleísmo.

Valga como botón de muestra el mensaje enviado a los móviles de clientes y conocidos por parte de un miembro de la comunidad china residente en Madrid que ejerce la medicina alternativa desde hace lustros. Pertenece a un templo budista y, entre sutra y sutra, se ha hecho vehículo difusor de un texto, escrito en chino y en español defectuoso, llegado a todas luces del Partido Comunista Chino y destinado a difundir, en España, propaganda, con la misma fidelidad mecánica y tono impersonal que las sutras budistas enviadas periódicamente. El mensaje niega que el virus venga de China, pasa a pedir responsabilidades a los culpables de las víctimas del sida, afirma que en España el virus vino de Italia, que no tiene nacionalidad y es enemigo de la humanidad, que China ha luchado con él más de dos meses, tomado medidas y sido un ejemplo de ello, mientras que España ha permitido concentraciones y nada ha hecho. Lo llamativo en este mensaje, que indica que entidades como templos y particulares chinos reciben desde Pekín consignas oficiales para su difusión, no es tanto su contenido, en varios puntos veraz y en otros simple recitado de propaganda, sino la reproducción automática, con patético desinterés por el receptor concreto, personas españolas con las que el residente chino tenía cierta amistad, pero con las que desde que empezó la pandemia no se había comunicado ni se había interesado, en momento alguno por su estado de salud. Por supuesto no la totalidad, pero sí el chino medio residente en el extranjero suele obedecer a un patrón: Puede enriquecerse, trabajará con sus pares, con laboriosidad ejemplar, nunca se le verá mendigando o vendiendo kleenex en un semáforo, no aprenderá apenas la lengua ni se interesará por las manifestaciones culturales de Occidente, en sus comercios no habrá retratos del Presidente de su país, reproducirá cuanta bandera sea vendible, verá películas chinas mientras despacha. Y difundirá, llegado el caso, lo que desde Pekín se le envíe, marcado por un nacionalismo incondicional. Es llamativa en las comunicaciones del Gobierno chino la completa ausencia de reconocimiento de responsabilidad o, al menos, de incontestables datos, como los mercados de animales vivos al aire libre en pleno centro de las ciudades, la aparición anteriormente de otros virus, la peculiar inclusión de murciélagos en su dieta. Es, sin embargo, cierto que sus fuentes oficiales se ven apoyadas por el notable volumen de estupidez y autocensura occidental, que llega a tachar una constatación geográfica como que el virus viene de China de “expresión racista”

La exangüe Europa post virus representa la oportunidad para que el actual régimen chino se afiance como gran potencia que reinará, sin exhibicionismos, sobre vasallos consumidores y mayoristas, el todo finalmente dirigido, según conveniencia y rentabilidad, por fríos tiranos adversos a la dignidad, la libertad y los derechos humanos. La ocasión de oro del neototalitarismo tiene aliados en la red comunicativa dedicada a la labor de zapa de la Comunidad Europea, en los fervientes apoyos al tribalismo y a la retirada autárquica de Estados Unidos, en el auge de partidos enemigos de las democracias liberales que han crecido casualmente en los últimos tiempos como la espuma. Nada mejor que una catástrofe para instalar dictaduras, previa prolongación oficial u oficiosa del Estado de Alarma. España, en tal contexto, no es solamente puerta de entrada masiva de mercancía china llegada en el ferrocarril construido en efecto y que recorre desde su origen hasta Madrid quince mil kilómetros. Es el vulnerable y blando vientre del continente europeo y el rellano norte de África. Eso suponiendo que sea vientre de algo, porque en las democracias, como entre  los individuos suele ocurrir que se tiene lo que se merece y, vistos los hechos y salvo prueba de lo contrario, sus ciudadanos vienen prefiriendo no serlo y vivir, avergonzados de ello pero aprovechándose de cuanto pueden, en un país que sería el único de Europa que no existe.

Y sin embargo no hay nada tan poderoso como una idea. Que puede retoñar si los que hasta ahora la han disfrutado pasivamente se aprestan a su defensa: Se trata de las ideas que hicieron de Europa sociedades libres y son patrimonio común de la humanidad. China y la mejor parte de sus dirigentes ni apoyaron ni apoyarían la masacre de Tien An Men. Algunos de ellos tenían hijos, nietos y parientes entre los estudiantes masacrados en 1989, y tienen memoria. Líderes hubo que se pasearon pidiendo entre lágrimas a los jóvenes que se dispersaran para evitar lo que iba a venir. En el corazón mismo del PCCh hay quienes son, y eran, enemigos de la condena a perpetuidad de su país a la servidumbre bajo mandarines servidos por el Ejército y la electrónica. Esa otra China ciertamente existe, y la avidez misma de poder indiscutible del Presidente actual, la apariencia monolítica de férreas fidelidades, la carrera vertiginosa hacia el completo dominio, oculto o manifiesto, delatan zonas grises, grietas en la capa de cemento por las que hay personas que esperan escapar de esa foto oficial que, más que del último Congreso del PCCh, parece propia del Museo de Cera.

 

Pekín. Tien An Men 1989

A esos muchachos y muchachas de Tien An Men, a estos luchadores silenciosos y anónimos que llevan décadas aflorando, denunciando y muriendo se les deben los monumentos que un día deberán alzarse también en ciudades de Occidente, porque esa China sí es la de todos. Y no merece que se la venda para garantizarse el todo a cien.

 

Madrid, 1 de abril de 2020

La ocasión del comisario.

Érase una vez un comisario que sufría extraordinariamente porque siempre había deseado ser comisario y no lo era.

Cada mañana se levantaba pensando en cuán mejor sería la vida si pusiese ordenar, vigilar y reglamentar las de sus contemporáneos. Se sentía vivir en un panal de laboriosas y útiles abejas obreras a las que esquilmaban el fruto de su trabajo algunos zánganos que no servían para la reproducción. El suyo era un panal entre otros panales: El edificio de apartamentos donde residía. Afuera zánganos y colmenas se multiplicaban, empezando por la de la oficina y continuando por las de calles, restaurantes, tiendas y autobuses, hasta cubrir la ciudad entera. Debía pasar a la acción. Por lo pronto sus desvelos se concentraron en un blanco cercano y fácil: Una habitante del inmueble.

“Te detesto, vieja inútil y depredadora, te detesto. Yo salgo, impecable, elástico, con mi nuevo equipo de footing, deportivas de la mejor marca, prestancia difícilmente superable de mi musculoso y enjuto físico cubierto por las tres piezas de rigor más cronómetro, kilométrico y aditamentos indispensables. Produzco, contribuyo a la calidad del aire con mi vehículo eléctrico, soy rápido, ubicuo y telemático. Representa mi casa el equilibrado, feliz y productivo núcleo familiar. Construimos, construiremos el mundo.

” Para nada sirves, me estorbas, incluso cuando me miras. Y aunque no mires, vecina vieja, sabrás, y sé que lo sabes, que la gente fresca, fuerte, ágil, diestra en cuanto es necesario saber cada día, te está pagando, muy a su pesar, lo que te comes en tu casa, demasiado buena y en demasiado buen lugar para lo que a la gente como tú correspondería. Me quitas, para calentar sus fríos huesos, horas excesivas de calefacción central, dinero, dinero con el que podríamos comprar la consola nueva y darnos algún capricho mi mujer y yo.

“Nadie vive como tú, sola, y disfrutando, seguro estoy, de los bienes del avaro, contemplando desde tu terraza más cielo del que yo veo, opinando como cualquiera en las reuniones de Comunidad aunque tengas la tercera parte de metros cuadrados. La pequeña gente como tú sois el lastre, el poso del tiempo antiguo. Y pensar que yo, alguien como yo, tiene que trabajar para vosotros…..

“Cada bolsa de basura que veo no me cabe duda de que tú la has dejado, cada vez que la luz de la escalera se enciende en pleno día seguro que a ti se debe, cuando te encuentro es porque te has puesto en mi camino y estropeado los preliminares de mi calentamiento.

“He pasado al ataque. Será como quien pisa un insecto (¡qué poca cosa eran los de tu especie! No me extraña que vivas sola. La verdad es que sería más incómodo arrinconarte si tuvieras al lado un tipo de dos metros, como los de mi equipo de pelota vasca).

“Te tengo controlada. Ni tiempo te dio para reaccionar cuando te vi el otro día esperando el ascensor y, mientras yo empezaba a subir los escalones de dos en dos, te espeté que a pie, como yo (que vivo en un tercero, y siempre lo hago excepto cuando voy con la familia) tendríamos que subir todos. Ahí te quedaste, claro. Seguro que aunque vivieras en un primero, y no en tu séptimo, tampoco lo harías. No me pongo a pensar demasiado en lo estupendo que sería el planeta sin la gente como tú porque no es aconsejable para mi tiempo de relajación.

“Me compensa la repugnancia de soportar tu sucia e inútil presencia la escalada de insultos que he decidido emprender, cuando te encuentro y la ocasión se presta. Debería haber empezado antes. Y lo mejor está por llegar.

“Al fin se ha presentado la situación excepcional, la alarma por enfermedad contagiosa. Paso libremente a la denuncia. ¡He esperado tantos años el comisariado! La situación es, para todos, incómoda. El confinamiento, el cierre de los parques y de la cancha de entrenamiento con el equipo, la familia continuamente en casa, pegado a la pantalla el día entero…Sí, hay incomodidades, pero ¿y la satisfacción que esta oportunidad inesperada me produce? He creado en el ordenador un juego nuevo, introduciendo algunos de los datos del tiempo de alarma y variando ligeramente las consignas. Voy eliminando de las calles, y luego de las casas, viejecitos. Lo de los hospitales me lo dan hecho porque he adaptado un programa que me pasó un amigo de la Comunidad de Hombres Fuertes. Hay una especie de carreras a ver quién respira con mayor dificultad y puede ser enviado, directamente, al hoyo. Me paso horas con esto, limpiando población y denunciándolos a las autoridades competentes.

“Con la vieja vecina lo alargo y escalono las denuncias porque es delicioso y también, ¡maldita sea!, porque todavía no la veo acobardada e incluso tengo la impresión de que no me respeta. Ya lo hará. Voy anotando si contraviene las normas, si se demora unos metros más allá en vez de comprar directamente el periódico, cuántos días sale a comprar el pan, si adquiere o no cosas necesarias en la farmacia (me hago pasar por inspector de pestíferos potenciales). En realidad, aunque lo disimule, creo que la tengo aterrada, que no sabe si pertenezco a los vigilantes civiles del Ministerio de Costumbres Sanas. No debe de tener mucho dinero, se la puede acorralar seriamente con algunas multas. Incluso, aunque eso sería ya la culminación de mi tarea de comisario anónimo y demasiado hermoso para ser cierto, no pierdo la esperanza de que acabe marchándose, o muriéndose, como correspondería tarde o temprano, lógicamente, a su edad.

“Y no me vendría nada mal quedarme con su piso.”

Rosúa

 

 

Madrid, 6 de abril de 2020

Saldremos de casa, pero ¿saldremos de la cárcel? ¿Continuaremos pagando tributo?

 Salir, por fin, de casa no será difícil pero requerirá cierto entrenamiento parecido al de esos pájaros a los que un buen día les abren la puerta de la jaula y se quedan, primero indecisos, junto a ella. Luego saltan sobre la mesa, aventuran un vuelo hasta la cortina, dudan respecto a posarse en el dedo que les tienden o explorar el techo de la habitación, no se deciden a picotear las migas, alguien les impide chocar con el cristal de la ventana que creían abierta. Todo un aprendizaje.

Pero aquí se trata de aprovechar la ocasión excepcional para salir, al fin, de una cárcel mucho más larga, que ha durado décadas y que pretende continuar indefinidamente, porque es el nicho de subsistencia garantizada que ha encontrado, ocupado y que defenderá con celo una especie parasitaria hispana que ha hecho de él su único medio de existencia. La cárcel está construida con palabras y conceptos fabricados a la medida de su utilidad para el dominio social. Tiene la fuerza de la consolidación del hábito y del horror vacui, el pánico al vacío que originaría inicialmente su ausencia.

Dejar atrás su techo gris y sus puertas sería, sin embargo, un malestar muy pasajero, rápidamente reemplazado por un gran suspiro de alivio y la sensación de ligereza de la mente al fin liberada de una larga censura.

El recetario es, por demás, simple:

-Abandonar todo tipo de razonamiento dual que presupone clasificación a priori de individuos y de actos. No votar jamás a quien haya empleado, como argumento de autoridad, y sin ningún mérito propio, los términos -facha, fascista, burgués, reaccionario. franquista, conservador, derechista, ultraderechista.

-Abandonar los calificativos derechas e izquierdas excepto en estudios históricos y sociológicos que lo precisen y siempre como referencia razonada de actos e individuos concretos.

-Rechazar, por razones inversas similares, los epítetos automáticos y no votar a los que, como único argumento, los empleen: Progresista. izquierdista, revolucionario, antisistema.

Resulta francamente útil, a efectos prácticos, saber que no se debe conceder crédito ni votar jamás a quien, como calificación excluyente, por gregarismo tribal y sin más argumento ni motivo que la facilidad automática y utilitaria, y el provecho económico y social, haya empleado tales términos.

El tratamiento que asegure una liberación auténtica de la larga permanencia en la cárcel verbal, cultural y social en la que se ha mantenido obligatoriamente a la población española debe complementarse con el conocimiento de ciertas máximas tradicionales tan simples y clásicas como ciertas:

Nadie es más que otro si no hace más que otro.

Cada cual es hijo de sus obras.

Nadie es más que nadie.

Lo mejor es enemigo de lo bueno.

La desorientación e incluso angustias iniciales serán, en los individuos que abandonen esta cárcel, grandes. Son muchos años de vivir exclusivamente con esas referencias que, además de actuar como contraseñas y pasaportes sociales, proporcionaban una agradable y gratuita sensación de identidad y pertenencia a una ficticia tribu del Bien.

Conseguida, no sin cierto esfuerzo, pero con una inconfundible sensación de alivio, la excarcelación inicial, tras la salida de prisión, el individuo deberá ejercer activamente su libertad mediante el rechazo y desactivación continuos de la red de intereses generada por el empleo de las falsas dualidades. Esto requerirá cierto esfuerzo conceptual, ético y pragmático, exigido por la falta de costumbre de juzgar actos y responsabilidades concretas y por el vértigo a la intemperie a falta de la anterior y muy cómoda, y rentable, identificación y sumisión tribales. A esto le acompañarán, en las primeras fases, riesgos de hostilidad agresiva e incluso de rechazo sociolaboral, en especial en lo que se refiere al campo de la cultura, que ha estado dominado por el lenguaje dual y del que dependen enormes bolsas de clientelas.

Saldremos de casa, pero ¿saldremos de la cárcel? ¿Seguiremos pagando tributo?

¿Mantendremos indefinidamente a emperadores desnudos de inteligencia y valía mientras gritamos viva el traje nuevo del emperador?

Rosúa

 

 

Madrid, 9 de abril de 2020, Jueves Santo

El mal vasallo

Y el mal señor

Advertida y llegada la pandemia,

suspendido allende las fronteras

el calendario y yertos los relojes,

el mal señor aún la muerte ignora.

Preserva los festejos que prometen

los votos de sus huestes, priva de armas

a los que contra el mal van a la lucha.

A los que están a su merced les niega

el escudo y defensa de la peste.

El mal señor se gusta, y hace gala

de ignorar la creciente niebla oscura

que se filtra debajo de las puertas.

El mal señor se prueba ante el espejo

sus lazos de colores diferentes,

violeta, rojo, verde. Negro nunca,

que evocaría muertos y ataúdes

que caen sin duelo alguno en pobres fosas

y no le ofrecen votos en las urnas.

La muerte por millares de los viejos

le es rentable al Gobierno en elecciones,

su rápida agonía deja sitio

a la fiel juventud del mal vasallo

que le dará su apoyo

con un diploma gratis bajo el brazo

y la promesa de estipendio eterno.

El mal señor prohíbe el lazo negro,

Imágenes de exequias y de llantos,

el rezo y los lamentos de afectados.

Él aspira a borrar completamente

de la mente mudable del vasallo

que hubo fealdad, que hubo difuntos,

dolor real, médicos enfermos,

sanitarios caídos en la lucha

por la vida de otros. Él se ocupa

de otra guerra en la que nunca estuvo

y que él precisa para ser el dueño

de ese poder que aprieta entre los dientes.

Ahora aspira a raspar de la memoria

el molesto relato de sus víctimas,

el guarismo tenaz que transparenta

en su rostro detrás del maquillaje.

Retoca la sonrisa y la chequera.

Repasa las consignas que le sirven

para llamar al voto a sus vasallos,

a los malos vasallos alistados

en su armada dual: -A mí, intachable,

varón de bienes, mano generosa.

A mí, nuevo hacedor de transiciones,

con apoyo fraterno y a mi diestra

del fiero Precursor del mundo nuevo.

Llego al fin. Me tenéis, al Enviado,

el señor al que amáis tantos vasallos,

el Sumo Bien, señor a la medida

de los que me elegís por ser el vuestro.

 

Los vasallos se cuentan por millones, y no son malos a falta de buen señor. Lo son por méritos propios, porque han escogido que los presida, gobierne y engañe quien les ofrezca lo que nunca se han ganado ni merecen, sea un diploma, una vivienda, los bienes de otro, la seguridad, el orden, además del rango, con remuneración social y cultural y con recompensa monetaria probable, de pertenecer a una ficticia tribu de los Buenos, caracterizada por iconos verbales como izquierdista, socialista o comunista (según auditorio y estrategia del momento), progresista, defensor del bien público, antifascista y dialogante, a los que siempre se puede añadir cualquier contraseña como feminista, independentista, borrachas solitarias solidarias o regionalistas agraviados, la cual les dé acceso automático, y sin cuota de entrada, a la clase VIP entre el resto de los ciudadanos. Ello sin riesgo, sin esfuerzo, sin haber participado en guerras ni combatido dictador alguno.

Con tales armas, a pedradas de icono verbal y paletadas de ignorancia histórica y mundial, han reducido a especie vergonzosa y caduca a cuantos podían estorbarlos en la sociedad española, y han vaciado lo que tuvo de más noble el socialismo, como la solidaridad y deseo genuino de libertad y democracia, para rellenarlo de una masa parásita maquillada de perpetua exhumación de guerra civil, de insaciable ansiedad del nuevo rico, de sesión continua, en todas las salas, pantallas y páginas de cultura subvencionada, de la misma película de vaqueros-marmota que disparan sobre idéntico adversario.

El mal vasallo acepta, calla y medra. El mal señor sonríe, acumula y reparte, junto con los beneficios de pertenecer a la secta del Bien, los nichos de este providencial medio ecológico de promoción y halago de los peores, de apoteosis de los mediocres y de avidez por un botín que es cuanto aún posee el país.

 

Los malos vasallos veían pasar al a Çid desde el balcón de su casa de Burgos y opinaban

-Algo habrá hecho. Siempre hay que llevarse a bien con el Rey.

-El califa asegura en sus correos que no hubo invasión ninguna en el 711.

-Lo que España necesita es diálogo.

–¿A quién hay que vitorear? Yo quiero quedarme con la casa del vecino.

-Rodrigo Díaz es un independiente, un tipo peligroso.

-Dicen que su destierro es injusto y que a él le gustan las leyes.

– ¿Leyes? Un peligro. Pienso cogerme las tierras de Mengo. Total, él no tiene hijos y no necesita tantas.

-Habrá que esperar a otro Çid, a ver qué nos regala, y lo apoyamos.

El buen vasallo estaba en otra habitación, sin balcones, pero con derecho a ventana. Le gustaba el Çid. A diferencia de no pocos de sus paisanos, no le tenía envidia porque era valiente, fuerte y alto. Tampoco pensaba, como aseguraban muchos, que eran culpa de los poderosos los dos días de granizo. El buen vasallo aplaudió cuando pasó el Çid tan solo, con tan pocos hombres. No se creía tampoco lo que de un tiempo a aquella parte habían dado por difundir los bandos del alcalde: Que todos sus males, incluidos el pedrisco y la viruela, venían de unos tiranos malísimos, romanos, ¿o visigodos?, los llamaban, cuyo emperador sojuzgó al pueblo, hasta que llegaron los moros a salvarlos. El buen vasallo incluso sospechaba que la súbita riqueza del alcalde algo tenía que ver en la extensión de la noticia.

El Mío Çid se alejaba de Burgos. Allá, como muchos siglos más tarde, había buenos y malos vasallos. Con la gran diferencia de que en el XXI sí elegían a su señor.

Hasta el más libre de los periodistas se ve en la obligación de adular a la bestia de miles de cabezas, a acariciarla en el sentido del pelaje y decir, comulgando con la jaculatoria inevitable de la bondad innata del vasallo, que el público que un día llenó el circo romano, otro las calles de Alemania en 1939 y luego los cubículos con derecho a sofá, pizza, tele y móvil es un ente maravilloso, un conjunto de ciudadanos estupendos caracterizados por la solidaridad, el desprendimiento y ocasionalmente el heroísmo.

Aunque, en los terrenos de la reflexión, la observación y la evidencia, los vasallos, ya ciudadanos pero con muy poco de ello, hagan gala de ceguera voluntaria y de una memoria de pez tribal y sean tan sólo capaces, como delatan sus opciones políticas, del sometimiento al amo cuando chasquea los dedos y les conmina a vociferar y a agruparse, a abominar y a alabar según la consigna dual primaria que llevan, invisible pero marcada a fuego y martillazos por la múltiple propaganda.

No son nadie al parecer los españoles sin el marchamo dual Derechas/Izquierdas, sin la estúpida y mítica referencia al gran Diktátor, largo tiempo muerto pero de cuya explotación viven, aferradas a su ubre; una tribus inmensa de parásitos y otra igualmente numerosa de clientes de una oposición post mortem que garantiza su pertenencia a un fantasmal club muy real en cuanto a los beneficios materiales que proporciona, la impunidad que derrama, la historia que reescribe,  los hechos ficticios que presenta como  incuestionables y el chantaje que impone en todos los ámbitos comunicativos. Diktátor es la gallina de los huevos de oro para estos luchadores en batallas inexistentes que jamás han corrido ningún riesgo excepto el de la amenaza de tener que trabajar, la cual han sorteado refugiándose en la manipulación de comunicaciones y política. Una gallina de los huevos de oro exhumada, disecada y exhibida, núcleo del Mal en la dualidad indispensable que les nutre y sin la cual nada serían.

Mientras se alcen en el pináculo del Bien, rodeados por la fiel guardia extraída de lo más mediocre de la sociedad, de un mínimo común denominador que garantiza identificación y audiencia, el Presidente y los suyos gozarán de popularidad, impunidad y obediencia. Nada importan a los fieles vasallos, que tienen el señor a su medida, la mentira como constante, el falseamiento de la Historia, el silenciamiento atroz de víctimas y muertos, el troceamiento y desaparición de su país, que acude como paria anónimo, apátrida y mendicante al espacio europeo.

Lo malo de las democracias es que no hay recurso al malvado señor feudal. Se tiene, los ciudadanos tienen, lo que se merecen, la mísera, cómoda y falsa dualidad, el plato diario de rencor y envidia, porque la mayoría no sabe o nada ha hecho por tener otra cosa. Los buenos vasallos son los menos, los malos son malos de por sí y además por incomparecencia, tibieza o cobardía de los buenos. En realidad son vasallos que no merecieron la categoría de ciudadanos, ni tampoco tener un país en igualdad de condiciones con sus pares, con nombre, apego y símbolos. Aferrado a su esperanza, el periodista, el comentador intentará evocar heroísmos, generosidad y solidaridades individuales, olvidando el ¡Vivan las cadenas! y el restablecimiento, tras la derrota francesa, de la Inquisición. Empleará hasta la náusea los mismos cansinos términos izquierdas/derechas, caerá en las mismas trampas verbales que son artillería cotidiana del bloque parásito con aspiraciones a eterna permanencia, intentará hacerse perdonar pintando, como si fueran equivalentes, caricaturas de quien quiere destruir el país y de quien reivindique rescatarlo, sin olvidar el cómodo recurso a abominar colectivamente del abstracto los políticos.

Si el vasallo español oviesse buen señor no lo votaría. Votaría a otro.

Rosúa

 

Madrid, 5 de abril de 2020

La pesadilla

Hay un silencio en esta puesta de sol de domingo como no ha habido nunca. Es, sin embargo, hermosa, con el rebaño disperso de sus nubes, el cielo azul y las finas ramas de los árboles, de un verde adolescente, que se perfilan en el aire limpio, demasiado limpio porque es la pureza que marca la falta del movimiento humano habitual.

Estoy en casa, un día más ganado, porque, como muchos otros de mi edad, sentirse mal, llamar y que te envíen al hospital significa morir de una forma mucho peor que en casa, en una sala o un pasillo desbordado por las urgencias, sobre una silla o en el suelo veinte o treinta horas, donde atraparás todos los virus posibles y te dejarán morir asfixiada porque no hay respiradores para todos y, por lo tanto, se hace una selección según la esperanza de vida. Y soy de los que están al final de la lista.

Miro afuera. El cielo de Madrid, azul, límpido, eternamente pintado por Velázquez, poblado de ángeles que, con sus caballetes, hacen copias y don Diego pasa y de cuando en cuando les corrige. Respiro (no sé desde hace varias semanas si lo suficientemente bien, pero respiro). Ah, no, no estoy en Cataluña, donde han publicado disposiciones increíbles para que dejen morir a los viejos. Me viene al leerlas una oleada de vergüenza, como si, de repente, se hubiera descubierto un crematorio nazi incrustado en mi país. Otras disposiciones oficiales, del Ministerio de Sanidad, vienen a lavar, arrastrar, depurar la buena tierra de la vergüenza y el sonrojo. El comunicado es un hermoso texto hipocrático en su médula que recuerda la ilegalidad y barbarie del trillado de enfermos, el valor de cada vida humana. La dignidad del hermoso texto aleja, con cada palabra, de la sórdida ribera donde habitan tenderos calculadores de los beneficios de la eugenesia y la eutanasia.  Es un barco de velas blancas henchidas de la generosidad de Don Quijote y de la sencilla bondad con que se amasas el pan de cada día.

El Ginko Biloba siempre quiere vivir

No me dejarán morir, tampoco a otros. Algo hay en cada uno de los que sobreviven que se apoya, como en escalones, en las hojas verde tierno de las plantas, en personas de buena voluntad, en empleados con gran dedicación y poco sueldo, en políticos que no pertenecen a ninguna horrible casta, en páginas de periódico que se alzan en cada línea como murallas entre el sembrador amarillento de odios que espera que le crezcan así huestes y la felicidad individual, libre, el derecho de cada cual a su pequeña, valiosísima vida. En la larga y empinada cuesta de los días, que van para meses y un cristal esférico ha reducido a la frontera circular del cielo, vamos subiendo, y descubriendo metro a metro la unidad de la especie humana.

Rosúa

 

 

 

 

 

 

Madrid, 14 de abril de 2020

Feliz no cumpleaños

 

– ¡Qué cara dura, pero qué cara!

La vieja y hermosa dama, tocada con diadema y cubierta con peplo, estaba indignada. ¿Cómo había osado evocarla aquella gentecilla, utilizar su nombre, manchar su recuerdo? ¿Qué tenía ella que ver con la panda de logreros y vagos profesionales, con la jauría sin oficio ni estudios ni voluntad de hacerlos, con la panda mendicante y afanadora de lo ajeno? ¿Cómo podía, con suma desvergüenza, invocarla aquel deshilachado torvo que no sabía ni vestirse para entrar al Parlamento y que, con insólita y nunca vista impunidad, colocaba de ministra y de ministras a su necia concubina y a sus amigas?

No podía ser cierto, se dijo, secándose la frente con la toga. Desde que un espíritu malévolo le había hecho llegar el día de su cumpleaños el regalo envenenado de las noticias, la Segunda República Española no salía de su aflicción ni de su asombro. Sabía, casi desde su nacimiento, que la alegría, ilusión y celebraciones de 1931 no podían durar, pronto engullidas por olas de muertos, robos y pretensiones totalitarias, que grandes manos de grandes asesinos amasaban en el mundo exterior, en la Unión Soviética, en Alemania, la peor violencia, que la antigua Rusia buscaba hacer de España una más de sus residencias secundarias y que haría de ella misma enormes estatuas del peor gusto. Lo temió desde el principio, no le gustaba, apostó por la libertad y la alegría, reflejada en los rostros de la multitud que llenaba la Puerta del Sol. No pudo ser. Quizás los jóvenes en aquella época sólo podían decantarse, si tenían inquietudes, por los dueños de las terribles manos cuyos rostros ellos no veían, fascistas o comunistas.

– ¡No me merezco acabar de tan mala manera, que me festeje gentuza semejante!

Se secó los ojos con la punta de su peplo, dejó la diadema a un lado, ordenó sin embargo los pliegues de su túnica como digna respuesta a la visión que le había enviado el perverso espíritu: Una lamentable horda de féminas que reclamaban privilegios por el solo hecho de serlo y que denigraban, con su presencia y formas, la hermosa lucha de tantas mujeres a las que la Segunda República se sentía orgullosa de representar.

– Si por lo menos dijeran algo coherente, apreciable. – se dijo, porque con la visión también le llegaban los gritos, y eran un vocerío, mezcla de estupidez, pretensión e ignorancia, que manchaba las valerosas proclamas, denuncias y exigencias de las valientes y dignas mujeres cuyas aspiraciones ella había protegido.

Y ¿qué decir de los asientos en Las Cortes, que tanto habían representado para tantos y que en la visión que le mostraban ahora parecían ocupados en buena parte por gentes que deseaban escupir sobre ellos, que no tenían empacho en cobrar sueldos, prebendas y pensión al tiempo que insultaban al país que se los estaba pagando, a los que ni siquiera se les exigía pronunciar una fórmula de juramento de toma de posesión válido?

Haciendo de tripas corazón dentro de lo que su esencia de ente histórico le permitía, la Segunda República Española, echó un vistazo a las actas, más que nada para apartar la vista de la caterva que, como una caricatura de los que en un tiempo habían ocupado los escaños, se sentaba en ellos ahora y exigía con grandes gestos algo insólito: Que no se empleara la lengua oficial, el castellano. Las actas no le sirvieron de consuelo: Allí se legalizaban y autorizaban todo tipo de atropellos, el robo de hogares ajenos, las leyes aplicadas en función de sexo, etnia, localidad, clan, tribu, la anulación de derechos y libertades, la prohibición de exponer la Historia y de expresar el pensamiento, el reparto a discreción de fondos públicos para comprar voluntades y votos, como se había hecho en tiempo de los antiguos caciques.

Sinceramente angustiada, la Segunda República se sentó, invisible, a reflexionar entre los leones del Congreso. Allí oyó a los que entraban y salían invocar su nombre, apoyarse en una guerra que no habían vivido, envanecerse de sacrificios en que jamás habían participado, de batallas que nunca ni por lo más remoto emprendieron, de solidaridad que no lo era sino con los que compartían cargo y sueldo. Y observó en muchos un nivel tan mísero, de tal cultivo de la envidia y de la necedad, que la dejó espantada. Halló un relato mítico, que parecía el único permitido, el único difundido, de un perdido paraíso, de una maravillosa era republicana destruida por un diabólico dictador militar. Y supo, pese a las nueve décadas transcurridas y a la información fragmentaria que recogía, que su cumpleaños estaba siendo celebrado por quienes sólo deseaban vivir de él como parásitos de una continua guerra inexistente.

Bajó las escaleras esperando encontrar en las calles algún rastro de la vieja alegría, de la hermosa solidaridad, pero le llamó extraordinariamente la atención advertir un extraño miedo a expresarse abiertamente, a criticar el mito y el Gobierno, una reticencia medrosa a extrañarse y a rechazar todas las manifiestas incongruencias, estupideces, fraudes y censuras. No podía ser pero era: Se vio forzada a reconocer que en aquel país del siglo XXI, contra toda lógica, había mucha menos libertad de expresión y de pensamiento que en su época. No sólo faltaban la espontaneidad y la alegría. Faltaban la sinceridad y el valor. Cada cual medía sus palabras, miraba al soslayo por si alguien de la, al parecer, inmensa clientela mimetizada o dependiente de los parásitos les denigraba, ¿o incluso denunciaba? se dijo. Conocía aquella sutil presencia del temor. Añoró sus tiempos jóvenes, de los cientos de periódicos, pronto suprimidos. Incluso entonces el miedo invisible no estaba tan generalizado, tan incrustado al parecer en lo hondo de las gentes obligadas éstas a identificarse en uno de los dos bandos de una inexistente guerra.

La República Española

Probablemente a los del siglo XXI les ofrecían más bienes gratuitos que en su tiempo. ¿Habrían reflexionado sobre que todo lo paga siempre alguien? ¿Se les habría ocurrido que salen muy caras las limosnas si tienes que soportar gente de un nivel que rayaba entre el ridículo y el absurdo, como los que había visto en el Parlamento? ¿Sabía alguno de los que osaron festejar su cumpleaños cuán rápidamente había degenerado el ideal que la había visto nacer y que ellos no tenían al menor derecho a manchar el noble origen de su memoria con su pertinaz afán de subsistencia parasitaria?

El día de su cumpleaños tocaba a su fin, con la puesta de sol. El genio malévolo borró todas las visiones. Y la Segunda República Española, antes de que desapareciera, le dijo:

– Por favor, borra también a los que hoy me han invocado

Rosúa

 

Desde Madrid, pero urbi et orbi y sine die

Carta abierta a (casi) todos los Gobiernos del mundo

 

Esto es una petición de auxilio y de acogida. El lugar que muchos de ustedes conocen por sus vacaciones ha demostrado, definitivamente, que es invivible y, gracias a la prueba del algodón de la pandemia, ha alcanzado y puede alcanzar, con activa cooperación o pasividad sumisa, las mayores cotas de peligrosidad y estupidez.

Aquí no hay ciudadanos, ni individuos que pretendan serlo. Hay una mayoría ovejuna con probable carga genética de los perros de Pávlov que tan sólo sabe reaccionar a la contraseña condicionada y a que le arrojen el hueso de subvención o de cuota, mientras se van hundiendo ellos y la perrera. Los actos de generosidad, la espontánea bravura que ustedes, desde el exterior, románticamente exaltaron en el pueblo español era simplemente puntual, obra de impulsos en ocasiones concretas, sin conciencia ni compromiso ciudadanos, ruidosos enfados a los que sigue siempre la obediencia y temor al cacique. La palabra democracia es un simple traje de los domingos que le presta una promoción inmerecida. A la hora del filtro de elecciones y defensa conjunta de lo que debería ser su país, leyes y derechos no hay sino la vieja tribu y el acostumbrado amo que paga la borrachera de rencor y envidia y reparte raciones de emergencia.

Inglaterra, si me acogieras. Tú valiente, convencida de esos valores que hay que defender, Inglaterra, país de ciudadanos, no de vasallos, no de resignados al “Es lo que hay”. “Hay lo que nos echen”. Inglaterra, país de libertades y de respeto por los individuos, por su vida privada y por la ciencia, la cultura real y la grandeza. Nunca debí dejarte, y aun antes de dejarte te añoraba, presintiendo tristezas de tu ausencia. Siento que te detuvieras en Gibraltar, que no subieras mucho más hacia el norte. Habría dignidad, no rendiciones. Nunca supe de libertad tan honda, del respeto en la vida cotidiana como en ti los sentí. Por ello estás en la primera de las muchas puertas a las que llamo, mientras atrás dejo la vergüenza de mi propio país de nacimiento que se complace en ser por siempre víctima, mendiga de limosnas y amargada por la valía y bienestar ajenos. Si me abrieses tus puertas, si lo hicieras…Todavía, quizás, de cuanto tengo algo hay que yo pudiera darte y compensar lo mucho que me diste y que hasta hoy en día me alimenta.

Quizás ni lo conciben ni lo advierten, países de esa puerta a la que llamo. En mi triste nación, hoy el líder mundial de fallecidos por millón de habitantes y en cabeza de enfermos, sanitarios infectados, no ha habido protección, ni mascarillas ni pruebas sobre el virus. Aquí se muere solo, hay un triaje según la edad para obtener o no respiradores, está prohibido el negro como el luto, como la libertad, no queda espacio sino para la loa y propaganda. De todos en Europa, este pobre país está en cabeza del más largo y total confinamiento, camino llano hacia la dictadura, para el control sin límites ni leyes En el triste país que ha sido el mío nada extraño tendría que el Gobierno, ese amasijo de maldad y torpeza, esté ya fabricando, a manera de estrellas amarillas, marcas según la edad, largos listados de población caduca, prescindible, ajena a su interés y sus votantes, títulos de apestados. No bajarán de trenes, no saldrán ni a la puerta de la calle. Les darán el color que corresponde, con amables sonrisas protectoras, indicando el camino del encierro de su lento exterminio.

Nueva Zelanda, tu lejana puerta podría ser mi hogar. Conozco tu pureza y tu belleza, te he visitado en varias ocasiones. A ti quería volver cuando estalló la peste. Y ahora, un simple refugiado, si hay seguridad de mi limpieza, de que nada hay en mí que contamine tu especial hermosura, tu cristalino espacio, entonces considera permitirme el acceso y comparte la paz y limpidez que a ti te sobra. Algo te podré dar. Hasta el alma los virus no han llegado. Tal vez la blanca y verde altura, tus montañas, el mar lleno de vida, los helechos gigantes y las flores violeta, los volcanes, los raros animales refugiados en ti, a mí semejantes, vuestro respeto por cada individuo, tendrán poder para curar recuerdos del mísero temor, de las mentiras, de vileza esparcida y aceptada en mii anterior país.

Lo que era mundo, horizontes infinitos, se ha vuelto fortaleza, vallas, muros, sin aeropuertos, trenes ni aviones. Pero sabed que os llamo y os preciso, y que vosotros, exclusivamente, disfrutáis del poder de rescatarme. Dejadme entrar donde vivir aún pueda y ser una persona como otras y sacudirme el polvo y la vergüenza de lo que fue el lugar en que he nacido. Alemania, demuestras que aprendiste la terrible lección del genocidio y hoy abominas de segregar viejos, dices que todas vidas son iguales, con la clara nobleza que te honra. De España te separa la elevada frontera de los muertos que tú no has tenido, la ordenada manera de aislar lo imprescindible, respetando las libertades, exactamente iguales para cada uno, mayor, adulto, niño, ciudadanos al fin, justo por serlo. A cuantos huiremos de la marca, de la segregación, del nuevo ghetto, del acoso anunciado y propaganda que ya el Gobierno incuba para ofrecer carnaza a los vasallos, ofrécenos asilo, danos días de la igualdad debida a los humanos. Pues te honrarás con ello en la medida que un país de verdad siempre merece.

Nunca debí volver. Cinco países en los que he vivido. Y más de un centenar recorrí sola. Nada tengo en común con el que sueña conque haya siempre más inquisiciones, con el gordo parásito que vive de momias y de mitos de una guerra, de un dictador que fue y les alimenta. Nada que ver con quienes no persiguen a los que ponen bombas y prefieren que los azucen contra quien gobierna. Ninguna relación con los que añoran, de todos los sistemas, los peores, sangrientas dictaduras de cuantas hubo y en el mundo han sido.

Países (casi) todos, me es preciso llamar a las fronteras, dejando atrás el viejo, el muy sincero amor que tuve a la nación que un día fue la mía. Ya no lo es y no va a serlo nunca. Solo entre todos, es país que elige odiarse, rechazar su nombre y su bandera, y vota a un amasijo de ratones que quieren lo mediocre a su medida.

Les ruego me acojan dado el peligro que corro si no me dan asilo. La limpieza en forma de encierro, segregación permanente y adiestramiento de la chusma para que acose, persiga, denuncie y arrincone a la gente de mi edad está en camino, es inminente. El volumen de frustració0n acumulada en millones de personas sometidas a un aislamiento innecesariamente extremo por ser consecuencia de la absoluta imprevisión, manipulación, estulticia del Gobierno es tremendo, buscarán en quién desahogar su rencor, y, como se trata de un país particularmente cobarde, embestirá, en cuanto le abran la puerta del redil, contra el blanco más cercano, marcado para ello por las leyes de segregación. Esa víctima propiciatoria, nombrada leproso en potencia por todos los canales oficiales, serán los viejos, que, gracias a la sed de propaganda, el sectarismo y la colosal ineptitud del partido en el gobierno, han muerto a millares, de forma angustiosa, dolorosa e indigna, avalada incluso por protocolos la atroz selección de los que convenía dejar morir.

A la memoria vienen las líneas de la última carta de Petronio, el árbitro de la elegancia, dirigida antes de suicidarse al emperador Nerón. (Sí, orgulloso prohombre del Gobierno, sí. Recuerde, Quo vadis? Es latín; ¿sabe? Ustedes prácticamente lo eliminaron cuando destruyeron el Bachillerato y la buena Enseñanza Pública). Petronio dice a Nerón, quien se enfada bastante, que puede excusarle por haber matado a su mujer, asesinado a su madre, por haber incendiado Roma, pero que lo imperdonable es que se empeñe en declamar horriblemente horribles versos: Mata, pero no cantes. Tortura, pero no bailes. Incendia, pero no hagas poemas.). Parafraseándolo, al Gobierno actual español, ese amasijo de tribus nacionalistas y comunismo revenido encalado de fatuidad, codicia y solicitud viscosa, habría que decirle:

Miente, pero no susurres.

Traiciona, pero no prediques

Extermina por fanatismo, estupidez y negligencia, pero no te hagas fotos en la Casa Blanca.

Puedo excusarte el que mientas sin reposo, que desdeñes los miles de vidas, salud y libertades que han costado tu vanidad y negligencia, que ocultes y desprecies el dolor y el luto.

Puedo excusarte el que te alíes con los que odian al país y cubras de dinero y halagos a representantes de los asesinos del País Vasco y a los siempre traidores y mezquinos independentistas catalanes.

Puedo excusarte la infame actuación de los que tomas como mentores y precedentes cuando azuzaron, tras la gran matanza terrorista con bombas en trenes de Madrid, a las masas a asaltar las sedes del partido entonces en el gobierno en vez de perseguir a los asesinos, de manera que los tuyos se apoderaran del Estado y se repartieran sus despojos.

Puedo excusarte que hayas creado una contienda dual guerracivilista como único argumento de propaganda que te permita sembrar rencor y legitimar tus redes parásitas.

Puedo excusarte que intentes por todos los medios desguazar el país y repartirlo entre quienes te sostienen en la Presidencia.

Puedo excusarte el dispendio gigantesco, en un arruinado país, del erario para nutrir a la multiplicación de tus huestes con cargos públicos, ministros, ministriles y asesores y crear votantes dependientes.

Pero lo que no tiene excusa es el fatal crimen estético, el atuendo indeciblemente hortera de tu mujer, vestida de bandera estadounidense, en la recepción en la Casa Blanca, el de la luctuosa familia monster de tu antecesor que allí cuelga como ridícula muestra de España, tus impostados gestos de novicio medroso, tus inacabables arengas en la televisión a tu servicio, el tono con el que susurra a los equinos del rebaño tu visir, el pachulí sentimental con el que anegas al auditorio, la insólita estulticia de los nombres de tus ministerios, la masa de estupidez y cursilería de tus consignas, que hace tiempo alcanzó el punto crítico.

Y la conmiseración mal disimulada que tu oquedad de atributos despierta cuando intentas posar para la foto y te delata la apremiante ansiedad del nuevo rico por ser aceptado en el club de los de arriba.

Ésta es una muy real y seria llamada de socorro. De vosotros depende el cuánto y cómo de una vida.

Así pues, países (casi) todos los que podéis hacerlo abridme vuestras puertas, acogedme y salvadme.

Rosúa

 

Madrid, 22 Abril de 2020

¿Se puede pedir asilo político?

Desde un país, España, donde la vida y la libertad de cualquier ciudadano de una edad fijada oficialmente dependerán sólo del Gobierno y se está en gran peligro y extrema incertidumbre, ¿puede pedirse asilo político? Acogida en Inglaterra, en Nueva Zelanda, en Alemania, en cualquier país que rechace la eliminación selectiva, donde se respete la existencia y derechos de cualquiera, por igual, independientemente de fecha de nacimiento. En este lugar desde el que se pide auxilio y ayuda para huir de él hay el mayor número proporcional a la población de muertos del mundo por la pandemia, el mayor de sanitarios víctimas de ella, una cifra abrumadora de personas -aún lo son, lo eran- muertas en residencias o solas en sus casas, se trata según la edad y si vale la pena su esperanza de vida, hay el más largo, radical e indefinido encerramiento de Europa. Esto no es casual. Obedece a la nula previsión, pésima gestión, fanatismo e incompetencia del peor Gobierno que se ha tenido jamás. La muerte de miles de personas mayores, que en buena parte no eran sus votantes, potencialmente le favorecería. El declarado Estado de Alarma deja indefenso por completo, sin derechos, a cualquiera frente al Gobierno en lo que equivale a una condena a muerte, a prisión domiciliaria o a segregación social selectiva, según quizás colores y etiquetas (las estrellas en la ropa ¿de qué color?). Nada, además, será más fácil que azuzar contra los mayores a la opinión pública, a los vecinos, hacer de todos denunciantes de que esas personas, sin prueba ni síntoma alguno, son portadores de peste. Necesitamos ayuda y huida frente a la eliminación selectiva.  ¿Dónde y cómo se puede pedir asilo político?

Rosúa-Madrid-España.

 

From Madrid, but urbi et orbi and sine die

Open Letter asking for political asylum

to (almost) any country in the world,

From a country, Spain, where citizens’ life and freedom are at risk, in great danger and extreme uncertainty. This is so no just by epidemics tragedy all over the world, but mainly because in this country right now its Government itself is a real deadly plague. Danger concerns anyone and specially aged people. Spain has had, so far, more than twenty thousand (and that could be up to thirty or even more) deaths, 0,43 % of population affected, which means to be in the very top of the world, the highest rate of health workers with virus because no protection provided by the State, and the whole of citizens living in confinement at home more time and in more harsh way than any other in Europe. Big demonstrations where allowed on 8th March, when the coronavirus was already in full swing, because the main official concern is propaganda. Prospects about when and how to have back the normal, free and democratic existence are none. Forty days in home-jail, in Alarm Status that lets no room for protests and keeps people in fear, silence and helpless under the worst Government they ever have had. They are dying every single day by hundreds. Seniors, by thousands lonely and abandoned in nursing houses or at home. Many, being aged, couldn’t get proper care in hospitals because there is triage and, having no means to take care of all, they are supposed to choose the younger ones.

May those Spaniards, at risk of their life and being denied any freedom, apply for political asylum if they prove not to be affected by the virus? They do need to flee from Spain, which has become a very dangerous place, and they are in desperate need of acceptation in U. K., in New Zealand, in Germany, in any country who refuses the selective elimination, which could have happened in Spain. They do need awfully to get in a nation which has respect for every human being’s life and rights, equally, with no regard of their birthdate. An enormous number of people have passed away in nursing homes, in appealing conditions, or all alone at home. Everyone fears to be chosen after their supposed life expectancy, deciding then if the person is worthy of help to breath or just good to die.

The extend of this catastrophe has nothing of casual. It comes straight from the Government’s improvidence, lousy management, fanaticism and incompetence, and from their thirst of propaganda and of remaining in power at any price. By the by, many senior people were possibly not going to vote them. The Alarm Status means endless situation of no rights, no freedom, maybe in the future, if allowed to step out, social selective discrimination with tags and shades (which colour for stars in the clothes?). It is so easy to push public opinion, neighbours, against senior people pointing at them as plague bearers. Government loving totalitarian systems, as they have already showed enough, needs scapegoats, whistle-blowers, public guilty.

We need help, human and honest Government, any place. We need to flee the selective triage and the lost of all dignity, respect, rights and freedom, besides life itself. When and how to apply for asylum?

 

Madrid, 2 de mayo de 2020

El tiempo en el que me sentí leprosa

 Se podía vivir sola; se podía tener más de setenta años, haberse hecho, con una larga costumbre de sobrevivir, cada gramo y centímetro de la vida con los propios medios, sin sentirse ni reclamar por ser víctima de nada, sin llevar por delante el quejoso pliego de las opresiones. Se podía ser simplemente una persona, que ni pedía ni molestaba; que tampoco respondía, ni deseaba responder, a los generales marcos de referencia. Curiosa la reacción, pero no excesivamente atónita ni agresiva, de cuantos se encontraban con alguien que no tenía absolutamente ninguna familia y vivía en su mundo de escritura, cultura, viajes y libros. Se podía ser, aún había hueco para ser alguien diferente, no menos ser humano por ello.

Hasta que llegó la peste con la primavera de 2020. Apoyada, con todas las velas al viento, por el peor, el más mísero Gobierno que España había tenido nunca, como esos barcos que otrora la transportaron desde Asia. La nueva peste avanzó con la rapidez del fuego en la maleza, abrasando pulmones, venida desde el confín de los siglos en su carrera de relevos por escalones de ratas, de animales de selva, de insectos. Saltaba desde cualquiera, pero mataba más a las víctimas con más años. El miedo a la indiscriminada, invisible muerte produjo con rapidez la sumisión más completa, disfrazó de Edad Media enmascarada y anónima a la población entera e hizo, como en las guerras pero de forma más maligna, dos primeras víctimas: La verdad y la libertad. Bajo la aún existente pero ya muy fina capa de consideración civilizada, la insistencia continua del fatal amor del virus enemigo por los viejos, que ya lo eran sin eufemismos de mayores ni de terceras edades, la asociación de éstos con la muerte, esparció el temor irracional, a veces encalado de atención caritativa, de que ellos propagasen el contagio más que otros. Al tiempo planeó sobre el país entero, planearía ya siempre para siempre, por el mecanismo de la vileza asumida, el enorme número de personas (había que decir “ancianos”, “viejos” para que parecieran menos humanos, para que, de entrada, fuesen más prescindibles) infestados, abandonados y fallecidos en una agonía solitaria de asfixia y de terror.

Y entonces fui leprosa. Consciente en mi casa de que cualquier desvío de la apariencia física sana, de que una tos intempestiva, una debilidad inesperada podían muy fácilmente llevarme a la rápida y sórdida muerte. El traslado a un hospital, desborrado de enfermos y de urgencias, significaba la adquisición de fajos de papeletas del virus. Horas, pocos días más allá era la agonía sin aire, en un solitario receptáculo, porque se practicaba el triaje, la selección para cuidados y respiradores de aquéllos que tenían mayor esperanza de vida. Tocaba resistir pues, resistir para, al menos, ver el cielo desde mi ventana, raspar la momentánea felicidad que da el alivio de la angustia algunos días, vivir en el mundo intelectual y en el de los recuerdos y la belleza de los cinco continentes conocidos. Sobrevivir sabiendo que ya no era una persona con igual valor que otra, que en el mercado de esclavos de la selva de la supervivencia no tendría comprador. Saber que detrás de mí nada ni nadie habría que reclamara por mi ausencia. Porque no había lugar para los individuos, sólo individuos, y menos para los de mi especie.

Y fui leprosa; cuando vinieron las medidas para desactivar el aislamiento de muchas semanas y se establecieron horarios especiales según edades. Ahora, en lapsos de tiempo muy marcados, podía salir al exterior, verme sólo con los de camada, no ser persona sino una fecha en el carnet de identidad, semejante a aquéllos con los que ni por tipo de vida ni por circunstancias tengo afinidad alguna, cortada y segregada de las personas, de cualquier ocupación, edad y sexo, entre las que tal vez hubiese encontrado alguien afín con quien intercambiar palabra y pensamiento.

Soy leprosa, sujeta a la latente hostilidad y persecución de los que sopesarán mi edad según mi rostro y mi forma de andar. Leprosa por la extensión abusiva y estúpida que se ha hecho de mi edad a mi posibilidad de contagio, por la imposición de las tablillas invisibles que manda mirarme con desconfianza y apartarse de mi camino. Ya no soy una persona, simplemente, entre otras, ni soy lo que soy por lo que hago. Se me ha incluido, sin mal alguno, en la categoría de la lepra y en ese bloque incómodo, desdeñable, vagamente repulsivo, de los sin paliativo viejos.

Hacen falta leprosos cercanos para que no se mire más arriba, para que la sorda marea del descontento, del miedo y la ira del encierro, tan largamente reprimido entre las cuatro paredes de la vivienda, tan maquillado de pastosa y dulzona alabanza de las virtudes caseras y familiares, tan abrumado de llamadas a la unidad, a las excelsas virtudes del pueblo español y a la victoria, se anegue en la blanda arena de la pequeña concesión diaria. Importa que el ciudadano no reflexione, que no lea, ni compare, que no alce la mirada y recobre la querencia de la libertad por encima del miedo, del rechazo de caciques viles y de actos viles. Se precisa que existan cercanos chivos expiatorios, desagradables, degradados por el paso del tiempo, especímenes humanos a los que sopesar los años, mirarlos mal, denunciarlos si descuidan la higiénica distancia de más del metro y medio. Y pronto, sordamente, odiarlos porque van a cobrar pensión mientras que el país se hunde en la ruina de una gestión pésima, previa a la peste y durante ella, una negligencia que ha causado miles de muertos y el más vil y despreciable de los Gobiernos que ha tenido jamás y contra el cual la inmensa mayoría de los ciudadanos, acostumbrado al redil y agradecido por el pasto, no osa alzar la voz.

El virus pasará, pero el leproso, bajo diversas y oportunas mutaciones, queda.

Rosúa

 

  Madrid, 2020, después de una cacerolada

El palacio de la Bella Durmiente.

Las plantas habían crecido y casi ocultado la vajilla, para gran alegría de los ecologistas, las nubes permanecían estáticas en un eterno abril, las corrientes de aire habían dejado suspendidas, a medio camino entre techo y suelo, las vaporosas cortinas. En el palacio reinaba la mudez y los pajarillos, sorprendidos por el conjuro en su vuelo, habían caído sobre mesas y pavimento, sobre los que reposaban en suspendida animación. Aguzando el oído, podía percibirse el leve latido de los corazones, desde el rumor mínimo del palpitar de los jilgueros hasta el que fue redoble y quedó reducido a un golpeteo pausado en el pecho de los representantes de reino. Las palabras habían quedado igualmente detenidas en las bocas de los cortesanos y reducidas al puré dulzón resultado de asentir, activa o pasivamente, durante tan largo tiempo, a las órdenes de su líder.

El maleficio se había extendido desde la costa hasta la cima de la última montaña, aunque con efecto desigual porque los poderes de Funeralis Konfinátor disminuían con la distancia. Desde la torre, el señor indiscutible, rodeado de los cientos de trovadores que debían cantar sus hazañas, de los no menos numerosos consejeros áulicos y de sus recién nombrados dirigentes de los ministerios del Silencio Selectivo, de la Destrucción Solidaria y del Jolgorio Funerario, contemplaba la parálisis de sus súbditos con sentimientos encontrados. Había sido hermoso, y satisfactorio, el efecto del hechizo, la rápida, instantánea eliminación de todo movimiento impredecible, de cualquier palabra o gesto espontáneos, de la más mínima posibilidad de rechazo. Siempre disfrutó observando a cada uno de los habitantes del dormido palacio congelado en su postura, vestido con el mismo atuendo, incapaz de escoger ni una actividad ni un esparcimiento ni una compañía ni una prenda que de él no dependiera. Pero tenía una inquietud.

Su visir, Polpy, experimentaba con la situación tal felicidad que desde el comienzo del conjuro no había salido del éxtasis de sumo placer, puro erotismo ideológico, que le embargaba y erizaba sus miembros y sus cabellos. Era, prácticamente, la meta de sus sueños, más que húmedos de torrencial lluvia tropical. Ni una frase, ni una mirada, ni siquiera un pensamiento podrían surgir ahora sin su permiso. De sala en sala, desde el primer cortesano hasta la fregona de las cocinas, cualquiera estaría a su completa disposición con esa fidelidad que sólo se logra tras borrar o sustituir los contenidos de la memoria y del espíritu. Aún era, sin embargo, demasiado temprano. Por lo pronto, asistía a los periódicos letargos y despertares, les hacía, en cuanto eran capaces de ello, oír su voz, y era su rostro de los primeros que divisaban al abrir los ojos y el último que recordaban al cerrarlos.

A Konfinátor le inquietaba, empero, la progresiva falta de público que observaba en los paréntesis de vigilia que había programado regularmente a tiempos fijos, de forma que el palacio se animase, aunque de manera controlada, para su aparición triunfal, locuaz, extensa, prolongada con una cabalgata extramuros y actividades que dependían de la programación. El reloj dio la hora en la fecha indicada. El Líder descendió con los suyos para el paseo-homenaje acostumbrado por las salas, patios, jardines, edificios adjuntos y cotos adyacentes en los que había dividido, tras haberlos cuidadosamente señalizado, su palacio y también, su reino. En todos ellos, y repetidos de manera bien visible, grandes carteles e indicaciones de paso franco y de prohibido marcaban los espacios benéficos obligatorios y los maléficos abominables.

Sonó, pues, la hora en el reloj sincronizado al efecto. Los súbditos, apenas despiertos y desacostumbrados a la luz, fueron inundados con trompetas y timbales que anunciaban al Jefe, junto al que caminaba, a la par que Polpy, su mago, el minúsculo pero estruendoso y siempre amenazador Señor de los Hechizos, venido desde la Mar Océana y encargado por Funeralis Konfinátor de mantener durablemente a los vasallos en el lugar que les correspondiera y de hacerlos deambular sólo en las zonas señalizadas como izquierda con el firme convencimiento de que allí exclusivamente se encontraba el Bien, mientras que en los opuestos, derecha, no había sino llanto, sombras y todos los males sin mezcla de bien alguno, por lo que, de caer en ellos, en vez de sueños tendrían pavorosas pesadillas.

Los vasallos, entumecidos y deseosos de dar al menos unos pasos en el espacio exterior, se guardaban  de hacer objeciones, pero observaban en cuantos veían, vecinos, familiares, conocidos, desconocidos, algo extraño: Las caras, cada vez de más gente, cada vez de individuos distintos, se volvían blancas, enseguida transparentes, y a continuación el afectado desaparecía, ya no estaba allí, súbitamente, dejando tan sólo un hueco, sin que ni Konfinátor ni su visir ni acompañantes repararan en ello ni le dieran importancia ninguna. Ahora era el compañero de mesa, a continuación la mujer que venía con platos, luego el grupo de ancianos que se habían puesto a jugar a las cartas. Simplemente, de un minuto a otro ya no estaban ahí, y luego en su lugar aparecía un trozo de papel diciendo que era un proceso natural, aunque nuevo, y que ya no volverían a materializarse nunca ni valía la pena que lo hicieran porque sobraban en el censo por edad, enfermedad o desdén hacia el Líder. Podía que fuese natural en efecto, se decían los habitantes del palacio y de las calles circundantes, puesto que el señor y sus huestes jamás parecían reparar en ello y que, cuando a alguien muy cercano se le volvía blanco el rostro, luego transparente para al final difuminarse por completo, lo ignoraban como si jamás hubiera existido y continuaban la conversación con su más cercano interlocutor.

Los habitantes del palacio, y los de la villa, desaparecían a miles. Uno y otro día, se multiplicaban las caras repentinamente borradas y reducidas a una superficie lívida y lisa, que flotaba unos minutos sobre la transparencia del cuerpo hasta pasar a la nada absoluta. Quien intentaba reaccionar, quien reclamaba a su madre, a su hermano, a su vecino, pero eran tantos los que faltaban y tanta la indiferencia de Funeralis, su visir y su numeroso cortejo, que el vulgo nada podía hacer y, sobre todo, nada parecía que pasase; ni siquiera se comentaban las noticias. Volvía el resto a sumirse en su profundo sueño, el señor y los suyos regresaban a su torre, a donde apenas llegaban los llantos y noticias del suelo, y descendía sobre los pisos inferiores del palacio, como una niebla de un blanco parecido al de las caras, el silencio general.

Para encauzar debidamente, por el camino de la adhesión al Líder y el entusiasmo, los potenciales llantos y protestas, en la torre del homenaje ondeaban, cada vez que Konfinátor Funeralis, su visir y huestes paseaban por el recinto y cabalgaban por los alrededores, pendones variados y festivos, verde, rojo o morado con lentejuelas unos, arco iris otros, blanco con la V dorada de la victoria en abundancia, puesto que a más millares de ciudadanos difuminados en la nada más se concentraba la adhesión a Funeralis en los restantes  del sector adolescente e infantil en el que el Gobierno, presidido por Presidente, Visir  and Co,. pensaba afianzar su durable reino.

-Han desaparecido entre ayer y hoy mil doscientos de vuestros súbditos, amado Líder- vino a informarle solícito el Coordinador de sus asesores.

-Muchos son. Tal vez al Señor de los Hechizos se le ha ido un poco la mano-

Konfinátor Funeralis frunció el ceño, con moderación porque se había especializado en ofrecer una imagen de belleza pétrea, inasequible al desaliento y, por el contrario, plena de confianza y euforia. Por lo tanto ordenó inmediatamente:

–¡Que icen el brillante pendón y tiren confeti!

De la torre descendió una alegre nube de papelitos de colores que el Líder se apresuró a espolvorear también sobre sus hombros y pechera para que no cupiera la menor duda sobre su optimismo e identificación con la victoria, la felicidad y el bien. Al tiempo se escucharon sevillanas alternadas con una música triunfal en parte bélica y en parte adaptación de “Soy la reina de los mares”, favorita de la esposa de Konfinátor.

– ¡Más alegría! Más situación excelente. ¡Que se vea el gozo que reina en Palacio y que las bajas no son sino errores de cálculo en el censo!

dijo Funeralis. Y luego añadió en voz baja y despectiva, por encima del hombro, sin volverse, al lugarteniente más cercano:

-Nada que aluda a factores negativos, nada. Contraataque, vestimenta de contraataque.

Hubo entre los fieles del Líder más cercanos cierta lucha sorda por conseguir ser el primero en ofrecer a su Jefe lo que deseaba. Varios corrieron hacia el almacén de vestuario dando órdenes a gritos. Finalmente el más rápido se presentó jadeante ofreciéndole en una bandeja el chaleco repujado de las festivas celebraciones, que incluso relucía en la oscuridad. Konfinátor cuidaba en extremo su apariencia y disponía de una abundante colección de tales prendas, cada una adecuada al momento. Su visir Polpy le imitaba en sentido opuesto, con lo que llamaba acercamiento a las gentes, y lucía vestimenta de variada y cuidada pobreza pero de materiales de calidad, que conjuntaba con los turbantes que le habían sido enviados, como presente fraternal, desde Persia y que lucía con orgullo para subrayar su rechazo del sistema y Continente opresores en los se hallaba.

No bastaba, se dijo el Líder. Y ordenó que se organizara una gran fiesta, con nutrida asistencia internacional, de forma que se difundiera que, lejos de estar sumido en el letargo y diezmado por el mal de las caras blancas, en su palacio reinaban el bienestar y, pese a los millares de desaparecidos, la alegría de estar bajo su mando. Su dilecta esposa, que solía en las apariciones en el vehículo descubierto, sostener sobre la cabeza de su marido una corona de oro sustraída al museo arqueológico mientras le susurraba:

-Recuerda, querido, que eres un hombre. ¡Y qué hombre!

sería la encargada de organizar el festejo que daría un tono festivo a la baja diaria en el número de sus súbditos y distraería la opinión del enojoso recuerdo, e incluso llanto perceptible en escasos sectores que se resistían al letargo y hacían esfuerzos titánicos por mantener los ojos abiertos.

Y como se dictaminó se hizo

Se dio la gran fiesta, con proclamas para que acudieran los más representativos dirigentes de los países limítrofes, así como nutridos contingentes de heraldos, trovadores, aedos y asesores áulicos. Sin embargo la concurrencia final resultó menor que la esperada y, para completarla, hubo de recurrirse a la movilización de familiares, allegados, amigos, simpatizantes y primos hasta el tercer grado de los cortesanos de Konfinátor, y hubo también que echar mano del numeroso harén, suegras, suegros, cuñadas y odaliscas en lista de espera de Polpy, que practicaba la poligamia inclusiva como muestra de hermandad con los usos y costumbres de sus fraternales aliados contra el Gran Satán del Oeste.

La fiesta fue ruidosa y polícroma. Las señoras lucían, según consigna establecida, cada una un vestido de los colores de la bandera de un país, y Funeralis deslumbraba con su brillante chaleco rojo recamado de luces navideñas. Cuando alguien preguntaba sobre la extraña dolencia de las caras blancas que, se rumoreaba, diezmaba su reino, él simplemente encendía las brillantes luces de su atuendo y pedía a la orquesta que tocara más fuerte. Luego se marcaba unos pasos de danza con la Primera Dama, que había elegido para la ocasión toga blanca de fina seda con bordados de obeliscos y antorchas en pedrería, sandalias a juego atadas con cadenas de platino y tocado de gran diadema de áureas puntas rematada cada una por un brillante de considerable valor.

Corrían los licores, más generosos cuanto que la reducción en el número de súbditos había mermado las cosechas, pero también disminuido, junto con el aumento de los impuestos, el número de consumidores, por lo que Konfinátor ordenó que se bebiera y comiera sin tasa y se sacaran de las bodegas los mejores caldos.

Así se hizo. El aumento de volumen de la música y el del número de las copas marchaban a la par. A los que permanecían en profundo letargo en los salones llegó el estruendo, multiplicado por los ecos que en las vastas estancias ya iba dejando la ausencia de miles de víctimas del mal de las caras blancas. Tantas eran éstas, de las que no se hablaba jamás, que por el vacío resultante se establecieron, en aquella noche tormentosa de nubarrones a los que los asistentes al festejo no prestaban atención, grandes corrientes de aire por las puertas y ventanas abiertas e iluminadas para la ocasión con el fin de mostrar prosperidad y transparencia. El reloj de la señal cayó de la estantería envuelto en la cortina por efectos de una furiosa ráfaga. Sonó su timbre, ahogado por la música exterior. Los durmientes comenzaron a abrir los ojos, asombrados al no encontrar a los vigilantes y conductores palaciegos acostumbrados, ni, en su podio, al Líder acompañado de Polpy y del vociferante Señor de los Hechizos.  Se incorporaron. El viento arreciaba y había tumbado, arrastrado, arrinconado las señalizaciones que estaban obligados a seguir. Ya no existían caminos ni estancias “izquierda” “derecha”, deambulaban en pleno desconcierto, poco a poco sustituido por una extraña sensación mezcla de alivio, libertad y dolor porque comenzaron a sentir agudamente los huecos que había dejado en sus vidas el mal de las caras blancas, empezaron a dudar de todo, de las palabras de Konfinátor, de los rumbos marcados por Polpy, sus bien pagadas huestes y sus heraldos, descubrieron que las señalizaciones no habían existido desde toda la eternidad sino únicamente por conveniencia de los que las usaban. Entonces consultaron listas, comunicaciones de desaparecidos que yacían en el fondo de cajones o apiladas en un arcón, sumaron números, cotejaron nombres. Y sintieron el dolor de la irremediable ausencia cuando pusieron nombres a aquellas cifras y las asociaron con los que echaban en falta, con aquéllos que para quien los recordaba no tenían edad ni debían haber sido empujados al vacío, y los unieron a las circunstancias que rodearon a su desaparición, al gran silencio que los envolvía, los desechaba, los había reducido a gruesos fajos de folios de los cuales hallaron algunos a medio quemar en la chimenea.

Con los ojos ya muy abiertos, y mientras fuera seguía la fiesta, arrojaron al fuego los antiguos carteles que les marcaban direcciones y territorios, y compartieron, sentados junto a la lumbre, su pena, su ira y la vigilia y fuerza que el dolor mismo les daba y que era lo contrario al sopor y la resignación. Entonces fueron hasta las ventanas abiertas de par en par, cambiaron las luces de manera que se fijara desde el exterior la atención en ellas y comenzaron a arrojar a los que estaban abajo cuanto sobre los desaparecidos habían encontrado, nombres, papeles, pertenencias, cuadros. Luego añadieron las vestimentas talares del Señor de los Hechizos, los carteles todavía no incinerados, el podio de Konfinator y la exquisita maqueta de la nueva mansión de Polpy que éste mostraba únicamente a los íntimos en contadas ocasiones.

La fiesta con representantes extranjeros no evolucionó como el Líder había esperado. Ni las generosas raciones de alcohol ni las promesas de partidas de caza y largas entrevistas exclusivas con Funeralis tuvieron efecto. Por el contrario, los reunidos recogieron con avidez lo que se les arrojaba, lo leyeron, comentaron formando grupos. Unos pocos primero y luego muchos decidieron entrar en el Palacio e interrogar a los legendarios durmientes que habían dejado de serlo y cuya historia corría en voz baja de boca en boca. El público cambió de composición, entraron personas del exterior que se unieron a los grupos y comentarios, salieron otros del palacio. Konfinátor y los suyos dejaron de ser el centro de atención, de tal forma que las luces del brillante chaleco se fundieron, la música de un ritmo desconocido apagó el discurso que intentaba declamar Polpy, el Señor de los Hechizos yacía en el suelo víctima del abuso de los caldos de marca y algunos habían hallado en la torre del Palacio, junto a una hermosa durmiente de fino mármol, un libro previo al letargo en el que se describía la anterior situación del reino, la cual, para gran sorpresa de los lectores, no era la del todopoderoso Mal balizado por la obligatoria señalización.

Konfinator andaba de sala en sala, seguido por los fieles de su corte, pero todos comenzaban a tener una terrible impresión de no existencia. Era mucho más angustioso que cuanto habían temido: Agresiones, sublevación, atentados. Los ignoraban. La mujer de Konfinátor corría tras su marido intentando, todavía, sujetar sobre su cabeza la corona de oro y susurrarle las palabras de rigor, pero era inútil y alguien se la arrebató al pasar y le dijo cortésmente que era para pagarse las honras fúnebres de uno de sus familiares. Los cortesanos comenzaron apresuradamente a intentar cambiarse de bando, pero no encontraban la señalización habitual y pasaban errabundos de una a otra sala, sin líder ni distinguir, a falta de los mantras automáticos acostumbrados, la dirección hacia el nutricio y seguro recinto de la tribu, ya como ellos mismos inexistente. Se rumoreó que Konfinátor había intentado iniciar una defensa homérica desde la torre pero que se lo había pensado mejor y se dirigía a caballo a la confortable mansión campestre de su mujer. Enseguida corrió otro rumor: Un vasallo del común, de los que habitaban extramuros pero que tenía parientes en el interior del recinto de los que nada sabía hacía varias lunas, quería a toda costa hacer llegar a Konfinátor un pliego de rogativas y agravios, en un desesperado intento de averiguar si el mal de las caras blancas había borrado a los suyos de la existencia. Sabedor de que el señor del palacio jamás permitía que se citara la desaparición, vulgo muerte, de persona alguna, surgió ante él repentinamente agitando su escrito mientras con la otra mano sujetaba las riendas del caballo. Funeralis, que estaba convencido de ser invulnerable, recibió el extenso pliego (porque las víctimas eran muchas) en pleno rostro, perdió el control de su cabalgadura, se produjo, con la brusquedad de sus movimientos, un cortocircuito en las luces de su chaleco de gala, que, perdidos los alegres colores, pasaron a parpadear en blancas ráfagas que iluminaban espectralmente en la oscuridad su rostro. El vasallo exclamó espantado:

– ¡También vos tenéis el mal de las caras blancas!

Y, al ver que Konfinátor, perdido todo control pero aferrado con ambas manos a la dorada espuela, era arrastrado por la bestia, corrió hacia el palacio para dar a todos la buena nueva.

Respecto a Polpy, su equilibrio psicológico no había resistido la destrucción de la primorosa maqueta de su vivienda. Vagaba de sala en sala intentando convencer a cuantos se prestaban a oírlo ora de que era el Mesías Igualitario enviado para sustituir a Konfinátor, ora de que sus genes procedían de Sansón, puesto que su fuerza radicaba en la maravillosa mata que cubría con su turbante, vigor del que, además, daban testimonio sus numerosas concubinas. Finalmente se subió al sillón regio dejado vacante por el Líder y, en pie sobre el asiento, procuró inútilmente atraer la atención. Nadie reparó en él. El Visir fue deslizándose hasta el suelo, pensó en la maqueta destruida de aquella mansión en la que había puesto sus esperanzas, tuvo un ataque intenso de melancolía, se enjugó con el turbante una furtiva lágrima y, antes caer en un sopor profundo, se dijo mirando a los que hubieran debido ser sus seguidores:

-No me merecen.

Había en las estancias del palacio un festivo desorden, muy distinto al que antes había reinado en el exterior, un ambiente agridulce, un hervor de comentarios y búsquedas, como si hubiera mucho que mirar y jornadas que recuperar con febril vigilia.

Alguien tropezó con un reloj roto.

 

El archipiélago Auschwitz

Madrid, mayo 2020

Podría ser Primo Levi, o quizás Amery. Fue uno de los escritores supervivientes al Holocausto, y que finalmente no le sobrevivieron porque, tras muchos años, el recuerdo venció en sus mentes. El volumen de la humillación y del dolor puede crecer, y crece, lenta, seguramente, hasta que no deja espacio a la voluntad de la vida. Recuerdo ese pasaje con cada letra, como si lo hubiese leído ayer:

Estamos en el campo de exterminio y el comandante ha ordenado formar a los prisioneros para seleccionar a los aún válidos, por un tiempo, para el trabajo y enviar a los otros a las cámaras de gas, a los hornos que humean a pleno rendimiento y transforman en vapor y nada los cuerpos. El joven escritor judío ve a una mujer que ha intentado desesperadamente pasar por joven, ha hecho cuantos esfuerzos impulsa la desesperación para que no la seleccionen entre los desechables, se ha maquillado, pintado los labios y los ojos con lo que ha podido, ha cepillado y acortado su ropa, intentado ondular su pelo, mueve incluso el cuerpo imitando agilidad.

El comandante advierte sus esfuerzos, la señala a los nazis, finge aprecio por cualquier bella muchacha que se le ofrece, hace de ella la risión de la tropa, y finalmente, tras injuriarla y tratarla de cerda, ordena, entre risas y golpes, que se la lleven al crematorio. Y ella suplica al joven judío que sobreviva para contar al mundo la historia.

La cobardía, la inmensa cobardía de este pasaje, se me ha quedado grabada en primera línea de los horrores, por la especial vileza del tipo fuerte, armado, invulnerable, adulado por el asentimiento, las sonrisas, la admiración obediente del auditorio, por el silencio enorme y el pavor de los prisioneros.

Ser mayor y el triaje, creer que esa historia de Auschwitz era una pesadilla irrepetible extraída del infierno profundo de los cobardes, del círculo repulsivo de los observadores y de los tibios. y sin embargo vivir su hedor, una ráfaga inconfundible de su relente helado, de su mezcla de desvío en la mirada, de sordidez, de voluntarias cegueras, de ojos y bocas que se cierran y no denuncian, aceptan mansa, resignada, incluso cómodamente el homicidio, la selección, el abandono, el vasto crimen, la humillación y el paso socialmente indiferente de miles de personas que dejan de serlo por su fecha de nacimiento, y son empujados a la segregación, el desprecio, a la red de prisiones, horarios, exterminios, a la vergüenza y el rechazo, a  la nada.

España 2020. La pandemia vírica. Pero no planea la dignidad por encima de una enfermedad y catástrofe mundiales, inevitables. No. Lo ocurrido en España es peculiar, tiene responsables, secuelas, beneficiarios, víctimas. Lo ocurrido en España es menos, mucho menos aparatoso, visible y horrendo que las selecciones de Auschwitz, pero ha anegado, por voluntad de dirigentes concretos y por el silencio cómplice de sus apoyos sociales y políticos, de indignidad el territorio entero, ha cubierto las cimas, minimizado los hechos. Puestos unos encima de otros, todos los bizcochos con los que se ha querido endulzar el arresto domiciliario no alcanzan a emerger de la vergüenza del tácito consentimiento, ni las voluntariosas declaraciones de valiente resistencia y las proclamas de solidaridad y actitudes benéficas ahogan el clamoroso silencio de la impunidad de los muchos, muchos miles de muertes evitables, del pavoneo en rojo en vez de en luto del dirigente. La preceptiva resignación vestida de adulación al ciudadano no enmascara el enorme rostro de la servidumbre tras el que se sitúan todas las caras, el telón sostenido por cuantos se consideran elementos a salvo del nuevo horno, del rápido, frío y lejano crematorio.

El Archipiélago Auschwitz es exactamente eso actualmente, está ahí, siempre lo estuvo, pero no se veía, es un tren silencioso de travesaños que tapizan las calles por las que los seleccionados por el poder, por los culpables impunes de millares que agonizaron solos en residencias, los ocultadores del triaje a la hora de negar cuidados médicos, echan carbón a la locomotora. Ahora es un tren silencioso, con primera, segunda, tercera clase. Los que tengan más de setenta años, podrán transitar, torpe y y patética tropa, avergonzados de mostrar a todos la edad que tienen, de exhibir que ya no son las personas que ellos pensaban ser, protegidos e iguales a cualquiera como simples humanos. Ahora los mirarán con suspicacia, a su carnet de identidad se superpondrá el de apestados porque se ha repetido que tienen mayor riesgo, y el vulgo lo entiende como que son fuentes de epidemia. Deambularán, en sus horas fijas de paseo sabiéndose brutal y súbitamente caducos, aunque fueran y se sintieran de normalidad y capacidad que a nadie, hace muy pocas semanas, se le hubiera ocurrido negarles.

Ahora el mediocre de repente promocionado a un escaño parlamentario, el imbuido de esa peligrosa mezcla de maldad y estupidez que nunca es inocente, la masa regada de temor a la epidemia, de frustración y engaño voluntariamente asumidos y feliz de que se le señale alguien en quien descargar lo peor de sí mismos y les permita mostrar su comunión con el Jefe, se siente dueña de la vida y la muerte de esos seres que ya considera secundarios, que admite tratar como cifras, respecto a los que mide la distancia y aplaude la segregación incluso enjalbegada de especiales cuidados por las oficiosas directivas. Es la misma masa que abucheó al gobierno legal y no a los asesinos en el 11 M, la que sólo desea gratuidades y repetir las consignas del cacique, la que lleva décadas pagando bovinamente el chantaje dual que permite no incluirlos en la imaginaria, pero omnipresente, tribu de los malos, en la rentable y provechosa guerra repetida sin descanso, en la ficción nutricia de generaciones de parásitos.

Ahora, como una maligna lluvia de primavera, el virus ha hecho brotar en el común de los creyentes incondicionales del Jefe y su corte la hez de sí, ha exacerbado la ceguera selectiva poblada de corbatas rojas, ha anulado de la vista y del oído todas las alusiones a la tragedia, su calendario, fechas y responsables, ha prohibido la memoria de los muertos, ahogado, sin aire, sin testigos ni palabras, su agonía. Como ocurrió con el antiguo horror y su lenguaje. Bajo un cielo de mayo y de verdores donde de un sol a otro nadie, excepto los del poder y del consenso, estaba seguro de ver el sol siguiente y, ante ese horror en toda su crudeza, no había extremos de sumisión bastantes.

No, no al paseo a la hora y edad fijas. A la mía he recorrido y recorro el mundo por más de cien países, sola, como sola vivo. No soy ganado que, según una fecha, seleccionan. Nada tengo en común con una tribu diseñada según la conveniencia. Defiendo la libertad y me defiendo del creciente hedor totalitario, de la infinita repugnancia que, sin virus, me ahoga con el sabor de la miseria cotidiana, de las vocaciones de esclavo que no esperan para aflorar sino ocasión propicia, de matanza de tales dimensiones que no admite siquiera comentarla, que se teme admitir y es preferible que anónima repose en los guarismos y delata al Gobierno indiferente a cuanto no es cargo y propaganda. Veinte, treinta, cuarenta, más mil muertos evitables, culpables sin castigo, sin cárcel, sin oprobio. Días, semanas, meses, cada hora de libertad y espacio secuestrados. Gozos, aire, bullicio, primavera, cafés en la terraza, mostradores de bar, ilusión de los cines, pulso, salas, cuadros de la ciudad, mar, montaña, el abierto camino, el horizonte, todo robado, todo, más que en país alguno, además de la vida y la evidencia. Un delito de tales dimensiones escapa a cualquier marco reparable, y a él se suma, incluso en los más tibios y en la red general de los parásitos, el peso del apoyo inconfesable de quien siempre asintió a cualquier cacique so pretexto de mal inevitable.

Ya no se va ni inmune ni igual entre los otros por la calle. Se sale del portal, como del tren, al andén de la ciudad súbitamente hostil, callada, triste. Posiblemente la policía, y cualquiera con frustrada vocación de comisario, mirará si se tienen canas, si se aparentan más o menos años de los establecidos, cuántas arrugas delatan la inclusión en la categoría desechable. Habrá, como la mujer del campo de exterminio, pero ahora en un espacio no inmediatamente mortal pero sí humillante y agresivo de tono menor, que maquilarse, escoger el disfraz que tal vez quite años, fingir agilidad, disimular torpeza. Todo para ser, estar como persona igual entre las otras, para rechazar la repugnancia del ghetto cronológico, para luchar contra esa chimenea a unos metros, a unos kilómetros que ahora han sido, y pueden ser, las salas hospitalarias donde, por selección, el viejo muere. Con rapidez y rodeado de un mar de silencio ciudadano, de gentes unidas por la vileza de asumir juntamente las consignas de los responsables y lucir, visible o interiormente, cada uno su corbata roja y el aquí nada ha pasado, nadie es culpable, los de arriba son buenos, pobres víctimas ajenas a las crudas cifras que muestran el papel puntero de España en muertos, en afectados, en criminal negligencia del Gobierno atento sólo a su burda propaganda, al populismo barato, al baño de multitud y de la peste. Con un público que aplaude siempre al más mediocre, al que se riega con generosas raciones de rencor, de envidia y de promesas de robo impune, dependencia y limosneo.

En el andén de las horas y días fijos ya no hay terceras edades ni mayores. Todos han pasado a ser viejos y ancianos, con su estrella amarilla de desprecio y la apenas velada certidumbre de que sobran, no votan al cacique, se comen las raciones que escasean, mantienen el peligroso haber de la memoria, la resistencia al fraude y a los mitos.

Todos los Auschwitz están pavimentados con adoquines grandes y pequeños, con supuesta eficacia y con la indiferencia, con el rechazo de la condición humana de semejantes, con la infame trilla en función de la edad o del origen. Y son las mismas losas, de distinto tamaño y materiales. Y son los mismos rostros del silencioso que ve y que aparenta que nada ocurre, que nunca hubo culpables ni hubo miles que fueron conducidos a la fosa, que hoy viven en el ghetto civil, en la muerte lenta observada por otros que tienen menos años.

Rosúa

Madrid, 14 de mayo de 2020

LA GUERRA SALVADORA

 – Y ahora ¿qué podemos hacer?

Desde la ventana, a lo lejos, en una calle lateral, Konfinátor divisaba una muy larga línea -simples puntos sobre la acera- de personas inquietas

– Mirar para otra parte, por supuesto. -le respondió el Asesor de los Asesores, Polpy, primus inter pares si se entendía por pares el Presidente mismo y que, además, entre otros cargos, era Secretario General del indispensable partido de apoyo Jemeres Urbanos.

Polpy sabía su poder y se sentía temido. Nadie como él para encender, con masas enfervorecidas, la calle, para llenar en tiempo récord el espacio sonoro de gritos y consignas, para garantizar a su alter ego, un tanto solemne y envarado por el cargo, una imagen popular y comprensiva, atenta a los más necesitados.

Estaba acostumbrado al éxito, al desconcierto y miedo del contrario y al estupor que producía la alternancia entre la inesperada solicitud de sus susurros, que casi rayaban en la ternura, y la ferocidad de su repentino ataque.

Se acercó a la ventana y no vio enemigos, en los que englobaba a cualquier adversario. Sin excesiva familiaridad pero con la camaradería del ya largo trato, echó a Konfinátor el brazo por el hombro. Éste no cambió el gesto, siguió con la mirada fija en la calle. Polpy sabía que, como él mismo, el Presidente no experimentaba la menor compasión, que el absoluto y frío distanciamiento respecto a las situaciones ajenas era el rasgo más importante que los unía. Uno y otro concentraban vista, pensamiento y todos sus sentidos en las finalidades que respectivamente se habían propuesto y en el botín en el que, una vez obtenido, hincaban los dientes y constituía en exclusiva su presente y su horizonte. Eran muy distintos pero iguales en la fijación de su capacidad perceptiva, y eso les permitía presentar, con tonos de sinceridad profunda, la realidad como a cada cual le convenía en cada momento que ésta fuese, sin el menor problema de fidelidad o verosimilitud. La imagen que verbalizaban y se había formado en su cerebro no entraba en ninguna contradicción con los hechos objetivos, ni con sus sucesivas afirmaciones, porque, con el automatismo de un tratamiento fotográfico, se había ajustado en origen al estricto marco de cada interés primordial, mecánico, nítido y perfectamente ajeno a la marejada de sentimientos, dolores, alegrías y vivencias de los que consideraban, aunque los interesados lo ignorasen, fragmentos de dos ejércitos  El que le apoyaba y el que no

Las colas callejeras se habían multiplicado, aglutinados los puntos que veía en las aceras por inquietudes y necesidades. El mayor afán de ambos dirigentes se había centrado precisamente en evitar que sentimientos y percepciones reales tomasen forma, se materializaran en expresiones verbales que, de por sí, encerraban las armas peligrosas de hechos irrefutables y conceptos. Polpy, en ese sentido, había sido y era insustituible para Konfinátor, le había repetido hasta la saciedad que no había enemigo tan poderoso como una idea encerrada en palabras, sus vehículos transmisibles. De ahí el empeño, muy logrado pero que en aquellos malos días parecía en riesgo de resquebrajarse ante los tenaces embates de los hechos, de sustituirlas por una reducida y reiterada sucesión de imágenes recortadas sobre un fondo de incertidumbre, miedo y dualidad necesaria.

– No sé de qué te preocupas. -El Asesor de Asesores señaló a las filas de ciudadanos quejumbrosos, muchos con bolsas en las manos esperando recoger algo, otros comentando con evidente disgusto alguna noticia en un periódico enemigo o, quizás, la negativa a atenderles en un centro oficial cercano. Y añadió:

_ Cuanto más necesiten más nos necesitarán.

Konfinátor asintió, sin mostrar su habitual gesto de gran confianza. Tenía un repertorio de expresiones limitado respecto al que se atenía a lo que prescribían las circunstancias y las instrucciones al respecto. Polpy sintió cierta inquietud. Era hombre de reflejos y salto a las oportunidades. Tuvo la percepción rápida de que cumplía adelantarse a los acontecimientos. El terreno de batalla no les era propicio, luego antes de enfangarse más en la situación lo adecuado era dejar que se enfangase el enemigo, enviar al sacrificio a parte de sus tropas, dejando en la clandestinidad victimista una reserva, y cambiar rápidamente de escenario. Tiempo habría de reemplazar la tarjeta de embarque por el laurel.

Hizo ademán al Presidente de sentarse a la mesa, y le dijo:

– Necesitamos una guerra, otra guerra.

-. ¿Cuál? No podemos montar otra aquí, ahora. Ya la teníamos, siempre la hemos tenido: Pobres-Ricos, Derechas-Izquierdas, Progresistas-Reaccionarios, Fascistas….

– No, hombre. Otra guerra.

– La tenemos. La Civil del 36, la de siempre, siempre ganándola.

– Hazte a la idea de que eso está muy visto. Renovarse o morir.

Polpy sacó un fajo de papeles de una de sus variadas carteras ministeriales y explicó a Konfinátor, que parecía desconcertado y alarmado incluso y se había aflojado la corbata, siempre roja:

– He escogido, de esta lista, varias alternativas extremadamente oportunas. La primera: Declaremos la guerra a Australia.

Konfinátor le miró con incredulidad. El Asesor Máximo no dejó espacio a la reflexión y entró en detalles:

-A Australia, sí, por supuesto. Tengo las estadísticas de la pandemia que hemos padecido y todavía no dominado. Pues bien, somos los peor valorados, el Gobierno más ineficaz que ha dado origen al mayor número de víctimas, millares de muertos y más de infestados. Australia, sin embargo, figura entre los países mejor situados al respecto. Esto es insufrible, ignominioso, una ofensa para la dignidad nacional (así habrá que presentarlo). Guerra a Australia.

El Presidente parecía desconcertado pero no dejaba de atraerle la opción. . Era amigo de golpes de efecto que no requiriesen profundas reflexiones, estudios ni acuerdos y en su mente se movía junto a la mesa de un casino en el que él desbancaba a sus rivales con apuestas imprevistas. Decidió introducir un factor que demostrara sus dotes estratégicas. A veces precisaba mostrar a Polpy que su Asesor no era el único ideólogo del tándem que formaban, y también él tenía conocimientos y capacidades estratégicas.

– Australia está lejos, bastante lejos. Eso es una ventaja para esquivar el seguimiento bélico y presentar a la población inevitables gastos de logística y transporte.

Polpy añadió, tras un breve y simbólico aplauso:

-Mientras le declaramos la guerra, planteamos su desarrollo y redactamos condiciones para que se avengan a firmar una paz honrosa y rectifiquen su estadística comparativamente ofensiva, es muy probable que la situación aquí nos permita volver.

– ¿Y las demás opciones? -inquirió Konfinátor.

Polpy sacó un nuevo folio de otra cartera:

– Sabrás que se duda sobre el estado de salud, e incluso se especula acerca del fallecimiento, del Líder Supremo de Corea del Norte. Es una ocasión. Necesitarán un reemplazo y, como entre ellos las relaciones de los posibles sucesores son tensas, podemos postular perfectamente al puesto. Tanto más cuanto que somos hermanos de ideología.

– ¡La guerra a Corea del Norte! Ésos tienen misiles nucleares. Ni te lo pienses, y que no salga de aquí la idea. -el Presidente miró a su alrededor en un gesto instintivo de búsqueda de micrófonos ocultos.

-No, hombre, no -le tranquilizó rápidamente su Asesor en jefe- De guerra nada. Al contrario. Allí hay serias posibilidades de que el puesto presidencial se quede vacante. Con mi asesoría ideológica, tus antecedentes y tu prestancia no dudo de que estarían encantados.

Konfinátor parecía dudoso pero no descartaba la posibilidad.

Fue hacia la ventana. Las inquietantes colas de gente aumentaban. En Corea del Norte no hubiera pasado. Polpy, que cuando tenía una propuesta no soltaba presa, se situó junto a él. Durante unos instantes ambos se deleitaron con la misma idea: Les surgió el recuerdo de las imágenes televisadas de los funerales del líder norcoreano padre del actual, y se vieron, con un placer rayano en el éxtasis, rodeados de una multitud que lloraba a gritos y a lágrima viva su ausencia mientras un eficaz cuerpo policial apuntaba, para denuncia y severas represalias, a los que no habían mostrado su dolor lo suficiente.

– ¿Más opciones? – preguntó Konfinátor.

– Alimentar mejor las guerras de aquí. Las que nos salvan siempre.

 

Madrid, 16 de mayo de 2020

La luz roja

 Nada o bien poco es la epidemia del virus, de alcance y duración limitados pese a todo, en comparación con el golpe de Estado fáctico que se va imponiendo sobre una ciudadanía anestesiada y paralizada por el miedo o inmovilizada por el recurso a la fuerza. Un miedo inseparable de la calculada incertidumbre, la arbitrariedad, la ignorancia y una dosis de simple maldad nada desdeñable de los que se han aupado hasta el Gobierno. Prácticamente en horas veinticuatro la vida de cada cual ha dependido solamente de las decisiones de lejanos jefes, su encarcelamiento y control es completo, la red de denunciantes capilar porque de cada uno se ha hecho el potencial causante de la agonía de los otros Las antaño fuerzas de protección civil se han mudado en hombres de mano del cacique, los antes mayores y ahora viejos eliminables pueden, deben morir, y, sin gasto de energía en silla eléctrica. Bastará con ordenar en cualquier momento su ingreso en un hospital donde atraparán ciertamente el agente del contagio y se les dejará perecer de asfixia porque no valen la pena. Todo asomo de dignidad, valentía y derechos se ha perdido. El miedo ocupa hasta el último resquicio de vida y libertad, sin justificación proporcional alguna con la profilaxis real y la pandemia. Simplemente se ha aprovechado la circunstancia para convertir, terror y propaganda mediante, a la población completa en un ganado manso, sumiso a cualquier obediencia, ansioso de besar la mano que le arroja algún breve alivio y de mirar con reproche al que ose criticar la norma.

Con el empleo a grandes dosis del instrumento del pánico avanza por España el golpe de Estado fáctico, vencedor por incomparecencia de contrarios, y hace de ella un campo de concentración, incrustado entre normales democracias europeas y dirigido a toda máquina hacia un totalitarismo comunista tanto más peligroso cuanto que parece increíble, insólito e imposible a estas alturas. Pero no lo es. El país entero es un botín del inmenso robo planeado y efectuado con extrema rapidez antes de que se recupere el adversario. Es un golpe de Estado en toda regla con el que, mediante el temor, el control de fuerzas antes del orden y ahora a su servicio y la colaboración de tibios, logreros, estafadores, medios de comunicación y mafias sociopolíticas diversas, se devoran cada día y con cada disposición enormes trozos de libertad, hasta no dejar de la estructura democrática y la Constitución sino la fachada y las cáscaras verbales.

La indispensable arma del miedo se maneja en volúmenes descomunales, potenciada por el nada inocente anuncio de que España tiene un muy bajo índice de afectados. Esto significa que la mayor parte de los ciudadanos carece de defensas y, por lo tanto, el mensaje subliminal es claro: No puede recuperarse la libertad, nunca en la práctica. No habrá derechos, ni movilidad ciudadanos ni se cumplirán las leyes porque el país entero estará indefinidamente sometido a lo que los dirigentes dispongan. A la inversa actúan los demás países civilizados. El Gobierno alemán alertó desde el principio de que más de un ochenta por ciento de la población iba a pasar por el contagio, y ahora recuperan sus libertades y sus vidas. En sentido opuesto, al Gobierno de España le interesa mantener en estado de perpetua zozobra a la gran mayoría de los habitantes, sin defensas y en espera ser fatalmente infectados.

El golpe de Estado oficioso está en marcha, y a marchas forzadas. Ha dispuesto por omisión impunemente de las vidas de miles de ciudadanos, desprecia y segrega según la edad que se tenga, acostumbra a la sociedad a participar y a hacerse cómplice de hechos y actitudes arbitrarios, ridículos, criminales y cobardes, destruye democracia y derechos, impone como formas de ser aceptables y habituales la mentira, la represión, el odio y la envidia. Se ha encendido la luz roja. Y es de verdadero peligro al lado del cual el virus, transitorio y no humano, se reduce a un desdichado accidente que ha sido y es utilizado para envilecer, dominar y hundir en el totalitarismo de baja estofa y en la miseria moral, cívica y económica a toda una nación.

 

Madrid, 23 de mayo de 2020

¿PARA CUÁNDO LA ESTRELLA AMARILLA?

 ¿Para cuándo la estrella amarilla? Porque esto no es inocente. Nadie es tan imbécil como para no advertir que, si decreta que los mayores de setenta años son “personas de riesgo”, el vulgo lo que va a entender, no es que la enfermedad sea en ellos más grave, sino que la transmiten más. Y el aparente estúpido benéfico sabe bien que, si ordena para ellos horas y zonas especiales, los está reduciendo a la categoría de leprosos, de no-personas normales con sus derechos. El fabricante de ghettos ya tuvo buen cuidado de reemplazar “tercera edad” y “mayores” por “ancianos” y “viejos” = desechos contagiosos. Sabe que le aplaudirán los que consideran que esos nuevos judíos sobran para así dar paso a los de cuarenta años. El sicario solícito no ignora que esas gentes a eliminar -por miles en las residencias o en la soledad de sus casas- o a encerrar y sacar vigilados peor que un perro tienen memoria y no votarían a sus jefes. Y sabe que es rentable azuzar, junto con el miedo, los peores instintos de la masa.

Venga, valientes. Yo, que me he recorrido y sigo recorriendo, sola, más de cien países y he escrito varios libros, yo, que os desprecio infinitamente y desprecio que hayáis envilecido el mío hasta tal punto, os reto desde aquí a algún tipo de confrontación intelectual con un no-judío actual, es decir, el de menos de setenta años que os plazca.

Y de paso echamos un vistacillo al currículum vitae.

Mercedes Rosúa

Rosúa

 

 

BAJO LAS TERRAZAS

 Madrid, 30 de mayo de 2020

El hervor de conversaciones que buscan imponerse en el intercambio confuso de sonidos, los saludos, risas y gestos que desbordan el brocal de de cada rostro, la ansiedad de ocupación de las terrazas y el flujo de nuevos adictos al deporte y al paseo acotado y dirigido han cubierto, con la rápida inconsistencia del subir de la leche, las calles recién autorizadas, con limitaciones y reparos, para una apariencia de vida normal.

Pero no lo es. Se ha abierto una brecha, se vive un paréntesis. La sociedad no es ni será ya una. Tiene defraudadores nefastos y visibles en su misma cúpula contra los que ni se atreve ni apenas sabe protestar, castrado el ánimo por el reparto masivo, bajo un confinamiento insólito en Europa, de un miedo a la muerte ante el que toda sumisión es poca Y acepta mansamente dirigir su terror, agresividad reprimida y frustraciones hacia los que le han colocado como diana, cuantos han sido, por su fecha en el carnet de identidad, etiquetados con el marchamo de viejos e, implícita y falsamente, peligrosos. Ha vivido, y vive, la experiencia de su pequeño Holocausto, de sus judíos light al alcance del comisario vocacional. En su gran mayoría, aplaude el nuevo apartheid, siguiendo el ejemplo y consigna del que ocupa el poder, al que prefiere seguir considerando el bando de los Buenos en la ancestral dualidad sin la cual en España no se sabe vivir, hablar ni pensar. Se necesita abrigarse en uno de los dos rediles imaginarios y celebrar, con el pastor magnánimo, que le aflojen la cadena y le permitan algún tiempo de asueto.

Mientras, los ganadores de la única dualidad real, la de Parásitos y no Parásitos, los de la guerra y el maniqueísmo inventados al efecto, ven llegada su gran oportunidad y prosperan.

En estas islas de euforia no hay una sola referencia a los recientes y aún frescos y humeantes horrores, no se desliza crítica disonante alguna, ni reflexión ni constatación siquiera respecto a que su país, cuyo nombre, símbolos y lengua prefiere se omitan, sea ejemplo mundial de negligencia y mortalidad proporcional. Ni la más leve alusión a cifras incontestables y a víctimas que no son debidas al carácter global e impredecible de la catástrofe ni a la torpeza inocente sino a la política de propaganda y a la ambición gubernamentales, al ensayo general totalitario gracias a la oportuna plaga. La libertad, la dignidad, el respeto en igualdad de las personas por el simple hecho de serlo, están ausentes. En las aceras acompaña a los brindis y a las voces el reverso de un silencio oscuro, el vacío sobre la selección y abandono de aquéllos, miles a los que por su edad se les ha cosido la invisible estrella amarilla de apestados. Los que en otros lugares serían ciudadanos son en España grupos segregados, reducidos a ghettos espaciales y temporales, o cadáveres que, al parecer, a nadie importan. Tan sólo cuenta el consumo febril y agradecido de la ración de ocio ofrecida por el Jefe, las tapas y el silencio en cuanto a temas desagradables, inoportunos, que son empujados, con las migajas y desinfectante, debajo de la mesa

Los bares con terrazas son islas afortunadas y, como las sillas, objeto de codicia. En ellas se arracima la nueva aristocracia de los jóvenes, la tribu victoriosa sin batallas a la que, por el simple hecho de haber comenzado a existir recientemente, todo se le debe. Suyos son el territorio y el festejo, cualquier futuro, de años o de minutos, cualquier vida. Ya no forman parte por igual, por vez primera, de la especie humana todas las personas. La peste, repentina como un hacha, ha multiplicado su mensaje por y en todos los medios como jamás había ocurrido con plaga alguna, ha segado, arrinconado, barrido a miles de habitantes, sin que en apariencia se repare en ello, sin que se perciba el menor hueco ni el discurso oficial despierte reproche, repugnancia o risa, sin que en el jolgorio, anécdotas y relatos sólo atentos a las relaciones inmediatas se abra la ventana más mínima, por casualidad, con vistas a muy distintos horizontes, al páramo, inexplicado del muy reciente horror, al juicio inapelable de los datos y cifras que tienen un origen, una causa, rostros televisivos, nombres, cargos, sueldos, manos.

Nada importa ni existe fuera de la homogeneidad del risueño paisaje, del remanso de gozoso intercambio y de exhibición del triunfo incontestable de la gran tribu de cuantos, por su edad, no han sido incluidos en la leprosería. El archipiélago de terrazas y bebidas, envuelto y acariciado por su marejada de fiesta, y por los mimos del poder más fácil, ignora en sus círculos de platos y vasos, de ropa al fin de estreno y de intercambios, la corriente cansina, silenciosa de aquéllos que enfermedad y muerte han desdeñado y que pasan con cierto aire de excusa de estar vivos, de ocupar todavía algún espacio. Es la corriente de edad casi prohibida que por primera vez se sabe ganado de redil y matadero, miembros del no-personas que ha pasado a ser última clase, excluida del mundo de la estética y la imagen.

Se vive intensamente en las aceras. Y esa intensidad no es alegría, no es el normal alivio tras encierro ni el derecho vital recuperado tras la larga victoria. La ebullición triunfal es un paréntesis, cada cual en su círculo, en su esfera, en la burbuja que no roza nada que estorbe a sus colores irisados. Debajo de las sillas y bebidas hay una grieta, un espacio profundo en el que reposan, ni vengados ni siquiera aludidos, miles de fallecidos, agonías de asfixia y soledad, indefensiones, de un silencio brutal que tiene origen y rostros de quienes nunca los miraron ni los visitaron ni afirmaron siquiera, con gesto de dolor, que merecían duelo y atenciones. Sobre cada abandono hay el brillo insultante de una corbata roja inalterable, del dirigente que nunca los citaba, del que jamás fue a verlos, del que callaba para no nombrarlos.

Es todo un gran paréntesis, que encierra otros y a su vez habita en paréntesis sin los cuales el peculiar ganado ciudadano de los apriscos fijos, seculares, no sabría vivir. Es un lugar que no sale, como otros, de la plaga porque no es un país y bien lo sabe. Son racimos de charlas, de festejos, de despreciados y de segregados, de caras y de nombres que se evitan u olvidan, de trozos de holocaustos, de desapariciones digeribles siempre y cuando se acepten los discursos del jefe de la tribu y, enseguida, se ocupe un lugar en la terraza. No es un país. De todo se avergüenza. La memoria será la que le ordenen. Igualdad en asientos y en las tapas. Una vaga esperanza de propinas y de gratis total, el diploma automático, la subvención segura, casa, mantel y voto por supuesto.

Bajo las mesas un oscuro estrato de lo que no se habla ni se piensa. El antes y el después. En medio nada.

Rosúa

 

 

Madrid 7 de junio de 2020

En el bullicioso andén de Auschwitz.

Ya estamos a la altura de Alemania, al menos sí en el buen camino. No en el progreso económico, en el rendimiento laboral ni en en la seguridad ciudadana, pero sí en el remedo de la eliminación selectiva de los seres humanos, en la eutanasia y en la eugenesia, en el pequeño holocausto, con retraso, pero más vale tarde que nunca. Los mismos españoles que se vanagloriaban de su falta de racismo, de su horror y lágrima fáciles cuando veían en la pantalla los campos de exterminio, el gas zyklon y la masa de cadáveres judíos no han movido en su gran mayoría dedo ni lengua cuando del asesinato masivo de sus compatriotas se trata. Los señores diputados han escuchado, quizás con cierta incomodidad pasajera que no ha afectado a su puesto ni a a su sueldo, el relato a más no poder reciente y verídico, de cómo los médicos -da cierto rubor escribir la palabra- iban por las habitaciones de residencias señalando a los que había que dejar morir con dosis de morfina. Y ni uno solo de los diputados se levantó y abandonó con horror el Parlamento tras acusar al Gobierno en pleno, sumo e inexcusable responsable de una de las mayores negligencias homicidas que registra la Historia, de millares de muertos. Nadie en la España de 2020, ese pobre país que se avergüenza de llamarse nación y decir su nombre, se horrorizó visiblemente, renunció a cuanto hubiera que renunciar y denunció, desde la cortaba roja y festiva con la que el Presidente alardeaba de su indiferencia hacia el holocausto light, hasta el último de los apoyos silentes que permitían tamaño espanto, pasando por el visir apalancado en su escaño y su riqueza reciente, impasible el ademán mirando siempre al frente para no ver atrás el montón de cadáveres que ignora.

El nuevo andén de Auschwitz está concurrido, en él se apiñan cuantos sobrepasan los setenta años. En terrazas próximas reinan el bullicio y la indiferencia respecto al andén de enfrente. De los vagones que son cuartos de residencias y de pisos particulares descienden o se resisten a descender multitudes que han sido nombradas globalmente ancianos, sinónimo de enemigos del pueblo, infecciosos, peligrosos y desechables. Bajan a trompicones, en su mayoría no se atreven siquiera a protestar ni llamar la atención. Han interiorizado su sentencia, la premura inminente de su asesinato legal en soledad y sin el menor recurso. Ha sido uno de los más rápidos procesos de pena de muerte jamás dictados. Aturdidos, abrumados por el repentino cambio que les arrebata el derecho a la vida, los que se creían ciudadanos reciben la sentencia de droga terminal y, aunque alguno grita, su grito no llega al otro lado, el de los de menor edad. En él se celebra, con botellón y expectativas de diversión y paga próximas, el espacio dejado por los que se van transformando en humo de crematorio. En el lugar del bullicio y del olvido, según la doble selección avanza, oleadas de exentos de la muerte por decreto se unen a la alegría de la fiesta. Ninguno mira hacia el andén de enfrente, y reservan la lágrima para el maltrato a especies animales protegidas y para los crímenes raciales en América.

Los del marchamo de la solución final, sabedores de su suerte, antes se han resistido, se han escondido, en silencio, evitando sobre todo acudir a centro sanitario u oficial alguno, sabedores de que firmaban, al ser fichados, su sentencia, que la nota con su edad y nombre era el pasaporte al exterminio, a la sala plagada de contagios, a la leprosería, a que se abominara hasta de verlos. Han pasado en horas veinticuatro de ser personas a categoría infame y perseguible. A nadie se ha degradado tanto en tan corto espacio de tiempo.

La capital europea del complejo, la indiferencia, y la envidia, a falta de mejores referentes, se afanó en los esquemas genocidas que cumplen pronto un siglo. Lo hizo en el formato restringido que le permitían las circunstancias, pero no ha dudado en recurrir a él en cuanto la ocasión se ha presentado, sin horror, sin escándalo, sin el más mínimo cambio en el Gobierno, sin protestas en prensa ni en las calles. De las peores brasas de Alemania, hoy país noble, rico, libre, España ha recogido su mezquina, apresurada, pequeña antorcha, el horario de trenes a la nada, el profundo desprecio de lo humano. A su medida de país que no merece serlo.

Rosúa

Madrid 19 de junio de 2020

Escuela de servidumbre

– Hay que obedecer a los que mandan.

El señor de pasados los cincuenta años está empeñado en demostrar, frente al vigilante del parque recién abierto, a la visitante que ha planteado preguntas y a quien quiera oír su elevado tono de voz su absoluta fidelidad a las órdenes del que esté arriba, el Presidente y adláteres, los cuales al fin y al cabo justifican cualquier disposición con el irrefutable argumento de que es para salvarle la vida, oportunísima variante, servida por las circunstancias, del “Es por su bien”. En el régimen de completa falta de libertades del individuo, súbitamente diseñado e indefinido y renovado según el solo criterio del Jefe del Partido, no ha lugar para críticas, razonamientos, discusiones ni denuncias. Cuando se ha colocado sobre las cabezas de la población una miríada de espadines de Damocles fabricados con los trozos de la espada que era símbolo de la defensa de la Justicia todo está permitido al Poder, la indefensión ciudadana es completa, la impunidad del núcleo directivo, que se ha alzado hasta la cima parlamentaria sobre una plataforma de populismos y espurias alianzas, es absoluta. La realidad, la Ley, la verdad no existen, se vierten en moldes y se trocean y distribuyen según conveniencia, el conjunto regido por la providencial causa de fuerza mayor y digerido y asumido, con mayor facilidad a cada hora que pasa, por un público que de ciudadano ha pasado a ser siervo, en una escala de degradación directamente proporcional a la delegación de espíritu crítico y libertades. El Bien se identifica con ese remedo de felicidad que es la sumisión al Dueño que garantice seguridad aparente, y la sociedad se desliza hacia un indefinido y variable Estado de Alarma sin otros límites que la imposición arbitraria y personalista del Líder y la identificación como “enemigos del pueblo”, útiles para verter la agresividad inconsciente acumulada, de cualesquiera que osen contradecirlo.

La servidumbre, en principio potenciada por la brusquedad de las drásticas y repentinas medidas tomadas al comienzo de la pandemia que han desarmado, de entrada, las defensas racionales y la capacidad de distanciamiento individual, irá luego por etapas. La parálisis inducida de toda actividad personal y laboral, la desmesura y sobreactuación gubernamentales y sus consiguientes y nefastos efectos sociales y económicos se verán blindados por su propia e inevitable dinámica totalitaria, por la imposibilidad de oposición y expresión debida al confinamiento, por el temor a males mayores y por la inseguridad y repentina ausencia de horizonte y alternativas viables. El individuo ha sido enterrado por una avalancha mediática y bajo ella, que se renueva cada día, permanece. Por supuesto, la gestión oficial podría y debería haber sido eficaz, las medidas adecuadas, la actitud gubernamental honesta y no centrada, como lo ha sido, en la propaganda y en las propias ambiciones. No lo fue en absoluto, ha reducido un país libre a un coto particular de servidumbre de cuyas parcelas Partido y Líder otorgarán franquicias según intereses y subarriendos y en el que han colocado, para esparcimiento de los vasallos, orquestas ideológicas ayunas de cualquier formación que sobrepase el recitado de los mantras de la moral única.

El señor del parque se ha descubierto una vocación de esclavo, que comparte cada vez con mayor número de adeptos a la delegación de los derechos y la libertad personales en pro del cálido refugio que les ofrece el Líder salvador a cambio de apoyarlo sin reservas, generalmente en un mundo dual, falso pero tan útil como fácil y primario. El señor que proclama su fidelidad es, sin saberlo, un fenotipo, una fotocopia que se ha multiplicado y esparcido progresiva y abundantemente según ha transcurrido la pandemia. La fotocopiadora, la grande y prolífica máquina, se diría que ha enloquecido, y derrama sin cesar, y sin límite alguno, consignas, canciones, exhortaciones, jaculatorias triunfalistas, laudes familiares, maitines new wave, boletines de noticias seleccionadas, pulidas y tratadas para que se adapten al marco preceptivo de la bondad de los superiores y el mal pasajero. La profilaxis ha sido convertida en una sembradora frenética de miedos, resignación, sumisiones y ríos de dulzona salsa que confluyen en el agradecimiento al Líder. Ningún absurdo podrá ser calificado como tal, ninguna mentira denunciada, Para demostrar adhesión, gratitud y fidelidad al Jefe todos los asentimientos y obediencias serán pocos, y preceptivas las indignaciones, las ráfagas de reprimida violencia que se descarguen contra el discordante. Porque siempre el ataque al semejante que destaca y que rechaza pastor y rebaño es proporcional a los extremos de servilismo al opresor.

El hombre de escaso pelo gris habla con el guardián del parque, el mínimo, pero, a fin de cuentas, representante de la autoridad que ha encontrado, y, tomando como auditorio al peatón más próximo, profesa fidelidad a todas y cada una de las normas, a la lista kilométrica de prohibiciones que vetan servicios públicos, bancos, pistas, carreras, paradas, comentarios. El denso público ha acudido al reciente y glorioso evento de la apertura de la verja, tras meses de privación de césped, setos y árboles., y discurre, en denso flujo al que está vetado tanto detenerse o sentarse como apresurarse en exceso, por los carriles permitidos, circulares, evocación de un Dante diurno y urbano, un Dante sin atributos que agradece el segmento de asueto. El público ha deglutido, sin mayor esfuerzo, la segregación, para miles con efectos letales, de una capa amplísima de la población en función de su fecha de nacimiento, ha rechazado darse por enterado del nunca antes visto apartheid e interioriza como natural el rechazo de personas que considera, gracias a una nomenclatura oficial ambigua y dañina, malsanas. El ciudadano, en su mayor parte, ha comulgado con fragmentos del Estado de Alarma cortados a su medida, y se hunde blandamente, entre los aplausos del Dueño, en una degradación que, a trueque de un aparente plus de seguridad, le hace cómplice e incluso le promete gratuidades y dádivas que, en el fondo, se saben de ficticio cumplimento y que le harán pobre, dependiente y miserable.

La democracia tiene la molesta característica de plasmar en resultados y en números lo que una comunidad realmente es, no lo que dice ni lo que pretende ser, por sus propios merecimientos y decisiones. En el caso español, se trata de un país en el que la dispersión tribal y la envidia no le permiten serlo, avergonzado de sí mismo y con fuerte querencia de cacique, una desdichada excepción en el conjunto de las naciones, entre las cuales sólo por inercia y nominalmente como tal figura. No es ni quiere ser nación a la par de las europeas y no europeas, como ha demostrado de forma palmaria en las elecciones. Tuvo un periodo digno de tal nombre, hasta los años ochenta del siglo XX y entró luego en un proceso de disgregación y abominación de sí mismo. En estas primeras décadas del XXI no pasa de enjambre de intereses fiel reflejo de una población sin conciencia general ciudadana ni interés por la verdad o por escala real alguna de valores, un colectivo que puede mostrarse solidario por momentáneos impulsos afectivos pero que luego carece de coherencia, exigencia moral y reflexión intelectual, dado posiblemente a chispazos de aspiraciones y logros positivos de cuya fugacidad dan muestras el olvido de la pasada  envergadura de aspiraciones y la altura de miras que dio origen a su Constitución.

El filtro inverso que potencia lo peor y a los peores, ese peligroso envés de la democracia, se ha visto apoyado en España por un inesperado y providencial socio, cortado a su medida y similar al General Invierno, que hizo perder la guerra de Rusia a los alemanes durante la II Guerra Mundial. Aquí se trata del Capitán Miedo, con mando en plaza pero que al formato de la gestión española se queda en Cabo Chusquero. Ninguno tan eficaz cuando se quiere reducir a la nada las defensas, físicas y sobre todo psicológicas de los ciudadanos, cuando se pretende transformarlos en horas veinticuatro en una masa acobardada y dispuesta a asentir y someterse a cualquier iniciativa del Gobierno, por absurda, torpe, contradictoria y desmesurada que ésta sea, so pretexto de salvar sus vidas. El Capitán Miedo ha hecho sonar el toque de queda y se reserva la potestad de imponerlo siempre que lo desee. Con su vigoroso respaldo todo, absolutamente todo, está permitido al Partido y su Presidente y éste sabe que no habrá objeción alguna, y ni siquiera extrañeza ni comentario, por muchas contradicciones sucesivas, empecinados silencios y completa ausencia de credibilidad de sus afirmaciones. El Líder puede estar seguro de que será votado, aplaudido, alabado sean cuales fueren sus discursos y actos, que la ruina económica, la fragmentación y desmembramiento nacionales y el reparto como botín, entre amigos y afines, de presupuesto, territorio y cargos no hallará resistencia, porque el espacio cívico lo ocupa, en apretadas filas, el destacamento del terror y desconcierto, de la ansiedad e incertidumbre al que ha abierto las puertas el manejo interesado de la pandemia con su cortejo de indefensión y silenciado pánico. El Capitán Miedo ha reemplazado la realidad, la evidencia de datos, comparaciones y análisis por la única perspectiva de una mente genuflexa que ha renunciado a sus derechos y sólo busca líder, salvación y olvido, como si no hubiesen existido jamás, de las víctimas. Bajo la euforia aparente del gran peligro que se considera pasado y el alivio comparativo miserable de no pertenecer al sector de población con más posibilidades de muerte, discurre la corriente subterránea de la segregación y la falsedad asumidas, de la ceguera voluntaria y la colaboración pasiva y culpable con disposiciones que se saben incompatibles con la libertad, la humanidad y los derechos individuales. Pero el Capitán Miedo ha ganado la batalla y ahondado la fractura invisible que separa y aleja al país de dudoso título como tal de los que sí lo merecen.

La servidumbre, aprovechando la pandemia, se ha instalado sobre un territorio que venía abonado desde hacía décadas, se ajusta sin esfuerzo a un esquema y directrices preexistentes, con algunos hitos señeros como la exhortación, masivamente seguida, a, tras un atentado terrorista que causó en Madrid centenares de muertos, manifestarse en contra y denigrar, no a los asesinos, sino al Gobierno legítimo. La escuela de servidumbre ha tenido su parvulario en el enconado y bien difundido odio a la jerarquía de valores, a la excelencia en sí, al individuo que vale, logra y posee por su propio mérito, se ha plasmado en el ansia de abatir cuanto y cuantos sobresalen, que probable e inconscientemente se plasma en la imagen de la destrucción en 2001 de las Torres Gemelas, ha florecido en libros de texto, en una Historia cortada a la más mezquina medida, en el empeño, propio de la seguridad de la propia bajeza, de reducir al mínimo común denominador la calidad y posibilidades de mejora personales, ha hecho masa con lo peor, lo fácil, lo que no pide esfuerzo, riesgo ni valía, removiendo los posos del cuenco de la exaltación sentimental y las brasas de rencores prendidos y avivados al efecto. La neolengua ha florecido en todo su sórdido esplendor porque es la que jalona el más fácil de los senderos, el que consiste en negar y destruir cuanto a la grey del poco valor y de la envidia sobrepasa, desde la civilización, derechos y logros del espacio europeo hasta a aquéllos que, con su valor, esfuerzo y hechos, forjaron una calidad de vida que luego ha permitido a la espesa maraña de parásitos medrar, bienvivir a su sombra y repartirse, hasta arrasarlo, aquello que nunca sembraron.

La Escuela de la Servidumbre ha hallado, sucesivamente, grandes e inesperados apoyos y extendido el desigual archipiélago totalitario por sociedades que habían pagado un alto precio por ser libres y que no ignoraban que los valores que hacen la vida cotidiana mejor y más digna exigen de continuo defensa, reivindicación y esfuerzo. Pasadas pocas generaciones, ese tejido se ha impregnado de una pulsión atractiva y suicida que es la antítesis de las anteriores aspiraciones pero ofrece excitación y, a los cabecillas y sus clanes, un muy buen vivir inmerecido y gran audiencia. Las tribus sin individuos pero con generosos ingresos y que disfrutan de popularidad y amable tratamiento mediático, las clientelas de la utopía, son la bendición de países totalitarios y francamente dictatoriales, de Rusia, de la China comunista y de los demás asentados en el oficial estado de alarma permanente. Y éstos esperan que progrese la creciente pedagogía de la escuela de servidumbre.

La espada de la Justicia se ha fraccionado y, para gozo de las dictaduras con aspiraciones o ya logros totalitarios. El área de los Estados de Derecho, que, mientras no se demuestre lo contrario, coincidía con Europa, parte de América y contadas, y valerosas, zonas de Asia, es un maremágnum de aspirantes a reyezuelos y coros y danzas parásitos que ofrecen a masas atemorizadas y, a ser posible, dependientes y empobrecidas el todo a cien y el victimismo subvencionado vitalicio. Con una ausencia tal de libertad y un grado de intromisión en la vida privada, de estupidez, pretensiones de control y explotación en beneficio de mafias dominantes como no se ha visto antes jamás. Potencias en las que se ha transmutado el antiguo comunismo sin perder un ápice del origen que a sus sistemas define no aspiran a mejor escenario mundial que al de un Occidente sin libertades individuales, derechos ni valores, acrítico y manso comprador de sus productos, dirigido por franquicias populistas a su servicio y enjaulado -ése sí que es peligro planetario- en redes informáticas. Ya no hacen falta costosas invasiones militares; sólo convencer a los invadidos.

La pandemia puede actuar, y está actuando, como un catalizador en el que confluyen, desde antes del virus, tendencias, explosiones e implosiones que llevan a la servidumbre. Pero, si la espada de la estatua garante de Derecho y libertades está hecha trizas por desistimiento de defensores, aún queda la balanza de la justicia, los dos platillos donde se sitúan, por instintivo reconocimiento, el bien y el mal. Los países democráticos van a tener, más allá del silbato del Capitán Miedo y el Líder de la imagen única y la mentira impune, lo que se merecen, el platillo que escojan y que se inclinará hacia la sumisión o se alzará hacia dignidad y libertades, según donde se sitúe mayor número de población con una mejor conciencia del precio y riesgo de los valores y de una calidad de existencia a la que no ha sido fácil llegar pero que, desde luego, es la que vale la pena.

Rosúa

 

 

El País de No Pagarás

 

Había una vez un país en el que nada se pagaba nunca y esa era su divisa, su credo, su proyecto, su visión del futuro y su firme creencia de cuál había sido, o debería haber sido, su pasado. Cada mañana, a la que el sol salía, sus habitantes esperaban que iba a iluminar un territorio nuevo en el que, a diferencia de oscuros tiempos anteriores, no quedaría apenas rastro, como de un mal sueño, de los desagradables usos y costumbres de la era antigua, injusta y trabajosa. Se encontraría cada cual, en la misma proporción, calidad y peso, su desayuno, y así ocurriría con todas las pitanzas. De manera semejante, y según gusto, cercanía y apetencia, se instalaría cada uno, por horas días, años o semanas, en la casa que fuese de su agrado, desplazando, si necesidad de ello hubiere, a los ocupantes. De igual forma se procedería con la vestimenta, vehículos, objetos y con cualquier tipo de servicios.

En el País de no Pagarás se valoraba, sin embargo, en extremo la consecuencia, de manera que el conjunto, de los mayores a los menores actos, correspondiera estrictamente a la divisa. Hubiera sido de abominable mal gusto y de reprobación unánime la exigencia de algún tipo de contrapartida para ocupar oficios, trabajos, cargos, ocupaciones de cualquier índole. Se entraba tranquilamente en el despacho, sala, aula, consulta, obra, centro de cualesquiera operaciones, y de la misma forma se abandonaba, como era frecuente, en breve por fatiga o hastío, o por exigencia del siguiente ocupante. Grandes dispensadores de lo que se vino a llamar, por pura estítica ya que así figuraba en la letra gótica de las introducciones, títulos se situaban en zonas ajardinadas que ocupaban espacios que otrora se llamaron universitarios. En cada máquina bastaba con la impresión de la palma de la mano para que aparecieran sucesivamente, a elección del consumidor, diplomas diversos de la categoría que se deseara. No existía, lógicamente, la menor contradicción en el número de sus poseedores puesto que aquellos decorativos documentos en modo alguno implicaban conocimiento ni especialización de ningún tipo ni eran, en el feliz País de No Pagarás, remunerados o exigidos. De hecho, cada mañana el césped aparecía sembrado de ellos hasta que eran oportunamente dispersados por el viento.

Las reuniones nunca eran de menos de mil individuos y transcurrían en un cordial intercambio de abrazos y besos animados por la afectuosa consigna “De gente a gente”, en un clima de homogéneo disfrute de la seguridad en la homogeneidad y gratuidad de los días y en la certidumbre de que, en cualquier caso, jamása existirían diferencias ni remuneración alguna entre los miembros de la “gente”. De hecho, se había borrado del léxico como obsoleta la palabra “envidia” puesto que en No Pagarás carecía de sentido. El vocabulario había experimentado un sano proceso de adelgazamiento, perdido buena parte de la grasa verbal que obligaba a manejar sutilezas y múltiples significados que incomodaban en las vastas reuniones a los asistentes. Cabía incluso el peligro de que el entramado de conceptos y palabras los llevara a hacer un esfuerzo, lo que chocaba frontalmente con los principios y leyes en vigor

La vida social y política era en No Pagarás mucho más animada de lo que hubiera podido suponerse. Cada día se fabricaban y exhibían un pasado y un futuro nuevos, con personajes, preferentemente colectivos, cotados a la medida de “Gente”, intercambiables y por encima de todo en absoluto susceptibles de despertar inquietudes de emulación ni desazón comparativo. Se trataba de un divertido pasatiempo semejante al de ir incrustando diminutas piezas en el tapiz de un rompecabezas de grandes dimensiones al que se debían adaptar, sin perfiles discordantes ni aristas, las figuras del pasado que desordenadamente fueran surgiendo y las que pudieran añadirse en el tejido futuro de la nación dichosa repleta de gente bienaventurada. País feliz hasta tal punto que ni siquiera lo turbaban arcaicos recuerdos de la vieja nomenclatura o asuntos de trámite respecto a los vecinos. Ningún rasgo ni símbolo comparativos eran en él aceptables por cuanto implicarían contrapartida de atención y esfuerzo, conocimiento del pasado y enojosas categorías, tanto tiempo ha abolidas, de valor y mérito. Bajo la guía paternal de “Gente”, se habían repartido hacía mucho tiempo fragmentos de fronteras, accidentes geográficos, hablas, flora, fauna y fenómenos atmosféricos, y se hablaba con temor y hostilidad, en voz baja con tono y miradas huidizos, del tiempo oscuro de las diferencias, los esfuerzos, la obligatoriedad de tareas y los pagos. Luego se elevaba la mirada agradecida hacia el cielo homogéneo, sin nubes, tormentas ni pájaros, del infalible salvador Gente, incorpóreo y semejante a una acogedora cúpula de mullidos materiales.

Los países de la comunidad Pagamos se habían acomodado sin esfuerzo al trato con el apéndice extemporáneo que representaba el País de No Pagarás. Atravesaban sus inexistentes fronteras, pasaban en él temporadas extremadamente gratas y disponían ventajosamente de cuanto les parecía oportuno. Disfrutaban de lo que en él les apetecía, enviaban a los aborígenes indispensables pero bien calculados suministros, les impedían cortésmente el acceso a sus propias naciones exteriores y a los beneficios que en ellas sus ciudadanos pagaban y de los que, lógicamente, disponían, y controlaban la situación de modo parecido a los grandes complejos hoteleros: Cada habitante del País de No Pagarás llevaba una pulsera electrónica con la que se medían gastos subvencionados por los de Pagamos. Así las naciones vecinas del País de No Pagarás se solazaban satisfechas y con saldo favorable en el vecino parque temático que, por añadidura, ofrecía a los visitantes románticos e inquietos un placer especial, de lo distinto, mezcla del sabor de lejana tribu, de las utopías idílicas de las viejas historias y de la seguridad de la pitanza. Con un deje añadido a la satisfacción por la propia generosidad cuando se ha dejado unas monedas al pobre de la esquina.

En el País de No Pagarás la gratuidad absoluta no impedía, muy al contrario, una intensa vida política. Los miembros del núcleo Gente Para La Gente recibían de por vida el más generoso estipendio en especie conocido tras una estancia, por efímera que fuese, en el cargo, y tal bienaventuranza manaba y se arremansaba en nucleolos, como GMG (Gente Más Gente), JP (Jamás Pagar) o VV (Víctimas y Víctimos), que, por serlo, tenían garantizada la continuidad vitalicia de su mirífica situación. Eran seres tan fugaces que apenas se recordaban sus nombres, pero se consideraba indiscutible la consideración que se les debía, que se cimentaba en la sólida, inalterable, inamovible decisión colectiva de no pagar jamás, de la cual se consideraba a Gente Más Gente encarnación y garante.

Rosúa

 

DAÑOS COLATERALES

 “¡Ojalá acabe en un hospital!” A voces, sin venir a cuento, en el vestuario de la piscina de un centro deportivo de Madrid que se esmera en la higiene, una mujer joven se ha colocado de repente a unos centímetros de otra que no lo es, la acusa de no llevar mascarilla y, entre otras invectivas, grita estos buenos deseos. La mujer mayor está secándose tras salir de la ducha, en su cubículo sin nadie a los lados y frente a su taquilla. Naturalmente es imposible llevar mascarilla en esa circunstancia. La explosión de agresividad, violencia e histeria es absolutamente gratuita. Pero no por irracional menos explicable. Consciente, inconsciente, estúpida o estratégicamente se ha hecho todo para fragmentar a la población y someterla haciéndole asumir una segregación a veces en apariencia protectora pero que, en la práctica, la ha envilecido llevándola a asumir una segregación.

Caza, acoso, rechazo, denuncia del viejo que ya no es es “mayor” sino anciano, ramas secas que que sin embargo aún consumen agua, alimentos y recursos y el virus benéfico ha venido, enviado por la sabia Naturaleza y el Dios Planeta, a podar. El subconsciente colectivo se va empapando del mensaje de las dos clases: Juventud sana, fuerte, hermosa y prometedora y Vejez inútil desagradable, fea y parásita de los bienes que, lógicamente deben corresponder al sector (ahora edad sustituye a raza) elegida. Las circunstancias de la pandemia no sólo no han hecho a la gente más fuerte, sino que están haciendo aflorar en buena parte de ella lo peor. Están creando un clima malsano de animosidad, desconfianza irracional y agresiones impunes, bajo excusa del peligro sanitario, y, simultáneamente, de sumisión ante quien se ve como el dueño de la vida y la muerte. El ecosistema ideal para aspirantes a jerarca totalitario. La desdichada frase de “Los mayores son de riesgo” se ha interpretado, no como que en ellos el virus es más letal, sino como que lo transmiten más, lo que es falso. Precisamente la torpeza en consignas de segregación ha favorecido la impunidad y actitud irresponsable de los jóvenes, que se ven dueños de un reino que, mientras no demuestren sus méritos, no se les debe.

Pero como los humanos no somos una camada de lobos (aunque, regresión mediante, se hagan méritos para ello) y su éxito como especie se debe a órganos más arriba de las patas y el brillo del pelaje, pongamos el cerebro y los recovecos de la memoria y la conciencia, la progresión e implantación de los daños colaterales pueden ser mucho peores que el virus.

Mercedes ROSÚA

 

Madrid, 24 de agosto de 2020

 

 

“El gran carnaval” versión española.

 Hay que montar un gran carnaval centrado en el espectáculo y aglutinado en el jefe y su entorno como núcleo y símbolo de sentimientos e imágenes positivos. Debajo, una finalidad totalmente espuria: Lograr, afianzar y monopolizar un botín económico y social. Ésta es, a partir del accidente ocasional de un hombre atrapado en una mina aprovechado por un inteligente y ambicioso periodista sin escrúpulos, la trama de una  película de 1951 de gran actualidad, dirigida por el genial Billy Wilder: “Ace in the Hole”, traducido (y no mal por esta vez) como “El gran carnaval”. En ella  sólo había un muerto, asesinado en realidad por la innecesaria prolongación de su rescate, forzada por el periodista para aumentar el morbo y la cotización de sus artículos, por el el sheriff corrupto, que busca popularidad y reelección, y por la indiferente y codiciosa mujer de la víctima. Acuden masas y medios de comunicación al espectáculo, del cual el periodista se ha asegurado la exclusiva. Pero ese villano, Kirk Douglas, se redime con un final noble.

En España el montaje tiene como pedestal miles de muertos silenciados e innumerables seres humanos segregados y a veces abandonados y condenados a causa de su edad. El foco mediático se centra en el Presidente Líder, que tiene que ser fuerte, en flor de madurez, fotogénico y jamás asociado ni en imagen ni en actividad algunas con la enfermedad, con los ancianos (ya no hay “mayores”), la fealdad, los infectados, los hospitales y la muerte. Véase la pandemia de 2020, en la que el Gobierno español se lleva la palma de la desastrosa gestión y manipulación mediática., Nunca, ni él ni los suyos, el consejero áulico y su alter ego en la Presidencia, los visitaron, no evitaron en el momento oportuno las grandes manifestaciones creadas ad maiorem gloriam suam, (ningún muerto vale perder minutos de televisión y propaganda). Vistieron alegre corbata roja, atuendos deportivos, simpáticos disfraces de ganador de concursos televisivos acordes con la sonrisa equina y el rostro pétreo. Promocionaron, como si de una feria se tratase, canciones, bailes, gastronomía casera, historietas, chascarrillos y gozo juvenil. La triada que controla la visión popular de la plaga promocionó,  canciones, bailes, gastronomía casera, chascarrillos, historietas y actividades de vital gozo juvenil. Detrás, en una silenciosa fosa común mediática, se van apilando las víctimas.

El botín  ahora es enorme, incomparablemente superior a los pocos miles de dólares de Kirk Douglas. Es nada menos que el presupuesto, cargos, medios y fondos de un país entero. Y la asimilación de los aguafiestas críticos y de los pocos que se oponen al robo incluye, naturalmente, como desde hace décadas es norma en España, el chantaje habitual con metralletas cargadas de denuncias de facha, reaccionario, derechista por parte de los que desde los años ochenta viven del lucrativo negocio del antifranquismo post mortem.

El Kirk Douglas de “El gran carnaval” es un personaje de una valentía y capacidad de honradez resplandecientes en comparación con la vileza de la maniobra en la España de 2020, que ha teñido de pasiva complicidad a buena parte de la población. Ha habido en el país presidentes y gobiernos malos, pero ninguno ha inspirado la repugnancia que el actual. Su espectacular fachada de ausencia de escrúpulos y de moral, su exhibición de egoísmo cerril y prepotencia huera y el feroz e incondicional apoyo del grupo Parásito, que es y ha sido el gran enemigo real y no la falsa dualidad izquierdas/derechas, son infinitamente más míseros que cuanto pudo imaginar Billy Wilder.

Rosúa

 

 

 

 

01/6/20

TRISTEZA. ESPAÑA 2020

http://www.elrincondecasandra.es/biografia-bibliografia/Panorama de España 2020.

 

31-XII-2019

TRISTEZA

Tristeza.

Sin límites, tristeza.

Sin excusa.

La del que pisa el cadáver hecho trozos

del que creyó país al que regresa.

Tristeza de vergüenza viscosa y de sonrojo

que cubren los recuerdos de la infancia,

las calles y los nombres de los pueblos

que tuvieron nobleza y un sentido,

que no fueron de nada ni de nadie,

que tuvieron grandeza sin rencores

y se quisieron por igual de todos.

Manjar de ratas hoy, de subasteros,

de feriantes de feria de desechos,

elogio de avidez y alcantarillas

de los repartidores de carroña.

Donde había montañas sumideros.

Donde Historia censura. Donde Arte

zafiedad obligatoria.

Dónde está, qué habéis hecho,

Qué fue de mi país, hoy desguazado.

Quién robó mi regreso, mi esperanza

y ha teñido el lugar de mis recuerdos

con el color viscoso de la envidia,

con la codicia torpe y sin valía.

Nunca debí volver. No merecía

mi país ser país, ni ciudadanos

los que viven en él.

Son y serán criados

de los países que merecen serlo.

Hicieron su bandera

del pálido terror a la grandeza,

del miserable afán del pedigüeño

que se esfuerza en lamer a los tahúres

por si le arrojan gratis de sus sobras

con dedos largos, fríos, enjoyados

con anillos tramposos de la timba.

Nunca debí volver. No había suelo

donde poner el pie, sólo migajas

y un horizonte hecho de repartos

a ras de conveniencia,

sin futuro, sin leyes, sin Historia.

Mapa para roer el pan ajeno

y no ver más altura que el hocico.

Tristeza del país que no fue nunca.

Capital de la envidia y de no serlo.

Mercedes ROSÚA

11/23/19

DIARIO DE A BORDO

DIARIO DE A BORDO

 

LIBROS

LIBROS

 

 

 

 

 

 

 

   

 

DIARIO DE A BORDO

 

Mercedes Rosúa

 

 

 

ÍNDICE

 

1-Con el diario en las manos.

 

2-El discurso del siglo XXI.

 

3-Consignas para un motín.

 

4-El salón de los ritos excitantes.

 

5-Oda rátida al episodio del buque correo.

 

6-La entrega de llaves.

 

7-El reparto del cofre.

 

8-El enviado de Piratas Irredentos.

 

9-Reparto de cargos.

 

10-Los Mercenarios Light.

 

11-Noticias internacionales.

 

12-La rampa viscosa.

 

13-Rueda de prensa.

 

14-Diktátor.

 

15-Gal

 

16-El Galeón de los Ritos Oscuros.

 

17-El cofre sin tesoro.

 

18-Camino de la Cala de los Malditos.

 

19-La Gabarra de los Lisiados.

 

20-Asamblea en la Sala Místico-Planetaria.

 

21-El dúo de la solución final.

 

22-La cruzada sexual.

 

23-Y en superficie…

 

24-La flota imperial.

 

25-El Congreso.

 

26-Himno del PIL

 

27-Confidencias.

 

28-Cónclave.

 

29-Las armas del Imperio.

 

30-Offing agente secreto.

 

31-El Hallazgo.

 

32-Traición y rapto.

 

33-Dulcita y el Imperio de la Felicidad.

 

34-Reparto de papeles.

 

35-Tercer grado.

 

36-El Foso de las Medusas Venenosas.

 

37-Duelos en Diktátor.

 

38-Hazañas Bélicas.

 

39-Asuntos de familia.

 

40-Santabárbara bendita.

 

41-De entre los muertos.

 

42-Lepóridos versus Mustélidos.

 

43-De Profundis

 

44-El final del imperio.

 

45-Testigos peligrosos.

 

46-Agitprop.

 

47-Desconcierto.

 

48- ¡Exclusiva! ¡Exclusiva!

 

49-El arma infantil.

 

50-Currículum.

 

51-La bandera engañosa.

 

52-Cuerpo a cuerpo-

 

53-Siempre nos quedará Diktátor.

 

54-Descubrimiento de la altura.

 

55- ¡Largad lastre! ¡Royendo amarras!

 

56-El mar era una fiesta.

 

57-El Club de la Eterna Venganza.

 

58-Gente’s News.

 

59-Migración

 

60-El Atolón de la Perfecta Igualdad.

 

61- Faros.

 

62-Los náufragos felices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIARIO DE A BORDO

 

 

1

Con el diario en las manos

 

Queridas ratas:

Estáis saltando del barco. Hasta ahí todo es normal. La diferencia es que en el barco que, al fin, se hunde la tripulación estaba compuesta exclusivamente por ratas. Y, por muy náufragos que seáis, no puedo compadecerme de ninguna de vosotras.

Pero sí escribir vuestra historia.

 

Hay multitud de galeotes todavía remando en la flota que habéis, si no aprovisionado, sí dirigido mientras roíais hasta la sombra del tocino y el último grano de las bodegas bien provistas cuando os hicisteis con el mando.

En este mar no existen fronteras, ni recuerdos, ni calendarios. Los galeotes acaban amando sus cadenas porque son lo único firme que recuerdan, y les habéis repetido tantas veces los nombres y la orientación que, sin esa referencia, babor, estribor, a mi izquierda, a mi derecha, se sentirían terriblemente perdidos. Por eso alzan a veces la vista sin detenerse en formas intermedias: el cuenco mermado y escaso, el remo cansino y el cómitre sentado sobre un queso enorme. Miran directamente el Mito Negro que ondea en lo alto, el mito inverso, como el cliché de una fotografía, tejido exactamente con lo opuesto al valor, el tesón, la originalidad, el humor, la inteligencia, la libertad, el genio, la belleza. La tripulación de la nave capitana, ésa que ahora se disputa los mejores puestos en el barco de emergencia, eligió cuidadosamente su símbolo, que campea en lo alto del mástil y es una versión rencorosa de las filas de estrellas utilizadas al otro lado del océano. Optó por un estampado de múltiples cabecitas rátidas sin mancha de león alguno.

Comprendo, ratas, cuán duro ha debido resultaros coexistir con quienes os superaban (o a poco que hicieran podían superaros) por estudios, trabajo, esfuerzo, dotes, honradez, mérito. Era esencial que los galeotes no mirasen hacia arriba, que amasen el grillete porque los colocaba a todos en los mismos bancos y les prometía un mundo tan plano como la cubierta. Para vosotras, que ahora sois un festón negro pespunteando cada superficie, bote salvavidas, camarote, soga, jarcia, claraboya, y que cubrís incluso el casco en vuestro afán de huida del naufragio, la total igualdad era una cuestión de supervivencia, porque ¿cómo si no hubierais logrado destacar de alguna forma, tomar el mando, someter a la antigua población cuando eran todavía ciudadanos de un país?

Quiero cantar para la posteridad el relato de vuestras tácticas, porque tal vez pronto no quede, de lo que creíais dominio indefinido, más que los huecos dejados por la voracidad de vuestros incisivos en cuanto era susceptible de roerse. Utilizasteis, de segunda mano o de nuevo cuño, la creación de múltiples clientelas, la dispersión de vileza asumida, la potenciación del viejo recurso a la ceguera voluntaria, la sacralización de la cobardía, la promesa de quesos inagotables y del imperio de sectas cortadas a la medida de vuestro tamaño, alimentadas por quienes no tendrían más horizonte que la superficie que les mostrabais, ni otros recuerdos que los difundidos, con leves variantes, por los diversos altavoces.

De Euralia habéis seleccionado, en su apéndice oeste, el No País, la pieza más fácil para vuestra cacería, ese último animal lacerado por mordeduras aún recientes que los chacales escogen como presa. Ninguna se ajustaba mejor al Mito Negro del que ibais a presentaros como los salvadores. Los materiales de una conciencia histórica renqueante, amedrentada, confusa estaban ahí; sólo faltaba ensamblarlos, imponerlos como patrón continuo y podar enormes trozos de memoria. Vuestra talla, la envergadura de vuestros bigotes, crecían según seccionabais del pasado, del presente, de las aspiraciones y vivencias de los habitantes cuanto era grande. Sin anclas ya en sitio alguno, fraccionada la superficie del país en apriscos y cada uno de sus hatos de ganado convencido de su condición de víctima y anhelante del pienso, sólo quedaba zarpar para hacerse con el barco. Fue sencillo separar del continente la península, desligarla de la estrechez de la cadena montañosa como quien se suelta un cinturón. Y disfrutar, sin más contactos ni referencias que los que juzgabais oportunos, en exclusiva del botín.

Ratas, sois numerosas, peligrosas, intercambiables, miméticas con el gris de una mediocridad interminable que solíais disfrazar de afán igualitario y devoción por los humildes. No soportáis a otras especies, que existan animales de dos patas, que difieran sus goces y sus hábitos, que gusten a veces de la soledad, que prefieran la altura al agujero y que rechacen, con la porción de tocino, la alegría complacida del cerdo. Os habéis, sin embargo, apoderado del timón, la bodega y la santabárbara, y habéis hecho la ley durante una muy larga travesía hasta que llegó la hora de saltar. Pero yo tengo vuestro diario de a bordo.

 

 

2

El discurso del siglo XXI

 

El barco cabeceaba suavemente y el Alto Mando Rátida había escogido aquella ocasión de mar estable y apenas brisa para convocar asamblea informativa en el salón principal. En el público hervía la expectación. No se esperaban novedades pero había, desde hacía tiempo, una clara tensión en el ambiente, rumores, vagas alusiones a correos del extranjero e incluso, lo que era más preocupante, los galeotes descuidaban sus obligaciones, aunque desde luego eran inmediatamente llamados al orden, sancionados o hechos desaparecer rumbo a naves de castigo o lugares de no retorno en la temida Costa de las Brumas.

El tema base a exponer, según costaba en la convocatoria, para información y sin derecho a preguntas dada la amplitud de los asuntos a tratar, consistía en una recapitulación general del presente, de los proyectos futuros y de un pasado que no era conocido suficientemente bien por la población y al cual debían, sin embargo, su bonanza actual.

Hubo cerrada salva de aplausos a la aparición de los dirigentes, que no solían prodigar su presencia conjunta. Ahí estaba, en el centro, Rata Primera, que respondía asimismo a los títulos de Igualísima y Rata Máxima entre otros. A su lado, pero sin rozarla y a un nivel levemente inferior, Rata Segunda, conocida como Eminencia Gris, y alrededor lo más granado de la Junta, Rata Ecónoma, Rata Parda, Rata Mayor, Rata Pedagoga y algunas más que no se presentaban habitualmente en público.

Rata Máxima, que resplandecía de una blancura escogida para la ocasión, tras agradecer los aplausos y dar, con un gesto, por iniciado el acto, dejó graciosamente la exposición a Rata Segunda:

“Compañeras, nunca se nos ofrecerá mejor oportunidad en terreno más propicio. Y, lo mejor, estamos en el siglo XXI, y cuanto creíamos obsoleto revive con nuevos bríos gracias al aliado informático. Vivan la comunicación infinita, la omnisciencia a pie de tecla y la ubicuidad sin esfuerzo. Nada de reflexión, búsqueda y contraste. Los galeotes ignorarán todo y creerán saberlo todo desde la infancia. Su aprendizaje consistirá, de la guardería a las aulas universitarias, en fragmentos dispersos suministrados de forma aleatoria, escogidos según el sistema del mínimo común denominador preceptivo y las prioridades coyunturales de nuestra tropa. En vez del Yo sé que no sé nada, estarán convencidos del Ningún saber vale más que otro. Compañeras, creced y multiplicaos. El campo es nuestro hasta extremos que nunca hubiéramos soñado. Arriba la democracia instantánea y mudable.”

“La era, si manejamos adecuadamente los rasgos que la caracterizan al nivel ras de tierra que nos corresponde, en el cual es imprescindible mantener al público que nos sigue, nos es propicia. Porque, gracias a la telemática, nunca la dependencia de la gente en su vida diaria respecto a algo que no puede controlar había sido tan absoluta. Jamás la sensación de omnipotencia había estado tan íntimamente asociada a la completa indefensión ante una pantalla muda, un bloqueo, la interrupción de un suministro.”

“Acostumbrados al mecanismo sin esfuerzo de la nueva magia, a la devoción por el ruido, a la multitudinaria, instantánea compañía que depende tan sólo de la presión de su dedo, ya aspiran casi más a ser sometidos que nosotras a su conquista.”

“Nuestro reino será asambleario o no será, y ruidoso, vistoso, abrumador, festivo, indiscutible. Olvidad los caminos hacia la dictadura igualitaria que soñaron, llevados por el ideal de mejorar nuestra condición, respetables abuelas. Se abren ante nosotras atajos gloriosos. Dictaduras ecológica, informática e indigenista même combat. Tribus unidas nunca serán saciadas ni vencidas.”

“Y ahora, os ruego que, además de los nuevos mapas y organigramas de las sectas y la recopilación de indispensables jaculatorias, admiréis esta galería de retratos:”

“He aquí los Viejos de la Montaña, indispensables para nuestra tarea (lamentablemente no hemos podido localizar Viejas de igual altura). No sé si recordáis a inspirados profetas de dunas, grutas y caseríos, a abades y prelados de masías y monasterios imbuidos de las esencias del terruño, al noble anciano que asesora hoy con su indignada visión anticapitalista y su pureza ecoloplanetaria a la generosa juventud. Ocupan un merecido lugar en la serie de mascarones de proa. Porque, por detrás, su cuerpo no puede estar formado sino por millones de los nuestros.”

“Ni por un instante olvidéis el código, las respuestas y consignas que, al ser idénticas por diferente que sea la situación de cada una de vosotras, constituyen nuestra fuerza. Nadie, y antes que nadie los galeotes, debe ni por un solo instante pensar que el universo se divide en más de las dos partes desde tiempo inmemorial establecidas: babor y estribor, ni podrá caber la menor duda de que los justos líderes están situados, y los conducen, hacia la parte buena.”

“Resumamos, compañeras, resumamos: Nosotras comeremos, comeremos gratis, comeremos todo. Dispondremos como nuestro de cuanto produzca el país, dejando a sus habitantes lo calculado para su reproducción y mantenimiento. Debéis recordar, siempre, con las jaculatorias adecuadas, el Mal con el que vosotras solas os habríais enfrentado, al Viejo Dictador erigido en icono negativo imprescindible, al Enemigo, el que es desigual, activo, brillante, laborioso, del que nosotras defendemos a la masa, prometedoramente informe, de los ciudadanos.”

“Ratas asistentes y ratas del orbe, tened presente en todo momento que ninguna debe sobresalir, distinguirse, haberse ganado el pan y el mérito con su esfuerzo. Y, para que no quepa discrepancia, vuestros chillidos ocuparán las ondas, la repetición rítmica de los términos loables o reprobables llenará el espacio. Debéis chillar sin reposo, sin descanso de un día ni una hora, porque ahí está la clave de nuestro éxito, manutención, proliferación y gloria”.

“Rechazaremos y perseguiremos cuanto nos sobrepasa: arte, catedrales, museos, buenos cuadros, grandes obras literarias, belleza de un rostro, escritura límpida, pensamientos altos, reflexiones profundas, seres excepcionales. Y, a ser posible, lo haremos cada hora y cada día, en cada fotograma y cada columna de prensa, en cada escaño de los órganos de Gobierno y cada sillón de magistrados y jueces.”

“Veo llegar el día, compañeras,….:”

(En este punto, el rostro de Rata Primera, la más igual de las iguales, se iluminó desde el hocico a las orejas, al tiempo que el orador, Rata Segunda, se erguía en postura bípeda y brillaban, mientras entrechocaba mandíbulas y dientes, sus ojuelos ávidos. El auditorio, al unísono, lanzó el hurra de un chillido coral.)

“…veo llegar el día en el que nada ni nadie sobrepasará nuestra altura, degustará manjares distintos de las ralladuras de queso, percibirá algo fuera del alcance de nuestros bigotes. Las vestiduras y colores serán eliminados de los gustos, y se impondrá entre cuantos habitantes posee esta tierra el gris de nuestra especie. Veo…Pero quizás el entusiasmo ante el futuro radiante, ya alcanzado en numerosos aspectos desde que ganamos la batalla del Atentado Oportuno, me ha llevado a extenderme en demasía. Dejo la palabra a nuestro máximo representante electo.”

Y, saludada por una ovación atronadora, Rata Primera, la Más Igual de los Iguales, se dirigió, con su modestia acostumbrada, a la asamblea resumiendo, en breves palabras, lo ya expuesto, garantizando el bienestar y prosperidad crecientes, la globalización de su victoria y su propia fidelidad inquebrantable a servirlas a ellas y a la causa.

Igualísima no gustaba de prodigarse. Además, cuantas más declaraciones más posibles contradicciones posteriores, fácilmente justificadas pero molestas. Lo importante era mantener, y exhibir, los atributos del cargo y reforzar los lazos de fidelidad y dependencia. Así pues el final de su breve intervención de clausura fue una grande y afable sonrisa mirando a las asistentes a los ojos de manera que el mensaje se sintiera como personal.

Aunque no se había previsto coloquio alguno y la guardia ya se ocupaba de canalizar al público hacia las salidas, una joven rata de las de las últimas filas que anhelaba explicar al líder su plan trabajosamente elaborado para reforzar el control sobre los galeotes logró llegar hasta Rata Máxima, le tendió los esquemas y balbuceó emocionada minuciosas explicaciones. El documento mereció una breve ojeada de Igualísima, que lo pasó a una asistente; luego posó su pata unos instantes en el hombro de la autora y le dijo:

– Excelente. Estamos en contacto.

La joven de la audaz iniciativa palideció visiblemente y su hocico rezumó esa viscosidad que en su especie equivale a las lágrimas. Había oído la frase fatal, Estamos en contacto, la que indefectiblemente, pronunciada por alguien de importancia, equivalía a no volveremos a hablarnos nunca más. Como así fue.

Y la Junta Suprema salió de la sala.

 

 

 

3

Consignas para un motín

 

En las bodegas de bajeles secundarios, donde unos galeotes se hacinaban y sorbían las raciones de rancho y otros simplemente vegetaban y se distraían con videojuegos de experiencias virtuales, había empezado a circular un peligroso documento en cuyo encabezamiento se leía: Consignas para un motín.

El contenido era tan insólito y violento que al principio los lectores palidecieron y experimentaron el vertiginoso terror a lo desconocido. Pero luego pudo en ellos la pequeña llama, no totalmente extinta, de la curiosidad; y continuaron leyendo.

“1-Rechazar, por la fuerza si es preciso, el uso de los términos babor, estribor excepto en el caso de situación física en el buque. Desconfiar de cualquiera que los emplee.

“2-Rechazar a cualquiera que se valga, como medida de valor, de una categoría, ajena a las propias de rasgos individuales”.

“3-Desconfiar de inmediato, y negar subvención y privilegio alguno, a quien se integre explícitamente en el rango de víctima genérica o histórica.”

“4-Negar los agravios ancestrales. Desposeer, acto seguido, de bienes y prebendas a cuantos se valen de ello como medio de vida.”

“5-Renunciar a los planteamientos duales buenos, malos, y marcar como objeto de escarnio a cuantos los usen  para ejercer el parasitismo en todas sus formas.”

“6-Acosar, con mofa, befa y denuncia pública, al que medra a costa de dictadores muertos, batallas en las que nunca participó y riesgos que no corrió jamás.”

“7-Establecer salidas regulares de pateras dirección única norte-sur, en las que serán condenados a embarcarse cuantos obtienen beneficios pecuniarios y sociales de la loa de los usos del Oriente Feliz. El pasaje incluirá un bono para la escolarización obligatoria de las hijas de los viajeros en los países de destino. Durante el trayecto, se rifarán puestos de trabajo doméstico en la Casa Real Saudí.”

“8-Cualquiera que se dirija a los galeotes con las expresiones galeotes y galeotas, estudios transversales sobre la Mar Oceana, ideólogos de la pedagogía marítima, oprimidos vitalicios, veteranos eternamente retribuidos o salvadores de la gente será inmediatamente encadenado al banco de remo penoso.

“9-Quien, tras revisión pormenorizada de sus calificaciones, trabajo y obras, no haya vivido sino de las apariencias será condenado a fregar la cubierta, zurcir el velamen y pulir los mástiles.”

“10-Cualquiera que se haya aprovechado del atentado del Buque Correo para lograr poder, dinero y puestos será pasado inmediatamente por la quilla.”

 

Los galeotes descifraban con dificultad el escrito. Todos habían superado con éxito los cursos de formación inversa destinados a mantenerlos en una incultura, no ya absoluta, sino retrospectiva en cuanto al punto cero, caracterizada por la extrema simplicidad y los contados personajes y sucesos que debían colocarse a babor o a estribor.

De hecho, en el silencio de la navegación nocturna, llegaban hasta las naves de la flota situadas más lejos los sonidos del barco-escuela y del bajel universitario. En uno y otro los alevines de galeotes repetían sus lecciones, que consistían sustancialmente en tres premisas:

“Yo soy un amante de la paz.”

“Salvemos el planeta.”

“Viva, mejor que ninguno, mi pueblo.”

Resonaban alegremente las fichas de trabajos manuales con las que, según sus colores rojos o azules, se reproducían perfiles, no exactamente de países pasados o actuales ni de accidentes geográficos, sino de la adecuada clasificación sociopolítica del orbe. En la universidad se elaboraban cuadros mayores que incluían el futuro glorioso de la igualdad completa.

Con mal disimulado orgullo, los diseñadores pedagógicos contemplaban el progreso del alumnado. Las preguntas no eran respondidas erróneamente jamás desde que se inventó la réplica uniforme:

“- ¿Cuántos continentes tiene el mundo?”

“-Babor bueno. Estribor malo.”

“- ¿Qué son los estados de la materia?”

“-Babor bueno. Estribor malo.”

“- ¿Cuándo empieza la Historia?”

“-Babor bueno. Estribor malo.”

La sensación de seguridad y contento se mantenía, entre el alumnado, de curso en curso, sin que la empañaran las cuestiones matemáticas:

“- ¿Cuántas son dos y dos?”

“-Lo que babor diga.”

Existían todavía, empero, algunas preguntas más complejas que requerían respuestas elaboradas:

“- ¿Si de veinte empresarios se eliminan diez cuántos quedan?”

“-Demasiados.”

Las Consignas para un motín eran leídas a los más jóvenes por aquéllos que habían superado la edad de alfabetización. Ésta fue, en su momento, objeto de largas discusiones porque, por muy tarde que se empezara el aprendizaje de lectura y escritura, siempre había quienes superaban rápidamente a los otros y pasaban, sin permiso, de la cartilla a los libros contraviniendo el deseable ideal de total igualdad. Primero se establecieron los cinco, luego los siete, a continuación los diez y los quince años como edad para aprender a leer. Los más avanzados pedagogos incluso propugnaban lo que se llamó analfabetismo de consenso como medida idónea, idea revolucionaria y del babor más puro

Ahora corrían malos tiempos, escaseaba la pólvora para cañones y salvas. Las ratas aseguraban que no había crisis alguna, pero se habían sustituido los fuegos artificiales por bengalas y los faroles de proa por velas de cumpleaños que, según premisa de la campaña económico-saludable, para menor contaminación de la brisa y mayor aprovechamiento, había que encender sólo las noches sin luna. Ese año no habría, quizás, los acostumbrados festejos y celebraciones. Al menos era el rumor que se había extendido desde que alguien preguntó tímidamente a los jefes de la nave capitana dónde estaban las reservas. Las ratas al mando respondieron drásticamente, mientras iban cargando de provisiones sus botes salvavidas, que no había el menor problema y la situación estaba controlada y era la prevista.

 

 

4

El salón de los ritos excitantes

 

En la Alegre Galera de la Revolución Gratuita (que, en su momento, debería extenderse al orbe y resplandecer desde el empobrecido extremo de Euralia hasta, como mínimo, las lunas de Júpiter) reinaba el jolgorio. Alguna rata había reparado en que estaban chapoteando en el agua, pero eso añadía lustre a su pelaje. Rata Primera, la Igualísima entre los representantes de todas las ratas del país, animaba, si no con su presencia física –porque estaba ocupada en la supervisión de la puesta a punto de su yate de emergencia-, sí con la multiplicación de su imagen, el evento. La sonrisa inalterable y el gesto siempre pacificador de sus manos brillaban en paredes, solapas, bitácoras, astrolabios y brújula, que señalaba permanentemente a babor. Su vate preferido había tomado la guitarra. Agrupados por sectores según las diversas pancartas, los asistentes se balanceaban al ritmo de las estrofas equitativamente alusivas: Vivimos como ricos sin palas y sin picos. La Enseñanza al hoyo y a repartirse el bollo.  Los antis a la lucha. Todo para la hucha. El diploma está mal; peor el capital. Abajo oposiciones, vivan las subvenciones. Los yates ocupados; todos gastos pagados. Es eso, es eso, birlarles todo el queso.

A altas horas de la noche, cuando la cuajada embriagadora había producido su efecto, era tiempo de descender hasta el salón de la bodega destinado a los excitantes ritos de los Heroicos Luchadores Contra Estribor. Todas se disputaban el hueco para morder representaciones del Mal Antiguo, del Dios de la Desigualdad, horrendo hasta en el nombre. Todas brincaban y danzaban, al ritmo de la guitarra del vate, orinaban y azotaban con sus colas a las momias de los seres altos y distintos. Luego, en el salón contiguo, las esperaba siempre el gratuito y abundante refrigerio compuesto de sabrosas pilas de papeles. Diplomas, títulos y certificados ya inservibles desde que el reparto automático produjo la deseada igualdad absoluta. Algunas recordaban la primera etapa, anterior a la abolición de los saberes. Fue hermoso anular lo que antes se entendía por educación especializada en temas, edades de los alumnos, asignaturas, categorías profesionales; fue bello perseguir, fragmentar, eliminar a los más calificados; para, acto seguido, simplemente repartir las horas de clase diaria entre los fieles, que llenarían espacios y cobrarían haciendo cualquier cosa con alumnos de cualquier nivel. Mientras, los más calificados del profesorado antiguo eran destinados a la limpieza de retretes.

La siguiente etapa produjo la espléndida cosecha de papeles para todos de tal forma multiplicada que, actualmente, los comensales de la bodega elegían antes de roer, con prurito gastronómico, los pliegos más apetecibles:

-Yo devoro la Física.

– ¿Y eso qué es?

-Algo que impusieron los Antiguos a la clase entera antes de que nuestro Comité Igualitario lo sustituyera por cinco horas en Peluquería, dos en prácticas de Gastronomía Local, tres en Reciclaje de Libros de Literatura y Ciencias en Pro del Bosque Amazónico y diez en diversos refuerzos, permanentes.

-Sé que fue una gran victoria de la que, aunque muchos lo ignoren, proviene nuestro acceso y toma del poder- dijo una rata culta que había ya despachado media tesis doctoral de Filosofía.

-Nunca se agradecerá bastante al Comité su labor, indispensable para invadir los territorios de la antigualla llamada Educación, sustituirla por el A. A., el Adoctrinamiento Adecuado, expulsar o degradar a sus docentes y colocar a los que nada o menos sabían. ¡Ah, el gulag, las purgas de intelectuales! No podíamos llegar físicamente a ello, no disponíamos de medios para la eliminación y el confinamiento. Pero lo hicimos mejor.

– ¿Mejor todavía? – La representante del Gremio Ni Un Día Sin Consigna se atragantó con las migajas de la Antología de Lengua, tosió y luego juzgó de buen tono eructar para dejar patente su inquebrantable igualitarismo social.

-. Mucho mejor. Simplemente nadie podía reaccionar en contra; bueno, hubo individuos aislados, a los que fue fácil injuriar, sobornar o condenar al ostracismo.

– ¡Recuerdo! ¡Recuerdo! –la rata de la tesis filosófica volvió a atragantarse, pero era el momento de citar el papel del Movimiento de Todos a mi Altura, sección del Gremio al que pertenecía. – ¿Para qué estudiar si puedes aprobar?, El puesto será tuyo y el cátedra al trullo., Primaria Universal. Saber más está mal. Éste es el paraíso, sin trabajar y fijo. Con la tribu y con el clan pan y vino que nos dan. No a la discriminación: todos pasta y botellón.

Alguien del fondo, que se aburría por lo conocido de las consignas y estaba ahíto de su legajo, gritó:

¡Compañeras, recordemos el ideal que nos une: ¡Rátidas unidas nunca serán vencidas!

Y el conjunto lo repitió tres veces con entusiasmo.

-Nada tendríamos sin la sagaz estrategia planteada y llevada a cabo con éxito hace décadas. Muchas de vosotras no lo recordáis, pero había ratas flacas. -terció una rata oronda que se deleitaba con las ilustraciones de la reproducción de un códice miniado. –Aunque debo reconocer que en realidad fue mucho más sencillo de lo que esperábamos. No teníamos enemigo. Bastó con hacer a la mayoría, a diversos niveles, mercenarios, y con asustarlos con la continua amenaza de encasillar al que disintiera con Eres de Estribor. Dominamos los cables, ya sabéis que, desde tiempo secular, roerlos es lo nuestro. Simplemente aprendimos a mordisquearlos hasta ciertos límites, de forma que la gran mayoría de la comunicación pública, y, en apariencia, privada pasase por nuestros hocicos.

-A veces hubo que dar un empujoncito. –quien había intervenido, dejando de lado el fajo de hemeroteca, pertenecía a las muy discretas pero siempre presentes Fuerzas de Choque, y tenía una cola singularmente larga y afilada que utilizaba en artes marciales. –Como el Gran Salto Adelante. Ya sabéis, la casual y oportuna explosión, y hundimiento, del Buque Correo.

Hubo un coro de risas sofocadas y chillidos de puro gozo en el que se mezclaban apostillas diversas:

-Sí, sí. El que se atribuyó a un ataque terrorista de Piratas Irredentos. Los que están ahora colocados en la red de Autonomías Sublimes y celebran regularmente concursos de levantamiento de sacas de billetes, explosiones controladas y Juntas Gastronómicas a las que, como miembros de la sección “Amigos del Caviar Beluga”, nos hemos unido en algunas ocasiones.

-El episodio lo sabemos pero, ¡es tan bonito! ¡Cuéntanoslo otra vez! ¡Cuéntanos la peli! -parte de los presentes se había vuelto hacia un ejemplar menudo, de pulidas uñas, especializado en la dieta de grabaciones de filmografía.

Y, reforzando la petición, entonaron juguetonas:

– ¡Euros mil en el cofre del Muerto! ¡Ha, ha, ha, la botella de ron!

-Acompáñame, Rata Cantora.

La interpelada sacó su instrumento y comenzó a pulsar delicadamente las cuerdas, ora con el rabo ora con la fina garra. El barco se balanceaba y el subir y bajar del mar aumentaba el efecto del ritmo de los párrafos y creaba un ambiente hipnótico en cuya penumbra tomaba cuerpo visible el relato.

 

 

 

 

5

Oda rátida al episodio del Buque Correo

 

Reinó el silencio en la sala, anexa a la de juntas, donde se desarrollaba el acto informativo. En la oscuridad, las superficies parecían tapizadas por la afelpada cubierta de ratas y salpicadas por el brillo de centenares de ojos. Toda la atención se concentraba en las imágenes, el recitado y las explicaciones añadidas por las responsables de revivir la memoria histórica. Los grandes episodios que marcaron su ascenso al poder tomaron cuerpo ante el auditorio.

Las más jóvenes seguían, fascinadas, la proyección, levemente brumosa, del episodio de la explosión del buque correo, acompañado por los versos y la música de fondo.

 

Había una vez un tesoro

de más quilates que el oro,

un botín de mucho peso.

¡Era un país como un queso!

 

La incertidumbre reinaba entonces en el reino de las ratas. Antes habían vivido, se habían reproducido durante largos años en el país de la seguridad y la abundancia, eran las reinas destronadas de reinos que habían inventado, y, por ello, había que mantenerlas, rendirles pleitesía y cantar con regularidad, sus alabanzas. Los súbditos trabajaban, se sometían en silencio, dejaban entre sus patas regularmente ricas porciones de quesitos y palidecían cada vez que eran amenazados con la invasión de Estribor. Pero la inseguridad y la gula se apoderaron, con justo motivo, del corazón de los roedores. A sus hocicos llegaba el olor al cambio de los tiempos, el final del periodo dorado durante el que su superioridad, la del Babor Salvador, no era por nadie discutida. Algunos súbditos se habían habituado a alzar la cabeza y descubrían que había múltiples direcciones, y no sólo dos, en la amplia superficie del mar, comprobaban que incluso se podía mirar arriba y abajo. Musitaban que tal vez el relato de las dos fuerzas primordiales de Estribor Oscuro y Babor Benéfico no era sino un mito. Y entonces ¿por qué servirles a ellas queso, proporcionarles confortables cubiles, instalarlas de por vida en despachos, distribuirles diplomas, pasear a sus representantes por los actos públicos, premiar sus obras?

A la inquietud se sumaba la glotonería. El Pobre No País ya no era pobre, su cofre se había ido llenando y rebosaba de los más apetecibles bienes: nombramientos, sueldos, promociones, dietas, homenajes, palmarés, divisas de todos los colores, doradas tarjetas de crédito, premios cinematográficos, ediciones en papel satinado, estrados, micrófonos, cámaras, coros exclusivamente dedicados a repetir sus palabras y denigrar a sus tímidos adversarios. El todo envuelto en un aroma a tocino sin tasa que afilaba los ansiosos hocicos. El inimaginable peligro había llegado; la masa anónima, medrosa, desconcertada, podía optar porque se mantuvieran al mando los que habían llenado el cofre y que refutaban el derecho de las ratas al eterno y gratuito queso.

En ese momento crucial la unidad las salvó. ¡Ah la vieja consigna, la máxima que no había que olvidar jamás!: ¡Rátidas unidas nunca serán vencidas!

 

Vino la oportunidad

en víspera de elecciones.

Por todos los galeones

se difundió la consigna

porque así el pueblo se indigna

contra el monstruo de Estribor:

¡Muertos a más y mejor!

 

El ya lejano episodio del Buque Correo revivía en la pantalla brumosa de la evocación. Avanzaba el bajel un día cualquiera, con el viento a favor de las primicias primaverales, confiado en la rutina de su derrotero, animados sus ocupantes por el desayuno reciente y por el afán laborioso de mejorar, mediante el trabajo, su suerte y, quizás, vencer a las ratas en las que, de forma todavía confusa, comenzaba a percibirse, más que a un salvador, a una carga y a un enemigo.

En los periódicos del día, preparados para su reparto en la bodega, se leían las noticias habituales sobre ataques de Piratas Irredentos al grito de ¡Terror is beautiful! ¡Que los unos maten a los otros! Entre los Piratas Irredentos había un grupo de especial peligrosidad porque servía al Dios del Aburrimiento Sumo y, por lo tanto, precisaba compensarlo con mortíferos brotes de excitación. La aleatoriedad de sus ataques los hacía particularmente útiles para las ratas, ya que todo podía achacárseles. Los piratas extendían a sus refugios y puertos francos la estricta disciplina que reinaba en sus bajeles, en los cuales estaban abolidos canciones e instrumentos musicales, ropajes y adornos vistosos, danzas y juegos de azar y, por supuesto, lecturas otras que las de sus peculiares ordenanzas y salmodias. En las islas consideradas su hogar y en aquéllas en las que atracaban y se reponían las mujeres eran sustituidas, a todos los efectos, por mamíferos hembra que caminaban, con ronzal y correa, rienda o cadena, detrás de sus dueños. Para la reproducción se las reemplazaba temporalmente por hembras humanas sin que la diferencia se advirtiera, dado que iban convenientemente cubiertas por espesas túnicas de pelo de cabra. Los ritos, abundantes, regulares y de estricto cumplimiento, encauzaban su energía y su fervor. Debían mostrar su entrega a la Divinidad tirándose al suelo y dando tres vueltas sobre él diez veces al día y cinco en el transcurso de la noche, al tiempo que gritaban con toda la fuerza de sus pulmones ¡Sí, sí, Él está aquí! Sólo durante los periodos de abordaje, asalto, exterminio y reparto estaban exentos de tales obligaciones, y esto influía positivamente en su eficacia.

-Y entonces se presentó la oportunidad de hacernos con el cofre- La rata del Taller de Historia cuidaba los tiempos, dejó crecer la expectativa del auditorio, dio unos pasos atrás:

 

-Había habido varias acciones de los Adoradores del Dios del Aburrimiento Sumo, con el resultado de una gran sensación de inseguridad y numerosas víctimas en las poblaciones de los Desiguales, los humanos, que nos despreciaban y pretendían, ¡imaginad!, que estudiáramos, trabajáramos y que nos comiésemos solamente el queso ganado por nosotras mismas. Tras la última, espectacular e imprevista en la que, por cierto, disfrutamos viendo reducirse altas torres a unas cenizas y escombros entre las que nos encontrábamos en nuestro ambiente, los Desiguales decidieron unirse en una gran coalición para presentar batalla a Piratas Irredentos. ¿Qué mejores oportunidad y lugar para tomar el poder que la provocación a los santos guerreros?

– ¿Por qué no en Camemberia, el vecino? Los quesos son mejores. – preguntó alguien del público.

-Porque no hubiera resultado. Tened en cuenta que en el pobre No País hay numerosos adoradores pasivos de la igualación, cuanto más baja mejor porque así menos sujetos sufren viendo que otros los sobrepasan. En cualquiera de los demás sitios los ataques tenían el efecto de unir a la gente con los que los representaban. Sólo en el No País, cuyas tramas habíamos roído sin obstáculos, se nos presentaban grandes posibilidades de éxito. Y lo tuvimos.

En el brumoso plasma de la bodega se materializó el Buque Correo que avanzaba tranquilo con su carga mañanera sobre las ondas hasta que un inesperado despliegue de truenos, llamas, humo, vidrios, metal y cuerpos proyectados atrajo la atención de la flota, de la población entera y de los siete mares.

De inmediato las ratas se hicieron con una situación para la que se habían preparado desde hacía meses, entrenadas en la canalización del miedo, la indignación y la sumisión. Sólo podía haber para la opinión pública un culpable, el habitual de los diversos atentados anteriores. Pero el auténtico, y cercano, responsable no sería el brutal, incontrolable e inasible jefe de Piratas Irredentos sino el Gobierno del No País, que había provocado la ira de los Adoradores del Dios del Aburrimiento Sumo.

-Y esto a tres días de la ceremonia de Entrega de las Llaves del Cofre. – apostilló la Rata del Taller de Historia.

– ¡Qué cálculo! ¡Qué precisión! -llovieron los comentarios admirativos.

La oradora prosiguió:

que nos fueron entregadas por decisión popular.

 

El barco hundimos después

con extrema rapidez.

Por pruebas no comprobables

quedan nombrados culpables

unos piratas de Fez.

 

A los tres días está

la hazaña finalizada.

La masa aclama a Babor,

por temor y con fervor,

se expulsa al vil Estribor

y aquí no ha pasado nada.

 

Los restos del Buque Correo descienden lentamente bajo las aguas. Pero el pecio no se ha destruido de forma tan completa como se quisiera. Quedan grandes fragmentos que flotan al albur de las olas. Distraídos los galeotes por urgentes menesteres, nadie repara en las curiosas maniobras de la armada de barquichuelas y roedores; especialmente porque desde largos meses atrás ya se estaba produciendo un ajetreo febril, una continua reiteración de alarmas sobre el peligro de excitar la furia de Piratas Irredentos con la belicosa alianza contra sus Acciones de Igualación. Por ello pocos se extrañan cuando, apenas apagado el fragor de las explosiones, las calles se llenan de gritos, reproches e improperios no dirigidos contra los autores del hundimiento del buque y de la muerte del pasaje, sino contra los dirigentes del No País que gestionan, según las leyes en vigor, y creen poder seguir gestionando, el contenido del cofre.

La noche misma del trágico evento la superficie se llena de diminutos puntos luminosos en los que nadie de los grandes barcos repara. Son los ojillos de escuadrones de ratas que navegan entre los pecios y los golpean y lastran para que se hundan. De cuando en cuando examinan alguno con más detenimiento a la luz de un farol medio cubierto.

-Esto podría ser un resto de la dinamita.

– ¡Húndelo, húndelo bien! ¡Ponlo en un saco con piedras!

El mar parecía casi fosforescente a causa de la abundancia y rápidos movimientos de las ratas, porque en la espesa oscuridad sólo se distinguían ojos y dientes. Habían llegado refuerzos con órdenes drásticas y precisas, y golpeaban con las palas de los remos, no ya los trozos de madera y enseres, sino también a los malheridos náufragos que aún se aferraban a ellos.

– ¡A la cabeza! ¡En los nudillos! ¡Que no quede ni uno!

Y el cuerpo baja desmadejado, y con cara de asombro, rodeado de cartas procedentes de las destripadas sacas de correo.

En el fondo del océano reposan los restos del barco. Poco antes de rayar el día el escuadrón de ratas artificiosas despliega con sumo cuidado banderas de Piratas Irredentos y las coloca sobre algunas tablas de forma que puedan ser halladas a las pocas horas con toda facilidad.

 

 

 

6

La entrega de llaves

 

Sólo faltaban tres días hasta la Ceremonia de Entrega de Llaves. No se desperdició ninguno. Crecía como la espuma el clamor popular para que entregaran a las ratas el cofre. Los todavía sus depositarios legales eran cubiertos de inmundicias cada que vez que osaban salir al exterior.

 

-El cofre nos lo abrirá

-hoy el pueblo soberano

-para que metamos mano,

-y nada les quedará

-al cabo de algunos años

-sino las deudas y engaños,

-miseria y precariedad.

-Porque nuevos amos somos

-de la nueva situación

-y no habrá sublevación

que tengamos ni temamos

-ni queja, juicio o rencor.

-Todo les va a dar igual

-pues los salvamos del mal

-de la perversa Estribor.

 

Tras la ceremonia de la entrega de llaves, que los representantes del amedrentado pueblo presentaron de rodillas para estar a la altura de las ratas, y antes incluso de introducir éstas en la cerradura, Rata Máxima anunció cuáles serían las líneas maestras de su gobierno:

El cofre les había sido entregado por voluntad popular. Su queso nunca ya sería incierto, ni se les exigiría contrapartida alguna por los excelentes cubiles, la dieta refinada de tocino de bellota y los honores garantizados para ellas y su prole.

Las ratas sabían que su largo esfuerzo había sido recompensado. Habían ganado.

 

-Ganamos. Y, presurosos,

-por la labor de las ratas

-apaciguando piratas,

-los ciudadanos dichosos

-mucho nos felicitaron.

-Las llaves nos entregaron

-con el cofre y la despensa

-por el miedo del que piensa

– “Hay que estar bien avenido

-con los grandes criminales”.

-En la gesta me recreo.

-Que figure en los anales.

-Es de lo más divertido

-el éxito que ha tenido

-el naufragio del Correo.

 

 

 

 

7

El reparto del cofre

 

 

– ¿A cuántas botellas de ron tocamos?

– ¿Nos garantizan el derecho al ron vitalicio?

– ¡Todo el garrafón para el pueblo!

– ¡Quesitos para todas!

– ¡Todo el poder a las ratas!

 

En la espaciosa sala, donde reinaba la euforia, cada grupo pedía y aclamaba. Recibían con aplausos los objetos que, como botón de muestra, el Comité de Administración y Reparto les mostraba. Era una parte ínfima del tesoro que contenía el cofre porque aquella gran caja que parecía inagotable tenía la peculiaridad de reproducirse y mantenerse mientras fuese nutrida por el fluido laboral de los individuos ajenos al pueblo de las ratas. La caja maravillosa fabricaba por sí misma papel moneda, nóminas, rentas vitalicias, gratificaciones, contratos, dones, premios, asignaciones, dietas, mercedes. De común acuerdo la asamblea convino, a efectos contables, en denominar al variado conjunto del que esperaban vivir lujosamente numerosos años El Botimagno, y, con un comprensible prurito de orgullo, se propusieron exhibirlo ante los homólogos del mundo entero. Porque ¿qué asalto de buque correo, qué joyas de la corona, qué desfalco, rescate de hijo de millonario, partida de cocaína, comisiones astronómicas, rentas de mal obtenido capital, fructuoso tráfico de armas podía compararse a la posesión sine die de cuanto contenía y podría en el futuro ofrecer un país de talla media?

De hecho, como la memoria de las ratas es corta, se veían a sí mismas como las únicas propietarias, pasadas, presentes y futuras, del Cofre Nacional. Sus pequeñas patas delanteras se hundían en él sin alcanzar ni por asomo el fondo, sus hocicos lo olfateaban en todas direcciones y, corriendo por su superficie, creían hallarse ante un paisaje que ellas habitaban en exclusiva. Imaginaban la envidia de Piratas Irredentos porque ningún botín de los ataques de aquellos sanguinarios bucaneros podía ni lejanamente compararse con el suyo. ¡Todo un país, allí, a su disposición, con lo acumulado por el malvado Estribor y por los que pronto serían galeotes o, como mucho, mercenarios de categorías diversas!

-Ha llegado la hora de las recompensas. Cuantas estáis aquí presentes habéis participado, en grados diversos, en el suceso que nos ha llevado al poder. Procedamos, con orden, al reparto actual de nuestros territorios. Es indispensable verificar, compañeras, que se reúnen las dotes necesarias, que se posee el adecuado programa político y la recta visión social. Ocupad vuestros asientos y mostrad los tocados propios de cada sector- dijo la coordinadora de la mesa.

Siguiendo las directivas de Igualísima para evitar el peligro de que alguien se erigiera en jefe, la asamblea, obediente y ansiosa de recibir su parte del botín, se distribuyó en sectores claramente distinguibles por los gorros que lucían. Los había rojos, picudos y con forma de hucha. Eran las Insaciables del Rincón Este, parientes de las norteñas Servidoras de Aitor, que se tocaban con un adoquín negro en cuyo centro llevaban clavado el escudo nobiliario: la manzana de Adán, que reivindicaban como robada de su huerto, y el hacha de sílex, con la que acostumbraban sacrificar a sus víctimas y sembrar el terror entre los ex-ciudadanos del No País. Su presencia solía inspirar una mezcla de temor, por su presteza en morder a las ratas poco colaboradoras, y avidez gástrica dadas sus dotes culinarias en la preparación del tocino poco hecho y con rico tufillo sanguinolento. El sector Afectados por Discriminaciones se veía obligado, dado su gran número, a enviar representantes de las tres ramas, Ancestrales, del Sistema y Diversas, y se subdividía en delegaciones que mostraban visiblemente los símbolos de sus quejas estampados en tocados con la forma de una gran lágrima. La Cofradía de Danzas, Pelis y Coros insistía en su papel crucial en la preparación de un ambiente favorable al odio hacia los anteriores administradores del Cofre, y agitaba sus vistosos sombreros, triplemente reversibles, que producían un zumbido musical mezcla de La Cósmica Laboral, Verde que te quiero verde y de la conocida tonadilla ¡Viva mi dueño!

– ¡Orden! ¡Igualdad! ¡Orden! –se pedía desde el estrado. Pero la euforia era excesiva y la contención difícil. Hubo de recurrirse a la intervención inesperada de Igualísima, que se lanzó en un vuelo rasante sobre el público, planeó limpiamente con la membrana lechosa que unía al cuerpo sus extremidades y volvió a posarse para recibir con humildad la atronadora ovación. (Hay que decir que en el Diario de a bordo el nombre de Igualísima es el único en escribirse con floreadas letras de oro).

-Compañeras, todas servís para hacer lo que yo hago. Soy cada una de vosotras. -proclamó desde el estrado. Sus ojos, más límpidos que los del resto, brillaban empañados por la más ejemplar modestia. Abrió los brazos. En uno de ellos se posó un loro convenientemente teñido de blanco paloma al que sólo se le permitía repetir ¡Paz, paz, paz infinita!

– ¡Paz! –dijeron al unísono Igualísima y sus adláteres.

El grito fue coreado por la asamblea con un corolario:

– ¡Paz, paz, paz…y la botella de ron!

Igualísima acarició el albo plumaje del loro, que miraba, inquieto, los ramitos de olivo con los que habían decorado su percha. Rata Segunda se inclinó, esquivando al ave, para susurrar en la oreja de su compañera entre risitas contenidas:

-Habrá que ocuparse de los galeotes.

– ¿Para qué? Todavía están desfilando con carteles de ¡Rendición sin discriminación! Se los ve encantado de habernos entregado las llaves. Los organizaremos como previsto. –Y, dirigiéndose a la sala, – ¡Tomemos, troceemos y disfrutemos!

– ¡He aquí los principios de base! -Rata Máxima, por otro título la Víctima entre las Víctimas, se preparó para anunciar el programa en vigor a partir de aquella jornada histórica, pero antes precisaba asegurarse, con un somero examen, de que los asistentes dominaban los conocimientos y aptitudes imprescindibles. El método, rápido y debidamente colectivo, consistía en ir exhibiendo ante la audiencia palabras que expresaban conceptos-clave para el buen funcionamiento del que esperaban su largo reino. La reacción de cada rata del público debía expresarse de forma inmediata y perfectamente audible, y todo miembro de la vasta asamblea tenía la obligación de escuchar además lo que respondían sus compañeras de alrededor, y, en caso de discordancia, denunciarla al punto.

El test oral fue tan vertiginoso como satisfactoria la catarata de respuestas:

– ¿Héroes?

– ¡Jamás!

– ¿Grandes?

– ¡Nunca!

– ¿Mediocres?

– ¡Viva!

– ¿Individuos?

– ¡Colectivo!

– ¿Belleza o asco?

– ¡Asco, asco, asco por igual!

– ¿Monumentos?

– ¡Alcantarillas!

– ¿Cultura?

– ¡No, nunca, ninguna!

– ¿Habéis estudiado?

– ¡Nooo!

– ¿Tenéis alguna un diploma?

– ¡Nooo! –Pero hubo una incidencia. Al fondo se levantaron chillidos acusadores – ¡Ésta, ésta se calla! ¡Tiene uno!

La mesa rectora se dirigió con severidad a la interpelada, que intentaba en vano ocultarse en un hueco. – ¿Es cierto?

-Yo, yo…Residí en la fiambrera de un galeote en el tiempo de los estudios primarios. Daba paseos por el aula. Me aficioné al sabor de la tiza…Hace muchos años de aquello, ya no recuerdo nada. Soy igual a las compañeras.

-Te cortarás a ras los bigotes y con ellos barrerás la sala. –sentenciaron en la mesa.

Se reanudó la prueba:

– ¿Nación?

Se produjo un revuelo indignado porque, no contentos con pronunciar aquellas palabras, Rata Máxima y Rata Segunda habían exhibido el nombre propio, e incluso la bandera, que habían caracterizado en tiempos al No País en el que se hallaban.

– ¡Nación fuera! ¡País fuera! ¡Sólo tribus! ¡Nuestras tribus!, ¡Clan! ¡Nuestro clan! ¡Hato! ¡Hatajo!

Satisfechas por la reacción, las dirigentes arrojaron al público, desde el estrado, la bandera única e ignominiosa que hasta la entrega del cofre había simbolizado al No País. Abajo todas las ratas se precipitaron sobre ella, comenzaron a roer la tela ávidamente, y ésta pronto quedó reducida a hilachas desperdigadas. En su lugar se había desplegado sobre el escenario la enseña multicolor, rematada con una cenefa de rosa-tocino y estampada de cabecitas rátidas.

Continuaron:

– ¿Trabajo?

– ¡Jamás!

– ¿Lucha?

– ¡En ningún caso! -El auditorio recitó sabiamente la consigna: – Rendición, mano tendida, cola bajada, tocino a discreción y soborno.

– ¿Justicia, crímenes, robos?

– ¡Amor y paz para todos!

Hubo aquí un silencio. La asamblea hizo corro en torno a cinco asistentes. La acusación contra ellas brotó de varios puntos y su tono agudo llegó hasta la mesa:

– ¡Son las que no gritan amor y paz con la fuerza debida!

– ¡Sabotean la asamblea!

– ¡Ya lo han hecho otras veces!

Desde el estrado, Igualísima clavó en las culpables la tranquila dulzura de sus ojos verdes. Sonrió. Alzó las garras suaves para imponer silencio y dijo:

-No deberían tener la oportunidad de hacerlo otra vez.

-Ya habéis oído. Proceded-ordenó Rata Segunda sin sonrisa alguna. Por el contrario, se habían erizado sus bigotes y enseñaba los colmillos.

Las cinco acusadas intentaron rectificar, pero era demasiado tarde. Las rodeaban, estrechándose hacia ellas, filas concéntricas que repetían ¡Paz! ¡Amor! frotándose las uñas. Dada su avidez y gran número, formaron pronto una pila cambiante en la que sólo resaltaban, según el movimiento de los individuos, la blancura de los colmillos y los jirones de carne con sangre a que habían quedado prestamente reducidas las condenadas. ¡Paz! ¡Amor! también surgía del montón entre chillidos de competencia y gruñidos satisfechos.

– ¡Brigada de limpieza! –ordenó el comité auxiliar.

De inmediato se dispersó la masa ejecutora y el escuadrón gris oscuro encargado normalmente de tales menesteres lamió el pavimento hasta eliminar pelos, piltrafas y manchas.

Prosiguió la sesión.

– ¿Quiénes son nuestros enemigos?

– ¡Aquéllos a los que no ganamos, a los que no robamos, con los que no nos colocamos!

La unanimidad era ejemplar.

– ¿Qué contestaréis a cualquier pregunta?

– ¡Viva babor! ¡Sólo babor! ¡Somos babor!

 

 

 

 

8

El enviado de Piratas Irredentos

 

-Alguien quiere hablar contigo, bueno, con un representante ejecutivo de la asamblea –musitó a su compañero una de las ratas de la mesa, la cual preguntó en el mismo tono apenas audible:

– ¿Son…ellos? Sabíamos que vendrían a por su parte.

-Es una muy pequeña parte. Realmente sólo han servido…digamos que para un derecho de uso.

-Pero no quieren quedarse fuera. Y algo se les debe. Aunque sea para que no se inmiscuyan.

En otra habitación esperaba el enviado de Piratas Irredentos, y, mientras lo hacía, observaba con curiosidad las fotos y relatos de la explosión y hundimiento del Buque Correo.

Las ratas dialogantes entraron con grandes sonrisas y estrecharon efusivamente su mano al tiempo que aparentaban sorpresa:

– ¡Vosotros aquí! Os creíamos preparando alguna explosión en la plaza de San Pedro.

-Pues lleváis usando nuestra franquicia bastante tiempo. Lo de la bandera fue descarado.

-Elemental estrategia que en nada os perjudica y no hace sino aumentar vuestro prestigio y el terror que inspiráis.

-Aunque esperamos que ninguno de los galeotes os ha visto entrar.

-No. Estaban muy ocupados pidiendo amor y paz. No hablaremos con nadie del tema. Nos contentaremos con nuestra parte.

-Al fin y al cabo, todos nos enfrentamos al malvado Estribor, ¿no es cierto? -afirmó la rata más locuaz.

El enviado de Piratas Irredentos recibió su porción del botín, la guardó en la bolsa de la que se había provisto y, con cierta ironía, dijo antes de salir:

-Afuera tenéis una larga fila de colaboradores esperando.

Y así era. Tan abundantes como los granos de trigo desperdigados al romperse un saco.

Eran los subgrupos de toda clase y especie que habían visto su oportunidad, desde hacía ya tiempo, en la serie de maniobras que culminaron en la explosión del Buque Correo, los focos de sublevaciones que ardieron acto seguido como la yesca y la entrega forzada de las llaves del Cofre. Esperaban gozosos su recompensa, como activos o pasivos colaboradores, los clanes y tribus criados o engordados a efectos de cobro. También las más variopintas asociaciones: Analfabetos Vocacionales, Analfabetos Funcionales, Mujeres Desdeñadas, Hombres Fofos, Bizcos Discriminados (con un gran cartel ¡Bizco is beautiful ¡), Bajitos Segregados (con pancarta ¡Espejos de los lavabos a nuestra altura ya!), Adoradores del Planeta, Feos Irremediables, Orgullosos de la Ignorancia, Prehistoria Ya, Por el Derecho a Roncar, Nadie Sin Doctorado, La Guerra Me Aterra.

 

 

 

9

Reparto de cargos

 

Afortunadamente lo mejor del cofre no era tanto las riquezas que encerraba sino las que generaría, en años venideros, continuamente. Hasta tocar un fondo que a las alegres ratas les parecía tan inalcanzable como el silencioso pecio del Buque Correo, que reposaba, junto con los restos y los testigos lastrados por piedras, en el fondo del mar.

En el salón de actos se continuaba con los puntos previstos:

– ¡Reparto de Ministerios!

– ¿Por qué deberíamos continuar con el sistema antiguo y caduco, que insulta a la igualdad y reproduce el sistema de los galeotes? A este paso volverán a tener un País en vez de El No País que hemos logrado con esfuerzo, tirando y royendo por todas sus junturas. -se objetó.

-Compañeras, compañeras, el mañana es nuestro, y también el presente desde hoy, pero no debemos olvidar que nos hallamos en una fase de transición. Es importante que mantengamos a los galeotes en los estrictos límites que requiere el establecimiento del paraíso de nuestras congéneres. Por ello habrá Ministerios, y la entrada en ellos se llevará a cabo bajo severas normas.

-Comenzaré por lo esencial

– ¿Economía?

-No. Ministerio de Educación: Vosotros, los de la Comisión por la Enseñanza Simple y vosotros, los de la Unión de Simple Enseñanza, organizaréis, dispondréis, amenazaréis, colocaréis y expulsaréis. ¿Quiénes forman el grueso de vuestros simpatizantes?

-Los maestros de A A. de Adoctrinamiento Adecuado.

-Se les otorgarán de inmediato diplomas de profesor, doctor, catedrático.

– ¿Y los que antes tenían diplomas y enseñaban a jóvenes y adolescentes?

-Pasarán a las clases de básica mínima, los catedráticos cuidarán la higiene de las letrinas y los doctores enseñarán manicura y vigilarán los pasillos.

– ¿Y El programa de estudios? Es difícil mantener siempre al alumnado en la etapa infantil.

– ¡Aunque lo conseguiremos! –se alzó una voz entusiasta al fondo entre el público.

-Por lo pronto, de las seis horas diarias, se dedicarán cuatro a lo propio de nuestros seguidores de primaria: generalidades, manualidades, sumas simples, alfabetización somera, talleres de cultivo en latas, de fabricación de cestos, peluquería….

– ¿Y las otras dos horas?

-Tras los segmentos de ocio, habrá No Historia y No Geografía. Se votará democráticamente si la Tierra es o no plana, cuántos son los continentes, quién gira alrededor de quién entre los planetas, la conveniencia de contar sólo hasta donde alcancen los dedos, la existencia de esos extraños personajes –César, Cristo, Platón, Colón, Miguel Ángel- cuyos nombres olvidarán en breve y que serán declarados ficticios.

– ¡Maravilloso!

– ¡Genial!

-Nuestros seguidores y simpatizantes nos otorgarán, y os otorgarán, su incondicional apoyo.

El orador se inclinó. Una de sus compañeras de estrado tomó la palabra para resaltar el mérito de la planificación y del planificador.

-Quiero haceros notar, aunque ya lo sabéis sin duda, que los programas de todos nuestros Ministerios responden al giro revolucionario: Sus premisas se resumen en ofrecer los puestos a los nuestros. El contenido es un punto meramente secundario. ¿Que el gremio de Cortadores de Setos apoya a nuestros ayudantes, síndicos y uniones? Entonces de las seis horas de clase dos irán a teoría y práctica del seto recortado y a nociones de pedagogía sobre el seto y sus afines respectivamente, y ahí se colocarán los que nos votan. ¿Qué los Maestros de Nivel Mínimo nos secundan? Los alumnos tendrán por decreto nivel mínimo hasta los veinte años y los puestos de enseñanza serán para nuestra gente.

-Es forzoso que también hablemos de la Universidad.

– ¡Fuera, fuera! Doctorado para todas y se acabó.

-Estamos en ello. Algunas de nuestras compañeras, aquí presentes vienen de la antigua zona universitaria, en la cual habitan. Es ya difícil distinguirla porque la cubre un grueso estrato de cascos de botellas, panfletos, latas, plásticos, bocatas semiconsumidos y demás detritus. La Ley del Botellón Obligatorio y Gratuito, en la que tanto hemos insistido, ha dado sus frutos.

– ¿Y Cultura? ¿Y Propaganda?

-Magníficas fuentes de empleo. En esta fase precisamos de Ministerios innumerables: de Reflexión Igualitaria, de Vigilancia Doméstica, de Fraternidad Cósmica, de Climatología Universal, de Nueva Historia, de Nueva Geografía. Sin olvidar las Direcciones Generales de Eventos Diversos: la de leyes de acuerdos dialogados, que permitirá la satisfacción y paz más completas, y la de Indiferenciación Absoluta, que consagre lo que entre nosotras es una realidad: la igualdad física.

Las ratas se vanagloriaban de la inexistencia entre ellas de signos excesivamente aparentes que atentaran contra la homogeneidad sexual. Eran ratas, exclusivamente ratas, de la primera a la última, sin asomo, por lo tanto, de discriminación alguna.

-Y más, compañeras. Tenemos puestos para todas. Ministerios de la Alegría y de Distracciones y Ocio. Aquí tratamos un punto esencial. Las masas, como la mayonesa, se cortan si no se agitan, de forma superficial, continuamente. Nos hallamos, además, ante una mesa de infinitos manjares ofrecida a los nuestros y a sus instintivas habilidades. El dinero correrá, para estos fines, sin control. Concursos, visitas intempestivas a los lugares más inesperados como el antiguo salón del trono, los lavabos del Congreso, circuitos de madrugada y a tientas por las grandes bibliotecas –mientras éstas aún existan -, carreras en patinete por las salas, que serán kilométricas, de los museos de arte moderno, escalada nocturna de esculturas y fachadas de centros públicos, submarinismo en fuentes, carreras urbanas, a pie y en bicicleta, arrollando a cuantos se opongan a tan sano impulso, Noche del Decibelio Sin Medida, Noche de Loquillas al Poder, Noche del Tanga Obligatorio, Concurso de Basuras, Conciertos de Toses, Día del Gorrón Exigente, Maratones Sin Fronteras (cualquier día, a cualquier hora, con participantes de uno a unos miles, los corredores tendrán preferencia a cualquier otra actividad civil, excepto las de Bicicletas Sin Descanso).

Hubo risitas porque muchos recordaban el chistoso evento de la señora que había osado intentar atravesar una calle y a la que le habían pasado por encima los ciclistas de la última carrera urbana, decretada ésta por una dirigente de la capital siempre ansiosa de atraerse la simpatía de las ratas.

-Je, je. Se lo mereció. ¿Pues no dijo que prefería los coches?

-Y también, justo antes de que la arrollaran, que estaba harta de que no hubiera autobuses y se paralizara por fuerza el tráfico.

-Lo mejor fue aquel padre que iba con sus hijos, en pequeñas bicicletas, y sujetó el manillar de la de su niña para que no se cayera al tropezar con el cuerpo y pasara por encima sin impresionarse.

-He ahí alguien que sabe educar en la vida sana.

-Antes de cruzar la señora había gritado, a los de televisión, que se empeñaban en entrevistar a la gente para que expresara su satisfacción por el Enésimo Día Peatonal, que en la ciudad no aguantaban a ese alcalde que los freía a impuestos.

-Lo del alcalde por supuesto lo borraron en las noticias. Y subrayaron la fanática incomprensión, propia de Estribor, del solaz y sano esparcimiento de las masas. Y su típica hostilidad hacia el planeta verde.

El alcalde citado gozaba de grandes simpatías entre las ratas. No en vano les había construido, en mármol, una red subterránea de autopistas enlazando las rutas del alcantarillado.

-Estuvo bien, pero aún quedó más lucido el Día del Orgullo Calvo.

La Mesa llamó al orden:

-Venga, venga. A lo que estamos. Ministerio de Política Exterior….

-Eh, eh. Que hay que tratar primero lo más importante. –terció la Rata Adjunta de Proyección de las Administraciones Territoriales. –Aquí tengo –y desplegó listas de nombres para cuya confección había utilizado numerosos rollos de papel higiénico. –a los que tenemos que colocar. Por lo tanto, al efecto, hará falta el número de embajadas, consulados, secretarías, direcciones generales, representaciones y cargos que garantice un puesto muy bien remunerado para cada una de las ratas que aquí cito, las cuales llevarán su correspondiente corte auxiliar y serán tratadas con rango principesco: Equipos Gubernoautónomos de Tufillos del Rey, de Barrilete Alto, de Barrilete Bajo, de Pancetoak, de Panceta y Peseta, de Salazones Divinas, de Mordisquillos, de…

-Basta, basta. Lo pasarás por Registro. Continuamos. Como os decía, compañeras, Ministerio de Política Exterior, con especial atención a la Subdirección de Imagen en el Extranjero y a la de Concordia Universal. Como sabéis, la tarea está casi hecha. Es lo que hemos venido promoviendo, con notable éxito, desde hace no pocos años, aunque de forma irregular según las circunstancias. No siempre hemos tenido acceso a una parte substancial del Cofre.

-Pero siempre hemos dominado el chantaje y las técnicas para paralizar de miedo a Estribor. –reivindicó con legítimo orgullo una de las presentes.

-Cierto. Repasemos el programa. Toda inversión es poca para mantener en el exterior la imagen que nos interesa. Somos para los extranjeros la reserva de lo que les parece, a conveniente distancia, ideal y divino, pero que de manera alguna querrían tener en sus casas donde, desde luego, no vivirían, aunque aquí se pasen estupendas vacaciones. En el No País reina la libertad múltiple de las más variadas y coloridas tribus, luchan, matan y vencen valerosos guerrilleros montaraces, enfrentados al antiguo rey perverso y a sus sucesores. Aquí reparte flores, leche y sonrisas el nominal Ejército, no hay delincuente reprobable ni ley que no se adapte a sujetos y conveniencias, es inminente el advenimiento de la socialización ideal, de la comunidad perfecta y de la abolición de competencia, laboriosidad y esfuerzo. Los peligrosos y temibles Piratas Irredentos nos miran con benevolencia. Los violentos y brutales asesinos pactan con nosotros indefinidas treguas a cambio de honores, dietas y lujosas pensiones vitalicias. ¿Quién no canta, allende fronteras, nuestras alabanzas?

-Nuestro dinero nos cuesta. Es decir, el de los galeotes. –refunfuñó la Rata Ecónoma.

-Pero está muy bien empleado. Repartimos ejemplares innumerables, en varias lenguas, de “Aquí sol, tribus felices y jauja social”, hacemos llegar el periódico oficioso El No País Avanzado hasta el último quiosco de la aldea más lejana de Europa, lo reciben, de forma gratuita, todas las embajadas, miles de organismos. Invitamos a observadores y agasajamos a periodistas, paseándolos por los lugares oportunos y haciéndoles valorar nuestra continua y difícil lucha contra la malvada Estribor, que no ceja en su empeño por resucitar edades pasadas y dictadores y prácticas despóticos. Competimos, lamentablemente sin ganar, en festivales donde cantantes, actores y cineastas glosan y alaban nuestra gesta secular contra el Eterno Enemigo.

Por otra parte, la Subdirección de Cordialidad Universal no puede sino ser alabada por la población, ya que le garantiza, sin el menor gasto –sobornos aparte- y esfuerzo, la existencia más despreocupada. Los ciudadanos del No País gozan por doquier de cierta benevolencia y, aunque no se les respeta e incluso son objeto de extrañeza y risa por su afán de denigrar lo propio, sí son tolerados como nosotras, a quienes ya se parecen en extremo. A ambos se nos mira como a aquéllos que, por su insignificancia y medrosidad, no constituyen adversario ni competencia alguna y carecen de talla, valor, obras que tener en cuenta y capacidad de respuesta cuando se les aparta o se les pisa.

Se escucharon algunas protestas:

– ¿Pisarnos? De eso nada.

-Pisarlos a ellos quise decir. Nosotras no nos dejamos

Pese a la extensión del discurso, el auditorio escuchaba embebido. Tal vez ellas no hubieran crecido un ápice, ni fueran a hacerlo, pero los antiguos propietarios del Cofre menguaban a ojos vistas y estaban a su merced.

 

 

 

 

10

Los Mercenarios Light

 

– ¡Hemos encontrado un infiltrado! Estaba aquí, en uno de los barriles del ron de la Victoria, el que distribuimos tras el hundimiento del Buque Correo.

Hubo enorme revuelo entre las ratas.

¡Ah!, ¡Ah!, ¡Ah! ¿Qué es? ¿Quién es?

Se encontraron, desconcertadas, conque no era fácil saberlo. Por supuesto un galeote, pero con tantos rasgos semejantes a los de ellas mismas que parecía un gran peluche de rata. Era gris y suave, los ojos brillantes y casi sin pestañeo, los dedos encorvados y finos y sienes y orejas cubiertas de una fina cabellera que se prolongaba en el belfo. Advirtieron que no iba solo; un murmullo bajo los toneles de cecina del fondo delató a lo que parecía su guardia, seres semejantes a él, pero toscos y de tamaño intermedio. Llevaban pegatinas que los relacionaban con tribus urbanas que habían sido extraordinariamente activas en los meses que precedieron y en los días siguientes a la explosión del barco correo. Estaban Alienados en lucha, Kasas y koches okupados, Profesores al paredón, Mandar, cobrar y beber y una delegación de Amantes del Planeta, sector delta del Ebro y selvas amazónicas. Se mantenían silenciosos y acurrucados, simple telón de fondo de de su líder, que se adelantó unos pasos, identificándose como Rata Aspirante.

Éste se dirigió directamente a la Mesa con sorprendente familiaridad:

-Vengo para ahorraros trabajo. –dijo.

– ¿Por qué aquí y hoy? Hasta ahora nos hemos entendido con discreción. ¿Qué propones que necesite público? -inquirió Rata Segunda.

-Habéis elaborado un plan de transición sabio y extenso; incluso habláis de Ministerios, programas y política. Lo que habéis dicho se resume, sin embargo, en premisas muy simples que hace tiempo gozan de nuestra aprobación: Cuanto se disponga tendrá como fin primero colocar a vuestra gente para que roa a placer sin aportar sino sus uñas y colmillos. Nosotros os imitaremos y recibiremos lo que nos proporcionéis por nuestra fidelidad y servicios. Lo que acostumbraba a denominarse ideas, teorías, proyectos, propuestas, normas, leyes, no es sino el decorado de la premisa anterior y servirá exclusivamente a ese fin.

-O sea, que vosotros os encargaréis de las tareas de mantenimiento, repetición, distribución, aislamiento o eliminación de galeotes molestos…

-Naturalmente. Tal y como llevamos haciéndolo desde mucho antes de…preparar el ambiente para la entrega de las llaves del Cofre.

– ¿Sois suficientes?

-Nos crecemos gracias a vuestra generosidad. Con la inestimable ayuda de estos compañeros Síndicos de los Gremios A y B, que me han acompañado para tener el honor de saludaros. Y también contamos con el apoyo de las amplias masas de base, los ML.

Procedentes del grupo agazapado en el fondo, avanzaron dos colegas de Rata Aspirante que se distinguían por llevar sendas gorritas idénticas en colores y forma, pero con la visera en un caso a cuadros y en el otro a rayas. Los asistentes recordaron que ya habían reparado en ellos. Resultaban algo molestos por su costumbre de tocar el silbato cada pocos minutos y ejercer estiramientos de brazos. Los dos dijeron a coro:

-Dispuestos estamos a coger lo que pactamos: El barril de tocino, las galletas y el vino.

Y, a un gesto de Rata Segunda, cargaron con las vituallas y se encaminaron, sin dar la espalda, hacia la puerta con grandes reverencias.

– ¿Quiénes son los ML? –preguntó una rata del público.

-Los Mercenarios Light. –le respondió otra dos filas más atrás.

Rata Tercera, especialista en tareas de contabilidad y aprovisionamientos, aclaró:

-Las recompensas, primas y sueldos de mantenimiento pueden ser de varios tipos. Por ejemplo, los síndicos y capataces, como los que habéis visto, obtienen beneficios directos a cambio de elegir a nuestros representantes, asentir a nuestras propuestas y llevar a cabo nuestras iniciativas. Son los Mercenarios, e indispensables hoy por hoy. Sin embargo nuestro imperio reposa sobre un pedestal sólido y extenso constituido por los muchos que, sin obtener un pago, se consideran pertenecientes, y por ello mejores, a la Tribu Babor, la nuestra, que, con mensajes cotidianos incontables, es la Buena y Perfecta en oposición a la Estribor Malvada. Los Mercenarios Light desconocen su categoría, se conforman con los títulos de Amigo de los Igualísimos o piden puestecillos de poca monta, migajas, retazos; incluso algún que otro gesto de condescendiente familiaridad les basta.

-Salen baratos. ¿Nunca exigen?

-No, porque han participado en nuestras empresas, se han embarcado en nuestros buques y ayudado ellos mismos a mantener a los demás en las calas inferiores.

– ¿Siempre podremos utilizarlos?

La mayoría se rascó la tripa, que es la forma que tienen las ratas de encogerse de hombros. Las preguntas sobre el futuro a largo plazo no tenían sentido cuando se nadaba en la victoria y la abundancia.

Rata Tercera echó una mirada a sus libros de cuentas y otra al Cofre.

-Qué importa. Es nuestro imperio, el reparto inagotable, las abundantes migajas. Ellos están encantados, se miran en nuestro espejo con envidia, evitan pensar en el Buque Correo, temen siquiera mencionar el tema. Simplemente ruegan en sus plegarias que nada excite de nuevo la ira de Piratas Irredentos. Aunque no hay prueba alguna de que ellos planearan la explosión.

– ¿Y la bandera?

– ¿La que apareció flotando entre los restos, mucho después? –Hubo un guiño de entendimiento entre orador y sala. Simultáneamente los focos se centraron en el goloso contenido del Cofre, en el variado amasijo de cuanto contenía y podía ofrecer el No País. Montañeses Sangrientos, especie de ratas de las alcantarillas más al norte que solían reclamar, y obtener, los mejores bocados de las víctimas, soltaron la carcajada. Y, sin decir palabra, los miembros de la Mesa comenzaron a aplaudir al auditorio, el auditorio a ellos, y todos durante largo rato se dieron una prolongada ovación al éxito del plan y a sí mismos.

– ¡La rueda de prensa, la rueda de prensa! –recordó Rata Parda, encargada de Comunicación-Propaganda. –La prensa extranjera ya ha amarrado sus botes a nuestro costado y espera en la cubierta de recepciones. –Se inclinó con deferencia. –Por favor, Rata Máxima….:

Igualísimo, con los mesurados gestos que lo caracterizaban pero revelando cierto nerviosismo en la voz, ordenó sobre los hombros los pliegues de su membrana planeadora, se atusó bigote y cejas con la lengua y ordenó:

-Vamos.

 

 

 

11

Noticias internacionales

 

Aunque en apariencia descuidadas e incluso caóticas, las ratas tenían un plan preciso. El Alto Mando daba gran importancia a la imagen en el extranjero, así que el trato a la prensa había sido estudiado con detalle y programado en etapas en las que el grado de seducción iría de menor a mayor: Información escueta primero, en un decorado sobrio, con aparición, sin prodigarse, de los líderes y quizás irreprimible éxtasis de Rata Primera. Refrigerio inicial sin escatimar la bebida. Distribución de documento. A continuación segunda, e inesperada, fase.

Los representantes de Albinia News y Le Monde c’est moi, en primera fila, aparentaban, como sus colegas, no sentirse sorprendidos por el aspecto, zoomorfo, pequeño y gris de sus interlocutores. Eran, a fin de cuentas, reporteros duchos en el oficio y que tenían a gala mostrar su soltura en el contacto con diversas civilizaciones y en su carencia de prejuicio alguno sobre rasgos físicos diferenciales. A todos les resultaba simpático el No País precisamente por serlo, por el trato sencillo y campechano con los múltiples contactos deseosos de abrumarles con información e invitaciones a espectáculos, viajes, copas y cenas. Les encantaba no verse obligados a investigar sobre la explosión y rápido hundimiento, con cientos de víctimas, del Buque Correo y por haber recibido con tal presteza, y prácticamente en correos sucesivos, la instantánea seguridad de que los autores de la carnicería eran, una vez más, Piratas Irredentos en una de sus muchas ramas de acción rápida e imprevisible. Con los cadáveres aún flotando dulcemente camino de la gabarra-morgue y los restos del buque desaparecidos, hasta el último clavo, en el fondo, pasaban, en la misma página del bloc de notas, del tema del naufragio al veloz cambio de Gobierno tras la inesperada entrega de llaves del Cofre.

-Observo, tras el cambio de poderes, la impecable limpieza de las calles. –apuntó el periodista alemán.

-Si. –abundó otro colega- Llegaron unas fotos de vías públicas ocupadas por una multitud que tiraba barro y excrementos a los anteriores guardianes de las llaves del Cofre. Las paredes estaban cubiertas de improperios, y también de excusas y súplicas de clemencia a los piratas.

-Infundios. –se apresuró a puntualizar Rata Parda. –Simples infundios de los enemigos de la igualdad, que envidian nuestro sistema y abrumadora victoria.

– ¿Cuánto tiempo os haréis cargo del Cofre?

Rata Máxima se colocó en primer plano con esa discreción que le permitía emerger con el más apacible de los gestos entre los suyos. Y respondió:

-Cuanto tiempo sea necesario para garantizar las completas paz, igualdad y felicidad en el conjunto de la flota.

Pausa. Su actitud se hizo más íntima, su voz baja y dulce. Anunció:

-Les comunicaré una primicia.

Mantuvo durante unos instantes la expectativa. Sus acompañantes se frotaron las garras y emitieron chillidos de reprimido gozo y excitación.

-Ya hemos emprendido negociaciones con Piratas Irredentos. Sus actitudes violentas, nacidas de la injusticia social y la secular opresión, pasarán a la historia. ¡Diálogo! ¡Fraternidad! ¡Paz infinita!

– ¡Diálogo! ¡Fraternidad! ¡Paz infinita! –repitió al completo el grupo dirigente. La frase, según las consignas emitidas, fue coreada de barco en barco. La prensa, impresionada por el eco y el griterío, la apuntó y subrayó en sus cuadernos de notas. Poco más tarde aparecería en los diarios de sus países, un recuadro en páginas interiores porque el origen no merecería más ni despertaba otra curiosidad que la de lo anecdótico, ligeramente aureolado de exotismo por la distancia y el atraso. No dejaba de resultar llamativa la regresión del No País, que, por perder, había perdido hasta nombre, fronteras, insignias y territorio.

– ¿Cómo ven ustedes el futuro? ¿Cuáles son sus planes, una vez asentados en el poder? –preguntó el enviado de Babuinolandia.

Rata Segunda comenzó a recitar la larga lista de propósitos bien aprendidos, pero se produjo una interrupción. Igualísima había entrado en trance. Sus claros ojos giraban en las órbitas color de rosa, hasta que se detuvieron clavados en un punto del horizonte. Temblorosa, babeante el lustroso belfo y tersa la piel del tono del pulido metal, clamó ante el auditorio:

– ¡He tenido un sueño! La noche pasada tuve un sueño que responde a todas sus preguntas. Soñé que cuanto gobernamos, y gobernaremos, era un pan, una hogaza enorme llena de rica miga blanca. Su superficie, cuadriculada, dura, la mantenía aislada de los deseos de las masas; una red de represión, órdenes y reglamentos convertían en coraza su dorada superficie. Hasta que llegamos nosotras, todas mis compañeras, a las que represento, de las que soy, no ya sólo parte, sino porción intercambiable con cada una de ellas. Entonces, mientras los galeotes cantaban nuestras alabanzas, empujamos, deslizamos la hogaza hasta un charco igualmente enorme. Y esperamos sentadas en la orilla. El agua, turbia y profunda, iba convirtiendo en blanda sustancia la dorada corteza. Esperamos, y… ¡Oh! ¡Qué momento! ¡Inmensas cantidades de miga! ¡El más equitativo reparto! Nada dejamos. –Igualísima brincaba por el escenario, subía y bajaba, llevada por la euforia, por mesas, sillas y cortinas. Repetía

– ¡He tenido un sueño! ¡Gris, gris; gris todo el pan, que ya no es pan, que es migas, infinitas migas! ¡Gris, gris! El pan desaparece, lo hacemos desaparecer. ¡Migas iguales, migas idénticas, grisáceas, húmedas, a nuestra medida! ¡Tuve un sueño! ¡Tuve un sueño!

– ¿Será el suyo un gobierno tripartito? –preguntó la enviada de Cosmopueblo News– Se lo digo porque hemos visto al venir, al pairo a pocas millas de aquí, una galera de Piratas Irredentos y uno de los pesqueros de la temible facción Montaraces Boinapétrea.

– ¿Ah? ¡Oh! –La pregunta intempestiva pareció desconcertar a Igualísima, sacarla bruscamente del éxtasis aéreo, hasta tal punto que se soltó de la cortina, descendió arañando el tejido sin conseguir aferrarse y aterrizó por fortuna en los brazos extendidos de Rata Tercera y Rada Segunda. Inmediatamente éstas la colocaron en un segundo plano y anularon posteriores intervenciones, mientras ambas afirmaban a coro.

-Nada tienen que ver esas naves en nuestras decisiones y proyectos. Ni hay ni ha habido ni habrá acuerdos con sus capitanías. Sin duda esperan el mejor momento para rendirse. Sabemos de fuentes solventes que si no lo han hecho antes ha sido por retrasos en la entrega del pedido de banderas blancas.

-Vimos… -la voz de la periodista fue ahogada por la entrada, en aquel preciso momento, de numerosos portadores de botellas, copas y bandejas de riquísimos canapés. El evento había sido sincronizado con los acordes, a todo volumen, del Himno. Y así se dieron por acabadas las preguntas. Simultáneamente se distribuyó a cada uno de los asistentes el opúsculo Mi Singladura, En él se exponía el ambicioso ideario que diseñaría, desde ese mismo instante, el mundo futuro. Algunos, mientras daban cuenta del refrigerio, se pusieron a hojearlo. Era breve y comenzaba con un Mi miniado, metáfora del sujeto colectivo, que ocupaba todo el ancho y alto de la página. En la mayúscula trepaban, jugueteaban y se mordían ratas en todas las posiciones, para girar luego en una esfera terrestre que era el punto de la i. Acto seguido se exponía, con un sencillo gráfico, la parte medular de la teoría. A=Pasado. B=Futuro. A=Era injusta. B=Paraíso Nova Rata. La zona intermedia entre B y A no podía, pues, sino consistir en el diseño, imposición y utilización de la Nova Memoria, de seres injustamente tratados y despojados, mientras que, cara al futuro, no cabía sino la eliminación, física u operativa, de los maléficos seres antiguos, los cuales, sea dejarían paso, sea serían transformados en Seres Novos propios del Paraíso reciente. En un arranque irreprimible de inspiración y entusiasmo, se habían dedicado algunos párrafos a explayarse sobre la teoría de la Rata Primigenia, modelo de la especie, subyugada y mantenida en servidumbre, desprecio y sombra por cuantos poderosos en el mundo han sido y rescatada, al fin, por sus congéneres.

La rueda de prensa se había enmarcado en un ambiente austero y con poca luz. Los dirigentes parecían haberse esfumado, como si el acto hubiese terminado bruscamente. Sin embargo lo mejor estaba por llegar.

 

 

 

12

La rampa viscosa

 

Y vino la sorpresa. Grande, fastuosa, inesperada por el conjunto de la prensa (excepto por el grupo comunicativo oficioso El No País Avanzado), por algunas de las ratas y por la totalidad –ratas peluche exceptuados- de los galeotes. Vigías y altavoces habían anunciado de barco a barco la inminencia de la buena nueva, dispuesto la presencia en proa de la orquestina, que ya ensayaba sus violines, solicitado que las embarcaciones se situaran en círculos concéntricos en torno a la nave capitana.

La prensa extranjera se dedicaba ya con fruición a los exquisitos canapés y bebidas que habían sido prestamente dispuestos para el evento. El tiempo ayudaba porque la superficie del mar era una balsa de aceite, tal y como si los implicados en el evento hubieran sabido con notable anticipación el parte meteorológico. Los periodistas locales explicaban a sus compañeros foráneos la naturaleza y calidad de los manjares y la graduación y añada de los espirituosos, de forma que en el lapso previo al evento ya reinaba un clima de cálida y difusa euforia.

Las ratas presentaban un aspecto espléndido. No habían crecido, pero sí dominaban la forma de trepar y mantenerse unas sobre otras, de manera que la altura les permitía vestir diversos uniformes, pisar fuerte con las botas que anteriormente hubieran roído y agitar sombreros de ceremonia que se balanceaban sobre las enhiestas orejas.

Sincronizadamente, sonaron las sirenas.

Las naves hicieron pasillo. Surgida de las brumas de la media tarde, avanzaba una galera de un blanco impoluto, empavesada de pequeñas, múltiples banderas en las que doradas ratas rampantes sonreían en un fondo azul marino.

El mascarón de proa era un ave de brillo metálico y gran tamaño, híbrida de paloma y mítico grifo, que cobijaba bajo sus alas a sendas ratas, se posaba en un grupo de sonrientes galeotes y sostenía en el enorme pico junto con una rama de olivo la parte central de la amplia banderola desplegada de proa a popa con el lema PAZ ETERNA. Éste se repetía en banderines de todos los tamaños acompañado de un pie, artísticamente trazado y coloreado en los siete tonos del arco iris, en el que se leía RENDICIÓN IS BEAUTIFUL.

El albo navío se situó, todas sus velas desplegadas, en el centro del círculo. Sonó la música suavísima de los violines, y entonces surgió una plancha que conectó su cabina de mando con la de la nave capitana.

-Acompañadme. –dijo Rata Máxima. Y compañeras y periodistas la siguieron por la empinada rampa, que estaba cubierta de una substancia resbaladiza y viscosa porque el barco había atravesado un banco de calamares.

 

 

 

13

Rueda de prensa

 

-Apreciamos profundamente vuestro esfuerzo e interés por informar a la opinión internacional y os rogamos aceptéis esta modesta prueba de nuestra gratitud, destinada a contribuir a los gastos del desplazamiento.

La rata-chambelán, seguida de miembros del cuerpo diplomático provistos de cestas y bandejas, había recibido con estas cordiales palabras a los representantes de la prensa y ahora hacía llover sobre ellos y llenaba sus manos de vales diversos: Hotel Dos mil y dos noches, fin de semana en Isla Mulatas Divinas, citas de trabajo con barra libre en El Rey de los Cócteles, boletos para una rifa del puesto, excelentemente remunerado, de consejero…

Desde el techo, se desplegó súbitamente una enorme pieza de tela.

– ¡Ooohhh! – exclamó sorprendido el auditorio.

-Permitidnos, antes de que comience el espectáculo, presentaros la que será nuestra enseña nacional- anunciaron a coro las ratas dirigentes- ¡Igualdad es diversidad!

La bandera, que cubría todo el ancho y alto de la estancia, reunía los motivos que, en pequeño formato, adornaban la galera. Consistía en filas de diminutas cabezas de rata cada una con un tocado diferente. Había conos rojos con forma de hucha, rectángulos con aspecto y color de adoquín, turbantes sembrados de hortalizas, gatos disecados a los que atravesaba con su lanza un rátida victorioso, manos de fieltro en posición de aplauso, enormes claveles en la oreja, pañuelos empapados de lágrimas que goteaban sobre el portador gracias a un ingenioso dispositivo…Quedaba en la bandera un espacio libre en el que el globo terrestre, sub specie de caja de quesitos, aparecía rodeado de roedores que unían sus colas y alzaban brazos y hocicos.

La enseña se plegó para que comenzara el espectáculo.

El cantor Pasta Supina afinaba su arpa. El comité central de las Rátidas, conscientes de su valía, le habían preparado un sitial, modesto porque se trataba de un vate que tenía a gala ser popular en extremo, pero imponente en el decorado de su rampa de acceso, que simbolizaba el colectivo esfuerzo y universal valía de su nación. No se habían regateado mármoles, chapados de oro, cristales de roca y alfombra oriental.

Vestía el vate con cuidada sencillez: Chaqueta de seda salvaje imitación pana, camiseta firmada por pintor célebre y bordada a mano con el rostro de un líder selvático muerto por una alta causa, pantalón negro con cinturón de calaveras de brillantes marca Chic Paris, alpargatas de diseño florentino y, al alcance de la mano, sin darle mayor importancia, el Stradivarius que había requisado Rata Ecónoma de los antaño fondos artísticos nacionales. En el gozo del reparto, se había propuesto utilizar para añadido de los bigotes las cuerdas, pero finalmente se pospuso la moción en espera de medidas de tipo más general.

El vate templó instrumento y atacó, sin más preámbulos la Oda Rátida, que efectuaba, según se explicó, tendido en el suelo para ponerse a la altura de los más modestos entre las masas y acercar su voz a los desfavorecidos. Porque el acto era el anuncio al resto del planeta del vigor, proyectos y radiante futuro del Nuevo Sistema.

Hubo un problema: su voz, pese a los amplificadores y debido en gran parte a ellos, consistía mayormente en los agudos chillidos propios del idioma de la especie, y resultaba difícilmente audible, penosa e indescifrable para el auditorio extranjero. Sin embargo éstos siguieron, acompañaron y despidieron al vate con aplausos. El desconcierto inicial desapareció en cuanto algunos manifestaron en frases que cundieron por la sala:

– ¡Distinto!, ¡Rompedor!, ¡Nuevo!

– ¡Es una cultura diferente!

– ¡Pasó el arpegio! ¡Viva el chillido!

– ¡Recibimos las primicias!

– ¿Por qué no aplaudes? ¡Nunca más la marginación cultural!

-Vate, tú eres el instrumento.

Y en verdad lo era, porque tañía las cuerdas con la punta de la cola y lograba efectos de percusión mordiendo rítmicamente el estrado.

Contribuyó a la euforia la generosa distribución de viandas y caldos de añada y la promesa de cruceros gratuitos y dádivas sin cuento. Los periodistas sintieron una cálida ola de simpatía por las Ratas. Quien recordaba el hámster que había alegrado su niñez, quien los cuentos sobre ratones sabios, quien la militancia en grupos para la defensa del derecho al voto de los animales, sector mamíferos, quien los pliegos de firmas para habilitación del centro urbano para solípedos. Lo cierto es que, según la noche y el festejo avanzaban, el Sistema Nuevo gozaba de más partidarios dispuestos a defender, de vuelta a sus países, la noble causa de masas oprimidas diminutas que al fin estaban logrando el ideal antiguo de la perfecta igualdad. Todos los periodistas, agradecidos por las invitaciones prometidas, recordaban pasadas luchas juveniles de ellos y de sus lectores, desteñidas luego por el tiempo y por el ingrato y crudo principio de realidad. Por ello ahora se proyectaban en el mundo gris y anónimo de las ratas múltiples utopías, envidias, rencores e ideales que ya no eran decepciones, errores, callados fracasos, sino valientes iniciativas de futuro. Tanto más gratas cuanto, finalmente, más ajenas en distancia, circunstancia y raza, y, por ello, perfectas para la ovación y el sueño.

El volumen creciente del sonido, y de la graduación de las bebidas, no había permitido percibir con detalle la proyección que se desplegaba en el escenario. Las ratas exhibían el cortometraje de su proyecto, mezclado con paisajes planetarios, del sistema solar y luego del planeta azul al que había que salvar a toda costa de los desmanes cometidos por la civilización humana. Se precisaba la vuelta a lo diminuto, el troceado de los siempre agresivos países, asociaciones y naciones, para llegar a los millones de comunidades, cada una en su agujero, nutridas por el generoso botín procedente de la organización y el trabajo de seres humanos, diferenciados, agresivos, exigentes y defensores de formas incompatibles con la homogeneidad perfecta. ¡Había tanto para repartir!

En la pantalla, ahora en forma de película de dibujos mezclada con paisajes del planeta azul, las ratas desplegaban, con el título El Queso Global, las etapas de su proyecto. Comenzarían royendo en el norte la cadena montañosa fronteriza. Separado el No País del Continente de las Abominaciones Individuales, aquél bogaría entre galeras, juntándose, por natural afinidad, con las secciones del Feliz Sur Tribal. Al tiempo, y desde diversos ángulos, se derramaba desde paredes y techo un espectáculo de luz y sonido. La luz no cubría todo el espectro del arco iris.

-Se diría que faltan…-insinuó Rata Cuarta en la mesa directiva.

– ¿Cómo que falta? Nuestra Líder, junto con sus asesores y secretarias, le dio su visto bueno. Perfecto para un plan perfecto que ilumina la senda de la felicidad universal.

-Ya, ya los distingo, los siete. Al principio el amarillo y el violeta me parecieron….

Rata Cuarta se deshizo en excusas, mientras la mesa de la directiva se dirigía al entregado público:

– ¿Acaso no los veis?

– ¡Los vemos, vemos los siete! ¡Oh el brillante dorado y el tierno malva! – afirmaron los invitados apuntando a los inexistentes colores que las ratas, a causa de su peculiar órgano de visión, no habían logrado proyectar.

El detalle se hundió en el olvido, excepto para Rata Cuarta, que recibió bajo la mesa un aviso de cita para remar en la galera XXVI desde el amanecer del día siguiente.

La rata de relaciones públicas consultó sus notas y tuvo la impresión de que había olvidado un punto que solía figurar en las reuniones con los medios:

– ¿Hay alguna pregunta?

Se trataba de una interrogación retórica, sin embargo, un enviado abstemio y comedido dijo, después de comprobar lo que figuraba en su cuaderno:

– ¿No fue cerca de estas aguas donde se hundió el Buque Correo?

-Una gran catástrofe. Un atentado.

-Muchos muertos.

Añadieron algunas voces.

– ¿Correo? ¿Buque? – La portavoz de la Junta Rátida, y luego la Junta en pleno, no supieron durante unos instantes disimular su desconcierto. – ¿Atentado? ¿Atentado?

-Lo publicó toda la prensa. Por muy poco tiempo. Curioso. No se habló más. Está clasificado en la t, terrorismo. Nos distribuyeron la ficha. Zanjado. ¿No fue poco antes de las elecciones? – Voces diversas se alzaron en la sala.

Las ratas se recuperaron con prontitud, fueron respondiendo:

-Ah, el terrible atentado.

-Pasó hace mucho tiempo.

-Nadie se acuerda.

-Fue una plaga mundial.

-Como la peste.

– ¿Y los culpables? – se interesó Jean-Claude, columnista de Le peuple c’est moi.

-Piratas Irredentos, por supuesto. – le respondieron al unísono –Un abominable acto terrorista.

-Pero nunca se encontraron a los planificadores, ni se analizaron pruebas- insistió Jean-Claude.

-Los culpables, en realidad, fueron….¡los culpables del hambre, los culpables de la opresión de tribus indefensas, de jeques abocados a la más negra desesperación, de clanes benéficos frustrados en sus legítimas aspiraciones, los eternos enemigos de la desigualdad que combatimos y que erradicaremos en el próximo y radiante futuro!-Las ratas de las fuerzas especiales de momentos críticos habían tomado oportunamente la iniciativa y acompañadas por los acordes del vate Pasta Supina, habían ofrecido al auditorio una explicación apasionada que selló el tema. Además, prácticamente ninguno de los extranjeros recordaba sino muy vagamente el suceso, del que la publicidad había sido mínima una vez zanjado oficialmente por el nuevo gobierno rátida, con el que la mayoría consideraban conveniente congraciarse.

– ¡Que siga la fiesta! -pidió la mayoría.

Una catarata de luces y de lo que parecían serpentinas y confeti descendió del techo. Se trataba de largos cheques al portador y de brillantes y valiosas monedas doradas y diminutas. El cantor repitió estrofas escogidas de sus anteriores actuaciones y derrochó energía y cabriolas en el escenario. Se proyectó un vuelo tridimensional de palomas provistas de ramos de olivo y una música dulcísima acompañó a la invocación, a los presentes, para que se cogieran de las manos y rodearan un mechero gigante en cuya llama aparecía y desaparecía un globo del mundo verde y sonriente y diversas constelaciones del zodiaco rátida.

Llevado por la necesidad de expresar su gratitud hacia los espléndidos anfitriones y su simpatía por el vasto programa desplegado, cada cual comenzó a reclamar la presencia del autor del espectáculo y la de Rata Primerísima, que se mantenía en la sombra. La presentadora dio unos brincos hasta el borde del escenario y resumió:

-Éste es el futuro: Bondad, Comunidades, Tradición, Esencias, Iguales, Idénticos, Felices, Paz, Paz, Mucha Paz, Paz Infinita.

– ¡Viva, viva, hijo de Siva! – gritó un periodista indostánico, y, como iba achispado, tarareó el himno de su grupo Pro Culturas Ancestrales:

Las viudas se queman alegremente

con vítores y aplausos de la gente.

A la pira con empeño

porque tradición es

que abolió el malvado inglés.

Del fondo de la sala, un reportero de “Enfriemos el norte antes de que sea demasiado tarde” expresó también sus sentimientos:

-Las ciudades y los coches

asco profundo me dan.

Me vuelvo al vikingo clan.

– ¡Small is beautiful! – Apuntó, para no ser menos, el enviado del “Saxon News”.

 

 

 

14

Diktátor

 

Grandes eran el gozo, la euforia, los aplausos y el buen ambiente a cuya muelle sensación parecía contribuir el suave balanceo del barco. Por ello ninguno de los asistentes se esperaba el brusco, pero bien planeado cambio. En cuestión de segundos se extinguieron alegres colores, cantos, conversaciones, porque una espesa sombra que parecía casi sólida y rezumaba del techo y paredes laterales de la parte delantera de la enorme sala descendía, se agazapaba y se diría dispuesta a avanzar hacia el auditorio.

– ¡Diktátor! ¡Diktátor! – clamó el agudo timbre de algunas ratas.

Y hubo desconcierto, que rayó en el pánico.

-¡Dictator! ¡The King of Estribor! ¡The Evil, the Evil!

-¡The Mother of all Evil!

De un extremo a otro de la sala se elevaba un clamor que parecía querer oponerse a la negra, inesperada presencia del Mal.

-No puede ser. Diktátor murió hace muchos años. -aventuró un periodista.

-En efecto. El terrorífico, pavoroso, letal tirano pertenece al pasado. Pero nosotras somos las únicas que se interponen entre el hoy feliz y su resurrección-

La respuesta venía de lo que en ese momento iluminaban los focos. Las ratas habían formado, las unas sobre las otras, una barrera de pelo gris y ojos brillantes que, con un sabio efecto visual, se levantaba entre la negra sombra del ancestral enemigo y el intimidado público. La ola negra se plegó, se redujo a ojos vistas y acabó siendo triunfalmente pisoteada por la Junta Rátida Directiva.

– ¡Pero a partir de ahora somos fuertes! ¡El Bien cuenta con vuestra ayuda! – dijo Rata Segunda desde el ápice de la pirámide de relucientes cuerpos y hocicos sonrientes color de rosa. Igualísima, con su acostumbrada modestia, había quedado en un segundo plano. Rata Segunda extendió los brazos hacia los representantes de la prensa

¡Venceremos al Mal como lo hicieron vuestros padres, vigilaremos sus brotes negros, denunciaremos y denunciaréis las múltiples manifestaciones de Estribor!

Sin solución de continuidad, cambió el escenario. Lo ocupaban ahora las Ratas del Conjunto, que danzaban alegremente y hacían llover sobre los asistentes paquetes-regalo, sobres-sorpresa y condecoraciones a título prematuro. Los periodistas comentaban en grupos excitados, halagados, optimistas y febriles hazañas bélicas de ellos y de sus antepasados en las fuerzas contra Estribor, acosos gloriosos a parlamentarios estribonitas, apoyos incondicionales al lejano líder oriental Kim El Radiante, que desde hacía ya tres generaciones estaba empeñado en la noble causa de la Igualdad Suma, sin reparar en medios ni en que la población hubiera mermado más de un cincuenta por ciento. Kim El Radiante, ¡ay!, estaba lejos, pero el No País ofrecía, ya durante su Guerra Civil y ahora con el advenimiento Rátida, la oportunidad de excitantes batallas lidiadas, a conveniente distancia, en tierra ajena. Y gratis total.

– ¿Quién es Diktátor? – preguntó tímidamente Offing, un periodista de Albinia joven, flaco y rubio.

Su compañero, entrado ampliamente en la madurez, inclinó la cabeza, guardó grabadora y notas y se acomodó en el asiento del fondo donde, en la penumbra y separados de los numerosos corrillos, tenía lugar la charla.

-Diktátor….Claro, ellos lo dan por sabido, pero no es cierto. Es verdad que basta con citarlo para sembrar el pánico. Algunos de nuestros abuelos lucharon en la cruenta guerra civil que hubo en estas latitudes.

– ¿Te refieres a la epopeya de Babor contra Estribor?

-A uno de sus capítulos, porque como sabes, Offing, se trata de una batalla ancestral, el Mal y el Bien, aunque en estos tiempos revueltos ya las cosas se confundan y no haya dos frentes con la claridad de antaño.

-Creía que eran ya una especie de sagas del pasado, relatos que cambian. Fíjate, en mis islas antes los vikingos eran piratas que mataban, robaban y quemaban. Ahora son fundadores de nuevos reinos, audaces pobladores de lejanas tierras.

-La historia ha sido distinta en estos mares. Aquí venció la Maldad, Estribor, en la batalla. Y su jefe, Diktátor, reinó como líder supremo durante décadas.

– ¡Y su pueblo huyó, se rebeló en masa, mendigó el pan y la sal de los que se apropiaban los servidores del tirano! Los caminos estaban sembrados sin duda, en las fiestas conmemorativas, de ajusticiados de Babor. ¡Debo escribir algo sobre esto! – Offing se estaba entusiasmando ante la crónica retrospectiva de los terribles sucesos, más trágicos por lo repetidos durante años innumerables y, sin embargo, extrañamente sepultados por el polvo del olvido.

-Tranquilo- le dijo su compañero, que se llamaba Metáforos y procedía de un pueblo costero del sur. -No fue así…exactamente. Al menos eso creo. No, los habitantes no huyeron en tropel, ni se batieron, tras la victoria de las huestes de Estribor, hasta la última gota de su sangre.

-Sin duda les separaba de la libertad el alto muro construido por el terrible régimen, vigilado por mastines rabiosos y armas automáticas.

-Pues no, Offing. No hubo, no ahí, muro. Salían, entraban y salían. Ya sabes que la gente olvida, se acomoda. Los padres de un colega mío estuvieron en el No País antes de serlo, de vacaciones. No les iba tan mal.

-Pero acabaron asesinando al tirano horrendo.

-Efectivamente murió.

– ¡Ah! ¡Lo sabía! Justicia, merecida justicia.

-Diktátor murió de vejez. -apuntó Metáforos, más apesadumbrado por la decepción de su compañero que por el final de la historia.

-Estribor fue aplastado por Babor sin duda.

-Los últimos años han sido confusos. El No País aún no lo era, cada vez se distinguía menos de los demás países. Y con Babor y Estribor pasaba lo mismo. Hasta que Igualísima y los suyos comenzaron a imponerse y a establecer la cadena de Monumentos Defensivos….

– ¿Contra quién? – Offing seguía el relato con dificultad.

-Contra Diktátor, sus manifestaciones, sus encarnaciones. Todo Estribor, cada fragmento de Estribor es, puede ser él.

Offing consultó sus notas. Propuso lleno de entusiasmo:

– ¡Investiguemos! La oportunidad es excelente, primera invitación oficial del alto mando rátida. Buena parte de la flotilla está desplegada alrededor. No hemos visto ni a uno solo de los galeotes. A mí no me convence…

-Baja la voz- Metáforos miró a su alrededor con inquietud. Su joven compañero estaba menos afectado que el resto por el generoso servicio de espirituosos, la larga e intensa jornada y el viaje previo. Offing había heredado de sus antepasados vikingos la resistencia al alcohol. Vibraba de curiosidad y energía.

-Subamos a cubierta- propuso Metáforos.

 

 

 

15

Gal

 

Su idea era continuar la conversación en un ambiente más discreto. Nadie vigilaba las escaleras porque los encargados de hacerlo yacían embriagados por el generoso reparto de esencia de tocino rancio de la cosecha del siglo pasado.

-La cecina ciega mis ojos….- tarareaba uno de ellos. Otro, que en tiempos había trabajado de enlace en el sindicato Galeotes Sin Fronteras, repetía con insistencia etílica fragmentos de una de las canciones de Pasta Supina: -Me pagan por eso….Me pagan por eso….-

Afuera reinaba el silencio. Demasiado silencio. Se acodaron en la borda.

Una sombra recorría el barco, un susurro metálico rozó la escalerilla, una mano introdujo un papel arrugado en el bloc de notas de Offing, que sobresalía del bolsillo de su chaqueta.

Metáforos había oído algo y se volvió hacia cubierta. La sombra se escabulló rápidamente, pero no lo bastante como para que ambos no distinguieran a alguien de pequeña talla que desaparecía por una escotilla.

-Parece un niño. Pero la población del anterior sistema no está en este barco-comentó a Offing.

Los dos periodistas olfatearon oportunidad, misterio y noticia. Sabían que las ratas eran pueblo celoso de sus asuntos internos, que no comunicaban sino lo acordado y anunciado con pompa y preparaciones, pero aquella noche la tripulación de la lujosa galera de recepciones y grandes eventos se había entregado a la confianza y la ebriedad, al reposo que sucede a conquista, puesto que consideraban afianzado su régimen y abierto el camino al mundial reconocimiento y a los grandes proyectos de expansión. Paralelamente, Juventudes Rátidas y Rátidas Primera Regional disfrutaban mascando diminutos trozos de la bandera, en tiempos anteriores a la gesta del Hundimiento del Buque Correo, del No País, la cual se habían divertido desgarrando y apostando a ver quién lograba separar el trozo más pequeño.

Ambos periodistas dudaron.

-Vamos.

Y descendieron ambos por la escotilla.

Todo estaba húmedo, ligeramente viscoso y sombrío. Oyeron cerrarse puertas excepto una mal encajada. En el interior no había sino oscuridad y moho, un espacio pequeño con viejas cuerdas y algunos barriles. Repentinamente de un tablón desprendido muy cercano, surgió un brazo que atenazó el de Offing. Era un galeote, un tipo grande, ciertamente no el que habían entrevisto arriba. Sus ojos brillaban en la oscuridad. El encuentro fue tan breve que apenas intercambiaron algunas palabras. Dijo:

– ¿La habéis visto? A la sirena, ¿verdad?

– ¿Sirena? Había alguien pequeño….

-Es ella, la que huye, aparece y desaparece. Sabemos que va de barco en barco. Es de los nuestros. La persiguen. Se escapó un día y se escapa siempre.

Alguien que parecía también surgido de la pared apoyó familiarmente la mano en el hombro de Metáforos. Entonces pudieron verlos: Dos tipos con el cabello largo y costroso de sal, de hombros anchos que les hacían parecer más altos de lo que eran.

– ¿Qué queréis? ¿Quiénes sois?

-Huidos. Prófugos. Proscritos. Éste es, era, el Remo número 32, nombre actual Orky, y yo el Remo número 24, Kraky.

-Es que hemos elegido, llamarnos como grandes animales asesinos, Kraken y Orca; pero sin exagerar. -puntualizó Orky-, nombres que den un poco de miedo.

– ¡Prófugos! ¿De un sistema donde reinan la felicidad y, sobre todo, la igualdad, según nos dijeron? ¿Verdad, Offing? -Metáforos se volvió hacia su compañero, quien, tras la sorpresa inicial, había sacado su bloc de notas y comenzaba a escribir.

-Bueno…-respondió éste- Lo de la felicidad y la igualdad absolutas….En el País de la Reina Eterna somos muy pragmáticos, algo desconfiados, no lo tenemos claro. Había que investigar. Es una prioridad asegurar el comercio marítimo.

-Ni la medusa más tonta se lo hubiera creído-Había no poca ironía en la voz de Kraky.

-Sin embargo era mucho peor, muchísimo peor, en la época de Diktátor.

-La era de la Dictadura Horrenda.

Los dos periodistas habían hablado casi a coro porque hasta en los más elementales libros de historia existían un antes y un después que explicaban, antes, ahora y para siempre, cuanto ocurrió, ocurría o podría ocurrir en el No País y la flota rátida. Hemerotecas, diarios, textos escolares, medios sonoros y publicaciones diversas se nutrían del regular flujo informativo que llegaba desde la flota. Hasta la Reina Eterna del país de Offing, entre sorbo y sorbo de licor de la juventud imperecedera mezclado con su té, lo leía en el boletín por las tardes.

-Sois felices-insistió Metáforos-; y es hermoso saber que hay un lugar así y que os apoyamos, y navegamos por vuestros cálidos mares disfrutando del mejor marisco. ¡Es bello que haya paraísos!

-Siempre y cuando estén a cierta distancia….-Offing era un tipo reticente. – ¿Y la sirena?

-Ella…Nosotros os enseñaremos muchas cosas. Si os atrevéis. -dijo el ex Remo número 24-Hablad. Escribid. Podéis hacerlo. ¡Cuidado!

Las ratas de guardia chillaban arriba; se habían despejado lo suficiente como dar un breve paseo de reconocimiento. De un tirón brusco hacia dentro, los dos visitantes se encontraron en un pasillo estrecho mientras el tablón se ajustaba al resto ocultando la entrada. El hombre – ¿era un galeote? Y si no lo era, ¿quién? – corría delante. Iban dejando atrás pasillos laterales y huecos que al principio intentaron contar para luego volver sobre sus pasos, pero desecharon la tarea por imposible.

-Bajad. -les dijo.

Eran escalones, no las escalerillas habituales. Algo se cerró sobre sus cabezas. Hubo un chapoteo. Gentes que no distinguían trajeron una luz. Había agua en el charco de la esquina, y sentada en su orilla se encontraba una figura menuda, vestida de gris excepto la parte inferior del cuerpo, de un verde brillante y embutida en algo tubular.

– ¡La sirena!

-O tritón.

– ¡Qué reportaje!

Metáforos se acercó y se presentó educadamente. Su familiaridad con los mitos grecolatinos le permitía considerar con notable amplitud de criterio la existencia de seres especiales, mixtos y diversos.

-Corresponsal del Odiseo Incansable y del semanal Club Pericles.

– ¿Del Viejo Continente? ¿Del mundo externo? -la voz era femenina y no tenía nada de infantil. Se expresaba con tono cristalino y un leve burbujeo de fondo.

Offing alargó a su vez la mano en saludo:

-Escribo para el News from the Continent y para la gaceta de la Reina Eterna. La Reina de mi país lo es; eso da mucha estabilidad a las instituciones.

-Soy Gal, y era galeote antes.

La mano que estrechó no estaba fría ni resbaladiza.

– ¿Era galeota?

Gal azotó la superficie del charco con la extremidad verde y pareció encolerizada. Subió el tono:

– ¡Qué galeota ni qué nada! ¿También os ha aquejado en vuestro lejano país la peste de la vocal final que usaron las ratas como consigna? ¿los ballenos y las ballenas, los delfines y las delfinas? Mi nombre era Galerna, en vez de ser galeota, pero escogí Gal.

Offing observó que nada tenía de niña. Se sentó cerca, bloc en mano.

Comenzó una larga y un tanto frenética conversación. Gal quería explicarles todo, enseñarles todo, y el tiempo apremiaba.

– ¿Conocéis la cámara acorazada de los almacenes de memoria?, ¿la gabarra de los lisiados?, la santabárbara para dinamitar embalses y carreteras de la época de Diktátor?, ¿la central M.O.P.I., Ministerio de Obras Públicas Inútiles?, ¿las salas ocultas donde está la máquina de fabricar tribus?, ¿los planos para hacer todos los ríos circulares, con su virrey en el medio? ¿Y la reproductora gigante de agravios ancestrales? Mira el mapa que te di de cuanto transporta la flota.

Offing sacó el papel arrugado de su cuaderno. Era mucho más minucioso y cuidadoso en su dibujo de lo que en principio hubiera podido creer. Él y su compañero anotaban febrilmente. Gal usaba un vocabulario amplio, de inusitada riqueza. Parecía que no iba a terminar la enumeración nunca.

En el fervor de la conversación, Gal echó la cabeza hacia atrás y la capucha gris se deslizó sobre sus hombros. Su cabeza estaba muy cerca de la de Offing y él vio que los ojos parecían contener los reflejos cambiantes del agua, y que su pelo era de tres colores diferentes y ondeaba en una corta melena de bucles amplios que recordaban a la rizada superficie del mar.

A él se le cayó el bloc de notas, y Gal observó mientras se inclinaba para recogerlo que aquel extranjero tenía cráneo y barbilla cubiertos de fino cabello rubio, sin pizca de salitre, que la piel parecía de gran suavidad y que sin embargo sus manos y brazos daban sensación de valor e incluso de atrevimiento. Algo que no comprendía la impulsó a coger, al tiempo que Offing, el cuaderno y rozar sus dedos. El rostro de él cambió, sorprendentemente, de color como ocurre con las medusas cuando pasan del azulado al rosáceo. Las cejas también eran rubias, los ojos oscuros del tono de la madera de navío, y estables como ésta.

¿Eres….eres realmente una sirena?

– ¿Ya te dijeron que soy la sirena fantasma?

-Las sirenas matan, embrujan y matan-terció Metáforos, y añadió en un susurro:

– ¿Y si es una espía de los antiguos partidarios de Diktátor? Se cuenta que existen. Terribles, temibles, estriboritas extremos.

No hubo tiempo para respuestas. Se encontraron rodeados por el sonido de artilugios de dos ruedas que golpeaban pasillos y escaleras en su avance

– ¡Persecución, persecución! No saben dónde estamos pero sospechan, y las Ratas han enviado a las fuerzas de búsqueda de disidentes en varios destacamentos.

– ¡Qué ruido infernal! -Offing se tapó los oídos.

-Es una de sus armas. Son los Rataciclos.

Entonces se sumergieron en el charco, bucearon brevemente y emergieron en recónditas dependencias. Allí, mientras algunos exgaleotes discutían el plan de fuga, otros les explicaron en qué consistían las Fuerzas Represivas Rátidas. Cuando introdujeron el rataciclo aseguraron que era para mejorar la salud física y mental de las tripulaciones. Pronto se reveló su siniestra función, su agresividad arrolladora. Ninguna cabina, pasillo, cubierta, estaba libre a hora alguna de su ataque. En cualquier instante un rataciclo conducido con febril y prepotente pedaleo por vigorosas ratas aferradas con dientes y rabo al manillar podía arrollar al humano, machacar al menos rápido y más débil, privarle de transporte y comida, someterlo a tratos degradantes y a insultos por oponerse a la salud y al progreso, hacer pasar sobre él a toda la manada triunfal que le escupiría además desde la altura de las dos ruedas. Su llegada era anunciada por la bocina de timbre desgarrador, la parálisis general del público y el altavoz que denunciaba los vergonzosos medios de transporte, de cuatro ruedas, del tiempo pasado, devoradores de la energía de la bondadosa Madre Naturaleza. Cualquier galeote debía, cuando se aproximaban, detenerse y permanecer, sonriente, en posición de saludo. A continuación, solía llegar el carromato de retirada de víctimas: lisiados, ancianos, torpes peatones, gentes variadas de mediana edad todavía reticentes ante las bondades del nuevo y sano régimen. Los cuerpos desaparecían rumbo a un trillado del que no se solía volver.

La tropa entonó el largo himno del Destacamento Rataciclo. Los ecos de sus voces agudas multiplicados por el eco de los pasillos y por el estruendo de su paso producían pavor.

 

No hay nada igual

al pedal, al pedal.

Arrollemos con desdén.

Al peatón que le den,

que le den su merecido

y que sea escarnecido.

Cuatro ruedas es senil,

enemigo, torpe y vil.

Nuestra es la superficie.

Combatamos la molicie.

Las especies inferiores

tiemblan ante los señores

del manillar poderoso.

El pedaleo, ¡qué hermoso!

¡Rataciclos sin fronteras

ocupando las aceras!

Elimínese el transporte.

Todo el mundo a hacer deporte.

Desde la proa a la quilla

impere la zapatilla.

Sométete o te reciclo.

¡Viva, viva el Rataciclo!

 

– ¡Qué memoria tienen! -se dijo Metáforos recordando a los aedos de antaño. Pero, al aguzar el oído, se dio cuenta de que había solistas y coro, de forma que los fragmentos del himno se repartían al cantar y finalizaban todos luego, a modo de estribillo, con la alabanza al pedal, la amenaza de reciclaje y los vivas al Rataciclo.

-Hay que salir de aquí. Las ratas tienen olfato. – ¡Rápido!

Kraky había cogido del brazo a Metáforos mientras Gal hacía lo propio con su compañero. Era tiempo, porque el estruendo se aproximaba. Los agentes se detenían de cuando en cuando y golpeaban las paredes para verificar posibles escondites.

Comenzó entonces una carrera desaforada que desde cubierta los dos periodistas nunca hubieran creído posible. Las bodegas parecían abrigar incontables espacios comunicantes. Offing advirtió que los dedos de Gal se clavaban en la palma de su mano y que las uñas tenían un tono azulado. Ella se desplazaba como deslizándose por todas las superficies. No sabía si la joven, suponiendo que lo fuese, le inspiraba atracción o repulsión.

– ¿Eres una sirena? -acertó a preguntar de nuevo sin detenerse en la huida.

-No. -respondió en un tono bastante seco.

Ahora estaban en una especie de almacén de géneros apilados en montones grises cubiertos de lonas. Sin que mediaran explicaciones, a toda velocidad, los galeotes disidentes se enfundaron prendas que llamaron “de camuflaje”. El cuerpo de Gal ya no se prolongaba en el tubo verde brillante sino en anchos pantalones de algas.

-Las ratas tienen buen oído y buen olfato, pero no tan buena vista-explicaron.

-No eres una sirena…-Offing sentía una mezcla de alivio y de decepción.

Por primera vez Gal esbozó algo que se parecía a una sonrisa:

-Pero estuve a punto de serlo-respondió-. Cuando tenemos alguna enfermedad en las piernas nos reciclan para adaptarnos exclusivamente al remo y utilizarnos de la cintura para arriba. La etapa siguiente es la escotilla de desechos, la Cueva del Lastre o la Cala de los Malditos para los que se fugan y consiguen llegar a ella. Ahí estuve yo.

– ¿Qué nos ponemos nosotros? -preguntó Metáforos.

-Nada. Os enseñaremos el camino de vuelta. La patrulla va en dirección contraria. Es importante que lleguéis a aquí- Gal señaló un punto en el arrugado pero legible mapa de la flota.

-Asegurémonos de que todos han pasado.

Miraron por una rendija. Había aún ratas rezagadas, que cruzaban tarareando el himno y agitando la banderita diminuta, con dos largas orejas enlazadas, que distinguía a la policía. Llevaban camisetas con la imagen de una sonriente y paternal Rata Primera y una Rata Segunda que lucía la banda del Pedal de Oro Honorífico. Pasó el último, que compensaba su escasa velocidad cantando el himno con pasión.

– ¡Ahora! -dijeron a los periodistas.

– ¿Cuándo nos veremos? -preguntaron ellos.

-Pronto. ¡Seguid a Orky antes de que vuelvan!

Nueva zambullida. Emergieron en estancias oscuras que no tenían apenas tiempo de mirar. Pasillos iluminados por un leve resplandor. Offing observó que la huella de las uñas azules de Gal había quedado marcada en la palma de su mano. Orky iba muy deprisa y les señalaba huecos y pasadizos con un ademán.

De repente su guía desapareció, los ruidos cesaron, palparon una escalerilla próxima.

Metáforos y Offing se encontraron con sorpresa de nuevo en la cubierta de la galera, con un cielo encapotado bajo el que se adivinaban los bultos de la numerosa flota. De uno de ellos, apenas perceptible, se filtraba por las claraboyas una curiosa luz azul.

La observaron con fijeza, apoyados en la borda. Y, al bajar la vista, vieron la chalupa amarrada al costado. Miraron el arrugado mapa cuya tinta, calamar de primera calidad, no parecía haber sufrido por el contacto con el agua.

El mar era una balsa de aceite.

– ¿Y si…? – Offing comenzó a buscar una escala de cuerda.

-Nos cogerán. Nos quitarán el permiso. Nos…tal vez nos morderán. – Metáforos negaba con el antiguo gesto de su pueblo de origen, hincando la barbilla en el pecho, pero al tiempo sus gestos lo traicionaban y, acostumbrado al medio marinero, encontró pronto la escala.

Bajaron.

 

 

 

16

El Galeón de los Ritos Oscuros

 

La galera, que parecía próxima, estaba lejos y la navegación se les hizo larga. Procuraban hundir los remos sin hacer el menor ruido. De todas formas el griterío e iluminación de la nave de las grandes recepciones ahogaba cualquier otra señal cercana.

-Hemos bajado, sin pensar, por el lado de estribor -susurró Metáforos temeroso- ¡El lado del Mal!

Alzaron los remos. El regreso, a plena luz según se acercaran, de los focos multicolores de la fiesta, era arriesgado. Convenía esperar a que, como los guardianes, se durmieran casi todos. No podían permanecer, estúpidamente, al pairo mientras la noticia, el posible reportaje, se escondía en alguno de aquellos bultos negros que se balanceaban en la zona prohibida. Más tarde subirían, sin riesgos, por la borda reglamentaria. Continuaron. Sólo cuando estaban ya muy cerca de la luz espectral, tenue, un tanto metálica se dieron cuenta de algo que les erizó el cabello. No estaban solos. Su bote no era el único, pero sí el menor. Flotando tranquilamente había otros, al parecer vacíos, como si hubieran depositado y esperaran de nuevo a sus pasajeros.

Llegaron a la nave, se deslizaron a su alrededor y miraron por las claraboyas. De las inferiores venía la luz, que parecía proceder de multitud de pequeños objetos. Éstos se desplazaban a veces.

Offing estaba fascinado por el silencio misterioso y el riesgo, pero Metáforos tomó la iniciativa:

-Subamos.

Era grande el silencio, nadie en cubierta. Lo opuesto del jolgorio en la galera de recepciones. Ni siquiera vigilantes, y escasa la iluminación de los faroles en proa, popa y el mástil principal. Como si existiera la completa seguridad de que nadie podía querer ir allí. Los dos humanos se movieron por la cubierta, a distintos niveles, de un compartimento a otro. No era un barco usual hecho para que lo habitaran tripulaciones. De cuando en cuando encontraban un dibujo, signos extraños, indicaciones en las que se repetía una garra gris con una uña larga que apuntaba hacia el esquema de un pedestal y una especie de medalla de oro. Los siguieron. Pronto les llegó otro indicio: el olor a humo, un humo especial, cargado del fuerte olor de la grasa de las ofrendas. Habían oído hablar de nuevos ritos imitados de los antiguos usos por los rátidas. Entonces supieron que la nave era, toda ella, un templo.

No se sabía que hubiese religiones en la nación rátida. Más aún: sus dirigentes abominaban de aquellas creencias opresoras a las que antes se entregaban los humanos. Rata Máxima concentraba, en toda su pureza, los ideales, era la Víctima entre las víctimas, la Igualísima entre los iguales, la Etérea Defensora de la Paz Planetaria, la Humildísima Servidora de los Sufrientes. Llegados a estado tan benéfico, no podía haber otros dioses. Y, sobre todo, ella, junto con Rata Primera, Rata Segunda, Rata Ecónoma, Rata Mayor, Ratas Insaciables de la Montaña Este, Ratas Purasangre de la Montaña Norte y Rata Parda de Propaganda Multicultural, habían luchado y vencido a Diktátor, el abominable tirano muerto hacía décadas pero en el que se encarnó todo el Mal, la esencia estriborita. Los galeotes, el antiguo No-País, Euralia y el mundo entero habían así contraído una deuda impagable con la nación Rátida y nadie se atrevía a discutir detalles.

La pasada experiencia les había servido para manejarse en el interior de aquellos curiosos laberintos flotantes. Guiados por el olor y por un lejano murmullo mezcla de siseos y chillidos, despacio y con gran prudencia, sin seguir las indicaciones de manera directa, ascendieron por una escalerilla, luego se arrastraron por rampas tras las que se abrían en la pared respiraderos en forma de claraboyas, pequeños, en círculos de cinco en cinco., todo a lo largo en una vasta extensión. Miraron, y les recorrió un escalofrío.

Abajo, como un estanque lodoso, se situaban ondulantes filas de ratas en una formación sin gran orden, rota por movimientos, gestos, palmas una contra otra de las patas. Parecían excitadas, atentas y felices. A su felicidad contribuían la embriaguez del humo espeso, las bandejas de vituallas –con quesos mucho más variados que los del festejo a la prensa y además exóticos embutidos foráneos- y los cuencos de líquidos que lamían chupándose luego los bigotes.

-Son pocas-susurró a su compañero Metáforos.

-Con demasiados dientes. No creo que nos acogieran con entusiasmo. -respondió él.

Bajaron por otra rampa para, sin perder perspectiva, verlas más de cerca. Entonces advirtieron que no eran ratas ordinarias sino de especial categoría, con insignias de diversos cargos y títulos, colgados del cuello, de delegadas de los departamentos de información, educación, difusión y elaboración histórica. Repentinamente se hizo un silencio expectante, las filas se apretaron dejando paso a los dirigentes que saludaban y enseñaban a manera de sonrisa la blancura de sus colmillos. Eran las Ratas Máximas, los conocidos líderes de la Nación Rátida. Se situaron, en un pequeño grupo, en cabeza, al pie de algo que parecía un gran monumento cubierto por gruesas telas. Brillaron lámparas que sustituían a los pequeños faroles de luz azul. Se cerraron herméticamente, con un largo rechinar, todas las entradas.

– ¿Tendremos, hacia atrás, salida, Offing?

-No vamos a irnos ahora.

– ¿Tú no tienes miedo?

-Miedo no. Estoy aterrado, Metáforos. Pero me quedo. Además, luego podremos guiarnos con el mapa.

-Calla. Empiezan.

Escucharon. Y se dieron cuenta con sorpresa de que les favorecía el escaso nivel de ruido y la sonoridad de la sala que, con su forma oval, parecía recoger, devolver las voces, de manera que, aunque se hablaba en tono menor, como quien no desea ser oído en el exterior y además mantiene una actitud reverencial, podían seguir el discurso. Comenzaron a fotografiar y tomar notas febrilmente.

-Compañeras, escogidas compañeras del Ministerio de la Devoción Secreta, nos hemos reunido, como acostumbramos en fechas importantes, para rendir el merecido tributo de agradecimiento y homenaje al ser sin el cual nunca gozaríamos del poder del que disfrutamos.

Los líderes rátidas hablaban de pie frente al auditorio, sin pódium pero cuidando muy mucho el presentarse a la misma altura, por lo que calzaban suelas de distinto grosor en pro de la imagen igualitaria. A su espalda la superficie velada se iluminaba lentamente y las gruesas telas comenzaban a ondular.

-Compañeras, entonemos nuestra acción de gracias:

Sin abandonar el medido tono de voz, el breve himno se elevó acompañado por la vibración de algunos instrumentos, que eran en realidad el fino rabo de las encargadas de la música de cámara:

 

Luz de nuestra especie, ser providencial

que siempre nos haces Buenos frente al Mal,

gracias a tu guerra, gracias a tu historia,

estamos y estaremos en la gloria.

Como una sola rata tus pies beso.

A ti debemos voz, poder y queso.

 

Y comenzó una danza lenta. Los reunidos avanzaban y retrocedían, tras lamer el pavimento sobre el que reposaba el borde del enorme telón. Pronto el suelo adquirió un húmedo brillo.

-Permitamos que también los representantes de las antiguas, desiguales y atrasadas naciones se aproximen para presentar sus respetos. -dijo la rata que parecía hacer las veces de maestra de ceremonias.

Desde el fondo, con paso tímido, comenzaron a aproximarse algunos galeotes, muy distintos de los pocos que los dos periodistas habían tenido ocasión de ver. Ni su cabello tenía costras de sal ni su ropa estaba descuidada. Vestían austeras pero limpias túnicas grises con un pequeño remo amarillo cosido a la manga. Llegados al frente, entonaron:

 

¡Todo el amor a Babor!

¡Odiemos siempre a Estribor!

 

– ¿A quién te recuerda el de la izquierda, en la segunda fila?

Metáforos reflexionó. En principio a nadie, pero luego dijo:

-A Orky, se parece a Orky, pero más joven.

Offing le pasó una nota escrita en el reverso de la hoja del mapa que le había dado Gal en la que se leía “Cuidado con las juventudes de galeotes aspirantes a rátidas. Son los más peligrosos”.

Eran, desde luego, los más ardientes porque aquél y otro joven galeote habían avanzado unos pasos y, en un breve discurso lleno de emoción y cortado por los sollozos, agradecían a las ratas dirigentes la confianza que les habían demostrado al permitirles compartir el gran secreto y participar en la periódica acción de gracias. Renegaban de sus turbios orígenes desiguales, de su retrógrada e insolidaria especie, y recordaban, una vez más, que a las legiones salvadoras de la nación rátida y a sus líderes, democráticamente elegidos entre aclamaciones tras el episodio del criminal hundimiento del Buque Correo y el acoso a los instigadores de la catástrofe, debían y deberían todos un futuro luminoso y una próspera e igualitaria existencia.

-No entiendo. ¿Qué es lo que agradecen? -Offing estaba desconcertado. Aunque las noticias eran a veces confusas, se sabía que el gobierno rátida había sido mayoritariamente elegido y que a ello había contribuido no poco su persecución implacable de los causantes del episodio del Buque Correo y su inmaculada defensa del Bien, de los principios baboritas, frente al estriborismo, desde hacía ya más de medio siglo representado por el fenecido pero siempre temido y abominable símbolo del Mal Sumo.

Sus preguntas se transformaron en un interrogante aún mayor porque en el escenario, despejado para la ocasión, comenzaba la parte principal del evento. Los galeotes colaboradores, sin cesar de mostrar con gestos su agradecimiento y emoción, se habían retirado a una esquina y estaban de rodillas, los líderes imponían respetuoso silencio al auditorio y varias ratas se habían lanzado sobre el telón y lo empujaban hacia abajo con los dientes. Se abrió la tela, y una figura enorme, de rasgos humanoides pero mezclados con incisivos y garras de tipo claramente depredador y provista de símbolos de mando con aire militar fue apareciendo despacio entre los pliegues.

– ¡De esto nos salvasteis! ¡De esto! -sollozaron los galeotes colaboradores, mientras del auditorio rátida se elevaba, como una oración, un solo nombre:

– ¡Diktátor!, ¡Diktátor!, ¡Diktátor!

 

 

 

17

El cofre sin tesoro

 

¿Diktátor?…Imposible. Era imposible, absurdo, increíble e impensable. Diktátor era el gran enemigo desaparecido hacía décadas, pero al que las crónicas citaban como ejemplo de todos los males, concentrado de tiranías, símbolo de una época que no se citaba siquiera en los libros de Historia y se sustituía por negros iconos de la perversidad. No había, o no se conocían testigos, de tan nefasto pasado. Sin embargo sirvió para que se alzara como salvadora la nación rátida frente los tímidos y humanos, luego galeotes, a los que bastaba con amenazar con el tratamiento de simpatizantes retrospectivos de Diktátor (¡diktatofista!, ¡retrofista! silbaban las ratas) para que entraran en un estado de pánico, parálisis social y disposición para la servidumbre.

– ¡No puede ser! -exclamaron a la vez, por lo bajo pero horrorizados, los dos periodistas.

Y se asomaron aún más sin advertir que la hoja del mapa, que estaba colocada bajo el cuaderno de notas, se deslizaba hacia fuera. Había en el piso alto cierta corriente de aire marino. Antes de que pudieran impedirlo, vieron como el papel descendía planeando lentamente sobre el auditorio rátida. Una rata levantó la vista, advirtió a una segunda, siguieron la trayectoria, vieron desde donde parecía haber caído. Se levantó un clamor:

– ¡Espías entre nosotras!

– ¡Corramos! -dijeron los periodistas.

Pero la madera era ruidosa y ahora carecían del mapa que les señalizaba el camino de regreso. Huyeron en una dirección, luego en otra. El estruendo se oía cada vez más cerca. Entonces vieron el cofre, en una esquina donde había viejas velas de chalupas. Era enorme, sorprendentemente alto y ancho, y en un escrito apenas legible clavado en la parte de atrás se leía “Pagos hundimiento Buque Correo” y debajo, en letra más pequeña, “Propinas a Piratas Irredentos”. Se cerraba con una llave imponente y herrumbrosa, parecía una antigua caja fuerte que podría haber contenido en sus buenos tiempos el tesoro de varios piratas. Estaba vacío, la llave giraba pero la madera de abajo se desmenuzaba carcomida y su fondo había sido roído y parcialmente devorado por las antepasadas, hambrientas, repudiadas y oprimidas, de la nación rátida.

-Tengo una idea. No nos buscarán en un cofre cerrado por fuera.

Metáforos era hombre de recursos. Se aseguraron de dar varias vueltas a la llave, se introdujeron en el arcón poniéndolo de lado y cuidándose de colocar alrededor telas viejas en las que también ellos se envolvieron, lo pusieron de nuevo de pie y contuvieron la respiración.

Las ratas llegaron, algunas de ellas. Husmearon en todos los sentidos, pero la humedad, el moho y la herrumbre de viejos objetos de metal cubrían otros olores. La reunión había sido secreta, y por ello no estaban presentes en la nave de los ritos oscuros más que pequeños y escogidos cuerpos de guardia. No se oía el estruendo de los rataciclos ni de los escuadrones entrenados en la persecución, por el olor, de posibles disidentes, en cuya detección y caza se habían especializado. La eficacia rátida en la creación de tales cuerpos policiales había traspasado las fronteras. Se trataba de los temibles Hermafroditas Radicales, de los Ecologistas Implacables y, los peores, de los miembros del Corpus Nígrum, que se hacían llamar a sí mismos asesores pedagógicos y sometían a sus prisioneros a audiciones innumerables de los principios igualitarios y de los discursos de Rata Máxima.

Los dos hombres contenían la respiración. Las oyeron alejarse, pero no se atrevieron a dejar su escondite. Cuando, tímidamente, comenzaban a levantar el cofre escucharon pasos diferentes. Por las voces supieron que esta vez se trataba de los galeotes colaboradores. Uno de ellos, precisamente el de las Juventudes Aspirantes a Rátida que tenía manifiesto parecido con Orky, se quedó rezagado. Estaba de espaldas. Había sacado de entre sus ropas algo comestible, escamoteado del festín previo al acto ritual, y aprovechaba para hacerlo desaparecer, en solitario, a grandes bocados.

-Necesitamos un guía-se dijeron los periodistas.

Y, a la desesperada, con una madera aguzada y clavos de los que habían hecho armas provisionales, se lanzaron sobre él, le taparon la boca y le aseguraron que si hacía el menor ruido era galeote muerto.

– ¡Vas a guiarnos hasta la borda menos vigilada!

Él negó con la cabeza y susurró:

– ¡Me enviarán a la Cala de los Malditos! O, peor, a la gruta de las medusas venenosas.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó Metáforos.

-Remosumiso 14.

– ¡Tu nombre verdadero, el anterior!

-Óskar, Óskar Brey.

-Pues nosotros te enviaremos más cerca, al baúl de los cangrejos hambrientos.

Offing hizo a su compañero un signo de absoluta ignorancia y desconcierto. No existía tal cosa, y además él era, o había sido hasta hacia pocos minutos, un pacifista militante. Metáforos le hizo señas tranquilizadoras imitando a los inexistentes cangrejos con la mano y haciéndole ver que procedían de su imaginación. Luego, en tono de amenaza terrible, apremió, señalando un rincón sombrío:

– ¡Decídete!

-Os guiaré.

Lo maniataron con jirones de la vieja lona.

Óskar se había teñido parte del pelo en gris plomo y se dejaba crecer las uñas. Hacía cuanto podía para asemejarse a las ratas, pero desde luego no lo conseguía. Tenía los ojos de un azul cándido y cierta impresión de inseguridad y alerta que en nada concordaba con quien está del lado de los vencedores.

– ¿Así que eres el hermano de Orky y estás sirviendo en la policía rátida? -En la voz de Metáforos no había un ápice de complacencia y una de sus manos jugueteaba con un palo del montón de desechos.

-Yo…no tenía opción. Me aseguraron que mi hermano formaba parte del peligroso comando terrorista, afín a Piratas Irredentos, que hundió el Buque Correo. Eso justificó que, respaldadas por nuestro juramento de fidelidad, las ratas se llevasen las Llaves de Mando y todo el tesoro.

-Por lo pronto sácanos de aquí. Ya hablaremos.

Pero no era tan fácil. Una vahada de olor entre rancio y corrompido les anunció un nuevo peligro. Además de a los Rataciclos, el enemigo recurría al armamento químico y había enviado en su busca, como les explicó Óskar, al comando de los Naturalistas Fétidos.

Los tres se introdujeron en una celdilla abandonada, se cubrieron de restos de bacalao para anular su propio olor y Offing, que tomaba febrilmente notas, inquirió:

– ¿Quiénes son los Naturalistas Fétidos?

-Galeotes de la rama Adaptados y Adoptados como ratas honorarias. Jamás usan desodorante, persiguen a cuantos no llevan la vida natural, aquéllos que no procuran asimilarse a las nobles bestias que antes de la aparición, artificial y depredadora, del poder homínido, señoreaban la Tierra.

– ¡Ah! -respondieron los dos periodistas a coro.

El hedor se aproximaba.

– ¡Huyamos! Hay que descolgarse-Óskar parecía aterrorizado-El castigo de un traidor es terrible. ¡Por esta claraboya!

El agua espejeaba tranquila, el barco apenas se mecía y era fácil avanzar por el reborde que sobresalía en el casco. Todo transcurrió muy deprisa; huyeron en un bote tras cortar las amarras de los demás para dificultar la persecución. A tiempo, porque se movían faroles y escuchaban chillidos y voces que delataban la composición mixta, humano-rátida, de los perseguidores. Les llegó un fuerte olor a pachulí que los extranjeros creyeron técnica de camuflaje de Naturalistas Fétidos.

Pero no lo eran.

-Se trata de Hermafroditas Radicales -Óskar había palidecido y parecía aún más aterrado que ante la proximidad del comando anterior. Sin embargo, como si el miedo tuviese sobre él un efecto propulsor, el muchacho se había revelado un guía estimable. Continuó en voz baja y temblorosa:

-Están movilizando a sus mejores efectivos. No quieren que estas noticias transciendan hasta la opinión planetaria. Su plan, que presentarán como benéfico e ilustrado, es geoglobal.

– ¿Quiénes son Hermafroditas Radicales? ¿Ratas? ¿Galeotes?

-Galeotes adoptados, fuerzas de choque, encargados de la acción directa vía rápida para el Paraíso Igualitario. Si nos apresan se asegurarán de que nuestros….atributos sexuales -la palidez de Óskar se tiñó levemente con un rubor de doncella -tienen estrictamente la misma dimensión -Imitó con los dedos el movimiento de unas tijeras.

Los fugitivos maniobraron con desesperación, pero ésta no bastaba para otorgarles la habilidad náutica de la que carecían.

-Yo pensaba que los de Megas Musakia eran un pueblo de marineros-dijo Offing sardónico.

– ¡Y a mí me suena lo de “¡Rule, Britannia! Britannia rule the waves!”. Además, no todos somos Ulises-respondió Metáforos.

La noche era tan oscura que sólo distinguieron al enemigo cuando una garra gris se clavó en la borda.

 

 

 

18

Camino de la Cala de los Malditos

 

Estaban perdidos. En efecto, las ratas habían planeado la operación de forma silenciosa para que no llegara el escándalo hasta los demás corresponsales extranjeros, los cuales, por cierto, dormían apaciblemente con el pesado sueño producido por las bebidas espirituosas, los abundantes canapés y la deliciosa perspectiva de viajes a paradisíacos parques temáticos de Paz, Bondad y Amor gracias a los cheques-regalo distribuidos.

Los tres, incluso Óskar, decidieron vender cara su vida, y su integridad física. La primera rata cayó al agua con un chillido, la garra atravesada por el bolígrafo de Offing. Un Hermafrodita Radical lanzó un quejido lastimero cuando Metáforos le golpeó con el remo. El medroso Óskar parecía estar sacando fuerzas de flaqueza y, sea insultaba hábilmente en su peculiar jerga de la policía acción violenta a los adoptados, sea les hacía confundirle en la oscuridad con uno de los suyos.

Pero estaban perdidos. Una mezcla tibia de pachulí, sudor y piel de rata los cubrió.

Entonces se produjo el abordaje salvador. Algo estaba haciendo volcar los botes de la flotilla rátida desde el agua. En ella se movían formas amigas y humanas, espaldas poderosas empujaban las quillas y hacían zozobrar las embarcaciones.

Las ratas no eran diestras en la natación. Estaban acostumbradas a la escasa profundidad de las alcantarillas, a la seguridad del grupo y a la variedad de residuos flotantes que les servían de apoyo y, en tiempos pasados, de alimento. Por su parte los galeotes adoptados que formaban los cuerpos especiales no habían recibido el entrenamiento conveniente porque buena parte de sus horas de formación se había dedicado al aprendizaje de consignas, a sesiones de corrección genérica y a identificación de individualidades adversas.

Offing, que se debatía con el valor de las causas perdidas, notó disminuir la presión enemiga, como si el aire marino soplara de nuevo entre su cuerpo y el tejido de pieles y sonidos. Ellos retrocedían, Orky y Metáforos le devolvieron, sudorosos, el gesto de alivio. Miró al agua.

Y allí vio, como si la encontrara por vez primera, el cuerpo de Gal marcado por las prendas mojadas que la cubrían, su rostro que flotaba con el cabello esparcido. Ella también lo vio, y sonrió. En aquel mismo instante, como un silencio instantáneo en el tumulto, el periodista de Albinia supo que había encontrado su propio continente.

Con el que tomó contacto de forma brusca porque la perentoria orden ¡Saltad todos ya! y el empujón habían sido casi simultáneos y, aunque sabía nadar, se encontró con el brazo firme de ella que lo sujetaba impulsándolo lejos, hacia donde los cubrían la acogedora oscuridad y la bruma. A su lado vio a Metáforos y a Óskar, que no parecían necesitar ayuda alguna.

– ¿Qué hacéis? ¿Por qué hemos dejado los botes? A los rátidas les será más fácil encontrarnos, pescarnos…-preguntó.

-No. Tranquilo. Ya vienen en nuestra ayuda. -reconoció la voz de uno de los galeotes prófugos que había encontrado anteriormente.

– ¿Ayuda? Ellas tienen barcos, tienen lanchas, faroles. Irán rápido.

-También nosotros. -le respondieron.

En efecto. De la nada, como si hubiera surgido del fondo, aunque en realidad había bogado silenciosamente, apareció una extensa mancha negra sobre la que se movían figuras humanas que les hacían señas y les tiraban escalas de cuerda.

La consigna era no delatar su ruta con sonido alguno ni moverse por cubierta hasta que llegaran a su destino final, al refugio. Los extranjeros, acostumbrados a suelos inmóviles, debían permanecer tumbados y aferrados a las tablas mientras aumentaba la velocidad y en el mar, antes tranquilo, se levantaban rizos de espuma.

Metáforos, incapaz en ninguna circunstancia de total silencio, intercambiaba gestos y monosílabos con los exgaleotes más próximos. Así supieron que se encontraban en la Gabarra de los Lisiados, camino de La Cala de los Malditos.

 

 

 

19

La Gabarra de los Lisiados

 

-Tranquilos. Somos, aquí donde nos veis, los desechados por los Rátidas de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

– ¿Quiénes? -Metáforos estaba desconcertado y empezaba a creer que cuanto les ocurría era fruto de su imaginación, un delirio provocado por el stress, la fatiga acumulada y las resacas del cóctel de bienvenida. Su interlocutor era un galeote sorprendentemente frágil, delgado, con pelo largo recogido en dos trenzas, ojuelos vivos y cierto aire que hubiera podido llamarse intelectual.

-Me llamo Segis.

Y le tendió la mano izquierda, que él y Offing estrecharon, advirtiendo entonces que la derecha tenía los dedos atrofiados.

-Su nombre me suena- dijo el periodista albinio, aficionado a historias y libros antiguos. Su país se caracterizaba por tener los mayores mercadillos de segunda mano del planeta y él rebuscaba en las pilas de publicaciones.

-Primero fui Segis, de Segismundo; y oficialmente Remo 72. Lo escogí por incordiar. Las referencias tradicionales o se desconocen o molestan. Nada odia más la Nación Rátida que el que alguien sepa más que otro. Firmo las comunicaciones de resistencia galeote con él. Pero ahora no es momento de más explicaciones. Esperad a que nos hayamos alejado suficientemente.

La gabarra era grande, mucho más de lo esperado, y extraordinariamente rápida. Aunque no había luna se movía como si patinara sobre el agua y conociera con exactitud su camino, guiada al parecer en parte por el sonido lejano de invisibles arrecifes. Algo la impulsaba, no sólo el remo. Había mucha gente en cubierta, y otros en una especie de cabina central. Acostumbrada ya la vista a la oscuridad, los rescatados distinguieron a personas de ambos sexos y advirtieron que muchos tenían deficiencias físicas: A aquél le faltaba un pie sustituido por una prótesis mezcla de aleta y rueda, otro se desplazaba con torpeza, varios tenían vendas o se cubrían ojo, nariz u orejas con parches.

Entonces Offing reparó en que Gal, ocupada en explicar algo a un pequeño grupo, no manejaba con soltura sus extremidades inferiores.

-Sirena al fin-se dijo, a sabiendas de que nunca lo había sido. Es más, no sintió disminuir por ello el atractivo extraño que hacia ella había experimentado desde que la vio en el agua, y que ahora lo llevaba a buscar su rostro, que encontraba con frecuencia vuelto hacia él. Gal, como a ráfagas, lo repelía, le inspiraba cierto temor. “Seguro que sabe a anguila” se dijo. Aunque su brazo era cálido cuando le ayudó a subir a la Gabarra de los Lisiados.

– ¿Los Lisiados? -preguntaba muy bajito a Óskar Metáforos.

-Sí -respondió-Ya los ves. Las ratas van desechando material cuando encuentran que no les conviene y les sale gravoso. Lo hacen con extrema discreción, como si nos enviaran a centros de reposo, pero lo sabemos. Hay una trampilla y allá van, después de que una amable acogida y explicación pedagógica sobre las ventajas de la adaptación y el diálogo en el Taller de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Sin embargo los prófugos se las arreglaron para….

-Eso se les explicará cuando hayamos llegado. No ahora. -Segis cortó la conversación.

Se aproximaba el ruido de arrecifes, formas que los extranjeros apenas alcanzaban a distinguir. Pronto se encontraron en lo que parecía ser un laberinto de pasadizos y cuevas. La gabarra ancló en una pequeña cala y desde allí caminaron hasta el fondo, siguieron corredores de roca, comenzaron a oír voces, avistar a lo lejos una luz. Y finalmente se encontraron en un espacio amplio, bien acondicionado, al que parecían tener acceso, como si de un vasto salón de entrada se tratara, numerosas viviendas.

Se rompió el silencio. A los recién llegados y a los que ya se encontraban en la sala se fueron uniendo personajes diversos, que resultaban tanto más llamativos cuanto que nada tenían que ver con la uniformidad gris de las ratas. A los periodistas les llamó particularmente la atención un alegre grupo con gorras de colores, barbas y camisetas negras en las que la calavera y dos tibias había sido tachada y a su lado se leía ¡De muerte nada! ¡Vivan los P.I.L.!

– ¿Quiénes son éstos? ¿Quiénes son todos? ¿Dónde estamos? ¿Qué…

Gal se acercó, con aquella sonrisa que Offing veía por vez primera. Le puso la mano en el hombro y él observó que no olía a anguila. Explicó:

-Estáis a salvo. Mañana se os explicará todo. Ahora tenéis que dormir. Os encontráis en La Cala de los Malditos.

Y durmieron, el pesado sueño del cansancio y tensión acumulados, del que no los despertó la juerga que se había organizado en el salón.

 

 

 

19

La Gabarra de los Lisiados

 

-Tranquilos. Somos, aquí donde nos veis, los desechados por los Rátidas de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

– ¿Quiénes? -Metáforos estaba desconcertado y empezaba a creer que cuanto les ocurría era fruto de su imaginación, un delirio provocado por el stress, la fatiga acumulada y las resacas del cóctel de bienvenida. Su interlocutor era un galeote sorprendentemente frágil, delgado, con pelo largo recogido en dos trenzas, ojuelos vivos y cierto aire que hubiera podido llamarse intelectual.

-Me llamo Segis.

Y le tendió la mano izquierda, que él y Offing estrecharon, advirtiendo entonces que la derecha tenía los dedos atrofiados.

-Su nombre me suena- dijo el periodista albinio, aficionado a historias y libros antiguos. Su país se caracterizaba por tener los mayores mercadillos de segunda mano del planeta y él rebuscaba en las pilas de publicaciones.

-Primero fui Segis, de Segismundo; y oficialmente Remo 72. Lo escogí por incordiar. Las referencias tradicionales o se desconocen o molestan. Nada odia más la Nación Rátida que el que alguien sepa más que otro. Firmo las comunicaciones de resistencia galeote con él. Pero ahora no es momento de más explicaciones. Esperad a que nos hayamos alejado suficientemente.

La gabarra era grande, mucho más de lo esperado, y extraordinariamente rápida. Aunque no había luna se movía como si patinara sobre el agua y conociera con exactitud su camino, guiada al parecer en parte por el sonido lejano de invisibles arrecifes. Algo la impulsaba, no sólo el remo. Había mucha gente en cubierta, y otros en una especie de cabina central. Acostumbrada ya la vista a la oscuridad, los rescatados distinguieron a personas de ambos sexos y advirtieron que muchos tenían deficiencias físicas: A aquél le faltaba un pie sustituido por una prótesis mezcla de aleta y rueda, otro se desplazaba con torpeza, varios tenían vendas o se cubrían ojo, nariz u orejas con parches.

Entonces Offing reparó en que Gal, ocupada en explicar algo a un pequeño grupo, no manejaba con soltura sus extremidades inferiores.

-Sirena al fin-se dijo, a sabiendas de que nunca lo había sido. Es más, no sintió disminuir por ello el atractivo extraño que hacia ella había experimentado desde que la vio en el agua, y que ahora lo llevaba a buscar su rostro, que encontraba con frecuencia vuelto hacia él. Gal, como a ráfagas, lo repelía, le inspiraba cierto temor. “Seguro que sabe a anguila” se dijo. Aunque su brazo era cálido cuando le ayudó a subir a la Gabarra de los Lisiados.

– ¿Los Lisiados? -preguntaba muy bajito a Óskar Metáforos.

-Sí -respondió-Ya los ves. Las ratas van desechando material cuando encuentran que no les conviene y les sale gravoso. Lo hacen con extrema discreción, como si nos enviaran a centros de reposo, pero lo sabemos. Hay una trampilla y allá van, después de que una amable acogida y explicación pedagógica sobre las ventajas de la adaptación y el diálogo en el Taller de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Sin embargo los prófugos se las arreglaron para….

-Eso se les explicará cuando hayamos llegado. No ahora. -Segis cortó la conversación.

Se aproximaba el ruido de arrecifes, formas que los extranjeros apenas alcanzaban a distinguir. Pronto se encontraron en lo que parecía ser un laberinto de pasadizos y cuevas. La gabarra ancló en una pequeña cala y desde allí caminaron hasta el fondo, siguieron corredores de roca, comenzaron a oír voces, avistar a lo lejos una luz. Y finalmente se encontraron en un espacio amplio, bien acondicionado, al que parecían tener acceso, como si de un vasto salón de entrada se tratara, numerosas viviendas.

Se rompió el silencio. A los recién llegados y a los que ya se encontraban en la sala se fueron uniendo personajes diversos, que resultaban tanto más llamativos cuanto que nada tenían que ver con la uniformidad gris de las ratas. A los periodistas les llamó particularmente la atención un alegre grupo con gorras de colores, barbas y camisetas negras en las que la calavera y dos tibias había sido tachada y a su lado se leía ¡De muerte nada! ¡Vivan los P.I.L.!

– ¿Quiénes son éstos? ¿Quiénes son todos? ¿Dónde estamos? ¿Qué…

Gal se acercó, con aquella sonrisa que Offing veía por vez primera. Le puso la mano en el hombro y él observó que no olía a anguila. Explicó:

-Estáis a salvo. Mañana se os explicará todo. Ahora tenéis que dormir. Os encontráis en La Cala de los Malditos.

Y durmieron, el pesado sueño del cansancio y tensión acumulados, del que no los despertó la juerga que se había organizado en el salón.

 

 

 

20

Asamblea en la Sala Místico-Planetaria

 

Entre las ratas reinaba gran inquietud. Habían aparentado indiferencia para mantener ante propios y foráneos la imagen de tranquilo dominio y felicidad generalizada que pretendían transmitir al exterior, pero, tras la fallida expedición naval sin los prisioneros que esperaban, eran de suma urgencia medidas excepcionales. Precisaban de una estrategia que blindara sus planes y su poder y garantizara la desaparición de molestos testigos. Habían olfateado por vez primera la amplitud de los grupos de resistencia, la posibilidad de que la mención de Diktátor y de la culpabilidad del anterior gobierno en la matanza del episodio del Buque Correo estuvieran perdiendo su eficacia en otorgarles el control del No-País. Tal vez su número y su gloriosa oferta de completa igualdad no bastasen. Necesitaban consejo.

Se habían reunido, en el Galeón de los Ritos Oscuros, en la estancia a la que sólo se tenía acceso por pasos hábilmente roídos, vecinos al altar de Diktátor, pero disimulados por el fleco dorado del sagrado paño, y estaban el colectivo dirigente en pleno y lo más escogido de la tropa. Animaban la austeridad monacal del recinto algunos carteles de campañas pasadas: Termiteros Sin dinero. Rátidas au visage humain. Cómitres for ever. ¡Larga vida a los ecologistas implacables! La planète c’est nous. Apoyemos a la Policía Pedagógica. La propiedad de conocimientos es un robo. La memoria es un crimen. ¡Cubiles con despensa ya! El regimiento de los Mustélidos, siempre fieles mientras los alimentaran con los manjares que su dieta carnívora pedía, montaba vigilancia en previsión del avistamiento de enemigos externos y reforzaban su celo por si fuera preciso eliminar a algún elemento indeseable de los rátidas.

Los Mustélidos eran un regimiento particularmente feroz. Consideraban que habían sido ancestralmente agraviados por la raza de mamíferos primates homo que, en el musteliceno, habían ocupado sus territorios y les habían arrebatado el puesto egregio que por sus méritos les correspondía. Vivían, pues, en un perpetuo estado de agravio nacional y amargura por sus fueros prehistóricos perdidos y el teórico dominio que hubiera debido corresponderles en el Continente. Compartían los ideales de desguace, desmigajamiento y reparto de las ratas, y degustaban, no sólo con buen apetito sino con fruición gastronómica, los trozos de galeotes no aprovechables que les proporcionaban sus jefes. Eran muy apreciados como mercenarios por las Insaciables del Rincón Este y por las Ratas Purasangre de la Montaña Norte, que hallaban deliciosas las generosas raciones llamadas de compensación del agravio que el Comité Central Rátida les asignaba.

El Comité se sentía, pues, seguro y estaba preparado para recurrir a la más alta instancia. La sala no era muy grande, bastaba para albergar a los escogidos frente a los cuales, en la oscuridad, había un cubo de notables proporciones en el cual, mecido por el líquido que contenía, se iba perfilando un ser que no era rátida, que no parecía de este mundo.

Sólo en las grandes ocasiones, en las especiales emergencias, se recurría al Gran Calamar Inteligente. Las ratas no lo eran, pero sí listas y avispadas en la imitación y el aprendizaje. En especial Rata Segunda, la eminencia gris plomo, y Rata Parda, encargada de la propaganda multicultural. Sabían que los galeotes estuvieron convencidos, durante décadas, de que la especie humana era un deleznable subproducto evolutivo, vergüenza de las otras formas de vida que poblaban el universo. Muchos de los ahora galeotes practicaron la adoración platónica de reptiles, infusorios gigantes y amasijos variados de células caracterizados todos por venir del espacio exterior y poseer un grado de sabiduría, progreso y bondad cósmica de calidad óptima en comparación con el bestial atraso, abominables tendencias y civilización nefasta de los humanos. Nada más natural, así pues, que la sumisión a los consejos del Gran Calamar Inteligente, ser de origen incierto, probablemente extraterrestre, pero que en cualquier caso había aprendido a superar los dos años de esperanza de vida propios de los habitantes de su especie en los mares conocidos y que, por lo tanto, poseía el más refinado lenguaje tentacular y una exquisita capacidad de discernimiento.

– ¡Ilumínanos! ¡Aclara nuestras mentes! ¡Guía nuestros pasos, oh criatura de superioridad infinita! -Rogó Rata Segunda.

– ¡Que la sibila traduzca sus mensajes! -Añadió Rata Parda.

Y la sibila se mostró a ellas.

– ¡Gorgony! ¡Gor-go-ny!. ¡Gor-go-ny! -Corearon todas.

El alboroto cesó súbitamente y fue sustituido por un siseo mitad admirativo mitad temeroso. Porque la figura que había aparecido y se deslizaba alrededor del cubo parecía rodeada de un halo fosforescente, un resplandor variable que correspondía con sus destellos a los de la criatura que se adivinaba al otro lado de la pared transparente y en aquel lenguaje sin sonido se comunicaba con ella.

Gorgony se movía con oscilaciones que despertaban en el auditorio un placer visiblemente sensual que se mezclaba con el miedo. Tenía una figura indeterminada, difícil de adivinar en la penumbra, con los rasgos flexibles de una grande y esbelta rata y al tiempo las extremidades y el rostro de una galeote hembra lampiña. La cubría un tejido de color semejante al del líquido del cubo, surcado por los reflejos que a veces se concentraban en el terrible brillo de los ojos.

– ¡Háblanos! -suplicó Rata Primera, consciente de su obligación como Líder. A su súplica se unió Rata Segunda y tras ella la totalidad del cuerpo de miembros políticos dirigentes.

La figura dio una vuelta completa. Hubo un silencio expectante, un intercambio de reflejos que sólo podía interpretarse como transmisión a la sibila del Gran Calamar Inteligente. Y Gorgony habló:

 

La tinta y el desconcierto

son armas de la victoria.

Quien las use con acierto

logrará fortuna y gloria.

 

El Secretariado Rátida tomaba notas afanosamente. Todos callaron en espera de explicaciones:

 

Dice el sabio Calamar,

Dios del espacio estelar,

que el humano miserable

es especie indeseable.

Borrad pues del Universo

un animal tan perverso.

La igualdad es imposible

con esa bestia terrible.

Salvemos pues al planeta

de la destrucción completa.

Fuera manos. Sólo patas.

¡Todo el poder a las ratas!

 

Hubo vítores entusiastas. Luego humildemente se rogó a la sibila que obtuviese del Gran Calamar Inteligente algunas puntualizaciones para llevar a cabo la tarea. Verdad era que la Nación Rátida había hasta entonces obrado tímidamente, por etapas, se sentía insegura. Ahora comprendía que había llegado el momento de pasar a la gran etapa final: Un mundo sin humanos de gran igualdad rátida.

– ¡Oh, Gorgony!, ¿cómo haremos? Debemos evitar ser atacados por el resto de países a la vez. Hasta ahora hemos llevado una sagaz política de propaganda basada en el culto a la Igualdad Suprema, la Alianza de Paz y Amor baborita, el Respeto Multiforme y la victoriosa lucha ancestral contra el horrible Diktátor.

La respuesta se materializó en una nube de tinta expulsada por el Gran Calamar. Estaba claro: Había que repetir cuantas veces fuera necesario acciones de choque diversas, algunas de gran calado, como el Hundimiento del Buque Correo, otras menores pero reiterativas, continuas y numerosas.

– ¡Mojad uñas y rabo en la tinta! ¡Comenzad a propagar directivas! ¡Afirmad incansables vuestro eterno papel de luchadoras contra todo diktátor pasado, presente y futuro! Ése es el mensaje. -Gorgony se erguía ahora categórica, cercana, símbolo de los suyos. La miraron con adoración.

– ¿Qué es la tinta? ¿Para qué sirve? -preguntó una voz indecisa.

Se oyó una risa mezclada con burbujas y gorgoteo. Y la voz de la sibila, con un tono más alto, festivo y diferente:

-La tinta os muestra las mil formas de enturbiar la visión del enemigo, de dividir hasta el infinito su fuerza como en gotas un tintero. La tinta son los mensajes contrarios, incesantes, halagadores, que enviaréis al resto del planeta, tan abundantes que ya no habrá transparencia en el agua. Habéis utilizado, aprovechado sabiamente a los adversarios, os habéis apropiado de su queso. Llegó el momento de confundirlos y enfrentarlos primero y exterminarlos después. ¡Al trabajo!

Comenzaba el tiempo de las deliberaciones y de las estrategias. El cubo y su ocupante se fueron hundiendo hacia atrás en la oscuridad, pero las ratas habían comprendido. La tinta les mostraba el camino. Sonó una música casi festiva a la que eran muy aficionadas las ratas, que, relajada la tensión y gozosas ante la perspectiva, habían pasado a actuar con febril energía. Se abrió la puerta, pasado el tiempo del alto secreto, a numerosos miembros del grupo que habían permanecido en el exterior, se movieron muebles hasta formar corros que dialogaban y trazaban esquemas con el rabo y uñas mojados en tinta. Rata Primera, Igualísima, se mantenía en un silencio satisfecho, fiel a au papel de líder ideológico que encarnaba la suprema bondad del Reino Futuro cuyo advenimiento era inminente. Las directivas más importantes del plan corrían a cargo de Rata Segunda y su cuerpo escogido de Baboritas Sumas. El resumen de cada directiva y su esquema de puesta en práctica se pasaba acto seguido a los diversos responsables de aplicaciones prácticas, que a su vez los resumían y distribuían a la tropa.

-Atención, compañeras-dijo Rata Segunda, y fue atentamente escuchada. Nadie dudaba de su autoridad, por supuesto inferior en rango a la alta categoría ideológica de Primera, pero en la práctica era el hocico visible y la garra palpable de la Nación Rátida. Tenía todas las cualidades: rápida, astuta, eficaz y también implacable cuando apuntaba la menor disidencia. La aplaudieron antes de que comenzara a hablar. Con la modestia que acostumbraba, ella aceptó las inquebrantables muestras de adhesión que siempre precedían y seguían a sus propuestas, y las enunció lentamente para que nadie alegara ignorancia. Los detalles eran esenciales:

-Los galeotes nunca se habrán sentido más mimados-Rata Segunda sonreía con todos los dientes al resumir los puntos esenciales del plan, acogido con chillidos de satisfacción.

-Ofreceremos dones y beneficios distintos y especiales, mejores en cada caso que los de las demás, a cada galera de la flota. A la tripulación de cada una le diremos que su superioridad respecto al resto obedece, sin mayores merecimientos, a su ubicación marítima según latitud y longitud y al origen, que se ha investigado, de sus tatarabuelos, grandes remeros (hubiera o no litoral, río o puerto) dotados, como ellos, por herencia, de un material sanguíneo de especial densidad y capaces de silbar en una docena de tonos.

-Cuidaremos, mucho más de lo que hasta ahora lo hemos hecho, de las relaciones extranjeras. El equipo de propaganda se está ya empleando a fondo y sigue un régimen energético de hígado de bacalao en vez del tocino habitual. Ofreceremos fructuosos intercambios comerciales y apertura de mercados marinos y nuestra buena voluntad se manifestará en el reparto, junto con la nuestra propia, de banderas de diversos tamaños y diseños que correspondan a cuantos grupos potenciales o imaginarios podamos crear o localizar. Esta maniobra será paralela a un reparto similar a los galeotes.

Hubo un murmullo de desconcierto, e incluso asomos de crítica:

– ¿Su propia bandera? Nos llevó tiempo buscar y desmenuzar la que tenían, difundir la inexistencia del No-País. ¿Y vamos a apoyar, además, las del exterior, dificultando nuestro posterior avance?

-No entendéis-aclaró Rata Segunda, condescendiente -Es el paso, la “tinta” de nuestra posterior etapa. Imaginada en qué van a emplear su energía, qué va a ocupar la mayor parte de sus conversaciones, de su tiempo. En realidad, ellos no han asimilado el ideal de la igualdad completa, suspiran por que su remo sea mejor que el del vecino, o que al menos la cadena del vecino brille menos que la suya. De nada sirve con ellos la tinta de los halagos si no se acompaña de reparaciones inacabables unidas a la afirmación de que cuando a uno lo supera otro individuo de su especie sólo es siempre por manifiesta injusticia.

– ¿Y los países extranjeros? El mundo es grande, nuestro dominio aún reducido.

La Rata del Ministerio de Superficies Exteriores intervino:

-No estamos solas, compañeras. El hecho de que seamos poco visibles esconde nuestro poder, basado en el número, la oportunidad y la prudencia. Hemos establecido fructuosos contactos con los gobiernos rátidas en la sombra, quienes, desde las alcantarillas más lejanas, nos aseguran su apoyo y adhesión a nuestra causa. Por lo pronto, como prueba de fidelidad, han comenzado a erosionar las zonas estrechas que separan algunas naciones (las anchas ya se andará) siguiendo nuestra táctica, en realización muy avanzada, de roer montes con el noble fin de dejar el No-País definitivamente aislado, no ya de Camemberia, sino de Euralia. Pronto nuestra flota bogará alrededor de lo que fue la tierra firme origen de las tripulaciones que ahora nos sirven y para la que tenemos, cuando flote a gran distancia y esté convenientemente remojada y apta para el troceo, grandes proyectos de uso para la producción de queso y otras delicias, porque nuestra gastronomía omnívora ha variado y mejorado notablemente. Tarea por supuesto a cargo de la mano de obra que seleccionemos al efecto.

Rata Primera intervino, brevemente:

-Soy, como sabéis, no sólo la que veis aquí sino la concentración misma del pueblo rátida. La única voluntad es la vuestra, y no la de delegación ni institución alguna. Por ello, y como prueba del ideal de igualdad y unanimidad baborita que nos caracteriza, votad a cola alzada, las que estén a favor de cuanto se ha propuesto.

Como un único cuerpo gris erizado de apéndices, se alzó la unánime y afirmativa respuesta. Igualísima agradeció la confianza y el Secretariado pareció tomar nota.

Continuaron durante algún tiempo y, una vez el trabajo distribuido y las siguientes citas fijadas, se disolvió la asamblea en un ambiente casi de euforia. Lo acompañó la alegre música a cuyos sones se abandonó el recinto. A las ratas les gustaban especialmente los solos de flauta. Tras una cortés reverencia dirigida a la mesa de notables y, con inclinación más profunda, al oscuro fondo tras el que habían desaparecido Calamar Gigante Inteligente y su sibila, salieron siguiendo el sonido que se desplazaba hacia el pasillo contiguo y luego continuaron, tras él, por los restantes pasadizos.

El grupo dirigente se aseguró de que sus miembros eran los únicos que quedaban en el salón y que se había cerrado por dentro el acceso. Entonces entró por el agujero de ventilación situado al fondo el jefe de los Mustélidos.

-Hay un trabajo urgente por terminar. -le dijo la Secretaria.

-Nosotros no fallamos, tenéis pruebas-aseguró el vigoroso carnívoro.

-Para eso os pagamos, espléndidamente por cierto. Os lleváis los mejores bocados. Estás engordando.

Mustélido One no se dignó responder, pero se relamió los bigotes.

-Los dos periodistas deben desaparecer; sin rastros. Ni un pelo ni una uña. Y queremos a la chica viva; ella nos llevará a los otros. -continuó la Secretaria, y procedió a concretar estrategia, datos y recompensa.

Con la agilidad y discreción que le eran propias, el mustélido deslizó por la abertura su flexible cuerpo.

– ¿Podemos confiar en él? -preguntó Rata Tercera.

-Podemos, porque podemos pagarle. Con nadie hubieran engordado tanto.

– ¿No hubiera sido mejor recurrir a Piratas Irredentos? Al menos, que sean culpables oficiales caso de problemas. Como en lo de la explosión del Buque Correo, cuando….

– ¡Calla! Ese episodio ni lo nombres. Olvidado, enterrado, cubierto para siempre por el agua. Atente a la versión oficial. Malvados terroristas.

-Providenciales diría yo. Los galeotes, y su queso, se echaron en nuestros brazos.

-Piratas Irredentos pueden valer como mano de obra asociada, en trabajos concretos, pero son simples sin estabilidad alguna. Excepto los PIL, los Piratas Irredentos Libres, la rama disidente, y peligrosa.

-Muchos Irredentos están incorporándose a los PIF, Piratas Irredentos Fundamentalistas. Con ellos, para exterminaciones urgentes, se puede contar.

-Por lo pronto, nos atendremos a los Mustélidos, y ya veremos si el asunto se complica.

El mar, hasta entonces tranquilo, respondió a la suave brisa meciendo la embarcación. Los dirigentes rátidas agotaron algunas botellas de bebidas espirituosas acompañadas de tocino de la mejor calidad y se entregaron al plácido sueño de un merecido descanso.

 

 

 

 

21

El dúo de la solución final

 

Pero Rata Segunda no descansaba. Esperaba en un discreto reservado amueblado con comodidad, al estilo de las antiguas viviendas del No-País, que ella conocía bien porque su trabajo como Censora Principal le daba acceso a documentos prohibidos por afines al Estriborismo y propios de la época nefanda de Diktátor. El mobiliario de épocas periclitadas, infame muestra, como cuadros, libros y vestidos, de la destrucción del Sagrado Planeta y sus vastas selvas, había ido alimentando hornos de cocinas y salas de máquinas.

Rata Segunda tenía una cita. Pasado el tiempo prudencial para asegurarse de que sus compañeras estaban en un profundo sueño, la que esperaba apareció sin hacer el menor ruido, con su acostumbrada eficacia y puntualidad en los encuentros, imprescindibles para el intercambio de información. Esta vez eran más importantes que nunca. De esa noche tenía que surgir un minucioso plan respecto al que la matanza del Buque Coreo no dejaba de ser una ínfima, aunque excelente, muestra y entrenamiento para la gestión de acciones futuras.

Gorgony parecía otra sin serlo. Era un ser flexible, fosforescente, dúctil y verdoso que se cubría con manto y capucha, de forma que era difícil clasificarla según la lista de entes rátidas puros, colaboradores, adaptados, mimetizados o provenientes, quizás, de una rama especial evolucionada en tiempos remotos a partir de los calamares inteligentes –siempre infinitamente más inteligentes que cualquier humano- venidos del espacio exterior. Gorgony se echó hacia atrás la capucha y dejó deslizarse la capa, que se diría ondeaba por sí misma. La Adjunta a Igualísima, pues tal era el rango del interlocutor, observó sus ojos chispeantes, la pequeña cabeza siempre alerta y las dos figurillas de rata, forjadas en eléctrum, que adornaban ambos hombros y cuyos rabos se prolongaban hacia arriba, en una fina cadena, enlazando con los colgantes del mismo brillante material que adornaban sus orejas con ratas diminutas. Ella sacó una mano en cuyos delgados apéndices no se advertía el comienzo y final de las uñas, aunque terminaban en una punta aguda, y acarició levemente de arriba abajo, empezando por las orejas, a Rata Segunda, que se dejaba hacer llevado por su poder de seducción.

-Debemos establecer prioridades, trazar cuidadosamente nuestros planes, asegurar nuestras fuerzas-mientras hablaba, jugaba con los pendientes de Gorgony y con el eslabón dorado que los unía a la ratita de su hombro.

-Habéis subestimado al enemigo- aseguró ella.

-Tal vez, pero no parecían ya representar peligro alguno. La población estaba tan contenta de que la salváramos de los que habían hecho explotar el Buque Correo, los galeotes tan satisfechos de que garantizáramos su seguridad y su igualdad…Incluso se ofrecen con entusiasmo para participar en la demolición de las ciudades, calles, carreteras, centros urbanos, casas de mayor altura que los habitáculos preceptivos, de los muchos restos que, desgraciadamente, aún persisten y se llamaban anteriormente Educación y Cultura.

Gorgony la animó:

-Los Elegidos siempre van a contracorriente. Y los demás acaban siguiendo, y eliminando a los odiosos, los individuos, los que no comprenden el gran futuro selvático que a la Tierra aguarda, cubierto, como por un manto de pelo, y quizás plumas, -hay que ser amplios de criterio- por animalidades tan sanas como la nuestra.

Los finos dientes de Gorgony y los incisivos de Rata Segunda entrechocaron, se alejaron y volvieron a encontrarse, varias veces, en un itinerario que consistía en recorrer con sus puntas afiladas los recovecos y superficies de una y otra.

No por ello descuidaban su tarea, cuyos planes iban trazando en diversas superficies.

Con pausas. Y caricias.

 

 

 

22

La Cruzada Sexual

 

El pueblo rátida era de una sexualidad difusa, separada de su frecuente y prolífica reproducción, centrada aquélla en olores, sabores, sonidos rítmicos y tacto. Para la especie antiguamente en el Gobierno admitían el coito como fuente, controlada, de nueva mano de obra y, sabedoras del poder que los atractivos pasionales podían ejercer, habían hallado la fórmula para erosionar, como quien roe un muro hasta hacerlo caer, la peligrosa dimensión de individualidad que las diferencias de sexo y consiguientes derivados podía favorecer en los galeotes, creando incluso zonas impermeables a la igualdad que escaparían a su control. Previsores, los departamentos rátidas de Orden y Propaganda, asistidos por los HLCE (Heroicos Luchadores Contra Estribor) habían puesto en marcha la Cruzada Sexual: Bajo el lema sexo obligatorio igual para todos (y todas/es), estaban logrando, con sesiones incansables de adoctrinamiento masivo, crear en los galeotes epidemias de frigidez cuya gravedad y extensión aumentaban en proporción al hastío, aburrimiento y rechazo fruto de la Cruzada. Las lecciones sexopedagógicas eran abundantes, largas y por supuesto obligatorias. El control de actividades sexuales igualitariamente polimorfas semanal y preceptivo, de manera que si no se demostraba haber fichado sucesivamente en prácticas homo, hetero, bi, pluri, animal, vegetal y solitarias, con el atrezzo correspondiente en cada caso, no se obtenían bonos de comida ni descansos laborales. Aunque no pocos galeotes se disfrazaban de travestis falsos para aparentar que habían cumplido las cuotas, las protestas en general eran menores y centradas en enfermedades imaginarias. Cualquier excusa que permitiese escapar a las implacables normas enumeradas en los manuales de sexualidad sanamente pluridisciplinar era bienvenida. Se recordaban con melancolía vocablos como erotismo, pasión, deseo, amor y se acariciaban con fruición las imágenes de algunos calendarios clandestinos que se pasaban de mano en mano y respondían a los títulos El camionero feliz o Bomberos de Madrid.

Las lecciones de aprendizaje y práctica genital comenzaban en la más temprana infancia y ocupaban lo que otrora se llamó estudios de asignaturas de base, con la diferencia de que, si en la Oscura e Insolidaria Época Prerrátida no había que repetir curso cuando se suspendían Matemáticas, Literatura o Lengua, en la actualidad era imprescindible aprobar Orgullo Hermafrodita, Promiscuidad Igualitaria: Teoría y Práctica o Kamasutra aplicado a Fauna y Flora para obtener el pase.  El destacamento de Genitopedagogos defendía con singular fiereza sus territorios laborales, en continua expansión hemanada con SS (Sanidad Suma) y PC (Pureza Ciclista). Los galeotes, tanto machos como hembras, consideraban Promiscuidad Igualitaria la materia más dura porque el criterio era que la pareja poseyera las menores cotas de atractivo posibles.

Con Gorgony y Rata Segunda no era el caso. Las punzadas de uñas y dientecillos se traducían en delicioso cosquilleo que alimentaba en ambos la materialización de su plan y nada era tiempo ni energía perdidos. Anotaban en sus cuadernos, pegaban en las paredes consignas inspiradoras, volvían al sofá aún más excitados ante la perspectiva de la Solución Final y del paisaje, ya trazado en esquemas, de un mundo de alcantarillas, confortables cubiles calentados por la putrefacción y piscinas de aguas estancadas con deliciosos residuos flotantes. Arriba, una vez ultimado el trabajo roedor, habría sólo espacios troceados fácilmente controlables, patrullados por rataciclos que se deslizarían por la red de carriles que cubrirían por completo los territorios donde otrora se alzaron edificios, carreteras, vehículos y viandantes y los individuos, carentes de conciencia igualitaria, habían circulado según su libre albedrío. Los Agentes Rataciclo, que estaban adquiriendo por momentos nuevas cotas de poder, tendrían ante sí una gran misión: Señalar a los elementos prescindibles que no colaborasen con entusiasmo en el Proyecto Planetario Rátida, en espera de su definitiva eliminación.

 

 

 

23

Y en superficie….

 

Offing se había despertado con la presencia de Gal, pero sin oír su voz. Ella estaba de pie, junto a la entrada, con una timidez que no le era propia y que cambió en gestos decididos cuando él abrió los ojos.

-Pensé que estarías despierto.

-No. Sí. Gracias.

Y ella se aproximaba, tras dejar algo sobre la repisa.

-Tendrás hambre.

-Sí.

Pasado el tiempo, bastante tiempo, cada uno intentó recordar con detalle cómo transcurrió aquel primer encuentro real, sin urgencias ni compañía.

Gal no era una sirena, de ninguna de las maneras, se había dicho Offing. Descubrió una piel pálida y brillante bajo la tela que llevaba, tersa, sí, pero sin asomo de escamas.

Ésos eran los hombres exteriores, pensó ella de Offing, muy distintos unos de otros por cierto, bastaba con ver a Metáforos, que aún dormía bajo los efectos de las bebidas de la noche anterior. La falsa sirena y miembro del RG (Resistencia Galeote) y del comando GP (Galeotes Prófugos) le tendió ropa seca.

-No hay sal, es estupendo-observó Offing al cogerla y dar las gracias- ¿Cómo os arregláis para el agua dulce?

-Tenemos toda la que queremos. Hay, cerca, la desembocadura de un río. Además disponemos de almacenes con lo que hemos ido consiguiendo. También nos gusta vestirnos, ¿sabes?

Y, mucho después, recordaron que, cuando se rozaron, algo como el paso de una anguila chispeó entre uno y otra.

Por un hueco se filtraba luz, y al periodista de Albinia le pareció sorprendente porque se creía en el fondo de cavernas, en el subsuelo. Puso la mano en la hendidura, por donde llegaba aire y el rumor del mar.

– ¿No estábamos escondidos en el fondo?

-Es un laberinto de acantilados que hemos acondicionado un poco. Te enseñaré cuando comas y te vistas.

Le llevó de la mano, y la electricidad seguía ahí. – “¿Y si es de otra especie?”-pensaron ambos. Desde los tiempos de la Gran Confusión y ruptura de las comunicaciones existía una extensa ignorancia de la situación y características de otros países. Las ratas habían roído, astutamente, cables y conductores de forma selectiva, procurando siempre que la responsabilidad recayera sobre Piratas Irredentos o fenómenos atmosféricos. Caminaron por pasillos unos amplios, otros estrechos con entradas cuya altura le obligaba a él a agacharse. Y al salir de uno de ellos la luz le deslumbró.

Sólo entonces advirtió el mucho tiempo que llevaba, junto con Metáforos y los otros, en la penumbra, parcial o casi completa, en espacios cerrados, bajo cielos cubiertos y sobre aguas oscuras como la tinta. Ella, entregada a su existencia vertiginosa habitual, cambiando con frecuencia de lugar y reuniéndose en rincones secretos, también pareció darse cuenta del final de la noche, del despliegue de los lentos colores del día sobre las olas, en la altura y hasta en los recovecos de los arrecifes. Nunca se había sentido así. Avanzaron descalzos hacia la orilla.

Like as the waves make towards the pebbled shore,

So do our minutes hasten to their end;[1]

Offing parecía dirigir sus extrañas palabras al mar. Gal le miró desconcertada.

– ¿Qué dices? ¿Qué es?

-Algo antiguo, sobre las olas y las piedras.

Dieron unos pasos. La temperatura del agua era gélida.

– ¡Qué mar tan frío! -dijo Offing-Ven. Mejor nos sentamos.

La llevó hasta una roca y al bajar la vista observó que no era tan acuática como esperaba: tenía los pies enrojecidos y, además, sobre los cantos y algas no caminaba tan segura como de una luchadora clandestina él hubiera esperado. Le calentó los pies frotándolos entre sus manos. A ella la fascinaba el pelo de Offing, ahora inclinado. Parecía suave plumón de un tono amarillo rojizo peinado ahora por la brisa y las gotas de espuma. No resistió la tentación de tocarlo.

No resistieron ninguna tentación.

 

Había pasado un tiempo indefinido durante el que les parecía que hubiese enmudecido hasta el mar. Entonces les sacudió un espectáculo de gestos y gritos. Corriendo por la playa se aproximaba Metáforos, que hacía honor a su nombre saltando con agilidad envidiable sobre rocas y piedras. No le seguía el enemigo, sino gente que estaba en la cueva durante la fiesta de la noche anterior. Offing se levantó sacudiéndose restos de algas y acogió a su compañero jadeante, que respondió a las preguntas antes de que se las plantearan:

– ¡Están impacientes por poner en práctica la atención a las diversidades! Tenían cursos obligatorios, les habían hecho practicar con especies de flora y fauna de varios tipos, edad y condición, incluida una tal Medusa Bondadosa Venenosa que, al parecer, es de lo más temible. Fue uno de los motivos de su desesperada huida. Ahora parece que nuestra llegada les ha abierto nuevas perspectivas. Yo, anoche….bebimos bastante. ¡Qué bodegas hay en los naufragios!. Por lo visto dije, expliqué, ofrecí cosas…Y hoy no estoy por la labor.

Los prófugos de diversos sexos habían ido llegando. No parecían agresivos, simplemente desconcertados y víctimas, como Metáforos, de la resaca. Offing les propuso a todos ellos una refrescante y breve inmersión en las gélidas olas, tras la que era precisa una gran reunión. Se había sabido que las ratas estaban planeando su ataque final, la completa toma de poder en nombre de la armonía ecoplanetaria. Acudían representantes y miembros de a pie del PIL, la facción de Piratas Irredentos que se habían proclamado Libres, los cuales, abandonando su imprecisa posición de vago anarquismo, deseaban explicar lo que los llevaba a escindirse de sus antiguos compañeros y sus propuestas ante la inminencia del peligro.

-Son de fiar-susurró Gal al oído de Offing- Saben que si no actúan acabarán en la Galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

– ¿De qué?

-Enseguida vamos-dijo Gal a los otros. Y a él-Ahora te explico.

Le llevó hasta una zona, al pie de las rocas, donde había unos metros de arena lisa, y se puso a dibujar con un tallo de alga seca, marcando con piedras las naves de una flota. El periodista observó que tenía buen conocimiento de cartografía marítima, maquetas de barcos, distancias y estrategia. Se explicó que tuviera un puesto directivo en la resistencia galeote.

 

 

 

24

La flota imperial

 

Hasta entonces los periodistas, y en general los países de los que procedían, habían mirado con curiosidad no exenta de simpatía los sucesos ocurridos en el que, desde hacía unas décadas, se hacía llamar PNP (Pobre No País). Al parecer allí estaban más cerca que nadie de lograr lo que, tras las últimas lluvias de mensajes, se había convertido en meta ideal: El diálogo constante, la igualdad completa y la fusión entre especies en una gran alianza de paz, colaboración y amor. Precisamente Euralia bullía en controversias sobre los medios más rápidos para lograr un sistema de felicidad gratuita, instantánea y duradera. Desde Albinia a Bosquimania pasando por Litoralia y Camemberia las manifestaciones sobrepasaban las horas del reloj y los días del calendario, de forma que en los lugares de población más numerosa habían debido habilitarse carriles viarios de doble dirección al efecto. A tal efervescencia no le faltaban contestatarios, aunque se trataba de minorías miradas con recelo por los defensores del supremo y nuevo bien para cuyo advenimiento era forzoso pagar grandes peajes. Offing y Metáforos no habían viajado juntos casualmente al acto de presentación internacional del Imperio Rátida. Ambos se conocían, aunque a distancia, por artículos de disidencia y manifiestos de rebeldía ciudadana. Offing se había negado a incorporar a su ajuar la alarma detectora de la soledad, que comunicaba de inmediato a la Central de Auxilios Psicosociales si alguien se encontraba desconectado de los habituales medios comunicativos y sin presencia muy cercana de seres de la misma especie. Pese a haber manifestado en numerosas ocasiones su negativa, no se sentía ya cómodo en lo que sabía que era un predelito; de ahí su torpeza y desconcierto en las primeras horas con Gal.

A Metáforos poco le había faltado para acabar en una prisión tradicional (los modestos medios de su país, Megas Musakia, no habían todavía permitido reemplazar los tradicionales centros penitenciarios por los modernos Recintos de Esparcimiento y Libertad Relativa Dosificada). Se había negado, con contumacia y reincidencia, a firmar el manifiesto de amor eterno a todos y todas, sin distinción, y había llegado en su osadía a suprimir de sus artículos las imprescindibles distinciones de género y la oda final a la diversidad benéfica, lo cual constituía delito de leso odio.

Ahora descubría, mientras las ágiles manos de Gal manejaban piedras y marcaban distancias sobre la húmeda arena de la playa, que la nación rátida sabía perfectamente qué hacer y a dónde ir, y que su plan, bien trazado, era incompatible con el gran bien general basado en el amoroso coloquio, consigna clave diariamente repetida en Euralia.

– ¿Y esto? – señaló dos cantos oscuros, grandes y de igual tamaño, que ella había rodeado de una cohorte de piedras más pequeñas, de tamaños diversos, dispuestas en formación.

-Son el Buque Nodriza y los Almacenes de Memoria.

Aparecían, ambas naves, unidas por largos filamentos de algas.

-Se comunican continuamente y trabajan en conjunto-continuó Gal.

– ¿Los conoces?

-Los Almacenes no. Están perfectamente vigilados. Lo dirige el mejor cuerpo de asesores rátidas y al frente está Heston, temible, poderoso.

– ¿Una rata tremenda, supongo?

-No. Un exgaleote que también preside el directorio colaborador.

-Pero sí has estado en el Buque Nodriza.

-Cuando era pequeña. Tuvimos allí tratamientos intensivos. Y los más viejos nos contaron sus salidas pedagógicas. Fundamentalmente había que ignorar y despreciar, en vistas a su aniquilación, lo que llaman Queso Rancio, Venenosa Cultura Opresora, y para ello había que demostrar indiferencia y repulsión a la vista de edificios y objetos, algunos grandes, con torres, que llaman palacios, castillos, templos, catedrales. Otros de menor tamaño, inútiles, frágiles, absurdos. Todos molestos estorbos que impiden la expansión de la Naturaleza.

– ¿Y lo creías?

-Repitieron siempre esto, y la relación de grandes héroes del pasado.

-Que eran…

-Hace tiempo, no recuerdo bien. Algunos se llamaban Atila, Nerón, Hitler, Stalin, Lenin, Chacal, Drácula, Ben o Bin algo. Yo ya no creo nada de eso, me escapé muy pronto.

– ¿Cómo?

-A mí me salvó que me despreciaran, por problemas físicos. Las ratas me marcaron para pasar a la Gabarra de los Lisiados y acabar en la Galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Lo supe enseguida, hice contactos, conseguimos otra embarcación, ya lo has visto. Llegamos a los arrecifes.

Apartada del diseño general de la flota, y con trozos de roca negra, Gal había esbozado el plano del lado oscuro de la Nación Rátida, las naves que separaban, trataban y hacían desaparecer a los galeotes peligrosos o inservibles. Entre ellas también se encontraba el Galeón de Castigo, al que servía de enlace con el resto la flotilla Lamentábilis.

– ¿Por qué La-men-ta-bi-lis? -Offing terminó de deletrear el nombre escrito en la arena.

Gal sonreía raramente, pero esta vez una chispa de burla brilló en sus ojos.

-Oh, las ratas no son siempre buenas en cuestión de cálculo. Primero quisieron algo pomposo, muy grande, con mascarón de proa de Gran Rata rampante y Sémper Víctor en letras doradas en el costado, según unos planos que habían encontrado. Demasiado tarde comprobaron que, en el Régimen Anterior, ese barco se había hundido nada más botarlo. Estaban sin embargo empeñadas en que la idea, de Rata Máxima asesorada por el Líder Cósmico, era excelente. Entraba agua por todas partes y la tripulación debía turnarse para achicarla. Salvaron justo algunos trozos del pecio, que sirvieron para construir la pequeña flotilla Lamentábilis.

A lo lejos, en una de las calas, resonó un ruido extraño, respondido por otros sólo en parte semejantes. Gal se sumó al concierto escogiendo y soplando con rapidez en tres caracolas.

-Nos llaman-dijo-A todos. Es la reunión para decidir la estrategia de ataque.

Sin embargo ninguno de los dos tenía grandes deseos de volver. Les parecía llevar muy poco tiempo solos. Solucionada la duda sobre las escamas, el periodista de Albinia se preguntaba si habría en alguna parcela insuficientemente explorada del cuerpo de ella algo peculiar.

-Antes de ir quiero enseñarte algo. Me lo hice yo. Las cosas del mar tienen varios usos.

Gal le llevó hasta una oquedad de la entrada, levantó una piedra, apartó la arena y allí, protegido su tesoro por dos grandes valvas, estaban sus joyas, un collar de diminutos caracoles del azul pálido al violeta oscuro en el que se intercalaba el nácar de las conchas y del que pendía un trozo de vidrio común. Se lo puso.

-Así empezaron los palacios, templos y catedrales que te dijeron que había que eliminar porque estorbaban. Tampoco esto es Naturaleza. -dijo Offing.

Les sobrevino un tiempo sin tiempo, del que les sacó el sobresalto de una voz muy cercana:

-Vaya, haciendo planos y discutiendo estrategias…-Segis había hablado prácticamente a su lado, tras aproximarse sin hacer el menor ruido.

Le saludaron. Él observaba el dibujo en la arena y la disposición de las piedras. En su tono y en su mirada había suspicacia. El extranjero podía ser un espía, un vendido a la nación rátida que estaba sonsacando información a Gal.

Sin embargo la breve charla que siguió a su llegada, los antecedentes de la fuga y la disposición de ambos periodistas a arriesgarse por la liberación galeote y la derrota rátida acabaron convenciéndole. Segis daba gran importancia a la información sobre su causa a la opinión pública mundial. Había llegado el momento de presentar batalla, en todos los frentes.

-Vamos. La reunión es la más importante que hemos tenido.

Y dejaron a sus espaldas el bronco ruido del mar.

 

 

 

25

El Congreso

 

Metáforos observaba con interés la gran variedad de caracolas y sus diferentes sonidos y formas de emplearlas. Unas, grandes y de color violeta, se utilizaban para reclamar la atención de los presentes, otras, estriadas de rosa y gris, anunciaban la llegada de nuevos asistentes, y las de tono más agudo, pequeñas y rojizas, se distribuían para pedir la palabra. El ambiente era formal, sobre todo en comparación con el de la noche anterior, pero ruidoso. En mesas laterales se habían dispuesto cuencos y vasijas con bebidas, entre las que no faltaban botellas de origen y añada diversos. Más allá, separados puesto que se destinaban a la pausa y el final, los que se adivinaban como alimentos aunque estaban cubiertos de un tejido.

Metáforos hablaba animadamente con Kraky y Orky, que ya le parecían viejos conocidos dado el aceleradísimo transcurso del tiempo.

– ¿Y tu hermano, Óskar, el que antes estuvo en la policía rátida y ahora parece que se ha reconvertido? -preguntó a Orky, antes remo 32.

-La verdad es que no lo sé. Creo que vendrá. Le necesitamos y lo sabe. Los conoce desde dentro.

-Seguro que llega a la pausa alimenticia. A eso no falta nadie. -aseguró Kraky- Los mariscadores llevan haciendo un muy buen trabajo con los pecios, sin contar con el mercado negro pirata y las incursiones en la Galera de los Manjares Prohibidos.

– ¿Los manjares prohibidos?

-Lo mejorcito, claro, y las ratas lo saben.

Segis, que recorría los grupos dando y recibiendo información y tomaba notas cuidadosamente, terció para ofrecer un análisis político del tema.

-El baborismo siempre ha dado gran importancia al control cotidiano, los detalles de la vida de todos los días que pueden parecer triviales pero ocupan la mayor parte del tiempo y de la atención. Insistieron en la saludable costumbre de roer, mucho más solidaria que morder grandes bocados, que ellas sí dan cuando se reúnen en sus banquetes a puerta cerrada.

– ¿Qué tiene eso que ver con la Galera de los Manjares?

-La consigna de mantener el cuerpo libre de materias pesadas e impuras, y por lo tanto rentable, consumible y aprovechable, se repite sin cesar desde la infancia. Hay desfiles, conferencias y loas a la vida sana, y ceremonias de abominación de antiguos productos en los que se basaba buena parte de la dieta del Pobre No País. La consigna final era delatar a los degenerados que sueñan con pan francés, carne, vino, café, copa y cigarrillo, en vez de con las hamburguesas de lentejas, el zumo de algas y el pan negro elaborado con la madre de todas las masas. -Mira -Segis sacó de la gran bolsa que llevaba hojas con unas imágenes de tiempos pasados -Algunos de los nuestros lograron infiltrarse y nos informaron sobre las comidas y bebidas que estuvieron al uso y con las que se nutrían las gentes y disfrutaban, y se reunían al hacerlo.

Melancolía y saliva se unieron en un mismo sabor en la boca de Metáforos.

-Y ésta es la lista de alimentos de vida longeva y sana -continuó Segis-, que las ratas, por cierto, comen cada vez menos porque, una vez terminada la publicidad y el discurso, se retiran a sus reductos aprovisionados con cuanto les place. Hay ahí alguien que os lo explicará mejor. ¡Eh, Pesofijo, acércate, por favor!

Y aclaró a su auditorio:

-Pesofijo era hasta hace poco Remo 45. Se fugó justo cuando su óptimo estado corporal le había colocado entre los primeros del siguiente lote de Aprovechamiento de Recursos Humanos.

Pesofijo se aproximó. Metáforos, que gozaba del instinto de asociaciones poéticas, pensó que tenía aspecto de alga triste. Era un joven filiforme, que se desplazaba incluso a cortas distancias dando saltitos y manteniendo una especie de lenta carrera. Explicó con un hilo de voz que se había alimentado, bajo la estrecha vigilancia de las ratas para las que realizaba tareas administrativas y contables y que practicaban con él al cien por cien sus consignas, con materias vegetales de origen diverso, algunas huevas de erizo en días señalados y raspaduras de queso, regado todo ello con agua reciclada o desalinizada. Nada más escaparse y llegar al refugio de los galeotes prófugos se había ofrecido como voluntario para acciones suicidas, que le aseguraron allí no existían, porque le obsesionaba el panorama de longevidad que, según las ratas, le garantizaba su dieta. Veía con dificultad y tropezaba con frecuencia porque los preceptos de la existencia natural prohibían aditamentos artificiales como lentes o dientes postizos. Le había correspondido atender a la organización de grandes recepciones rátidas con visitas de otros buques de importancia y observó que ellas llevaban una vida en extremo malsana, sin privarse de transporte, chapuzones en agua dulce tibia y alimentos cuyo color, origen y textura nada tenían que ver con sus pastosas raciones cotidianas. No veía, por tan repetida transgresión de los sagrados principios de la vida saludable, a las ratas morir en breve, y, agotada su paciencia, decidió utilizar para la fuga el contenedor de basuras.

Ahora a Pesofijo, en su categoría de último de los fugados, se le escuchaba con atención, alguien le había acercado una bebida, espirituosa, le explicaron, por su alto valor moral, y algunas de las vituallas reservadas para mucho más tarde, que él mascaba con la lentitud de la pérdida del hábito. Sin embargo aquellas atenciones parecieron cambiarle a ojos vistas, como si el vino comenzara a fluir por su sangre pálida y fría y el rosa fuera subiendo hasta las pupilas vítreas con transparencia de pescado. Por fin contaba su historia y descubría que tenía una, y que incluso podía prolongarse por algún tiempo y cambiar de forma imprevisible pero influida por su participación en las actividades que se avecinaban.

-Me siento otro-dijo. Y lo era.

La asamblea tenía poco de la seriedad que se esperaba de ocasión semejante. Al menos eso pensó Offing, acostumbrado por su trabajo a frecuentar las células sociopolíticas de amplio pero siempre extremo espectro, caracterizadas por la dureza diamantina de sus tomas de posición, la división dual implacable entre ellos y el Enemigo y el ritual de excomuniones y purgas periódicas. Los concienciados militantes albinianos de Cambio Radical, Antisistema Sistemático, Rebelión con Subvención y la más de moda Desarrollo Físico y Belleza Igualitarios hubieran mirado con desdén el ambiente de la gran sala-cueva, en el que reinaba cierta sana acracia.

Segis quería imponer el orden y le dijo, con tono de disculpa, al pasar:

-Espero que no tendrás una mala imagen de nuestra causa. Desde luego esto no pasa en las asambleas rátidas. Aquí al fin la gente es gente, y se relaja.

-Tranquilo. Lo entiendo. Y lo entenderé mejor si me pasas una cerveza. ¡Benditos naufragios!.

Estaba encantado de su inesperado papel de reportero de guerra. Su especialidad periodística le había llevado a que se le asignara cubrir el reportaje sobre el Caso Rátida. Se dudaba aún sobre cómo denominar la última revolución, y las ratas mismas, temerosas de atraer hostilidad inicial, preferían Nación Rátida a Imperio e insistían en que la palabra rátida misma sólo era el común denominador de individuos solidariamente hermanados en sus ideales.

De repente un silencio expectante y tenso se hizo en la amplia cueva que servía de sala. Había corrido anteriormente el rumor, pero muchos aún optaron por no creerlo: Iba a llegar una delegación, prófuga a su vez pero de la terrible y temible organización central de Piratas Irredentos. Increíble, sobre todo desde que se habían convertido en aliados fácticos de las ratas y además sembraban con sus ataques suicidas, bajo la dirección y el credo de líderes iluminados, el terror en los mares.

Y sin embargo allí estaban, entrando por la puerta y saludando con cierta cordialidad. Hubo en los asistentes una ola de retroceso instintivo. Eran cuatro, con el atuendo que les era propio pero cuidado para la ocasión. Se colocaron en lugar alto y visible para tomar la palabra y, antes de que hablasen, para sorpresa de la concurrencia, Segis y otros les estrecharon la mano y luego explicaron:

-No hay de qué temer; al contrario. Vienen para que seamos más fuertes. Su combate ahora se asemeja al nuestro. Son el P.I.L., Piratas Irredentos Libres, y rechazan al P.I.F., Piratas Irredentos Fundamentalistas. Van a explicároslo.

Entonces tres de los piratas sacaron sus instrumentos, acordeón, armónica y guitarra mientras que el cuarto, que se había mantenido en segundo plano, en la sombra, se colocó al frente y un murmullo mezcla de miedo y desconcierto recorrió la sala. Era el temible Muerte Súbita, conocido por su pericia en el manejo de las armas y su elegancia en el vestir. Aquel día había elegido del cofre la camisa de rayas azules y rojas hecha a la medida por un sastre chino, pantalones con estampado de pata de palo, sombrero negro de ala ancha con falsos agujeros de bala estéticamente repartidos y pañuelo de encaje con sus iniciales primorosamente bordadas por una condesa del Caribe. Calzaba zapatos gris plomo con hebilla de oro macizo. Comenzó la presentación:

-Nos alegra estar con vosotros, galeotes prófugos, exiliados del No-País, observadores extranjeros. Es tiempo de grandes cambios, para todos. También queremos vencer al imperio rátida y tenemos planes importantes para emprender, en todos los sentidos de la palabra, otros derroteros. Pero antes de entrar en detalles de estrategia mis compañeros van a ofreceros, con música, un resumen de nuestros planteamientos.

El trío avanzó, afinó instrumentos y anunció

-Himno del P.I.L.

Y comenzó la actuación. Cada estrofa la interpretaba uno de ellos como solista y los tres cantaban a coro el estribillo.

 

 

 

26

Himno del PIL

 

Somos valientes piratas.

No servimos a las ratas

ni nos va la calavera

que figura en la bandera.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Nos ha impuesto su conquista

la ley fundamentalista:

austeridad sin placeres,

vino, música o mujeres.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Basta de sexualidad

en la negra oscuridad

y evitar derroche vil

de la energía viril.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Estoy hasta la bandera

de la leche de palmera.

Aburre hasta a las ovejas

la salida sin parejas.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

Es norma dura y amarga

ir limpiando con la barba

las tablas de la cubierta.

Tal uso nos desconcierta.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

La plaga de santidad

gusta una barbaridad

al pirata millonario

harto de caviar diario

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Nos dicen que las sirenas

nos esperan por docenas

si nos tiramos de un salto

del precipicio más alto.

Es un plan agotador.

Mejor playa con amor.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Un día con emoción

descubrimos el jamón

pero nos dijo el gurú

que no estaba en el menú.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

El paraíso y la muerte

no son nuestro plato fuerte.

Mucho mejor que estar muerto

una novia en cada puerto.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Ni salvador ni opresión.

Triunfará la rebelión.

A la insoportable horda

tiraremos por la borda.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Nos gusta el mar y la tierra.

Hartos estamos de guerra.

Sobre el barco que transita

que salte y se estrelle Rita.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

La libertad por delante,

ya no hay rata que me espante

ni galeote traidor

de babor o de estribor.

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Aquí estamos, compañeros,

los hermanos marineros

unidos a vuestra lucha,

que la recompensa es mucha.

¡Viva la temeridad!

¡Goce, risa y libertad!

 

Se acabó la prohibición.

¡Queremos ron! ¡Queremos ron!

 

 

Y la sala se deshizo en aplausos.

 

 

 

27

Confidencias

Alguien levantó la mano:

– ¿No erais vosotros los que habíais cometido el atentado contra el Buque Correo?

El ambiente cambió de forma radical, como el paso de una corriente de agua cálida a otra fría.

Una voz había planteado la incómoda pregunta, y ésta parecía flotar sobre las cabezas sin materializarse en palabras. El reflejo adquirido era integrado, profundo y simple. Sin mirarse, la mayor parte de los asistentes supieron que temían la aparición de la Policía del Silencio. Cada vez que se había aludido, tras la catástrofe, el suceso del BC (siempre reducido a siglas y alusiones y raramente al siniestro y víctimas reales) simplemente había sido borrado de expresión ni difusión alguna. Las Ratas del Silencio, un destacamento suave y afelpado, del mismo gris que el entorno, aparecían, como surgidas de la nada, e iban borrando, absorbiendo y eliminando cualquier alusión a las explosiones y hundimiento. No había violencia explícita, sino en algunos casos en los que arrastraban a elementos ruidosos o tenaces fuera de la sala. Bastaba con su eficaz labor de borrado de alusiones, difusión, conversaciones incluso que enmudecían cuando las agentes clavaban en alguno su mirada gélida.

Esperaron verlas aparecer incluso allí, en la seguridad relativa de la Cueva de los Prófugos, y los exgaleotes se miraron luego con desconfianza porque les parecía que hasta las ratas podían adoptar la apariencia de uno de ellos.

Y finalmente a la primera pregunta siguieron otras:

-Hubo cientos de víctimas. De mi familia entre ellos.

-Y un amigo.

-Fue horrible. Se hundió entre explosiones.

-Nadie pudo salvarse.

-No quedaron testigos.

-Ni pruebas. Se hundió todo.

-El Destacamento de Seguridad, que llevaban eficaces funcionarios rátidas, nos aseguró que no pudo recuperarse ni un solo bote salvavidas.

Algunos que hasta entonces habían permanecido callados decidieron intervenir:

-Nos dijeron que era culpa del Gobierno, que os había irritado sin motivo, una lógica y legítima represalia.

-Aseguraron que nunca hubiese ocurrido de estar Babor al mando.

-Que los baboritas nos salvarían y habría siempre paz y amor por doquier.

-Y entonces la población, irritada. atemorizada, y confusa, les dio las llaves del Cofre del Tesoro y del poder y gobierno.

-Nos acordamos, sí, nos acordamos.

Segis miró con inquietud, de soslayo, a Muerte Súbita, pero ni él ni sus compañeros parecían incómodos por la situación. Por el contrario, simplemente levantaron la mano para solicitar silencio, Muerte Súbita se quitó el sombrero y, a guisa de respuesta, interpretaron con sus instrumentos una breve y triste melodía terminada por largos y profundos acordes. Luego dijeron:

-Os vamos a explicar lo que ocurrió, o al menos lo que de ello sabemos, en aquella funesta ocasión. Preguntad cuanto queráis. Nosotros nada tuvimos que ver con aquel suceso, pero ignoramos si una facción pirata lo aprovechó para cobrar como mercenarios. Supimos que el mando rátida nos presentaba como culpables para difundir el terror porque somos imprevisibles. El P.I.F. pensó que nos beneficiaba, pero se mantuvo distante del asunto. Ya entonces el P.I.L. manifestó su disconformidad. No era nuestro estilo, teníamos proyectos de vivir de otra manera, cada vez lo pasábamos peor. La Dirección Irredenta impuso el juramento público varias veces al día todos reunidos en cubierta y siempre con la cabeza cubierta por el gorro negro con borlas de calaveras. Luego nos os obligó a hacer prácticas de fidelidad kamikaze tirándonos de una tabla cada vez más alta en bajíos de escasa profundidad.

– ¿Y no os rebelabais? -preguntó el público.

-Las rebeliones, parece que no, pero llevan su tiempo. Y el tiempo llegó cuando el Comité de Pureza Extrema pasó a la etapa de completo dominio y exterminio.

-Ah, la de los vuelos divinos-recordó alguien.

-En efecto. Para acabar con barcos y tripulantes enemigos, que lo eran todos menos nosotros, los piratas agraciados con la posibilidad de muerte heroica debían tirarse desde los acantilados cuando las naves pasaban por debajo, de manera que, si calculaban correctamente, perforaran la cubierta e incluso el casco y eliminaran a cuantos navegantes fuese posible por el impacto de su cuerpo transformado en proyectil.

-Brillante idea-dijo uno.

-Economiza pólvora-añadió otro.

– ¿Y a cambio?

-Nos matábamos. Y entonces íbamos al paraíso verde marino donde nos esperaban, a cada uno, ochenta y dos sirenas purísimas pero libidinosas.

El auditorio, desconcertado, apuntó:

-Pues no valía mucho la pena.

-Vaya plan.

-Y eso para los elegidos.

-Imagínate el infierno entonces.

-Vamos a lo esencial: Si vosotros no fuisteis responsables de lo del Buque Correo, ¿quién lo fue?.

-Se ignora- Muerte Súbita se cubrió de nuevo la cabeza. Los tres guardaron sus instrumentos y Segis dijo:

-Visto. Cambiemos de tema. Ahora lo que importa es la elaboración del plan.

Comenzó una actividad febril. El gran golpe debía ser definitivo, radical y simultáneo. La fuerza de las ratas estaba en su número, en su reproducción vertiginosa y en la sagaz política de difusión y división que llevaban a cabo entre propios y extraños, de manera que nadie estaba seguro de la fidelidad de nadie y, por sectores compartimentados, agrupaciones, destacamentos de apoyo y galeras, se repartían, simultáneamente pero guardando formas de información confidencial y privilegiada, incentivos de participación en cofres del tesoro, promesas de perfecta igualdad y mascarones de proa personalizados.

Hacía falta unir a los galeotes, estar seguros de su apoyo. Y esto no era nada fácil. Por lo pronto las Chicas de la Técnica, que había sido galeotes en salas de máquinas y compartimentos de calderas, estaban calculando efectivos de flotación suplementaria que serían liberados en el momento preciso. Y la Sección de Comunicaciones se enfrentaba a la tarea, esencial, de obtener respuestas fiables de los galeotes, sin olvidar los llamados mutantes, que en realidad no eran sino aspirantes, por semejanza y asimilación, a unirse a la nación rátida. A ellos había pertenecido el hermano de Orky, Óskar, al que se buscó para que los orientara sobre la organización policial interna.

-No lo encuentro-dijo Orky.

-Ni yo. Y eso que durmió conmigo-añadió Glamy, la joven que la noche anterior había compartido hasta altas horas copas y canciones con él.

– ¿Cuándo se separó de ti?

-Al despertarnos con la llamada comentó que todavía tenía mucho sueño, sólo habíamos dormido dos horas. Dijo que iba a bañarse en un rincón tranquilo para ver si así se despejaba, que desayunara yo sin él.

-Probablemente está aún durmiendo la borrachera en alguna playa.

La noche anterior Glamy y los demás habían formado parte del más ruidoso y alegre grupo, al que se había unido con entusiasmo la delegación de Piratas Irredentos Libres al grito de ¡Queremos vino y mujeres! ¡Comida, comida y música! Hubo brotes de encendidas protestas por algunas feministas, pero se disolvieron pronto en el jolgorio general y los piratas hallaron incluso una acogida particularmente cálida. Algunos contaron historias que conmovieron y asombraron a su auditorio. Los exgaleotes estaban sorprendidos de que aquellos tipos, que bogaban por los siete mares gozando de la libertad que ellos no habían tenido, tuviesen tristes experiencias de opresión.

– ¿Cómo pudo ocurrir?

Pero ellos se mostraron reacios a dar pormenores hasta que a la mañana siguiente explicara a la asamblea los principios básicos P I L. su delegado, y los demás prefirieron no ahondar en la herida. Sólo finalmente, y al calor de numerosas copas, con voz aguardentosa uno de ellos se puso a rememorar, como quien murmura a sí mismo, algún episodio de su triste pasado:

-Pasó varios días en el extremo del palo mayor….Lo oíamos hablar muy fuerte…Al cielo…Alzaba la mano para tocarlo… ¿Días? Sí, no sé cuántos….¿Comida?…Tal vez se llevó comida y agua….Cuando bajó no tenía mal aspecto pero entonces ya era Iluminado Magnífico, así había que llamarle…Tenía su grupo…Se propagó cuanto decía.

-También daban bastante miedo sus guardias…los controladores de la pureza y la fidelidad, el Clero Tinta Negra, apodados Los Chipirones.

Desde la silla vecina, echado completamente borracho sobre la mesa, otro de los piratas quiso intervenir en un brote de apasionada insistencia.

-Sí, los Chipirones…Los llamábamos así por las túnicas y las capuchas grandes….Me dieron un palo, aquí, aquí.

Señaló la zona afectada y luego volvió a dormirse sin conseguir alcanzar la botella más próxima.

El primer pirata continuó su relato:

-La gente estaba muy aburrida con la calma chicha…Comíamos poco…de mujeres nada…Mucho sol…muchas visiones…Ya no seríamos piratas vulgares…Todos creerían en nosotros, o trabajarían para nosotros, o los aplastaríamos nosotros…Las sirenas….las ochenta y dos sirenas…No queríamos tantas sirenas….¡No, no, no!

Se echó a llorar con lágrimas etílicas, pero los demás lo consolaron.

-Tranquilo, compañero. Nada de eso va a ocurrir.

La voz pausada y llena de autoridad pareció ejercer un efecto de instantáneo apaciguamiento en la sala. Muerte Súbita no había hablado apenas anteriormente y ahora mostraba un aspecto y atuendo particularmente impecables por contraste con el de los demás. El representante de los PIL se dirigía al auditorio desde una mesa de poca altura en un lateral, pero todas las miradas se volvieron hacia él. Que no estaba solo. Lo. acompañaba una figura que, sin esperar presentaciones, avanzó unos pasos y se despojó de sombrero y capa. Hizo una reverencia:

-Os presento a Pirata Prófuga-dijo él.

-Me llamo Angelina-añadió ella- ¡Se acabaron las no-mujeres! ¡No más banderas ambulantes!

– ¡Bien dicho! – animó desde debajo de la mesa donde yacía el borracho, que se despertaba de cuando en cuando para lanzar consignas de apoyo:

– ¡Programa, programa, programa! ¡Vino, jamón, mujeres simpáticas y guitarras para todos! – y volvió a sumirse en profundo sueño.

El auditorio no entendía, comenzó a comprender cuando entre los asistentes otros piratas se despojaron igualmente de sombreros y mantos color arena y de los parches que en vez de un ojo les tapaban la boca y se declararon también prófugas.

-Los de Fundamentalistas Puros decidieron hace tiempo que era muy práctico utilizar a las hembras como banderas, de forma que los extraños a la causa pudieran a simple vista, todos los días, a cualquier hora y en cualquier ocasión, en mar y en tierra, comprobar la fuerza y existencia de los de Iluminado Máximo. -aclaró Muerte Súbita.

– ¡Estabais también en los barcos! -dijeron algunos piratas asombrados.

-Y en todas partes, En mar y en tierra. -afirmó Angelina- Hemos sido la propaganda más eficaz para infundir miedo porque no hay bandera tan numerosa. Nuestra ausencia o nuestra presencia como un bulto extraño, una sombra, era el mejor signo de poder del tronco originario PIF. Hubo variantes, pero sin que pudiese faltar jamás la estrella parda cosida a la ropa desde la infancia.

– ¿Nadie de los extranjeros lo descubrió?

-Estaba descubierto desde siempre, era tan evidente como la luz del día, pero había mucho miedo y las quintas columnas de atemorizados, muy numerosas, defendían la estética del bozal, el respeto a los usos tradicionales y la comodidad del manto arenoso, según aquello de reivindicar las raíces étnicas que obligaron a los habitantes de las dunas, según el mito de la Opresión Ancestral, a echarse al mar.-explicó la oradora prófuga.

– ¡Programa, rebelión, programa! -gritó el borracho antes de dormirse de nuevo.

– ¡Ahora se acabó la bandera gratuita! Vamos a ir a por ellos. -Y Angelina selló su discurso con un apasionado beso que desveló a la concurrencia su relación con Muerte Súbita.

Hubo ovación, aplauso general y no pocas imitaciones.

 

 

 

28

Cónclave

 

Las fuerzas rátidas no estaban ociosas y celebraban también en esos momentos una reunión general en la que se proponían sopesar alianzas y calibrar fuerzas. Los aliados y asimilados, entre los que se encontraban los jefes de Mustélidos y de Mercenarios Light, esperaban órdenes. Los Galeotes Colaboradores, se sorprendieron al encontrar una faceta nueva en alguien muy conocido entre los dirigentes rátidas. Para la ocasión todos ellos lucían sus condecoraciones, y Rata Máxima, que se sentaba modestamente a la misma altura y junto a Rata Segunda como si gozase de similar categoría, llevaba el pecho cubierto de ellas. En su fuero interno, echaba de menos la que se prendería en el futuro, tras la victoria indiscutible: Un barco cargado de sobres que desaparecía entre las olas. Rata Igualísima, antes Rata Tonta, había sido seleccionada en principio como miembro dirigente por su escasez de luces entre una camada de crías particularmente torpes y afanosas. Instalada y alimentada durante largo tiempo en cubículo aparte, Rata Tonta fue presentada en sociedad en el momento oportuno. Había sido declarada imagen ideal, creía con firmeza poseer las dotes y estar predestinada a cumplir los fines para los que se la había investido. Era gris perla, a veces marfileña según las circunstancias, angelical, inocente, rebosante de fe en el paraíso de paz universal y tribus armónicas al que había sido llamada a llevar a los suyos. Jamás podría ser enemigo; atraería, como el canto de los ruiseñores y las placas solares, la simpatía general. El tono de su pelaje fue aclarándose hasta el blanco más cándido. Primero fue para el público Rata Etérea. Luego se prefirió el título, más comprometido con los cambios sociales que se avecinaban, de Igualísima. Mi corazón es un copo de nieve sin más ley que la del agua pura. Mi mente es un estanque donde reposan las aves peregrinas. Mi aliento es aire que se une al del eterno sufridor de la injusticia anunció en la primera proclama. Y todos aplaudieron su programa de gobierno.

Ahora buscaban en ella esa sublime comprensión, superior, global, de los sucesos. Rata Segunda era hábil, expeditiva, ordenada, inapelable una vez daba directivas y marcaba pautas y estrategia. Pero la voz de Igualísima transcendía al ruido y la atropellada sucesión de los acontecimientos, les protegía como las nubes porque nada importaban los actos concretos, las realidades ni las bajas si se observaban desde su altura, como simples y pasajeras espumas del oleaje que en nada serían capaces de cambiar la masa del poder rátida y la convicción de su victoria en todos los frentes.

-Somos las gotas del mar, somos la clase innumerable semejante a las algas, somos lo que siempre flota, como las hojas, como los fragmentos de madera, como….

Rata Segunda consideró oportuno dar paso a las preguntas y cortar la enumeración de símiles en la que se había embarcado en pleno éxtasis Rata Primera, con las acolchadas patas delanteras cruzadas sobre el pecho y las garras hundidas en su largo y claro pelaje.

-Decid, decid, compañeras.

– ¿Hay realmente peligro? Los galeotes están controlados, están incluso convencidos de que la igualdad que les ofrecemos merece cualquier precio; y, sobre todo, están divididos.

La Rata Portavoz del Secretariado expresaba las dudas de gran parte de las reunidas. Estaban sorprendidas por la brusquedad de formas de la convocatoria, por la repentina alarma ante un peligro que les parecía imaginario, por el colofón abrupto de la agradable embriaguez de la reciente fiesta. Acababan de recibir pruebas de la inminencia de su reconocimiento como nación por parte de la comunidad mundial. Y he aquí que, en lugar de las luminarias del festejo, se encendían las luces rojas de emergencia.

-Lo hay. Y debemos prevenirlo. Pero somos muchas más que el lamentable, desunido, desigual elemento humano.

Rata Segunda se expresaba con voz tranquila. Se expuso el plan, que no debía reflejarse en documento alguno y que sólo se comunicaría a los aliados de manera fragmentaria. Los puntos de base de la autocrítica eran corregir los errores cometidos en la cadena Escuela-Propaganda-Selección-Aprovechamiento de Recursos Humanos. La etapa final, altamente ecológica, ergonómica, económica y nutritiva, no se había llevado a cabo con discreción, rapidez y eficacia suficientes. Muchos eran los prófugos, elementos indeseables, caducos, defectuosos, de escasa o nula rentabilidad previsible, dados a actividades de placer personal, lúdicas, que incluían aspirar el humo de hierbas, ingerir manjares del Antiguo Régimen y recordar viejas libertades.

-No puede haber tantos prófugos. Los aprovechamos. -protestó Rata Ecónoma.

-Vaya si los aprovechamos-afirmó al fondo alguna, mientras se relamía el hocico.

-Por lo pronto, respecto a estos elementos peligrosos…-la estratega bajó la voz para comentarles la lista de nombres y el plan.

La sesión fue muy larga. Y sólo cuando tripulaciones, tareas, armamento y tácticas sucesivas se definieron el cónclave rátida decidió pasar a la etapa de comunicación y coordinación con sus aliados.

-Que entren.

La delegación de Piratas Irredentos apareció con su nuevo jefe a la cabeza, Muertesana, estaba exultante. Había logrado su sueño, desbancar al odioso y popular Muerte Súbita, hacerse con la confianza de Iluminado Magnífico y servir de enlace al temible Clero Tinta Negra. Ahora llevaba la calavera honorífica cosida al jubón de terciopelo y rodeada, bordado en oro, del lema “Sólo quedarán los nuestros”, al que se había añadido apresuradamente en punto de cruz “Y los hermanos rátidas, claro”.

-Mi barco, el más veloz y silencioso, está a vuestra disposición. -dijo.

– ¿Cuánto? -preguntó Rata Ecónoma.

-Oh, menos de lo acostumbrado. Luchamos contra el mismo enemigo, somos hermanos…o casi.

Desde el fondo, avanzó un grupo recién llegado que quería hacerse oír. Algunas ratas los miraron perplejas y pidieron explicaciones con la mirada al Secretariado.

-Tranquilas. Aunque no parezcan de los nuestros trabajarán para nosotros-se les dijo.

Eran un vistoso y curioso conjunto, amalgama más bien de grupos diversos, con una miríada de tocados, banderines y pancartas entre las cuales una mucho más grande parecía ser el lema común, lo que no impedía que disputaran entre sí sobre el lugar que en las filas les correspondía. Ésta rezaba “¡Contra el centralismo invasor!” y más abajo en caracteres pequeños “Apoyemos la diversidad rátida. Même combat”.

Se trataba de las nanotribus de galeotes colaboradores, y comenzaron a ofrecer sus servicios y fidelidades de una forma algo atropellada.

– ¿Deseáis algo a cambio o es pura generosidad y convencimiento? -preguntó, con cierto deje irónico, la Rata Escribiente.

En lugar de contestar directamente, algunos que vestían tocados diversos se adelantaron y, tras anunciar

-Primero cumplamos nuestros ritos.

se pusieron a efectuar una especie de danzas, diferentes según origen. Unos daban en solitario grandes saltos, amagaban golpearse con largos bastones y amenazaban al aire, al techo y a los asistentes dando patadas al vacío. Otros, a cierta distancia y tomados de la mano, se hacían continuas reverencias, escenificaban, desplazándose circularmente de rodillas, la adoración del suelo indígena y besaban, por último, el centro, que llamaban ónfalos euralio.

El secretariado rátida los observaba con estupor. Cuando acabaron, los dirigentes de las nanotribus avanzaron y dijeron:

-Comprendemos, y compartimos, la opresión del imperialismo centrista humano que vosotras habéis sufrido. Nos embarga la satisfacción ante la perspectiva de la lucha contra el enemigo común.

Rata Máxima, hasta entonces silenciosa, pidió:

-Que se adelanten las principales víctimas.

Estalló un tumulto considerable porque los colaboradores de las nanotribus se atropellaban unos a otros. En su fuero interno Rata Máxima sintió que su superioridad sobre los galeotes estaba plenamente justificada.

Entre los miembros de aquel grupo algunos habían hallado la compensación a su escasa estatura y dominaban la técnica de construir pirámides humanas. Lo hicieron con rapidez y, desde esa altura, imponiéndose al resto, anunciaron:

-Nuestros precios son modestos y, como siempre, negociables. Seremos vuestros intermediarios en la adquisición de los mejores quesos. Por una módica tarifa.

– ¿Cómo os llamáis? -preguntó Rata Escribiente.

-Nuestro lugar se llama Butifalia. También se nos conoce como Los Insaciables del Rincón Este.

Manejando diestramente el hacha de deforestación que solían utilizar como navaja multiusos y dando de nuevo grandes y desconcertantes saltos, intervino otro jefe nanotribal:

-Despreciamos las mezquinas recompensas. Aceptaremos simplemente la cesión eterna de colinas, mares y ríos ancestrales que desde los albores de la creación nos corresponden. Con sus minas, pepitas auríferas y manzanos descendientes de la fruta bíblica cuyo árbol, naturalmente, se encontraba en uno de nuestros valles. Guardado por la famosa serpiente cuya progenie no ha cesado de multiplicarse en nuestras idílicas tierras. Somos los BIPS.

– ¿Quiénes?

-Los Brincadores Incesantes Pura Sangre-aclaró el representante de la nanotribu de la Montaña Norte.

Rata Ecónoma, que apuntaba costes, interrogó respetuosamente, pero con inquietud, a los directivos:

– ¿Hacen falta realmente? Son muchos gastos. Puede que baste con prevenir sin más. Quizás si tienen miedo…Un buen susto….Los galeotes nos verían de nuevo como a sus salvadores, rechazarían a sus jefes, delatarían a los prófugos. Algo como lo del Buque Correo….

Las orejas y bigotes de Rata Máxima se habían tensado y sus dulces ojos verdes estaban inyectados en sangre. Cortó la palabra a Rata Ecónoma:

-No hay que citar jamás aquel desgraciado incidente, el lamentable acto terrorista, de origen desconocido y obra de elementos incontrolables, Piratas Irredentos y asociados…Nosotras trajimos la paz.

-Ah, no. Mi jefatura no admite mezclas con aquel asunto-protestó Muertesana.

-Pues en su momento os vino muy bien la atribución. Poder, gloria y recompensas. ¿Quién no os teme? ¿Olvidas la rendición preventiva, el derecho de peaje secreto que el Gobierno os acordó en todos los estrechos de los siete mares? -se le respondió.

-Atendamos al presente.

Gorgony, hasta entonces silenciosa y alerta, y Rata Segunda casi hablaron a coro y desplegaron los planos que asignaban a cada uno su tarea. La estrategia era tan minuciosa que todos quedaron impresionados. No se limitaba a un enfrentamiento. La dirección rátida aprovechaba la ocasión para eliminar toda disidencia, extenderse por el mundo y aumentar su fuerza y su prestigio de forma que en breve serían imperio dominante.

 

 

 

 

29

Las armas del Imperio

 

La relación del armamento dejó a los congregados estupefactos. Ni las ratas ni sus aliados habían pensado seriamente que pudieran ser algún día tan poderosas. Las nanotribus decidieron tomar notas y añadir sus símbolos a la previsible y victoriosa insignia imperial. La exaltación llegó al máximo cuando Rata Segunda anunció:

-Además del nuevo armamento, de reciente diseño, hace tiempo que hemos establecido secretas y poderosas alianzas. Kimyrata III del Norte nos apoya con entusiasmo. En su reducto del Lejano Oriente han hecho grandes progresos en unidad homogénea perfecta. Su doctrina se encierra en los quinientos mil volúmenes de sus obras ideológicas que, recubiertas de resistente metal, son disparadas con regularidad hacia otras naciones. En cuanto a las armas, hemos recurrido a las biológicas.

Varias ayudantes procedieron a repartir copias del nuevo diseño armamentístico. En unos modelos se mostraban, bajo el nombre de “Rata peluche”, amorosos muñecos ratoniles con mochilitas cargadas de peste bubónica. En otros figuraba una simple bola de pequeño tamaño envuelta en brillante y atractivo papel rojo.

-Es un bombón-dijo alguien, y lo olfateó-Huele a chocolate.

Gorgony sonrió y lo puso en la palma de su mano.

-Está todavía en etapa experimental, pero casi listo. Lo debemos a la inspiración de Gran Calamar Inteligente. Los fabricaremos por millares. Contienen huevas de la especie más letal de calamar feroz, una raza extrasolar con un gran futuro en nuestra galaxia

Llovieron los elogios.

-Tiene todo el aspecto de un bombón de licor con cereza.

-Está muy conseguido.

– ¿Y si nos muerde?

Gorgony los tranquilizó:

-Éste es sólo un prototipo inofensivo.

Eran armas sofisticadas que entretuvieron largo rato a la concurrencia. Hasta que aparecieron, transportados por varios porteadores, gruesos fajos de papel que recordaban a las antiguas ediciones diarias de prensa.

– ¡Mirad! No nos hemos dedicado exclusivamente a la logística ocasional ni hemos esperado a que el peligro y la inminencia de la batalla llamase a nuestras puertas. Llevamos más tiempo del que creéis preparando el terreno. ¡Miedo! ¡Temor! ¡Amenaza! ¡Salvación! -proclamó la Directiva en pleno con legítimo orgullo por su trabajo.

La sala había quedado cubierta de hojas de todos los tamaños. No correspondían a los habituales carteles, folletos y avisos que se distribuían en abundancia, por diversos medios y con regularidad entre los galeotes, y en los que solía leerse, con diversas variantes.

 

Diktátor puede volver

si no hay ratas al poder.

 

Estribor es el horror.

¡Vivan la paz y el amor!

 

Estriborita es lo mismo

que el crimen del elitismo.

 

Sólo hay un gran criminal:

El sistema desigual.

 

Tened siempre en la memoria

los agravios de la Historia.

 

Las ratas nos han salvado

de aquel Gobierno malvado.

 

Las encargadas de transmisión cultural e histórica explicaron:

-Hemos variado nuestras técnicas al ritmo de los tiempos. El lenguaje puede ser un instrumento útil, previa reducción y elaboración, pero no deja de ser un estorbo. Impera la….¡imagen!

-Efectivamente-añadió una de sus compañeras- Querámoslo o no, la época de la tiranía de Diktátor, su figura y existencia mismas, el episodio del Buque Correo, el pánico y ola de movilizaciones públicas de entonces se van desdibujando en la memoria colectiva. No sabemos por cuánto tiempo los galeotes responderán aún a las palabras clave, las consignas de rechazo, los conjuros contra el Mal, los resortes de incondicional adhesión. No tienen suficiente miedo. Les han llegado noticias de otras referencias.

-No tienen suficiente miedo localizado, pero tienen muchos más miedos de menor tamaño- terció Rata Segunda-, cosas que pueden perder, que no saben bien cómo nombrar, confusión respecto a los enemigos, desorientación temporal…No hicimos suficientemente bien nuestro trabajo pedagógico.

– ¡Textos, textos! Farragoso, aburrido. Aunque hayamos eliminado ya buena parte del vocabulario del antiguo sistema- la encargada de transmisión cultural defendió con entusiasmo su obra. – ¡Época de claridad, sin medias tintas! ¿No hemos adaptado la labor física y ecológica, de gran valor formativo, de los galeotes y al tiempo la mecanización de nuestros barcos? ¡Imágenes, sólo imágenes! Mirad.

Y señaló lo que el auditorio tenía entre sus manos. Efectivamente, de forma instantánea se percibían en las ilustraciones mensajes de sentido inequívoco, la figura amenazadora y voraz de Diktátor alzándose sobre un paisaje de ciudades en ruinas, ciudadanos esqueléticos y familias crucificadas, con un primer plano en vivos colores de ratas y galeotes salvadores que se preparaban para hacerle frente, islas paradisiacas hacia las que bogaban engalanadas carabelas, piratas irredentos que se hundían en las olas gracias a la oportuna intervención de los cómitres de Mercenarios Light, países, penínsulas y gigantescos cuerpos y rostros compuestos, si se miraban con cierta atención, por miles de puntos que eran sonrientes cabezas de rata cubiertas a veces por tocados diversos como gorras, boinas chatas, boinas puntiagudas, boinas enormes, boinas con extremo de arco iris, boinas peludas, boinas negras y rojas reversibles, sombreros de copa plegables en versión boina. Incluso había, además de material en papel, grandes colchas y tapices en tejido que reproducía los mismos motivos, de manera que los fieles se sintieran arropados por los millares que compartían sus sentimientos.

-Tenemos, además, otra arma. Pero para utilizarla hará falta un golpe de mano. -dijo Gorgony.

Hubo expectación. Rata Máxima dijo:

-El salto al reconocimiento internacional nos es ahora imprescindible, y para ello, como con el manejo de la imagen, debemos filtrar las noticias, tanto la información de consumo externo como la proyectada hacia el exterior. Nada debe transcender hasta la victoria. Sabemos que hay elementos foráneos incontrolados. Pero también sabemos cómo hacerles entrar en razón; y que transmitan lo que nos conviene. Gorgony se encarga del asunto.

Le dio a ella la palabra. Gorgony rezumaba seducción, y nadie era ajeno a ello. Menos que nadie Rata Segunda y no pocos del comité directivo. Contribuía a esto su naturaleza ambigua, las mutaciones lábiles de su aspecto, el brillo cambiante de su piel, la fijeza de sus ojos, la vida propia que parecía tener su cabellera y la agilidad de las manos, a veces en un reposo cálido sobre el brazo o el hombro de algún asistente, otras dispuestas a saltar como si tomara impulso con sus largas uñas.

Gorgony les descubrió que el enemigo disponía de más información de la que pensaban.

-…Una mujer…una galeote prófuga. Capaz de trazar los planos esenciales de nuestra flota. Podía parecer inofensiva, pero la hemos subestimado, como a otros. Casi estaba entre los desechos, debería haber sido eliminada, aprovechada en Recursos Humanos en el momento adecuado. Pero no se hizo, huyó, con los conocimientos que poseía. Nuestro espía nos informa de que está confabulándose con los elementos foráneos.

La inquietud recorrió, como una ola, la gran sala.

Con un ademán casi maternal, los directivos y Gorgony apaciguaron sus temores.

-Tranquilos. Sabemos perfectamente cómo hacer.

 

 

 

30

Offing agente secreto.

 

En la playa reinaba la calma del final del atardecer. Offing caminaba solo camino de la pequeña cala, algo alejada, que ya conocía y que podía resultar desapercibida entre dos entrantes de rocas. Junto a la pared casi vertical de uno de los extremos se había hundido el lecho marino y el agua era honda y formaba una corriente que, tras chocar con las elevaciones laterales, refluía de nuevo hacia el mar y se adentraba en él en un rápido río visible por la inclinación de las algas.

Offing conocía ahora, instruido por algunos piratas y galeotes, por Metáforos y por sus propias dotes como nativo de un país de larga tradición naval y hombre acostumbrado a largos viajes, las corrientes de la zona. Le interesaba una en concreto, la del Golfillo, que sabía llegaba, en aquella época del año, a las costas de Albinia. Había preferido no compartir su idea con nadie para no despertar las burlas de sus compañeros ni mezclar a Gal en algo que, inexplicablemente, le unía, por su misma carencia de seguridad ni lógica, a ella. Cuando no estaban juntos la veía en todas partes, era consciente de que Gal observaba las olas, el cielo, el perfil oscuro de las rocas y la aparición de la luna al tiempo que él, lo mismo que él, en algún momento, y le parecía tocarla en cada superficie por donde pasaba la mano. Nunca le había ocurrido nada semejante. Naturalmente había estado con chicas, e incluso practicado, como buen inglés, vicios inocuos de categoría menor, como hacerles vestirse de colegialas con uniformes escolares comprados en M&Smith, pero aquello era tan distinto…

Su plan privado de transmisión de mensajes era su reducto de meditación, soledad y de aquella nueva libertad que consistía en estar libre de sentirse apegado a alguien y de dedicarse a tareas sin probable futuro ni fundamento.

Aunque, ¿quién sabía? Aquello podía funcionar. La comunicación con Albinia, con las naciones exteriores, era difícil, podía ser interceptada, la corriente de Golfillo era rápida, segura y discurría lejos del territorio rátida. En la Cala de los Malditos se apilaban innumerables botellas rescatadas de bodegas de naufragios y repescadas, y consumidas por los prófugos. Offing introdujo sus mensajes explicando la situación, fecha, latitud y longitud y finalizando con un toque de alarma y de premura ante el peligro que representaba en realidad la dulce, pacífica e igualitaria nación rátida. Añadía peticiones de auxilio y su identificación como periodista. Una vez bien sellada la botella la confiaba a la rápida corriente, una tras otra, con mensajes semejantes. Alguna hallaría su destinatario.

A la vuelta, ya en la oscuridad, corrió hacia él una figura que reconoció desde lejos por la forma de andar y porque, en un intento de coquetería, Gal se había puesto últimamente un chal, encontrado en el almacén de restos de naufragios, de fino encaje que ondeaba al viento.

– ¿Dónde estabas? Éstos son momentos importantes. Hay mucho que decidir. Se está planeando la primera ofensiva, algo rápido que les prive de un elemento esencial.

Offing la besó primero y luego le pidió que continuara con sus explicaciones. Había reunión general. Se elegiría a los miembros del comando y la forma de ataque. El resultado dependía de la coordinación y de la rapidez. Además Muerte Súbita y Angelina les habían anunciado que pensaban darles una sorpresa, una prueba contra las ratas con la que no contaba nadie.

Se apresuraron, entraron en la sala y avanzaron, no sin trabajo porque la masa era casi compacta, hasta colocarse al lado de Metáforos. Reinaba un atento fervor que contrastaba con la anterior frivolidad del ambiente festivo. Habían llegado noticias precisas, con documentación incluida, sobre la galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Desde hacía largo tiempo se comentaba la insistencia rátida, aliada con un Gobierno humano temeroso y oportunista, en imponer absolutamente a todos la obtención de un cuerpo ejemplar e impecablemente sano, avezado en la continua marcha a pie, a ser posible con alguna carga como bolsas, maletas y artilugios rodantes. Se impusieron además el consumo de algas, los productos superbióticos de huertos urbanos y la ingestión del rocío de prados municipales. Las leyes de protección y recuperación del agro y de abominación de los agresivos transportes introducidos desde el siglo XIX habían ido produciendo ya la silenciosa fosilización de algunas ciudades, por cuyos espacios sin transporte deambulaban escasos y fatigados viandantes que se refugiaban en los portales cuando anunciaban su paso los escuadrones rataciclo. El plan rátida, discreto, insistente y de largo alcance, daba sus frutos; Civilización, libertad y autonomía individual se iban desvaneciendo con la lenta muerte de las ciudades. El programa de regreso al neolítico y culto a la Madre Naturaleza hizo su efecto: Empezaron a desaparecer gente de edad, disidentes y en general cualquiera que no deseara, quisiera o pudiera desplazarse a pie por el desierto pavimentado en el que se convertían las otrora animadas vías, cines, bares, restaurantes y comercios. Los humanos deportivos, prepotentes y mimados por donaciones y propaganda, desfilaban con frecuencia en maratones cotidianos que privaban del poco espacio aún disponible al ciudadano habitual.

-No entendemos. ¿Las ratas pudieron hacer esto solas, someter a todo el mundo a condiciones cada vez peores? ¿Sin protestas? -preguntaron varios.

-Protestas hubo, pero pocas, tímidas, silenciosas, rápidamente acalladas por un diluvio de improperios como ¡Estriboritas!, ¡Diktatoristas!, ¡Enemigos de las ballenas!, ¡Corruptores del éter! –se les respondió.

-Además las ratas no estaban solas. -Segis había tomado a su cargo la exposición pormenorizada- Durante largo tiempo el camino fue allanado por sus colaboradores humanos con cuartel general en la Dirección Urbana de la capital del No-País. Había allí un grupo singularmente eficaz identificado por completo, incluso físicamente en su líder femenina, con los principios de Rata Máxima. Esperaban llegar a altos y confortables destinos una vez conseguidos el igualitarismo total y la completa destrucción de cuanto antes hubiese destacado. Tras su victoria por aclamación popular después del episodio del Buque Correo, las ratas dieron el siguiente paso, justificado con las consignas de regreso completo al estado primigenio. Su teoría era que la sociedad no podía permitirse el desperdicio de elementos aprovechables y que el cuerpo era un cultivo como cualquier otro que debía contemplarse en función de su beneficio social. Por lo tanto el lema “cadáveres impecables” se impuso, así como el escarnio, la persecución y la denuncia de cuantos se resistieran al ideal del sano primate neolítico, de vida breve pero adecuada a su utilidad para el planeta Tierra y a cuyas virtudes de respeto al medio sólo faltaba el dominio de la bicicleta.

Lo que eran rumores, y se había tachado de propaganda antirrátida, se veía ahora confirmado por datos y testimonios sobre el significado final de “Aprovechamiento” y el destino que esperaba a los habitantes del mundo. Los concurrentes supieron, sin embargo, dominar su indignación para, como se impuso en consigna, transformar aquella energía en estrategia que devolviese a ciudades y ciudadanos la vida que se les robaba.

No convenía perder tiempo en denuestos, demostraciones de horror, gritos y llantos. Se procedió a distribuir en grupos de acción a los asistentes. Iba a atacarse en primer lugar a los puntos donde las ratas menos lo esperaban, al Galeón de los Almacenes de Memoria, al Buque-Escuela, para poner a los niños a salvo en lugar seguro, y al Galeón de Castigo y su conexión con Aprovechamiento de Recursos Humanos. Era importante, antes de destruirlos, obtener material que sirviera como prueba contra los opresores, que se habían mostrado siempre sumamente hábiles en proyección de imagen y propaganda.

-Será difícil atraer a nuestra causa a la mayoría. Muchos creen que pueden obtener beneficios, pese a todo, de la situación simplemente dejando ocupar a las ratas amplios territorios y sirviéndoles gratuito y abundante queso. -opinaron varios con aire mortecino.

Los asistentes se dividieron. La exaltación indignada y la euforia habían dado paso, como las crestas de una ola, al agua baja que arrastraba el oscuro lodo del fondo.

-La seguridad no es la que era-dijo Segis, y Gal, Offing y Metáforos asintieron, pero sin dejarse llevar y convencidos de que sería fugaz el pesimismo.

– ¿Qué dice el PIL? ¿Dónde están los representantes de Piratas Irredentos Libres? – la pregunta recorrió la sala.

Y encontró respuesta en la entrada, por donde avanzaban Muerte Súbita y Angelina, diciendo:

-Estoy aquí. Y os traemos algo.

 

 

 

31

El Hallazgo

 

Cumpliendo lo prometido, el jefe pirata disidente se dirigía hacia el centro de la asamblea llevando en la mano un objeto cuidadosamente envuelto.

-Os prometí un arma. No lo es exactamente, pero puede ser mucho más eficaz que los cañones.

Cundió la expectación. Las filas se apretaron alrededor de Muerte Súbita. Angelina intervino:

-El uso del arma requiere una explicación. En sí os parecerá poca cosa, pero fue mucho lo que comenzó con ella, marcó la época del gran cambio, la entrega de las llaves del Cofre a la nación rátida y la sumisión del No-País. Mirad:

Desplegó un antiguo mapa en el cual estaban marcadas las aguas territoriales y los litorales del anterior régimen.

– ¿Recordáis dónde se hundió, bueno, hundieron con aquella explosión asesina el Buque Correo?

-Aproximadamente ahí- señalaron varios.

-Nunca se hallaron los restos, ni hubo expediciones investigadoras, ¿verdad? – continuó Muerte Súbita.

-No. Se aceptó enseguida la denuncia popular contra el Gobierno de entonces, apoyada ésta por las ratas, que prometieron seguridad y condena de los culpables. Lástima que los pocos detenidos murieran tan rápidamente. – Los de más edad llevaban el peso del relato mientras que los jóvenes escuchaban con curiosidad una historia que les era o desconocida o dada por zanjada y caduca.

-Pues bien, nosotros hemos encontrado esto.

Desenvolvió el paquete y hubo un rumor de decepción. Sobre la mesa no había sino un trozo de madera viejo, astillado y ennegrecido, con algunos signos.

– ¡No es un arma! -exclamaron.

-Pero sí una prueba. Se trata de un trozo del Buque Correo. Examinadlo.

Se lo fueron pasando. Efectivamente, en él, visible, aunque cubierto de una capa ennegrecida, se distinguía el logotipo característico. Y la marca de algo que no eran dedos humanos, sino uñas de roedores.

-Bien. Y ¿qué hacemos con eso? Las marcas nada prueban, en los barcos siempre ha habido ratas. Sabemos que hubo una explosión y es normal que esté ennegrecido. -dijo un escéptico al que se sumaron numerosas voces críticas.

Angelina señaló un punto en el mapa:

-Lo encontramos aquí. Conocemos las profundidades, mareas y corrientes. Hemos estudiado el asunto. Son fuertes y cambian según la época del año. Creemos que ahora se puede encontrar, y examinar, gran parte del pecio. ¿No tiene eso importancia?

La tenía. Todos asintieron en ello. Porque significaba rescatar de la espesa capa de agua y olvido un decisivo evento que había marcado el devenir, no ya sólo del No-País, sino también de los limítrofes y cambiado radicalmente el reparto de poderes. Había, además, no poca curiosidad precisamente porque aquel episodio trágico parecía no haber existido según los relatos oficiales rátidas y su simple mención resultaba llamativa, inquietante y provocadora.

El pecio, según lo que Muerte Súbita denominó Plan Arquímedes, aparecería dónde conviniese y cuándo llegara el momento, para observación general y confirmación de datos que, por entonces, se mantenían en secreto. El reflote requeriría un trabajo de ingeniería minucioso, el conocimiento de los fondos marinos y sobre todo preparación estratégica y el esfuerzo de todos, prófugos y no prófugos, piratas libres y extranjeros unidos a la causa.

-Aquí está el gran problema -explicó Segis- Los galeotes se encuentran muy divididos en grupos de signo contrario. Unos se arriesgarían a cualquier cosa, para otros lo más conveniente es el diálogo, la colaboración y el reparto con las ratas. Muchos se han acostumbrado a la seguridad de la galera, la memoria prefabricada y las directivas del cómitre y prácticamente han olvidado el No-País. Cada cual, además, no responde de sí mismo sino que delega su responsabilidad en algún jefe y colectivo.

-Nos queda la llamada individual-dijeron Kraky, Orky y Metáforos.

El abucheo fue general. ¿Una gran campaña sin coordinación, estrategia, mandos ni planes de batalla? ¿Sirviendo en bandeja al enemigo las formas y fechas de ataque puesto que habría con toda seguridad filtraciones, traidores y desertores? Se había propuesto el caos, el absurdo, no ya la derrota anticipada sino la aniquilación de la resistencia prófuga.

– ¡Estáis borrachos! – gritaron.

No lo estaban. Había que ofrecer a los galeotes algo tan nuevo, especial y excitante como la libertad personal, la posibilidad de un acto, un mismo acto, en un momento preciso, sin el apoyo previo de explicaciones y consignas, sin normas marcadas por el jefe del grupo ni la seguridad de la participación del resto de sus compañeros. Cada galeote recibiría secretamente, bien enumeradas y especificadas respecto a lugar y tiempo, las acciones que debería llevar a cabo, y la explicación de la importancia de guardar silencio hasta la hora precisa y, llegada ésta, actuar sin vacilación fuera o no seguido por otros. Pesofijo y algunos compañeros se habían ofrecido para deslizarse en las naves y hacer llegar a las manos de cada uno el mensaje crucial. Actuarían pronto, en tres etapas. Harían falta fuerza y destreza, conocimiento del interior de la flota, de la zona marítima en la que debía producirse la exhibición de la prueba final contra la nación rátida y, finalmente, rapidez para exterminar a las ratas y salvar las vidas de los galeotes. La apuesta era arriesgada, pero factible.

El plan, los sucesivos planes, se discutieron en voz baja en el centro de la sala, donde se habían desplegado mapas y se dibujaba la disposición interior de las principales galeras así como el litoral y el lecho marino. Fueron horas de trabajo febril, pero el entusiasmo por la empresa iba ganando a los asistentes. Apenas se interrumpían para comer y beber y sólo advirtieron la llegada de la noche por la necesidad de alumbrarse.

El margen de incertidumbre se volvió uno de los incentivos, la reacción de los galeotes no prófugos ante esta inesperada, e inusitada, opción de libertad, llena de soledad y riesgo, presentaba para los resistentes un particular atractivo. Sin confesárselo abiertamente, no confiaban en sus compañeros de las galeras, sentían profunda reticencia a asociarse con ellos en una lucha en la que, de vencer, tal vez se hicieran con los mejores frutos e incluso buscaran pactos con elementos asimilados a las ratas. Obligarlos a saltar en solitario, a renunciar a las concesiones y temores de su vida pasada permitiría a los prófugos confiar en ellos, compartir aquello que, si triunfaban, esperaban obtener, recuperar, reconstruir y disfrutar de cuanto se les había arrebatado hasta el punto del olvido.

-No va a ser fácil. – Pesofijo era de tendencia más bien pesimista por aquello del optimista bien informado. Sin embargo tanto él como los compañeros reunidos a su alrededor y que compartían pasado y fines semejantes estaban dispuestos a ir hasta el final.

-Pero ¿podréis hacerlo? – le preguntaron- ¿Llegará la consigna, y las instrucciones, a cada galeote?

-La tendrán en la mano en el momento oportuno. Y cada cual deberá decidir; por su cuenta.

Intervino Gal, que, buena conocedora de cartografía y del organigrama y estructura interna de la flota rátida, se aseguró de que no habría en el comando ni errores ni pérdidas de tiempo.

-Tened bien presentes las tres etapas: Cambio en la dirección y agrupación. Acción desde diversos puntos desde el mar y difusión de la evidencia. Sabotaje y abandono.

Todos asintieron, excepto el borracho habitual, que pidió varias veces que le fuera repetido el plan.

Entonces llegó la excelente noticia del éxito en el ataque a los Almacenes de Memoria y el Buque-Escuela. El alborozo fue general.

Lo hubiera sido menos de haber sabido que las fuerzas aliadas pro rátidas eran más numerosas de lo que pensaban y que, además, precisamente entonces iba a llevarse a cabo, con éxito, un golpe de mano del enemigo.

 

 

 

32

Traición y rapto.

 

Tras las tensión y concentración vividas, prófugos, PIL y extranjeros, integrados ya éstos últimos perfectamente al grupo y su lucha, decidieron que había que celebrar su primer éxito. Se distribuyeron vituallas y bebidas y alguien sacó su guitarra e improvisó coplillas sobre las sesiones rátidas de adoctrinamiento para llevar una existencia ecovirtuosa y dejar un cadáver impecable.

Van mis coplas en honor

del cerdo benefactor

y canto con sentimiento

a esa fuente de sustento.

de la Humanidad sostén.

Y a las ratas que les den.

 

Siempre de ti me acuerdo

bendito cerdo.

 

Nos tenían sometidos,

sin los manjares prohibidos

y con sus sanos consejos

nos volvíamos conejos.

Ni huertecillos ni nada.

Algas a la mar salada.

 

Si te muerdo resucito,

cerdo bendito.

 

Y me privan tus andares

por los prados y encinares

mientras mascas las bellotas.

Por eso, con estas notas

de mi guitarra proclamo

que te estimo, alabo y amo.

Y a las ratas huerto urbano.

 

¡Qué lamentable!

¡Qué lamentable

que la vida de rata

no es tolerable!

¡Qué triste es eso!

¡Qué triste es eso

el que las ratas quieran

darnos con queso!

 

Un compañero le cogió la guitarra y, tras inclinarse ante la concurrencia, entonó, con mucho sentimiento:

 

Sincero,

te digo que soy sincero.

Las chuletas de cordero

también las quiero,

las quiero.

Que yo no rechazo nada

de tierra o de mar salada.

 

El cantor acabó su improvisación con grandes aplausos. Offing estaba entusiasmo y achispado por la tercera ronda procedente de las bodegas de un carguero portugués. Se inclinó para besar a Gal y compartir con ella su alborozo. Y no la encontró.

– ¿Dónde está Gal?

Ni Metáforos ni los otros la habían visto hacía rato. Pasado cierto tiempo comenzaron a inquietarse, a preguntar y a mirar en las estancias interiores. Ella no estaba pero sí todas sus pertenencias.

Algo desconocido y angustioso se había instalado en el pecho de Offing y la opresión crecía a cada minuto. Entonces Orky recordó un detalle que le había parecido sin importancia:

-Óskar, mi hermano, le dijo que quería enseñarle algo curioso que había depositado el mar en la playa.

– ¿De noche? – La oscuridad ya era total y no había luna. – ¿Sólo se lo dijo a ella?

-No parecía importante. Simplemente salir un momento.

– ¿Dónde está él?

Le buscaron en vano en la sala y luego salieron al exterior, Offing el primero, y la llamaron.

Las voces se perdían en el ruido bronco del mar, que estaba agitado, con viento que soplaba hacia tierra y formaba pálidas líneas de espuma sobre la negrura de su superficie. Trajeron faroles. En el interior, cerca del acantilado, había huellas, aún frescas, no tocadas por la marea, los pies pequeños de Gal, que produjeron en Offing una dolorosa punzada de ternura, y los de Óskar probablemente. Se alejaban bastante de la entrada de la cueva. En un recodo encontraron el chal de Gal y prendido en él un mensaje:

Se dirigía al periodista de Albinia, pero también al resto, y se trataba de un rapto y de un chantaje.

Comprendieron que Gal había sido secuestrada gracias a la complicidad de Óskar, que no era un ex policía rátida arrepentido sino que había optado por continuar colaborando activamente con las ratas, hacerse espía y agente doble y vender a sus compañeros.

– ¿Tú también, hermano mío? – Exclamó Orky desolado. Había habido otros, pero aquel era el caso más inesperado, grave y que le era cruelmente cercano. El traidor había escondido una lancha, llevado hasta ella a Gal con engaños y, una vez en alta mar, se la había entregado a ratas venidas al encuentro antes de que ella, en la oscuridad, hubiera podido apercibirse de la trampa.

En el mensaje se explicaba claramente la situación: La prisionera moriría en la fosa de las medusas venenosas, tras ser sometida a interrogatorio, si no se paralizaban de inmediato los planes de los disidentes y se entregaban sus jefes y los extranjeros, que debían comprometerse a llevar a sus países y defender ante la opinión mundial la bondad universal del proyecto rátida.

El comité de emergencia sabía que las ratas no querían arriesgarse a un ataque en tierra, en terreno desconocido, y que, por lo tanto, era altamente improbable una invasión de La Cala de los Malditos. Tampoco contaban con las informaciones de Óskar porque el agente llevaba muy poco tiempo allí y carecía de conocimientos sobre los refugios. Instalaron sin embargo numerosos puestos de vigilancia. No iban a ceder al chantaje, continuarían con el plan, pero con mayor rapidez y en secreto. Mientras, un comando se lanzaría al rescate de Gal, para el que, sin esperar más, ya se estaba preparando Offing y hubo que convencerle para que aguardase a que se trazara la estrategia y se repartieran las tareas.

Incapaz de contenerse y llevado por una premura angustiosa, Offing se fue a la orilla y, adentrándose unos pasos en el agua, golpeó con los puños la superficie, con la furia inútil con la que un rey de la antigüedad lejana había azotado el mar, que obraba contra sus deseos.

Millas más allá, mientras Gal forcejeaba en el fondo de la lancha que la conducía a su fatal destino, en un mar color de tinta la galera capitana rátida acogía a una visita singular.

 

 

 

33

Dulcita y el Imperio de la Felicidad

 

La fatiga estaba produciendo sus efectos en Rata Primera, y Rata Segunda conocía bien que a las grandes euforias, sucedía el sueño. Igualísima solía caer en una agradable somnolencia al final de cada ambicioso discurso. En esa ocasión, y dirigiéndose al escogido Comité Directivo, la gran Líder les había reiterado sus planes universales. Las presentes circunstancias, el enemigo potencial al que apenas consideraba digno de atención y que sería sometido con mayor facilidad aún que en el pasado, eran detalles deleznables.

-No debemos reducir nuestro horizonte a las conquistas inmediatas. La igualdad, la verdadera, la única igualdad, la igualdad rátida se impondrá en toda la superficie del planeta, de éste y de aquéllos que se conquisten. Tengo un maravilloso sueño. Nuestro ideal, en parte realizado, se halla tan sólo en sus comienzos. Hay que ser audaces, compañeras. Algunas de las nuestras parecen temer, dudar de nuestro destino.

Los miembros del Comité Directivo se habían mirado con cierta inquietud. Las divergencias de opinión no siempre eran bien aceptadas por Igualísima y algunas desapariciones daban fe de ello. Corrían, en el mayor secreto, relatos sobre ratas de alto rango a las que se había invitado a un paseo por la borda para discutir estrategias y que parecían haberse evaporado sin dejar más rastro que el ruido apagado de un breve chapoteo.

Habían convencido a Rata Máxima para que se tomara un merecido descanso y se prepara así para las duras pruebas que las esperaban y la Líder dormía apaciblemente, mecida por las olas y por la certidumbre de su victoria, no ya sobre unos rebeldes de poca monta, sino en todo el orbe.

Ahora las que estaban más cerca de ella entre los miembros del Secretariado podían hablar. Rata Segunda y Rata Parda sabían que el hermoso ideal del universo rátida, de la Nación Igualitaria, que englobaría a los receptivos países actuales era indiscutible en la teoría pero que en la práctica había que proponerse metas más asequibles y cercanas. Actualmente no tenían posibilidad de extenderse y fundar rápidamente su imperio por doquier luchando solas. Su porvenir, por lo pronto, estaba en ocupar zonas de dominio de extensión razonable y compartir el planeta con no-rátidas de semejantes visión y ambición. Había para todos. Las diferencias entre los grupos con los que habían tomado contacto eran salvables y la alianza provechosa. Esa misma noche esperaban mucho de una inminente visita. Que les fue anunciada por los guardias.

Dulcita entró en la sala. Era humana. De pequeña le pusieron Dulce María del Escapulario, trauma que luchó por superar toda su vida, así que se llamaba Dulcita, aunque también era conocida como Rata Gorda por el curioso efecto circular que producía: Llenaba la estancia, se movía ondeando los ropajes que la cubrían, en los que se alternaban dibujos infantiles y el blanco y el negro. Siempre lucía algunas florecitas en el pelo y un broche con un iceberg en vías de desaparición roído por el cambio climático.

La acompañaba un reducido séquito, en el que llevaba la voz cantante su joven y probable sucesora, Kimy, a la que unas apodaron Ratafina y otras Pijirrata. Ambas se complementaban notablemente. Dulcita se expresaba con aparente moderación y consideración hacia sus adversarios y solía interrumpir su discurso con llamadas a la paz, la fraternidad y el amor que desconcertaban a sus oyentes. Entonces Kimy tomaba la palabra y, en un tono cantarín en el que se transparentaba su conmiseración por la ignorancia del oponente, cubría de improperios y denuncias a cuantos no pertenecían a su movimiento de la Felicidad y la Bondad Completas.

-Al fin hemos llegado. No ha sido un viaje fácil, pero el afecto, el entendimiento, el gran ideal que nos une acorta las distancias. -Dulcita se había lanzado efusivamente a abrazar a las dirigentes rátidas, que, no acostumbradas a tales demostraciones físicas de afecto, imitaban torpemente sus gestos.

Kimy se mantuvo más distante y se limitó a estrecharles las patas, eso sí, con gran energía, y a dirigirles un breve saludo durante el que, por unos instantes, se detuvo desconcertada. Dudaba respecto al tratamiento a emplear. Acostumbrada, con una férrea disciplina, a decir todos los nombres y adjetivos -tenía un ambicioso plan lingüístico para modificar asimismo adverbios y verbos- por partida doble haciéndolos terminar en -a y en -o, en la presente circunstancia advertía la dificultad de hacerlo con la palabra rata. Tal vez el muy apreciadas y apreciados ratas hembras y ratas macho no fuese del agrado de sus interlocutores e incluso la acusaran de innecesaria discriminación de género, desigualdad ya superada en la nación rátida. Se limitó a un ¿Qué tal? y a una sonrisa.

Dulcita, expansiva y segura de sí, se lanzó enseguida al punto principal: La configuración futura del mundo, o buena parte de él, tras su alianza.

El reparto se basaría en las zonas de ocupación y/o decisiva influencia.

– ¿Igualísima descansa? -se interesó por la salud de la Líder- Oh, sí, que esté en la mejor forma posible. Su presencia y la fuerza de sus ideales son y serán nuestras mejores armas. Vosotras, queridas compañeras, ofrecéis la igualdad suma. Bien, bien. Pero mi partido, mi numeroso grupo, tiene como primer y principal punto la Felicidad Completa, noche y día, para todos y cada uno de los seres. Y la programamos con todo rigor.

– ¿Qué acciones habéis desarrollado últimamente? – Rata Tercera apuntaba con aplicación.

-Nuestro mayor éxito ha sido la fundación, extensión e implantación urbi et orbi del Club de Víctimas, en muchos aspectos autónomo de nuestro partido. Trabajamos de manera incansable para crear, avivar y promover la conciencia del ancestral, radical y ubicuo agravio. Nos llueven los militantes, sin oposición alguna por parte de los sistemas establecidos porque ¿quién se atrevería a declararse contrario a la bondad de nuestro propósito, a la popularidad de nuestras reivindicaciones, a la lluvia de resarcimientos en prestigio, titulaciones, cargos, al reparto a los agraviados de oro y bienes?

– ¿Cómo haréis para entregar tantos dones a las masas que se vayan sumando? Porque, si hemos comprendido bien, la balanza entre víctimas y los que las resarcen con pagos se irá desequilibrando. -Rata Ecónoma solía ser lógica y precisa.

Kimy Ratafina intervino oportunamente porque Dulcita parecía proclive a dudas y vaguedades y estaba murmurando algo sobre el amor planetario.

-Trabajamos para el FUTURO -subrayó la palabra para que se entendiera que era con mayúsculas, como la escribían en sus documentos- El futuro es nuestro, lo será rápidamente. Las masas no pueden verlo, todavía están formadas por componentes individuales, carecen de la luz de Rata Máxima, de la Igualdad Suma. Por eso nuestra alianza será magnífica. Ya vais conociendo algunos de nuestros logros.

-Sabemos, por crónicas que nos envían nuestras compañeras de las alcantarillas, que donde mandáis van desapareciendo las ciudades, la red viaria, los medios de comunicación, y que están en marcha grandes proyectos de recuperar la jungla primitiva donde hoy se alzan lamentables centros comerciales y lugares de vicio individual malsano.

Kimy sonrió con modestia y dio un paso atrás señalando a su compañera.

-Gracias a ella -dijo

– ¿Y lo del reparto de queso y demás bienes? -insistió Rata Ecónoma.

Dulcita se había recuperado de la confusión beatífica en la que a veces se sumía y respondió con firmeza, echando de vez en cuando un vistazo al discurso que había traído escrito y que pensaba repartir, finalizado el encuentro.

-Llegados a esa etapa del futuro, que nos pertenece, haremos cuentas precisas. Los hábitos habrán cambiado gracias a la completa supervisión de los hábitos cotidianos y a la fragmentación y control de los núcleos de las diversas poblaciones que, además, se vigilarán y denunciarán unas a otras a la menor sospecha de ataque a la completa igualdad de civilizaciones y culturas, lo que probablemente reducirá su número, minimizará sus demandas y hará desaparecer reclamaciones y protestas. Ya hemos convencido a buena parte de la población indostánica para que recuperen prácticas desterradas por presiones foráneas, como la quema de las viudas en la pira de sus maridos, y prosperan gracias a nuestro apoyo mediático las alegres lapidaciones de los viernes en Oriente Medio. Nuestra ambición va más allá, porque el vasto pasado nos ofrece inagotables reservas de víctimas, populares usos aborígenes erradicados por fuerzas opresoras, artísticas infibulaciones africanas. Por ejemplo, defendemos el sano canibalismo; también en los actuales descendientes de la nación fenicia el sacro rito del sacrificio de los recién nacidos primogénitos. O no primogénitos; hay que tener criterios amplios. El futuro…

Asustadas por su elocuencia, las ratas la interrumpieron para recordarle que más tarde continuarían la apasionante relación pero que, por lo pronto, debían regresar a sus tareas de planteamiento estratégico.

-Vuestra lucha es la nuestra -dijeron a coro Kimy y Dulcita- Permitid que os entreguemos el presente de amor y buena voluntad que os hemos traído

Depositaron en la mesa una bandeja y Kimy explicó a las ratas, golosas pero suspicaces:

-Es una escogida muestra de las Magdalenas de la Felicidad, obra de las propias manos de nuestra Líder, la gran Bienhechora.

Dulcita recibió los plácemes con modestia y añadió:

-Esperamos que os complazcan. En el luminoso e inminente porvenir que nos aguarda se fabricarán por millones y serán ingeridas cada mañana, sin falta, por cada ciudadano. Nuestros planes incluyen, en atención a nuestras fieles aliadas, variantes con queso.

La Directiva rátida se puso en pie, para asegurarse de que las visitantes habían comprendido que era el momento de la despedida y para corresponder al presente, y dijeron:

-Continuaremos esta conversación en momentos de mayor disponibilidad. Rogamos a la Líder que acepte el nombramiento de Rata de Honor.

Visiblemente conmovida, Dulcita se inclinó y agradeció la deferencia. Además Rata Segunda, atenta a los detalles y a las posibles sucesoras, no quiso dejar partir a Kimy sin algún presente significativo y puso en sus blancas y finas manos una historiada y bella caja de cerillas en la que se leía Incendiemos el pasado abominable y el presente detestable.

-El futuro es para los jóvenes- le dijo.

La joven promesa del Imperio de la Felicidad aceptó el regalo con manifestó placer y cierta sorpresa de que las ratas hubieran leído sus pensamientos.

Entraron algunos guardias:

-La embarcación de regreso está lista.

Y, tras efusivos adioses, las representantes del nuevo orden sano y dichoso, según rezaba su programa sociopolítico, salieron.

Las ratas intercambiaron algunos comentarios:

-Por ahora, nos convienen como aliados.

-Pero ¡qué poca precisión! – Ecónoma revisó sus notas- No habrá población suficiente para abonar tantas indemnizaciones y para mantener, gratuitamente y con privilegios, a las innumerables víctimas.

-Creo que llevan algún tipo de pequeñas gafas. -añadió otra. – No ven a nadie concreto, ni el presente. Sólo eso que llaman “Futuro” con mayúsculas. Es curioso.

-Nosotras a lo nuestro, compañeras.

-No son de fiar.

Y, por si acaso, tiraron las Magdalenas de la Felicidad por la borda.

 

 

 

34

Reparto de papeles

 

Pesofijo y los suyos se deslizaban por todos los entresijos de los buques, que conocían muy bien. Trabajaban día y noche. En principio el plan había sido aprovechar las sombras, pero el tiempo apremiaba y la zona donde debía librarse el combate y sacar a la luz el arma estratégica estaba aún lejos.

Desde el palo de mesana a las bodegas, por cada uno de los pasadizos a los que daban acceso tablas marcadas y hasta en las bocas de los mascarones de proa se habían trazado simples mensajes, indicaciones elementales que proporcionarían escasa información a las ratas si eran descubiertos. Lo esencial era que en el momento acordado cada galeote estrechara en su mano la nota que le indicaba, de forma individual, su oportunidad de opción y de acción, en tiempo y lugares muy precisos. Nada les respaldaba, no existían interpretaciones previas ni el abrigo de los líderes. Sólo una apuesta y el riesgo.

Reinaba una atmósfera de tensión y pocas palabras. El premio, vago e improbable, era solamente una libertad desacostumbrada e incierta en la que cada cual se hallaría de repente librado a sí mismo, a lo que valiera y obtuviera. Claro, habría que encargarse de los más débiles e indefensos, de aquéllos que habían ido siendo borrados poco a poco de la visión pública por las ratas de forma que no se dispensaran en ellos recursos y que no se plantearan interrogantes molestos. A los galeotes no les gustaban las ratas, pero se habían acostumbrado a ellas y a su propia situación, por la seguridad que éstas proporcionaban y porque la falta de competencia y de oportunidades de distinguirse, avanzar y cambiar había prácticamente erradicado entre ellos el sentimiento de la envidia. Sin que, por ello, no existiesen pequeños privilegios, expectativas y dones ocasionales que las ratas, que manejaban con no poca astucia esos resortes, destinaban a grupos escogidos. A mayor escala, la directiva rátida apoyaba y promocionaba el trato específico a cada galera, de forma que los galeotes se sintieran a la vez superiores y agraviados por los de los demás buques, en especial por los más cercanos y de mayor tamaño, y se había llegado a simultanear las consignas de perfecta igualdad con alabanzas y distinciones diversas que incluían la posibilidad de banderas propias y de mascarones, de pequeño tamaño y situados en la popa, adornados con retratos de imaginarios antepasados heroicos.

Estaban además los galeotes ayunos de referencias. En su mayor parte ni sabían ni recordaban más pasado que el que se les había explicado en el Barco-Escuela y suministrado desde los Almacenes de Memoria. Y éste era un pasado confortable que les prometía continua asistencia presente y futura, puesto que habían sido salvados en su momento, y tras un salvaje ataque al Buque Correo, del lamentable, nefasto, traidor, falaz y codicioso grupo que los gobernaba y que se componía en realidad de discípulos y descendientes del abominable Diktátor, en el que se concentraron todos los males y cuya sola mención, si no iba acompañada de rituales de odio y rechazo, implicaba la condena inmediata.

Las naves bogaban en la oscuridad pobladas de susurros, preguntas que no requerían respuesta, manos que apretaban y luego releían la particular tarea a cada uno encomendada. Nadie se explicaba que fuera personal e intransferible, pero se guardaba el secreto no tanto por obediencia como por curiosidad y por cierto temor a que sus vecinos recibieran, si cumplían adecuadamente, premios que a quien no lo hiciese le estarían negados.

Esa noche, que había sido elegida por la falta de luna y favorecida por la ligera niebla, los barcos cambiaron de rumbo, tras un habilidoso manejo de los planos e instrumentos de orientación. Las tripulaciones empezaron a encontrar en las aguas a las que se aproximaban algo familiar, incluso los más jóvenes habían oído relatos. Se situaron formando un amplio círculo. Jugaban con las directivas mismas de las ratas, que por su parte, habían escogido esa formación estratégica para la previsible batalla, dejando tres pasillos para facilitar el cambio de movimientos.

Las ratas, por su parte, estaban absortas en el plan que iba a representarles un gran ahorro de energía. Incluso con esfuerzo, no podían tomar demasiado en serio a los prófugos ni a sus colegas galeotes. Los habían visto, en su época de ciudadanos, rendirse apresurada y anticipadamente con tal de que se les garantizara salvación de atentados masivos, abominación colectiva de la era de Diktátor y paz tan completa como la quietud en aquel momento de las aguas del océano. Rata Máxima había insistido en el derroche de fuerzas que significaba presentar batalla ellas mismas a aquellos fugados, que eran en buena parte fruto de la miseria física y la confusión intelectual. En eso el resto del grupo directivo estuvo de acuerdo porque ninguna experimentaba el menor deseo de capitanear abordajes, aceptar el almirantazgo o ver peligrar sus reservas de queso. Así pues se había decidido recurrir a los Mercenarios Light, a los Mustélidos y a los PIF, la facción de Piratas Irredentos Fundamentalistas, útiles por su desprecio a la vida, muy comprensible teniendo en cuenta la que llevaban pero incómodos por lo impredecibles.

El principal ataque debía llevarse a cabo desde dentro, privando a los Prófugos de jefes, documentación y estrategas y debilitando la voluntad de los más notorios, entre los que se encontraban unos personajes en apariencia débiles e inocuos pero que representaban el peligroso enlace con el exterior y el riesgo de cambiar la opinión, hasta entonces muy favorable, que se tenía internacionalmente de la nación rátida.

-Ya tenemos aquí al arma de la que habíamos hablado. Y se ha transmitido el mensaje del precio del rescate. – Gorgony era extraordinariamente persuasiva y además, pensó Rata Segunda, en ese momento estaba arrebatadora, con su fino vestido talar que parecía prometer en cada curva un placer y pedir un roce.

– ¿Y cuándo llegue el rescate? -le preguntaron.

Gorgony los miró con cierta conmiseración por su inocencia y sonrió mostrando los agudos colmillos que llevaba, por solidaridad, al estilo de las ratas.

-Lo del rescate es pura fórmula. Nos quedaremos con los planos, documentos y con cuanto hemos solicitado, que no es poco, y además, por supuesto, con los emisarios y con aquéllos que pedimos como rehenes. Ninguno volverá.

-Bien, pero ¿nos bastará para anular el movimiento, para vencer completa y duraderamente?

-Por supuesto. Al enemigo le pierde la importancia que da a los individuos. Carece de los firmes principios encarnados por Igualísima.

– ¿Nos bastará con la información que nos traigan?

-Claro que no. Pero sí con la que nos proporcionará la prisionera.

 

 

 

35

Tercer grado

 

La travesía, maniatada y tendida en el fondo de la lancha, no había sido cómoda. Un preludio de lo que la esperaba, y Gal lo tomó como tal, controló su tensión y se fijó, más que en su propio cuerpo, en las circunstancias y personajes, tanto conocidos e incluso inmediatos como en aquéllos a los que previsiblemente iba a enfrentarse. Estaba avezada en la supervivencia pero aquella vez no se trataba sólo de la suya sino de la del conjunto de los prófugos y, más allá, de la de las previsibles víctimas de la expansión rátida.

Sumida en la oscuridad y en el ruido del motor, procuró reflexionar sobre el horizonte más allá del suyo: La expansión rátida, su toma de poder, no era una cuestión local ni banal, como se la había querido representar en un principio. Ni siquiera su peligro principal era el físico ni las bajas, las víctimas tradicionales en los golpes de Estado y las guerras. Muchos desaparecerían pero a los más los necesitaban como rebaño. El programa de Igualísima era claro, y en él no había lugar para la gente como ella excepto como sirvientes, productores y colaboradores silenciosos. Y, finalmente, como materia reciclada en Aprovechamiento de Recursos Humanos. En el proyecto, de aparente homogeneidad y al tiempo necesariamente fragmentado en infinitos mosaicos de intereses, ningún espacio habría para individuos y libertades, para cuanto era mejor y sobresalía. Y Gal quería ser libre, pero no sola.

La sal le había resecado los labios. Se pasó la lengua por ellos y aún tenía el sabor de los de Offing.

Llegados al barco, los que la llevaban la levantaron, la alzaron a cubierta y la arrastraron entre dos hasta la bien guardada sala de reuniones. Mentalmente Gal repasó sus conocimientos de los planos y de la flota. Como medida estratégica, no existía una sola nave capitana, aunque muchas se disputaban el título, sobre todo en actos oficiales y comunicaciones cara al público. La peculiaridad de aquella armada singular residía sobre todo en la disposición secreta de sus fondos, por debajo de la línea de flotación y diseñados con un sofisticado y minucioso cálculo de equilibrio. Un mundo submarino duplicaba el volumen del barco, se extendía en un laberinto de niveles de vías de comunicación vigiladas.

Le habían vendado los ojos, y se sintió descender llevada prácticamente en volandas por sus raptoras. El olor a aire salado del mar se transformó en vaho de humedad, viejo salitre, aceites, sebo, hierbas, humo, agua dulce mezclada con otras materias y, finalmente, nada apenas excepto la impresión de ausencia de corriente en un espacio cerrado. Cuando le quitaron la venda ante sí vio a Gorgony, y las ratas del gran consejo detrás de ella.

-Ya hemos enviado las condiciones para liberarte, con entrega de relación detallada de planos, listas y cuanta información habéis sustraído, además de otros datos que precisamos y de presentación aquí de informadores extranjeros que actúan como espías subversivos. – le dijeron de entrada. No parecían querer andarse con preámbulos.

-Ahora nos contarás cuanto sabes y responderás a lo que te preguntemos-añadió una asistente mientras Rata Ecónoma y sus adjuntas se disponían a tomar notas cuidadosas.

Terciaron, casi a coro, Rata Máxima y Rata Segunda:

-Es de gran importancia que la facción que nos es fiel y afín de Piratas Irredentos proporcione un documento, que se hará público, sobre el gran peligro que planea sobre nuestra sociedad, humanos incluidos, si, como en el pasado, ocurren mortíferos atentados, de los cuales sólo nosotras hemos demostrado que podemos protegerla.

Gal habló, escuetamente, por primera vez:

-Nada que decir.

-Oh, ya lo creo que lo harás. Podemos ser muy persuasivas. – Gorgony dedicó a la prisionera una extraña y gran sonrisa que le llegaba casi hasta los adornos de ratas doradas que llevaba en los hombros.

A Gal le era imposible calcular el tiempo. Estaba en una de las partes más profundas del barco, atada a la silla de interrogatorios. Se mantenía tenaz en su silencio. Entonces comenzó la tortura. Y fue lingüística.

El equipo de tratamiento de reos pertinaces estaba orgulloso de su especialidad: La tortura acústica. Habían estudiado sus efectos psicosomáticos, experimentado su eficacia con cobayas y con galeotes destinados a Aprovechamiento de Recursos Humanos y habían defendido ante quienes hubiesen preferido métodos más tradicionales la limpieza de aquel tratamiento, su bajo coste y su aplicación fácilmente dosificable que, llegados al tercer grado, llevaba al reo al desenlace fatal.[2]

Primero los altavoces transmitieron agudos chillidos pertenecientes al código comunicativo de las ratas pero extremadamente incompatibles con el oído humano. La prisionera resistió. A continuación invadió la sombría estancia un lied teutón en versión japonesa adaptada. Se repitió varias veces y fue duro incluso para la brigada rátida, pero no dio el fruto esperado por los verdugos. Finalmente, tras consultar con la mirada a Gorgony y la dirección, se decidió recurrir al tercer grado. Se aseguraron primero de la solidez de las ligaduras que ataban a Gal al asiento y de que sus propias orejas estaban bien protegidas y pusieron en marcha el reproductor. Consciente de lo que la esperaba, Gal respiró profundamente y se propuso afrontar con valor su destino.

El tercer grado acústico era una tortura extraordinaria prevista para casos especiales. Se basaba en la reiterada audición de discursos, diálogos y poemas en la lengua butifalana, desde diversos ángulos y con variaciones en el volumen. El butifalano se hallaba en cabeza del ranking de las lenguas más feas del universo conocido y se consideraba el medio comunicativo más cacofónico de los utilizados por especies desarrolladas Por ello sólo lo empleaban, allende las fronteras del territorio originario castigado por el destino con tales fonemas, aquéllos sobre los que se ejercían presiones, terribles amenazas o a los que se ofrecía a cambio grandes sumas de dinero. Incluso sus hablantes nativos se sometían, en cuanto se lo permitían sus medios, a tratamientos de estética lingüística, disimulaban su terrible acento y renegaban de su utilización. El respaldo financiero y maniobras diversas habían, sin embargo, logrado en foros internacionales que el butifalano fuese declarado “Lingua Pulchérrima” como título oficial y “Lengua Bellísima” como epíteto constante, de forma que nadie la citara sin añadirlo y sin exaltar su singular hermosura, y de manera que cualquier alusión se acompañara de loas y ditirambos directamente proporcionales a su extraordinaria e incuestionable fealdad real.

Su comité de promoción lingüística, generosísimamente retribuido, había incluso creado un panegírico que debía repetirse, puesto en boca de los mejores tenores, en actos oficiales. Éste, llamado “Oda a la Lengua Butifalana”, era:

 

¡Butifalana, la más hermosa!

Dice la plebe que es horrorosa

pero nosotros por cada hablante

pagamos oro rico y sonante.

 

Butifalana, lengua genial,

de nuestro pueblo marca ancestral.

Butifalano el acento es

del Dios que hablaba con Moisés.

 

Butifalana, la señorial,

tan armoniosa, tan musical,

plena de ritmo, plena de gracia,

propia de gente de aristocracia.

 

Si la plebe, en su bajeza,

no admite nuestra belleza

nos deben pagar la estética

por la nobleza genética.

 

Los políticos nefastos

subvencionan nuestros gastos.

La propaganda al final

nos sale gratis total.

 

Sea o no agradable el son,

el doblón es el doblón

y los doblones ajenos

suenan el doble de buenos.

 

Butifalana tenía un curioso origen onomástico. Butifalia era un epónimo. Se contaba desde antiguo que venía del nombre de una doncella llamada Butifalina, tan poco agraciada como ricos e influyentes eran sus padres. En aquellos tiempos lejanos era uso proveer a las hijas casaderas de dote en vistas al mercado matrimonial. La tarea con ella no fue fácil. Incluso los jóvenes más acuciados por sus deudas, su ambición o sus padres la rechazaban. En Butifalina eran directamente proporcionales las joyas y riquezas con las que sus progenitores la cubrían a la extraordinaria fealdad de la hija y lo desagradable de su trato, que sólo sus padres, por el lógico amor, eran incapaces de percibir. Es más, éstos se empeñaban en repetir a cuantos les escucharan las alabanzas a su retoño y, por ende, a ellos mismos y a su estirpe, cuyos orígenes hacían remontar al Arca de Noé. Incluso se hizo nacer por entonces el romántico mito de que la musicalidad de su idioma procedía del trino de los ruiseñores del Jardín del Edén. Así pues quedó Butifalina como el prototipo de la imposibilidad de velar con dinero la desagradable evidencia, y el nombre pasó, del grupo y el lugar, a calificar a la región y a su lengua en sí.

Fieles sin embargo a la tenaz ceguera que a sus antepasados había caracterizado, los butifalanos continuaron en el empeño de reivindicar el epíteto bellísima en menciones sociales y oficiales, lo impusieron sin reparar en métodos ni gastos, que cargaban hábilmente a cuentas ajenas, y contrataron y distribuyeron a agentes que, en días, horas, latitudes y países distintos, dijeran en voz alta ante testigos alguna frase en butifalano para así reivindicar la extensión mundial de su lengua. Aquélla que estaba siendo muy útil como instrumento para los torturadores de Gal.

-Y ahora estos versos-el verdugo pulsó el botón con una sonrisa perversa.

Una lluvia insufrible de sonidos velares y palatales se derramó desde los altavoces. La galeote de la resistencia se retorció mordiéndose los labios hasta sangrar. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente. Pero no pidió piedad.

– ¡Continuad! Pasad al fragmento de teatro clásico adaptado y con acompañamiento instrumental. – y dirigiéndose a la prisionera- Aún puedes salvarte. Los documentos que debes firmar están preparados, y en cuanto tengamos lo que pedimos serás libre.

Ella negó con la cabeza, sin fuerzas para expresarse de otro modo. Un gemido sofocado fue su única respuesta ante la terrible tortura.

-Pasemos pues al tercer grado- ordenó la rata dirigente.

La ópera en butifalano sobre las bellezas de la región llenó las ondas con una cacofonía de nasales difícilmente soportable incluso para las ratas provistas de acolchadas orejeras. Gal perdió el conocimiento.

El grupo rátida comenzaba a dar signos de fatiga.

-No conseguiremos nada con ella.

-Pasemos a la solución final. Reanimadla.

 

 

 

36

El Foso de las Medusas Venenosas

 

Las dos galeras se habían situado juntas, unidas por pasarelas. Eran el corazón secreto de la flota rátida y la Directiva opinaba que era bueno animar a la tropa con cierto ritual y, de paso, hacer ver a los galeotes la suerte que esperaba a los tibios y desertores. El Galeón de los Ritos Oscuros cabeceaba junto a la Galera Místico-Planetaria.

-La escenografía nunca viene mal. – afirmó Rata Máxima.

De nada servía acabar rápidamente con la prisionera. Había que rentabilizar su muerte, y el inútil tiempo de tortura en ella empleado. El departamento científico de la nación rátida estaba experimentando con poderosas armas biológicas, que el océano les suplía en abundancia, y, aunque no habían llegado todavía al concentrado letal, disponían de los sucesivos estanques experimentales que actuaban como filtro selectivo. Con manipulaciones diversas de numerosos tipos de medusas, en especial de las australes, habían logrado concentraciones importantes de ponzoña, no ya instantánea, sino capaz de causar plagas, alterar conductas, inducir al suicidio y a la aplicación de la eutanasia para todos los públicos, inspirar deseos irresistibles de correr en todos los maratones y eliminar de los sujetos el deseo de libertad individual.

El mar, antes en calma, había comenzado a agitarse en rizos de superficie ligeros pero que, al chocar con el casco de los buques, producían ruidos diversos. Que no permitieron a las ratas percibir los que produjeron las lanchas de prófugos. En principio Offing había decidido partir solo, Metáforos se le unió casi a la fuerza, cuando ya estaba en el agua, y le convenció de que el rescate de Gal era de enorme importancia, no ya por ella misma, sino también porque de la información que poseía podía depender el desenlace de la guerra. Por ello otros los siguieron, aunque a distancia por la ventaja que les llevaban.

– ¡No llegaremos a tiempo! -decía Offing.

-Sí- aseguró Metáforos- Tranquilo. No la van a eliminar rápidamente, no les interesa en absoluto.

De haber visto lo que ocurría en el Galeón de los Ritos Oscuros se hubieran sentido más inquietos. Se había organizado una ceremonia de terror en la que la directiva rátida mostraba a los jefes de grupo de los galeotes a una Gal amordazada, a la que se presentaba como una perversa estriborita que, junto con otros prófugos peligrosos, pretendía continuar la dinastía de Diktátor y sojuzgar, con su insufrible dictadura, a los humanos como ya había hecho en tiempos pasados el tirano infame en el que todos los males se resumían.

– ¡Os estamos salvando de nuevo! Como ya hicimos tras el episodio del Buque Correo. – gritaba Rata Segunda- ¿O preferís esto?

Y, con un gesto teatral, descubrió la imagen de Diktátor. Hubo un retroceso espantado en el público. Realmente pocos sabían algo concreto de la época del Mal Terrible y de su encarnación y representante, pero la fabricación del relato histórico y la labor pedagógica de los Almacenes de Memoria habían hecho su efecto y las ratas aparecían como benévolas garantes de la seguridad en el tibio reducto de las bodegas donde podía contarse con la pitanza diaria.

Rata Segunda aprovechó la ola de temor fácil de transformar en indignación y venganza:

– ¿Qué merece? – preguntó señalando a la prisionera.

– ¡La muerte!, ¡La muerte!

-Hay otros como ella, que quisieran resucitar al…Innombrable- señaló la estatua que se erguía su espalda. – ¿Estaréis dispuestos a luchar contra los traidores, agresores, apoyados por oscuras potencias del exterior?

Se situó junto a Máxima y los demás. Convenía dar una imagen de unidad. Esperaban una sonora y múltiple adhesión, pero ésta no fue ni tan intensa ni tan unánime como habían previsto. Las ratas, desde luego, apoyaron a la Directiva con fervor, pero los galeotes, agrupados en los extremos, no parecían demasiado entusiastas e incluso se observaban en algunos sectores sospechosos silencios. En el colmo del atrevimiento, se oyeron algunas voces, cuyos autores no pudieron ser identificados:

– ¡Que hable la prisionera!

-Todavía puedes salvarte- susurró a Gal Gorgony en el oído. Se había aproximado estrechamente a ella y enroscado en sus largos dedos puntiagudos el pelo de las sienes de la prófuga jugueteando con él. Gal se apartó los centímetros que la presión de los guardias que la sujetaban le permitían. Gorgony le inspiraba mucho más temor que las ratas, de ella emanaba un olor y una sensación extraños, un mensaje implícito, dirigido a la cautiva, de proximidad particularmente peligrosa, una avidez fría.

Gorgony, a su vez, también pareció percibir el rechazo con ira. Dijo en voz alta:

– ¡Confiesa! Y si no, mira lo que te espera.

Suavemente una parte del suelo, en la zona frontal, se había ido deslizando, entre los pies de la imagen de Diktátor. Revelaba un reducto largo, de aguas oscuras, en las que se adivinaban diversas formas, vivas y flotantes.

Todos conocían que se trataba del Foso de las Medusas Venenosas y que no sólo era la muerte sino la peor de las muertes. Se extendía, por un complicado sistema de esclusas, a gran profundidad y extensión, con diversos compartimentos que recordaban a una gran cueva submarina, iluminados por las descargas fosforescentes de las formas gelatinosas que lo habitaban. En la superficie, entre burbujas que venían del fondo, a veces sobrenadaba un tentáculo erizado de púas y ventosas, un pico ganchudo semejante al de las aves, una corola hambrienta compuesta por varios círculos de filamentos que se agitaban sin cesar pidiendo presa.

Pero Gorgony no los temía, incluso parecía hallarse en su medio cuando se inclinó sobre el borde y acarició, con la misma mano con la que había jugueteado con los rizos de la prisionera, la superficie globular translúcida de una gran medusa, de un verde ácido estriado de líneas irregulares que cambiaban sus tonos del fucsia al carmesí.

El silencio en la sala era total. Gal había palidecido e instintivamente sus pies se negaban a avanzar. Los guardias la empujaron.

-Es tu última oportunidad. Háblales, que lo transmitan a los otros galeotes.

Rata Máxima decidió poner también algo de su parte y hacer pesar su prestigio, que siempre la mantenía, por razones de estrategia, distante. Colocó en el centro del improvisado escenario su cuerpo que en esos momentos irradiaba blancura y dio a su voz los tonos de excelsa bondad:

– ¿Qué no haríamos por vuestro bien, por la felicísima sociedad y maravilloso futuro que os ofrecemos? Incluso nos resignamos a acudir a estos métodos para evitar sabotajes y males futuros. Sabemos, incluso mejor que vosotros todos, puesto que ratas y humanos compartimos el mismo ideal, vuestra aspiración suprema, y nuestro enemigo común, que es la desigualdad abominable. El paraíso está próximo, pero no sin lucha. ¡Seréis todos igualísimos, como yo! Nos envidia el resto del orbe, donde la injusticia en sus enormes variantes hace estragos. ¿Existe acaso superioridad alguna, en bienes, en prestigio, en forma de existencia, que no se deba al robo? ¡A la lucha, compañeras! Y compañeros. Sed igualísimas, como yo.

-Y tú, agente miserable de los comunes enemigos, confiesa- Una rata de cierta jerarquía en el Secretariado, deseosa de hacer méritos y convencida de la oportunidad del momento, arrancó la mordaza del rostro de Gal. No esperaba la rapidez con la que la exgaleote se lanzó sobre Gorgony, la mordió y sin soltar la presa de los dientes dio con ella en el suelo, muy cerca del borde del foso.

Todo sucedió entonces de forma vertiginosa, una serie de acontecimientos inesperados y prácticamente simultáneos que distrajeron la atención de los guardias, que no sabían dónde acudir. Por una parte de las filas del fondo, entre los galeotes, surgió una voz:

– ¡No queremos ser iguales!,

Y a ella siguieron otras. Rata Segunda advirtió la urgencia de su intervención. Por carismática que pudiera resultar Líder Suprema, en aquel preciso momento lo que hacía falta eran las dotes de ideólogo y de propagandista de la Jefe, que ella era, del Secretariado. Desplazó del primer plano, con una brusquedad disimulada pero perceptible, a Rata Máxima, y planteó a la audiencia:

– ¿No queréis ser todas, y todos, víctimas y, por lo tanto, vivir perpetuamente de manera gratuita, mimadas y nutridas por las compensaciones que estarán obligados a otorgaros los ancestrales culpables?

Del inquieto grupo de los galeotes surgieron esta vez más voces:

– ¡No! ¡No queremos ser víctimas!

Casi al tiempo, como si se tratara de actos coordinados aunque era puro azar, se abrió con un gran golpe de viga a modo de ariete la gran puerta y aparecieron Offing y Metáforos. No solos. Enseguida los tripulantes de otras embarcaciones, que habían logrado darles alcance, irrumpieron por los respiraderos comunicados por túneles con la cubierta. Se generalizaron la lucha y el desorden, para gran desesperación de Offing que no alcanzaba a ver lo que sucedía en el suelo, al otro lado de la sala.

Mientras, del exterior, en esos instantes particularmente oscuros que marcan el final de la noche, llegaban ruidos extraños.

 

 

 

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Duelos en Diktátor

 

Offing avanzaba braceando en una maraña de ratas. Había logrado distinguir a Gal y gritó su nombre. Ella lo vio y respondió pero en aquel momento luchaba por su vida. Las iras del comandante de los guardias se habían dirigido hacia la rata que había quitado a Gal la mordaza y no se molestó en maniatarla como ordenado. Los usos rátidas eran expeditivos y la culpable fue precipitada, de un violento empujón, en las turbias aguas del foso. Sus habitantes se dedicaron a aquella presa pronto cubierta por las medusas venenosas, lo que hizo que Gorgony reparara en la proximidad de Offing y se zafase de Gal. Tenía un nuevo enemigo, que le resultaba más apetecible. En lugar de ataques convencionales se lanzó sobre él con una terrible sonrisa, se pegó literalmente al cuerpo del periodista y buscó su boca con el afán de una inteligente jalea verdosa al tiempo que lo mantenía abrazado con sus largas extremidades y puntiagudos dedos.

Desde el rincón donde se había retirado la Junta Directiva, Rata Segunda observaba la escena con evidentes muestras de desagrado. El pálido rostro de Gal había enrojecido de ira y, armada del primer objeto que encontró a mano, avanzó hacia el lugar donde se desarrollaba aquella mezcla de agresión e intento de seducción. Pero, ante ella, otros contendientes y Metáforos se alzaban ahora en una confusa marea de enfrentamientos y de ratas. Además estaba claro que éstas habían recibido órdenes secretas de proteger a los miembros principales de la Directiva y un cuerpo selecto formaba, con la técnica del muro dental, una barrera, unas sobre otras, entre la batalla que se había desencadenado y la parte frontal de la sala por la que estaba claro que habían huido los dirigentes. Offing liberó su cara del terrible abrazo y gritó:

– ¡Gal! ¡Cuidado, Gal!

– ¡Estúpido! – le espetó Gorgony. – Yo valgo mucho más que ese ejemplar vulgar de tu especie. Soy lo que te conviene, la adaptación, el nuevo régimen. Tengo amigos, soy el futuro. -Con sus largos, fuertes y flexibles brazos empujó los hombros de Offing para que tuviera suficiente distancia como para contemplar su rostro, terso y brillante como una pieza de jade- ¿Vas a compararme con…eso, con ese espécimen defectuoso humano? -Proyectó en dirección a Gal un filamento de espesa saliva- -Es casi vieja, será vieja. ¿Has visto mi tersura? Cambié de piel hace dos semanas. Lo haré tantas veces como me parezca necesario.

Durante unos instantes Offing se sintió apresado por su fuerza, por la sensación múltiple de contacto que era como un lenguaje expresado a través de la piel verdosa, en algunas zonas nacarada. La sumisión fue sólo momentánea. Aprovechando la distancia gritó a Metáforos que ayudara a Gal, que no la dejara acercarse, y empujó a su contrincante diciéndole:

– ¿Ella será vieja? ¡Y yo también!

Habían caído ambos al suelo. Él se revolvió, empujó el largo brazo hacia los pies de Diktátor. Un fino tentáculo surgió entonces, emergido del Foso de las Medusas Venenosas, y se acopló, como si pertenecieran a la misma especie, a la mano de Gorgony, hincó en ella sus ventosas y avanzó hacia el hombro, atrayéndola hacia sí. Parecía una delgada extremidad pero era duro como el acero. Gorgony raspó las tablas con la otra mano, los pies y los dientes, hubo de abandonar a su presa humana, pero no por ello venció a la fuerza abisal que la atraía. Finalmente las aguas se abrieron ante ella. La rata anterior no había sido presa suficiente.

Otros tentáculos avanzaban por las tablas del pavimento con la esperanza de conseguir mayor botín. Pero Metáforos y Gal habían llegado hasta Offing, que yacía aturdido víctima de la sutil pócima que transmitía, con sabia dosificación, Gorgony por la piel. Él hubiese podido rodar, en uno de los vaivenes del barco, hasta el foso. Le arrastraron hacia una zona segura. Uno de los galeotes activó el mecanismo que lo cerraba.

– ¿Y la Junta Directiva? ¿Dónde está el Gobierno Rátida? – La pregunta se multiplicó sin encontrar respuesta. Todos se habían esfumado, jefes y súbditas.

Recordaron entonces las tablas que, a modo de pasadizo sobre las olas, unían el Galeón de los Ritos Oscuros con la Galera Místico-Planetaria. Y advirtieron que, independientemente del balanceo del barco, el suelo se iba inclinando cada vez más. Las ratas consideraron necesario, antes de huir, hacer desaparecer la enorme imagen de Diktátor. Ésta se iba hundiendo por su propio peso desnivelando el armazón entero.

Salieron a cubierta. A la primera luz incierta del comienzo del amanecer pudieron observar un espectáculo de amplitud inesperada: En primer plano, en la proa de la Galera vecina, dos ágiles figuras luchaban a muerte. Eran Muertesana y Muerte Súbita. En el mar, a gran velocidad, la lancha del Gobierno rátida se dirigía hacia el lugar donde su flota había decidido reunir fuerzas. Dispersos pero claramente indecisos flotaban botes de formas y tamaños diversos, los que habían sido sustraídos a las grandes naves por los galeotes según la consigna por cada uno recibida. Ellos no entendían el plan ni cuál iba a ser su función pero el rechazo al proyecto rátida que se les presentaba y la llamada al riesgo y a la intervención individual habían tenido inesperado éxito. Finalmente, en el horizonte, cada vez más clara según la salida del sol se aproximaba, podía distinguirse la línea de numerosas naves que no pertenecían a la flota rátida.

Catalejo en mano, uno de los galeotes con aspiraciones a desertor barrió el campo de observación. No había que dejarse engañar por la huida de los principales miembros del Gobierno Rátida. Tenían una estrategia. Y aliados.

 

 

 

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Hazañas Bélicas

 

 

Las naves rátidas se habían situado, según lo previsto, formando un círculo perfecto que no era, como pretendían hacer creer a sus contrincantes, sólo defensivo. Debía, por el contrario, ser el centro de la trampa que encerraría en espacios concéntricos al enemigo. De manera inesperada éste se vería atacado por una ofensiva de otras fuerzas que, desde puntos lejanos y de forma imprevista, por varios ángulos, irían aproximándose, rompiendo formaciones y destruyendo las desordenadas flotillas de los Galeotes Libres. El beneficio obtenido con la victoria era, por demás, a largo plazo porque permitiría consagrar durante siglos el Orden Rátida, ya que ese enfrentamiento actuaría como filtro y purga de disidencias, fidelidades y aliados y como referencia histórica para destruir de raíz futuras oposiciones. Ésa era la razón por la que la Directiva no había puesto inicialmente gran empeño en perseguir y aniquilar a resistentes y prófugos. Tras la victoria, quedaría claro para los galeotes supervivientes y para la opinión internacional que las ratas garantizaban la seguridad y la permanencia, y para humanos, tanto súbditos como foráneos, que no existía en realidad apreciable diferencia entre las ratas y aquéllos como se habría mostrado por la sumisión y colaboración galeote y la intensiva asimilación, gracias a generosas prebendas, de los aliados.

En el centro de operaciones de la Galera Capitana se brindaba pues por el triunfo que se creía seguro, aunque algunos de los miembros del comité operativo mostraban reticencias ante un excesivo optimismo. Se había perdido demasiado, en su opinión, en la etapa inicial. Se hundía la nave que albergó a Diktátor y que había servido, durante largos años, de punto de reunión, comunión y éxtasis cuando mostraban, en el mayor secreto respecto al grueso de la población y los habitantes del antiguo No-País, su rendido agradecimiento al símbolo del Mal, al dictador terrible cuya invocación les había permitido afianzarse eternamente como antítesis, abanderados del Bien y salvadores. Ahora la inmensa estatua de Diktátor, liberada por el movimiento de las aguas de los ganchos que la mantenían erguida y adosada al muro, se mecía en la superficie y desaparecía muy lentamente, hasta que sólo una mano y el mentón afloraron entre la espuma.

Rata Máxima y Rata Segunda opinaban, por el contrario, que el gran icono podía ser sacrificado, si lo exigían las circunstancias, e incluso que albergarse continuamente bajo la evocación de Diktátor, aunque fuese como salvadoras de él, restaba brillo a sus propios méritos y grandeza. El referente maléfico había sido extremadamente útil para mantener la intimidación continua cara al público y cortar de raíz el menor asomo de contestación del Gobierno Rátida, primero en la sombra gracias al dominio de la propaganda y luego en el poder tras el episodio del Buque Correo.

Los antiguos galeotes habían atravesado las pasarelas y tomado la Galera Místico-Planetaria. Para su sorpresa, la hallaron prácticamente desierta. La creían el corazón del enemigo, la sede de sus reuniones secretas, de la consulta a la fuente de consejos y augurios. Y ahora resultaba ser una cáscara vacía. Descendieron a la parte más profunda, echaron abajo la gran puerta, y allí sus miradas se encontraron con los ojos del Gran Calamar Inteligente, el cual, falto de la intérprete de sus mensajes que había sido Gorgony, se mostraba singularmente lacónico y flotaba como a desgana en su espacio vítreo.

– ¡Que hable! ¡Que haga algo! ¡Que se atreva!

El ser no reaccionaba. Hubo un asomo de eyección de tinta que se resolvió en una leve sombra pronto diluida en la sustancia verdosa. Observado más de cerca y con mayor atención, no era en realidad tan grande como hubieran supuesto. Lo parecía desde fuera por el grosor abombado del panel transparente y por el líquido que lo rodeaba. Los asaltantes tenían prisa. Alguien le tiró un taburete, otro una silla, y pronto cuantos objetos había en la sala volaron hacia la pared de cristal que se agrietaba con rapidez.

– ¡Cuidado! – gritó alguien

Se apresuraron a retirarse a zonas más alejadas y más altas. Pronto los galeotes se encontraron chapoteando en la mezcla de agua, algas y gelatina en la que se había disuelto, sin lucha alguna, el Gran Calamar. Toda una decepción respecto a la batalla homérica, el enfrentamiento con el misterio y el furioso ataque que muchos esperaban.

Unos golpes en cubierta les hicieron volver a la realidad. Los jefes de Piratas Irredentos Libres y Piratas Irredentos Fundamentalistas se enfrentaban.

– ¡Dejadnos! – La voz de mando de Muerte Súbita no admitía dudas ni discusiones. -Coged los dos botes laterales y uníos a los demás. La gran batalla ha comenzado. Os necesitan.

-No debemos intervenir. Haremos lo que dice. ¡Suerte, amigo! – Los prófugos asintieron. No había tiempo que perder. Ya era casi de día y la luz de un cielo despejado bañaba el horizonte y un mar en el que se dibujaban con nitidez las fuerzas en presencia, que se movían según tomaban posiciones y en muchos casos no parecían tener clara la estrategia a seguir. Su número era variable porque, mientras se hacía más compacto el núcleo rátida del centro, nuevas naves de fidelidades imprecisas se incorporaban a los círculos externos y a la difusa línea del horizonte.

En la galera ahora abandonada cuyo mascarón de proa representaba el rostro de un ser indefinible compuesto de ratas innumerables los dos adversarios continuaban su lucha.

Muertesana siempre había soñado con acabar con su rival. Detestaba su popularidad con las tripulaciones, su desenvoltura en tierra, sus formas de organizar fiestas y elegir aquellos atuendos vistosos de una desenfada elegancia. Odiaba sus bromas, que le rieran los chistes y no le regatearan ninguna parte en las recompensas. Y que tuviese manifiestos deseos de sobrevivir y de vivir lo mejor posible. No era un tipo de fiar, nunca sería incondicional de la muerte y la calavera. Incluso no le perdonaba que se arriesgase en el salvamento de otros sin darle mayor importancia ni reivindicar fines transcendentes, que tuviera proyectos de navegar por mares ignotos y recorrer lejanos países. Sobre todo no le perdonaba los favores que Muerte Súbita le había hecho a él, y que los hiciese sin invocar juramento ni principio alguno.

Muerte Súbita nunca había tomado al Iluminado en serio. Tampoco a sus huestes. Hasta que los chipirones, el Clero Tinta Negra, había comenzado la represión de toda disidencia y la eliminación espectacular, por los más crueles procedimientos, de los que no compartían el credo de Iluminado Máximo. Muerte Súbita y sus compañeros tenían la certeza de que podían pasárselo razonablemente bien en esta vida perecedera y habían ya imaginado deseables futuros, cambios de actividad que no precisaban de eliminación ni masiva ni individual alguna. Y justamente por ello subestimaron la fuerza de sus adversarios. Los Piratas Irredentos Libres descubrieron demasiado tarde que había una embriaguez más poderosa que la del vino, más atractiva que los cantos, las tabernas de puertos y las partidas de cartas. Uniformados de negro, provistos de brillantes alfanjes y tocados con una banda en la que se leía “Orgullosos de ser un PIF” y un pectoral con el juramento de fidelidad a Iluminado Magnífico, sus antiguos compañeros les mostraron con la afilada punta de su acero el cielo, los placeres innumerables que a los Fundamentalistas, y sólo a ellos, estaban reservados, y el suelo, es decir, el barro o la espuma inmundos en los que desaparecerían cuantos no jurasen fidelidad a la empresa.

Los PIL leyeron en los ojos de los que habían sido sus compañeros un desprecio insólito y jamás visto hacia el resto de la tropa, un brillo de posesión exclusiva y extremo orgullo que nunca observaron en mirada alguna, ni en mar ni en tierra. Muerte Súbita comprendió quizás el primero que a aquéllos se les había ofrecido un tesoro nuevo de atracción irresistible: La superioridad absoluta, la certidumbre completa de haber sido transmutados en émulos de los Grandes Jefes de antaño, en escogidos por el poder supremo que residía en lo alto, mucho más allá que el palo mayor. Era el mejor botín.

 

 

 

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Asuntos de familia

 

Se desafiaban pero a un lento ritmo. Muerte Súbita no ardía precisamente en deseos de matar a su rival. No veía atractivos en mostrar su conocida pericia con un segundón frenético y claramente poseído por un odio que él no acababa de explicarse. Prefería interrogarle, saciar su propia curiosidad, obligarle a desnudar un pasado que ambos conocían.

-Y a todo esto, ¿qué tal le va a tu papá con el uranio? – le dijo desde el balcón al que se había encaramado.

–¡Deja en paz a mi padre! Mi familia ¿qué importa? – Muertesana calculaba cómo subir y herirle por sorpresa.

-Aunque sólo sea por el número importa mucho. Me ganas veinte a cinco en hermanos con diferencia. Las hembras ni las cuento.

– ¡No ofendas a mi honor citando a las mujeres! ¡Lucha!

Muerte Súbita cambió de lugar y prosiguió:

-La verdad es que contigo no me apetece. Si te empeñas…

– ¡Muerte! ¡Muerte al renegado! ¡Todos moriréis, todos!

-Qué va. Viviremos lo mejor posible. Aunque no tanto como vivías tú, y los tuyos. Espero que no ha bajado la cotización de los elementos raros y metales preciosos.

– ¡Calla! El Iluminado me escogió; nada tengo que ver con aquello. Los PIL sois basura, perros ignorantes de la extrema pureza y los ideales que nosotros, escogidos desde lo alto por El Más Alto, impondremos en el mundo entero. Tú ni siquiera podrás refugiarte entre los siervos. Eres un impuro, te has exhibido con una hembra..

-Angelina. Se llama Angelina- le interrumpió su rival.

-…una hembra, a tu lado, a tu altura, junto a ti, como tú. ¡Una hembra!

-Angelina- insistió el otro con voz paciente, sin dejar de cambiar de posición.

A Muertesana la alusión a su pasado le había golpeado en la zona débil que siempre creyó bien protegida. Su padre disponía de las enormes riquezas que le proporcionaban las Dunas de Uranio, y reinaba, en convivencia y connivencia con sus pares de la Península del Subsuelo Feliz, antiguamente llamada La Madre de la Sed, sobre una tribu extensa unida por lazos consanguíneos y monetarios. Muertesana, que anteriormente se llamó Buitre Reticente, había recibido educación esmerada en grandes ciudades de occidente y gozado de placeres innumerables en casa de su padre y fuera de ella, Perfumes, sabores y jóvenes habían pasado por su piel, y por su lecho. Los territorios intelectuales no le atrajeron en especial, con la excepción de relatos mitológicos, con pretensiones de historia auténtica, que los señores de las Dunas de Uranio, Wolframio, Platino y Rodio habían ordenado componer y difundir y que demostraban el origen divino-estelar de los fundadores de las tribus. Buitre Reticente, que había cambiado su nombre por Azor Espléndido, deseaba acción. La halló en los barcos de Piratas Irredentos, la compaginó con las generosas subvenciones que, en forma de bolsitas de diamantes, le hacía llegar su familia, y continuó disfrutando, en todos los puertos, de exquisitos placeres. Pero llegó un momento en el que se sintió estragado por aquellos goces. Entonces halló uno virgen para sus sentidos, el placer hasta entonces ignorado de la extrema verdad, de la gran pureza. Iluminado Máximo se lo ofrecía, y fue el supremo deleite, el gran lujo del ascetismo y la austeridad.

No lograba sin embargo incluir a Muerte Súbita en el desprecio y repugnancia que le inspiraban el resto de los seres, tan sólo dignos de la servidumbre o la muerte. De jóvenes se habían conocido, cuando ninguno eran piratas. Su trato había estado limitado por la enorme diferencia de rango socioeconómico, ya que éste procedía de una familia de trabajadores emigrados de los muchos que trabajaban para los Reyes de las Dunas, había conseguido apoyo financiero de una organización internacional y gracias a ello estudiado en una ciudad del norte de Euralia. Se vieron en fiestas, a las chicas les gustaba aquel muchacho que contaba chistes y cocinaba platos exóticos. Muertesana por su parte tenía a su disposición las mujeres más atractivas y mejor cotizadas, a las que disfrutaba teniendo encerradas y cubiertas para poseerlas como quien coge y descorcha de su bodega botellas de gran añada. Pero el placer empezó a resultarle cansino y cuando coincidía con su rival le indignaba lo mucho que él parecía divertirse y adaptarse a la concurrencia. Perdieron el contacto que, de todas formas, nunca había sido seguido ni profundo. Se extrañaron el uno y el otro de encontrarse ambos en la flota de Piratas Irredentos. Y allí, con horizontes limitados por la borda y los compañeros, Muertesana sintió desperezarse y alcanzar grandes dimensiones en él toda la animadversión que en múltiples ocasiones había acumulado contra Muerte Súbita. No sabía cómo encauzar su pasión, hasta que el Iluminado lo elevó sobre Muerte Súbita y el resto, escogiéndolo para difundir e imponer su mensaje y eliminar a los incrédulos, y mostrándole al fin la sencillez excelsa en la que se aunaban la sumisión y modestia más completas con la certidumbre de la total superioridad propia.

– ¡Fenece pues, traidor a tus orígenes, imitador de nuestros enemigos, lector de estúpidas páginas irreverentes! – Muertesana había llegado a la altura de las botas de su contrincante y tiró de improviso para hacerle caer y tenerlo a la merced de sus armas.

Muerte Súbita sin embargo se rehízo, la daga dirigida a su pecho se clavó inútilmente en la madera y en cambio cayeron sobre el atacante un rollo de cuerdas y un bote de brea. Tras lanzarlos, Muerte Súbita, en lugar de rematar a su oponente, subió por la escala y observó el panorama.

No pocos buques de Piratas Irredentos flotaban a media distancia, pero era imposible saber la facción a la que pertenecían, Libres o Fundamentalistas. Algunos habían sin duda divisado lo que ocurría en su galera y pusieron proa hacia ella, para rescatar a su jefe, se dijo Muerte Súbita. ¿O quizás no? Una nave se interpuso en su camino. Otras fueron llegando y se enfrentaron entre sí. Del interior de las que estaban situadas más cerca comenzaron a surgir extrañas formas cubiertas de una especie de sarga marrón y provistas de las más variadas armas, que correspondían al botín apresado por los piratas en convoyes militares y almacenado en grutas que sólo unos pocos conocían bien. Angelina y él entre ellos.

– ¡Ríndete! Acabemos de una vez para todas- conminó Muerte Súbita.

– ¿Rendirme? Vas a morir, con cuantos suban a este barco a apoyarte. – Muertesana parecía disfrutar extraordinariamente con una visión del inmediato futuro. – La santabárbara estallará según lo previsto.

– ¡También morirán muchos de los tuyos!

-Eso carece de la menor importancia y es un bien. Como nos explicó el Iluminado, nuestra eterna dicha se multiplicará por el número de enemigos al que hayamos dado muerte. Sus cadáveres son los escalones por los que ascenderemos al paraíso.

 

 

 

40

Santabárbara bendita

 

Muertesana había llegado a la proa, se mantenía erguido sobre el mascarón y había comenzado una especie de rezo en un lenguaje incomprensible que había impuesto Iluminado asegurando que era el primigenio de la tribu elegida, hablado desde los tiempos de la piedra tallada.

Los piratas de ambos bandos escalaban ya el casco y luchaban en cubierta. Algunos, pocos, se habían ceñido el tocado del martirio, una banda adornada con una ancha greca de tibias enlazadas y la leyenda “El futuro es nuestro”. No ignoraban sin duda el proyecto de voladura de la santabárbara, que les había sido presentado como excepcional ocasión de alcanzar, sin retrasos ni impedimentos, el delicioso jardín celeste que les esperaba.

La primera intención de Muerte Súbita fue abandonar el duelo y bajar al depósito de explosivos, pero se encontró la entrada sólidamente cerrada e infranqueable, no ya con las puertas, semejantes a una caja fuerte, sino también con cadenas y tablones clavados dispuestos al efecto. Él conocía la estructura de aquel tipo de barco. No había otros accesos, excepto una claraboya a media altura que no permitía el paso de un hombre.

– ¡Vas a morir, tú, que te lo pasas tan bien en esta vida! – gritó el jefe de los PIF.

Muertesana reía en un extraño tono de histeria que tal vez era resultado de su intento de convencerse de la belleza del sacrificio mezclado con la dicha real, avasalladora que experimentaba al ver condenado a su enemigo, y esa dicha era mucho más fuerte que la consideración de su propio final. No veía, como se suele decir, toda su vida pasada concentrada en los instantes del final definitivo; veía la de su adversario, de cuanto éste había disfrutado mientras él era incapaz de hacerlo, y sentía en su interior la alegría brutal de que ni Muerte Súbita ni otros tendrían la agradable existencia a la que aspiraban. Eso le producía la euforia de haber alcanzado una meta. Era la igualdad al fin y al cabo.

Pero ninguno de ambos iba a morir en la explosión porque no contaban con el imprevisible factor Pesofijo. El comando, dirigido por el prófugo tan hábil como flaco e insignificante y que conocía a la perfección cada resquicio de la flota, también estaba al corriente del proyecto de voladura. Eran pocos pero ágiles, se habían situado a la altura de la claraboya de la santabárbara y por ella deslizó Pesofijo su dúctil y filiforme persona. Y abortó la explosión.

Hubo una pausa expectante en cubierta. Nada ocurría. A ella siguió el desconcierto, mayormente de los aspirantes al fastuoso y sonoro atajo al martirio. Mientras tanto la batalla no se estaba resolviendo con la rapidez y los resultados que esperaban. Las ratas mantenían su formación circular defensiva y se protegían con alineaciones de flotas paralelas de propios y de aliados, situado todo ello a una distancia considerable que dejaba a la facción pirata pro rátida entregada a su suerte. Los rebeldes lo habían advertido y concentraban sus esfuerzos en desembarazarse de ellos antes de presentar batalla a la galera capitana y los suyos.

El comando Angelina, por su parte, estaba llevando a cabo desde un ángulo de la retaguardia enemiga dos operaciones de desactivación de los atacantes aliados, tanto PIF como galeotes conversos y grupúsculos oportunistas de diverso origen atraídos por las perspectivas de posible botín y posteriores acuerdos comerciales con las ratas. En rápidos acercamientos, las angelinas catapultaban sobre el adversario cantidades ingentes de los sacos de color terroso con los que anteriormente se habían visto obligadas a vestirse muchas de ellas. Dirigidos éstos con extrema puntería, pronto los individuos de las tripulaciones se vieron envueltos en la cárcel ambulante de las prendas y al tiempo percibieron el olor a humo porque les habían prendido fuego a la nave, de forma que hubieron, además, que cubrirse con las telas para defenderse de las llamas al tiempo que intentaban, con agua y con ellas, apagarlas. La tarea se reveló como imposible por los numerosos incendios que continuamente surgían y la lluvia ardiente que no les daba tregua.

La segunda arma del comando Angelina se sumó al desconcierto e impidió que se transmitieran y coordinaran órdenes: Otra de sus ágiles y maniobreras naves avanzaba transmitiendo música a tal volumen que se imponía a los gritos y al fragor de las olas. Llevaba pequeñas y alegres banderas en todas las cuales se leía “¡Venid!, ¡Rendíos!”. Habían habilitado en cubierta puestos de comidas apetitosas de las que, por estrategia antirrátida, se había excluido el queso. De la proa surgía un olor irresistible a bocadillos de jamón cortado a cuchillo y a asado de cordero. Y no eran los únicos atractivos del bajel, porque en su bien aprovechado interior se hallaban apetecibles libros de lectura que prometían grato descanso y reflexión al guerrero. La batería de armas psicosomáticas se completaba con una lluvia de panfletos en los que se leía:

 

Sabemos que es admirable

la vida en el Más Allá

y que la del Más Acá

es mísera y deleznable.

 

Sin embargo defendemos

como el pájaro cantor

lo que en la de Acá tenemos,

que tal vez no es lo mejor.

 

Somos modestos testigos

de paraísos modestos

y, solos o con amigos,

nos conformamos con éstos.

 

De nuestra dicha y dolor

poco sabe un Ser Supremo

pues siempre fue lo mejor

enemigo de lo bueno.

 

Entonces comenzó la desbandada. Los PIF se habían escindido entre los puros y fieles y los francamente desertores de la gran causa que se reconocían por la consigna “No te fíes del Sublime”. Los primeros, refugiados en las partes más altas de la nave, invocaron una de las promesas de Iluminado Máximo, según se citaba en un viejo libro y garantizaba el Iluminador indiscutible: Rezaba la antigua historia que ante ellos se abrirían las aguas del mar. Por lo tanto los irredentos fundamentalistas y ocasionales aliados rátidas, tras lanzar todos el mismo grito de fidelidad a Iluminado, saltaron.

– ¡Que se abran las aguas! – gritó Muertesana antes de tirarse, y los demás lo imitaron. Pero, pese a lo que decía el viejo libro, las aguas del mar no se abrieron al llegar ellos, ni se les ofreció al fondo el ancho camino por el que llegar a pie enjuto hasta la costa más próxima. Todavía francamente sorprendidos, chocaron con las frías olas y bracearon desesperadamente porque los sacos marrones empapados les impedían nadar y acababan hundiéndoles entre sus pliegues.

Olvidado de la satisfacción de la matanza general, mientras luchaba por mantenerse en la superficie Muertesana se dijo que no había que fiarse de los viejos libros por muy sagrados que fueran. Recordó que el que les servía de referencia también había fallado en la recomendación, como prueba de fidelidad, del sacrificio de los primogénitos, que no debía consumarse cuando el patriarca estuviera a punto de hacerlo porque un poder superior detendría su mano. Algunas familias se habían visto diezmadas de sus hijos sin que fuerza alguna les impidiera hundir el cuchillo en la víctima. Claro que, como luego se les explicó a manera de magro consuelo, era importante conservar las tradiciones ancestrales y los rasgos culturales autóctonos, sobre todo cuando se integraban en usos tan sacralizados por su antigüedad como los sacrificios humanos, que cohesionaban a la tribu y marcaban respecto al exterior su hecho diferencial.

La inicial victoria no era, sin embargo, significativa. Por razón de número, el resultado de la contienda estaba inclinándose en favor de las ratas.

 

 

 

41

De entre los muertos

 

-Es cuestión de horas. Vamos a estrangularlos. – Rata Segunda irradiaba satisfacción como quien tiene el triunfo en sus manos. Habían divisado a lo lejos la catástrofe de la piratería cómplice, pero gran parte de los galeotes, según la información que les transmitían sus agentes infiltrados (nada más fácil que infiltrarse para las ratas), no juzgaban posible imponerse a las fuerzas rátidas y a sus aliados que ya cubrían con su línea de naves parte del horizonte.

-Me preocupan los tránsfugas, los posibles prófugos. ¿Y si aquéllos a los que actualmente gobernamos se unen a la rebelión? – terció Rata Parda.

-No contamos con su apoyo explícito pero tampoco se atreverán a declararse en lucha abierta contra nosotras. – aseguró tranquilizadora Rata Segunda.

-Sin embargo…-Igualísima movía con energía el rabo, mostrando su desasosiego. Era una conducta inquietante por lo inusual en ella. Ya no resplandecía de blancura como cuando apelaba al amor y la paz. Ahora su hocico, orejas y la punta de sus garras habían tomado un color rojizo y eso preocupaba a la Junta Directiva porque únicamente solía ocurrir cuando se presagiaban radicales purgas en el Gobierno. De forma discreta y hábil, Rata Máxima acostumbraba a señalar con la punta de su cola a los condenados por delitos de opinión, ineficacia o lealtad insuficiente, y lo hacía con tal habilidad que a veces en nada cambiaban su expresión ni su tono. La guardia interpretaba a la perfección la sutileza de sus movimientos, detenía a la rata designada y la hacía desaparecer como si nunca hubiese existido. Ahora Rata Máxima mostraba una peligrosa inseguridad respecto al resultado del enfrentamiento, que contrastaba con el triunfalismo de sus compañeras. El gris del hocico de Rata Segunda se acentuó como solía ocurrir cuando olfateaba el peligro. Hubo un silencio. Que rompió una aparición inesperada.

Gorgony se había unido a ellos. Con la silenciosa agilidad que la caracterizaba. Su húmeda piel relucía más que nunca, cubierta por una fina capa de gelatina, y sus ojos de grandes pupilas dominaban el panorama como alguien conocedor de las profundidades abisales.

-No estoy muerta, en absoluto. – aseguró con ironía.

Rata Segunda y las demás la saludaron con admiración.

-Sabíamos que te escaparías, pero no que podrías llegar tan pronto.

– ¿Por qué no? Para mí el Foso de las Medusas Venenosas es sólo un atajo, una manera de desconcertar más tarde al enemigo.

-Ahora lo principal es consolidar la sumisión de la masa galeote- le dijeron.

-Ningún problema-respondió ella- Los hemos educado bien y se difundió de manera intensiva, en previsión de lo que está ocurriendo, la certidumbre de que sois sus salvadoras, las que han mantenido la seguridad y el orden después de la matanza del Buque Correo, y también las que les garantizan la suprema igualdad y la imposibilidad del regreso de otro Diktátor.

-Vamos a los números. – Rata Tercera desplegó sobre la mesa las cifras y cálculos de fuerzas en presencia.

Ganaban ciertamente, y al alborozo que tal evidencia les produjo se unieron las buenas nuevas que les hacían llegar los espías. En el horizonte, lentos en su avance pero seguros, se perfilaban los barcos de los mercenarios (Igualísima prefería el título de aliados). No quedaba sino aplastar, en la batalla final, a los rebeldes entre el grueso de la flota rátida, que se mantendría sólidamente anclada en el punto escogido, y la armada de los aliados.

Rata Segunda había logrado deslizarse junto a Gorgony y aspiraba el tacto viscoso y el olor sutil de su piel. Su admiración por ella crecía por instantes. La sentía como igual en ambición y estrategia. Tenía con ella sueños de futuro. Rata Máxima no viviría siempre, incluso era posible que feneciera o desapareciese en el fragor y desconcierto de la lucha, y entonces….Ambos inaugurarían el glorioso comienzo de una nueva especie, ornada de los mejores atributos rátidas mezclados y mejorados con las excepcionales dotes de Gorgony y su conocimiento y dominio de especies que hasta entonces se habían mantenido en la oscuridad. Ella, que parecía leer su pensamiento, le dedicó una leve sonrisa mostrando la blancura de sus caninos.

Ahora la discusión se centraba sólo en dos opciones, que llevaban igualmente al triunfo con mayor o menor brevedad: Dejar de lado la estrategia pasiva y atacar, sin más dilación, a las fuerzas rebeldes o esperar a que el cepo marino estuviera bien apretado de manera que nadie escapase.

-Hay una sola forma, sin dilaciones-aseguraba Gorgony, siempre expeditiva- Eliminarlos, eliminarlos a todos excepto a los que nos sean necesarios para manejar nuestros barcos, trabajar y llevar a cabo el gran proyecto del Mañana Mundial. Navegaremos…

Se iba exaltando según avanzaba en su discurso y hasta Rata Máxima había enmudecido de admiración.

-…por su sangre, vieja sangre de tiempos pasados, hasta llegar a las aguas límpidas del Mar Nuevo, de la Nueva Era.

Rata Segunda y parte de los directivos eran de su opinión, pero nunca la hubieran expresado con tal rudeza. Tenían a gala su propio manejo de la astucia política, que les sería indispensable en la conquista de las naciones todavía ajenas, excepto por el sector Alcantarillas Unidas, a su influencia. Por lo pronto la gran alianza de Rátidas Sin Fronteras era débil, una simple pero segura promesa del glorioso porvenir. En la clandestinidad habían ya conseguido numerosos logros en su especialidad de acciones nocturnas. En su haber se apuntaba el derrumbe de no pocos monumentos roídos, estatuas desfiguradas, cuadros de valor incalculable reducidos a jirones, códices e incunables irreconocibles por el orín y las dentelladas. Sin embargo los servicios de Inteligencia Rátida eran de la opinión de que convenía dosificar la alarma y miedo sociales producidos entre los que, más tarde o más temprano, serían sus enemigos y en la actualidad se limitaban a intentar comprender y explicar a la opinión pública de sus países la situación e incluso a defender la inocencia rátida, como fruto de su natural instinto y de las persecuciones humanas que habían sufrido.

– ¡El porvenir es nuestro! – declaró Igualísima, algo incómoda por el protagonismo de Gorgony y la exposición de posturas radicales cuya presentación pública reservaba, llegado el momento, para sí.

Y brindaron.

 

 

 

42

Lepóridos versus Mustélidos

 

Entonces, cuando no se planteaba como tema táctico sino la rapidez y forma de obtener la ineludible victoria, hubo un cambio en el ambiente. Comenzaron a aparecer espías llegados de diversos puntos, todos con el mismo mensaje: En muchos barcos habían desaparecido los botes salvavidas, y también buena parte de la tripulación. No faltaban, sin embargo, la división y el desconcierto entre los galeotes. Como el Gobierno rátida había previsto, muchos de ellos veían aún en las ratas los dirigentes que aparecieron como salvadores del País (ahora No-País) tras el desastre del Buque Correo y eran capaces de proporcionar igualdad, paz y orden, y se mantenían en una tensa espera de acontecimientos sin pasar francamente a la oposición. Las naves bogaban o se detenían sin aparente lógica ni estrategia, que reflejaba los cambios sucesivos en la corriente de opinión imperante. Los partidarios de la igualdad a toda costa y de la promoción segura de los grupos fieles y diestros en el recitado de la consigna coral eran los más reticentes a cambio alguno, puesto que implicaba riesgo y muy probable pérdida del rancho suplementario que recibían sin otro esfuerzo que proclamar su pertenencia platónica al sector agraviado durante la era Prerrátida.

Algunos incluso no aspiraban a beneficio alguno. Se les hacía simplemente insoportable la idea de que la rebelión implicara reconocer en otro galeote algún tipo de superioridad.

De forma casi simultánea, se observaban a lo lejos movimientos irregulares de la flota aliada. Pronto les llegaron noticias de que los mercenarios Mustélidos estaban inquietos respecto a la recompensa que se les había prometido y además temían que los Lepóridos, que no profesaban la menor simpatía ni aspiraban a asomo de alianza con la nación rátida, los atacaran por la retaguardia a la primera oportunidad. Los Mustélidos tenían a su favor los agresivos hábitos carnívoros que los hacían muy apreciados como sicarios. Martas, hurones y comadrejas poseían una rapidez, agilidad y ferocidad inigualables. Los Lepóridos parecían despreciables rivales a su lado, pero eran capaces de desconcertar como nadie al enemigo, abrumarlo con su número, con sus carreras imprevistas y la variedad de sus refugios y artimañas. Además, los movía un afán superior a la recompensa ofrecida a sus mercenarios por las ratas: Ellos luchaban por su supervivencia, que con los humanos podía compaginarse, aunque con pérdidas frecuentes de individuos, pero bajo un gobierno rátida uniforme sabían que serían ofrecidos como sabroso botín a la voracidad de los Mustélidos. Había, pues, tensión y disensión entre los aliados de las ratas y sectores que anteriormente se habían mantenido al margen del conflicto pero que en ese momento crucial tomaban conciencia de lo que estaba en juego y luchaban por su futuro.

– ¿A qué venís aquí? Vosotros no sois sino la vulgar y baja clase, la plebe que subsiste de las hierbas de los campos, incapaces de hazaña alguna, cobardes natos, tan numerosos como despreciables y promiscuos. – gritaban los Mustélidos desde cubierta a los Lepóridos.

Pero éstos no se amilanaban. Habían vivido largo tiempo acomplejados por las pretensiones de superioridad racial mustélida, por las continuas alusiones de éstos últimos a su pertenencia al pueblo elegido, a la aristocracia carnívora, y, lejos de amilanarse, respondieron por altavoces de cubierta a cubierta:

-Gritad, gritad. Nunca supisteis hacer otra cosa sino dar miedo, exigir sumisión y dejar rastros de cadáveres a vuestro paso. Incluso establecisteis un impuesto de superioridad histórico-étnica según el cual debíamos suministraros gazapos, hierbas medicinales y ensaladas. Con los humanos, aunque a veces nos consuman, tenemos muchas oportunidades. Hemos incluso prosperado. Vosotros, aristocracia carnívora, seréis finalmente exterminados en el mundo dominado por las ratas.

Los mustélidos hervían de indignación. Firmemente convencidos de la excelencia innata de los suyos, de los inmemoriales derechos y lógicos privilegios de la aristocracia a la que pertenecían, la osadía de gente de categoría tan vil como los Lepóridos les parecía difícil de ser tomada siquiera en consideración. Simplemente no podían creer que aquella plebe de llanura, monte bajo, sembrados y agujeros pusiera en tela de juicio su natural y especial status.

Y sin embargo lo hacían. Los Lepóridos habían situado sus naves cerrando el paso a las de los Mustélidos y a una distancia que permitía el abordaje.

– ¡No se atreverán! – dijeron. ¿Cómo podían soñar siquiera unas tímidas criaturas, hechas para doblegarse ante ellos, ofrecerles cuanto pidiesen y mantenerse a distancia sin rozarles siquiera, erguirse de igual a igual en su camino? Unos pocos muertos y unas dentelladas serían más que suficientes para ponerlos en fuga.

Ágiles e imprevisibles, los Lepóridos habían ya entablado algunos cuerpo a cuerpo bastante peculiares puesto que consistían en saltos, carreras y regates que agotaban al enemigo. La nave capitana mustélida desplegaba la enseña de su árbol sacrosanto de cuyas ramas caían nueces de oro y filetes. Los lepóridas, decididos a no ser menos, hicieron ondear la suya, repleta de zanahorias en compacta formación. Se generalizó el desconcierto hasta el punto de que no pocos mustélidos prefirieron dar prioridad al vertiginoso desarrollo del nuevo conflicto en detrimento del compromiso que su tropa había acordado con el Gobierno rátida.

– ¡Alto! – ordenó el jefe mustélido- Es absurdo que gastemos neciamente nuestra energía, que debemos reservar para la subsistencia diaria. Esto vale para nosotros y vosotros. Parlamentemos. – Y señaló una zona despejada en la lancha auxiliar.

-Parlamentemos pues- El jefe lepórido ordenó el cese de las hostilidades y se colocó a su lado. Llevaba el mustélido bien cepillado el brillante pelaje, los caninos especialmente largos y en el agudo hocico, artísticamente colocado, el huesecillo de una de sus presas. Su homólogo resultaba más discreto pero se mantenía digno y firme. Había sido elegido por sus pares, según es costumbre, por la longitud de sus orejas y la blancura impoluta de su pecho.

Casi con cordialidad, el mustélido le dio una palmadita en el lomo mientras con aire entendido le anunciaba;

-No habéis reparado en un importantísimo detalle. Ha llegado el momento de que se os otorguen las inmensas compensaciones que, como víctimas, os corresponden. Tras la victoria en esta batalla, los humanos deberán saldar con vosotros, entre otras muchas especies, su ancestral deuda histórica.

– ¿Víctimas? ¿Deuda? – El lepórido no acababa de comprender.

-Sí, claro. Gran parte de los lugares que ellos ahora ocupan serán vuestros cuando se produzca el nuevo, justo, gran reparto. Han sido siglos, milenios de dominio.

-Pero nosotros no queremos…-

La falta de sana indignación, toma de conciencia y ardor guerrero exasperaba al líder mustélido.

– ¿Cómo que no? ¡Es el gran cambio! ¡El futuro, el mundo serán nuestros!  ¡Reivindiquemos la superioridad mustélida!…Y también la lepórida, claro. -se apresuró a añadir, aunque pensó “pero bastante menos”.

El jefe Lepórido se acomodó sobre un banco y sugirió a su compañero que hiciese lo propio y que se calmase. Comenzó a mesarse lentamente las orejas, que era en su raza signo de reflexión y sabiduría, y planteó con sosiego su punto de vista:

-Los Lepóridos somos razonables, Los míos ni han hecho ni pueden ni quieren hacer lo que los humanos. No tenemos intención, ni fuerza, ni ganas de dar la vuelta al mundo, escribir miles de volúmenes, elevar altos edificios. Se está tan ricamente en nuestros cálidos agujeros.

-Cuando os sintáis liberados de la secular opresión querréis hacer eso y mucho más. Se os conocerá de uno a otro polo, resonará por doquier vuestra lengua, ingresaréis en la gran Asociación de Víctimas, que os aguarda y acoge.…-insistió el mustélido.

El lepórido movió resueltamente en signo de negación las orejas y el hocico y se mantuvo en su posición.

-Lo siento; te equivocas. El plan ni es lo nuestro ni nos gusta. Un simple ejemplo: Por mucha promoción y zanahorias que le echemos, nuestro lenguaje de chillidos nunca resultará atractivo para los habitantes del globo terráqueo. Además, imagina: ¿Has intentado correr con dos patas? ¡Qué noticia para nuestros perseguidores!

E, incomprensiblemente para los mustélidos, los Lepóridos rechazaron integrarse en la ventajosa y prometedora Asociación de Oprimidos Incontables.

La antes nítida línea de apoyo mercenario se había fragmentado. El grueso de las fuerzas dispuestas a aplastar a los rebeldes continuaba, sin embargo, siendo superior. El sol avanzaba hacia su cénit e incluso la atmósfera pareció espesarse y el viento detenerse en expectativa de la resolución de la gran batalla. En cualquier momento uno de los adversarios, probablemente el rátida, se abalanzaría sobre el otro. Algo iba a ocurrir.

Y algo ocurrió, pero no lo esperado.

 

 

 

 

43

De Profundis

 

En el amplio espacio que separaba a ambas flotas comenzaron a aparecer pequeñas embarcaciones que parecían coordinadas en extrañas maniobras. En efecto, las guiaba una consigna, un mensaje multiplicado y enviado a cada galeote. Era el arriesgado plan de Muerte Súbita, de Offing, Metáforos, Gal y unos cuantos rebeldes, que se basaba en impulsar acciones y decisiones tomadas individualmente pero destinadas, si había éxito, a llevarse a cabo al tiempo y con un único fin. Se trata del arma secreta a la que en principio había aludido el antiguo jefe pirata, inspirado por el pecio que hallara y por su conocimiento de los fondos y corrientes marinos.

El lugar al que se había atraído a los barcos rátidas era el indicado, la hora, la marea y el día los marcados como idóneos por la profundidad relativamente escasa de las aguas, las maniobras previas habían sido difíciles pero no imposibles para gentes acostumbradas a la destreza en lanzar el ancla y a la inmersión.

Los botes se habían desplegado bogando en abanico. Cada uno tiraba de una gruesa cuerda y eran sorprendentemente numerosos. La movilización era un éxito inesperado incluso para los autores del proyecto, que observaban la escena desde la nave prófuga donde se habían reunido los humanos tras abordar y hundir, entre otros, el Galeón de los Ritos oscuros y la Galera Místico-Planetaria.

– ¡Tu plan ha funcionado! Nunca lo hubiese creído- Metáforos palmeó efusivamente la espalda de Muerte Súbita.

-Todavía no- respondió éste, y, tras mirar a lo alto y observar el horizonte y la vertical del sol, que se hallaba en el centro, dio la señal- ¡Los altavoces! ¡El aviso!

Y resonó por doquier, el mensaje que llegó a oídos de los indecisos galeotes de toda la flota rátida:

– ¡Ar-quí-me-des! ¡Ar- quí-me-des! ¡Ar-quí-me-des!

Muerte Súbita proclamaba a los cuatro vientos el nombre del arriesgado plan que sin embargo parecía materializarse, tomar forma. A su voz se unieron otras que añadían:

– ¡De éstos habéis tenido miedo! ¡A éstos servíais!

– ¡Mirad, mirad quiénes os han gobernado y gracias a qué! ¡Mirad a quiénes disteis el poder!

En el preciso instante cenital la coordinada tracción de los botes, cuya velocidad había disminuido por la resistencia de lo que aún se escondía bajo las aguas, comenzó a dar visible fruto. Algo, grande, oscuro, se movía, ascendía con lentitud. Era una extraña pesca, con cientos de pescadores que recordaban más bien a lanchas balleneras en el empeño de izar hasta la superficie al animal herido que se había refugiado en el fondo.

Eso pensaron las ratas, y la Junta Directiva comentó:

-Una maniobra de distracción.

-No, simplemente huyen y arrastran sus pertenencias o intentan conseguir alimento para su travesía.

Rata Segunda estaba inquieta. De todas, era quien tenía mejor memoria y estudiaba, a escondidas para no ser tachada de intelectual repulsiva y reo del pecado de desigualdad si se producía una inesperada purga. Rata Máxima era celosa, admitía colaboradores necesarios pero que se guardaran muy bien de hacerle sombra. Rata Segunda leía las crónicas, los diarios de a bordo, incluso antiguos libros de historia, y conocía bien el período anterior a la toma, almacenamiento y reforma de los Almacenes de Memoria. Dominaba las técnicas de selección, tratamiento y utilización del discurso, y de algo todavía más importante: Del silencio, oportunamente mantenido, difundido, impuesto. Pensaba que esto podía ser de gran importancia para hacerse, un día, con el poder, que sabía aún mejor que el queso. El dominio del relato, el hábil manejo de especiales y afortunadas circunstancias había servido a los rátidas para obtener el Gobierno del ahora No-País gracias al apoyo popular y había relegado a los galeotes a la sumisión bajo promesa de paz, seguridad y protección eternas. Rata Segunda se estaba apercibiendo de que el lugar en el que se encontraban no le era del todo desconocido. En la fiebre y preparación de la estrategia bélica y la inminencia de la lucha, encerradas en la sala de reuniones, habían descuidado la vigilancia de la ruta en la monótona superficie del mar, puesto que las apremiaban problemas inmediatos y no les urgía dirigirse a sitio alguno antes de acabar con el conato de rebelión. La flota había seguido, sin que ellas lo advirtieran, cierto rumbo hacia un lugar siniestramente familiar. No podían identificarlo claramente. Con el paso de los años habían cambiado los fondos, los bajíos, en aquella latitud de fuertes corrientes estacionales y frecuentes movimientos sísmicos. Existía una zona de arrecifes cercana que se elevaba sorprendentemente lejos de la costa y luego una fosa, honda, sí. Pero el mar era movible, caprichoso.

-Huyen. Seguro que huyen. Nuestra superioridad es evidente. -Igualísima sonrió satisfecha de sí misma. Las demás aplaudieron a la Líder.

-No los necesitamos. La mayoría de los galeotes son gente temerosa y nos obedecen. ¿Quién les daría más paz? Además en su huida se encontrarán con nuestros mercenarios mustélidos, que tendrán así alimento fresco y nosotras nos ahorraremos pagarles con el producto de la Galera de Recursos Humanos. – añadió Rata Ecónoma, con asentimiento general.

En la nave prófuga, a la que se había unido la ligera goleta de Angelina, se seguía la múltiple maniobra con la máxima expectación. Gal había hecho nuevos cálculos, Muerte Súbita revisado sus mapas de navegación. Pesofijo parecía haber cambiado incluso de peso y de talla sin que ello fuera cierto. Simplemente sentía ahora un aprecio por su labor y una seguridad en sí mismo que le hacían crecerse y ofrecer a los demás valiosas observaciones y tranquilo ánimo. Offing y Metáforos planeaban ya, con optimismo, las siguientes etapas y Angelina aleccionaba a los desertores en las tareas de su nueva vida. Heston ordenaba el material obtenido en los Almacenes de Memoria e insultaba profusamente a todo el linaje rátida y a sus colaboradores a cada uno de los innumerables casos de falseamiento de la realidad que descubría. Segis estaba tenso y pálido, consideraba su deber la asesoría cultural de la sociedad futura y vivía ya su responsabilidad en la gestión del cambio, las controversias y las tensiones.

Gal hizo saber el resultado de sus cálculos:

-En este punto- dijo. Y todos callaron y miraron hacia el mar.

Los botes de recientes desertores, que habían seguido la consigna personal recibida -y asumido el gran riesgo que conllevaba, puesto que cada uno ignoraba los apoyos con los que contaría- se habían multiplicado, pero aún eran más numerosos los galeotes que permanecían en sus puestos en los barcos del bando rátida y observaban, indecisos, el devenir de la situación. Había inquietud en el grupo de Gal, pero Muerte Súbita mostraba una contagiosa y grande satisfacción y musitó, acodado en la borda:

-Lo han intentado. Sin recompensa, sin certidumbre. Las ratas jamás lo hubieran hecho. Por eso ganaremos.

Gal asintió:

-Ellas nunca hacen algo que no sea en beneficio propio seguro. Su divisa es lo mío, los míos, solamente, ahora, pronto.

Segis observó, dubitativo:

-Así no se ganan batallas. Quizás alguna vez.

Metáforos parecía tranquilo. Sentado en un rollo de cuerdas, citó algunas frases en griego en las que se distinguió la palabra “Eleuzería” [3]y luego señaló a los antes galeotes que ahora bogaban muy lentamente y añadió:

-Ésos ya han ganado algo.

– ¿Un tesoro? – apuntó alguien.

-No exactamente. Según como se mire.

Offing miraba fijamente la forma que ya se adivinaba bajo la superficie del mar. Era periodista, consultaba hemerotecas, había trabajado en efemérides de sucesos misteriosos, turbios y sangrientos. Tenía además la formación clásica propia de Albinia.

De profundis. -dijo.

Las cuerdas de las que tiraban los botes y que, como en un inmenso abanico, convergían en aquel punto del océano, estaban haciendo aflorar un objeto en principio irreconocible, una especie de islote de limo, moluscos y algas en el que el oleaje estaba eliminando una parte de la capa que lo cubría hasta descubrir lo que fue una gran nave, ahora reducida a pecio en el que se observaban los enormes boquetes y efectos de una violenta explosión. El casco se mantenía y vaciaba de agua por el efecto de la tensión múltiple de las cuerdas, que impedían que se hundiese de nuevo. Inmediatamente, según el punto marcado en las instrucciones y los cálculos previos, los galeotes prófugos se dividieron entre los encargados de sostener la nave a flote y los que se dirigieron hacia ella y comenzaron a limpiarla someramente para que fuese reconocible. Hubo un momentáneo silencio. El bando rátida parecía desconcertado por la situación. Los rebeldes intuían, sin saber todavía muy bien lo que esperaban. Los prófugos estaban ahora unos raspando las zonas que correspondían al nombre del barco, otros se afanaban en llenar unas cajas con materiales que iban encontrando en bodega, sentina y cubierta.

El silencio se rompió con un atronador anuncio dirigido especialmente a los atónitos galeotes que permanecían en la flota rátida:

– ¡Mirad! ¡Recordad! ¡Es el Buque Correo! De su explosión, de la matanza de humanos, se culpó entonces al antiguo Gobierno del que era País. Así consiguieron las ratas que se les entregara la llave del Cofre. Tuvieron todo, tesoro, gobierno y queso.

En el flanco del buque se leían en efecto el nombre que lo identificaba y las marcas de su función postal.

El episodio, que las ratas habían procurado activamente borrar de la memoria colectiva, afloraba, lo mismo que el pecio, a la conciencia de los galeotes y a la de sus simpatizantes, como una boya que se hubiese mantenido en el oscuro fondo y que, soltada de repente, resaltase con singular brillo en el gris del olvido inducido.

– ¡Tenemos pruebas de que se provocó la explosión! Nunca se estudiaron los restos, las ratas los lastraron y hundieron apresuradamente, sabotearon, utilizaron la matanza, el temor, el desconcierto. – desde diversos puntos los altavoces rebeldes transmitían el desarrollo de los acontecimientos.

Las ratas se decidieron a intervenir y gritaron igualmente:

– ¡Eso no prueba nada en contra nuestra! Nos dieron, nos disteis, el Gobierno por propia voluntad, nos entregaron gustosos las llaves del cofre. Ofrecimos inocencia, paz, amor universal incluso. Los culpables del atentando del Buque Correo fueron grupos violentos incontrolables que desaparecieron luego. Parte, según informe policial, fueron engullidos por las dunas en Caucasia, parte pertenecían a Piratas Irredentos…

– ¡No es cierto! -Muerte Súbita respondía desde la proa- No debéis creerlas. Utilizaron el nombre, la franquicia de los PI, y los sobornaron, compraron su silencio. El atentado ni siquiera fue obra de los Fundamentalistas. Ellos nunca hubieran tenido interés por permanecer en el anonimato, hubiesen explotado la hazaña. Se alimentan del miedo y la propaganda; consiguen bastante oro por otros medios.

– ¿Queríais pruebas? ¡Mirad, mirad! -Los que se ocupaban de explorar el pecio abrieron de forma que todos lo viesen las muchas cajas llenas ahora de un material oscuro que cubría numerosas zonas del buque.

Estaban llenas de pelos de rata.

Recovecos, camarotes, pasillos, cabina de mando y todo espacio resguardado contenía rastros abundantes, que habían permanecido amalgamados entre los sacos de correo, la brea y los aceites y combustibles. La intervención rátida podía seguirse como en un libro en el que la tinta invisible se hace evidente con el tratamiento adecuado.

Y en un diario de a bordo encerrado en varias envolturas impermeables de hule era posible leer, aunque con dificultad y de manera fragmentaria, líneas apresuradas sobre la inesperada, nocturna y repentina invasión rátida, cómo se había encerrado a tripulación y pasajeros, provocado la explosión, esparcido falsas pistas y preparado el buque para que después de ésta sus restos fueran irrecuperables.

Un gran clamor comenzó a surgir desde las naves de la flota rátida. Entre los galeotes corría como la pólvora la indignación, el deseo de respuestas, la presión desatada de antiguas y silenciadas preguntas, el rechazo de la consigna Paz con la que se había mantenido paralizada una parte de sí mismos. Miraban hacia arriba, a los lejos, como si por primera vez lo hicieran, calculaban el paso del tiempo, los hechos transcurridos. Sentían una gran ansia de porvenir y paralela curiosidad respecto a nuevos descubrimientos y a la forma que podrían tomar sus propias vidas. Añoraban la tierra, recordaban o imaginaban paisajes. No era la seguridad pero sí se parecía a la felicidad.

Que tendrían que ganarse. Y podría no ser duradera.

 

 

 

44

El final del imperio

 

Las ratas cambiaron de táctica y pasaron al ataque, por todos los puntos, con un frenesí y dispersión de los que sus antagonistas no las creían capaces. Ellas, tan coordinadas y gregarias, tan compactas y similares en sus movimientos, ahora reaccionaban con una ferocidad y violencia que hacían difícil predecir sus zonas de combate y estrategia, si es que la había.

Y es que entre la nación rátida se había extendido la consigna que era a la vez grito de alarma y urgencia de combate:

– ¡Que nos quedamos sin queso!

Avanzaban compitiendo en su número con la espuma de las olas a las que, en un curioso efecto, parecían cubrir, vistas desde la distancia, con una capa gris que desconcertaba a los bajeles dispuestos a hacerles frente. Y era así porque habían ocurrido súbitamente dos fenómenos. Por una parte los galeotes reticentes a la rebelión estaban desertando en masa. La visión del pecio del Buque Correo y la evidencia de quiénes eran los verdaderos culpables de aquella gran matanza, de la ola de pánico subsiguiente y de cómo las ratas habían logrado, excitando la indignación popular, las llaves del Cofre y del Gobierno había corrido como la pólvora. Las tripulaciones huían por todas partes, en los botes de salvamento, en embarcaciones improvisadas.

– ¡A por ellas! ¡Tomad los puentes de mando si podéis y si no venid hacia nosotros! Os recogeremos.

Desde los buques de los rebeldes se los exhortaba a grandes voces, se tiraban cuerdas, flotadores y escalas. La batalla se había concentrado en un pequeño espacio que hervía de contendientes.

Por su parte las ratas, poseídas por un ansia febril de supervivencia y poco amigas de las profundidades marinas, estaban royendo sus propias naves y habilitando como lanchas cualquier conjunto de tablas. El pecio del Buque Correo, que se balanceaba sombrío, parecía ejercer sobre ellas una acción repelente, como si un pasado culpable que muchas de ellas desconocían, pero tenían noticia de que había existido, se hubiera encendido y las bañara de una insoportable luz. La cadena de mando parecía rota, las estrategias olvidadas y, en su febril actividad, se atacaban entre sí por la pura necesidad de hundir en algo vivo sus colmillos.

 

 

 

45

Testigos peligrosos

 

Podían ganar, todavía podían ganar. La Resistencia Galeote evolucionaba sin orden, se entretenían recogiendo compañeros, botando chalupas. El Secretariado Rátida, que se había retirado discretamente a una zona algo apartada del campo de batalla, se dedicó firmemente a la tarea de levantar la moral a Rata Máxima. Era cierto que los mercenarios mustélidos no parecían decididos a cumplir sus compromisos. Pero también lo era que, si los expertos sicarios advertían que finalmente podían conseguir una recompensa sustanciosa, pasarían al ataque. Por otra parte, no todos los galeotes se habían unido a la rebelión. Las ratas sabían de buena tinta que muchos de ellos temían perder la seguridad garantizada y la existencia previsible de habían llevado. Acostumbrados como estaban a la homogeneidad rátida, un panorama humano impredecible, de elecciones, incertidumbres, leyes y exigencias, les producía profunda angustia.

-No estábamos tan mal…A saber con éstos…A saber luego…-se decían.

Los de Resistencia Galeote, por su parte, tampoco se habían dejado llevar por la embriaguez de una rápida victoria, lograda en buena parte gracias al efecto del descubrimiento de los que habían, junto con sus aliados, ideado, solos o en compañía de otros, y manejado el hundimiento del Buque Correo. Ya les habían llegado noticias sobre la actitud indecisa de no pocos, y la incredulidad, la tibieza e incluso la indiferencia se extendían como manchas de tinta. En realidad, el colectivo sojuzgado por las ratas se negaba a creer que los de su misma especie hubieran podido aceptar, sumisos, el cambio de Gobierno y el repudio del anterior sin mayores trámites ni interrogantes. Era imposible que humanos como ellos se hubieran sometido con tal facilidad, que, pasada la efervescencia, el pánico y el dolor por las víctimas, se hubiese impuesto el silencio y aceptado como incuestionable el nuevo poder. El hundimiento del Buque Correo era un viejo mito, historia de un pasado remoto, incómodo y turbulento que debía permanecer, como lo había estado hasta entonces el pecio, en las profundidades del olvido. Aceptar, de nuevo, su existencia era aceptar también la de escombros depositados en el interior de cuantos se habían acomodado desde entonces al imperio rátida. En el centro de operaciones de la Resistencia se sabía que hasta que el último galeón enemigo y sus tripulantes fueran derrotados, hasta que las ratas carecieran de alimento gratuito alguno, no habría seguridad ni podría comenzar la reconstrucción y resurgir de los que fueron sus países y sus vidas.

-Creíamos que con el reflote del Buque Correo y el descubrimiento de la conjura rátida la batalla estaría resuelta…-Por primera vez la voz de Muerte Súbita tenía una inflexión de descorazonamiento y tristeza. Había trabajado mucho, y con ilusión, en la operación, que creía definitiva una vez se proclamara a ojos vistas la evidencia.

Entonces llegó la noticia: Se acercaba naves que no pertenecían a ninguno de los grupos en presencia o asociados a los contendientes. Offing fue el primero en recibir comunicación, enviada por un colega de su oficio, de que las embarcaciones procedían de diversos, más que países, puertos, de litorales situados a veces muy lejos, otras desde Euralia.

-Mira-

Offing tendió a Gal un objeto de vidrio. Estaba trabajado primorosamente. Su forma recordaba a la de una botella pero su interior estaba lleno de estructuras transparentes y la abertura superior era doble con acabados distintos en cada una de las partes.

– ¿Y esto? – ella lo examinaba cuidadosamente.

-Con esto he recibido noticias de Albinia, y de otras partes. Ellos tienen lo que llamamos detectores de botellas con mensaje. Y mandé muchas.

A él le conmovió ver su cabeza, con el pelo de extraños colores, inclinada sobre el objeto, atenta a sus explicaciones. Y al final añadió rozándole con los labios los bucles cuyo sabor empezaba a serle familiar:

-Cuando todo termine y tengamos nuestra casa lo guardaremos como recuerdo.

Gal reflexionó unos segundos, y dijo:

-Nuestra casa…Nosotros….Sí.

La mención a “casa” en otra parte, fuera del imperio rátida, fuera de aquella situación, de la cubierta movible del barco y de la superficie del mar suspendió durante unos instantes la atención de los que allí trataban graves asuntos estratégicos. Había una chispa de alarma en los ojos de Muerte Súbita, en los de Segis, e incluso en los de Angelina, mezclada con un punto de complacencia y temor al mismo tiempo. Habría que enfrentarse, en algún momento, a un enemigo sin espadas ni cañones, sin los colmillos ni la sinuosa perversidad adornada de bondades y lluvia de dones gratuitos, de las ratas: Esperaba el imprevisible futuro, con otras trampas, engaños y adversarios, y, sobre todo, simplemente con la inercia de la sucesión de los días.

-Pues tampoco vamos a tener miedo a eso. -exclamó Angelina, poniendo voz a la interrogante que había flotado unos segundos en el ambiente. Y muchos, Muerte Súbita entre ellos, respiraron aliviados porque ella les ofrecía la certidumbre de otras victorias en personales y solitarios enfrentamientos.

-La casa en una ría que conozco, con fácil salida al mar y buenas comunicaciones. – apuntó Muerte Súbita.

Los más jóvenes se agitaron en un conato de rebeldía. Llovieron reproches de Orky, Kraky y Pesofijo, a los que pronto se unió, reflexivo y serio como siempre, Segis:

– ¿Será posible que os pongáis a hablar ahora de menudencias personales?

– ¡Estamos en guerra, luchando! ¡Pueden matarnos y vencernos!

-Por otro orden. Tendrán que vencernos primero. -puntualizó Segis.

-Sólo falta que discutáis sobre dónde poner la botella, si en el dormitorio o en el salón- terció Metáforos.

– ¡Llegan, llegan! – El vigía irrumpió en la habitación- Son embarcaciones de muchos lugares, extranjeros.

– ¿Están aquí?

Comenzaron a llover noticias. No, no estaban allí. Ni era una flota organizada en escuadrones militares y provista de armas. Se habían quedado al pairo a escasa distancia, la suficiente para hacer llegar sus mensajes y calibrar la situación. ¿Qué querían exactamente los contendientes, quiénes eran, cuáles eran sus intenciones respecto a la política exterior? Hasta entonces las noticias sobre la situación del No-País, su evolución a partir del atentado del Buque Correo, los planes de sus dirigentes actuales, no estaban claros. Y el Imperio Rátida estaba rodeado de misterio por la dificultad de las comunicaciones y las confusas visiones que daban de él tanto las asociaciones mundiales de Alcantarillas Unidas como los escasos prófugos.

Empezaron a llegar peticiones sobre el tema a ambos contendientes. Por todas las vías de comunicación posibles, altavoces incluidos.

El Gobierno Rátida sabía la importancia de la imagen exterior perfectamente. Y vio su oportunidad.

 

 

 

46

Agitprop

 

El mar estaba tranquilo, demasiado tranquilo, como si también él esperase algo. Y, en efecto, ese algo ocurrió.

Era el momento de seguir los consejos de los asesores, de Rata Segunda, Rata Parda (experta en comunicación y difusión multiespecies), del Corpus Nígrum de Ratas Pedagogas, que ya estaban preparando, además, su arma especial definitiva, e incluso del cantautor Pasta Supina. Se dejaban de lado, por el momento, las cuestiones puramente militares. El aire se llenó de los sones de una desconcertante fanfarria. Los extranjeros se miraron asombrados. Todavía mediaba entre ellos y las embarcaciones rátidas una distancia que no les permitía distinguir en detalle los acontecimientos, pero sí las voces ininteligibles y las grandes maniobras. En esa etapa el Gobierno Rátida se dirigía principalmente a los suyos y a los galeotes indecisos. Importaba levantar la moral. No ignoraba que desde lejos serían percibidos por los foráneos como una amable especie dedicada a pacíficas demostraciones sin más finalidad que afirmar su identidad cultural.

– ¿Qué hacen? ¿Se rinden? ¿Han dejado de luchar? – se preguntaban los jefes de Resistencia Galeote?

– No. Cuidado. No os confiéis. Son listas. Saben el poder de la imagen exterior. Si atacamos ahora aparecerán como inocentes víctimas. -advirtió Offing.

No podían sino esperar.

– ¡Que nuestro himno resuene por doquier! – Las consignas de los dirigentes rátidas para enardecer a sus huestes se difundieron con rapidez. Los grupos grises evolucionaban siguiendo el ritmo que marcaba Pasta Supina. El himno se interpretaba al son de flautín acompañado de danzas en corro con movimientos repetitivos que, de haberse prolongado y ser menor el volumen del acompañamiento, hubieran inspirado un agradable sopor. Éste se evitaba con los pequeños saltos coordinados y la emisión de notas más agudas, que impedían que se perdiera el ímpetu bélico sin por ello dejar de marcar la diferencia, como deseaban sus creadores, entre las que se querían elegantes evoluciones de la danza rátida y los torpes y sucios bailes de los humanos, contaminados por roces, improvisaciones y alusiones sexuales.

El himno rátida resonó de proa a popa:

 

“Royendo.

Me paso el día royendo

con apetito tremendo.

Nada es demasiado duro.

Nuestro triunfo es seguro.

La comida los humanos

nos la darán con sus manos.

El futuro es estupendo,

sin trabajar y royendo.”

 

 

Los observadores tomaban nota, comentaban y transmitían. Habían esperado encontrarse con un sangriento enfrentamiento, con humanos esclavizados, heridos y muertos, y lo que veían y oían era la vistosa demostración folklórica de una nación emergente.

Sin pérdida de tiempo, el Gobierno rátida pasó a la segunda etapa del plan: Una nave pequeña, adornada con todos los símbolos de la Paz, el Amor y el Diálogo Fraternal, se separó del centro de operaciones y comenzó a acercarse a la flotilla variopinta de embarcaciones visitantes. En ella iban emisarios, ayudantes y, al fondo, nada menos que Rata Mayor.

– ¡Uníos a nuestra alegre naumaquia! ¡Escuchad nuestra oferta para la paz mundial! ¡Os han engañado con falsas informaciones provenientes de los partidarios de la violencia, la desigualdad, la crispación y la intolerancia!

Los portavoces de las ratas exponían animadamente su discurso a los pasajeros, ya muy próximos, de las embarcaciones visitantes. Éstos escuchaban con atención y los representantes de la prensa y los diversos medios se disputaban la oportunidad de entrevistarlos. Algunos fueron invitados a bajar a la pequeña nave y hacerlo.

El Secretariado Superior Rátida había provisto a sus enviados de un convincente discurso:

-Habéis sido manipulados por los enemigos habituales, los perversos Estriboritas, los herederos de Diktátor, del cual nosotras liberamos a un país.

-Aquello pasó hace tiempo. ¿Cuál es vuestro proyecto ahora? – preguntó el entrevistador.

-Nosotras somos el futuro, somos ya el esplendoroso presente. En nuestras naves reina la igualdad más absoluta, la seguridad y armonía completas.

-Se dice que hay humanos que trabajan gratis para vosotras, que domináis el No-País y dirigís desde la galera capitana a grupos extensos. Ha habido, incluso, relatos de disidentes…

Entre las entrevistadas hubo risas que indicaban hasta qué punto tales infundios eran indignos de consideración alguna, y la portavoz respondió:

-Ya habéis tenido ocasión de observar el alborozo con el que recibimos vuestra llegada, el buen ambiente que reina y, por otra parte, la envidia de los enemigos extranjeros que pretenden, no ya acabar con nuestro proyecto, sino también con nuestra especie.

Y, con repentina seriedad, Rata Mayor, delegada de Rata Máxima, se alzó en la proa, tomó la palabra y preguntó al representante de la prensa extranjera:

– ¿Os dais cuenta de que os encontráis ante un caso de posible genocidio?

Los entrevistadores tomaban afanosamente notas. Rata Mayor prosiguió:

-Si se produce un exterminio de las ratas se romperá el equilibro ecológico mundial.

Hubo in instante de silencio bajo el efecto de la impresión. Luego otro corresponsal apuntó con cierta timidez:

-Se ha hablado de que simplemente los humanos querían seguir organizándose y viviendo solos. Ahora habéis establecido la Nación Rátida, poco conocida en los detalles pero al parecer ya con fuertes lazos comerciales a través de la red subterránea…

–Lazos de los cuales ignoráis el alcance- le interrumpió otra de las representantes del Secretariado instruida por Rata Ecónoma. -El Ratéxit, si se nos obligara a desplazarnos a remotos confines, podría tener consecuencias imprevisibles en el sistema mundial-.

Sus compañeras añadieron en tono más afable:

-Llevad nuestro mensaje de amor, paz y convivencia. Ofrecemos al mundo una experiencia nueva, un nuevo futuro de coordinada armonía en el que, como dice uno de vuestros libros, reposará tranquilo el león junto al cordero.

Las demás miraron a la autora de esas palabras, admiradas por su erudición, aunque no acababan de comprender la inapetencia del león.

La representante de Rata Máxima cerró la entrevista con el mensaje final:

-Somos el mañana luminoso y os traemos, al fin, la oportunidad de vivir los grandes ideales, la igualdad perfecta. Id y llevad la buena nueva.

 

 

 

47

Desconcierto

 

La buena nueva no era en absoluto desconocida en el extranjero. Había sido difundida en los diversos continentes por numerosos grupos de apoyo rátida e incluso era objeto de debates, estudios y tesis doctorales en algunos medios universitarios, aunque todavía no gozaba de perspectivas de éxito ni de adhesión popular. Era, sin embargo, tópico de moda en círculos selectos y los intelectuales no se atrevían a rebatirlo por temor a ser tachados de incapaces de adaptarse a épocas de cambio y aceptación de hechos diferenciales.

El discurso de Rata Mayor dio pie a una discusión entre los corresponsales:

-Efectivamente, se trata de un experimento social apasionante.

-Los argumentos son irrebatibles.

-A mí no me gustan ellas.

– ¿Acaso no tienen derecho a la diferencia?

– ¿De qué viven?

– En mi ciudad se está organizando un Día del Orgullo por cada una de las especies perseguidas.

– Y ¿cómo se las arreglan? Porque la lista es larga.

– Por orden alfabético. Vamos por la B desde hace un año.

– Algo hicimos también en Nevonia. De hecho, en la capital se ha creado un ministerio que está en ello, pero es muy complicado el trema burocrático.

– Sobre todo porque sus representantes exigen que se les reconozca y recompense por el agravio histórico y las indemnizaciones sumarían una barbaridad.

– Y, además, pero esto no aparece en las noticias por disposiciones del Departamento de Sana Autocensura, sus afiliados y seguidores han agujereado canalizaciones y hecho desaparecer el sistema eléctrico.

-Es el Gran Proyecto de la Peatonalización Universal y de las Microunidades Habitables, donde estarán los humanos de las reservas, sin libertad individual de desplazamiento excepto el regulado por normativa rátida.

El reportero de Albinia Oceánica, que había guardado hasta entonces silencio y parecía sumido en honda preocupación, intervino: Todos lo escucharon atentamente. Nadie ignoraba que su país poseía gran avance tecnológico y esto concernía también a los temas que se discutían.

– Respecto a las reivindicaciones multiespecies, como sabéis hace tiempo que se están recreando en laboratorio las extinguidas. Una labor exhaustiva y de muy largo alcance temporal teniendo en cuenta las desapariciones masivas proto y prehistóricas. En Albinia Oceánica, aunque el tema no se hace público, es notorio que ya hay zonas pobladas por grandes lagartos carnívoros, hasta ahora acotadas pero con un saldo de víctimas humanas considerable. El control de rapaces aéreas de hace millones de años recuperadas recientemente es mucho más difícil. Por no hablar del proyecto Noé Plus, los megainsectos y la siembra marina de las medusas espinoletales que llenaban los mares en épocas pretéritas.

Hizo una pausa y miró gravemente a su auditorio.

– No puede prosperar. Es absurdo- dijo un nativo de Euralia al que impulsaban simplemente la curiosidad y el asombro por lo que acababa de oír. No pertenecía a medio de difusión alguno ni sus ocupaciones le permitían dedicar mucho tiempo a la lluvia de noticias diaria.

– Es así-afirmó el oceánico-, se considera de mal tono criticarlo e incluso hablar de ello. Si te ponen en la lista de intolerantes y enemigos de la pluralidad y el diálogo no encuentras trabajo en ninguna parte.

Y, como una respuesta por extraña transmisión de lo que allí se trataba, algo más lejos, en la nave rátida se desplegó una gran pancarta:

Lo pequeño es lo grande.

En las embarcaciones visitantes reinaba gran confusión. Habían llegado a salvar a los buenos de una película y lo que se les proyectaba era una historia completamente distinta. Los representantes de los medios estaban impacientes por enviar artículos y dar a los reportajes un claro sentido que, por una parte, se atuviera a la verdad según relatos que consideraban fidedignos, evidencias observables y deducciones lógicas. Al tiempo, empero, temían perder audiencia, las críticas de jefes y colegas y las reacciones y presiones de la confusa maraña de tribus urbanas que había proliferado al abrigo de cuantos las regaban con fondos públicos y cosechaban sus votos.

– ¡Con nosotras la igualdad de género está asegurada! ¿Acaso podéis distinguirnos? se leía en otra enorme pancarta de la nave rátida más cercana.

– ¡Ah, no! ¡Eso no! – el apasionado grito de protesta surgió de un hombre que hasta entonces se había mantenido silencioso y con gesto de temor y ahora parecía haber entrado en un rapto de agitación frenética. Vestía con un traje barato que le quedaba grande como si hubiera pertenecido a otra persona y con zapatos de punteras gastadas que destacaban respecto a las elegantes zapatillas deportivas de sus colegas, pero llevaba una muy cuidada barba de tono castaño rojizo.

– ¿Qué le pasa al Exiliado? – Por ese apodo se le conocía.

Intentaron calmarlo.

– Tranquilo, hombre. Es simple propaganda.

Pero él se debatía frenético:

– ¡No me quitaré la barba! ¡No me quitarán la barba!

– ¿Quién es? -preguntaron algunos de la resistencia galeote.

– Huyó del Pequeño Ducado de Mariburgo, en Centro Euralia. Allí se ha establecido la sede de experimentos-probeta, dirigidos por el Comité de Felices Sociedades y vigilados por las células callejeras de Mariposinas y Mariposones, y se ha llevado al límite la Ordenanza de Igualdad de Género. Por ejemplo, está prohibida la abominable discriminación que impide a las mujeres dejarse barba. Ningún hombre puede tenerla excepto en reuniones privadas en las que los melancólicos se colocan unas postizas.

El Exiliado, con el apoyo de algunos de los presentes, se iba recuperando del ataque de pánico que el vocablo género le había suscitado.

Los navegantes, llegados por iniciativa propia incluso en embarcaciones de fortuna con la idea de salvar a humanos en peligro y participar en una batalla histórica, discutían con no menor ardor pero con menos argumentos ideológicos. No les gustaban las ratas, ni pertenecer o aliarse con su imperio, y, aunque las condiciones de trabajo de los galeotes fueran todas iguales, no les parecía una situación envidiable ni estupenda. Muchos recordaban el pasado del entonces No-País, el súbito cambio de Gobierno tras el hundimiento del Buque Correo y la ola de manifestaciones, no contra los asesinos sino contra el gobierno legal de entonces, propiciada por comandos rátidas. Tampoco veían claras las recurrentes alusiones a la maldad del antiguo tirano, Diktátor, cuyo peligro de resurrección continuaba siendo utilizado por el Secretariado Rátida como argumento de máximo peso para justificar su propio poder. Los voluntarios, enardecidos por la travesía, el aire del mar y la decisión de enfrentamiento, no se ponían, sin embargo, de acuerdo para emprender ninguna acción.

Había otros oyentes muy interesados por las conversaciones, pero ignorados a causa de su tamaño. El resultado de la contienda y del imperio rátida les concernía. Eran pequeñas especies afiliadas al sindicato Quejosos´s Power, en el que se encontraban Termiteros Sin Dinero y Polillas Unidas. Estaba previsto que, tras la victoria total rátida, se ocuparían del troceo, en menudas porciones, del territorio, previa garantía de obtener reductos autónomos, que serían surtidos, mensual y gratuitamente, de signos identitarios por la plana mayor Rátida. Polillas y Termitas siempre habían soñado con tener, respectivamente, su propio guardarropa y muebles. Habían asistido a algunas asambleas del Gobierno e Igualísima les garantizó que uno de los puntales de su programa político consistía en la multiplicación de microtribus subvencionadas. A partir de entonces Termitas y Polillas hicieron suyo con orgullo el lema Small is beautiful, que también campeaba en la galera.

La confusión era considerable.

– ¿Atacan o no? ¿Habéis venido a ayudar o a discutir? -preguntaron los rebeldes por altavoces a los recién llegados.

Las ratas, dispuestas a no perder audiencia, respondieron subiendo el tono de su música y enviando a los visitantes un mensaje:

– Además de nuestro idílico programa de validez mundial, vamos a ofreceros, como distracción, relajamiento y prueba del ambiente que aquí reina, unas canciones folklóricas.

Los corros que habían continuado sus monótonas danzas pasito a pasito cogidos por las patas anteriores se tocaron con las vistosas gorras del tocado regional y entonaron suaves cantos con el más dulce de los tonos. Nada comprendían los oyentes de su lenguaje y los chillidos sofocados les parecían molestos, pero escuchaban educadamente puesto que se trataba de una manifestación cultural étnica.

De haber comprendido el significado su obligado interés se hubiera transformado en inquietud. Porque la letra de aquellas canciones traducida venía a decir:

 

Cuellos cortemos,

gaznates rebañemos.

Los humanos insolentes

serán comida o sirvientes.

 

Somos, fuimos y seremos

señoras de cuanto vemos,

aristócratas de sangre,

colmillo, garra y pelambre.

Nuestra raza es superior.

¡Muerte para el opresor!

 

Y muchos reporteros, para no ser acusados de falta de sensibilidad hacia lo distinto, alababan la que creían llamada a la convivencia y el peculiar valor lírico que sin duda encerraban aquellos cantos.

 

 

 

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¡Exclusiva!, ¡Exclusiva!

 

– ¡Contraataque, contraataque!

El grito surgió de los galeotes rebeldes, de Kraky, Orky, Pesofijo, Gal y cuantos les seguían, y sacudió como una ola de fondo a los insurrectos. No soportaban la inacción, que se dejara el campo libre a la campaña manipuladora de las ratas. Les indignaba que los visitantes las escucharan con tal atención y que incluso pareciesen tomarse en serio sus argumentos e ignoraran el peligro que tanto los humanos invadidos como los que aún no lo habían sido corrían.

El grupo dirigente de los rebeldes sintió la sacudida. Se habían dejado llevar por cierto estupor. Ignoraban la implantación externa de la propaganda rátida, la pericia de sus enemigas para cambiar de apariencia y aprovechar las flaquezas y desconciertos del adversario, al que pretendían nada menos que transformar en aliado unido al proyecto mundial rátida.

Gal los miraba con indignación e incluso sacudió a Offing por los hombros.

– ¿Luchamos o no? ¿Vais a dejar que sigan?

– Por supuesto que no. – Muerte Súbita preparó todas sus armas y revisó las de sus compañeros.

Offing consultó su detector de botellas con mensaje.

– ¡La segunda remesa ha llegado a destinatarios! De poco va a valerles la propaganda. ¿Dónde está Metáforos? Lo necesitamos.

Metáforos, en ese momento crucial, no aparecía. Hubo rumores de falta de valor, que Offing intentó desmentir. Entonces apareció y relató su odisea: Venía de una batalla, peculiar pero tan agotadora como los enfrentamientos bélicos. Ocurría que, desde la fiesta en la Cala de los Malditos, las exgaleotes habían demostrado harto interés por aquel varón mediterráneo que irrumpía en su cerrado y repetitivo ambiente. Sus contactos con el otro sexo habían sido grises y monótonos, condicionados luego por exigencias de la clandestinidad, la disciplina y la militancia. Metáforos produjo, sin proponérselo, un gran efecto y despertó múltiples expectativas, sobre todo en las que no se habían ya emparejado con piratas irredentos libres. La batalla enardeció el ambiente y corrió como la pólvora la consigna de que, por si se moría en combate, se aprovechara el tiempo que restaba. Metáforos se había visto asediado en una incursión a la bodega, donde los sacos ofrecían muelle comodidad afín a la del lecho.

– Pero ¿qué pasa? – había preguntado él, sorprendido por su repentina capacidad de despertar pasiones.

– Es que…-le respondió una de las exgaleotes- en el sistema rátida hubimos de seguir los cursos de teoría y práctica de la sexología, sin discriminación de número, especie ni género y con severos exámenes y regulares ejercicios prácticos. Y era tan aburrido como la dieta programada y el cuarto de hora de devoción al líder o la revisión cotidiana, para denuncia pública, de las actitudes de sexismo diferencial.

– Tú eras diferente- añadió otra- Nos mirabas, nos decías cosas…

– A mí me recogió algo que se me había caído al suelo…-apuntó una tercera, arrobada por el recuerdo.

Y otra consiguió un aparte y le susurró:

-Me sacaste a bailar. Tomamos aquel vino de Chipre que encontraste en la bodega. Y me dijiste…- Solina, que tenía largos cabellos rizados y un perfil que recordaba a las ánforas de los museos, en la patria de origen de Metáforos, recordaba mejor que él, todos los detalles.

Ellas siempre recuerdan- se dijo él

Sobrepasado por el número y las expectativas, Metáforos se decantó por una retirada honrosa asegurando que había oído toque de arrebato. Se presentó pues ante sus compañeros sudoroso pero aliviado por el éxito de la fuga.

Mientras, sucedía otra escena, con muy distintos actores, en un cubículo que se encontraba cerca de la sentina pero sobreelevado y próximo a la proa, en la galera de mando. Rata Segunda había recibido un mensaje que mantenía en el mayor secreto. Cubrió su ausencia explicando que precisaba examinar cálculos estratégicos que, en su momento, había hecho en previsión de emergencias como aquella. Sólo ella conocía la existencia de un sistema de túneles y compuertas que, desde allí, daba paso al exterior. En el cubículo la esperaba Gorgony, precedida por su olor agudo y extraño pero difícilmente resistible, al menos para Rata Segunda, brillante la piel, cubierta la cabeza por ondas espumosas de un vago tono rosado, las agudas y finas uñas que parecían una prolongación de los dedos teñidas del mismo color.

-Cambias continuamente. – dijo la Eminencia Gris rátida.

Gorgony se aproximó para que comprobará al tacto su nuevo aspecto, y respondió:

– Naturalmente. Tengo variados orígenes. Soy capaz de adaptarme mucho, como tú. Y ahí está nuestra fuerza.

– Podremos hacer grandes cosas juntos.

-Igualdad y felicidad bajo nuestro mando. Dirigiremos tú y yo, ratita mía. Imagina, cuanto tienen los humanos a nuestra disposición, más lo que ya tenemos. La razón es indiscutible: Somos la nueva era, la modernidad, el futuro. Y si algunos de tus congéneres no progresan adecuadamente en esta mutación revolucionaria….

–  Tal vez esta batalla sirva para hacer una limpia de elementos inútiles – Rata Segunda sabía que eso era lo que Gorgony estaba pensando.

– Por supuesto.

Niveles más arriba, el alto mando, que no echaba de menos a Gorgony porque ésta acostumbraba a aparecer y desaparecer con la sutileza de un anfibio, esperaba a Rata Segunda y discutía.

La calma del mar comenzaba a parecer excesiva, y era un reflejo de la superficie rasa, pero de un uniforme tono gris, de los cielos.

A poca distancia más allá los antiguos galeotes y sus amigos y aliados hacían lo propio. Aunque fatigados doblemente, porque ya habían luchado y dado la victoria por segura, los resistentes al Imperio Rátida se aprestaron al nuevo enfrentamiento, que se presentaba como mucho más complicado que el primero pues debían cuidar de dos frentes: El de sus enemigos directos y el de la opinión mundial.

La atención de todos se desvió repentinamente hacia el rincón donde Offing había establecido un precario centro de comunicaciones. En secreto, para no alimentar falsas expectativas, el albinio procuraba por diversos medios mantener contacto con sus colegas. Así supo interpretar la repentina lluvia de mensajes que con el título de ¡Exclusiva! ¡Exclusiva! estaban siendo enviados por diversos medios, y con la colaboración de los navegantes, por doquier. Offing, Metáforos y simpatizantes habían logrado que se difundiera en varios idiomas el descubrimiento de la trama del hundimiento del Buque Correo. El silencio que rodeaba desde años al hecho misterioso y a sus consecuencias se había roto como un cristal. Y, pese a que algunos entrevistadores quisieron preguntar a las ratas, éstas se encerraron en completo mutismo y todo lo más alegaron que era asunto viejo y zanjado que sólo interesaba remover a los aprovechadores de los escándalos y a los amigos de la crispación y el estriborismo belicista.

Lo cierto es que el ambiente había cambiado, en detrimento de la imagen rátida idílica. A ello se unieron otros sucesos: También se hicieron públicas las declaraciones de un grupo de corresponsales extranjeros, ahora liberados, que habían sido secuestrados por un comando del PIL (Piratas Irredentos Libres) liderado por Angelina para que visitaran la Cala de los Malditos y la Gabarra de los Lisiados, hicieran entrevistas y dieran testimonio. Lo que describían estaba siendo escuchado con avidez. La oferta rátida de paz mundial era ya acogida con tibieza, levantaba desconfianza y ésta se tornó en franca hostilidad cuando se produjeron las filtraciones sobre su plan global de apoderarse de todo el queso, de vacas y ovejas de cuyo cuidado y ordeñe se encargarían, bajo su dirección, trabajadores terrestres homólogos de la marina galeote. Ello según esquema táctico de troceado sistemático, una vez finalizado el del No-País, de Euralia, de las Oceanias y, tras tomarse un reposo, del resto del Globo, según informaran las delegadas y servicios de inteligencia rátida de la situación en zonas insumisas y hostiles al Gran Proyecto de Felicidad Planetaria.

 

 

 

 

49

El arma infantil

 

– ¿De qué armamento disponemos todavía?

La preocupación había cambiado el color de las ratas de la Junta Directiva. La luminosa blancura de Igualísima estaba tomando rápidamente una tonalidad verdosa con zonas fosforescentes en hocico, orejas, garras y rabo. En Rata Segunda el verde se concentraba en caninos, cabeza y cuello, mientras que en el resto de las del Secretariado el gris se oscurecía por momentos y se alternaba con franjas del rojo oscuro de la sangre coagulada.

-Tenemos el arma de difusión pedagógica, la conmovedora legión infantil. Dejad un amplio espacio libre frente a la flotilla de visitantes, advertid por los altavoces que se pongan en primera fila y estén atentos corresponsales y representantes del mundo exterior.

– ¿Quieres decir cuantos no son de los nuestros? – preguntó con cierta timidez una rata auxiliar.

– ¡Quiero decir lo obvio! – respondió con evidente enfado Rata Parda, que velaba por la propaganda y la propiedad lingüística. – Por supuesto se trata de todos aquéllos que aún viven en regiones del Globo sumidas en las sombras de la Era Pre-Revolucionaria.

En su remodelación de la Historia, el Alto Mando Rátida denominaba así a cuantos territorios y humanos no estaban bajo su poder.

-Organizadlo, dad órdenes y todos a sus puestos.

Funcionó el factor sorpresa. Se esperaban ataques, pactos, treguas, sobornos, provocaciones, engaños, la aparición de aliados inesperados en el horizonte, la retirada en masa del enemigo, el impacto de una andanada letal, pero no aquello.

Mansa, dulcemente, del corazón del Alto Mando Rátida se había desgajado una embarcación de extraños color y estructura. Parecía una gabarra de mercancías y la superficie del mar, sin una ola, favorecía su avance. Era blanca, con franjas en suaves tonos pastel, a modo de mascarón de proa lucía un busto ratonil gigantesco con un remedo de sonrisa y su nombre en una especie de collar, Miky Raty. La acompañaba una música tenue más propia de la relajación que de la contienda. Y sus ocupantes no eran ratas, sino niños.

Los exgaleotes no ignoraban que las ratas iban apropiándose, para su formación decían, de un número indeterminado de crías humanas, pero muchos desconocían el proceso educativo. Estaban apiñados en la cubierta, pero manteniendo una correcta formación, y al frente de cada uno de los destacamentos se situaban sus cuidadores y maestros, que tampoco eran ratas pero que sí pertenecían a Colaboradores y Asimilados Pedagógicos, sumaban fuerzas, cuando era preciso, con los Mercenarios Light y, en tanto que servicios de inteligencia, echaban una mano a Mustélidos y a Piratas Fundamentalistas.

– ¿Por qué queréis destruir nuestro hogar, nuestra maravillosa nación, que es, con mucho, superior al No-País, a Euralia y a los corruptos dictadores? – gritaban niños y maestros entre sollozos.

– Somos felices, somos pacíficos, somos la prueba del bienestar que procura el Imperio Rátida.

– Estamos aprendiendo su lengua, rica en sonidos armoniosos.

– Dominamos la geografía de las redes de alcantarillas mundiales,

– Nos han salvado de Diktátor y de sus semejantes.

– Vivimos con la libertad de alabar al Líder Máximo.

– A Igualísimo. Y a todos los dirigentes.

– Seremos semejantes a ellas. Tan iguales como ellas.

– Iguales en género, número y caso.

El tutor jefe se adelantó unos pasos y, con voz clara y potente, proclamó:

– Antes de que planteéis las preguntas básicas os responderé: Los que veis aquí, porque estaban impacientes por venir a saludaros y desmentir las falsedades que se difunden sobre el Gobierno Rátida, viven en cómodos y espaciosos alojamientos, practican deportes y juegos en sus segmentos de ocio, gozan de continua formación gracias a los desvelos del Secretariado Pedagógico y no han sido vistos anteriormente, a petición propia, para que el retrógrado ambiente de los que los procrearon no turbe la visión perfecta que tienen de su futuro.

Pasado el primer momento de sorpresa, entre los corresponsables bullía el deseo de hacer preguntas, y ya la distancia lo permitía. Éstas comenzaron a llover:

– ¿Cuántos sois?

– ¿Estáis contentos?

– ¿Dónde pasáis las vacaciones?

– ¿Tenéis familia?

– ¿Estudiáis en un colegio?

– ¿Cuál es vuestro nivel, con qué diplomas?

– ¿Os gustan más el queso, los chuches o la sopa?

– ¿Quién os examina?

– ¿Quién descubrió América?

– ¿Son dos y dos cuatro?

– ¿Son iguales los niños y las niñas?

 

Y de cada formación se destacaba alguno, al que acompañaba, para ayudarle en caso necesario, uno de los tutores, que lucía el pin king size de los Asesores Rátidas Pedagógicos. A las respuestas acompañaba un coro que, en la parte de atrás, se esforzaba por entonar dulces melodías.

El personaje infantil, en pie junto a la proa, era la viva imagen de la inocencia, y ponía en la articulación de las respuestas claro empeño, pero resultaba apenas comprensible:

– ¿Qué dices, niño, o niña? No entendemos todas tus palabras. Ni es fácil distinguiros por vestimenta y apariencia.

Hubo un movimiento de indignación en los entrevistados:

– ¡Niño! ¡Niña! ¿Todavía utilizáis ese lenguaje estriborita? Grande es vuestro atraso, negro vuestro futuro. ¡Miraos en el espejo de la igualdad rátida, como desde la cuna hemos aprendido!

Los tutores los animaban a repetir las consignas pro integración del género en el epiceno y se afanaban en escoger a los que se expresaban de la forma más comprensible, pero ni así lograban claridad en las respuestas. Sin embargo los niños habían sido cuidadosamente seleccionados. Eran los supervivientes de las numerosas trillas mediante las cuales la Policía Pedagógica habían ido eliminando a las crías non gratas de la especie humana para reservar a los que ya daban señales esperanzadoras de asimilación completa o de franca mutación. Los desechados se destinaban a bajos menesteres o a un final inconfesable. En los almacenes de futura mano de obra se apiñaban aquéllos a los que se había sorprendido con preferencias, en juguetes y colores, feminoides o viriloides, los que no habían olvidado con la suficiente rapidez los relatos de sus padres, aquéllos que, ya crecidos y durante las prácticas de la brigada rataciclo, se negaban a atropellar a los galeotes que no se apartaban respetuosamente a su paso, los que desentonaban en el recitado de consignas y en la escenificación de los grandes hitos históricos que habían llevado al poder a las ratas, como el Hundimiento del Buque Correo. De hecho, la gesta de la Toma del Cofre de todo el Queso Gubernamental había desplazado hacía tiempo, por su categoría en la Revolución Rátida, a rancias evocaciones como la primera vuelta al mundo, la aparición de personajes filosóficos y religiosos o el descubrimiento de la energía eléctrica.

Los corresponsables y visitantes no comprendían sino algunas palabras de los ocupantes de la embarcación infantil, y ello con gran dificultad. El tutor dijo:

– Estos niños, magníficos ejemplos de nuestros logros presentes y futuros, son educados, naturalmente, en el noble lenguaje rátida, con inevitables recursos al humano pero en la clara conciencia de cuál va a ser, por señorío, calidad y milenario abolengo, el idioma mundial. Por lo pronto aún mezclan, y no alcanzan nuestra pericia en silbidos, guturales, nasales y chillidos, pero un dominio exclusivo, generalizado y completo es sólo cuestión de tiempo, puesto que su futro va en ello, y no hay otra opción.

Se adelantó otro que podía ser niña, pero cuyo sexo se ocultaba cuidadosamente con una distribución minuciosa y equitativa de lazos rosas y azul celeste sobre fondo amarillo neutro, y transmitió a su auditorio.

– Decid en vuestros lugares de origen, oh visitantes, que somos felices, estamos sanos, tenemos amor y prometemos repartirlo.

– ¿Sois todos iguales?

– Queremos ser igualísimos, como nuestros mayores al mando de la flota. Pero, naturalmente, también tenemos diferentes tipos de igualdad, y las ratas, que son las únicas que deciden en qué debemos ser iguales, nos premian según los méritos, – e inesperadamente, concluyó con un – ¡Viva 1º B! proclamado con un volumen y pasión que sobresaltó a los que le escuchaban. Gritos similares se alzaron entre sus compañeros:

– ¡Viva 2º A!

– ¡Viva Primaria!

– ¡Viva 3º H!

Habían surgido voces desde todos los grupos, cada cual alabando aquél al que pertenecía. Inspiradas por la organización tribal de algunas tribus oceánicas, las ratas procuraban favorecer, con la ayuda de colaboradores de Butifalia y de BIPS (Brincadores Incesantes Pura Sangre de la Montaña Norte), la aparición y desarrollo de clanes convencidos de su congénita superioridad sobre los galeotes, y les distribuían recompensas en forma de raciones extra de alimentos, chuches, vistosas gorras y mullidos lechos. Sabían que era la mejor forma de lograr fidelidades mediante el convencimiento de méritos ancestrales nunca antes reconocidos.

 

 

 

50

Currículum

 

Un profesor que se encontraba entre los visitantes se empeñaba en plantear cuestiones sobre temas de cultura general, temarios, asignaturas, conocimientos, diplomas. Alguien que parecía un niño mayor se adelantó:

– No entendemos tus preguntas, quizás porque eres viejo y hablas del pasado. Somos, como se nos ha dicho, de una tierra, o mar, superior llamado Porvenir, y si hablas, cuando dices eso de “Historia”, de Eras Primigenias, éstas comenzaron con las ratas, que estaban primero hace millones de años y que, naturalmente, como algunas especies subyugadas con las que nos aliaremos, tienen prioridad respecto a los humanos, tardíos, nocivos y voraces ocupantes del planeta, sólo aceptables como elemento servil o tras intensivo reciclaje.

Aquí terció diplomáticamente uno de los tutores, Había que evitar las ofensas directas, todavía.

– Por supuesto, esta inocente criatura interpreta a su manera las primeras lecciones de Protohistoria. Los humanos serán en el Porvenir, ya lo son, nuestros aliados y amigos. Él se refería a un bello poema mítico que comienza con En un principio fue la rata.  Simple metáfora destinada a paliar agravios originados en la noche de los tiempos.

En la cubierta ocupada por la directiva de exgaleotes y compañía, reinaba el estupor, excepto en el caso de algunos prófugos como Óskar, Kraky, Pesofijo y Gal, que se esforzaban por explicar la situación al resto.

– ¿Sabíais que había niños y que eran como éstos? – les preguntaron.

– Sabíamos que las ratas daban gran importancia a lo que llamaban La Siembra, la formación intensiva en la Galera Pedagógica. Algunos hemos pasado por ella, y conseguimos huir o despistar o nos asignaron, como alumnos poco satisfactorios, tareas de mantenimiento y servicio.

– O creyeron habernos eliminado por inútiles, malsanos y desechables. – terció Gal. -A los seleccionados se les sitúa en el nivel superior. Naturalmente no hay conocimientos culturales propiamente dichos, sino eliminación de cuanto concierne a épocas anteriores al Gobierno Rátida. La cultura es a contrario, por sucesiva eliminación de referencias, datos, recuerdos, preferencias personales. Las diferencias entre uno y otro y la jerarquía de los grupos entre sí únicamente son las definidas como tales por disposición rátida y comportan grandes ventajas, pues el resto debe privarse de parte de sus raciones para dárselas. No existen diplomas, exámenes ni pruebas, pero sí continuos controles del nivel de fidelidad, del de miedo al advenimiento de un nuevo Diktátor y de la capacidad de reiteración de consignas.

Como sí, desde la nave del Arma Infantil los hubieran escuchado, llegó hasta ellos la vocecilla aguda de una niña que, apoyada en una de las orejas de Miky Raty, respondía a las preguntas que se empeñaba en enviar el tenaz profesor desde la borda de una nave visitante. Trataba del temario de sucesos que sustituía, al parecer, en la formación de aquellos niños a la antiguamente llamada historia y que en la formación rátida se definía según el Proyecto Porvenir.

– ¡Porvenir, Porvenir! Nuestro proyecto. – corearon sus compañeros.

Porvenir era la versión infantil y pedagógica del Proyecto Neolítico Mejorado en el que las ratas trabajaban desde hacía largo tiempo, mucho antes de su toma de poder y con el apoyo de simpatizantes, fascinados por lo que sería el nuevo Edén en la maltratada Tierra. Su plan cara al público, revestido por sabia propaganda, había hallado amplio eco en numerosos grupos de colaboradores convencidos de que buena parte de la especie humana seguía conductas equivocadas e insostenibles y debía, por lo tanto, someterse al Código de la Vida Sana y el regreso al Neolítico. La difusión de estas ideas favorecía a las ratas doblemente: Creaba un blindaje de sumisión ante cualquier crítica dada la nobleza multiespecie de su propuesta y proporcionaba cobertura al lado oscuro del gran ideal. Era agente en extremo eficaz de su proyecto de eliminar a buena parte de la indeseable raza de los humanos.

– No entiendo- protestó Offing, en cuyo país el tema de la salvación planetaria gozaba de gran predicamento y él mismo la había defendido con ardor en numerosas ocasiones. – ¿Qué mejor que salvar a los árboles, el cielo límpido, los pajaritos y que tengamos cuerpos saludables?

Sin decir palabra, Pesofijo le pasó un manual que había sustraído de los documentos secretos de la Galera de Aprovechamiento de Recursos Humanos. Era una relación rápida y expeditiva de las diversas técnicas, publicidad y ordenanzas para la progresiva eliminación de población indeseable. En cuanto al resto, necesario a efectos de sustento rátida, bastaría con el control, difuso e incesante, producido por la interiorización del miedo a situarse fuera de las normas y por la introducción de éstas en todos los aspectos de la vida cotidiana. En tal ambiente la selección a la inversa produciría seres cada vez peor dotados y más dependientes e indefensos bajo la corteza, en los supervivientes a la selección, de la necesidad imperiosa de adecuada apariencia física.

– Por eso, entre otras razones, me hice pirata. – dijo uno de los PIL. – El plan de sana vida asquerosa, ir a pie a todos sitios hasta caer agotados y luego recitar los Ecomandamientos, la muerte inducida, durmiendo a los desechables, las ordenanzas sobre cómo caminar por las calles, la obligación del footing, se quisiera o no, cargados a veces con  grandes pesos, la reclusión de conocidos que en tiempos usaban vehículos con ruedas y ahora sólo podían esperar la Furgoneta de Recogida de No Colaboradores con la Causa, las proclamas contra el uso de materiales sintéticos, vinos, licores, ricas comidas marcadas en el Índice de Reprobables…

Segis terció, para resumir:

– La presión de la propaganda respecto a cuanto no entraba en el marco del Ideal Neolítico Remozado se estaba volviendo, no ya insufrible, sino muy peligrosa. Los humanos disminuían visiblemente y los restantes, faltos de motivación, libertad individual, placer y proteínas, no sabían ni podían reaccionar.

Otro exgaleote mostró su mano, que era casi un muñón con sólo tres dedos:

– Esto me ocurrió en el curso obligatorio de recuperación de las destrezas y habilidades en la fabricación de utensilios de piedra tallada. No pasé al grado de pulimentada.

– ¿Qué ganaba el Gobierno Rátida con ello? – preguntó Metáforos perplejo.

Una de las Chicas de la Técnica, las exgaleotes que, por su trabajo en mantenimiento, habían tenido acceso a documentos reservados, les tendió un puñado de folios que procedían del Diario de A Bordo[4]

Eran un esbozo, trazado apresuradamente y con vistas a alguna reunión del Alto Mando, sobre la existencia paradisiaca fruto de las medidas tomadas y el sistema proyectado y ya en avanzado curso.

Estaba incompleto. Era parte sin duda de un discurso dirigido a los inmediatos colegas. Comenzó a leer la primera hoja:

-…no hay mayor gozo, no hay felicidad comparable, queridas compañeras, a la de disfrutar de aquellos placeres que están negados a la mayoría, en los que ellos no pueden ni pensar porque han aprendido, han repetido y oído tantas veces que son malos que ya no se plantean preguntas al respecto. Nos rascaremos la barriga, nos untaremos el hocico con licor y tocino, cómodamente tendidas en nuestra mansión residencial. Charlaremos animadamente en nuestro coto campestre sobre nuestras bondadosas intenciones y sabremos que los humanos están dando vueltas y sudando en incontables maratones y carreras, que las antiguas vías y vehículos que les daban acceso a todo se cubren de malas hierbas y de óxido, que se ha vuelto a la limpia energía del músculo y la ocasional fogata. Disfrutaremos sin medida en bellos paisajes que a ellos les estarán vedados por imposibilidad de llegar a ellos y moverse a su capricho como antaño. En nuestros hermosos y ociosos atardeceres recibiremos a nuestros colaboradores humanos del Comité de Salvación del Planeta, que, acompañados por los Pequeños Guardias Carmináceos, nos relatarán, con grandes sonrisas, la demolición de monumentos testigos de épocas históricas todas funestas, puesto que todavía no gobernábamos, agradecerán nuestras mercedes, alabarán la amorosa dedicación de su líder Dulcita, a la que hemos otorgado el título de Rata de Honor. Los veremos emprender el regreso a pie, cargados, exhaustos, chupando una galleta sin azúcar, mantequilla ni gluten, brindaremos con esas botellas que cogimos de bodegas que ya no existen. Y mientras se alejan los oiremos cantar nuestras alabanzas y……

– ¡No sigas!

– ¡Guárdalo para publicarlo en su momento!

– ¡A por ellas ya!

Los niños de la Gabarra Infantil cantaban más fuerte que eran felices y que lo serían todavía más.

La inocencia infantil no parecía estar ejerciendo en el público visitante el efecto positivo esperado por los estrategas rátidas. Flotaba cierta incómoda perplejidad en el ambiente y el cansancio de la ya larga jornada cuyo final se alargaba de forma indefinida.

Entonces ocurrieron varios sucesos casi simultáneos: La Gabarra Infantil había recibido órdenes de retirarse y, cuando comenzaba a hacerlo, uno de los niños saltó tomando impulso desde el hocico de Miky Raty. Nadaba vigorosamente y los que tripulaban la nave, ocupados en la maniobra de puesta en marcha para el regreso, no habían reparado en un principio en lo ocurrido, lo que permitió al joven desertor ganar tiempo y distancia. Algunos visitantes reaccionaron para ir a su encuentro y sacarlo del agua. Hubo un confuso vocerío mezcla de cólera y estupor en la zona rátida, pero lo ahogó la ovación espontánea de los humanos al pequeño héroe. Llovieron las preguntas, que todos se disputaban en hacerle, pero el niño se negó a responder absolutamente a nada, con tal firmeza que optaron por bañarlo en agua dulce, proporcionarle ropa seca y dejarlo descansar.

Sólo contestó a una pregunta:

– ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Dos Mil.

Y ahí quedó todo, sin aclaración alguna. A todos les extrañó la tirantez y seriedad de su rostro, que expresaba franca determinación y cansancio. Incluso se llegó a hablar de que fuese un espía, aunque la idea fue desechada por su edad.

Alguien citó rumores de raptos de niños por las ratas, inspirados en las prácticas de Kimyrata III del Norte, su aliado asiático.

– ¿De dónde procedes? ¿Has nacido en el barco?

Imposible obtener respuesta.

Sin embargo la cara del niño se iluminó con una gran sonrisa cuando le dieron un bocadillo de jamón y una reluciente espada de juguete.

Dos Mil estaba llamado en el futuro a llevar a cabo hazañas que nadie hubiera podido sospechar.

 

 

 

51

La bandera engañosa.

 

– ¡Izad, izad la bandera del Orgullo Rátida con todos los banderines blancos símbolos de paz y amor!

El Alto Comité Para Emergencias habló como una sola rata porque la ocasión lo requería. Todos sus informadores, que habían llegado mojados, asustados y jadeantes tras introducirse en las naves contrarias, coincidían en el cambio de opinión de los extranjeros. No creían las proclamas de la flota opuesta, daban crédito a las informaciones llegadas por diversos medios y todas coincidentes en la estrategia final de Igualísimo y los suyos, se habían difundido las entrevistas y declaraciones de los corresponsales que visitaron la Cala de los Malditos y la Gabarra de los Lisiados y que entrevistaron a los prófugos. Y no querían, por muy igual que éste fuese, vivir en un sistema mundial rátida y contemplar los fragmentos de lo que fueron sus países bogando a la deriva en archipiélagos visitados periódicamente por los recolectores rátidas de bienes, alimentos y mano de obra.

La fuga de Dos Mil había colmado el vaso y convencido a los más tibios,

– ¿De qué nos sirve la maniobra que proponéis? – preguntaron los círculos asesores del alto comité rátida- Ya hemos empleado estrategias parecidas sin éxito?

-Pero ahora tenemos que salvarnos, huir y organizarnos. Lo que se les anuncia es que cesan las hostilidades, nos aproximamos para parlamentar y acordar, no ya la tregua, sino la paz total tras el diálogo. Y después… ¡Sacad la bandera blanca gigante!

Desde las naves opuestas se observó la maniobra. Los visitantes le dieron crédito.

– Hay que dejarlas aproximarse. ¿Cómo negarnos al intercambio de opiniones?

– ¡El diálogo es sagrado!

– ¡Es el signo de los tiempos!

– ¿Qué dirían si no las generaciones e historiadores venideros?

Y los más filosóficos añadieron:

– A fin de cuentas, ellas defienden una diferenciación vital, unos derechos de ocupación y usufructo anteriores quizás a los primates. Los antropólogos no se ponen de acuerdo pero…

– ¡Nuestra lucha debe ser planetaria! -en la conversación irrumpió de forma vehemente un joven investigador que procedía de la Universidad Costa Oeste, en Dolaria. -Defendemos la existencia, en todas sus formas, la primigenia multiplicidad terrestre, la sabiduría infalible de la Naturaleza. En su momento, podréis leer mi memoria final de carrera.

– ¿Cuál es el tema? -inquirieron los que le escuchaban.

– Mi tesis, como reza en el título, es sobre el Derecho a la Vida de las Huevas de Pescado. Son incontables los genocidios que se producen, cada día, en el Planeta.

Mientras se discutía, exgaleotes y aliados, con pocas dudas sobre las intenciones del enemigo, cerraron su formación.

La principal galera rátida, con una bandera blanca tan grande que actuaba como vela de empuje supletorio, se aproximaba con rapidez y ya se distinguían claramente los gritos coreados en la cubierta:

– ¡Di-á-lo-go! ¡Di-á-lo-go! ¡Di-á-lo-go!

Y se podían leer algunos de los carteles desplegados: – Entendimiento fraternal. Alianza de Especies.

La confusión se extendía en el bando opuesto. Se añadía a esto el gris homogéneo que parecía haber ascendido desde el quieto mar para juntarse con el semejante del opresivo cielo y fundirse con el del pelaje de las ratas, que se cuidaban, de no mostrar al gritar el blanco de sus colmillos.

– ¡Manteneos a distancia! – gritaron los exgaleotes. – Os oímos perfectamente desde ahí.

Pero la galera adversaria que iba en cabeza aceleró su curso, proclamando al mismo tiempo posibilidades de acuerdo, tregua, quizás rendición. Ayudada por el gran lienzo blanco que habían enarbolado, ganó velocidad, llegó a unos metros, y no embistió a la primera nave de la flota opuesta gracias a una hábil maniobra de los Piratas Libres de su tripulación, más hábiles que los rebeldes con los que se habían aliado y nada dispuestos a someterse a nuevas dictaduras.

Sin factor sorpresa, destrucción inicial ni rápida eliminación de importantes adversarios y toma de algunos rehenes, las ratas perdieron confianza en su plan. Dieron órdenes a parte de sus huestes de lanzarse al abordaje aprovechando la proximidad, calcularon un pasillo de huida y Rata Segunda se aseguró de que, como estaba previsto, una vez su galera hubiera pasado, se lanzase la última arma psicológica.

 

 

 

52

Cuerpo a cuerpo.

 

El gran problema rátida fue la confusión. Mientras hubo la seguridad del reparto de inagotables existencias de queso y de gratificantes reuniones nocturnas en las que, al calor del número y de la homogeneidad de las consignas, se les aseguraba su superioridad, preeminencia e ineluctable victoria sobre sus desunidos, volubles y reticentes enemigos no les fue difícil imponerse. Eran, colectivamente, siempre, las heroínas de todas las historias, reconocidas incluso como supervivientes valerosas por sus adversarios mismos. Ahora las desconcertaban las variadas reacciones de sus contendientes, la forma en que se ayudaban entre ellos, la visible tibieza o franca hostilidad de los que creían sus aliados.

Llevadas por un reflejo irresistible, todas se fueron agrupando en un puñado de galeras. La consigna era de ninguna forma abandonar el barco, pero no especificaba a cuál se refería, así que, en vez de un cuerpo a cuerpo con el enemigo humano, éste se producía entre ellas.

Segis demostraba una sorprendente agilidad física que, más que en la fuerza, radicaba en la pasión. Quería encontrar a toda costa a la Jefatura Rátida y, desdeñando otro tipo de enfrentamientos, se lanzó a interrogar y a rebuscar escalerillas abajo. Agotadas por el peso del botín, halló a Rata Ecónoma, a la Secretaria principal, a varios miembros de la guardia y a no pocos rataciclos que habían desmontado sus vehículos para utilizar los manillares como alfanjes.

– ¡A ti quería encontrarte! – El brillo de sus ojos, la agudeza puntiaguda de sus uñas y la forma que tenía de escalar plataformas en cubierta pisando sobre sus compañeras delataban a Rata Segunda. La persecución no fue muy larga. Segis la acorraló pese a la agilidad con la que Eminencia Gris manejaba el rabo y aprovechaba la menor ocasión para tirarle dentelladas. Ya en el mar, y en una mullida balsa importada en secreto de una famosa empresa de Teutonia, Gorgony esperó durante cierto tiempo al que había sido su compañero en las tareas de espionaje y gobierno, pero luego, segura de sus facultades de adaptación a todos los medios, acuático y terrestre, lo abandonó.

Las informaciones de Rata Segunda sobre luchas marinas no procedían de estudios, de los que en general sus congéneres carecían, sino de imágenes. Y recordaba que los enfrentamientos ascendían siempre hasta acabar en la punta del palo mayor. Ahí ella tenía ventaja por la provisión de genes del equilibrio propia de su especie. Su adversario era, en comparación, físicamente torpe, raza al fin inferior la de los humanos. Se sorprendió al observar que Segis no seguía el guión esperado sino que la empujaba con toda clase de fintas hacia abajo, a zonas desde donde emanaba un delicioso olor a queso.

Hacia abajo, hacia abajo. Al fin y al cabo ¿por qué ir hacia arriba? Cuando más abajo más iguales, esa era una de las premisas básicas del código rátida, y en ella convergían, en su sabiduría profunda, estrategias, normas, imposiciones y explicaciones. Ahí, abajo, estaban, además del perfume irresistible del queso y de los cofres llenos y pesados, alcantarillas y agujeros, seguros refugios sombríos donde en nada se distinguían unas de otras y tampoco entre sí los humanos. Escalón a escalón, cubierta a cubierta, Segis la llevó hacia la entrada que daba acceso a la parte inferior del buque. La oscuridad amiga y el agua encharcada daban confianza a Rata Segunda. Su adversario mordería la derrota en aquel medio que él odiaba porque los humanos tenían una viciosa querencia por ir hacia arriba y por la luz.

En el tercer nivel comenzó a sentirse menos segura. Estaba sola, alejada de sus iguales de las cuales le llegaba el ruido apagado, chillidos, arañazos y carreras sobre la madera de la cubierta. La nave se estaba escorando hacia la izquierda, y no por los movimientos del mar sino porque había llegado, pensaban que del Alto Mando, la consigna del Partido Incondicional Baborita, al que todas pertenecían, y por lo tanto debían situarse a babor. La masa gris y compacta formaba un tapiz vivo en la cubierta desnivelada y, en ondas sucesivas, comenzaba a caer al agua, no sin antes aferrarse con las pequeñas y agudas garras a la borda.

Rata Segunda intuyó la catástrofe y decidió pactar:

-Puedo proponerte un trato- dijo a Segis- Nada se nos resistirá con una adecuada alianza. Nuestros argumentos son irrebatibles, hace tiempo que los repiten en no pocos reinos de tu especie.

Decía todo mientras se escurría hábilmente entre los muchos materiales amontonados. Segis no respondía y se afanaba en darle caza intentando cerrarle el paso hacia posibles salidas y evitar, al mismo tiempo, sus mortales dentelladas.

Llegaron finalmente a una bodega que Segis, pese a lo que creía su oponente, sí conocía bien. Se apilaban allí cantidades ingentes de objetos que procedían de los Almacenes de Memoria y se destinaban a la gran fogata depuradora que el Gobierno Rátida tenía proyectada cuando, marcando definitivamente el Año Cero de su reino, celebrasen la Fiesta de la Verdad Histórica Definitiva.

Las enormes pilas de libros, ilustraciones, maquetas, figuras y fotografías exhalaban un olor mohoso similar al del queso.

Rata Segunda se apoyó firmemente en la pila de rimeros que se elevaba hasta el techo para así atacar con mayor impulso. Ignoraba que los libros, además de ser comestibles y combustibles, podían tener un gran peso. Y se desmoronaron sobre ella. Al mismo tiempo que la mano de su enemigo.

Cuando finalmente éste le asestó el golpe final, las últimas palabras de Rata Segunda a Segis fueron:

– Hubiéramos podido hacer juntos grandes cosas.

 

 

 

53

Siempre nos quedará Diktátor

 

– ¡Soltad la última arma! ¡Todavía podemos atemorizarlos! Nunca nos ha fallado.

Rata Máxima y su grupo de fieles escogidos habían visto que, sorprendentemente, no iban a vencer como pensaban por la simple superioridad del número. El abordaje se decantaba por los rebeldes, la homogeneidad y fidelidad rátidas resultaban ser menos eficaces y fiables que el ardor y variaciones tácticas de los exgaleotes y afines, los aliados se replanteaban las alianzas, el horizonte se había ido pespunteando con embarcaciones de todo tipo, tripulaciones de humanos que procedían, más que de países, de puertos, y desde luego no eran amistosas ni partidarias de los ideales de Igualísima. Las llamadas a oponerse a los malvados estriboritas no hacían el efecto esperado. Las ratas, sobre todo las del departamento de Propaganda, aún estaban convencidas de que bastaba con recordar que el Mal era, desde la más remota antigüedad, Estribor, Diktátor y sus descendientes para que, con fidelidad automática y en cualquier lugar del Globo, se atacase a los acusados de pertenecer al grupo infame. Reinaba el desconcierto porque al variado frente de sus enemigos no parecía preocuparle en absoluto la calificación Mal/Bien que ellas le ofrecían y, por supuesto, tampoco reconocía los méritos de la Nación Rátida, sus logros igualitarios y glorioso futuro de defensa planetaria de las especies y usos tradicionales.

– ¡Retrocederán! ¡Se convencerán! – afirmaron las más fieles.

– Tendrán miedo, como siempre- aseguró la líder de Propaganda.

El pelaje de Rata Máxima había pasado de la blancura etérea a un color rojizo que se acentuaba en hocico y patas y la hacía más similar a sus compañeras del grupo supremo, ahora apiñadas a su alrededor y que iban mostrando las mismas características. Así era en Rata Secretaria, Rata Ecónoma, Rata Pedagoga, las líderes del Comando Rataciclo, las de la Guardia de Seguridad Personal, la Portavoz y la Escribiente, pero no en la Directora de los Servicios de Propaganda e Inteligencia, que siempre se había caracterizado por ser mimética y había adquirido el tono pardo de las paredes y muebles de la estancia.

Curiosamente, no parecía echarse demasiado de menos a Eminencia Gris, Rata Segunda. Incluso en algunos sectores se advertía cierto alivio y, en los de alto rango, disimulada alegría por la desaparición de un elemento peligroso y por el previsible ascenso en el escalafón.

– ¡Botadlo ya! -la orden de Máxima se subrayó golpeando repetidamente la mesa con el rabo. El contraste era grande respecto a sus anteriores apariciones públicas, etérea y cándida representante de ideales de afable dulzura. Ahora, con los cambios de tono y ademanes, resultaba casi indistinguible de Rata Mayor en sus momentos de mayor vehemencia, cuando se presentaba como humilde delegada de ciudadanos y ciudadanas del mundo dispuesta a imponer la felicidad a cualquier precio.

Primero se aseguraron de atraer la atención con una fanfarria, y lo consiguieron. La batalla pareció congelarse y, como en un tapiz bélico, se fijaron con nitidez las naves semihundidas, las vencidas, las que se habían dado a la fuga y las victoriosas. Los chicos de la prensa aprovechaban para tomar notas y hacer esbozos que luego les servirían para desarrollar la noticia. Algo hacía presagiar el momento final, e incluso el mar y el cielo tenían un uniforme color grisáceo, de tormenta que no acaba de arrancar y calma engañosa.

La nave donde se refugiaba el Alto Mando hizo maniobra y, flotando sobre la superficie tranquila, apareció con lentitud una enorme imagen del temido rostro del Mal, el muy antiguo pero persistente en la memoria Diktátor. Las ratas siempre se habían vanagloriado de defender de sus posibles partidarios al No País y a cualquiera amenazado por los insidiosos Estriboritas.

No era la estatua gigantesca del Galeón de los Ritos oscuros, sino un simple simulacro en materias blandas que, además, con el vaivén y la proximidad de casco y aparejos, resultó de poca resistencia.

La imagen de Diktátor no cumplió las expectativas. No se produjo un movimiento de temor ante el terrible pasado, la tiranía mítica que, sabiamente utilizada, había permitido a las ratas hacerse con el cofre y el poder. No se despertó en indecisos, rebeldes y simpatizantes una ola de agradecimiento a los salvadores rátidas que eran el Bien enfrentado a la negrura de cuanto a Diktátor y su resurrección se refiriera. No dieron media vuelta las naves recién llegadas ni se rindieron arrepentidos los galeotes, ni huyeron, para engrosar las filas del sucesor de Iluminado Magnífico los piratas irredentos libres. Simplemente, al tiempo que la faz de Diktátor se deshacía lentamente en el agua por fatiga de materiales y apresuramiento en la botadura, los adversarios observaron con curiosidad el hecho, hicieron comentarios jocosos de la progresiva disolución de una imagen que poco o nada les decía y decidieron, luego, reanudar la lucha.

– ¡No todo está perdido! ¡No todo está perdido! – exclamó la representante de las Ratas de la Guardia, que normalmente, al haber una por cada galeote, constituían una tropa numerosa pero que ahora habían quedado reducidas a un escaso grupo y luchaban por la propia supervivencia del Cuerpo al menos tanto como por la defensa del Alto Mando. – ¡Mirad! Todavía hay quienes no se han unido a la sublevación.

Señaló un punto a media distancia y, en efecto, allí flotaban en clara expectativa algunas naves con galeotes en cubierta.

– ¡Tenemos los repuestos! ¡Saquemos los repuestos!

– ¡Difundamos, además, los horribles crímenes de los antiguos dirigentes del No País, que nunca deben ser olvidados! ¡Sus atentados a la salud del bosque cuando talaron árboles para una fogata festiva, su sabotaje del primer proyecto de generalización ciclista y erradicación de las cuatro ruedas! ¡Su corrupción cuando aceptaron regalos navideños!

Las miradas se centraron acusadoras en Rata Parda, Jefe del Departamento de Comunicación y Propaganda, que no se había ocupado con la debida diligencia de la difusión de imagen cara al exterior.

Rata Parda se defendió, con el aplomo que la caracterizaba. No pocos la temían especialmente cuando, con expresión tranquila y casi afable, reprochaba a alguien su postura, fruto del error y de la falta de diálogo y comprensión de las benéficas directivas de los responsables. En esos casos no era raro que el acusado de tendencias estriboritas apareciera flotando con la barriga hinchada en la sentina de desechos.

– La propaganda directa no es necesaria. -dijo- Ellos nos la hacen. No son pocos los que nos apoyan entre los humanos, defendiendo nuestras premisas, exponiendo, con ardientes discursos, la conveniencia de demoler castillos y catedrales, obras de arte, monumentos y cuanto les diferencia de nosotras y del igualitarismo total. ¿Para qué esforzarnos?

Y añadió en voz más baja:

– Y recordad que no nos conviene. Todos los informes de nuestras filiales y franquicias coinciden en que, actualmente, nuestros simpatizantes no rátidas reciben generosas aportaciones oficiales, que nutren luego nuestros fondos de actuación, difusión y sustento.

No hubo, pues, objeciones ni tenían tiempo de hacerlas Era tarde para reparar el fallo. Se tomaría nota para el futuro. No había un momento que perder para pasar al plan B tras la desaparición en las aguas de la impresionante y cuidadosamente elaborada imagen de abominable Diktátor.

– ¡Botad los repuestos! Su número y tamaño recordarán a quienes nos observan que todos y cada uno de nuestros adversarios puede llevar en su interior el germen del estriborismo. Sólo nosotras garantizamos la vigilancia diaria de la perfecta igualdad y la ratidad sostenible. – ¡Botadlos ya!

Por las escotillas previstas al efecto comenzaron a brotar, uno tras otro, decenas de pequeños diktátor hinchables, que se balanceaban suavemente y hubieran podido confundirse con inofensivos patitos flotadores de no ser por la expresión de codicia y maldad que se había querido, bastante torpemente, imprimir en ellos dotándolos de colmillos sangrientos que mordían cuerpos humanos desventurados mientras simulacros de oro y  joyas rebosaban de la bolsa que les colgaba del cuello.

Lejos de cundir entre los adversarios el arrepentimiento y el pánico, comenzó a propagarse entre ellos una especie de ataque de hilaridad general que se manifestaba de diversas formas: Los piratas irredentos libres avanzaron a toda velocidad interpretando, con los instrumentos musicales de que disponían, y a los que eran bastante aficionados, canciones tradicionales con letras nada halagadoras alusivas a la época rátida, a su gobierno y hechos. Los rebeldes comenzaron una competición de tiro al blanco con premios y aplausos para quienes acertaban en los diktátor flotantes, que se iban hundiendo según el aire silbaba al escaparse de su interior. Los ocupantes de las naves llegadas de puertos lejanos se esforzaban en conseguir, para llevárselos como recuerdo, uno de ellos. El ambiente se volvió casi festivo, y eso, junto con el cambio de tiempo, fue para la Nación Rátida fatal.

 

 

 

54

Descubrimiento de la altura.

 

El cielo, hasta entonces tan gris y plano como el agua, según avanzaba el atardecer estaba cambiando. Se habían acumulado nubes que parecían amontonarse unas sobre otras. El mar no se encrespaba con altas olas pero tampoco era ya la extraña balsa que, como si también esperase el final de la batalla, parecía mantenerse a la expectativa. Las ratas supervivientes, abandonada toda esperanza de triunfo inmediato, se aprestaron a la huida sin mayores dilaciones. Las ratas nunca miraban a la altura.

Pero los galeotes entonces sí. Largo tiempo sometidos a los espacios limitados, los ocios dirigidos y las tareas impuestas, observaron, con una atención nueva, el horizonte, que se había llenado de resplandores. De la masa nubosa surgían relámpagos y truenos y, éstos, mezclados con las luces del ocaso, hacían que se desplegase un inmenso abanico de tonos y sonidos. El mar había adquirido un color violeta veteado de espuma. El viento, sin ser huracanado, llevaba un sabor nuevo mezclado con la sal.

Los rebeldes y los aún indecisos miraban hacia lo alto como quien descubre islas con el alimento necesario. La extraña tempestad fue breve. No por ello apartaron la vista porque a continuación empezó a aparecer otro espectáculo: La amplitud del cielo nocturno, que observaban como si nunca lo hubiesen visto o lo descubrieran tras un largo sueño en una habitación sin ventanas.

Los visitantes que habían llegado en sus propias embarcaciones no comprendían cuanto estaba sucediendo a los antiguos galeotes pero se sentían conmovidos por el ambiente de intensa admiración. Los corresponsales aventuraban hipótesis: La nación rátida había acostumbrado de tal manera y durante tanto tiempo a su propia dimensión a los que sometía que de repente la mezcla de cambio, distinta época y percepción de la deslumbrante amplitud había producido una especie de extraña borrachera. Las ratas huían, confundidas con las primeras sombras, pero habían dejado de importar, pertenecían al pasado, a un episodio mezquino, superado, y eran las que siempre habían sido, sin mayores dimensión ni mérito.

– ¡Mira, Offing, mira! – Gal le obligó a apartar la vista del cuaderno de notas y, el brazo por los hombros, le hizo inclinarse sobre la borda.

El periodista de Albinia venía de aguas frías, de costas de luz boreal durante los escasos meses de verano y de luego largos inviernos. Metáforos se había apartado unos metros para dejar sola a la pareja. La oscuridad se había hecho profunda tras la deslumbrante exhibición de descargas eléctricas de nube a nube que no se había resuelto, como cabía esperar, en una gran tempestad. Los barcos eran zarandeados por un viento que, sin llegar a ser huracán, separarlos y obligarlos a hacer maniobras, postergaba el cambio de rumbo y los mantenía en una pausa de movimientos circulares. Era el momento, para cada cual y cada barco, de replantear y definirse, vibraba en el ambiente la excitación de los comienzos y de los descubrimientos.

Para los recién llegados, el enfrentamiento contra los rátidas, la visión real de su existencia y de su organización, finalidades y significado también cambiaba sustancialmente sus personales derroteros. Lo que antes eran utópicos y lejanos relatos sobre comunidades distintas que aspiraban a ideales de felicidad global y se escuchaban con curiosidad y cierta simpatía de buen tono tenían, desde entonces, efectos y rostros. Al tiempo que la sensación de estar envueltos por la altura y la profundidad, añoraron y apreciaron lo que les era caro en la vida de cada día de sus países de origen, y la carencia de límites que los rodeaba añadió fuerza al deseo de defender su libertad de enemigos concretos.

Offing observó lo que Gal señalaba. El agua se había llenado de puntos fosforescentes y relucía, sobre todo a cada roce con las proas y cascos, formaba aureolas en torno a los botes más pequeños, se cortaba en estelas y surtidores de luz cuando se agitaba. Era todo un espectáculo marino de fuegos artificiales. Gal y él se apretaron, estrechamente, el uno contra el otro. Parecían, y se sentían, uno solo.

– No sé si me gustará una casa que no se mueva- dijo Gal.

– Bueno…Hay caravanas estupendas- propuso Offing, que le había descrito anteriormente las bellezas de los adosados en poblaciones costeras.

– Se puede probar- admitió ella, dubitativa.

 

 

 

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¡Largad lastre! ¡Royendo amarras!

 

Los galeones rátidas se habían hundido uno a uno, el primero el del queso por su peso. El cofre del tesoro, como se había previsto en el Plan B, los dirigentes se lo llevaban en la nave especial de emergencia. Ya no había botes salvavidas. En cualquier caso la tropa obedecía la consigna de no abandonar jamás el barco, con la oscura esperanza de que siempre quedaría algo que trocear y roer. Sus adversarios, ya victoriosos, no se atrevían a abordar las naves completamente cubiertas en todas sus superficies, tejidos, metales y sogas por la espesa capa de ratas grises y peludas, que ondulaba y se devoraba en la lucha por superponerse, llevadas algunas incluso por la aspiración a constituirse en élite.

La consigna en las altas esferas gubernamentales era aligerar, largar lastre y roer amarras para alejarse a la mayor velocidad posible. Los supervivientes de los cuerpos policiales rátidas se dedicaban, sin mayores miramientos, a lanzar por la borda a sus congéneres, cuyos cuerpos hinchados flotaban y formaban bancos que entorpecían el avance.

– ¡Acercad la nave de emergencia! –

La plana mayor rátida, seguida por defensores escogidos, había conseguido distanciarse y esperaba en la oscuridad sobre una gabarra construida al efecto y pintada de negro, de manera que no se distinguiese. Llegó la embarcación salvadora. Era el yate personal del Gobierno, denominado Yate del Pueblo, pequeño pero confortable, veloz y dotado de excelente maquinaria e instalaciones. Normalmente permanecía camuflado aunque Máxima era de la opinión de que en absoluto existía contradicción alguna entre la lujosa nave y los ideales de igualdad rátida porque precisamente eran necesarios algunos faros de excelencia, gestionados por el alto Comisariado, para mostrar a congéneres y simpatizantes los placeres de que gozarían todos y cada uno de ellos en el mañana prometido. En virtud de ese razonamiento los afines a la Líder disfrutaban de camarotes tipo suite y cubiles de diseño.

El Yate del Pueblo tenía una capacidad muy limitada. Aunque se había alejado bastante del centro de operaciones, había aún ratas náufragas que se esforzaban por trepar y eran rechazadas sin miramientos por el comando de la guardia especial. Rata Primera no pudo resistirse, pese a la premura de la maniobra, a decir unas palabras que la Secretaria y el Cantor Pasta Supina fijarían para la posteridad:

– Esto no es un adiós, compañeras. El estriborismo ha recibido un golpe mortal, un terrible desgaste. Sois, son vuestras descendientes y colegas, la avanzadilla de la Felicidad Suprema. Vuestros cuerpos abonan y fertilizan el edén ya próximo de alcantarillas artesanales, urbes sin ruedas que nos amenacen, alimentos que se nos proporcionarán gratuitamente a diario, con una variedad y abundancia nunca soñadas; tanto más sabrosos cuanto que procederán de la perquisición implacable de los bienes de sus perversos dueños actuales. Hundíos gozosas, queridas compañeras. El Gobierno envidia vuestro glorioso final y no se suma a él por responsabilidad de su cargo.

Las ratas, que chapoteaban e iban descendiendo a las profundidades marinas, no podían apreciar debidamente el discurso, pero ese detalle carecía de importancia mientras se cuidaran de inmortalizarlo las encargadas de ello.

El Yate del Pueblo se alejó a toda máquina.

 

 

 

56

El mar era una fiesta.

 

En el mar reinaba un gozoso desconcierto, como si cada ola hubiera decidido tomar distinta dirección, lo cual hubiera ocasionado insólitos problemas y navegación imposible.

Pero sólo era una apariencia. Se estaba levantando un viento favorable y para tomar decisiones y zarpar se esperaba al amanecer. Simplemente había un intenso trasiego de barco a barco, se hablaba a voces, había música, intercambio de mapas y portulanos y bailes regados por diversos caldos aportados por los propietarios de embarcaciones visitantes.

En la celebración y degustación tomaban parte importante los prófugos de Piratas Irredentos que habían sufrido largo tiempo el vigilante yugo de los fundamentalistas. Hartos del largo tiempo en el que el esparcimiento consistía en mascar espesos bolos de una desagradable droga amasada con mejillones y ciertas algas, de escuchar las alabanzas a Iluminadísimo y de recitar los pareados de cuyo aprendizaje memorístico dependía su ascenso en el escalafón, sorbían con deleite el extracto de viñas acompañado de bocadillos que preparaba el destacamento gastronómico de Angelina.

Todo hervía de proyectos, propuestas, relatos, invitaciones.

– Igual me compro una casa en el pueblo que tú dices. ¿Es verdad que está lejos de la costa y hay cerca unos picos muy altos? Porque ya está bien de trabajar en cubierta. El mar no quiero ni verlo.

– Ciudad grande, grande, grande. Así la quiero Como la que me describieron los antiguos de mi barco. Imagina…Te paseas por donde te place, haces lo que se te antoja y no te conoce nadie

– ¿Le parece que podré trabajar en su periódico, Metáforos? Tengo dos reportajes pensados, sobre las redes secretas de desviación de fondos estatales para alimentar franquicias rátidas.

Metáforos consideró la propuesta del joven reportero de Nevonia.

– También yo he barajado la idea, e incluso antes de venir estuve recopilando filtraciones de confidentes. La financiación indirecta rátida es un tema apasionante.

– ¿Entonces un trabajo conjunto?

Metáforos jugueteó con una jarra vacía y observó mirando su fondo:

– Me han dicho que en Nevonia la cerveza es excelente.

– ¡Oh, sí! Tenemos una receta de nuestros antepasados, los grandes navegantes del norte. Por cierto, he traído algo. Un instante.

El joven regresó cargado con una caja.

– Embarqué algunas botellas conmigo. En previsión de que la travesía fuera larga.

El vacío y triste interior de la jarra rebosó en breve de líquido dorado y espuma.

Tras el brindis, el periodista de Nevonia propuso:

– Su experiencia sería valorada como corresponde. En el acuerdo de nuestro trabajo conjunto se incluiría un compromiso de suministro gratuito de este producto típico de mi país.

Metáforos se limpió la espuma y asintió con la sobriedad que le caracterizaba:

– Su proyecto me parece digno de consideración.

En popa, donde la luz era más tenue, había un animado coloquio, en voz baja entre uno de los visitantes y una pirata prófuga. Procuraban no atraer la atención porque ella se había despojado de cuanta ropa llevaba encima como si le resultara insufrible el peso de la tela y no llevaba sino dos piezas someras.

– ¿No tienes frío, prenda?  -preguntó él haciendo ademán de cubrirla con su chaqueta.

– No hace frío. Algo de brisa.

Y agradeció la oferta sonriente. A continuación se soltó el broche que le sujetaba el cabello y movió la cabeza a un lado y otro para recibir, con placer evidente, el soplo del viento.

Él temió que continuara desvistiéndose y se arrancara, que es lo que parecía hacer más que despojarse normalmente de una prenda, lo poco que todavía llevaba encima. Procuró distraerla de lo que parecían tristes meditaciones.

– ¿Es verdad que os hacían llevar siempre un manto color arena con una estrella parda? ¿Y en la cabeza agujeros para los ojos?

La pirata prófuga asintió y abrió de par en par los brazos para recibir brisa y salpicaduras de espuma. Luego se volvió hacia él, recompensó su solicitud con un rápido abrazo y le tranquilizó.

– No te preocupes que no continúo. Incluso voy a vestirme un poco. Tú no sabes lo que es no sentir nunca en la piel el aire y el sol. Pero nos vengamos, vaya si nos vengamos de los PIF. Muchos están en el fondo, envueltos en el sudario que nosotras llevábamos.

Para espantar los malos recuerdos del pasado él le hizo observar la estela de chispas que dejaba en el mar tropical la quilla del barco y le explicó que eran como diminutas gaviotas acuáticas provistas de su propia luz que subían de noche hasta la superficie.

– Ponte cómoda en este rincón que hay lonas. Voy a traer algo de bebida para que nos la tomemos los dos.

Un pequeño bote desvencijado, fuera del área del farol que cabeceaba, les ofrecía cobijo, e incluso, al estar volcado y por la rotura astillada de su casco, una visión del cielo estrellado que cuadraba bien con las circunstancias.

– Nena, si te quieres quitar el resto, por mí no te preocupes.

No eran los únicos que buscaban rincones discretos. Numerosos galeotes incorporados hacía poco a la armada rebelde descubrían, con parejas recientes, posibilidades insospechadas y llenas de dulce sabor. El sexo, reglamentado y objeto de pedagogía e igualitarismo bajo el gobierno rátida, había arrasado en ellos con el erotismo y los incentivos más elementales, amén de extirpar a golpe de consigna toda actitud sentimental y romántica y producirles, cuando no rechazo, un aburrimiento feroz. Ahora descubrían que, como el sabio dicho francés reza, el mejor momento del amor es cuando se sube la escalera.

Otros estaban, y se sentían, extrañamente solos entre el jolgorio. Acodado en la borda, Segis adivinaba, más que observaba, el horizonte. Orky y Kraky se le acercaron. Pese a ser hombres de acción avezados en peligros y duras empresas, percibían en el antiguo Remo 72, su jefe de la Resistencia, la tristeza que, como la bajamar, sigue a la exaltación de la victoria. Segis compartía, por supuesto, el gozo generalizado ante la derrota del enemigo, pero, precisamente por su liderazgo y tenacidad en el largo combate, por su conciencia del peligro que representaba el Gobierno Rátida, vivía momentos de especial vacío y soledad.

– No las hemos perseguido. -dijo.

– Han quedado muy pocas. La gente está cansada, el mar oscuro. La mayoría no sabrían orientarse. -le respondieron.

Hubo una pausa. Luego Segis sonrió. La sensación de alivio animó a sus compañeros.

– El plato frío de la venganza ha sido reemplazado por un buffet libre.

Orky y Kraky asintieron. Y apostillaron:

-Así es. Vamos abajo a tomar algo.

Y dejaron la cubierta.

 

 

 

57

El Club de la Eterna Venganza.

 

Según descendían, Segis y sus compañeros, se encontraron con un espectáculo insólito. De sala en sala y de cubierta a cubierta desfilaba un grupo pequeño pero cuyo número parecía abrumador por lo ruidoso, recitando consignas, coreando una especie de sutras, exhibiendo pancartas y arengando al parecer a los presentes, que lo observaban creyendo que se trataba de un conjunto musical por el acompañamiento de instrumentos que algunos tañían. De cuando en cuando se detenían, anunciaban ¡Hemos decidido abandonar la clandestinidad! y repartían panfletos. Los tres se detuvieron a escuchar el discurso y Segis se sintió rápidamente atraído por la palabra venganza, a la que él mismo acababa de aludir y que, en varios idiomas, parecía figurar como reivindicación de base.

– ¿Quiénes sois?

Encantados de la atención que despertaban en el trío de rebeldes victoriosos, los manifestantes no deseaban escatimar explicaciones, pero tampoco querían restarse a sí mismos importancia ofreciendo información individual y desordenada.

– Y tú ¿quién eres? -espetaron a Segis, a quien suponían el líder.

– Somos miembros de la resistencia que ha derrotado a las ratas, y él es uno de los mejores. -respondieron los otros dos.

– Pues no creáis que con la excusa de esta batalla y lo de la lamentable deriva autoritaria rátida en el marco de un Estado ya antes, y siempre, opresor vais a derrotarnos a nosotros, a hacernos desaparecer, a eliminar nuestra imparable lucha por la igualdad, contra el sistema abominable y sus víctimas.

– ¡La lucha continúa! ¡La lucha continúa! ¡La lucha continúa!

El grupo, que se había formado en una fila compacta detrás de su portavoz, repitió con buen ritmo la consigna. Ante el gesto perplejo de su reducido auditorio, el portavoz fue sustituido por una portavoz, que se apresuró a anunciar:

– Practicamos la igualdad completa de género. Yo os responderé ahora.

Segis, siempre observador, advirtió que el orden en la fila no era casual. La portavoz leyó su mirada y aclaró:

– Nuestros compañeros forman, según el orden establecido por nuestros principios básicos, de cuatro en cuatro: Género femenino, masculino, neutro y no sabe-no contesta.

– Pero ¿quiénes sois? -insistió Orky.

– Nuestra plataforma es inmensamente plural; sin embargo nos cobijamos bajo un fin común: Somos el Club de la Eterna Venganza.

– ¡Hasta el final sin final! ¡Lucha eterna contra el mal! -recitó el coro.

Segis y sus compañeros empezaron a comprender que estaban ante una especie de delegación de los Antiforever, que se alzaban en diversos países contra cualquier institución, credo o ley establecidos, incluida la Ley de la Gravedad. Les alarmaba ahora verse eclipsados ante la opinión pública por la difusión de la realidad del Estado Rátida, la rebelión, el enfrentamiento y la victoria. Los intelectuales de nómina del movimiento temían que sus consignas perdieran lustre por la evidente semejanza de éstas con las normas aplicadas por el Gobierno opresor, derrotado y en fuga. Así pues habían enviado un destacamento de difusión, propaganda y contraataque a la nave donde el mando exgaleote y los suyos celebraban la recobrada libertad.

Se sentían, sin embargo, en desventaja, anegados por la euforia del momento y el clima reinante donde cada cual parecía festejar a su manera y hacer proyectos sin coordinación superior alguna. Opinaron que más les valía no enfrascarse en discusiones con los tres rebeldes y que lo mejor era remitirles al estudio de una de sus obras de cabecera.

– ¿Qué es el Club de la Eterna Venganza? -insistió Segis.

Uno que, al parecer, lideraba una facción del grupo les interrumpió:

– Podemos tener mejor auditorio en otra sala.

– -Vamos entonces. -la portavoz y otro miembro del Club responsable de los movimientos del conjunto, aprobaron el desplazamiento y llamaron a alguien:

-Tú, Luis Fernando, que eres del BUM, quédate a explicarles quiénes somos y el ideario y labor de nuestra plataforma.

Luis Fernando era joven, ilusionado e inspirado. De él rebosaban, como de una fuente, de forma casi visible, junto con un caudal de consignas, la generosidad y necesidad de dedicarse a una gran causa. Rápidamente extrajo documentos de una mochila que había dejado apoyada en la pared y se quedó mientras los demás salían agitando banderolas y carteles.

– Podéis llamarme L F – dijo.

Se aclaró la voz, enronquecida por los recitados de consignas anteriores, y prosiguió:

– Yo pertenezco al BUM. Estamos integrados con muchos otros en el Club porque nos unen los mismos ideales y perseguimos idéntico fin.

– ¿Qué es el BUM?

– Es BUM, con B. Bíctimas Unidas Mundial. La B fue exigencia del sector de Víctimas de la Ortografía, de los reprimidos, excluidos y represaliados por ignorar la corrección ortográfica. Defendemos a las víctimas, a todas las víctimas, siempre

– ¿Cuáles? ¿De qué? ¿Dónde?

L F se había lanzado a su discurso como quien se zambulle con la idea de hacer varios largos, y ahora, sin dejar espacio para preguntas o interrupciones, describía el amplio, ilimitado, perdurable campo de actuación de su grupo. Era tan vasto que Segis optó por ir resumiendo, para mejor comprensión de sus compañeros, menos eruditos que él. La Plataforma Mundial de Víctimas o V/BUM se integraba, naturalmente, en el Club de la Eterna Venganza, que había optado por la frívola denominación de Club precisamente para despistar a sus enemigos, que eran los no militantes. Se inspiraron en un principio en ciertos sectores religiosos, en algunos gurús y, muy especialmente a causa de sus operaciones de acción directa y su negativa radical a cualquier compromiso, en Piratas Irredentos Fundamentalistas, pero rechazaban cualquier credo, profeta o divinidad. De hecho, Iluminado Magnífico y el Clero Tinta Negra habían declarado en diversas ocasiones su afinidad con Eterna Venganza, cuyas premisas cuadraban a la perfección con su propia lucha sin límites contra los infieles. La venganza infinita, acompañada del rencor inextinguible y la deuda milenaria, era la clave ideológica, puesto que se vivía, se había vivido y se viviría en un mundo dividido en Víctimas y Culpables, lo que justificaba la continúa lucha, la marginalidad y hostilidad indispensables y cualquier tipo de acciones.  El joven movimiento aún carecía de héroes de prestigio. Sus comandos rayacoches, rompelunas y arrancarretrovisores no gozaban de popularidad y la masa ignorante no comprendía la nobleza de su ideal antisistema.

 

 

 

 

58

Gente’s News

 

L F extrajo de su mochila el periódico “Gente’s News”, algunos manuales y el libro de cabecera del movimiento, en el que se incluía la lista de ilustres eternos vengadores, entre los que figuraban, además de Iluminado, innumerables jefes de comunidades, selváticas, rurales, lingüísticas, dialectales y vecinales. En volumen aparte se inscribían los que aspiraban a ser resarcidos por la discriminación de la que habían sido objeto durante siglos, y milenios, a causa de su talla, peso, volumen, color, forma de la nariz, tono de la voz, desdén o incapacidad para el estudio, escaso atractivo sexual, cortedad intelectual, desagradable apariencia, inutilidad profesional notoria…La lista se quería exhaustiva y hubieron de rogar a L F que no continuara.

El miembro del BUM, que disfrutaba con la lectura, se mostró algo decepcionado pero pareció comprender:

– Son varios volúmenes. Quedaremos con más tiempo. Tenemos todavía problemas de organización.

Se ruborizó modestamente:

-La verdad es que no esperábamos tener tanto éxito. Acuden aspirantes de todas partes.  Sorprendentemente, partidos políticos bien establecidos en el corazón mismo del sistema también se interesan por nosotros. Se ha corrido la voz de que podemos obtener, mientras se materializa la eterna venganza, sustanciosas compensaciones de los Gobiernos.

Como si quisiera corroborar sus palabras, se había ido formando junto a ellos un auditorio creciente de curiosos, del que comenzaron a destacarse algunos que les planteaban preguntas directas y estaban seguros de identificarse con los requisitos del victimario oficial:

Un joven ya poco joven, pero vestido de veinteañero, proclamaba el agravio del que era objeto:

– ¡Me exigen que apruebe alguna asignatura! ¡Que pague matrículas! ¡Que trabaje incluso! No me dan el alojamiento, ni la comida, ni siquiera lo necesario para mis salidas nocturnas. ¡Y sólo llevo quince años en la universidad, en la que desempeño un inestimable trabajo de líder de las Fuerzas de Choque de Repetidores y asesor de Innovación y Crítica Pedagógicas!

– ¡Soy víctima de discriminación residencial! -dijo otro- Nuestro líder nos ha enseñado el camino y se ha sacrificado él mismo mostrándonos, con su ejemplo, la vivienda que debía habérsenos proporcionado. ¡Mirad! Hele aquí ¡Cómo disimula su sufrimiento! Se palpa su angustia por estar separado del pueblo.

Y mostraba una foto de prensa con el líder de Igualdad Residencial, que posaba, con gesto de resignación, teniendo como fondo el jardín, garaje, piscina y la entrada al primero de los edificios de su finca, que incluía una modesta cabaña, en materiales nobles, propia para la meditación sobre altos ideales y la felicidad del pueblo.

– Compañero, estamos en la misma barricada. -le aseguró otra de las presentes- Esos verdugos rechazan mi derecho a instalarme, cuanto tiempo juzgue conveniente, en el piso en el que me he introducido en ausencia del propietario, con el aplauso de mis homólogos. E incluso se niegan a reconocer la labor cultural gratuita que ofrezco celebrando sesiones poéticas. ¡Qué saben esos míseros ahorradores, deudores de hipotecas, adoradores vulgares de la propiedad individual, de la belleza de la lírica!

– ¡Igualdad estética y sexual! Eso es lo que reclamo. Nadie parece advertir la belleza de mi alma, el atractivo de mis ocultas cualidades. – exigía otro de fealdad a la que no acompañaban gracia, frescura, proporción ni encanto alguno.

Banderas, de diversos colores, al viento, dos pequeños grupos avanzaron impetuosos y se situaron en primera fila. Eran, según declararon, víctimas históricas, agraviadas entre sí por ser sus pueblos vecinos y conjuntamente por el opresor Estado del país del que provenían:

– Nosotros somos lugareños, con entidad diferencial ilustre, de Conejillas del Duque, descendientes del famoso noble Lanzaflorida.

– Y nosotros somos de Conejillos, a quienes el Duque otorgó incontables fueros.

– Y a nosotros más.

– Claro. ¿Por qué creéis que Conejillas se llama así?

La hostilidad crecía entre ambos por momentos.

– Los fueros de Conejillos eran por los chavales de nuestro pueblo, que el Duque mandaba allí a estudiar y criarse.

El auditorio evitó que llegasen a las manos.

L F parecía sobrepasado por las circunstancias y repetía, procurando que el tono de su voz se impusiera a la barahúnda:

– Tenemos lista de espera, tranquilizaos. Apuntaré vuestros nombres y los propondré en la primera reunión de nuestro Comité.

Los tres exgaleotes decidieron optar por la retirada, pero antes Segis, siempre cauteloso, planteó al miembro del BUM un tema que le inquietaba:

– Gracias por la información. Una pregunta: ¿Tenéis relación con el Gobierno Rátida?

– No. Las víctimas de diferentes especies formarían un colectivo demasiado numeroso. Hoy por hoy nos sobrepasa nuestra actividad actual, las desigualdades genéricas, los agravios históricos, las ofensas lingüísticas, las venganzas que nos esperan….. -suspiró profundamente- No sé si viviré para ver los primeros frutos.

– ¿Y quién pagará, eternamente, con la venganza, las indemnizaciones? -planteó un curioso.

– Oh, el enfrentamiento es inacabable, como repiten nuestros líderes. -L F pareció un poco desconcertado tanto por la inmensidad del espacio temporal vengativo como por la del número de sujetos. Buceó en el material de su mochila y sacó un folleto. -Aquí se expone clara y brevemente. -Leyó: –Desde los albores hasta el fin de los tiempos la dinámica humana es la lucha de ofensores y agraviados. – Levantó la vista. -Es incontestable, de una sencillez deslumbradora.

– Tendrá que haber quiénes vayan pagando tantos agravios. ¿Y si no quieren? -insistió el curioso.

L F buscó en el folleto otra página y leyó de nuevo: –Reinará nuestro decálogo / tras el fraternal diálogo. / Para media humanidad / amor y fraternidad. / Para la media restante / venganza ejemplarizante.

– Pues va a resolverse el problema de aumento demográfico. El planeta está salvado. -dijo con tono irónico el curioso impertinente.

L F decidió no leer nada más. Por sus ojos pareció cruzar una sombra de duda, aunque no perdió la bondadosa sonrisa de quien ha visto la luz y va a llevar a ella al auditorio. Claro que los métodos y etapas no estaban tan definidos como debieran… Incluso quizás habría que discutirlos con mayor profundidad. Sin que eso representase, por supuesto, poner en tela de juicio los altos ideales. Se inclinó para colocar en el fondo de su mochila, cubrirlo y ocultarlo a la vista desde el exterior un folleto sobre material de acción directa y violencia vengadora legítima.

Los tres de la resistencia se alejaron, la preocupación en el semblante.

– Parece que no nos va a durar mucho el descanso cuando estemos en tierra.

– ¿Y si acaban aliándose con las rátidas?

– O ellas los engañan. Son hábiles para eso.

El jolgorio en el ambiente despejó sus pensamientos como el aire había ahuyentado las nubes en el cielo plomizo. Ahora en cubierta se bailaba y cantaba bajo las estrellas.

– Olvídalo, Segis. Vamos a tomar algo.

 

 

 

 

59

Migración

 

El plan B, que sólo conocía el alto mando rátida, incluía un mapa minucioso de rutas marinas y zonas de interés. Las suaves patas de Rata Mayor, que siempre había aspirado al liderazgo, recorrían, con las garras recogidas como siempre era aconsejable cuando no se precisaban, las líneas de la derrota. No era un camino fácil, pero sí practicable para una flota reducida, y ese factor siempre se había tenido en cuenta al pergeñar el proyecto. Las numerosísimas bajas se contabilizaban a beneficio de inventario, previsibles, inevitables y elogiadas en la posteridad por su sacrificio y lucha heroicos. Todas serían en la victoria futura homenajeadas en un monumento con el lema Las ratas nunca abandonan el barco.

– Aquí -Rata Máxima señaló un punto- nos atrincheraremos, ocultaremos, repondremos y organizaremos de nuevo nuestro Comité. Cuando seamos fuertes….

– ¿Encerrarnos? ¿Reducirnos a una zona tan limitada? ¿Dar por hecho a la opinión nuestro fracaso? Ésa no puede, no debe ser en absoluto nuestra estrategia. Al contrario, es lo que nos ha perdido, el punto débil de nuestra temporal pérdida del poder. Y ahora se convertirá en nuestra plataforma para el futuro.

Las demás, en primer lugar Rata Máxima, cuyas garras habían empezado a raspar la mesa y el blanco hocico a teñirse de rojo, quedaron sorprendidas y faltas de discurso.  Igualísima se dio cuenta de que se esperaba más la continuación del proyecto de Rata Mayor que las objeciones que ella pudiera poner o el ejercicio de su autoridad. Lo cierto era que el mando había comenzado a oscilar, a diluirse y distribuirse de forma distinta, aunque por lo pronto la urgencia de alejarse del escenario de la batalla y la posibilidad de que les persiguiese el enemigo reducían los enfrentamientos al terreno verbal.

– ¿Qué propones? -preguntaron varias a Rata Mayor.

– Propongo el contraataque por medio de la difusión de contactos, alianzas. Es hora de planes comunes del más amplio espectro, de propaganda y coordinación planetarias. El R.I.P., la Rátida Internacional Pluralista, a la que pertenezco, la A.R.M., Alianza Rátida Mundial, la A.U., Alcantarillas Unidas. El R.S.I., Rátidas Sin Fronteras, y, en fin, todos los movimientos dispersos pero guiados por el ideal común deben trabajar estrechamente unidos. ¡Viva la Internacional Mundial Pluralista!

No hubo una acogida entusiasta, pero tampoco rechazo, por prudencia. Estaba claro que Rata Mayor gozaba de apoyos, especialmente entre el sector de guardia y policial, que habían salvado sus vidas en pequeñas pero resistentes lanchas previstas al efecto y que eran fieles a su Jefa inmediata.

– Hasta la victoria, ¿o no’ -Rata Mayor dirigió una fría mirada a su auditorio, como si examinara su fidelidad uno a uno. Alguien en el comando policial aplaudió, los demás siguieron su ejemplo, y finalmente el Alto Mando en pleno, Igualísima incluida, se adhirió a la propuesta.

Rata Mayor tenía ya cierta edad, que le había valido para ir asegurándose apoyos y para dar una imagen de sabias experiencia y comprensión.

-Por lo pronto, naveguemos. – dijeron varias de las presentes.

La atención era precisa porque el éxito de la huida y llegada a destino radicaba en sortear extensas e irregulares zonas de corales. Precisamente por ello se habían escogido aquellas aguas, que la navegación normal evitaba y figuraban en los mapas bajo vagos apelativos como “Territorio de Delfines” (lo cual no era cierto), “Caladeros de Medusas” (cierto en parte) o “Laberinto Coralino” (que sí correspondía a la realidad).

El Yate del Pueblo, donde iba el Alto Mando, se mantenía en retaguardia de la reducida flotilla hasta ver por dónde pasaban los de primera línea. Un pequeño y maltratado buque se destacó en la empresa. Lo dirigía una rata entusiasta y completamente devota de la causa, que había escogido como nombre de guerra Medialuna Esplendorosa, inspirada por la forma y color del astro nocturno, que recordaba a una magnífica porción de queso. Medialuna vio en aquella ocasión llegada su hora de gloria, al tiempo que de destacarse en la profesión pública de fe en la Líder. Junto con el Cantor Pasta Supina había compuesto un himno, inspirado en el que se entonaba en el reino democrático de Kimyrata III del Norte, su aliado asiático.

– ¡Yo os guío! -anunció desde lo más alto de la proa- La sabiduría del Alto Mando, la fuerza que nos proporcionan sus ideas, el porvenir luminoso que se nos ofrece en el horizonte no pueden fallarnos. ¡Seguridad, seguridad en nuestro avance!

Medialuna rebosaba entusiasmo pero carecía de conocimientos náuticos. El bajel se dirigió a toda velocidad hacia lo que sin duda era ancho paso entre los corales. Estaba lejos de serlo. La proa chocó con tal violencia contra la afilada y larga prominencia rocosa, apenas cubierta por el agua, que se elevó varios metros, dejó al descubierto buena parte de la quilla desfondada y la nave se rajó casi por entero por la mitad a lo largo. Todavía con una expresión de incredulidad y asombro en el semblante, Medialuna se encontró en las olas que, al chocar contra la negra pared erizada de aristas y sin lugar al que asirse, la empujaban a una muerte segura. Las peticiones de auxilio fueron desoídas por la nave capitana, que anotaba sabiamente las zonas que era necesario evitar, aunque también se tuvo en cuenta una propuesta de añadir a Medialuna Esplendorosa y sus compañeras al monumento a las rátidas heroicas fenecidas en acto de servicio. Incluso, aunque no se hizo maniobra de salvar a ninguna, el alto mando ordenó, una vez superada la zona peligrosa, que se guardase un minuto de silencio.

En el horizonte, por fin, apareció el anillo de espuma que marcaba la meta de su viaje, el refugio salvador.

Por un pasillo marino de profundidad segura y ancho suficiente, las ratas entraron en lo que iba a ser su reino provisional, hasta que los planes de expansión hallasen momento favorable. El atolón emergía formando un círculo casi perfecto que dejaba en su centro un espacio vasto en el cual las rocas emergían al albur de las mareas. La cinta arenosa no carecía de alguna vegetación, de palmeras, pequeña fauna y nidos de pájaros, todo lo cual iba siendo anotado por Rata Ecónoma como fuente de suministros. La cosecha de mariscos, huevas y peces muertos no era tampoco despreciable.

– Haz un mapa de las zonas según la cantidad de alimentos. -ordenó Rata Máxima.

– En ello estamos. -dijeron Rata Mayor y los suyos.

Por encima de la mesa donde se trazaba el primer esbozo del nuevo reino ambos grupos se miraron.

 

 

 

 

60

El Atolón de la Perfecta Igualdad.

 

Desde el racimo de rocas que se elevaba, casi con exactitud geométrica, en el centro del vasto círculo de aguas tranquilas, Rata Máxima se preparó a pronunciar su discurso. Era también una proclama fundacional destinada a subrayar, por una parte, las características que hacían del lugar una especie de maqueta de lo que en el futuro sería el Imperio Rátida. Por otra parte, era importante asentar su propio prestigio y papel como líder, la encarnación del destino, del Igualismo que debía presidir, en el fondo y en la forma, en la manifestación física y en los principios, proyectos, obras y actos.

No disponía del tiempo que hubiera deseado porque la marea, insensible al sublime valor de las ideas y tenaz en su horario, cubría con regularidad el improvisado atril. Sus asesores habían contado con ello y ajustado los temas a exponer.

– ¡Observad -dijo en voz muy alta porque el lejano estruendo del arrecife protector obligaba a alzar el tono y a gesticular más de lo que debiera- la magnífica sede que hemos encontrado y que se conocerá durante los siglos, y milenios, venideros, como Atolón de la Perfecta Igualdad! ¿Qué mejor que el círculo, su orla fértil circundante, el podio que la naturaleza nos ofrece como apropiado punto divulgador de las comunes directivas enunciadas por el presente Gobierno, cuya función es simplemente representaros, resumir vuestras aspiraciones, conduciros al máximo bienestar?

Las ratas se habían distribuido, según indicaciones previas, por las playas y costas circundantes y escuchaban con atención, aunque con cierta fatiga a causa de lo accidentado del viaje y la pasada derrota.

– ¡Nuestra existencia será en todo igualitaria, como el círculo en el que residimos, semejante a la redondez solar y lunar que los astros muestran!

Rata Mayor, ataviada para la ocasión con un curioso tocado de algas oscuras, había intervenido de forma inesperada. El Alto Mando que apoyaba a Máxima la miró con recelo pero nadie se atrevió a interrumpirla porque la imagen inicial de unidad era imprescindible. Además Rata Mayor, con experiencia en gestión municipal del queso, se había creado una sólida trama de fidelidades cuya lealtad afianzaba con actividades periódicas lúdico-musicales de alabanza a la paz, la bondad y la reconquista de los sanos usos rurales.

– ¿Cómo repartiremos la parte emergida del atolón? Porque, aunque sea circular, no hay por todos sitios las mismas cosas. –La voz de alguien del público llegó, inoportuna, amplificada por su altavoz fabricado con una hoja de palmera.

– Con equidad e igualdad ejemplares. -se apresuró a afirmar Máxima.

– Sí, pero ¿cómo.

El público era insistente.

Rata Mayor decidió cambiar de tema:

– ¿Os he hablado de mi proyecto de huertos marinos y de la abundancia que nos depararán?

Llevada por la inspiración, se lanzó a exponer con detalle el rosario de nutritivos paraísos que aumentarían, todavía más si cabe, la prometida felicidad.

– ¡Tenemos poco tiempo! ¡Tenemos poco tiempo! -exclamaron varias asesoras.

Rata Máxima y sus partidarias se esforzaban en interrumpir el que se prometía largo discurso, porque, tras la descripción de los huertos marinos, la en tiempos encargada de asuntos de municipalidad e intendencia se había descubierto una vocación de bondadoso, pero indiscutible, líder y era tan difícil quitarle la palabra como arrebatar a sus fieles las raciones suplementarias de trozos de queso.

Hubo, en un toma y daca por situarse en el centro del podio, conatos de enfrentamiento, que la población rátida observaba a distancia sin intervenir, más atentas a las divisiones que habían visto trazadas en la arena según las cuales los segmentos de tierra firme del círculo eran geométricamente distribuidos.

Pero los recursos no eran los mismos.

La Guardia se encargó de calmar el amago de tumulto fruto del inicial desconcierto.

-Oíd el comunicado: Todo se repartirá equitablemente en breves fechas.

– ¿Cuáles? ¿Por qué calendario nos guiaremos? Aquí el tiempo parece que no cambia.

Así era. Se encontraban en una latitud sin estaciones ni puntos de referencia. Pero el Alto Mando había contado con esa ventaja:

– Comenzamos una nueva era, la del Birratismo. En este podio fundador se alternarán dos grandes líderes en las que se funden y confunden las aspiraciones de todas vosotras, como los pólipos edifican bajo vuestros ojos los fondos del mar. No hay igualdad mayor que aquélla con la que nosotras os representaremos.

La maniobra era en verdad inteligente. Rata Mayor y Rata Máxima se sonrieron y enlazaron sus colas entre los aplausos de la concurrencia.

El calendario de la Nueva Era se regiría, como no podía ser menos, por el ritmo de las mareas, que marcarían la alternancia en el uso del improvisado atril. El paso de los días, agrupados luego en unidades temporales oportunas, se adaptaría a las necesidades y dictámenes acordados por el Consejo Temporal Rector, libre al fin de la influencia de los viejos esquemas, nomenclatura y mitos de especies inferiores y de los estriboritas abominables.

Había que celebrarlo. Y para ello hubo un festival de cocos, cangrejos, fauna menuda, raíces y frutas variadas. El manjar más exquisito, los huevos de pájaros, cumplía reservarlo para aquéllos que encarnaban el bienestar, proyectos y esperanzas de la nueva nación.

 

Pasaron los días, semejantes en la ausencia y presencia del sol pero diferentes en la de la luna.

La igualdad geométrica no funcionaba como se hubiera esperado, al menos no en experiencia de las que habitaban los segmentos más inhóspitos del atolón. En espera de los prometidos huertos marinos, las cuotas de población rátida asignadas en algunos lugares no se sentían satisfechas con el escueto menú de cangrejos y algas, y eso que periódicamente algunas supervivientes del Corpus Nígrum, de Ratas Pedagogas, las aleccionaban sobre las ventajas de los nutritivos alimentos econaturales los beneficios que a sus cuerpos proporcionaba el saludable ejercicio de correr tras los cangrejos isleños, singularmente rápidos, y sumergirse en las aguas, que, exceptuando las de las alcantarillas, nunca habían sido medio que ellas prefirieran.

Los grupos de otros segmentos igualitarios se lamentaban igualmente por la ausencia de cocos, frutos, pájaros o tubérculos en su parcela. No era tampoco igual el acceso a pozas. El agua de lluvia se hallaba a muy diferente profundidad según las zonas y requería hozar bajo el fuerte sol, empapar esponjas o llenar cáscaras y llevar parte al Gobierno.

Empezaron las escaramuzas, entre marea y marea.

Las líderes respetaban la alternancia en el podio y sus calendarios. La recogida y entrega de huevos les llegaba con regularidad, habían descubierto nidos accesibles con los que podían darse un festín de polluelos y planeaban, mediante balsas de juncos que llegaban arrastradas por las corrientes, el camino que las conduciría hasta la dorada meta final: La expansión del imperio, truncada momentáneamente por adversas circunstancias pero nunca olvidada.

– Parece que no les ilusionan nuestras propuestas. No comprendo. Viven en el medio originario, primitivo, de cuyas bondades tanto les hemos hablado….

Igualísima reflexionaba en voz alta. La falta de respuestas de su rival, Rata Mayor, le agradaba. Fue Rata Parda, en tiempos responsable de Comunicación y Propaganda, la que apuntó una de las probables causas de la crisis:

– No quieren la vida natural. Han sido corrompidas por los humanos. Les gustan las preparaciones con tocino, las dulces bebidas, los veloces artilugios que las llevaban sin esfuerzo, las orgías con agua fermentada de coco, los…

– ¡Calla! -Las demás le impusieron silencio. Y miraron con melancolía el esquema perfectamente igualitario que estaba desplegado ante ellas. Con algunas manchas de huevo.

 

Habían pasado muchas mareas. Las ratas, agrupadas en tribus de autonomía variable según recursos y agravios, se desplazaban, enfrentaban, atacaban y aliaban sin prestar mayor atención a las divisiones geométricas primeras. La Guardia seguía garantizando el suministro de huevos y sus propios suministros, pero ni Rata parda ni miembro alguno del Alto Mando ni del Secretariado se molestaban ya en propagar consignas ni hacer largos discursos; se habían hecho refugios de difícil acceso en la zona de pollos y nidos. Como limados por las mareas, los recuerdos del anterior Gobierno Rátida, de su imponente flota, victoria y derrota se difuminaban en sus mentes, más atentas ahora al día a día. Con la disminución de los recursos y la obligación de buscarse duramente el sustento sus fuerzas menguaron, en primer lugar en los segmentos de tierra firme menos favorecidos, y enseguida en la población entera, disminuida y enfrentada.

 

 

 

61

Faros

 

Estamos cerca de las costas. -dijo Glamy, que todavía conservaba en la mirada un resto de melancolía cuando emergía el recuerdo del traidor Óskar.

– Vida nueva, chico nuevo. -procuró animarla Orky, ex remo número 32. También él tenía pésimos recuerdos de su hermano. En una visita que le había hecho cuando ya estaba preso en la bodega, Óskar le había confiado sus esperanzas de convertirse, en el primer país conflictivo en el que desembarcasen, en agente doble.

– ¿Qué planes tienes? -preguntó a la chica más que nada para sacarla de sus meditaciones.

– Creo que me gustaría estudiar algo, y trabajar al tiempo, en un acuario. Tengo experiencia.

De proa a popa, en todas las naves surgían las mismas conversaciones, cada cual engañaba su inquietud oyendo la del otro.

Algunos tenían pocas dudas sobre el inmediato futuro siempre y cuando éste se viviera juntos. Offing y Gal no se separaban, como si todavía temiesen a fantasmas rátidas que escalasen hasta la borda y les mostraran sus ojos amarillos. Era un temor absurdo, como se decían, pero no más que la experiencia que acababan de pasar y no mucho menos increíble que situaciones que el periodista de Albinia recordaba en su tierra natal.

-Vamos hacia una caja de sorpresas. -le dijo ella. Y añadió después con una sonrisa. – ¡Estupendo!

Angelina y Muerte Súbita discutían por una cuestión de onomástica:

– No te puedes llamar así. Tienes que elegir otro nombre antes de que lleguemos. -insistía la ex pirata prófuga.

-No querrás que me llame Manolo Bueno, o Angel Smith. Nadie se lo creería. -protestaba él, reticente.

– Si no cambias, no entrarás en ninguna parte. Y yo tampoco.

– Angelina, sin ti no entro en ningún sitio. Pero ¿por qué no puedo decir que tengo un nombre indio, de las tribus de Dolaria? ¿Algo como Bisonte Soñador o Coyote Famélico?

– Te dejarían entrar, pero se reirían de ti toda la vida. Y de tus hijos

– ¿Nuestros hijos…? No me digas que…

– Claro que sí.

Muerte Súbita se dirigió a la bodega en busca de una botella para celebrarlo.

Pesofijo, ex remo 45, no tenía problemas de esa clase. Su apariencia física había mejorado notablemente, ya no hubiera podido deslizarse por todas las claraboyas. Charlaba alegremente con las chicas de reparaciones, que ahora estaban dispuestas a hacer valer sus conocimientos de maquinaria y mantenimiento. En los barcos visitantes les habían asegurado que no tendrían el menor problema en encontrar trabajo en especialidades como las suyas y Pesofijo participaba de su optimismo y de la seguridad que sus conocimientos técnicos le garantizaban. Se complacía, tumbado en cubierta, en ensoñaciones de erotismo gastroerótico que consistían en imaginar cenas y comidas abundantes y elaboradas, variadísimas, con platos servidos ordenadamente con entrada, primero, segundo y postre, que se irían depositando en un mantel de auténtico tejido, mientras el agua, cerveza o vino hallaban acomodo en copas y vasos transparentes. Veía la cantidad exacta de café mezclado luego con leche, y la temperatura ideal de ésta, calentada de forma que el café no se enfriara, y jugueteaba con la forma y textura del pan, tierno y blanco, y el toque final de un dedo de licor rosa o ambarino.

Las prófugas del PIF, de los Piratas Irredentos Fundamentalistas, tenían planes para ofrecer espectáculos a clubes nocturnos, en los que podía resultar irresistible una combinación de desfile cubiertas con sacos terreros tachonados de estrellas pardas y una exhibición muy lenta y progresiva de sus encantos combinada con movimientos de la tarima sobre la que danzarían a imitación del oleaje. Era una de sus numerosas ideas conjuntas. Los proyectos diurnos se esbozaban según la imaginación y querencia individuales. Ya tenían ofertas de conferencias, cursillos y redacción de libros. Incluso les iban llegando mensajes con preguntas y sugerencias procedentes de las naves que acompañaban a las suyas desde la gran batalla o que se iban uniendo a la improvisada flota. Muchas de las notas les producían risa e indignación:

¿Optaron libremente por no mostrar su cuerpo ni su rostro?

¿Consideran las normas del fundamentalismo discutibles en su trato a las mujeres?

¿Desean que les preparemos sacos que las cubran por completo cuando lleguen a puerto?

¿Pasearán solas por las calles o deberán ir precedidas de hombres que caminen, sin mirarlas, varios pasos por delante?

¿Exige su cultura que no les rocemos la mano ni las miremos?

¿Deberá pagar la ablación de clítoris la seguridad social?

Se reían, se indignaban, y a continuación aprovechaban los rayos de sol para tomarlo con la menor ropa posible sobre cubierta.

Metáforos estaba ocupado con la estrategia de lo que llamaba “el largo camino a casa”. No era fácil esquivar a las curiosas y ansiosas exgaleotes que emergían, como de una prisión, de la sexualidad compulsiva e inspecciones de igualdad de genérica que el departamento rátida de formación y propaganda había impuesto como método más seguro de eliminar, en breve plazo, cualquier asomo de atractivo en las relaciones entre los sexos. Una flor, una cita de algún poema, leves caricias que dejaban a la imaginación ancho espacio desencadenaban huracanes pasionales, vibraciones eróticas hasta entonces desconocidas. Metáforos había considerado que las rendiciones deben ser lo más tempranas posible y que la victoria se hallaba en otra parte. Por ello había llegado a un pacto secreto con una de las lanchas visitantes y, tras relatar a Offing sus planes y planear un futuro encuentro tras el que ambos publicarían la primicia exclusiva del relato de los hechos, se preparaba para alcanzar, protegido por la oscuridad, la pronto cercana costa.

A media mañana se encontraron en cubierta de la nave principal los responsables de la ruta a seguir. Segis observó los mapas que se desplegaban sobre la mesa. Todavía los puertos de destino no estaban claros. Se les había asegurado que eran esperados con impaciencia e incluso alborozo en los países de tierra firme y que su lucha era agradecida y sería recompensada, pero a esas muestras de afecto había sucedido el silencio. Otearon el horizonte. Buena parte de las naves visitantes, tras dar por concluida la batalla y despedirse con efusión, habían desaparecido. El espacio marino parecía singularmente vacío, circular e inabarcable, como si de repente el globo terráqueo no fuera más que agua en la que bogara, solos, sin dirección ni referencia, un puñado de barcos. El sol había desaparecido detrás de bandas de bruma, ni cielo ni tierra ofrecían puntos que destacaran, y todos sintieron que tampoco ellos estaban seguros de ser bien acogidos ni de dónde dirigirse. A esa hora y con la atmósfera turbia, ni siquiera las sombras marcaban líneas que les orientaran.

– Estamos cerca. ¡Adelante!

– Llegaremos a cualquier costa.

– Nos esperan, seguro. En muchos sitios.

– Y puede haber ratas. Nosotros sabemos cómo hacerles frente.

– Ayer hizo muy buen día.

– La visibilidad mejora.

Surgían por doquier exclamaciones de ánimo y expectativa, que no todos coreaban pero sí esperaban. La ilusión simplemente había pasado de la hoguera a las brasas, que se convertirían fácilmente de nuevo en llamas.

– ¡Mirad! ¡Alguien se acerca!

El mensajero, en su pequeña pero rápida y maniobrera embarcación, acostó, subió a bordo por la escala y tendió sobre la mesa nuevos mapas. Era un portulano diferente a los en uso, un mapa de faros, con indicaciones minuciosas. A los faros ya existentes se habían añadido otros de nuevo diseño, que podían utilizarse para diversos fines e incluso alquilarse o adquirirse en propiedad. En numerosos lugares se esperaba a los navegantes, habría transportes y, si alguno deseaba reflexionar sobre su lugar definitivo de estancia, aquellas torres erguidas sobre el mar pero con pasos hacia tierra habían sido habilitadas para larga estancia, durante la cual se recibirían a cuantos enviados, conocidos y visitantes se considerase oportuno.

Los faros marcaban su presencia en horario diurno, con proyecciones de luces de colores vivos y avisos sonoros.

Ya no estaban solos en la vasta superficie sobre la que se habían sentido como una brizna que flota en el hueco entre dos olas.

Algunos de los piratas irredentos libres vieron en la oferta su ocasión. Habían discutido largamente sobre proyectos viables y rentables cuando llegaran a tierra.

– ¡El comercio! Haremos una red de comercio. Tenemos experiencia, conocemos rutas y mercados, sabemos de mercancías. Intercambiaremos. Es lo nuestro. Hoy en alta mar, mañana en los mercados de Albinia, Megas Musakia, Dolaria incluso. ¡Es lo nuestro!

Parecían ilusionados y aliviados. La incertidumbre de su adaptación a vidas sedentarias les había perseguido, como una oscura angustia, desde el mismo momento de la victoria. Ahora respiraban como si ya estuvieran en lo alto de un cómodo faro que, al tiempo, era una puerta en dos direcciones: al mundo de las calles, las casas y las superficies que no se movían y al amplio espacio exterior.

Los piratas amigos del comercio estaban felices. No eran los únicos. Gal y Offing consideraban también el alquiler ocasional de aquel primer hogar perfectamente compatible con sus posteriores planes. Harían falta, además, vigías que atendieran de cuando en cuando a una improbable y peligrosa aparición, no ya de supervivientes de los rátidas porque sabían sus escasas posibilidades de reorganizarse, sino de mercenarios, rátidas light como se denominaba a los galeotes colaboradores, mustélidos o terroristas del PIF, los piratas irredentos fundamentalistas, aunque el número de éstos últimos afortunadamente se había visto muy mermado, amén de por la derrota, por la práctica adictiva del suicidio. Prácticamente todos los que aplaudieron la idea de los faros se mostraron dispuestos a dedicar una parte de su tiempo a la vigilancia.

Descendía el atardecer, y la superficie, antes igual en todas direcciones, deshabitada y sin más trazo que la línea del horizonte, comenzaba a tomar forma, como si en ella se dibujara un mapa inexplorado. No lo era; simplemente los acontecimientos habían enturbiado el recuerdo de perfiles sobradamente conocidos y, en el caso de los antiguos galeotes, las ratas se habían esforzado tanto en borrar la evidencia, en aparentar que ellas estaban creando un mundo completamente nuevo y que cualquier referencia que contradijera tal idea era reprobable y objeto de persecución y denuncia, que ahora era y sería difícil reconocer lo que vieran sus ojos. Los catalejos iban pasando de mano en mano. Para los exgaleotes jóvenes, sin más formación que la doctrina rátida del Corpus Nígrum Pedagógico, era increíble y casi traumático cuanto divisaban. No podían existir casas, ríos montes, calles, diferencias, humanos que deambulaban libremente en variadas direcciones llevados algunos en cómodos vehículos de cuatro ruedas. No se atrevían a nombrarlos. Todavía les quedaba un reflejo de miedo a la denuncia, un enfado nacido del desconcierto, una forma de mirar por encima del hombro para ver si alguna Rata de Cloaca del Escuadrón de Policía Política Municipal para la Protección Ideológica de la Juventud estaba espiando sus reacciones. Luego, con el ardor propio de su edad, pasaban de la hostilidad a la curiosidad y el entusiasmo e imaginaban espectáculos y música.

Un mapa de haces de luz de distintos colores se hizo más visible según caían las primeras sombras. Los antiguos faros y los nuevos, cuidadosamente situados éstos últimos para reforzar la función de seguridad marinera al tiempo que orientaban, formaban un brillante archipiélago, una especie de cordillera de distintas alturas provista de claras indicaciones de las rutas a seguir. Al fondo desfilaban ante la vista acantilados, playas y puertos en los que había gente y bullicio.

Los navegantes sintieron que, por el momento, habían llegado a casa.

 

 

 

62

Los náufragos felices

 

Metáforos disfrutaba al tiempo de la incertidumbre y de la soledad. Sólo si tenía las dos a un tiempo, como quien sostiene el tiro de una pareja de caballos, podía sentirse capaz de continuar su viaje, de hacer nuevos planes y de ir sopesando posibilidades como quien abre frutos cuyo contenido desconoce.

– El mar está estupendo hoy. -dijo animadamente a sí mismo

Y era cierto. A esas horas centrales del día cuanto divisaba, la calma superficie y la altura rozada por una brisa ligera y pequeñas nubes sin asomos tormentosos,  era como una página en blanco en la que trazar, durante el lapso que se había fijado antes de reencontrarse con Offing, el mapa  personal que proyectaba, el significado de su propio recorrido, la opción por vagos e inciertos apeaderos que ni siquiera eran diques o puertos, el avistamiento de regiones que no recorrería jamás, la elección cuidadosa de otras en las que su parada sería fugaz, justo renovar provisiones porque era hombre práctico.

Entonó una alegre canción de despedida de las chicas que pedían atención, dulzura y cariño, silbó aires populares de su país e incluso tarareó el himno de su equipo favorito mientras izaba una pequeña bandera de Megas Musakia. Cuando se disponía a hacerlo, no puedo evitar el reflejo de mirar con temor, por encima del hombro, por si alguien lo observaba. La soledad y la imposibilidad de testigos no podían ser más completas en la vacía inmensidad del océano. Sin embargo Metáforos venía de un medio del que, con aparente total libertad, habían ido desapareciendo numerosas libertades, como un territorio en cuyo suelo crecieran y se multiplicaran las minas de forma que cada mañana había que mirar con mayor cuidado dónde se ponía el pie y las zonas transitables se volvían más escasas. Si sus colegas, que pertenecían, en número apreciable, al Sindicato Contra Símbolos Nacionales y a la Cofradía Todos Sin Patria, le hubiesen visto, su clasificación en el nivel de mínimo coeficiente intelectual estaba asegurada y las ceremonias de denigración pública, el ostracismo social y rechazo laboral garantizados. El barco siempre tenía la ventaja de que se podía izar algo que no fuese la enseña de alguna tribu pagada para serlo, la de algún tribuno de la plebe que prometía doctorados para todos o los colores genéricos de exhibición obligatoria en las fachadas de edificios oficiales.

La embarcación respondía perfectamente, la corriente lo impulsaba según sus cálculos, el subir y bajar de la proa parecía adecuarse a los ritmos de un verso clásico. Entre sus provisiones reposaba una de las obras milenarias, y aún de cabecera, no ya de su tierra natal sino de Euralia y de ese mundo que ahora le parecía a la vez de dimensión menor y más ancho.

– Es curioso -se dijo de nuevo- Tan grande y sin embargo…

Recordó un objeto que requería especial cuidado. En el habitáculo, diminuto pero bien protegido, que hacía las veces de bodega reposaba el envoltorio protegido por capas de tela encerada y de hule y sujeto con cuerdas a una estantería.

– Qué poca cosa pareces. Pero si las ratas te hubiesen cogido….-le dijo, continuando con sus monólogos que lo eran parcialmente. Cada objeto evocaba la forma de seres asociados a él. No se sentía solo.

Por ello al oír que alguien daba voces se creyó víctima de una alucinación aunque el sol calentaba muy moderadamente y no le faltaban alimentos ni agua.

– ¡Eh!, ¡Para, para! ¡Estoy aquí! ¡Déjame subir!

La alucinación repitió sus gritos, incluso, con desigual acierto, en diversos idiomas, de forma que Metáforos se aseguró de que no lo era y oteó desde la borda. Al principio no lo creía. Un náufrago, éste no como él bien provisto, feliz y voluntario. El visitante se hallaba en una embarcación mucho más pequeña que la suya y, a primera vista, sin apenas medios de subsistencia y desplazamiento. Lanzó la escala, no sin advertirle que amarrase primero su bote a la popa. No tenía la menor intención de llevar al huésped más allá del primer punto donde pudiera desembarcarlo.

Era un muchacho bastante joven al que la fatiga y la indignación impedían hacer un discurso coherente.

– Tengo la impresión de haberte visto en otra parte, en nuestro barco quizás. -observó Metáforos mientras el recién rescatado se reponía. Hizo memoria. -Claro. Tú formabas parte de un grupo visitante, de unos que llevaban pancartas y daban discursos. ¿Cómo te llamas?

– Luis Fernando, conocido como L F. En efecto, yo estaba allí, en vuestro barco principal.

– Y el grupo que iba repartiendo propaganda se llamaba algo como la Eterna Venganza, las Víctimas Unidas.

– Yo soy, bueno, fui hasta hace poco del BUM, Víctimas Unidas Mundial, con B por solidaridad con las víctimas de la ortografía. ¡Y me han echado, me han echado por disentir democráticamente!

– ¿Al mar? ¿Te echaron al mar?

– No exactamente. Es largo de explicar. -Luis Fernando miró a Metáforos como dudando de su capacidad de comprensión. -Desconozco tu formación política.

– Tal vez lo entienda, no te preocupes. Explícame qué ocurrió.

– La organización se basaba en ideas excelentes, trabajábamos por las víctimas presentes, pasadas, futuras. El campo de acción era inmenso.

– Imagino que os lloverían los afiliados.

– Teníamos un gran porvenir. Di toda mi energía a la causa. Cuando me pasaron un resumen de la teoría del líder se hizo en mí la luz. ¡Las dos fuerzas, opresores y oprimidos, verdugos y víctimas, buenos y malos! Evidente. Consideré al ideólogo como mi padre espiritual.

Pausa. L F continuó en un tono abatido:

– Por eso me ves en esta situación.

– La caída ha sido proporcional a la altura. -dijo Metáforos. Y luego, conciliador:

– Bueno, chico, no te lo tomes así. Se aprende a base de decepciones. Pero eso no explica que estuvieras perdido en el mar.

– Ocurrió cuando el crecimiento del grupo empezó a no aumentar como lo esperado. En las zonas más prósperas cundió la indiferencia hacia nuestras promesas y nuestra lucha. No llovían las solicitudes del carnet de víctimas y nos veíamos abocados a crear tribus rurales y urbanas y asegurar a sus miembros, con la concesión del status victimario, grandes privilegios. La adhesión, sin embargo, seguía menguando. Después de lo de tu barco tuvimos una gran reunión con el líder en su finca de Igualdad Residencial, donde sólo viven él, su familia y los íntimos en chalets adyacentes. Se nos ordenó pasar a la acción. Yo no estuve de acuerdo.

– ¿En qué? ¿Para qué acción? ¿Cómo?

Luis Fernando se había detenido y ahora la indignación febril había dado paso a una especie de rubor. La descripción le había hecho enfrentarse con su propia inocencia. Le costaba seguir, balbuceaba, buscaba las palabras.

Metáforos se dio cuenta de que, desde el día que acababa de relatarle, L F había intentado, sin éxito, construirse un relato en el que su lucha y su energía invertidas en una causa tuvieran noble significado. Hasta advertir que no era así, que la realidad se oponía frontalmente al cristalino edificio de sus creencias. Tendió a su inesperado huésped un vaso del vino que nunca faltaba en sus provisiones y se movió por cubierta mientras él bebía para facilitarle que se recuperara.

– Te cuento. -dijo al fin Luis Fernando. -Había que pasar a la acción, la acción violenta, crear víctimas, vigilar, reprimir, dar miedo a los tibios, denunciar colaboradores. Me designaron para un grupo de choque. Víctimas, víctimas, víctimas, cuantas más mejor, agresiones impunes, miedo, injusticias. Su furor y su rencor eran nuestro combustible sin los cuales nos paralizábamos. ¡La causa pedía un salto hacia delante! ¡Al menos la mitad de la población, mejor dos tercios, debían ser verdugos!

Se había exaltado de nuevo, quizás por efecto del vino. Metáforos no llenó de nuevo su vaso porque quería la sobria relación de las circunstancias. Le dio agua y él continuó con menos bríos pero sí con un tono de tristeza e incluso sentido del humor en el que ya apuntaba cierta madurez:

– Yo no quería perjudicar a nadie, ni que me llevaran con las brigadas de choque, exaltación de la ira popular y propaganda. Quería justicia, estar mejor, que la gente estuviese mejor, estupideces, ya sabes.

– De estupideces nada. -rebatió Metáforos- Continúa. ¿Qué pasó entre la finca y el bote?

– Te cuento. Pero, hablando de justicia, lléname otra vez el vaso de vino.

Dio un trago y continuó:

– Dije democráticamente lo que me parecía aquello y que yo me retiraba. Me insistieron en que los apoyara al menos, dada mi reciente experiencia, en una acción de propaganda marinera. En realidad querían detectar a prófugos de los movimientos contra la civilización y por la imposición subvencionada de la vida tribal. Muchos, que en principio se declararon luchadores étnicos dispuestos a instalarse en comunidades selváticas, habían desertado al descubrir que como dentista sólo podían recurrir al brujo local. Asentí a este último servicio de apoyo a los antiguos compañeros, y….

– Te encontraste un buen día flotando en el bote donde te habían depositado sumido en pesado sueño. -concluyó Metáforos. – ¡Pues sí que eras inocente!

– Y que lo digas- -L F hizo un gesto con la mano y luego añadió, ya en tono de burla y sin acritud:

– Imagina que incluso me fui de la finca de la Igualdad Residencial sin cenar. ¡Y la comida era un catering de primera!

Con el transcurso de los días la obligada convivencia no dio origen, como hubiera sido de esperar, a continuos enfrentamientos y malhumor, sino a cierto intercambio de historias, como si se hubiera producido un trasvase recíproco de los años de uno hacia el otro. Quien quería aislamiento y soledad se bajaba un rato al bote amarrado a la popa. O, si el tiempo era tranquilo, se zambullía en el silencio y soledad garantizados por la profundidad del azul.

– Lástima que hay que respirar. -decían luego al emerger.

L F se sumía a veces en un volumen grueso, de apretada tipografía, que era de los pocos objetos que había llevado consigo y salvado en el fondo de su mochila. Se trataba de un libro que se había vuelto icono de culto entre círculos intelectuales de archivanguardia y gozaba de un respeto reverencial, quintaesencia de la rebelión continua y de la deleznable falsedad de todas las instituciones y pretensiones de excelencia. Su autor, un alemán, lo había titulado Desprecio del aprecio. Consistía en un recorrido por los clásicos de las artes, letras y pensamiento subrayando las obvias deficiencias y el abismo entre los excelsos ideales y aspiraciones y el mediocre resultado, aplaudido por la mayoría pero siempre a un nivel lejos de la perfección. Ilustres personajes antiguos y modernos contribuían a la estúpida embriaguez de la torpe y explotada masa, que así consumía ficciones de acercamiento a las grandes verdades y se dejaba pastorear hasta el redil. Con ejemplar modestia, el autor reconocía la bajeza acomodaticia de su propia condición, pero él y su compañero de diálogo poseían el don de la conciencia de su mísero estado y mantenían, bajo la apariencia de una confortable vida burguesa, la noble chispa de la rebelión, la aniquilación, el odio y la hoguera.

Naturalmente la obra rechazaba, en su forma, los manidos usos del vulgo escritor y obedecía al desafío tipográfico: De la primera a la última página las líneas formaban el bloque compacto de un ejército, sin concesión a puntos y aparte y menos aún a capítulos ni índices. Nadie de mediana categoría se hubiera atrevido a criticar aquel tótum de libre fluir reflexivo y narrativo, desde su misma forma desafío social. El bloque compacto reflejaba la meditación de seres de categoría tan excepcional que habían alcanzado pleno conocimiento de su propia naturaleza humana basurienta y de la falacia de filosofía, literatura y arte. Por ello, el escenario de Desprecio del aprecio solía situarse en el palco donde el narrador se reunía con el pensador profundo para escuchar ambos incansablemente la misma pieza musical que hacían tocar para ellos dos buena parte de los días del año. Allí pasaban, en los entreactos, revista a los clásicos antiguos y modernos y enumeraban con conmiseración las atractivas mentiras que impedían a la humanidad el salto hacia cambios radicales. Cambiaban a veces el objeto de su meditación tumbándose varias horas al día en el centro del salón de un palacete cuyos techos eran obra de un famoso pintor veneciano.

L F se entregaba apasionado a lo que él llamaba manual de deconstrucción y subrayaba con deleite los nombres conocidos y comúnmente venerados que iban apareciendo. En su interior, experimentaba las delicias de la iconoclastia, de sus pedestales caían a pedradas los clásicos, los nombres ilustres que ya no lo eran tanto.  El autor de la obra había sido premiado, mimado por la crítica, temido por sus escasos detractores y venerado por un público reducido pero exquisito y dispuesto, mentalmente, a la revolución mundial.

Metáforos había hojeado el libro de culto en algunas ocasiones y se guardó de confesar a L F, para no desmerecer ante él, que le fue imposible ingerir más de algunas páginas. Sintió cierto complejo, pero su autoestima mejoró al observar que el joven hacía esfuerzos por volver sobre lo supuestamente leído, como si de una tela de Penélope el libro se tratara, y que daba claras señales de invencible aburrimiento. Hasta que un día, mientras el periodista se afanaba en ordenar unos aparejos de pesca, Luis Fernando fue hasta el otro extremo de la embarcación con el gesto tenso de las grandes y solitarias decisiones. Su compañero fingió no verlo pero lo miró por encima del hombro. El frustrado fan del escritor alemán de élite se dio impulso con el brazo y tiró el libro al mar. El denso volumen no flotó unos instantes sino que, desafiando a las leyes de la física, se hundió rápidamente.

Metáforos no hizo comentario alguno.

El mar a veces estaba concurrido, con naves de paso con las que hacían intercambios y con la proximidad de litorales y de islas. Al aproximarse a una de ellas con intención de atracar para aprovisionarse una lancha rápida vino a su encuentro y, tras detenerse a su altura, dos personajes vestidos más como funcionarios que como agentes de la marina, tras asegurarse de cuántos eran y consultar sus cuadernos de notas, les anunciaron:

– Sois dos. Según las disposiciones de nuestra nación, sólo podéis poner pie y desplazaros según la cuadrícula distributiva que os entregaremos, que es y debe ser obedecida por todo el país: La suprema ley acordada en el Gran Consejo Democrático.

– ¿Qué ley?

– La S S S, Salvemos el Sistema Solar. Leed:

Les tendieron un extenso folleto, en varias lenguas, titulado Programa para la defensa del equilibrio gravitatorio de los cuerpos celestes de nuestro sistema, sin discriminación de los planetas enanos.

Gestos de incomprensión de los recién llegados. Los funcionarios ampliaron explicaciones:

-Nuestro Gobierno aspira a situarse en la vanguardia de la vanguardia de la preocupación ambiental. La población humana, numerosa en exceso, se ha asentado caprichosamente en las tierras emergidas y se mueve y desplaza de manera incontrolada. La Tierra gira en torno al Sol en una órbita determinada ciertamente por su volumen y peso, y éste último es irregular y caprichoso según la cantidad de habitantes, lo que sin lugar a dudas exige un control estricto del número de seres humanos en cada zona so pena de cambios orbitales. Por ello el movimiento Salvemos el Sistema Solar ha dictado leyes para equilibrar la distribución, de manera que el Globo recorra su órbita adecuadamente. Hay estricta asignación de destino y control. Individuos y colectivos reciben las directivas sobre sus asentamientos, que son temporales y siempre decididos por el Consejo según el inapelable criterio del bienestar planetario extenso, que, en un futuro prometedor, abarcará la galaxia que nos acoge.

– Bueno; por lo pronto atracamos de forma provisional, estamos unos días y reparamos fuerzas y provisiones. -respondió Metáforos. -No seremos una molestia.

– Nos tememos que no habéis comprendido. -respondió uno de los funcionarios mientras el otro sacaba un artilugio de una bolsa y lo depositaba en el suelo. -Por favor, subid, con espacios de cinco minutos, uno tras otro.

El otro se disponía a anotar.

– ¿Qué es?

– Una báscula.

La operación no parecía peligrosa e incluso sí cómica. Los dos burócratas anotaron los respectivos pesos, consultaron notas y dijeron:

– Vuestra entrada y estancia en el país es imposible si no aceptáis previamente el traslado, al que se procedería en cuanto tomaseis tierra, a los puntos de equilibrio que os serán asignados. Debo advertiros además que no podréis estar juntos, las normas de distribución de pesos y volúmenes no lo permiten.

Los dos navegantes comenzaron a temer que eran objetos de una alucinación y habían sido afectados por el sol. Tocaron la báscula, que parecía sólida.

L F tiró de la manga a Metáforos y le susurró:

– Vámonos, vámonos lo antes posible. Conozco esto. Luego te explico.

Metáforos rechazó la cuadrícula, el impreso para rellenar que ya le tendían y el grueso folleto de Salvemos el Sistema Solar y explicó que, según nuevos cálculos, preferían continuar su navegación. Los dos funcionarios tacharon unas casillas en los formularios que llevaban, se despidieron y se alejaron.

Ya en alta mar, Luis Fernando le aclaró:

– En mi grupo político tuvimos que expulsar a los que ahora, al parecer, se han establecido aquí. Propugnaban el mayor control conocido sobre la vida diaria, el más minucioso. Y sin discusión ni recurso posibles, porque en cualquier momento pueden condenar a cualquiera por atentado al bienestar planetario. En mi movimiento no queríamos tantas víctimas. Algunos de los nuestros, los más radicales, los siguieron, pero regresaron con graves trastornos psíquicos y están siendo tratados de delirio persecutorio. Nada puede ser tan inapelable como el Planeta, el Sistema, el Futuro. Es muchísimo peor que las otras dictaduras. Es como esos dioses de la mitología de tu país. Contra ellos no había nada que decir. Pero yo….

Se detuvo dubitativo.

– …Yo no me conformo. Quiero algo distinto. ¡Yo quiero justicia!

L F miraba sucesivamente el horizonte y cada centímetro del mapa como buscando una respuesta.

Metáforos había visto muchos puertos y no pocas leyes. Se limitó a apostillar:

– Espero que cuando vuelva a mi ciudad, en Megas Musakia, no me la encuentre medio vacía y con la gente del barrio trasladada al extremo austral. La prefiero como estaba. Qué se va a hacer si la trayectoria del Globo se desequilibra un poco. Lo que siento es que no hemos comprado reservas de vino, pero aún tenemos.

Entre puerto y puerto, había no poco en que ocuparse. Se tomaban notas, se hacían observaciones, se atendía al estado impecable de la embarcación y a los silencios personales, que eran como diarios y mapas de ruta escritos hacia dentro.

Y eran la libertad.

La oscuridad de las noches, cuando apenas si se distinguían los rostros, era propicia para las confidencias. En una de ellas Metáforos dijo:

– Voy a enseñarte algo.

– ¿Es valioso? – y L F se apresuró a añadir: — No creas que me importa un tesoro. Lo que quiero ahora es saber, saber muchas cosas.

– Valioso no creo. Es interesante. Ahí está lo que ocurrió mucho antes de que llegarais a aquel barco después de la batalla.

Bajaron a la bodega y Metáforos enfocó el pequeño haz de luz hacia el bulto protegido por envolturas impermeables.

– ¿Qué es? -preguntó Luis Fernando.

– Es el diario de a bordo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOMENCLATURA

 

 

—BABOR: Bien por antonomasia. Para los rátidas baborita es sinónimo de bueno.

—ESTRIBOR: Mal por antonomasia. Para los rátidas estriborita es sinónimo de malo.

 

RATAS:

—RATA PRIMERA, MÁXIMA, IGUALÍSIMA.

—RATA SEGUNDA: Eminencia Gris.

—RATA TERCERA: Ecónoma. Contabilidad, aprovisionamientos.

—RATA SECRETARIA.

—RATA PARDA: Propaganda, comunicación.

—RATA MAYOR: Asuntos municipales y administrativos. Delegada, a veces representante de Rata Máxima.

—RATAS DE LA GUARDIA: Una por galeote.

—COMANDO RATACICLO.

—CANTORA PASTA SUPINA.

—RATA PEDAGOGA: Directora del CORPUS NÍGRUM, formado por ratas pedagogas.

—MEDIALUNA ESPLENDOROSA. Seguidora incondicional y entusiasta.

—RATAS ARMA BIOLÓGICA: Apariencia dulce, peluche y mochilitas con peste bubónica.

—RATA PORTAVOZ DEL SECRETARIADO.

—RATA ESCRIBIENTE.

—RATAS DE CLOACA: Policía política.

—RATAS DEL SILENCIO.

—POLICÍA DEL SILENCIO.

 

 

RÁTIDAS: REFERENCIAS, ASIMILADOS, ALIADOS Y/O ASPIRANTES A RÁTIDAS.

 

—DIKTÁTOR: Referencia temible continua. Antiguo dictador. Encarnación del Mal.

—GRAN CALAMAR INTELIGENTE: Espacial, líder cósmico. Juramento sagrado: ¡Por el Gran Calamar!

—GORGONY: Sexy, sibila, ser ambiguo.

—MEDUSA BONDADOSA VENENOSA: Especie temible usada para torturar galeotes.

—DULCITA: Antes Dulce María del Escapulario. Nombrada Rata de Honor. Humana pero muy asimilada. Directora del Imperio de la Felicidad.

—KIMY: También denominada Ratafina y Pijirrata. Ayudante y joven sucesora de Dulcita. Humana pero colaboradora.

—KIM EL RADIANTE: Líder oriental, también llamado KIMYRATA III DEL NORTE.

—ASPIRANTES A RATAS.

 

COLECTIVOS RÁTIDAS Y COLABORADORES.

—A. U: ALCANTARILLAS UNIDAS.

—RSI: RÁTIDAS SIN FRONTERAS

—ARM: ALIANZA RÁTIDA MUNDIAL.

—ML: MERCENARIOS LIGHT: Galeotes colaboradores ya muy asimilados, Mustélidos y PIF (Piratas Irredentos Fundamentalistas).

—MUSTÉLIDOS: Sicarios. Comadrejas, marta, hurón. Mercenarias, carnívoras.

—HLCE; HEROICOS LUCHADORES CONTRA ESTRIBOR. Partido de Ratas y Colaboradores.

—RIP: RÁTIDA INTERNACIONAL PLURALISTA.

—ARM: ALIANZA RÁTIDA MUNDIAL.

—TERMITEROS SIN DINERO.

—POLILLAS UNIDAS.

—PEQUEÑOS GUARDIAS CARMINÁCEOS.

 

 

PIRATAS

—PI:  PIRATAS IRREDENTOS. Se dividen en:

  1. PIF: PIRATAS IRREDENTOS FUNDAMENTALISTAS.
  2. PIL: PIRATAS IRREDENTOS LIBRES.

—ILUMINADO MAGNÍFICO: Jefe y líder político-religioso de los PIF.

—DIOS DEL ABURRIMIENTO SUMO: Adorado por los piratas irredentos fundamentalistas.

—CLERO TINTA NEGRA; Familiarmente llamado Del Chipirón. Temibles, policías religiosos del pirata Iluminado Magnífico.

—MUERTESANA: Antes llamado primero Buitre Reticente, luego Azor Espléndido. Caudillo de Iluminado y de los piratas PIF. Colaborador de las ratas. Hijo de papá rico de Dunas de Uranio. Antagonista de Muerte Súbita, al que envidia. Sueña con el paraíso VIP.

—MUERTE SÚBITA: Jefe PIL. Se une a la rebelión galeote. Pareja de Angelina, pirata prófuga.

—ANGELINA: Pirata prófuga unida a los PIL. Pareja de Muerte Súbita.

 

 

GALEOTES, ALIADOS, AFINES E INDEPENDIENTES.

—GALEOTES.

—RESISTENCIA GALEOTE: Prófugos, rebeldes.

—KRAKY: Antes Remo N.º 24

—ORKY: Antes Remo N.º 32

—ÓSKAR: Hermano de Orky. Antes Remosumiso N.º 14. Colaborador con las ratas, policía, prófugo y luego traidor.

—OFFING: Periodista de Albinia.

—METÁFOROS: Periodista de Megas Musakia.

—GAL (GALERNA): Antes galeote. Resistente. Pareja de Offing.

—ANGELINA: Ex pirata, prófuga. Pareja de Muerte Súbita.

—MUERTE SÚBITA: Jefe PIL (Piratas Irredentos Libres).

—PESOFIJO: Antes Remo N.º 45.

—GLAMY: Chica de Óskar.

—SEGIS: Antes Remo N.º 72. Intelectual.

—CHICAS DE LA TÉCNICA: Antes galeotes en la sala de máquinas.

—HESTON: Antiguo encargado de los Almacenes de Memoria.

—LEPÓRIDOS.

—EXTRANJEROS DIVERSOS, NAVEGANTES, PERIODISTAS.

—L F. LUIS FERNANDO: Joven idealista antes miembro del BUM (Víctimas Unidas Mundial, B en vez de V por solidaridad con Víctimas de la Ortografía).

—EL EXILIADO: Huido de la opresión de género del Ducado de Mariburgo.

 

 

PAÍSES

—EURALIA: También llamado Continente de las Abominaciones Individuales.

—PNP: Pobre No País.

—ALBINIA.

—CAMEMBERIA.

—MEGAS MUSAKIA.

—NEVONIA.

—DUCADO DE MARIBURGO.

—OCEANIAS.

—ALBINIA OCEÁNICA.

—DOLARIA.

—TEUTONIA.

—DUNAS DE URANIO: Reino de Oriente Medio.

 

 

TOPÓNIMOS, HABITANTES Y LENGUAS.

—BUTIFALIA: Insaciables del Rincón Este.

—BUTIFALANA: Lengua hablada en Butifalia.

—BIPS: BRINCADORES INCESANTES PURASANGRE, también llamados Purasangre de la Montaña Norte y Montaraces Boinapétrea.

—PENÍNSULA DEL SUBSUELO FELIZ: Antes llamada Madre de la Sed.

—CUEVA DEL LASTRE.

—CALA DE LOS MALDITOS.

—ATOLÓN DE LA PERFECTA IGUALDAD.

—COSTA DE LAS BRUMAS.

—CUEVA DE LOS PRÓFUGOS.

—CONEJILLAS DEL DUQUE: Pueblo vasallo del Duque Lanzaflorida.

—CONEJILLOS DEL DUQUE: Pueblo vasallo del Duque Lanzaflorida.

 

 

COLECTIVOS

—BABORITAS: Los buenos por definición, utilizados como referencia del Bien por los Rátidas.

—ESTRIBORITAS: Los malos por definición, utilizados como referencia del Mal por los rátidas.

—BUM: VÍCTIMAS UNIDAS MUNDIAL. V cambiada en B por solidaridad con Bíctimas de la Ortografía.

—CLUB DE LA ETERNA VENGANZA.

—CLUB DE VÍCTIMAS.

—LOS ANTIFOREVER.

—IGUALDAD RESIDENCIAL.

—SSS: SALVEMOS EL SISTEMA SOLAR.

—HERMAFRODITAS RADICALES.

—ECOLOGISTAS IMPLACABLES.

—NATURALISTAS FÉTIDOS.

—ASOCIACIÓN DE OPRIMIDOS INCONTABLES.

—QUEJOSOS’ POWER.

 

 

NAVES

—GALEÓN DE LOS RITOS OSCUROS

—GALERA MÍSTICO-PLANETARIA.

—GALERA DE APROVECHAMIENTO DE RECURSOS HUMANOS.

—GALEÓN DE CASTIGO.

—ALMACENES DE MEMORIA.

—BUQUE CORREO.

—YATE DEL PUEBLO.

—ALEGRE GALERA DE LA RERVOLUCIÓN GRATUITA.

—GABARRA INJFANTIL MIKY RATY.

—FLOTILLA LAMENTÁBILIS

—BUQUE-ESCUELA.

—-GABARRA DE LOS LISIADOS.

—VARIADA FLOTA EXTRANJERA.

—EMBARCACIÓN DE LOS NÁUFRAGOS FELICES.

 

[1] William Shakespeare. Soneto LX Como las olas se dirigen hacia la pedregosa orilla,

así también nuestros minutos van apresurados hacia su final.

 

[2] Rendido homenaje de la autora a Douglas Adams, autor de “Guía del Autoestopista Galáctico”.

[3] Eleuzería: palabra griega que significa libertad.

[4] Se refiere al Diario de A Bordo, origen de este libro.

05/2/19

Nombres Árabes

NOMBRES ÁRABES

 

Mercedes Rosúa

 

 

 

NOMBRES ÁRABES

 

 

Mercedes Rosúa Delgado

 

 

Permite (¿hay alguien ahí a quien invocar?) que vuelva al pasado tiempo, que gane con tu ayuda todas mis batallas, que rescate a los muertos y les dé tibia, piadosa sepultura. Deja que, con tu auxilio y con tu mano, pase, por fin, las puertas, respire altura sobre las murallas, vea a la vez las pavesas y sus fuegos; haz que termine unas palabras que quedaron cortadas, que destilan, todavía, gota a gota, el líquido suave del insomnio. Necesito tu luz y tu regazo, tu mirada, tu fuerza y tus pasiones, los sabores de juventud e ira, el dorso de un caballo brillante de esperanza. Necesito horizonte, largos días, noches de sueños hondos y el futuro que nunca tuve, que ya se desvanece hasta en la idea. Vuelve. Camina adoptando la forma engañosa que llamamos memoria, ondulando en tu ser los muchos seres que el tiempo frunce y aprieta en su costura. Contigo, a quien ofrezco cuanto escribo, es posible el regreso y la conquista.

Porque tienes mi rostro y eres lo que fui, o creí ser, y por eso eres lo único a que puedo cantar.

 

 

Más fuerte que el odio: monólogo infantil sobre un mito.

 

El jinete cabalga por el desierto con la muchacha entre sus brazos. Es el final feliz de un tenso idilio que ha comenzado y florecido bajo el signo del odio y la venganza. Pero la larga serie de aventuras, el juego de la atracción inconfesada y la amenaza brutal cara al público, a los compañeros del aduar, a la misma joven raptada que le mira con terror, mantiene su orgullo y se halla a su merced, van a resolverse en una dulzura proporcional a la angustia y al tiempo de enfrentamiento transcurrido, en un éxtasis que compensa, con su promesa de felicidad infinita, todos los sinsabores. Los de ellos y los de los oyentes, que sintonizan cada tarde la emisora y siguen con religioso fervor y labores de aguja o punto cada movimiento y palabra de los protagonistas.

Cabalgan por las cortinas de la habitación, por las paredes y el techo en los que se reproduce la sesión diurna de las sombras del mundo inverso de la calle filtradas por la abertura de los batientes, los árboles, avenida, juegos y gruesas manchas que son vehículos. Por la noche, cuando el telón haya descendido y la luz eléctrica no proyecte en el dormitorio imagen alguna del mundo exterior, entonces vendrá quizás la madre de R. se tenderá a su lado y le contará películas que ha visto en el cine de sesión continua. Ella también, que es tan joven, habrá recibido de la pantalla, sazonada de patatas fritas, ozonopino y bombón helado, el regalo de las sensaciones, el don de una historia. Su madre y la chacha Vicky oyen, junto a ella, el serial de media tarde. Los hay de cierto realismo social, donde una muchacha pobre, bella y virtuosa y un señorito rico, redimido de su frivolidad por el amor que mueve los planetas, se acaban instalando en un arrabal junto al cielo en el que reciben, como prueba del agradecimiento de sus nuevos y humildes convecinos, la construcción en el hogar de un aseo para uso exclusivo de los recién casados. Los hay de espías, de padres sacrificados y de hijos traidores que se arrepienten. Entre unos y otros, esa misma radio anuncia, con tono y palabras semejantes, la muerte del Jefe de Rusia, llamado Stalin, digno sucesor de aquel Iván el Terrible que había mandado sacar los ojos a su propio hijo.

Pero R. prefiere sobre todos Más fuerte que el odio, porque el jinete lleva más lejos y mueve en las entrañas fibras situadas a profundidad misteriosa, zonas cuyo esbozo y madurez intuye en el precoz desarrollo del espíritu y el tardío del cuerpo al que la condena la inmovilidad del lecho. Esa chica que imagina rubia, de ojos azules y cándidos cegados por la arena del desierto, es firmemente sujetada por los fuertes brazos del joven, de perfil implacable y ojos como dagas, que la estrecha contra su túnica polvorienta en la exhalación de la huida. La acción transcurre probablemente en una Argelia de luchas y rencores en la que un jeque se venga del padre francés, militar, raptando a la hija y haciendo planear, tarde tras tarde, la posibilidad de devolverla muerta.

Las letras, mientras, esperan. Los cuentos reposan sobre la colcha y son consumidos luego con avidez, con más avidez que objeto alguno, con el deleite de las historias que prometen las tapas y la desazón de que fatalmente se acaben, una vez comenzados, porque en toda primera página hay la certeza de una página final.

  1. ha deletreado, de la mano de su madre, los letreros (S-E-P-U, C-I-N-E) a los tres años. Luego vino la Noche del Terror, del dolor y el médico, tras la que se cerró, con un olor a yeso fresco renovado cada tres meses, la puerta de fuera. Y quedaron el techo, las sábanas, los libros y la radio, un territorio desigual de avances varados en la inmovilidad aparente, un tiempo medido por sensaciones, escasas referencias al espacio externo, construcciones infinitas de éste y de un futuro en el que la limitación precaria de su físico, la condición femenina de su sexo, marcaban con la claridad del cartabón y la regla la crueldad inapelable de la ley.

En los cuentos hay también velos orientales, siempre transparentes, sobre rostros de gran belleza y complicadas joyas, mujeres dotadas de un embrujo sólo posible por la insinuación y la lejanía. Y sarracenos temibles entre cuya grey torva destaca aún más la arrogante apostura de un príncipe. Frente a los personajes de historias más próximas, aquéllos tienen el embrujo insuperable de un distanciamiento imposible y mayor. De las dunas se elevaban palacios de una fragilidad solamente superada por su esplendor. En las viviendas, tras la corteza rugosa de ventanas estrechas y altos muros, se desplegaban alfombras, reposaban pebeteros, faroles tallados enviaban la geometría de su cristal. Donde aquí había grises allí había colores, donde aquí casas allí espacio, donde pan y guisos allí esencias.

De alguna parte, en algún momento, R. recibió la visita sorprendente de metáforas insólitas, un aluvión de rosas y valles de carne, de colinas de perfume, de pájaros esquivos y temblorosos bajo los dedos de un minucioso cazador. Mil y Una Noches. Ya sólo el título. Sherezade, la inteligente y valerosa Sherezade, que cada amanecer esquivaba la muerte, que, pese a sus dones, debía, al final comprar su vida exhibiendo los hijos habidos con el sultán. Pero las páginas no se elevaban sólo con el humo de la lámpara maravillosa y las olas de Simbad el Marino; también eran mecidas por la respiración de los amantes y las descripciones de cuerpos semejantes a la fruta y a los dibujos de un tapiz.

Había, pues, territorios sin más limitación que la ley brutal de la cimitarra. Sorteada ésta, esquivado el guardián y la amenaza, nada impedía el disfrute de lo que se hallaba tras el velo. Bajo la cúpula, en la cripta de la montaña, defendidos por los celos de un genio o la fiereza de un gigantesco negro guardián, podían hallarse la gentil princesa o el divino adolescente de quince años. Poco importaba el sexo a su visitante; contaban únicamente, como en los frutos, la sazón, la belleza y la tersura.

El último capítulo del serial ha llegado a un consenso. Por fin le ha dicho que la ama. Está rota la vasija de la venganza. También ella ha rendido orgullo y diferencias a la pasión que mezcla al viento los mechones claros y los cetrinos de ambos cabellos. La conduce a la tienda familiar donde se celebrarán los ritos de la boda. Pero antes, comprensivo, el jeque le asegura que pasarán por la ermita de un misionero cristiano para que bendiga a la manera de la novia su unión. Luego cabalgarán hacia el paraíso, el reino escondido que les espera en un oasis que es el jardín de Alá.

 

 

 

Introducción

 

“Más fuerte que el odio”: monólogo infantil sobre un mito.

 

Jazmín: Túnez

 

Túnez, 1966

 

Diáspora: París 1968-69

 

De oasis y de islas: Túnez 1969-70

 

Argelia: la nada y el cuchillo.

 

Segunda diáspora: Bélgica 1970-73

 

Epílogo: Diez años después.

 

Libia-Túnez 2008

 

 

 

II

 

Más allá del Mar Caspio

 

La S de Samarcanda

 

Llegada: Tashkent

 

Khorezm

 

¡Ashgabad, Ashgabad!

 

El grado cero del homo sapiens

 

El camino de Bujara

 

Siempre Babel

 

El camino al este

 

Fronteras

 

 

 

III

 

Oriana: la voz y los silencios

 

Oficio de necrólogos

 

Crónica de una guerra perdida

 

La cara oculta de la media luna

 

La vita è bella

 

La España de Oriana Fallaci

 

 

 

Los nombres sin nombre: La invasión de los ultracuerpos

 

Libia y más allá. El hombre que quiso ser Mao.

 

 

 

V

 

Homenaje a Sherezade, la Indestructible.

 

JAZMÍN: TÚNEZ

 

Bajo la mirada de una mujer sentada en su azotea, de un hombre cuyo perfil enmarca la ventana, de un grupo que descansa en esteras y hace confundir el horizonte con el humo de la pipa, revolotean palomas en el violeta más absoluto. También tiene el cielo bandas de diversos azules, que se reflejan, con el malva, en lagos poblados de flamencos. Una mano roza con las yemas de los dedos finos la jaula donde bebe un pájaro. Es fruto del trabajo de un orfebre que ha hecho famosas estas viviendas de las aves; los alambres tejen filigranas, se esmaltan en celeste y blanco, se curvan con la forma de las ventanas andaluzas. Hay interiores, telas, mujeres que engalanan a una muchacha, pintan sus manos, mezclan adornos con su cabello. Las figuras flotan en neblinas grises, rojizas o doradas, reposan sobre baldosas frescas y brillantes, caminan en un paisaje plano al que los ojos de almendra, el terso rostro, el cuerpo esbelto parecen indiferentes. El atardecer se deshace en rosas. En la lejanía, domina la ciudad el perfil de una montaña con dos senos. El mar limita un paisaje de tejados, huertos, cúpulas, acantilados o playas. Es recurrente el vendedor de jazmín, que pasa con su cesta, sus ramilletes y sus guirnaldas y lleva babuchas, camisa clara y una chaquetilla con fino bordado. El pintor local ha reproducido la exquisita dulzura de todos los sentidos y del instante en cuadros, cuyos motivos se ven luego multiplicados en lienzo, papel, cartulina y pañuelos de seda.

  1. anda por esos cuadros en los que la ha sumergido la beca universitaria de un mes para estudiar árabe. Tiene poco más de veinte años. Sidi Bou Said, La Marsa, Cartago: la bahía de Túnez los despliega en el breve recorrido de un tren diminuto, tonos pastel, geometrías con la insuperable sencillez de las conchas. Ni el robo de la maleta de uno de sus compañeros en el barco ni el cotidiano en la comida que se les sirve y les deja en estado famélico permanente consiguen empañar su admiración. El grupo de cuatro españoles sale con dos muchachos tunecinos a los que han conocido, a poco de llegar, en la residencia de estudiantes, frecuentan la casa de la familia y, de la capital al extremo de la costa, recorren lugares que parecen surgidos para ser perfectos, para que en ellos se arremanse la simplicidad del sabor del té con piñones, del café denso sazonado de azahar, la frescura de las esteras, la masa crujiente de buñuelos de verdura y huevo, el aroma, la forma, la blancura estrellada del jazmín, omnipresente, anudado a la muñeca, prendido en el pelo, llevado en la oreja por un hombre de apariencia brutal que lo aspira de cuando en cuando con delicadeza de doncella, la leche con frutas, las puertas y ventanas azules y las paredes siempre encaladas, el atardecer, el atardecer.

Piensa, y escribe, que la idea que los extranjeros tenían de Tunicia al arribar al puerto era completamente falsa: África, árabes, camellos, desierto, hombres muy morenos, mujeres de rostro tapado, harenes, mercados llenos de color, ladrones y suciedad, calles estrechas, calor. No, Túnez no era así. La pequeña república frente a las costas de Italia era distinta e infinitamente más refinada y cosmopolita que cualquiera de sus vecinas, por ejemplo Argelia. Había que tener presente su historia, sus civilizaciones, más antiguas que las de la vieja Península Ibérica, su situación estratégica de tierra de paso y nudo de comunicaciones. El clima era mediterráneo, las regiones cercanas a la costa en todo parecidas a Andalucía y Levante, el interior recordaba a Castilla. En cuanto a la gente, explicaba en sus cartas, no desentonarían en una España acostumbrada a las mezclas: rubios, morenos, castaños, y un color de piel, bien cetrino, como nuestros compatriotas del sur, bien tan claro como los norteños. El velo blanco cubría a las mujeres apenas la barbilla y la boca, que se destapaban cuando querían, podían votar, estaba abolida la poligamia y la ley les otorgaba una igualdad de derechos todavía lejos de ser llevada en todos los lugares a la práctica, pero real. Se trataba de un país como otro, moderno, limpio, con capital moderna, espléndidos paisajes y playas, con un futuro. El clima, suavizado por el mar, no resultaba sofocante. Había aldeas miserables con casas de tierra y ricas villas pesqueras. Las personas eran, por una parte, similares a las de cualquier lugar, por otra podían manifestar inexplicables, paradójicas reacciones en las que afloraba la veta sentimental, imaginativa, filosófica, burlona y hospitalaria. Sí; ella sentía en Túnez algo especial, justamente por la mezcla de imprevisible y conocido, y también un deje evangélico, quizás por la semejanza con los cromos de Historia Sagrada, con las figuras del Belén, unido a la inocencia de los que se apresuran para entrar en la nueva era.

Porque, al mismo tiempo, era el Tercer Mundo, con experimentos socialistas y reciente descolonización; estaba, como Celtiberia, en el umbral del cambio, apostaba por el turismo, poseía rasgos de Mallorca salvaje, lavaba de un extremo a otro las casas y las pintaba de azul y blanco como quien ofrece un vaso de agua. Los visitantes echaban de menos la sensación de África, los monos, lianas, tormentas tropicales y mosquiteros de tul. Luego iban cayendo en la cuenta de la inmensidad del continente en el que se hallaban y la menudez de aquel pico septentrional, entre Libia y Argelia, muy cerca de Sicilia. Con cierta melancolía, imaginaban el paisaje, al cabo de pocos años, cubierto de hoteles, kioskos de salchichas con mostaza y night clubs. Les habían dicho que la socialización era una fuente de prosperidad y lo creían. R. había anotado en Hergla que, asomado a la playa, todo el pueblo se enriquecía uniformemente con el sistema moderno de cooperativas, que sustituían al monopolio y al capitalismo. Los franceses se habían ido abandonando industrias y latifundios. El esplendor sería evidente cuando, en breve, el turismo aportara las divisas necesarias para levantar industria y agricultura. Por lo pronto la enseñanza era gratuita, y fuerte la impresión de que el país iba hacia adelante.

La hospitalidad los abrumó pero se adaptaron a ella con la facilidad de quien a su manera la practica. Hubo desde el comienzo un ingrediente especial, sólo cumplidamente expresado mucho después, en el tiempo de la ruptura consumada y de las cartas. El muchacho tunecino, que se había acercado con un amigo a charlar con los estudiantes extranjeros, descubrió la belleza misma en el rostro de la que estaba sentada en el exterior, mirando el cielo, tuvo esa percepción fugaz del esplendor que a veces se encuentra y nadie-excepto el interesado-advierte. Y se embarcó, desde ese momento, antes de cumplir los veinte años, en un amor que quemaría todas las hojas de su juventud.

Es el hijo mayor de una familia de doce hermanos. Conduce a los cuatro españoles a su casa, de la que serán visitantes habituales. La villa está en el barrio alto. De camino, se apresura a explicar que sus padres, que vivían en una pequeña aldea de las islas Kerkennah, se casaron por amor, cosa insólita y extraordinaria hacía veinte años. A ella, como de costumbre, la destinaba su padre a un primo, pero en casa de alguien conoció a su marido de hoy, se enamoraron, el padre de él estaba navegando en el extranjero, la familia de ella no permitía de ningún modo aquel matrimonio. Entonces se fugaron-ella dieciséis, él diecisiete-, se fueron a la policía y oficializaron  una unión que hubo que aceptar, aunque ello no impidió que la chica pasara años duros, puesto que tuvo que vivir en casa de él y adaptarse a la aspereza de una suegra acostumbrada al solitario matriarcado de las mujeres de los marinos. El abuelo contaría a R. más tarde sus recuerdos, a la vuelta del barco, de aquella muchachita, su nuera, intimidada y temerosa, que habían llevado a su presencia y no osaba pronunciar palabra ni levantar los ojos del suelo. Él quería haber enviado a su hijo a completar estudios al extranjero, pero éste rehusó y, pese a las dificultades que, en la época colonial, se presentaban para un tunecino, consiguió entrar en una empresa francesa y pasar de guardián a empleado. Pudo traer a su ya numerosa familia y comprar a un empresario judío aquel chalet. La pareja es aún hermosa, también sus hijos, y es patente que los dos se quieren. Él es un tipo con buen aspecto, sentido del humor y gusto por la vida. Ella es aún hermosa de cara y joven, madre de doce hijos, su piel tiene la blancura de la leche. El físico difiere, dentro del clan, de forma notable: Los dos hijos mayores tienen la típica frente y entradas del lanoso pelo bereber y la piel atezada de forma discreta, las hijas, en diversos grados, la palidez de su madre, también algunos de los muchachos, de cabello y ojos castaño claro. Los rasgos son en general finos, así como la nariz y los labios, y la talla mediana. La pareja de románticos orígenes y vida dura hasta que se abrieron  paso en la ciudad ha dicho a sus hijos, también a las muchachas, que podrán casarse con quien quieran. La mayor, Fayrús, es una joven belleza, elegante en la dulzura y en el porte y al parecer dispuesta a buscarse profesionalmente un futuro. La siguiente, Bashida, carece del esplendor de su hermana, es tímida, amable y lucha con los complejos y el acné de la adolescencia. El benjamín es un niño de tres años cuyo rostro hubiera envidiado el más angelical de los querubines de Murillo. Todos-excepto la madre, que carece de estudios pero no de una gran viveza natural-hablan fluidamente francés. Ni ellos ni el entorno y los vecinos dan la menor impresión exótica ni irremediablemente ajena; hay mucho de la tribu mediterránea común apenas distanciada por detalles de decoración o forma. Los cuatro españoles creen sumarse a la docena de vástagos, les invitan a comer, a reposar, a quedarse, si quieren, a dormir. La hospitalidad es palabra tan confortable como una mesa bien asentada o un sillón mullido. El proverbial está usted en su casa se utiliza de forma literal, ellos ponen al alcance de los huéspedes cuanto éstos desean, les muestran las habitaciones, sonríen y hacen su vida normal.

Son las seis y media de la tarde y el grupo toma café en la terraza de la villa familiar, sentados sobre pieles de cordero. Un transistor ofrece melodías árabes. Se beben la infusión hecha a la manera turca, taza por taza, dos cucharadas de azúcar, una de polvo y gotas de azahar. Muy lentamente, a pequeños sorbos, se mezcla el líquido pastoso con algunas volutas de humo, aplastándolo con la lengua contra el paladar. El tiempo es algo flexible, inmedible e inmedido, los árabes viven sumergidos en él como en el aire, sin hacer caso de su presencia. La tarde cae sobre el jardín fresco y lleno de flores que rodea la casa, todos están callados, masticando ese café espeso, y surgen de la radio las variadas series de sonidos jota y de lamentos. Hay rondas de perfume de limón, pasando el frasco de mano en mano. Dentro, tres niños morenos, medio desnudos, juegan en la cama a ras del suelo, entre las sábanas blancas. Al son de la radio, y con una percusión improvisada, las dos hijas se levantan, ciñen un chal a las caderas y bailan con los brazos extendidos, los pies desnudos, ágiles, y el cuerpo que gira en un lento remolino sobre su centro, al ritmo de las ráfagas de brisa, del humo. Su danza posee el mayor erotismo que existe: la mezcla de inalcanzable soledad en la que se mueve la muchacha, de sensualidad y esplendor codiciable del cuerpo y de inocencia.

Este hogar resulta, sin embargo, a los visitantes mucho más familiar que exótico en ritmo de vida, muebles, loza, cuarto de baño, ropa,. Apenas referencias religiosas excepto un pequeño tapiz con paisaje de la Meca. Los jóvenes subrayan su laicidad, aunque afirman que sus padres sí rezan. Se trata de una clase media con apuros de fin de mes, hijos-chicos y chicas-estudiando y un perfecto desenfado de expresión cuando hablan de gobierno y líderes. El padre muestra la libertad de criterio de una generación con referencias distintas y del individuo que se ha hecho despegando su vida del clan; cuenta anécdotas, se ríe de los tópicos al uso, define el socialismo como miseria para todos y no tiene el menor empacho en opinar que Túnez funcionaba mejor con los franceses. R. piensa que ese país y esa gente tienen futuro, que siguen un impulso de modernización tan natural como el que ha arrinconado en otros lugares la tabla de lavar, el carro de bueyes y los trajes típicos. El hijo mayor, Rida, pone especial empeño en distanciarse, y distanciar a sus huéspedes, de los moros que tal vez esperaban encontrar. Es, en cualquier caso, evidente en él y en su medio un afán de progreso que mira sin disimulo hacia el vecino occidental y no parece sentirse acomplejado por rechazo colonial alguno. Optan simplemente por la independencia personal, el horizonte de posibilidades abierto y por la calidad de vida. El amigo de Rida es rubio, de ojos claros, callado y tranquilo. En su grupo se habla de viajes, universidades, estancias en París. Rida mismo debería haber partido ese verano con unos amigos a España y Francia, pero el proyecto se vio truncado por problemas en la obtención del pasaporte (por el que sin duda no pagó en cantidad satisfactoria el soborno oficializado que aceita toda la Administración). Rara es la familia que no tiene parientes trabajando o estudiando en Europa, de la que los separa un trozo de mar.

También se pertenece al mar desde antes. Es un país de puertos, de radas fenicias y horizonte de galeras y veleros. El abuelo paterno, un personaje, pese a la ancianidad, aún impresionante, con sus ojos azules casi ciegos, fue marinero largos años, regresaba fugazmente a las islas y volvía a partir. Es hombre dado a los largos silencios, sentado con su bastón al sol, las pupilas nubosas perdidas en la sal y la marejada.

 

 

 

Son las nueve de la noche, y mientras pasean por el centro de la capital con sus dos amigos tunecinos, se cruzan con un coche que va tocando la bocina sin interrupción. Un accidente. piensan los españoles. No. Son los novios. Se han sustituido el lazo blanco, las flores, por el claxon. Otros vehículos van detrás. Todos son invitados a la fiesta. El día de su boda es quizás el único de gloria para las mujeres musulmanas. Ese día no sólo la desposada sino todas las presentes reinan. Ellas ocupan el salón en el que se celebra el festejo y los hombres son desplazados al patio desde donde verán como puedan el espectáculo. El novio mismo se separa para estar con sus amigos. También los chicos españoles deben quedarse a la entrada. Las dos extranjeras son cordialmente acogidas y se sientan. La novia ha sido colocada como un jarrón en una especie de trono del que no podrá moverse desde las diez de la noche hasta las dos de la madrugada. A los lados, en sillones más bajos, las damas, la hermana del novio y la de la novia. Cala en R. una percepción repentina del concepto del amor y la belleza árabe, su sensualidad y sexualidad, tan fuertes y picantes como sus guisos. En la boda todo es claro y se exacerba. Según entran, las mujeres se van quitando sus velos blancos y los doblan. Sorprende ver lo que bajo prendas tan púdicas esconden. Acostumbran a mostrar y enorgullecerse de dos partes de su cuerpo: la comprendida entre la cintura y el arranque del seno y el escote; así los vestidos típicos de gala son de dos piezas, un corpiño y una falda hasta los pies, entre las dos a veces un tul transparente. Como la mayoría engordan con la edad por la cocina pródiga en aceite y la vida sedentaria (es una boda de gente acomodada), la carne, sin la sujeción de la tela, forma un cinturón ancho que sobresale. Los escotes son enormes, ovalados. Los senos se aprietan en ellos como dos palomas juntas. Sienten orgullo con razón, porque, aunque muy abundante, tienen un pecho bonito. La visitante comprende el ideal de belleza que representan; hace falta ver primero una tierra seca, un cielo desértico, la adoración por el agua, la piel requemada por el sol en los campesinos, la vida difícil que anteriormente hubo de ser mucho peor. Hay el deseo de niños, de sucesión, la abundancia de flores con corolas aterciopeladas, abiertas, grandes como platos de postre y el gineceo de largos y pegajosos carpelos prominentes, tendidos al aire que huele a jazmín, a fritos, a hierba, que siempre huele a algo. Por esas gargantas pasa el picante sin hacer mella, sobre esos cuerpos confluyen las incitaciones más claras. Recuerdo de Las Mil y Una Noches, metáforas, para una occidental insólitas, de los rincones femeninos más íntimos, leídas con una mezcla de vergüenza, turbación y placer estético. Y sin embargo no es pornográfico; probablemente sus autores se hubiesen escandalizado ante muchos frutos de la novelística occidental. Es hermoso. Posee una sensibilidad oriental difícilmente comprensible por lo explícita, exenta del menor romanticismo y quizás sólo explicable por su urgencia epidérmica y expeditiva. Donde otro escritor se para o se ensucia, esta fina pluma penetra.

La extranjera piensa asimismo en el clima, las casas blanqueadas, los pulcros patios encerrados tras paredes mugrientas, y luego ve a las mujeres con sus trajes de fiesta y comprende, las ve con su carne abundante, suave, hasta el extremo femenina, las caras pintadas como un cuadro, los cabellos brillantes negros o teñidos con espléndidos reflejos rojos de la henna, las mejillas coloreadas, algunas-muy pocas porque se trata de una familia acomodada y moderna-con tatuajes azules en pequeños dibujos simétricos en nariz, mejillas, barbilla y frente; otros más grandes cubren brazos y piernas. Las invitadas todas se han teñido de granate con alheña las plantas de los pies, las uñas, dejando una media luna, y las palmas de las manos. También utilizan, alternándolo, el negro. La planta de henna crece en el jardín de cada casa. Reducida a un polvo verde y mezclada con agua, colorea el cabello y la piel y deja un olor inconfundible, ácido y fresco. También puede obtenerse, de una piedra incompatible con la alheña, tinte color ala de cuervo, y de otras lajas pardas llamadas tefal champú. Para la fiesta las mujeres han puesto especial cuidado en maquillarse los ojos, que generalmente merecen su fama y resaltan grandes, profundos, engarzados en el negro espeso de las pestañas; son elocuentes, llenos de ardor, líquidos y brillantes como tazas de café. Los de las invitadas chispean, ríen. Los de la novia tienen una fijeza inmensa, mezcla de solemnidad y miedo, dos animales veloces e impasibles.

Son, en conjunto y en su mayoría, muy guapas de cara las tunecinas, pero escasamente de cuerpo; tras el matrimonio no es raro que engorden hasta alcanzar, en algunos casos, proporciones monstruosas. Aun antes de casarse sus caderas resultan excesivamente anchas para el gusto europeo y se prolongan en piernas cortas y gruesas. Hay en la sala bastantes muchachas esbeltas aunque ampulosas, con su escote que muestra los senos ya plenos y prietos el uno contra el otro. Esta mujer ideal árabe, blanca, suave, inmensamente femenina, prometedora como una planta llena de semillas, parece la antítesis del tipo en boga en Europa, la chica delgada, casi viril, estilo muchacho de diecisiete años, de caderas angostas, huesos prominentes y pecho casi plano. Se añora el justo medio entre la  hembra grasienta y floja y la androide dura y seca como una vara. La sala de festejos es una gran bandeja de mujeres, dulces, hechas para multiplicarse, como los moldes de una pastelería.

Este es un pueblo colorista e intenso en todo. Las extranjeras no se cansan de mirar los atuendos. Hay el mayor cóctel imaginable: raídos jerseys y faldas de todos los días, pelos tiesos que llevan siglos sin ver un peluquero, atuendos de un mal gusto que conmueve, mezclas horripilantes de suéter y traje de noche, de blusa y vestido. La gran mayoría lleva telas magníficas, suntuosas, tejidos gruesos bordados en dorado y plata, en realce, rojos, blancos, negros, verdes. Son los adamasquinados; se abren como una flor en el escote y bajan en forma acampanada formando pliegues metálicos. Para coronarlo, el pelo bien dispuesto, el delicioso e inevitable jazmín en collares, en el cabello. Llevan muchas joyas, oro y piedras. Desprecian la plata. Precisamente frente a R. hay una mujer como una montaña de oro, enormemente gruesa, de las mangas de su traje bordado en el resplandeciente metal salen los brazos inmensos, blandos, fofa la carne. Luce un muestrario de pulseras y anillos de oro y brillantes, cuello y orejas metalizados a tono. El pelo está teñido de rubio y los labios pintados en un rojo chillón. Parece recién salida del cuerno de la abundancia.

¿Y la novia?. Han pasado horas y mientras las invitadas ríen, charlan, aplauden a los músicos, comen dulces, ella permanece impasible allá en su pedestal, sin volver la cabeza para ver el espectáculo. Tan sólo se abanica lentamente. Una de sus acompañantes sube de vez en cuando para secarle las lágrimas con la punta de un pañuelo si llora. Nada más. Hasta las dos de la madrugada estará ahí esperando el momento de su vida. El novio la mirará desde fuera, mientras cambia impresiones en el patio con sus amigos. Es una llamada al coito imperiosa  y profunda, que zarandea a la observadora por su ferocidad, por su adoración ciega y total a la llave de la vida. Hasta el más mínimo detalle ha sido preparado para exacerbar el deseo de la unión. Ambos, el novio, más bien pequeño, delgado, con un estrecho bigote, que va de grupo en grupo de amigos, y la novia son un símbolo. Es la generación bien a las claras. Ella en su trono, tras el que se ha puesto una especie de retablo del gusto más horrible que pueda imaginarse, con la luna navegando lánguidamente entre nubes azules y un primer plano espeluznante de rosas, margaritas, claveles, gladiolos, flores de grandes corolas amarillas, rojas, blancas, entre hojas verde menta, luchando por quitarse el sitio en franca rivalidad los colores de una con los de la otra. Delante ella, alumbrada por las bombillas colgadas a ambos lados, como para una fotografía muy larga, ella, de formas marcadas, ojos negros de cristal asustado, boca apretada. Aparece adornada con lujo, extendida la amplia falda del traje al estilo europeo. Blanca, quieta y circular como un gran óvulo que espera ser fecundado. Alguien sube a arreglar los pliegues de su velo, otra mujer seca una gota de sudor en las sienes. Debe estar perfecta, completamente dispuesta y tentadora para el gran momento de injertar una nueva rama en el árbol. Y el novio, pequeño, nervioso, deslizándose de corrillo en corrillo, la mira de cuando en cuando, allí preparada, quieta y aún intacta, adornada y deseable como una tarta recién salida de manos del pastelero.

Para completar el ambiente, además de los invitados, están los músicos y las atracciones; los movimientos de las danzarinas, los gestos de las cantantes, sus chistes, sus insinuaciones sin pudor. Todo es incitar al novio, todo alabar a la novia, con una sexualidad franca, entre risas, aplausos, vasos de café y dulces. Al entrar en la sala se viene encima una catarata de sonidos. El grito ululante con el que comienza la fiesta, de lejano parecido a un canto tirolés; se produce parte con la glotis, parte haciendo vibrar la lengua. La música árabe, la auténtica, tiene la calidad del verdadero flamenco y un ritmo mayor. Nada que ver con la serie monótona de quejidos de radio Marruecos. En los cafés de la playa, también al aire libre o en locales de espectáculos, hay a veces sesiones de maluf, clásico, bello, monótono, de cierta tristeza propia del cante jondo, con las ondulaciones de las rejas de Córdoba y Sevilla. Porque en Túnez hay un barrio de andaluces, de moriscos expulsados que llegaron con la añoranza española, amigos de lacerías, rosas de metal y alegres fachadas que se abren sobre arcos de herradura en las umbrías calles de la zona antigua. Para la sala de bodas se precisa otro ritmo. Tras el grito inicial, la orquesta comienza briosamente a cantar y tocar instrumentos. El público les acompaña con palmas. Golpean la darbuca, un tambor pequeño de gran sonoridad, pulsan las cuerdas del laúd, chico y redondo, especie de guitarra jovencita. Aparece en el escenario una muchacha, exactamente como aquellas bailarinas orientales que soñaban los niños europeos, alta, esbelta, delgada. Un dos piezas cubierto de lentejuelas deja ver casi todo el cuerpo tostado, dúctil. Tras la piel morena tersa se puede seguir el juego de los huesos. El pelo, brillante y negrísimo, está recogido en un rodete sobre la cabeza del que desciende en cola de caballo hasta más abajo de la cintura. Esto permite examinar bien el rostro, afilado, pronunciados pómulos, bellos ojos negros y boca y nariz finas, cejas altas y arqueadas; distribuidas entre la madeja del moño flores blancas de jazmín, pulseras en brazos y tobillos. Ella baila largo rato al ritmo de la darbuca y el laúd, en tiempos acompasado o vertiginoso. Es la bailarina de los cuentos. Ondula los brazos desde los hombros hasta la punta de los largos dedos. Pero sobre todo el movimiento se localiza en el arco que rodea las caderas, rítmico, rapidísimo, imposible de imitar: la danza del vientre. Es un placer ver a esta hermosa, delgada criatura, seguir el compás con cada músculo, tirar de cada nervio, ver la vibración infatigable de sus caderas y el pelo negro flotando a cada vuelta del baile.

 

Hay otras clases de bodas, les explican sus amigos tunecinos; pero se apresuran a indicar que usos como la costumbre del pañuelo, en extinción, son propios de aldeas apartadas. Donde no hay coches se pasea a la novia por todo el pueblo subida en un camello, dentro de una pequeña y basculante tienda instalada a lomos del animal. En el cortejo van los invitados y cada uno lleva en las manos uno de los regalos que forman el ajuar, éste una manta, aquél toallas, el otro-previsor-una cuna de madera. La charanga marcha tocando entre los invitados. La novia, tras su incómodo paseo, baja del palanquín, pálida por el mareo y la emoción. En algunos lugares su papel no es el estático de la boda que han visto, sino que ella ha de mezclarse, charlar y reír con sus invitados. Ahí entra, en ciertos lugares, el rito primitivo del pañuelo. La cosa reproductora y placentera que es la muchacha debe ser entregada por los suyos en perfectas condiciones. Así pues el día de la boda las dos familias se reúnen, los novios entran en la alcoba nupcial, las mujeres han preparado el lecho y bajo la colcha, sobre la sábana, hay un lienzo blanco. Pasado el tiempo necesario, la madre del novio entra en el cuarto, sale y muestra a todos los reunidos en la puerta el pañuelo que debe estar manchado con la sangre prueba de la virginidad de la desposada. No es difícil imaginar la escena de tías, nueras, cuñadas, abuelas, estirando el cuello como si olfatearan, examinando el testimonio rojo, en el lienzo que alza la suegra, de que la muchacha ha sido entregada intacta. Si no es así, si las manchas no aparecen, entonces los parientes del marido reclaman (los novios, allá dentro, no cuentan). Puede ir a más, se empieza por protestar, se pasa a los insultos, salen a relucir los cuchillos y con frecuencia se acaba en una guerra entre ambos clanes.

Pensando en este rito, en su significado, en la muchacha, difícilmente se puede encontrar un caso más perfecto de menosprecio a la dignidad de la persona. Al grupo de españoles no les resulta la costumbre insólita; han oído que la practican algunas tribus de África y también ciertos gitanos.

Quizás, además de por imperativo de los sentimientos, por afán de distanciarse de lo que siente como barbarie y mostrar a sus huéspedes el rechazo que de tales usos le separa, Rida-y sus hermanas-delimita a confines que le son ajenos la sumisión de las mujeres. Él pasea con la extranjera y, en la soledad de la medianoche, la conduce por donde hay más luz, le evita situaciones equívocas, la lleva como un copo de nieve en la palma de la mano. Y ella absorbe la devoción y la ternura que se extienden sobre crueldades de su adolescencia, ve en él caminos comunes, zonas compartidas; pero también ve territorios de pensamiento que sólo a ella pertenecen y que, distintos a la interior geografía del muchacho, rechazan la primacía continua de las pasiones, la promoción de éstas y el instinto a los puestos de mando de su vida. Ella le corresponde, pero posee la tranquila certidumbre de su libertad.

 

 

 

Delenda est Karthago! ¡Cartago debe ser destruida¡ reclamaba Catón. Y le hicieron caso, tan bien que en las ciudades arrasadas sembraron sal. Roma, con su eficacia de siempre, remató al reino derrotado y agonizante, incapaz ya para siempre de volver a enfrentarse a los habitantes del Lacio. Catón debió de quedar satisfecho: sólo restan de la primitiva civilización cartaginesa algunos sepulcros púnicos y el santuario de Baal Hammon y Tanit, en la playa de Salambó.

Pero a cambio Roma, desde los tiempos de Augusto, se dedicó a hacer turismo en una Cartago a la que probablemente los patricios encontraban tan hermosa como en la actualidad., de forma que Tunicia se ha llamado, y con razón, museo al aire libre. Sus destructores, al ser destruidos a su vez, la dejaron sembrada de foros, teatros, quintas, templos. Ahí están, en la playa de Cartago-Aníbal, las termas de Antonino, separadas del agua por una estrecha franja de arena. A la salida del baño es posible tenderse en la base de una columna, sobre la piedra tersa y caliente. Sometido a la brisa del mar, a la lima tenaz de las arenas que levanta el aire, resta de los monumentos el esqueleto desmoronado, como si alguien se hubiera divertido empujando con el dedo cada bloque. Sin embargo los huesos, la anatomía romana, continúan siendo bellos, como los de una mujer hermosa y fuerte. Los capiteles apoyan en la tierra su encaje corintio de hojas de acanto, los fustes han rodado hasta encontrar un muro carcomido que los detuviese. Ellos hablan de lo que fue el cuerpo hace dos mil años, cuando aún no corría la sangre verde del musgo por las resquebrajaduras. Quedan supervivientes, esbeltos testigos, como las cuatro columnas y el frontón de Dugga. Sobre la sal, una siembra.

En el Museo del Bardo saludó a los visitantes la mejor colección de mosaicos romanos del mundo. Desde un ángulo les observaban los ojos melancólicos del poeta de Mantua, y reconocieron conmovidos al Virgilio y las musas de todos sus libros de arte. El recinto era inmenso: escenas de caza, mar, mitológicas, en crema, ocre, rojo, negro. Rodeaba la sala un corro de estatuas que luego montaban guardia en los rincones, se disponían en filas por los pasillos. Ahí estaba el retrato por excelencia, emperadores y sabios con sus rictus, sus calvas y sus bocios. También máscaras, documentos, estelas, lápidas, tapices, instrumentos musicales; y las hechiceras joyas femeninas, la magia de las piedras preciosas, del metal trabajado y noble. El edificio, una villa a las afueras, albergó en tiempos una colección distinta, fue residencia de los sultanes hafsidas y de los beys muraditas y husseinitas. Sus dependencias fueron el harem.

Tras el Museo de El Bardo, recorren su vía lacrimarum, un camino regado de lágrimas, frías y con sabor a té inglesas, pesadas lágrimas alemanas, cuidadas lágrimas francesas, vehementes lágrimas españolas. Es el camino retorcido y múltiple que atraviesa los zocos, en la kashba. Ningún círculo de Dante puede compararse en intensidad de tormentos a esta peregrinación de turistas arruinadas, estudiantes que ya no se permiten el lujo de tomar el autobús y miran con nostalgia los helados, por la ruta a través de las mil cuevas de Alí Babá (con sus ladrones). Ni siquiera cabe el consuelo de precios exorbitantes porque la vida en Túnez es barata y lo que el zoco ofrece en Europa costaría el triple. O no se hallaría en sitio alguno, como esos trajes de ceremonia, falda larga y corpiño bordados con dorado y plata, ropas y telas que iluminan las tiendas y harían resplandecer a la mujer más insignificante. Hay también vestidos más sencillos, femeninos y sueltos, tan deseables como los de gala, velos blancos, antes de hilo, entonces la mayoría de nylon, camisas beduinas, de tela fuerte, cuello subido, pecho cubierto de apliques de colores naif, chales cruzados por cuatro hebras de plata, con flecos blancos hechos para acariciar unos hombros desnudos cuando, a la puesta del sol, la temperatura desciende bruscamente y se echa encima la humedad del mar. La plata es tan abundante que las mujeres del país la desprecian y no la usan apenas; sus joyas son de oro. Los escaparates de las viejas tiendas son un imán irresistible: pulseras, brazaletes, ajorcas, broches, en plata oscura y pesada o en plata blanca tallada tan fina como encaje, anillos con una frase, la mano de Fátima, dijes y fíbulas beduinos, aros macizos para muñecas y tobillos. Los chicos, que aguardan desesperados al otro lado del cristal, entran a sacar a sus compañeras de las joyerías y las arrastran gimiendo en tétrica procesión por las calles estrechas cuajadas de cosas maravillosas.

Souvenirs, souvenirs….Zapatillas de piel de camello, alfarería, juegos de café y té en metal tallado (el perfumador largo, de cuello esbelto, para el azahar, el pocillo con mango para preparar taza por taza el café turco), platos grabados, bolsos; tiendas que sus brocados iluminan por sí solos.

 

 

 

¡De qué manera rebosa vida Túnez a las diez de la mañana!. Desde su cuarto ve R. la corteza apretada de cúpulas-suaves, blancas como senos de mujeres-y techos enjalbegados; armazones y polleras de hierro rodeando edificios en construcción. En primer plano Bab el Khadra, la Puerta Verde, , aunque reconstruida, oriental y antigua en todos sus ladrillos, entrada que fue a la ciudad. Hay un adorno geométrico y la piedra acaba dentada en almenas. Es asimétrica, a su lado se alza una sencilla y elegante torre semejante a las de las mezquitas. Torre y puerta, algo femenino en una y algo masculino en la otra, ambas unidas e independientes, la horizontal abierta al mundo y la vertical que, desligada como una plataforma de la oración y la vigilia, se eleva solitaria hacia el cielo. Luz blanca oprimida sobre la corteza de techos, cielo limpio, casas blancas, blancas, blancas, ventanas azules. Salpicados en el conjunto, los rectángulos rojos de las banderas, pues son días de fiesta nacional. Muchos de los estudiantes extranjeros quisieran quedarse porque, aun con su cara inevitable de defectos y miseria, es un país magnífico. El contacto con Francia lo ha europeizado lo suficiente para que no les resulte demasiado extraño, por otra parte conserva su encanto oriental. Nunca han visto gente tan hospitalaria como ésa; a los españoles les tienen simpatía, cuando revelan su nacionalidad en las tiendas, en los cafés, la gente se abre en sonrisas. Han oído que vivieron entre árabes mucho tiempo, que son una mezcla de éstos y de romanos y judíos, que la teoría de la superioridad y pureza de las razas les suena a idioma desconocido. Después, cuando empiezan a hablar, salen a flote cada dos por tres palabras comunes, idénticas o que apenas cambian una letra: jazmín, caldero, azafrán, seguro, adelfa, aceite.

Curiosamente, la reacción de la gente común y la de algunos sectores es, respecto a los becarios españoles, muy diversa. El director y algunos profesores del Instituto Bourguiba no disimulan su antipatía, menudean las trabas burocráticas y, además, en contraste con la generosidad espontánea, cuanto implica subvención oficial, como comida y transporte, es de una gran mezquindad. Anglosajones y franceses gozan de mayor consideración.

Los zocos parecen una copia de la España medieval de los gremios: La calle de los zapateros, la de los joyeros, la del cuero, la calle de los sastres. Series de pequeñas tiendas semejantes a habitaciones a las que se hubiera arrancado el tabique exterior, con hombres que cosen a máquina, cortan, miden. Van en camiseta y zaragüelles y charlan a la puerta mientras trabajan. Los visitantes no encuentran en el mercado la suciedad que esperaban sino vías perfectamente limpias, locales frescos oliendo a especias y a sombra, de losas recién fregadas y estantes con tarros de cristal, conservas, salazones, pimientos rojos y verdes, platos con salsas de la infinita variedad de picantes con que los indígenas se cauterizan la garganta. Sin embargo el panorama cambia en el zoco de los carniceros, por el que conviene pasar con la mayor rapidez. Tal vez las manos que espantan las moscas estén escrupulosamente limpias, es probable que la res haya sido sacrificada esa misma mañana, pero el olor de la carne y del pescado se mezclan y se condensan en la estrechez y la oscuridad. Un carnicero duerme tumbado todo a lo largo del mostrador. Otro mueve rítmicamente, sin gran convicción, la escobilla destinada a ahuyentar los insectos.

Un arco devuelve a los visitantes a la luz en la encrucijada de dos calles por las que corre encauzado el sol. Una lleva, entre comercios de cacharros y cafés sin mujeres, únicamente hombres que juegan a las cartas, hasta la mezquita de la Aceituna. Allí R. se sentará al pie de una columna hasta que viene el guardián a decirle que no puede quedarse así, pensando. La misión de un turista es pasearse y ver, no meditar. A la puerta recogerán sus zapatos. No se admite la entrada con las piernas desnudas, por lo que algunos caballeros han debido ponerse como una minifalda el pañuelo de sus esposas en torno a los muslos. Avanzan por el patio a pasos de geisha conteniendo, ellos y sus mujeres, la risa con la mano en la boca. En la puerta el vigilante de la moralidad los observa sonriendo irónicamente. Alguien protesta porque cree que R. ha encendido el cigarrillo cuando todavía estaba dentro del recinto. No es verdad.

Dejando el zoco atrás, se llega a una plaza arenosa, especie de Rastro más miserable y menos pintoresco que el madrileño, una fila de tenderetes sobre el suelo polvoriento. Los visitantes se acercan a oír a un charlatán; es un hombre de mediana edad que explica algo, con voz sonora y acompasada, por medio de láminas puestas a sus pies. Son historias del Corán, es un predicador. Hay otro corrillo seis pasos más allá en el que alguien habla: muy cerca del defensor de la fe otro orador se ríe de él, rebate sus argumentos, y es más fogoso, más activo que el creyente este ardiente predicador del ateísmo.

 

 

Beber rosas….Había el jazmín, el espeso café turco, los vasos helados de limonada pura en la que se mojaban trozos de bollo, té con piñones o menta mientras se fumaba la chibcha de un braserillo que pasaba por el grupo de parroquianos. Pariente quizás lejanísima del opio o la marihuana, producía una especie de borrachera tranquila y suave, un relajamiento general. A la viajera le gustaban los platos de la gastronomía diaria, el primero el general, el de resistencia, la gran fuente de sémola de trigo duro, con sus hortalizas bien dispuestas-rojas, verdes, anaranjadas, contra el blanco del cus-cus-, que la madre de familia repartía como golosinas, la poca carne, el tomate omnipresente, los pimientos cargados de fuego, el brik nutritivo y asequible, repleto de huevo y verdura. Tuvo también ocasión de odiar al villano culinario, al ser oscuro que, en marcadas ocasiones, impregnaba la casa con el aura revulsiva de su olor: la melujía, una hierba macerada y cocida durante horas en agua y aceite, reducida a un puré de negrura viscosa y sabor tan repugnante que toda la cortesía del mundo no impidió a los invitados europeos escupirla.

Un día les ofrecieron rosas. Se trataba de una bebida fresca, transparente, carmesí, hecha con las flores estrujadas cuyo aceite oloroso se mezclaba con azúcar y agua.

Los visitantes observan y absorben con la completa permeabilidad del papel poroso, pero también con la premura de hallar moldes semejantes en el abanico de experiencias que ya poseen. El bilingüismo parece general, como la atracción y la diferencia respecto a Francia. Es alentador ver andar a las mujeres, aparentemente libres, de un lado a otro, solas o acompañadas de una camada de niños morenos que apenas se llevan el tiempo justo entre sí. Van ellas envueltas de la cabeza hasta media pierna en un velo blanco, se tapan una pequeña parte del rostro, boca y barbilla, sujetándoselo con la mano o con los dientes. Debajo se visten a la europea. No se maquillan excepto el contorno de ojos, magníficos, con el negro polvo de khol; las solteras jamás usan lápiz de labios. La vieja ola se cubre además toda la cara con un tul negro, más fino en la parte de arriba para permitir la visión, compacto y espeso de la nariz a la garganta, que produce, enmarcado por el blanco, un horrendo aspecto fantasmal. La ola novísima ha dejado los velos en casa, las muchachas taconean y lucen sus vestidos de amplio escote. Al parecer en los últimos diez años se ha producido en los países árabes el extraordinario acontecimiento de que las mujeres puedan salir a la calle y hablar con los hombres, pero la relativa libertad no significa ni mucho menos que su situación sea ideal; todavía a algunas las casan como antaño. Hasta hacía no mucho tiempo la norma era, a partir de la pubertad, a los doce años, apartarlas del exterior y confinarlas en la casa. Alguien oía hablar de la muchacha, y de su dote, iba a ver al padre y venía a decirle: “Sé que tienes una hija que me conviene. ¿Cuánto quieres por ella?. Me comprometo a mantenerla y darte nietos.”. Si al padre le parecía bien, comenzaban a discutirse los detalles específicos, las cualidades de la mercancía, los brazaletes de oro, los de plata, los pendientes, las piezas de tela. Completado el balance del ajuar, se dispone la ceremonia. Ella puede tener trece o catorce años y, preparada únicamente para ese fin, con la facilidad nacida del hábito cree amar a ese hombre que es el primero y único que va a tratar de cerca durante su vida. Antiguamente no conocían al marido hasta el día de su boda, años más tarde se permitió que se vieran a veces en casa de sus futuros suegros, en los años sesenta hay parejas de novios por las calles. Sin embargo las hembras siguen estando en Túnez bien sujetas y, aunque su cuerpo se desarrolle con gran rapidez, todavía habrá muchísimas niñas que parirán otros niños. El Presidente Bourguiba, además de la poligamia, abolió los divorcios pedidos sin causa justificada (aunque él rompió la norma) y se exige el mutuo acuerdo, la mujer tunecina tiene igualdad de derechos ante la ley, puede votar, seguir unos estudios.

Los viajeros desean intensamente comprender. Charlan con jóvenes preocupados por el aggiornamento religioso. Hay un nuevo islam por lo visto. Alá es Dios. No hay más Dios que Alá y Mahoma es su Profeta. El credo básico es esencialmente de fe. Paralelo al esfuerzo de la Iglesia Católica por ponerse al día para no perecer parece el del islamismo, y por el mismo motivo, con la diferencia de que en el catolicismo son los padres de la Iglesia los que se reúnen para dictaminar los dogmas necesarios para la salvación, mientras que entre los mahometanos son los eruditos, los sabios que han meditado largo tiempo sobre el Corán y los tiempos modernos, los encargados de renovar su religión de acuerdo con la época. El grupo de españoles acostumbrado a la imagen que en la infancia les pintaran de crueles partidarios de guerras santas, fanáticos, retrógrados y exterminadores, se sorprende cuando el joven intelectual musulmán con el que conversan largo rato les presenta la versión fresca, flexible y renovada de su credo religioso. Hay cinco puntos: Decir con fe “Yo creo en Dios y en Mahoma su Profeta” es el primero y fundamental, con el que, por sí solo, es posible salvarse pero pasando por el Purgatorio. Se debe orar cinco veces al día, cumplir el ayuno del Ramadán, que consiste en no comer ni beber durante ese mes de la salida a la puesta del sol, hacer, si es posible, una vez en la vida el viaje a la Meca, y dar, si se puede, el diez por ciento de las ganancias anuales. El creyente que pecó, robó, mintió, podrá, tras una purificación, ir al Paraíso; si descuidó las plegarias y el ayuno, también purgará sus faltas, pero la fe siempre salva. El infierno sería mucho más angosto que el cristiano, a la Gehenna irán sólo los ateos y los adoradores de ídolos; ni cristianos, ni judíos ni pecador alguno merece una eternidad de sufrimiento. En esto-dice el joven-aventajamos al catolicismo. E incluso así, a muchos sabios se les hace cuesta arriba creer en una interminable pena para el hombre al que una serie de razones ha llevado a no creer en Dios. De hecho, la mayoría desechan la expresión “eternidad” del castigo lo mismo que se rechazaría la de rencor de Dios. Muchos de ellos se ven asaltados, en este proceso, por problemas morales y grandes dudas. Su interlocutor les cuenta que uno de sus profesores, hablando del Infierno eterno para los ateos, les aseguraba: Si Marx no entra en el cielo, tampoco querré entrar yo.

 

En el mundo árabe se estaría operando una revolución por ponerse al día y adaptarse a las exigencias del momento. En Túnez el Presidente había comenzado a compaginar el cumplimiento de los ritos con las necesidades el país, pese a la oposición de sus fanáticos vecinos Argelia y Egipto. La precaria economía tunecina no podía permitirse una paralización del país durante el Ramadán, ni los gastos extraordinarios derivados de éste. La voluntad primera de Dios es que el país y sus habitantes tengan lo necesario, por lo que había que modificar el cumplimiento del periodo de ayuno. Otro ejemplo es la Fiesta del Cordero, basada en una tradición, el sacrificio de Isaac, bien conocida por musulmanes, cristianos y judíos, puesto que los libros sagrados del Pentateuco son los mismos. Hacia marzo, cada familia compra, sacrifica y come un animal, con cuya sangre se pinta la puerta. Los visitantes se imaginan la escena, el líquido rojo corriendo por las calles mal empedradas, y esperan que la versión tunecina tenga un aire más civilizado.

Siempre en aras de la adaptación a los nuevos tiempos y a las necesidades prioritarias del desarrollo, les explican que el gasto nacional no soporta semejantes dispendios por muy tradicionales que sean. Por las mismas razones se procura controlar severamente la salida de divisas. En la peregrinación a la Meca se invierte una séptima parte del capital total anual del país, cuyo presupuesto no da para tales lujos; hay en el interior pueblos miserables, una agricultura entera por desarrollar, y por encima de todo se precisa industria, puesto que su carestía les obliga a importar a altos precios hasta los artículos más nimios manufacturados. De ahí la abismal diferencia entre la relativa baratura de alimentación y alojamiento y el elevado coste de los demás bienes de consumo. Esto lleva al imperativo de ahorro e inversiones al que hay que adaptar tradiciones y ritos.

El panorama que describe el representante de la nueva ola islámica parece en extremo razonable, aunque el enfoque, por su misma naturaleza, dedica poco o ningún espacio al Estado laico, la trama plural de partidos y la activa igualdad de la mujer. Su tolerancia es la del que considera cuanto escapa a su esquema mal menor, quizás soslayable o eliminable en el futuro. La Guerra Santa, dice, no es tal: Según el Corán, Dios ordenó a Mahoma que convenciera por todos los medios a los descreídos de que su religión era la verdadera, pero esto no iba contra cristianos ni judíos, puesto que ambos aceptaban, con variantes, el Antiguo Testamento. No podía atacarse a los que creían en Cristo, el Jesús que para los musulmanes es uno de los profetas mayores, el cual, como Moisés y Noé, preparó la venida de Mahoma. Admiten que Cristo nació de una virgen, pero no que resucitara, sino que Dios le arrebató, antes de morir, poniendo a otro en su lugar. En el Corán se dice que los musulmanes no deben atacar los primeros, aunque luego prometa una y mil veces el Paraíso a los muertos en la lucha. La guerra santa iba dirigida contra los politeístas y los adoradores de estatuas y piedras, lo que explica la repugnancia ante la imaginería católica.

Naturalmente la sola frase Cristo, Hijo de Dios, la idea de una familia divina que rompa la unidad indivisible, alta, admirable e imposible de representar que es el Dios en el que todos los adjetivos se ennoblecen (El Grande, El Bueno, El Misericordioso, El Sabio), la simple alusión a una Trinidad les repugna. Su desprecio, soberano, hacia las imágenes cristianas no puede ser mayor. Huyendo precisamente de la representación de lo irrepresentable (al ser Dios espíritu, ¿no es mentira y sacrilegio darle una forma caprichosa?), se han volcado en la geometría, en las estilizadas letras árabes, quizás la más bella escritura que la Historia ha conocido, las estrellas, los círculos, las líneas quebradas, la poesía lírica exacta y bien medida que es un trozo de pared labrada, el encaje matemático que encierra el espacio, siempre lo más lejos posible de las formas vivas.

Este nuevo islamismo de los años sesenta sólo es, visiblemente, una parte del tejido social del adolescente-por la edad media de su población tanto o más que por la fecha de plena autonomía-país. Rida, que ha estudiado en un liceo francés, y sus amigos no parecen dedicar atención a los problemas religiosos y su comportamiento es de clara voluntad laica. En política, las opiniones son diversas y en el ambiente no reina el temor a la expresión censurada. A la pregunta ¿qué hicieron los franceses? responden que construyeron casas, industrias, iglesias y escuelas, en gran parte para su propio uso. Sí, había becas, pero éstas, como los puestos en la Administración, eran de muy difícil acceso para los tunecinos durante la época colonial. Luego vino la guerra, con mártires de la independencia (muestran a los visitantes los nombres de algunas calles, como Habib Thameur, que recuerdan a asesinados por su militancia). Pero el trabajo esencial se hizo en Francia misma, por abogados tunecinos. Es el caso del Presidente, al que consideran necesario como político. Se trata además de un héroe de guerra y un hombre inteligente. Hay algo en él que ha desagradado al pueblo: su divorcio, tras veinte años de matrimonio, de su mujer francesa, que había combatido con él por la independencia, para casarse con su esposa actual. Muchos no se lo han perdonado. La primera vive sola y el hijo que dio a Burguiba es primer ministro. El pueblo no ama a la segunda familia del Presidente.

En los retratos oficiales se advierte que la actual esposa es aproximadamente de la misma edad que la repudiada, lo que para los jóvenes becarios hace pensar más en intereses que en una pasión irresistible. El rostro presidencial campea en comercios, cafés, tiendas de comestibles, escaparates de tejidos. No hay local que deje de contener un retrato o más de ese hombre de innegable personalidad, ojos claros, pelo blanco, la sonrisa deslumbradora de los jefes de Estado. También hay otro tipo de fotografía, de pie, envarado, con una mano en la mesa de despacho, cargado de bandas y medallas, serio y un poco verdoso. Luego otra sonriendo, sentado en su coche durante una fiesta, con un gran ramillete especial de jazmín en la mano, junto a su esposa en fotografías de matrimonio, y por último su rostro en el cuerpo de un dibujo con traje de minero, mecánico o campesino.

Tras el ser real, el héroe, el pacifista declarado, el estratega inteligente y el político  popular existe una numerosa camarilla que sostiene y promociona al icono y a su culto, el de la personalidad. Él se deja llevar en un empachoso torbellino de retratos, sonrisas, bustos, estatuas, topónimos. Hay un ritmo paralelo común a los países orientales en esta forma de totalitarismo en política y en religión. En ambos terrenos Túnez es una moderada excepción sin embargo, un Estado árabe cuyo Jefe no se confiesa musulmán. Con todo, el día de su cumpleaños, en agosto, es más festivo que el aniversario de la República. Hay recepción en Monastir y los periodistas fotografían la cuna del Primer Hombre de Túnez. El país, aunque con una historia que no tiene que envidiar en antigüedad y abundancia a la de los europeos, como políticamente autónomo es aún muy joven. El Presidente, cuyos familiares ocupan todos los puestos en el Gobierno, es reelegible, ha de someterse a las votaciones, pero no existe un verdadero partido de la oposición. El Primer Ministro, un hombre muy culto, es el único en oponerse a veces a su padre. Cuando éste desaparezca se cree que su línea política continuará con pocas variaciones. El nepotismo parece una variedad casi endémica de los que poseen el poder.

No se respira, sin embargo, un ambiente de opresión, temores y silencios. Se adivina cierta pretensión de absolutismo ilustrado, de paternalismo provisional. El Presidente lo mismo trata una cuestión de fronteras, salarios o cooperativas que lanza un discurso contra las minifaldas y la tendencia de la flor y nata de la sociedad tunecina a imitar, corregida y aumentada, la moda de París; o exhorta a los hombres a casarse, sobre todo si han cumplido ya los treinta años, con muchachas del país, dado el crecido número de solteras, o considera que debe intervenir en un problema de divorcio que ha alcanzado transcendencia pública. Su trabajo diplomático fue excelente y refleja al jurista. Burguiba demostró una prudencia maestra en el mantenimiento de relaciones plenamente amistosas con Francia, virtud, junto con el pacifismo, indispensable en un país pequeño rodeado de vecinos ambiciosos-Argelia, Libia, Egipto-. Se halla enemistado con el jefe del Gobierno egipcio respecto a la cuestión palestina y mantiene una posición en contra del reconocimiento de Israel, pero es difícil imaginarlo comprometiéndose en acciones militares; resulta más probable que intente marcar distancias respecto a esa Madre obligatoria, la Umma, la comunidad musulmana, que la geografía le ha impuesto. Habib Burguiba ha tenido la personalidad y los méritos que se necesitaban, aunque por un tiempo forzosamente limitado.

 

Parece ser que éste es el país árabe que mejores relaciones mantiene con los judíos. En la calle principal, la Avenida de París, ahora de la Libertad, los visitantes han visto multitud de comercios hebreos, muchas carnicerías con los signos de casher y una de las mejores sinagogas, grande, blanca, con la estrella de David y los duros caracteres esculpidos. Entran un día a los oficios. Es amplia, maciza, en un pequeño cuarto al fondo, a la izquierda, tras una cortina cuelgan de las paredes pesadas lámparas portátiles de plata, candelabros y lápidas pequeñas recuerdan a los miembros de la comunidad fallecidos. En una mesa están los libros. Durante el oficio todos repiten y cantan los versículos señalados, leen, acompañando y respondiendo al oficiante, y efectúan los movimientos rituales. Los hombres deben llevar cubierta la coronilla con un gorro redondo minúsculo. Al final llega el momento solemne en que se abren las puertas del Sancta Sanctorum y ocurre algo que parece a los extranjeros extraordinariamente curioso: se subasta entre los asistentes el honor de pasear el Arca sobre sus hombros. Antes les habían contado anécdotas sobre la avaricia hebrea y se dicen ¡Judíos tenían que ser!, pero después recuerdan que en algunos pueblos de España se puja por el privilegio de sacar en andas a la Virgen.

Mientras se consuma la parte más solemne del culto, las mujeres comienzan a gritar todas a una, un sonido agudo y vibrante. A la salida se pasa la mano por la estrella de David grabada en el muro, junto a la puerta. Los jóvenes tienen la misma impaciencia por verse fuera y empezar a hablar, la gente el mismo aburrimiento, que en los oficios religiosos (sermón, misa, oración) de todas las partes del mundo.

 

 

 

La gran mezquita de Kairuán estaba llena de pájaros, de golondrinas. Andando sobre las alfombras de enea era fácil darse cuenta de cómo se puede vivir horas y años sentado entre esas columnas, sumergido en el mundo sin tiempo de los árabes. Sobre el mihrab restaurado está el nuevo. Hay un rincón separado por tabiques de madera donde hacía sus plegarias, aislado, el califa asesino. Existían dos columnas con un estrecho espacio entre ellas; quien pasara por allí se decía que iba al Paraíso. Se ordenó tapiarlo tras el último percance ocurrido a una voluminosa turista que casi logró el feliz tránsito dejándose la piel.

Es la mezquita más antigua, con olor a polvo, a caballos y a conquista, anterior a la invasión de España, vieja como el pueblo de Kairuán, restaurada más tarde, vuelta modernamente a restaurar. Entre los capiteles corintios y romanos pasan volando los pájaros a ras del techo. Las esterillas refrescan las plantas de los pies descalzos. Estar una hora, una tarde, sentado al pie de una de las columnas de la Gran Mezquita, a oscuras, en la corriente de aire, oyendo de vez en cuando piar sobre las cabezas, mientras fuera el patio se abrasa al sol…Rezar si se quiere al dios de todos, o pensar en lo que se ama, o recordar, o permitirse el lujo de no pensar en nada. Tal vez ahí sea posible. A la entrada hay una tinaja de barro con agua y un cuenco para sacar y beberla.

Están limpiando las losas en el mausoleo a un compañero del Profeta; empujadas por las mangueras, llegan hasta los pies olas bajas llenas de polvo. No se permite a los extranjeros ni siquiera pisar las esterillas puestas ante la puerta de la habitación del santuario. Se ven a distancia los dibujos, tapices, inscripciones, y en el centro el catafalco con una tela bordada en plata como el manto de una Virgen española. En un rincón, un viejo hermoso, delgado, con la cabeza envuelta en un turbante blanco, musita sin cesar y sorbe agua de un cacharro.

 

El anfiteatro del Djem, desde la distancia, clavado frente a la mezquita lejana en un desafío de kilómetros, centra los caminos de la desierta llanura. Monumento civil, mausoleo a la voluntad y a las artes de ingeniería romanas. Hay algo en él que marca con su cuño a la extranjera que lo divisa porque remueve una certidumbre de pertenencia ahogada por la embriaguez de descubrimiento y aromas, porque algo se identifica en ella con ese orgullo que no recurre a dios alguno. Es Europa y es Roma, es solidez y lógica. Las incursiones místicas de R. son extremadamente breves y están, incluso ellas, marcadas por la exploración y regidas por la evidencia. La Gran Mezquita en medio del desierto era un baluarte al exclusivismo de una fe. El anfiteatro es murallas abiertas a la tierra de los hombres, un edificio elevado para hacer más placentera la existencia de todos los días.

 

En Hergla, junto al mar, se fabrican alfombras de esparto fresco, cuyo perfume se suma, en el aire, al de la limonada, el café y el jazmín. Mientras al otro lado de una tapia se sucede la uniforme eternidad del mar, ante a los viajeros se extienden centenares de esteras redondas como bollos o tortitas, con su agujero en el centro. Los largos tallos se mojan para darles flexibilidad, después se tejen. El esparto verde se seca al sol y sobre el suelo del patio se va poniendo amarillo. El recibimiento-los estudiantes van en una excursión en grupo-es en extremo cordial. Se les explica por el responsable el funcionamiento de la cooperativa, el reparto de gastos, tareas y beneficios, el encargado les enseña la fábrica, un señor de grave bigote negro teje y le regala, una pequeña alfombrilla, el dueño del café les explica el secreto de la exquisita infusión que les ofrece y les muestra el diploma que honra su establecimiento.

El grupo de becarios remonta la costa. El sol arranca chispas al verde de los árboles y al de las olas vecinas. La zona parece extraordinariamente feraz, un suelo lleno de sembrados separados por vallas de chumberas. Acantilados, agua más transparente que el aire, apenas azul, en la que se puede contar, desde la carretera, el ir y venir de los peces. Cap Bon posee los atributos del paraíso. En un recodo, una pequeña floración de cúpulas blancas: Korbus. Kelibia: arena finísima, rocas y el mar más translúcido que pueda imaginarse. Nabeul: rico en alfarería; y la hermosa Hammamet.

El camino hacia las ruinas de Utica es una Castilla, kilómetros de llanuras y lomas que anulan el tiempo y el espacio y sobrecogen con sus planos lisos, inacabables. Trozos de sembrado que, por el contrario, dejan sabor de ternura porque recuerdan al hombre, limitados, trabajados, ubicados en ese infinito horizontal y amarillo. Ruinas romanas y tumbas en Utica. Espléndidos restos de mosaicos con dibujos perfectos en gamas de gris oscuro, blanco, amarillo, rosa. Se están destruyendo por momentos sin ninguna protección, las teselas pisadas se van arrancando una a una. El pueblo, al lado, es miserable. Casas de barro como hornos con la puerta y una abertura para la ventilación. En los alrededores encuentran salpicados grupos de jaimas y rebaños de ovejas. Los visitantes no han caído bien. El perro blanquecino, con cara de resentido social, les ladra. Una gallina loca pretende atacarles. Un español intenta fotografiar a una beduina que viene por el camino. Ella se agacha y coge una piedra; el gesto es suficientemente expresivo, está en su derecho, no son animales de zoo. La vida es dura; aquí no hay sitio para pétalos de flores, sonrisas y gestos hospitalarios, no han lugar los regalos de bienvenida, como en la cooperativa de Hergla; se han agostado, con el viento reseco y la fatiga, dulzuras y suavidades. Parece, incluso, imposible que lleguen, hasta estos pueblos del interior, atardeceres violeta, amaneceres rosa. Cuanto ocurre arriba sólo podría ser reflejo inmisericorde de la piedra rocosa o desmenuzada a la que abajo se aferran los que malviven.

Un fallo en el socialismo de Burguiba, comentan los becarios según se van alejando, y, callados, piensan en su confortable residencia de la capital, en que les llevan de excursión a playas idílicas y ricos pueblos de pescadores, y se preguntan si las aldeas como aquélla estarían aún peor con los franceses.

Bizerta les resulta algo insípida. Preguntan por el cementerio inglés de la II Guerra Mundial; se encuentra demasiado lejos. Visitan el viejo puerto y matan el tiempo viendo en el jardín de la playa a un corro de niños que, dirigidos por otro muchacho mayor, cantan, o pasean en fila, de dos en dos, cogidos de la mano.

Las mujeres de Bizerta son un macabro espectáculo. La costumbre ha sido salvaje y las ha cubierto totalmente. Llevan echado sobre la cabeza, tapando toda la cara hasta el cuello, un pañuelo de gasa negro. Las más atrevidas se hacen dos agujeros para los ojos y las recatadas otean a través del velo. Sobre ese trapo extienden, como las demás, el tradicional manto blanco. Son fantasmas, sus rostros velados tienen algo espeluznante, recuerdan a las historias de leprosos, esas pobres caras escondidas tras el sudario.

 

La Marsa de la muerte.

Desde la playa, a la vuelta, antes de ponerse el sol, aún con el pelo húmedo y los músculos cansados de nadar, el amigo tunecino de R. la lleva un momento al pequeño cementerio de La Marsa, sobre un promontorio.

No está más lejos de las olas que un bañista rezagado. Han dejado atrás el gozo del mar para ir a ese recinto silencioso. Y ella, que jamás ha entrado de grado en los cementerios de su patria, se encuentra bien en éste. Aquéllos la amedrentaban con sus ángeles de piedra, alas abiertas, manos juntas. Los mausoleos, las construcciones grandes y pesadas que se alzan varios metros sobre el suelo, los orantes, la llenaban de tristeza y miedo. Ése es un lugar agradable, lo define una frase que su amigo y ella han repetido a partir de entonces: Una sola piedra y un poco de agua para los pájaros. Cruzan entre tumbas sencillas, una lápida, lo más dos con los datos del difunto, algunas talladas en un bello trabajo geométrico. No hay flores; se marchitan y su perfume se acaba; pero queda una última forma de hospitalidad más allá de la muerte para unos seres humildes: En muchas de las tumbas hay un hueco destinado a contener algo de agua para los pájaros. Nada más. La tapia levanta poco del suelo y en la otra parte delimita el cementerio un terraplén bajo el cual se abre la costa y llegan los gritos de los bañistas. Toda una eternidad descansando cara al mar, bañado por el sol, una simple piedra, nada más. Ella quisiera morir en ese lugar. Es cierto que, a fin de cuentas, bajo la delgada capa de tierra cubierta de musgo están, como en los cementerios cristianos, la fealdad y el horror de la muerte, la carne descompuesta, los huesos gelatinosos, pero aquí no es tan horrible, el disfraz es más sencillo y el amargo camino de vuelta al polvo puede recorrerse con más tranquilidad.

A los lados hay árboles, uno de ellos cubre a medias una losa y las flores amarillas caen lentamente sobre las letras grabadas.

Entran en el patio de la vivienda de los guardianes del cementerio porque tienen sed. Es un matrimonio de ochenta y tantos años. La vieja se moviliza trabajosamente hacia un cántaro, tiene el cuerpo torcido como un árbol y camina agarrándose a las tumbas, ya muy cerca de ellas. Dice palabras en árabe. No se queja. Cuenta algo sobre tres enterramientos: Un accidente. Les muestra el cántaro y una vasija redonda de las tan usadas en el país. Nada da tal sensación de limpieza como un recipiente de barro conteniendo agua fresca. La saca y se la da. Al coger el cacharro los jóvenes ven que ha caído en él una flor de jazmín que flota boca abajo sobre la superficie como una estrella abierta, los cinco pétalos blancos extendidos. Ella bebe primero. Su amigo árabe después. El jazmín se balancea cerca de sus ojos en el líquido perfectamente claro.

El matrimonio los despide sentados en los escalones de la puerta, delgados, renegridos, enormemente viejos. El sol, que aún no se ha acercado a la línea del horizonte, brilla con toda su fuerza planeando sobre el cementerio de La Marsa.

 

La Marsa de la vida.

El país celebra el aniversario de la República. Por la noche se encienden hileras de bombillas con los colores nacionales: rojo y blanco. El famoso café de Saf-Saf está completamente lleno. Es un vasto recinto, una casa entera con su patio, espejos en los rincones donde las parroquianas se miran al pasar, el suelo mojado y un camello en el centro. La gente, aquí y en otras latitudes, en el fondo es siempre igual, y más los domingos: Los padres de familia cazan mesas, las mujeres se sientan y dejan caer el velo sobre los hombros, los camareros piden paso con bandejas llenas de refrescos, café y té con piñones; los vendedores de jazmín sortean las mesas cargados de collares y paquetes formados por hojas grandes mojadas y cerradas por una aguja de junco que contienen los ramilletes de las flores. Todos hablan, y fuerte. Los niños se suben al respaldo de las sillas y andan a gatas debajo de las mesas. Los padres cruzan las piernas desnudas, con la yuba, la chilaba de tela fina blanca, recogida sobre las rodillas, y beben despacio quitándose de vez en cuando el jazmín de la oreja para olerlo. Las parejas de novios son también similares a las de cualquier lugar. Al guirigay festivo se une la noria, que chirría al girar. En torno a ella saca agua un camello, la gran mascota del Saf-Saf. Los días de diario el animal tiene color normal, especie de naranja polvoriento, pero el camello de los domingos es blanco; cabe que sea el de siempre bien lavado, aunque los visitantes no lo creen: se le ve más fino, más esbelto, aristocrático y orgulloso de su blancura. Con las orejeras  puestas, da vueltas imperturbable. Cuando acaba de pasar se acerca uno a la noria y bebe el agua que continuamente va sacando, luego esquiva al camello y vuelve. En espera de un espectáculo en la plaza mayor que finalmente no llega, los visitantes y sus amigos comen cascrut, el bocadillo de tomate, pescado, zanahoria, pepinillo, salsa, los inevitables pimientos y el picante fatal. Los puestos de cassecroûtes (escrito en francés) se alinean en la acera.

Antes de ir a La Marsa el pequeño grupo hispano-tunecino ha estado en Sidi Bou Said, cuyo café es el preferido de su corazón. El paisaje es inmejorable, el más famoso de las cercanías de la capital. Las calles del pueblo son muy empinadas y todas las viviendas están pintadas de blanco y azul. Según se sube hay tiendas de recuerdos, puestos de fritura y pequeñas boutiques con fantasías orientales y europeas. La población es snob por excelencia: adolescentes de ambos sexos vestidos con todos los colores y formas de la extravagancia, residentes exquisitos, veraneantes que, desde la pina cuesta de las calles, parecen mirar al resto con desdén. Aunque dan al lugar cierto colorido también dejan en los observadores un sabor artificial, de cosa desligada de la vida y estéril. Sin embargo la atmósfera del Café Moro, donde van siempre, es invariablemente grata y ellos paladean cada detalle junto con la infusión hecha en una cocina de ladrillos. El interior es agradable y fresco, como si se estuviera en la panza de una tinaja. Hay paredes encaladas que la sombra hace grises, ventanas enrejadas y a través de ellas, abajo, se ve la multitud que alfombra la escalinata, arriba el cielo teñido en el rosa de los atardeceres inolvidables de Túnez, con una luna pálida y redonda, al fondo el mar, la línea del horizonte que comienza a perder nitidez, palmeras, pinos, olivos, acantilados de tierra roja típicos de esa zona.

En el Café Moro la gente se sienta sobre plataformas cubiertas con esteras de paja. Antes de subir se quitan los zapatos y luego todo es tenderse en una indolencia perfecta, acercar de vez en cuando la taza a los labios, hablar bajo con el vecino, guardar silencio. Para beber agua se va hasta un cántaro con una espita. Es buena y fría. Hay jaulas con canarios suspendidas sobre sus cabezas. Hasta aquí no entran los vendedores de jazmín.

La vuelta de Sidi Bou Said a La Marsa, ya de noche, la han hecho a pie. Túnez es pequeño y sus poblaciones, sobre todo en las cercanías de la capital, siguiendo la línea de la costa, se tocan unas a otras. Solamente hay dos kilómetros cuesta abajo, con una temperatura ideal, aire suave, fresco sin llegar a frío. Pocas cosas tan inolvidables como aquel camino. La cinta negra de la carretera, el cielo mediterráneo pleno de estrellas. Andaban por una pasarela sobre el infinito. Las cosas cercanas en esa oscuridad apenas eran; a los lados, filas lejanas de luces y el mar amplio abrazándolo, un mar que no era real, mucho menos real que el cielo, un trozo de Caos olvidado desde antes de hacerse el mundo, la línea del horizonte alzándose muy alta a la derecha de los caminantes, una porción de eternidad. El cielo estrellado existía, el camino más o menos existía bajo sus pies, los árboles eran recuerdos de algo conocido; pero esa cosa gris que llenaba hasta la mitad el panorama era extraña, inmensa y sin forma.

Allá abajo, al final de la cuesta, apareció La Marsa con su puerto, iluminado y en fiestas, en difícil equilibrio sobre la masa de sombra, metida a pico en el mar.

Acaba la cuesta, hay chalets, comienza el pueblo, la gente grita; se desemboca en la plaza mayor, frente al Café de Saf-Saf.

Para la posteridad, a su regreso a la residencia R. glosa la paella que otra española y ella han ofrecido a la familia tunecina con la que han hecho amistad. Es la primera que han cocinado en su vida y se ha elaborado en condiciones extrañas. La primera parte se hizo por simple y milagrosa intuición. Solucionado el transcendental problema del refrito, distribuida la sal y el colorante, llegó el momento cumbre de echar a puñados el arroz sobre el caldo que hervía en una fuente de metal fregada con tierra y colocada en el patio sobre una hoguera improvisada con piedras y leña. ¡Oh, milagro, sabía bien!.

Las rodeaba la familia-doce hijos-, niños innumerables, abuelos, vecinos, jardinero y simpatizantes. Vestidas con largas ropas que les habían dejado para no mancharse, daban vueltas como sacerdotisas en torno al fuego sagrado distribuyendo cazos de agua, pescado, guisantes, atún de lata. El arroz se doraba como un sueco en la playa, el humo hacía llorar a catadores y oficiantes. La toma de Constantinopla, el desembarco de Normandía, el descubrimiento de América no podían compararse con aquella gesta: la paella primeriza, para veintidós personas, cocinada en el suelo del patio y en una bandeja. Allí estaba, en su punto, un trozo de España sobre el suelo tunecino, una excepción en su geografía, efímera pero bella, el arroz, antes blanco y anémico, había tomado color gracias al empleo de todo el azafrán de la casa, los guisantes formaban un filtiré verde, las rajas de pescado sonreían entremedias. Si hubiesen encontrado los ingredientes restantes, ¿qué maravilla no hubiera resultado?.

Se limpiaron las lágrimas, el tizne y el delantal y llevaron su obra a la mesa. Esperaron a que la probaran como una madre al primer hijo. Había salido bien, imposible saber cómo pero había salido bien. Los comensales repitieron. El corazón de las becarias se llenó de gozo al verles meter la cuchara en la paella. Era tan decorativa sobre la mesa como un ramo de flores. Esperaban, después de que el padre se sirvió el segundo plato, una petición de mano en regla del tipo ¿Quieres hacerme paella toda la vida?, romántico y oriental.

 

 

Ma’ Salama. Adiós.

La despedida fue como el jazmín, que, marchito, tiene un olor triste. Última peregrinación por las playas, los escalones de Sidi Bou Said, el Café Moro, las luces que comenzaban a encenderse y colgaban, en la distancia, como perlas. Una franja de ocaso rojo bordeaba las montañas, al frente se extendía el campo, a izquierda y derecha de la ruta el añil del mar, el cielo en dos colores, casas blancas teñidas sus paredes de lila y gris, cada cual con su luz azulada titilando, un primer plano de árboles y chumberas verde espeso. No, no podía ser; era demasiado aquel regalo de despedida, era casi belleza pura.

Después estuvieron largo tiempo mirando transparentarse cada vez más estrellas, en una playa salvaje, rocosa y magnífica. Alguien paseó desde la cima del acantilado una linterna sobre las seis figuras inmóviles tendidas, no como el curioso esperaba una sobre otra, sino una junto a otra, en la arena; luego se fue. Siguieron cara al cielo, oyendo, y como viendo al oírlo, el mar. A continuación La Marsa, siempre alegre, con su Café de Saf-Saf, ese día cerrado porque había sesión de maluf. Las cosas tenían el sabor de las últimas cosas. Y ellos se despedían pidiendo volver.

 

 

Diásporas

 

Primera diáspora

 

París, 1968-69

La sangre ha goteado durante la noche, traspasado el colchón y formado un charco bajo la cama. Hace tanto frío en París que la nariz le sangra, un mal crónico al que nutren la ropa inadecuada y la falta de dinero para comprarse unas botas. R. siempre duerme boca abajo, en la cama de muelles metálicos instalada en casa de la mujer que le alquila ese espacio del salón. Es la periferia de la Ciudad de la Luz, construcciones antiguas, pequeñas, obreras, con letrina en el exterior y algunas huerto, enlazadas con el corazón espléndido, clásico, de grandes edificios y avenidas impecables, por el metro de Mairie des Lilas.

Rida está al otro lado de varias estaciones, en la habitación donde se apiñan cinco tunecinos. Ellos dos viven su primer año en tierras extranjeras, en la Meca de la emigración para ambos.

  1. se levanta para limpiar el desastre, en lo posible; atraviesa tiritando el patio que lleva hasta el excusado exterior, vuelve, coge agua, enjuga el charco viscoso que se ha desprendido gota a gota de sus fosas nasales, frota el colchón como mejor puede. Por la mañana la casera, que trabaja en limpieza de un hospital, la mirará incrédula cuando le explique el origen de la hemorragia, y R. ve atravesar su frente como un conejo la sospecha de que ha sido un aborto. Hay que tener cuidado con los chicos, dice.

El primer día después de su llegada, tras el viaje Madrid-París en auto-stop con una amiga a escondidas de los padres, para no inquietarlos, y la instalación como au pair en el hogar de una familia cuya sordidez iguala al intenso catolicismo que dicen profesar, R. sube las escaleras del metro de Opéra. Arriba, enmarcado por el espléndido edificio, sus estatuas y sus cúpulas, está Rida, con ojos llenos de amor y un abrigo gris que ha conseguido en una institución de caridad llamada Los Amigos del Hombre. Se abrazan y caminan por una ciudad cuyos refugios son el café caliente, sus fiestas un cuscus en el restaurante de Bebert, su sueño una cena con velas.

El mundo del subsuelo, en el que transcurre parte de los días, no corresponde a la altivez de los edificios, al trazado amplio de las avenidas y el encuentro solemne de las calles en plazas a veces rematadas por un monumento, un arco, una fuente. Bajo la línea de la superficie se extienden vagones y túneles en los que es frecuente ver ratas que pasean con tranquilidad de inquilino; mientras, los paneles publicitarios ofrecen variedades de queso y de toda clase de productos siempre recubiertos de un brillo de golosina, en manos de gentes de ojos voraces. Hay en cada parada y en cada salida a los andenes parejas que se besan y se separan, como dejan a sus novias los marineros para partir hacia distantes puertos. El espejo inverso de la ciudad subterránea es sombrío, usado y gris, se estira como un cuerpo con todos los atributos de la vejez, sus miembros acaban en lejanas estaciones que conviene evitar a últimas horas de la noche. Pero teniendo su cierre muy en cuenta, porque más allá del final del servicio la ciudad es otra, inalcanzable, surcada sólo por caros vehículos y blindada  por la inmensidad y el frío.

Españoles y árabes confluyen, sin mezclarse, en la madre de todas las luces, en el nombre que para unos y para otros es sinónimo de puerta y de futuro. Los tunecinos han incorporado Parisi a sus canciones populares, y en baladas entre irónicas y nostálgicas narran su búsqueda en pos de la fortuna, de los ahorros que les permitirán comprar esposa y casa, del coche abarrotado de mercancías con el que se presentarán en el pueblo de origen. Los españoles ponen negocios, prosperan, adquieren restaurantes, talleres, apartamentos, mantienen durante años su fuerte acento y su francés escaso prendido sobre un español escaso igualmente en lectura y dominio lingüístico. Rida y R. bogan en una corriente marginal que no es la de los grandes ríos de unos y de otros ni sobrevuela la atractiva capa donde se cuece diariamente la cultura. Hace falta dinero para la bohemia, y los franceses son muy amigos del internacionalismo y los representantes de rincones exóticos, pero separan netamente la retórica y la bolsa. Para R., que avanza en el conocimiento de la vida no por premisas preelaboradas sino por experiencia directa y en quien de manera natural se fusionan las ideas y los actos, resulta fascinante esa dualidad tan conseguida, según la cual existe un yo ataviado con la audacia elegante del revolucionario pensamiento el cual se pliega cuidadosamente y guarda en el armario, para vestir luego, en el cálido cuarto de estar, el pijama rayado de la más estricta adhesión a la propiedad privada. La lancha en la que ellos dos bogan es solitaria, ni grupo ni partido ni obediencias ni sindicatos; tampoco religiones, que ninguno  posee, ni otra meta que los estudios, un incierto futuro y cambios, vagos horizontes por venir en los que un seísmo alzará de las profundidades a toda la gente del metro y les proporcionará raciones tan justas como generosas de felicidad, comida, sol. R. prepara los exámenes finales de su licenciatura, huye de la piadosa familia y su vivienda lúgubre en cuanto encuentra un trabajo en la enseñanza, completa su pitanza con el trabajo por horas en un taller de velas en el que el patrón manosea el trasero de la más complaciente de las empleadas. Los colorantes se respiran, depositan en la garganta y tiñen durante el resto del día su pañuelo. La parafina pasa con gran rapidez del calor incandescente a la solidez opaca y el jefe no ahorra insultos a la torpeza de la española, torpeza que multiplica el desconocimiento del idioma. El francés primerizo de R. ha experimentado un curioso retroceso, se ha enquistado en un balbuceo defensivo, una cápsula hostil al país en el que se mueve. Tal vez también ella, dentro de unos años, señale con el dedo los productos del mercado y malpronuncie sus nombres, como ve que siguen haciendo españoles residentes desde antiguo.

La bolsa de trabajo universitaria le proporciona también algún que otro baby sitter que la situará bruscamente, como si hubiera subido por una pared vertical hasta cimas normalmente inalcanzables, en lugares suaves, perfectos, fríos, despectivos, en los que oye mencionar como Ces bêtes-là a los vecinos extranjeros del inmueble, gente de escasa limpieza que atrae parásitos. Piensa que esas bestias podrían ser Rida y ella. Tras algunas indicaciones sobre el piso, que a R. le parece enorme y, sobre todo, extraordinariamente ajeno, ellos se marchan, la pareja bien vestida, rubia ella, alta, con su marido y el amigo que luego llevará en el coche a la canguro a su domicilio, que ya es una buhardilla de Invalides. Una vez sola en la elegante vivienda, R. se encuentra con un bebé diminuto al que ignora cómo preparar el biberón (lo hace siguiendo instrucciones de alguien por teléfono) y respecto al que no experimenta ternura alguna, al que mira con la extraña frialdad, la distancia egocéntrica que sólo se halla a veces en los adolescentes.

  1. es vagamente inhumana, está tan absorbida por la búsqueda y defensa de su libertad, del saber y de su propio espacio y tan empeñada en la supervivencia que apenas distingue, y menos aún comparte, los afanes, penas y placeres que, sin mayores razones, amueblan el común de la existencia. Vive esa pureza que bordea la quemadura como un ácido, que no paga sino consigo misma el precio de las certidumbres y a la que resulta simplemente inconcebible el juego de las componendas.

La convivencia, en escasos metros cuadrados, con cuatro compatriotas ha disminuido un tanto el optimismo esencial de Rida, su certidumbre de que posee tantos amigos con los que puede contar como pelos en la cabeza. El número se ha ido, vagamente, reduciendo. El horizonte, indeciso, se limita a ganar de qué vivir de forma inmediata y a la constatación de que su novia, pese al desconocimiento inicial de la lengua, se va desenvolviendo, echa a andar desde otro punto de partida. Rida deambula de continuo, y en creciente progresión, entre la imagen de sí que ofrece al exterior, a R. y a sí mismo y la inexistencia de esfuerzos, proyectos y estudios reales. Entre él y sus cuatro compañeros de paredes y de lecho hay una notable diferencia de formación, de dominio del francés-que él redacta con  maestría literaria-y de finura en el manejo de ideas que, sin embargo, se funden en la irrealidad del ensueño, la sencillez primigenia del supuesto rincón idílico, la felicidad debida y secuestrada por la vaga estirpe de los ricos. El todo bañado por la llama del grande y primer amor.

Los compañeros de piso son algo mayores que él. Farid es alto, rubio, con ojos azules, fornido, de gran éxito con las mujeres. Según Rida relata, suele contar minuciosamente a los cuitados oyentes sus hazañas y técnicas sexuales. Es, además, un muchacho de cierta seriedad y empaque, lo que no es el caso de los otros, como uno menudo y moreno al que apodan el Chino, que presume de novia francesa de larga melena negra y, cuando la presenta, resulta ser a ojos vistas  una prostituta de baja categoría. Los problemas de Mashid resultan menos románticos: se trata de un tipo enorme y rudo que se ha visto obligado a acudir al médico por congestión de sus órganos genitales dado que, ni por situación ni por dinero, encuentra mujer para desahogo. Muy diferente de sus compañeros de cuarto, Khalid es fino de cuerpo y de mente, lo cual facilita las cosas cuando los cinco se tienden a dormir en el suelo exactamente como las sardinas en su lata. Khalid aspira a un brillante futuro en Túnez, semejante quizás a la carrera del abogado y luego Presidente Habib Burguiba. Por lo pronto se lanza cada día a la tarea equilibrista de saltar de los medios de audiencia y de posible influencia a la penuria más total.

A veces se presentan lejanos parientes a los que hay que atender pese a todo. De España a R. no le llega nada ni nadie excepto las cartas. La partida hacia Francia ha sido por decisión propia, por el deseo y la necesidad de otro aire, en el extranjero más cercano (aunque ella hubiera querido Londres, que se sitúa en un especial recoveco de sus querencias; pero es París, ha sucedido, entre la decisión y el acto, el verano con beca en Túnez, y luego la reunión con Rida, que a su vez buscaba salir. R. ni siquiera imagina que su familia, con dos empleos el padre y bien limitados recursos, debería enviarle nada, y les describe con alegre e impreciso optimismo su situación. Desde que enfiló la carretera, larga y lluviosa, que llevaría a una amiga y a ella hasta la capital de Francia, da por lógico y supuesto que nadie debe pagar por sus decisiones. Ellas dos llegaron en auto stop para más economía, habían planeado su primer contacto con tierras extranjeras por la vía, que parecía única, del servicio doméstico. La amiga se volvió a los dos meses. Llegó Rida, con una maleta vacía porque buena parte de su contenido era los libros utilizados en el Liceo Francés de Túnez, a los que atribuía, en el nuevo medio, propiedades inexistentes y que tiró a la cuneta. Se ha inscrito a algo por correspondencia, pero no estudia. Ella prepara las asignaturas de quinto de carrera, a cuyos exámenes se presentará en su facultad de Madrid, en mayo. Para ambos todo es horizonte, indefinido, lejano; nada existe entre ese territorio del presente arduo, ajeno y de paso y el país del futuro para el cual, por ahora, no tienen más bagaje que la libertad.

El calor, precioso, del café en las pequeñas tazas lo sustituyen a veces, pocas, por un té en los salones de la Gran Mezquita, donde reina la calma y las luces son tibias. El extremo opuesto se sitúa en las orlas de Montmartre, en su rosario de figones baratos con comida rápida semejante a la de Túnez. No frecuentan sin embargo círculo alguno. La distinta formación y carácter de Rida, y de ella, los colocan-a ambos y al parecer también a más tunecinos que conoce-en una zona que ciertamente no es la de los taciturnos, vagamente hostiles, grupos masculinos de los cafés del barrio árabe. Los rehúyen, pese al cuscús barato y al estrépito de una música que contrasta con la aspereza del ambiente. Es la sequedad de las zonas sin mujeres y del hambre, de ellas y de una soltura en el disfrute de la vida que parece en esos hombres maniatada en su origen mismo.

Pero todo aquello es externo y lejano, sin relación alguna con lo único que cuenta: ellos dos, y algunos otros muy concretos, con nombres y apellidos, de nacionalidad y origen indiferentes, sin prejuicios y ataduras, dispuestos a dar al porvenir con cada gesto y cada palabra el trazado vigoroso de las ciudades nuevas.

-Ah, ¿él es árabe?

-Los árabes siempre dicen que…

-Cuidado. Ese chico árabe con el que está me parece hipócrita; no me gusta en absoluto. Se lo digo porque está usted aquí sola, sin familia.

-Los árabes…

Lo dicen otros de ellos, y ellos de ellos mismos. Siempre produce a R. el efecto de una de esas, abundantes, cárceles verbales en las que se intenta aprisionar a los jóvenes cuerpos de su generación. En su caso son dos seres solitarios que buscan, en algún lugar más allá del oscuro presente, envolverse en el brillo de un ideal que va adquiriendo la vaga forma de dirigentes de rebeliones, de sistemas implantados en lejanos países y del efímero y cercano calor de grupo que proporcionan compañeros de apariencia solidaria que se cruzan en su ruta.

Pero ni Rida ni ella rozan siquiera proyectos de violencia, batallas ni muerte; ni añoran, encuentran o escuchan a líderes o repiten o creen consignas. Quizás uno de los pocos puntos comunes a ambos sea la ausencia del mecanismo y la necesidad de Iglesia, la carencia de ritos y de fe.

Los árabes…

El apelativo en realidad es un fantasma. Sobre los dulces ojos y la frente con arrugas muy precoces de Rida crece el pelo en el típico triángulo y entradas en las sienes de los bereberes. El tejado de su casa cubría desde los ojos azules del abuelo y los bucles rubios del benjamín a la piel de leche de la madre, el oscuro y lanoso cabello de algunos de los hijos y el perfil brutal, cutis atezado y ancha osamenta de esos primos de La Marsa que se presentaban en la casa de Túnez de cuando en cuando con el aire de quien dispone por fuero del aduar y de la superioridad sobre el gineceo. Esos árabes, sumergidos en un nombre y una escritura y distribuidos en las tierras al norte del Mediterráneo, no son tales, como no lo son tampoco sus vecinos, ni sus lejanos homónimos de África y Asia. De no ser por la lengua que hablan, veteada con frecuencia de vocablos del francés, y por referencias a la familia, las calles y los guisos, el grupo de conocidos de Rida podría perfectamente pasar por español, o de otros lugares de Europa. Quizás reivindican, con el gentilicio falso de una península que en tiempos los sometiera, la aspiración a situarse en la antigua aristocracia de los jefes y guerreros y no hallan, fuera de la apariencia y el asidero del pasado, lugar del que reclamarse.

Han venido sin sus chicas. Todos los que ve han venido sin sus chicas. Ellas, alguna tunecina que va encontrando, estudian, trabajan en empleos ocasionales, como la fábrica de velas, y rehúyen las confidencias. Ninguno muestra el menor empeño en marcar fronteras, relatar orígenes. Da la impresión de que si un día se levantaran hablando otra lengua, cualquier lengua, y desprovistos del vago sentido de pertenencia irremediable a la marca del Islam sentirían un gran alivio y se zambullirían sin mayores trabas en las aguas del ancho mundo.

Los franceses sí les recuerdan a veces que él, ella con él, son “otra cosa”.

-¿Les hará falta a los señores una cama?-dice, mientras pasa sin necesidad el trapo por la mesa el camarero.

-No, gracias. Así vale-responde Rida.

La pregunta, y la mirada, son hostiles y sin proporción con la circunstancia, porque sobre ese asiento del café la pareja se ha limitado a enlazarse y a demostraciones de cariño ciertamente autorizadas para todos los públicos. Hay un brillo raro en los ojos del camarero, una acidez que no llega a ser odio, sino solamente reflejo de lejanos odios, o tal vez de cierta atávica repugnancia a la mezcla. Y se tropieza con la sorpresa, el nada fingido candor de Rida y de ella, que no poseen ni muestran otra cosa que el cariño y guardan aún una distancia despectiva respecto al generalizado, vulgarizado y vagamente preceptivo juego carnal.

-¡Ésos andan por las nubes!-los policías se ríen porque, abrazados estrechamente mientras andan, Rida y ella han perdido el equilibrio, han intentado vanamente sujetar el uno al otro, y han caído finalmente, anudaos y cuan largos son, ambos al suelo.

Se abrazan en el frío como náufragos, se abrazan siempre excepto en el temporal alejamiento de las riñas, y luego vuelven a abrazarse. Entonces el fin de semana recomienza. Una noche llueve sobre Porte des Lilas, una lluvia malva que arrastra sin limpiarla la grisura de las casas obreras, del monoprix donde las vendedoras son bruscas, de las hojas de pequeños huertos sin flor alguna. Rida la ha acompañado, la hora, siempre fatal, del último metro se aproxima y ella no se aviene a dejarlo porque esa noche a él no le han dado llave, ignora cuándo volverán sus compañeros y tal vez duerma al raso. Decide volver con él, en ese último metro, a la habitación lejana en la que finalmente acaba pasando la noche con los cinco, sin quitarse siquiera la gabardina, tendida entre Rida y la pared.

Luego un conocido español al que mantiene una mujer mayor les proporciona la dirección, preciosa, de una buhardilla disponible. Ella la alquila y allí se alojan ambos. Ya R. ha plantado los trabajos de limpieza en casa de una piadosa familia católica cuyos hijos le dejaban para hacer hasta sus propias camas y tiene un sueldo, de auxiliar de latín y griego en el colegio español. Los estudios de Rida se sitúan siempre en el territorio vago de la utopía, le toman y le despiden de algún trabajo en el que no muestra asiduidad, recibe cartas en las que le aseguran en su lugar de origen préstamos y apoyos importantes. Tras la mudanza, no han vuelto a ver a los compañeros de la habitación antigua, que no disimulaban su hostilidad hacia el compatriota que sienten ajeno y hacia su chica, despegada y sin la menor intención de agradarles.

Llaman por la mañana temprano a la puerta de la habitación-porque a ella se reduce su alojami